¿Réquiem por el «México, siempre fiel»?
Carta pastoral Obispo de San Cristóbal de Las Casas
ante la aprobación del aborto hasta la décima semana
en el Distrito Federal de México
VER
A pesar de tantas voces en contra, la mayoría legislativa del Distrito Federal,
con un malabarismo en las palabras para definir que se considera aborto sólo la
interrupción del embarazo a partir de la décima segunda semana, lo ha
despenalizado en las semanas anteriores, como si la vida humana iniciara cuando
a ellos se les ocurra.
Argumentan que defienden la vida y el derecho de las mujeres, como si matar a
sus propios hijos fuera un acto de justicia social para ellas, sin importar la
vida del nuevo ser humano, que inicia desde el momento de la fecundación.
Alardean de democráticos, pero rechazaron el referéndum que miles de ciudadanos
solicitaron, conforme a la ley. Se amparan en que, según algunas encuestas,
muchos ciudadanos apoyaron su propuesta; sin embargo, el derecho a la vida no se
somete a votación, porque no depende del capricho de mayorías, que también
pueden ser manipuladas, como cuando aclamaban a Hítler para que matara a
millones de judíos. Dicen que defienden el Estado laico y que la Iglesia para
nada debe intervenir en estos asuntos, con lo cual demuestran su ignorancia de
lo que es la religión. Un diputado explícitamente dijo que eso de la excomunión
no les quitaba el sueño, ni les atemorizaba el infierno; varias caricaturas se
publicaron en contra del mismo Papa, por decir una palabra al respecto. Eso nos
demuestra el verdadero rostro del país.
Con este hecho, así como con el narcotráfico y la violencia irrefrenables, con
la corrupción en todos los niveles, con la injusticia contra los pobres, con el
desquebrajamiento de las familias y las uniones entre homosexuales, nos
preguntamos qué quedó de aquella frase del Papa Juan Pablo II, en enero de 1979:
«México, siempre fiel». ¿En verdad somos fieles discípulos de Jesús? ¿No habría
que rezar un réquiem por ese México de otros tiempos?
JUZGAR
Nos consuela que hay un «resto fiel», que permanece firme en su adhesión a
Cristo y a su Iglesia, y que es mayoría sobre todo entre las clases pobres. Las
mujeres campesinas e indígenas casi no abortan, a no ser involuntariamente por
su misma pobreza, por su desnutrición y por falta de cuidados médicos. Estos
abortos nos duelen en el alma, pero no suceden por egoísmo o crueldad personal
de ellas, sino como signo de injusticia de la estructura social. Esta pobreza
también es una contradicción con el «México, siempre fiel».
¿Qué pensar ante el terrible golpe a la vida de los niños que acaban de consumar
estos legisladores? Ante todo, que primero está la ley de Dios, que ordena no
matar (cf Ex 20,13), y, como decía san Pedro, primero hay que obedecer a Dios
que a los hombres (cf Hech 4,19). Aquí se va a ver quién es en verdad católico,
quién lo es de nombre, quién ha renegado de su fe, quizá por conservar su
puesto, por no dejar de percibir el significativo salario que una diputación le
significa. Recordemos que «no se puede servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13),
pues»la raíz de todos los males es el afán de dinero» (1 Tim 6,10).
A pesar de esta liberalización legal del aborto, que es totalmente inmoral,
arbitraria, injusta e inhumana, ningún creyente en Cristo puede alegar que, por
no ser delito civil, ya se puede abortar impunemente. Sigue siendo un pecado
grave, penado con la excomunión eclesial, si se procura en forma libre y
directa, y si en efecto se produce. Su conciencia cargará siempre esta mancha de
sangre, a pesar de que la nieguen y se sientan protegidos por una ley civil
inicua. Y en este crimen tienen culpa tanto la mujer como el hombre, y a veces
más éste, porque presiona y obliga a abortar; además de adúltero o fornicario,
es un asesino. ¿Y así todavía le tienen confianza para casarse con él?
San Pablo, antes de conocer a Cristo, aprobó la muerte a pedradas del diácono
Esteban (cf Hech 8,1). Después, su vida cambió por completo y reprobó toda clase
de maldad, como cuando calificaba a los romanos de «llenos de toda injusticia,
perversidad, henchidos de envidia, de homicidio, enemigos de Dios, ultrajadores,
altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, insensatos, despiadados, los
cuales, aunque conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de muerte a
los que tales cosas practican, no solamente las practican, sino que aprueban a
los que las cometen» (Rom 1,29-32).
Unos legisladores convirtieron esta batalla por la despenalización del aborto,
en una lucha por demostrar que no dependen de la Iglesia Católica, que no les
importa ni el Papa, que ceder daría la impresión de lesionar el laicismo
oficial… ¿Quién ganó y quién perdió? Ganó el imperio de la muerte, el orgullo
partidista, la pretensión de ser dioses, la insensibilidad hacia el recién
concebido, el exterminio de inocentes. Ganó un laicismo decimonónico, que
pretende excluir de la política todo lo que huela a Dios. Lo pensábamos
superado, y que estábamos avanzando hacia una sana laicidad, con una separación
Iglesia-Estado que todos aprobamos; pero nos demuestra su pervivencia.
¿Perdió la Iglesia? Perdió la ciencia que se basa en la ética. Perdieron los
derechos humanos, a cuyos organismos parece que esto no les interesa, que no les
trae fama. Perdió la familia. Perdió la vida. Perdimos todos.
ACTUAR
Los padres de familia, catequistas, sacerdotes, religiosas y obispos, hemos de
intensificar nuestros programas educativos sobre estos temas, a partir del
encuentro vivo con Cristo, pues cuando lo conocemos, todo cambia. Hay que dar
una cristiana educación sexual.
Los médicos cristianos y católicos que trabajan en los centros oficiales de
salud, han de defender su derecho a la objeción de conciencia, pues no les
pueden obligar a practicar abortos, ya que se harían responsables de un
asesinato criminal, aunque no sea delito civil.
Pedimos a Dios que perdone a los legisladores abortistas y a quienes los han
apoyado, porque «no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Y como oraba el diácono
Esteban mientras lo apedreaban: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado»
(Hech 7,60). Oramos por que no acaben como Hítler: encerrados en su soledad,
amargados sin esperanza, suicidándose. Así acabó también Judas, quien entregó a
muerte a un inocente, por unas cuantas monedas.
Hay que definirse por ser discípulos fieles de Jesús. Los 46 diputados que
aprobaron esta despenalización, ya demostraron no ser verdaderos seguidores de
su Evangelio de vida.
+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas