Por la fe todos podemos engendrar a Jesús
Comentario del padre Raniero Cantalamessa,
ofmcap.
predicador de la Casa Pontificia- a la liturgia de la
Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, 1 de enero.
María meditaba en su corazón todas estas palabras
El Concilio nos ha enseñado a mirar a María como la «figura» de la Iglesia, esto
es, su ejemplo perfecto y su primicia. Pero ¿puede María servir de modelo a la
Iglesia también en su título de «Madre de Dios» con el que es honrada este día?
¿Podemos llegar a ser madres de Cristo?
Ello no sólo es posible, sino que algunos Padres de la Iglesia han llegado a
decir que, sin esta imitación, el título de María sería inútil para uno: «¿De
qué me sirve -decían- que Cristo haya nacido una vez de María en Belén, si no
nace también por fe en mi alma?». Jesús mismo inició esta aplicación a la
Iglesia del título «Madre de Cristo», cuando declaró: «Mi madre y mis hermanos
son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8, 21). La
liturgia del día nos presenta a María como la primera de quienes se convierten
en madres de Cristo mediante la escucha atenta de su palabra. Ha elegido, de
hecho, para esta Solemnidad, el pasaje evangélico donde está escrito que «María,
por su parte, conservaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón».
Cómo es posible transformarse, en concreto, en madre de Cristo, lo explica el
mismo Jesús: escuchando la Palabra y poniéndola en práctica. Hay dos
maternidades incompletas o dos tipos de interrupción de una maternidad. Una es
la antigua y conocida del aborto. Tiene lugar cuando se concibe una vida pero no
se da a luz porque, entretanto, por causas naturales o por el pecado de los
hombres, el feto ha muerto. Hasta hace poco, éste era el único caso que se
conocía de maternidad incompleta. Hoy se conoce otro que consiste, al contrario,
en dar a luz un hijo sin haberlo concebido. Así ocurre con los niños concebidos
en probetas e implantados, en un segundo momento, en el seno de la mujer, y en
el caso desolador y triste del útero dado en préstamo para albergar, a veces
bajo pago, vidas humanas concebidas en otro lugar. En este caso a quien la mujer
da a luz no viene de ella, no es concebido «antes en el corazón que en el
cuerpo».
Lamentablemente, también en el plano espiritual existen estas dos tristes
posibilidades. Concibe a Jesús, sin darle a luz, quien acoge la Palabra sin
ponerla en práctica, quien continúa practicando un aborto espiritual tras otro,
formulando propósitos de conversión que luego son sistemáticamente olvidados y
abandonados a medio camino; quien se comporta hacia la Palabra como el
observador apresurado que mira su rostro en el espejo y luego se marcha
olvidando de inmediato como era (St 1, 23 24). En resumen, quien tiene la fe,
pero no tiene las obras.
Al contrario, da a luz a Cristo sin haberle concebido quien realiza muchas
obras, a veces también buenas, pero que no proceden del corazón, de amor por
Dios y de recta intención, sino más bien de la costumbre, de la hipocresía, de
la búsqueda de la propia gloria y del propio interés, o sencillamente de la
satisfacción que da actuar. En suma, quien tiene las obras, pero no tiene la fe.
Estos son los casos negativos, de una maternidad incompleta. San Francisco de
Asís nos describe el caso positivo de una verdadera y completa maternidad que
nos asemeja a María: «Somos madres de Cristo -escribe- cuando lo llevamos en el
corazón y en nuestro cuerpo por medio del divino amor y de la conciencia pura y
sincera; lo generamos a través de las obras santas, ¡que deben brillar ante los
demás para ejemplo!». Nosotros –viene a decir el santo- concebimos a Cristo
cuando le amamos con sinceridad de corazón y con rectitud de conciencia, y le
damos a luz cuando realizamos obras santas que lo manifiestan al mundo.