JOSE MARIA IRABURU

Síntesis de la Eucaristía

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La liturgia de la eucaristía

Nombres

Los nombres hoy más usuales para designar la actualización litúrgica del misterio pascual son: misa, eucaristía, cena del Señor, sacrificio de la Nueva Alianza, memorial de la Pascua, mesa del Señor, sagrados misterios... Otros nombres, muy antiguos y venerables, como synaxis, anáfora, sacrum, y especialmente fracción del pan (Hch 2,42), hoy han caído en desuso.

Lugar de la celebración

-El templo. La eucaristía se celebra normalmente en el templo, lugar de sacralidad muy intensa y patente. Y recordemos aquí que porque todo el mundo y todos sus lugares son de Dios, por eso precisamente los cristianos le consagramos públicamente a Él algunos lugares, los templos, que están edificados como Casa de Dios, es decir, como lugares privilegiados para orar, glorificar a Dios y santificar a los hombres. El Ritual de la dedicación de iglesias y de altares, renovado después del Vaticano II (1977), expresa estas realidades de la fe con preciosas lecturas y oraciones.

«Con razón, pues, desde muy antiguo, se llamó iglesia al edificio en el cual la comunidad cristiana se reúne para escuchar la palabra de Dios, para orar unida, para recibir los sacramentos y celebrar la eucaristía. Por el hecho de ser un edificio visible, esta casa es un signo peculiar de la Iglesia peregrina en la tierra e imagen de la Iglesia celestial» (OGMR 257).

Ahora bien, dentro del templo, y en orden a la eucaristía, hay tres lugares fundamentales cuya significación hemos de conocer bien: el altar, la sede y el ambón.

-El altar. El altar es el lugar de Cristo-Víctima sacrificada. Su forma ha ido variando al paso de los siglos, conservando siempre como referencias fundamentales la mesa del Señor, en la que cena con sus discípulos, y el ara, significada a veces antiguamente por el sepulcro de un mártir, en la que se consuma el sacrificio del Calvario. En todo caso, la distribución espacial no sólo del presbiterio, sino de todo el templo, debe quedar centrada en el altar.

-El ambón. Es el lugar propio de Cristo-Palabra divina. Los fieles congregados reciben cuanto desde allí se proclama «no como palabra humana, sino como lo que es realmente, como palabra divina» (1Tes 2,13). Ha de dársele, pues, una importancia semejante a la del altar.

En efecto, «la dignidad de la palabra de Dios exige que en la iglesia haya un sitio reservado para su anuncio... Conviene que en general este sitio sea un ambón estable, no un fascistol portátil... Desde el ambón se proclaman las lecturas, el salmo responsorial y el pregón pascual; pueden también hacerse desde él la homilía y la oración universal de los fieles. Es menos conveniente que ocupen el ambón el comentarista, el cantor o el director del coro» (OGMR 272).

-La sede. Es el lugar de Cristo, Señor y Maestro, que está sentado a la derecha del Padre, y que preside la asamblea eucarística, haciéndose visible, en la fe, por el sacerdote. Cristo, en efecto, «está presente en la persona del ministro» (SC 7a). Por eso, lugar propio del sacerdote, presedente de la asamblea eclesial, es la sede, o si se quiere, la cátedra -de ahí viene el nombre de las catedrales-, desde la cual, en el nombre de Cristo, el obispo o el presbítero preside y predica, ora y bendice al pueblo.

((No parece, pues, que una silla normal o una banqueta sean los signos más adecuados de algo tan noble. Sería, por otra parte, en general, un error pretender que la liturgia de la Iglesia exprese la pobreza que Cristo vivió en Nazaret o en su ministerio público. Entonces sí, la sede sería una banqueta, el ambón un atril cualquiera, el altar y los manteles una mesa común de familia, etc. Pero aunque es verdad que la hermosura propia de la pobreza evangélica debe marcar, sin duda, los signos de la liturgia, éstos deben remitir eficazmente a las realidades celestiales. Y en este sentido, como el Vaticano II enseña, fiel a la tradición unánime de Oriente y Occidente, «la santa madre Iglesia siempre fue amiga de las bellas artes, y buscó constantemente su noble servicio y apoyó a los artistas, principalmente para que las cosas destinadas al culto sagrado fueran en verdad dignas, decorosas y bellas, signos y símbolos de la realidades celestiales» (SC 122b).))

Estructura fundamental de la misa

La estructura fundamental de la eucaristía, desde el principio de la Iglesia, ha sido siempre la misma. Lo podremos comprobar, al final, en un breve apéndice histórico. Como en la última Cena, siempre la eucaristía ha celebrado primero una liturgia de la Palabra, seguida de una liturgia sacrificial, en la que el cuerpo de Cristo se entrega y su sangre se derrama; y este banquete, sacrificial y memorial, se ha terminado en la comunión.

Pues bien, aquí nosotros analizaremos la celebración eucarística en su forma actual, que ya halla antecedentes muy directos en la segunda mitad del siglo IV, cuando la Iglesia -tras la conversión de Constantino, obtenida ya la libertad cívica-, va dando a su liturgia, como a tantas otras cosas, formas comunitarias y públicas más perfectas.

Examinemos, pues, la misa en sus partes fundamentales:

-I. Ritos iniciales

-II. Liturgia de la Palabra

-III. Liturgia del Sacrificio: A. Preparación de los dones; B. plegaria eucarística; C. comunión.

-IV. Rito de conclusión.

I. Ritos iniciales

-Canto de entrada -Veneración del altar -La Trinidad y la Cruz -Saludo -Acto penitencial -Señor, ten piedad -Gloria a Dios -Oración colecta.

Canto de entrada

Ya en el siglo V, en Roma, se inicia la eucaristía con una procesión de entrada, acompañada por un canto. Hoy, como entonces, «el fin de este canto es abrir la celebración, fomentar la unión de quienes se han reunido, y elevar sus pensamientos a la contemplación del misterio litúrgico o de la fiesta» (OGMR 25).

Nótese que en las celebraciones solemnes de la eucaristía puede haber tres procesiones hacia el altar: ésta, en la entrada; la que se realiza al ir a presentar los dones en el ofertorio; y la de la comunión.

Veneración del altar

El altar es, durante la celebración eucarística, el símbolo principal de Cristo. Del Señor dice la liturgia que es para nosotros «sacerdote, víctima y altar» (Pref. pascual V). Y evocando, al mismo tiempo, la última Cena, el altar es también, como dice San Pablo, «la mesa del Señor» (1Cor 10,21).

Por eso, ya desde el inicio de la misa, el altar es honrado con signos de suma veneración: «cuando han llegado al altar, el sacerdote y los ministros hacen la debida reverencia, es decir, inclinación profunda... El sacerdote sube al altar y lo venera con un beso. Luego, según la oportunidad, inciensa el altar rodeándolo completamente» (OGMR 84-85).

El pueblo cristiano debe unirse espiritualmente a éstos y a todos los gestos y acciones que el sacerdote, como presidente de la comunidad, realiza a lo largo de la misa. En ningún momento de la misa deben los fieles quedarse como espectadores distantes, no comprometidos con lo que el sacerdote dice o hace. El sacerdote, «obrando como en persona de Cristo cabeza» (PO 2c), encabeza en la eucaristía las acciones del Cuerpo de Cristo; pero el pueblo congregado, el cuerpo, en todo momento ha de unirse a las acciones de la cabeza. A todas.

La Trinidad y la Cruz

«En el nombre del Padre, + y del Hijo, y del Espíritu Santo». Con este formidable Nombre trinitario, infinitamente grandioso, por el que fue creado el mundo, y por el que nosotros nacimos en el bautismo a la vida divina, se inicia la celebración eucarística. Los cristianos, en efecto, somos los que «invocamos el nombre del Señor» (+Gén 4,26; Mc 9,3). Y lo hacemos ahora, trazando sobre nosotros el signo de la Cruz, de esa Cruz que va a actualizarse en la misa. No se puede empezar mejor.

El pueblo responde: «Amén». Y Dios quiera que esta respuesta -y todas las propias de la comunidad eclesial congregada- no sea un murmullo tímido, apenas formulado con la mente ausente, sino una voz firme y clara, que expresa con fuerza un espíritu unánime. Pero veamos el significado de esta palabra.

Amén

La palabra Amén es quizá la aclamación litúrgica principal de la liturgia cristiana. El término Amén procede de la Antiguo Alianza: «Los levitas alzarán la voz, y en voz alta dirán a todos los hombres de Israel... Y todo el pueblo responderá diciendo: Amén» (Dt 27,15-26; +1Crón 16,36; Neh 8,6). Según los diversos contextos, Amén significa, pues: «Así es, ésa es la verdad, así sea». Por ejemplo, las cuatro primeras partes del salterio terminan con esa expresión: «Bendito el Señor, Dios de Israel: Amén, amén» (Sal 40,14; +71,19; 88,53; 105,48).

Pues bien, en la Nueva Alianza sigue resonando el Amén antiguo. Es la aclamación característica de la liturgia celestial (+Ap 3,14; 5,14; 7,11-12; 19,4), y en la tradición cristiana conserva todo su antiquísimo vigor expresivo (+1Cor 14,16; 2Cor 1,20). En efecto, el pueblo cristiano culmina la recitación del Credo o del Gloria con el término Amén, y con él responde también a las oraciones presidenciales que en la misa recita el sacerdote, concretamente a las tres oraciones variables -colecta, ofertorio y postcomunión- y especialmente a la doxología final solemnísima, con la que se concluye la gran plegaria eucarística. Y cuando el sacerdote en la comunión presenta la sagrada hostia, diciendo «El cuerpo de Cristo», el fiel responde Amén: «Sí, ésa es la verdad, ésa es la fe de la Iglesia».

Saludo

El Señor nos lo aseguró: «Donde dos o tres están congregados en mi Nombre, allí estoy yo presente en medio de ellos» (Mt 18,19). Y esta presencia misteriosa del Resucitado entre los suyos se cumple especialmente en la asamblea eucarística. Por eso el saludo inicial del sacerdote, en sus diversas fórmulas, afirma y expresa esa maravillosa realidad:

-«El Señor esté con vosotros» (+Rut 2,4; 2Tes 3,16)... «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2Cor 13,13)...

-«Y con tu espíritu».

«La finalidad de estos ritos [iniciales] es hacer que los fieles reunidos constituyan una comunidad, y se dispongan a oír como conviene la palabra de Dios y a celebrar dignamente la eucaristía» (OGMR 24).

Acto penitencial

Moisés, antes de acercarse a la zarza ardiente, antes de entrar en la Presencia divina, ha de descalzarse, porque entra en una tierra sagrada (+Ex 3,5). Y nosotros, los cristianos, antes que nada, «para celebrar dignamente estos sagrados misterios», debemos solicitar de Dios primero el perdón de nuestras culpas. Hemos de tener clara conciencia de que, cuando vamos a entrar en la Presencia divina, cuando llevamos la ofrenda ante el altar (+Mt 5,23-25), debemos examinar previamente nuestra conciencia ante el Señor (1Cor 11,28), y pedir su perdón. «Los limpios de corazón verán a Dios» (Mt 5,8).

Este acto penitencial, que puede realizarse según diversas fórmulas, ya estaba en uso a fines del siglo I, según el relato de la Didaqué: «Reunidos cada día del Señor, partid el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro» (14,1). Antiguamente, el acto penitencial era realizado sólamente por los ministros celebrantes. Y por primera vez este acto se hace comunitario en el Misal de Pablo VI. En las misas dominicales, especialmente en el tiempo pascual, puede convenir que la aspersión del agua bendita, evocando el bautismo, dé especial solemnidad a este rito penitencial.

-«Yo confieso, ante Dios todopoderoso»... A veces, con malevolencia, se acusa de pecadores a los cristianos piadosos, «a pesar de ir tanto a misa»... Pues bien, los que frecuentamos la eucaristía hemos de ser los más convencidos de esa condición nuestra de pecadores, que en la misa precisamente confesamos: «por mi gran culpa». Y por eso justamente, porque nos sabemos pecadores, por eso frecuentamos la eucaristía, y comenzamos su celebración con la más humilde petición de perdón a Dios, el único que puede quitarnos de la conciencia la mancha indeleble y tantas veces horrible de nuestros pecados. Y para recibir ese perdón, pedimos también «a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos», que intercedan por nosotros.

Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna». Esta hermosa fórmula litúrgica, que dice el sacerdote, no absuelve de todos los pecados con la eficacia ex opere operato propia del sacramento de la penitencia. Tiene más bien un sentido deprecativo, de tal modo que, por la mediación suplicante de la Iglesia y por los actos personales de quienes asisten a la eucaristía, perdona los pecados leves de cada día, guardando así a los fieles de caer en culpas más graves. Por lo demás, en otros momentos de la misa -el Gloria, el Padrenuestro, el No soy digno- se suplica también, y se obtiene, el perdón de Dios.

El Catecismo enseña que «la eucaristía no puede unirnos [más] a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados» (1393). «Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la eucaristía fortelece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales (+Conc. Trento). Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de arraigarnos en Él» (1394). Así pues, «por la misma caridad que enciende en nosotros, la eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más dificil se nos hará romper con él por el pecado mortal. La eucaristía [sin embargo] no está ordenada al perdón de los pecados mortales. Esto es propio del sacramento de la Reconciliación. Lo propio de la eucaristía es ser el sacramento de los que están en plena comunión con la Iglesia» (1395).

En este sentido, «nadie, consciente de pecado mortal, por contrito que se crea, se acerque a la sagrada eucaristía, sin que haya precedido la confesión sacramental. Pero si se da una necesidad urgente y no hay suficientes confesores, emita primero un acto de contrición perfecta» (Eucharisticum mysterium 35), antes de recibir el Pan de vida.

Señor, ten piedad

Con frecuencia los Evangelios nos muestran personas que invocan a Cristo, como Señor, solicitando su piedad: así la cananea, «Señor, Hijo de David, ten compasión de mí» (Mt 15,22); los ciegos de Jericó, «Señor, ten compasión de nosotros» (20,30-31) o aquellos diez leprosos (Lc 17,13).

En este sentido, los Kyrie eleison (Señor, ten piedad), pidiendo seis veces la piedad de Cristo, en cuanto Señor, son por una parte prolongación del acto penitencial precedente; pero por otra, son también proclamación gozosa de Cristo, como Señor del universo, y en este sentido vienen a ser prólogo del Gloria que sigue luego. En efecto, Cristo, por nosotros, se anonadó, obediente hasta la muerte de cruz, y ahora, después de su resurrección, «toda lengua ha de confesar que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (+Flp 2,3-11).

Es muy antigua la inserción, en una u otra forma, de los Kyrie en la liturgia. Hacia el 390, la peregrina gallega Egeria, en su Diario de peregrinación, describe estas aclamaciones en la iglesia de la Resurrección, en Jerusalén, durante el oficio lucernario: «un diácono va leyendo las intenciones, y los niños que están allí, muy numerosos, responden siempre Kyrie eleison. Sus voces forman un eco interminable» (XXIV,4).

Gloria a Dios

El Gloria, la grandiosa doxología trinitaria, es un himno bellísimo de origen griego, que ya en el siglo IV pasó a Occidente. Constituye, sin duda, una de las composiciones líricas más hermosas de la liturgia cristiana.

«Es un antiquísimo y venerable himno con que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y al Cordero, y le presenta sus súplicas... Se canta o se recita los domingos, fuera de los tiempos de Adviento y de Cuaresma, en las solemnidades y en las fiestas y en algunas peculiares celebraciones más solmenes» (OGMR 31).

Esta gran oración es rezada o cantada juntamente por el sacerdote y el pueblo. Su inspiración primera viene dada por el canto de los ángeles sobre el portal de Belén: Gloria a Dios, y paz a los hombres (Lc 2,14). Comienza este himno, claramente trinitario, por cantar con entusiasmo al Padre, «por tu inmensa gloria», acumulando reiterativamente fórmulas de extrema reverencia y devoción. Sigue cantando a Jesucristo, «Cordero de Dios, Hijo del Padre», de quien suplica tres veces piedad y misericordia. Y concluye invocando al Espíritu Santo, que vive «en la gloria de Dios Padre».

¿Podrá resignarse un cristiano a recitar habitualmente este himno tan grandioso con la mente ausente?...

Oración colecta

Para participar bien en la misa es fundamental que esté viva la convicción de que es Cristo glorioso el protagonista principal de las oraciones litúrgicas de la Iglesia. El sacerdote es en la misa quien pronuncia las oraciones, pero el orante principal, invisible y quizá inadvertido para tantos, «¡es el Señor!» (Jn 21,7). En efecto, la oración de la Iglesia en la eucaristía, lo mismo que en las Horas litúrgicas, es sin duda «la oración de Cristo con su cuerpo al Padre» (SC 84). Dichosos, pues, nosotros, que en la liturgia de la Iglesia podemos orar al Padre encabezados por el mismo Cristo. Así se cumple aquello de San Pablo: «El mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; él mismo ora en nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,26).

De las tres oraciones variables de la misa -colecta, ofertorio, postcomunión-, la colecta es la más solemne, y normalmente la más rica de contenido. Y de las tres, es la única que termina con una doxología trinitaria completa. El sacerdote la reza -como antiguamente todo el pueblo- con las manos extendidas, el gesto orante tradicional.

La palabra collecta procede quizá de que esta oración se decía una vez que el pueblo se había reunido -colligere, reunir- para la misa. O quizá venga de que en esta oración el sacerdote resume, colecciona, las intenciones privadas de los fieles orantes. En todo caso, su origen en la eucaristía es muy antiguo.

Veamos una que puede servir como ejemplo:

/ «Oh Dios, fuente de todo bien, /escucha sin cesar nuestras súplicas, y concédenos, inspirados por ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda. / Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. -Amén».

La oración, llena de concisión, profundidad y belleza, se inicia / invocando al Padre celestial, y evocando normalmente alguno de sus principales atributos divinos. En seguida, apoyándose en la anterior premisa de alabanza, viene / la súplica, en plural, por supuesto. Y la oración concluye apoyándose en / la mediación salvífica de Cristo, el Hijo Salvador, y en el amor del Espíritu Santo. Ésa suele ser la forma general de todas estas oraciones.

Otros ejemplos. «Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz, concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor, etc.» (dom. 13 T.O.). «Oh Dios, protector de los que en ti esperan, sin ti nada es fuerte ni santo; multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro Señor, etc.» (dom. 17 T.O.).

Gran parte de las colectas tienen origen muy antiguo, y las más bellas proceden de la edad patrística. Vienen, pues, resonando en la Iglesia desde hace muchos siglos. Cada una suele ser una micro-catequesis implícita, y de ellas concretamente podría extraerse la más preciosa doctrina católica sobre la gracia.

¿Será posible, también, que muchas veces el pueblo conceda su Amén a oraciones tan grandiosas sin haberse enterado apenas de lo dicho por el sacerdote? Efectivamente. Y no sólo es posible, sino probable, si el sacerdote pronuncia deprisa y mal, y, sobre todo, si los fieles no hacen uso de un Misal manual que, antes o después de la misa, les facilite enterarse de las maravillosas oraciones y lecturas que en ella se hacen.

II. Liturgia de la Palabra

-Lecturas -Evangelio -Homilía -Credo -Oración de los fieles.

Cristo, Palabra de Dios

Nos asegura la Iglesia que Cristo «está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la sagrada Escritura, es él quien nos habla» (SC 7a). En efecto, «cuando se leen en la iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio. Por eso, las lecturas de la palabra de Dios, que proporcionan a la liturgia un elemento de la mayor importancia, deben ser escuchadas por todos con veneración» (OGMR 9).

«En las lecturas, que luego desarrolla la homilía, Dios habla a su pueblo, le descubre el misterio de la redención y salvación, y le ofrece alimento espiritual; y el mismo Cristo, por su palabra, se hace presente en medio de los fieles. Esta palabra divina la hace suya el pueblo con los cantos y muestra su adhesión a ella con la Profesión de fe; y una vez nutrido con ella, en la oración universal, hace súplicas por las necesidades de la Iglesia entera y por la salvación de todo el mundo» (OGMR 33).

Recibir del Padre el pan de la Palabra encarnada

En la liturgia es el Padre quien pronuncia a Cristo, la plenitud de su palabra, que no tiene otra, y por él nos comunica su Espíritu. En efecto, cuando nosotros queremos comunicar a otro nuestro espíritu, le hablamos, pues en la palabra encontramos el medio mejor para transmitir nuestro espíritu. Y nuestra palabra humana transmite, claro está, espíritu humano. Pues bien, el Padre celestial, hablándonos por su Hijo Jesucristo, plenitud de su palabra, nos comunica así su espíritu, el Espíritu Santo.

Siendo esto así, hemos de aprender a comulgar a Cristo-Palabra como comulgamos a Cristo-pan, pues incluso del pan eucarístico es verdad aquello de que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3; Mt 4,4).

En la liturgia de la Palabra se reproduce aquella escena de Nazaret, cuando Cristo asiste un sábado a la sinagoga: «se levantó para hacer la lectura» de un texto de Isaías; y al terminar, «cerrando el libro, se sentó. Los ojos de cuantos había en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oir» (Lc 4,16-21). Con la misma realidad le escuchamos nosotros en la misa. Y con esa misma veracidad experimentamos también aquel encuentro con Cristo resucitado que vivieron los discípulos de Emaús: «Se dijeron uno a otro: ¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros mientras en el camino nos hablaba y nos declaraba las Escrituras?» (Lc 24,32).

Si creemos, gracias a Dios, en la realidad de la presencia de Cristo en el pan consagrado, también por gracia divina hemos de creer en la realidad de la presencia de Cristo cuando nos habla en la liturgia. Recordemos aquí que la presencia eucarística «se llama real no por exclusión, como si las otras [modalidades de su presencia] no fueran reales, sino por antonomasia, ya que es substancial» (Mysterium fidei).

Cuando el ministro, pues, confesando su fe, dice al término de las lecturas: «Palabra de Dios», no está queriendo afirmar sólamente que «Ésta fue la palabra de Dios», dicha hace veinte o más siglos, y ahora recordada piadosamente; sino que «Ésta es la palabra de Dios», la que precisamente hoy el Señor está dirigiendo a sus hijos.

La doble mesa del Señor

En la eucaristía, como sabemos, la liturgia de la Palabra precede a la liturgia del Sacrificio, en la que se nos da el Pan de vida. Lo primero va unido a lo segundo, lo prepara y lo fundamenta. Recordemos, por otra parte, que ése fue el orden que comprobamos ya en el sacrificio del Sinaí (Ex 24,7), en la Cena del Señor, o en el encuentro de Cristo con los discípulos de Emaús (Lc 24,13-32).

En este sentido, el Vaticano II, siguiendo antigua tradición, ve en la eucaristía «la doble mesa de la Sagrada Escritura y de la eucaristía» (PO 18; +DV 21; OGMR 8). En efecto, desde el ambón se nos comunica Cristo como palabra, y desde el altar se nos da como pan. Y así el Padre, tanto por la Palabra divina como por el Pan de vida, es decir, por su Hijo Jesucristo, nos vivifica en la eucaristía, comunicándonos su Espíritu.

Por eso San Agustín, refiriéndose no sólo a las lecturas sagradas sino a la misma predicación -«el que os oye, me oye» (Lc 10,16)-, decía: «Toda la solicitud que observamos cuando nos administran el cuerpo de Cristo, para que ninguna partícula caiga en tierra de nuestras manos, ese mismo cuidado debemos poner para que la palabra de Dios que nos predican, hablando o pensando en nuestras cosas, no se desvanezca de nuestro corazón. No tendrá menor pecado el que oye negligentemente la palabra de Dios, que aquel que por negligencia deja caer en tierra el cuerpo de Cristo» (ML 39,2319). En la misma convicción estaba San Jerónimo cuando decía: «Yo considero el Evangelio como el cuerpo de Jesús. Cuando él dice «quien come mi carne y bebe mi sangre», ésas son palabras que pueden entenderse de la eucaristía, pero también, ciertamente, son las Escrituras verdadero cuerpo y sangre de Cristo» (ML 26,1259).

Lecturas en el ambón

El Vaticano II afirma que «la Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del cuerpo de Cristo» (DV 21). En efecto, al Libro sagrado se presta en el ambón -como al símbolo de la presencia de Cristo Maestro- los mismos signos de veneración que se atribuyen al cuerpo de Cristo en el altar. Así, en las celebraciones solemnes, si el altar se besa, se inciensa y se adorna con luces, en honor de Cristo, Pan de vida, también el leccionario en el ambón se besa, se inciensa y se rodea de luces, honrando a Cristo, Palabra de vida. La Iglesia confiesa así con expresivos signos que ahí está Cristo, y que es Él mismo quien, a través del sacerdote o de los lectores, «nos habla desde el cielo» (Heb 12,25).

((Un ambón pequeño, feo, portátil, que se retira quizá tras la celebración, no es, como ya hemos visto, el signo que la Iglesia quiere para expresar el lugar de la Palabra divina en la misa. Tampoco parece apropiado confiar las lecturas litúrgicas de la Palabra a niños o a personas que leen con dificultad. Si en algún caso puede ser esto conveniente, normalmente no es lo adecuado para simbolizar la presencia de Cristo que habla a su pueblo. La tradición de la Iglesia, hasta hoy, entiende el oficio de lector como «un auténtico ministerio litúrgico» (SC 29a; +Código 230; 231,1).))

Podemos recordar aquí aquella escena narrada en el libro de Nehemías, en la que se hace en Jerusalén, a la vuelta del exilio (538 a.C.), una solemne lectura del libro de la Ley. Sobre un estrado de madera, «Esdras abrió el Libro, viéndolo todos, y todo el pueblo estaba atento... Leía el libro de la Ley de Dios clara y distintamente, entendiendo el pueblo lo que se le leía» (Neh 8,3-8).

Otra anécdota significativa. San Cipriano, obispo de Cartago, en el siglo III, reflejaba bien la veneración de la Iglesia antigua hacia el oficio de lector cuando instituye en tal ministerio a Aurelio, un mártir que ha sobrevivido a la prueba. En efecto, según comunica a sus fieles, le confiere «el oficio de lector, ya que nada cuadra mejor a la voz que ha hecho tan gloriosa confesión de Dios que resonar en la lectura pública de la divina Escritura; después de las sublimes palabras que se pronunciaron para dar testimonio de Cristo, es propio leer el Evangelio de Cristo por el que se hacen los mártires, y subir al ambón después del potro; en éste quedó expuesto a la vista de la muchedumbre de paganos; aquí debe estarlo a la vista de los hermanos» (Carta 38).

El leccionario

Desde el comienzo de la Iglesia, se acostumbró leer las Sagradas Escrituras en la primera parte de la celebración de la eucaristía. Al principio, los libros del Antiguo Testamento. Y en seguida, también los libros del Nuevo, a medida que éstos se iban escribiendo (+1Tes 5,27; Col 4,16).

Al paso de los siglos, se fueron formando leccionarios para ser usados en la eucaristía. El leccionario actual, formado según las instrucciones del Vaticano II (SC 51), es el más completo que la Iglesia ha tenido, pues, distribuido en tres ciclos de lecturas, incluye casi un 90 por ciento de la Biblia, y respeta normalmente el uso tradicional de ciertos libros en determinados momentos del año litúrgico. De este modo, la lectura continua de la Escritura, según el leccionario del misal -y según también el leccionario del Oficio de Lectura-, nos permite leer la Palabra divina en el marco de la liturgia, es decir, en ese hoy eficacísimo que va actualizando los diversos misterios de la vida de Cristo.

Esta lectura de la Biblia, realizada en el marco sagrado de la Liturgia, nos permite escuchar los mensajes que el Señor envía cada día a su pueblo. Por eso, «el que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice [hoy] a las iglesias» (Ap 2,11). Así como cada día la luz del sol va amaneciendo e iluminando las diversas partes del mundo, así la palabra de Cristo, una misma, va iluminando a su Iglesia en todas las naciones. Es el pan de la palabra que ese día, concretamente, y en esa fase del año litúrgico, reparte el Señor a sus fieles. Innumerables cristianos, de tantas lenguas y naciones, están en ese día meditando y orando esas palabras de la sagrada Escritura que Cristo les ha dicho. También, pues, nosotros, como Jesús en Nazaret, podemos decir: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oir» (Lc 4,21).

Por otra parte, «en la presente ordenación de las lecturas, los textos del Antiguo Testamento están seleccionados principalmente por su congruencia con los del Nuevo Testamento, en especial del Evangelio, que se leen en la misma misa» (Orden de lecturas, 1981, 67). De este modo, la cuidadosa distribución de las lecturas bíblicas permite, al mismo tiempo, que los libros antiguos y los nuevos se iluminen entre sí, y que todas las lecturas estén sintonizadas con los misterios que en ese día o en esa fase del Año litúrgico se están celebrando.

Profeta, apóstol y evangelista

Los días feriales en la misa hay dos lecturas, pero cuando los domingos y otros días señalados hay tres, éstas corresponden a «el profeta, el apóstol y el evangelista», como se dice en expresión muy antigua.

-El profeta, u otros libros del Antiguo Testamento, enciende una luz que irá creciendo hasta el Evangelio.

En efecto, «muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo... el resplandor de su gloria, la imagen de su propio ser» (Heb 1,1-3). Es justamente en el Evangelio donde se cumple de modo perfecto lo que estaba escrito acerca de Cristo «en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos» (Lc 24,44; +25.27).

-El apóstol nos trae la voz inspirada de los más íntimos discípulos del Maestro: Juan, Pedro, Pablo...

-El salmo responsorial da una respuesta meditativa a la lectura -a la lectura primera, si hay dos-. La Iglesia, con todo cuidado, ha elegido ese salmo con una clara intención cristológica. Así es como fueron empleados los salmos frecuentemente en la predicación de los apóstoles (+Hch 1,20; 2,25-28.34-35; 4,25-26). Y ya en el siglo IV, en Roma, se usaba en la misa el salmo responsorial, como también el Aleluya -es decir, «alabad al Señor»-, que precede al Evangelio.

-El Evangelio es el momento más alto de la liturgia de la Palabra. Ante los fieles congregados en la eucaristía, «Cristo hoy anuncia su Evangelio» (SC 33), y a veinte siglos de distancia histórica, podemos escuchar nosotros su palabra con la misma realidad que quienes le oyeron entonces en Palestina; aunque ahora, sin duda, con más luz y más ayuda del Espíritu Santo. El momento es, de suyo, muy solemne, y todas las palabras y gestos previstos están llenos de muy alta significación:

«Mientras se entona el Aleluya u otro canto, el sacerdote, si se emplea el incienso, lo pone en el incensario. Luego, con las manos juntas e inclinado ante el altar, dice en secreto el Purifica mi corazón [y mis labios, Dios todopoderoso, para que anuncie dignamente tu Evangelio]. Después toma el libro de los evangelios, y precedido por los ministros, que pueden llevar el incienso y los candeleros, se acerca al ambón. Llegado al ambón, el sacerdote abre el libro y dice: El Señor esté con vosotros, y en seguida: Lectura del santo Evangelio, haciendo la cruz sobre el libro con el pulgar, y luego sobre su propia frente, boca y pecho. Luego, si se utiliza el incienso, inciensa el libro. Después de la aclamación del pueblo [Gloria a ti, Señor] proclama el evangelio, y, una vez terminada la lectura, besa el libro, diciendo en secreto: Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados. Después de la lectura del evangelio se hace la aclamación del pueblo», Gloria a ti, Señor Jesús (OGMR 93-95).

-La homilía, que sigue a las lecturas de la Escritura, ya se hacía en la Sinagoga, como aquella que un sábado hizo Jesús en Nazaret (Lc 4,16-30). Y desde el principio se practicó también en la liturgia eucarística cristiana, como hacia el año 153 testifica San Justino (I Apología 67). La homilía, que está reservada al sacerdote o al diácono (OGMR 61; Código 767,1), y que «se hace en la sede o en el ambón» (OGMR 97), es el momento más alto en el ministerio de la predicación apostólica, y en ella se cumple especialmente la promesa del Señor: «El que os oye, me oye» (Lc 10,16).

«La homilía es parte de la liturgia, y muy recomendada, pues es necesaria para alimentar la vida cristiana. Conviene que sea una explicación o de algún aspecto particular de las lecturas de la Sagrada Escritura, o de otro texto del Ordinario, o del Propio de la misa del día, teniendo siempre presente el misterio que se celebra y las particulares necesidades de los oyentes» (OGMR 41).

-Un silencio, meditativo y orante, puede seguir a las lecturas y a la predicación.

El Credo

El Credo es la respuesta más plena que el pueblo cristiano puede dar a la Palabra divina que ha recibido. Al mismo tiempo que profesión de fe, el Credo es una grandiosa oración, y así ha venido usándose en la piedad tradicional cristiana. Comienza confesando al Dios único, Padre creador; se extiende en la confesión de Jesucristo, su único Hijo, nuestro Salvador; declara, en fin, la fe en el Espíritu Santo, Señor y vivificador; y termina afirmando la fe en la Iglesia y la resurrección.

Puede rezarse en su forma breve, que es el símbolo apostólico (del siglo III-IV), o en la fórmula más desarrollada, que procede de los Concilios niceno (325) y constan-tinopolitano (381).

La oración universal u oración de los fieles

La liturgia de la Palabra termina con la oración de los fieles, también llamada oración universal, que el sacerdote preside, iniciándola y concluyéndola, en el ambón o en la sede. Ya San Pablo ordena que se hagan oraciones por todos los hombres, y concretamente por los que gobiernan, pues «Dios nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,1-4). Y San Justino, hacia 153, describe en la eucaristía «plegarias comunes que con fervor hacemos por nosotros, por nuestros hermanos, y por todos los demás que se encuentran en cualquier lugar» (I Apología 67,4-5).

De este modo, «en la oración universal u oración de los fieles, el pueblo, ejercitando su oficio sacerdotal, ruega por todos los hombres. Conviene que esta oración se haga, normalmente, en las misas a las que asiste el pueblo, de modo que se eleven súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren algunas necesitades y por todos los hombres y la salvación de todo el mundo» (OGMR 45).

Al hacer la oración de los fieles, hemos de ser muy conscientes de que la eucaristía, la sangre de Cristo, se ofrece por los cristianos «y por todos los hombres, para el perdón de los pecados». La Iglesia, en efecto, es «sacramento universal de salvación», de tal modo que todos los hombres que alcanzan la salvación se salvan por la mediación de la Iglesia, que actúa sobre ellos inmediatamente -cuando son cristianos- o en una mediación a distancia, sólamente espiritual -cuando no son cristianos-. Es lo mismo que vemos en el evangelio, donde unas veces Cristo sanaba por contacto físico y otras veces a distancia. En todo caso, nadie sana de la enfermedad profunda del hombre, el pecado, si no es por la gracia de Cristo Salvador que, desde Pentecostés, «asocia siempre consigo a su amadísima esposa la Iglesia» (SC 7b), sin la que no hace nada.

Según esto, la Iglesia, por su enseñanza y acción, y muy especialmente por la oración universal y el sacrificio eucarístico, sostiene continuamente al mundo, procurándole por Cristo incontables bienes materiales y espirituales, e impidiendo su total ruina.

De esto tenían clara conciencia los cristianos primeros, con ser tan pocos y tan mal situados en el mundo de su tiempo. Es una firme convicción que se refleja, por ejemplo, en aquella Carta a Diogneto, hacia el año 200: «Lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y cristianos hay por todas las ciudades del mundo... La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido agravio alguno de ella, porque no le deja gozar de los placeres; a los cristianos los aborrece el mundo, sin haber recibido agravio de ellos, porque renuncian a los placeres... El alma está encerrada en el cuerpo, pero ella es la que mantiene unido al cuerpo; así los cristianos están detenidos en el mundo, como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo... Tal es el puesto que Dios les señaló, y no es lícito desertar de él» (VI,1-10).

Pero a veces somos hombres de poca fe, y no pedimos. «No tenéis porque no pedís» (Sant 4,2). O si pedimos algo -por ejemplo, que termine el comunismo-, cuando Dios por fin nos concede que desaparezca de muchos países, fácilmente atribuímos el bien recibido a ciertas causas segundas -políticas, económicas, personales, etc.-, sin recordar que «todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba, desciende del Padre de las luces» (Sant 1,17). Es indudable que, por ejemplo, las religiosas de clausura y los humildes feligreses de misa diaria contribuyen mucho más poderosamente al bien del mundo que todo el conjunto de prohombres y políticos que llenan las páginas de los periódicos y las pantallas de la televisión. Aquellos humildes creyentes son los que más influjo tienen en la marcha del mundo. Basta un poquito de fe para creerlo así.

III. Liturgia del Sacrificio

A. Preparación de los dones. -B. Plegaria eucarística. -C. Rito de la comunión.

A. Preparación de los dones

-El pan y el vino -Oraciones de presentación -Súplicas -Lavabo -Oración sobre las ofrendas.

El pan y el vino

La acción litúrgica queda centrada desde ahora en el altar, al que se acerca el sacerdote. A él se llevan, en forma simple o procesional, el pan y el vino, y quizá también otros dones. En el pan y el vino, que se han de convertir en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, va actualizarse a un tiempo la Cena última y la Cruz del Calvario.

«Es conveniente que la participación de los fieles se manifieste en la presentación del pan y del vino para la celebración de la eucaristía, o de dones con los que se ayude a las necesidades de la Iglesia o de los pobres» (OGMR 101). Es éste, pues, el momento más propio, y más tradicional, para realizar la colecta entre los fieles.

Oraciones de presentación

El sacerdote toma primero la patena con el pan, «y con ambas manos la eleva un poco sobre el altar, mientras dice la fórmula correspondiente»; y lo mismo hace con el vino (OGMR 102). Las dos oraciones que el sacerdote pronuncia, en alta voz o en secreto, casi idénticas, son muy semejantes a las que empleaba Jesús en sus plegarias de bendición, siguiendo la tradición judía (berekáh; +Lc 10,21; Jn 11,41). Primero sobre el pan, y después sobre el vino, como lo hizo Cristo, el sacerdote dice:

Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan [vino], fruto de la tierra [vid] y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida [bebida de salvación]».

-«Bendito seas por siempre, Señor» (+Rm 9,5; 2Cor 11,31).

Súplicas del sacerdote y del pueblo

Después de presentar el pan y el vino, el sacerdote se inclina ante el altar orando en secreto:

Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro».

Ahora puede realizarse la incensación de las ofrendas, del altar, del celebrante y de todo el pueblo. En seguida, el sacerdote lava sus manos, procurando así su «purificación interior» (OGMR 52), y vuelto al centro del altar solicita la súplica de todos:

Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre todopoderoso».

El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia» (OGMR 107).

Las oraciones de los fieles, uniéndose a la de Cristo, se elevan aquí a Dios como el incienso (+Sal 140,2; Ap 5,8; 8,3-4). Y el pueblo asistente, uniéndose a Cristo víctima, se dispone a ofrecerse a Dios «en oblación y sacrificio de suave perfume» (+Ef 5,2).

Oración sobre las ofrendas

El rito de preparación al sacrificio concluye con una oración sacerdotal sobre las ofrendas. Es una de las tres oraciones propias de la misa que se celebra. La oración sobre las ofrendas suele ser muy hermosa, y expresa muchas veces la naturaleza mistérica de lo que se está celebrando. Valga un ejemplo:

«Acepta, Señor, estas ofrendas en las que vas a realizar con nosotros un admirable intercambio, pues al ofrecerte los dones que tú mismo nos diste, esperamos merecerte a ti mismo como premio. Por Jesucristo nuestro Señor» (29 dicm.).

B. Plegaria eucarística

-Prefacio -Santo -Invocación al Espíritu Santo (1ª) -Relato y consagración -Memorial y ofrenda -Invocación al Espíritu Santo (2ª) -Intercesiones -Doxología final.

El ápice de toda la celebración

La cima del sacrificio de la misa se da en la plegaria eucarística, que en el Occidente cristiano se llama canon, norma invariable, y en el Oriente anáfora, que significa llevar de nuevo hacia arriba. En ningún momento de la misa la distracción de los participantes vendrá a ser más lamentable. Es el momento de la suma atención sagrada.

«Ahora es cuando empieza el centro y el culmen de toda la celebración, a saber: la plegaria eucarística, que es una plegaria de acción de gracias y de consagración. El sacerdote invita al pueblo a elevar el corazón hacia Dios en oración y acción de gracias, y se le asocia en la oración, que él dirige, en nombre de toda la comunidad, por Jesucristo, a Dios Padre. El sentido de esta oración es que toda la congregación de los fieles se una con Cristo en el reconocimiento de la grandeza de Dios y en la ofrenda del sacrificio» (OGMR 54).

Con los mismos gestos y palabras de la Cena, Cristo y la Iglesia realizan ahora el memorial que actualiza el misterio de la Cruz y de la Resurrección: misterio pascual, glorificación suma de Dios, fuente sobreabundante y permanente de redención para los hombres. Y al mismo tiempo, la plegaria eucarística, pronunciada exclusivamente por el sacerdote, es la oración suprema de la Iglesia, visiblemente congregada. La forma básica de esta gran oración es la berakáh de los judíos, que se recitaba en la liturgia familiar, en la sinagogal, y por supuesto en la Cena pascual: es el modo propio de la eulogía, bendición de Dios, y la eucharistía, acción de gracias, frecuentes en el Nuevo Testamento.

«La naturaleza de las intervenciones presidenciales exige que se pronuncien claramente y en voz alta, y que todos las escuchen atentamente. Por consiguiente, mientras interviene el sacerdote no se cante ni se rece otra cosa, y estén igualmente callados el órgano y cualquier otro instrumento musical» (OGMR 12). Por eso mismo, durante la plegaria eucarística, «no se permite recitar ninguna de sus partes a un ministro de grado inferior, a la asamblea o a cualquiera de los fieles» (S.C.Culto, instrucción 5-9-1970, 4).

Las diversas plegarias eucarísticas

En cualesquiera de sus variantes, la plegaria eucarística incluye siempre la acción de gracias, varias aclamaciones, la epíclesis o invocación del Espíritu Santo, la narración de la institución y la consagración, la anámnesis o memorial, la oblación de la víctima, las intercesiones varias y la suprema doxología final trinitaria (OGMR 55). Actualmente, el Misal romano presenta también cinco plegarias eucarísticas, y además de ellas existen tres para niños y dos de reconciliación.

I. Es el Canon Romano. Procede del siglo IV, y su forma queda ya casi fijada desde San Gregorio Magno (+604). Su uso se universaliza en la Iglesia por los siglos IX-XI, y llega casi intacto hasta nuestros días. Goza, pues, de especial honor en la tradición litúrgica.

II. Es una reelaboración de la anáfora de San Hipólito (+225), la más antigua que se conoce de Occidente. Sencilla y breve, sumamente venerable, es armoniosa y perfecta.

III. Esta plegaria, expresión de la tradición romana y gálica, fue compuesta después del Vaticano II, y el orden de sus partes, así como su conjunto, hace de ella una anáfora de proporciones ideales. En ella fijaremos ahora especialmente nuestro comentario.

IV. Procedente de la tradición litúrgica antioquena, es también una plegaria de composición actual. Con prefacio fijo y propio, es una pieza lírica muy bella, en la que se confiesa ampliamente la fe, contemplando, a partir de la creación, toda la obra de la redención.

V. En 1974 aprobó la Iglesia la plegaria eucarística preparada con ocasión del Sínodo de Suiza, adoptada posteriormente por varias Conferencias Episcopales, entre ellas la de España (1985). En lenguaje moderno, y con la estructura de la tradición romana, la plegaria, que tiene cuatro variantes, contempla sobre todo al Señor que camina con su Iglesia peregrina.

En el Apéndice II reproducimos, dispuestas en columnas, las cuatro plegarias eucarísticas principales. Después del Padrenuestro, son las más altas y bellas oraciones de la Iglesia. Conviene leerlas primero en vertical, para captar el ritmo y la armonía de cada una, y después en horizontal, descubriendo los paralelos que hay entre unas y otras.

Prefacio

En la misa «la acción de gracias se expresa, sobre todo, en el prefacio: [en éste] el sacerdote, en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y le da las gracias por toda la obra de salvación o por alguno de sus aspectos particulares, según las variantes [hay casi un centenar de prefacios diversos] del día, fiesta o tiempo litúrgico» (OGMR 55a). Viene a ser así el prefacio el grandioso pórtico de entrada en la plegaria eucarística, que se recita o se canta antes (prae), o mejor, al comienzo de la acción (factum) eucarística. Consta de cuatro partes:

-El diálogo inicial, siempre el mismo y de antiquísimo origen, que ya desde el principio vincula al pueblo a la oración del sacerdote, y que al mismo tiempo levanta su corazón «a las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios» (Col 3,1-2).

-«El Señor esté con vosotros. -Y con tu espíritu. -Levantemos el corazón. -Lo tenemos levantado hacia el Señor. -Demos gracias al Señor, nuestro Dios. -Es justo y necesario».

-La elevación al Padre retoma las últimas palabras del pueblo, «es justo y necesario», y con leves variantes, levanta la oración de la Iglesia al Padre celestial. De este modo el prefacio, y con él toda la plegaria eucarística, dirige la oración de la Iglesia precisamente al Padre. Así cumplimos la voluntad de Cristo: «Cuando oréis, decid Padre» (Lc 11,2), y somos dóciles al Espíritu Santo que, viniendo en ayuda de nuestra flaqueza, ora en nosotros diciendo: «¡Abba, Padre!» (+Rm 8,15.26).

«En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias, Padre santo, siempre y en todo lugar, por Jesucristo, tu Hijo amado» (Pref. PE II).

-La parte central, la más variable en sus contenidos, según días y fiestas, proclama gozosamente los motivos fundamentales de la acción de gracias, que giran siempre en torno a la creación y la redención:

«Por él, que es tu Palabra, hiciste todas las cosas; tú nos lo enviaste para que, hecho hombre por obra del Espíritu Santo y nacido de María, la Virgen, fuera nuestro Salvador y Redentor.

«Él, en cumplimiento de tu voluntad, para destruir la muerte y manifestar la resurrección, extendió sus brazos en la cruz, y así adquirió para ti un pueblo santo» (ib.).

-El final del prefacio, que viene a ser un prólogo del Sanctus que le sigue, asocia la oración eucarística de la Iglesia terrena con el culto litúrgico celestial, haciendo de aquélla un eco de éste:

«Por eso, con los ángeles y los santos, proclamamos tu gloria, diciendo» ...

Santo - Hosanna

El prefacio culmina en el sagrado trisagio -tres veces santo-, por el que, ya desde el siglo IV, en Oriente, participamos los cristianos en el llamado cántico de los serafines, el mismo que escucharon Isaías (Is 6,3) y el apóstol San Juan (Ap 4,8):

«Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria».

Santo es el nombre mismo de Dios, y más y antes que una cualidad moral de Dios, designa la misma calidad infinita del ser divino: sólo Él es el Santo (Lev 11,44), y al mismo tiempo es la única «fuente de toda santidad» (PE II).

El pueblo cristiano, en el Sanctus, dirige también a Cristo, que en este momento de la misa entra a actualizar su Pasión, las mismas aclamaciones que el pueblo judío le dirigió en Jerusalén, cuando entraba en la Ciudad sagrada para ofrecer el sacrificio de la Nueva Alianza. Hosanna, «sálvanos» (hôsîana, +Sal 117,25); bendito el que viene en el nombre del Señor (Mc 11,9-10).

«Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en el nombre del Señor. Hosanna en el cielo».

El Prefacio, y concretamente el Santo, es una de las partes de la misa que más pide ser cantada.

A propósito de esto conviene recordar la norma litúrgica, no siempre observada: «En la selección de las partes [de la misa] que se deben cantar se comenzará por aquellas que por su naturaleza son de mayor importancia; en primer lugar, por aquellas que deben cantar el sacerdote o los ministros con respuestas del pueblo; se añadirán después, poco a poco, las que son propias sólo del pueblo o sólo del grupo de cantores» (Instrucción Musicam sacram 1967,7).

Invocación al Espíritu Santo (1ª)

En continuidad con el Santo, la plegaria eucarística reafirma la santidad de Dios, y prosigue con la epíclesis o invocación al Espíritu Santo:

«Santo eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas las criaturas... Te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos preparado para ti, de manera que sean cuerpo y sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro» (III; +II).

El sacerdote, imponiendo sus manos sobre las ofrendas, pide, pues, al Espíritu Santo que, así como obró la encarnación del Hijo en el seno de la Virgen María, descienda ahora sobre el pan y el vino, y obre la transubstanciación de estos dones ofrecidos en sacrificio, convirtiéndolos en cuerpo y sangre del mismo Cristo (+Heb 9,14; Rm 8,11; 15,16). Es éste para los orientales el momento de la transubstanciación, mientras que los latinos la vemos en las palabras mismas de Cristo, es decir, en el relato-memorial, «esto es mi cuerpo». En todo caso, siempre la liturgia ha unido, en Oriente y Occidente, el relato de la institución de la eucaristía y la invocación al Espíritu Santo.

Por otra parte, esa invocación, al mismo tiempo que pide al Espíritu divino que produzca el cuerpo de Jesucristo, le pide también que realice su Cuerpo místico, que es la Iglesia:

«Para que, fortalecidos con el cuerpo y la sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu» (III; +II y IV).

«Por obra del Espíritu Santo» nace Cristo en la encarnación, se produce la transusbstanciación del pan en su mismo cuerpo sagrado, y se transforma la asamblea cristiana en Cuerpo místico de Cristo, Iglesia de Dios. Es, pues, el Espíritu Santo el que, de modo muy especial en la eucaristía, hace la Iglesia, y la «congrega en la unidad» (I).

Todos estos misterios son afirmados ya por San Pablo en formas muy explícitas. Si pan eucarístico es el cuerpo de Cristo (1Cor 11,29), también la Iglesia es el Cuerpo de Cristo (1Cor 12). En efecto, «porque el pan es uno, por eso somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan» (1Cor 10,17). Es Cristo en la eucaristía el que une a todos los fieles en un solo corazón y una sola alma (Hch 4,32), formando la Iglesia.

Según todo esto, cada vez que los cristianos celebramos el sacrificio eucarístico, reafirmamos en la sangre de Cristo la Alianza que nos une con Dios, y que nos hace hijos suyos amados. Reafirmamos la Alianza con un sacrificio, como Moisés en el Sinaí o Elías en el Carmelo.

Relato - consagración

Es el momento más sagrado de la misa, en el que se actualiza con toda verdad la Cena del Señor, su pasión redentora en la Cruz. El resto de la misa es el marco sagrado de este sagrado momento decisivo, en el que, «con las palabras y gestos de Cristo, se realiza el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última cena, cuando bajo las especies del pan y vino ofreció su cuerpo y sangre, y se lo dio a sus apóstoles en forma de comida y bebida, y les encargó perpetuar ese mismo misterio» (OGMR 55d).

«El cual, cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada, tomó pan... tomó el cáliz lleno del fruto de la vid... Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros... Éste es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros y por todos, para el perdón de los pecados»...

Por el ministerio del sacerdote cristiano, es el mismo Cristo, Sacerdote único de la Nueva Alianza, el que hoy pronuncia estas palabras litúrgicas, de infinita eficacia doxológica y redentora. Por esas palabras, que al mismo tiempo son de Cristo y de su esposa la Iglesia, el acontecimiento único del misterio pascual, sucedido hace muchos siglos, escapando de la cárcel espacio-temporal, en la que se ven apresados todos los acontecimientos humanos de la historia, se actualiza, se hace presente hoy, bajo los velos sagrados de la liturgia. «Tomad y comed mi cuerpo, tomad y bebed mi sangre»... Los cristianos en la eucaristía, lo mismo exactamente que los apóstoles, participamos de la Cena del Señor, y lo mismo que la Virgen María, San Juan y las piadosas mujeres, asistimos en el Calvario al sacrificio de la Cruz... Mysterium fidei!

Ésta es, en efecto, la fe de la Iglesia, solemnemente proclamada por Pablo VI en el Credo del Pueblo de Dios (1968, n. 24): «Nosotros creemos que la misa, que es celebrada por el sacerdote representando la persona de Cristo, es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares».

El sacerdote ostenta con toda reverencia, alzándolos, el cuerpo y la sangre de Cristo, y hace una y otra vez la genuflexión, mientras los acólitos pueden incensar las sagradas especies veneradas. El pueblo cristiano adora primero en silencio, y puede decir jaculatorias como «¡Es el Señor!» (Jn 21,7), «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28); «el Hijo de Dios me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20). Y en seguida confiesa comunitariamente su fe y su devoción:

-«Éste es el sacramento de nuestra fe».

-«Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,20). «Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas» (+1Cor 11,26). «Por tu cruz y tu resurrección nos has salvado, Señor».

Memorial

Después del relato-consagración, viene el memorial y la ofrenda, que van significativamente unidos en las cinco plegarias eucarísticas principales:

«Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo» (III; +I, II, IV, V).

Memorial (anámnesis), pues, en primer lugar. Los cristianos, de oriente a occidente, obedecemos diariamente en la eucaristía aquella última voluntad de Cristo, «haced esto en memoria mía». Éste fue el mandato que nos dio el Señor claramente en la última Cena, es decir, «la víspera de su pasión» (I), «la noche en que iba a ser entregado» (III). Y nosotros podemos cumplir ese mandato, a muchos siglos de distancia y en muchos lugares, precisamente porque el sacerdocio de Cristo es eterno y celestial (Heb 4,14; 8,1):

«El sacrificio de Cristo se consuma en el santuario celeste; perdura en el momento de la consumación, porque la eternidad es una característica de la esfera celeste... Y si el sacrificio de Cristo perdura en el cielo, puede hacerse presente entre nosotros en la medida en que esa misma víctima y esa misma acción sacerdotal se hagan presentes en la eucaristía... En realidad, el sacerdote no pone otra acción, sino que participa de la eterna acción sacerdotal de Cristo en el cielo... Nada se repite, nada se multiplica; sólo se participa repetidamente bajo forma sacramental del único sacrificio de Cristo en la cruz, que perdura eternamente en el cielo. No se repite el sacrificio de Cristo, sino las múltiples participaciones de él» (Sayés, El misterio eucarístico 321-323).

De este modo la eucaristía permanece en la Iglesia como un corazón siempre vivo, que con sus latidos hace llegar a todo el Cuerpo místico la gracia vivificante, que es la sangre de Cristo, sacerdote eterno. En efecto, «la obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, por medio del cual "Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado" (1Cor 5,7)» (LG 3).

Y ofrenda

El memorial de la cruz es ofrenda de Cristo víctima: «te ofrecemos, Dios de gloria y majestad, el sacrificio puro, inmaculado y santo: pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación» (I); «el pan de vida y el cáliz de salvación» (II); «el sacrificio vivo y santo» (III); «su cuerpo y su sangre, sacrificio agradable a ti y salvación para todo el mundo» (IV); «esta ofrenda: es Jesucristo que se ofrece con su Cuerpo y con su Sangre» (V).

En efecto, «la Iglesia, en este memorial, sobre todo la Iglesia aquí y ahora reunida, ofrece al Padre en el Espíritu Santo la Víctima inmaculada. Y la Iglesia quiere que los fieles no sólo ofrezcan la Víctima inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos y que de día en día perfeccionen, con la mediación de Cristo, la unidad con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios lo sea todo para todos» (OGMR 55f).

Cristo «quiso que nosotros fuésemos un sacrificio -dice San Agustín-; por lo tanto, toda la Ciudad redimida, es decir, la sociedad de los santos, es ofrecida a Dios como sacrificio universal por el Gran Sacerdote, que se ofreció por nosotros en la pasión para que fuésemos cuerpo de tan gran cabeza... Así es, pues, el sacrificio de los cristianos, donde todos se hacen un solo cuerpo de Cristo. Esto lo celebra la Iglesia también con el sacramento del altar, donde se nos muestra cómo ella misma se ofrece en la misma víctima que ofrece a Dios» (Ciudad de Dios 10,6). Y Pablo VI: «La Iglesia, al desempeñar la función de sacerdote y víctima juntamente con Cristo, ofrece toda entera el sacrificio de la misa y toda entera se ofrece con él» (Mysterium fidei).

En conformidad con esto, adviértase, pues, que la ofrenda eucarística es hecha juntamente por el sacerdote y el pueblo, y no por el sacerdote solo:

«Te ofrecemos, y ellos mismos te ofrecen, este sacrificio de alabanza» (I); «te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo» (III; +II y IV).

Por otra parte, en la ofrenda cultual que los hombres hacemos no podemos realmente dar a Dios sino lo que él previamente nos ha dado: la vida, la libertad, la salud... Por eso decimos, «te ofrecemos, Dios de gloria y majestad, de los mismos bienes que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo» (I).

Podemos ahora por la oración hacernos ofrenda grata al Padre. Con la oración de María: «He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra». Con la oración de Jesús: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». Con oraciones-ofrenda, como aquella de San Ignacio, tan perfecta:

«Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; vos me lo diste, a vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta» (Ejercicios 234).

Invocación al Espíritu Santo (2ª)

La eucaristía, que es el mismo sacrificio de la cruz, tiene con él una diferencia fundamental. Si en la cruz Cristo se ofreció al Padre él solo, en el altar litúrgico se ofrece ahora con su Cuerpo místico, la Iglesia. Por eso las plegarias eucarísticas piden tres cosas: -que Dios acepte el sacrificio que le ofrecemos hoy; -que por él seamos congregados en la unidad de la Iglesia; -y que así vengamos a ser víctimas ofrecidas con Cristo al Padre, por obra del Espíritu Santo, cuya acción aquí se implora.

-Súplica de aceptación de la ofrenda. «Mira con ojos de bondad esta ofrenda, y acéptala» (I); «dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad» (III); «dirige tu mirada sobre esta Víctima que tú mismo has preparado a tu Iglesia»(IV)

-Unidad. «Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del cuerpo y Sangre de Cristo» (II); «formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu» (III); «congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo» (IV).

-Víctimas ofrecidas. Que «él nos transforme en ofrenda permanente» (III), y así «seamos en Cristo víctima viva para alabanza de su gloria» (IV)

La verdadera participación en el sacrificio de la Nueva Alianza implica, pues, decisivamente esta ofrenda victimal de los fieles. Según esto, los cristianos son en Cristo sacerdotes y víctimas, como Cristo lo es, y se ofrecen continuamente al Padre en el altar eucarístico, durante la misa, y en el altar de su propia vida ordinaria, día a día. Ellos, pues, son en Cristo, por él y con él, «corderos de Dios», pues aceptando la voluntad de Dios, sin condiciones y sin resistencia alguna, hasta la muerte, como Cristo, sacrifican (hacen-sagrada) toda su vida en un movimiento espiritual incesante, que en la eucaristía tiene siempre su origen y su impulso. Así es como la vida entera del cristiano viene a hacerse sacrificio eucarístico continuo, glorificador de Dios y redentor de los hombres, como lo quería el Apóstol: «os ruego, hermanos, que os ofrezcáis vuestros mismos como víctima viva, santa, grata a Dios: éste es el culto espiritual que debéis ofrecer» (Rm 12,1).

Intercesiones

Ya vimos, al hablar de la oración de los fieles, que la Iglesia en la eucaristía sostiene a la humanidad y al mundo entero en la misericordia de Dios, por la sangre de Cristo Redentor. Pues bien, las mismas plegarias eucarísticas incluyen una serie de oraciones por las que nos unimos a la Iglesia del cielo, de la tierra y del purgatorio. Suelen ser llamadas intercesiones.

«Con ellas se da a entender que la eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia celeste y terrena, y que la oblación se hace por ella y por todos sus miembros, vivos y difuntos, miembros que han sido todos llamados a participar de la salvación y redención adquiridas por el cuerpo y la sangre de Cristo» (OGMR 55g).

En la plegaria eucarística III, por ejemplo, se invoca

-primero la ayuda del cielo, de la Virgen María y de los santos, «por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda»;

-en seguida se ruega por la tierra, pidiendo salvación y paz para «el mundo entero» y para «tu Iglesia, peregrina en la tierra», especialmente por el Papa y los Obispos, pero también, con una intención misionera, por «todos tus hijos dispersos por el mundo»;

-y finalmente se encomienda las almas del purgatorio a la bondad de Dios, es decir, se ofrece la eucaristía por «nuestros hermanos difuntos y cuantos murieron en tu amistad».

Así, la oración cristiana -que es infinitamente audaz, pues se confía a la misericordia de Dios- alcanza en la eucaristía la máxima dilatación de su caridad: «recíbelos en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria».

Ofrecer misas por los difuntos

La caridad cristiana, si ha de ser católica, ha de ser universal, ha de interesarse, pues, por los vivos y por los difuntos, no sólo por los vivos. La Iglesia, nuestra Madre, que nos hace recordar diariamente a los difuntos, al menos, en la misa y en la última de las preces de vísperas, nos recomienda ofrecer misas en sufragio de nuestros hermanos difuntos. Es una gran obra de caridad hacia ellos, como lo enseña el Catecismo:

«El sacrificio eucarístico es también ofrecido por los fieles difuntos, "que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados" (Conc. Trento), para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo:

«"Oramos [en la anáfora] por los santos padres y obispos difuntos, y en general por todos los que han muerto antes que nosotros, creyendo que será de gran provecho para las almas, en favor de las cuales es ofrecida la súplica, mientras se halla presente la santa y adorable víctima... Presentando a Dios nuestras súplicas por los que han muerto, aunque fuesen pecadores..., presentamos a Cristo, inmolado por nuestros pecados, haciendo propicio para ellos y para nosotros al Dios amigo de los hombres" (S. Cirilo de Jerusalén [+386])» (Catecismo 1371; +1032, 1689).

Doxología final

La gran plegaria eucarística llega a su fin. El arco formidable, que se inició en el prefacio levantando los corazones hacia el Padre, culmina ahora solemnemente con la doxología final trinitaria. El sacerdote, elevando la Víctima sagrada, y sosteniéndola en alto, por encima de todas las realidades temporales, dice:

«Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos».

Este acto, por sí solo, justifica la existencia de la Iglesia en el mundo: para eso precisamente ha sido congregado en Cristo el pueblo cristiano sacerdotal, para elevar en la eucaristía a Dios la máxima alabanza posible, y para atraer en ella en favor de toda la humanidad innumerable bienes materiales y espirituales. De este modo, es en la eucaristía donde la Iglesia se expresa y manifiesta totalmente.

El pueblo cristiano congregado hace suya la plegaria eucarística, y completa la gran doxología trinitaria diciendo: Amén. Es el Amén más solemne de la misa.

((Adviértase aquí, por otra parte, que es el sacerdote, y no el pueblo, quien recita las doxologías que concluyen las oraciones presidenciales. Y esto tanto en la oración colecta -«Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina», etc.-, como en la plegaria eucarística -«Por Cristo, con Él y en Él», etc.-. Y que es el pueblo quien, siguiendo una tradición continua del Antiguo y del Nuevo Testamento, contesta con la aclamación del Amén.))

C. La comunión

-Padrenuestro -La paz -Fracción del pan -Cordero de Dios -Comunión -Oración de postcomunión.

La primera cumbre de la celebración eucarística es sin duda la consagración, en la que el pan y el vino se transforman en cuerpo entregado y sangre derramada del mismo Cristo, actualizando el sacrificio redentor. Y la segunda, ciertamente, es la comunión, en la que la Iglesia obedece el mandato de Cristo en su última Cena: «Tomad y comed mi cuerpo, tomad y bebed mi sangre».

El Padrenuestro

El Padrenuestro es la más grande oración cristiana, la más grata al Padre y la que mejor expresa lo que el Espíritu Santo ora en nosotros (+Rm 8,15.26), pues es la oración que nos enseñó Jesús (Mt 5,23-24; Lc 11,2-4).

Por eso, en la misa, la oración dominical culmina en cierto modo la gran plegaria eucarística, y al mismo tiempo inicia el rito de la comunión. Comienza el Padrenuestro reiterando el Santo del prefacio -«santificado sea tu Nombre»-, asimila la actitud filial de Cristo, la Víctima pascual ofrecida -«hágase tu voluntad»-, y continúa pidiendo para la Iglesia la santidad y la unidad -«venga a nosotros tu reino»-. Pero también prepara a la comunión eucarística, pidiendo el pan necesario, material y espiritual -«danos hoy nuestro pan de cada día»-, implorando el perdón y la superación del mal -«perdona nuestras ofensas, líbranos del mal»-, y procurando la paz con los hermanos -«perdonamos a los que nos ofenden»-. No podemos, en efecto, unirnos al Señor, si estamos en pecado y si permanecemos separados de los hermanos (+Mt 6,14-15; 6,9-13; 18,35).

Merece la pena señalar aquí que, en la petición «líbranos del mal», la Iglesia entiende que «el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios» (Catecismo 2851; +2850-2853). Ahora bien, en la última petición del Padrenuestro, «al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasado y futuros de los que él es autor o instigador» (2854).

El Padrenuestro, que es rezado en la misa por el sacerdote y el pueblo juntamente, es desarrollado sólo por el sacerdote con el embolismo que le sigue: «Líbranos de todos los males, Señor», en el que se pide la paz de Cristo y la protección de todo pecado y perturbación, «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo». Y esta vez es el pueblo el que consuma la oración con una doxología, que es eco de la liturgia celestial: «Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor» (+Ap 1,6; 4,11; 5,13).

Conviene advertir que la renovación postconciliar de la liturgia ha restaurado la costumbre antigua, ya practicada por las primeras generaciones cristianas, de rezar tres veces cada día el Padrenuestro, concretamente en laudes, en misa y en vísperas. «Así habéis de orar tres veces al día» (Dídaque VIII,3).

La paz

Sabemos que Cristo resucitado, cuando se aparecía a los apóstoles, les saludaba dándoles la paz: «La paz con vosotros» (Jn 20,19.26). En realidad, la herencia que el Señor deja en la última Cena a sus discípulos es precisamente la paz: «La paz os dejo, mi paz os doy; pero no como la da el mundo» (14,27).

El pecado, separando al hombre de Dios, divide de tal modo la humanidad en partes contrapuestas, e introduce en cada persona tal cúmulo de tensas contradicciones y ansiedades, que aleja irremediablemente de la vida humana la paz. Por eso, en la Biblia la paz (salom), que implica, en cierto modo, todos los bienes, no se espera sino como don propio del Mesías salvador. Él será constituido «Príncipe de la paz: su soberanía será grande y traerá una paz sin fin para el trono de David y para su reino» (Is 9,5-6). Sólo él será capaz de devolver a la humanidad la paz perdida por el pecado (+Ez 34,25; Joel 4,17ss; Am 9,9-21).

Pues bien, Jesús es el Mesías anunciado: «Él es nuestra paz» (Ef 2,14). Los ángeles, en su nacimiento, anuncian que Jesús va a traer en la tierra «paz a los hombres amados por Dios» (Lc 2,14). En efecto, quiso «el Dios de la paz» (Rm 15,33), en la plenitud de los tiempos, «reconciliar por Él consigo, pacificando por la sangre de su cruz, todas las cosas, así las de la tierra como las del cielo» (Col 2,20). Y así él, nuestro Señor Jesucristo, quitando el pecado del mundo y comunicándonos su Espíritu, es el único que puede darnos la paz verdadera, la que es «fruto del espíritu» (Gál 5,22) y de la justificación por gracia (+Rm 5,1), la paz que ni el mundo ni la carne son capaces de dar, la paz perfecta, de origen celeste, la paz que ninguna vicisitud terrena será capaz de destruir en los fieles de Cristo.

El rito de la paz, previo a la comunión, es, pues, un gran momento de la eucaristía. El ósculo de la paz ya se daba fraternalmente en la eucaristía en los siglos II-III. El sacerdote, en una oración que, esta vez, dirige al mismo «Señor Jesucristo», comienza pidiéndole para su Iglesia «la paz y la unidad» en una súplica extremadamente humilde: «no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe [la fidelidad] de tu Iglesia». A continuación, representando al mismo Cristo resucitado, dice a los discípulos reunidos en el cenáculo de la misa: «La paz del Señor esté siempre con vosotros».

Y puesto que la comunión está ya próxima, y no podemos unirnos a Cristo si permanecemos separados de nuestros hermanos, añade en seguida: «Daos fraternalmente la paz». De este modo, la asidua participación en la eucaristía va haciendo de los cristianos hombres de paz, pues en la misa reciben una y otra vez la paz de Cristo, y por eso mismo son cada vez más capaces de comunicar a los hermanos la paz que de Dios han recibido. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

La fracción del pan

Partir el pan en la mesa era un gesto tradicional que correspondía al padre de familia. Es un gesto propio de Cristo, y lo realiza varias veces estando con sus discípulos -al multiplicar los panes, en la Cena última, con los de Emaús, ya resucitado (Jn 6,11; Lc 24,30; 1Cor 11,23-24; Jn 21,13)-: tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dió a los discípulos. Por eso, la antigüedad cristiana, viendo en esta acción un símbolo profundo, dio a veces a toda la eucaristía el nombre de «fracción del pan». Y la liturgia ha conservado siempre este rito, durante el cual el sacerdote parte el pan consagrado, y antes de dejar caer en el cáliz una partícula de él, dice: «El cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, unidos en este cáliz, sean para nosotros alimento de vida eterna».

En todo caso, la significación más antigua de esta acción litúrgica está vinculada a aquellas palabras de San Pablo: «Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan» (1Cor 10,17; +OGMR 56c). Es la común-comunión eucarística en el Pan partido lo que hace de nosotros un solo Cuerpo, el de Cristo, la Iglesia. Los que participamos de un mismo altar, somos uno solo, pues comemos y vivimos de un mismo Pan, y «hemos bebido del mismo Espíritu» (1Cor 12,13).

Cordero de Dios

A partir de los siglos VI y VII, durante la fracción del pan -que entonces, cuando no hay todavía hostias pequeñas, dura cierto tiempo-, el pueblo recita o canta el Cordero de Dios, repitiendo varias veces ese precioso título de Cristo, que ya en el Gloria ha sido proclamado.

Como ya vimos más arriba, la idea del Salvador como Cordero inmolado, ya desde el sacrificio de Isaac, pasando por la Pascua y por el Siervo de Yavé de que habla Isaías, está presente en la revelación divina hasta el Apocalipsis de San Juan, que contempla en el cielo el culto litúrgico que los ángeles y los santos ofrecen al Cordero-víctima, esposo de la Iglesia (Ap 5,6; 6,1; 7,10-17; 12,11; 13,8; 17,14; 19,7-9; 21,22). La misa es la Cena pascual del Cordero inmolado, y el rito de la fracción precede lógicamente al de la comunión.

Seguidamente el sacerdote, mostrando la hostia consagrada, dice aquello de Juan el Bautizador: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Y añade las palabras que, según el Apocalipsis, dice en la liturgia celeste «una voz que sale del Trono, una voz como de gran muchedumbre, como voz de muchas aguas, y como voz de fuertes truenos:... "Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero"» (+Ap 19,1-9). En efecto, dice el sacerdote: «Dichosos los invitados a la cena del Señor».

A ello responde el pueblo, recordando con toda oportunidad las palabras del centurión romano, que maravillaron a Cristo por su humilde y atrevida confianza: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme» (+Mt 8,8-10). Seguidamente el sacerdote, o el diácono, distribuye la comunión: «El Cuerpo de Cristo». «Amén». Sí, así es realmente.

De suyo, corresponde distribuir la comunión a quienes en la eucaristía representan a Cristo y a los apóstoles. Es el Señor quien «tomó, partió y repartió» el Pan de vida. Y en la multiplicación milagrosa, por ejemplo, Cristo, «alzando los ojos al cielo, bendijo y partió los panes, y se los dió a los discípulos [los apóstoles], y éstos a la muchedumbre» (Mt 14,19). De ahí la tradición universal de la Iglesia de que sean los ministros sagrados -y cuando sea preciso, los laicos autorizados para ello-, quienes distribuyan la comunión eucarística (Código 910).

La comunión

La comunión sacramental es el encuentro espiritual más amoroso y profundo, más cierto y santificante, que podemos tener con Cristo en este mundo. Es una inefable unión espiritual con Jesucristo glorioso, y en este sentido, aunque se realice mediante el signo expresivo del pan, no implica, por supuesto, una digestión del cuerpo físico del Señor -ésta sería la interpretación cafarnaítica-.

Es notable, en todo caso, la gran sobriedad con que la tradición patrística e incluso los escritos de los santos tratan de este acto santísimo de la comunión. Y es que se trata, en el orden del amor y de la gracia, de un misterio inefable, de algo que apenas es capaz de expresar el lenguaje humano. Cristo se entrega en la comunión como alimento, como «pan vivo bajado del cielo», que va transformando en Él a quienes le reciben. A éstos, que en la comunión le acogen con fe y amor, les promete inmortalidad, abundancia de vida y resurrección futura. Más aún, les asegura una perfecta unión vital con Él: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Y así como yo vivo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí» (Jn 6,57).

Los cristianos, comulgando el cuerpo victimal y glorioso de Cristo, se alimentan del pan de vida eterna dado con tanto amor por el Padre celestial, participan profundamente de la pasión y resurrección de Cristo, reafirman en sí mismos la Alianza de amor y mutua fidelidad que les une con Dios, reciben la medicina celestial del Padre, la única que puede sanarles de sus enfermedades espirituales, y ven acrecentada en sus corazones la presencia y la acción del Espíritu Santo, «el Espíritu de Jesús» (Hch 16,7).

Sólo Dios, que por medio de la oración actualiza en nosotros la fe y el amor, puede darnos la gracia de una disposición idónea para la excelsa comunión eucarística. Por eso la devoción privada ha creado muchas oraciones para antes de la comunión, y la misma liturgia en el ordinario de la misa ofrece al sacerdote dos, procedentes del repertorio medieval, que están dirigidas al mismo Cristo.

«Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, diste con tu muerte la vida al mundo, líbrame por la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre, de todas mis culpas y de todo mal. Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y jamás permitas que me separe de ti». O bien:

«Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre no sea para mí un motivo de juicio y condenación, sino que, por tu piedad, me aproveche para defensa de alma y cuerpo y como remedio saludable».

Disposiciones exteriores para la comunión

-El ayuno eucarístico, de antiquísima tradición, exige hoy «abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas» (Código 919,1).

-La Iglesia permite comulgar dos veces el mismo día, siempre que se participe en ambas misas (ib. 917).

-«La comunión tiene una expresión más plena, por razón del signo, cuando se hace bajo las dos especies» (OGMR 240). La Iglesia en Occidente, sólo por razones prácticas, reduce este uso a ocasiones señaladas (Eucharisticum mysterium 32), mientras que en Oriente es la forma habitual.

-Cuando se comulga dentro de la misa, y además con hostias consagradas en la misma misa, se expresa con mayor claridad que la comunión hace participar en el sacrificio mismo de Jesucristo (+Catecismo 1388).

-Sin embargo, cuando los fieles piden la comunión «con justa causa, se les debe administrar la comunión fuera de la misa» (Código 918).

Disposiciones interiores para la comunión frecuente

San Pablo habla claramente sobre la posibilidad de comuniones indignas: «Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo y entonces coma del pan y beba del cáliz; pues el que sin discernir come y bebe el cuerpo del Señor, se come y bebe su propia condenación. Por esto hay entre vosotros muchos flacos y débiles, y muchos muertos» (1Cor 11,27-29). Atribuye el Apóstol los peores males de la comunidad cristiana de Corinto a un uso abusivo de la comunión eucarística... Esto nos lleva a considerar el tema de la frecuencia y disposición espiritual que son convenientes para la comunión.

En la antigüedad cristiana, sobre todo en los siglos III y IV, hay numerosas huellas documentales que hacen pensar en la normalidad de la comunión diaria. Los fieles cristianos más piadosos, respondiendo sencillamente a la voluntad expresada por Cristo, «tomad y comed, tomad y bebed», veían en la comunión sacramental el modo normal de consumar su participación en el sacrificio eucarístico. Sólo los catecúmenos o los pecadores sujetos a disciplina penitencial se veían privados de ella. Pronto, sin embargo, incluso en el monacato naciente, este criterio tradicional se debilita en la práctica o se pone en duda por diversas causas. La doctrina de San Agustín y de Santo Tomás podrán mostrarnos autorizadamente el nuevo criterio.

Santo Tomás (+1274), tan respetuoso siempre con la tradición patrística y conciliar, examina la licitud de la comunión diaria, adivirtiendo que, por parte del sacramento, es claro que «es conveniente recibirlo todos los días, para recibir a diario su fruto». En cambio, por parte de quienes comulgan, «no es conveniente a todos acercarse diariamente al sacramento, sino sólo las veces que se encuentren preparados para ello. Conforme a esto se lee [en Genadio de Marsella, +500]: "Ni alabo ni critico el recibir todos los días la comunión eucarística"» (STh III,80,10). Y en ese mismo texto Santo Tomás precisa mejor su pensamiento cuando dice: «El amor enciende en nosotros el deseo de recibirlo, y del temor nace la humildad de reverenciarlo. Las dos cosas, tomarlo a diario y abstenerse alguna vez, son indicios de reverencia hacia la eucaristía. Por eso dice San Agustín [+430]: "Cada uno obre en esto según le dicte su fe piadosamente; pues no altercaron Zaqueo y el Centurión por recibir uno, gozoso, al Señor, y por decir el otro: No soy digno de que entres bajo mi techo. Los dos glorificaron al Salvador, aunque no de una misma manera" [ML 33,201]. Con todo, el amor y la esperanza, a los que siempre nos invita la Escritura, son preferibles al temor. Por eso, al decir Pedro "apártete de mí, Señor, que soy hombre pecador", responde Jesús: "No temas"» (ib. ad 3m).

Durante muchos siglos prevaleció en la Iglesia, incluso en los ambientes más fervorosos, la comunión poco frecuente, solo en algunas fiestas señaladas del Año litúrgico, o la comunión mensual o semanal, con el permiso del confesor. Y esta tendencia se acentuó aún más, hasta el error, con el Jansenismo. Por eso, sin duda, uno de los actos más importantes del Magisterio pontificio en la historia de la espiritualidad es el decreto de 20 de diciembre de 1905. En él San Pío X recomienda, bajo determinadas condiciones, la comunión frecuente y diaria, saliendo en contra de la posición jansenista.

«El deseo de Jesucristo y de la Iglesia de que todos los fieles se acerquen diariamente al sagrado convite se cifra principalmente en que los fieles, unidos con Dios por medio del sacramento, tomen de ahí fuerza para reprimir la concupiscencia, para borrar las culpas leves que diariamente ocurren, y para precaver los pecados graves a que la fragilidad humana está expuesta; pero no principalmente para mirar por el honor y reverencia del Señor, ni para que ello sea paga o premio de las virtudes de quienes comulgan. De ahí que el santo Concilio de Trento llama a la eucaristía «antídoto con que nos libramos de las culpas cotidianas y nos preservamos de los pecados mortales». Según esto:

«1. La comunión frecuente y cotidiana... esté permitida a todos los fieles de Cristo de cualquier orden y condición, de suerte que a nadie se le puede impedir, con tal que esté en estado de gracia y se acerque a la sagrada mesa con recta y piadosa intención.

«2. La recta intención consiste en que quien se acerca a la sagrada mesa no lo haga por rutina, por vanidad o por respetos humanos, sino para cumplir la voluntad de Dios, unirse más estrechamente con Él por la caridad, y remediar las propias flaquezas y defectos con esa divina medicina.

«3. Aun cuando conviene sobremanera que quienes reciben frecuente y hasta diariamente la comunión estén libres de pecados veniales, por lo menos de los plenamente deliberados, y del apego a ellos, basta sin embargo que no tengan culpas mortales, con propósito de no pecar más en adelante...

«4. Ha de procurarse que a la sagrada comunión preceda una diligente preparación y le siga la conveniente acción de gracias, según las fuerzas, condición y deberes de cada uno.

«5. Debe pedirse consejo al confesor. Procuren, sin embargo, los confesores no apartar a nadie de la comunión frecuente o cotidiana, con tal que se halle en estado de gracia y se acerque con rectitud de intención» (Denz 1981/3375 - 1990/3383).

Parece claro que en la grave cuestión de la comunión frecuente, la mayor tentación de error es hoy la actitud laxista, y no el rigorismo jansenista, siendo una y otro graves errores. Entre ambos extremos de error, la doctrina de la Iglesia católica, expresada en el decreto de San Pío X, permanece vigente. Hoy «la Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días» (Catecismo 1389).

La oración post-comunión

«Cuando se ha terminado de distribuir la comunión, el sacerdote y los fieles, si se juzga oportuno, pueden orar un rato recogidos. O si se prefiere, puede también cantar toda la asamblea un himno, un salmo o algún otro canto de alabanza» (OGMR 56j). La práctica devocional de la Iglesia ha dado siempre una importancia muy notable a este tiempo de oración después de la comunión. Esa «conveniente acción de gracias», de que hablaba San Pío X, es un momento muy especial de gracia. Por eso es aconsejable realizarla fielmente, bien sea en ese momento de silencio, inmediato a la comunión, o bien después de finalizada la misa.

Es lo que la Iglesia recomienda: para que los fieles «puedan perseverar más fácilmente en esta acción de gracias, que de modo eminente se tributa a Dios en la misa, se recomienda a los que han sido alimentados con la sagrada comunión que permanezcan algún tiempo en oración» (Eucharisticum mysterium 38).

Después de ese tiempo, más o menos largo, «en la oración después de la comunión, el sacerdote ruega para que se obtengan los frutos del misterio celebrado» (OGMR 56k). Estos frutos son incesantemente indicados y pedidos en las oraciones de postcomunión. En efecto, si hacemos una lectura seguida de postcomuniones de la misa, iremos conociendo claramente cuáles son los frutos normales de la participación eucarística, pues lo que pide la Iglesia en esas oraciones, con toda confianza y eficacia, coincide precisamente con lo que el Señor quiere dar en la liturgia de la misa. Esto es lo propio de toda oración litúrgica, que realiza lo que pide.

Veamos, a modo de ejemplo, algunas peticiones incluidas en postcomuniones de domingos del Tiempo Ordinario: «te suplicamos la gracia de poder servirte llevando una vida según tu voluntad» (1). «Alimentados con el mismo pan del cielo, permanezcamos unidos en el mismo amor» (2). «Cuantos hemos recibido tu gracia vivificadora, nos alegremos siempre de este don admirable que nos haces» (3). «Que el pan de vida eterna nos haga crecer continuamente en la fe verdadera» (4). «Concédenos vivir tan unidos en Cristo, que fructifiquemos con gozo para la salvación del mundo» (5). «Busquemos siempre las fuentes de donde brota la vida verdadera» (6). «Alcanzar un día la salvación eterna, cuyas primicias nos has entregado en estos sacramentos» (7; intención frecuente: +20, 26, 30, 31). «Sane nuestras maldades y nos conduzca por el camino del bien» (10). «Que esta comunión en tus misterios, Señor, expresión de nuestra unión contigo, realice la unidad de tu Iglesia» (11). «Condúcenos a perfección tan alta, que en todo sepamos agradarte» (21). «Fortalezca nuestros corazones y nos mueva a servirte en nuestros hermanos» (22). «Sea su fuerza, no nuestro sentimiento, quien mueva nuestra vida» (24). «Nos transformemos en lo que hemos recibido» (27). «Nos hagas participar de su naturaleza divina» (28). «Aumente la caridad en todos nosotros» (33). «No permitas que nos separemos de ti» (34). «Encontrar la salud del alma y del cuerpo en el sacramento que hemos recibido» (Trinidad).

Éstos y otros preciosos efectos que la Iglesia pide con audacia y confianza en la oración postcomunión -como también en la oración colecta y la del ofertorio- son los que la eucaristía causa de suyo en nosotros, si no ponemos impedimento a la acción de Cristo en ella (+Catecismo, frutos de la comunión: 1391-1398).

Comunión y santidad

«Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día» (Jn 6,53-54). La cosa es clara: la santificación cristiana tiene forma eucarística. Es así, al menos ordinariamente, como ha querido Cristo santificarnos. Y nosotros no podemos santificarnos según nuestros gustos o inclinaciones -es absurdo-, sino según Cristo ha dispuesto hacerlo, y nos lo ha dicho. Sólo él es «Santo y fuente de toda santidad» (PE II).

En realidad, no es posible nuestra santificación sin verdaderos milagros de la gracia. ¿Cómo, si no, podríamos librarnos de pecados, defectos o imperfecciones tan arraigados en nuestra personalidad? San Juan de la Cruz nos muestra claramente que la purificación activa del cristiano no puede alcanzar la perfecta santidad, «hasta que Dios lo hace en él, habiendose él pasivamente» (I Noche 7,5). Pues bien, aunque nosotros hemos de realizar actos al comulgar, sobre todo de fe y de amor -en cuanto ello nos sea posible-, lo cierto es que de la comunión puede decirse, más o menos, lo que el Doctor místico afirma de la contemplación: en ella «Dios es el agente y el alma es la paciente»; y el alma está «como el que recibe y como en quien se hace, y Dios como el que da y como el que en ella hace» (Llama 3,32).

La comunión eucarística es, pues, un momento privilegiado para esos milagros de la gracia que necesitamos. Cristo en ella, con todo el poder de su pasión gloriosa y de su resurrección admirable, nos concede ir muriendo a los pecados del hombre viejo, e ir renaciendo a las virtudes del hombre nuevo. Es en la eucaristía donde, por obra del Espíritu Santo, el pan y el vino se convierten en cuerpo y sangre de Cristo, y donde igualmente, por obra del Espíritu Santo, los hombres carnales se transforman en hombres espirituales, cada vez más configurados a Cristo.

Los santos y la comunión eucarística

Sólo los santos conocen y viven plenamente la vida cristiana. Y, concretamente, sólo los santos veneran como se debe el gran sacramento de la eucaristía. Por eso en esto, como en todo, nosotros hemos de tomarles como maestros. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, según declaran en el proceso de canonización sus compañeros, «omni die celebrabat missam cum lacrymis» (n.49), sobre todo a la hora de comulgar (n.15). Y también San Ignacio de Loyola lloraba con frecuencia en la misa (Diario espiritual 14). Nosotros, hombres de poca fe, no lloramos, pues apenas sabemos lo que hacemos cuando asistimos a la misa. Son los santos, realmente, los que entienden, en fe y amor, qué es lo que en la misa están haciendo, o mejor, qué está haciendo en ella la Trinidad santísima. Por eso han de ser ellos los que nos enseñen a celebrar el sacrificio eucarístico y a recibir en la comunión el cuerpo y la sangre de Cristo.

San Francisco de Asís, siendo diácono, pocos años antes de morir, escribe una Carta a los clérigos, en la que confiesa conmovedoramente toda la grandeza del ministerio eucarístico que desempeñan. Y en su Carta a toda la Orden reitera las mismas exhortaciones: «Así, pues, besándoos los pies y con la caridad que puedo, os suplico a todos vosotros, hermanos, que tributéis toda reverencia y todo el honor, en fin, cuanto os sea posible, al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, en quien todas las cosas que hay en cielos y tierra han sido pacificadas y reconciliadas con el Dios omnipotente [+Col 1,20]» (12-13). Él, personalmente, «ardía de amor en sus entrañas hacia el sacramento del cuerpo del Señor, sintiéndose oprimido y anonadado por el estupor al considerar tan estimable dignación y tan ardentísima caridad. Reputaba un grave desprecio no oír, por lo menos cada día, a ser posible, una misa. Comulgaba muchísimas veces, y con tanta devoción, que infundía fervor a los presentes. Sintiendo especial reverencia por el Sacramento, digno de todo respeto, ofrecía el sacrificio de todos sus miembros, y al recibir al Cordero sin mancha, inmolaba el espíritu con aquel sagrado fuego que ardía siempre en el altar de su corazón» (II Celano 201).

Es un dato cierto que los santos, muchas veces, han recibido precisamente en la comunión eucarística gracias especialísimas, decisivas en su vida.

Recordemos, por ejemplo, a Santa Teresa de Jesús. Ella, cuando no era costumbre, «cada día comulgaba, para lo cual la veía [esta testigo] prepararse con singular cuidado, y después de haber comulgado estar largos ratos muy recogida en oración, y muchas veces suspendida y elevada en Dios» (Ana de los Angeles: Bibl. Míst. Carm. 9,563).

Las más altas gracias de su vida, y concretamente el matrimonio espiritual, fueron recibidas por Santa Teresa en la eucaristía. Ella misma afirma que fue en una comunión cuando llegó a ser con Cristo, en el matrimonio, «una sola carne»: «Un día, acabando de comulgar, me pareció verdaderamente que mi alma se hacía una cosa con aquel cuerpo sacratísimo del Señor» (Cuenta conciencia 39; +VII Moradas 2,1). Y Teresa encuentra a Jesús en la comunión resucitado, glorioso, lleno de inmensa majestad: «No hombre muerto, sino Cristo vivo, y da a entender que es hombre y Dios, no como estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de resucitado. Y viene a veces con tran grande majestad que no hay quien pueda dudar sino que es el mismo Señor, en especial en acabando de comulgar, que ya sabemos que está allí, que nos lo dice la fe. Represéntase tan Señor de aquella posada que parece, toda deshecha el alma, se ve consumir en Cristo» (Vida 28,8).

Otros santos ha habido que vivían alimentándose sólamente con el Pan eucarístico, es decir, con el cuerpo de Cristo. En esos casos milagrosos ha querido Dios manifestarnos, en una forma extrema, hasta qué punto tiene Cristo capacidad en la eucaristía de «darnos vida y vida sobreabundante» (Jn 10,10).

El Beato Raimundo de Capua, dominico, que fue unos años director espiritual de Santa Catalina de Siena, refiere de ella que «siguiendo pasos casi increíbles, poco a poco, pudo llegar al ayuno absoluto. En efecto, la santa virgen recibía muchas veces devotamente la santa comunión, y cada vez obtenía de ella tanta gracia que, mortificados los sentidos del cuerpo y sus inclinaciones, sólo por virtud del Espíritu Santo su alma y su cuerpo estaban igualmente nutridos. De esto puede concluir el hombre de fe que su vida era toda ella un milagro... Yo mismo he visto muchas veces aquel cuerpecillo, alimentado sólo con algún vaso de agua fría, que... sin ninguna dificultad se levantaba antes, caminaba más lejos y se afanaba más que los que la acompañaban y que estaban sanos; ella no conocía el cansancio... Al comienzo, cuando la virgen comenzó a vivir sin comer, fray Tommaso, su confesor, le preguntó si sentía alguna vez hambre, y ella respondió: "Es tal la saciedad que me viene del Señor al recibir su venerabilísimo Sacramento, que no puedo de ninguna manera sentir deseo por comida alguna"» (Legenda Maior: Santa Catalina de Siena II,170-171).

El hambre de Cristo en la eucaristía era a veces en Santa Catalina torturante. Pero cuando comulgaba quedaba a veces absorta en Dios durante horas o días. Una vez «su confesor, que le había visto tan encendida de cara mientras le daba el Sacramento, le preguntó qué le había ocurrido, y ella le respondió: "Padre, cuando recibí de vuestras manos aquel inefable Sacramento, perdí la luz de los ojos y no vi nada más; más aún, lo que vi hizo tal presa en mí que empecé a considerar todas las cosas, no solamente las riquezas y los placeres del cuerpo, sino también cualquier consolación y deleite, aun los espirituales, semejantes a un estiércol repugnante. Por lo cual pedía y rogaba, a fin de que aquellos placeres también espirituales me fuesen quitados mientras pudiese conservar el amor de mi Dios. Le rogaba también que me quitase toda voluntad y me diera sólo la suya. Efectivamente, lo hizo así, porque me dio como respuesta: Aquí tienes, dulcísima hija mía, te doy mi voluntad"... Y así fue, porque, como lo vimos los que estábamos cerca de ella, a partir de aquel momento, en cualquier circunstancia, se contentó con todo y nunca se turbó» (ib. 190).

Los santos han cuidado mucho la preparación espiritual para comulgar, ayudándose para ello de la confesión sacramental, y encareciendo ésta tanto o mas que aquélla. En la Regla propia de santa Clara, por ejemplo, dispone la santa: «Confiésense al menos doce veces al año... y comulguen siete veces» (III,12.14). El laxismo actual en el uso de la eucaristía lleva a lo contrario, a comulgar muchas veces, no confesando sino muy de tarde en tarde.

Atengámonos al Magisterio apostólico y a la enseñanza de los santos en todo, pero muy especialmente en nuestra vida eucarística, tema grave y altísimo. Son los santos, expertos en el amor de Cristo, y especialísimamente la Virgen María, quienes podrán enseñarnos y ayudarnos a comulgar. Ellos son los que de verdad conocen y entienden la locura de amor realizada por Cristo, cuando él responde con la eucaristía a la petición de sus discípulos: «quédate con nosotros» (Lc 24,29). Así Santa Catalina:

«¡Oh hombre avaricioso! ¿Qué te ha dejado tu Dios? Te dejó a sí mismo, todo Dios y todo hombre, oculto bajo la blancura del pan. ¡Oh fuego de amor! ¿No era suficiente habernos creado a imagen y semejanza tuya, y habernos vuelto a crear por la gracia en la sangre de tu Hijo, sin tener que darnos en comida a todo Dios, esencia divina? ¿Quién te ha obligado a esto? Sola la caridad, como loco de amor que eres» (Oraciones y soliloquios 20).

IV. Rito de conclusión

Saludo y bendición. -Despedida y misión.

La inclusión es una forma poética, por la que el final vuelve al principio. No es rara en los salmos, por ejemplo, en el 102, que empieza y termina diciendo: «Bendice, alma mía, al Señor». También ocurre así en la misa.

Saludo y bendición

Al finalizar la misa, en efecto, se vuelve al saludo de su comienzo:

-«El sacerdote, extendiendo las manos, saluda al pueblo diciendo: El Señor esté con vosotros; a lo que el pueblo responde: Y con tu espíritu».

Y si la celebración se inició en el nombre de la santísima Trinidad y en el signo de la cruz, también en este Nombre y signo va a concluirse:

«En seguida el sacerdote añade: «la bendición de Dios todopoderoso -haciendo aquí la señal + de la bendición-, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros». Y todos responden «Amén».

El sacerdote aquí no pide que la bendición de Dios descienda «sobre nosotros», no. Lo que hace -si realiza la liturgia católica- es transmitir, con la eficacia y certeza de la liturgia, una bendición, que Cristo finalmente concede a su pueblo. De tal modo que, así como el Señor, al despedirse de sus discípulos en el momento de su ascensión, «alzó sus manos y los bendijo; y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24,50-51), así ahora, por medio del sacerdote que le representa, el Señor bendice al pueblo cristiano, que se ha congregado en la eucaristía para celebrar el memorial de «su pasión salvadora, y de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras espera su venida gloriosa» (PE III).

Despedida y misión

La palabra misa, que procede de missio (misión, envío, despedida), ya desde el siglo IV viene siendo uno de los nombres de la eucaristía. En efecto, la celebración de la eucaristía termina con el envío de los cristianos al mundo. Y no se trata aquí tampoco de una simple exhortación, «vayamos en paz», apenas significativa, sino de algo más importante y eficaz. En efecto, así como Cristo envía a sus discípulos antes de ascender a los cielos -«id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mc 16,15)-, ahora el mismo Cristo, al concluir la eucaristía, por medio del sacerdote que actúa en su nombre y le visibiliza, envía a todos los fieles, para que vuelvan a su vida ordinaria, y en ella anuncien siempre la Buena Noticia con palabras y más aún con obras.

Podéis ir en paz».

Demos gracias a Dios».

Entonces el sacerdote, según costumbre, venera el altar [como al principio de la misa] con un beso y, hecha la debida reverencia, se retira» (OGMR 124-125).

La misa ha terminado.