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La Pasión de Cristo y
Santo Tomás.
Por el padre Romanus Cessario, O. P.
BOSTON, sábado, 23 abril 2004 (ZENIT.org).-
Si la violencia en «La Pasión de Cristo» parece excesiva, puede que su
director haya tenido una razón teológica válida.
Así lo afirma el padre Romanus Cessario, un dominico que enseña en el
seminario de St. John’s, en Brighton, Massachussets, en este ensayo sobre la
película de Mel Gibson.
Ningún crítico que yo sepa ha sugerido que Mel Gibson, antes de ponerse a
dirigir «La Pasión de Cristo», haya leído la «Summa Theologiae».
Pero debe haber leído la cuestión 48 de la tercera parte de la «Summa» del
Aquinate. Allí, Santo Tomás examina cómo produce su efecto –su eficacia, si
se quiere- la pasión de Cristo.
La palabra eficacia es un término técnico y filosófico que nos lleva a las
cuatro causas de Aristóteles, y nos impulsa a investigar sobre qué es
responsable de que algo llegue a ser. Al utilizarlo Santo Tomás,
«eficazmente» no tiene las connotaciones que tiene su restringido
significado en el lenguaje moderno de «trabajar productivamente con una
pérdida mínima de esfuerzo o gasto».
Modos de la eficiencia
La palabra latina «modum» puede compararse más o menos con la palabra
«modelo». Los cinco modos que Santo Tomás discute en la cuestión 48 recogen
juntos todo lo que los Evangelios transmiten sobre la salvación cristiana.
Estos modelos responden a la pregunta, «¿Cómo logra nuestra salvación la
pasión de Cristo?». Incluso los más declarados críticos de Mel Gibson están de
acuerdo en que ésta es la cuestión que también él ha intentado contestar.
El modo del mérito
Cuando Santo Tomás dice que «Cristo por su pasión mereció la salvación no sólo
para sí mismo sino también para todos los que sean sus miembros», introduce la
cuestión de la relación de la cruz con la Iglesia (1).
El mérito denota el derecho a una recompensa. La recompensa de la pasión de
Cristo es la comunión beatífica abierta a todo miembro de la raza humana.
Según la fórmula de San Anselmo, sólo Dios podría merecer tal gracia, mientras
que sólo el hombre debe empeñarse en recuperar lo que había perdido. Cristo da
la gracia no sólo por sí mismo sino también por sus miembros.
Por eso nosotros llamamos a esta gracia la «gracia capital» de Cristo ya que
él sigue siendo la «caput Ecclesiae», la cabeza de la Iglesia. Algunos se
preguntan por qué no podrían ser suficientes otros méritos de Cristo para
ganarnos la recuperación de la vida eterna. Santo Tomás replica que Cristo
hizo todo con la caridad más grande, pero la pasión sigue siendo una «clase de
obra» que es la mejor conseguida para los efectos que nosotros le atribuimos.
Mel Gibson ha construido claramente su película de forma que asegure que el
espectador entiende que esta clase de obra se ordena a un efecto que
transciende a cualquier persona o suceso particular presentado en el drama. Es
la pasión de «el Cristo».
Como en el drama griego, Gibson ha formado un reparto para la película que
permita que emerja lentamente su significado universal dentro de la conciencia
del espectador. Las proporciones épicas de la película, acentuadas por el
acompañamiento musical, hacen partícipe al espectador de un sentido de lo
universal y de lo majestuoso.
El modo de la satisfacción
Santo Tomás recoge un tema que ha estado presente en la teología católica
desde casi principios del siglo VI, pero que la mayoría de los estudiantes
identifican ahora con el trabajo del arzobispo de Canterbury del siglo XI,
Anselmo (1033-1109), «Cur Deus Homo?».
Santo Tomás informa sobre la enseñanza recibida: «La pasión de Cristo no sólo
fue suficiente para la satisfacción de los pecados de la humanidad, sino
sobreabundante» (2). La satisfacción cristiana está entre los temas teológicos
menos estudiados en el periodo post-conciliar.
Al mismo tiempo, la renovación del interés en la Eucaristía como sacrificio
debería incitar a los teólogos a volver a este modo de la pasión de Cristo, ya
que sigue siendo la estrella polar de la práctica sacramental católica.
Santo Tomás sostiene que el sufrimiento de Cristo era completo y su dolor tan
grande a causa de la dignidad de su persona que, junto a otras razones, la
satisfacción que él ofrece es suficiente como recompensa por los pecados del
mundo, desde el pecado original hasta el último pecado cometido. Mientras que
el mérito logra la recompensa gracias a las buenas obras, la satisfacción
exige la aceptación del castigo, de las obras difíciles.
Ningún otro tema emerge con más claridad en la película de Mel Gibson que el
de la satisfacción de Cristo. Muchos comentaristas no han logrado observar que
existe una razón teológica al presentar, incluso como algunos han afirmado, de
modo excesivo, los sufrimientos de Cristo desde el momento de su arresto en el
Huerto de Getsemaní hasta el «Consummatum est» final.
Si se admite que las escenas de castigo exceden la modestia de las mismas
Escrituras, o si seguimos a quienes opinan que tras tales golpes y duro trato,
nadie sería capaz de llevar a hombros la cruz o incluso andar, todavía estaría
la explicación de que el artista eligió este exceso por una razón teológica.
Una larga tradición teológica apoya esta clase de modificación iconográfica:
la Iglesia nos pide que ponderemos el precio que pagó el Salvador del mundo.
Sin esta meditación, no se puede abrazar la plena dimensión de la piedad
católica; por el contrario, nos podríamos ver rápidamente arrastrados a esas
variadas formas de cristianismo dessacramentalizado que se ocupan
exclusivamente de los estados psicológicos interiores.
El modo del sacrificio
El sacrificio, escribe Santo Tomás, «designa lo que los hombres ofrecen a
Dios como símbolo del especial honor que se le debe, y para apaciguarlo» (3).
En su discusión sobre este modo, Santo Tomás permite que San Agustín
proporcione la instrucción sobre el sacrificio, especialmente lo que el Doctor
de Hipona dice en el libro X de «La Ciudad de Dios» (capítulos 5 y 6) y en su
«De Trinitate». Brevemente, el sacrificio crea unidad: «para que podamos
seguir siendo uno con él» (4).
La pasión de Cristo opera según el modo del sacrificio porque da lugar, en
última instancia, a aquella unión de Dios y el hombre que llamamos visión
beatífica. Qué diverso es el papel de los implicados en causar este sacrificio
único, en el que Cristo es tanto víctima como sacerdote.
Santo Tomás contestaba a la objeción de que, puesto que los que matan a Cristo
cometen un crimen horrible, no habrían podido dar cumplimiento a algo sagrado:
«Por parte de quienes llevan a la muerte a Cristo, la pasión fue un crimen;
por parte de Cristo, que sufrió por amor, fue un sacrificio» (5).
Mel Gibson presenta este tema con una exactitud que se adecua no sólo a los
relatos bíblicos de la pasión, sino también a las afirmaciones teológicas
aprobadas por la Iglesia con respecto a la responsabilidad de quienes
participaron en llevar a Cristo a la muerte.
Nadie puede ver la película e irse sin un conocimiento de que hay dos clases
de personas rodeando la escena de la crucifixión: quienes creen que lo que
está ocurriendo se conforma con el plan de Dios, incluso aunque sufran un gran
dolor, aunque no tristeza; y quienes no comprenden el misterio. Esta última
clase de personas incluye, de un lado, aquellos con simpatías humanas
naturales, expuestas principalmente a través de la mujer de Pilato, Claudia,
y, de otro lado, aquellos que muestran una crasa indiferencia, especialmente
los rangos más bajos de soldados romanos.
El modo de la redención.
El tema de la redención o rescate emerge de los textos bíblicos donde se
afirma que Cristo nos redime: 1 Pedro 1: 18ss., «sabiendo que habéis sido
rescatados de la conducta necia... con una sangre preciosa, como de cordero
sin tacha y sin mancilla», y Gálatas 3:13: «Cristo nos rescató de la maldición
de la ley».
Cristo libera al hombre tanto del castigo del pecado mismo, el cautiverio o
esclavitud que el pecado impone, como de la pena de la justicia divina que se
opone a todo pecado porque Dios no puede actuar contra su justicia. La
redención es lo opuesto a la esclavitud y al castigo; «estamos liberados»,
dice Santo Tomás, «de ambas obligaciones» (6).
El poeta y escritor de himnos latino Prudencio (348-410) expresa esta antigua
verdad: «Mira, ahora al fiel se ha abierto,/ el brillante camino que conduce
al Paraíso;/ se permite otra vez que entre el hombre/ al jardín que perdió por
la serpiente» (7).
Por supuesto, este efecto sólo es posible porque es obra de la Trinidad
entera. «Cristo como hombre, por tanto, es, hablando con propiedad, el
Redentor inmediato, aunque la redención actual se puede atribuir a la entera
Trinidad como causa primera» (8).
Desde el principio hasta el final, Mel Gibson no duda en incluir al diablo en
la acción dramática de «La Pasión de Cristo». El diablo, «que incluso
intentaría desviar a Jesús de la misión recibida de su Padre», aparece de
forma andrógina no, según mi punto de vista, como un comentario sobre las
costumbres sociales contemporáneas, sino para recordar a los espectadores que
el diablo es «un mentiroso y el padre de la mentira» (9).
Lo que la gente cree que es bueno cambia para constituirse en una mentira
sobre el bien de la persona humana. Es el relato más antiguo en el libro. En
este caso, el libro es el Génesis... La Pasión de Cristo invierte la
participación del hombre que ha sido expulsado del Jardín. Cristo aplasta
decisivamente la cabeza de la serpiente.
Acaso no reconocemos de hecho que Gibson coloca en labios de María Magdalena
la pregunta acostumbrada reservada al hijo más joven de una familia judía,
«Para qué es esta noche...», y el que haga la pregunta a María, Madre de
Cristo, es una muestra de que obra la nueva Eva. Por encima de todos los
demás, María, la Nueva Eva, comprende que se ha inaugurado el gran cambio del
apesadumbrado perdón del hombre.
El modo de la causa eficiente
El artículo final de la «Summa Theologiae» IIIa q. 48 completa la
discusión de la pasión al clarificar el estatus especial de quien ha sido
crucificado.
«Dios es la causa eficiente principal de la salvación del hombre. Pero,» dice
Santo Tomás, «puesto que la humanidad de Cristo es el instrumento de su
divinidad, todos los actos y sufrimientos de Cristo operan instrumentalmente
en virtud de su divinidad para llevar a cabo la salvación del hombre» (10).
Puesto que resulta imposible representar visualmente lo que es invisible, es
difícil, sino imposible, representar a Cristo. El rostro de Dios permanece
invisible. Los santos reconocen esta verdad. Se dice que el bendito Juan de
Fiésole, Fra Angelico, había observado que, «Para pintar a Cristo, es
necesario vivir con Cristo». Deberíamos tomarlo en su sentido escatológico.
Mel Gibson dirige a Jim Caviezel de forma que, en mi opinión, se acerca a la
consecución de lo imposible. Hay Cristos de Pasolini, Zeffirelli, y Rosellini,
pero el Cristo de Gibson consigue representar la más alta expresión de los
valores humanos.
Aunque no soy crítico de arte, me parece que los principales excesos, incluso
distorsiones, que algunos comentaristas han cuestionado, de hecho tienen el
fin de mostrarnos que este hombre es más que un hombre. Que tenemos que buscar
en otra parte la fuente de su resistencia humana.
¿Sería demasiado aventurado preguntar si Mel Gibson también indica la
naturaleza divina de Cristo al sugerir que posee el conocimiento infuso? ¿Por
ejemplo, cuando Cristo diseña una mesa europea del siglo XVI para palestinos
del siglo I? ¿O cuando sin esfuerzo Cristo comienza a hablar con Pilato en
latín?
Algunos expertos se han preguntado acerca de la ausencia del griego en la
película; nadie que conozca ha conjeturado que el «Jesús histórico» pudiera
haber tenido ocasión de aprender el latín conversacional.
No deberíamos dejar el modo de la eficacia sin observar que Gibson no deja
de lado la visualización de los signos de intervención divina en el momento de
la muerte de Cristo que recogen los Evangelios.
«La Pasión de Cristo» no termina con meditaciones sobre las presumibles
disposiciones interiores de los seguidores de Cristo. La película concluye más
bien con la afirmación incuestionable de que esta crucifixión tiene como
resultado eventos de significación cósmica que sólo puede producir Dios.
Déjenme concluir con unas palabras sobre la relación de la pasión de Cristo
con la Iglesia.
Mel Gibson triunfa al enfatizar el carácter femenino de la Iglesia --sólo las
mujeres tocan con reverencia la sagrada sangre, la Verónica, María, María
Magdalena, y, por extensión, incluso Claudia, que proporciona el lino limpio
para dicho propósito--.
Y al mismo tiempo, coloca a la Virgen Madre de Dios, María Inmaculada, en lo
que obviamente es el contacto más cercano a los sufrimientos de su Hijo. Ella
que es Madre del Redentor se convierte por este hecho en madre de todos los
que son redimidos.
Vemos la meditación maternal de María desarrollada en la película. Gibson
presenta a María que «se pone entre su Hijo y los hombres (¡Las escenas en que
María nos mira directamente a nosotros!) en la realidad de sus privaciones,
indigencias y sufrimientos (La escena de Pedro a sus pies). Se pone ‘en
medio’, o sea hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel
de madre» (11). Las palabras son del Papa Juan Pablo II. Mel Gibson recoge lo
que el Papa escribe en «Madre del Redentor» de una forma que sólo esto merece
para la película el título de «católica».
Si reconocemos que la Pasión está relacionada con la Iglesia, también
reconoceremos que está relacionada con la realidad de la conversión
eucarística. Existe un cierto sentido de que toda la película trata de la
Eucaristía. El Pan de Vida.
San Jerónimo ilustra esta verdad: «Pero dirás: ¿Cómo me prohíbes llorar,
cuando también Jacob vestido de saco lloró a José? (Ver Génesis 37:35)...
porque Cristo no había aún quebrantado la puerta del paraíso, todavía su
sangre no había apagado la famosa espada de fuego y el torbellino de
querubines sentados delante (ver Génesis 3:24; Cf. Ezequiel 1:15-20)...
conforme a lo que dice el Apóstol, ‘Y reinó la muerte desde Adán hasta Moisés,
aun sobre los que no pecaron’ (Romanos 5:14); mientras que en Jesús, es decir,
en el Evangelio, en Jesús, por quien fue abierto el paraíso, a la muerte sigue
el gozo» (12).
«La Pasión de Cristo» invita a sus espectadores a que reconozcan que, en el
pan eucarístico que ofrece Jim Caviezel a sus discípulos-sacerdotes,
descubrimos una fuente de amor que nunca termina.
_______________________________
NOTAS.
(1) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 1.
(2) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 2.
(3) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 3.
(4) «De Trinitate» IV, 14 (PL 42:901), citado en Ibid.
(5) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 3, ad 3.
(6) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 4.
(7) \"The Poems of Prudentius,\" trans. Sister M. Clement Eagan, \"The Fathers
of the Church,\" vol. 43 (Washington, D.C.: Catholic University of America
Press, 1962), p. 77.
(8) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 5.
(9) Ver 1 Juan 3:8 citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 392;
también, n. 394.
(10) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 6.
(11) Carta Encíclica de Juan Pablo II, «Mater Redemptoris», no. 21
(12). San Jerónimo, Carta 39, A Paula, sobre la Muerte de Blesila (Roma 389),
en Epistolario, San Jerónimo, BAC, Madrid, 1993, págs. 345-347.
ZSI04042401
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