El infierno esta cerrado por dentro
Louis de Wohl
Traducción:
Carmen Shàd de Caneda
ConoZe.com
La voluntad está bloqueada
Durante mucho tiempo me ha resultado difícil creer en la existencia del
infierno. Dios es la bondad misma. Dios es el Amor. ¿Cómo podía compaginarse con
esto la existencia del infierno, la existencia de un lugar de castigo eterno?
Incluso la justicia humana, a la que no puede atribuirse precisamente clemencia,
libera a un condenado a cadena perpetua a los quince o veinte años por su buena
conducta. Por lo menos así se viene haciendo en muchos países. ¿Y hemos de creer
que Dios nos guarda rencor eterno, que no nos perdona jamás, a pesar de habernos
ordenado por boca de Cristo perdonar setenta veces siete? ¿No existe ya una
injusticia de base en el hecho de que un delito limitado en el tiempo reciba un
castigo eterno?
Me dirigí a un teólogo anciano y sabio. «No puedo ayudarle», me dijo. «El propio
Cristo habla del infierno constantemente –entre otras varias veces en el Sermón
de la Montaña–. Existe, pues, la posibilidad de la condenación absoluta. Pero no
tenemos derecho a suponer de nadie que se halla en el infierno, ni siquiera de
Judas. Sería incluso posible que el infierno estuviese vacío».
Pero, por lo menos en teoría, es muy posible que un hombre no se arrepienta
jamás ni por un momento de una vida llena de maldades, que hasta el final cause
a sus semejantes todo el daño de que es capaz y encima se burle de ellos, que
hasta el final blasfeme y maldiga a Dios. ¿Acaso un hombre así debe llegar a la
«contemplación» de Dios? Dios es el Amor. El amor no puede forzarse ni ser
forzado. El rechazo del Amor debe respetar el amor, y quien no quiere llegar
hasta Dios, no llegará hasta Dios. Se queda «fuera», encerrado en su propio
odio, su propio dios diminuto, rígido, petrificado; es juzgado por ser como él
mismo quiere ser. Su voluntad está petrificada, él mismo la ha dejado
petrificarse. Ya no puede arrepentirse, ya no puede volverse «atrás» y tampoco
puede ya «salirse». Se ha quedado dentro de su propia barricada. El infierno
está cerrado por dentro.
No tiene sentido la objeción de que los delitos «temporales» no pueden ser
castigados eternamente. Quien no quiere a Dios tendrá que arreglárselas sin El.
Eso es el infierno, y sus ramificaciones alcanzan a nuestra vida terrena, lo
mismo que las del cielo. Pueden percibirse. La elección es asunto nuestro.