Encuentro del Papa con los párrocos y el clero de Roma 2007
Como es tradicional a inicios de Cuaresma, Benedicto XVI se reunió con los
párrocos y el clero de la diócesis de Roma e. El encuentro se desarrolló en
forma de diálogo entre el Santo Padre y los participantes el 7 febrero
2008.
[Giuseppe Corona, diácono:]
Santo Padre: desearía expresar ante todo mi gratitud y la de mis hermanos
diáconos por el ministerio que tan providencialmente la Iglesia ha retomado con
el Concilio, ministerio que nos permite dar plena expresión a nuestra vocación.
Estamos comprometidos en una gran variedad de tareas que desarrollamos en
ámbitos muy diferentes: la familia, el trabajo, la parroquia, la sociedad,
también en las misiones en África y América Latina, entornos que usted ya indicó
en la audiencia que nos concedió con ocasión del veinticinco aniversario del
diaconado romano. Ahora nuestro número ha aumentado: somos 108. Y nos gustaría
que nos indicara una iniciativa pastoral que pueda convertirse en signo de una
presencia más incisiva del diaconado permanente en la ciudad de Roma, como
sucedió en los primeros siglos de la Iglesia romana. De hecho, compartir un
objetivo significativo, común, por un lado incrementaría la cohesión de la
fraternidad diaconal, por otro daría mayor visibilidad a nuestro servicio en
esta ciudad. Le presentamos, Santo Padre, el deseo de que nos indique una
iniciativa que podamos compartir en los modos y en las formas que desee señalar.
En nombre de todos los diáconos le saludo, Santo Padre, con filial afecto.
[Benedicto XVI:]
Gracias por este testimonio de uno de los más de cien diáconos de Roma. Desearía
también yo expresar mi alegría y mi gratitud al Concilio, porque repuso este
importante ministerio en la Iglesia universal. Debo decir que cuando era
arzobispo de Munich no encontré tal vez más que a tres o cuatro diáconos y
favorecí mucho este ministerio porque me parece que pertenece a la riqueza del
ministerio sacramental en la Iglesia. Al mismo tiempo, puede ser igualmente un
vínculo entre el mundo laico, el mundo profesional y el mundo del ministerio
sacerdotal --dado que muchos diáconos continúan desenvolviendo sus profesiones y
mantiene sus posiciones, importantes o también de vida sencilla, mientras que
sábado y domingo trabajan en la Iglesia--. De esta forma testimonian en el mundo
de hoy, asimismo en el mundo laboral, la presencia de la fe, el ministerio
sacramental y la dimensión diaconal del sacramento del Orden. Esto me parece muy
importante: la visibilidad de la dimensión diaconal.
Naturalmente asimismo todo sacerdote sigue siendo diácono y debe siempre pensar
en esta dimensión, porque el Señor mismo se hizo nuestro ministro, nuestro
diácono. Pensamos en el gesto del lavatorio de los pies, con el que
explícitamente se muestra que el Maestro, el Señor, actúa como diácono y quiere
que cuantos le siguen sean diáconos, que desempeñen este ministerio para la
humanidad, hasta el punto de ayudar también a lavar los pies ensuciados de los
hombres confiados a nosotros. Esta dimensión me parece de gran importancia.
En esta ocasión traigo a la memoria --aunque a lo mejor no es inmediatamente
inherente al tema-- una pequeña experiencia que apuntó Pablo VI. Cada día del
Concilio se entronizó el Evangelio. Y el Pontífice dijo a los ceremonieros que
una vez habría deseado realizar él mismo esta entronización del Evangelio. Le
dijeron: no, ésta es tarea de los diáconos, no del Papa. Él escribió en su
diario: pero también yo soy diácono, sigo siendo diácono y desearía también
ejercer este ministerio del diaconado poniendo en el trono la Palabra de Dios.
Por lo tanto esto nos concierne a todos. Los sacerdotes siguen siendo diáconos y
los diáconos explicitan en la Iglesia y en el mundo esta dimensión diaconal de
nuestro ministerio. Esta entronización litúrgica de la Palabra de Dios cada día
durante el Concilio era siempre para nosotros un gesto de gran importancia: nos
decía quién era el verdadero Señor de aquella asamblea, nos decía que sobre el
trono está la Palabra de Dios y que nosotros ejercemos el ministerio para
escuchar y para interpretar, para ofrecer a los demás esta Palabra. Es
ampliamente significativo para todo cuanto hacemos: entronizar en el mundo la
Palabra de Dios, la Palabra viva, Cristo. Que realmente sea Él quien gobierne
nuestra vida personal y nuestra vida en las parroquias.
Además usted me hace una pregunta que, debo decir, excede un poco mis fuerzas:
cuáles serían las tareas propias de los diáconos en Roma. Sé que el cardenal
vicario conoce mucho mejor que yo las situaciones reales de la ciudad, de la
comunidad diocesana de Roma. Pienso que una característica del ministerio de los
diáconos es precisamente la multiplicidad de las aplicaciones del diaconado. En
la Comisión Teológica Internacional, hace algunos años, estudiamos largamente el
diaconado en la historia y también en el presente de la Iglesia. Y descubrimos
justamente esto: no existe un perfil único. Cuánto se debe hacer, varía según la
preparación de las personas, de las situaciones en las que se encuentran. Puede
haber aplicaciones y concreciones muy diferentes, siempre en comunión con el
obispo y con la parroquia, naturalmente. En las distintas situaciones se
muestran varias posibilidades, también dependiendo de la preparación profesional
que eventualmente tengan estos diáconos: podrían estar comprometidos en el
sector cultural, tan importante hoy, o podrían tener una voz y un puesto
significativo en el sector educativo. Pensamos este año precisamente en el
problema de la educación como central para nuestro futuro, para el futuro de la
humanidad.
Ciertamente el sector de la caridad era en Roma el sector originario, porque los
títulos presbiterales y las diaconías eran centros de la caridad cristiana. Éste
era desde el inicio en la ciudad de Roma un sector fundamental. En mi Encíclica
Deus caritas est mostré que no sólo la predicación y la liturgia son
esenciales para la Iglesia y para el ministerio de la Iglesia, sino que lo es
igualmente el servicio de la caritas --en sus múltiples dimensiones-- por los
pobres, por los necesitados. Así que espero que en todo tiempo, en toda
diócesis, si bien con situaciones distintas, ésta siga siendo una dimensión
fundamental y también prioritaria para el compromiso de los diáconos, si bien no
la única, como nos muestra también la Iglesia primitiva, donde los siete
diáconos fueron elegidos precisamente para permitir a los apóstoles dedicarse a
la oración, a la liturgia, a la predicación. También después Esteban se
encuentra en la situación de tener que predicar a los helénicos, a los judíos de
lengua griega, y así se amplía el campo de la predicación. Él está condicionado,
digamos, por las situaciones culturales, donde tiene voz para hacer presente en
dicho sector la Palabra de Dios y así hace más posible la universalidad del
testimonio cristiano, abriendo las puertas a san Pablo, que fue testigo de su
lapidación y posteriormente, en cierto sentido, su sucesor en la
universalización de la Palabra de Dios. No sé si el cardenal vicario desea
añadir una palabra; yo no estoy tan próximo a las situaciones concretas.
[Cardenal Camillo Ruini, vicario del Papa para la diócesis de Roma:]
Santo Padre: sólo puedo confirmar, como usted decía, que también en Roma en
concreto los diáconos trabajan en muchos ámbitos, en su mayor parte en las
parroquias, donde se ocupan de la pastoral de la caridad, pero por ejemplo
muchos también están en la pastoral de la familia. Al estar casados casi todos
los diáconos, preparan al matrimonio, siguen a los jóvenes parejas, y labores
por el estilo. Además brindan una contribución significativa a la pastoral
sanitaria, ayudan también en el Vicariato --donde algunos trabajan-- y, como
escuchó antes, en las misiones. Existe alguna presencia misionera de diáconos.
Creo que, naturalmente, en el plano numérico el compromiso de amplitud más
relevante es en las parroquias, pero existen igualmente otros ámbitos que se
están abriendo y precisamente por esto tenemos ya más de un centenar de diáconos
permanentes.
[Padre Graziano Bonfitto, vicario parroquial de la parroquia de Ognissanti:]
Santo Padre: soy originario de un pueblo de la provincia de Foggia, San Marco in
Lamis. Soy un religioso de Don Orione y sacerdote desde hace año y medio,
actualmente vice-párroco en la parroquia de Ognissanti, en el barrio Appio. No
le oculto mi emoción, y también la increíble alegría que tengo en este momento,
para mí tan privilegiado. Usted es el obispo y el pastor de nuestra Iglesia
diocesana, pero es siempre el Papa y por lo tanto el pastor de la Iglesia
universal. Por ello la emoción se multiplica irremediablemente. Desearía en
primer lugar expresarle mi agradecimiento por todo lo que, día tras día, hace no
sólo por nuestra diócesis de Roma, sino por la Iglesia entera. Sus palabras y
sus gestos, sus atenciones hacia nosotros, pueblo de Dios, son signo del amor y
de la cercanía que usted alimenta por todos y cada uno. Mi apostolado sacerdotal
se ejerce en particular entre los jóvenes. Es precisamente en nombre de ellos
que desearía darle hoy las gracias. Mi santo fundador, san Luigi Orione, decía
que los jóvenes son el sol o la tempestad del mañana. Creo que en este momento
histórico en que nos encontramos los jóvenes son tanto el sol como la tempestad,
no del mañana, sino de ahora. Los jóvenes sentimos actualmente, más que nunca,
la fuerte necesidad de tener certezas. Deseamos sinceridad, libertad, justicia,
paz. Deseamos contar con personas que caminen con nosotros, que nos escuchen.
Exactamente como Jesús con los discípulos de Emaús. La juventud desea personas
capaces de indicar el camino de la libertad, de la responsabilidad, del amor, de
la verdad. O sea, los jóvenes hoy tienen una inagotable se de Cristo. Una sed de
testigos gozosos que hayan encontrado a Jesús y hayan apostado por Él toda su
existencia. Los jóvenes quieren una Iglesia siempre en el terreno y cada vez más
próxima a sus exigencias. La quieren presente en sus opciones de vida, aunque
persista en ellos cierta sensación de indiferencia respecto a la Iglesia misma.
El joven busca una esperanza fidedigna -como usted escribió en la última carta
que nos dirigió a los fieles de Roma-- para evitar vivir sin Dios. Santo Padre
-permítame llamarle «papá»--, qué difícil es vivir en Dios, con Dios y por Dios.
La juventud se siente insidiada por muchos frentes. Son tantos los falsos
profetas, los vendedores de ilusiones. Demasiados los insinuadores de falsas
verdades e ideales innobles. Con todo, la juventud que cree hoy, aún sintiéndose
acorralada, está convencida de que Dios es la esperanza que resiste a todas las
desilusiones, que sólo su amor no puede ser destruido por la muerte, aunque la
mayor parte de las veces no es fácil encontrar espacio y valor para ser
testigos. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo comportarse? ¿Vale efectivamente la pena
seguir apostando la propia vida por Cristo? La vida, la familia, el amor, el
gozo, la justicia, el respeto de las opiniones ajenas, la libertad, la oración y
la caridad, ¿son todavía valores que hay que defender? La vida de los santos,
que se mide por las bienaventuranzas, ¿es una vida idónea para el hombre, el
joven del tercer milenio? Mil gracias por su atención, por su afecto y su
premura por los jóvenes. La juventud está con usted: le estima, le quiere y le
escucha. Siga siempre cerca, indíquenos cada vez con más fuerza la vía que lleva
a Cristo, camino, verdad y vida. Ayúdenos a volar alto. Cada vez más alto. Y
ruegue siempre por nosotros. Gracias.
[Benedicto XVI:]
Gracias por este bello testimonio de un joven sacerdote que está con los
jóvenes, les acompaña y, como ha dicho, les ayuda a caminar con Cristo, con
Jesús. ¿Qué decir? Todos sabemos lo difícil que es para un joven de hoy vivir
como cristiano. El contexto cultural, el contexto mediático, aporta todo lo
contrario del camino hacia Cristo. Parece precisamente que hace imposible ver a
Cristo como centro de la vida y vivir la vida como Jesús la muestra. Sin
embargo, me parece también que muchos sienten cada vez más la insuficiencia de
todas estas ofertas, de este estilo de vida que al final deja vacío.
En este sentido me parece que justamente las lecturas de la liturgia de hoy, la
del Deuteronomio (30, 15-20) y el pasaje evangélico de Lucas (9, 22-25),
responden a cuanto, en sustancia, deberíamos decir a los jóvenes y siempre a
nosotros mismos. Como usted ha mencionado, la sinceridad es fundamental. Los
jóvenes deben percibir que no decimos palabras que no vivamos nosotros mismos,
sino que hablamos porque hemos encontrado y buscamos encontrar cada día la
verdad como verdad para mi vida. Sólo si estamos en este camino, si procuramos
asimilar nosotros mismos esta vida y asociar nuestra vida a la del Señor,
entonces también las palabras pueden ser creíbles y tener una lógica visible y
convincente. Insisto: hoy ésta es la gran regla fundamental no sólo para la
Cuaresma, sino para toda la vida cristiana: elige la vida. Ante ti tienes muerte
y vida: elige la vida. Y me parece que la respuesta es natural. Son sólo pocos
los que alimentan en lo profundo una voluntad de destrucción, de muerte, de no
querer ya la existencia, la vida, porque todo es contradictorio para ellos.
Lamentablemente, en cambio, se trata de un fenómeno que se amplía. Con todas las
contradicciones, las falsas promesas, al final la vida parece contradictoria, ya
no es un don, sino una condena y así hay quien desea más la muerte que la vida.
Pero normalmente el hombre responde: sí, quiero la vida.
La cuestión sigue siendo cómo encontrar la vida, qué elegir, cómo elegir la
vida. Y las ofertas que normalmente se hacen las conocemos: ir a la discoteca,
conseguir todo lo posible, considerar la libertad como hacer todo lo que se
quiera, todo lo que se ocurra en un momento determinado. Pero sabemos en cambio
-y podemos mostrarlo-- que éste es un camino de falsedad, porque al final no se
encuentra la vida, sino realmente el abismo de la nada. Elige la vida. La misma
lectura dice: Dios es tu vida, has elegido la vida y has hecho la elección:
Dios. Esto me parece fundamental. Sólo así nuestro horizonte es lo
suficientemente amplio y sólo así permanecemos en la fuente de la vida, que es
más fuerte que la muerte, que todas las amenazas de la muerte. Así que la
elección fundamental es ésta que se indica: elige a Dios. Es necesario entender
que quien emprende el camino sin Dios al final se encuentra en la oscuridad,
aunque pueda haber momentos en los que parezca que se ha hallado la vida.
Un paso más es cómo encontrar a Dios, como elegir a Dios. Aquí llegamos al
Evangelio: Dios no es un desconocido, una hipótesis del primer inicio del
cosmos. Dios tiene carne y hueso. Es uno de nosotros. Le conocemos con su
rostro, con su nombre. Es Jesucristo, quien nos habla en el Evangelio. Es hombre
y es Dios. Y siendo Dios, eligió al hombre para hacernos posible la elección de
Dios. Así que es necesario entrar en el conocimiento y después en la amistad de
Jesús para caminar con Él.
Considero que éste es el punto fundamental de nuestra atención pastoral de los
jóvenes, para todos, pero sobre todo para los jóvenes: atraer la atención sobre
la elección de Dios, que es la vida. Sobre el hecho de que Dios existe. Y existe
de modo muy concreto. Y enseñar la amistad con Jesucristo.
Hay también un tercer paso. Esta amistad con Jesús no es una amistad con una
persona irreal, con alguien que pertenece al pasado o que está lejos de los
hombres, a la diestra de Dios. Él está presente en su cuerpo, que sigue siendo
un cuerpo de carne y hueso: es la Iglesia, la comunión de la Iglesia. Debemos
construir y hacer comunidades más accesibles que reflejen la gran comunidad de
la Iglesia vital. Es un todo: la experiencia vital de la comunidad, con todas
las debilidades humanas, pero sin embargo real, con un camino claro y una vida
sacramental sólida en la que podemos tocar también lo que puede parecernos tan
lejano, la presencia del Señor. De esta manera podemos igualmente aprender los
mandamientos -por volver al Deuteronomio, del que partí. Porque la lectura dice:
elegir a Dios quiere decir elegir según su Palabra, vivir según la Palabra. Por
un momento esto parece casi positivista: son imperativos. Pero lo primero es el
don: su amistad. Después podemos entender que los indicadores del camino son
explicaciones de la realidad de esta amistad nuestra.
Podemos decir que ésta es una visión general, que brota del contacto con la
Sagrada Escritura y la vida de la Iglesia de cada día. Después se traduce paso a
paso en los encuentros concretos con los jóvenes: guiarles al diálogo con Jesús
en la oración, en la lectura de la Sagrada Escritura -la lectura común, sobre
todo, pero también personal-- y en la vida sacramental. Son todos pasos para
hacer presentes estas experiencias en la vida profesional, aunque el contexto
esté marcado frecuentemente por la plena ausencia de Dios y por la aparente
imposibilidad de verle presente. Pero justamente entonces, a través de nuestra
vida y de nuestra experiencia de Dios, debemos intentar que entre en este mundo
lejano de Dios la presencia de Cristo.
La sed de Dios existe. Hace poco recibió la visita ad limina de obispos de un
país en el que más del cincuenta por ciento se declara ateo o agnóstico. Pero me
dijeron: en realidad todos tienen sed de Dios. Escondidamente existe esta sed.
Por ello empecemos antes nosotros, con los jóvenes que podamos encontrar.
Formemos comunidades en las que se refleje la Iglesia, aprendamos la amistad con
Jesús. Y así, llenos de esta alegría y de esta experiencia, podemos también hoy
hacer presente a Dios en este mundo nuestro.
[Don Paolo Tammi, párroco de San Pío X; profesor de religión:]
Deseo expresarle sólo uno de los muchos agradecimientos por el esfuerzo y la
pasión con que ha escrito su libro sobre Jesús de Nazaret, un texto que, como
usted mismo ha dicho, no es un acto de magisterio, sino fruto de su búsqueda
personal del rostro de Dios. Ha contribuido a poner en el centro del
cristianismo la persona de Jesucristo y con seguridad está contribuyendo y
seguirá haciéndolo en una paciente justicia de las visiones parciales del
acontecimiento cristiano, como la visión política en la que se desarrolló la
mayor parte de mi adolescencia y la de mis coetáneos, o la moralista, demasiado
insistente -en mi opinión-- en la predicación católica, o finalmente la que ama
definirse desmitificadora de la figura de Jesucristo, como la ciertos maestros
del pensamiento laico que, con poca sorpresa, la verdad, de golpe se ocupan hoy
del Fundador del cristianismo y de su aventura humana para negar su historicidad
o para atribuir su divinidad a una fantasía de la Iglesia apostólica. Usted en
cambio no deja de enseñarnos, Santidad, que Jesús es verdaderamente todo; que de
Él, hombre y Dios, sólo es posible enamorarse, que no es precisamente lo mismo
que tener carné de partido, suponiendo que existiera, o llenarse de él la boca
sólo para salvar una identidad cultural. Me limito a añadir que en un ambiente
laico como la escuela, donde las motivaciones históricas y filosóficas a favor o
en contra de la religión obviamente tienen su legítimo espacio, veo cada día a
los chavales mantener una gran distancia emotiva, mientras que he visto a otros
conmoverse en Asís, donde les llevé hace algunos días, al escuchar un apasionado
testimonio de un joven fraile menor. Le pregunto: ¿cómo puede la vida de un
sacerdote apasionarse cada vez más en lo esencial, que es el esposo Jesús? Y
también: ¿en qué se ve que un sacerdote está enamorado de Jesús? Sé que ha
respondido varias veces, pero es cierto que la respuesta puede ayudarnos a
corregirnos, a retomar esperanza. Le ruego que lo haga otra vez con sus
sacerdotes.
[Benedicto XVI:]
¡Cómo puedo corregir a los párrocos, que trabajan tan bien! Podemos sólo
ayudarnos recíprocamente. Así que usted conoce este ambiente laico con distancia
no sólo intelectual, sino sobre todo emotiva de la fe. Y debemos, según las
circunstancias, buscar la forma de crear puentes. Me parece que las situaciones
son difíciles, pero usted tiene razón. Debemos pensar siempre: qué es lo
esencial, si bien después puede ser distinto el punto en el que es posible
enlazar el kerigma, el contexto, el modo de actuar. Pero la cuestión debe ser
siempre: ¿qué es esencial? ¿Qué es necesario descubrir? ¿Qué desearía dar? Y
aquí repito siempre: lo esencial es Dios. Si no hablamos de Dios, si no se
descubre a Dios, nos quedamos siempre en las cosas secundarias. Por lo tanto me
parecería fundamental que al menos naciera la pregunta: ¿existe Dios? Y ¿cómo
podría vivir sin Dios? ¿Es Dios verdaderamente una realidad importante para mí?
Me sigue pareciendo impresionante que el [Concilio] Vaticano I quisiera
precisamente entablar este diálogo, entender con la razón a Dios -si bien en la
situación histórica en la que nos encontramos necesitamos que Dios nos ayude y
purifique nuestra razón. Me parece que ya se está buscando responder a este
desafío del ambiente laico respecto a Dios como la cuestión fundamental, y
después respecto a Jesucristo como la respuesta de Dios. Naturalmente diría que
existen los preambula fidei, que tal vez constituyen el primer paso para
dejar abierto el corazón y la mente hacia Dios: las virtudes naturales. Estos
días he recibido la visita de un jefe de Estado, quien me dijo: no soy
religioso, el fundamento de mi vida es la ética aristotélica. Es ya algo muy
bueno, y nos sitúa junto a santo Tomás, en camino hacia la síntesis de Tomás. Y
por lo tanto puede ser éste un punto de contacto: aprender y hacer compresible
la importancia para la convivencia humana de esta ética racional, que después se
abre interiormente -si se vive consecuentemente-- a la cuestión de Dios, a la
responsabilidad ante Dios.
Así que me parece que, por un lado, debemos tener claro ante nosotros qué es lo
esencial que queremos y debemos transmitir a los demás y cuáles son los
preambula en las situaciones en las que podemos dar los primeros pasos: en
verdad precisamente hoy una primera educación ética es un paso fundamental. Es
lo que hizo también el cristianismo antiguo. Cipriano, por ejemplo, nos dice que
antes su vida era totalmente disoluta; después, viviendo en la comunidad
catecumenal, aprendió una ética fundamental y de tal modo se abrió el camino
hacia Dios. También san Ambrosio en la vigilia pascual dice: hasta ahora hemos
hablado de la moral, ahora vayamos a los misterios. Habían hecho el camino de
los preambula fidei con una educación ética fundamental, que creaba la
disponibilidad para comprender el misterio de Dios. Por lo tanto diría que tal
vez debemos realizar una interacción entre educación ética -hoy tan importante--
por un lado, también con su evidencia pragmática, y al mismo tiempo no omitir la
cuestión de Dios. Y en este entrelazamiento de dos caminos me parece que tal vez
un poco conseguimos abrirnos a ese Dios que sólo puede dar la luz.
[Don Daniele Salera, vicario parroquial en Santa María Madre del Redentor en Tor
Bella Monaca; profesor de religión:]
Santidad: soy don Daniele Salera, sacerdote desde hace 6 años, vicario
parroquial en Tor Bella Monaca; allí enseño religión. Al leer su carta sobre la
tarea urgente de la educación he tomado nota de algunos aspectos para mí
significativos y de los que me gustaría dialogar con usted. Ante todo encuentro
importante su orientación para la diócesis y la ciudad. Esta distinción da razón
de las distintas identidades que la componen e interpela, en la libertad a la
que usted, Santidad, alude, también a los no creyentes. Desearía transmitirle es
estos pocos instantes la belleza de trabajar en la escuela con colegas que por
diversos motivos ya no tienen una fe viva o no se reconocen en la Iglesia; sin
embargo, me dan ejemplo en la pasión educativa y en la recuperación de
adolescentes que tienen una vida marcada por el crimen y la degradación. Percibo
en muchas personas con las que trabajo en Tor Bella Monaca una auténtica ansia
misionera. Por caminos distintos, pero convergentes, luchamos contra esa crisis
de esperanza que siempre se agazapa cuando, a diario, se tiene relación con
chavales que parecen interiormente muertos, sin deseos de futuro o tan
profundamente envueltos por el mal que no logran percibir el bien que se les
desea o las ocasiones de libertad y de redención que en cualquier caso existen
en su camino. Frente a tal emergencia humana no hay espacio para las divisiones;
me repito frecuentemente una frase del Papa Roncalli, quien decía: «Buscaré
siempre lo que une, más que lo que separa». Santidad, esta experiencia me
permite vivir cotidianamente con jóvenes y adultos que jamás habría encontrado
si me hubiera concentrado sólo en las actividades internas de la parroquia, y
observo que es cierto: muchos educadores están renunciando a la ética en nombre
de una afectividad que no da certezas y crea dependencia. Otros temen defender
las reglas de la convivencia civil porque piensan que aquellas no dan razón de
las necesidades, de las dificultades y de la identidad de los jóvenes. Con un
eslogan, diría que, a nivel educativo, vivimos en una cultura del «sí, siempre»
y del «no, jamás». Pero es el «no» pronunciado con amorosa pasión por el hombre
y su futuro el que a menudo traza la línea entre el bien y el mal; límite que en
la edad evolutiva es fundamental para la construcción de una identidad personal
sólida. Por una parte estoy convencido de que, ante la emergencia las
diversidades se atenúan, y por lo tanto en el plano educativo podemos
verdaderamente encontrar una mesa común con quien libremente no se declara
creyente en sentido propio; por otra, me pregunto, ¿por qué nosotros, Iglesia,
que tanto hemos escrito, pensado y vivido acerca de la educación como formación
en el recto uso de la libertad -como usted dice--, no logramos transmitir este
objetivo educativo? ¿Por qué parecemos, en término medio, tan poco liberados y
liberadores?
[Benedicto XVI:]
Gracias por este reflejo de sus experiencias en la escuela actual, de los
jóvenes de hoy, también por estas preguntas de autocrítica para nosotros. En
este momento sólo puedo confirmar que me parece muy importante que la Iglesia
esté presente también en la escuela, porque una educación que no es a la vez
educación con Dios y presencia de Dios, una educación que no transmite los
grandes valores éticos que han aparecido en la luz de Cristo, no es educación.
Jamás basta una formación profesional sin formación del corazón. Y el corazón no
puede formarse sin, al menos, el desafío de la presencia de Dios. Sabemos que
muchos jóvenes viven en ambientes, en situaciones que les hacen inaccesibles la
luz y la Palabra de Dios; están en situaciones de vida que representan una
verdadera esclavitud, no sólo exterior, sino que provoca una esclavitud
intelectual que oscurece en verdad el corazón y la mente. Intentemos con cuanto
está al alcance de la Iglesia ofrecerles también a ellos una posibilidad de
salida. Pero, en cualquier caso, hagamos que en este variado ambiente de la
escuela -donde se va desde los creyentes hasta las situaciones más tristes--
esté presente la Palabra de Dios. Es lo que hemos dicho de san Pablo, que quería
hacer llegar el Evangelio a todos. Este imperativo del Señor -el Evangelio debe
ser anunciado a todos-- no es un imperativo diacrónico, no es un imperativo
continental, de que en todas las culturas se anuncie en primera línea; sino un
imperativo interior, en el sentido de entrar en los distintos matices y
dimensiones de una sociedad para hacer más accesible, al menos un poco, la luz
del Evangelio; que se anuncie realmente a todos el Evangelio.
Y me parece también un aspecto de la formación cultural hoy. Conocer qué es la
fe cristiana que ha formado este continente y que es una luz para todos los
continentes. Los modos en que se puede hacer presente y accesible al máximo esta
luz son diversos y soy consciente de que no tengo una receta para esto; pero la
necesidad de ofrecerse a esta aventura, bella y difícil, es realmente un
elemento del imperativo del Evangelio mismo. Roguemos para que el Señor nos
ayude a responder a este imperativo de hacer que llegue a todas las dimensiones
de nuestra sociedad su conocimiento, el conocimiento de su rostro.
[Don Paul Chungat, vicario parroquial de San Giuseppe Cottolengo:]
Me llamo don Chungat, soy de la India, actualmente vicario de la parroquia de
San Giuseppe en Valle Aurelia. Desearía darle las gracias por la oportunidad que
me ha dado de servir en la diócesis de Roma durante tres años. Ha sido para mí,
para mis estudios, una gran ayuda, así como creo que lo es para todos los
sacerdotes estudiantes que permanecen en Roma. Ha llegado el tiempo de regresar
a mi diócesis en la India, donde los católicos representan sólo el uno por
ciento, mientras que el noventa y nueve son no cristianos. En estos días me ha
dado mucho que pensar la situación de la evangelización misionera en mi patria.
En la reciente nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe hay algunas
palabras difíciles de entender en el campo del diálogo interreligioso. Por
ejemplo, en el número 10 se escribe «plenitud de la salvación», y en la parte
introductiva se lee «necesidad de incorporación formal en la Iglesia». Se trata
de conceptos difíciles de hacer entender cuando lleve estas cosas a la India y
tenga que hablar a mis amigos hindúes y a los fieles de otras religiones. Mi
pregunta es: la plenitud de la salvación, ¿hay que entenderla en sentido
cualitativo o en sentido cuantitativo? Si es en sentido cuantitativo, hay alguna
dificultad. El Concilio Vaticano II dice que existe posibilidad de una semilla
de luz también en los demás credos. Si es en sentido cualitativo, además de la
historicidad y de la plenitud de la fe, ¿cuáles son los otros elementos para
mostrar la unicidad de nuestra fe en relación con el diálogo interreligioso?
[Benedicto XVI:]
Gracias por su intervención. ¡Bien sabe usted que la amplitud de sus preguntas
requerirían un semestre de teología! Intentaré ser breve. Usted conoce la
teología, hay grandes maestros y muchos libros. Ante todo, gracias por su
testimonio, porque usted se muestra gozoso de poder trabajar en Roma siendo
indio. Para mí se trata de un fenómeno maravilloso de la catolicidad. Ahora no
sólo los misioneros van de Occidente a los demás continentes, sino que existe un
intercambio de dones: indios, africanos, sudamericanos trabajan aquí, y desde
aquí se acude a los otros continentes. Es un dar y recibir de todas partes:
precisamente ésta es la vitalidad de la catolicidad, en la que todos somos
deudores de los dones del Señor, y además podemos donarnos el uno al otro. Es en
esta reciprocidad de dones, de dar y de recibir, en la que vive la Iglesia
católica. Vosotros podéis aprender de estos ambientes y experiencias
occidentales, y nosotros no menos de vosotros. Veo que precisamente este
espíritu de religiosidad que existe en Asia, como en África, sorprende a los
europeos, que con frecuencia son un poco más fríos en la fe. Y así esta
vivacidad, al menos del espíritu religioso que existe en estos continentes, es
una gran don para todos nosotros, sobre todo para los obispos del mundo
occidental y en particular de aquellos países en los que es más notorio el
fenómeno de la inmigración, Filipinas, la India, etcétera. Nuestro catolicismo
frío se reaviva por este fervor que viene de vosotros. Así que la catolicidad es
un gran don.
Vamos a las preguntas que usted me ha planteado. No tengo delante en este
momento las palabras exactas del documento de la Congregación para la Doctrina
de la Fe, que usted ha recordado; pero en todo caso desearía decir dos cosas.
Por un lado, es absolutamente necesario el diálogo, conocerse recíprocamente,
respetarse y buscar colaborar de todos los modos posibles por los grandes
objetivos de la humanidad, o por sus grandes necesidades, para superar los
fanatismos y crear un espíritu de paz y de amor. Y esto está también en el
espíritu del Evangelio, cuyo sentido es precisamente que el espíritu de amor,
que hemos aprendido de Jesús, la paz que Jesús nos ha dado mediante la cruz, se
haga presente universalmente en el mundo. En este sentido el diálogo debe ser
verdadero diálogo, en el respeto del otro y en la aceptación de su diversidad;
pero debe ser también evangélico, en el sentido de que su objetivo fundamental
es ayudar a los hombres a vivir en el amor y a hacer que este amor se pueda
extender en todas partes del mundo.
Pero esta dimensión del diálogo, tan necesaria, esto es, la del respeto del
otro, de la tolerancia, de la cooperación, no excluye la otra, o sea, que el
Evangelio es un gran don, el don del gran amor, de la gran verdad, que no
podemos quedarnos sólo para nosotros mismos, sino que debemos ofrecerlo a los
demás considerando que Dios les da la libertad y la luz necesaria para encontrar
la verdad. Es ésta la verdad. Y por lo tanto éste es también mi camino. La
misión no es imposición, sino ofrecer el don de Dios dejando a Su bondad que
ilumine a las personas a fin de que se extienda el don de la amistad concreta
con el Dios de rostro humano. Por ello deseamos y debemos testimoniar siempre
esta fe y este amor que vive en nuestra fe. Habríamos descuidado un deber
verdadero, humano y divino, si hubiéramos dejado a los demás solos y si
hubiéramos reservado la fe que tenemos sólo para nosotros. Seríamos infieles a
nosotros mismos si no ofreciéramos esta fe al mundo, si bien siempre respetando
la libertad de los demás. La presencia de la fe en el mundo es un elemento
positivo, aunque no se convierta nadie; es un punto de referencia.
Me han dicho representantes de religiones no cristianas: para nosotros la
presencia del cristianismo es un punto de referencia que nos ayuda, aunque no
nos convirtamos. Pensemos en la gran figura de Mahatma Gandhi: aún estando
fuertemente ligado a su religión, para él el Sermón de la Montaña era un
fundamental punto de referencia que formó toda su vida. Y así el fermento de la
fe, aún no convirtiéndole al cristianismo, entró en su vida. Y me parece que
este fermento del amor cristiano que trasluce el Evangelio es -además de la
labor misionera que busca ampliar los espacios de la fe-- un servicio que
hacemos a la humanidad.
Pensemos en san Pablo. He vuelto a profundizar recientemente en su motivación
misionera. Hablé de ello también a la Curia con ocasión del encuentro de finales
de año. Estaba él conmovido por la palabra del Señor en su sermón escatológico.
Antes de todo acontecimiento, antes del regreso del Hijo del hombre, el
Evangelio debe ser predicado a todas las gentes. Condición para que el mundo
alcance su perfección, para su apertura al paraíso, es que el Evangelio sea
anunciado a todos. Él puso todo el celo misionero en que el Evangelio pudiera
llegar a todos si era posible ya en su generación, para dar respuesta al
mandamiento de que «se anunciara a todas las gentes». Su deseo no era tanto
bautizar a todas las gentes cuanto la presencia del Evangelio en el mundo y por
lo tanto el cumplimiento de la historia como tal. Me parece que hoy, viendo el
curso de la historia, se puede comprender mejor que esta presencia de la Palabra
de Dios, que este anuncio que llega a todos como fermento, es necesario para que
el mundo pueda realmente llegar a su meta. En este sentido deseamos, sí, la
conversión de todos, pero dejamos que sea el Señor quien actúe. Es importante
que quien quiera convertirse tenga la posibilidad de hacerlo y que aparezca en
el mundo, para todos, esta luz del Señor como punto de referencia y como luz que
ayuda, sin la cual el mundo no puede encontrarse a sí mismo. No sé si me he
explicado bien: diálogo y misión no sólo no se excluyen, sino que una cosa pide
la otra.
[Padre Umberto Fanfarillo: párroco de Santa Dorotea en Trastevere:]
Santo Padre: soy el párroco de Santa Dorotea en Trastevere, el padre Umberto
Fanfarillo, franciscano conventual. Junto a la comunidad cristiana del
territorio parroquial, me urge señalar una notable aunque no profunda presencia
de otros contextos religiosos, con los que tenemos relación diariamente en la
estima recíproca, en el conocimiento y también en una respetuosa convivencia. En
esta sustancial positividad de intenciones, puedo incluir el empeño de la
Academia de los Linces [la academia italiana de las ciencias. Ndt], de la
Universidad americana John Cabot, con más de ochocientos alumnos procedentes de
unos sesenta países y con articulaciones religiosas que van desde los católicos
hasta los luteranos, de los judíos a los musulmanes. Son precisamente estos
jóvenes los que, a la muerte de Juan Pablo II, se recogieron en oración en
nuestra iglesia. Son algunos de ellos los que, frecuentando los locales de la
parroquia, expresan respeto y serenidad ante nuestros símbolos religiosos como
el crucifijo y las imágenes de María, de los santos y del Papa. En el territorio
de la parroquia, la Casa de Peter Pan acoge a niños enfermos de cáncer y está
ligada al hospital Bambin Gesù [hospital pediátrico de la Santa Sede. Ndt].
También aquí la interreligiosidad realiza altísimos momentos de caridad y de
religiosa atención al hermano enfermo y necesitado. Análoga realidad y
respetuoso encuentro entre las recordadas expresiones tenemos en la cárcel de
Regina Coeli, igualmente en el territorio de la parroquia. Recientemente, en el
clima de respeto y de testimonio, se administró el sacramento de la Confirmación
a dos jóvenes anglicanos convertidos al catolicismo. Santo Padre, todos estamos
en busca de nuevas y más equilibradas actitudes de conocimiento y de respeto.
Siempre hemos apreciado sus intervenciones, caracterizadas por el respeto y el
diálogo en la búsqueda de la verdad. Ayúdenos de nuevo con su palabra.
[Benedicto XVI:]
Gracias por este testimonio de una parroquia verdaderamente multidimensional y
multicultural. Me parece que usted ya ha concretado un poco lo que se ha
mencionado anteriormente con nuestro hermano indio: este todo, de diálogo, de
convivencia respetuosa, respetándose los unos a los otros, aceptándose los unos
a los otros, como se es en la diversidad, en la comunión. Y al mismo tiempo la
presencia del cristianismo, de la fe cristiana como punto de referencia al que
todos pueden dirigir una mirada, como un fermento que en el respeto de las
libertades es una luz para todos y nos reúne precisamente en el respeto de las
diferencias. Esperamos que el Señor nos ayude siempre en este sentido a aceptar
al otro en la diversidad, a respetarle y a hacer a Cristo presente en el gesto
del amor, que es la verdadera expresión de su presencia y de su palabra. Y que
nos ayude así a ser realmente ministros de Cristo y de su salvación para el
mundo. Gracias.
[Don Pietro Riggi, salesiano del Borgo Ragazzi Don Bosco:]
Santo Padre: trabajo en un oratorio y en un centro de acogida para menores en
situación de riesgo. Desearía preguntarle: el 25 de marzo de 2007 pronunció un
discurso espontáneo lamentando que hoy se hable poco de los Novísimos. De hecho,
en los catecismos de la CEI [Conferencia Episcopal italiana. Ndt] utilizados
para la enseñanza de nuestra fe a los chavales que se preparan para la
confesión, la primera comunión y la confirmación, me parece que se omiten
algunas verdades de fe. Nunca se habla de infierno, jamás de purgatorio, una
sola vez de paraíso, una sola vez de pecado, sólo del pecado original. Al faltar
estas partes esenciales del credo, ¿no le parece que se desmorona el sistema
lógico que conduce a contemplar la redención de Cristo? Si falta el pecado, no
se habla de infierno, también la redención de Cristo acaba por disminuirse. ¿No
le parece que se favorece la pérdida del sentido de pecado y por lo tanto del
sacramento de la reconciliación y la propia figura salvífica, sacramental, del
sacerdote que tiene poder de absolver y de celebrar en nombre de Cristo?
Actualmente por desgracia también nosotros, sacerdotes, cuando en el Evangelio
se habla de infirmo, esquivamos el Evangelio mismo. No se habla de ello. Nos
arriesgamos a dar a la fe una dimensión sólo horizontal o bien demasiado
desprendida esta horizontal de su dimensión vertical. Y ello lamentablemente, en
la catequesis juvenil, si no en la iniciativa de los párrocos, falta en los
cimientos. Si no me equivoco, este año se celebra el 25º aniversario de la
consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María. Para la ocasión, ¿no se
podría pensar en renovar solemnemente esta consagración para el mundo entero? Ha
caído el muro de Berlín, pero quedan tantos muros de pecado que deben
desplomarse aún: el odio, la explotación, el capitalismo salvaje. Muros que
deben desmoronarse y esperamos que triunfe el Corazón Inmaculado de María para
poder realizar también esta dimensión. Desearía observar que la Virgen jamás
temió hablar del infierno y del paraíso a los niños de Fátima, quienes,
precisamente, tenían edad de catequesis: siete, nueve y doce años. Y nosotros
muchas veces omitimos esto. ¿Podría hablarnos sobre este tema?
[Benedicto XVI:]
Ha hablado usted con acierto sobre los temas fundamentales de la fe, que por
desgracia raramente aparecen en nuestra predicación. En la Encíclica Spe
salvi he querido precisamente hablar también del juicio final, del juicio en
general, y en este contexto asimismo sobre purgatorio, infierno y paraíso.
Pienso que todos nosotros estamos aún afectados por la objeción de los
marxistas, según los cuales los cristianos sólo han hablado del más allá y han
descuidado la tierra. Así, queremos demostrar que realmente nos comprometemos
por la tierra y no somos personas que hablan de realidades lejanas, que no
ayudan a la tierra. Pero aunque sea justo mostrar que los cristianos trabajan
por la tierra -y todos nosotros estamos llamados a trabajar para que esta tierra
sea realmente una ciudad para Dios y de Dios-- no debemos olvidar la otra
dimensión. Sin tenerla en cuenta, no trabajamos bien por la tierra. Mostrar esto
ha sido para mi uno de los objetivos fundamentales al escribir la Encíclica.
Cuando no se conoce el juicio de Dios, no se conoce la posibilidad del infierno,
del fracaso radical y definitivo de la vida, no se conoce la posibilidad y la
necesidad de la purificación. Entonces el hombre no trabaja bien por la tierra
dado que pierde al final los criterios, ya no se conoce a sí mismo, al no
conocer a Dios, y destruye la tierra. Todas las grandes ideologías han
prometido: tomaremos las cosas en nuestras manos, ya no descuidaremos la tierra,
crearemos el mundo nuevo, justo, correcto, fraterno. En cambio han destruido el
mundo. Lo vemos con el nazismo, lo vemos también con el consumismo, que han
prometido construir el mundo tal como debería haber sido y sin embargo han
destruido el mundo.
En las visitas ad limina de los obispos de países ex comunistas, veo siempre de
nuevo cómo en esas tierras se ha destruido no sólo el planeta, la ecología, sino
sobre todo, y con mayor gravedad, las almas. Reencontrar la conciencia
verdaderamente humana, iluminada por la presencia de Dios, es el primer trabajo
de reedificación de la tierra. Ésta es la experiencia común de aquellos países.
La reedificación de la tierra, respetando el grito de sufrimiento de este
planeta, se puede llevar a cabo sólo reencontrando en el alma a Dios, con los
ojos abiertos hacia Dios.
Por ello usted tiene razón: debemos hablar de todo esto precisamente por
responsabilidad hacia la tierra, hacia los hombres que viven hoy. Debemos hablar
también y precisamente del pecado como posibilidad de destruirse a uno mismo y
también otras partes de la tierra. En la Encíclica he intentado demostrar que
precisamente el juicio final de Dios garantiza la justicia. Todos queremos un
mundo justo. Pero no podemos reparar todas las destrucciones del pasado, a todas
las personas injustamente atormentadas y asesinadas. Sólo Dios mismo puede crear
la justicia, que debe ser justicia para todos, también para los muertos. Y como
dice Adorno, un gran marxista, sólo la resurrección de la carne, que él
considera irreal, podría crear justicia. Nosotros creemos en esta resurrección
de la carne, en la que no todos serán iguales. Actualmente se suele pensar: qué
es el pecado, Dios es grande, nos conoce, así que el pecado no cuenta, al final
Dios será bueno con todos. Es una bella esperanza. Pero existe la justicia y
existe la verdadera culpa. Quienes han destruido al hombre y la tierra no pueden
sentarse de inmediato en la mesa de Dios junto a las víctimas. Dios crea
justicia. Debemos tenerlo presente. Por ello me parecía importante escribir este
texto también sobre el purgatorio, que para mí es una verdad tan obvia, tan
evidente y también tan necesaria y consoladora, que no puede faltar. He
intentado decir: tal vez no son muchos los que se han destruido así, los que son
insanables para siempre, los que carecen de elemento alguno sobre el que pueda
apoyarse el amor de Dios, los que no tienen en sí mismos una mínima capacidad de
amar. Esto sería el infierno. Por otra parte, son ciertamente pocos -o en
cualquier caso no demasiados-- los que son tan puros que pueden entrar
inmediatamente en la comunión de Dios. Muchísimos de nosotros esperamos que haya
algo sanable en nosotros, que haya una voluntad final de servir a Dios y de
servir a los hombres, de vivir según Dios. Pero hay tantas y tantas heridas,
tanta inmundicia. Tenemos necesidad de ser preparados, de ser purificados. Ésta
es nuestra esperanza: incluso con tanta suciedad en nuestra alma, al final el
Señor nos da la posibilidad, nos lava por fin con su bondad que viene de su
cruz. Nos hace así capaces de existir eternamente para Él. Y de tal forma el
paraíso es la esperanza, es la justicia por fin cumplida. Y nos da también los
criterios para vivir, para que este tiempo sea de alguna forma paraíso, una
primera luz del paraíso. Donde los hombres viven según estos criterios, aparece
un poco de paraíso en el mundo, y esto es visible. Me parece también una
demostración de la verdad de la fe, de la necesidad de seguir el camino de los
mandamientos, de los que debemos hablar más. Estos son realmente indicadores del
camino y nos muestran cómo vivir bien, cómo elegir la vida. Por ello debemos
también hablar del pecado y del sacramento del perdón y de la reconciliación. Un
hombre sincero sabe que es culpable, que debería recomenzar, que debería ser
purificado. Y ésta es la maravillosa realidad que nos ofrece el Señor: existe
una posibilidad de renovación, de ser nuevos. El Señor comienza con nosotros de
nuevo y nosotros podemos recomenzar así también con los demás en nuestra vida.
Este aspecto de la renovación, de la restitución de nuestro ser después de
tantos errores, después de tantos pecados, es la gran promesa, el gran don que
la Iglesia ofrece. Y que, por ejemplo, la psicoterapia no puede ofrecer. La
psicoterapia hoy está muy difundida y es también necesaria ante tantas psiquis
destruidas o gravemente heridas. Pero las posibilidades de la psicoterapia son
muy limitadas: sólo puede intentar un poco reequilibrar un alma desequilibrada.
Pero no puede brindar una verdadera renovación, una superación de estas graves
enfermedades del alma. Y por eso sigue siendo siempre provisional, jamás
definitiva. El sacramento de la penitencia nos da la ocasión de renovarnos hasta
el fondo con el poder de Dios --ego te absolvo-- que es posible porque Cristo
cargó sobre sí estos pecados, estas culpas. Me parece que ésta es precisamente
hoy una gran necesidad. Podemos ser sanados. Las almas que están heridas y
enfermas, como es la experiencia de todos, necesitan no sólo consejos, sino una
verdadera renovación que sólo puede venir del poder de Dios, del poder del Amor
crucificado. Me parece éste el gran nexo de los misterios que al final inciden
realmente en nuestra vida. Nosotros mismos debemos volver a meditarlos y así
acercarlos de nuevo a nuestra gente.
[Don Alberto Orlando, vicario parroquial de Santa María Madre de la
Providencia:]
Soy don Alberto Orlando, vice párroco de la parroquia de Santa María Madre de la
Providencia. Desearía presentarle una dificultad vivida en Loreto con los
jóvenes el año pasado [donde se celebró el Ágora de los jóvenes italianos -al
que acudieron medio millón- el 1 y 2 de septiembre. Ndt]. Pasamos en Loreto una
jornada bellísima, pero entre tantas cosas estupendas percibimos una cierta
distancia entre usted y los jóvenes. Llegamos por la tarde. No conseguimos
acomodarnos, ver ni oír. Cuando llegó la noche usted se marchó y nos quedamos
como a merced de la televisión, que en cierto sentido nos usó. Pero los jóvenes
tienen necesidad de calor. Una joven me dijo, por ejemplo: «Normalmente el Papa
nos llama "queridos jóvenes"; en cambio hoy nos ha llamado "jóvenes amigos"». Y
estaba muy contenta por ello. ¿Cómo no subrayar este particular, esta cercanía?
La conexión televisiva con Loreto era muy fría, muy lejana; también el momento
de la oración tuvo dificultades, porque estaba ligado a los puntos de luz que
permanecieron cerrados hasta tarde, al menos hasta que no terminó el espectáculo
televisivo. Lo segundo que nos creó alguna dificultad fue en cambio la liturgia
del día después, un poco agotadora sobre todo en cantos y música. En el momento
del Aleluya, por poner un ejemplo, una joven observó que, a pesar del calor,
estas canciones y la música se prolongaban muchísimo, como si a nadie le
importara la incomodidad del que se veía estrechado por la multitud. Y se
trataba de chavales que todos los domingos participan en misa. Estas son las dos
preguntas: ¿por qué esta distancia entre usted y ellos? Y ¿cómo conciliar el
tesoro de la liturgia en toda la solemnidad con el sentimiento, el afecto y la
emotividad que nutre a los jóvenes, cosa que necesitan tanto? Desearía asimismo
un consejo: cómo equilibrarnos entre solemnidad y emotividad. También porque
somos nosotros mismos, los sacerdotes, los que con frecuencia nos preguntamos
qué capacidad tenemos de vivir con sencillez la emoción y el sentimiento. Y
siendo ministros del sacramento desearíamos poder orientar sentimiento y
emotividad hacia un justo equilibrio.
[Benedicto XVI:]
El primer punto que se me propone está relacionado con la situación
organizativa: la encontré así como estaba, así que no sé si era posible tal vez
organizarlo de una manera distinta. Considerando los miles de personas que
había, era imposible, me parece, conseguir que todos estuvieran igual de
próximas. Es más, por ello hicimos un recorrido con el vehículo, para tener un
poco de cercanía con cada una. Pero tendremos en cuenta esto y veremos si en el
futuro, en otros encuentros con miles y miles de personas, es posible hacer algo
diferente. Con todo, me parece importante que crezca el sentimiento de una
cercanía interior, que encuentre el puente que nos une aunque estemos
físicamente lejanos. Un gran problema es, en cambio, el de las liturgias en las
que participan masas de personas. Recuerdo que en 1960, durante el gran congreso
eucarístico internacional de Munich, se intentaba dar una nueva fisonomía a los
congresos eucarísticos, que hasta entonces eran sólo actos de adoración. Se
quería poner en el centro la celebración de la Eucaristía como acto de la
presencia del misterio celebrado. Pero inmediatamente surgió la cuestión sobre
cómo hacerlo posible. Adorar -se decía- se puede hacer también a distancia; pero
para celebrar es necesaria una comunidad limitada que pueda interactuar con el
misterio, por lo tanto una comunidad que debía ser asamblea en torno a la
celebración del misterio. Muchos eran contrarios a la celebración de la
Eucaristía en público con cien mil personas. Decían que no era posible
precisamente por la estructura misma de la Eucaristía, que exige la comunidad
para la comunión. Había también grandes personalidades, muy respetables, entre
los contrarios a esta solución. Después el profesor Jungmann, gran liturgista,
uno de los grandes arquitectos de la reforma litúrgica, creó el concepto de
statio orbis, esto es, regresó a la statio Romae donde justamente en tiempo de
Cuaresma los fieles se reúnen en un punto, la statio: así que permanecen en
statio como los soldados por Cristo; luego van juntos a la Eucaristía. Si ésta,
dijo, era la statio de la ciudad de Roma, donde la ciudad de Roma se reúne,
entonces ésta es la statio orbis. Y desde aquel momento tenemos las
celebraciones eucarísticas con la participación de masas. Para mí, debo decirlo,
permanece un problema, porque la comunión concreta en la celebración es
fundamental y por lo tanto no encuentro que se haya dado realmente con la
respuesta definitiva. También en el Sínodo pasado planteé este interrogante, que
en cambio no halló respuesta. Igualmente promoví otra cuestión, sobre la
concelebración en masa: porque si concelebran, por ejemplo, mil sacerdotes, no
se sabe si existe aún la estructura querida por el Señor. Pero en todo caso son
interrogantes. Y así, se le ha presentado a usted la dificultad al participar en
una celebración de masa durante la cual no es posible que todos estén
involucrados por igual. Por lo tanto se debe elegir un cierto estilo para
conservar esa dignidad que siempre es necesaria para la Eucaristía, y la
comunidad no es uniforme y la experiencia de la participación en lo que allí se
vive es diferente; para algunos es ciertamente insuficiente. Pero no ha
dependido de mí, sino más bien de quienes se ocuparon de la preparación.
Se debe reflexionar bien sobre qué hacer en estas situaciones, cómo responder a
los desafíos de estos momentos. Si no me equivoco, había una orquesta de
discapacitados que interpretaban la música y tal vez la idea era precisamente
mostrar que también ellos pueden animar la sagrada celebración y no deben verse
nunca relegados, sino ser actores primarios. De tal forma todos, amando a
aquellos, no se sintieron relegados, sino más bien involucrados. Me parece una
reflexión muy respetable y la comparto. Naturalmente, en cambio, persiste el
problema fundamental. Pero me parece que también aquí, sabiendo qué es la
Eucaristía, aunque no se tenga la posibilidad de una actividad exterior como se
desearía para sentirse copartícipes, se entra en ella con el corazón, como dice
el antiguo imperativo en la Iglesia, creado tal vez precisamente para los que
estaban detrás en la basílica: «¡Levantemos el corazón! Ahora todos salimos de
nosotros mismos, así todos estamos con el Señor y estamos juntos». Como he
dicho, no niego el problema, pero si seguimos realmente esta palabra,
«¡Levantemos el corazón!», encontraremos a todos, también en situaciones
difíciles y a veces discutibles, en la verdadera participación activa.
[Monseñor Renzo Martinelli, delegado de la Pontificia Academia de la
Inmaculada:]
Santo Padre: desearía sobre todo agradecerle las especificaciones que hizo el
domingo pasado en el Ángelus respecto a sus intenciones, porque siempre formamos
a los fieles para que oren por el Papa, y cuando usted pide rezar por los
consagrados, por la jornada de la vida, por los frutos de conversión de la
Cuaresma, la concreción de estos puntos evidencia aún más una comunión interior,
pero también la consciencia de estar cerca de sus intenciones. También es de
estos días la gracia de poder orar ante la Inmaculada en el aniversario de
Lourdes. Volviendo al problema de la emergencia educativa, la pregunta es ésta:
recientemente usted ha dicho a los obispos eslovenos esta frase: «Si por ejemplo
se concibe al hombre según una tendencia hoy difundida de manera
individualista», cómo justificar el esfuerzo por la construcción de una
comunidad justa y solidaria. Entré en el seminario a los once años y fui educado
un poco en una mentalidad en la que existía mi yo, y después junto a mi yo otro
yo un poco moralista para conformarse a Cristo, y al final mi libertad, como
dice usted en su libro Jesús de Nazaret, es como si se condujera de forma
esclava, como esclavitud, cuando comenta el tema del hermano mayor de la
parábola del hijo pródigo. Y todo esto crea división: cómo proponer en cambio a
los jóvenes aquello en lo que usted insiste siempre, esto es, que el yo del
cristiano, cuando se ha investido de Cristo, ya no es más yo. La identidad del
cristiano, dijo usted con mucha profundidad en Verona, es el yo que ya no es yo,
porque existe el sujeto de comunión de Cristo. Cómo proponer, Santidad, esta
conversión, esta nueva modalidad, esta originalidad cristiana de ser una
comunión que propone eficazmente la novedad de la experiencia cristiana.
[Benedicto XVI:]
Es la gran cuestión que todo sacerdote que es responsable de otros se plantea
hoy en día. También para él mismo, naturalmente. Es verdad que en el siglo XX
existía la tendencia a una devoción individualista, para salvar sobre todo la
propia alma y crear méritos también calculables que se podían, en ciertas
listas, hasta indicar con números. Y ciertamente todo el movimiento del Concilio
Vaticano II quiso superar este individualismo.
No desearía juzgar a estas generaciones pasadas, que en cambio, a su modo,
intentaron servir así a los demás. Pero allí estaba el peligro de que sobre todo
se quisiera salvar la propia alma; a ello le seguía una exteriorización de la
piedad que al final encontraba la fe como un peso, no como una liberación. Y
ciertamente es voluntad fundamental de la nueva pastoral indicada por el
Concilio Vaticano II salir de esta visión demasiado restringida del cristianismo
y descubrir que yo salvo mi alma sólo donándola, como nos ha dicho hoy el Señor
en el Evangelio; sólo liberándome de mí, saliendo de mí; como Dios hizo en el
Hijo, que sale de ser Él mismo Dios para salvarnos a nosotros. Y nosotros
entramos en este movimiento del Hijo, buscamos salir de nosotros mismos porque
sabemos dónde llegar. Y no caemos en el vacío, sino que nos dejamos a nosotros
mismos abandonándonos en el Señor, saliendo, poniéndonos a su disposición, como
quiere Él, no como pensemos nosotros.
Ésta es la verdadera obediencia cristiana, que es liberad: no como querría yo,
con mi proyecto de vida para mí, sino poniéndome a su disposición, para que Él
disponga de mí. Y poniéndome en sus manos soy libre. Pero es un gran salto que
nunca se hace definitivamente. Pienso aquí en San Agustín, quien muchas veces
nos ha dicho esto. Inicialmente, después de la conversión, pensaba que había
llegado a la cumbre y que vivía en el paraíso de la novedad de ser cristiano.
Después descubrió que el dificultoso camino de la vida proseguía, si bien desde
aquel momento siempre en la luz de Dios, y que era necesario dar cada día de
nuevo este salto desde uno mismo; dar este yo para que muera y se renueve en el
gran yo de Cristo que es, de una determinada forma muy cierta, el yo común de
todos nosotros, nuestro yo.
Pero diría que nosotros mismos debemos, precisamente en la Eucaristía --que es
este gran y profundo encuentro con el Señor donde me dejo caer en sus manos--,
dar este gran paso. Cuánto más lo aprendamos nosotros mismos, más podremos
expresarlo a los demás y hacerlo comprensible, accesible a otros. Sólo caminando
con el Señor, abandonándonos en la comunión de Iglesia a su apertura, no
viviendo para mí -ya sea para una vida terrenal gozosa, ya sea sólo por una
felicidad personal--, sino haciéndome instrumento de su paz, vivo bien y aprendo
este valor ante los desafíos de cada día, siempre nuevos y graves,
frecuentemente casi irrealizables. Me abandono porque tú lo quieres, y estoy
seguro de que así avanzo bien. Podemos sólo rogar que el Señor nos ayude a hacer
este camino cada día, para ayudar, iluminar de esta manera a los demás,
motivarles para que puedan ser así liberados y redimidos.
[Don Massimo Tellan, párroco:]
Santidad, vivimos inmersos en un mundo con inflación de palabras, a menudo sin
significado, que desorientan el corazón humano hasta el punto de que lo hacen
sordo a la Palabra de verdad: Dios hecho carne con el rostro de Jesús. Esa
Palabra queda oscurecida en medio de la selva de imágenes ambiguas y efímeras
con las que nos bombardean sin cesar. ¿Cómo educar en la fe, a través del
binomio palabra-imagen? ¿Cómo podemos volver a recuperar el arte de narrar la fe
e introducir el misterio, como se hacía en el pasado, a través de la imagen?
¿Cómo educar en la búsqueda y la contemplación de la verdadera belleza? A este
propósito, queremos regalarle un icono de Cristo atado a la columna, imagen de
la humanidad que asumió el Verbo.
[Benedicto XVI:]
Gracias por este hermosísimo regalo. Me alegra que no sólo tengamos palabras,
sino también imágenes. Vemos que también hoy la meditación cristiana suscita
nuevas imágenes; renace la cultura cristiana, la iconografía cristiana. Sí,
vivimos en una inflación de palabras, de imágenes. Por eso, es difícil crear
espacio para la palabra y para la imagen. Me parece que precisamente en la
situación de nuestro mundo, que todos conocemos, que es también nuestro
sufrimiento, el sufrimiento de cada uno, el tiempo de Cuaresma cobra un nuevo
significado. Ciertamente, el ayuno corporal, durante algún tiempo considerado
pasado de moda, hoy se presenta a todos como necesario. No es difícil comprender
que debemos ayunar. A veces nos encontramos ante ciertas exageraciones debidas a
un ideal de belleza equivocado. Pero, en cualquier caso, el ayuno corporal es
importante, porque somos cuerpo y alma, y la disciplina del cuerpo, también la
disciplina material, es importante para la vida espiritual, que siempre es vida
encarnada en una persona que es cuerpo y alma.
Esta es una dimensión. Hoy crecen y se manifiestan otras dimensiones. Me parece
que precisamente el tiempo de Cuaresma podría ser también un tiempo de ayuno de
palabras y de imágenes. Necesitamos un poco de silencio, necesitamos un espacio
sin el bombardeo permanente de imágenes. En este sentido, hacer accesible y
comprensible hoy el significado de cuarenta días de disciplina exterior e
interior es muy importante para ayudarnos a comprender que una dimensión de
nuestra Cuaresma, de esta disciplina corporal y espiritual, es crearnos espacios
de silencio y también sin imágenes, para volver a abrir nuestro corazón a la
imagen verdadera y a la palabra verdadera.
Me parece prometedor que también hoy se vea que hay un renacimiento del arte
cristiano, tanto de una música meditativa -como por ejemplo la que surgió en
Taizé-, como también, remitiéndome al arte del icono, de un arte cristiano que
se mantiene en el ámbito de las grandes reglas del arte iconológico del pasado,
pero ampliándose a las experiencias y a las visiones de hoy.
Donde hay una verdadera y profunda meditación de la Palabra, donde entramos
realmente en la contemplación de esta visibilidad de Dios en el mundo, de la
realidad palpable de Dios en el mundo, nacen también nuevas imágenes, nuevas
posibilidades de hacer visibles los acontecimientos de la salvación. Esta es
precisamente la consecuencia del acontecimiento de la Encarnación. El Antiguo
Testamento prohibía todas las imágenes y debía prohibirlas en un mundo lleno de
divinidades. Había un gran vacío, que se manifestaba en el interior del templo,
donde, en contraste con otros templos, no había ninguna imagen, sino sólo el
trono vacío de la Palabra, la presencia misteriosa del Dios invisible, no
circunscrito por nuestras imágenes.
Pero luego el paso nuevo consistió en que ese Dios misterioso nos libró de la
inflación de las imágenes, también de un tiempo lleno de imágenes de
divinidades, y nos dio la libertad de la visión de lo esencial. Apareció con un
rostro, con un cuerpo, con una historia humana que, al mismo tiempo, es una
historia divina. Una historia que prosigue en la historia de los santos, de los
mártires, de los santos de la caridad, de la palabra, que son siempre
explicación, continuación -en el Cuerpo de Cristo- de esta vida suya divina y
humana, y nos da las imágenes fundamentales, en las cuales -más allá de las
superficiales, que ocultan la realidad- podemos abrir la mirada hacia la Verdad
misma. En este sentido, me parece excesivo el período iconoclástico del
posconcilio, que sin embargo tenía su sentido, porque tal vez era necesario
librarse de una superficialidad de demasiadas imágenes.
Volvamos ahora al conocimiento del Dios que se hizo hombre. Como dice la carta a
los Efesios, él es la verdadera imagen. Y en esta verdadera imagen vemos -por
encima de las apariencias que ocultan la verdad- la Verdad misma: "Quien me ve,
ve al Padre". En este sentido, yo diría que, con mucho respeto y con mucha
reverencia, podemos volver a encontrar un arte cristiano y también las grandes y
esenciales representaciones del misterio de Dios en la tradición iconográfica de
la Iglesia. Así podremos redescubrir la imagen verdadera, cubierta por las
apariencias.
Realmente, la educación cristiana tiene la tarea importante de librarnos de las
palabras por la Palabra, que exige continuamente espacios de silencio, de
meditación, de profundización, de abstinencia, de disciplina. También la
educación con respecto a la verdadera imagen, es decir, al redescubrimiento de
los grandes iconos creados en la cristiandad a lo largo de la historia: con la
humildad nos libramos de las imágenes superficiales. Este tipo de iconoclasma
siempre es necesario para redescubrir la imagen, es decir, las imágenes
fundamentales que manifiestan la presencia de Dios en la carne.
Esta es una dimensión fundamental de la educación en la fe, en el verdadero
humanismo, que buscamos en este tiempo en Roma. Hemos redescubierto el icono con
sus reglas muy severas, sin las bellezas del Renacimiento. Así podemos volver
también nosotros a un camino de redescubrimiento humilde de las grandes
imágenes, hacia una liberación siempre nueva de las demasiadas palabras, de las
demasiadas imágenes, para redescubrir las imágenes esenciales que nos son
necesarias. Dios mismo nos ha mostrado su imagen y nosotros podemos volver a
encontrar esta imagen con una profunda meditación de la Palabra, que hace
renacer las imágenes.
Así pues, pidamos al Señor que nos ayude en este camino de verdadera educación,
de reeducación en la fe, que no sólo es escuchar, sino también ver.