PREFACIO
Este estudio se ocupa del complejo fenómeno de la Nueva
Era (New Age), que influye en numerosos aspectos de la cultura
contemporánea.
El estudio es un informe provisional. Es el fruto
de la reflexión común del Grupo de Trabajo sobre Nuevos Movimientos
Religiosos, compuesto por miembros de diferentes dicasterios de la Santa
Sede: los Consejos Pontificios de la Cultura y para el Diálogo
Interreligioso, que son los redactores principales de este proyecto; la
Congregación para la Evangelización de los Pueblos y el Consejo Pontificio
para la Promoción de la Unidad de los Cristianos.
Estas reflexiones van dirigidas principalmente a los
encargados de la labor pastoral a fin de que puedan explicar en qué
difiere el movimiento Nueva Era de la fe cristiana. El estudio
invita a los lectores a tener en cuenta la sed espiritual de muchas
personas de nuestro tiempo, que la espiritualidad de la Nueva Era
trata de colmar. Es preciso reconocer que el atractivo que ejerce la
religiosidad de la Nueva Era sobre algunos cristianos puede deberse
en parte a una falta de atención seria por parte de las propias
comunidades cristianas respecto a temas que, en realidad, son elementos
integrantes de la síntesis católica. Tales son, por ejemplo, la
importancia de la dimensión espiritual del hombre, integrada en el
conjunto de su existencia, la búsqueda del sentido de la vida, la
vinculación entre los seres humanos y el resto de la creación, el deseo de
una transformación personal y social, y el rechazo de una visión
racionalista y materialista de la humanidad.
La presente publicación subraya la importancia de
comprender la Nueva Era como corriente cultural, así como la
necesidad de que los católicos comprendan la auténtica doctrina y
espiritualidad católicas para valorar adecuadamente los temas de la
Nueva Era. Los dos primeros capítulos presentan la Nueva Era
como una tendencia cultural multifacética y proponen un análisis de los
fundamentos básicos de las ideas transmitidas en dicho contexto. A partir
del tercer capítulo se ofrecen algunas indicaciones para el estudio de la
Nueva Era, comparándola con el mensaje cristiano. Asimismo, se
ofrecen también algunas sugerencias de carácter pastoral.
Quienes deseen profundizar en el estudio de la Nueva
Era encontrarán referencias útiles en los apéndices. Es de esperar que
esta obra proporcione un estímulo para ulteriores estudios, adaptados a
los diferentes contextos culturales. Su objetivo consiste en fomentar el
discernimiento de quienes buscan puntos de referencia sólidos para una
vida más plena. Estamos convencidos de que en la búsqueda de muchos de
nuestros contemporáneos se puede descubrir una auténtica sed de Dios. Como
dijo el Papa Juan Pablo II a un grupo de obispos de Estados Unidos: « Los
pastores deben preguntarse sinceramente si han prestado suficiente
atención a la sed del corazón humano en busca del “agua viva” que solo
puede dar Cristo nuestro Redentor (cf. Jn 3, 7-13) ». Lo mismo que
él, queremos apoyarnos « en la novedad perenne del mensaje evangélico y en
su capacidad para transformar y renovar a quienes lo aceptan » (AAS 864,
330).
1 ¿QUÉ TIPO DE
REFLEXIÓN?
Las siguientes reflexiones tienen por objeto orientar a
los encargados de la predicación del Evangelio y de la enseñanza en la
Iglesia, en todos los niveles. Este documento no pretende proporcionar un
conjunto exhaustivo de respuestas a las múltiples cuestiones suscitadas
por la Nueva Era o por otros indicios contemporáneos de la perenne
búsqueda humana de felicidad, sentido y salvación. Es una invitación a
comprender la Nueva Era y a entablar un diálogo con quienes se ven
influidos por sus ideas. El documento ayuda a los agentes de pastoral a
comprender la espiritualidad de la Nueva Era y a responder a la
misma, ilustrando los puntos donde dicha espiritualidad contrasta con la
fe católica y refutando las posturas propugnadas por los pensadores de la
Nueva Era en oposición a la fe cristiana. En realidad, lo que se
exige a los cristianos es, ante todo y sobre todo, estar fundamentados
firmemente en su fe. Sobre esta sólida base, pueden construir una vida que
responda positivamente a la invitación de la primera carta de san Pedro: «
Si alguien os pide explicaciones de vuestra esperanza, estad dispuestos a
defenderla, pero con modestia y respeto, con buena conciencia » (1 Pt
3, 15s).
1.1. ¿Por qué ahora?
El comienzo del tercer milenio no sólo llega dos mil años
después del nacimiento de Cristo, sino también en una época en que los
astrólogos creen que la Era de Piscis –conocida para ellos como la era
cristiana– está tocando a su fin. Estas reflexiones se refieren a la
Nueva Era, que recibe su nombre de la inminente Era astrológica de
Acuario. La Nueva Era es uno de los muchos intentos de dar sentido
a este momento histórico con que la cultura (especialmente la occidental)
se ve bombardeada. Resulta difícil ver con claridad qué hay de compatible
e incompatible respecto al mensaje cristiano. Por eso parece que es este
el momento oportuno para ofrecer una valoración cristiana del pensamiento
de la Nueva Era y del movimiento de la Nueva Era como
conjunto.
Se ha dicho, y con razón, que en estos días muchas
personas vacilan entre la certeza y la incertidumbre, especialmente en lo
que se refiere a su identidad.1 Algunos dicen que la religión
cristiana es patriarcal y autoritaria, que las instituciones políticas son
incapaces de mejorar el mundo y que la medicina tradicional (alopática) es
sencillamente incapaz de curar eficazmente a las personas. El hecho de que
lo que en otros tiempos eran elementos centrales de la sociedad se
perciban actualmente como indignos de confianza o carentes de verdadera
autoridad, ha creado un clima en el que las personas dirigen su mirada
hacia el interior, hacía sí mismas, en busca de sentido y de fuerza. Hay
también una búsqueda de instituciones alternativas que se espera puedan
responder a sus necesidades más profundas. La vida caótica y
desestructurada de las comunidades alternativas de los años setenta ha ido
dando paso a una búsqueda de disciplina y de estructuras, que son
claramente los elementos clave de los movimientos « místicos »
inmensamente populares. La Nueva Era resulta atractiva sobre todo
porque mucho de lo que ofrece sacia el hambre que con frecuencia las
instituciones oficiales dejan insatisfecha.
Aunque gran parte de la Nueva Era es una reacción
frente a la cultura contemporánea, en muchos aspectos se revela hija de
esa misma cultura. El Renacimiento y la Reforma han configurado el
individuo occidental moderno, que no se siente agobiado por cargas
externas, como la autoridad meramente extrínseca y la tradición. Hay
muchos que sienten cada vez menos la necesidad de « pertenecer » a las
instituciones (pese a lo cual, la soledad sigue siendo en gran medida un
azote de la vida moderna), y no se inclinan a dar a las opiniones «
oficiales » mayor valor que a las suyas propias. Con este culto a la
humanidad, la religión se interioriza, de manera que se va preparando el
terreno para una celebración de la sacralidad del yo. Por eso la Nueva
Era comparte muchos de los valores que propugnan la cultura de la
empresa y el « evangelio de la prosperidad » (de los que se hablará más
adelante: sección 2.4), así como la cultura del consumidor, cuyo influjo
puede verse claramente en el número cada vez mayor de personas que afirman
que es posible conciliar el cristianismo y la Nueva Era, aceptando
lo que les parece mejor de uno y otra.2 Merece la pena recordar
que las desviaciones en el seno del cristianismo también han superado el
teísmo tradicional, al aceptar una vuelta unilateral al Yo, lo cual
favorecería esta fusión de enfoques diferentes. Lo que importa señalar es
que, en ciertas prácticas de la Nueva Era, Dios queda reducido a
una prolongación del progreso del individuo.
La Nueva Era atrae a personas imbuidas de los
valores de la cultura moderna. La libertad, la autenticidad, la
autosuficiencia y otras cosas por el estilo se consideran sagradas. Atrae
a quienes tienen problemas con estructuras de tipo patriarcal. « No
requiere más fe o más creencia que la necesaria para ir al cine »,3
y sin embargo pretende saciar el apetito espiritual del hombre. Pero, y
aquí se halla la cuestión central, ¿qué se entiende exactamente por
espiritualidad en el ambiente de la Nueva Era? La respuesta es
clave para desentrañar algunas de las diferencias entre la tradición
cristiana y gran parte de lo que puede llamarse Nueva Era. Algunas
versiones de la Nueva Era dominan las fuerzas de la naturaleza y
buscan comunicarse con otros mundos para descubrir el destino de los
individuos, para ayudarles a sintonizar con la frecuencia adecuada y sacar
el máximo partido de sí mismos y de sus circunstancias. En la mayor parte
de los casos, resulta completamente fatalista. El cristianismo, por su
parte, es una invitación a dirigir la mirada hacia el exterior, más allá,
al « nuevo adviento » del Dios que nos llama a vivir el diálogo del amor.4
1.2. En la era de las comunicaciones
La revolución tecnológica de las comunicaciones en los
últimos años ha provocado una situación completamente nueva. La facilidad
y la velocidad con que hoy podemos comunicarnos es una de las razones por
las que la Nueva Era ha atraído la atención de personas de todas
las edades y ambientes. Muchos cristianos, sin embargo, no están seguros
de qué es en realidad. Internet, en particular, ha adquirido un enorme
influjo, especialmente en los jóvenes, que lo consideran un medio
agradable y fascinante para obtener información. Pero sobre numerosos
aspectos de la religión es un vehículo superficial de desinformación: no
todo lo que se presenta con la etiqueta de « cristiano » o « católico » es
de fiar, ni refleja la doctrina de la Iglesia Católica. Al mismo tiempo,
hay una notable expansión de las fuentes de la Nueva Era que van
desde cosas serias a lo ridículo. Las personas necesitan, más aún, tienen
derecho a una información fidedigna sobre las diferencias entre el
cristianismo y la Nueva Era.
1.3. Contexto cultural
Cuando se examinan muchas de las tradiciones de la
Nueva Era, en seguida aparece claro que, en realidad, es poco que hay
de lo nuevo en la Nueva Era. El nombre parece haberse difundido a
través de los rosacruces y la francmasonería, en tiempos de las
revoluciones francesa y americana. Sin embargo, la realidad que denota es
una variante contemporánea del esoterismo occidental, que se remonta a los
grupos gnósticos surgidos en los primeros tiempos del cristianismo y que
se afianzaron en época de la Reforma en Europa. Este gnosticismo se fue
desarrollando junto con las nuevas visiones científicas del mundo y
adquirió una justificación racional a lo largo de los siglos XVIII y XIX.
Implicaba un progresivo rechazo del Dios personal y se fue centrando en
otras entidades que en el cristianismo tradicional figuraban como
intermediarias entre Dios y la humanidad, con adaptaciones cada vez más
originales de las mismas, e incluso añadiendo otras. Una poderosa
corriente de la cultura occidental moderna que ha contribuido a difundir
las ideas de la Nueva Era es la aceptación general de la teoría
evolucionista de Darwin. Esto, junto con una atención centrada en los
poderes o fuerzas espirituales ocultas de la naturaleza, ha sido la
columna vertebral de lo que hoy se conoce como teoría de la Nueva Era.
En realidad, si la Nueva Era ha alcanzado un notable grado de
aceptación ha sido porque la cosmovisión en que se basa ya estaba
ampliamente aceptada. El terreno estaba bien preparado por el crecimiento
y la difusión del relativismo, junto con una antipatía o indiferencia
hacia la fe cristiana. Ha habido, además, un vivo debate acerca de si, y
en qué medida, se puede calificar la Nueva Era como un fenómeno
posmoderno. La existencia misma del pensamiento y la práctica de la
Nueva Era, así como su vitalidad, dan testimonio del insaciable anhelo
del espíritu humano en pos de la trascendencia y del sentido religioso,
algo que no es sólo un fenómeno cultural contemporáneo, sino que ya se
manifestaba en el mundo antiguo, tanto cristiano como pagano.
1.4. La
Nueva Era y la fe católica
Aun cuando se pueda admitir que la religiosidad de la
Nueva Era en cierto modo responde al legítimo anhelo espiritual de la
naturaleza humana, es preciso reconocer que tales intentos se oponen a la
revelación cristiana. En la cultura occidental en particular, es muy
fuerte el atractivo de los enfoques « alternativos » a la espiritualidad.
Por otra parte, entre los católicos mismos, incluso en casas de retiro,
seminarios y centros de formación para religiosos, se han popularizado
nuevas formas de afirmación psicológica del individuo. Al mismo tiempo,
hay una nostalgia y una curiosidad crecientes por la sabiduría y los
rituales de antaño, lo cual explica en parte el notable aumento de la
popularidad del esoterismo y del gnosticismo. Muchos se sienten
especialmente atraídos por lo que se conoce –correctamente o no– como «
espiritualidad » celta,5 o por las religiones de los pueblos
antiguos. Los libros y cursos sobre espiritualidad o sobre religiones
antiguas u orientales son un negocio floreciente y con frecuencia reciben
el apelativo de « Nueva Era » por razones de carácter comercial.
Pero los vínculos con dichas religiones no siempre están claros. De hecho,
con frecuencia se niegan.
Un discernimiento cristiano adecuado del pensamiento y de
la práctica de la Nueva Era no puede dejar de reconocer que, como
el gnosticismo de los siglos II y III, ésta representa una especie de
compendio de posturas que la Iglesia ha identificado como heterodoxas.
Juan Pablo II ha alertado respecto al « renacimiento de las antiguas ideas
gnósticas en la forma de la llamada New Age. No debemos engañarnos
pensando que ese movimiento pueda llevar a una renovación de la religión.
Es solamente un nuevo modo de practicar la gnosis, es decir, esa postura
del espíritu que, en nombre de un profundo conocimiento de Dios, acaba por
tergiversar Su Palabra sustituyéndola por palabras que son solamente
humanas. La gnosis no ha desaparecido nunca del ámbito del cristianismo,
sino que ha convivido siempre con él, a veces bajo la forma de corrientes
filosóficas, más a menudo con modalidades religiosas o pararreligiosas,
con una decidida aunque a veces no declarada divergencia con lo que es
esencialmente cristiano ».6 Un ejemplo de esto puede verse en
el eneagrama, –un instrumento para el análisis caracterial según nueve
tipos– que, cuando se utiliza como medio de desarrollo personal, introduce
ambigüedad en la doctrina y en la vivencia de la fe cristiana.
1.5. Un desafío
positivo
No debe subestimarse el atractivo de la religiosidad de la
Nueva Era. Cuando falta un conocimiento profundo de los contenidos
de la fe cristiana, algunos, pensando erróneamente que la religión
cristiana no es capaz de inspirar una espiritualidad profunda, la buscan
en otros lugares. A decir verdad, algunos dicen que la Nueva Era se
está quedando anticuada y hablan ya de la « próxima » era.7
Hablan de una crisis que comenzó a manifestarse en Estados Unidos a
comienzos de los años 1990, pero admiten que, especialmente fuera del
mundo de habla inglesa, tal « crisis » puede llegar más tarde. Sin
embargo, las librerías y las emisoras de radio, así como la multitud de
grupos de auto-ayuda en numerosas ciudades y capitales occidentales, todos
ellos parecen desmentir tal crisis. Parece que, al menos por el momento,
la Nueva Era sigue estando bien viva como parte del actual panorama
cultural.
El éxito de la Nueva Era presenta un desafío a la
Iglesia. Muchos piensan que la religión cristiana ya no les ofrece –o tal
vez nunca les proporcionó– algo que necesitaran realmente. La búsqueda que
con frecuencia conduce a una persona a la Nueva Era es un anhelo
auténtico: de una espiritualidad más profunda, de algo que les toque el
corazón, de un modo de hallar sentido a un mundo confuso y a menudo
alienante. Hay algo de positivo en las críticas que la Nueva Era
dirige al « materialismo de la vida cotidiana, de la filosofía e incluso
de la medicina y de la psiquiatría; al reduccionismo, que se niega a tener
en cuenta las experiencias religiosas y sobrenaturales; a la cultura
industrial de un individualismo desenfrenado, que inculca el egoísmo y se
despreocupa de los demás, del futuro y del medio ambiente ».8
Los problemas que plantea la Nueva Era nacen más bien de lo que
propone como respuestas alternativas a las cuestiones vitales. Si no
queremos que la Iglesia sea acusada de permanecer sorda a los anhelos de
los hombres, sus miembros deben hacer dos cosas: afianzarse con mayor
firmeza aún en los fundamentos de su fe y escuchar el clamor, con
frecuencia silencioso, del corazón de los hombres, que les lleva a
alejarse de la Iglesia cuando no encuentran en ella respuestas
satisfactorias. En todo ello hay también una llamada a acercarse a
Jesucristo y a estar dispuestos a seguirle, ya que Él es el verdadero
camino hacia la felicidad, la verdad sobre Dios y la plenitud de vida para
cuantos estén dispuestos a responder a su amor.
2 LA
ESPIRITUALIDAD DE LA NUEVA ERA
VISIÓN GENERAL
En muchas sociedades occidentales, y de manera creciente
también en otras partes del mundo, los cristianos con frecuencia entran en
contacto con diversos aspectos del fenómeno conocido como Nueva Era.
Muchos de ellos sienten la necesidad de entender cómo pueden
aproximarse de la mejor manera posible a algo tan seductor y, al mismo
tiempo, complejo, esquivo y en ocasiones perturbador. Estas reflexiones
intentan ayudar a los cristianos a hacer dos cosas:
– identificar los elementos del desarrollo de la tradición
de la Nueva Era;
– señalar los elementos incompatibles con la revelación
cristiana.
Ésta es una respuesta pastoral a un desafío actual. No
pretende proporcionar una lista exhaustiva de los fenómenos de la Nueva
Era, ya que eso requeriría un voluminoso tratado, aparte de que dicha
información está disponible en otros lugares. Es esencial intentar
comprender la Nueva Era correctamente para evaluarla con
imparcialidad y evitar crear una caricatura de la misma. Sería insensato,
además de falso, decir que todo lo relacionado con este movimiento es
bueno, o que es malo todo lo que se refiere a él. No obstante, dada la
visión subyacente a la religiosidad de la Nueva Era, en términos
generales es difícil reconciliarla con la doctrina y la espiritualidad
cristianas.
La Nueva Era no es un movimiento en el sentido en
que normalmente se emplea el término « Nuevo Movimiento Religioso », ni es
lo que normalmente se da a entender con los términos « culto » o « secta
». Es mucho más difuso e informal, ya que atraviesa las diversas culturas,
en fenómenos tan variados como la música, el cine, seminarios, talleres,
retiros, terapias, y en otros muchos acontecimientos y actividades, si
bien algunos grupos religiosos o para-religiosos han incorporado
conscientemente algunos elementos de la Nueva Era, e incluso
algunos han sugerido que esta corriente ha sido fuente de inspiración para
varias sectas religiosas y para-religiosas.9 Sin embargo, la
Nueva Era no es un movimiento individual uniforme, sino más bien un
entramado amplio de seguidores cuyo característica consiste en pensar
globalmente y actuar localmente. Quienes forman parte del entramado no
se conocen necesariamente unos a otros y raramente se reúnen, si es que
llegan a hacerlo. Con el fin de evitar la confusión que puede surgir al
usar el término « movimiento », algunos se refieren a la Nueva Era
como un « ambiente » (milieu)10 o un « culto de
audiencia » (audience cult).11 Sin embargo, también se
ha señalado que « es una corriente de pensamiento muy coherente »,12
un desafío deliberado a la cultura moderna. Es una estructura sincretista
que incorpora muchos elementos diversos y que permite compartir intereses
o vínculos en grados distintos y con niveles de compromiso muy variados.
Muchas tendencias, prácticas y actitudes más o menos vinculadas la
Nueva Era, en realidad son parte de una reacción más amplia,
fácilmente identificable, frente a la cultura dominante, de modo que el
término « movimiento » no está completamente fuera de lugar. Puede
aplicarse a la Nueva Era en el mismo sentido en que se aplica a
otros movimientos sociales de vasto alcance, tales como el movimiento por
los derechos civiles o el movimiento por la paz. Igual que éstos, abarca
un impresionante conjunto de personas vinculadas a los objetivos
fundamentales del movimiento, pero sumamente diferentes por la manera en
que se vinculan a él y por el modo de entender algunas cuestiones
concretas.
La expresión « religión de la Nueva Era » es más
controvertida, por lo que conviene evitarla, a pesar de que la Nueva
Era es con frecuencia una respuesta a preguntas y necesidades
religiosas, que ejerce su atracción sobre personas que tratan de descubrir
o redescubrir una dimensión religiosa en su vida. Evitar el término «
religión de la Nueva Era » no significa en modo alguno poner en
cuestión el carácter genuino de la búsqueda de significado y del sentido
de la vida por parte de esas personas. Respeta el hecho de que muchos de
quienes están dentro del movimiento Nueva Era distinguen
cuidadosamente entre « religión » y « espiritualidad ». Muchos han
rechazado la religión organizada, porque a su juicio no ha logrado
responder a sus necesidades y por ello se han dirigido a otros lugares
para encontrar « espiritualidad ». Más aún, en el corazón de la Nueva
Era está la creencia de que la época de las religiones particulares ha
pasado, por lo que referirse a ella como a una religión sería contradecir
su propia autocomprensión. No obstante, se puede situar la Nueva Era
en el contexto más amplio de la religiosidad esotérica, cuyo atractivo
sigue creciendo.13
Hay un problema implícito en el presente texto. Tratando
de entender y evaluar algo que es esencialmente una exaltación de la
riqueza de la experiencia humana, inevitablemente se le objetará que jamás
podrá hacer justicia a un movimiento cultural cuya esencia es precisamente
romper con lo que se consideran los límites restrictivos del discurso
racional. En realidad, tiene por objeto invitar a los cristianos a tomar
en serio la Nueva Era y, como tal, pide a quienes lo lean entrar en
un diálogo crítico con quienes se aproximan al mismo mundo desde
perspectivas muy diferentes.
La eficacia pastoral de la Iglesia en el tercer milenio
depende en gran medida de la preparación de comunicadores eficaces del
mensaje evangélico. Lo que sigue es una respuesta a las dificultades
expresadas por muchos de quienes están en contacto con ese fenómeno tan
complejo y escurridizo conocido como la Nueva Era. Es un intento de
comprender qué es la Nueva Era y de identificar las preguntas a las
que ésta pretende ofrecer respuestas y soluciones. Hay ya excelentes
libros y otros materiales que analizan el fenómeno en su conjunto o que
explican aspectos particulares con gran detalle. Nos referiremos a algunos
de ellos en el apéndice. No obstante, no siempre realizan el necesario
discernimiento a la luz de la fe cristiana. El propósito del presente
texto es ayudar a los católicos a encontrar una clave para entender los
principios básicos que hay tras el pensamiento de la Nueva Era, de
modo que puedan valorar cristianamente los elementos de la Nueva Era
que encuentren. Conviene recordar que muchas personas rechazan el
término « Nueva Era » y sugieren la expresión « espiritualidad
alternativa » como más correcta y menos restrictiva. También es verdad que
muchos de los fenómenos mencionados en este documento probablemente no
lleven ninguna etiqueta particular, pero se presupone, en aras de la
brevedad, que los lectores identificarán el fenómeno o conjunto de
fenómenos que pueden estar razonablemente vinculados con el movimiento
cultural general conocido habitualmente como Nueva Era.
2.1. ¿Qué hay de nuevo en
la Nueva Era?
Para muchos, el término « Nueva Era » se refiere a
un momento decisivo de la historia. Según los astrólogos, vivimos en la
Era de Piscis, que ha estado dominada por el cristianismo y que será
reemplazada por la nueva era de Acuario a comienzos del tercer milenio.14
La Era de Acuario adquiere una enorme importancia en el movimiento de la
Nueva Era, en gran medida a causa del influjo de la teosofía, el
espiritismo y la antroposofía, así como de sus antecedentes esotéricos.
Quienes subrayan el inminente cambio del mundo expresan a menudo el
deseo de dicho cambio, no tanto en el mundo mismo cuanto en nuestra
cultura, en nuestro modo de relacionarnos con el mundo. Esto es
especialmente manifiesto en quienes acentúan la idea de un Nuevo Paradigma
de vida. Es un enfoque atractivo, puesto que en algunas de sus
manifestaciones, los hombres no son espectadores pasivos, sino que
desempeñan un papel activo en la transformación de la cultura y en la
creación de una nueva conciencia espiritual. En otras manifestaciones, se
atribuye un mayor poder a la progresión inevitable de los ciclos
naturales. En cualquier caso, la Era de Acuario es una visión, no una
teoría. Pero la Nueva Era es una tradición amplia, que incorpora
muchas ideas sin vinculación explícita con el cambio de la Era de Piscis a
la Era de Acuario. Entre ellas hay visiones moderadas, pero muy
generalizadas, de un futuro en el que habrá una espiritualidad planetaria
junto a las religiones individuales, instituciones políticas planetarias
que complementarán las locales, entidades económicas globales más
participativas y democráticas, una mayor importancia de las comunicaciones
y la educación, un enfoque mixto de la salud que combinará la medicina
profesional y la auto-curación, una comprensión del yo más andrógina, y
formas de integrar la ciencia, la mística, la tecnología y la ecología.
Una vez más, esto demuestra el profundo deseo de una existencia
satisfactoria y saludable para la raza humana y para el planeta. Entre las
tradiciones que confluyen en la Nueva Era pueden contarse: las
antiguas prácticas ocultas de Egipto, la cábala, el gnosticismo cristiano
primitivo, el sufismo, las tradiciones de los druidas, el cristianismo
celta, la alquimia medieval, el hermetismo renacentista, el budismo zen,
el yoga, etc.15
En esto consiste lo « nuevo » de la Nueva Era. Es
un « sincretismo de elementos esotéricos y seculares ».16 Se
vincula a la percepción, ampliamente difundida, de que el tiempo está
maduro para un cambio fundamental de los individuos, la sociedad y el
mundo. Hay varias expresiones de la necesidad de cambio:
– de la física mecanicista de Newton a la física
cuántica;
– de la exaltación de la razón de la modernidad a una
valoración del sentimiento, la emoción y la experiencia (descrita a menudo
como un desplazamiento del pensamiento racional del « cerebro
izquierdo » al pensamiento intuitivo del « cerebro derecho »);
– de un dominio de la masculinidad y el patriarcado, a una
celebración de la feminidad en los individuos y en la sociedad.
En este contexto, se usa con frecuencia el término «
cambio de paradigma » (paradigm shift). A veces, claramente se
presupone que tal cambio no sólo es deseable, sino inevitable. El rechazo
a la modernidad, subyacente a este deseo de cambio, no es nuevo. Más bien
puede describirse como « un restablecimiento o “revival” moderno de
las religiones paganas con una mezcla de influjos tanto de las religiones
orientales como de la psicología, la filosofía, la ciencia y la
contracultura modernas, desarrolladas en los años cincuenta y sesenta ».17
La Nueva Era no es sino un testigo de una revolución cultural, una
reacción compleja frente a las ideas y valores dominantes en la cultura
occidental, a pesar de lo cual su crítica idealista es, paradójicamente,
típica de la cultura que critica.
Es preciso decir una palabra sobre la idea de cambio de
paradigma. La popularizó Thomas Kuhn, historiador americano de la
ciencia, que concibió el paradigma como « la constelación entera de
creencias, valores, técnicas, etc., compartidos por los miembros de una
comunidad dada ».18 Cuando se produce un desplazamiento de un
paradigma a otro, se trata de una transformación en bloque de la
perspectiva más que de un desarrollo gradual: en realidad, es una
revolución. Kuhn puso de relieve que los paradigmas rivales son
inconmensurables y no pueden coexistir. Por eso, afirmar que un cambio de
paradigma en el ámbito de la religión y de la espiritualidad es
simplemente una manera nueva de formular las creencias tradicionales,
constituye un error. Lo que sucede en realidad es un cambio radical de
cosmovisión, que pone en entredicho no sólo el contenido, sino también la
interpretación fundamental de la visión anterior. Tal vez el ejemplo más
claro de todo esto, por lo que se refiere a la relación entre la Nueva
Era y el cristianismo, sea la reelaboración de la vida y el
significado de Jesucristo. Es imposible reconciliar estas dos visiones.19
Está claro que la ciencia y la tecnología han sido
incapaces de cumplir sus promesas de antaño, por lo que los hombres se han
vuelto hacia el ámbito espiritual en búsqueda de significado y de
liberación. Tal como ahora la conocemos, la Nueva Era procedía de
la búsqueda de algo más humano y más bello frente a la experiencia
opresora y alienante de la vida en la sociedad occidental. Sus primeros
exponentes, dispuestos a extender su mirada en esta búsqueda, hicieron de
ella un enfoque muy ecléctico. Podría ser uno de los signos de la « vuelta
a la religión », pero desde luego no es una vuelta a las doctrinas y
credos cristianos ortodoxos. Los primeros símbolos de este « movimiento »
que se introdujeron en la cultura occidental fueron el conocido festival
de Woodstock, en el estado de Nueva York, en 1969, y el musical Hair,
que expuso los principales temas de la Nueva Era en su canción
emblemática « Aquarius ».20 Pero esto era tan sólo la punta de
un iceberg cuyas verdaderas dimensiones se han podido percibir sólo en una
época relativamente reciente. El idealismo de los años 1960 y 1970 todavía
sobrevive en algunos sectores. Pero ahora ya no son los adolescentes
quienes están implicados principalmente. Los vínculos con la ideología
política de izquierdas se han desvanecido y las drogas psicodélicas no
tienen ya la importancia de entonces. Han sucedido tantas cosas desde
entonces que todo esto ya no resulta revolucionario. Las tendencias «
espirituales » y « místicas » que antes se limitaban a la contracultura,
hoy día forman parte arraigada de la cultura dominante y afectan a facetas
tan distintas de la vida como la medicina, la ciencia, el arte y la
religión. La cultura occidental está ahora imbuida de una conciencia
política y ecológica más generalizada y todo este desplazamiento cultural
ha ejercido un enorme impacto en los estilos de vida de las personas.
Algunos han sugerido que el « movimiento » Nueva Era es
precisamente ese gran cambio hacia lo que se considera « un género de vida
notablemente mejor ».21
2.2. ¿Qué pretende
ofrecer la Nueva Era?
2.2.1. Encantamiento:
tiene que haber un ángel
Uno de los elementos más comunes de la espiritualidad de
la Nueva Era es la fascinación por las manifestaciones
extraordinarias y en particular por los seres paranormales. Las personas
reconocidas como médiums aseguran que su personalidad es poseída por otra
entidad durante el trance, un fenómeno de la Nueva Era conocido
como « channeling » (canalización), en el cual el médium
puede perder el control de su cuerpo y de sus facultades. Algunas personas
que han sido testigos de estos acontecimientos no dudarían en admitir que
las manifestaciones son efectivamente espirituales, pero no proceden de
Dios, a pesar del lenguaje de amor y luz que suele usarse casi siempre...
Probablemente sea más correcto referirse a ello como a una forma
contemporánea de espiritismo, más que a una espiritualidad en sentido
estricto. Otros amigos y consejeros del mundo del espíritu son los ángeles
(que se han convertido en centro de un nuevo negocio de libros e
imágenes). Cuando en la Nueva Era se habla de ángeles, se hace de
manera poco sistemática, pues las distinciones en este ámbito no siempre
se consideran útiles, sobre todo si son demasiado precisas, ya que « hay
muchos niveles de guías, entidades, energías y seres en cada octava del
universo... Están allí para que los escojas y elijas según tus propios
mecanismos de atracción-repulsión ».22 Estos seres espirituales
a veces son invocados de manera « no religiosa » como una ayuda para la
relajación, con vistas a mejorar la toma de decisiones y el control de la
propia vida personal y profesional. Otra experiencia de la Nueva Era,
que aseguran poseer algunos que se autodefinen como « místicos »,
consiste en la fusión con algunos espíritus que enseñan a través de
personas concretas. Algunos espíritus de la naturaleza son descritos como
energías potentes que existen en el mundo natural y también en los «
niveles interiores »: es decir, aquellos a los que se accede mediante el
uso de rituales, drogas y otras técnicas para alcanzar estados de
conciencia alterados. Está claro que, al menos en teoría, la Nueva Era
a menudo no reconoce ninguna autoridad espiritual más allá de la
experiencia personal interior.
2.2.2.
Armonía y comprensión: buenas vibraciones
Fenómenos tan diversos como el Jardín de Findhorn y
Feng Shui23 representan una diversidad de estilos que
ilustran la importancia de estar en sintonía con la naturaleza y el
cosmos. En la Nueva Era no existe distinción entre el bien y el
mal. Las acciones humanas son fruto de la iluminación o de la ignorancia.
De aquí que no podamos condenar a nadie, y que nadie tenga necesidad de
perdón. Creer en la existencia del mal sólo puede crear negatividad y
temor. La respuesta a la negatividad es el amor. Pero no del tipo
que tiene que traducirse en acciones; es más una cuestión de actitudes de
la mente. El amor es energía, una vibración de alta frecuencia; el secreto
de la felicidad y de la salud consiste en sintonizar con la gran cadena
del ser, de encontrar el propio puesto en ella. Los maestros y las
terapias de la Nueva Era afirman ofrecer la clave para encontrar
las correspondencias entre todos los elementos del universo, de modo que
uno pueda modular la tonalidad de su vida y estar en armonía absoluta con
los demás y con cuanto lo rodea, si bien el trasfondo teórico varía de uno
a otro.24
2.2.3. Salud: una
vida dorada
La medicina formal (alopática) tiende en la actualidad a
limitarse a curar dolencias aisladas, concretas, y no logra una visión de
conjunto de la salud de la persona: esto ha provocado frecuentemente una
comprensible insatisfacción. La popularidad de las terapias alternativas
ha aumentado enormemente porque aseguran abarcar a la persona en su
totalidad y se dedican a sanar más que a curar. Como es
sabido, la sanidad holística se centra en el importante papel que
desempeña la mente en la curación física. Se dice que la conexión entre
los aspectos espirituales y físicos de la persona se encuentra en el
sistema inmunológico o en el sistema chakra hindú. Desde la
perspectiva de la Nueva Era, la enfermedad y el sufrimiento
proceden de una actuación contra la naturaleza. Cuando se está en sintonía
con la naturaleza, cabe esperar una vida más saludable e incluso una
prosperidad material. Según algunos sanadores de la Nueva Era, en
realidad no tendríamos por qué morir. El desarrollo de nuestro potencial
humano nos pondrá en contacto con nuestra divinidad interior y con
aquellas partes de nuestro yo alienadas o suprimidas. Esto se revela sobre
todo en los Estados de Conciencia Alterados (Alterated States of
Consciuousness, ASCs), inducidos por las drogas o por diversas
técnicas de expansión de la mente, particularmente en el contexto de la «
psicología transpersonal ». Se suele considerar al chamán como el
especialista de los estados de conciencia alterados, como aquel que es
capaz de mediar entre los reinos transpersonales de los dioses y los
espíritus y el mundo de los humanos.
Hay una notable variedad de enfoques que promueven la
salud holística, derivados unos de antiguas tradiciones culturales,
conectados otros con las teorías psicológicas desarrolladas en Esalen
durante los años 1960-1970. La publicidad relacionada con la Nueva Era
cubre un amplio espectro de prácticas, tales como la acupuntura, el
biofeedback, la quiropráctica, la kinesiología, la homeopatía, la
iridología, el masaje y varios tipos de « bodywork » (tales como
ergonomía, Feldenkrais, reflexología, Rolfing, masaje de polaridad, tacto
terapéutico, etc.), la meditación y la visualización, las terapias
nutricionales, sanación psíquica, varios tipos de medicina a base de
hierbas, la sanación mediante cristales (cristaloterapia), metales
(metaloterapia), música (musicoterapia) o colores (cromoterapia), las
terapias de reencarnación y, por último los programas en doce pasos y los
grupos de auto-ayuda.25 Se dice que la fuente de la sanación
está dentro de nosotros mismos, que la podemos alcanzar cuando estamos en
contacto con nuestra energía interior o con la energía cósmica.
En cuanto la salud incluye una prolongación de la vida, la
Nueva Era ofrece una fórmula oriental en términos occidentales.
Originariamente, la reencarnación formaba parte del pensamiento cíclico
hindú, basada en el atman o núcleo divino de la personalidad (más
tarde, el concepto de jiva), que se trasladaba de cuerpo a cuerpo
en un ciclo de sufrimiento (samsara), determinado por la ley del
karma, vinculado al comportamiento en las vidas pasadas. La esperanza
estriba en la posibilidad de nacer en un estado mejor o, definitivamente,
en la liberación de la necesidad de volver a nacer. A diferencia de la
mayoría de las tradiciones budistas, lo que vaga de cuerpo en cuerpo no es
un alma, sino un contínuum de conciencia. En ambas tradiciones, la vida
presente está encerrada en un proceso cósmico potencialmente infinito, sin
fin, que incluye incluso a los dioses. En occidente, después de Lessing,
la reencarnación se ha entendido de manera mucho más optimista, como un
proceso de aprendizaje y de realización individual progresiva. El
espiritismo, la teosofía, la antroposofía y la Nueva Era ven la
reencarnación como una participación en la evolución cósmica. Este enfoque
postcristiano de la escatología se considera como la respuesta a las
cuestiones no resueltas por la teodicea y prescinde del concepto de
infierno. Cuando el alma se separa del cuerpo, los individuos pueden
volver la mirada hacia toda su vida hasta ese instante y cuando el alma se
une a su nuevo cuerpo se obtiene una visión anticipada de la siguiente
fase de la vida. Uno puede acceder a sus vidas anteriores mediante los
sueños y las técnicas de meditación.26
2.2.4. Totalidad:
un viaje mágico al misterio
Una de las preocupaciones centrales del movimiento
Nueva Era es la búsqueda de « totalidad ». Invita a superar todas las
formas de « dualismo », ya que dichas divisiones son un producto insalubre
de un pasado menos iluminado. Las divisiones que según los promotores de
la Nueva Era se deben superar, incluyen la diferencia real entre el
Creador y la creación, la distinción real entre el hombre y la naturaleza
o entre el espíritu y la materia, todas las cuales son consideradas
erróneamente como formas de dualismo. Se da por supuesto que estas
tendencias dualistas están basadas en definitiva en las raíces
judeocristianas de la civilización occidental, cuando en realidad sería
más acertado vincularlas al gnosticismo, y en particular al maniqueísmo. A
la revolución científica y al espíritu del racionalismo moderno se los
considera culpables especialmente de la tendencia a la fragmentación que
considera las unidades orgánicas como mecanismos reducibles a sus
componentes más pequeños, que pueden explicarse a continuación en función
de estos últimos, así como de la tendencia a reducir el espíritu a la
materia, de manera que la realidad espiritual –incluyendo el alma– se
convierte en mero « epifenómeno » contingente de procesos esencialmente
materiales. En todas estas áreas, las alternativas de la Nueva Era
reciben el apelativo de « holísticas ». El holismo impregna todo el
movimiento Nueva Era, desde su interés por la salud holística hasta
la búsqueda de la conciencia unitiva, y desde la sensibilidad ecológica
hasta la idea de un « entramado » global.
2.3. Principios
fundamentales del pensamiento de la Nueva Era
2.3.1. Una respuesta
global en tiempos de crisis
« Tanto la tradición cristiana como la fe laica en el
progreso ilimitado de la ciencia tuvieron que hacer frente a una grave
ruptura manifestada por primera vez en las revueltas estudiantiles del
1968 ».27 La sabiduría de las viejas generaciones de repente se
quedó sin significado y sin respeto, mientras se desvanecía la
omnipotencia de la ciencia, de manera que la Iglesia ahora « tiene que
enfrentarse a una grave crisis en la transmisión de su fe a las
generaciones jóvenes ».28 La pérdida generalizada de confianza
en estos antiguos pilares de la conciencia y de la cohesión social ha ido
acompañada por un retorno inesperado de la religiosidad cósmica, de
rituales y creencias que muchos pensaban habían sido suplantados por el
cristianismo. Sólo que esta perenne corriente esotérica subterránea en
realidad nunca se había extinguido. En cambio, resultaba nuevo en el
contexto occidental el auge de la popularidad de la religión asiática,
bajo la influencia del movimiento teosófico de finales del siglo XIX que «
refleja la creciente conciencia de una espiritualidad global que incorpora
todas las tradiciones religiosas existentes ».29
La eterna cuestión filosófica de la unidad y la
multiplicidad tiene su forma moderna y contemporánea en la tentación no
sólo de superar una división indebida, sino incluso también la diferencia
y la distinción reales. Su expresión más común es el holismo, ingrediente
esencial de la Nueva Era y uno de los principales signos de los
tiempos en el último cuarto del siglo XX. Se han invertido grandes
energías en el esfuerzo por superar la división en compartimentos estancos
característica de la ideología mecanicista, pero esto ha provocado el
sometimiento a un entramado global que adquiere una autoridad
cuasi-trascendental. Sus implicaciones más obvias son el proceso de
transformación consciente y el desarrollo de la ecología.30 La
nueva visión, meta de la transformación consciente, ha tardado en
formularse y su puesta en práctica se ve obstaculizada por formas de
pensamiento más antiguas, a las que se considera atrincheradas en el
statu quo. En cambio, ha tenido un enorme éxito la generalización de
la ecología como fascinación por la naturaleza y resacralización de la
tierra, la Madre Tierra o Gaia, gracias al celo misionero
característico de los « verdes ». La raza humana como conjunto es el
agente ejecutivo de la Tierra y la armonía y comprensión que se
requieren para un gobierno responsable se va entendiendo de manera
progresiva como un gobierno global, con una estructura ética global. Se
considera que el calor de la Madre Tierra, cuya divinidad penetra toda la
creación, colma el vacío entre la creación y el Padre-Dios trascendente
del judaísmo y del cristianismo, eliminando la posibilidad de ser juzgado
por este último.
En esta visión de un universo cerrado, que contiene a «
Dios » y a otros seres espirituales junto con nosotros, se descubre un
panteísmo implícito. Es éste un punto fundamental que impregna todo el
pensamiento y la actuación de la Nueva Era y que condiciona de
antemano cualquier otra valoración positiva de tal o cual aspecto de su
espiritualidad. Como cristianos creemos, por el contrario, que « el hombre
es esencialmente una criatura y como tal permanece para siempre, de tal
forma que nunca será posible una absorción del yo humano en el Yo divino
».31
2.3.2. La
matriz principal del pensamiento de la Nueva Era
La matriz esencial del pensamiento de la Nueva Era
ha de buscarse en la tradición esotérico-teosófica que gozó de gran
aceptación en los círculos intelectuales europeos de los siglos XVIII y
XIX. En particular, tuvo vigencia en la francmasonería, el espiritismo, el
ocultismo y la teosofía, que compartían una especie de cultura esotérica.
En esta cosmovisión, el universo visible y el invisible están vinculados
por una serie de correspondencias, analogías e influencias entre el
microcosmos y el macrocosmos, entre los metales y los planetas, entre los
planetas y las diversas partes del cuerpo humano, entre el cosmos visible
y los ámbitos invisibles de la realidad. La naturaleza es un ser vivo,
atravesado por una red de simpatías y antipatías, animado por una luz y un
fuego secreto que los seres humanos tratan de controlar. Las personas
pueden conectar con los mundos superior o inferior mediante su imaginación
(órgano del alma o espíritu), o bien recurriendo a mediadores (ángeles,
espíritus, demonios) o rituales.
Las personas pueden ser iniciadas en los misterios del
cosmos, Dios, o el yo, por medio de un itinerario espiritual de
transformación. La meta última es la gnosis, la forma superior de
conocimiento, equivalente a la salvación. Implica una búsqueda de la más
antigua y elevada tradición de la filosofía (lo que se llama, de modo
inapropiado, philosophia perennis) y de la religión (teología
primordial), doctrina secreta (esotérica) que es la clave de todas las
tradiciones « exotéricas » accesibles a todos. Las enseñanzas esotéricas
se transmiten de maestro a discípulo en un programa gradual de
iniciación.
Algunos ven el esoterismo del siglo XIX como algo
totalmente secularizado. La alquimia, la magia, la astrología y otros
elementos del esoterismo tradicional se habían integrado completamente con
aspectos de la cultura moderna, incluyendo la búsqueda de las leyes
causales, el evolucionismo, la psicología y el estudio de las religiones.
Alcanzó su forma más clara en las ideas de Helena Blavatsky, una médium
rusa que, junto con Henry Olcott, fundó la Theosophical Society en
Nueva York en 1875. Esta sociedad tenía por objeto fundir elementos de las
tradiciones orientales y occidentales en una forma de espiritismo
evolucionista. Tenía tres objetivos principales:
1. « Formar un núcleo de la Fraternidad Universal de la
Humanidad, sin distinción de raza, credo o color ».
2. « Promover el estudio comparativo de la religión, la
filosofía y la ciencia ».
3. « Investigar las leyes desconocidas de la Naturaleza y
los poderes latentes del hombre ».
« El significado de estos objetivos... debería estar
claro. El primer objetivo rechaza implícitamente el “fanatismo irracional”
y el “sectarismo” del cristianismo tradicional tal como lo conciben los
espiritistas y los teósofos... Lo que no es inmediatamente evidente en
estos objetivos es que para los teósofos la “ciencia” significaba las
ciencias ocultas, y la filosofía, la occulta philosophia. O que
para ellos, las leyes de la naturaleza eran de índole oculta o psíquica y
esperaban que la religión comparativa desvelase una “tradición primordial”
modelada, en último término, a partir de una philosophia perennis
hermética ».32
Un componente destacado de los escritos de Madame
Blavatsky era la emancipación de la mujer, lo cual implicaba un ataque
contra el Dios « masculino » del judaísmo, del cristianismo y del Islam.
Invitaba a volver a la diosa madre del hinduismo y a la práctica de las
virtudes femeninas. Esta ideas continuaron bajo la guía de Annie Besant,
que se hallaba en la vanguardia del movimiento feminista. En la
actualidad, la Wicca (Véase el término en el glosario del apartado n. 7)
y la « espiritualidad de las mujeres » continúan esta lucha contra el
cristianismo « patriarcal ».
En su obra The Aquarian Conspiracy, « La
conspiración del Acuario », Marilyn Ferguson dedicó un capítulo a los
precursores de la Era de Acuario, aquellos que habían tejido una visión
transformadora basada en la expansión de la conciencia y en la experiencia
de la autotrascendencia. Dos de los mencionados son el psicólogo americano
William James y el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung. James definió la
religión como experiencia, no como dogma y enseñó que los seres humanos
pueden cambiar sus actitudes mentales a fin de convertirse en arquitectos
de su propio destino. Jung puso de relieve el carácter trascendente de la
conciencia e introdujo la idea del inconsciente colectivo, una especie de
depósito de símbolos y recuerdos compartidos con personas de diversas
épocas y culturas diferentes. Según Wouter Hanegraaff, ambos personajes
contribuyeron a la « sacralización de la psicología », que se ha
convertido en un elemento fundamental del pensamiento y de la práctica de
la Nueva Era. En efecto, Jung « no sólo psicologizó el esoterismo,
sino que también sacralizó la psicología, llenándola de los contenidos de
la especulación esotérica. El resultado fue un corpus de teorías que
permite hablar de Dios cuando en realidad se quiere decir la propia
psique, y hablar de la propia psique cuando en realidad se quiere decir lo
divino. Si la psique es “mente”, y Dios también es “mente”, entonces
hablar de una cosa significa hablar de la otra ».33 A la
acusación de haber « psicologizado » el cristianismo responde que « la
psicología es el mito moderno y sólo podemos entender la fe en estos
términos ».34 Ciertamente, la psicología de Jung arroja luz
sobre muchos aspectos de la fe cristiana, especialmente sobre la necesidad
de enfrentarse a la realidad del mal. Pero sus convicciones religiosas son
tan diferentes a lo largo de las diversas etapas de su vida, que la imagen
de Dios que se desprende es sumamente confusa. Un elemento central de su
pensamiento es el culto al sol, donde Dios es la energía vital (libido)
del interior de la persona.35 Según afirmó él mismo « esta
comparación no es un mero juego de palabras ».36 Este es « el
dios interior » al que se refiere Jung, la divinidad esencial que creía
existía en todo ser humano. El camino hasta el universo interior pasa a
través del inconsciente y la correspondencia del mundo interior con el
exterior reside en el inconsciente colectivo.
La tendencia a intercambiar la psicología y la
espiritualidad fue retomada por el Movimiento del Potencial Humano cuando
éste se desarrolló a finales de los años sesenta en el Instituto Esalen de
California. La psicología transpersonal, fuertemente influida por las
religiones orientales y por Jung, ofrece un camino contemplativo donde la
ciencia se encuentra con la mística. El énfasis que se pone en la
corporeidad, la búsqueda de métodos para expandir la conciencia y el
cultivo de los mitos del inconsciente colectivo eran todos acicates para
buscar al « Dios interior » dentro de uno mismo. Para realizar el propio
potencial había que ir más allá del ego individual a fin de
convertirse en el dios que uno es en lo más hondo de sí mismo. Esto se
podía llevar a cabo escogiendo la terapia adecuada: la meditación, las
experiencias parapsicológicas, el uso de drogas alucinógenas. Todos estos
eran los caminos para lograr « experiencias cumbre », experiencias «
místicas » de fusión con Dios y con el cosmos.
El símbolo de Acuario, tomado de la mitología astrológica,
llegó a convertirse en la expresión del deseo de un mundo radicalmente
nuevo. Los dos centros que constituían el centro propulsor inicial de la
Nueva Era (y que siguen siéndolo hasta cierto punto) eran la
Comunidad-Jardín de Findhorn, en el nordeste de Escocia, y el Centro para
el Desarrollo del Potencial Humano de Esalen, en Big Sur, California, en
los Estados Unidos. Sin embargo, lo que más alimenta la difusión de la
Nueva Era es el desarrollo de una progresiva conciencia global y la
percepción creciente de una crisis ecológica inminente.
2.3.3. Temas
centrales de la Nueva Era
La Nueva Era no es una religión propiamente dicha,
pero se interesa por lo que se denomina « divino ». La esencia de la
Nueva Era es la libre asociación de diversas actividades, ideas y
personas, a las que se podría aplicar esta denominación. No existe, en
efecto, una sola articulación de doctrinas parecida a la de las grandes
religiones. A pesar de ello, y a pesar de la enorme variedad que hay en la
Nueva Era, existen ciertos puntos comunes:
– el cosmos se ve como un todo orgánico;
– está animado por una Energía, que también se identifica
con el Alma divina o Espíritu;
– se cree en la mediación de varias entidades
espirituales: los seres humanos son capaces de ascender a esferas
superiores invisibles y de controlar sus propias vidas más allá de la
muerte;
– se defiende la existencia de un « conocimiento perenne »
que es previo y superior a todas las religiones y culturas;
– las personas siguen a maestros iluminados...
2.3.4. ¿Qué dice la Nueva Era sobre...
2.3.4.1. ...la
persona humana?
La Nueva Era implica una creencia fundamental en la
perfectibilidad de la persona humana mediante una amplia variedad de
técnicas y terapias (en contraposición con la idea cristiana de
cooperación con la gracia divina). Existe una coincidencia de fondo con la
idea de Nietzsche de que el cristianismo ha impedido la manifestación
plena de la humanidad genuina. En este contexto, la perfección significa
alcanzar la propia realización según un orden de valores que nosotros
mismos creamos y que alcanzamos por nuestras propias fuerzas: de ahí que
podamos hablar de un yo auto-creador. Desde esta óptica, hay más
diferencia entre los humanos tal como son ahora y como serán cuando hayan
realizado su potencial, que la que existe actualmente entre los humanos y
los antropoides.
Resulta útil distinguir entre el esoterismo, o
búsqueda de conocimiento, y la magia, u ocultismo: esta última es
un medio para obtener poder. Algunos grupos son a la vez esotéricos y
ocultistas. En el centro del ocultismo hay una voluntad de poder basada en
el sueño de volverse divino. Las técnicas de expansión de la mente tienen
por objeto revelar a las personas su poder divino. Utilizando ese poder,
preparan el camino para la Era de la Iluminación. Esta exaltación de la
humanidad, cuya forma extrema es el satanismo, subvierte la correcta
relación entre el Creador y la criatura. Satán se convierte en el símbolo
de una rebelión contra las convenciones y las reglas, símbolo que con
frecuencia adopta formas agresivas, egoístas y violentas. Algunos grupos
evangélicos han manifestado su preocupación por la presencia subliminal de
lo que consideran simbolismo satánico en algunas variedades de música
rock, que ejercen una profunda influencia en los jóvenes. En cualquier
caso, dista mucho del mensaje de paz y armonía que se encuentra en el
Nuevo Testamento y con frecuencia es una de las consecuencias de la
exaltación de la humanidad cuando implica la negación de un Dios
trascendente.
Pero no se trata solamente de algo que afecte a los
jóvenes. Los temas básicos de la cultura esotérica también están presentes
en los ámbitos de la política, la educación y la legislación.37
Esto se aplica especialmente a la ecología. Su fuerte acentuación
del biocentrismo niega la visión antropológica de la Biblia, según la cual
el hombre es el centro del mundo por ser cualitativamente superior a las
demás formas de vida natural. El ecologismo desempeña hoy un papel
destacado en la legislación y en la educación, a pesar de que de este modo
infravalora al ser humano. La misma matriz cultural esotérica puede
hallarse en la teoría ideológica subyacente a la política de control de la
natalidad y los experimentos de ingeniería genética, que parecen expresar
el sueño humano de re-crearse a sí mismos. Se espera lograr este sueño
descifrando el código genético, alterando las reglas naturales de la
sexualidad y desafiando los límites de la muerte.
En lo que podría llamarse un relato típico de la Nueva
Era, las personas nacen con una chispa divina, en un sentido que
recuerda el gnosticismo antiguo. Esta chispa las vincula a la unidad del
Todo, por lo que son esencialmente divinas, si bien participan de la
divinidad cósmica según distintos niveles de conciencia. Somos
co-creadores y creamos nuestra propia realidad. Muchos autores de la
Nueva Era sostienen que somos nosotros quienes elegimos las
circunstancias de nuestra vidas (incluso nuestra propia enfermedad y
nuestra propia salud). En esta visión, cada individuo es considerado
fuente creadora del universo. Pero necesitamos hacer un viaje para
comprender plenamente dónde encajamos dentro de la unidad del cosmos. El
viaje es la psicoterapia y el reconocimiento de la conciencia universal,
la salvación. No existe el pecado; sólo hay conocimiento imperfecto. La
identidad de cada ser humano se diluye en el ser universal y en el proceso
de sucesivas encarnaciones. Los hombres están sometidos al influjo
determinante de las estrellas, pero pueden abrirse a la divinidad que vive
en su interior, en una búsqueda continua (mediante las técnicas
apropiadas) de una armonía cada vez mayor entre el yo y la energía cósmica
divina. No se necesita Revelación o Salvación alguna que lleguen a las
personas desde fuera de ellas mismas, sino sencillamente experimentar la
salvación escondida en el propio interior (auto-salvación), dominando las
técnicas psicofísicas que conducen a la iluminación definitiva.
Algunas etapas del camino hasta la auto-redención son
preparatorias (la meditación, la armonía corporal, la liberación de
energías de auto-sanación). Son el punto de partida para procesos de
espiritualización, perfección e iluminación que ayudan a las personas a
adquirir mayor autocontrol y una concentración psíquica en la «
transformación » del yo individual en « conciencia cósmica ». El destino
de la persona humana es una serie de encarnaciones sucesivas del alma en
cuerpos distintos. Esto se entiende no como el ciclo de samsara, en
el sentido de purificación como castigo, sino como una ascensión gradual
hacia el desarrollo perfecto del propio potencial.
La psicología se utiliza para explicar la expansión de la
mente como experiencia « mística ». El yoga, el zen, la meditación
trascendental y los ejercicios tántricos conducen a una experiencia de
plenitud del yo o iluminación. Se cree que las « experiencias cumbre »
(volver a vivir el propio nacimiento, viajar hasta las puertas de la
muerte, el biofeedback, la danza e incluso las drogas, cualquier
cosa que pueda provocar un estado de conciencia alterado) conducen a la
unidad y a la iluminación. Como sólo hay una Mente, algunas personas
pueden ser canales, cauces para los seres superiores. Cada parte de
este único ser universal está en contacto con todas las demás partes. El
enfoque clásico de la Nueva Era es la psicología transpersonal,
cuyos conceptos básicos son la Mente Universal, el Yo Superior, el
inconsciente colectivo y personal y el ego individual. El Ser Superior es
nuestra identidad real, un puente entre Dios como Mente divina y la
humanidad. El desarrollo espiritual consiste en el contacto con el Ser
Superior, que supera todas las formas de dualismo entre el sujeto y el
objeto, la vida y la muerte, la psique y el soma, el yo y los aspectos
fragmentarios de ese mismo yo. Nuestra personalidad limitada es como una
sombra o un sueño creados por el yo real. El Ser Superior contiene los
recuerdos de las (re-)encarnaciones anteriores.
2.3.4.2. ...Dios?
La Nueva Era muestra una notable preferencia por
las religiones orientales o precristianas, a las que se considera
incontaminadas por las distorsiones judeocristianas. De aquí el gran
respeto que merecen los antiguos ritos agrícolas y los cultos de
fertilidad. « Gaia », la Madre Tierra, se presenta como alternativa a Dios
Padre, cuya imagen se ve vinculada a una concepción patriarcal del dominio
masculino sobre la mujer. Se habla de Dios, pero no se trata de un Dios
personal. El Dios del que habla la Nueva Era no es ni personal ni
trascendente. Tampoco es el Creador que sostiene el universo, sino una «
energía impersonal », inmanente al mundo, con el cual forma una « unidad
cósmica »: « Todo es uno ». Esta unidad es monista, panteísta o, más
exactamente, panenteísta. Dios es el « principio vital », « el espíritu o
alma del mundo », la suma total de la conciencia que existe en el mundo.
En cierto sentido, todo es Dios. Su presencia es clarísima en los aspectos
espirituales de la realidad, de modo que cada menteespíritu es, en cierto
sentido, Dios.
La « energía divina », cuando es recibida conscientemente
por los seres humanos, suele describirse como « energía crística ».
También se habla de Cristo, pero con ello no se alude a Jesús de Nazaret.
« Cristo » es un título aplicado a alguien que ha llegado a un estado de
conciencia donde el individuo se percibe como divino y puede, por tanto,
pretender ser « Maestro universal ». Jesús de Nazaret no fue el
Cristo, sino sencillamente una de las muchas figuras históricas en las que
se reveló esa naturaleza « crística », al igual que Buda y otros. Cada
realización histórica del Cristo muestra claramente que todos los
seres humanos son celestes y divinos y los conduce hacia esa realización.
El nivel más íntimo y personal (« psíquico ») en el que
los seres humanos « oyen » esta « energía cósmica divina » se llama
también « Espíritu Santo ».
2.3.4.3.
...el mundo?
El paso del modelo mecanicista de la física clásica al «
holístico » de la moderna física atómica y subatómica, basado en la
concepción de la materia como ondas o quantos de energía en lugar
de partículas, es central para el pensamiento de la Nueva Era. El
universo es un océano de energía que constituye un todo único o entramado
de vínculos. La energía que anima al organismo único del universo es el «
espíritu ». No hay alteridad entre Dios y el mundo. El mundo mismo es
divino y está sometido a un proceso evolutivo que lleva de la materia
inerte a una « conciencia superior y perfecta ». El mundo es increado,
eterno y autosuficiente. El futuro del mundo se basa en un dinamismo
interno, necesariamente positivo, que conduce a la unidad reconciliada
(divina) de todo cuanto existe. Dios y mundo, alma y cuerpo, inteligencia
y sentimiento, cielo y tierra son una única e inmensa vibración de
energía.
El libro de James Lovelock sobre la hipótesis Gaia afirma
que « todo el ámbito de la materia viva de la tierra, desde las ballenas
hasta los virus y desde los robles hasta las algas, podría considerarse
como una única entidad viviente, capaz de manipular la atmósfera de la
tierra para adaptarla a sus necesidades generales y dotada de facultades y
poderes que superan con mucho los de sus partes constitutivas ».38
Para algunos, la hipótesis Gaia es « una extraña síntesis de
individualismo y colectivismo. Parece como si la Nueva Era, tras
haber arrancado a las personas de la política fragmentaria, estuviera
deseando arrojarlas a la gran marmita de la mente global ». El cerebro
global necesita instituciones con las cuales gobernar, en otras palabras,
un gobierno mundial. « Para afrontar los problemas de hoy día, la Nueva
Era sueña con una aristocracia espiritual al estilo de la República
de Platón, dirigida por sociedades secretas... ».39 Acaso
sea un modo exagerado de plantear la cuestión, pero hay numerosas pruebas
de que el elitismo gnóstico y el gobierno global coinciden en muchos temas
de la política internacional.
Todo cuanto hay en el universo esta interrelacionado. En
efecto, cada parte es en sí misma una imagen de la totalidad. El todo está
en cada cosa y cada cosa en el todo. En la « gran cadena del ser », todos
los seres están íntimamente vinculados y forman una sola familia con
diferentes grados de evolución. Toda persona humana es un holograma,
una imagen de la creación entera, en la cual cada cosa vibra con su
propia frecuencia. Cada ser humano es una neurona del sistema nervioso
central y todas las entidades individuales se hallan en relación de
complementariedad unas con otras. En realidad, hay una complementariedad o
androginia interna en toda la creación.40
Uno de los temas recurrentes en los escritos y en el
pensamiento de la Nueva Era es el « nuevo paradigma » que ha puesto
de manifiesto la ciencia contemporánea. « La ciencia nos ha permitido una
visión de la totalidad y de los sistemas, nos ha dado estímulo y
transformación. Estamos aprendiendo a comprender las tendencias, a
reconocer los signos iniciales de un paradigma más prometedor. Creamos
panoramas alternativos del futuro. Comunicamos los fallos de los viejos
sistemas y forzamos nuevos contextos para resolver problemas en todas las
áreas ».41 Hasta aquí, el « cambio de paradigma » es un cambio
radical de perspectiva, pero nada más. La cuestión es saber si pensamiento
y cambio real serán proporcionados y si puede demostrarse la eficacia que
tendría una transformación interior sobre el mundo exterior. Es obligado
preguntarse, aun sin expresar un juicio negativo, hasta qué punto puede
considerarse científico un proceso mental que incluye afirmaciones como
ésta: « La guerra es inconcebible en una sociedad de personas autónomas
que han descubierto la interconexión de toda la humanidad, que no temen
ideas extrañas ni culturas extranjeras, que saben que todas las
revoluciones comienzan en el interior y que no se puede imponer el propio
tipo de iluminación a nadie ».42 No es lógico deducir que,
puesto que algo es inconcebible, no podrá suceder. Este es el tipo de
razonamiento típicamente gnóstico, en el sentido de que confiere demasiado
peso al conocimiento y a la conciencia. Y esto no significa negar el papel
fundamental y crucial del desarrollo de la conciencia en los
descubrimientos científicos y en el proceso creativo, sino sencillamente
alertar contra la posibilidad de imponer sobre la realidad exterior lo que
hasta el momento sólo está en la mente.
2.4. «
¿Habitantes del mito o de la historia? »:43 La Nueva Era
y la cultura
« En realidad, el atractivo de la Nueva Era tiene
que ver con el interés por el yo, su valor, sus capacidades y problemas,
que la cultura actual fomenta. Mientras que la religiosidad tradicional,
con su organización jerárquica se adapta bien a la comunidad, la
espiritualidad no tradicional se adapta bien al individuo. La Nueva Era
es “del” yo en la medida en que fomenta la celebración de lo que ha de
ser y devenir; y es “para” el yo en la medida en que, al diferenciarse de
lo establecido, está en una situación capaz de afrontar los problemas
generados por las formas de vida convencionales ».44
El rechazo a la tradición en su forma patriarcal,
jerárquica, tanto social como eclesial, conlleva la búsqueda de una forma
alternativa de sociedad, inspirada claramente en el concepto moderno del
yo. Muchos escritos de la Nueva Era defienden que no se puede hacer
nada (directamente) para cambiar el mundo y en cambio se ha de hacer todo
para cambiarse a sí mismo. Cambiar la conciencia individual se entiende
como la manera (indirecta) de cambiar el mundo. El instrumento más
importante para el cambio social es el ejemplo individual. El
reconocimiento universal de tales ejemplos personales llevará
paulatinamente a la transformación de la mente colectiva, transformación
que será el logro más importante de nuestro tiempo. Esto forma parte,
claramente, del paradigma holístico y constituye una nueva formulación de
la clásico problema filosófico de la unidad y la pluralidad. También está
relacionada con el planteamiento jungiano de la correspondencia y el
rechazo de la causalidad. Los individuos son representaciones
fragmentarias del holograma planetario; mirando al propio interior, no
sólo se conoce el universo, sino que también es posible
cambiarlo. Sólo que cuanto más se mira al interior, más pequeño se
torna el escenario político. Es difícil saber si este planteamiento puede
encajar con la retórica de la participación democrática en un nuevo orden
planetario, o si por el contrario se trata de una manera inconsciente y
sutil de privar de poder a las personas, dejándolas a merced de la
manipulación. La actual preocupación por los problemas planetarios (los
temas ecológicos, el agotamiento de los recursos naturales, el exceso de
población, la diferencia económica entre norte y sur, el enorme arsenal
nuclear, la inestabilidad política) ¿favorecen o impiden el compromiso con
otras cuestiones políticas y sociales igualmente acuciantes? El antiguo
adagio « la caridad bien entendida empieza por uno mismo » puede
proporcionar un sano equilibrio a la manera de abordar dichos temas.
Algunos observadores de la Nueva Era detectan un autoritarismo
siniestro detrás de la aparente indiferencia respecto a la política. El
mismo David Spangler señala que una de las sombras de la Nueva Era
es « una capitulación sutil frente a la impotencia y la irresponsabilidad
esperando que llegue la Nueva Era en vez de ser creadores activos
de plenitud en la propia vida ».45
Sería ciertamente exagerado afirmar que el quietismo es
general en las actitudes de la Nueva Era. Con todo, una de las
principales críticas al movimiento Nueva Era es que la búsqueda
individualista de la propia realización en el fondo puede actuar en contra
de una sólida cultura religiosa. A este propósito, conviene destacar tres
puntos:
– Cabe preguntarse si la Nueva Era posee
coherencia intelectual para proporcionar una imagen completa del mundo
a partir de una cosmovisión que pretende integrar la naturaleza y la
realidad espiritual. La Nueva Era ve el universo occidental
escindido a causa de las categorías de monoteísmo, trascendencia,
alteridad y separación. Descubre un dualismo fundamental en divisiones
como las que hay entre real e ideal, relativo y absoluto, finito e
infinito, humano y divino, sacro y profano, pasado y presente, que remiten
todas a la « conciencia infeliz » de Hegel y son responsables de una
situación considerada trágica. La respuesta de la Nueva Era es la
unidad mediante la fusión: pretende reconciliar alma y cuerpo, femenino y
masculino, espíritu y materia, humano y divino, tierra y cosmos,
trascendente e inmanente, religión y ciencia, las diferencias entre las
religiones, el Yin y el Yang. Ya no hay, pues, alteridad. Lo que queda, en
términos humanos, es la transpersonalidad. El mundo de la Nueva Era
no es problemático: no queda nada por alcanzar. Pero la cuestión
metafísica de la unidad y la pluralidad sigue sin respuesta, tal vez sin
plantearse siquiera; se lamentan los efectos de la desunión y de la
división, pero la respuesta es una descripción de cómo aparecerían las
cosas en otra óptica.
– La Nueva Era importa fragmentariamente prácticas
religiosas orientales y las reinterpreta para adaptarlas a los
occidentales. Esto implica un rechazo del lenguaje del pecado y de la
salvación, sustituido con el lenguaje moralmente neutro de la dependencia
y la recuperación. Las referencias a las influencias extraeuropeas son a
veces una mera « pseudo-orientalización » de la cultura occidental.
Además, difícilmente se trata de un diálogo auténtico. En un ambiente
donde las influencias grecorromanas y judeocristianas resultan
sospechosos, las orientales se utilizan precisamente porque son una
alternativa a la cultura occidental. La ciencia y la medicina
tradicionales son consideradas inferiores a los enfoques holísticos, e
igual sucede con las estructuras patriarcales y particulares en la
política y en la religión. Todas estas cosas serán obstáculos para la
venida de la Era de Acuario. Una vez más, está claro que, en realidad,
optar por las alternativas de la Nueva Era implica una ruptura
total con la tradición de origen. Habría que preguntarse si realmente es
una actitud tan madura y tan liberada como se suele pensar.
– Las tradiciones religiosas auténticas promueven la
disciplina con el objetivo último de adquirir sabiduría, ecuanimidad y
compasión. La Nueva Era refleja el anhelo profundo e
inextinguible que hay en la sociedad de una cultura religiosa íntegra, de
una visión más general e iluminadora de lo que los políticos suelen
ofrecer. Pero no está claro si los beneficios de una visión basada en la
permanente expansión del yo son para los individuos o para las sociedades.
Los cursos de formación de la Nueva Era (lo que solía llamarse «
Cursos de Formación Erhard » Erhard Seminar Trainings [EST], etc.)
conjugan los valores contraculturales con la necesidad de triunfar, la
satisfacción interior con el éxito externo. El curso de retiro « Espíritu
de los Negocios » de Findhorn transforma la experiencia del trabajo con el
fin de aumentar la productividad. Algunos adeptos de la Nueva Era
se adhieren a ella no sólo para ser más auténticos y espontáneos, sino
también para enriquecerse (mediante la magia, etc.). « Los cursos de
formación la Nueva Era tienen también resonancias de ideas en
cierto modo más humanistas que las extendidas en el mundo de los negocios,
lo que hace que al hombre de negocios con mentalidad empresarial le
resulten más atractivos. Las ideas tienen que ver con el lugar de trabajo,
como “un entorno de aprendizaje”, que “humaniza el trabajo”, “humaniza al
jefe”, donde “las personas son lo primero” o “se libera el potencial”. Tal
como las presentan los formadores de la Nueva Era, es probable que
atraigan a los hombres de negocios que ya han participado en otros cursos
de formación de corte humanista (laico) y que quieren dar un paso más:
interesados en su crecimiento personal, su felicidad y su entusiasmo y al
mismo tiempo en su productividad económica ».46 Así, está claro
que las personas involucradas buscan realmente sabiduría y ecuanimidad en
beneficio propio, pero ¿en qué medida las actividades en que participan
les capacitan para trabajar por el bien común? Aparte de la cuestión de la
motivación, todos estos fenómenos deben ser juzgados por sus frutos, y la
pregunta que hay que plantearse es si promueven el yo o promueven la
solidaridad, no sólo con las ballenas, los árboles o personas de
mentalidad similar, sino con el conjunto de la creación: incluyendo a la
humanidad entera. Las peores consecuencias de toda filosofía del egoísmo,
tanto si es adoptada por las instituciones como por amplios sectores
sociales, son lo que el Cardenal Joseph Ratzinger define un conjunto de «
estrategias para reducir el número de los que se sienten a comer a la mesa
de la humanidad ».47 Este es un criterio clave con el que se
debe evaluar el impacto de cualquier filosofía o teoría. El cristianismo
busca siempre medir los esfuerzos humanos por su apertura al Creador y a
las demás criaturas, un respeto firmemente basado en el amor.
2.5. ¿Por qué ha
crecido la Nueva Era con tanta rapidez y se ha difundido de
manera tan eficaz?
Por muchas objeciones y críticas que suscite, la Nueva
Era es un intento de llevar calor a un mundo que muchos experimentan
como desabrido y despiadado. Como reacción frente a la modernidad, opera
casi siempre en el nivel de los sentimientos, instintos y emociones. La
angustia ante un futuro apocalíptico de inestabilidad económica,
incertidumbre política y cambios climáticos desempeña un papel importante
en la búsqueda de una relación alternativa y decididamente optimista con
el cosmos. Hay una búsqueda de plenitud y felicidad, con frecuencia en un
nivel explícitamente espiritual. Pero es significativo que la Nueva Era
haya gozado de un éxito enorme en una era que puede caracterizarse por
la exaltación casi universal de la diversidad. La cultura
occidental ha dado un paso más allá de la tolerancia –en el sentido de
aceptar a regañadientes o soportar la idiosincrasia de personas o grupos
minoritarios– a la erosión consciente del respeto a la normalidad. La
normalidad se presenta como un concepto con connotaciones moralistas,
vinculado necesariamente a normas absolutas. Para un número creciente de
personas, las creencias o normas absolutas indican sólo la incapacidad de
tolerar las ideas y convicciones de los demás. En este ambiente, se han
puesto de moda los estilos de vida alternativos: ser diferente no sólo es
aceptable, sino positivamente bueno.48
Es esencial tener en cuenta que las personas se relacionan
con la Nueva Era de maneras muy distintas y en grados diversos. En
la mayoría de los casos no se trata realmente de una « pertenencia » a un
grupo o movimiento. Tampoco hay una conciencia muy clara de los principios
sobre los que se basa la Nueva Era. Aparentemente, la mayoría de la
gente se siente atraída por terapias o prácticas concretas, sin
conocimiento de los planteamientos de fondo que éstas conllevan; otros no
son más que consumidores ocasionales de productos que llevan la etiqueta «
Nueva Era ». Quienes utilizan la aromatoterapia o escuchan música
New Age, por ejemplo, suelen estar interesados por el efecto que
tienen en su salud o bienestar. Tan sólo una minoría profundiza en estos
temas y trata de entender su significado teórico (o « místico »). Lo cual
encaja perfectamente con los esquemas de las sociedades de consumo en las
que el ocio y el entretenimiento desempeñan un papel fundamental. El «
movimiento » se ha adaptado perfectamente a las leyes del mercado y el
hecho de que la Nueva Era se haya difundido tanto se debe en parte
a que resulta una propuesta económica muy atractiva. La Nueva Era,
al menos en algunas culturas, se presenta como una etiqueta para un
producto creado, aplicando los principios de la mercadotecnia a un
fenómeno religioso.49 Siempre habrá un modo de aprovecharse de
las necesidades espirituales de la gente. Como muchos otros elementos de
la economía contemporánea, la Nueva Era es un fenómeno global que
se mantiene unido y se alimenta gracias a la información de los medios de
comunicación de masas. Se puede discutir si fueron los medios de
comunicación quienes crearon este fenómeno o no; lo que está claro es que
la literatura popular y las comunicaciones de masas garantizan una rápida
difusión, a escala universal, de las nociones comunes defendidas por los «
creyentes » y simpatizantes. Sin embargo, no es posible saber si esta
difusión tan rápida de las ideas obedece al azar o bien a un proyecto
deliberado, ya que se trata de comunidades muy poco rígidas. Al igual que
sucede en las « cibercomunidades » creadas por Internet, éste es un ámbito
en el que las relaciones entre las personas pueden ser o muy impersonales
o interpersonales sólo en un sentido muy selectivo.
La Nueva Era se ha hecho sumamente popular como un
vago conjunto de creencias, terapias y prácticas, elegidas y combinadas
con frecuencia según el propio gusto, independientemente de las
incompatibilidades o incongruencias que implique. Por lo demás, es lo que
cabe esperar de una cosmovisión conscientemente basada en el pensamiento
intuitivo del « lado derecho del cerebro ». Precisamente por eso es tan
importante descubrir y reconocer las características fundamentales de las
ideas de la Nueva Era. Lo que ésta ofrece suele describirse
sencillamente como algo « espiritual », más que como perteneciente a una
religión concreta. Sin embargo, los vínculos con algunas religiones
orientales concretas son mucho más estrechos de lo que imaginan algunos «
consumidores ». Naturalmente, esto es importante para los grupos de «
oración » en los que uno decide integrarse, pero es también un problema
real en la gestión de un número creciente de empresas, a cuyos empleados
se les exige hacer meditación y adoptar técnicas de expansión mental como
parte de la vida laboral.50
Valdría la pena añadir aún unas breves palabras sobre la
promoción organizada de la Nueva Era como ideología, pero se trata de un
asunto sumamente complejo. Frente a la Nueva Era, algunos grupos
han reaccionado con acusaciones generalizadas de « conspiración ». Se les
suele responder que estamos asistiendo a un cambio cultural espontáneo
cuya trayectoria está en gran parte determinada por influjos que escapan
al control humano. No obstante, basta señalar que la Nueva Era
comparte con un buen número de grupos internacionalmente influyentes el
objetivo de sustituir o trascender las religiones particulares para dejar
espacio a una religión universal que unifique a la humanidad.
Estrechamente relacionado con esto, hay un esfuerzo concertado por parte
de muchas instituciones para inventar una Ética Global, un esquema
ético que reflejaría la naturaleza global de la cultura, la economía y la
política contemporáneas. Aún más, la politización de las cuestiones
ecológicas influye en todo el tema de la hipótesis Gaia o culto de la
madre tierra.
3 LA NUEVA ERA
Y LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA
3.1. La Nueva
Era como espiritualidad
Los promotores de la Nueva Era la definen como una
« nueva espiritualidad ». Parece irónico llamarla « nueva » cuando tantas
ideas están tomadas de las religiones y culturas antiguas. Lo realmente
nuevo en la Nueva Era es la búsqueda consciente de una alternativa
a la cultura occidental y a sus raíces religiosas judeocristianas. «
Espiritualidad », en este sentido, indica la experiencia interior de
armonía y unidad con la totalidad de la realidad, que sana los
sentimientos de imperfección y finitud de toda persona humana. Las
personas descubren su profunda conexión con la fuerza o energía universal
sagrada que constituye el núcleo de toda vida. Cuando han llevado a cabo
este descubrimiento, pueden emprender el camino hacia la perfección que
les permitirá ordenar sus vidas y su relación con el mundo, y ocupar su
propio puesto en el proceso universal del devenir y en la Nueva Génesis de
un mundo en constante evolución. El resultado es una mística cósmica51
basada en la toma de conciencia de un universo rebosante de energías
dinámicas. Así, la energía cósmica, la vibración, la luz, dios, el amor
–incluso el Ser supremo– todo se refiere a la misma y única realidad, la
fuente primaria presente en todo ser.
Esta espiritualidad consta de dos elementos distintos: uno
metafísico, otro psicológico. El componente metafísico procede de
las raíces esotéricas y teosóficas de la Nueva Era y es básicamente
una forma nueva de gnosis. El acceso a lo divino se produce por medio del
conocimiento de los misterios escondidos, en la búsqueda individual de «
lo real que hay detrás de lo que es sólo aparente, el origen más allá del
tiempo, lo trascendente más allá de lo meramente fugaz, la tradición
primordial detrás de la tradición meramente efímera, lo otro detrás del
yo, la divinidad cósmica detrás del individuo encarnado ». La
espiritualidad esotérica « es una investigación del Ser más allá de la
separación de los seres, una especie de nostalgia de la unidad perdida ».52
« Puede verse aquí la matriz gnóstica de la espiritualidad
esotérica. Ésta es palpable cuando los hijos de Acuario buscan la Unidad
Transcendente de las religiones. Tienden a escoger de las religiones
históricas sólo el núcleo esotérico, del cual pretenden ser guardianes. En
cierto modo niegan la historia y no aceptan que la espiritualidad pueda
tener sus raíces en el tiempo o en ninguna institución. Jesús de Nazaret
no es Dios, sin