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 Sobre la escatología cristiana - Escatología: Catequesis para jóvenes que se preparan a la confirmación

Páginas relacionadas
Gustavo Arriola Guzmán
4° de Teología 2013
Pontificia Facultad de Teología
"Redemptoris Mater"

 

"Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la
cabeza, porque se acerca vuestra liberación" (Lc 21, 28)

 

Escatología - Muerte - Juicio - Cielo - Infierno

 

I. Introducción

Cuando se me pidió una catequesis sobre los novísimos que esté pensada para los jóvenes de la pastoral del sacramento de Confirmación lo primero que pensé fue en una dificultad: que no tenía ni idea de cómo hacerlo. Y todo por una sencilla cuestión: ¿cómo darse a entender a los jóvenes?, ¿cómo hablar de algo que para ellos suena a un cuento mitológico más ya superado? Definitivamente que hablar del juicio fmal, el fin del mundo, el purgatorio, el cielo y el infierno no será siempre fácil. En este sentido el primer reto era no cargar la catequesis con definiciones dogmáticas complicadas o expresiones teológicas incomprensibles para ellos.

No obstante lo anterior, al mismo tiempo tampoco se podía caer en una subestimación de la inteligencia de los jóvenes, en un desprecio de su hambre por la verdad. En este sentido coincido con Benedicto XVI cuando afirma: "Algunas personas me dicen que a los jóvenes de hoy no les interesa esto. Yo no estoy de acuerdo y estoy seguro de tener razón. Los jóvenes de hoy no son tan superficiales como se dice ellos. Quieren saber qué es lo verdaderamente importante en la vida."1 La juventud es el tiempo de la búsqueda de las verdades más profundas sobre la existencia humana, por lo que tampoco se puede infantilizar la catequesis para los jóvenes. Por tanto, se ha querido sustentar las afirmaciones con notas al pie de página que sirvan como guía sobre todo para los catequistas que conviene estén sólidamente formados, en temas tan cruciales como los novísimos2, verdades tan decisivas para todo hombre.

II.                 Definición de Escatología

La palabra escatología, que viene del griego eschatón ("último") se refiere al estudio de las últimas cosas, es decir, de las concernientes al final de la vida del hombre, al final de la historia humana (parusía) y también a la del "más allá". De por sí trae una primera dificultad: que nadie ha estado en el "más allá" y ha vuelto para contárnoslo. Algo que se da por supuesto para el desarrollo de la escatología es la certeza de la inmortalidad del alma humana, la cual, no es un mero dogma de fe sino que también es una verdad filosóficamente demostrable a la sola luz de la razón. Por lo demás, todo lo que sabemos de lo que acontecería en el más allá lo sabemos por revelación divina plasmada ya sea en la Escritura o la Tradición y definida por el Magisterio de la Iglesia.

III.              El Reino de Dios

Un tema muy legado a la escatología es el del Reino de Dios. Éste fue el objeto principal de la predicación de Jesús de Nazaret. De hecho, al comienzo del su vida pública Jesús afirma: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 14s; Mt 4, 12ss)

El punto sería ahora reflexionar: ¿Qué es el Reino de Dios?, ¿a qué se refería Jesucristo con este término?, ¿qué novedad nos ha traído Jesucristo?, ¿qué ha cambiado con su venida a este mundo?, ¿ha cambiado algo?, ¿es que acaso el mundo no sigue igual o peor de como estaba cuando Él llegó? Conviene saber que el Reino de Dios, por la fuerza de Dios, quiere ser un "cambio real" en la humanidad y en la historia humana. El Papa Benedicto XVI nos respondía a estas cuestiones sencillamente con una frase rotunda: Jesús de Nazaret nos ha traído a Dios mismo3. Él es Dios. Dios ha entrado en el tiempo y en la historia humana cambiándola para siempre. Nada podrá volver a ser lo mismo de antes. Él es el Reino de Dios, su persona misma. Es por ello que, como dicen los exegetas, es una realidad "iam sed nondum" (ya pero todavía no), es una realidad ya realizada pero aún no consumada.

El reino de Dios comienza con la venida de Cristo y se visualiza en la Iglesia (durante la historia humana) y se consumará en el más allá, en la parusía de Jesucristo, porque la plenitud del Reino de Dios tendrá lugar al fmal de la historia.

IV. Los Novísimos

Llamamos novísimos a los últimos acontecimientos, es decir, a las postrimerías (lo que viene con posterioridad) del hombre. Tradicionalmente los novísimos son cuatro: muerte, juicio, infierno y gloria. Dentro de la escatología cristiana se tiene que hablar además del purgatorio.

La muerte

No todos "aprenden" que se van a morir. Todos lo pueden suponer o incluso saber, mas no "aprehender" que se van a morir. Hoy más que nunca, la muerte pasa por una paradoja patente: ser lo más trivial y lo más temido a la vez. Para que una película tenga éxito tiene que haber muchas balas, mucha sangre, muchas muertes. Los videojuegos para niños que sólo consisten en matar a los que más puedas: gana el que más mata. Los ojos se han acostumbrado a ver la muerte de tal manera que ya nadie se inmuta incluso no sólo con películas (ficción) sino también con las noticias en periódicos o noticieros. Uno puede ver en el diario que un médico viola y mata a una chica o que se volcó un bus y murieron 50 pasajeros y dar la vuelta a la página para buscar la sección de deportes como si ambas noticias tuvieran la misma naturaleza.

No obstante, la muerte es al mismo tiempo lo más temido. Es algo de lo que nadie quisiera hablar y lo que se tiene que evitar a toda costa. La sociedad del 'bienestar' actual es una muestra de ello. La proliferación de `spas', centro de estética, productos de belleza y rejuvenecimiento, etc., no hacen más que suponer que el hombre está volviendo al sueño del elixir mágico de la eterna juventud, algo que extirpe a la muerte definitivamente de su existencia.

Características de la muerte:

a)     Es universal

b)    Es un hecho decisivo que abarca toda la vida del hombre

c)     Es el culmen de la vida

"El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí y sólo en Dios encuentra el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar" (CEC 27)

El deseo de Dios del que habla el catecismo se concretiza en el deseo de felicidad que es en definitiva el deseo de inmortalidad. El hombre tiene este deseo porque tiene un principio inmortal que es el alma que le ha dado Dios. Esto se da independientemente de que se crea en Dios o no. También el ateo tiene el deseo de inmortalidad. Lo único que tenemos claro es que por naturaleza nadie quiere morirse.

Pero, ¿qué es la muerte?, ¿es sólo no tener signos vitales para empezar a descomponemos? Los evangelios nos hablan de la muerte como una obra de Satán (cf Jn 8,44). El Concilio Vaticano II ha expresado la resistencia del hombre ante la muerte. Las Escrituras afirman que la muerte es consecuencia del pecado (cf. Sb 1, 13; 2, 23; Rm 5, 12.21; St 1, 15; etc.). La misma afirmación la tenemos del Magisterio de la Iglesia.4 Pero se podría decir que la muerte, en cuanto consecuencia del pecado, debe entenderse más bien como miedo o angustia ante ella; es decir, que lo malo no es la muerte en sí sino que uno no se quiere morir. En general, se tiene el mismo miedo ante cualquier mal o sufrimiento que pueda sobrevenir.

Lo que más teme el hombre en el fondo es "desaparecer", que su existencia vuelva a la nada, ser nada y vacío. Todo esto nos lleva al meollo del asunto. Dice san Pablo:

"Para mí la vida es Cristo, y el morir, una ganancia. Pero si el vivir en el cuerpo significa para mí trabajo fecundo no sé qué escoger [...1. Me siento apremiado por ambos extremos. Por un lado, mi deseo es partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; más por otro, quedarme en el cuerpo es más necesario para vosotros. "5

¿Por qué san Pablo escapa de lo convencional? Si no querer morirse es consecuencia del pecado original, san Pablo escapa del miedo a la muerte porque ya no tiene este pecado debido a que ya está viviendo una 'vida nueva' gracias al Espíritu de Jesucristo:

"Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva "6

Ahora bien, ¿cómo empieza esta vida nueva de la que habla san Pablo? Esta vida nueva empieza con el encuentro personal con Jesucristo Resucitado. De hecho, el Papa Benedicto XVI afirmaba en su primera encíclica sobre el amor cristiano que:

"No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva"'

Jesucristo es esta Persona que muere por todos los hombres (cf Mt 20,28; Mc 10,45; Lc 22,27); de tal manera que ha conseguido para el hombre la salvación del pecado y de su principal consecuencia: la muerte, no sólo física sino la muerte definitiva, la muerte del ser. La vida nueva en Cristo comienza con la escucha del kerigma cristiano, donde se nos anuncia un acontecimiento: el misterio pascual de Cristo muerto y resucitado. El que cree en este anuncio se encuentra con Cristo, el que lo acepta en su vida muere y resucita con él ­hecho que se actualiza en cada persona el día de su bautismo-, quiere estar con él, su vida encuentra sentido y si su vida tiene sentido, adquiere sentido su sufrimiento y su muerte.

En el estado de santidad se contempla lo que en realidad es la muerte. Se contempla que la muerte ha sido vencida (cf. 1Co 15, 54ss); en este estado se experimenta que el único miedo es el de perder a Cristo. Muchos santos nos han dejado por escrito esta experiencia. Para san Pablo, como vimos líneas arriba la vida es Cristo y la muerte una ganancia. Santa Teresa de Jesús escribe en sus poesías:

¡Oh muerte benigna,
socorre mis penas!
Tus golpes son dulces,
que el alma libertan,
¡Qué dicha, oh mi Amado,
estar junto a Ti!
Ansiosa de verte,
deseo morir.8

San Ignacio de Antioquía escribe a los romanos:

"Para mí es mejor morir n Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra, Lo busco a Él, que ha muerto por nosotros; lo quiero a él, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima [ Dejarme recibir la luz pura; cuando llegue allí, seré un hombre. "9

El hombre es una unidad de alma, cuerpo y espíritu. El espíritu dado por Dios vivifica al alma y el alma anima el cuerpo. De tal manera que si el alma está muerta por el pecado, ya estamos muertos aunque vivamos biológicamente.

Ser santo es vivir ya resucitado. La verdadera muerte es vivir en el no-amor; vivir en el amor cristiano es estar ya resucitado. Y el día de la Parusía se cumplirá lo dicho por el apóstol san Pablo: "El último enemigo en ser destruido será la Muerte" (1Co 15, 26). Por lo tanto, a la luz de la fe esta victoria se puede dar ya ahora en el cristiano, de tal manera que lo que hoy conocemos como 'muerte' no es otra cosa más que el encuentro definitivo y hasta deseable con Jesucristo, es un simple tránsito hacia la plenitud, es la puerta tras la cual está la Vida, tras la cual está Dios esperándonos con los brazos abiertos.

El Juicio

Un tema que sigue al tema de la muerte es el del "Juicio de Dios". Este tema está relacionado con el del fin del mundo, ambos están íntimamente relacionados. El fin del mundo ha sido objeto de infinidad de elucubraciones literarias, muchas de ellas llevadas incluso al cine y a otros medios de difusión masiva. El común denominador en todas ellas es que el fin del mundo se muestra como la destrucción del planeta luego del cual no existe nada más, es el fin de la existencia y punto. Por ello, se muestra como algo sumamente temido e indeseable, algo realmente terrorífico. Las sectas hablan mucho de este tipo de final de la historia y han llevado a muchas personas al suicidio masivo inventando fechas del fin del mundo. Al fmal no pasó nada.

La visión cristiana del fin del mundo no tiene nada que ver con la que mucha gente tiene. Dice el Señor Jesús: "Cuando empiecen a suceder estas cosas10, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación" (Lc 21, 28). Los cristianos esperamos el fin del mundo porque es el día de la instauración definitiva del reinado de Dios, el día de la resurrección de los muertos y el de nuestra verdadera liberación de los lazos de la muerte, el día del definitivo y pleno comienzo de la vida eterna. Nadie espera a alguien que ama con miedo.

Y todo ello empezará con un juicio. Cuando se escucha la palabra juicio se tiende a asociarla con un tema jurídico, como una especie de mecanismo retributivo a la manera de una corte humana. El juicio de Dios no es algo meramente retributivo. En la Escritura la justicia de Dios hace referencia a la bondad de Dios. El día del Juicio es el día en que brillará la bondad de Dios. Esta diferencia entre justicia humana y divina se sintetiza en un versículo del evangelio: "Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie" (Jn 8, 15). Aquí Jesús está hablando del juicio retributivo de los hombres. Así no es su juicio. Respecto a este tipo de juicio, el apóstol san Juan es enfático al afirmar: "Porque Dios no ha envidado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado, porque ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios." (Jn 3, 17)

Además, dice el Señor Jesús: "Para un juicio he venido a este mundo: para que lo que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos" (Jn9, 39). Y antes también afirma: "Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. [.. _1 En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida" (Jn 5, 21-24). Aquí está la misión de la Iglesia, en hacer que la palabra de Jesús se siga escuchando, siga llegando a todos los rincones de la tierra buscando un corazón dispuesto a acogerla. De tal manera, que en el día del juico no es Dios quien condenará sino que será en que cada uno tome la opción que tomó aquí en este mundo. Al igual que aquí, será el hombre quien decida estar sin Dios o acogerse a su misericordia. La verdadera ley es la de la libertad:

"Hablad y obrad tal y como corresponde a los que han de ser juzgados por la ley de la libertad. Porque tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; la misericordia se siente superior al juicio. "II

Sí, Dios es amor (cf. lJn4, 8) y es misericordioso (cf. Ex 34, 6). Ambas, el amor y la misericordia brillarán en el día del Juicio. Cada uno, tendrá un juicio sólo en este sentido. Primero, un juicio particular (cf. Mt 16,27; 20,1; 25,14; Lc 12,12; 16,19-31; 23,43) que será inmediatamente luego de su muerte, verdadero fin del mundo para cada uno; y al final de la historia humana, el juicio universal (cf. Mt 13,30; 24,31; 25,31; Jn 5,28; 12,47-50), donde se ratificará lo decidido en el juicio particular —los que no aceptaron su misericordia aquí, no la aceptarán entonces, y se condenarán- y comenzará, como se dijo, líneas supra, el reinado definitivo de Dios en donde ya no habrá muerte, ni llanto, ni sufrimiento, sino que los que estén con él comenzarán a vivir el día feliz que no tiene ocaso.

El infierno

Al igual que con el caso del juicio y el del fin del mundo, sobre el infierno también se ha elucubrado mucho, para finalmente haber sido relegado a un tema ya superado. El infierno ya sólo es concebido como un tema del medioevo, un invento de la Iglesia para imprimir temor y conseguir así ciertos beneficios de los incautos de sus adeptos. Para el mundo contemporáneo el infierno no existe.

El Papa Pablo VI dijo una vez que el éxito del demonio en el mundo contemporáneo es haberle hecho creer al hombre que ni él ni el infierno existen. Con esto Satanás ha logrado adelantarle un poco el infierno a muchos. Familias destruidas, abortos, asesinatos, crímenes, extorsiones, violaciones, mercado de prostitución y pornografía, pedofilia, suicidios, hambre y miseria, droga, alcohol, sexo desenfrenado, masturbación, soledad, depresión, eutanasia, robos, secuestros, mentira, adulterio, consumismo extremo, etc., son algunas de la muestras del accionar de Satanás en este mundo. No creer en el demonio no libra a nadie de su odio hacia todos y cada uno de los hombres.

La realidad del infierno se atestigua en la Escritura12 y en el Magisterio de la Iglesia13; pero, al igual que la fe en Jesucristo comienza con el encuentro con una Persona de tal manera que la vida cristiana se convierte en una experiencia, el infierno y sus adelantos también se comienzan a experimentar aquí tal y como vimos en el párrafo anterior. ¿Qué es el infierno? El infierno es vivir para uno mismo. Quien vive en un egoísmo profundo queriendo que todo gire alrededor suyo, comienza ya a vivir el infierno.

Lo importante aquí es entender que el infierno es el fracaso más radical que el hombre pueda tener. Más que un lugar físico de fuego y azufre, es un estado de fracaso rotundo y definitivo, es no ver a Dios y vivir fuera de su presencia eternamente. Si Dios es amor, el infierno es vivir en el desamor más absoluto. Todo el desamor que se vivió en la tierra viviendo en el estado de degeneración que se mostró líneas arriba no tendrá punto de comparación con lo que será el infierno, al cual se irá inmediatamente después de la muerte (cf. D531) y en el que el suplicio será eterno y sin retorno (cf. D511).

El Purgatorio

Sobre la esperanza en la otra vida hay afirmaciones importantes en el A.T. Es particularmente importante el pasaje de Judas Macabeo (cf 2M 12, 38-46) en la que se muestra su noble iniciativa de hacer un sacrificio por sus compañeros muertos en batalla, al descubrir que estos habían pecado contra Yahvé; es decir, lo que aquí se muestra es que se puede interceder por los difuntos apelando a la misericordia de Dios.

No es dogma de fe que alguien esté en el infierno. Lo que sí se tiene claro es que allí está el demonio y los demás ángeles caídos, sus secuaces. Pero de ningún hombre se puede decir que está en el infierno, ni siquiera de Judas. Esto es fundamental para resaltar la importancia de la oración por los difuntos, ya que se puede interceder por ellos, así como también, ellos —los que ya estén con Dios- pueden interceder por nosotros.

"Para cuantos se encuentran en la condición de apertura a Dios, pero de un modo imperfecto, el camino hacia la bienaventuranza plena requiere una purificación, que la fe de la Iglesia ilustra mediante la doctrina del «purgatorio» (cf. CEC1030-1032)."14

En este sentido, el purgatorio es la purificación de la persona en cuanto a aquellas cosas que no habían quedado purificadas durante la vida, las que se purifican después de la muerte. Que quede claro que no nos referimos al pecado mortal. Si alguien muerte en pecado mortal, es dogma de fe que se condena al infierno.

El tesoro de la Iglesia es que en ella hay gran cantidad de la gracia de Dios y la Iglesia se considera administradora de este tesoro de la gracia de Cristo. Es por ello que la Iglesia puede conceder indulgencias que las concede con más intensidad cuando se proclama un año santo. Así, "la indulgencia es la remisión de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa —en el sacramento de la reconciliación-, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos."15 La concesión de las indulgencias está relacionada con el poder de las llaves (cf. Mt 16, 19) y también con el mandato de Jesús: "A quienes se los retengan [los pecados] les quedan retenidos" (Jn 20, 23).

Debe entenderse que la permanencia en el purgatorio, por tanto, no es eterna. Quien está allí, ya está salvado de la pena eterna del infierno. Sólo se trata de una purificación en el amor. La purificación se da por tanto, del ansia de querer ver ya mismo el rostro de Dios. "Hay que eliminar todo vestigio de apego al mal y corregir toda imperfección del alma. La purificación debe ser completa, y precisamente esto es lo que enseña la doctrina de la Iglesia sobre el purgatorio. Este término no indica un lugar, sino una condición de vida. Quienes después de la muerte viven en un estado de purificación ya están en el amor de Cristo, que los libera de los residuos de la imperfección"16

 La Gloria

"La voluntad de Dios es que todos se salven" (1Tm 2, 3s). Todos nosotros hemos sido creados por Dios por amor, en el amor y para el amor. Hemos sido creados para el cielo. Venimos de Dios y vamos hacia Dios. Toda el ansia de felicidad que experimentamos desde que nacemos hasta que morimos no es otra cosa que el deseo de Dios, el deseo de ver su rostro.'' Dice san Agustín: "...nos has hecho [Señor] para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti."18

El cielo es el estado de máxima felicidad del hombre, de máxima plenitud. En contraposición al fracaso radical del infierno, el cielo es la realización inconmensurable de la existencia humana. Allí se experimentará lo que se llama la visión beatífica de Dios.

En la Escritura no son pocos los pasajes en donde se menciona la gloria del cielo (cf Mt 5,12; 6,20; 19,21; 18,8; Lc 6,23; 12,33; 23,43; Ap 19, 1-10). Dice el apóstol san Pablo: "Ahora vemos como en un espejo, en enigma, entonces veremos cara a cara [a Dios]. Ahora conozco de un modo parcial pero entonces conoceré como soy conocido [por Dios].19 Esta visión beatífica del rostro de Dios se le concede al alma inmediatamente después de la muerte, incluso antes del juicio final. Esto es dogma de fe. El apóstol san Juan afirma en su primera carta: "Queridos ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado todavía lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es." (1.1n 3,2)

Lo importante, finalmente, es saber que al igual que nuestra experiencia aquí nos puede servir de garantía de la existencia del infierno, el cielo también puede tener un comienzo aquí en este mundo. Los cristianos comenzamos a vivir ya la vida eterna creyendo en Jesucristo. El bautismo nos concede ser hijos en el Hijo, coherederos del cielo y partícipes de su gloria aquí en modo parcial en la Iglesia y de modo definitivo después de la muerte. Si el infierno es vivir para sí mismo, el cielo es vivir para los demás. La única forma de comenzar a vivir esto es teniendo un nuevo principio de vida, un nuevo espíritu, el Espíritu de Dios habitando en nosotros. De allí la grandeza de la misión de la Iglesia, único lugar donde podemos ya comenzar a experimentar la vida beatífica, no exenta de luchas y sufrimientos; pero, a pesar de todo, felices.

Vivir para los demás es la característica de la nueva vida en Cristo Jesús, tal y como afirma san Pablo: "Y [Cristo] murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos." (2Co 5, 15). Hay un lugar aquí donde esto comienza a darse, un lugar que puede convertirse en la escuela del amor, la escuela de vivir para los demás, la escuela de la comunión, el cielo en la tierra. Y ese lugar es la familia. Juan Pablo II dijo una vez en una homilía que la familia cristiana es el icono de la Santísima Trinidad en la tierra.21

¿Qué es el cielo?, el cielo es donde está Dios. Si en casa, con los míos, habita Dios, mi casa es el cielo. Por eso el Papa Benedicto XVI ante una pregunta que le hizo una niña sobre su familia22 dijo una de las cosas más bellas que se haya escuchado —recuérdese que excepto su hermano, ya toda su familia ha fallecido-: "Y, a decir verdad, cuando trato de imaginar un poco cómo será en el Paraíso, se me aparece siempre el tiempo de mi juventud, de mi infancia. Así, en este contexto de confianza, de alegría y de amor, éramos felices, y pienso que en el Paraíso debería ser similar a como era en mi juventud. En este sentido, espero ir "a casa", yendo hacia la "otra parte del mundo".

1 Benedicto XVI, Prólogo del YOUCAT, Catecismo joven de la Iglesia Católica, (Encuentro), Madrid, 20112 Cf. Congregación para el Clero; "Directorio General para la Catequesis"; (CEP), p.343 Joseph Ratzinger (Benedicto XVI); "Jesús de Nazaret", tomo I, (planeta), 2007, p.69

4 Cf. GS 18; Concilio de Trento (DH1511.1521); Concilio de Cartago (DH222); Sínodo de Orange (DH 372)

5 FIp 1, 21-24

6 Rm 6, 4

7 Cf. Benedicto XVI, Carta Enc. "Deus Caritas Est", ml

8 Santa Teresa de Jesús, poesía "Ayes del destierro"

9 San Ignacio de Antioquía, "Epístula ad Romanos", 6, 1-2. Citado por CEC 1010

10 Aquí se refiere el texto a las catástrofes con las que son descritas el fin del mundo en el discurso escatológico de Jesús (cf. Mc13, Mt 24, Lc 21), en el que los evangelistas usan un estilo literario llamado "apocalíptico", el cual es sólo eso, un estilo literario. Pero no necesariamente las cosas tienen que suceder al pie de la letra. Por ejemplo, san Pedro ve cumplida la predicción del profeta Joel (cf. JI 3, 1-5) sobre el día de Yahvé en Pentecostés (cf. Hch 2, 16-21), donde se habla del sol cambiando en tinieblas y la luna en sangre aunque nada de eso se advirtió aquel día.

11 Stgo 2, 12s

12 Cf. Mt 8, 12; 22, 13; 18, 8; 25, 30.41; 13, 42.50; Mc 5,22; 8,12; 13,42; 10,28; 18,9; 23,15; Mc 9,43; Lc 3,17; 8, 31; 12,5; 16,19.28; Ap 9, 11; 20, 1ss.

13 Cf. DH 4656s; D16.40.429.464.714.511

14 Catequesis de Juan Pablo II: "El purgatorio: purificación necesaria para el encuentro con Dios", miércoles 4 de agosto de 1999,

15 Pablo VI, Const. Ap. "lndulgentiarum Doctrinae"

16 Cf. concilio ecuménico de Florencia, Decretum pro Graecis: DH 1304; concilio ecuménico de Trento, Decretum de justificatione y Decretum de purgatorio: ib., 1580 y 1820; citado por Juan Pablo II, 'bid.

7 Cf. CEC 27

" San Agustín, Confesiones, 1,1,1 (PL 32, 659-661)

19 1 Co 13, 12

20 Cf. D475, 530, 693, 696

21 Juan Pablo II, Homilía en la misa con las familias del Camino Neocatecumenal que partían a la misión; Porto san Giorgio, 30/12/1988

22 Encuentro mundial con las familias, 2 de Junio de 2012. Cf. L'osservatore Romano, 2012, N°24, p.8


BIBLIOGRAFÍA

1.     CONGREGACIÓN PARA EL CLERO; "Directorio General para la Catequesis", (Librería Editrice Vaticana-CEP), Lima, 1997

2.     YOUCAT, Catecismo joven de la Iglesia Católica; (Encuentro), Madrid, 2011

3.     "Catecismo de la Iglesia Católica"; (Asociación de editores del Catecismo), Bilbao

4.     Biblia de Jerusalén, Nueva edición revisada y aumentada; (DDB), Bilbao, 1998

5.     ELORRIAGA Planes, Carlos; "Escatología", apuntes de clases, Facultad de Teología Redemptoris Mater, semestre 2010-1

6.     BENEDICTO XVI, Carta Encíclica "Deus Caritas Est", sobre el amor cristiano, (EPICONSA), Lima, 2006

7.     RATZINGER Joseph; "Jesús de Nazaret", desde el Bautismo a la Transfiguración, (Planeta), Bogotá, 2007

 


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