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Domingo 1 de Adviento A: 'El Hijo del Hombre vendrá a la hora menos pensada' - Comentarios de Sabios y Santos para ayudarnos a preparar la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Recursos adicionales para la preparación




A su disposición 
Exégesis: W. Trilling - Instrucción sobre el fin del mundo

Comentario Teológico: San Luis Beltrán - La venida del Hijo del Hombre

Santos Padres: San Juan Crisóstomo - El ejemplo del diluvio

Aplicación I: Benedicto XVI - Adviento, tiempo de la esperanza

Aplicación: R.P. Raniero Cantalamessa - ¡Velad!

Aplicación: Monseñor Demetrio Fernández González - Adviento, viene el Señor

Aplicación: San Juan Pablo II - Hacia la plenitud

Aplicación II: Benedicto XVI - Doble perspectiva

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, Mt 24, 37-44

Directorio Homilético - Primer domingo de Adviento

Ejemplos

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Las Lecturas del Domingo




Exégesis: W. Trilling - Instrucción sobre el fin del mundo

El capitulo 13 del Evangelio de san Marcos forma la base de este discurso. San Mateo ha adoptado casi sin variaciones el texto de san Marcos, salvo algunos intercalados. Es nueva la sección comprendida entre los v. 26 y 28 del capítulo 24. En el discurso sobre la misión de los apóstoles (Mat_10:17-21) san Mateo ya había empleado el texto de las persecuciones de Mar_13:9-13. Aquí san Mateo no lo repite por completo, sino solamente en dos frases (Mar_24:9.1 3s). En sustitución de lo que omite, ha intercalado la sección 24,10-12. En la introducción san Mateo dice con más claridad que san Marcos que los discípulos preguntan a Jesús por la «señal de tu parusía y del final de los tiempos». En Mar_13:4 permanece confuso el verdadero objeto de la pregunta. La gran importancia del discurso de san Mateo está en que este evangelista lo configura de una forma todavía mucho más resuelta que san Marcos en una advertencia a la vigilancia. Ha añadido un número mayor de textos de la colección de discursos que expresan este pensamiento (S,13).

A la parábola de las vírgenes (Mar_25:1-13) añade la de los talentos (Mar_25:14-30) y una detenida descripción del juicio final, en que dictará la sentencia el Hijo del hombre (25,31-49. Mediante estas ampliaciones se ha formado un gran discurso sobre el fin del mundo y la actitud de los discípulos ante el juicio. San Mateo probablemente ha concebido como una unidad de composición los ataques contra los escribas y fariseos en el capitulo 23 y el discurso sobre el fin de los tiempos en los capítulos 24 y 25. Este doble discurso entonces sería el quinto dentro del evangelio. De aquí también resulta que la usual formulación conclusiva (que siempre permanece igual) no está después del capitulo 23, sino del 25 (26, 1). Es muy difícil explicar especialmente la primera parte que procede de san Marcos 13, y que en la interpretación todavía es objeto de controversia. No podemos abordar todas las cuestiones particulares y tampoco necesitamos hacerlo, porque san Mateo dice claramente que el discurso versa sobre la señal de la parusía y del final de los tiempos (Mar_24:3b). Así, para él recae desde el principio la interpretación del discurso en la destrucción de Jerusalén y en aquella manera de pensar, que en la destrucción de Jerusalén en cierto modo querría ver prefigurados (perspectiva profética) los acontecimientos del fin del mundo. Para él y para el tiempo en que escribió, la destrucción de la ciudad santa ya pertenece al tiempo pasado y es entendida como castigo sobre la generación incrédula (cf. 22,7).

Pero ahora la mirada del evangelista se dirige hacia adelante. Aunque Mateo conserve muchos pasajes sueltos de san Marcos, que están adaptados al estrecho horizonte de la ciudad de Jerusalén y del país de Judea (por ejemplo 24,15s), sin embargo no tienen ningún peso decisivo ni por la resuelta dirección de la mirada de 24,3b, ni sobre todo por la gran cantidad de material nuevo que aporta

(…)
Incertidumbre del tiempo

a) El último día vendrá inesperadamente (MT/24/37-42).

37 Pues como sucedió en los días de Noé, así sucederá en la parusía del Hijo del hombre. 38 Porque igual que en aquellos días anteriores al diluvio seguían comiendo y bebiendo, casándose ellos y dando en matrimonio a ellas hasta el día en que Noé entró en el arca, 39 y no se dieron cuenta hasta que llegó el diluvio que los barrió a todos, así será también la parusía del Hijo del hombre.

Vino el diluvio, porque todo el género humano estaba corrompido. Pero aquí no se habla de la corrupción, sino de la vida humana normal que se llevaba entonces como hoy día. Nos preocupamos por las necesidades de la vida, por la comida y la bebida. Todo eso ocurre sin recelo y sin temor. La vida sigue su curso normal. Aquí se debe hacer resaltar la conducta normal, y no la conducta viciada y atea. No se debe pensar en el castigo, sino en la sorpresa con que súbitamente se quiebra la «vida normal». Los contemporáneos de Noé no sabían nada de la desventura que los amenazaba y ni llegaron a sentir temor. Sólo él la conocía y preparaba la liberación de su familia, probablemente entre la burla y las risotadas de sus contemporáneos. El terrible despertar vino cuando era demasiado tarde: los que creían estar seguros, fueron arrebatados. Tan repentinamente puede cambiarse por completo nuestra vida. El modo humano de pensar resulta ser una necedad, y la necedad de Noé resulta ser sabiduría de Dios. En el transcurso de la vida humana se experimenta con frecuencia, de una u otra manera, cómo el propio edificio, dotado de un fundamento seguro, se desploma como un castillo de naipes. E1 discípulo siempre debe contar con lo desconocido y no creerse seguro. Sobre todo, si el hombre tiene ante sus ojos la venida de su Señor y la aguarda ejerciendo la virtud de la esperanza. La vida segura de sí misma es perezosa y pesada, la vida del hombre vigilante es fácil y está llena de viva tensión.


40 Entonces estarán dos en el campo: uno será tomado y el otro dejado. 41 Estarán dos mujeres moliendo en un molino: una será tomada y la otra dejada. 42 Velad, pues, porque no sabéis en qué día va a llegar vuestro Señor.

Exteriormente hacen lo mismo los dos campesinos que están en la tierra laborable, y las dos mujeres que están en el molino. En su actividad no hay nada que las distinga. La diferencia está en su actitud. El uno forma parte de los desprevenidos, el otro de los conocedores. De ellos, uno cuenta consigo y su plan de vida; el otro, con Dios y su venida. Uno sólo está en su trabajo; el otro cuando trabaja también está con Dios. Uno de ellos interiormente está durmiendo, el otro está despierto. ¡Qué luz desprenden estos dos ejemplos sobre la vida cotidiana! Lo que importa no es lo que se hace, sino cómo se hace.


b) El dueño vigilante de la casa (Mt/24/43-44).

43 Entendedlo bien: si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría en vela y no dejaría perforar su casa. 44 Por eso mismo, estad también vosotros preparados, que a la hora en que menos lo penséis llegará el Hijo del hombre.

Esta es otra parábola corta. Naturalmente el dueño de una casa no puede velar cada noche, si tiene que contar con una irrupción. Pero si supiera el tiempo exacto, entonces se quedaría despierto en esta hora precisa. A vosotros os sucede que no sabéis el tiempo. Y por eso es preciso andar siempre prevenido y estar preparados. Pero esta comparación sola todavía no basta. Para agravar la advertencia Jesús dice que el Hijo del hombre vendrá cuando menos se piensa. No se requiere, pues, solamente una vigilancia general, sino una muy particular, para no descuidar esta hora. La apariencia y la propia conjetura engañarán, los cálculos resultarán inconsistentes, las señales serán mal interpretadas. Cuando nadie lo espere, de una forma sorprendente y repentina, tendrá lugar la venida. Para la mayor parte de los hombres esta advertencia no fue referida ni se refiere al día de la segunda venida de Cristo, sino al día de su propia muerte. Nadie conoce este día, y nadie lo puede calcular. También puede venir de una forma súbita y sorprendente, en medio del trabajo, durante el sueño o en un alegre juego. Ejercitarse para la muerte es ejercitarse para la parusía: contar serenamente con la muerte y estar preparado para ella es equivalente a la actitud que el cristiano debe tener ante el Señor que viene.
(Trilling, W., El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

 

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Comentario Teológico: San Luis Beltrán - La venida del Hijo del Hombre

1. Trata nuestra Madre la Iglesia en todo este tiempo de Adviento de disponernos y aparejarnos para celebrar la fiesta de la Natividad del Señor, y con el deseo que tiene de que celebremos este sábado, y día de holganza para el espíritu también, como para el cuerpo, como verdaderos cristianos y buenos israelitas, entiende en todo este tiempo de Adviento, que es como víspera de aquella festividad, de disponer y aderezar nuestras almas con doctrinas espirituales, para que en aquel día se hallen vestidas de ropas dignas de tal boda y solemnidad. La tienda donde se sacan estas ropas es la Sagrada Escritura, que es tan rica, que la compara Cristo al tesoro : Todo escriba que se hizo discípulo del Reino de los cielos es semejante al dueño de una casa que saca de su tesoro lo nuevo y lo viejo (Mt 13,52). Claro lo dijo San Pablo: Toda Escritura inspirada de Dios es propia para enseñar, para convencer, para corregir, para dirigir en la justicia: en fin, para que el hombre de Dios sea perfecto y esté apercibido para toda obra buena (2 Tm 3,16). Son muchos los efectos de la Palabra de Dios, y hay en ella para todos, buenos y malos, justos y pecadores; pero todos estos efectos van a parar a un fin, que es llevarnos al cielo.

2.- Unos son convidados a las bodas, y otros son compelidos, como dice Cristo. No que fuerce a nadie su libre albedrío, sino conforme a la necesidad que tiene, así le trata: Lo ordena todo con suavidad (Sb 8,1). Y como entre los que duermen, unos tienen el sueño pesado, y otros no tanto, así son menester las voces mayores o menores para despertarlos. Así, entre los malos, a quien la Escritura una vez llama muertos, y otra vez dormidos, porque sueño y muerte [son] una misma cosa en el Evangelio. Unos hay que son más malos que otros, y así han menester mayor voz para despertarlos; y como entre los despiertos también unos hay más tibios, [y] otros más fervientes, así entre los buenos, unos van [por] el camino de Dios con más rigor que otros, y a los unos es menester exhortar que pasen adelante, y a los otros darles calor y avivarlos. Esta es la causa porque la Iglesia nos propone diversos lugares del Evangelio en diversos días, porque también nuestras necesidades son diversas, y unas veces con halagos, y otras veces nos lleva con amenazas: Os rogamos, también, hermanos, que corrijáis a los inquietos, que consoléis a los pusilánimes, que soportéis a los flacos, que seáis sufridos con todos (1 Ts 5,14). A cada uno lo que le conviene. Y con qué armas se haya de hacer eso, dícelo a Timoteo: Entretanto que yo voy, aplícate a la lectura, a la exhortación y a la enseñanza (1 Tm 4,13). Para este fin nos propone hoy la Iglesia, la majestad y grandeza con que ha de venir Cristo a juzgarnos, porque siquiera de miedo estemos despiertos y vivamos prevenidos para este día: ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo! (Hb 10,31). Y a los que están tan profundamente durmiendo en el sueño del pecado, los despierte tan poderosa voz como ésta: Hermanos, ya es hora de despertarnos de nuestro letargo (Rm 13,11). Recuerden los dormidos a voces tan grandes, como las de los cielos, mar, y tierra, y trompeta , que hoy nos propone el Evangelio, y que dice así: Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas. El propósito [por el] que dijo estas palabras del corriente Evangelio, consta por San Lucas y San Marcos.

3.- Natural deseo es del hombre de gozar de inmortalidad, de no acabarse y perpetuarse, y para cumplir este deseo buscaron siempre los hombres medios desde que pecó Adán. Pero no pudieron atinar por sus cabezas en el verdadero camino de alcanzarla. Pero no fue Dios tan cruel que no le descubriese luego al hombre en lo que estaba su vida o muerte. A Adán le dijo: Come, si quieres, del fruto de todos los árboles del Paraíso; mas del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas (Gn 2,16). De manera que en el cumplimiento de la ley de Dios estaba la inmortalidad de Adán. Del desvarío de Adán en quebrantar la ley de Dios, y de otros desvaríos que después de él hubo, se vino a ofuscar y oscurecer tanto el entendimiento humano, que aunque quedó el apetito de vivir mucho y para siempre, no supieron atinar por donde conseguirían su intento. ¡Qué de disparates os contaría, si el tiempo lo sufriese, en que los hombres dieron, ocupados en este cuidado! [Por ejemplo], a Nemrod le pareció [bien construir] la Torre contra el diluvio, [por] si otra vez viniese; como si no tuviera Dios más de una manera para matar pecadores. [Y] el gentil decía, que ya que no se podía evitar la muerte, [al menos] en la memoria, después de sí, se conservaba la inmortalidad.

4.- Todos estos dislates y sueños son argumento y prueba de la grande necesidad que teníamos de que nos enseñase una verdad tan importante; y así, para enseñarnos ésta y otras muchas verdades, envió el Padre eterno a su Hijo. Así lo dijo por San Juan: Yo he nacido para esto y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37). Así como entre todas las verdades no hay ninguna más importante [como] saber en qué consiste nuestra vida e inmortalidad, porque es saber en qué consiste nuestra bienaventuranza, así no hay ninguna que más frecuentemente enseñe Cristo. Ésta, dicen los santos, que fue la causa porque comenzó aquel sermón del Monte: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5,3). Por aquellas bienaventuranzas, como si dijera: ¡Ah, hombres, que andáis por saber cómo seréis bienaventurados e inmortales!

5.- Mas, ¿queréis ver en qué está vuestra vida?… Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn.14,16). Yo vine para que tengan vida, y vida abundante (Jn 10,10). Y por último: El que cree en mí tiene la vida eterna (Jn 6,47). Lo cual se entiende de la fe viva, que tiene obras; porque todos los lugares que dicen, que el creer es vida eterna, se han de entender como lo vertió Orígenes sobre la Epístola a los Romanos, capítulo 6, por estas palabras: Todo espíritu que confiesa que Cristo vino en la carne, viene de Dios. En este caso, sin embargo, no por el hecho de pronunciar estas palabras y de confesarlas públicamente, hemos de pensar que actúa bajo el Espíritu de Dios, sino cuando conforma de tal modo su vida y produce en consecuencia los frutos correspondientes que, por sus obras y sentido religioso, demuestre que Cristo vino en la carne, que está muerto al pecado y que vive para Dios 2. Pues como traía Cristo tan encomendado este negocio, no perdía punto para enseñar al mundo esta verdad todas las veces que se ofrecía. Y así, viendo que le alababan los edificios, tomó ocasión para manifestar su doctrina y levantarles el espíritu a más alta consideración, y diciéndoles la destrucción de aquel Templo y de Jerusalén, de lance en lance les viene a decir cómo se ha de acabar el mundo, y que se ha de deshacer esta farsa que los hombres andamos representando, para que apartemos de él nuestra afición.

6.- De este argumento usó San Juan para el mismo efecto: No queráis amar al mundo, ni las cosas mundanas; porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida; lo cual no nace del Padre, sino del mundo. El mundo pasa, y su concupiscencia. Mas el que hace la voluntad de Dios, permanece eternamente (1 Jn 2,15-17). Y porque no se atreva nadie a decir, «pues si se ha de acabar, holguemos y gocemos del mundo», añade que ha de haber riguroso Juicio para todos, y que vendrá a juzgarnos el que nos redimió con su Cruz y muerte. En estas dos cosas se remata nuestro Evangelio, y así será nuestro sermón.

7.- Primeramente, pues, habemos de saber que ha de haber Juicio final y universal, [además] del particular de cada uno cuando muere. Consta esta verdad de muchos lugares de la Escritura. Con singularidad de aquél: El Señor está a tu diestra: quebrantará en el día de su ira a los reyes, juzgará a las naciones, amontonará cadáveres y quebrantará cabezas en tierras dilatadas (Sal 109,5-6). Y de San Mateo: Los habitantes de Nínive se levantarán en el día del Juicio contra esta generación, y la condenarán (Mt 12,41). Y de otros muchos. Pues no muriendo todos juntos, claro está que ha de haber día de Juicio para todos, y éste es el universal. Este día significa San Pablo todas las veces que dice el día del Señor, como lo escribió a los Romanos: Tú vas atesorándote ira y más ira para el día de la venganza y de la manifestación del justo Juicio de Dios (Rm 2,5). Y lo mismo repite muchas veces en sus Epístolas, y así lo confesamos en el Credo; y más latamente San Atanasio lo dice en el Símbolo de la fe: Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y a su venida todos los hombres han de resucitar con sus cuerpos y dar cuenta de sus propios actos; y los que obraron bien, irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno 3 . Vendrá, dice, a juzgar [a] buenos y malos, y todos resucitarán en sus propios cuerpos para dar razón de sus obras; y los que obraron bien, irán a la gloria; y los malos al infierno para siempre.

8.- Allí se abrirán los libros de las conciencias de cada uno, y nadie podrá borrar, ni disimular ninguna partida, que no sea notorio a todo el mundo. ¡Oh, qué nueva ésta para los que ahora viven contentos, con imaginar que no se saben sus cosas! Allí serán públicas a todos, como dijo San Pablo: El Señor sacará a plena luz lo que está en los escondrijos de las tinieblas, y descubrirá las intenciones de los corazones (1 Co 4,5). Y Sofonías: Yo iré con una antorcha en la mano registrando Jerusalén (So 1,12). Aún de los pensamientos se ha de dar cuenta. ¡Oh día espantable y terrible! Así le llama la Sagrada Escritura: Día de la ira del Señor, dice San Pablo. Día en que echará Dios mano a la espada. Es día de auto de la majestad de Dios. Isaías dijo: Mirad que va a llegar el día del Señor, día horroroso y lleno de indignación, y de ira, y de furor, para convertir en un desierto la tierra, y borrar de ella a los pecadores (Is 13,9). Vendrá el día del Señor, cruel, lleno de indignación, ira y furor contra le pecador. Pues si ha de haber Juicio, ¿quién le ha de pedir? Si el Juicio es justo, ¿parte ha de haber? ¡Y cómo si la hay! Parte ha de haber tan fuerte, que no es posible escaparse. ¿Y quién es? La ley de Dios y tu conciencia, como dijo San Pablo: Los gentiles hacen ver que lo que la ley ordena está escrito en sus corazones, como se lo atestigua su propia conciencia y las diferentes reflexiones que allá en su interior ya los acusan, ya los defienden (Rm 2,15). Pues si tu conciencia acepta la sentencia, ¿qué esperanza queda de apelación? ¿Quién ha de defenderte? Para que no nos tome desapercibidos, no quiso que supiésemos cuándo será. Y nos juró que [así] sería: En verdad os digo, el cielo y la tierra pasarán , pero mis palabras no pasarán (Lc 21,32-33). El cuándo ha de ser, no nos cumple, ni nos aprovecha. ¿Queréislo ver?… ¿Qué viniera de saberlo, sino un descuido, como lo decía San Juan Crisóstomo? De una cosa nos avisó el Señor con aquellas entrañas de misericordia, que es de algunas señales, para que viéndolas, nos apercibamos. Así lo dice San Gregorio: Nuestro Señor y Redentor, deseando encontrarnos preparados, denuncia los males que seguirán al final del mundo.

9.- Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas. Explica estas señales San Mateo, y dice: El sol se oscurecerá, la luna no dará su luz, las estrellas caerán del cielo, y las virtudes de los cielos se conmoverán (Mt 24,29). Todo esto, dice San Mateo, sucederá, para darnos a entender que está ya cerca el día de la cuenta. Diréis, pues, ahora: «Si hay señales, no nos cogerá desapercibidos». No hay que descuidarnos en eso: lo uno, porque no sabéis si os moriréis antes que le veáis. El Espíritu Santo nos dice: Si el árbol cayere hacia el mediodía, o hacia el norte, doquiera que caiga allí quedará (Ecl 11,3). En el estado que murieres, apareceréis.

10.- Lo otro, por lo que se sigue luego en el Evangelio, es el efecto que estas señales han de hacer en los hombres: En la tierra ansiedad entre las naciones, por la inquietud. Ya veis qué maña se podrán dar a hacer penitencia hombres tan turbados, mayormente que habrá algunos tan engolfados en sus vicios, que aún pensarán escapar de allí, y no atinarán a conocer si son aquéllas las señales del Juicio. ¿Nunca habéis visto, cuando truena, el miedo de algunos, y el encomendarse a Santa Bárbara, y el propósito de ser buenos, y todavía se están en su mala vida? Así, pues, entonces… [Además], porque el día y la hora nadie la conoce. Nadie puede saber cuándo será determinadamente. Y así, aunque veamos señales, no se seguirá tan luego el Juicio, que podamos decir hoy o mañana será, como dice San Juan Crisóstomo. Será como la vejez en el hombre, que aunque dice que hay poca vida, pero no sabemos cuándo morirá determinadamente. Verán los que tuvieren señales del fin del mundo su vejez; pero no por eso verán cuándo se acabará. Con que se puede inferir de aquí, que con estar ciertos del tiempo, tornará a nacer en los hombres el descuido.

11.- Aparecerá, pues, el Señor cuando menos nos acatemos, como dijo San Pablo: Cuando los impíos estarán diciendo que hay paz y seguridad, entonces los sobrecogerá de repente la ruina, como el dolor de parto a la preñada, sin que puedan evitarla (1 Ts 5,3). Y San Mateo: Como fueron los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre (Mt 24,37). Vendrá como en los días de Noé, cuando todo será paz y seguridad en el juicio de los hombres. ¡Oh cristianos, no os descuidéis; velad, no perezcáis como aquellas cinco doncellas que se acostaron sin aceite, y a la medianoche se hallaron desprevenidas. Catad, que como dice el Evangelio, no sabéis si a la mañana, si al mediodía, si al canto del gallo vendrá el Señor (cfr. Mc 13,35). No se fíe nadie en [las] señales. Mirad lo que dice Abraham al rico avariento: Si no oyen a Moisés y a los profetas, ni aunque resucite uno de los muertos creerán (Lc 16,31).

12.- ¿Qué efecto esperáis que hagan en vosotros las señales?… Certificaos de la venida del Señor por su boca, y con juramento. Descuidados ahora, olvidáis luego el sermón, y pensáis que no os descuidaréis de las señales. Si a la Palabra de Dios no creéis, os hago saber que ni a los muertos creeréis, aunque los veáis resucitados. «¡Ah, Padre!, gran diferencia hay, que al fin estos sermones y estas señas, fíanmelo muy lejos, y tengo mucho tiempo para hacer penitencia; y entonces las señales me dirán que ya no hay tiempo que esperar, y así aprovecharme he»… ¡Ah, traidor alevoso, menospreciador de las riquezas y bondad de Dios, pervertidor de su Ley, tentador de su paciencia y el espejo que él te da para que tú te enmiendes! Porque no quiere que nadie perezca: No retarda el Señor su promesa, como algunos juzgan, sino que espera con paciencia por amor de vosotros, el venir como Juez, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos se conviertan a penitencia (2 P 3,9). Le tomas tú para acumular pecados y tener más que pagar; y por ventura, entonces, cuando tú piensas tener espacio para penitencia, no te lo darán. Piensas que esto de hacer penitencia cuando quisieres, que es cosa que traes en la manga, que la podrás hacer cuando se te antojare. Don de Dios es, y por ventura merecerán nuestros pecados que no nos lo comunique; y así, cuando oyeres la voz de Dios, comenzad luego a hacer penitencia.

13.- Dicho habemos el día del Juicio y cómo se ha de hacer. Resta que digamos, quién ha de ser el Juez. El Evangelio dice luego: Verán al Hijo del Hombre. El mismo que murió en la Cruz y subió a los cielos, ése será el que vendrá a juzgar (Hch 1,11). El Padre le ha dado potestad para juzgar, porque es el Hijo del Hombre (Jn 5,27). Y no hay que admirarse de esto, porque ¿quién más convenía para este juicio de los hombres, que el que fue injustamente juzgado por los hombres, que es Cristo? ¿Quién miraría mejor por el negocio de los hombres, que el que vino por ellos a morir? De manera que no hay poder tachar al Juez por apasionado.

14.- «Padre, grande esperanza tengo de hallar gran misericordia en él, aunque lleve mal pleito. Quien tanto me quiso, no me condenará». Engañado vives. Ya el día de la misericordia será pasado. Dos días hay: uno de misericordia y otro de justicia. Ahora es el de la misericordia; entonces será el día de [la] justicia. Se sufre ahora por la misericordia, y después [vendrá la] justicia. [Por eso] en el día de [la] justicia no se sufr[irá] misericordia. Así dice el mismo Señor por San Lucas a sus discípulos, que querían venganza de los de Samaria: No sabéis de qué espíritu sois. El Hijo del Hombre no ha venido a perder a las almas, sino a salvarlas (Lc 9,55). Porque la primera venida era de misericordia; pero en la segunda venida, dice él mismo, que vendrá con poder y majestad grande, para dar a cada cual su merecido: Retribuirá a cada uno conforme a sus obras (Mt 16,27). Obras han de ser perlas que se han de juzgar: si fueren de misericordia, [la] alcanzaréis; y si no, justicia: Porque aguarda un Juicio sin misericordia, al que no usó de misericordia (St 2,13).

15.- Ese camino por donde a vos os parece que Dios tendrá misericordia, por ahí será más terrible vuestro Juicio. Cosa es el amor que os tuvo. ¿Que lo que padeció por vos, para que habiéndolo vos todo menospreciado y no aprovechándoos de ello, esperéis que se haga misericordia con vos? ¡Oh blasfemo! ¿Y esto ha de pasar sin castigo? De ninguna manera, dijo San Pablo: Uno que prevarique contra la ley de Moisés , siéndole probado con dos o tres testigos, es condenado sin remisión a muerte. Pues, ¿cuántos más acerbos suplicios, si lo pensáis, merecerá aquel que hollare al Hijo del Hombre, y tuviere por inmunda la sangre del Testamento por la cual fue santificado, y ultrajase al Espíritu Santo, autor de la gracia? (Hb 10,28). Justicia, pues, ha de haber, y no ha de ser el juez que tuerza la vara por nada: No juzgará por lo que aparece exteriormente a la vista, ni condenará sólo por lo que se oye decir; sino que juzgará a los pobres con justicia (Is 11,3).

Luego, ¿no habría diferencia entre buenos y malos, y por el mismo caso habría en Cristo iniquidad? Dice San Pablo: Porque si así fuese, ¿cómo sería Dios el Juez del mundo? (Rm 3,6). Diferencia ha de haber entre buenos y malos, porque los malos llorarán, como dice San Mateo: Se lamentarán todas las tribus de la tierra (Mt 24,30). Y con muy justo título, porque no conocieron el día en que Dios les visitó con la misericordia y el perdón. Y, por el contrario, los buenos se regocijarán, como dice Cristo: Cuando comiencen a suceder estas cosas, animaos y levantad vuestras cabezas, porque se aproxima vuestra redención (Lc 21,28). Lo cual explicó con la parábola de la higuera, que su florecer es señal de primavera. Quiera Dios nuestro Señor seamos de los buenos, para que tengamos en aquel día la bendición del Padre, que es la gloria. A la cual nos conduzca nuestro Señor Jesucristo. Amén
(San Luis Beltrán, Obras y sermones, vol. I, pp.10-14)

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Santos Padres: San Juan Crisóstomo - El ejemplo del diluvio

Y porque más cumplidamente advirtáis, por otro lado, cómo el callar el día no nació de ignorancia, considerad juntamente con lo dicho la otra señal que les pone: Como en los días de Noé las gentes comían y bebían, los hombres tomaban mujer y las mujeres marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no cayeron en la cuenta hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos; así será el advenimiento del Hijo del hombre. Al decir esto, puso de manifiesto que vendrá repentinamente y sin que se le espere y cuando la mayor parte de las gentes se entregarán a sus placeres. Lo mismo dice Pablo cuando escribe: Cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos la ruina[1]. Y. para expresar lo inesperado, dice: Como sobreviene el dolor de parto a la mujer encinta. ¿Cómo, pues, dice el Señor: Después de la tribulación de aquellos días? Porque si entonces ha de haber placer, y paz, y seguridad, como Pablo dice, ¿cómo dice el Señor: Después de la tribulación de aquellos días? Si hay placer, ¿cómo tribulación? —Habrá placer y paz para los estúpidos. Por eso no dijo: “Cuando haya paz”, sino: Cuando digan: Paz y seguridad. Lo que demuestra su estupidez, como la de quienes, en tiempo de Noé, se entregaban a sus placeres entre tamaños males. No así los justos, que vivían en tribulación y tristeza.

Por aquí da el Señor a entender que, a la venida del anticristo, los inicuos y desesperados de su salvación se entregarán con más furor a sus torpes placeres. Allí será de la gula, de las francachelas y borracheras. De ahí lo maravillosamente que el ejemplo conviene a la situación. Porque así como, al construirse el arca, no creían en el diluvio—dice—, sino que allí estaba ella a la vista de todos, pregonando anticipadamente los males por venir, y la gente, no obstante estarla viendo, se entregaban a sus placeres, como si nada hubiera de pasar, así ahora aparecerá, sí, el anticristo, tras el cual vendrá la consumación y los castigos que la habrán de acompañar y los tormentos insoportables; mas ellos, poseídos de la borrachera de su maldad, ni temor sentirán de lo que ha de suceder. De ahí que diga también Pablo: Como el dolor a la mujer en cinta, así sobrevendrán sobre ellos aquellos terribles e irremediables males.

¿Y por qué no habló de los males de Sodoma? —Es, que quería el Señor poner un ejemplo universal, y que, después de ser predicho, no fue creído. De ahí justamente que, como el vulgo no suele dar fe a lo porvenir, el Señor confirma por lo pasado sus palabras, a fin de sacudir el espíritu de sus discípulos. Juntamente con esto, por ahí se demuestra también haber sido Él también quien envió los anteriores castigos. Seguidamente pone otra señal, y por ella y por todas las otras queda absolutamente patente que no desconoce el día del juicio.—¿,Qué señal es ésa? -Entonces estarán dos hombres en el campo. Y uno será tomado otro será dejado; y dos mujeres darán vueltas a la piedra de moler, y una será tomada y otra será dejada, Vigilad, pues, porque no sabéis el momento en que vendrá vuestro Señor. Todo esto son pruebas de que el Señor sabía perfectamente el día, pero no queda que sus discípulos le preguntaran sobre él.

Por eso citó los días de Noé; por eso habló de los dos que están en el campo, dando a entender que así de improvisamente, así de despreocupados, cogerá aquel día a los hombres. Lo mismo indica el otro ejemplo de las dos mujeres que están moliendo bien ajenas a lo que va a suceder. Y juntamente nos declara que así se toman o se dejan los que son señores como los esclavos, los que descansan como los que trabajan, los de una dignidad como los de otra. Como se dice también en el Antiguo Testamento: Desde el que está sentado en el trono hasta la esclava que da vueltas a la muela[2], Como había dicho antes que los ricos se salvan con dificultad, ahora nos hace ver que ni todos los ricos se pierden absolutamente, ni todos los pobres absolutamente se salvan, sino que, de entre pobres y ricos, unos se salvan y otros se pierden. Y a mi parecer, también nos indica que su venida será por la noche. Esto lo dice expresamente Lucas[3]. Mirad cuán puntualmente lo sabe todo.

Luego, otra vez, porque no le preguntaran, añadió: Vigilad, pues, porque no sabéis en qué momento ha de llegar vuestro Señor. No dijo: “Porque no sé”, sino: Porque no sabéis. Cuando ya casi los había llevado a la hora misma y puesto tocando a ella, nuevamente los aparta de toda pregunta, pues quiere que estén en todo momento alerta. De ahí que les diga: Vigilad, dándoles a entender que por eso no les había dicho el día. Por eso les dice: Comprended que, si el amo de casa hubiera sabido a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, hubiera estado alerta y no hubiera dejado que le perforaran la casa. Por eso, estad también vosotros preparados, pues en el momento que no pensáis vendrá el Hijo del hombre. Si les dice, pues, que vigilen y estén preparados es porque, a la hora que menos lo piensen, se presentará Él. Así quiere que estén siempre dispuestos al combate y que en todo momento practiquen la virtud. Es como si dijera: Si el vulgo de las gentes supieran cuándo habían de morir, para aquel día absolutamente reservarían su fervor.

LA IGNORANCIA DEL DÍA NOS HA DE HACER MÁS VIGILANTES

3. Así, pues, porque no limitaran su fervor a ese día, el Señor no revela ni el común ni el propio de cada uno, pues quiere que lo estén siempre esperando y sean siempre fervorosos. De ahí que también dejó en la incertidumbre el fin de cada uno. Luego, sin velo alguno, se llama a sí mismo Señor, cosa que nunca dijo con tanta claridad. Mas aquí paréceme a mí que intenta también confundir a los perezosos, pues no ponen por su propia alma tanto empeño como ponen por sus riquezas los que temen el asalto de los ladrones, Porque, cuando éstos se esperan, la gente está despierta y no consiente que se lleven nada de lo que hay en casa. Vosotros, empero, les dice, no obstante saber que vuestro Señor ha de venir infaliblemente, no vigiláis ni estáis preparados, a fin de que no se os lleven desapercibidos de este mundo. Por eso aquel día vendrá para ruina de los que duermen. Porque así como el amo, de haber sabido la venida del ladrón, lo hubiera evitado, así vosotros, si estáis preparados, lo evitaréis igualmente.
(San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (II), Homilía 77, 2-3, BAC Madrid 1956, 534-37)

[1] 1 Ts 5, 3
[2] Ex 11, 5
[3] Lc 17, 34



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Aplicación I: Benedicto XVI - Adviento, tiempo de la esperanza

Queridos hermanos y hermanas:

El Adviento es, por excelencia, el tiempo de la esperanza. Cada año, esta actitud fundamental del espíritu se renueva en el corazón de los cristianos que, mientras se preparan para celebrar la gran fiesta del nacimiento de Cristo Salvador, reavivan la esperanza de su vuelta gloriosa al final de los tiempos. La primera parte del Adviento insiste precisamente en la parusía, la última venida del Señor.

Al tema de la esperanza he dedicado mi segunda encíclica. En efecto, la esperanza cristiana está inseparablemente unida al conocimiento del rostro de Dios, el rostro que Jesús, el Hijo unigénito, nos reveló con su encarnación, con su vida terrena y su predicación, y sobre todo con su muerte y resurrección.

La esperanza verdadera y segura está fundamentada en la fe en Dios Amor, Padre misericordioso, que «tanto amó al mundo que le dio a su Hijo unigénito» (Jn 3, 16), para que los hombres, y con ellos todas las criaturas, puedan tener vida en abundancia (cf. Jn 10, 10). Por tanto, el Adviento es tiempo favorable para redescubrir una esperanza no vaga e ilusoria, sino cierta y fiable, por estar «anclada» en Cristo, Dios hecho hombre, roca de nuestra salvación.

Como se puede apreciar en el Nuevo Testamento y en especial en las cartas de los Apóstoles, desde el inicio una nueva esperanza distinguió a los cristianos de las personas que vivían la religiosidad pagana. San Pablo, en su carta a los Efesios, les recuerda que, antes de abrazar la fe en Cristo, estaban «sin esperanza y sin Dios en este mundo» (Ef 2, 12). Esta expresión resulta sumamente actual para el paganismo de nuestros días: podemos referirla en particular al nihilismo contemporáneo, que corroe la esperanza en el corazón del hombre, induciéndolo a pensar que dentro de él y en torno a él reina la nada: nada antes del nacimiento y nada después de la muerte.

En realidad, si falta Dios, falla la esperanza. Todo pierde sentido. Es como si faltara la dimensión de profundidad y todas las cosas se oscurecieran, privadas de su valor simbólico; como si no «destacaran» de la mera materialidad. Está en juego la relación entre la existencia aquí y ahora y lo que llamamos el «más allá». El más allá no es un lugar donde acabaremos después de la muerte, sino la realidad de Dios, la plenitud de vida a la que todo ser humano, por decirlo así, tiende. A esta espera del hombre Dios ha respondido en Cristo con el don de la esperanza.

El hombre es la única criatura libre de decir sí o no a la eternidad, o sea, a Dios. El ser humano puede apagar en sí mismo la esperanza eliminando a Dios de su vida. ¿Cómo puede suceder esto? ¿Cómo puede acontecer que la criatura «hecha para Dios», íntimamente orientada a él, la más cercana al Eterno, pueda privarse de esta riqueza?

Dios conoce el corazón del hombre. Sabe que quien lo rechaza no ha conocido su verdadero rostro; por eso no cesa de llamar a nuestra puerta, como humilde peregrino en busca de acogida. El Señor concede un nuevo tiempo a la humanidad precisamente para que todos puedan llegar a conocerlo. Este es también el sentido de un nuevo año litúrgico que comienza: es un don de Dios, el cual quiere revelarse de nuevo en el misterio de Cristo, mediante la Palabra y los sacramentos.

Mediante la Iglesia quiere hablar a la humanidad y salvar a los hombres de hoy. Y lo hace saliendo a su encuentro, para «buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10). Desde esta perspectiva, la celebración del Adviento es la respuesta de la Iglesia Esposa a la iniciativa continua de Dios Esposo, «que es, que era y que viene» (Ap 1, 8). A la humanidad, que ya no tiene tiempo para él, Dios le ofrece otro tiempo, un nuevo espacio para volver a entrar en sí misma, para ponerse de nuevo en camino, para volver a encontrar el sentido de la esperanza.

He aquí el descubrimiento sorprendente: mi esperanza, nuestra esperanza, está precedida por la espera que Dios cultiva con respecto a nosotros. Sí, Dios nos ama y precisamente por eso espera que volvamos a él, que abramos nuestro corazón a su amor, que pongamos nuestra mano en la suya y recordemos que somos sus hijos.

Esta espera de Dios precede siempre a nuestra esperanza, exactamente como su amor nos abraza siempre primero (cf. 1 Jn 4, 10). En este sentido, la esperanza cristiana se llama «teologal»: Dios es su fuente, su apoyo y su término. ¡Qué gran consuelo nos da este misterio! Mi Creador ha puesto en mi espíritu un reflejo de su deseo de vida para todos. Cada hombre está llamado a esperar correspondiendo a lo que Dios espera de él. Por lo demás, la experiencia nos demuestra que eso es precisamente así. ¿Qué es lo que impulsa al mundo sino la confianza que Dios tiene en el hombre? Es una confianza que se refleja en el corazón de los pequeños, de los humildes, cuando a través de las dificultades y las pruebas se esfuerzan cada día por obrar de la mejor forma posible, por realizar un bien que parece pequeño, pero que a los ojos de Dios es muy grande: en la familia, en el lugar de trabajo, en la escuela, en los diversos ámbitos de la sociedad. La esperanza está indeleblemente escrita en el corazón del hombre, porque Dios nuestro Padre es vida, y estamos hechos para la vida eterna y bienaventurada.

Todo niño que nace es signo de la confianza de Dios en el hombre y es una confirmación, al menos implícita, de la esperanza que el hombre alberga en un futuro abierto a la eternidad de Dios. A esta esperanza del hombre respondió Dios naciendo en el tiempo como un ser humano pequeño. San Agustín escribió: «De no haberse tu Verbo hecho carne y habitado entre nosotros, hubiéramos podido juzgarlo apartado de la naturaleza humana y desesperar de nosotros» (Confesiones X, 43, 69, citado en Spe salvi, 29).

Dejémonos guiar ahora por Aquella que llevó en su corazón y en su seno al Verbo encarnado. ¡Oh María, Virgen de la espera y Madre de la esperanza, reaviva en toda la Iglesia el espíritu del Adviento, para que la humanidad entera se vuelva a poner en camino hacia Belén, donde vino y de nuevo vendrá a visitarnos el Sol que nace de lo alto (cf. Lc 1, 78), Cristo nuestro Dios! Amén.
Homilía del Papa Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro el Domingo 1 de diciembre de 2007

 

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Aplicación: R.P. Raniero Cantalamessa OFMCap - ¡Velad!

Empieza [el domingo] el primer año del ciclo litúrgico trienal, llamado año A. En él nos acompaña el Evangelio de Mateo. Algunas características de este Evangelio son: la amplitud con la que se refieren las enseñanzas de Jesús (los famosos sermones, como el de la montaña), la atención a la relación Ley-Evangelio (el Evangelio es la «nueva Ley»). Se le considera como el Evangelio más «eclesiástico» por el relato del primado a Pedro y por el uso del término «Ecclesia», Iglesia, que no se encuentra en los otros tres Evangelios.

La palabra que destaca sobre todas, en el Evangelio de este primer domingo de Adviento, es: «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor... Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre». Se pregunta a veces por qué Dios nos esconde algo tan importante como es la hora de su venida, que para cada uno de nosotros, considerado singularmente, coincide con la hora de la muerte. La respuesta tradicional es: «Para que estuviéramos alerta, sabiendo cada uno que ello puede suceder en sus días» (San Efrén el Sirio). Pero el motivo principal es que Dios nos conoce; sabe qué terrible angustia habría sido para nosotros conocer con antelación la hora exacta y asistir a su lenta e inexorable aproximación. Es lo que más atemoriza de ciertas enfermedades. Son más numerosos hoy los que mueren de afecciones imprevistas de corazón que los que mueren de «penosas enfermedades». Si embargo dan más miedo estas últimas porque nos parece que privan de esa incertidumbre que nos permite esperar.

La incertidumbre de la hora no debe llevarnos a vivir despreocupados, sino como personas vigilantes. El año litúrgico está en sus comienzos, mientras que el año civil llega a su fin. Una ocasión óptima para hacer hueco a una reflexión sabia sobre el sentido de nuestra existencia. La misma naturaleza en otoño [en Europa] nos invita a reflexionar sobre el tiempo que pasa. Lo que decía el poeta Giuseppe Ungaretti de los soldados en la trinchera del Carso, durante la primera guerra mundial, vale para todos los hombres: «Se está / como en otoño / en los árboles / las hojas». Esto es, a punto de caer, de un momento a otro. «El tiempo pasa y el hombre no se da cuenta», decía Dante.

Un antiguo filósofo expresó esta experiencia fundamental con una frase que se ha hecho célebre: «panta rei», o sea, todo pasa. Ocurre en la vida como en la pantalla televisiva: los programas se suceden rápidamente y cada uno anula el precedente. La pantalla sigue siendo la misma, pero las imágenes cambian. Es igual con nosotros: el mundo permanece, pero nosotros nos vamos uno tras otro. De todos los nombres, los rostros, las noticias que llenan los periódicos y los telediarios del día --de mí de ti, de todos nosotros--, ¿qué permanecerá de aquí a algún año o década? Nada de nada. El hombre no es más que «un trazo que crea la ola en la arena del mar y que borra la ola siguiente».

Veamos qué tiene que decirnos la fe a propósito de este dato de hecho de que todo pasa. «El mundo pasa, pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2, 17). Así que existe alguien que no pasa, Dios, y existe un modo de que nosotros no pasemos del todo: hacer la voluntad de Dios, o sea, creer, adherirnos a Dios. En esta vida somos como personas en una balsa que lleva un río en crecida a mar abierto, sin retorno. En cierto momento, la balsa pasa cerca de la orilla. El náufrago dice: «¡Ahora o nunca!», y salta a tierra firme. ¡Qué suspiro de alivio cuando siente la roca bajo sus pies! Es la sensación que experimenta frecuentemente quien llega a la fe. Podríamos recordar, como conclusión de esta reflexión, las palabras que santa Teresa de Ávila dejó como una especie de testamento espiritual: «Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Sólo Dios basta».

 

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Aplicación: Monseñor Demetrio Fernández González - Adviento, viene el Señor


Jesucristo es el esperado, aún sin saberlo, por el corazón de todo hombre que viene a este mundo, porque sólo Jesucristo puede darle lo que el corazón humano desea y ansía


El comienzo del Año litúrgico nos presenta una perspectiva completa de nuestro futuro. Nuestro futuro es el cielo. Hemos nacido para el cielo, y el cielo es nuestra patria definitiva. Ahora bien, ese futuro se vislumbra con tintes dramáticos, porque el hombre ha roto con Dios, con su Creador y Señor, y ha comprometido seriamente su futuro. Dios, sin embargo, le ofrece de nuevo y con creces la salvación rechazada. La historia del hombre, por tanto, se convierte en una lucha dramática entre los extravíos del hombre y Dios que sale al encuentro de ese mismo hombre extraviado, ofreciéndole su casa, abriéndoles los brazos, brindándole su perdón y derrochando con él su misericordia. Verdaderamente, Dios es amigo del hombre, y más todavía del hombre roto por el pecado y por sus propios extravíos.

En este camino de ida y vuelta, en este cruce de caminos -de Dios al hombre y del hombre a Dios- está situado Jesucristo, el Hijo de Dios enviado del Padre, que sale al encuentro del hombre. Cristo, hombre como nosotros, se ha convertido en nuestro hermano mayor, el que nos enseña el camino para volver a la casa del Padre. La salvación del hombre tiene nombre, se llama Jesucristo. El es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6) del hombre.

Jesucristo es el esperado, aún sin saberlo, por el corazón de todo hombre que viene a este mundo, porque sólo Jesucristo puede darle lo que el corazón humano desea y ansía. Sólo Jesús puede abrirle de par en par las puertas del cielo, cerradas por el pecado. Sólo Jesús puede pagar esa inmensa deuda que el hombre arrastra sobre sus hombros en su relación con Dios. Sólo Jesús nos hace verdaderos hermanos de nuestros contemporáneos, haciéndonos capaces de perdonar a quienes nos ofenden. Sólo Jesús puede traer la paz al corazón del hombre.

Esa esperanza de toda la historia de la humanidad se cumplió en el vientre virginal de María, que concibió virginalmente (sin concurso de varón) a Jesús y permanece virgen para siempre. Ese mismo Jesús, ya glorioso, vendrá al final de la historia para llevarnos con él al cielo para siempre. Y ese mismo Jesús es el que viene ahora en cada persona y en cada acontecimiento, provocando en cada uno de nosotros un encuentro con él.

Ahora bien, aquella primera venida se realizó en la humildad de nuestra carne. La última venida se realizará en la gloria del resucitado. Y la venida cotidiana a nuestra vida se produce en la fe y en la caridad, generando en nosotros una esperanza que no se acaba. Porque esperamos, podemos ponernos a la tarea de transformar nuestra vida y nuestro mundo.

Jesucristo se ha puesto de nuestra parte en este camino de esperanza, dándonos el Espíritu Santo, capaz de superar toda dificultad, incluso hasta la muerte.

Por eso, el tiempo de adviento es tiempo de esperanza. Esperamos la última venida del Señor, esa que a los cristianos de todos los tiempos les ha mantenido en vela, a veces incluso en medio de grandes dificultades. Cada día que amanece, cada actividad que emprendemos tiene como meta el encuentro definitivo con el Señor. La oración más antigua de la comunidad cristiana es: ¡Ven, Señor! (Maranatha!). Una oración que sale del corazón de quien espera su gloriosa venida, y por tanto, la victoria definitiva de Dios y de su Cristo, frente a todas las dificultades con las que tropezamos cada día, frente a nuestras debilidades y pecados, frente a Satanás y frente al mundo que nos engaña. Una oración que ha sostenido la esperanza de muchos corazones.

El tiempo de adviento nos sitúa en esa perspectiva amplia del final de nuestra vida, que da sentido a cada momento presente. El tiempo de adviento tiene a Jesucristo como centro y a la Madre que le lleva en su seno. El tiempo de adviento nos prepara de manera inmediata para la Navidad que se acerca. Es un tiempo muy bonito, porque nos habla de algo nuevo, que Dios va haciendo en el corazón de cada hombre.

Recibid mi afecto y mi bendición:
+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba (ReL)

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Aplicación: Juan Pablo II - Hacia la plenitud

1. Con este primer domingo de Adviento comienza un nuevo Año litúrgico. La Iglesia reanuda su camino y nos invita a reflexionar más intensamente en el misterio de Cristo, misterio siempre nuevo que el tiempo no puede agotar. Cristo es el alfa y la omega, el principio y el fin. Gracias a él, la historia de la humanidad avanza como una peregrinación hacia la plenitud del Reino, que él mismo inauguró con su encarnación y su victoria sobre el pecado y la muerte.

Por eso, el Adviento es sinónimo de esperanza: no espera vana de un dios sin rostro, sino confianza concreta y cierta en la vuelta de Aquel que ya nos ha visitado, del "Esposo" que con su sangre ha sellado con la humanidad un pacto de alianza eterna. Es una esperanza que estimula a la vigilancia, virtud característica de este singular tiempo litúrgico. Vigilancia en la oración, animada por una amorosa espera; vigilancia en el dinamismo de la caridad concreta, consciente de que el reino de Dios se acerca donde los hombres aprenden a vivir como hermanos.

2. Con estos sentimientos, la comunidad cristiana entra en el Adviento, manteniendo vigilante su espíritu, para acoger mejor el mensaje de la palabra de Dios. Resuena hoy en la liturgia el célebre y estupendo oráculo del profeta Isaías, pronunciado en un momento de crisis de la historia de Israel.

"Al final de los días -dice el Señor- estará firme el monte de la casa del Señor, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles. (...) De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra" (Is 2, 1-5).

3. Encomiendo esta invocación de paz a María, Virgen vigilante y Madre de la esperanza. Dentro de algunos días celebraremos con fe renovada la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Que ella nos guíe por este camino, ayudando a todo hombre y a toda nación a dirigir la mirada al "monte del Señor", imagen del triunfo definitivo de Cristo y de la venida de su reino de paz.
(Ángelus, domingo 2 de diciembre de 2001)


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Aplicación II: Benedicto XVI - Doble perspectiva


Hoy, primer domingo de Adviento, la Iglesia inicia un nuevo Año litúrgico, un nuevo camino de fe que, por una parte, conmemora el acontecimiento de Jesucristo, y por otra, se abre a su cumplimiento final. Precisamente de esta doble perspectiva vive el tiempo de Adviento, mirando tanto a la primera venida del Hijo de Dios, cuando nació de la Virgen María, como a su vuelta gloriosa, cuando vendrá a «juzgar a vivos y muertos», como decimos en el Credo. Sobre este sugestivo tema de la «espera» quiero detenerme ahora brevemente, porque se trata de un aspecto profundamente humano, en el que la fe se convierte, por decirlo así, en un todo con nuestra carne y nuestro corazón.

La espera, el esperar, es una dimensión que atraviesa toda nuestra existencia personal, familiar y social. La espera está presente en mil situaciones, desde las más pequeñas y banales hasta las más importantes, que nos implican totalmente y en lo profundo. Pensemos, entre estas, en la espera de un hijo por parte de dos esposos; en la de un pariente o de un amigo que viene a visitarnos de lejos; pensemos, para un joven, en la espera del resultado de un examen decisivo, o de una entrevista de trabajo; en las relaciones afectivas, en la espera del encuentro con la persona amada, de la respuesta a una carta, o de la aceptación de un perdón... Se podría decir que el hombre está vivo mientras espera, mientras en su corazón está viva la esperanza. Y al hombre se lo reconoce por sus esperas: nuestra «estatura» moral y espiritual se puede medir por lo que esperamos, por aquello en lo que esperamos.

Cada uno de nosotros, por tanto, especialmente en este tiempo que nos prepara a la Navidad, puede preguntarse: ¿yo qué espero? En este momento de mi vida, ¿a qué tiende mi corazón? Y esta misma pregunta se puede formular a nivel de familia, de comunidad, de nación. ¿Qué es lo que esperamos juntos? ¿Qué une nuestras aspiraciones?, ¿qué tienen en común?

En el tiempo anterior al nacimiento de Jesús, era muy fuerte en Israel la espera del Mesías, es decir, de un Consagrado, descendiente del rey David, que finalmente liberaría al pueblo de toda esclavitud moral y política e instauraría el reino de Dios. Pero nadie habría imaginado nunca que el Mesías pudiese nacer de una joven humilde como era María, prometida del justo José. Ni siquiera ella lo habría pensado nunca, pero en su corazón la espera del Salvador era tan grande, su fe y su esperanza eran tan ardientes, que él pudo encontrar en ella una madre digna.

Por lo demás, Dios mismo la había preparado, antes de los siglos. Hay una misteriosa correspondencia entre la espera de Dios y la de María, la criatura «llena de gracia», totalmente transparente al designio de amor del Altísimo. Aprendamos de ella, Mujer del Adviento, a vivir los gestos cotidianos con un espíritu nuevo, con el sentimiento de una espera profunda, que sólo la venida de Dios puede colmar.
(Plaza de San Pedro I Domingo de Adviento, 28 de noviembre de 2010)


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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, Mt 24, 37-44

Hoy comenzamos el adviento. Adviento significa ‘hacia la venida’. Cada adviento es una preparación a la primera venida del Señor que celebramos cada Navidad pero la Iglesia quiere que reflexionemos en estos días sobre la segunda venida de Cristo.

Cristo ¿vuelve o no vuelve?
La fe nos dice que Cristo vuelve.
¿Cuándo? Nadie sabe.

El diablo quiere que nos olvidemos de esta verdad como hizo con los hombres del tiempo de Noé y como sucederá al fin de los tiempos. Los hombres pensarán que Cristo no vuelve y Cristo los sorprenderá.

La venida de Cristo está cada día más cerca como escuchamos en la carta a los Romanos (cf. Rm 13, 11-14).

Cristo nos pide que seamos prudentes como las vírgenes que esperaban al esposo (cf. Mt 25, 1-13) y no como el mayordomo infiel (cf. Mt 24, 45-51).

Cristo nos alerta para que no nos distraigamos como los hombres del mundo. Nos previene sobre el embotamiento del corazón por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida (cf. Lc 21, 34-36). Y el Apóstol quiere que nos despojemos de las obras de las tinieblas y que vivamos con decoro. Nada de comilonas y borracheras, lujuria y desenfrenos, ni rivalidades y envidias. Y más explícitamente en la primera a los Tesalonicenses nos dice: “Pero vosotros, hermanos, no vivís en la oscuridad…no somos hijos de la noche ni de las tinieblas. Así pues, no durmamos como los demás… Pues los que duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan” (5, 4-8).

Cristo quiere que estemos preparados, es decir, en vela. Y para estar en vela es necesaria la oración “estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza, logréis escapar y podáis manteneros en pie delante del Hijo del hombre” (Lc 21, 36).

“La oración es la coraza de la fe, como también su arma defensiva y agresiva contra el enemigo que acecha alrededor nuestro…

¡Durante el día no dejamos nuestro puesto de centinela, en el transcurso de la noche no cesamos de estar en guardia velando! Provistos con el arma de la oración preservamos la divisa de guerra del jefe de nuestro ejército, mientras orando aguardamos que el ángel haga resonar la trompeta (Tertuliano)”.

Vigilancia sin vacaciones, no sea, que nos pase como a las vírgenes bobas o al mayordomo infiel.

Cristo nos previene contra la fascinación del mundo. El mundo nos adormece para que no vigilemos y busca que nos durmamos para las cosas celestiales llenándonos de cosas terrenales. Si no rezamos nos dormiremos como les paso a Pedro y a los hijos de Zebedeo en Getsemaní.

Cuidado a querer ser como los demás hombres, cuidado con el libertinaje. Cristo vuelve y debemos recibirlo velando en oración. No sabemos cuándo vendrá. Por cual no podemos tomarnos vacaciones sino ser fieles esperando su venida.
El Apocalipsis de San Juan termina diciendo en el c.22, 7: “¡Mira, vengo pronto!”.

Bunge Gabriel, Vasijas de Barro, Ed. Monte Casino/Ecuam, Zamora 2002, p. 68


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Directorio Homilético - Primer domingo de Adviento

CEC 668-677, 769: la tribulación final y la venida de Cristo en gloria
CEC 451, 671, 1130, 1403, 2817: “¡Ven, Señor Jesús!”
CEC 2729-2733: la vigilancia humilde del corazón

Artículo 7 “DESDE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A
VIVOS Y MUERTOS”

I VOLVERA EN GLORIA

Cristo reina ya mediante la Iglesia ...

668 "Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos" (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: Posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está "por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación" porque el Padre "bajo sus pies sometió todas las cosas"(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1, 10), su cumplimiento transcendente.

669 Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo (cf. Ef 1, 22). Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf. Ef 4, 11-13). "La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio", "constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra" (LG 3;5).

670 Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la "última hora" (1 Jn 2, 18; cf. 1 P 4, 7). "El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable e incluso de alguna manera real está ya por anticipado en este mundo. La Iglesia, en efecto, ya en la tierra, se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta" (LG 48). El Reino de Cristo manifiesta ya su presencia por los signos milagrosos (cf. Mc 16, 17-18) que acompañan a su anuncio por la Iglesia (cf. Mc 16, 20).


... esperando que todo le sea sometido

671 El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado "con gran poder y gloria" (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y "mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios" (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: "Ven, Señor Jesús" (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

672 Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía por la "tristeza" (1 Co 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia(cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).


El glorioso advenimiento de Cristo, esperanza de Israel

673 Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente (cf Ap 22, 20) aun cuando a nosotros no nos "toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad" (Hch 1, 7; cf. Mc 13, 32). Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento (cf. Mt 24, 44: 1 Te 5, 2), aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén "retenidos" en las manos de Dios (cf. 2 Te 2, 3-12).

674 La Venida del Mesías glorioso, en un momento determinad o de la historia se vincula al reconocimiento del Mesías por "todo Israel" (Rm 11, 26; Mt 23, 39) del que "una parte está endurecida" (Rm 11, 25) en "la incredulidad" respecto a Jesús (Rm 11, 20). San Pedro dice a los judíos de Jerusalén después de Pentecostés: "Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus profetas" (Hch 3, 19-21). Y San Pablo le hace eco: "si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?" (Rm 11, 5). La entrada de "la plenitud de los judíos" (Rm 11, 12) en la salvación mesiánica, a continuación de "la plenitud de los gentiles (Rm 11, 25; cf. Lc 21, 24), hará al Pueblo de Dios "llegar a la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13) en la cual "Dios será todo en nosotros" (1 Co 15, 28).


La última prueba de la Iglesia

675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el "Misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Te 2, 4-12; 1Te 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).

676 Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cf. DS 3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, "intrínsecamente perverso" (cf. Pío XI, "Divini Redemptoris" que condena el "falso misticismo" de esta "falsificación de la redención de los humildes"; GS 20-21).

677 La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el Cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 P 3, 12-13).


La Iglesia, consumada en la gloria

769 La Iglesia "sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo" (LG 48), cuando Cristo vuelva glorioso. Hasta ese día, "la Iglesia avanza en su peregrinación a través de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios" (San Agustín, civ. 18, 51;cf. LG 8). Aquí abajo, ella se sabe en exilio, lejos del Señor (cf. 2Co 5, 6; LG 6), y aspira al advenimimento pleno del Reino, "y espera y desea con todas sus fuerzas reunirse con su Rey en la gloria" (LG 5). La consumación de la Iglesia en la gloria, y a través de ella la del mundo, no sucederá sin grandes pruebas. Solamente entonces, "todos los justos desde Adán, `desde el justo Abel hasta el último de los elegidos' se reunirán con el Padre en la Iglesia universal" (LG 2).


451 La oración cristiana está marcada por el título "Señor", ya sea en la invitación a la oración "el Señor esté con vosotros", o en su conclusión "por Jesucristo nuestro Señor" o incluso en la exclamación llena de confianza y de esperanza: "Maran atha" ("¡el Señor viene!") o "Maran atha" ("¡Ven, Señor!") (1 Co 16, 22): "¡Amén! ¡ven, Señor Jesús!" (Ap 22, 20).

671 El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado "con gran poder y gloria" (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y "mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios" (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: "Ven, Señor Jesús" (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

1130 La Iglesia celebra el Misterio de su Señor "hasta que él venga" y "Dios sea todo en todos" (1 Co 11,26; 15,28). Desde la era apostólica, la Liturgia es atraída hacia su término por el gemido del Espíritu en la Iglesia: "¡Marana tha!" (1 Co 16,22). La liturgia participa así en el deseo de Jesús: "Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros...hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios" (Lc 22,15-16). En los sacramentos de Cristo, la Iglesia recibe ya las arras de su herencia, participa ya en la vida eterna, aunque "aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del Gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo" (Tt 2,13). "El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!...¡Ven, Señor Jesús!" (Ap 22,17.20).

S. Tomás resume así las diferentes dimensiones del signo sacramental: "Unde sacramentum est signum rememorativum eius quod praecessit, scilicet passionis Christi; et desmonstrativum eius quod in nobis efficitur per Christi passionem, scilicet gratiae; et prognosticum, id est, praenuntiativum futurae gloriae" ("Por eso el sacramento es un signo que rememora lo que sucedió, es decir, la pasión de Cristo; es un signo que demuestra lo que sucedió entre nosotros en virtud de la pasión de Cristo, es decir, la gracia; y es un signo que anticipa, es decir, que preanuncia la gloria venidera", STh III, 60,3).)

1403 En la última cena, el Señor mismo atrajo la atención de sus discípulos hacia el cumplimiento de la Pascua en el reino de Dios: "Y os digo que desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros, de nuevo, en el Reino de mi Padre" (Mt 26,29; cf. Lc 22,18; Mc 14,25). Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia "el que viene" (Ap 1,4). En su oración, implora su venida: "Maran atha" (1 Co 16,22), "Ven, Señor Jesús" (Ap 22,20), "que tu gracia venga y que este mundo pase" (Didaché 10,6).

2817 Esta petición es el "Marana Tha", el grito del Espíritu y de la Esposa: "Ven, Señor Jesús":

Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar esta petición , dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: '¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?' (Ap 6, 10). En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino! (Tertuliano, or. 5).



II NECESIDAD DE UNA HUMILDE VIGILANCIA

Frente a las dificultades de la oración

2729 La dificultad habitual de la oración es la distracción. En la oración vocal, la distracción puede referirse a las palabras y al sentido de éstas. La distracción, de un modo más profundo, puede referirse a Aquel al que oramos, tanto en la oración vocal (litúrgica o personal), como en la meditación y en la oración contemplativa. Salir a la caza de la distracción es caer en sus redes; basta volver a concentrarse en la oración: la distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado. Esta toma de conciencia debe empujar al orante a ofrecerse al Señor para ser purificado. El combate se decide cuando se elige a quién se desea servir (cf Mt 6,21.24).

2730 Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a El, a su Venida, al último día y al "hoy". El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: "Dice de ti mi corazón: busca su rostro" (Sal 27, 8).

2731 Otra dificultad, especialmente para los que quieren sinceramente orar, es la sequedad. Forma parte de la contemplación en la que el corazón está seco, sin gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos, incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro. "El grano de trigo, si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24). Si la sequedad se debe a falta de raíz, porque la Palabra ha caído sobre roca, no hay éxito en el combate sin una mayor conversión (cf Lc 8, 6. 13).

Frente a las tentaciones en la oración

2732 La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de hecho. Se empieza a orar y se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes.

2733 Otra tentación a la que abre la puerta la presunción es la acedia. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. "El espíritu está pronto, pero la carne es débil" (Mt 26, 41). El desaliento, doloroso, es el reverso de la presunción. Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le lleva a una mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia.

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Ejemplos

Siempre vigilante

El reloj
El emperador Francisco I era un gran coleccionista de relojes. Los tenía muy curiosos y de muy raros artificios. Un día estuvo enseñando uno a sus cortesanos y lo dejó encima de la mesa. Aprovechando un descuido uno de los presentes lo agarró, y se lo metió en el bolsillo. Su intención fue irse con él enseguida, pero el César lo detuvo, se alargó la conversación, y un muchacho le preguntó de pronto:
- ¿Y el reloj?
Todos empezaron a mirarse y hubo un silencio embarazoso. En medio de este silencio la campana del reloj comenzó a sonar la señal horaria en el bolsillo del ladrón. Empezaron a sonreírse todos, y el Emperador no se dio por enterado, pero el que robó estaba rojo hasta la punta de los cabellos.

Es inútil, mis hermanos, es inútil que queramos ocultar muy hondo, en el seno de nuestra conciencia la maldad cometida. De vez en cuando sonará la campana que ante nosotros mismos nos declare culpables. Y aunque logremos engañar a los demás, y aunque logremos acallar en la conciencia la voz acusadora, no importa; llegará el día en que su voz resuene fuerte y solemne delante del Tribunal de Dios.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Tomo II, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 427)

(Cortesía: iveargentina.org y otros)

 



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