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Domingo 3 de Adviento B - 'Para dar testimonio de la luz': Comentarios de Sabios y Santos II  para ayudarnos a preparar la Acogida de la Palabra de Dios proclamada durante la celebración de la Misa dominical

Recursos adicionales para la preparación

A su disposición

Directorio Homilético: Domingo 3 de Adviento B

Comentario Teológico: X. Léon Dufour - Juan Bautista

Santos Padres: San Juan Crisóstomo - La malicia de los fariseos y la humildad de Juan Bautista (Homilía XVI)

Aplicación: P. José A. Marcone, IVE - La figura de San Juan Bautista (Jn 1,6-8.19-28)

 

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Directorio Homilético: Domingo 3 de Adviento B

El Directorio Homilético considera como una unidad a los Domingos II y III de Adviento. Por eso, en primer lugar, presentaremos lo que dicho Directorio dice acerca de estos domingos. Este texto ya fue presentado el domingo pasado, pero es necesario volver a leerlo ahora para aplicarlo al Domingo III de Adviento.

En segundo lugar, presentaremos los números del Catecismo de la Iglesia Católica que el Directorio
Homilético sugiere para la preparación de la homilía.


I

B. II y III domingo de Adviento


87. En los tres ciclos, los textos evangélicos del II y III domingo de Adviento, están dominados por la figura de san Juan Bautista. No sólo, el Bautista es, también con frecuencia, el protagonista de los pasajes evangélicos del Leccionario ferial en las semanas que siguen a estos domingos. Además, todos los pasajes evangélicos de los días 19, 21, 23 y 24 de diciembre atienden a los acontecimientos que circundan el nacimiento de Juan. Por último, la celebración del Bautismo de Jesús por mano de Juan cierra todo el ciclo de la Navidad. Todo lo que aquí se dice tiene como finalidad ayudar al homileta en todas las ocasiones en las que el texto bíblico evidencia la figura de Juan Bautista.

88. Orígenes, teólogo maestro del siglo III, ha constatado un esquema que expresa un gran misterio: independientemente del tiempo de su Venida, Jesús ha sido precedido, en aquella Venida, por Juan Bautista (Homilía sobre Lucas, IV, 6). De suyo, ha sucedido que desde el seno materno, Juan saltó para anunciar la presencia del Señor. En el desierto, junto al Jordán, la predicación de Juan anunció a Aquél que tenía que venir después de él. Cuando lo bautizó en el Jordán, los cielos se abrieron, el Espíritu Santo descendió sobre Jesús en forma visible y una voz desde el cielo lo proclamaba el Hijo amado del Padre. La muerte de Juan fue interpretada por Jesús como la señal para dirigirse resolutivamente hacia Jerusalén, donde sabía que le esperaba la muerte. Juan es el último y el más grande de todos los profetas; tras él, llega y actúa para nuestra salvación Aquél que fue preanunciado por todos los profetas.

89. El Verbo divino, que en un tiempo se hizo carne en Palestina, llega a todas las generaciones de creyentes cristianos. Juan precedió la venida de Jesús en la historia y también precede su venida entre nosotros. En la comunión de los santos, Juan está presente en nuestras asambleas de estos días, nos anuncia al que está por venir y nos exhorta al arrepentimiento. Por esto, todos los días en Laudes, la Iglesia recita el Cántico que Zacarías, el padre de Juan, entonó en su nacimiento: "Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados" (Lc 1,76-77)

90. El homileta debería asegurarse que el pueblo cristiano, como componente de la preparación a la doble venida del Señor, escuche las invitaciones constantes de Juan al arrepentimiento, manifestadas de modo particular en los Evangelios del II y III domingo de Adviento. Pero no oímos la voz de Juan sólo en los pasajes del Evangelio; las voces de todos los profetas de Israel se concentran en la suya. "Él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo" (Mt 11,14). Se podría también decir, al respecto de todas las primeras lecturas en los ciclos de estos domingos, que él es Isaías, Baruc y Sofonías. Todos los oráculos proféticos proclamados en la asamblea litúrgica de este tiempo son para la Iglesia un eco de la voz de Juan que prepara, aquí y ahora, el camino al Señor. Estamos preparados para la Venida del Hijo del Hombre en la gloria y majestad del último día. Estamos preparados para la Fiesta de la Navidad de este año.

91. Por ejemplo, cada asamblea en la que vienen proclamadas las Escrituras es la "Jerusalén" del texto del profeta Baruc (II domingo C): "Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción y viste las galas perpetuas de la gloria que Dios te da". Este es un profeta que nos invita a una preparación precisa y nos llama a la conversión: "Envuélvete en el manto de la justicia de Dios y ponte a la cabeza la diadema de la gloria perpetua". En la Iglesia vivirá el Verbo hecho carne, por esta razón a ella van dirigidas las palabras: "Ponte en pie Jerusalén, sube a la altura, mira hacia Oriente y contempla a tus hijos, reunidos de Oriente a Occidente, a la voz del Espíritu, gozosos, porque Dios se acuerda de ti".

92. En estos domingos se leen diversas profecías mesiánicas clásicas de Isaías. "Brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz" (Is 11,1; II domingo A). El anuncio se cumple en el Nacimiento de Jesús. Otro año: "Una voz grita: "En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios"" (Is 40,3; II domingo B). Los cuatro evangelistas reconocen el cumplimiento de estas palabras en la predicación de Juan en el desierto. En el mismo Isaías se lee: "Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos juntos - ha hablado la boca del Señor -" (Is 40,5). Esto se dice del último día. Esto se dice de la Fiesta de Navidad.

93. Es impresionante cómo en las diversas ocasiones en las que Juan Bautista aparece en el Evangelio se repite con frecuencia el núcleo de su mensaje sobre Jesús: "Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo" (Mc 1,8; II domingo B). El Bautismo de Jesús en el Espíritu Santo es la conexión directa entre los textos a los que nos hemos referido hasta ahora y el centro hacia el que este Directorio atrae la atención, es decir, el Misterio Pascual, que se ha cumplido en Pentecostés con la venida del Espíritu Santo sobre todos los que creen en Cristo. El Misterio Pascual viene preparado por la Venida del Hijo Unigénito engendrado en la carne y sus infinitas riquezas serán posteriormente desveladas en el último día. Del niño nacido en un establo y del que vendrá sobre las nubes, Isaías dice: "Sobre él se posará el espíritu del Señor" (Is 52 11,2; II domingo A); y también, recurriendo a las palabras que el mismo Jesús declarará cumplidas en sí mismo: "El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren" (Is 61,1; III domingo B. Cf. Lc 4,16-21).

94. El Leccionario del tiempo de Adviento es, de hecho, un conjunto de textos del Antiguo Testamento que convencen y que, de modo misterioso, encuentran su cumplimiento en la Venida del Hijo de Dios en la carne. Como siempre, el homileta puede recurrir a la poesía de los profetas para describir a los cristianos aquellos misterios en los que ellos mismos son introducidos a través de las Celebraciones Litúrgicas. Cristo viene continuamente y las dimensiones de su venida son múltiples. Ha venido. Volverá de nuevo en gloria. Viene en Navidad. Viene ya ahora, en cada Eucaristía celebrada a lo largo del Adviento. A todas estas dimensiones se les puede aplicar la fuerza poética de los profetas: "Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará" (Is 35,4; III domingo A). "No temas Sión, no desfallezcan tus manos. El Señor tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva" (Sof 3,16-17; III domingo C). "Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle: que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen" (Is 40,1-2; II domingo B).

95. No sorprende, entonces, que el espíritu de espera ansiosa crezca durante las semanas de Adviento; que en el III domingo, los celebrantes se endosan vestiduras de un gozoso rosa claro, y que este domingo toma el nombre de los primeros versos de la antífona de entrada que, desde hace siglos, se canta en este día, con las palabras extraídas de la carta de san Pablo a los Filipenses: "Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca".

(CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio Homilético, Ciudad del Vaticano, 2014, nº 87 - 95)


II

Tercer domingo de Adviento


CEC 30, 163, 301, 736, 1829, 1832, 2015, 2362: el gozo CEC 713-714: las características del Mesías esperado CEC 218-219: el amor de Dios por Israel
CEC 772, 796: la Iglesia, esposa de Cristo

30 "Se alegre el corazón de los que buscan a Dios" (Sal 105,3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, "un corazón recto", y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios.

Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza: grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida. Y el hombre, pequeña parte de tu creación, pretende alabarte, precisamente el hombre que, revestido de su condición mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el testimonio de que tú resistes a los soberbios. A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti (S. Agustín, conf. 1,1,1).

163 La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios "cara a cara" (1 Cor 13,12), "tal cual es" (1 Jn 3,2). La fe es pues ya el comienzo de la vida eterna:

Mientras que ahora contemplamos las bendiciones de la fe como el reflejo en un espejo, es como si poseyéramos ya las cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura que gozaremos un día ( S. Basilio, Spir. 15,36; cf. S. Tomás de A., s.th. 2 -2,4,1).

Dios mantiene y conduce la creación
301 Realizada la creación, Dios no abandona su criatura a ella misma. No sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término. Reconocer esta dependencia completa con respecto al Creador es fuente de sabiduría y de libertad, de gozo y de confianza:

Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces pues, si algo odiases, no lo hubieras creado. Y ¿cómo podría subsistir cosa que no hubieses querido? ¿Cómo se conservaría si no la hubieses llamado? Mas tú todo lo perdonas porque todo es tuyo, Señor que amas la vida (Sb 11, 24-26).

736 Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos "el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza"(Ga 5, 22-23). "El Espíritu es nuestra Vida": cuanto más renunciamos a nosotros mismos (cf. Mt 16, 24-26), más "obramos también según el Espíritu" (Ga 5, 25):

Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna (San Basilio, Spir. 15,36).

1829 La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión:

La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; haci a él corremos; una vez llegados, en él reposamos (S. Agustín, ep. Jo. 10,4).

1832 Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: "caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad" (Gál 5,22-23, vulg.).

2015 El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf 2
Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas:

El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce (S. Gregorio de Nisa, hom. in Cant. 8).

2362 "Los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, realizados de modo verdaderamente humano, significan y fomentan la recíproca donación, con la que se enriquecen mutuamente con alegría y gratitud" (GS 49,2). La sexualidad es fuente de alegría y de placer:

El Creador...estableció que en esta función (de generación) los esposos experimentasen un placer y una satisfacción del cuerpo y del espíritu. Por tanto, los esposos no hacen nada malo procurando este placer y
gozando de él. Aceptan lo que el Creador les ha destinado. Sin embargo, los esposos deben saber mantenerse en los límites de una justa moderación (Pío XII, discurso 29 Octubre 1951).

713 Los rasgos del Mesías se revelan sobre todo en los Cantos del Siervo (cf. Is 42, 1-9; cf. Mt 12, 18-21; Jn
1, 32-34; después Is 49, 1-6; cf. Mt 3, 17; Lc 2, 32, y en fin Is 50, 4-10 y 52, 13-53, 12). Estos cantos anuncian el sentido de la Pasión de Jesús, e indican así cómo enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud: no desde fuera, sino desposándose con nuestra "condición de esclavos" (Flp 2, 7). Tomando sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida.

714 Por eso Cristo inaugura el anuncio de la Buena Nueva haciendo suyo este pasaje de Isaías (Lc 4, 18-19;
cf. Is 61, 1-2):

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.


Dios es Amor

143A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito (cf. Dt 4,37; 7,8; 10,15). E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo (cf. Is 43,1-7) y de perdonarle su infidelidad y sus pecados (cf. Os 2).

El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo (Os 11,1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos (cf. Is 49,14-15). Dios ama a su Pueblo más que un esposo a su amada (Is 62,4-
5); este amor vencerá incluso las peores infidelidades (cf. Ez 16; Os 11); llegará hasta el don más precioso: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único" (Jn 3,16).


La Iglesia, Misterio de la unión de los hombres con Dios

772 En la Iglesia es donde Cristo realiza y revela su propio misterio como la finalidad de designio de Dios: "recapitular todo en El" (Ef 1, 10). San Pablo llama "gran misterio" (Ef 5, 32) al desposorio de Cristo y de la Iglesia. Porque la Iglesia se une a Cristo como a su esposo (cf. Ef 5, 25-27), por eso se convierte a su vez en Misterio (cf. Ef 3, 9-11). Contemplando en ella el Misterio, San Pablo escribe: el misterio "es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria" (Col 1, 27)


La Iglesia es la Esposa de Cristo

796 La unidad de Cristo y de la Iglesia, Cabeza y miembros del Cuerpo, implica también la distinción de ambos en una relación personal. Este aspecto es expresado con frecuencia mediante la imagen del Esposo y de la Esposa. El tema de Cristo esposo de la Iglesia fue preparado por los profetas y anunciado por Juan Bautista (cf. Jn 3, 29). El Señor se designó a sí mismo como "el Esposo" (Mc 2, 19; cf. Mt 22, 1-14; 25, 1-
13). El apóstol presenta a la Iglesia y a cada fiel, miembro de su Cuerpo, como una Esposa "desposada" con Cristo Señor para "no ser con él más que un solo Espíritu" (cf. 1 Co 6,15-17; 2 Co 11,2). Ella es la Esposa inmaculada del Cordero inmaculado (cf. Ap 22,17; Ef 1,4; 5,27), a la que Cristo "amó y por la que se entregó a fin de santificarla" (Ef 5,26), la que él se asoció mediante una Alianza eterna y de la que no cesa de cuidar como de su propio Cuerpo (cf. Ef 5,29):

He ahí el Cristo total, cabeza y cuerpo, un solo formado de muchos ... Sea la cabeza la que hable, sean los miembros, es Cristo el que habla. Habla en el papel de cabeza ["ex persona capitis"] o en el de cuerpo ["ex persona corporis"]. Según lo que está escrito: "Y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia."(Ef 5,31-32) Y el Señor mismo en el evangelio dice: "De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6). Como lo habéis visto bien, hay en efecto dos personas diferentes y, no obstante, no forman más que una en el abrazo conyugal ... Como cabeza él se llama "esposo" y como cuerpo "esposa" (San Agustín, psalm. 74, 4:PL 36, 948-949).

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Comentario Teológico: X. Léon Dufour - Juan Bautista

Según el testimonio de Jesús, Juan es más que un profeta (Le 7,26 p). Mensajero que precede al Señor (Lc 1,76: Mt 11,10 p; cf. Mal 3,1), Juan inaugura el Evangelio (Act 1,22; Mc 1,1-4); "hasta él había la ley y los profetas; desde entonces se anuncia el reino de Dios" (Lc 16,16 p). Profeta sin igual, prepara las vías del Señor (Mt
11,11; Mc 1,3 p), cuyo "precursor" (Act 13,24s) y testigo (Jn 1,6s) es.

1. El Precursor y su bautismo. Juan, aún antes de nacer de una madre hasta entonces estéril, es consagrado a Dios y lleno del Espíritu Santo (Lc 1,7.15; cf. Jue 13,2-5; ISa 1,5.11). El que debe ser un nuevo Elías (Lc 1,16s) evoca al gran profeta por su vestido y su vida austera (Mt 3,4 p) que lleva en el desierto desde su juventud (Le 1,80). ¿Habría sido formado por una comunidad como la de Qumrán? En todo caso, una vez llegado el tiempo de su manifestación a Israel, cuidadosamente registrado por Lucas (3,1s), aparece como un maestro rodeado de discípulos (Jn 1,35), enseñándoles a ayunar y a orar (Mc 2,18; Lc 5,33; 11,1). Su voz potente resuena en Judea; predica una *conversión, cuyo signo es un baño ritual acompañado de la confesión de los pecados, pero que exige además un esfuerzo de renovación (Mc 1,4s); porque de nada sirve ser hijo de Abraham, si no se practica la *justicia (Mt 3,8s p), cuyas reglas da a la multitud de los humildes (Le 3,10-14).

Pero los fariseos y los legistas no creen en él; algunos lo tratan de poseso (Mt 21,32; Mc 11,30ss p; Lc 7,30-33); así, cuando acudieron a él les anunció que la *ira consumiría todo árbol estéril (Mt 3,10 p). Denuncia el adulterio del rey Herodes acarreándose así la prisión y luego la muerte (Mt 14,3-12 p; Lc 3,19s; 9,9). Por su *celo es sin duda Juan el nuevo Elías que se espera y que debe preparar al pueblo para la venida del Mesías (Mt 11,14); pero es desconocido, y su testimonio no impedirá la pasión del Hijo del hombre (Mc 9,11 p).

2. El testigo de la luz y el amigo del esposo. El *testimonio de Juan consiste, en primer lugar, en proclamarse mero precursor; en efecto, la multitud se pregunta si no será el *Mesías (Lc 3,15). A una encuesta oficial responde el Bautista que no es digno de desatar las sandalias de aquel al que él precede y "que era antes que él" (Jn 1,19-30; Lc 3,16s p). El "que viene" y que bautizará en el Espíritu (Mc 1,8) y en el fuego (Mt 3,11s), es Jesús, sobre el que descendió el Espíritu en el momento de su bautismo (Jn 1,31-34).

Al proclamarlo *cordero de Dios que quita el *pecado del mundo (Jn 1,29), no preveía Juan cómo lo quitaría, como tampoco comprendía por qué había venido Cristo a ser bautizado por él (Mt 3,13ss). Para quitar el pecado debería Jesús recibir un *bautismo, del que el de Juan sólo era *figura: el bautismo de su pasión (Mc 10,38; Le 12,50); así realizaría toda justicia (Mt 3,15), no ya exterminando a los pecadores, sino *justificando a la multitud, con cuyos pecados se habría cargado (cf. Is 53,7 p). Ya antes de la pasión, el comportamiento de Jesús sorprende a Juan y a sus discípulos, que aguardan a un juez; Cristo les recuerda las profecías de salvación que él realiza y los invita a no *escandalizarse (Mt 11,2-6 p; cf. Is 61,1).

Pero ciertos discípulos de Juan no serán discípulos de Jesús; se hallan en los evangelios vestigios de la polémica entre su secta y la Iglesia naciente (p.c., Mc 2,18); ésta, para mostrar la superioridad de Cristo, no tenía más que invocar el testimonio del mismo Juan (Jn 1,15). Juan, verdadero amigo del esposo y colmado de gozo por su venida, se había esfumado delante de él (3,27-30) y con sus palabras había invitado a sus propios discípulos a seguirle (1,35ss). Jesús, en cambio, había glorificado su testimonio, *lámpara ardiente y luminosa (5,35), el profeta más grande nacido de mujer (Mt 11,11); pero había añadido que el más pequeño en el *reino de los cielos es más grande que él; situaba la gracia de los hijos del reino por encima del carisma profético, sin por eso despreciar la santidad de Juan.

La gloria de este humilde amigo del esposo se proclama en el prólogo del cuarto evangelio, que sitúa a Juan con referencia al Verbo hecho carne: "Juan no era la *luz, sino el testigo de la luz"; y con referencia a la Iglesia: "Vino para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él" (Jn 1,7s).
(LEON - DUFOUR, X., Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001)

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Santos Padres: San Juan Crisóstomo - La malicia de los fariseos y la humildad de Juan Bautista (Homilía XVI)


Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos le enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas para preguntarle: ¿Quién eres tú? (Juan 1, 19).

GRAVE COSA ES la envidia, carísimos; grave cosa es, pero no para los envidiados, sino para los que envidian. A éstos, antes que a nadie, es a quienes daña; a éstos destroza antes que a nadie, pues llena su ánimo de un como mortífero veneno. Si daña en algo a los envidiados, el daño es pequeño y de nonada, puesto que les acarrea una ganancia mayor que el daño. Y no sólo en la envidia, sino también en los demás vicios, quien recibe el daño no es el que sufre el mal, sino el que lo causa. Si esto no fuera así, no habría Pablo ordenado a los discípulos sufrir las injurias antes que perpetrarlas, cuando dice: ¿Por qué no más bien toleráis el atropello? ¿Por qué no más bien sufrís el despojo?1 Sabía perfectamente que en todo caso la ruina sería no para el que sufre el mal, sino para el que lo causa.

Todo esto lo he dicho a causa de la envidia de los judíos. Los que de las ciudades habían concurrido y arrepentidos confesaban sus pecados y se bautizaban, movidos a penitencia, envían a algunos que le pregunten:

¿Tú quién eres? Verdadera estirpe de víboras; serpientes y más que serpientes si hay algo más. Generación mala, adúltera y perversa. Tras de haber recibido el bautismo, ahora ¿preguntas e inquieres con vana curiosidad quién sea el Bautista? ¿Habrá necedad más necia que ésta? ¿Habrá estulticia más estulta? Entonces ¿por qué salisteis a verlo? ¿Por qué confesasteis vuestros pecados? ¿Por qué corristeis a que os bautizara? ¿Para qué le preguntasteis lo que debíais hacer? Precipitadamente procedisteis, pues no entendíais ni el origen ni de qué se trataba.

Pero el bienaventurado Juan nada de eso les echó en cara, sino que les respondió con toda mansedumbre. Vale la pena examinar por qué procedió así. Fue para que ante todos quedara patente la perversidad de ellos. Con frecuencia Juan dio ante ellos testimonio de Cristo; y al tiempo en que los bautizaba muchas veces les hacía mención de Cristo y les decía: Yo os bautizo en agua. Mas el que viene en pos de mí es más poderoso que yo. Él os bautizará en el Espíritu Santo y fuego.2 Pensaban ellos acerca de Juan algo meramente humano. Procu- rando la gloria mundana, y no mirando sino a lo que tenían ante los ojos, pensaban ser cosa indigna de Juan el ser inferior a Cristo.

Ciertamente muchas cosas recomendaban a Juan. Desde luego el brillo de su linaje, pues era hijo de un príncipe de los sacerdotes. En segundo lugar, la aspereza en su modo de vivir. Luego, el desprecio de todas las cosas humanas, pues teniendo en poco los vestidos, la mesa, la casa, los alimentos mismos, anteriormente había vivido en el desierto, Cristo en cambio era de linaje venido a menos, como los judíos con frecuencia se lo echaban en cara diciendo: ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?3 Y la que parecía ser su patria de tal manera era despreciable que aun Natanael vino a decir: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Añadíase el género de vida vulgar y el vestido ordinario. No andaba ceñido con cinturón de cuero ni tenía túnica de pelo de camello, ni se alimentaba de miel silvestre y de langostas, sino que su comida era de manjares ordinarios, y se presentaba incluso en los convites de publicanos y hombres pecadores para atraerlos.

No entendiendo esto los judíos, se lo reprochaban, como Él mismo lo advirtió: Vino el Hijo del hombre que come y bebe y dicen: Ved ahí a un hombre glotón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores4. Pues como Juan con frecuencia remitiera a quienes se le acercaban de los judíos a Cristo, el cual a ellos les parecía inferior a Juan; y éstos avergonzados y llevándolo a mal, prefirieran tener como maestro a Juan, no atreviéndose a decirlo abiertamente, lo que hacen es enviarle algunos de ellos, esperando que por medio de la adulación lo obligarían a declarar ser él el Cristo.

Y no le envían gente de la ínfima clase social, como a Cristo, cuando querían cogerlo en palabras -pues en esa ocasión le enviaron unos siervos y luego unos herodianos, gente de esa misma clase-, sino que le envían sacerdotes y levitas; y no sacerdotes cualesquiera, sino de Jerusalén, o sea, de los más honorables -pues no sin motivo lo subrayó el evangelista-. Y los envían para preguntarle: ¿Tú quién eres? El nacimiento de Juan había sido tan solemne que todos decían: Pues ¿qué va a ser este niño?5 Y se divulgó por toda la región montañosa. Y cuando se presentó en el Jordán, de todas las ciudades volaron a él; y de Jerusalén y de toda Judea iban a él para ser bautizados. De modo que los enviados preguntan ahora no porque ignoren quién es - ¿cómo lo podían ignorar, pues de tantos modos se había dado a conocer?-, sino para inducirlo a confesar lo que ya anteriormente indiqué.

Oye, pues, cómo este bienaventurado responde, no a la pregunta directamente, sino conforme a lo que ellos pensaban. Le preguntaban: ¿Tú quién eres? y él no respondió al punto lo que convenía responder: Soy la voz que clama en el desierto6, sino ¿qué? Rechaza lo que ellos sospechaban. Pues preguntado: ¿Tú quién eres?, dice el evangelista: Lo proclamó y no negó la verdad y declaró: Yo no soy el Cristo. Observa la prudencia del evangelista. Tres veces repite la afirmación, para subrayar tanto la virtud del Bautista como la perversidad de los judíos.

Por su parte Lucas dice que como las turbas sospecharan si él sería el Cristo, Juan reprimió semejante sospecha. Deber es éste de un siervo fiel: no sólo no apropiarse la gloria de su Señor, sino aun rechazarla si la multitud se la ofrece. Las turbas llegaron a semejantes sospechas por su ignorancia y sencillez; pero los judíos, como ya dije, le preguntaban con maligna intención, esperando obtener de sus adulaciones la respuesta que anhelaban. Si no hubieran intentado eso, no habrían pasado tan inmediatamente a la siguiente pregunta; sino que, indignados porque él no respondía según el propósito que traían, le habrían dicho: ¿Acaso nosotros hemos sospechado eso? ¿Venimos por ventura a preguntarte eso que dices? Pero cogidos en su misma trampa, pasan a otra pregunta.

¿Entonces qué? ¿Eres tú Elías? Y él les respondió: No soy. Porque ellos esperaban la venida de Elías, como lo indicó Cristo. Pues cuando los discípulos le preguntaron: ¿Cómo es que los escribas dicen que antes debe venir Elías? Él les respondió: Elías, cierto, ha de venir y lo restaurará todo7. Luego los judíos preguntan a Juan: ¿Eres tú el profeta? Y respondió: ¡No! Y sin embargo era profeta. Entonces ¿por qué lo niega? Es que de nuevo atiende al pensamiento de los que preguntan. Esperaban éstos que había de venir un gran profeta, pues Moisés había dicho: Os suscitará un profeta el Señor Dios de entre vuestros hermanos, como yo, al cual escucharéis8. Se refería a Cristo. Por eso no le preguntan: ¿Eres un profeta? es decir, uno del número de los profetas, sino que ponen el artículo, como si dijeran: ¿Eres tú aquel profeta? Es decir el anunciado por Moisés. Y por esto Juan negó ser aquel profeta, pero no negó ser profeta.

Insistiéronle: ¿quién eres, pues? Dínoslo, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado. ¿Qué dices de ti mismo? Observa cómo se empeñan e instan y no desisten; y cómo Juan, una vez descartadas las falsas opiniones, establece la verdad. Pues dice: Yo soy la voz del que clama en el desierto:

Enderezad el camino del Señor, como lo dijo el profeta Isaías. Pues había proclamado algo grande y excelente acerca de Cristo, atemperándose a la opinión de ellos se refugia en el profeta Isaías y por aquí hace creíbles sus palabras. Y dice el evangelista: Los que se le habían enviado eran algunos de los fariseos. Y le preguntaron y dijeron: ¿Cómo, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el Profeta?

¿Ves por aquí cómo no procedí yo a la ligera cuando afirmé que ellos querían inducirlo a la dicha confesión? Al principio hablaron así para no ser entendidos de todos. Pero después, como Juan afirmó: No soy el Cristo, enseguida, para encubrir lo que en su interior maquinaban, recurrieron a Elías y al Profeta. Y cuando Juan les dijo que no era ni el uno ni el otro, dudosos, pero ya abiertamente, manifiestan su dolo y le dicen: Entonces ¿cómo es que bautizas si no eres el Cristo? Pero de nuevo encubriendo su pensamiento recurren a Elías y al Profeta. Pues no pudieron vencer al Bautista por la adulación, creyeron que lo lograrían mediante la acusación, para que confesara lo que ellos anhelaban, y que no era verdad.

¡Oh locura, oh arrogancia y curiosidad extemporánea! Se os ha enviado para saber de Juan de dónde sea y de quién es. Y ahora vosotros ¿le pondréis leyes? Porque tales palabras eran propias de quienes lo quieren obligar a que confiese ser Cristo. Y sin embargo, tampoco ahora muestra indignación; ni, como parecía convenir, exclamó algo parecido a esto: ¿Me ponéis mandato y me fijáis leyes? Sino que de nuevo manifiesta suma moderación. Pues les dice. Yo bautizo con agua; pero en medio de vosotros está ya el que vosotros no conocéis, Ese es el que ha de venir en pos de mí, el que existía antes que yo y del cual no soy digno de desatar la correa de sus sandalias.
¿Qué pueden oponer a esto los judíos? La acusación contra ellos por aquí se torna irrefutable; su condenación no tiene perdón que la pueda apartar; contra sí mismos han pronunciado la sentencia. ¿Cómo y en qué forma? Tenían a Juan como digno de fe y tan veraz, que se le debía creer no solamente cuando diera testimonio de otros, sino también cuando lo diera acerca de sí mismo. Si no hubieran pensado así de él, nunca le habrían enviado quienes le preguntaran acerca de sí mismo. Sabéis bien vosotros que nadie da crédito a quienes hablan de sí mismos, sino cuando se les tiene por sumamente veraces. Y no es esto sólo lo que les cierra la boca, sino además el ánimo con que lo acometieron.

Se acercaron a Juan con sumo anhelo, aunque luego cambiaron: Ambas cosas significó Cristo cuando dijo: Juan era una antorcha que brillaba y ardía; y a vosotros os plugo regocijaros momentáneamente con su llama9. La respuesta de Juan le procuraba todavía una mayor credibilidad. Pues dice Cristo: El que no busca su gloria es veraz y en él no hay injusticia10. Juan no la buscó, sino que los remitió a Cristo. Y los que le fueron enviados eran de los más dignos de fe y principales entre ellos, de modo que no les quedara excusa o perdón por no haber creído en Cristo.

¿Por qué no creéis a lo que Juan afirmaba de Cristo? Enviasteis a vuestros principales. Por boca de ellos vosotros interrogasteis. Oísteis lo que respondió el Bautista. Los enviados desplegaron todo su empeño, toda su diligencia, y todo lo escrutaron, y trajeron al medio a todos los varones de quienes tenían sospecha que fuera Juan. Y sin embargo éste con toda libertad les respondió y confesó no ser el Cristo, ni Elías, ni el famoso Profeta. Y no contento con esto, declaró quién era él y habló de la naturaleza de su bautismo, afirmando ser humilde y poca cosa y que, fuera del agua, ninguna virtud tenía, y proclamó la excelencia del bautismo instituido por Cristo. Trajo además el testimonio del profeta Isaías, proferido mucho antes y en el que al otro lo llamaba Señor y a Juan siervo y ministro.

¿Qué más habían de esperar? ¿Qué faltaba? ¿Acaso no únicamente que creyeran a aquel de quien Juan daba testimonio, y lo adoraran y lo confesaran como Dios? Y que semejante testimonio no procediera de adulación, sino de la verdad, lo comprobaban las costumbres y la prudencia y demás virtudes del testificante. Lo cual era manifiesto, pues nadie hay que prefiera al vecino a sí mismo, ni que ceda a otro el honor que puede él apropiarse, sobre todo tratándose de tan gran honor. De modo que Juan, si Cristo no fuera verdaderamente Dios, jamás habría proferido tal testimonio. Si rechazó aquel honor porque inmensamente superaba a lo que él era, ciertamente nunca habría atribuido tal honor a otro que le fuera inferior.

En medio de vosotros está ya el que vosotros no conocéis. Habló así Juan porque Cristo, como era conveniente, se mezclaba con el pueblo y andaba como uno de los plebeyos, porque en todas partes daba lecciones de despreciar el fausto y las pompas y vanidades. Al hablar aquí Juan de conocimiento, se refiere a un conocimiento perfecto acerca de quién era Cristo y de dónde venía. Lo otro que dice Juan y lo repite con frecuencia: Vendrá después de mí, es como si dijera: No penséis que con mi bautismo ya está todo perfecto. Si lo estuviera, nadie vendría después de mí a traer otro bautismo nuevo. Este mío no es sino cierto modo de preparación. Lo mío es sombra, es imagen. Se necesita que venga otro que opere la realidad. De modo que la expresión: Vendrá en pos de mí declara la dignidad del bautismo de Cristo. Pues si el de Juan fuera perfecto, no se buscaría otro además.

Es más poderoso que yo. Es decir más honorable, más esclarecido. Y luego, para que no pensaran que esa superioridad en la excelencia la decía refiriéndose a sí mismo, quiso declarar que no había comparación posible y añadió: Yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. De modo que no solamente ha sido constituido superior a mí, sino que las cosas son tales que no merezco que se me cuente entre los últimos de sus esclavos; puesto que desatar la correa del calzado es el más bajo de los servicios. Pues si Juan no es digno de desatar la correa, Juan, mayor que el cual no ha nacido nadie de mujer ¿en qué lugar nos pondremos nosotros? Si Juan, que era superior a todo el mundo (pues dice Pablo: De los que el mundo no era digno11), no se siente digno de ser contado entre los últimos servidores de Cristo, ¿qué diremos nosotros, cargados de tantas culpas y que tan lejos estamos de Juan en las virtudes cuanto la tierra dista del cielo?

Juan se declara indigno de desatar la correa de su calzado. Pero los enemigos de la verdad se lanzan a tan grande locura que afirman conocer a Cristo como Él se conoce. ¿Qué habrá peor que semejante desvarío?

¿Qué más loco que semejante arrogancia? Bien dijo cierto sabio: El principio de la soberbia es no conocer a Dios12. No habría sido destronado el demonio, ni convertido en demonio aquel que antes no lo era, si no hubiera enfermado con esta enfermedad. Esto fue lo que lo derribó de su antigua amistad con Dios; esto lo arrojó a la gehenna; fue para él cabeza y raíz de todos los males. Este vicio echa a perder todas las virtudes: la limosna, la oración, el ayuno y todas las demás. Dice el sabio: El soberbio entre los hombres, es impuro delante de Dios.

No mancha tanto al hombre ni la fornicación ni el adulterio, cuanto lo mancha la soberbia. ¿Por qué? Porque la fornicación, aun cuando sea indigna de perdón, sin embargo puede alguno poner como pretexto la furia de la pasión. Pero la arrogancia no tiene motivo alguno ni pretexto por el cual merezca ni sombra de perdón. Porque no es otra cosa que una subversión de la mente: enfermedad gravísima nacida de la necedad. Pues nada hay más necio que un hombre arrogante, aun cuando sea opulentísimo; aun cuando esté dotado de suma sabiduría humana; aunque sea sumamente poderoso; aunque haya logrado todas cuantas cosas parecen deseables a los hombres.

Si el infeliz y miserable que se ensoberbece de los bienes verdaderos pierde la recompensa de todos ellos, el que se enorgullece de los bienes aparentes y que nada son; el que se hincha con la sombra y la flor del heno, o sea con la gloria vana ¿cómo no será el más ridículo de los hombres? Porque no hace otra cosa que el pobre y el mendigo que pasa la vida consumido de hambre, pero se gloría de haber tenido un ensueño placen- tero. Oh infeliz y mísero que mientras tu alma se corrompe con gravísima enfermedad, sufriendo de pobreza suma, tú andas ensoberbecido porque posees tantos más cuantos talentos de oro y tantas más cuántas turbas de esclavos. Pero ¡si esas cosas no son tuyas! Y si a mí no me crees, apréndelo por la experiencia de otros ricos. Si a tanto llega tu embriaguez que con esos ejemplos no quedes enseñado, espera un poco y lo sabrás por propia experiencia. Todo eso de nada te servirá cuando entregues el alma; y sin que puedas ser dueño de una hora ni de un minuto, todo lo abandonarás contra tu voluntad a los que se hallan presentes; y con frecuencia serán aquellos a quienes tú menos querrías abandonarlo.

A muchísimos ni siquiera se les ha concedido disponer de sus bienes, sino que se murieron repentinamente, al tiempo preciso en que anhelaban disfrutarlos. No se les concedió, sino que arrastrados y violentamente arrancados de la vida, los dejaron a quienes en absoluto no querían dejarlos. Para que esto no nos acontezca, ahora mismo, mientras la salud lo permita, enviémoslos desde aquí a nuestra patria y ciudad. Solamente allá podremos disfrutar de ellos y no en otra parte alguna: así los pondremos en sitio segurísimo. Porque nada ¡no! nada puede arrebatarlos de ahí: ni la muerte, ni el testamento, ni la sucesión hereditaria, ni los defraudadores, ni las asechanzas: quien de aquí allá vaya llevando grande cantidad de bienes, disfrutará de ellos perpetuamente.

¿Quién será, pues, tan mísero que no anhele gozar delicias con sus dineros eternamente? ¡Transportemos nuestras riquezas, coloquémoslas allá! No necesitaremos de asnos ni de camellos ni de carros ni de naves para ese transporte: Dios nos libró de semejante dificultad. Solamente necesitamos de los pobres, de los cojos, de los ciegos, de los enfermos. A ellos se les ha encomendado semejante transporte. Ellos son los que transfieren las riquezas al cielo. Ellos son los que conducen a quienes tales riquezas poseen a la herencia de los bienes eternos.

Herencia que ojalá nos acontezca a todos conseguir, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea al Padre la gloria, juntamente con el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.-Amén.
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan, Homilía XVI (XV), Tradición Mexico 1981, p. 128-36)


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Aplicación: P. José A. Marcone, IVE - La figura de San Juan Bautista (Jn 1,6-8.19-28)

Introducción

"Los textos evangélicos del II y III domingo de Adviento, están dominados por la figura de san Juan Bautista"13. Tanto el mensaje como la misma figura de Juan Bautista son una preparación adecuadísima para el adventus del Señor, es decir, la doble venida de Cristo: dentro de unos días en la Navidad y al fin del mundo en su Parusía. El domingo pasado hablamos acerca del mensaje de San Juan Bautista. Hoy queremos poner énfasis en la figura misma del Pre-cursor.

1. El testigo de la Luz

San Juan Evangelista caracteriza la figura de San Juan Bautista con esta palabra griega: mártys, que significa 'testigo'14. En el evangelio de hoy San Juan Evangelista dice cuatro veces que Juan Bautista es mártys15. Además, en un mismo versículo, dos veces aplica a Juan Bautista la acción propia de un 'testigo': confesar la verdad16. Este es el rasgo fundamental de la persona y de la misión de Juan Bautista. Santo Tomás de Aquino le dedica un largo y brillante desarrollo a este aspecto fundamental de la figura del Pre-cursor.

"El evangelio describe la misión de San Juan Bautista cuando dice: 'Vino para un testimonio'. (…) Pues su misión es la de testificar. (…) Dios hizo a los hombres y a todas las cosas por sí y para sí (…), para que su bondad sea manifestada en todas las cosas hechas por Él. (…). Pero de un modo especial se ordenan a Dios los hombres. Y no sólo naturalmente, en cuanto son, sino también espiritualmente, en cuanto por sus buenas obras dan testimonio de Dios. Por eso es que todos los hombres santos son testigos de Dios, en cuanto por sus buenas obras hacen que Dios sea glorificado ante los hombres. Esto es lo que significa aquella frase de Jesucristo: 'Que vuestra luz brille ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y así glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo' (Mt 5,16).

"Pero, sin embargo, aquellos que no sólo en sí mismos participan de los dones de Dios haciendo el bien por la gracia de Dios, sino que, además, a esos dones de Dios los difunden a otros predicando, moviendo y exhortando, éstos son más especialmente testigos de Dios. (…). Juan, precisamente, vino para ser testigo en este sentido, es decir, para difundir los dones de Dios en otros, y, de esta manera, dar gloria a Dios.
"Esta misión de Juan, es decir, la misión de testificar, es muy grande, porque nadie puede dar testimonio de otro, sino en la medida en que participa de aquel del cual da testimonio, tal como dice Cristo: 'De lo que sabemos, hablamos; y de lo que vimos, damos testimonio' (Jn 3,11). Por lo tanto, dar testimonio de la verdad divina, es signo de que se conoce a la verdad misma.

"Y por eso es que también Cristo tuvo esta misión, como Él mismo dice: 'Para esto vine, y para esto he nacido, para dar testimonio de la verdad' (Jn 18,37). Aunque Cristo de una manera, y Juan Bautista de otra. Cristo, abarcando totalmente a la misma luz; aún más, siendo la misma luz. En cambio, Juan, sólo como participando de esa misma luz. Y por eso Cristo da un testimonio perfecto, y manifiesta perfectamente la verdad. En cambio, Juan y los otros santos, sólo dan testimonio de la verdad en cuanto participan de la misma verdad divina. Por lo tanto, es una gran misión la de Juan ya que por su participación de la luz divina y por su semejanza con Cristo, fue destinado por Dios a tal misión"17.

Sigue diciendo Santo Tomás: "Si Cristo es la Luz suficiente por sí misma para manifestarse a sí mismo y a todas las cosas, ¿por qué, entonces, necesitaba que otro diera testimonio de Él? (…). La causa viene de la parte de los oyentes, que son duros y tardos de corazón para creer. Juan vino para dar testimonio no a causa de la cosa misma de la que daba testimonio, porque esa cosa es la Luz misma. Por eso dice: 'Vino para dar testimonio de la Luz', no acerca de una cosa oscura sino acerca de una cosa manifiesta. Por lo tanto, vino como testigo a causa de aquellos a los cuales daba el testimonio, 'para que todos creyeran a través de él', es decir, a través de Juan Bautista"18.

2. El testimonio crucial: la divinidad de Cristo

Juan Bautista es el testigo de la Luz para aquellos que son duros de corazón y tardos para creer. Y su principal testimonio es que Jesús es Dios. En efecto, ese es el significado de la frase: "En medio de vosotros hay alguien a quien que vosotros no conocéis" (Jn 1,26). Por eso dice Santo Tomás: "Alguien al que vosotros no conocéis'. Esto quiere decir: 'Vosotros no podéis entender que Dios se hizo hombre'. Y también quiere decir:

'Vosotros no conocéis cuán grande según su naturaleza divina es el que está entre vosotros, porque en Él está escondida esa naturaleza divina'"19. Por lo tanto, la frase 'en medio de vosotros hay alguien a quien vosotros no conocéis' expresa en plenitud el misterio del Verbo Encarnado. 'Vosotros no conocéis', porque es Dios. 'Está en medio de vosotros' y vive como uno de vosotros, porque se hizo hombre.

De la misma manera, la frase "Yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias" (Mc 1,7) también designa la divinidad de Cristo. Dice Santo Tomás que aquí Juan Bautista se compara a Cristo como la creatura se compara con su Creador20. El desatar las correas de las sandalias era un trabajo de esclavos. No ser digno ni siquiera de ser un esclavo de Cristo es porque Juan Bautista pone entre él y Cristo una distancia que va más allá de toda distancia humana. Es la distancia que va entre el ser por esencia y la creatura, que al lado del Creador es como si fuera nada.

3.a Lo que Juan Bautista no es

Lo primero que hay que notar para entender el testimonio que Juan Bautista da en el evangelio de hoy es la malicia de los fariseos. Dice San Juan Crisóstomo que ellos querían inducir a San Juan Bautista a que se declarara el Mesías, pues para ellos era mucho más potable que el Mesías fuese Juan Bautista y no Cristo21.

Para los fariseos era mucho más honorable Juan Bautista ya que era de casta sacerdotal. Su padre, Zacarías, había sido un sacerdote conocido. Todavía se conservaba en la memoria popular el modo en que Zacarías recibió el anuncio del nacimiento de Juan (cf. Lc 1,5-25). Lo mismo debe decirse del nacimiento mismo de Juan, en el que Zacarías recuperó el habla. Dice el evangelio de Lucas: "Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: 'Pues ¿qué será este niño?' Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él" (Lc 1,65-66).

Además, Juan Bautista llevaba una vida de penitencia que les hacía pensar a los fariseos que podía ser manipulado para que expresara por fuera una vida ascética, y por dentro buscara intereses personales y humanos, como lo hacían ellos.

En cambio, Jesucristo provenía, nada más y nada menos, que de Nazaret (Galilea), una tierra despreciable que no es nombrada ni siquiera una sola vez en todo el Antiguo Testamento. Por eso los fariseos se atreven a decirle a Nicodemo: "¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta" (Jn 7,52). Además, Jesucristo despreciaba abiertamente las penitencias hipócritas de los fariseos, al punto que decían de Él: "Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores" (Mt 11,19).

De todo esto concluye Santo Tomás: "Y por eso, deseando más tener por maestro a Juan que a Cristo, envían a él a los sacerdotes y levitas queriendo seducirlo con palabras lisonjeras, para inducirlo a que se atribuya a sí mismo este honor y se declare a sí mismo Mesías. Pero Juan, viendo su malicia, les responde primeramente: 'Yo no soy el Mesías'"22.

La pregunta acerca de si era Elías la responde magistralmente Santo Tomás de Aquino: "Hay que saber que el pueblo judío, así como esperaba que venga el Señor, asimismo esperaba que Elías precediera al Mesías, tal como dice el profeta Malaquías: 'He aquí que yo os envío al profeta Elías antes que llegue el Día de Yahveh, grande y terrible' (Malq 4,5). Por eso, viendo los que habían sido enviados por los fariseos que Juan no se confesaba a sí mismo como el Mesías, lo instan a que, al menos, se confesase que era Elías. Y por eso le dicen: '¿Quién eres, entonces? ¿Eres Elías?' (…) Le hacían esa pregunta porque, sabiendo por las Escrituras (2Re 2,11) que Elías no había muerto, sino que había sido arrebatado vivo hacia el cielo por un torbellino, creían que Elías aparecería entre ellos de manera sorpresiva. Pero contra esto estaba el hecho que Juan había nacido de padres conocidos, y su nacimiento era conocido por todos (cf. Lc 1,63). Por eso, los judíos, llevados por su demencia y crasitud, se preguntaban si Juan fuese Elías.

"¿Pero por qué Juan dice 'Yo no soy Elías' cuando Cristo dijo de Juan 'Él es Elías' (Mt 11,14)? Esta cuestión la resuelve el Arcángel Gabriel cuando dice: 'Él irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías' (Lc 1,17), a saber, en sus obras. Por lo tanto, Juan no fue Elías en persona, sino en espíritu y en poder, porque mostraba la semejanza de Elías en sus obras"23.

Luego le preguntan: "¿Eres tú el profeta?" (Jn 1,21). Notar que le preguntan con el artículo adelante: 'el' profeta. Explica Santo Tomás, siguiendo a Orígenes: "Ellos hacen esta pregunta porque los judíos, a causa de una mala inteligencia de las Escrituras, creían que vendrían cerca de la venida del Mesías tres excelentes personas futuras, a saber, el mismo Mesías, Elías y otro cierto máximo profeta. Acerca de este otro cierto máximo profeta dice Moisés: 'Yahveh tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien escucharéis' (Deut 18,15). Y aunque este máximo profeta, según la verdad, no es otro que el Mesías, sin embargo, según los judíos, era otro distinto del Mesías. Por eso, en esta pregunta que le hacen a Juan Bautista, no le están preguntando simplemente si es un profeta, sino si es aquel máximo profeta. Esto queda de manifiesto a partir del orden de las preguntas. En efecto, primero le preguntan si es el Mesías; después, si es Elías; y, finalmente, si es aquel máximo profeta. Y por eso en griego se pone aquí el artículo, de manera que se dice 'el' profeta, como si fuera el profeta por antonomasia"24.

3.a Lo que Juan Bautista sí es

"Yo soy una voz que grita en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías" (Jn
1,23). El Leccionario en uso en Argentina traduce: 'Allanen' el camino del Señor. El texto griego no usa el verbo 'allanar' sino el verbo 'enderezar', 'rectificar', 'hacer recto' (verbo euthýno). No es lo mismo allanar que enderezar.

'Enderezar el camino del Señor' significa hacer recta nuestra conducta. Hay una clara analogía entre el camino y la conducta moral, entre la rectitud del camino y la rectitud de la conducta moral. Por eso dice Santo Tomás: "El camino preparado y recto para recibir a Dios es el camino de la justicia y de la santidad, según aquello del profeta Isaías: 'La senda del justo es recta, tú allanas el sendero del justo. En la senda de tus juicios, Señor, te esperamos' (Is 26,7-8). Pues la senda del justo es recta cuando el hombre se somete completamente a Dios, es decir, cuando se someten a Dios la inteligencia por la fe, la voluntad por el amor y el obrar por la obediencia. Y esto 'según dijo el profeta Isaías', es decir, según él lo predijo. Que es como si dijera: 'Yo soy aquel en quien se cumplen estas cosas'"25.

Conclusión

En este tercer domingo de Adviento, la Iglesia nos invita a aceptar la misión que Juan Bautista tiene respecto de nosotros: dar testimonio de la Luz, es decir, de la verdad. "El Verbo era la Luz Verdadera, que alumbra a todo hombre. Y viene al mundo. / En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por Él, pero el mundo no lo conoció. / Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron" (Jn 1,9-11). Dramáticamente estas palabras, que siguen inmediatamente a la manifestación de Juan Bautista como testigo de la Luz, se están cumpliendo en nuestro Occidente de hoy, en el mundo moderno.

"Pero a cuantos lo recibieron, les dio el poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. / A los que no son engendrados ni de la sangre, ni de la voluntad de la carne ni de la voluntad de hombre, sino que son engendrados de Dios. / Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,12-14). Nosotros debemos ser de esos que sí reciben al Verbo, que es la Luz de los hombres. Debemos ser de esos que no nacen de nada humano, sino que proceden y nacen de Dios. Entonces la Navidad será una profesión perfecta de fe en la identidad de Jesús: "El Verbo se hizo carne", Dios se hizo hombre.

Notas
13 CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio Homilético, Ciudad del Vaticano,
2014, nº 87.
14 Mártys es el nominativo singular; el genitivo singular es mártyros. De aquí proviene la palabra castellana 'mártir' que, como vemos, en cuanto a su etimología, significa 'testigo'.
15 Esas cuatro veces son: 1. "Vino para un testimonio" (êlthen eis martyrían; Jn 1,7). 2. "Para dar testimonio acerca de la Luz" (martyrése perì toû photós; Jn 1,7). 3. "Él no era la Luz, sino que (vino) para dar testimonio acerca de la Luz" (martyrése perì toû photós; Jn 1,8; exactamente la misma fórmula que en 1,7). 4. "Y este es el testimonio de Juan" (kaì haute estìn he martyría toû Ioánnou; Jn 1,19).
16 "Y confesó y no negó, sino que confesó…" (kaì homológesen kaì ouk ernésato, kaì homológesen; Jn 1,20).
17 SANCTI TOMAE DE AQUINO, Super Evangelium S. Ioannis lectura, caput 1, lectio 4; traducción nuestra.
18 SANCTI TOMAE DE AQUINO, Ibidem; traducción nuestra.
19 "Quem vos nescitis, idest, hoc quod Deus factus est homo, capere non potestis. Item, nescitis quam magnus sit secundum naturamdivinam, quae in eo latebat" (SANCTI TOMAE DE AQUINO, Ibidem; traducción nuestra).
20 Cf. SANCTI TOMAE DE AQUINO, Ibidem.
21 Cf. SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan, Homilía XVI (XV), Editorial Tradición, México, 1981, p. 128 - 136.
22 SANCTI TOMAE DE AQUINO, Super Evangelium S. Ioannis lectura, caput 1, lectio 12; traducción nuestra.
23 SANCTI TOMAE DE AQUINO, Ibidem; traducción nuestra.
24 SANCTI TOMAE DE AQUINO, Ibidem; traducción nuestra.
25 SANCTI TOMAE DE AQUINO, Ibidem; traducción nuestra.
A esa profesión de fe en la persona de Jesús debe seguir la rectitud de nuestra conducta moral, sometiéndole completamente a Él nuestra inteligencia, nuestra voluntad y todo nuestro obrar.

(cortesía de IVEArgentina)


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