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Domingo 4 de Adviento B - 'Hágase en mí según tu palabra': Comentarios de Sabios y Santos para ayudarnos a preparar la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

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A su servicio
Comentario teológico: Francisco Bartolomé González - Lucas, 1,26-38
Comentario: Hans Urs von Balthasar - a las tres lecturas
Santos Padres: San Bernardo - Todo el mundo espera la respuesta de María
Aplicación: P. R. Cantalamessa OFMCap - Creer para hacer una verdadera Navidad
Aplicación: Santos Benetti - Somos la casa de Dios
Ejemplos


La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo



Exégesis

_____




Joseph M. Lagrange, O.P.





LA ANUNCIACIÓN

(Lc 1, 26-38)



La aparición del ángel Gabriel en el Templo fue de las últimas
manifestaciones del favor de Dios en el lugar santo, que terminaron con las
voces lúgubres de la ruina y el fragor del incendio: era el oráculo supremo
en aquel recinto grandioso, coloreado por la majestad de los siglos, para
anunciar al último heraldo de Dios. Estamos ahora en Nazaret. Aquí todo
será, no sólo más divino, sino enteramente divino, todo aquí es mucho más
sencillo. La sencillez es el único marco que conviene al Verbo encarnado que
viene a servir. Nazaret no es nombrado en la Biblia, ni en Josefo, ni en los
infolios talmúdicos. Las vidas de Jesús hacen de ella encantadora
descripción. En efecto, es uno de los más hermosos rincones de Galilea, con
casas limpias adosadas a una alta colina que domina el Santuario de la
Anunciación. Transportado, sin embargo, a los tiempos de Herodes, el cuadro
no sería más que un engañador espejismo.

El problema, no obstante, es de difícil solución, y aun cuesta trabajo,
después de algunos meses de estudio, formarse idea exacta del crecimiento de
la pequeña ciudad. Los padres franciscanos reconstruyen su convento del
Santuario. Al levantar el edificio, Fr. Juan, que dirige las obras con
perfecta competencia, creyó en un principio aprovechar un estrato de roca
que parecía firme, pero pronto notó que estaba perforado por cavernas
artificiales, formando así hasta tres pisos, de suerte que tuvo que apoyar
su construcción sobre pilares de cemento armado de nueve metros de alto.
Opina él que estas cavidades, en que no se encuentran ni huesos ni pedazos
de vajilla, eran almacenes para granos (silohs), que si no estaban en una
fortaleza, estaban guardados en lugares fáciles de defender en interés de
los habitantes de los alrededores.

El lugar del santuario, hoy en la parte baja del pueblo, era el punto
fortificado en otro tiempo, como fue la antigua Sión de Jerusalén, primero
ciudadela, después ciudad baja si se la compara con los fuertes macizos del
Templo y de la ciudad alta.

Siguiendo esta dirección se reconoce[1] que el antiguo Nazaret se hallaba
asentado sobre un pequeño promontorio, que ni el nombre de colina merece,
claramente dibujado por el oriente, pero que apenas se destaca de la alta
colina del oeste, yendo del sur al norte hasta la fuente llamada de la
Virgen. Allí estaba, sin duda, el Nazaret de los tiempos de Herodes, y si
queremos encontrar la cumbre desde la que quisieron arrojar a Jesús (Lc 4,
29), no la busquemos en los puntos más elevados de la actual Nazaret, sino
en la antigua y modesta acrópolis.

Inmediatas a la basílica de la Edad Media, el R. P. Próspero Viaud[2] ha
descubierto grutas transformadas en habitaciones, que parecen representar el
estado de la casa de la Virgen antes de que fuera transformada en cripta de
una iglesia. Éste, sin duda, era el tipo más común de las viviendas de
Nazaret: existen aún viviendas semejantes en las calles de la ciudad
moderna, disimuladas por las casas nuevas. El no saber a punto fijo dónde
estaba emplazada Nazaret nos obliga a creer que su transformación no se
realizó hasta los tiempos cristianos, motivada por la atracción del
santuario. Aun hoy la ciudad de María va subiendo hasta el santuario de
Jesús Adolescente y se extiende por la colina oriental, tomando forma de
anfiteatro, desde donde se explaya la vista hasta el infinito sobre la
planicie de Esdrelón.

Es, pues, verosímil que fue en un modestísimo cuartito donde se hallaba
aquella a quien el ángel Gabriel va a llevar un mensaje mucho más augusto
que el que dio bajo los dorados artesonados del Templo de Jerusalén. Se
llamaba María, Mariam en hebreo, nombre bastante común entonces, que, según
las analogías de la lengua hablada, quería probablemente decir dama o
señora. Aun ahora decimos Nuestra Señora para designar a la Madre de Jesús.

Era una virgen desposada con José, de la casa de David, y ella misma
pertenecía a esta descendencia, según lo da a entender san Lucas (Lc 1, 32,
69). Estaba, sin embargo, emparentada con Isabel, que era, como su esposo
Zacarías, de la tribu de Leví. Las uniones entre una y otra tribu no eran
raras, e Isabel descendía, sin duda, en grado que no sabemos, de una madre
de la tribu de Judá y de un padre levita. Por segunda vez en seis meses el
ángel Gabriel había sido encargado de un mensaje de Dios. Las
particularidades de la segunda visita manifiestan una grandeza interior, muy
por encima de la primera. En tanto que Zacarías se siente turbado y con
miedo a la vista del ángel, que no se le aparece sin saludarle, María, en su
casa[3], es visitada porGabriel, que, acercándosele, la saluda diciéndole:
«Dios te salve[4], llena de gracia, el Señor es contigo». ¡Palabras tan
repetidas por los cristianos! Era decir a María que poseía con plenitud el
favor del Omnipotente. Solamente entonces se turbó la Virgen, es decir, se
extrañó su humildad de oír tan gloriosa salutación. Aunque no estaba
asustada, el ángel le dice que no tema, porque el fin de su visita era una
gracia de Dios, más insigne que las que hasta entonces había recibido.
Concebirá un hijo, a quien le impondrá el nombre de Jesús, en hebreo Yeshua,
es decir, «Yaho (el dios de Israel), salva». Será grande y se le mirará como
hijo del Altísimo, y será hijo de David, llamado por Dios a reinar en el
trono de su padre, no como él por algunos años, sino por siglos, porque su
reino no tendrá fin.

Así fue escogida María para ser Madre de Dios. Por elevado que fuese el
título de Hijo del Altísimo, podía ser una señal del honor concedido al
Mesías como hijo adoptivo de Dios. Lo que María veía clarísimamente fue que
el Mesías que había de nacer de Ella sería hijo de David. ¿Sería menester
que fuese hijo de José, su esposo, que precisamente era de la familia de
David? El humano sentir que juzga que su parecer es el más razonable habría
dicho: ¿Y por qué no? Es el curso de las cosas. Pero el curso de las cosas
había procedido de otra manera desde los días de la eternidad, y el Hijo de
Dios no había de tener otro Padre que a Dios Padre.

María se maravilla y pregunta: «¿Cómo será esto, pues yo no conozco a hombre
alguno?» Palabra extraña seguramente, y que tan poco hacía al caso, que
muchos críticos han querido borrarla del texto. El resultado sería
manifiesto: no contendría nada de lo que san Lucas ha querido significar;
sería quitar el diamante y dejar sólo el engaste. San Lucas, escritor
atildado y acostumbrado a matizar, no intentó poner en los labios de la
Virgen llena de gracia una frase inocente en extremo, una de esas
banalidades llamadas truismos para intercalarla en los discursos divinos.

María quiso decir que, siendo virgen, como lo sabía el ángel, deseaba
permanecer tal; o, como han interpretado los teólogos, ella había hecho voto
de virginidad y esperaba guardarlo. No se atrevía, sin embargo, a
contradecir la voluntad de Dios, que ya había empezado acomunicársele. «No
conozco», es en su pensamiento: «Yo no deseo conocer». No dice «yo jamás
conoceré» por no oponerse a los designios de Dios, y esperaba la solución de
aquel enigma.

Objetará entonces el sentido vulgar: ¿Por qué se había desposado con José?
Se puede responder: Porque debía inevitablemente obedecer la voluntad de sus
padres, y sobre todo por la tiranía de la costumbre[5], que no admitía el
celibato voluntario en una hija de Israel. O bien porque, obligada a
resistir sin cesar, se hubiera empeñado en una lucha perpetua de uno contra
todos y, según su pensar, contra toda razón. Estaba desposada, pero con
José. Una sencilla conjetura basta para explicar cómo se conciliaba el voto
de virginidad de María con su propósito de matrimonio, y es que José estaba
animado de los mismos sentimientos, sentimientos en que vivían entonces
muchos personajes llamados esenios. Unida en matrimonio a un hombre justo,
casto como ella, aseguraba la dulce paz en una vida consagrada a Dios por
dos almas que se comprendían y amaban en Él.

El ángel no le dijo una sola palabra para apartarla de su intención de
matrimonio, que tan útilmente contribuía a los designios de Dios. Solamente
le manifiesta que su propósito de virginidad responde mejor al intento, pues
este nacimiento del Mesías será únicamente obra de Dios y de ella. «El
Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su
sombra, y por esto el hijo que nacerá será santo y se llamará Hijo de Dios».

Esta vez, si no estamos en plena luz, cuando menos nos ilumina aquella que
proyecta sobre la razón, un misterio que la sobrepasa. El hijo que ha de
nacer no tendrá más padre que a Dios. Verdad es que la obra divina en el
seno de María no lo hará Hijo de Dios, porque ya lo era: su generación es
eterna, y el Mesías no adquirirá una personalidad nueva, pero esta obra,
dando ser a una naturaleza humana, no derivada de otra acción humana, se
puede decir que será causa de una santidad sin igual del niño, y la razón
por la que se le dará un título a que tendrá eternamente derecho, el título
de Hijo de Dios.

La unión del Hijo de Dios con la naturaleza humana hubiese podido realizarse
en un nacimiento ordinario (los teólogos no lo niegan), pero era
convenientísimo que a nadie más que a Dios llamase con elnombre augusto de
Padre. ¡Qué claridad tan grande la que brota de la unión de estas dos
naturalezas en una persona! ¡Qué dignidad tan alta para María, que sólo ella
y el Padre puedan decir a Jesús: «¡Hijo mío!» ¡Qué consagración de vida de
perfecta castidad tan fecunda en bienes espirituales entre los hombres!

María debía dar su beneplácito para la realización del misterio. Al pedir el
modo cómo debía realizarse, no dudó como Zacarías. El ángel le ofrece una
señal de un orden muy inferior, un milagro sencillo, indicio de la
omnipotencia de Dios: que su prima Isabel había concebido un hijo en su
vejez, y esta mujer estéril ya estaba en el sexto mes de su embarazo.
Entonces María se inclinó, se abandonó a la voluntad de Dios, y con esto dio
el consentimiento, que se dignaba pedirle. «He aquí la esclava del Señor,
hágase en mí según tu palabra», y el misterio de la Encarnación se realizó
en su seno. La salvación del género humano comenzaba: la buena nueva fue
conocida inmediatamente en el cielo, y poco a poco iba a difundirse por la
tierra.



(Lagrange, Joseph.Vida de Jesucristo.Edibesa, 2002. Pag. 24-28)





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Comentario Teológico

_____

P. Alfredo Sáenz, S. J.





Nuestra Señora del Adviento



Decíamos que dos eran los personajes que polarizaban los evangelios de los
domingos de Adviento: Juan Bautista y la Virgen María. Del primero ya hemos
hablado anteriormente. Dediquemos, pues, esta homilía, a considerar el papel
que cupo a la Santísima Virgen en la preparación de la venida del Señor. En
la primera lectura de hoy, tomada del libro de Samuel, hemos escuchado el
relato del encuentro del rey David con el profeta Natán. David le dice a
Natán que tiene intención de hacerle a Dios una casa, una casa digna de su
grandeza, ya que hasta entonces la morada del Señor se reducía a una humilde
tienda de campaña, la misma que había acompañado a los judíos durante su
travesía por el desierto. Al oír tal proyecto, Dios responde a David por
boca de Natán: ¿Tú me quieres construir una casa? Pues bien, yo te daré una
casa, y tu trono durará para siempre. El Señor recurre, así, a un juego de
palabras: tú me quieres hacer una casa-edificio; pues bien, yo te daré una
casa-dinastía. ¿Cuál sería esta casa-dinastía? La casa de David, de la cual
nacería Jesús, lugar nuevo y definitivo de la presencia de Dios. El
evangelio de hoy nos presenta la realización de la vieja promesa: un ángel
se aparece a María, virgen de la estirpe de David, y le anuncia que tendrá
un Hijo a quien "el Señor Dios le dará el trono de David, su padre..., y su
reino no tendrá fin".

Tal es el misterio que, al decir de San Pablo en la epístola de hoy, fue
mantenido en secreto durante siglos, y que ahora, por fin, se manifiesta.
"El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá
con su sombra. Por eso el niño será santo y se le llamará Hijo de Dios",
hemos oído al ángel de la anunciación. Y la respuesta de María: "He aquí la
esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". Admirable conjunción del
cielo y de la tierra, de lo divino y de lo humano, del Espíritu que
desciende de lo alto, cual rocío de Dios, y del seno de María que representa
la tierra hecha fecunda, verdadera Tierra prometida de donde nacería el
Salvador.

La Virgen ocupa, así, un papel capital en relación a la primera venida de
Jesús. En vísperas del nacimiento del Salvador, María resume y encarna en sí
la anhelosa espera de los veinte siglos que precedieron a Jesús. O, si se
quiere, pone el broche final a ese largo período de expectación que fue el
Antiguo Testamento, ya que en ella convergen todos los preludios y las
figuras, todas las gracias y las inspiraciones que habían jalonado la
historia del pueblo elegido. En ella se concentra, por así decir, todo el
Antiguo Testamento en su aspiración más ardiente, en su preparación más
acabada para la venida del Señor. En ella se cumple de manera admirable el
mensaje premonitor del Bautista: "que los valles se levanten, que los montes
se abajen, que lo torcido se enderece, y lo escabroso se iguale", para que
quede expedito el camino al Salvador que se acerca.

El plan que Dios se había propuesto en el Antiguo Testamento era el de ir
educando a un pueblo rudo, interesado, temporalista y carnal, para hacerlo
poco a poco capaz de recibir la salvación. Fue una larga, progresiva y
paciente obra de educación. Pues bien, toda esa educación culmina en el
corazón de la Santísima Virgen; si por una parte se puede decir que su alma
escapa al tiempo y es, en cieno sentido, como un retazo de eternidad,
también es lícito afirmar que ella fue preparada por toda la educación de su
raza: María es la flor maravillosa, el fruto maduro que brota de Israel, el
término de esa acción misteriosa del Espíritu Santo en el alma de los
profetas y especialmente de las santas del pueblo elegido. Todo lo que se
realizó en el alma de Raquel, en el alma de Rebeca, en el alma de Sara y en
el alma de Rut, en las almas de todas esas mujeres del Antiguo Testamento,
confluye en el alma de María. Del interior de Nuestra Señora se puede decir
con verdad que "los valles se levantan y los montes se abajen". Ella es
verdaderamente aquella sobre la cual el Señor podrá caminar sin lastimar sus
pies.

¿Cuál era esa educación que había que dar a Israel, y por Israel a la
humanidad toda, para llevarlo a ser tal que el Señor pudiera poner sobre él
sus pies? Ante todo había que darle el sentido de Dios. Aquel pueblo,
desposado por Dios, tenía tendencia a irse tras los ídolos de los pueblos
vecinos. Por eso el Señor le reprochó incansablemente sus infidelidades de
esposa adúltera. Esa lenta educación de Israel floreció en María, tan
admirablemente poseída del sentido de Dios. A las infidelidades de Israel
sucede la fidelidad de María: ella es la virgo fidelis, la virgen
inmaculada, la esposa que siempre respondió con fidelidad a la fidelidad de
Dios. En segundo lugar, Dios quiso formar a Israel a lo largo de los siglos
enseñándole a comprender el misterio de la gracia. El pueblo elegido buscaba
preponderantemente los bienes materiales, la tierra que mana leche y miel,
la prosperidad en este mundo. Dios fue educando a ese pueblo: al principio
le concedió ciertas ventajas terrenas, pero luego le fue quitando esos
bienes para que aprendiera a no poner en ellos su confianza ya que era otra
cosa —y muy superior—lo que soñaba para él, para que se preparara a entender
el misterio de la Cruz, para que aprendiera a vaciarse de sí mismo y a
llenarse de Dios. En María contemplamos el éxito de esta educación divina.
De ella dice San Bernardo que lo único que pidió fue la gracia. Ella quiso
la gracia, no quiso sino la gracia, comprendió que era lo único que contaba,
lo único necesario. Y fue, así, "llena de gracia". No buscó prosperidad
material, ni ventajas terrenas; supo aceptar la Cruz: estuvo de pie junto a
la cruz de su Hijo, identificada con El.

María es, pues, el triunfo plenario de la educación proyectada por Dios, el
broche de oro de ese largo tiempo de expectación que es el Antiguo
Testamento. Durante nueve meses Dios se abrigó en su seno, nueve meses que
condensan la secular espera veterotestamentaria. Nueve meses de expectativa,
nueve meses de adviento. Nadie como ella ha esperado, deseado y preparado el
nacimiento del Señor. Ninguno, pues, como ella, está calificado para
introducimos mejor en el misterio de la Navidad.

Porque, como sabemos, no todo terminó con el nacimiento visible de Jesús en
la cueva de Belén. Cristo sigue naciendo en las almas, en cada alma. Si bien
es cierto que ya Jesús ha venido, también es cierto que siempre sigue siendo
el que debe venir. Ya ha venido, pero aún no del todo. Si es verdad que la
espera de Israel quedó sustancialmente satisfecha, no lo es menos que esa
espera, en cierto modo, todavía hoy subsiste. Siempre estamos de alguna
manera en Adviento, en espera de la venida de Jesús. Ya ha venido. Pero aún
no se ha manifestado del todo. No se ha manifestado de manera plena en
nuestros corazones, ni en la humanidad en su conjunto. Así como Jesús nació
según la carne en Belén, deberá primero renacer espiritualmente en cada uno
de nosotros. Hay una Navidad perpetua de Jesús en nosotros, que es todo el
misterio de nuestra vida espiritual. Siempre debemos dejar que Jesús nazca
en nuestro interior, siempre debemos permitirle que allí se arraigue y
crezca, aceptando las disposiciones de su corazón, su doctrina, sus
criterios; porque ser cristiano es transformarse poco a poco en Jesucristo,
hasta que se cumpla aquello de San Pablo: "Ya no vivo yo, sino que Cristo
vive en mí". Asimismo, mirando a toda la humanidad, advertimos que Jesús no
ha venido aun plenamente; no ha llegado todavía a todas las naciones ni a
todos los estamentos de la sociedad. Hay franjas enteras de la humanidad en
las cuales Jesús aún no ha nacido. Cristo místico no es todavía total, aún
está mutilado, incompleto, y lo seguirá estando hasta que no llegue a ser
todo en todos.

Pues bien, lo que hemos dicho al referimos a la preparación del nacimiento
de Jesús según la carne, vale también para el nacimiento espiritual de Jesús
en nuestras almas y en la sociedad. Así como María jugó un papel eminente en
el nacimiento físico de Jesús, puesto que le dio su carne y su sangre, así
continúa hoy jugando un papel sustancial en el nacimiento espiritual de
Jesús en las almas y en el orden temporal. María es siempre la que prepara
la venida de Jesús, la que engendra progresivamente a Jesús. Péguy confesaba
que no podía decir: "Padre nuestro" pero sin embargo se animaba a decir:
"Ave María". Es justo, porque para atreverse a decir "Padre nuestro" se
requiere una disposición filial, de gracia; en cambio, aun careciendo de tal
disposición, se puede decir: "Ave María", porque cabe una presencia de
Nuestra Señora allí donde Jesús y la gracia todavía no están presentes. De
ahí que se dé una relación misteriosa entre María y los pecadores; es lo que
instintivamente advierten éstos cuando, al no sentirse con ánimo para
dirigirse directamente a Jesús, recurren a María. La teología distingue,
junto a la gracia santificante, lo que llama la gracia preveniente, es
decir, que aun cuando alguno no esté en estado de gracia, no es sin embargo
extraño a toda gracia: hay gracias para los que aún no están en gracia y son
precisamente las gracias que los preparan a la Gracia, porque si no hubiese
gracias que los predispusiesen para la Gracia nunca podrían llegar a ella.
Comparable a tales gracias preparatorias es el papel de María. Ella es la
gracia allí donde aún no está la Gracia, la gracia que previene y que
prepara.

Venida, pues, de Cristo, en la realidad de su carne. Venida de Cristo en el
interior de nuestros corazones y en seno de las sociedades. Pero falta una
última venida, la del fin de los tiempos. Porque si bien es cierto que Jesús
está hoy activo en la Iglesia, lo está de una manera escondida, oscura y
misteriosa. Todavía su reino no se ha manifestado en el esplendor de su
gloria. Y así como María preparó la venida carnal de su Hijo, y prepara
siempre de nuevo su venida espiritual en nuestras almas y en el orden
temporal, también ella se encargará —ya se está encargando— de preparar la
venida final, su Parusía gloriosa. María llena con su santa presencia el
espacio que separa Pentecostés de la Parusía, así como llenó con su
presencia el espacio que separó la Ascensión de Pentecostés. Este gran
espacio de tiempo en el cual estamos actualmente —el tiempo de la Iglesia—,
es también una especie de período de adviento. Y de hecho, a lo largo de los
siglos, la Iglesia ha reconocido la presencia constante de la Santísima
Virgen, como lo prueba el reconocimiento de los diversos dogmas marianos,
desde su Maternidad divina hasta su Asunción gloriosa a los cielos. Y María
misma se encarga de recordárnoslo con sus apariciones, frecuentes sobre todo
en estos últimos tiempos, en Lourdes, Fátima, etc.

Pronto nos vamos a acercar a recibir la Sagrada Eucaristía. Desde ya pidamos
a María, a Nuestra Señora del Adviento, que así como preparó el nacimiento
de su Hijo en Belén, y prepara también la venida final del Señor en gloria,
se encargue ahora de preparar esta nueva venida de Jesús a nuestra alma por
la comunión.



Saenz a.,Palabra y Vida, Ciclo B, Segundo Domingo de Adviento,Gladius Buenos
Aires 1993, 2126



 

 

Comentario teológico: Francisco Bartolomé González - Lucas, 1,26-38

Los evangelios son escritos después de la resurrección de Jesús y desde la fe en esa resurrección. Es evidente que Lucas no hace historia como la haría un historiador moderno. Lo que escribe no puede tomarse al pie de la letra, porque recoge los hechos como eran interpretados por la comunidad cristiana primitiva; hechos en los que se palpaba la acción liberadora de Dios. Por eso, y de acuerdo con aquella mentalidad, los revestían con señales divinas. Y ahora nos es ya imposible separar lo histórico del simbolismo con el que ha sido rodeado.

Este pasaje evangélico es muy delicado a causa de su género literario, su composición imaginativa y la lectura historicista que se ha hecho de él. Es necesario que ahondemos en su mensaje, superando el modo en que se nos ha comunicado.

1. Protagonistas de la narración

El mundo seguía su curso. Los poderosos continuaban haciendo sus planes. Y, entretanto, en un rincón despreciado, acontecían secretamente unos hechos que iban a cambiar la historia de los hombres.

Lucas nos presenta el anuncio del nacimiento de Jesús como el cumplimiento de todas las promesas hechas por Dios a los hombres en el Antiguo Testamento, como la Buena Nueva -respuesta plena- a las esperanzas del pueblo.

Por su belleza literaria y por la hondura de su mensaje, este pasaje es uno de los textos centrales del Nuevo Testamento.

Son cinco los protagonistas que en él intervienen: Dios, Jesús, el Espíritu Santo, María y la salvación.

Dios es quien actúa desde el fondo. Un Dios que dirige los caminos de la historia de Israel, y que ahora va a dar cumplimiento a la promesa de manera decisiva en María: hablando a través del ángel, que es la expresión de su cercanía; actuando creadoramente por medio del Espíritu; haciéndose presente en el Hijo que va a nacer de María.

Jesús viene a dar respuesta afirmativa y definitiva a todas las esperanzas de los hombres. Es el Mesías, el fruto del Adviento -espera- de la historia humana, que culmina en María. La persona de Jesús, su mensaje y su vida, es fruto de un don del Padre: no había nada en el mundo de los hombres que pudiera dar como resultado previsible la aparición de Jesús. Por esa razón, su nacimiento sigue cauces distintos del nacimiento de los demás hombres. Sólo existía la esperanza abierta a la intervención de Dios. Abertura de la que es ejemplo María. El Espíritu Santo se adueña de María y la convierte en madre. Es el momento culminante de su manifestación o epifanía.

María ocupa un lugar eminente, pero secundario, en el relato. Es la imagen de la humanidad expectante ante el misterio de Dios. Concretiza la esperanza de Israel y el caminar de los pueblos y de los hombres que buscan su verdad y su futuro. Es la realidad del hombre enriquecido por Dios. Más que Juan Bautista, más que todos los profetas, representa a la humanidad insatisfecha que ama y espera, a la humanidad que acepta a Dios, que admite su Palabra y se convierte en instrumento de su obra. El saludo que le hace el ángel es probablemente el más impresionante de toda la Biblia; todas las palabras tienen intencionalidad mesiánica; Dios está en ella "llenándola de gracia" para la tarea que va a desempeñar. María creó dentro de sí el gran vacío -humildad- capaz de contener a Dios. Su disponibilidad fue total. Todo lo que es, es un don plenamente aceptado: fue totalmente transparente a Dios.

Todo el relato se orienta hacia una meta precisa: la salvación de todos los hombres. Una salvación que ya está significada en la figura de María, que espera en silencio, que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica.

2. Experiencia religiosa de María

Toda esta narración reposa sobre una experiencia religiosa de María, misteriosa, de una gran riqueza y de una histórica realidad. Su fuente serían los recuerdos de María. Se compone de tres partes: el anuncio de la maternidad, la explicación de la virginidad y la aceptación de María.

¿Vio María en realidad a un ángel? La palabra "ángel" significa "mensajero", "heraldo", "portador de noticias". El "ángel Gabriel" es, ante todo, como el cliché literario que simboliza el origen divino de la Palabra dirigida a María.

Debemos reflexionar sobre el contenido del mensaje que el ángel dirige a María. Y debemos preguntarnos qué sentido puede tener hoy para nosotros, cristianos del siglo xx, la escenografía angélica con que se nos presenta el anuncio hecho a María.

Para respondernos de un modo adecuado debemos superar el concepto peyorativo del mito, que lo considera como una mentira o engaño. El lenguaje mítico -parecido al poético- no tiene el mismo tipo de verdad que el científico o el histórico, pero no por ello deja de tener verdad. El mito quiere hacernos descubrir dimensiones de la realidad imposibles de captar de otra manera

Cuando la Biblia habla de ángeles es para que nos demos cuenta de que no narra hechos corrientes, sino acontecimientos que llevan dentro de sí un mensaje profundo para todos los hombres; acontecimientos no clasificables ni controlables por la ciencia histórica.

María recibió, como cada uno de nosotros, una vocación de Dios, una llamada a realizar una tarea en la vida. Vocación singular, difícil de narrar a causa de los límites del lenguaje humano.

Nosotros hemos personificado el mensaje. Y como nunca vimos ni veremos un "ángel", corremos el riesgo de creer que Dios no nos dirigirá nunca una llamada, de pensar y vivir como si estuviéramos en la vida sin ninguna misión concreta.

El que María haya visto a un ángel o no es algo totalmente secundario. Lo que importa es que nos preguntemos en qué lo reconoció María.

Los ángeles en la Biblia llevaban vestiduras blancas. Era la costumbre de la época. Hoy llevan jersey o anorak... Todos nosotros nos hemos encontrado, seguramente, con algunos de ellos.

Revisemos cómo hemos llegado hasta aquí, por qué tratamos de caminar por el camino de Jesús defendiendo la causa del pueblo, por qué estamos tan seguros de que es imposible ser cristiano desde cualquier tipo de poder, o de dominio, o de riqueza... Descubriremos, al menos, algunos. Es posible que no estuvieran tan "emplumados" como hubiéramos querido o que nos hayamos quedado sin reconocerlos.

¿En qué se puede reconocer a un "ángel"? ¿En qué reconoceremos que un pensamiento, un encuentro, un suceso, vienen de Dios? Este es un problema vital para nosotros, y es el que María resolvió.

¿Cómo lo consiguió María? Lucas ha escenificado en este diálogo con el ángel el proceso natural de la fe: receptividad y reflexión, meditación y razonamiento, gozo y temor, sentido de Dios y sentido común humano. Todo ello pasando el tiempo, porque no es posible discernir en un instante el Espíritu de Dios. Es lógico imaginar que María intentaría siempre iluminar y comprender su vida a la luz de las Escrituras. Dudo mucho de las comunidades de base actuales que están tratando de ser cristianas sin ahondar sus vivencias y actividades, con asiduidad, en el evangelio. Es esencial para un cristiano el compromiso social, sindical y político con el pueblo; pero ¿dónde fundamentarlo si no es en el evangelio? Como no estemos atentos nos lloverán las crisis y los abandonos.

¿El mensaje era el anuncio de la concepción o la misma concepción? Ni lo sabemos ni tiene demasiado interés saberlo. Lo que importa en nuestra vida no es nuestra vocación -elección concreta para realizar algo-, sino nuestro consentimiento, nuestra respuesta. Podemos pensar que María se descubrió a sí misma un día en una situación que le pareció inexplicable y que no podía confiar a nadie. La elección de Dios cae en el hombre frecuentemente como un mazazo. Su profunda unión con Dios, su sentido de la Escritura, su receptividad a la gracia, la llevaría a la posibilidad de encontrar una explicación religiosa a todo lo que le pasaba; pero tenía sentido común y era suficientemente sencilla y natural para sentirse trastornada ante una aventura tan extraordinaria.

Poco a poco su vida se iluminó con la luz de la Biblia, sobre todo con Isaías, y la Biblia se iluminó para ella a la luz de su vida.

"El Señor, por su cuenta, os dará una señal.

Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel (que significa "Dios-con-nosotros"). (Is 7,14)

3. Dios se encuentra a gusto entre los pobres

La anunciación de Juan tuvo lugar en el templo, en Jerusalén; su destinatario fue un sacerdote del bajo clero. La anunciación de Jesús, en una casa humilde de una aldea perdida de un país despreciado -Galilea-; su destinataria, una joven sencilla y pobre. Las grandes obras de Dios se realizan en el silencio y la oscuridad de los pobres.

Dios no va nunca detrás del poder, detrás de las personas que figuran en la sociedad. No va a los palacios de los reyes ni a las casas de los ricos, ni a las brillantes curias ni a las grandes organizaciones empresariales o políticas... No se fija en personas de categoría social. Dios se encuentra a gusto entre los pobres. El que abarca a todo el mundo va a un pueblo pequeño y pobre, dirige su rostro a Nazaret y escoge a María, símbolo de la comunidad que cree, del resto de Israel que espera la liberación, expresión de todos los humildes cuya única fuerza es Dios. De su seno, del seno de la humanidad de buena voluntad, va a surgir el Salvador: de los pobres, de los sufridos, de los que lloran...; de los profetas y pacifistas, de los que luchan por la libertad, de las pequeñas comunidades cristianas y de todas las comunidades o grupos que se aman, de todos los que sirven y de los que rezan con sentido...

El tiempo mesiánico ha llegado. Sus signos son sencillez, humildad, pobreza, plenitud, alegría.

Nazaret era un pueblo desgraciado en todos los sentidos: lejos de la capital, Jerusalén; en zona medio pagana, en una región subdesarrollada. Sus habitantes tenían fama de envidiosos y mentirosos.

Una joven muchacha, en un pueblo así, no contaba para nada, aparte de ser mano de obra barata o de tener hijos que lo fueran.

Es conveniente señalar que, cuando Jesús nació, existían en Galilea, en las proximidades de Nazaret, los primeros grupos de guerrilleros zelotes, al que parece que pertenecieron algunos de sus discípulos.

El matrimonio judío se realizaba en dos etapas: los desposorios y, un año después, aproximadamente, la boda. Sólo a partir de la boda vivían juntos los esposos. María estaba desposada con José, descendiente del rey David, pero pobre. Seguramente nacido en Belén, otro pueblo sin importancia.

4. El camino de la alegría

"Alégrate". La proximidad del Mesías sólo puede despertar alegría en el corazón de los creyentes, porque con El todos nuestros deseos de plenitud y eternidad serán un día realidad, cuando derrote "el pecado del mundo" (Jn 1,29).

A pesar de la euforia de nuestra sociedad de los adelantos técnicos, a pesar de las propagandas que prometen felicidad a bajo precio, a pesar de las ansias infinitas de placer de nuestro mundo..., nos sentimos hambrientos de alegría. Nuestro mundo ha perdido el camino y es víctima de un equívoco cruel. Nada buscamos tanto como la felicidad y la alegría, y nada parece alejarse cada vez más. Cada día más preocupado, nuestro mundo no hace otra cosa que hablar de crisis.

Es necesario cambiar radicalmente de dirección si queremos entender la primera palabra que el ángel dirige a María.

La alegría que nos prometen los profetas no se parece en nada a la que nos anuncian en la televisión o en las fiestas: acaparar cachivaches, diversión ruidosa, risa estrepitosa, alboroto superficial. La alegría que nos prometen los profetas es la alegría del compartir, no de acaparar, la alegría de servir, no de dominar; la alegría de acoger, no de imponer; la alegría de ser libre, no de la evasión frívola. Es la alegría de no estar solo, de saber que alguien te ama y te ayuda, de estar seguro que todo terminará bien. Esta alegría es activa, crea comunión, gusta de la verdad y del amor.

A esta alegría sólo se llega pasando por el riesgo del compromiso con la justicia y la libertad; camino estrecho, difícil de encontrar y de seguir. Alegría difícil de conquistar. Alegría que es más bien una promesa y una esperanza.

No podemos eludir la profundidad de la alegría si queremos encontrarnos con ella. El camino hacia la alegría pasa por el sufrimiento -¡de eso sabrá mucho María a lo largo de su vida!-. Camino marcado por Jesús en las bienaventuranzas (Mt 5,1-12), o al decirnos que tenemos que perder la vida por El para encontrarla (Mt 10,39).

El camino hacia la alegría es un camino de entrega y de servicio, de sufrimiento y de sacrificio. ¿No habéis experimentado nunca una gran alegría con lágrimas en los ojos? Sólo el que vaya caminando en esa dirección irá comprendiendo las paradojas del cristianismo y de la vida.

El final de ese camino es la alegría. Y la alegría es más profunda que todo, porque quiere eternidad, quiere la profunda y honda eternidad. En los momentos de alegría profunda, ¿no nos gustaría que se pararan definitivamente los relojes?

La alegría eterna es el término de los caminos de Dios. Alegría eterna que no se alcanza viviendo superficialmente, ni dejándose llevar por el ambiente, ni viviendo encerrado en sí mismo... Se alcanza adentrándose en las profundidades de nosotros mismos, del mundo y de Dios.

En el momento en que alcancemos la última profundidad de nuestra vida, será el momento en que podremos sentir la alegría que la eternidad lleva dentro de sí, porque la eternidad es Dios; y la alegría también.

María es invitada a alegrarse. Será a lo largo de toda su vida cuando irá descubriendo y pagando el precio de esa alegría.

5. Donde abunda el pecado...

"Llena de gracia". El ser humano está herido. No es una herida superficial la que tenemos, sino una herida enraizada en lo más profundo de nuestro ser. Si miramos hacia el mundo que nos rodea y hacia dentro de nosotros mismos, veremos que se trata de una realidad palpable.

Miramos a nuestro alrededor y vemos el mal del mundo. No sólo desgracias naturales, como pueden ser terremotos o inundaciones, sino males como resultado de situaciones creadas por los hombres, que acaban teniendo consecuencias que quizá nadie hubiera querido, pero que entre todos hemos creado. Todos decimos que queremos la paz, pero las guerras de todo tipo no cesan.

Colectivamente, a escala mundial, ¿quién no ve el pecado -el mal- y la esclavitud en las guerras y en la forma de hacer las paces sin paz, en la opresión de las grandes potencias sobre todos los países, en los montajes de las multinacionales, en las dictaduras, en los gastos absurdos en armamentos, en la violación constante de los derechos y libertades esenciales de la persona -reconocidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, del 10 de diciembre de 1948, y violados constantemente por las mismas naciones que la firmaron-, en la lucha de clases, en el odio de razas, en la desviación de las diversiones, en las incalificables desigualdades económicas y de trabajo, en la droga, en el afán de unos pocos por adueñarse de lo que es de todos...?

Miramos hacia dentro de nosotros mismos, al pequeño mundo que somos cada uno de nosotros, y tenemos que hacer nuestro lo que decía san Pablo:

Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mí, es decir, en mis bajos instintos; porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no.

El bien que quiero hacer no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago. Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo el que actúa, sino el pecado que llevo dentro.

Cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos. En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo.

¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este ser mío presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias. (Rom 7, 18-25)

Abramos cada uno nuestros ojos y nuestra conciencia sobre el mapa mundial, nacional, local, familiar y personal. Y saquemos conclusiones. Y que tire la primera piedra el que esté sin mal -sin pecado-, el que sea absolutamente libre. Y no podemos evadirnos hablando de "superación del pecado" o que "es cosa de niños"..., como hace nuestra "adulta" sociedad. Esa "superación" o ese "infantilismo" son modos de huir para no tener que enfrentarnos abiertamente con nosotros mismos y no tener que reconocer las propias culpas. El mal provoca desconcierto y nos resistimos a integrarlo. El mal es negro y no lo queremos reconocer. Pero solamente reconociéndolo podremos recuperar la paz y la serenidad y podremos mirar a Dios y al futuro sin miedo.

Extrañamente, hoy olvidamos e ignoramos el sentido de pecado y la conciencia de esclavitud, refugiados en el "es bueno porque me gusta y malo porque me disgusta". Extrañamente, porque la desarmonía hace cruel y horrible este mundo que debería ser amable. Extrañamente, pues las cadenas pesan y suenan en cuanto queremos movernos a un ritmo distinto al que marca la sociedad.

Nos engañamos pensando que el pecado no existe y que somos libres. Y así, no tiene sentido hablar de redención y esperar algún tipo de liberación. Liberación que es, en definitiva, librarse del pecado siguiendo el camino marcado por Jesús; camino que es posible seguir, aun sin conocerlo a El, si somos fieles a la propia conciencia.

Si olvidamos nuestra condición, perdemos de vista nuestro destino. Nos incapacitamos para la esperanza, para la gratitud y el amor. Necesitamos abrir la razón y los ojos a la herida del mal que nos marca a todos. Es necesario que dejemos de engañarnos. Sentir la herida es buscar su curación. Somos hijos de una larga tradición de egoísmos; nos cuesta dar un "sí" limpio a Dios y a los hombres. La Biblia nos habla de nuestra condición y de nuestro destino. La condición y el destino humanos fueron objeto de reflexión constante para el hombre de ayer, tanto como lo son para el de hoy.

Gn/V-HUMANA/H-SALVACION: En el siglo x antes de Cristo, un genial teólogo-catequista-profeta definió toda la historia humana como proyecto de salvación. Y en los once primeros capítulos del Génesis nos narra el destino de toda la humanidad, incluida la del porvenir. Los personajes que pone en acción no son históricos, sino símbolos de toda la humanidad, convencionalmente reducida a ellos. Son, por tanto, más reales que si fueran históricos, pues llevan sobre sí la realidad del hombre de todos los tiempos.

Adán es el hombre; a Caín lo podemos ver todos los días en el periódico, y tal vez viva en nuestro corazón; los contemporáneos de Noé y los constructores de la torre de Babel somos nosotros mismos.

Los once primeros capítulos del Génesis nos descubren los cuatro elementos fundamentales de toda vida humana: creación, elección, pecado y redención. Dios crea y da el crecimiento, como lo proclama el poema de la creación y las grandiosas genealogías, que no deben tomarse al pie de la letra (Gén I y 5).

También nos muestra que el hombre está destinado a la amistad con Dios, como lo da a entender la historia del paraíso terrenal (Gén 2).

El pecado humano. Por amarga experiencia propia, hubo de conocer y reconocer Israel esta constante de la historia humana.

Por cuatro veces describe una caída la historia primitiva: la comida del fruto prohibido (Gén 3), el fratricidio de Caín (Gén 4), la corrupción de los contemporáneos de Noé (Gén 6 al 8) y la construcción de la torre de Babel (Gén 11). Todos ellos son símbolos de nuestros pecados.

Pero Dios no deja al hombre solo. A cada caída le sigue una manifestación de la gracia: al expulsarles del paraíso, Dios da vestidos a nuestros primeros padres y les promete que la descendencia de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente; Caín recibe un signo para que nadie lo pueda matar; en la historia de Noé, el elemento de salvación ocupa casi todo el relato; e inmediatamente después de la torre de Babel comienza la historia de Abrahán, principio de las promesas que culminarán en Jesús de Nazaret.

Estos relatos, con su dramatismo, nos pintan hechos universales en los que todos los hombres somos protagonistas.

Nadie ha sabido hablar con mayor sencillez y profundidad de la experiencia de pecado que el autor de estos relatos.

"El pecado del mundo" (/Jn 1,29) -llamado "pecado original" desde los tiempos de san Agustín (finales del siglo IV y principios del v)- no es una mancha heredada al nacer, sino una realidad presente en el mundo: realidad de egoísmo, de injusticia... Es algo comparable a la contaminación que nos rodea. Todo, de algún modo, está contaminado. Es posible que todos contribuyamos a ello; pero aunque alguno no lo hiciera, padecería y sufriría de la contaminación existente en el mundo, le sería imposible escapar a ella. Eso es lo que significa la expresión "pecado original": no el mal que hacemos personalmente, sino el mal presente en nuestra sociedad que nos afecta a todos, aunque pretendamos ignorarlo. La ruptura interior y la soledad, el aislamiento de unos con otros, el alejamiento de la Naturaleza, la tristeza..., son expresiones del pecado, realidad tan vieja como el hombre, que no debemos atribuir a ningún antepasado.

El diálogo simbólico entre Adán y Eva, entre ellos y la serpiente o entre ellos y Dios nos revela nuestras propias contradicciones, nuestras medias verdades que son medias mentiras, nuestros "pecados originales"; es decir, pecados que nos inclinan a cometer otros mayores: para tapar una mentira tenemos que decir otra mayor, un robo conduce a cometer otros... El pecado -el mal- engendra una cadena de pecados -de males-, de la que sólo podemos liberarnos si reconocemos la culpa inicial y rehacemos, con la ayuda de Dios, el camino en sentido inverso.

¿Nos sabemos pecadores y esclavos? Lo sabremos si razonamos sobre nuestra experiencia. Hemos de tomar conciencia de pecadores: todos somos hijos de Eva; también de la enemistad entre nuestras ilusiones y esperanzas y el pecado que nos domina, y que el triunfo no es fruto de nuestras fuerzas.

Sabemos que la explicación del árbol prohibido, la manzana, la serpiente..., más que una historia es una explicación de la vida humana sobre la tierra, una manera de explicar el porqué de los grandes problemas, las grandes limitaciones que tenemos los hombres: el mal y la muerte.

Esa tendencia que tenemos desde el principio de ir cada uno a lo suyo, de buscar el propio interés sin pensar en nada más, de creer que somos los más importantes del mundo y que lo que es bueno para nosotros es bueno para todos..., esa tendencia nos ha marcado y ha roto la armonía y la paz y la felicidad que los hombres estábamos llamados a vivir y ha convertido la vida humana en tristeza, en limitación, en muerte.

Adán y Eva creyeron y escogieron y desearon ser ellos los dueños de todo, el criterio último de todo. Quisieron tener el poder de dictaminar lo que era bueno y lo que era malo. Quisieron ser ellos los que impusieran para siempre lo que había que hacer y lo que no, y no quisieron prestar atención a los proyectos de Dios sobre sus personas.

Dios no quería que los hombres se consideraran propietarios particulares del bien y del mal, no quería que este o aquel hombre llegara a decir: "Eso es bueno y eso es malo porque lo digo yo.... porque me conviene". Ese principio ha llevado a infinidad de dictaduras y de asesinatos por ideales políticos o religiosos.

El camino de Dios era otro; nunca el camino de la autosuficiencia e insolidaridad. Dios quiere los caminos del amor, de la paz, de la armonía, de la fraternidad...

Los hombres, desde el principio, rompieron este proyecto de Dios y estropearon la historia humana. Esta ruptura ha llegado hasta nosotros: nosotros también queremos en la práctica hacer nuestra voluntad, ir a lo fácil, no comprometernos... El mal es inseparable de nuestra vida personal y de nuestra historia colectiva.

¿De dónde viene el mal? El plan de Dios es bueno (Gén 1,31), pero el mal se ha infiltrado en él. El mal está en cada uno de nosotros y cristaliza en las estructuras empecatadas del mundo.

No creo que, ante esta experiencia universal de pecado, sea exagerado elevarlo a verdad universal e indiscutible, a dogma de fe. Es lo que ha hecho la Iglesia.

6. ... Sobreabunda la gracia

Esta ruptura, Dios no la ha querido para siempre; Dios no ha querido que los hombres estuviéramos para siempre condenados a no poder levantarnos del mal que nos ata. Jesús, nacido de María, reconstruyó el camino: amando totalmente hasta dar la vida. Y así ahora los hombres, si lo seguimos, podemos aprender de nuevo a amar, podemos librarnos de las ansias de dominio que llevamos dentro, podemos caminar de nuevo hacia el reino de vida que Dios tiene preparado. Para ello tenemos que reconocer la culpa, el pecado que hay en nosotros. Reconocer la culpa no es aún superarla: es un simple imperativo de realismo. Es Dios quien nos libra del mal, siempre que colaboremos .

El diálogo del paraíso anuncia, al final, la victoria del linaje de la mujer; victoria que nunca podremos conseguir solos. La culpa, el pecado, no son la última palabra sobre la vida humana. En esta lucha saldremos victoriosos.

INMACULADA CONCEPCION: El pasaje de la anunciación nos presenta el inicio de esa victoria. Dios comienza eligiendo una madre. Redimida por gracia del peso abrumador de tantos egoísmos como a nosotros nos marcan, la madre de Jesús puede ser "llena de gracia", pudo ser totalmente una mujer para los demás. Su corazón no podía aferrarse a nada ni a nadie; debía ser plenamente libre.

No es nada fácil ser madre. Y menos aún ser madre de Jesús, el hombre que no se pertenecía, que era todo para Dios y todo para los hombres. Su madre no debía ser para El, ni inconscientemente, ningún obstáculo. Por ello, Dios la preservó de toda tara. Ella debía ser totalmente verdad, para poder participar en la victoria sobre toda mentira. Debía ser totalmente luz, para poder ser la madre del que iba a ser "luz del mundo" (Jn 8,12).

Lo que nosotros nos esforzamos para ser ahora a medias y esperamos ser plenamente un día, María lo es desde el principio sin ningún estorbo interior. Ama como es amada y nunca juega con el amor. Consecuencia de nuestro pecado es nuestra tendencia a jugar con el amor.

María es capaz, ya desde el principio, de permitir la entrada de Dios con todo su misterio y sin condiciones en su propia vida, y es capaz también de entrar sin miedo en la vida de Dios. Así es María: "llena de gracia", inmaculada. Pero no lo es para ella. No hay ninguna madre que sea para ella lo que es; siempre lo es para el hijo, para los hijos.

María es única e irrepetible. Pero, al mismo tiempo, es una muchacha pobre, muy pobre; sencilla, muy sencilla; humilde, muy humilde. Se la representa rodeada de riquezas, de ángeles... Y esto puede alejarnos de la dura realidad que ella vivió. Una Virgen María deshumanizada no es conforme a la Biblia; ni le da gloria a ella ni es una ayuda para nosotros.

Dios actúa desde las cosas pequeñas, desde los pobres, desde lo que el mundo olvida y arrincona. Por eso debemos desconfiar de todos aquellos grupos religiosos que creen que van a salvar al mundo dando la mano al poder y reforzados por el dinero. Aunque tengan todas las bendiciones.

7. Sentido de los dogmas. La Inmaculada Concepción

DOGMA/QUÉ-ES: Esta realidad de María la expresamos con el dogma de su Inmaculada Concepción. Con él expresamos nuestra fe en que María vivió siempre en plena comunión con la vida de Dios, sin ese desequilibrio o debilidad inherente a la condición humana. Cuando los cristianos pensamos en los dogmas, creemos que son realidades estáticas, superfluas, para aprenderlos de memoria o para torturar la fe de muchos; fórmulas mágicas para disipar todas las dudas, verdades para "creer".

Sin embargo, el dogma es una realidad dinámica, viva, que manifiesta lo que acontece en el mundo, intenta revelar un aspecto de la vida, siempre que sea entendido correctamente (por ejemplo: el dogma de la infalibilidad del Papa crea problemas cuando no se sabe lo que quiere decir o se cree que es infalible todo lo que dice el Papa. Pero cuando se descubre que sólo es infalible cuando habla como Pastor supremo y para definir una verdad de fe, que normalmente le ha sido pedida por el pueblo, todo inconveniente a ese dogma desaparece: no habla así casi nunca). El dogma habla a realidades más profundas que la inteligencia. Evoca aspectos de la realidad que se nos escapan, trata de comunicar una experiencia fundamental a todo hombre. Es una verdad para "vivir". Si los reducimos a misterios, que no podemos entender, ¿para qué nos servirán? El dogma no existe para sí mismo, sino para la comunidad de los creyentes. Y debe cumplir la misión para la que ha nacido.

Cada época tiene que reinterpretarlo, porque cada generación tiene un modo peculiar de comprenderse a sí misma y, por ello, un modo propio y legítimo de entender la realidad y de interpretarla. Nosotros debemos conectar con el mensaje que el dogma nos entrega. Aunque el dogma sea inmutable, porque revela la realidad y es real lo que revela, sin embargo, el modo de comprenderlo puede variar. El dogma nos revela nuestro ser en el mundo, y nuestra propia experiencia nos ayuda a comprenderlo de un modo determinado. Y ésta es la fuerza y la debilidad del dogma: debe estar siempre vivo para evocar y sugerir, pero, a la vez, está expuesto a una interpretación equivocada. Los dogmas han ido surgiendo del pueblo fiel, de su fe y de su vida.

El dogma de la Inmaculada Concepción, tan discutido y controvertido durante varios siglos hasta su promulgación por Pío IX el 8 de diciembre de 1854, tiene gran relación con nuestra vida cristiana: María es signo de la meta a que Dios llama al linaje humano: vencer a la "serpiente". Ella vivió, desde el primer instante de su vida, esa victoria que estamos llamados a alcanzar un día todos los hombres.

8. María, "bendita entre las mujeres"

"Bendita tú entre las mujeres". Es muy interesante descubrir cómo en una cultura machista, que despreciaba a la mujer mucho más que ahora, María -y con ella toda mujer- queda ensalzada por las palabras del ángel.

Hemos de agradecer que las comunidades cristianas de la segunda mitad del primer siglo dieran a María una importancia tan grande, que no tenía en los comienzos de la predicación apostólica. Hemos de agradecerles este descubrimiento de María, porque puede ser muy positivo de cara a la necesaria liberación de la mujer, dentro de la liberación global de todos.

En un mundo radicalmente injusto con la mujer -incluido el mundo cristiano-, María se nos presenta como la imagen ideal de la madre, de la esposa, de la religiosa, de la hija, de la mujer.

Una imagen de ternura y gracia, de vida y fecundidad. De otra forma no podría ser "llena de gracia" ni "bendita".

MUJER/MARGINADA: Las comunidades cristianas tenemos que esforzamos por comprender y poner en práctica la misión de la mujer en el mundo actual. Tenemos que descubrir -y luchar contra ellas- las incomprensiones y las injusticias que cometemos con la mujer. Ante María deberíamos interrogamos sobre el trato que recibe entre nosotros. Interrogarnos todos: hombres y mujeres, chicos y chicas.

La mujer es utilizada en concursos de belleza, en el cine y en la televisión, en las revistas, en las modas -en la actualidad también los hombres...- como "objeto". Cosa que a muchas mujeres les va bien.

La mujer es marcada desde la niñez para servir al hombre. Los padres les dan un trato distinto al de los hijos; su trabajo en casa está desvalorizado, incluso por ella misma; está marginada de los puestos más cualificados. En el matrimonio es el hombre el que decide siempre, sin pensar que su mujer es persona igual que él. En muchas casas no pasa de ser la criada de todos: lava la ropa, limpia la casa, hace la comida..., nunca tiene descanso ni vacaciones... Los demás, el marido el primero, pueden irse con los amigos a jugar la partida..., y mientras, la esclava en casa. Y esto pasa en familias cuyos miembros pertenecen a comunidades cristianas, lo que es gravísimo. En la Iglesia tiene cerradas la mayoría de las puertas. La lista de injusticias contra ellas sería interminable.

Dios tiene otros criterios, y es a una mujer a quien dirige su Palabra cuando quiere plantar su tienda entre nosotros. Y en esa mujer bendice a todas las mujeres.

El ejemplo de María nos exige luchar contra el mal del mundo. Nos exige ser solidarios con cualquier esfuerzo humano, social, político, sindical...; solidarios con todo intento de mejorar la vida de todos y de cada uno. El ejemplo de María, el sabernos hijos suyos en la fe, nos tiene que llevar a vivir entrañablemente su presencia maternal en nuestras vidas y a compartir su lucha contra todo lo que hay de mal en nuestra sociedad; su lucha por liberarnos de toda injusticia, mentira, egoísmo, opresión...

9. El encuentro con Dios es siempre turbador

María "se turbó". No estaba acostumbrada a oír cosas de ésas. Su vida era muy sencilla. El ángel continuó: "No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús..." Palabras dirigidas a una mujer que vive en un pequeño pueblo y que hace lo mismo que las mujeres de su tiempo y de su patria. En contra de lo que muchos piensan, no importa si lo que hacemos en la vida es importante o no, sino el cómo lo hacemos. María vivía una vida corriente, pero fiel y marcada por la esperanza. Como tanta gente de su nación, María anhelaba algo más que la vulgaridad de cada día; vivía confiando en las promesas de los profetas que llamaban a espabilarse, que anunciaban la posibilidad de una vida más libre, más llena de gozo; que proclamaban que Dios quería que su pueblo superase tanto mal arrastrado desde siglos, tanto egoísmo, tanta opresión, tanta injusticia...

María sabe que Dios actuará, y espera, porque no vive satisfecha ni instalada, porque se siente pobre y ve que, a ella y a su pueblo, les queda aún mucho camino por andar. Y Dios actúa de modo sorprendente: María, que esperaba en Dios, se encuentra haciendo de protagonista de la salvación, de la vida que Dios quiere comunicar. Por medio de ella vendría el Deseado de las naciones; porque Dios actúa a través de los que saben que les queda camino por andar, de los que saben que no lo tienen todo, de los que no se han conformado con la mediocridad del ir tirando.

Deberíamos preguntarnos si Dios podría actuar en nosotros como actuó en María. Es decir, si vivimos tranquilos pensando que todo está bien, o si somos gente que espera activamente. Si somos gente que, como María, sabemos que nos queda mucho camino por recorrer, que tenemos a nuestro alrededor y en nuestro interior mucho mal que combatir, mucho egoísmo que romper, mucha falta de ilusión que reanimar... Dios vendrá a nosotros. Sólo si esperamos como María esperó encontraremos a Dios en nuestro camino. Un Dios que nos impulsará a vivir cada vez con más plenitud. Sólo si estamos abiertos a recibir la liberación de todo mal tendremos esa liberación.

Se dice a María que tendrá un hijo y que deberá llamarle Jesús, que significa "Dios libera". A este hijo se le atribuyen cualidades que en la Biblia indican la presencia del mismo Dios en medio de su pueblo. Y se le adjudican en grado máximo.

10. Todo es posible al que cree

"¿Cómo será eso, pues no conozco varón?" Tan fuerte y decisiva nos quiere presentar Lucas la intervención de Dios, que nos llega a decir que María será madre no por su encuentro matrimonial con José, sino por una acción maravillosa de Dios. Y esto, lógicamente, no es comprensible para el hombre, y menos para el actual. Nos es difícil hoy admitir que para poner de manifiesto que el que va a nacer es "Dios libera", "Hijo del Altísimo", tenga que haber sido engendrado sin intervención del compañero de María. ¿Es que es impropia de la presencia y acción de Dios la vida sexual y el encuentro entre esposos? Estas preguntas nos las hacemos ahora. En tiempos de los primeros cristianos, por distintas influencias culturales y religiosas, es posible que fuera ésta la mejor forma de destacar la calidad excepcional del que va a nacer. Ya vimos cómo Juan nace de dos ancianos, ella estéril hasta entonces. Ahora, Jesús nace de una joven que nunca ha conocido varón, y que parece, por el contexto, que nunca piensa conocer.

Aunque lo importante son Juan y Jesús, no la manera como fueron engendrados, es necesario resaltar que la salvación viene de donde menos se podía esperar: de allí donde las fuerzas humanas parecen estar más disminuidas e incapacitadas, o han dejado de actuar, y que Dios está con el pueblo.

María es virgen y obra en ella el Espíritu Santo: su virginidad es signo de su plena disponibilidad y pobreza. No es ella la fuerte, sino Dios. Jesús no es el resultado de proyectos humanos, sino de un designio divino. Para resaltarlo se presenta su concepción de forma milagrosa. "Para Dios nada hay imposible".

¿El Espíritu de Dios la "empujó" a desear de tal manera al Mesías que éste se encarnó en ella? ¿Lo esperó con tanto anhelo que hizo posible su encarnación? Si tenemos en cuenta el sentido que tiene para los orientales la palabra, ésta podría ser una de las enseñanzas religiosas que se nos quiere transmitir, para animarnos a imitar la disponibilidad de María al Espíritu. El Niño nacerá por una intervención del Espíritu Santo.

Jesús viene a responder a los anhelos más profundos de nuestro corazón con una respuesta que va mucho más allá de lo que el hombre se atrevía a soñar. Había que presentar su nacimiento de una forma en la que fuera evidente la intervención directa de Dios.

Es claro que el nacimiento del hombre por el encuentro sexual de los esposos no tiene nada de negativo. El presentarnos Lucas el nacimiento de Jesús de forma tan extraordinaria nos puede ayudar también a descubrir cómo la virginidad es algo muy importante para la vida humana.

El relato -en lectura religiosa- nos presenta a María y José como dos jóvenes desposados que piensan vivir en virginidad. Y como esto es inconcebible para los hombres de todas las épocas, se presentaba a José como anciano, y así no había problema o quedaba muy disminuido. Debemos tener en cuenta, además, que en aquella sociedad una mujer soltera quedaba expuesta a muchos peligros al ser una persona indefensa.

Creo que los planes de Dios van por otro camino. El amor de José y de María -seres privilegiados, no lo olvidemos- era un amor que había alcanzado una cierta plenitud. Y a esa altura, la unión carnal ya no tiene razón de ser; como no tiene razón de ser en la vida de los bienaventurados ni en el amor de la madre al hijo, que es considerado como el más perfecto amor en este mundo.

11. Fecundidad de la virginidad, signo del reino de Dios VIRGINIDAD/SIGNO:

Este planteamiento nos debería ayudar a profundizar en el sentido que tiene la sexualidad -en cuanto genitalidad- en el amor matrimonial.

La virginidad es signo del reino de Dios. En el cielo no habrá matrimonios (Mt 22,30). ¿José y María son signo del amor pleno, incomprensible aquí, que supone superar todo lo genital, que se vivirá allí -cielo-?

La virginidad es también una actitud de liberación, que debe aceptarse libremente y que no debe unirse jamás a ninguna otra opción. Para mí es evidente que hay que separar la opción al sacerdocio de la opción al celibato.

La virginidad es, normalmente, el estado que han elegido los hombres y mujeres más comprometidos por el Reino. Es posponerlo todo en orden al reino de Dios. Es dar la vida a los demás con toda la persona y desarrollar esa vida. Es des-vivirse para que los demás vivan. Es la otra maternidad y paternidad: ayudar a que llegue a plenitud la vida dada por los esposos. Es una maternidad y paternidad más universal: se vuelca en el amor a toda la creación, a todos los hombres. Por eso, María es madre de la Iglesia: su virginidad, su amor pleno, la hizo madre universal. La virginidad es pobreza, y el pobre vive en los demás. Cuanto más pobre, más vive en los otros. El Pobre Absoluto -Dios- vive en todos los hombres absolutamente.

La virginidad es entrega a un ideal, a una obra. Pero siempre con la marca del sexo, como cualquiera actividad creadora, ya que la sexualidad no existe en abstracto, sino encarnada en hombres y mujeres concretos que actúan cada uno de modo peculiar.

-La virginidad es enamoramiento. Todos tenemos necesidad de enamorarnos para poder vivir. La virginidad sin una dedicación -enamoramiento- a las personas, a un ideal, a una tarea, al reino de Dios..., es una quimera imposible.

La virginidad requiere una alta capacidad para el amor, para el enamoramiento. Para una persona que ame medianamente, la virginidad es algo que uno se puede imaginar como posible sin serlo. Y un imposible es la obligatoriedad del celibato a todo sacerdote, aunque objetivamente sea mejor. Esa obligatoriedad hace que sea tan frecuente el solterón -y la solterona- y tan difícil la verdadera virginidad. Sin entrar en las frivolidades y escándalos que conlleva. ¿Qué libertad puede dar la ausencia de esposa e hijos, cuando nos rodeamos de padres, hermanos, sobrinas... sin que sea necesario, sólo para estar mejor atendidos? Por la falta de amor y de entrega de los que hemos elegido este camino -aparte de otras causas más visibles, como la permisividad sexual-, la virginidad no es signo para el mundo actual, que no cree en ella. Jesús de Nazaret eligió este camino.

La vida que se da en la virginidad parte de Dios de un modo más directo. ¡Cuántos hijos son más nuestros que de sus padres, al haberse limitado estos últimos a traerlos al mundo! Nos hemos acostumbrado a nacer "así", y lo vemos lógico. No nos damos cuenta de que los medios que se ponen para lograr una nueva vida son muy inferiores a lo logrado. Que es maravilloso, a poco que lo pensemos, que de esa causa salgan tales efectos. Nos hemos acostumbrado y lo vemos normal.

Lo anormal es tener un hijo y ser virgen. A eso no nos hemos acostumbrado. El caso único, biológico, es el de María -dentro de nuestra fe cristiana-, pero tampoco lo creemos de verdad. ¿Cómo descubrir la fecundidad de la virginidad cuando normalmente no es palpable? ¿Cómo palpar las ilusiones, la libertad, el amor, la verdad, el sentido de la vida, la fe... contagiando a los que nos rodean'?

La acción de Dios se ve más claramente en la fecundidad de la virginidad, siempre que ésta sea verdadera y se tenga fe. Sin fe, estas cosas no pueden aceptarse razonablemente.

Abrirnos al amor del Padre es la única condición para que el Espíritu de Dios pueda fecundar nuestra vida, como fecundó a María.

12. María acepta sin poner condiciones

"Aquí está la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra". Si entendemos textualmente la narración de la anunciación, podemos facilitar todo demasiado a María. Y de esa forma evadirnos de nuestra propia respuesta al plan de Dios. La fe traslada montañas (Mc 11,23). La fe de María, su espera del Mesías fue tan intensa, tan firme, tan abierta a los designios del Padre..., que hizo posible que se hiciera carne en ella el Mesías, el Hijo de Dios. Fue una vocación singular, a la que María respondió con un "sí" también singular y único.

También Jesús -su sentido de la vida humana- puede y quiere nacer y desarrollarse en cada cristiano, en cada hombre, que vive abierto a la libertad y a la justicia, a lo que Dios le pida en cada momento, aunque lo llame de otra forma.

Para María no fue fácil. Cuando Dios irrumpe en la vida de una persona, trastoca todos sus planes, la lanza a la intemperie, al futuro, al riesgo, a la inseguridad, a la búsqueda. María fue la primera que dijo un "sí" definitivo al plan de Dios. En su "sí" pleno está el "sí" de tantos millones de personas que a lo largo de los siglos han tenido fe en Dios, que tal vez no veían claro, que pasaban dificultades, pero que se fiaron de El.

No debemos considerar a María como una criatura que ha abandonado nuestras filas, que se ha separado de nuestro itinerario fatigoso, porque Dios le ha asignado un camino totalmente distinto al nuestro. María nos precede; comparte los riesgos de nuestro caminar. Es el modelo de la humanidad redimida.

M/ACEPTACION-VD: El "sí" de la anunciación no es sólo la aceptación de una elección singular, sino también la respuesta a una realidad oscura, dolorosa, a menudo incomprensible. El "sí" para ella es esencialmente la aceptación del "precio" de aquella vocación.

María aceptó lo cotidiano. Su "sí" inicial se extiende a todos los acontecimientos de su vida, tanto a los que no comprende como a los que llegan de improviso. Es pura acogida. Cuando pronuncia su asentimiento no puede prever todas sus consecuencias. Solamente a lo largo de los días irá comprendiendo a lo que se había comprometido con aquel "sí". Lo irá comprendiendo en la medida que vaya pagando el precio por su compromiso incondicional con Dios: "Una espada te traspasará el alma" (Lc 2,35).

Cuando se acepta el don de Dios no debemos pretender una explicación inicial que esclarezca todas las situaciones en que nos podamos encontrar. Se acepta una revelación progresiva ofrecida por los acontecimientos, y que irá clarificándose según vaya subiendo el precio que se nos vaya reclamando. El "sí" se paga día a día, como a plazos.

En el "sí" de María hallamos el ejemplo, pleno y total, de nuestras pequeñas respuestas. Porque lo mismo que caemos en el mal, también somos capaces de generosidades. María deja que Dios actúe plenamente en su vida. Frente a la actitud de autosuficiencia que preside tantas veces la actuación de los hombres, y que es la raíz profunda del pecado, María toma como estilo de su actuar la confianza total en Dios. El que actúa es Dios. Ella le deja actuar, no pone ningún tipo de estorbo a la acción divina.

Cuando el hombre toma esta actitud delante de Dios, cuando el hombre le deja actuar, Dios obra maravillas (Lc 1,49).

La grandeza de María está en su docilidad a la Palabra. Ella cree en la venida del Señor, y por eso el Señor puede venir. Su ejemplo podría cambiar toda nuestra historia personal y comunitaria.

"Y el ángel se retiró". María se queda sola. Ninguna comunicación más. Ningún otro mensaje que la conforte y elimine las dudas. El camino ha de hacerlo con la ayuda de su propia fe, "conservando todo esto en su corazón" (Lc 2,51). De ahora en adelante habrá de interrogar a los acontecimientos cotidianos para saber algo. Y cada vez que diga "sí" -antes aún de haber comprendido- ahondará en el sentido del misterio de la propia existencia .

13. Conclusiones para nosotros

EV/HOY: Vivimos afanados por muchas cosas, y una sola es necesaria (Lc 10,41s): realizar en nosotros la vocación a la que el Padre nos llama. Y para ello necesitamos iluminar nuestras vidas con la luz del evangelio, que es una profecía: revela lo que está pasando y pasará siempre. Debemos leerlo a la luz de nuestra experiencia personal, pensando que todo lo que en él se cuenta pasa también en nuestra vida; que todo lo que les sucedió a los primeros testigos, nos sucede igualmente a nosotros; que los evangelios no han hecho más que traducir al lenguaje de su tiempo una experiencia que nos es común. Dios camina con nosotros, vive en nuestra historia, está presente dondequiera que estemos, vive en nosotros, ama con nosotros. Toda nuestra vida está entretejida de llamadas de Dios y de respuestas o evasivas nuestras, llena de "ángeles", de mensajeros. Todas esas llamadas divinas a lo largo de la historia han sido "promesas" que en la mano de los hombres estuvo que se convirtieran en realidad.

Dios se nos comunica a través de las pequeñas ocupaciones de nuestra vida cotidiana. No vayamos a buscarlo a otra parte.

Nuestra vida puede convertirse en una anunciación continuada: hoy puedo ser yo el elegido para algo, hoy puede pedirme el Señor una respuesta, necesitar mi colaboración. Hoy y siempre, la palabra de Dios busca entrañas maternales que la acojan, alimenten y comuniquen. Hoy y siempre, el Señor espera escuchar el "sí" de los pequeños y obedientes, el "sí" de los libre y solidarios, el "sí" de todos los hombres de buena voluntad. Porque también existe el "no" de los opresores y ambiciosos, el "no" del dinero y del odio... Porque la lucha con la "serpiente" continúa; ella y su ralea ya están vencidas, pero no rematadas. Hay que seguir luchando para derribar a los poderosos, enaltecer a los humildes (Lc 1,52) y crear fraternidad. Hay que decir "no" a los que se endiosan y "sí" a los que se humanizan.

El ejemplo de María -pobre y pequeña- nos está diciendo que también la esterilidad de nuestra vida puede ser fecundada por la acción de Dios si nos abrimos a ella como supo hacer María. Dejémonos de defender de Dios, derribemos el muro de nuestras suficiencias, recelos y miedos. También en nosotros Dios quiere obrar maravillas (Lc 1,49).

¿Cómo hacer para seguir el ejemplo de María? En primer lugar, hemos de abrirnos como ella a la Palabra, a la gracia, a la venida de Dios: valorando la oración, la lectura evangélica, la acogida a los hermanos, el silencio interior, la comunicación... En segundo lugar, ser fieles a la lucha contra todo mal: reconocer y tratar de superar nuestros propios pecados, el mal de nuestra sociedad, sabernos llamados a un camino de progreso constante, buscar los medios comunitarios y personales que favorezcan esta lucha y este progreso...
(FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ, ACERCAMIENTO A JESUS DE NAZARET - 1,PAULINAS/MADRID 1985.Págs. 34-55)

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Comentario: Hans Urs von Balthasar - a las tres lecturas

1. La casa de David.

En la primera lectura, el rey David, que habita en su palacio, tiene mala conciencia de que, mientras él vive en casa de cedro, Dios tenga que conformarse con una simple tienda. Por eso decide, como hacen casi todos los reyes de los pueblos, construir una morada digna para Dios. Pero entonces el propio Dios interviene, y sus palabras son tanto una reprensión como una promesa. David olvida que es Dios el que ha construido todo su reino, desde el mismo instante en que, siendo David un simple pastor de ovejas, le ungió rey, acompañándole desde entonces en todas sus empresas. Pero la gracia llega aún más lejos: la casa que Dios ha comenzado, el mismo Dios la construirá hasta el final: en la descendencia de David y finalmente en el gran descendiente suyo con el que culminará la obra. Dios no habita en la soledad de los palacios, sino en la compañía de los hombres que creen y aman; éstos son sus templos y sus iglesias, y nunca conocerán la ruina. La casa de David «se consolidará y durará por siempre» en su hijo. Esto se cumple en el evangelio.

2. La Virgen desposada con un varón de la casa de David es elegida por Dios para ser un templo sin igual. Su Hijo, concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo, establecerá su morada en ella, y todo el ser de la Madre contribuirá a la formación del Hijo hasta convertirlo en un hombre perfecto. También aquí el trabajo de Dios no comienza sólo desde el instante de la Anunciación, sino desde el primer momento de la existencia de María. En su Inmaculada Concepción, Dios ha comenzado ya a actuar en su templo: sólo porque Dios la hace capaz de responderle con un sí incondicional, sin reservas, puede establecer su morada en ella y garantizarle, como a David, que esta casa se consolidará y durará por siempre. «Reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». El Hijo de María es mucho más que el hijo de David: «Es más que Salomón» (Mt 12,42). El propio David lo llama Señor (Mt 22,4S). Pero aunque Jesucristo edificará el templo definitivo de Dios con «piedras vivas» (1 P 2,5) sobre sí mismo como «piedra angular», nunca olvidará que se debe a la morada santa que es su Madre, al igual que procede de la estirpe de David por José. La maternidad de María es tan imperecedera que Jesús desde la cruz la nombrará Madre de su Iglesia: ésta procede ciertamente de su carne y sangre, pero su «Cuerpo místico», la Iglesia, al ser el propio cuerpo de Jesús, no puede existir sin la misma Madre, a la que él mismo debe su existencia. Y a los que participan, dentro de la Iglesia, en la fecundidad de María, él les da también una participación en su maternidad (Metodio, Banquete III, 8).

3. El templo que Dios se construye no se concluirá hasta que «todas las naciones» hayan sido traídas a h obediencia de la fe. Eso es precisamente lo que se anuncia al final de la carta a los Romanos. Esta construcción definitiva es operada por los cristianos ya creyentes, que no se encierran dentro de su Iglesia, sino que están abiertos al «misterio» que les ha sido «revelado» por Dios y, en razón de la profecía de los "Escritos proféticos", en los que se habla de David y de la Virgen, creen que el «evangelio» no se limita exclusivamente a la Iglesia, sino que afecta al mundo en su totalidad. El templo construido por Dios remite siempre, más allá de sí mismo, a una construcción mayor que ha sido proyectada por Dios y que no concluirá hasta que «haga de los enemigos de Cristo estrado de sus pies» y Cristo «devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza» (1 Co 15,24s).
(HANS URS von BALTHASAR, LUZ DE LA PALABRA, Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 127 s)


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Santos Padres: San Bernardo - Todo el mundo espera la respuesta de María

Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, los condenados infelizmente a muerte por la divina sentencia, esperamos, Señora, esta palabra de misericordia.

Se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación; en seguida seremos librados si consientes. Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y a pesar de eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida.

Esto te suplica, oh piadosa Virgen, el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abrahán, esto David, con todos los santos antecesores tuyos, que están detenidos en la región de la sombra de la muerte; esto mismo te pide el mundo todo, postrado a tus pies.

Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo tu linaje.

Da pronto tu respuesta. Responde presto al ángel, o, por mejor decir, al Señor por medio del ángel; responde una palabra y recibe al que es la Palabra; pronuncia tu palabra y concibe la divina; emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna.

¿Por qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí y recibe. Que tu humildad se revista de audacia, y tu modestia de confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. En este asunto no temas, Virgen prudente, la presunción; porque, aunque es buena la modestia en el silencio, más necesaria es ahora la piedad en las palabras.

Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. Si te demoras en abrirle, pasará adelante, y después volverás con dolor a buscar al amado de tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.

Aquí está -dice la Virgen- la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.
(De las homilías de san Bernardo, abad, sobre las excelencias de la Virgen Madre. Homilía 4, 8-9: Opera omnia, edición cisterciense, 4/ 19,661, 53-54)


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Aplicación: P. R. Cantalamessa OFMCap - Creer para hacer una verdadera Navidad

El pasaje del Evangelio del IV domingo de Adviento comienza con las familiares palabras: «Fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret». Es el relato de la Anunciación. Como de costumbre, sin embargo, nosotros debemos concentrarnos en un punto, y este punto son las palabras de María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Con estas palabras María hizo su acto de fe. Acogió a Dios en su vida, se confió a Dios. Con aquella respuesta suya al ángel es como si María hubiera dicho: «Heme aquí, soy como una tablilla encerada: que Dios escriba en mí todo lo que quiera». En la antigüedad se escribía en tablillas enceradas; nosotros ahora diríamos: «Soy un papel en blanco: que Dios escriba en mí todo lo que desee».

Se podría pensar que la de María fue una fe fácil. Convertirse en la madre del Mesías: ¿no era éste el sueño de toda muchacha hebrea? Pero nos equivocamos de medio a medio. Aquél fue el acto de fe más difícil de la historia. ¿A quién puede explicar María lo que ha ocurrido en ella? ¿Quién le creerá cuando diga que el niño que lleva en su seno es «obra del Espíritu Santo»? Esto no había sucedido jamás antes de ella, ni sucederá nunca después de ella. María conocía bien lo que estaba escrito en la ley mosaica: una joven que el día de las nupcias no fuera hallada en estado de virginidad, debía ser llevada inmediatamente ante la puerta de la casa paterna y lapidada (Cf. Dt 22,20ss). ¡María sí que conoció «el riesgo de la fe»!

La fe de María no consistió en el hecho de que dio su asentimiento a un cierto número de verdades, sino en el hecho de que se fió de Dios; pronuncio su «fiat» a ojos cerrados, creyendo que «nada es imposible para Dios».

En verdad María nunca dijo «fiat» porque no hablaba latín, ni siquiera griego. Lo que con toda probabilidad salió de sus labios es una palabra que todos conocemos y repetimos frecuentemente. Dijo «¡Amen!». Esta era la palabra con la que un hebreo expresaba su asentimiento a Dios, la plena adhesión a su plan.

María no dio su consentimiento con triste resignación, como quien dice para sí: «Si es que no se puede evitar, pues bien, que se haga la voluntad de Dios». El verbo puesto en boca de la Virgen por el evangelista (genoito) está en el optativo, un modo que, en griego, se utiliza para expresar gozo, deseo, impaciencia de que una determinada cosa ocurra. El amen de María fue como el «sí» total y gozoso que la esposa dice al esposo el día de la boda. Que haya sido el momento más feliz de la vida de María lo deducimos también del hecho de que, pensando en aquel momento, ella entona poco después el Magnificat, que es todo un canto de exultación y de alegría. La fe hace felices, ¡creer es bello! Es el momento en el cual la criatura realiza el objetivo para el que ha sido creada libre e inteligente.

La fe es el secreto para hacer una verdadera Navidad; expliquemos en qué sentido. San Agustín dijo que «María concibió por fe y dio a luz por fe»; más aún, que «concibió a Cristo antes en el corazón que en el cuerpo». Nosotros no podemos imitar a María en concebir y dar a luz físicamente a Jesús; podemos y debemos, en cambio, imitarla en concebirle y darle a luz espiritualmente, mediante la fe. Creer es «concebir», es dar carne a la palabra. Lo asegura Jesús mismo diciendo que quien acoge su palabra se convierte para él en «hermano, hermana y madre» (Cf. Marcos 3,33).

Vemos por lo tanto cómo se hace para concebir y dar a luz a Cristo. Concibe a Cristo la persona que toma la decisión de cambiar de conducta, de dar un vuelco a su vida. Da a luz a Jesús la persona que, después de haber adoptado esa resolución, la traduce en acto con alguna modificación concreta y visible en su vida y en sus costumbres. Por ejemplo, si blasfemaba, ya no lo hace; si tenía una relación ilícita, la corta; se cultivaba un rencor, hace la paz; si no se acercaba nunca a los sacramentos, vuelve a ellos; si era impaciente en casa, busca mostrarse más comprensiva, y así sucesivamente.

¿Qué llevaremos de regalo este año al Niño que nace? Sería raro que hiciéramos regalos a todos, excepto al festejado. Una oración de la liturgia ortodoxa nos sugiere una idea maravillosa: «¿Qué te podemos ofrecer, oh Cristo, a cambio de que te hayas hecho hombre por nosotros? Toda criatura te da testimonio de su gratitud: los ángeles su canto, los cielos la estrella, los Magos los regalos, los pastores la adoración, la tierra una gruta, el desierto un pesebre. Pero nosotros, ¡nosotros te ofrecemos una Madre Virgen!». ¡Nosotros –esto es, la humanidad entera-- te ofrecemos a María!
(El padre Raniero Cantalamessa 18 diciembre 2005 Lucas, 1,26-38)


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Aplicación: Santos Benetti - Somos la casa de Dios

1. Somos la casa de Dios

La Palabra de Dios de este domingo encarna una fina ironía: los hombres queremos encerrarlo en una «casa», sin descubrir que Dios ya tiene casa, y un poco más grande y cálida que los templos de piedra y cemento...

Esta mentalidad ya viene del tiempo del rey David. El piadoso hebreo, después de haber luchado contra sus enemigos, había logrado finalmente situar su capital en Jerusalén, se había hecho construir un palacio de cedro, tenía su corte y su ejército... y desde esa altura miró al Señor su Dios, y sintió cierta lástima: «Yo estoy viviendo en una casa de cedro, mientras que el arca del Señor sigue en una tienda.»

El Señor se enteró de los planes del rey y ordenó que se le dijera por medio del profeta Natán que «su majestad tenía muy poca memoria».

En efecto, antes que David viniera al mundo, ya el Señor vivía en su casa, que no era otra que su propio puebIo. No quería casa de piedra para quedarse encerrado en actitud estática y «separado» de los suyos.

El Señor está donde está el pueblo, donde hay peligro, como el pastor que sigue paso a paso el andar de sus ovejas. Y si el mismo David había llegado hasta el trono, era por la presencia de Dios que había estado con él: «Yo te saqué de los apriscos para que fueras jefe de mi pueblo Israel...»

En otras palabras, el Señor le decía: El Salvador soy yo, tu Señor. No necesito que me salves de la tienda ni que me construyas nada. No tientes a tu Dios sacándolo de la historia para situarlo en un pedestal o en un museo. No es el lujo de los templos lo que me atrae sino la pobreza de mi gente.

Y como contrapartida a la propuesta de David, el Señor manifiesta que será El quien le haga al pueblo una casa, un lugar fijo donde viva para siempre: «Daré un lugar fijo a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos... Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará eternamente.»

Tal es la promesa que recogerá Lucas en su evangelio refiriéndola a Jesucristo. Dios promete hacer de su pueblo una casa y un reino eternos. Y como dice el salmo 88 (salmo responsorial de este domingo), el pueblo dirá a su vez: "Tú eres mi padre, mi Dios, mi roca salvadora".

Ya tenemos, pues, un buen punto de partida para nuestra reflexión: no confundamos el templo de piedras con el verdadero templo que es la comunidad. Conocemos bien lo que dijera Pablo: «Vosotros sois el templo vivo de Dios» (1 Cor 3,16-17; 2 Cor 6,16). Estamos celebrando el tiempo de Adviento y hoy comenzamos su última semana. No nos extrañe que la liturgia nos brinde estos textos bíblicos para nuestra reflexión. En efecto, ¿qué significa Adviento sino la presencia salvadora de Dios en medio de su pueblo? ¿Qué es la encarnación de Cristo sino ese plantar su tienda en medio de nosotros? ¿Y qué simboliza María en los relatos evangélicos sino esta comunidad pobre y humilde que recibe en su seno al Salvador?

La Navidad es mucho más que agradecer a Dios algún regalo que nos haya hecho. No nos da regalos..., se da a sí mismo. En Jesucristo los cristianos descubrimos al mismo Dios que se hace presencia allí donde los hombres tienen su casa, su vida y sus preocupaciones. Tal es, según la carta de Pablo que hemos escuchado hoy, el gran «misterio» que se nos ha revelado. No hace falta que el hombre intente subir al cielo para encontrar a Dios. Dios ha descendido junto a los hombres. Aquí está Dios.

Con razón podemos aquí recordar el conocido texto de Tagore:

«Bajaste de tu trono y te viniste a la puerta de mi choza.
Yo estaba solo, cantando en un rincón,
y mi música encantó tu oído.
Y tú bajaste y te viniste a la puerta de mi choza.
Tú tienes muchos maestros en tu salón que, a toda hora, te cantan.
Pero la sencilla copla ingenua de este novato te enamoró;
su pobre melodía quejumbrosa, perdida en la gran música del mundo.
Y tú bajaste con el premio de una flor,
y te paraste a la puerta de mi choza.»

2. El salvador brota de la tierra estéril

El evangelista Lucas ve en María la réplica de la escena descrita por Samuel con relación al arca y a David.

También a ella se dirige el Señor con el favorable saludo: «El Señor está contigo», y se la invita a realizar lo que Dios le proponía.

Por medio de María comprendemos hasta qué punto Dios fue fiel a su palabra de vivir en un templo y en una casa absolutamente humanos: es la calidez del seno de María la morada del Altísimo, y por María, toda la humanidad recibe a su Señor como huésped.

Por medio de María y de José, Jesús se entronca en la larga historia de la liberación humana, conforme al vaticinio del profeta Natán; si bien el reinado de Jesucristo terminará por ser causa de tremenda desilusión para las ansias nacionalistas de la mayoría de los judíos.

Como ya hemos reflexionado en el caso de David, también la nueva y definitiva obra del Señor no será fruto del esfuerzo ni de la ambición humana, sino don gratuito de amor salvador de Dios. El Hijo no plantará su tienda por obra de ningún hombre, sino por medio del Espíritu Santo, que descenderá sobre María, la nueva humanidad.

Tal es el significado teológico de la virginidad de María, como asimismo de la esterilidad de Isabel: no es la raza ni la sangre lo que importa en la nueva alianza de Dios con los hombres, sino la fe humilde y confiada en el poder del Espíritu.

María, que abre en la fe su seno a la acción del Espíritu es, en la mentalidad de la Iglesia primitiva, el símbolo de la nueva comunidad, que «por la obediencia de la fe» -como dice Pablo en la segunda lectura- se transforma en pueblo de Dios.

Auténtica comunidad porque en ella se realiza la unión de Dios con los hombres. Su primer fruto es Jesús, conjunción de lo humano con lo divino. Y en él todos participamos de la misma comunión.

De esta manera lo que para el hombre era imposible, se hace realidad porque «para Dios nada es imposible».

El seno estéril y desértico de la tierra florece a pesar de su decrepitud. Es la gran ironía divina: Dios saca la vida de la muerte, lo grande de lo pequeño, el fruto de lo estéril, el hijo del seno virgen.

Dios saca hombres nuevos de esta misma humanidad donde florecen el egoísmo más asolador, el odio más terrible, la indiferencia más aplastante.

Y también de cada uno de nosotros puede sacar al "santo" y al «hijo de Dios». Sólo necesita nuestro sí, como el de María; un sí activo, consciente, comprometido: «Yo soy la servidora del Señor; que se haga en mí lo que has dicho.» Si Dios dijo su sí definitivo de una vez y para siempre, también el sí del hombre debe estar presente para que este adviento florezca en Navidad. El hombre-nuevo no es un proyecto humano ni un proyecto divino: es el proyecto de Dios-con-los-hombres; el proyecto de dos aliados que luchan juntos para la victoria de uno de ellos: el hombre.

Pocas veces los cristianos tomamos conciencia de este aspecto tan original del cristianismo: el hombre no necesita abandonar la tierra para llegar a Dios. Al contrario: su fe, centrada en la comunidad humana, se transforma en agente de su propia liberación. Jesús no es solamente el hijo de María o el hijo de Dios. Es el símbolo de una nueva mentalidad religiosa: lo divino se humaniza y se solidariza con el hombre. Por eso pueden ya cesar los sacrificios a Dios y los ritos del templo. La fe se desarrolla en la misma historia humana, en esta misma humanidad que vemos, oímos y palpamos.

Por esto mismo María pasa a ser un símbolo de la fe cristiana: ella es la humanidad, pobre y desvalida, que hace emerger desde dentro de sí misma al liberador. La humanidad se transforma en liberadora de sí misma. En su debilidad halla cabida el soplo del Espíritu de la vida.

Si queremos bases teológicas para una pastoral y una educación liberadoras, no tenemos más que reflexionar sobre todo el significado de esta tan trillada página evangélica.

3. María, itinerario de fe

Al finalizar este tiempo de Adviento, es la propia María quien no sólo nos entregará al niño salido de su seno, sino quien por encima de todo nos indicará el camino de la fe que lleva al hombre al encuentro de su propia libertad. María, obediente en la fe, es la «manera» que tenemos todos de dar a luz al Cristo de la fe en nosotros.

Una pregunta surge en cada uno de los que hoy reflexionamos sobre esta página del evangelio: ¿Por qué María pudo engendrar al Cristo de la fe? Al responder, encontramos un magnífico itinerario: OIR/ESCUCHAR:

-Por su actitud de atenta escucha a la Palabra de Dios

Hay diferencia entre oír y escuchar. Al oír, algo externo nos estimula o impresiona; al escuchar, hay una actividad interior que asimila y se identifica con lo recibido; se escucha con el corazón.

A esta escucha de corazón se la llamó precisamente "obediencia", palabra de origen latino que significa literalmente: «dar oídos a, escuchar, seguir los consejos de alguien»... Esta obediencia no tiene que ver nada con cierta actitud de resignación ante una orden que se recibe; no es un gesto ciego y servil. Muy al contrario: es asumir desde uno mismo algo que se nos propone.

Tal obediencia en la fe implica, como es obvio, una actitud de silencio interior, de vaciarse de sí mismos, de eIiminar muchos ruidos que distorsionan o interfieren el mensaje. El Señor no se deja oír por signos milagrosos o espectaculares; lo hace desde el interior del corazón limpio y sincero.

En cierta medida la Navidad moderna se ha transformado en una fiesta ruidosa, superficial y bullanguera, como si los cristianos tuvieran que buscar fuera de sí mismos lo que no tienen dentro...

-Apertura y confianza en el Espíritu

Ya hemos aludido en anteriores oportunidades a un cristianismo falto de espíritu, sin sentido profético, carente de la espontaneidad del viento.

«La letra mata; el espíritu da vida»... La fe no puede subsistir en la materialidad de los ritos, en la frialdad de los preceptos, en la rigidez de las instituciones ni en las páginas de un libro.

María, a pesar de que no entendía lo que iba a suceder, se dejó llevar por el Espíritu. Muy poco tenía a qué aferrarse para sentirse segura. Y así caminó hasta el pie de la cruz, tratando de descubrir en su misma vida qué quería decir ser fiel a Dios.

-Actitud de servicio

Decirle sí a Dios es más fácil que decírselo a los hermanos. Pero, ¿dónde está Dios sino en los hombres, particularmente en los más necesitados? Es el tercer elemento del itinerario de María: «He aquí a la servidora.» No es casualidad que sea Lucas el que coloca en labios de María esta significativa frase que será uno de los elementos fundamentales de sus dos libros: la comunidad cristiana, la Iglesia, cada cristiano... han sido llamados para servir a los hermanos.

Servir a los otros es de por sí un gesto de humildad, como si desde un primer momento la fe cristiana apareciera como las antípodas del poder y del dominio sobre los hombres. Ese servicio corta por lo sano y de raíz todo brote de autoritarismo religioso, el veneno más sutil de todas las confesiones religiosas.

En esa actitud servicial es donde el hombre realmente «se proyecta» hacia afuera, terminando con una etapa de involución y narcisismo.

No está de más que, en esa María que recorre un largo camino para servir a su parienta Isabel en su hora de madre, descubramos que hay algo más que una simple curiosidad literaria...

Resumamos estas reflexiones en esta breve síntesis:

El Reino de Dios se hace presente no por la fuerza de los hombres ni fuera de los hombres, sino en el interior de cada uno y en el interior de la comunidad, abierta a la acción del Espíritu que nos llama a la obediencia de la fe y a la entrega servicial al plan liberador de Dios.
(SANTOS BENETTI, EL PROYECTO CRISTIANO. Ciclo B,Tres tomos EDICIONES PAULINAS,MADRID 1978.Págs. 67 ss).

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Ejemplos

La Iglesia, siempre y en especial en nuestros tiempos, tiene necesidad de una Madre.
María es Madre de la Iglesia, porque en virtud de la inefable elección del mismo Padre Eterno y bajo la acción particular del Espíritu de Amor ella ha dado la vida humana al Hijo de Dios, por el cual y en el cual son todas las cosas y del cual todo el Pueblo de Dios recibe la gracia y la dignidad de la elección. Su propio Hijo quiso explícitamente extender la maternidad de su Madre -y extenderla de manera fácilmente accesible a todas las almas y corazones- confiando a ella desde lo alto de la Cruz a su discípulo predilecto como hijo. El Espíritu Santo le sugirió que se quedase también ella, después de la Ascensión de Nuestro Señor, en el Cenáculo, recogida en oración y en espera junto con los Apóstoles hasta el día de Pentecostés, en que debía casi visiblemente nacer la Iglesia, saliendo de la oscuridad. Posteriormente todas las generaciones de discípulos y de cuantos confiesan y aman a Cristo -al igual que el apóstol Juan- acogieron espiritualmente en su casa a esta Madre, que así desde los mismos comienzos, es decir, desde el momento de la Anunciación, quedó inserida en la historia de la salvación y en la misión de la Iglesia. Así pues, todos nosotros, que formamos la generación contemporánea de los discípulos de Cristo, deseamos unirnos a ella de manera particular (Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, 22).

María debe encontrarse en todas las vías de la vida cotidiana de la Iglesia. Mediante su presencia materna, la Iglesia se cerciora de que vive verdaderamente la vida de su Maestro y Señor, que vive el misterio de la Redención en toda su profundidad y plenitud vivificante (Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, 22).

El nombre: María
El nombre hebreo de María se traduce por Domina en latín; el Ángel le da, por tanto, el título de Señora (San Pedro Crisólogo, Sermón sobre la Anunciación de la B. Virgen María, 142).

 

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