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Domingo 1 de Adviento C: Comentarios de Sabios y Santos I - para preparar la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Páginas relacionadas

 

A su disposición
Exégesis: Alois Stöger - La venida del Hijo del hombre (Lc 21,25-28)

Comentario Teológico: Catecismo de la Iglesia Católica - Artículo 7: Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos

Santos Padres: San Gregorio Magno - Nuestro Señor anuncia de antemano los males que han de sobrevenir al mundo

Aplicación: San Juan de Ávila - ¡Grande es el día del Señor, y muy terrible!

Aplicación: Beato Juan Pablo II - La realidad del hombre y el Adviento

Apliciación: Raniero Cantalamessa - La vida es espera

Ejemplos predicables

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo

Nota Litúrgica

Como sabemos, el calendario litúrgico está organizado según tres Ciclos, Ciclo A, Ciclo B y Ciclo C. Y en cada uno de estos Ciclos se lee de manera semi-continua un evangelista sinóptico: Mateo para el Ciclo A, Marco para el Ciclo B y Lucas para el Ciclo C. Este año litúrgico, que comienza con este Primer Domingo del Tiempo de Adviento, corresponde al Ciclo C, y por lo tanto se leerá de manera semi-continua el Evangelio según San Lucas.

Presentamos aquí lo que dicen las Prenontanda del Leccionario Romano respecto al tiempo de Adviento.

“1. Tiempo de Adviento

“a) Domingos
“93. Las lecturas del Evangelio tienen una característica propia: se refieren a la venida del Señor al final de los tiempos (primer domingo), a Juan Bautista (segundo y tercer domingo), a los acontecimientos que prepararon de cerca el nacimiento del Señor (cuarto domingo). Las lecturas del Antiguo Testamento son profecías sobre el Mesías y el tiempo mesiánico, tomadas principalmente del libro de Isaías. Las lecturas del Apóstol contienen exhortaciones y enseñanzas relativas a las diversas características de este tiempo.

“b) Ferias
“94. Hay dos series de lecturas, una desde el principio hasta el día 16 de diciembre, la otra desde el día 17 al 24. En la primera parte del Adviento se lee el libro de Isaías, siguiendo el orden mismo del libro, sin excluir aquellos fragmentos más importantes que se leen también en los domingos. Los Evangelios de estos días están relacionados con la primera lectura. Desde el jueves de la segunda semana comienzan las lecturas del Evangelio sobre Juan Bautista; la primera lectura es, o bien una continuación del libro de Isaías, o bien un texto relacionado con el Evangelio. En la última semana antes de Navidad, se leen los acontecimientos que prepararon de inmediato el nacimiento del Señor, tomados del Evangelio de san Mateo (cap. 1) y de san Lucas (cap. 2). En la primera lectura se han seleccionado algunos textos de diversos libros del Antiguo Testamento, teniendo en cuenta el Evangelio del día, entre los que se encuentran algunos vaticinios mesiánicos de gran importancia.” (Prenotanda, nº 93-94)

Recordamos, asimismo, un párrafo del nº 25: “Se recomienda mucho la predicación de la homilía en las ferias de Adviento, de Cuaresma y del tiempo pascual, en bien de los fieles que participan ordinariamente en la celebración de la Misa; y también en otras fiestas y ocasiones en las que hay mayor asistencia de fieles en la iglesia.” (Prenotanda, nº 25).



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Exégesis: Alois Stöger - La venida del Hijo del hombre (Lc 21,25-28)


a) Señales en el universo (Lc 21, 25-26)

De las predicciones, cuyo cumplimiento se ha experimentado ya, pasa el discurso a los acontecimientos del tiempo final, que todavía están pendientes de realización. Se distingue claramente la ruina de Jerusalén y el tiempo final. Pero no se dice nada acerca de lo que han de durar los tiempos de los gentiles.

El tiempo final se anuncia con grandes acontecimientos cósmicos. Antes de que venga el Hijo del hombre, se producirá un trastorno en el universo. Se verán sacudidos sus tres grandes ámbitos, conforme a la idea de la época, que concebía el mundo dividido en tres pisos. En el firmamento se producen signos en el sol, en la luna y en las estrellas. Como se ve, Lucas no tiene gran interés en describir detalladamente estas señales, como lo hace Marcos: el sol se oscurecerá, la luna no dará ya luz, las estrellas caerán del cielo (Mar 13:24). En la tierra se verán las gentes presa de angustia y de desconcierto. El mar, sujeto por el poder de Dios (Job 38:10 s), quedará abandonado a sus impulsos caóticos. Según la concepción de la antigüedad, el universo es tenido a raya, ordenado y dirigido por potencias espirituales que tienen su morada en el espacio celeste. Las potencias del cielo se verán sacudidas, por ello irrumpirá el caos sobre el universo.

Las naciones, los paganos, los hombres serán presa de angustia, quedarán sin aliento y desconcertados por el miedo y la ansiedad. «Cuando el pánico se apodere de los habitantes de la tierra, se hallarán en muchos apuros, en enormes aflicciones» (ApBar 25,3). ¿En qué podrá uno todavía apoyarse cuando se tambaleen las leyes más seguras? El suelo se hunde bajo los pies. Los hombres se preguntan qué significa esto, de qué es señal. El discípulo de Cristo conoce el significado de estos acontecimientos por la palabra de Cristo. Son señales del que ha de venir. El horizonte de las palabras se extiende al mundo entero. La humanidad está dividida en dos grandes campos: el uno -los «hombres»- se consume de pánico, el otro -los discípulos- afronta esta hora con gozosa expectativa. Sin Cristo, ansiedad; con Cristo, esperanza inquebrantable.

Las señales se presentan en palabras que tienen una antigua tradición; en una predicción sobre la ruina de Babilonia se dice: «Ved que se acerca el día de Yahveh, implacable, cólera y furor ardiente, para hacer de la tierra un desierto y exterminar a los pecadores. Las estrellas del cielo y sus luceros no darán su luz, el sol se oscurecerá en naciendo, y la luna no hará brillar su luz» (Isa 13:9 s). En la sentencia pronunciada sobre Edom dice el mismo profeta: «La milicia de los cielos se disuelve, se enrollan los cielos como se enrolla un libro, y todo su ejército cae como caen las hojas de la vid, como caen las hojas de la higuera. La espada de Yahveh se embriaga en los cielos y va a caer sobre Edom, sobre el pueblo que ha destinado al exterminio» (Isa 34:4 s). Y en un oráculo de infortunio sobre Egipto se dice: «Al apagar tu luz velaré los cielos y oscureceré las estrellas. Cubriré de nubes el sol, y la luna no resplandecerá; todos los astros que brillan en los cielos se vestirán de luto por ti, y se extenderán las tinieblas sobre la tierra» (Eze 32:7 s). La intervención primitiva de Dios en la historia de las ciudades y de las naciones se encuadra en el marco de grandes trastornos cósmicos. (…). Tiembla el universo cuando se levanta Dios y visita la tierra. El sacudimiento del universo a la venida del Hijo del hombre sirve seguramente sólo para la representación del Hijo del hombre, al que Dios ha dado todo poder en el cielo y sobre la tierra. Cuando en su venida atraviese los espacios del universo, temblarán los poderes del cielo de respeto y sobrecogimiento. Pero las predicciones son oscuras hasta que se cumplen. (…).



b) Aparece el Hijo del hombre (Lc 21,27-28)

27 "Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con poderío y majestad".

El Hijo del hombre se hará visible. Se le podrá contemplar con los ojos. Nadie podrá sustraerse a este acontecimiento. Además, todos los que lo vean estarán seguros de que es él.

La manifestación del Hijo del hombre se pinta con imágenes procedentes de la tradición: «Vi venir en las nubes del cielo a un como hijo de hombre, que se llegó al anciano de muchos días y fue presentado a éste. Fuele dado el señorío, la gloria y el imperio, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron, y su dominio es dominio eterno que no acabará nunca, y su imperio, imperio que nunca desaparecerá» (Dan_7:13 s). El Hijo del hombre viene sobre una nube; la nube es el carro de Dios. Dios mismo se manifiesta con poderío y majestad. El Hijo del hombre tiene participación en el señorío de Dios. Las imágenes transmitidas por tradición tienen por objeto representar la majestad divina de Cristo. Todas las imágenes son sencillamente un débil balbuceo en comparación con lo inefable de su grandeza. Jesús no viene ya en la debilidad de su manifestación terrena, sino en la grandeza y gloria de su exaltación. Pero ¿quién podrá hablar de ella en forma adecuada?

28 "Cuando comience a suceder todo esto, tened ánimo y levantad la cabeza, porque vuestra liberación se acerca".

La Iglesia marcha encorvada como un hombre que tiene que llevar una carga pesada. Va como con la cabeza baja, como un hombre que se ve odiado, perseguido y sin honra. Cuando se inicie lo que preparará los acontecimientos finales, entonces podrán tener ánimo los creyentes. Lo que para los otros es amenaza de destrucción, para ellos significa exaltación. Sólo entonces, cuando aparezca el Hijo del hombre, cesará la Iglesia de ser una Iglesia oprimida, tentada, encorvada.

La liberación se acerca cuando aparece el Hijo del hombre glorificado. Cesan la persecución y los peligros. Se ve cumplida la esperanza antes ridiculizada y escarnecida. La Iglesia sufriente se convierte en Iglesia exultante. Lo que cantó el padre del Bautista cuando se acercaba el tiempo de salvación, puede cantarse ahora como realizado: «Bendito el Señor Dios de Israel, porque ha venido a ver a su pueblo y a traerle el rescate» (1,68).

La venida del Hijo del hombre es el día de la recolección para la Iglesia. Según Marcos, el Hijo del hombre enviará a los ángeles para que reúnan a sus escogidos desde los cuatro vientos (Mc 13.27). De ello no dice nada Lucas. El tiempo de la Iglesia entre la ascensión y la segunda venida era tiempo de misión, tiempo de recogida de los pueblos; ahora es el tiempo en el que la Iglesia reunida recibe su forma plena y su liberación definitiva.



Actitudes escatológicas  (Lc 21, 29-36)

a) No dejarse desorientar (21,29-33)
(…)

b) Vigilancia y sobriedad (21, 34-36)

El Hijo del hombre ha de venir, aunque su venida no sea próxima y aunque se difiera el tiempo en que ha de venir. No se puede hacer como el criado infiel que decía para sí: «Mi señor está tardando en llegar» (Luc 12:45). Vendrá de improviso, rápida e inesperadamente, como un lazo en el que cae un pájaro desprevenido y demasiado confiado. Es necesario tener cuidado. Aquel día en que vendrá el Señor, es día de juicio (Luc 17:31). En él se decide el destino final. Ese día es a la vez día de liberación y día de condenación. Hay que estar prevenidos.

La crápula y la embriaguez embotan el corazón del hombre, distrayéndolo de los acontecimientos venideros; la excesiva preocupación por comer y beber enturbia la vista para no ver lo que nos aguarda. El corazón, del que provienen las decisiones morales y religiosas, tiene que mantenerse disponible para los acontecimientos finales. El que sólo se interesa por la vida terrena y sus placeres, no tiene espacio ni voluntad para pensar en «aquel día». «La noche está muy avanzada, el día se acerca. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Como en pleno día, caminemos con decencia: no en orgias y borracheras; no en fornicaciones ni lujurias; no en discordias ni envidias» (Rom 13:12 s).

El día del juicio viene para todos. Alcanza a todos los habitantes de la tierra. Las descripciones pormenorizadas despiertan la atención. Con tales palabras anuncia el profeta Jeremías la universalidad del juicio: «Si yo, al desatar el mal, he comenzado por la ciudad en que se invoca mi nombre, ¿ibais a quedar vosotros impunes? No quedaréis, no, puesto que llamaré a la espada contra todos los moradores de la tierra» (Jer 25:29). El cristiano no puede decir: Yo soy discípulo de Cristo, ese día no puede perjudicarme. El juicio ejecutado sobre Jerusalén nos advierte del juicio final y nos pone en guardia.

36 "Velad, pues, orando en todo tiempo, para que logréis escapar de todas estas cosas que han de sobrevenir, y para comparecer seguros ante el Hijo del hombre".

El Hijo del hombre ha de venir con toda seguridad. Cuando venga pedirá cuentas a los criados fieles y a los infieles (Jer 12:41-48), a los que negociaron con las minas que les habían sido confiadas y las multiplicaron, y a los que, inactivos, las guardaron sin hacerlas fructificar (Jer 19:12-27).

El cristiano debe velar a fin de estar preparado para la llegada del Señor. El Hijo del hombre ha de venir, pero nadie sabe el día ni la hora en que vendrá. «Velad, pues, porque no sabéis en qué día va a llegar vuestro Señor» (Mt 24, 42). El discípulo que tiene presentes los decisivos acontecimientos finales, no puede adormecerse. Su vida debe estar caracterizada por la vigilancia en espera del Señor y por la prontitud para recibirlo. La exhortación a estar prontos y en vela brota de lo más original, característico y decisivo del mensaje de Jesús.

A la vigilancia se asocia la oración. El que ora, está en vela para Dios, y el que está en vela religiosamente, ora. «Orad en toda ocasión en el Espíritu, y velad unánimemente con toda constancia» (Efe 6:18). En todo tiempo es necesario orar, pues nadie conoce el día y la hora1 (*) en que vendrá el Señor. La Iglesia primitiva asoció la vigilancia y la oración con la celebración del banquete eucarístico: «Perseverad en la oración, velando en ella en la acción de gracias» (Col 4:2). En esta exhortación están reunidas las tres cosas: oración, vigilancia, banquete eucarístico. En estas vigilias del culto cristiano se realiza la vigilancia cristiana y se imita lo que Cristo mismo hizo cuando celebró la noche pascual (Col 22:15). Cristo viene como juez. ¿Podremos escapar de todas estas cosas que han de sobrevenir? ¿Podremos librarnos de la existencia condenatoria? ¿Podremos comparecer seguros ante el Hijo del hombre? ¿Lograremos hallar en él un abogado? Mediante la vigilancia y la oración podremos afrontar el inminente juicio y comparecer seguros ante el juez.

Termina el último discurso que pronunció Jesús ante el pueblo en el templo. Las últimas palabras son: el Hijo del hombre. Se dirige a su pasión, pero volverá en calidad de Hijo del hombre. En las últimas palabras que pronuncie delante del sanedrín dirá: «Pero desde ahora, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del Poder de Dios» (Lc 22:69). La venida de Jesús como Hijo del hombre, al que Dios ha transmitido todo poder, es señal de que su reivindicación era justa, su mensaje verdadero, de que están garantizadas sus promesas y sus amenazas. El camino va del pueblo en el templo y de sus adversarios en el sanedrín a la pasión y a la muerte, pero ésta conduce a la gloria del Hijo del hombre. El hijo del hombre tiene la última palabra.
(STÖGER, ALOIS, El Evangelio según San Marcos, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)
(1) Orar en todo tiempo: Col 18:1; Col 24:53; cf. Rom 1:9 s; 1Co 1:4; Efe 5:20; Flp 1:3 s; Col 1:3; Col 4:12; 1Te 1:2 s; 2Te 1:3.11; 2Te 2:13; Flm 1:4; Hab 7:25; orar sin interrupción: 1Te 5:17; cf. 1Te 2:13; 2Ti 1:3; no ceso de orar: Efe 1:16; Col 1:9; noche y día: 1Te 3:10; 1Ti 5:5; 2Ti 1:3; cf. Luc 2:37; Luc 18:7; Rev 4:8; Rev 7:15.



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Comentario Teológico: Catecismo de la Iglesia Católica - Artículo 7: “Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”


I Volverá en Gloria

Cristo reina ya mediante la Iglesia...
668 "Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos" (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: Posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está "por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación" porque el Padre "bajo sus pies sometió todas las cosas"(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1, 10), su cumplimiento transcendente.

669 Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo (cf. Ef 1, 22). Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf. Ef 4, 11-13). "La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio", "constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra" (LG 3;5).

670 Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la "última hora" (1 Jn 2, 18; cf. 1 P 4, 7). "El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable e incluso de alguna manera real está ya por anticipado en este mundo. La Iglesia, en efecto, ya en la tierra, se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta" (LG 48). El Reino de Cristo manifiesta ya su presencia por los signos milagrosos (cf. Mc 16, 17-18) que acompañan a su anuncio por la Iglesia (cf. Mc 16, 20).

...esperando que todo le sea sometido
671 El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado "con gran poder y gloria" (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y "mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios" (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: "Ven, Señor Jesús" (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

672 Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía por la "tristeza" (1 Co 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia (cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).


El glorioso advenimiento de Cristo, esperanza de Israel
673 Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente (cf Ap 22, 20) aun cuando a nosotros no nos "toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad" (Hch 1, 7; cf. Mc 13, 32). Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento (cf. Mt 24, 44: 1 Te 5, 2), aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén "retenidos" en las manos de Dios (cf. 2 Te 2, 3-12).

674 La Venida del Mesías glorioso, en un momento determinado de la historia se vincula al reconocimiento del Mesías por "todo Israel" (Rm 11, 26; Mt 23, 39) del que "una parte está endurecida" (Rm 11, 25) en "la incredulidad" respecto a Jesús (Rm 11, 20). San Pedro dice a los judíos de Jerusalén después de Pentecostés: "Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus profetas" (Hch 3, 19-21). Y San Pablo le hace eco: "si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?" (Rm 11, 5). La entrada de "la plenitud de los judíos" (Rm 11, 12) en la salvación mesiánica, a continuación de "la plenitud de los gentiles (Rm 11, 25; cf. Lc 21, 24), hará al Pueblo de Dios "llegar a la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13) en la cual "Dios será todo en nosotros" (1 Co 15, 28).


La última prueba de la Iglesia

675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el "Misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Te 2, 4-12; 1Te 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).

676 Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cf. DS 3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, "intrínsecamente perverso" (cf. Pío XI, "Divini Redemptoris" que condena el "falso misticismo" de esta "falsificación de la redención de los humildes"; GS 20-21).

677 La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el Cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 P 3, 12-13).


II Para juzgar a vivos y muertos

678 Siguiendo a los profetas (cf. Dn 7, 10; Joel 3, 4; Ml 3,19) y a Juan Bautista (cf. Mt 3, 7-12), Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno (cf. Mc 12, 38-40) y el secreto de los corazones (cf. Lc 12, 1-3; Jn 3, 20-21; Rm 2, 16; 1 Co 4, 5). Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios (cf Mt 11, 20-24; 12, 41-42). La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (cf. Mt 5, 22; 7, 1-5). Jesús dirá en el último día: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).

679 Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. "Adquirió" este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado "todo juicio al Hijo" (Jn 5, 22;cf. Jn 5, 27; Mt 25, 31; Hch 10, 42; 17, 31; 2 Tm 4, 1). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar (cf. Jn 3,17) y para dar la vida que hay en él (cf. Jn 5, 26). Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo (cf. Jn 3, 18; 12, 48); es retribuido según sus obras (cf. 1 Co 3, 12- 15) y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (cf. Mt 12, 32; Hb 6, 4-6; 10, 26-31).


Resumen
680 Cristo, el Señor, reina ya por la Iglesia, pero todavía no le están sometidas todas las cosas de este mundo. El triunfo del Reino de Cristo no tendrá lugar sin un último asalto de las fuerzas del mal.
681 El día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia.
682 Cristo glorioso, al venir al final de los tiempos a juzgar a vivos y muertos, revelará la disposición secreta de los corazones y retribuirá a cada hombre según sus obras y según su aceptación o su rechazo de la gracia.
(Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 668 – 682)



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Santos Padres: San Gregorio Magno - Nuestro Señor anuncia de antemano los males que han de sobrevenir al mundo

En aquel tiempo: Veránse fenómenos prodigiosos en el sol, la luna y las estrellas; y en la tierra estarán consternadas y atónitas las gentes por el estruendo del mar y de las olas; secándose los hombres de temor y de sobresalto por las cosas que han de sobrevenir a todo el universo; porque las virtudes de los cielos estarán bamboleando. Y entonces será cuando verán al Hijo del hombre venir sobre una nube con grande poder y majestad. Como quiera, vosotros, al ver que comienzan a suceder estas cosas, abrid los ojos y alzad la cabeza, porque vuestra redención se acerca. Y propúsoles esta comparación: Reparad en la higuera y en los demás árboles: cuando ya empiezan a brotar de sí el fruto, conocéis que está cerca el verano. Así también vosotros, en viendo la ejecución de estas cosas, entended que el reino de Dios está cerca. Os empeño mi palabra que no se acabará esta generación hasta que todo lo dicho se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no faltarán.

Hermanos carísimos: Nuestro Señor y Redentor, deseando encontrarnos bien dispuestos, anuncia de antemano los males que han de sobrevenir al mundo, cuyo fin se avecina, con el propósito de apagar en nosotros el amor del mundo.

Pone de manifiesto cuántas calamidades han de preceder a su término, que se acerca, para que, sino queremos temer a Dios cuando la vida se desliza tranquila, temamos al menos, su cercano juicio, amedrentados por las calamidades. En efecto, a esta lección del Santo Evangelio que vosotros, hermanos, acabáis de oír adelantó el Señor lo que poco más arriba dice ( Lc 21-10-12): Se levantará un pueblo contra otro pueblo y un reino contra otro reino, y habrá terremotos en varias partes y pestilencias y hambres; y poco después de algunas cosas más agregó, esto que acabáis de oír ( Lc 21,25); Veránse fenómenos prodigiosos en el sol, la luna y las estrellas; y en la tierra estarán consternadas y atónitas las gentes por el estruendo del mar y de las olas.

Estamos viendo que, de todos estos acontecimientos, unos han sucedido ya en efecto, y tememos que otros han de suceder pronto; pues levantarse un pueblo contra otro pueblo y hallarse las gentes consternadas, vemos que ocurre en nuestro tiempo más de lo que leemos en los libros; que el terremoto sepulta innumerables ciudades, sabéis con cuánta frecuencia lo oímos referir de otras partes del mundo; pestilencias las padecemos sin cesar; ahora, fenómenos prodigiosos en el sol, en la luna y en las estrellas todavía no los hemos visto claramente; pero que también éstos no distan mucho, lo colegimos de la mudanza de la atmósfera; por más que, antes de que Italia cayera bajo el dominio de los gentiles, vimos ráfagas de fuego, cual si relampagueara la misma sangre humana que ha sido derramada más tarde; no ha aparecido aún el extraño alboroto del mar y de las olas, pero, como muchas de las cosas anunciadas se han cumplido ya, no hay duda de que también sucederán las pocas que restan, porque el cumplimiento de las que pasaron da la seguridad de que se cumplirán las que están por venir.

2. Hermanos míos, estas cosas os las decimos con el fin de que vuestras almas estén vigilantes por vuestra salvación, no sea que, por contarse seguros, se adormezcan, o por la ignorancia languidezcan; antes bien, el temor las tenga siempre solícitas y la solicitud las confirme en el bien obrar, considerando esto que añade la palabra de nuestro Redentor (v.z6);

Secándose los hombres de temor y de sobresalto por las cosas que han de sobrevenir a todo el universo, porque las virtudes de los cielos estarán bamboleando. Ahora bien, ¿a qué llama el Señor virtudes de los cielos sino a los ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, principados y potestades, que aparecerán visibles a nuestros ojos a la venida del justo Juez, para entonces exigirnos rigurosa cuenta de lo que ahora el Creador invisible tolera paciente?

También allí se añade (v.27): Y entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con grande poder y majestad. Como si claramente dijera: Al que no quisieron escuchar cuando se mostró humilde, le verán venir en grande poder y majestad, para que entonces experimenten su poder, tanto más riguroso cuanto menos doblegan ahora la cerviz del corazón ante la paciencia de Él.

3. Mas, porque todo esto se ha dicho contra los réprobos, en seguida se dicen palabras para consuelo de los elegidos; pues también se agrega (v.28): Vosotros, al ver que comienzan a suceder estas cosas, abrid los ojos y alzad la cabeza, porque se avecina vuestra redención. Como si la Verdad aconsejara claramente a sus elegidos, diciendo: Cuando vayan en aumento las calamidades del mundo, cuando en la conmoción de las virtudes del cielo se manifieste el terror del juicio, alzad la cabeza, esto es, estad de buen ánimo; porque al acabarse el mundo, del cual no sois amigos, se avecina la redención que esperáis; que frecuentemente en la Sagrada Escritura se dice la cabeza por significar el alma, porque, así como los miembros son regidos por la cabeza, así el alma dispone los pensamientos; de suerte que levantar la cabeza es levantar nuestra almas a los gozos de la patria celestial.

Por tanto, a los que aman a Dios se les manda gozarse y alegrarse del fin del mundo, porque cierto es que en seguida hallarán al que aman, mientras que fenece el que no amaron.

Lejos, pues, del fiel que desea ver a Dios el contristarse por las sacudidas del mundo, puesto que sabe que con sus mismas percusiones perece; porque escrito está (Iac. 4,4): Quien quisiere ser amigo de este mundo, se constituye enemigo de Dios. Por consiguiente, quien, al acercarse el fin del mundo, no se alegra, atestigua ser amigo de él y, por lo mismo, queda convicto de ser enemigo de Dios. Pero no suceda esto a los corazones de los fieles; no ocurra esto a los que por la fe creen que hay otra vida y la procuran con sus obras; pues llorar por la destrucción del mundo es propio de los que han fijado las raíces de su corazón en el amor de él, de los que no buscan la vida venidera, de los que ni siquiera sospechan que la hay. Pero nosotros, los que conocemos los gozos eternos de la patria celestial, debemos darnos prisa a poseerlos cuanto antes; debemos desear caminar más apresurados y llegar a ella por el camino más breve; porque ¿de qué males no se ve acosado el mundo? ¿Hay tristeza o adversidad alguna que no nos oprima? ¿Qué s la vida mortal sino un camino? Pues considerad, hermanos míos, qué tal cosa sea sentirse desfallecer de la fatiga del camino y no querer que ese camino tenga fin.

Ahora bien, que se deba no hacer caso del mundo y aun despreciarle, nuestro Redentor lo declara con una aguda comparación, cuando añadió en seguida (v.29-31): Reparad en la higuera y en los demás árboles: cuando ya empiezan a brotar de sí el fruto, conocéis que está cerca el verano. Así también vosotros, en viendo la ejecución de estas cosas, entended que el reino de Dios está cerca. Como si claramente dijera: Como la proximidad del verano se conoce por el fruto de los árboles, así por la destrucción del mundo se conoce estar cerca el reino de Dios. Palabras con las que acertadamente se pone de manifiesto que el fruto del mundo es su ruina, pues para esto crece, para caer; para esto cae, para germinar; y para esto germina, para consumir a fuerza de calamidades todo lo que germina.

Y está bien comparado el reino de Dios con el verano, porque, cuando los días de la vida resplandecen con la claridad del Sol eterno, se acabaron ya entonces los nubarrones de nuestra tristeza.

4. Cosas todas éstas que se confirman plenamente con añadir sentencia que dice (v.32-33): Os empeño mi palabra que no, se acabará esta generación hasta que todo lo dicho se cumpla. El cielo la tierra se mudarán, pero mis palabras no faltarán.

Nada hay en el mundo más durable que el cielo y la tierra, y nada en él pasa más rápidamente que la palabra, pues las palabras, nuestras no están completas, no son palabras, y cuando se han completado ya no son, porque no pueden completarse sino pasando: ora bien, dice: El cielo y la tierra se mudarán, pero mis palabras no faltarán, que es como si claramente dijera: Todo lo que entre otros es durable hasta que venga la eternidad, no dura sino dándose; y todo lo que en mí se ve pasar se mantiene fijo y que perduran sin cambio, porque la palabra mía, que pasa, expresa sentencias que perduran sin cambiar.

5. He aquí, hermanos míos que ya estamos viendo lo que oíamos; el mundo se ve acosado cada día de nuevos y redoblados males. Ya veis cuántos habéis quedado de aquella multitud innumerable, y, con todo, aun insisten a diario los flagelos; nos vemos envueltos en desgracias repentinas; nuevas e imprevistas calamidades nos afligen; pues así como en la juventud está el cuerpo vigoroso, el pecho se mantiene fuerte y sano y robustos los brazos, mas en la senectud se abate la estatura, la cerviz flácida se doblega, el pecho siéntese oprimido con frecuentes anhelos, decaen las fuerzas y la respiración fatigosa entrecorta las palabras al hablar, porque, aunque no haya enfermedad; por lo regular para los viejos la misma salud es una enfermedad, así el mundo, en sus primeros años tuvo como el vigor de la juventud, fue robusto para propagar la prole del género humano, recio en la salud del cuerpo y pingüe en abundancia de cosas; mas ahora se ve oprimido por su misma senectud y con mayor frecuencia se ve como empujado a una muerte próxima por las crecientes molestias.

No queráis, hermanos míos, amar al que viendo no puede durar mucho tiempo. Fijad en vuestra alma los preceptos apostólicos, por los que se nos amonesta, diciendo (I Jn 2,15): No queráis amar al mundo ni las cosas mundanas, porque, si alguno ama al mundo, no habita en él la caridad del Padre.

Hace tres días habéis visto, hermanos, cómo, por una repentina tempestad, añosas alamedas han sido arrancadas de cuajo y destruidas casas e iglesias demolidas hasta sus cimientos. ¡Cuántos sanos e incólumes por la tarde pensaban que a la mañana podrían hacer algo! Y, sin embargo, en esa misma noche fenecieron de muerte repentina, sorprendidos en el lazo de la destrucción.

6. Pero debemos considerar, carísimos, que, para realizar todo esto, el Juez invisible no hizo más que mover la fuerza de un viento tenuísimo, agitó una sola nube y socavó la tierra y sacudió la tierra violentamente los cimientos de tantos edificios que están para desplomarse. Pues ¿qué ha de hacer ese mismo Juez cuando venga El mismo y se enardezca su ira para tomar venganza de los pecadores, si cuando nos hiere por medio de una tenuísima nube, no le podemos soportar? ¿Qué hombre podrá subsistir en presencia de su ira, si con sólo mover el viento socavó la tierra, concitó las nubes y echó por los suelos tantos edificios?

San Pablo, considerando el rigor del Juez venidero, dice ( Hebr. 10, 31) Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. El salmista expresa esta severidad, diciendo ( Sal. 49,3): Vendrá Dios manifiestamente, vendrá nuestro Dios y no callará, llevará delante de sí un fuego devorador, alrededor de El una tempestad horrorosa. Al rigor, pues, de tan severo Juez acompañarán la tempestad y el fuego, porque la tempestad descubre a los que el fuego abraza.

Por tanto, hermanos carísimos, poned ante vuestros ojos aquel día, y todo lo que ahora se os hace pesado, en su comparación, se os hará muy llevadero; pues de aquel día se dice por el profeta ( Sof. 1, 14-16) Cerca está el día grande del Señor, está cerca y va llegando con suma velocidad. Margas voces serán las que se oigan en el día del Señor, los poderosos se verán entonces en apreturas. Día de ira aquél, día de tribulación y de congoja, día de calamidad y de miseria, día de tinieblas y de oscuridad, día nublados y de tempestades, día del sonido terrible de la trompeta.

De este día dice el Señor de nuevo por el profeta (Ag 2,7): Aún falta un poco, y yo pondré en movimiento el cielo y la tierra. He aquí que, como antes hemos dicho, pone en movimiento el aire, y la tierra no subsiste. ¿Quién, pues, podrá soportarle cuando ponga en movimiento el cielo? ¿Y qué diríamos que son estos horrores que presenciamos sino unos pregoneros de la ira que sobrevendrá? Pues por eso también es necesario tener presente que estas tribulaciones son tan distintas de aquella última tribulación cuanto dista del poder del Juez la persona del pregonero.

Tened, por tanto, puesta vuestra atención, hermanos carísimos, en aquel día; enmendad la vida, cambiad las costumbres, venced las malas tentaciones resistiéndolas, y castigad con lágrimas los pecados cometidos, porque algún día veréis el advenimiento el eterno Juez tanto más seguros cuanto más prevenís con el temor su severidad.

Hágalo así el Señor.

(SAN GREGORIO MAGNO, Homilía sobre los Evangelios, Libro I, Homilía I, Ed. BAC, Madrid, 1968, pp. 537-541)



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Aplicación: San Juan de Ávila - ¡Grande es el día del Señor, y muy terrible!


Magnas enim dies Domini, et terribilis valde, et quis substinebit eum? (Ioel 2,11)

Exordio: Considerando el profeta Joel este día que todos esperamos, y creo que tememos o tenemos porqué temer, aquel riguroso día del juicio, que el Señor tiene amenazado que ha de venir; sintiendo esto el profeta como se debe sentir y como lo sienten aquellos a quien Dios lo da a entender, dijo: ¡Grande es el día del Señor y muy terrible! ¿Quién lo sufrirá? ¿Quién lo podrá sufrir aquel peso grande de aquel día? Leo rugit, dijo el profeta Amós, quis non timebit? El león brama, ¿quién no temerá? Amenaza Dios, ¿quién no temblará? Sedebam solus quoniam comminatione replevisti me, dijo el profeta Jeremías: Sentábame solo y estaba temblando, porque, Señor, me henchiste, de amenazas.

¿Quién será tan esforzado, tan justificado, que, metiendo la mano en su pecho, no terná mucho que temer aquel día, y, lo que más terrible es, que será tan estrecho que no podrá valer hermano a hermano, ni santo a pecador, ni la abogada de los pecadores, la Virgen nuestra Señora, no podrá remediar a nadie? Tan derecha estará la vara del juez, tan deter­minado estará Dios de dar a cada uno según sus obras, que ni aprovechará su sangre, ni su pasión, ni su bendita Madre. Decid: ¿es razón que nos ponga esto en cuidado para que miremos lo que nos conviene antes que nuestra vida se acabe, antes que venga este día, antes que se nos acabe la luz? Al­cemos los ojos a vos ahora, Señora, que es tiempo. Alcanzar­nos la gracia.

Día de cuenta estrecha; ¡Grande es el día del Señor y muy es espantable! ¿Quién lo sufrirá? Sacaréis de aqueste sermón que roguéis mucho al Señor que os libre de su ira, y desdichado del hombre que está puesto por terrero de la justicia de Dios y que emplee Dios su es­pada en herirlo y su justicia en castigarlo. ¡Cómo lo despe­dazará un león tan bravísimo! Horrendum est incidere in manus Dei viventis. Desventurado de un hombre que ha de ser entregado en manos de la justicia de Dios. ¡Líbranos, Señor, de la tu ira!

¡Grande es el día del Señor! ¿Quién lo sufrirá? ¿Qué tan grande es? Un día es que terná en sí todos los días hasta el fin del mundo. Aquel día será suma de todo el tiempo.

Como contáis: uno, dos, tres, y, en llegando al diez, ponéis uno que contiene todos aquéllos, así en aquel día, como en suma, se ha de pedir cuenta de todos los días de la vida de todos los hombres. En aquel día se pedirá cuenta de todos los días. En aquel día se pedirá cuenta a Adán de ochocientos años, y al otro de novecientos, y al otro de ochenta, y a cada uno, de los que en este mundo vivió. ¡Grande día es aquél, o para bien o para mal! La cuenta y el norte de todos los días será aquel día. A quien en aquel día le fuere bien, bien le habrá ido en todos sus días, y a quien mal, mal le habrá ido en todos sus días. Hace cuenta que no hay otro día sino aquél. No os ataviéis más de para aquel día; en componeros para él gastá todos esotros días. ¡Gran día es, por que es día de cuenta de todos los días! ¡Oh qué cosa tan recia para la vida que vivimos!

Palabra recia: día de cuenta grande. ¡Pobre de mí!, que decía Job. Aunque yo tenga buena cuenta y justa delante de Dios, no osaré parecer. Cuenta habemos de dar a Dios de lo que hablamos, obramos, dejamos de obrar, de lo que pensamos nosotros; hasta una palabra viciosa. ¿Quién osará creer esto, si Dios por su misma boca no lo predicara? Dolor, ¡ay! Cierto grande, porque es día de grande cuenta como aquel día ha de dar el cristiano a su Dios? Si a un hombre dan un poco de hacienda, da cuenta de cómo la gastó, pero no le toman cuento, grande, porque es día de grande cuenta. ¿Qué mayordomo de señor está obligado dar tal cuenta como aquel cristiano a su Dios? Si aun hombre dan un poca hacienda, da cuenta de cómo la gastó, pero no le toman cuenta de cómo qué habló o qué pensó en gastarla. Una mujer basta servir cada uno de cuantos aquí estamos. Cuenta de lo que pecaste tú y tus hijos, criados, vasallos y perroquianos. Cuenta de lo que pudiérades remediar y no lo remediastes. ¡Oh cuenta tan nueva!, cuando le pidan a uno: ¿Por qué juraste? —Señor, no juré. —Juró tu hijo, y porque no lo castigaste y derramaste lágrimas en mi acatamiento: « ¡Señor, hacéme bueno mi hijo, hacé que sea vuestro siervo! », por el descuido que tuviste en castigarlo y rogarme por él, porque tu hijo juró ry fue malo, serás castigado como si tú juraras.

¡Oh cuán amargas serán aquel día las riquezas superfluas, las risas, el perdimiento de tiempo! Día grande, porque es día de gran cuenta. ¿Quién se hallará justo en aquel día? Omnes gressus meos dinumeraverunt, dice Pablo. Puesto está Dios en talaya, contando todos mis pasos. —¿Qué pasos son éstos? ¿Son los pasos del cuerpo? —No; que no sería mucho ser un hombre tan cuerdo que no diese paso sin propósito.

Pero estos pasos del ánima... Y éstos, ¿quién los tendrá atados? Los movimientos, los pensamientos, los deseos; éstos son los pasos del ánima. El gozo, el enojar y no enojarse, quién terná cuenta con tantas pasiones? San Gregorio sobre este paso dice: De todo momento de momento te pedirá Dios cuenta cómo lo gastaste. ¡Desventurado de aquel que no cuenta por momentos ni por horas, ni aun por días, sino que todo el tiempo gasta perdido, y aun plega al Señor que no sea en ofensas suyas. Todos mis pasos cuenta Dios. Todos los cabellos de vuestra cabeza, dice Cristo, son contados. Si e me sirviéredes, llevar[o]s he en cuerpo y en alma al cielo, a todos enteros os galardonaré; y ansí, si fuéredes malos, a todos enteros os castigaré. Y como no le quedará cosa sin galardón, no le quedará cosa sin castigo; de lo mal que hicistes, de lo mal que pensastes, de lo que mal hablaste, de todo daréis cuenta.

Cumpliré con eso, dice Dios: scrutabor Hierusalem in lucernis. ¿Quién es Hierusalem? El ánima pacífica, el ánima que está en gracia, que hace buenas obras. No me contentaré, dice Dios, de pedirle cuenta por qué no hiciste limosna, por qué no oísteis misa, por qué no hicisteis obras de caridad, sino que también la pediré cómo las hicisteis, con qué corazón, con qué intención rezasteis, si por provecho propio o por honra vana. Yo tomaré—Dios—una hacha—mi eterna sabiduría—y andaré por los rincones de tu alma, porque 110 muchas obras que parecen agora de oro, serán en aquel día estimadas por de lodo, y aunque agora no se vean, entonces se parecerá si te movió la carne o la caridad a hacerlas. Yo examinaré tus buenas obras, dice Dios a Hierusalén. Señor, ¿quién sufrirá este día de tan espantable cuenta? Quid enim faciam cum venerit ad iudicium Deus, et cum quaesierit quid respondebo?, decía el santo Job. ¿Qué es esto? ¿Sabréisme decir qué cosicosa que mientras uno tiene peor cuenta menos cuidado tiene? ¿Quién hay entre todos nosotros tan santo que dijese de sí mismo: non reprehendit me cor meum in tota vita mea, no me ha reprehendido mi corazón en toda mi vida?

Que vais por Zafra y preguntad a cuantos topáredes: Decid, hermano, ¿habéis hecho algo en vuestra vida o alguna obra que os haya reprehendido vuestro corazón, que os haya dicho: Mal hacéis?, que os dirán: Padre, muchas veces apenas hago cosa que no me reprehenda. ¡Qué alegre andaría Job, tan sigura su conciencia, pues, de buenas obras! Él lo cuenta: yo fui pie al cojo y ojo al ciego, padre de los huérfanos: esto era porque cubrían los vellocinos de sus ovejas su desnudez. Y con todo esto, decía: Un cuidado traigo con mi ánima, que no me deja descansar: ¿qué haré cuando Dios se levantare al juicio, o qué le responderé? ¡Oh palabra que condena nuestro descuido y nuestra falsa siguridad! Si los hombres que ansí viven están temblando, ¿qué harán los que con mil leguas no llegan a la bondad de aquéllos?

San Jerónimo bienaventurado dice que, durmiendo y comiendo y andando, siempre andaba temblando y le parecía que sonaba en sus orejas aquella voz de aquella espantable trompeta: Levantaos, muertos, venid a juicio. Este bienaven­turado teme tanto, y un hombre que no es San Jerónimo, sino que ha bebido pecados como agua, ni sabe si ha de haber juicio, ni teme aquel día ni al juez. Pues, ¡triste de mí!, quien tiene esta señal os da cuenta que el juicio será contra vos- otros, ¿y no tembláis antes que venga? Decí: ¿Tenéis hin- cado este clavo en vuestro corazón, quitaos este cuidado el dormir de noche y el comer de día? Conozco yo personas a quien Dios por su misericordia quiere dar conocimiento de este día y sentimiento que les quita el sueño y la comida, y aún más adelante. Brava cosa será, aquel día que esperamos, pedir Dios cuenta tan estrecha. ¿Paréceos que debe poner esto en cuidado a un hombre? Debía de haber en aquellos tiempos algunos santillos locos, como agora también los hay, que decían: « ¡Oh si viniese ya el juicio! », a los cuales reprehende Jeremías diciendo: Vae desiderantibus diem Domini! San Jerónimo, sobre estas palabras, dice: «Por santo, por justo que seas, tiembla de aquel día, que, aunque San Pablo dice: No hallo cosa en mi conciencia que me reprehenda, luego dice: Nihil tamen mihi conscius uum; pero, con todo esto, no tengo certidumbre de mí, si estoy siguro». Aunque tú no halles en ti cosa que te reprehenda, es justo que tiembles y pienses que quizá halla en ti aquella sabiduría infinita (que sabe más de ti que tú mismo) alguna cosa con que justamente te condene, y no la sepas tú; y por esto es muy justo que temas como los santos y los justos lo hacen.
(SAN JUAN DE ÁVILA, Sermones del Tiempo. I Dom. De Adv., Ed. BAC, Madrid, 1970, pp. 15-19)



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Aplicación: Beato Juan Pablo II - La realidad del hombre y el Adviento


Hermanas y hermanos queridísimos:

El significado del Adviento

1. Para penetrar en la plenitud bíblica y litúrgica del significado del Adviento, es necesario seguir dos direcciones. Hay que «remontarse» a los comienzos, y al mismo tiempo «descender» en profundidad. Lo hicimos ya por vez primera el miércoles pasado, escogiendo como tema de nuestra meditación las primeras palabras del libro del Génesis: «Al principio creó Dios» (Beresit bara Elohim). Al final del tema desarrollado la semana pasada, hemos puesto de relieve, entre otras cosas, que para entender el Adviento en todo su significado hay que entrar también en el tema del «hombre». El significado pleno del Adviento brota de la reflexión sobre la realidad de Dios que crea y, al crear, se revela a Sí mismo (ésta es la revelación primera y fundamental, y también la verdad primera y fundamental de nuestro Credo). Pero, al mismo tiempo, el significado pleno del Adviento aflora de la reflexión profunda sobre la realidad del hombre.

A esta segunda realidad que es el hombre nos asomaremos un poco más durante la meditación de hoy.


Imagen y semejanza de Dios

2. Hace una semana nos detuvimos en las palabras del libro del Génesis con las que se define al hombre como «imagen y semejanza de Dios». Es necesario reflexionar con mayor intensidad sobre los textos que hablan de esto. Pertenecen al primer capítulo del libro del Génesis, que presenta la descripción de la creación del mundo en el transcurso de siete días. La descripción de la creación del hombre, el sexto día, se diferencia un poco de las descripciones precedentes. En estas descripciones somos testigos sólo del acto de crear expresado con estas palabras: «Dijo Dios —hágase—»…; en cambio, aquí, el autor inspirado quiere poner en evidencia primeramente la intención y el designio del Creador (del Dios Elohim); así leemos: «Díjose entonces Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza» (Gén 1, 26). Como si el Creador entrase en sí mismo; como si, al crear, no sólo llamase de la nada a la existencia con la palabra: «hágase», sino como si de forma particular sacase al hombre del misterio de su propio Ser. Y se comprende, pues no se trata sólo del existir, sino de la imagen. La imagen debe «reflejar», debe como reproducir en cierto modo «la sustancia» de su Modelo. El Creador dice además «a nuestra semejanza». Es obvio que no se debe entender como un «retrato», sino como un ser vivo que vive una vida semejante a la de Dios.

Sólo después de estas palabras que dan fe, por así decirlo, del designio de Dios Creador, la Biblia habla del acto mismo de la creación del hombre: «Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra» (Gén 1, 27).

Esta descripción se completa con la bendición. Por lo tanto, constan aquí el designio, el acto mismo de la creación y la bendición:


«Y los bendijo Dios diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados, y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra» (Gén 1, 28).

Las últimas palabras de la descripción: «Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho» (Gén 1, 31) parecen el eco de esta bendición.


El primer capítulo del Génesis
3. Hay certeza de que el texto del Génesis es de los más antiguos: según los estudiosos de la Biblia, fue escrito hacia el siglo IX antes de Cristo. Dicho texto contiene la verdad fundamental de nuestra fe, el primer artículo del Credo apostólico. La parte del texto que presenta la creación del hombre es estupenda dentro de su sencillez y su profundidad a un tiempo. Las afirmaciones que contiene se corresponden con nuestra experiencia y nuestro conocimiento del hombre. Está claro para todos, sin distinción de ideologías sobre la concepción del mundo, que el hombre, si bien pertenece al mundo visible, a la naturaleza, se diferencia de algún modo de esta misma naturaleza. En efecto, el mundo visible existe «para él», y él «ejerce dominio» sobre aquél; aunque esté «condicionado» de varias maneras por la naturaleza, el hombre la «domina». La domina bien seguro de lo que es, de sus capacidades y facultades de orden espiritual que lo diferencian del mundo natural. Son estas facultades precisamente las que constituyen al hombre. Sobre este punto el libro del Génesis es extraordinariamente preciso. A1 definir al hombre como «imagen de Dios», pone en evidencia aquello por lo que el hombre es hombre; aquello por lo que es un ser distinto de todas las demás criaturas del mundo visible.

Son conocidos los muchos intentos que la ciencia ha hecho —y sigue haciendo— en los diferentes campos, para demostrar los vínculos del hombre con el mundo natural y su dependencia de él, a fin de inserirlo en la historia de la evolución de las distintas especies. Respetando, ciertamente, tales investigaciones, no podemos limitarnos a ellas. Si analizamos al hombre en lo más profundo de su ser, vemos que se diferencia del mundo de la naturaleza más de lo que a él se parece. En esta dirección caminan también la antropología y la filosofía cuando tratan de analizar y comprender la inteligencia, la libertad, la conciencia y la espiritualidad del hombre. El libro del Génesis parece que sale al encuentro de todas estas experiencias de la ciencia y, hablando del hombre en cuanto «imagen de Dios», da a entender que la respuesta al misterio de su humanidad no se encuentra por el camino de la semejanza con el mundo de la naturaleza. El hombre se asemeja más a Dios que a la naturaleza. En este sentido, el salmo 82, 6 dice: «Sois dioses», palabras que luego repetirá Jesús (cf. Jn 10, 34).



Reflexionando sobre sí mismo

4. Esta afirmación es audaz. Hay que tener fe para aceptarla. Aunque es cierto que la razón libre de prejuicios no se opone a tal verdad sobre el hombre; al contrario, ve en ella un complemento de lo que resulta del análisis de la realidad humana y, sobre todo, del espíritu humano.

Es muy significativo que el mismo libro del Génesis, en la amplia descripción de la creación del hombre, ya obliga a éste —al primer creado, Adán— a hacer un análisis parecido. Lo que os vamos a leer puede «escandalizar» a alguno por el modo arcaico de expresión; pero al mismo tiempo es imposible no sorprenderse ante la actualidad de aquella narración cuando se tiene en cuenta el meollo del problema.

He aquí el texto: «Modeló Yavé Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado. Plantó luego Yavé Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara. Hizo Yavé Dios brotar en él de la tierra toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar, y en el medio del jardín el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Salía del Edén un río que regaba el jardín y de allí se partía en cuatro brazos…

Tomó, pues, Yavé Dios al hombre, y le puso en el jardín de Edén para que lo cultivase y guardase… Y se dijo Yavé Dios: `No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda proporcionada a él". Y Yavé Dios trajo ante el hombre todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo los llamaría, y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera. Y dio el hombre nombre a todos los ganados y a todas las aves del cielo y a todas las bestias del campo; pero entre todos ellos no había para el hombre ayuda semejante a él» (Gén 2, 7 20).

¿De qué somos testigos? De esto: el primer «hombre» realiza el acto primero y fundamental de conocimiento del mundo. Al mismo tiempo, este acto le permite conocerse y distinguirse a sí mismo, «el hombre», de todas las otras criaturas y sobre todo de quienes en cuanto «seres vivos» —dotados de vida vegetativa y sensitiva— muestran proporcionalmente mayor semejanza con él, «con el hombre», dotado también de vida vegetativa y sensitiva Se podría decir que el primer hombre hace lo que de costumbre realiza el hombre de todos los tiempos, es decir, reflexiona sobre su propio ser y se pregunta quién es él.

Resultado de dicho proceso cognoscitivo es la comprobación de la diferencia fundamental y esencial. Soy diferente. Soy más «diferente» que «semejante». La descripción bíblica termina diciendo: «No había para el hombre ayuda semejante a él» (Gén 2, 20).


El misterio del Adviento

5. ¿Por qué hablamos hoy de todo esto? Lo hacemos para comprender mejor el misterio del Adviento, para comprenderlo desde los cimientos, y poder penetrar así con mayor profundidad en nuestro cristianismo.

El Adviento significa «la Venida»

Si Dios «viene» al hombre, lo hace porque en su ser humano ha puesto una «dimensión de espera» por cuyo medio el hombre puede «acoger» a Dios, es capaz de hacerlo.

Ya el libro del Génesis, y sobre todo este capítulo, lo explica cuando al hablar del hombre afirma que Dios lo «creó… a su imagen» (Gén 1, 27).

(JUAN PABLO II, Catequesis del 6 de diciembre de 1978)

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Apliciación: Raniero CantalamessaLa vida es espera

Se trata de un mensaje de consuelo y de esperanza. Nos dicen que no estamos caminando hacia un vacío y un silencio eternos, sino hacia un encuentro, el encuentro con aquél que nos ha creado y que nos ama más que un padre y una madre

El otoño es el tiempo ideal para meditar sobre los temas humanos. Tenemos ante nosotros el espectáculo anual de las hojas que caen de los árboles. Desde siempre se ha visto en él una imagen del destino humano. Una generación viene, una generación se va...

¿Pero es de verdad éste nuestro destino final? ¿Más mísero que el de los árboles? El árbol, después del deshoje, en primavera vuelve a florecer; el hombre en cambio, una vez que ha caído en tierra, ya no ve al luz. Al menos, no la luz de este mundo... Las lecturas del domingo nos ayudan a dar una respuesta a la que es la más angustiosa y la más humana de las cuestiones.

Recuerdo haber visto de niño, en una película o en un tebeo de aventuras, una escena que se me quedó fijada para siempre. Es por la noche y se ha caído un puente del ferrocarril; un tren, ignorante, llega a toda velocidad; el guardavías se pone entre éstas gritando: «¡Detente! ¡Detente!», agitando una linterna para señalar el peligro; pero el maquinista está distraído y no lo ve, y avanza arrastrando el tren al río... No querría cargar las tintas, pero me parece una imagen de nuestra sociedad, que avanza frenéticamente al ritmo de rock ‘n roll, desatendiendo todas las señales de alarma que provienen no sólo de la Iglesia, sino de muchas personas que sienten la responsabilidad del futuro...

Con el primer domingo de Adviento comienza un nuevo año litúrgico. El Evangelio que nos acompañará en el curso de este año, ciclo C, es el de Lucas. La Iglesia acoge la ocasión de estos momentos fuertes, de paso, de un año al otro, de una estación a otra, para invitarnos a detenernos un instante, a observar nuestro rumbo, a plantearnos las preguntas que cuentan: «¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Y sobre todo, ¿adónde vamos?».

En las lecturas de la Misa dominical, todos los verbos están en futuro. En la primera lectura escuchamos estas palabras de Jeremías: «Mirad que días vienen –oráculo del Señor- en que confirmaré la buena palabra que dije a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella sazón haré brotar para David un Germen justo...».

A esta espera, realizada con la venida del Mesías, el pasaje evangélico le da un horizonte o contenido nuevo, que es el retorno glorioso de Cristo al final de los tiempos. «Las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria».

Son tonos e imágenes apocalípticas, de catástrofe. Sin embargo se trata de un mensaje de consuelo y de esperanza. Nos dicen que no estamos caminando hacia un vacío y un silencio eternos, sino hacia un encuentro, el encuentro con aquél que nos ha creado y que nos ama más que un padre y una madre. En otro lugar el propio Apocalipsis describe este evento final de la historia como una entrada al banquete nupcial. Basta con recordar la parábola de las diez vírgenes que entran con el esposo en la sala nupcial, o la imagen de Dios que, en el umbral de la otra vida, nos espera para enjugar la última lágrima que penda de nuestros ojos.

Desde el punto de vista cristiano, toda la historia humana es una larga espera. Antes de Cristo se esperaba su venida; después de él se espera su retorno glorioso al final de los tiempos. Precisamente por esto el tiempo de Adviento tiene algo muy importante que decirnos para nuestra vida. Un gran autor español, Calderón de la Barca, escribió un célebre drama titulado La vida es sueño. Con igual verdad se debe decir: ¡la vida es espera! Es interesante que éste sea justamente el tema de una de las obras teatrales más famosas de nuestro tiempo: Esperando a Godot, de Samuel Beckett...

Cuando una mujer está embarazada se dice que «espera» un niño; los despachos de personas importantes tienen «sala de espera». Pensándolo bien, la vida misma es una sala de espera. Nos impacientamos cuando estamos obligados a esperar una visita o una experiencia. Pero ¡ay si dejáramos de esperar algo! Una persona que ya no espera nada de la vida está muerta. La vida es espera, pero es también cierto lo contrario: ¡la espera es vida!

¿Qué diferencia la espera del creyente de cualquier otra espera, por ejemplo, de la espera de los dos personas que aguardan a Godot? Ahí se espera a un misterioso personaje (que después, según algunos, sería precisamente Dios, God, en inglés), pero sin certeza alguna de que llegue de verdad. Debía acudir por la mañana, envía a decir que irá por la tarde; en ese momento dice que no puede ir, pero que lo hará con seguridad por la noche, y por la noche que tal vez irá a la mañana siguiente... Y los dos pobrecillos están condenados a esperarle; no tienen alternativa.

No es así para el cristiano. Éste espera a uno que ya ha venido y que camina a su lado. Por esto, después del primer domingo de Adviento, en el que se presenta el retorno final de Cristo, en los domingos sucesivos escucharemos a Juan Bautista que nos habla de su presencia en medio de nosotros: «¡En medio de vosotros -dice- hay uno a quien no conocéis!». Jesús está presente en medio de nosotros no sólo en la Eucaristía, en la palabra, en los pobres, en la Iglesia... sino que, por gracia, vive en nuestros corazones y el creyente lo experimenta.

La del cristiano no es una espera vacía, un dejar pasar el tiempo. En el Evangelio del domingo Jesús dice también cómo debe ser la espera de los discípulos, cómo deben comportarse entretanto, a fin de no verse sorprendidos: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida... Estad en vela, pues, orando en todo tiempo...».

Pero de estos deberes morales tendremos ocasión de hablar en otros momentos. Termino con un recuerdo cinematográfico. Hay dos grandes historias de iceberg llevadas a la gran pantalla. Una es la del Titanic, que conocemos bien..., la otra la relata la película de Kevin Kostner Rapa Nui, de hace algunos años. Una leyenda de la isla de Pascua, situada en el Océano Pacífico, dice que el iceberg es en realidad una nave que cada ciertos años o siglos pasa junto a la isla para permitir al rey o al héroe del lugar encaramarse a ella e ir hacia el reino de la inmortalidad.

Existe un iceberg en la ruta de cada uno de nosotros, la hermana muerte. Podemos fingir que no lo vemos o no pensar en ello como la gente despreocupada que, en el Titanic, estaba de fiesta esa noche, o podemos estar preparados para subirnos y dejarnos conducir hacia el reino de los santos. El tiempo de Adviento debería servir también para esto...

 


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Ejemplos Predicables


Un consejo
El eremita, que se hallaba meditando en su cueva del Himalaya, abrió los ojos y descubrió, sentado frente a él, a un inesperado visitante: el abad de un célebre monasterio. ¿Qué deseas?, le preguntó el eremita.

El abad le contó una triste historia. En otro tiempo, su monasterio había sido famoso en todo el mundo occidental, sus celdas estaban llenas de jóvenes novicios y en su iglesia resonaba el armonioso canto de sus monjes. Pero habían llegado malos tiempos: la gente ya no acudía al monasterio a alimentar su espíritu, la avalancha de jóvenes candidatos había cesado y la iglesia se hallaba silenciosa. Sólo quedaban unos pocos monjes que cumplían triste y rutinariamente sus obligaciones.

Lo que el abad quería saber era lo siguiente: "¿Habían cometido algún pecado para que el monasterio se viera en esta situación?" "Sí" - respondió el eremita -, "un pecado de ignorancia".

"¿Y qué pecado puede ser ése?"

"Uno de ustedes es el Mesías disfrazado, y el resto no lo sabe". Y dicho esto, el eremita cerró los ojos y volvió a su meditación.

Durante el penoso viaje de regreso a su monasterio, el abad sentía cómo se desbocaba su corazón al pensar que el Mesías, el ¡mismísimo Mesías!, ya había vuelto a la tierra y había ido a parar justamente en su monasterio.

¿Cómo no había sido capaz de reconocerlo? ¿Y quién podría ser? ¿Acaso el hermano cocinero? ¿El hermano sacristán? ¿El hermano administrador? ¿O sería él, el hermano prior? ¡No, él no! Por desgracia, él tenía demasiados defectos...

Pero resulta que el eremita había hablado de un Mesías "disfrazado". ¿No serían aquellos defectos parte de su disfraz? Bien mirado, todos los monjes del monasterio tenían defectos... ¡Y uno de ellos tenía que ser el Mesías!

Cuando llegó, reunió a los monjes y les contó lo que había averiguado. Los monjes se miraban incrédulos unos a otros: ¿El Mesías, aquí? ¡Increíble! Claro que si estaba disfrazado, entonces, tal vez... ¿Podría ser Fulano? ¿O Mengano? ¿O...?

Una cosa era cierta: si el Mesías estaba allí disfrazado, no era probable que pudieran reconocerlo. De modo que empezaron todos a tratarse con respeto y consideración. "Nunca se sabe", pensaba cada cual para sí cuando trataba con otro monje, "tal vez es éste".

El resultado fue que el monasterio recobró su antiguo ambiente de gozo desbordante. Pronto volvieron a acudir docenas de candidatos pidiendo ser admitidos en la Orden, y en la iglesia volvió a escucharse el jubiloso canto de los monjes, radiantes del espíritu del amor.





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