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Domingo 2 de Adviento C: Comentarios de Sabios y Santos para preparar la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Páginas relacionadas

 

 

A su disposición

Exégesis: Alois Stöger - Preparación a la actividad pública de Jesús(Lc 3,1 – 4,13)

Comentario Teológico: Joseph Marie Lagrange, O. P. - Juan el Bautista y Jesús

Santos Padres: San Gregorio Magno - La predicación de San Juan Bautista

Aplicación: R.P. Alfonso Torres, S.J. - La aparición y el ministerio del Precursor

Aplicación: Columba Marmion - La plenitud de los tiempos

Ejemplos

 

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Las Lecturas del Domingo



Exégesis: Alois Stöger - Preparación a la actividad pública de Jesús(Lc 3,1 – 4,13)

Una vez más se ven contrapuestos Juan y Jesús. Juan lleva a cabo su misión (3,1-20); se muestra la preparación de Jesús para su obra (3,21-4,13); Jesús es hijo de Dios, nuevo Adán, que opta decididamente por la voluntad de Dios.

Aquí, como en la historia de la infancia, se muestra que Jesús sobrepuja a Juan, pero ahora se añade algo nuevo. Juan lleva a cabo la última preparación para el tiempo de la salud, que está en puertas, pero él no pertenece todavía a este tiempo. Jesús está equipado para realizar el tiempo de la salud. Juan concluye su obra, Jesús comienza la suya. La actividad de Juan se cierra según la exposición de Lucas antes del relato del bautismo de Jesús, con el que comienza la actividad pública de Jesús. Lucas preferirá volver una vez más sobre lo narrado, antes que ligar la actividad de Jesús y la de su precursor. Con Juan termina el tiempo del preanuncio y de la promesa, y con Jesús comienza el tiempo del cumplimiento.


1. EL Bautista (3,1-20)

a) El comienzo (Lc 03, 01-06)

En una hora bien determinada de la historia del mundo, en una situación que reclama liberación, en una zona del gran imperio romano (3,1-2), comienza la preparación para el tiempo de la salud por Juan (3,3-6).

1 En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, 2a durante el sumo sacerdocio de Anás y de Caifás...

La historia de la salvación transcurre dentro del ámbito y del acontecer de este mundo, pero sin identificarse con lo que nosotros llamamos historia del mundo o historia universal. La aparición y actuación de Juan es el preludio inmediato del acontecimiento salvífico que se inicia con la venida del Mesías. Las indicaciones cronológicas se hacen en el estilo de la Biblia. Ahora comienza historia sagrada. Análogamente indica Oseas el tiempo en que recibió la palabra del Señor: «Palabra de Yahveh dirigida a Oseas, hijo de Beri, en tiempos de Ozías...» (Ose 1:1).

El tiempo de la salvación comienza el año 15 del reinado del emperador romano Tiberio (14-37 d.C.), es decir, el año 28/29 de nuestra era. Entonces era Poncio Pilato procurador de Judea (26-36); Herodes Antipas, tetrarca de Galilea (4 a.C. - 39 d.C.); su hermano Filipo, tetrarca de Iturea y de la Traconítide, que están situadas al norte y al este del lago de Genesaret (4 a.C. 34 d.C.). Lisanias era tetrarca de Abilene al noroeste de Damasco, en el Antilíbano (Lisanias murió entre el 28 y el 37 d.C.). Las indicaciones de Lucas se han visto confirmadas por inscripciones y por historiadores antiguos. Además de las autoridades civiles se indican también las religiosas: el sumo sacerdote en funciones José Caifás (18-36 d.C.), junto al que gozaba de gran prestigio su suegro Anás, que le había precedido en el cargo.

Si Lucas hubiese querido únicamente fijar el tiempo, un dato hubiera sido más que suficiente. El primero, que es el más claro y más determinado. ¿Por qué, pues, añade los otros? Con ellos se trata de presentar las condiciones políticas y religiosas, el ambiente espiritual en que se cumplen las promesas de Dios. Palestina está bajo dominio extranjero. El soberano del país es el emperador Tiberio, del que los historiadores romanos trazaron -con razón o sin ella- el retrato de un soberano desconfiado, cruel, amigo del placer (Cf. TÁCITO, Anales Vl, 51). La parte meridional del país, Judea y Samaria, es desde el año 6 a.C. provincia romana. El gobierno del procurador Poncio Pilato era, según el parecer de los judíos, inflexible y sin consideraciones; se le achaca venalidad, violencia, rapiña, malos tratos, vejaciones, continuadas ejecuciones sin sentencia judicial y una crueldad sin límites e intolerable (FLAVIO JOSEFO, Bellum Iudaicum II, 169-177; FILON, Leg. ad Gaium 299-305). Los soberanos de la casa de Herodes eran idumeos, soberanos por la gracia de Roma. Los dos sumos sacerdotes se dieron maña para conservar largos años su posición mediante ardides diplomáticos. Se comprende que se suspire por el rey de la casa de David. También Zacarías aguardaba la liberación de las manos de todos los que nos odian (1,71).

El ámbito geográfico que delimita Lucas con sus indicaciones es el campo de acción de Jesús. En éste se desarrolla la historia sagrada: en Galilea y en Judea, y también al norte del lago de Genesaret. El imperio romano se había anexionado más o menos rigurosamente estas regiones. Por su parte, Jesús no traspasará sino muy raras veces los límites de Palestina, pero su mensaje conquistará toda la gran extensión sujeta a la soberanía del emperador romano Tiberio. Los Hechos de los apóstoles describen la carrera victoriosa de la palabra de Dios que había comenzado en Palestina.

2b...la palabra de Dios fue dirigida a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. 3 Y él fue por toda la región del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados.

La palabra de Dios fue dirigida a Juan, como sucedía a los profetas del Antiguo Testamento. El Bautista reanuda la acción de los grandes enviados de Dios del tiempo anterior y enlaza con la tradición profética, no con la literatura apocalíptica soñadora y fantástica, con la sabiduría humanística, con los rigorismos legalistas farisaicos, con tradiciones teológicas rabínicas ni con esperanzas de reinados propias de ambientes zelotas. La palabra de Dios lo llama, le confiere su ministerio y es la fuerza que domina su vida. «Llegóme la palabra de Yahveh, que decía: Antes que te formara en las entrañas maternas te conocía... irás a donde yo te envíe y dirás lo que yo te mande... Mira que pongo en tu boca mis palabras. Hoy te doy sobre pueblos y reinos poder de destruir, arrancar, arruinar y asolar; de levantar, edificar y plantar» (Jer 1:4-10).

El campo de acción del Bautista es toda la zona del Jordán, la región de la depresión meridional del Jordán. En esta región es predicador itinerante. Su campo de acción es reducido; Jesús, en cambio, actuará en toda la región de Palestina. Los apóstoles llevarán más allá de este espacio, al mundo entero, la palabra de Dios. El ámbito de la palabra crece; ésta tiende a llenarlo todo...

Juan es pregonero; va por delante de su Señor y anuncia lo que va a suceder. El mensaje que él anuncia es el bautismo de conversión y perdón de los pecados. La conversión es el prerrequisito; con ella se vuelve el hombre hacia Dios, reconoce su realidad y su voluntad, se aparta de sus pecados y los reprueba; en esto consiste esencialmente la conversión y el arrepentimiento.

El bautismo, la inmersión en el Jordán, acompañada de una confesión de los pecados (Mar 1:5), sellará esta voluntad de conversión y al mismo tiempo otorgará el perdón de los pecados por Dios. Al que se convierte le da la certeza de que su conversión es valedera y es reconocida por Dios y consiguientemente tiene capacidad para salvar del juicio venidero. El que ha recibido el bautismo se halla pertrechado y preparado para formar parte del nuevo pueblo de Dios de los últimos tiempos. Desde luego, una cosa se requiere: que la conversión sea sincera y vaya acompañada de un cambio de vida. Lo que así anuncia Juan es algo nuevo y grande. Va a iniciarse lo que tanto se había esperado: Dios cumple sus promesas.


4 Como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, haced rectas sus sendas. 5 Todo barranco será rellenado, y todo montículo y colina serán rebajados; los caminos tortuosos se enderezarán y los escabrosos se nivelarán. 6 Porque toda carne ha de ver la salvación de Dios.

El profeta Isaías ve en una visión una espléndida procesión a través del desierto. Dios, el Señor, va en cabeza de su pueblo, que retorna en caravana de Babilonia a la patria. Una voz se levanta en el desierto por el que avanza la comitiva e invita a preparar un camino real. Esta palabra dirigida a los que regresan a la patria se entiende ahora en forma nueva. La voz del que clama en el desierto es Juan. El Señor -el Mesías- viene, y con él su pueblo. La preparación del camino se entiende en sentido religioso-moral; se llama a penitencia, conversión y retorno a Dios, bautismo de penitencia para el perdón de los pecados. Obra verdaderamente gigantesca: trazar un camino por el desierto; transformar los corazones. Toda carne ha de ver la salvación de Dios. El tiempo de la salvación está alboreando. Dios lo prepara para «toda carne», para todos los hombres. Va a cumplirse el anuncio profético de Simeón: Una «luz para iluminar las naciones» (Mar 2:32). El predicador de penitencia y conversión, el precursor Juan tiene una misión para todos los tiempos. Hay que preparar con penitencia un camino a la salvación del Señor.
(STÖGER, ALOIS, El Evangelio según San Marcos, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)



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Comentario Teológico: Joseph Marie Lagrange, O. P. - Juan el Bautista y Jesús

Tiempos de Salvación

Después de largos años pasados en la oscuridad de Nazaret, va a comenzar Jesús su ministerio en Israel. Pudiera creerse que era un nuevo empezar del Evangelio, y, en efecto, según san Marcos, es «El principio del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios». Hemos visto que para los soberanos de Oriente deificados había dos epifanías: la del nacimiento, a causa de su origen divino, y la de su toma de posesión del poder soberano. Jesús no será Rey de la gloria hasta el día de su resurrección, pero desde el principio de su vida pública debía ser de alguna manera entronizado por su Padre, lo que realizó en su bautismo.

Además, la dignidad de Hijo de Dios exigía un precursor que preparase sus caminos. Vemos cómo aquí se renuevan los designios de Dios, que había hecho encontradizos al hijo de Zacarías y al hijo de María. No son esta vez los ángeles los que van a visitar a las almas excelsas, acostumbradas a vivir en comunicación con el Altísimo, es una voz poderosa, que va a resonar y conmover todo el país de Israel.

La tierra de Israel, donde Jesús y Juan han nacido, no estaba, como ya sabemos, bajo el dominio de un solo príncipe. Judea había sido incorporada al imperio romano, heredero de todas las antiguas civilizaciones.

Roma, sucesora de los grandes imperios de Oriente, había establecido sobre las más diversas razas su más estable dominio. Los hombres de entonces o, más bien, la flor y nata que los gobernaba, podían creer que habían llegado a la cumbre, desde donde la civilización, penosamente adquirida, podía lucir con todo esplendor. La ciudad sentada sobre las siete colinas, con su Capitolio, su Foro y su Palatino, hubiera sido la más hermosa cosa del mundo si Atenas no hubiera monopolizado el arte y la belleza. La violencia de las armas se rendía ante la autoridad más alta de la inteligencia. Lo que se llamaba «tierra habitada», el mundo en adelante organizado, estaba animado por el mismo espíritu. Nadie pensaba sustraerse a esta fuerza que la razón dirigía, a la manera que lo está el Universo.

Nadie, excepto los judíos. Ridículo hubiera parecido hacer un paralelo entre Atenas, Roma o Alejandría, mirando hacia el mar, como para enviar lejos sus órdenes o sus ideas, con una ciudad mediocre edificada sobre las altas colinas de la Judea, pero aislada, mirando hacia el desierto, más bien que hacia las playas. Esta ciudad, sin embargo, tenía también su grandeza, tenía su historia, el convencimiento de estar más instruida que Atenas en los grandes, los únicos grandes problemas, los problemas del destino del hombre, del origen del mundo y de sus relaciones con Dios. La victoria de las armas romanas no le infundía temor, y el encanto divino de Homero sólo le inspiraba desprecio. Sabía que las estatuas modeladas por Fidias, llenas de austera majestad, eran tan condenables como las sensuales Afroditas de Praxiteles, ya que ellas no tenían derecho a los homenajes de los hombres, únicas imágenes fieles de Dios. Estaba segura, con ciencia cierta, con la ciencia misma de Dios que le revelara su secreto, que toda aquella gloria mundana era frágil, y precisamente porque el mal triunfante era el desorden llevado al colmo, ella estaba segura de que el reino de Dios iba a manifestarse. Pero nadie aún había tomado la palabra en su nombre para continuar la interrumpida serie de reproches, de amenazas, de juicios terribles suspendidos sobre las cabezas, y, en fin, de lejanas esperanzas, cuando pasada la tempestad, el cielo apareciese de color de zafiro. El yugo del extranjero era pesado, pero el honor de Dios violado era una afrenta más intolerable que la insolencia de los agentes del fisco. ¿Duraría siempre la paciencia de Dios? ¿Qué esperaba ya? ¡Entonces fue cuando la voz de Juan, el hijo de Zacarías, se oyó en el desierto!


Misión de Juan Bautista y su predicación (Lc 3, 1-18; Mc 1, 8; Mt 3, 1-12)

«En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconitide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el gran sacerdote Anás y [bajo el gran sacerdote] Caifás, la palabra de Dios fue dirigida a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto» (Lc 3, 1-2).

¡Singular unión esta que pone en el mismo plano a Tiberio, emperador, omnipotente, y a Lisanias, principillo ignorado! Para comprenderlo es necesario ir a donde el evangelista nos lleva, al desierto, cerca de las riberas del Jordán. El valle en esta parte se ensancha, formando una especie de circo, pero está dominado de ambos lados por altas colinas. Es el único punto del globo que está aproximadamente 350 metros bajo el nivel del mar. Por el norte, el horizonte está cerrado por la Montaña del Viejo, el Djébel-ech-cheikh, el antiguo Hermón, cuyas nieves brillan en invierno y en primavera. Se diría que no hay nada detrás de esta montaña del Septentrión, donde los semitas ponían la morada de la corte divina. Al sur está el mar Muerto exhalando olores de betún y azufre en sus orillas. Con frecuencia aparece velado por una neblina, que se espesa hacia el mediodía, como si fueran jirones de la nube que derramó la destrucción sobre Sodoma y Gomorra. El Jordán no es, como otros ríos, un límite; es más bien un punto de unión, tanto para los habitantes de las dos riberas como para las aguas que descienden de sus colinas. Las dos riberas fueron dadas a Israel. Y he ahí por qué, después de nombrar al señor del mundo romano, cuyos años de imperio suministraba una fecha oficial que se imponía a todos, san Lucas enumera estos pequeños estados del país de uno y otro lado del Jordán, cuyo centro de gravedad era Jerusalén, situado en la ribera occidental.

Allí se halla Judea, reino propio de David, donde la vida religiosa y nacional volvió a resurgir después de la cautividad de Babilonia; de suerte que los israelitas se convirtieron en habitantes de Judea o, como nosotros los llamamos, judíos. Verdadero lugar del espíritu de toda la raza, es también el más vigilado, y Roma quiso que estuviese bajo su inmediata tutela, administrado por el romano Poncio Pilato. Al norte, la Galilea, a la que le habían anexionado una parte del otro lado del Jordán, la Perea, estaba bajo el cetro de Herodes, conservando una aparente independencia. El nombre de rey le hubiese venido demasiado grande a tan pequeño príncipe. Era tetrarca, es decir, estaba al frente de la cuarta parte del país, sin que se preocupase de saber si este término corriente resultaba en verdad de una división en cuatro partes. De hecho, no hallamos más que otros dos tetrarcas: a Filipo, que gobernaba frente a Herodes, al nordeste, del otro lado del Jordán, y a Lisanias, cuyo pequeño estado cierra la perspectiva de la dominación de Israel por el norte.

Pero fuera y por encima de estos príncipes temporales, san Lucas quiso nombrar al Sumo Sacerdote, único lazo que unía aún a los descendientes de Israel. Este Sumo Sacerdote era Caifás, elevado por el favor del procurador romano, Valerio Grato. El respeto debido al sucesor de Aarón alcanzaba aún a Anás, Sumo Sacerdote depuesto, que el mismo Caifás, su yerno, estaba obligado a reverenciar.

No hay ningún dato político que no esté sólidamente fundado en los documentos históricos y se podría decir sobre el terreno. Si la erudición contemporánea ha querido levantar un caramillo a san Lucas sobre el nombre de Lisanias, dos inscripciones descubiertas en la región de Abil, antigua Abilene, le han dado la razón.

Aunque esta misma ciencia no esté de acuerdo en el cómputo de los años de Tiberio, puede juzgarse razonablemente que su decimoquinto año había comenzado el 1 de octubre del año 27 de la era cristiana. Fue, sin duda, poco después de esta fecha cuando Juan apareció predicando en toda la región del Jordán. «Andaba vestido de pieles de camello y con un cinto de cuero alrededor de los lomos, y comía langostas y miel silvestre» (Mc 1, 6).

El romano, envuelto en su toga, reconocía al filósofo discípulo la visión del más ardiente profeta. En otro tiempo, los enviados del rey Ococías habían dicho a su señor: «Hemos encontrado a un hombre en nuestro camino, era velludo y un cinto de cuero ceñía su cintura (2R 1, 8). Y dijo el rey: «Es Elías, el Tesbita». Este aparato exterior, por mucho tiempo respetado, había caído en desprecio, a causa del descrédito que sobre sí habían atraído tantos falsos profetas. Cubrirse con manto de pieles era exponerse al sarcasmo: era aparecer como impostor. En otro tiempo había dicho Zacarías: «Y será que, cuando alguno profetizare, le dirán su padre y su madre: no vivirás porque has hablado mentira en nombre de Yahvé;... y acaecerá en aquel tiempo que todos los profetas se avergonzarán de su visión cuando profetizaren: ni nunca más se vestirán de manto velloso para mentir» (Za, 13, 3-4).

La profecía estaba muerta, y los falsos profetas cesaron de revestirse con su oropel mentiroso. Sólo después de largo silencio, en tiempos de elegancia y urbanidad, cerca de Jericó, la ciudad dada por Antonio a Cleopatra por la belleza de sus aromáticos jardines, redificada por Herodes para estación invernal en los confines de la suntuosidad y el desierto, se levanta Juan, nuevo Elías por sus hábitos y no menos audaz por la libertad de sus invectivas. Tan potente era su voz, que el desierto se conmovió, y sus rumores se extendieron hasta las ciudades de la tierra alta. ¿Será la hora de Dios? Se sabía, desde la profecía de Amós, que «el Señor no hará nada sin que revele sus secretos a sus siervos los profetas. Bramando el león, ¿quién no temerá? Hablando el Señor Yahvé, ¿quién no profetizará?» (Am 3, 7-8). En efecto, decía Juan: « ¡Haced penitencia porque el reino de Dios está cerca!» (Mt, 3, 2).

En otro tiempo, cuando de los labios de un profeta brotaba la llamada a penitencia, el pueblo se recogía: la nación entera había pecado, ya adorando los dioses extranjeros, ya asociando prácticas impuras al culto del Dios santísimo: se derruían los altares consagrados a Baal, se quemaban los árboles de Astarté y se limpiaba el santuario. Yahvé perdonaba y el pueblo quedaba libre.

Los tiempos habían cambiado. El mundo, antes de los sucesores de Alejandro, jamás había presenciado el extraño espectáculo de un pueblo que rehusaba postrarse ante los dioses del vencedor. Los Macabeos habían hecho esto y habían arrojado al muladar los dioses de Grecia. Por eso Dios les había dado la independencia frente al extranjero y el poder sobre sus hermanos. Después de la nueva dedicación del Templo, continuaba el culto según las ceremonias sagradas: cada día los sacerdotes hacían el sacrificio, y las solemnidades se celebraban con la pompa prescrita. La nación nada tenía que reprocharse, ¿por qué entonces este llamamiento a la penitencia?

Lo comprendían, sin embargo, las almas escogidas, porque la religión había llegado a ser, si no más interior, al menos más individual. Cada uno se sentía responsable delante de Dios, y era la superioridad manifiesta de la religión de Israel, su intransigencia moral, que ni el oro ni el poder habían logrado doblegar. Era ésta la tradición de los antiguos profetas, menos cuidadosos de atraer al Templo rebaños de víctimas que de excitar en el corazón de los israelitas sentimientos de compunción y de temor filial y más aún, tal vez, porque era el punto difícil, moverlos al amor a sus prójimos.

« ¿No sabéis cuál es el ayuno que yo quiero? Dice el Señor Yahvé: que panas tu pan con el hambriento, y a los pobres sin albergue recojas en tu casa; que cuando vieres al desnudo lo cubras y no te escondas de tu carne. Entonces nacerá tu luz como el alba» (Is 58, 6-8).

La conciencia de muchos israelitas estaba bastante despierta para que fueran insensibles a tales acentos, y los que se consideraban culpables sentían la necesidad de hacer penitencia. Los maestros sabían muy bien, y eran los primeros en proclamarlo, que la penitencia era la disposición esencial requerida antes de la llegada del Mesías, que debía por sí mismo fundar el reino de Dios.

El aspecto de un hijo de los antiguos profetas, austero, sobrio hasta abstenerse del modesto alimento del pan cotidiano, sus presentimientos que penetraban los síntomas del tiempo, su acento patético, todos esos rasgos que hoy harían sonreír a espíritus ligeros o fuertes, eran la expresión espontánea e impetuosa de los antiguos profetas de Israel. Aun entonces en las ciudades acaso hubieran tenido a Juan por un hombre pobre de espíritu; atemorizaba, conmovía y aterraba las almas cuando su voz se elevaba sobre las dunas estériles o a lo largo de los tamarindos del Jordán, sobre las rápidas aguas, sobre los recuerdos milagrosos, haciendo oír su llamamiento tradicional, ¡Penitencia!, por última vez antes que llegue la hora de Dios.
(LAGRANGE, JOSEPH, Vida de Jesucristo. Edibesa, Madrid, 2002, pp. 55-60)



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Santos Padres: San Gregorio Magno - La predicación de San Juan Bautista

Con haber hecho mención del emperador de la República romana y de los que gobernaban la Judea, diciendo: El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, gobernando Poncio Pilato la Judea, siendo Herodes tetrarca de la Galilea, y sil hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilinia; hallándose sumos sacerdotes Anás y Caifás, el Señor hizo entender su palabra a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto; se determina el tiempo en que el Precursor de nuestro Redentor recibe el encargo de predicar; pues como venía para dar a conocer a Aquel que había de redimir a algunos de los judíos y a muchos de los gentiles, señalando la época del emperador de los gentiles y los príncipes de los judíos, se fija el tiempo de su predicación,

Mas como la gentilidad había de ser congregada y la Judea dispersa culpa de su perfidia, la descripción determina los principados terrenos, puesto que se refiere que en la República romana gobernaba uno solo, y en el reino de la Judea, dividida en cuatro partes, gobernaban varios. Ahora bien, como nuestro Redentor dice (Lc 11, 17): Todo reino dividido quedará destruido, luego está claro había llegado a su término el reino de la Judea, que, dividida, estaba sometida a tantos gobernadores.

Y también se muestra, no sólo bajo qué gobernadores, sino de­bajo qué sacerdotes aconteció. Y porque Juan Bautista daría a conocer a Aquel que a la vez sería rey y sacerdote, el evangelista Lucas señaló el tiempo de su predicación por el reino y el sacerdocio, anunciando quiénes reinaban y quiénes eran sacerdotes.

Vino por toda la ribera del Jordán predicando un bautismo penitencia para la remisión de los pecados. Es cosa clara para todos los que leen el Evangelio que Juan no sólo predicó el bautismo de penitencia, sino que también bautizó a algunos. Mas, no obstan­te pudo dar su bautismo para remisión de los pecados, porque por el bautismo de Cristo se nos concede la remisión de los dos. Y así debe notarse que se dice: predicando el bautismo de penitencia para remisión de los pecados; porque, como no podía ­él dar el bautismo que perdonaría los pecados, lo predicaba. De manera que así como precedía con su predicación al Verbo encarnado del Padre, así también su bautismo, precediéndole, fuera figura del verdadero.

Prosigue: Como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías: La voz de uno que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas: En efecto, el mismo Juan Bautista, preguntado quién era, respondió diciendo (Jn. 1,23): Yo soy la voz del que clama en el desierto. El cual, según hemos dicho antes, es llamado voz por el profeta porque iba delante del Verbo.

Ahora, qué es lo que clamaba se manifiesta cuando prosigue: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. ¿Qué otra cosa hace todo el que predica la verdadera fe y las buenas obras sino preparar el camino del Señor, que viene a los corazones de los oyentes?

Para que este poder de la gracia halle camino abierto y alumbre la luz de la verdad, para que, inculcando con la predicación santos pensamientos en el alma, enderece los caminos del Señor: Todo sea terraplenado, y todo monte y collado, allanado. ¿Qué se entiende aquí por el nombre de valle sino los hombres humildes? ¿Y qué por el de montes collados sino los soberbios? Luego, a la venida del Señor, los valles se terraplenaron y los montes y collados se allanaron, porque, según dice Él (Lc. 14,11), todo el que se ensalza será humillado y quien se humilla será ensalzado. En efecto, el valle, terraplenado, se eleva, y el monte y el collado, allanados; se abajan. La gentilidad, pues, ciertamente, por su fe en el hombre Jesucristo como Mediador entre Dios y los hombres, recibió la plenitud de la gracia, mientras que la Judea, por su error, debido a su perfidia, perdió aquello de que se envanecía.

De manera que todo valle será terraplenado, porque los corazones de los humildes, mediante la predicación de la santa doctrina, se llenarán de la gracia de las virtudes, según lo que está escrito (Sal. 103, 10): Tú haces brotar las fuentes en los valles; y como en otro lugar se dice (Sal. 64,14): Y abundarán en grano los valles. Pues bien, el agua se desliza de los montes, esto es, la doctrina de la verdad huye de las mentes soberbias; en cambio, brotan las fuentes en los valles, esto es, las mentes de los humildes reciben la enseñanza de, la predicación.

Ya hemos visto cómo los valles abundan en grano, porque se han llenado con el sustento de la verdad las bocas de los que, por mansos y sencillos, parecían a este mundo despreciables. [4.] También el pueblo, que había visto a Juan Bautista dotado de una admirable santidad, creía que él era particularmente aquel monte elevado y sólido del cual está escrito (Mich. 4,1): En los últimos tiempos, el monte de la casa del Señor será fundado sobre la cima do los montes; pues creían que él era el Cristo, según lo que dice el Evangelio (Lc. 3,15): Opinando el pueblo que quizá Juan era si Cristo y prevaleciendo esta opinión en el corazón de todos, le requerían, diciendo: ¿Por ventura eres tú el Cristo?, Pero, si Juan no se hubiera tenido por valle, no habría estado lleno de gracia en el espíritu, el cual, para dar a entender lo que era, dijo (Mt. 3,11): El que viene después de mí es más poderoso que yo y no soy yo digno de besarle la sandalias. Y de nuevo dice (Jn. 3,28): El esposo es aquel que tiene esposa; mas el amigo del esposo, que está para asistirle y atenderle y se llena de gozo con oír la voz del esposo. Mi gozo, pues, ahora es completo. Conviene que él crezca y que yo mengüe. Ved que, siendo por su admirable conducta virtuosa, tal que se opinaba que seria el Cristo, no sólo respondió que él no era el Cristo, sino que decía no ser siquiera digno de desatar la correa de su calzado, esto es de escudriñar el misterio de su encarnación. Los que opinaban que él era el Cristo, creían que la Iglesia era su esposa; pero él dice: El esposo es aquel que tiene esposa; como si, dijera: Yo no soy esposo, pero soy amigo del esposo; y declara que su gozo está, en la voz suya, sino en oír la voz del esposo, porque su corazón se alegraba, no precisamente porque, cuando predicaba, los pueblos le oían humildes, sino porque él oía interiormente la voz de la Verdad para predicarla afuera. Y dice bien que el gozo es completo, porque quien se goza en la voz suya, no tiene gozo completo.

También dice: Conviene que Él crezca y que yo mengüe. Respecto a lo cual hay que inquirir en qué creció Cristo y en que menguó Juan, sino en que el pueblo, que veía la abstinencia de Juan y tan distante de los hombres, creía que él era el Cristo; mientras que, viendo a Cristo comer con los publicanos y con los pecadores, creía que éste no era el Cristo, sino un profeta; pero, andando el tiempo, Cristo, que había sido tenido por un profeta, fue reconocido por el Cristo; y Juan, que era tenido por Cristo, se dio a conocer que era profeta. Y así se cumplió lo que e Cristo predijo su Precursor: Conviene que El crezca y que yo mengüe. Efectivamente, en la apreciación del pueblo, Cristo crecía, porque fue reconocido por lo que era; y Juan menguó, porque dejó de ser llamado lo que no era.

Por consiguiente, puesto que Juan perseveró en la santidad precisamente, porque se mantuvo humilde en su corazón, y, en cambio, muchos han caído precisamente porque se envanecieron en sí mismos con pensamientos altivos, dígase con razón: Todo valle será terraplenado, y todo monte y collado, allanado; porque los humildes reciben la gracia que rechazan de sí los corazones de los soberbios.

Prosigue: Y así los caminos torcidos serán enderezados, y los escabrosos, igualados. Los caminos torcidos son enderezados cuando los corazones de los malos, torcidos por la injusticia, se rigen por la norma de la justicia; y los escabrosos se tornan planos cuando las almas que no son mansas, sino iracundas, vuelven a la suavidad de la mansedumbre por la infusión de la gracia celestial.

De manera que, cuando el alma iracunda no recibe la palabra la verdad, es como si la aspereza del camino impidiera el paso del caminante; en cambio, cuando el alma iracunda, por la gracia de la mansedumbre que ha recibido, acepta la palabra de exhortación, el predicador encuentra llano el camino allí donde antes no podía dar un paso por la escabrosidad del mismo camino, esto es, donde no podía predicar.

Y continúa: Y verá toda carne al Salvador de Dios. Como a carne se toma en el sentido de todo hombre, y todos los hombres no han podido ver en esta vida al Salvador de Dios, esto es, a Cristo, ¿adónde, pues, tiende el profeta la mirada de la profecía esta sentencia sino al día del último juicio? En el cual, abriéndose los cielos, aparezca Cristo, en el trono de su majestad, asistido por los ángeles y sentado con los apóstoles, todos, así los elegidos como los réprobos, le verán igualmente, para que los justos gocen sin fin del don de la retribución y los injustos giman perpetuamente en la venganza del suplicio.
(SAN GREGORIO MAGNO, Homilía sobre los Evangelios, Homilía XX, Ed. BAC. Madrid 1968, pp. 622-625)



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Aplicación: R.P. Alfonso Torres, S.J. - La aparición y el ministerio del Precursor

Terminábamos las lecciones sacras del curso anterior contemplando a Jesús en Nazaret, oculto en humildad y silencio a las miradas de los hombres. Ha llegado la hora de que se rasguen los velos de ese misterio adorable y Jesús se muestre al mundo. Va a comenzar la vida pública del Redentor.

Si quisiéramos describir esta nueva vida trazando su rasgo característico, nos bastaría repetir las palabras con que San Pablo comienza su epístola a los Hebreos : Habiendo Dios en los pasados tiempos hablado en muchas veces y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos habló a nosotros por el Hijo (Hebr 1,1-2). Como quien cuenta atisbos lejanos, con palabras balbucientes, habían venido los profetas hablando del gran misterio de Dios, que en otras edades no fue notificado a los hijos de los hombres (Eph 3,5) sino entre sombras. Ahora el Hijo de Dios va a revelarlo del todo, entre esplendores de sabiduría, maravillas de omnipotencia, glorias de sacrificio y de amor. Desde este momento, los hombres que no se ciegan voluntariamente, vivirán en plena luz divina.

De siglo en siglo van apareciendo cuadrillas de llamados filósofos que, prescindiendo de la revelación, andan buscando lo que ahora llamamos el sentido de la vida. Laboriosamente va yendo cada cuadrilla un artificio sobre cuya fachada escribe con vana presunción: Este es el sentido de la vida humana.

Las profecías antiguas que giraban en tomo del Mesías, culminaron en San Juan Bautista. Todos los profetas hubieran podido apropiarse de algún modo las misteriosas palabras de Balaam: Yo le veré, mas no ahora; le contemplaré, mas no de cerca (Num 24,17). Juan, en cambio, señalándole con el dedo, dirá: He aquí el Cordero de Dios... Yo vi y di testimonio de que éste el Hijo de Dios (Jn 1,29 y 34). Juan es la gloria de los profetas precisamente porque es harto más que profeta (Lc 7,26). Su misión es la más alta que hasta entonces había recibido un enviado divino. Por eso dijo el Señor: Entre los nacidos de mujer, profeta que Juan el Bautista, no hay ninguno (ib. 7,28).

Los evangelistas abren la vida pública del Señor narrando la aparición y el ministerio del Precursor. La providencia divina ha dispuesto que éste preparara los caminos del Redentor, y le escrutara al pueblo escogido. Con su predicación y su bautismo debía llevar las almas a Jesús, y purificarlas para que le reciban dignamente. Y por el orden con que se habían de realizar los planes divinos, los hubieron de narrar los evangelistas.

San Lucas, al contarnos la aparición del Bautista, empieza acumulando los sincronismos que hemos oído, sin duda para hacer sentir la grandeza del momento.

Aun temiendo que os parezca demasiado árida esta lección sacra, quisiera comentar hoy estos sincronismos con algún detenimiento, para tres cosas: para que precisemos en cuanto podamos las indicaciones cronológicas que contienen, para que hagamos lo mismo con las indicaciones topográficas y para que de todo saquemos conocimiento del ambiente en que se desarrolla (predicación del Bautista y la vida pública del Señor).

Todo es muy exterior, pero no es inútil; antes bien, ha de facilitar la mejor inteligencia de la historia evangélica. Vamos a recorrer, como hemos dicho, un desierto pedregoso; pero en medio de él saltó la fuente de aguas vivas.

Comencemos por lo más árido, que es la cronología. Los datos cronológicos que trae San Lucas, debieron de ser muy claros a él y para sus contemporáneos; pero no lo son tanto para nosotros.

Casi todos nos son conocidos con suficiente certeza; pero hay algunos que ignoramos o son dudosos. Sabemos que Caifás, sucesor de Anás, alcanzó el sumo sacerdocio el año 18 de nuestra era y lo retuvo hasta el año 36; que Filipo gobernó su tetrarquía desde la muerte de su padre, Herodes el Grande, hasta el año veinte de Tiberio, el cual año va desde agosto del 33 a idéntico mes del 34; que Herodes Antipas, el Herodes que aquí menciona el evangelista, empezó a gobernar la Galilea a la vez que su hermano Filipo la Iturea, y la siguió gobernando hasta el año 39; que Pilato fue procurador de Judea desde el 26 al 36.

Las indicaciones geográficas, son todo lo precisa que necesitamos para entender puntualmente la narración evangélica. Al aparecer el Bautista en las riberas del Jordán, Palestina estaba gobernada en parte por Pilato y en parte por Herodes Antipas. Este último gobernaba la Galilea y la Perea, y Pilato la Judea, la Samaria, la Idumea y el litoral desde Jafa a Cesarea. La tetrarquía de Filipo era la parte meridional del antiguo reino itureo, con algunas regiones más. Se extendía desde el Hermón hasta la Decápolis y desde la orilla oriental del lago de Genezaret hasta el reino de los nabateos. La tetrarquía de Lisania, que sin duda menciona el Evangelio porque en los tiempos de Agripa estuvo unida a Palestina y por dar a entender que esta parte de la Iturea no dependía de Filipo, abarcaba la parte oriental del Antilíbano con el Hermón y las tierras que baña el Baradas.

(...) Con toda esta abundancia de indicaciones cronológicas y topográficas prepara San Lucas la presentación del Bautista, el día de su proclamación a Israel. ( Lc, 1, 80)

Quienes conocen de antemano la historia del pueblo judío, no necesitan más para entender el ambiente social, político y religioso que rodeó al Precursor y luego a Cristo nuestro Señor. Los escuetos datos de San Lucas son para ellos como un condensado jeroglífico que les describe ese ambiente.

La dinastía de Herodes conservó siempre tres rasgos característicos, heredados del fundador:

El primero era considerar la religión como un mero elemento político, que convenía manejar con cautela.

El segundo rasgo es el afán de construcciones monumentales. (...)

El tercer rasgo es el servilismo para con los romanos, llevado a todos los extremos de la vileza.

El semillero de pasiones, de arbitrariedades, de banderías, de ambiciones, la inquietud general que gobiernos como los que acabamos de recordar suscitaron en un pueblo por añadidura despedazado y esclavizado, más son para imaginadas que para descritas.

La indicación de San Lucas: En el pontificado de Anás y Caifás. Nombres de malos sacerdotes son cifra y compendio de una degradación religiosa profunda.

Como se ve, sin necesidad de más amplias descripciones y limitándonos a descifrar las indicaciones de San Lucas, tenemos bastante para comprender que el pueblo escogido atravesaba una crisis profundísima en todos los órdenes cuando se presentó el Bautista en las riberas del Jordán. La nación, política y religiosamente, se descomponía con un cadáver putrefacto.

Quedaba en el ambiente, la esperanza Mesiánica; pero ya no era el Mesías anunciado por los profetas, sino otro Mesías que saciara las ambiciones nacionales con triunfos espectaculares e instaurara una edad de oro, de felicidad terrena, como la podía soñar el corazón más esclavizado por las concupiscencias. Esa esperanza desviada, más bien fue un obstáculo que un auxiliar del Evangelio.

El dolor desesperado que produce esa degradación tan profunda, aunque parezca una paradoja, es aliento de la esperanza. Si se mira la acción de Dios en un pueblo tan rebelde como el judío, se escapa espontáneamente de los labios y del corazón aquel epi-fonema de un salmo : In aeternum misericordia eius (Sal 99,5), Se ve a Dios siempre misericordioso. La providencia divina añadió a sus antiguas misericordias una misericordia nueva más grande que todas ellas. Quiso que precisamente en el seno de ese pueblo viviera y trabajara y muriera el Verbo encarnado. Hizo brotar la fuente de aguas vivas precisamente en aquel erial. Llevó Dios su amor hasta ese exceso divino. La fuente de aguas vivas que allí brotara había de fertilizar al mundo entero.

Volviendo los ojos de las grandes perspectivas históricas al ángulo minúsculo de nuestra propia vida, podemos recoger un triple fruto espiritual preciosísimo. Primero, el fruto saludable del santo temor de Dios. Somos capaces de decaer como los judíos, rechazar las gracias divinas y atraer sobre nosotros los rigores de la divina justicia. Segundo, la esperanza; pues, por grandes que sean nuestras miserias, Dios no deja de buscarnos, y desea hacer brotar el agua que surge a vida eterna hasta en los corazones más estériles y endurecidos. Tercero, el deseo de aprovechar los bienes que tenemos en Cristo Jesús, como nos piden de consuno la gratitud y el amor. Él nos hace la gracia de renovar entre nosotros sus divinas predicaciones, cuando nos congrega aquí para que meditemos el Evangelio, y desea que oigamos sus palabras con hambre y sed de sabiduría y santidad.

Jesús no ha cesado de venir. De continuo visita nuestras almas, trayéndonos la buena nueva que un tiempo anunció en carne mortal a los judíos. En muchos corazones se repite la dolorosa historia de ceguera, infidelidad, ingratitud que acabamos de recordar. Otros, en cambio, se abren a la verdad, al amor de Jesús, como flores sedientas de luz y de rocío. Ábranse así los nuestros, y con el afán que da el amor, dispongámonos a oír la palabra de vida que Jesús nos ha dejado en el Santo Evangelio.

Un día, en un desierto reseco, hizo brotar Moisés un raudal de aguas cristalinas, y el pueblo, que moría de sed, se agolpó a ellas como quien encuentra la vida. Ahora es Jesucristo quien golpea la roca y hace brotar el agua que surte a vida eterna (Jn 4,14), en este otro desierto del mundo, abrasado por el ardor de las concupiscencias. Se oye la voz del profeta: Sacaréis aguas con gozo de las fuentes del Salvador (Is 12,3). Y aquella otra que clama en el Apocalipsis: Quien tiene sed venga, quien tiene voluntad, coja agua de vida gratis (Apoc 22,17). Es hora de que saciemos la sed de nuestras almas. Acudamos a la fuente de vida con humildad y amor. No temamos que nos rechacen. El mismo Jesús clama y dice: Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba (Jn 7,37). Si no resistimos a sus misericordias, las aguas rebosarán el desierto y arroyos en la soledad. Y la tierra que estaba árida quedará llena de estanques, y de aguas la que ardía en sed (Is 5,6-7). La región desierta e intransitable se alegrará, y saltará de gozo la soledad y florecerá como lirio (ib. v.1) con eterna lozanía.
(ALFONSO TORRES, SJ, Lecciones Sacras I, Lección I, Ed. BAC, Madrid, 1977, pp. 278-289)



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Aplicación: Columba Marmion - La plenitud de los tiempos

Hemos admirado los secretos caminos de la Sabiduría divina en las preparaciones al misterio del advenimiento del Hombre-Dios.

Dios guarda intacto el depósito de las promesas en su pueblo escogido por una larga serie de milagros, y las confirma y desarrolla sin cesar por las profecías y aún se sirve la divina Sabiduría de las diversas cautividades de pueblo judío prevaricador, para llevar el conocimiento de estas promesas a las naciones extranjeras, a las cuales conduce suavemente por el sendero de sus destinos.

No ignoráis cómo durante este largo período de cuarenta siglos, Dios, que "tiene los corazones de los reyes en su mano" (Cf. Prov. 21,1), y cuyo poder iguala a su sabiduría, funda y derriba, uno tras otro, los imperios más pujantes. Al imperio de Nínive, que se extiende hasta Egipto, hace suceder el de Babilonia. Luego, conforme a la profecía de Isaías, llama a su ''servidor Ciro" (I s 45, 1), rey de los persas y coloca en sus manos el cetro de Nabucodonosor. Después de Ciro, viene Alejandro, el amo del mundo, hasta tanto que Roma tome las riendas de todas las naciones y forme un imperio inmenso, cuya unidad y paz servirán para los misteriosos designios de la difusión del Evangelio.

Mas ya ha llegado la "plenitud de los tiempos" (Gal 4,4) El pecado y el error inundan el universo; el hombre siente por fin la debilidad en que le retiene su orgullo: todos los pueblos tienden los brazos hacia este Libertador tantas veces prometido, y tan largo tiempo esperado: Et veniet Desideratus cunctis gentibus (Ag. 2,8).

Llegada que fue esta plenitud. Dios corona todas sus preparaciones enviando a San Juan Bautista, el último de los profetas, pero que será mayor que Moisés y mayor que Abraham, mayor que todos los nacidos de mujer: Non surrexit inter natos mulierum major Joanne Baptista (Mt 11,11) “En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista”… Es Jesucristo quien lo dice: y ¿en qué se funda?

En que Dios quiere hacerle su heraldo por excelencia, el propio precursor de su Hijo amado: Propheta Altissimi vocaberis (Lc 1 76). “Y tu, niño, serás llamado profeta del Altísimo”… Para realzar todavía más la gloria de este Hijo que va a enviar por fin al mundo, después de haberle prometido tantas veces. Dios se complace en sublimar la dignidad del precursor que ha de dar testimonio de haber aparecido por fin en la tierra la luz y la verdad: Ut testimonium perhiberet de lumine (Jn 1,8). “No era él la luz, sino quien diera testimonio de la luz”. Dios le quiere grande porque su misión es grande, porque ha sido escogido para preceder tan de cerca al que ha de venir. Dios mide la grandeza de sus santos por la relación que tienen con su Hijo Jesús.

Ved cómo exalta a este Precursor, a fin de mostrarnos, por la excelencia de este último profeta, la dignidad de su Verbo. Se escoge de una familia santa como pocas: un ángel anuncia su nacimiento, impone el nombre que ha de llevar, indica cuál será su excelsa misión. Dios le santifica en el seno de su madre, hace brillar los prodigios en derredor de su cuna, hasta el punto de que los venturosos testigos de estas maravillas se preguntan admirados: "¿Quién será este niño?" ( Jn. 1, 31).

Más tarde la santidad de Juan aparecerá tan grande que los judíos vendrán a preguntarle si es el Cristo esperado. Pero él, con ser tan favorecido de la gracia divina, protesta que no es sino la voz que clama en el desierto: “preparad el camino al Señor, porque está para venir" (Jn 1, 23). Los otros profetas no vieron al Mesías sino de lejos; él, le señalará con el dedo en términos tan claros que todos los corazones sinceros lo comprenderán: “aquí el Cordero de Dios", por quien clama a voces todo el linaje humano; porque Él es quien ha de borrar los pecados del mundo. Ecce Agnus Dei (Jn 1, 29). No le conocéis todavía, y, sin embargo de ello, está en medio de vosotros". Medius vestrum stetit quem vos nescitis. Es mayor que yo, porque existía antes que yo; es tan grande que no soy digno de desatar la correa de su calzado; tan grande que he visto al Espíritu bajar del cielo como una paloma y posarse sobre Él. Yo le he visto, y doy testimonio que es el Hijo de Dios (Jn 1, 26-27 y 32 y 34). El “que viene del cielo, dirá también, está por encima de todos y da testimonio de lo que ha visto y oído: el que es por Dios enviado, habla palabras de Dios, porque Dios no le da su Espíritu con medida; el Padre ama al Hijo, y ha puesto todas las cosas en sus manos. El que cree en el Hijo, tiene la vida eterna, el que no cree en el Hijo, no verá, la vida, sino que la ira de Dios recaerá sobre él" (Jn 1, 31ss)

Estas son las últimas voces del precursor; por ellas acabará de preparar las almas a recibir el Mesías. En efecto, cuando el Verbo encarnado, que es el único que puede decir palabras del cielo, porque permanece siempre in sinu Patris ( Jn 1, 18), ha comenzado su misión pública de Salvador, Juan desaparecerá dará testimonio de la Verdad: pero derramando su sangre por ella.

El Mesías, cuya recepción vino a preparar, llegó por fin. Él era la Luz de la que Juan daba testimonio, y todos aquellos que en ella creen, tienen la vida eterna. En adelante, a Él solo habrá que decir: "Señor ¿a quién iremos? Vos sólo poseéis palabras de vida eterna" (Jn 6, 69).

Nosotros tenemos la dicha inmensa de creer en esta luz que ha de “iluminar a todo hombre que viene a este mundo”; vivimos todavía en la “plenitud dichosa de los tiempos”, no estamos privados, como los Patriarcas, de ver el reino del Mesías. Si no somos de los que han con­templado al Cristo en persona, oído sus palabras y vís­tole pasar, haciendo bien por todas partes, tenemos en cambio la dicha de pertenecer a ''esas naciones de las que David cantó que serían la herencia de Cristo”.

Sin embargo de ello, el Espíritu Santo, que dirige a la Iglesia y es el primer autor de nuestra santificación, quiere que cada año consagre la liturgia un período de cuatro semanas para recordar los cuatro mil años de preparaciones divinas, y ponga todos los medios posibles para adornar nuestras almas con las disposiciones interiores en, que vivían los judíos fieles esperando la venida del Mesías.

Pero me diréis quizás: Esta preparación para la venida de Cristo, esos deseos, esa expectación, estaban muy bien en las almas de los justos del Antiguo Testamento: pero ahora que Jesucristo ha venido, ¿para qué todo eso que no parece sino mera ficción?


Se puede responder con varias razones.

En primer lugar, Dios quiere ser alabado y bendecido en todas sus obras. Todas, en efecto, llevan el sello de su infinita sabiduría: Omnia in sapientia fecisti (Sal 103, 24): todas son admirables tanto en su preparación corno en su realización. Esto es sobre todo verdad tratándose de aquellas que se enderezan más directamente a la gloria de su Hijo, porque “la voluntad del Padre es que su Hijo sea siempre exaltado” (Cf. Jn 12, 28) Dios quiere que noso­tros admiremos sus operaciones, y demos gracias por haber preparado con tanta sabiduría y poder el reino de su Hijo entre nosotros, lo cual hacemos cuando recordamos las profecías y las promesas del Antiguo Testamento.

Dios quiso; además, que encontrásemos en estas preparaciones una confirmación de nuestra fe.

La razón de habernos dado señales tan distintas y precisas, de tantas y tan claras profecías, es que por ellas llegaremos a reconocer como Hijo suyo a Aquel que las realizó en su Persona.

Ved cómo, en el Evangelio, invitaba Nuestro Señor mismo a sus discípulos a esta contemplación: Scruptamini Scripturas (Jn. 5, 39), revolved las Escrituras, les decía: esto es, en los libros del Antiguo Testamento; escudriñadlas y las veréis llenas de mi nombre; porque "necesario es que se cumpla todo lo que se ha escrito de mí en los Salmos y en las Profecías": Necesse est impleri omnia quae scripta sunt in prophetis et psalmis de me (Luc. 35, 44). Aún después de su resurrección, lo vemos explicar a los discípulos de Emaús, a fin de robustecer su fe y disipar su tristeza, todo lo concerniente a él en las Sagradas Escrituras "comenzando por Moisés y recorriendo todos los Profetas". Et incipiens a Moyse et omnibus prophetis interpretabatur illis in omnibus Scripturis quae de ipso erant (Luc. 35, 27). Así que, al leer las profecías que la Iglesia nos propone durante el Adviento, debemos decir: con rendida fe, como los primeros discípulos de Jesús: "Hemos encontrado a Aquel que anunciaron los Profetas" (Jn 1, 45). Repitámoselo al mismo Jesucristo: Sí, “Tú eres realmente Aquel que ha de venir; lo creemos y te adoramos, a Ti, que para salvar al mundo te dignaste tomar carne en el seno de una Virgen: Tu ad liberandum suscepturus hominen non horruisti Virginis uterum. ( Himno Te Deum)

Esta profesión de fe es muy agradable a Dios, y por lo mismo, no nos cansemos de repetirla. Como a sus Apóstoles, Nuestro Señor podrá decirnos: "Mí Padre os ama, porque habéis creído que Yo soy su enviado" (Jn 16, 27)

Hay, por fin, una tercera razón, más profunda y más intima: Jesucristo no vino a salvar sólo a los que entonces vivían, sino a los hombres todos, conforme se canta en el Credo: Propter nos et propter nostram salutem, descendit de caelis. La plenitud de los tiempos no se ha cerrado todavía, durará mientras haya escogidos que salvar.

Pero Nuestro Señor Jesucristo, después de su Ascensión, dejó confiada la misión de salvar las almas a la Iglesia y sólo a ella.

Vosotros sois mis hijos, decía San Pablo, el Apóstol de Jesucristo entre los gentiles; os he engendrado en Cristo, para que se vaya formando en vosotros (Gal 4, 19).

La Iglesia, guiada siempre por el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Jesús, trabaja en esa obra, haciéndonos contemplar cada año el misterio de su Esposo divino.

Porque, como os lo dije al empezar estas instrucciones, todos los misterios de Cristo rebosan de vida; no son únicamente una realidad histórica, cuyo recuerdo conmemoramos sino una solemnidad que contiene en sí misma una gracia peculiar, una virtud especial, que debe hacernos vivir de la vida misma de Cristo, del que somos miembros, y pasar por todos sus estados.

Así, la Iglesia celebra en Navidad el nacimiento de su divino Esposo, tamquam Sponsus procederes de thalamo suo (Sal 18, 6), y quiere prepararnos por las semanas de Adviento a la gracia de la venida de Jesucristo en nosotros. Es un hecho interior, misterioso, que se realiza en la fe, pero lleno de espiritual fecundidad.

Es verdad que Jesucristo mora ya, en nosotros por la gracia santificante, que nos hace hijos de Dios, pero la Iglesia quiere que esta gracia se renueve, que vivamos una vida nueva, más libre de pecado, más limpia de im­perfecciones, más despegada de nosotros mismos y de las criaturas: Ut nos Unigeniti tui nova per carnem na­tivitas liberet quos sub peccati jugo, vetusta servitus tenet (Oración de la fiesta de Navidad; quiere sobre todo hacernos comprender que Jesucristo, a cambio de la humanidad que toma de no­sotros, nos dará su divinidad y se posesionará perfecta­mente de nosotros.

Será su venida como la gracia de un nuevo nacimiento en nosotros. Ut tua gratia largiente, per haec sacrosancta commercia, in illus inveniamur forma, in quo tecum et nostra substantia(Secreta de la Misa de medianoche)

Esta gracia es la que el Verbo encarnado nos ha me­recido por .su nacimiento en. Belén; pero si es justo decir que ha nacido, vivido y muerto por nosotros todos, Pro omnibus mortum est Christus (II Cor. 5, 16), lo es también que la aplicación de sus méritos y la colación de sus gra­cias no se realiza en cada alma más que en la medida de sus disposiciones.

No participaremos de las gracias tan abundantes que el nacimiento de Jesucristo nos proporciona sino en relación con nuestras disposiciones. La Iglesia lo sabe muy bien, y por eso nada descuida, a trueque de produ­cir en nuestras almas esta disposición interior que recla­ma la venida de Cristo a ellas. No sólo nos dice por boca del Precursor “Preparad los caminos al Señor” sino que ella misma, como Esposa atenta a los deseos de su Esposo, como madre cuidadosa del bien de sus hijos, nos sugiere y nos da los medios de realizar esa necesaria preparación. Nos transporta, por decirlo así, a la Anti­gua Alianza, a fin de que nos apropiemos, pero en un sentido completamente sobrenatural, los sentimientos de los justos que suspiraban por la venida del Mesías.

Si nos dejamos guiar por ella, nuestras disposiciones serán perfectas, y la solemnidad del nacimiento de Jesús producirá en nosotros todos sus frutos de gracia, de luz y de vida.


¿Cuáles son etas: son estas disposiciones? Pueden reducirse a cuatro:

La pureza de corazón. — ¿Quién fue el mejor dispues­to para la venida del Mesías? — Sin duda alguna que la Virgen María. Cuando el Verbo vino a este mundo, en­contró el corazón de esta Virgen perfectamente preparado y capaz de recibir los tesoros divinos con que se disponía a enriquecerla.


¿Cuáles eran las disposiciones de su alma?

Seguramente que las poseía todas de un modo perfec­to: pero hay una que brilla con un resplandor muy particular: es su pureza virginal. María es Virgen, y tiene en tanta estima su virginidad, que se lo hace notar al Ángel cuando éste le propone el misterio de la materni­dad divina.

Mas no sólo es Virgen, sino que su alma está limpia de toda mancha. La liturgia nos revela que el fin último de Dios al conceder a María el privilegio único de la concepción inmaculada, era preparar a su Verbo una morada digna de El: Deus qui per immaculatam Virgi­nis conceptionem dignum Filio tuo habitaculum praeparasti (Oración de la fiesta de la Santísima Concepcíon). María debía ser la Madre de Dios y esta excelsa dignidad pedía, no sólo que fuese Virgen, sino que aventajase su pureza a la de los Ángeles, y fue­se un reflejo de los santos fulgores en los cuales el Padre Eterno engendra a su Hijo: In splendoribus sanctorum (Sal 109,3). Dios es santo, tres veces santo, y los Ángeles, los Arcángeles y los Serafines cantan su infinita pureza: Sanctus, Sanctus, Sanctus ( Is 6, 3. El seno de Dios, reful­gente de luz inmaculada, es la mansión natural del Hijo único de Dios: el Verbo está siempre in sinus Patris; pero al encarnarse ha querido estar también, por una condescendencia inefable, in sinu Virginis Matris. Era, pues, menester que el tabernáculo, ofrecido por la Vir­gen, le recordase por su pureza incomparable el seno eterno en el que como Dios vive siempre: Christi sinus erat in Deo Patre divinitas, in Maria Matre virginitas (Sermo XII, in append. Operum S. Ambrosii).

He aquí la primera disposición que inclina Jesucristo hacia nosotros: una gran pureza. Pero siendo pecadores no podernos ofrecer al Verbo, Cristo Jesús, esa inmacu­lada pureza que tanto ama. Pues ¿con qué la suplire­mos? Con la humildad.

Dios posee en su seno al Hijo de sus complacencias, pero estrecha también con tierno abrazo a otro hijo, al hijo pródigo. Nuestro Señor mismo nos lo dice cuando, después de sus extravíos, ese hijo se vuelve a su padre. Se humilla, se reconoce miserable e indigno, el padre, olvidándolo todo, le aprieta al punto contra su pecho y le recibe en su amistad: Misericordia motus (Lc 15, 20).

No olvidemos que el Verbo, el Hijo, no tiene más voluntad que la de su Padre: Si se encarna y baja a la tierra, es para buscar a los pecadores y llevarlos a su Padre: Non veni vocare justos sed pecatores (Mt 9, 13; Mc. 2 17; Lc 5, 32). Tan verdad es esto, que Nuestro Señor gustará más tarde con gran escándalo de los fariseos, de alternar con los pecadores, y sentarse a su mesa: permitirá a Magdalena que le bese los pies y se los riegue con sus lágrimas.

Si no tenemos la pureza de la Virgen María, pidamos al menos la humildad de Magdalena, el amor del arre­pentimiento y de la penitencia. ''Oh Cristo Jesús, yo no soy digno de que entréis en mí; mi corazón no será para Vos una morada de pureza, la miseria habita en él: pero confieso y reconozco esa miseria: venid a librar­me de ella, Vos que todo lo podéis. Veni ad liberandum nos, Domine Deus virtutum!—Esta oración, unida al espíritu de penitencia, atrae a Cristo, porque la humil­dad que se abaja hasta la nada, rinde por lo mismo un homenaje a la bondad y poder de Jesús: Et eum qui venit ad me ejiciam foras (Jn 6, 27).

La consideración de nuestra flaqueza debe sin em­bargo de ello, estar muy lejos de desanimarnos. Cuanto más sintamos nuestra poquedad, tanto más debemos abrir nuestra alma a la confianza; porque al, fin la sal­vación viene sólo de Cristo.

Pusillanimes confortamini et nolite timere ecce Deus noster veniet et salvabit nos (Is. Cf. Is. 25,4). “Vosotros, los de corazón apocado, tened ánimo y no temáis; porque nuestro Dios va a venir, y Él nos salvará”. Ved la con­fianza de los judíos en el Mesías. Para ellos el Mesías lo era todo; resumía todas las aspiraciones de Israel, los votos del pueblo, las esperanzas de la raza; sólo el con­templarle en lontananza debía saciar todos los anhelos de aquel pueblo, y con sólo considerar el establecimiento del reino mesiánico parece quedaban colmados sus deseos y aspiraciones.

¿Cuán confiadas e impacientes no se iban haciendo las ansias de los judíos! “Venid, Señor no tardéis!, (All. Del IV Domingo de Adviento), mostradnos solamente vuestro rostro y seremos, salvos (Sal 74,4)

Pero, ¿cuánto mejor no se verifica todo esto, en noso­tros, que poseemos a Cristo Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre? ¡Oh! si comprendiésemos bien lo que es la santa humanidad de Jesús, tendríamos en ella una confianza inquebrantable. En ella están todos los tesoros de ciencia y sabiduría; en ella permanece la divinidad misma: este Hombre-Dios que viene a nosotros es el Emmanuel, es ''Dios con nosotros'', es nuestro hermano primogénito. El Verbo se ha desposado con nuestra naturaleza, ha tomado sobre sí nuestras flaquezas para experimentar lo que es el dolor; viene a nosotros para que participemos de su vida divina; cuantas gracias podamos esperar y apetecer, las posee Él con plenitud para repartirlas entre los hombres.

Las promesas que por la voz de sus profetas hacía Dios a su pueblo para encenderle en deseos del Mesías son harto magníficas. Pero muchos judíos sólo las entendían en el sentido material y grosero de un Mesías temporal y político. Los bienes prometidos a los justos que esperaban al Salvador, no eran sino figura de las riquezas sobrenaturales que encontramos en Jesucristo. La mayor parte de los israelitas vivían de símbolos humanos: nosotros vivimos de la realidad divina, es decir, de la gracia de Jesús. La liturgia de Adviento nos habla sin cesar de misericordia, de redención, de salvación, de liberación; de luz, de abundancia, de alegría, de paz. ”He aquí que el Señor va a venir: en el día de su nacimiento el mundo será inundado de luz” (Antífona de Laudes del I Domingo de Adviento); salta pues, de gozo, Jerusalén, porque tu Salvador va a aparecer (Antífona de Laudes del II Domingo de Adviento): “la paz llenará nuestra tierra cuando él se deje ver” (responso de maitines del III Domingo de Adviento). Todas las bendiciones que pueden caer sobre un alma, Cristo las trae consigo: Cum illo omnia nobis donavit (Rm. 8, 32).

Dejemos, pues, que nuestros corazones rebosen de confianza en Aquel que ha de venir. Seremos muy gratos al Padre si creemos que su Hijo Jesús lo puede todo para la santificación de nuestras almas. Eso equivale a proclamar que Jesús es su: igual y que el Padre se lo ha dado todo".

Ni puede ser frustrada tal confianza. En la Misa del primer Domingo de Adviento, la Iglesia nos lo asegura hasta tres veces: “Aquellos que os esperan, Señor, no serán confundidos”: Qui te exspectant non confundentur.

Esta confianza se traducirá sobre todo en deseos ardientes de que Jesucristo reine en nosotros: ¡Adveniat regnum tuum! Estos deseos se hallan formulados también en la liturgia. Al mismo tiempo que pone ante nuestra vista y nos hace leer los vaticinios, sobre todo los de Isaías, la Iglesia pone en nuestros labios las aspiraciones y suspiros de los antiguos justos. Quiere ver preparadas para la venida de Cristo a nuestras almas, del mismo modo que Dios quería que los judíos estuviesen dispuestos a recibir a su Hijo: “Envía, Señor, Aquel que habéis prometido" (Gn 49, 8). "Ven, Señor, ven a perdonar los pecados de tu pueblo! ( All. Del IV Domingo de Adviento). “¡Señor, manifiesta tu misericordia y haz que aparezca el autor de nuestra salvación!'' (Ofertorio del II Domingo de Adviento). "¡Ven a librarnos Señor, Dios omnipotente! “Excita tu poder y ven!” (Oración del IV Domingo de Adviento)

La Iglesia nos hace repetir sin cesar estas aspiraciones; hagámoslas nuestras con fe, y Jesucristo nos enriquecerá con sus gracias.

Sin duda que Dios es dueño de sus dones; es soberanamente libre, y nadie puede pedirle cuenta de sus preferencias, aunque en la vida ordinaria de su Providencia, procura atender a nuestros deseos: Desiderium pauperurn exaudivit Dominus (Sal 9, 17). Cristo se da en la medida del deseo que tenemos de recibirle: y los deseos aumentan la capacidad del alma: Dilata os tuum et implebo iluud (Sal 80, 2)

Por consiguiente, si queremos que el nacimiento de Cristo procure gran gloria a la Santísima Trinidad, y mucho consuelo al corazón del Verbo encarnado, y sea fuente copiosa de gracias para la Iglesia y para nosotros, procuremos purificar nuestros corazones; seamos humildes pero confiados, y sobre todo, dilatemos nuestras almas por medio de grandes y fervientes deseos.

Pidamos también a la Santísima Virgen que nos haga participar de los sentimientos que la animaban durante los días benditos anteriores al nacimiento de Jesús.

La Iglesia ha querido, ¿y qué cosa más justa?, que su pensamiento llenase la liturgia de Adviento; sin cesar canta la fecundidad de una Virgen, fecundidad admirable, que llena a la naturaleza de asombro: Tu quae genuisti, natura mirante, tuum sanctum Genitorem, virgo prius ac posterius (Antífona Alma Redemptoris Mater).

El seno virginal de María era un santuario inmaculado en el que se quemaba el incienso muy puro de su adoración y de sus homenajes.

Llega a los límites de lo inefable la vida interior de la Virgen durante esos días. ¡Qué unión tan íntima con el Niño Dios que llevaba en su seno! El alma de Jesús estaba, por la visión beatífica, sumida en la luz divina: y los destellos de esa luz irradiaban sobre la Madre. A los ojos de los Ángeles, María aparece cual "mujer revestida del sol'', mulier amicta sole (Ap 12,1), y envuelta en los celestiales resplandores que salían de su Hijo, Sol verdadero de justicia.

¡Cuáles no serían los sentimientos y cuán rendida la fe de María! A impulsos de esa misma fe, la Virgen revolvía en su corazón purísimo aquellos misterios inefables y reunía como en precioso ramillete las aspiraciones todas, los anhelos y votos de todo el género humano, que desde tanto tiempo estaba esperando con ansias a su Salvador y a su Dios. ¡Cuáles, pues, no serían sus encendidos deseos! ¡Qué confianza tan firme la suya!

¡En qué ardores de amor no se derretiría su virginal corazón!

Esta humilde Virgen es la reina de los patriarcas, vástago de su noble y santa prosapia, y el Niño, que luego dará al mundo es aquél que resume en su persona toda la magnificencia de las antiguas promesas.

Ella es también la reina de los profetas, puesto que dará a luz al Verbo eterno, por quien hablaban todos los profetas; su Hijo realizará todas las profecías, y Él mismo anunciará a los pueblos la "buena nueva de la redención" (Luc.4, 19)

Pidámosle humildemente que nos haga entrar en sus disposiciones. Ella escuchará nuestra oración, y nosotros tendremos la inmensa dicha de ver a Cristo nacer de nuevo en nuestros corazones por la comunicación de una gracia más abundante, y podremos gustar con la Virgen la verdad de aquellas palabras de San Juan: "El Verbo era Dios Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; nosotros le hemos visto lleno de gracia, y de su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia (Jn 1, 14y 16).
(Columba Marmion, Cristo en sus misterios, Ed. LUMEN. Chile, pp. 131-144)



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Ejemplos Predicables


Como las tormentas de verano

Tal vez ustedes alguna vez vieron esas tormentas de verano que surgen de repente y llenan de espanto el corazón de los hombres. Primero son unas nubecitas tenues que parecen jugar en el azul del cielo; luego esas nubes se juntan, se ennegrecen, y de pronto el latigazo de un relámpago precede al ruido horrísono del trueno. Despierta el viento que dormía; azota la lluvia con persistencia los cristales; los animales horrorizados huyen a sus cuevas. Por el espacio infinito rueda el carro de la justicia de Dios.

Poco tiempo después el viento vuelve a quedarse dormido. Los truenos suenan cada vez más lejanos, la lluvia cesa y por una hendidura de las nubes asoma el regalo de un rayo de sol. Vence al fin el astro del día en su lucha con la tempestad; huele aromos la tierra mojada; el corazón se esponja con ella en una alegre expansión de confianza; la luz es más pura; el cielo más sereno; más hermoso el sol.

Aquí tenemos, mis hermanos, el símbolo que proponía Isaías cuando se refería al fruto de la penitencia. Consigue Dios con ella aquellos dos efectos de la tempestad: Primero borra los pecados como las nubes, dejando el cielo del alma limpio, luminoso, sin mancha. Segundo, vuelve a salir el sol de la gracia, renaciendo el día, descubriendo el cielo, regalándonos otra vez con las luces reviviscentes de los méritos perdidos.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 134)

 

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