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Domingo 4 de Adviento C: Comentarios de Sabios y Santos para ayudarnos a preparar la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

 

Páginas relacionadas

 

 

A su disposicion

Exegesis: Alois Stöger - Encuentro (Lc 1, 39-45)

Comentario Teologico: San Juan Pablo II - El misterio de la Visitacion, preludio de la mision del Salvador

Santos Padres: San Ambrosio - Feliz la que ha creído

Santos Padres: San Juan Damasceno Homilas sobre la Natividad

Aplicacion: San Alberto Hurtado - La Visitacion

Aplicacion: R.P. Gustavo Pascual, I.V.E. -  María, la cristófora (Lc 1, 39-45)

Aplicacion: Juan Pablo II - “¡El Señor está cerca!” (Flp 4,5).

Aplicación: Benedicto XVI  - El designio divino

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. II -  La caridad nos urge

Aplicación: P. Jorge Loring, S.J - . Cuarto Domingo de Adviento - Año C Lc. 1:39-45

Directorio Homilético - Cuarto domingo de Adviento

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

cOMENTARIOS A Las Lecturas del Domingo



Exégesis: Alois Stöger - Encuentro (Lc 1, 39-45)

El encuentro entre María e Isabel enlaza las dos narraciones de la anunciación de Juan y de Jesús, pero también las dos narraciones del nacimiento y de la infancia. Gracias al encuentro con Isabel adquiere María una inteligencia más profunda del mensaje que le ha dirigido Dios (Lc 1,39-45) y canta un cántico de alabanza a la acción salvífica de Dios (Lc 1,46-55). Con unas breves palabras sobre la permanencia de María junto a Isabel y sobre su regreso (Lc 1,56) se cierra este relato que respira admirable intimidad y calor religioso.


a) Las madres agraciadas (Lc 1,39-45)

39 Por aquellos días, María se puso en camino y se fue con presteza a una ciudad de la región montañosa de Judá. 40 Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

La marcha tuvo lugar por aquellos días, poco después de la anunciación. El camino lleva de Nazaret a una ciudad de Judá, situada en la región montañosa limitada por el Negeb, el desierto de Judá y la Sefalá. Según una vieja tradición, estaba situada la ciudad en el emplazamiento de la actual En-Karim, a unos seis kilómetros y medio al oeste de Jerusalén. El camino que tuvo que recorrer María desde Nazaret exigía tres o cuatro días de marcha.

María se fue a la región montañosa con presteza. El viaje era incómodo, y sin embargo fue María con presteza. Aquí se inicia la gran marcha que llena la obra histórica de Lucas, el evangelio y los Hechos de los Apóstoles. La Palabra de Dios efectúa una marcha del cielo a la tierra, de Nazaret a Jerusalén, de Jerusalén a Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra, sin tener en cuenta las dificultades, siempre con presteza.

Al término de la marcha entra María en casa de Zacarías y saluda a Isabel. También esto se hace con presteza. Sólo saluda a Isabel, a quien Dios la ha remitido. En el camino no saluda a nadie. Procede como los mensajeros que enviará Jesús y que recibirán el encargo: «No saludéis a nadie por el camino» (10,4). La historia de la infancia contiene las líneas fundamentales de la acción de Jesús; la acción de Jesús es modelo para la vida de la Iglesia.

41 Y apenas oyó ésta el saludo de María, el niño saltó de gozo en el seno de Isabel, la cual quedó llena de Espíritu Santo.

En el saludo de María, que lleva al Mesías en su seno, la salud mesiánica alcanza a Isabel y, a través de su madre, a Juan. El niño salta de gozo en el seno materno. El movimiento natural del niño se convierte en signo del gozo que suscita el encuentro con el portador de la salud. Este signo tenía un significado más profundo que el movimiento de los gemelos Esaú y Jacob en el seno de Rebeca. «Chocaban entre sí en el seno materno los gemelos, lo que le hizo exclamar: Si esto es así, ¿para qué vivir? Y fue a consultar a Yahveh, que le respondió: Dos pueblos llevas en tu seno. Dos pueblos que al salir de tus entrañas se separarán. Una nación prevalecerá sobre la otra. Y el mayor servirá al menor» (Gen 25:22s). Dios dirige la historia de los hombres aun antes de que nazcan. El profeta Jeremías consigna la palabra de Dios: «Antes que te formara en las entrañas maternas te conocía; antes que tú salieses del seno materno te consagré y te designé para profeta de pueblos» (Jer 1:5).

Isabel quedó llena de Espíritu Santo. Cuando María entra en la casa y se oyen sus palabras de saludo, se inicia la bendición del tiempo de salud. Dios dirá a sus mensajeros: «Y en cualquier casa en que entréis, decid primero: Paz a esta casa. Y si allí hay alguien que merece la paz, se posará sobre él vuestra paz» (Jer 10:5s). En la casa de Zacarías se efectúa en el estrecho ámbito de la historia de la infancia lo que se efectuará en Jerusalén después de la resurrección del Señor: «Y sucederá en los últimos días que derramaré mi Espíritu sobre toda carne. Y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas» (Act 2,17: Joe 3:1-5). La historia de la infancia de la Iglesia es la renovación de la historia de la infancia de Jesús.

42 Y exclamó a voz en grito: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! 43 ¿Y de dónde a mí esto: que la madre de mi Señor venga a mí? 44 Porque mira: apenas llegó a mis oídos tu saludo, el niño saltó de gozo en mi seno. 45 ¡Bienaventurada tú, que has creído; porque se cumplirán las palabras que se te han anunciado de parte del Señor!

Isabel, llena del Espíritu Santo, habla en una moción extática, bajo el influjo de Dios, en forma litúrgica solemne, como cantaban los levitas delante del arca de la alianza (1Cr 16:4). Es pregonera de la salud, servidora del Señor que se presenta en su casa. El Espíritu Santo le da a conocer el misterio de María.

La profetisa recoge la alabanza del ángel y la confirma: Bendita tú entre las mujeres. Añade la razón de esta bendición: Y bendito el fruto de tu vientre. Se le predica bendición porque antes ha sido bendecida por Dios con la abundancia de todas las bendiciones que están compendiadas en Cristo (Efe 1:3).

María, Arca de la Alianza: ¿De dónde a mí esto? Análogamente habló David cuando había de llevar el arca de la alianza a Jerusalén: «Habiéndose puesto en marcha, David y todo el ejército que lo acompañaba partieron en dirección a Baalá de Judá, para subir el arca de Dios, sobre la cual se invoca el nombre de Yahveh Sebaot, sentado entre los querubines. Pusieron sobre un carro nuevo el arca de Dios y la sacaron de casa de Abinadab, que está sobre la colina... David y toda la casa de Israel iban danzando delante de Yahveh con todas sus fuerzas con arpas, salterios, adufes, flautas y címbalos... Atemorizóse entonces David de Yahveh y dijo: ¿Cómo voy a llevar a mi casa el arca de Yahveh? Y desistió ya de llevar a su casa el arca de Yahveh a la ciudad de David, y la hizo llevar a casa de Obededón de Gat, y Yahveh le bendijo a él y a toda su casa. Dijéronle a David: Yahveh ha bendecido a la casa de Obededón y a cuanto tiene con él por causa del arca de Dios» (2Sa 6:2-11). Parece que este texto influyó en la exposición de Lucas. María fue considerada como el arca de la alianza del Nuevo Testamento. Lleva al Santo en su seno, la revelación de Dios, la fuente de toda bendición, la causa del gozo de la salvación, el centro del nuevo culto.1

El saludo de María tiene por respuesta los jubilosos saltos del niño. Irrumpe el júbilo del tiempo mesiánico de salvación, que el profeta había descrito con estas palabras: «Saldréis y saltaréis como terneros que salen del establo (a los que se han soltado las cadenas)» (Mal 3:20). El tiempo de salvación es tiempo de alegría.

El cántico de alabanza que entona Isabel termina con palabras de felicitación para María. Bienaventurada tú, que has creído. María es madre de Jesucristo, porque ha dado el sí en santa obediencia. Cuando aquella mujer del pueblo bendijo a Jesús diciendo: «Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que te criaron», dijo él: «Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan» (Mal 11:27s). Con un acto de fe comienza la historia de la salvación de Israel: Abraham se marcha con su mujer a una tierra desconocida, únicamente porque Dios lo ha llamado y le ha prometido bendecirle con gran descendencia (Gen 12:1-5); con un acto de fe comienza la historia de la salvación del mundo: María creyó las palabras de Dios: que ella sería la virgen madre del Mesías.
(STÖGER, A., El Evangelio de San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

(1) El paralelismo entre el saludo de Isabel y las palabras de David es el siguiente. Isabel, al entrar María a su casa, exclama: “¿De dónde a mí esto que venga a mi casa la Madre de Dios?”. David, cuando el arca de la alianza está por entrar en su casa dice, en otras palabras: “¿De dónde a mí esto que venga a mi casa el arca de la alianza?”. Por eso es que se puede establecer ese paralelismo: María es la nueva Arca de la Alianza. De hecho es una de las letanías lauretanas: Foederis Arca (Nota del Editor).



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Comentario Teológico: San Juan Pablo II - El misterio de la Visitación, preludio de la misión del Salvador

1. En el relato de la Visitación, san Lucas muestra cómo la gracia de la Encarnación, después de haber inundado a María, lleva salvación y alegría a la casa de Isabel. El Salvador de los hombres, oculto en el seno de su Madre, derrama el Espíritu Santo, manifestándose ya desde el comienzo de su venida al mundo.

El evangelista, describiendo la salida de María hacia Judea, usa el verbo anístemi, que significa levantarse, ponerse en movimiento. Considerando que este verbo se usa en los evangelios para indicar la resurrección de Jesús (cf. Mc 8,31; 9,9.31; Lc 24,7.46) o acciones materiales que comportan un impulso espiritual (cf. Lc 5,27-28; 15,18.20), podemos suponer que Lucas, con esta expresión, quiere subrayar el impulso vigoroso que lleva a María, bajo la inspiración del Espíritu Santo, a dar al mundo el Salvador.

2. El texto evangélico refiere, además, que María realiza el viaje "con prontitud" (Lc 1,39). También la expresión "a la región montañosa" (Lc 1,39), en el contexto lucano, es mucho más que una simple indicación topográfica, pues permite pensar en el mensajero de la buena nueva descrito en el libro de Isaías: "¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: "Ya reina tu Dios" (Is 52,7).

Así como manifiesta san Pablo, que reconoce el cumplimiento de este texto profético en la predicación del Evangelio (cf. Rom 10,15), así también san Lucas parece invitar a ver en María a la primera evangelista, que difunde la buena nueva, comenzando los viajes misioneros del Hijo divino.

La dirección del viaje de la Virgen santísima es particularmente significativa: será de Galilea a Judea, como el camino misionero de Jesús (cf. Lc 9,51).

En efecto, con su visita a Isabel, María realiza el preludio de la misión de Jesús y, colaborando ya desde el comienzo de su maternidad en la obra redentora del Hijo, se transforma en el modelo de quienes en la Iglesia se ponen en camino para llevar la luz y la alegría de Cristo a los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos.

3. El encuentro con Isabel presenta rasgos de un gozoso acontecimiento salvífico, que supera el sentimiento espontáneo de la simpatía familiar. Mientras la turbación por la incredulidad parece reflejarse en el mutismo de Zacarías, María irrumpe con la alegría de su fe pronta y disponible: "Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel" (Lc 1,40).

San Lucas refiere que "cuando oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno" (Lc 1,41). El saludo de María suscita en el hijo de Isabel un salto de gozo: la entrada de Jesús en la casa de Isabel, gracias a su Madre, transmite al profeta que nacerá la alegría que el Antiguo Testamento anuncia como signo de la presencia del Mesías.

Ante el saludo de María, también Isabel sintió la alegría mesiánica y "quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno" (Lc 1,41-42).

En virtud de una iluminación superior, comprende la grandeza de María que, más que Yael y Judit, quienes la prefiguraron en el Antiguo Testamento, es bendita entre las mujeres por el fruto de su seno, Jesús, el Mesías.

4. La exclamación de Isabel "con gran voz" manifiesta un verdadero entusiasmo religioso, que la plegaria del Avemaría sigue haciendo resonar en los labios de los creyentes, como cántico de alabanza de la Iglesia por las maravillas que hizo el Poderoso en la Madre de su Hijo.

Isabel, proclamándola "bendita entre las mujeres", indica la razón de la bienaventuranza de María en su fe: "¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lc 1,45). La grandeza y la alegría de María tienen origen en el hecho de que ella es la que cree.

Ante la excelencia de María, Isabel comprende también qué honor constituye para ella su visita: "¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?" (Lc 1,43). Con la expresión "mi Señor", Isabel reconoce la dignidad real, más aún, mesiánica, del Hijo de María. En efecto, en el Antiguo Testamento esta expresión se usaba para dirigirse al rey (cf. 1 R 1, 13, 20, 21, etc.) y hablar del rey-mesías (Sal 110,1). El ángel había dicho de Jesús: "El Señor Dios le dará el trono de David, su padre" (Lc 1,32). Isabel, "llena de Espíritu Santo", tiene la misma intuición. Más tarde, la glorificación pascual de Cristo revelará en qué sentido hay que entender este título, es decir, en un sentido trascendente (cf. Jn 20,28; Hch 2,34-36).

Isabel, con su exclamación llena de admiración, nos invita a apreciar todo lo que la presencia de la Virgen trae como don a la vida de cada creyente.

En la Visitación, la Virgen lleva a la madre del Bautista el Cristo, que derrama el Espíritu Santo. Las mismas palabras de Isabel expresan bien este papel de mediadora: "Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno" (Lc 1,44). La intervención de María, junto con el don del Espíritu Santo, produce como un preludio de Pentecostés, confirmando una cooperación que, habiendo empezado con la Encarnación, está destinada a manifestarse en toda la obra de la salvación divina.
(JUAN PABLO II, Catequesis del 2-X-96, L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 4-X-96)




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Santos Padres: San Ambrosio - Feliz la que ha creído

Es normal que todos los que quieren ser creídos corroboren las razones que les den crédito. También el ángel que anunciaba los misterios, para inducir a creer por un hecho, ha anunciado a María, una virgen, la maternidad de una esposa anciana y estéril, mostrando de este modo que Dios puede hacer todo cuanto le agrada. Desde que oyó esto María, no como incrédula del oráculo, ni como insegura del anuncio, ni como dudosa del hecho, sino alegre en su deseo, para cumplir un piadoso deber, presurosa por el gozo, se dirigió hacia la montaña. Llena de Dios, ¿podía ella no elevarse presurosa hacia las alturas? Los cálculos lentos son extraños a la gracia del Espíritu Santo

Aprended también, piadosas mujeres, con qué apresura­miento habéis de ayudar a vuestras parientes que han de ser ma­dres. María, que antes vivía sola en su retiro más estricto; no la retiene ahora de aparecer en público el pudor virginal, ni de su intento la aspereza de las montañas, ni de prestar su servicio la longitud del camino. La Virgen se dispone a subir las mon­tañas, la Virgen que piensa servir y olvida su pena; su caridad la da fuerza y no el sexo; deja su casa y marcha.

Aprended, vírgenes, a no corretear por casas ajenas, a no entretenerse en las plazas, a no prolongar la conversación en las vías públicas. María es tranquila en casa y se apresura en el camino. Permaneció con su prima tres meses; pues, habiendo venido para hacer un servicio, le salía del corazón. Permaneció tres meses, no por el placer de estar en una casa extraña, sino porque le desagradaba mostrarse en público con frecuencia.

Aprendisteis, vírgenes, la delicadeza de María; aprended también su humildad. Ella viene como una parienta a su parienta, como la más joven a la más anciana, y no sólo viene, sino que es la primera en saludar; conviene, en efecto, que cuanto más casta es una virgen, sea también más humilde; aprenda a honrar a las ancianas; que sea maestra de humildad la que hace profesión de castidad. Hay aquí un motivo de piedad, hay también una enseñanza doctrinal: hay que subrayar, en efecto, que la superior viene a la inferior para ayudar a la inferior: María a Isabel, Cristo a Juan; más tarde, para consagrar el bautismo de Juan, Cristo ha venido a este bautismo (Mt 3,13). En seguida se manifiestan los beneficios de la llegada de María y de la presencia del Señor: pues es el momento de oír Isabel el saludo de María, el niño dio sal­tos en su seno, y ella fue llenada del Espíritu Santo.

Considera la elección y precisión de cada una de las pa­labras. Isabel es la primera a oír la voz, pero Juan es el primero a sentir la gracia; aquélla, siguiendo el orden natural, ha oído; éste ha saltado bajo el efecto del misterio; ella ha percibido la llegada de María, éste la del Señor: la mujer la de la mujer, el hijo la del hijo; ellas proclaman la gracia; ellos la realizan, abordando el misterio de la misericordia en beneficio de sus ma­dres; y, por un doble milagro, las madres profetizan bajo la inspiración de sus hijos. El hijo ha saltado de gozo, la madre ha sido llenada; la madre no ha sido llenada antes que su hijo, sino que su hijo, una vez lleno del Espíritu Santo, ha llenado también a su madre. Exultó Juan, exultó también el espíritu de Ma­ría. Al saltar de gozo Juan, Isabel es llenada. Sin embargo, no conocemos que María fuese llenada del Espíritu, sino que su espíritu exultó —El, que no puede ser comprendido, obraba en María de un modo incomprensible—. En fin, ella fue llenada después de haber concebido, ésta antes de concebir.

Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿Y de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a visitarme?

El Espíritu Santo conocía su palabra y no la olvida jamás, y la profecía se realiza no sólo en los hechos milagrosos, sino en todo el rigor y propiedad de los términos. ¿Cuál es este fruto del vientre, sino Aquel del que se ha dicho: He aquí que el Señor da por herencia los hijos, recompensa del fruto del seno? (Ps 126, 3). Es decir, la herencia del Señor son los hijos, precio de este fruto que nació del seno de María. Él es el fruto del vientre, la flor de la raíz, de la cual profetizó Isaías al decir: Saldrá una vara de la raíz de Jesé, y la flor brotará de la raíz; la raíz es la raza judía; el tallo, María; la flor de María, Cristo, que, como el fruto del buen árbol, según nuestros progresos en la virtud, ahora florece, ahora fructifica en nosotros, ahora renace por la resurrección del cuerpo.

¿Y de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí? No habla como una ignorante —sabía ella que existía la gra­cia y la operación del Espíritu Santo, para que la madre del pro­feta fuese saludada por la madre del Señor para provecho de su hijo—, sino que ella reconocía que es esto el resultado, no de un mérito humano, sino de la gracia divina. Dice así: ¿De dónde a mí?, es decir, ¿qué felicidad me llega que la Madre de mi Se­ñor viene a mí? Yo reconozco que no tengo nada que esto exija. ¿De dónde a mí? ¿Por qué justicia, por qué acciones, por qué méritos? No son diligencias acostumbradas entre mujeres que la Madre de mi Señor venga a mí. Yo presiento el milagro, reco­nozco el misterio: la Madre del Señor está fecundada del Verbo, llena de Dios.

Porque he aquí que, como sonó la voz de tu salutación en mis oídos, dio saltos de alborozo el niño en mi seno. Y dichosa tú que has creído.

Observas que María no dudó, sino que creyó, y por eso ha conseguido el fruto de la fe. Bienaventurada tú, dice, que has creí­do. ¡Mas también sois bienaventurados vosotros que habéis oído y creído!, pues toda alma que cree, concibe y engendra la palabra de Dios y reconoce sus obras. Que en todos resida el alma de Ma­ría para glorificar al Señor; que en todos resida el espíritu de María para exultar en Dios. Si corporalmente no hay más que una Madre de Cristo, por la fe Cristo es fruto de todos: pues toda alma recibe el Verbo de Dios, a condición de que, sin ta­cha, preservada de vicios, guarde castidad en una pureza sin de­trimento.

Toda alma que llega a este estado engrandece al Señor, como el alma de María ha engrandecido al Señor y como su es­píritu ha saltado de gozo en el Dios Salvador. El Señor es efecti­vamente engrandecido, como en otra parte has leído: Engrandece al Señor conmigo (Ps 33,4); no que la palabra humana pueda añadir alguna cosa al Señor, sino que Él es engrandecido en nos­otros; pues Cristo es la imagen de Dios (2 Cor 4,4; Col 1,15) y, por lo mismo, el alma que hace obra justa y religiosa engran­dece esta imagen de Dios, a cuya semejanza ha sido creada, y, al engrandecerla, participa en cierto modo de su grandeza y se hace más sublime; parece reproducir en ella esta imagen por los brillantes colores de sus buenas obras y por la semejanza de la virtud. Luego el alma de María engrandece al Señor y su espí­ritu salta de gozo en Dios porque, ofrecida el alma al Padre y al Hijo, ella venera con un piadoso amor al Dios único, de quien vienen todas las cosas, y al único Señor, por quien son hechas to­das las cosas (cf. 1 Cor 8,6).

Sigue la profecía de María, cuya plenitud responde a la excelencia de su persona. No es sin motivo, parece, que Isabel profetice antes del nacimiento de Juan y María antes del naci­miento del Señor; pues ya comienzan los preparativos de la sal­vación humana. Pues así como el pecado comenzó por las mujeres, el bien debía comenzar también por las mujeres, a fin de que las mujeres, deponiendo sus costumbres femeniles, renuncien a su debilidad, y que el alma, que no tiene sexo, como María, que no conoció el error, se aplique religiosamente a imitar su cas­tidad.

María permaneció con ella tres meses y volvió a su casa. Bien se nos dice que María prestó sus servicios y que guardó un número místico: pues su prima no es la única causa de esta larga estancia, sino también el provecho de un profeta tan gran­de. Efectivamente, si al entrar se ha realizado un resultado tan grande que, al saludo de María, el niño ha dado saltos de gozo en el seno y el Espíritu Santo ha llenado a la madre del niño, ¡qué aumento de gracia no les ha valido la presencia de María durante un espacio de tiempo tan largo! María permaneció con ella tres meses. Así el profeta recibía la unción y, tan buen atle­ta, era ya ejercitado desde el seno de su madre; pues se prepa­raba para un gran combate. María permaneció allí hasta que llegó para Isabel el tiempo de dar a luz. Si lo consideras dili­gentemente, encontrarás que esto no se ha notado más que para el nacimiento de los justos; en fin, se cumplieron los días de dar a luz María, se cumplió el tiempo de dar a luz Isabel, el tiempo de la vida se cumple cuando los santos terminan la ca­rrera de esta vida. La vida del justo tiene una plenitud, los días de los impíos son vacíos.
(SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (1) nº 19-29, BAC Madrid 1966, pp. 95-101)

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Santos Padres San Juan Damasceno Homilías sobre la Natividad

El alma de María está pendiente de solo Dios

Los pueblos más ricos buscan el favor de esta mujer. Ante ella se postrarán los reyes de las naciones trayéndole ofrendas.
¡Oh mujer amable, tres veces dichosa! ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¡Oh mujer, hija del rey David y madre de Dios, el rey universal! ¡Oh divino y animado joyel, en el que se ha complacido el Dios creador, joyel cuyo espíritu es gobernado y está pendiente de solo Dios, cuyo deseo está exclusivamente canalizado hacia lo deseable y lo amable, cuya animosidad se centra únicamente en el pecado y en quien lo comete! Tú tendrás una vida superior a la naturaleza, pues la tendrás no para ti, como tampoco has nacido para ti. La tendrás, por tanto, para Dios, por quien tú has sido llamada a la vida, por quien tú te pondrás al servicio de la salvación universal, para que el primitivo designio de Dios, el de la encarnación del Verbo y de nuestra divinización, tengan en ti un feliz cumplimiento.

Tu deseo es alimentarte de las palabras divinas y de fortalecerte con su savia como verde olivo en la casa del Señor, como un árbol plantado al borde de la acequia del Espíritu, como el árbol de la vida, que ha dado su fruto en el tiempo prefijado: el Dios encarnado, vida eterna de todos los seres. Tú retienes todo pensamiento nutritivo y útil al alma, pero rechazas, aun antes de gustarlo, cualquier pensamiento superfluo o perjudicial para el alma. Tus ojos están siempre puestos en el Señor, contemplando la luz eterna e inaccesible; tus oídos escuchan la divina palabra y se deleitan con la cítara del Espíritu: por ellos entró el Verbo para encarnarse; tu nariz aspira con fruición el aroma de los perfumes del Esposo, siendo él mismo un perfume divino que espontáneamente se expande ungiendo su humanidad: Tu nombre —dice la Escritura— es como un bálsamo fragante, tus labios alaban al Señor y están pendientes de sus labios; tu lengua y tu paladar disciernen las palabras del Señor y se sacian de la suavidad divina; tu corazón puro y sin mancha contempla y anhela al Dios sin mancha.

Vientre en el que el ilimitado estableció su morada, y pechos lactantes de los que Dios, es decir, el niño Jesús, recibió su alimento; puerta de Dios que siempre permanece virgen; manos que llevan a Dios y rodillas que son un trono más elevado que el de los querubines: por ellas se fortalecen las manos débiles y se robustecen las rodillas vacilantes; pies que, guiados por la ley de Dios cual lámpara luciente, corren tras él sin volverse, hasta haber conducido a la amada junto al amado.

Todo su ser es cámara nupcial del Espíritu; todo su ser es la ciudad del Dios viviente, alegrada por el correr de las acequias, es decir, por el flujo de los carismas del Espíritu. Toda hermosa, toda próxima a Dios. Pues, dominando a los querubines y sobresaliendo sobre los serafines, cercana a Dios, es a ella a quien se aplican estas palabras: ¡Toda eres hermosa, amada mía, y no hay en ti defecto!
(San Juan Damasceno, Homilías sobre la Natividad, SC 80, pp. 69-73)



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Aplicación: San Alberto Hurtado - La Visitación

El Ángel anuncia a María la noticia de Isabel, y María se levanta a ayudar al prójimo. Tan pronto es concebido el Verbo de Dios, María se levanta, hace preparativos de viaje y se pone en camino con gran prisa para ayudar al prójimo.

La ayuda del prójimo

Podrá extrañarnos, ¿cómo María no se queda en oración, gozando las dulzuras de su maternidad divina: sino que las sacrifica en visitas? Es que María ha comprendido la actitud de cristiana. Ella es la primera que fue incorporada a Cristo y comprende inmediatamente la lección de la Encarnación, que no es digno de la Madre de Dios aferrarse a las prerrogativas de su maternidad para gozar la dulzura de la contemplación, sino que hay que comunicar a Cristo. Su papel: comunicar a Jesús a los otros. Sacrifica no los bienes materiales, pero sí los goces sensibles: lo que ocurre tantas veces en nuestra vida: decir Misa en un galpón, los perros, gallos, cabras... con monaguillos, sabe Dios cómo.

Muy bien, si se trata de comunicar a Cristo, sabe Dios cómo. Muy bien, si se trata de comunicar a Cristo, condenación al egoísmo espiritual que rehúsa sacrificar los consuelos cuando el bien de los otros lo pide.

María comprende quién es el prójimo. Los dos grandes mandamientos juntos: el segundo en todo semejante al primero. El amor al prójimo no es sino el amor de Dios esparcido en sus imágenes. Si a Cristo, ¿Cómo no amar a los miembros de Cristo?

Santa Teresa: para juzgar de nuestro amor a Dios, consideremos cuál es nuestro amor al prójimo. San Juan: "Si alguien dice: yo amo a Dios y odia a su hermano es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios que no ve, el que noma a su hermano que ve?" (l Jn 4,20).

Caridad real: Se levanta y va, y hace de sirvienta tres meses. Caridad real, activa, que no consiste en puro sentimentalismo, que podría ser ilusión... dispuesta a prestar servicios reales y que para ello se molesta y se sacrifica. A la ilusión contraria Santiago dice: "Si un hermano una hermana están en la desnudez y no tienen lo que es necesario y uno de vosotros le dice: Id en paz, calentaos y sacios, sin darles lo necesario ¿para qué les sirve eso?" (Santiago 2,15). Los puros deseos molestan más que ayudan. La leyenda rusa, Soloview, San Nicolás y San Casiano, Hermanitas de la Asunción, trabajo y misiones, Cura (Gaucho), Flanagan.

Favores reales, limosna a los pobres (pedir permiso), ayudarnos; se ve a uno cargado, le pongo el hombro, y cansado, le suplo; necesita mis libros, se los presto... y no el "¡arréglese! Le deseo suerte"... Como no, carísimo... le compadezco. ¡Pobrecito! Tanto carísimo, ¡qué caro me molestas!

Servicios difíciles. La Virgen de 15 años, llevando el fruto bendito, parte para esa montaña escarpada, en la cual sitúa Nuestro Señor la escena del Samaritano con el herido, medio muerto por bandidos. ¡¿Excusas?! ¡¡Cuatro días de viaje!! A través de caminos poco seguros. Las dificultades no detienen su caridad. Además, no la han advertido. No le han pedido nada. Bastaría aguardar. Nadie se extrañaría. Así razona nuestro egoísmo cuando se trata de hacer servicios. San Vicente de Paul se queda preso; Padre Lefevbre; dar zapatos; Vigamó (leprosos), Romani (suplementeros), cura San Gerardo (Amiga que cede su casa al colegio). Ningún servicio es humilde para el religioso.

Prontamente: No espera que le avisen. Tan pronto recibe la visita del Ángel, sin esperar que le avisen, que la prevengan, sin sentirse por no ser advertida, ella la pariente más próxima, ¡y siendo que Isabel en su 6° mes!. ¡Ella la Madre de Dios da el primer paso! ¡Qué sincera es María en sus resoluciones! Ha dicho: "He aquí al Esclava del Señor", y lo realiza; recibe el aviso del Ángel, y parte.

Este prevenir los favores, lo mismo en Caná, los duplica. Humilla tanto el pedir, sobre todo si hay que majaderear. Evitémoslo y sobre todo el prestarlos de manera brusca, que hace más daño que bien: dejan sangrando. Antes reventar que pedir un servicio a fulano. ¡Santa María, ayúdame! Uno va diciendo por el camino. Defiende la cabeza ¡que te van a tirar los trastos o los libros!... Que no te vean... porque te pegan...

Como la Santísima Virgen que parece no darse cuenta que se sacrifica. Sin ostentación, sin recalcar el servicio prestado, sin que a los 5 minutos ya lo sepa toda la comunidad y quizá todo Santiago. ¡Más bien, como si yo fuese el beneficiado! ¡Esa es la caridad, esa es la que gana los corazones! Mi servicio prestado de mal humor, echado a perder. "Dios ama al que da con alegría"(2Cor 9,7). ¡El que da con prontitud, da dos veces! Es el gran secreto del fervor: la prisa y el entusiasmo por hacer el bien.

No acantonarnos detrás de nuestra dignidad, real o pretendida, esperando que los otros den el primer paso. La verdadera caridad no piensa sino en la posibilidad de hacer el servicio, como la verdadera humildad no considera aquello por lo que somos superiores, sino por lo que somos inferiores. "Estimando en más cada uno a los otros"(Rom 12,10).

Nuestro Señor: Si alguno te pide 1.000 pasos, da 2.000. Da al que te pide y no fíes al que te pide prestado (cf. Mt 5,41-42). Palabras sublimes que cortan en seco todas las cavilaciones del amor propio. Es la liberalidad en la caridad.

Los religiosos imperfectos tienen caridad mezquina. Dan lo menos posible, cavilan, discuten, regatean, miran el reloj... El gesto cristiano es amplio, bello, heroico, total. Se da sin tasa y sin esperanza de retorno.

Desinteresada: sin esperanza de retorno; cuando lo necesita, abandonada con José en el establo. La parábola de la liberalidad... invitéis: no ricos.., pobres, estropeados, cojos, ciegos... y seréis felices al saber que no podrán devolvéroslo porque os lo devolverán en la resurrección de los justos (Lc 14,13)

La cortesía delicada hace de la vida común un paraíso. Viviendo siempre juntos somos a veces tentados a descuidar la cortesía. Ciertamente la simplicidad cristiana aparta ceremonias falsas, adulaciones, cumplimientos, pero no las atenciones de urbanidad y delicadeza. El mundo es hipócrita, pero por la cortesía quieren fingir una caridad que no tienen.

La cortesía, es la flor y nata de caridad. La cortesía consiste en sacrificarse por los otros, en darles honor, desaparecer ante ellos. Todo esto impone muchos sacrificios. Lo que los del mundo hacen por cumplimiento, nosotros hagámoslo por verdadera caridad y con sentimientos de verdadera humildad, paciencia, olvido de sí.

Hacer un cumplimiento llegado el caso. Preguntar enfermedades, visitar, por parientes, por penas y, sobre todo, por alegrías; ceder el paso, dejar la mejor silla. Ceder parte del diario, esperar sosteniendo la puerta, preocuparse del vecino. No hacer un gesto ni una palabra que pueda molestar.

Ser agradable, optimista, sobrio. Una manera "gentille", temperada, dulce, alegre, ligeramente original, simples, no afectada, alegre, gustosa de recibir personas y acontecimientos, abiertas... Santa Teresa, tanto alegró a sus hijas.
(ALBERTO HURTADO, SJ, Un disparo a la eternidad, Tercera Edición. Universidad Católica de Chile, Tercera Edición, 2004, pp. 239- 242)



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Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - La Visitación

El evangelista San Lucas nos ha referido el relato de la Visi­tación de María a su prima Santa Isabel. Probablemente este acontecimiento sucedió al poco tiempo de la Anunciación, quizás entre los meses de abril y Junio del mismo año del Nacimiento del Señor.

El Arcángel Gabriel le había anunciado a María que su prima había concebido, a pesar de su vejez, ya que nada es Imposible para Dios. María se levantó y sin dudar ni un momento de lo que el Ángel le anunciara, exigida por su amor, se puso sin demora en camino a Ain Kárim, pequeño pueblo donde vivía Santa Isabel. Corto se le hizo sin duda el camino de 127 kilómetros —casi cinco días de jornada— porque iba pensando en su Amor, iba contemplando las maravillas que Dios estaba obrando en Ella. María es contemplativa en grado eminente. Si ello lo deci­mos de los santos, con mayor razón de aquella que está muy por encima de la perfección de todos los ángeles y santos juntos. Acompañemos el gozo interno que lleva María, gozo inefable por haber concebido al mismo Dios. El camino terreno hacia Ain Karim, se le hace corto por la largueza que ha recorrido en el camino de su mundo interior. Apresura caminos de tierra, y lleva en su seno al Camino de los hombres hacia el Padre.

En el Misterio de la Visitación, lleno de luz como un día radiante de sol, María Santísima nos ha dejado varias enseñan­zas que pasamos a considerar.


Fe - Esperanza

Una vez que Nuestra Señora pronuncia su fíat, concibiendo al Hijo de Dios, da como un salto al vacío. Intuye que se trata del Mesías sufriente, sabiendo que tendrá que padecer a la par de su Hijo. No entiende bien cómo se le solucionarán sus cosas, pero firme en su fe, persevera confiando plenamente en el Señor. Se lanza en los brazos de Dios, como quien lo espera todo de Él. Su alma es como un barco que parte de la ribera hacia mares todavía desconocidos, pero con la certeza de que su timonel, que es Dios, le ha de guiar por buen norte.

María comprende cada vez más, porque guarda todas esas cosas en su corazón, aquello que le dijo el Ángel al referirse a la concepción de su prima Santa Isabel: "Ninguna cosa es imposi­ble para Dios". Nada hay imposible. Quizás recordó aquellas concepciones obradas por el poder de Dios en el Antiguo Testamento, como la de Sara, mujer de Abraham, o como la de Ana, mujer de Elcana. Y no duda en modo alguno de lo que el Ángel le ha dicho. Por eso el evangelista nos la muestra a María partiendo "sin demora".

¿Pero quién le solucionaría a Nuestra Señora su propio problema? En la antigüedad, según el Deuteronomio, una mujer sorprendida en adulterio tenía que ser lapidada, o también era posible que fuese castigada con la pena de fuego. El marido podía perdonar a la mujer adúltera o también repudiarla, con lo cual quedaba infamada públicamente. ¿Quién le haría compren­der a San José, su esposo, que lo que ha concebido es obra del Espíritu Santo? Aquella que todo lo espera del Altísimo, pensaría Interiormente: "Ninguna cosa es imposible para Dios". Se en­frenta con una dificultad de difícil solución. Podría correr peligro su propia vida! Situémonos en la confianza total de esta mujer. No tiene a quien contarle lo sucedido, sólo tiene la fortaleza en Dios. No sin cierta audacia, va a visitar a su prima, saltando nuevamente al vacío, como lo había hecho en la Encamación, pero allí, en el vacío de sí, encuentra los brazos poderosos de Dios, que la sostendrá en la firmeza de la Roca. San José entenderá luego, por un enviado de Dios, que lo que había concebido su esposa, era obra del Espíritu Santo, y que por tanto no debía temer en recibirla.

A lo largo de la vida de Nuestra Señora, encontramos con frecuencia estas valientes acometidas frente a las dificultades. Ella esperó en Dios cuando no encontró lugar en la posada para dar a luz; confió en Él cuando tuvo que partir a Egipto; no desesperó de encontrar al Niño, cuando lo perdió a la edad de doce años; confió en Jesús en el Misterio más doloroso para su vida: el de la Cruz; no dudó de las palabras del Señor, quien había prometido que resucitaría al tercer día... Podemos aplicar a María el elogio que hace San Pablo, al referirse a la gran prueba que sufrió Abraham, cuando Dios le pidió que sacrificase a su único hijo: "Esperó contra toda esperanza". Cuando parecen cerrarse todas las salidas en nuestra vida, porque las circunstancias nos agobian, cuando se ha nublado toda posibilidad de poder seguir el camino, aprendamos de María Virgen. Ella puso toda su confianza en Dios. Bien podríamos poner en sus labios las palabras del Apóstol: "Todo lo puedo en aquel que me conforta".

María es la Madre de nuestra fe y de nuestra esperanza. Cuando tengamos dificultades, miremos a María. ¡Cómo se contrasta la esperanza de Nuestra Señora con nuestras desesperanzas! Apenas se nos presentan cruces, incomprensiones, sufrimientos, nos quejamos o nos desanimamos, e incluso a veces hasta nos desesperamos. Tengamos la santa audacia de María, arrojémonos a los brazos del Invisible confiando en su Providencia. Entonces el Señor hará sentir su protección poderosa.

Misericordia

El primer gesto de María Santísima después de la Encarnación es un gesto de misericordia. No nos debe extrañar que así sea. Ella es la Reina de la misericordia. Y con este gesto resulta santificado San Juan, quien da saltos en el seno de su anciana madre. Toda la vida de María será ayudar al Señor en la grandiosa tarea de la santificación de los hombres. Lo hizo especialmente al pie de la Cruz, corredimiendo a la humanidad. Lo hace desde el cielo, desde donde con sus manos maternales acerca a los hijos dispersos hasta el Autor de la misericordia.

La misericordia es poner el corazón de parte del que sufre. María anima los trabajos de su corazón para ayudar a quien lo necesita. Este es su primer acto de misericordia: ayudar a una mujer que va a dar a luz. De donde podemos colegir la conveniencia de que las mujeres que están esperando un niño recurran confiadamente a Aquella que también fue Madre. Por eso en María, así como en toda persona misericordiosa, se cumple aquello del salmo 40: "Bienaventurado el que se ocupa por el necesitado y el desvalido; en el día malo lo librará el Señor". Bienaventurada es María porque siempre usó de misericordia. Ella es la Madre del Amor Hermoso, por eso hemos de recurrir siempre a su santo auxilio, con la confianza de que nos hará abundar en sus cuidados. Santa Isabel experimentó la riqueza de los dones espirituales de la Madre de Dios: ¿Quién era ella, para que la Madre de su Señor fuera a visitarla? Y no sólo a visitarla, sino a ponerse a su disposición y servicio. Así es esta Madre cuando ve que alguien recurre a Ella con devoción.

No podía ser de otra manera. Aquella que encarnó al Verbo en el olvido de sí, manifiesta a la Iglesia la servicialidad de su espíritu, haciendo esta obra de compasión con una necesitada. Es el apostolado de María, movido siempre por su inmenso amor.

La influencia de María no sólo se extiende a su prima, sino también al hijo que ésta lleva en su seno. Dice el evangelio que cuando Isabel escuchó el saludo de María, su criatura dio saltos en su vientre. Es Juan, el futuro precursor, quien recibe por María la influencia de la virtud santificadora del Señor.

María proclamada Reina

Isabel exclamó en alta voz: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre!" Alabanza que quedó en los labios de la Iglesia cada vez que se reza el Ave María, y por tanto el Santo Rosario. Bendita entre todas las mujeres. Ninguna mujer fue, ni es tan bendita como la Virgen. Tampoco podrá serlo, pues sólo Ella fue elegida desde toda la eternidad para concebir un Fruto que es Divino. Bendito es el Fruto de este nuevo Paraíso viviente, ya que por el mismo resultarán arrancados los hombres del mal. Por una mujer, y por el fruto del paraíso, vino la muerte y la desgracia al mundo; por esta Mujer, y por el Fruto bendito de su Paraíso, vendrá la alegría y la vida sobrenatural al mundo.

Isabel, llena del Espíritu Santo, y con gran visión de fe, reconocerá a María como "la madre de su Señor", y se sentirá indigna de que tan excelsa creatura sea quien se haya tomado el trabajo de visitarla. Tiene esta santa una conciencia delicada, que proviene de su humildad y de su amor. Se ve indigna de semejante visita. No es para menos. Frente a ella están el Hijo de Dios hecho carne, y la Madre de tal Hijo.

Isabel proclamará la fe de María al decir: "Feliz de ti por haber creído". La humildad de la "esclava del Señor" no le permitirá adueñarse de estas alabanzas, sabiendo que es sólo administradora de los bienes recibidos. Por eso, llena del Espíritu, proclamará las hazañas del Todopoderoso por medio del Magníficat, su cántico Inspirado.

Hemos desbrozado el misterio de la Visitación. Mucho queda por comprender todavía. Este misterio nos ha llevado como de la mano a descubrir los virtuosos frutos del alma de María. Aprendamos de Ella a tener fe, esperanza y gran misericordia. Aprendamos de Ella a comportarnos en nuestras dificultades, que las tendremos y numerosas en toda nuestra vida. Recurramos a Ella como nos lo enseña tan hermosamente San Bernardo en una de sus homilías: "En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir su ayuda intercesora no te apartes tú de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si le ruegas, no te perderá si en Ella piensas. Si Ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si Ella te ampara".

Ain Kárim es el lugar de la misericordia de María. Acudamos a su encuentro y resultaremos beneficiados. Cantémosle siempre por boca de Santa Isabel: "Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre".

Ain Kárim es el lugar del encuentro nuestro con María, especialmente por medio del Santo Rosario...
(ALFREDO SÁENZ, SJ, Palabra y Vida - Homilías dominicales y Festivas, Ciclo C. Ed. Galdius, Buenos Aires, 1994, pp. 25-31)



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Aplicación: R.P. Gustavo Pascual, I.V.E. María, la cristófora (Lc 1, 39-45)

María es el medio por el que ha querido Dios traernos a Jesucristo. Es voluntad de Dios que Cristo venga a nosotros por María.

Dios eligió a María para ser Madre suya y por la aceptación de María a la voluntad divina Dios se hizo hombre. María ha traído el Verbo a todos los hombres.

El pasaje de la visitación es un ejemplo de cómo María trae a Cristo a cada alma.

María llevando en su seno a Jesús visita a Isabel y se lo comunica a la anciana y a su hijo Juan también encerrado en su seno.

María es portadora de Cristo: cristófora1. La presencia de Jesús en Ain Karin produce maravillas “pronto se declaran los beneficios de la venida de María y la presencia del Señor”, dice San Ambrosio2. ¿Qué beneficios? “saltó de gozo el niño, en su seno”; “Isabel quedó llena del Espíritu Santo”. La presencia de la Madre y del Hijo, por otro lado inseparables, produce gozo, contemplación, santifica, hace presente al Espíritu, produce carismas, llena de gracias… “el soldado, encerrado en el vientre, conoció al Señor y al Rey que había de nacer, sin que el velo del vientre obstaculizase la mística visión. Por tanto, vio, no con los ojos de la carne, sino con los del espíritu”3.

Dos enseñanzas:

1. Amar a María. Ella nos traerá a Cristo, la fuente de gracias: “lleno de gracia y de verdad”4. Es maravilloso el intercambio que se manifiesta en el Niño Dios. Dios se hace hombre para que nosotros participemos de su naturaleza divina. Esta participación se da por la gracia santificante.

La gracia santificante es un don de Dios, por el cual, somos hijos suyos. La consiguió Cristo muriendo en la cruz y se da a quien acepta a Cristo y sus mandamientos.

María nos trae la fuente de gracia, el manantial de donde brota toda gracia, Cristo Jesús. Por eso es clave en nuestra vida la devoción a María. Ella nos traerá a su Hijo.


2. Imitar a María. Debemos ser como Ella cristóforos, es decir, portadores de Cristo.

Llevar a Cristo en el corazón. Llevarlo de camino como María cuando fue a la montaña. Llevar a Cristo a la familia, llevar a Cristo en el trabajo, en las diversiones, llevar siempre a Cristo a todo lugar. Tenemos que acostumbrarnos a un trato íntimo con Jesús que habita en nosotros por la gracia santificante.

Llevar a Cristo en el corazón produce cambios en el ambiente donde estamos. Quizá no lo notemos pero se producen. En ambientes cristianos: crecimiento espiritual, presencia del Espíritu, alegría, gozo. En ambientes no tan cristianos: reproches, interrogantes, planteamientos, deseos de imitación, paz, contradicciones, malestares, etc., pero siempre la presencia de Cristo es para el bien de los que le aman5.

En un mundo donde hay muchos cristófobos debemos dar testimonio siendo cristóforos pues no hay razón para temer a Cristo que es nuestra salud, nuestra paz6, nuestro bien. Hay que testimoniar que la felicidad no se alcanza sin portar a Cristo y que no hay razón para temerlo ni perseguirlo. Sólo pueden temer a Cristo los que no quieren la felicidad.

Jesús niño ¿qué temor puede darnos?


El júbilo mesiánico

La visita de María a Isabel no es una visita fortuita sino que tiene su origen en una revelación de Dios.

El ángel hace conocer a María el embarazo milagroso de Isabel. María no lo habría podido conocer de otra manera a no ser que se lo hubiera dicho la misma Isabel. La distancia que separaba a las primas no facilitaba la comunicación y el hecho, el embarazo, no lo podía esperar María de ninguna manera porque Isabel y Zacarías eran ancianos y además Isabel era estéril.

El milagroso embarazo también es una prueba o una confirmación del poder de Dios que anuncia a María la Encarnación.

María va a Ain Karin no para conocer la veracidad de la anunciación sino movida por la caridad hacia su prima y bajo la inspiración del Espíritu Santo pero también acoge con gozo la prueba que Dios le da confirmando lo que ha sucedido en ella.

La visitación es la fiesta de la alegría. Dos mujeres que se alegran porque van a ser madres. Dos hijos que se alegran porque se encuentran por primera vez iniciando la gran misión que les ha dado Dios en gracia. Isabel se alegra por la visita de María y por su maternidad divina y María se alegra por ver a su prima resplandeciente de gozo porque va a ser madre cuando nunca lo esperaba y también se alegra en el Señor por su fidelidad a las antiguas promesas cantando un cántico de alegría que se perpetuará para siempre. Isabel se goza en el Espíritu Santo y exclama en alta voz. María se alegra en el Señor y exulta su espíritu en Dios.

El fundamento de esta plenitud de alegría es la Encarnación, el cumplimiento de las promesas y de las profecías7. Es el júbilo mesiánico. La alegría en su plenitud por estar en la presencia de Dios, en Dios mismo. Es una verdadera alegría, una alegría en el Señor.

Esta Buena Nueva de la que participan María e Isabel como protagonistas, ya que una es la futura madre del Salvador y la otra la futura madre del precursor del Mesías, las llena de alegría como a todo hombre que quiere salvarse.

Fiesta de alegría personal porque Dios se ha hecho hombre para salvarme a mí: “me amó y se entregó a sí mismo por mí”8 pero también fiesta de la alegría comunitaria que es mayor aún. ¿Por qué? La alegría comunitaria se da en los perfectos porque es participación de la alegría del cielo, en el cual, la alegría común se funda en la unión común por el amor en Dios.

La alegría comunitaria es más difícil de adquirir. Es alegría por la alegría del otro más que por la propia y se llama congratulación. Es más fácil alegrarse por un bien para nosotros que alegrarse por la alegría que tiene el otro por un bien recibido.

Isabel se alegró porque María fue llamada a ser Madre del Mesías, el mayor bien para una criatura humana. La alegría por ese bien recibido era la alegría de Isabel, y María se alegró porque Isabel iba a dar a luz un hijo siendo anciana y estéril y porque ese hijo se alegró ante la presencia de su Hijo. La alegría de Isabel era su alegría. Y entre ellas no hubo nada amargo ni malos ojos porque una misión era mayor o porque una vocación era más sublime. Entre perfectos no hay envidia sino congratulación.

La alegría comunitaria se fundamenta en la comunión y la comunión entre los cristianos se da en la caridad. La gracia de Cristo nos une ya que nos hace participar de la comunión de los santos, de los que viven vida divina.

En la Iglesia no debe haber envidia sino congratulación. Si hay envidia es por falta de perfección. Todos somos miembros de un mismo Cuerpo cuya cabeza es Cristo. Todos somos necesarios, cada uno con su función y en su lugar.

Cuando un miembro está enfermo todo el cuerpo sufre. Cuando está sano el cuerpo está bien. Lo bueno en cada uno de los cristianos repercute en todo el Cuerpo. Por eso los bienes que derrama Dios en su misericordia sobre cualquier cristiano deben alegrarnos a todos porque es un bien para todos.

Alegrémonos en el Señor que es el fundamento de la alegría cristiana. Alegrémonos por las maravillas de Dios en María y en ella y por ella a toda la humanidad.

(1) Portadora de Cristo.
(2) Catena Áurea, Lucas (IV), Cursos de Cultura Católica Buenos Aires 1946, San Ambrosio a Lc 1, 39-45, 25.
(3) Catena Áurea, Lucas (IV)…, Griego a Lc 1, 39-45, 25.
(4) Jn 1, 14.
(5) Cf. Rm 8, 28.
(6) Mi 5, 4 a.
(7) Cf. So 3, 14-18; Is 12, 2-6, etc.
(8) Ga 2, 20.

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Aplicación Juan Pablo II  “¡El Señor está cerca!” (Flp 4,5).

Con estas palabras nos saluda la Iglesia en la liturgia de los últimos días antes de Navidad. Estos son los días en los que la Iglesia fija la mirada particularmente en Aquél que debe venir la noche de Belén.

Hallamos su expresión en la liturgia del último domingo de este período. A través de la lectura de la Carta a los Hebreos percibimos las palabras del Hijo de Dios: “Aquí estoy... Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo... Aquí estoy... ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad” (Hb 10,5.7).

En estas palabras, la venida de Dios en medio de los hombres toma la forma del misterio de la Encarnación. Dios ha preparado este misterio desde la eternidad, y ahora lo realiza. El Padre manda al Hijo. El Hijo acoge la misión. Por obra del Espíritu Santo se hace hombre en el seno de la Virgen de Nazaret. “Y el Verbo se hizo carne” (Jn 1,14). El Verbo es el Hijo eternamente amado y eternamente amante. El amor significa la unidad de las voluntades. La voluntad del Padre y la voluntad del Hijo se unen. El fruto de esta unión es el Amor personal, el Espíritu Santo. El fruto del Amor personal es la Encarnación: “me has preparado un cuerpo”.

“El Señor está cerca”. El Padre “ha preparado” al Hijo el “cuerpo humano” por obra del Espíritu Santo, que es Amor.

El misterio de la Encarnación significa una especial “efusión” de este Amor: descendimiento del Espíritu Santo sobre la Virgen de Nazaret. Sobre María.

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios” (Lc 1,35).

El Espíritu Santo con su fuerza divina actúa ante todo en el corazón de María. De este modo la fuente del misterio de la Encarnación se hace la fe de Ella: obediencia de la fe. “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). En la Visitación -de la que habla el Evangelio de hoy-, Isabel alaba antes de nada la fe de María: “¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1,45).

En efecto, en la anunciación María pronuncia su “fiat” en la obediencia de la fe. Este “fiat” es el momento clave. El misterio de la Encarnación es misterio divino y al mismo tiempo humano. Efectivamente, Aquél que asume el cuerpo es Dios-Verbo (Dios-Hijo). Y al mismo tiempo el cuerpo que asume es humano. “Admirable commercium”.

En este momento, cuando la Virgen de Nazaret pronuncia su “fiat” (hágase en mí según tu palabra), el Hijo puede decir al padre: “Me has preparado un cuerpo”.

El Adviento de Dios se realiza también por obra del hombre. Mediante la obediencia de la fe.
La liturgia de hoy nos pone ante los ojos no sólo la eterna obediencia del Hijo: “Aquí estoy, ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad”, no sólo la obediencia de Aquella que ha sido elegida para ser su Madre terrena..., sino que nos pone ante los ojos también el lugar en el que se debe realizar el misterio de la Encarnación.

En el centro de la profecía de Miqueas aparece el topónimo: Belén. Este es precisamente el lugar en el que el Eterno Hijo debía por primera vez revelarse en el cuerpo humano. El Hijo de Dios como Hijo del hombre: Hijo de María.

El Profeta dice: “Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial” (Miq 5,1). Dicho origen “desde lo antiguo”: de tiempo inmemorial (¡y sin comienzo!) es participado por el Hijo-Verbo. “Hasta el tiempo en que la madre dé a luz” (cfr. Miq 5,2) -anuncia posteriormente el Profeta- “y el resto de sus hermanos retornará a los hijos de Israel”.

Este nacimiento humano del Hijo de Dios de la Virgen da comienzo al nuevo Israel: al nuevo Pueblo de Dios. Será éste el pueblo de los “hermanos” de Cristo: de aquellos que mediante la gracia, nos convertiremos en “hijos en el Hijo”. Recibirán “poder para ser hijos de Dios”, como dirá San Juan en el prólogo de su Evangelio (cfr. Jn 1,12).

El lugar en el que todo esto se cumplirá: donde se cumplirá y al mismo tiempo se recordará siempre de nuevo en la historia de la salvación, es precisamente esa Belén de Efrata.

Cuando Cristo entró en el mundo dijo: “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije...: Aquí estoy, ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad” (Hb 10,5-7). El misterio de la Encarnación significa el comienzo del nuevo sacrificio: del perfecto sacrificio. El que es concebido en el seno de la Virgen por obra del espíritu Santo, que nace en la noche de Belén, es Sacerdote Eterno. Lleva al Sacrificio y realiza el Sacrificio ya en su Encarnación. Es decir, el Sacrificio que “es agradable a Dios”. Agrada a Dios el sacrificio en el que se expresa toda la verdad interior del hombre: el sacrificio de la voluntad y del corazón. El Hijo de Dios asume la naturaleza humana, el cuerpo humano, precisamente para comenzar dicho sacrificio en la historia de la humanidad.

Lo realizará definitivamente mediante su “obediencia hasta la muerte” (cfr. Flp 2,8). Sin embargo, el comienzo de esta obediencia está ya en el seno de la Virgen María. Ya en la noche de Belén: “Aquí estoy, ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad”. Al rodear al recién nacido, en la noche de Belén y durante todo el período de Navidad, demos desahogo a la necesidad de nuestros corazones.

Gocemos de esa alegría, que el tiempo de Navidad lleva consigo. Cantemos “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama” (Lc 2,14). Y sobre todo: aprendamos hasta el final la verdad contenida en este misterio penetrante: “Aquí estoy... ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad”. Aprendamos del Hijo de Dios a hacer la voluntad del padre. En efecto, ésta es la vocación de los que se han convertido en “hijos en el Hijo”. Esta es vuestra vocación cristiana. Este es fruto del Adviento de Dios en la vida humana.
(IV Domingo de Adviento, parroquia San Gregorio Barbarigo, 22 de Noviembre de 1985)


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Aplicación Benedicto XVI El designio divino

Queridos hermanos y hermanas:
Con el IV domingo de Adviento, la Navidad del Señor está ya ante nosotros. La liturgia, con las palabras del profeta Miqueas, invita a mirar a Belén, la pequeña ciudad de Judea testigo del gran acontecimiento: "Pero tú, Belén de Efratá, la más pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial" (Mi 5, 1). Mil años antes de Cristo, en Belén había nacido el gran rey David, al que las Escrituras concuerdan en presentar como antepasado del Mesías. El Evangelio de san Lucas narra que Jesús nació en Belén porque José, el esposo de María, siendo de la "casa de David", tuvo que dirigirse a esa aldea para el censo, y precisamente en esos días María dio a luz a Jesús (cf. Lc 2, 1-7). En efecto, la misma profecía de Miqueas prosigue aludiendo precisamente a un nacimiento misterioso: "Dios los abandonará -dice- hasta el tiempo en que la madre dé a luz. Entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel" (Mi 5, 2).

Así pues, hay un designio divino que comprende y explica los tiempos y los lugares de la venida del Hijo de Dios al mundo. Es un designio de paz, como anuncia también el profeta hablando del Mesías: "En pie pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor su Dios. Habitarán tranquilos porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra. Él mismo será nuestra paz" (Mi 5, 3-4).

Precisamente este último aspecto de la profecía, el de la paz mesiánica, nos lleva naturalmente a subrayar que Belén es también una ciudad-símbolo de la paz, en Tierra Santa y en el mundo entero. Por desgracia, en nuestros días, no se trata de una paz lograda y estable, sino una paz fatigosamente buscada y esperada. Dios, sin embargo, no se resigna nunca a este estado de cosas; por ello, también este año, en Belén y en todo el mundo, se renovará en la Iglesia el misterio de la Navidad, profecía de paz para cada hombre, que compromete a los cristianos a implicarse en las cerrazones, en los dramas, a menudo desconocidos y ocultos, y en los conflictos del contexto en el que viven, con los sentimientos de Jesús, para ser en todas partes instrumentos y mensajeros de paz, para llevar amor donde hay odio, perdón donde hay ofensa, alegría donde hay tristeza y verdad donde hay error, según las bellas expresiones de una conocida oración franciscana.

Hoy, como en tiempos de Jesús, la Navidad no es un cuento para niños, sino la respuesta de Dios al drama de la humanidad que busca la paz verdadera. "Él mismo será nuestra paz", dice el profeta refiriéndose al Mesías. A nosotros nos toca abrir de par en par las puertas para acogerlo. Aprendamos de María y José: pongámonos con fe al servicio del designio de Dios. Aunque no lo comprendamos plenamente, confiemos en su sabiduría y bondad. Busquemos ante todo el reino de Dios, y la Providencia nos ayudará. ¡Feliz Navidad a todos!
(Ángelus, IV Domingo de Adviento, 20 de diciembre de 2009)


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Aplicación P. Gustavo Pascual, I.V.E. La caridad nos urge

“En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel”.

“Al oír María este anuncio, llena de gozo y sin demora, partió hacia las montañas, no porque dudara de las palabras del ángel ni porque estuviera incierta de la veracidad del hecho ni porque vacilara ante la realidad del ejemplo, sino porque se sentía impulsada por el deseo de cumplir un deber de piedad, anhelante de prestar sus servicios y presurosa por la intensidad de su alegría”.

Del pasaje de la Visitación podemos sacar tres enseñanzas:

+ La prontitud de María en seguir la insinuación del ángel

El ángel no le manda ir a ver a su prima. Simplemente insinúa que es la voluntad de Dios, “mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste ya es el sexto mes de aquella que llamaban estéril”.
- María comprende que es la voluntad de Dios que vaya a Ain Karin.
- La caridad mueve a María, quiere ir a servir a su prima.
- Quiere comenzar su apostolado, llevar la salvación.

+ Lleva la salvación a casa de Isabel

- Juan es santificado por la presencia de Jesús.
- Isabel se llena de gracia y de entendimiento.
Se llena del Espíritu Santo y profetiza: “Bendita tú entre las mujeres”.
Es iluminada para conocer el centro del misterio: “Bendito el fruto de tu vientre”. Además conoce la causa de la respuesta de María, la fe.
Crece en humildad ante la grandeza de Cristo y de su Madre: “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?”.

+ Conoce la más grande virtud de María, causa de su aceptación al plan de Dios

No la felicita por ser Madre de Dios sino por su fe “feliz la que ha creído”.
Es la fe de María lo que principalmente debemos imitar.
Nuestra fe debe ser un asentimiento intelectual y no sentimental. María en la anunciación “discurría qué significaría aquel saludo”, es decir, trabajó con su inteligencia para que su acto de fe no fuera incoherente y dijo finalmente “hágase”. Si bien, su acto de fe se apoyó en la autoridad de Dios que le hablaba por medio del ángel, también uso de sus potencias naturales para que su fe fuera más profunda.
Hoy militan contra la fe: la fe sin obras que es una especie de fariseísmo y el sentimentalismo, que es amor humano sin sentido sobrenatural.

¿Qué más nos enseña el pasaje de la visitación?
Nos enseña el valor de la gracia de Dios.
La gracia de Dios es un don, un regalo de Dios.
Por ser regalo no lo merecemos. Dios nos la da por pura misericordia.
La da como una fuerza para que lleguemos a Él. Es como una elevación de nuestras fuerzas para obrar al modo divino.
La gracia es un tesoro incomparable. Vale más que la vida. Vale más que el mundo creado. El que la halla, ha hallado un tesoro.
¿Y cómo se obtiene? Es un don de Dios, sin embargo, nos podemos disponer para que Dios la infunda.
- Siendo dóciles a lo que Dios nos pide.
- Estando atentos a su llamada.
- Rezando y pidiéndola a Dios.
- Confiando plenamente en Dios.

María fue llamada por el ángel “llena de gracia”. Llena de gracia en sentido personal porque es María la criatura más cercana a Dios por ser Madre de la Divina Gracia, Jesucristo.
En la Visitación María muestra su actitud ante cada gracia de Dios.
Isabel le dijo: “¡feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!”.

Es que María por su fe concibió al Salvador primero en su alma y luego en su seno.

María por su fe recibió de Dios una gracia especialísima: ser la Madre de Dios.

María por su fidelidad a Dios recibió también gracias carismáticas como la gracia de profecía, pues dice en el magnificat: “desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada”.

María fue fiel también a las gracias actuales que le dio Dios. Una vez que escucha las palabras del ángel se pone en camino a Ain Karim “se puso en camino María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá”.

María posee la gracia santificante desde su concepción. Y en la Visitación es portadora de esa gracia. María lleva en su seno al autor de esa gracia, a la fuente de esa gracia, Jesús. Por eso cuando María llega junto a Isabel, Jesús santifica a Juan.

San Juan Bautista recibió juntamente la gracia santificante con la gracia de la perseverancia final porque fue santificado en el seno de Isabel y confirmado en gracia hasta el día de su muerte. “Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo (le dijo Isabel a María), saltó de gozo el niño en mi vientre”.

María es para nosotros ejemplo de fidelidad a toda gracia.
Te pedimos Madre la gracia de imitar tu fe para que Jesús autor de la gracia pueda ser concebido en nuestras almas y así podamos darlo a luz a nuestros hermanos.

Notas
Lc 1, 39-56, San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, L. 2, 19, comentario a Lc 1, 39-56, Obras de San Ambrosio , BAC 1966, 95, Lc 1, 36, Lc 1, 42, Ídem, Lc 1, 43, Lc 1, 45, Lc 1, 29, Cf. Mt 13, 44, Lc 1, 45, Lc 1, 48, Lc 1, 39, Lc 1, 44

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Aplicación P. Jorge Loring, S.J. Cuarto Domingo de Adviento - Año C Lc. 1:39-45

1.-El Evangelio de hoy me sugiere hablar de la servicialidad, pues María fue a ayudar a su prima Isabel en su avanzado embarazo.

2.- María tenía excusas para no haber hecho el viaje, pero su espíritu de servicio pudo más, y fue a ayudar a su prima.

3.- Es muy importante que sepamos poner las necesidades del prójimo por encima de las nuestras.

4.- Hay un cuento en el que un ángel vio que los hombres tenían sólo un ala, y así no podían volar. Entonces le pregunta a Dios por qué ha hecho a los hombres así, y Dios le contesta que para que los hombres se necesiten unos a otros para volar, y así practiquen la caridad. Por eso Dios ha repartido los dones. Los hombres somos diferentes para que nos ayudemos unos a otros. En una ocasión leí la historia de dos soldados heridos en la guerra, uno ciego y el otro cojo: el ciego cargó con el cojo y el cojo guiaba al ciego. Se ayudaron los dos mutuamente y salieron andando.

5.- Otra lección del Evangelio de hoy es que Isabel reconoce que María es la Madre de Dios, pues le dice: «¿de dónde a mí que venga a visitarme la Madre del Señor?» El Señor es Dios.

6.- Las palabras de Isabel han pasado al Avemaría: «Bendita tú eres entre todas las mujeres».

7.- Éste es un bonito piropo para la Virgen. Por eso le gusta que recemos el Santo Rosario, porque se lo repetimos cincuenta veces, y Ella lo oye con agrado.

8.- En casi todas las apariciones de la Virgen Ella pide que recemos el Rosario. Deberíamos organizar nuestro tiempo para rezarlo a diario. Rezado en común o ante un sagrario tiene indulgencia plenaria.
Queridos hermanos y hermanas:

Nuestra celebración eucarística se inició con la exhortación "Alegrémonos todos en el Señor". La liturgia nos invita a compartir el gozo celestial de los santos, a gustar su alegría.


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Directorio Homilético Cuarto domingo de Adviento

CEC 148, 495, 717, 2676: la “Visitación”
CEC 462, 606-607, 2568, 2824: el Hijo se ha encarnado para cumplir la voluntad del Padre

La Visitación

143 La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que "nada es imposible para Dios" (Lc 1,37; cf. Gn 18,14) y dando su asentimiento: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38). Isabel la saludó: "¡Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lc 1,45). Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada (cf. Lc 1,48).

495 Llamada en los Evangelios "la Madre de Jesús"(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como "la madre de mi Señor" desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios ["Theotokos"] (cf. DS 251).

717 "Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. (Jn 1, 6). Juan fue "lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre" (Lc 1, 15. 41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La "visitación" de María a Isabel se convirtió así en "visita de Dios a su pueblo" (Lc 1, 68).

2676 Este doble movimiento de la oración a María ha encontrado una expresión privilegiada en la oración del Ave María:

"Dios te salve, María [Alégrate, María]". La salutación del Angel Gabriel abre la oración del Ave María. Es Dios mismo quien por mediación de su ángel, saluda a María. Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a María con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava (cf Lc 1, 48) y a alegrarnos con el gozo que El encuentra en ella (cf So 3, 17b)

"Llena de gracia, el Señor es contigo": Las dos palabras del saludo del ángel se aclaran mutuamente. María es la llena de gracia porque el Señor está con ella. La gracia de la que está colmada es la presencia de Aquél que es la fuente de toda gracia. "Alégrate... Hija de Jerusalén... el Señor está en medio de ti" (So 3, 14, 17a). María, en quien va a habitar el Señor, es en persona la hija de Sión, el arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del Señor: ella es "la morada de Dios entre los hombres" (Ap 21, 3). "Llena de gracia", se ha dado toda al que viene a habitar en ella y al que entregará al mundo.

"Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús". Después del saludo del ángel, hacemos nuestro el de Isabel. "Llena del Espíritu Santo" (Lc 1, 41), Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María (cf. Lc 1, 48): "Bienaventurada la que ha creído... " (Lc 1, 45): María es "bendita entre todas las mujeres" porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor. Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las "naciones de la tierra" (Gn 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre.

El Hijo se ha encarnado para cumplir la voluntad del Padre

462 La carta a los Hebreos habla del mismo misterio:

Por eso, al entrar en este mundo, dice: No quisiste sacrificio y oblación; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo ... a hacer, oh Dios, tu voluntad! (Hb 10, 5-7, citando Sal 40, 7-9 LXX).

606 El Hijo de Dios "bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado" (Jn 6, 38), "al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo ... para hacer, oh Dios, tu voluntad ... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús "por los pecados del mundo entero" (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: "El Padre me ama porque doy mi vida" (Jn 10, 17). "El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado" (Jn 14, 31).

607 Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús (cf. Lc 12,50; 22, 15; Mt 16, 21-23) porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: "¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!" (Jn 12, 27). "El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?" (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz antes de que "todo esté cumplido" (Jn 19, 30), dice: "Tengo sed" (Jn 19, 28).

2568 La revelación de la oración en el Antiguo Testamento se inscribe entre la caída y la elevación del hombre, entre la llamada dolorosa de Dios a sus primeros hijos: "¿Dónde estás?... ¿Por qué lo has hecho?" (Gn 3, 9. 13) y la respuesta del Hijo único al entrar en el mundo: "He aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hb 10, 5-7). Así, la oración está ligada con la historia de los hombres, es la relación con Dios en los acontecimientos de la historia.

2824 En Cristo, y por medio de su voluntad humana, la voluntad del Padre fue cumplida perfectamente y de una vez por todas. Jesús dijo al entrar en el mundo: " He aquí que yo vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad" (Hb 10, 7; Sal 40, 7). Sólo Jesús puede decir: "Yo hago siempre lo que le agrada a él" (Jn 8, 29). En la oración de su agonía, acoge totalmente esta Voluntad: "No se haga mi voluntad sino la tuya" (Lc 22, 42; cf Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38). He aquí por qué Jesús "se entregó a sí mismo por nuestros pecados según la voluntad de Dios" (Ga 1, 4). "Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb 10, 10).



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Ejemplos Predicables

Hay que seguir cantando
Como cualquier buena mamá, cuando Karen supo que estaba esperando un bebé, hizo lo que pudo para ayudar a su hijo Michael de tres años a prepararse para una nueva etapa en su vida.

Supieron que el nuevo bebé iba a ser una niña, y día y noche, Michael le cantaba a su hermanita en el vientre de su madre. Él estaba encariñándose con su hermanita aún antes de conocerla.

El embarazo de Karen progresó normalmente. A tiempo empezó su labor de parto, pronto los dolores eran cada cinco, cada tres y finalmente cada minuto. Pero una complicación se presentó de repente y Karen tuvo horas de labor de parto.

Finalmente, después de muchas horas de lucha, la hermanita de Michael nació, pero en muy malas condiciones. La llevaron inmediatamente en una ambulancia a la Unidad de Cuidados Intensivos, sección neonatal del Hospital St. Mary en Knoxville, Tennessee.

Los días pasaron y la niña empeoraba. Los pediatras tuvieron que decirle finalmente a los padres las terribles palabras: "Hay muy pocas esperanzas, prepárense para lo peor". Karen y su esposo contactaron al cementerio local para apartar un lugar para su hijita. Ellos habían creado un cuarto nuevo para su hija y ahora se encontraban haciendo arreglos para un funeral.

Sin embargo, Michael, les rogaba a sus padres que le dejaran ver a su hermanita. "Quiero cantarle", decía una y otra vez.

Estuvieron dos semanas en Terapia Intensiva y parecía que el funeral vendría antes de que acabara la semana. Michael siguió insistiendo que quería cantarle a su hermanita, pero le explicaban que no se permitía la entrada de niños a Terapia Intensiva.

De pronto Karen se decidió. Llevaría a Michael a ver a su hermanita, ¡la dejaran o no! Si no veía a su hermanita en ese momento, tal vez no la vería viva nunca.

Ella le puso un overol inmenso y lo llevo a Terapia Intensiva, Michael parecía una enorme canasta de ropa sucia. Pero la jefa de enfermeras se dio cuenta de que era un niño y se enfureció. "¡Saquen a ese niño de aquí ahora mismo! No se admiten niños aquí" El carácter de Karen afloró y, olvidándose de sus lindos modales de dama, que siempre la habían caracterizado, miró con ojos de acero a la enfermera, sus labios eran una sola línea y con firmeza dijo: Él no se va hasta que le cante a su hermanita" y levantó a Michael y lo llevó a la cama de su hermanita.

El miró a la pequeñita, perdiendo la batalla por conservar la vida. Después de un momento empezó a cantar con la voz que le salía del corazón de un niño de tres años. Michael le cantó: "Eres mi luz del sol, mi única luz, tú me haces feliz cuando el cielo es gris...." (conocida canción en inglés "You are my sunshine").

Instantáneamente, la bebé pareció responder al estímulo de la voz de Michael, su pulso se empezó a volver normal. "Sigue cantando, Michael" le pedía desesperadamente su mamá con lágrimas en los ojos.

Y el niño seguía: "Tú no sabrás nunca, querida, cuanto te amo, por favor no te lleves mi luz del sol... "Al tiempo que Michael cantaba a su hermana, la bebé se movía y su respiración se volvía tan suave como la de un gatito cuando lo acarician.

"Sigue cantando, cariño" le decía su mamá y él continuaba haciéndolo como cuando todavía su hermanita estaba en el vientre de su madre. "La otra noche, querida, cuando dormía, soñé que te abrazaba en mis brazos..." seguía cantando el niño; la hermanita de Michael empezó a relajarse y a dormir con un sueño reparador que parecía que la mejoraba por segundos.

"Sigue cantando Michael"... ahora era la voz de la enfermera que, con lágrimas en los ojos, no dejaba de pedirle al niño que continuara.

"Tú eres mi luz del sol, mi única luz del sol, por favor no te lleves mi sol..." Al día siguiente... el mismísimo día siguiente... la niña estaba en perfectas condiciones para irse a casa.

La revista "Woman's Day" lo llamó "El Milagro de la canción del Hermano". Los doctores le llamaron simplemente un milagro. Karen le llamó "El Milagro del amor de Dios".


(cortesía de ive argentina)


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