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Domingo 4 de Cuaresma A - Comentarios de Sabios y Santos II: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical

 

A su servicio
Directorio Homilético: Cuarto domingo de Cuaresma

 Exégesis: P. José María Solé - Roma, C.F.M.

Comentario Teológico: Directorio Homilético El domingo IV de Cuaresma (Ciclo A)

Santos Padres: San Juan Crisóstomo - El ciego de nacimiento

Aplicación: P. José A. Marcone, I.V.E. - El ciego de nacimiento (Jn 9,1-41)

Aplicación: San Juan Pablo II - Creo, Señor

Aplicación: Benedicto XVI - un camino de fe

Aplicación: S.S. Francisco p.p. - Humildad y Paciencia

Recrusos adicionales para la preparación

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo



Directorio Homilético: Cuarto domingo de Cuaresma

CEC 280, 529, 748, 1165, 2466, 2715: Cristo, luz de las naciones
CEC 439, 496, 559, 2616: Jesús es el Hijo de David
CEC 1216: el Bautismo es iluminación
CEC 782, 1243, 2105: los cristianos están llamados a ser la luz del mundo

280 La creación es el fundamento de "todos los designios salvíficos de Dios", "el comienzo de la historia de la salvación" (DCG 51), que culmina en Cristo. Inversamente, el Misterio de Cristo es la luz decisiva sobre el Misterio de la creación; revela el fin en vista del cual, "al principio, Dios creó el cielo y la tierra" (Gn 1,1): desde el principio Dios preveía la gloria de la nueva creación en Cristo (cf. Rom 8,18-23).

529 La Presentación de Jesús en el templo (cf.Lc 2, 22-39) lo muestra como el Primogénito que pertenece al Señor (cf. Ex 13,2.12-13). Con Simeón y Ana toda la expectación de Israel es la que viene al Encuentro de su Salvador (la tradición bizantina llama así a este acontecimiento). Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, "luz de las naciones" y "gloria de Israel", pero también "signo de contradicción". La espada de dolor predicha a María anuncia otra oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que Dios ha preparado "ante todos los pueblos".

748 "Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el evangelio a todas las criaturas". Con estas palabras comienza la "Constitución dogmática sobre la Iglesia" del Concilio Vaticano II. Así, el Concilio muestra que el artículo de la fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.

1165 Cuando la Iglesia celebra el Misterio de Cristo, hay una palabra que jalona su oración: ¡Hoy!, como eco de la oración que le enseñó su Señor (Mt 6,11) y de la llamada del Espíritu Santo (Hb 3,7-4,11; Sal 95,7). Este "hoy" del Dios vivo al que el hombre está llamado a entrar, es la "Hora" de la Pascua de Jesús que es eje de toda la historia humana y la guía:

La vida se ha extendido sobre todos los seres y todos están llenos de una amplia luz: el Oriente de los orientes invade el universo, y el que existía "antes del lucero de la mañana" y antes de todos los astros, inmortal e inmenso, el gran Cristo brilla sobre todos los seres más que el sol. Por eso, para nosotros que creemos en él, se instaura un día de luz, largo, eterno, que no se extingue: la Pascua mística (S. Hipólito, pasc. 1-2).

I VIVIR EN LA VERDAD

2465 El Antiguo Testamento lo proclama: Dios es fuente de toda verdad. Su Palabra es verdad (cf Pr 8,7; 2 S 7,28). Su ley es verdad (cf Sal 119, 142). "Tu verdad, de edad en edad" (Sal 119,90; Lc 1,50). Porque Dios es el "Veraz" (Rm 3,4), los miembros de su Pueblo son llamados a vivir en la verdad (cf Sal 119,30).

2466 En Jesucristo la verdad de Dios se manifestó toda entera. "Lleno de gracia y de verdad" (Jn 1,14), él es la "luz del mundo" (Jn 8,12), la Verdad (cf Jn 14,6). El que cree en él, no permanece en las tinieblas (cf Jn 12,46). El discípulo de Jesús, "permanece en su palabra", para conocer "la verdad que hace libre" (cf Jn 8,31-32) y que santifica (cf Jn 17,17). Seguir a Jesús es vivir del "Espíritu de verdad" (Jn 14,17) que el Padre envía en su nombre (cf Jn 14,26) y que conduce "a la verdad completa" (Jn 16,13). Jesús enseña a sus discípulos el amor incondicional de la Verdad: "Sea vuestro lenguaje: `sí, sí'; `no, no'" (Mt 5,37).

2467 El hombre busca naturalmente la verdad. Está obligado a honrarla y testimoniarla: "Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas... se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo la verdad religiosa. Están obligados también a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según sus exigencias" (DH 2).

2468 La verdad como rectitud de la acción y de la palabra humana tiene por nombre veracidad, sinceridad o franqueza. La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse verdadero en sus actos y en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía.

2469 "Los hombres no podrían vivir juntos si no tuvieran confianza recíproca, es decir, si no se manifestasen la verdad" (S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 109, 3 ad 1). La virtud de la veracidad da justamente al prójimo lo que le es debido; observa un justo medio entre lo que debe ser expresado y el secreto que debe ser guardado: implica la honradez y la discreción. En justicia, "un hombre debe honestamente a otro la manifestación de la verdad" (S. Tomás de Aquino, s.th. 2-2, 109,3).

2470 El discípulo de Cristo acepta "vivir en la verdad", es decir, en la simplicidad de una vida conforme al ejemplo del Señor y permaneciendo en su Verdad. "Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos conforme a la verdad" (1 Jn 1,6).


II "DAR TESTIMONIO DE LA VERDAD"

2471 Ante Pilato, Cristo proclama que había "venido al mundo: para dar testimonio de la verdad" (Jn 18,37). El cristiano no debe "avergonzarse de dar testimonio del Señor" (2 Tm 1,8). En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de S. Pablo ante sus jueces. Debe guardar una "conciencia limpia ante Dios y ante los hombres" (Hch 24,16).

2472 El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia los impulsa a actuar como testigos del evangelio y de las obligaciones que de ello se derivan. Este testimonio es trasmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad (cf Mt 18,16):

Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación (AG 11).

2473 El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. "Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios" (S. Ignacio de Antioquía, Rom 4,1).

2474 Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron al final para dar testimonio de su fe. Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre:

No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir (para unirme) a Cristo Jesús que reinar hasta las extremidades de la tierra. Es a él a quien busco, a quien murió por nosotros. A él quiero, al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca...(S. Ignacio de Antioquía, Rom. 6,1-2).

Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de ser contado en el número de tus mártires...Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad. Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por él, que está contigo y con el Espíritu, te sea dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén. (S. Policarpo, mart. 14,2-3).

(Tener en cuenta el resto de los títulos y párrafos del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la verdad: III. Las ofensas a la verdad (nº 2475-2487). IV El respeto de la verdad (nº 2488-2492). V El uso de los medios de comunicación social (nº 2493-2499). VI Verdad, Belleza y arte sacro (nº 2500-2503)

2715 La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. "Yo le miro y él me mira", decía, en tiempos de su santo cura, un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. Esta atención a El es renuncia a "mí". Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el "conocimiento interno del Señor" para más amarle y seguirle (cf San Ignacio de Loyola, ex. sp. 104).

439 Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico "hijo de David" prometido por Dios a Israel (cf. Mt 2, 2; 9, 27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21, 9. 15). Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho (cf. Jn 4, 25-26;11, 27), pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana (cf. Mt 22, 41-46), esencialmente política (cf. Jn 6, 15; Lc 24, 21).

496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido "absque semine ex Spiritu Sancto" (Cc Letrán, año 649; DS 503), esto es, sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:

Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): "Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen, ...Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato ... padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente" (Smyrn. 1-2).

La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén

559 ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn 6, 15), pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de "David, su Padre" (Lc 1,32; cf. Mt 21, 1-11). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación ("Hosanna" quiere decir "¡sálvanos!", "Danos la salvación!"). Pues bien, el "Rey de la Gloria" (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad "montado en un asno" (Za 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los "pobres de Dios", que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores (cf. Lc 19, 38; 2, 14). Su aclamación "Bendito el que viene en el nombre del Señor" (Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el "Sanctus" de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.

Jesús escucha la oración

2616 La oración a Jesús ya ha sido escuchada por él durante su ministerio, a través de los signos que anticipan el poder de su muerte y de su resurrección: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras (el leproso: cf Mc 1, 40-41; Jairo: cf Mc 5, 36; la cananea: cf Mc 7, 29; el buen ladrón: cf Lc 23, 39-43), o en silencio (los portadores del paralítico: cf Mc 2, 5; la hemorroísa que toca su vestido: cf Mc 5, 28; las lágrimas y el perfume de la pecadora: cf Lc 7, 37-38). La petición apremiante de los ciegos: "¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!" (Mt 9, 27) o "¡Hijo de David, ten compasión de mí!" (Mc 10, 48) ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: "¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de mí, pecador!" Curando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria que le suplica con fe: "Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!".

San Agustín resume admirablemente las tres dimensiones de la oración de Jesús: "Orat pro nobis ut sacerdos noster, orat in nobis ut caput nostrum, oratur a nobis ut Deus noster. Agnoscamus ergo et in illo voces nostras et voces eius in nobis" ("Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a El dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en El nuestras voces; y la voz de El, en nosotros", Sal 85, 1; cf IGLH 7).

1216 "Este baño es llamado iluminación porque quienes reciben esta enseñanza (catequética) su espíritu es iluminado..." (S. Justino, Apol. 1,61,12). Habiendo recibido en el Bautismo al Verbo, "la luz verdadera que ilumina a todo hombre" (Jn 1,9), el bautizado, "tras haber sido iluminado" (Hb 10,32), se convierte en "hijo de la luz" (1 Ts 5,5), y en "luz" él mismo (Ef 5,8):

El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios...lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque, es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios (S. Gregorio Nacianceno, Or. 40,3-4).

Las características del Pueblo de Dios

782 El Pueblo de Dios tiene características que le distinguen claramente de todos los grupos religiosos, étnicos, políticos o culturales de la Historia:

– Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en propiedad a ningún pueblo. Pero El ha adquirido para sí un pueblo de aquellos que antes no eran un pueblo: "una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa" (1 P 2, 9).

– Se llega a ser miembro de este cuerpo no por el nacimiento físico, sino por el "nacimiento de arriba", "del agua y del Espíritu" (Jn 3, 3-5), es decir, por la fe en Cristo y el Bautismo.

– Este pueblo tiene por jefe a Jesús el Cristo [Ungido, Mesías]: porque la misma Unción, el Espíritu Santo fluye desde la Cabeza al Cuerpo, es "el Pueblo mesiánico".

– "La identidad de este Pueblo, es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo".

– "Su ley, es el mandamiento nuevo: amar como el mismo Cristo mismo nos amó (cf. Jn 13, 34)". Esta es la ley "nueva" del Espíritu Santo (Rm 8,2; Ga 5, 25).

– Su misión es ser la sal de la tierra y la luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16). "Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano".

– "Su destino es el Reino de Dios, que el mismo comenzó en este mundo, que ha de ser extendido hasta que él mismo lo lleve también a su perfección" (LG 9).

1243 La vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha "revestido de Cristo" (Ga 3,27): ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende en el cirio pascual, significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son "la luz del mundo" (Mt 5,14; cf Flp 2,15).

El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios en el Hijo Unico. Puede ya decir la oración de los hijos de Dios: el Padre Nuestro.

2105. El deber de dar a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente. Esa es "la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo" (DH 1). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan "informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive" (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (cf DH 1). Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo (cf AA 13). La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas (cf León XIII, enc. "Inmortale Dei"; Pío XI "Quas primas").


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Exégesis: P. José María Solé - Roma, C.F.M.

Samuel 16, 1. 6-7. 10-13:

David hace su entrada en el escenario de la Historia bíblica. Va a tener en ella un puesto trascendental y un nombre inmortal.

— Como todas las elecciones divinas, la de David parte no de méritos humanos, sino del beneplácito de Dios. Samuel debe ir por orden de Dios a buscar Rey para Israel en la familia de Isaí en Belén. Han desfilado siete hijos de Isaí. Samuel no ve en ninguno de ellos la elección divina. Y llaman al pequeño; está apacentando las ovejas; es rubio, agraciado, ingenuo (12).

— «Úngele. Este es» (13). Israel ya tiene Rey. Del pastoreo de ovejas, David, por orden de Dios, pasa a pastorear el Pueblo de Dios. La Unción hace descender sobre él el Espíritu de Yahvé. Y David queda tan enriquecido del Espíritu de Dios, que será el Rey y Profeta por antonomasia.

— Pero no es ésa la mejor gloria que nimba a David. Sobre este pastorcito ungido por Samuel se irán acumulando las esperanzas y promesas Mesiánicas. La traducción hebrea de «Ungido» es Mesías; y la griega, es Cristo. «Elegí a David mi siervo. Le ungí con óleo santo» (Sal 88, 20). Israel, cierto, ungía a sus reyes. Y hacía de cada Rey un Cristo. Pero desde David, en virtud de la Profecía de Natán, cada Rey de Israel, hijo de David, lleva en su frente la esperanza, la promesa del «Cristo»; el Rey-Davídico; el Ungido; el Mesías que instauraría el Reino de Dios. Mirando a este hijo de David quedan todos los ojos. Y todas las voces piden a Dios envíe a su «Cristo». El N. T. nos dará como equivalentes: Jesús-Cristo-Hijo de Dios. Al llegar Jesús nos ha llegado el Ungido, el Cristo que esperaba Israel; el Hijo de David, Cristo por antonomasia. «Jesús, tu Santo Hijo a quien Tú ungiste» (Act 4, 27); «Le ungió Dios de Espíritu Santo» (ib 10, 38). Jesús, que por ser el Hijo de David en quien convergen todas las esperanzas, es ya el Cristo, lo es con infinita mayor verdad y plenitud por ser a la vez el Hijo de Dios. Jesús es el Hijo de Dios en sentido propio y ontológico. Y por esto su esencia, su misión y su función es ser «Cristo» = «Ungido». Tanto, que dirá Pablo: In Christo unxit nos Deus (2 Cor 1, 21). En Cristo = Ungido nos ungió Dios. En Cristo somos cristianados. El rezuma unción. Y todos somos por Él ungidos.

Efesios 5, 8-14:

San Pablo traza un programa al que deben procurar ajustarse todos los cristianos:
— Contrapone las dos condiciones: Luz-Tinieblas; antes del Bautismo éramos tinieblas y noche. Ahora somos «Luz»; «Luz en el Señor» (8). Al modo que la unción de Cristo nos deja ungidos y nos convierte en «cristos», así la Luz del que es Luz nos inunda a nosotros y nos deja radiantes.

— La verdad y riqueza de la vida debe irradiar y expresarse en las obras. Según la conducta tenemos Obras de Luz y Obras de Tinieblas. Las de la Luz, propias, pues, del cristiano, son: fructificar en toda suerte de bondad, justicia y verdad; y en este camino cabe aún escoger lo que sea más grato al Señor (9). Por tanto, todo en el cristiano debe ser luz y aroma de su gracia bautismal. Respecto a las obras de las tinieblas o pecaminosas, recomienda Pablo: a) No os solidaricéis con los que se portan mal; b) Reconvenced a los pecadores; c) Por mucho que se disimule y se disfrace el pecado, llamadle siempre por su propio nombre (11). Una de las mejores maneras de luchar contra el mal es desenmascararlo. Y una de las más eficaces maneras de favorecerlo es encubrirlo. Nuestra hipocresía y la hipocresía general nos induce a justificar con sofismas lo más infame. Los Profetas no conocían estas cobardes connivencias con el mal. Ni nunca las han usado los auténticos mensajeros evangélicos. «Los pecados reprendidos quedan ya a plena luz» (13). El pecado no reprendido vegeta. Puesto a la luz, muere.

— La doctrina del Bautismo como «Iluminación» es frecuente en el N. T. y en la Patrística. De modo especial en la Carta a los Hebreos (6, 4; 10, 32). El bautizado vive y ve a una nueva luz; luz de la fe. Ve a la luz de Cristo: Hanc lucem amemus, ipsam sitiamus; ut ad ipsam, ipsa duce veniamus et in illa vivamos (Ag In Jn 34). Por eso San Juan de Ávila llama a Jesús: «Luz mía, clara claridad mía, resplandeciente resplandor mío, alegre alegría mía» (BAC-OC. I 1.082). Luz vivificante, Vida lumínica de la que personal y comunitariamente nos saciamos en la fuente de la Eucaristía: Pan de Vida-Agua de Vida-Maná de Vida-Luz de Vida.

Juan 9, 1-41:

El milagro de la curación del cieguecito es la revelación de Cristo-Luz del mundo:
— La piscina con el nombre simbólico: Siloé = Enviado, la acción simbólica de lavarse en ella (7) y quedar iluminado el ciego, le sirven a San Juan para recordarnos cómo Cristo, Enviado del Padre, nos dejó el Sacramento de la Iluminación. Con el Bautismo quedamos lavados y purificados, curados de nuestras tinieblas y ceguera de pecado: Iluminados. La iluminación de los ojos del ciego significa, pues, que Cristo es Luz de las almas (4. 5. 35. 38).

— Para que Cristo nos ilumine es necesario que recibamos su luz. Es necesario que creamos en Él. Cristo-Luz ilumina a los humildes (Fe); y deja ciegos a los orgullosos (incrédulos). Los orgullosos tienen ya «su» luz. ¿Para qué necesitan la de Cristo? (39-41).

— Cada hombre, pues, se pone él mismo en la zona de la Luz o en la de las tinieblas. Si humilde como el cieguecito le pide a Cristo: ¡Señor, que vea! Cristo le envuelve en luz. Si orgulloso como los fariseos rechaza a Cristo, queda en su propia luz: «Vosotros decís: vemos. Vuestro pecado persiste» (41). El castigo del orgullo es quedarse con el vacío, las tinieblas, la nada de su autosuficiencia. Se impone, pues, la penitencia del orgullo y de la sensualidad: Deus qui corporali jejunio vitia comprimis, mentem elevas, virtutem largiris et proemia (Pref.).
(SOLÉ ROMA, J. M., Ministros de la Palabra. Ciclo A, Herder, Barcelona, 1979, pp. 85-88)


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Comentario Teológico: Directorio Homilético El domingo IV de Cuaresma (Ciclo A)

73. El IV domingo de Cuaresma está irradiado de luz, una luz evidenciada en este domingo «Laetare» por las vestiduras litúrgicas de tonalidad más clara y por las flores que adornan la iglesia. La relación entre el Misterio Pascual, el Bautismo y la luz, viene acogida sintéticamente por un versículo de la segunda lectura: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz».

Esta relación resuena y encuentra una elaboración posterior en el prefacio: «Que se hizo hombre para conducir al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe; y a los que nacieron esclavos del pecado, los hizo renacer por el Bautismo, transformándolos en hijos adoptivos del Padre». Esta iluminación, inaugurada con el Bautismo, viene fortalecida cada vez que recibimos la Eucaristía, momento enfatizado por las palabras del ciego referidas en la antífona de comunión: «El Señor me puso barro en los ojos, me lavé y veo, y he empezado a creer en Dios».

74. Todavía no es un cielo sin nubes, lo que contemplamos en este domingo. El proceso del «ver» es, en la práctica, mucho más complejo de cómo viene descrito en la concisa narración del ciego. La primera lectura nos advierte: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura … porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón». Se trata de una advertencia salvadora tanto para los elegidos, en los que crece la espera mientras se acercan a la Pascua, como para el resto de la comunidad. La oración después de la comunión afirma que Dios ilumina a todo hombre que viene a este mundo, pero el reto proviene del hecho que, de modo más o menos intenso, nos dirijamos a la luz o, por el contrario, nos alejemos de ella.

El homileta puede invitar a quien le escucha a notar cómo el hombre nacido ciego comienza a ver progresivamente y la creciente ceguera de los adversarios de Jesús. El hombre curado inicia la descripción de su sanador como «ese hombre que se llama Jesús»; después profesa que es un profeta; y finalmente proclama: «¡Creo, Señor!», y adora a Jesús. Los fariseos, por su parte, se convierten poco a poco en más ciegos; inicialmente admiten que se ha producido el milagro, después llegan a negar que se haya tratado de un milagro y, finalmente, expulsan fuera de la sinagoga al hombre que se ha curado. A lo largo de la narración, los fariseos afirman con seguridad lo que saben, mientras el ciego admite su propia ignorancia.

El pasaje del Evangelio se cierra con Jesús que advierte cómo su venida ha generado una crisis en el sentido literal del término, es decir, un juicio; Él otorga la vista al ciego pero los que ven se convierten en ciegos. En respuesta a la objeción de los fariseos, él dice: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis. Vuestro pecado persiste». La iluminación recibida en el Bautismo tiene que expandirse entre las luces y sombras de nuestra peregrinación y, de este modo, después de la Comunión, rezamos: «Señor Dios … ilumina nuestro espíritu con la claridad de tu gracia, para que nuestros pensamientos sean dignos de ti y aprendamos a amarte de todo corazón».
(Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 73 – 74)


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Santos Padres: San Juan Crisóstomo - El ciego de nacimiento

Los QUE DESEAN sacar alguna utilidad de lo que se va leyendo, no pasan de prisa ni aun lo más mínimo. Pues por esto se nos ordena escrutar las Escrituras; porque muchas cosas que a primera vista parecen fáciles y sencillas, encierran oculta en sí grande profundidad de ciencia. Observa, por ejemplo, lo que al presente se nos propone: Dicho esto, escupió en tierra. ¿Por qué lo hace? Para que se manifieste la gloria de Dios y que conviene que Yo haga la obra de Aquel que me envió. No sin motivo trajo al medio esto el evangelista, y añadió que Él la había escupido; sino para declarar que Jesús confirmaba sus palabras con sus obras.

¿Por qué no usó el agua sino la saliva para hacer el lodo? Porque lo iba a enviar a Siloé, de manera que no se achacara la curación a la fuente; sino que de la boca de El procedió el poder que hizo los ojos del ciego y los abrió: para esto escupió en tierra. Esto significa el evangelista al decir: E hizo lodo con la saliva. Y para que tampoco pareciera que la virtud y poder procedían de la tierra, ordenó al ciego que fuera y se lavara. Mas ¿por qué no obró el milagro al punto, sino que envió al ciego a Siloé? Para que tú conocieras la fe del ciego y quedara confundida la tosudez de los judíos. Porque es verosímil que todos vieron al ciego cuando hacia allá se encaminaba y llevaba el lodo ungido en los ojos. Pues aquel suceso inesperado hizo que todas las miradas se volvieran a él; y así los que lo vieron y sabían lo hecho por Jesús y también los que lo ignoraban, estaban atentos para ver en qué terminaba el negocio.

Como no era cosa fácilmente creíble que un ciego recobrara la vista, Jesús prepara por estos largos rodeos a muchos testigos y muchos que contemplaran caso tan insólito; de modo, que habiendo atendido, ya no pudieran decir: Es el mismo, no es el mismo. Además, quiere Jesús demostrar que no es contrario a la Antigua Ley, pues remite al ciego a Siloé. Tampoco había peligro de que el milagro se atribuyera a la piscina y su virtud, pues muchos se habían lavado en ella los ojos sin haber conseguido bien alguno. Aquí todo lo hace el poder de Cristo. Por lo cual el evangelista añadió la interpretación de la palabra.

Porque una vez que dijo Siloé, añadió: que quiere decir enviado. Lo hizo para que entiendas que fue curado el ciego por Cristo, como ya lo dijo Pablo: Bebían de una roca espiritual que los acompañaba. La roca que era Cristo*1. Así como Cristo era la roca espiritual, así también espiritualmente era Siloé. Por, mi parte creo que esa repentina presencia del agua en el relato nos está indicando un misterio profundo. ¿Cuál? Una aparición inesperada y fuera de la expectación de todos.

Advierte la obediencia del ciego, que todo lo pone en práctica. No dijo: Si el lodo o la saliva me vuelven la vista ¿qué necesidad tengo de ir a Siloé? Y si es Siloé lo que me cura ¿qué necesidad tengo de la saliva? ¿Por qué me ungió así y me mandó que me lavara? Nada de eso dijo ni le pasó por el pensamiento; sino que en sola una cosa estaba fijo su propósito: en obedecer al que se le mandaba. Y nada lo detuvo, de nada se escandalizó.

Y si alguno preguntara: ¿cómo sucedió que al quitarse el lodo recobró la vista? no le responderemos otra cosa, sino que nosotros no lo sabemos. Pero ¿cómo ha de ser admirable que no lo sepamos cuando ni el evangelista mismo lo sabe, ni tampoco el ciego que recibió la salud? Sabía lo que había sucedido, pero ignoraba el modo, y no lo comprendía. Cuándo le preguntaban respondía: Me puso lodo en los ojos y me lavé y veo. Mas no sabía decir el modo como aquello se verificó, aun cuando millares de veces se lo preguntaran.

Dice el evangelista: Los vecinos y cuantos lo conocían de antes que pedía limosna, decían: ¿No es éste aquel que sentado pedía limosna? Y unos decían: ¡Sí, es él! Lo insólito de la cosa los llevaba a la incredulidad a pesar de todo lo que se había previsto para que creyeran. Otros decían: ¿No es éste el que pedía limosna? ¡Oh Dios! ¡Cuán inmenso es el amor de Dios a los hombres! Hasta dónde se abaja cuando con benevolencia tan grande cura a los mendigos y por este medio impone silencio a los judíos, extendiendo su providencia no únicamente a los príncipes, ilustres y preclaros, sino también a los hombres oscuros y humildes. Es que vino para salvarlos a todos.

Lo que había acontecido cuando lo del paralítico se repite ahora. Tampoco aquél sabía quién era el que lo había curado, lo mismo que este ciego. Sucedió así por haberse apartado Cristo de aquel sitio. Pues cuando curaba, luego se apartaba para que ninguno sospechara acerca del milagro. Quienes ni siquiera lo conocían ¿cómo iban a fingir los milagros por adularlo o favorecerlo? Por otra parte, este ciego no era un vagabundo, sino que se sentaba a la puerta del templo.

Como todos dudaran acerca de su identidad, él ¿qué les dice?: Yo soy. No se avergonzó de su anterior ceguera, ni temió la cólera de la plebe, ni tembló de presentarse ante todos para proclamar a su bienhechor. Le preguntan: ¿cómo se te abrieron los ojos? Les responde: El hombre que se llama Jesús hizo lodo y me ungió. Observa la veracidad del ciego. No afirma cómo lo hizo Jesús; no afirma sino lo que vio. No había visto a Jesús escupir en tierra; pero por el sentido del tacto conoció que lo había ungido. Y me dijo: Anda, lávate en la piscina de Siloé. Todo esto lo testificaba por haberlo oído.

Pero ¿cómo conoció la voz de Cristo? Por el coloquio de Cristo con sus discípulos. Cuenta todo eso y pone como testimonio las obras, aun cuando no pueda decir cómo se llevaron a cabo. Ahora bien, si en las cosas que por el tacto se perciben es necesaria la fe, mucho más lo será en las que no se ven ni pueden percibirse. Le preguntan: ¿dónde está él? Respondió: No lo sé. Le preguntaban en dónde estaba El, con el ánimo de matarlo. Observa cuán ajeno está Cristo del fausto y cómo no estaba presente cuando le fue restituida la vista al ciego. Es que no buscaba la gloria vana ni los aplausos del pueblo. Observa también con cuánta sinceridad responde a todo el ciego. Buscaban a Cristo para llevarlo ante los sacerdotes; pero como no lo encontraron se llevaron al ciego ante los fariseos, para que éstos más apretadamente lo interrogaran. Por lo cual el evangelista advierte que aquel día era sábado, dando a entender la mala disposición de ánimo de los fariseos y cómo andaban buscando ocasión de calumniar el milagro, pues parecía que Cristo había quebrantado la ley del sábado.

Por aquí queda manifiesto el porqué de que apenas vieron al ciego, lo primero que le preguntaron fue: ¿Cómo te abrió, los ojos? Nota cómo no le preguntaron: ¿cómo has vuelto a ver?, sino: ¿Cómo te abrió los ojos?, ofreciéndole así una oportunidad para calumniar a Jesús por lo que había hecho. El ciego lo refiere con brevedad como a gente que no lo ignora. No les declaró el nombre. No les refirió lo de: Anda, lávate. Sino solamente: Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo. Lo hace como a quienes ya grandemente habían calumniado a Jesús y habían exclamado: ¡Ved cuán grandes obras hace en sábado: hasta unge con lodo!

Por tu parte, advierte y pondera cómo el ciego no se turba. Cuando fue interrogado la primera vez y respondió sin que hubiera peligro alguno, no parece que fuera tan eximia cosa confesar la verdad. Pero esto segundo es verdaderamente digno de admiración. Puesto en ocasión de mayor miedo y terror, nada niega, nada contradice de lo que ya había afirmado. ¿Qué dicen los fariseos y aun otros? Habían llevado ante ellos al ciego esperando que negaría el hecho. Pero sucedió lo contrario de lo que esperaban, de modo que conocieron el milagro con mayor exactitud: cosa que continuamente les acontecía en lo referente a los milagros. En lo que sigue lo demostraremos con mayor claridad.

¿Qué dicen, pues, los fariseos? Dijeron algunos (no todos sino los más petulantes): Este hombre no viene de Dios, pues no guarda el sábado. Otros decían: ¿cómo puede un hombre pecador hacer tales milagros? ¿Adviertes cómo los milagros los atraían? Pues aquellos que habían sido enviados para traer al ciego, oye ahora lo que dicen, aunque no todos. Como eran ellos los príncipes, cayeron en la incredulidad por el ansia de vanagloria. Sin embargo muchos de esos príncipes creyeron en El, aunque en público no lo confesaban.

En cuanto al pueblo, se le desprecia porque nada notable aportaba en las sinagogas. Pero en cuanto a los príncipes, profesaban tener mayor dificultad en creer, unos por amor al principado obstaculizados, otros por el temor de los demás. Por lo cual Cristo les había dicho: ¿Cómo podéis creer vosotros que captáis la gloria de los hombres?*2 Los que injustamente se empeñaban en asesinarlo, se decían ser de Dios; y en cambio de aquel que curaba a los ciegos decían que no podía ser de Dios, pues no guardaba el sábado.

A quienes así se expresaban, los otros les oponían que un pecador no podía hacer tales milagros. Pero aquéllos, omitiendo astutamente el milagro, lo llamaban transgresión, porque no decían cura en sábado, sino: No guarda el sábado. Estos otros flojamente proceden, ya que lo conveniente era demostrar que no se violaba el sábado, pero ellos se detenían en lo del milagro y de él argumentaban; y con razón procedían así, pues aún juzgaban a Jesús sólo hombre. Podían haberlo defendido de otro modo, y decir que era Señor del sábado y su autor; pero todavía no lo pensaban así.

Por lo menos ninguno de ellos se atrevía a profesar abiertamente lo que interiormente juzgaba, sino que proponían la cosa en forma de duda y se sentían cohibidos unos por el Amor al principado y otros por el miedo. De modo que: Había desacuerdo entre ellos. Ese fenómeno que primero se dio entre el pueblo, ahora pasa también a los príncipes. Los del pueblo, unos decían: Es bueno; otros: No, sino que seduce a las turbas*3 ¿Adviertes cómo los príncipes, más discordantes entre sí que el pueblo mismo, andan divididos? Y una vez así divididos, ya no mostraron nobleza alguna, pues veían que los fariseos los apuraban. Si se hubiera hecho la división total y se hubieran apartado unos de otros, muy pronto habrían encontrado la verdad. Porque puede darse una discusión correcta. Por lo cual decía Cristo: Yo no he venido a traer paz a la tierra, sino espada*4.

Porque hay una concordia que es mala y una discordia que es buena. Los que edificaban la torre de Babel concordes andaban, pero en daño suyo; y a su pesar, pero para provecho de los mismos fueron divididos. Coré malamente concordaba con sus compañeros y por esto justamente fueron separados del pueblo. También Judas malamente se avino con los judíos. De modo que puede haber una discordia buena y una concordia mala. Por lo mismo dijo Cristo: Si tu ojo te escandaliza, sácalo y arrójalo; y a tu pie córtalo*5. Ahora bien, si es necesario cortar un miembro malamente discordante ¿acaso no es más conveniente apartarse y arrancarse de amigos malamente concordes? En resumidas cuentas, que no siempre es buena la concordia ni siempre es mala la discordia. Digo esto para que huyamos de los malos y nos unamos a los buenos. Si cortamos los miembros podridos que ya no tienen curación para que no destruyan el resto del cuerpo; y no lo hacemos por desprecio del miembro, sino para conservar sanos los demás ¿cuánto más debemos hacerlo con los que malamente nos están unidos?

Si pudiéramos no recibir de ellos daño porque se enmendaran, deberíamos intentarlo con todo empeño; pero si son incorregibles y nos dañan, es indispensable cortarlos y arrojarlos de nosotros. Con esto ellos mismos sacarán con frecuencia mayor ganancia. Por lo cual Pablo exhorta: Quitad al malo de entre vosotros, a fin de que se aparte de entre vosotros, el que hizo eso*6. Porque es pernicioso, sí, pernicioso es el comercio con los perversos. No se propaga la peste con tanta presteza, ni la roña, entre los afectados, como la maldad de los perversos; porque: Malas compañías corrompen las buenas costumbres*7. Y el profeta dice: Salid de en medio de ellos y separaos*8.

En consecuencia, que nadie tenga algún amigo perverso. Si a los hijos perversos los desheredamos, sin tener en cuenta las leyes de la naturaleza ni los parentescos, mucho más conviene huir de los parientes y amigos si son perversos. Aun cuando ningún daño nos viniera de ellos, no podremos evitar la mala fama. Porque los demás no investigan nuestra vida sino que nos juzgan por los compañeros. Lo mismo ruego a las casadas y a las doncellas. Pues dice Pablo: Solícitos en hacer lo bueno no solamente delante de Dios sino también de los hombres*9. Pongamos, pues, todos los medios para no escandalizar a los prójimos. Aunque nuestra vida sea correctísima, si escandaliza, todo lo pierde. ¿Cómo puede suceder que una vida correcta escandalice? Cuando la compañía de los malos engendra mala fama. Cuando convivimos confiadamente con los perversos, aunque no recibamos daño pero escandalizamos a otros.

Esto lo digo para los varones, las mujeres, las doncellas; y dejo a su conciencia examinar cuán graves males se sigan de eso. Por mi parte, nada malo sospecho, ni quizá otro más perfecto que yo; pero tu hermano, que es más sencillo, se ofende de tu perfección; y es necesario tener en cuenta su debilidad. Por otra parte, aun cuando él no se escandalice, pero se escandaliza el gentil; y Pablo nos manda no escandalizar ni a judíos ni a griegos ni a la Iglesia de Dios.

Yo nada malo sospecho de la doncella, pues amo y estimo la virginidad; y la caridad nada malo piensa*10. Yo amo sobremanera esa forma de vivir y no puedo pensar nada malo. Pero ¿cómo lo persuadiremos a los infieles? Porque es necesario tener cuenta también con ellos. Ordenemos nuestra vida en tal forma que ningún infiel halle ocasión de escándalo. Así como quienes viven correctamente glorifican al Señor, los que así no proceden son causa de que se le blasfeme.

¡Lejos tal cosa, que los haya entre nosotros! Sino que así luzcan nuestras obras que sea glorificado el Padre que está en los Cielos y nosotros disfrutemos de su gloria. Ojalá que todos la obtengamos por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea la gloria al Padre juntamente con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. —Amén.
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan (2), Homilía LVII (LVI), Tradición México 1981, p. 108-14)

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*1- 1 Co 10, 4
*2- Jn 5, 44
*3- Jn 7, 12
*4- Mt 10, 34
*5- Mt 5, 20; 18, 8
*6- 1 Co 8, 13 y 2
*7- 1 Co 15, 33
*8- Jr 51, 45
*9 Rm 12, 17
*10- 1 Co 13, 5-7


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Aplicación: P. José A. Marcone, I.V.E. - El ciego de nacimiento (Jn 9,1-41)

Introducción

Los evangelios de los tres últimos domingos de Cuaresma han sido elegidos de acuerdo al último tramo del itinerario del catecumenado bautismal. En efecto, esos tres domingos están reservados para la última preparación del catecúmeno. Y a cada uno de estos domingos le corresponde un escrutinio, es decir, el acto de la Iglesia por el cual escruta las disposiciones del adulto que ha pedido el Bautismo. A este cuarto domingo de Cuaresma corresponde el segundo escrutinio.

Cada escrutinio tiene dos oraciones importantes: una oración de exorcismo y una oración sobre los elegidos. Estas oraciones son las que expresan el nexo que existe entre el evangelio de la Misa y el Bautismo. A este cuarto domingo de Cuaresma corresponde el evangelio de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9). Y las dichas oraciones son las siguientes:

Oración de Exorcismo: “Padre clementísimo, que concediste al ciego de nacimiento que creyera en tu Hijo, y que por esta fe alcanzara la luz de tu reino, haz que tus elegidos, aquí presentes, se vean libres de los engaños que les ciegan, y concédeles que, firmemente arraigados en la verdad, se transformen en hijos de la luz, y así pervivan por los siglos”*1.

Oración sobre los elegidos: “Señor Jesús, luz verdadera, que iluminas a todo hombre, libra por el Espíritu de la verdad a todos los tiranizados bajo el yugo del padre de la mentira, y a los que has elegido para recibir tus sacramentos, llénalos de buena voluntad, a fin de que, disfrutando con el gozo de tu luz, como el ciego que recobró de tu mano la claridad, lleguen a ser testigos firmes y valientes de la fe” *2.

Vemos, entonces, que en el evangelio de la curación del ciego de nacimiento hay una clara correlación: la luz de los ojos físicos del ciego alcanzada por el contacto con el agua de la piscina de Siloé es símbolo de la fe y de la verdad sobre Cristo, que son la luz del alma, la cual se alcanza a través del contacto con el agua del Bautismo.

Este evangelio se aplica especialmente a aquellos adultos que se preparan para el Bautismo, pero se aplica igualmente a todos aquellos que ya han sido bautizados y que deben recordar la virtualidad del Bautismo y sus exigencias*3.

1. El milagro de la curación y su relación con el Bautismo

Si en el evangelio de la Samaritana Jesucristo quiso manifestar la virtud del Bautismo en cuanto da el Espíritu Santo que perdona los pecados y confiere la gracia, aquí, en el evangelio del ciego de nacimiento, Jesucristo ha querido realizar un milagro para manifestar la virtud del Bautismo en cuanto ilumina el alma y da la luz de la fe.

Es indudable que Jesucristo ha querido realizar un gesto específicamente sacramental, es decir, un gesto donde hay un signo sensible que, informado por la palabra, logra eficazmente la luz del alma, que es la fe sobrenatural y la convicción de la verdad sobre Cristo.

El gesto de hacer barro con su saliva ya tenía un antecedente sacramental, pues en Mc 7,33-34 Jesús toca con su saliva la lengua de un sordomudo y diciendo la palabra ‘¡ábrete!’ (effatá), lo cura de su sordera y su mudez. Éste gesto pasará luego al rito del Bautismo, gesto que se realiza incluso en el rito actual. De la misma manera, en el evangelio de hoy, el hacer barro con su propia saliva y cubrir los ojos con ese barro tiene un claro significado sacramental*4.

Pero el gesto clave que pone en relación la curación del ciego con el Bautismo es el hecho de que Jesús le ordene lavarse en la piscina y que, efectivamente, el ciego lo haga. Y una aclaración aparentemente secundaria del evangelista es importantísima para darle el sentido real y verdadero al gesto: la piscina*5 se llamaba Siloé, que en hebreo significa ‘enviado’ (Jn 9,7). ‘Enviado’ es, precisamente, uno de los nombres de Jesús: ‘el enviado del Padre’ (Jn 5,6; 6,29.38.39.44.57; 7,16; etc.). Por lo tanto, el acto de lavarse los ojos en la piscina ‘Enviado’ para adquirir la vista es símbolo de que es Cristo quien, a través del Bautismo, da la iluminación del alma, es decir, la fe en Dios y la fe en la divinidad del propio Cristo.

Dice Raymond Brown: “Este significado simbólico de la piscina en el cuarto evangelio ha inducido a Tertuliano y Agustín a ver en nuestra página una referencia bautismal, además del significado obvio de la luz que sana la ceguera. En el arte antiguo de las catacumbas la curación del ciego es, en efecto, un símbolo del Bautismo”*6.

El hecho de que el ciego lo sea de nacimiento*7, cosa que San Juan se preocupa en subrayar, es un signo del pecado original. En efecto, San Agustín relacionaba la ceguera de nacimiento con el pecado original que lleva el hombre desde su concepción. “Este ciego es el género humano”, decía San Agustín*8. La pasta cenagosa que el mismo Jesús puso sobre sus ojos y que fue removida por el agua de la piscina viene a significar la destrucción del pecado original y de todo pecado por obra del Bautismo.

Pero, como decíamos, el matiz que Jesucristo quiere subrayar al hacer este milagro es la consecuencia que se sigue de la destrucción del pecado y la donación de la gracia por obra del Bautismo, es decir, la iluminación que llega al alma por la virtud teologal de la fe y la convicción plena en la verdad sobre Jesucristo. Por eso, precisamente, es que, antes de hacer el milagro, en Jn 9,5, Jesucristo dice: “Yo soy la luz del mundo”. De esta manera, antes de hacer el milagro, Jesucristo quiere dar el sentido y la significación del milagro que va a hacer.

2. El ciego curado, modelo de bautizado

Las oraciones del segundo escrutinio de la última etapa del catecumenado, transcritas más arriba, ponen al ciego de nacimiento como ejemplo en el modo de recepción del Bautismo y, por lo tanto, es también un ejemplo para todo ya bautizado.

En efecto, es, sobre todo, un ejemplo de discernimiento acerca de la procedencia de Jesús. Para él, al revés que para los fariseos, es imposible que Jesús sea un pecador “porque Dios no escucha a los pecadores” (Jn 9,31). Y su conclusión es definitiva: “Este hombre es de Dios” (cf. Jn 9,33)*9. Los fariseos llegan a una conclusión totalmente opuesta: “Éste hombre no es de Dios” (Jn 9,16)*10.

El discernimiento del ciego lo lleva todavía más lejos y hace un juicio certero acerca de la identidad específica de Jesús: “Es un profeta” (Jn 9,17). De esta manera lo pone a la altura de los grandes profetas de Israel: Elías, Isaías, Jeremías, etc.

Sin embargo, donde el ciego se alza como ejemplo modélico para todo bautizado es cuando su mente se abre al reconocimiento de la divinidad de Jesucristo, que es, precisamente, la finalidad del milagro y el fruto más preciado del Bautismo. Este reconocimiento se realiza en la conversación con Jesús al final del capítulo. Jesús le revela y le anuncia que Él es el Hijo del hombre y el ciego afirma que cree con fe sobrenatural en esa verdad. En esa fe del ciego está incluida la fe en la divinidad de Jesucristo.

En efecto, la expresión ‘Hijo del hombre’ con la que Jesús especialmente se designa a sí mismo la tomó de Dan 7,13-14. Dice el profeta Daniel en esos versículos: “Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás”. Sin ningún lugar a dudas, esta profecía se refiere al Mesías. Pero, además, el hecho de que este ‘Hijo de hombre’ venga ‘en las nubes del cielo’ da a este personaje rango divino, si bien no es una afirmación taxativa de su divinidad. La nube en el AT es símbolo de la divinidad. Pero lo que es más específico es el verbo que la mayoría de las biblias españoles traducen como ‘le sirvieron’ o ‘le servían’.

Ese verbo es el verbo arameo pheláj, que significa ‘adorar’*11. Esto queda confirmado por la traducción que de esta forma verbal hace la biblia griega de los LXX. Esta biblia traduce con el verbo griego latréuo, que significa ‘adorar’*12.

Por lo tanto, en donde la Biblia de Jerusalén traduce ‘le sirvieron’ (Dan 7,14), habría que traducir ‘le adoraron’. Hay dos biblias en castellano, “La Biblia al día” y “Nueva Versión Internacional de la Biblia” (1984), que traducen de este modo: ‘Le adoraron’.

Por esta razón, todo judío bien instruido, como evidentemente lo estaba el ciego, sabía que el ‘Hijo del hombre’ tenía prerrogativas divinas y merecía un trato como el trato que se da a Dios. Por eso es que cuando el ciego dice “Creo”, está haciendo un acto de fe en la divinidad de Cristo.

Esto queda confirmado por el gesto que inmediatamente hace el ciego y que la Biblia de Jerusalén traduce: “Y se postró ante Él” (Jn 9,38). San Juan usa el verbo proskynéo que significa, en primer lugar, ‘adorar’*13. Pero el dato más impresionante quizá sea el hecho de que San Jerónimo, en la Vulgata, traduzca así: “Et procidens adoravit eum”, “y, postrándose, lo adoró” (Jn 9,38).

“Creo que eres el Hijo del hombre que anunció el profeta Daniel”, y, postrándose, lo adoró. He aquí la finalidad del milagro de Jesús perfectamente consumada. He aquí la realización del simbolismo del milagro: el agua de la piscina ‘Enviado’ es símbolo de Cristo que, a través del Bautismo, otorga la gracia de poder creer en Él como Dios hecho hombre.

Pero el ciego curado no se contentó con hacer una profesión de fe perfecta en la divinidad de Jesucristo. También supo luchar para oponerse al error contrario. En efecto, sin ningún temor a la amenaza de ser expulsado de la Sinagoga (cf. Jn 9,22), les echó en cara a los fariseos sus incongruencias, sin temer usar una ironía que no era sino una corrección fraterna para hacerles notar el encarnizamiento que se escondía atrás de su escrupulosa investigación sobre Jesús: “¿Acaso ustedes también quieren hacerse sus discípulos?” (Jn 9,27).

Y, de hecho, será expulsado de la Sinagoga por su adhesión a Jesús, como lo dice el versículo 9,34*14. Se cumple así, por anticipado, la profecía de Jesús sobre sus discípulos: “Los expulsarán de la Sinagoga” (Jn 16,2).

¡Qué distinta es la actitud del ciego de nacimiento a la actitud de sus mismos padres! En efecto, ellos, por temor a ser expulsados de la Sinagoga, mintieron diciendo que no sabían cómo había sido curado su hijo y mandan al frente, literalmente, a su propio hijo (Jn 9,20-23), para que, en todo caso, sea a él a quien expulsen de la Sinagoga.

¡Qué distinta es la actitud del ciego de nacimiento a la actitud de aquel otro ‘miracolato’ del capítulo 5 de San Juan! En aquella ocasión, en un acontecimiento muy parecido al de hoy, un paralítico es curado en la piscina de Betesda. Pero este paralítico no se hace la más mínima pregunta acerca de la identidad o procedencia de Jesús. No tiene ningún interés religioso. Aún más, se pone del lado de los fariseos, denunciándolo por haber hecho una curación en sábado (Jn 5,15). Esto hace brillar aún más la valentía y la virtud del ciego de nacimiento.

Por eso, el cristiano bautizado de hoy, en el siglo XXI, debe confrontarse con la actitud del ciego de nacimiento y ver si tiene esas mismas virtudes. ¿Es el Bautismo para mí un motivo de iluminación de mi mente para afirmar con convicción la divinidad de Jesucristo? ¿Me preocupo por investigar minuciosamente acerca de la persona de Jesús y acerca de los principios de mi religión católica? ¿Soy capaz de defender con valentía a Jesús delante de los modernos fariseos, es decir, aquellos que niegan que Jesús provenga de Dios? ¿Soy capaz de hacerlo aun cuando me expulsen de sus ‘sinagogas’, es decir, de sus ambientes de opinión y de adulación?

3. Los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas

La oración sobre los elegidos del segundo escrutinio, el correspondiente a este domingo, dice claramente que aquellos que niegan que Jesús procede de Dios son “los tiranizados bajo el yugo del padre de la mentira”, es decir, del diablo. El ciego de nacimiento, a través del milagro operado en él, creyó en la procedencia divina de Jesús y de esa manera el Espíritu de la verdad lo libró de la tiranía y del yugo del padre de la mentira.

La expresión ‘padre de la mentira’ aplicada al diablo fue acuñada por el mismo Cristo refiriéndose precisamente, a los fariseos: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Este era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44).

Esta referencia al diablo, ‘padre de la mentira’ termina de cerrar el simbolismo del milagro y, por ende, del mismo Bautismo. Así como la iluminación que recibió el ciego es símbolo de la verdad, así también las tinieblas o la oscuridad son signo de la mentira.

Jesucristo hace mención a esta oposición luz – tinieblas, verdad - mentira en el evangelio de hoy cuando dice: “Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo” (Jn 9,4-5). La noche y las tinieblas están en relación con el diablo y sus hijos, porque las tinieblas significan la mentira. También Judas es hijo de las tinieblas e hijo del padre de la mentira. En la última cena traicionó a Jesús por instigación del padre de la mentira: “Y entonces, tras el bocado entró en él Satanás. (…) En cuanto tomó Judas el bocado salió. Era de noche” (Jn 13,27.30). Con una delicada pincelada literaria el evangelista San Juan pone en contacto a Satanás y Judas con las tinieblas: ‘Era de noche’. Y en el momento en que lo apresan en el huerto, Jesús dice: “Esta es vuestra hora, la del poder de las tinieblas” (Lc 22,53; cf. también Jn 3,19-21).

Y la primera lectura, tomada de San Pablo y elegida especialmente por la Iglesia para que sirva de interpretación del evangelio, insiste sobre este tema: “Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad. Sepan discernir lo que agrada al Señor, y no participen de las obras estériles de las tinieblas; al contrario, pónganlas en evidencia” (Ef 5,8-11). Estas palabras de San Pablo parecen una descripción de la actitud valiente y creyente del ciego de nacimiento. Cada una de las exhortaciones hechas por San Pablo fueron puestas en práctica con escrupulosidad por ciego de nacimiento curado por Jesús. Y por esta razón son también una exhortación para nosotros.

Vivimos en un mundo en el que la mentira ha ganado ya derechos de ciudadanía. Los grandes medios de comunicación social, los mass media, encargados de la sacra misión de administrar la palabra para que llegue en toda su verdad a los hombres, se han convertido, en su inmensa mayoría, en hijos del padre de la mentira. Como dice el poeta: “El aire lleva mentiras / y el que dice que no, miente; / que diga que no respira”.

El bautizado de hoy debe hacerle caso a San Pablo e imitar al ciego de nacimiento; debe, por lo tanto, saber desenmascarar con valentía las obras estériles de las tinieblas, la primera entre ellas, la mentira. El bautizado de hoy debería darse cuenta el volumen de mentira que inunda los mass media. Debería tener el criterio y el discernimiento necesario para darse cuenta que están bajo el dominio del padre de la mentira y que, por lo tanto, no puede guiarse por ellos. Hacer esto es ser hijo de la luz, es decir, hijo de la verdad.

Pidámosle esta gracia a la Virgen María.

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*1- Ritual de la iniciación cristiana de adultos, nº 171.
*2- Ritual de la iniciación cristiana de adultos, nº 171.
*3- El Directorio Homilético dice: “El homileta tendría que esforzarse en relacionar al conjunto de la comunidad con el camino de preparación de los elegidos” (Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 70).
*4- Raymond Brown, incluso llega a preguntarse si el gesto de hacer barro con su saliva y ponerlo en los ojos del ciego no estará directamente relacionado con la unción del crisma en el rito del Bautismo (Brown, R., Il Vangelo e le lettere di Giovanni. Breve commentario, Editrice Queriniana, Brescia, 1994, p. 76).
*5- ‘Piscina’, en griego se dice kolymbéthra. Esta palabra proviene del verbo kolymbáo, que significa ‘hundirse en el agua’ y por eso, también ‘nadar’ (Strong, Multiléxico, nº 2860). Por lo tanto, kolymbéthra es el lugar para sumergirse en el agua, precisamente lo que sucede en el Bautismo: la inmersión en el agua que destruye el pecado y da la gracia.
*6- Brown, R., Il Vangelo…, p. 77; traducción nuestra.
*7- A diferencia del ciego de Mc 8.
*8- Cf. Brown, R., Il Vangelo…, p. 76.
*9- Usa aquí San Juan el verbo eimí (ser) y la preposición pará seguida de la palabra ‘Dios’ en genitivo (Theoû). El sentido propio de la preposición pará es ‘al lado de’, pero sin contacto con la cosa. Pero cuando pará está seguido de un sustantivo en genitivo, entonces expresa origen y punto de partida (cf. Fontoynont, V., Vocabulario griego, Editorial Sal Terrae, Santander, 1966, p. 32. 34). Por eso, cuando el ciego de nacimiento dice: “Si este no fuera de Dios, no podría hacer nada”, ese ‘de’ que ponemos en castellano no indica pertenencia sino procedencia. Para ilustrar esto podríamos decir que en inglés no habría que usar el ‘of’ sino el ‘from’; o en italiano no habría que usar del ‘di’, sino el ‘da’. En castellano no tenemos dos palabras diferentes para expresar pertenencia y procedencia. El ‘de’ castellano expresa ambos conceptos, que son muy distintos entre sí.
*10- En griego, hoûtos ho ánthropos ouk ésti parà Theoû. La misma construcción sintáctica que en Jn 9,33.
*11- Para Strong y Tuggy este verbo significa en primer lugar ‘adorar’ (cf. Multiléxico, nº 6399). Para Vogt tiene tres significados diferentes: 1. Cultivar la tierra; 2. Servir; 3. Rendir culto como a Dios (Vogt, E., Lexicon lingue aramaicae Veteris Testamenti, Pontificium Institutum Biblicum, Roma, 1971, p. 138).
*12- He elencado hasta ocho diccionarios diferentes que afirman que el significado primario de latréuo es adorar. Ellos son: Tuggy, Vine, Friberg, Louw-Nida, Liddell-Scott, Thayer, Moulton-Milligan y Danker.
*13- Esto lo afirman, entre otros, Tuggy, Vine y Swanson (cf. Multilexico, nº 4352). San Juan usa, aparte de en este lugar, nueve veces más este verbo, las nueve veces en el sentido de ‘adorar a Dios’ (Jn 4,20.21.22.23; 12,20). La concentración del verbo proskynéo (ocho veces en cuatro versículos) y el significado indubitable que tiene en esos versículos de Jn 4, durante la conversación con la Samaritana, debería bastar para convencerse que el sentido primario de proskynéo en San Juan es ‘adorar’.
*14- En efecto, en 9,34 se dice: “Y lo arrojaron fuera” (en griego, exébalon autòn èxo). Esto no puede referirse a un movimiento local, como quien echa a alguien de una habitación o de una casa, porque el versículo siguiente dice: “Escuchó Jesús que lo arrojaron fuera…” (ékousen ho Iesoûs hóti exébalon autòn éxo), e inmediatamente se narra la conversación con Jesús. Si lo hubieran simplemente echado de una casa o recinto no hubiera sido motivo para que se convierta en noticia y mucho menos para que Jesús lo busque para conversar con él. Se trata de la expulsión de la Sinagoga, tal como lo anunciaba el versículo 22. La traducción de Martín Nieto dice: “Y lo expulsaron de la Sinagoga”. Brilla aquí también la misericordia de Jesús que no deja ‘en la estacada’ al ciego que fue expulsado de la Sinagoga por hacer una recta confesión de Él.


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Aplicación: San Juan Pablo II - Creo, Señor

Amadísimos hermanos y hermanas:
1. "Laetare, Jerusalem...". Con estas palabras del profeta Isaías la Iglesia nos invita hoy a la alegría, en la mitad del itinerario penitencial de la Cuaresma. La alegría y la luz son el tema dominante de la liturgia de hoy. El evangelio narra la historia de "un hombre ciego de nacimiento" (Jn 9, 1). Al verlo, Jesús hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos y le dijo: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa "Enviado"). Él fue, se lavó, y volvió con la vista" (Jn 9, 6-7).

El ciego de nacimiento representa al hombre marcado por el pecado, que desea conocer la verdad sobre sí mismo y sobre su destino, pero se ve impedido por una enfermedad congénita. Sólo Jesús puede curarlo: él es "la luz del mundo" (Jn 9, 5). Al confiar en él, todo ser humano espiritualmente ciego de nacimiento tiene la posibilidad de "volver a la luz", es decir, de nacer a la vida sobrenatural.

2. Además de la curación del ciego, el evangelio da gran relieve a la incredulidad de los fariseos, que se niegan a reconocer el milagro, dado que Jesús lo ha realizado en sábado, violando, a su parecer, la ley de Moisés. Se manifiesta así una elocuente paradoja, que Cristo mismo resume con estas palabras: "Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos" (Jn 9, 39).

Para quien encuentra a Jesús, no hay términos medios: o reconoce que lo necesita a él y su luz, o elige prescindir de él. En este último caso, tanto a quien se considera justo ante Dios como a quien se considera ateo, la misma presunción les impide abrirse a la conversión auténtica.

3. Amadísimos hermanos y hermanas, nadie debe cerrar su corazón a Cristo. A quien lo acoge, él le da la luz de la fe, una luz capaz de transformar los corazones y, por consiguiente, las mentalidades y las situaciones sociales, políticas y económicas dominadas por el pecado. "Creo, Señor" (Jn 9, 38). Cada uno de nosotros, como el ciego de nacimiento, debe estar dispuesto a profesar humildemente su adhesión a él.

Nos lo obtenga la Virgen santísima, totalmente envuelta en el resplandor de la gracia divina.
(Ángelus, domingo 10 de marzo de 2002)


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Aplicación: Benedicto XVI -  Camino de fe

Queridos hermanos y hermanas: El itinerario cuaresmal que estamos viviendo es un tiempo especial de gracia, durante el cual podemos experimentar el don de la bondad del Señor para con nosotros. La liturgia de este domingo, denominado «Laetare», nos invita a alegrarnos, a regocijarnos, como proclama la antífona de entrada de la celebración eucarística: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis; alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos» (cf. Is 66, 10-11). ¿Cuál es la razón profunda de esta alegría? Nos lo dice el Evangelio de hoy, en el cual Jesús cura a un hombre ciego de nacimiento. La pregunta que el Señor Jesús dirige al que había sido ciego constituye el culmen de la narración: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» (Jn 9, 35). Aquel hombre reconoce el signo realizado por Jesús y pasa de la luz de los ojos a la luz de la fe: «Creo, Señor» (Jn 9, 38).

Conviene destacar cómo una persona sencilla y sincera, de modo gradual, recorre un camino de fe: en un primer momento encuentra a Jesús como un «hombre» entre los demás; luego lo considera un «profeta»; y, al final, sus ojos se abren y lo proclama «Señor». En contraposición a la fe del ciego curado se encuentra el endurecimiento del corazón de los fariseos que no quieren aceptar el milagro, porque se niegan a aceptar a Jesús como el Mesías. La multitud, en cambio, se detiene a discutir sobre lo acontecido y permanece distante e indiferente. A los propios padres del ciego los vence el miedo del juicio de los demás.

Y nosotros, ¿qué actitud asumimos frente a Jesús? También nosotros a causa del pecado de Adán nacimos «ciegos», pero en la fuente bautismal fuimos iluminados por la gracia de Cristo. El pecado había herido a la humanidad destinándola a la oscuridad de la muerte, pero en Cristo resplandece la novedad de la vida y la meta a la que estamos llamados. En él, fortalecidos por el Espíritu Santo, recibimos la fuerza para vencer el mal y obrar el bien. De hecho, la vida cristiana es una continua configuración con Cristo, imagen del hombre nuevo, para alcanzar la plena comunión con Dios.

El Señor Jesús es «la luz del mundo» (Jn 8, 12), porque en él «resplandece el conocimiento de la gloria de Dios» (2 Co 4, 6) que sigue revelando en la compleja trama de la historia cuál es el sentido de la existencia humana. En el rito del Bautismo, la entrega de la vela, encendida en el gran cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, es un signo que ayuda a comprender lo que ocurre en el Sacramento. Cuando nuestra vida se deja iluminar por el misterio de Cristo, experimenta la alegría de ser liberada de todo lo que amenaza su plena realización. En estos días que nos preparan para la Pascua revivamos en nosotros el don recibido en el Bautismo, aquella llama que a veces corre peligro de apagarse. Alimentémosla con la oración y la caridad hacia el prójimo.

A la Virgen María, Madre de la Iglesia, encomendamos el camino cuaresmal, para que todos puedan encontrar a Cristo, Salvador del mundo.
(Plaza de San Pedro, domingo 3 de abril de 2011)


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Aplicación: S.S. Francisco p.p. - Salir a la luz

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy nos presenta el episodio del hombre ciego de nacimiento, a quien Jesús le da la vista. El largo relato inicia con un ciego que comienza a ver y concluye —es curioso esto— con presuntos videntes que siguen siendo ciegos en el alma. El milagro lo narra Juan en apenas dos versículos, porque el evangelista quiere atraer la atención no sobre el milagro en sí, sino sobre lo que sucede después, sobre las discusiones que suscita. Incluso sobre las habladurías, muchas veces una obra buena, una obra de caridad suscita críticas y discusiones, porque hay quienes no quieren ver la verdad. El evangelista Juan quiere atraer la atención sobre esto que ocurre incluso en nuestros días cuando se realiza una obra buena. Al ciego curado lo interroga primero la multitud asombrada —han visto el milagro y lo interrogan—, luego los doctores de la ley; e interrogan también a sus padres. Al final, el ciego curado se acerca a la fe, y esta es la gracia más grande que le da Jesús: no sólo ver, sino conocerlo a Él, verlo a Él como «la luz del mundo» (Jn 9, 5).

Mientras que el ciego se acerca gradualmente a la luz, los doctores de la ley, al contrario, se hunden cada vez más en su ceguera interior. Cerrados en su presunción, creen tener ya la luz; por ello no se abren a la verdad de Jesús. Hacen todo lo posible por negar la evidencia, ponen en duda la identidad del hombre curado; luego niegan la acción de Dios en la curación, tomando como excusa que Dios no obra en día de sábado; llegan incluso a dudar de que ese hombre haya nacido ciego. Su cerrazón a la luz llega a ser agresiva y desemboca en la expulsión del templo del hombre curado.

El camino del ciego, en cambio, es un itinerario en etapas, que parte del conocimiento del nombre de Jesús. No conoce nada más sobre Él; en efecto dice: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos» (v. 11). Tras las insistentes preguntas de los doctores de la ley, lo considera en un primer momento un profeta (v. 17) y luego un hombre cercano a Dios (v. 31). Después que fue alejado del templo, excluido de la sociedad, Jesús lo encuentra de nuevo y le «abre los ojos» por segunda vez, revelándole la propia identidad: «Yo soy el Mesías», así le dice. A este punto el que había sido ciego exclamó: «Creo, Señor» (v. 38), y se postró ante Jesús. Este es un pasaje del Evangelio que hace ver el drama de la ceguera interior de mucha gente, también la nuestra porque nosotros algunas veces tenemos momentos de ceguera interior.

Nuestra vida, algunas veces, es semejante a la del ciego que se abrió a la luz, que se abrió a Dios, que se abrió a su gracia. A veces, lamentablemente, es un poco como la de los doctores de la ley: desde lo alto de nuestro orgullo juzgamos a los demás, incluso al Señor. Hoy, somos invitados a abrirnos a la luz de Cristo para dar fruto en nuestra vida, para eliminar los comportamientos que no son cristianos; todos nosotros somos cristianos, pero todos nosotros, todos, algunas veces tenemos comportamientos no cristianos, comportamientos que son pecados. Debemos arrepentirnos de esto, eliminar estos comportamientos para caminar con decisión por el camino de la santidad, que tiene su origen en el Bautismo. También nosotros, en efecto, hemos sido «iluminados» por Cristo en el Bautismo, a fin de que, como nos recuerda san Pablo, podamos comportarnos como «hijos de la luz» (Ef 5, 9), con humildad, paciencia, misericordia. Estos doctores de la ley no tenían ni humildad ni paciencia ni misericordia.

Os sugiero que hoy, cuando volváis a casa, toméis el Evangelio de Juan y leáis este pasaje del capítulo 9. Os hará bien, porque así veréis esta senda de la ceguera hacia la luz y la otra senda nociva hacia una ceguera más profunda. Preguntémonos: ¿cómo está nuestro corazón? ¿Tengo un corazón abierto o un corazón cerrado? ¿Abierto o cerrado hacia Dios? ¿Abierto o cerrado hacia el prójimo? Siempre tenemos en nosotros alguna cerrazón que nace del pecado, de las equivocaciones, de los errores. No debemos tener miedo. Abrámonos a la luz del Señor, Él nos espera siempre para hacer que veamos mejor, para darnos más luz, para perdonarnos. ¡No olvidemos esto!

A la Virgen María confiamos el camino cuaresmal, para que también nosotros, como el ciego curado, con la gracia de Cristo podamos «salir a la luz», ir más adelante hacia la luz y renacer a una vida nueva.
(Plaza de San Pedro, domingo 30 de marzo de 2014)

(cortesía de IVE.Argentina)

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