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Domingo de Resurrección - Comentarios de Sabios y Santos:  preparemos con ellos la Acogida de la Palabra de Dios

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A su disposición
Exégesis: - R.P. José María Solé Roma, C.M.F.sobre las tres lecturas

Comentario Teológico: Beato Juan Pablo Magno - La resurrección: hecho histórico y afirmación de la fe

Comentario Teológico: Beato Juan Pablo Magno II: Del "sepulcro vacío" al encuentro con el Resucitado

Reflexión Teológica: Cardenal Antonio Cañizares - Esperanza de Resurrección

Santos Padres: San Gregorio Magno - La Resurrección

Aplicación: R.P. Carlos Miguel Buela, I.V.E. - La Resurrección sin el Resucitado

Aplicación: Mons. Fulton Sheen La herida más grave de la tierra: La tumba vacía





Falta un dedo: Celebrarla



COMENTARIOS A LAS LECTURAS DE LA FIESTA



EXÉGESIS: - R.P. José María Solé Roma, C.M.F. sobre las lecturas

Sobre la Primera Lectura (Hechos 10, 34 a. 37-43)
La Resurrección de Cristo es en la Historia de la Salvación el acontecimiento básico. Lo es para Cristo, ya que su Resurrección ilumina su mensaje, garantiza su misión y da sentido a su Vida, a su Pasión y a su Muerte. Y lo es para nosotros. Es la virtud y el poder del Resucitado el que nos hace nacer a la nueva vida, nos inunda de Espíritu Santo y prepara y asegura nuestra resurrección y glorificación.

- De ahí que en el Kerigma o predicación apostólica el punto central es la Resurrección de Cristo. Así lo constatamos en este discurso de Pedro (v. 40) igual que en los restantes esquemas del sermonario Petrino que Lucas nos ha conservado: Hechos 2, 14; 3, 12; 4, 9; 5, 29. Ser Apóstol es, ante todo, para dar testimonio de la Resurrección como testigo ocular y cualificado (Hechos 1, 22).
- En el presente discurso Pedro interpreta la vida de Jesús a la luz de su Resurrección: Aquella su primera Epifanía Mesiánica del Jordán (Lc 3, 22), en la que Jesús fue ungido de Espíritu Santo, es un anticipo y prenuncio de la Unción gloriosa de la Resurrección. En ésta, ungido de Espíritu Santo y de poder, queda constituido: Mesías (Ungido)-Señor. Es decir, el Mesías-Redentor es a través de la Resurrección MesíasSeñor. San Pablo desarrolla el mismo pensamiento cuando escribe a los Romanos: "El Hijo de Dios nacido de David según la carne, a raíz de la Resurrección fue constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu" (Rom 1, 4).

- A raíz de la Resurrección inicia Jesús un nuevo estadio de vida y de actuación: el de Señor (Hch 2, 36), Jefe y Salvador (5, 31), Juez y Salvador de vivos y muertos (10, 42), Señor en gloria o Hijo de Dios en poder, que dirá San Pablo (Flp 2, 11; Rom 1, 4), o Espíritu Vivificante, (1Cor 15, 45). Por tanto, la Resurrección de Cristo es para todos una llamada apremiante a la fe, a la conversión, al amor. El Centurión que es, incircunciso, recibe el Espíritu Santo, solo para la fe en el Resucitado, es prueba fehaciente de que Cristo es el Salvador de todos. Y por eso, exultantes de gozo pascual, ofrecemos, Señor, el Sacrificio por el que tu Iglesia es maravillosamente regenerada y vigorizada.
Sobre la Segunda Lectura (Colosenses 3, 1-4)

San Pablo, a la luz de la Resurrección de Cristo, ilumina la esencia y las exigencias de la vida cristiana: - El Bautismo, con sus ritos de inmersión y emersión, significa nuestro morir con Cristo al pecado y nuestro resucitar con Cristo a nueva vida. El hombre viejo, o sea la herencia de Adán, queda sepultado en las aguas bautismales. Renacemos a la vida de gracia; la que recibimos del Resucitado. El bautizado está en comunión con la vida celeste de Cristo.

- El Bautismo debe marcar con su sello (imprime carácter) todo el ser y todo el vivir del cristiano son bienes para él no los caducos y efímeros, sino los que Cristo le ha ganado con la Pasión y le regala con la Resurrección. En su virtud somos ya ciudadanos del cielo, donde sentado a la derecha del Padre está Cristo (v. 1), quien, como precursor, entró a favor nuestro para prepararnos el lugar (Heb 6,20; Jn 14, 2). - Todo al presente se desarrolla en fe: Vida escondida con Cristo en Dios (v. 3). Cuando llegue la Parusía gloriosa de Cristo también nosotros entraremos a participar en cuerpo y alma en la gloria del Resucitado: cuando Cristo, vida nuestra, se manifieste, también vosotros os manifestaréis juntamente con El, revestidos de gloria (v. 4).Y transfigurara nuestro cuerpo deleznable, conformándolo al Cuerpo suyo glorioso, con aquella su eficiente virtud que es poderosa para someter a Sí el universo (FIp 3, 21). "Ipse enim verus est Agnus qui abstulit peccata mundi; qui mortem nostram moriendo destruxit et vitam re­surgendo reparavit" (Pref.).
Sobre el Evangelio (Juan 20, 1-9)

Pedro y Juan, tras explorar el Sepulcro vacío, comprenden lo que a lo largo de la vida mortal de Jesús jamás habían entendido: Jesús es la Vida. Con su muerte ha vencido a la Muerte. El Sepulcro vacío es testigo de la victoria del Resucitado: "Quapropter, profusis paschalibus gaudiis, totus in orbe terrarum mundus exultat" (Pref.).

- Es el primer día de la semana (v. 1). Por este hecho será siempre más el Día del Señor, el Domingo cristiano (Ap 1, 10), en el cual para siempre se rememorará, se revivirá, se actualizará la Pascua: la Muerte y Resurrección de Cristo. Nosotros, los cristianos de hoy, la celebramos con igual júbilo que Pedro y Juan. La Iglesia peregrina, en su Eucaristía, conmemora la Redención, la actualiza, y se prepara para el retorno glorioso del Señor. Vive en Pascua perenne: Sin fermento de pecado, porque nuestra Pascua es Cristo (1Cor 5, 8).

- Vieron los lienzos en el suelo, sudario plegado... Estos datos hacen imposible la explicación de un robo. El muerto no ha sido robado. El se ha huido del poder de la muerte. Queda la mortaja como testigo. Pedro y Juan ven y creen: El sepulcro vacío les abre los ojos para entender lo que tantas veces les había profetizado Jesús, de que al tercer día resucitaría. Luego, en las apariciones que les otorgará el Resucitado, les hará ver cómo las Profecías Mesiánicas hablan de un Mesías Redentor que morirá para nuestro rescate y resucitará para nuestra justificación; el Mesías que a través de la muerte es nuestra Vida, Adán Nuevo, Espíritu Vivificante.
(SOLÉ ROMA, J. M., Ministros de la Palabra. Ciclo B, Herder, Barcelona, 1979)



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COMENTARIO TEOLóGICO: Beato Juan Pablo Magno - La resurrección: hecho histórico y afirmación de la fe

1. En esta catequesis afrontamos la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, documentada por el Nuevo Testamento, creída y vivida como verdad central por las primeras comunidades cristianas, transmitida como fundamental por la tradición, nunca olvidada por los cristianos verdaderos y hoy muy profundizada, estudiada y predicada como parte esencial del misterio pascual, junto con la cruz: es decir la resurrección de Cristo. De Él, en efecto, dice el Símbolo de los Apóstoles que "al tercer día resucitó de entre los muertos"; y el Símbolo niceno constantinopolitano precisa: "Resucitó al tercer día, según las Escrituras".

Es un dogma de la fe cristiana, que se inserta en un hecho sucedido y constatado históricamente. Trataremos de investigar "con las rodillas de la mente inclinadas" el misterio enunciado por el dogma y encerrado en el acontecimiento, comenzando con el examen de los textos bíblicos que lo atestiguan.
2. El primero y más antiguo testimonio escrito sobre la resurrección de Cristo se encuentra en la primera Carta de San Pablo a los Corintios. En ella el Apóstol recuerda a los destinatarios de la Carta (hacia la Pascua del año 57 d. C.): "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde a todos los Apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo" (1Co 15, 3-8).

Como se ve, el Apóstol habla aquí de la tradición viva de la resurrección, de la que él había tenido conocimiento tras su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18). Durante su viaje a Jerusalén se encontró con el Apóstol Pedro, y también con Santiago, como lo precisa la Carta a los Gálatas (1, 18 s.), que ahora ha citado como los dos principales testigos de Cristo resucitado.

3. Debe también notarse que, en el texto citado, San Pablo no habla sólo de la resurrección ocurrida el tercer día "según las Escrituras" (referencia bíblica que toca ya la dimensión teológica del hecho), sino que al mismo tiempo recurre a los testigos a los que Cristo se apareció personalmente. Es un signo, entre otros, de que la fe de la primera comunidad de creyentes, expresada por Pablo en la Carta a los Corintios, se basa en el testimonio de hombres concretos, conocidos por los cristianos y que en gran parte vivían todavía entre ellos. Estos "testigos de la resurrección de Cristo" (cf. Hch 1, 22), son ante todo los Doce Apóstoles, pero no sólo ellos: Pablo habla de la aparición de Jesús incluso a más de quinientas personas a la vez, además de las apariciones a Pedro, a Santiago y a los Apóstoles.

4. Frente a este texto paulino pierden toda admisibilidad las hipótesis con las que se ha tratado, en manera diversa, de interpretar la resurrección de Cristo abstrayéndola del orden físico, de modo que no se reconocía como un hecho histórico: por ejemplo, la hipótesis, según la cual la resurrección no sería otra cosa que una especie de interpretación del estado en el que Cristo se encuentra tras la muerte (estado de vida, y no de muerte), o la otra hipótesis que reduce la resurrección al influjo que Cristo, tras su muerte, no dejó de ejercer ?y más aún reanudó con nuevo e irresistible vigor? sobre sus discípulos. Estas hipótesis parecen implicar un prejuicio de rechazo de la realidad de la resurrección, considerada solamente como el "producto" del ambiente, o sea de la comunidad de Jerusalén. Ni la interpretación ni el prejuicio hallan comprobación en los hechos. San Pablo, por el contrario, en el texto citado recurre a los testigos oculares del "hecho": su convicción sobre la resurrección de Cristo, tiene por tanto una base experimental. Está vinculada a ese argumento "ex factis", que vemos escogido y seguido por los Apóstoles precisamente en aquella primera comunidad de Jerusalén. Efectivamente, cuando se trata de la elección de Matías, uno de los discípulos más asiduos de Jesús, para completar el número de los "Doce" que había quedado incompleto por la traición y la muerte de Judas Iscariote, los Apóstoles requieren como condición que el que sea elegido no solo haya sido "compañero" de ellos en el período en que Jesús enseñaba y actuaba, sino que sobre todo pueda ser "testigo de su resurrección" gracias a la experiencia realizada en los días anteriores al momento en el que Cristo ?como dicen ellos? "fue ascendido al cielo de entre nosotros". (Hch 1, 22).

5. Por tanto no se puede presentar la resurrección, como hace cierta crítica neo testamentaria poco respetuosa de los datos históricos, como un "producto" de la primera comunidad cristiana, la de Jerusalén. La verdad sobre la resurrección no es un producto de la fe de los Apóstoles o de los demás discípulos pre o post-pascuales. De los textos resulta más bien que la fe "pre pascual" de los seguidores de Cristo fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro. Él mismo había anunciado esta prueba, especialmente con las palabras dirigidas a Simón Pedro cuando ya estaba a las puertas de los sucesos trágicos de Jerusalén: "¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca" (Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión y muerte de Cristo fue tan grande que los discípulos (al menos algunos de ellos) inicialmente no creyeron en la noticia de la resurrección. En todos los Evangelios encontramos la prueba de esto. Lucas, en particular, nos hace saber que cuando las mujeres, "regresando del sepulcro, anunciaron todas estas cosas (o sea el sepulcro vacío) a los Once y a todos los demás..., todas estas palabras les parecían como desatinos y no les creían" (Lc 24, 9. 11).

6. Por lo demás, la hipótesis que quiere ver en la resurrección un "producto" de la fe de los Apóstoles, se confuta también por lo que es referido cuando el Resucitado "en persona se apareció en medio de ellos y les dijo: ¡Paz a vosotros!". Ellos, de hecho, "creían ver un fantasma". En esa ocasión Jesús mismo debió vencer sus dudas y temores y convencerles de que "era Él": "Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo". Y puesto que ellos "no acababan de creerlo y estaban asombrados" Jesús les dijo que le dieran algo de comer y "lo comió delante de ellos" (cf. Lc 24, 36-43).

7. Además, es muy conocido el episodio de Tomás, que no se encontraba con los demás Apóstoles cuando Jesús vino a ellos por primera vez, entrando en el Cenáculo a pesar de que la puerta estaba cerrada (cf. Jn 20, 19). Cuando, a su vuelta, los demás discípulos le dijeron: "Hemos visto al Señor", Tomás manifestó maravilla e incredulidad, y contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado no creeré". Ocho días después, Jesús vino de nuevo al Cenáculo, para satisfacer la petición de Tomás "el incrédulo" y le dijo: "Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente". Y cuando Tomás profesó su fe con las palabras "Señor mío y Dios mío", Jesús le dijo: "Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído" (Jn 20, 24-29).
La exhortación a creer, sin pretender ver lo que se esconde en el misterio de Dios y de Cristo, permanece siempre válida; pero la dificultad del Apóstol Tomás para admitir la resurrección sin haber experimentado personalmente la presencia de Jesús vivo, y luego su ceder ante las pruebas que le suministró el mismo Jesús, confirman lo que resulta de los Evangelios sobre la resistencia de los Apóstoles y de los discípulos a admitir la resurrección. Por esto no tiene consistencia la hipótesis de que la resurrección haya sido un "producto" de la fe (o de la credulidad) de los Apóstoles. Su fe en la resurrección nació, por el contrario, ?bajo la acción de la gracia divina? de la experiencia directa de la realidad de Cristo resucitado.

8. Es el mismo Jesús el que, tras la resurrección, se pone en contacto con los discípulos con el fin de darles el sentido de la realidad y disipar la opinión (o el miedo) de que se tratara de un "fantasma" y por tanto de que fueran víctimas de una ilusión. Efectivamente, establece con ellos relaciones directas, precisamente mediante el tacto. Así es en el caso de Tomás, que acabamos de recordar, pero también en el encuentro descrito en el Evangelio de Lucas, cuando Jesús dice a los discípulos asustados: "Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo" (24, 39). Les invita a constatar que el cuerpo resucitado, con el que se presenta a ellos, es el mismo que fue martirizado y crucificado. Ese cuerpo posee sin embargo al mismo tiempo propiedades nuevas: se ha "hecho espiritual" y "glorificado" y por lo tanto ya no está sometido a las limitaciones habituales a los seres materiales y por ello a un cuerpo humano. (En efecto, Jesús entra en el Cenáculo a pesar de que las puertas estuvieran cerradas, aparece y desaparece, etc.). Pero al mismo tiempo ese cuerpo es auténtico y real. En su identidad material está la demostración de la resurrección de Cristo.

9. El encuentro en el camino de Emaús, referido en el Evangelio de Lucas, es un hecho que hace visible de forma particularmente evidente cómo se ha madurado en la conciencia de los discípulos la persuasión de la resurrección precisamente mediante el contacto con Cristo resucitado (cf. Lc 24, 15-21). Aquellos dos discípulos de Jesús, que al inicio del camino estaban "tristes y abatidos" con el recuerdo de todo lo que había sucedido al Maestro el día de la crucifixión y no escondían la desilusión experimentada al ver derrumbarse la esperanza puesta en Él como Mesías liberador ("Esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel"), experimentan después una transformación total, cuando se les hace claro que el Desconocido, con el que han hablado, es precisamente el mismo Cristo de antes, y se dan cuenta de que Él, por tanto, ha resucitado. De toda la narración se deduce que la certeza de la resurrección de Jesús había hecho de ellos casi hombres nuevos. No sólo habían readquirido la fe en Cristo, sino que estaban preparados para dar testimonio de la verdad sobre su resurrección.

Todos estos elementos del texto evangélico, convergentes entre sí, prueban el hecho de la resurrección, que constituye el fundamento de la fe de los Apóstoles y del testimonio que, como veremos en las próximas catequesis, está en el centro de su predicación.
(JUAN PABLO II, Audiencia General del miércoles 25 de enero de 1989)


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Comentario Teológico: Beato Juan Pablo Magno II: Del "sepulcro vacío" al encuentro con el Resucitado

1. La profesión de fe que hacemos en el Credo cuando proclamamos que Jesucristo "al tercer día resucitó de entre los muertos", se basa en los textos evangélicos que, a su vez, nos transmiten y hacen conocer la primera predicación de los Apóstoles. De estas fuentes resulta que la fe en la resurrección es, desde el comienzo, una convicción basada en un hecho, en un acontecimiento real, y no un mito o una "concepción", una idea inventada por los Apóstoles o producida por la comunidad postpascual reunida en torno a los Apóstoles en Jerusalén, para superar junto con ellos el sentido de desilusión consiguiente a la muerte de Cristo en cruz. De los textos resulta todo lo contrario y por ello, como he dicho, tal hipótesis es también crítica e históricamente insostenible. Los Apóstoles y los discípulos no inventaron la resurrección (y es fácil comprender que eran totalmente incapaces de una acción semejante). No hay rastros de una exaltación personal suya o de grupo, que les haya llevado a conjeturar un acontecimiento deseado y esperado y a proyectarlo en la opinión y en la creencia común como real, casi por contraste y como compensación de la desilusión padecida. No hay huella de un proceso creativo de orden psicológicosociológico-literario ni siguiera en la comunidad primitiva o en los autores de los primeros siglos. Los Apóstoles fueron los primeros que creyeron, no sin fuertes resistencias, que Cristo había resucitado simplemente porque vivieron la resurrección como un acontecimiento real del que pudieron convencerse personalmente al encontrarse varias veces con Cristo nuevamente vivo, a lo largo de cuarenta días. Las sucesivas generaciones cristianas aceptaron aquel testimonio, fiándose de los Apóstoles y de los demás discípulos como testigos creíbles. La fe cristiana en la resurrección de Cristo está ligada, pues, a un hecho, que tiene una dimensión histórica precisa.

2. Y sin embargo, la resurrección es una verdad que, en su dimensión más profunda, pertenece a la Revelación divina: en efecto, fue anunciada gradualmente de antemano por Cristo a lo largo de su actividad mesiánica durante el período prepascual. Muchas veces predijo Jesús explícitamente que, tras haber sufrido mucho y ser ejecutado, resucitaría. Así, en el Evangelio de Marcos. se dice que tras la proclamación de Pedro en las cercanía de Cesarea de Filipo. Jesús a comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente" (Mc 8, 31-32). También según Marcos, después de la transfiguración, "cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contaran lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos" (Mc 9, 9). Los discípulos quedaron perplejos sobre el significado de aquella "resurrección" y pasaron a la cuestión, ya agitada en el mundo judío, del retorno de Elías (Mc 9, 11): pero Jesús reafirmó la idea de que el Hijo del hombre debería "sufrir mucho y ser despreciado" (Mc 9, 12). Después de la curación del epiléptico endemoniado, en el camino de Galilea recorrido casi clandestinamente, Jesús toma de nuevo la palabra para, instruirlos: "El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará". "Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle" (Mc 9, 31-32). Es el segundo anuncio de la pasión y resurrección al que sigue el tercero, cuando ya se encuentran en camino hacia Jerusalén: "Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará" (Mc 10, 33-34).

3. Estamos aquí ante una previsión y predicción profética de los acontecimientos, en la que Jesús ejercita su función de revelador, poniendo en relación la muerte y la resurrección unificadas en la finalidad redentora, y refiriéndose al designio divino según el cual todo lo que prevé y predice "debe" suceder. Jesús, por tanto, hace conocer a los discípulos estupefactos e incluso asustados algo del misterio teológico que subyace en los próximos acontecimientos, como por lo demás en toda su vida. Otros destellos de este misterio se encuentran en la alusión al "signo de Jonás" (cf. Mt 12. 40) que Jesús hace suyo y aplica a los días de su muerte y resurrección, y en el desafío a los judíos sobre "la reconstrucción en tres días del templo que será destruido" (cf. Jn 2, 19). Juan anota que Jesús "hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús" (Jn 2, 20-21) Una vez más nos encontramos ante la relación entre la resurrección de Cristo y su Palabra, ante sus anuncios ligados "a las Escrituras".

4. Pero además de las palabras de Jesús, también la actividad mesiánica desarrollada por Él en el período prepascual muestra el poder de que dispone sobre la vida y sobre la muerte, y la conciencia de este poder, como la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5, 39-42), la resurrección del joven de Naím (Lc 7, 12- 15), y sobre todo la resurrección de Lázaro (Jn 11, 42-44) que se presenta en el cuarto Evangelio como un anuncio y una prefiguración de la resurrección de Jesús. En las palabras dirigidas a Marta durante este último episodio se tiene la clara manifestación de la autoconciencia de Jesús respecto a su identidad de Señor de la vida y de la muerte y de poseedor de las llaves del misterio de la resurrección: "Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás" (Jn 11, 25-26).

Todo son palabras y hechos que contienen de formas diversas la revelación de la verdad sobre la resurrección en el período prepascual.

5. En el ámbito de los acontecimientos pascuales, el primer elemento ante el que nos encontramos es el "sepulcro vacío". Sin duda no es por sí mismo una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro en el que había sido depositado podría explicarse de otra forma, como de hecho pensó por un momento María Magdalena cuando, viendo el sepulcro vacío, supuso que alguno habría sustraído el cuerpo de Jesús (cf. Jn 20, 13).

Más aún el Sanedrín trató de hacer correr la voz de que, mientras dormían los soldados, el cuerpo habla sido robado por los discípulos. "Y se corrió esa versión entre los judíos, ?anota Mateo? hasta el día de hoy" (Mt 28, 12-15).

A pesar de esto el "sepulcro vacío" ha constituido para todos, amigos y enemigos, un signo impresionante. Para las personas de buena voluntad su descubrimiento fue el primer paso hacia el reconocimiento del "hecho" de la resurrección como una verdad que no podía ser refutada.
6. Así fue ante todo para las mujeres, que muy de mañana se hablan acercado al sepulcro para ungir el cuerpo de Cristo. Fueron las primeras en acoger el anuncio: "Ha resucitado, no está aquí... Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro..." (Mc 16, 6-7). "Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: 'Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, y al tercer día resucite'. Y ellas recordaron sus palabras" (Lc 24, 6-8).
Ciertamente las mujeres estaban sorprendidas y asustadas (cf. Mc 16, 8; Lc 24, 5). Ni siquiera ellas estaban dispuestas a rendirse demasiado fácilmente a un hecho que, aún predicho por Jesús, estaba efectivamente por encima de toda posibilidad de imaginación y de invención. Pero en su sensibilidad y finura intuitiva ellas, y especialmente María Magdalena, se aferraron a la realidad y corrieron a donde estaban los Apóstoles para darles la alegre noticia.

El Evangelio de Mateo (28, 8-10) nos informa que a lo largo del camino Jesús mismo les salió al encuentro, las saludó y les renovó el mandato de llevar el anuncio a los hermanos (Mt 28, 10). De esta forma las mujeres fueron las primeras mensajeras de la resurrección de Cristo, y lo fueron para los mismos Apóstoles (Lc 24, 10). ¡Hecho elocuente sobre la importancia de la mujer ya en los días del acontecimiento pascual!

7. Entre los que recibieron el anuncio de María Magdalena estaban Pedro y Juan (cf. Jn 20, 3-8). Ellos se acercaron al sepulcro no sin titubeos, tanto más cuanto que Marta les había hablado de una sustracción del cuerpo de Jesús del sepulcro (cf. Jn 20, 2). Llegados al sepulcro, también ellos lo encontraron vacío. Terminaron creyendo, tras haber dudado no poco, porque, como dice Juan, "hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos" (Jn 20, 9).

Digamos la verdad: el hecho era asombroso para aquellos hombres que se encontraban ante cosas demasiado superiores a ellos. La misma dificultad, que muestran las tradiciones del acontecimiento, al dar una relación de ello plenamente coherente, confirma su carácter extraordinario y el impacto desconcertante que tuvo en el ánimo de los afortunados testigos. La referencia "a la Escritura" es la prueba de la oscura percepción que tuvieron al encontrarse ante un misterio sobre el que sólo la Revelación podía dar luz.

8. Sin embargo, he aquí otro dato que se debe considerar bien: si el "sepulcro vacío" dejaba estupefactos a primera vista y podía incluso generar una cierta sospecha, el gradual conocimiento de este hecho inicial, como lo anotan los Evangelios, terminó llevando al descubrimiento de la verdad de la resurrección.

En efecto, se nos dice que las mujeres, y sucesivamente los Apóstoles, se encontraron ante un "signo" particular: el signo de la victoria sobre la muerte. Si el sepulcro mismo cerrado por una pesada losa, testimoniaba la muerte, el sepulcro vacío y la piedra removida daban el primer anuncio de que allí había sido derrotada la muerte.

No puede dejar de impresionar la consideración del estado de ánimo de las tres mujeres, que dirigiéndose al sepulcro al alba se decían entre sí: "¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?" (Mc 16, 3), y que después, cuando llegaron al sepulcro, con gran maravilla constataron que "la piedra estaba corrida aunque era muy grande" (Mc 16, 4). Según el Evangelio de Marcos encontraron en el sepulcro a alguno que les dio el anuncio de la resurrección (cf. Mc 16, 5): pero ellas tuvieron miedo y, a pesar de las afirmaciones del joven vestido de blanco, "salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas" (Mc 16, 8). ¿Cómo no comprenderlas? Y sin embargo la comparación con los textos paralelos de los demás Evangelistas permite afirmar que, aunque temerosas, las mujeres llevaron el anuncio de la resurrección, de la que el "sepulcro vacío" con la piedra corrida fue el primer signo.

9. Para las mujeres y para los Apóstoles el camino abierto por "el signo" se concluye mediante el encuentro con el Resucitado: entonces la percepción aún tímida e incierta se convierte en convicción y, más aún, en fe en Aquel que "ha resucitado verdaderamente". Así sucedió a las mujeres que al ver a Jesús en su camino y escuchar su saludo, se arrojaron a sus pies y lo adoraron (cf. Mt 28, 9). Así le pasó especialmente a María Magdalena, que al escuchar que Jesús le llamaba por su nombre, le dirigió antes que nada el apelativo habitual: "Rabbuní, ¡Maestro!" (Jn 20, 16) y cuando Él la iluminó sobre el misterio pascual corrió radiante a llevar el anuncio a los discípulos: "¡He visto al Señor!" (Jn 20, 18). Lo mismo ocurrió a los discípulos reunidos en el Cenáculo que la tarde de aquel "primer día después del sábado", cuando vieron finalmente entre ellos a Jesús, se sintieron felices por la nueva certeza que había entrado en su corazón: "Se alegraron al ver al Señor" (cf. Jn 20, 19-20).
¡El contacto directo con Cristo desencadena la chispa que hace saltar la fe!
(JUAN PABLO II, Audiencia General del miércoles 1 de febrero de 1989)

 

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Reflexión Teológica: Cardenal Antonio Cañizares
-   Esperanza de Resurrección


¿Se puede creer ante la muerte, más aún si es violenta de los niños, o tras las grandes masacres destructoras de los siglos XX y XXI, que todos tenemos en la memoria?


Durante la Semana Santa, hemos contemplado el rostro de Cristo, el rostro del Siervo de Dios, el rostro de Dios mismo, y al mismo tiempo, la faz ensangrentada del hombre, tan así desfigurada que no parecía de hombre, pero redimida y rescatada: «Porque tanto ha amado Dios al mundo que le ha entregado su Hijo único para que tengamos vida» y participemos de la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Ahí está el hombre, ahí está Dios que es Amor: su amor entregado por el hombre, su rebajamiento hasta la muerte, su llenar todo con su amor hasta el vacío de la nada que es la muerte, la enemiga del hombre, la indefensión suprema o el desvalimiento más atroz. En la Cruz, Jesús callaba, guarda silencio, pero su silencio se hace palabra, palabra elocuente con la que Dios nos lo dice todo, palabra única, llena de gracia y de verdad. En la Cruz aparece, en la aparente debilidad del que cuelga del madero como un proscrito, la fuerza todopoderosa del amor y de la misericordia de Dios, que lo llena todo hasta el vacío y el abismo de la muerte, y la luz que disipa la espesa y negra oscuridad del pecado, de la injusticia y del odio, expresados en el mayor crimen de la historia, que es pretender la muerte de Dios mismo.

«¿Dónde, nos preguntan los hombres de nuestro tiempo, está vuestro Dios?». No podemos decirle, es cierto, sino que colgado del madero de la Cruz, crucificado en medio de dos malhechores como un malhechor más, condenado sin defensa ni protección y rechazado en juicio sumarísimo, tan sumarísimo que no se da lugar a que responda. Ahí está Dios en el silencio de la Cruz, en el grito desgarrador de su Hijo, y de todos los crucificados de la historia que con Él gritan al cielo y claman ante la tierra: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». «Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome, hasta cuándo me esconderás tu rostro?».

Éste es el gran escándalo de la Cruz, y, por ende, de la fe cristiana: ¿cómo puede ser Dios uno que muere condenado a manos de unos poderes ciegos y de una muchedumbre manipulada, pero consiente, y sumido en un fracaso a los ojos de los hombres? ¿Puede revelarse y comunicarse Dios ahí? ¿Puede seguir creyendo en Dios en medio de ese lado tan oscuro de la vida que es el mal y el sufrimiento bajo tantas y tantas formas en número ilimitado? ¿Se puede creer ante la muerte, más aún si es violenta de los niños, o tras las grandes masacres destructoras de los siglos XX y XXI, que todos tenemos en la memoria? Si Dios es tan bueno, si Dios nos quiere tanto, ¿por qué permite tanto sufrimiento?, y si es tan poderoso, ¿por qué no interviene? Son quejas y preguntas amargas de la humanidad amasadas con dolor, llanto, sufrimiento.

Que Dios no intervenga con su fuerza en favor de los que sufren, como no intervino en favor de Jesús, no significa que esté ausente o indiferente ante el sufrimiento de los hombres. Significa más bien todo lo contrario: que asume y hace suyo el sufrimiento de los suyos, como hizo suyo el sufrimiento de Jesús, para redimirnos con su amor. Este amor de Dios no podía hacerlo morir la muerte misma, ni podía derrotarlo como derrotado ha sido el hombre alejado de Dios, engañado y seducido por el mal. «No tengáis miedo. Sé que buscáis a Jesús, el Crucificado. No está aquí; ha resucitado según lo había dicho». Éste es el gran anuncio para los cristianos de hoy; éste es el gran pregón para los hombres de todos los tiempos y lugares. La crueldad y la destrucción de esta crucifixión no han podido retener la fuerza infinita del amor de Dios, que se ha manifestado sin reserva ni límite en la Cruz, llenándolo todo, redimiendo todo.

Los lazos crueles de muerte con que se ha querido apresar para siempre al Autor de la vida, Jesucristo, han sido rotos; no han podido con Él. No busquemos entre los muertos al que está vivo. «¡Ánimo, yo he vencido al mundo», asegura el Señor. Ésta es nuestra fe. Ésta es nuestra victoria: la fe de la Iglesia que vence al mundo, la que derrota al mal y la muerte. Ésta es la fe que hemos celebrados en la Semana Santa, que comenzando en la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén sobre los lomos de un borriquillo, y pasando por la Cena del Señor, su pasión y muerte, culmina en la noche santa y en el día luminoso y sin ocaso de la Resurrección, desde la que todo lo creado y toda la historia de los hombres quedan bañados de esplendorosa Luz, la de Dios que es Amor. Esta es la gran esperanza, el verdadero y único futuro para el hombre: el que se abre con la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. En Él y ahí, Resucitado, brilla ya la esperanza de nuestra feliz resurrección, de donde todo toma sentido y nos dice cuál es la vocación de gloria y felicidad a la que hemos sido llamados por Dios. Ahí está la verdad que nos hace libres, que se realiza en el amor: ahí, y sólo ahí, está la victoria sobre la muerte, ahí está la vida y la alegría que nadie nos puede arrebatar. Ahí está Dios, que así ama al hombre y lo ha creado para que tenga vida plena y dichosa sin límite de tiempo ni de privación alguna.


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SANTOS PADRES: San Gregorio Magno - La Resurrección
El estómago, debilitado por una larga enfermedad, me ha impedido durante mucho tiempo dirigiros la palabra, carísimos, para exponeros la lección del santo Evangelio, porque hasta la voz ha perdido la fuerza para hablar alto; y confieso que me causa rubor el hablar entre tantos cuando no puedo hacerme oír de muchos. Pero yo mismo me reprocho este pudor. Pues qué, ¿acaso debo dejar de atender a unos pocos porque no pueda aprovechar a muchos? ¿O deberé acaso volver a la era vacío porque no pueda llevar muchos haces de mies? Luego, ya que no puedo llevar cuantos debo, al menos llevaré tal vez pocos, acaso dos, quizás uno solo, que la aplicación de la misma debilidad tiene asegurada su recompensa, porque nuestro Supremo Juez, si bien retribuye conforme a lo que se ha trabajado, pero también pondera las fuerzas aplicadas al trabajo.

Hermanos, la lección del santo Evangelio que acabáis de oír es harto clara en su sentido histórico, pero debemos inquirir brevemente su sentido místico.

Cuando todavía estaba obscuro, fue María Magdalena al sepulcro. Según la historia, se hace notar la hora del suceso; pero, según el sentido místico, señala el estado en que se hallaba la inteligencia de la que buscaba, esto es, qué era lo que entendía María Magdalena. En efecto, María buscaba en el sepulcro al Creador de todo, al cual había visto muerto corporalmente, y al no encontrarle creyó que había sido robado. Todavía estaba obscuro cuando llegó al sepulcro, echó a correr apresurada y lo anunció a los discípulos. Pero, de éstos, se apresuraron más los que más amaban, a saber, Pedro y Juan. Los dos corrían igualmente, pero Juan corrió más aprisa que Pedro, llegó el primero al sepulcro, pero no se determinó a entrar; llegó, pues, Pedro tras él y entró.

¿Qué, hermanos, qué significa este correr? ¿Creeremos, acaso, que esta descripción del evangelista carece de misterio? No por cierto, que tampoco Juan diría que él llegó delante y que no entró, si creyera que en esa misma indecisión suya no hubiera misterio. Ahora bien, ¿qué se significa por Juan sino la Sinagoga, y qué por Pedro sino la Iglesia? Y no parezca cosa extraña el que se exponga que la Sinagoga está figurada por el más joven, y la Iglesia por el más viejo, puesto que, si bien la Sinagoga vino al culto de Dios primero que la Iglesia de los gentiles, con relación a la vida presente, la multitud de los gentiles fue primero que la Sinagoga, como lo atestigua San Pablo, que dice (1 Co 15,46): Pero no es el espiritual el que ha sido formado primero, sino el animal. De suerte que por Pedro, el más viejo, se significa la Iglesia de los gentiles, y por Juan, el más joven, la Sinagoga de los judíos.

Corren los dos igualmente, porque, desde el principio de la vida hasta el fin, la gentilidad y la Sinagoga corren por igual y común camino, mas no por igual y común sentido. La Sinagoga llegó la primera al sepulcro, pero no entró, porque ella, sí, recibió los preceptos de la Ley, oyó las profecías referentes a la encarnación y a la pasión del Señor, pero no quiso creer en El muerto; Juan, pues, vio los lienzos puestos en el suelo, pero no entró; lo cual significa que la Sinagoga conoció los misterios de la Sagrada Escritura y, con todo, difirió entrar, esto es, creer, en la fe de la pasión del Señor. Vio presente a aquel a quien había profetizado hacía mucho tiempo desde lejos y ampliamente, pero se negó a recibirle; tuvo a menos el que fuera hombre; no quiso creer en Dios hecho mortal en la carne. ¿Qué significa, por tanto, esto sino que corrió más aprisa y, con todo, permaneció vacua ante el sepulcro?

Y llegó tras él Pedro y entró en el sepulcro, porque la Iglesia de los gentiles, que llegó después, además de reconocer que el Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, había muerto en la carne, le creyó Dios vivo. Vio los lienzos puestos en el suelo, y el sudario que había sido puesto sobre su cabeza, colocado, no junto con los demás lienzos, sino separadamente doblado en otro lugar.
¿Qué creemos, hermanos, que signifique el no estar el sudario de la cabeza junto con los demás lienzos sino que Dios, como dice San Pablo, es la cabeza de Cristo, y que los misterios incomprensibles de la divinidad están fuera de lo que alcanza a conocer nuestra pequeñez, y que su poder trasciende la naturaleza de la criatura?

Y es de notar que se dice que estaba no sólo separado, sino también doblado en otro lugar. Pues bien, del lienzo que se halla doblado no se ve el principio ni el fin; y así, con razón se halla doblado el sudario de la cabeza, porque la Majestad divina es sin principio ni fin, ni nace principiando ni está sujeta a concluir. Y rectamente se dice en otro lugar que Dios no se halla en las almas desacordes de los pastores, porque Dios está en la unidad y no merecen recibir su gracia los que unos de otros se hallan divididos por los escándalos de las sectas.

Ahora bien, como con el sudario suele enjugarse el sudor de los que trabajan, con el nombre de sudario puede también significarse el cansancio de Dios, que cierto es que en sí permanece siempre inmutable, pero, sin embargo, se muestra como cansado cuando soporta las crueles maldades de los hombres. Por eso dice también el profeta (Jr 6, 11): Me cansé de sufrir. Dios, pues, cuando apareció en la carne, padeció en nuestra flaqueza; a vista de cuya pasión, los incrédulos no quisieron venerarla, pues tuvieron a menos creer. Por eso Jeremías dice también (Lm 3, 64): Tú les darás, ¡oh Señor!, lo que merecen las obras de sus manos. Pondrás sobre su corazón, en vez de escudo, las aflicciones que les enviarás. Pues para que no llegaran a sus corazones las punzadas de la predicación, menospreciando los sufrimientos de su pasión, pusieron como escudo los mismos sufrimientos suyos, es a saber, que no permitieron que llegaran a ellos las palabras de El, por lo mismo que le vieron sufrir hasta la muerte.

Pero ¿qué somos nosotros sino miembros de nuestra cabeza, esto es, de Dios? De manera que por los lienzos de su cuerpo se significan las ligaduras de los sufrimientos que ahora oprimen a todos los elegidos, es decir, a sus miembros. Y se halla aparte el sudario que se había puesto sobre su cabeza, porque la pasión de nuestro Redentor dista mucho de nuestros sufrimientos, puesto que El soportó sin culpa lo que nosotros soportamos culpables. Él quiso sucumbir voluntariamente a la muerte, a la cual llegamos nosotros contra nuestra voluntad.

Prosigue: Entonces entró también el discípulo que había llegado el primero al monumento. Después de haber entrado Pedro, entró Juan también: éste, que había llegado primero, entró el último. Es de notar, hermanos, que al fin del mundo se acogerá también la Judea a la fe del Redentor, según lo atestigua San Pablo, que dice (Rm 51, 25): Hasta tanto que la plenitud de las naciones haya entrado en la Iglesia, y entonces se salvará todo Israel.

Y vio y creyó. ¿Qué es, hermanos, lo que os parece que creyó? ¿Acaso que el Señor a quien buscaban había resucitado? No por cierto, porque aún no se veía en el sepulcro y, además, porque lo contradicen las palabras que siguen, y que dicen: Y vio y creyó. ¿Qué es, pues, lo que vio y lo que creyó? Vió los lienzos que estaban en el suelo, y creyó lo que había dicho la mujer: que el Señor había sido robado del sepulcro. En lo cual debemos reconocer una gran providencia de Dios; porque así el corazón de los discípulos se encendió en deseos de buscarle y a la vez se les dilata el encontrarle, para que la debilidad de su espíritu, acosado por su misma tristeza, se robusteciera más al hallarle y con tanto mayor valor le retuviera después de hallado cuanto más había tardado en encontrarle.

Hermanos carísimos, hemos repasado brevemente todo esto en la exposición de la lección evangélica; ahora resta decir algo acerca de la grandeza de esta solemnidad. Y con razón digo la grandeza dé esta solemnidad, porque es la primera de todas las otras solemnidades; y así como en la Sagrada Escritura, por razón de su dignidad, se llaman el sancta sanctorum y el Cantar de los Cantares, así esta solemnidad puede llamarse la solemnidad de las solemnidades, puesto que en ella se nos muestra el ejemplo de nuestra resurrección, la esperanza segura de la patria celestial y la realidad de la gloria del reino celeste, que ya casi tocamos con las manos. Por ella son llevados ya a las amenidades del paraíso los justos que, si bien en el seno tranquilo de Abrahán, sin embargo estaban cerrados en los abismos de la muerte.

Lo que el Señor había prometido antes de su pasión, en la resurrección lo cumplió (Jn 52,32): Cuando fuere levantado en alto en la tierra, dijo, todo lo atraeré a mí; porque todo lo atrajo quien no dejó ninguno de sus elegidos en el infierno. Se llevó todos, claro que los elegidos, pues a ningún infiel, ni a los condenados a los suplicios eternos por sus delitos, los restituyó el Señor al perdón cuando resucitó, sino que sólo arrancó de las profundidades del infierno a los que reconoció como suyos por la fe y por las obras.

De ahí también se dice con razón por Oseas (53,54): ¡Oh muerte!, yo he de ser la muerte tuya; seré tu mordedura, ¡oh infierno!; pues aquello a lo que damos muerte hacemos que totalmente no sea, pero de lo que solamente mordemos, una parte substraemos y dejamos otra parte; luego porque a todos sus elegidos libró totalmente de la muerte, fue muerte para la muerte; pero como del infierno sacó una parte y dejó otra parte, no mató del todo al infierno, sino que le destruyó o le mordió; por eso dice: Yo he de ser la muerte tuya, ¡oh muerte!; como si claramente dijera: Porque acabo totalmente contigo en mis elegidos, seré tu muerte, ¡oh muerte!, y seré tu mordedura, ¡oh infierno!, porque, arrebatándote los elegidos, te dejo la otra parte.

¡Qué tal será, pues, esta solemnidad que ha destruido los abismos del infierno y nos ha dejado abiertas las puertas del reino de los cielos!

Analicemos detenidamente su nombre; preguntemos al apóstol San Pablo y veamos qué es lo que declara acerca de su valor. Dice, pues (1 Co 5, 7): Porque Jesucristo, que es nuestro Cordero pascual, ha sido inmolado por nosotros. Ahora bien, si Cristo es la Pascua, debemos atender a lo que la Ley dice de la Pascua, para que indaguemos sutilmente si es que ello parece dicho de Cristo.

Dice Moisés (Ex. 52,7...): Y tomarán la sangre del cordero y rociarán con ella los dos postes y el dintel de las casas en que le comerán. Las carnes las comerán aquella noche asadas al fuego, y panes ázimos con lechugas silvestres. Nada de él comeréis crudo ni cocido en agua, sino solamente asado al fuego. Comeréis también la cabeza, y los pies, y los intestinos. No quedará nada de él para la mañana siguiente; si sobrare alguna cosa, la quemaréis al fuego. Donde todavía se añade: Y le comeréis de esta manera: tendréis ceñidos vuestros lomos y puesto el calzado en los pies y un báculo en la mano, y comeréis aprisa. Cosas todas ellas que nos causarán grande admiración si las exponemos en su significado místico. Porque cuál sea lo que significa la sangre del cordero, bebiéndola lo habéis aprendido mejor que oyéndolo. Y con esta sangre se rocían los dos postes cuando se bebe no sólo con la boca del cuerpo, sino también con la del corazón; se han rociado, pues, los dos postes cuando el sacramento de su pasión se toma por la boca para nuestra redención y con la mente atenta se la medita para su imitación; porque quien recibe la sangre de su Redentor de tal modo que, no obstante, no quiera imitar su pasión, pone en un solo poste la sangre que debe poner además en el dintel de las casas.

¿Y qué entendemos espiritualmente por las casas sino nuestras almas, en las cuales habitamos por el pensamiento?; el dintel de las cuales es la intención que preside nuestras acciones. Por tanto, quien dirige la intención de su alma a imitar la pasión del Señor, pone la sangre del Cordero en el dintel de la casa. O bien, nuestras casas son nuestros cuerpos, en los que habitamos mientras vivimos; y ponemos en el dintel de la casa la sangre del Cordero cuando llevamos en la frente la señal de la cruz de la pasión del Cordero.

Acerca del cual aún se dice: Las carnes las comerán de noche asadas al fuego. Efectivamente, comemos de noche el Cordero, porque en el sacramento recibimos el cuerpo del Señor ahora cuando todavía no vemos nuestras conciencias respectivas. Pero estas carnes deben asarse al fuego, sin duda porque el fuego deshace las carnes que se cuecen en agua, pero da mayor firmeza o consistencia a las que cuecen sin agua.
De manera que el fuego asó las carnes de nuestro Cordero, porque la misma virtud de su pasión le hizo más poderoso para resucitar y más resistente para la incorrupción; pues al fuego de la pasión se endurecieron las carnes de aquel que tomó a la vida después de muerto. De ahí lo que también el Salmista dice (Sal 21, 16): Todo mi verdor se ha secado como un vaso de barro cocido. Pues ¿qué es un vaso de barro antes de ponerse al fuego sino barro blando? Pero con el fuego se consigue solidificarle. Luego el verdor de su humanidad se secó como un vaso de barro cocido, porque con el fuego de la pasión adquirió la firmeza de la incorrupción.

Mas para la verdadera solemnidad del alma no es bastante con sólo entender los misterios de nuestro Redentor, sino que a ellos deben agregarse además las buenas obras; porque ¿qué aprovecha comer y beber su sangre y ofenderle con las malas acciones? Por eso todavía se añade cómo se ha de comer: con panes ácimos y lechugas silvestres. Y come los panes sin fermentar quien realiza las buenas obras sin el fermento de la vanagloria, quien practica las obras de misericordia sin mezcla de pecado, a fin de no desvirtuar malamente lo que al parecer dispensa rectamente. También habían mezclado a su buena acción el fermento del pecado aquellos a quienes el Señor, increpándolos, decía por el profeta (Am 4, 4): Id a Betel a continuar vuestras iniquidades; y poco después: Y ofreced el sacrificio de alabanza con pan fermentado; porque quien de la rapiña ofrece a Dios sacrificio inmola a los ídolos el sacrificio de alabanza.

Pero, como las lechugas silvestres son muy amargas, las carnes del cordero deben comerse con lechugas silvestres, para que, al recibir el cuerpo del Redentor, nos aflijamos llorando nuestros pecados, y de esa manera el mismo amargor de la penitencia purifique del humor de la mala vida el estómago del alma.
Además también allí se agrega: Nada de él comeréis crudo ni cocido en agua. Ved que ahora las mismas palabras de la historia se oponen al sentido histórico. Pues qué, hermanos carísimos, ¿acaso aquel pueblo, cuando estaba asentado en Egipto, había tenido por costumbre comer el cordero crudo, para que la Ley diga: Nada de él comeréis crudo? También se añade: Ni cocido en agua. Pues ¿qué se significa por el agua sino la sabiduría humana, según esto que pone Salomón en boca de los herejes (Pr 9, 17): aguas hurtadas son más dulces ¿Qué significan las carnes crudas del cordero sino la falta de consideración a su humanidad, el pensar en ella con descuido e irreverencia?; pues todo lo que meditamos minuciosamente, como lo cocemos en el alma. Mas la carne del Cordero ni se ha de comer cruda ni cocida en agua, porque a nuestro Redentor ni hemos de tenerle por puro hombre ni la ciencia humana debe investigar cómo Dios pudo encarnarse; porque quien cree que nuestro Redentor es solamente hombre, ¿qué otra cosa hace sino comer crudas las carnes del Cordero, las cuales no ha querido cocer mediante el reconocimiento de su divinidad? Y todo el que se empeña en descubrir, mediante la ciencia humana, los misterios de su encarnación, quiere cocer en agua las carnes del Cordero, esto es, quiere penetrar el misterio de su providencia mediante una ciencia que le disuelve.

Por consiguiente, quien quiera celebrar la solemnidad del pozo pascual, no cueza en agua el Cordero ni le coma crudo; esto es, ni quiera penetrar lo misterioso de su encarnación con los recursos de la humana sabiduría, ni crea que Él es un puro hombre, sino que debe comer sus carnes asadas al fuego, esto es, debe saber que todo ello es obra providencial del poder del Espíritu Santo.
Y todavía se añade con respecto a ello: Comeréis la cabeza, y los pies, y los intestinos. Según dijimos antes, hermanos, hemos aprendido del testimonio de San Pablo que Cristo es la cabeza, porque nuestro Redentor es el alfa y la omega, esto es, Dios antes de los siglos y hombre hasta el fin de los siglos; comer, pues, la cabeza del Cordero es recibir por la fe su divinidad; y comer los pies del Cordero es investigar las huellas de su humanidad mediante el amor y la imitación. Y ¿qué son los intestinos sino los preceptos encerrados y ocultos en sus palabras, los cuales comemos cuando escuchamos con avidez sus palabras de vida? Y al decir: y comeréis de prisa, ¿qué otra cosa se condena sino la languidez de nuestra pereza cuando no buscamos por nosotros mismos sus palabras y sus misterios y lo oímos de mala gana cuando otros lo predican?

No quedará nada de él para el día siguiente; porque sus palabras deben meditarse con grande solicitud, a fin de que antes de que llegue el día de la resurrección, durante la noche de esta vida presente, todos sus mandatos sean entendidos y cumplidos. Mas, como es muy difícil poder entender toda la Escritura y penetrar sus misterios, oportunamente se agrega: Si sobrase alguna cosa, la quemaréis al fuego. Quemamos al fuego lo que resta del Cordero cuando humildemente atribuimos al Espíritu Santo lo que del misterio de la encarnación no podemos entender ni comprender; así que nadie se atreva, soberbio, ni a despreciar ni contradecir lo que no entiende, sino que, atribuyéndolo al Espíritu Santo, lo entregue al fuego.

Pues que ya sabemos cuál es la Pascua que se debe comer, aprendamos ahora cuáles deben ser los que deben comerla.

Prosigue: Y le comeréis de esta manera: tendréis ceñidos vuestros lomos. ¿Qué se entiende por los lomos sino los deleites carnales? Por lo que el Salmista pide (Sal 25,2): Acrisola al fuego mis lomos o afectos; pues, si no supiera que el placer de la liviandad reside en los lomos, no pediría que se los acrisolase al fuego. De ahí que, como principalmente por el placer sensual prevaleció sobre el género humano el poder del diablo, de éste dice el Señor (Job 40, 55): Su fortaleza está en sus lomos. Luego quien come la Pascua debe tener ceñidos sus lomos; es decir, que quien celebre la solemnidad de la resurrección y de la incorrupción, no debe estar ya sujeto a la corrupción por vicio alguno; debe domar sus apetitos y apartar de la lujuria su carne.

Así es que no ha aprendido aún qué cosa sea la solemnidad de la incorrupción quien, por la incontinencia, es todavía esclavo de la corrupción.

Duras cosas son éstas para algunos, pero angosta es la puerta que conduce a la vida, y tenemos ya muchos ejemplos de continentes. De ahí que todavía se añade con acierto: Tendréis el calzado puesto en los pies. ¿Y qué son nuestros pies sino nuestras obras, y qué el calzado sino pieles de animales muertos? ¿Y cuáles son los animales muertos con cuyas pieles protegemos nuestros pies sino los Padres antiguos, que nos han precedido en la vida eterna? Cuando, pues, meditamos en sus ejemplos, protegemos los pies de nuestras obras. Luego tener puesto el calzado en los pies significa contemplar el camino que siguieron los muertos y evitar que a nuestras obras las hiera el pecado.

Teniendo un báculo en la mano. ¿Qué designa la Ley por el báculo sino la vigilancia pastoral? Y es de notar que primero se preceptúa tener ceñidos los lomos y después tener los báculos en la mano; porque los que ya saben dominar en sus cuerpos las inclinaciones de la lujuria, ésos son los que deben recibir el ministerio pastoral, para que, cuando predican a otros obligaciones fuertes, no caigan ellos flojamente en los suaves lazos de la molicie.

Y se añade rectamente: Y comeréis aprisa. Fijaos, hermanos carísimos, fijaos en que se dice: aprisa, apresurados. Aprended aprisa los mandamientos de Dios, los misterios del Redentor, los gozos de la patria celestial. Apresuraos a cumplir en seguida los preceptos que conducen a la vida, pues así como sabemos que hoy todavía se nos permite obrar, no sabemos si mañana nos será permitido. Por lo tanto, comed aprisa la Pascua, esto es, anhelad la solemnidad de la patria celeste. Ninguno sea perezoso en el camino de esta vida, no sea que pierda su puesto en la patria. Ninguno demore el cuidado de apetecerla, antes bien, lleve a cabo lo comenzado, no sea que luego no se le permita concluir lo que principió. Si no nos emperezamos en el amor de Dios, nos ayudará el mismo a quien amamos, Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina con el Padre, en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.
(SAN GREGORIO MAGNO, Homilía II (XXII), BAC Madrid 1958, pp. 637-644)



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APLICACIóN: R.P. Carlos Miguel Buela, I.V.E. - La Resurrección sin el Resucitado


1. La resurrección sin milagro
Para el idealismo moderno y el progresismo cristiano, la resurrección surge de la idealización póstuma de Jesús muerto. La gloria nace de una derrota. De este modo se altera la narración evangélica para la cual la fe nace de la percepción real del Resucitado, de Aquel que ha derrotado a la muerte. Así dice Andrés Torres Queiruga, La risurrezione senza miracolo, recientemente traducido al italiano2 , en la frase de portada que comenta el texto: "No solamente la resurrección no es un milagro, sino que ni siquiera es un acontecimiento empírico. Y la fe en la resurrección no depende del hecho de que se acepte o rechace la realidad histórica del sepulcro vacío". El opúsculo es interesante en la medida en que es la expresión culminante de una tendencia que, después de Bultmann, se ha vuelto hegemónica en los estudios exegéticos y teológicos: según la cual la resurrección es una piedra errante, un peñasco errático

que la crítica debe quitar para hacer comprensible al hombre moderno el contenido de la fe cristiana. Es la enseñanza progresista que expresa el nuevo gnosticismo cristiano.

a) No a la interpretación de siempre
Pretenden que no se dé una lectura realista de la resurrección y que sólo se admita la interpretación "simbólica", negando así la fe católica en la resurrección. En una singular inversión de los procesos cognitivos la fe no presupone el sepulcro vacío y la experiencia tangible del Resucitado; al contrario, es el Cristo resucitado que "aparece" en cuanto tal sólo en la precomprensión de la fe. De este modo una parte conspicua de la literatura teológica -la que da por descontado la oposición entre el "Cristo histórico" y el "Cristo de la fe"- abandona la posición realista y se encuentra, necesariamente, con el punto de vista idealista. Para éste no es la realidad, lo que acontece concretamente, lo que mueve y explica la "persuasión"; al contrario, es la "visión del mundo", la fe preliminar, la que hace que sean evidentes, "visibles", hechos que de otro modo no subsisten. La fe, privada de toda racionabilidad, ya no es "juicio" sino "pre-juicio" que "ve" de manera deforme de la realidad, lugar de una experiencia "mística", afectiva, idealizante. La fe idealiza, gracias a la mediación imaginativa, su objeto. En el caso del cristianismo esto significa que Cristo "aparece" como el resucitado en la fe, gracias a la fe. Fuera de la fe hay sólo el 'misterio' de una tumba vacía, de un cadáver desaparecido. Un problema que no le interesa a la fe, para la cual lo que importa es solamente el Cristo ideal, divino. La resurrección no necesita la carne de Jesús de Nazaret, su persona singular; basta la idea, el símbolo del Hombre-Dios. La fe vive de la idea, no de la realidad.
Este presupuesto, verdadero y propio a priori conceptual, es patente en el texto de Torres Queiruga. Para el filósofo de Santiago de Compostela las adquisiciones "irreversibles" de la exégesis y de la cultura actual hacen que ya no se pueda concebir "la presencia activa de Dios como una injerencia puntual, es decir, física y comprensible para los sentidos, en la trama del mundo"3. Una definición perfecta de la Encarnación que el autor suprime con una simple tachadura de su pluma. Al igual que Bultmann, para quien es "mitológica la concepción en que lo no-mundano, lo divino, aparece como mundano y como humano, el más allá como el más acá"4, tampoco para Torres Queiruga Dios puede obrar sensiblemente en este mundo. Por esto "el tratamiento de la resurrección de Jesús como "milagro" -el más espectacular- ha desaparecido definitivamente de los tratados serios. Hasta tal punto que incluso en los tratados más "ortodoxos" puede leerse la afirmación que la resurrección no sólo no es un milagro, sino que ni siquiera es un acontecimiento "histórico""5. La "experiencia" del Resucitado debe alejar toda presencia de tipo empírico. "Si el Resucitado fuera tangible o comiera, necesariamente estaría limitado por las leyes del espacio, es decir, no habría resucitado. Y lo mismo sucedería si fuera visible"6. Pensar diversamente significaría someterse al "imperialismo del principio empirista"7, hacer imposible "la racionabilidad razonable de la fe en la resurrección"8.

b) Según el A., los discípulos ni lo vieron ni lo tocaron, sólo lo imaginaron
Para el autor "los discípulos no vieron con sus ojos al Resucitado ni lo tocaron con sus manos, porque esto era imposible estando él fuera del alcance de sus sentidos"9. Lo que ellos "vieron" "no puede conservar ninguna relación material con un cuerpo espacio-temporal"10. Por lo demás, "ni siquiera para la vida en el espacio-tiempo puede tomarse sin más el cuerpo como soporte de la identidad", ni "se ve qué es lo que podría aportar la transformación (?) del cuerpo muerto, es decir, del cadáver"11. Para el "idealista" Torres Queiruga la "realidad" de Cristo resucitado no presupone su realidad sensible, corpórea, sino que se funda en la subjetividad del creyente, en las "experiencias psíquicas, de visualizaciones o imaginaciones de convicciones íntimas. Convicciones que pueden tener un referente real -el místico en su visión se conecta realmente a Cristo- sin que lo sea la forma en que se presenta"12. La "visión" presupone la experiencia interior, la condición personal y ambiental peculiar, a partir de la cual la "mediación imaginativa"13 -que el autor evoca citando a Kant- se concretiza dando forma al objeto de su aspiración. En el caso de los discípulos, "dentro de la cultura del tiempo, abierta a las manifestaciones extraordinarias y empíricas de lo sobrenatural, podía funcionar con toda naturalidad el esquema imaginativo de la resurrección como una especie de vuelta a la vida"14. Los discípulos creyeron verlo porque estaban predispuestos a ello por un contexto, un ámbito espiritual. Dentro de este horizonte el elemento decisivo, la chispa, la provoca la experiencia fundamental de la muerte de Jesús: "El contexto vivísimamente emotivo causado por el drama del Calvario"15. Es aquí, en el drama de la desaparición del ser querido, donde madura "lo que podríamos llamar kantianamente el "esquema imaginativo" para comprender la resurrección como ya acontecida"16. En el contexto mesiánicoescatológico de Israel la muerte de Jesús provoca un vacío desgarrador, una experiencia de dolor que empuja hacia su resolución. La cruz de Cristo se "transmuta" en la resurrección: "La resurrección tiene lugar en la misma cruz"17. Cristo, el muerto, vuelve a la vida en la fe. Torres Queiruga sigue a la letra, sin citarlo, a Rudolf Bultmann: "Cruz y resurrección como acontecimiento "cósmico" son todo uno"18.

La resurrección no es un acontecimiento real que sigue a la muerte de Jesús en la cruz. Es, simbólicamente, la transfiguración ideal de Cristo inducida por la experiencia trágica de su fin. Con una forma paradójica, que está en el centro del modelo idealista, la ausencia produce la presencia, el vacío da lugar a una plenitud, la privación se trueca en victoria. Esto requiere que se quite de la cruz el aspecto de escándalo, en sentido paulino: el Hijo de Dios colgado en lo que para los modernos es la horca. Este aspecto sería, en los Evangelios, una construcción literaria, no un elemento histórico. Torres Queiruga reconoce que "una costumbre inveterada, que se apoya con fuerza en la letra de los Evangelios, ha llevado a ver la cruz como un lugar de "escándalo", que decretaba el fin de la fe de los discípulos, los cuales a este punto huyeron, negando y traicionando a su Maestro. Para explicar la recuperación de la fe por parte de los discípulos tuvo que suceder algo extraordinario y milagroso que, con su evidencia irrefutable, los devolvió a la fe. Este algo sería la resurrección, que así obtiene una auténtica "demostración" histórica. No cabe negar que el tema tenga su fuerza, y de hecho sigue siendo el más corriente en los tratados en uso. Sin embargo, una reflexión más atenta ha mostrado, cada vez con más claridad y mayor aceptación entre los estudiosos, su naturaleza de "dramatización" literaria de corte apologético"19. Comprobaría esta conclusión el hecho de que la "hipótesis de una traición o de una negación resulta profundamente incomprensible e injusta para con los discípulos"20. Estos traicionaron a Jesús en el momento de la prueba suprema, fueron ingratos y sin corazón. Algo inadmisible para el autor. Por otra parte, el escándalo es válido para los romanos, no para los judíos: "Los criminales de Roma eran los héroes del pueblo sometido por ella"21.

La cruz de Cristo, en la óptica totalmente positiva perfilada por Torre Queiruga, no es lo que aleja, el lugar de la soledad. Todo lo contrario, es el punto coagulante de la fe: "La crucifixión, con el horrible escándalo de su injusticia, aparece como el más decisivo catalizador para comprender que lo sucedido en la cruz no podía ser el final definitivo"22. La cruz no es un punto de huida, sino de "cambio". Conclusión obligada, la de Torres Queiruga, en la medida en que entre la muerte de Jesús y la fe de la Iglesia naciente no sucede nada. El idealismo, como filosofía del no-acontecimiento, comporta un cortocircuito por el que la fe debe preceder al acontecimiento, no seguirlo. El argumento según el cual los discípulos huyen, aterrados y desmoralizados, tiene una "fuerza propia", como reconoce el autor, y, sin embargo, no puede admitirse. El vacío debe producir lo lleno, la muerte hacerse idea del Resucitado, y no generar escándalo, huida, desorientación. De otro modo sería "apologética", no historia. En su efectualidad el muerto es una bandera, el símbolo de una vida que no podía acabar.

Todo lo cual es 'tomar el rábano por las hojas', poner el carro adelante y los caballos atrás. Es un axioma que operari sequitur esse. Es negar el principio de no-contradicción afirmar que esse sequitur operari, como lo es hacer del primo posterior, o de lo posterior primo. Como sería que el A. comiera por el ano y defecara por la boca.


2. En la órbita del perverso e impío pensamiento hegeliano
a) La revelación inmanente
Es singular que Torres Queiruga cite varias veces a Kant -por la mediación imaginativa de la fe- y no cite en cambio a Hegel. Es singular porque su reflexión se sitúa, de manera perfecta, dentro del horizonte especulativo idealista, siguiendo su cristología a la hegeliana, con discordancias que, por el tema tratado, son totalmente marginales 23 . Como para Hegel, también para el filósofo español, la revelación "no consiste en la irrupción de algo exterior, sino en el descubrimiento de una presencia que, quizás ignorada o tal vez presentida, ya está dentro y trata de darse a conocer"24. El cristianismo concierne a la ontología, no a la historia. Revela lo que está presente desde siempre, aunque velado, en la interioridad del yo; es una relación inmanente, no inducida desde fuera. "No es que en un determinado momento Dios "entra" en el mundo para revelar algo con una intervención extraordinaria. Él siempre está presente y es activo en el mundo, en la historia y en la vida de los individuos, y siempre está tratando de hacer conocer su presencia, para que consigamos interpretarla de manera correcta"25. Por esto "lo que hace falta no es que el sol comience a brillar, sino que tengamos limpias y abiertas las ventanas"26. La Revelación no es Dios que se "revela", puesto que lo hace siempre, sino el descubrimiento humano "que constituye revelación en sentido estricto"27. Torres Queiruga deshistoriza radicalmente el cristianismo. Lo resuelve en una estructura ideal, en una concepción gnóstico-panteísta según la cual el Dios-en-el-mundo anhela hacerse cognoscible perforando el velo de sombra de la humana ignorancia. El Cristo histórico, como en Hegel, es solamente la "ocasión" del despertarse, en la conciencia, del conocimiento del Cristo ideal. A la par de Sócrates Él es la "comadrona" cuya arte mayéutica trae a la luz al Dios-en-nosotros según la "rica y profunda tradición del magister interior"28.

b) Negación de la dimensión empírica de la fe
Esta perspectiva, la idea de una revelación inmanente, respecto a la cual el Cristo histórico es solamente una provocación contingente, aclara el segundo punto de contacto entre Hegel y Torres Queiruga: la negación de la dimensión empírica de la fe. En sus Lecciones sobre la filosofía de la religión Hegel distingue una doble fe: la fe exterior y la fe interior. La fe "exterior" se basa en el Cristo histórico, en su persona y autoridad. Para Hegel, sin embargo, ésta es una fe limitada, contingente. Es "un modo exterior, accidental de la fe. La fe verdadera y propia reposa en el espíritu de verdad. La otra aún concierne a una relación con la presencia sensible inmediata. La fe verdadera y propia es espiritual, está en el espíritu: tiene por fundamento la verdad de la idea"29. Respecto a ella "la fe exterior, pues, ha de ser considerada sólo como un medio para alcanzar la verdadera fe; en cuanto exterior está sometida a la contingencia y el espíritu alcanza su verdad no según la contingencia, sino según el libre testimonio"30. La fe interior descansa sobre la idea eterna, sobre el ideal inmanente del espíritu, no sobre los milagros o sobre una revelación empírica. Esta es la fe que, según el idealista Hegel, "produce" la idea del Hombre-Dios, transforma al muerto en un resucitado. La fe interior realiza la metamorfosis del Cristo histórico, un utopista judío con un mensaje revolucionario, en el Cristo "teológico", divino. Gracias a ella la figura de Jesús de Nazaret es destinada a la memoria, al pasado, a la primera aparición no espiritual de lo divino.

c) La sublimación de la derrota de la Cruz
El término que media el paso entre las dos imágenes de Cristo, la empírica y la ideal y es el tercer elemento que une la cristología de Torres Queiruga a la hegeliana- es la muerte de Cristo. La muerte es la resurrección: este topos de la cristología idealista, desde Hegel a Bultmann, es el verdadero nudo en torno al cual se mueve gran parte de la exégesis histórico-crítica. Es un nudo que se sustenta, a nivel especulativo, sólo si vale la aserción de la dialéctica, según la cual lo positivo procede necesariamente de lo negativo. Como escribe el propio Torres Queiruga: "El pensamiento moderno, tanto filosófico como teológico, sabe de la capacidad reveladora de este tipo de experiencia, pues la propia contradicción interna de la misma obliga a buscar la síntesis superior que la reconcilie"31. En el caso de la muerte de Jesús "sólo la resurrección y la exaltación permitían superar este terrible contraste, que amenazaba con hundirlo todo en lo absurdo"32. De la muerte, de lo negativo, surge la necesidad de lo positivo. Una necesidad ideal: Cristo resucita en la idea, en la concepción de la comunidad, en la fe interior. No en la realidad factual. De ese modo, como escribe Hegel: "Esta muerte es el punto central en torno al cual gira todo, en su concepción reside la diferencia entre la concepción exterior y la fe, es decir, la mediación con el espíritu"33. Resulta, como consecuencia, que la fe auténtica se funda en la muerte de Jesús, no en su resurrección, surge del Cristo muerto, no del Cristo resucitado. El Cristo resucitado no funda la fe, es más bien "fundado", idealizado por la fe. El idealismo, que subyace en la oposición entre el Cristo de la fe y el Cristo de la historia, cambia los términos con que, en la concepción de la Iglesia, se presenta la relación entre fe y realidad. En la medida en que el Resucitado presupone ya la fe en el Hombre-Dios, esa fe debe surgir, necesariamente, de la sublimación de una derrota. El cristianismo, como dogma, surge de la idealización de un fracaso, no del empirismo joaneo basado en lo que fue "visto, oído, tocado con la mano".

3. Una muerte incomprensible y una fe sin resurrección
El idealismo histórico-crítico, basado en la dialéctica de lo negativo, hace difícil no sólo la comprensión de la resurrección -obra de "visionarios"-, sino también la de la muerte de Cristo. Si Jesús no fue condenado a muerte por haberse proclamado Dios, ¿por qué fue crucificado? Se niega la autoproclamación divina en nombre de la oposición entre el Cristo histórico y el Cristo de la fe. Solamente la comunidad de los creyentes diviniza a Jesús que de por sí nunca se concibió como Dios. Para explicar el motivo de la condena no queda otra alternativa que la hipótesis política: Jesús como posible zelote que, peligroso para el orden romano, fue crucificado. Es el leitmotiv del Jesús "judío" que guía la Inchiesta su Gesù de Corrado Augias y Mauro Pesce 34 . Una prueba más de una investigación, curiosa y a veces no banal, que, sin embargo, no consigue, por los presupuestos una vez más idealistas, aportar nada nuevo. El Jesús judío no cristiano35 de Augias-Pesce es un utopista, cercano al grupo de Juan Bautista, caracterizado por una confianza total en Dios y por una atención especial por los últimos. Un radical, pero sin utopía social organizada, que, más allá del tono y del testimonio, no muestra nada original, en la moral, respecto de la ley hebrea. ¿Por qué, entonces, este soñador, impolítico e inofensivo, fue condenado a muerte? Pesce declara que el poder romano no condenó a muerte a Jesús por motivos religiosos, sino políticos. Las responsabilidades de los miembros de Sanedrín son obra de la reconstrucción, posterior, de los redactores de los Evangelios, filorromanos. Pero ¿cuáles son los motivos políticos por los que Jesús fue condenado? Se trata de sospechas sobre la naturaleza de un movimiento, surgidas en quien "no ha captado las intenciones reales de la acción de Jesús. Por parte de los romanos se trató de un burdo y grave error de valoración política"36.

Una consideración sorprendente de verdad, que deja pendiente los motivos de la condena a muerte de Jesús. Motivos, que por lo demás, no conciernen, y también esto resulta extraño, a sus discípulos. Igualmente misteriosa es la resurrección, que no fue afirmada por testigos oculares sino por videntes que "veían" dentro de los esquemas cultural-religiosos de Israel. Es asimismo enigmático, en el libro Inchiesta su Gesù, el nacimiento del cristianismo. Pesce no está de acuerdo "con la idea de que el cristianismo nace con la fe en la resurrección de Jesús, ni que nazca gracias a Pablo [...]. Pablo como Jesús, no es un cristiano, sino un judío que permanece en el hebraísmo"37.

El cristianismo nacería, más tarde, en la segunda mitad del siglo II en un proceso de helenización de la posición originaria hebrea. Respecto a Hegel y a Torres Queiruga, Augias y Pesce añaden otra fractura que hace que sea aún más enigmático el nacimiento de la fe cristiana. En el marco hegeliano el cristianismo está mediado por la muerte de Jesús, cuyo producto es la idea del resucitado. En Inchiesta su Gesù surge mucho después de la visión de la resurrección, fruto no de la fe sino de una tardía elaboración teológico-filosófica de impronta helenística. Lo que permanece firme es el topos dominante: la fe no se funda en la resurrección, la precede o la sigue sin tener ninguna relación con ella. Un planteamiento que, en vez de simplificar el problema, lo complica enormemente. Si el Cristo histórico es que el describen Augias y Pesce, un judío observante que carece de originalidad, no se entiende cómo puede ser "el hombre que ha cambiado el mundo". No se comprende por qué fue condenado. Si este hombre terminó su vida derrotado, no se comprende, para quien no acepta la necesidad lógica de la dialéctica, cómo de un muerto puede surgir, en la primitiva comunidad, la fe en un vivo. No se comprende, por último, cómo el "Cristo de la fe" puede prescindir de la resurrección, sea real o imaginaria, y formarse sólo en el siglo II, como pretende Pesce.

Un destino singular para el racionalismo histórico-crítico: nacido con la intención de dar claridad al contexto, consigue delinear un cuadro de conjunto lleno de zonas de sombra y saltos en el vacío. El modelo idealista demuestra todos sus límites. Partiendo del prejuicio que el hecho no puede haber acontecido -que Dios no puede hacerse hombre y resucitar de la muerte- debe justificar la fe como idealización. Pero así la narración evangélica se vuelve incomprensible. Si las descripciones del Cristo resucitado constituyen el gran enigma, para el lector antiguo y moderno, su anulación, sin embargo, produce una serie de interrogantes sin respuesta. El Cristo "histórico" se vuelve incomprensible. Hallado, arqueológicamente, bajo los estratos de la fe, aparece como un soñador, radical e ingenuo al mismo tiempo, que no motiva el incendio que embistió la historia. Las conclusiones del racionalismo crítico - sacar a un vivo de un muerto, una revolución espiritual de un utopista análogo a muchos más- son profundamente irrazonables. El fracaso de esta postura es la premisa "crítica" para una reanudación de una postura realista que no tiene la pretensión de demostrar el dogma, sino la de reconocer que va contra toda evidencia racional, humana, afirmar que la vista desolada de un crucificado pueda generar la idea, gloriosa, de un resucitado.

El A. no cree en la Revelación, no cree en Dios Omnipotente y Omnisciente, no cree en la Encarnación, no cree en la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo... y es un perfecto sofista. Todo un ejemplo de lo que no debe ser un teólogo católico. Sólo y únicamente suma a favor de la ideología gnóstica.
(BUELA, C., www.padrebuela.com.ar)

[1] Seguimos, libremente, a Massimo Borghesi, 30Días, n. 10, 2006, 56-65.
[2] A. Torres Queiruga, La risurrezione senza miracolo, tr. it., Edizioni La Meridiana, Molfetta (Ba) 2006. El texto, del que no se indica el original español, es una síntesis de la obra mayor, Repensar la resurrección. La diferencia cristiana en la continuidad de las religiones y de la cultura, Trotta, Madrid 2003.
[3] A. Torres Queiruga, La risurrezione senza miracolo, cit., p. 8.
[4] R. Bultmann, Neues Testament und Mythologie. Das Problem der Entmythologisierung der neutestamentlichen Verkündigun, Herbert Reich Verlag, Hamburg-Bergsted 1948, tr. it., Nuovo Testamento e mitologia. Il problema della demitizzazione del messaggio neotestamentario, en: R. Bultmann, Nuovo Testamento e mitologia, Queriniana, Brescia 1973, p.119.
[5] A. Torres Queiruga, La risurrezione senza miracolo, cit., p. 8.
[6] Ibid., p.42.
[7] Ibid., p. 48.
[8] Ibid., p. 47.
[9] Ibid., pp. 46-47.
[10] Ibid., p. 49.
[11] Ibid., p. 54. De manera idéntica Kant afirma: "A la razón no le interesa arrastrar en la eternidad a un cuerpo que (admitido que la personalidad se asiente en la identidad del cuerpo) debe siempre, por purificado que sea, estar compuesto por la misma materia que se encuentra en la base del nuestro organismo y a la que el hombre mismo no se ha unido nunca durante la vida; ni se comprende qué puede tener en común con el cielo esta tierra calcárea de la que está formado el hombre "(I. Kant, La religione nei limiti della semplice ragione, tr. it. in: I. Kant, Scritti morali, Utet, Turín, 1970, p. 457, nota a). [Jamás fue cadáver el cuerpo muerto de Jesús, porque estuvo siempre unido a su única Persona divina, la del Verbo].
[12] A. Torres Queiruga, La risurrezione senza miracolo, cit., p.42.
[13] Ibid, p. 65.
[14] Ibid, p. 41.
[15] Ibid., p. 23.
[16] Ibid.
[17] Ibid., p. 53. Este disparate ya nos lo enseñaba un profesor del Seminario en la década del 60.
[18] R. Bultmann, Nuovo Testamento e mitologia. Il problema della demitizzazione del messaggio neotestamentario, cit., p.165.
[19] A. Torres Queiruga, La risurrezione senza miracolo, op. cit., pp. 26-27. El subrayado es nuestro.
[20] Ibid., p. 26.
[21] Ibid., p. 29.
[22] Ibid., p. 30.
[23] Sobre la cristología hegeliana véase M. Borghesi, La figura di Cristo in Hegel, Studium, Roma 1983; Idem, L'età dello Spirito in Hegel. Dal Vangelo "storico" al Vangelo "eterno", Studium, Roma 1995.
[24] A. Torres Queiruga, La risurrezione senza miracolo, op. cit., p. 59.
[25] Ibid., p. 36.
[26] Ibid., p. 36.
[27] Ibid., p. 37.
[28] Ibid., p. 38.
[29] G.F.W. Hegel, Lezioni sulla filosofia della religione, tr. it., 2 vols., Zanichelli, Bolonia 1974, vol.II, pp. 388- 389.
[30] Ibid., vol.I, p. 283.
[31] A. Torres Queiruga, La risurrezione senza miracolo, cit., p. 30. Subrayado nuestro.
[32] Ibid., p. 31.
[33] G.F.W. Hegel, Lezioni sulla filosofia della religione, cit., vol.II, p. 372.
[34] C. Augias - M. Pesce, Inchiesta su Gesù. Chi era l'uomo che ha cambiato il mondo, Mondadori, Milán, 2006.
[35] Cf. Ibid., pp. 221 y 237.
[36] Ibid., pp.168-169.
[37] Ibid., p. 201.



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Aplicación: Mons. Fulton Sheen La herida más grave de la tierra: La tumba vacía

En la historia del mundo sólo se ha dado una vez el caso de que delante de la entrada de una tumba se colocara una gran piedra y se apostara una guardia para evitar que un hombre muerto resucitara de ella: fue la tumba de Cristo en la tarde del viernes que llamamos Santo. ¿Qué espectáculo podría haber más ridículo que el ofrecido por unos soldados vigilando un cadáver? Pero fueron puestos centinelas para que el muerto no echara a andar, el silencioso no hablara y el corazón traspasado no volviera a palpitar con una nueva vida. Decían que estaba muerto, sabían que estaba muerto; decían que no resucitaría, y, sin embargo, vigilaban. Le llamaban abiertamente impostor. Pero ¿seguiría acaso engañando? ¿Acaso el que les había "engañado" dejándoles que creyeran que habían ganado la batalla, ganaría la guerra de la verdad y del amor? Recordaban que Jesús había dicho que su cuerpo era el Templo y que, después de tres días de que ellos lo hubieran destruido, él volvería a edificarlo; recordaba también que se había comparado con Jonás, y había dicho que, así como Jonás había estado en el vientre de la ballena por tres días, así Él estaría en el seno de la tierra por tres días y luego resucitaría. Al cabo de tres días recibió Abraham a su hijo Isaac, ofrecido antes en sacrificio; tres días estuvo Egipto sumido en tinieblas que no eran naturales; al tercer día se apareció Dios en el monte Sinaí. También ahora existía cierta preocupación por lo que ocurriría el tercer día. Al amanecer del sábado, por tanto, los principies de los sacerdotes y los fariseos, quebrantando el descanso sabático, se presentaron ante Pilato para decirle:
"Señor, recordamos que aquel impostor dijo mientras vivía aún:
'Después de tres días resucitaré'.
Manda, pues, asegurar el sepulcro hasta el día tercero,
No sea que vengan sus discípulos de noche y le hurten, y digan al pueblo:
'Ha resucitado de entre los muertos'.
Y el postrer error será pero que el primero".
(Mt 27, 63 s.)

El que ellos pidieran una guardia hasta el "tercer día" indicaba que pensaban más en las palabras que había dicho Cristo que en el temor que pudieran sentir de que los apóstoles robaran un cadáver y lo colocaran de pie simulando una resurrección. Pero Pilato no se sentía de humor para ver a aquel grupo porque ellos eran los culpables de que hubiera condenado sangre inocente. Había hecho su investigación oficial para cerciorarse de que Cristo estaba muerto; no se sometería a la idea absurda de usar los soldados del césar para custodiar una tumba judía. Pilato les dijo así.
"Tenéis una guardia: Id, y guardadlo como sabéis".
(Mt. 27, 65)
La guardia era para prevenir la vi
olencia, el sello era para prevenir un fraude. Debería haber un sello, y los enemigos serán quienes lo pusieran. Debía una guardia, y los enemigos serían quienes se encargaran de ello. Los certificados de la muerte y resurrección serían, por lo tanto, firmados por los mismos enemigos. Por medio de la naturaleza, los gentiles ase aseguraron de que Cristo estaba muerto; los judíos, por medio de la ley.

"Ellos, pues, se fueron, y sellando la piedra aseguraron el sepulcro por medio de la guardia". (Mt 27, 66) El rey yacía de cuerpo presente con su guardia personal a su alrededor. Lo más asombroso en este espectáculo de la vigilancia en torno a un cadáver era que los enemigos de Cristo esperaban la resurrección. Más no así sus amigos. En este caso los fieles eran los escépticos; los infieles eran los que creían. Sus seguidores necesitaban y pidieron pruebas antes de darse por convencidos. En las tres grandes escenas del drama de la resurrección hubo una nota de tristeza e incredulidad. La primera escena fue la de una llorosa Magdalena que vino por la mañana temprano a la tumba, provista de especias aromáticas, no para saludar al Salvador resucitado, sino para ungir su cuerpo inerte.
Magdalena junto al sepulcro.

En el amanecer del domingo viose a varias mujeres que se acercaban al sepulcro. El mismo hecho de que las mujeres llevaran drogas aromáticas demuestra que no esperaban la resurrección. Esto parece extraño después de las muchas referencias que nuestro Señor había hecho a su muerte y resurrección. Pero, por lo visto, los discípulos y las mujeres, cuando Jesús les hablaba de su pasión, parecían recordar más lo que había dicho de su muerte que lo de su resurrección. Nunca se les ocurrió que esto fuera posible. Era algo extraño a su modo de pensar. Cuando la gran piedra fue rodada hasta la entrada del sepulcro, no sólo quedó sepultado Cristo, sino también todas las esperanzas de ellos. La única idea que tenían las mujeres en aquellos momentos era la de ungir el cuerpo examine de Cristo, acción que era fruto de su amor falto de esperanza y de fe. Dos de ellas, por lo menos, habían presenciado el sepelio; de ahí que lo que principalmente les interesaba fuera la acción práctica.
"¿Quién nos apartará la piedra de la puerta del sepulcro?"
(Mc 16, 3)

Era el grito de los corazones de poca fe. Unos hombres vigorosos habían cerrado la entrada de la tumba colocando contra ella aquella gran piedra; la preocupación de las mujeres era hallar el modo de apartarla para poder realizar su obra de misericordia. Los hombres no acudieron a la tumba hasta que fueron requeridos para que lo hicieran, tan poco era la fe lo que en aquellos momentos tenían. Pero las mujeres fueron solamente porque en su tristeza trataban de hallar consuelo al embalsamar al difunto. Nada resulta más antihistórico que decir que las piadosas mujeres estaban esperando que Cristo resucitara de entre los muertos. La resurrección era algo que nunca esperaron. Sus ideas no estaban alimentadas por ninguna clase de substancia de la cual pudiera desarrollarse tal esperanza.
Pero al aproximarse vieron que la piedra había sido retirada. Antes de que llegasen se había producido un gran terremoto, y un ángel del Señor, descendido del cielo, apartó la piedra y se sentó sobre ella:
"Su aspecto era como un relámpago y su vestido blanco como la nieve;
Y por miedo de él los guardas temblaron y quedaron como muertos".
(Mt 28, 4)
Al acercarse las mujeres vieron que aquella piedra, a pesar de ser tan grande, había sido ya retirada de su sitio. Pero no llegaron inmediatamente a la conclusión de que su cuerpo había resucitado. La conclusión a que podían haber llegado era que alguien había retirado el cadáver. En vez del cuerpo de su Maestro, vieron a un ángel cuyo aspecto era como el de un deslumbrador relámpago y sus vestidos nívea blancura, el cual les dijo;
"¡No os asustéis! Buscáis a Jesús nazareno, que fue crucificado; ha resucitado;
no está aquí, mirad el lugar donde le pusieron; mas partid, decid a sus discípulos
y a Pedro: Él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, así como os lo dijo".
(Mc 16, 6-8)

Para un ángel, la resurrección no eran ningún misterio, pero sí lo habría sido la muerte de Jesús. Para el hombre, la muerte de Jesús no era ningún misterio, pero sí lo sería su resurrección. Por tanto, lo que ahora era objeto de anuncio era lo que había resultado natural para el ángel. El ángel era uno más de los guardianes que los enemigos habían colocado junto a la tumba del Señor, un soldado más de los que Pilato había autorizado.

Las palabras del ángel fueron el primer evangelio predicado después de la resurrección, y este evangelio remontábase hasta la pasión, puesto que el ángel habló de Él como de "Jesús el nazareno, el cual fue crucificado". Estas palabras encerraban el nombre de su naturaleza humana, la humildad de su lugar de residencia y la ignominia de su muerte; estas tres cosas: humildad, ignominia y oprobio, son puestas en contraste con la gloria de su resurrección de entre los muertos. Belén, Nazaret y Jerusalén se convierten en señal de identificación de su resurrección.

Las palabras del ángel: "Mirad el lugar donde le pusieron", confirmaba la realidad de su muerte y el cumplimento de las antiguas profecías. Las lápidas funerarias llevan la inscripción. Hic iacet, "Aquí reposa"; luego sigue el nombre del difunto y tal vez alguna frase de elogio sobre el mismo. Pero aquí, formando contraste con esto, el ángel no escribió, mas expresó un epitafio diferente, "Él no está aquí". El ángel hizo que las mujeres contemplaran el lugar en que el cuerpo del Señor había sido colocado como si la tumba vacía fuera prueba suficiente del hecho dela resurrección. Las indujo a que se apresuraran a anunciar la resurrección. El nacimiento del Hijo de Dios fue anunciado a una mujer virgen. A una mujer caída le fue anunciada su resurrección.

Las mujeres que vieron la tumba vacía recibieron el encargo de ir a Pedro, que había tentado en cierta ocasión al Señor para que renunciara a su cruz y que por tres veces había negado conocerle. El pecado y la negación no pudieron reprimir el amor divino. Aunque pareciera paradójico, cuanto mayor era el pecado, menor era la fe; y, sin embargo, cuanto mayor era el arrepentimiento del pecado, mayor la fe. Los que recibieron las muestras más expresivas de amor fueron la oveja perdida, los publicanos y las rameras, los Pedros negadores y los Pablos perseguidores. Al hombre que había sido llamado la Roca y que quiso apartar a Cristo de su cruz, el ángel le mandaba ahora, por medio de tres mujeres, el mensaje de la resurrección; "Id y decid a Pedro".
La misma preeminencia individual que se dio a Pedro en la vida pública de Jesús continuaba dándose en el período de la resurrección. Pero aunque se mencionaba aquí a Pedro junto con los apóstoles de los cuales era él la cabeza, el Señor se apareció a Pedro a solas antes de manifestarse a los discípulos de Emaús. Esto resulta evidente del hecho de que más adelante dirían los discípulos que el Señor se había aparecido a Pedro. La buena nueva de la redención era dada a una mujer que había caído y a un apóstol que había negado, pero ambos se habían arrepentido.

María Magdalena, que en la semioscuridad del crepúsculo se había adelantado a sus compañeras, observó que la piedra había sido ya apartada y que la entrada del sepulcro estaba abierta. Una rápida mirada la convenció de que la tumba estaba vacía. En seguida pensó en ir a avisar a los apóstoles Pedro y Juan. Según la ley mosaica, no podía llamarse a una mujer a declarar como testimonio. Pero María no les llevaba noticias de resurrección, puesto que no la estaba esperando. Suponía que el Maestro se hallaba todavía bajo el poder de la muerte cuando dijo a Pedro y a Juan:
"Han quitado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto".
(Jn 20, 2) De todos los discípulos y seguidores hubo sólo cinco que estuvieron "velando": tres mujeres y dos hombres, como las cinco vírgenes que guardaban la llegada del esposo. Todos ellos estaban lejos de sospechar que Jesús hubiera resucitado.

Llenos de excitación, Pedro y Juan corrieron al sepulcro dejando a María mucho más atrás. Juan era el que más corría, por lo cual llegó antes que su compañero. Cuando llegó Pedro, ambos entraron en el sepulcro, donde vieron los lienzos por el suelo, así como el sudario que habían puesto sobre la cabeza de Jesús, pero este velo o sudario no estaba junto con los lienzos, sino doblado en cierto lugar aparte. Lo que había tenido efecto, había sucedido de una manera correcta y ordenada, no como si lo hubiera hecho un ladrón, ni siquiera un amigo. El cuerpo había desaparecido de la tumba; las vendas fueron encontradas enrolladas. Si los discípulos hubieran robado el cuerpo, con la prisa no se habrían entretenido en quitarle las vendas y dejando allí los lienzos. Cristo se había desembarazado de sus ataduras por su divino poder. Pedro y Juan
"No conocían todavía la Escritura, que decía que había de resucitar de entre los muertos". (Jn 20, 9) Tenían los hechos y la prueba de la resurrección, pero no comprendían todo su significado. El Señor dio comienzo ahora a la primera de sus once apariciones registradas en la Biblia entre su resurrección y ascensión; a veces a sus apóstoles, otras a quinientos hermanos juntos, y en otras ocasiones a las mujeres. La primera aparición fue a María Magdalena, la cual volvió al sepulcro después de que Pedro y Juan hubieron salido de él. Parecía no caberle en la cabeza la idea de la resurrección, a pesar de que ella misma había resucitado de una tumba sellada por los siete demonios del pecado. Al encontrar la tumba vacía, volvió a romper a llorar. Con los ojos bajos, mientras el sol matutino empezaba a extender su claridad por encima de la hierba cubierta de rocío, advirtió vagamente la presencia de alguien que le preguntaba:
"Mujer: ¿por qué lloras?"
(Jn 20, 13)
Estaba llorando por lo que había perdido, pero la pregunta que se le hacía le hizo interrumpir su llanto para responder:
"Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto".
(Jn 20, 14)

No hubo terror al ver los ángeles, puesto que aun el mundo en llamas no la habría conmovido, tanta era la pena que se había adueñado de su alma. Al contestar, María se volvió y vio a Jesús de pie ante ella, pero no le reconoció. Creyó que era el hortelano, el hortelano de José de Arimatea. Suponiendo que este hombre sabría dónde podía encontrar al Señor, María Magdalena se arrodilló y preguntóle:
"¡Señor, si tú le has quitado de aquí, dime dónde les has puesto, y yo me lo llevaré!" (Jn 20, 15) ¡Pobre Magdalena! ¡Agotada por la fatiga del viernes santo, rendida por la angustia del sábado santo, con las fuerzas debilitadas al extremo, y todavía pensaba en "llevárselo"! tres veces habló de Él sin mencionar su nombre. La fuerza de su amor era tan grande, que suponía que nadie podía creer que se refiriera a ninguna otra persona. Díjole entonces Jesús:
"¡María!"
(Jn 20, 15)
Aquella palabra la sorprendió más que si acabara de oír un trueno repentino. Había oído decir una vez a Jesús que Él llamaba a sus ovejas por su nombre. Y ahora María se volvió hacia aquel que personificaba todo el pecado, la tristeza y las lágrimas del mundo y marcaba cada alma con un amor personal, particular e individual, y, al ver en la manos y pies de aquel hombre las llagas rojas y amoratadas, sólo pronunció esta palabra.
"¡Rabboni!"
(Jn 20, 16)

(Que en hebreo significa "Maestro"). Cristo había dicho "María" y puesto todo el cielo en esta sola palabra. María había pronunciado también una sola palabra, y en ella estaba comprendido todo lo de la tierra. Después de la noche del alma, producíase ahora este deslumbramiento; después de horas de desesperación, esta esperanza; después de la búsqueda, el hallazgo; después de la pérdida, este descubrimiento. Magdalena estaba preparada solamente para verter lágrimas de respeto sobre la tumba; para lo que no hallaba preparada era para ver caminar al Maestro en alas de la mañana.
Sólo la pureza y un alma exenta de pecado podía recibir al santísimo Hijo de Dios en su llegada a este mundo; de ahí que Maria Inmaculada saliera a su encuentro en las puertas de la tierra, en la ciudad de Belén. Pero solamente un alma pecadora arrepentida, que a su vez había resucitado ya de la tumba del pecado a una nueva vida en Dios, podía comprender adecuadamente el triunfo sobre el pecado. En honor a las mujeres, hay que pregonar eternamente; una mujer fue quien más cerca de la cruz estuvo el viernes santo, y la primera junto a la tumba en la mañana de la pascua.

María estuvo siempre a los pies de Jesús. Allí estuvo al ungirle para su sepultura; allí estuvo en su crucifixión, ahora, llena de alegría al ver de nuevo al Maestro, se arrojó a sus pies para abrazárselos. Pero Él le dijo, impidiéndolo con un ademán:
"No me toques; porque no he subido todavía al Padre".
(Jn 20, 17)
Las muestras de afecto de María iban dirigidas más al Hijo del hombre que al Hijo de Dios. Por ello le decía que no le tocase. San Pablo daría a los corintios y a los colosenses la misma lección:
"Aunque hayamos conocido a Cristo según la carne, ahora empero ya no le conocemos así".
(2Cor 5, 16)
"Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra;
porque ya moristeis, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios."
(Col 3, 2)

Sugeríale Jesús que era preciso que se secara las lágrimas, no porque había vuelto a verle, sino porque él era el Señor de los cielos. Cuando subiera a la derecha del Padre, lo que significaba el poder del Padre; cuando enviara el Espíritu de la Verdad, que sería el nuevo Consolador de ellos y la presencia íntima de Jesús, entonces María tendría realmente a aquel por quien suspiraba: el Cristo resucitado y glorificado. Después de su resurrección era ésta la primera vez que aludía a la nueva relación que existía entre Él y los hombres, relación de la que tanto había hablado durante la noche de la última cena. Habría que dar la misma lección a sus discípulos, que estaban demasiado preocupados por la forma humana del Maestro, diciéndoles que era conveniente que los abandonase. Magdalena deseaba estar con Él como antes de la resurrección, olvidando que la crucifixión había sido necesaria para la gloria de Jesús y para que éste pudiera enviar su Espíritu.

Aunque Magdalena se viera humillada por la prohibición que le dio nuestro Salvador, estaba destinada, sin embargo, a experimentar que era ensalzada al tener el honor de llevar la noticia de la resurrección. Los hombres habían comprendido el significado de la tumba vacía, pero no su relación con respecto a la redención y la victoria sobre el pecado y el mal. María Magdalena estaba destinada a romper el precioso vaso de alabastro de la resurrección de Jesús, para que su aroma llenara el mundo. Jesús le dijo: "Ve a mis hermanos, y diles que subo a mi Padre y vuestro Padre, y a mi Dios y vuestro Dios". (Jn 20, 17) Ésta era la primera vez que llamaba a sus apóstoles "mis hermanos". Antes de que el hombre pudiera ser hijo de Dios, tenía que ser redimido de la enemistad con Dios.

"En verdad, en verdad os digo
que a menos que el grano de trigo caiga en tierra y muera, queda solo;
mas si muere, lleva mucho fruto".
(Jn. 12, 24)

Aceptó la crucifixión para multiplicar su condición de Hijo y hacer que muchos otros fueran también hijos de Dios. Pero habría una gran diferencia entre Él mismo como Hijo natural y los seres humanos que por medio de su Espíritu llegarían a ser hijos adoptivos. De ahí que, como siempre, hiciera una neta distinción entre "mi Padre y "vuestro Padre" Ni una sola vez en su vida dijo "nuestro Padre", como si la relación entre Él y el Padre fuera la misma entre el Padre y ellos; su relación con el Padre era única e intransferible; la filiación era de Él por naturaleza; los hombres solamente podía llegar a ser hijos de Dios por la gracia y el espíritu de adopción:
"Tanto el que santifica, como los que son santificados, tienen un mismo origen;
por cuya causa no se avergüenza de llamarlos hermanos".(Heb 2, 11)

Tampoco dijo a María que informara a los apóstoles de que había resucitado, sino más bien de que subiría al Padre. La resurrección quedaba implicada en la ascensión, la cual tardaría aún cuarenta días en realizarse. Su propósito no era precisamente recalcar que el que había muerto estaba vivo ahora, sino que aquello era el comienzo de un reinado espiritual que se haría visible y unificado cuando Él enviara su Espíritu.

Obediente, María Magdalena corrió a avisar a los discípulos, que estaban "lamentándose y llorando". Les dijo que había visto al Señor y las palabras que Él le había dicho. ¿Cómo recibieron ellos la noticia? Una vez más el escepticismo, la duda y la falta de fe. Los apóstoles habían oído al Señor hablar en símbolos, parábolas, figuras y también directamente acerca de la resurrección que seguiría a su muerte, pero:
"Al oír que vivía y había sido visto por ella, no lo creyeron". (Mc 16, 11)
Eva creyó a la serpiente, pero los discípulos no creían al Hijo de Dios. En cuanto a lo que María y cualquier otra mujer pudiera decir sobre la resurrección del Maestro,
"Sus palabras les parecían un desvarío, y no las creían". (Lc 24, 11)

Esto era un modo de predecir cómo recibiría el mundo la noticia de la redención. María Magdalena y las otras mujeres no creían al principio en la resurrección; tuvieron que convencerse de ello. Tampoco creyeron los apóstoles. Su respuesta fue: "¡Ya conocéis a las mujeres! Siempre están imaginando cosas". Mucho antes de que hiciera su aparición la psicología científica, la gente siempre temía que la mente les hiciera alguna jugarreta. La incredulidad moderna frente a lo extraordinario no es nada en comparación con el escepticismo que saludó inmediatamente las primeras noticias de la resurrección. Lo que los modernos escépticos dicen acerca del relato de la resurrección, los discípulos fueron los primeros en decirlo, o sea, que se trataba de un cuento de viejas. Como agnósticos primitivos de la cristiandad, los apóstoles convinieron unánimemente en rechazar como un engaño toda aquella historia. Algo muy extraordinario había de ocurrir y una prueba muy concreta había de dárselas para que todos aquellos escépticos vencieran la repugnancia que sentían para creer.

Su escepticismo era incluso más difícil de superar que el escepticismo moderno, porque el suyo procedía de una esperanza que aparentemente había sido frustrada en el Calvario; éste era un escepticismo mucho más difícil de curar que el escepticismo moderno, que carece de toda esperanza. Nada más lejos de la verdad que afirmar que los seguidores de nuestro Señor estaban esperando la resurrección, y que, por tanto, se hallaban dispuestos a creerla o a consolarse de una pérdida que parecía irreparable. Ningún agnóstico ha escrito acerca de la resurrección algo que Pedro o los otros apóstoles no hubieran pensado antes. Cuando murió Mahoma, Omar salió corriendo de su tienda empuñando la espada, y declaró que mataría a cualquiera que dijera que el Profeta había muerto. En el caso de Jesús existía predisposición a creer que había muerto y aversión a creer que estuviera vivo. Pero quizá se les permitiera dudar para que los fieles de los siglos venideros no dudaran jamás.
(MONS. FULTON SHEEN, Vida de Cristo, Barcelona, Ed. Herder, 1996, pp. 446-ss.)

 

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