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Domingo de Resurrección -  Comentarios de Sabios y Santos II: preparemos con ellos la Acogida de la Palabra de Dios

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A su disposición

Directorio Homilético

Comentarios a las lecturas de la Fiesta

Exégesis: P. Joseph M. Lagrange, O. P. - El sepulcro vacío (Lc 24, 1-12; Mc 16, 1-8; Mt 18, 1-8; Jn 20, 1-10)

Comentario Teológico: Directorio Homilético - Lecturas del Antiguo Testamento en la Vigilia Pascual

Santos Padres: San Agustín - La resurrección de Cristo y la de los fieles.

Aplicación:  P. Alfredo Sáenz,S.J. - Vigilia Pascual

Aplicación: P. Alfredo Sáenz, S. J. - Domingo de Pascua Victoria de la Vida

Apliclación: SS.Benedicto XVI - Domingo de Resurrección 

Aplicación: P. Loring S.J. - La Sábana Santa

Ejemplos

 

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Directorio Homilético

(Estamos en la Primera Parte del Directorio Homilético. Esta Primera Parte está dividida en tres capítulos. El primero se titula “La homilía”; el segundo se titula “La interpretación de la Palabra de Dios en la liturgia”. Y el tercero es el que presentamos ahora)

III. LA PREPARACIÓN

26. «La preparación de la predicación es una tarea tan importante que conviene dedicarle un tiempo prolongado de estudio, oración, reflexión y creatividad pastoral» (EG 145). El Papa Francisco pone en evidencia esta advertencia con palabras muy fuertes: un predicador que no se prepara, que no reza, «es deshonesto e irresponsable» (EG 145), «un falso profeta, un estafador o un charlatán vacío» (EG 151). Claramente, en la preparación de las homilías el estudio reviste un valor inestimable pero la oración permanece como esencial. La homilía se desarrolla en un contexto de oración y debe ser preparada en un contexto de oración. «El que preside la Liturgia de la palabra, compartiendo con los fieles, sobre todo en la homilía, el alimento interior que contiene esta palabra» (cf. OLM 38). La acción sagrada de la predicación está íntimamente unida a la naturaleza sagrada de la Palabra de Dios. La homilía, en un cierto sentido, puede ser considerada en paralelo con la distribución del Cuerpo y Sangre de Cristo a los fieles en el Rito de la Comunión. La Palabra sagrada de Dios viene “distribuida”, en la homilía, como alimento de su pueblo. La Constitución dogmática sobre la divina Revelación, con palabras de san Agustín, pone en guardia para evitar de convertirse en «predicador vacío y superfluo de la Palabra de Dios que no la escucha en su interior». Y más adelante, en el mismo párrafo, se exhorta a todos los fieles a leer la Escritura en actitud de devoto diálogo con Dios porque, según san Ambrosio, «a Él hablamos cuando oramos, y a Él oímos cuando leemos las palabras divinas» (DV 25). El Papa Francisco llama la atención sobre cómo los propios predicadores deben de ser los primeros a ser heridos por la viva y eficaz Palabra de Dios, para que esta penetre en los corazones de los que los escuchan (cf. EG 150).

27. El Santo Padre recomienda a los predicadores que establezcan un profundo diálogo con la Palabra de Dios recurriendo a la lectio divina que está compuesta de: lectura, meditación, oración y contemplación (cf. EG 152). Este cuádruple enfoque se basa en la exégesis patrística de los significados espirituales de la Escritura y ha sido desarrollado, en los siglos sucesivos, por los monjes y monjas que, en la oración, han reflexionado sobre las Escrituras durante toda la vida. El Papa Benedicto XVI describe los pasos de la lectio divina en la Exhortación apostólica Verbum Domini:

«Se comienza con la lectura (lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre el conocimiento de su contenido auténtico: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sin este momento, se corre el riesgo de que el texto se convierta sólo en un pretexto para no salir nunca de nuestros pensamientos. Sigue después la meditación (meditatio) en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? Aquí, cada uno personalmente, pero también comunitariamente, debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente. Se llega sucesivamente al momento de la oración (oratio), que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia. Por último, la lectio divina concluye con la contemplación (contemplatio), durante la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la realidad, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? San Pablo, en la Carta a los Romanos, dice: “No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto” (12,2). En efecto, la contemplación tiende a crear en nosotros una visión sapiencial, según Dios, de la realidad y a formar en nosotros “la mente de Cristo” (1 Co 2,16). La Palabra de Dios se presenta aquí como criterio de discernimiento, “es viva y eficaz, más tajante que la espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón” (Hb 4,12). Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio), que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad» (cf. VD 87). 

28. Este es un método fructuoso y válido para todos para rezar con las Escrituras que se recomienda, así mismo, al homileta como modo de meditar sobre las lecturas bíblicas y sobre los textos litúrgicos, con un espíritu de oración, cuando se prepara la homilía. La dinámica de la lectio divina ofrece, además, un parámetro eficaz para acoger la función de la homilía en la Liturgia y cómo esta incide en el proceso de su preparación. (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 26 - 28)

 

 

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Comentarios a Las Lecturas del Domingo

 

Exégesis: P. Joseph M. Lagrange, O. P. - El sepulcro vacío (Lc 24, 1-12; Mc 16, 1-8; Mt 18, 1-8; Jn 20, 1-10)

 Cuentan los cuatro evangelistas, cada uno a su manera, cómo el sepulcro de Jesús fue hallado vacío, con extrañeza grande de los amigos de Cristo. San Mateo y san Marcos se parecen mucho, san Lucas se acerca ordinariamente más a san Marcos. En cuanto a san Juan, sigue su camino, de acuerdo, no obstante, con san Lucas respecto a la indagación de san Pedro. Se ha exagerado mucho la dificultad de conciliarlos, siendo cosa muy sencilla, si no se repara en minucias indiferentes y se atiende a la composición de cada Evangelio.

A la puesta del sol se daba por terminado el día del sábado, y con él la prescripción del reposo del día de Pascua. La fiesta duraba ocho días, pero sólo el primero y el último eran días no laborables (Dt 16, 8). Sin embargo, las mujeres adictas a Jesús no salieron de casa, donde estuvieron probablemente juntas hasta el día siguiente, pero muy de mañana. Estaban allí, según san Marcos, María de Magdala, María madre de Santiago y Salomé. En lugar de Salomé, nombra san Lucas a Juana, que sólo él ha dado a conocer (Lc 8, 3), en tanto que san Mateo no cita más que a María de Magdala y a otra María. Ninguno completó la enumeración: siguió cada cual sus propias enseñanzas sin ponerse de acuerdo con los demás. No obstante, hay que advertir que María de Magdala aparece en todos en primer lugar. San Juan sólo la citará a ella.

Para armonizar los hechos basta suponer que María de Magdala, más impetuosa, se dirigió directamente hacia el sepulcro. Las otras mujeres habían ya preparado, según san Lucas, los aromas y el aceite perfumado, desde el viernes por la tarde. ¿Tendrían cantidad suficiente en su provisional alojamiento? Es probable que san Lucas, según su método (Cf. 3, 20; 22, 19 s.), haya cerrado el relato de la sepultura y anticipado lo que san Marcos coloca después del sábado, es decir, la compra de los aromas. Se comprende muy bien que las mujeres, yendo muy de mañana, cuando aún estaba oscuro, hubiesen sufrido muchas dilaciones, mientras les abrían las tiendas para comprar sus especias. Así, según san Mateo, no llegaron a vista del monumento hasta después de salido el sol.

La Magdalena se les había adelantado, pues era todavía casi de noche cuando notó que la piedra había sido removida, es decir, rodada, de modo que el sepulcro estaba abierto. Los guardias habían desaparecido, cosa que nada le extrañó, ignorante como estaba de que los hubieran puesto. Una mirada furtiva le bastó para comprobar que el cuerpo no estaba allí. No vio ningún ángel, pues el mismo Jesús se había reservado informarla. Con toda presteza, dada su extremada inquietud, temiendo una profanación del cuerpo adorado de Jesús, tomó el camino y fue directamente a ver a Simón Pedro y al discípulo amado de Jesús. Estaba como fuera de sí, no dudando en afirmar: «Han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto». Dice «no sabemos» porque supone su propia convicción en las que con ella habían salido, pero que en aquel momento llegaban al sepulcro.

Estas mujeres, atendiendo sólo a los impulsos de sus corazones, no habían medido las dificultades de la empresa. Ignoraban lo de los guardias, pero ¿cómo entrar en el sepulcro para practicar las unciones fúnebres? La gruesa piedra que cerraba la entrada era un obstáculo infranqueable; ellas no se sentían con fuerzas para removerla. Un hombre tendría aun necesidad de una palanca, y tan de mañana era muy mala hora para poder encontrar a un alma de buena voluntad que se prestase a ello. Se comunicaban sus inquietos pensamientos cuando advirtieron que la piedra estaba ya removida y fue para ellas de grandísima satisfacción, por cuanto la piedra era, en verdad, enorme.

Entraron, pues, en el sepulcro y no encontraron el cuerpo. Su extrañeza fue grande. No habían sido, por tanto, los discípulos los que removieron la piedra, porque ellos no habrían profanado el cuerpo, turbando el reposo sagrado de un muerto. Entonces pudieron ver a un joven sentado a su derecha sobre el poyo , vestido de blanco. Aterradas, bajaron sus ojos. El joven les dijo: «No temáis. Buscáis a Jesús de Nazaret, crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde estuvo depositado. Id y decid a sus discípulos y a Pedro que Él os precede en Galilea; allí le veréis, como os ha dicho» (Mc 16, 6 s.) .

Según san Marcos, las santas mujeres huyeron y a nadie dijeron nada. ¡Tan asustadas iban! Era muy natural: temerían también no ser creídas. Sin duda, volvieron sobre su acuerdo, porque san Lucas y san Mateo dicen sumariamente que ellas cumplieron su mensaje con los apóstoles, lo cual no fue obra de un momento, ni sin que ocurrieran ciertas particularidades.

San Marcos, que aventajaba a los demás en contar las peripecias, nos habría dicho lo sucedido sobre este punto si el hilo de su discurso no hubiera sido cortado en este lugar. Cuando su Evangelio fue terminado por él o por otro , quedó sin llenar esta laguna.

Los apóstoles hubieran creído rebajarse dando fe a las habladurías de las mujeres. San Lucas, sin embargo, dice cómo san Pedro, que debió ser el primer avisado, siendo como era el jefe, corrió al sepulcro y lo halló vacío: no vio más que las fajas, lo cual le dio mucho en qué pensar .

Este punto lo ha descrito san Juan con todos los pormenores, pues tomó parte en esta ansiosa indagación, designándose a sí mismo por el «otro discípulo a quien Jesús amaba».

Juntos parece que estaban Pedro y él cuando la Magdalena fue a comunicarles la fatal nueva de la desaparición del cuerpo. Salieron inmediatamente y, afectados por la noticia, ambos corrían; pero Juan, como más joven, corrió más aprisa que Pedro y llegó primero. No entró, sin embargo, seguramente por deferencia a su compañero; se inclinó sólo para ver, y vio al otro lado de la antecámara las vendas en el suelo. Llegó san Pedro y entró resuelto en el sepulcro. También él vio, y con más claridad, las vendas, lo cual bien a las claras probaba que el cuerpo no había sido robado, porque de serlo, lo hubieran llevado como estaba. Aun se maravilló más al ver que el sudario colocado sobre la cabeza no estaba revuelto con las vendas; estaba envuelto aparte. El otro discípulo entró y vio lo mismo. Ambos guardaron silencio y, sobrecogidos y meditabundos, ni siquiera cambiaron impresiones. San Juan dice solamente que él desde entonces creyó que Jesús había resucitado, y ésta, de seguro, era también la convicción de san Pedro. Hasta aquel momento no habían comprendido que, según la Escritura, Jesús había de resucitar, a pesar de que Él mismo se lo había anunciado a todos los apóstoles. El suceso les parecía tan fuera de lo probable, que sólo la evidencia del hecho pudo convencerlos, y les pareció entonces que esta consagración suprema del Mesías estaba ya predicha (Is 53, 11).
(Lagrange, J. M., La Vida de Jesucristo, EDIBESA, Madrid, 1999, p. )

 

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Comentario Teológico: Directorio Homilético - Lecturas del Antiguo Testamento en la Vigilia Pascual

48. «En la Vigilia pascual de la noche Sagrada, se proponen siete lecturas del Antiguo Testamento, que recuerdan las maravillas de Dios en la Historia de la Salvación, y dos lecturas del Nuevo, a saber, el anuncio de la Resurrección según los tres Evangelios sinópticos, y la lectura apostólica sobre el bautismo cristiano como sacramento de la Resurrección de Cristo» (OLM 99). La Vigilia Pascual, como viene indicado en el Misal Romano, «es la más importante y la más noble entre todas las Solemnidades» (Vigilia paschalis, 2). La larga duración de la Vigilia no permite un comentario extenso a las siete Lecturas del Antiguo Testamento, pero se tiene que notar que son centrales, siendo textos representativos que proclaman partes esenciales de la teología del Antiguo Testamento, desde la creación al sacrificio de Abrahán, hasta la lectura más importante, el Éxodo. Las cuatro lecturas siguientes anuncian los temas cruciales de los profetas. Una comprensión de estos textos, en relación con el Misterio Pascual, tan explícita en la Vigilia pascual, puede inspirar al homileta cuando estas o similares lecturas vienen propuestas en otros momentos del Año Litúrgico.

 49. En el contexto de la Liturgia de esta noche, mediante estas lecturas, la Iglesia nos lleva a su momento culminante con la narración del Evangelio de la Resurrección del Señor. Estamos inmersos en el flujo de la Historia de la Salvación por medio de los Sacramentos de Iniciación celebrados en esta Vigilia, como recuerda el bellísimo pasaje de Pablo sobre el Bautismo. Son clarísimos, en esta noche, los vínculos entre la creación y la vida nueva en Cristo, entre el Éxodo histórico y el definitivo del Misterio Pascual de Jesús, al que todos los fieles toman parte por medio del Bautismo, entre las promesas de los profetas y su realización en los misterios litúrgicos celebrados. Estos vínculos a los que se puede siempre hacer referencia en el curso del Año Litúrgico.

50. Un riquísimo recurso para comprender el vínculo entre los temas del Antiguo Testamento y su cumplimiento en el Misterio Pascual de Cristo lo ofrecen las oraciones que siguen a cada lectura. Estas expresan, con simplicidad y claridad, el profundo significado cristológico y sacramental de los textos del Antiguo Testamento ya que hablan de la creación, del sacrificio, del Éxodo, del Bautismo, de la misericordia de Dios, de la alianza eterna, de la purificación del pecado, de la redención y de la vida en Cristo. Pueden servir de escuela de oración para el homileta, no solo en la preparación de la Vigilia Pascual, sino, también, durante el curso del año, cuando se encuentren textos similares a los que vienen proclamados en esta noche. Otro recurso útil para interpretar los textos de la Escritura es el Salmo responsorial que sigue a cada una de las siete Lecturas, poemas cantados por los cristianos que han muerto con Cristo y que ahora comparten con Él su vida resucitada. No deberían olvidarse los Salmos durante el resto del año ya que muestran cómo la Iglesia interpreta toda la Escritura a la luz de Cristo.

Leccionario Pascual

51. «Para la misa del día de Pascua, se propone la lectura del Evangelio de san Juan sobre el hallazgo del sepulcro vacío. También pueden leerse, si se prefiere, los textos de los Evangelios propuestos para la noche Sagrada, o, cuando hay misa vespertina, la narración de Lucas sobre la aparición a los discípulos que iban de camino hacia Emaús. La primera lectura se toma de los Hechos de los apóstoles, que se leen durante el tiempo pascual en vez de la lectura del Antiguo Testamento. La lectura del Apóstol se refiere al misterio de Pascua vivido en la Iglesia. Hasta el domingo tercero de Pascua, las lecturas del Evangelio relatan las apariciones de Cristo resucitado. Las lecturas del buen Pastor están asignadas al cuarto domingo de Pascua. En los domingos quinto, sexto y séptimo de Pascua se leen pasajes escogidos del discurso y de la oración del Señor después de la última cena» (OLM 99100). La rica serie de lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento escuchadas en el Triduo representa uno de los momentos más intensos de la proclamación del Señor resucitado en la vida de la Iglesia, y pretende ser instructiva y formativa para el pueblo de Dios a lo largo de todo el año litúrgico. En el curso de la Semana Santa y del Tiempo de Pascua, basándose en los mismos textos bíblicos, el homileta tendrá variadas ocasiones para poner el acento en la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo como contenido central de las Escrituras. Este es el tiempo litúrgico privilegiado en el que el homileta puede y debe hacer resonar la fe de la Iglesia sobre lo que representa el corazón de su proclamación: Jesucristo murió por nuestros pecados «según las Escrituras» (1Cor 15,3), y ha resucitado el tercer día «según las Escrituras» (1Cor 15,4).
(Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 48 - 51)

 

 

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Santos Padres: San Agustín - La resurrección de Cristo y la de los fieles.

1. La resurrección de Jesucristo el Señor es lo que caracteriza a la fe cristiana. El nacer hombre de hombre en un momento del tiempo quien era Dios de Dios, Dios con exclusión de todo tiempo; el haber nacido en carne mortal, en la semejanza de la carne de pecado; el hecho de haber pasado por la infancia, haber superado la niñez y haber llegado a la madurez y haberla conducido a la muerte, todo ello estaba al servicio de la resurrección. Pues no hubiese resucitado de no haber muerto, y no hubiese muerto si no hubiese nacido; por esto, el hecho de nacer y morir existió en función de la resurrección. Que Cristo el Señor nació hombre de hombre, lo creyeron muchos, incluso extraños e impíos, aunque desconocían su nacimiento virginal; que Cristo nació como hombre, lo creyeron tanto los amigos como los enemigos; que Cristo fue crucificado y muerto, lo creyeron tanto los amigos como los enemigos; que resucitó sólo lo saben los amigos. ¿Y esto por qué? Cristo el Señor, en el hecho de nacer y de morir, tenía la mirada puesta en la resurrección; en ella estableció los límites de nuestra fe. Nuestra raza, es decir, la raza humana, conocía dos cosas: el nacer y el morir. Para enseñarnos lo que no conocíamos, tomó lo que conocíamos. En la región de la tierra, en nuestra condición mortal, era habitual, absolutamente habitual el nacer y el morir; tan habitual que, así como en el cielo no puede darse, así en la tierra no cesa de existir. En cambio, ¿quién conocía el resucitar y el vivir perpetuamente? Esta es la novedad que trajo a nuestra región quien vino de Dios. ¡Gran acto de misericordia!: se hizo hombre por el hombre; se hizo hombre el creador del hombre! Nada extraordinario era para Cristo el ser lo que era, pero quiso que fuera grande el hacerse él lo que había hecho. ¿Qué significa «hacerse él lo que había hecho»? Hacerse hombre quien había hecho al hombre. He aquí su misericordia.

2. Todo lo que se hace en esta vida, en que los hombres quieren ser dichosos sin conseguirlo... Buena cosa es lo que tanto aman, pero no buscan lo que desean en el lugar adecuado-

Cada cosa se da en su lugar. Aun en la tierra no se encuentra el oro en cualquier lugar, ni tampoco la plata ni el plomo; los mismos frutos del campo llegan cada uno de un lugar diferente. Como si cada región aceptase unos y rechazase otros, unos frutos se dan en un lugar y otros en otro; son diversos según los diferentes lugares. Lo único que existe en todas partes es el nacer y el morir. Con todo, el mismo nacer y morir no se da en la creación entera, sino sólo en este estrato inferior; en el cielo no se da ni el nacer ni el morir ya desde el momento en que fueron creadas todas las cosas. Ciertamente pudo caer el príncipe de los ángeles con sus compañeros, pero en sustitución de los ángeles caídos irán allí los hombres a ocupar el puesto que ellos dejaron. Al ver el diablo que el hombre iba a subir al lugar del que él había caído, se llenó de envidia; cayó él y derribó a otros. ¿Qué significa el que el diablo cayó? ¿Qué significa que derribó al hombre? Todo lo venció quien no cayó, sino que descendió. Cayó el hombre: descendió Dios y se hizo hombre. Donde abunda el nacer y el morir es la región de la miseria. Los hombres buscan ser dichosos en la región de la miseria; buscan la eternidad en la región de la muerte. El Señor, la verdad, nos dice: «Lo que buscáis no se halla aquí, porque no es de aquí. Es bueno lo que buscáis y todo hombre lo desea; es bueno lo que buscáis, pues buena cosa es el vivir; pero hemos nacido para morir. Considera no lo que quieres, sino la condición en que has venido. Hemos nacido para morir. Quienes van a morir desean la vida sin obtenerla, y por eso su miseria es mayor. Si estuviésemos muertos y deseásemos vivir, nuestra miseria no sería tan grande; pero queremos vivir y se nos obliga a morir: he aquí la enormidad de nuestra miseria. ¿Ignoras que cualquier hombre quiere también dormir, pues no puede estar siempre despierto? El dormir no es contra su voluntad; como no puede estar siempre en vela, quiere también dormir. No puede uno ser hombre a no ser alternando los tiempos de vigilia y de sueño. Se entra en la vida y todo hombre dice: «Quiero vivir.» Nadie quiere morir; y, aunque nadie quiere morir, se le impele a ello. Hace cuánto puede comiendo, bebiendo, durmiendo, procurándose medios de vida, navegando, caminando, corriendo, tomando precauciones: quiere vivir. Con frecuencia sobrevive a muchos peligros; pero detenga, si puede, su edad; no llegue a la vejez. Pasa un día de peligro, y se dice el hombre: «He evitado la muerte.» ¿Cómo es que has evitado la muerte? «Porque ha pasado el día de peligro.» Se te ha dado un día más; has vivido un día más, y, si hago cuentas, tienes uno menos. Si habías de vivir, por ejemplo, treinta años, una vez transcurrido este día, se resta de la cantidad de quien ha de vivir y se suma a la de quien ha de morir. Y, con todo, se dice que le vienen los años al hombre; pero yo digo que se le van; yo me fijo en la cantidad que le queda, no en la que ya se fue. Le vienen, ¿cómo? Quien ha vivido cincuenta años, cumple ya cincuenta y uno. ¿Cuántos tiene o cuántos ha de vivir? Supongamos que iba a vivir ochenta años; de ellos ha vivido ya cincuenta; le quedan treinta. Vivió uno más; tiene los vividos, es decir, cincuenta y uno, pero le quedan sólo veintinueve de vida; disminuyó uno de esta cuenta para acrecentar aquélla. Pero este acrecentamiento significa una mengua en la otra parte. Lleno de temor, vive otro año aún: le quedan veintiocho; vive tres, le quedan veintisiete. A medida que vas viviendo, va menguando el caudal de donde vives, y con el pasar de la vida mengua tanto que deja de existir, pues no hay forma de evadirse del último día.

3. Pero vino nuestro Señor Jesucristo y, por así decir, se dirigió a nosotros: «¿Por qué teméis, ¡oh hombres! , a quienes creé y no abandoné? ¡Oh hombres!, la ruina vino de vosotros, la creación de mí; ¿por qué temíais, ¡oh hombres!, morir? Ved que muero yo, que sufro la pasión; no temáis lo que temíais, puesto que os muestro qué habéis de esperar.» Así lo hizo; nos mostró la resurrección para toda la eternidad; los evangelistas dejaron constancia de ella en sus escritos y los apóstoles la predicaron por el orbe de la tierra. La fe en su resurrección hizo que los mártires no temieran morir, y, sin embargo, temieron la muerte; pero mayor hubiese sido la muerte si hubieran temido morir, y por temor a la muerte hubieran negado a Cristo. ¿Qué otra cosa es negar a Cristo sino negar la vida? ¡Qué locura negar la vida por amor a la vida! La resurrección de Cristo marca los límites de nuestra fe. Por eso está escrito, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, que se haga penitencia para recibir el perdón de los pecados en el hombre, en quien delimitó la fe para todos al resucitarle de entre los muertos. La resurrección de nuestro Señor Jesucristo delimita nuestra fe. Vivís si vivís; es decir, viviréis por siempre si habéis vivido bien. No temáis morir mal; temed, sí, pero vivir mal. ¡Extraña perversidad! Todo hombre teme lo que nadie puede evitar y deja de hacer lo que puede hacer. No puede evitar el morir; puedes, en cambio, vivir bien. Haz lo que puedes, y dejarás de temer lo que no puedes evitar. Nada tiene el hombre más cierto que la muerte. Comienza desde el principio. Un hombre es concebido en el seno; quizá nazca, quizá no. Ya ha nacido; quizá crezca, quizá no; quizá aprenda a leer, quizá no; quizá se case, quizá no; quizá tenga hijos, quizá no; es posible que sean buenos y es posible que sean malos; es posible que le caiga una mujer buena o que le caiga una mujer mala; quizá sea rico, quizá sea pobre; quizá sea un plebeyo, quizá un aristócrata. ¿Acaso puede decir, entre todas estas cosas: «Quizá muera, quizá no muera»? Así, pues, todo hombre nacido cae en una enfermedad de la que nadie se escapa. De ella se muere, como suele decirse. Tiene hidropesía: morirá necesariamente, pues nadie se evade de ella; padece elefantiasis: morirá necesariamente, pues nadie se evade de ella; ha nacido: morirá necesariamente, pues nadie se evade de ello. Puesto que el morir es una necesidad, y ni siquiera se permite a la vida del hombre ser larga aunque pase de la infancia a la decrepitud senil, no queda más solución que acudir a quien murió por nosotros y resucitando nos abrió la esperanza, para que, como en esta vida en que nos encontramos no tenemos más salida que la muerte y no podemos hacerla perpetua por mucho que la amemos, nos refugiemos en quien nos prometió la vida eterna. Considerad, hermanos, lo que nos prometió el Señor: vida eterna y feliz al mismo tiempo. Esta vida es, evidentemente, miserable; ¿quién lo ignora, quién no lo confiesa? ¡Cuántas cosas nos suceden en esta vida; cuántas tenemos que soportar sin desearlo! Riñas, disensiones, pruebas, la ignorancia recíproca de nuestro corazón, de forma que a veces abrazamos sin querer a un enemigo y sentimos temor de un amigo; hambre, desnudez, frío, calor, cansancio, enfermedades, celos. Evidentemente, esta vida es miserable. Y, con todo, si, aunque miserable, nos la concedieran para siempre, ¿quién no se felicitaría? ¿Quién no diría: «Quiero ser como soy; morir es lo único que no quiero»? Si quieres poseer esta mala vida, ¿cómo será quien te la dé eterna y feliz? Pero, si quieres llegar a la vida eterna y feliz, sea buena la temporal. Será buena en el momento de obrar, y feliz en el momento de la recompensa. Si te niegas a trabajar, ¿con qué cara vas a pedir el salario? Si no has de poder decir a Cristo: «Hice lo que me mandaste», ¿cómo te atreverás a decirle: «Dame lo que me prometiste»?
(SAN AGUSTÍN, Sermones (4º) (t. XXIV), Sermón 229 H, 1-3, BAC Madrid 1983, 331-37)

 

 

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Aplicación:  P. Alfredo Sáenz,S.J. - Vigilia Pascual

Hemos llegado, amados hermanos, a la noche de las noches, a la noche de la luz, a la noche que anuncia el día. Si la noche retrocede es porque el día se acerca. El sábado, que acaba de terminar, con su altar despojado, con sus lámparas extinguidas, con el tabernáculo vacío, dejó en nuestros labios el sabor de la ausencia. A lo largo del día que fenece, la Iglesia, Esposa de Cristo, permaneció inmóvil, como una viuda, junto a la tumba del Señor que reposaba con el reposo del segundo sábado, del sábado de la segunda creación. Y así nosotros, aunque conociendo de antemano el desenlace victorioso del drama, para alimentar la emoción de nuestra espera, hemos aguardado con la liturgia este momento de victoria.

Cristo ha resucitado. Su resurrección es nuestra fiesta. Más aún: la resurrección de Cristo fue también la fiesta del universo todo. Porque en ese día se alegraron el cielo, los abismos y la tierra. Los abismos se abrieron para devolver a sus muertos y entregarlos en las manos de Aquel —el Más Fuerte— que descendió a los infiernos y allí aherrojó al Fuerte. La tierra, regada por el agua y la sangre que brotaron del costado del Señor, comenzó a germinar nuevos hijos de Dios. Entreabrió el cielo sus clausuradas puertas para que por ellas pudiera entrar la caravana de los que habrían de seguir al que ascendería el primero. La resurrección de Cristo es vida para los que duermen, es perdón para los pecadores, es gloria para los santos.

De ahí que la naturaleza que entornó a Jesús se asociara a la alegría de su resurrección. Porque, como es sabido, en Palestina el día de Pascua cae en plena primavera, de manera diferente que entre nosotros. Después de la frígida sepultura del rigor invernal, aquella naturaleza se revistió y se sigue hoy revistiendo de hojas y de flores, para que al resucitar su Señor o al conmemorarse la memoria de aquel hecho, también ella lo acompañe con sus fastos. El huerto sepulcral de Arimatea, oscuro como esta noche, donde desde el viernes reposara el Señor, amaneció el domingo con su flor más hermosa. Y cuando refloreció la carne yerta de Cristo, la naturaleza entera se vistió de flores. Toda creatura queda así invitada a festejar con nosotros la resurrección de Jesús, porque "este es el día que hizo el Señor".

Si la Resurrección es el último hecho de la historia de Cristo en la tierra, donde todo lo anterior encuentra su aclaración postrera, también es el primer hecho de nuestra historia sobrenatural, el fundamento de nuestro Bautismo. Por eso la fiesta de Pascua es, en la Iglesia; la fiesta de la incorporación a Cristo: para los neófitos, la fiesta de su nuevo nacimiento bautismal; para nosotros, la fiesta de la renovación de nuestras promesas y del banquete eucarístico.

La distribución misma de esta celebración, con sus tres partes, la liturgia de la luz, la liturgia del agua, y la liturgia de la Eucaristía, nos ofrece abundante tema de reflexión.

La celebración comenzó con la liturgia de la luz. La luz representa la resurrección de Cristo que disipa las tinieblas del mundo. El Verbo es "la luz de los hombres, luz que brilló en medio de las tinieblas". El mismo Jesús dijo: "Yo soy la luz: el que me sigue no camina en tinieblas, sino, que tendrá la luz de la vida". Por eso antiguamente a lo neófitos se los llamaba "iluminados".

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Demos peso a esta maravilla que nos atañe Dios es Luz. Pero ha querido ser también "nuestra" luz. Por eso dice San Pablo que nosotros "no somos de la noche ni de las, tinieblas. Vosotros sois hijos de la luz y del día.- Antes erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor, hijos de la luz". Dios es Luz en su Verbo. Y el Verbo se hace carne, muere y. resucita para que esa Luz ilumine nuestros ojos y, contemplando su resplandor, avancemos de claridad en claridad, hasta quedar encandilados por una eternidad.

Cristo había hablado a los suyos de un fuego que debía consumir la tierra toda y cómo ansiaba ese momento. Hoy la llama anhelada ha brotado del pedernal, y ha conducido nuestros pasos vacilantes por esta iglesia aún entenebrecida. El cirio pascual ha sido la nueva columna de fuego destinada a guiarnos fuera del Egipto de nuestros pecados hacia la tierra que mana la leche y la miel de la Eucaristía.

Hemos oído luego la alabanza —el pregón— del Cirio Pascual. Que la tierra y los cielos exulten de júbilo, lo humano se ha unido con lo divino, aleluya. Tal es el maravilloso alcance de este himno que durante los primeros siglos oían atónitos los recién bautizados, quizás en vísperas del martirio. La alegría que cantó el diácono es la alegría cósmica, la alegría de un mundo regenerado, del hombre reconciliado consigo mismo y con su Señor, de la Iglesia, de los ángeles victoriosos sobre los demonios definitivamente abatidos.

Este es el sentido de la primera parte de la liturgia nocturna. Dios nos ha llamado "de las tinieblas a la maravillosa luz" para que, en adelante, "caminemos en la luz".

Pero si el Bautismo es luz, también es agua. Las lecturas bíblicas lo enmarcaron, abriéndolo a dimensiones impresionantes. Bautismo que es una réplica, en un plano superior, de la primera creación. Bautismo que es un nuevo paso del Mar Rojo. Bautismo que nos permite ingresar en el coro de los ángeles para cantar con ellos las letanías de los santos en el gozo de la concordia reconquistada.

Comenzamos ahora la tercera parte de esta celebración: la Eucaristía, que lleva a su plenitud la gracia de nuestro Bautismo. Porque, como se lee en el Prefacio, si bien debemos alabar siempre al Señor, conviene que lo hagamos hoy aún de manera más gloriosa, ya que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Es la Eucaristía de todos los días, pero iluminada ahora por los fulgores de la Resurrección gloriosa, bañada hoy en el agua siempre fresca de nuestro Bautismo.

Empieza de esta manera el tiempo pascual. Y así como hemos hecho penitencia durante los cuarenta días de Cuaresma para preparamos a este acontecimiento, podremos estos cuarenta días que siguen, a semejanza de los apóstoles, comer y beber con el Señor resucitado. Durante estos cuarenta días la Iglesia, como María, "conservará todas estas cosas y las meditará en su corazón".
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 121-124)

 

 

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Aplicación: P. Alfredo Sáenz, S. J. - Domingo de Pascua Victoria de la Vida

Fiesta de las fiestas es la Pascua, la más antigua, la fiesta primera y principal, el centro de todas las demás fiestas del año litúrgico. Es, en verdad, el día que hizo el Señor.

¡Cristo ha resucitado! Nos lo aseguran, en el evangelio, Magdalena, Pedro y Juan, testigos que escrutaron el sepulcro gloriosamente vacío. Nos lo testifica Pedro, en su discurso hoy citado en la primera lectura: "Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios: a nosotros que comimos y bebimos con él, después de su resurrección". Murió, es cierto, el grano de trigo, descansando en el suelo de la tumba, pero ahora la espiga se yergue lozana, augurando una gloriosa cosecha. El Señor ha resucitado, ya no muere Jesús, la muerte no tiene más dominio sobre El.

La muerte del Señor y su resurrección nos interesan, amados hermanos. Porque cuando Jesús murió, destruyó nuestra muerte, y cuando resucitó, restauró nuestra vida. Así como por un hombre entró la muerte en la historia, así también por otro vino la resurrección. Porque si todos hemos muerto en Adán, así en Cristo todos seremos vivificados. Cada uno en su momento: primero Cristo, y luego, cuando el Señor reaparezca al fin de los tiempos, los miembros de su Cuerpo que somos nosotros. El Verbo resucitó primero al cuerpo que había asumido, y mediante ese cuerpo glorificado obrará la resurrección en nosotros, la extenderá hasta nosotros.

Por eso el misterio de la Pascua es el fundamento de nuestra esperanza. Nuestra esperanza nació en la alborada de este día en que Cristo resucitó de entre los muertos. Es cierto que todavía no se ha verificado en nosotros lo que ya sucedió en Jesús. Aún gemimos en este valle de lágrimas, nuestro cuerpo está todavía sujeto al dolor y a las limitaciones. Pero ya desde ahora el Señor nos está diciendo: lo que .habéis visto que sucedió en mí, confiad que también sucederá en vosotros, porque así como Yo he resucitado, también vosotros resucitaréis. Para esto el Verbo se había hecho carne: para darnos la vida.

Si el Verbo no hubiese tomado carne, no le habría sido posible morir y resucitar para nuestra salvación. San Agustín lo dice de manera admirable: "Recibió de ti lo que había de ofrecer por ti, así como el sacerdote recibe tu ofrenda para con ella satisfacer a Dios por tus pecados. El ha sido nuestro Sacerdote, ha recibido de nosotros lo que había de ofrecer, nuestra carne, y habiéndose hecho a sí mismo víctima en su carne, se convirtió en holocausto y sacrificio por nosotros. Sacrificóse en la pasión, y ahora, al resucitar, renovó aquella carne con la que murió, y al ofrecérsela ' a Dios como primicia tuya, te dice: Yo he consagrado todo lo tuyo cuando ofrecí tus primeros frutos a Dios; espera, pues, que te ocurra a ti mismo lo que ha ocurrido a tus primicias".

Dos vidas existían, de las cuales conocíamos una e ignorábamos la otra, la una mortal, la otra inmortal, la una de muerte y la otra de resurrección. Vino el Hijo de Dios y mediador nuestro: tomó la una y nos enseñó la otra. Sufrió la una muriendo, y nos manifestó la otra resucitando. Tal es, amados hermanos, la razón de nuestra esperanza, por la cual estamos seguros de que, con la ayuda de la gracia, nos ocurrirá lo mismo que a Cristo. Hasta el día en que lleguemos al cielo. Allí se desvanecerá toda esperanza, porque la esperanza desaparece cuando se comienza a poseer lo que se esperaba.

Pero no es el tema de la esperanza la única reflexión que suscita este misterio glorioso. La Resurrección de Jesús debe también inaugurar un cambio en la orientación de nuestra vida. Lo dice San Pablo en la epístola de hoy: "Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes del cielo... Tened el pensamiento puesto en los bienes celestiales y no en los de la tierra". Cuidado con la tentación de la inmanencia, de creernos exclusivamente ciudadanos de la tierra. Ya desde ahora nuestra vida debe comenzar a ser "celestial". A ello se nos exhorta siempre de nuevo en la santa misa, al entrar en el solemne momento del Canon: "Levantemos el corazón". Realmente siempre deberíamos tenerlo "levantado hacia el Señor". Esta nueva existencia, este nuevo "estilo de vida", implica dos decisiones capitales:

          Ante todo morir progresivamente al pecado. Ya hemos comenzado a hacerlo de manera radical el día de nuestro Bautismo. Pero esa obra iniciada en las olas sacramentales, que anegaron nuestros pecados como un nuevo diluvio, debe continuarse a lo largo de toda nuestra vida, muriendo cada día más, ya que dentro de nosotros las raíces de pecado tienden siempre a rebrotar. "Porque vosotros estáis muertos —nos dice el Apóstol— y vuestra vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios". Es éste uno de los efectos principales de la gracia pascual: "Despojaos de la vieja levadura, para ser una nueva masa, ya que vosotros mismos sois como el pan sin levadura. Porque Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Celebremos, entonces, nuestra Pascua, no con la, vieja levadura de la malicia y la perversidad, sino con los panes sin levadura de la pureza y la verdad". Así como los miembros del pueblo elegido se abstenían de toda levadura antigua —símbolo del pecado— para comer debidamente el cordero pascual, abstengámonos nosotros de todo lo que es viejo y caduco para celebrar dignamente la Pascua del Señor.

          Morir, pues, al pecado: tal es el momento primero de todo proceso de santidad. Pero hay un segundo momento, el momento positivo, aquel que da valor y justificación al primero: vivir para Dios. Este vivir para Dios admite grados, comenzando por el simple apartarse del pecado y continuando en ascensión continua hasta llegar a obrar tan sólo a impulsos de la gracia. Porque por su misma naturaleza la vida espiritual entraña un progreso que debe ser indeclinable. No sólo, pues, morir al pecado como el trigo en el surco, sino también resucitar a la nueva vida de espiga lozana para Dios. Tal es el recorrido de la santidad que culminará tan sólo cuando, al decir del Apóstol, "se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces también vosotros apareceréis con él, llenos de gloria". Ese será el momento final. Pero volvamos a la realidad de hoy. La Pascua es, ya desde ahora, una invitación a ser "distintos ", siempre de nuevo, cada año de nuevo, creaturas nuevas en Cristo resucitado. Lo que ha sido hecho nuevo no retorne a la caduca vejez. Nadie recaiga en aquello de lo cual ya resucitó.

Dentro de pocos minutos nos acercaremos a recibir el sacramento de la Eucaristía que contiene el Cuerpo resucitado y glorioso del Señor, su carne glorificada. Penetrará el Señor en nuestro interior para seguir realizando en nosotros su trabajo nunca consumado de restauración y resurrección. Pidámosle en esos momentos que nos libere de las reliquias del hombre viejo y nos haga capaces de santa novedad. De la santa novedad de ser santos.(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 125-129)

 

 

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Apliclación: SS.Benedicto XVI - Domingo de Resurrección 

Queridos hermanos y hermanas:
«Ha sido inmolado Cristo, nuestra Pascua» (1 Co 5,7). Resuena en este día la exclamación de san Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura, tomada de la primera Carta a los Corintios. Un texto que se remonta a veinte años apenas después de la muerte y resurrección de Jesús y que, no obstante, contiene en una síntesis impresionante —como es típico de algunas expresiones paulinas— la plena conciencia de la novedad cristiana. El símbolo central de la historia de la salvación — el cordero pascual — se identifica aquí con Jesús, llamado precisamente «nuestra Pascua». La Pascua judía, memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto, prescribía el rito de la inmolación del cordero, un cordero por familia, según la ley mosaica. En su pasión y muerte, Jesús se revela como el Cordero de Dios «inmolado» en la cruz para quitar los pecados del mundo; fue muerto justamente en la hora en que se acostumbraba a inmolar los corderos en el Templo de Jerusalén. El sentido de este sacrificio suyo, lo había anticipado Él mismo durante la Última Cena, poniéndose en el lugar —bajo las especies del pan y el vino— de los elementos rituales de la cena de la Pascua. Así, podemos decir que Jesús, realmente, ha llevado a cumplimiento la tradición de la antigua Pascua y la ha transformado en su Pascua.

A partir de este nuevo sentido de la fiesta pascual, se comprende también la interpretación de san Pablo sobre los «ázimos». El Apóstol se refiere a una antigua costumbre judía, según la cual en la Pascua había que limpiar la casa hasta de las migajas de pan fermentado. Eso formaba parte del recuerdo de lo que había pasado con los antepasados en el momento de su huida de Egipto: teniendo que salir a toda prisa del país, llevaron consigo solamente panes sin levadura. Pero, al mismo tiempo, «los ázimos» eran un símbolo de purificación: eliminar lo viejo para dejar espacio a lo nuevo. Ahora, como explica san Pablo, también esta antigua tradición adquiere un nuevo sentido, precisamente a partir del nuevo «éxodo» que es el paso de Jesús de la muerte a la vida eterna. Y puesto que Cristo, como el verdadero Cordero, se ha sacrificado a sí mismo por nosotros, también nosotros, sus discípulos — gracias a Él y por medio de Él— podemos y debemos ser «masa nueva», «ázimos», liberados de todo residuo del viejo fermento del pecado: ya no más malicia y perversidad en nuestro corazón.

«Así, pues, celebremos la Pascua... con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad». Esta exhortación de san Pablo con que termina la breve lectura que se ha proclamado hace poco, resuena aún más intensamente en el contexto del Año Paulino. Queridos hermanos y hermanas, acojamos la invitación del Apóstol; abramos el corazón a Cristo muerto y resucitado para que nos renueve, para que nos limpie del veneno del pecado y de la muerte y nos infunda la savia vital del Espíritu Santo: la vida divina y eterna. En la secuencia pascual, como haciendo eco a las palabras del Apóstol, hemos cantado: «Scimus Christum surrexisse / a mortuis vere» —sabemos que estás resucitado, la muerte en ti no manda. Sí, éste es precisamente el núcleo fundamental de nuestra profesión de fe; éste es hoy el grito de victoria que nos une a todos. Y si Jesús ha resucitado, y por tanto está vivo, ¿quién podrá jamás separarnos de Él? ¿Quién podrá privarnos de su amor que ha vencido al odio y ha derrotado la muerte? Que el anuncio de la Pascua se propague por el mundo con el jubiloso canto del aleluya . Cantémoslo con la boca, cantémoslo sobre todo con el corazón y con la vida, con un estilo de vida «ázimo», simple, humilde, y fecundo de buenas obras. «Surrexit Christus spes mea: / precedet vos in Galileam » — ¡Resucitó de veras mi esperanza! Venid a Galilea, el Señor allí aguarda. El Resucitado nos precede y nos acompaña por las vías del  mundo. Él es nuestra esperanza, Él es la verdadera paz del mundo. Amén.
(Benedicto XVI, Domingo de Pascua, 12 de abril de 2009)

 

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Apliclación: P. Jorge Loring S.I. - La Sábana Santa

 

1.- Celebramos hoy la fiesta de la resurrección del Señor.

2.- Es una verdad tan clara en el Evangelio, que es DOGMA DE FE.

3.- Esta verdad de fe está confirmada científicamente por la SÁBANA SANTA DE TURÍN.

4.- Es el lienzo que cubrió el cadáver de Cristo en el sepulcro y donde ha quedado grabada su imagen.

5.- Se llama de Turín porque hoy está en Turín, pero conocemos su trayectoria histórica. De Jerusalén pasó a Edessa, hoy Urfa, en Armenia. De Edessa pasó a Constantinopla. De aquí se la trajo a Francia Oto de la Roche, Jefe de la Cuarta Cruzada. En Francia estuvo por distintos sitios hasta que fue llevada a Turín, Capital de Saboya, donde la instalaron los duques de Saboya propietarios de la SÁBANA SANTA, que la recibieron de Margarita de Charny, descendiente de Oto de la Roche, que la había heredado.

6.- La SÁBANA SANTA ha sido estudiada científicamente, y todas las investigaciones han confirmado su autenticidad. La única excepción fue la de los analistas del Carbono-14 que afirmaron que el tejido era entre 1260 y 1390, es decir que no pudo estar en la tumba de Cristo en el siglo primero, por lo tanto era falsa.

7.-Esto ha sido invalidado por varios Congresos Científicos Internacionales que han llegado a la conclusión de la INACEPTABILIDAD de la prueba del Carbono-14 en la SÁBANA SANTA.

8.-La imagen no es pintura, pues mirada al microscopio, entre hilo e hilo no hay pintura.

9.- Los hilos están coloreados porque están quemados. La imagen está grabada a fuego por una radiación que salió del cuerpo de Cristo al resucitar. No hay explicación más aclaratoria.

10.- Esto ha sido una investigación de los Doctores en Ciencias Físicas de la NASA americana Jackson y Jumper.

11.- Y esto ha sido confirmado por el Dr. Lindner, Profesor de Química Técnica en la Universidad alemana de Karlsruhe, y el Dr. Rinodeau, Profesor de Medicina Nuclear en la Universidad francesa de Montpellier

12.-Por lo tanto la SÁBANA SANTA es un documento científico que confirma un DOGMA DE FE: CRISTO RESUCITÓ.

13.- Con todo, la SÁBANA SANTA no es de fe. No entra en el contenido de la Revelación. Pero ayuda a la fe. Aunque nuestra fe en Cristo resucitado se base en la Biblia y no en la SÁBANA SANTA.

 

 

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Ejemplos

 

Allí veremos

Cuenta una leyenda que una madre tenía un hijo sordomudo. El hijo murió sin poder pronunciar nunca el nombre de su madre. La madre pasó largo años llevando trabajosamente su herida luminosa. ¡No oírse nunca llamar madre por aquellos labios del hijo de sus entrañas! Esta era la mayor pena de su corazón. Llegó a vieja, murió. Su gran virtud la llevó derecha a las puertas del cielo. Allí la recibe su hijo, se echa a su cuello, y con voz sonora y llena de cariño le dice: -         ¡¡Madre mía!!
¡Qué alegría la de aquella madre, y qué alegría la nuestra, mis hermanos! Allí veremos a esos seres queridos cuya pérdida afectó tanto nuestro corazón. Con ellos viviremos felices con aquella felicidad de Dios que dura siempre.

(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 465)

 

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