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Domingo 2 B de Pascua: Preparemos la Acogida de la Palabra de Dios con los Sabios y los Santos II

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Ejemplos que iluminan la participación
Recursos: Gráficos - Videos - Audios

 

A su disposición

Exégesis: Joseph M. Lagrange, O. P. - El resucitado

Comentario Teológico: Xavier Lèon Dufour - Misericordia

Santos Padres: San Gregorio Magno - La resurrección

Aplicación:P. Alfredo Saenz, S.J. - Aparición de Cristo resucitado e incredulidad de Tomás

Aplicación: Sor Ma. Elizbieta Siepak - Santa Faustina Kowalska y la devoción a la Divina Misericordia

Aplicación: S. Juan Pablo II - Dichosos los que han creído

Aplicación: SS. Papa Francisco - La misericordia de Dios

Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - La Divina Misericordia

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - La paz Jn 20, 19-31

Ejemplos

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo

Exégesis: Joseph M. Lagrange, O. P. - El resucitado

Este gran día de la Resurrección tocaba a su fin, pero no terminó sin que Jesús se manifestase a un grupo fiel, impaciente por demás de satisfacer sus miradas con su presencia. Sin embargo, cuando súbitamente le vieron en medio de ellos, sin que nadie le abriera las puertas, cerradas por temor a los judíos, un terror sagrado los sobrecogió de momento. Reconocían a Jesús, pero creían ver un espíritu. Cristo les dice: " ¿Por qué estáis turbados? La paz sea con vosotros". Y les mostró sus manos y sus pies, que habían sido
[1] clavados y su costado herido por una lanza .

San Lucas, que era médico, buen psicólogo y sabía el valor de los hechos materiales comprobados, añade que el exceso de alegría turbaba su convicción; porque, sin duda, temían tomar por realidad sus deseos. Bien lo comprendió Jesús, y, para devolver a los suyos el sosiego con la más familiar de las realidades, les pidió si tenían algo que darle de comer: comió a continuación delante de ellos parte de un pez asado. No porque hubiese vuelto a la vida vegetativa cotidiana, sino solamente para probar la realidad de la resurrección.

De este modo, plenamente convencidos, vueltos en sí esperaban una palabra nueva de su Maestro, y le oyeron decir otra vez: "La paz sea con vosotros". Esta vez la paz estaba conquistada. Entonces les habla de su misión, dándoles el mandato augusto que les abre el mundo. "Como me envió mi Padre, así también Yo os envío". Después sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A los que perdonareis los pecados, le serán perdonados, y a los que los retuviereis, les serán retenidos". No fue ésta todavía la gran manifestación del [2] Espíritu prometido en la tarde de la última Cena ; vendrá su hora, pero desde este momento, luego de la resurrección, los constituyó en un gobierno espiritual. Desde entonces tendrán poder sobre las almas, y este poder se dejará sentir especialmente, o por el perdón de los pecados, concedido sin duda en nombre de Dios, o por la denegación del perdón, a causa de las malas disposiciones del pecador, porque a los sinceramente arrepentidos, Dios perdona siempre. Los dispensadores de esta gracia serán jueces en estos casos; deberán, pues, conocerlos. Con razón la Iglesia ha visto aquí en esta actitud, y con estas memorables palabras, la institución del sacramento de la Penitencia.

Jesús resucitado no debía hacer vida común con los apóstoles como otras veces. Eran las apariciones un hecho excepcional: ni san Juan ni esta vez san Lucas tuvieron necesidad de decir que había desaparecido después de esta gran manifestación del domingo de resurrección. Este gran día se ha convertido en la verdadera fiesta de la Pascua de los cristianos.
un apóstol no estaba presente aquella tarde: era Tomás, que probablemente fue convocado con los otros después de la aparición hecha a Pedro; pero que juzgaría prudente abstenerse, ya que no creía más a Pedro que los otros habían creído a las mujeres. Rehusó dar crédito al testimonio de sus hermanos.
Nuestro tiempo es poco dado a creer en milagros, pero no es menos crédulo, sobre todo cuando se le habla en nombre de la ciencia. En esto consistió la habilidad de Renán al afirmar, como si lo hubiera comprobado en Oriente, que los orientales están siempre al acecho de lo sobrenatural para, con alegría,

adherirse a ello. Las disposiciones de ánimo de los judíos de entonces no eran ciertamente diferentes de los judíos de hoy. Desde las alturas en donde estaban, lo habían relegado a una trascendencia majestuosa. Dios no se mezclaba en el curso de las cosas humanas, si no era para darles un impulso regular. No se mostraron los apóstoles en toda la historia de Jesús muy dispuestos para las cosas sobrenaturales. Sin duda esperaban la gran manifestación mesiánica, pero no había llegado. La Pasión, cuya sola idea era rechazada con horror, los había hecho desconfiar y, no comprendiendo las afirmaciones de Jesús en este punto, el glorioso desquite que conseguiría mediante su resurrección, trascendía sus previsiones.

Cuando fueron convencidos todos por la misma realidad, Tomás permaneció recalcitrante. Seguramente los discípulos habían sido víctimas de una alucinación, y lo que vieran sólo era un fantasma. Y como le objetasen que habían visto las heridas del crucificado, respondió que en tales casos no bastaba ver, era preciso tocar. Por tanto, él no se fiaba más que de sí mismo: "Si no veo en sus manos las señales de los clavos, y no meto mis dedos en el lugar de los clavos, y no meto mi mano en su costado, no creeré".

Aprendamos aquí a tener la misma indulgencia que Cristo con los que dudan. Dejó a Tomás en sus dudas durante siete días. Habiendo visto los apóstoles a Jesús en Jerusalén, no se daban prisa a volver a Galilea. Se reunieron el octavo día, bien para orar juntos por última vez, bien para decidir el camino que debían seguir juntos. Las puertas estaban cerradas: súbitamente, Jesús se halló en medio de ellos y los saludó: "La paz sea con vosotros". Después dice a Tomás: "Pon tu dedo aquí y mira mis manos, trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino fiel".

Tomás ¿dejó a Cristo que se apoderase de su mano y la llevase a la herida del costado o, renunciando a su lógica, se rindió a la evidencia de lo que veía? Fueron los labios de este incrédulo de quienes salió el primer acto explícito de fe en la divinidad del Resucitado. Gritó: " ¡Señor mío y Dios mío!" Jesús, con una sonrisa de perdón: " ¿Porque me has visto has creído?" Eso no es de maravillar, ni muy meritorio. " ¡Dichosos los que creen sin haber visto!"

Se había excedido rehusando creer en la resurrección de su Maestro, no dando crédito al testimonio de sus hermanos, cuya sinceridad conocía. Es lo que con dulzura hace resaltar Jesús. Él había querido ver con sus ojos el cuerpo resucitado y, habiéndolo visto, no tenía que remitirse a otros para este hecho. Pero, como muy bien nota san Gregorio, viendo la humanidad gloriosa creyó en la divinidad, haciendo así un verdadero acto de fe. Este acto exigía ya, como al presente, la adhesión de la inteligencia a una verdad revelada por el mismo Jesucristo y, por tanto, revelada por Dios. Esta adhesión era más fácil a los apóstoles, porque la afirmación de Jesús estaba confirmada por su resurrección. Más dichosos eran ellos creyendo en su divinidad que gozando de la presencia sensible de su humanidad. Ésta dicha, preludio de la bienaventuranza eterna, es también la parte escogida de los que creen sin haber gustado la misma consolación. No deben ellos olvidar que Jesús les ha prometido que su presencia interior, en compañía del Padre y del Espíritu Santo (Jn 14,23,17), no les faltaría, presencia que hace la fe más fácil y más dulce.
(LAGRANGE, Joseph. Vida de Jesucristo. Edibesa, Madrid,2.002. Pag. 524-526)



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Comentario Teológico: Xavier Lèon Dufour - Misericordia

El lenguaje corriente, influenciado sin duda por el latín de iglesia, identifica la misericordia con la compasión o el perdón. Esta identificación, aunque valedera, podría velar la riqueza concreta que Israel, en virtud de su experiencia, encerraba en la palabra. En efecto, para él la misericordia se halla en la confluencia de dos corrientes de pensamiento, la compasión y la fidelidad.
El primer término hebreo (ra'hamim) expresa el apego instintivo de un ser a otro. Según los semitas, este sentimiento tiene su asiento en el seno materno (rehem: 1Re 3,26), en las entrañas (rahamim) - nosotros diríamos: el corazón - de un padre (Jer 31,20; Sal 103,13), o de un hermano (Gén 43,30): es el cariño o la ternura; inmediatamente se traduce por actos: en compasión con ocasión de una situación trágica (Sal 106,45), o en *perdón de las ofensas (Dan 9,9).

El segundo término hebreo (hesed), traducido ordinariamente en griego por una palabra que también significa misericordia (eleos), designa de suyo la *piedad, relación que une a dos seres e implica *fidelidad. Con esto recibe la misericordia una base sólida: no es ya únicamente el eco de un instinto de bondad, que puede equivocarse acerca de su objeto o su naturaleza, sino una bondad consciente, voluntaria; es incluso respuesta a un deber interior, fidelidad con uno mismo.

Las traducciones de las palabras hebreas y griegas oscilan de la misericordia al amor, pasando por la ternura, la piedad o conmiseración, la compasión, la clemencia, la bondad y hasta la gracia (heb. len), que, sin embargo, tiene una acepción más vasta. A pesar de esta variedad, no es, sin embargo, imposible circunscribir el concepto bíblico de la misericordia. Desde el principio hasta el fin manifiesta Dios su ternura con ocasión de la miseria humana; el hombre, a su vez, debe mostrarse misericordioso con el prójimo a imitación de su Creador.

AT. I. EL DIOS DE LAS MISERICORDIAS. Cuando el hombre adquiere conciencia de ser desgraciado o pecador, entonces se le revela con más o menos claridad el rostro de la misericordia infinita.

1. En socorro del miserable. No cesan de resonar los gritos del salmista: "¡Piedad conmigo, Señor!" (Sal 4,2; 6,3; 9,14; 25,16); o bien lasproclamaciones de *acción de gracias : "Dad gracias a Yahveh, pues su amor (hesed) es eterno" (Sal 107, 1), esa misericordia que no cesa de mostrar con los que claman a él en su aflicción, por ejemplo, los navegantes en peligro (Sal 107,23), con los "hijos de *Adán" cualesquiera que sean. Se presenta, en efecto, como el defensor del *pobre, de la viuda y del huérfano: éstos son sus privilegiados.

Esta convicción inquebrantable de los hombres piadosos parece tener su origen en la experiencia por que pasó Israel en el momento del *éxodo. Aun cuando el término misericordia no se halla en el relato del acontecimiento, la liberación de Egipto se describe como un acto de la misericordia divina. Las primeras tradiciones sobre el llamamiento de Moisés lo sugieren en forma inequívoca: "He visto la miseria de mi pueblo. He prestado oído a su clamor... conozco sus angustias. Estoy resuelto a liberarlo" (Éx 3,7s.16s). (...). En su misericordia no puede Dios soportar la miseria de su elegido; es como si al contraer alianza con él lo hubiera convertido en un ser "de su raza" (cf. Act 17,28s): un instinto de ternura lo une a él para siempre.

2. La salud del pecador. Pero ¿qué sucederá, sin embargo, si este elegido se separa de él por el pecado? La misericordia se impondrá todavía, por lo menos si el pecador no se *endurece; porque, conmovida por el *castigo que acarrea el pecado, quiere salvar al pecador. Así, con ocasión del pecado, entra el hombre más profundamente en el misterio de la ternura divina.

a) La revelación central. En el Sinaí es donde Moisés oye a. Dios revelar el fondo de su ser. El pueblo eligido acaba de apostatar. Pero Dios, después de haber afirmado que es libre para usar gratuitamente de misericordia con quien le plazca (Éx 33,19), proclama que sin hacer mella a su santidad, la ternura divina puede triunfar del pecado: "Yahveh es un Dios de ternura (rahum) y de gracia (hanun), lento para la ira y abundante en misericordia (hesed) y fidelidad (emet), manteniendo su misericordia (hesed) hasta la milésima generación, soportando falta, transgresión y pecado, pero sin disculparla, castigando la falta... hasta la tercera y cuarta generación" (Éx 34, 6s). Dios no pasa la esponja por el pecado: deja que repercutan sus consecuencias en el pecador hasta la cuarta generación, lo cual muestra qué cosa tan seria es el pecado. Pero su misericordia, conservada intacta hasta la milésima generación, le hace aguardar con paciencia infinita. Tal es el ritmo que marcará las relaciones de Dios con su pueblo hasta la venida de su Hijo.

b) Misericordia y castigo. En efecto, a todo lo largo de la historia sagrada muestra Dios que si debe castigar al pueblo que ha pecado, se llena de conmiseración tan luego éste clama a él desde el fondo de su miseria. Así el libro de los Jueces está marcado por el ritmo de la *ira que se inflama contra el infiel y de la *misericordia que le envía un *salvador (Jue 2,18). La experiencia profética va a dar a esta historia acentos extrañamente humanos. oseas revela que si Dios ha decidido no usar ya misericordia con Israel (os 1,6) y castigarlo, su "corazón se revuelve dentro de él, sus entrañas se conmueven" y decide no dar ya desahogo al ardor de su ira" (11,8s); así un día el infiel será de nuevo llamado "Ha recibido misericordia" (Ruhama: 2,3). En el momento mismo en que los profetas anuncian las peores catástrofes conocen la ternura del corazón de Dios: "¿Es, pues, Efraím para mí un hijo tan querido, un niño tan mimado, para que cuantas veces trato de amenazarle, me enternezca su memoria, se conmuevan mis entrañas y no pueda menos de desbordarse mi ternura?" (Jer 31,20; cf. Is 49,14s; 54,7).

c) Misericordia y conversión. Si Dios mismo se conmueve de tal manera ante la miseria que acarrea el pecado, es que desea que el pecador se vuelva hacia él, que se *convierta. Si de nuevo conduce a su pueblo al *desierto, es porque quiere "hablarle al corazón" (os 2,16); después del *exilio se comprenderá que Yahveh quiere simbolizar con la vuelta a la tierra la vuelta a él, a la vida (Jer 12,15; 33,26; Ez 33,11; 39,25; ls 14,1; 49,13). Sí, Dios "no guarda rencor eterno" (Jer 3,12s), pero quiere que el pecador reconozca su malicia; "que el malvado se convierta a Yahveh, que tendrá piedad de él, a nuestro Dios, que perdona abundantemente" (Is 55,7).

d) El llamamiento del pecador. Israel conserva, pues, en el fondo del corazón la convicción de una misericordia que no tiene nada de humano: "Él ha herido, él vendará nuestras llagas" (os 6,1). "¿Qué Dios como tú, que borra la falta, que perdona lo mal hecho, que no excita para siempre su ira, sino que se complace en otorgar gracia? Una vez más, ten piedad de nosotros, conculca nuestras iniquidades y arroja a lo hondo del mar nuestros pecados" (Miq 7,18s). Así resuena constantemente el grito del salmista resumido en el Miserere: "Apiádate de mí en tu bondad. En tu gran ternura borra mi pecado" (Sal 51,3). 3. Misericordioso con toda carne. Aunque la misericordia divina no conoce más límite que el *endurecimiento del pecador (Is 9,16; Jer 16, 5.13), sin embargo, durante mucho tiempo se la tuvo como reservada a sólo el *pueblo elegido. Pero Dios, con su sorprendente magnanimidad, acabó por fin con este residuo de tacañería humana (cf. ya os 11,9). Después del. exilio se comprendió la lección. La historia de Jonás es la sátira de los corazones estrechos que no aceptan la inmensa ternura de Dios (ion 4,2). El Eclesiástico dice claramente: "la piedad del hombre es para su *prójimo, pero la piedad de Dios es para toda carne" (Eclo 18,13).

Finalmente, la tradición unánime de Israel (cf. Éx 34,6; Nah 1,3; Jl 2,13; Neh 9,17; Sal 86,15; 145,8) es magníficamente recogida por el salmista, sin la menor nota de particularismo: "Yahveh es ternura y gracia, lento para la ira y abundante en misericordia; no disputa a perpetuidad, no guarda rencor para siempre; no nos trata según nuestras faltas... Cuan tierno es un padre para con su hijo, así lo es Yahveh para con el que le teme ; sabe de qué .hemos sido amasados, se acuerda del polvo que somos" (Sal 103,8ss.13s). "Dichosos los que esperan en él, pues de ellos se apiadará" (Is 30,18), porque "eterna es su misericordia" (Sal 136), porque en él está la misericordia (Sal 130,7).

II. "LO QUE YO QUIERO ES MISERICORDIA". Si Dios es ternura, ¿cómo no exigirá a sus criaturas la misma ternura mutua? Ahora bien, este sentimiento no es natural al hombre: homo homini lupus! Lo sabía muy bien David, que prefería "caer en las manos de Yahveh, porque es grande su misericordia, antes que en las manos de los hombres" (2Sa 24,14). También en este punto va Dios progresivamente educando a su pueblo.

Condena a los paganos, que sofocan la misericordia (Am 1,11). Lo que quiere es que se observe el mandamiento del *amor fraterno (cf. Éx 22,26), muy preferible a los holocaustos (Os 4,2; 6,6); quiere que la práctica de la *justicia sea coronada por un "amor tierno" (Miq 6,8). Si se quiere verdaderamente *ayunar, hay que socorrer al pobre, a la viuda, al huérfano, no hurtar el cuerpo ante el que es nuestra propia *carne (Is 58,6-11; Job 31,16-23). Cierto que el horizonte *fraterno está todavía limitado a la raza o a la creencia (Lev 19,18), pero el ejemplo mismo de Dios ensanchará poco a poco los corazones humanos hasta las dimensiones del corazón de Dios : "Yo soy Dios, no hombre" (Os 11,8; cf. Is 55,7). El horizonte se extenderá sobre todo gracias al mandamiento de no saciar la sed de *venganza, de no guardar rencor. Pero sólo quedará realmente despejado con los últimos libros de sabiduría, que en este punto esbozan ya el mensaje de Jesús; el *perdón debe ejercerse con "todo hombre" (Eclo 27,30-28,7).

NT. I. EL ROSTRO DE LA MISERICORDIA DIVINA. 1. Jesús, "sumo sacerdote misericordioso" (Heb 2,17). Jesús, antes de realizar el designio divino, quiso "hacerse en todo semejante a sus hermanos", a fin de experimentar la miseria misma de los que venía a salvar. Por consiguiente, sus actos todos traducen la misericordia divina, aun cuando no estén calificados así por los evangelistas. Lucas puso muy especial empeño en poner de relieve este punto. Los preferidos de Jesús son los "*pobres" (Lc 4,18; 7,22); los pecadores hallan en él un "amigo" (7,34), que no teme frecuentarlos (5,27.30; 15,1s; 19,7). La misericordia que manifestaba Jesús en forma general a las multiudes (Mt 9,36; 14,14; 15,32) adquiere en Lucas una fisonomía más personal: se dirige al "hijo único" de una viuda (Lc 7,13) o a un padre desconsolado (8,42; 9,38.42). Jesús, en fin, muestra especial benevolencia a las *mujeres y a los *extranjeros. Así queda redondeado y *cumplido el universalismo: "toda *carne ve la salvación de Dios" (3,6). Si Jesús tuvo así compasión de todos, se comprende que los afligidos se dirijan a él como a Dios mismo, repitiendo: "Kyrie eleison!" (Mt 15,22; 17,15; 20,30s).

2. El corazón de Dios Padre. Este rostro de la misericordia divina que mostraba Jesús a través de sus actos, quiso dejarlo retratado para siempre. A los pecadores que se veían excluidos del reino de Dios por la mezquindad de los *fariseos, proclama el evangelio de la misericordia infinita, en la línea directa de los mensajes auténticos del AT. Los que regocijan el corazón de Dios no son los hombres que se creen justos, sino los pecadores arrepentidos, comparables con la oveja o la dracma perdida y hallada (Lc 15,7.10); el *Padre está acechando el regreso de su hijo pródigo y cuando lo descubre de lejos "siente compasión" y corre a su encuentro (15,20). Dios ha aguardado largo tiempo, y aguarda todavía con *paciencia a Israel, que no se convierte, como una higuera estéril (13,6-9).

3. La sobreabundancia de la misericordia. Dios es, pues, ciertamente el "Padre de las misericordias" (2Cor 1,3; Sant 5,11), que otorgó su misericordia a Pablo (lCor 7,25; 2Cor 4,1; lTim 1,13) y la promete a todos los creyentes (Mt 5,7; lTim 1,2; 2Tim 1,2; Tit 1,4; 2Jn 3). El cumplimiento del designio de misericordia en la *salvación y en la *paz, tal como lo anunciaban los cánticos al alborear el Evangelio (Lc 1,50.54. 72.78), lo muestra Pablo claramente en toda su amplitud y sobreabundancia.

El ápice de la epístola á los Romanos está en esta revelación. Mientras que los judíos acababan por desconocer la misericordia divina estimando que ellos se procuraban la *justicia a partir de sus *obras, de su práctica de la *ley, Pablo declara que ellos también son pecadores y que por tanto tienen necesidad de la misericordia por la justicia de la *fe. Frente a ellos los paganos, a los que Dios no había prometido nada, son atraídos a su vez a la órbita inmensa de la misericordia. Todos deben, pues, reconocerse pecadores a fin de participar todos de la misericordia : "Dios incluyó a todos los hombres en la desobediencia para usar con todos misericordia" (Rom 11,32).

II. SED MISERICORDIOSOS... La "*perfección" que Jesús, según Mt 5,48, exige a sus discípulos, consiste según Lc 6,36 en el deber de ser misericordiosos "como vuestro Padre es misericordioso". Es una condición esencial para entrar en el reino de los cielos (Mt 5,7), que Jesús reitera después del profeta Oseas (Mt 9,13; 12,7). Esta ternura debe hacerme *prójimo del miserable al que encuentro en mi camino, a ejemplo del buen Samaritano (Lc 10,30-37), debe llenarme de compasión para con el que me ha ofendido (Mt 18, 23-35), porque Dios ha tenido compasión conmigo (18,32s). Así seremos nosotros juzgados según la misericordia que hayamos practicado, quizás inconscientemente, para con Jesús en persona (Mt 25,31-46).

Mientras que la ausencia de misericordia entre los paganos desencadena la ira divina (Rom 1,31), el cristiano debe amar y "simpatizar" (Flp 2,1), tener una auténtica compasión en el corazón (Ef 4,32; IPe 3,8); no puede "cerrar sus entrañas" ante un hermano que se halla en la necesidad: el *amor de Dios no mora sino en los que practican la misericordia (lJn 3,17).
(LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001)



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Santos Padres: San Gregorio Magno - La resurrección

1. La primera cuestión que de esta lección asalta al pensamiento es: ¿cómo después de la resurrección fue el verdadero cuerpo de Jesús el que, estando cerradas las puertas, pudo entrar a donde estaban los apóstoles?

Más debemos reconocer que la obra de Dios deja de ser admirable si la razón la comprende, y que la fe carece de mérito cuando la razón adelanta la prueba. En cambio, esas mismas obras de Dios que de ningún modo pueden comprenderse por sí mismas, deben cotejarse con alguna otra obra suya, para que otras obras más admirables nos faciliten la fe en las que son sencillamente admirables.
Pues bien, aquel mismo cuerpo que, al nacer, salió del seno cerrado de la Virgen, entró donde estaban los discípulos hallándose cerradas las puertas. ¿Qué tiene, pues, de extraño el que después de la resurrección, ya eternamente triunfante, entrara estando cerradas las puertas el que, viniendo para morir, salió a luz sin abrir el seno de la Virgen? Pero, como dudaba la fe de los que miraban aquel cuerpo que podía verse, les mostro enseguida las manos y el costado; ofreció para que palparan el cuerpo que había introducido estando cerradas las puertas.

En lo cual pone de manifiesto dos cosas admirables y para la razón humana harto contrarias entre sí, y fue mostrar, después de su resurrección, su cuerpo incorruptible y a la vez tangible, puesto que necesariamente se corrompe lo que es palpable, y lo incorruptible no puede palparse.
No obstante, por modo admirable e incomprensible, nuestro Redentor, después de resucitar, mostró su cuerpo incorruptible y a la vez palpable, para, con mostrarle incorruptible, invitar a los premios y, con presentarle palpable, afianzar la fe; además se mostró incorruptible y palpable, sin duda, para probar que, después de la resurrección, su cuerpo era de la misma naturaleza, pero tenía distinta gloria.

2. Y les dijo: La paz sea con vosotros. Conté mi Padre me envió, así os envío yo también a vosotros. Esto es, como mi Padre, Dios, me envió a mí, Dios también, yo, hombre, os envío a vosotros, hombres.

El Padre envió al Hijo, quien, por determinación suya, debía encarnarse para la redención del género humano, y el cual, cierto es, quiso que padeciera en el mundo; pero, sin embargo, amó al Hijo, que enviaba para padecer. Asimismo, el Señor, a los apóstoles, que eligió, los envió, no a gozar en el mundo, sino a padecer, como Él había sido enviado. Luego, así como el Padre ama al Hijo y, no obstante, le envía a padecer, así también el Señor ama a los discípulos, a quienes, sin embargo, envía a padecer en el mundo. Rectamente, pues, se dice: Como el Padre me envió a mí, así os envío yo también a vosotros; esto es: cuando yo os mando ir entre las asechanzas de los perseguidores, os amo con el mismo amor con que el Padre me ama al hacerme venir a sufrir tormentos.

Aunque también puede entenderse que es enviado según la naturaleza divina. Y entonces se dice que el Hijo es enviado por el Padre, porque es engendrado por el Padre; pues también el Hijo, cuando les dice (is 15, 26): Cuando viniere el Paráclito, que yo os enviaré del Padre, manifiesta que Él les enviará el Espíritu Santo, el cual, aunque es igual al Padre y al Hijo, pero no ha sido encarnado. Ahora, si ser enviado debiera entenderse tan sólo de ser encarnado, cierto que no se diría en modo alguno que el Espíritu Santo sería enviado, puesto que jamás encarnó, sino que su misión es la misma procesión, por la que a la vez procede del Padre y del Hijo. De manera que, como se dice que el Espíritu Santo es enviado porque procede, así se dice, y no impropiamente, que el Hijo es enviado porque es engendrado.

3. Dichas estas palabras, alentó hacia ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Debemos inquirir qué significa el que nuestro Señor enviara una sola vez el Espíritu Santo cuando vivía en la tierra y otra sola vez cuando ya reinaba en el cielo; pues en ningún otro lugar se dice claramente que fuera dado el Espíritu Santo, sino ahora, que es recibido mediante el aliento, y después, cuando se declara que vino del cielo en forma de varias lenguas.

¿Por qué, pues, se da primero en la tierra a los discípulos y luego es enviado desde el cielo, sino porque es doble el precepto de la caridad, a saber, el amor de Dios y el del prójimo? Se da en la tierra el Espíritu Santo para que se ame al prójimo, y se da desde el cielo el Espíritu para que se ame a Dios.

Así como la caridad es una sola y sus preceptos dos, el Espíritu es uno y se da dos veces: la primera, por el Señor cuando vive en la tierra; la segunda, desde el cielo, porque en el amor del prójimo se aprende el modo de llegar al amor de Dios; que por eso San Juan dice (1 Jn 4, 20): El que no ama a su hermano, a quien ve, a Dios, a quien no ve, ¿cómo podrá amarle? Cierto que antes ya estaba el Espíritu Santo en las almas de los discípulos para la fe; pero no se les dio manifiestamente sino después de la resurrección. Por eso está escrito (Jn 7, 39): Aún no se había comunicado el Espíritu Santo, porque Jesús no estaba todavía en su gloria. Por eso también se dice por Moisés (Dt 32, 13): Chuparon la miel de las peñas y el aceite de las más duras rocas. Ahora bien, aunque se repase todo el Antiguo Testamento, no se lee que, conforme a la Historia, sucediera tal cosa; jamás aquel pueblo chupó la miel de la piedra ni gustó nunca tal aceite; pero como, según San Pablo (1 Co 10, 4), la piedra era Cristo, chuparon miel de la piedra los que vieron las obras y milagros de nuestro Redentor, y gustaron el aceite de la piedra durísima, porque merecieron ser ungidos con la efusión del Espíritu Santo después de la resurrección. De manera que, cuando el Señor, mortal aún, mostró a los discípulos la dulzura de sus milagros, fue como darles miel de la piedra; [4.] y derramó el aceite de la piedra cuando, hecho ya impasible después de su resurrección, con su hálito hizo fluir el don de la santa unción. De este óleo se dice por el profeta (is 10, 27): Se pudrirá el yugo por el aceite. En efecto, nos hallábamos sometidos al yugo del poder del demonio, pero fuimos ungidos con el óleo del Espíritu Santo, y como nos ungió con la gracia de la liberación, se pudrió el yugo del poder del demonio, según lo asegura San Pablo, que dice (2 Co 3, 17): Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.

Mas es de saber que los primeros que recibieron el Espíritu Santo, para que ellos vivieran santamente y con su predicación aprovecharan a algunos, después de la resurrección del Señor, le recibieron de nuevo ostensiblemente, precisamente para que pudieran aprovechar, no a pocos, sino a muchos. Por eso en esta donación del Espíritu se dice: Quedan perdonados los pecados de aquellos a quienes vosotros se los perdonareis, y retenidos los de aquellos a quienes se los retuviereis.

Me place fijar la atención en el más alto grado de gloria a que fueron sublimados aquellos discípulos, llamados a sufrir el peso de tantas humillaciones. Vedlos, no sólo quedan asegurados ellos mismos, sino que además reciben la potestad de perdonar las deudas ajenas y les cabe en suerte el principado del juicio supremo, para que, haciendo las veces de Dios, a unos retengan los pecados y se los perdonen a otros.

Así, así correspondía que fueran exaltados por Dios los que habían aceptado humillarse tanto por Dios. Ahí lo tenéis: los que temen el juicio riguroso de Dios quedan constituidos en jueces de las almas, y los que temían ser ellos mismos condenados condenan o libran a otros.

5. El puesto de éstos lo ocupan ahora ciertamente en la Iglesia los obispos. Los que son agraciados con el régimen, reciben la potestad de atar y de desatar.

Honor grande, sí; pero grande también el peso o responsabilidad de este honor. Fuerte cosa es, en verdad, que quien no sabe tener en orden su vida sea hecho juez de la vida ajena; pues muchas veces sucede que ocupe aquí el puesto de juzgar aquel cuya vida no concuerda en modo alguno con el puesto, y, por lo mismo, con frecuencia ocurre que condene a los que no lo merecen, o que él mismo, hallándose ligado, desligue a otros. Muchas veces, al atar o desatar a sus súbditos, sigue el impulso de su voluntad y no lo que merecen las causas; de ahí resulta que queda privado de esta misma potestad de atar y de desatar quien la ejerce según sus caprichos y no por mejorar las costumbres de los súbditos. Con frecuencia ocurre que el pastor se deja llevar del odio o del favor hacia cualquiera prójimo; pero no pueden juzgar debidamente de los súbditos los que en las causas de éstos se dejan llevar de sus odios o simpatías. Por eso rectamente se dice por el profeta (Ez 13, 19) que mataban a las almas que no están muertas y daban por vivas a las que no viven. En efecto, quien condena al justo, mata al que no está muerto, y se empeña en dar por vivo al que no ha de vivir quien se esfuerza en librar del suplicio al culpable.

6. Deben, pues, examinarse las causas y luego ejercer la potestad de atar y de desatar. Hay que conocer qué culpa ha precedido o qué penitencia ha seguido a la culpa, a fin de que la sentencia del pastor absuelva a los que Dios omnipotente visita por la gracia de la compunción; porque la absolución del confesor es verdadera cuando se conforma con el fallo del Juez eterno.

Lo cual significa bien la resurrección del muerto de cuatro días, pues ella demuestra que el Señor primeramente llamó y dio vida al muerto, diciendo (Jn 11, 43): Lázaro, sal afuera; y que después, el que había salido afuera con vida, fue desatado por los discípulos, según está escrito (Jn 11, 44): Cuando hubo salido afuera el que estaba atado de pies y manos con fajas, dijo entonces a sus discípulos: Desatadle y dejadle ir. Ahí lo tenéis: los discípulos desatan a aquel que ya vivía, al cual, cuando estaba muerto, había resucitado el Maestro. Si los discípulos hubieran desatado a Lázaro cuando estaba muerto, habrían hecho manifiesto el hedor más bien que su poder.

De esta consideración debe deducirse que nosotros, por la auto-ridad pastoral, debemos absolver a los que conocemos que nuestro Autor vivifica por la gracia suscitante; vivificación que sin duda se conoce ya antes de la enmienda en la misma confesión del pecado. Por eso, al mismo Lázaro muerto no se le dice: Revive, sino: Sal afuera.

En efecto, mientras el pecador guarda en su conciencia la culpa, ésta se halla oculta en el interior, escondida en sus entrañas; pero, cuando el pecador voluntariamente confiesa sus maldades, el muerto sale afuera. Decir, pues, a Lázaro: Sal afuera, es como si a cualquier pecador claramente se dijera: ¿Por qué guardas tus pecados dentro de tu conciencia? Sal ya afuera por la confesión, pues por tu negación estás para ti oculto en tu interior. Luego decir: salga afuera el muerto, es decir: confiese el pecador su culpa; pero decir: desaten los discípulos al que sale fuera, es como decir que los pastores de la Iglesia deben quitar la pena que tuvo merecida quien no se avergonzó de confesarse.

He dicho brevemente esto por lo que respecta al ministerio de absolver, para que los pastores de la Iglesia procuren atar o desatar con gran cautela. Pero, no obstante, la grey debe temer el fallo del pastor, ya falle justa o injustamente, no sea que el súbdito, aun cuando tal vez quede atado injustamente, merezca ese mismo fallo por otra culpa.

El pastor, por consiguiente, tema atar o absolver indiscretamente; más el que está bajo la obediencia del pastor tema quedar atado, aunque sea indebidamente, y no reproche, temerario, el juicio del pastor, no sea que, si quedó ligado injustamente, por ensoberbecerse de la desatinada reprensión, incurra en una culpa que antes no tenía. Y dicho todo esto harto rápidamente, tornemos al orden de la exposición.

7. Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino el Señor. Únicamente este discípulo estuvo ausente, y cuando vino oyó lo que había sucedido y no quiso creer lo que oía. Volvió de nuevo el Señor y descubrió al discípulo incrédulo su costado para que le tocase y le mostró las manos, y con presentarle las cicatrices de sus llagas curó la llaga de su incredulidad.
¿Qué pensáis de todo esto, hermanos carísimos? ¿Creéis que sucedió al acaso el que estuviera en aquella ocasión ausente aquel discípulo elegido y el que, cuando vino, oyera, y oyendo dudara, y dudando palpara, y palpando creyera? No; no sucedió esto al acaso, sino que fue disposición de la divina Providencia; pues la divina Misericordia obró de modo tan admirable para que, tocando aquel discípulo incrédulo las heridas de su Maestro, sanase en nosotros las llagas de nuestra incredulidad. De manera que la incredulidad de Tomás ha sido más provechosa para nuestra fe que la fe de los discípulos creyentes, porque, decidiéndose aquél a palpar para creer, nuestra alma se afirma en la fe, desechando toda duda.

En efecto, el Señor, después de resucitado, permitió que aquel discípulo dudara; pero, no obstante, no le abandonó en la duda; a la manera que antes de nacer quiso que María tuviera esposo, el cual, no obstante, no llegó a consumar el matrimonio; porque, así como el esposo había sido guardián de la integérrima virginidad de su Madre, así el discípulo, dudando y palpando, vino a ser testigo de la verdadera resurrección.

8. Y tocó y exclamó Tomás: ¡Señor mío y Dios mío! Le dijo Jesús: Tú has creído, Tomás, porque me has visto. Diciendo el apóstol San Pablo que (Hb 11, 1) la fe es el fundamento de las cosas que se esperan y un convencimiento de las cosas que no se ven, resulta claro en verdad que la fe es una prueba decisiva de las cosas que no se ven, pues las que se ven, ya no son objeto de la fe, sino del conocimiento. Ahora bien, ¿por qué, cuando Tomás vio y palpó, se le dice: Porque has visto has creído? Pues es porque él vió una cosa y creyó otra; el hombre mortal, cierto que no puede ver la divinidad; por tanto, él vió al hombre y creyó que era Dios; y así dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Luego, viendo, creyó, porque, conociéndole verdadero hombre, le aclamó Dios, aunque como tal no podía verle.

9. Causa mucha alegría lo que sigue: Bienaventurados los que sin haber visto han creído. Sentencia en la que, sin duda, estamos señalados nosotros, que confesamos con el alma al que no hemos visto en la carne. Sí, en ella estamos significados nosotros, pero con tal que nuestras obras se conformen con nuestra fe, porque quien cumple en la práctica lo que cree, ése es el que cree de verdad. Por el contrario, de aquellos que solamente creen con palabras, dice San Pablo (Tt 1, 16): Profesan conocer a Dios, más lo niegan con las obras; por eso dice Santiago (2, 17): La fe, si no es acompañada de obras, está muerta en sí misma; y, por lo mismo, el Señor dice al santo Job, refiriéndose al antiguo enemigo del género humano (Jb 40, 18): Mira cómo él se sorbe un río, sin que le parezca haber bebido mucho; aun presume poder agotar el Jordán entero. Y bien, por el río, ¿quién está significado sino el género humano, que va pasando?; esto es, el género humano; que corre desde el principio hasta el fin y que, como agua puesta en movimiento, corre por la declinación de la carne hasta su término señalado. ¿Y qué se designa por el Jordán sino la clase de los bautizados?; porque, como el Autor de nuestra redención se dignó ser bautizado en el rio Jordán, rectamente con el nombre de Jordán se designa la multitud de los que están comprendidos en el sacramento del bautismo.

Así, pues, el antiguo enemigo sorbió el río del género humano, porque desde el principio del mundo hasta la venida del Redentor, salvándose apenas algunos pocos elegidos, tragó en el vientre de su malicia al género humano; por eso se dice bien de él: Se sorbe un río y no le parece mucho, pues no tiene por grande cosa el arrebatar a los infieles. Pero es harto grave lo que sigue: Y aun presume poder agotar el Jordán entero; porque, después de haber arrebatado a todos los infieles desde el principio del mundo, aún presume poder engañar también a los fieles; porque con el lenguaje de su pestífera persuasión diariamente devora a aquellos cuya vida réproba está en desacuerdo con la fe que profesan.

10. Por consiguiente, hermanos carísimos, temed esto y prestadle toda atención; meditadlo con toda solicitud. Ved que celebramos la solemnidad de la Pascua, pero debemos vivir de modo que merezcamos llegar a las fiestas de la eternidad. Todas las fiestas que se celebran en el tiempo pasan; procurad cuantos estáis presentes a esta solemnidad no ser excluidos de la solemnidad eterna. ¿De qué sirve asistir a las fiestas de los hombres, si aconteciera faltar a las fiestas de los ángeles? La solemnidad presente es una sombra de la solemnidad futura, y anualmente celebramos ésta precisamente para ser llevados a aquella que no es anual, sino perdurable.

Cuando se celebra ésta en su tiempo determinado, confórtese nuestra memoria con el recuerdo de aquélla; con la repetición del gozo temporal, caliéntese y enfervorícese el alma en los gozos eternos, para que en la patria se goce realmente con alegría lo que de aquel gozo se piensa figuradamente durante la jornada.

Poned, pues, en orden, hermanos, vuestra vida y vuestras costumbres. Considerad ahora cuán riguroso aparecerá en el juicio este que tan manso ha resucitado de entre los muertos. Cierto que en el día de su tremendo juicio aparecerá con los ángeles, con los arcángeles, con los tronos, con las dominaciones, con los principados y con las potestades, ardiendo los cielos y la tierra, es decir, aterrorizados en su presencia todos los elementos. Así que tened presente siempre a este tan severo Juez; temed ahora a este que ha de venir, para que, cuando venga, le veáis, no temerosos, sino tranquilos; se le debe temer ahora para no temerle después; sírvanos su temor para acostumbrarnos a obrar bien; el miedo que nos in-funde aparte de la perversión nuestra vida.

11. Creedme, hermanos, tanto más seguros estaremos entonces en su presencia, cuanto más hagamos ahora por recelarnos de la culpa. ¿verdad que, si alguno de vosotros tuviera que presentarse mañana para informar ante mi tribunal en un pleito que tuviera con su adversario, tal vez pasaría toda la noche insomne, discurriendo para sí, solícito y anheloso, qué es lo que él podría decir y qué respondería a las objeciones; y temería mucho el encontrarme duro, y temblaría de aparecer culpable? Pero ¿quién o qué soy yo? Ciertamente, no tardando, después de ser hombre he de ser todo gusanos, y después de esto, polvo. Luego, si con tanto cuidado se teme el juicio de quien es polvo, ¿con qué solicitud se debe pensar, con qué miedo se debe proveer el juicio de tan soberana Majestad?

12. Mas, como hay algunos que dudan de la resurrección de la carne, y como la demostraremos mejor saliendo a la vez al paso a las dudas ocultas en vuestros corazones, debemos decir algo acerca de la fe de la resurrección.

Muchos, pues, están dudosos respecto a la resurrección, como nosotros lo estuvimos en algún tiempo, porque, como ven que en el sepulcro la carne se convierte en podredumbre y los huesos quedan reducidos a polvo, no creen que del polvo sean formados otra vez la carne y los huesos; y, como discurriendo para sí, vienen a decir esto: ¿Cuándo ha surgido del polvo un hombre? ¿Cuándo ha sucedido animarse la ceniza?

A los cuales responderemos brevemente que, para Dios, rehacer lo que ya fue es mucho menos que el crear lo que no ha existido. ¿o qué maravilla es que quien creó todas las cosas de la nada torne a hacer del polvo al hombre?; porque más admirable es haber formado de la nada el cielo y la tierra que el volver a hacer de la tierra al hombre.

Pero se pone la atención en la ceniza y se duda de que pueda convertirse en carne, y se busca cómo comprender por medio de la razón el poder de la obra de Dios.

Tales cosas dicen éstos en sus pensamientos porque los diarios milagros de Dios, precisamente por su frecuencia, han desmerecido para ellos. Pero ahí lo tenéis: en el grano de una pequeñísima semilla está encerrada toda la magnitud del árbol que de ella ha de nacer. Imaginémonos, pues, la admirable magnitud de un árbol cualquiera; pensemos dónde comenzó al nacer ese árbol que, creciendo, ha llegado a ser tan grande, y hallaremos, sin duda, su origen en una pequeñísima semilla. Consideremos ahora dónde está oculta en aquel pequeño grano la fortaleza del leño, lo áspero de la corteza, su gran olor y sabor, la abundancia de los frutos y el verdor de las hojas; porque, si tocamos el grano de la semilla, hallamos que no es fuerte, ¿de dónde, pues, ha procedido la fortaleza del madero?; tampoco es áspero, ¿de dónde ha brotado lo áspero de la corteza?; ni tiene sabor, ¿de dónde el sabor de los frutos?; se le huele y no tiene olor, ¿de dónde el olor fragante de los frutos?; nada verde muestra en sí, ¿de dónde ha salido el verdor de las hojas?

Luego en la semilla están juntamente ocultas todas esas cosas que, sin embargo, no brotan juntamente de la semilla; en realidad, de la semilla se produce la raíz, de la raíz procede el tallo, del tallo sale el fruto y del fruto otra vez la semilla.

Añadamos, en consecuencia, que también la semilla se oculta en la semilla; ¿qué tiene, pues, de extraño que del polvo rehaga los huesos, los nervios, la carne, los cabellos..., aquel que de una pequeña semilla renueva todos los días, en la gran corpulencia de un árbol, la madera, los frutos y las hojas?

Por lo tanto, cuando el alma busca dudosa la razón del poder resucitar, deben presentársele las cuestiones de estas cosas que suceden sin cesar y que, sin embargo, jamás puede comprender la razón; y ya que no puede comprender lo que está viendo con los ojos, crea lo que oye referente a las promesas del poder de Dios.

Meditad, hermanos, en vuestro interior las promesas que son perdurables, pero tened en menos las que pasan con el tiempo como cosa ya pasada. Apresuraos a poner toda vuestra voluntad en llegar a la gloria de la resurrección, que en sí ha puesto de manifiesto la Verdad. Ahuyentad los deseos terrenales, que apartan del Creador, porque tanto más alto llegaréis en la presencia de Dios omnipotente cuanto más os distingáis en el amor al Mediador entre Dios y los hombres, el cual vive y reina con el Padre, en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.
(SAN GREGORIO MAGNO, Homilías sobre el Evangelio, Libro II, Homilía VI, BAC Madrid 1958, p. 660-68)



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Aplicación:P. Alfredo Saenz, S.J. - Aparición de Cristo resucitado e incredulidad de Tomás

La perícopa evangélica de este domingo nos refiere una de las apariciones más impresionantes y aleccionadoras del Señor resucitado.

Sucedió al atardecer del día primero de la semana. Y como Tomás no estaba con ellos, una vez más el Señor se volvió a aparecer a los ocho días, nos informa el texto. En el lenguaje antiguo "el día primero de la semana" era el domingo. Pareciera que Jesús hubiese querido exaltar este día, uniéndolo tan íntimamente al hecho de su resurrección y a sus consiguientes manifestaciones pascuales. La Iglesia primitiva recibió celosamente dicha tradición. "Los que vivían en el antiguo orden de cosas y han llegado a la nueva esperanza - dice San Ignacio de Antioquía-, no observan más el sábado, sino el domingo, día en que nuestra vida se ha levantado por Cristo y por su muerte". Ulteriormente, los Padres de la Iglesia se encargaron de dilucidar las razones de dicha elección. El domingo cae en el primer día de la semana, decían, por ser el aniversario de la creación del mundo, así como el comienzo de la nueva creación inaugurada precisamente en el "día del Señor", el día en que Cristo resucitó y se manifestó a sus discípulos, el día en que envió su Espíritu.

Lo cierto es que el domingo aparece en las Escrituras como el día normal de las apariciones de Cristo. Domingo que debe ser para nosotros el día de la santa misa, al tiempo que nuestra jornada de reposo semanal, un reposo que se ordena a la contemplación, el "otium" de los antiguos, que paradojalmente es lo contrario de la pereza: vida contemplativa, fiesta siempre retomada, octavo día, figura del reposo final en el cielo. La semana, del lunes al sábado, es la imagen del tiempo terrestre, el domingo es figura de la eternidad. Tal es, en resumen, el contenido teológico del domingo: día cósmico de la creación, día evangélico de la resurrección, día litúrgico de la Eucaristía, día escatológico del siglo futuro.

En tal día el Señor inauguró sus apariciones pascuales a los apóstoles, les deseó la paz, y les dio el mandato misional. Luego sopló sobre ellos y añadió: Recibid el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que vosotros se los perdonéis, y serán retenidos a los que vosotros se los retengáis. En el Antiguo Testamento, la acción de soplar sobre otro significaba la intención de comunicarle algo íntimo y vital. Así Dios sopló sobre Adán, infundiéndole su aliento de vida. Ahora Cristo sopla sobre su Iglesia y le da el nuevo espíritu, el Espíritu de vida y de santidad, alma de la Iglesia. La primera consecuencia de esta infusión del Espíritu es el poder de perdonar los pecados: el sacramento de la Penitencia está en relación indisoluble con el Cristo pascual.

Tomás dijo: Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré. Si no veo, si no toco, no creo. El apóstol Tomás es el primero de los positivistas. Para él, aún no había amanecido el día que hizo el Señor, vivía todavía sumerso en la oscuridad que al atardecer del viernes entenebreció el Calvario. Se le acerca Cristo, aurora de victoria, y le dice: Tócame. Admirable torneo entre la pedagogía cariñosa de Cristo y la torpeza del apóstol incrédulo. Tomás lo tocó, y de ese contacto floreció el acto de fe: ¡Señor mío y Dios mío! "Tocó a un hombre y conoció a Dios-comenta San Agustín-, palpó la carne y creyó en el Verbo". Una cosa vio, y otra creyó. Vio a un hombre, y confesó: Señor mío y Dios mío. Bienaventurados, dijo Jesús, los que creen sin haber visto.

Somos nosotros, amados hermanos. No hemos visto a Cris-to, pero creemos en El. No nos es posible "ver" la divinidad de la Iglesia. No siempre podemos "gozar" de la hermosura de la Iglesia. Dichosos los que creen sin haber visto. Los que viendo a una Iglesia desgarrada por el pecado de sus miembros, en el seno de una crisis de fe, a pesar de todo creen en la Iglesia una, santa e inmortal, en la Iglesia fiel, que con María está al pie de la Cruz. Necesariamente la vida de fe se desarrolla en la oscuridad. Las apariencias, y especialmente el mundo, conspiran contra ella. Pero como bien dice San Juan en la epístola de hoy: "La victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?". Ver una cosa, creer otra.

Sugiere el texto que Tomás puso su mano en el costado de Cristo. Tocó la llaga del Señor. El gesto del apóstol nos impele a decir dos palabras sobre el misterio del corazón de Cristo. La llaga abierta por la lanza del soldado nos recuerda aquella roca del desierto que, al golpe de Moisés, abrió su seno para dar de beber al pueblo sediento. La roca era Cristo, dice San Pablo. El Señor se dejó llagar para que a través de esas llagas su bondad se derramara sobre nosotros. Del costado herido de Jesús que dormía sobre el madero nació el sacramento admirable de la Iglesia entera. Muerto en la Cruz, es fuente de vida; el agua, y la sangre que brotaron de su costado dieron nacimiento a la Iglesia, nueva Eva, nacida del costado de su Esposo dormido. Esa agua y esa sangre son sacramentales porque representan los dos sacramentos pascuales con los que se edifica la Iglesia: el, Bautismo y la Eucaristía.

El símbolo del corazón abierto de Jesús constituye, así, la síntesis más acabada del complejo acto pascual. Pascua es un misterio de muerte y de vida. Y el corazón de Cristo lleva inscripto en sí esa estructura bipolar, de muerte y de vida, de agotamiento radical y de fecundidad inexhausta. Abierto por la lanza, dice el evangelista que "al punto" salió sangre y agua, es decir, en el mismo instante en que la herida circuncidó su carne. En la unidad histórica más estrecha se realizó la doble acción salvadora: por una parte, la transfixión, que era el último rito de inmolación del cordero pascual, y por otra, la apertura de la fuente de agua viva, que representa la primera efusión de su triunfo espiritual. El Misterio Pascual es, de este modo, la manifestación del amor misericordioso que Dios experimenta por el hombre. Y todo ese amor se resume en el misterio del corazón de Cristo.

En el momento de acercarnos a recibir el Cuerpo de Jesús podemos orar de esta manera: "Cuando te apoyes, Señor, sobre mis labios, permíteme que te diga como tu apóstol incrédulo: Señor mío y Dios mío. No sería decoroso que tuvieras que presentarme tus cicatrices para convencerme. Señor, que cuando toque con mis labios los accidentes de pan, y pruebe con mi lengua el sabor del vino, firmemente crea en tu presencia divina, real y sustancial; que mientras palpe con mis sentidos tus humildes apariencias eucarísticas, penetre con la fe en el misterio de tu gloria pascual. Que por esta comunión me sumerja un poco más en el misterio de tu Corazón y con él me identifique de tal modo que sufriendo como Tú la herida de mi muerte cotidiana, pueda tomar parte en la victoria de Tu efusión final. Amén".
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 130-133)



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Aplicación: Sor Ma. Elizbieta Siepak - Santa Faustina Kowalska y la devoción a la Divina Misericordia

La misión de Sor Faustina consiste, en resumen, en recordar una verdad de la fe, conocida desde siempre, pero olvidada, sobre el amor misericordioso de Dios al hombre y en transmitir nuevas formas de culto a la Divina Misericordia, cuya práctica ha de llevar a la renovación religiosa en el espíritu de confianza y misericordia cristianas.

El Diario que Sor Faustina escribió durante los últimos 4 años de su vida por un claro mandato del Señor Jesús, es una forma de memorial, en el que la autora registraba, al corriente y en retrospectiva, sobre todo los "encuentros" de su alma con Dios. Para sacar de estos apuntes la esencia de su misión, fue necesario un análisis científico. El mismo fue hecho por el conocido y destacado teólogo, Padre profesor ignacy Rózycki. Su extenso análisis fue resumido en la disertación titulada "La Divina Misericordia. Líneas fundamentales de la devoción a la Divina Misericordia." A la luz de este trabajo resulta que todas las publicaciones anteriores a él, dedicadas a la devoción a la Divina Misericordia transmitida por Sor Faustina, contienen solamente algunos elementos de esta devoción, acentuando a veces cuestiones sin importancia para ella. Por ejemplo, destacan la letanía o la novena, haciendo caso omiso a la Hora de la Misericordia. El mismo Padre Rózycki hace referencia a ese aspecto diciendo: "Antes de conocer las formas concretas de la devoción a la Divina Misericordia, cabe decir que no figuran entre ellas las conocidas y populares novenas ni letanías."

La base para distinguir éstas y no otras oraciones o prácticas religiosas como nuevas formas de culto a la Divina Misericordia, lo son las concretas promesas que el Señor Jesús prometió cumplir bajo la condición de confiar en la bondad de Dios y practicar misericordia para con el prójimo. El Padre Rózycki distingue cinco formas de la devoción a la Divina Misericordia.

a. La imagen de Jesús Misericordioso. El esbozo de la imagen le fue revelado a Sor Faustina en la visión del 22 de febrero de 1931 en su celda del convento de Plock. "Al anochecer, estando yo en mi celda - escribe en el Diario - ví al Señor Jesús vestido con una túnica blanca. Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho. De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido. ( ...) Después de un momento, Jesús me dijo: Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, en Ti confío (Diario 47). Quiero que esta imagen (...) sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia" Diario, 49).

El contenido de la imagen se relaciona, pues, muy estrechamente con la liturgia de ese domingo. Ese día la Iglesia lee el Evangelio según San Juan sobre la aparición de Cristo resucitado en el Cenáculo y la institución del sacramento de la penitencia (Jn 20, 19-29). Así, la imagen presenta al Salvador resucitado que trae la paz a la humanidad por medio del perdón de los pecados, a precio de su Pasión y muerte en la cruz. Los rayos de la Sangre y del Agua que brotan del Corazón (invisible en la imagen) traspasado por la lanza y las señales de los clavos, evocan los acontecimientos del Viernes Santo (Jn 19, 17-18, 33-37). Así pues, la imagen de Jesús Misericordioso une en sí estos dos actos evangélicos que hablan con la mayor claridad del amor de Dios al hombre.

Los elementos más característicos de esta imagen de Cristo son los rayos. El Señor Jesús, preguntado por lo que significaban, explicó: "El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas (....). Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos" (Diario, 299). Purifican el alma los sacramentos del bautismo y de la penitencia, mientras que la alimenta plenamente la Eucaristía. Entonces, ambos rayos significan los sacramentos y todas las gracias del Espíritu Santo cuyo símbolo bíblico es el agua y también la nueva alianza de Dios con el hombre contraída en la Sangre de Cristo.

A la imagen de Jesús Misericordioso se le da con frecuencia el nombre de imagen de la divina Misericordia. Es justo porque la Misericordia de Dios hacia el hombre se reveló con la mayor plenitud en el misterio pascual de Cristo.

La imagen no presenta solamente la Misericordia de Dios, sino que también es una señal que ha de recordar el deber cristiano de confiar en Dios y amar activamente al prójimo. En la parte de abajo - según la voluntad de Cristo - figura la firma: "Jesús, en Ti confío". "Esta imagen ha de recordar las exigencias de Mi misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil" (Diario, 742).
Así comprendido el culto a la imagen, a saber, la actitud cristiana de confianza y misericordia, vinculó el Señor Jesús promesas especiales de: la salvación eterna, grandes progresos en el camino hacia la perfección cristiana, la gracia de una muerte feliz, y todas las demás gracias que le fueren pedidas con confianza. "Por medio de esta imagen colmare a las almas con muchas gracias. Por eso quiero, que cada alma tenga acceso a ella" (Diario, 570).

b. La Fiesta de la Misericordia. De entre todas las formas de la devoción a la Divina Misericordia reveladas por Sor Faustina, ésta es la que tiene mayor importancia. El Señor Jesús habló por primera vez del establecimiento de esta Fiesta en Plock en 1931, cuando comunicó a Sor Faustina su deseo de que pintara la imagen: "Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia" (Diario, 49).

La elección del primer domingo después de la Pascua de Resurrección para la Fiesta de la Misericordia, tiene su profundo sentido teológico e indica una estrecha relación entre el misterio pascual de redención y el misterio de la Divina Misericordia. Esta relación se ve subrayada aún más por la novena de coronillas a la Divina Misericordia que antecede la Fiesta y que empieza el Viernes Santo.

La fiesta no es solamente un día de adoración especial de Dios en el misterio de la misericordia, sino también el tiempo en que Dios colma de gracias a todas las personas. "Deseo - dijo el Señor Jesús - que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores (Diario, 699). Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi Misericordia. Si no adoran Mi misericordia morirán para siempre" (Diario, 965).

Las promesas extraordinarias que el Señor Jesús vinculo a la Fiesta demuestran la grandeza de la misma. "Quien se acerque ese día a la Fuente de Vida - dijo Cristo - recibirá el perdón total de las culpas y de las penas" (Diario, 300). "Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre aquellas almas que se acercan al manantial de Mi misericordia; (....) que ningún alma tenga miedo de acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata" (Diario, 699).

Para poder recibir estos grandes dones hay que cumplir las condiciones de la devoción a la Divina Misericordia (confiar en la bondad de Dios y amar activamente al prójimo), estar en el estado de gracia santificante (después de confesarse) y recibir dignamente la Santa Comunión. "No encontrará alma ninguna la justificación - explicó Jesús - hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia y por eso el primer domingo después de la Pascua ha de ser la Fiesta de la Misericordia. Ese día los sacerdotes deben hablar a las almas sobre Mi misericordia infinita" (Diario, 570).

c. La coronilla a la Divina Misericordia. El Señor Jesús dictó esta oración a Sor Faustina entre el 13 y el 14 de septiembre de 1935 en vilna, como una oración para aplacar la ira divina (vea el Diario, 474 - 476).

Las personas que rezan esta coronilla ofrecen a Dios Padre "el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad" de Jesucristo como propiciación de sus pecados, los pecados de sus familiares y los del mundo entero. Al unirse al sacrificio de Jesús, apelan a este amor con el que Dios Padre ama a Su Hijo y en El a todas las personas.

En esta oración piden también "misericordia para nosotros y el mundo entero" haciendo, de este modo, un acto de misericordia. Agregando a ello una actitud de confianza y cumpliendo las condiciones que deben caracterizar cada oración buena (la humildad, la perseverancia, la sumisión a la voluntad de Dios), los fieles pueden esperar el cumplimiento de las promesas de Cristo que se refieren especialmente a la hora de la muerte: la gracia de la conversión y una muerte serena. Gozarán de estas gracias no solo las personas que recen esta coronilla, sino también los moribundos por cuya intención la recen otras personas. "Cuando la coronilla es rezada junto al agonizante - dijo el Señor Jesús - se aplaca la ira divina y la insondable misericordia envuelve al alma" (Diario, 811). La promesa general es la siguiente: "Quienes recen esta coronilla, me complazco en darles todo lo que me pidan (Diario, 1541, ( ) si lo que me pidan esté conforme con Mi voluntad" (Diario, 1731). Todo lo que es contrario a la voluntad de Dios no es bueno para el hombre, particularmente para su felicidad eterna.

"Por el rezo de esta coronilla - dijo Jesús en otra ocasión - Me acercas la humanidad (Diario, 929).

A las almas que recen esta coronilla, Mi misericordia las envolverá ( ) de vida y especialmente a la hora de la muerte" (Diario, 754).

d. La Hora de la Misericordia. En octubre de 1937, en unas circunstancias poco
aclaradas por Sor Faustina, el Señor Jesús encomendó adorar la hora de su muerte: "Cuantas veces oigas el reloj dando las tres, sumérgete en Mi misericordia, adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo entero y, especialmente, para los pobres pecadores, ya que en ese momento, se abrió de par en par para cada alma" (Diario, 1572).

El Señor Jesús definió bastante claramente los propios modos de orar de esta forma de culto a la Divina Misericordia. "En esa hora - dijo a Sor Faustina - procura rezar el Vía Crucis, en cuanto te lo permitan tus deberes; y si no puedes rezar el Vía Crucis, por lo menos entra un momento en la capilla y adora en el Santísimo Sacramento a Mi Corazón que está lleno de misericordia. Y si no puedes entrar en la capilla, sumérgete en oración allí donde estés, aunque sea por un brevísimo instante" (Diario, 1572).

El Padre Rózycki habla de tres condiciones para que sean escuchadas las oraciones de esa hora:
1. La oración ha de ser dirigida a Jesús.
2. Ha de ser rezada a las tres de la tarde.
3. Ha de apelar a los valores y méritos de la Pasión del Señor.

"En esa hora - prometió Jesús - puedes obtener todo lo que pidas para ti o para los demás. En esa hora se estableció la gracia para el mundo entero: la misericordia triunfó sobre la justicia" (Diario, 1572).

e. La propagación de la devoción a la Divina Misericordia. Entre las formas de devoción a la Divina

Misericordia, el Padre Rózycki distingue además la propagación de la devoción a la Divina Misericordia, porque con ella también se relacionan algunas promesas de Cristo. "A las almas que propagan la devoción a Mi misericordia, las protejo durante toda su vida como una madre cariñosa a su niño recién nacido y a la hora de la muerte no seré para ellas el Juez, sino el Salvador Misericordioso" (Diario, 1075).

La esencia del culto a la Divina Misericordia consiste en la actitud de confianza hacia Dios y la caridad hacia el prójimo. El Señor Jesús exige que "sus criaturas confíen en El" (Diario, 1059) y hagan obras de misericordia: a través de sus actos, sus palabras y su oración. "Debes mostrar misericordia al prójimo siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo, ni excusarte, ni justificarte" (Diario, 742). Cristo desea que sus devotos hagan al día por lo menos un acto de amor hacia el prójimo.

La propagación de la devoción a la Divina Misericordia no requiere necesariamente muchas palabras pero sí, siempre, una actitud cristiana de fe, de confianza en Dios, y el propósito de ser cada vez más misericordioso. un ejemplo de tal apostolado lo dio Sor Faustina durante toda su vida.
f. El culto a la Divina Misericordia tiene como fin renovar la vida religiosa en la Iglesia en el espíritu de confianza cristiana y misericordia. En este contexto hay que leer la idea de "la nueva Congregación" que encontramos en las páginas del Diario. En la mente de la propia Sor Faustina este deseo de Cristo maduró poco a poco, teniendo cierta evolución: de la orden estrictamente contemplativa al movimiento formado también por Congregaciones activas, masculinas y femeninas, así como por un amplio círculo de laicos en el mundo. Esta gran comunidad multinacional de personas constituye una sola familia unida por Dios en el misterio de su misericordia, por el deseo de reflejar este atributo de Dios en sus propios corazones y en sus obras y de reflejar su gloria en todas las almas. Es una comunidad de personas de diferentes estados y vocaciones que viven en el espíritu evangélico de confianza y misericordia, profesan y propagan con sus vidas y sus palabras el inabarcable misterio de la Divina Misericordia e imploran la Divina Misericordia para el mundo entero.

La misión de Sor Faustina tiene su profunda justificación en la Sagrada Escritura y en algunos documentos de la Iglesia. Corresponde plenamente a la encíclica Dives in misericordia del Santo Padre Juan Pablo II.

¡Para mayor gloria de la Divina Misericordia!

Sor Ma. Elizbieta Siepak, de la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia  (Cracovia - Lagiewniki)
(SANTA MARCA FAUSTINA KOwALSKA, Diario de la Divina Misericordia en mi alma, Editorial de los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen Maria, Edición cuarta autorizada, Stockbridge, Massachussets, 2001, tomado de la Introducción)



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Aplicación: S. Juan Pablo II - Dichosos los que han creído

Esta vigilia, como atestigua incluso su forma actual, representaba un día grande para los catecúmenos, que durante la noche pascual, por medio del bautismo, eran sepultados juntamente con Cristo en la muerte para poder caminar en una vida nueva, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre (cf. Rom 6,4).

San Pablo ha presentado el misterio del bautismo en esta imagen sugestiva.

De este modo la noche que precede al domingo de Resurrección se ha convertido realmente para ello, en "Pascua", es decir, el Paso del pecado, o sea, de la muerte del espíritu, a la Gracia; estos, a la vida en el Espíritu Santo. Ha sido la noche de una verdadera resurrección en el Espíritu. Como signo de la gracia santificante, los neo-bautizados recibían, durante el bautismo, una vestidura blanca, que los distinguía durante toda la octava de Pascua. En este día del ii domingo de Pascua, deponían tales vestidos; de donde el antiquísimo nombre de este día: domingo in Albis depositis.
Hoy, pues, deseamos cantar juntos aquí la alegría de la resurrección del Señor, así como lo anuncia la liturgia de este domingo.

"Dad gracias porque es bueno, porque es eterna su misericordia... Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo" (Sal 117/118, 1.24).

Deseamos también dar gracias por el inefable don de la fe, que ha descendido a nuestros corazones y se refuerza constantemente mediante el misterio de la resurrección del Señor. San Juan nos habla hoy de la grandeza de este don en las potentes palabras de su Carta: "pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. Pues, ¿quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?" (1 Jn 5,45).

Nosotros, pues, damos gracias a Cristo resucitado con una gran alegría en el corazón, porque nos hace participar en su victoria. Al mismo tiempo le suplicamos humildemente que no cesemos nunca de ser partícipes, con la fe, de esta victoria: particularmente en los momentos difíciles y críticos, en los momentos de las desilusiones y de los sufrimientos, cuando estamos expuestos a la tentación y a las pruebas. Sin embargo, sabemos lo que escribe San Pablo: "Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones" (2 Tim 3,12). Y he aquí todavía las palabras de San Pedro: "Por lo cual rebosáis de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas, a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo" (1 Pe 1,6-7).

Los cristianos de las primeras generaciones de la Iglesia se preparaban para el bautismo largamente y a fondo. Éste es el período del catecumenado, cuyas tradiciones se reflejan todavía en la liturgia de la Cuaresma. En la medida que se fue desarrollando la tradición del bautismo de los niños el catecumenado en esta forma debía desaparecer. Los niños recibían el bautismo en la fe de la Iglesia de la que eran fiadores toda la comunidad cristiana.

En el domingo in Albis la liturgia de la Iglesia hace de nosotros testigos del encuentro de Cristo resucitado con los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén. La figura del Apóstol Tomás y el coloquio de Cristo con él atraen siempre nuestra atención particular. El Maestro resucitado le permite de modo singular reconocer las señales de su pasión y convencerse así de la realidad de su resurrección. Entonces Santo Tomás, que antes no quería creer, expresa su fe con las palabras: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20,28). Jesús le responde: "Porque me has visto has creído; dichosos los que sin ver creyeron" (Jn 20,29).

Mediante la experiencia de la Cuaresma, tocando en cierto sentido las señales de la pasión de Cristo, y mediante la solemnidad de su resurrección, se renueva y se refuerza nuestra fe, y también la fe de los que están desconfiados, tibios, indiferentes, alejados.

¡Y la bendición que el Resucitado pronunció en el coloquio con Tomás, "dichosos los que han creído", permanezca con todos nosotros!
(Homilía en la parroquia romana de San Pancracio, 22 de abrilde 1979)


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Aplicación: SS. Papa Francisco - La misericordia de Dios

1. Celebramos hoy el segundo domingo de Pascua, también llamado "de la Divina Misericordia". Qué hermosa es esta realidad de fe para nuestra vida: la misericordia de Dios. un amor tan grande, tan profundo el que Dios nos tiene, un amor que no decae, que siempre aferra nuestra mano y nos sostiene, nos levanta, nos guía.

2. En el Evangelio de hoy, el apóstol Tomás experimenta precisamente esta misericordia de Dios, que tiene un rostro concreto, el de Jesús, el de Jesús resucitado. Tomás no se fía de lo que dicen los otros Apóstoles: "Hemos visto el Señor"; no le basta la promesa de Jesús, que había anunciado: al tercer día resucitaré. Quiere ver, quiere meter su mano en la señal de los clavos y del costado. ¿Cuál es la reacción de Jesús? La paciencia: Jesús no abandona al terco Tomás en su incredulidad; le da una semana de tiempo, no le cierra la puerta, espera. Y Tomás reconoce su propia pobreza, la poca fe: "Señor mío y Dios mío": con esta invocación simple, pero llena de fe, responde a la paciencia de Jesús. Se deja envolver por la misericordia divina, la ve ante sí, en las heridas de las manos y de los pies, en el costado abierto, y recobra la confianza: es un hombre nuevo, ya no es incrédulo sino creyente.

Y recordemos también a Pedro: que tres veces reniega de Jesús precisamente cuando debía estar más cerca de él; y cuando toca el fondo encuentra la mirada de Jesús que, con paciencia, sin palabras, le dice: "Pedro, no tengas miedo de tu debilidad, confía en mí"; y Pedro comprende, siente la mirada de amor de Jesús y llora. Qué hermosa es esta mirada de Jesús - cuánta ternura -. Hermanos y hermanas, no perdamos nunca la confianza en la paciente misericordia de Dios.

Pensemos en los dos discípulos de Emaús: el rostro triste, un caminar errante, sin esperanza. Pero Jesús no les abandona: recorre a su lado el camino, y no sólo. Con paciencia explica las Escrituras que se referían a Él y se detiene a compartir con ellos la comida. Éste es el estilo de Dios: no es impaciente como nosotros, que frecuentemente queremos todo y enseguida, también con las personas. Dios es paciente con nosotros porque nos ama, y quien ama comprende, espera, da confianza, no abandona, no corta los puentes, sabe perdonar. Recordémoslo en nuestra vida de cristianos: Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos.

A mí me produce siempre una gran impresión releer la parábola del Padre misericordioso, me impresiona porque me infunde siempre una gran esperanza. Pensad en aquel hijo menor que estaba en la casa del Padre, era amado; y aun así quiere su parte de la herencia; y se va, lo gasta todo, llega al nivel más bajo, muy lejos del Padre; y cuando ha tocado fondo, siente la nostalgia del calor de la casa paterna y vuelve. ¿Y el Padre? ¿Había olvidado al Hijo? No, nunca. Está allí, lo ve desde lejos, lo estaba esperando cada día, cada momento: ha estado siempre en su corazón como hijo, incluso cuando lo había abandonado, incluso cuando había dilapidado todo el patrimonio, es decir su libertad; el Padre con paciencia y amor, con esperanza y misericordia no había dejado ni un momento de pensar en él, y en cuanto lo ve, todavía lejano, corre a su encuentro y lo abraza con ternura, la ternura de Dios, sin una palabra de reproche: Ha vuelto. Y esta es la alegría del padre. En ese abrazo al hijo está toda esta alegría: ¡Ha vuelto!. Dios siempre nos espera, no se cansa. Jesús nos muestra esta paciencia misericordiosa de Dios para que recobremos la confianza, la esperanza, siempre. un gran teólogo alemán, Romano Guardini, decía que Dios responde a nuestra debilidad con su paciencia y éste es el motivo de nuestra confianza, de nuestra esperanza (cf.Glaubenserkenntnis, Würzburg 1949, 28). Es como un diálogo entre nuestra debilidad y la paciencia de Dios, es un diálogo que si lo hacemos, nos da esperanza.

3. Quisiera subrayar otro elemento: la paciencia de Dios debe encontrar en nosotros la valentía de volver a Él, sea cual sea el error, sea cual sea el pecado que haya en nuestra vida. Jesús invita a Tomás a meter su mano en las llagas de sus manos y de sus pies y en la herida de su costado. También nosotros podemos entrar en las llagas de Jesús, podemos tocarlo realmente; y esto ocurre cada vez que recibimos los sacramentos. San Bernardo, en una bella homilía, dice: "A través de estas hendiduras, puedo libar miel silvestre y aceite de rocas de pedernal (cf. Dt 32,13), es decir, puedo gustar y ver qué bueno es el Señor" (Sermón 61, 4. Sobre el libro del Cantar de los cantares). Es precisamente en las heridas de Jesús que nosotros estamos seguros, ahí se manifiesta el amor inmenso de su corazón. Tomás lo había entendido. San Bernardo se pregunta: ¿En qué puedo poner mi confianza? ¿En mis méritos? Pero "mi único mérito es la misericordia de Dios. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y, porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos" (ibid, 5). Esto es importante: la valentía de confiarme a la misericordia de Jesús, de confiar en su paciencia, de refugiarme siempre en las heridas de su amor. San Bernardo llega a afirmar: "Y, aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia (Rm 5,20)" (ibid.).Tal vez alguno de nosotros puede pensar: mi pecado es tan grande, mi lejanía de Dios es como la del hijo menor de la parábola, mi incredulidad es como la de Tomás; no tengo las agallas para volver, para pensar que Dios pueda acogerme y que me esté esperando precisamente a mí. Pero Dios te espera precisamente a ti, te pide sólo el valor de regresar a Él. Cuántas veces en mi ministerio pastoral me han repetido: "Padre, tengo muchos pecados"; y la invitación que he hecho siempre es: "No temas, ve con Él, te está esperando, Él hará todo". Cuántas propuestas mundanas sentimos a nuestro alrededor. Dejémonos sin embargo aferrar por la propuesta de Dios, la suya es una caricia de amor. Para Dios no somos números, somos importantes, es más somos lo más importante que tiene; aun siendo pecadores, somos lo que más le importa.

Adán después del pecado sintió vergüenza, se ve desnudo, siente el peso de lo que ha hecho; y sin embargo Dios no lo abandona: si en ese momento, con el pecado, inicia nuestro exilio de Dios, hay ya una promesa de vuelta, la posibilidad de volver a Él. Dios pregunta enseguida: "Adán, ¿dónde estás?", lo busca. Jesús quedó desnudo por nosotros, cargó con la vergüenza de Adán, con la desnudez de su pecado para lavar nuestro pecado: sus llagas nos han curado. Acordaos de lo de san Pablo: ¿De qué me puedo enorgullecer sino de mis debilidades, de mi pobreza? Precisamente sintiendo mi pecado, mirando mi pecado, yo puedo ver y encontrar la misericordia de Dios, su amor, e ir hacia Él para recibir su perdón.

En mi vida personal, he visto muchas veces el rostro misericordioso de Dios, su paciencia; he visto también en muchas personas la determinación de entrar en las llagas de Jesús, diciéndole: Señor estoy aquí, acepta mi pobreza, esconde en tus llagas mi pecado, lávalo con tu sangre. Y he visto siempre que Dios lo ha hecho, ha acogido, consolado, lavado, amado.

Queridos hermanos y hermanas, dejémonos envolver por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos. Sentiremos su ternura, tan hermosa, sentiremos su abrazo y seremos también nosotros más capaces de misericordia, de paciencia, de perdón y de amor.
(Basílica de San Juan de Letrán, II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, 7 de abril de 2013)



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Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - La Divina Misericordia

1. Celebramos hoy el día de la DIVINA MISERICORDIA. Es una devoción muy difundida hoy en la Iglesia Católica después de las revelaciones que recibió la monja polaca Sor María Faustina Kowalska.

2. Dios es PADRE MISERICORDIOSO, y le gusta que acudamos y nos fiemos de su infinita misericordia.

3. La infinita misericordia de Dios está reflejada en la Biblia de modo claro y bonito.

4.- Dice la Biblia: "Como el viento norte borra las nubes del cielo, así mi misericordia borra los pecados de tu alma". ¿os habéis fijado qué bonito es el cielo cuando sopla el viento norte? ¡Qué azul tan resplandeciente! Ha borrado todas las nubes. Así borra la misericordia de Dios los pecados de nuestra alma.

5. Dice la Biblia: "Yo arrojaré tus pecados al fondo del mar para que nunca más vuelvan a salir a flote". Lo que Dios me perdona me lo perdona para siempre, nunca más me lo echa en cara.

6. Dios perdona todo y del todo. Quinientos mil millones de pecados que yo tuviera, Dios me los perdona. Y me los perdona para siempre.

7. Pero esta infinita misericordia de Dios hay que armonizarla con su justicia. Para que Dios me perdone, tengo que arrepentirme. Dios no puede perdonar al que no se arrepiente.

8. Por eso el infierno es eterno, porque después de la muerte ya no es posible el arrepentimiento. Ni en el cielo se puede pecar, ni en el infierno arrepentirse. Eternamente sin pedir perdón, y Dios eternamente sin perdonar. No porque a Dios le falte misericordia, sino porque el pecador no puso la condición indispensable para obtener el perdón.



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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - La paz Jn 20, 19-31

Tres veces, Jesús les da la paz a los apóstoles. Dos veces en la primera aparición y una en la segunda, siempre en el Cenáculo. En la primera no estaba Tomás. Si bien la Biblia de Jerusalén comenta que este saludo era ordinario entre los judíos, Jesús les da verdaderamente la paz que necesitaban porque deseaban verle resucitado. Él, para disipar totalmente [3] la turbación de su presencia come delante de ellos y [4] nuevamente les desea la paz aquietándolos completamente.

Cuando Jesús les dio la paz recién comenzaron a ver. Y luego de pacificarlos definitivamente les expone su plan de misión universal. Sólo el alma en paz ve la voluntad del Señor y entiende en su totalidad el mensaje divino.

Antes de la llegada de Jesús se encontraban apesadumbrados, tristes, desesperanzados, derrotados en sus anhelos íntimos. La aparición de Jesús disipa los obstáculos para que alcancen la paz. Su aparición y la comunión con ellos les dan la paz. Sólo Jesús nos da la paz porque nos reconcilia con Dios. Si no estamos unidos a Jesús no tenemos verdadera paz.

La paz es efecto de la caridad[5]. Del amor a Dios y del amor al prójimo. El amor a Dios nos pacifica en nuestro interior y el amor al prójimo nos pacifica con los demás. Todos deseamos la paz. La paz es el fin del camino "que la paz de Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados"[6]. El amor da la paz. La paz es fruto del Espíritu [7] Santo, Amor subsistente . Nadie quiere vivir intranquilo.

Primero tenemos que lograr la paz en nosotros mismos. La paz es un don de Dios por eso hay que pedirla a Dios. Para conseguirla hay que integrar todas nuestras tendencias, todo lo que queremos alcanzar, en una tendencia única que contenga a las demás. Esa tendencia es el amor a Jesús. Todo lo que deseemos y queramos sea por amor a Jesús.

¿Y las cosas malas? Nadie busca las cosas malas por si, sino bajo la razón de bien. Muchas veces buscamos bienes aparentes y estos nos dan una falsa paz que, con prontitud se evapora. La paz del mundo es una paz falsa, por eso tenemos que alejarnos del mundo "si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde esta Cristo [...] porque habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios"[8].

Por eso la verdadera paz se logra en la guerra, en la lucha contra nosotros mismos, contra nuestras tendencias desordenadas. Tenemos que ordenar en nosotros esas tendencias para amar sólo a Jesús y eso implica lucha.

San Agustín dice que la paz "es la tranquilidad en el orden"[9], es decir, la paz se logra cuando nada inquieta nuestro corazón porque está ordenado. Cuando no hay tendencia que nos aparte del amor de Jesús y por ende nos intranquilice.

El pecado nos hace perder la paz porque nos separa de Jesús. Conseguimos lo que deseamos, la criatura, pero perdemos a Jesús. Conseguimos una falsa paz porque conseguimos un bien que no aquieta completamente nuestro deseo. Solo Jesús nos trae la verdadera paz. La verdadera paz se da únicamente en el alma en gracia.

La paz en esta vida es imperfecta. Siempre habrá que luchar contra alguna tendencia desordenada. Hay cosas de dentro y de fuera que contradicen y perturban la paz.
La paz es la expresión de una conciencia tranquila. La turbación se produce cuando el alma se desordena.

En la primera aparición Jesús pacificó a los diez que estaban reunidos; en la segunda, al incrédulo Tomás que necesitaba palpar las llagas para conseguir la paz. Jesús le dio la paz pero condescendió a su petición permitiendo que tocara sus llagas. Luego le reprochó su falta de fe. En este reproche hay una enseñanza para nosotros: somos dichosos porque creemos sin ver ni tocar.

Jesús nos consuela. El amor de Jesús hacia nosotros nos trae la alegría y la paz.

Debemos unirnos a Jesús para orientar todos nuestros deseos a su servicio. Que trabaje, estudie, pasee, etc. y todo lo bueno que desee por Jesús, para agradarle. Así lograré la paz en mí. Por supuesto, que debo luchar permanentemente contra todos aquellos apetitos que sean desordenados y que me pueden apartar de Jesús.

Si vivo en paz, mi paz se extenderá sola a los que me rodean.

La paz con el prójimo se da cuando tendemos a un mismo fin. Cuando mi corazón y el del prójimo buscan una misma cosa. Será más elevada la paz que habrá con el prójimo cuanto más alto sea el bien que busquemos en común. La más perfecta paz se dará cuando ambos busquemos a Dios.

¿Y en el mundo de hoy como hacemos, pues, la gente sólo se ocupa de las cosas de la tierra? Pacifiquémonos a nosotros mismos y nuestra paz se expandirá. Además, la paz nos hace discernir la mejor manera de obrar. Al menos en un principio la paz con la gente que nos rodea debe ponerse en algo bueno. En un verdadero bien, aunque en principio no sea el Sumo Bien que a todos integra.
Es muy importante buscar la paz. "Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios”[10]. A los pacíficos Dios los tiene como los hijos predilectos.

Por eso la paz verdadera no es la ausencia de guerras como muchas veces se proclama sino que la verdadera paz se da en el interior. un corazón pacificado no se levanta contra su prójimo. Sólo la disensión destruye la paz. Sea la disensión en el hombre mismo o con otro hombre.
La manera de vencer la disensión entre los hombres es pacificarse a sí mismo y luego el ejemplo hará que nuestro entorno reoriente las tendencias apetitivas hacia bienes verdaderos. Hoy es el testimonio lo que puede convertir al mundo.

Jesús es el que nos trae la verdadera paz. En la unión intima con Jesús lograremos la paz que tanto deseamos y que tanto desea el mundo entero.


[1] San Lucas y San Juan se completan mutuamente aquí, sin tener que forzar la armonía.
[2] No es solamente porque San Lucas cuenta de otra manera la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, es porqueel mismo San Juan consideraba esta misión solemne del Espíritu como un don del Hijo subido ya al Padre y para consolar y fortalecer a los suyos en su ausencia (14,16-26; 16,7-13).
[3] Lc 24, 43
[4] Jn 20, 21
[5] II-II, 29, 3
[6] Col 3, 15
[7] Cf. Ga 5
[8] Col 3, 1.3
[9] Cf. SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios, 19, 13, 1, O.C. (XVII), BAC Madrid 20045
[10] Mt 5, 9


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Ejemplos

ALEGRÍA, ¿DÓNDE ESTÁS?

Si se observa cualquier reunión humana, es muy típico detectar que siempre hay una personalidad más relevante que las demás, alrededor de la cual se centra la atención. La atención la suele acaparar no el más sabio, ni el más inteligente, sino la personalidad que más alegría irradia.

El rostro sinceramente alegre parece que produce un efecto imán en los jóvenes y en los niños. ¿Por qué? La alegría genuina se caracteriza por tres rasgos: proviene del interior, ilumina, y es sencilla.

En el interior del ser humano es donde se enfrenta la vida y se eligen las actitudes. Una vida llena de sentido es la que contesta cada mañana a la pregunta ¿vale la pena el día de hoy?, con un Si entusiasta, porque responde pensando en alguien.

El sentido de la vida se descubre cuando se ve el rostro feliz de aquel a quien se ama. Por ello la alegría proviene del interior, de la decisión personal de donarse a alguien. Y todos los que alguna vez han hecho la prueba, tienen que aceptar que el resultado es positivo. Hay más alegría en dar que en recibir.

Una adolescente de 14 años a quien detectaron un tumor maligno que la dejó paralítica en muy poco tiempo, en una carta que escribió a sus compañeras de curso, desde Pamplona donde fue internada, decía: "Queridas todas: Parece mentira, ¿verdad?, hace ya cinco meses que fui al Colegio a despedirme de todas vosotras con la idea de volver, como mucho, a los dos meses. Después de ver la habitación bajé a la Capilla que, aunque no es muy grande, es muy acogedora, muy bonita y está muy bien cuidada. Toda la Clínica tiene las puertas como las de nuestras casas y los ascensores son normales, es decir, que no es la típica Clínica: que te hace sentirte en tu casa.

La operación duró diecisiete horas, me pusieron una escayola que me cogía medio cuerpo y en donde se sujetaban dos hierros que, a su vez, mantenían mi cabeza firme mediante una corona, también de hierro, con cuatro clavos sujetos en los huesos de la cabeza. Muy pronto recuperé el buen humor y como tuvieron que darme alimentación por vena, entre esto y que se me abrió el apetito, engordé mucho, casi me puse como una vaca, y como la escayola no me dejaba engordar, tuve problemas, que los resolvía gracias a que estábamos en plenas fiestas de San Fermín, y con tan buen ambiente se te pasaba todo".

Alexia, falleció al poco tiempo y se puede ver que quien era maravillosa era ella, porque aunque murió pronto, nos dejó la lección fundamental de la vida: vivió hacia fuera, olvidada de sí, e irradió por donde pasara la alegría que la envolvía.

El espíritu alegre lo es porque se conoce tal cual es, se acepta y no se compara con los demás.

Su felicidad no proviene del tener más o menos, sino de una decisión de querer ser, y valorarse a sí mismo por las decisiones que puede tomar, como la de amar más y amar mejor. Quien vive desde la perspectiva del amor descubre que la vida es muy sencilla. El anhelo por alcanzar la alegría sigue escrito en el corazón del hombre con signos indelebles, pero se nos invita a buscarla donde el corazón no la puede encontrar: en el ambiente exterior, en la acumulación de objetos materiales, en licores, en placeres de un momento.

La alegría es posible, y está al alcance de todos, pero recordemos, la alegría genuina viene del interior, ilumina serenamente y se acompaña de la sencillez.


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