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Domingo 4 de Pascua B: Comentarios de Sabios y Santos II - con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante proclamada durante la celebración de la Misa dominical

 

Recursos adicionales para la preparación

 

A su disposición

Directorio Homilético: Cuarto domingo de Pascua

Santos Padres: San Agustín - Desde las palabras: "Yo soy el Buen Pastor", hasta: "Mas el mercenario huye, porque es mercenario y lo le importan las ovejas".

Aplicación: P. Alfredo Saenz, S.J. - El Buen Pastor

Aplicación: San Juan Pablo II - Eterna es su misericordia

Aplicación: San Juan Pablo II - "Yo soy el buen Pastor" ( Jn 10, 11).

Aplicación: SS. Benedicto XVI - El servicio en favor de la grey de Dios

Aplicación: P. José A. Marcone, I.V.E. - La Vocación de ser buenos Pastores (Jn 10,11-18)

Ejemplos

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo

Directorio Homilético: Cuarto domingo de Pascua

CEC 754, 764, 2665: Cristo, pastor de las ovejas y puerta del corral
CEC 553, 857, 861, 881, 896, 1558, 1561, 1568, 1574: el Papa y los obispos como pastores CEC 874, 1120, 1465, 1536, 1548-1551, 1564, 2179, 2686: los presbíteros como pastores CEC 756: Cristo, la piedra angular
CEC 1, 104, 239, 1692, 1709, 2009, 2736: ahora somos los hijos adoptivos de Dios

754 "La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo (Jn 10, 1 -10). Es también el rebaño cuyo pastor será el mismo Dios, como él mismo anunció (cf. Is 40, 11; Ez 34, 11 -31). Aunque son pastores humanos quienes gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el que sin cesar las guía y alimenta; El, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores (cf. Jn 10, 11; 1 P 5, 4), que dio su vida por las ovejas (cf. Jn 10, 11-15)".

764 "Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo" (LG 5).
Acoger la palabra de Jesús es acoger "el Reino" (ibid.). El germen y el comienzo del Reino son el "pequeño rebaño" (Lc 12, 32), de los que Jesús ha venido a convoca r en torno suyo y de los que él mismo es el pastor (cf. Mt 10, 16; 26, 31; Jn 10, 1-21). Constituyen la verdadera familia de Jesús (cf. Mt 12, 49). A los que reunió así en torno suyo, les enseñó no sólo una nueva "manera de obrar", sino también una oración propia (cf. Mt 5-6).
553 Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: "A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mt 16, 19). El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, "el Buen Pastor" (Jn 10, 11) confirmó este encargo después de su resurrección: "Apacienta mis ovejas" (Jn 21, 15-17). El poder de "atar y desatar" significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los apóstoles (cf. Mt 18, 18) y particularmente por el de Pedro, el único a quien él confió explícitamente las llaves del Reino.

IV LA IGLESIA ES APOSTÓLICA
857 La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:
- Fue y permanece edificada sobre "el fundamento de los apóstole s" (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (cf Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8; Ga 1, l; etc.).
- Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (cf Hch 2, 42), el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles (cf 2 Tm 1, 13-14).
- Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que
les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos , "a los que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia" (AG 5):
Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de
anunciar el Evangelio (MR, Prefacio de los apóstoles).

Los obispos sucesores de los apóstoles
861 "Para que continuase después de su muerte la misión a ellos confiada, encargaron medi ante una especie de testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron. Les encomendaron que cuidaran de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había puesto para ser los pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por tanto, de esta manera a algunos varones y luego dispusieron que, después de su muerte, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio" (LG 20; cf San Clemente Romano, Cor. 42; 44).

881 El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cf. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cf. Jn 21, 15-17). "Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la funció n de atar y desatar dada a Pedro" (LG 22). Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.

896 El Buen Pastor será el modelo y la "forma" de la misión pa storal del obispo. Consciente de sus propias debilidades, el obispo "puede disculpar a los ignorantes y extraviados. No debe negarse nunca a escuchar a sus súbditos, a los que cuida como verdaderos hijos ... Los fieles, por su parte, deben estar unidos a s u obispo como la Iglesia a Cristo y como Jesucristo al Padre" (LG 27):

Seguid todos al obispo como Jesucristo (sigue) a su Padre, y al presbiterio como a los apóstoles; en cuanto a los diáconos, respetadlos como a la ley de Dios. Que nadie haga al margen del obispo nada en lo que atañe a la Iglesia (San Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8,1)

1558 "La consagración episcopal confiere, junto con la función de santificar, también las funciones de enseñar y gobernar... En efecto...por la imposición de las manos y por las palabras de la consagración se confiere la gracia del Espíritu Santo y queda marcado con el carácter sagrado. En consecuencia, los obispos, de manera eminente y visible, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y Sacerdote, y actúan en su nombre (in eius persona agant)" (ibid.). "El Espíritu Santo que han recib ido ha hecho de los obispos los verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores" (CD 2).
1561 Todo lo que se ha dicho explica por qué la Eucaristía celebrada por el obispo tiene una significación muy especial como expresión de la Iglesia reunida en torno al altar bajo la presidencia de quien representa visiblemente a Cristo, Buen Pastor y Cabeza de su Iglesia (cf SC 41; LG 26).

1568 "Los presbíteros, instituidos por la ordenación en el orden del presbiterado, están unidos todos entre sí p or la íntima fraternidad del sacramento. Forman un único presbiterio especialmente en la diócesis a cuyo servicio se dedican bajo la dirección de su obispo" (PO 8). La unidad del presbiterio encuentra una expresión litúrgica en la costumbre de que los pres bíteros impongan a su vez las manos, después del obispo, durante el rito de la ordenación.

1574 Como en todos los sacramentos, ritos complementarios rodean la celebración. Estos varían notablemente en las distintas tradiciones litúrgicas, pero tienen en c omún la expresión de múltiples aspectos de la gracia sacramental. Así, en el rito latino, los ritos iniciales - la presentación y elección del ordenando, la alocución del obispo, el interrogatorio del ordenando, las letanías de los santos - ponen de relieve que la elección del candidato se hace conforme al uso de la Iglesia y preparan el acto solemne de la consagración; después de ésta varios ritos vienen a expresar y completar de manera simbólica el misterio que se ha realizado: para el obispo y el presbítero la unción con el santo crisma, signo de la unción especial del Espíritu Santo que hace fecundo su ministerio; la entrega del libro de los evangelios, del anillo, de la mitra y del báculo al obispo en señal de su misión apostólica de anuncio de la palab ra de Dios, de su fidelidad a la Iglesia, esposa de Cristo, de su cargo de pastor del rebaño del Señor; entrega al presbítero de la patena y del cáliz, "la ofrenda del pueblo santo" que es llamado a presentar a Dios; la entrega del libro de los evangelios al diácono que acaba de recibir la misión de anunciar el evangelio de Cristo.

874 El mismo Cristo es la fuente del ministerio en la Iglesia. El lo ha instituido, le ha dado autoridad y misión, orientación y finalidad:

Cristo el Señor, para dirigir al Pueblo de Dios y hacerle progresar siempre, instituyó en su Iglesia diversos ministerios que está ordenados al bien de todo el Cuerpo. En efecto, los ministros que posean la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos para que todos los que son miembr os del Pueblo de Dios...lleguen a la salvación (LG 18).

1120 El ministerio ordenado o sacerdocio ministerial (LG 10) está al servicio del sacerdocio bautismal.
Garantiza que, en los sacramentos, sea Cristo quien actúa por el Espíritu Santo en favor de la Iglesia. La misión de salvación confiada por el Padre a su Hijo encarnado es confiada a los Apóstoles y por ellos a sus sucesores: reciben el Espíritu de Jesús para actuar en su nombre y en su persona (cf Jn 20,21 -23; Lc
24,47; Mt 28,18-20). Así, el ministro ordenado es el vínculo sacramental que une la acción litúrgica a lo que dijeron y realizaron los Apóstoles, y por ellos a lo que dijo y realizó Cristo, fuente y fundamento de los sacramentos.

1465 Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacer dote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.

1536 El Orden es el sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos: es, pues, el sacramento del ministerio apostólico. Comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado.
(Sobre la institución y la misión del ministerio apostólico por Cristo ya se ha tratado en la primera part e. Aquí sólo se trata de la realidad sacramental mediante la que se transmite este ministerio)

In persona Christi Capitis...

1548 En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente a su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad. Es lo que la Iglesia expresa al decir que el sacerdote , en virtud del sacramento del Orden, actúa "in persona Christi Capitis" (cf LG 10; 28; SC 33; CD 11; PO 2,6):

El ministro posee en verdad el papel del mismo Sacerdote, Cristo Jesús. Si, ciertamente, aquel es asimilado al Sumo Sacerdote, por la consagración sacerdotal recibida, goza de la facultad de actuar por el poder de Cristo mismo a quien representa (virtute ac persona ipsius Christi) (Pío XII, enc. Mediator Dei). "Christus est fons totius sacerdotii; nan sacerdos legalis erat figura ipsius , sacerdos autem novae legis in persona ipsius operatur" ("Cristo es la fuente de todo sacerdocio, pues el sacerdote de la antigua ley era figura de EL, y el sacerdote de la nueva ley actúa en representación suya" (S. Tomás de A., s.th. 3, 22, 4).

1549 Por el ministerio ordenado, especialmente por el de los obispos y los presbíteros, la presencia de Cristo como cabeza de la Iglesia se hace visible en medio de la comunidad de los creyentes. Según la bella expresión de San Ignacio de Antioquía, el obispo es typos tou Patros, es imagen viva de Dios Padre (Trall.
3,1; cf Magn. 6,1).

1550 Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir del pecado. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia, existen muchos otros actos en que la condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad al evangelio y que pueden dañar por consiguiente a la fecundidad apostólica de la Iglesia.

1551 Este sacerdocio es ministerial. "Esta Función, que el Señor confió a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio" (LG 24). Está enteramente referido a Cristo y a los hombres. Depende totalmente de Cristo y de su sacerdocio único, y fue instituido en favor de los hombres y de la comunidad de la Igl esia. El sacramento del Orden comunica "un poder sagrado", que no es otro que el de Cristo. El ejercicio de esta autoridad debe, por tanto, medirse según el modelo de Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor de todos (cf. Mc 10,43-45; 1 P 5,3). "El Señor dijo claramente que la atención prestada a su rebaño era prueba de amor a él" (S. Juan Crisóstomo, sac. 2,4; cf. Jn 21,15-17)

1564 "Los presbíteros, aunque no tengan la plenitud del sacerdocio y dependan de los obispos en el ejercicio de sus poderes, sin embargo están unidos a éstos en el honor del sacerdocio y, en virtud del sacramento del Orden, quedan consagrados como verdaderos sacerdotes de la Nueva Alianza, a imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote (Hb 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para anunciar el Evangelio a los fieles, para dirigirlos y para celebrar el culto divino" (LG 28).



2179 "La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio" (CIC, can. 515,1). Es el lugar donde todos los fieles pueden reunirse para la celebración dominical de la eucaristía. La parroquia inicia al pueblo cristiano en la expresión ordinaria de la vida litú rgica, la congrega en esta celebración; le enseña la doctrina salvífica de Cristo. Practica la caridad del Señor en obras buenas y fraternas:
No puedes orar en casa como en la Iglesia, donde son muchos los reunidos, donde el grito de todos se dirige a Dios como desde un solo corazón. Hay en ella algo más: la unión de los espíritus, la armonía de las almas, el vínculo de la caridad, las oraciones de los sacerdotes (S. Juan Crisóstomo, incomprehens. 3,6).

2686 Los ministros ordenados son también responsables de la formación en la oración de sus hermanos y hermanas en Cristo. Servidores del buen Pastor, han sido ordenados para guiar al pueblo de Dios a las fuentes vivas de la oración: la Palabra de Dios, la liturgia, la vida teologal, el hoy de Dios en las situaciones concretas (cf PO 4-6).


 

Santos Padres: San Agustín - Desde las palabras: "Yo soy el Buen Pastor", hasta: "Mas el mercenario huye, porque es mercenario y lo le importan las ovejas".


1. Hablando Nuestro Señor Jesucristo a sus ovejas, tanto a las presentes como a las futuras, que entonces tenía delante (puesto que entre las que ya eran sus ovejas había otras que lo serían), tanto a las presentes como a las futuras, a ellos y a nosotros y a cuantos después de nosotros han de ser ovejas suyas, les manifiesta quién es el que les ha sido enviado. Todas, pues, oyen la voz de su pastor, que dice: Yo soy el buen pastor. No hubiera dicho bueno si no hubiera pastores malos. Los pastores malos son ladrones y salteadores, o, cuando más, mercenarios. Debemos indagar, distinguir y conocer todas las personas que aquí ha mencionado. Ya el Señor ha revelado dos cosas que veladamente había propuesto. Ya sabemos que la puerta es El mismo, y que El mismo es el pastor. Quiénes son los ladrones y los salteadores, quedó declarado en la lectura de ayer. En la de hoy hemos oído nombrar al mercenario y al lobo, y en la de ayer fue nombrado también el portero. Entre los buenos están, por lo tanto, la puerta, el portero, el pastor y las ovejas; y entre los malos, los ladrones, los salteadores, los mercenarios y el lobo.

2. Sabemos que la puerta es Cristo, y que El mismo es el pastor; ¿quién es el portero? El mismo declaró las dos cosas primeras; el portero lo dejó a nuestra inquisición. Y ¿qué dice del portero? A éste le abre el portero. ¿A quién abre? Al pastor. ¿Qué abre al pastor? La puerta. Y ¿quién es la puerta? El mismo pastor. ¿Por ventura, si Cristo nuestro Señor, no hubiese dicho: "Yo soy el pastor", y: "Yo soy la puerta", se atreviera alguno de nosotros a decir que el mismo Cristo era el pastor y la puerta? Si hubiese dicho: Yo soy el pastor, y no hubiese dicho: Yo soy la puerta, indagaríamos quién era la puerta, y quizá, pensando otra cosa, nos hubiésemos quedado a la puerta. Por una gracia y misericordia suya nos explicó que Él es el pastor y que Él es la puerta, dejándonos a nosotros la inquisición del ostiario. ¿Quién diremos nosotros que es el ostiario? A cualquiera que digamos, tenemos que evitar decir que es mayor que la puerta, como sucede en las casas de los hombres, en las que el portero es de mayor dignidad que la puerta. Pues el portero se pone para guardar la puerta, y no la puerta para guardar al portero. No me atrevo a proponer a ninguno mayor que la puerta, pues yo oí quién es la puerta. Lo sé, no puedo confiarme a una conjetura mía, no me queda ninguna sospecha humana; lo dijo Dios, lo dijo la Verdad, y no puede haber cambio en lo que dijo quién es inmutable.

3. Yo diré mi parecer en esta cuestión profunda, y cada uno elija lo que sea más de su gusto, pero sea piadoso en su sentir, conforme a lo que está escrito: Sentid bien del Señor y buscadle con sencillez de corazón. Quizá debamos reconocer al mismo Señor en el ostiario. Mayor diversidad hay en las cosas humanas entre el pastor y la puerta que entre la puerta y el ostiario; y el Señor se llamó a sí mismo pastor y puerta. ¿Por qué no hemos de entender que es también el portero? Pues, si atendemos a las propiedades, Cristo nuestro Señor no es un pastor como los que acostumbramos a ver y conocer, ni tampoco es puerta, porque no fue hecho por ningún carpintero, pero, si atendemos a ciertas semejanzas, es pastor y es puerta, y aun me atrevo a decir que también es oveja; es cierto que la oveja está bajo el pastor; sin embargo, Él es pastor y es oveja. ¿Dónde es pastor? Lee el Evangelio: Yo soy el buen pastor. ¿Dónde es oveja? Pregunta al profeta: Como oveja fue sacado al sacrificio. Pregunta al amigo del Esposo: He aquí al Cordero de Dios, he aquí al que quita los pecados del mundo. Aún he de decir algunas cosas más admirables sobre estas semejanzas. El cordero, la oveja y el pastor son amigos entre sí; pero los pastores suelen guardar a las ovejas de los leones, y, sin embargo, de Cristo, que es oveja y pastor, se dice que venció el león de la tribu de Judá. Tomad, hermanos, todas estas cosas como semejanza, no como propiedades. Solemos ver a los pastores sentados sobre una piedra y desde allí vigilar los rebaños confiados a su custodia. Ciertamente es mejor el pastor que la piedra sobre la cual se sienta; Cristo, sin embargo, es pastor y es piedra. Todo esto por semejanza. Porque, si de mí exiges sus propiedades, te diré: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. ¿Más propiedades? Hijo único, engendrado del Padre desde la eternidad y por toda la eternidad, igual al que lo engendró, por el cual han sido hechas todas las cosas, inconmutable con el Padre y no mudado por tomar la forma de siervo, hombre por la encarnación, hijo del hombre e Hijo de Dios. Todo esto no lo es por semejanza, sino por esencia.

4. No nos aflija, pues, hermanos, tomarlo por semejanza como puerta y como portero. Pues ¿qué es la puerta? Por donde entramos. ¿Quién es el ostiario? El que abre. ¿Y quién es el que se abre sino el que a sí mismo deja ver? Pues bien, el Señor había dicho puerta y no le habíamos entendido; cuando no le hemos entendido es que estaba cerrada: el que abrió, ése es el ostiario. No hay, por consiguiente, necesidad de indagar más nada, en absoluto, pero tal vez haya voluntad. Si quieres indagar más, mucho cuidado con desviarse, no te apartes de la Trinidad. Si buscas en otro lado la persona del ostiario, que sea el Espíritu Santo; pues no se desdeñará ser ostiario el Espíritu Santo, cuando el Hijo se ha dignado ser la puerta. Concedamos que tal vez el ostiario es el Espíritu Santo. El propio Señor dice acerca del Espíritu Santo a sus discípulos: Él os enseñará toda la verdad. ¿Quién es la puerta? Cristo. ¿Qué es Cristo? La Verdad. ¿Quién abre la puerta sino el que enseña toda la verdad?

5. ¿Qué diremos del mercenario? No fue mencionado entre los buenos. El buen pastor, dice, da su vida por las ovejas. El mercenario y el que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, en viendo venir al lobo, abandona a las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa. No lleva aquí el mercenario las partes de una persona buena, pero es de alguna utilidad; ni se llamaría mercenario si no percibiera el salario del patrón. ¿Quién es, pues, este mercenario tan culpable como necesario? Concédanos el Señor sus luces, hermanos, para conocer a los mercenarios y para que nosotros no seamos mercenarios. ¿Quién es, pues, el mercenario? Hay en la Iglesia algunos prelados de quienes dice el apóstol San Pablo que buscan sus propios intereses y no los de Jesucristo. Con lo cual quiere decir que no aman gratuitamente a Cristo, que no buscan a Dios por Dios, que van en pos de las comodidades temporales, ávidos del lucro y deseosos de honores humanos. Cuando el superior tiene amor a todo esto y por ello sirve a Dios, este tal, quienquiera que sea, es un mercenario; no se cuente entre los hijos. De estos tales dice también el Señor: En verdad os digo que ya recibieron su paga. Escucha lo que dice el Apóstol del santo varón Timoteo: "Espero en el Señor que pronto os enviaré a Timoteo, para que yo me alegre conociendo vuestras cosas; pues no tengo a otro más unido a mí, que por vosotros siente una solicitad hermana de la mía. Todos buscan sus intereses, no los de Jesucristo." Se lamenta el pastor de estar rodeado de mercenarios. Buscó a alguno que tuviese amor sincero a la grey de Cristo, y no lo encontró entre los que en aquel tiempo habían estado a su lado. No es que en aquel tiempo no hubiera en la Iglesia de Cristo, quien, como hermano, se desvelase por la grey, fuera del apóstol Pablo y Timoteo; pero sucedió que, cuando envió a Timoteo, no tenía cerca de sí a ninguno de sus hijos; los que tenía cerca de sí eran todos mercenarios, que buscan sus intereses y no los de Jesucristo. Sin embargo, con fraterna solicitud, prefirió enviar a un hijo y quedarse él entre los mercenarios. Sabemos que hay mercenarios, pero nadie los conoce sino Dios, que inspecciona el corazón, aunque a veces también nosotros los llegamos a descubrir, pues no de balde dijo el Señor de los lobos: Por sus frutos los conoceréis. Muchos en las tentaciones dejan transparentar sus intenciones, pero muchos se mantienen ocultos. Tiene el redil del Señor por dirigentes a hijos y a mercenarios. Los que son hijos son los pastores. Si ellos son pastores, ¿cómo dice que un solo pastor, sino porque todos ellos son miembros del pastor cuyas son propias las ovejas? Pues también ellos son miembros de la única oveja, porque como oveja se dejó conducir al sacrificio.

6. Escuchad ahora que también los mercenarios son necesarios. Hay muchos en la Iglesia que, buscando comodidades terrenas, predican a Cristo, y por ellos se deja oír la voz de Cristo. Las ovejas siguen no al mercenario, sino la voz del pastor, oída a través del mercenario. Ya el mismo Señor señaló a los mercenarios cuando dijo: En la cátedra de Moisés se han sentado escribas y fariseos; haced lo que os dicen, pero no imitéis sus obras. ¿Qué otra cosa quiso decir sino que por medio de los mercenarios escuchéis la voz del pastor? Sentados en la cátedra de Moisés, enseñan la ley de Dios; luego por ellos enseña Dios. Pero, si intentasen hablar de lo suyo propio, entonces no los escuchéis, ni obréis de acuerdo con sus enseñanzas. Ellos ciertamente buscan sus intereses propios, pero no los de Jesucristo; ninguno de ellos, sin embargo, se ha atrevido a decir al rebaño de Cristo que no busque los intereses de Jesucristo, sino los suyos propios. El mal que hace no lo predica desde la cátedra de Cristo; causa daño por el mal que obra, no por el bien que predica. Tú coge los racimos y ten cuidado con las espinas. Esto basta, pues creo que me habéis entendido; pero, en atención a los más tardos, lo diré más claramente. ¿Por qué yo he dicho: Coge el racimo y ten cuidado con las espinas, cuando el Señor dice: ¿Por ventura se cogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Esto es absolutamente cierto; pero también yo digo con verdad que cojas las uvas y tengas cuidado con las espinas, porque a veces el racimo nacido de las raíces de la vid cuelga de las zarzas, y, creciendo el sarmiento, se entrelaza con las espinas, y la zarza lleva un fruto que no es suyo. La vid no tiene espinas, pero el sarmiento se ha enlazado con las espinas. Busca las raíces, y hallarás la raíz del espino separada de la vid; busca el origen de la uva, y verás que procede de la vid. La cátedra de Moisés era la vid; las costumbres de los fariseos eran las espinas. La verdadera doctrina suministrada por los malos es el sarmiento en la zarza, el racimo entre las espinas. Coge con cuidado, no sea que, buscando el fruto, te lastimes la mano, y oyendo a quien dice cosas buenas, imites sus obras malas. Haced lo que dicen: escoged las uvas; no hagáis lo que hacen: cuidado con las espinas. Escuchad la voz del pastor en la voz de los mercenarios; no seáis vosotros mercenarios, pues sois miembros del pastor. El mismo apóstol San Pablo, que dijo que no tenía a nadie que fraternalmente se cuidara de vosotros, porque todos buscaban sus intereses y no los de Jesucristo, en otro lugar, estableciendo la diferencia entre los hijos y los mercenarios, sigue diciendo: "Unos por envidia y competencia, otros por su buena voluntad predican a Cristo; otros por caridad, porque saben que he sido puesto para defender el Evangelio; otros por contumacia anuncian a Cristo, sin guardar castidad, intentando con esto hacer más pesadas mis cadenas". Estos eran mercenarios; tenían envidia del apóstol San Pablo. ¿Por qué? Porque buscaban intereses temporales. Ved lo que dice a continuación: Y ¿qué? De cualquier modo que sea, ya ocasionalmente, ya con recta intención, mientras Cristo sea anunciado, me gozo y me gozaré en ello. Cristo es la Verdad. Esta verdad es anunciada ocasionalmente por los mercenarios; por los hijos es anunciada en verdad. Los hijos esperan pacientemente la herencia eterna del Padre; los mercenarios exigen la pronta paga del patrón. Para mí no tiene valor la gloria humana, que tanto envidian los mercenarios, con tal que la gloria divina de Cristo se difunda, bien sea por la voz de los mercenarios, bien por la voz de los hijos; y Cristo sea anunciado, ya ocasionalmente, ya verdaderamente.

7. Ya hemos visto también quién es el mercenario. ¿Quién es el lobo sino el diablo? ¿Qué es lo que dice del mercenario? En viendo venir al lobo huye, porque no son suyas propias las ovejas ni le importa el cuidado de las ovejas. ¿Fue tal el apóstol San Pablo? No. ¿Fue tal San Pedro? No. ¿Fueron tales todos los demás apóstoles, a excepción de Judas, que era el hijo de perdición? No. ¿Eran ellos pastores? Enteramente pastores. Pues ¿cómo es uno solo el pastor? Ya dije que eran pastores porque eran miembros del pastor. Se gozaban de aquella cabeza, estaban de acuerdo bajo su dirección, vivían con un solo espíritu en la trabazón de un solo cuerpo y, por ende, todos pertenecían a un solo pastor. Si, pues, eran pastores, y no mercenarios, ¿por qué huían cuando eran perseguidos? Acláranoslo, Señor. Vi a Pablo huyendo, según dice él en su Epístola; en una espuerta fue bajado por el muro para escapar de las manos del perseguidor. ¿Dejó el cuidado de las ovejas que abandonaba cuando venía el lobo? Ciertamente; pero en sus oraciones las ponía bajo el amparo del pastor que está sentado en el cielo, mientras él con la huida se reservaba para su utilidad, como dice en otro lugar: Por vosotros es necesario que permanezca en esta carne. De la boca misma del pastor habían oído todos: Si en una ciudad os persiguen, huid a otra. Dígnese el Señor explicarnos esta cuestión. Tú dijiste, Señor, a quienes querías que fuesen pastores fieles, y los formabas para ser miembros tuyos: Si os persiguen, huid. Ahora les haces una injuria reprendiendo a los mercenarios que ven venir al lobo y escapan. Le rogamos que nos revele las profundidades de la cuestión; llamemos, acuda el ostiario de la puerta, que es El mismo, a manifestarse a sí mismo.

8. ¿Quién es el mercenario? El que, viendo venir al lobo, huye, porque busca su interés, no el de Jesucristo; no se atreve a reprender con libertad al que peca. Pecó no sé quién, pecó gravemente; debe ser reprendido, debe ser excomulgado; pero, excomulgado, será un enemigo, maquinará y causará daños cuando le sea posible. El que busca su interés y no el de Jesucristo, por no perder lo que pretende, por no perder la satisfacción de la amistad de un hombre y soportar las molestias de una enemistad, calla y no lo reprende. Aquí tenéis al lobo con las garras en la garganta de la oveja. El diablo ha incitado a uno de los fieles a cometer un adulterio; tú callas, no le reprendes. ¡Oh mercenario!, viste venir al lobo, y has huido. Puede ser que responda: Aquí estoy, no he huido. Has huido, porque has callado, y has callado, porque has temido. El temor es la huida del alma. Con el cuerpo te has quedado, pero has huido con el espíritu; lo cual no hacía quien decía: Aunque con el cuerpo estoy ausente, estoy presente con el espíritu. ¿Cómo había de huir con el espíritu quien, estando ausente con el cuerpo, reprendía en sus cartas a los fornicadores? Nuestros afectos son movimientos del alma: la alegría es la expansión del alma; la tristeza es la contracción del alma; la codicia es el progreso del alma; el temor es la fuga del alma. Expansionas tu ánimo cuando te alegras, lo contraes cuando te entristeces, lo haces adelantar cuando deseas, lo haces huir cuando temes. Ahí tienes por qué se dice que el mercenario huye cuando ve al lobo. ¿Por qué huye? Porque no le importa el cuidado de las ovejas. ¿Por qué no le importa? Porque es mercenario, que quiere decir que busca una merced temporal, y por eso no habitará en la casa para siempre. Todavía quedan aquí muchas cosas que indagar y discutir con vosotros, pero no es mi intención cansar vuestra atención. Servimos los manjares del Señor a nuestros consiervos. Apacentamos a las ovejas y, a la vez, nos apacentamos nosotros en los pastos del Señor. Así como no se debe negar lo necesario, así tampoco hay que cargar al corazón débil con excesivas viandas. No lleve a mal vuestra caridad que no trate hoy de explicar las cosas que, a mi parecer, aún quedan por discutir. Pero de nuevo en días destinados a la explicación será repetida la misma lectura en el nombre del Señor, y, con su ayuda, la trataremos con mayor diligencia.
(SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIV), Tratado 46, 1-8, BAC Madrid 19652, 134-44)



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Aplicación: P. Alfredo Saenz, S.J. - El Buen Pastor

En el evangelio de hoy, Cristo ha dado de sí una de sus mejores definiciones: Yo soy el Buen Pastor. Imagen de Jesús que podemos ahora legítimamente complementar con la parábola de la oveja perdida, con la cual constituye una única enseñanza. El tema del Buen Pastor se integra de manera adecuada en el ambiente del Misterio Pascual, ya que en ningún momento el Señor cumplió tan bien su oficio de pastor como cuando dio su vida por sus ovejas, antes que verlas perdidas y condenadas. Claro que entregó su vida para luego retornarla y comunicar esa nueva vida a sus ovejas. El mismo nos lo dice al fin del texto de hoy: "Yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: éste es el mandato que recibí de mi Padre".

Buen Pastor es uno de los nombres del Mesías. En el Antiguo Testamento se fustiga duramente a los falsos pastores y allí se lee que Dios había resuelto arrebatarles sus ovejas, para entregarlas a quien supiese cuidar de ellas como corresponde: "Suscitaré un Pastor que las apaciente: el Señor apacentará, él será su Pastor", leemos en el libro de Ezequiel. Y enseguida el profeta anuncia que llegaría un día en que el Señor mismo reuniría sus ovejas, las contaría, buscaría las ovejas perdidas, vendaría las quebradas, y finalmente las llevaría a los prados verdes. Cristo sería ese futuro Pastor anunciado, como se consigna en la epístola a los hebreos: "El Dios de la paz suscitó de entre los muertos, por la sangre de la alianza eterna, al sumo pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesucristo".

La imagen de Cristo como Buen Pastor —verdadero Pastor— puede ser entendida en dos planos complementarios: en el plano universal y en el plano personal.

1. Ante todo Cristo puede ser considerado como el Buen Pastor de toda la humanidad. Tal es la interpretación más general que dieron los Padres de la parábola de la oveja perdida. Dios tenía —dicen— cien ovejas, entre las cuales se contaban los ángeles y los hombres. Eran del Padre, y del Verbo, heredero de todo. Un día, una de ellas se escapa del redil común: es el género humano, representado en su unidad por nuestros primeros padres, que deja a las noventa y nueve ovejas fieles, es decir, los ángeles. Adán y Eva, con todos sus descendientes, caminan, entre malezas y espinas, hijos de la ira, con el alma muerta y el corazón reseco, entreviendo en lontananza la terrible perspectiva de la muerte, esclavos del demonio. Es lo que describe Isaías: "Andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada cual su camino". El hombre —homicida y corrupto— estaba enfermo y, para colmo, como dice San Agustín, "no quería sanar: para no curarse se jactaba de estar sano".

El Padre, de quien eran las ovejas, encarga entonces a su Hijo que se ponga en su busca. Cristo diría luego: "Tuyos eran y me los diste". Y el Verbo se hace carne. Es el misterio de las distancias salvadas. Deja su rebaño fiel en la eternidad y se interna en nuestro campo de abrojos; va por los caminos día y noche, humillado en el Jordán, tentado en el desierto, cansado con la samaritana, paciente con los niños, rodeado de pecadores. Siempre en busca. Hasta que por fin encuentra la oveja y la pone sobre sus hombros: "Tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores". Cargó la Cruz y en ella a nosotros. Y nos condujo de nuevo al redil "a fin de que ellos sean uno, Padre, como tú y yo somos uno". La tierra y el cielo exultaron, se alegraron los ángeles, las noventa y nueve ovejas fieles. Un verdadero gozo cósmico.

2. Tal fue la primera interpretación que los Padres ofrecieron de la imagen del Buen Pastor y de la parábola de la oveja perdida. Pero cabe una segunda aplicación: Cristo es el Pastor de cada uno de nosotros que ya está en el rebaño. Porque el Señor constituyó a su Iglesia en forma de rebaño, y le encargó a Pedro: "Apacienta mis ovejas". En el evangelio de hoy, refiriéndose a los suyos, dice Jesús: "Conozco a mis ovejas". Usa un verbo que en la Escritura tiene un sentido conyugal: "conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí". El realmente nos conoce por nuestro nombre, conoce nuestra historia, nuestro fondo, lo que somos, lo que podemos ser, lo que quiere que seamos. Es un conocimiento transido de amor.

Sin embargo, aun después de haber entrado en el rebaño, la oveja puede extraviarse nuevamente por el pecado. Ya no reconoce a su Pastor, ni valora estar bajo su cayado. Se le hace pesada su voz y cargosos sus mandamientos, teme los pastos escabrosos de la cruz, tiene hastío de los manantiales de la doctrina y prefiere los estanques de este mundo. Cada uno de nosotros ha experimentado algo de esto. Pero el Pastor no se queda indiferente. El Señor tiene por nombre "el Celoso", dice la Escritura. Se manifiesta aquí el carácter dramático del oficio pastoral de Jesús: debe enfrentarse con lobos que intentan arrebatarle sus ovejas. Esos lobos son el demonio, así como los poderes huma-nos adversos a la redención; esos lobos son también hoy los falsos doctores que esparciendo sus errores hacen tantos estragos en el mundo y en la misma Iglesia: lobos disfrazados de oveja, porque suelen presentarse como "ángeles de luz".

Pues bien, cuando alguna oveja se somete a uno de esos lobos, el Señor, que es "celoso", porque ama hasta el delirio, hasta la muerte, a sus ovejas, se siente traicionado. "Me han abandonado a mí, que soy fuente de agua viva, y han ido a fabricarse estanques o aljibes que no pueden retener las aguas". El Señor siente celos, siente indignación, siente cólera, aquella "cólera de Yavé" de que habla el Antiguo Testamento, y que no es sino la expresión de la absoluta incompatibilidad entre Dios y el pecado. Con todo, vence en El la misericordia. Según aquella paradoja del salmo: "En tu justicia, líbrame". Pareciera que debería decir: "En tu justicia, castígame". Pero no: En tu justicia, líbrame. Porque la justicia de Dios en esta tierra es su misericordia. A mayor miseria nuestra, mayor misericordia suya: cor miserum, corazón compasivo, que siente nuestra miseria como si fuese propia, y tanto que ocupó nuestro lugar en la cruz.

Se pone, pues, en busca de nosotros: con sus silbos de pastor y llamándonos por nuestro nombre. No hagamos oídos sordos a su llamado, queridos hermanos, dejemos que nos ponga sobre sus hombros. Lo malo es aferrarse al pecado, a los abrojos, cerrarse al retorno. Cuando Cristo encuentra la oveja no la recrimina sino que la abraza y la mima, la carga sobre sus espaldas. Y luego recibe las felicitaciones de sus amigos. No dice: Alegraos con la oveja recuperada, sino alegraos conmigo, por cuanto su gozo consiste en que vivamos nosotros.

Ningún salmo es hoy más adecuado para una meditación que el salmo 22: el Señor es mi Pastor, me recrea en las aguas abundantes (son las aguas del Bautismo), unge mis cabellos con su unción (es el óleo de la Confirmación), prepara una mesa ante mí (es la mesa de la Eucaristía). El Señor nos ofrece hoy sus pastos sacramentales. El mismo se hace nuestro pasto. Nunca como en la Eucaristía nos conoce tan bien, por nuestro nombre. Nunca como allí lo conocemos tan bien, por su nombre, como los discípulos de Emaús lo reconocieron en la fracción del pan. Él es la puerta del redil: se entra por la puerta de la fe (la Eucaristía es el sacramento de la fe) y se sale por la puerta de la visión (la Eucaristía es la antesala del cielo, del reintegro al redil celestial). "Al aparecer el Pastor soberano recibiréis la corona de gloria" escribe San Pedro en su primera epístola. Allí formaremos un único rebaño con los ángeles y con ellos cantaremos las alabanzas por una eternidad.
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 139-143)



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Aplicación: San Juan Pablo II - Eterna es su misericordia


“¡Dad gracias a Yahveh, porque es bueno, porque es eterna su misericordia!” (Sal 118,1). Hoy resuenan las mismas palabras en el Domingo IV de este período, confirmando la verdad profunda de la existencia humana que se desveló en la resurrección de Jesús de Nazaret.

“Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres” (Sal 117,8). Efectivamente el que muriendo en la cruz exclamó en el último hálito de su respiro humano: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (cfr. Lc 23,46), se presenta de nuevo vivo en medio de sus discípulos en el Cenáculo de Jerusalén y parece proseguir las últimas palabras pronunciadas en la cruz, con el siguiente versículo del Salmo: “Te doy gracias porque me escuchaste y fuiste mi salvación...” (Sal 117,21). “Tú eres mi Dios, te doy gracias. Así parece decir el Hombre resucitado, Jesús de Nazaret.

Nosotros salimos al encuentro exclamando como el domingo de Ramos, si bien de manera muy distinta: Bendito el que viene en nombre del Señor (cfr. Jn 12,13).

“¡Dad gracias a Yahveh, porque es bueno, porque es eterna su misericordia!” (Sal 118,1). Porque Dios es bueno nos ha dado su amor.

“Mirad qué amor nos ha tenido el Padre -exclama en su primera Carta San Juan Evangelista- para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (3,1). Sí. Nos ha hecho hijos suyos en su Hijo unigénito. Nos ha hecho “hijos en el Hijo...”.

“Eterna es su misericordia”: “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (cfr. 3,2).

El bien se difunde por su naturaleza (“bonum est diffusivum sui”). Dios se ha revelado como Dios omnipotente creando al mundo, es decir, dando la existencia a multiplicidad de seres. Dios se ha revelado como bien respecto del hombre creándolo a su imagen y semejanza.

Por esto el hombre está ya tan dotado desde esta vida. Cada hombre lo está. Incluso el más pobre y menos desarrollado. Esta medida del bien propia del hombre, la medida que procede del Creador, pertenece ya a este mundo.

Y ya en este mundo, en la vida temporal, Dios nos hace hijos suyos, hijos en el Hijo; pero... aún no se ha revelado lo que seremos, estamos a la espera del mundo que vendrá. Cuando veremos a Dios tal como es, sólo entonces seremos semejantes a Él (3,2), en toda la plenitud programada eternamente... ¡porque es eterna su misericordia!

Cristo nos dice hoy: “Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas” (Jn 10,11). Mediante esta parábola Jesús de Nazaret quería reiterar con más fuerza cómo Dios, el Padre, es bueno. Quería hacer ver en una metáfora lo que en realidad ha llevado a cabo con su pasión y resurrección.

Esto es, ha dado la vida por las ovejas, por aquellos que con Él y por Él han sido hechos hijos en el Hijo. Dando la vida ha revelado hasta el fondo cuán bueno es Dios, hasta dónde llega la bondad de Dios. No sólo nos da la existencia y semejanza con Él en la obra de la creación, no sólo nos da la gracia de adoptarnos como hijos de Jesucristo. Sino que, además de todo esto, redime todo pecado mediante la muerte del Hijo unigénito, para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10).

La parábola del Buen Pastor habla de este amor que no retrocede ante la muerte por salvar al hombre y mantenerlo en el bien. En la historia del hombre está siempre el lobo que arrebata las ovejas (cfr. Jn 10,12), pero está también Cristo, Buen Pastor que vigila ininterrumpidamente.

El Padre que es principio de todo bien, lo conoce como Él conoce al Padre (cfr. Jn 10,15). Y con este conocimiento pleno de donación Cristo abraza a todo hombre: “Conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí” (cfr. Jn 10,14).

El Buen Pastor nos conoce a cada uno con el conocimiento del amor salvífico y nos lleva al Padre. Lleva incluso a las ovejas que no son de este redil (10,16). Su amor y solicitud salvífica se extiende a todos los hombres. Hasta los que se hallan fuera de la Iglesia están comprendidos en la obra de salvación. El amor es la revelación más completa del bien. Este amor se manifiesta en Cristo al dar la vida y al devolver de nuevo la vida.

La potencia del amor manifestado en la muerte y resurrección de Cristo, se ha convertido en la motivación exclusiva y única fuerza en cuyo nombre hablaban los Apóstoles: “en nombre de Jesucristo Nazareno a quien vosotros habéis crucificado, a quien Dios resucitó de entre los muertos” (Hch 4,10).

En el nombre de Cristo también hacían signos, devolviendo la salud a las personas enfermas y condenadas a sufrir. Y con la certeza que viene de la luz y potencia del mismo Espíritu Santo, los Apóstoles anunciaban la salvación en Jesucristo, sólo en El: “Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4,12).

La liturgia pascual de hoy está henchida de la verdad sobre la salvación. “Salvar” significa precisamente dar amor, el amor que nos ha dado el Padre haciéndonos hijos suyos en el Hijo único; el amor que ha revelado el Hijo cual Buen Pastor dando la vida por las ovejas en la cruz y recuperando esta vida para todos en la resurrección; el amor que con la potencia del Crucificado y resucitado vence el mal en las almas y en la historia del hombre.

Y por ello el Buen Pastor es al mismo tiempo piedra angular: “Él es la piedra descartada por los constructores, que ha venido a ser piedra angular” (Hch 4,11). ¿Es que no descartaron esta piedra los que no aceptaron el testimonio de la Buena Nueva y dictaron sentencia de muerte en la cruz contra Cristo? ¿No la descartan de nuevo otra vez los hombres que quieren organizar el mundo y la vida humana en éste fuera de Él y contra Él? Y, sin embargo, esta piedra descartada, ¡descartada tantas veces!, Jesucristo, es piedra angular. La construcción de la salvación humana sólo en Él puede apoyarse. La construcción del orden dentro del hombre y entre los hombres sólo en Él puede encontrar base segura. El hombre puede crecer renovado espiritualmente y crecer según la medida de sus destinos eternos. Sólo gracias a Él, el mundo humano puede hacerse cada vez más humano.

La alegría pascual es la alegría que brota de la certidumbre de la salvación del hombre, realizada por Jesucristo en la cruz y resurrección. Cristo mismo liberado de las ataduras de la muerte, se coloca en cierto sentido entre nosotros y dice al Padre: “Te doy gracias porque me escuchaste... Eres mi Dios, te doy gracias, Dios mío, yo te ensalzo” (Sal 117,21.28).

En cambio, nosotros, tomando en espíritu estas palabras, decimos al Resucitado: “Fuiste mi salvación” (Sal 117,21). Es cierto que no faltan las fatigas ni sufrimientos en nuestra vida humana. No son pocas las nubes que entenebrecen el horizonte del bien. Y no pocas las experiencias en que el mal parece aplastarnos.

¡Pero no perdamos la certeza de que Dios es bueno y el bien es siempre más grande! El bien de la salvación ofrecida al hombre en Cristo crucificado y resucitado es siempre más grande que cualquier mal de esta vida.

Esta conciencia, esta certidumbre es la fuente del gozo pascual del hombre y de la Iglesia: “¡Qué amor nos ha tenido el Padre!”(1 Jn 3,1).
(Homilía en la parroquia de S. Ponciano, 2 de Mayo de 1982)


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Aplicación: San Juan Pablo II - "Yo soy el buen Pastor" ( Jn 10, 11).

En la página evangélica que nos propone la liturgia de hoy Jesús se define a sí mismo como el buen Pastor que da la vida por sus ovejas. El mercenario, que no siente como suyas las ovejas, ante las dificultades y los peligros las abandona y huye. El pastor, en cambio, que conoce a cada una de sus ovejas, entabla con ellas una relación de familiaridad tan profunda, que está dispuesto a dar su vida por ellas.

Jesús, ejemplo sublime de entrega amorosa, invita a sus discípulos, en particular a los sacerdotes, a seguir sus mismas huellas. Llama a cada presbítero a ser buen pastor de la grey que la Providencia le confía.

Amadísimos ordenandos, este día será inolvidable para cada uno de vosotros. Hoy sois "promovidos para servir a Cristo maestro, sacerdote y rey, participando en su ministerio, que construye sin cesar la Iglesia aquí en la tierra como pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo" ( Presbyterorum ordinis , 1).

Quisiera simplemente atraer vuestra atención hacia algunos rasgos que ponen de relieve quién es, en el proyecto salvífico de Dios, el sacerdote, y qué esperan de él la Iglesia y el mundo. El sacerdote es el hombre de la Palabra, a quien corresponde la tarea de llevar el anuncio evangélico a los hombres y a las mujeres de su tiempo. Debe hacerlo con gran sentido de responsabilidad, comprometiéndose a estar siempre en plena sintonía con el magisterio de la Iglesia. Es también el hombre de la Eucaristía, mediante la cual penetra en el corazón del misterio pascual. Especialmente en la santa misa siente la exigencia de una configuración cada vez más íntima con Jesús, buen Pastor, sumo y eterno Sacerdote.

Por eso, alimentaos de la palabra de Dios; conversad todos los días con Cristo realmente presente en el Sacramento del altar. Dejaos conquistar por el amor infinito de su Corazón y prolongad la adoración eucarística en los momentos importantes de vuestra vida, en los de las decisiones personales y pastorales difíciles, al inicio y al final de vuestras jornadas. Puedo aseguraros que "yo he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo" ( Ecclesia de Eucharistia , 25).

4. Configurados con Cristo, buen Pastor, queridos ordenandos, seréis los ministros de la misericordia divina. Administraréis el sacramento de la reconciliación, cumpliendo así el mandato que el Señor transmitió a los Apóstoles después de su resurrección: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 22-23). ¡De cuántos milagros y prodigios realizados

por la misericordia de Dios en el confesonario seréis testigos! Pero, para poder cumplir dignamente la misión que hoy se os confía, deberéis manteneros constantemente unidos a Dios en la oración, y experimentar vosotros mismos su amor misericordioso mediante una práctica regular de la confesión, dejándoos también guiar por expertos consejeros espirituales, sobre todo en los momentos más difíciles de la existencia.

5. Amadísimos hermanos y hermanas de la diócesis de Roma y vosotros que acompañáis a estos ordenandos: El sacerdote, llamado de modo especial a tender a la santidad, es para todo el pueblo cristiano el testigo del amor y de la alegría de Cristo. Imitando el ejemplo del buen Pastor, ayuda a los creyentes a seguir a Cristo, correspondiendo a su amor. Estad cerca de vuestros sacerdotes; acompañadlos con constante oración y pedid al Señor con insistencia que no falten obreros en su mies.


Y tú, María, "Mujer eucarística", Madre y modelo de todo sacerdote, permanece junto a estos hijos tuyos hoy y a lo largo de los años de su ministerio pastoral. Como el apóstol san Juan, hoy te acogen "en su casa". Haz que conformen su vida al divino Maestro, que los ha elegido como ministros suyos. Que el "¡presente!", que acaba de pronunciar cada uno con entusiasmo juvenil, se exprese cada día en la generosa adhesión a las tareas del ministerio y florezca en la alegría del "magníficat" por las "maravillas" que la misericordia de Dios quiera realizar a través de sus manos. Amén.
(Homilía en la Ordenación Sacerdotal de 31 Diáconos de la Diócesis de Roma, Basílica de San Pedro, IV Domingo de Pascua, 11 de mayo de 2003)



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Aplicación: SS. Benedicto XVI - El servicio en favor de la grey de Dios


Queridos hermanos y hermanas; queridos ordenandos:

En esta hora en la que vosotros, queridos amigos, mediante el sacramento de la ordenación sacerdotal sois introducidos como pastores al servicio del gran Pastor, Jesucristo, el Señor mismo nos habla en el evangelio del servicio en favor de la grey de Dios.

La imagen del pastor viene de lejos. En el antiguo Oriente los reyes solían designarse a sí mismos como pastores de sus pueblos. En el Antiguo Testamento Moisés y David, antes de ser llamados a convertirse en jefes y pastores del pueblo de Dios, habían sido efectivamente pastores de rebaños. En las pruebas del tiempo del exilio, ante el fracaso de los pastores de Israel, es decir, de los líderes políticos y religiosos, Ezequiel había trazado la imagen de Dios mismo como Pastor de su pueblo. Dios dice a través del profeta: "Como un pastor vela por su rebaño (...), así velaré yo por mis ovejas. Las reuniré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas" (Ez 34, 12).

Ahora Jesús anuncia que ese momento ha llegado: él mismo es el buen Pastor en quien Dios mismo vela por su criatura, el hombre, reuniendo a los seres humanos y conduciéndolos al verdadero pasto. San Pedro, a quien el Señor resucitado había confiado la misión de apacentar a sus ovejas, de convertirse en pastor con él y por él, llama a Jesús el "archipoimen", el Mayoral, el Pastor supremo (cf. 1 P 5, 4), y con esto quiere decir que sólo se puede ser pastor del rebaño de Jesucristo por medio de él y en la más íntima comunión con él. Precisamente esto es lo que se expresa en el sacramento de la Ordenación: el sacerdote, mediante el sacramento, es insertado totalmente en Cristo para que, partiendo de él y actuando con vistas a él, realice en comunión con él el servicio del único Pastor, Jesús, en el que Dios como hombre quiere ser nuestro Pastor.

El evangelio que hemos escuchado en este domingo es solamente una parte del gran discurso de Jesús sobre los pastores. En este pasaje, el Señor nos dice tres cosas sobre el verdadero pastor: da su vida por las ovejas; las conoce y ellas lo conocen a él; y está al servicio de la unidad. Antes de reflexionar sobre estas tres características esenciales del pastor, quizá sea útil recordar brevemente la parte precedente del discurso sobre los pastores, en la que Jesús, antes de designarse como Pastor, nos sorprende diciendo: "Yo soy la puerta" (Jn 10, 7). En el servicio de pastor hay que entrar a través de él. Jesús pone de relieve con gran claridad esta condición de fondo, afirmando: "El que sube por otro lado, ese es un ladrón y un salteador" (Jn 10, 1).

Esta palabra "sube" (anabainei) evoca la imagen de alguien que trepa al recinto para llegar, saltando, a donde legítimamente no podría llegar. "Subir": se puede ver aquí la imagen del arribismo, del intento de llegar "muy alto", de conseguir un puesto mediante la Iglesia: servirse, no servir. Es la imagen del hombre que, a través del sacerdocio, quiere llegar a ser importante, convertirse en un personaje; la imagen del que busca su propia exaltación y no el servicio humilde de Jesucristo.

Pero el único camino para subir legítimamente hacia el ministerio de pastor es la cruz. Esta es la verdadera subida, esta es la verdadera puerta. No desear llegar a ser alguien, sino, por el contrario, ser para los demás, para Cristo, y así, mediante él y con él, ser para los hombres que él busca, que él quiere conducir por el camino de la vida.

Se entra en el sacerdocio a través del sacramento; y esto significa precisamente: a través de la entrega a Cristo, para que él disponga de mí; para que yo lo sirva y siga su llamada, aunque no coincida con mis deseos de autorrealización y estima. Entrar por la puerta, que es Cristo, quiere decir conocerlo y amarlo cada vez más, para que nuestra voluntad se una a la suya y nuestro actuar llegue a ser uno con su actuar.

Queridos amigos, por esta intención queremos orar siempre de nuevo, queremos esforzarnos precisamente por esto, es decir, para que Cristo crezca en nosotros, para que nuestra unión con él sea cada vez más profunda, de modo que también a través de nosotros sea Cristo mismo quien apaciente.

Consideremos ahora más atentamente las tres afirmaciones fundamentales de Jesús sobre el buen pastor. La primera, que con gran fuerza impregna todo el discurso sobre los pastores, dice: el pastor da su vida por las ovejas. El misterio de la cruz está en el centro del servicio de Jesús como pastor: es el gran servicio que él nos presta a todos nosotros. Se entrega a sí mismo, y no sólo en un pasado lejano. En la sagrada Eucaristía realiza esto cada día, se da a sí mismo mediante nuestras manos, se da a nosotros. Por eso, con razón, en el centro de la vida sacerdotal está la sagrada Eucaristía, en la que el sacrificio de Jesús en la cruz está siempre realmente presente entre nosotros.

A partir de esto aprendemos también qué significa celebrar la Eucaristía de modo adecuado: es encontrarnos con el Señor, que por nosotros se despoja de su gloria divina, se deja humillar hasta la muerte en la cruz y así se entrega a cada uno de nosotros. Es muy importante para el sacerdote la Eucaristía diaria, en la que se expone siempre de nuevo a este misterio; se pone siempre de nuevo a sí mismo en las manos de Dios, experimentando al mismo tiempo la alegría de saber que él está presente, me acoge, me levanta y me lleva siempre de nuevo, me da la mano, se da a sí mismo.

La Eucaristía debe llegar a ser para nosotros una escuela de vida, en la que aprendamos a entregar nuestra vida. La vida no se da sólo en el momento de la muerte, y no solamente en el modo del martirio. Debemos darla día a día. Debo aprender día a día que yo no poseo mi vida para mí mismo. Día a día debo aprender a desprenderme de mí mismo, a estar a disposición del Señor para lo que necesite de mí en cada momento, aunque otras cosas me parezcan más bellas y más importantes. Dar la vida, no tomarla. Precisamente así experimentamos la libertad. La libertad de nosotros mismos, la amplitud del ser. Precisamente así, siendo útiles, siendo personas necesarias para el mundo, nuestra vida llega a ser importante y bella. Sólo quien da su vida la encuentra.

En segundo lugar el Señor nos dice: "Conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre" (Jn 10, 14-15). En esta frase hay dos relaciones en apariencia muy diversas, que aquí están entrelazadas: la relación entre Jesús y el Padre, y la relación entre Jesús y los hombres encomendados a él. Pero ambas relaciones van precisamente juntas porque los hombres, en definitiva, pertenecen al Padre y buscan al Creador, a Dios. Cuando se dan cuenta de que uno habla solamente en su propio nombre y tomando sólo de sí mismo, entonces intuyen que eso es demasiado poco y no puede ser lo que buscan.

Pero donde resuena en una persona otra voz, la voz del Creador, del Padre, se abre la puerta de la relación que el hombre espera. Por tanto, así debe ser en nuestro caso. Ante todo, en nuestro interior debemos vivir la relación con Cristo y, por medio de él, con el Padre; sólo entonces podemos comprender verdaderamente a los hombres, sólo a la luz de Dios se comprende la profundidad del hombre; entonces quien nos escucha se da cuenta de que no hablamos de nosotros, de algo, sino del verdadero Pastor.

Obviamente, las palabras de Jesús se refieren también a toda la tarea pastoral práctica de acompañar a los hombres, de salir a su encuentro, de estar abiertos a sus necesidades y a sus interrogantes. Desde luego, es fundamental el conocimiento práctico, concreto, de las personas que me han sido encomendadas, y ciertamente es importante entender este "conocer" a los demás en el sentido bíblico: no existe un verdadero conocimiento sin amor, sin una relación interior, sin una profunda aceptación del otro.

El pastor no puede contentarse con saber los nombres y las fechas. Su conocimiento debe ser siempre también un conocimiento de las ovejas con el corazón. Pero a esto sólo podemos llegar si el Señor ha abierto nuestro corazón, si nuestro conocimiento no vincula las personas a nuestro pequeño yo privado, a nuestro pequeño corazón, sino que, por el contrario, les hace sentir el corazón de Jesús, el corazón del Señor. Debe ser un conocimiento con el corazón de Jesús, un conocimiento orientado a él, un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que la guía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto. Así también nosotros nos hacemos cercanos a los hombres.

Pidamos siempre de nuevo al Señor que nos conceda este modo de conocer con el corazón de Jesús, de no vincularlos a mí sino al corazón de Jesús, y de crear así una verdadera comunidad.

Por último, el Señor nos habla del servicio a la unidad encomendado al pastor: "Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor" (Jn 10, 16). Es lo mismo que repite san Juan después de la decisión del sanedrín de matar a Jesús, cuando Caifás dijo que era preferible que muriera uno solo por el pueblo a que pereciera toda la nación. San Juan reconoce que se trata de palabras proféticas, y añade: "Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11, 52).

Se revela la relación entre cruz y unidad; la unidad se paga con la cruz. Pero sobre todo aparece el horizonte universal del actuar de Jesús. Aunque Ezequiel, en su profecía sobre el pastor, se refería al restablecimiento de la unidad entre las tribus dispersas de Israel (cf. Ez 34, 22-24), ahora ya no se trata de la unificación del Israel disperso, sino de todos los hijos de Dios, de la humanidad, de la Iglesia de judíos y paganos. La misión de Jesús concierne a toda la humanidad, y por eso la Iglesia tiene una responsabilidad con respecto a toda la humanidad, para que reconozca a Dios, al Dios que por todos nosotros en Jesucristo se encarnó, sufrió, murió y resucitó.

La Iglesia jamás debe contentarse con la multitud de aquellos a quienes, en cierto momento, ha llegado, y decir que los demás están bien así: musulmanes, hindúes... La Iglesia no puede retirarse cómodamente dentro de los límites de su propio ambiente. Tiene por cometido la solicitud universal, debe preocuparse por todos y de todos. Por lo general debemos "traducir" esta gran tarea en nuestras respectivas misiones. Obviamente, un sacerdote, un pastor de almas debe preocuparse ante todo por los que creen y viven con la Iglesia, por los que buscan en ella el camino de la vida y que, por su parte, como piedras vivas, construyen la Iglesia y así edifican y sostienen juntos también al sacerdote.

Sin embargo, como dice el Señor, también debemos salir siempre de nuevo "a los caminos y cercados" (Lc 14, 23) para llevar la invitación de Dios a su banquete también a los hombres que hasta ahora no han oído hablar para nada de él o no han sido tocados interiormente por él. Este servicio universal, servicio a la unidad, se realiza de muchas maneras. Siempre forma parte de él también el compromiso por la unidad interior de la Iglesia, para que ella, por encima de todas las diferencias y los límites, sea un signo de la presencia de Dios en el mundo, el único que puede crear dicha unidad.

La Iglesia antigua encontró en la escultura de su tiempo la figura del pastor que lleva una oveja sobre sus hombros. Quizá esas imágenes formen parte del sueño idílico de la vida campestre, que había fascinado a la sociedad de entonces. Pero para los cristianos esta figura se ha transformado con toda naturalidad en la imagen de Aquel que ha salido en busca de la oveja perdida, la humanidad; en la imagen de Aquel que nos sigue hasta nuestros desiertos y nuestras confusiones; en la imagen de Aquel que ha cargado sobre sus hombros a la oveja perdida, que es la humanidad, y la lleva a casa. Se ha convertido en la imagen del verdadero Pastor, Jesucristo. A él nos encomendamos. A él os encomendamos a vosotros, queridos hermanos, especialmente en esta hora, para que os conduzca y os lleve todos los días; para que os ayude a ser, por él y con él, buenos pastores de su rebaño. Amén.
(Homilía en la Ordenación Sacerdotal de 15 Diáconos de la Diócesis de Roma, Basílica de San Pedro, IV Domingo de Pascua, 7 de mayo de 2006)



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Aplicación: P. José A. Marcone, I.V.E. - La Vocación de ser buenos Pastores (Jn 10,11-18)

Introducción

Hoy es 4º domingo de Pascua y la Iglesia celebra el domingo de Jesús, el Buen Pastor. Pocas imágenes de Jesús son tan dulces y tan tiernas como lo es ésta, que nos recuerda todo el amor y toda la misericordia con que aquel pastor de la parábola (Lc.15) deja las 99 ovejas que están en el corral para ir en busca de la oveja perdida. El pastor, que es el dueño, el responsable y el guía del rebaño, no se siente humillado de tener que salir y sacrificarse por la oveja que no quiso ir esa tarde al corral. Quizá el pastor tuvo que afrontar las inclemencias del tiempo, frío o calor; tuvo que caminar por caminos difíciles y quebradas peligrosas, que podrían haber causado su fastidio, su hastío o disgusto. Y sin embargo, cuando logra encontrar a la oveja, no le grita, no le da con un palo, no le pega, no la obliga a caminar ni la lleva a los tirones, apurado y malhumorado, con deseos de volver pronto a casa. Sino que la alza suavemente, le da un beso y la carga sobre sus hombros. Y vuelve, muy cansado, pero alegremente, hablándole suavemente a la oveja, reprochándole suavemente que ella lo abandonó, preguntándole si ya no lo ama, preguntándole qué fue lo que la llevó a apartarse de él, preguntándole si en algo él le faltó. Le hablará a la ovejita como el Esposo del Cantar a la esposa: “Me robaste el corazón, hermana mía, novia mía, me robaste el corazón” (4,9). “Única es mi paloma (única es mi ovejita), mi perfecta. Ella, hija única de su madre, la preferida de la que la engendró” (6,9). Y finalmente la devolvería al rebaño, donde la ovejita, llena y satisfecha del afecto del pastor, se alegraría despreocupadamente al insertarse de nuevo en su comunidad.

Cuántos de nosotros sabemos que necesitamos un pastor así. Cuántos de nosotros nos identificamos plenamente con esa ovejita rebelde. Cuántos de nosotros nos sentimos realmente carenciados de afecto, necesitados de perdón, de misericordia, de ternura. ¡Cuánto necesitamos del Buen Pastor!

¿Y quién es el Buen Pastor? Preguntémoselo a la Palabra de Dios, al Evangelio. Y nos responde el mismo Jesucristo, Dios verdadero y hombre verdadero: “Yo soy el Buen Pastor” (Jn.10,14). El pastor que nos llena el alma de paz y alegría, el pastor que nos llena el alma de amor, de ternura, de afecto es Jesucristo.

Pero, hoy, actualmente, aquí y ahora, ¿cómo actúa Jesucristo?; ¿en la persona de quiénes se hace presente?; ¿a quiénes ha dejado Jesús como pastores para que cumplan su misión de pastor? Sin ninguna duda: los sacerdotes (cf. 1Pe.5,1-4). Por eso, este domingo de Jesús, el Buen Pastor, es también la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones, especialmente las sacerdotales, pero por extensión también las vocaciones de especial consagración.


1. El sacerdote, otro Cristo-Buen Pastor

El sacrificio de la Misa que dentro de un momento vamos a ofrecer en el altar será el gran clamor al cielo pidiendo a Dios que envíe sacerdotes. Y cuando pedimos sacerdotes a Dios, ¿qué estamos pidiendo? Le estamos pidiendo, ni más ni menos, que Jesús se multiplique en el mundo. Le estamos pidiendo que haya como ‘fotocopias’ de Jesús el Buen Pastor. Le estamos pidiendo que el Buen Pastor que es Jesús esté reproducido en todos los lugares del mundo. Le estamos pidiendo que se repita en todo el mundo la presencia sacramental de Cristo. Cuando pedimos sacerdotes pedimos a Cristo multiplicado aquí y ahora, viviendo entre nosotros.

Porque la realidad y la misión del sacerdote no es otra que la de ser el buen pastor entre los hombres. La misma realidad y la misma misión de Cristo que narrábamos al principio es la que le corresponde al sacerdote. El amor, la ternura, la misericordia, el perdón, el cariño, la dulzura de Cristo son las virtudes que el sacerdote está llamado a ejercitar sobre las ovejas. La razón por la cual existen los sacerdotes es la de hacer presente la caridad pastoral de Cristo entre los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares. Esa caridad es requisito indispensable para ser sacerdote. Así lo deja bien en claro Jesucristo cuando encomienda el cuidado del rebaño al Sumo Sacerdote, S. Pedro, el Papa, supremo pastor de la Iglesia católica. “Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?». Pedro le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te amo». Jesús le dijo: «¡Apacienta mis corderos!». Por segunda vez le preguntó: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te amo». Jesús le dijo: «¡Apacienta mis ovejas!». Por tercera vez le preguntó: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Pedro se entristeció porque le había preguntado por tercera vez si lo amaba, y le respondió: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo». Jesús le dijo: «¡Apacienta mis ovejas!».” (Jn.21,15-17)

Esa caridad pastoral del sacerdote está toda orientada a cuidar de los hombres en su realidad íntegra, alma y cuerpo, pero jerárquicamente. Primero, en orden de importancia, el alma, y después el cuerpo. Aunque muchas veces será más urgente auxiliar la psiquis y el cuerpo, para después dar el auxilio correspondiente a la vida espiritual.

Por eso, la primera, fundamental y más importante labor del sacerdote-buen pastor será la de cuidar del espíritu de los hombres a él encomendados, dándoles aquello que los satisface plenamente: Dios. La primera gran caridad, el fundamental acto de ternura del sacerdote-buen pastor es entregar Dios a las almas. Para eso precisamente se ha hecho sacerdote, porque sacerdote viene de dos palabras latinas: sacra-dans, el que da las cosas sagradas. Por eso el supremo acto de caridad del buen pastor es celebrar el Santo Sacrificio de la Misa y entregar a las almas el Cuerpo de Cristo, Dios y hombre verdadero. Por eso no puede haber mayor dulzura del buen pastor que reconciliar al hombre con Dios a través del sacramento de la confesión.


2. El llamado al sacerdocio

¿Y dónde están los hombres que van a reproducir a Cristo Buen Pastor? ¿Cristo ya no los llama? ¿Cambió Jesucristo su plan de hacerse presente a través de sacerdotes? No, Jesucristo no varió su plan. Él, con amor de hermano, sigue eligiendo y llamando a hombres de este pueblo para que prolonguen su sagrada misión: la de ser Buen Pastor entre los hombres. Ese llamado de Jesucristo es lo que llamamos la vocación.

Pero... ¿qué es la vocación? “La vocación es un llamamiento que Cristo dirige al fondo de la conciencia de un joven para que consagre su vida al apostolado o a la práctica de la perfección cristiana. Es un renovarse en el transcurso de los siglos de las palabras de Cristo al joven del evangelio: ‘Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes, dalo a los pobres, sígueme y tendrás un tesoro en el Reino de los Cielos’” (S. Alberto Hurtado)[2].

Uno de las grandes preguntas que hacen los jóvenes ante la cuestión de la vocación, ya sea sacerdotal o religiosa, es ¿cómo me doy cuenta si estoy llamado al sacerdocio?; ¿cómo me doy cuenta si estoy llamada a ser religiosa? Dice el P. Hurtado que algunos creen que debe haber “una moción sensible del Espíritu Santo”, como la han tenido algunos santos, que sintieron un consuelo muy grande cuando se dieron cuenta que Dios los llamaba al sacerdocio; estaban como embriagados por un dulce sentimiento y lloraban de alegría. Ellos recibieron “un don místico extraordinario”, dice el P. Hurtado.

Pero dice también S. Alberto Hurtado que “otros erróneamente también han pensado que para tener vocación se necesita tener atractivo por el sacerdocio, gusto natural por la vida y ministerios del sacerdote”

La vocación al sacerdocio o a la vida consagrada se manifiesta cuando un joven siente el deseo de consagrarse a Dios con recta intención, es decir, por el sólo motivo de consagrarse a Dios y a la salvación de las almas, teniendo las cualidades físicas, intelectuales y morales suficientes.

No hay que creer que el que es llamado va a sentir un gran consuelo de seguir el sacerdocio o la vida consagrada. Esto lo tenía muy claro el P. Hurtado: “Es indudable que en la mayor parte de las mejores vocaciones no hay tal atracción, antes bien el sujeto experimenta una repulsión natural, un deseo espontáneo de la naturaleza que lo aleja del sacerdocio y lo inclina al matrimonio o a la vida del mundo. En la época ruda y materialista que vivimos, es normal sentir una fuerte repugnancia a una vida que toda ella es sacrificio, negación de sí mismo, a veces hasta el heroísmo. La parte animal del hombre no deja de hablar a pesar del llamamiento sobrenatural de Dios, y a veces estas voces animales resuenan con más fuerza que la suave voz de Dios que se hace oír en el silencio y recogimiento tan raros en este siglo de ruido y movimiento. Pero junto a estas mociones espontáneas de la naturaleza hay en los escogidos por Dios un deseo de la voluntad de hacer lo que Dios quiera, de ser generosos con su Redentor”.

Bueno, pero concretamente...¿cómo se manifiesta esta elección de Dios? Dios siempre va a dar al elegido señales de ruta para que él vea que ha sido elegido. Dios siempre va a poner algo en su corazón o en su camino que le sirva de señal y de condición para que descubra su propia vocación. El P. Hurtado enumera algunas:

- “una inquietud de ánimo que lo mueve a mirar el cielo (el deseo de las cosas altas);
- “una predicación que lo hace aspirar a mayor perfección;
- “la muerte de una persona querida que le enseña la vanidad de la vida;
- “un libro que cae en sus manos;
- “unos ejercicios espirituales que lo mueven a la santidad; y hacen que conciba como algo posible para él, aunque con grandes repugnancias a veces, la idea del sacerdocio o de la vida religiosa”

Nosotros podemos agregar: la escucha de la palabra de Jesucristo en el evangelio, por ejemplo cuando dice: “Cualquiera que haya dejado casa o hermanos...por causa de mi nombre, recibirá cien veces más y poseerá la vida eterna”
Por todo esto dice San Juan Bosco: “Me parece un grave error decir que la vocación es difícil de conocer. (...) Es difícil de conocer cuando no se quiere seguir, cuando se rechazan las primeras inspiraciones. Es ahí donde se embrolla la madeja... Mirad, cuando uno está indeciso sobre hacerse o no religioso, os digo abiertamente que éste ya tuvo vocación; no la ha seguido inmediatamente y se encuentra ahora embrollado e indeciso”


3. ¿Cómo debo seguir la vocación?

¿Qué es lo primero que debe hacer un joven o cualquier persona que ve algunos de los signos de los que habla S. Alberto Hurtado o San Juan Bosco? Debe ir a un sacerdote de su confianza y decirle: “Padre, siento un llamado a cosas altas, y quisiera estar seguro que Dios me está llamando al sacerdocio o la vida religiosa. Quisiera que usted me orientara en esto.” Y concertar una cita para hablar detalladamente de lo que está pasando en el alma con la disposición de seguir el consejo que le dé el sacerdote. Eso es lo que se llama “hacer dirección espiritual” o “tener un director espiritual”. Luego se conciertan otras citas y así, mes a mes, semana a semana, va hablando con el sacerdote hasta que, con su ayuda, se discierne definitivamente acerca de cuál es la voluntad de Dios.

Pero… ¡cuidado!, esto no significa que haya que entregarse a grandes cavilaciones para decidirse a entrar al Seminario o al Convento. Todo lo contrario. Hay que dejar todo con rapidez y perfección.

En primer lugar, con rapidez. En el evangelio vemos el ejemplo de los apóstoles Pedro y Andrés que “inmediatamente, dejando las redes, lo siguieron” (Mc.1,18). Y lo mismo se dice de Santiago y Juan: “Dejando a su padre, le siguieron” (Mc.1,20). También Mateo lo siguió inmediatamente: “Le dijo: ‘Sígueme’. Él se levantó y le siguió” (Mc.2,14). Y San Pablo también, “sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre” (Gál.1,16), siguió a Jesucristo. Y la Virgen María, ante una misión tan excelsa que le era encomendada, inmediatamente respondió: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc.1,38). La vocación sacerdotal o religiosa es una flor muy delicada, es una flor de invernadero, que necesita rápidamente el ambiente necesario para que no se marchite. El roce del viento y del frío del mundo puede arruinarla para siempre.

El gran poeta José María Pemán pone en boca de San Francisco Javier:

“Las grandes resoluciones, para su mejor acierto
hay que tomarlas al paso
y hay que cumplirlas al vuelo (...)
Soy más amigo del viento,
señora, que de la brisa
y hay que hacer el bien de prisa
que el mal no pierde un momento.”


Y San Jerónimo le aconsejaba a uno de sus dirigidos: “Te ruego que te des prisa, antes bien cortes que desates la cuerda que detiene la nave en la playa”.

En segundo lugar, con perfección. El que tiene vocación sacerdotal o religiosa debe estar dispuesto a hacer lo que hizo Hernán Cortés. Ante la posibilidad de que su tripulación quisiera volver a España, quemó las naves ancladas en América, para quitar toda tentación de querer volver a la comodidad de la propia querencia. Así también, el que tiene vocación sacerdotal o religiosa, debe quemar las naves de sus afectos para arrojarse a la gran aventura que es seguir a Jesucristo por caminos donde no hay sendas marcadas.

El que ha sido llamado debe estar dispuesto a morir a todas las cosas, como San Pablo: “Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo (2Cor.4,10).



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Aplicación: P. Jorge Loring S.I. - Jesús quiere un solo rebaño y un solo Pastor

1.- En este Evangelio se nos narra la parábola del Buen Pastor.

2.- Jesús quiere un solo rebaño y un solo Pastor.

3.- Hoy proliferan las Iglesias que se dicen cristianas.

4.- La única fundada por Cristo es la católica, que la fundó en San Pedro. Y hoy en la tierra el único legítimo sucesor de San Pedro es el Papa de Roma.

5.- Todas la Iglesias protestantes han sido fundadas por hombres. Sabemos quién, cuándo y dónde.

6.- Luteranos: Alemania, Martín Lutero, 1517.
Anglicanos: Inglaterra, Enrique VIII, 1534.
Presbiterianos: Escocia, Juan Knox, 1560.
Bautistas: Amsterdam, Juan Smyth, 1605.
Episcopalianos: EE.UU., Samuel Seabury, 1785.
Metodistas: Oxford, Juan Wesley, 1739.
Mormones: EE.UU., José Smith, 1830.
Adventistas: EE.UU., William Miller, 1860.
Teosofismo: EE.UU., Blavatski-Steel, 1875.
Testigos de Jehová: EE.UU., Carlos Russell, 1879.



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Ejemplos

Soy católico

Vamos a ir muy lejos con una juventud que sabe trabajar y morir con el celo con que trabajan los jóvenes de la Acción Católica. ¿Quieren que se desempolve un hecho que está todavía chorreando sangre?

Es en México. Se ha desatado una persecución contra el Catolicismo. Los comunistas apresan a un joven en Jalisco, de dieciocho años, y le llevan ante el tribunal. El diálogo es digno de pasar a las Actas de los Mártires:

- Tienes que renegar de Cristo.
- ¡Soy católico!
- Entonces eres revolucionario.
- No, yo no soy más que católico.
- Nosotros te enseñaremos el camino de la apostasía.
- Cristo me dará fuerzas. Soy católico.

No le sacaron otra palabra. Entonces le maniataron y le ataron fuertemente a un auto de carga que iba a la ciudad. Allá fue el mártir arrastrándose entre sangre y lodo por el camino. Pararon el auto e intentaron de nuevo vencerle:
- Grita: ¡Viva Calles! Y te perdonamos.
El joven gritó con todas sus fuerzas: ¡Viva Cristo Rey!
Furiosos los verdugos le clavan sus bayonetas. Una mujer del pueblo va corriendo a avisar a su madre:
- ¡De prisa –le dice-, quieren que tu hijo reniegue de la fe!
La madre da un grito y corre desolada. Allí está el hijo de su corazón ensangrentado y deshecho. Pero entonces resucita la madre de los Macabeos. Se echa sobre él y le dice entre las convulsiones de la agonía:
- Hijo mío, no reniegues de la fe. ¡La fe vale más que la vida! ¡Mira allá arriba qué cielo tan hermoso! Grita conmigo: ¡Viva Cristo Rey!
El joven recupera las fuerzas que le quedan, y repite como un eco:
- ¡Viva Cristo Rey!
Y sobre los brazos de su madre cae muerto.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 77)

(Cortesía: iveargentina.org y NBDC)

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