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Domingo 5 de Pascua B -  Comentarios de Sabios y Santos II: Preparemos con ellos la Acogida de la Palabra de Dios

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A su disposición
Exégesis: Joseph M. Lagrange, O. P. - Jesús es la verdadera vid

Comentario Teológico: Benedicto XVI - La vid y el vino

Santos Padres: San Agustín - Tratados sobre el Evanelio de San Juan

Aplicación: P. Alfredo Saenz, S.J. - Yo soy la vid

Aplicación: San Juan Pablo II - “El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante” (Jn 15,5).

Aplicación: Gustavo Pascual, I.V.E - Permanecer en Jesús

Aplicación: P. Jorge Loring S.I. - sin mí no pueden hacer nada

Ejemplos


 

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

Acerca de Las Lecturas del Domingo

 

Exégesis: Joseph M. Lagrange, O. P. - Jesús es la verdadera vid


La primera instrucción que aquí nos da Jesús cambia de rumbo, tiene por objeto la unión de Cristo con sus discípulos, comparada a la verdadera vid con sus sarmientos, y se consigue por la caridad de unos con otros. Como si Jesús acabase en aquellos momentos de escoger a los suyos, pondera el honor de la elección y el lazo de amor creado entre ellos. Tal vez el primer diseño del discurso debiera trasladarse a cuando eligió a los Doce. Pero se comprende mejor la insistencia sobre la unión del amor cuando acababa de revelárseles la presencia espiritual de Jesús entre los suyos, y el acento de melancólica ternura en vísperas de su separación. Brotan entonces dulces y frescas las primeras impresiones del momento, en que los amigos sienten que se aman, y el acento varonil de abnegación frente a la muerte. La comparación de la vid es una alegoría. Jesús es la vid su Padre, el viñador; los discípulos, los sarmientos que se nutren de la savia de la vid, que dan fruto gracias a aquella savia; los sarmientos que se secan son cortados, y desde ese momento ya sólo valen para el fuego. Un buen viñador no deja que la vid crezca a voluntad, la limpia, corta los brotes parásitos para que dé más fruto. Así son las pruebas enviadas por Dios. Es también el viñador que corta los sarmientos, pero este punto no tiene aplicación en el orden moral: Jesús siempre respeta el libre arbitrio: «No podéis dar fruto si no estáis en mí». Los que permanecen con Él, lo aman y dan mucho fruto, porque sin Él nada pueden hacer. Los que con Él no estuvieren, es por culpa de ellos, y se les arrojará como leña inútil, y para que no estorben se les echará al fuego. Sombría perspectiva ésta. Pero el Salvador no se para aquí. ¿Por qué han de temer sus discípulos? Les concederá cuanto pidan, porque ése es el deseo del Padre y es su propia gloria, que den mucho fruto: entonces, verdaderamente, serán sus discípulos.

La alegoría de la vid estaba terminada, y Jesús había dicho a qué personas se aplicaba. Faltaba por explicar lo que significaba para los hombres «vivir en otro», ser como las ramas unidas al tronco para aspirar la savia, y hacer así saber a los suyos lo que esperaba de ellos. Todo lo esclarece una sola palabra: la caridad, el afecto, que es aquí amistad. Dios Padre ama a su Hijo, y este amor eterno se manifestó particularmente cuando deseó que su Hijo se hiciese hombre. Desde entonces el Hijo debía cumplir los mandatos del Padre para testificarle su amor. De esta misma manera ha amado Jesús a sus discípulos y quiere que ellos le prueben su amor, guardando sus mandamientos. ¡Son amados! Que sus corazones salten de gozo al oír esta palabra que ninguna otra iguala. Es la suprema alegría del Cristianismo, que nada se la puede alterar. Predica la disciplina, la abnegación, la aceptación de todos los sacrificios; todo esto no importa al que se siente amado, y cuyas tristezas se cambian en alegría. El amor que desciende del Padre va más allá de cada discípulo, es menester que se difunda entre ellos. No es un amor de juego, es un don de sí mismo, que en Jesús llega hasta el sacrificio de la vida; se lo trae discretamente a la memoria, y que ningún amor puede ser mayor. ¡Qué singular prerrogativa de las cosas hechas por amor! Obedecer es oficio de criado y, sin embargo, dice Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois mis amigos, si hiciereis lo que yo os mando». Y seguro de su docilidad: «No os llamaré más siervos..., yo os llamo amigos, porque os he dado a conocer cuanto he oído a mi Padre», la palabra eterna del amor. A ellos toca continuar llamándose sus siervos, porque no debían olvidar que antes que ellos se unieran a Él les había elegido, y no ellos a Él, aunque han sido los primeros en adherírsele con confianza. Pero esa elección es el mejor estímulo para ir a donde los había de enviar, a cosechar el fruto que muy bien conocían: llevar al hombre al reino de Dios. Serán sus servidores, y lo serán siempre, pero servidores que están seguros de obtener de Él cuanto pidan, pues por esto son sus amigos. Sólo les exige que se amen los unos a los otros.

Lo que les dice es poco, pero encierra el secreto de la vida espiritual y el germen de todo apostolado. Los amigos de Jesús vivirían en adelante de su vida y realizarían su obra. Están en Dios por caridad, y esta caridad es amor de amistad y el mandamiento por excelencia

Toda la teología de la gracia está aquí encerrada: su desarrollo es admirable, pero ¡es tan clara y sabrosa en su fuente!...
(LAGRANGE, Vida de Jesucristo según el evangelio, Edibesa Madrid 1999, pág. 459-61)


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Comentario Teológico: Benedicto XVI - La vid y el vino

Mientras el agua es un elemento fundamental para la vida de todas las criaturas de la tierra, el pan de trigo, el vino y el aceite de oliva son dones típicos de la cultura mediterránea. El canto solemne de la creación, el Salmo f 04, habla en primer lugar de la hierba, que Dios ha pensado para el ganado, y después menciona lo que Dios regala al hombre a través de la tierra: el pan que se obtiene de la tierra, el vino que le alegra el corazón y, finalmente, el aceite, que da brillo a su rostro. Luego habla otra vez del pan que lo fortalece (cf. vv. 14s). Los tres grandes dones de la tierra se han convertido, junto con el agua, en los elementos sacramentales fundamentales de la Iglesia, en los cuales los frutos de la creación se convierten en vehículos de la acción de Dios en la historia, en «signos» mediante los cuales Él nos muestra su especial cercanía.

Los tres dones presentan características distintas entre sí y, por ello, cada uno tiene una función diferente de signo. El pan, preparado en su forma más sencilla con agua y harina de trigo molida —a lo que se añade naturalmente el fuego y el trabajo del hombre— es el alimento básico. Es propio tanto de los pobres como de los ricos, pero sobre todo de los pobres. Representa la bondad de la creación y del Creador, pero al mismo tiempo la humildad de la sencillez de la vida cotidiana. En cambio, el vino representa la fiesta; permite al hombre sentir la magnificencia de la creación. Así, es propio de los ritos del sábado, de la Pascua, de las bodas. Y nos deja vislumbrar algo de la fiesta definitiva de Dios con la humanidad, a la que tienden todas las esperanzas de Israel. «El Señor todopoderoso preparará en este monte [Sión] para todos los pueblos un festín... un festín de vinos de solera... de vinos refinados.» (Is 25, 6). Finalmente, el aceite proporciona al hombre fuerza y belleza, posee una fuerza curativa y nutritiva. En la unción de profetas, reyes y sacerdotes, es signo de una exigencia más elevada.

El aceite de oliva —por lo que he podido apreciar— no aparece en el Evangelio de Juan. El costoso «aceite de nardo», con el que el Señor fue ungido por María en Betania antes de su pasión (cf. Jn 12, 3), era considerado de origen oriental. En esta escena aparece, por una parte, como signo de la santa prodigalidad del amor y, por otra, como referencia a la muerte y a la resurrección. El pan lo encontramos en la escena de la multiplicación de los panes, ampliamente documentada también por los sinópticos, e inmediatamente después en el gran sermón eucarístico del Evangelio de Juan. El don del vino nuevo se encuentra en el centro de la boda de Caná (cf. 2, 1-12), mientras que, en sus sermones de despedida, Jesús se presenta como la verdadera vid (cf. 15, 1-10).

(…)

Mientras la historia de Caná trata del fruto de la vid con su rico simbolismo, en Juan 15 —en el contexto de los sermones de despedida— Jesús retoma la antiquísima imagen de la vid y lleva a término la visión que hay en ella. Para entender este sermón de Jesús es necesario considerar al menos un texto fundamental del Antiguo Testamento que contiene el tema de la vid y reflexionar brevemente sobre una parábola sinóptica afín, que recoge el texto veterotestamentario y lo transforma. En Isaías 5, 1-7 nos encontramos una canción de la viña. Probablemente el profeta la ha cantado con ocasión de la fiesta de las Tiendas, en el marco de la alegre atmósfera que caracterizaba su celebración, que duraba ocho días (cf. Dt 16, 14). Uno se puede imaginar cómo en las plazas, entre las chozas de ramas y hojas, se ofrecía todo tipo de representaciones, y cómo el profeta apareció entre los que celebraban la fiesta anunciándoles un canto de amor: el canto de su amigo y su viña. Todos sabían que la «viña» era la imagen de la esposa (cf. Q 2, 15; 7, 13); así, esperaban algo ameno que correspondiera al clima de la fiesta. Y, en efecto, el canto empezaba bien: el amigo tenía una viña en un suelo fértil, en el que plantó cepas selectas, y hacía todo lo imaginable para su buen desarrollo. Pero después cambió la situación: la viña le decepcionó y en vez de fruto apetitoso no dio sino pequeños agracejos que no se podían comer. Los oyentes entienden lo que eso significa: la esposa había sido infiel, había defraudado la confianza y la esperanza, el amor que había esperado el amigo. ¿Cómo continuará la historia? El amigo abandona la viña al pillaje, repudia a la esposa dejándola en la deshonra que ella misma se había ganado.

Ahora está claro: la viña, la esposa, es Israel, son los mismos espectadores, a los que Dios ha mostrado el camino de la justicia en la Torá; estos hombres a los que había amado y por los que había hecho de todo, y que le han correspondido quebrantando la Ley y con un régimen de injusticias. El canto de amor se convierte en amenaza de juicio, finaliza con un horizonte sombrío, con la imagen del abandono de Israel por parte de Dios, tras el cual no se ve en ese momento promesa alguna. Se hace alusión a la situación que, en la hora angustiosa en que se verifique, se describe en el lamento ante Dios del Salmo 80: «Sacaste una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste; le preparaste el terreno... ¿Por qué has derribado su cerca para que la saqueen los viandantes...?» (vv. 9-13). En el Salmo, el lamento se convierte en súplica: «Cuida esta cepa que tu diestra plantó..., Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve» (v. 16-20).

Tras los profundos cambios históricos que tuvieron lugar a partir del exilio, todavía era ésta fundamentalmente la situación antigua y nueva que Jesús se encontró en Israel, y habló al corazón de su pueblo. En una parábola posterior, ya cercano a su pasión, retoma el canto de Isaías modificándolo (cf. Mc 12, 1-12). Sin embargo, en sus palabras ya no aparece la vid como imagen de Israel; Israel está ahora representado más bien por los arrendatarios de una viña, cuyo dueño ha marchado y reclama desde lejos los frutos que le corresponden. La historia de la lucha siempre nueva de Dios por y con Israel se muestra en una sucesión de «criados» que, por encargo del dueño, llegan para recoger la renta, su parte de la vendimia. En el relato, que habla del maltrato, más aún, del asesinato de los criados, aparece reflejada la historia de los profetas, su sufrimiento y lo infructuoso de sus esfuerzos.

Finalmente, en un último intento, el dueño envía a su «hijo querido», el heredero, quien como tal también puede reclamar la renta ante los jueces y, por ello, cabe esperar que le presten atención. Pero ocurre lo contrario: los viñadores matan al hijo precisamente por ser el heredero; de esta manera, pretenden adueñarse definitivamente de la viña. En la parábola, Jesús continúa: «¿Qué hará el dueño de la viña? Acabará con los labradores y arrendará la viña a otros» (Mc 12, 9)

En este punto la parábola, como ocurre también en el canto de Isaías, pasa de ser un aparente relato de acontecimientos pasados a referirse a la situación de los oyentes. La historia se convierte de repente en actualidad. Los oyentes lo saben: Él habla de nosotros (cf. v. 12). Al igual que los profetas fueron maltratados y asesinados, así vosotros me queréis matar: hablo de vosotros y de mí.

La exégesis moderna acaba aquí, trasladando así de nuevo la parábola al pasado. Aparentemente habla sólo de lo que sucedió entonces, del rechazo del mensaje de Jesús por parte de sus contemporáneos; de su muerte en la cruz. Pero el Señor habla siempre en el presente y en vista del futuro. Habla precisamente también con nosotros y de nosotros. Si abrimos los ojos, todo lo que se dice ¿no es de hecho una descripción de nuestro presente? ¿No es ésta la lógica de los tiempos modernos, de nuestra época? Declaramos que Dios ha muerto y, de esta manera, ¡nosotros mismos seremos dios! Por fin dejamos de ser propiedad de otro y nos convertimos en los únicos dueños de nosotros mismos y los propietarios del mundo. Por fin podemos hacer lo que nos apetezca. Nos desembarazamos de Dios; ya no hay normas por encima de nosotros, nosotros mismos somos la norma. La «viña» es nuestra. Empezamos a descubrir ahora las consecuencias que está teniendo todo esto para el hombre y para el mundo...

Regresemos al texto de la parábola. En Isaías no había en este punto promesa alguna en perspectiva; en el Salmo, en el momento en que se cumple la amenaza, el dolor se convierte en oración. Ésta es la situación de Israel, de la Iglesia y de la humanidad que se repite siempre. Una y otra vez volvemos a estar en la oscuridad de la prueba, pudiendo clamar a Dios: «¡Restáuranos!». En las palabras de Jesús, sin embargo, hay una promesa, una primera respuesta a la plegaria: «¡Cuida esta cepa!». El reino se traspasa a otros siervos: esta afirmación es tanto una amenaza de juicio como una promesa. Significa que el Señor mantiene firmemente en sus manos su viña, y que ya no está supeditado a los criados actuales. Esta amenaza-promesa afecta no sólo a los círculos dominantes de los que y con los que habla Jesús. Es válida también en el nuevo pueblo de Dios. No afecta a la Iglesia en su conjunto, es cierto, pero sí a las Iglesias locales, siempre de nuevo, tal como muestra la palabra del Resucitado a la Iglesia de Efeso: «Arrepiéntete y vuelve a tu conducta primera. Si no te arrepientes, vendré a ti y arrancaré tu candelabro de su puesto.» (Ap 2,5).

Pero a la amenaza y la promesa del traspaso de la viña a otros criados sigue una promesa mucho más importante. El Señor cita el Salmo 118,22: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». La muerte del Hijo no es la última palabra. Aquel que han matado no permanece en la muerte, no queda «desechado». Se convierte en un nuevo comienzo. Jesús da a entender que El mismo será el Hijo ejecutado; predice su crucifixión y su resurrección, y anuncia que de El, muerto y resucitado, Dios levantará una nueva edificación, un nuevo templo en el mundo.

Se abandona la imagen de la cepa y se reemplaza por la imagen del edificio vivo de Dios. La cruz no es el final, sino un nuevo comienzo. El canto de la viña no termina con el homicidio del hijo. Abre el horizonte para una nueva acción de Dios. La relación con Juan 2, con las palabras sobre la destrucción del templo y su nueva construcción, es innegable. Dios no fracasa; cuando nosotros somos infieles, El sigue siendo fiel (cf. 2 Tm 2,13). El encuentra vías nuevas y más anchas para su amor. La cristología indirecta de las primeras parábolas queda superada aquí gracias a una afirmación cristológica muy clara.

La parábola de la viña en los sermones de despedida de Jesús continúa toda la historia del pensamiento y de la reflexión bíblica sobre la vid, dándole una mayor profundidad. «Yo soy la verdadera la vid» (Jn 15,1), dice el Señor. En estas palabras resulta importante sobre todo el adjetivo «verdadera». Con mucho acierto dice Charles K. Barrett: «Fragmentos de significado a los que se alude veladamente mediante otras vides, aparecen aquí recogidos y explicitados a través de Él. Él es la verdadera vid» (p. 461). Pero el elemento esencial y de mayor relieve en esta frase es el «Yo soy»: el Hijo mismo se identifica con la vid, Él mismo se ha convertido en vid. Se ha dejado plantar en la tierra. Ha entrado en la vid: el misterio de la encarnación, del que Juan habla en el Prólogo, se retoma aquí de una manera sorprendentemente nueva. La vid ya no es una criatura a la que Dios mira con amor, pero que no obstante puede también arrancar y rechazar. El mismo se ha hecho vid en el Hijo, se ha identificado para siempre y ontológicamente con la vid.

Esta vid ya nunca podrá ser arrancada, no podrá ser abandonada al pillaje: pertenece definitivamente a Dios, a través del Hijo Dios mismo vive en ella. La promesa se ha hecho irrevocable, la unidad indestructible. Éste es el nuevo y gran paso histórico de Dios, que constituye el significado más profundo de la parábola: encarnación, muerte y resurrección se manifiestan en toda su magnitud. «Cristo Jesús, el Hijo de Dios... no fue primero "sí" y luego "no"; en Él todo se ha convertido en un "sí"; en Él todas las promesas de Dios han recibido un "sí"» (2 Co 1, 19s): así es como lo expresa san Pablo.

El hecho es que la vid, mediante Cristo, es el Hijo mismo, es una realidad nueva, aunque, una vez más, ya se encontraba preparada en la tradición bíblica. El Salmo 80, 18 había relacionado estrechamente al «Hijo del hombre» con la vid. Pero, puesto que ahora el Hijo se ha convertido Él mismo en la vid, esto comporta que precisamente de este modo sigue siendo una cosa sola con los suyos, con todos los hijos de Dios dispersos, que El ha venido a reunir (cf. Jn 11, 52). La vid como atributo cristológico contiene también en sí misma toda una eclesiología. Significa la unión indisoluble de Jesús con los suyos que, por medio de El y con Él, se convierten todos en «vid», y que su vocación es «permanecer» en la vid. Juan no conoce la imagen de Pablo del «cuerpo de Cristo». Sin embargo, la imagen de la vid expresa objetivamente lo mismo: la imposibilidad de separar a Jesús de los suyos, su ser uno con Él y en Él. Así, las palabras sobre la vid muestran el carácter irrevocable del don concedido por Dios, que nunca será retirado. En la encarnación Dios se ha comprometido a sí mismo; pero al mismo tiempo estas palabras nos hablan de la exigencia de este don, que siempre se dirige de nuevo a nosotros reclamando nuestra respuesta.

Como hemos dicho antes, la vid ya no puede ser arrancada, ya no puede ser abandonada al pillaje. Pero en cambio hay que purificarla constantemente. Purificación, fruto, permanencia, mandamiento, amor, unidad: éstas son las grandes palabras clave de este drama del ser en y con el Hijo en la vid, un drama que el Señor con sus palabras nos pone ante nuestra alma. Purificación: la Iglesia y el individuo siempre necesitan purificarse. Los actos de purificación, tan dolorosos como necesarios, aparecen a lo largo de toda la historia, a lo largo de toda la vida de los hombres que se han entregado a Cristo. En estas purificaciones está siempre presente el misterio de la muerte y la resurrección. Hay que recortar la autoexaltación del hombre y de las instituciones; todo lo que se ha vuelto demasiado grande debe volver de nuevo a la sencillez y a la pobreza del Señor mismo. Solamente a través de tales actos de mortificación la fecundidad permanece y se renueva.

La purificación tiende al fruto, nos dice el Señor. ¿Cuál es el fruto que Él espera? Veamos en primer lugar el fruto que Él mismo ha producido con su muerte y resurrección. Isaías y toda la tradición profética habían dicho que Dios esperaba uvas de su viña y, con ello, un buen vino: una imagen para indicar la justicia, la rectitud, que se alcanza viviendo en la palabra de Dios, en la voluntad de Dios; la misma tradición habla de que Dios, en lugar de eso, no encuentra más que agracejos inútiles y para tirar: una imagen de la vida alejada de la justicia de Dios y que tiende a la injusticia, la corrupción y la violencia. La vid debe dar uva de calidad de la que se pueda obtener, una vez recogida, prensada y fermentada, un vino de calidad.

Recordemos que la imagen de la vid aparece también en el contexto de la Última Cena. Tras la multiplicación de los panes Jesús había hablado del verdadero pan del cielo que Él iba a dar, ofreciendo así una interpretación anticipada y profunda del Pan eucarístico. Resulta difícil imaginar que con las palabras sobre la vid no aluda tácitamente al nuevo vino selecto, al que ya se había referido en Caná y que Él ahora nos regala: el vino que vendría de su pasión, de su amor «hasta el extremo» (/« 13, 1). En este sentido, también la imagen de la vid tiene un trasfondo eucarístico; hace alusión al fruto que Jesús trae: su amor que se entrega en la cruz, que es el vino nuevo y selecto reservado para el banquete nupcial de Dios con los hombres. Aunque sin citarla expresamente, la Eucaristía resulta así comprensible en toda su grandeza y profundidad. Nos señala el fruto que nosotros, como sarmientos, podemos y debemos producir con Cristo y gracias a Cristo: el fruto que el Señor espera de nosotros es el amor —el amor que acepta con Él el misterio de la cruz y se convierte en participación de la entrega que hace de sí mismo— y también la verdadera justicia que prepara al mundo en vista del Reino de Dios.

Purificación y fruto van unidos; sólo a través de las purificaciones de Dios podemos producir un fruto que desemboque en el misterio eucarístico, llevando así a las nupcias, que es el proyecto de Dios para la historia. Fruto y amor van unidos: el fruto verdadero es el amor que ha pasado por la cruz, por las purificaciones de Dios. También el «permanecer» es parte de ello. En Juan 15,1-10 aparece diez veces el verbo griego ménein (permanecer). Lo que los Padres llaman perseverantia —el perseverar pacientemente en la comunión con el Señor a través de todas las vicisitudes de la vida— aquí se destaca en primer plano. Resulta fácil un primer entusiasmo, pero después viene la constancia también en los caminos monótonos del desierto que se han de atravesar a lo largo de la vida, la paciencia de proseguir siempre igual aun cuando disminuye el romanticismo de la primera hora y sólo queda el «sí» profundo y puro de la fe. Así es como se obtiene precisamente un buen vino. Agustín vivió profundamente la fatiga de esta paciencia después de la luz radiante del comienzo, después del momento de la conversión, y precisamente de este modo conoció el amor por el Señor y la inmensa alegría de haberlo encontrado.

Si el fruto que debemos producir es el amor, una condición previa es precisamente este «permanecer», que tiene que ver profundamente con esa fe que no se aparta del Señor. En el versículo 7 se habla de la oración como un factor esencial de este permanecer: a quien ora se le promete que será escuchado. Rezar en nombre de Jesús no es pedir cualquier cosa, sino el don fundamental que, en sus sermones de despedida, Él denomina como «la alegría», mientras que Lucas lo llama Espíritu Santo (cf. Lc 11, 13), lo que en el fondo significa lo mismo. Las palabras sobre el permanecer en el amor remiten al último versículo de la oración sacerdotal de Jesús (cf. Jn 17, 26), vinculando así también el relato de la vid al gran tema de la unidad, que allí el Señor presenta como una súplica al Padre.
(Joseph Ratzinger – Bendicto XVI, Jesús de Nazaret I, Editorial Planeta, Santiago de Chile, 2007, p. 294 – 295.301 – 310)



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Santos Padres: San Agustín - Tratados sobre el Evanelio de San Juan


TRATADO 80

1. En este lugar del Evangelio, hermanos, dice el Señor que Él es la vid, y sus discípulos los sarmientos; y lo dice en cuanto Él es la cabeza de la Iglesia y nosotros miembros suyos, como Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. La misma naturaleza tienen la vid y los sarmientos; y siendo El Dios, cuya naturaleza no podemos tener nosotros, se hizo hombre para que en El la vid fuese la naturaleza humana, de la cual nosotros pudiésemos ser los sarmientos. ¿Qué quiere significar diciendo: Yo soy la vid verdadera? ¿Acaso al añadir verdadera hacía referencia a aquella vid de la cual se ha tomado el ejemplo? Se llama vid en virtud de alguna semejanza, no por tener sus propiedades, al modo que se llama oveja, cordero, león, piedra, piedra angular y otras cosas parecidas, que son cosas reales y de las cuales se toman estas semejanzas, no sus propiedades. Pero, cuando dice que es la Vid verdadera, ciertamente quiere distinguirse de aquella otra de la cual dice: ¿Cómo te has vuelto amarga, vid extraña? Porque ¿cómo ha de ser verdadera la vid que ha producido espinas, cuando de ella se esperaban las uvas?

2. Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el agricultor. Todo sarmiento que en mí no lleve fruto, lo cortará; y aquel que lleve fruto, lo podará para que dé más frutos. ¿Son acaso la misma cosa la vid y el agricultor? Cristo es la vid, en cuanto dice: El Padre es mayor que yo; pero en cuanto dice: Yo y el Padre somos una sola cosa, también Él es agricultor. Y no un agricultor como aquellos que exteriormente ejercen el ministerio de su trabajo, sino que da también el incremento interno. Porque ni el que planta ni el que riega hacen nada; todo lo hace Dios, que da el crecimiento. Y Cristo es Dios, porque el Verbo era Dios; y por esto El y el Padre son una sola cosa; y aunque el Verbo se hizo carne, que antes no era, permanece siendo lo que era. Y habiendo dicho que el Padre, como un agricultor, arranca los sarmientos infructuosos y poda los fructíferos para que den más fruto, añade en seguida para demostrar que también El hace la poda: Ya vosotros estáis limpios por la doctrina que os he enseñado. Ahí le tenéis cómo El hace la limpia de los sarmientos que es oficio del agricultor y no de la vid; y, además, convierte a los sarmientos en operarios, porque, aunque ellos no den el crecimiento, contribuyen a él con su trabajo; pero poniendo no de lo suyo, porque sin mí nada podéis hacer. Escucha la confesión de ellos mismos: ¿Qué es Apolo, qué es Pablo? Obreros que os han llevado a la fe, según lo que Dios dio a cada cual. Yo he plantado, Apolo ha regado; todo esto según lo que Dios dio a cada uno, y, por lo tanto, no de lo suyo. Pero lo que sigue, es decir, que Dios dio el crecimiento, lo hace Dios, no por su medio, sino por sí mismo directamente. Y este ministerio sobrepasa los límites de la humana flaqueza, excede el poder de los ángeles y pertenece enteramente a la Trinidad agricultura. Ya vosotros estáis limpios, pero debéis ser purgados: Si no estuviesen limpios, no hubieran podido dar fruto; más al que da fruto lo poda el viñador para que dé más fruto. Lleva fruto, porque está limpio; pero para que lo dé más abundante, aún será purgado. Y ¿quién en esta vida tiene tal limpieza que no necesite limpiarse más y más? "Cuando decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no hay verdad en nosotros; pero, si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonarnos y limpiarnos de toda mancha". Limpie El a los que ya están limpios, o sea, a los frugíferos, para que, cuanto más limpios, sean más fecundos.

3. Ya vosotros estáis limpios en virtud de la doctrina que os he enseñado. ¿Por qué no dice que estáis limpios por el bautismo, con que habéis sido lavados, y dice, en cambio, por la palabra que os he hablado, sino porque también la palabra limpia con el agua? Quita la palabra ¿qué es el agua sino agua? Se junta la palabra al elemento y se hace el sacramento, que es como una palabra visible. Esto mismo había dicho cuando lavó los pies a los discípulos: El que está lavado, sólo necesita lavar los pies para quedar enteramente limpio. ¿Y de dónde le viene al agua tanta virtud, que con el contacto del cuerpo lave el corazón, sino por la eficacia de la palabra, no de la palabra pronunciada, sino de la palabra creída? Porque, en la misma palabra, una cosa es el sonido, que pasa, y otra la virtud, que permanece. Esta es, dice el Apóstol, la palabra de fe que os predicamos: que, si confesáis con la lengua al Señor Jesús y creéis en vuestro corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, seréis salvos, porque la fe del corazón justifica, y la confesión oral sirve para salvarse. Por lo cual se lee en los Actos de los Apóstoles: Limpiando sus corazones por la fe. Y el bienaventurado San Pedro en su carta: A vosotros os salva el bautismo; no la limpieza de las manchas del cuerpo, sino la disposición de la buena conciencia. Esta es la palabra de fe que os predicamos, que sin duda consagra el bautismo para que pueda limpiar. Cristo, que es con nosotros vid y con el Padre es el labrador, amó a la Iglesia y se entregó por ella. Lee al Apóstol y considera lo que añade: Limpiándola en la palabra con la ablución para santificarla. En vano se pretendería limpiar con el agua que se deja caer si no se le juntase la palabra. Y esta palabra de fe es de tanto valor en la Iglesia de Dios, que por ella limpia al creyente, al oferente, al que bendice, al que toca, aunque sea un tierno infante, que aún no puede creer con el corazón para justificarse ni hacer la confesión de boca para salvarse. Todo esto se hace por la palabra, de la cual dice el Señor: Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado.
TRATADO 81

1. Dijo Jesús que él era la vid; sus discípulos, los sarmientos, y el agricultor, el Padre; y sobre ello ya he disertado según mis alcances. Continuando en la lectura de hoy hablando de El mismo, que es la vid, y de los sarmientos, que son sus discípulos, dice: Permaneced vosotros en mí, y yo en vosotros; pero no de igual modo El en ellos que ellos en El. Ambas permanencias son de provecho para ellos, no para El; porque de tal modo están los sarmientos en la vid, que, sin darle ellos nada a ella, reciben de ella la savia que les da vida; en cambio, la vid está en los sarmientos proporcionándoles el vital alimento, sin recibir nada de ellos. Y de la misma manera, tener a Cristo y permanecer en Cristo es útil para los discípulos, no para Cristo; porque, arrancado un sarmiento, puede brotar otro de la raíz viva, pero el sarmiento cortado no puede tener vida sin la raíz.

2. Luego añade: Al modo que el sarmiento no puede de suyo producir fruto si no está unido a la vid, así tampoco vosotros si no estáis unidos a mí. Viva imagen de la gracia, hermanos; con ello instruye a los humildes y tapa la boca de los soberbios. Que repliquen, si son tan osados, los que, ignorando la justicia de Dios, intentan poner la suya como norma, sin sujetarse a la de Dios. Que respondan los que en todo buscan su placer, pareciéndoles que Dios no les es necesario para ejecutar cualquiera obra buena. ¿No van en contra de la verdad los hombres de corazón corrompido, réprobos en la fe, que no responden ni hablan sino la maldad, diciendo que de Dios tenemos el ser hombres, pero que depende de nosotros mismo el ser justos? ¿Qué decís vosotros, ilusos, que no consolidáis, sino que derrocáis el libre albedrío de su alto pedestal por vuestra vana presunción, hundiéndolo en un abismo profundo? Decís que el hombre por sí mismo puede hacerse justo: ésa es la altura de vuestra vanidad. Pero la Verdad va en contra vuestra, cuando dice: El sarmiento, de suyo, no puede producir fruto si no está unido a la vid. Corred ahora por lugares abruptos y, no hallando donde fijar el pie, precipitaos en vuestras parlerías, llenas de viento: éstas son las vanidades de vuestra presunción. Pero escuchad lo que sigue, y horrorizaos si aún queda en vosotros algo de sentido común. El que cree poder dar fruto por sí mismo, no está unido a la vid; quien no está unido a la vid no está unido a Cristo, y el que no está unido a Cristo no es cristiano: éste es el abismo donde os habéis sumergido.

3. Repasad una y mil veces las siguientes palabras de la Verdad: Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos. El que está en mí y yo en él, éste dará mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer. Y para evitar que alguno pudiera pensar que el sarmiento puede producir algún fruto, aunque escaso, después de haber dicho que éste dará mucho fruto, no dice que sin mí poco podéis hacer, sino que dijo: Sin mí NADA podéis hacer. Luego, sea poco, sea mucho, no se puede hacer sin Aquel sin el cual no se puede hacer nada. Y si el sarmiento da poco fruto, el agricultor lo purgará para que lo dé más abundante; pero, si no permanece unido a la vid, no podrá producir de suyo fruto alguno. Y puesto que Cristo no podría ser la vid si no fuese hombre, no podía comunicar esta virtud a los sarmientos si no fuese también Dios. Pero, como nadie puede tener vida sin la gracia, y sólo la muerte cae bajo el poder del libre albedrío, sigue diciendo: El que no permaneciere en mí, será echado fuera, como el sarmiento, y se secará, lo cogerán y lo arrojarán al fuego y en él arderá. Los sarmientos de la vid son tanto más despreciables fuera de la vid, cuanto son más gloriosos unidos a ella, y, como dice el Señor por el profeta Ezequiel, cortados de la vid, son enteramente inútiles al agricultor y no sirven para hacer con ellos ninguna obra de arte. El sarmiento ha de estar en uno de estos dos lugares, o en la vid o en el fuego; si no está en la vid, estará en el fuego. Permanezca, pues, en la vid para librarse del fuego.

4. Si permaneciereis en mí, y mis palabras permanecieren en vosotros, pediréis cuanto quisiereis y os será concedido. Estando unidos a Cristo, ¿qué pueden querer sino aquello que no es indigno de Cristo? Queremos unas cosas por estar unidos a Cristo y queremos otras por estar aún en este mundo. Y, por el hecho de vivir en este mundo, algunas veces nos viene la idea de pedir cosas cuyo perjuicio desconocemos. Pero nunca tengamos el deseo de que nos sean concedidas, si queremos permanecer en Cristo, el cual no nos concede sino aquello que nos conviene. Permaneciendo, pues, en El y teniendo en nosotros sus palabras, pediremos cuanto queramos, y todo nos será concedido. Porque, si no obtenemos lo que pedimos, es porque no pedimos lo que en El permanece ni lo que se encierra en sus palabras, que permanecen en nosotros, sino que pedimos lo que desea nuestra codicia y la flaqueza de la carne, que no se hallan en El, ni en ellas permanecen sus palabras, entre las cuales está la oración en la que nos enseñó a decir: Padre nuestro, que estás en los cielos. En nuestras peticiones no nos salgamos de las palabras y del sentido de esta oración, y obtendremos cuanto pedimos. Porque sólo entonces permanecen en nosotros sus palabras, cuando cumplimos sus preceptos y vamos en pos de sus promesas. Pero cuando sus palabras están sólo en la memoria, sin reflejarse en nuestro modo de vivir, somos como el sarmiento fuera de la vid, que no recibe la savia de la raíz. A esta diferencia hace alusión el Salmo cuando dice: Guardan en la memoria sus preceptos para cumplirlos. Muchos hay que los conservan en su memoria para menospreciarlos o para escarnecerlos y atacarlos. En estos tales no permanecen las palabras de Cristo; tienen contacto con ellas, pero no están a ellas adheridos, y, por lo tanto, no les reportarán beneficios, sino que les servirán de testigos adversos. Y porque de tal modo están en contacto con ellas que no permanecen en su cumplimiento, las tienen solamente para ser juzgados por ellas.
SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIV), Tratados 80 y 81, BAC Madrid 19652, 362-69)



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Aplicación: P. Alfredo Saenz, S.J. - Yo soy la vid


El domingo pasado el Señor se nos presentó bajo la figura del pastor, "Yo soy el Buen Pastor". Ahora nos dice: "Yo soy la vid". Pareciera como si quisiese manifestársenos a través de metáforas. Tan rico es su interior, tan variadas son las facetas de su personalidad. Comentemos esta nueva imagen.

I. Yo soy la vio vosotros los sarmientos, dice el Señor. La imagen de la vid es familiar en las Sagradas Escrituras. Ya en el Antiguo Testamento, para hablar de Israel en sus relaciones con Dios, los profetas y los salmos recurrieron a la comparación de la viña y de su labrador. Jesús retorna hoy este simbolismo. Y no lo hace gratuitamente, ya que Él es el nuevo Israel. Toda la historia de Israel estaba destinada a mostrar cómo el hombre era impotente por sí mismo para dar el fruto que Dios esperaba de él. Hasta que apareció la vid definitiva, Cristo: Yo soy la Vid, la verdadera, cuyo anticipo y figura era el antiguo Israel, la Vid capaz de producir realmente el fruto esperado, la Iglesia: "vosotros sois los sarmientos". La Iglesia es su viña, o mejor, la viña de su Padre: "mi Padre es el viñador".

Cristo es, pues, la verdadera Vid. Cristo considerado no sólo en cuanto hombre sino como Verbo encarnado, hombre y Dios, principio de la gracia y cabeza de la Iglesia, capaz de comunicar a los hombres su propia vida. Porque así como la vid no es el tronco separado de sus ramas, así Cristo no es la vid de su Padre independientemente de su influjo sobre aquellos que de El reciben la vida sobrenatural. Dios se hizo hombre para que nosotros nos injertásemos en El, en su humanidad y, a través de ella, recibiésemos la vida divina.

Ponderemos este misterio, amados hermanos. Es impresionante. En otros lugares del Nuevo Testamento se habla de la Iglesia como de un edificio construido sobre la piedra angular que es Cristo. Es una buena comparación: nos unimos a Cristo por yuxtaposición. Pero acá la similitud es más espléndida, si cabe. Nos adherimos a Cristo como los sarmientos se adhieren a su tronco. Cristo no es algo lejano, que está allá, distante: es nuestra vida. Permanecemos unidos con El de manera íntima, orgánica, merced a una savia común, la vida de la gracia, la vida divina que corre por esa gran Planta que es la Iglesia, por cada uno de nosotros, sus sarmientos.

2. Mi Padre corta todos los sarmientos que no dan fruto, sigue diciendo el Señor. Porque el que no da fruto significa con ello que es una rama seca, por la que no corre la vida divina. Fuera de Cristo sólo hay sequedad. Y Dios Padre, el viñador, separa las ramas inútiles. Porque nunca se planta una vid para adorno. La vid es esencialmente fructífera. Por más cualidades que yo tenga en el plano humano, si no llevo frutos de vida eterna, yo mismo me separo del tronco, de Cristo.

Como se sabe, hay diversas maneras de distanciarse de Cris-to. El pecado mortal impide totalmente la irrigación sobrenatural, nos convierte en una rama seca, estéril. Pero también las faltas veniales, las mediocridades constantes son como una arterioesclerosis: la gracia, que es la sangre de la vida espiritual, no corre con facilidad por las venas del alma. Lo que no está, en Cristo se agosta. Y lo que no acepta a Cristo se va marchitando poco a poco. Pensemos si no conservamos en nuestra vida regiones todavía paganas, aún no iluminadas por aquel que es la luz, aún no sometidas al báculo de aquel que es el pastor, aún no impregnadas por aquel que es la vida. En nosotros, muchas cosas pueden haberse secado, muchas cosas pueden estar al margen de Dios.

3. Al que da fruto, [el Padre] lo poda para que dé más todavía, nos dice Jesús. Palabras duras. Pero, en el fondo, consoladoras. En mi experiencia de sacerdote he aprendido que muchas veces las almas más santas, las más entregadas a Dios, son las que más sufren, no sólo enfermedades sino sobre todo terribles dramas interiores. Es una paradoja, que se nos hace siempre difícil de entender. De acuerdo a nuestros esquemas, el que es bueno debería estar cómodo en este mundo. Y no es así. Sino más bien al revés. Los predilectos de Dios son a veces los que más padecen, los que sufren más podas, según lo afirma hoy el Señor: Dios los podará para que den más fruto. Como el cuchillo que corta, que deja la carne al vivo, el Padre poda nuestra alma: señal de que nos considera, señal de que alimenta sobre nosotros alguna ilusión, señal de que espera un fruto más sabroso, que seamos más de lo que somos.

Y notemos que no sólo "permite" que se nos pode, sino que El mismo es a veces quien nos poda. No vaya a ser que nosotros le pidamos fructificar, pero luego protestemos contra la tijera que nos poda, olvidando las manos divinas que la manejan. Aprendamos, hermanos, a besar la mano del Dios que nos prueba. Es nuestro Padre, que quiere nuestro bien, y el bien de la Iglesia. ¡Ay de aquel que no sufre en algún momento la poda de Dios! Gracias a esa poda, caen de nosotros las ramas inútiles, los retoños que dificultan el paso triunfal de la vida de Cristo, las hojas secas de nuestra voluntad propia, de nuestros deseos vacuos, infantiles a veces.

4. Permaneced en mí, como yo permanezco en vosotros, agrega el Señor. ¡Qué admirable expresión! El en nosotros. Nosotros en El. Ser cristiano no es sólo imitar a Cristo, sino ante todo "ser-en-Cristo". Cristo en nosotros: impregnando con su vida divina nuestra vida humana. Nosotros en Cristo: penetrando siempre más en el interior de su corazón, en sus entrañas, entrañándonos siempre más.

5. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada podéis hacer, concluye Jesús. "El que permanece en mí", creyendo, amando, perseverando, "y yo en él", iluminando, ayudando, dando la perseverancia, ése "da mucho fruto". San Juan se ha referido a esta mutua inhesión en la segunda lectura de hoy: "El que cumple los mandamientos permanece en Dios, y Dios permanece en él". Cumplir los mandamientos no es otra cosa que practicar la caridad, es decir, "dar fruto".

Volvamos a la frase del Señor: "Separados de mí nada podéis hacer". Palabras difíciles de comprender si nos quedamos en el plano puramente racional. No es que podamos hacer poco, sino nada, absolutamente nada, en el orden de la gracia, se entiende, en el orden sobrenatural. En cambio, permaneciendo en Cristo "daremos mucho fruto". Estamos, pues, llamados a crecer, a crecer entrañados en Cristo para edificación de la Iglesia. Crecer a través de los gestos y acciones de nuestra vida cotidiana, de esa vida monótona y prosaica, en la fidelidad a nuestro deber de estado. El deseo de crecer en la vida espiritual, el anhelo de fructificar es clara señal de que el alma permanece todavía joven. Dar fruto, crecer, para expresar nuestro amor a Cristo, para edificar a la Iglesia. No para relamernos en nuestras virtudes, en nuestras presuntas virtudes. La manera más eficaz de hacerlo es aceptando con paciencia, y si es posible con alegría, las sucesivas podas de Dios. Si ha habido una poda en este mundo ha sido la Poda del mismo Cristo, abofeteado, pisoteado, hecho gusano por nosotros en la cruz. ¡Pero cuán abundante fue el fruto!

Pronto nos acercaremos a recibir el Cuerpo del Señor. Su carne es el grano de trigo que se hace alimento nuestro en la Eucaristía. Él es la Vid, de la que brota el vino que da vida al mundo, el vino divino, la Sangre de Cristo, que embriaga nuestros corazones con la sobreabundancia de Dios. Él ha dicho: "El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él". Que penetre en nuestro interior para allí permanecer, para que allí se arraigue, se implante cada vez más. De tal modo que también nosotros permanezcamos en El, pudiendo así fructificar. Que nos haga crecer en El, hacia el interior de Él, al punto de que sus afectos se vayan haciendo nuestros afectos, sus voluntades las nuestras, sus criterios nuestros criterios. De modo que al terminar nuestra vida podamos decir con el Apóstol: "Vivo, o mejor, ya no soy yo quien vivo, sino que es Cristo el que vive en mí".

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 144-148)



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Aplicación: San Juan Pablo II - “El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante” (Jn 15,5).

Estas palabras del Evangelio de la liturgia de hoy nos introducen una vez más en el misterio pascual de Jesucristo. La Iglesia medita constantemente este misterio; sin embargo, lo hace de modo especial durante los cincuenta días que median entre la Pascua y Pentecostés, cuando la Iglesia naciente recibió en plenitud la fuerza del Espíritu de vida, que fue enviado a los discípulos de parte de Jesús resucitado, sentado a la diestra del Padre.

La resurrección de Cristo es la revelación de la Vida que no conoce los límites de la muerte (tal como sucede para la vida humana y para toda vida en la tierra).

La vida que se revela en la resurrección de Cristo es la vida divina. Al mismo tiempo es vida para nosotros: para el hombre, para la humanidad. La resurrección del Señor es, en efecto, el punto culminante de toda la economía de la salvación. Precisamente la liturgia de este domingo pone de relieve de modo particular esta verdad, sobre todo, mediante la alegoría de la verdadera vid y los sarmientos.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos (Jn 15,5), dice Cristo a los Apóstoles en el marco del gran discurso de despedida en el Cenáculo.

Por estas palabras del Señor vemos cuán estrecha e íntima debe ser la relación entre Él y sus discípulos, casi formando un único ser viviente, una única vida. Sin embargo inmediatamente después, Jesús precisa nuestra relación de total dependencia respecto a Él: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Hubiera podido decir igualmente: “Sin mí no podéis ni siquiera vivir, ni siquiera existir”. Efectivamente, todo nuestro ser es de Dios. Él es nuestro creador. El hombre que intente prescindir de Dios, es como el sarmiento separado de la vid: “se seca; luego lo recogen y lo echan al fuego y arde” (Jn 15,6).

Unidos a Cristo, vivimos de su misma vida divina y obtenemos lo que pidamos; separados de Él, nuestra existencia se hace estéril y carente de sentido.

Este vínculo orgánico entre Cristo y los discípulos tiene, a la vez, su referencia al Padre. “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador” (Jn 15,1).

En la alegoría, Cristo coloca esta referencia al Padre en el primer lugar, porque toda la unión orgánica vivificante de los sarmientos con la vid tiene su primer principio y su último fin en la relación con el Padre: Él es el labrador. Cristo es principio de vida, en cuanto que Él mismo ha salido del Padre (cfr. Jn 8,42), el cual tiene en sí mismo la vida (Jn 5,26). En definitiva es el Padre quien se preocupa de los sarmientos, dándoles un trato diverso, según que den o no den fruto, es decir, según que estén vitalmente insertados, o no, en la vid que es Cristo.

Si queremos dar fruto para nuestra salvación y para la de los demás, si queremos ser fecundos en obras buenas con miras al reino, tenemos que aceptar ser podados por el Padre, es decir, ser purificados, y, por lo mismo, robustecidos. Dios permite a veces que los buenos sufran más, precisamente porque sabe que puede contar con ellos, para hacerlos todavía más ricos de buenos frutos. Lo importante es huir de la pretensión de dar fruto por nosotros solos. Lo que hace falta es mantener, más que nunca, en el momento de la prueba, nuestra unión orgánica con Jesús-Vid.

La lectura de la primera Carta de San Juan manifiesta este vínculo vivificante del sarmiento con la vid, por parte de las obras, del comportamiento, de la conciencia... por parte del corazón.

Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él (1 Jn 3,24). Estos mandamientos se resumen en el deber de amar con obras según verdad (1 Jn 3,18), es decir, según esa verdad que nos da el creer en el nombre de su Hijo Jesucristo.

Si nos comprometemos en este sentido quedaremos insertados en la vid y tranquilizaremos nuestra conciencia ante Él, en el caso de que nuestra conciencia nos condene (1 Jn 3,20). Conseguimos la paz de la conciencia, cuando nos reconciliamos con Dios y con los hermanos “no de palabra ni de boca, sino con obras y según verdad” (1 Jn 3,18).

Esta paz es un don de Dios, de su misericordia que nos perdona. “Él es mayor que nuestra conciencia y conoce todo” (1 Jn 3,20): Dios tiene en sí una fuente de vida mucho más potente que la de nuestro corazón: si somos sarmientos en peligro de separarnos, sólo Él puede insertarnos de nuevo en la vid. Si hemos roto la relación con Él a causa del pecado, sólo Él puede reconciliarnos consigo, con tal de que, naturalmente, nosotros lo queramos.

La alegoría de la vid y los sarmientos tiene en la liturgia de hoy, una rica elocuencia pascual. Esta elocuencia es fundamental para cada uno de nosotros que somos discípulos de Cristo. Sólo de Cristo-Vid nace la vitalidad. Los sarmientos, sin un vínculo orgánico con Él, no tienen vida.

La siembra de la Palabra de Dios dará frutos abundantes, en la medida en que ella suponga ese “vínculo orgánico” con Cristo, del que he hablado repetidamente, y una ferviente devoción a la Madre de Dios.

Particular -particularísimo- es este vínculo que existe entre Cristo-Vid y su Madre. También María Santísima es -de manera semejante a Cristo- “vid fecunda” (cfr. Sal 127/128,3), que engendra al “Autor de la vida” (Hch 3,15). Entre todas las criaturas, María es la que da más fruto, porque es el sarmiento más alimentado por Jesús-Vid. Entre María y Jesús se da, pues, un “mirabile commercium”, un maravilloso intercambio, un recíproco, único e incomparable flujo de vida y de fecundidad, que irradia al infinito sobre toda la humanidad sus maravillosos efectos de vida y fecundidad.

La Bienaventurada Virgen es el ejemplo más alto de la criatura que “permanece en Dios” y en la que Dios “permanece”, habita como en un templo. Ella, pues, más que nadie, realiza las palabras del Señor: “Permaneced en mí y yo en vosotros” (Jn 15,4).

A Ella, que está más íntimamente unida al Hijo resucitado, a su Madre, confío esta exhortación. “El que permanece en mí -dice el Redentor- da mucho fruto” (Jn 15,5).
(Homilía en la parroquia de Santa María de “Setteville”, 5 de Mayo de 1985)



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Aplicación: Gustavo Pascual, I.V.E - Permanecer en Jesús


La Vid y los sarmientos es una alegoría que Jesús enseña a sus discípulos en la despedida antes de su Pasión. Se refiere a la unión entre el alma y Jesús. Jesús es la Vid y nosotros los sarmientos.

¿Qué vid es Jesús? Jesús no es la vid selecta sacada de Egipto y plantada en Canaán que no dio frutos. Jesús no es la vid que cercaron los profetas, que le hicieron un lagar y que no dio uvas sino agrazones. Una analogía de la verdadera vid fue Israel, la vid amada por Dios y llamada a dar buenos frutos. Isaías canta a Israel, la viña del Señor, un canto de amor de parte de Dios[1]. Dios plantó a su pueblo amado, lo cuidó, lo separó de los demás pueblos para que diese frutos de santidad y dio frutos amargos. Dios repudió a su viña y la abandonó en manos de sus enemigos. Los profetas volvieron a recordar a Israel a lo largo de su historia la elección divina y su infidelidad. “Israel era Vid frondosa, acumulaba frutos: cuanto más fruto producía, más multiplicaba los altares; cuanto mejor era su tierra, mejores estelas construía”[2], “Yo te había plantado de cepa selecta, toda entera de simiente legítima. Pues ¿cómo te has mudado en sarmiento de vid bastarda?”[3], “podad sus sarmientos, porque no son de Yahvé”[4]. También Ezequiel[5] habla de la vid que es el pueblo elegido.

El salmista[6] también hace referencia al tema de la viña que es el Israel carnal y su infidelidad a su elección divina. Sin embargo, deja entrever en los versículos finales a la verdadera vid: el Mesías prometido y el Nuevo Israel de Dios[7].

“Yo soy la vid verdadera”. Jesús se proclama a sí mismo la verdadera vid, cuyo fruto, el verdadero Israel, no causará decepción a las esperanzas divinas[8].

El elemento esencial y de mayor relieve en la frase “Yo soy la vid verdadera” es el “Yo soy”. El Hijo mismo se identifica con la vid, El mismo se ha convertido en vid. Se ha dejado plantar en la tierra por su Encarnación. El Padre mismo se ha hecho vid en el Hijo, se ha identificado para siempre y ontológicamente con la vid.

Esta vid ya no podrá ser arrancada porque es el mismo Dios que vive en el Hijo, la vid verdadera.

Jesús es la Vid verdadera, la única Vid. Es la Vid que da vida eterna a todos los hombres y que embriaga de júbilo con el soplo del Espíritu. Es la Vid que triturada purifica de toda mancha de pecado.

¿Qué sarmientos somos nosotros? Sarmientos que solos, separados de la Vid, perecemos y nada podemos hacer. Sarmientos que necesitan de poda permanente para conservar la dulzura de la Vid.

Jesús por su infinita misericordia ha querido unirnos, injertarnos en El y por ambos corre la misma vida divina, la vida de la gracia. Jesús quiere que permanezcamos unidos a Él, que mane de Él su gracia y corra por nosotros y por Él demos muchos frutos.

¿Es importante para nosotros vivir unidos a Jesús? Es vital. Jesús mismo lo enseña en la alegoría. Si el sarmiento no está unido a la vid se seca[9], muere, no puede hacer nada[10]. Debemos permanecer unidos a Jesús.

Jesús no quiere separarse jamás de nosotros. El ha muerto por cada uno de nosotros, para que tengamos vida en El. Por parte de Jesús no hay deseo de separación. Le costó mucho injertarnos en su vida.

Jesús quiere permanecer unido a nosotros. Quiere que obedezcamos sus mandamientos, en especial, el del amor, para permanecer unidos a Él porque cumpliendo sus mandamientos permanecemos en su amor y así nos mantenemos unidos a Él.

La separación y el adulterio vienen por nuestra parte, cuando preferimos otra cosa en vez de Jesús. Ese adulterio es el pecado y produce en nosotros la separación con Jesús y la muerte. Así ocurre con el sarmiento separado de la vid, se seca y muere, y sólo sirve para el fuego.

¿Cómo permanecer unidos a Jesús? Cumpliendo sus mandamientos, haciendo lo que tenemos que hacer. Si permanecemos unidos a Jesús, tendremos vida, daremos frutos, seremos libres y glorificaremos al Padre celestial. Ya estar vivo es importante, dar fruto mucho mejor. Qué alegría tiene el que regresa de la vendimia trayendo en sus manos muchos frutos. Al volver vuelven cantando trayendo los racimos[11].

El sarmiento permanece unido a la vid, pero a veces no da fruto porque es muy débil. Primero tiene que profundizar su vida en la unión a la vid. Cuando llegue el tiempo de la madurez, en la unión con la vid, dará fruto. Para profundizar la unión con Jesús el Padre poda. Si el sarmiento no se poda pierde la fuerza que le da la vid y lleva pocos frutos o ningún fruto o frutos agrios. Cuando el sarmiento es podado da más frutos porque la vid obra mejor a través de él. Así nosotros con Cristo. Si el Padre nos poda, nuestra unión con Cristo será mayor y llevaremos más frutos, “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”[12]. La poda nos purifica y nos une más a la Vid. El Padre quiere purificarnos para que nos unamos más a Jesús y así llevemos más frutos y frutos de mayor valor, uvas dulces, dignas de tal Vid.

En la vida espiritual no siempre se ven los frutos en el exterior, eso será si lo quiere Dios. Pueden haber frutos que se den en el alma, y ni siquiera el alma lo perciba, porque son de otro orden.

Muchas veces, nos limitamos a estar unidos a la vid. Pero, el Señor quiere frutos. Al que no da fruto lo corta. En la vida espiritual, dicen los autores espirituales, el que no avanza retrocede. Si nos estancamos, volvemos atrás, y corremos el riesgo de terminar separándonos de la vid.

Hay que echar raíces profundas. Hay que injertarse con fuerza en Jesús. Debemos tener un trato más personal y más íntimo con Jesús. Creciendo en la escucha de sus enseñanzas y en el cumplimiento de sus mandamientos. Siendo cada vez más amigos de Jesús.

La savia, la vida que corre por la vid y los sarmientos es la misma. Es la misma vida de Dios. Somos hijos en el Hijo.

Unidos a Jesús daremos muchos frutos. La unión con Jesús, por ser unión de amigos, está basada en el amor de amistad y donde hay amor suceden grandes cosas. Donde hay amor los frutos son abundantes.

Esta es la nueva vida que nos trae Jesús resucitado.
Permanecer en Jesús para dar fruto (v. 4.5)
Permanecer en Jesús para tener vida.
Permanecer en Jesús para conseguir lo que queramos.
Permanecer en Jesús para dar gloria a Dios.



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Aplicación: P. Jorge Loring S.I. - sin mí no pueden hacer nada


1.- En este Evangelio se nos narra la parábola de la vid y los sarmientos: «sin mí, nada podéis hacer».

2.-En orden a la vida eterna sólo vale lo que se hace en gracia.

3.- Las obras hechas en gracia valen más que las mayores obras humanas.

4.- Las mismas obras en gracia deben su eficacia a la ayuda divina.

5.- Por eso hay que pedir la ayuda de Dios.

6.- Pero no pretender que Dios haga lo que nosotros podemos hacer.

7.- Dios quiere nuestra colaboración. Dijo San Agustín y lo repite el Concilio de Trento: «Dios quiere que hagamos lo que podamos, le pidamos lo que no podamos y Él nos ayudará para que podamos».

8.- Pero si no ponemos lo que podemos, Dios no suplirá lo que debemos hacer.

9.- Dios pone casi todo, nosotros ponemos casi nada; pero dios no pone su «casi todo» si nosotros no ponemos nuestro «casi nada».

10.-Por eso si unimos nuestra oración a nuestra colaboración, el éxito es seguro.

11.- Y si el éxito no se logra, es porque Dios no quiere, y si Dios no quiere, nosotros tampoco debemos quererlo.

12.- es muy bonita la frase del jesuita P. Rubio, recientemente canonizado por el Papa Juan Pablo II: «Hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace».



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Ejemplos

Como grandes pecadores

Muchos se preguntan asombrados, mis hermanos: ¿Cómo es posible que los santos que servían a Dios sin ofenderle, que eran tan amigos y familiares suyos, pudieran considerarse y tenerse con verdad por grandes pecadores y siervos desaprovechados e inútiles? ¿Saben cómo?

Cuando un rayo de sol entra en una habitación se ven los átomos que andaban invisibles por ella; los que no se ven son los átomos que han quedado a la sombra.

Así los santos, como eran alumbrados por la luz de Dios, al resplandor de su claridad divina, ven sus muy pequeños defectos, los cuales por ser tan menudos como átomos no se pueden ver en la sombra. Pero a la luz de Dios veían la gravedad de sus culpas, aún veniales, considerando la grandeza del Señor y su pequeñez de hombres. En cambio los pecadores no se humillan por sus culpas porque no las ven viviendo como viven en la sombra.



(Cortesía: iveargentina.org y otros)

 

 

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