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Solemnidad de la Santísima Trinidad B : Comentarios de Sabios y Santos I - Preparemos con ellos la Acogida de la Palabra proclamada durante la Celebración


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Ejemplos que iluminan la participación
Recursos: Gráficos - Videos - Audios

 

A su disposición
Exégesis: R.P. José María Solé Roma, C.M.F.

Exégesis: Dr. D.Isidro Gomá y Tomás -APARICIÓN A LOS APÓSTOLES EN UN MONTE DE GALILEA

Comentario Teológico:  Beato Juan Pablo Magno - El Dios único es la inefable y Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo

Comentario Teológico: Antonio Royo Marín, O.P. - La inhabitación trinitaria en el alma del justo

Comentario Teológico: P. Leonardo Castellani - DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Santos Padres: San Atanasio de Alejandría -El Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo

Santos Padres: San Agustín - La inseparable Trinidad de personas

Santos Padres: San Juan Crisóstomo - LA ÚLTIMA APARICIÓN EN GALILEA

Santos Padres: San Anselmo - QUE ESTE MISMO AMOR ES INCREADO Y CREADOR COMO EL PADRE Y EL HIJO

Aplicación: Beato Juan Pablo Magno - La gloria de la Trinidad en el hombre vivo

Aplicación: R.P. Raniero Cantalamessa ofmcap - Un misterio cercano

Ejemplos Predicables

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentarios Las Lecturas del Domingo

Exégesis: R.P. José María Solé Roma, C.M.F.

Sobre la Primera Lectura
(Dt 4, 32-34, 39-40)
En el misterio de Dios, la revelación del Antiguo Testamento ha asegurado la 'Unidad' de naturaleza; y la del Nuevo ha iluminado la Trinidad de Personas:
- Desde que Dios se revela a Abraham queda asegurado el 'Monoteísmo'. Abraham y su linaje deben adorar y servir al Dios 'Único'. Y cada nueva intervención divina en la Historia de la Salvación asegura cómo es 'Único' y sin rival el Redentor y Creador de Israel: 'Yo, Yahvé, soy tu Dios' (Ex 20, 1). 'Escucha, Israel. Yahvé es nuestro Dios; sólo Yahvé. Amarás a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu fuerza, con toda tu alma' (Dt 6, 4). Ni hay otro Dios ni tolera otro Yahvé, 'Dios Celoso' (Ex 34, 14). Las maravillas de Yahvé Redentor y Salvador de Israel guiarán a todos los pueblos a su culto y adoración: 'Todos (Egipto y Kus), todos vendrán a Ti y te suplicarán: Sólo en ti hay Dios; no hay ningún otro; no hay otros dioses; El sólo; el Dios oculto; el Dios de Israel; el Dios Salvador' (Is 45, 14). 'Pues fuera de Yahvé ¿qué Dios existe? ¿Qué Roca fuera de nuestro Dios?' (Sal 17, 3).
- Israel debe ser testigo y Mensajero del único Dios. Debe llevar a Él a todas las gentes. Es su misión: 'Vosotros sois mis testigos, mis siervos que Yo he elegido para que me conozcáis y creáis en Mí; y comprendáis que Yo, Yahvé. Yo, Yahvé; y fuera de Mí no hay ningún salvador, ningún Dios. Vosotros sois mis testigos de que Yo soy Dios; desde la eternidad lo soy' (Is 43, 10).
- Dios único y uno; Dios personal, libre, soberano, trascendente. Y bajo su mirada el hombre adquiere conciencia de su propia unidad, libertad y trascendencia. Persona a imagen de Dios, capaz de elegir, ser capaz de autorealizarse. Y con tanto mayor perfección cuanto más ama, sirve e imita a Dios. Ante el único Dios de Israel cayeron los dioses, los ídolos de todos los imperios. Pero quedan aún ídolos e idólatras. No se adora, cierto, a Baal, Moloc o Júpiter. Pero se adora a la 'Razón', al 'Progreso', a la 'Técnica', a la 'Materia', al 'Hombre'. Idólatras que adoran o el universo, o una parte de él, o a sí mismos: 'Al Dios único, Inmortal, Trascendente, Invisible, honor e imperio por la eternidad' (1Tim 6, 16).


Sobre la Segunda Lectura (Rom 8, 14-17)
El Nuevo Testamento es la revelación de la vida íntima de Dios. Vive ab aeterno su unidad de naturaleza en Trinidad de Personas. En el presente texto San Pablo nos expone la mística, la vivencia iluminada, de la Teología Trinitaria:
- El Padre nos envía a su Hijo, en quien tenemos la revelación plena, la Imagen Personal del Padre. Al darnos a su Hijo nos da sus riquezas y su Vida. En el Hijo enviado y Encarnado hallamos el Camino al Padre: la Verdad y la Vida divina.
- El Hijo nos redime de la esclavitud del pecado. Nos admite a una plena comunión con El. Tras asumir una naturaleza humana en unidad personal, nos asume a todos en unidad mística. Formamos con El un Cuerpo Místico. Entramos en calidad y con derechos de hijos en la familia Trinitaria. Somos hijos de Dios en su Hijo, herederos; coherederos con el Primogénito; sus hermanos.
- El Espíritu Santo, Espíritu del Hijo, enviado por El a nuestros corazones (Jn 15, 26), nos inhabita. Y, Huésped en nuestros corazones, da ímpetu filial a nuestra oración: 'No habéis recibido espíritu servil, sino que habéis recibido Espíritu filial, con el cual clamamos: ¡Abba!: ¡Padre! (Rom 8, 15). Es el divino Espíritu que nos inspira oración, petición y anhelos sobrehumanos, celestiales, divinos; más propios de Hijos de Dios que de Hijos de Adán. Y es el divino Espíritu el que consumará su obra vivificante y divinizante, al resucitar nuestro cuerpo mortal e inundarle de la gloria del Cuerpo Glorificado del Hijo de Dios (8, 11).


Sobre el Evangelio (Mt 28, 16-20)
En el Reino Mesiánico todo es a gloria del Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo:
- San Mateo nos resume las últimas instrucciones de Jesús. En ellas queda como condición esencial para pertenecer al Reino Mesiánico la fe y la confesión del misterio Trinitario. La puerta de ingreso en el Reino es el Bautismo: El Bautismo es fe, es amor, es comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: 'Bautizad a todas las gentes en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo' (19): 'Nomen Trinitatis, unus Deus est' (Jerónimo). 'In confessione verae sempiternaeque Deitatis, et in personis proprietas, et in essentia unitas, et in majestate adoretur aequalitas' (Pref.).


- Hay analogía entre la 'circuncisión', sello carnal, que incorporaba a los judíos al Pueblo de Dios, y los constituía adoradores y testigos del Dios Único, y el Bautismo, sello espiritual, que nos incorpora al Nuevo Israel de Dios y nos constituye adoradores y testigos del Dios Trino. El sello espiritual de la Nueva Alianza es infinitamente más precioso y de mayor virtualidad, pues es el mismo Espíritu Santo: 'Sellados con el Espíritu Santo' (Ef 2, 13).
- Valoricemos esta última promesa y dádiva con que se despide Cristo: 'Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos' (20): 'Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones' (Ef 3, 17). 'Si alguno me ama, vendremos a él (con el Padre). Y en él pondremos nuestra morada' (Jn 14, 23). 'Quien come mi Carne y bebe mi Sangre en Mí permanece y Yo en él' (Jn 6, 56). La fe, el amor, la Eucaristía hacen inhabitar a Cristo en nosotros. Inhabitación personal, cordial, intima. Y a una con el Hijo nos inhabita el Padre y el Espíritu Santo. Somos el verdadero cielo de la Trinidad: 'Quoniam autem estis filii, missit Deus Spiritum Filli sui in corda vestra clamantem: Abba, Pater' (Gal 4, 6).

 

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Exégesis: Dr. D.Isidro Gomá y Tomás - APARICIÓN A LOS APÓSTOLES EN UN MONTE DE GALILEA

Explicación
Ignórase también el día en que tuvieron los Apóstoles esta aparición del Señor. El mismo día de su resurrección les había dicho que se trasladaran a la Galilea (Mt. 28, 10; Mc. 16, 7); es probable que después de las apariciones de la Judea volviesen los Apóstoles cada cual a sus quehaceres aguardando la fecha para trasladarse al monte que Jesús les había previamente indicado para tratar con él. Es trascendental esta aparición, porque en ella les revela Jesús la omnímoda plenitud de sus poderes, y en virtud de ellos les envía a todo el mundo, a la conquista de su reino (…)
Misión de los Apóstoles (Mt. 16-20). -La Galilea había sido el principal teatro de la vida pública de Jesús; de aquella región eran todos los Apóstoles, excepto Judas; allí habían sido instruidos en las doctrinas del Señor; allí les convocó para comunicarles la plenitud de sus poderes: Y los once discípulos se fueron a la Galilea , al monte adonde Jesús les había mandado. Muchas conjeturas se han hecho para identificar este monte: unos están por el monte de la Transfiguración , otros por el de las Bienaventuranzas; pero es incierto. Creen también algunos que esta aparición es la misma que refiere San Pablo (1 Cor. 15, 6), en la que fue Jesús visto por más de quinientos discípulos; pero es lo más probable, toda vez que no se habla aquí más que de los once, que se trata de otra aparición.
La aparición sería asimismo súbita; así que se presentó Jesús, se prosternaron en actitud de adoración: Y cuando lo vieron le adoraron. Mas extraño es que, después de tantas apariciones, dudaran aún los Apóstoles: Mas algunos dudaron: quizá se trataba de otros que no eran los Apóstoles y que aun no habían visto al Señor; o que la duda fue sólo momentánea, o mejor, dudaron no del hecho de la resurrección, que tenían ya bastante comprobado, sino de que el aparecido fuese Jesús: justifica esta interpretación lo ocurrido a los discípulos de Emaús, y a los que pescaban en Genesaret.

Jesús va en este momento a conferir a sus Apóstoles la misión de bautizar y predicar, con todas las prerrogativas que en ello se incluyen; pero antes quiere exhibirles los poderes en virtud de los cuales les envía a la conquista del mundo: Y llegando Jesús les habló, diciendo: Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Las palabras son llenas, asertivas, rotundas: nunca hombre alguno pudo hablar así. Jesús tiene toda potestad: la tiene como Dios; pero aquí se manifiesta investido de la misma como hombre que, después de haber consumado la obra de la redención y vencido al enemigo del género humano, que es el demonio, tiene derecho a hacerse un reino del que deberán formar parte todas las gentes. Es poder que se extiende a cielo y tierra, porque el reino mesiánico tiene aquí sus comienzos para tener su consumación en la gloria. Es el poder del Mesías, del Cristo Dios, del que con tanto énfasis hablaron los viejos oráculos (cf. Ps. 2, 8; 109, 1; Is. 49, 6.8 sigs.; 53, 12; Dan. 7, 14, etc.).

De esta potestad suprema y radical de Cristo deriva la potestad que a sus Apóstoles confiere: Id, pues..., es decir, porque yo tengo esta potestad, os la transfiero para que la ejerzáis; no sólo en territorio de Israel, Sino por todo el mundo, recorriendo toda la sobrehaz de la tierra. La primera función ministerial es la de la palabra, que engendra la fe: Predicad el Evangelio a toda criatura , a todo ser humano capaz de ser adoctrinado en las cosas de Dios ; y enseñad a todas las gentes, atrayéndolas y congregándolas a todas en mi escuela, para que se realicen los antiguos vaticinios, según los que la ciencia de Dios debía llenar toda la tierra en los tiempos mesiánicos (cf. Ps. 71, 9-11; Is. 2, 2; 11, 9; 44, 4-5 Ez. 17, 23, etc.):
Bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: el Bautismo es el rito sacramental de introducción al nuevo reino; la circuncisión está ya abolida; el Bautismo debe administrarse en el nombre, es decir, en virtud, autoridad y eficacia de la Santísima Trinidad , con la cual importa este Sacramento, por parte de quien lo recibe, un vínculo especial de orden espiritual, una especie de dedicación o consagración, según el sentido del texto griego. Las palabras de Jesús, en las que se nombran clarísimamente las tres personas de la Trinidad augusta, han sido interpretadas por la tradición cristiana como la fórmula de administración del Bautismo.

Los adscritos a la escuela de Cristo y bautizados en nombre de la Trinidad deberán ser enseñados por los Apóstoles y sus sucesores en todas aquellas cosas que Jesús les manifestó o encomendó, en orden a la creencia dogmática y a la práctica de la vida: Enseñándolas a observar todas las cosas que os he mandado con ello con firma Jesús a los Apóstoles en su autoridad o potestad de magisterio y régimen, por cuanto Jesús no les dio un cuerpo doctrinal ni legal escrito, sino una enseñanza oral, que depositada en las iglesias fundadas por los Apóstoles constituirá la tradición: parte de ella se consignará en los Evangelios y escritos apostólicos tomando la tradición en el sentido general (Cf. tomo 1, pág. 28); no podría conservarse la unidad de doctrina Y disciplina sin la potestad de magisterio y el poder judicial.

Es ardua la empresa confiada a los Apóstoles; pero que no teman: Jesús estará con ellos, continuamente, para siempre: Y mirad que yo estoy con vosotros , no sólo para mientras ellos vivan, Sino todos los días hasta la consumación de los siglos: por lo mismo, en los Apóstoles van comprendidos sus sucesores. Estará Jesús con sus enviados, con toda la plenitud de su poder personal y por lo mismo con toda la eficacia que de la suma potestad de Jesús puede esperarse. Estará a perpetuidad, por lo que la Iglesia tendrá la seguridad de que no errará jamás en el camino de la verdad; de que vencerá toda suerte de resistencias que pretendan oponérsela. La historia de dos mil años es prueba y garantía al mismo tiempo del cumplimiento de la promesa de Jesús. Con estas alentadoras palabras termina San Mateo su Evangelio.

Lecciones Morales. - A) Mt. v 18. -Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. - El poder que Cristo tenía como Dios, se ha transferido al Hombre-Dios, porque ha ganado con su esfuerzo a los hombres para Dios. Poder que deriva de la unión hipostática, porque es el Hijo de Dios a quien ha dicho el Padre: " Pídeme, y te daré en posesión hasta los confines de la tierra " (Ps. 2, 8); pero que arranca también del esfuerzo personal del Hombre-Dios, con el que nos conquistó, nos compró, nos arrancó del poder del demonio. Y como la conquista fue completa y universal, el poder logrado es también universal y absoluto. Por ello es que el Apóstol dice que ante el nombre de Jesús todo dobla la rodilla: los cielos, la tierra y los abismos (Phil. 2, 10). Gloriémonos de tener un Hermano; de nuestra misma naturaleza, que tenga un poder que no se ha concedido al más encumbrado de los ángeles; confiemos en un poder que triunfará de todos nuestros enemigos si lo tenemos en nuestro favor; admiremos un poder, el más glorioso y avasallador de la historia; pero temamos un poder que, usando la misma frase de Jesús, puede echar cuerpo y alma, de los que no le temen, al infierno (Mt. 10, 28).

B) v. 19.- Enseñad a todas las gentes... - enseñarán los Apóstoles a todas las gentes? Lo que Jesús les enseñó a ellos. Y ¿qué enseñó Jesús a los Apóstoles? Las cosas que el Padre le confió para que las enseñara, porque Jesús, lo decía Él mismo, no hablaba de por sí, sino lo que había oído del Padre (Ioh. 8, 26). Y aquí tenemos este misterio de la verdad cristiana, que brota de los mismos senos de Dios, y pasando por los labios de Jesús Hombre-Dios entra por el oído en las almas y en el corazón de los discípulos de Jesús. Nosotros, si nos precisamos de serlo, deberemos guardar, como el mejor de los tesoros, el tesoro de la fe en nuestras almas: fe pura, como lo es la palabra de Dios; fe recia, que dé consistencia a toda nuestra vida; fe clara y luminosa, que se manifieste con nuestras obras; fe expansiva, que vaya a la conquista del pensamiento de nuestros hermanos.

c) v. 20. - Estoy con vosotros..., hasta la consumación de los siglos. - ¡Promesa consoladora la de Jesús! Pasarán los hombres y los siglos, y Jesús no pasará, porque permanecerá en su Iglesia y con su Iglesia. Pasarán los sistemas, los errores, las herejías, la falsa ciencia, y Jesús, verdad esencial, no pasará. Pasarán los tiranos, los enemigos personales de Cristo, y Cristo no pasará: es el de ayer, el de hoy, el de todos los siglos (Hebr. 13, 8). No sólo no pasará, sino que permanecerá siempre el mismo, presidiendo los humanos cambios, las transformaciones de las sociedades, quedando él siempre con este sentido de eternidad y de inmutabilidad que participa de su divinidad. Todo lo que no sea de él o le sea contrario, sucumbirá sin remedio; todo lo que sea y se diga de él, llevará su marca, el sello de su Espíritu (Eph. 1, 13), en frase de San Pablo, que le comunicará cuanto cabe su misma perennidad. Y se acabaran los siglos, y todo quedará consumido, menos lo que sea de Cristo, su santa Iglesia, que vivirá y reinará con él por los siglos de los siglos.

d) Mc. v. 16. - El que creyere, y fuere bautizado, será salvo... - Tal vez alguno diga en su interior: Yo ya creo; me salvaré. Dice bien, si no contradice su fe con las obras; porque la verdadera fe esta en que lo que se dice por la confesión oral de los artículos de la fe, no se contradiga con las obras, dice San Gregorio. Es decir, que las condiciones esenciales para la salvación son: primera, unión intelectual con Dios por medio de la fe, creyendo lo que El ha revelado y aceptándolo como regla de vida; segunda, incorporación a la Iglesia , fuera de la cual no hay salvación, por medio del bautismo; tercera, amoldar la vida a la fe que se profesa, de lo contrario la fe queda muerta y no es apta para dar la vida eterna. Es punto esencial éste, que separa a los católicos de los protestantes.

E) v. 17. - Y estas señales seguirán... -El milagro es algo inmortal y perpetuo en la Iglesia ; no sólo en la historia, sino en el hecho vivo de la vida de la Iglesia. Jamás faltaron milagros. Cada nueva canonización de un santo es la proclamación de esta fuerza viva taumatúrgica que Jesús ha escondido en el seno de su Iglesia. Si fueron más frecuentes en los comienzos del Cristianismo, debióse ello, dice San Gregorio, a que eran más necesarios para que echara la nueva planta su raigambre en el mundo, como necesita más agua el tierno arbusto cuando es plantado que cuando ya vive por sí. Debe sernos de gran consuelo el pensamiento que Dios tiene siempre a disposición de su Iglesia, que es nuestra Iglesia, la fuerza de su poder para arraigar, defender, propagar y glorificar nuestra santísima fe.
(Dr. D. Isidro Gomá y Tomás, El Evangelio Explicado , Vol. II, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona, 1966, p. 736-741)

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Comentario Teológico:  Beato Juan Pablo Magno - El Dios único es la inefable y Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo

1. La Iglesia profesa su fe en el Dios único, que es al mismo tiempo Trinidad Santísima e inefable de Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y la Iglesia vive de esta verdad, contenida en los más antiguos Símbolos de Fe, y recordada en nuestros tiempos por Pablo VI, con ocasión del 1900 aniversario del martirio de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo (1968), en el Símbolo que él mismo presentó y que se conoce universalmente como "Credo del Pueblo de Dios".
Sólo el que se nos ha querido dar a conocer y que "habitando una luz inaccesible" (1 Tim 6, 16) es en Sí mismo por encima de todo nombre, de todas las cosas y de toda inteligencia creada... puede darnos el conocimiento justo y pleno de Sí mismo, revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo, a cuya eterna vida nosotros estamos llamados, por su gracia, a participar, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la luz perpetua... (cf. Insegnamenti di Paolo VI, Vol. VI, 1968, págs. 302-303.).
2. Dios, que para nosotros es incomprensible, ha querido revelarse a Sí mismo no sólo como único creador y Padre omnipotente, sino también como Padre, Hijo y Espíritu Santo. En esta revelación la verdad sobre Dios, que es amor, se desvela en su fuente esencial: Dios es amor en la vida interior misma de una única Divinidad.
Este amor se revela como una inefable comunión de Personas.
3. Este misterio -el más profundo: el misterio de la vida íntima de Dios mismo- nos lo ha revelado Jesucristo: "El que está en el seno del Padre, ése le ha dado a conocer" (Jn 1, 18). Según el Evangelio de San Mateo, las últimas palabras, con las que Jesucristo concluye su misión terrena después de la resurrección, fueron dirigidas a los Apóstoles: "Id... y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo"(Mt 28, 19). Estas palabras inauguraban la misión de la Iglesia, indicándole su compromiso fundamental y constitutivo. La primera tarea de la Iglesia es enseñar y bautizar -y bautizar quiere decir "sumergir" (por esto, se bautiza con agua)- en la vida trinitaria de Dios.
Jesucristo encierra en estas últimas palabras todo lo que precedentemente había enseñado sobre Dios: sobre el Padre, sobre el Hijo y sobre el Espíritu Santo. Efectivamente, había anunciado desde el principio la verdad sobre el Dios único, en conformidad con la tradición de Israel. A la pregunta: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?", Jesús había respondido: "El primero es: Escucha Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor" (Mc 12, 29). Y al mismo tiempo Jesús se había dirigido constantemente a Dios como a "su Padre", hasta asegurar: "Yo y el Padre somos una sola cosa" (Jn 10, 30). Del mismo modo había revelado también al "Espíritu de verdad, que procede del Padre" y que -aseguró- "yo os enviaré de parte del Padre" (Jn 15, 26).

4. Las palabras sobre el bautismo "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", confiadas por Jesús a los Apóstoles al concluir su misión terrena, tienen un significado particular, porque han consolidado la verdad sobre la Santísima Trinidad, poniéndola en la base de la vida sacramental de la Iglesia. La vida de fe de todos los cristianos comienza en el bautismo, con la inmersión en el misterio del Dios vivo. Lo prueban las Cartas apostólicas, ante todo las de San Pablo. Entre las fórmulas trinitarias que contienen, la más conocida y constantemente usada en la liturgia, es la que se halla en la segunda Carta a los Corintios: "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios (Padre) y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros" (2 Cor 13, 13). Encontramos otras en la primera Carta a los Corintios; en la de los Efesios y también en la primera Carta de San Pedro, al comienzo del primer capítulo (1 Pe 1, 1-2).
Como un reflejo, todo el desarrollo de la vida de oración de la Iglesia ha asumido una conciencia y un aliento trinitario: en el Espíritu, por Cristo, al Padre.

5. De este modo, la fe en el Dios uno y trino entró desde el principio en la Tradición de la vida de la Iglesia y de los cristianos. En consecuencia, toda la liturgia ha sido -y es- por su esencia, trinitaria, en cuanto que es expresión de la divina economía. Hay que poner de relieve que a la comprensión de este supremo misterio de la Santísima Trinidad ha contribuido la fe en la redención, es decir, la fe en la obra salvífica de Cristo. Ella manifiesta la misión del Hijo y del Espíritu Santo que en el seno de la Trinidad eterna proceden "del Padre", revelando la "economía trinitaria" presente en la redención y en la santificación. La Santa Trinidad se anuncia ante todo mediante la soteriología, es decir, mediante el conocimiento de la "economía de la salvación", que Cristo anuncia y realiza en su misión mesiánica. De este conocimiento arranca el camino para el conocimiento de la Trinidad "inmanente", del misterio de la vida íntima de Dios.

6. En este sentido el Nuevo Testamento contiene la plenitud de la revelación trinitaria. Dios, al revelarse en Jesucristo, por una parte desvela quién es Dios para el hombre y, por otra, descubre quién es Dios en Sí mismo, es decir, en su vida íntima. La verdad "Dios es amor" (1 Jn 4, 16), expresada en la primera Carta de Juan, posee aquí el valor de clave de bóveda. Si por medio de ella se descubre quién es Dios para el hombre, entonces se desvela también (en cuanto es posible que la mente humana lo capte y nuestras palabras lo expresen), quién es Él en Sí mismo. Él es Unidad, es decir, Comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

7. El Antiguo Testamento no reveló esta verdad de modo explícito, pero la preparó, mostrando la Paternidad de Dios en la Alianza con el Pueblo, manifestando su acción en el mundo con la Sabiduría, la Palabra y el Espíritu (Cf., por ejemplo, Sab 7, 22-30; Prov 8, 22-30; Sal 32/33, 4-6; 147, 15; Is 55, 11; Sab 12, 1; Is 11, 2; Sir 48, 12). El Antiguo Testamento principalmente consolidó ante todo en Israel y luego fuera de él la verdad sobre el Dios único, el quicio de la religión monoteísta. Se debe concluir, pues, que el Nuevo Testamento trajo la plenitud de la revelación sobre la Santa Trinidad y que la verdad trinitaria ha estado desde el principio en la raíz de la fe viva de la comunidad cristiana, por medio del bautismo y de la liturgia. Simultáneamente iban las reglas de la fe, con las que nos encontramos abundantemente tanto en las Cartas apostólicas, como en el testimonio del kerygma, de la catequesis y de la oración de la Iglesia.

8. Un tema aparte es la formación del dogma trinitario en el contexto de la defensa contra las herejías de los primeros siglos. La verdad sobre Dios uno y trino es el más profundo misterio de la fe y también el más difícil de comprender: se presentaba, pues, la posibilidad de interpretaciones equivocadas, especialmente cuando el cristianismo se puso en contacto con la cultura y la filosofía griega. Se trataba de "inscribir" correctamente el misterio del Dios trino y uno "en la terminología del 'ser' ", es decir, de expresar de manera precisa en el lenguaje filosófico de la época los conceptos que definían inequívocamente tanto la unidad como la trinidad del Dios de nuestra Revelación.
Esto sucedió ante todo en los dos grandes Concilios Ecuménicos de Nicea (325) y de Constantinopla (381). El fruto del magisterio de estos Concilios es el "Credo" niceno-constantinopolitano, con el que, desde aquellos tiempos, la Iglesia expresa su fe en el Dios uno y trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Recordando la obra de los Concilios, hay que nombrar a algunos teólogos especialmente beneméritos, sobre todo entre los Padres de la Iglesia. En el período pre-niceno citamos a Tertuliano, Cipriano, Orígenes, Ireneo, en el niceno a Atanasio y Efrén Sirio, en el anterior al Concilio de Constantinopla recordamos a Basilio Magno, Gregorio Nacianceno y Gregorio Niseno, Hilario, hasta Ambrosio, Agustín, León Magno.

9. Del siglo V proviene el llamado Símbolo atanasiano, que comienza con la palabra "Quicumque", y que constituye una especie de comentario al Símbolo niceno-constantinopolitano.
El "Credo del Pueblo de Dios" de Pablo VI confirma la fe de la Iglesia primitiva cuando proclama: "Los mutuos vínculos que constituyen eternamente las tres Personas, que son cada una el único e idéntico Ser divino, son la bienaventurada vida íntima de Dios tres veces Santo, infinitamente más allá de todo lo que nosotros podemos concebir según la humana medida (cf. D.-Sch. 804)" (Insegnamenti di Paolo VI, 1968, pág. 303): realmente, ¡inefable y santísima Trinidad - único Dios!
(JUAN PABLO II, Audiencia General del miércoles 9 de octubre de 1985)


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Comentario Teológico: Antonio Royo Marín, O.P. - La inhabitación trinitaria en el alma del justo

1. La Santísima Trinidad inhabita en nuestras almas para hacernos participantes de su vida íntima divina y transformarnos en Dios.
La vida íntima de Dios consiste (...) en la procesión de las divinas personas-el Verbo, del Padre por vía de generación intelectual; y el Espíritu Santo, del Padre y del Hijo por vía de procedencia afectiva-y en la infinita complacencia que en ello experimentan las divinas personas entre sí.
Ahora bien: por increíble que parezca esta afirmación, la inhabitación trinitaria en nuestras almas tiende, como meta suprema, a hacernos participantes del misterio de la vida íntima divina asociándonos a él y transformándonos en Dios, en la medida en que es posible a una simple criatura. Escuchemos a San Juan de la Cruz-doctor de la Iglesia universal explicando esta increíble maravilla1:
"Este aspirar del aire es una habilidad que el alma dice que le dará en la comunicación del Espíritu Santo; el cual, a manera de aspirar, con aquella su aspiración divina muy subidamente levanta el alma y la informa y habilita para que ella aspire en Dios la misma aspiración de amor que el Padre aspira en el Hijo y el Hijo en el Padre, que es el mismo Espíritu Santo que a ella le aspira en el Padre y el Hijo en la dicha transformación, para unirla consigo. Porque no sería verdadera y total transformación si no se transformase el alma en las tres personas de la Santísima Trinidad en revelado manifiesto grado.
Y esta tal aspiración del Espíritu Santo en el alma, con que Dios la transforma en sí, le es a ella de tan subido y delicado y profundo deleite, que no hay que decirlo por lengua mortal, ni el entendimiento humano en cuanto tal puede alcanzar algo de ello...
Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta, que el alma aspire en Dios como Dios aspira en ella por modo participado. Porque dado que Dios le haga merced de unirla en la Santísima Trinidad, en que el alma se hace deiforme y Dios por participación, ¿que increíble cosa mejor decir, la tenga obrada en la Trinidad juntamente con ella como la misma Trinidad? Pero por modo comunicado y participado, obrándolo Dios en la misma alma; porque esto es estar transformada en las tres personas en potencia y sabiduría y amor, y en esto es semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a esto la crio a su imagen y semejanza...

¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis? ¿En qué os entretenéis? Vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que en tanto que buscáis grandezas y gloria os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes hechos ignorantes e indignos!"
Hasta aquí, San Juan de la Cruz. Realmente el apóstrofe sublime místico fontivereño está plenamente justificado. Ante la perspectiva soberana de nuestra total transformación en Dios, el cristiano debería despreciar radicalmente todas las miserias de la tierra y dedicarse con ardor incontenible a intensificar cada vez más su vida trinitaria hasta remontarse poco a poco a las más altas cumbres de la unión mística con Dios. Es lo que sor Isabel de la Trinidad pedía sin cesar a sus divinos huéspedes:
"Que nada pueda turbar mi paz ni hacerme salir de Vos, ¡oh mi Inmutable! sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de vuestro misterio".
No se vaya a pensar, sin embargo, que esa total transformación en Dios de que hablan los místicos experimentales como coronamiento supremo de la inhabitación trinitaria tiene un sentido panteísta de absorción de la propia personalidad en el torrente de la vida divina. Nada más lejos de esto. La unión panteísta no es propiamente unión, sino negación absoluta de la unión, puesto que uno de los dos términos -la criatura-
desaparece al ser absorbido por Dios. La unión mística no es esto. El alma transformada en Dios no pierde jamás su propia personalidad creada. Santo Tomás pone el ejemplo, extraordinariamente gráfico y expresivo, del hierro candente que, sin perder su propia naturaleza de hierro, adquiere las propiedades del fuego y se hace fuego por participación2.
Comentando esta divina transformación a base de la imagen del hierro candente escribe con acierto el P. Ramiére3:
"Es verdad que en el hierro abrasado está la semejanza del fuego, mas no es tal que el más hábil pintor pueda reproducirla sirviéndose de las mis vivos colores; ella no puede resultar sino de la presencia y acción del mismo fuego. La presencia del fuego y la combustión del hierro son dos cosas distintas; pues ésta es una manera de ser del hierro, y aquélla una relación del mismo con una substancia extraña. Pero las dos cosas, por distintas que sean, son inseparables una de otra; el fuego no puede estar unido al hierro sin abrasarle, y la combustión del hierro no puede resultar sino de su unión con el fuego.

Así el alma justa posee en sí misma una santidad distinta del Espíritu Santo; mas ella es inseparable de la presencia del Espíritu Santo en el alma, y, por tanto, es infinitamente superior a la más elevada santidad que pudiera alcanzar un alma en la que no morase el Espíritu Santo. Esta última alma no podría ser divinizada sino moralmente, por la semejanza de sus disposiciones con las de Dios; el cristiano, por el contrario, es divinizado físicamente, y, en cierto sentido, substancialmente, puesto que sin convertirse en una misma substancia y en una misma persona con Dios, posee en sí la substancia de Dios y recibe la comunicación de su vida".

2. La Santísima Trinidad inhabita en nuestras almas para darnos la plena posesión de Dios y el goce fruitivo de las divinas personas.
Dos cosas se contienen en esta conclusión, que vamos a examinar por separado:
a) Para darnos la plena posesión de Dios. Decíamos al hablar de la presencia divina de inmensidad que, en virtud de la misma, Dios estaba íntimamente presente en todas las cosas-incluso en los mismos demonios del infierno-por esencia, presencia y potencia. Y, sin embargo, un ser que no tenga con Dios otro contacto que el que proviene únicamente de presencia de inmensidad, propiamente hablando no posee a Dios, puesto que este tesoro infinito no le pertenece en modo alguno. Escuchemos de nuevo al P. Ramiére4:
"Podemos imaginarnos a un hombre pobrísimo junto a un inmenso tesoro, sin que por estar próximo a él se haga rico, pues lo que hace la riqueza no es la proximidad, sino la posesión del oro. Tal es la diferencia entre el alma justa y el alma del pecador. El pecador, el condenado mismo, tienen a su lado y en sí mismos el bien infinito, y, sin embargo, permanecen en su indigencia, porque este tesoro no les pertenece; al paso que el cristiano en estado de gracia tiene en si el Espíritu Santo, y con El la plenitud de las gracias celestiales como un tesoro que le pertenece en propiedad y del cual puede usar cuando y como le pareciere.
¡Qué grande es la felicidad del cristiano! ¡Qué verdad, bien entendida por nuestro entendimiento, para ensanchar nuestro corazón! ¡Qué influjo en nuestra vida entera si la tuviéramos constantemente ante los ojos! La persuasión que tenemos de la presencia real del cuerpo de Jesucristo en el copón nos inspira el más profundo horror a la profanación de ese vaso de metal. ¡Qué horror tendríamos también a la menor profanación de nuestro cuerpo, si no perdiéramos de vista este dogma de fe, tan cierto como el primero, a saber, la presencia real en nosotros del Espíritu de Jesucristo! ¿Es por ventura el divino Espíritu menos santo que la carne sagrada del Hombre-Dios? ¿O pensamos que da El a la santidad de esos vasos de oro y materiales más importancia que a la de sus templos vivos y tabernáculos espirituales?"
Nada, en efecto, debería llenar de tanto horror al cristiano como la posibilidad de perder este tesoro divino por el pecado mortal. Las mayores calamidades y desgracias que podamos imaginar en el plano puramente humano y temporal -enfermedades, calumnias, pérdida de todos los bienes materiales, de los seres queridos, etc., etc.- son cosas de juguete y de risa comparadas con la terrible catástrofe que representa para el alma un solo pecado mortal. Aquí la pérdida es absoluta y rigurosamente infinita.
b) Para darnos el goce fruitivo de las Divinas Personas. Por más que asombre leerlo, es ésta una de las finalidades más entrañables de la divina inhabitación en nuestras almas.
El príncipe de la teología católica, Santo Tomás de Aquino, escribió en su Suma Teológica estas sorprendentes palabras5:
"No se dice que poseamos sino aquello de que libremente podemos usar y disfrutar. Ahora bien, sólo por la gracia santificante tenemos la potestad de disfrutar de la persona divina ("potestatem fruendi divina persona").
Por el don de la gracia santificante es perfeccionada la criatura racional, no sólo para usar libremente de aquel don
creado, sino para gozar de la misma persona divina ("ut ipsa persona divina fruatur")".
Los místicos experimentales han comprobado en la práctica la profunda realidad de estas palabras. Santa Catalina de Siena, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, sor Isabel de la Trinidad y otros muchos hablan de experiencias trinitarias inefables. Sus descripciones desconciertan, a veces, a los teólogos especulativos, demasiado aficionados, quizá, a medir las grandezas de Dios con la cortedad de la pobre razón humana, aun iluminada por la fe.
Escuchemos algunos testimonios explícitos de los místicos experimentales:
Santa Teresa. "Quiere ya nuestro buen Dios quitarle las escamas de los ojos y que vea y entienda algo de la merced que le hace, aunque es por una manera extraña; y metida en aquella morada por visión intelectual, por cierta manera de representación de la verdad, se le muestra la Santísima Trinidad, todas tres personas, con una inflamación que primero viene a su espíritu a manera de una nube de grandísima claridad, y estas personas distintas, y por una noticia admirable que se da al alma, entiende con grandísima verdad ser todas tres personas una substancia y un poder y un saber y un solo Dios. De manera que -lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma, podemos decir, por vista, aunque no es vista con los ojos del cuerpo ni del alma, porque no es visión imaginaria. Aquí se le comunican todas tres personas, y la hablan, y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendrían El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos.
¡Oh, válgame Dios! ¡Cuán diferente cosa es oír estas palabras y creerlas a entender por esta manera cuán verdaderas son! Y cada día se espanta más esta alma, porque nunca más le parece se fueron de con ella, sino que notoriamente ve, de la manera que queda dicho, que están en lo interior de su alma; en lo muy muy interior, en una cosa muy honda- que no sabe decir cómo es, porque no tiene letras-siente en sí esta divina compañía"6.
San Juan de la Cruz. Ya hemos citado en la conclusión anterior texto extraordinariamente expresivo. Oigámosle ponderar el deleite inefable que el alma experimenta en su sublime experiencia trinitaria:
"De donde la delicadez del deleite que en este toque se siente, es imposible decirse; ni yo querría hablar de ello, porque no se entienda que aquello no es más de lo que se dice, que no hay vocablos para declarar cosas tan subidas de Dios como en estas almas pasan, de las cuales el propio lenguaje es entenderlo para sí y sentirlo para sí, y callarlo y gozarlo el que lo tiene... y así sólo se puede decir, y con verdad, que a vida eterna sabe; que aunque en esta vida no se goza perfectamente como en la gloria, con todo eso, este toque, por ser toque de Dios, a vida eterna sabe"7.
Sor Isabel de la Trinidad. "He aquí cómo yo entiendo ser la casa de Dios: viviendo en el seno de la tranquila Trinidad, en mi abismo interior, en esta fortaleza inexpugnable del santo recogimiento, de que habla Juan de la Cruz.
David cantaba: 'Anhela mi alma y desfallece en los atrios del Señor' (Ps 83,3). Me parece que ésta debe ser la actitud de toda alma que se recoge en sus atrios interiores para contemplar allí a su Dios y ponerse en contacto estrechísimo con El. Se siente desfallecer en un divino desvanecimiento ante la presencia de este Amor todopoderoso, de esta majestad infinita que mora en ella. No es la vida quien la abandona, es ella quien desprecia esta vida natural y quien se retira, porque siente que no es digna de su esencia tan rica, y que se va a morir y a desaparecer en su Dios"8.
Esta es, en toda su sublime grandeza, una de la finalidades más entrañables de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nuestras almas: darnos una experiencia inefable del gran misterio trinitario, a manera de pregusto y anticipo de la bienaventuranza eterna. Las personas divinas se entregan al alma para que gocemos de ellas, según la asombrosa terminología del Doctor Angélico, plenamente comprobada en la práctica por los místicos experimentales. Y aunque esta inefable experiencia constituye, sin duda alguna, el grado más elevado y sublime de unión mística con Dios, no representa, sin embargo, un favor de tipo extraordinarios a la manera de las gracias "gratis dadas", entra, por el contrario, en el desarrollo normal de la gracia santificante, y todos los cristianos están llamados a estas alturas y a ellas llegarían, efectivamente, si fueran perfectamente fieles a la gracia y no paralizaran con sus continuas resistencias la acción santificadora progresiva del Espíritu Santo. Escuchemos a Santa Teresa proclamando abiertamente esta doctrina:
"Mirad que convida el Señor a todos; pues es la misma verdad, no hay dudar. Si no fuera general este convite, no nos llamara el Señor a todos, y aunque nos llamara, no dijera: "Yo os daré de beber" (Jn 7, 37). Pudiera decir: venid todos, que, en fin, no perderéis nada; y a los que a mí me pareciere, yo los daré de beber. Más como dijo, sin esta condición, a todos, tengo por cierto que a todos los que no se quedaren en el camino, no les faltará esta agua viva"9.
Vale la pena, pues, hacer de nuestra parte todo cuanto podamos para disponernos con la gracia de Dios a gozar, aun en este mundo, de esta inefable experiencia trinitaria.
(ANTONIO ROYO MARÍN, O.P., Teología de la perfección cristiana, BAC, Madrid, 2008, pp. 60-65)
[1] San Juan de la Cruz, Cántico espiritual c. 39 nº 3-4 y 7
2 Cf. I-II, 112, 1; I, 8, 1; I, 44, 1, etc.
3 Enrique Remiére, s.i., El Corazón de Jesús y la divinización del Cristiano, Bilbao 1936, p. 229-30
4 O.C., p. 216-17
5 I, 43, 3c et ad 1
6 Santa Teresa, Moradas séptimas I, 6-7
7 San Juan de la Cruz, Llama de amor viva canc. 2 nº 2
8 Sor Isabel de la Trinidad, Ultimo retiro de "Laudem gloriae", día 16.
9 Santa Teresa, Camino de Perfección 19, 15; cf. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva canc. 2 v. 27

 

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Comentario Teológico: P. Leonardo Castellani - DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

En este Domingo, fiesta de la Santísima Trinidad , la Iglesia lee las últimas líneas del Evangelio de San Mateo, XXVIII, 18, que contienen la misión dada solemnemente a los Apóstoles de " enseñar a todos los pueblos ", y el sello de la revelación del misterio de la Trinidad divina; y la promesa de Cristo de estar con los suyos hasta el Fin del Mundo. Esta aparición de Cristo a los Once tuvo lugar en una montaña de Galilea, no sabemos cuál; y fue la última de las nueve apariciones antes de la Ascensión que conocemos; que suman por tanto diez. Algunos dicen que fueron trece las apariciones de Cristo, contando otras dos que menciona San Pablo (" A Santiago y a quinientos hermanos juntos ") y la del mismo San Pablo. Pero la aparición a los quinientos discípulos es probablemente la misma Ascensión; y la aparición a San Pablo fue una visión intelectual y no corporal, puesto que los que estaban con él "nada vieron". Trece o doce o diez, lo mismo da. Ya bastan para despertar nuestra fe.

El misterio de la Trinidad divina es una revelación cristiana: en el Antiguo Testamento no está, a no ser adumbrada en fugaces alusiones, como cuando en el Génesis Dios dice: " Hagamos al hombre a imagen nuestra "; en los tres Ángeles que aparecieron a Abraham hablando como uno solo; y en la mención del "Espíritu de Dios" hecha ocasionalmente. Pero en su predicación, Cristo reveló poco a poco, como era prudente, la existencia de tres principios personales en el Dios único del monoteísmo israelita; y en esta sesión solemne, en la cual mostró sus patentes -por decirlo así- y delegó su misión de Salvador a su Iglesia, Cristo puso el sello a la revelación cristiana, diciendo: " Id, y enseñad a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo ". Solamente en el nombre de Dios se bautiza; es decir, se limpia del pecado; y El puso el nombre de Dios en tres nombres; y no dijo "bautizad en los nombres" sino "en el nombre", en singular. Tres hipóstasis o principios personales con vida propia, en un solo Dios.

Durante su predicación, El se había contra distinguido netamente del Padre; y después había proclamado cada vez más neta y categóricamente que el Padre era una cosa con El, un mismo ser. Esto produjo escándalo en los fariseos, vieron allí una blasfemia, y quisieron matarlo por ella, ya en la Sinagoga de Nazareth, en su segunda predicación galilea, segundo año de vida pública, al comienzo:
-"¿Por cuál beneficio que os he hecho me queréis dar la muerte?"
-"Por ningún beneficio, sino porque ¡siendo Hombre, te haces a ti mismo Dios!".
Sin embargo Cristo no retira su palabra, antes la prosigue más ardidamente, adagio rinforzando como dicen los músicos, aun ante la amenaza de muerte. "¡Bienaventurado aquel que de mí no se escandalizare!". Ante Cristo, la reacción necesaria es, o el escándalo, o el salto osado de la fe. Los fariseos se escandalizaron: allí delante estaba un hombre de la provincia, vestido con la túnica blanca, el cinturón y el manto de los rabbíes, sandalias en los pies, y el turbante blanco ceñido por una vincha roja sobre la cabellera nazarena; el cual afirmaba que era una misma cosa con el Jehová único e invisible... " ¡Hay un solo Dios! ". No lo negaba Cristo, sino que intentaba revelar un misterio más alto, la vida interna del Dios único. Si Dios no es trino, Cristo no puede haber sido Dios.

En cuanto a la Tercera Persona , que había aparecido en forma de paloma en su bautismo, al mismo tiempo que sonaba arriba la voz del Padre, Cristo la manifestó claramente en su Sermón Despedida: el Espíritu de Dios es distinto del Padre y del Hijo, pertenece al Padre y al Hijo, y es Dios: Cristo le atribuye todas las operaciones propias de Dios; y toda operación racional se atribuye a la persona, al Yo. Nos guste o no nos guste, según el Evangelio en Dios hay tres personas en una sola natura: inclínese aquí la presunción del intelecto humano. ¿Y por qué no nos habría de gustar? El alma del hombre, que es imagen de Dios, es a la vez un Yo, sujeto verbal de todos sus actos; es un Intelecto o Verbo; y es un Amor o Voluntad; y estos tres son Uno; puesto que mi Intelecto no es una parte de mi Ser Espiritual, es todo mi Ser Espiritual; y mi Voluntad no es una parte de mi Yo, es mi Yo. A esta comparación, defectuosa y todo, acude continuamente San Agustín para ilustrar -no para probar- el dogma misterioso de la Trinidad. Probar no se puede con ningún argumento, fuera de la autoridad divina revelante. Se puede mostrar que no es un absurdo; es decir, deshacer los argumentos de los que contienden que es un Absurdo. Nada más.

El espíritu moderno resiste a este dogma presuntuosamente; y ha creado para sustituirlo varias trinidades fútiles o monstruosas; como la Trinidad de Hegel, basada en el mismo análisis del espíritu humano, y en los recuerdos de la teología cristiana que estudió en el Seminario de Leipzig. La Idea en sí, la Idea para sí, y la Idea en-sí-para-sí", que se distinguen entre sí, constituyen el solo Espíritu Absoluto, y no hay otro Dios ni otra realidad fuera de él; y él al final se manifiesta en -y no sale fuera de- ¡ la Consciencia del hombre! Así pues el dogma de la Trinidad , envuelto en niebla germánica y en una complicada terminología, se convierte en un panteísmo sutil que va a desembocar en la adoración del Hombre; la gran herejía de nuestros tiempos, la última herejía, que será, según la predicción de San Pablo, el sacrilegio del Anticristo: "el cual se exaltará y levantará sobre todo lo que es Dios, sentándose en el Templo de Dios, y haciéndose adorar como Dios".

El mundo de hoy -dice el poeta Kipling- no cree en más Tres-en-Uno que en El, Ella y Ello; es decir, la pareja humana y su retoño.., único.... Kipling fue un buen poeta inglés, que como tantos contemporáneos, idolatró: puso su talento a los pies de un ídolo. Su ídolo fue el Imperialismo Inglés; o, si quieren, simplemente el Imperio Inglés, divinizado en su ánimo. El ídolo le pagó su devoción como pagan los ídolos, incensando su nombre de escritor, multiplicando sus ediciones, imponiéndolas oficialmente: en suma, dándole los bienes terrenos de que es dueño. Kipling, el bravío poeta de la jungla vuelto el poeta de Su Graciosa Majestad, llegó a cobrar como royalties una libra esterlina por línea. Sus últimos años fueron tristes. Su poesía y sus cuentos, que ostentan el brillo más alto del arte, muestran hoy de más en más sus pies de barro. El imperio que él adoró estaba ya en su ocaso. Obra mortal de las manos del hombre, no era imperecedero ni divino.
(…)

Así que Cristo en esta aparición nona terminó su revelación rotundamente y envió a sus Apóstoles con toda su autoridad a enseñarla. "Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra; así pues, id y enseñad a todos los pueblos". La misión esencial de la Iglesia Jerárquica es enseñar ¿Enseñar Matemáticas y Filosofía? Enseñar "a guardar todo aquello que yo os he mostrado", la doctrina de la Fe y de la Caridad. Lo demás no está mal, pero para lo demás no tienen los curas autoridad directa de Cristo: si enseñan Matemáticas deben saberlas; y si no las saben, aprenderlas.

Para esta enseñanza salvífica, Cristo les prometió especial asistencia : "Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los tiempos hasta e fin del mundo"; o como dice el texto griego "hasta la consumación del siglo". ¿Incluye esta promesa la consumación del siglo, el período del Anticristo, o la excluye? Yo no lo sé. Lo que sé es que Cristo no abandonará jamás a los suyos. Y sé también que de este texto no puede deducirse ni la infalibilidad del Papa -aunque no la excluye- ni que la Iglesia haya de triunfar siempre en sus empresas temporales -como algunos presumen- ni que en ella no habrá nunca errores accidentales o focos de corrupción; ni mucho menos una especie de temeraria infalibilidad personal y poder de prepotencia en favor de sus ministros más allá de los límites claros y precisos en que su autoridad legítimamente se ejerce. Porque ha habido siempre y hay por desgracia quienes con decir "¡Jerarquía, Jerarquía!" quieren que uno se trague todo lo que ellos piensan, creen, dicen o hacen; lo cual es una increíble y muy dañosa falta de Jerarquía, cuando el que no ve quiere guiar al que ve, y el que no sabe, enseñar al que sabe; como dijo mi tocayo, paisano y patrono San Jerónimo el Dálmata en su Epístola XLVIII, 4.

En el nombre de la Santísima Trinidad , el Misterio Sumo y la Paradoja de las Paradojas, se hizo esta nación; o por lo menos se hizo su Capital, que francamente parece querer volverse toda la nación. Nuestros antepasados hicieron sus testamentos, encabezaron sus leyes y fundaron las ciudades principales de este país "en nombre de la Santísima Trinidad , Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas en un solo Dios verdadero, e de la gloriosíssima Virgen su bendita Madre, e del Apóstol Santiago, luz e espejo de las Españas, e de su Majestad el Señor Rey Felipe el Segundo, como su Capitán e leal criado e vasallo suyo, yo Joan de Juffré…".
(P. Leonardo Castellani, El Evangelio de Jesucristo , Ed. Dictio, Bs. As., 1977, pp. 238-243)

 

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Santos Padres: San Atanasio de Alejandría -El Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo

Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y la fe de la Iglesia católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres. En ella, efectivamente, está fundamentada la Iglesia, de manera que todo aquel que se aparta de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal.
Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza, y su actividad es única. El Padre hace todas las cosas a través del que es su Palabra, en el Espíritu Santo. De esta manera, queda a salvo la unidad de la santa Trinidad. Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo.
San Pablo, hablando a los corintios acerca de los dones del Espíritu, lo reduce todo al único Dios Padre, como al origen de todo, con esas palabras: Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.
El Padre es quien da, por mediación de aquel que es su Palabra, lo que el Espíritu distribuye a cada uno. Porque todo lo que es del Padre es también del Hijo; por esto, todo lo que da el Hijo en el Espíritu es realmente don del Padre. De manera semejante, cuando el Espíritu está en nosotros, lo está también la Palabra, de quien recibimos el Espíritu, y en la Palabra está también el Padre realizándose así aquellas palabras: El Padre y yo vendremos a él y haremos morada en él. Porque, donde está la luz, allí está también el resplandor; y, donde está el resplandor, allí está también su eficiencia y su gracia esplendorosa.
Es lo que nos enseña el mismo Pablo en su segunda carta a los Corintios, cuando dice: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros. Porque toda gracia o don que se nos da en la Trinidad se nos da por el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo. Pues, así como la gracia se nos da por el Padre, a través del Hijo, así también no podemos recibir ningún don si no es en el Espíritu Santo, ya que, hechos partícipes del mismo, poseemos el amor del Padre, la gracia del Hijo y la comunión de este Espíritu.
(SAN ATANASIO, Carta 1° a Serapión, 28-30: PG 26, 594-595. 599)

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Santos Padres: San Agustín - La inseparable Trinidad de personas

1. La lectura del Evangelio nos ha propuesto el tema de que debemos hablar a vuestra caridad, como si fuera un mandato del Señor, un mandato auténtico. De él estaba esperando mi corazón una como señal para predicar este sermón; necesitaba advertir que quería que yo hablase de lo que él había dispuesto que se leyese. Escuchad con atención y devoción, y una y otra cosa sean de ayuda ante el mismo Señor Dios nuestro para mi trabajo. Vemos y contemplamos, como ante un espectáculo que Dios nos presenta, que junto al río Jordán se nos muestra Dios en su Trinidad. Llega Jesús y es bautizado por Juan, el Señor por el siervo, cosa que hizo para dar ejemplo de humildad. En efecto, cuando al decirle Juan: Soy yo quien debe ser bautizado por ti y tú vienes a mí, respondió: Deja eso ahora para que se cumpla toda justicia, manifestó que es en la humildad donde se cumple la justicia. Después de haber sido bautizado, se abrieron los cielos y descendió sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma; luego siguió una voz que vino de lo alto: Este es mi Hijo amado, en quien me sentí bien. Tenemos aquí, pues, a la Trinidad con una cierta distinción de las personas: en la voz, el Padre; en el hombre, el Hijo; en la paloma, el Espíritu Santo. Sólo era necesario recordarlo, pues verlo es extremadamente fácil. Con toda evidencia, por tanto, y sin lugar a escrúpulo de duda, se manifiesta aquí esta Trinidad. En efecto, Cristo el Señor, que viene hasta Juan en la condición de siervo, es ciertamente el Hijo; no puede decirse que es el Padre o el Espíritu Santo. Vino, dice, Jesús: ciertamente el Hijo de Dios. Respecto a la paloma, ¿quién puede dudar?, o ¿quién hay que diga: "Qué es la paloma", cuando el Evangelio mismo lo atestigua claramente: Descendió sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma? En cuanto a la voz aquélla, tampoco existe duda alguna de que sea la del Padre, puesto que dice: Tú eres mi Hijo. Tenemos, pues, la distinción de personas en la Trinidad.

2. Si ponemos atención a los lugares, me atrevo a decir -aunque lo diga tímidamente, me atrevo a decirlo-, tenemos la separabilidad en cierto modo de las personas. Cuando Jesús viene al río, va de un lugar a otro; la paloma desciende del cielo a la tierra, es decir, de un lugar a otro; la misma voz del Padre no salió de la tierra ni del agua, sino del cielo. Hay, pues, aquí una como separación de lugares, de funciones y de obras. Alguien podrá decirme: "Muestra ahora que la Trinidad es inseparable ". No olvides que hablas como católico y que hablas a católicos. Nuestra fe, es decir, la fe verdadera, la recta, la fe católica, así lo profesa; fe que no se funda en opiniones o conjeturas, sino en el testimonio de la lectura escuchada; fe que no duda ante la temeridad de los herejes, sino que se cimienta en la verdad de los Apóstoles. Esto lo sabemos y lo creemos. Y aunque no lo vemos con los ojos y ni siquiera con el corazón, mientras nos purificamos mediante la fe, a través de esa misma fe mantenemos con toda verdad y firmeza que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo forman la Trinidad inseparable, es decir, un solo Dios, no tres. Pero un Dios tal que el Hijo no es el Padre, que el Padre no es el Hijo, que el Espíritu Santo no es ni el Padre ni el Hijo, sino el Espíritu de ambos. Esta inefable divinidad que permanece en sí misma, que renueva todo y todo lo crea, recrea, envía y llama a sí, que juzga y absuelve, esta Trinidad inefable es al mismo tiempo inseparable, como sabemos.

3. ¿Qué hacer, pues? He aquí que el Hijo viene en cuanto hombre separadamente; de forma separada desciende el Espíritu Santo del cielo en forma de paloma; separadamente también sonó la voz del Padre desde el cielo: Este es mi Hijo. ¿Dónde está, pues, la Trinidad inseparable? Dios se ha servido de mí para despertar vuestra atención. Orad por mí, y, como abriendo vuestro seno, os conceda él mismo con qué llenar lo que habéis abierto. Colaborad con nosotros. Estáis viendo lo que hemos emprendido; no sólo qué cosa, sino también quién; desde dónde lo queremos explicar, es decir, dónde nos hallamos, cómo vivimos en un cuerpo que se corrompe y molesta al alma y cómo la morada terrena oprime la mente llena de pensamientos. Cuando aparto mi mente de la multiplicidad de las cosas y la recojo en el único Dios, Trinidad inseparable, buscando algo que deciros, ¿pensáis que, para hablaros algo digno, podré decir: A ti, Señor, levanté mi alma, viviendo en este cuerpo que agrava al alma? Ayúdeme él, elévela él conmigo. Soy débil para esa tarea y me resulta pesada.

4. "¿Hace algo el Padre que no haga el Hijo? ¿O hace algo el Hijo que no haga el Padre?" Estas preguntas suelen ser planteadas por hermanos afanosos de saber, suelen ocupar las charlas de quienes aman la palabra de Dios, y a causa de ella suele pulsarse mucho a las puertas de Dios'. Refirámonos por ahora al Padre y al Hijo. Una vez que haya coronado nuestro intento aquel a quien decimos: Sé mi ayuda, no me abandones, se comprenderá que tampoco el Espíritu Santo se separa nunca de la operación común al Padre y al Hijo. Escuchad, pues, la cuestión planteada, pero en relación al Padre y al Hijo. "¿Hace algo el Padre sin el Hijo?" Respondemos: "No". ¿Acaso tenéis dudas? ¿Qué es lo que hace el Padre sin aquel por quien fueron hechas todas las cosas? Todas las cosas, dice la Escritura, fueron hechas por él. Y recalcándolo hasta la saciedad para los rudos, torpes e incordiantes, añadió: Y sin él nada fue hecho.

5. ¿Qué decir, hermanos? Por él han sido hechas todas las cosas. Entendemos ciertamente que toda criatura fue hecha por el Hijo; que la hizo el Padre mediante su Verbo, Dios a través de su Poder y Sabiduría. ¿O hemos de decir, acaso, que, efectivamente, en el momento de la creación, todo fue hecho por él, pero que ahora no gobierna el Padre por él todo cuanto existe? En ningún modo. Aléjese este pensamiento de los corazones de los creyentes, rechácelo la mente de los piadosos y la inteligencia de los devotos. Es imposible que, habiendo creado todas las cosas por él, no las gobierne también por él. Lejos de nosotros pensar que no es regido por él lo que tiene el ser por él. Pero probemos también por el testimonio de las Escrituras no sólo que por él han sido hechas y creadas todas las cosas, según el texto evangélico: Por él han sido hechas todas las cosas y sin él nada se hizo, sino también que por él son regidas y dispuestas cuantas cosas han sido hechas. Vosotros reconocéis que Cristo es la Potencia y Sabiduría de Dios; reconoced también que se dijo de la Sabiduría: Se extiende con fortaleza de un confín a otro y lo dispone todo con suavidad. No dudemos, pues, de que todas las cosas son gobernadas por quien las hizo. Nada hace el Padre sin el Hijo y nada el Hijo sin el Padre.

6. Sale al paso otra dificultad que en el nombre del Señor y por su voluntad nos disponemos a resolver. Si nada hace el Padre sin el Hijo y nada el Hijo sin el Padre, ¿no será obligado afirmar también que el Padre nació de la Virgen María, que el Padre padeció bajo Poncio Pilato, que el Padre resucitó y subió al cielo? En ningún modo. No decimos esto porque no lo creemos. Creí, y por eso hablé; también nosotros creímos, y por eso hablamos. ¿Qué se proclama en la fe? Que fue el Hijo quien nació de la Virgen, no el Padre. ¿Que se proclama en la fe? Que fue el Hijo quien padeció bajo Poncio Pilato y quien murió, no el Padre. No se nos oculta que algunos, llamados Patripasianos, entendiéndolo mal, afirman que el Padre mismo nació de mujer, que él fue quien padeció, que el Padre es a la vez Hijo, que se trata de dos nombres, no de dos realidades. La Iglesia los separó de la comunión de los santos para que no engañasen a nadie y, separados, discutiesen entre sí.

7. Traigamos, pues, de nuevo ante vuestras mentes la dificultad del problema. Alguien me dirá: "Tú has dicho que nada hace el Padre sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre; además presentaste testimonios tomados de la Escritura que confirman que nada hace el Padre sin el Hijo, puesto que por él fueron hechas todas las cosas, y que nada es regido sin el Hijo, puesto que es la Sabiduría del Padre que se extiende de un confín a otro con fortaleza y lo dispone todo con suavidad. Ahora, contradiciéndote al parecer, me dices que fue el Hijo quien nació de una virgen, no el Padre; que fue el Hijo quien padeció, no el Padre, y lo mismo dígase de la resurrección. He aquí, pues, que hallo que el Hijo hace algo que no hace el Padre. Confiesa, por tanto, o bien que el Hijo hace algo sin el Padre, o bien que el Padre nació, padeció, murió y resucitó. Di una cosa u otra. Elige una de las dos". No elijo ninguna; no afirmo ni lo uno ni lo otro. Ni digo que el Hijo hace algo sin el Padre, pues mentiría si lo dijera; ni tampoco que el Padre nació, padeció, murió y resucitó, porque si esto dijera no mentiría menos. "¿Cómo, me dices, vas a salir de estos aprietos?".

8. Os agrada la dificultad propuesta. Dios nos ayude para que os agrade también una vez resuelta. Fijaos en lo que digo, para que nos libere tanto a mí como a vosotros. En el nombre de Cristo nos mantenemos en una misma fe, bajo un mismo Señor vivimos en una misma casa, bajo una sola cabeza somos miembros de un mismo cuerpo, y un mismo espíritu nos anima. Para que el Señor nos saque de los aprietos de este dificilísimo problema a todos, a mí que os hablo y a vosotros que me escucháis, esto es lo que digo: "Es el Hijo, no el Padre, quien nació de la Virgen María; pero tanto el Padre como el Hijo realizaron ese mismo nacimiento que es del Hijo y no del Padre. No fue el Padre quien padeció, sino el Hijo; pero tanto el Padre como el Hijo obraron tal pasión. No resucitó el Padre, sino el Hijo; pero la resurrección fue obra del Padre y del Hijo". Al parecer estamos ya libres de esta dificultad, pero quizá sólo por mis palabras; veamos si también las divinas lo confirman. Me corresponde a mí demostrar con testimonios de la Sagrada Escritura que el nacimiento del Padre lo obraron el Padre y el Hijo. Dígase lo mismo de la pasión y resurrección. Tanto el nacimiento como la pasión y resurrección son exclusivas del Hijo. Estas tres cosas, sin embargo, pertenecientes al Hijo solamente, no han sido obra de sólo el Padre, ni de sólo el Hijo, sino del Padre y del Hijo. Probemos cada una de estas cosas; vosotros hacéis de jueces; la causa ha sido expuesta, desfilen los testigos. Dígame vuestro tribunal lo que suele decirse a los que llevan las causas: "Prueba lo que propones". Con la ayuda del Señor lo voy a probar, y lo pienso hacer con la lectura del código celeste. Me oísteis atentamente cuando proponía la causa; escuchadme más atentamente aun ahora, al probarla.

9. He de empezar con el nacimiento de Cristo, probando cómo fue obra del Padre y del Hijo, aunque lo que hicieron ambos pertenezca sólo al Hijo. Cito a Pablo, insigne doctor en derecho divino, pues hay abogados que aducen la autoridad de Pablo para fallar litigios, aun entre los no cristianos. Me remito a Pablo, digo,como a juez de paz y no de contienda. Muéstrenos el santo Apóstol cómo el nacimiento del Hijo es obra del Padre. Cuando llegó, dijo, la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer, hecho bajo la ley para redimir a quienes estaban bajo la ley. Lo habéis escuchado y, dado que su testimonio es llano y patente, lo habéis entendido. He aquí que es obra del Padre el que el Hijo naciese de una virgen. Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, es decir, el Padre a Cristo. ¿Cómo lo mandó? Hecho de mujer, hecho bajo la ley. El Padre, por tanto, le hizo de mujer y sometido a la ley.

10. ¿O acaso os preocupa el que yo haya dicho de una virgen y Pablo de mujer? No os preocupéis, y no perdamos tiempo; no estoy hablando a incompetentes. La Escritura dice una y otra cosa: de virgen y de mujer. De virgen, ¿cuándo? He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un Hijo. De mujer, ya lo escuchasteis. No existe contradicción. Es característico de la lengua hebrea llamar mujeres a todas las hembras, y no sólo a quienes han perdido su virginidad. Lo tienes patente en el libro del Génesis, ya cuando fue hecha Eva: Y la formó mujer. En otro lugar dice también la Escritura que mandó Dios separar a las mujeres que no conocieron lecho de varón. Esto debe resultaros ya conocido; no nos detengamos, pues, en ello, para que, con la ayuda del Señor, podamos explicar otras cosas que con razón exigirán más tiempo.

11. Hemos probado, pues, que el nacimiento del Hijo fue obra del Padre; probemos también que lo fue del Hijo. ¿Qué afirmamos cuando decimos que el Hijo nació de la Virgen María? Que asumió la condición de siervo. ¿Qué otra cosa significa para el Hijo nacer, sino recibir la condición de siervo en el seno de la Virgen? También esto es obra del Hijo. Escúchalo: El cual, existiendo en la condición de Dios, no juzgó objeto de rapiña el ser igual a Dios; antes se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo. Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer, nacido de la descendencia de David según la carne. Vemos, pues, que el nacimiento del Hijo es obra del Padre; mas como el mismo Hijo se anonadó a sí mismo tomando la condición de siervo, vemos que es también obra del Hijo.
(SAN AGUSTÍN, Sermón 52, Obras Completas, Tomo X, BAC, Madrid, 1983, pp. 50-51)

 

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Santos Padres: San Juan Crisóstomo - LA ÚLTIMA APARICIÓN EN GALILEA

Y los once discípulos marcharon a Galilea, y unos le adoraron, y otros, al verle, dudaron . Ésta es, a mi parecer, la última aparición en Galilea, cuando los envió para bautizar. Y si algunos dudaron, admiremos también aquí la sinceridad de los evangelistas, pues ni en el último momento ocultan sus propios defectos. Sin embargo, aun éstos, a su vista, hubieron de quedar fortificados en la fe, ¿Qué dice, pues, el Señor a la vista de sus apóstoles? A mí me ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra...
Nuevamente habla con ellos un poco a lo humano; pues todavía no habían recibido el Espíritu Santo, que era el que había de elevarlos. Marchad, pues, y haced discípulos míos en todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado... Lo que Él había mandado, parte se refería a la doctrina, parte a los preceptos. Y notemos que aquí no hace mención alguna de los judíos, ni saca a relucir lo pasado, ni reprende a Pedro su negación, ni a ninguno de los otros su fuga. Lo que sí les manda es que se derramen por todo el orbe de la tierra, encomendándoles una enseñanza breve, la del bautismo. Luego, como la tarea que les mandaba era muy grande, con el fin de levantar sus pensamientos, les dice: He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos,
¡ Mirad nuevamente su autoridad! Mirad, por ende, cómo lo otro lo dijo puramente por condescendencia. Mas no dijo que estaría solamente con ellos, sino también con todos los que después de ellos habían de creer. Porque los apóstoles no habían de durar hasta la consumación de los siglos. No. El Señor habla con sus fieles como con un solo cuerpo. No me vengáis, pues, parece decirles, con la dificultad de lo que os mando, pues yo estoy con vosotros para facilitároslo todo. Lo mismo decía constantemente a los profetas en el Antiguo Testamento: a Jeremías, que le oponía su juventud; a Moisés y a Ezequiel que rehusaban su misión: Yo -les dice- estoy con vosotros . Algo así hace aquí con sus apóstoles. Pero mirad, os ruego, la diferencia que va de unos a otros. Los profetas, enviados a un solo pueblo, muchas veces rehuían su misión; los apóstoles, empero, enviados al orbe de la tierra, nada le oponen al Señor. Recuérdales además el fin del mundo a fin de atraerlos más y que no miren sólo las molestias presentes, sino también los bienes por venir, que no tiene término.

Porque lo doloroso -viene a decirles- que tendréis que sufrir ha de terminarse en la presente vida, como que este mismo mundo ha de llegar a su fin; mas los bienes de que luego gozaréis permanecerán eternos, como muchas veces os lo he dicho ya antes. Así, después de templar y excitar sus almas aun por el recuerdo del día postrero, los envió a su misión. Y es que ese día es deseable para quienes han vivido en la práctica de las buenas obras, al modo que es espantoso para quienes hayan vivido en pecados, como a condenados. Más no nos contentemos con temer y estremecernos, sino convirtámonos mientras es tiempo y levantémonos de la maldad. Porque, si queremos podemos. Muchos lo hicieron antes de la gracia; mucho mejor lo podremos hacer nosotros después de la gracia.

Porque ¿qué es lo que se nos ha mandado de pesado? ¿Acaso perforar los montes o volar por el aire o atravesar el mar Tirreno? Nada de eso. Se nos ha mandado una manera de vida que ni de instrumento alguno necesita. Sólo hace falta disposición de alma. ¿Qué instrumentos tenían los apóstoles, que tan grandes hazañas llevaron a cabo? ¿No iban por todas partes con una sola túnica y los pies descalzos, y triunfaron de todos? ¿Qué es, pues, lo que hay de difícil en los preceptos de Cristo? No tengas enemigo alguno; no aborrezcas a nadie; no hables mal de nadie. Lo contrario a todo esto es más bien difícil, Mas también dijo -me dirás- que nos desprendamos de lo que tenemos. ¿Y esto es pesado? En primer lugar, que eso no lo mandó, sino que sólo lo aconsejó. Y aun cuando fuera verdadero mandato, ¿qué tiene de pesado no llevar cargas y preocupaciones importunas?
( San Juan Crisóstomo , Obras de San Juan Crisóstomo, BAC, tomo II, Madrid, 1956, Pág. 728-730)

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Santos Padres: San Anselmo - QUE ESTE MISMO AMOR ES INCREADO Y CREADOR COMO EL PADRE Y EL HIJO

MONOLOGIO CAPITULO LVII
QUE ESTE MISMO AMOR ES INCREADO Y CREADOR COMO EL PADRE Y EL HIJO; QUE, SIN EMBARGO, NO HACE CON ELLOS TRES SERES, SINO UN SOLO SER INCREADO Y UN SOLO CREADOR; QUE PUEDE SER DICHO EL ESPÍRITU DEL PADRE Y DEL HIJO
Pero puesto que este Amor en particular es la esencia suprema, como el Padre y el Hijo, y, sin embargo, el Padre, el Hijo y su Amor no son muchas, sino una sola esencia suprema, la única que no ha sido hecha por nadie y que ha hecho todas las cosas por sí misma, es necesario que, como el Padre en particular y el Hijo en particular son increados y creadores, el Amor sea también en particular increado y creador, y que, sin embargo, los tres a la vez no sean varios, sino un solo increado y un solo creador. Por lo cual nadie hace, crea ni engendra al Padre; el Padre solo no hace, sino que engendra al Hijo; el Padre y el Hijo no engendran ni hacen, sino que en cierto modo, si es lícito hablar así, respiran al Amor. Aunque sea necesario observar que la esencia inmutable no respire a modo de los hombres, sin embargo, ninguna expresión nos parece mejor que la palabra respirar, para expresar ese modo de emanación por el cual procede este Amor, no separándose de ella, sino existiendo en ella. Si esta expresión es exacta, como el Verbo de la esencia suprema es llamado Hijo suyo, el Amor de la esencia suprema puede ser llamado su soplo o su Espíritu, de suerte que, siendo el Espíritu por esencia, como el Padre y el Hijo, y no pudiendo éstos ser considerados como el Espíritu de otro, puesto que el Padre no ha nacido de nadie y el Hijo nace del Padre, pero no por su respiración, sea considerado como el Espíritu de ambos, porque procede de una manera admirable de uno y de otro por su infalible respiración. Además, por el hecho de constituir la unión común del Padre y del Hijo, es justo que reciba un nombre que sea común al Padre y al Hijo, si falta un nombre que le sea propio. Si ocurre que se dé al Amor como nombre particular el nombre de Espíritu, que expresa en ello esta ventaja, substancia del Padre y la del Hijo, hay que se le designará por el nombre mismo de la substancia del Padre y del Hijo, aunque reciba el ser del uno y del otro.

CAPITULO LVIII
QUE COMO EL HIJO ES LA ESENCIA O LA SABIDURÍA DEL PADRE, EN EL SENTIDO QUE TIENE LA MISMA ESENCIA Y LA MISMA SABIDURÍA QUE EL PADRE, DEL MISMO MODO EL ESPÍRITU ES LA ESENCIA, LA SABIDURÍA Y LOS OTROS ATRIBUTOS DEL PADRE Y DEL HIJO
Como el Hijo es la substancia, la sabiduría y la virtud del Padre, en el sentido de que tiene la misma esencia, la misma sabiduría, la misma virtud que tiene el Padre, así también se puede considerar al Espíritu, que procede de ambos, como la esencia, la sabiduría o la virtud del Padre y del Hijo, porque tiene exactamente la misma esencia, la misma sabiduría o la misma virtud.

CAPITULO LIX
EL QUE EL PADRE, EL HIJO Y EL ESPIRITU SE HALLAN MUTUAMENTE LOS UNOS EN LOS OTROS
No sin placer examino cómo el Padre, el Hijo y el Espíritu, que procede de uno y otro, están tan igualmente unidos en una vida íntima y mutua, que ninguno se extiende más allá de los otros. Esto se puede probar haciendo notar que son cada uno la suprema y perfecta esencia, de suerte que no constituyen tres, sino una sola, que no puede existir sin ella misma ni fuera de sí, ni ser mayor o menor que ella misma. Pero también se lo puede probar con no menor fuerza de la manera siguiente: el Padre está todo entero en el Padre y Espíritu que les es común; el Hijo está todo entero en el Padre y en el Espíritu; y este mismo Espíritu está todo entero en el Padre y en el Hijo, porque la memoria de la esencia suprema está entera en su inteligencia y su amor; la inteligencia, toda entera en la memoria y el amor; el amor, todo entero en la inteligencia. El Espíritu supremo, en efecto, comprende y ama toda su memoria, se acuerda de toda su inteligencia y la ama enteramente; se acuerda de todo su amor y le comprende entero. Ahora bien, por la memoria entendemos al Padre; por la inteligencia, al Hijo; por el amor, al Espíritu de ambos. El Padre, el Hijo y el Espíritu se abrazan, por tanto, con tanta igualdad y están tan perfectamente contenidos en su vida mutua, que ninguno se eleva por encima de los otros o existe sin ellos, como acabamos de demostrarlo.

CAPITULO LXXVI
QUE HAY QUE CREER IGUALMENTE EN EL PADRE, EN EL HIJO Y EN SU ESPÍRITU; QUE HAY QUE CREER EN CADA UNO DE ELLOS EN PARTICULAR Y EN LOS TRES A LA VEZ
Hay que creer, por tanto, igualmente en el Padre, en el Hijo y en su Espíritu, en cada uno de ellos y en los tres, porque el Padre, el Hijo y su Espíritu son cada uno en particular la esencia suprema, al mismo tiempo que el Padre, el Hijo y su Espíritu son una sola y misma esencia suprema, en la cual sola todo hombre debe creer, porque es el único fin que nuestro amor debe proponerse en todos sus actos y pensamientos; de donde se sigue evidentemente que, así como nadie puede tender a morar en ella si no cree, de igual manera no sirve de nada creer en ella si no tendemos a morar en ella.

CAPITULO LXXVIII
QUE LA SUPREMA ESENCIA PUEDE SER LLAMADA EN CIERTO MODO TRES
Se desprende con toda claridad, por lo que precede, que es útil al hombre el creer en una inefable unidad trina y una trinidad una: una y unidad, a causa de su esencia única; trina y trinidad, a causa de tres elementos a los que no podríamos asignar un nombre exacto, porque, aunque podamos decir que es trinidad a causa de estos tres elementos, el Padre, el Hijo y el Espíritu, que procede de ambos, no podemos encontrar un nombre exacto para expresar cuáles son estos tres. ¿Podría yo, por ejemplo, llamarla trinidad en virtud de sus tres personas, como diría que es unidad en consideración de su substancia única? ¿No será bueno el guardarse, por el contrario, de adoptar esta idea de las personas, puesto que las diversas personas subsisten separadamente una de otra, y es necesario haya tantas substancias como personas, como sucede entre los hombres, en que se reconocen tantas substancias individuales como personas? Por lo cual, como en la esencia suprema no hay pluralidad de substancias, no hay tampoco pluralidad de personas-Por consiguiente, si alguien quiere decir a otro cuáles son estos tres, los nombrará diciendo: Padre, Hijo y el Espíritu, que procede de ambos, a menos que, por carencia de un nombre justo y conveniente, se vea obligado a escoger otro, entre los que no pueden convenir en plural a la divina esencia, para expresar, aunque imperfectamente, lo que no puede serlo por un nombre completamente propio. Así dirá de esta admirable Trinidad que es una sola esencia o naturaleza y tres personas o substancias, porque es más propio escoger estos dos nombres para expresar la pluralidad en la esencia suprema, ya que la palabra persona no se dice más que de una naturaleza individual racional, y substancia se dice, sobre todo, de los individuos que pueden ser los sostenes de una pluralidad, porque el ser individual es, sobre todo, una base y un lazo de accidentes diversos, y por esto le conviene el nombre de substancia. Ya se ha demostrado anteriormente que la esencia suprema, que no sostiene a ningún accidente, no es llamada substancia más que impropiamente, a menos que se quiera decir esencia. Por esta necesidad se puede decir, sin crítica, que esta suprema esencia es la trinidad una y suprema, que es la esencia única, y tres personas o tres substancias.
(San Anselmo, Obras Completas, B.A.C., Madrid, 1952, pg. 311-315; 343; 345, BAC, Madrid, 1968, Pág. 55.65-70)


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Aplicación: Beato Juan Pablo Magno - La gloria de la Trinidad en el hombre vivo

1. En este Año jubilar nuestra catequesis trata de buen grado sobre el tema de la glorificación de la Trinidad. Después de haber contemplado la gloria de las tres divinas personas en la creación, en la historia, en el misterio de Cristo, nuestra mirada se dirige ahora al hombre, para descubrir en él los rayos luminosos de la acción de Dios.
"Él tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre" (Jb 12, 10). Esta sugestiva declaración de Job revela el vínculo radical que une a los seres humanos con "el Señor que ama la vida" (Sb 11, 26). La criatura racional lleva inscrita en su ser una íntima relación con el Creador, un vínculo profundo, constituido ante todo por el don de la vida. Don que es concedido por la Trinidad misma e implica dos dimensiones principales, como trataremos ahora de ilustrar a la luz de la palabra de Dios.

2. La primera dimensión fundamental de la vida que se nos concede es la física e histórica, el "alma" (nefesh) y el "espíritu" (ruah), a los que se refería Job. El Padre entra en escena como fuente de este don en los mismos inicios de la creación, cuando proclama solemnemente: "Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza (...). Creó Dios al ser humano a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó" (Gn 1, 26-27). Con el Catecismo de la Iglesia católica podemos sacar esta consecuencia: "La imagen divina está presente en todo hombre. Resplandece en la comunión de las personas, a semejanza de la unión de las personas divinas entre sí" (n. 1702). En la misma comunión de amor y en la capacidad generadora de las parejas humanas brilla un reflejo del Creador. El hombre y la mujer en el matrimonio prosiguen la obra creadora de Dios, participan en su paternidad suprema, en el misterio que san Pablo nos invita a contemplar

cuando exclama: "Un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está presente en todos" (Ef 4, 6).
La presencia eficaz de Dios, al que el cristiano invoca como Padre, se manifiesta ya en los inicios de la vida de todo hombre, y se extiende luego sobre todos sus días. Lo atestigua una estrofa muy hermosa del Salmo 139: "Tú has creado mis entrañas; me has tejido en el seno materno. (...) Conocías hasta el fondo de mi alma, no desconocías mis huesos. Cuando, en lo oculto, me iba formando y entretejiendo en lo profundo de la tierra. Mi embrión (golmi) tus ojos lo veían; en tu libro estaban inscritos todos mis días, antes que llegase el primero" (Sal 139, 13. 15-16).

3. En el momento en que llegamos a la existencia, además del Padre, también está presente el Hijo, que asumió nuestra misma carne (cf. Jn 1, 14) hasta el punto de que pudo ser tocado por nuestras manos, ser escuchado con nuestros oídos, ser visto y contemplado por nuestros ojos (cf. 1 Jn 1, 1). En efecto, san Pablo nos recuerda que "no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos nosotros; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual existimos nosotros" (1 Co 8, 6). Asimismo, toda criatura viva está encomendada también al soplo del Espíritu de Dios, como canta el Salmista: "Envías tu Espíritu y los creas" (Sal 104, 30). A la luz del Nuevo Testamento es posible leer en estas palabras un anuncio de la tercera Persona de la santísima Trinidad. Así pues, en el origen de nuestra vida se halla una intervención trinitaria de amor y bendición.

4. Como he insinuado, existe otra dimensión en la vida que Dios da a la criatura humana. La podemos expresar mediante tres categorías teológicas neotestamentarias. Ante todo, tenemos la zoê aiónios, es decir, la "vida eterna", celebrada por san Juan (cf. Jn 3, 15-16; 17, 2-3) y que se debe entender como participación en la "vida divina". Luego, está la paulina kainé ktisis, la "nueva criatura" (cf. 2 Co 5, 17; Ga 6, 15), producida por el Espíritu, que irrumpe en la criatura humana transfigurándola y comunicándole una "vida nueva" (cf. Rm 6, 4; Col 3, 9-10; Ef 4, 22-24). Es la vida pascual: "Del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo" (1 Co 15, 22). Y tenemos, por último, la vida de los hijos de Dios, la hyiothesía (cf. Rm 8, 15; Ga 4, 5), que expresa nuestra comunión de amor con el Padre, siguiendo a Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo: "La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero" (Ga 4, 6-7).

5. Esta vida trascendente, infundida en nosotros por gracia, nos abre al futuro, más allá del límite de nuestra caducidad propia de criaturas. Es lo que san Pablo afirma en la carta a los Romanos, recordando una vez más que la Trinidad es fuente de esta vida pascual: "Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos (es decir, el Padre) habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros" (Rm 8, 11).
"Por tanto, la vida eterna es la vida misma de Dios y a la vez la vida de los hijos de Dios. Un nuevo estupor y una gratitud sin límites se apoderan necesariamente del creyente ante esta inesperada e inefable verdad que nos viene de Dios en Cristo (...) (cf. 1 Jn 3, 1-2). Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida. Su dignidad no sólo está ligada a sus orígenes, a su procedencia divina, sino también a su fin, a su destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor. A la luz de esta verdad, san Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre: "el hombre que vive" es "gloria de Dios", pero "la vida del hombre consiste en la visión de Dios" (cf. san Ireneo, Adversus haereses IV, 20, 7)" (Evangelium vitae, 38).
Concluyamos nuestra reflexión con la oración que eleva un sabio del Antiguo Testamento al Dios vivo y amante de la vida: "Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho. Y ¿cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado? Mas tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida, pues tu espíritu incorruptible está en todas ellas" (Sb 11, 24 12, 1).
(JUAN PABLO II, Audiencia General del miércoles 7 de junio de 2000)

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Aplicación: R.P. Raniero Cantalamessa ofmcap - Un misterio cercano


La vida cristiana se desarrolla totalmente en el signo y en presencia de la Trinidad. En la aurora de la vida, fuimos bautizados "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" y al final, junto a nuestra cabecera, se recitarán las palabras: "Marcha, oh alma Cristiana de este mundo, en el Nombre de Dios, el Padre omnipotente que te ha creado, en el nombre de Jesucristo que te ha redimido, y en el nombre del Espíritu Santo que te santifica".

Entre estos dos momentos extremos, se enmarcan otros llamados de "transición" que, para un cristiano, están marcados por la invocación de la Trinidad. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, los esposos se unen en matrimonio y los sacerdotes son consagrados por el obispo. En el pasado, en nombre de la Trinidad, comenzaban los contratos, las sentencias y todo acto importante de la vida civil y religiosa.

No es verdad, por tanto, el que la Trinidad sea un misterio remoto, irrelevante para la vida de todos los días. Por el contrario, son las tres personas más "íntimas" en la vida: no están fuera de nosotros, como sucede con la mujer o el marido, sino que están dentro de nosotros. "Hacen morada en nosotros" (Juan 14, 23), nosotros somos su "templo".

Pero, ¿por qué creen los cristianos en la Trinidad? ¿No es ya bastante difícil creer que Dios existe como para añadir también que es "uno y trino"? ¡Los cristianos creen que Dios es uno y trino porque creen que Dios es amor! La revelación de Dios como amor, hecha por Jesús, ha "obligado" a admitir la Trinidad. No es una invención humana.

Si Dios es amor, tiene que amar a alguien. No existe un amor "al vacío", sin objeto. Pero, ¿a quién ama Dios para ser definido amor? ¿A los hombres? Pero los hombres existen tan sólo desde hace unos millones de años, nada más. ¿Al cosmos? ¿Al universo? El universo existe sólo desde hace algunos miles de millones de años. Antes, ¿a quién amaba Dios para poder definirse amor? No podemos decir que se amaba a sí mismo, porque esto no sería amor, sino egoísmo o narcisismo.

Esta es la respuesta de la revelación cristiana: Dios es amor porque desde la eternidad tiene "en su seno" un Hijo, el Verbo, al que ama con un amor infinito, es decir, con el Espíritu Santo. En todo amor siempre hay tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado, y el amor que les une. El Dios cristiano es uno y trino porque es comunión de amor. En el amor se reconcilian entre sí unidad y pluralidad; el amor crea la unidad en la diversidad: unidad de propósitos, de pensamiento, de voluntad; diversidad de sujetos, de características, y, en el ámbito humano, de sexo. En este sentido, la familia es la imagen menos imperfecta de la Trinidad. No es casualidad que al crear la primera pareja humana Dios dijera: "Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra" (Génesis 26-27).

Según los ateos modernos, Dios no sería más que una proyección que el hombre se hace de sí mismo, como uno que confunde con una persona diversa su propia imagen reflejada en un arroyo. Esto puede ser verdad con respecto a cualquier otra idea de Dios, pero no con respecto al Dios cristiano. ¿Qué necesidad tendría el hombre de dividirse a sí mismo en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, si verdaderamente Dios no es más que la proyección que el hombre hace de su propia imagen? La doctrina de la Trinidad es, por sí sola, el mejor antídoto al ateísmo moderno.

¿Te parece demasiado difícil todo esto? ¿No has comprendido mucho? Te diría que no te preocupes. Cuando uno está en la orilla de un lago o de un mar y se quiere saber lo que hay del otro lado, lo más importante no es agudizar la vista y tratar de otear el horizonte, sino subirse a la barca que lleva a esa orilla. Con la Trinidad, lo más importante, no es elucubrar sobre el misterio, sino permanecer en la fe de la Iglesia, que es la barca que lleva a la Trinidad.

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Ejemplos Predicables

Quiero ver a Dios

"¡Quema lo que adoraste! ¡Adora lo que quemaste!"
El rey Clodoveo se ha convertido y con él se va a convertir a Cristo el reino de las Galias. Ha llegado el momento de su Bautismo. Rodeado de todo su pueblo le espera San Remigio, el Obispo admirable que ha conseguido su conversión. A un lado de la pila bautismal están los ídolos de la gentilidad, y al otro lado el Santo Crucifijo.
El rey se acerca humildemente al Prelado. Pero antes de proceder al bautismo, el Obispo, apuntándole a los ídolos, le manda:
- "¡Quema lo que adoraste!"
El rey prende fuego a las estatuas de los falsos dioses. Luego, apuntándole a la Cruz, le dice dulcemente:
- "¡Adora lo que quemaste!"
El rey se postró sumiso y besó los pies de Cristo en la Cruz.
Esta escena se repite siempre que un pecador se acerca al santo tribunal de la penitencia. Allí está Jesús que nos dice: ¡Quema lo que adorabas! Adorabas tu carne, tu vanidad, tu ambición; quema todo eso en el altar del arrepentimiento y del amor. ¡Adora lo que quemabas! ¡Despreciabas la mortificación, la virtud, la penitencia, la Cruz, adórala ahora, abrázate con ella! Sólo así podré volverte a la gracia que perdiste por el pecado. Sólo así podré perdonarte las ofensas que hiciste contra mí.
Debemos acercarnos con este espíritu a este Santo Tribunal. Allí no se perdonan las culpas al pecador si no está dispuesto a quemar lo que adoraba y a adorar lo que quemó, como lo hizo ante la pila bautismal el glorioso rey que acercó a Francia a la Cruz.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 136)

San Agustín y la Stma. Trinidad
San Agustín, paseándose a orillas del mar, se esforzaba por penetrar el misterio de la Santísima Trinidad. Mientras iba ocupado en estos pensamientos, vio a un niño ocupado en echar, con un pequeño recipiente, el agua del mar es un hoyo cavado en la playa.  - ¿Qué haces niño?  - Quiero echar toda el agua del mar en este hoyo. - Niño, no ves que es imposible porque el agua es muchísima y el pozo muy pequeño? El niño respondió: - Más fácil me será a mí echar toda el agua del mar en este hoyo que a tí comprender el misterio de la Santísima Trinidad (Grandmison I, 125)

BEATA ISABEL DE LA TRINIDAD
María Isabel Catez es la Beata Isabel de la Trinidad , nació en Bourges, Francia, el 18 de Julio de 1880. No había cumplido aún 14 años, cuando escogió a Cristo por único Esposo. Ya desde niña tenía una gran piedad. Estudió piano y obtuvo muchos premios, y tuvo varias oportunidades para casarse, pero más tarde escribirá: " Mientras bailaba como las demás y tocaba piano, mi corazón estaba entero en el Carmelo que me llamaba ".
Isabel de la Trinidad se puso ese nombre por su gran amor a Los TRES, como ella gustaba llamar a la Santísima Trinidad. E1 19 de abril de 1891 hizo su Primera Comunión. He aquí un bello testimonio: " Iba a cumplir catorce años cuando un día, mientras la acción de gracias, sentirme irresistiblemente impelida a escogerle por único Esposo, y sin dilación me uní a El por el voto de virginidad ". " Otra vez, después de la Sagrada Comunión pareció me que la palabra Carmen sonaba dentro de mi alma y desde entonces no pensé mas que en esconderme entre las rejas ".
Veía que en su nación la fe y el amor a Jesucristo dejaban mucho que desear. Para reparar en algo tanto mal, se ofreció como victima por el bien y santificación de Francia y del mundo, cuando todavía era una adolescente.
En 1901 ingresó en el Carmelo de Dijon a donde se había trasladado su familia. Desde el principio se entregó de lleno a su vocación, a la que amara con toda su alma. Escribía a una futura vocación al Carmelo: " El Carmelo es un ángulo del paraíso. Se vive en silencio, en soledad, solo para Dios... La vida de una carmelita es una perpetua comunión con Dios... Si El no llenara nuestras celdas y nuestros claustros ¡que vacíos estarían! Mas le vemos a El en todas las cosas, porque le llevamos dentro de nosotras mismas, y nuestra vida es un cielo anticipado. .. ¡Si supieses que feliz me hallo! ... Para la carmelita no hay más que una ocupación: amar y orar... Vivir con El, en esto consiste la vida del Carmelo: Me abraso de celo por el Señor Dios de los Ejércitos... Vive el Señor Dios de Israel, en cuya presencia me encuentro... La Regla del Carmelo... ya vera algún dia qué bella es... ".
Así de enamorada estaba de la vida que habla abrazado Sor Isabel, que añadirá a su nombre uno nuevo: Laus Gloriae , Alabanza de la Gloria, de la Santísima Trinidad quiere ser siempre Isabel.
E1 21 de septiembre de 1904, después de la renovación de los votos, al impulso de una gracia eficaz, compuso la célebre oración a la Santísima Trinidad, por tantas almas repetida. Sufrió una enfermedad dolorosa y terrible. El 9 de Noviembre de 1906 se cumplió su deseo: " Jesús, mi alma te busca, quiero ser pronto tu esposa. Contigo quiero sufrir, y para encontrarte quiero morir ". Marchaba a gozar de las Tres divinas Personas, con su último cántico: " Me voy a la luz, al amor, a la vida ".
El Papa Juan Pablo II la beatificó el 25 de Noviembre de 1984.
El célebre Cardenal Mercier, de paso por Dijon quiso venerar el sepulcro de la entonces sierva de Dios Isabel de la Trinidad. Al explicarle la Madre Priora que sólo había sido seis años escasos religiosa carmelita, exclamó:-" ¡Aquí se llega a ser santas muy deprisa !".

Pensamientos de Sor Isabel de la Trinidad
- Vivamos con Dios como con un amigo, tengamos una fe viva para estar en todo unidos a Dios .
- Dios en mí, yo en Él, he ahí mi vida... ¡Oh Jesús, haz que nada pueda distraerme de ti, ni las preocupaciones, ni las alegrías, ni los sufrimientos, que mi vida sea una oración continua .
- El Amor habita en nosotros, por ello mi vida es la amistad con los Huéspedes que habitan en mi alma, éstos son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo .
- Que mi vida sea una alabanza de gloria para las tres divinas Personas .
- Anhelo llegar al cielo, no solamente pura como ángel, sino transformada en Jesucristo crucificado .
- La adoración es un silencio profundo y solemne en que se abisma el que adora, confesando el todo del Dios Uno y Trino, y la pequeñez de la creatura.
- Nuestra adoración debe unirse a la otra adoración más perfecta: la adoración de Jesucristo, quien adora a Dios Padre en el Espíritu Santo, quien se ofrece como hostia viva .
- Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí misma para vivir en ti .
- Te adoro Padre fecundo, te adoro Hijo que nos ayudas a ser hijos del Padre, te adoro Santo Espíritu que sales del Padre y del Hijo .
- Morir a mí misma en cada instante, para vivir plenamente en Cristo .
- Quiero ser una morada de Dios buscando que mi corazón viva en la Trinidad... Un alma en estado de gracia es una casa de Dios, en donde habita Dios mismo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
- Oh Trinidad amada tú habitas en mi alma, y yo lo he ignorado .
- Todo pasa. En la tarde la vida, sólo el amor permanece... Es necesario hacerlo todo por amor. Es necesario olvidarse de uno para vivir en Dios .
- El Señor está en mí y yo en Él, mi vida en el tiempo no es otra que amarle y dejarme amar; despertar en el Amor, moverme en el Amor, dormirme en el Amor .
- El Señor nos invita a permanecer en Él, orar en Él, adorar en Él, amar en Él, trabajar en Él, vivir en Él .
- No debemos detenernos ante la cruz, sino acogerla con fe y descubrir que es el medio que nos acerca al Amor divino .
- He encontrado el cielo en la tierra, porque el cielo es Dios, y Dios está en mi alma

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