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Domingo 2 del Tiempo Ordinario A - 'Este es el Cordero de Dios: Comentarios de Sabios y Santos - con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Recursos adicionales para la preparación

 

A su disposición

Exégesis: Manuel de Tuya - Segundo testimonio oficial mesiánico del Bautista ante un grupo de sus discí­pulos (Mt 1,29-34)

Comentario teológico: Maertens-Frisque - Jesús el Cordero

Comentario Teológico: Xavier Leon - Dufour - Cordero de Dios

Santos Padres: San Juan Crisóstomo - El Cordero de Dios

Aplicación: Papa Francisco - Las cuatro virtudes del Cordero

Aplicación: J. Gomis - El Cordero que quita el pecado del mundo

Aplicación: P. Lic. José A. Marcone, I.V.E. - El testimonio del Bautista (Jn.1,29-34)

Aplicación: San Juan Pablo II - Él se inclinó y escuchó mi grito"(Sal 39/40,2).

Aplicación: S.S. Frncisco p.p. - El testimonio de Juan el Bautista

 Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Cordero y Siervo y de Yahveh Jn 1, 29-34

Enciclopedia Católica - Cordero (en el Simbolismo Cristiano Primitivo)

Directorio Homilético: Segundo domingo del Tiempo Ordinario

Ejemplos

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo


Comentario teológico: Maertens-Frisque - Jesús el Cordero

Juan Bautista ha desviado hábilmente la atención de las investigaciones sobre su persona hacia la de Cristo, una personalidad que ya está presente, pero que todavía no es "conocida" (Jn. 1, 26).

(...) El relato primitivo está, pues, centrado en torno al conocimiento de la personalidad divino-humana de Cristo. Está en el mundo, pero nadie tiene posibilidad de conocerle (Jn. 1, 26).

El mismo Juan no puede reconocerle por sus propias fuerzas (Jn. 1, 31, 33), y en ese sentido, es el más pequeño en el Reino (Mt. 11, 8-10; Lc. 7, 28; Jn. 5, 33-36). Pero Juan ha recibido por una revelación divina lo que sus conocimientos humanos no podían enseñarle: Cristo es el "Hijo de Dios" (v. 34). De hecho, Juan el evangelista ha prolongado con su propia mirada la de Juan el Bautista y presta a este último la contemplación a la que él mismo había llegado. Juan Bautista ha recibido al menos una inteligencia nueva de tres textos proféticos como Is. 11, 2; 42, 1-7 y 61, 1 en el momento en que estaba bautizando a Cristo. La inteligencia de estos textos le ha permitido comprender que ese bautismo adquiría el alcance de una investidura mesiánica. En la declaración del Bautista, la "bajada del Espíritu" sobre Cristo no tiene más que un alcance mesiánico, pero en la pluma del cuarto evangelista el Espíritu es realmente persona divina y fuerza divinizadora (Jn. 15, 26).

Juan Bautista concluye su testimonio diciendo que ha descubierto realmente al "Elegido de Dios" o al "Siervo" de Dios de Is. 42, 1 (v. 34). Pero Juan el evangelista aprovecha la ambigüedad de la palabra aramea empleada para ir más allá del pensamiento del Bautista y prestarle la frase: "He visto al Hijo de Dios".

Juan Bautista designa a Cristo con la palabra aramea "talia" (vv. 29 y 35). Pensaba sin duda en el "Siervo" anunciado en Is. 42, 1-2, texto importante al que se refiere el testimonio del Bautista. Con ello anunciaba que Cristo era, en efecto, ese servidor que, al inaugurar los tiempos mesiánicos, iba a recuperar un Espíritu que permitiría no volver a pecar. Este "Siervo" iba a "quitar" realmente el pecado del mundo (v. 29).

Pero "talia" puede traducirse también por cordero. Juan el evangelista, o la comunidad cristiana, estaba sensibilizado para el tema del Cordero pascual y divino y por su papel de expiación (Ap. 14, 1-5; 7, 15; 22, 3; Jn. 19, 36; cf. Act. 8, 32; 1 Pe. 1, 18-19). Una vez más, por tanto, el evangelista prolonga el testimonio del Bautista y llega hasta la personalidad divina del Mesías, apenas presentida por Juan Bautista.

El Evangelio sitúa, pues, el conocimiento de la personalidad de Cristo en tres planos: el de los judíos, que no conocían a Cristo; el del Bautista, que le conocía como el Mesías y le administra la necesaria investidura; el del evangelista, finalmente, que mediante hábiles juegos de palabras, a que es muy aficionado, descubre la divinidad del Señor.

 
* * * *


Desde Jn. 1, 29 a Jn. 2, 11 nos encontramos ante una especie de tratado de la iniciación a la fe, que vale tanto como reflexión doctrinal sobre el catecumenado o sobre el nacimiento de una vocación.

En efecto, todo gira en torno a la palabra "ver". Hay que "ver" los sucesos, a las personas que nos rodean y hay que aprender a conocerlas. La verdad es que no se las conoce, están entre nosotros y no las vemos, o nos equivocamos respecto a lo que son (1, 32; 2, 9). Las vemos, pero no las miramos.

La primera condición de cualquier paso hacia la fe es ese sentido de observación de la gente y de las cosas: "Tú, ¿quién eres, qué dices de ti mismo?" (1, 19, 22). Pero una vez considerada esta pregunta no se le da una respuesta más que al final de una lenta conversión de la mirada, conseguida gracias a Dios.

Este es el itinerario de la fe de Bautista que, al principio, no conoce (1, 31, 33); después descubre a Jesús como Mesías, Cordero o servidor (1, 29, 32), y por fin lo descubre en su personalidad humana-divina (1, 34). También es este el camino que siguen Juan y Andrés (/Jn/01/33-39, Evang. 2 ciclo), que empiezan viendo a Jesús-Cordero (1, 36) y terminan por ver dónde mora (1, 39), es decir, por comulgar con su intimidad, con sus relaciones con el Padre. La vocación de Natanael tiene el mismo desarrollo: ve a Jesús como simple hijo de José, únicamente en la dimensión humana de su existencia (1, 43), después lo que ve como Mesías (1, 49), pero el camino no llegará a su fin hasta el día en que le vea en la cruz, Dios e Hijo del hombre al mismo tiempo, ensalzado y destrozado. Finalmente, María pasa por las mismas etapas: ve a su Hijo como un simple taumaturgo (Jn. 2, 1-11, Evang. 3er. ciclo) capaz de ayudar a sus amigos y percibe la gran distancia que la separa todavía de la fe en el Hijo muerto y resucitado en la hora de su gloria.

La fe del bautizado y la vocación del militante o del ministro arrancan, pues, del análisis de los sucesos y de las situaciones concretas y humanas. Pero tienden a interpretar estos hechos y a descubrir en el misterio pascual del Hombre-Dios el mejor significado que hay que dar a las cosas. Queda entonces penetrar "tras" (1, 37; 1, 43) este Hombre-Dios, o "atestiguarlo" (1, 34).

MIRADA/VOCACION: Encaminarse así, no obstante, no puede hacerse más que en el diálogo con Dios y abriéndose a su influencia. Juan lo subraya en varias ocasiones, mostrando cómo la mirada de Cristo sobre sus discípulos transforma la mirada de estos. Es esa mirada que cambia a Simón en Pedro (1, 42), que cambia de doctor de la ley en creyente a Natanael (1, 47-48). Progresar en la fe y en la vocación no se puede hacer, pues, más que recibiendo las cosas y las personas como dones de Dios; la vocación no es cosa nuestra, surge del encuentro y de la acogida.
(MAERTENS-FRISQUE, NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA II,MAROVA MADRID 1969.Pág. 34 ss)

 

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Comentario Teológico: Xavier Leon - Dufour - Cordero de Dios

En diversos libros del NT (Jn, Act, lPe y, sobre todo, Ap) se identifica a Cristo con un cordero; este tema proviene del AT según dos perspectivas distintas.

1. El siervo de Yahveh. El profeta Jeremías, perseguido por sus enemigos, se comparaba con un "cordero, al que se lleva al matadero" (Jer 11,19). Esta imagen se aplicó luego al siervo de Yahveh, que muriendo para expiar los pecados de su pueblo, aparece "como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores" (Is 53,7). Este texto, que subraya la humildad y la resignación del siervo, anunciaba de la mejor manera el destino de Cristo, como lo explica Felipe al eunuco de la reina de Etiopía (Act 8,31.35). Al mismo texto se refieren los evangelistas cuando recalcan que Cristo "se callaba" delante del sanedrín (Mt 26,63) y no respondía a Pilato (Jn 19,9). Es posible que también Juan Bautista se refiera a él cuando, según el cuarto evangelio, designa a Jesús como "el cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29; cf. Is 53,7.12; Heb 9,28). La Vulgata, cuyo texto ha pasado al ecce agnus Dei de la misa, acentúa la afinidad con Isaías sustituyendo el singular por el plural: "...los pecados del mundo".


2. El cordero pascual. Cuando decidió Dios libertar a su pueblo cautivo de los egipcios, ordenó a los hebreos inmolar por familia un cordero "sin mancha, macho, de un año" (Ex 12,5), comerlo al anochecer y marcar con su sangre el dintel de su puerta. Gracias a este "signo"; el ángel exterminador los perdonaría cuando viniera a herir de muerte a los primogénitos de los egipcios. En lo sucesivo la tradición judía, enriqueciendo el tema primitivo dio un valor redentor a la sangre del cordero : "A causa de la sangre de la alianza, y a causa de la sangre de la pascua, yo os he libertado de Egipto" (Pirque R. Eliezer, 29; cf. Mekhilta sobre Éx 12). Gracias a la sangre del cordero pascual fueron los hebreos rescatados de la esclavitud de Egipto y pudieron en consecuencia venir a ser una "nación consagrada", "reino de sacerdotes" (Éx 19,6), ligados con Dios por una *alianza y regidos por la ley de Moisés.

La tradición cristiana ha visto en Cristo "al verdadero cordero" pascual (prefacio de la misa de pascua), y su misión redentora se describe ampliamente en 'la catequesis bautismal que está 'implícita en la 'epístola 'de Pedro, a la que hacen eco los escritos joánnicos y la ep. a los Hebreos. Jesús es el cordero (IPe 1,19; Jn 1,29; Ap 5,6) sin tacha (Éx 12,5), es decir, sin pecado (lPe 1,19; Jn 8,46; Un 3,5; Heb 9,14), que rescata a los hombres al precio de su sangre (lPe 1,18s; Ap 5,9s; Heb 9,12-15). Así los ha liberado de la "tierra" (Ap 14,3), del *mundo malvado entregado a la perversión moral que proviene del culto de los ídolos (lPe 1,14.18; 4,2s), de manera que en adelante puedan ya evitar el pecado (IPe 1,15s; Jn 1,29; lJn 3,5-9) y formar el nuevo "reino de sacerdotes", la verdadera "nación consagrada" (lPe 2,9; Ap 5,9s; cf. Éx 19,6), ofreciendo a Dios el *culto espiritual de una vida irreprochable (lPe 2,5; Heb 9,14). Han abandonado las tinieblas del paganismo pasando a la luz del *reino de Dios (IPe 2,9): ése es su *éxodo' espiritual. Habiendo, gracias a la sangre del cordero (Ap 12,11), vencido a Satán, cuyo tipo era el faraón, pueden entonar "el cántico de Moisés y del cordero" (Ap 15,3: 7,9s.14-17; cf. Éx 15), que exalta su liberación.

Esta tradición, que ve en Cristo al verdadero cordero pascual, se remonta a los orígenes mismos del cristianismo. Pablo exhorta a los fieles de Corinto a vivir como ázimos, "en la pureza y la verdad", puesto que "nuestra *pascua, Cristo, se ha inmolado" (1Cor 5,7). Aquí no propone una enseñanza nueva sobre Cristo cordero, sino que se refiere a las tradiciones litúrgicas de la pascua cristiana, muy anteriores, por tanto, a 55-57, fecha en que escribía el Apóstol su carta. Si prestamos fe a la cronología joánnica, el acontecimiento mismo 'de la muerte de Cristo habría suministrado el fundamento de esta tradición. Jesús fue entrega-do a muerte la víspera de la fiesta de los ázimos (Jn 18,28; 19,14.31), por tanto, el día de pascua por la tarde (19,14), a la hora misma en que, según las prescripciones de la ley, se inmolaban en el templo los corderos. Después de su muerte no le rompieron las piernas como a los otros ajusticiados (19,33), y en este hecho ve el evangelista la realización de una prescripción ritual concerniente al cordero pascual (19,36; cf. Éx 12,46).

3. El cordero celestial. El Apocalipsis, aun conservando fundamentalmente el tema de Cristo cordero pascual (Ap 5,9s), establece un impresionante contraste entre la debilidad del cordero inmolado y el *poder que le confiere su exaltación en el cielo. Cordero en su muerte redentora, Cristo es al mismo tiempo un león, cuya *victoria libertó al pueblo de Dios, cautivo de los poderes del mal (5,5s; 12,11). Compartiendo ahora el trono de Dios (22,1.3), recibiendo con él la adoración de los seres celestiales (5,8.13; 7,10), aparece investido de poder divino. Él es quien ejecuta los decretos de Dios contra los impíos (6,1...), y su *ira los estremece (6,16); él es quien emprende la *guerra escatológica contra los poderes del mal coligados, y su victoria, le ha de consagrar "rey de los reyes y señor de los señores" (17,14; 19,16...). Sólo volverá a recobrar su primera mansedumbre cuando se celebren sus nupcias con la Jerusalén celestial, que simboliza a la Iglesia (19,7.9; 21,9). El cordero se hará entonces *pastor para conducir a los fieles hacia las fuentes de *agua viva de 'la bienaventuranza celeste (7,17; cf. 14,4).
(LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001)

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Exégesis: Manuel de Tuya - Segundo testimonio oficial mesiánico del Bautista ante un grupo de sus discípulos (Mt 1,29-34)

Cristo por estos días vivía en las proximidades del Jordán (v.39). Acaso en la misma región de Betabara, pues no dice que haya cambiado de lugar. “Al día siguiente,” sea por referencia a la escena anterior, sea (…) en orden a situar las primeras actividades de Cristo en siete días, desde el primer testimonio de Juan (v. 19-28), hasta el primer milagro en las bodas de Cana (Mat_2:1-11), contraponiendo así el comienzo de esta obra recreadora de Cristo con la obra septenaria del comienzo del Génesis, lo que sería un caso particular del “simbolismo” del cuarto evangelio. (…).

¿A qué auditorio se va a dirigir? No se precisa. No es la delegación venida de Jerusalén la que desapareció de escena (v.27). Los discípulos del Bautista, ante los que también va a dar testimonio, entran explícitamente en escena más tarde (v. 35). Acaso sean parte de las turbas que venían a él para ser bautizadas (Mat_3:5.6; Luc_3:7. 21). En todo caso, el tono íntimo, expansivo, gozoso que usa, en fuerte contraste con las secas respuestas a los representantes del Sanedrín (v.20.21), hace pensar que sitúa la escena en un auditorio simpatizante y probablemente reducido.

Viendo el Bautista que Cristo se acerca en dirección a él, aunque podría referirse al momento en que Cristo se acerca para recibir el bautismo, y acaso después del mismo bautismo, hace ante este auditorio otro anuncio oficial de quién es Cristo, diciendo: “He aquí el Cordero de Dios, el que quita (aíron) el pecado del mundo.”

Esta frase (es) de gran importancia mesiánica, (…). Dos son las preguntas que se hacen a este propósito: 1) ¿Qué significa aquí, o por qué se llama aquí a Cristo “el Cordero de Dios”? 2) ¿Y en qué sentido quita “el pecado del mundo”? ¿Por su inocencia, por su sacrificio, o en qué forma?

En primer lugar, conviene precisar que el verbo usado aquí por “quitar” (aíro) significa estrictamente quitar, hacer desaparecer, y no precisamente “llevar,” lo que, en absoluto, también puede significar este verbo. Las razones que llevan a esto son las siguientes: el sentido de “quitar” es el sentido ordinario de este verbo en Jn. Pero la razón más decisiva es su paralelo conceptual con la primera epístola de San Juan: “Sabéis que (Cristo) apareció para quitar (áre) los pecados” (1Jn_3:5).

Cristo aquí es, pues, presentado como el “Cordero de Dios” que quita el pecado del mundo. En qué sentido lo haga, ha de ser determinado por las concepciones (…) siguientes:

1) El Bautista querría referir así a Cristo al cordero pascual (Ex 12,6) (…); o con el doble sacrificio cotidiano en el templo (Exo_29:38-39). También llevaría a esto el uso que en el Apocalipsis se hace de Cristo como el Cordero, y “sacrificado” (Rev_5:6-14; Rev_13:8; Rev_14:1-5; Rev_15:3-4, etc.). Pues aunque primitivamente el sacrificio cotidiano del templo sólo tuvo un sentido latréutico, más tarde, en el uso popular, vino a considerársele con valor expiatorio.

2) Se refería al “Siervo de Yahvé” de Isaías, que va a la muerte “como cordero llevado al matadero,” que “llevó sobre él” los pecados de los hombres (Isa_53:6-8).

3) Querría indicarse la inocencia de Cristo. El cordero, como símbolo de inocencia, es usado en este ambiente (1Pe_1:18.19; Sal. de Salomón VIII 28). Además, se pone esto en función de la primera epístola de San Juan, donde se dice: “Sabéis que (Cristo) apareció para quitar los pecados y que en El no hay pecado” (1Jn_3:5).
¿No sería posible que el evangelista pensara, como ocurre a veces, en más de una figura del A.T.? (B. Vawter o.c., p.426).

(…)

Otra interpretación aceptable e incluso, plausible es la siguiente:

Varios textos de los apócrifos presentan al Mesías como debiendo ponerse al frente del pueblo santo para llevarlo a la Salud. Por otra parte, en el Apocalipsis es este mismo el papel que se atribuye al Cordero (Rev_7:17; cf. 14:1-5; 17:14-16). Por tanto, la expresión “Cordero de Dios” de Jua_1:29 sería un título mesiánico (Dodd), semejante a “Rey de Israel” (Jn 1:41-49). Pero no consta la existencia ambiental de este título.

(De Tuya, M., Evangelio de San Juan, en Profesores de Salamanca, Biblia Comentada, Tomo Vb, BAC, Madrid, 1977)

Nota
Esta es la concepción más acertada de Manuel de Tuya, como puede verse por la relación con los textos del Apocalipsis recién citados, y que conviene leer para ver la relación que hay entre el término “Cordero” y su adjetivo verbal “degollado” (Nota del Editor)

 

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Santos Padres: San Juan Crisóstomo - El Cordero de Dios

Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: He aquí al Cordero de Dios que carga sobre sí el pecado del mundo. Dividieron el tiempo los evangelistas. Mateo, tras de tocar brevemente el que precedió al encarcelamiento del Bautista, se apresura a referir los sucesos subsiguientes, y en ellos se detiene largamente. El evangelista Juan no sólo no narra brevemente lo de ese tiempo, sino que en ello se alarga. Mateo, después que Jesús regresó del desierto, omitió los sucesos intermedios, por ejemplo lo que dijo el Bautista, lo que dijeron los enviados de los judíos y todo lo demás; y al punto pasa al encarcelamiento, y dice: Habiendo oído Jesús que Juan había sido aprisionado, se apartó de ahí .

No procede así el evangelista Juan, sino que omite la ida al desierto, pues ya Mateo la había referido y narró lo sucedido después que Jesús bajó del monte; y pasando en silencio muchas cosas, continuó: Pues Juan aún no había sido encarcelado . Preguntarás: ¿por qué ahora Jesús viene a Juan el Bautista no una sino dos veces? Porque Mateo por fuerza tenía que decir que vino para ser bautizado; y así lo declaró Jesús diciendo: Así conviene que cumplamos toda justicia . Y Juan afirma que de nuevo fue Jesús al Bautista, después del bautismo. Así lo declara éste con las palabras Yo he visto al Espíritu descender del cielo como paloma y posarse sobre El. Pregunto yo: ¿Por qué vino de nuevo al Bautista? Porque no solamente vino, sino que se le hizo presente. Pues dice el evangelista: Como viniera a él, lo vio. ¿Por qué, pues, vino? Como el Bautista había bautizado a Jesús que se hallaba mezclado con la turba, de manera de que nadie pusiera sospecha en que El por la misma causa que los otros se había acercado a Juan, o sea para confesar sus pecados y con el bautismo en el río lavarlos para penitencia, ahora de nuevo se acerca a Juan para darle oportunidad de corregir semejante opinión y sospecha.

Porque al exclamar Juan: He aquí al Cordero de Dios que carga sobre sí el pecado del mundo, deshace toda esa imaginación. Puesto que quien es tan puro que puede lavar los pecados de todos los demás, como es manifiesto, no se acerca para confesar pecados suyos, sino para dar ocasión al eximio pregonero de que por segunda vez repita lo dicho en la primera, y así más profundamente se grabe en el ánimo de los oyentes. Y también para que añadiera otras cosas más.

Profirió la expresión: He aquí porque muchos y muchas veces y desde mucho tiempo antes, por lo que él había dicho, andaban en busca de Jesús. Por esto lo indica ahí presente y dice: He aquí, declarando ser aquel a quien de tiempo atrás andaban buscando. Este es el Cordero. Lo llama Cordero para recordar a los judíos la profecía de Isaías y también la sombra y figura del tiempo de Moisés; y así, mediante una figura mejor, llevarlos a la verdad. Aquel cordero antiguo no tomó sobre sí ningún pecado de nadie; mientras que éste otro cargó con todos los pecados de todo el orbe. Este arrancó rápidamente de la ira de Dios el mundo que ya peligraba.
A éste me refería cuando anunciaba: Viene en pos de mí un hombre que ha sido constituido superior a mí, porque existía antes que yo. ¿Observas cómo de nuevo interpreta aquí aquella palabra antes? Pues habiendo dicho: El Cordero, y que éste cargaba sobre sí el pecado del mundo, luego añadió: Ha sido constituido superior a mí, declarando de este modo que aquel antes se ha de entender en el sentido de superior, pues carga sobre sí el pecado del mundo y bautiza en el Espíritu Santo. Como si dijera: mi venida no tiene más valor que el haber predicado al común bienhechor del universo y haber administrado el bautismo de agua. En cambio la venida de Este tiene como empresa el limpiar a todos los hombres y darles a todos la operación del Espíritu Santo.

Fue constituido superior a mí, o sea, ha aparecido más resplandeciente que yo. Porque existía antes que yo. ¡Cúbranse de vergüenza todos cuantos siguen el loco error de Pablo de Samosata, el cual tan abiertamente pugna contra la verdad! Yo no lo conocía. Observa cómo con este testimonio quita toda sospecha, declarando que su discurso no ha dimanado de favoritismo ni de amistad, sino de divina revelación. Dice: Yo no lo conocía. Pero entonces ¿cómo puedes ser testigo digno de fe? ¿Cómo enseñarás a otros lo que tú ignoras? Es que no afirma: No lo conocí, sino: Yo no lo conocía, de manera que por aquí sobre todo aparece ser digno de fe. Porque ¿cómo iba a expresarse favorablemente y por favoritismo acerca de quien no conocía? Pero vine yo con mi bautismo de agua para preparar su manifestación a Israel.

De modo que no necesitaba Cristo semejante bautismo, ni hubo otro motivo para preparar ese baño, sino el que se facilitara a todos el camino para creer en Cristo. Pues no dijo: Para tornar puros a los bautizados; ni tampoco: He venido a bautizar para librar de los pecados, sino: Para preparar su manifestación a Israel. Por mi parte pregunto: entonces ¿qué? ¿Acaso sin ese bautismo no se podía predicar a Cristo y atraerle el pueblo? Sí se podía, pero no tan fácilmente. Si la predicación se hubiera hecho sin el bautismo, no habrían concurrido así todos, ni habrían comprendido, mediante la comparación, la preeminencia de Cristo. Porque aquella multitud iba a Juan no para escuchar su predicación, sino ¿para qué? Para confesar sus pecados y ser bautizados. Una vez así reunidos, se les enseñaba lo referente a Cristo y la diferencia de ambos bautismos. Porque el de Juan era superior a los lavatorios de los judíos, y por esto todos acudían a Juan; y sin embargo el bautismo de éste aún era imperfecto.

Pero ¡oh Juan! ¿Cómo conociste a Jesús? Por la bajada del Espíritu Santo, nos responde. Mas, para que nadie sospeche que Cristo necesitaba del Espíritu Santo, como lo necesitamos nosotros, oye cómo deshace semejante opinión, declarando que la bajada del Espíritu Santo fue únicamente para anunciar a Cristo. Pues habiendo dicho: Yo no lo conocía, añadió: Pero el que me envió a bautizar con agua me previno: Aquel sobre quien vieres descender el Espíritu Santo y reposar sobre El, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo. ¿Observas cómo para esto vino el Espíritu Santo, para manifestar a Cristo? Tampoco el testimonio de Juan era sospechoso; pero para hacerlo aún más digno de fe, lo añadió al de Dios y al del Espíritu Santo.

Habiendo Juan predicado algo tan grande y tan admirable, y tal que podía dejar estupefactos a los oyentes, como fue que Cristo y sólo El cargaría con el pecado del mundo, y que la grandeza del don bastaría para tan excelsa y universal redención, lo confirma de ese modo. Y lo confirma por tratarse del Hijo de Dios, que no necesita del Bautismo; de modo que el Espíritu Santo únicamente desciende para darlo a conocer. Juan no podía dar el Espíritu Santo; y lo declaran así los mismos que habían recibido el bautismo de Juan diciendo: Pero ni siquiera hemos oído que exista el Espíritu Santo . De manera que Cristo no necesitaba de bautismo alguno, ni del de Juan ni de ningún otro; más bien era el bautismo el que necesitaba de la virtud de Cristo. Puesto que le faltaba precisamente al bautismo de Juan lo que era lo principal de todos los bienes y origen de ellos; o sea que al bautizado le confiriera el Espíritu Santo. Este don del Espíritu Santo lo añadió Cristo cuando vino.

Y dio testimonio Juan: He visto al Espíritu descender del cielo como paloma y posarse sobre El. Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua me previno: Aquel sobre quien vieres descender el Espíritu Santo y reposar sobre El, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios. Con frecuencia usa Juan de esa expresión: Y yo no lo conocía. Y no es sin motivo, sino porque era pariente suyo según la carne. Pues dice el evangelista Lucas: He aquí que Isabel tu parienta ha concebido también ella un hijo . De modo que para que no pareciera que hablaba movido por el parentesco, frecuentemente dice: Y yo no lo conocía. Así era en efecto, pues por toda su vida había morado en el desierto, fuera de la casa paterna. Pero entonces ¿cómo es que, si antes de la venida del Espíritu Santo no lo conocía, sino que entonces por vez primera lo conoció, ya antes de bautizarlo se negaba y decía: Yo debo ser bautizado por ti? Esto parece demostrar que ya lo conocía bien.

Sin embargo, no lo conocía de mucho tiempo atrás, y con razón. Porque los milagros hechos durante la infancia de Jesús, cuando la visita de los Magos y otros semejantes, habían acontecido muchos años antes, cuando también Juan era un niño. Y a causa de ese largo lapso, Jesús era desconocido de todos. Si todos lo hubieran conocido, no habría dicho Juan: Para que se manifieste El a Israel, yo vine a bautizar. Y por aquí queda manifiesto que los milagros que se atribuyen a Cristo niño son falsos e inventados por alguien. Si Cristo niño hubiera hecho milagros, Juan lo habría conocido; y tampoco la demás multitud habría necesitado de Juan, como maestro que se lo mostrara. Ahora bien: el mismo Bautista afirma haber venido: Para que Cristo se manifestara a Israel. Por la misma causa decía: Yo debo ser bautizado por ti. Después, por haberlo conocido con mayor claridad, lo anunciaba a las turbas diciendo: Este es aquel de quien os dije: Viene detrás de mí un hombre que ha sido constituido superior a mí. Porque el que me envió a bautizar en agua, y por lo mismo me envió para que Él se manifestara a Israel, ese mismo, antes de la bajada del Espíritu Santo, a él se lo reveló. Por tal motivo decía Juan antes de que Cristo llegara: Viene detrás de mí un hombre que ha sido constituido superior a mí.

De manera que Juan no conocía a Jesús antes de que Este bajara al Jordán y de que Juan bautizara a las turbas. En el momento en que Jesús iba a bautizarse lo conoció por revelación del Padre al profeta; y porque al tiempo de su bautismo el Espíritu Santo lo manifestó a los judíos, en favor de los cuales descendía. Para que no se menospreciara el testimonio de Juan que decía: Fue constituido superior a mí y que bautiza en el Espíritu y que juzgará al orbe de la tierra, el Padre da voces proclamando a Jesús por Hijo suyo; y el Espíritu Santo llega y habla sobre la cabeza de Cristo. Y pues Juan lo bautizaba y Cristo era bautizado, para que ninguno de los presentes pensara que la voz se refería a Juan, se presentó el Espíritu Santo, quitando así toda falsa opinión. Así que cuando Juan dice: Yo no lo conocía, esto debe entenderse del tiempo pasado y no del próximo al bautismo. De otro modo ¿cómo podía decir Juan: Yo debo ser bautizado por ti, apartándolo del bautismo? ¿Cómo habría podido decir de El cosas tan excelentes?

Preguntarás: entonces ¿por qué no creyeron los judíos? Pues no fue solamente Juan quien vio al Espíritu Santo en forma de paloma. Fue porque aun cuando también ellos lo habían visto, este género de cosas no necesita únicamente de los ojos corporales, sino mucho más de los ojos de la mente, para que se entienda que no se trata de simples fantasmagorías. Si viéndolo más tarde hacer milagros y tocando El con sus manos los cuerpos de los enfermos y de los muertos y dándoles por este medio la vida y la salud, andaban aquéllos tan presos de la envidia que se atrevían a afirmar lo contrario de lo que veían ¿cómo iban a dejar su incredulidad por el solo hecho de la bajada del Espíritu Santo?

Hay quienes afirman que no todos lo vieron, sino solamente Juan y los mejor dispuestos. Pues aun cuando el Espíritu Santo al descender en figura de paloma, pudiera ser visto sensiblemente por cuantos estuvieran dotados de ojos, sin embargo no había necesidad de que aquello se hiciera manifiesto a todos. Zacarías vio muchas cosas en figuras sensibles y lo mismo Daniel y Ezequiel, más sin compañero alguno en la visión. Moisés vio también muchas cosas, y tales cuales nunca nadie había visto. Tampoco en la transfiguración del Señor en el monte se concedió a todos los discípulos el contemplar aquella visión. Más aún: no todos participaron en ver la resurrección, como lo dice claramente Lucas: A los testigos de antemano escogidos por Dios .

Y yo lo vi y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios. ¿Cuándo dio semejante testimonio de que Cristo era el Hijo de Dios? Lo llamó Cordero y dijo que bautizaría en el Espíritu Santo; pero en ninguna parte afirmó ser Cristo el Hijo de Dios. Y para después del bautismo, ninguno de los evangelistas escribe que lo haya dicho; sino que omitiendo todo eso que sucedió en el intermedio, pasan a referir los milagros obrados por Jesús tras del encarcelamiento de Juan. Lo que de aquí podemos deducir conjeturando es que tanto ese dicho de Juan como otras muchas cosas las pasaron en silencio, como lo significó nuestro evangelista al fin de su evangelio. Pues tan lejos están de inventar de El cosas grandes, que todos concordes y cuidadosamente narran lo que parecía ser oprobio; y no encontrarás que alguno de ellos haya callado nada de eso. En cambio, omitieron muchos milagros, refiriendo unos unos y otros otros; pero todos a la vez callaron muchos otros.

Y no sin motivo digo estas cosas, sino para rebatir la impudencia de los gentiles. Pues a la verdad, aun sólo esto es ya suficiente para demostrar la exactitud de los evangelistas en la materia, y que nada escribieron por simple favoritismo. Y vosotros, carísimos, armados de estos argumentos y de otros parecidos, podéis combatir contra los dichos gentiles. Pero... ¡atended! Sería un absurdo que el médico tan activamente luchara según su arte, lo mismo que el peletero y el tejedor y los demás profesionistas; y que en cambio el que es cristiano y como tal se profesa, no pudiera decir ni siquiera una palabra en defensa de su fe. Y eso que las artes de esos profesionistas, si se echan a un lado, solamente causan daño en el dinero; mientras que estas otras, si se desatienden, ponen en peligro el alma y la matan. Y sin embargo, tan míseros somos que todos los cuidados los ponemos en aquellas artes y en cambio despreciamos como cosas de ningún valor estas otras que son necesarias y operan nuestra salvación.

Esto es lo que impide que los gentiles fácilmente desprecien sus errores. Ellos, apoyados en mentiras, echan mano de todos los medios para encubrir la vergüenza de sus afirmaciones; y nosotros, los que profesamos la verdad, no nos atrevemos ni aun a abrir la boca. Resulta de aquí que ellos arguyen y condenan nuestros dogmas como cosas sin fundamento. Y tal es el motivo de que sospechen que lo nuestro se reduce a falacias y necedades. Por eso blasfeman de Cristo y lo tratan de engañador y charlatán, que se valió de la necedad de muchos para sus fraudes. Nosotros tenemos la culpa de semejante blasfemia, pues no queremos despertar para defender la religión con argumentos, sino que los hacemos a un lado como inútiles y nos ocupamos exclusivamente de los negocios terrenos.

Los encariñados con un bailarín o con un auriga o con uno que combate con las fieras, ponen todos los medios para que su preferido no salga vencido ni sea inferior en los certámenes; y lo colman de alabanzas y se preparan para defenderlo contra quienes lo vituperan, y a los contrarios los cargan de mil vituperios. Y cuando se trata de defender el cristianismo, todos agachan la cabeza, muestran flojedad, dudan; y si se les recibe con bromas y risas, se alejan. ¿De cuán grande indignación no es digno esto? Tenéis a Cristo en menos que a un bailarín, pues para defender a éste, preparáis miles de razones, aun cuando sea él hasta lo sumo desvergonzado; y cuando se trata de los milagros de Cristo que atrajeron la admiración del orbe todo, parece que ni aun pensáis en ellos ni para nada os cui-dáis de ellos.

Creemos en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, en la resurrección de los cuerpos y en la vida eterna. De modo que si alguno de los gentiles pregunta: ¿Quién es ese Padre, quién es ese Hijo, quién es ese Espíritu Santo para que a nosotros nos acuséis de admitir multitud de dioses, qué le responderéis? ¿Cómo resolveréis esta cuestión? Y ¿qué si callando nosotros proponen ellos otra pregunta y dicen: En qué consiste esa resurrección? ¿Resucitaremos en nuestro cuerpo o en otro? Si en el nuestro ¿qué necesidad hay de que muera? ¿Qué res-ponderéis a esto? Y ¿qué si se os objeta: por qué Cristo no vino en los tiempos anteriores? ¿Es que le pareció estar bien el acudir al género humano y cuidar de él ahora, pero lo descuidó en todos los siglos anteriores? Y ¿qué si el gentil os examina en otras muchas cosas semejantes? Porque no conviene aquí ahora amontonar otras muchas dificultades y pasar en silencio las respuestas, no sea que esto haga daño a las almas más sencillas. Las que acabamos de proponer son suficientes para sacudir vuestro sueño.

En fin ¿qué sucederá si os pregunta esas cosas a vosotros que ni siquiera queréis escuchar las que nosotros os decimos? Pregunto yo: ¿Acaso nos espera un castigo pequeño siendo nosotros causa tan señalada del error para quienes yacen sentados en las tinieblas? Quisiera yo, si me lo permitiera el tiempo de que disponéis, traer aquí un execrable libro de un filósofo gentil, escrito contra nosotros; y aun el de otro más antiguo aún, para por este medio suscitar vuestra atención y sacudir esa tan gran desidia vuestra. Pues si esos filósofos anduvie-ran tan despiertos para atacarnos ¿qué perdón mereceremos si ignoramos el modo de redargüir y rechazar los dardos en contra nuestra lanzados?

Mas ¿por qué nos hemos alargado en eso? ¿No escuchas al apóstol que dice: Siempre dispuestos a dar razón a quienes preguntan acerca de la esperanza que profesáis? Y la misma exhortación usa Pablo: Que la palabra de Cristo resida en vosotros opulentamente . Pero ¿qué objetan a esto los hombres más desidiosos que los zánganos?: ¡Bendita sea toda alma sencilla! Y también: Quien camina con sencillez va seguro . Esta es la causa de todos los males: que muchos no saben usar oportunamente los textos de la Sagrada Escritura. Pues en ese sitio no se entiende de un necio ni de un ignorante que nada sabe, sino de aquel que no es perverso ni doloso, sino prudente. Porque si el sentido fuera aquel otro, en vano nos diría: Sed prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas .

Mas ¿para qué continuar en este tema que de nada aprovechará? Porque aparte de lo ya indicado, hay otras cosas pertinentes a las costumbres y modo de vivir en que procedemos mal. En realidad, en todos aspectos somos míseros, somos ridículos. Siempre dispuestos a corregir a los demás, somos perezosos para enmendar aquello en que somos reprochables. Os ruego, pues, que atendiendo a nosotros mismos, no nos detengamos en sólo lanzar reproches. No basta eso para aplacar a Dios. Esforcémonos en mostrar en todos nuestros procederes un cambio en forma excelentísima; de modo que viviendo para glorificar a Dios, gocemos de la gloria futura también nosotros. Ojalá a todos nos acontezca conseguirla, por gracia y benignidad del Señor nuestro Jesucristo, al cual sean la gloria y el poder por los siglos de los siglos. —Amén.
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan (1), Homilía XVII (XVI), Tradición México 1981, p. 137-46)


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Aplicación: P. Lic. José A. Marcone, I.V.E. - El testimonio del Bautista (Jn.1,29-34)

Introducción

El evangelio de hoy nos presenta una hermosa escena de amor a Cristo, humildad y magnanimidad. El protagonista de esta escena es Juan Bautista. Amor a Cristo, porque en sus palabras se trasluce una alegría emocionada al señalarlo a Cristo a sus discípulos, al hacerlo conocer a Cristo, al nombrarlo con los títulos con que lo nombra. Humildad, porque sus discípulos van a dejarlo para seguir a Cristo; y porque su figura va a eclipsarse con la aparición de Cristo. Magnanimidad, porque se requiere grandeza de alma para reconocer con tanta convicción las virtudes de los demás, como en este caso hace Juan Bautista de Cristo.

El quicio, gozne o pernio sobre el que se mueve todo el evangelio de hoy es el testimonio que Juan Bautista hace de Cristo.

1. El Cordero de Dios

Ahora bien, concretamente, ¿cuál es el testimonio que Juan Bautista da de Jesús? Lo dice claramente: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. ¿Por qué Jesús es cordero y por qué quita el pecado?

En primer lugar, Juan Bautista llama a Jesús ‘cordero que quita el pecado del mundo’ en relación con el cordero que comieron los israelitas la noche en que fueron liberados de la esclavitud de Egipto. Con la sangre de ese cordero los israelitas marcaron sus puertas para que el ángel exterminador no los tocara, salvaran sus vidas y pudieran liberarse de Egipto. Este rito de marcar la puerta con sangre para salvarse es el símbolo de la sangre de Cristo que con su sangre los libera del pecado y nos da la salvación eterna (Éx 12,6-14).

Luego ese ritual se va a realizar en el desierto y la simbología se verá reforzada. En el desierto, el sacerdote entraba dentro de la Tienda de Reunión, que hacía las veces de Santuario, con la sangre de un novillo, rociaba con sangre el altar y luego hacía lo mismo con el pueblo. Es el símbolo de la sangre de Cristo que lava del pecado (Éx 24,5-8; cf. Mt 26,27-28). Luego el sacerdote soltaba vivo un macho cabrío y lo ofrecía en holocausto fuera del campamento. Es símbolo de Cristo que se ofrece en sacrificio y murió crucificado fuera la ciudad santa, Jerusalén (Éx 29,10-21).

Toda la fuerza y la eficacia de los sacrificios ofrecidos por el pueblo de Israel en Egipto y en el desierto les vienen del sacrificio de Cristo, ya que el sacrificio del cordero pascual era una figura del verdadero sacrificio que Cristo iba a realizar en la cruz. El mismo San Juan se va a encargar de hacer notar esta relación cuando diga de Cristo en cruz lo mismo que el libro del Éxodo decía del Cordero Pascual: “No se le quebrará hueso alguno” (Éx 12,46; Jn 19,36).

El sacrifico de Cristo en la cruz, que había sido prefigurado por el sacrificio del Cordero Pascual, será anticipado la noche del Jueves Santo, en la Última Cena, cuando Jesucristo instituya el Santo Sacrificio de la Eucaristía. Aquella última cena de Jesús se desarrolló durante la fiesta de Pascua y en el mismo momento en que se sacrificaba el cordero pascual. La Eucaristía, la Santa Misa es la actualización del mismo sacrificio de Cristo en la cruz y allí Jesús lava con su sangre el pecado de los hombres. Y por eso, en el Rito de Comunión de la Santa Misa, el sacerdote, de la misma manera que Juan el Bautista en el evangelio de hoy, señala a Cristo con aquellas palabras: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Todo esto que acabamos de decir queda demostrado y corroborado por el uso que del término “Cordero” se hace en el libro del Apocalipsis. Efectivamente, numerosas veces se nombra a Cristo como el “Cordero degollado” en relación con la purificación del pueblo a través de la sangre, es decir, el perdón de los pecados a causa del sacrificio de Cristo. El texto más claro es el siguiente: “Entonces vi, de pie, en medio del trono y de los cuatro Vivientes y de los Ancianos, un Cordero, como degollado; (…) Los cuatro Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron delante del Cordero. (…). Y cantan un cántico nuevo diciendo: «Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de Sacerdotes, y reinan sobre la tierra.» Y en la visión oí la voz de una multitud de Ángeles alrededor del trono, de los Vivientes y de los Ancianos. Su número era = miríadas de miríadas y millares de millares, y decían con fuerte voz: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.»

Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: «Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos.» Y los cuatro Vivientes decían: «Amén»; y los Ancianos se postraron para adorar” (Apoc 5,6-14). Como puede verse con las palabras y frase que hemos puesto en cursiva y subrayado, toda la gloria del Cordero proviene del hecho que ha sido degollado y con su sangre compró un pueblo numeroso, es decir, redimió, lo cual quiere decir alcanzar para el pueblo el perdón de los pecados. De hecho, la palabra ‘redimir’ proviene del término latino ‘redempto’ que, etimológicamente significa ‘volver a comprar’ (ver también otras citas del Apocalipsis: Apoc 13,8; 14,1-5; 15,3-4, etc.).

En segundo lugar, Juan Bautista llama a Cristo ‘el cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ haciendo referencia a la imagen del Siervo de Yahveh presentada por el profeta Isaías. Isaías presenta al Mesías como aquel que carga los pecados del mundo sobre sí y los redime siendo sacrificado como un cordero. Dice textualmente Isaías respecto al Mesías: “El Señor hizo recaer sobre él la culpa de todos nosotros. Siendo maltratado y humillado, no abrió su boca. Era como un cordero llevado al matadero; y como una oveja delante de los que la trasquilan, no abrió su boca. Llevó las culpas de muchos e intercedió por los pecadores” (Is 53,6-7.12)

Jesucristo es ese Mesías-cordero que es llevado al matadero de la cruz y cuyo sacrificio nos redimirá de nuestros pecados. Jesús es aquel que sufre por nosotros, en las dos acepciones de la preposición por: sufre a favor de nosotros y sufre en lugar de nosotros.

“A la acción del Siervo del Señor corresponde la obra de Jesús, que entrega su vida por mandato del Padre: ‘Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida (…). Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre’ (Jn 10,17-18). Levantado sobre la cruz se va a convertir en signo de salvación (cf. Jn 3,14-15). Por lo tanto, la palabra referida al Cordero de Dios hace alusión desde el inicio a la muerte de Jesús y a su significado salvífico para el mundo entero”.

La primera lectura de hoy, tomada precisamente del profeta Isaías, se refiere a este Siervo de Yahveh con estas palabras: “Y ahora, habla el Señor, el que me formó desde el vientre materno para que yo sea su Servidor, para hacer que Jacob vuelva a Él y se le reúna Israel. (…) Él dice: «Es demasiado poco que seas mi Servidor para restaurar a las tribus de Jacob y hacer volver a los sobrevivientes de Israel; Yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra»” (Is 49,5.6).

Dice el P. Buela: “Pero, ¿por qué había elegido el Cordero como símbolo privilegiado? ¿Por qué se mostró incluso de ese modo en el Trono de la eterna gloria? Porque él estaba libre de pecado y era humilde como un cordero; y porque él había venido para dejarse llevar como cordero al matadero (Is 53,7)”.

2. El Hijo de Dios

Pero el testimonio de Juan Bautista no se reduce a decir que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Juan Bautista completa su testimonio con esta frase: “Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios” (Jn 1,34).

Al decir ‘Hijo de Dios’, Juan Bautista se refiere a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, es decir, al Verbo. De esta manera está haciendo referencia a la divinidad de Jesucristo. Para Juan Bautista es muy importante reafirmar la divinidad de Jesucristo y por eso es que lo subraya diciendo: “Él existía antes que yo” (Jn 1,30). Juan Bautista sabía que él era seis meses mayor que Jesús en su nacimiento humano, pero Jesús existía antes que él porque Jesús es Dios.

De esta manera completa el título de ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Este Cordero quita el pecado del mundo de un modo muy particular. No es simplemente un hombre que sufre en lugar de otros. No es solamente alguien que alcanza la misericordia para los demás. Es la misma misericordia, porque es Dios. Eso significa que Juan Bautista lo llame Hijo de Dios. Precisamente porque es Dios tiene poder para quitar el pecado del mundo.

“ ‘Yo vi y he dado testimonio que éste es el Hijo de Dios’ (Jn 1,34). De esta manera Juan Bautista explica el fundamento de todo cuanto ha dado a conocer con precedencia acerca de la posición y la obra de Jesús. Por el hecho de que Jesús es el Hijo de Dios y vive desde la eternidad en comunión de igual dignidad con Dios, en cuanto Cordero de Dios puede quitar el pecado de todo el mundo y donar, por medio del bautismo en el Espíritu, la participación en la misma y propia vida con el Padre”.

Conclusión

“Al inicio y al final del cuarto Evangelio se pone de relieve el significado irrenunciable del testimonio para poder acercarse y llegar a unirse a Jesús, el cual no llega a ser conocido por medio de visiones, de inspiraciones interiores o de pruebas externas (cfr Jn 1,41: Andrés a Pedro: “hemos encontrado el Mesías”; 1,45, Felipe a Natanael; 19,35 “el que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido”, sobre la sangre y el agua del costado) y son enviados para dar testimonio (cfr 17,18: “yo los envío” ; 20,21: “yo los envío”)”.

Jesús quiere ser conocido no a través de inspiraciones interiores o visiones, sino a través del testimonio que los cristianos den de Jesús, a imitación de Juan Bautista. Es imposible que el mundo conozca hoy a Jesús sin el testimonio de los cristianos.

Pero ese testimonio es imposible hacerlo sin la experiencia de Jesús. Primero debemos conocer a Jesús, experimentarlo y luego entonces estaremos en capacidad de dar testimonio de Jesús.

¿Cómo se hace esa experiencia de Jesús? En primer lugar a través de la fe, creyendo firmemente la frase del Credo: “Creo en Jesucristo su único Hijo, Nuestro Señor, …”

En segundo lugar, a través del cumplimiento de su voluntad, cumpliendo con exactitud sus diez mandamientos.

En tercer lugar, a través de la comunión de su Cuerpo en la Santa Misa. Es en ese momento donde nosotros renovamos el mismo testimonio de Juan Bautista: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Es en ese momento donde nosotros nos unimos a Jesús estrechamente y hacemos una verdadera experiencia de Cristo.

En cuarto lugar, a través de la oración, sobre todo la oración hecha en silencio delante del Sagrario donde se guarda su Cuerpo o delante de la custodia cuando su Cuerpo está expuesto para ser adorado. A través de la oración entramos en relación con Jesús, conversamos con Él, adquirimos una vida de intimidad con Él y de esa manera adquirimos un conocimiento que nos permitirá testimoniarlo.

La palabra ‘testigo’, en griego, se dice ‘mártir’. Solamente podemos ser verdaderos testigos de Cristo si somos mártires. En el mundo de hoy que apostata de Cristo e incluso se genera una ‘cristofobia’, solamente seremos verdaderos testigos si estamos dispuestos a ser mártires.

Notas
En un buen castellano también podría decirse: “Todo el evangelio de hoy está enquiciado, engoznado o empernado alrededor del testimonio que Juan Bautista hace de Cristo” (cf. DRAE).
Stock, K., Gesù, il Figlio di Dio, Edizioni ADP, Roma, 1993, p. 28 – 29.
Dice la Biblia de Jerusalén en nota a Jn 1,29: “Uno de los símbolos principales de la cristología joánica, cf. Ap.5,6.12, etc. funde en una sola realidad la imagen del ‘Siervo’ de Is. 53 que carga con el pecado de los hombres y se ofrece como ‘cordero expiatorio (Lv 14), y el rito del cordero pascual (Ex.12,1+; cf. Jn.19,36: ‘No se le quebrará hueso alguno’), símbolo de la redención de Israel. Cf. Hech 8,31-35: el eunuco y Felipe Is 53; 1Cor 5,7: ‘Nuestro Cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado’; 1Pe 1,18-20: ‘Habéis sido rescatados (…) con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla’”. Y en nota a Apoc 5,6 dice la misma Biblia de Jerusalén: “Después de los títulos mesiánicos del v.5 (León de la tribu de Judá y retoño de David), aparece aquí el título de Cordero que en el Apoc. se le dará a Cristo unas treinta veces. Es el Cordero que ha sido inmolado para salvación del pueblo elegido, cf. Jn 1,29+; Is 53,7. Lleva las huellas de su suplicio, pero está de pie, triunfante, cf. Hech 7,55 (Esteban: “…vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios”), vencedor de la muerte, 1,18 (“Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos”), y por esto asociado a Dios como dueño de toda la humanidad, v. 13 (todos los seres de la tierra aclaman: “Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, etc.”), etc.; cf. cap. 21-22; Rm.1,4+ (“constituido Hijo de Dios con poder”; nota B. de J.: es Kyrios por su resurrección), etc. “El Mesías, León para vencer, se hizo Cordero para sufrir” (Victorino de Pettau)”.

Buela, C., Las Bodas del Cordero, homilía pronunciada el 22 de febrero de 2006 en el Monasterio "Beata Maria Gabriela de la Unidad", Roma.
Stock, K., Gesù, il Figlio..., p. 30.
Stock, K., Gesù, il Figlio..., p. 31.


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Aplicación: San Juan Pablo II - Él se inclinó y escuchó mi grito"(Sal 39/40,2).


"La gracia y la paz delante de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo" (1 Cor 1,3).

El tiempo de Navidad, que hemos vivido hace poco, ha renovado en nosotros la conciencia de que "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,14). Esta conciencia no nos abandona jamás; sin embargo, en este período se hace particularmente viva y expresiva. Se convierte en el contenido de la liturgia, pero también en el contenido de la vida cristiana, familiar y social. Nos preparamos siempre para esta santa noche del nacimiento temporal de Dios mediante el Adviento, tal como lo proclama hoy el Salmo responsorial: "Yo esperaba con ansia al Señor: Él se inclinó y escuchó mi grito"(Sal 39/40,2).

Es admirable este inclinarse del Señor sobre los hombres. Haciéndose hombre, y ante todo como Niño indefenso, hace que más bien nos inclinemos sobre Él, igual que María y José, como los pastores, y luego los tres Magos de Oriente. Nos inclinamos con veneración, pero también con ternura. ¡En el nacimiento terreno de su Hijo, Dios se "adapta" al hombre tanto, que incluso se hace hombre!

Y precisamente este hecho se nos recuerda ahora, si seguimos el hilo del Salmo: nos "puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios" (Sal 39/40,4). ¡Qué candor se trasluce en nuestros cantos navideños! ¡Cómo expresan la cercanía de Dios, que se ha hecho hombre y débil niño! ¡Que jamás perdamos el sentido profundo de este misterio! Que lo mantengamos siempre vivo, tal como lo han transmitido los grandes santos.

Lo expresa también el Profeta Isaías cuando proclama hoy en la primera lectura: "Mi Dios fue mi fuerza" (Is 49,5). Y en la segunda lectura San Pablo se dirige a los Corintios -y al mismo tiempo indirectamente a nosotros- como a "los consagrados por Jesucristo, al pueblo santo que Él llamó" (1 Cor 1,2).

El reciente Concilio nos ha recordado la vocación de todos a la santidad. ¡Esta es precisamente nuestra vocación en Jesucristo! Y es don esencial del nacimiento temporal de Dios. ¡Al nacer como hombre el Hijo de Dios confiesa la dignidad del ser humano, y a la vez le hace una nueva llamada, la llamada a la santidad!

¿Quién es Jesucristo?
El que nació la noche de Belén. El que fue revelado a los pastores y a los Magos de Oriente. Pero el Evangelio de este domingo nos lleva una vez más a las riberas del Jordán, donde después de 30 años de su nacimiento, Juan Bautista prepara a los hombres para su venida. Y cuando ve a Jesús, "que venía hacia él", dice: "Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29).

Juan afirma que bautiza en el Jordán "con agua para que -Jesús de Nazaret- sea manifestado a Israel" (Jn 1,31).

Nos habituamos a las palabras: "Cordero de Dios". Y, sin embargo, éstas son simplemente palabras maravillosas, misteriosas, palabras potentes. ¡Cómo podían comprenderlas los oyentes inmediatos de Juan, que conocían el sacrificio del cordero ligado a la noche del éxodo de Israel de la esclavitud de Egipto!

¡El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!

Los versos siguientes del Salmo responsorial de hoy explican más plenamente lo que se reveló en el Jordán y a través de las palabras de Juan Bautista, y que ya había comenzado la noche de Belén. El salmo se dirige a Dios con las palabras del Salmista, pero indirectamente nos trae de nuevo las palabras del Hijo eterno hecho hombre: "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: Aquí estoy -como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero" (Sal 39/40,7-9).

Así habla, con las palabras del Salmo, el Hijo de Dios hecho hombre. Juan capta la misma verdad en el Jordán, cuando señalándolo, grita: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29).

Hemos sido, pues, "santificados en Cristo Jesús". Y estamos "llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo Señor nuestro" (1 Cor 1,2).

Jesucristo es el Cordero de Dios, que dice de Sí mismo: "Dios mío, quiero hacer tu voluntad, y llevo tu ley en las entrañas" (cf. Sal. 39/40, 9).

¿Qué es la santidad? Es precisamente la alegría de hacer la voluntad de Dios.
El hombre experimenta esta alegría por medio de una constante acción profunda sobre sí mismo, por medio de la fidelidad a la ley divina, a los mandamientos del Evangelio. E incluso con renuncias.

El hombre participa de esta alegría siempre y exclusivamente por medio de Jesucristo, Cordero de Dios. ¡Qué elocuente es que escuchemos las palabras pronunciadas por Juan en el Jordán, cuando debemos acercarnos a recibir a Cristo en nuestros corazones y en la comunión eucarística!

Viene a nosotros el que trae la alegría de hacer la voluntad de Dios. El que trae la santidad.

Escuchamos las palabras: "Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Y continuamente sentimos la llamada a la santidad.

Jesucristo nos trae la llamada a la santidad y continuamente nos da la fuerza de la santificación. Continuamente nos da "el poder de llegar a ser hijos de Dios", como lo proclama la liturgia de hoy en el canto del Aleluya.

Esta potencia de santificación del hombre, potencia continua e inagotable, es el don del Cordero de Dios. Juan señalándolo en el Jordán, dice: "Éste es el Hijo de Dios" (Jn 1,34), "Ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo" (Jn 1,33), es decir, nos sumerge en ese Espíritu al que Juan vio, mientras bautizaba, "que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre Él" (Jn 1,32). Éste fue el signo mesiánico. En este signo, Él mismo, que está lleno de poder y de Espíritu Santo, se ha revelado como causa de nuestra santidad: el Cordero de Dios, el autor de nuestra santidad.

¡Dejemos que Él actúe en nosotros con la potencia del Espíritu Santo!

¡Dejemos que Él nos guíe por los caminos de la fe, de la esperanza, de la caridad, por el camino de la santidad!

¡Dejemos que el Espíritu Santo -Espíritu de Jesucristo- renueve la faz de la tierra a través de cada uno de nosotros!

De este modo, resuene en toda nuestra vida el canto de Navidad.
(Domingo 18 de enero de 1981)


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Aplicación: S.S. Frncisco p.p. - El testimonio de Juan el Bautista

Es hermoso este pasaje del Evangelio. Juan que bautizaba; y Jesús, que había sido bautizado antes —algunos días antes—, se acercaba, y pasó delante de Juan. Y Juan sintió dentro de sí la fuerza del Espíritu Santo para dar testimonio de Jesús. Mirándole, y mirando a la gente que estaba a su alrededor, dijo: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Y da testimonio de Jesús: éste es Jesús, éste es Aquél que viene a salvarnos; éste es Aquél que nos dará la fuerza de la esperanza.

Jesús es llamado el Cordero: es el Cordero que quita el pecado del mundo. Uno puede pensar: ¿pero cómo, un cordero, tan débil, un corderito débil, cómo puede quitar tantos pecados, tantas maldades? Con el Amor, con su mansedumbre. Jesús no dejó nunca de ser cordero: manso, bueno, lleno de amor, cercano a los pequeños, cercano a los pobres. Estaba allí, entre la gente, curaba a todos, enseñaba, oraba. Tan débil Jesús, como un cordero. Pero tuvo la fuerza de cargar sobre sí todos nuestros pecados, todos. «Pero, padre, usted no conoce mi vida: yo tengo un pecado que..., no puedo cargarlo ni siquiera con un camión...». Muchas veces, cuando miramos nuestra conciencia, encontramos en ella algunos que son grandes. Pero Él los carga. Él vino para esto: para perdonar, para traer la paz al mundo, pero antes al corazón. Tal vez cada uno de nosotros tiene un tormento en el corazón, tal vez tiene oscuridad en el corazón, tal vez se siente un poco triste por una culpa... Él vino a quitar todo esto, Él nos da la paz, Él perdona todo. «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado»: quita el pecado con la raíz y todo. Ésta es la salvación de Jesús, con su amor y con su mansedumbre. Y escuchando lo que dice Juan Bautista, quien da testimonio de Jesús como Salvador, debemos crecer en la confianza en Jesús.

Muchas veces tenemos confianza en un médico: está bien, porque el médico está para curarnos; tenemos confianza en una persona: los hermanos, las hermanas, nos pueden ayudar. Está bien tener esta confianza humana, entre nosotros. Pero olvidamos la confianza en el Señor: ésta es la clave del éxito en la vida. La confianza en el Señor, confiémonos al Señor. «Señor, mira mi vida: estoy en la oscuridad, tengo esta dificultad, tengo este pecado...»; todo lo que tenemos: «Mira esto: yo me confío a ti». Y ésta es una apuesta que debemos hacer: confiarnos a Él, y nunca decepciona. ¡Nunca, nunca! Oíd bien vosotros muchachos y muchachas que comenzáis ahora la vida: Jesús no decepciona nunca. Jamás. Éste es el testimonio de Juan: Jesús, el bueno, el manso, que terminará como un cordero, muerto. Sin gritar. Él vino para salvarnos, para quitar el pecado. El mío, el tuyo y el del mundo: todo, todo.

Y ahora os invito a hacer una cosa: cerremos los ojos, imaginemos esa escena, a la orilla del río, Juan mientras bautiza y Jesús que pasa. Y escuchemos la voz de Juan: «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Miremos a Jesús en silencio, que cada uno de nosotros le diga algo a Jesús desde su corazón. En silencio.

Que el Señor Jesús, que es manso, es bueno —es un cordero—, y vino para quitar los pecados, nos acompañe por el camino de nuestra vida. Así sea.
(Visita pastoral a la parroquia romana "Sacro Cuore di Gesù a castro pretorio", Domingo 19 de enero de 2014)


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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Cordero y Siervo y de Yahveh Jn 1, 29-34

Jerusalén es el monte donde Dios provee.

Abrahán tuvo un hijo que se llamó Isaac, hijo de Sara, hijo de la promesa. Dios mandó a Abrahán sacrificar en su honor a su único hijo en el monte Moria. Yendo Abrahán con su hijo hacia el monte le preguntó Isaac dónde estaba el cordero para el holocausto y Abrahán le respondió: Dios proveerá. Cuando Abrahán iba a degollar a su hijo, siguiendo el mandato de Dios, el ángel lo detuvo y Dios se complació en la obediencia del Patriarca. Encontraron providencialmente en aquel lugar un cordero para el sacrificio.

Isaac es figura de Cristo. Isaac cargó con la leña para el holocausto como Cristo con la cruz, pero Isaac fue perdonado, Cristo no. El holocausto de Isaac no aplacaría a Dios como tampoco los millones de corderos que Israel inmolaría en su historia. No aplacan porque no cumplen las condiciones de la verdadera víctima que tiene que ser de la misma naturaleza que los rescatados, estar libre de pecado y ofrecerse voluntariamente.

El cordero de la pascua también es figura de Cristo. Su sangre libró a los israelitas del ángel exterminador en Egipto y liberó al pueblo de la esclavitud pero esta era una liberación terrenal figura de la verdadera liberación. La Pascua instituida conmemoraba el paso del mar rojo y la liberación.

Dios proveyó la víctima y la víctima se entregó en holocausto en el monte de Dios provee. Esa víctima fue Jesús, el Hijo Único del Padre, que voluntariamente se entregó por nosotros siendo inocente.

En el Evangelio de hoy Juan da testimonio de este Cordero que Dios provee a los hombres. “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Juan lo señala porque lo conocía. El que envió a bautizar a Juan le dio la señal “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y “he visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él”. Juan da testimonio de Jesús y testifica también lo que ha oído al bautizar, que es el Hijo de Dios.

Juan lo llama ese día Cordero de Dios y hará lo mismo al día siguiente. “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
Señala este nombre dos aspectos de Jesús: primero, el de cargar con los pecados del mundo y segundo, el de liberar a los hombres del pecado.

El primero es señalado en los cantos del Siervo de Yahvé de Isaías: “como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores”, señalando el aspecto de mansedumbre de Jesús durante su vida y en especial en su Pasión “Yahvé descargó sobre él la culpa de todos nosotros”, sacrificio vicario de Cristo para renovar la definitiva y eterna alianza.
El segundo es figurado en el cordero pascual cuya sangre liberó a los israelitas de la esclavitud. Jesús es el cordero inocente que nos libera del pecado. Es el que nos hace salir de las tinieblas para entrar al reino de la luz, aspecto también profetizado por Isaías respecto al Siervo de Yahvé: “te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra”.

En Cristo, el Cordero de Dios que carga los pecados del mundo, se unen ambos aspectos, pues, cargó con nuestros pecados como Isaac con la leña del holocausto y fue ofrecido en sacrificio por nuestra libertad, “él soportó” el castigo que nos trae la paz; “con sus cardenales hemos sido curados”. “Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido”. Por su luz iluminó nuestras vidas. Iluminación por su enseñanza y también por su muerte en cruz, pues el pecado oscurece la mente.

Dios proveyó la víctima y el monte Moria, luego del sacrificio de Abraham, fue “monte de Dios proveyó” y finalmente después del sacrificio de Cristo es el “monte de la visión de paz”, pues allí nace la Nueva Jerusalén.

En el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo hay una respuesta al problema del mal en el mundo. El inocente que muere por amor a otros. El Hijo Único y amado del Padre es entregado, por amor, a los hijos rebeldes y malos, desagradecidos. En la muerte del cordero inocente hay un augurio de final feliz. El dolor es vencido por el gozo. A la muerte sucede la resurrección. A las tinieblas sigue la luz.
Así obra Dios, aunque el porqué de su obrar se encuentra, en el misterio de su sabiduría infinita.

Notas
Gn 22, 14; Cf. v. 8
Gn 22, 2. Colina donde se levantó el templo de Jerusalén. Nota de Jsalén.
Ex 12, 29 s
Lc 3, 2
Jn 1, 36
Is 53,7
Is 49, 6
Is 53, 5
Is 53, 8

 

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Aplicación: Papa Francisco - Las cuatro virtudes del Cordero

Con la fiesta del Bautismo del Señor, celebrada el pasado domingo, hemos entrado en el tiempo litúrgico llamado “ordinario”. En este segundo domingo, el Evangelio nos presenta la escena del encuentro entre Jesús y Juan el Bautista, cerca del rio Jordán. Quien la describe es el testigo ocular, Juan Evangelista, que antes de ser discípulo de Jesús era discípulo del Bautista, junto con el hermano Santiago, con Simón y Andrés, todos de Galilea, todos pescadores. El Bautista ve a Jesús que avanza entre la multitud e, inspirado del alto, reconoce en Èl al enviado de Dios, por esto lo indica con estas palabras: «¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! » (Jn 1,29).El verbo que viene traducido con “quitar”, significa literalmente “levantar”, “tomar sobre sí”. Jesús ha venido al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado, cargándose las culpas de la humanidad. ¿De qué manera? Amando. No hay otro modo de vencer el mal y el pecado que con el amor que empuja al don de la propia vida por los demás.

En el testimonio de Juan el Bautista, Jesús tiene las características del Siervo del Señor, que «soportó nuestros sufrimientos, y aguantó nuestros dolores» (Is 53,4), hasta morir sobre la cruz. Él es el verdadero cordero pascual, que se sumerge en el rio de nuestro pecado, para purificarnos.

El Bautista ve ante sí a un hombre que se pone en fila con los pecadores para hacerse bautizar, si bien no teniendo necesidad. Un hombre que Dios ha enviado al mundo como cordero inmolado.

En el Nuevo Testamento la palabra “cordero” se repite varias veces y siempre en referencia a Jesús. Esta imagen del cordero podría sorprender; de hecho, es un animal que no se caracteriza ciertamente por su fuerza y robustez y se carga un peso tan oprimente. La enorme masa del mal viene quitada y llevada por una creatura débil y frágil, símbolo de obediencia, docilidad y de amor indefenso, que llega hasta el sacrificio de sí misma. El cordero no es dominador, sino dócil; no es agresivo, sino pacifico; no muestra las garras o los dientes frente a cualquier ataque, sino soporta y es remisivo.

¿Qué cosa significa para la Iglesia, para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús Cordero de Dios? Significa poner en el lugar de la malicia la inocencia, en el lugar de la fuerza el amor, en el lugar de la soberbia la humildad, en el lugar del prestigio el servicio. Ser discípulos del Cordero significa no vivir como una “ciudadela asediada”, sino como una ciudad colocada sobre el monte, abierta, acogedora y solidaria. Quiere decir no asumir actitudes de cerrazón, sino proponer el Evangelio a todos, testimoniando con nuestra vida que seguir a Jesús nos hace más libres y más alegres.
(Palabras del Papa Francisco antes del Angelus del domingo 19 de enero de 2013)

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Aplicación: J. Gomis - El Cordero que quita el pecado del mundo

Finalizado el tiempo de Navidad-Epifanía en el que hemos contemplado la irrupción del Dios que se nos da a conocer -un darse a conocer que es al mismo tiempo comunicar vida, liberar, salvar-, comenzamos el curso normal de los domingos que de nuevo interrumpiremos al llegar al tiempo de Cuaresma-Pascua. Y en este momento inicial del tiempo ordinario hemos escuchado un evangelio PROGRAMATICO de Juan. Programático, es decir, que resume el programa -el sentido- de la misión de JC. De ahí que puede ser oportuno comentar algunas expresiones del evangelio que nos ayudarán a captar la dirección del camino de quien es para nosotros Luz y Vida.

Dice el Bautista definiendo a Jesús: ESTE ES EL CORDERO DE DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO. Son palabras que repetimos siempre que celebramos la Eucaristía, antes de comulgar: muestra de que la Iglesia les otorga un peculiar valor. Un valor cuyo sentido quizá nosotros no comprendamos bastante. Porque ¿sabemos qué significa esto de "el Cordero de Dios"? y ¿cuál es el sentido de "el pecado del mundo"?

-CORDERO DE DIOS. Es una expresión que corresponde a lo que leímos en la primera lectura: "Tú eres mi siervo... Te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra".

Pero este Salvador de Dios, este Mesías -según la gran esperanza del pueblo judío- escoge un camino no de dominio y poder, sino de servicio. Esto es lo que significa la comparación de llamarlo "cordero". Actualmente es muy posible que la palabra nos suene demasiado como sacrificio de quien inclina la cabeza ante los poderosos. La expresión de Juan significa bastante más que esto: significa que Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios, realiza su misión como un servidor absolutamente humilde, pobre, sencillo... pero que así consigue la Victoria. No podemos olvidar que en el último libro de la Biblia, en el Apocalipsis, se nos presenta a este Cordero como el gran triunfador.

Es la paradoja de la vida y obra de JC: sigue un CAMINO DE SERVICIO, como un hombre sin poder, junto a los pobres y despreciados. Hasta morir como un criminal entre criminales. Pero este camino -un camino que como dice San Pablo, es locura y escándalo- resulta ser el CAMINO DE VIDA, de Victoria. De ahí que siempre, para quienes queremos seguir a JC, el interrogante es si para participar de su Victoria escogemos el camino que él escogió. O si nos pasamos de listos y escogemos otro camino.

-EL PECADO DEL MUNDO. Es la otra expresión que hemos de considerar. No habla del pecado de cada hombre sino del pecado del mundo. Se trata de la REALIDAD DE MAL que hay en el mundo, más allá de lo que cada uno de nosotros hace. Es lo que queremos expresar al hablar de "pecado original": un niño al nacer, no entra en un mundo limpio, sino en un mundo herido por una presencia de mal que de un modo u otro le afectará. Ninguno de nosotros se libra de esta herida, todos la sufrimos. Por eso su lucha es contra el pecado del mundo, contra esta presencia poderosa de mal que hay de hecho en nuestro mundo. Isaías en la primera lectura, decía que el "Siervo de Dios" sería "LUZ". Porque el pecado del mundo es básicamente oscuridad, tiniebla, negación de verdad. Es trampa, hipocresía, falsedad.

Que lleva al egoísmo, al desamor. POR ESO LA LUCHA DE JC contra el pecado del mundo -la lucha que hemos de continuar nosotros- ES camino de verdad que lleva al amor. Sólo con verdad y sólo con amor se combate eficazmente contra el mal que hay en el mundo.

ESCOGER siempre la verdad y escoger siempre el amor es la única manera de ser cristiano.

La pregunta es, sin embargo: ¿cómo seguir este camino? Todos conocemos suficientemente nuestra debilidad, nuestro pecado y -más aún- el peso del pecado del mundo en nosotros, fuerza de gravedad que nos impide avanzar en la verdad y en el amor. La respuesta la hallamos también en el evangelio programático de hoy. Es importante notar cómo el testimonio de Juan sobre Jesús se identifica con decir que en Él hay el ESPÍRITU DE DIOS. No dice: es un hombre sabio, bueno, fuerte... sino simplemente: en Él hay el Espíritu de Dios. Y esto -no os sorprendáis- se puede decir también de nosotros: en nosotros hay el Espíritu de Dios.

No somos sabios, ni buenos, ni fuertes..., pero por gracia de Dios en nosotros habita su Espíritu.

Y es este Espíritu de Dios -tan olvidado por nosotros- el que HACE POSIBLE seguir el camino de JC, el camino de la verdad y el amor, el camino de lucha contra el pecado del mundo. Un camino que conduce a la Victoria.
(J. GOMIS, MISA DOMINICAL 1975/01)


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Enciclopedia Católica - Cordero (en el Simbolismo Cristiano Primitivo)

Uno de los pocos símbolos Cristianos procedentes del primer siglo es el del Buen Pastor llevando sobre sus hombros un cordero o una oveja, con otras dos ovejas a su lado. Entre los siglos primero y cuarto fueron pintados ochenta y ocho frescos de este tipo en las Catacumbas Romanas. Según la interpretación de Wilpert, el significado que puede ser asociado a este símbolo, es el que sigue. El cordero u oveja sobre los hombros del Buen Pastor es un símbolo del alma de los difuntos llevada por Nuestro Señor al cielo; mientras que las dos ovejas que acompañan al Pastor representan los santos que ya gozan de la felicidad eterna. Esta interpretación está en armonía con una antigua oración litúrgica por los difuntos del siguiente tenor: "Te rogamos Dios . . . que seas misericordioso con él en el juicio, habiéndolo redimido por tu muerte, líbralo del pecado, y reconcílialo con el Padre. Se para él el Buen Pastor y llévalo sobre tus hombros [al redil] Recíbelo en el Reino venidero, y concédele participar en el gozo eterno de la Sociedad de los santos" (Muratori, "Lit. Rom. Vet.", I, 751). En los frescos de las catacumbas esta petición está representada como ya cumplida; el difunto está en compañía de los santos.

(…)

El cordero, u oveja, símbolo, entonces, del primer tipo descrito, tiene siempre, en todas las pinturas de catacumbas y en sarcófagos del siglo cuarto, un significado asociado con la condición del difunto después de muerto. Pero en la nueva era iniciada por Constantino el Grande, el cordero aparece en el arte de las basílicas con un significado totalmente nuevo. El esquema general de la decoración absidal con mosaico en las basílicas que se construyen por todas partes tras la conversión de Constantino, se asemeja en lo fundamental a lo descrito por San Paulino como existente en la Basílica de San Felix de Nola.

"La Trinidad resplandece en su misterio pleno", el santo nos dice: "Cristo es representado mediante la figura de un cordero; la voz del Padre truena desde el cielo; y el Espíritu Santo es derramado a través de la paloma. La Cruz está rodeada por un círculo de luz como por una corona. La corona de esta corona son los mismos apóstoles, que son representados por un coro de palomas. La Divina unidad de la Trinidad es resumida en Cristo. La Trinidad tiene al mismo tiempo sus propias representaciones; Dios es representado por la voz paternal, y por el Espíritu; la Cruz y el Cordero significan la Víctima Santa. El fondo de púrpura y las palmas significan la realeza y el triunfo. Sobre la roca está de pie aquel que es la Roca de la Iglesia, de la que fluyen las cuatro fuentes murmurantes, los Evangelistas, ríos vivos de Cristo" (San Paulino, "Ep. xxxii, ad Severum", sect. 10, P. L. LXI, 336).

El Divino Cordero era normalmente representado en los mosaicos absidales de pie sobre el monte místico desde donde fluyen los cuatro arroyos del Paraíso simbolizando a los Evangelistas; doce ovejas, seis a cada lado, eran además representadas, viniendo desde las ciudades de Jerusalén y Belén (indicadas por pequeñas casas en los extremos de la escena) y marchando hacia el cordero. La zona inferior, no existente en la actualidad, del famoso mosaico del siglo cuarto de la iglesia de Sta. Pudenciana de Roma, originalmente representaba el cordero sobre la montaña y probablemente también las doce ovejas; el mosaico absidal del siglo sexto de los Sts. Cosme y Damián existente en Roma, da una buena idea de la manera en que se representaba este tema.

Según el "Liber Pontificalis", Constantino el Grande regaló al baptisterio Laterano, que él fundó, una estatua de oro de un cordero derramando agua que fue emplazada entre dos estatuas de plata de Cristo y San Juan Bautista; el Bautista estaba representado portando un rollo inscrito con las palabras: "Ecce Agnus Dei, ecce qui tollit peccata mundi." Desde el siglo quinto, la cabeza del cordero empezó a ser rodeada por la aureola. Diversos monumentos también muestran al cordero con su cabeza coronada por varias formas de Cruz; un monumento descubierto por de Vogüé en la Siria Central muestra al cordero con la Cruz sobre sus espaldas.

El siguiente paso en el desarrollo de la idea de asociar la Cruz con el cordero aparece en un mosaico del siglo sexto de la Basílica Vaticana que representaba al cordero sobre un trono, a los pies de una Cruz adornada con gemas. Del costado traspasado de este cordero, fluía sangre en un cáliz desde donde a su vez se distribuía en cinco chorros, recordando las cinco llagas de Cristo. Finalmente, otro monumento del siglo sexto, formando parte en la actualidad del ciborio de San Marcos, en Venecia, presenta una escena de crucifixión con los dos ladrones crucificados, mientras que Cristo es representado como un cordero, permaneciendo erguido sobre la unión de los maderos.

Uno de los más interesantes monumentos mostrando al Divino Cordero de variadas maneras es el sarcófago de Junius Bassus (m. 358). En cuatro de los tímpanos entre los nichos aparece levantando a Lázaro, por medio de un bastón, desde la tumba; siendo bautizado por otro cordero, con una paloma sobrevolando la escena; multiplicando los panes, en dos cestos, mediante el toque con un bastón; unido a otros tres corderos. Otras dos escenas muestran un cordero recibiendo las Tablas de la Ley en el Monte Sinaí y golpeando una roca de la que fluye un chorro de agua. Por tanto en esta serie, el cordero es un símbolo, no sólo de Cristo, sino también de Moisés, del Bautista, y de los tres Jóvenes en el horno ardiente. El fresco del cementerio de Praetextatus, mostrando a Susana como un cordero entre dos lobos (los ancianos), es otro ejemplo del cordero como símbolo de un creyente ordinario.
(Traducido por Juan I. Cuadrado)


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Directorio Homilético: Segundo domingo del Tiempo Ordinario

CEC 604-609: Jesús, el Ángel de Dios que quita el pecado del mundo
CEC 689-690: la misión del Hijo y del Espíritu Santo

Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

604 Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19). "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5, 8).

605 Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: "De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños" (Mt 18, 14). Afirma "dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: "no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo" (Cc Quiercy en el año 853: DS 624).


III CRISTO SE OFRECIO A SU PADRE POR NUESTROS PECADOS

Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre

606 El Hijo de Dios "bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado" (Jn 6, 38), "al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo ... para hacer, oh Dios, tu voluntad ... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús "por los pecados del mundo entero" (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: "El Padre me ama porque doy mi vida" (Jn 10, 17). "El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado" (Jn 14, 31).

607 Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús (cf. Lc 12,50; 22, 15; Mt 16, 21-23) porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: "¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!" (Jn 12, 27). "El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?" (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz antes de que "todo esté cumplido" (Jn 19, 30), dice: "Tengo sed" (Jn 19, 28).


"El cordero que quita el pecado del mundo"

608 Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (cf. Lc 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y señaló a Jesús como el "Cordero de Dios que quita los pecados del mundo" (Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7; cf. Jr 11, 19) y carga con el pecado de las multitudes (cf. Is 53, 12) y el cordero pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14;cf. Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: "Servir y dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10, 45).


Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre

609 Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, "los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1) porque "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: "Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente" (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).


I LA MISION CONJUNTA DEL HIJO Y DEL ESPIRITU

689 Aquel al que el Padre ha enviado a nuestros corazones, el Espíritu de su Hijo (cf. Ga 4, 6) es realmente Dios. Consubstancial con el Padre y el Hijo, es inseparable de ellos, tanto en la vida íntima de la Trinidad como en su don de amor para el mundo. Pero al adorar a la Santísima Trinidad vivificante, consubstancial e individible, la fe de la Iglesia profesa también la distinción de las Personas. Cuando el Padre envía su Verbo, envía también su aliento: misión conjunta en la que el Hijo y el Espíritu Santo son distintos pero inseparables. Sin ninguna duda, Cristo es quien se manifiesta, Imagen visible de Dios invisible, pero es el Espíritu Santo quien lo revela.

690 Jesús es Cristo, "ungido", porque el Espíritu es su Unción y todo lo que sucede a partir de la Encarnación mana de esta plenitud (cf. Jn 3, 34). Cuando por fin Cristo es glorificado (Jn 7, 39), puede a su vez, de junto al Padre, enviar el Espíritu a los que creen en él: El les comunica su Gloria (cf. Jn 17, 22), es decir, el Espíritu Santo que lo glorifica (cf. Jn 16, 14). La misión conjunta y mutua se desplegará desde entonces en los hijos adoptados por el Padre en el Cuerpo de su Hijo: la misión del Espíritu de adopción será unirlos a Cristo y hacerles vivir en él:

La noción de la unción sugiere ...que no hay ninguna distancia entre el Hijo y el Espíritu. En efecto, de la misma manera que entre la superficie del cuerpo y la unción del aceite ni la razón ni los sentidos conocen ningún intermediario, así es inmediato el contacto del Hijo con el Espíritu... de tal modo que quien va a tener contacto con el Hijo por la fe tiene que tener antes contacto necesariamente con el óleo. En efecto, no hay parte alguna que esté desnuda del Espíritu Santo. Por eso es por lo que la confesión del Señorío del Hijo se hace en el Espíritu Santo por aquellos que la aceptan, viniendo el Espíritu desde todas partes delante de los que se acercan por la fe (San Gregorio Niceno, Spir. 3, 1).

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Ejemplos

EL CORDERO SIGNO EMINENTE DE LA PASCUA

R. Gamaliel solía decir: todo aquel que no menciona estas tres cosas en Pascua, no cumple con su deber. Las tres cosas son: el cordero pascual, el pan ázimo y las hierbas amargas. El cordero a causa de que el Ubicuo pasó por las casas de nuestros antepasados en Egipto, pues está escrito: y entonces diréis: sacrificio de Pascua es para el Señor, porque pasó etc. El pan ázimo porque nuestros antepasados fueron liberados de Egipto, según está escrito: y cocieron la masa que habían sacado de Egipto etc. Y hierbas amargas porque los egipcios amargaron las vidas de nuestros antepasados en Egipto, pues está escrito: y amargaron sus vidas etc. En cada generación el hombre debe considerarse como si hu­biera sido liberado personalmente de Egipto, según está escrito: y contarás en dicho día a tu hijo dicién­dole: esto es por lo que el Señor hizo por mí cuando salí de Egipto. Por ello, debemos agradecer, alabar, glorificar, enaltecer, respetar, ensalzar, bendecir, exaltar y adorar a Aquel que por nuestros antepasados y por nosotros obró todos estos milagros, a Aquel que nos sacó de la esclavitud a la libertad, de la desgracia a la alegría, del duelo a la fiesta, de la oscuridad a la gran luz, de la servidumbre a la liberación.  (Pesajim X, 4 [en 116a‑b] Ex 12, 22)

(Cortesía: iveargentina.org y otros)

 

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