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Domingo 21 del Tiempo Ordinario A - 'Sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia' - Comentarios de Sabios y Santos I: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical

 

A su disposición
Exégesis: José Ma. Solé Roma, O.M.F. sobre las tres lecturas

Comentario teológico: P. Jean Galot S.J. - La persona de Pedro y la persona de Cristo

Comentario: Hans Urs von Balthasar - La Roca - La Llave

Comentario: P. Octavio Ortiz

Santos Padres: San Jerónimo - La pregunta sobre la identidad de Jesús

Santos Padres: San Ambrosio - Testimonio de Pedro Lc 9, 18-26

Santos Padres: San Agustín - Si es sólo un hombre y nada más, no es Jesucristo

Aplicación: Benedicto XVI - La confesión de Pedro

Aplicación: P. R. Cantalamessa - ¿Quién dicen ustedes que soy yo?

Aplicación: Equipo MD - Dos preguntas comprometedoras

Ejemplos

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

Domingo 21 A - Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia

 

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo

Exégesis: José Ma. Solé Roma, O.M.F. sobre las tres lecturas

Isaías 22, 19-23:
El oráculo de los vv 19-23 adquiere especial importancia por su eco en el N. T.:

— Eliaquim es mayordomo de palacio en los días del Rey Ezequías (2 R 18, 18). Por su entrega y fide­lidad al Rey y a la Ley se le hacen promesas de paz y de prosperidad, de honor y de poderío en la Casa de David.

— San Juan, en el Apocalipsis, interpreta en sentido Mesiánico este texto y lo aplica a Cristo: «Esto dice el Santo, el Fiel, el que posee la llave de la Casa de David; el que abre y nadie puede cerrar, cierra y nadie puede abrir» (Ap 3, 7; Cfr Is 22, 22). Tenemos, pues, una expresión que en Eliaquim sólo tiene un sentido típico y prefigurativo. Y en Cristo Jesús alcanza el sentido real y pleno. El autor del Apocalipsis ve en la gloria y autoridad, y sobre todo en la bondad inteligente y en la solicitud paternal con que Eliaquim cuida de la Casa de David (21), un modelo y prenuncio que nos orienta para enten­der cómo la autoridad y señorío del Mesías nada va a tener de despótico y egoísta; será, antes bien, autoridad de amor y de solicitud sobre toda la fami­lia de David. En esta familia Davídica o Reino Me­siánico es Jesús el Jefe y nosotros los hijos. De ahí que la autoridad del Mesías es autoridad paternal. La Liturgia de Adviento saluda al Mesías con la an­tífona calcada en este oráculo: «O clavis David et sceptrum domus David; qui aperis et nemo claudif, dandis et nemo aperif. veni...».

— Otra importante referencia a este texto tenemos en la colación del primado a Pedro. Jesús le entrega la autoridad y señorío de su Iglesia: «Te doy las llaves del Reino de los cielos» (Mt 16, 19). Con esta alusión implícita a Isaías 22, 22, se orienta a Pedro en el ejercicio de su autoridad. No será a se­mejanza de las autoridades tiránicas y avasallado­ras, sino a semejanza de la autoridad paternal. Auto­ridad de amor y solicitud, de entrega y de servicio.

Segunda Lectura: Romanos 11, 33, 36:
San Pablo cierra su estudio acerca del misterio de la infidelidad de los judíos con un himno a la inson­dable sabiduría misericordiosa de Dios:

— Ha denominado «misterio» (Rom 11, 25) el he­cho del endurecimiento parcial de los judíos. Dios, que es Bien sumo, aun de los pecados de los hom­bres deriva bienes. Así, la infidelidad de Israel ha sido ocasión de que los mensajeros del Evangelio llevaran la gracia redentora a los gentiles (30). Y mientras, madura la conversión de Israel. Israel no podrá menos de reconocer que él, no menos que los gentiles, necesita de la gracia y de la misericordia de Dios (32). La humilde aceptación de esta gracia salvífica nos purificará por igual a gentiles y judíos de todos nuestros pecados (26. 32).

— Si todos por igual recibimos la salvación por gracia y misericordia de Dios, todos por igual de­bemos ser humildes ante Dios y compasivos unos con otros. El plan divino, a unos hombres que eran igualmente pecadores, les ofrece la salvación gratui­tamente por igual a todos. El camino salvífico queda fácil y abierto a todos. Únicamente queda cerrado al orgullo; a una necia autonomía y autosuficiencia que, al estilo de Adán, se empeña en ganar a fuerza de brazos lo que sólo puede ser dádiva de Dios.

— San Pablo, que en sus días de fariseo vivió este orgullo, ahora que encontró el camino entona un himno cálido a la infinita riqueza de bondad, de sa­biduría y de ciencia de Dios (33). Ciencia infinita y adorable: «Son inescrutables sus juicios e irrastreables sus caminos» (33). Sabiduría infinita y adora­ble: «¿Quién conoció el plan de Dios? ¿Quién fue su consejero?» (34a). Bondad infinita y adorable: «¿Quién le dio primero que tenga derecho a la re­compensa?» (34b). Y corona esas profundas refle­xiones con la magnífica doxología: «De El, por El y para El son todas las cosas, ¡A El la gloria por los siglos! Amén» (35). Esta doxología, con su Aleluya y su Amén, forman el tema perenne de la Liturgia de la Iglesia peregrina igual que de la Iglesia celeste.

Evangelio: Mateo 16, 13-20:
Mateo nos narra esta trascendental escena en la que Jesús instituye el Primado de Pedro: Mayordo­mo de su Iglesia a semejanza de Eliaquim, Mayor­domo de la Casa de David:

— Pedro, iluminado por el Padre, es decir, con luz sobrenatural (17), confiesa no sólo la Mesianidad de Jesús, sino también su divina filiación (15). El Espí­ritu Santo ilumina la mente de Pedro para que en las expresiones con que Jesús diversas veces les ha hablado de «su» Padre vea un sentido único. Nadie, ni hombre ni ángel, tiene con Dios esta relación. Jesús es el Hijo.

— Jesús premia la confesión de Pedro: Le da un Nombre y le encarga una Función. El nombre pudo ha­bérselo dado antes (Cfr Jn 1, 42), pero es ahora que le explica Jesús la razón de su nuevo nombre. Se lla­mará: Kefas = Petros = Roca. Y se le da este nombre en razón del ministerio o función que debe desempeñar: Es la «Roca» sobre la cual Cristo edifica su «Iglesia» (18). Iglesia equivale a Comunidad Mesiánica o Reino de los cielos. Esta Comunidad queda organizada. Tiene un Jefe. Es evidente que el Jefe indiscutible es Cristo (23, 10). Al partir Cristo quedará representando la Persona y la autoridad de Cristo, Pedro. Y es igualmente evidente que si Cristo instituye su Iglesia para una pervivencia ilimitada, instituye también un Primado con igual pervivencia.

— La autoridad y los poderes de Pedro son plenos. Le entrega las «Llaves» de la Iglesia: La pleni­tud de poder. Le concede: «Atar y desatar» (19). Se­mitismo que indica el poder de obligar y dispensar, de perdonar pecados y de definir en materia doctrinal y legal. Poderes imperecederos (18).
(José Ma. Solé Roma (O.M.F.),'Ministros de la Palabra', ciclo 'A', Herder, Barcelona 1979).

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Comentario teológico: P. Jean Galot S.J. - La persona de Pedro y la persona de Cristo

Cristo confirió a Pedro la plenitud del poder, encumbrándole a lo más alto de la jerarquía. Con un valor admirable se atrevió a confiar a uno de sus apóstoles la integridad del poder absoluto que El poseía.

Sabiendo que esta investidura de un jefe único no sería siempre fácilmente aceptada en el correr de los siglos, Jesús empleó palabras muy vigorosas para expresarla. Manifestó claramente la totalidad del poder conferido a Pedro y al mismo tiempo dijo que Pedro sería su representante por excelencia en la tierra.

En la promesa de investidura Cristo acumuló en pocas palabras las declaraciones de un poder completo sobre la Iglesia. Pedro es la roca sobre la que se fundará la Iglesia: esto significa que sin él la Iglesia quedaría sin base y se desplomaría. Así, pues, Jesús considera la autoridad suprema de Pedro como un elemento totalmente esencial para la existencia de la Iglesia. Y ello es porque El mismo lo quiere así, ya que a Pedro no le ha dado el poder la comunidad, sino única y directamente el Salvador: “Yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré Yo mi Iglesia" (26). Es Cristo quien edifica su Iglesia y el que fija en ella la función capital de Pedro; la comunidad de los cristianos no puede hacer más que una cosa: acoger dócilmente este poder sin el cual no podría subsistir, poder que es previo para la misma existencia del Cuerpo Místico. Vemos así que el poder establecido por Cristo es fundamentalmente diferente del que está establecido en el régimen político de la democracia; en este régimen el poder viene del pueblo, que elige a los individuos que él señala, delimitándoles la autoridad. La misma nación se da a sí misma sus jefes y les reconoce tanto poder cuanto ella quiere. En la Iglesia el poder viene directamente de Cristo y de Dios: Pedro, jefe de la Iglesia, no tiene su autoridad de la comunidad; la extensión de su poder no está determinada por los otros apóstoles ni por los otros miembros de la Iglesia. Sola la voluntad de Cristo creó su función de jefe y determinó definitivamente la amplitud de sus poderes. Esta es una autoridad totalmente recibida de lo alto, instituida directamente por Cristo.

La extensión ilimitada del poder se deriva de la imagen de las llaves y del poder de atar y desatar. "Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra, será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra, será desatado en los cielos" (27). El poseer las llaves de una casa es ser dueño de esta casa (28); si Pedro tiene las llaves del reino de los cielos, tiene todo el poder sobre este reino, aunque él viva en la tierra y este reino sea el reino de los cielos. En efecto, todas las decisiones tomadas en la tierra son aprobadas en el cielo, infaliblemente ratificadas por Dios. El poder de Pedro tiene, por lo tanto, su resonancia en la vida eterna; tiene un valor que sobrepasa este mundo. Jesús, por su parte, no dejó de subrayar que este poder fue conferido exclusivamente a Pedro; es Pedro como individuo y no como representante de los otros apóstoles, quien recibe esta autoridad. En efecto, dicha: autoridad está inscrita en su nombre, nombre que le distingue de los otros apóstoles y que sólo a él le pertenece.

Cuando el Salvador invistió a Pedro con el poder prometido señaló también la voluntad de asignarle, individualmente a él, el cargo de Pastor de todos los fieles. Después de la segunda pesca milagrosa, Cristo resucitado hizo a Pedro tres preguntas, en las que aludió a la triple negación, para subrayar claramente que se dirigía personalmente a él: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?" (29). Le distingue, pues, claramente de los otros apóstoles y exige por su parte un amor más grande.

Cuando le dijo: "Apacienta mis corderos", "Apacienta mis ovejas" (30), se expresa con las palabras más generales; da a Pedro el poder pastoral más ilimitado.

Concentra, pues, Pedro en sí el absoluto poder pastoral de la Iglesia. Su autoridad no quita la de los restantes apóstoles, pero contiene lo que se concedió a los demás, junto con el poder supremo. Pedro conserva por consiguiente las facultades que Cristo concedió a su Iglesia y las demás autoridades le están a él subordinadas.

Más notable aún es el hecho de que para señalar dicho poder eligiera Jesús expresiones que dan a entender cómo Pedro ocupa su puesto.

Se presentó asimismo Cristo como la piedra que sostiene el edificio. Se aplica a sí la palabra del salmista: "La piedra que los edificadores habían rechazado, ésa fue hecha cabeza de esquina" (31). Más tarde, San Pablo, hablando del Cuerpo Místico, declarará que Cristo Jesús es la piedra angular (32). Debemos concluir con esto que la primera piedra sobre la que se fundó la Iglesia no es otra que el mismo Cristo en persona. Pero comunicó Jesús a Pedro su propio título. Deberá Pedro por lo tanto desempeñar en la tierra, en la Iglesia militante, el oficio de Cristo. Será en cierto modo Cristo hecho visible.

Ello vale también de la imagen de las llaves. El que posee las llaves del reino de los cielos es el Salvador.

El Apocalipsis señala a Cristo cuando escribe: "Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David; que abre y nadie cierra; y cierra y nadie abre" (33). Cristo, pues, dio a Pedro las llaves que El poseía. Asimismo, cuando le confirió el poder de atar y desatar, le comunicó su propio poder: Jesús, durante su vida pública, había ejercitado este poder. Creó lazos espirituales, obligaciones para sus discípulos, (dándoles una nueva ley (34); eximió de algunas obligaciones y, sobre todo, libró a los hombres de la esclavitud de Satán (35).

En fin, el cargo de pastor es revelador de esa continuidad entre Cristo y Pedro. Se llamó Jesús a Sí mismo Pastor por excelencia, el Buen Pastor (36). En adelante, Pedro tendrá ese mismo título de Pastor, con la misma misión y el mismo poder: Pastor de todos los corderos y de todas las ovejas de Cristo.

El Salvador, en el momento en que iba a abandonar para siempre esta tierra, claramente dio a entender su voluntad de establecer a Pedro como su representante; quiso que su dignidad, en lo sucesivo invisible, pudiera ser reconocida en la de Pedro. La reverencia que la Iglesia católica testimonia al Papa, sucesor de Pedro, mantiene viva dicha convicción: los cristianos veneran en el Papa a Cristo mismo.

El nombramiento de su representante por el Maestro, dotado de una autoridad ilimitada, fue la mayor audacia que tuvo Cristo en la fundación de la Iglesia.

¿No es una audacia digna de Dios confiar a un hombre ese algo temible que es un poder absoluto, asignarle como oficio representar aquí esa figura ideal del Maestro? Jesús sabía mejor que ninguno los riesgos que se echaba sobre Sí al ejecutar dicha designación. Conocía las deficiencias humanas, se daba cuenta de los peligros y abusos a que están expuestos habitualmente los que gozan de un poder soberano; no eximía, por lo demás, ni a Pedro ni a sus sucesores de las tentaciones y faltas. Sería el Papa falible y pecador en su conducta moral personal, aunque gozando de una autoridad doctrinal infalible y de la más grande autoridad disciplinar. Para demostrar que esta condición de pecador no imposibilitaba la asignación del poder pastoral supremo, Jesús aludió a la negación de Pedro en el momento en que quería investirle de la autoridad. Por haber negado al Maestro, no perdió Pedro la estima; tampoco perdió la promesa que le hizo el Maestro. Cristo indica con esto que el Poder del Pastor de todos los fieles no estaba fundado sobre su propia virtud, sino sobre la voluntad divina inmutable.

Esta osadía completa la de la Encarnación. Después de su encarnación en un cuerpo propio y con una dignidad que también era personal suya, el Hijo de Dios quiso manifestarse a sus fieles de una manera siempre actual tomando la figura de otro hombre. La Encarnación es el vínculo de lo divino con lo humano; para que este vínculo alcance su máxima posibilidad, Jesús confirió todos sus divinos poderes a un hombre.

Negar el poder del Papa sería por lo tanto negar la plenitud de la Encarnación. A algunos podría parecer que este poder era excesivo, y en una sociedad simplemente humana, sería inconcebible. Aquí tocamos el "misterio" de la operación divina, cuya sabiduría superior nos desconcierta. Según nuestra sabiduría humana creeríamos excesivo un poder tan total; pero nuestras estrechas miras son rebasadas por la generosidad divina, que no teme entregar a un hombre esta máxima autoridad. Cristo, con su asistencia, obra de suerte que este poder se ejerza de conformidad con el plan de salvación y el fin de la Iglesia. Admiremos, pues, este alcance extremo de la Encarnación, este poder divino comunicado a un hombre para bien de todos.
(P. Jean Galot S.J., “El Cuerpo Místico”, ed. El Mensajero del Corazón de Jesús, 1967, pág. 197 y ss.)


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Comentario: Hans Urs von Balthasar - La Roca - La Llave

1. La roca.
Dos imágenes dominan en el evangelio la respuesta de Jesús a la confesión de fe de Simón Pedro: la imagen de la roca y la de las llaves. Ambas tienen su origen en el Antiguo Testamento, se retoman en el Nuevo y finalmente, como muestra el evangelio, se aplican a la fundación de Jesucristo. Primero la roca: en los Salmos se designa a Dios constantemente como la roca, es decir, el fundamento sobre el que puede uno apoyarse incondicionalmente: «Sólo él es mi roca y mi salvación» (Sal 62,3). Su divina palabra es perfectamente fidedigna, absolutamente segura, incluso cuando esa palabra se hace hombre y como tal se convierte en salvador del pueblo: «Y la roca era Cristo» (1 Co 10,4). Sin renunciar a esta su propiedad, Jesús hace partícipe de ella a Simón Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». También la Iglesia participará de esa propiedad de la fiabilidad, de la seguridad total: «El poder del infierno no la derrotará». La transmisión de esta propiedad sólo puede realizarse mediante la fe perfecta, que se debe a la gracia del Padre celeste, y no mediante una buena inspiración humana de Pedro. La fe en Dios y en Cristo, que nos lleva a apoyarnos en ellos con la firmeza y la seguridad que da una roca, se convierte ella misma en firme como la roca sólo gracias a Dios y a Cristo, un fundamento sobre el que Cristo, y no el hombre, edifica su Iglesia.

2. La llave.
En realidad la propiedad de ser roca y fundamento contiene ya la segunda cosa: los plenos poderes, simbolizados en la entrega de las llaves a un seguro servidor del rey y del pueblo; las llaves eran entonces muy grandes, por lo que el Señor puede cargar sobre las espaldas de Eliacín «la llave del palacio de David» casi como una cruz y en todo caso como una grave responsabilidad. Estos son los plenos poderes: «Lo que él abra nadie lo cerrará, lo que el cierre nadie lo abrirá» (Is 22,22). En la Nueva Alianza es Jesús «el que tiene la llave de David, el que abre y nadie cierra, el que cierra y nadie abre» (Ap 3,7). Es la llave principal de la vida eterna, a la que pertenecen también «las llaves de la muerte y del infierno» (Ap 1,18). Y ahora Cristo hace partícipe a un hombre, a Pedro, sobre el que se edifica su Iglesia, de este poder de las llaves que llega hasta el más allá: lo que él ate o desate en la tierra, quedará atado o desatado en el cielo. Adviértase que tanto en la Antigua Alianza como en los casos de Jesús y de Pedro es siempre una persona muy concreta la que recibe estas llaves. No se trata de una función impersonal como ocurre por ejemplo en una presidencia, donde en lugar del titular de la misma puede elegirse a otro. En la Iglesia fundada por Cristo es siempre una persona muy determinada la que tiene la llave. Ninguna otra persona puede procurarse una ganzúa o una copia de la llave que pudiera también abrir o cerrar. Esto vale asimismo para todos aquellos que participan del ministerio sacerdotal derivado de los apóstoles: en una comunidad o parroquia sólo el párroco (y sus colaboradores sacerdotales) tiene la llave, una llave que no puede ceder a nadie ni compartir con nadie. El párroco puede distribuir tareas y «ministerios», pero él no está edificado sobre la roca de la comunidad, sino que la comunidad, una parte de la Iglesia, está edificada sobre la roca de Pedro, del que participan todos los ministerios sacerdotales.

3. Lo mejor posible.
Ahora la alabanza de Dios en la segunda lectura puede sonar a conclusión: ¡qué ricas y sin embargo insondables son las decisiones de Dios también con respecto a la Iglesia! «¿Quién fue su consejero?». ¿Cómo hubiera podido construirse mejor su Iglesia, de un modo más moderno, más adaptado al mundo de hoy? La Iglesia edificada sobre la roca de Pedro y sobre su poder de las llaves se manifiesta siempre, y también hoy, como la mejor posible.
(HANS URS von BALTHASAR - LUZ DE LA PALABRA,Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 98 s.)


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Comentario: P. Octavio Ortiz

Nexo entre las lecturas
Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. La confesión de Pedro en el evangelio concentra nuestra atención en este domingo. Pedro menciona dos verdades fundamentales: la mesianidad y la divinidad de Jesucristo. Es decir, Él es el Mesías, el que había de venir para salvar al pueblo, el ungido del Señor; y Él es el Hijo de Dios. Jesús se dirige a sus apóstoles y les pregunta: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Los apóstoles responden, sin demasiado compromiso, lo que la gente pensaba de Jesús: unos decían que era Juan el Bautista, otros que Jeremías o alguno de los profetas. En efecto, Jesús ya había realizado varios milagros y había ofrecido diversas predicaciones, su fama empezaba a extenderse. Sin embargo, Jesús desea saber cuál es el pensamiento de sus hombres: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? La pregunta toca la esencia misma de la relación entre Jesús y sus discípulos. De esta respuesta depende el significado de sus vidas. De esta respuesta depende el sentido del sacrifico que habían hecho al dejar sus bienes y ponerse en seguimiento del maestro. No era, por tanto, una respuesta que se ofrece a la ligera y de modo superficial. Había que meditar antes de hablar. Por ello, debemos agradecer a Pedro su respuesta. Ella orienta todas las respuestas que nosotros ofrecemos a la identidad de Jesús. Debemos agradecer, sobre todo, al Padre del cielo que revela a Pedro la identidad de su Hijo: Tú eres el Mesías el Hijo de Dios vivo. Jesús es el Mesías, es decir, aquel que Dios ha ungido con el Espíritu Santo para realizar la misión de la salvación de los hombres y su reconciliación con Dios. Jesús es quien viene a instaurar el Reino de Dios. El esperado por las naciones. Jesucristo es el Hijo de Dios vivo: en este caso, la palabra: Hijo de Dios, no tiene sólo un sentido impropio en el que se subraya una filiación adoptiva, sino un sentido propio. Es decir, aquí Pedro reconoce el carácter trascendente de la filiación divina, por eso, Jesús afirma solemnemente: esto no te lo ha revelado la carne, ni la sangre sino mi padre que está en el cielo. (EV). No se equivoca Pablo al exponer, después de una larga meditación sobre el misterio de la salvación, que los planes divinos son inefables: qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento de Dios (2L). Efectivamente cuando uno contempla el plan de salvación y comprende, en cuanto esto es posible, que Dios se ha encarnado por amor al hombre, no queda sino prorrumpir en un canto de alabanza y en una disponibilidad total al plan divino. Así, después de su confesión, Pedro recibe el primado: será la piedra de la Iglesia, poseerá las llaves de los cielos.


Mensaje doctrinal

1. Jesús es el Mesías. La palabra Mesías significa "ungido". En Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de él. Este era el caso de los reyes (cf. 1 S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12_13; 1 R 1, 39), de los sacerdotes (cf. Ex 29, 7; Lv 8, 12) y, excepcionalmente, de los profetas (cf. 1 R 19, 16). Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino (cf. Sal 2, 2; Hch 4, 26_27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor (cf. Is 11, 2) a la vez como rey y sacerdote (cf. Za 4, 14; 6, 13) pero también como profeta (cf. Is 61, 1; Lc 4, 16_21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey. ( Cf. Catecismo de la Iglesia Católica 436)

Los ángeles anunciaron a los pastores Os ha nacido en la ciudad de Belén un salvador, que es Cristo (el Mesías, el ungido) Señor (Lc 2,11). Jesús es quien el Padre ha santificado y lo ha enviado al mundo. Esta consagración mesiánica manifiesta su misión divina: Jesús ha venido para glorificar del Padre y salvar a los hombres, siguiendo el plan divino. Muchos de sus contemporáneos descubrieron en Jesús al Mesías que había de venir: Simeón, Ana, las gentes que lo aclamaban Hijo de David. Sin embargo, el estilo de Mesías que Jesús encarna choca fuertemente con las esperanzas de los sumos sacerdotes, quienes esperaban un mesianismo de poder político. Ver a un Mesías humilde que habla de pobreza, de sufrimiento, de bienaventuranzas, resultaba para ellos algo incomprensible. Los mismos apóstoles en el momento de la Asunción expresan su esperanza de que Jesús manifieste todo su poder: «Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» Hch 1,6. La comprensión del mesianismo de Jesús llego a los apóstoles sólo lentamente y de manera progresiva. Ellos tenían que entrar dentro de sí mismos y meditar toda la ejecutoria de Cristo, tenían que llegar a comprender "que era necesario que el Mesías padeciera y así entrara en su gloria". Jesús pone un empeño particular en purificar la concepción mesiánica de sus apóstoles. Su misión de Mesías repetirá los pasos del siervo doliente, será necesario que el Mesías sea rechazado por los ancianos, se le condene a muerte y resucite al tercer día. Jesús que, durante su vida había sido reservado al recibir el título de Mesías, cambia de actitud ante la pregunta del Sumo pontífice: «Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios». Dícele Jesús: «Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo». Mt 26,64.

¿No es verdad que nosotros, como los apóstoles, tenemos que purificar nuestra concepción sobre Cristo, sobre su misión, sobre su seguimiento? ¿No es verdad que, también nosotros, debemos entrar en el misterio de Cristo y ver queÉl es la cabeza y que nosotros somos sus miembros y que lo que ha tenido lugar en la cabeza, lo reproducirán también los miembros? En el fondo, se trata de descubrir el sentido de la misión de la propia vida, el sentido de la donación por amor en el sacrificio, el sentido del amor a la verdad para dar Gloria a Dios y a los hombres. Da gloria a Dios, éste podría ser el lema de la vida del cristiano. Estás injertado en la vida de Cristo, el ungido, perteneces a un sacerdocio real, eres pueblo de su propiedad, da gloria a Dios con tu vida, con tus sufrimientos, con tus alegrías, con tu muerte.

2. Jesús es el Hijo de Dios. Hijo de Dios, en el Antiguo Testamento, es un título dado a los ángeles (cf. Dt 32, 8; Jb1, 6), al pueblo elegido (cf. Ex 4, 22;Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36, 11; Sb 18, 13), a los hijos de Israel (cf. Dt 14, 1; Os 2, 1) y a sus reyes (cf. 2 S 7, 14; Sal 82, 6). Significa entonces una filiación adoptiva que establece entre Dios y su criatura unas relaciones de una intimidad particular. Cuando el Rey_Mesías prometido es llamado "hijo de Dios" (cf. 1 Cro 17, 13; Sal 2, 7), no implica necesariamente, según el sentido literal de esos textos, que sea más que humano. Los que designaron así a Jesús en cuanto Mesías de Israel (cf. Mt 27, 54), quizá no quisieron decir nada más (cf. Lc 23, 47). (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica 441).

Sin embargo, es distinto el caso que ahora nos ocupa. Cuando Pedro confiesa a Jesús como "el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16) hace una confesión de la divinidad del Mesías. Por ello, Cristo le le responde con solemnidad "no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos" (Mt 16, 17). Paralelamente Pablo dirá a propósito de su conversión en el camino de Damasco: "Cuando Aquél que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles..." (Ga 1,15_16). "Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios" (Hch 9, 20). Este será, desde el principio (cf. 1 Ts 1, 10), el centro de la fe apostólica (cf. Jn 20, 31) profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia (cf. Mt 16, 18).

Si Pedro pudo reconocer el carácter transcendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender claramente. Los Evangelios narran dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, en los que la voz del Padre lo designa como su "Hijo amado" (Mt 3, 17; 17, 5). Jesús se designa a sí mismo como "el Hijo Único de Dios" (Jn 3, 16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna (cf. Jn 10, 36). Pide la fe en "el Nombre del Hijo Unico de Dios" (Jn 3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Mc 15, 39), porque solamente en el misterio pascual es donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título "Hijo de Dios".

El mundo actual también encuentra dificultades para comprender la divinidad de Cristo. En el común de los creyentes parece obscurecerse esta verdad fundamental de nuestra fe. El Credo que rezamos cada domingo afirma la divinidad de Jesucristo: "Creo en Jesucristo Hijo único de Dios. Nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios luz de luz". Es necesario que nuestra predicación ayude a las personas a descubrir la maravilla del plan divino y la profundidad de la encarnación. Dios, en su inmenso amor, quiso hacerse uno como nosotros, para llevarnos al Padre.

Sugerencias pastorales
1. Importancia de la catequesis sobre la divinidad de Jesucristo. Los medios de comunicación: periódicos, libros, revistas, televisión, cine etc... ofrecen, no pocas veces, una visión deformada de Cristo. Se le presenta como un hombre magnífico, de grandes ideales, pero un simple hombre cuya doctrina puede parangonarse con la de otros grandes personajes o líderes religiosos, no se dice nada de su divinidad, se esconde o se desvirtúa. Nuestros fieles están expuestos a todo este tipo de información, o mejor, de desinformación. Es, pues, importante, casi urgente, echar mano de todos los medios a disposición, para hacer una adecuada catequesis sobre este punto esencial de la fe. Catequesis infantil que arranca desde el hogar materno, pero que encuentra un momento privilegiado en la catequesis para la primera comunión. Las primeras nociones aprendidas en el hogar materno bajo el calor del hogar, no se olvidan, penetran suave y definitivamente en el alma, y nos acompañan durante todo el derrotero de la vida. Catequesis juvenil donde se plantean los problemas más serios de la vida y se abre el abanico de la existencia. Es el momento en el que se descubre el propio "yo" y se establece un diálogo profundo con Cristo Señor. Catequesis para adultos cuando han pasado ya las primeras etapas de la vida, se han ido cristalizando las posturas y disposiciones del hombre y de la mujer, y la persona se encuentra en un momento de ajustes profundos de su existencia. ¡Cuánto bien haremos al hombre al mostrarle que Cristo, es el Hijo de Dios que vino a la tierra por salvarlo y reconciliarlo con el Padre! Mostrar que Él es la revelación del Padre y que en Él tenemos acceso al cielo, a la vida eterna. Esta es la esperanza que vence cualquier pena y desafío de la vida

2. El amor al Papa. La liturgia de hoy nos invita a incrementar nuestro amor y adhesión al Papa, como sucesor de Pedro y vicario de Cristo. Veamos en él al Buen Pastor, veamos en él a la roca sobre la que se edifica la Iglesia, veamos enél a quien posee las llaves del Reino de los cielos. No lo dejemos solo en su sufrimiento por la Iglesia, acompañémosle, no solo con nuestra oración, sino también con nuestro sufrimiento y con nuestra acción apostólica. Conviene repetir aquí lo que Juan Pablo II dijo a unas religiosas de clausura al inicio de su pontificado: "Yo cuento con vosotras, yo cuento con vuestra oración y sacrificio". Que el Papa, sucesor de Pedro, pueda contar también con nosotros para la "nueva evangelización".
(P. Octavio Ortiz)


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Santos Padres: San Jerónimo - La pregunta sobre la identidad de Jesús

La pregunta del Señor: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?"
es admirable. Porque los que hablan del Hijo del hombre, son hombres y los
que comprenden su divinidad no se llaman hombres, sino dioses.

No dijo: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? sino: ¿Quién dicen que es el
Hijo del hombre? Preguntó así a fin de que no creyesen que hacía esta
pregunta por vanidad. Es de observar que siempre que en el Antiguo
Testamento se dice el Hijo del Hombre, en el hebreo se dice el hijo de Adán.

Pudo equivocarse el pueblo sobre Elías y sobre Jeremías, como se equivocó
Herodes sobre Juan, de aquí mi admiración al ver a los intérpretes indagando
las causas de cada uno de los errores.

Observad por el contexto de las palabras, cómo los apóstoles no son llamados
hombres, sino dioses. Porque al preguntarles el Señor: "¿Quién dicen los
hombres que es el Hijo del hombre?", añade: "Y vosotros, ¿quién decís que
soy yo?" Que equivale a decir: aquellos que son hombres, tienen una opinión
mundana, pero vosotros que sois dioses, ¿quién decís que soy yo?

Le llama también Dios vivo para distinguirle de aquellos dioses que llevan
el nombre de dioses, pero que están muertos como Saturno, Júpiter, Venus,
Hércules y las demás ficciones de los idólatras.

Devolvió el Señor la palabra al apóstol por el testimonio que dio de El:
dijo Pedro: "Tú eres el Cristo, Hijo de Dios vivo" y el Señor le dijo:
"Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan". ¿Por qué? "porque no te lo
reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos". Reveló
el Espíritu Santo lo que no pudo revelar ni la carne ni la sangre. Luego
mereció Pedro por su confesión ser llamado hijo del Espíritu Santo, que le
hizo esta revelación, puesto que Bar Iona en nuestro idioma significa hijo
de la paloma. Opinan algunos que Simón era hijo de Juan según aquel pasaje (
Jn 21,15) "Simón, hijo de Juan, me amas" y que los copistas suprimieron una
sílaba y escribieron Bar Iona en lugar de Bar Ioanna, esto es, hijo de Juan.
Ioanna quiere decir gracia de Dios y ambos nombres pueden tomarse en sentido
místico, tomando la palabra paloma por Espíritu Santo y la gracia de Dios
por un don espiritual.

Las palabras "porque no te lo reveló carne ni sangre" tienen su semejanza
con aquellas otras del apóstol ( Gál 1,16): "Yo no he tenido descanso ni en
la carne, ni en la sangre". En el primer pasaje las palabras carne y sangre
significan los judíos y en este último, aunque en otros términos, dice San
Pablo, que Cristo Hijo de Dios, fue revelado, no por la doctrina de los
fariseos, sino por la gracia de Dios.

Que equivale a decir: puesto que tú has dicho: Tú eres Cristo, el Hijo de
Dios vivo, yo también te digo a ti -no con vanas palabras y que no han de
ser cumplidas, sino que te lo digo a ti (y en mí el decir es obrar)- que tú
eres Pedro. Antes el Señor llamó a sus apóstoles luz del mundo y otros
diversos nombres y ahora a Simón, que creía en la piedra Cristo, le da el
nombre de Pedro.

Y siguiendo la metáfora de la piedra, le dice con oportunidad: Sobre ti
edificaré mi Iglesia, que es lo que sigue: "Y sobre esta piedra, edificaré
mi Iglesia".

Yo tengo por puertas del infierno a los pecados y a los vicios o también a
las doctrinas heréticas, que seducen a los hombres y los llevan al abismo.

No se crea que por estas palabras promete el Señor a los apóstoles librarlos
de la muerte. Abrid los ojos y veréis, por el contrario, cuánto brillaron
los apóstoles en su martirio.

Algunos obispos y presbíteros, que no entienden este pasaje, participan en
alguna medida del orgullo de los fariseos, llegando al punto de condenar a
algunos que son inocentes y de absolver a otros que son culpables, como si
el Señor tuviera en cuenta solamente la sentencia de los sacerdotes y no la
conducta de los culpables. Leemos en el Levítico (caps. 13 y 14) que a los
leprosos estaba mandado presentarse a los sacerdotes para que si
efectivamente tenían lepra, los sacerdotes los declararan impuros y esto se
mandaba, no porque los sacerdotes causasen la lepra o la inmundicia, sino
porque podían distinguir ellos entre el leproso y el que no lo es, entre el
que está puro y el que no lo está. Así, pues, como allí el sacerdote declara
impuro al leproso, así también aquí en la Iglesia, el Obispo o presbítero
ata o desata, no a los que están inocentes o sin culpa, sino a aquellos de
quienes por su ministerio ha tenido necesidad de oír variedad de pecados y
distinguir cuáles son dignos de ser atados y cuáles de ser desatados.
(San Jerónimo, Comentario a Mt 16, 13-19. Santo Tomás de Aquino, Catena
Aurea, comentario a Mt 16, 13-19)



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Santos Padres: San Ambrosio - Testimonio de Pedro Lc 9, 18-26

93. Y díjoles: ¿quién decís vosotros que soy yo? Respondió Simón Pedro: El
Cristo de Dios.
La opinión de las masas tiene su interés: unos creen que ha resucitado
Elías, que ellos pensaban que había de venir; otros Juan, que reconocían
había sido decapitado; o uno de los profetas antiguos. Pero investigar más
sobrepasa nuestras posibilidades: es sentencia y prudencia de otro. Pues, si
basta al apóstol Pablo no conocer más que a Cristo, y crucificado (1 Co
2,2), ¿ qué puedo desear conocer más que a Cristo? En este solo nombre está
expresada la divinidad, la encarnación y la realidad de la pasión. Aunque
los demás apóstoles lo conocen, sin embargo, Pedro responde por los demás:
Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Así ha abarcado todas las cosas al
expresar la naturaleza y el nombre, en el cual está la suma de todas las
virtudes. ¿Vamos nosotros a solucionar las cuestiones sobre la generación de
Dios, cuando Pablo ha juzgado que él no sabe nada fuera de Cristo Jesús, y
crucificado, cuando Pedro ha creído no deber confesar más que al Hijo de
Dios? Nosotros investiguemos, con los ojos de la debilidad humana cuándo y
cómo Él ha nacido, y cuál es su grandeza. Pablo ha reconocido en esto el
escollo de la cuestión, más que una utilidad para la edificación, y ha
decidido no saber otra cosa que Cristo Jesús. Pedro ha sabido que en el Hijo
de Dios están todas las cosas, pues el Padre lo ha dado todo al Hijo
(Jn3,35). Si dio todo, transmitió también la eternidad y la majestad que
posee. Pero ¿para qué ir más lejos? El fin de mi fe es Cristo, el fin de mi
fe es el Hijo de Dios; no me es permitido conocer lo que precede a su
generación, pero tampoco me está permitido ignorar la realidad de su
generación.

94. Cree, pues, de la manera en que ha creído Pedro, a fin de ser feliz tú
también, para merecer oír tú mismo también: Pues no ha sido la carne ni la
sangre la que te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos.
Efectivamente, la carne y la sangre no pueden revelar más que lo terreno;
por el contrario, el que habla de los misterios en espíritu no se apoya
sobre las enseñanzas de la carne ni de la sangre, sino sobre la inspiración
divina. No descanses tú sobre la carne y la sangre, no sea que adquieras las
normas de la carne y de la sangre y tú mismo te hagas carne y sangre. Pues
el que se adhiere a la carne, es carne y el que se adhiere a Dios es un solo
espíritu (con El) (1 Co6,17). Mi espíritu, dice, no permanecerá nunca más
con estos hombres, porque son carnales (Gn 6,3).

95. Más ¡ojalá que los que escuchan no sean carne ni sangre, sino que,
extraños a los deseos de la carne y de la sangre, puedan decir: No temeré
qué pueda hacerme la carne! (Sal 55, 5). El que ha vencido a la carne es un
fundamento de la Iglesia y, si no puede igualar a Pedro, al menos puede
imitarle. Pues los dones de Dios son grandes: no sólo ha restaurado lo que
era nuestro, sino que nos ha concedido lo que era suyo.

96. Sin embargo, podemos preguntarnos por qué la multitud no veía en El otro
más que Elías, Jeremías o Juan Bautista. Elías, tal vez, porque fue llevado
al cielo; pero Cristo no es Elías: uno es arrebatado al cielo, el otro
regresa; uno, he dicho, ha sido arrebatado, el otro no ha creído una rapiña
ser igual a Dios (Flp 2,6); uno es vengado por las llamas que él invoca (1
R18,38), el otro ha querido mejor sanar a sus perseguidores que perderlos.
Mas ¿por qué lo han creído Jeremías? Tal vez porque él fue santificado en el
seno de su madre. Pero Él no es Jere-mías. Uno es santificado, el otro
santifica; la santificación de uno ha comenzado con su cuerpo, el otro es el
Santo del Santo. ¿Por qué, pues, el pueblo creía que era Juan? ¿No será
porque estando en el seno de su madre percibió la presencia del Señor? Pero
Él no es Juan: uno adoraba estando en el seno, el otro era adorado; uno
bautizaba con agua, Cristo en el Espíritu; uno predicaba la penitencia, el
otro perdonaba los pecados.

97. Por eso Pedro no ha seguido el juicio del pueblo, sino que ha expresado
el suyo propio al decir: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo. El que
es, es siempre, no ha comenzado a ser, ni dejará de ser. La bondad de Cristo
es grande porque casi todos sus nombres los ha dado a sus discípulos: Yo
soy, dice, la luz del mundo (Jn 8, 12);y, sin embargo, este nombre, del que
Él se gloría, lo ha dado a sus discípulos cuando dijo: Vosotros sois la luz
del mundo(Mt 5,14).Yo soy el pan vivo(Jn 6,51); y todos nosotros somos un
solo pan(1 Co 10,17). Yo soy la verdadera vid (Jn 15,1); y Él te dice: Yo te
planté de la vid más generosa, toda verdadera (Jr2, 21). Cristo es piedra —
pues bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo (1 Co
10,4)—,y Él tampoco ha rehusado la gracia de este nombre a su discípulo, de
tal forma que él es también Pedro, para que tenga de la piedra la solidez
constante, la firmeza de la fe.

98. Esfuérzate también tú en ser piedra. Y así, no busques la piedra fuera
de ti, sino dentro de ti. Tu piedra es tu acción; tu piedra es tu espíritu.
Sobre esta piedra se edifique tu casa, para que ninguna borrasca de los
malos espíritus puedan tirarla. Tu piedra es la fe; la fe es el fundamento
de la Iglesia. Si eres piedra, estarás en la Iglesia, porque la Iglesia está
fundada sobre piedra. Si estás en la Iglesia, las puertas del infierno no
prevalecerán sobre ti: las puertas del infierno son las puertas de la
muerte, y las puertas de la muerte no pueden ser las puertas de la Iglesia.

99. Pero ¿qué son las puertas de la muerte, es decir, las puertas del
infierno, sino las diversas especies de pecados? Si fornicas, has pasado las
puertas de la muerte. Si dejas la fe buena, has franqueado las puertas del
infierno. Si has cometido un pecado mortal, has pasado las puertas de la
muerte. Más Dios tiene poder de abrirte las puertas de la muerte, para que
proclames sus alabanzas en las puertas de la hija de Sion (Sal 9,14). En
cuanto a las puertas de la Iglesia, éstas son las puertas de la castidad,
las puertas de la justicia, que el justo acostumbra a franquear: Ábreme,
dice, las puertas de la justicia, y, habiendo pasado por ellas, alabaré al
Señor (Sal 117,19). Pero como la puerta de la muerte es la puerta del
infierno, la puerta de la justicia es la puerta de Dios; pues he aquí la
puerta del Señor, los justos entrarán por ella (ibíd., 20). Por eso, huye de
la obstinación en el pecado, para que las puertas del infierno no triunfen
sobre ti; porque, si el pecado se adueña en ti, ha triunfado la puerta de la
muerte. Huye, pues, de las riñas, disensiones, de las estrepitosas y
tumultuosas discordias, para que no llegues a traspasar las puertas de la
muerte. Pues el Señor no ha querido al principio ser proclamado, para que no
se levantase ningún tumulto. Exhorta a sus discípulos que a nadie digan: El
Hijo del hombre ha de padecer mucho, ser rechazado de los ancianos y de los
príncipes de los sacerdotes, y de los escribas, ser muerto, y resucitar al
tercer día (Lc 9,22).

100. Tal vez el Señor ha añadido esto porque sabía que sus discípulos
difícilmente habían de creer en su pasión y en su resurrección. Por eso ha
preferido afirmar El mismo su pasión y su resurrección, para que naciese la
fe del hecho y no la discordia del anuncio. Luego Cristo no ha querido
glorificarse, sino que ha deseado aparecer sin gloria para padecer el
sufrimiento; y tú, que has nacido sin gloria, ¿quieres glorificarte? Por el
camino que ha recorrido Cristo es por donde tú has de caminar. Esto es
reconocerle, esto es imitarle en la ignominia y en la buena fama(cf.2 Co 6,
8),para que te gloríes en la cruz, como El mismo se ha gloriado. Tal fue la
conducta de Pablo, y por eso se gloría al decir: Cuanto a mí, no quiera Dios
que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo(Ga 6,14).

101. Pero veamos por qué según San Mateo (16,20), nosotros encontramos que
son avisados los discípulos de no decir a nadie que Él es el Cristo,
mientras que aquí se les increpa, según está escrito, de no decir a nadie
que Él ha de padecer mucho y que hade resucitar. Advierte que en el nombre
de Cristo se encierra todo. Pues El mismo es el Cristo que ha nacido de una
Virgen, que ha realizado maravillas ante el pueblo, que ha muerto por
nuestros pecados y ha resucitado de entre los muertos. Suprimir una de estas
cosas equivale a suprimir tu salvación. Pues aun los herejes parecen tener a
Cristo con ellos: nadie reniega el nombre de Cristo; pero es renegar a
Cristo no reconocer todo lo que pertenece a Cristo. Por muchos motivos Él
ordena a sus discípulos guardar silencio: para engañar al demonio, evitar la
ostentación, enseñarla humildad, y también para que sus discípulos, todavía
rudos e imperfectos, no queden oprimidos por la mole de un anuncio completo.
102. Examinemos ahora por qué motivo manda callar también a los espíritus
impuros. Nos descubre esto la misma Escritura, pues Dios dice al pecador:
¿Por qué cuentas tú mis justicias?(Sal 49,16). No sea que, mientras oye al
predicador, siga que yerra; pues mal maestro es el diablo, que muchas veces
mezcla lo falso con lo verdadero, para cubrir con apariencias de verdad su
testimonio fraudulento.

103. Consideremos también aquí: ¿Es ahora la primera vez que Él ordena a sus
discípulos no digan a nadie que Él es el Cristo? ¿O lo ha recomendado ya
cuando envió a los doce apóstoles y les prescribió : No vayáis a los
gentiles, ni entréis en ciudad de samaritanos; id más bien a las ovejas
perdidas de la casa de Israel; curad a los enfermos, resucitad a los
muertos, limpiad a los leprosos, arrojad a los demonios, e informaos de
quien hay en ella digno y quedaos allí hasta que partáis (Mt 10,5ss). No se
ve en esta ordenación que predicasen a Cristo Hijo de Dios.

104. Hay, pues, un orden para la discusión y un orden para la exposición;
también nosotros, cuando los gentiles son llamados a la Iglesia, debemos
establecer un orden en nuestra actuación: primero enseñar que sólo hay un
Dios, autor del mundo y de todas las cosas, en quien vivimos, existimos y
nos movemos, y de la raza del cual somos nosotros (Hch17,28); de tal modo
que debemos amarle no sólo por los beneficios de la luz y de la vida, sino,
más aún, por cierto parentesco de raza. Luego destruiremos la idea que ellos
tienen de los ídolos, pues la materia del oro, de la plata o de la madera,
no puede tener una energía divina. Habiéndoles convencido de la existencia
de un solo Dios, tú podrás, gracias a Él, mostrar que la salvación nos ha
sido dada por Jesucristo, comenzando por lo que Él ha realizado en su cuerpo
y mostrando el carácter divino, de modo que aparezca que Él es más que un
hombre, habiendo vencido la muerte por su fuerza propia, y que este muerto
ha resucitado de los infiernos. Efectivamente, poco a poco es como aumenta
la fe: viendo que es más que un hombre, se cree que es Dios; pues sin probar
que Él no ha podido realizar estas cosas sin un poder divino, ¿cómo podrías
demostrar que había en El una energía divina?

105. Más, si, tal vez, esto te parezca de poca autoridad y fe, lee el
discurso dirigido por el Apóstol a los atenienses. Si al principio Él
hubiera querido destruir las ceremonias idolátricas, los oídos paganos
hubieran rechazado sus palabras. El comenzó por un solo Dios, creador del
mundo, diciendo: Dios que ha hecho el mundo y todo lo que en él se encuentra
(Hch17,24). Ellos no podían negar que hay un solo autor del mundo, un solo
Dios, un creador de todas las cosas. El añade que el Dueño del cielo y de la
tierra no se digna habitar en las obras de nuestras manos; puesto que no es
verosímil que elartista humano encierre en la vana materia del oro y de la
plata el poder de la divinidad; el remedio para este error, decía, es el
deseo de arrepentirse. Luego vino a Cristo y no quiso, sin embargo, llamarlo
Dios más que hombre: En el hombre, dice, que Él ha designado a la fe de
todos resucitándole de la muerte. En efecto, el que predica ha de tener
presente la calidad de las personas que le escuchan, para no ser burlado
antes de ser entendido. ¿Cómo habrían creído los atenienses que el Verbo se
hizo carne, y que una Virgen ha concebido del Espíritu Santo, si se reían
cuando oían hablar de la resurrección de los muertos? Sin embargo, Dionisio
Areopagita ha creído y creyeron los demás en este hombre para creer en Dios.
¿Qué importa el orden en que cada uno cree? No se pide la perfección desde
el principio, sino que desde el principio se llegue a la perfección. Él ha
instruido a los atenienses siguiendo ese método, y éste es el que nosotros
debemos seguir con los gentiles.

106. Más cuando los apóstoles se dirigen a los judíos, ellos dicen que
Cristo es Aquel que nos ha sido prometido por los oráculos de los profetas.
Ellos no lo llaman desde el principio y por su propia autoridad Hijo de
Dios, sino un hombre bueno, justo, un hombre resucitado de entre los
muertos, el hombre del que habían dicho los profetas : Tú eres mi hijo, yo
hoy te he engendrado (Sal 2,7). Luego también tú, en las cosas difíciles de
creer, acude a la autoridad de la palabra divina y muestra que su venida fue
prometida por la voz de los profetas; enseña que su resurrección había sido
afirmada también mucho tiempo antes por el testimonio de la Escritura —no
aquella que es normal y común a todos—, a fin de obtener, estableciendo su
resurrección corporal, un testimonio de su divinidad. Habiendo constatado,
en efecto, que los cuerpos de los otros sufren la corrupción después de
muertos, para éste, del cual se ha dicho: Tú no permitirás que tu Santo vea
la corrupción (Sal 15,10), reconocerás la exención de la fragilidad humana,
muestras que El sobrepasa las características de la naturaleza humana y, por
lo tanto, ha de acercarse más a Dios que a los hombres.

107. Si se trata de instruir a un catecúmeno que quiere recibir los
sacramentos de los fieles, es necesario decir que hay un solo Dios, de quien
son todas las cosas, y un solo Jesucristo, por quien son todas las cosas (1
Co 8,6); no hay que decirle que son dos Señores ; que el Padre es perfecto,
perfecto igualmente el Hijo, pero que el Padre y el Hijo no son más que una
sustancia; que el Verbo eterno de Dios, Verbo no proferido, sino que obra,
es engendrado del Padre, no producido por su palabra.

Luego les está prohibido a los apóstoles anunciarlo como Hijo de Dios, para
que más tarde lo anuncien crucificado. El esplendor de la fe es comprender
verdaderamente la cruz de Cristo. Las otras cruces no sirven para nada; sólo
la cruz de Cristo me es útil, y realmente útil; por ella el mundo ha sido
crucificado para mí y yo para el mundo (Ga 6,15). Si el mundo está
crucificado para mí, yo sé que está muerto; yo no lo amo; yo sé que él pasa:
yo no lo deseo; yo sé que la corrupción devorará a este mundo: yo lo evito
como maloliente, lo huyo como la peste, lo dejo como nocivo.

108. Más, ciertamente, no pueden creer inmediatamente que la
salvación ha sido dada a este mundo por la cruz. Muestra, pues, por la
historia de los griegos que esto fue posible. También el Apóstol, con
ocasión de persuadir a los incrédulos, no rehúsa los versos de los poetas
para destruir las fábulas de los poetas. Si se recuerda que muchas veces
legiones y grandes pueblos han sido librados por el sacrificio y la muerte
de algunos, como lo afirma la historia griega; si se recuerda que la hija de
un jefe ha sido ofrecida al sacrificio para hacer pasar los ejércitos de los
griegos; si consideramos, en nosotros, que la sangre de los carneros, de los
toros y la ceniza de una ternera santifica por su aspersión para purificar
la carne, como está escrito en la carta a los Hebreos (9,13); si la peste,
atraída a ciertas provincias por tales pecados de los hombres, ha sido
conjurada, se dice, por la muerte de uno solo, lo cual ha prevalecido por un
razonamiento o resultado por una disposición, para que se crea más
fácilmente en la cruz de Cristo, estará propenso a que los que no pueden
renegar su historia confirmen la nuestra.

109. Más como ningún hombre ha sido tan grande que haya podido quitar los
pecados de todo el mundo —ni Enoc, ni Abrahán, ni Isaac, que aunque fue
ofrecido a la muerte, sin embargo, fue dejado, porque él no podía destruir
todos los pecados, ¿y qué hombre fue bastante grande que pudiese expiar
todos los pecados? Ciertamente, no uno del pueblo, no uno de tantos, sino el
Hijo de Dios, que ha sido escogido por Dios Padre; estando por encima de
todos, Él podía ofrecerse por todos; Él debía morir, a fin de que, siendo
más fuerte que la muerte, librase a los otros, habiendo venido a ser, entre
los muertos, libre, sin ayuda (Sal 87,5), libre de la muerte sin ayuda del
hombre o de una criatura cualquiera, y verdaderamente libre, puesto que
rechazó la esclavitud de la concupiscencia y no conoció las cadenas de la
muerte.
(SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.6, 93-109, BAC
Madrid 1966, pág. 334-44)


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Santos Padres: San Agustín - Si es sólo un hombre y nada más, no es Jesucristo

¿Quién es Cristo? Preguntémoselo al bienaventurado Pedro. Cuando se leyó ahora el evangelio, oísteis que, habiendo preguntado el mismo Señor Jesucristo quién decían los hombres que era él, el Hijo del hombre, los discípulos respondieron presentando las opiniones de la gente: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Quienes esto decían o dicen no han visto en Jesucristo más que un hombre. Y si no han visto en Jesucristo más que un hombre, no hay duda de que no han conocido a Jesucristo. En efecto, si sólo es un hombre y nada más, no es Jesucristo. Vosotros, pues, ¿quién decís que soy yo?, les preguntó. Respondió Pedro, uno por todos, porque en todos está la unidad: Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,13-16).

Aquí tienes la confesión verdadera y plena. Debes unir una y otra cosa: lo que Cristo dijo de sí y lo que Pedro dijo de Cristo. ¿Qué dijo Cristo de si? ¿Quién dicen los hombres que soy yo, el Hijo del hombre? Y ¿qué dice Pedro de Cristo? Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo. Une las dos cosas y así viene Cristo en la carne. Cristo afirma de sí lo menor, y Pedro de Cristo lo mayor. La humildad habla de la verdad, y la verdad de la humildad; es decir, la humildad de la verdad de Dios, y la verdad de la humildad del hombre. ¿Quién -pregunta-dicen los hombres que soy yo, el Hijo del hombre? Yo os digo lo que me hice por vosotros; di tú, Pedro, quién es el que os hizo. Por tanto, quien confiesa que Cristo vino en la carne, automáticamente confiesa que el Hijo de Dios vino en la carne. Diga ahora el arriano si confiesa que Cristo vino en la carne. Si confiesa que el Hijo de Dios vino en la carne, entonces confiesa que Cristo vino en la carne. Si niega que Cristo es hijo de Dios, desconoce a Cristo; confunde a una persona con otra, no habla de la misma. ¿Qué es, pues, el Hijo de Dios? Como antes preguntábamos qué era Cristo y escuchamos que era el Hijo de Dios, preguntemos ahora qué es el Hijo de Dios. He aquí el Hijo de Dios: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios (Jn
(San Agustín, Sermón 183,3-4)

 

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Aplicación: Benedicto XVI - La confesión de Pedro

En el evangelio que hemos escuchado (cf. Mt 16, 13-20), vemos representados
como dos modos distintos de conocer a Cristo. El primero consistiría en un conocimiento externo, caracterizado por la opinión corriente. A la pregunta de Jesús: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?», los discípulos responden: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Es decir, se considera a Cristo como un personaje religioso más de los ya conocidos. Después, dirigiéndose personalmente a los discípulos, Jesús les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro responde con lo que es la primera confesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». La fe va más allá de los simples datos empíricos o históricos, y es capaz de captar el misterio de la persona de Cristo en su profundidad.

Pero la fe no es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino que es un don
de Dios: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos desvela su intimidad y nos invita a participar de su misma vida divina. La fe no proporciona solo alguna información sobre la identidad de Cristo, sino que supone una relación personal con Él, la adhesión de toda la persona, con su inteligencia, voluntad y sentimientos, a la manifestación que Dios hace de sí mismo. Así, la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», en el fondo está impulsando a los discípulos a tomar una decisión personal en relación a Él. Fe y seguimiento de Cristo están estrechamente relacionados. Y, puesto que supone seguir al Maestro, la fe tiene que consolidarse y crecer, hacerse más profunda y madura, a medida que se intensifica y fortalece la relación con Jesús, la intimidad con Él. También Pedro y los demás apóstoles tuvieron que avanzar por este camino, hasta que
el encuentro con el Señor resucitado les abrió los ojos a una fe plena.

Queridos jóvenes, también hoy Cristo se dirige a vosotros con la misma pregunta que hizo a los apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Respondedle con generosidad y valentía, como corresponde a un corazón joven como el vuestro. Decidle: Jesús, yo sé que Tú eres el Hijo de Dios que has dado tu vida por mí. Quiero seguirte con fidelidad y dejarme guiar por tu palabra. Tú me conoces y me amas. Yo me fío de ti y pongo mi vida entera en tus manos. Quiero que seas la fuerza que me sostenga, la alegría que nunca me abandone.

En su respuesta a la confesión de Pedro, Jesús habla de la Iglesia: «Y yo a
mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». ¿Qué significa esto? Jesús construye la Iglesia sobre la roca de la fe de Pedro, que confiesa la divinidad de Cristo. Sí, la Iglesia no es una simple institución humana, como otra cualquiera, sino que está estrechamente unidaa Dios. El mismo Cristo se refiere a ella como «su» Iglesia. No se puede separar a Cristo de la Iglesia, como no se puede separar la cabeza del cuerpo (cf. 1Co 12,12). La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor. Él está presente en medio de ella, y le da vida, alimento y fortaleza.

Queridos jóvenes, permitidme que, como Sucesor de Pedro, os invite a fortalecer esta fe que se nos ha transmitido desde los Apóstoles, a poner a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida. Pero permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él.

Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que tu fe sirva igualmente
de apoyo para la de otros. Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia,
que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor. Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la Palabra de Dios.

De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos.

Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios. Pienso que vuestra presencia aquí, jóvenes venidos de los cinco continentes, es una maravillosa prueba de la fecundidad del mandato de Cristo a la Iglesia: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). También a vosotros os incumbe la extraordinaria tarea de ser discípulos y misioneros de Cristo en otras tierras y países donde hay multitud de jóvenes que aspiran a cosas más grandes y, vislumbrando en sus corazones la posibilidad de valores más auténticos, no se dejan seducir por las falsas promesas de un estilo de vida sin Dios.

Queridos jóvenes, rezo por vosotros con todo el afecto de mi corazón. Os encomiendo a la Virgen María, para que ella os acompañe siempre con su intercesión maternal y os enseñe la fidelidad a la Palabra de Dios. Os pido también que recéis por el Papa, para que, como Sucesor de Pedro, pueda seguir confirmando a sus hermanos en la fe. Que todos en la Iglesia,pastores y fieles, nos acerquemos cada día más al Señor, para que crezcamos
en santidad de vida y demos así un testimonio eficaz de que Jesucristo es
verdaderamente el Hijo de Dios, el Salvador de todos los hombres y la fuente viva de su esperanza. Amén.
(Homilía del Papa Benedicto XVI en el aeropuerto Cuatro Vientos de Madrid el
domingo 21 de agosto de 2011 en ocasión de la XXVI Jornada de la Juventud)

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Aplicación: P.R. Cantalamessa  -  ¿Quién dicen ustedes que soy yo?

Existe, en la cultura y en la sociedad de hoy, un hecho que nos puede introducir a la comprensión del Evangelio de este domingo, y es el sondeo de las opiniones. Se practica un poco por todas partes, pero sobre todo en el ámbito político y comercial. También Jesús un día quiso hacer un sondeo de opinión, pero con fines, como veremos, muy diversos: no políticos sino educativos. Llegado a la región de Cesarea de Filipo, es decir, la región más al norte de Israel, en una pausa de tranquilidad, en la que estaba solo con los apóstoles, Jesús les dirigió a quemarropa la pregunta: "¿Quién dice la gente que es el hijo del Hombre?"

Parece como si los apóstoles no esperaran otra cosa para poder finalmente dar rienda suelta a todas las voces que circulaban a propósito de él. Responden: "Algunos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas". Pero a Jesús no le interesaba medir el nivel de su popularidad o su índice de simpatía entre la gente. Su propósito era bien diverso. A renglón seguido les pregunta: "¿Vosotros quién decís que soy yo?"

Esta segunda pregunta, inesperada, les descoloca completamente. Se entrecruzan silencio y miradas. Si en la primera pregunta se lee que los apóstoles respondieron todos juntos, en coro, esta vez el verbo es singular; sólo "respondió" uno, Simón Pedro: "¡Tú eres el Cristo, el hijo del Dios vivo!"

Entre las dos respuestas hay un salto abismal, una "conversión". Si antes, para responder, bastaba con mirar alrededor y haber escuchado las opiniones de la gente, ahora deben mirarse dentro, escuchar una voz bien distinta, que no viene de la carne ni de la sangre, sino del Padre que está en los cielos. Pedro ha sido objeto de una iluminación "de lo alto".

Se trata del primer auténtico reconocimiento, según los evangelios, de la verdadera identidad de Jesús de Nazaret. ¡El primer acto público de fe en Cristo de la historia! Pensemos en el surco dejado por un barco: se va ensanchando hasta perderse en el horizonte, pero comienza con una punta, que es la misma punta del barco. Así sucede con la fe en Jesucristo. Es un surco que ha ido ensanchándose en la historia, hasta llegar a los "últimos confines de la tierra". Pero empieza con una punta. Y esta punta es el acto de fe de Pedro: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo". Jesús usa otra imagen, vertical no horizontal: roca, piedra. "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia".

Jesús cambia el nombre a Simón, como se hace en la Biblia cuando uno recibe una misión importante: lo llama "Kefas", Roca. La verdadera roca, la "piedra angular" es, y sigue siendo, él mismo, Jesús. Pero, una vez resucitado y ascendido al cielo, esta "piedra angular", aunque presente y operante, es invisible. Es necesario un signo que la represente, que haga visible y eficaz en la historia este "fundamento firme" que es Cristo. Y éste será precisamente Pedro, y, después del él, el que haga las veces de él, el Papa, sucesor de Pedro, como cabeza del Colegio de los apóstoles.

Pero volvamos a la idea del sondeo. El sondeo de Jesús, como hemos visto, se desarrolla en dos tiempos, comporta dos preguntas fundamentales: primero, "Quién dice la gente que soy yo?"; segundo, "¿Quién decís vosotros que soy yo? Jesús no parece dar mucha importancia a lo que la gente piensa de él; le interesa saber qué piensan sus discípulos. Les coge con ese "¿y vosotros quién decís que soy yo?". No permite que se atrincheren tras las opiniones de otros, quiere que digan su propia opinión.

La situación se repite, casi idéntica, en el día de hoy. También hoy "la gente", la opinión pública, tiene sus ideas sobre Jesús. Jesús está de moda. Miremos lo que sucede en el mundo de la literatura y del espectáculo. No pasa un año sin que salga una novela o una película con la propia visión, torcida y desacralizada, de Cristo. El caso del Código Da Vinci de Dan Brown ha sido el más clamoroso y está teniendo mucho imitadores.

Luego están los que se quedan a medio camino. Como la gente de su tiempo, cree que Jesús es "uno de los profetas". Una persona fascinante, se le coloca al lado de Sócrates, Gandhi, Tolstoi. Estoy seguro de que Jesús no desprecia estas respuestas, porque se dice de él que "no apaga el pábilo vacilante y no quiebra la caña cascada", es decir, sabe apreciar todo esfuerzo honesto por parte del hombre. Pero hay una respuesta que no cuadra, ni siquiera a la lógica humana. Gandhi o Tolstoi nunca han dicho "yo soy el camino, la verdad y la vida", o también "el que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí".

Con Jesús no se puede quedar uno a medio camino: o es lo que dice ser, o es el el mayor loco exaltado de la historia. No hay medias tintas. Existen edificios y estructuras metálicas (creo que una es la torre Eiffel de París) hechas de tal manera que si se toca un cierto punto, o se traslada cierto elemento, se derrumba todo. Así es el edificio de la fe cristiana, y ese punto neurálgico es la divinidad de Jesucristo.

Pero dejemos las respuestas de la gente y vayamos a los no creyentes. No basta con creer en la divinidad de Cristo, es necesario también testimoniarla. Quien lo conoce y no da testimonio de esta fe, sino que la esconde, es más responsable ante Dios que el que no tiene esa fe. En una escena del drama "El padre humillado" de Claudel, una muchacha judía, hermosísima pero ciega, aludiendo al doble significado de la luz, pregunta a su amigo cristiano: "Vosotros que veis, ¿qué uso habéis hecho de la luz?". Es una pregunta dirigida a todos nosotros que nos confesamos creyentes.



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Aplicación: Equipo MD - Dos preguntas comprometedoras

Hermanos, imaginemos que Jesús nos dirige a nosotros las dos preguntas que hizo a sus discípulos: ¿quién dice la gente que soy yo? ¿y vosotros, quién decís que soy yo? Respecto a la primera, seguramente tendríamos que contestarle que hay división de opiniones en el mundo de hoy. Para muchos cristianos, Jesús es la razón de su existencia. El que les da fuerza para el camino. Pero no para todos es así. Los hay agnósticos, que le ignoran, o que hasta dudan de su existencia, seducidos por teorías pseudocientificas e historias llenas de fantasía, que no son precisamente nuevas, porque hace siglos que corren en diversas formas. Otros han llegado a apreciar a Jesús como un hombre ideal, defensor de lo humano, gran maestro, profeta único, liberador del mal y denunciador de la injusticia, pero no llegan a lo profundo, no acaban de hacer suya la confesión de Pedro: "Tú eres el Hijo de Dios vivo".

Y ¿qué contestaríamos a la segunda pregunta? Porque Jesús nos invita a definirnos, a tomar partido. No se trata de que respondamos, casi como repitiendo el catecismo, lo que "sabemos" de Cristo Jesús: por ejemplo, que es Dios y hombre verdadero. Sino de que digamos quién es para nosotros. Los que acudimos regularmente a la eucaristía del domingo, seguramente podremos responder con confianza, aunque con humildad, que si creemos en Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios. Más aún, que estamos dispuestos, como Pedro, a seguirle, a vivir según su mentalidad, con todas las consecuencias, no "seleccionando" lo que nos gusta y orillando lo que nos parece exigente en su evangelio. Precisamente la eucaristía de cada domingo nos ayuda a este crecimiento en la vida cristiana, que nunca es madura del todo. Nuestra respuesta tendría que ser humilde, como la de Pedro después de la resurrección: "Señor, tú sabes que te amo...". Y la completaríamos diciendo: "Tengo fe, pero ayuda a mi fe...".

- Pedro y el Papa

Junto a esta fe en Cristo Jesús, hay otro aspecto importante en las lecturas de hoy: la respuesta de Jesús a Pedro, alabándole por su acto de fe y constituyéndole cabeza visible del grupo de los apóstoles. Y lo ha hecho con dos figuras simbólicas: le ha confiado las llaves y le ha dicho que va a ser la roca.

En la primera lectura, un rey, para indicar que destituye a un ministro de su cargo y nombra a otro, hace el gesto simbólico de darle las llaves a este último para que "abra y cierre". Jesús a Pedro le dice que le da "las llaves del Reino": lo que él ate y desate, queda oficialmente convalidado. Todos sabemos que el auténtico poseedor de las llaves es el mismo Jesús. El Apocalipsis habla de él como del Señor que tiene las llaves, el que abre y nadie puede cerrar, cierra y nadie puede abrir (Ap 3,7). Pero Jesús transmite este encargo visible a Pedro.

La otra imagen, la de la roca, también se aplica en primer lugar a Cristo, la piedra que desecharon los arquitectos y que resultó ser la piedra angular. Pero Pedro va a ser el signo visible de ese fundamento sólido que es Cristo, precisamente por la profesión de fe que ha sabido hacer con tanta claridad en nombre de los demás. Aquí se juega con el significado de Pedro, piedra, roca: es el nuevo Nombre que le ha dado Jesús, porque antes se llamaba Simón.

Estas palabras de Jesús a Pedro se proyectan también a sus sucesores, los papas. Entre los ministerios que Cristo ha querido en su comunidad, para bien de todos, sobresale ciertamente el ministerio del Papa. Pedro en la primera comunidad, y el Papa como sucesor suyo a través de las generaciones, es el encargado de animar en la fe a sus hermanos, de confirmarles en los momentos de dificultad, de ser el pastor y guía de la comunidad en nombre de Cristo, el fundamento visible de la unidad y de la caridad en la Iglesia. También ante la figura del Papa -sea quien sea la persona concreta que ejerce este ministerio en cada época- hay diversas actitudes, desde la agresivamente contraria hasta la selectiva, que le apoya o le critica según coincida o no su talante con la propia ideología. El evangelio de hoy nos invita a considerar al Papa como un ministerio querido por el mismo Cristo y, por tanto, a mirarlo con los ojos de la fe. La comunidad no es del Papa, sino de Cristo. Pero el Papa ha recibido el ministerio de animar, de discernir, de unir, de confirmar a la comunidad, que además de una, santa y católica, es también "apostólica".

En cada eucaristía nombramos al Papa, juntamente con el obispo de la propia diócesis. La eucaristía la celebramos en comunión con ellos y pedimos al Señor que les "confirme en la fe y en la caridad", porque también ellos son débiles. Pero este recuerdo de la misa deberla traducirse en una actitud de comunión también en la vida, en la respuesta a su magisterio, en la visión de fe de su papel en la Iglesia. No se trata de una aceptación ciega, pero si de una postura desde la fe y desde el amor. Desde la confianza en Cristo y en su Espíritu, que se sirven de los hombres para guiar a su Iglesia.

Por desgracia, a veces, nuestra "fe en Cristo" no va acompañada por la "fe en su Iglesia". Tendremos que contestar a Jesús que creemos en él, y que también creemos en su comunidad, la Iglesia, animada invisiblemente por el mismo Señor Resucitado y por su Espíritu, y visiblemente por el Papa, en comunión con los demás obispos y pastores de la Iglesia. Para que podamos dar en medio del mundo un testimonio creíble de fe en Cristo y de lucha por un mundo nuevo, conforme a su Evangelio.
(EQUIPO MD, MISA DOMINICAL 1999/11)


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Ejemplos


La muerte de San Pedro en Roma.
San Pedro fue a Roma por primera vez en el principio del reinado del emperador Claudio (42) y allí murió mártir después de 25 años, un mes y nueve días de haber gobernado la Iglesia de Roma, el día 29 de junio del año 67, simultá­neamente con el Apóstol Pablo. Pedro tenía entonces unos 75 años. El emperador Nerón perseguía cruelmente a los cristianos desde el año 64, y como se procuraba capturar a Pedro, los fieles rogaban insistentemente a su Pastor que se salvase escapándose de la ciudad. Acordándose de aquellas palabras del Salvador: «Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra», salió Pedro de Roma durante la noche, pero he aquí que mientras caminaba por la Vía Apia, apareciósele, según refiere San Ambrosio, el mismo Cristo en las puertas de la ciudad, con una pesada cruz cargada en sus espaldas. Lleno de asombro, preguntó Pedro al Salvador: Señor , ¿ a dónde vas? (En el lugar donde se verificó esta aparición, existe todavía una antiquísima capilla, llamada Domine, ¿quo vadis?) Y el Salvador contestó: «A Roma, para ser nuevamente crucificado.» Y desapareció al punto. Pedro comprendió en seguida que el Señor le mandaba que regresara a Roma para sufrir muerte de cruz y volvió atrás sus pasos. Capturado y cargado de cadenas, fue arrojado a la cárcel Mamertina. Esta cárcel puede verse todavía en el pie del Capitolio; es subterránea y cons­truida con enormes bloques cuadrados dé piedra, completa­mente obscura y húmeda. Encima de ella se levanta la Iglesia llamada de San Pedro In carcere, muy visitada por los fieles. Después de ocho meses de estar allí encerrado, fue conde­nado a muerte. Sufrió primeramente el tormento de los azotes, siendo luego conducido junto con San Pablo, por la Vía Ostiense. A eso de una milla de camino fue separado de Pablo (todavía el lugar está indicado por la capilla lla­mada de la Separación), el cual fue decapitado en un lugar llamado ad aguas salvias situado una legua más lejos, donde se ve todavía la columna a que fue atado. Las últimas pala­bras de San Pablo fueron: « Jesús, en tus manos encomiendo mi espíritu.» En aquel punto fue edificada una Iglesia, llamada de San Pablo en las tres fuentes, por hallarse tres fuentes en la iglesia, recientemente tapiadas por el gobierno italiano. Entretanto, Pedro fue conducido al Monte Janículo, desde el cual se puede contemplar toda la ciudad de Roma, y llegado allí, le crucificaron. El Apóstol pidió que invirtiesen la cruz, por no ser él digno de morir como el Sal­vador. Murió, pues, con la cabeza hacia abajo. Encuéntrase actualmente en aquel punto la iglesia de San Pedro In Montorio, mandada construir por Constantino el Grande. El cuerpo de San Pedro fue enterrado por los cristianos en el vecino monte Vaticano. Sobre su sepultura edificó una capilla el tercer sucesor de San Pedro, y Constantino el Grande una magnífica Basílica, que se derrumbó en la Edad Media. El año 1626 fue terminada la grandiosa Basílica actual des­pués de más de 100 años de trabajo. En una cripta que se halla en el centro de la Basílica descansan los huesos de San Pedro y en su altar arden, día y noche, más de 100 lámparas.

La carta de San Clemente Romano a la comunidad cristiana de Corinto.
El Papa Clemente Romano fue el tercer sucesor de San Pedro y gobernó la Iglesia desde el año 91 al 101. Había sido discípulo de San Pedro y San Pablo. Durante su pon­tificado se produjo un gran cisma entre el clero y el pue­blo de la comunidad eclesiástica de Corinto, y a pesar de que en aquel tiempo vivía aún en Sieso el gran Apóstol y Evangelista San Juan, no se recurrió a él, sino a San Clemente Obispo de Roma para zanjar la con­troversia. San Clemente les dirigió una extensa carta en la cual les decía, entre otras, las siguientes graves palabras: «Ciertamente me haría reo de culpa grave si depusiera a sacerdotes que han cumplido su deber de una manera santa y ejemplar.» Esta hermosa carta que desde entonces solía leerse públicamente en la Santa Misa y que se conserva to­davía, restableció en seguida la paz en la Iglesia de Corinto. Es cosa muy notable que los fieles de aquella Iglesia, para apaciguar una contienda surgida entre ellos, se dirigiesen a un Obispo a cuya diócesis no pertenecían. Ciertamente no lo hubieran hecho así de no haber sabido que el Obispo de Roma es la suprema autoridad de la Iglesia.
(Dr. Francisco Spirago, Catecismo en ejemplos, Vol. I, Ed. Poliglota, 1940, Pág. 226 y ss)

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