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Domingo 25 del Tiempo Ordinario A - 'Id también vosotros a mi viña'  - Comentarios de Sabios y Santos I: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical

Recursos adicionales para la preparación

 

 

A su disposición
Exégesis: José Ma. Solé Roma (O.M.F.) - sobre las tres leclturas

Comentario: Karl Rahner - Aceptación de sí

Comentario: Hans Urs von Balthasar - La justicia del amor de Dios

Comentario: Louis Monloubou - Tiempo en el plan de Dios

Santos Padres: San Efrén - «¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos?»

Santos Padres: San Agustín - Mt 20,1-16a: Soy obrero como vosotros

Aplicación: Francisco Bartolomé González - El Dios de Jesús

Aplicación: Leonardo Castellani - Los obreros de la viña Mt 20, 1-16

Aplicación: R. Cantalamessa - Id a mi viña

Meditación: El Evangelio y yo

Ejemplos

 

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

Comentarios a las Las Lecturas del Domingo

 

Exégesis: José Ma. Solé Roma (O.M.F.) - sobre las tres leclturas

Sobre la Primera Lectura (Isaías 55, 6-9)

'El Profeta exhorta al pueblo a conversión. Yahvé es benigno y magnánimo en perdonar:

-La conversión, si es sincera, se inicia con el retorno a Dios. Siempre el pecado es: aversio a Deo conversio ad creaturas. Hay que desandar este camino errado. Por eso claman los Profetas: 'Buscad a Yahvé.' Dios está siempre cercano a toda alma sincera (6).

-Y por cuanto la conversión es búsqueda de Dios y retorno sincero a El, es también renuncia a cuanto nos alejó de su amor y de su Ley: 'Deje el malo su camino, el hombre inicuo sus pensamientos' (7a). Es la actitud del pródigo convertido: 'Me levantaré y me volveré a mi Padre' (Lc 15, 18).

-Pero este propósito de retorno a Dios podría frustrarlo la pusilanimidad que desconfía de su perdón. Y es aquí donde el Profeta insiste en abrir nuestro corazón a una confianza sin límites: 'Vuélvase a Yahvé, que tendrá compasión de él, y a nuestro Dios, que será grande en perdonar' (7b). Esta magnanimidad de Dios en perdonarnos la encarece una y otra vez. Primero nos dice que no midamos a Dios según los módulos que nosotros entendemos y usamos (8). Y luego nos explica cuán diferente es la generosa magnanimidad de Dios de nuestra tacañería: 'Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros' (9). El Salmista nos dirá con igual encarecimiento: 'No nos trata Dios según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas. Como se alzan los cielos por encima de la tierra, así de grande es su amor para con los que le temen; tan lejos como está el Oriente del ocaso, aleja de nosotros nuestras rebeldías. Cual la ternura de un padre para con sus hijos, así de tierno es Yahvé para quienes le temen; que El sabe de qué estamos plasmados, se acuerda de que somos polvo' (Sal 103, 10-14)'.

Sobre la Segunda Lectura (Filipenses 1, 20-24. 27)

Es una bellísima página autobiográfica en la que Pablo nos habla de la confianza omnímoda que tiene puesta en Cristo y del afán que le consume de extender su conocimiento y su amor:

-Pablo, consciente de cuán íntima y real es nuestra unión con Cristo por el Bautismo y la Eucaristía, por la fe y el amor, se alegra en sus sufrimientos espirituales y corporales. Místicamente pertenecen a Cristo: 'Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en Mi' (Gál 2, 20). Por tanto, Cristo es glorificado en todo cuanto hace y sufre su Apóstol. Y si le es dado morir por Cristo, ésa será la máxima glorificación de Dios por Pablo y en Pablo (20): .Et qui per morten Fulii tuti redempti sumus, ad ipsius resurrectionis gloriam tuo nutu excitamur (Praef. Def. IV).

-Más aún, la muerte es a la vez glorificación de Cristo y ganancia suma de Pablo. De ahí la alternativa que le tiene perplejo por lo difícil de la opción: 'A la verdad no sé qué escoger, pues me estrecha la disyuntiva: o bien, según mi deseo, partir para estar con Cristo, cosa sin duda mucho más preferible, o bien permanecer en esta vida corporal, cosa para vosotros más necesaria' (23). En esta confesión del Apóstol quedan proclamadas dos muy importantes verdades: a) Que hay un encuentro gozoso con Cristo inmediatamente después de la muerte, antes, por tanto, de la Parusía o Juicio final. b) Que el celo apostólico impele a Pablo a preferir el servicio abnegado del Evangelio al goce y descanso que tiene bien merecido: 'Me quedaré aún y permaneceré con vosotros para vuestro progreso y gozo de vuestra fe' (25).

-Pablo va a pedir a sus filipenses lo que ahora espera de ellos en respuesta a lo mucho que les ama: Ellos, que tan noble y gallardamente ostentan mi título de 'ciudadanos romanos' honren con su vida y sus obras el nuevo título de 'ciudadanía cristiana' que tienen por el Bautismo (27). La fe en Cristo que tanto les honra les exige asimismo que vivan en perfecta unidad y cohesión. Si a todos anima y vivifica el mismo y único Espíritu, el Espíritu de Cristo, es justo que nada ni nadie rompa la unidad y caridad cristiana de la Iglesia (27b). Y la mesa de la 'comunión' es urgentísima llamada a la 'unión' entre todos los comensales'.

Sobre el Evangelio (Mateo 20, 1-16:)

'La parábola nos pone a la vista la magnanimidad del amor de Dios no comprendida por los fariseos a causa de la estrechez y rigorismo de criterios: La Iglesia Mesiánica la forman los elegidos y llamados por Dios como el Pueblo elegido de la Antigua Alianza (Ex 19, 2).

-El dueño de la viña que a lo largo del día ha venido contratando a obreros sin trabajo y al final de la jornada da a todos el sueldo íntegro da muestras de una gran bondad de corazón.

-En la aplicación de la parábola, los trabajadores madrugadores representan a los judíos, muy de antiguo, desde Abraham, llamados y favorecidos con la revelación del único Dios verdadero. Ahora, con la venida de Cristo, la vocación al Reino se hace a todos los gentiles. Estos van a entrar en él en plan de igualdad con los judíos. Con ello Dios no lesiona la justicia, sino que muestra su infinita benignidad (Rom 9, 14). Abre a todos de par en par el Reino Mesiánico. Ni ama menos a estos llamados de última hora que al Israel de los Patriarcas.

-Picados en su amor propio los judíos, los escribas y fariseos, de momento murmuran y se escandalizan (Lc 15, 2), y luego se niegan a entrar en el Reino (Lc. 15, 28). Cometen dos graves errores. Primero se consideran con derechos ante Dios (Rom 9, 19). Segundo, niegan a Dios el derecho de hacer llegar a todos su desbordante bondad: '¿Es que en mis asuntos no soy libre de proceder a mi talante? ¿O ha de ser envidioso tu ojo porque yo soy espléndido?' (15). Debido a esta obcecación orgullosa de los dirigentes espirituales de Israel va a suceder que: 'Los últimos (gentiles) pasan a primeros y los primeros (judíos) pasan a últimos' (16)'.
(José Ma. Solé Roma (O.M.F.),"Ministros de la Palabra", ciclo "A", Herder, Barcelona 1979)


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Comentario: Karl Rahner - Aceptación de sí

El hombre no puede pedirle cuentas a Dios. Pero esta verdad de que todo está comprendido dentro de la libre misericordia y de la incalculable disposición de Dios, es también una verdad que nos consuela y levanta, una verdad que nos libera de una opresión.

Lo que Dios dispone, aquello sobre lo que no podemos entrar en cuentas ni pleitos con él, somos en último término nosotros mismos. Tal como somos: con nuestra vida, con nuestro temperamento, con nuestro destino, con nuestra circunstancia, con nuestras taras hereditarias, con nuestros parientes, con nuestra estirpe, con todo lo que concreta y claramente somos, sin que lo podamos cambiar. Y, si entramos a menudo en el coro y en el corro de los que murmuran, de los que apuntan con el dedo a otros, en que Dios lo ha hecho de otro modo, somos en el fondo de los que no quieren aceptarse a sí mismos de manos de Dios. Y ahora podría decir que la parábola nos dice que somos nosotros los que recibimos el denario, y los que, a la vez, somos el denario. Y es así que nos recibimos a nosotros mismos con nuestro destino, con nuestra libertad, desde luego, con lo que hacemos con esta libertad; pero, a la postre, lo que recibimos somos nosotros mismos. Y hemos de recibirlo, no sólo sin murmurar; no sólo sin protestar interiormente, sino con verdadero gusto, pues ello es lo que Dios nos da al mismo tiempo que nos dice: ¿Es que no puedo yo ser bueno? De ahí que la gran hazaña de nuestra vida sea aceptarnos como un regalo incomprendido, sólo lentamente descubierto, de la eterna bondad de Dios. Porque saber que todo lo que somos y tenemos, aún lo amargo e incomprendido, es don de la bondad de Dios; sobre la que no murmuramos, sino que la aceptamos, sabiendo que si lo hacemos -y aquí vamos, una vez más, más allá de la parábola- Dios mismo se nos da juntamente con su don, y que así se nos da todo lo que podemos recibir; he ahí la sabiduría y la gran hazaña de nuestra vida cristiana.
(K. RAHNER, HOMILIARIO BIBLICO, BARCELONA 1967/Pág. 24-26)

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Comentario: Hans Urs von Balthasar - La justicia del amor de Dios

1. Más allá de la justicia.

En la parábola de los jornaleros de la viña hay que tener muy en cuenta lo que realmente se quiere mostrar: que Dios en su libre bondad puede muy bien superar la medida de la justicia distributiva y que de hecho lo hace continuamente. Se pone de relieve su libertad: «¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos?». Y también su bondad: «¿o vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?». Ciertamente se puede aplicar la parábola al judaísmo y al paganismo: los judíos han trabajado en la viña desde el amanecer; los paganos, en cambio, vinieron al caer la tarde. Pero de hecho los dos pueblos reciben su salario conforme a una bondad libre y desmesurada de Dios, pues la alianza con Israel era ya la expresión de un comportamiento libérrimo y desbordante de bondad por parte de Dios. Mas la parábola es significativa para todos los tiempos y para todos los pueblos que quieran comprender el pensamiento fundamental de Jesús. Dios ha superado ya desde siempre el plano de la mera justicia distributiva y exige por ello que se haga lo mismo en Cristo: «Si no sois mejores que los letrados y fariseos no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5,2O).

2. La justicia del amor de Dios.

Pero esto no significa precisamente que el amor y la misericordia de Dios sean injustos. La justicia es un atributo de Dios tanto como el amor y la misericordia. Por eso en el sermón de la montaña se insiste en que Jesús no ha venido a derogar la Ley, sino a darle cumplimiento, y se dice expresamente que ningún precepto de la Ley, en la medida en que procede de Dios, puede abolirse (Mt 5,17-19). Toda interpretación del sermón de la montaña que desconozca esto -también cuando se trata de la aplicación del amor a los enemigos y del desarme en el ámbito de la sociedad- será siempre una interpretación sesgada. El orden intramundano, tanto público como privado, no es abolido, simplemente es superado mediante el comportamiento de Dios en Cristo y en el comportamiento de los discípulos de Cristo. La primera lectura expresa drásticamente esta superioridad de los pensamientos de Dios sobre la idea humana de la justicia y la equidad: los caminos del Señor están tan por encima de los pensamientos humanos como lo está el cielo de la tierra. Y el pensar y obrar divinos están caracterizados precisamente como misericordia y perdón, que como gracia seguramente incluye en sí la exigencia de la conversión; esto, considerado desde el punto de vista de la gracia, no es más que lo justo.

3. El reflejo eclesial.

Pablo nos ofrece en la segunda lectura una magnífica confirmación de lo dicho. ¿En qué consiste para él la mejor imitación de la bondad de Dios? Mientras que los hombres desean tener una larga vida, Pablo, por el contrario, querría morir para estar con Cristo. Pero, más allá de este deseo ardiente, la voluntad de Dios podría ser que Pablo permaneciera en esta vida por el bien de la comunidad y que dé fruto en la tierra. El no elige, sino que deja a Dios elegir lo mejor. Lo mejor no está, como muchos piensan, en el aumento constante de las buenas obras y del compromiso apostólico, sino únicamente en la realización de la voluntad de Dios, cuyos planes están tan por encima de los deseos y aspiraciones humanas como lo está el cielo de la tierra. Del mismo modo los pensamientos del propietario de la viña son muy superiores a los de los obreros que trabajan en ella poco o mucho; en todo caso estos pensamientos son los mejores para cada hombre y con ello también los más llenos de gracia.
(HANS URS von BALTHASAR, LUZ DE LA PALABRA, Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 105 s.)

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Comentario: Louis Monloubou - Tiempo en el plan de Dios

Siguiendo a Ireneo y Orígenes, los Padres de la Iglesia mostraron su interés por la función que desempeña el tiempo en esta historieta. En los sucesivos envíos de obreros vieron las grandes etapas de la historia bíblica durante las cuales Dios llama a hombres que "cuiden -dice Orígenes- la viña del culto de Dios": una primera vez, con Adán, cuando la creación del mundo; una segunda, con Noé, cuando la conclusión de una alianza universal; una tercera, con Abrahán y los Patriarcas; una cuarta, con Moisés, a quien se comunica la Ley, y una quinta, que corresponde a la undécima hora, con JC. O vieron también los principales momentos de la vida humana: algunos son llamados a trabajar en los asuntos del Reino desde la infancia o la más temprana edad; otros, al salir de la adolescencia; otros, en la edad adulta; otros todavía a una "determinada edad"; y otros, por fin, y es lo equivalente a la hora undécima, acogiendo la palabra de Dios en el momento de la muerte...
(LOUIS MONLOUBOU, LEER Y PREDICAR EL EVANGELIO DE MATEO, EDIT. SAL TERRAE SANTANDER 1981.Pág.238)

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Santos Padres: San Efrén - «¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos?»

Estos hombres querían trabajar pero «nadie les había contratado»; eran trabajadores, pero sin hacer nada por falta de trabajo y de amo. Seguidamente, una voz les ha contratado, una palabra los ha puesto en camino y, en su celo, no ajustaron el precio de su trabajo como lo habían hecho los primeros. El amo ha evaluado su trabajo con prudencia y les ha pagado tanto como a los demás. Nuestro Señor pronunció esta parábola para que nadie diga: «Puesto que no fui llamado cuando era joven, no puedo ser recibido». Enseñó que, sea cual sea el momento de su conversión, todo hombre es acogido. [...] Salió al amanecer, a media mañana, hacia mediodía y a media tarde, y al caer la tarde»: con lo cual da a entender desde el inicio de su predicación, después a lo largo de su vida, hasta la cruz porque es «a la hora undécima» que el ladrón entró en el Paraíso (Lc 23,43). Para que nadie se queje del ladrón, Nuestro Señor afirma su buena voluntad; si le hubieran contratado antes, hubiera trabajado: «Nadie nos ha contratado».

Lo que damos a Dios es muy poco digno de él y lo que nos da es muy superior a nosotros. Se nos contrata para un trabajo proporcionado a nuestras fuerzas, pero se nos propone un salario mucho mayor que el que merece nuestro trabajo. [...] Se trata de la misma manera a los primeros que a los últimos; «recibieron un denario cada uno» que llevaba la imagen del Rey. Todo esto significa el pan de vida (Jn 6, 35) que es el mismo para todos; es único el remedio de vida para los que lo comen.

En el trabajo de la viña no se puede reprochar al amo su bondad, y nada hay que decir de su rectitud. Según su rectitud da tal como estaba convenido, y según su bondad, muestra su misericordia como quiere. Es para darnos esta enseñanza que nuestro Señor dijo esta parábola, y la resumió con estas palabras: «¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos?
(San Efrén (c. 306-373), diácono en Siria, doctor de la Iglesia, Diatessaron, 15, 15-17 )

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Santos Padres: San Agustín - Mt 20,1-16a: Soy obrero como vosotros

Pensad que sois vosotros quienes habéis sido conducidos a la viña. Quienes vinieron siendo aún niños, considérense los conducidos a primera hora; quienes siendo adolescentes, a la hora tercia, quienes en su madurez, a la de sexta; quienes eran ya más graves, a la nona, y quienes ya ancianos, a la hora undécima. No os preocupéis del tiempo. Mirad el trabajo que realizáis; esperad seguros la recompensa. Y si consideráis quién es vuestro Señor, no tengáis envidia si la recompensa es para todos igual. Sabéis cuál es el trabajo, pero lo recordaré. Escuchad lo que ya sabéis y realizad lo que oísteis.

Dijimos que el trabajo de Dios es la justicia. Preguntado Jesús cuál era el trabajo que Dios ordenaba hacer, respondió: Éste es el trabajo de Dios, que creáis en quien él envió (Jn 6,29). Hubiera podido decir nuestro piadoso Señor: la justicia es el trabajo de Dios. ¿Nos hemos atrevido entonces nosotros, los conducidos al trabajo, a presuponer algo contra el padre de familia? Si el trabajo de Dios es la justicia, como yo dije, ¿cómo va a ser lo que dijo el Señor: que se crea en él, a no ser que la misma justicia consista en creer en él? «Pero he aquí -dice-, hemos oído al Señor: Éste es el trabajo de Dios, que creáis en él. Escuchamos de tu boca que el trabajo de Dios es la justicia. Demuéstranos que creer en Cristo es la justicia misma». ¿Te parece -puesto que ya estoy respondiendo a quien busca y desea cosas justas-, te parece que creer en Cristo no es la justicia? ¿Qué es, pues? Da un nombre a este trabajo. Sin duda alguna, si ponderas bien lo que escuchaste, has de responder: «A esto se llama fe. Creer en Cristo se llama fe». Acepto lo que afirmas: creer en Cristo recibe el nombre de fe.

Escucha tú otro lugar de la Escritura: el justo vive de la fe (Rom 1,17). Realizad la justicia: creed: el justo vive de la fe. Es difícil que viva mal quien cree bien. Creed con todo el corazón, creed sin cojear, sin dudar, sin argumentar con sospechas humanas contra la misma fe. Se llama fe porque se realiza lo que se dice. Cuando se pronuncia la palabra fides (Fe) suenan dos sílabas. La primera es hacer; la segunda es decir (1). Te pregunto si crees. Dices: «Creo». Haz lo que dices y tendrás la fe. Yo puedo oír la voz del que responde, pero no puedo ver su corazón. ¿Pero acaso lo conduje a la viña yo, que no puedo ver el corazón? No soy yo quien lo conduzco, ni quien le juzgo, ni preparo yo el denario de recompensa. Soy un obrero como vosotros; trabajo en la viña según las fuerzas que él tiene a bien darme. Con qué intención trabajo lo ve quien me condujo a la viña. Me importa muy poco, dice el Apóstol, el ser juzgado por vosotros (1 Cor 4,3). También vosotros podéis oír mi voz; pero no penetrar en mi corazón. Presentemos todos nuestro corazón a Dios, para que lo vea, y realicemos el trabajo con ilusión. No ofendamos a quien nos contrata, para recibir con la frente alta la recompensa.
(San Agustín, Sermón 49,2).

(1). Esta argumentación se entiende sólo en latín: Las dos sílabas de Fides (fe) comienzan respectivamente con una «f» de factum (acción) y una «d» de dictum (palabra).

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Aplicación: Francisco Bartolomé González - El Dios de Jesús

1. El Dios de Jesús

¿Qué pensamos de Dios? Es una pregunta fundamental, a la que todos los creyentes deberíamos responder con frecuencia. Porque hemos de reconocer que, quizá sin darnos cuenta, tendemos a construirnos un Dios a nuestra imagen y semejanza, cuando debe ser todo lo contrario. Atribuimos a Dios nuestros rasgos, nuestra manera de pensar y de vivir..., con lo que corremos constantemente el riesgo de construirnos una caricatura de Dios. ¿Qué Dios rechaza el agnosticismo y el ateísmo contemporáneos: el de Jesús de Nazaret o la desagradable caricatura que los cristianos hemos puesto tan frecuentemente en circulación? La mayoría de los cristianos lo son demasiado fácilmente. Y muchos ateos y agnósticos lo son difícilmente: ¿no trabajan, aunque sea sin saberlo, por la construcción del reino de Dios, que ellos llaman libertad, justicia...?

Los cristianos no somos ajenos, por ejemplo, al empeño del materialismo actual por presentar a Dios como un peligroso rival del hombre. Y es el mismo hombre el que sufre las consecuencias al quedar limitados sus esfuerzos a esta tierra, forzados por la caricatura del Dios cristiano preocupado únicamente del más allá, para regocijo de los explotadores que defienden este "Dios" con uñas y dientes. La insatisfacción, la soledad y el vacío es un precio demasiado alto pagado por la sociedad moderna al haber eliminado a Dios de su futuro, en lugar de haber ahondado en el Dios presentado por los evangelios. ¿Ha ganado algo el hombre con el cambio? ¿Trabajaremos por restituir la verdadera imagen del Dios Padre y amor?

Otro tremendo error del cristianismo ha sido -y es- el de presentarse como una moral supeditada al premio o al castigo. ¿No es ésa la reacción más característica de la mayoría de los cristianos? ¿No es el miedo al castigo o el conseguir un premio lo que nos impulsa muchas veces a unas prácticas determinadas? ¿Qué pasaría si los cristianos nos convenciéramos de que tal premio o castigo no existen? ¿Seguiríamos siendo los mismos? ¿Cuál es el motivo profundo de nuestro actuar?...

Jesús, con su concepto del reino de Dios, asumió una clara posición en esta cuestión del premio o castigo: a un amor recibido gratis respondió con su amor también gratuito. Las relaciones del hombre con Dios no pueden establecerse más que como amistad: amor compartido.

2. La parábola

Mateo ha seguido fielmente el capítulo diez de Marcos. Pero, después de la pregunta de Pedro y la respuesta de Jesús sobre la recompensa que les corresponderá a los que le han seguido dejando todas las cosas (Mt 19,27-29), interrumpe de improviso la narración del segundo evangelista e introduce esta parábola -único que la trae- para indicarnos que el reino de Dios no se rige por términos fiscales de dar tanto y recibir cuanto, sino por otras leyes. No es una interrupción al azar: Jesús echa por tierra nuestra justicia distributiva, derriba nuestros conceptos de mérito y de salario justo, de premio a la laboriosidad. Las parábolas no son alegorías, es decir, no debemos buscar un significado concreto en cada uno de sus elementos, como sucede en las segundas. En las parábolas abundan los rasgos irreales, artificiosos, que ayudan a que quede más clara la enseñanza fundamental que quiere hacerse.

La escena está tomada del medio ambiente palestino, como la mayoría de sus comparaciones. En la época de Jesús, de fuerte crisis social, el desempleo era muy abundante, como ocurre ahora. Los obreros solían reunirse en una plaza a la salida del sol, donde acudían los amos para buscar los braceros que necesitaban para la jornada entera. De esta forma la contrata se realizaba con suma facilidad.

Los judíos dividían el día, desde la salida del sol hasta su puesta, en doce horas. Pero ordinariamente utilizaban las horas de tercia (de las nueve de la mañana al mediodía), sexta (del mediodía a las tres de la tarde) y nona (desde las tres hasta la puesta del sol). Es artificioso que el propietario salga a buscar jornaleros a diversas horas del día -sobre todo "al caer la tarde"-, cuando normalmente el trabajo requería los servicios ya desde la mañana.

Sólo con los primeros trabajadores se concierta el jornal: "Un denario por jornada". A los contratados "a media mañana" les indica que les "pagará lo debido". De los demás no se dice nada. ¿Dónde estaban "al amanecer" los contratados de las horas sucesivas? Todo indica que estaban sin trabajo y que no se preocupaban demasiado por encontrarlo. Al oscurecer, el amo manda al administrador que llame a los obreros y les dé su jornal. Es lo que decía la ley: al trabajador "le darás cada día su salario, sin dejar que el sol se ponga sobre esta deuda; porque es pobre, y para vivir necesita de su salario" (Dt 24,15; Lev 19,13). Quiere que les pague en orden inverso a como han sido contratados y que todos reciban la misma cantidad.

A todos se les da un denario. ¿No es una injusticia'? En la vida no todos somos iguales, ni tenemos la misma inteligencia, ni rendimos lo mismo en el trabajo... Sin embargo, todos los hombres somos solidarios en el trabajo de transformación del mundo. Y todos, por igual y según las propias necesidades, debemos recibir el mismo provecho del trabajo realizado. Por desgracia, no es así en la realidad. Están los que acumulan bienes, proclamando que son suyos porque ellos los han trabajado, y se niegan a repartir equitativamente los bienes producidos. No quieren caer en la cuenta de que muchos otros no pueden llegar a lo que ellos por la injusticia que padecen, la falta de cultura, de alimentación y de promoción social. Y que estos muchos tienen el mismo derecho que ellos a vivir con dignidad, porque todos somos solidarios para bien o para mal. El que tiene más capacidad la posee para servicio de quien carece de ella. Es la única forma de amparar al más débil, de salvaguardar la igualdad entre todos, de no matar la fraternidad universal por la ambición. Este es el plan del Dios de Jesús. Estamos tan acostumbrados a las injusticias, se nos ha educado en ellas de tal manera, que toda la situación actual -a nivel personal y de naciones- nos parece bien, siempre que nos encontremos en el lugar de los privilegiados. ¿Por qué ha de vivir igual el ingeniero que el peón de albañil, el médico que la enfermera, el empresario que el trabajador...? El plan de Dios está cambiado en el mundo, hasta tal punto que las injusticias se han legalizado y convertido en justicia.

3. Los primeros protestan

Los primeros "se pusieron a protestar contra el amo". Es natural: la conducta del propietario es arbitraria, extravagante, injusta. Así piensan otros obreros, así piensa el hombre en general. Es la envidia al ver la generosidad del amo. Porque no se quejan de haber padecido una injusticia (han recibido lo que habían acordado), sino de las ventajas concedidas a los otros. No pretenden recibir más, sino que los demás no sean tratados como ellos. Quieren mantener las diferencias. No quieren darse cuenta de que a ellos no se les hace ningún perjuicio por el hecho de darles lo mismo que a los demás. Es la envidia del que se cree bueno enfrentado a un Dios que perdona e iguala a los que ellos consideran inferiores y pecadores. Muchos cristianos van a misa, reciben los sacramentos... para ganar el cielo, con el deseo inconfesable de que se condenen los que no hacen como ellos. El amo les responde con amabilidad y con cierto reproche al mismo tiempo. Les llama "amigos" a la vez que les indica que no les hace "ninguna injusticia". Convinieron en un denario y lo han recibido. Con ellos ha sido justo; con los demás, generoso. En la forma de obrar el propietario se revela la manera de pensar del Padre del cielo. El propietario rural no puede decir tranquilamente: "¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos?" Pero Dios sí puede hacer lo que quiera, porque lo que quiera siempre será lo mejor para la humanidad. Los dones de Dios no se pueden merecer; en ellos no tiene cabida la lógica humana. Dios puede regalar libremente lo que quiera; y el hombre no le puede impedir -¡menos mal!- que dé a quien quiera y cuanto quiera.

4. "Los últimos serán los primeros..."

El pasaje termina con una sentencia: "Así, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos". Algunos piensan que aquí está la clave para interpretar correctamente la parábola. Pero parece que no: todos reciben lo mismo; no hay en ella primeros ni últimos, fuera del orden en que recibieron la retribución, explicable para facilitar el que se enteraran los primeros de las intenciones del amo y pudieran presentar sus quejas.

Más bien parece un apéndice, repetido en los evangelios (Mt 19,30; Mc 10,31; Lc 13,30). Algunos la consideran una interpolación de la iglesia del siglo II.

Los primeros son el pueblo judío, en especial los fariseos y los dirigentes religiosos, que se creían con peculiares privilegios ante Dios y con el derecho de exigirle la recompensa. Los últimos, los pueblos paganos. El evangelio de Mateo, al subrayar el predominio de los paganos sobre los judíos, lo ha colocado aquí para ayudar a los primeros cristianos a comprender el cambio total de situaciones habido en las relaciones entre Israel y las demás naciones desde el momento en que éstas abrazaron la fe.

5. Interpretación

Para entender adecuadamente esta parábola hemos de tener en cuenta la perspectiva histórica del evangelio de Mateo: se dirige a los cristianos que provenían del judaísmo y escribe desde la perspectiva del Nuevo Testamento, pero teniendo en cuenta el Antiguo. El hombre actual, sensible a la justicia, lo es también a la retribución. Muchos de sus esfuerzos por una sociedad más justa van dirigidos a un reparto equitativo de sus bienes. Por ello esta parábola tiene para nosotros, a primera vista, un cierto aire de injusticia. Pero es evidente que Jesús no pretende aquí hablar de relaciones económicas o laborales, sino de nuestro trabajo por el reino de Dios en esta viña que es el mundo. Un trabajo que nosotros tendemos a identificar demasiado con el que realizamos para cobrar un salario. Quiere que todos trabajemos, según nuestras capacidades, desde el momento en que caigamos en la cuenta de ello. Porque es posible que muchos no sean conscientes de la necesidad de la colaboración de todos para que el mundo sea cada vez más el reflejo del deseo de Dios.

La parábola insiste en que Dios llama siempre, a todas las horas, cuando y como le parece. El momento en que llegue esa llamada, pronto o tarde, no tiene importancia. Lo importante es estar preparado para recibirla cuando llegue. No podemos mantener distinciones entre quienes acogieron su llamada los primeros o los últimos. Lo importante es el trabajo por el reino, nunca los méritos que se pretenda tener por él. Un aspecto que afectaba a los judíos de entonces y sigue afectando a los cristianos de siempre. Nos conviene ahondar en que todo es don y en que el amor de Dios supera, afortunadamente, nuestros méritos. Nuestras relaciones con Dios no pueden expresarse en términos de justicia: están reguladas exclusivamente por la gratuidad. Todo es gracia, podría ser la síntesis de esta parábola.

Con esta parábola, Jesús también quiere defenderse de las críticas de los fariseos, que le acusaban de igualar a los pecadores con los que cumplían la ley. No establecía diferencias entre justos y pecadores -más bien se colocaba a favor de los segundos-, y por ello se sentían ofendidos los "justos". Jesús viene a decirles que se apoya en el ejemplo de Dios.

Los primeros llamados fueron los judíos. Después, paulatinamente, todos los demás pueblos. El pueblo judío hacía muchos años que había sido contratado por Dios. Los demás pueblos, largo tiempo ociosos porque no habían oído el llamamiento del dueño de la viña, al ser invitados acuden con prontitud. Sólo con los primeros se fijó el salario. Los demás se confían a la liberalidad del amo; no se preocupan del salario. Ni siquiera lo mencionan. Firmaron en blanco. Por esa razón pudieron saborear la generosidad del propietario. A todos les propone lo mismo. La única condición es que respondan a la llamada cuando la reciban. Todos obtendremos nuestro jornal: el reino de Dios.

El único propietario de la viña es Dios. Es también el único que sabe y puede valorar el trabajo de cada uno, de acuerdo con el conocimiento que posee de la historia de cada hombre; el único capaz de saber por qué unos han empezado a primera hora y otros más tarde. A nosotros no nos toca juzgar el trabajo -la vida- de los demás; nos toca sentirnos felices por haber sido llamados a trabajar en la viña, por haber sido invitados al reino de Dios. El que no entienda la belleza de todo esto, el que prefiera la calculadora al corazón del Padre, es un mercenario.

La cantidad o calidad del trabajo o del servicio, la antigüedad, las diversas funciones de la comunidad, el mayor rendimiento, no crean situaciones de privilegio ni son fuente de méritos, puesto que son respuestas a un llamamiento gratuito.

El sentimiento de los propios méritos es causa de descontentos y divisiones. El llamamiento gratuito espera una respuesta desinteresada. El trabajo por el reino no se vende: sería prostituirlo; no nace del deseo de recompensa, sino de la voluntad espontánea de servicio a los demás. Equivale al seguimiento de Jesús; ser fiel al espíritu de las bienaventuranzas, al estilo de vida que ya ahora nos hace felices.

El Dios de Jesús es un Dios de amor, que mira a todos los hombres con cariño, que invita a todos. No es éste, por desgracia, el Dios en que hemos vivido. Es un Dios que no quiere que acaparemos méritos, sino que vivamos.

Como el propietario no tiene nada que esconder, quiere que el capataz pague el salario a los trabajadores empezando por los últimos. No les paga por el rendimiento o la ganancia que le han producido; les premia la voluntad de trabajar. La paga de Dios, dueño de la viña, siempre es pura gracia; el hombre nunca tiene derecho a pasarle la factura. Los trabajadores se encuentran alegremente admirados de verse pagados por un día entero. No podemos olvidar nunca que lo que hacemos depende en buena parte de las circunstancias, que suelen ser ajenas a nuestra voluntad: lugar en que vivimos, educación recibida, situación económica... Somos cristianos por haber nacido en un país de influencia cristiana; lo mismo que los nacidos en la India, por ejemplo, son en su mayoría hinduistas o budistas. Además, ¿cómo saber con certeza si trabajamos mucho o poco por el reino? No es cosa que pueda medirse ni pesarse. Por eso no tiene sentido exigir o esperar esta o aquella paga.

Lo que sí depende de nosotros es la voluntad de trabajar por el reino, de construir todo lo que sea posible la justicia, la libertad, el amor, la paz... para todos. Hemos de hacer lo que podamos, pero sin preocuparnos por la paga. No trabajamos por obligación, sino porque apreciamos todo lo que llamamos reino de Dios. Y lo que se quiere no se hace por obligación.

El salario lo da entero porque quiere, porque sus planes son de salvación universal, porque sus medidas no son de una justicia mezquina y exacta. El premio no va a depender de la hora de llegada ni de la cantidad de trabajo realizado, sino del amor de Dios y de la respuesta de fe que el hombre ha sabido dar a su llamada. Uno puede haber trabajado mucho, todo el día -toda la vida-, porque encontró tarea a primera hora. Y otro puede ser que haya trabajado poco porque no encontró tarea hasta más tarde, aunque sea culpable de no haberla buscado antes (los contratados después no estaban esperando el trabajo a la primera hora). El reino es como un tesoro, que el que lo descubre... (Mt 13,44).

Siempre queda el don por encima de nuestros méritos. Dios habla otra lengua, tiene otra gramática. Sus caminos nunca son nuestros caminos; sus planes nunca son nuestros planes (Is 55,8- 9). Tiene corazón de Dios; afortunadamente, no tiene corazón de hombre...

6. Tentación constante del hombre religioso

Los primeros protestan. Históricamente es la protesta de los judíos ante el ingreso de los paganos en el pueblo de Dios y por el igual trato recibido. Se habían olvidado de que su pertenencia al pueblo escogido era un don gratuito de Dios que no les confería ningún privilegio sobre los demás. En sus palabras está presente la mentalidad de los fariseos, que se consideraban con derecho a la salvación como premio a su meticuloso cumplimiento de la ley y que excluían a los demás porque no la cumplían según ellos habían estipulado. ¿Cómo iban a ser igualados ellos a los paganos y a los publicanos y pecadores? De este pensamiento participaban la mayoría de los judíos, principalmente los más "devotos".

Son las tentaciones del hombre religioso de siempre. A nivel racional es posible que estemos de acuerdo con las ideas presentadas aquí por Jesús. Pero cuando tratamos de aplicarlas a casos concretos, surgen inmediatamente las resistencias y las protestas: ¿No estamos llenos de prejuicios hacia otras religiones e ideologías?, ¿no nos consideramos con más derechos ante Dios que los que no piensan o actúan como nosotros?, ¿cómo un ateo o agnóstico va a recibir lo mismo que nosotros? El escándalo llega al máximo si igualamos a muchos cristianos tradicionales con los comunistas. ¡Nos cuesta tanto comprender que, ante Dios, no tenemos ningún mérito que exigir, que no merecemos nada, que es Dios quien nos ama y nos llama a su reino, quien nos ofrece gratis su amor! ¡Nos cuesta tanto comprender que nuestro esfuerzo no nos autoriza a considerarnos superiores a los demás, a mirarlos por encima del hombro, que creer en Jesús no nos convierte en una raza superior de hombres!

Son muchos los cristianos que piensan que la religión se reduce a lo que ellos le dan a Dios. No han descubierto -¿lo verán algún día?- que la religión consiste en lo que Dios hace por nosotros. Si no borramos de nuestra mente la idea de mercenarios, si esperamos la vida eterna como una "justa" recompensa a nuestros méritos, nos cerramos la posibilidad de asombrarnos, como los obreros de las horas tardías, ante la generosidad de Dios.

Los primeros no han protestado porque su paga haya sido escasa, sino porque los han igualado a los demás. Hace tanto tiempo que servimos a Dios, que nos creemos dignos de una recompensa superior a la de aquellos que no han tenido que someterse a tantos trabajos como nosotros. Hemos hecho tantos sacrificios a Dios, nos hemos aburrido tantas veces en la misa, nos hemos visto obligados a tantas renuncias y privados de tantos placeres, que hemos llegado hasta a tener envidia y celos de los jornaleros de la última hora. Pensamos que para ellos todo ha sido fácil. Han tenido suerte: han gozado de la vida y a última hora cambiaron... Al pensar así demostramos que no hemos conocido la vida ni la verdad de Dios. Porque si las hubiéramos conocido, diríamos: ¡Qué gran suerte hemos tenido al haber descubierto tan pronto el sentido que tiene la vida, haber conocido y amado al Padre desde pequeños...! Y nos comportaríamos de otra forma con los recién llamados o con los que, según nuestros conocimientos, parece que no han sido llamados. Y le pediríamos al Padre que les diese el mismo denario que a nosotros, que compensase así la tristeza de la larga separación y soledad, del largo vacío.

El escándalo ante la postura del Padre es la prueba de nuestro mal servicio, de nuestro desconocimiento de su bondad y amor. ¿Revelaría que somos los obreros de la hora duodécima?

Con su actuación Dios no hace agravio a nadie. Ha cumplido con el contrato verbal hecho a los primeros. Nada le impide ser generoso con los demás. Igual que Dios no establece diferencias, tampoco las podemos poner nosotros.

Apliquemos la parábola a nuestra vida, a nuestras ideas... Y saquemos conclusiones. Debemos reconocer la soberana libertad de Dios en sus caminos, sin intentar marcarle la hora ni la medida. Hemos de vivir abiertos a sus sorpresas y a sus métodos, eliminar nuestra tendencia a "comprar" sus dones con nuestros méritos. No podemos mirar con suficiencia a los demás considerándonos nosotros los perfectos, ni sentir envidia del bien ajeno...

La actitud cristiana verdadera no es la del jornalero que trabaja por la paga, sino la del hijo que lo hace por amor al Padre; o la de la madre que no pasa factura por su trabajo en favor de los hijos. No continuemos pretendiendo que Dios valore a las personas con criterios humanos, ni queriendo convertirlo en imagen y semejanza nuestra. La Biblia dice todo lo contrario: dejarnos construir a imagen y semejanza suya.
(FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ, ACERCAMIENTO A JESUS DE NAZARET - 3 PAULINAS/MADRID 1985.Págs. 271-279)

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Aplicación: Leonardo Castellani - Los obreros de la viña Mt 20, 1-16

La Parábola de los Obreros de la Viña no es muy fácil de entender. Con este título Giovanni Papini escribió un libro de siluetas históricas, entre las cuales incluyó a Homero, Virgilio y César, como si estos paganos, al lado del Dante y de Manzoni, fueran también Obreros del Paterfamilias en la edificación de la Cristiandad Occidental; como no se puede negar que en cierto modo lo fueron; de esta Cristiandad que se nos está desedificando.

En este Domingo se predica esta semejanza que suele dejar descontento al predicador y provocar resistencia en el oyente: Dios es semejante a un Patrón que se conduce de una manera insólita; que si no es injusta, parece por lo menos estrafalaria. Es prepotente; o por lo menos le gusta hacer las cosas como a él se le ocurre; y diferente de los demás patrones.

Al principio y al fin de esta perícopa se halla este anuncio, proferido en tono de amenaza: "Los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos", que podría tomarse si se quiere como un programa anárquico de ponerlo todo patas arriba y una amenaza destructiva al pobre e imperfecto orden humano: como no han dejado de tomarlo, en el curso de la Historia, desde los albigenses a los socialistas, muchos movimientos de resentimiento social. "Cristo fue el primer comunista", les enseñan a los comunistas. Pero... veamos.

Hay un patrón que anda alistando peones de cosecha: no hay falta de trabajo; al contrario, falta de brazos. Contrata varias tandas durante todo el santo día, a saber, "a la hora de prima, de tercia, de sexta, de nona y de undécima", como dice el Evangelio. Con los primeros que halla, al salir el sol (hora de prima) convienen el jornal a un dólar, es decir, a unos 130 pesos; a los demás les dice simplemente: "Les daré lo que sea justo."

A la hora duodécima (puesta del sol) le da orden al capataz de pagar en esta forma: primero a los que entraron último; y un dólar a todo el mundo. Los que habían entrado al amanecer se pasmaron grandemente, y comenzaron a refunfuñar lo que vieron que recibían igual los que habían trabajado una hora, que ellos que habían cinchado cerca de doce horas. Y el Dueño de Casa agarró a uno y lo paró agriamente, llamándole incluso "bizco" o "tuerto" o " legañoso" o algo por el estilo.

Esta parábola es difícil y ha tenido varias interpretaciones inaceptables; porque un predicador es como el carpincho, que cuando se ve rodeado, dispara por donde puede.

¿Quiere decir que Dios es libre y dueño de repartir sus dones diferentemente entre los hombres? Eso es verdad desde luego; pero la parábola no trata de dones gratuitos, sino de trabajo pagado, contratado y obligatorio. ¿Quiere decir que los Obreros de la Hora Undécima trabajaron con mucho más ahínco, e hicieron cundir más "al corto tiempo con su aliento largo"? El Evangelio no dice nada de mayor ahínco; que hubiera tenido que ser 12 veces mayor, lo cual es imposible. ¿Se refiere Jesucristo al hecho de que los judíos iban a ser sustituidos por los Gentiles en el beneplácito y favor de Dios, como explican Bover y Cantera? Esa interpretación no pega con la parábola por ningún lado; y yo mismo sería capaz de hacer una semejanza mejor, en tal caso. El dólar a todos por igual ¿significaría la vida eterna, pago del trabajo de esta vida, que es igual para todos los que se salvan, sean niños, hombres o viejos? No es igual para todos los que se salvan... Y así otros sentidos figurados, que suprimen la dificultad, pero a costa de mutilar el texto.

Veamos primero la moraleja oficial de la fabulita: "los últimos serán los primeros", o como dice al comienzo más atenuado: "muchos de los que ahora son los primeros serán de los últimos". Eso significa que las cosas del Reino de Dios son muy diferentes que las del Reino del Hombre; son al revés; lo cual corresponde a aquello del Profeta: "Las vías vuestras son una cosa y las vías Mías son otra cosa"; o sea, como dice la gente: "¡Ojo, que la vista engaña!". En las cosas del Reino de Dios somos todos medio bizcos. ¡Ojo, por lo tanto! ¡Mucho ojo! Este es el significado general de esta oscura semejanza.

Dios es trascendente. Los dioses de los paganos eran guapos mozos y hermosas mujeres. El Jehová de los judíos era ciertamente más que un hombre, pero se parecía bastante, sobre todo en este tiempo en que Cristo predicaba, a un Sultán invisible y peleador; pero el Dios que predicó Jesucristo es trascendente, y es paradójico: es enormemente heterogéneo al hombre por un lado y por otro se parece a lo que hay de más humano entre los hombres: a un padre. Por eso las parábolas de Cristo son paradojas, tienen un rasgo desmesurado o, digamos, algo como un giro humorístico. "¿Por qué predicas así?" -le preguntaron una vez; y eso está en Mateo XIII, 13-. "¡Para que no entiendan!", respondió Cristo, con humor evidentemente.

El humor y el patetismo son los estilos propios del hombre religioso cuando habla a los otros hombres, al hombre ético y al hombre estético.

Puesto esto, expliquemos una a una las palabras del Patrón Veleidoso:

- "Porque yo sea buenazo, ¿vos tenés que ver bizco?". La justicia de Dios no es como la justicia de los hombres; y cuando Dios se sale de la justicia no es para caer en lo tuerto como los hombres, sino para caer en la bondad. Con estas palabras, Dios se alabó de ser "demasiado bueno", como decimos, por ejemplo, de las madres.

-"¿-No te he dado yo a vos lo que es justo?". Dios no hace injusticia positiva a nadie.

- "¿No puedo hacer de lo mío lo que se me ocurra?". No podemos juzgar la justicia positiva de Dios en la distribución de los destinos de los hombres, porque está arriba de nuestros alcances.

-"¿Y si a mí se me ocurre, porque sí, darles un dólar también a éstos?". El famoso dólar ("denario") de la parábola significa los bienes ordinarios de esta vida. En esta vida, Dios trata aparentemente igual a los justos y a los injustos. Por justo que sea yo, si hay un terremoto, puede pillarme a mí lo mismo que a Nerón, Lollobrígida o Benito Mussolini- Más aún, aparentemente los justos la pasan peor; porque como dijo un poeta:

Un santo se sacó la lotería,
y a Dios le daba gracias noche y día;
pero un ladrón peor que el Iscariote
se la robó por medio de un garrote:
Dios premia al bueno; pero viene el malo
le quita el premio y le sacude un palo.

Aparentemente, los que se levantan temprano son los que soportan "todo el peso del día y el calor"; y después encima tienen que temblar y tragar saliva porque les pagan los últimos y encima los reprenden; de modo que los pobretes se quejan y dicen:

El sol molesta al justo y al injusto
y la lluvia igualmente los joroba
pero al justo más bien; porque el injusto
el paraguas le roba.

Pero "los últimos serán los primeros": las injusticias de la Providencia son aparentes tan sólo; la otra vida está allí para equilibrarlo todo; y en una forma tan radical que parece violenta; porque comparado a la Eternidad, el Tiempo es nada. Mas la otra vida ya comienza en ésta, en cierto modo: la Eternidad está injertada en el Tiempo: y eso es lo que llamamos la Gracia. De modo que en una forma poco visible, ese movimiento de Caja Compensatoria por el cual los últimos comienzan a volverse los primeros, ya algunos lo alcanzan a ver. La verdad es, por ejemplo, que la parte mayor -o mejor- de los bienes corresponde a los justos, incluso en esta vida, si se hace un balance total.

Si alguien aquí me dijere que eso sería antes, no se lo discuto. En los siglos de fe, a causa de esta parábola, se tenía un gran respeto a los últimos, a los débiles, a los pequeños, a los malsortidos o de mala estrella; eran los tiempos en que las reinas curaban a los leprosos. Ahora que la fe va menguando, también los últimos se van hundiendo; y la pobreza por ejemplo se va volviendo día a día una maldición y un crimen, como entre los paganos. Todavía no lo llevan preso a uno por ser pobre; pero vamos hacia eso. Yo confieso que soy un hombre pobre; pero mi excusa es que no lo he hecho adrede.

"Muchos son los llamados y pocos los escogidos", termina San Mateo, sentencia que parece no pega mucho aquí: no hay que olvidar que Mateo es un sinóptico, es decir, un resumen. Esta sentencia no quiere decir propiamente que los que se salvan son los menos -de eso no sabemos nada- como predicó Massillon, y Jansenius y Tertuliano y otros... Significa exactamente que no todos los llamados son escogidos: puesto que los llamados a trabajar en la Viña del Paterfamilias son, en una hora ignota, todos los hombres sin excepción, son "muchos". Y vemos con los ojos del cuerpo que no todos los hombres responden a ese llamado.
(Leonardo Castellani, "El Evangelio de Jesucristo", Ed. Itinerarium, Buenos Aires , Pág. 105 y ss)

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Aplicación: R. Cantalamessa - Id a mi viña

La parábola de los obreros enviados a trabajar en la viña en horas diferentes, que reciben todos la misma paga de un denario, ha plantaedo siempre problemas a los lectores del Evangelio. ¿Es aceptable el modo de actuar del propietario? ¿No viola el principio de la recompensa justa? Los sindicatos se sublevarían al unísono si alguien actuara como ese propietario.

La dificultad nace de un equívoco. Se considera el problema de la recompensa en abstracto, o bien en referencia a la recompensa eterna. Vista así, el tema contradiría en efecto el principio según el cual Dios «dará a cada cual según sus obras» (Rm 2,6). Pero Jesús se refiere aquí a una situación concreta. El único denario que se da a todos es el Reino de los Cielos que Jesús ha traído a la tierra; es la posibilidad de entrar a formar parte de la salvación mesiánica. La parábola comienza: «El Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana...». Es el Reino de los Cielos por lo tanto el tema central y el fondo de la parábola. El problema es, una vez más, el de la postura de judíos y paganos, o de justos y pecadores, frente a la salvación anunciada por Jesús. Si bien los paganos (respectivamente los pecadores, los publicanos, las prostitutas, etc.) sólo ante la predicación de Jesús se decidieron por Dios, mientras que antes estaban lejanos («ociosos»), no por esto ocuparán en el Reino una posición de segunda clase. También ellos se sentarán en la misma mesa y gozarán de la plenitud de los bienes mesiánicos.

Más aún, puesto que los paganos se muestran más dispuestos a acoger el Evangelio que los llamados «justos» (los fariseos y los escribas), se realiza aquello que Jesús dice como conclusión de la parábola: «Los últimos serán primeros y los primeros, últimos». Una vez conocido el Reino, esto es, una vez abrazada la fe, entonces sí que hay lugar para las diferenciaciones. No es idéntica la suerte de quien sirve a Dios toda la vida, haciendo rendir al máximo sus talentos, respecto a quien da a Dios sólo las sobras de la vida, con una confesión reparadora, en cierto modo, en el último momento.

Aclarado este punto central, es legítimo sacar a la luz las otras enseñanzas de la parábola. Una es que Dios llama a todos y a todas horas. ¡Existe una llamada universal a la viña del Señor! Se trata, en resumen, del problema de la llamada más que del de la recompensa. Este es el modo en que nuestra parábola es utilizada en la exhortación de Juan Pablo II «sobre vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo» («Christifideles laici»): «Los fieles laicos pertenecen a aquel Pueblo de Dios representado en los obreros de la viña... "Id también vosotros a mi viña"» (n. 1-2).

La parábola evoca también el problema del desempleo: «¡Nadie nos ha contratado!»: esta respuesta desconsolada de los obreros de la última hora podrían hacerla propia millones de desempleados. Todos sabemos lo que significa estar desempleado para quien tiene familia o para un joven que quiere casarse y no puede porque falta trabajo y con él la mínima garantía de poder mantener dignamente a la familia. Si falta trabajo para muchos, uno de los motivos (no el único, no el principal, pero ciertamente relevante) es que algunos tienen demasiado. Acumulando diferentes trabajos, todos, en modo distinto, retribuidos.

Otra enseñanza se puede sacar de la parábola. Aquel propietario sabe que los obreros de la última hora tienen las mismas necesidades que los demás, tienen también sus niños que alimentar, como los de la primera hora. Dando a todos la misma paga, el propietario muestra no tener en cuenta tanto el mérito como la necesidad. Muestra ser no sólo justo, sino también «bueno», generoso, humano.
[Original italiano publicado por «Famiglia Cristiana». Traducción realizada por Zenit]

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Meditación: El Evangelio y yo

Oración introductoria

Señor Jesús, Tú sabes que es lo que más me conviene. Cuenta conmigo, llámame, a la hora que quieras, para trabajar en tu viña. Tú eres fiel a tu Palabra y estás más interesado que yo en mi bien espiritual, por eso confío plenamente en Ti. Quiero escuchar tu voz. Habla, Señor, estoy a la escucha.

Petición

Señor, quiero trabajar por Ti, quiero desgastarme por Ti, quiero poner todo lo que soy a tu servicio. Ilumíname para saber cómo y dónde servirte.

Meditación del Papa

La parábola del Evangelio de Mateo sobre los trabajadores llamados a jornada en la viña nos hace comprender en qué consiste esta diferencia entre la justicia humana y la divina, porque hace explícita la delicada relación entre justicia y misericordia. La parábola describe a un agricultor que asume trabajadores en su viña. Lo hace sin embargo en diversas horas del día, de manera que alguno trabaja todo el día y algún otro sólo una hora. En el momento de la entrega del salario, el amo suscita estupor y provoca una discusión entre los jornaleros. La cuestión tiene que ver con la generosidad -considerada por los presentes como injusticia- del amo de la viña, el cual decide dar la misma paga tanto a los trabajadores de la mañana como a los últimos en la tarde. En la óptica humana, esta decisión es una auténtica injusticia, en la óptima de Dios un acto de bondad, porque la justicia divina da cada uno lo suyo y, además, incluye la misericordia y el perdón.Benedicto XVI, 18 de diciembre de 2011.

Reflexión

¿Quién dice que ya no hay trabajo? Jesucristo, en esta parábola, viene a ofrecernos uno: el trabajo por su viña, por su Iglesia. ¿Y con qué moneda nos pagará? Con la vida eterna.

Es necesario ver cuánta necesidad hay en el mundo. No sólo en las misiones; también en nuestra ciudad, en nuestra parroquia, quizás también en nuestra propia familia. Porque a unos les falta el pan y a otros el alimento espiritual, que es la palabra de Dios. ¡Qué importa la edad o los medios que tengamos! Cada uno tiene una vocación muy concreta que Dios le ha regalado, una misión insustituible. ¿Cuál es la mía? Mi primera misión es la de ser cristiano, por algo estoy bautizado. Y un cristiano lo es en la medida que da testimonio con su vida.

¿Hay otras maneras de trabajar en la viña del Señor? Desde luego: la oración, el consejo acertado, la ayuda económica, etc. Hay que echarle un poco de imaginación, y seguro que encontraremos un apostolado que nos venga a la medida. Y si no, pregúntale a tu párroco.

Cristo te necesita. Necesita tus manos, tu inteligencia, tu servicio para hacer algo por los demás. Decídete a ser un apóstol y prepárate para el premio de la vida eterna.

Oración introductoria

Señor Jesús, Tú sabes que es lo que más me conviene. Cuenta conmigo, llámame, a la hora que quieras, para trabajar en tu viña. Tú eres fiel a tu Palabra y estás más interesado que yo en mi bien espiritual, por eso confío plenamente en Ti. Quiero escuchar tu voz. Habla, Señor, estoy a la escucha.

Propósito

Renunciar a los sentimientos de descontento y saber agradecer diariamente a Dios, los talentos que me ha dado.

Diálogo con Cristo

Señor, que diferente es tu justicia a la del mundo. Mezquinamente busco la recompensa de lo que hago por el bien de los demás, olvidando que eso que creo que es extraordinario, es simplemente mi obligación. Tú eres infinitamente misericordioso y me colmas con la gratuidad de tus dones. Dame lo único que necesito, la gracia de salir de esta oración decidido a darlo todo por tu causa; a vencer el miedo, la rutina y los cálculos egoístas.


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Ejemplos

El labrador y sus hijos.
A punto de acabar su vida, quiso un labrador dejar experimentados a sus hijos en la agricultura.
Así, les llamó y les dijo:
-Hijos míos: voy a dejar este mundo; buscad lo que he escondido en la viña, y lo hallaréis todo.
Creyendo sus descendientes que había enterrado un tesoro, después de la muerte de su padre, con gran afán removieron profundamente el suelo de la viña.
Tesoro no hallaron ninguno, pero la viña, tan bien removida
quedó, que multiplicó su fruto.
El mejor tesoro siempre lo encontrarás en el trabajo adecuado.


La viña
Examine cada uno lo que hace, y vea si trabaja ya en la viña del sembrador. Porque el que en esta vida procura el propio interés no ha entrado todavía en la viña del Señor. Pues para el Señor trabajan quienes buscan no su propia ganancia, sino la de Él [...]; los que se desviven por ganar almas y se dan prisa por llevar a otros a la viña (San Gregorio Magno, Hom. 19 sobre los Evang.).

Id también vosotros a mi viña
El llamamiento del Señor Jesús Id también vosotros a mi viña (Mt 20, 3-4) no cesa de resonar en el curso de la historia desde aquel lejano día: se dirige a cada hombre que viene a este mundo. [...].
Id también vosotros. La llamada no se dirige solo a los Pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se extiende a todos: también los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor, de quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del mundo (Juan Pablo II, Exhort. Apost. Christifideles laici, n. 2).


El pétalo de la rosa
Un chico joven estaba en Roma con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, el 20 de agosto de 2000. Se encontraba rezando ante la tumba de una persona santa. A uno y otro lado había dos jarrones con unos ramos de rosas frescas, de color rojo. El joven estudiante pensaba en el mensaje del Papa que había escuchado el día anterior en Tor Vergata, sobre la vocación a una entrega total. Esas palabras se le habían clavado en el corazón. Estaba casi decidido a dar ese paso. En ese momento observó que de una de las rosas había caído un pétalo al suelo, y enseguida pensó en tomarlo como recuerdo de aquel momento tan importante de su vida. Pasaron unos segundos de duda sobre si incorporarse o no para tomar ese pétalo. Mientras lo consideraba, llegó un hombre, se agachó, tomó el pétalo y lo guardó en su bolsillo. Fue un detalle nimio, pero a aquel chico le vino entonces a la cabeza una idea meridiana: en nuestra vida se nos plantearán oportunidades muy bonitas e importantes, pero esas oportunidades no esperan siempre.

 

El príncipe y la estufa
Me acababa de levantar, cuando vi a través de los cristales empañados de mi ventana. Yo a pesar de tanto abrigo, tiritaba de aburrimiento. El no estaba sólo. Venía al frente de su pequeño ejército de amigos voluntarios. Nunca había contemplado a un caudillo más joven y recio que él. Mis ojos cansados de soñar sin dormir, se esforzaban para no dar crédito a esta visión heroica, tan opuesta a mi vida. Temblé de rabia cobarde cuando noté que él me miraba. Con voz fuerte, mientras su mirada amablemente se mantenía hacia mí, me preguntó: "¿Te vienes conmigo". Como si no lo hubiera oído, casi disimulando, proferí algo así como: "¿Eehh.... Quéee...?". Su recia voz se oyó de nuevo: "¿Qué si te vienes voluntario conmigo?". Tartamudeando, débilmente respondí: "No, no puedo..., es que estoy aquí atado...; atado voluntariamente, al suave y lindo calorcito de mi estufilla...". Mientras yo bostezaba, su voz -la voz de él- resonó majestuosa, con la nobleza amplia de las cascadas eternas: "¡En marcha!". Sus soldados decididos y voluntarios, caminaron tras él sobre la blancura ideal de la nieve pura. Y sus huellas -las de él- y las de ellos, quedaron impresas profundamente, marcando un camino recto y nuevo hacia el sol. Pero yo..., yo no. He preferido quedarme aquí detrás de los cristales empañados, atado suave, cómodamente, al calorcito cercano de mi estufilla privada. (Rabindranath Tagore)


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