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Domingo 27 del Tiempo Ordinario A - 'La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular'  - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios proclamada durante la celebración de la Misa dominical

 

 

A su servicio
Exégesis: José María Solé Roma, C.F.M. sobre las tres lecturas

Comentario Teológico: San Juan Crisóstomo - Parábola de los viñadores homicidas

Comentario: Louis Monloubou - la piedra desechada

Comentario: Hans Urs von Balthasar - Rechazo del enviado

Comentario: Alessandor Pronzato - "...Todavía le quedaba uno, su hijo querido".

Aplicación: Jaime Ceide - El canto del Señor Yahvé a su viña, el pueblo de Israel, abre la Palabra litúrgica de este domingo.

Aplicación: Benjamín Oltra Colmver -  Sin desprendimiento no hay libertad, sin generosidad no hay felicidad

Santos Padres: San Basilio - Dar fruto

Santos Padres: San Isidoro de Sevilla  - Por la incredulidad de los judíos Cristo pasaría a las gentes

Santos Padres: San Ambrosio - Los viñadores homicidas

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. -  Los viñadores homicidas - Mt 21, 33-42 (Mc 12, 112; Lc 20, 919)

Aplicación: Mons. Fulton Sheen - El hijo del rey destinado a la muerte

Aplicación: Fray Justo Pérez de Urbel - Exasperación de los sanedritas

Aplicación: J.M. BOVER S.J. - Parábola de los pérfidos viñadores.

Aplicación: Bossuet - Parábola de los viñadores infieles

Aplicación: San Juan Pablo II - Un canto de alegría y de victoria

Ejemplos


 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo

Exégesis: José María Solé Roma, C.F.M. sobre las tres lecturas


ISAIAS 5, 1-7:

Isaías nos presenta en bellísima alegoría las relaciones entre Yahvé e Israel:

— El poema describe a Israel como «Viña» predilecta de Dios. Dios la ha plantado y la ha cuidado siempre con la mayor solicitud y amor. Pero Israel ha defraudado al Señor. En vez de darle uvas sazonadas, en vez de corresponder con su docilidad, entrega y amor a Dios, sólo produce agraces, idolatrías e injusticias (7c). Por tan grave deslealtad e ingratitud Israel recibirá duros castigos (9). En el plan de Dios siempre sus castigos son medicinales. Quiere nuestra conversión.

— En la literatura bíblica es tema frecuente el de Israel «Viña» de Yahvé. Dirá, por ejemplo, Jeremías: «Yo te planté de cepa selecta toda entera de simiente legítima. Pues ¿cómo te has mudado en sarmiento de vid bastarda?» (Jr 2, 21). Y el salmista: «Una viña de Egipto arrancaste, expulsaste naciones para plantarla a ella, le preparaste el suelo y echó raíces y llenó la tierra. ¡Oh, Dios Sebaot! Vuélvete ya; desde los cielos mira y ve; visita a esa viña; cuídala. ¡Es ella la que plantó tu diestra!» (Sal 80,9.15). Nunca desconfía Israel del amor y del poder de Dios.

— Jesús usará también a menudo la imagen la alegoría de la viña en las parábolas del Reino de los cielos (Mt 20, 1-8; 21, 28-31, 33-41). Pero la aplicación más interesante es aquella en la que se proclama El mismo la «Vid» verdadera; de esta Vid somos nosotros sarmientos. Ahora sí que puede el Padre complacerse en su «Viña»; ahora ya no defrauda al Viñador: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el Viñador» (Jn 15, 1). La Vid Nueva da frutos que complacen al Viñador: «Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos. El que permanece en Mí como Yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15, 5). Los frutos son fidelidad y obediencia a Dios, santidad y pureza de vida, caridad ferviente (Jn 15, 10). Incorporados a esta Vid por el Bautismo, irrigados de su savia (Espíritu Santo) por la Eucaristía, demos opulentamente frutos
divinos (Rm 7, 4).


FILIPENSES 4, 6-9:

Pablo antes de despedirse de sus Filipenses les da unos preciosos florilegios de consejos:

— Les exhorta a no desazonarse ni inquietarse por nada. A presentar al Señor con filial confianza sus demandas y su perenne acción de gracias. A empapar sus pensamientos y sus afectos de la paz y gracia de Dios, que es el más apreciable de todos los tesoros (6).

— Les quiere entusiasmados por todo lo verdadero, bueno y bello. Pablo pone a la vista de los cristianos un programa muy denso y muy audaz: «Todo cuanto halléis de verdadero, de justo, de santo, de amable, de loable, de virtuoso, de excelente, tenedlo en mucha estima» (8). Y no quiere que se contenten con amor platónico. El bien y la virtud, la verdad y la justicia no son sólo para admirar y aplaudir, sino para ser deseadas, ejercitadas y conquistadas: «Todo cuanto habéis aprendido y recibido, visto y oído de Mí,
eso practicadlo» (9).

— Conviene notar esta apertura y esta amplitud de horizontes que son el signo de autenticidad en toda vida cristiana. Nunca la gracia de Dios menosprecia ningún valor humano. El buen cristiano lo es porque sabe enriquecer de gracia todas las virtudes y todos los valores: «No hay nada verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón del cristiano», nos dice el Concilio. «Es la persona humana íntegra la que hay que salvar; es la sociedad entera la que hay que renovar. El hombre entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad» (G. S. 1. 3). Y a sus Seminaristas que se preparan para el Sacerdocio les exhorta: «Esfuércense los alumnos en moderar bien su temperamento; edúquense en la reciedumbre de alma; aprendan a apreciar las virtudes que más se estiman entre los hombres, como son la sinceridad de mente, la preocupación constante de la justicia, la fidelidad en las promesas, la urbanidad en el obrar, la modestia unida a la caridad en el hablar; cultiven la madurez humana, la cual se comprueba, sobre todo, en la estabilidad de ánimo, en la facultad de tomar decisiones ponderadas y en el recto modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres» (OT 11). «Es misión de la Iglesia fomentar y elevar todo cuanto de verdadero, de bueno y de bello hay en la comunidad humana» (G. S. 76).



MATEO 21, 33.43:

Es una parábola, o mejor una alegoría, tan clara como trágica: Los viñadores homicidas:

— Todos los rasgos o elementos de la alegoría tienen expresa significación: El Señor o Propietario de la viña es Dios; la viña es Israel (Is 5, 1-11); los siervos enviados a los viñadores, los Profetas; el hijo, Hijo propio de Dios (37), es Jesús, a quien los viñadores sacan fuera de Jerusalén para matarle; los viñadores homicidas son los judíos infieles, especialmente los dirigentes espirituales del pueblo; el otro pueblo al que ahora se confiará la viña son los paganos.

— En la alegoría queda reflejada toda la historia de Israel con sus reiteradas infidelidades. Pero de manera especial se profetiza la máxima infidelidad que van a perpetrar los sumos sacerdotes y fariseos con la crucifixión del Mesías-Hijo de Dios. Los adversarios de Jesús captan la intención de la parábola; ven en ella una clara acusación; pero la malicia les tiene obcecados y rechazan una vez más a quien les invita a conversión.

— Pero la malicia humana no puede malograr los planes de Dios. El Mesías,
desechado por los judíos, será glorificado por Dios con la Resurrección. Los gentiles aceptarán su mensaje de Redención; y pasará a éstos el Reino de Dios. De este Reino de Dios es Jesús crucificado su piedra angular, su corona y vértice. De este Reino somos ciudadanos por la fe. De este Reino quedan excluidos los que no creen: «Mirad, hermanos, que ninguno de vosotros tenga el corazón maleado por la incredulidad. Somos partícipes de Cristo a condición de que mantengamos firme nuestra fe» (Hb 3, 12-14).
(Solé Roma, Ministros de la Palabra, ciclo A, Herder Barcelona 1979, 252-55)


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Comentario Teológico: San Juan Crisóstomo - Parábola de los viñadores homicidas

1. ¡Cuántas cosas nos da el Señor a entender por esta parábola! La providencia de Dios para con los judíos, tan de antiguo demostrada; su instinto de asesinos, que les viene también desde el principio; cómo nada omitió Él de cuanto atañía a la solicitud por ellos; cómo, aun después de asesinados los profetas, no los rechazó, sino que les envió a su propio Hijo. Allí vemos también cómo uno solo es el Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento, las grandes cosas que llevaría a cabo la muerte de Cristo, el terrible castigo que los judíos habían de sufrir por su crimen de crucificarle, la vocación, en fin, de los gentiles y la reprobación de los mismos judíos.

De ahí que el Señor pusiera esta parábola después de la anteriormente comentada, pues con ella demuestra la mayor culpa de ellos y lo absolutamente imperdonable de su pecado. —¿Cómo y de qué manera? —Porque después de ser objeto de tanta solicitud por parte de Dios, ellos se dejaron adelantar ¡y en qué medida! por publicanos y rameras.

Y mirad, por otra parte, la grande providencia de Dios y la inexplicable indolencia de ellos. A la verdad, lo que tocaba a los labradores lo hizo Él mismo: poner la cerca en torno, plantar la viña. Sólo les dejó a ellos un cuidado mínimo: guardar lo que ya tenían, cuidar de lo que se les había dado. Nada se había omitido, todo estaba acabado. Mas ni aun así supieron aprovecharse, no obstante los grandes dones de Él recibidos. Porque fue así que al salir de Egipto les dio la ley, les levantó una ciudad, les aparejó un altar, les construyó un templo, y Él se ausentó .Es decir, tuvo paciencia con ellos, no castigándolos siempre inmediatamente por sus pecados. Porque esta ausencia, la inmensa longanimidad de Dios quiere decir.

Y les despachó sus criados, es decir, a los profetas. Para percibir el fruto, es decir, la obediencia que debían mostrar por sus obras. Mas ellos también aquí mostraron su maldad, no sólo en no dar fruto después de ser objeto de tanta solicitud, propio efecto de su indolencia, sino también en enfadarse de que vinieran. Porque, ya que no tenían para dar y, sin embargo, eran deudores, lo que debían hacer no era irritarse, sino suplicar. Más ellos no sólo se irritaron, sino que mancharon sus manos de sangre. Reos de castigo, lo infligieron ellos. De ahí que Dios les mandó por segunda y aun tercera vez a otros, lo que era poner en evidencia la maldad de los labradores, por un lado, y la benignidad del amo que los enviaba, por otro.

—Y ¿por qué no envió inmediatamente a su propio hijo? —A fin de que, reconociendo lo que habían hecho con los criados y calmado su furor, respetasen al hijo cuando llegara. No faltan otras explicaciones; pero de momento pasemos a lo que sigue. —¿Qué quiere decir lo de: Tal vez lo respetarán? —No que el amo ignorara lo que iba a pasar, ni mucho menos; lo que quería era mostrar el enorme pecado de sus colonos, que no habían ya de tener perdón ninguno. Él sabía que lo habían de matar, y, sin embargo, se lo envió; pero dice: Respetarán a mi hijo, anunciando lo que debiera haber sucedido. Porque, en efecto, debieran haberlo respetado. Es lo que en otra ocasión dice: Por si acaso me escuchan; donde tampoco ignora lo que va a pasar. Mas por que no digan algunos insensatos que la predicción fuerza la desobediencia, el Señor se vale de esas expresiones: "tal vez", "acaso". Porque ya que con los criados se mostraron ingratos aquellos labradores, de esperar era que respetaran la dignidad del hijo.

¿Qué hacen, pues, ellos? Cuando debían haber corrido a su encuentro, cuando debían haberle pedido perdón de sus pasados crímenes, ellos se abalanzan a cometer otros mayores, añadiendo abominación a abominación, dejando constantemente atrás lo pasado con lo presente. Es lo que el Señor mismo les declaraba, diciendo: Llenad la medida de vuestros padres .Y lo mismo les echaban de antiguo en cara los profetas: Vuestras manos están chorreando sangre. Y: La sangre se mezcla a la sangre .Y: Los que edifican a Sión sobre sangre. Pero no entraban en razón. Y, sin embargo, el primer mandamiento que se les había dado fue: No matarás. Y con miras a él se les mandaba abstenerse de muchas otras cosas, y de este modo y por otros muy variados se los inducía a la guarda de este mandamiento, Y, sin embargo, no abandonaron su mala costumbre. Mas ¿qué dicen al ver al hijo? ¡Ea! Vamos a matarle. ¿Por qué y para qué? ¿De qué crimen, grande ni pequeño, teníais que culparle? ¿De que os honró y, siendo como era Dios, se hizo hombre por vosotros y entre vosotros obró todas aquellas maravillas? ¿Porque os perdonaba vuestros pecados y os convidaba al reino de los cielos? ¡Mirad, juntamente con la impiedad, la grande insensatez de estos asesinos y la locura de la causa que alegan para matar al hijo! Porque: Matémosle—dicen—y la herencia será para nosotros. ¿Y dónde deciden matarle? —Fuera de la viña.

2. Mirad cómo el Señor profetiza hasta el lugar en que había de morir: Y, echándole fuera, le mataron. Lucas nos cuenta haber sido el Señor mismo quien dijo lo que ellos habían de sufrir, a lo que habrían replicado: ¡Dios nos libre! Y que fue entonces cuando alegó el testimonio del profeta. Porque: Dirigiéndoles su mirada, les dijo: ¿Qué quiere, pues, decir lo que está escrito: La piedra que rechazaron los constructores, ésa vino a ser la piedra angular? Y: Todo el que cayere sobre ella, se hará pedazos. Pero, según Mateo, fueron ellos mismos los que pronunciaron su sentencia. Sin embargo, no se trata de una contradicción. En realidad sucedieron las dos cosas. Ellos pronunciaron sentencia contra sí mismos, y luego, dándose cuenta de lo que decían, exclamarían: ¡Dios nos libre! Y entonces fue cuando el Señor les opuso el testimonio del profeta para convencerlos de que así sería irremediablemente.

Ni aun así, sin embargo, les reveló claramente el destino de las naciones, para no darles asidero ninguno. Sólo aludió a él diciendo: Dará en arriendo su viña a otros. Y justamente, si les propuso una parábola, fue porque quería que ellos mismos pronunciaran su sentencia. Lo mismo que sucedió con David, cuando él mismo sentenció en la parábola del profeta Natán .Mas considerad, os ruego, cuán justa es la sentencia aun por el solo hecho de que los mismos que han de ser castigados se condenan a sí mismos.

Luego, para hacerles ver que no sólo la justicia pedía su castigo, sino que de antiguo lo había predicho la gracia del Espíritu Santo, y era, por ende, sentencia de Dios mismo, el Señor les alega la profecía y vivamente los reprende diciendo: ¿Nunca habéis leído que la piedra que los constructores rechazaron, ésa vino a ser la piedra angular? De parte del Señor fue hecho eso, y ello es admirable a nuestros ojos. Modos todos de manifestarles que ellos, por su incredulidad, habían de ser rechazados e introducidas en su lugar las naciones. Esto les dio a entender por medio de la cananea, esto por la asnilla en su entrada en Jerusalén, esto por el centurión, esto por otras muchas parábolas, y esto también ahora. De ahí que añadiera: De parte del Señor fue hecho esto, y ello es admirable a nuestros ojos. Con lo que de antemano les declaraba que los gentiles creyentes y cuantos creyeran también de entre los mismos judíos, vendrían a ser una misma cosa, no obstante ser tan grande la distancia que antes los separaba.

Y por que cayeran en la cuenta que ninguno de aquellos hechos había de ser contrario a Dios, sino muy acepto a Él y muy maravilloso, capaz de impresionar a cuantos habían de verlo—y a la verdad era milagro inefable—, prosiguió diciendo: Departe del Señor fue hecho esto, y ello es admirable a nuestros ojos. Por lo demás, llámase a sí mismo piedra, y constructores a los maestros de los judíos. Lo mismo que dice Ezequiel: Los que construyen la pared y la untan sin orden ni concierto .Y ¿cómo rechazaron al Señor los constructores? Diciendo: Éste no viene de Dios. Éste extravía al pueblo. Y otra vez: Eres un samaritano y estás endemoniado.

Mas por que se dieran cuenta que su daño no había de consistir sólo en ser echados fuera, añade también los castigos, diciendo: Todo el que cayere sobre esta piedra, quedará hecho pedazos, y aquel sobre quien cayere ella, será aplastado. Con lo que les indica dos modos de ruina y perdición: uno, tropezar y escandalizarse en la piedra, que es lo que quiere decir: El que cayere sobre esta piedra. Otro el que había de venirles de la toma de su ciudad, de su desastre y ruina general, que claramente les anuncia de antemano al decirles: Lo aplastará. Y también aquí anuncia su propia resurrección.

Ahora bien, el profeta Isaías nos dice haber sido Dios mismo quien acusa a su viña; mas aquí condena también el Señor a los príncipes del pueblo. Allí dice: ¿Qué debí hacer yo por mi viña que no lo hiciera? Y otra vez por otro profeta: ¿Qué te he hecho y qué falta hallaron en mí vuestros padres? Y otra vez: Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿O en qué te he contristado? Palabras todas que descubren la ingratitud de sus almas y cómo, gozando de todo, correspondieron a Dios con ingratitud. Más aquí hace el Señor resaltar eso con más fuerza. Porque no es Él mismo quien sentencia, diciendo: ¿Qué debí hacer yo, que no haya hecho?, sino que los introduce a ellos mismos sentenciando no haber quedado nada por hacer, y ellos son los que se condenan a sí mismos. Porque cuando dicen: A esos, miserables, miserablemente los hará perecer y arrendará su viña a otros labradores, no
otra cosa hacen sino pronunciar más que abundantemente su propia sentencia.

Esto fue lo que Esteban les echó en cara—y ello fue lo que les hirió más en lo vivo—: que, habiendo gozado de particular providencia divina, ellos correspondieron ingratamente a su bienhechor. Lo cual era la mejor prueba de que su castigo no era culpa de quien se lo infligía, sino de los mismos que se lo habían atraído y merecido. Y esto es también lo que aquí pone de manifiesto el Señor, tanto por medio de la parábola como con la profecía. Porque no se contentó con la parábola, sino que añadió una doble profecía: la de David y la suya propia.

Ahora bien, ¿qué debieran haber hecho los judíos al oír todo esto? ¿Por ventura no era su deber adorar al Señor y admirar su solicitud, la de antes y la de ahora? Mas, si nada de esto los movía a corregirse, por lo menos el temor al castigo debía haberlos hecho entrar en razón. Pero no fue así. — ¿Qué hacen, pues, seguidamente? —Oído que oyeron la parábola—dice el evangelista—, comprendieron que iba para ellos. Y queriendo echarle mano, temieron a las muchedumbres, pues le tenían por un profeta. Es que se habían ya dado cuenta que a ellos aludía el Señor. Ahora bien, hay veces que,queriéndole detener, pasa por medio de ellos y no es visto; otras, ante sus mismos ojos contiene la impetuosa pasión de sus contrarios. Lo que la gente, maravillada, decía: ¿No es éste Jesús? Mirad cómo habla públicamente y nadie le dice nada .Mas aquí, como el miedo a las muchedumbres los contenía suficientemente, el Señor se contenta con eso, y no hace, como en ocasiones anteriores, milagro alguno, pasando por entre medio de ellos sin ser visto. Porque no en todo quería Él obrar de modo sobrehumano, pues también quería que se diera fe a la Encarnación. Mas ellos ni por la muchedumbre ni por lo que oyeron quisieron entrar en razón. No respetaron el testimonio del profeta, ni su propia sentencia, ni el sentir del pueblo. Tan absoluta y totalmente los había cegado el amor al dinero, su ambición de vanagloria y su apego a las cosas pasajeras.
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (II), homilía
68, 1-3, BAC Madrid 1956, 387-94)



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Comentario: Louis Monloubou - la piedra desechada
Aunque nunca haya ocurrido que una piedra desechada por los arquitectos que la consideraban inutilizable, terminara por ser la pieza principal del edificio, sí ha sucedido, al menos una vez, que un hombre desechado por sus contemporáneos, que llegaron hasta hacerle morir, se haya convertido en la base de una comunidad nueva. Esta maravilla de la que sólo Dios es capaz, se produjo una vez en Jesús.

A los oyentes de la parábola toca ahora elegir. Cada uno ha de tender a estar ligado a esta piedra, para con ella, por ella, gracias a ella, encontrarse integrado en el edificio; cada cual ha de atender a que esta piedra no sea la roca sobre la que uno cae y se rompe los huesos, o la piedra que se desprende y cae, aplastando al que se encuentra debajo.
(LOUIS MONLOUBOU, LEER Y PREDICAR EL EVANGELIO DE MATEO,EDIT. SAL TERRAE SANTANDER 1981.Pág.251)

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Comentario: Hans Urs von Balthasar - Rechazo del enviado de Dios

1. Rechazo del enviado de Dios.
Indudablemente la parábola de los «viñadores perversos» se refiere en primer lugar al comportamiento de Israel en la historia de la salvación: los criados enviados por el propietario de la viña para percibir los frutos que le correspondían son ciertamente los profetas, que son asesinados por los labradores egoístas por exigir lo que corresponde a Dios. Pero la parábola no estaría en el Nuevo Testamento si no afectara de alguna manera a la Iglesia. Esta Iglesia, como se dice al final del evangelio de hoy, es precisamente el pueblo al que se ha dado el reino de los cielos quitado a Israel para que Dios pueda recoger por fin los frutos esperados. Preguntémonos si los recoge realmente de la Iglesia tal y como nosotros la representamos. Ciertamente los percibe de los criados enviados en la Iglesia, sobre todo de los santos (canonizados o no), pero la cuestión que acabamos de plantearnos sigue en pie: ¿cómo los ha recibido la Iglesia y como los recibe todavía? En la mayoría de los casos mal, y muy a menudo no los recibe en absoluto; muchos de ellos (también papas, obispos y sacerdotes) experimentan una especie de martirio dentro de la misma Iglesia: rechazo, sospecha, burla, desprecio. Y si se les canoniza después de su muerte, su imagen se falsifica no pocas veces según los deseos de la gente: así, por ejemplo, Agustín se convierte en el promotor de la lucha contra la herejía, Francisco en un entusiasta de la naturaleza, Ignacio en un astuto estratega, etc. Estas palabras de Jesús siguen siendo verdaderas: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa» (Mc 6,4). Y todo miembro de la Iglesia tendrá que preguntarse también si y en qué medida la decepción de Dios a causa de la viña que él ha plantado con tanto cariño -«esperaba que diera uvas y dio agrazones»- le afecta a él personalmente, a él que est�� habituado a criticar a la Iglesia como tal.

2. La decepción de Dios.

¡Sí, la decepción de Dios! A causa de la Sinagoga y de la Iglesia, que tiende siempre a alejarse de él, y hoy quizá más que nunca, porque cree saber -en las cuestiones de la fe, de la liturgia, de la moral- todo mejor que Dios con su revelación anticuada. Esa Iglesia que, en vez de alabarle y adorarle, corre constantemente tras dioses extraños -la misa como autosatisfacción de la comunidad (al final, si la representación ha gustado, se aplaude), la oración como higiene del alma, el dogma como arquetipo psíquico, etc.- y da pábulo a la preocupación de Pablo: «Me temo que, igual que la serpiente sedujo a Eva con astucia, se pervierta vuestro modo de pensar y abandone la entrega y fidelidad al Mesías» (2 Co 11,3). Lo mismo que de la Sinagoga quedó un «residuo» fiel y santo (Rm 11,8), así también subsistirá siempre -y en este caso ciertamente mucho mayor- ese «resto santo» formado por María, los santos y la Iglesia de los verdaderos cristianos.

3. El resto.

Pablo, que se considera parte de ese resto, nos da en la segunda lectura una descripción de los sentimientos que reinan o deberían reinar en él. Y si en la Iglesia infiel predomina una inquietud permanente, una búsqueda de lo nuevo o de lo novedoso, de lo más aprovechable temporalmente, de lo que asegura la mejor propaganda, en el resto fiel, a pesar de la persecución, o precisamente en la persecución, domina «la paz de Dios que sobrepasa todo juicio». Y si Pablo promete a la comunidad: «El Dios de la paz estará con vosotros», entonces se reconocerá al verdadero cristiano por esa paz que reina en él, aunque lamente la actual situación del cristianismo y pertenezca a los que tienen hambre y sed, que son llamados bienaventurados.
(HANS URS von BALTHASAR, LUZ DE LA PALABRA, Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 108 s.)


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Comentario: Alessandro Pronzato - "...Todavía le quedaba uno, su hijo querido".

Es una expresión que me desconcierta cada vez que la leo. Parece que Dios ha quedado al borde de la pobreza. Le queda solamente el hijo.

Por causa de los hombres, ha dilapidado todos los recursos, agotado todas las posibilidades. Excepto el Hijo. El último tesoro que arriesgar en ese "juego" en donde hasta ahora sólo ha encontrado mala suerte.

Sigue diciendo Marcos: "Y se lo envió el último..." (mejor que Lc: "por último, les mandó"). Jesús es verdaderamente el último, el "eskatos", desde la perspectiva de Dios. No el último en relación al tiempo, no el último de una serie de intentos. El ultimo, es decir, el definitivo, todo. Después del cual ya no queda nada (Ver San Juan de la Cruz: SUBIDA DEL MONTE CARMELO, libro II, cap. 22). Ahora Dios es verdaderamente el pobre por excelencia. Pobre porque ha dado todo. En su incurable pasión por los hombres no se ha quedado ni con su Hijo. También se lo "ha jugado". Dios es pobre. La prueba está en que, con la venida de Jesús, no les falta nada a los hombres. (...)

-La conducta de los labradores se juzga durante la ausencia del amo. Se diría que la ausencia de Dios garantiza el trabajo del hombre. Nadie está desocupado, gracias a ella. "El Dios de la confianza es también el Dios de la ausencia. Pero hay que comprender exactamente esta ausencia. Esta significa sólo que Dios nos toma en serio, nos deja el campo libre. Desaparece. Deja su puesto. No se trata ni de abandono, ni de evasión ni de deserción. Es un signo de amor. Se podría decir que se va el Dios de los filósofos y de los sabios (el Dios de la Religión). Y se queda en medio de nosotros únicamente el Dios confiado, pero débil, de la revelación. El Dios que pretende actuar exclusivamente a través del amor que lleva a los hombres" (A. Maillot) (El Dios de Jesús).
(ALESSANDRO PRONZATO, EL PAN DEL DOMINGO CICLO A, EDIT. SIGUEME SALAMANCA 1986.Pág.215s.)


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Aplicación: Jaime Ceide - El canto del Señor Yahvé a su viña, el pueblo de Israel, abre la Palabra litúrgica de este domingo.

Jesús escenifica, en una parábola autobiográfica, el trágico final de un idilio fallido. Junto a la historia de esta viña, Pablo, en un bellísimo texto, orienta nuestro pensamiento y nuestra actividad: tranquilidad, paz, atención a lo bueno, Dios está con nosotros. "La viña del Señor es la casa de Israel... Esperó derecho, y ahí tenéis: asesinatos". Dios mismo se pregunta en Isaías: ¿cabía hacer algo por mi viña que yo no haya hecho? El mismo Isaías nos dice en unas líneas más adelante de nuestro texto cuáles son las causas de la calamitosa situación de la viña del Señor.

La lista que nos da Isaías no tiene desperdicio y parece escrita hoy mismo por un atento observador de nuestra actualidad. Estos son los responsables para Isaías:

1.Los que se acomodan en la historia sin otro interés que sus ambiciones.

2.La corrupción política de los dirigentes, ignorantes y despreciadores de la acción de Dios en la historia.

3.La burla insultante hacia los valores del Espíritu.

4.La amoralidad o vaciado moral de toda referencia a lo bueno o a lo malo.

5.La arrogancia de los poderosos y de los dirigentes.

6.La degradación y manipulación de la administración de la justicia.

Las diferencias entre el canto de Isaías y la parábola de Jesús son mínimas; ambos hablan de la historia como tarea del hombre; de la acción amorosa de Dios y de los desastres atribuibles siempre a la autonomía y soberanía del hombre dentro de la historia. En el canto de Isaías no hay esperanza; en la parábola, la esperanza está puesta en el Hijo de Dios asesinado por los arrendatarios de la viña y puesto ahora como piedra y fundamento de una historia nueva.

Aquí y ahora sigue la historia de la viña: la historia de nuestra historia. La liturgia nos invita también hoy a juzgar entre Dios y la historia. El mal y sus agentes estamos ahí tal como nos retrata a todos Isaías; ahí está también la amorosa paciencia de Dios, no siempre claramente proclamada por los profetas y devotos: Dios no puede hacer más por nuestra historia.

La historia de la viña supone todo un reto para los que hoy nos reunimos en nombre de Jesús: ¿Estamos convencidos de nuestra participación responsable en todo lo que degrada nuestra historia? ¿Creemos y proclamamos que la esperanza de la historia pasa por las manos y la conciencia de los hombres, de todos los hombres? ¿Sabemos y creemos en la misión que tenemos los cristianos como testigos del que es fundamento de toda esperanza humana? ¿En nuestros interminables rezos, pretendemos comprometer a Dios en nuestros intereses o dejamos que Él nos comprometa en sus designios amorosos sobre su viña?... ¿Qué hay realmente en nuestras manos? Oremos para saber responder a Dios.
(JAIME CEIDE, ABC/DIARIO, DOMINGO 7-10-1990/Pág. 71)


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Aplicación: Benjamín Oltra Colmver -  Sin desprendimiento no hay libertad, sin generosidad no hay felicidad

El fragmento que vamos a comentar es un lugar paralelo de otro del libro de Isaías. Se llama lugar paralelo a aquel fragmento del Nuevo Testamento que con una intención determinada el autor toma frases, párrafos del Antiguo Testamento para avalar o reforzar su tesis.

En este caso se refiere a las relaciones de Dios con el pueblo de Israel y cómo se abre a una salvación universal.

Dios elige a un pueblo, camina con él a lo largo de la historia y lo va educando, preparando, hasta el punto de que sea capaz de dar a luz a su Hijo y vivir con él la salvación; pero ese pueblo no responde.

La macro/historia de la Salvación tenemos que hacerla nuestra, vivirla desde la micro/historia personal de cada cual. Los textos de la Sagrada Escritura han de ser «emigrados» a nuestra realidad personal y particular. Todas y cada una de las páginas de la Biblia se escribieron para cada uno de nosotros en concreto y en particular.

En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje».

Yo diría que a cada uno de nosotros nos soñó el Señor, como cualquier padre sueña con su futuro hijo, nos pensó y nos creó, nos dio el ser. Nos dio una vida y espera que respondamos a sus expectativas dando frutos en el momento oportuno.

Desde la fe confieso que nuestro nacimiento no fue fruto del azar sino de la providencia; de entre los muchos seres distintos que hubieran podido nacer en nuestro lugar el Señor nos eligió. Venimos a este mundo con unos talentos, unos dones, virtudes o carismas y el que nos los dio no nos deja solos con ellos, sino que, caminando a nuestro lado, va trabajándonos, educándonos, cuidándonos, ayudándonos a madurar.

"Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a unos, mataron a otros, y a otros los apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo". Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: "Éste es el heredero: Venid, lo matamos y nos quedamos con la herencia". Y agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron».

El Señor espera nuestra respuesta, que paguemos y con creces según lo que recibimos.

Imaginaros por un momento que al salir de la iglesia, en la puerta, como un pobre más, estuviera Dios pidiendo limosna. ¿Qué le daríamos? Él no quiere dinero, ni ropa, ni zapatos, no le hacen falta. Repito: ¿Qué le daríamos?. . .; pues según cómo y cuánto demos entraremos o no en su Reino.

Uno vive armónicamente, consigue un concierto de vida y alcanza la felicidad y la salvación cuando, después de luchar y trabajar por hacer rendir los talentos con que vino a este mundo, sabe desprenderse de cuanto atesoró pan poder crecer y ayudar a crecer a los demás.

El juego está claro: uno desde lo que es crece, se enriquece, y se diferencia del resto; una vez conseguido esto, o en vías de conseguirlo, se desprende para igualarse con los otros enriqueciéndolos y potenciándolos. Ésta es la pobreza evangélica que enriquece al pobre. Ésta es la clave de la felicidad humana, la que hace del hombre un ser divino. Pero por miopía, por miedo no ve más allá, al hombre le cuesta desprenderse de cuanto tiene por herencia o esfuerzo. Los bienes le dan confort y seguridad, pero también aislamiento y acaban por ahogarle: o rompes con ellos y te desprendes poniéndolos a tu servicio y al de los que te rodean o acaban contigo ahogándote. (Imaginaros ¿Qué le pasaría a un polluelo que enamorado de su casita, de su cómodo y seguro cascarón, decidiera no romperlo?: Moriría. Lo mismo nos pasa a los hombres; nos. quedamos y apropiamos de los medios, confundiéndolos por los fines).

«Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?» Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».

Como nada se improvisa en la vida del hombre y todo cuanto somos es fruto de nuestros talentos, (nacimiento, esfuerzo propio y educación), para entrar en el reino de Dios es imprescindible ejercitarse en la generosidad, en el dar desproporcionadamente y sin esperar recompensa y sólo por agradecimiento.

Se nos impone saber renunciar como necesidad de primer orden para vivir en plenitud, realización o santidad, porque quien no renuncia pasa de ser señor a ser servidor, cuando no esclavo de sus bienes. Todo el ahínco que ponemos en conservar lo que poseemos legítima y honradamente, se vuelve en nuestra contra; no tenemos suficientes manos para atrapar y conservar todo lo que se nos presenta y deseamos. A falta de manos echamos nuestro tiempo y acabamos atrapados; sin tiempo para nosotros mismos y sin posibilidades de cambio o movimiento.

Por el desprendimiento interior y exterior el hombre puede gozar de todo sin poseer nada. (Cuando paseas por el monte y miras una pinada ves pinos; el dueño calcula las toneladas de madera. Uno goza de los pinos, el otro de la materia. Por la ganancia se pierde la estética. Se deja la ética de la estética para entrar en la ética del negocio. ¡Una pena!).

«Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?" Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Queda claro que para la felicidad, salvación, es del todo imprescindible una mínima disciplina que te prepare al desprendimiento y que posibilite la solidaridad. Disciplina porque la vida es en sí misma dificultosa y tratar de evitar todo sufrimiento es como echar a andar por el camino fácil del atajo, es querer los frutos evitando el esfuerzo. Se espera de nosotros que demos frutos y que los demos en el momento oportuno, cuando los demás los necesiten. Se espera de nosotros que demos en la medida en que hemos recibido, cada cual según su riqueza o pobreza.

No se trata de que seamos los mejores hombres del mundo, sino los mejores de nosotros mismos y eso se consigue a golpes de desprendimiento.

Los cristianos sabemos que se espera de nosotros frutos de Evangelio. Sabemos también que pecar pecamos setenta veces siete todos los días, pero lo que no podemos consentir es vivir en una paradoja constante y por sistema; eso sería una paranoia. Cuando un cristiano vive en la paradoja de matar a Cristo y lo entierra en su corazón lejos de su cartera, vive una religión de boca hacia fuera. Es como los que matan al hijo y se quedan con la herencia.
(BENJAMIN OLTRA COLOMER, SER COMO DIOS MANDA, Una lectura pragmática de San Mateo, EDICEP. VALENCIA-1995. Págs. 114-117)


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Santos Padres: San Basilio - Dar fruto

El Señor no cesa de comparar las almas humanas a las viñas: «Mi amigo tenía una viña en un fértil collado» (Is 5,1); «Planté una viña y la rodeé de una cerca» (Mt 21,33). Evidentemente que Jesús llama su viña a las almas humanas, que las ha cercado, como con una clausura, con la seguridad que dan sus mandamientos y la guarda que les proporcionan sus ángeles, porque «el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege» (Sl 33,8). Seguidamente plantó alrededor nuestro como una empalizada poniendo en la Iglesia «en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros» (1C 12,28). Además, por los ejemplos de los santos hombres de otros tiempos, hace elevar nuestro pensamiento sin dejar que caiga en tierra donde serían pisados. Quiere que los ardores de la caridad, como los zarcillos de una vid, nos aten a nuestro prójimo y nos hagan descansar en él. Así, manteniendo constantemente nuestra deseo hacia el cielo, nos levantaremos como vides que trepan hasta las más altas cimas.

Nos pide también que consintamos en ser escardados. Ahora bien, un alma está escardada cuando aleja de ella las preocupaciones del mundo que no son más que una carga para nuestros corazones. Así, el que aleja de sí mismo el amor carnal y esta atado a las riquezas o que tiene por detestable y menospreciable la pasión por esta miserable y falsa gloria ha sido, por decirlo así, escardado, y respira de nuevo, desembarazado ya de la carga inútil de las preocupaciones de este mundo.

Pero, para mantenernos en la misma línea de la parábola, es preciso que no produzcamos únicamente madera, es decir, que vivamos con ostentación, ni que busquemos ansiosamente la alabanza de los de fuera. Es necesario que demos fruto reservando nuestras obras para ser mostradas tan sólo al verdadero propietario de la viña.
(San Basilio (c. 330-379), monje y obispo de Cesárea en Capadocia, doctor de la Iglesia
Homilía 5 sobre el Hexaemerón, 6)

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Santos Padres: San Isidoro de Sevilla  - Por la incredulidad de los judíos Cristo pasaría a las gentes

Porque por la incredulidad de los judíos Cristo dejaría la Judea y pasaría a las gentes, el profeta Jeremías lo había predicho diciendo: "Hemos pecado gravísimamente contra Ti. Oh esperanza de Israel y salvador suyo en tiempo de tribulación, ¿por qué has de estar en esta tierra tuya, como un extranjero y como un caminante que sólo se detiene para pasar la noche? ¿Por qué has de ser para tu pueblo como un hombre que va divagando, o como un campeón sin fuerzas para salvar?" (Jer. 14, 8-9.) ¿Qué otra cosa se ha de entender por esta frase, sino que viniendo Cristo había de dejar la Judea e iría por la Fe a las gentes? Por esto decía el profeta: "¿Por qué has de estar en esta tierra tuya, como un extranjero y como un caminante que sólo se detiene para pasar la noche?" Esto es, viniste a la tierra e inmediatamente te habrías de apartar de los judíos.

En otra parte de la persona del Señor el mismo profeta dice: "¿Quién me dará en la soledad una triste choza de pasajeros, para abandonar a los de mi pueblo, y apartarme de ellos? Pues todos son adúlteros o apóstatas de Dios, una gavilla de prevaricadores. Sírvense de su lengua, como de un arco para disparar mentiras, y no verdades." (Jer. 9, 2-3.) Esta es la voz de Cristo que en la soledad de las gentes construyó una choza; esto es, la Iglesia, a la que se dirigirían los errantes, abandonando el pueblo de los judíos. De estos judíos el mismo Señor por Malaquías dice: "El afecto mío no es hacia vosotros, dice el Señor de los ejércitos; ni aceptaré de vuestra mano ofrenda ninguna. Porque desde levante a poniente es grande mi nombre entre las naciones." (Malaq. 1, 10-11.)

Con ellos siempre estuvo Dios, pero después que se alejaron por sus pecados, el Redentor del mundo pasó al pueblo de las gentes. Esta su universalidad que habría de tener por todo el orbe de la tierra, así exultante la canta el profeta: "Grandes cosas ha hecho el Señor con ellos. Grandes cosas ha hecho el Señor con nosotros: quedaremos alegres." (Ps. 125, 3.)

Cristo vino primero para el pueblo de Israel, pero porque no habría de creer, tampoco el profeta lo calló al decir: "El primero dirá a Sión: Helos ahí y daré a Jerusalén un portador de alegres nuevas. Y yo Isaías estuve observando, y no hubo allí entre estos partidarios de los ídolos ni uno siquiera, que fuese capaz de consejo ni de contestar una sola palabra a quien le preguntaba." (Is. 41, 2V-28.) Pero porque pasó a las gentes continúa: "He aquí mi siervo, yo estaré con Él; mi escogido en quien se complace el alma mía; sobre Él he derramado mi Espíritu; Él mostrará la justicia a las naciones." (Is. 42, 1.)
(SAN ISIDORO DE SEVILLA, Obras Escogidas, Ed. Poblet, pág.108-109)

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Santos Padres: San Ambrosio - Los viñadores homicidas

Un hombre plantó una viña. Muchas son, según los autores, las interpretaciones que se pueden dar a esta palabra de la viña, pero Isaías ha explicado con toda claridad que la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel (5,7). Y ¿quién sino Dios es el que ha creado esta viña? Él es, pues, quien la plantó y se marchó lejos; lo cual no significa que pueda irse de su sitio este Señor que siempre está presente en todas partes, sino que está de modo especial presente entre los que le aman y se ausenta de entre los que le olvidan. Y estuvo durante mucho tiempo lejos de allí con objeto de que su reclamación no pareciera precipitada, ya que cuanto más indulgente es la liberalidad, tanto más inexcusable es la obstinación.

Y así, del todo conforme con lo dicho, lees en Mateo que la rodeó con una cerca, es decir, la protegió con el escudo de la potencia divina, para que no fuese una conquista fácil a los asaltos de las bestias espirituales. Y cavó en ella un lagar. ¿Cómo podremos entender lo que es un lagar si no acudimos a los salmos que llevan por título: "sobre los lagares", ya que los misterios de la pasión del Señor, como si se tratara de un vino nuevo, han brotado con más abundancia bajo la cálida inspiración de los profetas? Por eso algunos creyeron que estaban ebrios aquellos a los que el Espíritu Santo había descendido (Act 2,13). Y ésa es la razón también por la que El cava un lagar, en el que el fruto interior de las uvas espirituales se convierte en un chorro espiritual. Y construyó una torre, levantó el tejado de la Ley, y la viña, con esta defensa y preparación, fue entregada a los judíos.

Llegada la estación de los frutos envió a sus criados. Con mucho acierto ha usado esta expresión de "la estación de los frutos" y no el tiempo de su recolección, ya que los judíos no dieron ningún fruto, nada se recogió de esa viña de la que dijo el Señor: Esperé que me diera uvas, pero me dio espinas (Is 5,2). Y así, no es el vino de la alegría ni el mosto del Espíritu lo que han derramado los prensadores, sino la roja sangre de los profetas. Veámoslo: Jeremías fue arrojado a una fosa (Ier 44,6), y es que, en verdad, los lagares de los judíos no rebosaban vino, sino fango. Y aunque parece que los profetas están nombrados de una manera general sin embargo, el texto nos da a entender que el que fue lapidado era Nabot, de quien, a pesar de no haber recibido ninguna palabra profética, hemos recogido un hecho profético, puesto que en la figura de esta viña él ha previsto que muchos, derramando su sangre, serían mártires. Y ¿a quién representa ese que fue herido en la cabeza? Sin duda alguna a Isaías, ya que la sierra dividió la contextura de su cuerpo con más facilidad que si hubiera querido hacerle perder la fe, acabar con su constancia o doblegar el vigor de su alma.

Por eso sucedió que, habiendo enviado a otros muchos a quienes los judíos despidieron sin honor y en vacío y de los que no quisieron obtener provecho alguno, últimamente envió a su propio Hijo único, a quien esos pérfidos quisieron hacer perder 1a herencia, le dieron muerte de cruz y, renegando de Él, lo arrojaron fuera.

¡Qué cantidad y qué magnitud de hechos laten en tan pocas palabras! En primer lugar porque existe una bondad natural que muchas veces llega hasta a fiarse de los mismos indignos; después, porque, como último remedio a todos los males, vino Cristo, y entonces el que reniega del heredero, no puede esperar en el Padre. Pero Cristo es al mismo tiempo heredero y testador: heredero porque sobrevivió a su propia muerte, y para nuestro bien, recogió, por así decirlo, los beneficios y la herencia de los dos Testamentos que El mismo había creado.

Con toda justicia, por tanto, les pregunta; pretendiendo con ello que su propia respuesta les sirva de condenación. Y continúa diciendo que el Señor de la viña va a venir porque la majestad del Padre reside también y en el mismo grado en el Hijo, o porque en los últimos tiempos su presencia se hará sentir más en los corazones de los hombres. Así, ellos mismos pronunciarán su propia sentencia condenatoria, es decir, perecerán los malos y la viña pasará a manos de otros colonos. Consideremos ahora quiénes son estos colonos, y quién es esta viña.

La viña es una figura de cada uno de nosotros, ya que el pueblo de Dios, enraizado en el tronco de la viña eterna, se eleva sobre la tierra y, brotando de un terreno árido, lanza ahora al exterior sus yemas y sus flores, se reviste de un verdor que la envuelve plenamente, recibe la dulce savia, logrando que vaya madurando sus ramos, como los sarmientos de una vid fecunda. El que cuida la viña es el Padre omnipotente, la vid es Cristo y nosotros los sarmientos, que, si no producimos fruto en Cristo, seremos arrancados por la guadaña del eterno viñador.

Con toda razón, pues, al pueblo de Cristo se le compara con una viña, bien
porque está adornada su frente con la insignia del signo de la cruz, bien porque ha de recoger fruto cuando llegue el fin de los tiempos, o bien, finalmente, porque en la Iglesia de Dios habrá igual medida para todos sin distinción, a semejanza de las diversas clases de viñas; en otras palabras: ya no habrá pobres ni ricos, humildes y poderosos, siervos y señores. Y lo mismo que la vid se une a los árboles, así el cuerpo se junta con el alma, y el alma con el cuerpo. Y de la misma manera que la vid crece al unirse y, cuando se la poda, no se debilita, sino que toma nuevo vigor, así también, el pueblo santo, al unirse, se despoja de lo malo, humillándose se exalta y cuando se le poda es cuando es coronado. Y todavía más, así como un retoño tierno desgajado de un árbol viejo, es injertado sobre el embrión de otra raíz, así también este pueblo santo, una vez curado de todas las cicatrices del viejo brote, alimentándose de aquel árbol de la Cruz como del seno de una madre amante, va creciendo, y el Espíritu Santo, como si estuviera sembrado por entre los surcos más profundos de la tierra, penetra en la cárcel de este cuerpo, lavando con la efusión del agua de la salud todo lo que tiene mal olor, levantando la conducta completa de nuestros miembros hacia un actuar del todo celestial.

El diligente viñador tiene costumbre de cavar, cuidar y podar esta viña y, llevando a cabo la nivelación de los terrenos, unas veces abrasando con su sol lo más recóndito de nuestro cuerpo y otras derramando su lluvia benéfica, acostumbra también a escardar su tierra para que las espinas no hieran los primeros brotes ni sus hojas condensen la sombra, y para que la vanidad estéril de las palabras, dando sombra a las virtudes, no sirvan de obstáculo a la madurez de la naturaleza y al temple del carácter. Mas ¡lejos de nosotros el creer que puede haber algo que pueda perjudicar a esta viña, a la que el guardián vigilante del Señor Salvador ha fortificado, con el muro de la vida eterna, contra todas las asechanzas de la malicia de este siglo! Ella extendió sus ramas hasta el mar (Sal.79,12) pues la tierra es del Señor (Sal.23,1). Dios es honrado en todos los lugares de la tierra, y también en todas partes es adorado Cristo, el Señor.

He aquí nuestra vendimia. Que alegres y seguros carguen unos en sus cestos las uvas de los dulces racimos, otros gustemos los dones celestiales, y otra parte de cristianos prensen bajo los pies de su buena voluntad el fruto del beneficio divino y, al levantar su calzado, el vino que chorrea, coloree sus pies desnudos; pues el lugar en el que estamos es una tierra santa (Ex 3,5), y por ello es necesario quitarse el calzado, de manera que los pasos de nuestra alma, escalando los peldaños del trono de las más alta santidad, se vean libres de los lazos de las cadenas corporales ; y en efecto, es conveniente que, puesto que la viña es el mundo entero, haya vendimia en todo él.

He aquí el tiempo propicio (2 Cor 6,2), en el que el año ya no tirita bajo la escarcha del invierno y las brumas de la falsa fe, ni la corteza deforme de la blasfemia crece bajo las nieves continuas y el hielo perpetuo, antes, por el contrario, libre ya de las borrascas del sacrilegio, la tierra comienza ya a concebir frutos nuevos, una vez que ya ha dado a luz los anteriores; que las borrascas de las disensiones ya apenas si tienen fuerza, es un hecho; todo el ardor de la avaricia del mundo, toda esa llama que abrasó al pueblo de Italia, en otro tiempo por causa del error judío y hoy debido al engaño arriano, están actualmente casi apagados por la acción de una tranquila calma. La tempestad se ha calmado, navega suavemente la concordia, alienta con fuerza la fe, los náufragos de esta fe vuelven a los puertos que habían abandonado, y, contentos por verse libres ya de tantos peligros y liberados de tantos errores, estrechan con dulces besos las playas de su patria.

¡Ave, viña digna de tan excelso guardián! No te hizo algo sagrada la sangre de sólo Nabot, sino también la de innumerables profetas y, lo que es más grande, la sangre preciosa del Señor. Aunque Nabot no fue víctima de las amenazas del rey ni su constancia fue vencida por el miedo, y ni siquiera, tentado con las más ricas promesas, vendió su fervor religioso, sin embargo, resistiendo a los deseos del rey para que no plantase en sus jardines hierbas y legumbres en lugar de las vides, no pudiendo hacer otra cosa, apagó el fuego que amenazaba a las cepas con su propia sangre, y eso que defendía una viña temporal; sin embargo, para ti se ha plantado la muerte de una multitud incontable de mártires, la cruz de los apóstoles, que es una reproducción de la pasión del Señor, y, por tu bien, se ha propagado hasta los extremos del mundo.
(San Ambrosio, Obras de San Ambrosio, BAC Madrid 1966 (I), p. 54046)


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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - LOS VIÑADORES HOMICIDAS - Mt 21, 33-42 (Mc 12, 112; Lc 20, 919)

Esta es una parábola que se refiere al Reino de los cielos y a un aspecto particular del Reino. Dios quiere comenzar su Reino con un pueblo que El elige de entre todos los pueblos, pueblo al que llena de gracias, porque Dios da la gracia a cada uno según la misión que le encomienda. Dios da todas las gracias al pueblo de Israel para que dé los frutos a su tiempo, para que cuando venga el Mesías lo encuentre bien dispuesto para fundar en él su Reino definitivo y pactar con él su Alianza Eterna. Sin embargo, este pueblo no da fruto, y Dios una y otra vez le recuerda que tiene que rendirle los frutos de su administración, pero, por el contrario, Israel maltrata y mata a los enviados, que son los profetas.

Finalmente Dios envía a su único Hijo pensando que a Él le obedecerán y lo matan para quedarse con la herencia. Lo matan fuera de la viña.

El pueblo de Israel se envanece de su elección y se engrandece sobremanera por el cumplimiento de la Ley. Tiene la Ley, que en los libros sapienciales es comparada con una viña. Y con sus tradiciones humanas cree tener los frutos de esa viña. No necesita redención. Cuando viene el Redentor lo desconoce. Rechaza la Redención y se queda con la Ley y su interpretación humana. Rechaza la libertad y se queda con la esclavitud. Rechaza el espíritu para quedarse en la carne. Rechaza la Nueva Alianza y se queda con la Antigua. Rechaza a Abraham nuestro padre en la fe y se queda con Abraham el padre de la raza, el padre según la carne. Rechaza a Cristo y se queda con Moisés.

El Reino pasa a otro pueblo que dará fruto a su tiempo, el pueblo de Dios, la Iglesia. Formada en su mayoría por el pueblo pagano.

¿Cuál es el referido en la parábola? El Reino de Dios en el aspecto de su conformación. Primero, según los planes de Dios, iba a ser constituido por el pueblo de Israel pero por el rechazo voluntario de éste pueblo a Dios y a su Reino, el Reino pasó a los gentiles.

La solución la trae el mismo desenlace de la narración: la pregunta de Cristo a los dirigentes de Israel y su respuesta de justicia, deben morir estos malvados y hay que darles la administración a otros viñadores que rindan cuenta a su tiempo.

Jesús confirmando su respuesta cita el Salmo 118 y se lo aplica a ellos haciendo una pequeña exégesis de la piedra angular que es Él mismo.

Cristo, el Redentor, a quién ellos matarán será la clave de bóveda de toda la historia de la salvación y la razón de ser de toda la historia sagrada. Ellos que por tantos años esperaron este momento lo han de ignorar. Ellos que tanto han esperado al Mesías para aclamarlo Rey de Israel lo van a crucificar. Contra la piedra angular se estrellarán y la piedra angular los aplastará. Al estrellarse contra Cristo lo llevarán a la muerte y su muerte será el fin de la sinagoga.

No necesitaban más explicación de la parábola. Estaba clara como el agua. Ellos se dieron cuenta y quisieron perder a Cristo pero no pudieron en ese momento.

Los apóstoles escuchaban la explicación de las parábolas, se unían más a Jesús y lo seguían más de cerca.


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Aplicación: Mons. Fulton Sheen - El hijo del rey destinado a la muerte

El martes de la semana en que murió, nuestro Señor dijo una de sus últimas parábolas, la cual enlazaba las profecías del Antiguo Testamento e indicaba lo que le sucedería en las próximas setenta y dos horas. Los sacerdotes del templo habían estado interrogando a nuestro Señor acerca de su autoridad. La actitud que adoptaban era la de que se tenían por representantes y custodios del pueblo y, por tanto, debían evitar que éste fuera extraviado con falsas doctrinas. Nuestro Señor les respondió con una parábola en la que les mostró la clase de custodios y guías que ellos eran en realidad.

Plantó un hombre una viña,
y la cercó con seto, y cavó un lagar,
y edificó uña torre.
Mc 12,1

El que había plantado la viña era Dios mismo, como sabían ya los que esta parábola escuchaban, según los primeros versículos del capítulo quinto de Isaías. El seto que puso en derredor era un seto que los separaba de las naciones idólatras de los gentiles y permitía desarrollar con especial cuidado su fértil viña, que era Israel. El lagar, que había sido excavado de una roca, aludía en cierto modo a los servicios y sacrificio del templo. La torre, cuya finalidad era vigilar y guardar la viña, simbolizaba la especial vigilancia que Dios ejercía sobre su pueblo.

Y arrendóla a labradores.

Mc 12, 1
Esto significaba que daba la responsabilidad a su propio pueblo, el cual de esta manera quedaba preservado del contagio del paganismo. Dios empezó a hacer partícipe de esta responsabilidad a su siervo Abraham cuando le hizo salir de la tierra de Ur, y a Moisés cuando éste dio a su pueblo los mandamientos. Como había dicho por medio de su profeta Jeremías,

También os he enviado
a todos mis siervos los profetas.

Ier 35, 15
A partir de aquel momento, la viña de Israel tenía que dar a Dios los frutos de fidelidad adecuados a las bendiciones que había recibido. Pero cuando el dueño de la viña envió sucesivamente a tres de sus siervos a recoger los frutos, estos siervos fueron maltratados por los labradores. En el capítulo once de la epístola a los hebreos se describen los padecimientos de estos divinos mensajeros. Más adelante, san Esteban, el primer mártir, describiría la infidelidad del pueblo, manifestada en el modo como trató a los profetas.

¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres?  Y ellos mataron a aquellos que antes anunciaban la venida del Justo, de quien ahora vosotros  habéis venido a ser los entregadores y matadores.

Act 7, 53
Pero el amor de Dios no se extinguía a pesar de la crueldad de los luchadores. Después de cada nuevo acto de violencia había nuevas exhortaciones a la penitencia.

Otra vez les envió otros siervos,  en mayor número que los primeros; e hicieron con ellos de la misma manera.

Mt 21, 36
Según Marcos, algunos fueron apaleados e injuriados, y otros matados, lo cual representaba el colmo de la iniquidad. Esas referencias eran generales; sin embargo, podían aludir a los malos tratos infligidos a Jeremías y a la muerte de Isaías.

Dijo entonces el señor de la viña: ¿Qué haré?  Enviaré a mi hijo amado; quizá cuando le vean le tendrán respeto.

Lc 20, 13
Represéntase a Dios como si hablara consigo mismo, como para revelar más claramente su amor. ¿Qué más podía hacer por su viña que no hubiera hecho ya? El «quizá» no era solamente una duda sobre si el divino Hijo sería aceptado, sino también la esperanza de que no lo sería. En unos breves minutos se trazó toda la historia de las relaciones entre Dios y su pueblo.

Los que escuchaban a Jesús comprendieron plenamente las numerosas alusiones que Él había hecho al modo como fueron tratados por el pueblo los profetas y cómo había sido rechazado el mensaje que habían venido a traer. También ellos habían oído a Jesús declararse a sí mismo el Hijo de Dios. Bajo el velo de la parábola estaba respondiendo a la pregunta acerca de la autoridad que poseía para realizar ciertas cosas. Nuestro Señor volvió a afirmar aquí no sólo su relación personal con su Padre celestial, sino también la infinita superioridad en que se hallaba con respecto a los profetas y siervos de Dios.

Luego, revelando a los que le escuchaban la clase de muerte que recibiría de manos de ellos, Jesús prosigue:

Pero cuando los labradores vieron al hijo,  dijeron entre sí : Éste es el heredero; venid, matémosle, y tomemos su herencia.  Y prendiéndole, le echaron fuera de la viña y le mataron.

Mt 21, 38-40
A los labradores se les representaba aquí como conociendo al hijo y heredero de la viña. Con una claridad que no dejaba lugar a dudas, el Señor reveló la terrible suerte que sufriría a manos de ellos: que sería echado «fuera de la viña», a la colina del Calvario, que se hallaba fuera de Jerusalén, y también les reveló que Él era el último a quien el Padre enviaba como mensajero a un mundo pecador. No había que hacerse ilusiones en cuanto al respeto que pudiera hallar de parte de los humanos. Burlas, injurias y escarnios serían el saludo que dirigirían al Hijo del Padre celestial.

Al cabo de tres días de haber referido esta historia, resultó verídica. Los guardas de la viña, como Anas y Caifas, le arrojaron fuera de la ciudad, a una colina, y le sentenciaron a muerte. Como dice san Agustín, «le mataron para poder poseer la herencia, pero al perpetrar ellos su muerte la perdieron».

Después de haber dicho el Señor que los que mataron al Hijo perderían la herencia, dirigió la mente de sus oyentes de nuevo hacia las sagradas Escrituras.

Mirándolos fijamente, dijo:
¿Pues qué es esto que está escrito : la piedra que desecharon los edificadores
ella misma ha venido a ser cabeza del ángulo?

Lc 20, 17
Esto era una cita del salmo 117, que les era muy familiar:

La piedra que desecharon los constructores  ha venido a ser cabeza del ángulo : ésta es la obra de Yahvé,  y es maravilla a nuestros ojos.

El Antiguo Testamento contenía muchas profecías que hablaban de Cristo como de una piedra. Nuestro Señor se había servido cinco veces de la parábola de la vid. Ahora, después de usar la misma figura para indicar la crueldad de los hombres para con el Hijo unigénito de Dios, enviado desde el cielo para asegurar los derechos de su Padre, abandonaba dicha figura y echaba mano de la piedra angular. El Hijo de Dios sería la piedra menospreciada y rechazada. Pero predijo que Él sería la piedra que lo uniría y trabaría todo.

Nunca se hace mención de la tragedia sin que, al mismo tiempo, se nos muestre el aspecto glorioso; así también aquí el mal trato infligido al Hijo viene compensado por la victoria definitiva, en la cual Jesús, a modo de piedra angular, une a judíos y gentiles en una sola casa santa. Así, los que edificaron su muerte fueron vencidos por el gran Arquitecto. El mismo modo inconsciente de rechazarle los convirtió en instrumentos inconscientes, voluntarios, del propósito de Él. A aquel que ellos rechazaban, Dios le levantaría como rey. Bajo la figura de la piedra angular, su resurrección. Les habló de su propio destino como si ya se hubiera cumplido, y señaló lo inútil que resultaría hacerle oposición, aun cuando llegaran a darle muerte. Notables fueron estas palabras, pronunciadas por un hombre que afirmaba que dentro de tres días sería crucificado. Y, con todo, revelaron en su brevedad lo que ellos presentían vagamente en sus corazones. Con una rapidez dramática que les sorprendió, Jesús les adelantó el juicio que les dijo habría de ejercer sobre todos los hombres y naciones en el último día. De momento, dejaba de ser el Cordero y empezaba a ser el León de Judá. Sus últimos días están tocando a su fin; los guías de la nación deben decidir ahora si le aceptarán o le repudiarán. Les advirtió que, si le mataban, su reino pasaría a los gentiles:

Por tanto, os digo  que el reino de Dios será apartado de vosotros, y dado a gente  que produzca los frutos de él.

Mt 21, 43
Continuando la semejanza, tomada de Daniel, de la piedra que tritura y pulveriza los reinos de la tierra, Jesús dijo con voz de trueno:

El que cayere sobre esta piedra,  será quebrantado; mas sobre quien ella cayere,  le desmenuzará.

Mt 21, 44
Vemos aquí dos figuras: una es de un hombre que se estrella contra la piedra, que se halla pasivamente en el suelo. Nuestro Señor quería indicar con ello a sí mismo durante este momento de su humillación. La otra figura es la de la piedra considerada activamente como cuando cae, por ejemplo, de lo alto de un acantilado. Con ello aludía a sí mismo, glorificado y aplastando toda oposición terrena. La primera se referiría a Israel en el momento en que le estaban rechazando, y por lo cual dijo a Jerusalén que quedaría desolada. La otra se referiría a los que le habrían de rechazar después de su resurrección y ascensión gloriosa, y del progreso de su reino en la tierra.

Todo hombre, decía, está en cierto modo en contacto con Él. Es libre de rechazar su influencia, pero este rechazamiento es la piedra que le aplastará. Nadie puede permanecer indiferente una vez que le ha encontrado. Sigue siendo el elemento perpetuo que integra el carácter de todos los que le escuchan. Ningún maestro pretendió jamás que el rechazarle endurecería el corazón de uno y le convertiría en inicuo. Pero he aquí que había un Maestro que, tres días antes de ir a la muerte, dijo que el mismo hecho de rechazarle acarrearía la muerte del corazón. Tanto si uno cree como si deja de creer en Él, lo cierto es que ya no puede ser jamás el mismo de antes. Cristo dijo que Él era o la piedra "sobre la cual los hombres edificarían la vida, o bien la piedra contra la cual se estrellarían. Lo que nunca han podido hacer los hombres es pasar de largo ante Él; Él es la presencia soberana.

 Algunos creen que le dejan pasar sin recibirle, pero esto es a lo que Él llama negligencia fatal. Un aplastamiento fatal se produciría no solamente debido a la negligencia o a la indiferencia, sino también cuando se tratara de una clara oposición. Ningún maestro había dicho hasta entonces a los que le oían que si rechazaban sus palabras serían condenados. Incluso los que creen que Cristo fue sólo un maestro sentirían escrúpulos en juzgarle así después de recibir su mensaje. Pero la alternativa se comprendía perfectamente teniendo en cuenta que era ante todo el Salvador. Rechazar al Salvador era rechazar la salvación, nombre con que nuestro Señor se designó a sí mismo en casa de Zaqueo. Los que le preguntaban acerca de su autoridad no tuvieron la menor duda en cuanto al significado espiritual de la parábola y al hecho de que estaba aludiendo a ellos mismos. Sus móviles quedaban al descubierto, lo cual no hacía sino exasperar aún más a aquellos cuyos propósitos eran malos. Cuando el mal es puesto a la luz, no siempre siente arrepentimiento; a veces incluso se hace peor.

Y los escribas y jefes de los sacerdotes
querían echarle mano en aquella hora;  mas temieron al pueblo,  porque comprendieron que contra ellos había dicho esta parábola.

Lc 20, 19
Los buenos se arrepienten al conocer su pecado; los malos se encolerizan al ser descubiertos. La ignorancia, contrariamente a lo que sostenía Platón, no es la causa del mal; tampoco es la educación la que consigue suprimir el mal. Aquellos hombres poseían inteligencia y voluntad, un saber y un propósito. Pero cabe conocer la Verdad y odiarla, conocer la Bondad y crucificarla. La hora se estaba aproximando, y de momento el miedo al pueblo contuvo a los fariseos. La violencia no podría desencadenarse contra Él hasta que dijera: «Ésta es vuestra hora».
(MONS. FULTON SHEEN,“Vida de Cristo” Ed Herder 1968, Barcelona, pág. 299 yss.)


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Aplicación: Fray Justo Pérez de Urbel - Exasperación de los sanedritas

Jesús cerró su relato con esta pregunta: "¿Qué hará el dueño de la viña?" Y sucedió lo que siempre: todos habían comprendido aquella narración sencilla y transparente; pero no querían sacar la consecuencia de ella; no querían dictar su propia condenación. Fue el mismo narrador quien dio la respuesta: "Vendrá y acabará con los viñadores, y dará a otros su viña." Los fariseos protestaron. "Habiendo oído los sumos sacerdotes y los fariseos la parábola, conocieron que hablaba de ellos, y queriendo apoderarse de El, tuvieron miedo a las turbas, porque le miraban como profeta." Protestaron porque hablaba de ellos y también porque habían lanzado una proposición que les parecía una blasfemia. Una vez más, Jesús se llamaba Hijo de Dios, mayor que Moisés, que David, que Isaías, que todos los mensajeros enviados antes de El. Esto les irritaba, y no era menos punzador para ellos oír que habían de ser castigados duramente. "Nunca tal suceda", exclaman, sin atreverse a negar, como unos meses antes, que hubieran formado el proyecto de asesinar a Jesús. Pero Jesús, "fijando en ellos sus ojos", según la expresión de San Lucas, envolviéndoles en una mirada de indignación, insistió, con unas palabras del salmista: "¿Qué significa entonces lo que está escrito: La piedra que rechazaron los que construían vino a ser piedra angular?" Y añadió, dando a sus palabras un acento terrible: "El que cayese sobre esta piedra se estrellará y hará pedazos a aquel sobre quien ella caiga." Es la gloriosa profecía que se cumple a través de los siglos: "La piedra era Cristo", piedra angular del edificio en que hallarán refugio todos los hombres de buena voluntad; pero piedra de tropiezo y escándalo para los rebeldes y los perversos. Es lo que había dicho Simeón: "Ruina y resurrección de muchos."

Los enviados del Sanedrín se retiraron llenos de ira. Hubieran querido apoderarse del Señor, pero los contuvo el temor a la turba. Esta misma exasperación aparecerá una y otra vez durante esta semana, frenada siempre por el miedo a la actitud del pueblo. Se necesitaba una emboscada, un engaño, para apoderarse de aquel hombre, y uno de los evangelistas advierte, unas líneas antes de empezar el relato de la Pasión, "que los jefes de los sacerdotes y los escribas buscaban cómo le prenderían dolosamente para quitarle la vida".
(FRAY JUSTO PEREZ DE URBEL O.S.B. “Vida de Cristo” Ed Rialp. Madrid Pag 325 y ss)

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Aplicación: J.M. BOVER S.J. - Parábola de los pérfidos viñadores.

Prosigue el Maestro con tono imperativo, sin dejarles un momento de respiro: «Escuchad otra parábola». "Va a pronunciar la parábola más trágica que hay en el Evangelio. El tema se lo ofrece una terrible alegoría de Isaías, que, al contacto de la realidad, se tiñe en sangre. La realidad histórica, no tanto velada cuanto revelada en la parábola, salta a la vista. Pero el Señor antes de formular él la sentencia, quiere que la formulen ellos mismos. Y así les pregunta: «¿Qué hará el dueño de la viña con aquellos labradores?» La respuesta se impone fatalmente: «Como a malos los hará perecer malamente, y arrendará la viña a otros labradores». Aunque en tercera persona y en términos metafóricos, está ya dada la sentencia. Sólo falta aplicársela a ellos sin metáforas. Mas antes, para que la aplicación tenga mayor alcance, les recuerda unas palabras del Salmo 117, que ellos cantaban regocijadamente en la fiesta de los Tabernáculos.

Como conclusión de la parábola, les anuncia su reprobación: «Por eso os digo que os será quitado el Reino de Dios, y se dará a gente que produzca sus frutos». Y como aplicación del Salmo, añade: «Y el que cayere sobre esta piedra, se hará trizas; y sobre quien cayere, le triturará». El efecto de estos botones de fuego no fue el que el Señor pretendía: que aquellos desventurados volvieran sobre sí y reaccionasen con la penitencia, antes que la sentencia se ejecutase. En vez de arrepentirse, «buscaban manera de apoderarse de él»; y si entonces no lo hicieron, fue porque «temieron a las turbas».

33 «Escuchad otra parábola»: el tono del Maestro es imperativo. Les obliga a escuchar lo que no quisieran. — «Plantó una viña»; con estas palabras y las que siguen, de Isaías, bien conocidas de los sacerdotes y de los escribas, luego entendieron éstos el sentido de la parábola. Prosiguiendo mentalmente las palabras del profeta, recordarían aquello: «Ahora, pues, moradores de Jerusalén y varones de Judá, juzgad entre mí y mi viña» (Is. 5, 3); «porque la viña de Yahvé de los ejércitos la casa de Israel es» (Is. 5, 7).

37 «Su propio hijo»: el Mesías, Jesucristo, no es uno de los profetas: ellos son siervos, él es el Hijo.

38 «Éste es el heredero»: entre los hombres, al morir el padre, el hijo entra en la posesión de los bienes hereditarios con la misma plenitud de derechos que el padre tenía; en Dios, donde el Padre no muere, ser el Hijo heredero es compartir por igual con el Padre el derecho a los bienes paternos.

39 «Le echaron fuera de la viña, y le mataron»: patética previsión de la muerte de Jesús en el Calvario fuera de las puertas de la ciudad.

41 La respuesta a la pregunta formulada en el versículo 40 tiene en los tres Sinópticos forma diferente. En Mt. «Dícenle» otros: «Como a malos los hará perecer...». En Mc. (12, 9) es Jesús mismo quien formula la respuesta. En Lc. (20, 16) es también Jesús quien da la respuesta; pero los oyentes, al oírla, dicen: «¡Jamás acaezca tal cosa! » La conciliación más natural de esta divergencia parece ser que realmente algunos de los oyentes formularon la respuesta, como indica Mt., y que otros de los presentes, al oírla, prorrumpieron en la exclamación conservada por Lc. Pero esta respuesta, conclusión lógica y evidente de la parábola, pudo en Mc. y Lc. ser con toda verdad atribuida a Jesús, quien además, a lo menos implícitamente o con un gesto, la ratificaría.

43-44 El versículo 43 es exclusivo de Mt.; el 44, omitido también por Mc., sólo en Lc. tiene correspondencia paralela. De ahí el tono singularmente trágico de la parábola en Mtateo.

(Tomado de El Evangelio de San Mateo, de José M. Bover S.J., Ed. Balmes. Págs. 386 y ss.)


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Aplicación: Bossuet - Parábola de los viñadores infieles

«Oíd todavía esta parábola», les dice Jesús. En la precedente parábola demostró la iniquidad de los doctores, de los escribas y de les pontífices y ahora va a demostrar el suplicio que se tienen merecido. Pues él los convencerá con tal fuerza que se verán obligados ellos mismos a pronunciar su sentencia.

También nos dice a nosotros: «Oíd todavía otra parábola.» Escuchemos pues y veamos en ella, que es la más clara y sencilla figura que jamás se haya imaginado, toda la historia de la Iglesia:

«Un padre de familia plantó una viña.» David había ya cantado esto mismo: (Ps., LXXIX, 9-12), «Tú trajiste de Egipto una vid, arrojaste a las gentes y la plantaste aquí, le pusiste en derredor una albarrada y extendió sus raíces y llenó la tierra, cubriéronse los montes de su sombra y sus sarmientos llegaron a ser como los altos cedros?» Pero, de una forma todavía más clara, leemos esto mismo en Isaías: «Voy a cantar a mi amado el canto de la viña de sus amores: tenía mi amado una viña en un fértil recuesto, la cavó, la descantó y la plantó de vides selectas, edificó en medio de ella una torre e hizo en ella un lagar, esperando que le daría uvas, pero le dio agrazones» (Is., V, 1-2). He aquí casi las mismas palabras de Jesucristo, el ungido de Dios, a los que debieron haber sido sus más fieles viñadores:

«Un padre de familia plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar, edificó una torre y la arrendó a unos viñadores» (Mat. XXI, 33), o sea que encargó el cuidado de la viña a los pontífices, hijos de Arón, y a los doctores de la ley, «y partió luego a tierras extrañas. Cuando se acercaba el tiempo de los frutos, envió a sus criados a los viñadores para percibir su parte.» Dice el Señor: «Os he enviado una y otra vez mis siervos, los profetas, para deciros: convertíos de vuestros malos caminos, enmendad vuestras obras... pero no me habéis obedecido», o sea que los príncipes de los sacerdotes y todo el pueblo, que debía haber dado a Dios el fruto que él esperaba del cultivo de la viña por la ley y las santas escrituras, en lugar de escuchar los profetas «los persiguieron y les dieron muerte» (Mat., XXIII, 34). « ¿A cuál de los profetas vuestros padres no persiguieron?, les dice San Esteban (Act., VII, 52). Ellos han dado muerte a los que nos anunciaron la venida del Justo, a quien vosotros habéis traicionado y hecho morir.» Y esto es lo que precisamente Jesucristo les reprocha en la parábola, pues después de todos los profetas, Dios envió a su Hijo, que es Jesucristo, diciendo: «Respetarán a mi Hijo»; y efectivamente era digno de todo respeto por su doctrina admirable y por sus milagros.

Pero ellos «le cogieron, le sacaron fuera de la viña, o sea fuera de Jerusalén, sobre el Calvario, y le mataron de manera inhumana por manos de Poncio Pilatos y de los gentiles. Admitiremos cuan vivamente Jesús los describe y cómo les descubre sus maquinaciones, lo que ellos iban a cumplir dentro sólo dos días. ¿No hubiera sido justo que ellos se hubieran emocionado y arrepentido? Y mucho más cuando el Salvador mismo les ponía delante sus ojos, de una manera clarísima, el crimen que iban a cometer. Habiéndoles preguntado: «Cuando venga pues el amo de la viña, ¿qué hará con estos viñadores?» Tuvieron que responderle: «Hará perecer de mala muerte a los malvados y arrendará la viña, a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo», o sea, como le explica después: «El reino de Dios os será quitado y será entregado a un pueblo que rinda sus frutos» (Mar., XXI, 43).

Lo que debía suceder después de poco tiempo, pues los apóstoles les tuvieron que decir: (Act., XIII. 46-47) «A vosotros os habríamos de hablar primero la palabra de Dios, mas puesto que la rechazáis y os juzgáis indignos de la vida eterna, nos volveremos a los gentiles. Porque así nos lo ordenó el Señor: te he hecho luz de las gentes para ser salud hasta los confines de la tierra.» He aquí pues el cumplimiento de la parábola del Salvador, el reino de Dios es quitado a los judíos y es dado a un pueblo que debía dar los frutos oportunos.

Y los gentiles «se alegraban y glorificaban la palabra del Señor, creyendo todos cuantos estaban ordenados a la vida eterna» (Act., XIII, 48) cuando oyeron esta declaración, que los apóstoles hicieron de forma tan clara a los judíos. Y así sucedió que les gentiles llevaron fruto, el que Dios había esperado vanamente de los judíos, tal como lo dice el apóstol San Pablo: (Romanos, II, 25-27) «El incircunciso, que cumple la ley, te juzgará a ti que, a pesar de tener la letra y la circuncisión, traspasas la ley.» No engañemos a Dios, no hagamos esperar vanamente a nuestro Salvador, pues que nosotros somos este pueblo que él ha escogido para que en él fructifique su palabra; fructifiquemos pues en buenas obras. «Los frutos del espíritu son: caridad, gozo, paz, longanimidad, afabilidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.»

He aquí los frutos que nosotros debemos dar, y no obras de la carne que sirven para la condenación: «las obras de la carne son manifiestas, a saber: fornicación, impureza, lascivia, idolatría, hechicería, odios, discordias, envidias, iras, rencillas, disensiones, divisiones, homicidios, embriagueces, orgías y otras como éstas, de las cuales os prevengo. De lo contrario, el reino de Dios nos será quitado como a los judíos y otro recibirá nuestra corona» (Apoc., III, 11), pues si Dios no ha perdonado a los judíos, que son «las ramas naturales» de su olivo, tampoco nos perdonaría a nosotros. Ésta será la gran vergüenza y confusión de los judíos, ver entre las manos de los gentiles las coronas que les habían sido destinadas, cuando, como dice el Salvador, verán que «del oriente y del occidente vendrán los elegidos y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos, mientras que los hijos del reino serán arrojados a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y crujir de dientes» (Mateo, VIII, 11-12).

 Entonces cada uno verá el lugar que debía ocupar, la corona, que le estaba destinada; y con toda realidad verá que su lugar esté, ocupado por otro y que su corona adorna las sienes de otro elegido. Entonces llorará pero inútilmente y la rabia contra sí mismo le desesperará hasta llegar al crujido de dientes, señal de su dolor. Escucha, pues, ahora que eres a tiempo, amado cristiano. Reflexiona que tu destino será como el de los judíos, si no te conviertes: lee atentamente esta parábola, reflexiónala en tu corazón y no dejes pasar la ocasión de corresponder ante una explicación tan clara.

¡Oh Dios mío! vos me habéis destinado una corona en el cielo. Si yo la rehusare ella no se perderá, pues vos sabéis muy bien a quien concederla; vos conocéis exactamente el número de vuestros elegidos y este número estará completo. Enumeradme, Señor, entre los que no han de perder su corona.

(Bossuet, Tomado de “Meditaciones sobre el Evangelio” Vol. I, Ed, Iberia, Barcelona, 1955, Pág. 70 y ss)


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Aplicación: San Juan Pablo II - Un canto de alegría y de victoria

1. Cuando el cristiano, en sintonía con la voz orante de Israel, canta el salmo 117, que acabamos de escuchar, experimenta en su interior una emoción particular. En efecto, encuentra en este himno, de intensa índole litúrgica, dos frases que resonarán dentro del Nuevo Testamento con una nueva tonalidad. La primera se halla en el versículo 22: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular". Jesús cita esta frase, aplicándola a su misión de muerte y de gloria, después de narrar la parábola de los viñadores homicidas (cf. Mt 21, 42).

También la recoge san Pedro en los Hechos de los Apóstoles: “Este Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis desechado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 11-12). San Cirilo de Jerusalén comenta: “Afirmamos que el Señor Jesucristo es uno solo, para que la filiación sea única; afirmamos que es uno solo, para que no pienses que existe otro (...). En efecto, le llamamos piedra, no inanimada ni cortada por manos humanas, sino piedra angular, porque quien crea en ella no quedará defraudado" (Le Catechesi, Roma 1993, pp. 312-313).

La segunda frase que el Nuevo Testamento toma del salmo 117 es la que cantaba la muchedumbre en la solemne entrada mesiánica de Cristo en Jerusalén: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" (Mt 21, 9; cf. Sal 117, 26). La aclamación está enmarcada por un "Hosanna" que recoge la invocación hebrea hoshia' na': “sálvanos".

2. Este espléndido himno bíblico está incluido en la pequeña colección de salmos, del 112 al 117, llamada el "Hallel pascual", es decir, la alabanza sálmica usada en el culto judío para la Pascua y también para las principales solemnidades del Año litúrgico. Puede considerarse que el hilo conductor del salmo 117 es el rito procesional, marcado tal vez por cantos para el solista y para el coro, que tiene como telón de fondo la ciudad santa y su templo. Una hermosa antífona abre y cierra el texto: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia" (vv. 1 y 29).

La palabra "misericordia" traduce la palabra hebrea hesed, que designa la fidelidad generosa de Dios para con su pueblo aliado y amigo. Esta fidelidad la cantan tres clases de personas: todo Israel, la "casa de Aarón", es decir, los sacerdotes, y "los que temen a Dios", una expresión que se refiere a los fieles y sucesivamente también a los prosélitos, es decir, a los miembros de las demás naciones deseosos de aceptar la ley del Señor (cf. vv. 2-4).

3. La procesión parece desarrollarse por las calles de Jerusalén, porque se habla de las "tiendas de los justos" (v. 15). En cualquier caso, se eleva un himno de acción de gracias (cf. vv. 5-18), que contiene un mensaje esencial: incluso cuando nos embarga la angustia, debemos mantener enarbolada la antorcha de la confianza, porque la mano poderosa del Señor lleva a sus fieles a la victoria sobre el mal y a la salvación.

El poeta sagrado usa imágenes fuertes y expresivas: a los adversarios crueles se los compara con un enjambre de avispas o con un frente de fuego que avanza reduciéndolo todo a cenizas (cf. v. 12). Pero la reacción del justo, sostenido por el Señor, es vehemente. Tres veces repite: “En el nombre del Señor los rechacé" y el verbo hebreo pone de relieve una intervención destructora con respecto al mal (cf. vv. 10-12). En efecto, en su raíz se halla la diestra poderosa de Dios, es decir, su obra eficaz, y no ciertamente la mano débil e incierta del hombre. Por esto, la alegría por la victoria sobre el mal desemboca en una profesión de fe muy sugestiva: “el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación" (v. 14).

4. La procesión parece haber llegado al templo, a las "puertas del triunfo" (v. 19), es decir, a la puerta santa de Sión. Aquí se entona un segundo canto de acción de gracias, que se abre con un diálogo entre la asamblea y los sacerdotes para ser admitidos en el culto. "Abridme las puertas del triunfo, y entraré para dar gracias al Señor", dice el solista en nombre de la asamblea procesional. "Esta es la puerta del Señor: los vencedores entrarán por ella" (v. 20), responden otros, probablemente los sacerdotes.

Una vez que han entrado, pueden cantar el himno de acción de gracias al Señor, que en el templo se ofrece como "piedra" estable y segura sobre la que se puede edificar la casa de la vida (cf. Mt 7, 24-25). Una bendición sacerdotal desciende sobre los fieles, que han entrado en el templo para expresar su fe, elevar su oración y celebrar su culto.

5. La última escena que se abre ante nuestros ojos es un rito gozoso de danzas sagradas, acompañadas por un festivo agitar de ramos: “Ordenad una procesión con ramos hasta los ángulos del altar" (v. 27). La liturgia es alegría, encuentro de fiesta, expresión de toda la existencia que alaba al Señor. El rito de los ramos hace pensar en la solemnidad judía de los Tabernáculos, memoria de la peregrinación de Israel por el desierto, solemnidad en la que se realizaba una procesión con ramos de palma, mirto y sauce.

Este mismo rito evocado por el Salmo se vuelve a proponer al cristiano en la entrada de Jesús en Jerusalén, celebrada en la liturgia del domingo de Ramos. Cristo es aclamado como "hijo de David" (Mt 21, 9) por la muchedumbre que "había llegado para la fiesta (...). Tomaron ramas de palmera y salieron a su encuentro gritando: Hosanna, Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel" (Jn 12, 12-13). En esa celebración festiva que, sin embargo, prepara a la hora de la pasión y muerte de Jesús, se realiza y comprende en sentido pleno también el símbolo de la piedra angular, propuesto al inicio, adquiriendo un valor glorioso y pascual.

El salmo 117 estimula a los cristianos a reconocer en el evento pascual de Jesús "el día en que actuó el Señor", en el que "la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular". Así pues, con el salmo pueden cantar llenos de gratitud: “el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación" (v. 14). "Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo" (v. 24).
(JUAN PABLO II, Audiencia General,Miércoles 5 de diciembre de 2001)


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EJEMPLOS

El que se esfuerza en conseguir su ultimo fin suele ser afortunado aun en esta vida

El Obispo francés Fenelón (+ 1715), que fue tan renombrado educador, hizo llamar a su casa en Nochebuena a tres obreros para que le construyesen un belén. Al proceder al reparto de los aguinaldos a su servidumbre, llamó también a su habitación, con el mismo objeto, a los tres obreros, a los cuales dijo: «Encima de esta mesa tenéis tres monedas de oro y tres libros de edificación espiritual; cada uno de vosotros puede escoger a su gusto lo que prefiera.» Dos de los obreros tomaron en seguida las monedas de oro, diciendo: «Con ellas tendremos para comprar leña en el invierno.» El tercero vaciló un momento, pero después echó mano al libro, diciendo: «Tengo a mi madre anciana y ciega; durante las veladas de invierno le leeré algunas páginas de este librito.» El Obispo sonrió y dijo: «Vuelve la página de la portada del libro.» Volvióla el otro y encontró tres monedas de oro pegadas a ella. Podéis figuraros la sorpresa que tuvieron los otros dos compañeros. Leyendo el Obispo en sus rostros la desilusión que sentían, les dijo: «El que prefiere el oro a las cosas que aprovechan al alma debe contentarse con los mezquinos bienes de la tierra. Pero el que aspira a los bienes eternos recibe, además de éstos, los bienes temporales. Por esto dijo Cristo: "Buscad ante todo el reino de los cielos, y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura."» (Mateo, VI, 33.)
(Tomado de “Catecismo en ejemplos”, Dr. Francisco Spirago, Ed. Políglota, 1941)



(cortestía NBCD  e iveargentina.org)

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