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Domingo 32 del Tiempo Ordinario A 'Velad porque no sabéis ni el día ni la hora' - Comentarios de Sabios y Santos II: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical

Recursos adicionales para la preparación

 

A su disposición

Directorio Homilético: Trigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario

Exégesis: W. Trilling - Las diez vírgenes (Mt 25,1-13)

Santos Padres: San Juan Crisóstomo - Sin obras es imposible salvarse

Aplicación: P. José A. Marcone, IVE - Las vírgenes prudentes y las necias (Mt 25,1-13)

Aplicación: P. Gustavo Pascual, IVE - Estar vigilantes Mt 25, 1-13

 

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo


Directorio Homilético: Trigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario

CEC 671-672: estamos esperando que todo le sea sometido
CEC 988-991: los justos vivirán para siempre con Cristo resucitado
CEC 1036, 2612: velamos habitualmente para el retorno del Señor

... esperando que todo le sea sometido

671 El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado "con gran poder y gloria" (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los
ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y "mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios" (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: "Ven, Señor Jesús" (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

672 Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía por la "tristeza" (1 Co 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia(cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-
37).


Artículo 11 "CREO EN LA RESURRECCION DE LA CARNE"

988 El Credo cristiano -profesión de nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y santificadora- culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna.

989 Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que El los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad:

Si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).

990 El término "carne" designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La "resurrección de la carne" significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros "cuerpos mortales" (Rm 8, 11) volverán a tener vida.

991 Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. "La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella" (Tertuliano, res. 1.1):

¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe... ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron (1 Co 15, 12-14. 20).

1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; SPF 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

1036 Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran" (Mt 7, 13-14) :

Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde `habrá llanto y rechinar de dientes' (LG 48).

1037 Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegari as diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que "quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión" (2 P 3, 9):

Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos (MR Canon Romano 88)

2612 En Jesús "el Reino de Dios está próximo", llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a aquél que "es y que viene", en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria (cf Mc 13; Lc 21, 34- 36). En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación (cf Lc 22, 40. 46).

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Exégesis: W. Trilling - Las diez vírgenes (Mt 25,1-13)

1 El reino de los cielos será entonces semejante a diez vírgenes, las cuales tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. 2 Cinco de ellas eran necias y cinco sensatas. 3 Porque las necias, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; 4 en cambio, las sensatas, junto con sus lámparas llevaron aceite en las vasijas. 5 Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. 6 A media noche se levantó un clamoreo: Ya llega el esposo; ¡salid a su encuentro! 7 Entonces, todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. 8 Las necias dijeron a las sensatas: Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan. 9 Pero las sensatas contestaron: No sea que no alcance para nosotras y vosotras; mejor es que vayáis a los que lo venden y os lo compréis. 10 Pero, mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. 11 Finalmente, llegan también las otras vírgenes, llamando: ¡Señor, señor, ábrenos! 12 Pero él les respondió: Os lo aseguro: No os conozco. 13 Velad, pues; porque no sabéis el día ni la hora.

Al fin del sermón de la montaña Jesús había contrapuesto un hombre necio y otro sensato. El primero había edificado su casa sobre un movedizo suelo arenoso, el segundo sobre la firme roca. La casa del primero fue demolida en el juicio, la otra casa le hizo frente (cf. 7,24-27). Aquí de nuevo se da la oposición entre necio y sensato. Son sensatos los que oyen y ponen por obra las palabras del Evangelio, son necios los que oyen las palabras, pero no proceden de acuerdo con ellas. Unas vírgenes traen consigo el aceite, las otras sólo traen vasijas vacías. El aceite es el Evangelio realizado en la vida. El que no tiene aceite, no aporta obras; solamente, las palabras de la confesión "Señor, Señor" (Kyrie, Kyrie), pero no la vida conforme con esta confesión. Las vírgenes exclaman: ¡Señor, señor, ábrenos!, como muchos exclamarán en aquel día: "¡Señor, Señor! ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre arrojamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos prodigios? Pero entonces yo les diré abiertamente: Jamás os conocí; apartaos de mí, ejecutores de maldad" (7,22s).

El juez solamente reconoce a los que antes, a lo largo de su vida, lo habían reconocido. Los demás no le pertenecen, el juez no los conoce. El que conoce a otro, según la concepción bíblica le dice "sí" y le ama. Le acepta como suyo y como si le perteneciera. Así ha conocido el Hijo al Padre, y el Padre al Hijo (11,27). Así el Señor conocerá a los suyos y los aceptará definitivamente en su reino, o no los conocerá y los recusará para siempre. Las vírgenes según el relato estaban encargadas, como una comitiva de honor, de ir al encuentro del esposo desde la casa de la boda, para regresar con él a la casa donde se celebraba la fiesta.

Ante la casa del esposo tiene lugar la tardanza. Ya han consumido el aceite en el camino, y también ahora mientras esperan delante de la puerta, de tal forma que ya no es suficiente para el regreso, y las vasijas tienen que ser llenadas de nuevo. Algunas vírgenes se habían provisto abundantemente para cumplir su cometido, las otras habían dejado de hacer estas provisiones. Lo peculiar solamente es que mientras aguardan, se duermen y tienen que ser despertadas por el clamoreo. Quizás en este rasgo particular de la historia se debe reconocer lo que antes se dijo muchas veces, o sea que la llegada ocurre repentina e inesperadamente. Pero por lo demás la parábola está bellamente concluida en sí misma y no puede transferirse en cada rasgo particular a la realidad aludida. Pero en el contexto que le da el evangelista, muchas cosas aparecen con mayor claridad por la comprensión de la fe. Cualquier cristiano sabe quién es este esposo, que también puede hacerse esperar, quiénes son las vírgenes sensatas y quiénes necias, qué significa la fiesta de la boda y qué espanto producen sobre todo las puertas cerradas (cf. 22,11-13). Siempre se hace referencia a lo mismo, tanto si Jesús habla del aceite en los jarros, del traje festivo del invitado a las bodas o de la construcción de la casa sobre el suelo rocoso. Sólo será aceptada por el juez la vida realizada con la fe.

San Mateo termina la parábola y toda la sección exhortando a la vigilancia (25,13). El día y la hora son muy inciertos tanto para el criado, a quien el señor había constituido administrador, como para las vírgenes, a quienes de repente despierta del sueño el clamor que se levanta a media noche.
(TRILLING, W., El Evangelios según San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)


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Santos Padres: San Juan Crisóstomo - Sin obras es imposible salvarse


1. Esta parábola de las vírgenes y la siguiente de los talentos se asemejan a la anterior del criado fiel y del otro ingrato y consumidor de los bienes de su señor. En conjunto son cuatro las comparaciones que, en términos diferentes, nos dirigen la misma recomendación, es decir, el fervor con que hemos de dar limosna y ayudar al prójimo en todo cuanto podamos, como quiera que de otro modo no es posible salvarse. Pero en la parábola de los criados se habla, de modo más general, de todo género de ayuda que hemos de prestar a nuestro prójimo; a esta de las vírgenes nos encarece el Señor particularmente la limosna, y de modo más enérgico que en la parábola pasada. Porque en ésta castiga al mal siervo aquel que golpea a sus compañeros y se emborracha y dilapida los bienes de su señor; en estotra, al que no aprovecha ni da generosamente de lo suyo a los necesitados. Porque las vírgenes fatuas llevaban, sin duda, aceite; pero no abundante, y por eso son castigadas.

Más ¿por qué motivo nos presenta el Señor esta parábola en la persona de unas vírgenes y no supuso otra cualquiera? Grandes excelencias había dicho sobre la virginidad: Hay eunucos que se castraron a sí mismos por amor del reino de los cielos. Y: El que pueda comprender, que comprenda1. Por otra parte, sabe el Señor que la mayoría de los hombres tienen una alta idea sobre la misma virginidad. Y a la verdad, cosa es por naturaleza grande, como se ve claro por el hecho de que en el Antiguo Testamento no fue practicada por aquellos santos y grandes varones y en el Nuevo no llegó a imponerse por necesidad de ley. En efecto, no la mandó el Señor, sino que dejó libre voluntad de sus oyentes practicarla o no. De ahí que diga también Pablo: Acerca de las vírgenes, no tengo mandamiento del Señor2. Alabo ciertamente a quien la guarde, pero no obligo al que no quiera ni hago de ella un mandato. Ahora bien, puesto que tan grande cosa es la virginidad y de tanta gloria goza entre los hombres, porque nadie al practicarla se imaginara haberlo ya hecho todo y anduviera tibio y descuidado en las demás virtudes, pone el Señor esta parábola, que basta para persuadirnos que la virginidad, y aun todos los otros bienes, sin el bien de la limosna, es arrojada entre los fornicadores, y entre éstos pone el Señor al hombre cruel y sin misericordia.

Y ello con mucha razón, pues el uno se dejó vencer del amor de la carne, y el otro del amor del dinero. Y no es igual el amor de la carne que el dinero. El de la carne es más ar- diente y más tiránico. De ahí que cuanto el adversario es más débil, menos perdón merecen los derrotados. De ahí también que llame el Señor fatuas a aquellas vírgenes, pues, habiendo pasado el trabajo mayor, lo perdieron todo por el menor. Por lo demás, lámparas llama aquí al carisma mismo de la virginidad, a la pureza de la castidad, y aceite, a la misericordia, a la limosna, a la ayuda de los necesitados.

Como tardara, pues, el esposo, dormitaron todas y se durmieron. Aquí da nuevamente a entender el Señor que no había de ser breve el tiempo intermedio, disuadiendo así a sus discípulos a que no esperaran la inmediata aparición del reino de Dios. En realidad, eso es lo que ellos esperaban, por lo que constantemente está el Señor quitándoles tal esperanza. Después de eso pone de manifiesto que la muerte es un sueño. Porque se durmieron-dice-. Pero hacia la media noche se oyó un grito... Aquí, o es que el Señor quería seguir el hilo de la parábola, o nuevamente nos significa que la resurrección había de ser durante la noche. Del grito también hace mención Pablo cuando dice: A una voz de mando, a la voz del arcángel, con la última trompeta, bajará del cielo3. -¿Y qué significan las trompetas? ¿Y qué dice el grito? -¡E1 esposo viene!

Ya, pues, que las vírgenes apercibieron sus lámparas, las fatuas les dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite. De nuevo las llama el Señor fatuas, con lo que nos da a entender que no hay fatuidad mayor que la de quienes se dedican a hacer dinero en la tierra y se van desnudos al otro mundo, donde más necesidad tendremos de caridad y misericordia. Y no son sólo por eso fatuas, sino porque se imaginaron que de allí iban a recibir aceite, y lo buscaron fuera de tiempo. Realmente, nadie más compasivo que las vírgenes prudentes, como que ello era su más señalada gloria. Por otra parte, tampoco las fatuas les piden todo su aceite: Dadnos-les dicen-de vuestro aceite. Y les manifiestan juntamente su necesidad: Porque se nos apagan las lámparas. Y ni aun así consiguieron nada. Ni la compasión de las rogadas, ni lo fácil del ruego que se les hacía, ni el premio de la necesidad fueron parte para que aquellas pobres fatuas lograran un poco de aceite.

¿Qué lección sacamos de ahí? Que en el otro mundo, a quienes sus propias obras falten, nadie los podrá socorrer, no porque no quiera, sino por ser imposible. Las vírgenes fatuas, a la verdad, se refugian en lo imposible. Esto puso también de manifiesto el bienaventurado Abrahán cuando dijo: Un gran abismo se abre entre vosotros y nosotros, de modo que ni aun los que quieren, pueden atravesarlo4. Marchad más bien a los que venden y compradlo. ¿Y quiénes son los que lo venden? Los pobres. ¿Y dónde están éstos? En la tierra, y en la tierra había que buscar el aceite, y no en aquel momento.

2. Mirad cómo con los pobres podemos hacer nuestro negocio. Si los quitáramos del mundo, habríamos suprimido una grande esperanza de salvación. Por eso, aquí, cuando el tiempo nos invita a ello, aquí es donde debemos recoger el aceite, porque allí nos aproveche. No aquél, sino éste, es el tiempo de la recolección. No consumáis, pues, vanamente vuestros bienes en placeres y ostentación, pues mucha necesidad tendréis allí de aceite. Oyendo las fatuas aquello, se fueron a comprar, pero no compraron nada. Esto lo pone el Señor, o por seguir la parábola y terminar su trama, o para darnos a entender que, aun cuando después de la muerte nos volvamos misericordiosos, de nada nos aprovechará ya esa misericordia para escapar al castigo. Consiguientemente, tampoco a las vírgenes fatuas les valió para nada su tardío fervor, pues aquí y no allí tenían que haber acudido a los vendedores. Como de nada tampoco le valió al otro rico haberse vuelto tan compasivo, que se preocupaba en el infierno por sus familiares. Porque el que había pasado de largo sin mirar al pobre Lázaro tendido junto a su puerta, ése es el que ahora tiene tanta prisa por librar a sus hermanos del infierno, a quienes ya ni veía, y suplica se les mande alguno que les anuncie lo que allí pasaba. Sin embargo, ni el rico ni las vírgenes consiguieron nada.

Porque, apenas oída la respuesta, se marcharon, vino el esposo, y las que estaban apercibidas entraron, y las otras se quedaron fuera. Después de tantos trabajos, después de tantos sudores, después de aquella insoportable lucha y de los trofeos levantados contra la naturaleza rabiosa, las vírgenes fatuas hubieron de retirarse avergonzadas, con sus lámparas apagadas y la cabeza baja. Nada hay, en efecto, más lúgubre que la virginidad si no va acompañada de la limosna. Así, el vulgo suele llamar sombríos a los inmisericordes. ¿Dónde está, pues, el orgullo de la virginidad, si no vieron al esposo ni, llamando a la puerta, lograron se les abriera, sino que oyeron la terrible palabra: Idos, no os conozco?

Ahora bien, cuando el Señor dice eso, ya no queda otra cosa que el infierno y el suplicio insoportable, o, más bien, esa palabra misma es más dura que el mismo infierno. Es la palabra que había dicho a los obradores de iniquidad. Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora. Mirad cómo pone constantemente el mismo epílogo, dándonos a entender cuán provechosa nos es la ignorancia de nuestra salida del mundo. ¿Dónde están, pues, ahora esos que se pasan la vida entera en la tibieza y, cuando nosotros les reprendemos, nos replican: En la hora de mi muerte dejaré para los pobres? Escuchen esas palabras del Señor y corríjanse. A la verdad, muchos se vieron burlados en aquel mo- mento, arrebatados que fueron repentinamente, sin dárseles tiempo a mirar por los mismos que hubieran querido.
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Obras de San Juan Crisóstomo, homilía 78, 1-2, BAC Madrid 1956 (II), p. 550-55)


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Aplicación: P. José A. Marcone, IVE - Las vírgenes prudentes y las necias (Mt 25,1-13)

Introducción

Recordemos el contexto en el que Jesús dice esta parábola. Según San Mateo, estamos en el martes santo, ya muy cerca de su muerte. La lucha con los fariseos se ha hecho encarnizada, pero Jesús los ha aplastado5, primero con sus respuestas y luego con su invectiva del capítulo 23 de San Mateo. En esta diatriba Jesús siete veces los llama 'hipócritas', y además los llama 'ciegos', y 'guias ciegos', y también '¡serpientes, raza de víboras!', y otras linduras por el estilo y peores todavía6. Los fariseos ya están absorbidos y concentrados en encontrar el modo de darle muerte esa misma semana.

Jesús sabe que su muerte está cercana y relata lo que será el fin del mundo, teniendo como telón de fondo la futura destrucción de Jerusalén, que sucederá en el año 70. Esto lo hace en el capítulo 24 de San Mateo. Y en el capítulo 25 vuelve a dirigirse especialmente a sus discípulos, y así tenemos la parábola de las vírgenes del evangelio de hoy.

"En el capítulo 24 se habla de la Segunda Venida del Señor para el Juicio Final. Pero en este capítulo 25 se habla acerca del Juicio Final mismo. Este capítulo se divide en dos partes. En la primera parte se habla del Juicio Final a través de dos parábolas: la de las vírgenes (Mt 25,1-13), y la de los talentos (Mt 25,14-30). En la segunda parte se expone de una manera manifiesta y explícita la forma del Juicio Final (Mt 25,31-46)"7.

Después del domingo de hoy, quedan sólo dos domingos del Tiempo Ordinario. Luego ya viene el primer domingo de Adviento del año litúrgico siguiente. En los próximos dos domingos del Tiempo Ordinario que quedan, leeremos las dos partes de este capítulo que restan: la parábola de los talentos el próximo domingo.  (Mt 25,14-30); y el último domingo, que es, a su vez, la Solemnidad de Cristo Rey del Universo, leeremos la explicación de la forma del Juicio Final (Mt 25,31-46).

1. El contexto bíblico de la parábola

La ceremonia judía de matrimonio era la siguiente. La novia, a la hora de la puesta del sol, esperaba en su casa que el novio la fuera a buscar. Ella estaba acompañada de algunas amigas. El esposo llegaba a la casa de la novia acompañado del 'amigo del esposo'8. Toma a la novia y va hacia la casa donde van a vivir y donde, además, se realizará la fiesta, es decir, la casa del esposo. Van en cortejo, junto con las amigas de la novia y el amigo del esposo. La novia llevaba la cabeza ceñida de una corona de flores y es llevada en litera. Iban entonando cánticos festivos y alusivos al matrimonio9. Un grupo de vírgenes espera en la casa del esposo, donde se realizará la fiesta y donde vivirá el nuevo matrimonio. Allí suceden los hechos de la parábola de hoy.

Las vírgenes que van a esperar en la casa del esposo salen de sus casas cuando ya está oscureciendo. Necesitan llevar lámparas. Todas salen con sus lámparas encendidas. Unas, las prudentes, además de sus lámparas encendidas, llevan recipientes con aceite, que era el combustible que se usaba para las lámparas. Otras, las necias, no llevan aceite de reserva. Al llegar a la casa del novio se sientan a esperar. El esposo tarda en llegar. Mientras esperan, se adormecen y luego se duermen profundamente. Las lámparas quedan encendidas. De golpe, en el momento menos pensado, alguien avisa que el esposo ya está en camino, acompañando a la novia.

Se levantan apresuradamente y las necias se dan cuenta que, a pesar de que sus lámparas están todavía encendidas, el aceite no les va a alcanzar para salir al encuentro del cortejo y luego volver con él de nuevo hasta la casa del esposo. Las prudentes les hacen ver que no queda otra solución que tratar de conseguir alguien que les venda aceite, lo cual es una solución utópica y desesperada pero, en último término, lo único que se puede intentar. Las prudentes salen con sus lamparas encendidas y llenas de aceite al encuentro del cortejo. Acompañan al esposo y a la novia un trecho del camino y luego entran con ellos a la fiesta de bodas. Las puertas se cierran. Cuando las puertas ya están cerradas, llegan las vírgenes necias, lo más probable es que sea sin aceite en sus lámparas, porque es imposible que a esa hora de la noche alguien les haya querido vender aceite. El esposo las desconoce y no les abre la puerta. Se quedan en las tinieblas exteriores, solas y desesperadas, lo cual se deja entrever en la insistencia con que se dirigen al esposo: "¡Señor, Señor!". Pero ya no hay caso.

Si bien las vírgenes de la parábola son sólo amigas del esposo y de la esposa, sin embargo, el hecho de entrar a la fiesta de bodas implica que ellas, sin ser esposas del esposo, participan de la alegría nupcial. De alguna manera las cinco vírgenes prudentes se identifican con la única esposa del esposo, que también es una virgen prudente, pues si no, no hubiera merecido ser esposa de tal esposo ni tampoco hubiera entrado al banquete nupcial. Podemos decir que las vírgenes prudentes de la parábola de hoy son seis y las seis bien pueden ser esposas del único Esposo10.

De esto se sigue que, una vez más, Jesucristo usa la metáfora del matrimonio para expresar la unión que se da entre el alma humana y Dios, entre todo bautizado y Jesucristo. El núcleo de la parábola de hoy está expresado de manera óptima en 2Cor 11,2: "Porque estoy celoso de vosotros con celo de Dios: os he desposado con un solo esposo para presentaros a Cristo como a una virgen casta". Además de expresar que la vida bienaventurada es como un matrimonio entre Dios y el alma, con esta parábola se afirma una vez más que, en el desarrollo normal de la vida espiritual de un bautizado, entra la posibilidad de la unión mística con Cristo en esta tierra11. El matrimonio espiritual entre el alma y Dios en esta tierra es el objetivo final de todo bautizado y al cual debe tender. Este matrimonio espiritual está expresado en algunos libros bíblicos, por ejemplo, en el profeta Oseas, pero, sobre todo, en el Cantar de los Cantares. Esta doctrina espiritual será expresada en términos teológicos y místicos de una manera insuperable por San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, doctores de la Iglesia.

2. El sentido fundamental de la parábola

Las parábolas de Cristo no son alegorías. En la alegoría cada detalle tiene un significado en sí. En la parábola hay un solo sentido general y global. Pero eso no quiere decir que los detalles de una parábola sean superfluos. Todos los detalles confluyen para expresar el único mensaje general o global.

Lo primero que hay que hacer para determinar cuál es el sentido fundamental de la parábola de hoy es descubrir qué significa la llama de la lámpara; esa llama es lo que ilumina. La respuesta la tenemos en el Sermón de la Montaña: "Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos" (Mt 5,14-16). Por lo tanto, la llama que alumbra son las buenas obras del cristiano. Ellas alumbran y dan luz al mundo. El testimonio claro de su fe, hecho a través de obras y no sólo de palabras, es la luz del mundo12.

Para ser más exactos, hay que decir que la luz que ilumina (la llama de la lámpara) son las obras que brotan de la fe en Cristo. Podría decirse también que esa luz es la fe actuosa, es decir, la fe operante, diligente y solícita por el prójimo. Ahora bien, es imposible que la fe haga obras a favor del prójimo si no está informada por la caridad. Esto lo expresa muy bien San Pablo: "Porque en Cristo Jesús no tienen valor ni la circuncisión ni la falta de circuncisión, sino la fe que actúa por la caridad" (Gál 5,6; en griego: pístis dià agápes energouméne). Y también: "Sin cesar recordamos ante nuestro Dios y Padre vuestra obra de la fe" (1Tes 1,3; en griego: hymôn toû érgou tês písteos13). Y también: "Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad" (Ef 5,8-9). Si la luz es la fe, el fruto de la fe son las obras de bondad, justicia y verdad. Y de una manera todavía más expresiva: "Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy" (1Cor 13,2).

Así como una lámpara de aceite no puede tener llama y dar luz para alumbrar si no tiene aceite, así también un alma no puede tener una fe actuosa y operante si no tiene caridad. La caridad es a la fe lo que el aceite es a la llama de la lámpara.

Apliquemos esto al caso concreto de la parábola de hoy. Las diez vírgenes esperan al esposo en la casa del esposo y el esposo tarda en llegar. Esto es imagen de la vida presente. La venida del esposo es la Segunda Venida de Cristo, es decir, el Juicio Final. Pero la Segunda Venida de Cristo tarda en llegar.

Las diez vírgenes se adormecen. Esto significa el momento de la vida presente, en que el hombre se afana por las cosas temporales. Luego las diez vírgenes se duermen profundamente. Esto significa la muerte14.

Llega el esposo, que, en realidad, hay que escribirlo con mayúsculas, el Esposo, porque se trata de Cristo que viene por Segunda Vez al Fin del Mundo para el Juicio Final. Las vírgenes que han conservado el aceite en sus lámparas significan a aquellas almas que han muerto con la caridad en el alma, es decir, que han tenido una fe actuosa y operante durante su vida, y han muerto en gracia de Dios. Tienen aceite, es decir, tienen la caridad que alimenta la llama de la fe operante. Las necias son aquellas que no tienen aceite, es decir, han muerto sin haber hecho el acopio suficiente de buenas obras. No han tenido caridad en su vida y han pecado mortalmente por no tener caridad con el prójimo. Se quedan afuera, en las tinieblas exteriores, solas y desesperadas. Es la imagen del infierno.

Santo Tomás hace notar que las vírgenes necias dicen: "Nuestras lámparas se están apagando" (Mt 25,8), lo cual implica que cuando se despertaron las lámparas todavía estaban encendidas. ¿Qué significa esto? Que tenían fe, pero una fe que no estaba informada por la caridad15. Creían todos los dogmas católicos, afirmaban sin hesitación la divinidad de Jesucristo y podían rezar el Credo completo, incluso el Nicenoconstantinopolitano, de memoria y en griego, pero no tenían caridad, no tenían amor. Durante su vida no habían hecho obras de amor. La llama de sus lámparas era una llama muy particular. Era una llama que no daba luz ni calor. Era una llama fría, es decir, un engendro repulsivo. Es el fuego de los condenados, el frio fuego de los condenados.

Tienen fe, pero no tienen la gracia santificante, que la perdieron por haber omitido las obras de misericordia. Para salvarse hace falta la fe, como inicio de todo; luego, la gracia santificante; junto con la gracia viene la caridad; esa caridad debe ser permanentemente ejercitada de tal manera que no se extinga. Si se extingue, se extingue también la gracia. Puede quedar sola la fe, pero sin gracia y sin caridad. Es una fe informe, que no tiene la forma sustancial, porque la caridad es la forma de todas las virtudes.

3. Algunas particularidades de esta parábola

Con lo dicho recién queda aclarado el sentido fundamental de la parábola. Pero hay muchas particularidades muy interesantes, algunas de las cuales (no todas) podemos explicar.

3.a ¿Por qué 'vírgenes'?

El hecho de que Jesús elija como personajes de su parábola a vírgenes no es casual y tiene una razón muy profunda. Dice Santo Tomás: "¿Pero por qué el Señor habla de 'vírgenes'? (…) Según San Juan Crisóstomo debe entenderse literalmente, es decir, de aquellos que conservan la integridad de la carne. Por vírgenes puede entenderse también aquellos que se abstienen de los halagos de los cinco sentidos. ¿Pero por qué hacer esa mención especial de las vírgenes? (…) Esto es debido a que la virginidad es un bien tan grande y difícil que no cae bajo precepto sino bajo consejo (cf. 1Cor 7,25); de esta manera el Señor quiere hacernos comprender que si éstos, los que son vírgenes, se condenan, cuánto más los otros que no lo son"16.

Jesús elige que los personajes de su parábola sean vírgenes para expresar que aun cuando se haya renunciado a un bien tan grande como es tener un esposo o una esposa, poseer una propia familia y se haya vivido con sinceridad la continencia y la castidad, si no hay caridad, no se pueden salvar. Elige a vírgenes para sus personajes para manifestar mejor el contraste entre una gran renuncia por el Reino de los Cielos que no alcanza para ganar el cielo si no hay caridad. La caridad tiene la preeminencia sobre todas las virtudes, de tal manera que aún aquellos que se han castrado por el Reino de los Cielos (Mt 19,12), si no tienen caridad, no entrarán en él.

De esta verdad se sigue una enseñanza para los sacerdotes y religiosas, quienes han hecho voto de castidad y continencia perfecta. La enseñanza es la siguiente: la caridad siempre tiene la preeminencia. Santo Tomás lo dice de una manera mucho más expresiva: "De todo esto se sigue que aquel que quiera conservar la continencia y no hace obras de misericordia, es un necio"17.

A esta realidad de haber hecho una gran renuncia por el Reino de los Cielos y después, a causa de la carencia de amor, condenarse eternamente, se le pueden aplicar aquellas palabras de San Pablo: "Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha" (1Cor 13,3).

"¿Y por qué 'diez' vírgenes? Porque diez es el número de la universalidad. (…) Por eso, 'diez' significa 'todos'. Todos serán deberán comparecer en el Juicio Final"18. De manera que, si bien Jesucristo habla de 'vírgenes', su intención es que todos los hombres se den por aludidos.

3.b ¡Necias!

Para decir 'necias', el original griego usa el adjetivo morós, en nominativo plural femenino: moraì. Morós significa 'necio', 'tonto', 'loco', 'estúpido', 'aquel que ha perdido la razón'19. Jesucristo le da mucha importancia al adjetivo morós y es una palabra fortísima en su boca. En el Sermón de la Montaña Jesucristo aclara: "El que diga morós ('loco', traduce Nácar-Colunga) a su hermano, es reo de muerte" (Mt 5,22). Y califica de morós (insensato, necio) al hombre que no edificó su casa sobre roca sino sobre arena (Mt 7,26), es decir, al que construye su vida no sobre la voluntad de Dios sino sobre su juicio propio. Y si bien Jesucristo prohíbe decir morós a un hermano para insultarlo, sin embargo, Él mismo se la va a aplicar a los fariseos y les dirá: "¡Moroí! (¡necios!) (Mt 23,17).

Como vemos, para Jesucristo, el adjetivo morós tiene una gravedad particular. El ser morós está en relación con la no recepción de la Palabra y, por eso, es causa de condenación eterna. El que recibe la Palabra y la conserva hasta el fin es prudente, sabio, inteligente (phrónimos20). El que recibe la Palabra pero no la conserva hasta el fin es necio, insensato, loco, porque de esta insensatez se sigue la condenación eterna, la mayor de todas las necedades.

Santo Tomás hace una descripción exacta de la necedad de las vírgenes locas (como traduce el P. Castellani): "Estas vírgenes querían realmente tener las lámparas encendidas, porque querían servir con luz a Aquel que es la misma luz (cf. Jn 8,12). Pero la luz no puede nutrirse sin aceite. Por lo tanto, es un necio aquel que cree que se puede conservar la luz de la lámpara sin ponerle aceite"21.

3.c Sólo para mujeres
Cuando llega el Esposo, las diez vírgenes se despiertan apresuradamente y comienzan a arreglar sus lámparas. Esto significa que le arreglan la mecha, remueven el poco aceite que les queda y, si tienen, le agregan aceite. Para decir 'arreglar' ('preparar', dice el Leccionario en uso en Argentina) el original griego usa el verbo kosméo, que significa 'adornar', 'ornamentar', 'ataviar'22. De hecho, la Vulgata de San Jerónimo traduce con el verbo ornare. Este verbo kosméo proviene del sustantivo kósmos, que significa un todo ordenado y armónico23. Esta es la razón por la cual los griegos usaron esta palabra para designar al 'mundo'. De hecho, en el griego clásico kosméo significa 'poner en orden'24. De aquí proviene el significado de 'adornar' u 'ornamentar'. Algo está adornado y es bello cuando está en orden, cuando tiene armonía.

Ahora bien, en el caso concreto de la parábola de hoy, 'arreglar' las lámparas, 'prepararlas', 'ornamentarlas', 'embellecerlas', es ponerles aceite. 'Cosmetizarlas' podríamos decir abusando un poco de la lengua castellana pero en sintonía con la etimología griega. De hecho, la palabra 'cosmético' proviene, sin ninguna duda, de este verbo25. Por lo tanto, 'cosmetizar' las lámparas es ponerles aceite para que puedan tener una llama y puedan alumbrar. Y el aceite es la caridad que actúa con las obras. Por lo tanto, el verdadero cosmético de una mujer es la caridad actuante y actuosa, es decir, una caridad diligente, solícita y cuidadosa.

Conclusión: no sólo para mujeres

Seamos inteligentes, prudentes, sabios y embellezcamos nuestras almas con el verdadero aceite que nos traerá como consecuencia la vida eterna. Frotemos nuestros rostros con el aceite de las obras de misericordia, de las buenas obras, de la fe operante y actuosa. Entonces nuestros rostros brillarán como si les hubiéramos puesto el mejor cosmético (cf. Sal 104,15).


Notas
5 "Colliserat eos" (SANCTI TOMAE DE AQUINO, Super Evangelium S. Matthaei lectura, caput 23, lectio 1; traducción nuestra).
6 Como 'homicidas', por ejemplo (Mt 23,30-32)
7 Sancti Tomae de Aquino, super evangeliu S. Matthaei lectura, caput 25, lectio 1; traducción nuestra
8 San Juan B5 "Colliserat eos" (SANCTI TOMAE DE AQUINO, Super Evangelium S. Matthaei lectura, caput 23, lectio 1; traducción nuestra).
6 Como 'homicidas', por ejemplo (Mt 23,30-32)
7 Sancti Tomae de Aquino, super evangeliu S. Matthaei lectura, caput 25, lectio 1; traducción nuestra autista se va a declarar a sí mismo 'amigo del Esposo' (cf. Jn 3,29).
9 Cf. DE TUYA, M., Evangelio de San Mateo, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, BAC, Madrid, 19773, Tomo Va, p. 401.
10 Dice Santo Tomás: "El Esposo es el mismo Hijo de Dios (…) Del mismo modo, el matrimonio es entre Cristo y la Iglesia" "Sponsus ipse filius est (...). Item est matrimonium Christi et Ecclesiae" (SANCTI TOMAE DE AQUINO, Ibidem; traducción nuestra).
11 Esta afirmación ya la había hecho Jesús en la parábola del banquete nupcial del hijo del rey (Mt 22,1-14).
12 Santo Tomás opina lo mismo: "Por las lámparas se significa las obras, como dice San Agustín: 'Vuestras obras deben ser antorchas'. Lo mismo se dice en Mt 6,16". "Per lampades opera signantur, secundum Augustinum: opera enim vestra debent esse lucerna; supra V, 16: sic luceat lux vestra coram hominibus, ut videant opera vestra bona, et glorificent patrem vestrum qui in caelis est". Y más adelante dice: "Por 'aceite', según San Jerónimo, se entiende las buenas obras. ¿Y por qué? Porque el aceite es el combustible con el cual se encienden las lámparas. Ahora bien, la fe es la luz de las almas, y la fe se nutre con las buenas obras". "Secundum Hieronymum per oleum significantur bona opera. Et quare? Fides est lumen animarum quo accenduntur lampades. Per bona opera fides nutritur" (SANCTI TOMAE DE AQUINO, Ibidem; traducción nuestra). Con esta última frase, lo que Santo Tomás quiere decir es que las buenas obras son el combustible de la fe, que es la llama que ilumina.
13 Algunas biblias traducen: "Recordamos vuestra fe operativa", por ejemplo, la Biblia de EUNSA (Editorial Universidad de Navarr a, S. A.). Cf. también Film 1,6.
14 "Por el adormecimiento podemos entender la vida presente; por el sueño profundo, la muerte". "Per dormitationem possumus intelligere longiorem vitam, per somnum mortem" (SANCTI TOMAE DE AQUINO, Ibidem; traducción nuestra).
15 Dice Santo Tomás: "Algo de la luz de la fe tenían y por eso dicen: 'Nuestras lámparas se están apagando'. Pues si no hubieran tenido fe en absoluto, hubieran dicho: 'Nuestras lámparas están apagadas'. Al decir estas palabras ('nuestras lámparas se están apagando') están reconociendo que no pueden conservar el fuego sin aceite. ¿Y qué significa esto? Sin aceite, es decir, sin obras de misericordia y sin obras de justicia". "Aliquid habebant de lumine fidei; unde dicunt: quia lampades nostrae extinguuntur. Si enim nihil haberent fidei, dicerent extinctae sunt, unde cognoscunt quod non possunt ignem sine oleo conservare. Et quid est hoc d ictum? Sive intelligatur per oleum opus misericordiae, sive iustitiae, idem est sensus" (SANCTI TOMAE DE AQUINO, Ibidem; traducción nuestra).
16 "Ideo cum virginitas sit tantum bonum quod non cadit sub praecepto, sed sub consilio, secu ndum quod habetur I Cor. VII, si isti damnantur, multo magis et alii" (SANCTI TOMAE DE AQUINO, Ibidem; traducción nuestra).
17 "Ergo quod qui intendit continentiam servare, et non fecerit misericordiam, stultus est" (SANCTI TOMAE DE AQUINO, Ibidem;
traducción nuestra).
18 "Sed quare decem? (…) Quia decem est numerus universitatis. (…) Et sic sunt omnes decem, qui ad iudicium veniunt" (SANCTI
TOMAE DE AQUINO, Ibidem; traducción nuestra).
19 Cf. Multiléxico del NT, nº 3474.
20 Con esta palabra califica Jesús a las vírgenes prudentes.
21 "Omnes istae bene volebant habere lampades accensas, quia ipse qui lumen est, vult sibi servire cum lumine; sed lumen non potest nutriri sine oleo: stultus enim esset qui crederet servare lumen in lampade, et non poneret oleum" (SANCTI TOMAE DE AQUINO,
Ibidem; traducción nuestra).
22 TUGGY, Multiléxico del NT, nº 2885.
23 FONTOYNONT, V., Vocabulario Griego, Ediciones Sal Terrae, Santander, 1966, p. 90.
24 SCHENKL, F. - BRUNETTI, F., Dizionario Greco - Italiano - Greco, Fratelli Melita Editori, La Spezia, 1990, p. 483.
25 FONTOYNONT, V., Ibidem.


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Aplicación: P. Gustavo Pascual, IVE - Estar vigilantes Mt 25, 1-13

El Reino de los cielos será…habla del futuro, es decir, de la Parusía cuando venga Cristo a desposarse definitivamente con su Esposa, la Iglesia. La parábola recomienda la vigilancia para que Cristo nos encuentre en vela en aquella hora como a las vírgenes prudentes.

Estar preparados significa estar en gracia, la fe y las buenas obras.

Hacia el tiempo de la Parusía habrá desaparecido la caridad: "Y al crecer cada vez más la iniquidad, la caridad de la mayoría se enfriara"26, la fe estará por apagarse: "cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?"27, y los hombres dormirán el sueño del mundo.

"Estad también vosotros preparados, porque cuando menos penséis, vendrá el Hijo del hombre"28. No se sabe cuándo vendrá Cristo pero ciertamente vendrá. La espera hace a muchos olvidar la segunda venida. Otros la ponen tan distante que es como si no se fuera a efectuar jamás. Sin embargo, esa venida será pronto. Cuatro veces lo dice el libro del Apocalipsis29. Sucederá cuando los hombres estén desprevenidos: Como en los días de Noé: "Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre"30. Como el relámpago: "Porque como el relámpago sale por oriente y brilla hasta occidente, así será la venida del Hijo del hombre".

Tenemos que estar preparados cada día e ir acumulando en nuestro haber obras buenas, obras de caridad porque la caridad vivifica la fe: "Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe"31. La fe va creciendo en la medida que se actúa por la caridad y va disminuyendo cuando obramos mundanamente.

Las vírgenes se durmieron. Es posible que las prudentes solo se dormitaran, signo de la negligencia de los cristianos. Las imprudentes no llevaron aceite de repuesto: es la tibieza de los cristianos, característica de la última Iglesia, la Iglesia de Laodicea32.

El mundo produce un sopor, un adormecimiento de la fe y finalmente nos dormimos en los brazos del mundo y nuestra fe desaparece. El mundo es el enemigo principal de nuestra fe y es un enemigo muy sutil que se mete imperceptiblemente en nuestra vida.

San Ignacio enseña que para hacer una buena reforma de vida no sólo es necesario descubrir los pecados pasados y el desorden de las operaciones sino también el conocimiento del mundo y las cosas mundanas que hay en mí33. Porque las cosas mundanas debilitan mi fe.

Con el correr del tiempo vemos como las máximas mundanas o las obras mundanas se van imponiendo incluso entre los seguidores de Cristo. Mucho más los criterios y los pensamientos mundanos. A ellos debemos oponer nuestra fe: "lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe"34.

Y nuestra fe se apoya en Cristo y es la que nos mantiene vigilantes a su segunda venida pero la espera del Esposo nos puede hacer dormir y estar desprovistos de aceite de repuesto. Es la gran tentación que el mundo pondrá a los que esperan al Esposo. Por qué esperar en algo que no se ve. Es mejor aferrarse a lo que se ve y que es deslumbrante y placentero.

Pero el Esposo llegó a media noche y las vírgenes que estaban preparadas entraron al banquete de bodas y las otras no. Cuando golpearon y le pidieron al Esposo que les abriera él les respondió: "en verdad os digo que no os conozco". No las conoce porque no hicieron su voluntad. Su voluntad era que esperasen con las lámparas encendidas su venida: "No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé:

¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!"35. Además ya había comenzado el banquete nupcial que significa el cielo, es decir, lo final y definitivo.

Notas
26 Mt 24, 12
27 Lc 18, 8
28 Lc 12, 40
29 3, 11; 22, 7; 22, 12; 22, 20
30 Mt 24, 37-39
31 St 2, 18
32 Cf. CASTELLANI, Las parábolas de Cristo, Jauja Mendoza 1994, 296
33 Cf. Ejercicios Espirituales nº 63
34 1 Jn 5, 4
35 Mt 7, 21-

cortesía IVEArgentina

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