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Domingo 3 del Tiempo Ordinario A - 'Conviértanse porque el Reino de los cielos está cerca': Comentarios de Sabios y Santos II, con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Recursos adicionales para la preparación

 

A su disposición

Exégesis: W. Trilling - Los comienzos (Mt 4, 12-17)

Comentario Teológico: San Juan Pablo II - La penitencia o conversión

Padres: San Gregorio Magno - El llamamiento a los primeros discípulos

Aplicación: P. Lic. José A. Marcone, I.V.E. - El núcleo del mensaje de Jesús (Mt 4,12-23)

Aplicación: S.S. Francisco p.p. Nadie está excluido de la salvación de Dios

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - El Reino de Dios ha llegado(Mt 4,12-23)

Aplicación: SS Benedicto XVI - El inicio de la misión pública de Cristo

Aplicación: Hans Urs von Balthasar - Jesús, luz que brilla en las tinieblas

Directorio Homilético: Tercer domingo del Tiempo Ordinario

 

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo



Exégesis: W. Trilling - Los comienzos (Mt 4, 12-17)

Los v. 13-16 son bastante independientes y tienen que ser interpretados en función del v. 12. En el versículo 12 se tiene la impresión de que Jesús desde la comarca del Jordán, en la que vive el Bautista, viaja al norte de Galilea, pero en los versículos 13-16 parece que Jesús parte de su domicilio en Nazaret, para instalarse en Cafarnaúm. El primer dato tiene su origen en la correspondiente frase de san Marcos (Mar_1:14), el segundo corresponde a la representación geográfica que san Mateo tiene presente.

12 Cuando Jesús oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. 13 Y dejando Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaúm, la ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí.

Se cumple el destino de Juan el Bautista, que es detenido y encarcelado. Más tarde se informa de los sucesos que dieron causa al encarcelamiento (Mat_14:3-12). Según Mateo, el arresto de Juan parece haber sido para Jesús la señal para empezar su actividad. Se muestra, por así decir, el sitio de la costura que separa a los dos y que al mismo tiempo los mantiene juntos: Primeramente el Precursor hace la obra de «preparar el camino del Señor» (Mat_3:3), luego obra Jesús. Pero no sólo debe aclararse la sucesión temporal. El Bautista no sólo es precursor en el sentido cronológico, sino también en su destino como profeta. El texto griego del Evangelio de san Mateo emplea la voz parédoke, que se traduce generalmente por había sido encarcelado. El significado de parédoke es difícil.

El verbo griego paradídomi significa entregar. Por tanto se podría traducir por «había sido entregado». Con la misma palabra se dice más tarde de Jesús que es entregado a los sumos sacerdotes y a la muerte (Mat_20:18 s; Mat_26:2). Es una expresión marcada con un cuño inalterable, con la cual se indica la inocencia del arrestado, pero también la correspondencia a la voluntad de Dios, que le «abandona». El destino de los profetas también se cumplirá en Jesús. Para él, Juan es el precursor en su predicación y en su muerte... Jesús marcha a Galilea, en apariencia para eludir la misma suerte, pero sobre todo, porque éste debe ser en primer lugar la zona determinada por Dios para su actividad. En los capítulos que hemos designado como los «antecedentes...», ya se apoyó en la Escritura que Jesús residiera en Galilea y en particular en Nazaret (Mat 2,22s). Sólo san Mateo dice tan explícitamente que Jesús se fue a vivir a Cafarnaúm. Según san Marcos y san Lucas, Jesús había permanecido durante algún tiempo en Cafarnaúm y en los alrededores de esta ciudad.

San Mateo va más allá y designa a Cafarnaúm como residencia de Jesús. De este modo no solamente se vuelve a declarar un pormenor histórico. Porque este lugar está en el primitivo territorio de las tribus de Zabulón y Neftalí, que se menciona en la siguiente cita (cf. Jos_19:10-16; 32-39). En san Mateo también aparece Cafarnaúm como un tipo de la ciudad agraciada. En ella ha salido la luz, ella ha podido ver más milagros que ninguna otra ciudad. Y sin embargo no se ha convertido. Sobre ella tiene que recaer el juicio siguiente: «Y tú, Cafarnaúm, ¿es que te van a encumbrar hasta el cielo? ¡Hasta el infierno bajarás! Porque, si en Sodoma se hubieran realizado los mismos milagros que en ti, todavía hoy estaría en pie. Por eso os digo: En el día del juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para ti» (11,23s).

La primera ciudad en que residió Jesús, o sea Nazaret, ha pronunciado sentencia sobre sí misma, porque no ha creído en el Hijo que había vivido entre sus muros, y por eso Jesús no obró allí ningún milagro (13,54-58). A la segunda ciudad donde residió Jesús, o sea Cafarnaúm, le conmina el juicio de Jesús, porque ha visto sus señales, pero no se ha convertido.

14 Con ello se cumplió lo anunciado por el profeta Isaías cuando dijo: 15 ¡Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, más allá del Jordán, Galilea de los gentiles! 16 El pueblo que yacía en tinieblas vio una gran luz; para aquellos que yacían en región y sombra de muerte una luz amaneció.

El evangelista ve, con asombro, que de nuevo se cumple una profecía. En otro tiempo, cuando los asirios conquistaron el reino del norte (722 a.C.), en el que se encontraba Galilea, Dios humilló la tierra de Zabulón y Neftalí. Pero Dios la rehabilitará cuando empiece la salvación de Dios (Isa_8:23). Las palabras siguientes de Isaías sobre la luz en las tinieblas hay que referirlas a todo el pueblo, no sólo al que mora en Galilea. San Mateo lo entiende así: la luz ha salido precisamente aquí, en los lugares designados con precisión por el profeta. De todo el texto (Isa_8:23) san Mateo elige solamente algunas frases que pueden aplicarse a las ciudades donde actuó Jesús: Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, o bien «región cercana del mar». El evangelista no piensa en el mar Mediterráneo (como Isaías), sino en el mar de Galilea, llamado lago de Genesaret o también de Tiberíades, en cuya orilla occidental está Cafarnaúm.

La tierra más allá del Jordán es la tierra que se extiende al este del Jordán (Perea), en sentido más amplio también abarca el territorio de las diez ciudades (Decápolis), que está situado al norte de la Perea, limita por el este el lago de Genesaret, y en el que con frecuencia se detuvo Jesús (cf. 8,18.28). Pero lo más importante es la expresión Galilea de los gentiles. Con esta expresión se caracteriza toda la región mencionada en las palabras del profeta: era un territorio mixto mal asegurado, en el que vivían muchos gentiles, y que era bastante independiente de Judea, incluso en sus prácticas religiosas y en sus tradiciones. También aquí se menciona a los «gentiles». Ya habían venido los representantes del mundo oriental para rendir homenaje de adoración (2,2), ahora sigue resonando el tema...

Una gran luz resplandece en las tinieblas. El pueblo del Mesías no conoce el camino y está sentado en las tinieblas. No está iluminado por el sol de la vida, sino que medita profundamente a la sombra de la muerte. ¿Cuál es esta luz que ahora resplandece? ¿La aparición de Jesús en general, su doctrina, sus milagros? Todo junto. Jesús es la luz (cf. Jua_8:12) y trae la luz, enseña toda la verdad y da la vista a los ciegos. Sobre todo su palabra da testimonio de la luz, que sale como si fuera un sol.

17 Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: Convertíos; porque el reino de los cielos está cerca.

En la vida del Señor todo tiene su tiempo predeterminado y su lugar establecido por Dios. El nuevo lugar es Cafarnaúm, la tierra sobre la que el profeta ha pronunciado su oráculo, y el tiempo es la hora después de la disputa entre Satán y Jesús en el desierto. Lo primero es la predicación, la palabra. Jesús viene como la palabra del Padre por antonomasia, su primer don es la palabra. Como referente al hablar del Bautista se emplea el verbo predicar. No sólo es una nueva doctrina, sino que es una declaración, un pregón del heraldo, un mensaje que sacude y despierta. Es un mensaje que se anuncia de parte de Dios, y que ha de ser transmitido sin falta y tiene su hora establecida. Todo eso resuena en la palabra «predicar». Se tiene que escuchar esta predicación: no como una instrucción, ni tampoco solamente como una revelación de la verdad, sino que hay que dejarse hablar y sacudir como hombre íntegro, con todos los sentidos y fuerzas del corazón, hay que estar dispuesto a renovar la propia vida...

El contenido del pregón del heraldo es el siguiente: Convertíos; porque el reino de los cielos está cerca. Hemos visto que el Bautista ya había usado las mismas palabras. Pero eso solamente era una antelación, una síntesis y una interpretación del contenido de la predicación de Jesús y de su actividad. El cristiano debe saber que Juan ya pertenece al tiempo en que se anuncia y realiza el reino de Dios. Pero ahora viene lo que es propio del reino de Dios, por así decir la advertencia autoritativa y eficaz. La primera advertencia es como la sombra, la presente advertencia es como el mismo objeto. En Juan el acento recaía en la palabra «convertíos», como correspondía a su función de precursor y de predicador del juicio. Ahora se recalca la segunda parte: «el reino de Dios está cerca». Sobre todo es una frase de alegría, de felicidad rebosante: la voluntad inquebrantable de Dios de otorgar la salvación, el afán del pueblo israelita, la esperanza del mundo, todo eso ahora está cerca. Dios establecerá su reino, su señorío real.

Y para el mundo eso significa bendición y vida, satisfacción y dicha. La expresión está cerca incluye dos matices: primero, la venida del reino, que no se predice en general para cualquier tiempo futuro, sino que se declara del momento presente. El reino de Dios viene y no puede ser detenido. Pero ello no quiere decir: el reino de Dios está ahora aquí. Todavía no llega con pleno desarrollo ni con toda su gloria. También tiene valor el segundo elemento que está contenido en estas palabras: «Está cerca». Está por así decir delante de la puerta, ante las murallas del mundo de los hombres, en las fronteras del acontecer. Su cercanía es amenazadora y agradable al mismo tiempo, pero aún es una cercanía. No dominará ni forzará al hombre ni a los pueblos. Dios llega, pero no sin ser esperado ni ser aceptado con prontitud por el hombre.

A la palabra de arriba corresponde la respuesta de abajo. Por eso delante del llamamiento de la salvación está el llamamiento a la penitencia: «Convertíos.» Antes hemos oído lo que significa este llamamiento a la penitencia. Tiene que cambiarse toda la vida. Según parece, sólo cuando esto haya sucedido, habrá ya llegado el reino. Entonces el tiempo futuro se trocará en tiempo presente, el acercamiento en la llegada; entonces estará presente lo que antes estaba cerca. ésta es como una ley de la actividad salvadora: Dios procede primero y viene antes, pero el hombre tiene que proceder en segundo lugar y ha de venir después. No hay llegada de Dios sin transformación de la vida, no hay reino de Dios sin destronar al hombre...

Los primeros discípulos (Mt 4,18-22)

18 Mientras iba caminando junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que estaban echando al mar una red de mano, pues eran pescadores. 19 Y les dice: Seguidme, y os haré pescadores de hombres. 20 Ellos, inmediatamente, dejaron las redes y lo siguieron.

El primer hecho que se nos da a conocer en san Mateo, no es un gran milagro, no es un hecho espectacular, sino algo muy discreto. Como de paso se cuenta que Jesús va caminando por la ribera del lago de Genesaret. Ve a dos pescadores que realizan su trabajo con pequeñas redes circulares de mano, evidentemente cerca de la orilla en aguas poco profundas. Se presenta a los dos hombres como si ya fueran conocidos: Simón lleva el sobrenombre de Pedro, es decir, «piedra», «roca». que también es en cierto modo el nombre de su cargo (En san Mateo se habla principalmente de «Simón Pedro», como le llamó la primitiva Iglesia. En san Marcos el mismo Jesús puso el sobrenombre: Jua_3:16; cf. Mat_16:18).). Además se dice que Andrés es su hermano.

En las listas de los apóstoles los dos están siempre al principio con la otra pareja de hermanos. Pedro siempre es el primero de la lista (Cf. Mat_10:2; Luc_6:14, en que Pedro y Andrés encabezan la lista; en Mar_3:16 s se citan los apóstoles por este orden: Simón, Santiago, Juan y Andrés; y en Hec_1:13 : Pedro, Juan, Santiago y Andrés). A Simón se le concede la distinción de ser el primero que fue llamados lo cual ya es una indicación de su posterior rango prominente. Lo siguiente se describe con tanta concisión, que hay que darse cuenta claramente de la magnitud del suceso. ¿Qué ocurre en este encuentro? No se saluda a nadie, no se conversa ni se da a conocer uno a otro, sino solamente se hace un llamamiento. Jesús llama a los dos pescadores, que están en el mar, con una palabra que suena como una orden: «Seguidme». Es una llamada que hay que imaginarse que se hizo en voz alta y que pudo oírse por encima del murmullo del agua. En seguida se añade el objetivo de la orden: Os haré pescadores de hombres. Deben seguir siendo lo que son: pescadores.

La profesión que han ejercido a lo largo de su vida, la podrán seguir ejerciendo. Pero ya no con el fin de sacar peces del agua para venderlos y obtener el alimento cotidiano de sus familias. Los pescadores de hombres ¿son gente que debe perseguir a hombres, cogerlos y llevárselos a su casa? Queda sin decidir con qué medios y con qué objetivo deben proceder así. Puede ser que Pedro y Andrés entonces y durante largo tiempo no tuvieran idea de ello. Sólo cuando Jesús los mandó a predicar (Mat_10:1 ss), debieron comprender más claramente esta profesión. Y con una claridad meridiana después de la resurrección de Jesús, cuando fueron enviados al mundo para enseñar a todos los pueblos (Mat_28:16-20). Pero aquí solamente se indica el tema: se traza a grandes rasgos su futuro camino. Este tendrá dos distintivos: «seguidme», es decir la adhesión incondicional a Jesús; «pescadores de hombres», es decir su misión en el mundo...

Los dos hermanos siguen al instante el llamamiento: Ellos, inmediatamente, dejaron las redes y lo siguieron. Los dos se van con Jesús, dejando el trabajo, el oficio cotidiano y también los compromisos con la mujer y con la familia, la vivienda y su tierra natal. Mucho más tarde, quizás años después de esta escena, Pedro pide una recompensa: «Pues mira: nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mat_19:27). Jesús ha querido que la renuncia y el desprendimiento de los bienes fueran una ley fundamental para sus discípulos: «Ninguno de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, puede ser mi discípulo» (Luc_14:33). No se dice: «se fueron con él», o «se asociaron a él», sino de una forma más significativa: lo siguieron. Con estas dos palabras no se dice sólo que le acompañaron, formaron una especie de grupo de viajeros o una peña de ayudantes, dispuestos a servirle. Son unas relaciones de seguimientos: él va delante, ellos van detrás; él dirige, ellos son dirigidos; él es el primero, ellos los que siguen. Desde un principio las relaciones entre ellos se han establecido así, y así ellos han vivido con estas relaciones cada vez más profundas hasta imitar a Jesús en el servicio, en la humillación, en las persecuciones, y también en la muerte...

21 Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos: Santiago, el de Zebedeo, y su hermano Juan que remendaban sus redes en la barca, con Zebedeo, su padre, y los llamó. 22 Ellos inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

Lo mismo se repite con otros dos hermanos: Santiago, el de Zebedeo y su hermano Juan. De ellos se dice que estaban ocupados con su padre en la barca limpiando y remendando las redes. El evangelista aquí aún se expresa más brevemente: «y los llamó», les dio voces, les mandó venir. Con el verbo llamar se alude a las mismas palabras que Jesús ha dicho a Simón y a Andrés (v. 19). Igual que los primeros, abandonan al instante su trabajo, «la barca y a su padre», y se van tras él.

No se indica lo que el padre ha pensado en este momento y cómo se ha explicado la conducta enigmática del que llamó a sus dos hijos y la partida de éstos. Todo está bajo el único llamamiento poderoso y apremiante del que lleno del Espíritu Santo, probado en el desierto, ahora ha dado a conocer el gran mensaje y procede con el poder de su cargo. ¿Por qué puede el evangelio informar primeramente del llamamiento de Jesús? ¿Cómo se relaciona esta información con el mensaje (que se acaba de pregonar) del cercano reino de Dios? Aquí empieza el reino de Dios en una medida desde luego muy módica. Son hombres muy sencillos, en cada caso de acuerdo con su procedencia y estado. No pertenecen a la capa social de los intelectuales o influyentes en el país y son pocos. Con ellos empieza Jesús y por así decir todo lo deposita en ellos. Ellos serán el fundamento, sobre el que debe levantarse la construcción. ¡Qué audacia!

Pero Jesús sabe que lo anunciado no puede fracasar. La decisión de Dios, su propia misión, son inapelables. La obra tendrá éxito, el edificio se levantará. ¿Se echa realmente de ver en esta llamada la libertad? ¿No quita Jesús a estos hombres cualquier posibilidad de ponderar y de reflexionar con prudencia, decidirse libremente y proceder sin influencia ajena? Ellos también hubiesen podido tomar otra decisión, rechazar el llamamiento como el joven rico (Mat_19:16-22), o hubiesen podido hacer objeciones cautelosas, como otros que fueron llamados (Mat_8:18-22). Pero ellos actúan instantánea y resueltamente. Eso solamente es posible si han vivido en una constante disposición para el llamamiento de Dios y su voluntad regia, sabiendo que Dios en cualquier tiempo puede reclamarlo todo y exigir cualquier servicio...

Pero además: aunque sean el principio del reino de Dios, con todo antes no han hecho penitencia ni han cambiado su vida. Las dos cosas están estrechamente enlazadas entre sí. Aquí se pone en claro que ha sido trazado un camino especial para aquellos a quienes más tarde se llama apóstoles. Para ellos el principio de su nueva vida no consiste solamente en una transformación de sus sentimientos y de su actividad, sino ante todo en el seguimiento del maestro. Para ellos el principio de la conversión está unido con la cercanía y solidaridad inmediatas con la vida de Jesús. En el curso del Evangelio llegamos a conocer muchas cosas sobre la manera como se perfecciona este principio, la disposición incondicional viene a parar en el seguimiento vivido, se ejercita diariamente en este grupo el cambio de mentalidad y la penitencia. Dios ha puesto para todos el mismo objetivo: su reino. Pero los caminos son distintos: «Y Dios puso en la Iglesia: primeramente, apóstoles; en segundo lugar, profetas; en tercer lugar, maestros... ¿Acaso son todos apóstoles? ¿Todos profetas? ¿Todos maestros?» (cf. 1Co_12:28 s). Cada uno tiene que conocer y seguir su camino, al cual ha sido llamado. Se tiene que estar dispuesto, como un corredor, que agazapado espera la señal de salida, teniendo ante los ojos la pista y dirigiendo la mirada a la cinta de la meta. Entonces el maestro puede llamar a los discípulos a donde él quiera.
(Trilling, W., Evangelio según San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

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Comentario Teológico: San Juan Pablo II - La penitencia o conversión

El término y el concepto mismo de penitencia son muy complejos. Si la relacionamos con metánoia, al que se refieren los sinópticos, entonces penitencia significa el cambio profundo de corazón bajo el influjo de la Palabra de Dios y en la perspectiva del Reino (Mt 4,17; Mc 1,15). Pero penitencia quiere también decir cambiar la vida en coherencia con el cambio de corazón, y en este sentido el hacer penitencia se completa con el de dar frutos dignos de penitencia (cf. Lc 3,8); toda la existencia se hace penitencia orientándose a un continuo caminar hacia lo mejor. Sin embargo, hacer penitencia es algo auténtico y eficaz sólo si se traduce en actos y gestos de penitencia. En este sentido, penitencia significa, en el vocabulario cristiano teológico y espiritual, la ascesis, es decir, el esfuerzo concreto y cotidiano del hombre, sostenido por la gracia de Dios, para perder la propia vida por Cristo como único modo de ganarla (Cf. Mt 16, 24-26; Mc 8, 34-36; Lc 9, 23-25); para despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo (cf. Ef 4,23); para superar en sí mismo lo que es carnal, a fin de que prevalezca lo que es espiritual (cf. 1Cor 3,1-20); para elevarse continuamente de las cosas de abajo a las de arriba donde está Cristo. La penitencia es, por tanto, la conversión que pasa del corazón a las obras y, consiguientemente, a la vida entera del cristiano.

En cada uno de estos significados penitencia está estrechamente unida a reconciliación, puesto que reconciliarse con Dios, consigo mismo y con los demás presupone superar la ruptura radical que es el pecado, lo cual se realiza solamente a través de la transformación interior o conversión que fructifica en la vida mediante los actos de penitencia.

(…)

El carisma y, al mismo tiempo, la originalidad de la Iglesia en lo que a la reconciliación se refiere, en cualquier nivel haya de actuarse, residen en el hecho de que ella apela siempre a aquella reconciliación fontal. En efecto, en virtud de su misión esencial, la Iglesia siente el deber de llegar hasta las raíces de la laceración primigenia del pecado, para lograr su curación y restablecer, por así decirlo, una reconciliación también primigenia que sea principio eficaz de toda verdadera reconciliación. (…)

De esta reconciliación habla la Sagrada Escritura, invitándonos a hacer por ella toda clase de esfuerzos; pero al mismo tiempo nos dice que es ante todo un don misericordioso de Dios al hombre. La historia de la salvación —tanto la de la humanidad entera como la de cada hombre de cualquier época— es la historia admirable de la reconciliación: aquella por la que Dios, que es Padre, reconcilia al mundo consigo en la Sangre y en la Cruz de su Hijo hecho hombre, engendrando de este modo una nueva familia de reconciliados.

La reconciliación se hace necesaria porque ha habido una ruptura —la del pecado— de la cual se han derivado todas las otras formas de rupturas en lo más íntimo del hombre y en su entorno.

Por tanto la reconciliación, para que sea plena, exige necesariamente la liberación del pecado, que ha de ser rechazado en sus raíces más profundas. Por lo cual una estrecha conexión interna viene a unir conversión y reconciliación; es imposible disociar las dos realidades o hablar de una silenciando la otra.

(…)

De los Pastores de la Iglesia se espera también una catequesis sobre la penitencia. También aquí la riqueza del mensaje bíblico debe ser su fuente. Este mensaje subraya en la penitencia ante todo su valor de conversión, término con el que se trata de traducir la palabra del texto griego metánoia (Cf. Mc 1, 4. 14; Mt 3, 2; 4, 17; Lc 3, 8), que literalmente significa cambiar radicalmente la actitud del espíritu para hacerlo volver a Dios. Son éstos, por lo demás, los dos elementos fundamentales sobresalientes en la parábola del hijo pródigo: el «volver en sí» (Lc 15,17) y la decisión de regresar al padre.

No puede haber reconciliación sin estas actitudes primordiales de la conversión; y la catequesis debe explicarlos con conceptos y términos adecuados a las diversas edades, a las distintas condiciones culturales, morales y sociales.

Es un primer valor de la penitencia que se prolonga en el segundo. Penitencia significa también arrepentimiento. Los dos sentidos de la metánoia aparecen en la consigna significativa dada por Jesús: «Si tu hermano se arrepiente ( = vuelve a ti), perdónale. Si siete veces al día peca contra ti y siete veces se vuelve a ti dicéndote: «Me arrepiento", le perdonarás» (Lc 17,3s). Una buena catequesis enseñará cómo el arrepentimiento, al igual que la conversión, lejos de ser un sentimiento superficial, es un verdadero cambio radical del alma.

Un tercer valor contenido en la penitencia es el movimiento por el que las actitudes precedentes de conversión y de arrepentimiento se manifiestan al exterior: es el hacer penitencia. Este significado es bien perceptible en el término metánoia, como lo usa el Precursor, según el texto de los Sinópticos (Mt 3, 2; Mc 1, 2-6; Lc 3, 1-6). Hacer penitencia quiere decir, sobre todo, restablecer el equilibrio y la armonía rotos por el pecado, cambiar dirección incluso a costa de sacrificio.

En fin, una catequesis sobre la penitencia, la más completa y adecuada posible, es imprescindible en un tiempo como el nuestro, en el que las actitudes dominantes en la psicología y en el comportamiento social están tan en contraste con el triple valor ya ilustrado. Al hombre contemporáneo parece que le cuesta más que nunca reconocer los propios errores y decidir volver sobre sus pasos para reemprender el camino después de haber rectificado la marcha; parece muy reacio a decir «me arrepiento» o «lo siento»; parece rechazar instintivamente, y con frecuencia irresistiblemente, todo lo que es penitencia en el sentido del sacrificio aceptado y practicado para la corrección del pecado. A este respecto, quisiera subrayar que, aunque mitigada desde hace algún tiempo, la disciplina penitencial de la Iglesia no puede ser abandonada sin grave daño, tanto para la vida interior de los cristianos y de la comunidad eclesial como para su capacidad de irradiación misionera.

 No es raro que los no cristianos se sorprendan por el escaso testimonio de verdadera penitencia por parte de los discípulos de Cristo. Está claro, por lo demás, que la penitencia cristiana será auténtica si está inspirada por el amor, y no sólo por el temor; si consiste en un verdadero esfuerzo por crucificar al «hombre viejo» para que pueda renacer el «nuevo», por obra de Cristo; si sigue como modelo a Cristo que, aun siendo inocente, escogió el camino de la pobreza, de la paciencia, de la austeridad y, podría decirse, de la vida penitencial.

De los Pastores de la Iglesia se espera asimismo —como ha recordado el Sínodo— una catequesis sobre la conciencia y su formación. También éste es un tema de gran actualidad dado que en los sobresaltos a los que está sujeta la cultura de nuestro tiempo, el santuario interior, es decir lo más íntimo del hombre, su conciencia, es muy a menudo agredido, probado, turbado y obscurecido. Para una sabia catequesis sobre la conciencia se pueden encontrar preciosas indicaciones tanto en los Doctores de la Iglesia, como en la teología del Concilio Vaticano II, especialmente en los Documentos sobre la Iglesia en el mundo actual y sobre la libertad religiosa. En esta misma línea el Pontífice Pablo VI intervino a menudo para recordar la naturaleza y el papel de la conciencia en nuestra vida. Yo mismo, siguiendo sus huellas, no dejo ninguna ocasión para hacer luz sobre esta elevada condición de la grandeza y dignidad del hombre, sobre esta «especie de sentido moral que nos lleva a discernir lo que está bien de lo que está mal... es como un ojo interior, una capacidad visual del espíritu en condiciones de guiar nuestros pasos por el camino del bien», recalcando la necesidad de formar cristianamente la propia conciencia, a fin de que ella no se convierta en «una fuerza destructora de su verdadera humanidad, en vez de un lugar santo donde Dios le revela su bien verdadero».

Asimismo, sobre otros puntos de no menor importancia para la reconciliación se espera la catequesis de los Pastores de la Iglesia.

Sobre el sentido del pecado, que —como he dicho— se ha atenuado no poco en nuestro mundo.

Sobre la tentación y las tentaciones el mismo Señor Jesús, Hijo de Dios, «probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4, 15) quiso ser tentado por el Maligno (Cf. Mt 4, 1-11; Mc 1, 12s.; Lc 4, 1-13), para indicar que, como Él, también los suyos serían sometidos a la tentación, así como para mostrar cómo conviene comportarse en la tentación. Para quien pide al Padre no ser tentado por encima de sus propias fuerzas (Cf. 1 Cor 10, 13) y no sucumbir a la tentación (Cf. Mt 6, 13; Lc 11, 4), para quien no se expone a las ocasiones, el ser sometido a tentación no significa haber pecado, sino que es más bien ocasión para crecer en la fidelidad y en la coherencia mediante la humildad y la vigilancia.

Sobre el ayuno que puede practicarse en formas antiguas y nuevas, como signo de conversión, de arrepentimiento y de mortificación personal y, al mismo tiempo, de unión con Cristo Crucificado, y de solidaridad con los que padecen hambre y los que sufren.

Sobre la limosna que es un medio para hacer concreta la caridad, compartiendo lo que se tiene con quien sufre las consecuencias de la pobreza.

Sobre el vínculo íntimo que une la superación de las divisiones en el mundo con la comunión plena con Dios y entre los hombres, objetivo escatológico de la Iglesia.

Sobre las circunstancias concretas en las que se debe realizar la reconciliación (en la familia, en la comunidad civil, en las estructuras sociales) y, particularmente, sobre la cuádruple reconciliación que repara las cuatro fracturas fundamentales: reconciliación del hombre con Dios, consigo mismo, con los hermanos, con todo lo creado.

La Iglesia tampoco puede omitir, sin grave mutilación de su mensaje esencial, una constante catequesis sobre lo que el lenguaje cristiano tradicional designa como los cuatro novísimos del hombre: muerte, juicio (particular y universal), infierno y gloria. En una cultura, que tiende a encerrar al hombre en su vicisitud terrena más o menos lograda, se pide a los Pastores de la Iglesia una catequesis que abra e ilumine con la certeza de la fe el más allá de la vida presente; más allá de las misteriosas puertas de la muerte se perfila una eternidad de gozo en la comunión con Dios o de pena lejos de Él. Solamente en esta visión escatológica se puede tener la medida exacta del pecado y sentirse impulsados decididamente a la penitencia y a la reconciliación.
(San Juan Pablo II, Exhortación Post-Sinodal Reconciliatio et Paenitentia, nº 4. 26, año 1984)

Por eso dice el Apóstol San Pablo: «Por Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios» (2Cor 5, 20).
«Nos gloriamos en Dios por Nuestro Señor Jesucristo, por quien recibimos ahora la reconciliación» (Rom 5, 11; cf. Col 1, 20)


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Santos Padres: San Gregorio Magno - El llamamiento a los primeros discípulos

1. Acabáis de oír, hermanos carísimos, cómo, a un solo llama­miento, Pedro y Andrés, abandonando las redes, siguieron al Re­dentor. Por cierto que todavía no le habían visto obrar milagro alguno, nada le habían oído referente al premio de la eterna recom­pensa, y, sin embargo, a una sola llamada del Señor dieron al olvi­do lo que parecían poseer.

¡Cuántos milagros suyos vemos nosotros, cuántas calamidades nos afligen, con cuán terribles amenazas nos aterran, y, con todo, nos negamos a seguirle a El que nos llama! Ya está sentado en los cielos el que nos aconseja la conversión. Ya ha sometido al yugo de la Ley la cerviz de los gentiles; ya se abatió la gloria del mundo y, con la ruina progresiva de éste, anuncia que se acerca el día de su severo juicio, ¡y, no obstante, nuestro espíritu soberbio no quiere todavía dejar voluntariamente lo que cada día va perdiendo contra su voluntad! ¿Qué es, pues, hermanos carísimos, lo que habremos de decir en su juicio los que ni a pesar de los preceptos nos aparta­mos del amor del presente siglo ni nos enmendamos, pese a los castigos?

2. Más tal vez alguno diga en sus callados pensamientos: ¿Qué es y cuánto lo que al llamamiento del Señor dejaron uno y otro pes­cador, que casi nada tenían? Pero en esto, hermanos carísimos, debemos atender al afecto más bien que al efecto. Mucho dejó quien nada retuvo para sí; mucho dejó quien, aunque poco, lo dejó todo. Nosotros, en cambio, poseemos con amor lo que tenemos y con el deseo requerimos lo que no poseemos. Mucho, por consiguiente, dejaron Pedro y Andrés, puesto que ambos dejaron los deseos de poseer; mucho dejaron los que con lo que poseían renunciaron también al apetito: tanto, pues, dejaron siguiéndole, cuando pudieron apetecer no siguiéndole. Por consiguiente, tampoco nadie, porque vea que algunos han dejado muchas cosas, diga dentro de sí mismo: Yo quiero imitar a los que desprecian este mundo, pero no tengo qué dejar. Mucho dejáis, hermanos, si renunciáis a los deseos terrenales; por insignificantes que sean nuestras cosas exteriores, bástanle al Señor, porque El atiende al corazón, no a la cosa, ni tiene en cuenta cuánto se le ofrece en sacrificio, sino con cuánto sacrificio.

Ahora bien, si atendemos a los bienes exteriores, ved que nues­tros santos mercaderes, dando las redes y la barca, mercaron la vida perpetua de los ángeles. Cierto que el reino de Dios no es propia­mente estimable en precio; mas, con todo, vale tanto cuanto tienes. En efecto, a Zaqueo (Lc 19) le costó la mitad de su hacienda, por­que reservó la otra mitad para restituir cuadruplicado lo que injus­tamente retenía; a Pedro y Andrés les costó las redes y la barca; a la viuda, los dos pequeños cornadillos; al otro, un vaso de agua fría...; así es que, como hemos dicho, el reino de Dios vale tanto cuanto tienes. Considerad, pues, hermanos, qué cosa hay más barata cuando se compra y qué cosa hay más cara cuando se posee.

Pero tal vez ni se dispone de un vaso de agua fría para ofrecerle al indigente; pues aun en este caso la palabra divina nos promete seguridad, ya que, cuando nacía el Redentor, aparecieron los án­geles del cielo clamando (Lc 2, 14): Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. A los ojos de Dios nunca está la mano vacía de don si el arca del corazón está llena de buena voluntad; que por eso dice el Salmista (Sal 55, 12): A mi cuidado quedan, ¡oh Dios!, los votos que te hice, y que cumpliré cantando tus alabanzas; como si claramente dijera: Aunque exte­riormente no tengo dones que ofrecerte, sin embargo, dentro de mí hallo el que ofrezco en aras de tu alabanza, ya que tú no te alimentas con lo que te damos, sino que te aplacas mejor con la ofrenda del corazón.

En efecto, para Dios no hay ofrenda más rica que la buena vo­luntad; y la buena voluntad consiste en tener como nuestra la adver­sidad del prójimo; en gozarnos de la prosperidad del prójimo como de ganancia nuestra; en tener por nuestros los daños ajenos; en considerar como nuestras las ventajas ajenas; en amar al prójimo, no por el mundo, sino por Dios, y asimismo en soportar al prójimo con amor; en no querer hacer a otro lo que no quieres que te ha­gan; en no negar a otro lo que deseas que justamente te dispensen a ti; en socorrer la necesidad del prójimo, no sólo según tus fuerzas, sino querer aprovecharle aún más de lo que puedes.

¿Qué holocausto hay más completo que éste, cuando, por esto que se inmola a Dios en el altar del corazón, se inmola el alma a si misma? Pero este sacrificio de la buena voluntad nunca se ofrece plenamente a Dios mientras no se abandone del todo el apetito de este mundo, porque todo lo que en él amamos, todo eso en realidad envidiamos al prójimo, por parecernos que nos falta lo que otro consigue; y como siempre está en desacuerdo la envidia con la buena voluntad, en cuanto aquélla se apodera del alma, la buena voluntad se ausenta.

Por lo cual, los predicadores santos, para poder amar con perfección a los prójimos, han procurado no amar cosa alguna en este siglo; jamás apetecen nada, ni tampoco poseer cosa alguna con el afecto. Mirando atento a los cuales, Isaías dice (Is 6o, 8): “¿Quiénes son esos que vuelan como nubes y como las palomas a sus ventanas? Los vio, en efecto, despreciar las cosas de la tierra y llegarse con el espíritu a las celestiales, llover con palabras y relampaguear con mi­lagros; y como la santa predicación y la vida sobrenatural los habían levantado sobre las contaminaciones terrenas, llámalos palomas y nu­bes que vuelan.

Pues bien: los ojos son nuestras ventanas, porque por ellos ve el alma lo que exteriormente apetece; y la paloma es un animal sen­cillo, sin hiel de malicia; por tanto, son palomas a sus ventanas los que nada de este mundo apetecen, los que miran sin malicia todas las cosas y no se dejan llevar del deseo de arrebatar lo que ven con sus ojos.

En consecuencia, hermanos carísimos, ya que celebramos el na­talicio del apóstol San Andrés, debemos imitar a quien rendimos culto. La solemnidad del alma muestre el obsequio de nuestra cons­tante devoción; despreciemos lo terreno: dejando las cosas tempo­rales, mercaremos las eternas. Mas, si todavía no podemos dejar las propias, al menos no apetezcamos las ajenas; si nuestra alma no arde aún con el fuego de la caridad, refrene su ambición con el te­mor, a fin de que, manteniéndose en el camino de su progreso y re­primiendo el apetito de las cosas ajenas, llegue algún día a despre­ciar las propias, con la ayuda de Nuestro Señor Jesucristo, etc.
(SAN GREGORIO MAGNO, Homilías sobre el Evangelio, Homilía V, BAC Madrid 1958, p. 553-55)


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Aplicación: P. Lic. José A. Marcone, I.V.E. - El núcleo del mensaje de Jesús (Mt 4,12-23)

Introducción
El evangelio que la Iglesia nos propone para este tercer domingo del Tiempo Ordinario tiene tres partes bien diferenciadas. La primera, del versículo 12 al versículo 16, explica que el hecho que Jesús abandone el territorio de Judea y se dirija al territorio de Galilea no es un hecho fortuito sino un hecho que tiene una gran densidad teológica. La gran densidad teológica que tiene este acto, que pareciera un simple acto de movimiento local, está encerrada en la causa de este movimiento hacia Galilea: el hecho de que Juan Bautista haya sido entregado y una profecía de Isaías referente al Mesías.

La segunda parte está constituida por el versículo 17 y consiste en el resumen de todo el mensaje de Jesús: la llegada del Reino de Dios y la necesidad de conversión para entrar en él. Este mensaje de Jesús puede complementarse con la narración del mismo hecho realizada por San Marcos. En esta narración San Marcos agrega: “Crean en el Evangelio” (Mc 1,15).

La tercera parte, del versículo 18 al versículo 23, narra el llamado que Jesús hace a Pedro y Andrés, y a de Santiago y Juan para que lo sigan en su mismo camino y en su mismo destino.

No cabe duda que la intención de la Iglesia al presentarnos este evangelio casi al inicio del año litúrgico es presentar el inicio de la obra apostólica de Cristo y el núcleo de su mensaje, es decir, la aceptación de su predicación, que es el evangelio, y la entrada en él a través de la conversión. Las vocaciones de Pedro y Andrés, y de Santiago y Juan tienen, en este caso, la función de ilustrar qué significa aceptar la predicación de Cristo e iniciar el camino de conversión.

Por esta razón, el núcleo del evangelio de hoy y, por lo tanto, aquello sobre lo cual la Iglesia quiere que prediquemos en nuestra homilía dominical, es el versículo 17, el anuncio o kerygma de Jesucristo: la llegada del Reino, la necesidad de creer en el Evangelio y la necesidad de la conversión para salvarse.

Un indicio importante y que confirma lo dicho en el último párrafo es la primera lectura, tomada de Isaías, capítulo ocho. Se trata, precisamente, del texto citado por San Mateo en el evangelio. De esta manera, la Iglesia está indicando y subrayando que la ida de Jesús a Galilea tiene una portada teológica importante y debe mencionarse y explicarse en el sermón. Esta conclusión que acabamos de hacer es consecuencia de lo dicho en los Praenotanda de la Ordenación de las Lecturas de la Misa en el nº 67. Éste número es una indicación preciosísima para la confección de todo sermón dominical: “En los domingos del tiempo ordinario, (…) la lectura del Antiguo Testamento se compone armónicamente con el Evangelio”, cosa que no sucede con la segunda lectura, tomada siempre del Apóstol Pablo, que se selecciona siguiendo el criterio de una lectura semi-continua. Por lo tanto, en los domingos del tiempo ordinario, la lectura del Antiguo Testamento (la primera lectura) será siempre una indicación acerca de en qué punto del evangelio quiere la Iglesia que se ponga el acento.

Otra confirmación de esta voluntad de la Iglesia de que se predique acerca del valor teológico de la ida de Jesús a Galilea y del kerygma de Jesús la tenemos en la forma breve que la Iglesia propone del mismo evangelio de hoy, en la que se omiten los versículos del 18 al 23.

Por lo tanto, la predicación ideal para este domingo debiera constar de un punto introductorio donde se explicara la importancia teológica de la ida de Jesús a Galilea; un punto central donde se explicara en qué consiste el mensaje esencial de Jesucristo y, ulterior y opcionalmente, un punto final donde se explique cómo ese mensaje de Jesucristo es aceptado y obedecido en las personas de Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Es lo que trataremos de hacer en este sermón.

1. Importancia teológica de la ida de Jesús a Galilea

N. S. Jesucristo inició su vida pública en diciembre del año 778 de la fundación de Roma (Urbe condita = U.c.). Su vida pública se articuló en tres etapas bien marcadas. La primera, desde diciembre del 778 U.c. hasta diciembre del 779 U.c. Esta primera etapa es una etapa introductoria a toda su obra donde va a tratar de señalar la distinción que hay entre el AT que se acaba y el NT que comienza. Esta etapa se desarrolla, fundamentalmente, en el territorio de Judea.

La segunda etapa es la etapa central. Dura 21 meses, desde enero del 780 U.c. hasta septiembre del 781 U.c. Durante esta etapa Jesucristo realiza el núcleo de todas las revelaciones más importantes y organiza la Iglesia Católica. Esta etapa se desarrolla, fundamentalmente, en Galilea. A esta etapa la podríamos llamar fundamental y fundacional.

La tercera etapa abarca los últimos siete meses de su vida, hasta antes de la Semana Santa. Se extiende desde octubre del 781 U.c. hasta abril del 782 U.c. Jesús muere el 8 de abril del 782 U.c. Esta etapa se desarrolla al modo de una subida permanente desde Galilea hasta Jerusalén, es decir, al modo de un viaje desde Galilea hacia las alturas de Judea, culminando con la muerte en cruz en el Gólgota. Esta etapa representa un caminar con absoluta decisión hacia el destino que, como profeta, le espera: morir en Jerusalén clavado en la cruz.

Con esta explicación ya nos podemos dar cuenta de la importancia que tiene el evangelio de hoy cuando habla de la ida de Jesús a Galilea: se trata del momento en que Jesús se dispone a afrontar la obra central de su trabajo apostólico; se trata del inicio de su obra fundamental y fundacional, luego del período preparatorio y antes de su culminación, es decir, antes de su muerte en cruz, resurrección y ascensión a los cielos. Se trata de la etapa donde desarrollará toda su doctrina, donde terminará de formar la comunidad de los discípulos y donde consolidará la estructura de aquella comunidad salvífica, aquella comunidad en la cual se da la salvación, es decir, la Iglesia.

Son cuatro las razones que hacen de la ida a Galilea por parte de Jesús un acontecimiento teológico. En primer lugar, se trata de una determinación divina, cosa que queda demostrada por la profecía del profeta Isaías citada en el mismo texto de San Mateo. En segundo lugar, es el Espíritu Santo el que empuja a Cristo a ir a Galilea (Lc 4,14). En tercer lugar, porque está motivada por el hecho de Juan Bautista ha sido entregado para dar, con su sangre, testimonio de Cristo (Mt 4,12). En cuarto lugar, porque está motivado también por la persecución que Jesús comienza a sufrir por parte de las autoridades de la Sinagoga, quienes tienen envidia a causa de las vocaciones que siguen a Jesús. En efecto, dice el evangelio de San Juan para explicar la ida de Jesús a Galilea: “Cuando Jesús se enteró de que había llegado a oídos de los fariseos que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan, (…) abandonó Judea y se fue a Galilea” (Jn 4,1.3).

Pero va a ser San Lucas quien, en su obra evangélica completa, es decir, en su evangelio y en los Hechos de los Apóstoles considerados como un todo, va a señalar un recorrido que al mismo tiempo que es geográfico, es teológico. Luego de presentar los inicios de la vida pública de Jesús en el territorio de Judea, junto al río Jordán (Lucas, capítulo 3), hace notar que es el mismo Espíritu Santo el que lo empuja a ir a Galilea: “Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región” (Lc 4,14). Luego de terminar su obra en Galilea, luego de haber revelado toda su doctrina y haber fundado y organizado su Iglesia, Lucas señala que Jesucristo subirá a Jerusalén para morir allí: “Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén” (Lc 9,51). A partir de ese versículo hasta su muerte, Lucas narrará todos los hechos de Jesús como en una subida hacia Jerusalén que culminará con su muerte en cruz en la ciudad santa.

Y luego, en los Hechos de los Apóstoles, Lucas narra que la Iglesia huye de Jerusalén y llega a Siria, más exactamente, Antioquía: “Los que se habían dispersado cuando la tribulación originada a la muerte de Esteban, llegaron en su recorrido hasta Fenicia, Chipre y Antioquía (…). La mano del Señor estaba con ellos, y un crecido número recibió la fe y se convirtió al Señor. La noticia de esto llegó a oídos de la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía. Cuando llegó y vio la gracia de Dios se alegró y exhortaba a todos a permanecer, con corazón firme, unidos al Señor (…). En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de «cristianos»” (Hech 11,19. 21-23. 26). Y luego, Lucas, también en los Hechos de los Apóstoles, narrará cómo San Pablo lleva el evangelio a Roma (Hech 28,23-30).

Para San Lucas, entonces, hay un designio divino en el camino geográfico que recorrió el evangelio y la gracia divina. Por tanto, la correlación geográfica en la vida de Jesucristo y de toda la Iglesia tiene un valor teológico muy importante. Para San Lucas, el Evangelio, que se inicia con la predicación de Jesucristo, recorre un camino ‘misionero’ y de expansión universal: parte de Galilea y va a Jerusalén; de Jerusalén se extiende hacia Siria; y de Siria va a Roma, alcanzando así el corazón del mundo entero. Es Cristo el que lleva el Evangelio de Galilea a Jerusalén. Es Pedro el que lleva el Evangelio de Jerusalén a Siria. Es Pablo el que lleva el Evangelio de Siria a Roma.

2. El kerygma o anuncio de Jesucristo

Lo primero que hace Jesucristo al llegar a Galilea para iniciar su obra fundamental y fundacional es proclamar el núcleo del mensaje salvífico, hacer el anuncio de la verdad que salvará al hombre: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mt 4,17). O de una manera más completa, según lo expresa San Marcos: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15).

Que el Reino de Dios está cerca significa que llegó el momento en que se cumplen todas las promesas del Antiguo Testamento, es decir, la llegada del Rey Mesías que, a su vez, es Dios hecho hombre, el Verbo hecho carne, el Verbo Encarnado. Ha llegado, por tanto, el momento del juicio de este mundo, en que el hombre debe optar por la verdad revelada por Jesucristo, verdad que es la buena noticia o evangelio (evangelio significa ‘buena noticia’) de que el hombre puede ser salvado si se adhiere con mente y corazón a Cristo.

Pero para esto es absolutamente necesaria la conversión. El verbo que usa San Mateo para expresar esta conversión es, en el griego original, metanoeîte. Proviene del verbo metanoéo, que a su vez proviene del sustantivo metánoia. El sustantivo metánoia está formado por la preposición metá, que significa ‘después de’; y el sustantivo noûs, que significa ‘mente’ o ‘alma’. Por lo tanto, el sustantivo metánoia significa ‘la mente que viene después de’, es decir, ‘la mente nueva’. Por lo tanto, el sustantivo metánoia y el verbo metanoeîte que proviene de ella significan un cambio radical de mente.

No significan, como dicen algunos diccionarios, el cambio de opinión. Como si convertirse fuera simplemente reconocer que hubo un error de apreciación y luego se lo corrige cambiando de opinión. No. Significa la renovación completa de la mente. Como bien dice un diccionario, la conversión (metánoia – metanoéo) significa “un cambio de vida, basado en un cambio completo de actitud y de pensamiento en lo relativo al pecado y la rectitud”. Y también “el arrepentimiento, cambio de mentalidad que resulta en un cambio del estilo de vida”.

Por lo tanto, el mensaje central de Cristo es que el hombre debe aceptar plenamente que Él es Dios hecho hombre y obedecer, a través de un cambio radical de mentalidad, los diez mandamientos, que se resumen en el mandamiento del amor: “Ámense los unos a los otros como yo los amé”.

Conversión “significa el cambio profundo de corazón bajo el influjo de la Palabra de Dios y en la perspectiva del Reino (Mt 4,17; Mc 1,15)”.

Conversión “significa también, en el vocabulario cristiano teológico y espiritual, la ascesis, es decir, el esfuerzo concreto y cotidiano del hombre, sostenido por la gracia de Dios, para perder la propia vida por Cristo como único modo de ganarla (Cf. Mt 16, 24-26; Mc 8, 34-36; Lc 9, 23-25); para despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo (cf. Ef 4,23); para superar en sí mismo lo que es carnal, a fin de que prevalezca lo que es espiritual (cf. 1Cor 3,1-20); para elevarse continuamente de las cosas de abajo a las de arriba donde está Cristo”.

“Conversión es el término con el que se trata de traducir la palabra del texto griego metánoia (Cf. Mc 1, 4. 14; Mt 3, 2; 4, 17; Lc 3, 8), que literalmente significa cambiar radicalmente la actitud del espíritu para hacerlo volver a Dios. Son éstos, por lo demás, los dos elementos fundamentales sobresalientes en la parábola del hijo pródigo: el «volver en sí» (Lc 15,17) y la decisión de regresar al padre”.

Conversión “significa también arrepentimiento. (…) El arrepentimiento, al igual que la conversión, lejos de ser un sentimiento superficial, es un verdadero cambio radical del alma”.

Conclusión

Todos nosotros estamos llamados a la conversión. No hay ninguno de nosotros que pueda considerarse excluido de la necesidad de conversión. Uno de los santos más grandes de toda la historia del cristianismo, San Juan Pablo Magno, pedía, en la Encíclica “Ut unum sint”, que se rece por su conversión. Decía textualmente: “El Obispo de Roma en primera persona debe hacer propia con fervor la oración de Cristo por la conversión, que es indispensable a «Pedro» para poder servir a los hermanos. Pido encarecidamente que participen de esta oración los fieles de la Iglesia católica y todos los cristianos. Junto conmigo, rueguen todos por esta conversión”. Si Juan Pablo II consideraba que estaba en camino de conversión, ¿qué debemos pensar nosotros de nosotros mismos?

Habrá quien debe hacer la conversión primaria, es decir, recuperar la gracia santificante perdida. Esto debe hacerse a través del Sacramento de la Reconciliación, es decir, la Confesión con un sacerdote católico. E iniciar un camino de conversión dando un vuelco radical a su vida, haciendo lo que indica la metánoia: un cambio radical de mentalidad que debe manifestarse en toda la conducta moral.

Habrá quienes deben trabajar asiduamente para alcanzar la segunda y tercera conversión, es decir, aquellas conversiones que llevan al alma al camino de perfección.

Pidámosle esa gracia a la Virgen María.

Notas
Les dice Jesús en Hech 1,8, antes de ascender a los cielos: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.
Swanson, nº 3567, en Multiléxico Griego, nº 3341.
San Juan Pablo II, Exhortación Post-Sinodal Reconciliatio et Paenitentia, 1984, nº 4.
Ibidem.
Idem, nº 26.
Ibidem.
San Juan Pablo II, Encíclia Ut unum sint, 1995, nº 4.

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Aplicación: S.S. Francisco p.p. - Nadie está excluido de la salvación de Dios

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo relata los inicios de la vida pública de Jesús en las ciudades y en los poblados de Galilea. Su misión no parte de Jerusalén, es decir, del centro religioso, centro incluso social y político, sino que parte de una zona periférica, una zona despreciada por los judíos más observantes, con motivo de la presencia en esa región de diversas poblaciones extranjeras; por ello el profeta Isaías la indica como «Galilea de los gentiles» (Is 8, 23).

Es una tierra de frontera, una zona de tránsito donde se encuentran personas diversas por raza, cultura y religión. La Galilea se convierte así en el lugar simbólico para la apertura del Evangelio a todos los pueblos. Desde este punto de vista, Galilea se asemeja al mundo de hoy: presencia simultánea de diversas culturas, necesidad de confrontación y necesidad de encuentro. También nosotros estamos inmersos cada día en una «Galilea de los gentiles», y en este tipo de contexto podemos asustarnos y ceder a la tentación de construir recintos para estar más seguros, más protegidos. Pero Jesús nos enseña que la Buena Noticia, que Él trae, no está reservada a una parte de la humanidad, sino que se ha de comunicar a todos. Es un feliz anuncio destinado a quienes lo esperan, pero también a quienes tal vez ya no esperan nada y no tienen ni siquiera la fuerza de buscar y pedir.

Partiendo de Galilea, Jesús nos enseña que nadie está excluido de la salvación de Dios, es más, que Dios prefiere partir de la periferia, de los últimos, para alcanzar a todos. Nos enseña un método, su método, que expresa el contenido, es decir, la misericordia del Padre. «Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20). Jesús comienza su misión no sólo desde un sitio descentrado, sino también con hombres que se catalogarían, así se puede decir, «de bajo perfil». Para elegir a sus primeros discípulos y futuros apóstoles, no se dirige a las escuelas de los escribas y doctores de la Ley, sino a las personas humildes y a las personas sencillas, que se preparan con diligencia para la venida del reino de Dios. Jesús va a llamarles allí donde trabajan, a orillas del lago: son pescadores. Les llama, y ellos le siguen, inmediatamente. Dejan las redes y van con Él: su vida se convertirá en una aventura extraordinaria y fascinante.

Queridos amigos y amigas, el Señor llama también hoy. El Señor pasa por los caminos de nuestra vida cotidiana. Incluso hoy, en este momento, aquí, el Señor pasa por la plaza. Nos llama a ir con Él, a trabajar con Él por el reino de Dios, en las «Galileas» de nuestros tiempos. Cada uno de vosotros piense: el Señor pasa hoy, el Señor me mira, me está mirando. ¿Qué me dice el Señor? Y si alguno de vosotros percibe que el Señor le dice «sígueme» sea valiente, vaya con el Señor. El Señor jamás decepciona. Escuchad en vuestro corazón si el Señor os llama a seguirle. Dejémonos alcanzar por su mirada, por su voz, y sigámosle. «Para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz» (ibid., 288).

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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - El Reino de Dios ha llegado(Mt 4,12-23)

Decimos en el Padre nuestro: “venga a nosotros tu Reino” y en este Evangelio dice Jesús “el Reino de los Cielos ha llegado”.
Jesús se refiere al Reino de los Cielos que Él fundó cuando estuvo entre nosotros y que se perpetúa en la Iglesia. Nosotros pedimos en el “Padre nuestro” que venga el Reino definitivo, la consumación del Reino y su plenitud que será en la Parusía, en la segunda venida del Señor.

El Reino fundado por Cristo no tendrá fin. Ha tenido comienzo en este mundo y se perpetuará en los cielos nuevos y la tierra nueva en la Jerusalén celestial.

Jesús dedicó su predicación al Reino que venía a instaurar: parábola del Sembrador. Jesús quiere que en su Reino se reconozca la soberanía de Dios y de su Mesías; pero, para esto y en esto, va a seguir la predicación de su Precursor, es necesaria la conversión.

Hay que humillarse para reconocer en todo que somos criaturas inclinadas al pecado y que necesitamos de Cristo para sanarnos y reconocer también la majestad y bondad del Padre. Sólo los que se hacen como niños en su corazón pueden entrar en el Reino de Jesús. El Reino crece lentamente en nosotros y fuera de nosotros, crece como la levadura que fermenta la masa, como el grano de mostaza y va produciendo maravillas.

Pertenecen al Reino los que imitan a Jesús. Los que aman a Dios por sobre todo y al prójimo como a sí mismo, los que aman incluso a los enemigos, los pobres de espíritu, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos, los perseguidos, los mansos, los que buscan la santidad.

El Reino vale más que todas nuestras cosas. Jesús dice que es como un tesoro escondido, como una perla preciosa. Que por entrar en él hay que abandonar nuestros apegos y todo lo que nos impide alcanzarlo.

El Reino implica crucifixión, al menos en su etapa temporal, y servicio, ofrecimiento por los demás con disposición a dar la vida si es necesario por ellos.

El Reino no se alcanza sólo a fuerza de brazos, aunque hay que hacerse violencia para alcanzarlo. El Reino es don de Dios, pero el hombre tiene que disponerse para alcanzar este don. Se dispone escuchando la predicación del Reino y entregando su corazón a la Palabra.

El Reino de Dios implica un empeño en cumplir la Voluntad de Dios.

En el Reino de Dios, aquí abajo, hay buenos y malos mezclados; aunque solo pertenecen realmente a Él los buenos. Hay muchos que sólo nominalmente se encuentran en Él. Así será hasta la consumación, en que no habrá lugar a engaños ni hipocresías y en él sólo los buenos pertenecerán al Reino.

Permanentemente debemos examinarnos sobre nuestra pertenencia real al Reino. El mejor examen será confrontarnos con Jesús. Es Él el que ha fundado el Reino y ha dado sus leyes. Las ha enseñado y las ha vivido. El ha entregado su vida por el Reino y lo ha fundamentado en su sangre derramada. Él nos invita a pertenecer a su Reino y a imitar su vida. El Reino de Dios es la civilización del amor. En él hay una única ley, la ley del amor. Amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo y amor al prójimo hasta la entrega de la propia vida.

La extensión del Reino es tarea de todos los cristianos. Todo cristiano debe querer que Cristo reine en la sociedad y en cada uno de los hombres porque sabe que Jesús es el único Salvador.

Si los hombres constituimos la sociedad y Cristo ha muerto por cada hombre, “me amó y se entregó a sí mismo por mí”, todos los hombres debemos a Cristo nuestra salud y por tanto, también la sociedad constituida por los hombres debe a Cristo su salud.

¿Podemos desconocer a Cristo y su Reino? Podemos no quererlo, pero es un rechazo a la verdad. “Cristo es la Verdad” y no se puede negar la verdad sin malicia pudiendo conocerla. La negación que hace la sociedad de la reyesía de Cristo se da primero en el hombre y sobre todo en los dirigentes. Negar a Cristo es negar la verdad.

Los cristianos debemos reconocer y defender la reyesía de Cristo sobre la sociedad y sobre cada uno de los hombres. No podemos negar la reyesía en ningún aspecto. Si Cristo murió por el hombre, para ser su rey, la sociedad y la cultura debe reconocerlo. Porque la sociedad, está formada por hombres y la cultura es la manifestación del hombre.

Los cristianos debemos querer que el Reino de Cristo venga ya, que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo, que su Reino se extienda a todos los hombres, y por eso, debemos rechazar todas las ideas y pensamientos contrarios a la ley de Cristo, escritas en el Evangelio. ¡Cuántas enseñanzas anticristianas se oyen por los altavoces! No hay que escucharlas. La enseñanza de Cristo permanece para siempre “el cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán”, porque Cristo es el mismo “hoy, ayer y siempre”.

Cantamos en un canto eucarístico “Cristo en todas las almas y en el mundo la paz”. Ese es el Reino de Cristo, el que se establece primero en cada hombre y desde allí sale fuera impregnando todo el quehacer del hombre. Esta es la verdadera paz, la del Reino de Cristo, que no es mera ausencia de guerra sino “tranquilidad por una conciencia pura” que se manifiesta en el amor al prójimo.

Todos los cristianos debemos reconocer y extender el Reino de Cristo y esto, principalmente, con una vida de cumplimiento de la voluntad de Dios, imitando a Cristo. ¿Cómo voy a extender el Reino? Portándome bien y dando buen ejemplo, haciendo lo que debo hacer, realizando la voluntad de Dios en mí, que no siempre coincide con lo que yo quiero o me apetece. Muchas veces lo que me apetece, es contrario a lo que Dios quiere. El dejarse llevar por lo que nos apetece sin tener en cuenta lo que Dios quiere, es una ley mundana, naturalista y animal, porque el hombre debe regirse por su razón y el cristiano, por su razón iluminada por la fe.

Y hacer lo que debo hacer no es poco. Al menos soy un puntal en la correntada del mundo, del cual, quizá pueda alguno asirse, o al menos, pensar en el vaivén y torbellino del agua fangosa que hay estacas inconmovibles todavía, que hay otras opciones más estables y seguras, que hay modelos y personalidades firmes que no hacen lo que la mayoría. Y esto lleva a la admiración en algunos, o a la simple interrogación en otros…

Cristo además elige a algunos especialmente para vivir con Él, para imitarlo de más cerca y para extender el Reino, para ser “pescadores de hombres”. El relato evangélico nos presenta a los cuatro primeros apóstoles: Pedro, Andrés, Santiago y Juan, llamados de pescadores de peces a pescadores de hombres.

¿Para qué pescar hombres? Para el Reino. ¿No es un engaño la pesca? ¿No es una trampa que coarta la libertad porque saca de un ambiente natural a un ámbito artificial?

La pesca del hombre tiene su anzuelo y su carnada. El anzuelo es la cruz y la carnada es la gloria eterna. Lo que motiva a abrazar el Reino es ver a Dios, pero para ver a Dios es necesario crucificarse. A los hombres se les presenta el fin, pero se les aclara el medio doloroso. Nunca está la carnada sin el anzuelo sino los peces no pueden atraparse, para llevarlos a un estado de felicidad. La pura carnada sería un engaño para el pez, pues su vida seguiría siendo la misma, pero sin tanto trabajo y sería un engaño para el pescador, que impediría al pez pasar a un estado superior. En la vida del pez no hay desorden, en la vida mundana el hombre perece y sacarlo de esa vida es darle la vida verdadera.

El Reino de Cristo en la tierra se continúa en el cielo, se plenifica en el cielo.

Para atraer al Reino hay que hablar del Reino como vida y una vez en Él hay que enseñar que hay que morir para vivir para siempre. En el Reino se vive por la fe, que es muerte. Muerte a la vida natural e incluso muerte a la vida racional, no por homicidio, sino por superación.

Jesús sigue llamando a hombres para pescar a otros hombres. Deben dejarlo todo para trabajar en el Reino, como todo hombre debe dejar todo para conseguir el Reino. A los apóstoles como a todo religioso de profesión se les pide la renuncia a todo, efectivamente, por Dios. Ese todo incluye la pobreza “el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” y por eso el religioso vive de la Providencia que se encarna en su superior que le provee a sus necesidades, si es que la Providencia le da al superior para que provea en ese caso o el superior considera ser la voluntad de Dios darle lo que se le pide.

La castidad por la que el religioso renuncia a la vida matrimonial y a toda relación en orden al matrimonio para vivir sólo para Dios, por eso excluye todas aquellas cosas que podrían llevarlo a familiaridades desordenadas o peligrosas con personas que lo harían perder la unicidad de su entrega.

Y la obediencia por la cual renuncia a la propia voluntad para hacer la voluntad de Dios. Voluntad que también está manifestada en la obediencia al superior legítimo. El religioso renuncia a todo lo que le apetece para hacer lo que Dios quiere, obedeciendo a su superior. En la obediencia está la esencia de la vida religiosa.

La vida de los apóstoles está abocada a la extensión del Reino, extensión que se da por la pesca del hombre, no coactivamente sino libremente, presentando el mensaje evangélico, el Reino predicado por Jesús, para que lo abrace el que quiera, para que se deje pescar el que quiera vivir una nueva vida, la vida de los hijos del Reino.

La vida comunitaria de los religiosos es una asociación libre que conforman aquellos que tienen el mismo oficio. Comunión con Cristo y entre ellos en una tarea común: la extensión del Reino. Vida común que alienta y salvaguarda la profesión hecha a Dios de entregar la vida toda por Dios y por los hermanos para alcanzar la vida eterna.


Lc 1, 33; Mt 16, 18
1 P 3, 13
Ap 21
Mt 13, 3-8
Cf. Jsalén. a Mt 4, 17
Mt 3, 2
Cf. Mc 4, 26-29
Mt 7, 21
Ga 3, 20

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Aplicación: SS Benedicto XVI - El inicio de la misión pública de Cristo

Queridos hermanos y hermanas:
En la liturgia de hoy el evangelista san Mateo, que nos acompañará durante todo este año litúrgico, presenta el inicio de la misión pública de Cristo. Consiste esencialmente en el anuncio del reino de Dios y en la curación de los enfermos, para demostrar que este reino ya está cerca, más aún, ya ha venido a nosotros. Jesús comienza a predicar en Galilea, la región en la que creció, un territorio de "periferia" con respecto al centro de la nación judía, que es Judea, y en ella, Jerusalén. Pero el profeta Isaías había anunciado que esa tierra, asignada a las tribus de Zabulón y Neftalí, conocería un futuro glorioso: el pueblo que caminaba en tinieblas vería una gran luz (cf. Is 8, 23-9, 1), la luz de Cristo y de su Evangelio (cf. Mt 4, 12-16).

El término "evangelio", en tiempos de Jesús, lo usaban los emperadores romanos para sus proclamas. Independientemente de su contenido, se definían "buenas nuevas", es decir, anuncios de salvación, porque el emperador era considerado el señor del mundo, y sus edictos, buenos presagios. Por eso, aplicar esta palabra a la predicación de Jesús asumió un sentido fuertemente crítico, como para decir: Dios, no el emperador, es el Señor del mundo, y el verdadero Evangelio es el de Jesucristo.

La "buena nueva" que Jesús proclama se resume en estas palabras: "El reino de Dios —o reino de los cielos— está cerca" (Mt 4, 17; Mc 1, 15). ¿Qué significa esta expresión? Ciertamente, no indica un reino terreno, delimitado en el espacio y en el tiempo; anuncia que Dios es quien reina, que Dios es el Señor, y que su señorío está presente, es actual, se está realizando.

Por tanto, la novedad del mensaje de Cristo es que en él Dios se ha hecho cercano, que ya reina en medio de nosotros, como lo demuestran los milagros y las curaciones que realiza. Dios reina en el mundo mediante su Hijo hecho hombre y con la fuerza del Espíritu Santo, al que se le llama "dedo de Dios" (cf. Lc 11, 20). El Espíritu creador infunde vida donde llega Jesús, y los hombres quedan curados de las enfermedades del cuerpo y del espíritu. El señorío de Dios se manifiesta entonces en la curación integral del hombre. De este modo Jesús quiere revelar el rostro del verdadero Dios, el Dios cercano, lleno de misericordia hacia todo ser humano; el Dios que nos da la vida en abundancia, su misma vida. En consecuencia, el reino de Dios es la vida que triunfa sobre la muerte, la luz de la verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia y de la mentira.

Pidamos a María santísima que obtenga siempre para la Iglesia la misma pasión por el reino de Dios que animó la misión de Jesucristo: pasión por Dios, por su señorío de amor y de vida; pasión por el hombre, encontrándolo de verdad con el deseo de darle el tesoro más valioso: el amor de Dios, su Creador y Padre.
(Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo 27 de enero de 2008)

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Aplicación: Hans Urs von Balthasar - Jesús, luz que brilla en las tinieblas

1. La fe comienza a brillar.
Nada es precipitado, la luz aparece poco a poco. En el evangelio, Jesús, tras enterarse de que habían arrestado al Bautista, al lado del cual estuvo y actuó (según Juan) en los primeros momentos de su vida pública, se retira primero a Nazaret (Lc 4 y el episodio de Caná) y desde allí baja a Cafarnaún, pues su predicación había enfurecido a la gente de Nazaret. Galilea era considerada por Judea -muy celosa de la ley y de la que se esperaba que vendría la salvación- como una región espiritualmente oscura y medio pagana. Pero es precisamente en esta «región de los gentiles» (primera lectura) -«¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46), y no en la ciudad santa, donde «brilla una luz grande» que acrece la alegría y aumenta el gozo. (También los lugares donde actúan los santos o se aparece la Madre de Dios son a menudo rincones ocultos, pueblos o regiones apartados e insignificantes).

 El que Jesús sea oriundo de esta región medio judía y medio pagana, y comience su actividad en ella, es como una profecía. Pero en el fondo tanto los judíos como los paganos han habitado hasta ahora «en tierra y sombras de muerte». Sólo Uno puede designarse como «la luz del mundo» y «la luz de la vida» Un 8,12). El «¡levántate, brilla!» que se grita a Jerusalén (Is 60,1) es escatológico, esta dirigido al Mesías, pues los que entonces volvían a casa clamaban: «Esperamos la luz, y vienen tinieblas, claridad, y caminamos a oscuras» (Is S9,9).

2. Pero Jesús, la luz que brilla, no quiere actuar solo; todo hombre, incluso el Hombre-Dios, es hombre con otros hombres. Por eso Jesús busca enseguida colaboradores: unos sencillos pescadores a los que promete desde el principio que hará de ellos pescadores de hombres. Ellos le siguen inmediatamente. De momento todavía no los vemos actuar; primero tienen que aprender a contemplar y a comprender lo que hace y dice su maestro; sólo después podrán anunciar el mensaje del reino de Dios (del «reino de los cielos») y (por medio de él) curar a los hombres de sus enfermedades. Ahora son contemplativos, para poder ser enviados muy pronto a realizar activamente los fines que Jesús se ha propuesto (cfr. Mc 3,14-15).

3. Las misiones que los discípulos reciben en seguida son tanto las mismas para todos como las adecuadas para cada uno de ellos. En la comunidad en la que Jesús elige a sus discípulos no hay ni colectivismo ni individualismo. Pablo inculca la "unidad en un mismo pensar y sentir" dentro de la Iglesia (en la segunda lectura), aunque en otros pasajes (Rm 12; 1 Co 12) pone de relieve la particularidad de la tarea de cada cristiano. En la Iglesia quedan totalmente excluidas «las divisiones y las discordias», los «partidos» que se designan según determinados jefes y se oponen mutuamente: «¿Está dividido Cristo?». Los relatos vocacionales muestran que los llamados dejan todo por amor del único Cristo (también sus opiniones particulares anteriores) y, con la mirada puesta en él, única cabeza, tienen todos un mismo espíritu. Seguir a Cristo significará en definitiva y necesariamente seguir el camino que lleva a la cruz; si en este camino reinan las divisiones y las discordias, «la cruz de Cristo pierde su eficacia» (1 Co 1,17).
(HANS URS von BALTHASAR, LUZ DE LA PALABRA, Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 35 s)

 
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Directorio Homilético: Tercer domingo del Tiempo Ordinario

CEC 541-553: el Reino de Dios llama y reúne a judíos y gentiles
CEC 1427-1449: la conversión
"El Reino de Dios está cerca"

541 "Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15). "Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos" (LG 3). Pues bien, la voluntad del Padre es "elevar a los hombres a la participación de la vida divina" (LG 2). Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra "el germen y el comienzo de este Reino" (LG 5).

542 Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como "familia de Dios". Los convoca en torno a él por su palabra, por sus señales que manifiestan el reino de Dios, por el envío de sus discípulos. Sobre todo, él realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección. "Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). A esta unión con Cristo están llamados todos los hombres (cf. LG 3).

El anuncio del Reino de Dios

543 Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (cf. Mt 10, 5-7), este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones (cf. Mt 8, 11; 28, 19). Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:

La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).

544 El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para "anunciar la Buena Nueva a los pobres" (Lc 4, 18; cf. 7, 22). Los declara bienaventurados porque de "ellos es el Reino de los cielos" (Mt 5, 3); a los "pequeños" es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes (cf. Mt 11, 25). Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre (cf. Mc 2, 23-26; Mt 21,18), la sed (cf. Jn 4,6-7; 19,28) y la privación (cf. Lc 9, 58). Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino (cf. Mt 25, 31-46).

545 Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: "No he venido a llamar a justos sino a pecadores" (Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1, 15). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa "alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta" (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida "para remisión de los pecados" (Mt 26, 28).

546 Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza (cf. Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al banquete del Reino(cf. Mt 22, 1-14), pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo (cf. Mt 13, 44-45); las palabras no bastan, hacen falta obras (cf. Mt 21, 28-32). Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra (cf. Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con los talentos recibidos (cf. Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para "conocer los Misterios del Reino de los cielos" (Mt 13, 11). Para los que están "fuera" (Mc 4, 11), la enseñanza de las parábolas es algo enigmático (cf. Mt 13, 10-15).


Los signos del Reino de Dios

547 Jesús acompaña sus palabras con numerosos "milagros, prodigios y signos" (Hch 2, 22) que manifiestan que el Reino está presente en El. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado (cf, Lc 7, 18-23).

548 Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado (cf. Jn 5, 36; 10, 25). Invitan a creer en Jesús (cf. Jn 10, 38). Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe (cf. Mc 5, 25-34; 10, 52; etc.). Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios (cf. Jn 10, 31-38). Pero también pueden ser "ocasión de escándalo" (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos (cf. Jn 11, 47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios (cf. Mc 3, 22).

549 Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre (cf. Jn 6, 5-15), de la injusticia (cf. Lc 19, 8), de la enfermedad y de la muerte (cf. Mt 11,5), Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo (cf. LC 12, 13. 14; Jn 18, 36), sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado (cf. Jn 8, 34-36), que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

550 La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás (cf. Mt 12, 26): "Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt 12, 28). Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios (cf Lc 8, 26-39). Anticipan la gran victoria de Jesús sobre "el príncipe de este mundo" (Jn 12, 31). Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: "Regnavit a ligno Deus" ("Dios reinó desde el madero de la Cruz", himno "Vexilla Regis").


"Las llaves del Reino"

551 Desde el comienzo de su vida pública Jesús eligió unos hombres en número de doce para estar con él y participar en su misión (cf. Mc 3, 13-19); les hizo partícipes de su autoridad "y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar" (Lc 9, 2). Ellos permanecen para siempre permanecen asociados al Reino de Cristo porque por medio de ellos dirige su Iglesia:

Yo, por mi parte, dispongo el Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel (Lc 22, 29-30).

552 En el colegio de los doce Simón Pedro ocupa el primer lugar (cf. Mc 3, 16; 9, 2; Lc 24, 34; 1 Co 15, 5). Jesús le confía una misión única. Gracias a una revelación del Padre , Pedro había confesado: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Entonces Nuestro Señor le declaró: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella" (Mt 16, 18). Cristo, "Piedra viva" (1 P 2, 4), asegura a su Iglesia, edificada sobre Pedro la victoria sobre los poderes de la muerte. Pedro, a causa de la fe confesada por él, será la roca inquebrantable de la Iglesia. Tendrá la misión de custodiar esta fe ante todo desfallecimiento y de confirmar en ella a sus hermanos (cf. Lc 22, 32).

553 Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: "A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mt 16, 19). El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, "el Buen Pastor" (Jn 10, 11) confirmó este encargo después de su resurrección:"Apacienta mis ovejas" (Jn 21, 15-17). El poder de "atar y desatar" significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los apóstoles (cf. Mt 18, 18) y particularmente por el de Pedro, el único a quien él confió explícitamente las llaves del Reino.


III LA CONVERSION DE LOS BAUTIZADOS

1427 Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo (cf. Hch 2,38) se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

1428 Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que "recibe en su propio seno a los pecadores" y que siendo "santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación" (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10).

1429 De ello da testimonio la conversión de S. Pedro tras la triple negación de su Maestro. La mirada de infinita misericordia de Jesús provoca las lágrimas del arrepentimiento (Lc 22,61) y, tras la resurrección del Señor, la triple afirmación de su amor hacia él (cf Jn 21,15-17). La segunda conversión tiene también una dimensión comunitaria. Esto aparece en la llamada del Señor a toda la Iglesia: "¡Arrepiéntete!" (Ap 2,5.16).

S. Ambrosio dice acerca de las dos conversiones que, en la Iglesia, "existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia" (Ep. 41,12).

IV LA PENITENCIA INTERIOR

1430 Como ya en los profetas, la llamada de Jesús a la conversión y a la penitencia no mira, en primer lugar, a las obras exteriores "el saco y la ceniza", los ayunos y las mortificaciones, sino a la conversión del corazón, la penitencia interior. Sin ella, las obras de penitencia permanecen estériles y engañosas; por el contrario, la conversión interior impulsa a la expresión de esta actitud por medio de signos visibles, gestos y obras de penitencia (cf Jl 2,12-13; Is 1,16-17; Mt 6,1-6. 16-18).

1431 La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables que los Padres llamaron "animi cruciatus" (aflicción del espíritu), "compunctio cordis" (arrepentimiento del corazón) (cf Cc. de Trento: DS 1676-1678; 1705; Catech. R. 2, 5, 4).

1432 El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo (cf Ez 36,26-27). La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a él nuestros corazones: "Conviértenos, Señor, y nos convertiremos" (Lc 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron (cf Jn 19,37; Za 12,10).

Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del arrepentimiento (S. Clem. Rom. Cor 7,4).

1433 Después de Pascua, el Espíritu Santo "convence al mundo en lo referente al pecado" (Jn 16, 8-9), a saber, que el mundo no ha creído en el que el Padre ha enviado. Pero este mismo Espíritu, que desvela el pecado, es el Consolador (cf Jn 15,26) que da al corazón del hombre la gracia del arrepentimiento y de la conversión (cf Hch 2,36-38; Juan Pablo II, DeV 27-48).

V DIVERSAS FORMAS DE PENITENCIA EN LA VIDA CRISTIANA

1434 La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración, la limosna (cf. Tb 12,8; Mt 6,1-18), que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás. Junto a la purificación radical operada por el Bautismo o por el martirio, citan, como medio de obtener el perdón de los pecados, los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de penitencia, la preocupación por la salvación del prójimo (cf St 5,20), la intercesión de los santos y la práctica de la caridad "que cubre multitud de pecados" (1 P 4,8).

1435 La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia y del derecho (Am 5,24; Is 1,17), por el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual, la aceptación de los sufrimientos, el padecer la persecución a causa de la justicia. Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro de la penitencia (cf Lc 9,23).

1436 Eucaristía y Penitencia. La conversión y la penitencia diarias encuentran su fuente y su alimento en la Eucaristía, pues en ella se hace presente el sacrificio de Cristo que nos reconcilió con Dios; por ella son alimentados y fortificados los que viven de la vida de Cristo; "es el antídoto que nos libera de nuestras faltas cotidianas y nos preserva de pecados mortales" (Cc. de Trento: DS 1638).

1437 La lectura de la Sagrada Escritura, la oración de la Liturgia de las Horas y del Padre Nuestro, todo acto sincero de culto o de piedad reaviva en nosotros el espíritu de conversión y de penitencia y contribuye al perdón de nuestros pecados.

1438 Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia (cf SC 109-110; CIC can. 1249-1253; CCEO 880-883). Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras).

1439 El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada "del hijo pródigo", cuyo centro es "el Padre misericordioso" (Lc 15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.


VI EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA  Y DE LA RECONCILIACION

1440 El pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con él. Al mismo tiempo, atenta contra la comunión con la Iglesia. Por eso la conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia, que es lo que expresa y realiza litúrgicamente el sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación (cf LG 11).


Sólo Dios perdona el pecado

1441 Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: "El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra" (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: "Tus pecados están perdonados" (Mc 2,5; Lc 7,48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.

1442 Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del "ministerio de la reconciliación" (2 Cor 5,18). El apóstol es enviado "en nombre de Cristo", y "es Dios mismo" quien, a través de él, exhorta y suplica: "Dejaos reconciliar con Dios" (2 Co 5,20).


Reconciliación con la Iglesia

1443 Durante su vida pública, Jesús no sólo perdonó los pecados, también manifestó el efecto de este perdón: a los pecadores que son perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del pueblo de Dios, de donde el pecado los había alejado o incluso excluido. Un signo manifiesto de ello es el hecho de que Jesús admite a los pecadores a su mesa, más aún, él mismo se sienta a su mesa, gesto que expresa de manera conmovedora, a la vez, el perdón de Dios (cf Lc 15) y el retorno al seno del pueblo de Dios (cf Lc 19,9).

1444 Al hacer partícipes a los apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea se expresa particularmente en las palabras solemnes de Cristo a Simón Pedro: "A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mt 16,19). "Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza (cf Mt 18,18; 28,16-20), recibió la función de atar y desatar dada a Pedro (cf Mt 16,19)" LG 22).

1445 Las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien que recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios.


El sacramento del perdón

1446 Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como "la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia" (Tertuliano, paen. 4,2; cf Cc. de Trento: DS 1542).

1447 A lo largo de los siglos la forma concreta, según la cual la Iglesia ha ejercido este poder recibido del Señor ha variado mucho. Durante los primeros siglos, la reconciliación de los cristianos que habían cometido pecados particularmente graves después de su Bautismo (por ejemplo, idolatría, homicidio o adulterio), estaba vinculada a una disciplina muy rigurosa, según la cual los penitentes debían hacer penitencia pública por sus pecados, a menudo, durante largos años, antes de recibir la reconciliación. A este "orden de los penitentes" (que sólo concernía a ciertos pecados graves) sólo se era admitido raramente y, en ciertas regiones, una sola vez en la vida. Durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la práctica "privada" de la Penitencia, que no exigía la realización pública y prolongada de obras de penitencia antes de recibir la reconciliación con la Iglesia. El sacramento se realiza desde entonces de una manera más secreta entre el penitente y el sacerdote. Esta nueva práctica preveía la posibilidad de la reiteración del sacramento y abría así el camino a una recepción regular del mismo. Permitía integrar en una sola celebración sacramental el perdón de los pecados graves y de los pecados veniales. A grandes líneas, esta es la forma de penitencia que la Iglesia practica hasta nuestros días.

1448 A través de los cambios que la disciplina y la celebración de este sacramento han experimentado a lo largo de los siglos, se descubre una misma estructura fundamental. Comprende dos elementos igualmente esenciales: por una parte, los actos del hombre que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, a saber, la contrición, la confesión de los pecados y la satisfacción; y por otra parte, la acción de Dios por ministerio de la Iglesia. Por medio del obispo y de sus presbíteros, la Iglesia en nombre de Jesucristo concede el perdón de los pecados, determina la modalidad de la satisfacción, ora también por el pecador y hace penitencia con él. Así el pecador es curado y restablecido en la comunión eclesial.

1449 La fórmula de absolución en uso en la Iglesia latina expresa el elemento esencial de este sacramento: el Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón. Realiza la reconciliación de los pecadores por la Pascua de su Hijo y el don de su Espíritu, a través de la oración y el ministerio de la Iglesia:

Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (OP 102).

(Cortesía: iveargentina.org y NBCD)

 

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