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Domingo 5 Tiempo Ordinario B: Comentarios de Sabios y Santos - Preparemos la Fiesta con su ayuda

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A su disposición
Comentarios generales a las lecturas
Exégesis: R.P. José María Solé Roma, O.M.F. de las 3 lecturas.
Comentario Teológico: Beato Juan Pablo Magno (3 catequesis sobre los milagros de Jesús):
           I. Los milagros de Jesús: el hecho y el significado
           II. Mediante los signos-milagros, Cristo revela su poder de Salvador
           III. Los milagros de Cristo como manifestación del amor salvífico
Comentario Teológico: Posesión diabólica
Santos Padres: San Jerónimo; Jesús el médico divino
Aplicación R.P. Alfonso Torres, S.J.: Existe una fiebre más perniciosa que la física).
Aplicación Aplicación: P. Rainiero Cantalamessa: Curó a muchos enfermos - Enfermos y los que los cuidan
Aplicación:  FRAY ALFONSO DE CABRERA - El endurecido de corazón
Curación de las heridas del pasado y de hoy (Comisión Teológica Internacional:: Memoria y Reconciliación
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La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla: Recibirla, meditarla, memorizarla, estudiarla, obedecerla, celebrarla
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Comentarios de Sabios y Santos a las Lecturas del Domingo

 

 COMENTARIOS GENERALES

Sobre la Primera Lectura (Job 7, 1-4. 6-7)
El misterio del 'Dolor', tan audaz y crudamente expuesto en el Libro de Job, seguirá impenetrable para filósofos y teólogos. El Evangelio, con el misterio aún mayor de Cristo-Crucificado-Resucitado, nos da luz y esperanza. Sólo en el cielo se nos abrirán los secretos de este misterio:
- Este fragmento del discurso de Job por la belleza de su estilo y sobre todo porque sus expresiones son un eco de todos los corazones humanos, pasará a ser patrimonio de todas las literaturas. En el pasaje de la Liturgia de hoy, Job nos describe, con imágenes sumamente expresivas, el dolor y la brevedad de la vida humana:
- Vida de dolor: Cual la del soldado en servicio, sujeto a trato duro y riesgos continuos. Cual la del mercenario que se fatiga de la mañana a la noche en provecho de otros. Cual la del esclavo a quien se exigen los más duros servicios, sin reconocérsele otro derecho que el de trabajar y desentrañarse. Cual la del jornalero que vive de un salario ganado cada día con afán y sudores. Y para todos ésos la hora del descanso es la hora de las tinieblas. Así a la vida humana, tras los sufrimientos y pesares, le sucede la muerte.
- Vida breve: Los días corren más raudos que la lanzadera del telar. La vida humana es un soplo. La revelación posterior (Sabiduría, Daniel, Macabeos), y sobre todo la luz del Nuevo Testamento, irá iluminando los misterios de ultratumba; y con ello obtendrán respuesta optimista los interrogantes que atormentan a Job. De modo especial el misterio del dolor quedará iluminado por la doctrina de Cristo y sobre todo por su Pasión y Muerte.

Sobre la Segunda Lectura (1 Corintios 9, 16-19. 22-23)
San Pablo nos habla de las renuncias que ha hecho muy a gusto en aras de la caridad; y para que el Evangelio por él predicado pudiera ser mejor aceptado por los evangelizados. En unos preciosos datos biográficos nos descubre la conciencia que él tiene de la vocación al apostolado:
- El predicar el Evangelio es para él urgente obligación. Cumple con un deber que Cristo le ha impuesto: el deber que fluye de su vocación o elección. La voz acuciante de este deber resuena aún en la conciencia de todos los misioneros: '¡Ay de mí si no evangelizare!'.
- Al cumplimiento de este deber Pablo aporta algo de su generosidad. Es la gratuidad en la predicación (v. 18). Tendría derecho a vivir del Evangelio. Pero en bien del Evangelio renuncia generoso a este derecho. Ha hecho norma inviolable de su ministerio ejercerlo sin remuneración alguna.
- A la vez se ha impuesto cuantas renuncias puedan ser un mejor camino para el Evangelio. 'Me he hecho todo para todos para ganarlos a todos' (v. 22). Con los judíos, judío; con los gentiles, gentil; con los débiles, débil... Mucha de la problemática que hoy nos ahoga hallaría solución fácil si aplicáramos estas normas del gran Apóstol: Conciencia del deber urgente de predicar el Evangelio. Desinterés total en el ministerio. Sensibilidad para captar lo que puede escandalizar y hacer enojoso el mensaje evangélico. Si cada uno nos hiciéramos 'todo para todos' cesarían muchos escándalos; el mensaje evangélico sería escuchado, valorizado, aceptado y vivido por los fieles y aun por los incrédulos.

Sobre el Evangelio (Marcos 1, 29 39)
En este pasaje evangélico el modelo del apostolado va a ser Jesús mismo. San Marcos traza un cuadro maravilloso de Jesús-Misionero:
- Jesús-Misionero que antes de comenzar la jornada de predicación y atención a los enfermos va a buscar un lugar recogido y a orar (v. 35). Muchas veces nos habla el Evangelio de la oración de Jesús. No debemos dar a su oración sólo un sentido ejemplarizante, como si orara para dar ejemplo solamente. Cierto que en Jesús todo Él es ejemplo, pero no por una conducta afectada, sino por la autenticidad de su ser y de su actuar. Su oración es, pues, auténtica. El Hijo Encarnado ora, porque precisamente así vive su auténtica dimensión filial, en constante relación y dependencia del Padre. Para Él, como para nosotros, la problemática de la vida, con sus incertidumbres y congojas, quedaba en manos del Padre. Y la oración era para Jesús luz y vigor, encuentro y aceptación de la voluntad del Padre.
- Jesús Misionero que gasta el día en jornadas agotadoras de apostolado. Recorre todas las poblaciones, entra en todas las sinagogas (v. 39). Deja la paz de Cafarnaúm, el calor de un hogar amigo (30). Su consigna de misionero es: 'Vamos a otra parte; a las poblaciones vecinas, para predicar también en ellas, pues para eso he venido' (30). Las gentes sencillas le corresponden con su docilidad y su amor: 'Todos te buscan' (37).
- Los Doce recordarán a Jesús-Misionero cuando propondrán: 'Nosotros, empero, nos consagraremos a la oración y al ministerio de la predicación' (Act 6, 4). Especialmente a la oración o celebración litúrgica: Concede nobis, quaesumus, Domine, haec digne frequentare mysteria, quia, quoties huius hostiae commemoratio celebratur, opus nostrae redemptionis exercetur (Super oblata-Dom III)
*Aviso: El material que presentamos está tomado de José Ma. Solé Roma (O.M.F .),"Ministros de la Palabra" , ciclo "B", Herder, Barcelona 1979.

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Exégesis: R.P. José María Solé Roma, O.M.F.

Sobre la Primera Lectura (Job 7, 1-4. 6-7)
El misterio del “Dolor”, tan audaz y crudamente expuesto en el Libro de Job, seguirá impenetrable para filósofos y teólogos. El Evangelio, con el misterio aún mayor de Cristo-Crucificado-Resucitado, nos da luz y esperanza. Sólo en el cielo se nos abrirán los secretos de este misterio:

- Este fragmento del discurso de Job por la belleza de su estilo y sobre todo porque sus expresiones son un eco de todos los corazones humanos, pasará a ser patrimonio de todas las literaturas. En el pasaje de la Liturgia de hoy, Job nos describe, con imágenes sumamente expresivas, el dolor y la brevedad de la vida humana:

- Vida de dolor: Cual la del soldado en servicio, sujeto a trato duro y riesgos continuos. Cual la del mercenario que se fatiga de la mañana a la noche en provecho de otros. Cual la del esclavo a quien se exigen los más duros servicios, sin reconocérsele otro derecho que el de trabajar y desentrañarse. Cual la del jornalero que vive de un salario ganado cada día con afán y sudores. Y para todos ésos la hora del descanso es la hora de las tinieblas. Así a la vida humana, tras los sufrimientos y pesares, le sucede la muerte.

- Vida breve: Los días corren más raudos que la lanzadera del telar. La vida humana es un soplo. La revelación posterior (Sabiduría, Daniel, Macabeos), y sobre todo la luz del Nuevo Testamento, irá iluminando los misterios de ultratumba; y con ello obtendrán respuesta optimista los interrogantes que atormentan a Job. De modo especial el misterio del dolor quedará iluminado por la doctrina de Cristo y sobre todo por su Pasión y Muerte.

Sobre la Segunda Lectura (1 Corintios 9, 16-19. 22-23)

San Pablo nos habla de las renuncias que ha hecho muy a gusto en aras de la caridad; y para que el Evangelio por él predicado pudiera ser mejor aceptado por los evangelizados. En unos preciosos datos biográficos nos descubre la conciencia que él tiene de la vocación al apostolado:

- El predicar el Evangelio es para él urgente obligación. Cumple con un deber que Cristo le ha impuesto: el deber que fluye de su vocación o elección. La voz acuciante de este deber resuena aún en la conciencia de todos los misioneros: “¡Ay de mí si no evangelizare!”.

- Al cumplimiento de este deber Pablo aporta algo de su generosidad. Es la gratuidad en la predicación (v. 18). Tendría derecho a vivir del Evangelio. Pero en bien del Evangelio renuncia generoso a este derecho. Ha hecho norma inviolable de su ministerio ejercerlo sin remuneración alguna.

- A la vez se ha impuesto cuantas renuncias puedan ser un mejor camino para el Evangelio. “Me he hecho todo para todos para ganarlos a todos” (v. 22). Con los judíos, judío; con los gentiles, gentil; con los débiles, débil... Mucha de la problemática que hoy nos ahoga hallaría solución fácil si aplicáramos estas normas del gran Apóstol: Conciencia del deber urgente de predicar el Evangelio. Desinterés total en el ministerio. Sensibilidad para captar lo que puede escandalizar y hacer enojoso el mensaje evangélico. Si cada uno nos hiciéramos 'todo para todos' cesarían muchos escándalos; el mensaje evangélico sería escuchado, valorizado, aceptado y vivido por los fieles y aun por los incrédulos.

Sobre el Evangelio (Marcos 1, 29-39)

En este pasaje evangélico el modelo del apostolado va a ser Jesús mismo. San Marcos traza un cuadro maravilloso de Jesús-Misionero:
- Jesús-Misionero que antes de comenzar la jornada de predicación y atención a los enfermos va a buscar un lugar recogido y a orar (v. 35). Muchas veces nos habla el Evangelio de la oración de Jesús. No debemos dar a su oración sólo un sentido ejemplarizante, como si orara para dar ejemplo solamente. Cierto que en Jesús todo Él es ejemplo, pero no por una conducta afectada, sino por la autenticidad de su ser y de su actuar. Su oración es, pues, auténtica. El Hijo Encarnado ora, porque precisamente así vive su auténtica dimensión filial, en constante relación y dependencia del Padre. Para Él, como para nosotros, la problemática de la vida, con sus incertidumbres y congojas, quedaba en manos del Padre. Y la oración era para Jesús luz y vigor, encuentro y aceptación de la voluntad del Padre.

- Jesús Misionero que gasta el día en jornadas agotadoras de apostolado. Recorre todas las poblaciones, entra en todas las sinagogas (v. 39). Deja la paz de Cafarnaúm, el calor de un hogar amigo (v. 30). Su consigna de misionero es: “Vamos a otra parte; a las poblaciones vecinas, para predicar también en ellas, pues para eso he venido” (v. 30). Las gentes sencillas le corresponden con su docilidad y su amor: “Todos te buscan” (v. 37).

- Los Doce recordarán a Jesús-Misionero cuando propondrán: “Nosotros, empero, nos consagraremos a la oración y al ministerio de la predicación” (Act 6, 4). Especialmente a la oración o celebración litúrgica: “Concede nobis, quaesumus, Domine, haec digne frequentare mysteria, quia, quoties huius hostiae commemoratio celebratur, opus nostrae redemptionis exercetur” (Super oblata-Dom III).
(SOLÉ ROMA, J. M., Ministros de la Palabra, Ciclo "B", Ed. Herder, Barcelona, 1979)

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Comentario Teológico: Beato Juan Pablo Magno

Tres catequesis sobre los milagros de Jesús
I. Los milagros de Jesús: el hecho y el significado
II. Mediante los signos-milagros, Cristo revela su poder de Salvador
III. Los milagros de Cristo como manifestación del amor salvífico


I. Los milagros de Jesús: el hecho y el significado
(Miércoles 11 de noviembre de 1987)
1. El día de Pentecostés, después de haber recibido la luz y el poder del Espíritu Santo, Pedro da un franco y valiente testimonio de Cristo crucificado y resucitado: “Varones israelitas, escuchad estas palabras: Jesús de Nazaret, varón probado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales...; a éste..., después de fijarlo (en la cruz)..., le disteis muerte. Al cual Dios lo resucitó después de soltar las ataduras de la muerte” (Act 2, 22-24).

En este testimonio se contiene una síntesis de toda la actividad mesiánica de Jesús de Nazaret, que Dios ha acreditado “con milagros, prodigios y señales”. Constituye también un esbozo de la primera catequesis cristiana, que nos ofrece la misma Cabeza del Colegio de los Apóstoles, Pedro.

2. Después de casi dos mil años el actual Sucesor de Pedro, en el desarrollo de sus catequesis sobre Jesucristo, debe afrontar ahora el contenido de esa primera catequesis apostólica que se desarrolló el mismo día de Pentecostés. Hasta ahora hemos hablado del Hijo del hombre, que con su enseñanza daba a conocer que era verdadero Dios-Hijo, que era con el Padre “una sola cosa” (cf. Jn 10, 30). Su palabra estaba acompañada por “milagros, prodigios y señales”. Estos hechos acompañaban a las palabras no sólo siguiéndolas para confirmar su autenticidad, sino que muchas veces las precedían, tal como nos dan a entender los Hechos de los Apóstoles cuando hablan de “todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio” (Act 1, 1). Eran esas mismas obras, y particularmente “los prodigios y señales”, los que testificaban que “el reino de Dios estaba cercano” (cf. Mc 1, 15), es decir, que había entrado con Jesús en la historia terrena del hombre y hacía violencia para entrar en cada espíritu humano. Al mismo tiempo testificaban que Aquel que las realizaba era verdaderamente el Hijo de Dios. Por eso es necesario vincular las presentes catequesis sobre los milagros-signos de Cristo con las anteriores, concernientes a su filiación divina.

3. Antes de proceder gradualmente al análisis del significado de estos "prodigios y señales” (como los definió de forma muy específica San Pedro el día de Pentecostés), hay que constatar que éstos (prodigios y signos) pertenecen con seguridad al contenido integral de los Evangelios como testimonios de Cristo, que provienen de testigos oculares. Efectivamente, no es posible excluir los milagros del texto y del contexto evangélico. El análisis no sólo del texto, sino también del contexto, habla a favor de su carácter “histórico”, atestigua que son hechos ocurridos en realidad, y verdaderamente realizados por Cristo. Quien se acerca a ellos con honradez intelectual y pericia científica, no puede desembarazarse de éstos con cualquier palabra, como de puras invenciones posteriores.

4. A este propósito está bien observar que esos hechos no sólo son atestiguados y narrados por los Apóstoles y por los discípulos de Jesús, sino que también son confirmados en muchos casos por sus adversarios. Por ejemplo, es muy significativo que estos últimos no negaran los milagros realizados por Jesús, sino que más bien pretendieran atribuirlos al poder del “demonio”. En efecto, decían: “Está poseído de Belcebú, y por virtud del príncipe de los demonios echa a los demonios” (Mc 3, 22; cf. también Mt 8, 32; 12, 24; Lc 11, 14-15). Y es conocida la respuesta de Jesús a esta objeción, demostrando su íntima contradicción: “Si, pues, Satanás se levanta contra sí mismo y se divide, no puede sostenerse, sino que ha llegado a su fin” (Mc 3, 26). Pero lo que en este momento cuenta más para nosotros es el hecho de que tampoco los adversarios de Jesús pueden negar sus “milagros, prodigios y signos” como realidad, como “hechos” que verdaderamente han sucedido.

Es elocuente también la circunstancia de que los adversarios observaban a Jesús para ver si curaba el sábado o para poderlo acusar así de violación de la ley del Antiguo Testamento. Esto sucedió, por ejemplo, en el caso del hombre que tenía una mano seca (cf. Mc 3, 1-2).

5. Hay que tomar también en consideración la respuesta que dio Jesús, no ya a sus adversarios, sino esta vez a los mensajeros de Juan Bautista, a los que mandó para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?” (Mt 11, 3). Entonces Jesús responde: “Id y referid a Juan lo que habéis oído y visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados” (Mt 11, 4-5; cf. también Lc 7, 22). Jesús en la respuesta hace referencia a la profecía de Isaías sobre el futuro Mesías (cf. Is 35, 5-6), que sin duda podía entenderse en el sentido de una renovación y de una curación espiritual de Israel y de la humanidad, pero que en el contexto evangélico en el que se ponen en boca de Jesús, indica hechos comúnmente conocidos y que los discípulos del Bautista pueden referirlos como signos de la mesianidad de Cristo.

6. Todos los Evangelistas registran los hechos a que hace referencia Pedro en Pentecostés: “Milagros, prodigios, señales” (Act 2, 22). Los Sinópticos narran muchos acontecimientos en particular, pero a veces usan también fórmulas generalizadoras. Así por ejemplo en el Evangelio de Marcos: “Curó a muchos pacientes de diversas enfermedades y echó muchos demonios” (1, 34). De modo semejante Mateo y Lucas: “Curando en el pueblo toda enfermedad y dolencia” (Mt 4, 23); “Salía de él una virtud que sanaba a todos” (Lc 6, 19). Son expresiones que dejan entender el gran número de milagros realizados por Jesús. En el Evangelio de Juan no encontramos formas semejantes, sino más bien la descripción detallada de siete acontecimientos que el Evangelista llama “señales” (y no milagros). Con esa expresión él quiere indicar lo que es más esencial en esos hechos: la demostración de la acción de Dios en persona, presente en Cristo, mientras la palabra “milagro” indica más bien el aspecto “extraordinario” que tienen esos acontecimientos a los ojos de quienes los han visto u oyen hablar de ellos. Sin embargo, también Juan, antes de concluir su Evangelio, nos dice que “muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro” (Jn 20, 30). Y da la razón de la elección que ha hecho: “Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 31). A esto se dirigen tanto los Sinópticos como el cuarto Evangelio: mostrar a través de los milagros la verdad del Hijo de Dios y llevar a la fe que es principio de salvación.

7. Por lo demás, cuando el Apóstol Pedro, el día de Pentecostés, da testimonio de toda la misión de Jesús de Nazaret, acreditada por Dios por medio de “milagros, prodigios y señales”, no puede más que recordar que el mismo Jesús fue crucificado y resucitado (Act 2, 22-24). Así indica el acontecimiento pascual en el que se ofreció el signo más completo de la acción salvadora y redentora de Dios en la historia de la humanidad. Podríamos decir que en este signo se contiene el “anti-milagro” de la muerte en cruz y el “milagro” de la resurrección (milagro de milagros) que se funden en un solo misterio, para que el hombre pueda leer en él hasta el fondo la autorrevelación de Dios en Jesucristo y, adhiriéndose con la fe, entrar en el camino de la salvación.

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II. Mediante los signos-milagros, Cristo revela su poder de Salvador

(Miércoles 25 de noviembre de 1987)
1. Un texto de San Agustín nos ofrece la clave interpretativa de los milagros de Cristo como señales de su poder salvífico: “El haberse hecho hombre por nosotros ha contribuido más a nuestra salvación que los milagros que ha realizado en medio de nosotros; el haber curado las enfermedades del alma es más importante que el haber curado las enfermedades del cuerpo destinado a morir” (San Agustín, In Io. Ev. Tr., 17, 1). En orden a esta salvación del alma y a la redención del mundo entero Jesús cumplió también milagros de orden corporal. Por tanto, el tema de la presente catequesis es el siguiente: mediante los “milagros, prodigios y señales” que ha realizado, Jesucristo ha manifestado su poder de salvar al hombre del mal que amenaza al alma inmortal y su vocación a la unión con Dios.

2. Es lo que se revela en modo particular en la curación del paralítico de Cafarnaúm. Las personas que lo llevaban, no logrando entrar por la puerta en la casa donde Jesús estaba enseñando, bajaron al enfermo a través de un agujero abierto en el techo, de manera que el pobrecillo vino a encontrase a los pies del Maestro. “Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: ’!Hijo, tus pecados te son perdonados!’”. Estas palabras suscitan en algunos de los presentes la sospecha de blasfemia: “Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?”. Casi en respuesta a los que habían pensado así, Jesús se dirige a los presentes con estas palabras: “¿Qué es más fácil, decir al paralítico: tus pecados te son perdonados, o decirle: levántate, toma tu camilla y vete? Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados —se dirige al paralítico—, yo te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Él se levantó y, tomando luego la camilla, salió a la vista de todos” (cf. Mc 2, 1-12; análogamente, Mt 9, 1-8; Lc 5, 18-26: “Se marchó a casa glorificando a Dios” 5, 25).

Jesús mismo explica en este caso que el milagro de la curación del paralítico es signo del poder salvífico por el cual Él perdona los pecados. Jesús realiza esta señal para manifestar que ha venido como salvador del mundo, que tiene como misión principal librar al hombre del mal espiritual, el mal que separa al hombre de Dios e impide la salvación en Dios, como es precisamente el pecado.

3. Con la misma clave se puede explicar esta categoría especial de los milagros de Cristo que es “arrojar los demonios”. “Sal, espíritu inmundo, de ese hombre”, conmina Jesús, según el Evangelio de Marcos, cuando encontró a un endemoniado en la región de los gerasenos (Mc 5, 8). En esta ocasión asistimos a un coloquio insólito. Cuando aquel “espíritu inmundo” se siente amenazado por Cristo, grita contra Él: “¿Qué hay entre ti y mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Por Dios te conjuro que no me atormentes”. A su vez, Jesús “le preguntó: ‘¿Cuál es tu nombre?’. Él le dijo: Legión es mi nombre, porque somos muchos” (cf. Mc 5, 7-9). Estamos, pues, a orillas de un mundo oscuro, donde entran en juego factores físicos y psíquicos que, sin duda, tienen su peso en causar condiciones patológicas en las que se inserta esta realidad demoníaca, representada y descrita de manera variada en el lenguaje humano, pero radicalmente hostil a Dios y, por consiguiente, al hombre y a Cristo que ha venido para librarlo de este poder maligno. Pero, muy a su pesar, también el “espíritu inmundo”, en el choque con la otra presencia, prorrumpe en esta admisión que proviene de una mente perversa, pero, al mismo tiempo, lúcida: “Hijo del Dios Altísimo”.

4. En el Evangelio de Marcos encontramos también la descripción del acontecimiento denominado habitualmente como la curación del epiléptico. En efecto, los síntomas referidos por el Evangelista son característicos también de esta enfermedad (“espumarajos, rechinar de dientes, quedarse rígido”). Sin embargo, el padre del epiléptico presenta a Jesús a su Hijo como poseído por un espíritu maligno, el cual lo agita con convulsiones, lo hace caer por tierra y se revuelve echando espumarajos. Y es muy posible que en un estado de enfermedad como éste se infiltre y obre el maligno, pero, admitiendo que se trate de un caso de epilepsia, de la que Jesús cura al muchacho considerado endemoniado por su padre, es, sin embargo, significativo que Él realice esta curación ordenando al “espíritu mudo y sordo”: “Sal de él y no vuelvas a entrar más en él” (cf. Mc 9, 17-27). Es una reafirmación de su misión y de su poder de librar al hombre del mal del alma desde las raíces.

5. Jesús da a conocer claramente esta misión suya de librar al hombre del mal y, antes que nada del pecado, mal espiritual. Es una misión que comporta y explica su lucha con el espíritu maligno que es el primer autor del mal en la historia del hombre. Como leemos en los Evangelios, Jesús repetidamente declara que tal es el sentido de su obra y de la de sus Apóstoles. Así, en Lucas: “Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Yo os he dado poder para andar... sobre todo poder enemigo y nada os dañará” (Lc 10, 18-19). Y según Marcos, Jesús, después de haber constituido a los Doce, les manda “a predicar, con poder de expulsar a los demonios” (Mc 3, 14-15). Según Lucas, también los setenta y dos discípulos, después de su regreso de la primera misión, refieren a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos sometían en tu nombre” (Lc 10, 17).

Así se manifiesta el poder del Hijo del hombre sobre el pecado y sobre el autor del pecado. El nombre de Jesús, que somete también a los demonios, significa Salvador. Sin embargo, esta potencia salvífica alcanzará su cumplimiento definitivo en el sacrificio de la cruz. La cruz sellará la victoria total sobre Satanás y sobre el pecado, porque éste es el designio del Padre, que su Hijo unigénito realiza haciéndose hombre: vencer en la debilidad, y alcanzar la gloria de la resurrección y de la vida a través de la humillación de la cruz. También en este hecho paradójico resplandece su poder divino, que puede justamente llamarse la “potencia de la cruz”.

6. Forma parte también de esta potencia y pertenece a la misión del Salvador del mundo manifestada en los “milagros, prodigios y señales”, la victoria sobre la muerte, dramática consecuencia del pecado. La victoria sobre el pecado y sobre la muerte marca el camino de la misión mesiánica de Jesús desde Nazaret hasta el Calvario. Entre las “señales” que indican particularmente el camino hacia la victoria sobre la muerte, están sobre todo las resurrecciones: “los muertos resucitan” (Mt 11, 5), responde, en efecto, Jesús a la pregunta acerca de su mesianidad que le hacen los mensajeros de Juan el Bautista (cf. Mt 11, 3). Y entre los varios “muertos”, resucitados por Jesús, merece especial atención Lázaro de Betania, porque su resurrección es como un “preludio” de la cruz y de la resurrección de Cristo, en el que se cumple la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte.

7. El Evangelista Juan nos ha dejado una descripción pormenorizada del acontecimiento. Bástenos referir el momento conclusivo. Jesús pide que se quite la losa que cierra la tumba (“Quitad la piedra”). Marta, la hermana de Lázaro, indica que su hermano está desde hace ya cuatro días en el sepulcro y el cuerpo ha comenzado ya, sin duda, a descomponerse. Sin embargo, Jesús gritó con fuerte voz: “¡Lázaro, sal fuera!”. “Salió el muerto”, atestigua el Evangelista (cf. Jn 11, 38-43). El hecho suscita la fe en muchos de los presentes. Otros, por el contrario, van a los representantes del Sanedrín, para denunciar lo sucedido. Los sumos sacerdotes y los fariseos se quedan preocupados, piensan en una posible reacción del ocupante romano (“vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación”: cf. Jn 11, 45-48). Precisamente entonces se dirigen al Sanedrín las famosas palabras de Caifás: “Vosotros no sabéis nada; ¿no comprendéis que conviene que muera un hombre por todo el pueblo y no que perezca todo el pueblo?”. Y el Evangelista anota: “No dijo esto de sí mismo, sino que, como era pontífice aquel año, profetizó”. ¿De qué profecía se trata? He aquí que Juan nos da la lectura cristiana de aquellas palabras, que son de una dimensión inmensa: “Jesús había de morir por el pueblo y no sólo por el pueblo, sino para reunir en uno todos los hijos de Dios que estaban dispersos” (cf. Jn 11, 49-52).

8. Como se ve, la descripción joánica de la resurrección de Lázaro contiene también indicaciones esenciales referentes al significado salvífico de este milagro. Son indicaciones definitivas, precisamente porque entonces tomó el Sanedrín la decisión sobre la muerte de Jesús (cf. Jn 11, 53). Y será la muerte redentora “por el pueblo” y “para reunir en uno todos los hijos de Dios que estaban dispersos” para la salvación del mundo. Pero Jesús dijo ya que aquella muerte llegaría a ser también la victoria definitiva sobre la muerte. Con motivo de la resurrección de Lázaro, dijo a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre” (Jn 11, 25-26)

9. Al final de nuestra catequesis volvemos una vez más al texto de San Agustín: “Si consideramos ahora los hechos realizados por el Señor y Salvador nuestro, Jesucristo, vemos que los ojos de los ciegos, abiertos milagrosamente, fueron cerrados por la muerte, y los miembros de los paralíticos, liberados del maligno, fueron nuevamente inmovilizados por la muerte: todo lo que temporalmente fue sanado en el cuerpo mortal, al final, fue deshecho; pero el alma que creyó, pasó a la vida eterna. Con este enfermo, el Señor ha querido dar un gran signo al alma que habría creído, para cuya remisión de los pecados había venido, y para sanar sus debilidades Él se había humillado” (San Agustín, In Io. Ev. Tr., 17, 1).

Sí, todos los “milagros, prodigios y señales” de Cristo están en función de la revelación de Él como Mesías, de El como Hijo de Dios: de Él, que, solo, tiene el poder de liberar al hombre del pecado y de la muerte, de Él que verdaderamente es el Salvador del mundo.

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III. Los milagros de Cristo como manifestación del amor salvífico

(Miércoles 9 de diciembre de 1987)
1. “Signos” de la omnipotencia divina y del poder salvífico del Hijo del hombre, los milagros de Cristo, narrados en los Evangelios, son también la revelación del amor de Dios hacia el hombre, particularmente hacia el hombre que sufre, que tiene necesidad, que implora la curación, el perdón, la piedad. Son, pues, “signos” del amor misericordioso proclamado en el Antiguo y Nuevo Testamento (cf. Encíclica Dives in misericordia). Especialmente, la lectura del Evangelio nos hace comprender y casi “sentir” que los milagros de Jesús tienen su fuente en el corazón amoroso y misericordioso de Dios que vive y vibra en su mismo corazón humano. Jesús los realiza para superar toda clase de mal existente en el mundo: el mal físico, el mal moral, es decir, el pecado, y, finalmente, a aquél que es “padre del pecado” en la historia del hombre: a Satanás.

Los milagros, por tanto, son “para el hombre”. Son obras de Jesús que, en armonía con la finalidad redentora de su misión, restablecen el bien allí donde se anida el mal, causa de desorden y desconcierto. Quienes los reciben, quienes los presencian se dan cuenta de este hecho, de tal modo que, según Marcos, “sobremanera se admiraban, diciendo: “Todo lo ha hecho bien; a los sordos hace oír y a los mudos hablar!” (Mc 7, 37)

2. Un estudio atento de los textos evangélicos nos revela que ningún otro motivo, a no ser el amor hacia el hombre, el amor misericordioso, puede explicar los “milagros y señales” del Hijo del hombre. En el Antiguo Testamento, Elías se sirve del “fuego del cielo” para confirmar su poder de Profeta y castigar la incredulidad (cf. 2Re 1, 10). Cuando los Apóstoles Santiago y Juan intentan inducir a Jesús a que castigue con “fuego del cielo” a una aldea samaritana que les había negado hospitalidad, Él les prohibió decididamente que hicieran semejante petición. Precisa el Evangelista que, “volviéndose Jesús, los reprendió” (Lc 9, 55). (Muchos códices y la Vulgata añaden: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois. Porque el Hijo del hombre no ha venido a perder las almas de los hombres, sino a salvarlas”). Ningún milagro ha sido realizado por Jesús para castigar a nadie, ni siquiera los que eran culpables.

3. Significativo a este respecto es el detalle relacionado con el arresto de Jesús en el huerto de Getsemaní. Pedro se había aprestado a defender al Maestro con la espada, e incluso “hirió a un siervo del pontífice, cortándole la oreja derecha. Este siervo se llamaba Malco” (Jn 18, 10). Pero Jesús le prohibió empuñar la espada. Es más, “tocando la oreja, lo curó” (Lc 22, 51). Es esto una confirmación de que Jesús no se sirve de la facultad de obrar milagros para su propia defensa. Y confía a los suyos que no pide al Padre que le mande “más de doce legiones de ángeles” (cf. Mt 26, 53) para que lo salven de las insidias de sus enemigos. Todo lo que El hace, también en la realización de los milagros, lo hace en estrecha unión con el Padre. Lo hace con motivo del reino de Dios y de la salvación del hombre. Lo hace por amor.

4. Por esto, y al comienzo de su misión mesiánica, rechaza todas las “propuestas” de milagros que el Tentador le presenta, comenzando por la del trueque de las piedras en pan (cf. Mt 4, 31). El poder de Mesías se le ha dado no para fines que busquen sólo el asombro o al servicio de la vanagloria. El que ha venido “para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37), es más, el que es “la verdad” (cf. Jn 14, 6), obra siempre en conformidad absoluta con su misión salvífica. Todos sus “milagros y señales” expresan esta conformidad en el cuadro del “misterio mesiánico” del Dios que casi se ha escondido en la naturaleza de un Hijo del hombre, como muestran los Evangelios, especialmente el de Marcos. Si en los milagros hay casi siempre un relampagueo del poder divino, que los discípulos y la gente a veces logran aferrar, hasta el punto de reconocer y exaltar en Cristo al Hijo de Dios, de la misma manera se descubre en ellos la bondad, la sobriedad y la sencillez, que son las dotes más visibles del “Hijo del hombre”.

5. El mismo modo de realizar los milagros hace notar la gran sencillez, y se podría decir humildad, talante, delicadeza de trato de Jesús. Desde este punto de vista pensemos, por ejemplo, en las palabras que acompañan a la resurrección de la hija de Jairo: “La niña no ha muerto, duerme” (Mc 5, 39), como si quisiera “quitar importancia” al significado de lo que iba a realizar. Y, a continuación, añade: “Les recomendó mucho que nadie supiera aquello” (Mc 5, 43). Así hizo también en otros casos, por ejemplo, después de la curación de un sordomudo (Mc 7, 36), y tras la confesión de fe de Pedro (Mc 8, 29-30)

Para curar al sordomudo es significativo el hecho de que Jesús lo tomó “aparte, lejos de la turba”. Allí, “mirando al cielo, suspiró”. Este “suspiro” parece ser un signo de compasión y, al mismo tiempo, una oración. La palabra “efeta” (“¡ábrete!”) hace que se abran los oídos y se suelte “la lengua” del sordomudo (cf. 7, 33-35).

6. Si Jesús realiza en sábado algunos de sus milagros, lo hace no para violar el carácter sagrado del día dedicado a Dios, sino para demostrar que este día santo está marcado de modo particular por la acción salvífica de Dios. “Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también” (Jn 5, 17). Y este obrar es para el bien del hombre; por consiguiente, no es contrario a la santidad del sábado, sino que más bien la pone de relieve: “El sábado fue hecho a causa del hombre, y no el hombre por el sábado. Y el dueño el sábado es el Hijo del hombre” (Mc 2, 27-28).

7. Si se acepta la narración evangélica de los milagros de Jesús —y no hay motivos para no aceptarla, salvo el prejuicio contra lo sobrenatural—, no se puede poner en duda una lógica única, que une todos estos “signos” y los hace emanar de la economía salvífica de Dios: estas señales sirven para la revelación de su amor hacia nosotros, de ese amor misericordioso que con el bien vence al mal, cómo demuestra la misma presencia y acción de Jesucristo en el mundo. En cuanto que están insertos en esta economía, los “milagros y señales” son objeto de nuestra fe en el plan de salvación de Dios y en el misterio de la redención realizada por Cristo.

Como hecho, pertenecen a la historia evangélica, cuyos relatos son creíbles en la misma y aún en mayor medida que los contenidos en otras obras históricas. Está claro que el verdadero obstáculo para aceptarlos como datos, ya de historia ya de fe, radica en el prejuicio anti-sobrenatural al que nos hemos referido antes. Es el prejuicio de quien quisiera limitar el poder de Dios o restringirlo al orden natural de las cosas, casi como una auto-obligación de Dios a ceñirse a sus propias leyes. Pero esta concepción choca contra la más elemental idea filosófica y teológica de Dios, Ser infinito, subsistente y omnipotente, que no tiene límites, si no en el no-ser y, por tanto, en el absurdo.

Como conclusión de esta catequesis resulta espontáneo notar que esta infinitud en el ser y en el poder es también infinitud en el amor, como demuestran los milagros encuadrados en la economía de la Encarnación y en la Redención, “signos” del amor misericordioso por el que Dios ha enviado al mundo a su Hijo “para que todo el que crea en Él no perezca”, generoso con nosotros hasta la muerte. “Sic dilexit!” (Jn 3, 16)

Que a un amor tan grande no falte la respuesta generosa de nuestra gratitud, traducida en testimonio coherente de los hechos.
(NOTA: Juan Pablo II trató el tema de “Los milagros de Jesús” en siete catequesis, desde el 11 de noviembre de 1987 hasta el 13 de enero de 1988)


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Comentario Teológico: EL DEMONIO Y LA POSESIÓN DIABÓLICA
(Utilizamos el Dictionnaire de la Bible de Vigouroux, art. Démon y Demoniaques, Paris 1912).


Realidad de la posesión diabólica
Atestiguado el hecho por quienes lo presenciaron tan repetidas veces, no queda sino contestar a las objeciones que suelen oponerse.


1. No es nombre de enfermedades desconocidas
Se dice que la posesión no es sino el nombre ingenuo de distintas enfermedades poco conocidas en aquel tiempo, como la epilepsia, la locura y otras parecidas. Los griegos calificaban de daimonia a los hombres de espíritu extraviado, y en el mismo Evangelio se acusa al Señor de tener el demonio para indicar que no sabía lo que hacia ni decía (Mt 11,18; Jn 7,20; 8,48.52; 10,20).
La coexistencia de la posesión diabólica con algunas enfermedades es cierta en determinados casos. Esta coexistencia sólo demuestra que los apóstoles sabían distinguir ambas realidades. Hablan de las dos cosas como dos cosas distintas. Y no conviene olvidar que la enfermedad bien puede ser causada por la acción del espíritu malo (Mt 8,14; 12,9; Mc 3,10; Lc 6,18). Además no hay enfermedad que al desaparecer deje en el suelo medio muerto al curado, lo arroje violentamente o se pase a unos cerdos. Digamos también que el Señor no sólo no rectifica el concepto judío, limitándose a la curación de enfermedades, sino que delega expresamente en sus apóstoles el poder de arrojar los demonios, y habla con expresiones claras de las posesiones diabólicas como de auténticas posesiones.


2. No son datos históricos exclusivamente evangélicos
Se dice: Caso de ser cierta la posesión diabólica, no se hablaría de ella tan sólo en el Evangelio.
Respondamos dos cosas. En primer lugar, siendo un caso sobrenatural, no puede sujetarse a leyes naturales; pero aun a pesar de ello entrevemos ciertas razones que justifican su mayor abundancia en tiempo del Señor.
El demonio reinaba en el mundo y en Palestina hasta la cautividad de Babilonia por medio de la idolatría, cuyo fondo, muchas veces explícito, es la adoración de Satanás, y las prácticas de nigromancia, magia y fetichismo. San Agustín en la Ciudad de Dios , vuelve una y otra vez sobre el culto dado por Roma a los demonios. Lo mismo ocurría en el pueblo judío. Con este señorío, el demonio no necesitaba más. Pero, al regresar los judíos de la cautividad babilónica y desaparecer de nuevo la idolatría de Israel, comienzan a presentarse casos esporádicos, que culminan con un ataque en masa, cuando llega el momento de la lucha final.
Por otra parte es completamente falsa la ausencia total de casos de posesión referidos por fuentes no evangélicas y seguras. (cf. Vigouroux,ibid.).

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Santos Padres: San Jerónimo


Jesús, el médico divino
Luego, saliendo de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan1. Había instruido el Señor a su cuadriga2 y era ensalzado por encima de los querubines. Y entra en la casa de Pedro. Digna era su alma para recibir a un huésped tan grande. «Vinieron—dice el Evangelio—a casa de Simón y Andrés».

La suegra de Simón estaba acostada con fiebre3. ¡Ojalá venga y entre el Señor en nuestra casa y con un mandato suyo cure las fiebres de nuestros pecados! Porque todos nosotros tenemos fiebre. Tengo fiebre, por ejemplo, cuando me dejo llevar por la ira. Existen tantas fiebres como vicios. Por ello, pidamos a los apóstoles que intercedan ante Jesús, para que venga a nosotros y nos tome de la mano, pues si él toma nuestra mano, la fiebre huye al instante. Él es un médico egregio, el verdadero protomédico. Médico fue Moisés, médico Isaías, médicos todos los santos, mas éste es el protomédico. Sabe tocar sabiamente las venas y escrutar los secretos de las enfermedades. No toca el oído, no toca la frente, no toca ninguna otra parte del cuerpo, sino la mano. Tenía la fiebre, porque no poseía obras buenas. En primer lugar, por tanto, hay que sanar las obras4, y luego quitar la fiebre. No puede huir la fiebre, si no son sanadas las obras. Cuando nuestra mano posee obras malas, yacemos en el lecho, sin podernos levantar, sin poder andar, pues estamos sumidos totalmente en la enfermedad.

Y acercándose5 a aquella, que estaba enferma... Ella misma no pudo levantarse, pues yacía en el lecho, y no pudo, por tanto, salirle al encuentro al que venía. Más, este médico misericordioso acude él mismo junto al lecho; el que había llevado sobre sus hombros a la ovejita enferma, él mismo va junto al lecho. «Y acercándose... » Encima se acerca, y lo hace además para curarla. «Y acercándose... » Fíjate en lo que dice. Es como decir: hubieras debido salirme al encuentro, llegarte a la puerta, y recibirme, para que tu salud no fuera sólo obra de mi misericordia, sino también de tu voluntad. Pero, ya que te encuentras oprimida por la magnitud de las fiebres y no puedes levantarte, yo mismo vengo. Y acercándose, la levantó. Ya que ella misma no podía levantarse, es tomada por el Señor. Y la levantó, tomándola de la mano6. La tomó precisamente de la mano. También Pedro, cuando peligraba en el mar y se hundía, fue cogido de la mano y levantado. «Y la levantó tomándola de la mano». Con su mano tomó el Señor la mano de ella. ¡Oh feliz amistad, oh hermosa caricia! La levantó tomándola de la mano: con su mano sanó la mano de ella. Cogió su mano como un médico, le tomó el pulso, comprobó la magnitud de las fiebres, él mismo, que es médico y medicina al mismo tiempo. La toca Jesús y huye la fiebre. Que toque también nuestra mano, para que sean purificadas nuestras obras, que entre en nuestra casa: levantémonos por fin del lecho, no permanezcamos tumbados. Está Jesús de pie ante nuestro lecho, ¿y nosotros yacemos? Levantémonos y estemos de pie: es para nosotros una vergüenza que estemos acostados ante Jesús.

Alguien podrá decir: ¿dónde está Jesús? Jesús está ahora aquí. «En medio de vosotros—dice el Evangelio—está uno a quien no conocéis»7. «El reino de Dios está entre vosotros»8. Creamos y veamos que Jesús está presente. Si no podemos tocar su mano, postrémonos a sus pies. Si no podemos llegar a su cabeza, al menos lavemos sus pies con nuestras lágrimas. Nuestra penitencia es ungüento del Salvador. Mira cuán grande es su misericordia. Nuestros pecados huelen, son podredumbre y, sin embargo, si hacemos penitencia por los pecados, si los lloramos, nuestros pútridos pecados se convierten en ungüento del Señor. Pidamos, por tanto, al Señor que nos tome de la mano.

Y al instante—dice—la fiebre la dejó9. Apenas la toma de la mano, huye la fiebre. Fijaos en lo que sigue. «Al instante la fiebre la dejó». Ten esperanza, pecador, con tal de que te levantes del lecho. Esto mismo ocurrió con el santo David, que había pecado, yaciendo en la cama con Betsabé, la mujer de Urías el hitita10 y sintiendo la fiebre del adulterio, después que el Señor le sanó, después que había dicho: «Ten piedad de mí, oh Dios por tu gran misericordia»11, así como: «Contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí»12. «Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios mío... »13 Pues él había derramado la sangre de Urías, al haber ordenado derramarla. «Líbrame, dice, de la sangre, oh Dios, Dios mío, y un espíritu firme renueva dentro de mí»14. Fíjate en lo que dice: «renueva». Porque en el tiempo en que cometí el adulterio y perpetré el adulterio y perpetré el homicidio, el Espíritu Santo envejeció en mí. ¿Y qué más dice? «Lávame y quedaré más blanco que la nieve»15. Porque me has lavado con mis lágrimas. Mis lágrimas y mi penitencia han sido para mí como el bautismo. Fijaos, por tanto, de penitente en qué se convierte. Hizo penitencia y lloró, por ello fue purificado. ¿Qué sigue inmediatamente después? «Enseñaré a los inicuos tus caminos y los pecadores volverán a ti»''. De penitente se convirtió en maestro.

¿Por qué dije todo esto? Porque aquí está escrito: Y al instante la fiebre la dejó y se puso a servirles16. No basta con que la fiebre la dejase, sino que se levanta para el servicio de Cristo. «Y se puso a servirles». Les servía con los pies, con las manos, corría de un sitio a otro, veneraba al que le había curado. Sirvamos también nosotros a Jesús. Él acoge con gusto nuestro servicio, aunque tengamos las manos manchadas: él se digna mirar lo que sanó, porque él mismo lo sanó. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
(SAN JERÓNIMO, Comentario al Evangelio de San Marcos)


Notas:
1 Mc 1, 29  2 La expresión se refiere a los cuatro primeros apóstoles. 3 Mc 1, 30   4 La mano para San Jerónimo, así como para San Ambrosio, es símbolo de la actividad, es decir, de las obras.   5 Mc 1, 31   6 Ibíd.   7 Jn 1, 26   8 Lc 17, 21   9 Mc 1, 31   10 2S 11, 2-5   11 Sal 50, 3   12 Sal 50, 6   13 Sal 50, 16   14 Sal 50, 12   15 Sal 50, 9   16 Mc 1, 31


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Aplicación: R.P. Alfonso Torres, S.J.

Curación de la suegra de Pedro (Mc. 1, 29-35)
San Lucas puntualiza dos cosas contadas vagamente por San Marcos: la fiebre de la suegra de San Pedro, diciendo que ésta estaba cogida de una gran calentura, y lo que decían los demonios al salir de los endemoniados. Y salían, escribe, también de muchos los demonios gritando y diciendo: Tú eres el hijo de Dios (4, 38 y 41)

La escena es de una perfecta naturalidad. Simón y Andrés invitan al Señor a comer en casa de ellos, al salir de la sinagoga, y con él invitan a Juan y Santiago, como exigía la delicadeza una vez que los cuatro acompañaban a Jesús, como sus discípulos más íntimos. Al llegar a la casa, encuentran enferma a la suegra de Pedro. Como dice con precisión San Lucas, el médico, con lenguaje técnico, estaba cogida de una gran calentura. Los discípulos hablan al Señor, de la enferma, como dice San Marcos, y le rogaron por ella, como escribe con más precisión San Lucas. La doliente estaba sin duda en una de esas yacijas muy bajas que en Palestina solían ser el lecho de los pobres, si no es que estaba echada simplemente sobre una estera. Entró Jesús hasta donde estaba, se inclinó sobre ella, pues éste es el sentido de la frase original que nuestra versión traduce: y puéstose de pie cabe ella habló con imperio a la calentura, a la vez que tomaba de la mano a la enferma, y al punto dejó ésta la fiebre, como dice San Marcos. Levantándose la enferma, ella misma sirvió la comida a Jesús y a sus discípulos.

Apostillemos un tanto esta narración tan natural y transparente. Mal visto era de los maliciosos rabinos el que una mujer sirviera a la mesa donde comían los hombres; pero estas meticulosidades no regían en el ambiente sencillo de unos pobres galileos; sobre todo hubieran sido impertinentes después del milagro que hemos oído. ¿Qué rabino hubiera podido impedir que la suegra de Pedro sirviera al Señor al acabar de recibir la salud de sus divinas manos? Servirle era para ella honor, gozo y expresión de gratitud y amor.

En cambio, ¡con cuánto gusto cumpliría aquella mujer la recomendación rabínica de festejar el sábado con una comida más espléndida que la ordinaria! La comida debió de ser de una cordialidad expansiva ó de ser de una cordialidad expansiva de un contento sereno y desbordante.

[…] Mucho más útil para nosotros será aplicar aquí la conocida doctrina de S. Agustín cuando aconseja que al considerar los milagros del Señor no nos encerremos en los límites de la historia, sino que veamos el valor simbólico de los mismos. Los analfabetos, al ver un códice, admiran el dibujo de las letras; pero no saben leerlo. Algo parecido acaece, seguía el santo doctor, a quien no saben acerca de los milagros más que la historia de los mismos. Dios, así, como nos habla con palabras, nos hablaba también con hechos, con sus obras y especialmente con sus prodigios. Este lenguaje misterioso no lo entienden los hombres sin fe, ni los idólatras de ciertos métodos científicos; pero lo entendieron e interpretaron para nuestro provecho los Santos Padres, con sabiduría celestial.

Así, por ejemplo, San Ambrosio, hablando del milagro que comentamos, escribe que si lo miramos más profundamente, -Si altiori consilio ista perpedamus – debemos entenderlo de las salud del alma y del cuerpo, animi debemus intelligere et corporis sanitatem… Otra fiebre hay más perniciosa que la corporal, y es la del amor desordenado; nec minorem febrim amoris ese dicerem quam caloris. Y Jesús quiso enseñarnos que si curaba la fiebre corporal, mucho más deseaba curar la espiritual. Fiebre perniciosísima es la avaricia, fiebre es la ira, fiebre es la sensualidad. Vino el Redentor a la tierra para curarnos de estas fiebres, y si acudimos a El, rogándole con humildad, como le rogaron por la suegra de Pedro, venceremos la enfermedad y seremos sanos. Lo verdaderamente doloroso es que los delirios de la fiebre alucinen a tantas almas enfermas y les impidan conocer al médico divino y acudir a El con humildad propia del enfermo que reconoce su mal y desea recuperar la salud. ¡Cuántos son los que con insensata soberbia cierran los ojos a la fiebre que los devora, para seguir satisfaciendo sus malas concupiscencias! ¡Cuántos que se resuelven airados contra quienes intentan hacerles las caridad de indicarles la calentura que les abrasa!

Nunca agradeceremos bastante a nuestro divino Redentor la misericordia infinita con que se digna apagar los ardores enfermizos que tantas veces se encienden en nuestras almas. No rehuyamos su acción divina, sino más bien acudamos a El, sin temor de importunarle, como acudieron en tropel los enfermos y endemoniados de Cafarnaúm.
(ALFONSO TORRES, SJ, Lecciones Sacras. Lección XXII. Madrid, 1977, pp. 538- 541)


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Aplicación: Curó a muchos enfermos


P. Rainiero Cantalamessa.
El pasaje evangélico de este domingo nos ofrece el informe fiel de una jornada-tipo de Jesús. Cuando salió de la sinagoga, Jesús se acercó primero a casa de Pedro, donde curó a la suegra, quien estaba en cama con fiebre; al llegar la tarde le llevaron a todos los enfermos y curó a muchos, afectados de diversas enfermedades; por la mañana, se levantó cuando aún estaba oscuro y se retiró a un lugar solitario a orar; después partió a predicar el Reino a otros pueblos.

De este relato deducimos que la jornada de Jesús consistía en un trenzado de curar a los enfermos, oración y predicación del Reino. Dediquemos nuestra reflexión al amor de Jesús por los enfermos, también porque en pocos días, en la memoria de la Virgen de Lourdes, el 11 de febrero, se celebra la Jornada mundial del enfermo.

Las transformaciones sociales de nuestro siglo han cambiado profundamente las condiciones del enfermo. En muchas situaciones la ciencia da una esperanza razonable de curación, o al menos prolonga en mucho los tiempos de evolución del mal, en caso de enfermedades incurables. Pero la enfermedad, como la muerte, no está aún, y jamás lo estará, del todo derrotada. Forma parte de la condición humana. La fe cristiana puede aliviar esta condición y darle también un sentido y un valor.

Es necesario expresar dos planteamientos: uno para los enfermos mismos, otro para quien debe atenderles. Antes de Cristo, la enfermedad estaba considerada como estrechamente ligada al pecado. En otras palabras, se estaba convencido de que la enfermedad era siempre consecuencia de algún pecado personal que había que expiar.

Con Jesús cambió algo al respecto. Él «tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras debilidades» (Mateo 8, 17). En la cruz dio un sentido nuevo al dolor humano, incluida la enfermedad: ya no de castigo, sino de redención. La enfermedad une a él, santifica, afina el alma, prepara el día en que Dios enjugará toda lágrima y ya no habrá enfermedad ni llanto ni dolor.

Después de la larga hospitalización que siguió al atentado en la Plaza de San Pedro, el Papa Juan Pablo II escribió una carta sobre el dolor, en la que, entre otras cosas, decía: «Sufrir significa hacerse particularmente receptivos, particularmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios, ofrecidas a la humanidad en Cristo» (Cf. «Salvifici doloris», n. 23. Ndt). La enfermedad y el sufrimiento abren entre nosotros y Jesús en la cruz un canal de comunicación del todo especial. Los enfermos no son miembros pasivos en la Iglesia, sino los miembros más activos, más preciosos. A los ojos de Dios, una hora del sufrimiento de aquéllos, soportado con paciencia, puede valer más que todas las actividades del mundo, si se hacen sólo para uno mismo.

Ahora una palabra para los que deben atender a los enfermos, en el hogar o en estructuras sanitarias. El enfermo tiene ciertamente necesidad de cuidados, de competencia científica, pero tiene aún más necesidad de esperanza. Ninguna medicina alivia al enfermo tanto como oír decir al médico: «Tengo buenas esperanzas para ti». Cuando es posible hacerlo sin engañar, hay que dar esperanza. La esperanza es la mejor «tienda de oxigeno» para un enfermo. No hay que dejar al enfermo en soledad. Una de las obras de misericordia es visitar a los enfermos, y Jesús nos advirtió de que uno de los puntos del juicio final caerá precisamente sobre esto: «Estaba enfermo y me visitasteis... Estaba enfermo y no me visitasteis» (Mateo 25, 36. 43).

Algo que podemos hacer todos por los enfermos es orar. Casi todos los enfermos del Evangelio fueron curados porque alguien se los presentó a Jesús y le rogó por ellos. La oración más sencilla, y que todos podemos hacer nuestra, es la que las hermanas Marta y María dirigieron a Jesús, en la circunstancia de la enfermedad de su hermano Lázaro: «¡Señor, aquél a quien amas está enfermo!»
(Juan, 11, 3. Ndt).


 

 FRAY ALFONSO DE CABRERA

Descripción del endurecido
a) ¿Qué es un ser endemoniado?
Tener el corazón duro. ¿En qué consiste esto? San Bernardo, escribiendo al papa Eugenio, tiene un párrafo clásico. Pecador endurecido 'es el que no se rasga con la contrición, ni es ablandado por la piedad, ni movido por los ruegos, ni cede ante las amenazas y se endurece con los castigos. Ingrato a los beneficios, infiel a los consejos, cruel para los juicios, desvergonzado para las torpezas, arriscado para los peligros, no tiene afecto de hombre y es descomedido para Dios..., ni teme a Dios ni respeta a los hombres'.

b) No se rasga con la contrición
Cabrera describe la maldad del pecado. Alejandro, en estado de embriaguez, mató a su amigo Clito y después de saberlo quiso matarse él. '¿Qué debe sentir el que embriagado de la pasión, ha crucificado con sus pecados a Cristo?'...

c) No se ablanda con la piedad
'¿Qué te ha sufrido Dios? ¿Qué te ha esperado? ¿Qué de veces has confesado y propuesto la enmienda, y quebrado la palabra? Y Dios, con su benignidad y paciencia, disimula, espera, regala, date salud, hacienda, vida; y ¿tanta bondad no te obliga a servirle? ¡Oh corazón duro, cómo te aguarda la ira de Dios, pues no te aprovechas de su clemencia! ¿O es que desprecias las riquezas de su bondad, paciencia y longanimidad, desconociendo que la bondad de Dios te atrae a penitencia?... ( Rom . 2,4). Acá, para decir que os enojasteis, decís que se os gastó la paciencia. Erais pobre de paciencia, acabóseos presto el caudal. ¡Oh riquezas de bondad, paciencia, longanimidad de Dios, que no hay agotarse!... Esta piedad desprecia el corazón duro, empeorado con estos plazos y largas. Ignoras quoniam benignitas Dei ad poenitentiam te adducit? (ibid.). Traidor, ¿ahora ignoras que estas esperas de la misericordia de Dios son para que procures pagar con penitencia su justicia? ¿No sabes que quien espera no suelta, sino recambia? Pero tú, con tu dureza y corazón empedernido, atesoras ira y venganza contra ti para aquel día en que Dios soltará la represa de su ira y hará justo juicio y manifiesto. ¡Qué temerosa contraposición! ¡Dios tesoro de bondad, y el pecador obstinado hace tesoro de ira y de castigo, con que provoca la ira de Dios! ¡Oh qué mal tesoro! Riquezas acumuladas por el mal de su dueño...'

d) No se mueve con ruegos
'Villano ruin, que, mientras más le ruegan, más se extiende; que ni bastan inspiraciones del Espíritu Santo, ni llamamientos de Cristo, ni voces de la Iglesia. ¡Qué ruegos tan amorosos del Esposo! Ábreme, hermana mía, paloma mía, esposa mía; que, de estar en la calle toda la noche al sereno, traigo la cabeza mojada del rocío y las guedejas de mi melena llenas de la escarcha de la mañana. ¡Qué cuidado de rondar la puerta, pasear la calle, dar aldabadas! Ecce sto ad oatium et pulso (Apoc. 3,20). Yo soy el que está a la puerta y llamo, yo ruego con la paz,, con mi amistad... ¡Qué de voces dan los ministros de Dios, que son los terceros que andan haciendo amistades! A Dios no es menester importunarle. Conmigo acabado está. Impietas impii non nocevit ei, in quacumque die conversus fuerit ab impietate sua ( Ez . 33,12). Negociarlo con el pecador. Van a él, pónenle delante a Cristo, sus llagas, su pasión. Pro Christo ergo legatione fungimur, tanquam Deo exhortante per nos. Obsecramus pro Christo, reconciliamini Deo ( 2 Cor . 5,20). El nos envía, El lo ruega; como si le importase vuestra amistad, como si perdiese mucho en perderla. Y con todas estas súplicas, el corazón duro... no quiere salir del mal estado...'

e) No se dobla por amenazas
'¡Qué de veces oye predicar el rigor del juicio, el temor de sus señales, la certeza de la muerte!... Y acabándolas de oír va a jugar y reír, y se acuesta en su cama tan quieto como un santo. ¡Desventurado, que no sabes si amanece-en el infierno!... Y ve el pecador herir a éste hoy y que otro se murió ayer, y no sabe cuándo le enclavarán el corazón, y ¿no huye ni se esconde? Huye una ave del cazador, y un ciervo del ladrido de un perro..., ¿y éste, no teme el trueno de las amenazas de la divina justicia ni las saetas de sus castigos?...'
f) Se endurece con los azotes

'Pero ya que las amenazas no atemorizan al malo, ¿hace más por los castigos? No. Flagellis duratur: Más se endurece con los azotes y castigos... Con los trabajos con que otros sanan, enferma él . Con la enfermedad, reniega; con pérdida, blasfema; con la injuria que le hacen, maldice; con la pobreza, perjura, hurta, engaña... ¿Cuántas veces enfermaste y llegaste a morir, que ya tocabas con las plantas de los pies y te perdigabas en las llamas vengadoras? Propusiste la enmienda; dióte Dios salud, y en teniéndola volviste como perro al vómito. No fueron paces ni amistades las que hiciste, sino treguas, para tornar a más cruda guerra...'

g) Ingrato a los beneficios
'Es ingrato a los beneficios, desconocido a las mercedes; ni las estima, ni las engrandece, ni aun las conoce. Conoció el buey a su poseedor, y el jumento al pesebre de su amo; pero Israel no me conoció a mí, y mi pueblo no entendió los bienes que recibía de mi mano...'
h)Infiel a los consejos

'Soberbio, amigo de su parecer. No quiere tomar parecer de otro, y así se precipita y estrella...'
i)Cruel para los juicios

'De cuanto para sí es remiso, para los otros es vigoroso... Veréis unos pecadorazos que en su vida y obras no son menos que unos demonios encarnados, y, en sabiendo una falta de otro, la encaraman y condenan; jueces impíos que juzgan las intenciones, y todo lo echan a la peor parte...'

j)Desvergonzado para las torpezas
'No es tanto mal pecar con encogimiento y recato; pero placear el pecado como los de Sodoma, hacer gala de la deshonestidad...
Y para decir en breve todos los males de este horrible mal: Ipsum est, quod nec Deum timet, nec hominem reveretur (cf. Lc . 18,4). Mire cada uno su corazón, tome el pulso a su manera de vida; y si hallare alguna de estas malas señales, tome con tiempo el remedio, antes que se acabe de endurecer. No todas las piedras son igualmente duras, aunque todas son piedras'.


Ejemplos Predicables

Cristo nos da su medicina
Está uno enfermo. Desea para su salud una medicina que no tiene. No sólo desea, sino que por todas partes la procura. Y sucedió que por entonces un íntimo y muy querido amigo suyo cae con otra enfermedad mucho más grave que la suya que necesita precisamente la misma medicina para curarse. El amigo entonces se olvida de su propia enfermedad, se olvida de desear y buscar con ansia lo que para sí mismo necesitara. Mientras la anda buscando no piensa en su provecho, sino que no tiene más deseo que encontrar aquello para su amigo, y después que la halla se goza con el pensamiento de que aliviará con ella la necesidad de su amigo.
Pues bien hermanos, Cristo es así con nosotros, prefirió él sufrir la enfermedad del pecado, y a nosotros, sus amigos, nos dio la medicina de su Gracia con su Pasión, Muerte y Resurrección.
(ROMERO, F., Recursos oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 188)

 
LOS POSESOS DIABÓLICOS
A) Testimonios antiguos
La existencia de los posesos no consta sólo por el Evangelio, sino por muchos testimonios posteriores. Los Santos Padres han presenciado e intervenido en numerosos casos, y prueba de que no se trataba de simples sugestiones es que ante un mismo caso fracasaban los paganos y lo conseguían aquellos mediante el nombre de Jesús, lo cual motivó numerosas conversiones de gentes que se encontraban poco dispuestas. San Justino escribe este párrafo: 'Podéis comprobar lo que os digo observando lo que ocurre ante vuestros mismos ojos. En el mundo entero y en esta misma ciudad existe una gran cantidad de hombres poseídos por el demonio que, después de haber visto fracasar a vuestros conjuradores, hechiceros y encantadores, se curaron, y curados siguen, cuando los nuestros, los cristianos quiero decir, los adjuraron en el nombre de Jesucristo, el crucificado por Poncio Pilatos' (cf. Apol. 6: PG 6,453).Y Tertuliano, con su estilo vibrante: 'Que traigan aquí, a vuestros tribunales, alguno del que conste que está poseído por el demonio. En cuanto escuche el mandato de uno cualquiera de los cristianos, ese espíritu confesará ser el demonio lo mismo que antes se pavoneaba de ser Dios. Que nos traigan a alguno de los que pretenden hallarse bajo el influjo divino..., y si no confiesa inmediatamente que es un demonio, sin atreverse a mentir delante de un cristiano, derramad la sangre de este cristiano impostor' (cf. Apol. 23: PL 1,415).Y para que no pudiéramos decir que se engañaban atribuyendo al demonio lo que no pasaba de ser una enfermedad, los mismos Padres nos han dejado escritos los síntomas incontrovertibles que les convencían. Por no extendernos más, sólo transcribiremos unas palabras de Sulpicio Severo: 'Yo he visto a un poseso levantado en el aire y con los brazos extendidos' (cf. Diálogo 3,6: PL 20,215). San Paulino de Nola, en la vida de San Félix, asegura haber visto un endemoniado andar cabeza abajo, y sin que se descompusieran sus vestidos, por la bóveda de una iglesia (PL 41,465).Tenemos, pues, testigos en todas las partes del mundo civilizado de entonces y testigos de mayor excepción, pues lo son de vista y gozan de la ciencia y de la probidad mayores en su época.

B) Testimonios modernos
En nuestros tiempos modernos, los testimonios de tierra de misiones son muy abundantes. Escojamos uno, recogido de una carta del P. Lacour al célebre Dr. Winslow y reproducida por el médico racionalista Dr. Calmet en su libro De la folie (t.2 p.417). Un joven de dieciocho años, después de comulgar sacrílegamente, huye al campo, llamándose a sí mismo Judas. El misionero, avisado por los padres de los extraños fenómenos que observaban en el chico, acude incrédulo, pero tiene que convencerse. El poseso habla en latín. Cuando el padre se lo manda es elevado cabeza abajo hasta el techo de la iglesia, donde permanece media hora, sufre sacudidas que lo derriban violentamente, y por fin, el demonio, ante los exorcismos, lo abandona. En cuanto a Europa, muchos casos han sido estudiados científicamente, y desde el célebre doctor protestante Ambrosio Paré hasta nuestro siglo no faltan datos científicos. No son tampoco uno ni dos los santos en cuyos procesos canónicos aparecen completamente probados casos de posesión en los que ellos intervinieron. Uno de ellos es San Felipe de Neri y otro San Ignacio, quien, según el P. Rivadeneira, el año 1541 curó rápidamente a un santanderino llamado Mateo, que, a más de presentar todos los síntomas de posesión, si le hablaban en sus accesos de San Ignacio, gritaba diciendo que no se lo nombraran, pues era su enemigo más encarnizado (Acta Sanct. Iulii, t.8 p.761 n.716).Pero entre los testimonios modernos de mediados del siglo XIX figura, como más elocuente y comprobado, el de los famosos endemoniados de Ilfurt, aldea de la Alsacia-Lorena. Los posesos fueron milagrosamente salvados cuando, para librarlos del maligno espíritu, se invocó concretamente a María Inmaculada. El Ayuntamiento del pueblo levantó, en prenda y homenaje de gratitud, una estatua a la Inmaculada Concepción en la plaza pública, y en la inscripción se alude a los dos endemoniados.

 

(cortesía: iveargentina.org et alii)


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