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Domingo 17 Tiempo Ordinario B: Comentarios de Sabios y Santos - Preparemos con ellos la Acogida de la Palabra de Dios

 

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A su disposición

Advertencia

EXEGESIS: Raymond Brown - La multiplicación de los panes (Jn.6,1-15)

Exégesis: Fr. Joseph M. Lagrange, O.P. - Primera multiplicación de los panes (Lc.11,10-17; Mc.6,30-44; Mt.14,13-21; Jn.6,1-15)

Exégesis: Dr. Isidro Gomá y Tomás - Primera Multiplicación de los Panes

EXÉGESIS: Concordancia Bíblica (comparando las versiones de los 4 evangelistas)

Comentarios del Domingo 18 A

Comentario Teológico: Benedicto XVI - La multiplicación de los panes como signo

Comentario Teológico : R. P. Manuel de Tuya - La multiplicación de los panes

Comentario Teológico: Fray Justo Pérez de Urbel - Multiplicación de los panes

Santos Padres: San Juan Crisóstomo - "Los distribuyó entre los que estaban sentados; y se saciaron"

Santos Padres: San Agustín - La multiplicación de los panes

Aplicación: R. P. Raniero Cantalamessa - La Eucaristía entre naturaleza y gracia

Aplicación: P. Leonardo Castellani - La Promesa de la Eucaristía

Aplicación:  R.P. Leonardo Castellani II - La primera multiplicación de los panes

Aplicación: P. Ervens Mengelle, I.V.E. Preparando la Misa (Jn.6,1-15)

Aplicación: Mons. Fulton J. Shenn - Pan y Peces

Aplicación: GIOVANNI PAPINI - PANES Y PECES

Aplicación: R. P. Alfonso Torres SJ - La multiplicación de los panes

Aplicación: Juan Pablo II - Carta a la Juventud de Roma con ocasión de la Misión Ciudadana del Jubileo de los Jóvenes en el año 2000

Aplicación: P. Alfredo Saenz, S.J. - La Eucaristía, sacramento de la unidad eclesial

Aplicación: San Juan Pablo II - "¿Dónde podemos comprar el pan para que éstos puedan comer?"

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - La multiplicación de los panes

Ejemplos

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentario a Las Lecturas del Domingo


Advertencia
Como bien sabemos, durante el Ciclo B, en el cual nos encontramos, leemos el Evangelio según San Marcos. El domingo pasado, Domingo XVI del Tiempo Ordinario, leímos Mc.6,30-34. A este texto de San Marcos sigue la primera multiplicación de los panes (Mc.6,35-44), que siguiendo la lógica coherente del Ciclo B deberíamos haber leído hoy, Domingo XVII del Tiempo Ordinario. Sin embargo, la Iglesia, madre sabia y amorosa, viendo el profundo sentido eucarístico que tiene este milagro, quiere que lo leamos del Evangelio según San Juan. ¿Por qué la Iglesia quiere esto? Porque en San Juan el milagro de la primera multiplicación de los panes es más evidentemente eucarístico que en San Marcos. Este milagro en San Juan es más evidentemente eucarístico en sí mismo, en su mismo relato, como se hace notar en el texto de Raymon Brown que incluimos en este número de Homilética. Pero además, San Juan relata también el largo discurso eucarístico de Jesucristo inmediatamente después del milagro, el discurso que conocemos como el “Discurso del Pan de Vida” o también como “Promesa de la Eucaristía”. Este discurso de Jesús, que llena todo el resto del capítulo 6 de San Juan (Jn.6,24-69), está dedicado enteramente a la Eucaristía.
Por estos motivos, aún en medio del Ciclo B, la Iglesia se aparta de la lectura del Evangelio de San Marcos y consagra cinco domingos a leer todo el capítulo 6 de San Juan, según la siguiente secuencia:
Domingo XVII Jn.6,1-15
Domingo XVIII Jn.6,24-35
Domingo XIX Jn.6,41-51
Domingo XX Jn.6,51-58
Domingo XXI Jn.6,60-69
Creemos que es una hermosa oportunidad de hacer una profunda catequesis sobre el Sacramento de la Eucaristía comentando en cinco domingos el milagro de la multiplicación de los panes y la interpretación que de él hace el mismo Jesucristo. Creemos que se puede hacer ahora el plan de predicación para estos cinco domingos que siguen, y esta es la razón de esta advertencia.



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EXEGESIS: Raymond Brown - La multiplicación de los panes (Jn.6,1-15)

Después de un intervalo de tiempo indefinido, Juan retoma el relato en Galilea, la primavera sucesiva (cf. Jn.2,3). Estamos cerca de la segunda Pascua. La multiplicación de los panes y de los peces es narrada, en los cuatro evangelios, sustancialmente de la misma forma, con variantes menores sobre la localidad y la circunstancia. (El lector debería prestar particular atención a confrontar entre sí las versiones de San Juan y de San Marcos). Lucas y Juan tienen una sola multiplicación de los panes. Mateo y Marcos relatan dos. (…)

En Juan no se encuentra ninguna enseñanza antes de la multiplicación de los panes (cf. Mc.6,34). Jesús está sentado sobre la cima de un monte (¿recuerdo del Sinaí?) en espera de la muchedumbre y pone la cuestión de cómo procurar alimento para tanta gente. El ingreso en escena de los nuevos personajes Felipe y Andrés es típico de Juan (cf. Jn.1,40.43-44; 12,22). Solamente Juan menciona un joven (o ‘siervo’) y algunos panes de cebada, detalles que hacen pensar al milagro de Eliseo (2Re.4,42-44).

El relato de la multiplicación de los panes en el cuarto evangelio presenta algunos detalles determinados tendientes a recordar al lector cristiano la eucaristía (sobre la cual vuelve el relato en los vv. 51-58). En efecto, sólo Juan: a) utiliza el vervoeucharisteo, “dar gracias”, del cual deriva “eucaristía”; b) sólo Juan dice que fue Jesús mismo el que distribuyó los panes, como hará en la última cena; c) solamente Juan cuenta que Jesús ordenó a sus discípulos recoger los fragmentos para que no se pierdan (el término griego “recoger” es synágo, de donde proviene “sinaxis”, la primera parte de la misa. El término griego que se usa para decir “fragmentos”, klasma, aparece en la literatura cristiana primitiva como nombre técnico para indicar la hostia eucarística).

En Marcos, Jesús obliga a los discípulos a partir inmediatamente (cf. Mc.6,45); solamente Juan da la razón de esto, es decir, que la muchedumbre quería tomar a Jesús y hacerlo rey (nótese el modo en que Jesús es tentado en los capítulos 6-7 y compáreselo con la tercera tentación, Mt.4,8-9).
(BROWN, R., Il Vangelo e le Lettere di Giovanni. Breve comentario, Ed. Queriniana, Brescia, 1994, p. 58-60; traducción del equipo de Homilética)



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Exégesis: Fr. Joseph M. Lagrange, O.P. - Primera multiplicación de los panes (Lc.11,10-17; Mc.6,30-44; Mt.14,13-21; Jn.6,1-15)


Jesús tenía una buena razón para retirarse, y era la necesidad de reposo que tenían sus apóstoles después devolver de la misión (Mc 6, 31). En la soledad y a su lado recobrarían sus fuerzas: tenían muchas cosas que contarle y muchas más que aprender de Él, y en Galilea la concurrencia extraordinaria del pueblo no les permitía platicar en paz.

Se alejó, pues, Jesús con sus discípulos en una barca, tomando el rumbo de Betsaida para pasar aun más allá, a un lugar desierto. Bet­saida estaba enclavada en el territorio del tetrarca Filipo, que la había embellecido, acaso transportándola más al norte (et-Tell), y le había dado el nombre de Julias en honor de Julia, hija de Augusto, tan tristemente célebre.

Las ruinas del pueblecillo de pescadores están probablemente representadas por el Aradj, cerca de la desembocadura del Jordán. Al sudeste se extendía una gran llanura limitada por las colinas, y podía calificarse de desierto, sobre todo si se le comparaba con la llanura de Genesaret, de prodigiosa fertilidad. En primavera, sin embargo, lo mismo el desierto de Judá que la llanura y las colinas se cubrían de verdor. Los tres primeros evangelistas, hablando de la verde hierba, están en perfecto acuerdo con san Juan, que también habla de la hierba y de la proximidad de la fiesta de Pascua (Jn 6, 10 y 4), la fiesta de la primavera.

Atravesando el Lago en barca, la pequeña compañía debió llegar primero; pero, comprendidos los designios de Jesús, los ribereños del éste se apresuraron, y muy pronto se juntaron con los de Cafarnaún. Jesús, bien fuera por la calma o por la pesada temperatura de principios de abril, que imposibilita los brazos de los remeros, se retrasó en la travesía, y a la hora de desembarcar se vio rodeado de una turba numerosa.

¡Admirable sencillez la de los evangelistas, que no reparan en esta aparente contrariedad! ¡Más bien la han subrayado: Jesús quería un lugar retirado y se ve asaltado por todo un pueblo. Más admirable aún la bondad de Jesús, que no da la vuelta, buscando la soledad, sino que, compadecido de aquellas ovejas sin pastor, empieza en seguida y muy largamente a instruirlos!

Parece olvidarse de la hora que es. Los discípulos veían inquietos que el sol declinaba. Era muy hermoso oír hablar del reino de Dios, pero había que pensar en las necesidades de la vida. Ya era tiempo de que Jesús terminase su discurso. A Él no se lo decían claramente, pero invitaban a todo el mundo a marchar para que buscasen su pan en los pueblos y aldeas vecinas.

Interviene entonces Jesús y, para tentar a sus discípulos encarga­dos ordinariamente de aquellos menesteres, les dice: «¡Dadles de comer!»

Se decía fácilmente; pero, como notó Felipe, no bastarían 200 denarios. ¿Y dónde los tenían?

¡Qué animosos estos amigos del Señor! Cada uno propone una cosa y quiere ser útil. Andrés, hermano de Simón, vio a un joven que tenía cinco panes de cebada y dos peces. Debía ser un muchacho muy avisado; estaba seguro de despachar pronto y con mucha utilidad su mercancía. Lo dicho por san Andrés era una confesión de que care­cían de recursos. Jesús dice: «Haced que se sienten sobre la hierba verde para comer». Acostumbrados ya a ordenar multitudes, los discí­pulos los colocaron por grupos de cien y de cincuenta sobre el heno florido. Eran como cinco mil.

Todos los evangelistas notan que entonces Jesús oró solemnemen­te, levantó sus ojos al cielo, pronunció la bendición y partió los panes, ordenando a los apóstoles que los repartiesen. Hizo lo mismo con los peces. Todos comieron hasta saciar su hambre. Después Jesús mandó que recogiesen las sobras, para que no se perdiesen. La costumbre judía, más que en aprovechar las sobras, consistía en recoger las miga­jas de pan caídas de la mesa.

La intención de Jesús claramente se vio que era dar a aquel refri­gerio improvisado, que hubiera podido tomarse en pie, el carácter de verdadera comida. Los convidados se sentaron sobre la hierba, pero con cierto orden. El mismo amo de la casa parte el pan echándole la bendición como lo exige una buena costumbre; se recogen las sobras como si se estuviese en un comedor. Se acercaba la Pascua, y en la Pascua siguiente Jesús distribuiría entre sus apóstoles su cuerpo bajo la forma de pan. Sería un error decir que el Sacramento de la Eucaristía fue instituido entonces para la muchedumbre; pero era un preludio que el Maestro proponía a la reflexión. Así, san Juan llama acción de gra­cias, eucaristía, a la oración que los textos rabínicos llaman sencillamente bendición. Toda la importancia de esta escena se halla en su simbolismo. Por maravillosa que sea en sí misma, lo es mucho más como presentimiento del porvenir y, sin embargo, se hace así más accesible al espíritu y al corazón, como signo sensible ordenado en una realidad espiritual, no sólo más alta, sino de otro orden.

Es un hecho que en el mundo entero, los fieles católicos reciben, bajo la forma del mismo pan, lo que la fe les dice que es el verdadero cuerpo de Jesús. Algunos lo profanan, otros lo reciben por vanidad, un número mayor por rutina: una multitud innumerable encuentra en él verdaderamente el alimento del alma, una invitación más viva para ser­vir a Dios y un impulso nuevo para mejor amarle. Que esta prodigiosa institución estaba figurada en la multiplicación milagrosa del pan, parecerá plausible, y que el milagro haya dado tales frutos de bendi­ción, lo hace verosímil. La armonía entre la figura y la realidad con­vence.

En sí mismo aquel milagro fue a la vez tan incomprensible y tan público, que un entusiasmo inmenso brotó de todos los pechos. Sólo san Juan nos da cuenta del entusiasmo y nos da también la clave de la situación. Aún no se pronunciaba el nombre de Mesías, porque Jesús no se había manifestado como rey; pero, sin duda, era el gran profeta esperado, porque ningún profeta había hecho cosas tan divinas en favor de Israel. Este profeta llegaría a ser el Mesías, si era coronado rey. Lo era ya en persona; sólo faltaba que lo reconociesen como tal y que Él quisiera empezar a ejercer funciones reales. Pretendieron, pues, obligarle a ejercerlas; pero no era ése el designio de Jesús.
(LAGRANGE, J. M., Vida de Jesucristo según el evangelio, Edibesa, Madrid, 1999, pág. 189-92)



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Exégesis: Dr. Isidro Gomá y Tomás - Primera Multiplicación de los Panes

Explicación. - El cuarto Evangelista ha omitido la mayor parte de los hechos ocurridos en el segundo año de la vida pública de Jesús: su objeto es llenar las lagunas de los sinópticos. Deja, por lo mismo, la historia de Jesús con la narración del discurso apologético pronunciado por el Señor en Jerusalén casi un año antes, cuando la curación del paralítico de la piscina, para reanudarla con la descripción del milagro de la multiplicación de los panes. Para este largo lapso de tiempo, en que tantas maravillas obró Jesús como hemos visto, no tiene San Juan más que esas simples palabras de transición: "Después de esto..." (v. 1), para entrar luego en la descripción del milagro de la multiplicación de lo panes.

Los demás evangelistas nos dan una serie de detalles preciosos que sirven para relacionar los hechos siguientes con lo ocurrido en los últimos días de la evangelización de la Galilea por Jesús, después de la muerte del Bautista.

Pero los cuatro evangelios narran el hecho maravilloso de la multiplicación de los panes en el desierto de Betsaida. Las narraciones más detalladas y completas son las de Mc. y Ioh. Se comprende que los tres sinópticos coincidieran en la narración del estupendo prodigio, que marca uno de los puntos culminantes de la vida de Jesús. Cuanto a Juan, como a este prodigio está vinculado uno de los más profundos discursos de Jesús, el Pan de la Vida, toma el hecho milagroso como la base de la disquisición teológica que le sigue, pronunciada por el Señor probablemente dos días más tarde, en sábado, en la Sinagoga de Cafarnaúm. Si realmente fue así la multiplicación de los panes hubiese tenido lugar en lo que podríamos llamar jueves santo del año anterior al de la muerte de Jesús, al atardecer. Así Jesús, que no subió este año a Jerusalén para la Pascua, hubiese dado un avance de la institución de la Eucaristía en la Multiplicación de los panes y en el admirable discurso que le siguió, un año cabal antes de la realidad.

(...)
El Milagro. (11-15) - Distribuida la multitud en grupos, adoptó Jesús actitud solemne: "Tomó pues Jesús los cinco panes y los dos peces, miró al cielo", con lo que demuestra referir al Padre lo que va a hacer, "y los bendijo". Era esta bendición una impartición de la divina gracia, que en este caso producía la multiplicación de los panes benditos, como en la Última Cena produciría la transubstanciación del pan en el cuerpo del Señor. "Y habiendo dado gracias", en cuanto hombre, por haberse dignado Dios hacer tal milagro para bien corporal y espiritual de su pueblo, "rompió los panes y los dio a sus discípulos, y los discípulos los dieron a las turbas, y los repartió entre los que estaban sentados: y asimismo de los peces, cuanto querían". Multiplicábase el pan en manos de Jesús y de los Apóstoles por una maravillosa adición de materia que no se concibe sino por creación o conversión de otra en ella: y como no se agotó la vasija de harina, ni la alcuza de aceite en casa de la viuda de Sarepta por la oración de Eliseo (3 Reg 17, 14), así brotaban copiosamente los panes y peces de las manos de Jesús y de sus Apóstoles.

Fue estupendo el milagro: "Y comieron todos, y se hartaron". Y para que apareciera más patente a los ojos de sus discípulos el milagro, cada uno de ellos pudo recoger una canasta de pan sobrante, al mandato de Jesús, incluso Judas, que había ya perdido la fe (Ioh. 6, 71.72), de donde le vino mayor condenación: "Y cuando se hubieron saciado, dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que han sobrado, para que no se pierdan": ¡Bella y ejemplar lección e previsión, seguramente a beneficio de los pobres! "Y así recogieron, y llenaron doce canastos de pedazos de los cinco panes de cebada y de los peces que sobraron a los que habían comido. El número de los que comieron fue de cinco mil hombres, sin contar...". Atendidas las diversas circunstancias de los quehaceres domésticos de las mujeres y del cuidado de los hijos pequeños, y que los que saldrían al desierto serían ya de doce años para arriba, que eran los que acompañaban las caravanas que iban a la Pascua, Curci cuenta como unos 3000, entre mujeres y niños, que deberían añadirse a los cinco mil hombres adultos.

Aquella multitud de hombres, imbuida de las ideas de un Mesías glorioso en el orden temporal, quiso llevar consigo a Jesús a Jerusalén, centro de la teocracia de Israel, adonde se dirigía para la celebración de la Pascua, fiesta instituida en memoria de la liberación de Egipto: allí le proclamarían rey y sacudirían el yugo de los romanos. El milagro que acaba de realizar es tan estupendo que basta para acreditarle de Mesías, el Profeta prometido de Moisés: "Aquellos hombres, pues, cuando vieron el milagro que Jesús había obrado decían: este es verdaderamente el Profeta que debe venir al mundo". Corrió entre aquella multitud de hombres la voz y el propósito de llevarlo consigo para proclamarle rey: "Y Jesús, cuando entendió que habían de venir a arrebatarlo para hacerlo rey..."

Quizás los mismos discípulos, que participaban de las ideas del pueblo en ese punto (Mt. 20, 21; Act. 1, 6), entraron en los sentimientos de la multitud. Humanamente, el entusiasmo irreflexivo de aquella muchedumbre podía comprometer la obra de Jesús; por ello separa, no sin violencia, a sus Apóstoles de la turba: "Luego obligó a sus discípulos a que entrasen en la barca para que fuesen antes que él a la otra orilla, a Betsaida, mientras él despedía al pueblo".

Mientras los discípulos, con la pena de separarse del Maestro, se hacían a la mar, donde de nuevo habían de ser testigos de su omnipotencia, Jesús, con suaves palabras, despidió al pueblo: "Y cuando lo hubo despedido, huyó otra vez al monte, él solo, a orar. Y cuando vino la noche, dice lacónicamente Mt., estaba allí solo".

La escena es sublime. Cuando la oscuridad cierra el día, el rumor de la multitud que se aleja se extingue en la llanura; cruza el mar, rumbo a poniente, la barquilla de los Apóstoles; entretanto Jesús, solo en el desierto promontorio, dominando la multitud y sus queridos discípulos, que bogan mar adentro, entra en altísima oración con el Padre.

Lecciones Morales. (...)
- v. 3- "Subió Jesús al monte, y sentóse allí con sus discípulos". - Plácenos considerar a Jesús como amador de la naturaleza: es su obra, porque es la obra del Verbo de Dios, y Jesús es el Verbo de Dios hecho hombre. Fatigado como se hallaba, él y sus discípulos, pudo retirarse a descansar con ellos en la tranquilidad de un hogar, en la placidez de la vida doméstica. No quiere, y va por mar a un monte solitario, desde el que domina el pintoresco lago, con las ciudades marítimas allá en la lejanía... Y se sienta sobre la muelle y fresca hierba, en aquella tarde plácida de primavera. Se sienta, dice el Crisóstomo, no simplemente para no hacer nada, sino hablando con diligencia a sus Apóstoles, y aunándoles cada vez más consigo. Es un momento en que el Pedagogo divino nos enseña a utilizar los recursos de la naturaleza y gracia en provecho de nuestros prójimos. El espectáculo de la plena naturaleza templa y ensancha nuestro espíritu, le aleja de las mezquindades de los hombres, le prepara a las nobles empresas.

- v. 11 - "Tomó Jesús los cinco panes... y habiendo dado gracias... " - ¿Por qué, dice el Crisóstomo, cuando cura al paralítico no ora, ni cuando resucita muertos, ni cuando calma las tempestades? Para enseñarnos que cuando empezamos a comer debemos dar gracias a Dios. Además, ora en las cosas pequeñas y no en las grandes, para que sepamos que no ora por necesidad, sino para darnos ejemplo, mayormente en esta ocasión, cuando tenía ante sí millares de espectadores a quienes darlo.

- v. 12 - "Recoged los pedazos que han sobrado" - Jesús quiere que seamos buenos administradores. Fue generoso en la multiplicación de los panes: es cuidadoso en recoger sus fragmentos. Saca panes de la nada, y manda guardar en espuertas lo que sobra de la multitud. Para enseñarnos que, por abundantes que sean los bienes que la Divina Providencia nos conceda, por simple herencia o donación o por el esfuerzo de nuestro trabajo, no podemos desperdiciarlos sin malbaratar la gracia de Dios. Nos atiende mil necesidades, presentes u futuras, a las que no sabremos si podemos, porque cambian con facilidad las fortunas con el correr de los tiempos. Y a más de nuestras necesidades de todo género, de cuyo socorro no podemos substraernos: los pobres, la prensa, el culto, las obras sociales de caridad, de beneficencia, de fomento de organizaciones católicas, según las exigencias de lugares y tiempos. Guardemos los fragmentos para que no se pierdan...

- v. 15 - "Y Jesús cuando entendió que habían de venir... para hacerle rey..." - Era un rey, dice San Agustín, que temía le hiciesen rey. Ni era tal rey que le hiciesen los hombres, sino un rey que hace reyes a los hombres, porque reina siempre con el Padre, en cuanto es el Hijo de Dios. Ya los profetas habían vaticinado su reino en cuanto, según era hombre, fue hecho el Ungido o Cristo de Dios, y a sus fieles les hizo "cristianos", porque son su reino, congregado y comprado con la sangre de Cristo. Su reino se hará manifiesto cuando brille la caridad de sus santos después del juicio. Mas los discípulos y las turbas creyeron que había venido para reinar ya en este mundo: con lo cual quisieron que se anticipara a su tiempo. Pero ahora el tiempo de la plena realeza de Jesús ha llegado ya para nosotros: reconozcámosle como a nuestro rey, y seamos perfectos súbdito suyos.
(Dr. D. Isidro Gomá y Tomás, El Evangelio Explicado , Vol. I, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona, 1966, p. 661-670)

 

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Comentario Teológico: Benedicto XVI - La multiplicación de los panes como signo


El tema del pan ya lo hemos abordado detalladamen­te al tratar las tentaciones de Jesús; hemos visto que la tentación de convertir las piedras del desierto en pan plantea toda la problemática de la misión del Mesías; además, en la deformación de esta misión por el demo­nio, aparece ya de forma velada la respuesta positiva de Jesús, que luego se esclarecerá definitivamente con la entrega de su cuerpo como pan para la vida del mun­do en la noche anterior a la pasión. También hemos en­contrado la temática del pan en la explicación de la cuarta petición del Padrenuestro, donde hemos inten­tado considerar las distintas dimensiones de esta peti­ción y, con ello, llegar a una visión de conjunto del te­ma del pan en todo su alcance. Al final de la vida pública de Jesús en Galilea, la multiplicación de los panes se convierte, por un lado, en el signo eminente de la mi­sión mesiánica de Jesús, pero al mismo tiempo en una encrucijada de su actuación, que a partir de entonces se convierte claramente en un camino hacia la cruz. Los tres Evangelios sinópticos relatan que dio de comer milagrosamente a cinco mil hombres (cf. Mt 14, 33-21; Mc 6, 32-44; Lc9, 10b-17); Mateo y Marcos narran, además, que también dio de comer a cuatro mil personas (cf. Mt 15, 32-38; Mc 8, 1-9).

No podemos adentramos aquí en el rico contenido teológico de ambos relatos. Me limitaré a la multipli­cación de los panes narrada por Juan (cf. Jn 6, 1-15); tampoco se la puede analizar aquí en detalle; así que nuestra atención se centrará directamente en la inter­pretación del acontecimiento que Jesús propone en su gran sermón sobre el pan al día siguiente en la sinagoga, al otro lado del lago. Hay que añadir una limitación más: no podemos considerar en todos sus por­menores este gran sermón que ha sido muy estudiado, y frecuentemente desmenuzado con meticulosidad por los exegetas. Sólo quisiera intentar poner de relieve sus grandes líneas y, sobre todo, ponerlo en su lugar den­tro de todo el contexto de la tradición a la que perte­nece y a partir del cual hay que entenderlo.

El contexto fundamental en que se sitúa todo el capítulo es la comparación entre Moisés y Jesús: Jesús es el Moisés definitivo y más grande, el «profeta» que Moisés anunció a las puertas de la tierra santa y del que dijo Dios: «Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande» (Dt 18, 18). Por eso no es casual que al final de la multiplicación de los panes, y antes de que intentaran proclamar rey a Jesús, aparezca la siguiente frase: «Éste sí que es el profeta que tenía que venir al mundo» (Jn 6, 14); del mismo modo que tras el anun­cio del agua de la vida, en la fiesta de las Tiendas, las gentes decían: «Éste es de verdad el profeta» (7, 40). Te­niendo, pues, a Moisés como trasfondo, aparecen los re­quisitos que debía tener Jesús. En el desierto, Moisés había hecho brotar agua de la roca, Jesús promete el agua de la vida, como hemos visto. Pero el gran don que se perfilaba en el recuerdo era sobre todo el maná: Moi­sés había regalado el pan del cielo, Dios mismo había alimentado con pan del cielo al pueblo errante de Israel. Para un pueblo en el que muchos sufrían el hambre y la fatiga de buscar el pan cada día, ésta era la promesa de las promesas, que en cierto modo lo resumía todo: la eliminación de toda necesidad, el don que habría sa­ciado el hambre de todos y para siempre.

Antes de retomar esta idea, a partir de la cual se ha de entender el capítulo 6 del Evangelio de Juan, debemos completar la imagen de Moisés, pues sólo así se precisa también la imagen que Juan tiene de Jesús. El punto central del que hemos partido en este libro, y al que siempre volvemos, es que Moisés hablaba cara a cara con Dios, «como un hombre habla con su ami­go» (Ex 33, 11; cf. Dt34, 10). Sólo porque hablaba con Dios mismo podía llevar la Palabra de Dios a los hombres. Pero sobre esta cercanía con Dios, que se en­cuentra en el núcleo de la misión de Moisés y es su fun­damento interno, se cierne una sombra. Pues a la pe­tición de Moisés: «¡Déjame ver tu gloria!» —en el mismo instante en que se habla de su amistad con Dios, de su acceso directo a Dios—, sigue la respuesta: «Cuan­do pase mi gloria te pondré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi palma hasta que yo haya pa­sado, y cuando retire la mano, verás mis espaldas, por­que mi rostro no se puede ver» (Ex 33, 18.22s). Así pues, Moisés ve sólo la espalda de Dios, porque su rostro «no se puede ver». Se percibe claramente la li­mitación impuesta también a Moisés.

La clave decisiva para la imagen de Jesús en el Evan­gelio de Juan se encuentra en la afirmación conclusiva del Prólogo: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha da­do a conocer» (Jn1, 18). Sólo quien es Dios, ve a Dios: Jesús. Él habla realmente a partir de la visión del Pa­dre, a partir del diálogo permanente con el Padre, un diálogo que es su vida. Si Moisés nos ha mostrado y nos ha podido mostrar sólo la espalda de Dios, Jesús en cambio es la Palabra que procede de Dios, de la con­templación viva, de la unidad con Él. Relacionados con esto hay otros dos dones de Moisés que en Cristo ad­quieren su forma definitiva: Dios ha comunicado su nombre a Moisés, haciendo posible así la relación entre Él y los hombres; a través de la transmisión del nombre que le ha sido manifestado, Moisés se convierte en mediador de una verdadera relación de los hombres con el Dios vivo; sobre esto ya hemos reflexionado al tratar la primera petición del Padrenuestro. En su ora­ción sacerdotal Jesús acentúa que Él manifiesta el nom­bre de Dios, llevando a su fin también en este punto la obra iniciada por Moisés. Cuando tratemos la oración sacerdotal de Jesús tendremos que analizar con más de­talle esta afirmación: ¿en qué sentido revela Jesús el «nombre» de Dios más allá de lo que lo hizo Moisés?

El otro don de Moisés, estrechamente relacionado tanto con la contemplación de Dios y la manifestación de su nombre como con el maná, y a través del cual el pueblo de Israel se convierte en pueblo de Dios, es la Torá; la palabra de Dios, que muestra el camino y lle­va a la vida. Israel ha reconocido cada vez con mayor claridad que éste es el don fundamental y duradero de Moisés; que lo que realmente distingue a Israel es que conoce la voluntad de Dios y, así, el recto camino de la vida. El gran Salmo 119 es toda una explosión de ale­gría y agradecimiento por este don. Una visión unila­teral de la Ley, que resulta de una interpretación uni­lateral de la teología paulina, nos impide ver esta alegría de Israel: la alegría de conocer la voluntad de Dios y, así, poder y tener el privilegio de vivir esa voluntad.

Con esta idea hemos vuelto —aunque parezca de mo­do inesperado— al sermón sobre el pan. En el desarro­llo interno del pensamiento judío ha ido aclarándose cada vez más que el verdadero pan del cielo, que alimentó y alimenta a Israel, es precisamente la Ley, la palabra de Dios. En la literatura sapiencial, la sabiduría, que se hace presente y accesible en la Ley, aparece como «pan» (Pr 9, 5); la literatura rabínica ha desarrollado más esta idea (Barrett, p. 301). Desde esta perspectiva hemos de entender el debate de Jesús con los judíos reunidos en la sinagoga de Cafarnaún. Jesús llama la atención sobre el hecho de que no han enten­dido la multiplicación de los panes como un «signo» —como era en realidad—, sino que todo su interés se centraba en lo referente al comer y saciarse (cf. Jn 6, 26). Entendían la salvación desde un punto de vista puramente material, el del bienestar general, y con ello rebajaban al hombre y, en realidad, excluían a Dios. Pe­ro si veían el maná sólo desde el punto de vista del saciarse, hay que considerar que éste no era pan del cie­lo, sino sólo pan de la tierra. Aunque viniera del «cielo» era alimento terrenal; más aún, un sucedáneo que se acabaría en cuanto salieran del desierto y llegaran a tierra habitada.

Pero el hombre tiene hambre de algo más, necesita algo más. El don que alimente al hombre en cuanto hombre debe ser superior, estar a otro nivel. ¿Es la To­rá ese otro alimento? En ella, a través de ella, el hom­bre puede de algún modo hacer de la voluntad de Dios su alimento (cf. Jn 4, 34)- Sí, la Torá es «pan» que vie­ne de Dios; pero sólo nos muestra, por así decirlo, la espalda de Dios, es una «sombra». «El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo» (Jn 6,33). Como los que le escuchaban seguían sin entenderlo, Je­sús lo repite de un modo inequívoco: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed» (Jn 6, 35).

La Ley se ha hecho Persona. En el encuentro con Jesús nos alimentamos, por así decirlo, del Dios vivo, comemos realmente el «pan del cielo». De acuerdo con esto, Jesús ya había dejado claro antes que lo único que Dios exige es creer en Él. Los oyentes le habían pre­guntado: «¿Cómo podremos ocuparnos del trabajo que Dios quiere?» (Jn 6, 28). La palabra griega aquí utilizada, ergázesthai, significa «obtener a través del traba­jo» (Barrett, p. 298). Los que escuchan están dispues­tos a trabajar, a actuar, a hacer «obras» para recibir ese pan; pero no se puede «ganar» sólo mediante el tra­bajo humano, mediante el propio esfuerzo. Únicamen­te puede llegar a nosotros como don de Dios, como obra de Dios: toda la teología paulina está presente en este diálogo. La realidad más alta y esencial no la po­demos conseguir por nosotros mismos; tenemos que dejar que se nos conceda y, por así decirlo, entrar en la dinámica de los dones que se nos conceden. Esto ocu­rre en la fe en Jesús, que es diálogo y relación viva con el Padre, y que en nosotros quiere convertirse de nue­vo en palabra y amor.

Pero con ello no se responde todavía del todo a la pre­gunta de cómo podemos nosotros «alimentarnos» de Dios, vivir de Él de tal forma que Él mismo se con­vierta en nuestro pan. Dios se hace «pan» para nosotros ante todo en la encarnación del Logos: la Palabra se hace carne. El Logos se hace uno de nosotros y entra así en nuestro ámbito, en aquello que nos resulta accesi­ble. Pero por encima de la encarnación de la Palabra, es necesario todavía un paso más, que Jesús menciona en las palabras finales de su sermón: su carne es vida «para» el mundo (6, 51). Con esto se alude, más allá del acto de la encarnación, al objetivo interior y a su últi­ma realización: la entrega que Jesús hace de sí mismo hasta la muerte y el misterio de la cruz.

Esto se ve más claramente en el versículo 53, donde el Señor menciona además su sangre, que Él nos da a «beber». Aquí no sólo resulta evidente la referencia a la Eucaristía, sino que además se perfila aquello en que se basa: el sacrificio de Jesús que derrama su san­gre por nosotros y, de este modo, sale de sí mismo, por así decirlo, se derrama, se entrega a nosotros.

Así pues, en este capítulo, la teología de la encarnación y la teología de la cruz se entrecruzan; ambas son inse­parables. No se puede oponer la teología pascual de los sinópticos y de san Pablo a una teología supuestamen­te pura de la encarnación en san Juan. La encarnación de la Palabra de la que habla el Prólogo apunta preci­samente a la entrega del cuerpo en la cruz que se nos hace accesible en el sacramento. Juan sigue aquí la misma línea que desarrolla la Carta a los Hebreos par­tiendo del Salmo 40, 6-8: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo» (Hb10, 5). Jesús se hace hombre para entregarse y ocupar el lu­gar del sacrificio de los animales, que sólo podían ser el gesto de un anhelo, pero no una respuesta.

Las palabras de Jesús sobre el pan, por un lado, orientan el gran movimiento de la encarnación y del camino pascual hacia el sacramento en el que encarnación y Pascua siempre coexisten, pero por otra parte, introduce también el sacramento, la sagrada Eucaristía, en el gran contexto del descenso de Dios hacia nosotros y por nosotros. Así, por un lado se acentúa expresamente el puesto de la Eucaristía en el centro de la vida cristiana: aquí Dios nos regala realmente el maná que la humanidad espera, el verdadero «pan del cielo», aquello con lo que podemos vivir en lo más hondo como hombres. Pero al mismo tiempo se ve la Eucaristía co­mo el gran encuentro permanente de Dios con los hom­bres, en el que el Señor se entrega como «carne» para que en Él, y en la participación en su camino, nos con­virtamos en «espíritu». Del mismo modo que Él, a través de la cruz, se transformó en una nueva forma de corporeidad y humanidad que se compenetra con la naturaleza de Dios, esa comida debe ser para nosotros una apertura de la existencia, un paso a través de la cruz y una anticipación de la nueva existencia, de la vida en Dios y con Dios

Por ello, al final del discurso, donde se hace hinca­pié en la encarnación de Jesús y el comer y beber «la carne y la sangre del Señor», aparece la frase: «El Espí­ritu es quien da la vida; la carne no sirve de nada» (Jn 6, 63). Esto nos recuerda las palabras de san Pablo: «El primer hombre, Adán, se convirtió en ser vivo. El último Adán, en espíritu que da vida» (1 Co 15, 45). No se anula nada del realismo de la encarnación, pero se subraya la perspectiva pascual del sacramento: sólo a través de la cruz y de la transformación que ésta produce se nos hace accesible esa carne, arrastrándonos también a nosotros en el proceso de dicha transformación. La devoción eucarística tiene que aprender siempre de esta gran dinámica cristológica, más aún, cósmica.

Para entender en toda su profundidad el sermón de Je­sús sobre el pan debemos considerar, finalmente, una de las palabras clave del Evangelio de Juan, que Jesús pronuncia el Domingo de Ramos en previsión de la futura Iglesia universal, que incluirá a judíos y griegos -a todos los pueblos del mundo—: «Os aseguro que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero, si muere, da mucho fruto» (12, 24). En lo que denominamos «pan» se contiene el misterio de la pasión. El pan presupone que la semilla —el grano de trigo— ha caído en la tierra, «ha muerto», y que de su muerte ha crecido después la nueva espiga. El pan terrenal puede llegar a ser portador de la presencia de Cristo porque lleva en sí mismo el misterio de la pasión, reúne en sí muerte y resurrección. (Así, en las religio­nes del mundo el pan se había convertido en el punto de partida de los mitos de muerte y resurrección de la divinidad, en los que el hombre expresaba su espe­ranza en una vida después de la muerte.

A este respecto, el cardenal Schönborn recuerda el proceso de conversión del gran escritor británico Clive Staples Lewis, que leyendo una obra en doce volúmenes sobre esos mitos llegó a la conclusión de que también ese Jesús que tomó el pan en sus manos y dijo «Éste es mi cuerpo», era sólo «otra divinidad del grano, un rey del grano que ofrece su vida por la vida del mundo». Pero un día oyó decir en una conversación «a un ateo convencido... que las pruebas de la historicidad de los Evangelios eran sorprendentemente persuasivas» (Schönborn, pp. 23s). Y a él se le ocurrió: «Qué extraño. Toda esta historia del Dios que muere, parece como si realmente hubiera sucedido una vez» Kranz, cit. en Schönborn, pp. 23s).

Sí, ha ocurrido realmente. Jesús no es un mito, un hombre de carne y hueso, una presencia del todo real en la historia. Podemos visitar los lugares donde estuvo y andar por los caminos que El recorrió, podemos oír sus palabras a través de testigos. Ha muerto y ha resucitado. El misterio de la pasión que encierra el pan, por así decirlo, le ha esperado, se ha dirigido ha­cia Él; y los mitos lo han esperado a Él, en quien el de­seo se ha hecho realidad.) Lo mismo puede decirse del vino. También él comporta una pasión: ha sido pren­sado, y así la uva se ha convertido en vino. Los Padres han ido más lejos en su interpretación de este lengua­je oculto de los dones eucarísticos. Me gustaría men­cionar aquí sólo un ejemplo. En la denominada Dida­ché(tal vez en torno al año 100) se implora sobre el pan destinado a la Eucaristía: «Como este pan partido es­taba esparcido por las montañas y al ser reunido se hi­zo uno, que también tu Iglesia sea reunida de los extre­mos de la tierra en tu reino» (IX, 4).
(Joseph Ratzinger - Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (I), Ed. Planeta, Santiago de Chile, 2007, pág. 310-20)



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Comentario Teológico : R. P. Manuel de Tuya - La multiplicación de los panes

La primera multiplicación de los panes
Jn comienza su relato con una frase vaga usual: "Después de estas cosas" (Jn 3,22, etc.), lo que no permite darle una situación cronológica precisa. Cristo va a la otra parte del mar de Galilea o Tiberíades. Jn precisa el lago con el nombre de Tiberíades para sus lectores étnicos, ya que después que Antípas fundó en honor de Tiberio, en el borde del lago, la ciudad de Tiberios, y puso en ella su capital, prevaleció este nombre en el uso griego.
Jn no da el motivo de este retiro de Cristo con sus apóstoles, lo que dan los sinópticos: un descanso a su pasada actuación apostólica (Mc 6,30) y motivo de nuevas instrucciones. También influyó la orden que por aquellos días Antípas dio de decapitar al Bautista (Mt 14,12.13).
El lugar es vagamente precisado: fue a la región de Betsaida, región que estaba bajo la jurisdicción de Filipo, en la Gaulanítide.

Le seguía una gran muchedumbre a causa de los milagros que hacia y había hecho por aquella region ya antes. Pero los sinópticos precisaron que, cuando Cristo llegó a aquella región, ya grupos de gentes se le habían "adelantado" (Mc). El recorrido por el lago era la mitad que por tierra. Esto hace suponer, o en un retraso en el remar a causa del calor, o en un retraso por conversar con los apóstoles.

Jn destaca aquí, y no al principio, que "estaba cercana la Pascua, la fiesta de los judíos". Los autores admiten el valor tipológico de esta cita. Si el intento hubiese sido primariamente cronológico, lo hubiese puesto al principio, para encuadrar cronológicamente la escena en su lugar preciso (Jn 19,14). Pero apunta a la Eucaristía-comunión, sacrificio-, que tendrá lugar en la Pascua siguiente. Cristo, desde el montículo al que había subido (v.3), viéndola gran muchedumbre que había, va a realizar el milagro. Pero Jn presenta el diálogo con Felipe. Jn gusta del diálogo (Nicodemo, la Samaritana, vocación de los primeros discípulos, discursos del Cenáculo). Y así presenta aquí lo mismo que dicen los sinópticos con una estructura histórico-literaria de diálogo. Pues lo que le interesa destacar aquí a Jn es la presciencia de Cristo, ya que lo decía para "probarle", pues "sabía lo que iba a hacer". Jn omite la escena de los sinópticos en la que los discípulos piden que despida a la gente para que puedan lograr provisiones. Igualmente omite la predicación de Cristo a la turba y los milagros hechos entonces. Basta el esquema que mejor le permita destacar la tipología eucarística.

Felipe, con su golpe de vista, calcula que no bastarán para abastecer aquella turba 200 denarios para que cada uno reciba un pedacito. El denario en la época de Cristo era el sueldo diario de un trabajador (Mt 20,2). Así, 200 denarios, repartidos entre 5.000 hombres, venían a corresponder a denario por cada 25 hombres. A los que había que añadir las mujeres y niños.

Interviene Andrés, "el hermano de Simón Pedro". El que Cristo plantease el problema del abastecimiento a Felipe es que éste era de Betsaida y podía indicar soluciones. El citarse a Andrés como hermano de Simón Pedro, más que por ser un clisé literario, es por lo que Pedro significó entonces, y, sobre todo, lo que significaba a la hora de la composición de los evangelios.

Andrés apunta la presencia de un muchacho, seguramente uno de esos pequeños vendedores ambulantes que siguen a las turbas, y que tenia ya solamente "cinco panes de cebada y dos peces". Pero esto no era solución.

El "pan de cebada", matiz propio de Jn, era el alimento de la gente pobre.

Por "peces" pone el término opsárion, diminutivo de ópson, que significa, originariamente, un alimento preparado sobre el fuego y que luego se toma con pan, sobre todo de carne o pescado. De esta palabra vino por el uso a ser sinónimo pescado, sobre todo en el contexto de Jn (Jn 21,9.10.13).

Estos pequeños "peces" acaso fuesen pescado seco en salazón o preparados ya para la venta. En esta época existía en Tariquea, al sur del lago, una factoría de salazón de pescado.

Todas estas preguntas y pesquisas tendían a garantizar más ostensiblemente el milagro, al comprobar la imposibilidad de alimentar a aquella multitud en el desierto. Y, una vez garantizado esto, el milagro se va a realizar de una manera nada espectacular, sino discretamente.

Se da la orden de que se acomoden, lo que era "recostarse" o "sentarse" en el suelo. Mc-Lc hacen ver que se acomodaron por grupos de 50 y de 100. Los colores vivos de sus vestiduras, bajo el sol palestino, daban la impresión de un arriate de jardin, al tiempo que facilitó luego el recuento y el servicio. La multitud de solo hombres se valuó en 5.000. Las mujeres y niños contaban poco en la vida social de Oriente. Ni es inverosímil esta cifra. Bajo el procurador de Roma en Judea, Félix (52-60 d. C.), un pseudo-mesías congregó en el desierto en torno suyo unas 30.000 personas y con ellas marchó al monte de los Olivos.

En la descripción del Tito del milagro, Jn hace la descripción apuntando rasgos tipológicos orientados a la Eucaristía.

Jn omite un rasgo que los tres sinópticos recogen: que Cristo "elevó" sus ojos al cielo antes de la bendición. Era gesto frecuente en Cristo en varias circunstancias de su vida. El mismo Juan lo relata en otras ocasiones (Jn 11,41; 17,1). Al omitirlo aquí, se piensa que es omisión deliberada, ya que falta en los tres relatos sinópticos de la institución de la Eucaristía, lo mismo que en el relato de San Pablo en I Cor por influjo de la liturgia eucarística.

"Tomó (en sus manos) los panes". Pudo haberse omitido este detalle o haber Cristo dado orden de repartirlos sin tomarlos en sus manos. Pero es gesto que está también en los relatos de la institución eucarística.

"Dio gracias" (eujaristéo). Los tres sinópticos usan el verbo "bendecir" (eulogéo). Los judíos, antes de la comida, pronunciaban una berekah o bendición. De esta divergencia de formulas se dudó, si el rito de Cristo tuvo dos partes: una "acción de gracias" al Padre por la acción que iba a realizar (Jn 11,41.42; cf. v.23), y en la que su humanidad imploraba el milagro, y luego una "bendición" ritual sobre el pan. Pero esta divergencia no es probativa, pues los mismos sinópticos en la segunda multiplicación de los panes usan indistintamente ambos términos como sinónimos.

Jn recoge también que Cristo "partió" los panes. Rito usual que realizaba el paterfamilias en la cena pascual y que él mismo distribuía luego a los comensales. Jn recoge la orden de Cristo dándolos a los apóstoles (sinópticos) para que ellos los repartan. Pero la formulación conserva el relato de la institución eucarística, lo mismo que el tiempo aoristo en que están ambos puestos. A la Nora de la composición de su evangelio era la evocación de la "fracción del pan". El milagro de la multiplicación se hacía en las manos de los apóstoles. Lo contrario supondría un incesante ir y venir los discípulos a Cristo.

Omite la descripción de que él mismo repartió los peces, cosa que dicen los sinópticos (Mc-Lc). Es por razón del valor tipológico eucarístico. De ahí el no pararse casi nada en la descripción de la multiplicación de los peces. Toda su atención se centra en la multiplicación de los panes. En los sinópticos se da un relieve casi paralelo a la doble multiplicación (Mc 6,41-43).

Los apóstoles no se cansaron de recorrer, repartiendo pan y pescado, aquella enorme multitud. Terminado el reparto de aquella comida milagrosa, resaltan enfáticamente que comieron "todos", y todos "cuanto quisieron". No fue un expediente para salir del paso. Fue una refección total, que causó una gran sorpresa.

Pero, una vez saciados, Jesús mandó a los discípulos: "Recoged los fragmentos que han sobrado, para que no se pierdan". Los sinópticos también consignan el detalle de esta orden. Y cómo los recogen en "canastos", use tan frecuente en los judíos. Precisamente el poeta latino Marcial llama a los judíos "cistíferos", o portadores de cestos, y Juvenal los describe como gentes cuyo ajuar son el cesto y el heno: "quorum cophinus foenumque suppellex".

Era costumbre de los judíos recoger, después de la comida, los pedazos caídos a tierra. Había en esa costumbre un respeto religioso a Dios, dador del pan de cada día. El hecho de recogerse aquí las sobras del pan sobrante tiene una finalidad apologética, como se ve por referir este detalle los tres sinópticos: constatar Bien y garantizar el milagro. Pero aquí este recoger los restos podría responder a la tipología eucarística, tal como se lee en las Constituciones Apostólicas (1.8 c.3): "Cuando todos hayan comulgado, que los diáconos recojan lo que sobró y lo pongan en el pastoforia".

Se recogieron "doce cestos" de sobras, que parecen corresponder a uno por cada apóstol. Pero Jn destaca que estos fragmentos de pan "eran de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido"; es decir, la multiplicación prodigiosa era de la misma naturaleza que el otro pan. Se piensa que pueda ser otro rasgo tipológico de la Eucaristía: todos "comen de un mismo pan" (I Cor 10,17).

Los sinópticos no recogen la impresión causada por el milagro sobre la multitud. Es solo Jn quien la relata. Es probablemente que, además del hecho histórico, Jn destaca un segundo tema tipológico entroncado con el viejo éxodo.

La impresión de la turba fue tan profunda, que, "viendo el milagro que había hecho, decían: "Verdaderamente este es el Profeta que viene al mundo". Y querían, por ello, "proclamarle rey" (v.15).En el Deuteronomio se anuncia un "profeta" para orientar en el curso de la vida a Israel, y al que han de oír como al mismo Moisés (Dt 18,15). Literariamente se anuncia un profeta, pero es, en realidad, como lo exige el mismo contexto, el "profetismo", toda la serie de profetas que habrá en Israel, pero incluido el Mesías.

Los fariseos distinguían el Profeta del Mesías (Jn 1,24). En ninguno de los escritos rabínicos se los identifica. Precisamente en los escritos de Qumrán se distingue explícitamente el Profeta de los Mesías de Aarón e Israel. Pero en el pueblo las ideas andaban confusas, y los evangelios reflejan esta creencia popular, que en ocasiones lo distinguían (Jn 7,40.41), y en otras lo identificaban (Jn 6,14.15).

Existía la creencia de que el Mesías saldría del desierto; que en El se repetirían las experiencias del éxodo, y que el Mesías provocaría una lluvia prodigiosa de maná. Esta multiplicación de los panes les evoca esto, y quieren venir para "arrebatarle", forzarle y "hacerle rey".

Pero estaba cercana la Pascua (v.4). Seguramente se habían congregado allí gentes de muchas partes de Galilea, como punto de cita para formar en las caravanas que iban a subir a Jerusalén para la inminente Pascua. Debían de pensar forzarle a formar al frente de sus caravanas y marchar en gran muchedumbre, triunfalmente, a Jerusalén, para que allí, en el templo, recibiese la proclamación y consagración oficial mesiánica.

Pero todo aquel plan de precipitación y anticipación mesiánica fue desbaratado por Cristo. Ni aquel mesianismo material era el suyo, ni aquella su hora. "Se retire El solo hacia el monte" para evitar todo aquello y pasar la noche en oración. Los sinópticos hacen ver que "forzó" a los apóstoles a subir a la barca y precederlo a otra orilla, y como El mismo despidió al pueblo. Posiblemente los apóstoles estaban en peligro de caer en aquella "tentación", como las turbas. Así abortó y acabo con todo aquel prematuro movimiento mesiánico al margen de los planes del Padre.
(Manuel de Tuya, Biblia comentada, B.A.C., Madrid, 1964, pg. 1089-1092)

 

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Comentario Teológico: Fray Justo Pérez de Urbel - Multiplicación de los panes

Surgía ahora un nuevo conflicto. Jesús, que antes se había llenado de compasión al ver a sus discípulos fatigados y oprimidos por la gente, empieza ahora a compadecerse de aquellas muchedumbres que, por oír su palabra, "habían venido a pie de todas las ciudades". Y empezó a hablarles, y a consolarlos, y a curar sus enfermos. Y así se fueron pasando las horas, y habló y se prodigó hasta olvidarse de Sí mismo y del despoblado en que estaban y del día, que iba expirando. La partida de Cafarnaúm había sido en las primeras horas de la mañana, y, como dice el discípulo de Pedro, la hora era ya muy avanzada. "Tuvo compasión de ellos, porque estaban, como ovejas sin pastor, y comenzó a enseñarles muchas cosas -dice San Marcos-, descubriéndonos uno de los rasgos más conmovedores del corazón de Cristo.

Las turbas se olvidan de todo, pero los discípulos, más prácticos, se acercan a Jesús, le advierten que la noche se echa encima, y le proponen que disuelva la multitud para que vaya a proveerse de alimentos en los lugares cercanos. Él no puede resistir ante aquel espectáculo de la turba fatigada, desamparada, codiciosa de doctrina y de consuelo, y, sin la menor muestra de impaciencia o de cansancio, pasa toda la jornada instruyendo y curando. El sol se esconde, arrebolando las aguas; las sombras se extienden por los desiertos cercanos de la Batanea, y los Apóstoles empiezan a preocuparse. Una noche más, en la que el rumor de la muchedumbre va a turbar el sueño del Maestro y el suyo. Y luego, aquella gente sin comer. Vacías las cestas de las provisiones, desfallecimientos, enfermedades, quejas, y la responsabilidad de todo recaería sobre ellos y sobre Jesús.

Creyéndose en la obligación de sacar a Jesús de aquel olvido misterioso, se acercaron a Él y le dijeron: "Señor, mira que es ya muy tarde; despídelos, para que vayan a comprar víveres." Aunque inspiradas, al parecer, por un sentimiento de humanidad, estas palabras debieron parecer a Jesús tan duras, tan frías, que debió plegar severamente el rostro, al contestar a sus discípulos con esta orden extraña: "Dadles de comer vosotros." Silencio y estupefacción en el corro de los Doce. A ninguno se le ocurrió pensar que el que les había dado poder para curar a los enfermos podía hacerles capaces de convertir las piedras en pan. Mirábanse estupefactos los unos a los otros: y, recordando los tiempos de su vida de pescadores, cuando tenían que vivir a costa de la brega diaria, empezaron a calcular lo que costaría dar de comer a toda aquella multitud. Si se necesitaba un denario para comprar una hogaza de pan, todo el dinero que llevaba Judas en su bolso sería insuficiente.

 Así lo advirtió Felipe con un dejo de ironía: "Doscientos denarios no bastarían para que cada uno tomase un poco de pan." Más práctico que Felipe, Andrés, hermano de Pedro, se informaba entre los circunstantes de los víveres que pudieran quedar todavía, y, al fin, llega con esta noticia: "Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; pero ¿qué es esto para tantos?" No había nada que hacer; tal era la conclusión de los Apóstoles. Pero Jesús les ordena que hagan sentar a la gente. Había allí mucha hierba, dice San Juan; y San Marcos añade que la hierba tenía todavía un color verde tierno. La escena se desarrollaba bajo el hechizo de una tarde tibia y perfumada, entre las gracias de una vegetación primaveral y sobre la alfombra verde de la pradera, que se extendía por todos los alrededores.

Los Apóstoles acomodaron a la multitud en grupos de ciento y de cincuenta. La descripción de San Lucas hace que nos imaginemos aquellas manchas humanas a semejanza de los macizos de un jardín, y el parecido se acentuaba con la chillona policromía de los vestidos: verdes, rojos, grises y amarillos. Entonces pudo calcular que los comensales serían unos cinco mil, sin contar los niños ni las mujeres. Mas ¿para qué aquella arden? En todos los rostros se dibujaba una viva expectación. La comida debía empezar con la bendición, según la costumbre seguida en las casas de los buenos israelitas. Jesús mandó que le trajesen los cinco panes. Los bendijo, levantando los ojos al cielo, y los partió. Otro tanto hizo con los peces. Entrególos después a los discípulos. Y entonces empezó a obrarse el prodigio: el pan se multiplicaba en manos de los repartidores.

Era el cumplimiento de las palabras del sermón de la montaña: "No os preocupéis diciendo: ¿Qué comeremos?, o ¿Qué beberemos?, o ¿Con qué nos vestiremos? Bien sabe vuestro Padre celestial que necesitáis todas estas cosas. Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura." Aquella multitud que se sentaba en los prados de Betsaida había seguido a Cristo pensando únicamente en el reino de Dios y su justicia, y, sin darse cuenta, encontraba también el alimento del cuerpo. Los cinco panes se hacían para ellos montones de pan. Todos recibían su porción de pescado. Y comieron y quedaron satisfechos. Y sobraron todavía doce canastos repletos, que Jesús mandó recoger, como se hacía entre los judíos después de cualquier yantar. Siguieron los gritos de admiración, las alabanzas al taumaturgo, la ponderación y el asombro ante aquel caso nunca visto desde que el mundo era mundo. Aquella multitud estaba entonces en manos de Jesús, dispuesta plenamente a hacer su voluntad, a ir donde Él se lo mandase. "Verdaderamente-decían unos-, éste es el Profeta que ha de venir al mundo." "Sí-añadían otros-; es el Hijo de David, el Mesías anunciado en los vaticinios." Tan viva llegó a ser la exaltación popular, que muchos hablaban ya de proclamar rey a Jesús, de llevarle a Jerusalén para colocarle en el trono de los antiguos reyes aprovechando la colaboración de los cientos de miles de peregrinos, que se unían por aquellos días en la Ciudad Santa para sacudir, bajo su dirección, el yugo extranjero. Los mismos Apóstoles estaban contagiados de este entusiasmo, y fue menester que Jesús echase mano de toda su autoridad "para obligarlos a entrar en la barca, que les había de llevar de nuevo a la otra parte del lago". Él, entre tanto, despidió al pueblo, y como había muchos que se resistían a abandonarle, aprovechó la oscuridad de la noche para internarse, sin compañía ninguna, en la espesura de la montaña.
(Fray Justo Perez de Urbel, Vida de Cristo, Ed. Rialp, Madrid, 1987, pg. 307-310)

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Santos Padres: San Juan Crisóstomo - “Los distribuyó entre los que estaban sentados; y se saciaron”

No nos mezclemos, carísimos, con los perversos y dañinos; pero mientras no hagan daño a nuestra virtud, procuremos ceder y no dar ocasión a sus dolos y asechanzas. De este modo se les quebrantan todos sus ímpetus. Así como los dardos cuando dan sobre un objeto duro y firme, rebotan con gran impulso contra quienes los dispararon; pero, si una vez lanzados con violencia, no encuentran objeto alguno duro ni resistente, muy luego pier­den su fuerza y caen al suelo, del mismo modo los hombres feroces por su audacia, si les presentamos resistencia más se enfurecen; pero si cedemos a su furia, pronto apagamos sus ímpetus.

Así procedió Cristo. Cuando los fariseos oyeron que juntaba más discípulos que Juan y que bautizaba a muchos más, Él se apartó a Galilea, para apagar así la envidia de ellos y suavizar con su retirada el furor que aquel buen suceso les causaba; furor que era verosímil que habrían concebido. Y vuelto a Ga­lilea, no fue a los mismos sitios que antes. Porque no se retiró a Caná, sino al otro lado del mar. Y lo seguían grandes multitudes, porque veían los milagros que hacía. ¿Qué milagros fueron ésos? ¿Por qué no los narra el evangelista? Porque este evangelista dedicó la inmensa mayor parte de su libro a los discursos. Mira, por ejemplo, cómo en el término de un año com­pleto, y aun en la fiesta de la Pascua, no refiere otros milagros, sino la curación del paralítico y la del hijo del Régulo. Es que no intentaba referirlo todo (cosa por lo demás imposible), sino que de entre los muchos y brillantes prodigios, seleccionó y re­firió unos pocos.

Dice: Y lo seguía un gran gentío porque veían los milagros que obraba. No lo seguían aún con ánimo muy firme, pues antes que tan eximias enseñanzas, más bien los atraían los mi­lagros: cosa propia de gente ruda. Porque dice Pablo: Los mi­lagros son no para los fieles, sino para los no creyentes[1]En cambio Mateo no pinta así ese pueblo, sino que dice: Y todos se admiraban de su doctrina, pues los enseñaba como quien tie­ne potestad[2]. Mas ¿por qué ahora se retira al monte y ahí se asienta con sus discípulos? Porque va a hacer un milagro. Que sólo los discípulos subieran con El, culpa fue del pueblo que no lo siguió. Pero no fue ése el único motivo de subir al monte, sino además para enseñarnos que debemos evitar el tumulto de las turbas y que la soledad se presta para el ejercicio de la vir­tud. Con frecuencia sube solo al monte a orar y pasa la noche en oración, para enseñamos que quien se acerca a Dios debe estar libre de todo tumulto y buscar un sitio tranquilo.

Preguntarás: ¿por qué no sube a Jerusalén para la festivi­dad, sino que mientras todos se dirigían a Jerusalén, Él se re­tiró a Galilea; y no va solo, sino que lleva a los discípulos, y luego baja a Cafarnaúm? Poco a poco va abrogando la ley, to­mando ocasión de la perversidad de los judíos. Y como hubiese levantado la mirada y viera la gran turba. Por aquí declara el evangelista que Jesús nunca se asentaba con sus discípulos sin motivo, sino tal vez para enseñarlos y hablar con mayor cuidado y para más unirlos consigo. Vemos por aquí la gran providen­cia que de ellos tenía, y cómo a ellos se acomodaba y se abajaba. Y estaban sentados, quizá mirándose frente a frente. Luego, habiendo explayado su mirada, vio una gran turba que venía hacia El. Los otros evangelistas refieren que los dis­cípulos se le acercaron y le rogaron y suplicaron que no la des­pidiera en ayunas. Juan, en cambio, presenta al Señor pregun­tando a Felipe. A mí ambas cosas me parecen verdaderas, aun­que no verificadas al mismo tiempo; sino que precedió una de ellas; de manera que en realidad se narran cosas distintas. ¿Por qué pregunta a Felipe? Porque sabía muy bien cuáles de los discípulos estaban más necesitados de enseñanza. Felipe fue el que más tarde le dijo: Muéstranos al Padre y esto nos basta[3]. Por tal motivo es a él a quien primeramente instruye. Si el milagro se hubiera realizado sin ninguna preparación, no habría brillado en toda su magnitud. Por lo cual cuida Jesús de que previamente Felipe le confiese la escasez; para que con esto, el milagro le pareciera mayor.

Observa lo que dice a Felipe: ¿De dónde obtendremos tantos panes como para que éstos coman? Del mismo modo en la Ley Antigua dijo a Moisés antes de obrar el milagro: ¿Qué es lo que tienes en tu mano?[4]Y como los milagros repentinos suelen borrar de nuestra memoria los sucesos anteriores, en primer lu­gar ató a Felipe con la propia confesión de éste, para que no sucediera que después, herido de estupor, se olvidara de lo que había confesado; y para que por aquí, mediante la compara­ción, conociera la magnitud del milagro. Como en efecto sucedió.

A la pregunta contestó Felipe: Doscientos denarios de panes no bastarían para que cada uno tomara un bocado. Esto se lo decía a Felipe para probarlo, pues Él sabía bien lo que iba a hacer. ¿Qué significa: para probarlo? ¿Acaso ignoraba Jesús lo que Felipe respondería? Semejante cosa no puede afirmarse. ¿Cuál es pues el pensamiento que encierra esa expresión? Po­demos conocerlo por la Ley Antigua. También en ella leemos: Sucedió después de estas cosas que Dios tentó a Abraham y le dijo: Toma a tu hijo unigénito, al que amas, Isaac[5]. No se lo dijo para saber si obedecería o no el patriarca, pues Dios todo lo ve antes de que acontezca; sino que en ambos pasajes habla al modo humano. Lo mismo, cuando la Escritura dice: Dios es­cruta los corazones de los hombres[6], no significa ignorancia, sino un conocimiento exacto. Igualmente cuando dice: tentó, no significa otra cosa sino que El con exactitud ya lo sabía.

Podría entenderse en este otro sentido; o sea que tuvo ma­yor experiencia de ellos, cuando a Abraham entonces y ahora a Felipe los lleva a un más profundo conocimiento del mila­gro. Por lo cual el evangelista, para que no dedujeras algo ab­surdo, a causa de la sencillez de la palabra, añadió: Sabía bien Él lo que iba a hacer. Por lo demás, bien está observar cómo el evangelista, siempre que hay lugar a una opinión torcida, al punto cuidadosamente la deshace. De modo que, para que los oyentes en este pasaje no imaginaran algo erróneo, aprontó esa corrección: Sabía bien Él lo que iba a hacer.

De igual modo, en el otro pasaje, cuando dice el evange­lista que los judíos perseguían a Jesús: No sólo porque traspa­saba el sábado, sino también porque decía que su Padre era Dios, haciéndose igual a Dios, si no hubiera sido este mismo el pensamiento de Cristo, confirmado con las obras, también habría añadido el evangelista esa corrección. Si en las palabras que Cristo habla, teme el evangelista que alguno pueda caer en error, mucho más lo habría temido en las que otros decían acerca de Cristo, si hubiera notado que no se tenía de El la verdadera opinión. Pero nada dijo, pues conocía el pen­samiento de Cristo y su decreto inmutable. Por lo cual, una vez que dijo: Haciéndose igual a Dios, no añadió la correc­ción, porque en esto la opinión de los judíos no andaba errada, sino que era verdadera y estaba confirmada con las obras de Cristo.

Habiendo, pues, el Señor preguntado a Felipe: Respondió Andrés, el hermano de Simón Pedro: Hay aquí un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos. Pero ¿qué sig­nifica esto para tantos? Más altamente piensa Andrés que Fe­lipe; y sin embargo, no llegó al fondo del asunto. Por mi par­te, pienso que no sin motivo se expresó así; sino que teniendo noticia de los milagros de los profetas, como el de Eliseo sobre los panes, por aquí elevó su pensamiento a cierta altura, pero no llegó a la cima.

Aprendamos por aquí los que nos hemos entregado a los placeres cuál era el alimento de aquellos varones admirables, cuán pobre, de qué clase; e imitémoslos en la condición y fru­galidad de su mesa. Lo que sigue demuestra una extrema ru­deza y debilidad en la fe. Porque una vez que hubo dicho: Tiene cinco panes de cebada, añadió: Pero ¿qué significa esto para tantos? Le parecía que quien hacía milagros de pocos pa­nes los haría de otros pocos y quien los hacía de muchos panes los haría de muchos otros. Pero iban las cosas por otros ca­minos. A pesar de que a Jesús lo mismo le daba de muchos panes o de pocos preparar una cantidad inmensa, ya que no nece­sitaba de materia previa, sin embargo, para que no pareciera que las criaturas estaban fuera del alcance de su sabiduría, como erró­neamente afirmaban los marcionitas, usó de la criatura para obrar el milagro; y lo obró cuando ambos discípulos menos lo esperaban. De este modo obtuvieron mayor ganancia espiritual, habiendo de antemano confesado lo difícil del negocio; para que, llevado a cabo el prodigio, reconocieran el poder de Dios.

Y pues iba a obrarse un milagro ya antes obrado también por los profetas, aunque no del mismo modo; y lo iba a veri­ficar Jesús comenzando por la acción de gracias, para que la gente ruda no cayera en error, observa cómo todo lo que hace va levantando las mentes y poniendo de manifiesto la diferen­cia. Cuando aún no aparecían los panes, ya Él tenía hecho el milagro; para que entiendas que tanto lo que ya existe como lo que aún no existe, todo le está sujeto, como dice Pablo: El que llama lo que no existe a la existencia, como si ya exis­tiera[7]. Pues como si ya estuviera la mesa puesta, mandó que al punto se sentaran a ella; y de este modo levantó el pensamiento de los discípulos.

Como ya por la pregunta anterior habían logrado provecho espiritual, al punto obedecieron y no se conturbaron ni dijeron: ¿Qué es esto? ¿Por qué ordenas sentarse a la mesa cuando aún nada hay que poner en ella? De modo que aun antes de ver el milagro comenzaron a creer, ellos que al principio no creían y decían: ¿De dónde compraremos panes? Más aún: activa­mente dispusieron que las turbas se sentaran. Mas ¿por qué cuando va a sanar al paralítico, a resucitar al muerto, a cal­mar el mar no ruega, y ahora en cambio cuando se trata de panes sí lo hace? Es para enseñamos que antes de tomar el alimento se ha de dar gracias a Dios. Por lo demás acostumbra El hacerlo en cosas mínimas para que entiendas que no lo hace porque le sea necesario. Pues si le hubiera sido necesario, más bien era en las grandes en las que lo habría hecho. Pero quien en las grandes procedía así con autoridad propia, sin duda que lo otro lo hace abajándose al modo de ser humano.

Por otra parte, estaba presente una turba inmensa a la cual era necesario persuadir de que Él había venido por voluntad de Dios. Por esto cuando obra un milagro estando solo y en privado, no procede así; pero cuando lo hace en presencia de muchos y para persuadirlos de que Él no es contrario a Dios, ni adversario del Padre, con dar gracias suprime toda sospe­cha errónea y acaba con ella. Y los distribuyó entre los que estaban sentados. Y se saciaron. ¿Adviertes la diferencia entre el siervo y el Señor? Los siervos, porque tenían solamente cierta medida de gracia, conforme a ella hacían los milagros; pero Dios, procediendo con absoluto poder, todo lo hacía y dispo­nía con autoridad. Y dijo a los discípulos: recoged los frag­mentos. Y ellos los recogieron y llenaron doce espuertas. No fue vana ostentación, sino que se hizo para que no se creyera haber sido aquello obra de brujería; y por este mismo motivo trabaja el Señor sobre materia preexistente. ¿Por qué no en­tregó los restos a las turbas para que los llevaran consigo, sino que los dio a los discípulos? Porque sobre todo a éstos quería instruir, pues habían de ser los maestros del orbe.

La multitud no iba a sacar ganancia grande espiritual de los milagros; y, en efecto, rápidamente lo olvidaron y pedían un nuevo milagro. Por lo demás, a Judas le sobrevino gravísima condenación del hecho de llevar su espuerta. Pues que el mi­lagro se haya obrado para instrucción de los discípulos, consta por lo que se dice al fin; que tuvo Jesús que traérselo a la memoria y decirles: ¿Aún no comprendéis ni recordáis cuán­tos canastos recogisteis?[8] Y el mismo motivo hubo para que el número de las espuertas fuera doce. O sea, igual al de los dis­cípulos. En la otra multiplicación, como ya estaban instruidos, no sobraron tantos canastos, sino solamente siete espuertas. Por mi parte yo me admiro no únicamente de la abundancia de panes, sino además de la multitud de fragmentos y de lo exacto del número; y de que Jesús cuidara de que no sobraran ni más ni menos, sino los que Él quiso, pues sabía de antemano cuántos panes se iban a consumir; lo que fue señal de un poder inefable.

De modo que los fragmentos confirmaron ambos milagros y demostraron que no era aquello simple fantasmagoría, sino restos de los panes que habían comido. En cuanto al milagro de los peces, en esa ocasión se verificó con los peces preexis­tentes; pero después de la resurrección se verificó sin materia preexistente. ¿Por qué? Para que adviertas cómo también aho­ra usó de la materia como Señor; no porque la necesitara co­mo base del milagro, sino para cerrar la boca a los herejes.

Y las turbas decían: verdaderamente éste es el Profeta. ¡Oh avidez de la gula! Infinitos milagros mayores que éste había hecho Jesús y nunca las turbas le habían hecho semejante con­fesión, sino ahora que se hartaron. Pero por aquí se ve clara­mente que esperaban a un profeta eximio. Allá con el Bautista preguntaban: ¿Eres tú el Profeta? Acá afirman: Este es el Profeta. Pero Jesús, en cuanto advirtió que iban a venir para arrebatarlo y proclamarlo rey, se retiró de nuevo El solo a la montaña. ¡Por Dios! ¡Cuán grande es la tiranía de la gula! ¡Cuán inmensa la humana volubilidad! Ya no defienden la ley; ya no se cuidan del sábado violado; ya no los mueve el celo de Dios. ¡Repleto el vientre, todo lo han olvidado! Tenían consigo al Profeta e iban a coronarlo rey; pero Cristo huyó.

¿Por qué lo hizo? Para enseñamos que se han de despreciar las dignidades humanas y demostrar que El no necesita de cosa alguna terrena. Quien todo lo escogió humilde —madre, casa, ciudad, educación, vestido— no iba a brillar mediante cosas terrenas. Las celestiales, eximias y preclaras eran: los ángeles, la estrella, el Padre clamando, el Espíritu Santo tes­timoniando, los profetas ya de antiguo prediciendo; mientras que en la tierra todo era vil y bajo. Todo para que así mejor apareciera su poder. Vino a enseñamos el desprecio de las co­sas presentes y a no admirar las que en esta vida parecen es­pléndidas; sino que todo eso lo burlemos y amemos las cosas futuras. Quien admira las terrenas no admirará las del cielo. Por eso decía Cristo a Pilato: Mi reino no es de este mundo[9],para no parecer que para persuadir echaba mano de humanos terrores y poderes. Pero entonces ¿por qué dice el profeta: He aquí que viene a ti tu rey, humilde y montado en un pollino cría de asna?[10]Es que el profeta trataba del reino ce­leste y no del terreno. Por lo cual decía también: Yo no acepto gloria del hombre.

Aprendamos, pues, carísimos, a despreciar los humanos honores y a no desearlos. Grande honor poseemos, con el cual comparados los honores humanos son injurias y cosa de risa y de comedia; así como las riquezas terrenas comparadas con las celestiales son verdadera pobreza, y esta vida comparada con la otra es muerte. Dice Cristo: Deja a los muertos que entierren a sus muertos[11]. De modo que si esta gloria con aquella otra se compara, es vergüenza y burla. No anhele­mos ésta. Si quienes la proporcionan son más viles que la som­bra y el ensueño, mucho más lo es ella: La gloria del hombre, como flor del heno[12]. Pero aun cuando fuera duradera ¿qué ganancia sacaría de ella el alma? ¡Ninguna! Al revés, daña sobre manera y hace esclavos de peor condición que los que en el mercado se venden, puesto que han de servir no a un señor, sino a dos, a tres, a mil que ordenan mil cosas diversas. ¡Cuánto mejor es ser libre que no esclavo! Libre de la servi­dumbre de los hombres y siervo del Señor Dios que ordena. Pero en fin, si de todos modos has de amar la gloria, ama la gloria inmortal. Su esplendor es de más brillo y mayor es su ventaja.

Los hombres te ordenan darles gusto con gastos tuyos; mientras que Cristo, por el contrario, te devuelve el céntuplo de todos tus dones y además añade la vida eterna.
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan (1), Homilía XLII (XLI), Tradición México 1981, p. 355-63)

[1] 1 Co 14, 22
[2] Mt 7, 28-29
[3]Jn 14, 18
[4] Ex 4, 2
[5]Gn 22, 1-2
[6]Rm 8, 27
[7]Rm 4, 17
[8] Mt 16, 9
[9]Jn 18, 36
[10]Za 9, 9
[11] Mt 8, 22
[12]Is 40, 6

 

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Santos Padres: San Agustín - La multiplicación de los panes

1. Los milagros que realizó nuestro Señor Jesucristo son, en verdad, obras divinas, que convidan a la mente humana a elevarse a la inteligencia de Dios por el espectáculo de las cosas visibles. Dios no es una sustancia tal, que con los ojos se pueda ver; y los milagros con los que rige el mundo y gobierna toda criatura han perdido su valor por su asiduidad, hasta el punto que casi nadie mira con atención las maravillosas y estupendas obras de Dios en un grano de una semilla cualquiera; y por eso se reservó en su misericordia algunas para realizarlas en tiempo oportuno, fuera del curso habitual y leyes de la naturaleza, con el fin de que viendo, no obras mayores, sino nuevas, asombrasen a quienes no impresionan ya las obras de todos los días. Porque mayor milagro es el gobierno del mundo que la acción de saciar a cinco mil hombres con cinco panes. Sin embargo, en aquél nadie se fija ni nadie lo admira; en ésta, en cambio, se fijan todos con admiración, no porque sea mayor, sino porque es rara, porque es nueva. ¿Quién es el que alimenta ahora también al mundo entero sino el mismo que hace que de pocos granos broten mieses abundantes? Obró, pues, como Dios. Porque lo que hace que de pocos granos se produzcan abundantes mieses, es lo que multiplica en manos de Cristo los cinco panes. El poder en las manos de Cristo existía; aquellos cinco panes eran como semillas, no sembradas en la tierra, sino multiplicadas por el mismo que hizo la tierra. Esto es lo que se hace presente a los sentidos para levantar nuestro espíritu y se muestra a los ojos para ejercicio de nuestra inteligencia, con el fin de admirar así al invisible Dios por el espectáculo de las obras visibles; y así elevados hasta la fe y purificados por la misma fe, lleguemos a desear ver invisiblemente al mismo Invisible, que ya conocíamos por las cosas visibles.

2. No basta, sin embargo, contemplar sólo esto en los milagros de Cristo. Preguntemos a los milagros mismos qué es lo que nos dicen de Cristo, ya que también tienen su lenguaje, pero es con tal de que se entienda; pues como el mismo Cristo es la palabra de Dios, así también los hechos del Verbo son palabras para nosotros. Luego, así como hemos oído la grandeza de este milagro, investiguemos también su gran profundidad. No nos contentemos con la delectación meramente superficial; profundicemos su perfecta sublimidad. Eso mismo que de fuera causa nuestra admiración, encierra allá adentro algo. Hemos visto, hemos con-templado algo grande, algo excelso, algo que es enteramente divino y que sólo Dios lo puede realizar; y por la obra hemos prorrumpido en alabanzas de su Hacedor. Pero así como, si viéramos en un códice letras hermosamente hechas, no nos satisfaría la sola alabanza de la perfección de la mano del escritor que tan parecidas e iguales y hermosas las hizo si no llegamos por la lectura a entender lo que en ellas nos quiso decir, lo mismo sucede aquí: quienes sólo miran este hecho por defuera, les deleita su belleza hasta llegar a la admiración del artífice; más el que lo entiende es como el que lee. Una pintura se ve de manera distinta que una escritura. Así, cuando ves una pintura, ya lo has visto todo, ya lo has alabado todo; en cambio, cuando ves una escritura, no es el todo verla; la misma escritura te está urgiendo a que la leas. También tú mismo, cuando ves una escritura y tal vez no sabes leerla, te expresas así: ¿Qué habrá escrito aquí? Preguntas por lo que está escrito, siendo así que la escritura ya la ves. Otra cosa muy distinta te va a mostrar aquel a quien tú pides la explicación de lo que has visto. Aquél tiene unos ojos y tú tienes otros. ¿No veis, acaso, los dos igualmente la escritura? Sí, pero no conocéis igualmente los signos. Tú, pues, ves y alabas; el otro ve y alaba, lee y entiende. Puesto que lo hemos visto y lo hemos alabado, leámoslo y entendámoslo.

3. El Señor sobre la montaña. Vemos mucho más, ya que el Señor sobre la montaña es el Verbo en las alturas. Por eso, lo que en la montaña se realizó no es un hecho oscuro y despreciable ni se debe pasar sobre él de ligero, sino que se debe mirar con toda atención. Vio las turbas y se dio cuenta de que tenían hambre, y misericordiosamente les dio de comer hasta hartarlas, no sólo con su bondad, sino también con su poder. ¿De qué sirve la bondad sólo, cuando falta el pan con que alimentar a la hambrienta turba? La bondad sin el poder hubiera dejado en ayunas y hambrienta a aquella gran multitud. Finalmente, los discí-pulos que estaban con el Señor se dieron cuenta también del hambre de las turbas y querían alimentarlas para que no desfalleciesen; pero no tenían con qué. El Señor pregunta dónde se podría comprar pan para dar de comer a las turbas. Y la Escritura dice: Hablaba así para probarle. Se refiere al discípulo Felipe, a quien había hecho la pregunta. Porque Él sabía bien lo que iba a hacer. ¿Qué bien intentaba con la prueba sino mostrar la ignorancia del discípulo? Y tal vez también quiso significar algo con la revelación de la ignorancia del discípulo. Entonces aparecerá, cuando comience a revelarnos el misterio mismo de los cinco panes e indicarnos su significación. Allí se verá por qué el Señor quiso mostrar en este hecho la ignorancia del discípulo preguntando lo que El tan bien sabía. A veces se pregunta lo que no se sabe con la intención de oírlo, para saberlo, y otras veces se pregunta lo que se sabe con la intención de saber si lo sabe aquel a quien se hace la pregunta. El Señor sabía estas dos cosas: sabía lo que preguntaba, porque sabía bien lo que iba a hacer, y sabía igualmente que Felipe no lo sabía. ¿Por qué le pregunta sino para poner al descubierto su ignorancia? Ya se sabrá después, como he dicho, por qué obró así.

4. Díjole Andrés: Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes y dos peces; pero ¿qué es esto para tantos? Cuando a la pregunta del Señor contesta Felipe que doscientos denarios no son suficientes para la refección de tanta gente, había allí un muchacho que llevaba cinco panes de cebada y dos peces. Y díceles Jesús: Ordenad que la gente se siente. Había allí mucha hierba, y se sentaron como cinco mil hombres. Toma el Señor Jesús los panes y da gracias, y ordena que se dividan los panes, puestos en presencia de los allí sentados. No eran ya cinco panes, sino lo que había añadido el que hizo la multiplicación. Y de los peces les dio cuanto querían. Es poco decir que sació a aquella turba; quedaron, además, muchos fragmentos, que mandó recoger para que no se perdieran. Con los fragmentos llenaron doce canastos.

5. Voy a abreviar para ir de prisa. Los cinco panes significan los cinco libros de Moisés. Con razón no son panes de trigo, sino de cebada, ya que son libros del Antiguo Testamento. Sabéis que la cebada es de tal naturaleza, que difícilmente se llega a su medula. Está recubierta la medula misma de una envoltura de paja tan tenaz y tan adherida, que con dificultad se separa. Así está la letra del Antiguo Testamento; está cubierta con la envoltura de misterios carnales; pero, si se logra llegar hasta su medula, alimenta y sacia. Llevaba, pues, un muchacho cinco panes y dos peces. Si queremos saber cuál es este muchacho, tal vez es el pueblo de Israel. Los llevaba como un niño y sin comer de ellos. Esas cosas que llevaba encerradas pesaban, y abiertas nutrían. Los dos peces me parece que significan aquellos dos sublimes personajes del Antiguo Testamento que eran ungidos para santificar y regir al pueblo: el sacerdote y el rey. Y, por fin, llega en el misterio el mismo que estos personajes significaban; llega, por fin, el que se mostraba por la medula de la cebada y que se ocultaba por las pajas de la misma. Llega El solo, reuniendo en sí mismo a ambos personajes, sacerdote y rey: sacerdote, porque se ofreció a sí mismo a Dios por nosotros; y rey, porque Él es quien nos rige. Y así queda abierto lo que llevaba cerrado. Gracias a Él, que cumple por sí mismo lo que prometió por el Antiguo Testamento. Y mandó que se dividiesen los panes, y al hacer la división se multiplican. Nada más verdadero. Pues estos cinco libros de Moisés, ¿cuántos libros no han producido al exponerlos, que es como partirlos, es decir, comentarlos? Más en aquella cebada estaba encubierta la ignorancia del pueblo, del que se dijo: Cuando se lee a Moisés, cubre un velo su corazón. En efecto, no se había quitado el velo todavía, porque no había venido Cristo; no se había todavía rasgado, pendiente Él en la cruz, el velo del templo. El pueblo, pues, ignoraba la ley, y por eso aquella prueba del Señor se ordenaba a hacer patente la ignorancia del discípulo.

6. No hay circunstancia alguna inútil, todo tiene sentido; pero hace falta que haya quien lo entienda. Así, el número de las personas que fueron alimentadas significaba el pueblo bajo el dominio de la ley. ¿Por qué eran cinco mil sino porque estaban bajo el dominio de la ley, que está explícita en los cinco libros de Moisés? Por la misma razón se colocaban los enfermos bajo aquellos cinco pórticos y no se curaban. Más el que allí curó al enfermo es el mismo que alimentó aquí a las turbas con cinco panes. Ellas estaban sentadas sobre el heno. Es que entendían carnalmente y reposaban sobre carne: Toda carne es heno ¿Qué significan los fragmentos sino aquello que el pueblo no pudo co-mer? Hay que ver allí misterios de la inteligencia que la multitud no puede comprender. ¿Qué hay que hacer, pues, sino que esos misterios que la multitud no puede entender se confíen a aquellos que son capaces de enseñar a otros también, como eran los apóstoles? Por eso se llenaron doce canastos. Esto es un hecho maravilloso, por lo grande que es y además útil, porque es un hecho espiritual. Quienes lo presenciaron quedaron pasmados, y nosotros quedamos insensibles cuando los oímos. Se hizo para que ellos lo vieran y se escribió para que nosotros lo oigamos. Lo que ellos pudieron por los ojos, lo podemos nosotros por la fe. Vemos con el espíritu lo que no podemos con los ojos. Y somos a ellos preferidos, porque de nosotros se dijo: Bienaventurados los que no ven y creen. Y añado que tal vez hemos comprendido también lo que no comprendió aquella gente. Y verdaderamente hemos sido alimentados nosotros, porque hemos podido llegar hasta la medula del grano de cebada.

7. ¿Qué dice, finalmente, aquella gente que presenció el milagro? Aquella gente decía: Este es, sin duda, un profeta. Tal vez miraban a Cristo como profeta, porque estaban sentados sobre heno. Más Él era el Señor de los profetas, el inspirador y el santificador de los profetas, pero profeta también; porque se dijo también a Moisés: Levantaré entre ellos un profeta semejante a ti; semejante en la carne, pero no en la majestad. Claramente se explica y se lee en los Hechos de los Apóstoles que aquella promesa del Señor miraba a Cristo. El mismo Señor habla así de sí mismo: No existe profeta alguno sin honor sino en su patria. El Señor es profeta, el Señor es el Verbo de Dios, y no hay profeta que profetice sin el Verbo de Dios. Con los profetas está el Verbo de Dios, y profeta es también el Verbo de Dios. Los tiempos que nos han precedido merecieron profetas inspirados y llenos del Verbo de Dios; nosotros, en cambio, merecimos al profeta, que es el mismo Verbo de Dios. Como Cristo es profeta y Señor de los profetas, así también Cristo es ángel y Señor de los ángeles. El mismo es llamado ángel del gran consejo. ¿Qué dice, sin embargo, en otro lugar el profeta? Que ningún legado ni ángel, sino El mismo, vendría a salvarlos; es decir, que no enviaría legado ni ángel, sino que vendría El mismo. ¿Quién vendrá? El ángel mismo. No por un ángel, sino por El, que es ángel y también Señor de los ángeles. Ángel en latín es heraldo. Si Cristo no anunciara nada, no sería ángel; como, si no profetizara, tampoco sería profeta. Él nos excita a la fe, a la conquista de la vida eterna. El anuncia cosas presentes y predice cosas futuras. Él es ángel, porque anuncia cosas presentes, y profeta, porque predice las futuras. Es el Señor de los ángeles y de los profetas, porque el Verbo de Dios se hizo carne.
(SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIII), Tratado 24, 1-7, BAC Madrid 19682, 541-49)



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Aplicación: R. P. Raniero Cantalamessa - La Eucaristía entre naturaleza y gracia

Con este domingo, la liturgia interrumpe la lectura del Evangelio de Marcos e inserta un largo pasaje del Evangelio de Juan, precisamente el famoso capítulo 6, que contiene el relato de la multiplicación de los panes y el discurso eucarístico de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. Todo esto tiene un motivo práctico: el Evangelio de Marcos, por ser el más breve de todos, no alcanza a cubrir todo el año litúrgico y debido a ello es integrado con el cuarto Evangelio, que no se lee en un año en particular. Lo importante de todo esto es que durante cuatro domingos podremos desarrollar una catequesis sistemática sobre la Eucaristía.

Aparentemente, el Evangelio de hoy de la multiplicación de los panes no dice nada acerca de la Eucaristía; sin embargo, constituye la premisa para entender todo el resto. Es bien sabido: Juan vincula la Eucaristía con el episodio de la multiplicación de los panes, como los otros evangelistas la vinculan con la última Cena y la muerte de Jesús. Y no hay contradicción entre ellos; simplemente, uno ve la Eucaristía a partir del signo (el pan), los otros, a partir del hecho significado. Sin embargo, todos se basan en la historia, porque es siempre el mismo Jesús quien prometió, o mejor explicó, la Eucaristía en Cafarnaúm, y la instituyó en la última Cena. Por otra parte, estas diversas teologías eucarísticas de Juan y de los Sinópticos terminan por encontrarse en la contemplación del Cordero inmolado en la cruz, que constituye la realidad última de todos los signos, incluido el de la última cena.

¿Qué quiere decirnos el Evangelio cuando nos introduce en la comprensión de la Eucaristía mediante el episodio de la multiplicación de los panes? Que la gracia supone la naturaleza, que la redención no anula la creación, sino que construye sobre ella. En otras palabras, quiere decirnos que en la Eucaristía hay una continuidad y una armonía maravillosa entre la realidad material y la gracia espiritual (...)

Hemos sido acostumbrados a explicar la Eucaristía con la palabra transubstanciación. ¿Pero qué significa transubstanciación? Por cierto, no que el signo del pan y del vino desaparecen del todo, que terminan para dar lugar al cuerpo y a la sangre de Cristo. Los sacramentos -se dice-obran en cuanto significan ( significando causant ); por eso, si el signo se anula del todo, se anula también el sacramento; si el signo es sólo ficticio (un accidente), el sacramento corre peligro de basarse en una ficción (docetismo eucarístico), lo cual es contrario al estilo realista de Dios, expresado por la Encarnación.

Por lo tanto, el signo permanece; (...) Permanece, pero es elevado (como siempre la gracia eleva a la naturaleza); en cierto sentido, puede decirse que es transformado, ¿De qué es signo el pan (así puede hablarse también del vino) antes de la consagración? Es signo de la fecundidad de la tierra, del trabajo del hombre, de los cuidados a cargo del padre de familia, de la alimentación, de la unidad entre quienes lo comen juntos. ¿De qué es signo el pan después de la consagración ? Del sacrificio de Jesús, de su ilimitado amor por el hombre alimento espiritual, de la unidad del cuerpo de Cristo.

Estos significados constituyen, respectivamente, la "realidad" del pan y de la Eucaristía (...).
Los significados espirituales (amor de Cristo, participación en su muerte unidad de la Iglesia) forman parte, por lo tanto, de la "realidad" de la Eucaristía. ¡Forman parte, pero no la agotan! En el misterio eucarístico tiene lugar algo más profundo e insondable que sólo la fe puede captar. En él, por las palabras de la institución y el poder del Espíritu Santo, es el mismo hecho originario de la muerte-resurrección de Cristo el que se hace presente "personalmente" es decir, en la persona de quien realizó este hecho: Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. En otras palabras, aquí la naturaleza no recibe solamente a la gracia (como hace el agua del Bautismo), sino al Autor mismo de la gracia. Todo el significado simbólico y espiritual de la eucaristía se apoya en esta base segura; aún más, se desprende de ella como de su fuego.

El encuentro entre Eucaristía y vida debe ser vuelto a buscar en ambas direcciones. Si por un lado la Eucaristía debe acercarse a la vida, por el otro, la vida debe tender hacia la Eucaristía; en otras palabras, la comida cotidiana que hacemos cotidianamente en familia o en comunidad, debe ser de alguna manera un gesto religioso que prepara para la Eucaristía.

Por supuesto, no prepara para la Eucaristía la costumbre -cada vez más difundida en las casas de hoy- de comer cada uno en un horario distinto, sacando de la heladera lo que se necesita e ignorando a los demás; de comer en "mesas separadas" o con los ojos pegados todo el tiempo al televisor. A veces, la vida moderna hace inevitable todo esto; sería necesario, sin embargo, no dejarse arrastrar y actuar en forma tal que, al menos una vez al día, toda la familia se encontrara alrededor de la misma mesa para comer algo común, enriqueciéndolo con algún gesto cristiano de bendición y oración. Aquel día, Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó: ¿qué impide que se haga lo mismo en una familia cristiana? Lo hacen muchas familias y descubren que ayuda muchísimo a quererse, a perdonarse y a permanecer unidos.

Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a los discípulos: "Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada". A la luz de aquello que la palabra de Dios nos ha venido diciendo hasta aquí, es posible comprender de manera nueva incluso este importante detalle del relato.

¿Qué significa el colligite fragmenta? El pensamiento vuela espontáneamente a la recomendación evangélica de dar lo que sobra a los pobres (cfr. Lc. 11, 41), a la urgencia de poner fin al terrible desperdicio de recursos que se hace en algunas sociedades opulentas y consumistas -comprendida la nuestra- para que no existan después quienes carezcan de todo. Todo esto es verdad y lo hablamos al comentar el mismo episodio en otra ocasión, pero no es suficiente. Queda del lado de la carne, que por sí sola -como dice Jesús- resulta inútil y no capta el verdadero significado del gesto ordenado por Jesús el cual, como todo el resto, es espiritual (cfr. Jn. 6, 63).

Si entre la naturaleza (la multiplicación del pan natural) y la gracia ( la Eucaristía ) existe esa continuidad que hemos visto, entonces incluso el gesto de recoger las sobras no tiene solamente un sentido material y sociológico, sino también un profundo significado espiritual. Eso quiere decir que la Eucaristía no es sólo para quien la recibe; debe sobrar algo también para los ausentes, los que están lejos, para todo el pueblo (¡doce cestas, como las doce tribus de Israel, como las doce tribus de la Jerusalén celeste!). Ya no es como lo del maná celestial, del cual cada uno recoge los que le alcanza para un día (cfr. Ex. 16, 4); aquí es necesario recoger también para los hermanos y para el mañana. Quien está presente en la multiplicación debe compartir después con los hermanos la fuerza y la luz que ha recibido de ella; debe hacerse él mismo pan para ser desmenuzado, es decir, eucaristía. ¡Nada debe desperdiciarse! Resulta condenada esa forma de desperdicio espiritual que es el egoísmo y el individualismo, causas que se cuentan entre las principales de la ineficacias de tantas eucaristías. La Eucaristía de Jesús tiene la misma ley del ágape; está hecha para ser compartida, para fluir de uno a otro; quien la recibe debe asemejarse a Jesús, convirtiéndose, como él, en una dádiva para los de más.
Esa es la luz que el Señor nos dio para este domingo sobre la Eucaristía. La Misa nos ofrece ahora la maravillosa posibilidad de experimentar ya mismo esa luz. Experimentarla, viviendo esta nuestra Eucaristía en toda la verdad de sus signos (ofrecimiento, consagración, división del pan, gesto de paz, comunión), y abriéndonos a todos aquellos hermanos que, fuera de aquí, esperan de nosotros los pedazos sobrantes.
(Raniero Cantalamessa, La Palabra y la Vida-Ciclo B , Ed. Claretiana, Bs. As., 1994, pp. 219-223)



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Aplicación: P. Leonardo Castellani - La Promesa de la Eucaristía

El Evangelio de hoy narra la primera Multiplicación de los Panes, símbolo claro de la Eucaristía. Para hacerlo más claro aún, súper-claro, Cristo lo conectó al día siguiente en la Sinagoga de Cafarnaúm con el Sermoncito o recitado llamado “la Promesa de la Eucaristía”. A mí me parece que vivimos un momento muy malo del mundo (si me equivoco es mejor) y que necesitamos de la Eucaristía simplemente como remedio; como cafiaspirina.

Los milagros que Cristo repitió tienen un sentido simbólico importante: las dos Pescas milagrosas, las dos Tempestades calmadas, las dos Limpiezas del Templo —y las dos "Multipanificaciones". Alguien dijo que las verdades que nos importan vienen siempre a medias palabras; pero esta verdad, que es el centro del dogma y el culto católico, Cristo no quiso que nos viniese a medias palabras. Los demás Sacramentos sí (excepto el Bautismo) nos vinieron a medias palabras. Verdad es que la Eucaristía la reveló en dos momentos, uno la Promesa, otro la Institución; pero cada una es una palabra completa.

La Eucaristía es un misterio inverosímil; pero tan clara es su revelación, que ningún hereje la negó hasta el siglo XVI. Salto a Berengario, que fue un demente, y a los Albigenses del siglo XII, porque ésos negaban todo, no dejaban títere con cabeza: quisieron fundar no una herejía sino una nueva religión, monstruosa y enteramente anticatólica, parecida al Comunismo actual: demente también. Pero en el siglo XVI Lutero mismo no negó la Presencia Real, aunque la echó a perder con una teoría suya llamada la "empanación", según la cual Cristo está en la hostia y el pan también está en la hostia, vaya a saber cómo: Cristo está empanado. Pero Calvino negó la Presencia Real y su sentencia predominó al fin en todo el Protestantismo. Verdad es que los luteranos practican todavía lo que llaman "la Cena"; pero no saben claro lo que significa.

Cristo multiplicó 5 panes en más de 5.000 en el segundo año de su predicación, en el despoblado cerca del Mar de Tiberíades. Los Galileos quisieron proclamarlo Rey, primer paso del Mesías, creían ellos. Los Galileos eran una especie de irlandeses; querían el "home rule" o independencia de hacia los judíos, los cuales los despreciaban: eran rudos, recios y más religiosos que los judíos. Cristo huyó a la montaña, y al día siguiente apareció en Cafarnaúm, en la barca de Pedro. Su público lo encontró y comenzó a hacerle reproches. Cristo les dijo buscasen más bien el pan del cielo —lo mismo que contestó al Diablo en la primera tentación. —"¿Cuál es el Pan del Cielo? Moisés nos dio el maná en el desierto; y tú ¿qué nos das de mejor?" Cristo comienza un sermoncito, interrumpido tres veces, en que les predica primero la fe en Él, que es el Pan del Cielo, y después, sin solución de continuidad, el Sacramento de la Fe, la Eucaristía.

Les dice paladinamente que tendrán que comer su cuerpo y beber su sangre; y de no, no tendrán la vida eterna. Y como se escandalizaran de eso que les pareció canibalismo, les explicó que no habían de comerlo carnalmente sino espiritualmente; es decir, que su cuerpo estaría en un estado especial, parecido al de los ángeles, el "estado sacramental" que le decimos. Aquí salta el Protestante y dice: "¿Ha visto Ud.? Es lo que yo digo: lo comemos espiritualmente, en figura solamente". —No es lo que dices; pues Cristo se apresuró a añadir: "pero... mi cuerpo es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida"; como para atajar de antemano ese error herético del siglo XVI.

En la Última Cena Cristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía y el Sacerdocio en forma tan clara como en la Promesa: SON LOS DOS TEXTOS MÁS CLAROS QUE HAY EN TODAS LAS SAGRADAS ESCRITURAS. Después de lavar los pies a sus discípulos, durante la Cena legal, y después de orar al Padre alzando los ojos al cielo, tomó el pan y lo bendijo diciendo: "Tomad y comed, esto es mi cuerpo". Y similarmente, después de cenar: "Tomad y bebed: éste es el Cáliz de mi sangre, la del Nuevo Testamento, que por vosotros y por muchos será derramada en remisión de los pecados. Haced esto vosotros en memoria de mí".

¿Ve alguno de Uds. algo dudoso en estas palabras? No lo vieron los Apóstoles, que eran rudos y eran además preguntones; y de haber habido la más leve ambigüedad hubieran preguntado de inmediato.

¿Qué te vienes ahora aquí con dudas, Calvino, Zwinglio y Compañía Bella? ¿En qué forma podía Cristo haberlo dicho más clara y terminantemente? ¿Por qué han tenido que inventar Uds. dieciocho interpretaciones diferentes, a cual más descabellada, para poder poner dudas aquí? ¿Hay en toda la Biblia un texto más claro y terminante? Con razón observa Maldonado que éstos son gentes que han flaqueado en la fe; y por tanto tropiezan primero contra el escollo más grande, el Misterio mayor; pero que después van a ir tropezando en todos los otros misterios, puesto que ninguno está más claramente revelado que éste. Y la profecía de Maldonado se cumplió: el Protestantismo ha tropezado en todos los dogmas; tomado en su conjunto hoy día, no hay un solo dogma que quede en pie: unos creen en éste, otros en estotro, otros prácticamente en ninguno. Incluso en tiempo de Maldonado, hubo un calvinista quídam que escribió un libro: De arte nihil credendi; o sea El arte de no creer nada.

Los Protestantes, como son ramas desgajadas del tronco vivo de la Iglesia, persisten en remedar a la Iglesia, para no secarse del todo: hacen templos parecidos (pueden ver uno en la calle Esmeralda), hacen ceremonias parecidas, celebran la "Cena" o una especie de misa, previniendo empero que ellos no consagran, sino solamente RECUERDAN a Cristo con el pan y el vino. No han podido crear nada nuevo, sino remedar; a no ser algunas extravagancias, como "el banco de los convertidos" en lugar de la Confesión. Hoy día la mayoría de ellos no creen en nada, ni en la divinidad de Cristo.

He querido plantar hoy la verdad de la Eucaristía para poder hablar el Jueves Santo de la devoción al Santísimo Sacramento. Evidentemente los que negaban esa verdad, tenían lógicamente que negar todas al final. Es un misterio inverosímil e increíble, pues está no sólo sobre nuestra razón sino contra nuestros ojos; por eso Cristo quiso plantarlo con tanta fuerza. No está por encima del poder de Dios; y del amor de Dios. Es el resumen del amor de Cristo a los hombres, y su manifestación más extraña. Es el Matrimonio de Cristo con la Iglesia.
(CASTELLANI, L.,Domingueras prédicas, Ed. Jauja, Mendoza (Argentina), 1997, p. 87-90)

 

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Aplicación : R. P. LEONARDO CASTELLANI II - La primera multiplicación de los panes

Este milagro se llevó a cabo más o menos en la mitad de la predicación de Cristo, segundo año de vida pública, antes del penúltimo viaje a Jerusalén, después de la fuga de Judea a causa de la degollación del Bautista y después del retorno de los Discípulos de la misión, (en primavera, cerca de la fiesta religiosa hebrea "de las Tiendas" o "Toldos").

Otra multiplicación menor cuentan Mateo y Marcos un poco después, que sería tentador identificar con ésta reduciéndolas a una; como han hecho algunos Doctores; pero no se puede, porque lo probabilísimo es que fueron realmente dos. Si hubiese sido una sola, la gente de Jerusalén hubiese dicho: "¡cuentos de estos provincianos!". Si hubiesen sido tres, se levanta el Sindicato de Panaderos Metropolitanos.

Los cuatro Evangelistas cuentan el milagro con diferentes pormenores. San Juan le da su sentido pleno, insertándolo en su capítulo VI que trata del "Pan de Vida" y añadiendo la Promesa de la Eucaristía, y el diálogo dramático en la Sinagoga de Cafarnaúm, que es uno de los relatos más sublimes que han salido de péñola humana.

Este milagro es muy popular; excepto, como dije, entre los panaderos. Cuentan que el cura Brochero estaba explicándolo, y se trabucó en los números -porque efectivamente hay dos multiplicaciones que difieren solamente en los números- y pegó un grito diciendo: "Mirad el poder de Cristo, que con cinco mil panes y dos mil pescados dio de comer a cinco hombres", a lo cual el sacristán que estaba sentado bajo el púlpito comentó en voz alta: "¡lo hago yo también!", con lo cual se rieron algunos y el cura se abatató del todo y dejó la prédica, para seguirla otro día. El domingo siguiente subió muy alerto y gritó: "Como les iba diciendo, Jesucristo con 5 panes y 2 peces dio de comer a 5.000 varones", a lo cual el sacristán gritó de nuevo: "¡lo hago yo también!".
"- ¿Cómo sacristán sacrílego?" -gritó el canónigo.
"- ¡Con lo que sobró el domingo pasado!" -ripostó el sacristán, que era un negrito ladino.
Y tenía razón, porque lo que sobró es lo que más llama la atención en este evangelio: 12 canastas de cachos, que todos los evangelistas notan cuidadosamente, Cristo "mandó rejuntar". ¿Por qué? El hombre que tenía en sus manos poder creador hizo con ellas un gesto de pobre: después de un milagro tan grande, acordarse de las curubicas. "Comieron todo lo que cada uno quiso", dice San Juan. Y sobró. Sobró bastante. Era pan de centeno y eran una especie de sábalos o patíes, pescado de río. Cristo quiso mostrarse Dios, pero también mostrarse hombre: hombre pobre y palestino.

Es que los milagros de Dios se insertan en el curso de la vida humana sin perturbarla; cosa que ignoraban los panaderos de Jerusalén. Los milagros del diablo en cambio hacen alboroto y despatarro. Porque sabrán que el diablo puede hacer milagros, aunque falsos: prodigios (...).

Cristo hizo cooperar a los hombres en este milagro: primero, les llamó la atención sobre la dificultad, y los dejó proponer remedios, que incluso San Felipe se mandó un chiste malo -hay tres chistes de San Felipe en el Evangelio-; después les dijo: "Dadles vosotros de comer", que fue cuando Felipe agarró la bolsa de Judas, la sacudió en el aire y dijo: "Pasen 200 dólares y les doy a comer, un bocadillo a la cuarta parte de éstos"; pues 200 dólares (denarios) era la suma de plata más grande que Felipe había visto en su vida; tercero, hizo que San Andrés recogiese los víveres que había, que eran como para comida de cinco, y es de notar el desinterés conmovedor de esos cinco prevenidos: era el atardecer, y lo habían seguido a Cristo a pie todo el día y el Cristo se había cortado en un bote, buscando un lugar solitario para descansar, los pobres cinco estarían hambrientísimos; lo cuarto, mandó que los Apóstoles hiciesen "anapéssein", o sea formación de 50 en fondo, varones -a las mujeres, los antiguos no las ordenaban porque sabían que es imposible, cuando andan dan muchas juntas-; finalmente, apenas terminó la cena en el valle, que Jesús contempló conmovido desde la loma, mandó recoger los fragmentos; gesto ritual en las cenas palestinas en que se guardan cuidadosamente las reliquias para darlas a algún pobre -gesto aquí inútil aparentemente, que tanto extrañó a los Evangelistas-; pero resulta que San Pedro se había quedado sin ración, con el entusiasmo de empadronar y contar a la gente, según la leyenda. Y de no ser por una de las canastas de sobras, San Pedro ayuna fuera de tiempo.

Según la misma leyenda, los curas y seminaristas (quiero decir, los Discípulos) comieron al final, y de las sobras; que es una costumbre que se ha perdido, como explicaré otro día.

Fuera de bromas, Andrés y Pedro lloraron de alegría, sobre todo cuando vieron que la gente quería hacerlo rey a Cristo ahí mismo; y Cristo lloró de ternura, porque con este milagro se inicia realmente la institución de la Eucaristía. Cuando en la Última Cena Cristo tomó el pan, levantó los ojos al cielo, dio gracias, lo bendijo, y lo partió, los Discípulos recordaron de inmediato que habían visto ya ese gesto dos veces antes; y por eso San Juan lo nota tan cuidadosamente en estas apretadas 30 líneas.

Lo que pasó después es conocido: los galileos, que eran gente parecida a los irlandeses, quisieron proclamarlo Presidente y Home-Rule a Cristo ahí mismo; y Cristo tomó el bote de Pedro y cruzó el lago, aportando en Cafarnaúm: segunda huida; Cristo disparaba de la política. La muchedumbre lo buscó a pie segunda vez y al encontrarlo en la Sinagoga le reprocharon la huida... Cristo dijo: "¿Por qué me seguís? Porque os he dado pan de la tierra. Yo os daré el pan del cielo."

Así comenzó el diálogo-sermón-promesa-profecía que es el Corazón de la Revelación Cristiana , así como el Sermón de la Montaña es su Carta, las Siete Palabras son su Sello y Testamento. Para explicarlo no bastan dos columnas más, ni siquiera un libro; ni siquiera -si vamos a hablar en serio- todos los libros del mundo. Feliz aquel a quien se lo explique su corazón.

Una posdata sobre un punto curioso, sobre el "anapéssein"; o sea la rápida formación de los hebreos varones de 50 en grupo -que dio 5.000 hombres, 100 grupos- lo cual quiere decir que había quizá 6.000 mujeres -sin contar las beatas unas 10.000 criaturas chicas... ¿Cómo se explica que Cristo hablara a grandes muchedumbres desde una loma o un bote? ¿Tenía por ventura altoparlantes o televisión? Eso preguntan muchos; y eso creyeron algunos Santos Padres, suponiendo que milagrosamente Cristo agigantaba su voz como la del homérico Sténtor: hacía su garganta estentórea y predicaba a los gritos. No fue así.

Hoy sabemos cómo fue: "multiplicaba" su voz lo mismo que los panes, con la ayuda de los Apóstoles: eso no es problema para las gentes llamadas de "estilo oral". Tienen a modo de unos altavoces naturales. Pasaba esto: Cristo recitaba lentamente su recitado rítmico-mnemónico delante del grupo de discípulos, que lo repetía; y -créase o no- lo retenía de memoria, e inmediatamente los "matethoi" repetían las palabras del Maestro a las cabezas de cada grupo; los cuales hacían la misma operación: repetían y retenían. Así se multiplicaba el pan de la Palabra. Y el que no quiere creer que esto sea posible, que lea las notas científicas que pondré a estos evangelios cuando, Dios mediante, los publique en libro.

Y esto responde también a una pregunta que me hizo en San Juan, un ingeniero: "¿Por qué el Papa no predica cada domingo por televisión al mundo entero?". No. Esa no fue la manera de predicar de Cristo; será la manera de predicar del Anticristo. Cristo quiere predicar por medio de otros, por medio de todos nosotros. San Pablo mandó que los maridos repitan a las mujeres en su casa el sermón del cura (1 Tim II, 11; 1 Cor XIV, 34). Hoy día las mujeres son las que sermonean; mal casi siempre.

Porque no hay que olvidar el motivo de este milagro: Cristo lo hizo porque "querían oírlo y El quería hablarles" -mucho más aún de lo que ellos oír-. Había "curado a sus enfermos" y no se iban: querían oír, de tal modo que "se olvidaron de comer", dice el hagiógrafo. El remedio de esta dificultad era sencillo y los Apóstoles lo vieron: "Señor, manda que se dispersen y vayan a las alquerías y aldeas vecinas a comer". Tarde piaste: antes había que haberse acordado de eso; la prudencia lo mandaba.

Pero ni Cristo ni el pueblo fueron prudentes en esta ocasión.

El amor suele atropellar la prudencia; pero él es una más alta prudencia. Es la prudencia del milagro.
(P. Leonardo Castellani, El Evangelio de Jesucristo , Ed. Vórtice, Bs. As., 1957, Pág. 148-151)




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Aplicación: P. Ervens Mengelle, I.V.E. Preparando la Misa (Jn.6,1-15)

Queridos hermanos, acabamos de escuchar el relato de la multiplicación de los panes. Uno de ellos, porque según los evangelios hay dos milagros muy semejantes de la multiplicación de los panes. Significativamente, este es uno de los pocos episodios que podemos encontrar en los cuatro evangelios, lo cual es un indicio de la importancia que tuvo este milagro en sus comienzos.

1 – La perspectiva de la Eucaristía
El domingo pasado leímos en el evangelio de san Marcos que Jesús viendo la muchedumbre se compadeció de ella, porque estaban como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato (Mc 6,34). El mismo evangelista continúa contando que, cuando se hizo tarde, Jesús realizó este milagro para alimentar a la gente. Nosotros, sin embargo, no hemos leído el relato tomándolo del evangelio de san Marcos, sino del evangelio de san Juan, ya que, como veremos los domingos venideros, con motivo de ese milagro Jesús pronunciará su “Sermón del Pan de Vida” en el cual hace una presentación del misterio de la Eucaristía.

Hay varios detalles que es útil recoger de las narraciones evangélicas. 1) Juan nos dice que la Pascua estaba cerca, con lo cual ya nos brinda un elemento valioso puesto que en la Pascua Jesús instituirá el misterio de la Misa; 2) también Juan señala que había hierba, rememorando lo del salmo 23 que leímos el domingo pasado: en verdes praderas me hace recostar… preparas ante mí una mesa; 3) la descripción que da san Marcos muestra el inequívoco enlace con la Última Cena: tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y lo daba a los discípulos para que los dieran (Mc 6,41); observemos que son palabras muy semejantes a las usadas para contar la institución de la Eucaristía el Jueves Santo; y observemos también que es a través de los discípulos que Jesús hace entrega del pan bendecido (Juan no señala este detalle pero es evidente teniendo en cuenta la cantidad de personas presentes; sólo que Juan quiere mostrar más directamente la acción de Cristo); 4) por último, el detalle de “reservar” los sobrantes para que nada se pierda. La conclusión a la cual llega la gente es significativa: este es el Profeta que iba a venir al mundo; están señalando una profecía dicha por Moisés en Dt 18,15 (De modo semejante Moisés había enseñado y alimentado al pueblo judío en su peregrinar por el desierto).

Considerando todos estos elementos de manera conjunta y más aún si tenemos en cuenta las palabras de Cristo que vienen a continuación en el evangelio de san Juan (el Sermón del Pan de Vida) vemos claramente que Cristo estaba, en cierto sentido, anticipando la Eucaristía y preparando para ella. Es digno de observar que el esquema básico usado por Cristo se ha mantenido intacto a través de los siglos: la gente se reúne alrededor de Cristo, escucha su enseñanza y es alimentada con el pan bendecido por Él.

2 – La Misa de todos los siglos
Respecto de esto hay un hermoso testimonio, muy antiguo, brindado por un mártir del siglo segundo, san Justino, quien escribió al emperador pagano Antonino Pío hacia el año 155, describiendo lo que hacían los cristianos. Escuchemos su relato:

“El día que se llama del sol [domingo] se celebra una reunión de todos los que moran en las ciudades o en los campos, y allí se leen, en cuanto el tiempo lo permite, los Recuerdos de los Apóstoles o los escritos de los profetas.

Luego, cuando el lector termina, el presidente, de palabra, hace una exhortación e invitación a que imitemos esos bellos ejemplos.

Seguidamente, nos levantamos todos a una y elevamos nuestras preces por nosotros mismos, por el que acaba de ser iluminado [bautizado] y por todos los otros esparcidos por todo el mundo, suplicando se nos conceda, ya que hemos conocido la verdad, ser hallados por nuestras obras hombres de buena conducta y guardadores de lo que se nos ha mandado, y consigamos así la salvación eterna.

Terminadas las oraciones, nos damos mutuamente el ósculo de paz.

Luego, al que preside a los hermanos se le ofrece pan y un vaso de agua y vino, y tomándolos él tributa alabanzas y gloria al Padre del universo por el nombre de su Hijo y por el Espíritu Santo, y pronuncia una larga acción de gracias, por habernos concedido esos dones que de Él nos vienen. Y cuando el presidente ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama diciendo: Amén.

Y una vez que el presidente ha dado gracias y aclamado todo el pueblo, los que entre nosotros se llaman ‘ministros’ o diáconos, dan a cada uno de los asistentes parte del pan y del vino y del agua sobre el que se dijo la acción de gracias y lo llevan a los ausentes” (cf. 1345).

Podemos apreciar claramente la estructura fundamental de la Eucaristía o Misa, con sus dos grandes partes, a saber la Liturgia de la Palabra, la cual estamos desarrollando ahora, y la Liturgia de la Eucaristía que vendrá a continuación y en la cual, luego de presentar las ofrendas (pan y vino junto con la colecta para los necesitados), vendrá la acción de gracias al Padre en el prefacio, la consagración con las mismas palabras de la institución, la anámnesis o recuerdo del misterio pascual de Cristo, las intercesiones por los vivos y difuntos, todo lo cual se cierra con el Amén, para pasar luego a la comunión. (cf. 1346-1355).


3 – Todos se reúnen
Ahora, sin embargo, quisiera referirme tan sólo a un punto bien concreto, a saber el elemento preparatorio. Para la celebración de este misterio se realiza una convocación. No se trata de una simple reunión de amigos. La palabra con-vocación es una de las traducciones de la palabras griega ekklesía, o sea Iglesia. ¿Quién convoca? Responde el catecismo: “Los cristianos acuden a un mismo lugar para la asamblea eucarística. A su cabeza está Cristo mismo que es el actor principal de la Eucaristía. El es sumo sacerdote de la Nueva Alianza. El mismo es quien preside invisiblemente toda celebración eucarística. Como representante suyo, el obispo o el presbítero (actuando en la persona de Cristo cabeza) preside la asamblea, toma la palabra después de las lecturas, recibe las ofrendas y dice la plegaria eucarística. Todos tienen parte activa en la celebración, cada uno a su manera…” (1348).

Permítasenos subrayar esto último: “Es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza quien celebra. Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia… La asamblea que celebra es la comunidad de los bautizados…” (1140-1141). “Toda la asamblea es liturgo, cada cual según su función, pero en la unidad del Espíritu que actúa en todos…” (1144). Este elemento es tan esencial que ha provisto uno de los nombres para la Misa: “asamblea eucarística (syn-axis), porque la Eucaristía es celebrada en la asamblea de los files, expresión visible de la Iglesia”, dice el catecismo (1329)

Por supuesto que cada uno tiene su función, especialmente el sacerdote que actúa no en nombre propio sino “in persona Christi”, lo cual implica el ejercicio de la potestad recibida en virtud del Orden Sagrado (cf. 1142). Pero hay otros ministerios también que deben ser adecuadamente realizados (lectores, cantores, etc. cf. 1143). Y sobre todo, es importante entender que, aunque quizás externamente parezca que no hacemos nada, sin embargo nuestra participación por la contemplación de estos misterios y nuestra adhesión a ellos es lo que realmente vale: “La Madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma…” (1141).

4 – Conclusión
Por eso, queridos hermanos, tengamos presente la importancia de una adecuada preparación previa para la participación en la misa. Es necesario tratar de llegar con algunos minutos de anticipación para tomar conciencia de aquello en lo que vamos a participar y para disponernos, sicológica y espiritualmente, de la mejor manera posible para una más profunda participación.

Pensemos cómo se dispondría la Santísima Virgen a participar de las misas celebradas por los apóstoles, especialmente por san Juan, quien la recibió al pie de la cruz. Cómo vería ella revividos los misterios pascuales de su Hijo y cómo procuraría alcanzar un gran fruto de esa participación.
(MENGELLE, E., Jesucristo, Misterio y Mysteria , IVE Press, Nueva York, 2008. Todos los derechos reservados)


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Aplicación: Mons. Fulton J. Sheen - Pan y Reyes

La gente habla más de su salud cuando se siente enferma y más de la libertad cuando está en peligro de perderla. Sin embargo de cuanto digamos en pro de la libertad, ha de recordarse que al rehuir nuestra responsabilidad huimos de la libertad, como toda negación de nuestras culpas personales es también una negación de otra clase de libertad. Las coles no pueden cometer males, aunque digamos que tienen cogollos o cabezas; y las máquinas calculadoras no cometen pecados, aunque sumen o resten. Acaso el pensar lo que significa la carga de la responsabilidad nacida del libre albedrío sea el motivo de que haya tantos hombres dispuestos a renunciar al gran don de la libertad.

Eso explica porqué se busca alguien a quien entregar la tarea de disponer, de pensar por los demás y de librarlos de la pesada carga de las consecuencias de las libres decisiones de cada uno. En las democracias es el comunismo más popular entre los intelectuales que entre los trabajadores o la gente inculta, por la sencilla razón de que todo intelectual está más gastado y deprimido. El que busca un alivio a sus ansiedades y a las tristes consecuencias de sus actos, se convierte en fácil presa del comunismo, que le da un objetivo en el que el mito y la esclavitud mental se entretejen como dos malos genios. Esta búsqueda de alguien a quien las mentes neuróticas puedan entregarse, explica la fácil rendición de los ánimos a las ideas totalitarias.

Dos escritores del siglo XIX previeron que ese estado de cosas se produciría en el siglo XX, y uno de ellos predijo que los jefes a quienes las mentalidades libres se entregarían, procederían de Rusia. Solovief aseguró que el dirigente que dominase a las almas en nuestra generación sería el autor de un libro que tratase de la paz y seguridad para el mundo. Millones de hombres se someterían a él considerándole suprema autoridad en la esfera política y económica sin otra razón que la de prometer pan. Dostoievski también pensaba que Rusia y el mundo cederían a la “tentación del pan y del poder”.

Es imposible dejar de contrastar esa búsqueda de un dictador y rey económico con el caso de Nuestro Bienaventurado Señor cuando dio pan a las multitudes en el desierto. Después de alimentar a las masas hambrientas, ellas “quisieron hacerle rey”. Está en el corazón humano, cuando pierde el amor de lo espiritual, adorar a quienes le prometen el poder económico o al menos le ofrecen llenarle el estómago. El pueblo quería hacerle rey, en oposición a todos los reyes de la tierra, o sea que en lugar de entregarse a Él y a su sublime doctrina pensando en el pecado y en la redención, querían que Él se sometiera a ellos. No deseaban seguirle, sino que Él los siguiera. Por sinceros y entusiastas que fuesen, querían poner la divinidad al nivel de lo humano.

Él era rico y se hizo pobre por nuestro amor, mas no quería ser rey terreno por la fuerza. Un pobre ciego le paró en el camino para pedirle que le curara su ceguera, pero, si esto lo aceptaba, no bastaba la universal aclamación y sufragio de las masas para hacerle rey. Y supo poner el dedo sobre el error de todos: “Me buscáis por que habéis comido y estáis ahítos”. No le buscaban con la parte superior de su ser, sino con sus estómagos; no por su moralidad, sino por razones económicas; no por su salvadora gracia, sino porque lo espiritual dormitaba en sus almas.

Cuando se aprecian más los panes que el poder divino que los multiplica; cuando se admiran más los ríos que sus fuentes, la Humanidad aceptará cualquier rey si promete pan y prosperidad. No olvidemos que quien prometió lo espiritual no negó el pan a los pobres. Nuestras esperanzas y nuestras libertades se venden demasiado baratas cuando se entregan al que, alimentando el cuerpo, deja desnuda el alma. El problema es éste: todo el mundo se muere de hambre, porque el mundo oriental muere de hambre corporal y el occidental perece de hambre del alma. Al primero hay que alimentarlo, pero no han de hacerlo los que niegan la libertad cuando dan harina. El mundo occidental se salvará alimentando a Oriente a la vez que reconoce su hambre de espíritu y busca al verdadero rey de corazones: el que nos brinda el pan de vida.
(Fulton J. Sheen, Paz Interior , Ed. Planeta, Barcelona, 1966, Pág. 80- 82)

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Aplicación: GIOVANNI PAPINI - PANES Y PECES

Dos son las multiplicaciones de los panes y se parecen en todo, excepto en las proporciones de la cantidad - es decir precisamente en aquello donde reside el sentido espiritual que se puede sacar de las mismas.

Millares de pobres han seguido a Jesús a un sitio desierto, apartado de las poblaciones. Va para tres días que no comen, tal es el hambre del pan de vida que es su palabra. Pero el tercer día, Jesús se compadece de ellos - hay allí mujeres y niños - y ordena a sus discípulos que den de comer a esa muchedumbre Mas no tienen sino pocos panes y pocos peces y las bocas se cuentan por millares. Entonces Jesús los hace sentar a todos, sobre la verde hierba, en grupos de cincuenta y de ciento: bendice el poco alimento que hay y todos se hartan y sobran canastos llenos.

Si comparamos las dos multiplicaciones advertimos un hecho singular. La primera vez los panes eran cinco y cinco mil las personas y quedaron doce canastos de sobras. La segunda vez los panes eran siete dos de más - las personas cuatro mil - mil menos - y al final quedaron sólo siete espuertas. Con menos panes se sacia el hambre de más personas y sobra más; cuando los panes son más, menos son las personas saciadas y sobra menos pan. ¿Cuál es el significado moral de esta proporción inversa? Menos alimento tenemos y más podemos distribuir. Lo menos da lo más. Si los panes hubieran sido aún menos, doble cantidad de gente hubiera sido saciada y más también fueran las sobras. Si con cinco panes se satisfizo a cinco mil personas, con un pan solo se saciaban cinco veces más. El pan verdadero, el pan de la verdad satisface tanto más cuanto menos es. La ley Vieja es abundante, copiosa, dividida en innumerables porciones. La forman centenares de preceptos escritos y otros millares inventados por los Escribas y Fariseos. A primera vista parece una mesa gigantesca a la cual puede saciarse todo el pueblo. Pero todos esos preceptos, esas reglas, esas fórmulas no son más que hojas secas, ligeras virutas, jemas, trapos. Nadie puede vivir con esta clase de alimentos: cuanto más son menos sacian. El pueblo de los humildes y de los simples no logra quitarse el hambre de justicia con esas viandas innumerables pero imposibles de comer. Bástale en cambio una sola palabra que resuma todas las palabras y aventaje las beaterías petrificadas de los repletos y hartos; una palabra que llene el alma, que reconcilie el corazón, que calme el hambre de justicia y las muchedumbres serán hartas y sobrará comida aun para aquellos que no estaban presentes ese día.

El pan espiritual es de suyo milagroso. Un pan de trigo hasta para pocos; una vez consumido, no queda más para nadie. Pero el pan de la verdad, el pan de la alegría, el pan místico no se consume, no puede consumirse nunca, Partidlo entre millares de personas y siempre hay; distribuidlo entre millones y queda siempre intacto. Cada cual ha tomado su parte como los hombres y las mujeres que tenían hambre en el desierto, y cuanto más queda para los que vendrán más tarde.

Otro día en que los discípulos se encontraron sin pan, Jesús los amonestó que se guardaran de la levadura de los Fariseos y de los Saduceos. Y los discípulos, casi siempre tardos en comprenderlo, se decían en su interior: Habla así, "porque no hemos tomado panes". "Pero Jesús conociéndolo, les dijo: "¡Hombres de poca fe! ¿Por qué estáis pensando dentro de vosotros que no tenéis panes? ¿No comprendéis aún ni os acordáis de los cinco panes, de los cinco mil hombres y de cuántas cestas alzasteis? ¿Cómo no comprendéis que no por el pan os dije: Guardaos de la levadura de los Fariseos y de los Saduceos?". Es decir, de los ciegos guardianes de la Ley decaída.

Son los Doce, los escogidos y sin embargo no son rápidos en comprender y no creen como debe creerse.

También en la barca, la noche de la tempestad Jesús tuvo que reprenderlos. Dormía Jesús a popa, apoyada la cabeza en el cabezal de mi remero. Repentinamente se levanta recio el viento; y un turbión échase sobre el lago. Las olas se precipitan sobre la barca y parecía que de un momento a otro debían tragarla. Los discípulos, amedrentados, despiertan a Jesús: "¡Sálvanos! que perecemos!". "¿A ti no te importa que nos hundamos?".

Y levantándose Jesús, dijo al viento: Cállate, y al mar: Cálmate, y calló el viento, y sobrevino una grande bonanza.

Entonces gritó a los discípulos: "¿Por qué habéis tenido miedo, hombres de poca fe?". ¿Por qué no tenéis fe? ¿Dónde, pues, está vuestra fe?

Y los salvados, avergonzados, decían: "Quién es éste que aun el viento y el mar le obedecen?".

Es uno, ¡oh! Simón Pedro, que no tiene miedo. No solamente su naturaleza supera a la humana sino que tiene grande la fe, grande el amor, grande la voluntad. Nada animado o inanimado resiste a estas tres grandezas. Ha renunciado a todo lo que es temporal, y tiene la victoria sobre el tiempo; ha renunciado a los bienes de la carne y, por lo mismo, puede salvar la carne; ha renunciado a lo que viene de la materia y, por lo mismo, es Señor de la materia. Cada cual puede ser partícipe de esa dominación. La fe basta, con tal que no sea solamente fe en sí mismo.

Antes de Cristo, pocos años antes de Cristo, un gran hombre de Italia, capitán de muchas guerras, corrompido pero digno de mandar la putrefacción de la república, se encontró en el mar, en el verdadero mar, a bordo de un barquito de pocos remos, en busca de un ejército que no llegaba con la urgencia suficiente para darle la victoria. Y se levantó viento y estalló la tormenta y el piloto quería volver al puerto. Pero César, aferrada la mano del piloto, le dijo: Sigue y no temas. Llevas a César y su fortuna navega con vosotros.

Esas palabras de fe soberbia reanimaron a la chusma y, cada cual, como si un poco de la energía de César hubiera penetrado en esas almas, hizo cuanto estuvo de su parte por vencer la tempestad. Pero, a pesar de los esfuerzos de los marineros, la nave estuvo en un tris de zozobrar y tuvo que virar y regresar al puerto. La fe de César no era sino orgullo y ambición: fe en sí mismo. La fe de Jesús era todo amor: amor al Padre, amor a los hombres.

Con esta fe pudo ir caminando sobre las aguas como sobre la mullida hierba de un prado, al encuentro de la barca de los discípulos que bogaban afanosamente contra el huracán. En la oscuridad creyeron ellos que fuera un fantasma; y también esa vez, tuvo que confortarlos: "No temáis, soy yo". Apenas a bordo, calmó el viento, y en pocos instantes más estuvieron en la orilla. Y esta vez también los discípulos se "asombraron; porque, - añade, el honrado Marcos - todavía no habían entendido lo de los panes, por cuanto su corazón estaba ofuscado".

El recuerdo puede parecer ingenuo y es revelador. Porque el milagro de los panes es el fundamento de todos los demás. Cada parábola, dicha con palabras de poesía o representada con prodigios visibles, no es más que un pan elaborado de diversa manera para que los suyos - al menos lo suyos - comprendan la sola verdad necesaria: el espíritu es el único alimento digno del hombre y el hombre que se nutre con ese alimento es dueño del mundo
(Giovanni Papini, Historia de Cristo , Ed. Lux, Santiago de Chile, 1923, Pág. 158-162)

 

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Aplicación: R. P. Alfonso Torres SJ La multiplicación de los panes

(...) La parte principal de esta narración, o sea, el gran milagro de Jesucristo, que cuentan aquí los cuatro evangelistas, la dejamos para la lección sacra de hoy. Y hoy, Dios mediante, la vamos a comentar.

En este milagro, sin más que leer el evangelio de San Juan, encontramos nosotros todo esto que vais a oír. Lo primero, un diálogo entre el Señor y los suyos; inmediatamente después, la narración del mismo milagro, que abarca desde el momento en que se ofrecen al Señor los panes de cebada y los pececillos hasta el momento en que recogen lo que había sobrado en doce canastos; y, por último, encontramos un cierto entusiasmo y un cierto designio de glorificación que había surgido en la muchedumbre testigo del milagro, designio del cual huyó nuestro Señor retirándose a un monte a orar. Por su orden iremos explicando todas estas cosas que narran los sagrados evangelistas.

Si habéis tenido la curiosidad de leer, antes de venir aquí, el evangelio de San Juan y las narraciones de los otros tres evangelistas, habréis podido ver que hay entre ellos una cierta divergencia por lo que toca al diálogo que tuvo el Señor con los discípulos antes de realizar el milagro que comentamos. Los evangelistas sinópticos hablan como de una conversación sostenida por el Señor con los Doce, de ciertas impresiones que los Doce manifestaron, mientras que el evangelista San Juan se limita a contar unas palabras que se cruzaron también entre el Señor y el apóstol San Andrés. Esta divergencia seguramente habréis notado si, como digo, habéis tenido la curiosidad de leer los cuatro evangelistas antes de venir a la lección sacra, se explica perfectamente cuando se sabe el modo de proceder que tuvo San Juan al escribir su evangelio. Cuando San Juan escribió su evangelio, ya circulaban los otros tres por la Iglesia cristiana. Al escribir el suyo, el discípulo ama tuvo interés particular en ir precisando las cosas que los evangelistas dejaban imprecisas, en ir completando las cosas que los otros evangelistas dejaban incompletas, y en poner en la narración aquellos pormenores y aquellas descripciones que conservaba fidelísimamente en la memoria a pesar de los muchos años transcurridos cuando estas cosas escribía.

Para San Juan debía de ser este escribir el Evangelio, en cierto sentido, una labor de rectificación, no porque hubiese yerros que corregir en los otros evangelistas, sino porque había imprecisiones que precisar y cosas incompletas que completar; pero al mismo tiempo debía de ser una labor dulcísima, porque era revivir las cosas que él mismo había visto que había como tocado con sus manos, y la misma precisión que él pone en sus narraciones y descripciones dan a entender este amor de su corazón, conque revivía los tiempos en que él había tenido la dicha de vivir con su Maestro.

Teniendo en cuenta esta manera especial de proceder, propia del evangelista San Juan, se entiende cómo debe componerse esta divergencia aparente que hay entre todos los evangelistas. En realidad, lo que acontece es esto que vais a oír.

Vienen las muchedumbres a Jesús; el Señor las mira con gran misericordia; se entrega al trabajo de predicarles y sanar a los enfermos, y en aquel trabajo pasan rápidamente las horas para las muchedumbres y para Jesús, hasta el punto de que todos parecen que se olvidan de sí mismos. Los apóstoles, que presenciaban aquel espectáculo, no parece que estaban tan absortos en lo que contemplaban, y no parecía que podían apartar del todo su corazón de las cosas temporales; y, cuando ya hubo avanzado bastante el día, cuando ya el día declinaba, comenzaron a insinuar al Señor que aquellas muchedumbres no habían comido, que estaban en un lugar desierto, que allí no podían encontrar el alimento necesario, y que tal vez sería mejor mandarlas a los pueblos más cercanos para que buscasen el necesario sustento. Preocupados de las cosas temporales, faltos de abandono en Jesús, creyeron hacer un acto de caridad y proceder con una gran previsión advirtiendo al Señor que declinaba el día y que aquellas gentes necesitaban encontrar el alimento.

Oyó el Señor esas insinuaciones de los suyos; no respondió a ellas con palabras de reprensión. El Señor debía de compadecer mucho las flaquezas de los apóstoles; más bien que de maldad, procedía de flaqueza la ignorancia de aquellos hombres. Entonces parece que les dijo - cuentan los evangelistas que dijo - que les dieran ellos de comer.

La palabra de Jesús respondiendo así a los discípulos era una palabra plenamente justificada y plenamente inteligible. Venían los apóstoles de predicar y de hacer milagros en virtud del poder que Cristo les había comunicado cuando les envió a evangelizar. Con ese poder de hacer milagros, ¿no podían ellos sustentar a las muchedumbres que estaban escuchando al divino Maestro? Ellos, sin embargo, no lo entendieron así. Y, siguiendo la conversación, hablando el Señor particularmente con Felipe y preguntándole dónde encontrarían pan para repartir a toda aquella muchedumbre, Felipe y los demás respondieron que aquello era imposible; doscientos denarios no bastarían para dar de comer a tanta gente (doscientos denarios son unas doscientas pesetas; imaginaos qué eran doscientas pesetas para dar de comer a cinco mil hombres, sin contar las mujeres y niños que también se encontraban entre la muchedumbre). Y, sin embargo, doscientos denarios eran una cantidad enorme para la pobreza de los apóstoles. De modo que ellos, calculando humanamente, encontraban que, aunque era imposible que hubieran reunido esa enorme cantidad de doscientos denarios, la cantidad no sería suficiente para sustentar a aquellas gentes. Con eso seguían arguyendo al Señor para que despidiera a la muchedumbre y para que cada uno se fuese a buscar por los pueblos vecinos el sustento necesario.

Siguió el Señor compadeciéndose de los suyos. En conversación había aparecido la poca fe que aquellos hombres tenían en el alma, el poco abandono en el poder y en la misericordia de su Maestro divino; y, repito, sin reprenderles el Señor, les manda que averigüen si hay algo que comer allí, averiguan que hay unos panes de cebada, es decir, unos pan de los que comían los pobres, y unos pescadillos de los que solían encontrarse en el lago de Genezaret y conservarse después salados. Y no había más.

Aquí comienza propiamente la narración del milagro; pero antes de pasar adelante, antes de explicar el milagro mismo quisiera yo que os detuvierais un momento y mirarais a este diálogo del Señor. Hay ahí algo que es dificilísimo para corazón humano, y que, sin embargo, es una de las cosas más sólidamente fundadas y más amorosas que podemos ofrecer a nuestro Señor. En todo este diálogo, como ya os he hecho notar dos veces, falta el abandono en la misericordia del Señor. Los apóstoles están más bien como conturbados, tristes, por la dificultad de dar de comer a tanta gente, y eso revela que no tienen fe viva, gran confianza, y, sobre todo, no tienen completo abandono en las manos de Jesucristo.

Si aquellos hombres hubieran realizado lo que el Señor les había predicado, buscando primero "el reino de Dios y su justicia"; si hubieran estado encendidos en el mismo celo que había en el Corazón divino de Jesús en el mismo amor bien espiritual de aquellas gentes, hubieran sentido lo que sentía el Señor: que no había por qué preocuparse de las cosas temporales; había que hacer bien a las almas, había que ejercitar la caridad, y lo demás dejarlo en manos del Señor. Y lo curioso es-por aquí se entiende la dificultad que hay en abandonarse así-, lo curioso es que aquellos hombres estaban contemplando muchedumbre de milagros en aquella hora. El Señor había pasado el tiempo no sólo predicando, sino multiplicando los milagros, y, a pesar de tener ante sus ojos esas manifestaciones del poder de Jesucristo, no acaban de abandonarse en ese poder y en el amor que había en el Corazón Se ve muy claro la ceguera de esos hombres; se ve muy claro la imperfección de su conducta, y mirarlo así es un gran bien para nosotros, porque esa ceguera es con frecuencia la ceguera del propio corazón, esa imperfección es con frecuencia nuestra propia imperfección. Dejamos que entre en el alma la solicitud por nuestras cosas, y esta solicitud nos acapara, nos envuelve, nos domina, nos angustia, nos quita algo de nuestra viva fe, porque no sabemos abandonarnos en las manos del Señor. Lo mismo que se ve claro esto en los demás, se ve oscuro cuando toca a nuestra conducta, y, sin embargo, entonces Jesús era lo mismo que es ahora, y tenía los mismos sentimientos de misericordia que tiene ahora, y el mismo celo por el bien espiritual de las almas que tiene ahora, y buscaba nuestro provecho, nuestra santificación y nuestro premio con la misma generosidad con que la busca ahora en cada momento de nuestra vida.

Imaginaos cómo se habría transformado esta escena si los apóstoles, en vez de andar calculando los denarios que se necesitaban para dar de comer a aquellas gentes, hubieran pensado que nada había imposible para la omnipotencia divina, y, en vez de poner el corazón en esas preocupaciones y solicitud, lo hubieran puesto en el amor y en la confianza de Jesucristo. Hubieran dado a Jesús un placer inmenso; se hubieran ahorrado asimismo esas preocupaciones angustiosas y hubieran ejercitado al mismo tiempo la caridad para con el prójimo. Pues así se transformaría nuestra vida si, en vez de vivir con vanas solicitudes acerca de lo nuestro, de nuestros intereses, de lo que llamamos nosotros nuestro bien, supiéramos abandonarnos generosa y amorosamente en las manos de la providencia del Señor.

En ese ambiente de desconfianza, de demasiada solicitud, brilla el gran milagro; traen al Señor los cinco panes de cebada y los dos pececillos. Manda el Señor que las muchedumbres se sienten en el campo ordenadamente. El término que emplea el evangelista San Juan, "se recuesten", es el término que solía emplearse para decir lo que expresamos nosotros ahora con la frase "sentarse a la mesa". Como si fuera a ofrecer un banquete, manda el Señor que se sienten en el campo todas aquellas gentes; se sienten con orden. Los distribuyeron, según dicen los evangelistas, en grupos de cincuenta, y, a veces, dos de estos grupos, por estar cercanos, ofrecían el aspecto de un grupo de un centenar de personas. Puso orden el Señor; de modo que el milagro no fue simplemente salir entre la muchedumbre desordenada y repartir los panes y los peces. Primero ordenó la muchedumbre; el espectáculo debía de ser hermosísimo, y todos los comentadores del evangelio lo hacen notar. Imaginaos al Señor, en la ladera de una cordillera qué sube suavemente dominando aquella muchedumbre, rodeado de los Doce; imaginaos un campo cubierto de verdura y de flores silvestres en plena primavera, y colocad en ese campo muchos grupos de cincuenta personas con los trajes abigarrados de los orientales; esto al caer la tarde y esto a las orillas del lago de Genesareth.

El Señor, que domina aquella muchedumbre ordenada, cuando ve a cada uno en su puesto, toma en las manos los cinco panes, levanta los ojos al cielo, bendice o da gracias, parte los panes y los va entregando a los apóstoles para que los distribuyan a la muchedumbre, dando a cada uno cuanto quisiera.

Si habéis penetrado un poco en la escena evangélica y os habéis dado cuenta del estado de ánimo de aquellas gentes en pleno entusiasmo, en plena gratitud, en pleno amor, clavados los ojos en Jesús, de donde esperan algo muy grande; si miráis en ese momento al Señor con el corazón rebosando caridad infinita, lleno de compasión y de benignidad mirando al cielo para bendecir o para dar gracia - porque la palabra, de hecho, significa lo mismo; eran las palabras que pronunciaba el padre de familia antes de repartir el sustento cotidiano, palabra de bendición a Dios, que había dado el pan de cada día, y palabra, por consiguiente, de gratitud por la gratitud de todos aquellos corazones por los beneficios recibidos, y luego partiendo el pan, veréis que, si para aquellas gentes ese partir el pan decía muy poco, para nosotros es un símbolo santísimo. Cuando después el Señor haya establecido la sagrada Eucaristía, el nombre del misterio eucarístico será éste: la "fracción del pan". Y, cuando se hable en los Hechos de los Apóstoles de la Eucaristía, se hablará así, se dirá que estaban los discípulos, reunidos, partiendo el pan en distintos sitios de Jerusalén, por las casas de los cristianos; es decir, celebrando el misterio eucarístico. Aquellas gentes no conocían todavía esos misterios adorables; si los hubieran conocido, al ver a Jesús partiendo el pan, hubieran sentido sus almas inflamadas de doble gratitud y de doble amor por el sustento cotidiano y por el sustento de las almas, que es la sagrada Eucaristía.

Partió Jesús el pan, y los apóstoles fueron repartiéndolo entre la gente. Ignoramos nosotros la manera concreta como se hizo el milagro; ignoramos si el pan se multiplicó en las mismas manos de Jesús, si se multiplicó en el momento de recibirlo los apóstoles o si se multiplicó cuando los apóstoles lo iban distribuyendo, haciendo el Señor que no se agotara; pero es lo cierto que repartieron a toda la muchedumbre, en la cual, como sabemos, había, cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños; y cuando todos hubieron comido hasta saciarse, mandó el Señor que recogieran lo que había sobrado, para que no pereciera.

Recogieron los canastos de pan que nos dicen los sagrados evangelistas.

Las gentes, mientras estuvieron tomando el alimento, seguramente agradecieron al Señor el beneficio que les otorgaba; pero quizá no se dieron cuenta del milagro que se había operado hasta que vieron que allí donde no se habían encontrado más que cinco panes de cebada y dos pececillos, se recogían aquellos abundantes canastos de pan; aquello era el milagro patente delante de todos los ojos. Y la misma situación en que estaba el Señor, la misma situación en que estaban las muchedumbres, hacía ostensible este prodigio de su misericordia y de su amor, y nada tiene de extraño que el entusiasmo que había ido anidando en los corazones durante todo el día mientras predicaba Jesús y mientras multiplicaba los milagros, ahora subiera a lo más alto, y aquellas gentes se sintieran como arrebatadas y se dijeran entre sí: ¿Pero no es éste el que había de venir? ¿No es éste el que esperamos nosotros? Cuando venga el Mesías, ¿qué más podrá hacer? Si este milagro parece uno de aquellos milagros que hacía el Señor con nuestros padres cuando venían de Egipto a conquistar la tierra que ahora poseemos nosotros, la tierra de bendición, la tierra de Yahvé!

Y en medio de estos comentarios se enardecieron, y comenzaron a pensar y a comunicarse la idea de aclamar a Jesús rey, y parece ser que los mismos apóstoles se contagiaron de esa idea. A pesar de que el Señor les había dicho tantas veces que El buscaba otra cosa, que El se iba a inmolar y a sacrificar, aquellos hombres soñaban siempre con las grandezas humanas.

Advirtió el Señor el entusiasmo de la gente, advirtió que se contagiaban los suyos, y con rapidez obligó a los Doce a que entraran en una barca y pasaran a la otra orilla del lago, y huyó de la muchedumbre, se internó en los montes para orar al Padre celestial con santa humildad por la gloría de aquel día espléndido, precursor del anuncio eucarístico.

Esta es la narración del milagro, y en esa narración nosotros podríamos recoger frutos abundantes en cada versículo; frutos de enseñanza, frutos de desengaño, frutos de conocimiento de Cristo, frutos de confianza en las manos del Señor, frutos de abandono y frutos de gratitud; mas por encima de todos esos frutos hay uno que conviene notar hoy, porque es el fruto que ya os insinué en la lección sacra anterior y nos va a servir de preparación para las siguientes.

Los Padres, cuantos han estudiado este evangelio, han notado siempre que aquí hay como un símbolo de la Eucaristía; de todo cuanto con la Eucaristía se relaciona; los fundamentos, diríamos nosotros, del misterio eucarístico son el poder infinito de Jesús y el amor infinito de Jesús. El poder y el amor resplandecen aquí: el poder, en el milagro de la multiplicación de los panes; el amor, en la benignidad con que da de comer a aquellas gentes y en el sentimiento de misericordia que El llevaba en su corazón, y que nos manifiestan los sagrados evangelistas. En el milagro logrado sobre el mismo pan se nos da como una figura de ese otro milagro de la Eucaristía. Allí se multiplicaron los panes y los peces; aquí se convierte la sustancia del pan en el cuerpo santísimo de Cristo, y la sustancia del vino en su sangre, y este último milagro parece como una sombra, y como una preparación, y como una figura del otro milagro. En aquel milagro de la multiplicación de los panes y de los peces se ven anunciados ya los efectos de la Eucaristía. Decimos que la Eucaristía es el sacramento del amor, que ahí es donde se enardecen las almas y donde se entregan sin reserva a Jesucristo, y en el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces vemos crecer el amor y el entusiasmo de las turbas hasta arrostrarlo todo y hasta disponerse a todo para la gloria de Jesucristo, incluso a batallar por El para proclamarle rey de la tierra santa contra todos los poderes del mundo.

De modo que todo cuanto hay en la Eucaristía, efectos de la Eucaristía, transustanciación, todo se encuentra como predispuesto, como preparado, como prejuzgado en la multiplicación de los panes y de los peces. Sin duda, el Señor eligió este milagro para disponer a las almas a oír hablar del sacramento, porque poco después, cuando vuelvan a reunirse en Cafarnaúm, pronunciará el Señor aquel sermón eucarístico hermosísimo que nos ha conservado el evangelista San Juan; y aquellas gentes, sin hacer otra cosa que recordar lo que acababan de ver en la orilla oriental del lago de Genezaret, podían muy bien recibir aquellas palabras con el corazón abierto, entender aquellos misterios y aceptar el gran anuncio del amor de Jesucristo.

Pero hay algo aquí que es tan hermoso, tan tierno, que no podemos dejar de decir. Mirad al Señor como trabajando porque las almas le crean cuando habla del misterio de su amor; mirad a Jesús preparando los corazones para que se dignen recibir el beneficio de la Eucaristía. Como si fuera El quien tuviera que agradecernos el que recibiéramos ese beneficio, como si a El fuera al que principalmente le interesara que los hombres participaran de esta bendición y de este pan del cielo, se esfuerza, se afana para preparar los espíritus a que reciban la Eucaristía. ¡Si debía ser de tal manera la disposición espiritual nuestra, que con sólo conocer ese misterio adorable más bien necesitáramos freno que contuviera nuestros entusiasmos y nuestro amor que no que nos espolearan a acercarnos a la Eucaristía y nos dispusieran para ello! Pero la benignidad de Jesús llega hasta ese punto. Reparte misericordias infinitas, derrama el amor de su Corazón sobre los hombres, y todavía parece como que El está rogando, esforzándose para que se dignen admitir esas misericordias suyas. Si esto revela de algún modo la miseria del corazón humano y hace entender lo tardos que somos para aceptar las gracias del Señor, también manifiesta hasta qué punto contamos con la benignidad, con el amor, con la caridad infinita de Jesús; y eso alienta nuestra alma, ensancha nuestro corazón, hace crecer nuestra generosidad, asienta en sólida base nuestra esperanza y además nos lleva a la entrega completa a Jesucristo, al abandono en sus manos divinas, porque en esas manos está nuestra esperanza y nuestro premio.

Sea éste el fruto de la lección sacra, sea este amor el que brote en nuestros corazones. Cierto que hay en nosotros entusiasmo para proclamar rey a Jesucristo; no rey temporal, sino rey eterno; no rey por la violencia, sino rey por el amor; que haya en nosotros entusiasmo para rogarle y forzarle que reine en nuestras almas; pero que haya al mismo tiempo esa entrega completa a su amor para vivir en adelante amándole y para no tener más pensamiento ni más anhelo en nuestra vida que llegar a amarle como El quiere ser amado en la patria del amor, que es cielo.
(Alfonso Torres S.I., Lecciones Sacras sobre los Santos Evangelios , vol. 3º, BAC, Madrid, 1968, Pág. 222-232)


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Aplicación: JUAN PABLO II - Carta a la Juventud de Roma con ocasión de la Misión Ciudadana del Jubileo de los Jóvenes en el año 2000

Amadísimos jóvenes de Roma:
1. Recuerdo con alegría la XII Jornada mundial de la juventud, que tuvo lugar en París el pasado mes de agosto. Fue una experiencia espiritual extraordinaria, por la cual doy gracias al Señor. Al final de la celebración eucarística en el hipódromo de Longchamp, que clausuró ese inolvidable encuentro, cité a los jóvenes del mundo entero a Roma, en el verano del año 2000, para el jubileo de los jóvenes.

Vosotros, jóvenes de Roma, ya estáis interesados desde ahora en ese acontecimiento tan importante, que exige una intensa preparación organizativa, pero antes aún, y sobre todo, espiritual. Desea contribuir a este objetivo la Misión ciudadana, que se dirige ahora de manera especial al mundo juvenil. Su título es "Abre la puerta a Cristo, tu Salvador". Pero para poder anunciar y testimoniar a Cristo, es preciso conocerlo y encontrarse personalmente con El.

Sólo quien hace una experiencia intensa y profunda de Cristo puede hablar eficazmente de El a los demás. Sólo quien cultiva una relación asidua con este divino Maestro puede llevar hasta El a sus hermanos. El es la única persona capaz de responder plenamente a las expectativas de todo ser humano.

Seguramente habéis escuchado hablar de El ya desde vuestra niñez. Pero permitidme haceros una pregunta: ¿Os habéis encontrado verdaderamente con El? ¿Habéis hecho, en la fe, experiencia viva de El como un amigo leal y fiel, o su figura os resulta demasiado ajena a vuestros problemas reales como para suscitar aún interés?

Jesús no es solamente un gran personaje del pasado, un maestro de vida y de moral. Es el Señor resucitado, el Dios cercano a todo hombre, con quien se puede dialogar, experimentando la alegría de la amistad, la esperanza en las pruebas, la certeza de un futuro mejor. El siente estima por cada uno de vosotros y está dispuesto a revelaros el secreto de una vida plenamente realizada y a ponerse a vuestro lado para ayudaros a hacer que vuestra ciudad sea más humana y solidaria.

2. Queridos jóvenes, ¡confiad en Jesucristo! Confiad en El, como aquel muchacho del que nos habla el episodio evangélico de la multiplicación de los panes y de los peces (cf. Jn, 6, 1-13). Narra el evangelista Juan que una gran muchedumbre seguía a Jesús. Al ver a toda esa gente, Cristo preguntó al apóstol Felipe: " ¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?". Esa pregunta planteaba un desafío: en esa circunstancia resultaba muy difícil conseguir pan para dar de comer a tantas personas. Con plena razón dijeron los discípulos: "Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco". En realidad, Jesús quería poner a prueba su fe: El no contaba con una cantidad suficiente de bienes materiales, sino con su generosidad al ofrecer lo poco que poseían.

Generosidad: este sentimiento afloró en el corazón de un muchacho, que se acercó y ofreció cinco panes de cebada y dos peces. Demasiado poco, pensaban los discípulos: " ¿qué es eso para tanta gente?". Jesús apreció el gesto de ese joven como vosotros y, después de tomar los panes y dar gracias los repartió a la gente y lo mismo hizo con los peces. Lo que la razón humana no se atrevía a esperar, con Jesús se hizo realidad gracias al corazón generoso de un muchacho.

3. Esta es, queridos jóvenes de Roma, la importante tarea que se os ha confiado: llegar a ser, como el muchacho del Evangelio, protagonistas generosos de un cambio que marque vuestro futuro, así como el de la Iglesia que está en Roma y el de la ciudad entera. La oración y la contemplación, el silencio y la ascesis personal os ayudarán a madurar en la fe y en la conciencia de vuestra misión apostólica. Para hacer esto es necesario que toméis conciencia de lo que poseéis, de vuestros cinco panes y dos peces; es decir, de los recursos de entusiasmo, valentía y amor que Dios ha puesto en vuestro corazón y en vuestras manos, talentos preciosos que es preciso explotar en bien de los demás.

Redescubrid el valor de vuestra persona, donde el Espíritu de Dios habita como en un templo; aprended a escuchar la voz de Aquel que vino a habitar en vosotros mediante los sacramentos del bautismo y la confirmación, la voz del Paráclito, como lo llama Jesús (Cf Jn. 14, 16- 26), de Aquel que enseña y sostiene, defiende y consuela, del dulce Huésped del alma.

Gracias al Espíritu Santo, que expulsa del corazón todo temor y hace interiormente libres, podréis imprimir a la ciudad, especialmente durante el desarrollo de la Misión ciudadana, aquel "suplemento de alma" del que hablaba mi venerado predecesor el siervo de Dios Pablo VI, dando vuestra contribución para valorizar plenamente sus potencialidades.

4. El Espíritu suscita en el corazón de todo hombre el deseo de la verdad. La verdad que nos hace libres es Cristo, el único que puede decir: "Yo soy la verdad" (Jn 14, 6) y añadir: "Si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Jn 8, 31-32).

Muchos de vosotros estudian; otros ya trabajan o están a la espera de un empleo. Es importante que todos lleguéis a ser buscadores apasionados de la verdad y sus testigos intrépidos. Nunca debéis resignaros a la mentira, a la falsedad y a las componendas. Reaccionad con energía ante quien intente apoderarse de vuestra inteligencia y enredar vuestro corazón con mensajes y propuestas que hacen esclavos del consumismo, del sexo desordenado, de la violencia, hasta llevar al vacío de la soledad y a las sendas sinuosas de la cultura de la muerte. Desligada de la verdad, toda libertad se convierte en una nueva esclavitud mucho más pesada.

5. ¡Libres para amar! Queridos jóvenes, ¿quién no desea amar y ser amado? Pero para experimentar amor sincero es preciso abrir la puerta del corazón a Jesús y recorrer la senda que El ha trazado con su vida misma: es la senda de la entrega de sí mismo. Aquí radica el secreto del éxito de toda verdadera llamada al amor, en particular de la llamada que nace de modo sorprendente en el corazón del adolescente y lleva al matrimonio, al sacerdocio, o a la vida consagrada.

Cuando un chico o una chica reconocen que el amor auténtico es un tesoro precioso, son capaces de vivir también su sexualidad según el proyecto divino, evitando seguir falsos modelos, lamentablemente con frecuencia promovidos y ampliamente difundidos.

Desde luego, se trata de una opción exigente, pero es la única que hace realmente libres y felices, porque realiza el deseo profundo que el Señor ha puesto en lo más íntimo de todo hombre y de toda mujer. Hay libertad verdadera donde habita el Espíritu de Cristo (cf. 2 Co 3, 17): ésta es la perenne juventud del Evangelio, que renueva a las personas, a las culturas y al mundo.

6. ¡Libres para servir! Entre las vocaciones que más atraen a vuestro corazón se encuentra la del servicio, especialmente el servicio a los más pobres y marginados.

El pasaje evangélico que constituye la base de nuestra reflexión, nos habla de una muchedumbre que tiene hambre: Jesús se interesa por ella. También en nuestra ciudad hay gente que tiene hambre de pan material y, tal vez más aún, de pan espiritual. Durante las visitas pastorales a las parroquias, jóvenes y ancianos, familias e inmigrantes me señalan a menudo situaciones de malestar social, de soledad y abandono. Hay mucha pobreza material y espiritual. Dificultades y problemas afectan de manera sensible también al mundo juvenil.

Jesús nos pide que no perdamos la esperanza y que luchemos contra cualquier forma de degradación; nos invita a comprometernos a fondo para realizar una civilización a la altura del hombre. Como lo demuestran los ejemplos de muchas personas santas del pasado y del presente, se puede construir desde ahora un entramado de relaciones auténticas entre la gente amando y promoviendo la vida, esforzándose continuamente para que a toda persona se le reconozca su condición de hija de Dios, se la acoja con amor, se la apoye en su crecimiento, y se defiendan sus derechos.

7. La vida plantea muchos interrogantes, pero hay uno sobre todo al que es necesario dar respuesta: ¿Qué sentido tiene vivir y qué nos espera después de la muerte? Es una pregunta que da sentido a toda la existencia. Algunos de vuestros coetáneos tal vez ya no se la plantean: viven el presente como si fuera todo en la vida. Se abandonan de forma pasiva a la realidad como si fuera un sueño destinado a desvanecerse, en vez de esforzarse para que los valores y los grandes ideales se conviertan cada vez más en una realidad.

Abrir la puerta a Cristo salvador significa volver a proyectar la vida hacia las alturas. No os contentéis con experiencias banales, no os fiéis de quien os las propone. Tened confianza en la vida y abrid vuestro corazón a Cristo, vida que vence a la muerte.

En la Eucaristía Jesús resucitado se convierte en nuestro alimento y nos introduce ya desde ahora en la vida inmortal, dándonos la garantía de que un día podremos realizarla en plenitud y para siempre. De esa certeza brota la valentía para afrontar cualquier dificultad y hacer de la existencia un don sin reservas para Dios y para el prójimo. Se trata de una aventura extraordinaria, pero no podemos llevarla a término nosotros solos. Para eso Jesús quiso la Iglesia, su Cuerpo Místico y pueblo de la nueva alianza.

8. Jóvenes de Roma, sabed reconocer a Cristo presente en la Iglesia y poned a su disposición los simbólicos panes de cebada y los peces de vuestras cualidades y capacidades. Muchos de vosotros han realizado un encuentro constructivo con la Iglesia en las parroquias, en los grupos o en los movimientos; otros, desde la primera comunión o desde la confirmación, no tienen con ella una relación vital. Algunos la sienten lejana o ajena a sus problemas; otros, la juzgan severamente y rechazan sus enseñanzas.

Sin embargo, puedo asegurar que ninguno es extranjero en la Iglesia. Más aún, sin vosotros se siente como una familia sin hijos. Tiene necesidad de todos vosotros, de vuestra presencia, incluso de vuestras críticas constructivas. Necesita sobre todo vuestra activa participación en el anuncio del Evangelio, con el estilo y la vivacidad típicos de vuestra edad.

Jóvenes de Roma, amad a la Iglesia, aceptando los límites de las personas que la componen: descubrid su corazón y ayudadle a estar cercana a vosotros. Digo esto a todos los que ya forman parte de una comunidad, de una asociación, de un movimiento o de un grupo eclesial; y lo digo también a quienes no la frecuentan. En la Iglesia hay sitio para todos.

9. Me dirijo de modo muy especial a vosotros, jóvenes creyentes. Sed testigos de Cristo ante todo entre vuestros coetáneos. El Resucitado os llama a entablar con El y entre vosotros una alianza para hacer que la ciudad se más justa, libre y cristiana.

Sed protagonistas de esta alianza en vuestras relaciones con los demás jóvenes, en la familia, en los barrios, en la escuela y en la universidad, en los ambientes de trabajo y en los lugares de deporte y de sana diversión. Llevad esperanza y consuelo a donde haya desaliento y sufrimiento. Cada uno de vosotros dispóngase a acoger y ayudar a quienes quieran acercarse a la fe y a la Iglesia. Que no se pierda ninguno de los que el Padre pone en nuestro camino.

La Misión en la ciudad tiene precisamente como finalidad fortalecer en los bautizados el espíritu de acogida y el celo de la nueva evangelización, para que Roma, animada más profundamente por valores evangélicos, se abra al mundo entero. Este importante acontecimiento eclesial os ayudará a encontrar nuevas formas de diálogo con cuantos se interrogan sobre el sentido de la vida y de su futuro. Aseguradles que Jesús no dice nunca "no" a las exigencias auténticas del corazón; dice sólo, de forma fuerte y clara, "sí a la vida, al amor, a la libertad, a la paz y a la esperanza". Con El ninguna meta es imposible, e incluso un pequeño gesto de generosidad se multiplica y puede ser el inicio de un gran cambio.

Como miembros de un singular "voluntariado del espíritu", proponed a las personas con quienes os encontréis la experiencia personal de Jesús por la escucha de su palabra, el silencio y la oración; promoved iniciativas religiosas, incluso en el ámbito ecuménico, con el lenguaje juvenil de la música y del arte. Ensanchad el horizonte de vuestro apostolado a las exigencias de la misión universal de la Iglesia, teniendo presente el papel espiritual y civil particular de Roma, sede del Sucesor de Pedro.

10. Sed misioneros de esperanza. Gracias a la disponibilidad del joven del que habla el pasaje evangélico, Jesús pudo dar de comer a una muchedumbre inmensa. Y también gracias a vuestros dones y talentos puestos totalmente a su disposición, El llevará a término la obra de la salvación en nuestra ciudad.

"Abre la puerta a Cristo, tu Salvador".
Queridos jóvenes, ojalá que el título de la Misión ciudadana se convierta en programa y estímulo de toda vuestra jornada. Dirigid vuestra mirada a María, Madre de la Iglesia y Estrella de la evangelización. Toda su vida os muestra que nada es imposible para Dios. Imitándola e invocándola constantemente, podréis llegar a ser como Ella, portadores de alegría y amor. Junto a Ella, joven Virgen de Nazaret, aprenderéis a mirar vuestra vida diaria como un crisol donde el Señor os llama a realizar su proyecto de salvación. Gracias a su protección maternal, no os faltará nunca el vigor apostólico y misionero.

¡Que Dios os ayude y proteja! Os acompaño con mi afecto y mi oración, mientras de corazón imparto a cada uno de vosotros y a vuestras familias, al igual que a vuestros proyectos y deseos de bien, una especial bendición apostólica.
(Juan Pablo II, 8 de septiembre de 1997, fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María).

 

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Aplicación: P. Alfredo Saenz, S.J. - La Eucaristía, sacramento de la unidad eclesial


En éste y en los próximos cuatro domingos, el evangelio está tomado del capítulo sexto de San Juan. Dentro de ese capítulo, el episodio de la multiplicación de los panes que se acaba de leer, prefigurado por la multiplicación de panes que hizo Eliseo, según se nos relató en la primera de las lecturas, es una revela­ción de la bondad abrumadora de Jesús, y da pie a una variada gama de comentarios que va desde la justicia social hasta la generosidad, la misericordia, etc. Sin embargo, cuando los Padres de la Iglesia se refirieron a ese hecho, mostraron predilección por referirlo al banquete eucarístico. Porque podemos decir que así como Jesús, al contemplar a esa multitud famélica que lo seguía sin pausa, sintió que sus entrañas se conmovían, de manera semejante, al contemplar, como Señor de la historia, la inmensa caravana de hombres que llenaría los siglos que van desde su Encarnación a la Parusía, no pudo menos de conmoverse tam­bién y de decir: Tengo compasión de esta multitud, porque me siguen, al menos implícitamente, buscando la vida, la salvación, la felicidad. No los puedo enviar de vuelta a sus casas. Y nos dio la Eucaristía, distribuida por los apóstoles, es decir, por la Igle­sia. Hablemos, pues, hoy, acerca de la Eucaristía, que es la fuente de nuestra vida cristiana. Lo seguiremos haciendo durante los próximos domingos, siempre en base al capítulo sexto de San Juan, que versa todo él sobre el sacramento del altar.

Amplio es el abanico de temas que nos ofrece la Sagrada Eucaristía. Habiendo escuchado en esta misa el milagro de la multiplicación de los panes en favor del pueblo que seguía al Señor, detengámonos hoy más especialmente en considerar a la Eucaristía como sacramento de la mudad de la Iglesia.

Enseña Santo Tomás que el fin último de la Eucaristía no es la unión personal con Cristo —de lo cual hablaremos más adelante— sino, a través de Cristo, la unión más estrecha con la Iglesia, la edificación de la Iglesia. Lo primero que llama la atención en la Eucaristía es su carácter de banquete, manifestándose ya en este símbolo exterior, en los manteles tendidos, en el pan y el vino —vueltos Cristo— compartidos, la interior realidad unitiva que efectivamente se produce entre los que de ella participan. Igualmente, tanto el pan, elaborado con muchos granos de trigo, como el vino, exprimido de muchos racimos, constituyen también un símbolo de la íntima unidad que la Eucaristía realiza entre nosotros, que somos muchos. Asimismo la gota de agua que se mezcla con el vino es expresión del pueblo cristiano que se sumerge en Cristo. Es decir que ya en el plano de los signos: banquete, pan, vino, gota de agua, la Eucaristía se muestra como sacramento de unidad de la Iglesia.

Pero esto no es todo. La misma presencia de Cristo, presencia sustancial, que es, sin duda, una realidad, se ordena, sin embargo, a una realidad ulterior: la unidad de la Iglesia. El que recibe la Eucaristía, por el hecho mismo de recibirla, manifiesta que está unido con Cristo e incorporado a su Cuerpo. La unidad de la Iglesia deriva de su unidad en Cristo. La Cabeza del Cuerpo hace la unidad de los miembros del Cuerpo. En este sentido decimos que la Eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia por el hecho de que muchos son uno en Cristo. Si bien la Eucaristía es Cristo que penetra en nosotros, también por la Eucaristía nosotros penetramos en Cristo. Y dentro de Cristo, donde la división no tiene cabida, nos encontramos con un bosque de hermanos.

Detengámonos en este pensamiento tan fecundo. El cuerpo de Cristo que recibimos en la Eucaristía es su cuerpo glorioso, dominado por el Espíritu Santo. Ese Cuerpo "espiritualizado- de Cristo, al ingresar una y otra vez en nuestro interior, va absorbiendo progresivamente nuestra carne mortal y perecedera, esa carne que no sólo se obstina en ser refractaria al Espíritu, sino que también opone sus límites a la fusión perfecta de los miembros de la Iglesia.

Todos nosotros, por naturaleza, estamos divididos en personas bien diferentes, individuales y separadas, pero al alimentarnos de una sola carne —la de Cristo— nos mancomunamos en un solo cuerpo, el de Cristo. Por la Eucaristía comulgamos a Cristo, recibimos su carne y su divinidad. Y por la Eucaristía en cierta manera nos unimos y nos comulgamos mutuamente: participando de un mismo cuerpo y de una misma sangre, llegamos a ser un mismo cuerpo y una misma sangre, miembros los unos de los otros, concorpóreos y consanguíneos con Cristo. La multitud de la Iglesia, multitud a veces tan heterogénea por sus diferentes opciones sociales, económicas y políticas, gracias a la Eucaristía se aúna en Cristo. Porque si es cierto que la Iglesia hace la Eucaristía, no lo es menos que la Eucaristía edifica a la Iglesia. En este circuito permanente, la Iglesia va creciendo día a día sobre su piedra angular, sobre el Señor, "hasta que venga".

Y conste que no se trata de una unión que nos relacionaría tan sólo a quienes en la ocasión comulgan con nosotros. La Eucaristía nos une también con los innúmeros cristianos que poblaron el curso de los siglos, desde la época de los mártires hasta el En de los tiempos, que se alimentaron y se alimentarán como nosotros del mismo cuerpo. En el curso de las edades, por encima de las fronteras, la multitud de los cristianos recibe el único Cuerpo para hacerse un Cuerpo único.

Si queremos ser completos, debemos decir que esa unión tan estrecha se extiende también a los ángeles y a los santos, que no sólo comulgan a Dios directamente, sin pasar por los velos eucarísticos, sino que también durante la misa hacen acto de presencia rodeando el altar y acompañando nuestra súplica. De este modo, en la Eucaristía, sacramento reunidor por excelencia, convergen lo superior y lo inferior, el ciclo y la tierra, para entonar en armonía el Sanctus permanente de la alabanza celestial.

Sería ilícito, amados hermanos, que pusiéramos punto final a esta homilía sin haber aludido a la necesidad de que nuestra unión eucarística en Cristo se traduzca en la vida cotidiana, se exprese en la vida de cada día. A eso nos exhortó San Pablo en la epístola de hoy, una especie de himno a la unión: "Tratad de conservar la unidad del Espíritu, mediante el vínculo de la paz. Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que vosotros habéis sido llamados, de acuerdo con la vocación recibida. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, lo penetra todo y está en todos".

La Eucaristía nos empeña a una nueva conducta cristiana, nos comunica un aumento de caridad sobrenatural, que normalmente debería provocar una intensificación práctica de la caridad efectiva. La falta de caridad, que tantas veces marchita nuestra vida, es, en el fondo, una falta contra el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El pecado contra el Cuerpo Místico de Cristo es siempre un pecado contra el Cuerpo Eucarístico de Cristo. La Eucaristía, cuya última "realidad- es, según vimos, la unidad eclesial, nos exige que demos expresión al hábito de la caridad, que es el vínculo de la unidad de la Iglesia, nos exige que la manifestemos en "actos-, que son como el rebrote palpitante de la Eucaristía recibida. Examinemos, pues, hoy, cuánto haya de falso en el signo de caridad que ponemos todos los domingos. Para corregirnos, y para hacer que nuestra vida coincida con lo que creemos y con lo que decimos.

Dentro de pocos minutos nos acercaremos a recibir el Cuerpo de Jesús. Pidámosle que así como sació al pueblo que lo seguía, multiplicando el pan material, de manera similar se reparta entre nosotros, saciando nuestra hambre de Dios. Y que esta comunión, expresión de nuestra incorporación a la Iglesia, sea para todos nosotros signo empeñativo de una nueva conducta, de una conducta en la caridad, al mismo tiempo que preludio de la felicidad eterna donde seremos consumados en la unidad.
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 215-220)



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Aplicación: San Juan Pablo II - "¿Dónde podemos comprar el pan para que éstos puedan comer?"

Ante la multitud, que le había seguido desde las orillas del mar de Galilea hasta la montaña para escuchar su palabra, Jesús da comienzo, con esta pregunta, al milagro de la multiplicación de los panes, que constituye el significativo preludio al largo discurso en el que se revela al mundo como el verdadero Pan de vida bajado del cielo (cf. Jn 6, 41).

Hemos oído la narración evangélica: con cinco panes de cebada y dos peces, proporcionados por un muchacho, Jesús sacia el hambre de cerca de cinco mil hombres. Pero éstos, no comprendiendo la profundidad del "signo" en el cual se habían visto envueltos, están convencidos de haber encontrado finalmente al Rey-Mesías, que resolverá los problemas políticos y económicos de su nación. Frente a tan obtuso malentendido de su misión, Jesús se retira, completamente solo, a la montaña.

También nosotros, hermanos y hermanas carísimos, hemos seguido a Jesús y continuamos siguiéndole. Pero podemos y debemos preguntarnos: ¿Con qué actitud interior? ¿Con la auténtica de la fe, que Jesús esperaba de los Apóstoles y de la multitud cuya hambre había saciado, o con una actitud de incomprensión? Jesús se presentaba en aquella ocasión algo así —pero con más evidencia— como Moisés, que en el desierto había quitado el hambre al pueblo israelita durante el éxodo; se presentaba algo así —y también con más evidencia— como Eliseo, el cual con veinte panes de cebada y de álaga, había dado de comer a cien personas. Jesús se manifestaba, y se manifiesta hoy a nosotros, como Quien es capaz de saciar para siempre el hambre de nuestro corazón: "Yo soy el pan de vida; el que viene a mí ya no tendrá más hambre y el que cree en mí jamás tendrá sed" (Jn 6, 35).

El hombre, especialmente el de estos tiempos, tiene hambre de muchas cosas: hambre de verdad, de justicia, de amor, de paz, de belleza; pero sobre todo, hambre de Dios. "¡Debemos estar hambrientos de Dios!", exclamaba San Agustín (famelici Dei esse debemus: Enarrat. in psalm. 146, núm. 17: PL, 37, 1895 s.). ¡Es El, el Padre celestial, quien nos da el verdadero pan!

Este pan, de que estamos tan necesitados, es ante todo Cristo, el cual se nos entrega en los signos sacramentales de la Eucaristía y nos hace sentir, en cada Misa, las palabras de la última Cena: "Tomad y comed todos de él; porque este es mi Cuerpo que será entregado por vosotros". Con el sacramento del pan eucarístico —afirma el Concilio Vaticano II— "se representa y realiza la unidad de los fieles, que constituyen un solo Cuerpo en Cristo (cf. 1 Cor 10, 17). Todos los hombres son llamados a esta unión con Cristo que es Luz del mundo; de El venimos, por El vivimos, hacia El estamos dirigidos" (Lumen gentium, 3).

El pan que necesitamos es, también, la Palabra de Dios, porque, "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4 cf. Dt 8, 3). Indudablemente, también los hombres pueden pronunciar y expresar palabras de tan alto valor. Pero la historia nos muestra que las palabras de los hombres son, a veces, insuficientes, ambiguas, decepcionantes, tendenciosas; mientras que la Palabra de Dios está llena de verdad (cf. 2 Sam 7, 28; 1 Cor 17, 26); es recta (Sal 33, 4); es estable y permanece para siempre (cf. Sal 119, 89; 1 Pe 1, 25).

Debemos ponernos continuamente en religiosa escucha de tal Palabra; asumirla como criterio de nuestro modo de pensar y de obrar; conocerla, mediante la asidua lectura y personal meditación. Pero, especialmente, debemos hacerla nuestra, llevarla a la práctica, día tras días, en toda nuestra conducta.

Por último, el pan que necesitamos es la gracia, que debemos invocar y pedir con sincera humildad y con incansable constancia, sabiendo bien que es lo más valioso que podemos poseer.

El camino de nuestra vida, trazado por el amor providencial de Dios, es misterioso, a veces humanamente incomprensible y casi siempre duro y difícil. Pero el Padre nos da el "pan del cielo" (cf. Jn 6, 32), para ser aliviados en nuestra peregrinación por la tierra.

Quiero concluir con un pasaje de San Agustín, que sintetiza admirablemente cuanto hemos meditado: "Se comprende muy bien... que tu Eucaristía sea el alimento cotidiano. Saben, en efecto, los fieles lo que reciben y está bien que reciban el pan cotidiano necesario para este tiempo. Ruegan por sí mismos, para hacerse buenos, para perseverar en la bondad, en la fe, en la vida buena... La Palabra de Dios, que cada día se os explica y, en cierto modo, se os reparte, es también pan cotidiano" (Sermo 58. IV: PL, 38, 395).

¡Que Cristo Jesús multiplique siempre también para nosotros, su pan!
¡Así sea!
(Castelgandolfo, domingo 29 de julio de 1979)



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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - La multiplicación de los panes


Jesús se compadece de la gente y les da pan. Es un gesto muy paternal de parte de Jesús.

Le seguían para que los curara de sus enfermedades y Él les va a dar un signo que es figura de la Eucaristía, el verdadero alimento del hombre.

Tanto les impactó el signo que algunos lo confesaron como “el profeta” del que había hablado Moisés[1].

Otros, más mundanos, lo quieren hacer rey. Jesús no quiere ser rey del pan, dice Fulton Sheen. El venía a reinar en los hombres pero con un reinado espiritual no terrenal.

Jesús le dice a Pilato: “mi reino no es de este mundo”[2]. Jesús ha nacido y ha venido al mundo para reinar pero no para un reinado que acabe con el hambre y que provea de confort a los hombres sino para que sometidas las voluntades de los hombres a Él aquí en la tierra puedan reinar luego con Él en su reino. Jesús huyó de un reinado de bienestar material.

Pero, ¿acaso Cristo no quiere reinar sobre todo el hombre? Un reino temporal próspero se daría si todos se sometieran a la reyesía de Cristo. Porque si los hombres obedecieran a Cristo-Rey en sus mandamientos la sociedad andaría bien y se tendrían las cosas materiales necesarias para que los hombres se dedicaran a Dios.

Al no comprender la finalidad del signo, que era manifestarse como Mesías, la mayoría se quedaron en su bienestar material. Algunos, sin embargo, lo entendieron y lo proclamaron Profeta. Pero, ¡sería impresionante conocer un rey que hiciera milagros para producir pan en abundancia! Jesús huye… no quiere alimentar una concepción de un Mesías temporal.

Hoy también se anhela un mesías temporal que arregle todos los problemas materiales pero sin conversión a Dios, lo cual, es una utopía que han intentado volverla real muchos mesías en la historia.

Pero puede realizarse, al menos por un tiempo, a base de fraudes y engaños. Esto es lo que realizará el anticristo. El no huirá de un reinado temporal al margen de Dios y con su habilidad tendrá éxito al menos por un tiempo. La utopía la hará realidad con más éxito que el comunismo y el liberalismo y demás ideologías que a lo largo de la historia lo han intentado.


* * *


En cuanto al milagro Cristo sabía bien lo que iba a hacer pero deja que opinen sus discípulos: uno dice que necesitarían doscientos denarios para darle a cada uno su pan; otro que había conseguido cinco panes y dos peces, pero que era para tantos… unos cinco mil hombres.

Jesús con un milagro alimenta a todos los allí presentes. Ninguno de los que estaban con Jesús pensó siquiera, y eso que habían visto signos, que Jesús pudiera dar de comer a tal cantidad de personas. Y Jesús hizo un signo distinto de los que había hecho. Multiplicó cinco panes y dos peces para dar de comer a cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. Hizo un signo para manifestarse Mesías y también para preparar a los allí presentes, en especial a sus discípulos, a la revelación de la Eucaristía, pan que da la verdadera vida.

Todo es providencial en este evangelio. Jesús se retira a la otra orilla del mar para estar a solas con sus discípulos y la gente lo sigue para que cure a sus enfermos. Él además de curar a sus enfermos les da de comer, preparándolos, como hemos dicho, para el discurso del pan de vida, pero ellos se confunden, no lo entienden y quieren hacerlo rey. Jesús nuevamente se retira para orar a solas en el monte. Hablaría con su Padre del plan que tenían y cómo los hombres no entendían ese plan sino que su mirada era terrena. Desahogaría en su Padre la incomprensión de los hombres y el rechazo de su amor.

 

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Ejemplos

Cuenta la MadreTeresa de Calcuta

El gran banquete

Te convertirás en mí

El Milagro del Arroz

I. Elías y la viuda de Sarepta

II. La vasija de aceite de Eliseo

III. La casa de la providencia en Turín

La Santa Misa en 62 cuentos:

Se llamaron Hansel y Gretel: (La Santa Misa - La Comida Real de los Bautizados)

El Rey Sapo: (La Santa Misa - Nos Transforma)

Llegó adelantado por una hora: (La Santa Misa - Una Fiesta del Cielo)

El Rey Sapo: (La Santa Misa - Nos Transforma)

El Pan de Cristo


El gran banquete
Están un día convidados a un gran banquete en el que se les ha preparado los manjares más exquisitos, y ustedes, mis hermanos, impacientes con el hambre, se sacian de manjares bajos que les quitan las ganas de los que les tienen preparados. Ya no gozan del banquete y ustedes han tenido la culpa.
Así hay muchos hombres: Les está preparado un banquete en el cielo con todos los manjares de Dios, y ellos se sacian de los manjares bajos de la tierra que le quitan las ganas de los manjares del cielo.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 189)

 

Te convertirás en mi

Cierto día el obispo Agustín estuvo ante el altar de su Iglesia episcopal y celebraba la Santa Misa. En voz alta pronunció las palabras de la consagración: "La noche antes de su pasión el Señor Jesús tomó pan en sus santas y venerables manos, levantó los ojos al cielo… bendijo el pan, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad todos de él; esto es mi cuerpo…"
Habiendo pronunciado San Agustín estas palabras, vio delante suyo el pan consagrado: el cuerpo de Cristo. Y le pareció como si el pan consagrado le hablara: "Ahora vengo a ti como pan para que puedas comerme. No hay manera más íntima que yo pueda unirme a ti".
Entonces el obispo Agustín comenzó en su corazón una conversación con el Señor: "Pero dime, ¿qué provecho me trae cuando comulgo. Mi cuerpo transformará este pan santo, tu cuerpo, en el mío, y con eso no sucede nada bueno porque soy débil y pecador". Agustín calló y meditaba. De repente le pareció escuchar claramente las siguientes palabras: "Jamás podrá tu cuerpo convertirme a mí. Más bien tu te convertirás en mi". Agustín movía la cabeza dudando: "No comprendo esto. Yo te debo comer a ti pero tú quieres convertirme a mí. ¿Cómo va a suceder eso?" Y en su interior sintió las palabras: "Así será". Preguntó a San Agustín: "¿Como me veré después de esta conversión?" "Te verás igual como te ves ahora. No convierto tu cuerpo sino tu espíritu". San Agustín cayó de rodillas: "Te doy gracias por este maravilloso regalo".
Y entonces al obispo le pareció escuchar un llamado: "¡Agustín! ¡Te equivocas! No serás convertido para ti. Yo te convierto para que te conviertas en un corazón amoroso. Un corazón amoroso para con todos, un corazón misericordioso que busca la paz y regala la paz". Alegre y asustado al mismo tiempo San Agustín le contestó: "De acuerdo, Señor". Y suplicando contemplaba el pan convertido en cuerpo de Cristo. Es que ahora sabía lo que esperaba el Señor de él. El Señor le había hablado en su propio corazón. (Una leyenda de San Agustín)

 

. MILAGRO DEL ARROZ
El milagro presentado y aprobado por la Santa Sede, en el proceso de canonización del Beato Juan Macías, tuvo lugar en Olivenza (Badajoz) el día 25 de enero del año 1949.

En la "Casa de Nazaret" sede del Instituto de San José y residencia del vicario ecónomo de la parroquia de Santa María Magdalena estaban acogidos unos cincuenta niños y niñas en régimen de semi-pensionado que recibían gratuitamente instrucción y comida. Además, los domingos, mediante la cooperación de familias bienhechoras, distribuían comida a los pobres.

Aquel 25 de enero de 1949 la cocinera, señorita Leandra Rebollo Vázquez iba a tener problemas, pues la familia que, por turno, tenía que llevar comida para los pobres no había aparecido ni en la tarde del sábado ni en lo que iba de mañana del domingo.

Eran las doce del mediodía y no podía esperar más. Tomó las tres tazas de arroz, unos 750 gramos aproximadamente que no estaban destinados a los pobres sino a los niños del pensionado y los vació en la cazuela, en la que hervía un trozo de carne, la cocinera seguía preocupada por el problema sin resolver de la comida para los pobres.

Con fe se dirigió al entonces Beato Juan Macías: "¡Ah, Beato, y los pobres sin comida!". Y pasó a la cocina del párroco para hacer alguna cosa mientras cocía el contenido de la cazuela. Como a los quince minutos volvió al fogón donde hervía la cazuela para dar unas vueltas al arroz. Entonces la cocinera tuvo la sensación de que en el recipiente había una cantidad de arroz bastante mayor de la que ella había echado.

Llamó a la madre del párroco que, en aquel momento era la única persona que se encontraba en el piso superior. Al ver que amenazaba rebosar aconsejó a la cocinera que usase otra cazuela. Así lo hizo. Llamó al párroco, don Luis Zambrano Blanco y a la directora general del Instituto señorita María Gragera Vargas Zúñiga. Cuando llegaron, con otras señoritas de la Casa de Nazaret, ya la cocinera estaba trasvasando el arroz de la primera a la segunda cazuela sin que disminuyera el nivel rebosante de la primera cazuela, éste subía del fondo a borbotones y crudo, mientras que terminaba de cocerse después de trasvasarle a la segunda cazuela.

La noticia se extendió por la ciudad y muchas personas acudieron y constataron el hecho, recogiendo granos de arroz crudo que salía a borbotones del agua que hervía en el primer recipiente. El prodigio duró cerca de cuatro horas ininterrumpidamente. Se distribuyó una porción abundante de sopa a los cincuenta y tantos niños semi-pensionados y después, se pasó a distribuir una porción igualmente abundante, fuera del Instituto de San José, a un centenar de pobres.

La sopa, además de ser abundante, estaba mejor condimentada y más sabrosa, a pesar de que, durante las cuatro horas de la multiplicación, no se añadió ningún otro condimento.

La impresión que tuvieron las niñas y niños durante la comida fue que el arroz que comían era absolutamente normal.
A eso de las cinco de la tarde, y sin que el párroco don Luís Zambrano hubiera abandonado ni por un momento el lugar del suceso, exclamó: ¡Basta!, con lo que cesó el prodigio.

Después de 60 años aún viven testigos del milagro que dieron su testimonio.

Pues esto no era más que repetir después de muerto, y al cabo de tres siglos, lo que el Hermano Juan Macías realizó, más de una vez, en la portería del convento de Lima.

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I. Elías y la viuda de Sarepta
"Entonces le dirigió Yahvé su palabra diciendo: Levántate y vete a Sarepta de Sidón y mora allí. Yo he dado orden a una mujer viuda para que te mantenga. Levantóse y fuése a Sarepta. Al llegar a la entrada de la ciudad, vio a una mujer viuda que recogía serojos; la llamó y le dijo: Vete a buscarme, por favor, un poco de agua en un vaso para que beba; y ella fue a buscarle. Llamóla de nuevo cuando iba a traérselo, y le dijo: Tráeme, por favor, también un bocado de pan; pero ella le contestó: Vive Yahvé, tu Dios, que no tengo nada de pan cocido y que no me queda más que un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la vasija; precisamente estaba cogiendo unos serojos para ir a preparar esto para mí y para mí hijo; lo comeremos y nos dejaremos morir. El le dijo: No temas, ve y haz lo que has dicho, pero prepárame para mí antes una tortita cocida en el rescoldo y tráemela, y luego ya harás para ti y para tu hijo; pues he aquí lo que dice Yahvé: No faltará la harina que tienes en la tinaja ni disminuirá el aceite en la vasija hasta el día en que Yahvé haga caer la lluvia sobre la haz de la tierra. Fue ella e hizo lo que le había dicho Elías, y durante mucho tiempo tuvieron qué comer ella y su familia y Elías, sin que faltase la harina de la tinaja ni disminuyese el aceite de la vasija, según lo que había dicho Yahvé por Elías (3 Re 17,8 - 16)".


II. La vasija de aceite de Eliseo

"Una mujer de las de los hijos de los profetas clamó a Eliseo diciendo: Tu siervo, mi marido, ha muerto, y bien sabes tú que mi marido era temeroso de Yahvé; ahora un acreedor ha venido para cogerme a mis dos hijos y hacerlos esclavos. Eliseo le dijo: ¿Qué puedo yo hacer por ti? Dime: ¿qué tienes en tu casa? Ella le respondió: Tu sierva no tiene en casa absolutamente nada más que una vasija de aceite. El le dijo: Vete a pedir fuera a todos los vecinos vasijas vacías, y no pidas pocas. Cuando vuelvas a casa, cierra la puerta tras de ti y tras de tus hijos y echa en todas esas vasijas el aceite, poniéndolas aparte, conforme vayan llenándose. Entonces ella se alejó, cerró la puerta tras de sí y de sus hijos; y éstos fueron presentándole las vasijas, y ella las llenaba. Cuando estuvieron llenas todas las vasijas, dijo a su hijo: Dame otra vasija; pero él le respondió: Ya no hay más. Estacionóse entonces el aceite, y ella fue a dar cuenta al hombre de Dios, que le dijo: Vete a vender el aceite y paga la deuda, y de lo que te quede, vive tú y tus hijos (4 Re 4,1 - 7)".

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III. La casa de la providencia en Turín
Tomamos una entre las mil anécdotas que pudieran incluirse de esta famosa institución, fundada por San José Benito Cottolengo, quien cobijó en ella a todos los infortunados de la capital del Piamonte y formó una legión de religiosas al servicio de la caridad (cf. San José Benito Cottolengo, fundador de la Pequeña Casa de la Divina Providencia, en Turín, 2º ed. Ed .Paulinas C. II P - 122 - I23).

"En medio de tanta solicitud por cuantos habitaban la Pequeña Casa, que cada día más rebosaba de gente, Cottolengo no olvidaba a los pobres de las buhardillas que lloraban de hambre y miseria. Los visitaba personalmente, y a veces enviaba a su fiel Rolando y a las Hermanas Vicentinas, entre las cuales muy a menudo a sor Caridad. Todos ejecutaban puntualmente sus mandatos. Quería que a todos llevasen un poco de "bien de Dios", como él decía: ropa blanca, vestidos, caldo, carne, sopa, etc., según las necesidades de cada uno. "Esta tarde - decía un día a Rolando - quiero pagarte una buena merienda, pero no en la Pequeña Casa - aquí hay demasiada gente - , sino en Po, donde, como sabes, hace un fresco que enamora". Salieron de la Pequeña Casa, entraron en una tienda, después en otra, más allá en una tercera; había que proveerse de todo un poco... "para la merienda". Llegaron al puente de María Teresa. ¡Nada de merienda ni aire fresco! Subieron juntos hasta el último piso, donde una familia - padre, madre y cuatro pequeños - moría de miseria y de hambre. "Tomad - dijo Cottolengo - , la divina Providencia os envía este poco de bien de Dios; os ruego que lo aceptéis".

Ayudado por Rolando, encendió el fuego, preparó un poco de comida, y todos se refocilaron, no acertando, a comprender quién podía haber revelado al Santo la miseria de aquella casa, puesto que la ocultaban a todos, y no cesaban de repetir: "¡Cómo nos ama el Señor! ¡Cómo nos protege la Consolata! No osábamos pedir limosna, y sin Cottolengo habríamos muerto de hambre".

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EL PAN DE CRISTO

El siguiente es el relato verídico de un hombre llamado Víctor.  Al cabo de meses de encontrarse sin trabajo, se vio obligado a recurrir a la mendicidad para sobrevivir, cosa que detestaba profundamente.
Una fría tarde de invierno se encontraba en las inmediaciones de un club privado cuando observó a un hombre y su esposa que entraban al mismo. Víctor le pidió al hombre unas monedas para poder comprarse algo de comer.
- Lo siento, amigo, pero no tengo nada de cambio -replicó éste.
La mujer, que oyó la conversación, preguntó:
- ¿Qué quería ese pobre hombre?
- Dinero para una comida. Dijo que tenía hambre -respondió su marido.
- Lorenzo, no podemos entrar a comer una comida suntuosa que no necesitamos y ¡Dejar a un hombre hambriento aquí afuera!
-Hoy en día hay un mendigo en cada esquina! Seguro que quiere el dinero para beber. Contestó él.
La mujer dijo: - ¡Yo tengo un poco de cambio! Le daré algo.
Aunque Víctor estaba de espaldas a ellos, oyó todo lo que dijeron, avergonzado, quería alejarse corriendo de allí, pero en ese momento oyó la amable voz de la mujer que le decía: - Aquí tiene unas monedas. Consígase algo de comer, aunque la situación está difícil, no pierda las esperanzas. En alguna parte hay un empleo para usted. Espero que pronto lo encuentre.
- ¡Muchas gracias, señora! Me ha dado usted ocasión creer y confiar para comenzar de nuevo y me ha ayudado a cobrar ánimo. Jamás olvidaré su gentileza.
- Estará usted comiendo El Pan de Cristo! Compártalo -dijo ella con una cálida sonrisa dirigida más bien a un hombre y no a un mendigo.
Víctor sintió como si una descarga eléctrica le recorriera el cuerpo, encontró un lugar barato donde comer, gastó la mitad de lo que la señora le había dado y resolvió guardar lo que le sobraba para otro día, comería el pan de Cristo dos días. Una vez más, aquella descarga eléctrica corría por su interior. - ¡El Pan de Cristo! ¡Un momento! -pensó-. No puedo guardarme el pan de Cristo solamente para mí mismo.
Le parecía estar escuchando el eco de un viejo himno que había aprendido en la escuela dominical. En ese momento pasó a su lado un anciano.
- Quizás ese pobre anciano tenga hambre -pensó-. Tengo que compartir el pan de Cristo.
- Oiga -exclamó Víctor-. ¿Le gustaría entrar y comerse una buena comida?
El viejo se dio vuelta y lo miró incrédulo.
- ¿Habla usted en serio, amigo? El hombre no daba crédito a su buena fortuna hasta que se sentó a una mesa cubierta con un hule y le pusieron delante un plato de guiso caliente.
Durante la cena, Víctor notó que el hombre envolvía un pedazo de pan en su servilleta de papel.
- ¿Está guardando un poco para mañana? -le preguntó.
- No, no. Es que hay un chico que conozco por donde suelo frecuentar, la ha pasado mal últimamente y estaba llorando cuando lo dejé, tenía hambre. Le voy a llevar el pan.
El Pan de Cristo! Recordó nuevamente las palabras de la mujer y tuvo la extraña sensación de que había un tercer Convidado sentado a aquella mesa. A lo lejos las campanas de una iglesia parecían entonar a los dos el viejo himno que le había sonado antes en la cabeza. Los dos hombres llevaron el pan al niño hambriento, que comenzó a engullírselo. De golpe se detuvo y llamó a un perro, un perro perdido y asustado.
- Aquí tienes, perrito. Te doy la mitad -dijo el niño. El Pan de Cristo alcanzará también para ti. El niño había cambiado totalmente de semblante. Se puso de pie y comenzó a vender el periódico con entusiasmo.
- Hasta luego -dijo Víctor al viejo-. En alguna parte hay un empleo para usted. Pronto dará con el. No desespere.
- ¿Sabe? -su voz se tornó en un susurró-. Esto que hemos comido es el Pan de Cristo. Una señora me lo dijo cuando me dio aquellas monedas para comprarlo. El futuro nos depara algo bueno!
Al alejarse el viejo, Víctor se dio vuelta y se encontró con el perro que le olfateaba la pierna. Se agachó para acariciarlo y descubrió que tenía un collar que llevaba grabado el nombre del dueño y su dirección. Víctor recorrió el largo camino hasta la casa del dueño del perro y llamó a la puerta. Al salir éste y ver que había encontrado a su perro, se puso contentísimo, de golpe la expresión de su rostro se tornó seria. Estaba por reprocharle a Víctor que seguramente había robado el perro para cobrar la recompensa, pero no lo hizo, Víctor ostentaba un cierto aire de dignidad que lo detuvo.
En cambio dijo:
- En el periódico vespertino de ayer ofrecí una recompensa. ¡Aquí tiene!
Víctor miró el billete medio aturdido.
- No puedo aceptarlo -dijo quedamente-. Solo quería hacerle un bien al perro.
- Téngalo! Para mi lo que usted hizo vale mucho más que eso, le interesará un empleo? Venga a mi oficina mañana, me hace mucha falta una persona íntegra como usted.
Al volver a emprender Víctor la caminata por la avenida, aquel viejo himno que recordaba de su niñez volvió a sonarle en el alma, se titulaba: ’Parte el Pan de Vida’...
’No os canséis de dar, pero no deis las sobras, dad hasta sentirlo, hasta que duela’. Que el Señor nos conceda la gracia de tomar nuestra cruz y seguirlo, aunque duela.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 486)


(cortesia: iveargentina.org et alii)



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