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Domingo 19 Tiempo Ordinario B: Comentarios de Sabios y Santos I - Preparemos con ellos la Acogida de la Palabra de Dios en la Misa Dominical Parroquial

 

 

 

A su disposición

Santos Padres: San Agustín -  Tratado 26 sobre el evangelio de San Juan 6, 41-52

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Yo soy el pan de vida, Jn 6, 41-51

Aplicación: P. Alfredo Sáenz, S.J. - La eucaristía como prenda de la gloria

Aplicación: S.S Benedicto XVI - al saciar de modo milagroso su hambre física, los dispone a acoger el anuncio de que él es el pan bajado del cielo

Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Domingo Décimo Noveno del Tiempo Ordinario - Año B Jn. 6, 41-51


 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?br /> La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

CComentarios II A Las Lecturas del Domingo



Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Yo soy el pan de vida, Jn 6, 41-51

La Eucaristía presupone creer que el Verbo se ha hecho carne. Y esa carne que ha tomado al encarnarse nos la da por comida bajo apariencia de pan.

Dios se revela en Jesús y nosotros aceptamos esa revelación creyendo en Jesús y de esa forma llegamos a Dios. Jesús es el pan vivo que ha bajado del cielo y el que come su Carne tiene Vida Eterna.

Primero es la fe la que nos hace entrar en comunión con Jesús para tener vida “el que cree tiene vida eterna” y luego la manducación de su Cuerpo plenifica esa comunión. La fe es la anticipación de la visión y la Eucaristía la del banquete eterno. La fe nos hace vivir el cielo desde aquí “esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo”[2]. La Eucaristía es la vida eterna comenzada “el que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene la Vida Eterna”

Así como a Elías la comida de Dios le dio fuerzas para llegar a su presencia en el Horeb[3], así la Eucaristía nos da fuerza para peregrinar en esta vida hasta el encuentro de Dios en el cielo.

Para comulgar a Jesús, para recibir la Eucaristía, hay que estar en comunión con Jesús, por la fe en Jesús y por la fe a Jesús. Debemos creer que Jesús, Dios hecho hombre, está verdaderamente presente en la Eucaristía y debemos creer a Jesús, todas las cosas que nos ha enseñado, la revelación oral y escrita custodiado por el Magisterio de la Iglesia, “quien a vosotros os escucha, a mí me escucha”[4].

El maná que comieron los israelitas en el desierto y el pan que comió Elías camino del Monte Santo conducía a una tierra prometida, delicia y anhelo de todo hombre, pero la tierra que promete Dios a los cristianos es trascendente. El fin del camino de nuestra peregrinación terrena es la Patria Celestial y el alimento de nuestro peregrinar es la Eucaristía.

Jesús dice “Yo soy el pan de vida” y “Yo soy el pan vivo”. Pan que da la vida porque tiene vida y la tiene en abundancia. Jesús es la vida. Jesús es la vida por esencia, porque es Dios “Yo soy la vida”[5].

Jesús dice que el que come este pan vivirá para siempre. Los israelitas que comieron el maná murieron y los santos que comulgaron murieron ¿qué clase de vida nos da este pan? La vida del Padre, la vida del Hijo, la verdadera vida, la vida eterna.

Dios ha tomado carne para darse como comida y para que comiéndolo tengamos vida en nosotros “comunión de vida” que no interrumpe ni siquiera la muerte temporal. Es más, la muerte temporal la plenifica y la confirma eternamente.

La fe, que es don de Dios, nos hace atravesar el obstáculo de lo sensible. La fe en las palabras de Jesús: “Yo soy el pan de vida”, el cual es, “mi carne para la vida del mundo”.

Vemos pan y creemos que es la carne del Señor, vemos comulgar a los cristianos y morir y creemos que recibimos, al comulgar, la vida eterna.

“Con la fuerza de aquella comida caminó hasta el monte de Dios”[6].

La Eucaristía nos da la fuerza para caminar el largo camino hasta el cielo. La comunión frecuente nos fortalece en la vida del espíritu, nos va cristificando y por tanto nos va haciendo vivir cada vez más intensamente la vida del cielo. Claro que si la recibimos bien, sino, es perjudicial. Dice San Pablo: “Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor”[7].

Y ¿cómo la recibimos cada vez mejor? Imitando al que recibimos, imitando a Jesús, creyendo su Palabra y obrando lo que creemos. Imitándolo en su oblación total al Padre y a los hombres. “Con El, por El y en El a ti Dios Padre Omnipotente, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”. Amén[8]. Toda nuestra vida debe ser una oblación a Dios, como la Eucaristía; una acción de gracias, como la Eucaristía; una entrega que satisfaga por nuestros pecados y los del mundo, como la Eucaristía; un acto de religión permanente, de adoración, como la Eucaristía. “Esta es mi carne para la vida del mundo”.

Las palabras de Jesús nos enseñan que se ha abierto nuevamente el camino que da acceso al árbol de la vida del que Adán había sido privado[9]. Ya nunca seremos arrojados del paraíso. “Todo el que me dé el Padre vendrá a mí y el que venga a mí no lo echaré fuera”[10].

Notas
[1] La ironía juanea: El evangelio de Juan presenta a los adversarios de Jesús en el acto de expresar afirmaciones sobre Él de tono despreciativo, sarcástico, incrédulo o, al menos, inadecuado en el sentido en el que ellos lo entienden. Pero, en cambio, por ironía, tales afirmaciones resultan a menudo verdaderas en un sentido que permanece escondido a quien las pronuncia (cf. Jn.3,2; 4,12; 6,42; 7,28-29.35; 8,22; 9,24.40; 11,48-50; 12,19; 14,22; 19,3).
[2] Jn 17, 3
[3] Cf. 1 Re 19, 8
[4] Lc 10, 16
[5] Jn 14, 6
[6] 1Re 19, 8
[7] 1 Co 11, 27
[8] Doxología Mayor de la Misa.
[9] Cf. Gn 3, 22
[10] Jn 6, 37



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Aplicación: P. Alfredo Sáenz, S.J. - La eucaristía como prenda de la gloria


En el evangelio del domingo pasado escuchamos decir a Jesús: "Yo soy el pan bajado del cielo". Y en el texto que acabamos de leer —prolongación del anterior— advertimos cómo los judíos murmuraron de Jesús precisamente por haber dicho eso: "¿Acaso éste no era Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir entonces: Yo he bajado del cielo?". No entendían esos hombres quién era Jesús, no sabían discernir, más allá de las apariencias de su parentela humilde, al Hijo de Dios que se había encarnado para salvarnos. Y que afirmaría su decisión de permanecer entre nosotros, sobre todo mediante la Eucaristía, de la que seguirá hablando a esos judíos incrédulos.

Acompañemos al Señor en su enseñanza. Sigamos también nosotros hablando con El de la Eucaristía, el sacramento de la vida. El domingo anterior consideramos a ese sacramento desde el punto de vista del sacrificio. "Cristo nos amó y se entregó por nosotros —nos dice San Pablo en la epístola de hoy—, como ofrenda y sacrificio agradable a Dios". Ese amor, esa entrega, esa ofrenda, ese sacrificio, en cierto modo se hacen carne cada vez que se celebra la Eucaristía.

Sin embargo, no es ése el único aspecto de este sacramento. Porque la Eucaristía no mira tan sólo hacia el pasado, hacia la pasión de Cristo, haciéndola presente sobre el altar, merced a lo cual afirmamos que es un verdadero sacrificio. Mira también hacia el futuro, hacia el cielo, ya que es prenda de la gloria final. El que la recibe como corresponde, vivirá para siempre. Jesús lo afirma hoy de manera terminante a los judíos que lo rodeaban: "Yo soy el pan de vida. Vuestros padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero éste es el pan que desciende del ciclo, para que aquel que lo coma no muera... El que coma de este pan vivirá eternamente". No quiere decir, como es obvio, que la recepción de la Eucaristía nos ahorre la muerte corporal. Nosotros comulgamos con frecuencia, y a pesar de todo un día moriremos. Acá se trata de la muerte espiritual, de la muerte eterna. El pan que desciende del cielo nos libra de esa muerte y nos da la vida indeficiente. Porque todo alimento nutre según sus propiedades: El alimento de la tierra alimenta para el tiempo. El alimento celestial, particularmente Cristo, pan bajado del cielo, alimenta para la vida eterna.

La Eucaristía tiene, así, un respecto al futuro, a la vida que no se acaba. Porque nosotros estamos en camino, no hemos aún llegado al término. La Iglesia se encuentra a la vez en posesión y en tensión. Sus miembros conocen al mismo Dios que los santos, pero su caridad no siempre es actual. En la celebración litúrgica, la Iglesia peregrina posee al Señor del cielo, pero sacramentalmente, lo que no puede satisfacerla del todo. Por eso está en situación de éxodo hacia una maduración de lo ya adquirido. La Eucaristía, que es como una tangencia del tiempo y de la eternidad, construye la Iglesia pascual en estado de tránsito de este mundo al Padre.

De ahí que la mejor figura de la Eucaristía sea el maná, pan del caminante. El maná acompañó al pueblo elegido durante su travesía por el desierto. Lo alimentó. Lo fortificó. Pero una vez que ese pueblo llegó a la meta de la tierra prometida, dejó de caer. Así sucede y sucederá con la Eucaristía. Nos acompaña en nuestro camino por este desierto que es el mundo. Nos alimenta. Nos da fuerzas. Pero cesará una vez alcanzada la meta del cielo.

Algo parecido a lo que se nos relató en la primen lectura de hoy, a propósito de Elías: cuando tras un largo trajinar, el profeta se sintió cansado hasta el agotamiento, fue confortado con el pan que le trajeron los ángeles y, así, "fortalecido por ese alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios, el Horeb". Nuestro Horeb es el cielo. Hasta allí, hasta ese umbral, nos acompañará el pan bajado del cielo.

Pero hay más. La Eucaristía no sólo nos acompaña en nuestra peregrinación al cielo sino que, en cierto modo, ya desde ahora siembra algo de "cielo" en nuestro interior. Porque en la Eucaristía recibimos a Cristo paciente y glorioso. En cuanto paciente nos aplica el fruto de su Pasión. En cuanto glorioso nos comunica el germen de su Resurrección. Por eso es efecto de la Eucaristía la aniquilación de la muerte, que Cristo destruyó al morir, y la restauración de la vida, que el Señor obró al resucitar. Comer al Cristo glorioso es alimentarse de cielo. Su cuerpo resucitado, al penetrar en nuestro cuerpo, abocado a la muerte, va sembrando en él semillas de gloria. El Cristo vencedor, al dejarse asimilar por el que lo recibe, se convierte en "principio de resurrección, frenando en El la descomposición de la naturaleza'', como enseña San Gregorio de Nyssa.

Por esta razón, algunos Padres de la Iglesia llamaron a la Eucaristía "remedio de inmortalidad". Y San Ireneo escribía: "Como el grano de trigo que cae en la tierra, se descompone, pura levantarse luego, multiplicarse y servir después para el uso de los hombres, y finalmente, recibiendo la Palabra de Dios hacerse Eucaristía; así nuestros cuerpos, alimentados por la Eucaristía y depositados en la tierra, donde sufren la descomposición, se levantaran en el tiempo designado y se revestirán de inmortalidad".

El hecho de que la Eucaristía sea la primicia y el comienzo da nuestra glorificación, explica su intrínseca relación con la venida del Señor. San Pablo decía que cuantas veces se celebra la Eucaristía se anuncia la muerte del Señor "hasta que venga". Porque el día en que el Señor vuelva, al fin de la historia, ese día la Eucaristía se habrá vuelto innecesaria, así como todo el orden sacramental. Para señalar la referencia de la misa a la Parusía del Señor, la Iglesia ha incluido en el ritual eucarístico diversas alusiones a la segunda venida de Jesús. Por ejemplo, en la aclamación que sigue a la fórmula consecratoria: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor Jesús". Al decir "Ven, Señor Jesús", no nos estamos refiriendo a la venida sacramental del Señor, porque ya se ha hecho presente sobre el altar, sino que aludimos a su venida final, en la consumación de los tiempos. Asimismo, en la oración que sigue al Padrenuestro, el celebrante pide al Señor que nos libre de todos los males y nos dé la paz en los días de nuestra vida terrenal, "mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo". Se celebra, por tanto, la Eucaristía "hasta que el Señor venga". Más aún, en cierto modo se celebra "para que el Señor venga", para que apresure su venida. No se trata tan sólo de una simple espera, sino de una súplica ardiente por su Parusía final.

Comenzaremos ahora la liturgia de la Eucaristía, de esa admirable Eucaristía que en su mirada al pasado, a la Pasión de Cristo, se constituye en verdadero sacrificio, y en su mirada al futuro, a la felicidad del cielo, se constituye en prenda de gloria eterna. Participemos plenamente en el sacrificio, de modo que al acercarnos a comulgar, el Señor glorioso encuentre menos obstáculos en su divina labor de ir preparando nuestro cuerpo para la resurrección final y para la visión sin fin.
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 225-228)


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Aplicación: S.S Benedicto XVI - Al saciar de modo milagroso su hambre física, los dispone a acoger el anuncio de que él es el pan bajado del cielo


Queridos hermanos y hermanas:
La lectura del capítulo sexto del Evangelio de san Juan, que nos acompaña en estos domingos en la liturgia, nos ha llevado a reflexionar sobre la multiplicación del pan, con el que el Señor sació a una multitud de cinco mil hombres, y sobre la invitación que Jesús dirige a los que había saciado a buscar un alimento que permanece para la vida eterna. Jesús quiere ayudarles a comprender el significado profundo del prodigio que ha realizado: al saciar de modo milagroso su hambre física, los dispone a acoger el anuncio de que él es el pan bajado del cielo (cf. Jn 6, 41), que sacia de modo definitivo. También el pueblo judío, durante el largo camino en el desierto, había experimentado un pan bajado del cielo, el maná, que lo había mantenido en vida hasta la llegada a la tierra prometida. Ahora Jesús habla de sí mismo como el verdadero pan bajado del cielo, capaz de mantener en vida no por un momento o por un tramo de camino, sino para siempre. Él es el alimento que da la vida eterna, porque es el Hijo unigénito de Dios, que está en el seno del Padre y vino para dar al hombre la vida en plenitud, para introducir al hombre en la vida misma de Dios.

En el pensamiento judío estaba claro que el verdadero pan del cielo, que alimentaba a Israel, era la Ley, la Palabra de Dios. El pueblo de Israel reconocía con claridad que la Torah era el don fundamental y duradero de Moisés, y que el elemento basilar que lo distinguía respecto de los demás pueblos consistía en conocer la voluntad de Dios y, por tanto, el camino justo de la vida. Ahora Jesús, al manifestarse como el pan del cielo, testimonia que es la Palabra de Dios en Persona, la Palabra encarnada, a través de la cual el hombre puede hacer de la voluntad de Dios su alimento (cf. Jn 4, 34), que orienta y sostiene la existencia.

Entonces, dudar de la divinidad de Jesús, como hacen los judíos del pasaje evangélico de hoy, significa oponerse a la obra de Dios. Afirman: «Es el hijo de José. Conocemos a su padre y su madre» (cf. Jn 6, 42). No van más allá de sus orígenes terrenos y por esto se niegan a acogerlo como la Palabra de Dios hecha carne. San Agustín, en su Comentario al Evangelio de san Juan, explica así: «Estaban lejos de aquel pan celestial, y eran incapaces de sentir su hambre. Tenían la boca del corazón enferma... En efecto, este pan requiere el hambre del hombre interior» (26, 1). Y debemos preguntarnos si nosotros sentimos realmente esta hambre, el hambre de la Palabra de Dios, el hambre de conocer el verdadero sentido de la vida. Sólo quien es atraído por Dios Padre, quien lo escucha y se deja instruir por él, puede creer en Jesús, encontrarse con él y alimentarse de él y así encontrar la verdadera vida, el camino de la vida, la justicia, la verdad, el amor. San Agustín añade: «El Señor afirmó que él era el pan que baja del cielo, exhortándonos a creer en él. Comer el pan vivo significa creer en él. Y quien cree, come; es saciado de modo invisible, como de modo igualmente invisible renace (a una vida más profunda, más verdadera), renace dentro, en su interior se convierte en hombre nuevo» (ib.).

Invocando a María santísima, pidámosle que nos guíe al encuentro con Jesús para que nuestra amistad con él sea cada vez más intensa; pidámosle que nos introduzca en la plena comunión de amor con su Hijo, el pan vivo bajado del cielo, para ser renovados por él en lo más íntimo de nuestro ser.
(Castelgandolfo, Angelus. Domingo 12 de agosto de 2012)


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Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Domingo Décimo Noveno del Tiempo Ordinario - Año B Jn. 6, 41-51


1.- En este Evangelio se nos narra que los judíos se escandalizaron de la predicación de Jesús.

2.- Esto me da pie para hablar de los que hoy se escandalizan de Jesús. Se apartan de Él. Rechazan su doctrina.

3.- Este rechazo es más por su doctrina moral que por razones intelectuales.

4.- Pocas personas rechazan la religión por motivos intelectuales. Yo jamás he oído a nadie que tenga dificultades contra el dogma de la Santísima Trinidad. Nadie me ha dicho: «Yo creo que en Dios hay cinco Personas. Tres me parecen pocas». A la gente le es igual que en Dios haya tres Personas o cinco.

5.- A la gente lo que le molesta es la moral católica: - Que sea inmoral el adulterio en un mundo que aplaude los adulterios de las personas famosas. - Que sea inmoral el aborto, ASESINATO DE INOCENTES, en un mundo que hace leyes permitiendo que las madres maten a sus hijos, porque los no nacidos no votan, y a muchos que votan les gusta poder abortar para deshacerse de los hijos no deseados. - Que sea inmoral el divorcio en un mundo que no quiere compromisos estables, sino que quiere hacer en cada momento lo que más le guste. - Que sean inmorales las relaciones sexuales prematrimoniales en un mundo en el que el libertinaje sexual se hecho normal en la juventud, etc. etc.

6.- Muchos quieren que la DOCTRINA DE JESUCRISTO se acomode a las modas del momento, y esto no puede ser. La DOCTRINA DE JESUCRISTO es eterna, porque es la verdad, y la verdad no cambia con las modas.

(Cortesía: iveargentina.org y otros)


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