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Domingo 22 Tiempo Ordinario B: Comentarios de Sabios y Santos - Preparemos con ellos la Acogida de la Palabra de Dios en la Misa Dominical Parroquial

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Catequesis preparatoria para los niños
Ejemplos que iluminan la participación
Recursos: Gráficos - Videos - Audios

 

A su disposición
Exégesis: José Ma. Solé Roma O.M.F. Comentario a las 3 Lecturas
Exégesis: Rudolf Schnackenburg - Jesús repudia la piedad externa y legalista judía (Mc 7,1-23)
Exégesis: Dr. D. Isidro Gomá y Tomás. La pureza legal. Discute Jesús con unos escribas y fariseos
Exégesis: Manuel de Tuya OP - Discusión sobre las tradiciones rabínicas. 7,1-13 (Mt 15,1-20)
Comentario Teológico: R.P. Leonardo Castellani - Corruptio optima, pessima
Santos Padres: San Juan Crisóstomo - Las tradiciones y la Ley
Aplicación: Juan Pablo II - La Pureza
Aplicación: Giuseppe Ricciotti - 'La Tradición de los Ancianos'
Aplicación: Giovanni Papini - El no-deseado
Aplicación: Mons. Tihamer Toth - Aún está en pie el monte Sinaí
Aplicación: R. P. R. Cantalamessa OFMCap - Lo que contamina al hombre
Aplicación - R.P. Alfonso Torres, S.J. - Pureza Farisaica
Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - El fariseísmo
Aplicación: R.P. Leonardo Castellani - Cristo y los fariseos
Ejemplos Predicables

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo

Dios envía su Espíritu a los que acogen la Palabra
El Padre envía el Espíritu a los que acogen la Palabra de su Hijo



Exégesis: José Ma. Solé Roma O.M.F. Comentario a las 3 Lecturas

Primera lectura: Deuteronomio 4, 1-2. 6-8:
En este discurso, que se pone en boca de Moisés, se contiene una exhortación cálida a la fidelidad y obediencia a la Alianza pactada en el Sinaí y a sus leyes:

- "No añadiréis nada a lo que os mando ni nada quitaréis, sino que guardaréis los preceptos de Yahvé, vuestro Dios, tal como os los prescribo" (2).

- A esta obediencia y fidelidad están condicionadas todas las promesas de Dios a Israel: "Para que viváis y entréis en posesión de la tierra que Yahvé os da" (1). Esta fidelidad los hará Pueblo de Dios, "Testigo" de Dios a los ojos de todas las naciones. La mejor apología del Dios de Israel serán ellos mismos si son fieles a Dios: "¡Qué pueblo tan sabio e inteligente! ¡Qué grande nación!" (6).

- Bien que la Nueva Alianza es de Espíritu y no de "Ley", no quiere esto decir que podemos vivir nuestras relaciones con Dios a nuestro capricho. San Pablo, el abanderado de la Libertad con que Cristo nos ha rescatado de la servidumbre de la Ley Mosaica, dice: "Yo, que no estoy sin la Ley de Dios, pues me liga la Ley de Cristo..." (1 Cor 9, 21). Y San Pedro, con no menor precisión: "Comportaos como libres; pero no convirtáis la libertad en un velo que encubra la maldad. Vivid como siervos de Cristo" (1 Pe 2, 16). Vivir en la Ley de Cristo, vivir como siervos de Cristo exige amoldarse a las normas que nos prescribe la Iglesia de Cristo. Paulo VI lamenta: "Las enfermedades que sufre hoy la Iglesia son principalmente debidas a la contestación tácita o pública de su autoridad; es decir, de la confianza, de la unidad, de la armonía, de la unión en la verdad y en la caridad según la cual Cristo la ha concebido e instituido y la tradición la ha desarrollado y transmitido para nosotros" (3-XII-1969). Y rechaza la doctrina de quienes, defensores de una Iglesia carismática a su talante, se desentienden de la Iglesia institucional: "Como si la Iglesia comunitaria y jerárquica, visible y responsable, organizada y disciplinada, apostólica y sacramental fuese una expresión del cristianismo ya superada" (24-VIII-1968). Quien rompe la alianza con la Iglesia la rompe con Cristo. Que el misterio de este Sacramento realice plenamente su virtud: Nos una a Cristo y a su Iglesia (Sup. Oblata).


Segunda Lectura: Santiago 1, 17-18. 21-22. 27:

Santiago, muy empapado en las enseñanzas de la Escritura, nos las recuerda a los cristianos, pero iluminadas y enriquecidas con los valores que ha aportado el Evangelio:

- Lo que Dios nos dice en el v 17 se acerca mucho a aquellas definiciones de San Juan: "Dios es Luz", "Dios es Padre", "Dios es Amor". Santiago nos define a Dios como: "Dador de toda dádiva buena y de todo don perfecto. Como Luz: Luz sin alternativas, sin variación, sin ocaso. Luz Creador de toda luz. Por tanto: Inter mundanas varietates ibi nostra fixa sint corda ubi vera sunt gaudia. Asimismo Dios es: "Padre que por amor nos engendra. Con ello somos entre todas sus creaturas las primicias de su amor, sus predilectos, sus hijos" (18). Ya en la Antigua Alianza es llamado Israel "hijo de Dios": "Has abandonado la Roca que te creó, has olvidado al Dios que te engendró" (Dt 32, 18). Pero en la Nueva Alianza las realidades de regeneración, renacimiento, filiación, se aplican a la vida sobrenatural que cada creyente recibe de Dios. La filiación es real, plena: Una semel hostia, Domine, adoptionis tibi populum acquisisti (Super Oblata).

- A este amor de Dios que nos engendra respondemos nosotros con la "Fe": "Nos engendró por la fe en la Palabra de la verdad" (18); es decir, por la fe en el Evangelio de Cristo. Es la Fe la que lo acepta, lo acoge, como semilla divina. "Semilla que plantada en el alma es poderosa para salvaros" (21). En esto el "Evangelio" supera a la vieja "Ley". El "Evangelio" es llamado por Santiago: Palabra de vida, Palabra salvadora, Palabra sembrada en el alma, Ley perfecta, Ley regia, Ley de libertad, en oposición a la Ley Mosaica, que era imperfecta y sólo preparaba a la Gracia de Cristo.

- Santiago insiste en que la Fe auténtica es "operativa"; debe traducirse en vida, en obras. "Sed ejecutores de la Palabra; y no meros oyentes que os engañáis a vosotros mismos" (22). Y así concuerda con lo que reiteradamente nos avisan los Evangelistas: Mt 7, 24; Lc 47; Jn 13, 17. Como asimismo Pablo, el predicador de la fe, que justifica: "Que no los que oyen la Ley son justos ante Dios, sino los que cumplen la Ley serán justificados" (Rom 2, 13). No olvidemos, con todo, que en la Nueva Alianza la "Ley" está escrita en los corazones por el Espíritu Santo, "el dedo de la diestra del Padre".


Evangelio: Marcos 7, 1-8:

Los fariseos no pueden comprender que la Ley Mosaica, escrita en piedras, el Mesías va a suplantarla por la Ley del Espíritu, escrita en los corazones:

- Unos escribas venidos de Jerusalén para espiar a Jesús en su predicación y en su conducta encuentran inmediatamente un motivo de acusación: Los discípulos de Jesús no cumplen con los lavatorios impuestos. Los rabinos y puritanos fundaban estas prácticas en la Ley Mosaica. Dado que según la Ley (Lev 5, 2) todo contacto con un objeto impuro manchaba, antes de comer todo judío piadoso cumplía con las lociones rituales (Jn 2, 6). ¿Con qué derecho no exige Jesús a los suyos la práctica de tan piadosa tradición? (5).

- Jesús aprovecha aquel lance para dar una de sus más interesantes lecciones: La pureza y la impureza están en el corazón. Convertir el culto de Dios en rutinas exteriores es hipocresía (7).

- En la Iglesia primitiva hubo el grupo de los "Judaizantes" (fariseos convertidos a la fe cristiana), que querían imponer la práctica de las leyes Mosaicas: circuncisión, purificaciones rituales, alimentos puros e impuros, etc. Era la supervivencia del formulismo religioso. Jesús deja resuelta esta cuestión (v 20); y Pedro la acabará de comprender con la visión de Jope (Act. 10, 9-22).
José Ma. Solé Roma (O.M.F.),"Ministros de la Palabra", ciclo "B", Herder, Barcelona 1979.



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Exégesis: Rudolf Schnackenburg - Jesús repudia la piedad externa y legalista judía (Mc 7,1-23)


Esta sección, como los otros fragmentos doctrinales del Evangelio de Marcos, tiene por sí sola un fuerte significado teológico, y pone de relieve una exigencia que mira directamente a los oyentes cristianos.

Históricamente se mantiene el escenario de Galilea -han llegado de Jerusalén algunos doctores de la ley, cf. 3,22-; pero el panorama espiritual es mucho más amplio: aquellos fariseos y escribas son los representantes de la religión legalista judía. Los lectores tienen ya noticia de algunos conflictos legales -la cuestión del sábado, 2,23-28 y 3,1-6-; las asechanzas y calumnias contra Jesús no constituyen nada nuevo (cf. 2,1-22). Jesús ya ha defendido con anterioridad a sus discípulos; pero ahora el enfrentamiento adquiere caracteres fundamentales. Ya no se trata de una transgresión cualquiera de la ley tal como la exponen los fariseos -concretamente la purificación levítica-, sino que los discípulos de Jesús no observan «la tradición de los antepasados». Jesús no duda en derribar este «vallado» que rodea la ley divina y revalorizar así la pura voluntad de Dios. Jesús hace una dura crítica de la piedad externa del judaísmo de entonces. Esto le da ocasión para hablar de la pureza auténtica, de una moralidad que procede del corazón y del convencimiento interno, estableciendo así las bases de la moral cristiana.

Que Jesús quiera dirigirse a su comunidad es algo que se manifiesta claramente por el hecho de volver a impartir a los discípulos -como en el caso de las parábolas- una instrucción particular «en casa» y sin la presencia del pueblo (v. 17). Comparando esta sección con la última composición oratoria del capítulo 4, se reconoce una cierta continuación en la enseñanza. Así como allí se desarrollaba el mensaje del reino de Dios aplicándolo a los lectores cristianos a quienes se exhortaba a una escucha atenta y a una conducta moral fecunda, así ahora es la moral cristiana el tema central de la instrucción. En este aspecto la sección viene a ser una especie de réplica del sermón de la montaña que aparece en Mateo y en Lucas, pero que Marcos no nos ha transmitido. Es verdad que Mateo trae expresamente también la controversia a propósito de lo que es puro e impuro (c. 15), pero la presenta de un modo algo distinto; Lucas la suprime porque las circunstancias y las cosas concretas judías, de que aquí se trata, no le parecieron lo bastante comprensibles para sus lectores cristianos procedentes de la gentilidad.

El problema de en qué consiste la verdadera moralidad y cómo es posible realizarla, resultaba inevitable para la fe cristiana, pues que Jesús ha vinculado de manera indisoluble religión y moral, fe y amor. Para la moral cristiana siempre resulta actual el problema acerca de la ley y la conciencia, los mandamientos externos y la obligatoriedad interna, aun cuando ya no tenga que enfrentarse con el legalismo judío. De la doctrina de Jesús Marcos ha conservado aquí una respuesta, que representa una decisión fundamental y que apunta al futuro.

Que en este capítulo se trata de algo más que de reproducir un episodio histórico, lo demuestran su disposición y su orientación ideológica. Los fariseos y los doctores de la ley plantean el problema de la purificación levítica, es decir, de determinados lavatorios rituales prescritos (v. 1-6). Mas Jesús pasa inmediatamente al ataque en un terreno mucho más amplio. A la pregunta y reproche de sus enemigos: «¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición de los antepasados?», Jesús responde afirmando que ellos abandonan el mandamiento divino por conformarse a la tradición de los hombres (v. 8), y se lo demuestra con un ejemplo (v. 10-13). Sólo en la instrucción al pueblo (v 14 ss) y a los discípulos (v 17-23) se trata más tarde el problema de lo puro y lo impuro, pero de una forma radical que desborda el planteamiento inicial del problema. De este modo la disputa circunstancial sirve de ocasión a una exposición más profunda y a una declaración fundamental de Jesús. Esta presentación no es casual; con fina sensibilidad ha anticipado el evangelista la polémica para exponer después la instrucción positiva. La aplicación a la comunidad se manifiesta hasta en el mismo catálogo de vicios, formulado en un tono, más helenista que en Mateo. Por eso leemos la sección con la mirada puesta en la comunidad distinguiendo en ella dos temas: estatutos humanos y precepto divino (v. 1 -13); lo puro y lo impuro (v 14 23).


a) Estatutos humanos y precepto divino (Mc/07/01-13)

1 Se reúnen en torno a él los fariseos y algunos de los escribas llegados de Jerusalén. 2 Y al ver que algunos de sus discípulos se ponían a comer con manos impuras, esto es, sin lavárselas -3 pues los fariseos y los judíos en general, no comen sin lavarse antes las manos con un puñado de agua, por guardar fielmente la tradición de los antepasados, 4 y al volver de la plaza no se ponen a comer sin antes sumergir sus manos en el agua, y hay otras muchas prácticas que aprendieron a guardar por tradición, como lavar los vasos, las jarras y la vajilla de metal-, 5 le preguntan, pues, los fariseos y los escribas: «¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición de los antepasados, sino que se ponen a comer con manos impuras?» 6 Pero él les contestó «Bien profetizó Isaías de vosotros los hipócritas según está escrito: «Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí; 7 vano es, pues, el culto que rinden, cuando enseñan doctrinas que sólo son preceptos humanos» (Isa_29:13). 8 Dejáis el mandamiento de Dios, por aferraros a la tradición de los hombres.»

Los fariseos (cf. 2,16.18.24) eran una fraternidad organizada o un partido religioso, sobre los que fácilmente nos forjamos falsas ideas. En modo alguno se identificaban sin más ni más con lo que hoy entendemos por hipócrita, con quienes sólo pretenden deslumbrar con una piedad de apariencias. Por fidelidad a la ley de los padres querían cumplir en conciencia todas las prescripciones para alcanzar el beneplácito divino y la salvación prometida por Dios teniendo parte en el mundo futuro. Querían dar al pueblo una santidad sacerdotal y acelerar así la venida de los tiempos mesiánicos. A causa de su serio empeño y de su entrega en favor del pueblo gozaban de gran consideración en amplios sectores. Por lo demás en su celo religioso daban gran valor hasta a las prescripciones más insignificantes. No se contentaban con los preceptos contenidos en el Antiguo Testamento, sino que seguían otras muchas prescripciones que sus doctores de la ley habían dado mediante la interpretación y acomodación de la ley mosaica. Estas son las tradiciones de los antepasados que Jesús ataca.

Las prescripciones purificadoras, a que alude el presente texto, obligaban en su origen a los sacerdotes que ejercían el servicio litúrgico en el santuario; pero los fariseos querían extenderlas a todo el pueblo y a la vida cotidiana para preparar así a Dios un pueblo sacerdotal y santo. Las crecientes prescripciones de acuerdo con «la tradición de los antepasados» llegaron a equipararse a la ley mosaica y representaban una carga pesada para la gente en su vida de todos los días. Los judíos que no se acomodaban a tales prescripciones eran considerados como «plebe que no conoce la ley» (cf. Jn 7.49) y hasta como transgresores de la misma ley. El afán farisaico por la observancia externa de la ley es siempre un peligro para los hombres «piadosos», que por lo mismo se consideran mejores que los demás, posponen el amor y se hacen duros y orgullosos (cf. /Mt/23/23). Se olvidan fácilmente de que también ellos necesitan de la misericordia divina. Cuando se impone el legalismo -cumplimiento de la ley al pie de la letra- junto con la complacencia del hombre en sí mismo, surge la caricatura del fariseo. (…)

Las fraternidades farisaicas estaban extendidas por todo el país; los doctores de la ley tenían sus escuelas, sobre todo en Jerusalén, donde reunían a los discípulos en torno suyo. Ahora han llegado algunos a Galilea y advierten que los discípulos de Jesús no observan los lavatorios prescritos antes de las comidas. No se trata simplemente del descuido de la limpieza, sino del desprecio de las prescripciones rituales relativas a la pureza. Marcos da a sus lectores unas ciertas aclaraciones al respecto: en general era necesario purificarse antes de comer al menos con un «puñado» de agua. Cuando se volvía de la plaza, donde había un mayor peligro de impurificación levítica -en razón del trato con los paganos-, había que meter los brazos hasta el codo en un gran recipiente (cf. Jua_2:6). Incluso se prescribían ciertos lavatorios de copas, jarros y otros cacharros. Jesús pasa por alto todas estas prescripciones minúsculas, estos estatutos humanos con una sentencia profética (v. 6-7).

Los profetas se habían pronunciado a menudo contra una piedad cúltica meramente externa y habían exigido una conciencia recta, el refrendo moral y la penitencia. No un servicio de labios afuera sino la entrega del corazón a Dios, no unos estatutos humanos sino el mandamiento de Dios: ésas son las exigencias que Jesús opone a los críticos. Estas palabras del libro de Isaías tuvieron seguramente gran importancia para la naciente Iglesia cristiana, que aspiraba a un culto espiritual y moralmente fecundo (Rom_12:1), y quería ofrecer a Dios «sacrificios espirituales» (1Pe_2:5), obras de amor que el Espíritu Santo hacía posibles.

Sin embargo, no hay que arrancar esas palabras de su contexto histórico. No se reprueba cualquier culto, sino sólo el servicio de labios sin el sentimiento correspondiente, la estrechez ritualista que olvida y posterga la voluntad de Dios ética o moral por encima de las prescripciones externas. En una época en que muchos teólogos quieren reducir el servicio de Dios a un servicio en el mundo y para el mundo, abogando por un cristianismo claramente «arreligioso» limitado a un encuentro «entre los hombres», en una época así conviene recordar que Jesús personalmente visitó el templo y tomó parte en las fiestas religiosas de su pueblo, y que la Iglesia primitiva desarrolló nuevas formas de culto según el legado de su Señor: el servicio adecuado a la palabra divina y a la celebración eucarística. También aquí vale aquello de que conviene hacer una cosa sin abandonar la otra (cf. Mat_23:23). Existe un culto divino directo en la alabanza, la acción de gracias y la súplica, un encuentro de la comunidad con Dios en la mesa de la palabra y en la celebración de la cena del Señor; y existe también un culto indirecto en el cumplimiento de las obligaciones terrenas que imponen la profesión y la familia, en la ayuda a los necesitados, en el amor y lealtad a los semejantes.


b) Lo puro y lo impuro (Mc/07/14-23)

14 Y llamando de nuevo junto a sí al pueblo, les decía: «Oídme todos y entended: 15 Nada hay externo al hombre que, al entrar en él, pueda contaminarlo; son las cosas que salen del interior del hombre las que lo contaminan.» [16 «El que tenga oídos para oír, que oiga.»] 17 Y cuando entró en casa, alejado ya de la gente, le preguntaban sus discípulos el sentido de 1a parábola. 18 Y les contesta: «¿Tan faltos de entendimiento estáis también vosotros? ¿No comprendéis que nada de lo externo que entra en el hombre puede contaminarlo, 19 porque no entran en el interior de su corazón -con lo cual declaraba puros todos los alimentos-, sino que pasa al vientre y luego va a parar a la cloaca?» 20 Y seguía diciendo: «Lo que sale del interior del hombre, eso es lo que contamina al hombre. 21 Porque de lo interior, del corazón de los hombres, proceden las malas intenciones, fornicaciones, robos, homicidios, 22 adulterios, codicias, maldades, engaño, lujuria, envidia, injuria, soberbia, insensatez. 23 Todos estos vicios proceden del interior y son los que contaminan al hombre.»

Después del enfrentamiento con los enemigos, Jesús convoca al pueblo para impartirle una doctrina importante; es también un aviso a la comunidad cristiana para que escuche atentamente las palabras de su Maestro. La ocasión, que fue el lavatorio ritual de las manos (v. 2), queda ya en un segundo plano, pues la palabra de Jesús a la multitud no trata ya de los lavatorios sino de los alimentos y de su uso. La doctrina de Jesús no mira sólo a algunas prescripciones legales judías, sino al problema fundamental de qué es puro y qué impuro. Con una frase enigmática y al modo de las parábolas invita a sus oyentes a la reflexión.

La sentencia en su formulación general resulta difícil de entender; pero la gente, al igual que en la predicación en parábolas (c. 4) debe «oír y entender». La sentencia exhortando a escuchar atentamente (v. 16) es la misma que aparece al final de la parábola del sembrador (4,9), (pero sólo está parcialmente testificada y no parece original). No se dice lo que Jesús continuó exponiendo al pueblo ni cómo éste entendió su palabra. La explicación se reserva al estrecho círculo de los discípulos, a los que estaban con él (4,10), y a través de ellos se brinda a la comunidad cristiana y creyente. Tampoco a los discípulos se les alcanza el sentido de la frase enigmática; pero, como son hombres dispuestos a creer y leales, Jesús se lo descifra todo a solas -como ya hizo con las parábolas, 4, 34-, «en casa», como se dirá aún varias veces (9,28.33; 10,10). La comprensión de los discípulos pertenece al tiempo del ministerio terrenal de Jesús exactamente igual que su «secreto mesiánico» y es una constante exhortación a meditar sus palabras y sus hechos profundamente y con fe. Jesús explica a sus discípulos que bajo la frase enigmática late la imagen de los alimentos que llegan al hombre desde fuera y siguen su camino natural. Jesús habla sin reparos de las cosas naturales. El comer y la expulsión de los alimentos es una cosa natural y nada tiene que ver con la «pureza» en un sentido moral y religioso. Esto constituye una postura libre y audaz para los judíos que conservaban las ideas antiguas acerca de la «impureza» de determinados animales y alimentos así como sobre la contaminación que implicaban ciertos procesos naturales -en el terreno sexual- y ciertos contactos -con los leprosos y los cadáveres-, y que observaban en general muchos tabúes-culticos. Ese punto de vista de Jesús responde a su apertura al mundo y a su afirmación de las cosas creadas, punto de vista que adopta también la Iglesia primitiva. Esta elimina la distinción entre animales puros e impuros y las correspondientes prescripciones dietéticas (Hec_10:11-15.28), suprimiendo así el obstáculo que representaban para el mundo pagano. En la lucha contra el gnosticismo, que despreciaba la materia, el cuerpo y el matrimonio, las cartas pastorales afirman: «Todo lo que Dios ha creado es bueno, y nada que se tome con acción de gracia puede ser rechazado» (1Ti_4:4). Este es uno de los aspectos del veredicto de Jesús, a sus ojos no el más importante, pero que para la Iglesia primitiva y para nosotros no carece de gran interés.

Más importante es la segunda parte de la sentencia de Jesús relativa a la verdadera contaminación. Del interior del hombre, de su corazón, suben los pensamientos y deseos que inducen a las malas acciones y a los vicios. Con ello ha establecido Jesús el principio decisivo de la moral, anclando la moralidad en la decisión consciente del hombre, al mismo tiempo que inserta la vida religiosa en el terreno moral y le da una mayor interioridad. Para aquella época esto representaba un esclarecimiento necesario, para nosotros es algo que se ha hecho evidente. Mas ni siquiera hoy resulta superfluo referirse a la tendencia del corazón humano a producir pensamientos y deseos. Jesús conoce el corazón humano cuyas «tendencias son malas desde su juventud» (Gen_8:21), aunque Dios creó al hombre a su imagen (Gen_9:6).

Pese a la afirmación de lo creado y de su bondad natural, pese a la alta valoración del hombre y de su imagen y semejanza divina, la experiencia de este mundo muestra que el hombre tiene una tendencia oscura y misteriosa hacia el mal, que es la fuente de la inmoralidad, de los pecados y vicios. Puede extrañar que Jesús no hable aquí de los pensamientos y acciones del hombre buenos y puros. Ello se debe en parte al planteamiento de la cuestión: ¿Qué es lo que contamina al hombre? Pero es evidente un cierto pesimismo en el enjuiciamiento moral del hombre. Ello está en relación con las exigencias de conversión que proclama Jesús y que afectan a todos los oyentes sin distinción.

Pablo ha interpretado correctamente la doctrina de Jesús al decir que «todos pecaron y están privados de la gloria de Dios» (Rom_3:23). Así no nos extraña que siga ahora un largo catálogo de vicios. Esta especie de exhortación moral, que pretende despertar el temor y horror al vicio y al pecado, puede tal vez decirnos muy poco. Nuestro tiempo ha perdido algo que el paganismo antiguo, aun cuando moralmente no estuviese a gran altura, todavía poseía: un sentimiento natural hacia la belleza de la virtud y la fealdad del vicio. Los catálogos de vicios y de virtudes gozaban de gran popularidad en la predicación moral de los filósofos itinerantes paganos, y también se encuentran, aunque de otra forma, en la literatura judía1. Se exponen más desde un punto de vista retórico que sistemático, y en su elaboración se descubre algo del espíritu de sus autores.

En el mismo pasaje Mateo da a este catálogo de vicios una forma distinta mencionando siete vicios y ordenándolos según el decálogo. Marcos enumera trece en los que apenas es posible señalar un orden ideológico. Pensando en sus lectores cristianos, procedentes del paganismo le interesa más el efecto retórico: los siete primeros aparecen en plural y los otros seis en singular, todos dispuestos en un ritmo sonoro; la pluralidad de malas acciones -«todos estos vicios»- debe mostrar de un modo sobrecogedor hasta dónde puede llegar el corazón humano. Hacia el comienzo del catálogo de vicios (después de las «malas intenciones» en general) figuran las malas acciones que hoy como siempre constituyen los pecados y crímenes más frecuentes: fornicaciones, robos, homicidios; se mencionan después los adulterios, codicias y maldades. Más adelante aparece la envidia («mal ojo» en el texto original), y así es como en el Antiguo Testamento se designan tanto los deseos sexuales como las miradas envidiosas y codiciosas. Hacia el final, la «injuria» empareja bien con la «soberbia» o el orgullo, el pecado del espíritu que encastilla al hombre en sí mismo al tiempo que le hace insensible a los derechos de sus semejantes y de Dios. Por ello, el último miembro «la insensatez» tiene probablemente un sentido más profundo que entre nosotros. En la Biblia el «insensato» es el hombre que no conoce a Dios, que le olvida y desprecia en su ceguera y satisfacción de sí mismo (cf. Sal_10:3s; Sal_14:1; Luc_12:20).

Marcos, que no nos ha transmitido el sermón de la montaña, nos ha conservado así un fragmento esencial de la doctrina moral de Jesús. Y nos muestra a Jesús con toda su seriedad moral, pero también con su conocimiento profundo del corazón humano. Este fragmento doctrinal es un guía inestimable para conocer el interior del hombre: su conciencia o, como dice Jesús, el corazón como fuente primera y factor decisivo de nuestra conducta buena o mala. Si el corazón del hombre está limpio y puro, brotan de él, como de un manantial transparente, también los pensamientos y las acciones buenos.
(SCHNACKENBURG, R., El Evangelio según San Marcos, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)

[1] En el Nuevo Testamento aparecen numerosos catálogos de vicios y virtudes. Si antes se pensaba sobre todo -y en especial por lo que a Pablo se refiere- en modelos de ética estoica, ahora los escritos de Qumrán nos han demostrado que también en el judaísmo existía una doctrina precisa sobre las virtudes y los vicios.

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Exégesis: Dr. D. Isidro Gomá y Tomás. La pureza legal. Discute Jesús con unos escribas y fariseos

Explicación. - El episodio que vamos a comentar, como el hecho de la multiplicación de los panes, de la tempestad calmada y del discurso de Cafarnaúm, ocurrieron en las inmediaciones de la Pascua, la tercera de la vida pública de Jesús. No subió este año el Señor a Jerusalén para celebrarla, según costumbre; tanto había crecido el odio de los principales judíos contra él, que le buscaban para matarle: no debía Jesús presentarse aún espontáneamente a sus enemigos. Por ello se entretuvo recorriendo la Galilea, particularmente la región de Genesaret: "Después de esto andaba Jesús por la Galilea, pues no quería andar por la Judea, porque los judíos le buscaban para matarle". Pasada ya probablemente la gran fiesta, tal vez comisionados por el Sinedrio para hacer indagatoria sobre la doctrina de Jesús, como otro tiempo lo hicieron con el Bautista (Ioh. 1, 19), vinieron a la Galilea unos escribas y fariseos, con los que sostiene Jesús la siguiente discusión sobre la pureza legal.

PREGUNTA IMPERTINENTE DE LOS ESCRIBAS Y FARISEOS (1.2). - "Entonces se llegaron a él unos escribas y fariseos de Jerusalén". Lléganse a Jesús, mientras obra estupendos prodigios, no para convertirse a él, sino para atacarle, a él personalmente o en la persona de sus discípulos si observan algo digno de reprobación, en las palabras o en los hechos. La visita, según se deduce del texto griego, no debía ser rápida, sino que se iba a entablar una como inquisición sobre Jesús, tanto había crecido su fama. Pero nada ven en él vituperable sino que algunos discípulos infringen un precepto impuesto desde no mucho tiempo por los doctores de la ley: "Y cuando vieron a algunos de sus discípulos comer con manos inmundas, esto es, sin habérselas lavado, lo vituperaron".

Las abluciones de manos eran frecuentísimas y minuciosas entre los judíos. No era esto un mal, porque les acostumbraba a los hábitos de limpieza e higiene. El abuso estaba en lo ridículo de estos lavatorios y en la carga insoportable que eran estas prácticas las conciencias. "Quien come el pan sin lavarse las manos, peca igual que si se juntara a una meretriz"; "Quien no lava sus manos después de comer, es igual que si perpetrara un homicidio", dice el Talmud. Sobre el féretro del rabino Eleazar, que había sido negligente en estas prácticas, se colocó una gruesa piedra, para significar que se había hecho acreedor a la lapidación.

En el concepto de los escribas y fariseos que, como tales y en virtud de funciones inquisidoras, debían defender la rigidez de las prácticas legales, la falta de los discípulos del Señor es gravísima. Y a él se dirigen para depurar responsabilidades, diciendo: "¿Por qué tus discípulos traspasan la tradición de los antiguos? Pues no se lavan las manos cuando comen pan". Marcos, que escribía para los cristianos de Roma, nos da una serie de detalles sobre las abluciones, que concuerdan con las prescripciones del Talmud: "Porque los fariseos y todos los judíos, si no se lavan las manos muchas veces, no comen, siguiendo la tradición de los antiguos: y cuando vuelven de la plaza, no comen, si antes no se bañan; y guardan muchas cosas que tienen por tradición: lavatorios de vasos y de jarros, y de vasijas de metal, y de lechos", es decir, el maderamen de los divanes donde se reclinan para comer.

La acusación que ante Jesús hacen escribas y fariseos contra sus discípulos es de carácter general y en materia gravísima. Era la tradición para los judíos algo aun más intangible que la misma ley. La integraban una serie de prácticas, estatuidas por el cuerpo de escribas, para garantir la pureza y la observancia de la ley. Hacia el siglo II de nuestra era, fueron recogidas estas prácticas en las enormes compilaciones del Talmud: "Quien peca contra la ley mosaica, decían los doctores, puede lograr su perdón; pero quien se rebela contra la decisión de los doctores, es digno de muerte". Todo ello justifica la gravedad de la imputación concreta que los adversarios de Jesús hacen a sus discípulos. Pero en realidad el ataque va contra el mismo Jesús: porque ¿cómo puede ser un profeta, ni siquiera un justo, quien consiente tales transgresiones a sus discípulos?

RESPUESTA DE JESÚS (3-9). - Es un irrefutable argumento ad hominem, calcado en los mismos moldes que el de sus contrarios. Primero, una imputación de carácter general, mucho más grave que la que hicieron ellos a sus discípulos: "Mas él, respondiendo, les dijo: Y vosotros ¿por qué traspasáis el mandamiento de por vuestra tradición?" No justifica ni condena Jesús la conducta de sus discípulos; no aprueba ni desdeña las tradiciones judías: no quiere entablar cuestión sobre ello; sino que a una denuncia responde con otra mucho más grave: si sus discípulos han pecado, ha sido contra la tradición establecida por los hombres; pero ellos pecan directamente contra la ley de Dios.

Confirma luego su acusación general con un ejemplo de alto relieve: Pues Dios dijo: Honra a tu padre y a tu madre; y quien maldijere al padre o a la madre, muera de muerte (Ex. 20,12; 21, 17; Deut. 5,16). El precepto de la ley es terminante: el hijo viene obligado, bajo pena de muerte, a honrar a su padre y a su madre, dándoles de lo suyo lo que para su sostén necesiten. Pero los escribas subvierten la ley, hasta el punto de hacer sacrílegos a los padres que reclaman este derecho que la voluntad de Dios les concede: Mas vosotros decís: Quien dijere a su padre o a su madre: Ofrenda, "corban", hice a Dios de cuanto mío te pudiera aprovechar, éste ya no tendrá que honrar a su padre y a su madre. Es decir: ¡Oh padre y madre! Lo que os debo por prescripción de la ley de Dios, y que podría aprovecharos, lo he consagrado ya a Dios. Esta consagración, llamada ofrenda o "corban", palabra aramaica que significa ofrenda, hacía intangible el don hecho a Dios, y era un sacrílego quien pusiera sobre ello sus manos, aunque fue sen los mismos padres. Así quedaban burlados la ley y los padres por artificio legal de los escribas: Ya habéis hecho vano el mandamiento de Dios por vuestra tradición.

Después de la aplastante demostración, ningún epíteto podía salir mejor de los labios de Jesús que el de ¡Hipócritas!, con que estigmatiza el Señor a sus adversarios. Hipócrita es el que hace lo contrario de lo que dice o defiende. Los defensores de la ley son, en este caso, sañudos enemigos de la misma ley. Y luego les aplica Jesús unas palabras que Isaías dijo a los judíos de su tiempo, cuyo espíritu han heredado los actuales escribas: Bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito, diciendo: "Este pueblo con los labios me honra; mas el corazón de ellos lejos está de mí" (Is. 29,13). Lejos está de Dios el corazón que se resiste a hacer su voluntad, como el de los escribas, que la frustran: Y en vano me honran enseñando doctrinas y mandamientos de hombres; esto es, han suplantado mi voluntad por preceptos humanos contrarios a los míos, siendo por ello falso el honor que pretenden tributarme. Y hunde más Jesús el clavo de su raciocinio en el corazón soberbio de sus adversarios, y lo remacha enumerando las minucias de sus preceptos, que anteponen a la ley de Dios: Porque dejando el mandamiento de Dios, os cogéis a la doctrina de los hombres: el lavar de los jarros y de los vasos; y hacéis otras muchas cosas semejantes a éstas. Es decir, que anteponen sus invenciones a la ley de Dios, y luego llegan al desprecio de la misma ley divina. Han venido para acusar a Jesús y son ellos los condenados ante el pueblo, que oiría estupefacto la palabra libérrima y triunfante del Señor.

LA VERDADERA PUREZA (10-11). - Escribas y fariseos quedaron confundidos ante la argumentación irrefragable de Jesús. Fue entonces cuando el Señor llama a la multitud, que respetuosa se había retirado para ceder el lugar a los escribas, y les llama la atención sobre una sentencia que va a pronunciar y que encierra gravísimo sentido moral: "Y habiendo otra vez llamado a sí a las gentes, les dijo: Oídme todos, y entended". He aquí el grave principio sobre la verdadera pureza de vida: "No ensucia al hombre lo que, estando fuera del hombre, entra en la boca". Siendo todo manjar criatura de Dios, ni el manjar mismo, ni menos la manera de tomarlo, pueden hacer al hombre inmundo ante Dios; en todo caso la impureza vendrá de la transgresión del precepto legítimo, no de una minucia farisaica, como pecaron Adán y Eva, como pecan los intemperantes y los infractores de las leyes de la Iglesia: "Mas lo que sale de la boca, eso ensucia al hombre"; lo que sale de la boca es la manifestación del corazón malvado, y es la revelación de la inmundicia interior y espiritual: esto es lo que coinquina al hombre y le hace indigno del trato de Dios. Y levantando la voz, hincaba Jesús la frase en el corazón de sus oyentes, diciendo: "Quien tenga oídos para oír, oiga". Era la que acababa de enseñar una doctrina emancipadora de las conciencias, que convenía retener, y en cuyo contenido moral se debía ahondar.

PLÁTICA DE JESÚS CON SUS DISCÍPULOS (12-20). - Confundidos sus adversarios y adoctrinadas las turbas, dejó Jesús a la gente y entró en casa, probablemente la de Cafarnaúm en que se hospedaba. Entretanto, recogían sus discípulos las impresiones de los interlocutores de Jesús, que le transmiten luego: Entonces, habiendo entrado en la casa, dejada la gente, acercándose sus discípulos, dijéronle: ¿Sabes que los fariseos se han escandalizado cuando han oído esta palabra? Refiérense sin duda al apotegma moral que acaba de sentar Jesús; quizás los mismos discípulos han recibido su parte de escándalo de una doctrina tan abiertamente contraria a las costumbres del pueblo judío. Jesús responde en forma autoritaria, claramente condenatoria de sus enemigos, que serán por su Padre eliminados del magisterio de su pueblo: "Mas él, respondiendo, dijo: Toda planta que no plantó mi Padre celestial, arrancada será de raíz". Y luego, para dar firmeza a los fluctuantes espíritus de los discípulos, les dice con energía: "Dejadlos, ciegos son y guías de ciegos"; son ciegos porque cierra los ojos a la luz del Cristo de Dios; son guías de ciegos porque el pueblo está aferrado a sus doctrinas. La consecuencia es tremenda: "Y si un ciego guía a otro ciego, entrambos caen en el hoyo", que es el abismo del error y de la mala vida.

Estas graves palabras de Jesús contra sus adversarios no sosiegan la conciencia de sus discípulos, perturbada por el aforismo moral del Señor, contrario a las abluciones legales. Por ello Pedro, cabeza de todos y que hablaba en nombre de todos, le pide a Jesús una aclaración del principio moral propuesto en forma figurada: "Y respondiendo Pedro, le dijo: Explícanos esta parábola".

Jesús reprende, primero, a sus discípulos por lo tardío de su inteligencia, después de tanto tiempo de tratar con él: Y dijo Jesús: "¿También vosotros sois aún sin entendimiento?". Con ello acucia su para que penetren el sentido del aforismo, y luego así se lo explica: "¿No comprendéis que toda cosa que desde fuera entra en la boca, no puede hacer inmundo al hombre, por que no entra en su corazón, sino que va al vientre, y es echado en un lugar secreto, purgando todas las viandas?". Es decir, todo alimento es bueno, como criatura de Dios; si no atraviesa un precepto divino o eclesiástico que interese el entendimiento y la voluntad del que come, el manjar no mancilla al hombre, porque no entra en juego su espíritu: hace su natural camino hasta que se separa, echándolo fuera, lo inútil de lo útil para el organismo.

"Mas lo que sale de la boca, del corazón sale, y esto ensucia al hombre". El corazón, en el lenguaje de 1a Biblia, es el alma, el entendimiento y la voluntad, como centro de la vida espiritual; por ello es la fuente de donde mana todo acto criminal del hombre: el pensamiento y la voluntad se desvían de la ley de Dios, y de forman la vida: "Porque del corazón salen los pensamientos malos", origen toda acción mala, "homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias, ambiciones, maldades, dolos, deshonestidades, envidia, soberbia, locura", es decir, toda suerte de extravagancias pecaminosas.

Recapitula Jesús y acentúa la doctrina que acaba de exponer: "Todas estas cosas malas son las que salen de adentro y manchan al hombre". Y termina por donde empezaron los escribas su acusación: "Mas el comer con las manos sin lavar, no ensucia al hombre"; será ello incultura personal, no pecado.

Lecciones morales. - A) v. 2. - "¿Por qué tus discípulos traspasan la tradición de los antiguos?" Aparece aquí con todo su relieve el espíritu farisaico, material, ritualista, tan complicado en las prácticas exteriores de la religión como vacío del verdadero espíritu. La religión verdadera es en espíritu y verdad, como dice el mismo Jesús (Ioh. 4, 23); todo acto externo de religión debe ser como la floración de un acto interno, solidario del acto externo; un rito vacío de verdad, de sentimiento, de atención, de intención, de poco sirve. Y aun puede ser nocivo, como lo eran estas prácticas farisaicas de las abluciones múltiples y minuciosas, cuando se les da un alcance moral que no tienen o cuando son una sobrecarga para los espíritus.

B) v. 3. - "Y vosotros, ¿por qué traspasáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?" - Jesús, dice el Crisóstomo, no excusa a sus discípulos, sino que re-acusa rápidamente a sus adversarios, demostrando con ello que 1os que cometen grandes pecados no tienen derecho a señalar y reprender las pequeñas faltas de los demás. Es ésta grave lección para quienes, como los escribas, tienen el deber de celar por la observancia de la ley; los pecados propios les atan las manos para la corrección de los ajenos.

C) v. 5 - "Quien dijere a su padre o a su madre..." - Según la interpretación talmúdica, el hijo que pronunciaba sobre sus propios bienes la palabra sacramental "Corban", que equivale a "ofrenda a Dios", no venía obligado a socorrer con ellos a sus padres; ni éstos podían, sin un sacrilegio, dice San Jerónimo, tocar los bienes ofrendados del hijo; antes debían perecer de inedia. En lo que aparece la crueldad y el egoísmo de aquellos malos legisladores que, con pretexto del templo y de Dios, derivaban los bienes de los hijos para el provecho de los sacerdotes, a cuya clase pertenecían la mayor parte, autorizando la infracción de un precepto divino y natural, como es el del honor y auxilio a los padres. Para que aprendan los superiores y legisladores a no favorecer la injusticia, cegados como pueden estar por el propio interés o conveniencia, que puede llevarles al abuso de la autoridad y de la fuerza.

D) v. 11. -"No ensucia al hombre lo que entra en la boca..." - Si es así, ¿por qué el Apóstol prohíbe comer de las mesas de los ídolos (1 Cor. 8, 7-10), y por qué la Iglesia nos manda abstenernos de ciertos manjares en determinados días? Porque la invocación del demonio hace inmundos los manjares idolátricos, que a su vez contaminan espiritualmente a quienes los comen con conciencia idolátrica. Cuanto a los manjares vedados por la Iglesia, en su naturaleza o en su cantidad, no es el alimento lo que coinquina al hombre, sino el menosprecio de la ley que lo prohíbe. Como no hay pecado sin voluntad, así no puede haber contaminación por un manjar si no entra en juego una ley, que es la que regula la voluntad.

E) v. 13. - "Toda planta que no plantó mi Padre celestial, arrancada será de raíz". - No quiere, Dios en su campo, que es la Iglesia, como antiguamente era la Sinagoga, haya nada plantado por otro que no sea Él, o por otros inspirados de Él. "Plantó Pablo, regó Apolo, y Dios dio el crecimiento" (1 Cor. 3, 6). Aunque no fue Dios en este caso quien plantó, pero fue en el espíritu de Dios que Pablo plantó, y vino la ayuda de Dios que dio incremento a la obra. Pero si viene otro a plantar fuera de Dios o contra Él, Dios, celoso de su obra y de su campo, cuidará de arrancar, esterilizándola, hundiéndola tal vez estrepitosamente, la obra que no viene de Dios y que no cuenta por ello con el vigor y la savia de Dios.

F) v. 14. - "Ciegos son y guías de ciegos..." - Hay muchos de estos ciegos que lo son porque están privados de la luz de la fe y de los mandamientos de Dios; y son guías de ciegos porque hay infelices que se entregan a su dirección; y éstos son ciegos porque ni tienen luz de Dios ni saben ver la ceguera de los que tomaron por guías. La consecuencia es fatal: todos, guías y guiados, caen en el precipicio de la mala vida y caerán en el del infierno. Dejémonos guiar siempre por los hombres iluminados de Dios, y pidamos a Dios nos libre de la ceguera propia y de la de los hombres ciegos.

G) v. 19. - "Del corazón salen los pensamientos malos..." - No está en el cerebro lo principal del alma, como quiso Platón, dice San Jerónimo, sino en el corazón, es decir, en la voluntad. Porque se le pueden a uno sugerir malos pensamientos, por el demonio, por los sentidos, por una conversación; pero la voluntad es la que los hace malos, aceptándolos, fomentándolos, llevándolos a la práctica. Una sugestión mala no lo es más que objetivamente si la rechazamos con un acto de nuestra voluntad; entonces no sólo no nos daña, sino que puede acarrearnos mérito; mas si la voluntad la admite y se complace en ella, no sólo pasa a ser un mal moral personal, sino que puede ser origen de todos los crímenes; porque el pensamiento es el principio de la acción si la voluntad se alía con él. Por esto dice el Señor: "Del corazón salen los malos pensamientos, homicidios, adulterios", etc.
(Dr. D. Isidro Gomá y Tomás, El Evangelio Explicado, Vol. II, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona, 1967, p. 9-16)


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Exégesis: Manuel de Tuya OP - MANUEL DE TUYA, O.P. - Discusión sobre las tradiciones rabínicas. 7,1-13 (Mt 15,1-20)

1 Se reunieron en torno a El fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén, 2 los cuales vieron que algunos de los discípulos comían pan con las manos impuras, esto es, sin lavárselas, 3 pues los fariseos y todos los judíos, si no se lavan cuidadosamente, no comen, cumpliendo la tradición de los antiguos; 4 y de vuelta de la plaza, si no se aspergen, no comen, y otras muchas cosas que han aprendido a guardar por tradición: el lavado de las copas, de las ollas y de las bandejas. 5 Le preguntaron, pues, fariseos y escribas: ¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición de los antiguos, sino que comen pan con manos impuras? 6 El les dijo: Muy bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí, 7 pues me dan un culto vano, enseñando doctrinas que son preceptos humanos". 8 Dejando de lado el precepto de Dios, os aferráis a la tradición humana. 9 Y les decía: En verdad que anuláis el precepto de Dios para establecer vuestra tradición. 10 Porque Moisés ha dicho: Honra a tu padre y a tu madre, y el que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte. 11 Pero vosotros decís: Si un hombre dijere a su padre o a su madre: "Corbán", esto es, ofrenda, sea todo lo que de mí pudiera serle útil, 12 ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre, 13 anulando la palabra de Dios por vuestra tradición que se os ha transmitido, y hacéis otras muchas cosas por el estilo.

Tratan este tema Mc-Mt. La narración de Mc es más extensa, sobre todo por razón de la explicación que hace de ciertos usos judíos a los lectores gentiles (v.2-4). Los puntos característicos de la narración de Mc son los siguientes:

V. I. Los "escribas" venidos de Jerusalén eran "algunos". El número de éstos está restringido con relación a los fariseos venidos. Acaso vienen, como especialmente técnicos en la Ley, para garantizar la obra de espionaje, o para completar esta representación de espionaje enviada, más o menos oficiosamente, por el sanedrín, o al menos con su implícita complacencia (Jn 1,19.22).

V.3-4. Mc explica a los lectores lo que significaban estos usos en la mentalidad judía y en la preceptiva rabínica. Se expone en el Comentario a Mt 15,2ss.

V.2. "Comer pan" es hebraísmo para expresar la comida (v.34; cf. Mt 15,2).

V.2.5. "Comer con las manos impuras". Manos "impuras", literalmente "manos comunes" (koinaís) para todo, es equivalente al calificativo rabínico khol, y significa profano, impuro (Act 10,14- 28; II, 8; Rom 14,14; Heb 10,29) 1

V.3. Una expresión de este versículo es oscura: "Los fariseos y los judíos, si no se lavan (pygmé) las manos", etc. Esta expresión griega es discutible. Se ha propuesto: a) lavarse las manos frotando con el puño, es decir, fuertemente, diligentemente 2; o "meticulosamente", como hace la Peshitta 3; b) la Vulgata y el códice sinaítico lo traducen por "frecuente" (pyhna) como sinónimo, y por influjo de Lc 5,33, en la Vulgata; c) con el "puño" cerrado, indicando la juntura de los dedos para purificarlos 4; d) podría tener, como en otros casos, un sentido más amplio: sería lavarse no sólo las manos, sino el antebrazo: del puño o dedos al codo 5; e) con abundante agua, que había de ser recogida en un recipiente con la mano (pygmé).

V. 13 b. Mc no sólo recoge un caso concreto de "qorbán" como motivo de censura, por anular la Ley de Dios por las "tradiciones" de los hombres, sino que alude a otra perspectiva mayor: "Y hacéis otras muchas cosas por el estilo".

V.8- 10. Es muy fuerte la contraposición de lo que legisló Moisés y la "tradición" humana. Aquello tiene valor; esto es presentado como capricho y elaboración simplemente humana: farisaico- rabínica. Anulan "la palabra de Dios" (Moisés) por "vuestra tradición".

La verdadera pureza. 7,14-23 (Mt 15,10-20)

Cf. Comentario a Mt 15,10-20

14 Llamando de nuevo a la muchedumbre, les decía: Oídme todos y entended: 15 Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda mancharle; lo que sale del hombre, eso es lo que mancha al hombre. 16 El que tenga oídos para oír, que oiga. 17 Cuando se hubo retirado de la muchedumbre y entrado en casa, le preguntaron los discípulos por la parábola. 18 El les contestó: ¿Tan faltos estáis vosotros de sentido? ¿No comprendéis-añadió, declarando puros todos los alimentos- que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede mancharle, 19 porque no entra en el corazón, sino en el vientre y va al seceso? 20 Decía, pues: Lo que del hombre sale, eso es lo que mancha al hombre, 21 porque de dentro, del corazón del hombre, proceden los pensamientos malos, las fornicaciones, los hurtos, los homicidios, 22 los adulterios, las codicias, las maldades, el fraude, la impureza, la envidia, la maledicencia, la altivez, la insensatez. 23 Todas estas maldades proceden del hombre y manchan al hombre.

Tema propio de Mc-Mt. Después de la exposición anterior, Cristo llama a la muchedumbre y les expone la "parábola" contenida en los y. 15-17. La negligencia del pueblo no pidió más explicaciones de la misma. Pero, ya en casa, los "discípulos", acaso a iniciativa de Pedro (Mt), le piden una explicación. Y la explicación se la hace detalladamente, no sin antes dirigirles un reproche de afecto y pedagogía, registrado en ambos evangelistas: "¿Tan faltos estáis vosotros de sentido?" (Mc). En realidad, el sentido fundamental de la "parábola" era claro. Pero esto hace ver la necesidad de ilustración que tenían los apóstoles, y la fidelidad de su narración a la hora de la composición de los evangelios. No deja de extrañar el que, si Cristo declara la verdadera pureza e impureza moral de la legislación "legal" sobre los alimentos (Lc II; Dt c.14), aparezcan en la primitiva Iglesia dudas y discusiones sobre ello (Act 15,28-29; 10,14; Gál 2,11-17, etc,). Pero se explica teniendo en cuenta que la exposición de Cristo era una enseñanza genérica, destacándose el aspecto moral de la misma legislación, mientras que los "judaizantes" planteaban el aspecto jurídico de la vigencia de la ley mosaica como soporte del cristianismo.

V.2 La clasificación de estas faltas morales que trae Mt se presta a una triple clasificación moral. Pero Mc trae una amplificación mucho mayor de éstas, acaso teniendo en cuenta los lectores a quienes iba destinada, ya que no era otra cosa que explicitación de la doctrina de Cristo.

Mc trae como propios: iniquidades, lascivias, la envidia, que la describe como "ojo indigno" ; la "maledicencia" contra el prójimo, y no blasfemia contra Dios, pues es el sentido que parece reclamar aquí el contexto ; embrutecimiento moral (aphrosyne), embrutecimiento racional culpable, que desprecia las cosas divinas .
(Profesores de Salamanca, Manuel de Tuya, Biblia Comentada, B.A.C., Madrid, 1964, p. 679-681)



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Comentario Teológico: R.P. Leonardo Castellani - Corruptio optima, pessima

La palabra fariseo no significaba lo que significó después de Cristo, así como la palabra sofista no significaba en el siglo de Platón lo mismo que significó después –y por obra– de Platón. Los fariseos eran los separados –eso significa la palabra en arameo–, los puros, los distinguidos. No existe hoy un grupo social enteramente idéntico a los fariseos –aunque existe mucho fariseísmo desde luego–, por lo cual no se pueden definir con una sola palabra. Si digo que los fariseos eran el alto clero, los clericales, los jesuitas, los nazis, los oligarcas, los devotos, los puritanos, los ultramontanos, miento: aunque tenían algo de todo eso. Algunos los han comparado con los Sinn-feiners de Irlanda; otros con los Puritanos de Oliver Cromwell. Eran a la vez una especie de cofradía religiosa, de grupo social y de poder político; es todo lo que se puede decir brevemente; pero lo formal y esencial en ellos era lo religioso: el culto, el estudio y el celo de la Torah, de la Ley de Moisés, que había proliferado entre sus manos, como un pedazo de gorgonzola. Preguntado un ham-haréss (hombre del pueblo) israelita, hubiera dicho: “Son unos hombres muy religiosos, muy sabios y muy poderosos”, más o menos lo que cree el pueblo hoy día de los frailes. El Evangelista al principio de la parábola del Publicano y del Fariseo los define: “Unos hombres que se tenían a sí mismos por santos y despreciaban a los demás”; es decir, soberbia religiosa. Queda entendido que no siempre fueron así los fariseos: fue un seto social que se corrompió. En tiempo de Jesucristo eran así. Antes de Jesucristo habían sido la fracción política que mantuvo la tradición nacionalista y antihelenística de los Macabeos. Después de Cristo, fueron el espíritu que inspiró el Talmud y organizó la religión judaica actual: puesto que la destrucción y la Diáspora, que acabó con los Saduceos, no acabó con los fariseos. Éstos son indestructibles.

Toda la biografía de Jesús de Nazareth como hombre se puede resumir en esta fórmula: fue el Mesías y luchó contra el fariseísmo; o quizás más brevemente todavía: luchó con los fariseos. Ése fue el trabajo que personalmente se asignó Cristo como hombre: su Empresa.

Todas las biografías de Cristo que recuerdo (Luis Veuillot, Grandmaison, Ricciotti, Lebreton, Papini) construyen su vida sobre otra fórmula: Fue el Hijo de Dios, predicó el Reino de Dios, y confirmó su prédica con milagros y profecías. Sí, pero ¿y su muerte? Esta fórmula amputa su muerte, que fue el acto más importante de su vida.

El drama de Cristo queda así escamoteado. La vida de Cristo no fue un idilio ni un cuento de hadas ni una elegía, sino un drama. No hay drama sin antagonista. El antagonista de Cristo fue el fariseísmo, vencedor en apariencia, derrotado en realidad.

Sin el fariseísmo, toda la historia de Cristo fuera cambiada; y también la del mundo entero. Su Iglesia no hubiera sido como es ahora; y el mundo todo hubiese seguido otro derrotero, con Israel a la cabeza: triunfante y no deicida y errante; derrotero enteramente inimaginable para nosotros.

Sin el fariseísmo, Cristo no hubiera muerto en la cruz; y la Humanidad no sería esta Humanidad; ni la Religión, esta Religión. El fariseísmo es el gusano de la religión; y parece ser un gusano ineludible, pues no hay en este mundo fruta que no tenga gusano, ni institución sin su corrupción específica. Todo lo que es mortal muere; y antes de morir, decae. El fariseísmo es el decay de la religión (…)

Es la soberbia religiosa, es la corrupción más grande de la verdad más grande: la verdad de que los valores religiosos son los más grandes. Eso es verdad; pero en el momento en que nos los adjudicamos, los perdemos; en el momento en que hacemos nuestro lo que es de Dios, deja de ser de nadie, si es que no deviene propiedad del diablo. El gesto religioso, cuando toma conciencia de sí mismo, se vuelve mueca. No quiere decir que uno debe ignorar que es un gesto religioso; quiere decir que su objeto debe ser Dios y no yo mismo. El publicano decía: “Oh Dios, apiádate de mí, pecador.” El fariseo pensaba: “Estoy rezando: conviene que rece bien porque yo soy yo; y hay que dar buen ejemplo a toda esta canalla.” “No oréis a gritos, como los fariseos, ni digáis a Dios muchas cosas, como los paganos; vosotros cerrad la puerta y orad en lo escondido; y vuestro Padre, que está en lo escondido, os escuchará.”

Decía don Benjamín Benavides que el fariseísmo, tal como está escrito en los Evangelios, tiene como siete grados: 1) La religión se vuelve exterior y ostentatoria; 2) la religión se vuelve rutina y oficio; 3) la religión se vuelve negocio o “granjería”; 4) la religión se vuelve poder o influencia, medio de dominar al prójimo; 5) aversión a los que son auténticamente religiosos; 6) persecución a los que son religiosos de veras; 7) sacrilegio y homicidio. Esto me fue dicho, ahora recuerdo, en San Juan, la noche de Navidad de 1940, tres o cuatro años antes del Terremoto, cuando yo sabía teóricamente que existía el fariseísmo, pero todavía no me había topado con él en cuerpo y alma. De modo que en suma, el fariseísmo abarca desde la simple exterioridad (añadir a los 613 preceptos de la Ley de Moisés como 6.000 preceptos más y olvidarse de lo interior, de la misericordia y la justicia) hasta la crueldad (es necesario que Éste muera, porque está haciendo muchos prodigios y la gente lo sigue; y que muera del modo más ignominioso y atroz, condenado por la justicia romana), pasando por todos los escalones del fanatismo y la hipocresía. Éste es el pecado contra el Espíritu Santo, el cual de suyo no tiene remedio. Aquel que no vea la extrema maldad del fariseísmo –que realmente es fácil de ver–, que considere solamente esto: la religión suprimiendo la misericordia y la justicia. ¿Puede darse algo más monstruoso?

Yo le envidio a Jesucristo el coraje que tuvo para luchar contra los fariseos. Yo, excepto en un solo caso, cada vez que me topé con un fariseo grande, me he quedado alelado y yerto, como un estúpido; es decir, estupefacto.

Sin embargo, siento simpatía por el fariseo Simón, Simón el Leproso, aquel a quien Cristo le reprochó: “No me besaste”, el que invitó a comer a Cristo y al final de la comida se le colaron sin billete ¡la Magdalena y Judas! No todos los fariseos eran malos: algunos eran santulones, pero no hipócritas. De entre ellos salieron algunos buenos cristianos: San Pablo, por ejemplo.
(CASTELLANI, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, pp. 295 – 299)


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Santos Padres: San Juan Crisósotomo - Las tradiciones y la Ley

Entonces... ¿Cuándo? Cuando había hecho ya el Señor innumerables milagros, cuando había curado a los enfermos al solo contacto de la orla de su vestido. La razón justamente porque el evangelista señala el tiempo es para mostrar la ma­licia indecible de escribas y fariseos, que ante nada se rendía. Pero ¿qué significa: Los escribas fariseos de Jerusalén? Es­cribas y fariseos estaban esparcidos por todas las tribus y, por ende, divididos en doce partes; pero los que habitaban la capital, como quienes gozaban de más alto honor y tenían más orgullo, eran los peores de todos. Pero mirad cómo por su misma pre­gunta quedan cogidos. Porque no le dicen al Señor: "¿Por qué tus discípulos quebrantan la ley de Moisés?", sino: ¿Por qué traspasan la tradición de los ancianos? De donde resulta que los sacerdotes habían innovado muchas cosas, no obstante haber intimado Moisés con grande temor y fuertes amenazas que nada se añadiera ni quitara de la ley: No añadiréis a la palabra que yo os mando ni quitaréis de ella. Mas no por eso dejaron de introducir innovaciones, como esa de no comer sin lavarse las manos, lavar el vaso y los utensilios de bronce y darse ellos abluciones. Justamente cuando debían, avanzado ya el tiempo, librarse de tales observancias, entonces fue cuando más estre­chamente se ataron con ellas, sin duda por temor de que se les quitara el poder que ejercían sobre el pueblo, y también para infundirle a éste más respeto, al presentarse también ellos como legisladores. Ahora bien, la cosa llegó a punto tal de iniquidad, que se guardaban los mandamientos de escribas y fariseos y se conculcaban los de Dios; y era tanto su poder, que ya nadie los acusaba de ello. Su culpa, pues, era doble: primero, el inno­var; y segundo, defender con tanto ahínco sus innovaciones, sin hacer caso alguno de Dios. Ahora, dejando a un lado los cazos y los utensilios de bronce, por ser demasiado ridículos, le presentan al Señor la cuestión que a su parecer era más impor­tante, con intento, a mi parecer, de incitarle de este modo a ira. Y le hacen también mención de los ancianos, a ver si, por despreciar su autoridad, les procura algún asidero para acusar­le. Mas lo primero que nosotros hemos de examinar es por qué los discípulos del Señor comían sin lavarse las manos. Y hay que responder que nada tenían por norma, sino que desprecia­ban lo superfluo para atender a lo necesario. Ni el lavarse ni el no lavarse era ley para ellos, haciendo lo uno o lo otro según venía al caso. Y es así que quienes no se preocupaban ni del necesario sustento, ¿cómo iban a poner todo su empeño en tales minucias? Ahora bien, como con frecuencia se presentaba de suyo el caso de comer sin lavarse las manos, por ejemplo, cuan­do comían en el desierto o cuando arrancaron el puñado de espigas, escribas y fariseos se lo echan en cara como una culpa de ellos, que, pasando por alto lo grande, tenían mucha cuenta con lo superfluo—. ¿Qué responde, pues, Cristo? El Señor no se para en esa minucia, ni trata de defender de tal acusación a sus discípulos, sino que pasa inmediatamente a la ofensiva, repri­miendo así su audacia y haciéndoles ver que (quien peca en lo grande, no tiene derecho a ir con menudas exigencias a los demás., Vosotros—viene a decirles el Señor—debierais acusaros, no acusar a los demás. Mas observad cómo siempre que el Señor quiere derogar alguna de las observancias legales, lo hace por modo de defensa. Así lo hizo ciertamente en esta ocasión. Porque no entra inmediatamente en el asunto de la transgresión, ni tampoco dice: "Eso no tiene importancia ninguna". Con ello sólo hubiera conseguido aumentar la audacia de escribas y fa­riseos. No. Lo primero asesta un golpe a esa misma audacia, descubriéndoles una culpa suya mucho mayor y haciendo que su acusación rebote sobre su propia cabeza. Y así, ni afirma que obren bien sus discípulos al transgredir las tradiciones, para no dar asidero a sus contrarios; ni afea tampoco el hecho, pues no quiere dar así firmeza a la ley; ni, en fin, acusa a los ancia­nos de transgresores y abominables, pues en este caso le hubie­ran rechazado por maldiciente e insolente. No. Todo eso lo deja a un lado y Él echa por otro camino. Y a primera vista, sólo reprende a los que tenía delante; pero, en realidad, su golpe alcanza también a los que tales leyes sentaron. No se acuerda para nada de los ancianos; pero, al acusar a escribas y fariseos, también a aquéllos los echa por tierra, y deja entender que el pecado es ahí doble: no obedecer a Dios y cumplir lo otro por respeto a los hombres. Como si dijera: "Esto, esto justamente es lo que os ha perdido: el que en todo obedecéis a vuestros ancianos". Y si no lo dice así expresamente, lo da a entender al responderles de esta manera: ¿Por qué también vosotros que­brantáis el mandamiento de Dios por causa de vuestra tradición? Porque Dios mandó: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldijere a su padre o a su madre, muera de muerte. Vos­otros, empero, decís: El que dijere a su padre o a su madre: "Es una ofrenda aquello de que tú pudieras ayudarte", ya no tiene que honrar a su padre o a su madre. Y, por causa de vuestra tradición; habéis anulado el mandamiento de Dios.


No es ley lo que los hombres ordenan

No dice el Señor: "Por causa de la tradición de los ancianos", sino: Por vuestra tradición. Como también: Vos­otros decís, no: los ancianos dicen". Con lo que da un tono más suave a sus palabras. Como escribas y fariseos quisieron presentar a los discípulos como transgresores de la ley, Él les demuestra ser ellos los verdaderos transgresores, mientras sus discípulos están exentos de toda culpa, Porque no es ley lo que los hombres ordenan. De ahí que Él la llama tradición, y tradición de hombres particularmente transgresores de la ley. Y como el mandar lavarse las manos no era realmente contrario a la ley, les saca a relucir otra tradición francamente opuesta a ella. Y lo que en resumen dice es que, bajo apariencia de religión, enseñaban a los jóvenes a despreciar a sus padres. ¿Cómo y de qué manera? Si un padre le decía a su hijo: 'Dame esa oveja o ese novillo que tienes", o cosa semejante, el hijo respondía: "Es ofrenda a Dios eso de que quieres ayudarte de mi parte y no puedes tomarlo". De donde se seguía doble mal: primero, que a Dios no le ofrecían nada, y segundo que, so capa de ofrendas, dejaban a sus padres privados de asistencia. Por Dios injuriaban a los padres, y por los padres a Dios. Sin embargo, no es esto lo que dice inmediatamente, sino que antes lee la ley, con lo que nos descubre su vehemente voluntad de que sean honrados los padres. Honra—dice a tu padre y a tu madre para que seas de larga vida sobre la tierra. Y: El que maldijere a su padre y a su madre, muera de muerte. El Señor, sin embargo, omite la primera parte, quiero decir, el premio señalado a los que honran a sus padres, y sólo hace mención de lo más temeroso, es decir, del castigo con que Dios amenaza a quienes los deshonran. Con ello intenta, sin duda, infundirles miedo y atraerse a los más discretos de entre ellos; y por ahí juntamente les demuestra que son dignos de muerte. Porque si se castiga de muerte a quien deshonra de palabra a sus padres, mucho más la merecéis vosotros, que los deshonráis de obra. Y no sólo los deshonráis vosotros, sino que enseñáis a otros a deshonrarlos. Ahora bien, los que ni vivir debierais, ¿cómo le podéis acusar a los demás? Y ¿qué maravilla es que tales in­jurias me hagáis a mí, que por ahora soy para vosotros un desconocido, cuando se ve que lo mismo hacéis con mi Padre? Y en todas partes dice y demuestra el Señor que de ahí tuvo principio esa insensatez. Otros interpretan de otro modo lo de: Don es lo que de mí puedes aprovecharte. Es decir, no te debo el honor; si te honro, es gracia que te hago. Pero Cristo no hubiera ni mentado semejante insolencia. Por otra parte, Marcos lo declara más, cuando dice: Corbán es eso de que pudieras de mi parte aprovecharte. Y corbán no significa don o cosa gratuitamente dada, sino ofrenda propiamente dicha.


Isaías condena también a Escribas y Fariseos.

Habiendo, pues, demostrado el Señor a escribas y fariseos que no tenían derecho a acusar ni transgredir la tradición de los ancianos- ellos que pisoteaban la ley de Dios ahora lo mismo por el testimonio del profeta. Como ya les había sacudido fuertemente, ahora prosigue adelante. Es lo que hace siempre, aduciendo también el testimonio de las Escrituras, y demostrando de este modo su perfecto acuerdo con Dios. ¿Y qué les lo que dice el profeta? Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me dan culto, ense­ñando enseñanzas, mandamientos de los hombres. ¡Mirad con qué precisión conviene la profecía con las palabras del Señor y cómo de antiguo anuncia la maldad de escribas y fariseos! Por­que lo mismo de que ahora los acusa Cristo, es decir, de que menospreciaban los preceptos de Dios, los había ya acusado Isaías: En vano—dice—me dan culto; de los suyos, en cambio, tienen mucha cuenta: Enseñando enseñanzas, mandatos de hom­bres. Luego con razón no las guardan los discípulos del Señor.

En qué está la verdadera pureza o impureza

Ya, pues, que el Señor ha asestado a escribas y fariseos ese golpe mortal, acusándolos cada vez con más fuerza por las divinas Letras, por su propia sentencia y por el testimonio del profeta, ya en adelante no habla con ellos, por tenerlos por incurables, y dirige, en cambio, su razonamiento a las muchedum­bres, a fin de introducir una doctrina sublime, doctrina grande y llena de la más alta filosofía. Toman de pie de aquella cues­tión minúscula, el Señor trata de otra más importante, y dero­ga la observancia de los alimentos. Pero mirad cuándo: cuando ya había limpiado a un leproso y suprimido el sábado y mostrándose rey de la tierra y del mar; cuando había promulgado sus propias leyes y había perdonado pecados y resucitado muer­tos y les había dado mil pruebas de su divinidad, entonces es cuando viene a tratar de los alimentos.

Es que, a la verdad, todo el judaísmo estriba en eso. Si eso se quita, todo se ha quitado. Porque de ahí se demuestra que también había que suprimir la circuncisión. Sin embargo, el Señor no plantea por sí mismo y de modo principal la cuestión de la circuncisión, sin duda por ser el más antiguo de los manda­mientos y el que más respeto infundía. Su supresión había de ser obra de sus discípulos. Era, en efecto, cosa tan grande, que sus mismos discípulos, después de tanto tiempo, aun cuando quieren suprimirla, por de pronto la toleran, y sólo de este modo la van derogando. Y mirad ahora cómo introduce el Señor la nueva ley: Habiendo llamado a las muchedumbres, les dijo: Escuchad y entended. El Señor no trata de sentar sin más sus afirmaciones, sino que primero hace aceptable su palabra por medio del honor e interés que muestra con las gentes eso, en efecto, quiere significar el evangelista con la expresión habien­do llamado, y también por el momento en que les habla. Y, en efecto, después de confundir a escribas y fariseos, después de triunfar plenamente sobre ellos y acusarlos con las palabras del profeta, entonces empieza Él a promulgar su ley; entonces, cuan­do mejor podían recibir sus palabras. Y no solamente los llama, sino que excita también su atención, pues les dice: Escuchad y entended. Es decir, considerad, estad alerta, pues tal es la im­portancia de la ley que voy a promulgar. Pues si a estos que destruyeron la ley, y la destruyeron fuera de tiempo, por motivo de su tradición, aun así los habéis escuchado, mucho más de­béis escucharme- a mí, que en el momento debido os quiero le­vantar a más alta filosofía. Y no dijo: "La observancia de los alimentos no tiene importancia ninguna"; ni tampoco: "Moisés hizo mal en mandarla o la mandó sólo por condescendencia". No, el Señor toma el tono de exhortación y consejo y, fundan­do su razonamiento en la naturaleza misma de las cosas, dice: "No lo que entra en la boca mancha al hombre, sino lo que sale de la boca". Tanto en lo que afirma como en lo que legisla, el Señor busca su apoyo en la naturaleza misma. Al oír esto, nada le replican sus enemigos. No le dicen: "¿Qué es lo que dices? ¿Conque Dios nos manda infinitas cosas acerca de la obser­vancia de los alimentos y tú nos vienes con esa ley? Y es que como el Señor los había hecho enmudecer tan completamente no sólo por sus argumentos, sino por haber hecho patente su embuste y haber sacado a pública vergüenza lo que ellos ocul­tamente habían hecho y haber, en fin, revelado los íntimos se­cretos de su alma, ellos, sin chistar, tomaron las de Villadiego. Mas considerad aquí, os ruego, cómo todavía no se atreve el Señor a romper abiertamente con la ley de los alimentos. Por eso no dijo: "Los alimentos", sino: No lo que entra en la boca mancha al hombre. Lo que era natural se entendiera también acerca de no lavarse las manos. Él habla ciertamente de los alimentos; pero seguramente que se entendería también acerca de lo otro. Porque era tan estricta la observancia de aquella ley, que, aun después de la resurrección del Señor, Pedro dijo: No, Se­ñor, porque nunca he comido nada común o impuros. Porque, aun suponiendo que Pedro hablara así por miramiento a los otros y para tener él mismo un medio de justificación ante los que le habían de acusar, pues podría alegar su resistencia y no haber logrado nada con ella, el hecho, desde luego, demuestra la mucha veneración en que tal observancia era tenida. De ahí justamen­te que, tampoco el Señor habló claramente desde el prin­cipio sobre alimentos, sino que dijo: No lo que entra en la boca. Y luego, cuando parece hablar más claramente, otra vez al final echa como una sombra en sus palabras al decir: Mas el comer sin lavarse las manos no mancha al hombre; como si quisiera re­cordar que tal fue la cuestión inicial y que de ella se trataba por entonces. De ahí que, como si sólo hablara de lo de las manos, no dijo: "Mas los alimentos no manchan al hombre", sino que habla como si se tratara del lavatorio de las manos, a fin de que nadie pudiera contradecirle.

Aprendamos en qué está la verdadera impureza

Aprendamos, pues, qué es lo que verdaderamente mancha al hombre. Aprendámoslo y huyámoslo. Porque también en la iglesia vemos que domina costumbre semejante entre el vulgo. Todo su empeño es entrar en ella con vestidos limpios, todo se cifra en lavarse bien las manos; pero presentarle a Dios un alma limpia, eso no les merece consideración alguna. Al decir esto, no es que no nos lavemos las manos y la boca; lo que pre­tendo es que nos lavemos como conviene, no sólo con agua, sino también, en lugar de agua, con virtudes. Porque la sucie­dad de la boca es la maledicencia, la blasfemia, la injuria, las palabras iracundas, la torpeza, la risa, la chocarrería. Si tienes, pues, conciencia de no haber tocado nada de eso, si ninguna palabra de ésas has pronunciado, si no estás sucio de tales manchas, acércate con confianza; mas si has admitido en ti miles y miles de esas manchas, ¿a qué vanamente trabajas en enjua­garte con agua la lengua, mientras llevas en ella por todas par­tes aquella suciedad de tus palabras, la de verdad funesta y da­ñosa?


Hay que orar con el alma limpia

Porque, dime: si tuvieras tus manos manchadas de ex­cremento y barro, ¿te atreverías a hacer oración? ¡De ninguna manera! Y, sin embargo, tal suciedad no supone daño alguno; la otra es la perdición. ¿Cómo, pues, eres tan escrupuloso en lo indiferente y tan tibio en lo prohibido? ¿Pues qué?-me di­rás-. ¿Es que no hay que orar? Si hay, ciertamente, que orar, pero no sucios, no con el barro entre las manos. ¿Y qué hacer, si me veo sorprendido? -Purificarte. -¿Cómo y de qué manera? -Llora, suspira, haz limosna, dale explicación al que ofendiste, reconcíliate con él por estos medios, rae bien tu lengua, a fin de que no irrites aún más a Dios. A la verdad, si un suplicante se te abrazara a los pies con las manos sucias de excrementos, no sólo no le escucharías, sino le darías un puntapié. ¿Cómo, pues, te atreves tú a acercarte a Dios de esa manera? La lengua es la mano de los que oran y por ella nos abrazamos a las rodillas de Dios. No la manches, pues, no sea que también a ti te diga el Señor: Aun cuando multipliquéis vuestras súplicas, no os escucharé. Porque: En mano de la lengua está la vida y la muerte. Y: Por tus palabras serás justificado y por tus palabras serás condenado. Vigila sobre tu lengua más que sobre la niña de tus ojos. La lengua es un regio corcel. Si le pones freno, si le enseñas a caminar a buen paso, sobre ella montará y se sentará el rey; pero si la dejas que corra sin freno y que retoce a su placer, entonces se convierte en vehículo del diablo y los demonios. Después de tener comercio sexual con tu mujer, no te atreves a tener oración, cuando ninguna culpa hay en ello; y ¿tiendes, en cambio, tus manos a Dios antes de haberte bien purificado, después de desatarte en injurias e insultos, cosa que conduce al infierno? ¿Y cómo, dime por favor, no te estre­meces? ¿No oyes que Pablo dice: Honroso es el matrimonio y el lecho sin mácula?1'1 Si, pues, al levantarte de un lecho sin mácula no te atreves a acercarte a la oración, ¿cómo saliendo de un lecho diabólico invocas aquel nombre terrible y espantoso? A la verdad, lecho diabólico es desatarse en injurias e insultos. Y la ira, como un perverso adúltero, se une con nosotros con gran placer, y derrama en nosotros gérmenes funestos, y nos hace engendrar la diabólica enemistad, y produce, en fin, todo lo contrario del matrimonio. Éste, en efecto, hace que dos ven­gan a ser una sola carne; mas la ira, aun a los unidos, separa en varias partes y escinde y corta el alma misma. A fin, pues, de que, puedas acercarte a Dios con confianza, no consientas que la ira se introduzca en tu alma ni se una adúlteramente con ella. Arrójala de ti como a un perro rabioso. Porque así nos lo mandó Pablo: Levantando-dice-manos santas, sin ira ni murmuraciones. No deshonres tu lengua. Porque, ¿cómo rogará por ti, si pierde su propia libertad? Adórnala más bien con la modestia y la humildad. Hazla digna del Dios a quien invoca. Llénala de bendición, llénala de limosna. Porque también por las palabras puede hacerse limosna: Porque mejor es la palabra que el don. Y: Responde al pobre, con mansedumbre, palabras de paz.
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 51, BAC, 1966, pp. 84-103)


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Aplicación: Juan Pablo II - La Pureza

Un análisis sobre la pureza será un complemento indispensable y de las palabras pronunciadas por Cristo en el Sermón de la Montaña, sobre las que hemos centrado el ciclo de nuestras presentes reflexiones. Cuando Cristo, explicando el significado justo del mandamiento: "No adulterarás", hizo una llamada al hombre interior, especificó, al mismo tiempo, la dimensión fundamental de la pureza, con la que están marcadas las relaciones recíprocas entre el hombre y la mujer en el matrimonio y fuera del matrimonio. Las palabras "'Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón" (Mt 5, 28) expresan lo que contrasta con la pureza. A la vez, estas palabras exigen la pureza que en el Sermón de la Montaña está comprendida en el enunciado de las Bienaventuranzas: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5, 8).De este modo, Cristo dirige al corazón humano una llamada: lo invita, no lo acusa, como ya hemos aclarado anteriormente.

Cristo ve en el corazón, en lo íntimo del hombre, la fuente de la pureza pero también de la impureza moral en el significado fundamental y más genérico de la palabra. Esto lo confirma, por ejemplo, la respuesta dada a los fariseos, escandalizados por el hecho de que sus discípulos "traspasan la tradición de los ancianos, pues no se lavan las manos cuando comen" (Mt 15 ,2). Jesús dijo entonces a los presentes: "No es lo que entra por la boca lo que hace impuro al hombre; pero lo que sale de la boca, eso es lo que le hace impuro" (Mt 15, 11). En cambio, a sus discípulos, contestando a la pregunta de Pedro, explicó así estas palabras: "... lo que sale de la boca procede del corazón, y eso hace impuro al hombre. Porque del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Esto es lo que hace impuro al hombre: pero comer sin lavarse las manos, eso no hace impuro al hombre" (Cfr. Mt 15, 18-20; también Mc 7, 20-23).

Cuando decimos 'pureza', 'puro', en el significado primero de estos términos, indicamos lo que contrasta con lo sucio. 'Ensuciar' significa 'hacer inmundo', 'manchar'. Esto se refiere a los diversos ámbitos del mundo físico. Por ejemplo, se habla de una 'calle sucia', de una 'habitación sucia'; se habla también del 'aire contaminado'. Y así, también el hombre puede ser 'inmundo' cuando su cuerpo no está limpio. Para quitar la suciedad del cuerpo es necesario lavarlo. En la tradición del Antiguo Testamento se atribuía una gran importancia a las abluciones rituales, por ejemplo, a lavarse las manos antes de comer, de lo que habla el texto antes citado. Numerosas y detalladas prescripciones se referían a las abluciones del cuerpo en relación con la impureza sexual, entendida en sentido exclusivamente fisiológico, a lo que ya hemos aludido anteriormente (Cfr. Lev 1, 5). De acuerdo con el estado de la ciencia médica del tiempo, las diversas abluciones podrían corresponder a prescripciones higiénicas. En cuanto eran impuestas en nombre de Dios y contenidas en los Libros Sagrados de la legislación veterotestamentaria, la observancia de ellas adquiría, indirectamente, un significado religioso; eran abluciones rituales y, en la vida del hombre de la Antigua Alianza, servían a la pureza ritual.

Con relación a dicha tradición jurídico-religiosa de la Antigua Alianza se formó un modo erróneo de entender la pureza moral. Se la entendía frecuentemente de modo exclusivamente exterior y 'material'. En todo caso, se difundió una tendencia explícita a esta interpretación. Cristo se opone a ella de modo radical: nada hace al hombre inmundo 'desde el exterior' ninguna suciedad 'material' hace impuro al hombre en sentido moral, o sea, interior. Ninguna ablución, ni siquiera ritual, es idónea de por sí para producir la pureza moral. Esta tiene su fuente exclusiva en el interior del hombre: proviene del corazón. Es probable que las respectivas prescripciones del Antiguo Testamento (por ejemplo, las que se hallan en Lev 15, 16-24; 18, o también Is 1,5) sirviesen, además de para fines higiénicos, incluso para atribuir una cierta dimensión de interioridad a lo que en la persona humana es corpóreo y sexual. En todo caso, Cristo se cuidó bien de vincular la pureza en sentido moral (ético) con la fisiología y con los relativos procesos orgánicos. A la luz de las palabras de Mt 15, 18-20, antes citadas, ninguno de los aspectos de la 'inmundicia' sexual, en el sentido estrictamente somático, biofisiológico, entra de por sí en la definición de la pureza o de la impureza en sentido moral (ético).

El referido enunciado (Mt 15, 18-20) es importante sobre todo por razones semánticas. Al hablar de la pureza en sentido moral, es decir, de la virtud de la pureza, nos servimos de una analogía según la cual el mal moral se compara precisamente con la inmundicia. Ciertamente, esta analogía ha entrado a formar parte, desde los tiempos más remotos, del ámbito de los conceptos éticos. Cristo la vuelve a tomar y la confirma en toda su extensión: "Lo que sale de la boca procede del corazón, y eso hace impuro al hombre". Aquí Cristo habla de todo mal moral, de todo pecado; esto es, de transgresiones de los diversos mandamientos, y enumera "los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias", sin limitarse a un específico género de pecado. De ahí se deriva que el concepto de "pureza" y de "impureza" en sentido moral es ante todo un concepto general, no específico: por lo que todo bien moral es manifestación de pureza y todo mal moral es manifestación de impureza.

El enunciado de Mt 15, 18-20 no restringe la pureza a un sector único de la moral, o sea, al conectado con el mandamiento "No adulterarás" y "No desearás la mujer de tu prójimo", es decir, a lo que se refiere a las relaciones recíprocas entre el hombre y la mujer, ligadas al cuerpo y a la relativa concupiscencia. Análogamente podemos entender también la Bienaventuranza del Sermón de la Montaña dirigida a los hombres "limpios de corazón", tanto en sentido genérico como en el más específico. Solamente los eventuales contextos permitirán delimitar y precisar este significado.

El significado más amplio y general de la pureza está presente también en las Cartas de San Pablo, en las que gradualmente individuaremos los contextos que, de modo explícito, restringen el significado de la pureza al ámbito 'somático' y 'sexual', es decir, a ese significado que podemos tomar de las palabras pronunciadas por Cristo en el Sermón de la Montaña sobre la concupiscencia, que se expresa ya en el 'mirar a la mujer' y se equipara a un 'adulterio cometido en el corazón' (Cfr. Mt 5, 27-28). San Pablo no es el autor de las palabras sobre la triple concupiscencia.

Como sabemos, éstas se encuentran en la primera Carta de San Juan. Sin embargo, se puede decir que, análogamente a esa que para Juan (1 Jn 2, 1617) esa contraposición en el interior del hombre entre Dios y el mundo (entre lo que viene 'del Padre' y lo que viene 'del mundo') contraposición que nace en el corazón y penetra en las acciones del hombre como "concupiscencia de los ojos, concupiscencia de la carne y soberbia de la vida", San Pablo pone de relieve en el cristiano otra contradicción: la oposición y juntamente la tensión entre la "carne y el espíritu" (escrito con mayúscula, es decir, el Espíritu Santo): "Os digo pues: andad en Espíritu y no deis satisfacción a la concupiscencia de la carne. Porque la carne tiene tendencias contrarias a las del Espíritu, y el Espíritu tendencias contrarias a las de la carne, pues uno y otro se oponen de manera que no hagáis lo que queréis" (Gal 5, 16-17). De aquí se sigue que la vida 'según la carne' está en oposición a la vida 'según el Espíritu'. "Los que son según la carne sienten las cosas carnales; los que son según el Espíritu sienten las cosas espirituales" (Rom 8, 5). En los análisis sucesivos trataremos de mostrar que la pureza la pureza de corazón, de la que habló Cristo en el Sermón de la Montaña se realiza precisamente en la 'vida según el Espíritu'.
( www.mscperu.org )



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Aplicación: Giuseppe Ricciotti - 'La Tradición de los Ancianos'

Trasladándose a Galilea, Jesús se había substraído a las insidias de los fariseos de Jerusalén, pero no por ello abandonaron éstos la partida. En Galilea no campaban, cierto, tan a sus anchas como en Jerusalén; pero siempre podían hacer algo, como era hostigar a Jesús y recoger nuevas pruebas contra él. En efecto, ya de vuelta Jesús a Galilea, juntos se presentaron los fariseos y algunos de los escribas venidos de Jerusalén (Marcos, 7, 1). La táctica predilecta de aquellos enviados fue atosigar al irreducible Rabí con observaciones y comentarios sobre su conducta, ya para humillarle a sus propios ojos, ya para desacreditarlo ante el pueblo. Notaron pronto que los discípulos del Rabí no se lavaban las manos antes de comer, violación gravísima de la "tradición de los ancianos" tremendo delito que equivalía, según la sentencia rabínica, a "frecuentar una meretriz" y merecía el castigo de ser "desarraigado del mundo". Descubierto el delito, lo denunciaron inmediatamente al Rabí, como responsable moral.

Jesús acepta la batalla, pero desde el caso singular se remonta a más elevadas consideraciones. Admite que todas aquellas abluciones de manos y limpieza de vajillas están prescritas por la "tradición de los ancianos". Pero los ancianos no son Dios ni su tradición ley de Dios lo cual es infinitamente superior. De modo que primeramente hay que atenerse a la ley de Dios y no preferir nunca a ella las tradiciones de los hombres. Y se daba este caso: la ley de Dios, el Decálogo, había prescrito honrar padre y madre y luego subvenir a sus necesidades proporcionándoles ayudas materiales. Los rabinos, por su parte, habían establecido la norma de que si un israelita decidía ofrecer un objeto al Templo, el objeto era inalienable y sólo al tesoro del Templo debía ir a parar. En tal caso bastaba pronunciar la palabra Qorban (sacra) y el objeto pasaba a ser propiedad sagrada del Templo por voto irrevocable. Así sucedía a menudo que un hijo mal dispuesto hacia sus padres pronunciaba Qorban sobre cuanto poseía personalmente y sus padres, aun a punto de morir de hambre, no podían tocar nada de cuanto el hijo poseía, mientras él continuaba gozando tranquilamente de los bienes ofrecidos en voto (puesto que así lo permitían los rabinos) hasta que los entregaba efectivamente al Templo o hallaba un ardid para no entregarlos, ya que tampoco faltaban argucias rabínicas en tal sentido.

Así las cosas, Jesús interpeló a quienes le hostigaban: Donosamente despreciáis el mandamiento de Dios por observar vuestra tradición. Porque Moisés dijo: "Honra a tu padre y a tu madre" y "Quien maldiga a su padre o a su madre sea muerto". Y vosotros decís: "Si un hombre dice al padre o a la madre: (Sea) Qorban lo que te podría ser de provecho, (debe mantenerlo)". Y no le dejáis hacer nada por su padre o su madre aboliendo la palabra de Dios con la tradición vuestra que habéis transmitido (Marcos, 7, 9-13). Refiriéndose luego a otros casos no tratados, agrega: Y cosas semejantes de esta índole hacéis muchas. La conclusión estaba sacada de un pasaje de Isaías (29, 13) ¡Hipócritas! Bien profetizó de vosotros Isaías diciendo: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón se mantiene lejos de mí, y en vano me rinden culto enseñando enseñanzas (que son) mandatos de hombres" (Mateo, 15, 7-9).

Los fariseos que le criticaban habían recibido buena respuesta, y parece que no replicaron. Jesús, no obstante, se preocupó de las turbas que habían escuchado y que tenían la cabeza realmente abrumada por las minuciosas prescripciones farisaicas respecto a pureza o impureza de los alimentos, y por eso, volviéndose a ellos, continuó: "Oíd todos y entended: Nada hay exterior al hombre que entrando en él pueda contaminarlo. Empero las cosas que salen del hombre son las que contaminan al hombre" (Marcos, 7, 14-15). Como otras veces, Jesús había hablado también aquí como revolucionario y los fariseos se escandalizaron. Los mismos discípulos no comprendieron la fuerza del ataque a los fariseos, y cuando estuvieron solos con Jesús le pidieron explicación. La explicación fue elemental: cuanto entra en el hombre no alcanza el corazón, que es el verdadero santuario del hombre, sino el vientre, de donde los alimentos ingeridos son expulsados poco después. En cambio, del corazón del hombre salen los pensamientos malvados, los adulterios, las blasfemias y todo el cortejo de malas acciones, y sólo éstas tienen el poder de contaminar al hombre.

Para Jesús, pues, el hombre era esencialmente espíritu y criatura moral: todo el resto en él era accesorio y subordinado a aquella esencia superior.
(Giuseppe Ricciotti, Vida de Jesucristo, Ed. Miracle, 3ª Ed., Barcelona, 1948, Pág. 430-431)



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Aplicación: Giovanni Papini - El no-deseado

Mientras Jesús condena el Templo y a Jerusalén, aquellos a quienes el Templo mantiene y los señores de Jerusalén están preparando su condena.

Todos aquellos que poseen enseñan y mandan, esperan solamente el momento oportuno para asesinarlo sin correr riesgos. Quien tiene un nombre, una dignidad, una escuela, una tienda, un oficio sagrado, una fracción de autoridad está contra él. Ha venido contra ellos y ellos están contra él. Creen, con la necedad propia de los sitiados, que se salvarán condenándolo a muerte, e ignoran que precisamente su muerte es necesaria para dar principio a los castigos.

Para imaginarse bien el odio que hacía acomunarse a las altas clases de Jerusalén contra Jesús - odio sacerdotal, odio escolástico, odio mercantil - hay que recordar que la santa ciudad aparentemente vivía para la fe, pero en realidad sobre la fe. Solamente en la metrópoli del judaísmo se podían ofrecer sacrificios válidos y aceptables al antiguo Dios y por eso acudían a ella, todos los años, particularmente en los días de las grandes fiestas, aluviones de israelitas salidos de las tetrarquías palestinas y de todas las provincias del imperio. El Templo no era solamente el santuario legítimo de los Judíos sino que, para aquellos que le estaban adscriptos y para los otros que vivían a sus pies, era la gran ubre nutricia, que abrevaba la capital con los productos de las víctimas, de las ofrendas, de los diezmos y, particularmente, con las ganancias que dejaba la continua afluencia de huéspedes. Flavio Josefo cuenta que, en circunstancias extraordinarias, llegaban a encontrarse en Jerusalén hasta tres millones de peregrinos.

La población estable comía todo el año en cuanto existía el Templo; a fortuna de los chalanes, de los vendedores de alimentos, de los cambistas de moneda, de los posaderos y de los mismos que ejercían algún arte, dependía de la fortuna del Templo. La casta sacerdotal que, sin los Levitas - que era una buena tropilla - contaba en tiempos de Cristo veinte mil descendientes de Araón, sacaban sus rentas de los diezmos en especies, de las tasas del Templo, de los rescates de los primogénitos - también los primogénitos de los hombres pagaban cinco siclos por cabeza! y se nutrían con las carnes de los animales sacrificados, de los cuales sólo se quemaba la grasa. A ellos pertenecían las primicias de los ganados y de la cosecha. Hasta el pan se lo proveía el pueblo, porque todo jefe de la familia debía pasar a los sacerdotes la vigésima cuarta-ava parte del pan que se cocía en su casa. Muchos de ellos, como lo hemos visto, lucraban también con la cría de los animales que los fieles debían comprar para las ofrendas; otros eran socios de los cambistas y no es imposible que algunos de ellos fueran verdaderos banqueros, porque el pueblo depositaba con gusto sus ahorros en la caja del Templo.

Un conjunto convergente de intereses partía, pues, del castillo herodiano para llegar hasta la estera del feriante y el chiribitil del vendedor de sandalias. Los sacerdotes vivían a cuenta del Templo y muchos de ellos eran mercaderes y ricos; los ricos necesitaban del Templo para aumentar sus ganancias y mantener al pueblo sumiso; los mercaderes negociaban con los ricos que pueden gastar, con los sacerdotes que se asociaban y con los peregrinos de todas las partes del mundo atraídos hacia el Templo: los obreros y los pobres vivían con las sobras y las migajas que caían de las mesas de los sacerdotes, de los ricos, de los mercaderes y de los peregrinos.

Era, por consiguiente, la religión la mayor de las industrias y, acaso, la única de Jerusalén; quien atentaba contra la religión, contra sus representantes, contra el monumento visible, que era la sede más famosa y fructífera de la religión, debía ser por fuerza considerado enemigo del pueblo de Jerusalén, y en particular de las castas más acomodadas y más aprovechadoras.

Jesús con su Evangelio amenazaba directamente las posiciones y las rentas de aquellas clases. Si todas las prescripciones de la ley (CXXVII) debían reducirse a la práctica de: amor, no quedaba más sitio para los escribas y doctores de la ley, los cuales de la enseñanza de la misma sacaban que comer. Si Dios despreciaba los sacrificios animales y sólo pedía la pureza del alma y la oración secreta, los sacerdotes bien podían cerrar las puertas del santuario y cambiar de oficio; los negociantes de bueyes, de terneros, de ovejas, de corderos, de cabritos, de palomas y de pájaros habrían visto disminuir y, tal vez, desaparecer sus entradas. Si para ser amados por Dios, era necesario cambiar de vida y no. bastaba lavar la copa y pagar puntualmente los diezmos, la doctrina y la autoridad de los Fariseos quedaban reducidas a la nada. Si por último, llegaba el Mesías y declaraba decaído el primado del Templo e inútiles los sacrificios, la capital del culto se habría convertido, de un día para otro, en una ciudad decapitada y, con el andar del tiempo, en una obscura aldea de empobrecidos, en un desierto.

Jesús, que prefería los pecadores, con tal que fueran puros y amorosos, a los sanedristas; que estaba con los pobres contra los ricos; que estima más a los niños ignorantes que a los escribas enceguecidos sobre los misterios de las escrituras, debía por fuerza concentrar sobre su cabeza el odio de los levitas, de los mercaderes y de los doctores. El Templo, la Academia y la Banca estaban contra él: cuando la víctima esté pronta, llamarán, con pena pero obligados, la espada romana para que la sacrifique a su tranquilidad.

Ya de algún tiempo atrás la vida de Jesús no estaba segura. Al decir de los Fariseos, desde los últimos tiempos de su estada en Galilea, Herodes lo buscaba para matarlo. Tal vez fue este aviso el que lo llevó a Cesárea de Filipo, fuera de Galilea, donde predijo su pasión.

Desde que llegó a Jerusalén, los príncipes de los sacerdotes, los Fariseos y los Escribas, lo rodeaban continuamente, tendiéndole lazos y anotando sus palabras. Aquella gusanera inquieta y enconada le lanzó detrás algunos espías destinados a convertirse, a la vuelta de pocos días, en falsos testigos y, según Juan, dióse también la orden a ciertas guardias, de detenerlo; pero éstas no tuvieron el valor de ponerle las manos encima. Los azotes a los chalanes y a los cambistas, la invectiva contra los Escribas y los Fariseos pronunciada a voz en cuello, la alusión a la ruina del Templo colmaron la medida. El tiempo apremiaba. Jerusalén estaba llena de forasteros y eran muchos los que le escuchaban. Podía suscitarse algún desorden, un tumulto, quizá una sublevación de las bandas provincianas que estaban menos apegadas a los privilegios y a los intereses de la metrópoli. Hay que detener el contagio desde el principio, y no se veía medida más eficaz que suprimir al blasfemo. No había tiempo oque perder. Y las raposas del altar y del negocio, que ya se habían puesto de acuerdo a media voz, resolvieron convocar al Sanedrín para acordar la ley con el asesinato.

El Sanedrín era la asamblea de los próceres, el consejo supremo de la aristocracia dominante en la capital. Se componía de sacerdotes, celosos de la clientela del Templo, que les daba poderes y prebendas; de Escribas, encargados de conservar la pureza de la ley y de trasmitir la tradición; de Ancianos que representaban los intereses de la burguesía adinerada y moderada.

Todos fueron de parecer de que era necesario apoderarse de Jesús con engaño, y hacerlo morir como blasfemo contra el sábado y contra Dios. Nicodemo aventuró una defensa en curialesca, pero le taparon inmediatamente la boca. "¿Qué hacemos?" decían. Este hombre obra milagros y muchos lo siguen. Si lo dejamos estar, todos creerán en él y vendrán los Romanos y nos quitarán nuestra ciudad y nuestra nación". Es la razón de Estado, la salvación de la patria que las camarillas secretas invocan siempre en su auxilio para disfrazar de legalidad ideal la defensa de sus ventajas particulares.

Caifás que en aquel año era Gran Sacerdote, disipó todas las dudas con la máxima que ante la sabiduría del mundo ha justificado siempre la inmolación del inocente: "Vosotros no sabéis nada. No pensáis que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo y que no perezca toda la nación". La máxima, en boca de Caifás y en aquella ocasión, y por lo que dejaba entender sin decirlo, era infame y, como todos los discursos del Sanedrín, hipócrita. Pero elevada a un sentido superior y trasladada a lo absoluto - cambiando nación por humanidad - el presidente del patriciado circunciso enunciaba un principio que el propio Jesús había aceptado en su corazón y que, en otra forma se había de convertir en el misterio atormentador del cristianismo. Caifás ignoraba, él que debía entrar, solo en el "Sancta Sanctorum" desierto, para ofrecer a Jehová sacrificio por los pecados del pueblo, cuán de acuerdo con su víctima estaban sus palabras, tan groseras en la expresión y tan cínicas en el sentimiento.

El pensamiento de que solamente el justo puede pagar por la injusticia, que solamente el perfecto puede descontar los delitos de los brutos, que solamente el puro puede extinguir la deuda de los innobles, que solamente Dios, en su infinita magnificencia, puede expiar las culpas que el hombre ha cometido contra El, ese pensamiento que parece al hombre el vértice de la locura precisamente porque es el "summum'' de la sabiduría no brillaba por cierto en el alma infecta del saduceo, cuando arrojaba a las fauces de sus setenta cómplices, para que lo rumiaran, el sofisma destinado a hacer callar los eventuales remordimientos. Caifás, que debía ser, junto con las espinas de la corona y con la esponja de vinagre, uno de los instrumentos de la Pasión, no se imaginaba en ese momento que ofrecía un testimonio solemne, aunque velado e involuntario, de la divina tragedia que estaba por comenzar.

Y sin embargo, el principio de que el inocente puede pagar por los culpables, de, que la muerte de uno solo puede contribuir a la salvación de todos, no era del todo desconocido a la conciencia, antigua. Los mitos heroicos de los paganos conocían y celebraban los sacrificios voluntarios de los inocentes. Recordaban a Pílades que se ofrecía al suplicio en lugar de Orestes culpable; a Macana, de la sangre de Heracles, que salvaba, con la propia, la vida a sus hermanos; a Alcestes que aceptaba la muerte para desviar de su Admeto la venganza de Artemisa; a las hijas de Erecteo que se inmolaban para que el padre escapase a los golpes de Neptuno; al viejo rey Codro que se arrojaba al Iliso para que sus atenienses consiguieran la victoria; y a Decio Mus y al hijo que se consagraban a los Manes en medio del entrevero, para que triunfaran los Romanos sobre los Samnitas; y a Curcio que e precipitaba, completamente armado, a la hoguera por la salvación de su patria, y a Ifigenia, que presentaba la garganta a la duchilla para que la flota de Agamenón navegara con felicidad hacia Troya. En Atenas, durante las fiestas Targe has, dos hombres eran matados para alejar de la ciudad las sanciones divinas. Epiménides el sabio, para purificar a Atenas profanada con el asesinato de los secuaces de Cilón, recurrió a los sacrificios humanos sobre las tumbas. En Curio de Chipre, en Terracina, en Marsella, cada año, como pago por los delitos de la comunidad, era arrojado un hombre al mar y se le consideraba como salvador del pueblo.

Pero estos sacrificios, cuando eran espontáneos, eran por la salvación de un solo ser o de un reducido grupo de hombres; cuando eran forzados añadían un crimen nuevo a los que se pretendía expiar: casos de cariño privado o crímenes supersticiosos. No, se había visto todavía a un hombre que cargase con todos los pecados de los hombres, a un Dios que se encarcelase en la carne para salvar al género humano y hacerle capaz de ascender de la bestialidad a la santidad, de la humillación de la tierra al Reino de los Cielos. El perfecto que asume todas las imperfecciones, el puro que se carga con todas las infamias, el justo, que toma sobre sí todas las in justicias de todos, había aparecido bajo el aspecto de miserable y de fugitivo, en los días de Caifás. Aquel que debe morir por todos, el obrero Galileo que turba a los ricos y a los sacerdotes de Jerusalén, está allí, en el Monte de los Olivos, a poca distancia del Sanedrín. Los setenta que no saben que, en este momento, están obedeciendo a la voluntad del perseguido, deciden hacerlo prender antes que llegue la Pascua. Pero porque son cobardes, como todos los patrones, no tienen más que una dificultad: el miedo a la gente que ama a Jesús. "Y los príncipes de los sacerdotes y los escribas andaban buscando cómo prenderlo con engaño y matarlo; pero decían: no lo hagamos en el día de la fiesta, no sea que se origine algún tumulto en el pueblo". A sacarlos del pantano, para fortuna suya, se presentó al día siguiente, uno de los Doce: el que tenía la bolsa, Judas de Iscariote.
(Giovanni Papini, Historia de Cristo, Ed. Lux, 2º ed., Santiago de Chile, Pág. 293-299)



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Aplicación: Mons. Tihamer Toth - Aún está en pie el monte Sinaí

En la bodega de un viticultor había un enorme tonel lleno del más sabroso vino añejo. El dueño enseñaba con todo orgullo el tonel: diez fuertes aros unían de tal suerte sus duelas, que no se perdía una sola gotita de su precioso contenido.

Los huéspedes admiraban y alababan tanto el vino magnífico que éste se enorgulleció y empezó a agitarse. "¡Yo soy el único valor de toda esta bodega! ¡En mí hay una vida exuberante! ¡En mí madura la fuerza! ¡En mí está la fragancia del sabroso buen humor! Y todo en vano: estos diez aros de hierro me atenazan y me tienen prisionero, y- ¡no me permiten crecer, desarrollarme, gozar de 1a libertad! ... Y el vino añejo se hizo de día en día más orgulloso y más rebelde. Y empezó a forcejear. Intentaba librarse del abrazo duro de los aros. Al principio con preocupación, con cierto temor, no sabiendo lo que sucedería. Después, cuando uno que otro de los aros cedía un poco, le parecía que ya estaba para abrirse la puerta de la cárcel. Reunía más fuerzas: consiguió hacer saltar uno de los aros. ¡Bravo! ¡Adelante! Se embriagaba con el éxito. ¡Ahora viene mi día! ¡Ahora viene la libertad! Un aro caía después del otro. Pero en cuanto cayó el último, las duelas se desplomaron y el contenido precioso se derramó por el suelo enfangado.

Lo que acabo de pintar no es un cuadro pintado por mí. Es un cuadro simbólico que se ve muchas veces en las paredes de antiguos monasterios.

Y debajo del cuadro hay esta inscripción: "Libertate penit", "perdió la libertad".

¿Cuadro simbólico? Ah, no. ¡Realidad! ¡Realidad que se repite innumerables veces en la vida de los individuos, como en la de las familias, de las naciones, de toda la humanidad, cuando al hombre o a la humanidad que se desarrollan en medio de la civilización, les sube a la cabeza el humo del orgullo, del progreso, y su razón altanera les hace creer que ya no necesitan aquellos diez aros de los diez Mandamientos de la ley de Dios, que durante los años de desarrollo unían tan provechosamente sus fuerzas en ebullición; cuando piensan que estos mandatos son obstáculos para el progreso posterior, y se los sacuden. "¡Mi vida comercial, mi vida económica hoy día ya es tan compleja, mi vida moral, familiar y social han hecho tal evolución que los diez aros antiguos me molestan!" -dice el hombre, y rompe los aros, quebranta las diez leyes.

Y trata de vivir sin ellas.

Lo ensaya…, y perece en el ensayo.

I. ¿Cómo perece el hombre sin los diez Mandamientos? y II. ¿Qué haremos para no perecer? -serán los dos polos en torno de los cuales agruparé las moralejas de toda esta obra del Decálogo.

I. ¿POR QUÉ PERECE EL HOMBRE SIN LOS DIEZ MANDAMIENTOS?

1. En Rusia, a las orillas del Volga, en la ciudad de Ivangorod, el Soviet erigió una gigantesca estatua. Esta representa a un hombre de grandes proporciones, que con el puño cerrado amenaza con rabia el cielo: ¡es la estatua de Judas Iscariote! Como lo consigna una revista suiza, la U.R.S.S. estuvo dudando durante mucho tiempo, para ver a quién había de levantar una estatua: a Lucifer, a Caín o a Judas. Por fin se decidió, y desde aquel día la estatua de Judas -seguramente la única que tiene en el mundo entero- se yergue allí a las orillas del Volga.

¿Sientes, lector, la realidad espantosa que pregona esta estatua que con el puño amenaza el cielo? De un modo visible no hay más que esta estatua; pero invisiblemente ahí laten millares y millares de estatuas de Lucifer, Caín y Judas en el sinnúmero de manifestaciones de la vida moderna; y son millares los que les rinden homenaje.

Ahí está, en primer lugar, el pecado de Lucifer: el orgullo, la soberbia desenfrenada. La ciencia es un don de Dios, la técnica es una bendición para la humanidad; pero la ciencia puede hacer orgulloso al hombre y la técnica puede cegarle; y entonces son su perdición. ¡Que por lo tanto no hemos de aprender, investigar? ¡Y tanto! Aprendamos mucho, investiguemos las leyes de la naturaleza, pero no nos olvidemos de inclinar nuestra frente ante el Creador de la naturaleza, Dios nuestro Señor. El pecado de Lucifer es el pecado de la cabeza orgullosa, y la enfermedad de la cabeza, la enfermedad del cerebro es un mal fatal.

Y ahí está el pecado de Caín: la ira, la envidia, el odio que llega hasta el fratricidio. ¿No ves, lector amigo, cómo la humanidad se inclina ante las numerosas e invisibles estatuas de Caín? Si alguno tiene un poco de suerte, ya tiene que soportar el odio del más pobre que él; el analfabeto aborrece al que es un poco más versado en letras; el obrero al intelectual; una clase a la otra, un pueblo al otro.

Y ahí está también el pecado de Judas: la infidelidad, la traición, la idolatría del dinero. A este mundo moderno que lo vendo todo, que por el dinero conculca sus principios, su moral, su patria, su fe, hemos de gritarle: ¡Es necesario el dinero, no podemos vivir sin él, pero... por encima del dinero, por encima del oro, por encima de la carrera, por encima del éxito, está el alma, está el honor!

2. Se han multiplicado en nuestra vida las estatuas de las ideas paganas... ¿y se ha hecho mejor, más feliz, más holgada la vida del hombre? ¿Quién se atreve a contestar afirmativamente? ¿No anda el hombre moderno tras el espejismo de la suerte terrena, del bienestar y del goce, como persiguen los galgos a la liebre mecánica, sin poderla tomar jamás?

¿Qué es la liebre mecánica? Pues un invento raro; en el extranjero se divierten con ella hombres que siempre tienen tiempo de sobra. Antiguamente se conocía la caza con galgos, pero ésta ya no satisface al hombre moderno. No hay liebre tan veloz que no pueda tomar fácilmente un buen galgo. Ahí viene el invento. En el estadio sueltan una liebre de máquina, una liebre eléctrica, y tras ella toda una jauría de galgos: La liebre corre que corre, los galgos enloquecidos tras ella. Ya están para tomarla, pero entonces se intensifica la corriente eléctrica, la liebre corre con velocidad más loca todavía.., los galgos tras ella.

Una corriente más fuerte aún: la liebre corre como el huracán..., los galgos, con los ojos inyectados en sangre, la persiguen. No ven, no oyen nada. Sacan la lengua, su cuerpo está completamente sudado, jadean, están a punto de sofocarse... y, sin embargo, no pueden alcanzar la liebre.

No pueden alcanzar la liebre... ¡así como el hombre moderno no puede alcanzar la felicidad! ¿No es así el cuadro que presenta la vida de muchos hombres de hoy? Divisan ante sí la imagen engañosa de la felicidad, del dinero, de los placeres... ¡adelante, a tomarla! Y cuando casi la alcanzan, se les escapa de las manos. Así y todo, no cejan en su empeño, la persiguen más y más. No ven; ni oyen. No ven que por la caza enloquecida del dinero han pisoteado a su prójimo. No sienten cómo se contagia su sangre, cómo se queda esponjoso su cerebro en las orgías de los sentidos. No oyen cómo levanta la voz su conciencia. ¡Adelante! ¿Y al final? Cuando llegan a la meta, ¡están delante de la tumba! Se han agotado en perseguir la felicidad y no pudieron alcanzarla.

El hombre que no se deja guiar por el la seriedad relampagueante del monte Sinaí los diez Mandamientos, ha de ser llevado a propia y triste experiencia, que le ofrece la vida: ¡Todavía está en pie el monte Sinaí! ¡Puede haber una vida digna del hombre!

Todavía está en pie el monte Sinaí, y desde sus cimas cubiertas de humo se oye la voz sublime del Señor: Tu destino terreno no es un juego... ¡tómalo en serio! El nombre de Dios no es un juego...; ¡pronúncialo siempre con respeto! El principio de la autoridad no es un juego...; inclínate ante él. La vida humana no es un juego... ¡no la toques! La lengua humana no es un juego... ¡no la manches!

3. ¡Aún hoy día está en pie el monte Sinaí!

En nuestros tiempos, los hombres ven por doquiera lemas como éstos: "el Decálogo es una cosa vieja", "la vida ya no puede ser orientada según el Decálogo", "hay que reformar el Decálogo".

a) Hay países donde realmente se ha reformado ya el Decálogo.

Reforman el primer Mandamiento: "Yo soy el Señor Dios tuyo"; ya no se permite enseñar la adoración de este Dios en las escuelas. Hay países en que fue sometido a una reforma el sexto Mandamiento: "No fornicarás". Se permite el divorcio y las ulteriores nupcias, que la Sagrada Escritura tilda de fornicación! Hay países en que quieren reformar el quinto Mandamiento: "No matarás". ¡Quieren echar como presa libre a la maldad humana la vida del niño aún no nacido!

No queremos engañarnos. Realmente son muchos los males que hoy nos acosan; pero justamente por esta razón, lo que necesita el Decálogo no es que se le reforme, sino que se le observe. La falta no estriba en el Decálogo, sino en nuestro proceder, en no guardarlo. Al momento se haría más humana, más ordenada, más feliz esta vida si tomase incremento entre nosotros el respeto a la autoridad según el cuarto Mandamiento; el respeto a la propiedad ajena, según el séptimo y el uso recto de la propiedad privada, según el décimo; si fuera en auge entre nosotros el aprecio de la vida, según el quinto Mandamiento, el aprecio del honor del prójimo, según el octavo; y si, en consecuencia, con el sexto y el noveno, fuese más ordenada la vida de la juventud y más pura la vida en el hogar.

¿Hay que someter el Decálogo a una reforma? ¡Oh, el hombre no puede tocarlo! Refiriéndose al Decálogo, dice NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO: "No he venido a destruir la doctrina de la ley ni de los profetas..., sino a darle su cumplimiento".

De modo que con la venida de Nuestro Señor Jesucristo no queda derogado el Decálogo, sino que debemos observarlo con una conciencia más delicada todavía aún, porque ayudándonos Él adquirimos fuerzas para cumplirlo. Por esto agrega el Señor a la frase anterior: "Con toda verdad os digo, que antes faltarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse perfectamente cuanto contiene la ley, hasta una sola jota o ápice de ella". ¿Es lícito, pues, enmendarla en algo? Y prosigue todavía el Señor: "Y así, el que violare uno de estos Mandamientos, por mínimos que parezcan, y enseñe a los hombres a que hagan lo mismo, será tenido por el más pequeño en el reino de los cielos".

b) ¿Reformar el Decálogo? ¡Ah! Si se dejara en manos de los hombres, lo reformarían con gusto. Pero gracias a Dios, no está en nuestras manos. Porque es necesario que haya reglas morales que no provengan de nosotros, con las cuales no podamos contemporizar, de las cuales no nos sea lícito cambiar ni un ápice.

Al introducir el sistema métrico para medir, y convenir los hombres en que la diez millonésima parte del cuadrante de un meridiano terrestre sería "un metro", aún fue preciso vencer la gran dificultad de hacer "un metro" que sirviera de modelo auténtico. Hoy día este metro-modelo se guarda en París, y con él han de coincidir todos los metros del mundo. Pero ¡cuántos cálculos y ensayos hasta llegar a un acuerdo!: de qué materia tenía que fabricarse para sufrir lo menos posible de los cambios de la temperatura y de la presión del aire. Porque sería un grave contratiempo, ocasionaría increíbles conflictos en la vida de la humanidad, si el metro fuese más corto un día y otro más largo, según la temperatura más fría o más caliente, Según la presión menor o mayor del aire.

c) Hay que conceder que las leyes del Decálogo muchas veces cortan en lo vivo, que muchas veces es difícil observarlas; sin embargo, hemos de agradecerlas: ellas son -como dice SAN PABLO nuestros ayos que nos conducen a Cristo.

Las familias romanas distinguidas tenían esclavos especiales para conducir los muchachos a sus maestros -de ahí su nombre: "paedagogus" (guía de niños) -, pero además de esto se preocupaban mucho de los niños también en casa, y no dejaban sin castigo severo ninguna desobediencia, ningún acto de pereza. Así llegaban los tiernos niños romanos a ser caracteres firmes. Y San Pablo dice que las leyes de Dios son severas con nosotros, lo son tan sólo para conducir nuestras almas a Dios.

Por lo tanto, al ver que sin el Decálogo se dibujan en el rostro de la humanidad las señales del marchitarse y del perecer, de la desazón y de la infidelidad, se nos presenta la cuestión:

II.  ¿QUE HAREMOS PARA NO PERECER?

PLINIO, al dirigirse a Trajano, escribía de esta manera respecto de los primeros cristianos: "Los cristianos son hombres que se obligan con voto solemne a evitar todo acto malo; nunca cometen robo, adulterio; no juran en falso, nunca faltan a su palabra, no se apropian los bienes a ellos confiados".

¡Qué alabanza de nuestros antepasados cristianos, en labios de un gentil! Pero ¡qué acusación tremenda contra la frivolidad que impera hoy entre nosotros!

1. Y con esta cuestión tocamos a uno de los mayores problemas del mundo. ¿Sabes, amigo lector, cuál es? Ver si sabemos ser más profunda, sinceramente cristianos de lo que fuimos hasta hoy. Tal es el deber más grande de la humanidad moderna, el único gran problema de hoy. Y no lo afirmo en tono lúgubre, sin alma. Ni lo afirmo como un sacerdote de la Iglesia, a quien se le puede colgar con facilidad el "¡Claro está, tiene que hablar así!"

No. Ahora me siento a la vera del camino, del camino real de la vida, como uno de los cien millones de hombres: miro y escucho. Miro los autos que corren sin freno, llevando a los delegados de la Sociedad de las Naciones, a Ginebra; miro el cielo del Oriente que hace decenios flamea con luces rojas; observo los corazones que arden también en desesperación. Y escucho. Escucho el traqueteo de las máquinas de las fábricas: escucho el ronquido de las hélices de los aviones; escucho el ruido subterráneo del odio mal contenido... ¿Qué vamos a ver todavía? Qué cosas nos esperan?

Vienen los biliosos, que dicen con voz de triunfo: ¡He ahí la bancarrota del cristianismo! ¡Hay que reformarlo!

¿Reformar el cristianismo? ¡Oh, no! Sino reformar a los que se llaman cristianos, y no lo son en verdad.

Nuestro mal está en que no todos ven con la debida luz las fuerzas que roen y socavan el edificio de la sociedad humana. Hay muchos que juzgan peligrosas para la sociedad tan sólo aquellas agitaciones que atacan la propiedad privada, la casa, la tierra, la fábrica, y que amotinan a las clases pobres contra las acomodadas.

Se comprende que se tilden de peligrosas también estas agitaciones. Pero no seamos miopes. Si es peligrosa para la sociedad humana la revuelta que combate la propiedad privada, cien veces más peligrosa es la que ataca la religión, los principios morales, la indisolubilidad y la pureza del matrimonio. Y, sin embargo, son responsables en esta clase de agitaciones también algunos que no pueden tildarse de comunistas ni de anárquicos. Pero es de hipócritas fariseos hacer inmediatamente un llamamiento al precepto de la Ley Divina si se trata del propio dinero, y no preocuparse lo más mínimo de la religión. Por lo tanto, el que quiera trabajar sinceramente contra la revolución, ha de trabajar contra el desmoronamiento de la vida religiosa y social.

2. Acaso nunca se ha oído con más frecuencia esta queja:

"¡Vivimos en un mundo malo! ¡Son malos de veras los hombres!" Todo el mundo se queja. Los obreros se quejan de los patronos, los patronos de los obreros. Los padres se quejan de los hijos, y los hijos de los padres. El profesor se queja de sus discípulos, el criado del señor, el aldeano del hombre de la ciudad...; todos repiten a coro: ¡Vivimos en un mundo perdido!

a) "¿en un mundo malo?" No importa. No hemos de quejarnos con espíritu de triste renuncia, sino todo lo contrario: hemos de procurar enmendarlo.

¿Cómo? ¿Vamos a enmendar el mundo? ¿Seremos figurines ridículos? ¿"Reformadores del mundo", descontentos de todo, que todo lo critican? No, no. Empecemos a enmendar el mundo... en nosotros mismos. En mi propia vida, en mi ambiente, en mi familia, en mi oficina, en mi ciudad, en mi casa.

"¡Reformar el mundo a través de mi propia persona!" - ¡qué pensamiento más auténticamente cristiano! ¡Hacer un gran viaje de descubrimiento en mi propia alma: cuán deficientes son en ella la rectitud moral, la conciencia del deber, el amor al prójimo, la comprensión de los demás, el espíritu de perdón! Y entonces exclamar con asombro: ¡Ah, yo me tenía por buen cristiano, y, sin embargo, cuán pocas cualidades cristianas descubro en mí!

Pero no basta con asombrarse. Sino que hay que hacer firme propósito de cambiar. ¡Empezar la reforma del mundo por la propia persona!

Al erigir el Sóviet la estatua de Judas, hizo derribar antes las estatuas antiguas que consideraba obstáculo a las nuevas ideas. A nosotros nos toca asumir un deber de coloso, el deber de levantar los ideales cristianos en medio del paganismo moderno, podrido hasta el fondo. Pero, para lograrlo, tenemos que derribar -antes de todo en nuestro interior-, las estatuas invisibles de Lucifer, de Caín, de Judas.

b) "¡Vivimos en un mundo malo!" No importa. ¡No vamos a huir del mundo!

Montmartre, se ve desde lejos el blanco templo del Corazón de Jesús. El Santísimo Sacramento está expuesto allí de día y de noche a la pública adoración, y no hay noche en que no haya 40-50-100 hombres que se quedan en el templo, adorando, durante la noche, al Señor. Y este mundo de sublimidad espiritual dispuesta para el sacrificio, la basílica de Montmartre, álzase a unos pocos pasos de otro mundo infame, la nueva Sodoma y Gomorra, que se agita en plena orgía. La torre del magnífico templo de expiación se yergue hacia el cielo, pero no lejos de ella van dando vueltas las aspas del molino.., que fascina con la luz roja de las bombillas eléctricas, las aspas del Moulin-Ronge..., donde se abisma en el pecado la hez de la metrópoli.

¡Qué símbolo! Pero ¡qué símbolo! El templo que se yergue hacia el cielo, como un gigantesco punto de exclamación en me dio del diluvio del pecado! Punto de exclamación. …, pero también ¡señal de aliento!

¿Se nubló el cielo definitivamente sobre nuestra cabeza? ¿Está podrida hasta el fondo la humanidad? No. Hemos de registrar también las magnificas señales de una vida moral seria. Los franceses creyentes tenían antiguamente un dicho interesante: Por muy nublado que esté el cielo, si se ve un trocito azul, no mayor que el que baste para hacer un manto a la Virgen María, no hay que perder todavía la esperanza. Pues bien; hemos de notar también nosotros los muchos trozos azules que hay en nuestro cielo nublado. ¡Los secretos esfuerzos heroicos, los combatientes coronados de la vida pura, los héroes abnegados del Decálogo!

Notémoslos y démonos cuenta de que aquellos que observan la ley de Dios, que viven conforme a los santos Mandamientos, estos tales son los héroes, los valientes, las columnas firmes de la humanidad. No los héroes del deporte, no las estrellas de la pantalla, no los que van de juerga hasta la madrugada, o los egoístas ricachones, no, no, éstos no. Sino: los héroes silenciosos del deber diario, de los que nadie sabe nada..., nadie más que Dios; las madres que trabajan, sufren y sonríen en silencio; los jóvenes que llevan una vida pura corno la nieve; los padres que no se desalientan y sudan en el trabajo; el que no toca lo de otro, pero da de lo suyo; el que si recibe un golpe en una mejilla, ofrece la otra al ofensor; el que si alguien quiere moverle litigio y quitarle su túnica, se la cede, y el que si alguno le obliga a acompañarle cien pasos, le acompaña dos veces más allá; el que está enfermo y no se rebela; el que sufre y reza… ¡Éstos son los que afianzan la sociedad humana!

Aquellos para quienes el Decálogo es libertad: liberación de las cadenas de la materia. Aquellos para quienes el Decálogo es energía, fuerza que impele hacia las alturas. Aquellos para quienes el Decálogo es escalera, cuya cima toca los cielos. Aquellos para quienes el Decálogo es una subida, desde la vida instintiva, animal, sensual, degradada. Aquellos - ¿para qué proseguir ?-, aquellos de quienes dijo NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO: "Quien ha recibido mis Mandamientos y los observa, ese es el que me ama: Y el que me ama, será amado de mi Padre".

No puedo decir otra cosa al despedirme de mis amados lectores, que lo que dijo Moisés a su pueblo, después de promulgar el Decálogo: "Ya veis que hoy os pongo delante la bendición y la maldición: La bendición, si obedeciereis a los Mandamientos de Dios vuestro Señor, que yo os intimo hoy: La maldición, si desobedeciereis dichos Mandamientos del Señor Dios vuestro, desviándoos del camino que yo ahora os muestro… Yo invoco hoy por testimonio al cielo y a la tierra, de que he propuesto la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge desde ahora la vida".

Lectores, hermanos: ¡escoged la vida!


* * *

Y ahora, para terminar el Decálogo, una tierna leyenda.

En la alta cima de una montaña había una antigua, antiquísima torre de iglesia. El tiempo había reducido a polvo el monasterio adosado a la misma; los monjes hacía ya tiempo que se deshacían bajo tierra; pero la torre seguía en pie, desafiando el viento, el huracán. Enredaderas la abrazaban, el polvo la cubría, difícilmente se podía creer que un día la campana resonaba en ella con orgullo y cantaba las alabanzas de Dios.

Llegó al pie de la torre un turista, no sé de dónde, y tuvo un pensamiento extraño: "Habría que tirar de la cuerda de la campana. ¿Qué sucedería?"

Tomó la cuerda, le dio un tirón fuerte, y la campana se puso repiquetear. Un toque, otro toque, y otro toque. . . y de repente se notó movimiento en la torre, gorriones, pájaros asustados empezaron a revolotear con espanto; y salían de la torre en que durante años y decenios anidaron con tanta tranquilidad, y que hasta entonces ensuciaban...

¡No le faltaba otra cosa a nuestro hombre!

Tomó con ambas manos la cuerda y daba tirones y más tirones a la vieja campana, como Dios le dio a entender. ¡Qué alboroto se armó allí! Todos los animales nocturnos, que durante decenios se metieron en la torre altiva, se dieron a la fuga enloquecidos: la lechuza y el búho, el murciélago y todas las alimañas de la oscuridad corrían espantados por todas partes; y cuando el turista, cansado, acabó de tocar la campana, la torre antigua se erguía orgullosa, limpia ya de sus oscuros parásitos, bañada en los rayos resplandecientes del sol.

También yo iba tañendo la campana en páginas y más páginas: tocaba la campana de alarma y admonición del Decálogo de Dios; y doy gracias al Señor, si a su voz huyeron de muchas almas las aves nocturnas del pecado y de las pasiones.

Ahora dejo de tocar, pero espero que no correré la suerte de aquel turista. Porque no he referido todavía el final del cuento. Apenas se hubo extinguido el último tañido de la campana, apenas hubo abandonado las ruinas del peregrino, la bandada espantada de aves empezó a revolotear nuevamente en torno de la torre, y se metieron los murciélagos de silencioso vuelo y no tardó mucho en volver todo a su anterior estado: todo se llenó nuevamente de inmundicias.

Amigo lector: ¿no será así, verdad? ¿Verdad que no?

¿Qué debemos hacer para que no lo sea?

En obra voluminosa hemos estudiado lo que el Señor prescribió entre truenos y relámpagos en el monte Sinaí. Pero nos otros ya no podemos quedarnos de asiento en el monte Sinaí. Hemos de pasar a otro monte.

Porque no basta conocer la ley: hay que cumplirla. Y ¿quién nos da fuerza para ello?

Nuestra vida es una lucha continua entre el bien y el mal, entre la negligencia y el deber, entre el cuerpo y el alma, entre la virtud y el pecado. ¿Quién nos da fuerza? Hay una colina, que aún hoy día se levanta por encima de las olas tempestuosas y sucias: el monte Calvario. Allí bulle aquélla fuente, de agua cristalina, que puede fortalecer al que la beba, de suerte que permanezca enhiesto en medio de mil tentaciones, y lavar al que han rozado las inmundas olas.

De la cruz brotan todas nuestras fuerzas.

La corriente del pecado corre desbordada...; parece que saltaron todos los diques...; el mundo se ahoga en un diluvio de cosas sórdidas...; ¡pero está de pie, triunfalmente, venciendo al mundo, la cruz del Señor!

¡Oh, cruz santa, al luchar yo contra el pecado, sé tú mi fuerza! ¡Oh, cruz santa, cuando aparezcas en el cielo el día del juicio, sé tú el galardón infinito de mis combates!

Arrodillémonos al pie de la cruz y con la frente humillada recitemos la plegaria:

"El que bebe una vez el cáliz de tu gozo,
no puede desear otra cosa
ni puede pasearse por el gran Campo de la vida
entre mil y mil flores de subido color.
No puede tomar lilas ni amarantos;
tan sólo blancos lirios y rosas blancas.
Señor, el que sigue tu ruta, no puede mirar atrás,
ni puede tomar en el camino de espinas, claveles y margaritas.
No puede mirar hacia la derecha ni hacia la izquierda:
¡tan sólo adelante! Tan sólo hacia Ti: hacía el triunfo".
¡Tan sólo adelante!... ¡Tan sólo hacia Dios..., hacia el triunfo!
(Tihamér Tóth, Los diez Mandamientos, Ed. Poblet, Bs. As., 1944, pp.562-573)



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Aplicación: R. P. R. Cantalamessa OFMCap - Lo que contamina al hombre

"Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. [...] Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre".

En el pasaje del Evangelizo de este domingo Jesús corta de raíz la tendencia a dar más importancia a los gestos y a los ritos exteriores que a las disposiciones del corazón, el deseo de aparentar que se es -más que de serlo- bueno. En resumen, la hipocresía y el formalismo.

Pero podemos sacar hoy de esta página del Evangelio una enseñanza de orden no sólo individual, sino también social y colectivo. La distorsión que Jesús denunciaba de dar más importancia a la limpieza exterior que a la pureza del corazón se reproduce hoy a escala mundial. Hay muchísima preocupación por la contaminación exterior y física de la atmósfera, del agua, por el agujero en el ozono; en cambio silencio casi absoluto sobre la contaminación interior y moral. Nos indignamos al ver imágenes de pájaros marinos que salen de aguas contaminadas por manchas de petróleo, cubiertos de alquitrán e incapaces de volar, pero no hacemos lo mismo por nuestros niños, precozmente viciados y apagados a causa del manto de malicia que ya se extiende sobre cada aspecto de la vida.

Que quede bien claro: no se trata de oponer entre sí los dos tipos de contaminación. La lucha contra la contaminación física y el cuidado de la higiene es una señal de progreso y de civilización al que no se puede renunciar a ningún precio. Jesús no dijo, en aquella ocasión, que no había que lavarse las manos o los jarros y todo lo demás; dijo que esto, por sí solo, no basta; no va a la raíz del mal.

Jesús lanza entonces el programa de una ecología del corazón. Tomemos alguna de las cosas "contaminantes" enumeradas por Jesús, la calumnia con el vicio a ella emparentado de decir maldades a costa del prójimo. ¿Queremos hacer de verdad una labor de saneamiento del corazón? Emprendamos un lucha sin cuartel contra nuestra costumbre de descender a los chismes, de hacer críticas, de participar en murmuraciones contra personas ausentes, de lanzar juicios a la ligera. Esto es un veneno dificilísimo de neutralizar, una vez difundido.

Una vez una mujer fue a confesarse con San Felipe Neri acusándose de haber hablado mal de algunas personas. El santo la absolvió, pero le puso una extraña penitencia. Le dijo que fuera a casa, tomara una gallina y volviera adonde él desplumándola poco a poco a lo largo del camino. Cuando estuvo de nuevo ante él, le dijo: "Ahora vuelve a casa y recoge una por una las plumas que has dejado caer cuando venías hacia aquí". "¡Imposible! -exclamó la mujer-. Entretanto el viento las ha dispersado en todas direcciones". Es ahí donde quería llegar San Felipe. "Ya ves -le dijo- como es imposible recoger las plumas una vez que se las ha llevado el viento; igualmente es imposible retirar las murmuraciones y calumnias una vez que han salido de la boca".




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Aplicación - R.P. Alfonso Torres, S.J. - Pureza Farisaica

Explicamos en la última lección sacra la primera parte de este episodio. Dijimos qué tradiciones eran esas a que aludían los enemigos de Jesús; comentábamos la palabra de nuestro Señor, en que por su parte alude a otra tradición que era diametralmente contraria al cuarto mandamiento, y, por últi­mo, hicimos ver cómo en toda esta discusión estaban enfrente luchando, opuestas, la verdadera y la falsa vida espiritual.

Nos queda por explicar hoy la segunda parte del episodio, la cual, como habréis visto, consta de todas estas cosas. Hay en ella principalmente una palabra del Señor dirigida a las muchedumbres que presenciaban la discusión; hay, además, una respuesta que dio en general a los discípulos cuando éstos le advirtieron que los fariseos se escandalizaban de su doctri­na […].

Al lado de esta enseñanza relativa a la pureza legal hay otra que consiste en un juicio dado por nuestro divino Reden­tor acerca de los maestros de Israel, o sea, acerca de los escribas y de los fariseos que le habían interrogado. Estos son los dos puntos que se tocan en la segunda parte del episodio evangé­lico que yo os voy a explicar.

Vamos a comenzar declarando con brevedad esos dos pun­tos, y luego, Dios mediante, sacaremos una doctrina general que de todo el episodio se deduce, y que es la que nos ha de servir a nosotros para entender la verdadera vida espiritual y para amarla y resolvemos a seguirla.

Como habéis visto por la lectura del evangelio y como os explicaba en la última lección sacra, los fariseos daban una importancia tan grande a ciertas purificaciones exteriores, que habían puesto en esa cuestión de las purificaciones toda su atención y todo su celo. Esta había traído como consecuencia el que las purificaciones se multiplicaran y el que estu­vieran rodeadas de una serie de ceremonias y de circunstan­cias que hada muy difícil la observancia de las mismas y creaba una obligación que casi no se podía cumplir para los que seguían su doctrina. Escandalizados de que los apóstoles no guardaban algunas de esas purificaciones, ya que habían visto a los discípulos del Señor comer sin lavarse antes las manos, según la fórmula ri­tual, interrogaron acerca de esto al Señor. La verdad, lo que se escondía debajo de esa pregunta, las verdaderas intenciones de aquellos hombres, el fondo de la discusión, era otra cosa. Aquella ceremonia exterior era un pretexto; debajo de ese pre­texto se ocultaba la realidad de las intenciones, de los propó­sitos y del mal ánimo con que aquellos hombres se acercaban a Jesús. Vamos a ver si logramos, valiéndonos al mismo evan­gelio, descubrir el fondo de esa discusión y el espíritu con que aquellos hombres la promovieron. Por lo pronto se des­cubre esto: aquellos hombres vivían exclusivamente preocupa­dos de lo exterior. Por las palabras que dijo Jesucristo nuestro Señor, y que luego repetiremos, se ve que, mientras procura­ban tan escrupulosamente que se guardaran esas purificaciones externas, no cuidaban para nada de la limpieza del corazón. Con la mayor facilidad devoraban los mayores pecados, se manchaban con los más horrendos crímenes.

Ya en la lección sacra precedente pudimos ver esto: se preocupaban de que se hubiera pronunciado, o no, la famosa palabra korban, pero no les importaba que, mediante esa pa­labra, un mal hijo dejara perecer de hambre a su padre, o un deudor burlara a la justicia y no pagara a su acreedor. De modo que en realidad estos hombres vivían para las cosas ex­teriores, no poniendo en esas cosas exteriores el espíritu, el deseo, el amor que debe ponerse en ellas cuando son para el servicio del Señor, sino prescindiendo de todo lo que las her­mosea y de todo lo que le satisface, y llegando a ser, según la frase del profeta Isaías, que nuestro Señor cita en este pa­saje evangélico, unos hombres que honran a Dios con los la­bios, pero tienen su corazón muy lejos de El.

De esta primera observación; brota una qué casi viene a decir lo mismo con otras palabras, pero que a nosotros nos puede dar nueva luz. Aquellos hombres tenían una idea falsa de la santidad. En la santidad suele haber dos cosas: algo escondido, secreto, y algo que sale al exterior, que se muestra a los ojos de todos. La santidad, fundamentalmente, consiste en el ejercicio heroico de las virtudes; pero unas veces esas virtudes heroicas están revestidas de tal manera en el exterior, que hieren la atención, atraen la mirada, roban el corazón de aquellos que las presencian; y otras veces, por la fuerza misma de las circunstancias, por la práctica de la humildad, por los designios de Dios, no llevan esas circunstancias exteriores, no tienen ese aspecto exterior. Por eso suele haber dos géneros de santidad: una santidad que es muy asequible para el vulgo de los hombres y otra santidad que no lo es tanto.

Hay ciertas manifestaciones externas de virtud que en se­guida se canonizan, y se canonizan por la muchedumbre; y hay, en cambio, otras manifestaciones de virtud que pasan inadver­tidas a los ojos de la muchedumbre. Cuando simplemente consiste la virtud o la santidad en el ejercicio de abras heroi­cas del servicio de Dios y no va acompañada de esas formas exteriores que tanto atraen la mirada del vulgo, y que les sirven a-él para canonizar al que practica aquellas obras, entonces el mundo la desconoce. En cambio, aunque no haya esas obras heroicas, como se guarde lo exterior de la santidad, ciertas ceremonias y ciertas manifestaciones exteriores de la piedad, eso solo basta para que el mundo canonice a quien lleva tal con­ducta y a quien lleva tal vida.

Generalmente, las muchedumbres se pagan de lo puramen­te exterior. Un santo extraordinariamente austero suele ser un santo que llega a todas las muchedumbres; la austeridad es una manifestación de la virtud que llega a todos los corazones. Mas un santo cuya austeridad no aparezca así, al exterior, y que tenga que vivir discutido, en medio de combates y de lu­chas, no podrá ser fácilmente un santo popular; ésta no es la santidad que llega a las muchedumbres.

Los fariseos tenían un concepto equivocado de la santidad en este sentido, en cuanto que procuraban que exteriormente se guardaran todas las formas de la santidad. Tenían determinado dónde habían de orar, qué postura habían de tener, con qué hábitos se habían de cubrir, qué ceremonias debían prac­ticar mientras oraban, todo cuanto se refería, por ejemplo, a lo exterior de la oración, y lo mismo al exterior de todas las obras buenas, y en esto ponían la idea de la santidad. Buscaban algo que les consiguiera crédito grande delante del pueblo, y como el pueblo lo que entiende es esa santidad exterior, con ella se contentaban. Pero la santidad verdadera, que consiste en la pureza de corazón, en el heroísmo de la virtud, en el olvido de sí mismo, en vivir buscando únicamente a Dios sin buscarse a sí mismo jamás, aunque haya que llegar a todas las renun­cias y haya que aceptar todos los sacrificios, ellos no la enten­dían. Esa santidad, a sus ojos, era algo que no alcanzaban; algo tan oscuro, que parece que ellos ni siquiera columbraban. De modo que esos hombres tenían un falso concepto de la santidad. Además, como no conocían la virtud verdadera, y, por el contrario, vivían para lo exterior, se escandalizaban de todo lo que era no atenerse a su código de ceremonias externas. EI escándalo de los fariseos en esta ocasión trae a la memoria aquella palabra del sermón de la Montaña, en que nuestro Se­ñor dice: Hipócrita, quita primero la viga de tu ojo, y luego podrás quitar la paja del ojo de tu hermano. No teniendo una idea verdadera de la virtud, siendo voluntariamente ciegos, por­que se buscaban a sí mismos y porque no querían otra cosa que conseguir la influencia y la preponderancia en el pueblo, veían todo lo que significaba un quebrantamiento de las ceremonias externas, de su santidad ficticia y se rasgaban las vestiduras y discutían acerca de esos quebrantamientos de la santidad exterior, pero no veían que tenían delante a la misma santidad.

Todos los ejemplos de Jesucristo, todas su virtudes divinas, todos sus heroísmos, su humildad, su condescendencia, su sa­crificio, su amor, todo eso pasaba inadvertido a los ojos de aquellos hombres. En cambio, veían la pequeñez de que los discípulos no se habían lavado las manos antes de tomar el alimento. Por otra parte, veían esas cosas en el prójimo, pero no veían en el propio corazón la podredumbre de que les acusa Jesucristo cuando les dice ahora en otros términos, y después con las mismas palabras, que no son más que sepulcros blanqueados, que exteriormente se cuidan de aparecer irreprochables, pero en el corazón admiten toda injusticia y toda maldad,

Ya que estamos en este asunto, permitidme que sigamos describiendo esta forma de falsa piedad y de falsa vida espiritual para que veáis hasta dónde llega la exteriorización de los hombres, aunque esas exteriorizaciones se encubran con la apariencia de vida devota.

En último término, llegamos a una dureza insensata del corazón: Esos hombres tan sensibles para todo lo que era quebrantar, según ellos decían, una ceremonia exterior prescita por los ancianos, y que nada tenía que ver con la ley santa de Dios nuestro Señor; tan sensibles para todo lo que, según ellos, podía escandalizar al pueblo, no tenían inconveniente en convertir las cosas sagradas de la religión en instrumento para practicar la dureza de corazón, la crueldad; hasta la crueldad y la dureza de corazón del hijo con el padre. El egoísmo se apodera de tal modo de los hombres que viven de esa falsa piedad! Entenderán mucho de ceremonias exteriores, pero la verdadera piedad, que consiste en sacrificarse por el prójimo, en vivir para el bien de sus hermanos, en colocarse siempre en el último lugar, cediendo las honras a los otros, está tan lejos de ellos, que más bien se van al extremo contrario, y se hacen insensibles a las lágrimas de su prójimo, y se hacen du­ros para compadecerse de sus miserias y de sus sufrimientos. Son jueces inexorables que por una mera apariencia, por un mero quebrantamiento exterior de ciertas ceremonias, conde­nan irremisiblemente al que ha tenido la desgracia de presen­tirse ante su tribunal. Hasta esa dureza de corazón se puede llegar y es natural que se llegue. El que en la vida espiritual no busca a Dios, no busca el bien de las almas, sino que se busca a sí mismo, cada vez se va encastillando más en su egoís­mo, cada vez se va cerrando más en el amor de sí mismo, cada vez se va aislando más de todo lo que es generosidad y amor desinteresado y de todo lo que es buscar simplemente a Dios; y caminando por esa senda de egoísmo, ¿adónde se ha de lle­gar si no es a la dureza de corazón y a la crueldad para con sus hermanos?

Este es el fondo negro, trágico, que se descubre a través de las palabras con que los fariseos atacan a Jesucristo, y a través también de las palabras amorosísimas con que Jesucris­to, nuestro divino Redentor, refuta a esos hombres malvados e hipócritas.

Responde el Señor, diciendo que no es lo exterior lo que contamina; lo que contamina no es lo que viene de fuera, sino lo que sale del corazón.

No interpretéis estas palabras del evangelio como si aquí nuestro divino Maestro hubiera querido darnos una lección minuciosa de casuística, determinando el juicio que en cada caso se ha de hacer acerca de las cosas exteriores, o como si Él hubiera querido resolver con una sola palabra todas las cuestiones que se refieren a lo exterior de la virtud, a lo exterior de la piedad. No es así; el Señor ahora no intenta otra cosa que refutar a sus adversarios y para refutarlos se vale de pen­samientos generales que necesitan aclaración, que deben enten­derse según la intención de quien los dice, y, si no se entien­den según las intenciones de quien los dice y no se aclaran, podrían dar ocasión a graves errores.

El Señor dice así materialmente: que no es lo que se come sin haberse lavado antes las manos, según las prescripciones fariseas, lo que contamina al hombre, o, empleando una pala­bra que hay en el evangelio de San Marcos, lo que hace común al hombre. En la Sagrada Escritura se distingue lo que es sagrado y lo que pertenece al uso común, y se emplea un término, para hablar de lo que no es sagrado, al que nos­otros no estamos acostumbrados. Una cosa que no está de­dicada al culto de Dios se llama común, ordinaria, corriente, y, cuando uno emplea mal las ceremonias, las costumbres que se refieren al culto del Señor, y de alguna manera se contamina, se dice de él que ha venido a reducirse a un esta­do común. De modo que no es lo que se come sin haberse lavado antes las manos, Según el rito de los fariseos, lo que contamina al hombre; no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale del corazón es lo que le contamina.

Para señalar que lo que entra en la boca, el alimento quo se toma, no es lo que contamina a los hombres, se vale el Señor de unas palabras enérgicas y despectivas, describiendo así, en rasgos muy generales, todo el fenómeno de la digestión.

Con eso no intenta el Señor decir que no haya cuidado para los alimentos, porque eso equivaldría a decir que habría que borrar del número de las virtudes cristianas la templan­za, que no habría que contar en el número de los vicios la gula y que habría que condenar lo mismo que el Señor practicó cuando ayunaba en el desierto. Además, en ese caso significaría la palabra de Jesucristo que El condenaba la ley

Moisés, donde se había establecido la distinción entre alimentos puros y alimentos impuros, cosa ajena a su pensamiento. Lo que quiere decir el Señor sencillamente es esto que no es ahí donde hay que poner la intención, no es allí donde hay que atender; ver la materialidad de las cosas que se comen o ver si están materialmente limpias o no están limpias las manos con que se comen, porque de ahí no viene la mancha del hombre, no se contamina al hombre. Materialmente consideradas, esas cosas no contaminan el alma, que es donde está la verdadera contaminación de que aquí habla nuestro Maestro divino; si contaminan, no es por sí mismas, sino en virtud de ese mandamiento de Dios que prohíbe o manda; y, cuando se quebranta ese mandamiento, entonces se contamina el hombre, no por la materialidad de las cosas, sino por haber quebrantado esa ley; y ese quebrantamiento de la ley no nace de las cosas mismas, sino que nace de la rebeldía del corazón. De modo que aun en ese caso hay que buscar interiormente lo que al hombre contamina, y no creer que, porque se ha reglamentado todo de una manera mate­rial y exacta, ya se ha evitado toda contaminación. Además, aun guardando todas esas ceremonias exteriores, en el acto mismo con que se guardan puede el hombre contaminarse, porque puede poner allí la soberbia de su espíritu, puede po­ner allí su egoísmo, puede poner allí sus pasiones; y en ese caso, aunque exteriormente no aparezca contaminado, inte­riormente lo está, y lo está con la única contaminación que hay que atender, que es la contaminación del alma.

En este sentido deben entenderse las palabras del Señor; pero, más que nada, teniendo en cuenta que la idea dominan­te es la siguiente: hasta hoy se cuida demasiado de lo exte­rior, y no es eso lo que importa; lo que importa es la vida interior, el fondo del corazón; porque mirad—sigue explican­do el Señor—, del corazón sale todo lo malo. El corazón nues­tro es como el centro del alma; de él sale todo lo malo: sa­len las maledicencias, salen los falsos testimonios, salen las fornicaciones, salen los adulterios, salen los homicidios, sale cuanto de malo puede practicar el hombre. Todo eso tiene maldad, en cuanto que brota de la voluntad humana, en cuan­to que brota del corazón humano, y la fuente de la contami­nación está dentro de nosotros, no fuera de nosotros, y ahí es a donde hay que mirar. ¡No pasarse la vida contemplando las cosas exteriores, como se la pasan los fariseos, sino es­cudriñando el secreto del corazón! Si nuestro corazón es puro, si nosotros nos purificamos, todo ahí será pureza de corazón; pero si nuestro corazón no es puro, aun guardando los mismos ritos religiosos, todo lo contaminaremos de impurifi­cación con las impurezas que llevamos dentro del alma.

Parece que, al oír estas palabras de Jesucristo nuestro Se­ñor se está sintiendo la indignación divina de su corazón. Claro está que esas palabras debieron de quitarle muchas volun­tades de aquella gente, que no entendía más santidad que la santidad exterior, que era incapaz de ver en Jesucristo el he­roísmo divino de su amor, su humildad profundísima, su amor a la pobreza, sus trabajos incesantes, su espíritu de sa­crificio. Toda esa gente que se pagaba de lo exterior, los fariseos, desde aquel mismo instante debieron de huir del Señor, porque no era santo de la misma santidad, y, en cam­bio, debieron de sumarse a los hombres que con hipocre­sía eran sencillamente lobos con piel de ovejas. Y la indig­nación de Jesucristo al ver descarriado a su pueblo así, y enseñado en las falsas doctrinas, y apartado de la verdade­ra vida espiritual por unas cuantas tradiciones humanas y por unas cuantas enseñanzas humanas, debió de ser infini­ta, y se siente esa indignación en la manera enérgica con que responde a los que han querido hacerle ver que la verdadera piedad estaba en ceremonias exteriores.
(ALFONSO TORRES, SJ, Lecciones Sacras, Lección III, BAC, Madrid, 1968. pp. 314-322)



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Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - El fariseísmo

Acabamos de contemplar al Señor en un estallido de indignación. Cuantas veces se topó con alguien imbuido de espíritu farisaico, la ira de Jesús se encendió. Y no era para menos.

1. La figura del fariseo

¿Quiénes eran los fariseos? La palabra "fariseo" significa "separado". No sabemos quién les haya dado este nombre, ni en que fecha se comenzó a usarlo. Lo que sí sabemos es que dicho grupo estaba integrado por judíos amantes de las tradiciones más puras de Israel. Y entre ellos había muchos, sin duda, verdaderamente piadosos, buenos israelitas, como Nicodemo, Gamaliel, y otros cuyos nombres desconocemos. Eran defensores acérrimos del descanso del sábado, el pago de los diezmos y la limpieza ritual. Todas cosas santas y buenas, pero que llevadas al extremo fueron la base de esa cosa tan horrible que se llamó el "fariseísmo".

Varios son los errores y pecados de la llamada "justicia farisaica".

Ante todo la presunción. Los fariseos se consideraban a sí mismos como hombres religiosos y perfectos, despectivos de los demás. Recordemos a aquel de la parábola que oraba con tanta suficiencia: "Te doy gracias porque no soy como los demás hombres"; a esos que se escandalizaban al ver que Jesús recibía a los pecadores y comía con ellos; o a aquellos otros que maldijeron tan crudamente al ciego de nacimiento al que Jesús había curado: "Eres todo pecado desde que naciste —le dijeron—, ¿y pretendes enseñarnos?".

Caracterizábanse asimismo por su tendencia a la ostentación. Gustaban orar públicamente en las esquinas de las calles, y cuando acudían al templo ocupaban el primer lugar. "El fariseísmo es el gusano de la religión —dice el P. Castellani—; y parece ser un gusano ineludible, pues no hay en este mundo fruta que no tenga gusano. Es la soberbia religiosa: es la corrupción más grande de la verdad más grande: la verdad de que los valores religiosos son los más grandes. Eso es verdad; pero en el momento en que nos adjudicamos lo que es de Dios, deja de ser de nadie, si es que no deviene propiedad del diablo. El gesto religioso, cuando toma conciencia de sí mismo, se vuelve mueca". Ostentación, pues, en lo religioso, pero también en otras franjas de la vida. Los fariseos hacían sus obras para ser vistos de los hombres, y por eso ensanchaban sus filacterias, alargaban los flecos de sus mantos, y gustaban que todos los llamasen rabí, es decir, maestro.

Asimismo atribuían desmesurada importancia a las purificaciones previstas por la ley. Las interpretaban minuciosamente hasta el ridículo, creyendo suplir así la santidad interior. No consentían dejarse tocar por los impuros, y si por necesidad ello sucedía, enseguida se apresuraban a lavarse. Podemos decir que se pasaban el día purificándose a sí mismos, a sus vasijas, a sus camas, a sus vasos, a sus bandejas. Rechazaban cualquier contacto con un pecador, para que no manchara su pureza, que la tenían en el cuerpo y no en el corazón. De ello los increparía Jesús en una ocasión: "¡Así sois vosotros, los fariseos! Purificáis el exterior de la copa y del plato, y en el interior estáis llenos de voracidad e impureza". Precisamente en el evangelio de hoy, los fariseos acusan a los discípulos de Jesús de no obrar como ellos.

Eran también muy proclives a los ayunos y penitencias. Daban exagerada importancia al ayuno y, sobre todo, hacían ostentación de él: cuando ayunaban se mostraban compungidos y demudaban su rostro para que todos se diesen cuenta de lo que estaban haciendo.

Finalmente insistían mucho en los preceptos menores de la ley con olvido a veces de los más importantes. Es cierto que en el Antiguo Testamento, el Señor había impuesto a su pueblo elegido diversas leyes y disposiciones, como nos lo recuerda la primera lectura de hoy, gracias a las cuales mantenían su fidelidad a la alianza. Pero los fariseos se habían quedado con los detalles y las exterioridades de dicha legislación. "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!" les diría Jesús. ¿Por qué? Porque reducís toda vuestra piedad a ciertas ceremonias y minucias, como pagar el diezmo hasta por la menta y el comino. Lo que os manda la ley es que seáis equitativos en vuestros juicios, fieles y caritativos con el prójimo, y vosotros, "guías ciegos, filtráis un mosquito y os tragáis un camello". ¿Se trata del sábado? Lo guardarán hasta la superstición y, sin embargo, sería un sábado cuando se reunirían para perder a Cristo. ¿Pisar el pretorio de Pilatos? Jamás, era un gentil, y ellos no podían contaminarse, entrando en su palacio. Pero exigirían del procurador romano que condenase al Justo. Temían que la casa de Pilatos los manchara y no temían mancharse con la sangre del más negro de los sacrilegios condenando al Inocente y al Santo.

De esta manera, como bien ha escrito el mismo P. Castellani, el espíritu farisaico, que empieza por reducir la religión a lo que es exterior y ostentatorio, la convierte en rutina, en negocio, en medio de influjo, en aversión a lo auténticamente religioso, en persecución a los que son religiosos de veras y, finalmente, en sacrilegio, homicidio y deicidio. Así el fariseísmo abarca un amplio abanico de actitudes, que va desde la simple exterioridad hasta la crueldad del asesinato, pasando por todos los grados del fanatismo y de la hipocresía.

Por eso no es de extrañar que entre Jesús, que era la sinceridad misma, y los fariseos, que eran la hipocresía personificada, el choque fuese ineluctable, lo que conferiría a la vida del Señor un carácter verdaderamente dramático. La animadversión de los fariseos fue, en último término, lo que llevó a Jesús al patíbulo de la Cruz.


2. Nuestras complicidades con el fariseísmo

Cuidémonos mucho, amados hermanos, de no incubar en nuestro interior, algo de aquel espíritu farisaico. Cuidado con creernos especiales: Yo no soy como los demás hombres, que son ladrones, adúlteros, corruptos. Quizá nos ufanamos de no ser semejantes a los demás, y a lo mejor no nos equivocamos, porque somos peores que los demás, ya que a los vicios comunes que disimulamos, y que a ellos nos asemejan, añadimos el de ser soberbios. Aquel fariseo de la parábola que dijo: Yo no soy como los demás hombres, en realidad era como los demás, pues no tenemos razón alguna para suponer que fuera distinto de aquellos contra los cuales Cristo lanzó sus anatemas. Pero en cierto modo era peor, puesto que añadía su presunción y orgullo, tratando a todos de ladrones y de adúlteros. Él era ladrón, porque robaba a Dios su gloria, atribuyéndose a sí mismo lo que no era suyo; él era adúltero, porque siendo un pecador oculto escamoteaba el amor que Dios le solicitaba como esposo de su alma.

A decir verdad, hemos de reconocer que somos proclives a esta tentación. Tenemos defectos que no conocemos, puesto que nuestro orgullo nos obnubila en tal forma, que nos hace muy agudos para ver la paja en el ojo ajeno, pero muy miopes para advertir la viga en el propio. Y nos mostramos reacios a aceptar el consejo o la corrección ajenos, porque entonces el conocimiento que alcanzaríamos de nosotros nos mostraría una imagen desagradable, que nos haría perder la buena opinión que de nosotros nos hemos hecho.

Quizás no tengamos vicios gruesos, pero ¡cuántos defectos del corazón, de la inteligencia, de la voluntad! Defectos escondidos en el trasfondo de la conciencia, o porque se disfrazan con una apariencia menos odiosa, o porque pasan inadvertidos, y así no menguan en nada la hermosa opinión que tenemos de nosotros mismos. Por lo demás, no seamos demasiado rápidos en juzgar con excesiva severidad a los que en verdad son ladrones y adúlteros; quizás nosotros, en las condiciones ambientales en que ellos vivieron, no hubiéramos sido muy distintos. Que la gracia de Dios que nos ha librado de tales cosas sea más bien motivo de humildad que de necio orgullo. Cristo no nos ha pedido que nos comparásemos con los demás. Cada uno es lo que es. Comparémonos más bien con Dios. Esa es nuestra medida: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto", nos dijo Jesús. Con tal término de comparación ¿quién podrá ser fariseo?

Más aún, pensemos si nuestra cuota de fariseísmo no hace realmente mal a los demás. Porque el cristianismo falso, farisaicamente justo, causa en la Iglesia un daño incalculable, pues da pie al cargo que comúnmente se nos hace de que los católicos no conformamos nuestra vida con nuestra fe. No sea que nuestras actitudes, nuestra profesión de católicos militantes constituyan, en franco contraste con nuestros defectos, algo que dé ocasión a las acusaciones de los enemigos de Cristo y de la Iglesia.

Hagamos, pues, hoy, un examen de conciencia sobre la autenticidad de nuestra vida cristiana, analizando si lo que aparece exteriormente corresponde a nuestra realidad interior. Las dos cosas son necesarias: la rectitud exterior y la justicia interior. Pero la rectitud exterior debe ser el fiel reflejo de nuestra vida interior. Por lo menos no renunciemos jamás a la obligación que tenemos de progresar en la identificación interior con Cristo. Y que esto se manifieste. Porque también una santidad puramente interior que no se manifestase sería una nueva forma de fariseísmo o hipocresía: "Que vuestra luz luzca ante los hombres", nos ha dicho el Señor. Claro que no debe ser una luz puramente exterior, un fuego artificial.

Vamos a seguir el Santo Sacrificio, renovación del sacrificio del Calvario. En la cruz Jesús se expuso, casi desnudo, a la vista del pueblo. No tenía nada que ocultar. Hoy se nos dará una vez más en alimento. Pidámosle entonces, cuando entre en nuestra alma, que purifique nuestro interior, para que seamos cada vez más coherentes en nuestra vida cristiana.
(SAENZ, ALFREDO, Palabra y vida. Ediciones Gladius 1993, pp. 237-243)





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Aplicación: R.P. Leonardo Castellani - Cristo y los fariseos

El mayor mal que corroe y amenaza a la religión católica hoy día es la "exterioridad" —el mismo mal al que sucumbió la Sinagoga.

El punto de disensión entre el Catolicismo y el Pro­testantismo en su nacimiento fue la "exterioridad". Los protestantes protestaron contra una Iglesia que se vol­vía un imperialismo, contra una fe que se volvía cere­monias y obras de filantropía, contra una religión que se volvía exterioridad: y apelaron a la religión interior.

La rebelión protestante marca históricamente el mo­mento en que la exterioridad religiosa rompió el equi­librio y amenazó seriamente a la interioridad. El reme­dio contra eso no era la rebelión y la desobediencia por cierto; y así el Protestantismo no remedió el mal sino que lo agravó. El Protestantismo es la rebelión contra una imperfección que en vez de volverse perfección deviene permanentemente rebelión —como su nombre actual lo dejó fijo. Vivir "protestando" no es un ideal religioso. Se protesta una vez contra un abuso; y después se comienza a vivir contra el abuso o fuera del abuso. El que vive protestando quiere que los otros quiten el abuso; no quiere o no puede quitarlo él.

Mas siempre es posible quitar un abuso de sí mismo; y es la mejor manera de protestar contra él. Lutero protestó contra el abuso de las indulgencias y después abusó él de la indulgencia.

Pero el Protestantismo se llevó consigo una gran ver­dad cautiva. No era un puro error. ¿Cómo iba a permitir Dios que la mitad mejor de la Cristiandad cayera en un puro extravío —y eso por culpa de un monarca sifilítico y un monje burdo y bestial— como pintan a Henry Tudor y a Luther las "Historias de la Contrarreforma"? Poco honor hacen a Dios los que conciben esa enormidad.

Si media Europa acabó por seguir y acoger la rebe­lión religiosa es porque- toda Europa estaba sumida en la mayor crisis religiosa de la historia del mundo —en la penúltima: El fariseísmo estaba por ahogar la religión. La exterioridad devoraba la fe.

Sin escarbar mucho: se puede mostrar esto de una manera sencilla. ¿Cuál fue el punto inicial del incen­dio? Las indulgencias. ¿Fue eso un mero pretexto, una casualidad, una cosa insignificante? No puede ser.

Las "indulgencias" son una serie de traducciones al exterior de dogmas de fe que son verdaderos si se sustentan en la vida interior; pero cuyas traducciones al exterior los pueden traicionar hasta convertirlos en la siguiente monstruosidad: "Dáca oro y te doy gracia."

Eso es el colmo de la exterioridad religiosa.

El anónimo Lazarillo de Tormes puso en ridículo al "bulero" y con él a las bulas y con él a la religión vuelta exterioridad, al rito-comercio. Y el vulgo español in­ventó este cuentecillo:

A la puerta de una Iglesia un sacristán del Quinien­tos pedía limosna para la Ánimas a duro por indulgen­cia plenaria; con un gran retablo de cuerpos seminudos sumergidos en fuego y un letrero que decía: "Duro que cae, alma que sale."

Un aldeano dejó caer un duro en la bandeja "por el alma de mi padre" y preguntó después:

—¿Ya salió? —y el sacristán se contentó con señalarle el letrero.

Entonces el cazurro recogió su duro diciendo: —Pues si ya salió, que no sea tonto de volver a entrar.

Recuerdo que un catalancillo rojo de Manresa me de­cía en 1947, en ocasión que en todas las Iglesias se pre­dicaba y ofrecía "la Bula de la Santa Cruzada": —"Vosté me va a hacer creer a mí, que un hombre tiene poder, para hacer que sea pecado mortal— que yo pierda mi destino eterno, —el fin para que Dios me creó— una cosa de comer, la carne guisada; y que después, si yo le doy a ese hombre cinco pesetas, ese hombre puede hacer que ya no sea perdición eterna la carne guisada. Un hombre se levanta y dice: Desde hoy el que come carne en viernes hace un mal horro­roso, punible con el infierno; pero si me da un duro, el comer en viernes deja de ser un mal horroroso y se vuelve tan inofensivo como era antes..."

Las indulgencias tienen una justificación teológica un poco complicada pero innegablemente lógica; pero para que esos silogismos sean verdadera religión y no arma­zón ridículo de exterioridad, es menester haya mucha fe en súbditos y pastores y mucha humildad y temor de Dios en el manejo del rito: cosas que en el 500 escaseaban. En otras palabras, los antiguos perdones de la primitiva Iglesia, basados en un sentido profundo del pecado, de la misericordia y de los méritos de los mártires, se habían desecado por dentro y convertido en una práctica de más en más exterior; hasta que el diablo del comercio se metió en la cáscara vacía.

Es falso que la "querella de las indulgencias" haya sido una casualidad, una máscara del orgullo de un fraile, de unos príncipes mal bautizados o de una na­ción entera mal evangelizada; ese material seco no se hubiese inflamado sin la llama de la indignación de muchísimas almas religiosas contra la exterioridad reli­giosa.

Otro índice de lo dicho son las famosas "Reglas para sentir con la Iglesia" que están en los "Ejercicios Espiri­tuales" de San Ignacio de Loyola. Esas "reglas" están dirigidas contra el espíritu del tiempo, contra el Protes­tantismo, y todas ellas se dirigen a defender la exterio­ridad religiosa, loablemente por cierto, puesto que lo exterior es también necesario no siendo el hombre espí­ritu puro. Loablemente para aquel tiempo por lo me­nos.

San Ignacio fue el campeón de la Contrarreforma. Su alma de místico, después de su conversión en Manresa, se posesionó en París de la máxima entonces necesidad de la Iglesia y comenzó allí la fundación de su Compa­ñía: Allí escribió esas "reglas" que apendizó a su librito: "Alabar candelas encendidas —alabar ceremo­nias y ritos, largas oraciones en las iglesias, vida con­ventual, los doctores escolásticos— la obediencia de fe a la Iglesia Jerárquica, de modo que si yo veo blanco decir negro cuando la Iglesia Jerárquica dice negro" —exclama el vasco con una fórmula enteramente vasca, no exenta de peligro. En suma, hacer y decir lo "oppósitum per diámetrum" (como dice él) de lo que hacían los "reformadores": fórmula muy buena en tác­tica pero también peligrosa en teología —por demasiado simple. Si Cristo hubiese hecho todo lo contrario de lo que el diablo le sugirió en sus tres tentaciones, el diablo hubiera quedado contento.

"Alabar imágenes, ceremonias y candelas encendidas en las Iglesias, largas oraciones vocales, vigilias y ayunos, filosofía escolástica, colectas, congresos, acción católica, enseñanza re­ligiosa, etc." fue una buena orden del día para aquellos días, sobre todo en España, pues al español le gusta la "contra". Un español le dijo un día a otro: "¡Hola, Manolo, al fin te veo, qué cambiado estás, hombre, pare­ces otro, la verdad es que ya no pareces Manolo! —"Disculpe señor yo no soy Manolo... —¿Qué no eres Manolo? ¡Pues más a mi favor!" —dijo el otro.

Habría que ver si "alabar candelas" es una buena "orden del día" para nuestros días. Poner una candela encendida en un altar o seis imágenes de yeso (el Con­cilio Bonaerense de 1953 prohibió poner más de 7 imá­genes en un solo altar) es un mínimum de religiosidad: es un acto exterior que sustituye e invita a algo interior que es la oración —y que desde luego, si no invita mas sólo sustituye, vale más que no se haga. Pero ese mínimum de religiosidad no es tanto de alabar (se alaban sólo las cosas máximas) cuanto de tolerar o permitir a lo más. Ninguna alabanza de las candelas hay en el Evangelio y es de creer que Jesucristo en su vida no encendió una sola; oraba a la luz de las estre­llas y reprendió a los que oraban muy vistosamente: de hecho mandó nos escondiéramos para orar. De manera que "alabar candelas encendidas" puede ser una buena españolada; pero el que no las alaba, no peca.

Pero en fin, dejando este asunto de candelero, lo que notábamos era solamente que el campeón de la Contrarreforma puso el punto de la lucha religiosa de su tiempo en donde mismo lo puso el campeón de la Pseudorreforma, en el rechazo o acepto total de la exterioridad.

A mayor abundamiento se puede leer toda la vida del tempestuoso monje sajón y se verá que antes de su conversión o reversión estuvo sumergido en la exterio­ridad religiosa hasta que pendularmente se volvió con violencia hacia la interioridad, desde el rayo que mató a su compañero y lo hizo meterse fraile hasta las indul­gencias que lo desfrailaron. En su tiempo anduvo de Provisor o Subprior de siete conventos de su Orden a la vez sobrecargado de negocios temporales con aparien­cias de sacros hasta no tener tiempo de rezar el brevia­rio —del cual fue dispensado, puesto que al fin y al cabo "se condenaba por el bien de la Comunidad", como el risueño monje alambista de Alfonso Daudet. Él mismo lo notó en su peculiar estilo: "Si la frailería pudiese salvar al fraile, ninguno ha practicado más frailería que yo; y no me salvó nada." Cuando arrojó por la borda toda la "frailería" y dijo "la fe sola, la fe salva y no las obras (exteriores), la fe interna revestida de los méritos de Cristo como una hopalanda", no se dio cuenta que arrojaba la corteza y el esqueleto de lo religioso y hasta la carne, desencarnando la fe y arro­jándola despellejada y molusca a las tormentas de la imaginación o a la armadura férrea del fariseísmo.

Y no se dio cuenta de eso porque era ocamista —o como diríamos hoy, cartesiano. No entendía la distin­ción sutil de materia y forma, el hilemorfismo. Pensó que podían existir en lo humano formas puras. Y en ninguna parte, ni en lo religioso, pueden existir formas sin materia.
(CASTELLANI, L., Cristo y los Fariseos, Ediciones Jauja, Mendoza (Argentina), pp. 19-24)




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Ejemplos Predicables

La tela de araña
Santa María Goretti
Santa María Goretti, un ejemplo para adolescentes y  jóvenes (Juan Pablo II

 

 

 


La tela de araña

Un señor mandó a su criado que le limpiara el despacho. Así lo hizo, pero se dejó una tela de araña en un rincón. La vio el señor y le reprendió. Al día siguiente estaba otra vez la tela de araña, y se encontró el muchacho con otra reprensión. Volvió el criado a quitarla y volvió a aparecer la tela. Al reprenderle de nuevo el señor, el criado le dijo:
- "¡Pero si la he limpiado ya tres veces!"
Y el señor le contestó:
- "Lo que tienes que hacer no es quitar la tela, sino matar la araña".
Así pasa, mis hermanos, con tantos pecadores que no se enmiendan de sus culpas. Quitan una y otra vez en sus confesiones la tela, pero no matan la araña. Y claro, la tela vuelve a aparecer. Se arrepienten de sus culpas, limpian la tela con la absolución. Pero ¿qué importa? La tela vuelve a aparecer ¿Por qué? Porque no quitan la ocasión. La ocasión, como la araña, vuelve a tejer su tela de pecados. No le demos vuelta. ¿Queremos conservarnos puros?, quitemos la ocasión: ¡matemos la araña!
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 311)


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Santa María Goretti



Santa María Goretti (1890-1902)

María había visto la luz el 16 de octubre de 1890, en Corinaldo, provincia de Ancona, Italia, en el seno de una familia pobre de bienes terrenales pero rica en fe y virtudes: oración en común y rosario todos los días, y los domingos Misa y sagrada Comunión. María es la tercera de los siete hijos de Luigi Goretti y Assunta Carlini. Al día siguiente de su nacimiento es bautizada y consagrada a la Virgen. Recibirá el sacramento de la Confirmación a la edad de seis años.

Después del nacimiento de su cuarto hijo, Luigi Goretti, demasiado pobre para poder subsistir en su región de origen, emigra con su familia a las grandes llanuras de los campos romanos, todavía insalubres en aquella época. Se estableció en Ferriere di Conca, al servicio del conde Mazzoleni, donde María no tarda en revelar una inteligencia y una madurez precoces. No hay en ella ni un solo atisbo de capricho, ni de desobediencia, ni de mentira. Es realmente el ángel de la familia.

Tras un año de trabajo agotador, Luigi contrae una enfermedad que acaba con él en diez días. Para Assunta y sus hijos empieza un largo calvario. María llora a menudo la muerte de su padre, y aprovecha cualquier ocasión para arrodillarse delante de la verja del cementerio. Quizás su papá se encuentre en el purgatorio, y como ella no dispone de medios para encargar misas por el reposo de su alma, se esfuerza en compensarlo con sus plegarias. Pero no hay que pensar que la muchacha practica la bondad sin esfuerzo, ya que sus sorprendentes progresos son el fruto de la oración. Su madre contará que el rosario le resultaba necesario y, de hecho, lo llevaba siempre enrollado alrededor de la muñeca. De la contemplación del crucifijo, María se nutre de un intenso amor a Dios y de un profundo horror por el pecado.

"QUIERO A JESÚS"

María suspira por el día en que recibirá la Sagrada Eucaristía. Según era costumbre en la época, debía esperar hasta los once años, pero un día le pregunta a su madre: -Mamá, ¿cuándo tomaré la Comunión?. Quiero a Jesús. -¿Cómo vas a tomarla, si no te sabes el catecismo? Además, no sabes leer, no tenemos dinero para comprarte el vestido, los zapatos y el velo, y no tenemos ni un momento libre. -¡Pues nunca podré tomar la Comunión, mamá! ¡Y yo no puedo estar sin Jesús! -Y, ¿qué quieres que haga? No puedo dejar que vayas a comulgar como una pequeña ignorante.

Finalmente, María encuentra un medio de prepararse con la ayuda de una persona del lugar, y todo el pueblo acude en su ayuda para proporcionarle ropa de comunión. Recibe la Eucaristía el 29 de mayo de 1902.

La recepción del Pan de los ángeles aumenta en María el amor por la pureza y la anima a tomar la resolución de conservar esa angélica virtud a toda costa. Un día, tras haber oído un intercambio de frases deshonestas entre un muchacho y una de sus compañeras, le dice con indignación a su madre: -Mamá, ¡qué mal habla esa niña! -Procura no tomar parte nunca en esas conversaciones. -No quiero ni pensarlo, mamá; antes que hacerlo, preferiría...Y la palabra morir queda entre sus labios. Un mes más tarde, la voz de su sangre terminará la frase.

Al entrar al servicio del conde Mazzoleni, Luigi Goretti se había asociado con Giovanni Serenelli y su hijo Alessandro. Las dos familias viven en apartamentos separados, pero la cocina es común. Luigi se arrepintió enseguida de aquella unión con Giovanni Serenelli, persona muy diferente de los suyos, bebedor y carente de discreción en sus palabras. Después de la muerte de Luigi, Assunta y sus hijos habían caído bajo el yugo despótico de los Serenelli, María, que ha comprendido la situación, se esfuerza por apoyar a su madre: -Ánimo, mamá, no tengas miedo, que ya nos hacemos mayores. Basta con que el Señor nos conceda salud. La Providencia nos ayudará. ¡Lucharemos y seguiremos luchando!

Desde la muerte de su marido, Assunta siempre está en el campo y ni siquiera tiene tiempo de ocuparse de la casa, ni de la instrucción religiosa de los más pequeños. María se encarga de todo, en la medida de lo posible. Durante las comidas, no se sienta a la mesa hasta que no ha servido a todos, y para ella sirve las sobras. Su obsequiosidad se extiende igualmente a los Serenelli. Por su parte, Giovanni, cuya esposa había fallecido en el hospital psiquiátrico de Ancona, no se preocupa para nada de su hijo Alessandro, joven robusto de diecinueve años, grosero y vicioso, al que le gusta empapelar su habitación con imágenes obscenas y leer libros indecentes. En su lecho de muerte, Luigi Goretti había presentido el peligro que la compañía de los Serenelli representaba para sus hijos, y había repetido sin cesar a su esposa: -Assunta, ¡regresa a Corinaldo! Por desgracia Assunta está endeudada y comprometida por un contrato de arrendamiento.

UNA AZUCENA INMACULADA

Al estar en contacto con los Goretti, algunos sentimientos religiosos han hecho mella en Alessandro. A veces se agrega al rezo del rosario que realizan en familia, y los días de fiesta oye Misa. Incluso se confiesa de vez en cuando. Pero todo ello no impide que haga proposiciones deshonestas a la inocente María, que en un principio no comprende. Más tarde, al adivinar las intenciones perversas del muchacho, la joven está sobre aviso y rechaza la adulación y las amenazas. Suplica a su madre que no la deje sola en casa, pero no se atreve a explicarle claramente las causas de su pánico, pues Alessandro la ha amenazado: -Si le cuentas algo a tu madre, te mato. Su único recurso es la oración. La víspera de su muerte, María pide de nuevo llorando a su madre que no la deje sola, pero, al no recibir más explicaciones, ésta lo considera un capricho y no concede ninguna importancia a aquella reiterada súplica.

El 5 de julio, a unos cuarenta metros de la casa, están trillando las habas en la era. Alessandro lleva un carro arrastrado por bueyes. Lo hace girar una y otra vez sobre las habas extendidas en el suelo. Hacia las tres de la tarde, en el momento en que María se encuentra sola en casa, Alessandro dice:

-Assunta, ¿quiere hacer el favor de llevar un momento los bueyes por mí? Sin sospechar nada, la mujer lo hace. María, sentada en el umbral de la cocina, remienda una camisa que Alessandro le ha entregado después de comer, mientras vigila a su hermanita Teresina, que duerme a su lado.

-¡María!, grita Alessandro. -¿Qué quieres? -Quiero que me sigas. -¿Para qué? -¡sígueme! -Si no me dices lo que quieres, no te sigo. Ante semejante resistencia, el muchacho la agarra violentamente del brazo y la arrastra hasta la cocina, atrancando la puerta. La niña grita, pero el ruido no llega hasta el exterior. Al no conseguir que la víctima se someta, Alessandro la amordaza y esgrime un puñal. María se pone a temblar pero no sucumbe. Furioso, el joven intenta con violencia arrancarle la ropa, pero María se deshace de la mordaza y grita: -No hagas eso, que es pecado... Irás al infierno. Poco cuidadoso del juicio de Dios, el desgraciado levanta el arma: -Si no te dejas, te mato. Ante aquella resistencia, la atraviesa a cuchilladas. La niña se pone a gritar: -¡Dios mío! ¡Mamá!, y cae al suelo. Creyéndola muerta, el asesino tira el cuchillo y abre la puerta para huir, pero, al oírla gemir de nuevo, vuelve sobre sus pasos, recoge el arma y la traspasa otra vez de parte a parte; después, sube a encerrarse a su habitación.

María ha recibido catorce heridas graves y se ha desvanecido. Al recobrar el conocimiento, llama al señor Serenelli: -¡Giovanni! Alessandro me ha matado... Venga. Casi al mismo tiempo, despertada por el ruido, Teresina lanza un grito estridente, que su madre oye. Asustada, le dice a su hijo Mariano: -Corre a buscar a María; dile que Teresina la llama. En aquel momento, Giovanni Serenelli sube las escaleras y, al ver el horrible espectáculo que se presenta ante sus ojos, exclama: -¡Assunta, y tú también, Mario, venid!. Mario Cimarelli, un jornalero de la granja, trepa por la escalera a toda prisa. La madre llega también: -¡Mamá!, gime María. -¡Es Alessandro, que quería hacerme daño! Llaman al médico ya los guardias, que llegan a tiempo para impedir que los vecinos, muy excitados, den muerte a Alessandro en el acto.

¡NI UNA GOTA DE AGUA!

Después de un largo y penoso viaje en ambulancia, hacia las ocho de la tarde, llegan al hospital. Los médicos se sorprenden de que la niña todavía no haya sucumbido a sus heridas, pues ha sido alcanzado el pericardio, el corazón, el pulmón izquierdo, el diafragma y el intestino. Al comprobar que no tiene cura, mandan llamar al capellán. María se confiesa con toda lucidez. Después, los médicos le prodigan sus cuidados durante dos horas, sin dormirla. María no se lamenta, y no deja de rezar y de ofrecer sus sufrimientos a la santísima Virgen, Madre de los Dolores. Su madre consigue que le permitan permanecer a la cabecera de la cama. María aún tiene fuerzas para consolarla: -Mamá, querida mamá, ahora estoy bien... ¿Cómo están mis hermanos y hermanas?

A María la devora la sed: -Mamá, dame una gota de agua. -Mi pobre María, el médico no quiere, porque sería peor para ti. Extrañada, María sigue diciendo: -¿Cómo es posible que no pueda beber ni una gota de agua? Luego, dirige la mirada sobre Jesús crucificado, que también había dicho ¡Tengo sed!, y se resigna. El capellán del hospital la asiste paternalmente y, en el momento de darle la sagrada Comunión, la interroga: -María, ¿perdonas de todo corazón a tu asesino? Ella, reprimiendo una instintiva repulsión, le responde: -Sí, lo perdono por el amor de Jesús, y quiero que él también venga conmigo al paraíso. Quiero que esté a mi lado... Que Dios lo perdone, porque yo ya lo he perdonado. En medio de esos sentimientos, los mismos que tuvo Jesucristo en el Calvario, María recibe la Eucaristía y la Extremaunción, serena, tranquila, humilde en el heroísmo de su victoria. El final se acerca. Se le oye decir: -Papá. Finalmente, después de una postrera llamada a María, entra en la gloria inmensa del paraíso. Es el día 6 de julio de 1902, a las tres de la tarde. No había cumplido los doce años.

ESTÁ PERDIENDO EL TIEMPO, MONSEÑOR

El juicio de Alessandro tiene lugar tres meses después del drama. Aconsejado por su abogado, confiesa: -Me gustaba. La provoqué dos veces al mal, pero no pude conseguir nada. Despechado, preparé el puñal que debía utilizar. Es condenado a treinta años de trabajos forzados. Aparenta no sentir ningún remordimiento del crimen. A veces se le oye gritar:

-¡Anímate, Serenelli, dentro de veintinueve años y seis meses serás un burgués! Pero María no lo olvida. Unos años más tarde, monseñor Blandini, obispo de la diócesis donde está la prisión, siente la inspiración de visitar al asesino para encaminarlo al arrepentimiento. -Está perdiendo el tiempo, monseñor -afirma el carcelero-, ¡es un duro! Alessandro recibe al obispo refunfuñando, pero ante el recuerdo de María, de su heroico perdón, de la bondad y de la misericordia infinitas de Dios, se deja alcanzar por la gracia. Después de salir el prelado, llora en la soledad de la celda, ante la estupefacción de los carceleros.

Una noche, María se le aparece en sueños, vestida de blanco en los jardines del paraíso. Trastornado, Alessandro escribe a monseñor Blandino: "Lamento sobre todo el crimen que cometí porque soy consciente de haberle quitado la vida a una pobre niña inocente que, hasta el último momento, quiso salvar su honor, sacrificándose antes que ceder a mi criminal voluntad. Pido perdón a Dios públicamente, y a la pobre familia, por el enorme crimen que cometí. Confío obtener también yo el perdón, como tantos otros en la tierra". Su sincero arrepentimiento y su buena conducta en el penal le devuelven la libertad cuatro años antes de la expiración de la pena. Después, ocupará el puesto de hortelano en un convento de capuchinos, mostrando una conducta ejemplar, y será admitido en la orden tercera de san Francisco.

Gracias a su buena disposición, Alessandro es llamado como testigo en el proceso de beatificación de María. Resulta algo muy delicado y penoso para él, pero confiesa: "Debo reparación, y debo hacer todo lo que esté en mi mano para su glorificación. Toda la culpa es mía. Me dejé llevar por la brutal pasión. Ella es una santa, una verdadera mártir. Es una de las primeras en el paraíso, después de lo que tuvo que sufrir por mi causa".

En la Navidad de 1937, se dirige a Corinaldo, lugar donde se había retirado con sus hijos Assunta Goretti. Lo hace simplemente para hacer reparación y pedir perdón a la madre de su víctima. Nada más llegar ante ella, le pregunta llorando. -Assunta, ¿puede perdonarme? -Si María te perdonó -balbucea-, ¿cómo no voy a perdonarte yo? El mismo día de Navidad, los habitantes de Corinaldo se ven sorprendidos y emocionados al ver aproximarse a la mesa de la Eucaristía, uno junto a otro, a Alessandro y Assunta.

"¡MIRADLA!"

La influencia de María Goretti, canonizada como mártir por el Papa Pío XII el 26 de junio de 1959, continúa en nuestros días. El Papa Juan Pablo II la presenta especialmente como modelo para los jóvenes: "Nuestra vocación por la santidad, que es la vocación de todo bautizado, se ve alentada por el ejemplo de esta joven mártir. Miradla, sobre todo vosotros los adolescentes, vosotros los jóvenes. Sed capaces, como ella, de defender la pureza del corazón y del cuerpo; esforzaos por luchar contra el mal y el pecado, alimentando vuestra comunión con el Señor mediante la oración, el ejercicio cotidiano de la mortificación y la escrupulosa observancia de los mandamientos" (29 de septiembre de 1991).

La realidad y el poder de la ayuda divina se manifiestan de una manera particularmente tangible en los mártires. Elevándolos al honor de los altares, "la Iglesia ha canonizado su testimonio y declara verdadero su juicio, según el cual el amor implica obligatoriamente el respeto de sus mandamientos, incluso en las circunstancias más graves, y el rechazo de traicionarlos, aunque fuera con la intención de salvar la propia vida" (Veritatis Splendor, 91). Indudablemente, pocas personas son llamadas a padecer el martirio de la sangre. Sin embargo, ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que -como enseña san Gregorio Magno- le capacita para amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno" (id, 93).

Por eso el Papa no teme decir a los jóvenes: "No tengáis miedo de ir contracorriente, de rechazar los ídolos del mundo", y explica: "Mediante el pecado, damos la espalda a Dios, nuestro único bien, y elegimos ponernos del lado de los ídolos que nos conducen a la muerte ya la condenación eterna, al infierno". María Goretti "nos alienta a experimentar la alegría de los pobres que saben renunciar a todo con tal de no perder lo único que es necesario: la amistad de Dios... Queridos jóvenes, escuchad la voz de Cristo que os llama, también a vosotros, al estrecho sendero de la santidad" (29 de septiembre de 1991).

Santa María Goretti nos recuerda que "el estrecho sendero de la santidad" pasa por la fidelidad a la virtud de la castidad. En nuestros días, con frecuencia, la castidad es objeto de burla y de desprecio. El cardenal López Trujillo escribe al respecto: "Para algunas personas que se hallan en ambientes donde se ofende y se desacredita la castidad, vivir castamente puede exigir una dura lucha, a veces heroica. De todas formas, con la gracia de Cristo, que se desprende de su amor de Esposo por la Iglesia, todos pueden vivir castamente, incluso si se hallan en circunstancias poco favorables a ello" ("Verdad y sentido de la sexualidad humana", Consejo pontifical para la familia, 8 de diciembre de 1995, 19).

UN LARGO Y LENTO MARTIRIO

Conservar la castidad implica rechazar ciertos pensamientos, frases y actos pecaminosos, así como huir de las ocasiones de pecado. "Que la alegre infancia y la ardiente juventud aprendan a no abandonarse desesperadamente a los gozos efímeros y vanos de la voluptuosidad, ni a los placeres de los vicios embriagadores que destruyen la apacible inocencia, engendran sombría tristeza y debilitan más pronto o más tarde las fuerzas del espíritu y del cuerpo", advertía el Papa Pío XII con motivo de la canonización de Santa María Goretti. El Catecismo de la Iglesia católica recuerda lo siguiente: "O el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado" (2339). Por eso resulta necesario seguir un modelo de vida que "requiera mucha fuerza, una constante atención y una renuncia valiente a las seducciones del mundo. Debemos ser capaces de vigilar incesantemente, sin desistir bajo ningún pretexto... hasta el término de nuestro recorrido terrenal. En definitiva, se trata de una lucha contra sí mismo que podemos asimilar a un largo y lento martirio. El Evangelio nos exhorta con claridad a emprender esa lucha: El Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos -los que se esfuerzan- la conquistan. (Mt 11:12). (Juan Pablo II, id).

Para poder crear un clima favorable a la castidad, es importante practicar la modestia y el pudor en la manera de hablar, de actuar y de vestir. Con esas virtudes, la persona es respetada y amada por sí misma, en lugar de ser contemplada y tratada como objeto de placer. De ese modo, los padres deberán velar para que ciertas modas no profanen la casa, en especial a través de un mal uso de los medios de comunicación de masas. Habrá que animar a los niños y adolescentes a estimar y practicar el dominio de sí mismos, a ser discretos, a vivir con orden, a realizar sacrificios personales en medio de un espíritu de amor por Dios y de generosidad hacia los demás, sin sofocar los sentimientos y las tendencias de cada uno, sino canalizándolas hacia una vida de virtud (cfr. "Consejo pontifical para la familia", íd. 56,-58). Siguiendo el ejemplo de María Goretti, los jóvenes descubrirán "el valor de la verdad que libera al hombre de la esclavitud de las realidades materiales", y podrán "descubrir el gusto por la auténtica belleza y por el bien que vence al mal" (Juan Pablo II, íd).

¡Santa María Goretti, consigue para nosotros de Dios, mediante la intercesión de la santísima Virgen y de san José, esa fuerza sobrenatural que te hizo preferir la muerte al pecado, a fin de que podamos seguir tus luminosas huellas con alegría, con energía y con afán!

(Dom Antoine Marie, OSB Abadía de Saint Joseph de Clairval, Texto extraído de la revista Ave María, nº 667, www.webcatolicodejavier.org)



María Goretti, un ejemplo para adolescentes y jóvenes

(Juan Pablo II consagró su intervención de un domingo, antes de rezar la oración mariana del "Angelus", a recordar el ejemplo de amor dejado por santa María Goretti, al cumplirse el centenario de su fallecimiento).

Ciudad del Vaticano, miércoles 7 de julio 2002.

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Hace cien años, el 6 de julio de 1902, moría María Goretti, gravemente herida el día anterior por la ciega violencia que le había agredido. Mi venerado predecesor, el siervo de Dios Pío XII, la proclamó santa en 1950, proponiéndola a todos como modelo de valiente fidelidad a la vocación cristiana hasta el supremo sacrificio de la vida.

He querido recordar esta importante fecha con un mensaje especial dirigido al obispo de Albano, subrayando la actualidad de esta mártir de la pureza, deseando que sea más conocida por los adolescentes y los jóvenes.

Santa María Goretti es un ejemplo para las nuevas generaciones, amenazadas por una mentalidad de falta de compromiso, a la que les cuesta comprender la importancia de los valores sobre los que no es lícito llegar a compromisos.

2. Si bien tenía poca instrucción escolar, María, que no había cumplido todavía los doce años, poseía una personalidad fuerte y madura, formada por la educación religiosa recibida en su familia. De este modo, fue capaz no sólo de defender su propia persona con castidad heroica sino incluso perdonar a su asesino.

Su martirio recuerda que el ser humano no se realiza siguiendo sus impulsos de placer, sino viviendo su propia vida en el amor y la responsabilidad.

Sé muy bien, queridos jóvenes, que sois sumamente sensibles a estos ideales. En espera de encontrarme con vosotros dentro de dos semanas en Toronto, quisiera repetiros hoy: ¡no dejéis que la cultura del tener y del placer adormezca vuestras conciencias! Sed "centinelas" despiertos y vigilantes para ser auténticos protagonistas de una nueva humanidad.

3. Dirijámonos ahora a la Virgen, de quien santa María Goretti lleva el nombre. Que la criatura más pura ayude a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo, en especial a los jóvenes, a redescubrir el valor de la castidad y a vivir las relaciones interpersonales en el respeto recíproco y en el amor sincero.


(cortesia: iveargentina.org et alii)

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