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Domingo 24 Tiempo Ordinario B: Comentarios de Sabios y Santos  I - Preparemos con ellos la Acogida de la Palabra de Dios en la Misa Dominical Parroquial

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Ejemplos que iluminan la participación
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A su disposición
Exégesis: Rudolf Schnackenburg - La profesión de Pedro (Mc 8, 27-30) -

La Obra Redentora de Jesús: 8,31-16,8 - El misterio de la muerte del Hijo del hombre: 8,31 – 10,45

Exégesis: Manuel de Tuya O.P. - La confesión de Pedro en Cesarea. 8,27-30 (Mt 16,13-20; Lc 9,18-21) Cf. Comentario a Mt 16,13-20.

Comentario Teológico: Benedicto XVI - La confesión de Pedro

Santos Padres: San Juan Crisóstomo - ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? (Mt 16,13ss).

Santos Padres: San Agustín - Seguir a Jesús

Santos Padres: San Ambrosio - Lc 9,18-26. Testimonio de Pedro

Santos Padres: San Gregorio Magno - Un nuevo procepto: seguir a Cristo

Aplicación: R.P. Alfonso Torres, S.J. (I) - El Primado de Pedro

Aplicación: R.P. Alfonso Torres, S.J. (II) - Jesucristo anuncia su Pasión

Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - El Martirio

Aplicación: Fray Luís de Granada - Preámbulo de la Sagrada Pasión

Aplicación: Juan Pablo II - La cruz, signo de amor y de entrega total

Aplicación: Giovanni Papini - Sufriré muchas cosas

Aplicación: Romano Guardini - Jesús y la Fe - El que me envió es veraz… Jn 8,26

Aplicación: Fray Justo Pérez de Urbel - La confesión de Pedro

Ejemplos

 

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo



Exégesis: Rudolf Schnackenburg - La profesión de Pedro (Mc 8, 27-30)

27 Luego Jesús se fue con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino preguntaba a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» 28 Ellos le respondieron: «Pues que Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que uno de los profetas.» 29 Entonces él les volvió a preguntar: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Tomando la palabra Pedro, le dice: «Tú eres el Mesías.» 30 Y severamente les advirtió que a nadie dijeran nada acerca de él.

El evangelista sigue manteniendo el marco de las peregrinaciones. Desde Betsaida se puede continuar hacia el Norte, hasta la región de Cesarea de Filipo, junto a las fuentes del Jordán. Probablemente Marcos quiere enlazar así la última perícopa con esta escena. Al mismo tiempo subraya también toda la actividad que Jesús ha realizado hasta el presente. La «ciudad del César», cercana a las fuentes del Jordán, que el tetrarca Filipo había elegido como residencia, y que para distinguirla de otras Cesareas se llama Cesarea de Filipo, sólo se menciona en este pasaje de los Evangelios. Está situada en el corazón de una región predominantemente pagana, casi en el mismo grado de latitud que Tiro.1 (…)

Durante el camino pregunta Jesús a sus discípulos por quién le tiene la gente. Sólo el hecho de que Jesús pregunte acerca de sí mismo es ya digno de atención, pues hasta ahora nunca habíamos oído nada igual. Por el contrario, Jesús se esforzaba y preocupaba por conservar su secreto. Aquí empero se evidencia que el evangelista quería constantemente, aunque de modo velado, plantear a sus lectores la pregunta de quién era Jesús. Al final de la primera parte del Evangelio, esa pregunta se convierte en tema explícito y quien interroga es el mismo Jesús. Por ello, la respuesta que Pedro da como portavoz del círculo de los discípulos no puede carecer de una significación especial. Pero lo que sorprende es que después Jesús prohíba severamente a los discípulos que hablen con nadie de su persona. La pregunta que Jesús hace a sus discípulos encuentra una cierta réplica en la que más tarde le dirige a Él el sumo sacerdote (Mc.14,61: “¿Eres tú el Cristo, el hijo del Bendito?”). Pues, como Pedro confiesa a Jesús como «Mesías», pregunta el sumo sacerdote en la sesión del Consejo Supremo si Jesús es el Mesías; y así como después de la escena de Cesarea de Filipo, Jesús empieza a adoctrinar a los discípulos sobre el camino doloroso del «Hijo del hombre» (Mc. 8:31), así alude también ante el consejo supremo al «Hijo del hombre» (Mc. 14:62: “Sí, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo”).

Jesús empieza por preguntar a sus discípulos quién piensa la gente que es él. La pregunta resulta casi necesaria después de lo que se nos ha dicho hasta ahora, pues los lectores han tenido noticia repetidas veces de las reacciones del pueblo ante la doctrina y ante los hechos extraordinarios de Jesús; pero nunca han obtenido una información satisfactoria sobre su actitud acerca de Jesús. Por lo general se habla de que todos «se quedaban llenos de estupor» (Mc. 1:27), «se quedaban atónitos» (Mc. 1:22; Mc. 6:2; Mc. 7:37), «estaban maravillados» (Mc. 2:12; Mc. 5:42) y «se admiraban» (Mc. 5:20). Sólo en una ocasión hablan las gentes claramente del cumplimiento de las promesas de salvación (Mc. 7:37). Los lectores, sin embargo, tampoco dejan de estar preparados para la respuesta de los discípulos; pues, tras el envío de los doce, y con ocasión del relato acerca de Herodes, el evangelista ha transcrito los rumores que circulaban entre el pueblo (Mc. 6:14s), y allí quedó patente que tales opiniones eran insuficientes. La respuesta que ahora dan los discípulos coincide casi literalmente con aquellos rumores. Así pues, las opiniones del pueblo no han cambiado, a pesar de la gran multiplicación de panes y a pesar de las grandes curaciones que Marcos ha referido después. El pueblo de Galilea no tiene un juicio claro y es incapaz de llegar a una confesión decidida. No obstante su admiración hacia el gran benefactor y taumaturgo, sigue perplejo y titubeante. Por ello Jesús no adopta ninguna postura frente a tales opiniones populares y pregunta ahora resueltamente a sus discípulos: «Pero vosotros ¿quién decís que soy yo?» Pedro responde de modo claro e inequívoco: «Tú eres el Mesías.»

Pero ¿qué significa esta escena para los lectores cristianos del Evangelio de Marcos? Nada menos que, al final del ministerio de Jesús en Galilea, y por boca del primero de los discípulos, se les confirme su profesión de fe en Jesús como el Mesías prometido. Este era el sentido oculto de su actividad en medio del pueblo de Israel, como queda reflejado en todos los capítulos precedentes. Pero al mismo tiempo les hace caer en la cuenta de lo difícil que resultaba semejante confesión en aquellas circunstancias históricas y lo expuesta que estaba a falsas interpretaciones. En su manifestación y propósitos, Jesús nada tenía que ver con la imagen que los judíos se habían hecho del Mesías. Por ello, y pese a toda la admiración que despertaba, Jesús no encontró en el pueblo la verdadera fe, terminando su espléndida actividad en Galilea con un fracaso externo. Así pudieron levantarse contra él sus enemigos humanos y hubo de seguir el camino de la cruz. Su muerte, no obstante, había de trocarse en la salvación para todos, según el plan salvífico de Dios; para todos los que creen en el Mesías muerto en cruz y resucitado, tanto judíos como paganos. La confesión mesiánica de Pedro necesitaba aún de un esclarecimiento, necesitaba sobre todo de la revelación del misterio del dolor. Aún debía madurar en un conocimiento más profundo, que durante el ministerio de Jesús en la tierra ya era ciertamente accesible a los ojos creyentes, aunque sólo tras la resurrección de Jesús llegaría a la plena certeza de que este Mesías es verdaderamente el Hijo de Dios.


PARTE SEGUNDA DEL EVANGELIO DE SAN MARCOS

La Obra Redentora de Jesús: 8,31-16,8

El balance del ministerio público de Jesús era negativo (8,27-30); pero en el plan salvífico de Dios estaba previsto este fracaso externo: Jesús tiene que recorrer el camino de la cruz (8,31) para dar su vida como «rescate por muchos» (10,45). Sólo así se llega a la redención del género humano mediante la sangre del único, sangre con la que Dios pactará una nueva alianza con el mundo entero (14,24).

Desde aquí se comprende la conducta de Jesús, hasta ahora bastante enigmática en numerosas ocasiones. Su apartamiento de las multitudes que celebraban sus curaciones y hechos portentosos, aunque sin comprenderlos; sus órdenes de silencio a los que había curado, quienes le proclamaban como taumaturgo, y a los demonios que querían descubrir su misterio de una forma desleal; sus reproches a los discípulos torpes... todo ello sucedió con vistas al destino de muerte que le había sido señalado, y que a su vez cambia la suerte de los hombres pecadores, aunque siempre les sea necesaria la conversión a Dios. Jesús penetra ahora en su camino de muerte, y por ello su secreto mesiánico no puede permanecer oculto por más tiempo. Al contrario, desde ahora se irán iluminando cada vez más las tinieblas en que está envuelta su persona. A los tres discípulos de confianza va a desvelar Jesús su esencia divina y oculta (la transfiguración: 9,2-13); el ciego Bartimeo puede reconocerle públicamente como Hijo de David (10,46-52), Jesús entra en Jerusalén como el portador de la paz mesiánica (11,1-11); habla inequívocamente de sí mismo como del Hijo de Dios en la parábola de los viñadores homicidas (12,1-12), y de un modo más claro aún en su enseñanza sobre la filiación davídica del Mesías (12,35-37), y delante del sanedrín termina por proclamarse abiertamente como el Mesías esperado, identificándose con el Hijo del hombre a quien Dios exaltará a su diestra (14,61s).

El camino por la cruz a la gloria, que Jesús anuncia a sus discípulos al comienzo de esta segunda parte del evangelio de San Marcos , que por tres veces pone íntegramente ante sus ojos, se realiza en el curso de la exposición que alcanza su vértice más alto con la confesión del centurión pagano al pie de la cruz (15,39: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”) y con el mensaje de la resurrección que resuena sobre el sepulcro (16,6: “Jesús de Nazaret, el Crucificado, ha resucitado”).

Mas la comunidad oyente no sólo ha de seguir el camino de su Señor, sino que debe también comprender la obligación que sobre ella pesa de tomar parte en él. Ya en el primer anuncio de la pasión se mezcla de forma indisoluble una serie de sentencias que exigen de todo aquel que quiera tener parte en la gloria del ya inminente reino de Dios, el seguimiento con la cruz, la entrega de la vida y la confesión del Hijo del hombre (8,34-9,1). Con el segundo anuncio de la pasión (9,30-32) enlaza un largo discurso, dirigido a los discípulos que disputan entre sí, pero que también señala a la comunidad unas indicaciones fundamentales para su camino sobre la tierra (9,33-50). Al vaticinio tercero, y más largo, de la pasión de Jesús (10,32-34) sigue una enseñanza a los hijos de Zebedeo, que deben beber el cáliz de la pasión y ser bautizados con el bautismo de muerte antes de participar en la gloria de Cristo, y unas palabras a todos los discípulos, según las cuales la ley fundamental de la comunidad no es el dominio, sino el servicio (10,35-45).


PRIMERA SECCIÓN DE LA SEGUNDA PARTE DEL EVANGELIO DE SAN MARCOS

El misterio de la muerte del Hijo del hombre: 8,31 – 10,45

1. El primer anuncio de la pasión (8,31-9,29)
a) Anuncio de la pasión y oposición de Pedro (Mc/08/31-33).

31 Entonces comenzó a enseñarles que es necesario que el Hijo del hombre padezca mucho, y sea rechazado por los ancianos, por los sumos sacerdotes y por los escribas, y que sería llevado a la muerte, pero que a los tres días resucitaría; 32 y con toda claridad les hablaba de estas cosas. Pedro, llevándoselo aparte, se puso a reprenderlo. 33 Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, y le dice: «Quítate de mi presencia Satán, porque no piensas a lo divino, sino a lo humano.»

El anuncio de la pasión de Jesús está estrechamente ligado al reconocimiento de su mesianidad por parte de Pedro. Por lo cual, la profecía de la muerte se encuentra todavía bajo el planteamiento de la cuestión de quién es Jesús. Ni la gente del pueblo, ni el mismo Pedro han comprendido el misterio de Jesús. El portavoz del círculo de los discípulos reconoce ciertamente la incomparable grandeza de Jesús y la proclama con el atributo máximo que tiene a su disposición: el atributo de la mesianidad; pero esta indicación suscita justamente falsas interpretaciones. Para convertirse en una confesión plenamente cristiana es preciso declarar antes el tipo especial de esta mesianidad de Jesús y el camino que Dios le ha trazado.

En la instrucción que sigue, y que se dirige particularmente a los discípulos (cf. 9,30), a los doce (10,32), y con ellos a la comunidad, la elección de otro título señala ya por sí solo el alejamiento de las esperanzas judías: Jesús habla del Hijo del hombre. Ya antes Jesús se había designado así, y desde luego que en un sentido misterioso y pleno de dignidad: como plenipotenciario de la autoridad divina para perdonar pecados (2,10) y como Señor del sábado (2,28). De ese mismo Hijo del hombre se dice ahora que debe padecer y morir.

De la mano de Marcos volvemos a una antigua consideración de la pasión de Jesús que trasladaba al Mesías los padecimientos, persecuciones y burlas de los justos del Antiguo Testamento. Una experiencia humana universal, que ya atormentaba a los hombres piadosos de la antigua alianza, pero que lograron superar mediante su unión íntima con el Dios oculto de la salvación, la acepta y resuelve el hombre Jesús, el «Hijo del hombre», de tal modo que su carrera y triunfo se convierten en el camino de cuantos le siguen. Porque Jesús es el «Hijo del hombre», a quien se le ha otorgado el poder soberano de Dios; la esperanza de los oprimidos se convierte por él en certeza de liberación.

Marcos pone el máximo empeño en su teología del Hijo del hombre que cabalga por el camino obscuro y misterioso de Jesús (14,21.41). Contemplando la profecía con mayor detención, nuestra mirada se detiene en la expresión «ser rechazado». Es una expresión dura que dice más que una condena judicial; al Hijo del hombre le esperan la postergación y el desprecio (9,1). Pero eso no es todo; probablemente late aquí una cita implícita de la Escritura. El mismo verbo se emplea en el pasaje de un salmo que tuvo gran importancia en la Iglesia primitiva: «La piedra que rechazaron los constructores, ésa vino a ser piedra angular, esto es obra del Señor y admirable a nuestros ojos» (/Sal/118/22s). El pasaje se cita al final de la parábola de los viñadores homicidas (Mar_12:10s), que apunta ciertamente al asesinato de Jesús. La Iglesia primitiva lo entendió así: los dirigentes judíos han rechazado al último enviado de Dios, al Hijo de Dios en persona; pero Dios le ha confirmado y constituido en el fundamento de la salvación. Los «constructores» son los hombres que hubieran debido reconocer la importancia de aquella piedra. No sin razón menciona nuestro pasaje expresamente a los tres grupos del sanedrín, el tribunal supremo judío: los ancianos, que formaban la nobleza laica; los sumos sacerdotes, en cuyas manos estaba el culto del templo y también parte del poder político, y los escribas o expositores de la ley, que gozaban de gran prestigio. Jesús es rechazado por estos representantes oficiales del pueblo judío: idea pavorosa.

Pero esto no impide los planes salvíficos de Dios, como lo indica el pensamiento de la piedra angular. En conexión con otros lugares bíblicos, que utilizan la misma imagen, surge así toda una teología (cf. 1Pe_2:6-8): la piedra rechazada por los hombres ha sido puesta por Dios en Sión como piedra angular firme, escogida y preciosa: quien confía en ella no titubeará (Isa_28:16). Pero la misma piedra se convertirá en piedra de escándalo y tropiezo para cuantos la rechazan (Isa_8:14s). Dios cambia el misterio de maldad en promesa de salvación, las tinieblas en luz. Y justifica al que han rechazado los hombres resucitando al Hijo del hombre que había sido crucificado.

El anuncio de la resurrección se encuentra en los tres vaticinios de la pasión del Hijo del hombre; pero, extrañamente, los discípulos la pasan por alto una y otra vez. No viene al caso una explicación psicológica, según la cual los discípulos no habrían prestado atención a esa promesa, aterrados y confusos como estaban por las palabras acerca de los padecimientos y muerte del hijo del hombre.

La resurrección entra en el plan salvífico de Dios y hay que mencionarla en esta fórmula de vaticinio. El trasfondo bíblico la subraya con más fuerza aún que el propio acontecimiento: a diferencia de la formula que aparece en 1Co_15:4, no se dice que será «resucitado», sino que «resucitará», y no «al tercer día» sino «a los tres días». Desde luego que los matices lingüísticos no hacen mucho al caso puesto que la idea sigue siendo la misma: es Dios quien en un período brevísimo de tiempo, después de tres días o al tercer día, devuelve a la vida al que había sido matado. En el Antiguo Testamento y en el judaísmo «tres días» es una expresión corriente para indicar un breve período de sufrimientos y prueba, al que sigue un cambio de situación con la ayuda y liberación divinas. «El Señor nos ha herido y él mismo nos curará; nos ha golpeado y nos vendará. él mismo nos devolverá la vida después de dos días; al tercer día nos resucitará y viviremos en su presencia» (Ose_6:2s). (…)

Esta es la panorámica que se abre al final de la profecía de la pasión, aunque los discípulos sólo se percatasen de ella después de la resurrección de Jesús (cf. 9,10). Ahora habla Jesús a sus discípulos de su camino personal de sufrimientos y muerte «con toda claridad». Es éste un cambio que se inicia con la escena de Cesarea de Filipo; hasta entonces Jesús había guardado su secreto para sí. Pero, al igual que los discípulos no comprendieron entonces su ministerio mesiánico (cf. 6,52; 8,17-21), tampoco ahora vislumbran adónde conduce el camino de Jesús. Si no quieren, sin embargo, que su fe naufrague, tienen que abrir sus ojos a la necesidad que preside los padecimientos y muerte de su Señor.

Mas esto no sólo vale para los discípulos en aquella situación histórica; cuenta también para la comunidad que siente como algo duro e incomprensible la muerte denigrante de Jesús. También a ella tiene que revelársele de modo total el sentido divino de este acontecimiento al echar ahora una mirada retrospectiva. En el espejo de la enseñanza a los discípulos reconoce la comunidad su propia resistencia, y la triple profecía manifiesta de Jesús debe introducirla de un modo firme y profundo en los pensamientos de Dios.

PEDRO/SATANÁS: El mismo discípulo, que en nombre de los otros había pronunciado la profesión de fe mesiánica en Jesús, se convierte en adversario y seductor de Jesús. Le toma aparte y empieza a reprenderle. Asistimos aquí a un duelo entre Pedro y Jesús, como lo sugiere el mismo verbo empleado: con la misma energía y dureza con que Pedro «reprende» al Señor por sus ideas de sufrimientos y muerte, «reprende» Jesús al príncipe de los discípulos. Con la mirada clavada en ellos -Jesús se vuelve y «mira a sus discípulos»-. Jesús condena como tentación satánica los intentos de Pedro por apartarle del camino de la muerte. La dureza de esta reprimenda salta a la vista.

La frase «Quítate de mi presencia, Satán» se encuentra también al final del relato de las tentaciones en Mat_4:10, (…). Marcos, que en dos ocasiones emplea la expresión «Satán» -no «diablo»-, ha debido descubrir la semejanza de situaciones entre la tentación del desierto y el conjuro de Pedro: Jesús sería inducido a un mesianismo político, a unas ambiciones de poder y dominio terrenos, que contradicen los pensamientos de Dios. Es la tentación más peligrosa que asalta una y otra vez a los hombres (cf. Mar_14:37.42) y que deben superar mediante la obediencia a la llamada de Dios. Tampoco la comunidad de Marcos parece haberse habituado todavía a la idea de un Mesías que padece y muere, alimentando sueños de un reinado terreno. La Iglesia no está llamada a un dominio político; su acción en el mundo es el testimonio del amor y de la voluntad de paz (cf. 9,50), su camino terreno debe ser el seguimiento del Señor crucificado. Jesús le dice de un modo tajante: «No piensas a lo divino, sino a lo humano.» También la apertura actual al mundo, el compromiso de los cristianos con el mundo encuentra aquí un límite: No deben renunciar al camino de Cristo.


b) Seguir a Jesús en el dolor y la muerte (Mc/08/34-09/01).

34 Y llamando junto a sí al pueblo, juntamente con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame. 35 Pues quien quiera poner a salvo su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la pondrá a salvo.

Esta serie de sentencias está dirigida a toda la comunidad. El «pueblo», que en aquella circunstancia histórica no podía estar allí -Mateo y Lucas lo dejan al margen-, representa a cuantos han de escuchar el mensaje de Jesús, y se menciona especialmente a los discípulos para dirigirse a los creyentes. Difícilmente se alude a los rectores de la comunidad. Lo mismo subraya la expresión «llamando junto a sí» que Marcos emplea para impartir enseñanzas importantes al pueblo o a los discípulos y, mediante ellos, a los que creerán más tarde (cf. 7,14; 10,42; 12,43). De este modo las palabras de Jesús, (…), pasan a ser una exhortación permanente para todos los hombres. Todos deben considerar el camino del Hijo del hombre como algo que les interesa a ellos mismos.

Lo que Jesús dice acerca de sus padecimientos y muerte no sólo debe iluminar lo que hay de oscuro en su propio destino, sino que también debe indicar a sus discípulos el camino del seguimiento de Jesús. Las sentencias segunda y tercera sobre la ganancia y pérdida de la «vida» suenan como una explicación de la existencia humana en general, como proverbios sapienciales que expresan la paradoja -lo contradictorio- de la experiencia humana. Pero, insertas como están entre la sentencia clásica sobre el seguimiento con la cruz y la que se refiere a la confesión de fe en el Hijo del hombre, son también una exhortación al ordenamiento cristiano de la existencia entre los discípulos de Cristo. Dentro de la existencia humana los padecimientos y la muerte son inevitables; pero en el seguimiento de Jesús son también superables, pues que inducen a la hondura y plenitud de una vida a la que el hombre íntimamente aspira.

La sentencia sobre el seguimiento con la cruz, desgastada por su empleo frecuentísimo, son unas palabras extremadamente duras, parecidas a aquel ágrafo que no aparece consignado en los Evangelios entre las sentencias que nos han transmitido del Señor: «Quien está cerca de mi, está cerca del fuego; quien está lejos de mí, está lejos del reino.» Jesús ha hablado de hecho en este lenguaje intimidante para expresar la seriedad y grandeza de lo que exige el ser discípulo (cf. Luc_9:57s; Luc_14:25-35). Su invitación a seguirle va dirigida a los hombres animosos que, plenamente conscientes de lo abrupto del camino y con toda libertad se deciden a seguirlo porque el objetivo final bien lo merece.

Considerando la palabra en su tenor original, se ve que la llamada al seguimiento -«venir en pos de mí»- parece terminar en el oprobio y la muerte. «Cargar con su cruz» sólo puede referirse en su sentido literal a los hombres de aquel tiempo: se trataría de seguir el camino terrible de un hombre condenado a la crucifixión que toma sobre sus hombros el pesado madero transversal sobre el que será clavado al tiempo que se fija sobre su cabeza el motivo de la ejecución. Esta imagen, familiar a los hombres de aquel tiempo, equivale, pues, a «arriesgarse a una vida tan difícil como el último recorrido de un condenado muerte» (A. Fridrichsen).

CRUZ/LLEVAR: La exposición más antigua de la metáfora se deja ya adivinar en la frase segunda: «Niéguese a sí mismo.» Falta aún en la redacción original del logion, que aparece en /Lc/14/27 (= /Mt/10/38); pero revela sin duda la intención de Jesús. En otro pasaje, y dirigiéndose a un hombre que quiere ser su discípulo, Jesús le exige «odiar» a su padre y a su madre, a la mujer y a los hijos, a los hermanos y hermanas, e incluso «su propia vida», es decir, ponerlos en un segundo plano cuando lo requiere el seguimiento de Jesús (Luc_14:26). El seguimiento con la cruz significa, pues, la renuncia radical a las ambiciones personales para pertenecer a Jesús y a Dios. Renunciando a la propia libertad por amor de Jesús y del Evangelio, el hombre consigue la verdadera libertad sobre sí mismo. Quien renuncia a disponer de sí mismo y se pone por completo a disposición divina, emprende con Jesús un camino que lleva a la anchura y plenitud de la vida de Dios.

Las palabras acerca de la salvación y pérdida de la vida (v. 35) conservan toda su fuerza mediante el concepto clave de «vida». Es un vocablo que en griego significa «alma», pero que según el Antiguo Testamento expresa todo el hombre con su vitalidad, su voluntad de vivir y sus manifestaciones de vida; modernamente diríamos que al hombre en su existencia. Quien sólo quiere desarrollar su propio yo y salvar su existencia para si, perderá esa vida y marrará irremediablemente su objetivo vital. Pero quien posterga y entrega su vida terrena en el seguimiento de Jesús, salvará su vida y alcanzará su verdadero objetivo vital.

Generalmente se interpreta la sentencia cual si se hablase de la «vida» en un doble sentido: la vida terrena y natural y la vida eterna junto a Dios. Interpretación que no es falsa, pero que merma agudeza a la sentencia paradójica, ya que en ambos casos se emplea la misma expresión. «La palabra psiche no contiene un doble sentido, más bien lo elimina y supera, ya no se trata en absoluto de la existencia terrena del hombre, sino que esa existencia adquiere ahora nuevas dimensiones: tras el presente y el futuro que terminan una vez hay un futuro definitivo».

En Luc_17:33 la sentencia está formulada de tal modo que opone el fracaso de una existencia vivida de una forma puramente terrena a la plenitud existencial de una vida orientada hacia Dios. Pero en Mt. en cuanto sentencia de seguimiento incluye el motivo «por mi causa», y Marcos agrega «por el Evangelio» (cf. 10,29), sin duda que para indicar que esto no sólo vale para el tiempo de la vida de Jesús sobre la tierra, sino siempre, mientras se anuncie el Evangelio.

El discípulo de Jesús se pone por completo al servicio de su Señor y del Evangelio. Lo cual quiere decir que, como Jesús y con Jesús desea cumplir la voluntad de Dios de un modo radical, incluso si se le exige la vida terrena. La idea de martirio, que aquí resuena inevitablemente, puede sin embargo trasladarse a la vida cristiana como tal, cuando en ella la voluntad alcanza el desprendimiento supremo. En el caso extremo de la entrega de la vida, Jesús esclarece lo que significa arriesgarse a un camino que él ha recorrido personalmente por obedecer a Dios. También una vida de servicio a los otros, una vida de amor, como la que Jesús ha reclamado, y de disposición al sufrimiento, que semejante vida supone, constituye una realización del seguimiento de Jesús según las exigencias del Evangelio.
(SCHNACKENBURG, R., El Evangelio según San Marcos, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)

[1] Las especulaciones de que la escena se situó allí porque en aquel lugar de la antigua Panéade se alzaba un santuario en honor de Pan, sobre la vertiente del monte que está encima de la fuente del Jordán, y porque el lugar se consideraba como una entrada al mundo de los infiernos -cf. «las puertas del reino de la muerte» de Mt 16,18- carecen de fundamento al no haber referencia alguna a ese dato. Para la tradición judía el único indicio al respecto era que el río sagrado del Jordán pertenecía a las «fuentes del abismo» (Gen 8:2).


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Exégesis: Manuel de Tuya O.P. - La confesión de Pedro en Cesarea. 8,27-30 (Mt 16,13-20; Lc 9,18-21) Cf. Comentario a Mt 16,13-20.

27 Iba Jesús con sus discípulos a las aldeas de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? 28 Ellos le respondieron diciendo: Unos, que Juan Bautista; otros, que Elías, y otros, que uno de los profetas. 29 El les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Respondiendo Pedro, le dijo: Tú eres el Cristo. 30 Y les encargó que a nadie dijeran esto de El.

Mc, lo mismo que Lc, sólo traen en este lugar el relato que hacen los apóstoles sobre quién dice la gente que sea El y la confesión de Pedro proclamando que Jesús es "el Cristo", el Mesías. Ambos traen también la prohibición que les hace para que no digan que El es el Cristo. Mira siempre a evitar exaltaciones mesiánicas prematuras.

Aunque en diversas escenas anteriores, relatadas por Mc, los "endemoniados" lo proclaman Mesías, en los apóstoles se ve un retraso en su comprensión. Puede ser que haya escenas "anticipadas" o a las que se las haya prestado un contenido posterior, ya que, en los "endemoniados", el objetivo directo es la supremacía de Cristo sobre los demonios, con lo que el mesianismo se presenta en Israel. Acaso se silencian otras escenas de los apóstoles, en los que éstos, ya de antes, reconociesen su mesianismo.

V.27. Mc sitúa esta escena cuando Cristo se dirige "a las aldeas de Cesarea de Filipo", pero "en el camino", Mt es más vago; Lc, en cambio, precisará aún más (Lc 9,18).

V.2 Pedro proclama a Jesús diciendo: "Tú eres el Cristo". Comparando esta fórmula con la de Mt-Lc, se ve que ésta es la fórmula más primitiva.


Primera predicción de su muerte. 9,31-33 (Mt 16,21-23; 'Le 9,22) Cf. Comentario a Mt 16,21-23.

31 Comenzó a enseñarles cómo era preciso que el Hijo del hombre padeciese mucho, y que fuese rechazado por los ancianos y los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y que fuese muerto y resucitado después de tres días. Claramente les hablaba de esto. 32 Pedro, tomándole aparte, se puso a reprenderle. " Pero El, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro y le dijo: Quítate allá, Satán, porque no sientes según Dios, sino según los hombres.

La contigüidad literaria de este pasaje con el anterior, en el que prohíbe divulguen que es el Mesías, no exige una inmediación histórica. El "desde entonces" (Mc-Mt) es una fórmula literaria de transición.

La narración de Mt-Mc es casi equivalente en extensión y desarrollo; Lc sólo hace una citación esquemática.

Después de la proclamación mesiánica que le hacen los discípulos por boca de Pedro, se comprende muy bien el que Cristo utilice este período para enseñarles lo que era el verdadero mesianismo del Padre, frente al erróneo concepto mesiánico triunfador, político y nacionalista, judío.

V.31 Mc es el único que resalta el que Cristo les hablaba sobre la predicción de su pasión y muerte, "claramente".

La fórmula que Mc pone para el anuncio de la resurrección al tercer día es: resucitará "después (metá) de tres días", mientras que Mt-Lc ponen que resucitará "en el tercer día". La fórmula de Mc parece más primitiva. Mc la mantiene en los otros pasajes (9,31; 10,34). Luego desaparece en el N.T. para darse una formulación más precisa "en el tercer día". Tiene, pues, sabor de una fórmula ante eventum. Ni habría inconveniente que en la redacción literaria de las tres predicciones se hubiesen tenido en cuenta matices post eventum por razón de justificar la valoración judía de estos tres días.


Condiciones para seguir a Cristo. 8,34-38 (Mt 16,24-28; Le 9,25-27) Cf. Comentario a Mt 16,24-28.

34 Llamando a la muchedumbre y a los discípulos, les dijo: El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues quien quiera salvar su vida, la perderá, y quien pierda la vida por mí y el Evangelio, ése la salvará. 36 ¿Y qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo y perder su alma? Pues ¿qué dará el hombre a cambio de su alma? 38 Porque, si alguien se avergonzare de mí y de mis palabras ante esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.

Los tres sinópticos sitúan en este mismo lugar estas advertencias sobre las condiciones para seguir a Cristo. Las advertencias van dirigidas a los que quieran ingresar en su reino. Es verdad que, si la invitación se hace a las turbas (Mc-Lc), también se hace a los "discípulos" (Mc-Mt), lo que parecería dársele un valor no sólo de ingreso, sino de actividad ya en el reino. Será lo que haga Lc, destacando más este aspecto "ético", al decir que es necesario negarse a sí mismo "cada día" (Lc 9,23), sin duda incluido en la invitación de Mc-Mt al ingreso en el reino. Después del anuncio de su pasión, es lógico insertase aquí la suerte y predicción de sus seguidores.

La narración de los tres sinópticos es equivalente en extensión y contenido.

Las escenas de crucifixiones no eran raras. La imagen se evocaba del medio ambiente. Pero no sería improbable que aquí el "tomar su cruz" y "sígame" esté matizado con el ejemplo de Cristo en la Vía Dolorosa.

V.35. El motivo por el que ha de perderse la vida, si fuere preciso, es "por mi causa" (Mt-Lc); a lo que Mc añade también por causa "del Evangelio", interpretación, sin duda, suya o de la catequesis.

Mc, lo mismo que Mt-Lc, destacan la importancia de la persona de Cristo. Por El ha de perderse, si es preciso, la vida, Esto da a Cristo, máxime en todo el contexto, un valor de trascendencia: todo ha de posponerse a El.

V. 36. "Perder el alma". "Alma" es el conocido semitismo por "vida".

V. 37. " ¿Qué dará el hombre a cambio de su vida?" es un proverbio. Pero en el caso presente de Mc se refiere a la vida eterna.

V. 38. Mc, lo mismo que Lc, destacan que el que se "avergüence" aquí de Cristo, El también se "avergonzará" en su día. Es lo que supone Mt al evocar la "retribución" que Cristo dará a cada uno.

Mc destaca el avergonzarse "ante esta generación adúltera y pecadora", Es la generación que recibiría al Mesías. Es frase que expresa la generación mesiánica.

Mc-Lc sólo presentan a Cristo viniendo en "gloria", cuya descripción lo presenta en su gloria divina. Mt añade a este triunfo divino los poderes divinos del juicio sobre la Humanidad (Mt 16,27).

Los elementos literarios y judiciales con que se presenta al Hijo del hombre en su "gloria" y como "juez" están tomados del libro de Daniel (Dan 7,13-27). Pero el contenido está muy enriquecido con relación a la fuente literaria daniélica. Los ángeles aparecen, más que como un cuadro de fondo, como los servidores de Cristo. Así aparece, por un motivo más, situado en una esfera trascendente.
(Profesores de Salamanca, Manuel de Tuya, Biblia Comentada, B.A.C., Madrid, 1964, p. 690-692)


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Comentario Teológico: Benedicto XVI - La confesión de Pedro

En los tres Evangelios sinópticos, aparece como un hito importante en el camino de Jesús el momento en que pregunta a los discípulos acerca de lo que la gente dice y lo que ellos mismos piensan de Él (cf. Mc 8, 27-30; Mt 16, 13-20; Lc 9, 18-21). En los tres Evangelios Pedro contesta en nombre de los Doce con una declaración que se aleja claramente de la opinión de la «gente». En los tres Evangelios, Jesús anuncia inmediatamente después su pasión y resurrección, y añade a este anuncio de su destino personal una enseñanza sobre el camino de los discípulos, que es un seguirle a Él, al Crucificado. Pero en los tres Evangelios, este seguirle en el signo de la cruz se explica también de un modo esencialmente antropológico, como el camino del «perderse a sí mismo», que es necesario para el hombre y sin el cual le resulta imposible encontrarse a sí mismo (cf. Mc 8, 31-9.1; Mt 16, 21-28; Lc 9, 22-27). Y, finalmente, en los tres Evangelios sigue el relato de la transfiguración de Jesús, que explica de nuevo la confesión de Pedro profundizándola y poniéndola al mismo tiempo en relación con el misterio de la muerte y resurrección de Jesús (cf. Mc 9, 2-13; Mt 17, 1-13; Lc 9, 28-36).

Sólo en Mateo aparece, inmediatamente después de la confesión de Pedro, la concesión del poder de las llaves del reino —el poder de atar y desatar— unida a la promesa de que Jesús edificará sobre él —Pedro— su Iglesia como sobre una piedra. Relatos de contenido paralelo a este encargo y a esta promesa se encuentran también en Lucas 22, 31s, en el contexto de la Última Cena, y en Juan 21, 15 -19, después de la resurrección de Jesús.

Por lo demás, en Juan se encuentra también una confesión de Pedro que se coloca igualmente en un hito importante del camino de Jesús, y que sólo entonces le da al círculo de los Doce toda su importancia y su fisonomía (cf. Jn 6, 68s). Al tratar la confesión de Pedro según los sinópticos tendremos que considerar también este texto que, a pesar de todas las diferencias, muestra elementos fundamentales comunes con la tradición sinóptica.

Estas explicaciones un tanto esquemáticas deberían haber dejado claro que la confesión de Pedro sólo se puede entender correctamente en el contexto en que aparece, en relación con el anuncio de la pasión y las palabras sobre el seguimiento: estos tres elementos —las palabras de Pedro y la doble respuesta de Jesús—van indisolublemente unidos. Para comprender dicha confesión es igualmente indispensable tener en cuenta la confirmación por parte del Padre mismo, y a través de la Ley y los Profetas, después de la escena de la transfiguración. En Marcos, el relato de la transfiguración es precedido de una promesa —aparente— de la Parusía, que por un lado enlaza con las palabras sobre el seguimiento, pero por otro introduce la transfiguración de Jesús y de este modo explica a su manera tanto el seguimiento corno la promesa de la Parusía. Las palabras sobre el seguimiento, que en Marcos y Lucas están dirigidas a todos —al contrario que el anuncio de la pasión, que se hace sólo a los testigos—, introducen el factor eclesiológico en el contexto general; abren el horizonte del conjunto a todos, más allá del camino recién emprendido por Jesús hacia Jerusalén (cf. Lc 9, 23), del mismo modo que su explicación del seguimiento del Crucificado hace referencia a aspectos fundamentales de la existencia humana en general.

Juan sitúa estas palabras en el contexto del Domingo de Ramos y las relaciona con la pregunta de los griegos que buscan a Jesús; de este modo, destaca claramente el carácter universal de dichas afirmaciones. Al mismo tiempo están aquí relacionadas con el destino de Jesús en la cruz, que pierde así todo carácter casual y aparece en su necesidad intrínseca (cf. Jn 12, 24s). Con sus palabras sobre el grano de trigo que muere, Juan relaciona además el mensaje del perderse y encontrarse con el misterio eucarístico, que en su Evangelio, al final de la historia de la multiplicación de los panes y su explicación en el sermón eucarístico de Jesús, determina también el contexto de la confesión de Pedro.

Centrémonos ahora en las distintas partes de este gran entramado de sucesos y palabras. Mateo y Marcos mencionan corno escenario del acontecimiento la zona de Cesarea de Felipe (hoy Banyás), el santuario de Pan erigido por Herodes el Grande junto a las fuentes del Jordán. Herodes hijo convirtió este lugar en capital de su reino, dándole el nombre en honor a César Augusto y a sí mismo.

La tradición ha ambientado la escena en un lugar en el que un empinado risco sobre las aguas del Jordán simboliza de forma sugestiva las palabras acerca de la roca. Marcos y Lucas, cada uno a su modo, nos introducen, por así decirlo, en la ambientación interior del suceso. Marcos dice que Jesús había planteado su pregunta «por el camino»; está claro que el camino de que habla conducía a Jerusalén: ir de camino hacia las «aldeas de Cesarea de Felipe» (Mc 8, 27) quiere decir que se está al inicio de la subida a Jerusalén, hacia el centro de la historia de la salvación, hacia el lugar en el que debía cumplirse el destino de Jesús en la cruz y en la resurrección, pero en el que también tuvo su origen la Iglesia después de estos acontecimientos. La confesión de Pedro y por tanto las siguientes palabras de Jesús se sitúan al comienzo de este camino.

Tras la gran época de la predicación en Galilea, éste es un momento decisivo: tanto el encaminarse hacia la cruz como la invitación a la decisión que ahora distingue netamente a los discípulos de la gente que sólo escucha a Jesús pero no le sigue, hace claramente de los discípulos el núcleo inicial de la nueva familia de Jesús: la futura Iglesia. Una característica de esta comunidad es estar «en camino» con Jesús; de qué camino se trata quedará claro precisamente en este contexto. Otra característica de esta comunidad es que su decisión de acompañar al Señor se basa en un conocimiento, en un «conocer» a Jesús que al mismo tiempo les obsequia con un nuevo conocimiento de Dios, del Dios único en el que, como israelitas, creen.

En Lucas —de acuerdo con el sentido de su visión de la figura de Jesús— la confesión de Pedro va unida a un momento de oración. Lucas comienza el relato de la historia con una paradoja intencionada: «Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos» (9, 18). Los discípulos quedan incluidos en ese «estar solo», en su reservadísimo estar con el Padre. Se les concede verlo como Aquel que habla con el Padre cara a cara, de tú a tú, como hemos visto al comienzo de este libro. Pueden verlo en lo íntimo de su ser, en su ser Hijo, en ese punto del que provienen todas sus palabras, sus acciones, su autoridad. Ellos pueden ver lo que la «gente» no ve, y esta visión les permite tener un conocimiento que va más allá de la «opinión» de la «gente». De esta forma de ver a Jesús se deriva su fe, su confesión; sobre esto se podrá edificar después la Iglesia.

Aquí es donde encuentra su colocación interior la doble pregunta de Jesús. Esta doble pregunta sobre la opinión de la gente y la convicción de los discípulos presupone que existe, por un lado, un conocimiento exterior de Jesús que no es necesariamente equivocado aunque resulta ciertamente insuficiente, y por otro lado, frente a él, un conocimiento más profundo vinculado al discipulado, al acompañar en el camino, y que sólo puede crecer en él. Los tres sinópticos coinciden en afirmar que, según la gente, Jesús era Juan el Bautista, o Elías o uno de los profetas que había resucitado; Lucas había contado con anterioridad que Herodes había oído tales interpretaciones sobre la persona y la actividad de Jesús, sintiendo por eso deseos de verlo. Mateo añade como variante la idea manifestada por algunos de que Jesús era Jeremías.

Todas estas opiniones tienen algo en común: sitúan a Jesús en la categoría de los profetas, una categoría que estaba disponible como clave interpretativa a partir de la tradición de Israel. En todos los nombres que se mencionan para explicar la figura de Jesús se refleja de algún modo la dimensión escatológica, la expectativa de un cambio que puede ir acompañada tanto de esperanza como de temor. Mientras Elías personifica más bien la esperanza en la restauración de Israel, Jeremías es una figura de pasión, el que anuncia el fracaso de la forma de la Alianza hasta entonces vigente y del santuario, y que era, por así decirlo, la garantía concreta de la Alianza; no obstante, es también portador de la promesa de una Nueva Alianza que surgirá después de la caída. Jeremías, en su padecimiento, en su desaparición en la oscuridad de la contradicción, es portador vivo de ese doble destino de caída y de renovación.

Todas estas opiniones no es que sean erróneas; en mayor o menor medida constituyen aproximaciones al misterio de Jesús a partir de las cuales se puede ciertamente encontrar el camino hacia el núcleo esencial. Sin embargo, no llegan a la verdadera naturaleza de Jesús ni a su novedad. Se aproximan a él desde el pasado, o desde lo que generalmente ocurre y es posible; no desde sí mismo, no desde su ser único, que impide el que se le pueda incluir en cualquier otra categoría. En este sentido, también hoy existe evidentemente la opinión de la «gente», que ha conocido a Cristo de algún modo, que quizás hasta lo ha estudiado científicamente, pero que no lo ha encontrado personalmente en su especificidad ni en su total alteridad. Karl Jaspers ha considerado a Jesús como una de las cuatro personas determinantes, junto a Sócrates, Buda y Confucio, reconociéndole así una importancia fundamental en la búsqueda del modo recto de ser hombres; pero de esa manera resulta que Jesús es uno entre tantos, dentro de una categoría común a partir de la cual se les puede explicar, pero también delimitar.

Hoy es habitual considerar a Jesús como uno de los grandes fundadores de una religión en el mundo, a los que se les ha concedido una profunda experiencia de Dios. Por tanto, pueden hablar de Dios a otras personas a las que esa «disposición religiosa» les ha sido negada, haciéndoles así partícipes, por así decirlo, de su experiencia de Dios. Sin embargo, en esta concepción queda claro que se trata de una experiencia humana de Dios, que refleja la realidad infinita de Dios en lo finito y limitado de una mente humana, y que por eso se trata sólo de una traducción parcial de lo divino, limitada además por el contexto del tiempo y del espacio. Así, la palabra «experiencia» hace referencia, por un lado, a un contacto real con lo divino, pero al mismo tiempo comporta la limitación del sujeto que la recibe. Cada sujeto humano puede captar sólo un fragmento determinado de la realidad perceptible, y que además necesita después ser interpretado. Con esta opinión, uno puede sin duda amar a Jesús, convertirlo incluso en guía de su vida. Pero la «experiencia de Dios» vivida por Jesús a la que nos aficionamos de este modo se queda al final en algo relativo, que debe ser completado con los fragmentos percibidos por otros grandes. Por tanto, a fin de cuentas, el criterio sigue siendo el hombre mismo, cada individuo: cada uno decide lo que acepta de las distintas «experiencias», lo que le ayuda o lo que le resulta extraño. En esto no se da un compromiso definitivo.

A la opinión de la gente se contrapone el conocimiento de los discípulos, manifestado en la confesión de fe. ¿Cómo se expresa? En cada uno de los tres sinópticos está formulado de manera distinta, y de manera aún más diversa en Juan. Según Marcos, Pedro le dice simplemente a Jesús: «Tú eres [el Cristo] el Mesías» (8, 29). Según Lucas, Pedro lo llama «el Cristo [el Ungido] de Dios» (9, 20) y, según Mateo, dice: «Tú eres Cristo [el Mesías], el Hijo de Dios vivo» (16, 16). Finalmente, en Juan la confesión de Pedro reza así: «Tú eres el Santo de Dios» (6, 69).

Puede surgir la tentación de elaborar una historia de la evolución de la confesión de fe cristiana a partir de estas diferentes versiones. Sin duda, la diversidad de los textos refleja también un proceso de desarrollo en el que poco a poco se clarifica plenamente lo que al principio, en los primeros intentos, como a tientas, se indicaba de un modo todavía vago. En el ámbito católico, Pierre Grelot ha ofrecido recientemente la interpretación más radical de la contraposición de estos textos: no ve una evolución, sino una contradicción. La simple confesión mesiánica de Pedro que relata Marcos refleja sin duda correctamente el momento histórico; pero se trata todavía de una confesión puramente «judía», que interpreta a Jesús como un Mesías político según las ideas de la época. Sólo la exposición de Marcos manifestaría una lógica clara, pues sólo un mesianismo político explicaría la oposición de Pedro al anuncio de la pasión, una intervención a la que Jesús —como hiciera cuando Satanás le ofreció el poder— responde con un brusco rechazo: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» (Mc 8, 33). Esta áspera reacción sólo sería coherente si con ella se hiciera referencia también a la confesión anterior y se la rechazara como falsa; no tendría lógica en cambio en la confesión madura, desde el punto de vista teológico, que aparece en la versión de Mateo.

Pero es el momento de volver a la confesión que Pedro hace de Cristo y, con ello, a nuestro tema principal. Hemos visto que Grelot considera la confesión de Pedro narrada por Marcos como totalmente «judía» y, por ello, rechazada por Jesús. Pero este rechazo no aparece en el texto, en el que Jesús sólo prohíbe la divulgación pública de esta confesión, que la gente de Israel podría efectivamente malinterpretar, conduciendo, por un lado, a una serie de falsas esperanzas en Él y, por otro, a un proceso político contra Él. Sólo después de esta prohibición sigue la explicación de lo que significa realmente «Mesías»: el verdadero Mesías es el «Hijo del hombre», que es condenado a muerte y que sólo así entra en su gloria como el Resucitado a los tres días de su muerte.

La investigación habla, en relación con el cristianismo de los orígenes, de dos tipos de fórmulas de confesión: la «sustantiva» y la «verbal»; para entenderlo mejor podríamos hablar de tipos de confesión de orientación «ontológica» y otros orientados a la historia de la salvación. Las tres formas de la confesión de Pedro que nos transmiten los sinópticos son «sustantivas»: Tú eres el Cristo; el Cristo de Dios; el Cristo, el Hijo del Dios vivo. El Señor pone siempre al lado de estas afirmaciones sustantivas la confesión «verbal»: el anuncio anticipado del misterio pascual de cruz y resurrección. Ambos tipos de confesión van unidos, y cada uno queda incompleto y en el fondo incomprensible sin el otro. Sin la historia concreta de la salvación, los títulos resultan ambiguos: no sólo la palabra «Mesías», sino también la expresión «Hijo del Dios vivo». También este título se puede entender como totalmente opuesto al misterio de la cruz. Y viceversa, la mera afirmación de lo que ha ocurrido en la historia de la salvación queda sin su profunda esencia, si no queda claro que Aquel que allí ha sufrido es el Hijo del Dios vivo, es igual a Dios (cf. Flp 2, 6), pero que se despojó a sí mismo y tomó la condición de siervo rebajándose hasta la muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp 2, 7s). En este sentido, sólo la estrecha relación de la confesión de Pedro y de las enseñanzas de Jesús a los discípulos nos ofrece la totalidad y lo esencial de la fe cristiana. Por eso, también los grandes símbolos de fe de la Iglesia han unido siempre entre sí estos dos elementos.

Y sabemos que los cristianos —en posesión de la confesión justa— tienen que ser instruidos continuamente, a lo largo de los siglos, y también hoy, por el Señor, para que sean conscientes de que su camino a lo largo de todas las generaciones no es el camino de la gloria y el poder terrenales, sino el camino de la cruz. Sabemos y vernos que, también hoy, los cristianos —nosotros mismos— llevan aparte al Señor para decirle: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte» (Mt 16, 22). Y como dudamos de que Dios lo quiera impedir, tratamos de evitarlo nosotros mismos con todas nuestras artes. Y así, el Señor tiene que decirnos siempre de nuevo también a nosotros: « ¡Quítate de mi vista, Satanás!» (Mc 8, 33). En este sentido, toda la escena muestra una inquietante actualidad. Ya que, en definitiva, seguimos pensando según «la carne y la sangre» y no según la revelación que podemos recibir en la fe.

Hemos de volver una vez más a los títulos de Cristo que se encuentran en las confesiones. Ante todo, es importante ver que la forma específica del título hay que comprenderla cada vez dentro del conjunto de cada uno de los Evangelios y de su particular forma de tradición. Siempre es importante la relación con el proceso de Jesús, durante el cual vuelve a aparecer la confesión de los discípulos como pregunta y acusación. En Marcos, la pregunta del sumo sacerdote retoma el título de Cristo (Mesías) y lo amplía: « ¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?» (14, 61). Esta pregunta presupone que tales interpretaciones de la figura de Jesús se habían hecho de dominio público a través de los grupos de discípulos. El poner en relación los títulos de Cristo (Mesías) e Hijo procedía de la tradición bíblica (cf. Sal2, 7; Sal 110). Desde este punto de vista, la diferencia entre las versiones de Marcos y Mateo se relativiza y resulta menos profunda que en la exegesis de Grelot y otros. En Lucas, Pedro reconoce a Jesús —según hemos visto— como «el Ungido (Cristo, Mesías) de Dios». Aquí nos volvemos a encontrar con lo que el anciano Simeón sabía sobre el Niño Jesús, al que preanunció como el Ungido (Cristo) del Señor (cf. Lc 2, 26). Como contraste, a los pies de la cruz, «las autoridades» se burlan de Jesús diciéndole: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido» (Lc 23, 35). Así, el arco se extiende desde la infancia de Jesús, pasando por la confesión de Cesarea de Felipe, hasta la cruz: los tres textos juntos manifiestan la singular pertenencia del «Ungido» a Dios.

Pero en el Evangelio de Lucas hay que mencionar otro acontecimiento importante para la fe de los discípulos en Jesús: la historia de la pesca milagrosa, que termina con la elección de Simón Pedro y de sus compañeros para que sean discípulos. Los experimentados pescadores habían pasado toda la noche sin conseguir nada, y entonces Jesús les dice que salgan de nuevo, a plena luz del día, y echen las redes al agua. Para los conocimientos prácticos de estos hombres resultaba una sugerencia poco sensata, pero Simón responde: «Maestro... por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5, 5). Luego viene la pesca abundantísima, que sobrecoge a Pedro profundamente. Cae a los pies del Señor en actitud de adoración y dice: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador» (5, 8). Reconoce en lo ocurrido el poder de Dios, que actúa a través de la palabra de Jesús, y este encuentro directo con el Dios vivo en Jesús le impresiona profundamente. A la luz y bajo el poder de esta presencia, el hombre reconoce su miserable condición. No consigue soportar la tremenda potencia de Dios, es demasiado imponente para él. Desde el punto de vista de la historia de las religiones, éste es también uno de los textos más impresionantes para explicar lo que ocurre cuando el hombre se siente repentinamente ante la presencia directa de Dios. En ese momento el hombre sólo puede estremecerse por lo que él es y rogar ser liberado de la grandeza de esta presencia. Esta percepción repentina de Dios en Jesús se expresa en el título que Pedro utiliza ahora para Jesús: Kyrios, Señor. Es la denominación de Dios utilizada en el Antiguo Testamento para remplazar el nombre de Dios revelado en la zarza ardiente que no se podía pronunciar. Si antes de hacerse a la mar Jesús era para Pedro el «epistáta» —que significa maestro, profesor, rabino—, ahora lo recoríbce como el Kyrios.

Una situación similar la encontramos en el relato de Jesús que camina sobre las aguas del lago encrespadas por la tempestad para llegar a la barca de los discípulos. Pedro le pide que le permita también a él andar sobre las aguas para ir a su encuentro. Como empezaba a hundirse, la mano tendida de Jesús lo salva, subiendo después los dos a la barca. En ese instante el viento se calma. Entonces ocurre lo mismo que había sucedido en la historia de la pesca milagrosa: los discípulos de la barca se postran ante Jesús, un gesto que expresa a la vez sobrecogimiento y adoración. Y reconocen: «Realmente eres el Hijo de Dios» (cf. Mt 14, 22-33). La confesión de Pedro narrada en Mateo 16, 16 encuentra claramente su fundamento en esta y en otras experiencias análogas que se relatan en el Evangelio. En Jesús, los discípulos sintieron muchas veces y de distintas formas la presencia misma del Dios vivo.

Antes de intentar componer una imagen con todas estas piezas del mosaico, debemos examinar brevemente aún la confesión de Pedro que aparece en Juan. El sermón eucarístico de Jesús, que en Juan sigue a la multiplicación de los panes, retoma públicamente, por así decirlo, el «no» de Jesús al tentador, que le había invitado a convertir las piedras en panes, es decir, a ver su misión reducida a proporcionar bienestar material. En lugar de esto, Jesús hace referencia a la relación con el Dios vivo y al amor que procede de Él, que es la verdadera fuerza creadora, dadora de sentido, y después también de pan: así explica su misterio personal, se explica a sí mismo, a través de su entrega como el pan vivo. Esto no gusta a los hombres; muchos se alejan de Él. Jesús les pregunta a los Doce: « ¿También vosotros queréis marcharos?». Pedro responde: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna: nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo, consagrado por Dios» (in 6, 68s).

Hemos de reflexionar con más detalle sobre esta versión de la confesión de Pedro en el contexto de la Última Cena. En dicha confesión se perfila el misterio sacerdotal de Jesús: en el Salmo 106, 16 se llama a Aarón «el santo de Dios». El título remite retrospectivamente al discurso eucarístico y, con ello, se proyecta hacia el misterio de la cruz de Jesús; está por tanto enraizado en el misterio pascual, en el centro de la misión de Jesús, y alude a la total diferencia de su figura respecto a las formas usuales de esperanza mesiánica. El Santo de Dios: estas palabras nos recuerdan también el abatimiento de Pedro ante la cercanía del Santo después de la pesca milagrosa, que le hace experimentar dramáticamente la miseria de su condición de pecador. Así pues, nos encontramos absolutamente en el contexto de la experiencia de Jesús que tuvieron los discípulos, y que hemos intentado conocer a partir de algunos momentos destacados de su camino de comunión con Jesús.

¿Qué conclusiones podemos sacar de todo esto? En primer lugar hay que decir que el intento de reconstruir históricamente las palabras originales de Pedro, considerando todo lo demás como desarrollos posteriores, tal vez incluso a la fe postpascual, induce a error. ¿De dónde podría haber surgido realmente la fe postpascual si el Jesús prepascual no hubiera aportado fundamento alguno para ello? Con tales reconstrucciones, la ciencia pretende demasiado.

Precisamente el proceso de Jesús ante el Sanedrín pone al descubierto lo que de verdad resultaba escandaloso en Él: no se trataba de un mesianismo político; éste se daba en cambio en Barrabás y más tarde en Bar-Kokebá. Ambos tuvieron sus seguidores, y ambos movimientos fueron reprimidos por los romanos. Lo que causaba escándalo de Jesús era precisamente lo mismo que ya vimos en la conversación del rabino Neusner con el Jesús del Sermón de la Montaña: el hecho de que parecía ponerse al mismo nivel que el Dios vivo. Éste era el aspecto que no podía aceptar la fe estrictamente monoteísta de los judíos; eso era lo que incluso Jesús sólo podía preparar lenta y gradualmente. Eso era también lo que — dejando firmemente a salvo la continuidad ininterrumpida con la fe en un único Dios—impregnaba todo su mensaje y constituía su carácter novedoso, singular, único. El hecho de que el proceso ante los romanos se convirtiera en un proceso contra un mesianismo político respondía al pragmatismo de los saduceos. Pero también Pilato sintió que se trataba en realidad de algo muy diferente, que a un verdadero «rey» políticamente prometedor nunca lo habrían entregado para que lo condenara.

Con esto nos hemos anticipado. Volvamos a las confesiones de los discípulos. ¿Qué vemos, si juntamos todo este mosaico de textos? Pues bien, los discípulos reconocen que Jesús no tiene cabida en ninguna de las categorías habituales, que Él era mucho más que «uno de los profetas», alguien diferente. Que era más que uno de los profetas lo reconocieron a partir del Sermón de la Montaña y a la vista de sus acciones portentosas, de su potestad para perdonar los pecados, de la autoridad de su mensaje y de su modo de tratar las tradiciones de la Ley. Era ese «profeta» que, al igual que Moisés, hablaba con Dios como con un amigo, cara a cara; era el Mesías, pero no en el sentido de un simple encargado de Dios.

En Él se cumplían las grandes palabras mesiánicas de un modo sorprendente e inesperado: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy» (Sal2, 7). En los momentos significativos, los discípulos percibían atónitos: «Este es Dios mismo». Pero no conseguían articular todos los aspectos en una respuesta perfecta.

Utilizaron —justamente— las palabras de promesa de la Antigua Alianza: Cristo, Ungido, Hijo de Dios, Señor. Son las palabras clave en las que se concentró su confesión que, sin embargo, estaba todavía en fase de búsqueda, como a tientas. Sólo adquirió su forma completa en el momento en el que Tomás tocó las heridas del Resucitado y exclamó conmovido: « ¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28). Pero, en definitiva, siempre estaremos intentando comprender estas palabras. Son tan sublimes que nunca conseguiremos entenderlas del todo, siempre nos sobrepasarán. Durante toda su historia, la Iglesia está siempre en peregrinación intentando penetrar en estas palabras, que sólo se nos pueden hacer comprensibles en el contacto con las heridas de Jesús y en el encuentro con su resurrección, convirtiéndose después para nosotros en una misión.
(JOSEPH RATZINGER - BENEDICTO XIV, Jesús de Nazaret, Primera Parte, Ediciones Planeta, 2007, pp. 337-356)


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Santos Padres: San Juan Crisóstomo - ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? (Mt 16,13ss).

Preludios a la confesión de Pedro

— ¿Por qué razón nombra al fundador de la ciudad? —Porque hay otra Cesarea, la llamada de Estratón, y no fue en ésta, sino en aquélla, donde el Señor preguntó a sus discípulos. Allí los llevó lejos de los judíos, a fin de que, libres de toda an­gustia, pudieran decir con entera libertad cuanto íntimamente sentían. — ¿Y por qué no les preguntó inmediatamente lo que ellos sentían, sino que quiso antes saber la opinión del vulgo? —.Porque quería que, expresada ésta y volviéndoles a preguntar a ellos: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?, el tono mismo de la pregunta los levantara a más alta opinión acerca de Él y no cayeran en la bajeza de sentir de la muchedumbre. Por eso justamente tampoco les interroga al comienzo de su predica­ción, Cuando ya había hecho muchos milagros y les había en­señado muchas y levantadas doctrinas, cuando les había dado tantas pruebas de su divinidad y de su concordia con el Padre, entonces es cuando les plantea esta pregunta. Y no les dijo: "¿Quién dicen los escribas y fariseos que soy yo?", a pesar de que éstos se le acercaban muchas veces y conversaban con Él, sino ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Con lo que buscaba el Señor el sentir incorruptible del pueblo. Por­que si bien ese sentir se quedaba más bajo de lo conveniente, por lo menos estaba exento de malicia; mas el de escribas y fariseos se inspiraba en pura maldad.

Y para dar a entender el Señor cuán ardientemente desea­ba que se confesara y reconociera su encarnación, se llama a sí mismo Hijo del hombre, designando así su divinidad, como lo hace en muchas otras partes. Por ejemplo, cuando dice. Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre, que está en el cielo. Y otra vez: ¿Qué será cuando viereis al Hijo del hombre que sube a donde estaba primero? Luego le respon­dieron: Unos que Juan Bautista, otros Elías, otros Jeremías o alguno de los profetas. Y, expuesta así esta errada opinión, prosiguió entonces el Señor: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Lo que era invitarlos a que concibieran más altos pensa­mientos sobre Él y mostrarles que la primera sentencia se que­daba muy por bajo de su auténtica dignidad. De ahí que requiera otra de ellos y les plantee nueva pregunta, a fin de que no cayeran juntamente con el vulgo. Y es que la gente, como le habían visto hacer al Señor milagros muy por encima del poder humano, por un lado le tenían por hombre, pero, por otro, les parecía un hombre aparecido por resurrección, como decía el mismo Herodes. Mas con el fin de apartar a sus discípulos de semejante idea, el Señor les vuelve a preguntar: Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo? Vosotros, es decir, los que estáis siempre conmigo, los que me veis hacer milagros, los que por virtud mía habéis hecho también muchos.


Pedro, boca de los Apóstoles

¿Qué hace, pues, Pedro, boca que es de los apóstoles? Él, siempre ardiente; él, director del coro de los apóstoles, aun cuando todos son interrogados, responde solo. Y es de notar que cuando el Señor preguntó por la opinión del vulgo, todos contestaron a su pregunta; pero cuando les pregunta la de ellos directamente, entonces es Pedro quien se adelanta y toma la mano y dice: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. ¿Qué le responde Cristo?: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque ni la carne ni la sangre te lo han revelado. Ahora bien, si Pedro no hubiera confesado a Jesús por Hijo natural de Dios y nacido del Padre mismo, su confesión no hubiera sido obra de una revelación. De haberle tenido por uno de tantos, sus palabras no hubieran merecido la bienaventuranza. La ver­dad es que antes de esto, los hombres que estaban en la barca, después de la tormenta de que fueron testigos, exclamaron: Verdaderamente es éste Hijo de Dios. Y, sin embargo, a pe­sar de su aseveración de verdaderamente, no fueron procla­mados bienaventurados. Porque no confesaron una filiación di­vina, como la que aquí confiesa Pedro. Aquellos pescadores creían sin duda que Jesús, uno de tantos, era verdaderamente Hijo de Dios, escogido ciertamente entre todos, pero no de la misma sustancia o naturaleza de Dios Padre.


La confesión de Pedro, revelación del Padre

2. También Natanael había dicho: Maestro, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el rey de Israel. Y no sólo no se le proclama bienaventurado, sino que es reprendido por el Señor por haber hablado muy por bajo de la verdad. Lo cierto es que el Señor añadió: ¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores has de ver. ¿Por qué, pues, Pedro es procla­mado bienaventurado porque le confesó Hijo natural de Dios. De ahí que en los otros casos nada semejante dijo el Señor; mas en éste nos hace ver también quién fué el que lo reveló. Tal vez pudiera pensar la gente que, siendo Pedro tan ardiente amador de Cristo, sus palabras nacían de amistad y adulación y de ganas que tenía de congraciarse con su maestro. Pues para que nadie pudiera pensar así, Jesús nos descubre quién fue el que habló antes al alma de Pedro, y nos demos así cuenta que si Pedro fue quien habló, el Padre fue quien le dictó las palabras —palabras que ya no podemos mirar como opinión humana, sino creerlas como dogma divino—. —Mas ¿por qué no lo afir­ma el Señor mismo y dice: "Yo soy el Cristo", sino que lo va preparando por sus preguntas, llevando a sus discípulos a con­fesarlo? —Porque así era entonces para Él más conveniente y necesario y de esta manera se atraía mejor a sus discípulos a la fe de aquella misma confesión por ellos hecha. ¿Veis cómo el Padre revela al Hijo, y el Hijo al Padre? Porque tampoco al Padre le conoce nadie—dice Él mismo—, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Luego no es posible co­nocer al Hijo sino por el Padre, ni conocer por otro al Padre sino por el Hijo. De suerte que aun por aquí se demuestra pa­tentemente la igualdad y consustancialidad del Hijo con el Padre.


La promesa de Jesús a Pedro

—¿Qué le contesta, pues, Cristo? Tú eres Simón, hijo de Jonás. Tú te llamarás Cefas. Como tú has proclamado a mi Padre—le dice—, así también yo pronuncio el nombre de quien te ha engendrado. Que era poco menos que decir: Como tú eres hijo de Jonás, así lo soy yo de mi Padre. Porque, por lo demás, superfluo era llamarle hijo de Jonás. Mas como Pedro le había llamado Hijo de Dios, Él añade el nombre del padre de Pedro, para dar a entender que lo mismo que Pedro era hijo de Jonás, así era Él Hijo de Dios, es decir, de la misma sustancia de su Padre. Y yo te digo: Tú eres Piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, es decir/sobre la fe de tu con­fesión. Por aquí hace ver ya que habían de ser muchos los que creerían, y así levanta el pensamiento de Pedro y le constituye pastor de su Iglesia. Y las puertas; del infierno no prevalecerán contra ella. Y si contra ella no prevalecerán, mucho menos con­tra mí, No te turbes, pues, cuando luego oigas que he de ser entregado y crucificado. Y seguidamente le concede otro honor: Y yo te daré las llaves del reino dé los cielos. ¿Qué quiere de­cir: Yo te daré las llaves? Como mi Padre te ha dado que me conocieras, yo te daré las llaves del reino de los cielos. Y no dijo: "Yo rogaré a mi Padre"; a pesar de ser tan grande la autoridad que demostraba, a pesar de la grandeza inefable del don. Pues con todo eso, Él dijo: Yo te daré. —¿Y qué le vas a dar, dime? —Yo te daré las llaves del reino de los cielos; y cuanto tú desatares sobre la tierra, desatado quedará en los cielos. ¿Cómo, pues, no ha de ser cosa suya conceder sentarse a su derecha o a su izquierda, cuando ahora dice: Yo te daré? ¿Veis cómo Él mismo, levanta a Pedro a más alta idea de Él y se revela a sí mismo y demuestra ser Hijo de Dios por estas dos promesas que aquí le hace? Porque cosas que atañen sólo al poder de Dios, como son perdonar los pecados, hacer incon­movible a su Iglesia aun en medio del embate de tantas olas y dar a un pobre pescador la firmeza de una roca aun en me­dio de la guerra de toda la tierra, eso es lo que aquí promete el Señor que le ha de dar a Pedro. Es lo que el Padre mismo decía hablando con Jeremías: Que le haría como una columna de bronce o como una muralla". Sólo que a Jeremías le hace tal para una sola nación, y a Pedro para la tierra entera. Aquí preguntaba yo con gusto a quienes se empeñan en rebajar la dignidad del Hijo: ¿Qué dones son mayores: los que dio el Padre o los que dio el Hijo a Pedro? El Padre le hizo a Pedro la gracia de revelarle al Hijo; pero el Hijo propagó por el mundo entero la revelación del Padre y la suya propia, y a un pobre mortal le puso en las manos la potestad de todo lo que hay en el cielo, pues le entregó sus llaves —Él, que extendió su Iglesia por todo lo descubierto de la tierra y la hizo más firme que el cielo mismo: Porque el cielo y la tierra pasarán, pero mi, palabra no pasará. El que tales dones da, el que tales hazañas, realizó, ¿cómo puede ser inferior? Y al hablar así, no pretendo dividir las obras del Padre y del Hijo: Porque todo fue hecho por y sin El nada fue hecho. No, lo que yo quie­ro es hacer callar la lengua desvergonzada de quienes a tales afirmaciones se desmandan.


Jesús prohíbe se revele su Mesianidad

3. Mirad, pues, por todas partes la autoridad del Señor: Yo te digo: Tú eres Piedra. Yo edificaré mi Iglesia. Yo te daré las llaves de los cielos. Y entonces—después de dicho esto—les intimó que a nadie dijeran que Él era el Cristo. —A ¿qué fin semejante intimación? —Es que ante todo quería el Señor que desapareciera todo lo que podía escandalizarlos, que se con­sumara el misterio de la cruz y de cuanto Él tenía que padecer, que no hubiera ya nada que pudiera impedir ni nublar la fe de las gentes en Él, y entonces, sí, clara e inconmovible, gra­bar en el alma de sus oyentes la conveniente idea que de Él habían de tener. Porque todavía no había brillado con entera claridad su poder. De ahí que Él quería ser predicado por los apóstoles, cuando la verdad de las cosas y la fuerza de los he­chos vendrían a corroborar lo que ellos dirían sobre su per­sona. Porque no era lo mismo verle en Palestina tan pronto haciendo milagros como ultrajado y perseguido—más que más, cuando a los milagros tenía que suceder la cruz—y verle adorado y creído por toda la tierra, sin tener ya que sufrir nada de cuanto antes había sufrido. De ahí su orden ahora de que a nadie dijeran nada. Porque lo que una vez arraigó y luego se arranca, difícilmente hubiera vuelto a echar nueva­mente raíces plantado en el alma de las gentes; en cambio, lo que una vez fijo sigue allí inconmovible, sin que de parte al­guna se le haga daño, eso es lo que brota fácilmente y crece a mayor altura. Y es así que si quienes habían presenciado tantos milagros y a quienes se les habían revelado tan inefa­bles misterios se escandalizaron de solo oír hablar de la cruz, y no sólo ellos en general, sino el mismo director de coro, que era Pedro, considerad qué hubiera naturalmente pasado a la muchedumbre si por un lado se les decía que Jesús era Hijo de Dios y por otro le veían crucificado y escupido, cuando nada sabían aún de estos misterios inefables ni habían recibido la gracia del Espíritu Santo. Porque si a sus mismos discípulos hubo de decirles Señor: Muchas cosas tengo aún que deci­ros, pero no las podéis comprender ahora", mucho menos lo hubiera comprendido el pueblo si antes del tiempo conveniente se le hubiera revelado el más alto de todos los misterios. De ahí la prohibición del Señor de que nada dijeran sobre su filia­ción divina. Y por que os deis cuenta de cuán conveniente era que sólo después—pasado ya cuanto podía escandalizarlos—se les diera la plena enseñanza de tan alta verdad, miradlo por el mismo Pedro, príncipe de los apóstoles. Porque ese mismo Pedro que después de tantos milagros se mostró tan débil que negó a su maestro y tembló de una vil criadilla, una vez que la cruz fue delante y tuvo pruebas claras de la resurrección y nada había ya que pudiera escandalizarle ni turbarle; Pedro, digo, tan inconmoviblemente mantuvo la enseñanza del Espíritu Santo, que con más vehemencia que un león saltó en medio del pueblo judío, a despecho de los peligros infinitos de muerte que le ame­nazaban. Porque muchas cosas—les dice—tengo aún que deci­ros; pero no podéis comprenderlas ahora. Y es así que los após­toles no comprendieron muchas cosas que el Señor les había di­cho, y que no se les aclararon antes de la cruz. Cuando hubo resucitado, cayeron en la cuenta de algunas de ellas. Con razón, pues, les mandó que no las dijeran antes de la cruz a la mu­chedumbre, pues a ellos mismos, que las habían de enseñar, no se atrevió a encomendárselas todas antes de la cruz.


La primera predicción de la Pasión

Desde entonces empezó Jesús a manifestar a sus discípulos que era menester que É1 sufriera... Desde entonces. ¿Cuándo? Cuando había impreso en ellos el dogma de su filiación divina, cuando había introducido en la Iglesia las primicias de las na­ciones. Mas ni aun así entendieron su palabra. Era—dice otro evangelista—esta palabra escondida para ellos Y se halla­ban como en tinieblas, no sabiendo que tenía Él que resucitar. De ahí que el Señor se detiene en lo desagradable y explana su discurso, a ver si logra abrirles la inteligencia y comprenden, en fin, lo que les quiere decir. Pero ellos no le entendieron, sino que aquella palabra era para ellos cosa oculta. Por añadidura, tenían miedo a preguntarle, no si había de morir, sino cómo y de qué manera moriría. ¿Qué misterio, pues, es éste? Que no sabían ni qué cosa fuera resucitar, y ellos creían que era mucho mejor no morir. De ahí nuevamente, cuando todos están turbados y perplejos, Pedro, ardiente siempre, es el único que se atreve a hablar de ello. Mas ni éste se atreve a hacerlo en público, sino tomando a Jesús aparte, es decir, separándose de sus compañeros. Entonces, le dice: Dios te libre, Señor, de que tal cosa te suceda. ¿Qué es esto? El que había gozado de una revelación, el que había sido proclamado bienaventurado, ¿cae tan rápidamente y se espanta de la pasión? ¿Y qué mara­villa es que tal le sucediera a quien en esto no había recibido revelación alguna? Para que os deis cuenta cómo en la confesión del Señor no habló Pedro de su cosecha, mirad cómo en esto que no se le ha revelado se turba y sufre vértigo, y mil veces que oiga lo mismo, no sabe de qué se trata. Que Jesús era Hijo de Dios, lo supo; pero el misterio de la cruz y de la resurrección todavía no le había sido manifestado. Era ésta —dice el evangelista—palabra escondida para ellos. ¿Veis con cuánta razón mandó el Señor que no fuera manifestado a los otros? Porque si a quienes tenían necesidad de saberlo, de tal modo los perturbó, ¿qué les hubiera pasado a los demás? El Señor, empero, para hacer ver cuán lejos estaba de ir a la pa­sión contra su voluntad, no sólo reprendió a Pedro, sino que le llamó Satanás.


No nos avergoncemos de la Cruz del Señor

4. Oigan esto cuantos se avergüenzan de la pasión y de la cruz de Cristo. Porque si el Príncipe de los Apóstoles, aun antes de entender claramente este misterio, fue llamado Satanás por haberse avergonzado de él, ¿qué perdón pueden tener aquellos que, después de tan manifiesta demostración, niegan la economía de la cruz? Porque si el que así fue proclamado bienaventurado, si el que tan gloriosa confesión hizo, tal palabra hubo de oír, considerad lo que habrán de sufrir los que, después de todo eso, destruyen y anulan el misterio de la cruz. Y no le dijo el Señor a Pedro: "Satanás ha hablado por tu boca", sino: Vete detrás de mí, Satanás. A la verdad, el deseo de Satanás era que Cristo no sufriera. De ahí la viveza con que el Señor reprende a Pedro, pues sabía muy bien que eso era lo que él y los otros más temían y la dificultad que tendrían en aceptarlo. De ahí también que descubra lo que su discípulo pen­saba dentro de su alma, diciendo: No sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres.

¿Qué quiere decir: No sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres? Quiere decir que Pedro, examinando con ra­zonamiento humano y terreno el asunto, juzgaba vergonzoso e indecoroso que Cristo padeciera. Mas el Señor, atacándole derechamente, le dice: "No es para mí indecoroso padecer. Eres tú más bien el que juzgas de ello con ideas carnales. Porque si hubieras oído mis palabras con sentido de Dios, libre de todo pensamiento carnal, hubieras comprendido que eso es para mí lo más decoroso. Tú piensas que el padecer es indigno de Mí; pero yo te digo que es intención diabólica que yo no padezca". Así; con razones contrarias, trata el Señor de quitar a Pedro toda aquella angustia. A Juan, que tenía por indigno del Señor re­cibir de sus manos el bautismo, éste le persuadió que le bauti­zara, diciéndole: Así es conveniente para nosotros. Y al mismo Pedro, que se oponía a que le lavara los pies, le dijo: Si no te lavare los pies, no tienes parte conmigo. Así también ahora le contiene con razones contrarias, y con la viveza de la re­prensión suprime todo el miedo que le inspiraba el padecer. Que nadie, pues, se avergüence de los símbolos sagrados de nuestra salvación, de la suma de todos los bienes, de aquello a que debemos la vida y el ser; llevemos más bien por todas partes, como una corona, la cruz de Cristo. Todo, en efecto, se consuma entre nosotros por la cruz. Cuando hemos de regenerarnos, allí está presente la cruz; cuando nos alimentamos de la mística comida; cuando se nos consagra ministros del altar; cuando quiera se cumple otro misterio alguno, allí está siempre este símbolo de victoria. De ahí el fervor con que lo inscribimos y dibujamos sobre nuestras casas, sobre las paredes, sobre las ventanas, sobre nuestra frente y sobre el corazón. Porque éste es el signo de nuestra salvación, el signo de la libertad del géne­ro humano, el signo de la bondad del Señor para con nosotros: Porque como oveja fue llevado al matadero". Cuando te sig­nes, pues, considera todo el misterio de la cruz y apaga en ti la ira y todas las demás pasiones. Cuando te signes, llena tu frente de grande confianza, haz libre tu alma. Sabéis muy bien qué es lo que nos procura la libertad. De ahí que Pablo, para 11evarnos a ello, quiero decir, a la libertad que a nosotros con­viene, nos llevó por el recuerdo de la cruz y de la sangre del Señor: Por precio—dice—fuisteis comprados. No os hagáis esclavos de los hombres. Considerad—quiere decir—el precio que se pagó por vosotros y no os haréis esclavos de ningún hombre. Y precio llama el Apóstol a la cruz. No basta hacer simplemente con el dedo la señal de la cruz, antes hay que grabarla con mucha fe en nuestro corazón. Si de este modo la grabas en tu frente, ninguno de los impuros demonios podrá permanecer cerca de ti, contemplando el cuchillo con que fue herido, contemplando la espada que le infligió golpe mortal. Porque si a nosotros nos estremece la vista de los lugares en que se ejecuta a los criminales, considerad qué sentirán el dia­blo y sus demonios al contemplar el arma con que Cristo des­barató todo su poderío y cortó la cabeza del dragón. No os avergoncéis de bien tan grande, no sea que también Cristo se avergüence de vosotros cuando venga en su gloria y vaya de­lante el signo de la cruz más brillante que los rayos del sol. Porque, si, entonces aparecerá la cruz, y su vista será como una voz que defenderá la causa del Señor y probará que nada dejó Él por hacer de cuanto a Él le tocaba. Este signo, en tiem­po de nuestros antepasados, como ahora, abrió las puertas ce­rradas, neutralizó los venenos mortíferos, anuló la fuerza de la cicuta, curó las mordeduras de las serpientes venenosas. Mas si él abrió las puertas del infierno y desplegó la bóveda del cielo y renovó la entrada del paraíso y cortó los nervios al diablo, ¿qué maravilla es que triunfe de los venenos mortíferos y de las fieras y de todo lo demás?


Termina el panegírico de la Cruz

5. Grabemos, pues, este signo en nuestro corazón y abra­cemos lo que constituye la salvación de nuestras almas. La cruz salvó y convirtió a la tierra entera, desterró el error, hizo vol­ver la verdad, hizo de la tierra cielo y de los hombres ángeles. Por ella los demonios no son ya temibles, sino despreciables; ni la muerte es muerte sino sueño. Por ella yace por tierra y es pisoteado cuanto primero nos hacía la guerra. Si alguien, pues, te dijere: "¿Al crucificado adoras?", contéstale con voz clara y alegre rostro: "No sólo le adoro, sino que jamás cesaré de adorarle". Y si él se te ríe, llórale tú a él, pues está loco. Demos gracias al Señor de que nos ha hecho tales beneficios, que ni comprendidos pueden ser sin una revelación de lo alto. Porque si ese pobre gentil se ríe, es justamente porque el hom­bre animal no comprende las cosas del espíritu". Lo mismo les pasa a los niños cuando ven algo grande y maravilloso. A los más sagrados misterios que lleves a un niño, se reirá. A tales niños se parecen los gentiles, o, por mejor decir, aún son ellos más necios, y por ello también más desgraciados, pues sin hallarse ya en la primera edad, sino en edad perfecta, su­fren lo que es de niños pequeños,(De ahí que tampoco son dignos de perdón) Mas nosotros, con clara voz, levantando fuerte y alto nuestro grito, y con más libertad y franqueza si nos escuchan gentiles, digamos y proclamemos que toda nues­tra gloria es la cruz, que ella es la suma de todos los bienes, nuestra confianza y nuestra corona toda Quisiera yo también poder decir con Pablo “que por ella el mando ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo"; pero no puedo decirlo, dominado como me veo por tan varias pasiones. Por eso yo os exhorto a vosotros, y, antes que a vosotros, a mí mismo, a crucificarnos para el mundo, a no tener nada de común con la tierra, sino a amar nuestra patria de arriba y la gloria y los bienes que allí nos esperan.


Somos soldados de Cristo

A la verdad, soldados somos del rey del cielo, y las armas espirituales nos hemos vestido, ¿A qué, pues, llevar una vida de tenderos o mendigantes o, por mejor decir, de viles gusa­nillos? Donde está el rey, allí debe también estar su soldado. Porque, sí, soldados somos, no de los que están lejos, sino de los que están cerca, Un rey de la tierra no puede hacer que todos sus soldados estén en su palacio ni a su lado; pero el rey del cielo quiere que todos los suyos estén junto a su trono real. -¿Y cómo es posible—me dirás—que, estando aún en la tierra, estemos ¡tinto al trono de Dios? —Porque también Pa­blo, aun estando en la tierra, estaba donde están los serafines y querubines y más cerca de Cristo que la escolta lo está del emperador. Los guardias muchas veces vuelven la vista a una y otra parte; pero al Apóstol nada le distraía, nada le aparta­ba, sino que todo su pensamiento lo tenía constantemente fijo en su rey Cristo. De suerte que, si queremos, también para nosotros es eso posible. Si el Señor estuviera en un lugar re­moto, con razón tendrías dificultad; mas como Él asiste en todo momento al alma fervorosa y atenta, cerca está de nos­otros. De ahí que dijera el profeta: No temeré mal alguno, porque tú estás conmigo 17. Y Dios mismo, a su vez: Yo soy un Dios cercano y no lejano. Así, pues, a la manera que los pecados nos alejan de Dios, así la justicia nos acerca a Él. Cuando tú estés aun hablando—dice—, yo diré: Fleme aquí. ¿Qué padre puede así escuchar jamás a sus hijos? ¿Qué ma­dre está tan apercibida y siempre a punto, a ver si la llaman sus hijos? Nadie en absoluto; ni padre ni madre; sólo Dios está siempre esperando a ver si le invoca alguno de los suyos, y jamás, si le invocamos como debemos, deja de escucharnos. Por eso dice: Cuando aún estés hablando. No espero a que termines tu oración. Inmediatamente te escucho. Invoquémosle, pues, como Él quiere ser invocado. ¿Y cómo quiere ser in­vocado? Desata—dice—toda atadura de iniquidad; rompe las cuerdas de los contratos violentos, rasga toda escritura inicua. Rompe tu pan con el hambriento, y a los mendigos sin techo mételos en tu casa.. Si ves a un desnudo, vístele, y no mires con desdén a los que son de tu; propia sangre. Entonces rom­perá matinal: tu luz y tus curaciones brotarán rápidamente, y tu justicia caminará delante de ti, y la, gloria de Dios te vestirá. Entonces, tú me invocarás y yo te escucharé. Cuando tú estés aún hablando, yo diré: Heme aquí". — ¿Y quién—me dices—podrá hacer todo eso? — ¿Y quién—te respondo—no lo puede? ¿Qué hay de difícil, qué hay de trabajoso en todo lo dicho?

¿Qué hay que no sea fácil? Es no sólo posible, sino tan fácil, que muchos hay que han pasado más allá de la meta, y no sólo rasgan toda escritura inicua, sino se desprenden hasta de sus propios bienes; no sólo admiten a su mesa y bajo su techo a los pobres, sino que les dan su propio sudor y trabajan para que ellos coman; y no sólo hacen beneficios a sus familiares, sino a sus mismos enemigos.


Las recompensas que se nos prometen hacen fácil lo que se nos manda

6. ¿Qué hay en absoluto difícil en las palabras citadas? No nos dice el profeta: "Traspasa las montañas, atraviesa el mar, cava tantas y tantas yugadas de tierra, permanece sin co­mer, vístete de saco". No. Lo que nos manda es que demos a nuestros familiares, que repartamos nuestro pan, que rompamos las escrituras injustamente hechas. ¿Hay algo, dime, más fácil que todo eso? Mas si aun así te parece difícil, considera, te ruego, los premios que se nos prometen, y todo se te hará fácil. Porque al modo como los emperadores, en las carreras de ca­ballos, ponen delante de los que van a competir coronas, pre­mios y vestidos, así también Cristo nos pone en medio del estadio sus premios, que Él extiende como con muchas manos, por medio de las palabras del profeta.

Ahora bien, los emperadores, por muy emperadores que sean, como hombres, al fin, cuya riqueza se consume y cuya libera­lidad se acaba, tienen interés en que lo poco aparezca como mucho; de ahí que, poniendo sendos premios en manos de cada uno de sus servidores, los sacan así a la pública vista. Todo lo contrario nuestro emperador. Como es infinitamente rico y nada hace por ostentación, todo lo reúne juntamente y así lo pre­senta al público; bienes que, extendidos, no tendrían límite al­guno y necesitarían de muchas manos para retenerlos. Y para que te des cuenta de ello, examina con diligencia cada uno de esos bienes: Entonces romperá matinal tu luz. ¿No es así que, a primera vista, no hay aquí más que un don único? Pues no es único, sino dentro de sí lleva muchas otras recompensas, co­ronas y premios. Y, si os place, vamos a desplegar y mos­trar, en cuanto cabe, toda la riqueza que en sí encierra. Sólo quisiera que no os cansarais. Y, ante todo, sepamos qué quiere decir: Romperá. Porque no dijo "parecerá", sino: Romperá. Es que quería el Señor dar a entender la rapidez y abundancia con que brotará la luz, y cuán ardientemente desea Él nuestra salvación, y cómo los mismos bienes sienten como dolor de parto y se dan prisa para salir, sin que haya nada capaz de detener su ímpetu inefable, Por todos estos modos nos da Él a enten­der su generosidad y la abundancia sin límites de su riqueza.

¿Y qué quiere decir matinal? Quiere decir que esos bienes no nos llegan después de haber pasado nosotros por las pruebas y tentaciones, no después de la acometida de los males, sino adelantándose a todo eso. Como un fruto que madura antes de tiempo, así sucede aquí, dándonos nuevamente a entender la ra­pidez, como anteriormente dijo: Cuando aún estés tú hablando, yo diré: Heme aquí. ¿Y de qué luz nos habla? ¿Qué especie de luz es ésa? No de esta sensible, sino de otra mucho mejor, la luz que nos hace ver el cielo y los ángeles y los arcángeles y los querubines y serafines, los principados, las potestades, los tro­nos, las dominaciones, todo el ejército entero, los regios palacios y las tiendas eternas. Si de aquella luz te hicieres digno, no sólo verás todo esto, sino que te librarás del infierno, y del gusano venenoso, y del rechinar de dientes y de las cadenas irrompibles, y de la angustia y de la tribulación y de las tinieblas sin luz y de ser partido por medio, y de los ríos de fuego y de la mal­dición y de los parajes del dolor. En cambio, irás a otros de donde huyó el dolor y la tristeza; donde reina alegría y paz inmensa y caridad y gozo y placer; donde la vida es eterna y la gloria inefable y la belleza inexplicable. Allí los eternos tabernáculos, allí la gloria inefable del rey y aquellos bienes que ni ojo vio ni oído oyó ni a corazón de hombre llegaron. Allí la espiritual cámara nupcial, los tálamos de los cielos, las vírgenes con sus lámparas encendidas y los convidados con su ropa de bodas. Allí las riquezas infinitas del Señor y sus teso­ros regios. ¿Ves cuán grandes premios nos quiso mostrar en una sola palabra y cómo todo lo amontonó en uno? Por modo semejante, desplegando cada una de las otras expresiones, ha­llaríamos riqueza inmensa y un océano sin fondo.

Exhortación final: pasemos por todo a trueque de alcanzar tan grandes bienes

¿Todavía, pues, daremos largas; todavía, decidme, vacilare­mos en socorrer a los necesitados? No, yo os lo suplico. Aun cuando hubiéramos de perderlo todo, aun cuando tuviéramos que arrojarnos al fuego y romper por entre espadas y saltar por encima de cuchillos y sufrir cualquier otra cosa, soporté­moslo todo fácilmente, a fin de alcanzar la vestidura del reino de los cielos y su gloria inefable. La cual ojalá todos logremos, por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre San Mateo, Homilía 54, Ed. BAC, Madrid, 1966, pp. 137-156)


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Santos Padres: San Agustín - Seguir a Jesús

Duro y pesado parece el precepto del Señor, según el cual quien quiera seguirle ha de negarse a sí mismo. Pero no es duro y pesado lo que manda aquel que presta su ayuda para que se haga lo que manda. Pues también es cierto lo que se dice en el salmo: Por las palabras de tus labios he seguido los caminos duros. Y es verdadero también lo que dijo Él mismo: Mi yugo es llevadero y mi carga ligera. La caridad hace que sea ligero lo que los preceptos tienen de duro. Sabemos lo que es capaz de hacer el amor. Con frecuencia este amor es perverso y lascivo: ¡cuántas calamidades han sufrido los hombres, por cuántas deshonras han tenido que pasar y tolerar para llegar al objeto de su amor! Es igual que se trate de un amante del dinero, es decir, de un avaro; o de un amante de los honores, es decir, de un ambicioso; o de un amante de los cuerpos hermosos, es decir, de un lascivo. ¿Quién será capaz de enumerar todos los amores? Considerad, sin embargo, cuánto se fatigan todos los amantes y, no obstante, no sienten la fatiga; y mayor es el esfuerzo cuando alguien se lo prohíbe. Si, pues, los hombres son tales cuales son sus amores de ninguna otra cosa debe preocuparse en la vida sino de elegir lo que ha de amar. Estando así las cosas, ¿de qué te extrañas de que aquel que ama a Cristo y quiere seguirlo, por fuerza del mismo amor se niegue a sí mismo? Si amándose a sí mismo el hombre se pierde, negándose a sí mismo se reencuentra al instante.

El hombre se perdió por primera vez a causa del amor a sí mismo. Pues si no se hubiese amado y hubiese antepuesto a Dios a sí mismo, hubiese estado siempre sometido a Dios; no se hubiese inclinado a hacer su propia voluntad descuidando la de Él. Amarse a uno mismo no es otra cosa que querer hacer la propia voluntad. Antepón la voluntad de Dios; aprende a amarte, no amándote. Pues para que sepáis que es un vicio amarse, dice así el Apóstol: Habrá hombres amantes de sí mismos. Y quien se ama a sí mismo, ¿acaso confía en sí mismo? Tras abandonar a Dios, comienza a amarse a sí mismo, y para amar lo que está fuera de sí, sale de sí mismo; hasta tal punto que, habiendo dicho el Apóstol: Habrá hombres amantes de sí mismos, acto seguido añadió: amantes del dinero. Ya estás viendo que te encuentras fuera. Comenzaste a amarte; si puedes, mantente en ti. ¿Por qué vas fuera? ¿Te has hecho acaso rico con el dinero, tú, amador del dinero? Comenzaste a amar lo que es exterior a ti y te extraviaste. Por tanto, cuando el amor del hombre desde sí mismo se pone en movimiento hacia las cosas que están fuera, comienza a hacerse tan vano como las cosas con las que anda y, en cierto modo, a derrochar sus fuerzas como si fuera un hijo pródigo. Se vuelve vacío, se anonada, se empobrece, apacienta cerdos. Y mientras se fatiga en el pastoreo de los mismos, le acontece que a veces hace memoria y dice: ¡Cuántos mercenarios de mi padre comen pan mientras que yo aquí perezco de hambre! Pero cuando dice esto, ¿qué está escrito del hijo que gastó sus haberes con meretrices, que quiso tener en su poder cuanto el padre guardaba justamente para él? Quiso disponer de ello a su antojo, lo malgastó y se encontró necesitado. ¿Qué se dice de él? Y volviendo a su interior. Si volvió a su interior, es que había salido de sí. Quien había caído fuera de sí y se había alejado de sí, como primera cosa vuelve a sí para volver allí de donde había caído fuera de sí. Del mismo modo que, cayendo fuera de sí, permaneció en sí, así volviendo en sí, no debe permanecer en sí para no volver a salir de sí. ¿Qué dijo al volver en sí para no permanecer en sí? Me levantaré e iré a mi padre. He aquí que el haber caído fuera de sí equivalía a haber caído fuera de su padre; había caído fuera de sí; de sí mismo había salido hacia las cosas que están fuera. Vuelto a sí se dirige hacia el padre, donde encuentra refugio segurísimo. Si, pues, había salido de sí y de aquel que le había dado el ser, al volver a sí para ir al padre, niéguese a sí mismo. ¿Qué es negarse a sí mismo? No presuma de sí; advierta que es hombre y escuche el dicho profético: ¡Maldito todo el que pone su esperanza en el hombre! Sea guía de sí mismo, pero no hacia abajo; sea guía de sí mismo, mas para adherirse a Dios. Cuanto tiene de bueno, atribúyaselo a aquel por quien ha sido hecho; cuanto tiene de malo, es de cosecha propia. No hizo Dios lo que de malo existe en él: pierda lo que hizo, si esto le causó defección. Niéguese a sí mismo, dijo, y tome su cruz y sígame.

¿Adónde hay que seguir al Señor? Sabemos adónde va: hace muy pocos días hemos celebrado su solemnidad. Resucitó y subió al cielo: allí hay que seguirle. No hay motivo alguno para perder la esperanza; no porque el hombre pueda algo, sino por la promesa de Dios. El cielo estaba lejos de nosotros antes de que nuestra cabeza subiese a él. ¿Por qué perder la esperanza si somos miembros de tal cabeza? Allí hemos de seguirle. ¿Y quién hay que no quiera seguirle a tal lugar, sobre todo teniendo en cuenta que en la tierra se trabaja en medio de tantos temores y dolores? ¿Quién no quiere seguir a Cristo a aquel lugar en el que la felicidad es suma, como también la paz y la seguridad perpetua? Cosa buena es seguirle a aquel lugar; pero hay que ver por dónde. En efecto, el Señor Jesús no decía estas cosas después de haber resucitado. Aún no había resucitado; tenía que pasar por la cruz, la deshonra, la flagelación, la coronación de espinas las llagas, los insultos, los oprobios, la muerte. Es un camino para desesperados; te convierte en perezoso y no quieres seguirle. Síguele. Áspero es el camino que el hombre se hizo, pero está ya pisado por Cristo en su regreso al Padre. Pues ¿quién no quiere ir hacia la exaltación? A todos agrada la altura, pero la humildad es el peldaño para alcanzarla. ¿Por qué pones tu pie más allá de ti mismo? Quieres caer, no subir. Comienza por el peldaño y lograrás subir. Este peldaño de la humildad no querían subirlo los dos discípulos, que decían: Señor, ordena que en tu reino uno de nosotros se siente a tu derecha y otro a tu izquierda. Buscaban la altura, mas no veían el peldaño. Pero el Señor se lo mostró. ¿Qué les respondió? ¿Podéis beber el cáliz que he de beber yo? Los que buscáis la cima más alta, ¿podéis beber el cáliz de la humildad? Por eso no dice simplemente: Niéguese a sí mismo y sígame, sino que añade: Tome su cruz y sígame.

¿Qué significa Tome su cruz? Soporte lo que le es molesto. Esta es la forma de seguirme. Cuando comience a seguirme en mis costumbres y preceptos, tendrá muchos contradictores, muchos que le pondrán obstáculos, que le disuadan, y esto de entre los que figuran como compañeros de viaje de Cristo. Al lado de Cristo caminaban quienes prohibían clamar a los ciegos. Si quieres seguirle, pon en la cruz tanto las alabanzas como las caricias o cualquier clase de prohibiciones; toléralos, sopórtalos y no sucumbas. Parece que en estas palabras del Señor se exhorta al martirio. En caso de persecución, ¿no debe despreciarse todo por Cristo? Se ama el mundo, pero antepóngase aquel por quien fue hecho el mundo. Grande es el mundo, pero mayor aquel por quien fue hecho el mundo. Hermoso es el mundo, pero más hermoso aquel por quien fue hecho el mundo. Suave es el mundo, pero más suave aquel por quien fue hecho el mundo. Malo es el mundo, pero bueno aquel por quien fue hecho el mundo. ¿Cómo puedo justificar y explicar lo que acabo de decir? Dios me ayude. ¿Qué he dicho? ¿Qué habéis aplaudido? Tal es la cuestión, pero lo cierto es que ya habéis aplaudido. ¿Cómo es que el mundo es malo siendo bueno quien ha hecho el mundo? ¿No hizo Dios todas las cosas y eran todas buenas? ¿No atestigua la Escritura que Dios hizo buenas cada una de las cosas al decir: Y vio Dios que era bueno? Y abarcando todo, como conclusión, así se dice que hizo Dios todas las cosas: He aquí que eran buenas en extremo.

¿Cómo, pues, es malo el mundo y bueno quien hizo el mundo? ¿Cómo? Porque el mundo fue hecho por Él y el mundo no lo conoció. Por Él fue hecho el mundo, es decir, el cielo y la tierra y todo cuanto hay en ellos. El mundo no lo conoció, es decir, los amantes del mundo; los amantes del mundo y despreciadores de Dios: éste es el mundo que no lo conoció. Por tanto, el mundo es malo porque son malos los que prefieren el mundo a Dios. Sin embargo, es bueno quien hizo el mundo, es decir, el cielo, la tierra y el mar e incluso a aquellos que aman el mundo. Lo único que no hizo en ellos es esto: amar el mundo y no amar a Dios. A ellos, por lo que respecta a la naturaleza, Él mismo los hizo; no, en cambio, por lo que respecta a la culpa. Esto es lo que poco antes he dicho: Destruya el hombre lo que él hizo y agradará a quien lo hizo.

Pero aun en los mismos hombres hay un mundo nuevo, pero hecho del mal. Es decir, todo el mundo, si entiendes por mundo a los hombres. No tenemos en cuenta, pues, el mundo como cielo y tierra y todo lo que en ellos se contiene. Si entiendes por mundo a los hombres, el que primero pecó hizo malo a todo el mundo. Toda la masa está viciada en la raíz. Dios hizo bueno al hombre. Así consta en la Escritura: Dios hizo al hombre recto y los mismos hombres encontraron muchos pensamientos. Corre a la unidad desde la multiplicidad; recoge en unidad las cosas dispersas: acude, mantente en defensa, permanece en la unidad, no corras tras la multiplicidad. Allí está la felicidad. Pero nos hemos dejado llevar, nos hemos encaminado hacia la perdición; todos hemos nacido con el pecado y, al hecho de haber nacido, con nuestro mal vivir hemos añadido algo, y así todo el mundo ha pasado a ser malo. Cristo vino y lo que hizo fue fruto de su elección, no de lo que encontró, pues encontró a todos malos y por su gracia los hizo buenos. Y así apareció otro mundo; y un mundo persigue a otro mundo.

¿Cuál es el mundo que persigue? Aquel del que se nos dice: No améis el mundo ni las cosas que están en él. La caridad del Padre no está en quien ama el mundo. Porque cuanto existe en el mundo es concupiscencia de la carne y concupiscencia de los ojos y ambición del mundo, que no procede del Padre, sino del mundo. El mundo pasa y también su concupiscencia. En cambio, quien cumple la voluntad del Padre permanece en eterno del mismo modo que también Dios permanece en eterno. Ved que he mencionado los dos mundos: el que persigue y el perseguido. ¿Cuál es el mundo que persigue? Cuanto existe en el mundo: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la ambición del mundo, que no procede del Padre, sino del mundo; y el mundo pasa. Este es el mundo que persigue. ¿Cuál es el mundo perseguido? Quien hiciere la voluntad de Dios permanece en eterno del mismo modo que también Dios permanece en eterno.

Está claro que el que persigue recibe el nombre de mundo; probemos que también lo recibe el que es perseguido. ¿Eres acaso sordo ante la voz de Cristo que dice, o mejor de la Escritura que atestigua: Dios estaba reconciliando consigo el mundo en Cristo? Si el mundo os odia, dice, sabed que antes me odió a mí. Ved que el mundo odia. ¿Qué odia sino al mundo? ¿Qué mundo? Dios estaba reconciliando consigo el mundo en Cristo. Persigue el mundo condenado; sufre persecución el mundo reconciliado. El mundo condenado es cuanto está fuera de la Iglesia; el mundo reconciliado es la Iglesia. No vino, dice, el Hijo del hombre a juzgar el mundo, sino para que el mundo se salve por él.

9. Pero en este mundo santo, bueno, reconciliado, salvado; mejor, necesitado de salvación, aunque ahora esté salvado en esperanza -en esperanza estamos salvados-; en este mundo, pues, es decir, en la Iglesia, que sigue a Cristo en su plenitud, a todos se ha dicho: Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo. No es cosa que deban oír sólo las vírgenes y no las casadas; o sólo las viudas y no las esposas; o sólo los monjes y no los casados; o sólo los clérigos y no los seglares; sino que es toda la Iglesia, la totalidad del cuerpo, todos los miembros con su funciones propias y distintas, la que ha de seguir a Cristo. Sígale la Iglesia única en su totalidad, sígale la paloma, la esposa, la redimida y la que recibió en dote la sangre de Cristo. Allí encuentra su lugar la integridad virginal; allí la continencia propia de la viuda; allí la castidad conyugal; allí no tiene lugar el adulterio ni la lascivia ilícita y digna de castigo. Sigan a Cristo estos miembros que tienen allí su lugar, cada uno en su género, en su puesto, en su modo propio; niéguense, es decir, no presuman de sí mismos; tomen su cruz, es decir, mientras están en mundo toleren por Cristo cuantos sufrimientos les procure el mundo. Amen al único que no decepciona, el único que no sufre engaño, el único que no engaña. Amenle porque es la verdad lo que promete. Mas como no lo da al instante, la fe titubea. Resiste, persevera, aguanta, soporta la dilación: todo eso es llevar la cruz.

10. No diga la virgen: "Allí estaré sola". No estará allí sólo María, sino que estará también la viuda Ana. No diga la casada: "Allí estará la viuda, no yo". No es cierto que allí esté Ana y no esté Susana. Con todo, quienes han de estar allí examínense de modo que quienes tienen aquí un puesto inferior no envidien, sino que amen el puesto mejor en los otros. Para que os deis cuenta, voy a poneros un ejemplo: uno eligió la vida conyugal y otro la vida de continencia; si el que eligió la vida conyugal deseare el adulterio, echó la vista atrás: deseó lo que es ilícito. Quien, en cambio, desde la vida de continencia, quisiere volver después al matrimonio, echó la vista atrás: eligió una cosa lícita pero echó la vista atrás. ¿Hay que condenar, pues, el matrimonio? No; no hay que condenar el matrimonio. Advierte donde se había introducido el que lo eligió. Ya había ido con anterioridad. Cuando vivía lascivamente en la adolescencia, tenía ante sus ojos el matrimonio, tendía hacia él; en cambio, una vez que eligió la vida de continencia, el matrimonio queda detrás de él. Recordad, dice el Señor, la mujer de Lot. La mujer de Lot quedó inmóvil al mirar atrás. Cada cual, pues, tema el mirar atrás desde el lugar a donde pudo llegar, y vaya ore camino, siga a Cristo. Olvidando lo que está atrás, tendido hacia lo de delante, en su intención interior persiga la palma de la vocación de Dios en Cristo Jesús. Los casados antepongan a sí mismos a los que no lo están; confiesen que éstos son mejores; amen en ellos lo que no poseen personalmente y en ellos amen a Cristo.
(San Agustín, Obras completas (Tomo X), B.A.C., Madrid, 1983, pg. 636-645)


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Santos Padres: San Ambrosio - Lc 9,18-26. Testimonio de Pedro

Y díjoles: ¿quién decís vosotros que soy yo? Respondió Simón Pedro: El Cristo de Dios.
La opinión de las masas tiene su interés: unos creen que ha resucitado Elías, que ellos pensaban que había de venir; otro Juan, que reconocían había sido decapitado; o uno de los profetas antiguos. Pero investigar más sobrepasa nuestras posibilidades: es sentencia y prudencia de otro. Pues, si basta al apóstol Pablo no conocer más que a Cristo, y crucificado (1 Cor 2,2), qué puedo desear conocer más que a Cristo? En este solo nombre está expresada la divinidad, la encarnación y la realidad de la pasión. Aunque los demás apóstoles lo conocen, sin embargo Pedro responde por los demás: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Así ha abarcado todas las cosas al expresar la naturaleza y el nombre en el cual está la suma de todas las virtudes. ¿Vamos nosotros a solucionar las cuestiones sobre la generación de Dios, cuando Pablo ha juzgado que él no sabe nada fuera de Cristo Jesús, y crucificado, cuando Pedro ha creído no deber confesar más que al Hijo de Dios? Nosotros investiguemos, con los ojos de la debilidad humana cuándo y cómo El ha nacido, y cuál es su grandeza.

 Pablo ha reconocido en esto el escollo de la cuestión, más que una utilidad para la edificación, y ha decidido no saber otra cosa que Cristo Jesús. Pedro ha sabido que en el Hijo de Dios están todas las cosas, pues el Padre lo ha dado todo al Hijo (Io 3,35). Si dio todo, transmitió también la eternidad y la majestad que posee. Pero ¿para qué ir más lejos? El fin de mi fe es Cristo, el fin de mi fe es el Hijo de Dios; no me es permitido conocer lo que precede a su generación, pero tampoco me está permitido ignorar la realidad de su generación.

Cree, pues, de la manera en que ha creído Pedro, a fin de ser feliz tú también, para merecer oír tú mismo también: Pues no ha sido la carne ni la sangre la que te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos. Efectivamente, la carne y la sangre no pueden revelar más que lo terreno; por el contrario, el que habla de los misterios en espíritu no se apoya sobre las enseñanzas de la carne ni de la sangre, sino sobre la inspiración divina. No descanses tú sobre la carne y la sangre, no sea que adquieras las normas de la carne y de la sangre y tú mismo te hagas carne y sangre. Pues el que se adhiere a la carne, es carne y el que se adhiere a Dios es un solo espíritu (con El) (1 Cor 6,17). Mi espíritu, dice, no permanecerá nunca más con estos hombres porque son carnales (Gen 6,3).

Más ¡ojalá que los que escuchan no sean carne ni sangre, sino que, extraños a los deseos de la carne y de la sangre puedan decir: No temeré qué pueda hacerme la carne (Ps. 55, 5). El que ha vencido a la carne es un fundamento de la Iglesia y, si no puede igualar a Pedro, al menos puede imitarle. Pues dones de Dios son grandes: no sólo ha restaurado lo que era nuestro, sino que nos ha concedido lo que era suyo.

Sin embargo, podemos preguntarnos por qué la multitud no veía en Él otro más que Elías, Jeremías o Juan Bautista. Elías, tal vez porque fue llevado al cielo; pero Cristo no es Elías uno es arrebatado al cielo, el otro regresa; uno, he dicho, ha sido arrebatado, el otro no ha creído una rapiña ser igual a Dios (Phi 2, 6); uno es vengado por las llamas que él invoca (1Reg 18,38), el otro ha querido mejor sanar a sus perseguidores que perderlos. Mas ¿por qué lo han creído Jeremías? Tal vez porque él fue santificado en el seno de su madre. Pero El no es Jeremías. Uno es santificado, el otro santifica; la santificación de uno ha comenzado con su cuerpo, el otro es el Santo del Santo.

¿Por qué, pues, el pueblo creía que era Juan? ¿No será porque estando en seno de su madre percibió la presencia del Señor? Pero El no es Juan: uno adoraba estando en el seno, el otro era adorado; uno bautizaba con agua, Cristo en el Espíritu; uno predicaba la penitencia, el otro perdonaba los pecados.

Por eso Pedro no ha seguido el juicio del pueblo, sino que ha expresado el suyo propio al decir: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo. El que es, es siempre, no ha comenzado a ser, ni dejará de ser. La bondad de Cristo es grande porque casi todos sus nombres los ha dado a sus discípulos: Yo soy, dice, la luz del mundo (Mt 5, 14). Yo soy el pan vivo (Io 6,51); y todos nosotros somos un solo pan (1 Cor 10,17). Yo soy la verdadera vid (Io 15, l); y El te dice: Yo te planté de la vid más generosa, toda verdadera (Ier 2,21). Cristo es piedra -pues bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo (1 Cor 10,4)-, y El tampoco ha rehusado la gracia de este nombre a su discípulo, de tal forma que él es también Pedro, para que tenga de la piedra la solidez constante, la firmeza de la fe.

Esfuérzate también tú en ser piedra. Y así, no busques la piedra fuera de ti, sino dentro de ti. Tu piedra es tu acción; tu piedra es tu espíritu. Sobre esta piedra se edifique tu casa, para que ninguna borrasca de los malos espíritus puedan tirarla. Tu piedra es la fe; la fe es el fundamento de la Iglesia. Si eres piedra, estarás en la Iglesia, porque la Iglesia está fundada sobre piedra. Si estás en la Iglesia, las puertas del infierno no prevalecerán sobre ti: las puertas del infierno son las puertas de la muerte, y las puertas de la muerte no pueden ser las puertas de la Iglesia.

Pero ¿qué son las puertas de la muerte, es decir, las puertas del infierno, sino las diversas especies de pecados? Si fornicas, has pasado las puertas de la muerte. Si dejas la fe buena, has franqueado las puertas del infierno. Si has cometido un pecado mortal, has pasado las puertas de la muerte. Más Dios tiene poder de abrirte las puertas de la muerte, para que proclames alabanzas en las puertas de la hija de Sión (Ps 9,14). En cuanto a las puertas de la Iglesia, éstas son las puertas de la castidad, las puertas de la justicia, que el justo acostumbra a franquear: Ábreme, dice, las puertas de la justicia, y, habiendo pasado por ellas alabaré al Señor (Ps 117,19). Pero como la puerta de la muerte es la puerta del infierno, la puerta de la justicia es la puerta de Dios; pues he aquí la puerta del Señor, los justos entrarán por ella (ibid., 20). Por eso, huye de la obstinación en el pecado, para que las puertas del infierno no triunfen sobre ti; porque, si el pecado se adueña en ti, ha triunfado la puerta de la muerte. Huye pues, de las riñas, disensiones, de las estrepitosas y tumultuosas discordias, para que no llegues a traspasar las puertas de la muerte. Pues el Señor no ha querido al principio ser proclamado; para que no se levantase ningún tumulto. Exhorta a sus discípulos que a nadie digan: El Hijo del hombre ha de padecer mucho, ser rechazado de los ancianos y de los príncipes de los sacerdotes, y de los escribas, ser muerto, y resucitar al tercer día (Lc. 9,22).

Tal vez el Señor ha añadido esto porque sabía que sus discípulos difícilmente habían de creer en su pasión y en su resurrección. Por eso ha preferido afirmar El mismo su pasión y su resurrección, para que naciese la fe del hecho y no la discordia del anuncio. Luego Cristo no ha querido glorificarse, sino que ha deseado aparecer sin gloria para padecer el sufrimiento; y tú, que has nacido sin gloria, ¿quieres glorificarte? Por el camino que ha recorrido Cristo es por donde tú has de caminar. Esto es reconocerle, esto es imitarle en la ignominia y en la buena fama (cf. 2 Cor 6,8), para que te gloríes en la cruz, como El mismo se ha gloriado. Tal fue la conducta de Pablo, y por eso se gloría al decir: Cuanto a mí, no quiera Dios que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Gal 6,14).

Pero veamos por qué según San Mateo (16,20), nosotros encontramos que son avisados los discípulos de no decir a nadie que El es el Cristo, mientras que aquí se les increpa, según está escrito, de no decir a nadie que El ha de padecer mucho y que ha de resucitar. Advierte que en el nombre de Cristo se encierra todo. Pues El mismo es el Cristo que ha nacido de una Virgen, que ha realizado maravillas ante el pueblo, que ha muerto por nuestros pecados y ha resucitado de entre los muertos. Suprimir una de estas cosas equivale a suprimir tu salvación. Pues aun los herejes parecen tener a Cristo con ellos: nadie reniega el nombre de Cristo; pero es renegar a Cristo no reconocer todo lo que pertenece a Cristo. Por muchos motivos. El ordena a sus discípulos guardar silencio: para engañar al demonio, evitar la ostentación, enseñar la humildad, y también para que sus discípulos, todavía rudos e imperfectos, no queden oprimidos por la mole de un anuncio completo.

Examinemos ahora por qué motivo manda callar también a los espíritus impuros. Nos descubre esto la misma Escritura, pues Dios dice al pecador: ¿Por qué cuentas tú mis justicias? (Ps 49,16). No sea que, mientras oye al predicador, siga al que yerra; pues mal maestro es el diablo, que muchas veces mezcla lo falso con lo verdadero, para cubrir con apariencias de verdad su testimonio fraudulento.

Consideremos también aquí: ¿Es ahora la primera vez que El ordena a sus discípulos no digan a nadie que El es el Cristo? ¿O lo ha recomendado ya cuando envió a los doce apóstoles y les prescribió: No vayáis a los gentiles, ni entréis en ciudad de samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas del casa de Israel; curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, arrojad a los demonios, e informaos de quinen hay en ella digno y quedaos allí hasta que partáis (Mt 10, 5ss). No se ve en esta ordenación que predicasen a Cristo Hijo de Dios.

Hay, pues, un orden para la discusión y un orden para la exposición; también nosotros, cuando los gentiles son llamados a la Iglesia, debemos establecer un orden en nuestra actuación; primero enseñar que sólo hay un Dios, autor del mundo y de toda las cosas, en quien vivimos, existimos y nos movemos, y de la raza del cual somos nosotros (Act 17,28); de tal modo que de hemos amarle no sólo por los beneficios de la luz y de la vida sino, más aún, por cierto parentesco de raza.
Luego destruiremos la idea que ellos tienen de los ídolos, pues la materia del oro, de la plata o de la madera, no puede tener una energía divina. Habiéndoles convencido de la existencia de un solo Dios, tú podrá gracias a El, mostrar que la salvación nos ha sido dada por Jesucristo, comenzando por lo que El ha realizado en su cuerpo mostrando el carácter divino, de modo que aparezca que El e más que un hombre, habiendo vencido la muerte por su fuerza propia, y que este muerto ha resucitado de los infiernos. Efectivamente, poco a poco es como aumenta la fe: viendo que es mi que un hombre, se cree que es Dios; pues sin probar que El no ha podido realizar estas cosas sin su poder divino, ¿cómo podrías demostrar que había en El una energía divina?

Mas, si, tal vez, esto te parezca de poca autoridad y fe, lee el discurso dirigido por el Apóstol a los atenienses. Si al principio El hubiera querido destruir las ceremonias idolátricas, los oídos paganos hubieran rechazado sus palabras. El comenzó por un solo Dios, creador del mundo, diciendo: Dios que ha hecho el mundo y todo lo que en él se encuentra (Act 17,24). Ellos no podían negar que hay un solo autor del mundo, un solo Dios, un de creador de todas las cosas. El añade que el Dueño del cielo y de la tierra no se digna habitar en las obras de nuestras manos; puesto que no es verosímil que el artista humano encierre en la vana materia del oro y de la plata el poder de la divinidad; el remedio para este error, decía, es el deseo de arrepentirse. Luego vino a Cristo y no quiso, sin embargo, llamarlo Dios más que hombre: En el hombre, dice, que El ha designado a la fe de todos resucitándole de la muerte. En efecto, el que predica ha de tener presente la calidad de las personas que le escuchan, para no ser burlado antes de ser entendido. ¿Cómo habrían creído los atenienses que el Verbo se hizo carne, y que una Virgen ha concebido del Espíritu Santo, si se reían cuando oían hablar de la resurrección de los muertos? Sin embargo, Dionisio Areopagita ha creído y creyeron los demás en este hombre para creer en Dios. ¿Qué importa el orden en que cada uno cree? No se pide la perfección desde el principio, sino que desde el principio se llegue a la perfección. El ha instruido a los atenienses siguiendo ese método, y éste es el que nosotros debemos seguir con los gentiles.
Más cuando los apóstoles se dirigen a los judíos ellos dicen que Cristo es Aquel que nos ha sido prometido por los oráculos de los profetas. Ellos no lo llaman desde el principio y por su propia autoridad Hijo de Dios, sino un hombre bueno, justo, un hombre resucitado de entre los muertos, el hombre que habían dicho los profetas : Tú eres mi hijo, yo hoy te he engendrado (Ps 2,7).

Luego también tú, en las cosas difíciles de creer, acude a la autoridad de la palabra divina y muestra que su venida fue prometida por la voz de los profetas; enseña a que resurrección había sido afirmada también mucho tiempo antes por el testimonio de la Escritura -no aquella que es normal y común a todos, a fin de obtener, estableciendo su resurrección corporal, un testimonio de su divinidad. Habiendo constatado, en efecto, que los cuerpos de los otros sufren la corrupción después de muertos, para éste, del cual se ha dicho: Tú no permitirás que tu Santo vea la corrupción (Ps 15,10), reconocerás la exención de la fragilidad humana, muestras que El sobrepasa las característica de la naturaleza humana y, por lo tanto, ha de acercarse más a Dios que a los hombres.

Si se trata de instruir a un catecúmeno que quiere recibir los sacramentos de los fieles, es necesario decir que hay un solo Dios, de quien son todas las cosas, y un solo Jesucristo, por quien son todas las cosas (1 Cor 8,6); no hay que decirle que son dos Señores; que el Padre es perfecto, perfecto igualmente el Hijo, pero que el Padre y el Hijo no son más que una sustancia; que el Verbo eterno de Dios, Verbo no proferido, sino que obra, es engendrado del Padre, no producido por su palabra.

Luego les está prohibido a los apóstoles anunciarlo como Hijo de Dios, para que más tarde lo anuncien crucificado. El esplendor de la fe es comprender verdaderamente la cruz de Cristo. Las otras cruces no sirven por nada; sólo la cruz de Cristo me es útil otras realmente útil; ella el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo (Gal 6,15). Si el mundo está crucificado para mí, yo sé que está muerto; yo no lo amo; yo sé que él pasa: yo no lo deseo; yo sé que la corrupción devorará a este mundo: yo lo evito como maloliente, lo huyo como la peste, lo dejo como nocivo.

Más, ciertamente, no pueden creer inmediatamente que la salvación ha sido dada a este mundo por la cruz. Muestra, pues, por la historia de los griegos que esto fue posible. También el Apóstol, con ocasión de persuadir a los incrédulos, no rehúsa los versos de los poetas para destruir las fábulas de los poetas. Si se recuerda que muchas veces legiones y grandes pueblos han sido librados por el sacrificio y la muerte de algunos, como lo afirma la historia griega; si se recuerda que la hija de un jefe ha sido ofrecida al sacrificio para hacer pasar los ejércitos de los griegos"; si consideramos, en nosotros, que la sangre de los carneros, de los toros y la ceniza de una ternera santifica por su aspersión para purificar la carne, como está escrito en la carta a los Hebreos (9,13); si la peste, atraída a ciertas provincias por tales pecados de los hombres, ha sido conjurada, se dice, por la muerte de uno solo, lo cual ha prevalecido por un razonamiento o resultado de una disposición, para que se crea más fácilmente en la Cruz Cristo, estará propenso a que los que no pueden renegar su historia confirmen la nuestra.

Mas como ningún hombre ha sido tan grande que haya podido quitar los pecados de todo el mundo -ni Enoc, ni Abraham, ni Isaac, que aunque fue ofrecido a la muerte, sin embargo fue dejado, porque él no podía destruir todos los pecados, ¿y qué hombre fue bastante grande que pudiese expiar todos los pecados? Ciertamente, no uno del pueblo, no uno de tantos, sino el Hijo de Dios que ha sido escogido por Dios Padre; estando por en cima de todos, El podía ofrecerse por todos ; El debía morir, a fin de que, siendo más fuerte que la muerte, librase a los otros, habiendo venido a ser, entre los muertos, libre, sin ayuda (Ps 87,5), libre de la muerte sin ayuda del hombre o de una criatura cualquiera, y verdaderamente libre, puesto que rechazó la esclavitud de la concupiscencia y no conoció las cadenas de la muerte.
(San Ambrosio, Obras de San Ambrosio, B.A.C., Madrid, 1966, pg. 334-344)


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Santos Padres: San Gregorio Magno - Un nuevo precepto -  seguir a Cristo

Como nuestro Señor y Redentor vino al mundo cual hombre nuevo, dio al mundo preceptos nuevos; pues a nuestra vida antigua, amamantada en los vicios, opuso su contrario y nuevo modo de vivir. Porque el hombre viejo y carnal, ¿qué es lo que había aprendido sino a guardar para sí lo propio, arrebatar lo ajeno, si podía, y apetecerlo cuando no podía? Pero el médico celestial a cada uno de los vicios opuso remedios que les salieran al paso; porque así como en el arte de la medicina, el calor se cura con el frío, y el frío con el calor, así nuestro Señor opuso a los pecados remedios contrarios, mandando a los lúbricos continencia; a los duros de corazón, largueza; a los iracundos, mansedumbre, y a los soberbios, humildad.

En efecto, al proponer a los que le seguían nuevos preceptos, dijo (Lc.14, 33): Cualquiera de vosotros que no renuncia todo lo que posee, no puede ser mi discípulo. Como si claramente dijera: Los que, según el antiguo modo de vivir, apetecéis lo ajeno, si queréis convertiros, dad generosamente de lo vuestro.
Pero oigamos lo que dice en esta lección: Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo. Allí se dice renunciemos a lo nuestro; aquí se dice que renunciemos a nosotros mismos. Es verdad que tal vez no sea costoso para el hombre el renunciar lo que posee, pero sí que es muy costoso el renunciarse a sí mismo. En efecto, el renunciar lo que se posee tiene menos importancia, pero la tiene mucho mayor el renunciar lo que se es.

2. Pues bien, el Señor, a los que venimos a Él, ha mandado que renunciemos nuestras cosas, porque todos los que venimos a la palestra de la fe tomamos a nuestro cargo el luchar contra los espíritus malignos; ahora bien, los espíritus malignos nada poseen en este mundo; por consiguiente, con ellos, desnudos, debemos luchar nosotros desnudos; porque, si uno que está vestido lucha con quien está desnudo, pronto será echado a tierra, porque tiene por donde ser asido. ¿Y qué son todas las cosas terrenas sino algo a manera de vestidos? Luego quien corre a luchar contra el diablo debe despojarse de los vestidos para no sucumbir; nada de este mundo posea con amor; no se procure de las cosas temporales deleite alguno, no sea que, por cubrirse con tal apetito, tenga por donde ser sujetado para caer.

Mas no es bastante renunciar a nuestras cosas si no renunciamos además a nosotros mismos. Pero... ¿qué es lo que estamos diciendo? ¿Que nos renunciemos también a nosotros mismos? Pues si nos renunciamos a nosotros mismos, ¿adónde iremos fuera de nosotros? ¿O quién es el que va si él mismo se deja?.
Pero es que somos una cosa en cuanto caídos por el pecado, y otra en cuanto formados por la naturaleza; una, cosa es lo que nos hemos hecho, y otra lo que hemos sido hechos. Renunciémonos en lo que nos hemos convertido pecando, y mantengámonos cuales hemos sido hechos por la gracia. Vedlo, pues; el que ha sido soberbio, si, vuelto a Cristo, se ha hecho humilde, ya se ha renunciado a sí mismo; si un lujurioso ha cambiado su vida en continente, también se ha renunciado en lo que fue; si un avaro ha dejado de ambicionar y quien antes arrebataba lo ajeno ha aprendido a dar generosamente de lo propio, ciertamente se ha negado a sí mismo; él es el mismo en cuanto a la naturaleza, es verdad; pero no es el mismo en cuanto a la maldad; que por eso está escrito (Prov. 12,7): Da una vuelta a los impíos y no quedará rastro de ellos; porque, vueltos los impíos, desaparecerán, no porque en absoluto no tengan ser, sino porque no estarán ya en el pecado de su maldad.

Luego, cuando cambiamos lo que fuimos en lo viejo del pecado y nos mantenemos firmes en aquello para lo que hemos sido llamados por la novedad de la gracia, entonces nos negamos, entonces nos dejamos a nosotros mismos.

Examinemos cómo se había negado San Pablo, cuando decía (Gal. 2,20): Vivo yo, o más bien, ya no vivo yo. En efecto, habíase extinguido aquel perseguidor cruel y había comenzado a vivir el piadoso predicador, pues si hubiera permanecido el mismo, claro que no sería piadoso.

Pero, ya que dice que no vive, díganos cómo es que predica tan santamente enseñando la verdad; y enseguida añade: sino que Cristo vive en mí. Como si claramente dijera: Yo cierto es que me he extinguido a mí mismo, porque ya no vivo según la carne; pero no estoy muerto en mi ser natural, porque vivo según el espíritu en Cristo.

3. Diga, pues, diga con razón la Verdad: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo; porque quien no deja de estar en sí mismo, no puede acercarse a lo que está más alto que él, ni puede alcanzar lo que está más arriba que él mientras no haya aprendido a sacrificar lo que tiene.

Así se trasplantan los arbustos para que prosperen, y, por decirlo así, se les arranca de raíz para que crezcan. Así desaparecen las semillas al mezclarse con la tierra, para que crezcan más abundantes, conservando sus especies; pues por donde parece que han perdido el ser que tenían, por ahí reciben el aparecer lo que no eran.

Pues bien: el que ya se ha negado a los vicios, debe procurarse las virtudes en las cuales crezca; porque, después de haber dicho: El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, en seguida añade: Cargue con su cruz y sígame.
De dos maneras se carga con la cruz: o afligiendo el cuerpo con la abstinencia o afligiendo el alma con la compasión hacia el prójimo.

Veamos cómo San Pablo llevó de ambos modos su cruz, el cual decía (I Cor. 9,27): Yo castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo predicado a los otros, venga yo a ser reprobado. Bien: ya hemos oído cómo llevó la cruz de la carne: mortificando el cuerpo; oigamos cómo llevó la cruz del alma en la compasión del prójimo. Dice, pues (2 Cor. 11,29): ¿Quién enferma que no enferme yo con él? ¿Quién, es escandalizado que yo no me requeme? Efectivamente, el perfecto predicador, para dar ejemplo de abstinencia, llevaba la cruz en el cuerpo, y porque sentía en sí los daños de la flaqueza ajena, llevaba la cruz en el corazón.

Ahora bien, como ciertos vicios andan cercando a las virtudes, deber nuestro es decir qué vicio acecha desde muy cerca a la abstinencia de la carne y cuál a la compasión del prójimo. La vanagloria, pues, algunas veces asalta de cerca a la abstinencia de la carne; porque, cuando se echan de ver el cuerpo macilento y flaco y la palidez del rostro, se alaba la virtud que salta a la vista; y cuanto más de manifiesto se muestra a los ojos humanos, tanto más rápidamente se derrama afuera; y generalmente lo que parece hacerse por Dios, se hace solamente por los aplausos humanos; como lo demuestra bien aquel Simón que, hallado en el camino, lleva alquilado la cruz del Señor. En efecto, se llevan las cargas ajenas en alquiler cuando se hace algo por algún ansia de vanidad. ¿Y quiénes están representados en Simón sino los abstinentes y arrogantes, que afligen, sí, su carne con la abstinencia, pero interiormente no reportan el fruto de la abstinencia? Por tanto, Simón lleva en alquiler la cruz del Señor; esto es, el pecador, cuando no procede en el bien obrar con buena voluntad, realiza sin fruto la obra del justo. Por eso el mismo Simón lleva la cruz, pero no muere; que es decir: los abstinentes y arrogantes ciertamente afligen su cuerpo con la abstinencia, pero viven para el mundo por el afán de vanagloria.

También la falsa piedad acecha oculta a la compasión del alma, de tal suerte que a veces la lleva hasta condescender con los vicios; siendo así que para con las culpas no se debe ejercer la compasión, sino el celo; porque al hombre se debe la compasión, pero a los vicios la rectitud; de tal suerte que a un tiempo amemos lo que en la criatura ha hecho Dios y ahuyentemos lo malo que la criatura ha hecho, no sea que, si incautamente dejamos pasar las culpas, parezca, no que compadecemos por caridad, sino que condescendemos por negligencia.
4. Prosigue: Pues quien quisiere salvar su vida, la perderá; más quien perdiere su vida por mí, la encontrará. Así se le dice al fiel: Quien quisiere salvar su vida, la perderá; mas quien perdiere su vida por mí, la encontrará. Es como si a un labrador se le dijera: Si guardas el trigo, lo pierdes; si lo siembras, lo hallas de nuevo.

¿Quién no sabe que el trigo, cuando se siembra, desaparece de la vista y muere en la tierra?; pero, por lo mismo que se pudre en la tierra, reverdece renovado. Ahora bien, como la santa Iglesia tiene unos tiempos de persecución y otros tiempos de paz, nuestro Redentor da preceptos distintos para unos tiempos y para los otros.

En tiempo, pues, de persecución hay que dar la vida; pero en tiempo de paz hay que quebrantar los deseos terrenales que más ampliamente pueden dominarse.

Por eso se dice también a continuación: Porque ¿de qué le sirve al hombre el ganar todo el mundo, si pierde su alma?

Cuando falta la persecución de los enemigos, hay que guardar con la mayor cautela el corazón, porque en tiempo de paz, como se puede vivir, también gusta ambicionar. Esta ambición ciertamente se reprime bien si se examina con cuidado la misma situación del ambicioso. Porque ¿a qué conduce el afán de acumular cuando no puede perdurar el mismo que acumula? Tenga en cuenta cada uno lo efímero de su vida y caerá en la cuenta de que puede bastarle lo poco que tiene. Pero tal vez teme que le falte con qué sostenerse en el viaje de esta vida; la brevedad de la vida está reprendiendo nuestros largos deseos, pues inútilmente llevamos muchas cosas cuando tan cercano se halla el término adonde se va.

Mas muchas veces vencemos, sí, la avaricia, pero todavía existe un obstáculo: el no seguir los caminos de la rectitud por no poner el menor cuidado para la perfección; pues muchas veces menospreciamos lo pasajero, pero, no obstante, nos hallamos impedidos por el respeto humano, de tal suerte que no nos atrevemos todavía a profesar de palabra la rectitud que guardamos en el alma; y en la defensa de la justicia, no tanto atendemos a que lo ve Dios cuanto nos avergüenza el que los hombres vean que obramos contra la justicia.

Pero también a esta llaga se aplica después el oportuno remedio, cuando el Señor dice (Lc. 9,26): Quien se avergonzare de mí y de mis palabras, de ese tal se avergonzará el Hijo del hombre cuando venga en su majestad y en la del Padre y de los santos ángeles.

5- Mas he aquí que los hombres dicen ahora para sus adentros: Nosotros no nos avergonzamos ya del Señor ni de sus palabras, puesto que a plena voz le confesamos. A los cuales yo respondo que en esta multitud de cristianos hay algunos que confiesan a Cristo porque se ve que todos son cristianos; pero, si el nombre de Cristo no estuviera hoy en tanta gloria, no tendría hoy la santa Iglesia tantos profesos. Luego no es prueba de la fe la profesión verbal de la fe, cuando el profesarla todos libra de la vergüenza. Hay, sin embargo, alguna señal por donde cada uno se pruebe verdaderamente en la confesión de Cristo: pregúntese si no se avergüenza ya del nombre; si con plena fortaleza de alma arrostra el que los hombres le avergüencen; pues cierto es que en tiempo de persecución podían los fieles soportar las afrentas, ser despojados de sus bienes, depuestos de sus dignidades, ser atormentados con castigos; mas en tiempo de paz, como no nos hacen tales cosas nuestros perseguidores, hay otras cosas por donde nosotros nos demos a conocer.
(San Gregorio Magno, Obras de San Gregorio Magno¸ B.A.C., Madrid, 1958, pg. 697-701)



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Aplicación: R.P. Alfonso Torres, S.J. (I) - El Primado de Pedro

En la lección sacra del último domingo empezábamos a explicar aquel episodio evangélico que tuvo lugar en Cesarea de Filipo, y en el cual San Pedro confesó la divinidad de Jesucristo y nuestro divino Redentor le otorgó magníficas promesas.

Explicamos la primera parte de ese episodio, o sea, todo lo que se refiere a la confesión de San Pedro, y nos quedó por explicar la segunda parte, en la que nuestro Señor hace a Pedro las promesas que hemos indicado.

Esa segunda parte del episodio evangélico, según el evangelio de San Mateo, capítulo 16, dice de esta manera:

Y Jesús, replicando, le dijo a él: Bienaventurado eres, Simón Bar Joná, porque carne ni sangre no te lo reveló, sino el Padre mío, que está en los cielos.

Y yo a mi vez te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

Y te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que atares sobre la tierra, será atado en los cielos, y lo que desatares sobre la tierra, será desatado en los cielos. Entonces expresamente ordenó a los discípulos que a nadie dijesen que El es el Cristo.

Hay en los sagrados evangelios unos cuantos testimonios que se refieren de una manera expresa a las prerrogativas de San Pedro. De esos testimonios se puede sacar toda la doctrina relativa al romano pontífice. Entre esos testimonios se cuenta el que yo acabo de leeros, y es uno de los principales. Forzando la consideración, apurando hasta el último extremo los argumentos de estas palabras dirigidas por Jesús a San Pedro,

Podríamos sacar íntegro todo un tratado teológico acerca del romano pontífice; pero como las verdades que ahora tendríamos que explicar las vamos a ir encontrando en otros textos del santo evangelio, vamos a reducir nuestra consideración a un solo punto, o sea, a considerar en estas palabras del santo evangelio la autoridad que Jesucristo nuestro Señor confirió a San Pedro para gobernar y regir a la santa Iglesia; en otros términos, lo que llaman los teólogos el primado de jurisdicción de San Pedro.

Sabéis que, cuando se habla del primado de San Pedro, se suele entender esta palabra en sentidos muy diversos. Se habla de un primado de honor: es San Pedro a quien compete el mayor honor en la Iglesia de Jesucristo; se habla de un primado de jurisdicción, y entonces se entiende que San Pedro tiene el poder de gobernar la Iglesia, y de gobernarla con autoridad suprema, y así se va explicando este nombre, primado, en muy diversos sentidos. Para nosotros, ahora significa ese poder supremo de gobernar la Iglesia de Dios, o sea, lo que encierran los teólogos en la frase «primado de jurisdicción».

Antes de explicar las palabras del evangelio, quisiera yo hacerles notar de paso alguna controversia que hay acerca de ellas. Todos entenderán, sin necesidad de otras explicaciones, que estas palabras del evangelio son molestísimas para todos aquellos que no reconocen la autoridad del romano pontífice, y en primer término para los herejes protestantes en cualquiera de sus sectas y en cualquiera de sus manifestaciones. Son molestísimas, porque son el fundamento indestructible de lo que ellos combaten, de lo que ellos niegan, de aquella autoridad contra la cual ellos se rebelaron. Siendo molestísimas para ellos estas palabras, han tratado, como era natural, de quitarles toda su fuerza, y no ha quedado ningún camino por el cual no pretendan llevar adelante su intento.

Principalmente, los ataques que se han dirigido a estas palabras del evangelio son tres: algunos han negado la autenticidad de esta frase evangélica, es decir, han negado que esta frase estuviera primitivamente en el santo evangelio; otros han querido eliminar de estas palabras de Jesucristo la persona de San Pedro, y han querido referirlas a la fe, no a la persona de Pedro, sin buscar en ellas ninguna autoridad. Si lo que quiso Cristo decir es que la confesión de fe de San Pedro era como un fundamento de la Iglesia, era algo así como las llaves y el atar y desatar el reino de los cielos, entonces no tiene derecho San Pedro a recabar para su persona ninguna autoridad; y este camino lo han seguido los protestantes hasta empleando con habilidad unas palabras de los Santos Padres. Por último, ya que no han podido eliminar la persona de San Pedro, han querido que él en esta ocasión no fuera más que un representante de todos los apóstoles, de modo que no es a él solo, personalmente, a quien se da la autoridad de que aquí se habla o a quien se hacen estas magníficas promesas del Señor, sino que es ésta una promesa hecha a todo el colegio apostólico, digamos a toda la Iglesia, que no supone ninguna primacía, ningún privilegio, ninguna autoridad especial en el que nosotros llamamos cabeza de la Iglesia, o sea, en el apóstol San Pedro, y después en cada uno de sus sucesores.

Por estos caminos se ha intentado quitar toda su fuerza, enervar estas palabras del santo evangelio.

Los tres caminos son tan evidentemente equivocados, que, cuando hay que leer en algún tratado de teología las discusiones interminables entre protestantes y católicos acerca de estas palabras del evangelio, no le queda a uno en el ánimo otra sensación que la de cansancio, de hastío; esa sensación que suele quedar cuando se está haciendo una cosa inútil, y, más que inútil, necia. Cada una de esas afirmaciones tiene una refutación evidente, que, reducida a pocas palabras, podría ponerse así: que el texto es auténtico, lo sabemos nosotros, porque no hay ni uno solo de los manuscritos del evangelio, desde los más antiguos que se conocen hasta los más modernos, que no contenga esta frase, que no contenga estas palabras; y como el mayor argumento de la autenticidad es este que yo estoy mencionando ahora, es—como dijo el Señor refiriéndose a San Pablo—empeñarse en dar coces contra el aguijón combatir esa autenticidad.

Aunque os parezca inverosímil, todo el fundamento que han encontrado para combatir la autenticidad de estas palabras evangélicas es que en algunas citas de los Santos Padres se ha alterado alguna palabra del texto; no una palabra que signifique una mutación sustancial del mismo, sino una palabra secundaria. Y porque alguna vez algún escritor eclesiástico o algún Padre ha alterado una palabra secundaria del texto, ya han creído encontrar una razón suficiente para decir que el texto no era auténtico; es decir, todas las veces que nosotros citamos un texto de la Escritura, y no lo citamos literalmente, como está en el texto original o como está en la versión que usamos, pues estamos destruyendo, según ese sistema, la autenticidad de aquel texto bíblico. Alguna vez se empeñan en que ese texto lo debieron citar los que no lo citaron, que es uno de los argumentos más socorridos que hay, a veces, contra la autenticidad de las cosas más históricas, y aun se empeñan en hacerlo en tratados, en libros, que para nada tenían que hablar del sumo pontífice. Es como si nos empeñáramos en que en un tratado acerca de la presencia de Dios debiera haber toda la doctrina del primado de jurisdicción de San Pedro.

Como veis, los argumentos son tan vanos, tan necios, que bien podemos decir que la primera afirmación se refuta de un modo evidente.

La segunda afirmación es igualmente falsa, pues el Señor se refiere a la persona de San Pedro y no se refiere a la fe de San Pedro. Aquí hay un equívoco, y es que, ciertamente, en la escena evangélica que estamos comentando se habla de la persona de San Pedro y de la fe de San Pedro; la razón es muy clara. San Pedro tuvo que hacer una confesión de fe en Cristo nuestro Señor, y a esa confesión de fe responde Jesús haciéndole estas divinas promesas. De alguna manera interviene ahí la fe de San Pedro, y, apoyándose en esa intervención de la fe, se puede oscurecer el sentido de las palabras evangélicas hasta hacer que desaparezca lo que es más evidente.

Las palabras del evangelio, es decir, estas palabras en que nuestro Señor hace a Pedro aquellas grandes promesas que hemos oído, ciertamente se refieren a su persona. No sé yo de qué manera se podría hablar, qué otro modo podríamos encontrar de referirnos a una persona que este que encontramos nosotros en los versículos que ahora comentamos.

Lo mismo que esas dos dificultades anteriores, se puede refutar la tercera con sólo considerar que se trata aquí de un diálogo entre Jesucristo nuestro Señor y San Pedro, y todo lo que se quiera añadir no tiene el menor fundamento en el texto evangélico.

Para no entretenemos en cosas secundarias, dejemos esta primera serie de observaciones y entremos en algo que va más derechamente a nuestro asunto. En el texto evangélico que ahora comentamos, nuestro Señor hace sus promesas a San Pedro valiéndose de una triple metáfora: primero, de la metáfora de una peña, de una roca; segundo, de la metáfora de las llaves, y tercero, valiéndose de esa manera figurada de hablar que encierran las palabras atar y desatar, le da potestad para atar y desatar en el reino de los cielos.

Desentrañando el sentido de esta triple metáfora, se llega a conocer todo lo que en la ocasión presente nuestro divino Redentor prometió a su apóstol y luego le otorgó, como tendremos ocasión de ver cuando expliquemos otras palabras evangélicas.

En la metáfora de la piedra hay algo que no se percibe en nuestra traducción. En nuestra traducción se suele decir: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; pero en realidad el texto debería exponerse así: Tú eres piedra, y sobre esa piedra edificaré mi Iglesia. Al traducirse esas palabras al castellano, para guardar el género correspondiente a cada cosa, se han alterado; pero el sentido verdadero de las mismas es el que expresa la traducción que yo acabo de hacer. ¿Qué puede significar aquí esta frase: Tú eres piedra, roca, y sobre esa roca edificaré yo mi Iglesia? Se trata, naturalmente, de una sociedad humana. La palabra Iglesia, que se usa pocas veces en el Nuevo Testamento, viene a significar aquí lo mismo que esa otra palabra el reino de Dios o el reino de los cielos, que vimos cuando exponíamos las parábolas del lago. Antiguamente, existía esa sociedad espiritual que los judíos llamaban la sinagoga, correspondiendo esta palabra Iglesia en el Nuevo Testamento a la sinagoga del Antiguo. Cristo nuestro Señor habla de su Iglesia, funda su Iglesia, y esa sociedad espiritual, esa sociedad humana, dice El que se fundará sobre una piedra, sobre una roca firme, y esa roca firme será la persona de San Pedro.

Si algo puede significar esta metáfora, y si no queremos atribuir a Jesucristo una palabra vana, hemos de convenir que esa sociedad humana—humana en el sentido de que va a ser compuesta de hombres, porque en otro sentido puede llamarse y debe llamarse divina—tendrá por cabeza y por autoridad al mismo Pedro. Fundar la Iglesia sobre algo, ser el sostén de la Iglesia, ¿qué otra cosa puede significar? Cristo nuestro Señor, al establecer con firmeza esa sociedad de hombres para que subsista, para que viva, le da una autoridad que la gobierne, que la dirija, que la defienda, que sea, en una palabra, su cimiento y su sostén.

Apunta el Señor o acentúa con un nuevo matiz esa metáfora de la piedra, aludiendo a unas palabras del evangelio que explicábamos nosotros cuando hablamos del sermón de la Montaña. Recordarán que el sermón de la Montaña acaba con una parábola. Se habla del hombre que edifica su casa sobre roca viva, y se da a entender que el primero es imprudente, porque su casa se arruinará muy pronto, en cuanto soplen los vientos, en cuanto se desaten las tempestades, en cuanto salgan los torrentes, y, en cambio, se alaba la prudencia de aquel que construyó su casa sobre una roca viva, porque, al construirla así, la hizo como indestructible.

Aludiendo a esa parábola que hay al final del sermón de la Montaña, el Señor, después de haber dicho que va a fundar su Iglesia sobre la roca viva de la persona de Pedro, añade:

Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

Se discute si esta palabra ella se refiere directamente a la Iglesia o se refiere a la piedra sobre que está edificada de una manera directa; pero en cualquiera de las dos hipótesis, el sentido es el mismo: si no prevalecen contra la piedra, no prevalecen contra la Iglesia, y, si no prevalecen contra la Iglesia, tampoco prevalecen contra la piedra en la cual la Iglesia está asentada. Esta podría ser una discusión meramente verbal, pero la idea siempre sería la misma: la Iglesia fundada sobre Pedro es indestructible.

Tampoco sabemos con toda certeza lo que significan aquí las puertas del infierno. Hay una interpretación posible, según la cual las puertas del infierno sería una alusión a la muerte, para decir que la Iglesia es indefectible, que no morirá jamás; pero hay otra explicación mucho más ajustada al texto del evangelio, mucho más apoyada en la tradición eclesiástica, según la cual lo que quiere decir aquí el Señor es las potestades infernales, que están señaladas con la palabra puerta del infierno —tomando aquí la palabra puerta en el sentido de tribunal y en el sentido de autoridad, como todavía la tomamos nosotros cuando para hablar de las autoridades del imperio otomano mencionamos la Sublime Puerta, y como muchas veces se emplea en otros lugares de la Sagrada Escritura—; entendiendo esta palabra así, por las potestades infernales, se ajusta uno más al texto evangélico, y lo que quiere significar es que se levantarán contra la Iglesia las potestades del infierno, pero no podrán prevalecer contra ella.

En uno y otro caso, en una y otra significación, lo que afirma el Señor es que contra esa Iglesia que Él va a fundar sobre la roca viva que es Pedro no prevalecerá la muerte y no prevalecerá la persecución. Él es como el hombre que ha sabido edificar sobre roca viva, y al edificar sobre roca viva ha hecho inmune la propia casa, la propia Iglesia, contra todas las tempestades. Se levantarán vientos huracanados, caerán lluvias, se desatarán los torrentes, pero la casa seguirá en pie, la Iglesia sobrevivirá a todos los diluvios, a todas las tormentas; la Iglesia, en una palabra, será inmortal, indefectible. Y será inmortal y será indefectible precisamente por esta razón, porque está fundada sobre la roca viva que es Pedro.

Por si pudiera quedar alguna oscuridad en esta metáfora, el Señor precisa más, y nos hace entender con las palabras del evangelio que siguen que se trata aquí realmente de la autoridad de la Iglesia. Al decir a Pedro: A ti te daré las llaves del reino de los cielos, es decir, de mi Iglesia, porque notad bien que aquí no se habla ahora únicamente del reino de los cielos, que hemos de poseer nosotros después de la muerte, sino que se emplea esta palabra reino de los cielos en el sentido en que tantas veces la hemos visto empleada en el evangelio, para significar la Iglesia que vive aquí, en la tierra. Te daré las llaves del reino de los cielos: esta metáfora de las llaves no ha de entenderse en el sentido pobrísimo de que San Pedro pueda abrir o cerrar a los hombres las puertas de la Iglesia, sino en ese sentido más amplio que suele tener cuando se entregan, como símbolo de autoridad, las llaves de una ciudad al conquistador; que ésta es la alusión que contienen las palabras de Jesucristo: transferir el poder, transferir la autoridad; o simplemente: nombrar un representante suyo, un vicario suyo, es algo que se hace con este símbolo de entregar las llaves, y lo que el Señor hace aquí es decir con una metáfora muy corriente entre los hombres y con unas palabras muy conocidas que el fundar la Iglesia sobre la piedra que es Pedro equivale a este otro: entregar la autoridad de la Iglesia a San Pedro.

Y ¿qué autoridad es ésa? En la tercera metáfora, el Señor completa estas ideas de una manera magnífica. Es la suprema y total autoridad. Porque la palabra de Cristo dice así: Todo lo que tú atares aquí, en la tierra, será atado en el cielo, y todo lo que tú desatares aquí, en la tierra, será desatado en el cielo. Sin entretenemos a ver el significado de esas palabras atar y desatar, que, evidentemente, es un significado moral; no se trata aquí de atar materialmente, sino de atar y desatar en el sentido en que ata y desata el legislador o el juez, es decir, el que tiene autoridad para gobernar, para regir, para mandar; sin entretenemos, repito, en explicar el sentido de esas palabras, al fijarnos en esta otra: cualquier cosa, todo lo que tú atares, será atado, y lo que tú desatares, será desatado, ¿qué se quiere significar o qué se puede significar con palabras semejantes sino que esa autoridad que se entrega a San Pedro cuando sobre él se funda la Iglesia como sobre una roca viva y cuando se le entregan las llaves del reino de los cielos es una autoridad suprema, universal? Es decir, ¿qué se puede significar con esas palabras sino eso que expresamos nosotros cuando, hablando del romano pontífice, le nombramos vicario de Jesucristo? Pedro va a quedar en la tierra como representante de Jesucristo para ejercer su autoridad, para gobernar su Iglesia en nombre del divino Fundador; en una palabra, para tener lo que llaman los teólogos «el primado de jurisdicción».

Siento que un asunto tan importante como éste lo hayamos tenido que explicar de una manera tan atropellada. Sin perjuicio de insistir en el mismo cuando se nos ofrezca una ocasión oportuna y limitándonos ahora a lo que acabáis de oír, no quisiera yo que termináramos esta lección sacra sin sacar algún fruto especial. Claro es que de lo que llevamos dicho ya se saca algún fruto, y es el renovar nuestra fe, renovar nuestra fe en ese primado otorgado por Cristo a San Pedro; pero yo quisiera algo más. Contentarse con que unos fieles que ya creen y se glorían de ser hijos de la Iglesia renueven esa fe, me parece que es contentarse con muy poco. Hay que buscar algo más, y ese algo más podrían ser, los sentimientos que han de brotar en nuestro corazón cuando consideramos, cuando miramos esta escena divina en que Jesús promete la autoridad a San Pedro.

Esos sentimientos pueden ser muchos y pueden ser hermosísimos. Primero, puede ser un sentimiento de gratitud, dejar Jesucristo a San Pedro en su lugar para que gobierne la Iglesia, es dejarnos con una providencia visible y es continuar Él en medio de los hombres para apartarlos de los peligros, para enseñarles el camino de la verdad, para conducirles al cielo; y ya éste es un gran beneficio, al cual corresponde o debe corresponder una inmensa gratitud.

Podríamos nosotros sacar de estas palabras una, confianza; una seguridad, una fortaleza inquebrantable. Está la palabra de Cristo diciéndonos que contra la Iglesia no prevalecerán las puertas del infierno, y, aunque nosotros sintamos rugir en torno nuestro la tempestad y aunque veamos cómo coinciden, cómo se unen, cómo conspiran los perseguidores de la Iglesia, nada tendremos que temer. A nosotros nos podrán quitar las cosas terrenas, que son del mundo; a nosotros nos podrán quitar la honra y la vida, pero la Iglesia no peligra, y mientras nosotros vayamos guiados por el sumo pontífice, sucesor de San Pedro, representante de Jesucristo, sabemos que caminamos hacia la vida y que nadie tendrá poder para arrebatarnos ese tesoro; que lo que se prepara cada vez que se realizan persecuciones nuevas contra la Iglesia son nuevos laureles, son nuevas victorias para la Iglesia de Jesucristo. Y ¡cómo se llena el alma de esperanza, de confianza, de fortaleza, cuando se sabe mirar a través de estas verdades de la fe todo el rugir de la tempestad en torno del solio de San Pedro!

También podríamos, repito, sacar estos sentimientos; pelo, — sobre dodo, hay, dos sentimientos que quizá en esta ocasión son principales. El primero es el de la sumisión y la obediencia. Esta es nuestra obligación estricta con relación a San Pedro y sus sucesores: proceder con humildad y con sumisión, y, notadlo bien, obedecer con obediencia completa, no simplemente con las acciones exteriores de nuestra vida, ejecutando de buena o mala gana lo que emane de la Sede Apostólica, sino obediencia con el entendimiento que es una obediencia rarísima, porque, aunque sea poner un acento de amargura en este comentario del santo evangelio, hay que decir que son pocas las almas que rinden por entero su juicio al gobierno del sumo pontífice. ¡Cuántas veces las palabras del Papa se reciben con poca sinceridad! ¡Cuántas veces se acentúa un aspecto de esas palabras al mismo tiempo que se atenúa otro para no tener que hacer negación de las propias ideas o de las propias tendencias! ¡Cuántas veces hay un brote de soberbia en el corazón para lanzarse a juzgar lo que viene de Roma, y cómo se confrontan las enseñanzas del sucesor de San Pedro con nuestras propias ideas y con nuestras propias opiniones, y hasta cuántas veces, en virtud de una dialéctica malsana, se tuerce el sentido de esas palabras salvadoras y se les quita su eficacia! Almas que estén mirando siempre a lo que viene del Sumo Pontífice, sucesor de San Pedro, y que lo reciban con el corazón dilatado, poniendo toda su buena fe, toda la negación de sí mismos y hasta la de su propio juicio, toda la sumisión cordial que Jesucristo nuestro Señor quiere de nosotros, almas que procedan así, no son muy numerosas, no se encuentran con mucha frecuencia, y, sin embargo, nuestra obligación es ésta, nuestra dulcísima obligación; porque, en vez de habernos condenado el Señor a que con el trabajo de nuestro pobre entendimiento tuviéramos que ir buscando cada momento la senda de nuestra vida, nos ha hecho el beneficio de encender la luz que siempre nos guía y de tendernos una mano que nunca nos abandona, y ¡es tan dulcísima la sumisión, la sumisión que se hace en esta providencia visible de Jesucristo! Brota aquí nuestro amor para que no nos extraviemos, para que no perdamos la senda del reino de los cielos. Por eso a esta providencia habría que añadir el amor.

Nosotros no debemos mirar a la autoridad eclesiástica simplemente como miran, los que no tienen fe, a las autoridades temporales: como a quien tiene la espada en la mano para castigar o para obligar. La autoridad eclesiástica tiene poder para castigar, pero nosotros la hemos de mirar como a una autoridad de paz y una autoridad que podrá pedir de nosotros obediencia amorosa, pedir de nosotros, inmenso amor; inmenso amor que se traduzca, primero, en dolernos de las amarguras que tantas veces anegan el corazón de nuestro Padre común; segundo, en agruparnos en torno suyo como muro indestructible para obedecer sus órdenes y defender sus derechos; tercero, en glorificarle, en promover las obras de su celo y en cooperar con nuestra sumisión cordial a las direcciones de su gobierno y en luchar con él, como buenos soldados, por la gloria de Jesucristo.

Amad al papa, amad al papa, que ha de ser como el amor que tengamos a Jesucristo, a quien el Papa representa. Porque amar al Papa porque tiene talento, amar al Papa porque tiene ciertas condiciones personales, amar al Papa por motivos humanos, eso no es amar al Papa; porque eso es rebajar al Papa y amarle como amaríamos a cualquiera otra persona que no fuera vicario del Señor.

Amar al Papa, propiamente, es amarle porque representa a Cristo, porque es Cristo entre nosotros, porque es la autoridad y el amor de Cristo llamándonos, y defendiéndonos, y salvándonos; y el amor que hemos de poner en él ha de ser como el amor que ponemos en Jesucristo, hasta cerrando los ojos a todo lo demás. ¿Qué importa todo lo otro cuando tenemos esta seguridad completa de que Cristo vive en el Papa y por medio del Papa nos rige, nos gobierna y nos ama?

Pues todos estos sentimientos que yo he enumerado los podemos sacar de la lección sacra de hoy, más especialmente de las dos palabras sumisión cordial y amor; pero poniendo en esa sumisión y en ese amor toda la verdad que corresponde a los cristianos, toda la sinceridad que Cristo quiere en los suyos y toda la efusión y todo el fuego que puede comunicar a nuestras almas la divina caridad. Si de estas palabras de Cristo sacamos un fruto semejante, bien podemos decir que, aunque no hayamos hecho un tratado completo del romano pontífice y aunque no hayamos explicado estas palabras del evangelio con la extensión y minuciosidad que hubiéramos deseado, la lección sacra, repito, no ha sido inútil; hemos encontrado en ella la lumbre de verdad y, sobre todo, frutos de vida eterna.
(ALFONSO TORRES, SJ, Lecciones Sacras, Lección XI, Ed. BAC, Madrid, 1968, pp. 413-423)



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Aplicación: R.P. Alfonso Torres, S.J. (II) - Jesucristo anuncia su Pasión


Después de la confesión de San Pedro, nos refieren los tres evangelistas sinópticos una conversación que tuvo el Señor con los suyos acerca de la pasión. Esa conversación nos toca a nosotros comentar esta mañana.

Estas palabras del santo evangelio que yo acabo de leeros se relacionan con un breve discurso que nuestro Señor pronunció inmediatamente después. Ese discurso es uno de los más graves que encontramos en todo el evangelio y uno de los que más necesitan conocer las personas que quieren darse de veras a Dios nuestro Señor. La clave de ese discurso puede decirse que está en las palabras que vamos a comentar esta mañana. He incluido en ellas un versículo que más bien pertenece a la lección sacra anterior, o sea, aquel en que nuestro divino Redentor mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que Él es el Cristo. Como no lo pudimos explicar en la lección sacra precedente y tiene un interés particular, he creído que debía explicarlo en la lección de hoy. Además se relaciona estrechamente con el anuncio de la pasión, como vais a oír apenas hagamos su exposición.

Recomienda el Señor, en primer término, a los suyos que guarden silencio: no han de decir a nadie que Él es el Cristo. Varias veces en el comentario que venimos haciendo del sagrado evangelio hemos podido oír de los labios del Señor palabras semejantes. A veces, después de haber realizado grandes milagros, recomendaba un silencio parecido. En esta ocasión tiene particular misterio la recomendación de Jesucristo.

[…] En la ocasión presente hay, además de esa razón genérica, otra razón particular El Mesías glorioso, el Mesías triunfador, el Mesías en plena victoria, es algo que fácilmente entienden todos los hombres; cuando se habla de victoria, de gloria, de triunfo, todos entendemos ese lenguaje; pero el Mesías paciente, sacrificado, víctima, es algo que no entienden tan fácilmente los hombres; a veces no lo entendemos ni siquiera los que nos gloriamos de ser discípulos de ese Mesías, de amar al Crucificado; prácticamente, a veces no lo entendemos. Si esto acontece ahora, en que ya ha pasado la pasión de Cristo y ya hemos visto con los ojos de la fe el glorioso triunfo de su resurrección, imaginaos lo que significaría la predicación de ese Mesías paciente, sacrificado, víctima, para los hombres que todavía no habían contemplado la gloria de la resurrección; hubiera sido más bien una ocasión de que los corazones se apartaran de Jesucristo que una ocasión de llevarlos a El. Todavía San Pablo, después que Cristo había resucitado, cuando predicaba a Cristo crucificado, dice que era escándalo para los judíos y necedad para los gentiles; y como pronto iban a contemplar los judíos al Mesías humillado, puesto en una cruz, muerto por sus enemigos, anunciar entonces que Jesús era el Mesías era dar ocasión a aquellas gentes para que se apartaran de Él; no estaban preparadas para escuchar la palabra de Jesús, y había de aguardar a que aquellos corazones se dispusiesen para enseñarles la gran verdad de que Jesús era el Mesías y el Hijo de Dios en el sentido en que esta última palabra la afirmó San Pedro.

El obstáculo que se presenta a los apóstoles para que ahora, según la palabra de Jesucristo, no anuncien a todos que Él es el Mesías, es la pasión, con sus humillaciones y con sus sacrificios. Hasta que esa pasión no se haya consumado y hasta que el Espíritu Santo no disponga los corazones de los predicadores y de los oyentes hay que guardar, como un tesoro escondido, esa gran verdad; cuando el Espíritu Santo haya dispuesto los corazones, será el momento—después que haya pasado la pasión dolorosísima del Señor—, será el momento, repito, de anunciarles con toda claridad la verdad fundamental del cristianismo: la mesianidad y la divinidad de Jesucristo.

Esta es la razón particular que ahora tenía el Señor para recomendar a los suyos que guardaran silencio, y por eso os decía que esta palabra se enlaza con lo que viene inmediatamente después. Inmediatamente anuncia el Señor su pasión, y parece como que, al anunciar su pasión inmediatamente después, quiere dar la razón de ese silencio que impone a los suyos.

Vamos a continuar el comentario de las palabras evangélicas; pero antes quisiera yo haceros notar, aunque sea de paso, la dificultad que ofrece para muchas almas el misterio de la Cruz.

Nos escandalizamos, con razón, de que los judíos, después de tantas profecías, no hubieran sido capaces de entender un Mesías sacrificado por amor de los hombres, muerto por amor de los hombres; pero deberíamos al mismo tiempo escandalizarnos de la dificultad que ofrece para muchos cristianos ese misterio de la cruz. Son pocas las almas que lo entienden. La cruz es algo que todos miramos con horror; la cruz es algo que muchas almas, a lo sumo, toleran; la cruz convertida en objeto de amor y en el principal amor de nuestra vida es un misterio hondísimo que muchas almas no columbran siquiera, un misterio hondísimo que muchas almas, aun cristianas, no acaban de entender. El anuncio de Cristo crucificado es para muchas almas lo mismo que era para el pueblo judío, como una nube densa que se levantara delante de sus ojos; las propias pasiones, sublevándose contra ese misterio, no permiten verlo claro, y mucho menos penetrar en él. Esta advertencia la veréis después más concreta y más eficaz cuando hayamos terminado la explicación del evangelio; pero convenía hacerla ahora para que nos sirva ya de guía en lo que vamos inmediatamente a exponer.

Desde entonces dice el sagrado evangelista que comenzó el Señor a anunciar a los suyos su pasión. No es la primera vez que durante su vida pública el Señor alude a su pasión; ya había aludido anteriormente; pero es la primera vez en que de una manera clara, precisa, habla Jesús de esa misma pasión. Cierto, ahora habla de un modo clarísimo; señala el lugar donde ha de padecer, que es Jerusalén; señala quienes le han de entregar a la muerte; aunque no pronuncia la palabra Sanedrín, describe el Sanedrín judío, que se componía de ancianos, de sacerdotes y de escribas; señala que le han de dar muerte, y, por último, habla con toda precisión de que al tercer día resucitará. De esta manera tan clara y tan manifiesta el Señor no había hablado antes.

¿Por qué habla el Señor ahora de su propia pasión? Desde luego hay una razón superficial, o, lo que es igual, una razón que se ve en la superficie de los acontecimientos, que de alguna manera explica este hecho. Ahora el Señor se ve perseguido, y se ve insistentemente perseguido; en poco tiempo le hemos visto huir dos veces; en una de esas ocasiones tuvo que estar ausente bastantes semanas. En ese momento en que parece como que se van espesando las nubes y se va acercando la tormenta, nada tiene de extraño que el Señor hable de que esa tormenta va a estallar, que el Señor hable, en una palabra, de su propia pasión. Esta razón salta a la vista de todo el que lee el evangelio.

A esa razón podría añadirse otra, nada improbable, que los santos han descubierto en la meditación de este evangelio que ahora comentamos nosotros. Acababa San Pedro de confesar la gloria de Jesús. Jesús había confirmado con sus propias palabras y con magníficas promesas la confesión de San Pedro. La gloria de Jesús resplandecía ante los ojos de los suyos pero Jesús glorioso no era Jesús completo. Para que el conocimiento de Jesús fuera completo era menester que todos conocieran la humanidad de Jesucristo junto a la divinidad, las humillaciones de Jesucristo junto a su gloria, y para completar el conocimiento de sus discípulos y mostrarse a ellos por entero, una vez que han confesado su gloria, les descubre Él las humillaciones de su propia humanidad; era revelarse por entero.

Aunque es verdad que, en cierto sentido, conocerla gloria de Jesús y la divinidad de Jesús es lo más difícil, porque la gloria y la divinidad para el pobre entendimiento humano es algo inaccesible, también es verdad que, en otro sentido, la confesión de la humildad de Cristo, sobre todo la humildad inocente y humillada, puesta en cruz, es mucho más difícil. Nosotros no acertaremos a ver toda la gloria de Cristo, no acertaremos a sondear ese misterio de su divinidad, pero lo columbramos como algo que está muy lejos, como algo que excede nuestro pobre entendimiento, y lo confesamos con relativa facilidad. Pero reconocer a Dios en las humillaciones, ver a Jesús, nuestro amor, puesto en cruz, es algo que está como más escondido a nosotros. Nos parece tan contrario a las tendencias de nuestra naturaleza corrompida, somos tan torpes para entender lo que signifique sacrificio, humillación, olvido de nosotros mismos, cruz, que esto hace, en un sentido, mucho más difícil reconocer la humildad de Cristo humillado que reconocer la gloria de su divinidad; y esta dificultad quiso el Señor vencerla para que aquellos corazones anduvieran por un camino espiritual sólido y llegaran a conocer de veras su gloria para conocer esa gloria hay que seguir el camino que Él nos trazó, y el camino que Él nos trazó es el camino de las humillaciones, de los sacrificios y de la cruz. Habían subido a la contemplación de su divinidad, y el Señor quiere que ese conocimiento sea más completo, dándoles ahora el conocimiento de su propia pasión

Todavía queda una tercera razón. La tercera razón sería ésta: el conocimiento de la pasión de Cristo, es decir, de Cristo sacrificado por nuestro amor, de la cruz de Cristo, es algo que el Señor comunicó como un secreto precioso a sus íntimos, a las almas que le están más cerca, a las almas de su predilección. ¿No habéis observado todos alguna vez leyendo las obras de Santa Teresa que, cuando ella va avanzando más en la intimidad de su Dios, en el conocimiento de su Dios, más frecuentemente sale de sus labios y de su pluma la palabra cruz, y más comienza a descubrirla, a descansar en la cruz, y a enamorarse de la cruz, y a buscar la cruz, de tal manera que llegamos nosotros a confundir las mayores alturas de la santidad con eso que llamamos nosotros la santa locura de la cruz? Pues esto, ¿qué nos da a entender sino que, cuando Jesús busca la intimidad de un alma, cuando se comunica a ella, cuando quiere hacerla suya, el secreto que le revela y que manifiesta es el secreto de su cruz?.

Porque la cruz de Cristo la conocemos todos, es verdad; la cruz de Cristo la confesamos y la adoramos todos, es verdad; pero en el conocimiento de la cruz de Cristo hay grados, y, sobre todo, hay grados en el amor de esa cruz. La cruz es conocida de todos, pero ¿es de todos amada? Aun los que la aman, ¿la aman por igual? ¿No hay diferencia entre las almas que soportan la cruz, luchando terriblemente contra las propias impaciencias y rebeldías que apenas pueden contener, y aquellos otros que están como hambrientos y sedientos de cruz, como los que han llegado a conocer que, si han de unirse a nuestro Señor, ha de ser en esa cruz bendita?

Pues ese conocimiento más profundo de la cruz es el que Dios comunica a las almas que le han amado, a las almas que le son particularmente fieles, a las almas de sus escogidos y de sus íntimos. Y en esta ocasión podríamos decir que el Señor, llamando al corazón de los discípulos, y como buscando su intimidad, y como queriendo comunicársela por entero y unirse más a ellos por amor, les había hablado de este misterio de la cruz, deseando el corazón de Cristo que éste fuera un momento de efusión de caridad divina, de efusión de aquellos corazones que le eran leales, de aquellos corazones que le habían conocido, esperando que éste sería el momento de la unión estrecha de aquellos corazones con Él.

Estas son las razones que a mí se me alcanzan de anunciar ahora el Señor su cruz. Pero oíd cómo en esta ocasión se ve comprobado, una vez más, aquel principio que tantas veces hemos repetido en los comentarios del evangelio: el amor de Jesucristo es el amor desconocido y el amor menospreciado. Apenas ha acabado el Señor de anunciar su pasión, San Pedro comienza a hablar con su fogosidad acostumbrada, y hasta con ciertas señales de familiaridad e intimidad. Parece ser, por el brío que tienen las frases del evangelio, que debió de hacer algo así como tomar al Señor de la mano, quererle apartar de los otros para comunicarse con El íntimamente, y <entonces le dijo estas palabras: Séate Dios propicio, Señor; de ninguna manera te sucederá eso.

San Pedro en esta ocasión no es un personaje a quien se pueda juzgar por la materialidad de sus palabras. Vale aquí aquel principio de interpretación de que ya hablamos cuando tratamos del Niño perdido, según el cual una es la interpretación que debe darse a las palabras de un filósofo que reposadamente asienta una proposición, y otra es la interpretación que debe darse a otras palabras que brotan más del corazón que de la cabeza. La significación que tienen unas palabras semejantes no siempre coinciden con la significación material de los vocablos, Interpretando materialmente las palabras de San Pedro, nos encontramos nosotros con que San Pedro acababa de decir una blasfemia. Una blasfemia, porque había confesado a Jesucristo por Dios, e inmediatamente después le tacha por lo menos de ignorante. No sabe lo que va a pasar; no te sucederá eso, dice San Pedro. Y si estas palabras se tomaran en este sentido material que estamos diciendo, sería un pecado de infidelidad; y, sin embargo, no es así. Yo creo que en San Pedro andaban revueltas aquellas verdades que le revelara el Padre celestial dándole a conocer a su Hijo Jesucristo, y las verdades que él siempre había llevado en el alma. San Pedro sabía que generalmente nos consolamos unos a otros creyendo en los peligros que nos amenazan o tratando de persuadirnos de que esos peligros no se realizarán, y echó mano de ese recurso que tanto empleamos los hombres para consolarnos mutuamente, para consolar él, a su vez, en esta ocasión a Jesucristo nuestro Señor, no pensando en más, con esa falta de lógica que tantas veces hay en nuestro lenguaje cuando ciertos sentimientos del corazón se anteponen, se adelantan a ciertas ideas que hay en la mente.

La palabra de San Pedro, ciertamente, es una palabra de buena fe, es una palabra de amor mal entendido, es una palabra brotada de un corazón que, aunque bueno y leal y recto, todavía no se puede decir que es un corazón perfecto, según desea Jesús y según el divino corazón de Jesús. Pero de todas maneras, notad bien: acaba el Señor de descubrir el gran misterio de su amor, el gran misterio del sacrificio por el hombre, el gran misterio de su humillación y de su cruz; y cuando las almas debían sentirse poseídas de inmenso agradecimiento ante aquellas pruebas de amor que les da Jesucristo, cuando las almas deberían adorar anonadadas ese misterio de la cruz del Redentor, brota una palabra fría, humana, terrena, de un cierto escepticismo y una cierta infidelidad.

Así responden aun almas fervorosas, como podíamos decir que era el alma de San Pedro, al amor de Jesucristo cuando éste quiere revelarse por completo.

Ciertamente no era esto despreciar el amor de Jesús; pero si bien San Pedro en su interior, en su corazón, no tenía este designio, ciertamente la palabra podría significarlo. Era una palabra entorpecedora, por lo menos era una palabra imprudente, era una palabra que mereció una rectificación enérgica de Jesucristo nuestro Señor, quizá la rectificación más enérgica que encontramos en todo el evangelio.

Dice el Señor enojado, mirando a San Pedro con una mirada de reprensión: Apártate de mí Satanás. El que hace un momento era depositario de las verdades que le revelaba el Padre celestial y oía aquella promesa de ser convertido en piedra angular de la Iglesia santa, oye ahora ese calificativo, Satanás, porque Pedro realmente en aquella ocasión es un tentador. Claro que la tentación no había de morder—para emplear la palabra gráfica de San Gregorio—el corazón divino de nuestro Dios pero la palabra, de suyo, era una palabra de tentación, era como querer levantar un obstáculo a Jesús en el camino de la cruz, era como querer entorpecer su sacrificio, apartarle de aquella senda.

Había dicho nuestro Señor: Es necesario que el Hijo del hombre vaya a Jerusalén, y allí muera y resucite al tercer día. Al decir es necesario, no quiere decir el Señor que todo esto se hubiera de hacer maquinalmente, como si en un momento hubieran de convertirse en autómatas lo mismo el Señor que sus perseguidores; quiere decir que, según la palabra divina, el Mesías había de padecer, había de morir. Y por esa suerte de necesidad que para Jesús tenían los mandamientos de la voluntad del Padre celestial, Él había de morir. Y, a pesar de esta manifestación clara del divino Maestro, San Pedro duda, y, ciertamente con ese ánimo de consolarle que hemos dicho antes, dice: No te sucederá tal cosa; no morirás en Jerusalén, como acaba de asegurar.

Esto era ponerle un obstáculo en su camino; en este sentido, San Pedro era como Satanás y como escándalo, Pero no se contentó el Señor con decir a San Pedro ese calificativo tan grave, sino que pasó adelante, y nos reveló algo que entonces estaba pasando en San Pedro muy distinto y hasta contrario de aquello otro que había pasado unos momentos antes. Le dice: No conoces las cosas de Dios; únicamente conoces las cosas de los hombres, de la carne y de la sangre. ¡Con qué facilidad se había transformado aquel alma y aquel corazón! Momentos antes decía e1 Señor a San Pedro: No es la carne ni es la sangre la que te ha revelado a ti la confesión que acabas de hacer; es mi Padre, que está en los cielos, el que se ha comunicado a tu alma; y ahora le dice todo lo contrario.

No es mi Padre celestial, cuyas cosas tú no entiendes, sino más bien la carne y la sangre, la que te ha puesto estas palabras en los labios. ¡Con qué facilidad, repito, se había transformado el corazón de San Pedro! De ser un corazón alumbrado con todas las luces del Espíritu Santo, ahora había venido a convertirse en un corazón oscurecido, apartado de esas luces y que veía, más que con las luces terrenas, con las luces de este mundo; con la claridad que dan las propias pasiones, con la claridad propia de la carne y de la sangre, con la ciencia y la prudencia miserables de los hombres.

Y esta palabra es gravísima, porque, notad bien que quiere decir Cristo es este que, cuando uno trate de apartar de Él el misterio de su cruz, que es el misterio de su humillación y de su sacrificio, se deja llevar de sentimientos humanos, bajos y carnales, no está inspirado por el buen espíritu; en cambio, cuando uno oye la palabra en que le anuncian la pasión y su muerte y adora aquella palabra y la introduce en su corazón y la ama, entonces es cuando le mueve el espíritu del Señor. Esta es la gran lucha que hay siempre en las almas. Hay dos voces que claman incesantemente en nuestro corazón: esa voz que llamaríamos de la carne y de la sangre, prudencia humana, y la otra voz del Espíritu Santa; que también calma en el fondo de nuestro corazón. La voz del Espíritu Santo nos predica el misterio de la cruz de Cristo para que, cuando queramos conocer a Jesús, le conozcamos ahí, en la cruz; cuando queramos buscar a Jesús, en la cruz le busquemos; cuando queramos gloriamos de Jesús, nos gloriemos de Jesús crucificado; y, en cambio, la voz de la carne ,y de la sangre, la voz de la prudencia humana, que habla todo lo contrario; gloriamos en Jesús es celebrar los triunfos de Jesús, gloriamos de Jesús es olvidarnos de las humillaciones de Jesús, es participar de los triunfos de Jesús sin haber participado de su humillación. Estas dos voces claman siempre la una lo contrario de la otra. Dios nos invita a la cruz`; la carne y la sangre nos invitan a huir de la cruz. Nosotros concebimos a veces un Mesías que tiene muchos puntos de contacto con el Mesías de los judíos; un Mesías muy humano y muy según la prudencia humana; el Espíritu Santo quiere infundirnos el conocimiento de un Mesías muy según Dios; de un Mesías puesto en la cruz por amor de los hombres. Y pensemos, amadísimos hermanos míos, que el alma que acierta a conocer bien a Cristo crucificado, es el alma que de veras le ama.

Porque, cierto, muchos motivos de amor encontramos nosotros en Jesucristo aun sin mencionar su cruz y sin mencionar su sacrificio; el que nos haya creado, el que nos sustente, el que nos ayude con su gracia, el que nos haya colmado de particulares beneficios; mil títulos tenemos para amarle. Aun prescindiendo de nuestro propio beneficio, nos bastaría contemplar su grandeza para que le amáramos. Pero no sé si hay un título que haga tanta fuerza a nuestro corazón y lo arrebate tanto, y lo saque tanto de sí, y lo desengañe tanto en las cosas de este mundo, de los goces y de las honras de la tierra, como el dulcísimo misterio de la cruz porque entonces parece que el amor de Jesucristo rebosa, se hace más inmenso, si cabe ésta palabra; pierde—y permitidme esta manera de hablar—, pierde el seso, se enloquece por nosotros nuestro Dios cuando se pone en una cruz; y ¿qué puede haber que así en nosotros nos fuerce a amar a Jesucristo, y así nos introduzca a nosotros en el conocimiento de la pasión de Cristo, y así nos una a El como este ver a nuestro Dios loco de amor por nosotros? Con una particularidad que subraya siempre el misterio de la cruz, y es ésta: que el misterio de la cruz es una alusión a nuestros pecados, a nuestras miserias, a nuestras infidelidades; una alusión muy amorosa, muy delicada y al mismo tiempo muy grave.

Mi Dios se ha vuelto loco de amor y ha muerto en una cruz por mí porque me ha visto miserable y pecador, es decir, cuando Él me ha visto a mí apartado de su camino divino, olvidándome de sus beneficios, ofendiéndole; cuando ha visto que yo le ultrajaba en vez de bendecirle, se ha despertado su amor, ha enloquecido de amor y se ha puesto, por salvarme, en una cruz. ¿No es verdad que realmente este título es el que da más fuerza a nuestro corazón para amar a Jesucristo?

Por eso nosotros, cuando oímos al Señor que dice en las palabras que hoy comentamos: Yo moriré en Jerusalén, me llevarán a la muerte los ancianos, los escribas, los sacerdotes; cuando oímos esas palabras, en vez de huir del dulcísimo misterio de la cruz, aunque sea con la recta intención de San Pedro, hemos de adorar ese misterio, hemos de sentir crecer nuestra propia gratitud y hasta hemos de concebir el deseo de vivir en la cruz de Jesucristo. Las almas mundanas que se sigan buscando a sí mismas en los goces y en las honras terrenas; las almas que busquen a Jesús, en la cruz le han de buscar; y si nosotros le buscamos de veras, no por caminos de ficción y de ilusiones, le hemos de buscar por ahí, en las humillaciones y en los sacrificios de su cruz, tomando su cruz, tomando su cruz sobre los hombros, mejor aún, poniéndola sobre nuestro corazón como el tesoro de nuestros amores, y diciendo a todos con nuestra vida, más que con nuestras palabras, que no queremos ni otra verdad ni otro amor, ni queremos conocer otra cosa que Cristo crucificado. El anhelo de nuestra vida es vivir, como quería San Pablo, enclavados con Cristo en la cruz, y que únicamente deseemos los triunfos que con ese morir en la cruz nos alcanzó Cristo, y que a nosotros nos está reservado en la eternidad si sabemos morir en la cruz por nuestro Dios.
(ALFONSO TORRES, SJ, Lecciones Sacras, Lección XII, Ed. BAC, Madrid, 1968, pp. 424-435)



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Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - El Martirio


La profecía de Jesús acerca de sus sufrimientos futuros, de su pasión, de su muerte, de su resurrección al tercer día, expresada sin ambages, con toda claridad y de manera cruda, sin duda que provocó en los apóstoles una verdadera conmoción.

Nos impresiona el verbo que empleó el Señor para expresar ese misterio: "y comenzó a enseñarles -se nos dice- que el Hijo del hombre debía sufrir mucho...". Extraño este "deber" de Jesús: debía sufrir mucho. ¿Acaso no podía elegir otro modo para salvarnos? Por cierto que sí, pero en el plan por Él determinado entraba necesariamente el sufrimiento y la muerte. Era la única manera de pasar a la resurrección, de hacer la pascua a la gloria del ciclo.

Jesús nos revela aquí el secreto de su mesianismo: será por el dolor. Es aquello preanunciado por el profeta Isaías en la primera lectura que escuchamos hoy, al poner en boca del Siervo de Dios estas terribles palabras: "Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían". Parece una descripción precisa de lo que el Señor sufriría en los crueles días de su Pasión.

Pero la revelación de Cristo no culmina con esta profecía. Sus palabras atañen también a nosotros, nos atañen. Porque, como leemos en el evangelio, llamando Jesús a la multitud y a sus discípulos, entre los cuales podemos justamente incluirnos, les dijo, y nos dice: "El que quiera venir detrás de Mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará". Palabras tremendas del Señor, que han sido siempre tan difíciles de ser aceptadas a 1o largo de la historia. No podemos eludirlas, amados hermanos. Pertenecen a la esencia misma del cristianismo. Ya que si repasamos con atención el conjunto de los evangelios, adverti­mos que es aquél uno de los anuncios sobre el que Cristo vuelve con más frecuencia. Nos dice, por ejemplo, en el evangelio de San Juan: "Si el mundo os odia, sabed que primero me ha odiado a mí. Si vosotros fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya. Pero como no sois del mundo, sino que yo os elegí y os saqué de él, el mundo os odia. Acordaos de lo que os dije: el servidor no es más grande que su señor". Y asimismo nos dejó dicho que si a Él "lo odiaron sin motivo", será para nosotros una gracia y un honor supremo "ser odiado por todos a causa de su nombre".

Con estas expresiones tan vigorosas se entronca el texto de hoy: "El que quiera salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará". No se refiere el Señor a una posible eventualidad, sino a una situación ineludible para todo cristiano, porque por el hecho de haber optado por Cristo, provocamos necesariamente la decisión opuesta, "el odio de los otros". Esa cruz a la que Jesús nos invita, este cargar la cruz, este perder la vida, excluye taxativamente que sigamos sirviendo al otro señor, al mundo. Cuando decimos "mundo" no nos referimos a las creaturas que lo integran, originalmente hechas por Dios, y por consiguiente buenas. Nos referimos al "mundo" en su sentido peyorativo, al mundo enemigo radical de Dios, al mundo de las concupiscencias, del pecado. Pues bien, no podemos servir a Cristo, y al mismo tiempo mantener relaciones cordiales con el mundo hostil a Cristo. Entre nosotros y el mundo no puede darse ningún tipo de “coexistencia pacífica”. El que pretenda seguir a Cristo deberá elegir la cruz, a semejanza, como el lugar de su muerte, no hipotética, sino real.

Las palabras del Señor son palmarias: El que quiera salvar ida, la perderá. El que quiera quedar bien con el mundo, el ambiente, con el qué dirán, con los criterios dominantes, una época que busca el paraíso en la tierra, ése tal, aunque aparentemente triunfe en este mundo, sepa que perderá su vida dice el Señor. No sólo perderá esta vida terrena que tanto amaba, al llegar el momento de la muerte, sino que perderá la vida de una manera mucho más esencial y dolorosa, la perderá para siempre. En cambio, agrega el Señor, el que pierda su vida r mí y por el Evangelio, la salvará. Es decir, el que no se entrega al hedonismo, el que acepta la mortificación como un ingrediente necesario de su existencia cristiana, el que no busca el aplauso de los hombres y los éxitos mundanos, ése tal, aunque aparentemente fracase en este mundo, sepa que salvará su vida. Lo dice el Señor. La salvará no sólo en este mundo, en donde a pesar de todas las tribulaciones, de todas las "pérdidas", conocerá la alegría, el gozo profundo de quien se sabe fiel a Dios, sino que también la salvará para la otra vida, y por una eternidad.

Estas palabras, queridos hermanos, son sin lugar a dudas muy agrestes, por no decir agresivas para nuestra sensibilidad. Fácilmente nos sentimos refractarios a ellas. Pero yo, como sacerdote, no tengo derecho a predicar lo que agrada a la sensibilidad de ustedes y a la mía, sino que debo ser intérprete verídico de las enseñanzas del Señor. Y es Él quien nos dice estas cosas tan arduas de aceptar. Pero que son, en el fondo, ampliamente consoladoras, si tenemos el instinto de las cosas religiosas.

El lugar desde donde el Señor nos habla hoy, y al cual nos invita, la cátedra de su enseñanza y el destino de nuestro compromiso bautismal es la cruz. Desde esa sede –ruda sede- a la cual lo condujo el odio del mundo y en la que al Señor de "perder su vida" para luego "salvarla" en su resurrección- desde esa sede solicita hoy nuestra personal adhesión. "El que quiera venir detrás de mí —nos ha dicho sin vueltas—, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz, y me siga".

Según este discurso del Señor, el estado de persecución constituye el estado normal de la Iglesia en el mundo, y el martirio es para cada uno de nosotros la expresión normal de nuestra existencia cristiana. No que la Iglesia deba ser perseguida siempre y en todas partes, pero cuando lo es en algún lugar o en algún momento, habrá de acordarse que está participando en la cruz de Cristo. "Os he advertido esto -nos dejó dicho el Señor- para que cuando llegue la hora recordéis que ya lo había dicho". Ni significa esto que cada cristiano habrá de sufrir un martirio cruento, con derramamiento de sangre, pero sí que debería considerar la presunta realización del martirio no como algo raro y exótico, reservado para algunos privilegiados, sino como la manifestación externa de un estado interior que hay que vivir todos los días. Vivir interiormente en situación de martirio. San Pablo es muy explícito al respecto: "Si uno solo murió por todos, entonces todos han muerto. Cristo murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí". Tal debe ser nuestra disposición, nuestra actitud interior: crucificados con Cristo. Ya no soy yo quien vivo, sino Cristo crucificado quien vive en mí, no haciendo yo otra cosa que completar con mi sufrimiento lo que falta a la Pasión de Cristo.

Frente al espectáculo de Cristo clavado en cruz no podemos contentarnos con agradecerle tanta generosidad. Debemos dejar que sus clavos atraviesen nuestras manos, que la lanza que se hundió en su costado perfore también el nuestro, que su corona de espinas cubra nuestra cabeza. En cada uno de nosotros, Dios Padre quiere reconocer a su Hijo, y a su Hijo crucificado. Al fin y al cabo somos miembros de su cuerpo ensangrentado. “Si uno sólo murió por todos, entonces todos han muerto”. Por eso la disposición al martirio es la prueba decisiva de nuestra autenticidad cristiana. Martirio que, si es verdadero, habrá de manifestarse en la vida de cada día, muriendo cotidianamente a recurrentes rebrotes del hombre viejo. Mi disposición a morir por Cristo es mi única respuesta adecuada a la Pasión del Señor.

Nos dice el evangelio que cuando Jesús explicó estas cosas, estas cosas tan duras, que debía sufrir mucho, que iba a ser rechazado y condenado a muerte, se le acercó Pedro, y comenzó reprenderlo. Reprendía a Jesús porque no quería presentarse como Mesías terreno, triunfador en este mundo, solucionador de problemas económicos, políticos y sociales. Quizás en todo el Nuevo Testamento no haya otro lugar donde quede mejor resaltado el contraste entre el cometido divino de Jesús y las esperanzas mesiánicas humanas de carácter puramente terrenal. Jesús quería ser Mesías, pero muriendo en cruz. Por eso respon­dió a las palabras de Pedro con una expresión durísima: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres". Pedro era acá la boca de Satanás. Así como en el desierto el demonio había intentado apartar al Señor de su misión redentora a través del sufrimiento, aquí Pedro quiere que Cristo eluda la cruz, lo tienta de infide­lidad a su vocación de salvador por medio del dolor. Luego, cuando Cristo fuera elevado en alto, sobre la cruz, algunos de los circunstantes gritarían: "¡Que baje de la cruz y creeremos en Él!". Tal es la tentación que sufre la Iglesia a lo largo de los siglos. Siempre la Iglesia escucha grito tentador del mundo: Que baje de la cruz, que olvide sus pretensiones divinas y se haga humana, que se integre en el nuevo orden mundial, que participe en la edificación de un mundo temporal inmanentista, impermeable al llamado de la eternidad, que no predique más la necesidad del sufrimiento para salvarse. Y creeremos en ella. La aceptaremos en el seno de una nueva sociedad hedonista y feliz. Pero estos pensamientos, amados hermanos, "no son los de Dios, sino los de los hombres".

Vamos a seguir el Santo Sacrificio de la Misa. Cristo, el primero de los Mártires, renovará ahora sobre el altar su sacri­ficio redentor. Durante siglos, la Iglesia acostumbró poner bajo el altar las reliquias de un mártir, para indicar así que la Pasión de Cristo se continúa en la pasión de los santos, de los miembros de su cuerpo. De modo tal que la misa no es sólo el sacrificio de Cristo sino también el sacrificio de sus miembros, el sacrifi­cio de la Iglesia, que se adhiere al sacrificio de Cristo y a él se une de manera indisoluble. Inmolémonos hoy juntamente con el Señor, hagamos de su sacrificio nuestro propio sacrificio, trate­mos de saborear el gusto de la cruz, amargo en un primer momento, pero que tiene resabios de alegría y de felicidad eternas. Y luego vayamos a comulgar el Cuerpo martirizado de Jesús y su Sangre derramada para que el Señor nos aliente a tomar cada día la cruz y a seguirlo sin vacilaciones ni falaces concesiones.
(ALFREDO SÁENZ, SJ, Palabra y Vida, Ed. Gladius, pp. 249-254)


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Aplicación: Fray Luís de Granada - Preámbulo de la Sagrada Pasión

EN EL CUAL SE TRATA DE LA MANERA QUE DEBEMOS TENER EN CONSIDERARLA

Acabamos de tratar brevemente los principales misterios de la vida de nuestro Salvador, síguese que tratemos con la misma brevedad de los de su sagrada Pasión, cuya consideración es de tanta virtud y consolación para las almas, que sería menester mucho espacio para tratar este argumento.

Por lo cual, dejada esta materia para otro lugar, solamente trataremos aquí en breve cómo nos hayamos de haber en la consideración de ella, para que más fructuosamente la pensemos.

Porque algunas personas hay que cuando en esto se ocupan, no tienen respecto a otra cosa más que compadecerse de los dolores que el Salvador por nuestra causa padeció. Lo cual, aunque sea bueno y santo, mas no es solo este el fruto que se recoge de este árbol de vida.

Pues para esto es de saber que, además de esto hay otras cinco cosas a que podemos tener respecto cuando pensamos en la sagrada Pasión, como ya en otra parte se trató más copiosamente.

Porque lo primero. Aquí podemos inclinar nuestro corazón a dolor y arrepentimiento de nuestros pecados, para lo cual se nos da un grande motivo en la Pasión del Salvador, pues es cierto que todo lo que padeció por los pecados lo padeció, de tal manera que, si no hubiera pecados en el mundo, no fuera necesario este tan costoso remedio.

De manera que los pecados, así los tuyos como los míos, como los de todo el mundo, fueron los verdugos que le ataron, y le azotaron y le coronaron de espinas, y le pusieron en la Cruz. Por donde verás cuánta razón tienes aquí para sentir la grandeza y malicia de tus pecados, pues realmente ellos fueron la causa de tantos dolores, no porque ellos necesitasen a padecer al Hijo de Dios, sino porque de ellos tomó la ocasión la divina justicia para pedir tan grande satisfacción.

Y no solo para aborrecer el pecado, sino también para el amor de las virtudes, tenemos aquí grandes motivos en los ejemplos de las virtudes de este Señor, que señaladamente resplandecen en su sagrada Pasión, en las cuales también debemos poner los ojos para provocarnos a la imitación de ellas, particularmente en la grandeza de su humildad, paciencia, obediencia, mansedumbre y silencio con todas las demás, porque ésta es una de las más altas y provechosas maneras que hay de mediar la sagrada Pasión, que es por vía de imitación.

Otras veces conviene levantar por aquí los ojos al conocimiento de Dios, esto es, a considerar la grandeza de su bondad, de su misericordia, de su justicia y de su benignidad, y señaladamente de su ardentísima caridad, la cual en ninguna otra resplandece más que en su sagrada Pasión.

Porque como sea mayor argumento de amor padecer males por el amigo que hacerle bienes, y Dios podía lo uno y lo otro (por donde no tenían los hombres entera noticia de su amor), plugo a su divina bondad vestirse de naturaleza en que pudiese padecer males, y tan grandes males, para que estuviese el hombre del todo certificado de este amor y así se moviese a amar a quien tanto le amó.

Otras veces, finalmente, puede considerar por aquí la alteza del consejo divino y la conveniencia de este medio, que la sabiduría de Dios escogió para remedio del género humano; esto es, para satisfacer por nuestra culpas, para inflamar nuestra caridad, para fortalecer nuestra paciencia, para confirmar nuestra esperanza, para curar nuestra soberbia, nuestra avaricia y nuestros regalos, y para inclinar nuestras almas a la virtud de la humildad, al menosprecio del mundo, al aborrecimiento del pecado y al amor de la Cruz y a otras virtudes semejantes.

De suerte que tenemos aquí seis maneras de meditar la sagrada Pasión. La primera por vía de compasión; la segunda, de compunción; la tercera, de imitación; la cuarta, de agradecimiento; la quinta, de amor, y la sexta, de admiración de la sabiduría y consejo divino.

Porque para todas estas seis cosas hallaremos motivos en cualquier paso de la Pasión; y así, en todas ellas debemos poner los ojos, ya en unas, ya en otras, según que el Espíritu Santo nos abriere el camino.

Verdad es que algunas de estas cosas pertenecen más a un linaje de personas que a otras; porque a los principiantes está muy bien la primera y segunda manera de consideración, que es por vía de compasión y de arrepentimiento de los pecados; pero a los demás aprovechados las otras, que sirven para despertar y encender el amor de Dios, aunque lo uno y lo otro sea también común a todos.

Más aquí es mucho de notar que el fundamento de todas estas consideraciones es entender y penetrar, cuanto nos sea posible, la grandeza de los dolores de Cristo.

Porque primeramente, cuanto mayores entendiéremos que fueron estos dolores, tanto se nos ofrecerá mayor motivo de compasión, pues es cierto que la mayor pasión merece mayor compasión.

Asimismo cuanto mayores fueron los dolores que este Señor padeció por destruir el pecado, tanto mayor motivo se nos da para aborrecer cosa que Él con tanta costa suya destruyó.

La grandeza también de sus virtudes más altamente resplandece en la grandeza de sus dolores, pues está claro que mayor es la paciencia que más sufre, y mayor la humildad que a mayores extremos se abaja, y mayor la mansedumbre que a mayores injurias calla, y mayor la obediencia que se pone a mayor carga, y así podemos discurrir por todas las demás.

Y no menos es este motivo de mayor amor, porque si estamos obligados a amar a Cristo por lo que por nuestro amor padeció, cuanto mayor fuere esta pasión, tanto será mayor esta obligación.

Ni menos se conoce también por aquí la grandeza de este beneficio, pues cuanto más caro costó al Salvador nuestro remedio, tanto por esta causa le somos en mayor cargo.

Esto mismo sirve también para el conocimiento, que dijimos, de Dios; esto es, para conocer la grandeza de su caridad, de su bondad, de su misericordia y de su justicia, que son las cosas cuyo conocimiento más importa para inducir los corazones de los hombres al amor y temor de Dios y guarda de sus mandamientos.

Porque cuanto más conociéremos la acerbidad y grandeza de sus dolores, tanto más claro veremos cuánta fue la caridad que tanto padeció, y la bondad que a tanto se extendió, y la misericordia que tales miserias sobre sí tomó, y la justicia que tan rigurosamente castiga la culpa aun en su misma persona.

Por donde parece claro cómo el fundamento de todas estas consideraciones es entender la grandeza de estos dolores. Y después de hecho pie en esto, tendremos motivos para haber todas estas salidas susodichas, unas veces a unas y Otras a otras. Y según que nuestra alma fuere hallando pasto en estas consideraciones, así se puede detener en ellas más o menos, conforme al fruto que en esto hallare.

Porque no siempre es necesario correr por todas estas estaciones; mas propónese todo esto porque todo ello es debido y santo, y porque los que no hallaren gusto en una cosa, lo hallen en otra. Pues por esto me pareció sería bien, antes de entrar en los misterios de la sagrada Pasión, tratar aquí brevemente de la grandeza de los dolores que el Salvador padeció, para este propósito susodicho y de las causas de ellos, de las cuales se trató más copiosamente en el libro de la Oración y Meditación; mas aquí tocarlas hemos más en breve.
(Fr. Luis de Granada, Vida de Jesucristo, Ed. Rialp, S.A., Madrid, 1956, pp. 125-131)


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Aplicación: Juan Pablo II - La cruz, signo de amor y de entrega total

1. El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona, la impulsa a la metánoia o conversión profunda de la mente y del corazón, y establece una comunión de vida que se transforma en seguimiento. En los evangelios el seguimiento se expresa con dos actitudes: la primera consiste en "acompañar" a Cristo (akoloutheîn); la segunda, en "caminar detrás" de él, que guía, siguiendo sus huellas y su dirección (érchesthai opíso). Así, nace la figura del discípulo, que se realiza de modos diferentes. Hay quien sigue de manera aún genérica y a menudo superficial, como la muchedumbre (cf. Mc 3, 7; 5, 24; Mt 8, 1. 10; 14, 13; 19, 2; 20, 29). Están los pecadores (cf. Mc 2, 14-15); muchas veces se menciona a las mujeres que, con su servicio concreto, sostienen la misión de Jesús (cf. Lc 8, 2-3; Mc 15, 41). Algunos reciben una llamada específica por parte de Cristo y, entre ellos, una posición particular ocupan los Doce.

Por tanto, la tipología de los llamados es muy variada: gente dedicada a la pesca y a cobrar impuestos, honrados y pecadores, casados y solteros, pobres y ricos, como José de Arimatea (cf. Jn 19, 38), hombres y mujeres. Figura incluso el zelota Simón (cf. Lc 6, 15), es decir, un miembro de la oposición revolucionaria anti-romana. También hay quien rechaza la invitación, como el joven rico, el cual, al oír las palabras exigentes de Cristo, se entristeció y se marchó pesaroso, "porque era muy rico" (Mc 10, 22).

2. Las condiciones para recorrer el mismo camino de Jesús son pocas pero fundamentales. Como hemos escuchado en el pasaje evangélico que acabamos de leer, es necesario dejar atrás el pasado, cortar con él de modo determinante y realizar una metánoia en el sentido profundo del término: un cambio de mentalidad y de vida. El camino que propone Cristo es estrecho, exige sacrificio y la entrega total de sí: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga" (Mc 8, 34). Es un camino que conoce las espinas de las pruebas y de las persecuciones: "Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán" (Jn 15, 20). Es un camino que transforma en misioneros y testigos de la palabra de Cristo, pero exige de los apóstoles que "nada tomen para el camino: (...) ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja" (Mc 6, 8; cf. Mt 10, 9-10).

3. Así pues, el seguimiento no es un viaje cómodo por un camino llano. También pueden surgir momentos de desaliento, hasta el punto de que, en una circunstancia, "muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él" (Jn 6, 66), es decir, con Jesús, que se vio obligado a formular a los Doce una pregunta decisiva: "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6, 67). En otra circunstancia, cuando Pedro se rebela a la perspectiva de la cruz, Jesús lo reprende bruscamente con palabras que, según un matiz del texto original, podrían ser una invitación a "retirarse de su vista", después de haber rechazado la meta de la cruz: "¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios" (Mc 8, 33).

Aunque Pedro corre siempre el riesgo de traicionar, al final seguirá a su Maestro y Señor con el amor más generoso. En efecto, a orillas del lago de Tiberíades, Pedro hará su profesión de amor: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero". Y Jesús le anunciará "la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios", repitiendo dos veces: "Sígueme" (Jn 21, 17. 19. 22).

El seguimiento se expresa de modo especial en el discípulo amado, que entra en intimidad con Cristo, de quien recibe como don a su Madre y a quien reconoce una vez resucitado (cf. Jn 13, 23-26; 18, 15-16; 19, 26-27; 20, 2-8; 21, 2. 7. 20-24).

4. La meta última del seguimiento es la gloria. El camino consiste en la "imitación de Cristo", que vivió en el amor y murió por amor en la cruz. El discípulo "debe, por decirlo así, entrar en Cristo con todo su ser, debe "apropiarse" y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo" (Redemptor hominis, 10). Cristo debe entrar en su yo para liberarlo del egoísmo y del orgullo, como dice a este propósito san Ambrosio: "Que Cristo entre en tu alma y Jesús habite en tus pensamientos, para cerrar todos los espacios al pecado en la tienda sagrada de la virtud" (Comentario al Salmo 118, 26).

5. Por consiguiente, la cruz, signo de amor y de entrega total, es el emblema del discípulo llamado a configurarse con Cristo glorioso. Un Padre de la Iglesia de Oriente, que es también un poeta inspirado, Romanos el Melódico, interpela al discípulo con estas palabras: "Tú posees la cruz como bastón; apoya en ella tu juventud. Llévala a tu oración, llévala a la mesa común, llévala a tu cama y por doquier como tu título de gloria. (...) Di a tu esposo que ahora se ha unido a ti: Me echo a tus pies. Da, en tu gran misericordia, la paz a tu universo; a tus Iglesias, tu ayuda; a los pastores, la solicitud; a la grey, la concordia, para que todos, siempre, cantemos nuestra resurrección" (Himno 52 "A los nuevos bautizados", estrofas 19 y 22).
(Juan Pablo II, AUDIENCIA Miércoles 6 de septiembre 200)


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Aplicación: Giovanni Papini - Sufriré muchas cosas

Que debía morir, y dentro de poco, y de muerte infamante, Jesús lo había sabido siempre. Era el premio que le correspondía y nadie se lo había de arrebatar. Quien salva está pronto para perderse; quien rescata a otros es fuerza que pague con todo sí mismo, es decir, con el único valor que sea verdaderamente suyo, que sobrepasa y comprende todos los otros valores; quien ama a los enemigos justo es que sea odiado también por los amigos; quien lleva la salud a todos los pueblos debe ser matado por su pueblo; quien ofrece la vida merece recibir la muerte. Cada beneficio es una ofensa tal a la ingrata resistencia de los hombres que sólo puede ser vengado con la mayor de las penas. Nosotros prestamos oído solamente a las voces que se levantan de los sepulcros y nuestra escasa capacidad de veneración está reservada a aquellos que hemos asesinado. No quedan en la caduca memoria del género humano más que las verdades escritas con sangre.

Jesús sabía lo que se preparaba para él en Jerusalén y en todos sus pensamientos como más tarde lo dirá uno que fue digno de copiarlo, llevaba esculpida la muerte. Por tres veces, antes de entonces, habían tentado matarlo. La primera vez en Nazaret, cuando lo llevaron a la cresta del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad y querían arrojarlo abajo. Una segunda vez, en el Templo, los judíos, ofendidos por sus discursos, echaron mano a las piedras para lapidarlo. Y una tercera, en la fiesta de la Dedicación, en invierno, cogieron otra vez piedras de la calle para hacerlo callar.

Pero las tres veces pudo librarse, porque su día no había llegado aún. Estas promesas de muerte las guarda en el alma, para sí solo, hasta los últimos tiempos. No quería entristecer a sus discípulos que, tal vez, se hubieran escandalizado de seguir a un condenado ya moribundo en su corazón, pero después de la triple consagración de su Mesianidad - el grito de Pedro, la luz del Hermón, el ungüento de Betania - no podía más callar. Conocía demasiado bien las ingenuas y ardientes aspiraciones de los Doce. Sabía que, pasados los raros instantes de entusiasmo y de iluminación, no eran siempre capaces de pensamientos que no fueran los del vulgo, humanos hasta en los sueños más sublimes. Sabía que esperaban al Mesías como a un victorioso restaurador de la edad de oro y no como al Hombre de los Dolores. Lo pensaban Rey en el trono y no malhechor en el patíbulo; triunfante entre los homenajes y los tributos y no despreciado con salivazos y golpes; viniendo a resucitar a los muertos y no para ser asesinado como un asesino.

Era necesario - para que la nueva certeza no se desmoronase en ellos el día de la ignominia- que fueran advertidos. Que supieran de la propia boca del Mesías y del condenado, que el Mesías debía ser condenado, que el victorioso debía desaparecer en una atroz derrota, que el Rey de todos los Reyes debía ser insultado por los sirvientes de César, que el Hijo de Dios debía ser crucificado por los enceguecidos servidores de Dios.

Tres veces habían tentado matarlo; por tres veces anuncia a los Doce, después de la confesión de Pedro, la próxima muerte. Y de tres especies serán los hombres que ordenarán su muerte: los Ancianos, los Príncipes de los Sacerdotes, los Escribas.

Y tres serán los cómplices necesarios de su muerte: Judas que lo traiciona, Caifás que lo condena, Pilatos que concede la ejecución de la condena. Y serán de tres especies los ejecutores materiales de la pena: los esbirros que lo tomarán preso, los judíos que gritarán crucifige, bajo el pretorio, los soldados romanos que lo clavarán en el madero.

Tres grados, como el mismo lo dice a los Discípulos, tendrá el castigo. Primero será escarnecido y ultrajado, después escupido y azotado y, finalmente, matado. Pero no deben espantarse ni llorar. Como la vida tiene la recompensa en la muerte, la muerte es una promesa de una segunda vida. Después de tres días resucitará del sepulcro para nunca jamás morir. El Cristo no trae consigo abundancias de oro y de trigo pero sí la inmortalidad para todos los que le obedecerán y la cancelación de todo pecado. Pero la inmortalidad y la liberación deben ser pagadas con sus contrarios: con la prisión y con la agonía. El precio es duro y fuerte, pero los pocos días de la pasión y del sepulcro son necesarios para comprar los miles de años de vida y de libertad.

Los discípulos, en presencia de estas revelaciones, se turban y no quieren creer. Pero Jesús ha empezado ya a sufrir, representándoselos en el pensamiento y diciéndolos con palabras, los días terribles del fin. Los herederos de su palabra ya lo saben todo y Cristo puede encaminarse a Jerusalén para que se cumpla hasta lo último lo que ha dicho.
(Giovanni Papini, Historia de Cristo, Ed. Lux, 2º ed., Santiago de Chile, pp. 259-261)


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Aplicación: Romano Guardini - Jesús y la Fe - El que me envió es veraz… Jn 8,26

Dos velos hay que nos cierran la mirada a la realidad viva de Jesús.

El primero es nuestra ignorancia. Hemos de confesar que no es mucho lo que sabemos acerca de él. Nos afanamos por infinitas cosas, vamos ávidos y anhelosos tras ellas... Pero ¿tratamos de oír y preguntar, de leer y estudiar con el mismo interés y afán quién es Jesús? ¡Somos ignorantes acerca de Él, lo somos!

El otro velo es que creemos saber, y en realidad sólo estamos acostumbrados a oír una y otra vez las mismas palabras, hechos y afirmaciones, y esta rutina, que imposibilita toda fresca impresión, vela casi más gruesamente nuestra mirada que la misma ignorancia.

He ahí porqué estamos haciendo reiteradamente en estas meditaciones un doble ensayo: el de mirar, preguntar, estudiar desde puntos de mira nuevos y juntamente de quitar la parda capa de la rutina y llegar a la novedad de la figura.

Así preguntamos ahora.
Lo que hace tal al cristiano es su fe, aquella vida interior que la predicación de la revelación despierta en él apenas la recibe en sí.

Ahora bien, ¿en qué relación está Jesús respecto de la fe?

Desde luego no nos referimos a lo que dice sobre la fe, ni a cómo nos lleva a la fe, ni a lo que él exige de ella. Lo que preguntamos es si él mismo es un creyente.

Cuando Jesús habla del Padre, ¿habla por fe? Hay una teoría acerca de Jesús y de su relación con Dios según la cual Jesús fue un hombre como nosotros, uno de nosotros en todo. El buscó, como nosotros, la salud. Y la halló, como a nosotros se nos promete y se nos da, en su relación con Dios. Lo grande en él está precisamente en que fue sólo hombre, siquiera el más alto y más cercano a Dios. Por eso puede ser realmente nuestro guía. Se halla en la misma línea que nosotros, si bien un gran trecho más adelante. Su vida tiene la misma dirección que la nuestra: de lo humano a Dios. Consiguientemente fue también un creyente. Eso sí, con fuerza creadora, ya que él instituyó forma1mente la actitud creyente del cristiano y dio el ejemplo de ella. Pero creyó.

En esta teoría hay algo grande. Alienta en ella un deseo particular de tomar realmente en serio lo cristiano. Pero cree que sólo puede hacerlo si el que trajo la actitud cristiana al mundo fue de todo en todo como uno de nosotros. Ahí justamente siente esa teoría la invitación y la fuerza, lo que realmente obliga, lo que prende en lo real.

Mucho habría que decir sobre eso. Sobre todo que, en esa concepción, no se da ya una redención real. Con lo cual cae lo más profundo del cristianismo. Pero prescindamos totalmente de eso: si abrimos el Nuevo Testamento y vemos la postura que toma Jesús ante Dios, cómo habla de él y cómo se sitúa él, en este hablar, delante de Dios, hemos de decir que no queda nada de lo que esta teoría siente. Si no nos acercamos a él con una opinión preconcebida, si realmente dejamos hablar al evangelio, hemos de afirmar que Jesús no fue un creyente.

Porque, ¿qué significa la fe?
Supongamos uno que no ha oído aún palabra acerca de la revelación cristiana o que, por lo menos, no ha sido realmente tocado por ella. Un día tropieza con un libro que habla de lo cristiano o conoce a un hombre que vive en lo cristiano, y entra en contacto con ello. Se entabla una discusión: las preguntas van y vienen, hay aproximación y retroceso. La cosa se toma en serio, se penetra más y más, hasta que un día ese hombre se halla ante la última decisión y se atreve a dar el paso hacia la fe. A través de esa discusión se le ha abierto, dentro del ámbito de la existencia humana, una nueva realidad. Por su decisión la ha aceptado realmente y se ha colocado en ella con lo más íntimo de su ser. La fe significa, por tanto, establecer enlace con la realidad divina que aparece en la revelación. Significa abrazar esa realidad y vivir de ella.

Esto significa audacia y esfuerzo, significa una transposición y transformación de la propia existencia en el sentido de aquella realidad y desde ella también. Pero significa también nuevas conmociones que se suceden constantemente. En determinados momentos aquella realidad se presenta sensible y poderosa; en otros se vela y retrocede. Hay momento en que brilla lo que quiere; luego, a su vez, su exigencia se torna oscura. O bien aquella realidad aparece conocida y familiar al espíritu, y de pronto surgen en ella nuevos aspectos, nos plantea nuevas exigencias y el conjunto se torna nuevamente problemático.

Y luego penetrando todo lo dicho: Aquella realidad viene de arriba, y lo que hay en el hombre, de abajo. Y esto se resiste, no quiere entregarse, no se resigna a la muerte del hombre viejo. Así, la fe significa siempre lucha renovada por la fe; prueba y abnegación y constancia hasta lograr nueva seguridad... Si se trata de un hombre que ha crecido en la fe, las cosas pueden tomar en muchos puntos otro curso. Pero también él tendrá que pasar por una crisis de la fe más o menos profunda. Y aun después que nuevamente haya asentado el pie, su fe se verá una y otra vez rozada por la cuestión de la fe y tendrá que demostrarse en la lucha por la fe.

Cierto que la fe crecerá, logrará nueva certeza y claridad; de pistis, confianza de la fe, pasará a ser, cada vez más claramente, gnosis, conocimiento de la fe; sin embargo, la fe está siempre en tensión, y esta tensión ha de superarse constantemente.

Si partiendo de aquí miramos a Jesús y preguntamos Jesús y la fe si fue un creyente, la respuesta más espontánea ha de ser que no. Jesús no pasa del no creer al creer. Tampoco se ve en él que una primera vida infantil de fe haya sido sacudida por crisis, de las que saliera su fe renovada y fortalecida. En Jesús no hallamos ni pruebas o tentaciones contra la fe ni lucha ni victoria de la fe.

Es más, en él no hallamos en absoluto la actitud de la fe, que consiste en que el hombre abraza una realidad que le sale al encuentro, ni la lucha de la "antigua" realidad, centro de su vida, con la nueva que se despierta, con todo lo que ello supone de conmoción y abnegación. En Jesús no se da en absoluto la contraposición del que revela y del que recibe.

Pudiéramos expresarlo diciendo que Jesús tiene lo que dice. Posee al Dios de quien habla. Aquí no hay dualidad, sino unidad.

Sin duda se siente una lucha profunda y misteriosa. Sin duda se perciben tensiones, discusiones. En eso se apoya la opinión que quiere ver a Jesús simplemente en actitud humana, y de ello tendremos que hablar todavía. Pero todo eso se sitúa en otra parte. No afecta a la fe.

Ahora pudiera decirse: Bien, Jesús no fue un creyente. Fue un iluminado. La palabra de Dios no llegó a él por un mensajero de la fe ni él la recibió con fe. El es quien trae la palabra de Dios. El es el mensajero de la fe, el enviado. Pero a él fue dada por interior revelación.

Así tenemos que mirar a aquellas personas de las que nos consta con certeza que recibieron la palabra por revelación, que fueron enviadas. Tenemos que mirar a los profetas. ¿Qué pasa con los profetas?

En la vida del profeta llega siempre el momento en que Dios pone la mano sobre él. Antes era un creyente como todo el mundo. Luego viene el asirlo Dios y se convierte en instrumento. Pero toda su vida de profeta se realiza en la tensión o contraste entre su realidad humana y terrena y este asimiento de Dios. Lo que aquí se pide al profeta no es Fe; pero es algo más difícil que la fe. La lucha es más dura; las crisis, más hondas y conmovedoras; la abnegación constantemente exigida, más penosa. No tenemos sino seguir en los libros de los reyes la vida de un Elías o leer atentamente el libro de un Isaías para darnos cuenta de ello.

Si de aquí volvemos a Jesús y preguntamos si fue un profeta, hemos de contestar nuevamente que no. No hallamos en su vida el acontecimiento de asirlo Dios, de la primera toma de posesión, de la iluminación, de la misión... Se ha querido ver ese acontecimiento en el bautismo del Jordán; pero eso no es exacto. El bautismo en el Jordán revela su misión, pero no la funda. Y tampoco hallamos en su vida la lucha entre su centro humano y su centro profético. La palabra sagrada de Getsemaní: "No se haga mi voluntad, sino la tuya", significa algo totalmente distinto. No hallamos, finalmente, los momentos de agotamiento y de fortaleza, de resistencia y entrega. Nada de eso.

Jesús no es un profeta.
Antes hemos dicho que Cristo tiene aquello de que habla. El Dios de quien habla está en él. Ahora hemos de mirar más agudamente y decir: Jesús no habla de oídas o de "recibidas". Habla de suyo. Es distinto del creyente; por eso habla de modo distinto que el creyente. Es distinto del profeta; por eso habla de modo distinto que el profeta.

Si ponemos atento oído a la manera como Jesús habla de Dios, como anuncia y requiere, nos sentimos llevados hacia un misterio íntimo, que se sitúa total mente aparte del misterio del creyente y del profeta: al misterio del Dios-hombre.
(Romano Guardini, Jesucristo, Ed. Lumen, Bs. As., 1989, Pág. 34-38)


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Aplicación: Fray Justo Pérez de Urbel - La confesión de Pedro

Estas cosas las habían comentado muchas veces las multitudes que seguían a Jesús, hablando con los Apóstoles, no sin darse cuenta de que los Apóstoles, víctimas de la misma incertidumbre, no sabían darles una respuesta definitiva. Las que ahora dirigen a Jesús son el eco de estas suposiciones incoherentes y descorazonadoras: "Unos dicen que eres Juan el Bautista, otros que eres Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas."

-Y vosotros-prosiguió Jesús-, quién decís que soy Yo?
-Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo-responde Pedro, adelantándose a todos y expresando por primera vez con una fuerza, con una luminosidad y con una seguridad admirables, no solamente la dignidad mesiánica de Jesús, sino también su naturaleza divina. Otros muchos habían dicho antes a Jesús: "Tú eres verdaderamente Hijo de Dios"; pero no era ésta la filiación de que Pedro hablaba. No era Hijo, como otros muchos, por la adopción, por la santidad: era el Hijo, el Hijo Unigénito, con la misma naturaleza que el Padre. Diríase que Jesús había hecho su pregunta con cierta ansiedad, y que, al oír aquella contestación resuelta, inmediata, siente una súbita alegría, un alivio profundo, y dirige a Pedro unas palabras que no había dicho, que no dirá a nadie más: "Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás, porque ni la carne ni la sangre te ha revelado esto, sino mi Padre que está en los cielos. Y Yo te digo que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y Yo te daré las (llaves del reino de los cielos. y lo que atares sobre la tierra será atado en el cielo, y lo que desatares sobre la tierra será desatado en el cielo."

Toda esta frase está tejida de expresiones semitas, como si se hubiera querido subrayar el carácter de autenticidad de un texto que había de ser tan discutido por el cisma y la rebelión. Las metáforas; edificar, atar y desatar; las puertas del infierno; las llaves del reino; la unión de estas dos palabras: Dios vivo; el giro: la carne y la sangre; la apelación patronímica Simón Bar-Yona; todo trae hasta nosotros el aroma de la lengua misma que hablaba Jesús; todo, pero muy particularmente ese juego de palabras que no hay medio de traducir con toda la fuerza del original: Tu eres Kefa, y sobre este Kefa levantaré mi Iglesia. No hay apenas palabra que no tenga el cuño indicador de su origen, su sabor local, el acento propio del arameo, aquella mezcla de siríaco y hebreo, que era la lengua de Palestina en tiempo de Cristo.

El contenido de este pasaje tiene tal trascendencia, que la malicia y el orgullo han hecho esfuerzos inauditos para bastardearle o desvirtuarle. ¡Respuesta divina!, exclama San Crisóstomo lleno de admiración; divina, porque con ella se confería a un hombre el poder de perdonar los pecados; divina, porque se le erigía en fundamento inconmovible de la sociedad encargada de perpetuar la vida de Dios en el mundo. Desde la primera vez que le vio, Cristo había llamado Kefas-piedra-a Simón, hijo de Jonás; ahora, dicho delante de la roca material que sostiene el templo del señor del Palatino, empezamos a descubrir el porqué de este misterioso apelativo. Pedro, el primero de los creyentes, será también el fundamento humano en que se apoyarán todos ellos. Los elegidos del porvenir formarán un organismo, una sociedad-por vez primera se le da el nombre de Iglesia-, que se levantará sobre esta roca inconmovible y tendrá el privilegio de la indefectibilidad. Contra ella se levantarán las puertas del infierno. Las puertas de las ciudades eran el lugar donde dirimían sus pleitos los orientales, donde se dictaban las sentencias, donde se ejercía el poder. Pues bien: todo el poder de Satán desencadenará inútilmente sus combates contra esta roca que es Pedro. Fundamento actual y permanente. Pedro tendrá las (llaves de ese reino espiritual; y de la misma manera que cuando uno tiene las llaves de una casa abre y cierra y dispone de cuanto hay en su interior, de la misma manera Pedro podrá atar y desatar, prohibir y permitir, castigar y perdonar. Regirá los destinos de todos aquellos que creyeren que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, y será la primera autoridad de la comunidad cristiana en lo que se refiere a la fe, porque el Padre le ha revelado el misterio del Hijo; en lo que se refiere al gobierno, porque el Hijo le ha entregado la autoridad de las llaves; y en lo que se refiere a la disciplina, porque ha recibido el tremendo poder de atar y desatar.
(Fray Justo Pérez de Urbel, OSB, Vida de Cristo, Ed. RIALP, Madrid, 1987, pg. 345-347)


 

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Ejemplos Predicables

La muerte de Arrio
El emperador arriano y el príncipe heredero
Trescientas personas personas hablan sin lengua
La cruz en el corazón
La Cruz Abrazada...
La mortificación

 


La muerte de Arrio
Apenas Constantino el Grande había puesto fin a las persecuciones de los cristianos en el Imperio Romano, con el edicto dado en Milán en 313, ya el enemigo infernal suscitó una peligrosa herejía. Arrio, sacerdote de Alejandría, enseñó que Cristo no era verdadero Dios, sino tan solo criatura de Dios. Pronto halló el hereje gran número de secuaces, incluso sacerdotes y obispos, siendo menester, para condenar su falsa doctrina, un Concilio que se reunió en Nicea el año 425, en que 318 Obispos, en presencia del Emperador Constantino, definieron, apoyándolo con evidentes pasajes de las Sagradas Escrituras, la divinidad de Jesucristo, y establecieron como dogma de fe que Jesucristo tenía la misma naturaleza que el Padre, o que, según sus palabras, era consubstancial al Padre. Como Arrio no quisiera someterse el Concilio, fue relegado al destierro por el emperador; pero mucho tiempo después, bajo el emperador sucesor de Constantino, que era favorable a los arrianos, consiguió el permiso de regresar del destierro. Pero en aquel mismo tiempo recibió el heresiarca el castigo de Dios. Mientras sus secuaces querían conducirle en triunfo por las calles de Constantinopla a la iglesia principal de la ciudad, Arrio palideció, se sintió enfermo y quiso retirarse un rato. Tardando mucho en regresar, corrieron sus secuaces a darle prisa, pero le hallaron derribado en tierra y ya cadáver, con los intestinos fuera del cuerpo, lo mismo que el traidor Judas. Esta horrible muerte de Arrio fue atribuida por todos a castigo de Dios, menos por los arrianos, que quisieron explicarla por las artes mágicas de sus adversarios. - Debemos creer firmemente que Jesucristo es el verdadero Hijo de Dios.


El emperador arriano y el príncipe heredero
Es cosa sabida que la herejía arriana se difundió ampliamente en los tiempos antiguos del Cristianismo y que el mismo emperador Teodosio se mostró favorable a los arrianos. Un obispo, llamado Amfiloquio, queriendo dar a entender al emperador que se defraudaba el honor a Dios Padre, no dando honores divinos a Dios Hijo, solicito ser presentado al emperador y al príncipe heredero al mismo tiempo. Apenas hubo entrado, hizo al emperador una profunda reverencia, mientras que al príncipe no le dijo más que "Buenos días". Encolerizóse Teodosio y le ordenó que rindiese a su hijo los merecidos honores, pero el obispo, sin turbarse, le respondió: Gran Emperador: Vuestra Majestad no quiere que se defraude a su hijo el debido honor; pues tampoco puede agradar a Dios Padre que se nieguen a su Hijo Unigénito los honores divinos. Es más: el Padre exige que se tributen a su Hijo los mismos honores que a El mismo." Y dichas estas palabras, tribute al príncipe heredero el honor debido. Estas palabras consiguieron su efecto, pues desde aquel momento el emperador profesó nuevamente la doctrina católica (383).


Trescientas personas personas hablan sin lengua
Hunerico, rey de los vándalos (477-484), era un arriano fanático que perseguía a todos los que confesaban la divinidad de Jesucristo. En cierta ocasión hizo arrancar la lengua de raíz en Tipasa de Mauritania a 300 católicos que no quisieron pasarse al arrianismo y confesaban intrépidamente la divinidad de Jesucristo. Aconteció, empero, que todos 300, aunque mutilados, continuaron hablando y cantando himnos de alabanza al Hijo de Dios y conservaron la palabra hasta el fin de su vida, excepto dos de ellos que se dieron a la mala vida y quedaron mudos.

La autenticidad histórica de este hecho se demuestra por el testimonio de muchos escritores de aquel tiempo, entre los cuales citaremos a los siguientes:

a) El obispo africano Víctor de Utica, que refiere aquella persecución de Hunerico y añade que en la corte del emperador Zenón de Constantinopla vivían todavía entonces muchos de aquellos confesores de la fe, a los cuales Hunerico había hecho arrancar la lengua, siendo, por lo tanto, fácil a todos convencerse de que hablaban sin ella. Uno de ellos dice que era el diácono Restituto, tenido en gran estima por la Emperatriz Adriana.

b) El escritor pagano Eneas de Gaza, que vivió en aquel tiempo, el cual escribe: "Yo he visto con mis propios ojos a esos infelices y les he oído hablar con mis propios oídos, siendo ellos mismos los que me han referido su triste historia ; he examinado su boca y he visto que hasta la garganta no hay el más pequeño resto de la lengua, y no pude reprimir el estupor que me dio el oírles hablar todavía."

c) El mismo Justiniano I, que fue después emperador (527-565), afirma que en su juventud había conocido y oído aquellos hombres mutilados en la lengua e introdujo en su código una disposición en favor de ellos. (Cod. de Justiniano I,Tít. 27.) d) El historiador Procopio que vivía en tiempo de Justiniano, refiere que en su tiempo vivían aun algunos de aquellos confesores y que todos hablaban correctamente. (I, 8.) e) El Papa Gregorio Magno recuerda también este milagro en su diálogo II, cap. 32. - El tirano se propuso evidentemente impedir con aquella mutilación de la lengua la confesión de la divinidad de Cristo, pero Dios concedió a los mutilados la palabra para que con este milagro la anunciasen y demostrasen de manera aún más evidente. Este milagro decía, en efecto, claramente que Cristo es verdadero Díos y que la doctrina arriana es falsa.
(Francisco Spirago, Catecismo en ejemplos, Ed. Políglota, Barcelona, 1941, pg. 187-190)


La cruz en el corazón
Cayó vez en poder de los sarracenos un esclavo cristiano, y en medio de su mala suerte tuvo la ventura de que le comprara un señor muy poderoso, menos cruel que los demás y más compasivo. Tomó afición a la virtud y buenas prendas del mozo y le trataba con toda clase de consideración y cariño.
Pero el esclavo cristiano andaba siempre triste y taciturno, y mientras los otros se divertían y alegraban con música y juego, el lloraba en un rincón desconsolado. Al amo le desagradaba tal tristeza, y llegó a preguntarle: ¿Qué tienes? ¿Te falta algo? ¿No te trato bien y no te distingo de todos?
-¡Ah, sí! - respondió el mozo pero no puedo alegrarme. ¡Tengo en el corazón clavada la cruz en que murió el Redentor!.
En tantas veces se lo preguntó el amo, otras tantas respondió lo mismo el esclavo. Hasta que un día, encolerizado, le dijo:
-He de ver esta cruz que no lo deja vivir satisfecho.
Y le mandó matar, le sacó el corazón y en sí perfectamente esculpida y prodigiosamente dibujada, ¡se veía una cruz!
(Mauricio Rufino, Vademécum de ejemplos predicables, Ed. Herder, Barcelona, 1962, pg. 143)


La Cruz Abrazada...
Un joven sentía que no podía más con sus problemas. Cayó entonces de rodillas rezando: "Señor, no puedo seguir. Mi cruz es demasiado pesada"
El Señor le contestó: "Hijo mío, si no puedes llevar el peso de tu cruz, guárdala dentro de esa habitación. Después escoge la cruz que tu quieras".
El joven suspiró aliviado: "Gracias Señor". Luego dio muchas vueltas por la habitación observando las cruces, había de todos los tamaños. Finalmente fijó sus ojos en una pequeña cruz apoyada junto a la puerta y susurró: "Señor, quisiera esa cruz". El Señor le contestó: "Hijo mío, esa es la cruz que acabas de dejar"
Ya decía Sta. Teresa de Ávila: "La cruz abrazada es la menos pesada". Podríamos también decir: "La cruz rechazada queda multiplicada".


La mortificación
¿No comprenden cómo se ama la carne mortificándola, y cómo se ama el cuerpo contrariándole y no dejándole salir con sus gustos?
Puede amarse una cosa y sin embargo mortificarla porque se ama otra cosa más que ella. Un enfermo ama su brazo o a su pie, y se los deja cortar con gusto porque más que a su brazo o a su pie ama su vida; por eso pierde lo menos para ganar lo más.
El avaro ama mucho su dinero, y con todas sus ansias desea conservarlo, pero sin embargo se deshace de él para comprar alimentos. Sacrifica lo menos para conserva lo más.
Así hacemos nosotros con el cuerpo. Le amamos, pero amamos más la vida eterna, y por eso lo sacrificamos con gusto para no perderla para siempre. Los fieles del hiperculto del cuerpo que tiene hoy tantos adoradores lo hacen al revés: aman más el brazo que la vida, y con tal de guardar su dinero prefieren morirse de hambre y perder los tesoros de la eternidad.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959)

 

(cortesia: iveargentina.org et alii)




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