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Domingo 26 Tiempo Ordinario B: Comentarios de Sabios y Santos - Preparemos con ellos la Acogida de la Palabra de Dios en la Misa Dominical Parroquial

 

Páginas relacionadas

 

 

A su disposición
Exégesis: Rudolf Schnackenburg - Palabras sobre el escándalo (Mc 9, 42-48)

Exégesis: José Ma. Solé Roma, O.M. - Comentarios a las tres lecturas

Comentario Teológico: Xavier Leòn-Dufour - Escándalo

Comentario Teológico: Dr.D. Isidro Gomá y Tomás - La indiscreción en el celo Mc. 9, 37-40

Comentario Teológico: Autores varios    1  2  3  4  5  6

Comentario Teológico: Manuel de Tuya O P - La invocación del nombre de Jesús. 9,38-40 (Lc 9,49-50)

Santos Padres: San Juan Crisóstomo - “Si tu mano y tu pie te escandalizan…”

Santos Padres: San Agustín - ¡Ay del mundo a causa de los escándalos!

Aplicación: Mons. Tihamer Toth - Si tu ojo es para ti ocasión de escándalo

Aplicación: Juan Pablo II - Jesús y los niños

Aplicación: Fillon - La enseñanza de Jesús acerca de los niños

Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - El escándalo

Aplicación: R.P. Alfonso Torres, S.J. - El escándalo

Aplicación: San Alfonso María de Ligorio - Pena que causa a Dios el pecado de escándalo

 



Ejemplos Predicables

 

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo



Exégesis: Rudolf Schnackenburg - Palabras sobre el escándalo (Mc 9, 42-48)

La nueva unidad sentencial está formada mediante la palabra nexo scandalon («tropiezo»). Enlaza con lo que antecede a través de la palabra nexo «pequeños»; el versículo 42 forma contraste con el v. 41: al anuncio de una recompensa por el buen comportamiento en favor de los «pequeños» (los discípulos), sigue ahora una terrible amenaza para cuantos den ocasión de tropiezo a «cualquiera de estos pequeños». El enlace está, pues, justificado desde el punto de vista del contenido; pero la nueva trilogía acerca de los miembros del cuerpo que ocasionan tropiezo sólo tiene una vinculación externa con esa sentencia. El «tropiezo» que cualquiera ocasiona a un discípulo de Jesús, se trata de una sacudida a la fe, de un poner en peligro la salvación de otro, cosa que atraen sobre el autor el castigo más severo en el tribunal divino; de ahí la imagen drástica del anegamiento en el mar.

Con el tropiezo que procede de los miembros corporales, se piensa en las tentaciones de tipo moral que le vienen al hombre de su misma naturaleza y que debe superar radicalmente de raíz, mediante la «mutilación» de los miembros, a fin de no incurrir en la condenación. La palabra griega, que ha entrado en nuestra lengua bajo la forma de «escándalo», no tiene la resonancia sensacionalista que ha adquirido entre nosotros. No se trata de la conmoción que provoca en la opinión pública sino de un peligro interno que corre la persona a la que se escandaliza. El vocablo, cuyos orígenes no se han esclarecido plenamente, hace pensar en la caída ocasionada por un tropiezo o una trampa en el camino. En el contexto de la sagrada escritura, ese «tropiezo», cualquiera que sea su origen, representa un peligro para la salvación. En el entorno de Jesús había seguramente hombres que disuadían su seguimiento a los «pequeños», los discípulos sencillos, y querían destruir su fe y lealtad a Jesús. El Maestro ha observado lleno de cólera tales manejos y ha pronunciado esa terrible amenaza.

La «piedra de molino de las que mueven los asnos» era una piedra notablemente grande que -a diferencia del molino de mano-, en el tipo de molino fijo, descansaba sobre otra piedra y tenía un agujero en el centro. Esa clase de molino se llamaba «molino de asno», o bien porque era movido por un asno o bien porque la piedra inferior se llamaba «asno» a causa de su forma. Para un hombre que extravía a los otros en la fe sería preferible, según la palabra de Jesús, que le colgasen al cuello una de esas grandes piedras y lo hundiesen en lo profundo del mar. Es una imagen muy conforme al lenguaje vigoroso de Jesús y cuyo sentido es éste: mejor es la muerte y el exterminio que robar la fe a otro.

La forma de expresión recuerda las palabras de Jesús acerca del hombre que iba a traicionarle: «más le valiera a tal hombre no haber nacido» (Mar_14:21). No se trata de sentencias condenatorias inapelables, pero son palabras que pintan a la perfección la terrible realidad de un hecho. La imagen y el arcaísmo de la forma lingüística señalan su origen en el pensamiento judío y no permiten dudar de que bajo las mismas se esconde una palabra personal de Jesús. La comunidad (…) entiende, bajo aquéllos cuya fe sufrirá quebranto, a todos los creyentes que forman parte de la misma, y no (o no exclusivamente) a los niños, y de un modo muy especial a los mensajeros de la fe. (…). Siempre será algo terriblemente grave poner en peligro y destruir la fe en el corazón de los hombres sencillos.

En la tradición sentencial de Mateo y Lucas se agrega: «es imposible que no haya escándalos, ¡pero ay de aquel por quien vienen (los escándalos)!». Jesús contempla de un modo realista la situación del mundo; pero advierte a los seductores y está decidido a proteger a quienes creen en él. La fe de la gente sencilla -cf. los infantes de Mt 10,25- es un bien que ningún hombre puede robar sacrílegamente. En ningún caso hay que entender las palabras de Jesús como si uno no hubiese de reflexionar sobre la fe y solucionar sus problemas. Se piensa en los seductores malintencionados o irresponsables.

El grupo de sentencias relativas a los miembros del cuerpo que pueden convertirse en causa de ruina moral, muestra el carácter radical de las exigencias éticas de Jesús. Hablaba en serio cuando quería que se hiciese todo lo imaginable con tal de tener parte en el reino de Dios (cf. Luc_13:24). Cuando está de por medio el objetivo final no cabe indecisión alguna. En nuestro texto Jesús habla de «la vida» como el objetivo del hombre, que le proporciona la verdadera salvación, y después habla en el mismo sentido del «reino de Dios». (…) El «fuego» que «no se extingue» (…) como «el gusano» que «no muere»; (…) ya estaban unidas en un pasaje del Antiguo Testamento que se cita en este v. 48 (Isa_66:24). Allí se trata de los hombres ajusticiados por Dios, cuyos cadáveres se amontonan en el valle de Hinnom, junto a Jerusalén. Yacen insepultos, expuestos a la corrupción -¡el gusano!- o al fuego aniquilador.

Del valle de Hinnom, en hebreo Gehinnom, que desde tiempos antiguos en Israel pasaba por ser el lugar del juicio, se ha derivado la expresión griega gehenna para indicar el infierno. Del lugar histórico de castigo se ha forjado ya en Isa_66:24 el lugar de castigo escatológico; del fin temporal de los malvados, el tormento eterno. (…) No «entrar en la vida», en la vida eterna de Dios, no tener parte en su reino futuro, equivale para el hombre a fallar el objetivo transcendente que se le ha señalado, y esto es la pérdida más espantosa que puede sucederle a un hombre. Su vida terrena no tuvo sentido y con la muerte corporal cae para siempre en el absurdo, en la «muerte eterna», en la aniquilación de su humanidad que estaba destinada a la vida eterna.

No se dice en qué consisten las tentaciones de la «mano», el «pie» y el «ojo». Basta saber que el hombre encuentra ocasiones de pecar en su propia constitución psicofísica. Los miembros externos sólo se consideran como ocasión de pecado. En otro pasaje dice Jesús que los malos pensamientos y deseos nacen de dentro, del corazón del hombre (Mar_7:21 ss). En las palabras sobre los miembros corporales que son ocasión de pecado, se contiene la experiencia de que también en el hombre que aspira al bien surgen tentaciones que pueden llevarle a la caída, en razón, precisamente, de su capacidad de ser tentado. Es una advertencia a no sobrevalorar las propias fuerzas y una amonestación a resistir inmediatamente y con decisión el ataque del mal. En el sermón de la montaña, Mateo ha relacionado el ojo que extravía y la mano que induce al pecado con el adulterio (Mar_5:29s). Muestra así cómo la Iglesia primitiva interpretaba de un modo concreto y aplicaba las palabras de Jesús. De manera similar cada cristiano debe preguntarse dónde están para él las posibles ocasiones de caída en el pecado y los peligros para su salvación. La palabra del Señor le invita a una renuncia radical a las seducciones del pecado y al corte inmediato, y a menudo doloroso, cuando está amenazada la salvación de toda su persona.
(SCHNACKENBURG, R., El Evangelio según San Marcos, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)



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Exégesis: José Ma. Solé Roma, O.M. - Comentarios a las tres lecturas

Primera lectura: NÚMEROS 11, 25 29:
Moisés, Caudillo de Israel, es magnánimo cuando libera a su pueblo, cuando le da la Ley; y no lo es menos cuando, humilde, comparte con otros la autoridad:
Esta narración dignifica la institución de "Ancianos" que de tiempo inmemorial gobernó al pueblo de Israel. Moisés, él solo, ni puede, ni debe, ni quiere ejercer toda la autoridad y todo el gobierno. En Éxodo 18, 13-27 vemos cómo Moisés, dócil a lo que le recomienda su suegro, instituye los "Jueces". La centralización exagerada del poder ahogaría a Moisés y sería en perjuicio del pueblo (Ex 18, 14). En la presente narración el "Senado" que ayuda a Moisés en el régimen recibe también el "Espíritu". Moisés los reúne en la "Tienda" o morada de Yahvé. Inmediatamente los envuelve la "Nube" símbolo de la presencia divina. Y todos repletos del "Espíritu", profetizan. Es un Senado de 72 varones (24. 26). A lo largo de todas las vicisitudes de la historia de Israel sobrevive este Senado o Sanedrín; y lo vemos actuar todavía en el Nuevo Testamento.
Aquella profusión de Espíritu en tantos varones le parece al fiel amigo de Moisés, Josué, que puede traer merma de prestigio o autoridad a Moisés. La respuesta de Moisés es ejemplar y revela la magnanimidad de su alma: "Ojalá todo el pueblo de Yahvé fuera profeta. Ojalá sobre todo él se derramara el Espíritu de Yahvé" (28). Las almas generosas desconocen la envidia. Decía Pablo: "Mientras de cualquier modo que sea se predique a Cristo, yo me gozo y me gozaré" (Filp 1, 18).
En esta del Espíritu para común utilidad" (L.G. 12).

Segunda Lectura: SANTIAGO 5, 1 6:
Hoy el estilete de Santiago es diente o uña acerados: Desgarra, raspa, araña: - Es una invectiva, de las más duras que pueden escribirse, contra los ricos. Evidentemente que no se recrimina al rico por serlo, sino por los abusos que suelen acompañar la adquisición y la posesión de las riquezas. Concretamente les echa en cara cuatro abusos criminales: "Avaricia" (2-3): El oro que el avaro atesora será el tormento que gravitará sobre el "Latrocinios" (4): Hay riquezas que son jornales defraudados al obrero. Y claman ante Dios. "Libertinaje" (5): Es el abuso más frecuente de la riqueza. Se la dilapida en vicios. "Atropellos y asesinatos" (6): Dado que con la riqueza va el poder, queda vía libre a todo atropello de la justicia.
-No pretende Santiago azuzar la lucha de clases sino convertir los corazones. De ahí que recuerde a ricos y poderosos: El oro y la plata se enmohecen, la gloria y poderío se apolillan (2). Los jornales defraudados a los obreros son un clamoreo que pide justicia a Dios (4). El castigo que el justo Juez os infligirá será a medida de vuestros egoísmos, de vuestras injusticias y de vuestra molicie criminal (5).
- La riqueza, el poder y cualquier otro talento natural o carisma sobrenatural que nos haya dado Dios, más que peligro de vanidad es, si se mira rectamente, una gran responsabilidad. Concretamente el rico lo es para que sea limosnero. Limosnero en el amplio sentido cristiano y social de esta palabra. El Crisóstomo le dice al rico: "Oye a Pablo que te dice: El que escasamente siembra, escasamente cosechará. ¿Por qué, pues, das tan escasa limosna? ¿Es una pérdida la limosna? No. Ganancia es y negocio. Donde hay siembra hay cosecha. ¿Cómo no comprendes que aquí ahorrar es perder y no ahorrar es ganar? Tira, pues, para no perder; no retengas, para que tengas; renuncia y atesoras; consume y ganas. No guardes. Entrégalo a Dios, de cuyas manos nadie te lo arrebatará. Lo que quiero es que en vez de oro recibas el cielo en interés" (in Mt 5, 5). Quien usa del dinero sin egoísmo, sino en provecho de sus hermanos, convierte el oro, que es polvo, en cielo. Oportunamente nos recuerda la Iglesia: " Deus, qui sacrae legis omnia constituta in tua et proximi dilectione posuisti " (Collecta).

Evangelio: MARCOS 9, 37 44:
Da unidad al pasaje evangélico que hoy leemos, el tratarse de tres temas que podríamos llamar eclesiales:
- El reparo de Juan a Jesús parece adolecer, como el de Josué a Moisés, de cierto fondo de envidia, o cuando menos, de mezquindad y estrechez de corazón. Jesús nos orienta a la magnanimidad. El Espíritu de Dios es muy generoso y amplio. Ningún "grupo" en la Iglesia debe pretender monopolizarla. No va contra Cristo ninguno que de verdad posea el Espíritu de Cristo (38-40). La humildad y magnanimidad de corazón ahorrarían a la Iglesia recelos y guerras entre hermanos.
-Toda ayuda y todo servicio prestado por amor a Cristo, bien que sea al más humilde y pequeño de los hermanos, va a tener galardón cual si lo prestáramos a Cristo mismo (41).
- De ahí la gravedad del escándalo (42). Decía San Pablo: "Que no se pierda por escándalo tuyo aquel por quien murió Cristo" (Rom 14, 15). "Los que así pecáis contra los hermanos y herís la débil conciencia de los mismos, contra Cristo pecáis" (1 Cor 8, 12). Si ayudar a un hermano es prestar un servicio a Cristo, escandalizar a un hermano es pecar contra Cristo. El castigo de la "Gehenna" indica un castigo doloroso y eterno (cfr 2 Re 23, 10).
(José Ma. Solé Roma, O.M.F.,"Ministros de la Palabra", ciclo "B", Herder,
Barcelona 1979.)




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Comentario Teológico: Xavier Leòn-Dufour - Escándalo

Escandalizar significa hacer caer, ser para alguien ocasión de caída. El escándalo es concretamente la trampa que se pone en el camino del enemigo para hacerle caer. En realidad, hay diferentes maneras de "hacer caer" a alguien en el terreno moral y religioso : la tentación que ejercen *Satán o los hombres, la *prueba en que pone Dios a su pueblo o a su hijo, son "escándalos". Pero siempre se trata de la fe en Dios.

I. Cristo, escándalo para el hombre
1. Ya el AT muestra que Dios puede ser causa de 'escándalo para Israel; "Él es la *piedra de escándalo y la *roca que hace caer a las dos casas de Israel... muchos tropezarán, caerán y serán quebrantados" (Is 8,14s). Es que Dios, por su manera de obrar, pone a prueba la fe de su pueblo.
Asimismo Jesús apareció a los hombres como signo de contradicción. En efecto, fue enviado para la salvación de todos y de hecho es ocasión de *endurecimiento para muchos: "Este niño está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel y para blanco de contradicción" (Lc 2,34). En su persona y en su vida todo origina escándalo. Es el hijo del carpintero de Nazaret (Mt 13,57); quiere salvar al mundo no mediante algún mesianismo vengador (11,2-5; cf. Jn 3,17) o político (Jn 6,15), sino por la pasión y la cruz (Mt 16,21); los discípulos mismos se oponen a ello como Satán (16,22s) y escandalizados abandonan a su maestro (Jn 6,66). Pero Jesús resucitado los reúne (Mt 26,31s).
2. Juan pone de relieve el carácter escandaloso del Evangelio : Jesús es en todo un hombre semejante a los otros (Jn 1,14), cuyo origen se cree saber (1,46; 6,42; 7,27) y cuyo designio redentor por la *cruz (6,52) y por la *ascensión (6,62) no se llega a comprender. Los oyentes todos tropiezan en el triple misterio de la encarnación, de la redención y de la ascensión; pero a unos los levanta Jesús, otros se obstinan: su pecado no tiene excusa (15,22ss).
3. Al presentarse Jesús a los hombres los puso en la contingencia de optar por él o contra él: "Bienaventurados los que no se escandalizaren en mí" (Mt 11,6 p). La comunidad apostólica aplicó también a Jesús en persona el oráculo de Isaías 8,14 que hablaba de Dios. Él es "la piedra de escándalo" y al mismo tiempo "la piedra angular" (1Pe 2,7s; Rom 9,32s; Mt 21,42). Cristo es a la vez fuente de vida y causa de muerte (cf. 2Cor 2,16).
4. Pablo debió afrontar este escándalo tanto en el mundo griego como en el mundo judío. Por lo demás, ¿no había él mismo pasado por esta experiencia antes de su conversión? Descubrió que Cristo, o si se prefiere, la *cruz, es "*locura para los que se pierden, pero para los que se salvan es el *poder de Dios" (1 Cor 1,18). En efecto, Cristo crucificado es "escándalo para los judíos y locura para los paganos" (ICor 1,23). La sabiduría humana no puede comprender que Dios quiera salvar al mundo por un Cristo humillado, *doliente, crucificado. Sólo el Espíritu de Dios da al hombre poder superar el escándalo de la cruz, o más bien reconocer en él la suprema *sabiduría (lCor 1.25; 2,11-16).
5. El mismo escándalo, la misma prueba de la fe continúa también a través de toda la historia de la Iglesia. La Iglesia es siempre en el mundo un signo de contradicción, y el odio, la *persecución son para muchos ocasión de caída (Mt 13,21; 24,10), aun cuando Jesús anunció todo esto para que los discípulos no sucumbieran (Jn 16,1).

II. El hombre, escándalo para el hombre
El hombre es escándalo para su hermano cuando trata de arrastrarlo alejándolo de la *fidelidad a Dios. El que abusa de la debilidad de su hermano o del poder que ha recibido de Dios sobre él, para alejarlo de la alianza, es culpable para con su hermano y para con Dios. Dios detesta a los príncipes que retrajeron al pueblo de seguir a Yahveh: Jeroboán (IRe 14,16; 15,30. 34), Ajab o Jezabel (1 Re 21,22.25), y asimismo a los que quisieron arrastrar a Israel por la pendiente de la helenización, fuera de la verdadera fe (2Mac 4,7...). Por el contrario, son dignos de elogio los que resisten al escándalo para guardar la fidelidad a la alianza (Jer 35).

Jesús, cumpliendo la alianza de Dios, concentró en sí el poder humano del escándalo; es, pues, a sus discípulos a los que no se debe escandalizar. "¡Ay del que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí!, más le valiera que se le atase al cuello una muela de molino y se le arrojase en las profundidades del mar!" (Mt 18,6). Pero Jesús sabe que estos escándalos son inevitables: falsos doctores (2Pe 2,1) o seductores, como la antigua Jezabel (Ap 2,20), están siempre actuando.

Este escándalo puede incluso venir del discípulo mismo; por eso Jesús exige con vigor y sin piedad la renuncia a todo lo que pueda poner obstáculo al reino de Dios. "Si tu ojo te escandaliza, arráncatelo y lánzalo lejos de ti" (Mt 5,29s; 18,8s).

Pablo, a ejemplo de Jesús que no quería turbar a las almas sencillas (Mt 17,26), quiere que se evite escandalizar las conciencias débiles y poco formadas: "Guardaos de que la libertad de que vosotros usáis sea ocasión de caída para los débiles" (1Cor 8,9; Rom 14,13-15.20). La *libertad cristiana sólo es auténtica si está penetrada de caridad (Gál 5, 13); la fe sólo es verdadera si sostiene la, fe de los hermanos (Rom 14,1-23).
(LEON-DUFOUR, XAVIER, Vocabulario de Teología Bíblica, Ed. Herder, Barcelona, 2001)

 

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Comentario Teológico: Dr.D. Isidro Gomá y Tomás - La indiscreción en el celo Mc. 9, 37-40

Explicación. - Contiene este fragmento una repulsa de Jesús contra el celo imprudente. El lugar del episodio corresponde al mediar la peroración de Jesús contenida en el número anterior. Parece ser que al decir Jesús las palabras: El que recibiere a un niño tal "en mi nombre", a mí recibe, le interrumpió Juan, el Evangelista, uno de los hijos del Zebedeo, diciendo que había un exorcista, no discípulo suyo, que lanzaba los demonios, precisamente "en su nombre". Jesús aprovecha la interrupción del discípulo para dar esta interesante lección.

Y le respondió Juan a Jesús, interrumpiéndole al hacer alusión a su nombre, diciendo: Maestro, hemos visto a uno que lanzaba demonios en tu nombre, invocándole, o en virtud del mismo nombre, valiéndose de él como de instrumento. Al apóstol Juan, le parece ello una usurpación, porque aquel hombre no era de los discípulos que acompañaban al Señor, que no nos sigue, a quienes solos se había dado el poder de lanzar demonios. Y se lo vedamos, porque se arrogaba unas atribuciones que no tenía. El celo de Juan, más que pecaminoso, parece ser imprudente, mirando sólo en favor de los prestigios de Jesús, aunque sin razón.

Jesús les enseña a fomentar el bien, quienquiera que sea el que lo haga. Y dijo: No se lo vedéis. La razón es porque ello cede en gloria de su nombre, preparando el camino para que, tras el milagro, entre en las almas la doctrina de Jesús; no puede decirse mal de un nombre al que va vinculado un poder santo y extraordinario: Porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, y que luego pueda decir mal de mí: sería inconsecuente y no se le creería.

Segunda razón: porque no se le debe prohibir a aquel hombre el oficio de exorcista; tan lejos está de ser contrario a su nombre e intereses, que más bien los fomenta: Porque el que no está contra vosotros, por vosotros está; porque si "el que no está con Cristo está contra él" (Mt. 12, 30), quien no está contra Cristo está con él y en favor de él: no hay medio entre estar con Cristo y serle contrario.

Tercera razón: toda obra buena merece su galardón, cuando por Cristo se hace. Y cualquiera que os diere a beber un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, en verdad os digo que no perderá su galardón; ¡cuánto más digno de premio será aquel que en nombre de Cristo eche de los cuerpos los demonios!

Lecciones morales. - A) y. 37, - Y le respondió Juan diciendo: Maestro, hemos visto a uno que lanzaba demonios en tu nombre - No son los celos o la envidia los que obligan a Juan a denunciar el hecho de que un hombre no seguidor de Cristo lance demonios en su nombre, sino el deseo de que todos los que invocasen el nombre de Jesús fuesen discípulos suyos y una misma cosa con los Apóstoles, dice el Crisóstomo. Pero el Señor, por medio de los que hacen milagros, aunque sean indignos, llama a otros a la fe, y hace que sean mejores aquellos que reciben esta gracia inefable. Entre los seguidores de Cristo los hay incipientes y perfectos.

B) y. 38. - No se lo vedéis - Hágase el bien, y no mires por quién, dice el refrán. El bien, sobre todo si se hace en nombre de Cristo, siempre fructifica, aunque ni sea el mayor que pudiese hacerse, ni se haga en la mejor forma posible, ni sea el mejor quien lo haga. Es ésta una oportunísima lección de amplitud de criterio en la cuestión del apostolado. Y es una condenación de todo espíritu de partidismo o personalismo mezquino, que tantas trabas pone al bien, y que tantas obras buenas inutiliza. Mejor entienden los malos la política de hacer el mal, que los buenos la estrategia del bien: aquéllos se dan todos la mano y van a su fin con afán digno de mejor causa; éstos neutralizan su acción con mutuas trabas e interdicciones.

C) y. 39. - El que no está contra vosotros, por vosotros está. - Debe entenderse esto, dice San Agustín, en el sentido de que en tanto uno no está con Cristo en cuanto está contra él; y en tanto está con Cristo en cuanto va en pro de él. Así la Iglesia no reprueba de los herejes, por ejemplo, aquello en que convienen con ella, pero condena todo aquello en que van contra ella. Así, buenos y malos pueden tener un punto de contacto en el bien, y en esto, salvando peligros, y escándalos, y conveniencias, pueden aunar sus esfuerzos en una acción en pro del bien; pero jamás será lícito transigir con el mal o pactar con él, como factor de apostolado, para hacer un bien.

D) y. 40. -Y cualquiera que os diere a beber un vaso de agua en mi nombre... - Demuéstrase con estas palabras la misericordia del Señor, que no sólo da la merced debida a las buenas obras que hacen sus discípulos y los que viven en gracia con él, sino que toda buena obra tiene su premio, en una u otra forma, no en razón de la vida eterna, si uno la pone en pecado, sino que es muy posible que quien hace el bien sea conducido por Dios al bien vivir, en la misma medida que se hace el bien y con mayor medida aún, dada la largueza del Dador de todo bien. Tal es la fuerza del nombre de Jesús, que toda obra que de él se ampare dará fruto copioso de bendición, en el orden espiritual o temporal.

 

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Comentarios Teológicos: Autores varios

Marcos 9, 38-43.45.47-48 Par: Lc 9, 49-50 Lc 17, 1-2

1.
Detrás de la observación de Juan (hemos visto a un extraño echando demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido) se vislumbra fácilmente el egoísmo del grupo (tan frecuente), ese temor mezquino de la competencia de los demás que tantas veces se disfraza de fe (con la pretensión de tutelar el amor de Dios), pero que en realidad es una de sus más profundas negaciones. El discípulo ruín y cicatero -pero también profundamente inseguro- soporta con dificultad que el Espíritu sople por donde quiera. Se muestra envidioso, se siente desmentido y traicionado: ¿no debería el Espíritu de Dios estar sólo en nuestras manos, de forma que se viera claramente que somos nosotros, solamente nosotros, sus portadores? Salta al recuerdo un episodio del Antiguo Testamento: Moisés comunicó el Espíritu de Dios a setenta ancianos que habían salido del campamento y se habían reunido junto al tabernáculo; pero un joven vio con sorpresa que el Espíritu de Dios se había posado también sobre Eldad y Medad, dos ancianos que no se habían unido al grupo y que no habían salido del campamento, pero que se pusieron también a profetizar. Y Josué exclamó: "Moisés, señor mío, ¡prohíbeselo!" Pero Moisés le respondió: "¿Estás celoso por mí? ¡Ojalá profetizase todo el pueblo de Dios y hubiera puesto el Señor su Espíritu sobre cada uno de ellos!" (Núm 11, 16-30). Los auténticos amigos de Dios, como Moisés y Jesús, gozan de la liberalidad del Espíritu. No se sienten desmentidos, porque aman a Dios y no se aman a sí mismos.

Y esto es lo principal. Pero muchos escrupulosos defensores de los derechos de Dios -podríamos decir que todos los escrupulosos defensores de los derechos de Dios- se están defendiendo y sosteniendo en realidad a sí mismos, su propio recinto. Pero también es verdad que no todos los gestos son de Cristo, que no todos los intentos de liberación pertenecen a Cristo; sólo le pertenece lo que se hace en su nombre ("Hemos visto a uno que no era de los nuestros y que expulsaba a los espíritus malos en tu nombre... No es posible que alguien haga un milagro en mi nombre y luego hable mal de mí.") Lo que pasa es que el "nombre" no indica el recinto, sino la lógica.

La sentencia con la que Jesús cierra todas estas enseñanzas es sorprendente: "El que no está contra nosotros, está con nosotros." Es exactamente lo contrario de otra sentencia (Mt 12, 30; Lc 11, 23): "El que no está conmigo, está contra mí." Pero no hay ninguna contradicción. Son las diferentes situaciones las que explican la diferencia de las afirmaciones. La unidad está en el hombre que necesita de vez en cuando advertencias distintas. De todas formas, "la tolerancia de Jesús prohíbe toda cerrazón ortodoxa". "Si alguno le quita la fe (escandaliza) a cualquiera de estos pequeños que creen..." (9, 42). En tiempos de Jesús eran los maestros de la Ley los que con el peso de su autoridad y con la fascinación de su prestigio -y también con las amenazas de sus excomuniones (cf. Jn 9, 22; 12, 42)- desaconsejaban a la gente sencilla que siguiera a Jesús: perturban su fe y eran para ellos piedra de escándalo. Más en general, el "pequeño" es el discípulo continuamente perturbado en su fe, perturbado no sólo por el mundo, sino por su misma comunidad, incluso por aquellos que pretenden ser sus maestros. Y como si esto no fuera suficiente, está también el escándalo que viene de nosotros mismos. El hombre es escándalo para sí mismo, lleno como está de vacilaciones, de compromisos y de excusas demasiado fáciles. Con su lenguaje ("si tu pie es para ti ocasión de pecado -te escandaliza-, córtatelo...; si tu ojo es para ti ocasión de pecado -te escandaliza-, sácatelo..."), Jesús afirma la exigencia de una decisión sin reservas por el Reino, la absoluta necesidad de ponerlo en el primer puesto.
BRUNO MAGGIONI
EL RELATO DE MARCOS
EDIC. PAULINAS/MADRID 1981.Pág. 139



2.

Texto. Pertenece a la misma sesión docente del domingo pasado. Es una pena que el texto litúrgico no se haya ampliado dos versículos más. Nos encontraríamos con el final de la sesión y podríamos comprobar cómo este final remite al comienzo de la misma, creando un marco temático unitario para toda ella. La sesión se abría en 9, 33 con problemas de rango y de prioridades entre los doce y se cierra en 9, 50 con una invitación a los doce a convivir en paz.

Juan, uno de los doce presenta el siguiente caso: Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios invocando tu nombre y hemos intentado impedírselo porque no nos seguía. Observemos el empleo del plural: hemos visto, hemos intentado, no nos seguía. Marcos presenta a los doce actuando como grupo bien definido y compacto. La expresión no nos seguía o no era de los nuestros significa que el exorcista no era cristiano.

Todo el resto del texto lo presenta Marcos como respuesta unitaria de Jesús a propósito de la actuación exhibida por los doce en el caso del exorcista. Es cierto que para elaborar esa respuesta Marcos se ha servido de frases de Jesús pertenecientes sin duda a diferentes situaciones. A ello se debe la aparente dispersión de las frases. Pero esto no debe ser razón para que nosotros las leamos aisladamente. Marcos las ha introducido en un contexto y dentro de él es como hay que leerlas e interpretarlas. En este sentido hay que decir que las divisiones que de este texto suelen hacer las biblias ni respetan la unidad creada por Marcos ni favorecen su adecuada interpretación.

Jesús está en desacuerdo con la actuación seguida por los doce en el caso del exorcista no cristiano. Las razones aducidas son de diversa índole. En primer lugar menciona Jesús razones pragmáticas o de sentido común. Son los vs. 39-41. Es improbable que alguien que apele a Jesús vaya acto seguido a hablar mal de él. En este sentido, afirma Jesús, todo aquel que no se presente expresamente como enemigo debe ser tenido por simpatizante. Para demostrar simpatía no son necesarias solemnes adhesiones doctrinales, bastan los pequeños gestos de la vida ordinaria.

En segundo lugar menciona Jesús razones de escándalo. Son los vs. 42-48. Estos son los versículos que más se han desenfocado, al haberse interpretado el escándalo en relación con los niños y fundamentalmente en materia sexual. Tajantemente hay que afirmar que Jesús no habla aquí ni de niños ni de concupiscencia, sea ésta sexual o de otro tipo. El escándalo del que Jesús habla es del que los doce pueden ocasionar con una actitud como la exhibida en el caso del exorcista cristiano. Las víctimas del escándalo son los pequeños que creen en mí. Desde el domingo pasado sabemos que en esta sesión docente el niño es una metáfora para designar a todos aquellos que dentro de la comunidad cristiana son poco importantes o poco considerados. La actuación prepotente o altanera de los doce, simbolizada por la mano, el pie y el ojo, es un escándalo para estos creyentes. El lenguaje severo y amenazador de Jesús quiere ser un aviso y un freno a esta actuación.

Comentario. Propongo que la homilía de este domingo empiece con una afirmación clara sobre el desenfoque que ha padecido este texto. Es urgente una labor de desmonte y de enfoque en la línea expuesta en el análisis del texto. A la hora de enfocar el texto no podemos olvidar que la luz proviene de los acontecimientos de Jerusalén: muerte y resurrección de Jesús. Según Marcos los problemas cambian de perspectiva y de tratamiento si se ven a esta luz.

El problema de fondo abordado por el texto de hoy es el de la convivencia pacífica o comunión eclesial.

Amenazas a esta convivencia: el comportamiento puntilloso y la actitud intolerante de los doce y, por extensión, de cualquier creyente.

Aviso: un comportamiento y una actitud así son gravísimos.

Propuesta: No ver enemigos en todas partes. Apreciar los pequeños buenos gestos de los demás en la vida ordinaria. Magnanimidad. A veces los ataques son respuestas inducidas por la propia intolerancia del atacado. Pensar, pues, que hay ataques merecidos. Si el domingo pasado no se trataba de una cuestión de humildad, hoy sí que puede serlo. Leer y meditar bien la primera lectura de hoy. Números 11, 24-30 y Marcos 9, 38-50 son relatos similares.
ALBERTO BENITO
DABAR 1988, 49



3.

Estas palabras van dirigidas contra esa determinada concepción de la autoridad que subyace detrás de la intervención de Juan, uno de los doce, en el v. 38: autoridad como control, como monopolio exclusivo y excluyente. Desde el v. 39 hasta el final, Jesús replica a esta concepción de la autoridad.

Contra la intolerancia que sólo permite el reconocimiento a aquellos que se inscriben oficialmente en la Iglesia, Jesús afirma taxativamente el contenido de los v. 40 y 41. La autoridad debe caracterizarse por una amplitud de espíritu, por un saber estar por encima de las ideologías de grupo; debe estar abierta a todos los hombres que defienden una causa justa, aunque no sean cristianos; excluye la cerrazón ortodoxa, el sectarismo, la retirada al ghetto, la mirada introvertida...

Como en Mateo, también aquí se recoge una palabra en favor de los "pequeños" que creen en Jesús. Poco estimados, más ignorantes o débiles en la fe, jamás hay que hacerles tropezar (escandalizar). Estos pequeños pueden ser en la comunidad los que necesiten ser ayudados con cariño y paciencia para poder evolucionar sin desconcertar su fe. Pero también los que sufren la tentación de abandonar la Iglesia por la lentitud de ésta en renovarse.

La instrucción termina con una exhortación a convivir en paz (v. 50). A su luz debe leerse todo lo que precede.
EUCARISTÍA 1988, 46


4.
Jesús había enviado a sus discípulos a predicar el evangelio del Reino de Dios por tierras de Galilea (6, 7-13). Ahora, que ya han regresado, cuentan a su Maestro lo que les ha sucedido en esta primera experiencia misionera. Juan quiere hacerle una pregunta sobre el modo como se habían comportado con un exorcista, a quien le habían prohibido arrojar demonios en nombre de Jesús porque no era del grupo. Aunque Jesús no reprueba abiertamente esta conducta, pues sabe que no había en ello mala voluntad, aprovecha la ocasión para enseñarles qué deben hacer en adelante en casos parecidos.

En la guerra de César contra Pompeyo, éste consideraba enemigos a cuantos no estaban abiertamente con él; pero César, más generoso e inteligente, consideraba aliados suyos a cuantos no luchaban en contra suya. Jesús adopta en su lucha una u otra actitud de acuerdo a las circunstancias. Aquí dice a sus discípulos: "El que no está contra nosotros está a favor nuestro", pero en el evangelio de San Mateo encontramos la otra sentencia: "el que no está conmigo, está contra mí" (/Mt/12/30; cfr. /Lc/11/23).

Ahora bien, esta segunda sentencia está en un contexto en el que se habla de la batalla decisiva contra Satanás. Y es claro que en este caso no cabe la neutralidad, pues se trata de dos enemigos irreconciliables y de una guerra que a todos nos concierne personalmente.

También el exorcista que echa los demonios en nombre de Jesús está con Jesús y contra Satanás, aunque no sea oficialmente discípulo de Jesús. En este supuesto, Jesús pronuncia su sentencia contra todo tipo de partidismo. También en nuestros días hay muchos hombres que exorcizan el mal y la injusticia de nuestra sociedad y, con todo, no son expresamente cristianos, éstos son de los nuestros aunque no sean "de los nuestros", pues es claro que no están contra nosotros.

ESCANDALO/QUE-ES:Todo el que se hace discípulo de Jesús y aún no ha llegado a una fe adulta es "pequeñuelo". Y el que aparta de su camino a uno de estos pequeñuelos es un homicida, ya que les impide llegar a la verdadera vida. "Escándalo" es la piedra que nos hace tropezar, el impedimento que se encuentra en el camino. En sentido figurado significa tanto la dificultad que proviene de fuera, la dificultad objetiva (como en el presente texto), como la que surge del interior del hombre o dificultad subjetiva. En este segundo sentido habla Pablo de la cruz como "escándalo" para los judíos (1Co/01/23). Es claro que la cruz sólo es un impedimento para los que no la aceptan debido a sus prejuicios triunfalistas o de otro tipo.

La tentación nunca procede exclusivamente de fuera; de ahí que el hombre deba procurar también no escandalizarse a sí mismo. Y esto no es posible si uno no lucha contra sus propias inclinaciones y no toma medidas negándose a sí mismo.

Aquí se contrapone la "vida" al "abismo" o "gehenna". La gehenna era el nombre de un valle situado al sur de Jerusalén, en donde en tiempos de los reyes Ajaz y Manasés se sacrificaron niños al ídolo Molek (2 Re 23, 10; Jer 7, 31 s; Jer 32, 35). A partir del siglo II y a raíz de esta abominable experiencia, la gehenna pasó a significar en la literatura apocalíptica lo mismo que el infierno; esto es, el lugar de tormento de todos los condenados.

Con estas palabras alusivas a Is 66, 24 se describen las torturas de los condenados. El "gusano que no muere" significa para algunos la conciencia, los remordimientos; pero hay quien piensa que se trata de una alusión a la imagen profética del montón de cadáveres que quedan sin enterrar y son pasto de los gusanos.
EUCARISTÍA 1982, 44



5.

GEHENNA.

-El castigo es visualizado a través de la imagen del valle de la Gehenna, en el que antiguamente se habían sacrificado niños a Moloc y en el momento presente era lugar de putrefacción ("donde el gusano no muere y el fuego no se apaga"): ahí situaba el judaísmo apocalíptico del tiempo de Jesús el lugar del castigo en el día final.
J. NASPLEDA
MISA DOMINICAL 1988, 18



6.
El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Si tu mano te hace caer, córtatela

El fragmento evangélico que leemos en este domingo incluye dos temas muy diferenciados: el monopolio dle nombre de Jesús, y el escándalo en el seno de la comunidad.

La primera generación cristiana daba importancia especial al uso del nombre de Jesús en las fórmulas sacramentales y los exorcismos (cf. Hc 3,6). Jesús no es monopolio de los Doce. Es de admirar la amplitud de miras con que contesta Jesús, y a la vez nos interpela: hoy, "el nombre de Jesús" ¿es monopolio de las instituciones eclesiales, o de los grupos cristianos, o de la misma Iglesia?

El segundo tema es el del escándalo que podemos nosotros causar con nuestras ideas o nuestro comportamiento. Escándalo no es sólo aquello que repugna moralmente, sino todo aquello que pueda menoscabar la fe del prójimo. El esquema ternario de miembros del cuerpo (mano, pie, ojo) no es exclusivo, sino abierto. El acento recae en la radical renuncia que Jesús exige a los suyos para evitar el mal a los demás. Renunciar a las cosas, al ejercicio de las convicciones... al propio cuerpo, por un valor mayor: la unidad de la comunidad.

San Pablo afronta el mismo problema en 1 Co 8-9 y en Rm 14. "Tened presente al débil en la fe, sin discutir opiniones", "me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles", "así, al pecar contra los hermanos hiriendo su conciencia tan débil, pecáis contra Cristo". La unidad en la comunidad cristiana, expresión de amor fraterno y núcleo de la "verdad del Evangelio" (cf. Gal 2,14) es un valor capital entre los discípulos de Jesús, hasta el punto que impone renuncias radicales en la conducta de los cristianos con "ideas más claras", o con una mayor responsabilidad eclesial.
JORDI LATORRE
MISA DOMINICAL 2000 12 38

 

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Comentario Teológico: Manuel de Tuyya OP - La invocación del nombre de Jesús. 9,38-40 (Lc 9,49-50)

Juan le comunica que han visto una persona que exorcizaba los demonios, y se lo habían prohibido porque no estaba con ellos, es decir, no pertenecía a los Doce, a quienes se les había conferido este poder (Mt 10, 1). Más tardíamente se cita el caso de exorcistas judíos, no cristianos, que expulsaban demonios en el nombre de Jesús (Act 39,53-57).

Pero Cristo no autoriza esa prohibición. Si hay una delegación suya para ello en los apóstoles, también otros pueden invocar su nombre, con reverencia apelando a su poder, lo que no es estar lejos de su discipulado. Que no se lo prohíban. Quien así obró, no sólo no hablará mal de El, sino que se aproximará cada vez más a su reino, al ver el gran signo del mesianismo y del Mesías: la expulsión y triunfo sobre Satán.

Y concluye con un dicho, probablemente un proverbio popular, en el que ya se agrupa en una unidad con los Suyos, que continuarán su obra. El que no está contra ellos, está con ellos. Si la frase es un poco extremada, oriental, en aquel mundo hostil contra Cristo, el que no estaba contra Él (Mt.- Lc.), ni contra ellos (Mc.), venía a estar con ellos. Había la perspectiva de unírseles otros muchos discípulos.

En Mc. Se dice que "quien no está contra nosotros, está con nosotros". En cambio, en Mt- Lc se dice que "quien no está conmigo, está contra mi". Pero responde esta variante a situaciones temáticas distintas. En Lc., el texto se refiere a los exorcismos judíos; campos irreductibles. En cambio, en Mc, esta irreductibilidad no existe.

Caridad y escándalo. 9,41-50 (Mt 18,6-9) Cf. Comentario a Mt 18,6-9.

El amor a Cristo trae premio en las acciones más pequeñas hechas a uno "porque sois de Cristo", es decir "discípulos de Cristo". Es premio a su
amor.

Pero, si la caridad hecha por Cristo trae premio, este amor al prójimo que "cree" en El, en su misión y en su reino, exige evitar el escándalo. Estos pequeñuelos (tón mikrón) no es preciso que sean los niños (cf. v.36-37), sino los desvalidos o humildes. Puede ser un superlativo aramaico para indicar lo menor. La formulación de estos casos es hiperbólica, y sólo quiere indicar la gravedad del escándalo.

V.49-50. Estos versículos, propios de Mc, presentan dificultad En Mt (5,33), los discípulos son "sal de la tierra" por el condimento que van a aportar con la doctrina de Cristo. Pero aquí el sentido es distinto.

No se puede pensar en un sentido peyorativo, que "todos han de ser salados
al fuego", como castigo en el infierno, porque en lo que sigue se habla bien
de esta sal: "buena es la sal".

"Salar por fuego" es purificar. Puestos estos versículos en función del contexto que terminan, indican una prolongación, un poco sapiencial, de evitar el escándalo. Posiblemente esta sal y fuego evoquen los elementos sacrificiales complementarios del templo, que se ofrecían a Yahvé, entre ellos la sal (Lev 2,73). Así preparados los sacrificios, eran gratos a Dios. Así, el discípulo de Cristo ha de saber ofrecer su sacrificio en sí mismo - "sal de la tierra", con mortificación, renunciamiento, que es lo que les hará tener paz entre ellos. Paz, en el sentido semita, es sinónimo de todos los bienes que aquí es el gran bien mesiánico. Todo es poco para no impedir la entrada o la estancia en el reino.

(Profesores de Salamanca, Manuel de Tuya, Biblia Comentada, B.A.C., Madrid,
1964, p. 696-698)


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Santos Padres: San Juan Crisóstomo - “Si tu mano y tu pie te escandalizan…”


 Cómo hay que entender de que haya escándalos

1. -Y si es forzoso que vengan escándalos, ¿por qué maldice Cristo al mundo-nos pudiera decir alguno de nuestros contrarios-, cuando debiera ayudarle y tenderle la mano? Eso sería obra de médico y bienhechor; lo otro está al alcance de cualquiera. -¿Qué podemos responder a una lengua tan desvergonzada? ¿Y qué remedio buscas tú comparable al que ha procurado Él al mundo? Siendo Dios, se hizo hombre por ti, tomó la forma de siervo, sufrió las mayores ignominias y nada omitió de cuanto a Él le tocaba hacer. Mas ya que nada consigue con esos ingratos, los maldice, pues después de tantos cuidados se quedaron en su enfermedad. Es como si un médico, después de prodigar a un enfermo toda suerte de cuidados y que no ha querido someterse a las leyes de la medicina, dijera lamentándose: ¡Infeliz de fulano por su enfermedad, que él mismo ha agravado por su negligencia! Ahora, que el médico nada conseguiría con sus lamentos; mas aquí, el lamentarse mismo, el predecir lo que ha de suceder y hasta las maldiciones son una especie de medicamento. Muchos, en efecto, que no hicieron caso alguno a los consejos, lo han hecho a las lágrimas. Esa es la razón principal del ¡ay! del Señor. Lo que Él quiere es despertarlos, incitarlos a la lucha, hacerlos vigilantes. Juntamente con ello, muéstranos su benevolencia para con ellos mismos y su propia mansedumbre, pues llora por quienes le contradicen, y no sólo porque está disgustado, sino también porque quiere corregirlos con su llanto y con su predicción a fin de volvérselos a ganar. -¿Y cómo es eso posible?-me dirás-. Porque si es forzoso que vengan escándalos, ¿cómo será posible evitarlos? -Lo es ciertamente. Porque si es forzoso que vengan escándalos, no es forzoso absolutamente que hayamos de perdernos. Es como si un médico dijera (no hay inconveniente en valernos nuevamente del mismo ejemplo): Es forzoso que venga tal enfermedad; pero, con cuidado, no es absolutamente forzoso morir de ella. Al hablar así el Señor, entre otros fines, como ya he dicho, tenía el de despertar a sus discípulos. No quería que vivieran dormitando, como si los enviara a un mundo en paz y tranquilo; de ahí el mostrarles las muchas guerras, de fuera y de dentro, que les esperaban. Que es lo que Pablo declaraba al decir: De fuera, luchas; de dentro, temores. Peligros de parte de los falsos hermanos. Y dirigiendo la palabra a los milesios, les decía: Se levantarán algunos de entre vosotros hablando cosas extraviadas.

Y Cristo mismo decía: Los enemigos del hombre son los de su propia casa 3. Por lo demás, al hablar de necesidad, no quita lo espontáneo de nuestra voluntad ni la libertad de nuestra determinación. No, no dice el Señor que la vida esté sometida a una especie de fatalidad de las cosas, sino que predice simplemente lo que de todos modos ha de suceder. Es lo que Lucas expresa con otra expresión, cuando dice: Inevitable es que no vengan escándalos 4. ¿Y qué son los escándalos? Los tropiezos que se ponen en el camino recto. Así llaman en el teatro a los que son particularmente hábiles en armar a otros una zancadilla. No es, pues, la profecía del Señor la que trae los escándalos. ¡Dios nos libre de tal pensamiento! Ni suceden aquéllos porque Él los predijo. No. Él los predijo porque de todos modos habían de suceder. Porque si quienes los producen no quisieran obstinarse en su maldad, ni siquiera vendrían escándalos; y de no haber de venir escándalos, tampoco los hubiera el Señor predicho. Mas como aquellos hombres se obstinaron en su maldad y su enfermedad se hizo incurable, los escándalos vinieron y el Señor predijo los que habían de venir. -Y si aquéllos-me dices-se hubieran corregido y no hubiera nadie que produjera un escándalo, ¿no quedaría convicta de mentira esta palabra del Señor? - ¡De ninguna manera! Porque en tal caso no se hubiera dicho. Si todos habían de corregirse, no hubiera dicho: Es forzoso que vengan escándalos. Mas como Él sabía que de su cosecha eran incorregibles, de ahí que dijera que absolutamente vendrían escándalos. -¿Y por qué no los quitó Él mismo?-me dirás ¿Y por qué razón los había de quitar? ¿Por razón de los que reciben daño del escándalo? Mas los que se pierden no es por daño que del escándalo reciban, sino por su propia negligencia. La prueba está en los que practican la virtud, que no sólo no reciben de ahí daño alguno, sino que sacan los mayores provechos. Tal Job, tal José, así todos los justos y apóstoles. Y si muchos han perecido, la culpa ha sido de su sueño.

De no ser así, de depender la perdición exclusivamente de los escándalos, todos tendríamos que perdernos. Mas puesto que hay quienes los huyen, el que no los huye, échese a sí mismo la culpa. Porque los escándalos, como ya he dicho, nos despiertan, nos hacen más penetrantes, nos afinan; lo que se aplica no sólo al que se guarda de ellos, sino al que, después de caer, se levanta rápidamente, pues le hacen andar con más cuidado y es más difícil que le sorprendan nuevamente. De manera que, si andamos vigilantes, no es pequeño el provecho que de ahí reportaremos: el estar constantemente alerta. Porque si aun en medio de los enemigos, cuando tantas tentaciones nos asedian, estamos dormidos, ¿qué haríamos en una vida de completa seguridad? Contemplad, si os place, al primer hombre. Muy poco tiempo, quizá ni un día entero, estuvo en el paraíso y gozó de sus delicias, y vino a dar en tanta maldad, que soñó en hacerse igual a Dios y tuvo por bienhechor al embustero, y no soportó ni un solo mandamiento. ¿Qué hubiera hecho si el resto de su vida lo hubiera pasado sin trabajo alguno?

EL MAL PROCEDE DE LA LIBRE VOLUNTAD

2. Mas apenas resuelta esta dificultad, nos ponen otra, preguntándonos: - ¿Y por qué Dios hizo así al hombre? -No hizo Dios así al hombre, ni mucho menos. En tal caso, no le hubiera castigado. Porque si nosotros no acusamos a nuestros esclavos de aquello en que tenemos la culpa nosotros mismos, mucho menos el Dios del universo. -Entonces -me replicas-, ¿de dónde le vino ser tal? -De sí mismo y de su negligencia. -¿Qué quiere decir de sí mismo? -Eso pregúntatelo a ti mismo. Porque si los malos no son malos de sí mismos, no castigues a tu esclavo ni reprendas a tu mujer en lo que peca, ni le pegues a tu hijo, ni te quejes de tu amigo, ni aborrezcas a tu enemigo que te ha hecho daño. Todos éstos, al no pecar de su cosecha, más bien son dignos de compasión que de castigo. -¡Yo no estoy para filosofías!-me contestas-. -Sin embargo, cuando te das cuenta que la culpa no es de ellos, sino que viene de extraña necesidad, sí que puedes filosofar. Así, cuando tu esclavo no cumple lo que le mandas por estar aquejado de enfermedad, no sólo no le culpas, sino que le tienes lástima y le perdonas. De esta manera, tú mismo eres testigo de que unas cosas dependen de él, y otras no. Luego también en el primer caso, si tú supieras que es malo por haber nacido así de naturaleza, no le culparías, sino que le perdonarías. Porque de haber nacido tal desde el principio, no iba a ser la enfermedad motivo suficiente para perdonarle y no lo sería también la obra misma de Dios. Por otro camino se les puede también cerrar la boca a los que así opinan. La verdad es rica en argumentos. - ¿Por qué jamás has echado en cara a tu esclavo que no sea hermoso de rostro, que no sea alto de talla, que no tenga alas? -Porque todo eso es obra de la naturaleza. Luego no tiene él la culpa de lo que es cosa de la naturaleza, y no habrá quien esto contradiga. Luego cuando tú le acusas, por ahí demuestras que no se trata de un pecado de la naturaleza, sino de la libre voluntad. Porque si lo que no reprendemos atestiguamos por el mero hecho pertenecer enteramente a la naturaleza, es evidente que, cuando reprendemos, demostramos que es culpa de la libre voluntad. No me vengas, pues, con torcidos razonamientos, con sofismas y complicaciones más débiles que una tela de araña. Respóndeme más bien a esta pregunta: - ¿Ha creado Dios a todos los hombres? - ¡Evidentemente!

Entonces, ¿cómo es que no todos son iguales respecto a la virtud y al vicio? ¿De dónde viene que unos son buenos, rectos y moderados, y otros malos y perversos? .Si ello no depende de la voluntad, sino que es obra de la naturaleza, ¿cómo es que unos son una cosa y otros otra? Porque si todos son malos por naturaleza, es imposible que haya nadie bueno; y si todos por naturaleza son buenos, nadie puede ser malo. La naturaleza de todos los hombres es única; luego también en esto habían de ser todos únicos, ora en el sentido del bien, ora en el del mal. Y si quisiéramos decir que unos son naturalmente malos y otros naturalmente buenos-lo que ya hemos demostrado que no tiene sentido-, tendrían que ser también en ello inmutables, pues inmutables son las obras de la naturaleza. Mirad en efecto. Todos somos mortales y pasibles, y nadie, por mucho que se empeñe, es impasible e inmortal. Mas lo cierto es que vemos cómo muchos pasan de buenos a malos y de malos a buenos; los primeros, por su negligencia; los segundos, por su esfuerzo. Lo que es la prueba máxima de que eso no es obra de la naturaleza. Las cosas naturales ni se transforman ni necesitan para cumplirse del esfuerzo humano. Así como para ver y oír no necesitamos de trabajo, así tampoco tendríamos que sudar en la virtud si ésta fuera suerte y herencia de la naturaleza. -Mas ¿por qué razón hizo Dios malos, cuando pudo haberlos hecho a todos buenos? -Dios no hizo a nadie malo. - ¿De dónde, pues, viene el mal?-me replicas-Eso pregúntatelo a ti mismo. A mí lo que me tocaba demostrar era que no viene de la naturaleza ni de Dios. -Luego ¿viene automáticamente o por sí mismo? - ¡De ninguna manera! -Luego ¿es eterno? -No blasfemes, hombre, y deja esa locura que te lleva a honrar con el mismo atributo-y el más alto de los atributos-a Dios y al mal. Porque si el mal es eterno, será fuerte, y no será posible ni arrancarlo y obligarle a que vuelva otra vez a la nada. Porque para todo el mundo es evidente que lo eterno es indestructible.

(…)

"SI TU MANO O TU PIE TE ESCANDALIZAN..."

4. En fin, por que comprendáis que el escándalo no viene por necesidad, escuchad lo que sigue. Después de lanzar el Señor sus ayes, prosigue así: Si tu mano o tu pie te escandalizan, córtatelos y arrójalos de ti; porque mejor es que entres en la vida cojo y manco que no, con tus dos pies y tus dos manos, ser arrojado al fuego eterno. Y si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y échalo de ti; pues mejor es que entres con un solo ojo en la vida que no, con tus dos ojos, ser arrojado al horno de fuego. En todo esto no habla el Señor de los miembros del cuerpo, ni mucho menos. A quienes se refiere es a los amigos, a los allegados, que nos pudieran ser tan necesarios como un miembro de nuestro cuerpo.

Lo mismo que antes había dicho, lo repite ahora. Nada hay, en efecto, más pernicioso que una mala compañía. Lo que no puede la violencia, muchas veces lo consigue la amistad, lo mismo para bien que para mal. De ahí la energía con que nos manda el Señor cortar de raíz a quienes nos dañan, dándonos bien a entender que ésos son los que nos traen los escándalos. Mirad, pues, cómo por el hecho de predecir que forzosamente han de venir escándalos, el Señor trató de prevenir el daño que podían producir. De este modo a nadie habían de sorprender en su tibieza. Puesto que hay que contar con ellos, hay que estar vigilantes, pues Él nos mostró cuán grandes males eran. Porque no dijo simplemente: ¡Ay del mundo por los escándalos!, sino que mostró también el grave daño que de ellos se sigue. Además, por el hecho de lamentarse con un ¡ay! de aquel que da los escándalos, aun nos pone más patente cuán desastrosos son para las almas. Porque decir: Sin embargo, ¡ay de aquel hombre...!, bien claro da a entender el grande castigo que le espera. Y no es eso solo. Luego viene el ejemplo de la muela movida por un asno, que es otro modo de aumentar el temor. Mas ni aun con eso se contenta el Señor, sino que nos muestra la manera como hay que huir de los escándalos.

¿Qué manera es ésa? "Corta-nos dice-toda amistad con los malos, por muy queridos que pudieran serte". Y nos presenta un razonamiento irrefutable. Porque si sigues en su amistad, a ellos no los ganarás, y, sobre perderse ellos, tú también te perderás. Mas si cortas la amistad, por lo menos aseguras tu propia salvación. En conclusión, si alguien con su amistad te daña, córtalo de ti. Porque si muchas veces cortamos uno de nuestros miembros por no tener él remedio y dañar, en cambio, a los otros, mucho más hay que hacer eso con los amigos. Ahora bien, si el mal fuera cosa natural, toda esta exhortación estaría de más; de más que el Señor nos aconseje y que nos ponga en guardia por medio de todo lo anteriormente dicho. Pero si nada de eso está de más, como realmente no lo está, síguese evidentemente que el mal depende de la voluntad.

NO DESPRECIAR A LOS PEQUEÑUELOS

Mirad no despreciéis a uno solo de estos pequeños. Porque yo os digo que los ángeles de ellos ven continuamente la faz de mi Padre, que está en los cielos. Pequeños llama no a los que realmente lo son, sino a los que son tenidos por tales entre el vulgo: a los pobres, a los despreciados, a los que nadie conoce. Porque ¿cómo pudiera ser pequeño el que vale por el mundo entero? ¿Cómo pudiera ser pequeño quien es amigo de Dios?

No; aquí llama así el Señor a los que son tenidos por pequeños en opinión del vulgo. Y habla no de menospreciar a muchos, sino de no despreciar ni a uno solo, lo que era poner otra muralla contra el daño de los escándalos. Porque al modo que huir de los malos es provecho muy grande, así lo es también honrar a los buenos; y aun en esto, si lo miramos bien, hallaremos doble ventaja: primera, cortar la amistad de los que nos escandalizan; y segunda, tributar el debido culto y honor a esos santos. Otro motivo pone seguidamente el Señor para hacernos respetuosos con los pequeños, a saber: Que los ángeles de ellos están constantemente contemplando la faz de mi Padre, que está en los cielos.

De donde evidentemente se sigue que los santos tienen cada uno su ángel en el cielo. Y, en efecto, el Apóstol dice acerca de la mujer que debe tener cubierta su cabeza por respeto a los ángeles. Y Moisés: Señaló los términos de las naciones conforme al número de los ángeles de Dios. Mas aquí no habla sólo de ángeles, sino de los más eminentes entre los ángeles. Y al decir: La faz de mi Padre, no otra cosa quiere decir sino su particular confianza y preeminente honor.

(…)

EL CELO POR LA CORRECCIÓN DE NUESTROS HERMANOS NO HA DE DESFALLECER JAMÁS

6. -Es verdad me dices-. Pero es que mi hermano en la fe es un malvado, y el otro, judío o gentil, es bueno y modesto. -¿Qué dices? ¿Malvado llamas a tu hermano, tú, que tienes mandado no llamarle ni "rata", es decir, tonto? ¿No te avergüenzas, no te ruborizas de infamar públicamente a tu hermano, el que es miembro tuyo, que salió del mismo seno, que participa de la misma mesa? Si tienes un hermano carnal, por muchos males que haga, todo tu empeño es defenderle y tienes por tuya su deshonra. A tu hermano espiritual, en cambio, a quien habrías de defender de la calumnia, eres tú el que le abrumas de acusaciones sin término y le calificas no menos que de malvado. -Es que realmente es un malvado y no hay quien lo soporte. -Pues hazte justamente amigo suyo para que deje de ser como es, para convertirle, para llevarle a la virtud. -Es que no me hace caso-me dices-ni aguanta un consejo. -¿Cómo lo sabes? ¿Le has exhortado e intentado corregirle? -Le he exhortado muchas veces-me contestas-. - ¿Cuántas? -Muchas; una y otra vez. - ¡Caramba! ¿Eso son muchas veces? Aun cuando lo hubieras hecho durante toda tu vida, no habías de cansarte ni desesperarte.

¿No ves cómo Dios nos exhorta durante toda la vida por medio de los profetas, de los apóstoles y de los evangelistas? Pues bien, ¿es que lo cumplimos todo y le hacemos caso en todo? ¡Ni mucho menos! ¿Ha dejado Él por eso de exhortarnos? ¿Ha guardado silencio? ¿Acaso no sigue diciéndonos diariamente: No podéis servir a Dios y a Mammón? Y, sin embargo, en muchos aumenta diariamente la avaricia y tiranía del dinero. ¿No clama Él diariamente: Perdonad y se os perdonará, y nosotros somos cada día más feroces? ¿No nos exhorta constantemente a dominar la concupiscencia y a vencer el placer deshonesto, y muchos se revuelcan peor que cerdos en este pecado? Él, sin embargo, no por eso cesa de hablarnos. ¿Por qué, pues, no considerar y decirnos a nosotros mismos que también Dios nos habla continuamente y no porque en muchas cosas le desobedezcamos deja de hablarnos? Por eso decía el Señor: Pocos son los que se salvan. Porque si no basta para la salvación nuestra propia virtud, sino que hemos de salir del mundo después de ganar también a otros, ¿qué nos pasará si no nos salvamos ni a nosotros mismos ni a los demás? ¿Qué esperanza tendremos ya de salvación?

NOS PREOCUPAMOS DE LO AJENO A NOSOTROS MISMOS

Mas ¿a qué acusarnos del descuido por los extraños, cuando no hacemos siquiera caso de nuestra misma familia, de la mujer, de los hijos y de los esclavos? A modo de borrachos, nos ocupamos en unas cosas por otras: nuestros esclavos, que sean lo más numerosos posible y nos sirvan con el mayor cuidado; los hijos, a ver cómo les dejaremos más pingüe herencia; la mujer, que tenga oro, vestidos lujosos y perlas. No nos preocupamos de nosotros mismos, sino de las cosas de nosotros mismos, como tampoco miramos ni proveemos por la mujer, sino por las cosas de la mujer; ni por los hijos, sino por las cosas de los hijos. Hacemos como el otro que, teniendo una casa en ruinas, con las paredes que se tambalean, no se preocupa de levantarlas o reforzarlas, sino que construye una gran cerca en derredor de la casa. O como el que, teniendo su cuerpo enfermo, no se preocupara de curarlo, sino que se entretuviera en tejerle vestidos de oro. O el que, teniendo a la señora enferma, anduviera muy afanado en atender a las sirvientas, a los telares, a los utensilios de casa y a todo lo demás, y dejara a aquélla tendida y entre gemidos. Tal es lo que nos acontece ahora. Tenemos el alma enferma y en lamentable estado, la domina la ira, se desata en injurias, se consume de torpes deseos, la lleva la vanagloria y la disensión, se arrastra por el suelo, la desgarran manadas de fieras, y nosotros, dejando a un lado el arrojar a todas esas fieras, nos preocupamos de la casa y de los criados de la casa.

Si un oso, burlando la vigilancia, se escapa de la jaula, al punto cerramos las puertas, corremos por las calles por miedo de caer en las garras de la fiera; ahora, empero, que no es una sola fiera, sino pensamientos mil como fieras los que desgarran nuestra alma, ni nos damos cuenta de ello. En las ciudades se pone mucho cuidado de tener las fieras en lugar apartado y encerradas en sus jaulas, y no se las deja en las cercanías del consejo de la ciudad, ni de los tribunales, ni del palacio imperial. Allá se las tiene, bien atadas, lejos de todos esos lugares. En el alma, empero, las fieras suben donde está el consejo, donde el tribunal, donde el palacio real mismo, y junto a la razón misma, junto al mismo trono del rey, están bramando y alborotando. De ahí que todo está trastornado de arriba abajo, todo lleno de turbación: lo de fuera a par de lo de dentro, y poco nos diferenciamos, cualquiera de nosotros, de una ciudad saqueada por los bárbaros. No parece sino que una serpiente se ha metido en un nido de pájaros, y todos chillan y vuelan aterrados y llenos de turbación, sin hallar refugio a su angustia.

CONTRA EL DESENFRENO DE LA JUVENTUD

7. Por eso yo os exhorto: matemos a esa serpiente, encerremos las fieras, ahoguémoslas, degollémoslas, atravesemos esos malos pensamientos con la espada del espíritu, a fin de que no nos amenace a nosotros el profeta como amenazó a la tierra de Judea: Allí saltarán onocentauros y erizos y dragones. Porque hay, hay, sí, entre nosotros hombres peores que esos onocentauros, que viven como en desierto y tiran coces; y tal es la mayor parte de nuestra juventud. Y, en efecto, dominados por salvaje concupiscencia, como ellos saltan, como ellos cocean y corren sin freno, sin la más leve idea de sus deberes. Y los culpables son sus padres. Éstos obligan a sus caballerizos a que rijan con mucho cuidado sus caballos y no consienten que éstos adelanten mucho en edad sin someterlos a doma, y desde el principio les ponen freno y demás arreos. A sus hijos jóvenes, empero, los dejan por mucho tiempo ir sin freno por todas partes, perdida la castidad, deshonrándose en deshonestidades y juegos y perdiendo el tiempo en esos teatros de iniquidad. Su deber sería, antes de que se dieran a la fornicación, entregarlos a una esposa casta y prudente, que apartaría al hombre de todo trato ilícito y sería como un freno para ese potro de la juventud. Las fornicaciones, los adulterios, no tienen otro origen sino el andar suelta la juventud. Porque, de tener una mujer prudente, se preocuparía de su casa, por su honor y por su reputación. -Pero mi hijo es aún joven-me dices-. -Lo sé también yo perfectamente. Pero si Isaac tomó esposa a los cuarenta años de edad y todo ese tiempo guardó castidad, con mucha más razón debieran ejercitar esa filosofía los jóvenes que viven bajo la gracia. Pero ¿qué queréis que diga?

Vosotros no consentís en vigilar y cuidar su castidad, sino que permitís que se deshonren y se manchen y se cubran de ignominia, y no caéis en la cuenta que el bien del matrimonio es guardar puro el cuerpo. Si eso se le quita, el matrimonio no tiene razón de ser. Vosotros, empero, hacéis todo lo contrario. Cuando los jóvenes están llenos de manchas de deshonor, entonces es cuando los lleváis al matrimonio, sin razón ya ni motivo. -Es que hay que esperar-me dices-a que adquiera nombre y brille en las cosas políticas. -Sí; pero de su alma no hacéis cuenta alguna, sino que consentís que se arrastre por el suelo. Por eso justamente, porque el alma se tiene por cosa accesoria, porque se descuida lo necesario y todo el afán y providencia se va por lo despreciable, todo está lleno de confusión, de turbación y de desorden.

¿No sabes que no puedes hacer a tu hijo favor comparable al de guardar su cuerpo limpio de la impureza de la fornicación? Nada hay, en efecto, tan precioso como el alma. ¿Qué le aprovecha al hombre-dice el Señor-ganar todo el mundo, si sufre daño en su alma? Pero todo lo ha trastornado, todo lo ha echado por tierra el amor del dinero, que ha desterrado el verdadero temor de Dios y se ha apoderado de las almas de los hombres, como un tirano de una ciudadela. Ésa es la razón, ésa, por que descuidamos la salvación de nuestros hijos y la nuestra propia, sin otra mira que enriquecernos más y más y dejar a otros la riqueza, para que éstos se la dejen a otros, y éstos a otros, con lo que no parece sino que somos meros transmisores, no dueños, de nuestros bienes.

De ahí la inmensa insensatez; de ahí que los hombres libres estén más vilipendiados que míseros esclavos. Porque por lo menos a los esclavos, si no por interés de ellos, sí por el nuestro, los reprendemos de sus faltas; pero los hombres libres no gozan de esta providencia, sino que se los tiene en menos que a los mismos esclavos.
(San Juan Crisóstomo, Obras de San Juan Crisóstomo, B.A.C., Madrid, 1956, pg. 234-258)



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Santos Padres: San Agustín - ¡Ay del mundo a causa de los escándalos!


1. Las divinas lecturas que hemos escuchado hace poco cuando se leyeron, nos invitan a conseguir la fortaleza de las virtudes y a fortificar el corazón cristiano frente a los escándalos que han sido predichos. Todo ello fruto de la misericordia de Dios. En efecto, ¿qué es el hombre, dice, si no te acuerdas de él? ¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Son palabras del Señor, palabras de la Verdad; nos amedrenta y amonesta y no quiere que seamos incautos, pues no nos ha hecho hombres sin esperanza. Contra este Ay, es decir, contra este mal temible, tremendo y del que se debe huir, nos consuela, nos exhorta y nos instruye la Escritura en aquel lugar en que dice: paz abundante a los que aman tu ley y no hay en ellos escándalo. Mostró el enemigo del que se debe huir, pero no cesó de mostrar el muro fortificado. Al escuchar ¡Ay del mundo a causa de los escándalos!, pensabas en el lugar a donde ir fuera del mundo para no sufrir los escándalos. Por tanto, en orden a evitar esos escándalos, ¿a dónde irás fuera del mundo, si no huyes hacia quien hizo el mundo? ¿Cómo podemos refugiarnos en quien hizo el mundo si no escuchamos su ley que se predica por doquier? Poca cosa es oírla si no se la ama. No dice la Escritura, ofreciendo seguridad frente a los escándalos: "Paz abundante para los que oyen tu ley". No son justos ante Dios los oyentes la misma, y dado que la fe obra por el amor, dijo: Paz abundante para quienes aman tu ley y no hay en ellos escándalo. Va también de acuerdo con esta frase lo que hemos cantado al escuchar y responder: Los mansos, en cambio, poseerán la tierra en heredad y se deleitarán en la abundancia de la paz, porque paz abundante a los que aman tu ley. Los mansos son, en efecto, los que aman la ley de Dios. Dichoso el varón a quien tú instruyeres, Señor, y le adoctrinares con tu ley, para mitigarle los malos días, mientras se cava la fosa para el pecador. ¡Qué diversas parecen las palabras de la Escritura y, sin embargo, de tal manera concuerdan y confluyen en un solo parecer, que, sea lo que sea lo que puedas oír de aquella fuente abundantísima, te hallas de acuerdo también tú, amigo, concorde con la verdad, lleno de paz, fervoroso en el amor y fortalecido contra los escándalos!

2. Se nos ha propuesto, pues, ver o buscar o aprender cómo debemos ser mansos; y en lo que he recordado hace poco de las Escrituras se nos amonesta a encontrar lo que buscamos Preste vuestra caridad un poco de atención; se trata de una cosa importante: del ser mansos; cosa necesaria ante la adversidad. Pero no se da el nombre de escándalos a las adversidades de este mundo; advertid qué son los escándalos. Por ejemplo: un cierto señor se encuentra bajo la presión de una necesidad urgente. No radica el escándalo en estar cercado por las presiones. También los mártires fueron presionados por algún aprieto, pero no oprimidos. Cuídate del escándalo, pero no de la presión. La presión te aprieta, el escándalo te oprime. ¿Qué diferencia existe entre la presión y el escándalo? En el primer caso te preparas a mantener la paciencia, a tener constancia, a no abandonar la fe, a no consentir al pecado. Si lo haces ahora o en el futuro, ninguna presión te conducirá a la ruina; al contrario, tendrá en ti la misma función que tiene en el lagar: no se busca machacar la aceituna, sino destilar el aceite. Finalmente, si en esa tribulación alabas a Dios, ¡cuán útil es esta prensa, mediante la cual mana de ti ese licor! Estaban sentados y atados los Apóstoles como en una prensa y en ella cantaban un himno a Dios. ¿Qué se estrujaba? ¿Qué destilaba? Estaba bajo una gran prensa Job en medio de estiércol, necesitado, sin ayuda, sin riquezas, sin hijos; lleno, pero de gusanos, lo cual pertenece ciertamente al hombre exterior. Mas puesto que interiormente estaba lleno de Dios, le alababa y aquella situación no le servía de escándalo.

¿Dónde, pues, está el escándalo? Cuando se le acerca la mujer y le dice: Di algo contra Dios y muérete. En efecto, después de haberle quitado todas las cosas el diablo, ya ejercitado, se le dejó a Eva, no a consuelo, sino para tentación del varón. He ahí el escándalo. Exageró sus miserias, sumadas las suyas a las de él, y comenzó a persuadirle que blasfemase. Pero él, que era manso, porque Dios le había adoctrinado con su ley y había suavizado sus días malos, en cuanto amante de la ley de Dios, tenía gran paz en su corazón y no había para él escándalo. Ella sí era escándalo, pero no para él. Por tanto, observa a este hombre manso; obsérvale instruido en la ley de Dios, y me refiero a la ley eterna, pues la ley dada a los judíos en las tablas aún no existía entonces, pero permanecía todavía en los corazones de los piadosos la ley eterna, en la que se inspiró la otra ley dada al pueblo. Puesto que la ley de Dios le había suavizado los días malos y en cuanto amante de esa misma ley gozaba de gran paz en su corazón, pon atención a su mansedumbre y a su respuesta. Aprende aquí lo que te propuse, a saber, quiénes son los mansos. Has hablado, dijo, como una mujer insensata. Si recibimos de la mano de Dios las cosas buenas, ¿no vamos a soportar las malas?

3. Hemos escuchado con un ejemplo quiénes son los mansos; definámoslos con palabras, si podemos. Son mansos los que en todas las acciones buenas, en cuanto de bien hacen, lo único que les agrada es Dios y en los males que sufren no les desagrada. ¡Ea, hermanos! ; considerad esta regla, esta norma; midámonos por ella, busquemos crecer hasta llenarla cumplidamente. ¿De qué sirve el que plantemos y reguemos, si Dios no da el incremento? Ni quien planta, ni quien riega es algo, sino Dios que da el crecimiento. Escucha tú que quieres ser manso, que quieres ver suavizados los días malos, que amas la ley de Dios; para que no haya en ti escándalo, y te llenes de paz abundante; para poseer la tierra y deleitarte en la abundancia de la paz, escucha tú que quieres ser manso. No te complazcas en cuanto de bueno haces, pues Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Por tanto, en cualquier cosa buena que hagas, sea Dios lo único en agradarte; en cualquier mal que sufras, no te desagrade. ¿Qué más? Haz esto y vivirás. No te engullirán los días malos y evitarás lo dicho: ¡Ay del mundo por los escándalos! ¿A qué mundo se refiere sino a aquel del que se dijo: Y el mundo no lo conoció? No se trata del mundo del que se dijo: Dios estaba reconciliando consigo el mundo en Cristo. Hay un mundo malo y un mundo bueno. El mundo malo son todos los malos del mundo; el bueno, todos los buenos. De idéntica forma solemos hablar respecto al campo. "Este campo está repleto". ¿De qué fruto? De trigo. De igual manera decirnos, y con idéntica verdad: "Este campo está lleno de paja". Ante un árbol uno dice: "Está lleno de fruto"; otro, en cambio: "Está lleno de hojas". Y tanto el que dice que está lleno de fruto como quien afirma que está lleno de hojas dicen la verdad.

Ni la multitud de hojas quitó su lugar al fruto, ni la plenitud del fruto quitó su lugar a las hojas. De ambas cosas está lleno; pero una cosa tanto, cuando escuchas: ¡Ay del mundo por los escándalos!, no te asustes; ama la ley de Dios y no habrá escándalo para ti.

4. Pero se acerca la mujer sugiriendo no sé qué mal. La amas como debe amarse a la esposa, como miembro tuyo que es. Mas si tu ojo te escandaliza, si tu mano te escandaliza, si tu pie te escandaliza, como oíste en el Evangelio, córtalos y arrójalos lejos de ti. Quien te es muy querido, aquel a quien tienes en mucho aprecio considéralo grande, considéralo como miembro tuyo querido mientras no comience a escandalizarte, es decir, a persuadirte algún mal. Oíd que esto es el escándalo. Hemos puesto como ejemplo a Job y a su esposa; pero allí no aparece la palabra escándalo. Escucha el Evangelio: Cuando el Señor se puso a hablar de su pasión, Pedro comenzó a disuadirle de padecer. Retírate, Satanás, porque eres para mí escándalo. De esta forma el Señor, que te dio ejemplo de cómo vivir, te enseñó en qué consiste el escándalo y el modo de precaverse de él. Habiéndole dicho antes: Dichoso eres, Simón Bar Jona, había manifestado que era miembro suyo. Pero cuando comenzó a servirle de escándalo, cortó el miembro; luego lo rehízo y lo repuso. Por tanto, será escándalo para ti quien comience a persuadirte algún mal. Y entiéndalo bien vuestra caridad: esto acontece la mayor parte de las veces no por malignidad, sino por una perversa benevolencia. Por ejemplo, te ve tu amigo, que te ama y a quien amas, tu padre, tu hermano, tu hijo, tu esposa. Te ve, digo, en el mal y quiere hacerte malo. ¿Qué es verte en el mal? Verte en alguna tribulación. Quizá la sufres por causa de la justicia; quizá la sufres porque no quieres proferir un falso testimonio. Lo he dicho a modo de ejemplo. Estos abundan, puesto que ¡ay del mundo a causa de los escándalos! Por ejemplo: un hombre poderoso, para alcanzar su botín y lograr su rapiña, te pide el servicio del falso testimonio. Tú te niegas. niegas la falsedad, para no negar la verdad. Para no perder tiempo, él se enfurece y, siendo poderoso, te apremia. Se acerca tu amigo que no desea verte en tal aprieto con estas palabras: "Te lo suplico, haz lo que te dice: ¿qué importancia tiene?" Quizá se repite lo de Satanás al Señor: Está escrito de ti que te enviará a sus ángeles para que tu pie no tropiece. Quizá también este amigo tuyo, como ve que eres cristiano, quiere persuadirte con testimonios de la ley a que hagas lo que él piensa que debes hacer. "Haz lo que dice". "¿Qué?" "Lo que él desea". "Pero se trata de una mentira, de una falsedad". "¿No has leído que todo hombre es mentiroso?" He aquí ya el escándalo. Se trata de tu amigo; ¿qué has de hacer? Es tu mano, tu ojo: Arráncalo y arrójalo lejos de ti. ¿Qué significa arráncalo y arrójalo lejos de ti? No consientas. Arráncalo y arrójalo lejos de ti significa no consentir. Los miembros de nuestro cuerpo, por la cohesión, forman una unidad, por la cohesión viven, y por la cohesión se unen entre sí. Donde hay disensión hay enfermedad o herida. Por tanto dado que es tu miembro, lo amas; pero si te escandaliza, arráncalo y arrójalo lejos de ti. No consientas; aléjalo de tus oídos, acaso corregido vuelva.

5. ¿Cómo hacer lo que digo de cortar, arrojar y, tal vez, corregir? ¿Cómo lo has de hacer? Responde. Con palabras de la ley quiso persuadirte a que mintieras. El te dice: "Dilo". Quizá ni se ha atrevido a decir: "Di una mentira", sino sólo: "Di lo que quiere". Tú replicas: "Pero es una mentira". Y él, como excusa, replica a su vez: "Todo hombre es mentiroso". Y tú: "Hermano, la boca que miente da muerte al alma". Pon atención; no es cosa leve lo que oíste: La boca que miente da muerte al alma. "¿Qué me hace este hombre poderoso que me pone en aprietos, para que te compadezcas de mí y sientas lástima de mi condición, y no quieras verme en ese mal, al mismo tiempo que quieres que sea malo? ¿Qué me hace ese poderoso? ¿Qué pone en aprietos? La carne. Tú dices que pone en aprietos la carne; yo digo más: le da muerte.

Con todo, ¡cuánto más mansamente se comporta éste conmigo que yo, si llegara a mentir! El da muerte a mi carne; yo, en cambio, a mi alma. El poderoso airado da muerte al cuerpo; La boca que miente da muerte al alma. Da muerte al cuerpo, que tenía que morir, aunque nadie le matase; el alma, en cambio, si no la mata la iniquidad, se adueña de la verdad para siempre. Guarda, pues, lo que puedes guardar y perezca lo que alguna vez tenía que perecer. Respondiste y, sin embargo, no solucionaste lo de Todo hombre es mentiroso. Respóndele también respecto a eso, para que no crea que para persuadir a la mentira cuenta con un testimonio de la ley, arguyéndote con la ley contra la ley. En la ley está escrito: No profieras falso testimonio, y en la ley está escrito también; Todo hombre es mentiroso. Vuelve la atención a lo que dile poco antes cuando definí al hombre manso con las palabras que pude. Es manso aquel a quien en todo lo bueno que hace no le agrada más que Dios, y en todo el mal que sufre no le desagrada. Respóndele, pues, a quien te dice que mientas apoyándose en que está escrito: Todo hombre es mentiroso, lo siguiente: "No miento porque está escrito: La boca que miente da muerte al alma. No miento porque está escrito: Perderás a todos los que dicen mentira. No miento porque está escrito: No proferirás falso testimonio. Aunque apure mi carne con apremios aquel a quien no complazco por amor a la verdad, escucho a mi Señor: No temáis a quienes clan muerte al cuerpo.

6. "¿Cómo, pues, todo hombre es mentiroso? ¿O acaso no eres hombre?" Responde pronto y con verdad: " ¡Ojalá no fuera hombre, para no ser mentiroso! " Ved, pues: Dios miró desde el cielo a los hijos de los hombres, para ver si hay quien entienda y quien busque a Dios; todos se apartaron haciéndose igualmente inútiles; no hay quien haga el bien, no hay ni uno. ¿Cómo así? Porque quisieron ser hijos de los hombres. Para sacar de estas iniquidades, redimir, curar, sanar y cambiar a los hijos de los hombres, les dio el poder hacerse hijos de Dios. ¿Qué tiene de extraño? Erais hombres, si erais hijos de los hombres; todos erais hombres, erais mentirosos, pues todo hombre es mentiroso. Os llegó la gracia de Dios y os dio el poder haceros hijos de Dios, Escuchad la voz de mi Padre que dice: yo dije: "Todos sois dioses e hijos del Altísimo".

Puesto que los hijos de los hombres son hombres, si no son hijos del Altísimo, son mentirosos, pues todo hombre es mentiroso. Si son hijos de Dios, si han sido redimidos por la gracia del Salvador, comprados con su preciosa sangre, renacidos del agua y del Espíritu y predestinados a la heredad de los cielos, son ciertamente hijos de Dios. Por tanto, ya dioses. ¿Qué tiene que ver contigo la mentira? Adán era, en efecto, puro hombre; Cristo Dios-hombre, el Dios creador de toda criatura. Adán era hombre, Cristo hombre mediador ante Dios, Hijo único del Padre, Dios-hombre. Tú eres hombre lejos de Dios y Dios está arriba lejos del hombre: en el medio se puso el Dios-hombre. Reconoce a Cristo y, por el hombre, sube hasta Dios.

7. Corregidos, pues, ya y, si algo hemos hecho, amansados, mantengamos la confesión inamovible. Amemos la ley de Dios para huir de lo dicho: ¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Hablemos algo de los escándalos de que está lleno el mundo y de cómo al aumentar esos escándalos abundarán los apremios. Se devasta el mundo, se pisa el lagar. ¡Ea, cristiano, germen celestial, peregrino en la tierra, que buscas la ciudad en el cielo, que deseas unirte a los santos ángeles, comprende que has venido para marcharte! Pasáis por el mundo esforzándoos por alcanzar a quien creó el mundo. No os turben los amantes del mundo, los que quieren permanecer en él y, quiéranlo o no, han de partir de él. No os engañen, no os seduzcan. Estos apremios no son escándalos. Sed justos y no pasarán de ejercitaciones. Llega la tribulación; será lo que tú quieras, ejercitación o condenación. Lo que sea dependerá de cómo te encuentre. La tribulación es un fuego que, si te encuentra siendo oro, te quitará la maleza; y si te encuentra siendo paja, te reduce a cenizas. Por tanto, los apremios que abundan no son escándalos. ¿Cuáles son, pues, los escándalos? Aquellas expresiones, aquellas palabras con que se nos dice: "Ved el resultado de los tiempos cristianos". Estos son los escándalos. Se te dice esto para que tú, si amas el mundo, blasfemes contra Cristo. Y esto te lo dice tu amigo, tu consejero; es decir, tu ojo. Te lo dice tu servidor, tu colaborador; es decir, tu mano. Te lo dice, quizá, quien te sustenta, quien te eleva de esta bajeza terrena; es decir, tu pie. Arrójalo, córtalo, lánzalo lejos de ti, no consientas. Responde a los tales lo mismo que respondía aquel a quien se le persuadía a proferir falso testimonio. Respóndele también tú; a quien te dice: "Ve cuántos aprietos coinciden con los tiempos cristianos; el mundo es devastado", respóndele tú: "Antes de que aconteciera, ya lo había predicho Cristo".
(San Agustín, Obras completas de San Agustín, B.A.C., Madrid, 1983, pg. 452-462)



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Aplicación: Mons. Tihamer Toth - Si tu ojo es para ti ocasión de escándalo

Solamente sabiendo el valor, que tiene a los ojos de Dios el alma humana podemos comprender de un modo cabal aquella severidad con que Jesucristo quiso defenderla de la perdición.

¡Ay de aquel hombre que cause escándalo! Las palabras del dulce Jesús caen fulminantes como un rayo, al decir: "Mas quien escandalizare a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor sería que le colgasen del cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y así fuese sumergido en lo profundo del mar...

Que si tu mano o tu pie te es ocasión de pecado, arrójalos lejos de ti, pues más te vale entrar en la vida eterna manco o lisiado que con dos manos o dos pies ser precipitado al fuego eterno.

Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, sácalo y tíralo lejos de ti; mejor te es entrar en la vida eterna con un solo ojo que tener dos ojos y ser arrojado al fuego del infierno" (Mt. 18, 6, 8 9).

Según las palabras del Señor, pesa una responsabilidad terrible sobre el que escandaliza a otro con su comportamiento, o le enseña con palabras o con obras a cometer pecado.

Sabía Jesús, muy bien que la corrupción de los jóvenes tiene muchas veces por causa el mal amigo, la lectura inmoral; y por esto habla con tal energía, contra los corruptores de almas.

Alerta: no tengas amigos ni libros corruptores; y procura también no servir de escándalo a los demás.

Me interrumpe un joven: "Verdad, verdad; este amigo no es muy medido en sus palabras; pero yo no me río de sus chistes verdes y repruebo las conversaciones de doble sentido. Mas prescindiendo de esto, realmente es un buen amigo y gran compañero en las buenas y en las malas... ¿Cómo puedo
ejarlo plantado? Aparte de que sus cosas a mí no pueden dañarme...".

Juzgas mal. El buen amigo y compañero no es sólo el que te es siempre fiel, sino aquel que tiene nobles ideales y una moralidad intachable.

Puede ser que ahora todavía no te gusten sus chistes y algunos temas. Pero dentro de pocos meses ya los escucharás con gusto, y al cabo de un año ya te sumergirás hasta el cuello en el pecado. Si realmente lo tienes por amigo íntimo, suplícale que en sus pensamientos, en sus palabras, en sus obras, se haga más semejante a tu alma noble.

¿Y si no lo hace? Entonces... apártate de él. Porque para tales casos vale la palabra del Señor: Aunque desprenderte de algo te cueste tanto como desprenderte de las manos y de los pies, sin embargo, déjalo, si es que te induce a pecado.

Porque no puedes tener por amigo a quien es enemigo de Jesucristo. Y lo es el que tiene un modo de hablar inmoral, el que lleva una vida mala, el que hace profesión de incredulidad.

El que sea capaz de trabar amistad con un joven vicioso se hará semejante a él. "Crimen, quos inquinat, aequat". "Los que mancha el crimen son semejantes".

¿Cómo podrás conocer si una persona es digna de tu amistad? Observando si en su compañía te vuelves o no mejor. "Bonus intra, melior exi", leemos en el pavimento de mosaico de una antigua casa romana. "Entra bueno, sal mejor". Ésta debe ser también la señal de amistad: ¿Te hace mejor o peor?

Otro joven me dice: "Es verdad; sé muy bien que tal libro contiene cosas inmorales; ¡pero tiene un estilo tan moderno!; y yo no lo leo porque me gusta la suciedad, sino por aumentar mis conocimientos de la vida ...".

Tú también te engañas, querido joven. Si no buscas más que un estilo brillante encontrarás -gracias a Dios- escritores de buenos principios que, con todo, tienen un magnífico estilo.

Por muy brillante que sea una novela, una obra teatral, por muy perfecta que sea la técnica con que está hecha una u otra película, debes hacerles la cruz si son escandalosas. Si te costare privarte de algo tanto como de tus ojos, haz de hacer, sin embargo, tal sacrificio por tu alma, para no hundirla en el pecado.

Pon especial interés en no dar escándalo a los demás. Los hombres de poca cultura e instrucción siguen sin darse cuenta siquiera la pauta de los más instruidos: y por esto la vida de las clases sociales dirigentes o de más cultura es de mayor responsabilidad que la de los otros hombres.

"¿Soy acaso yo guardián de mi hermano? -preguntó Caín con indignación al Señor, cuando éste le pedía cuenta del hermano muerto por él. Si, hijo mío, somos guardianes de nuestros prójimos y hasta cierto grado responsables de lo que, hacen ellos.

Si haces enojar a tu hermano, y empieza a decir malas palabras y blasfema, tú eres responsable.

Si pasas las vacaciones en un pueblo, en vez de asistir a la misa del domingo te vas de paseo o te quedas dormido en casa, y siguiendo tu ejemplo, otros jóvenes también dejan de ir a la iglesia, tú eres responsable.

Si eres médico, juez, notario, farmacéutico, propietario en un pueblo y la gente no te ve ir a confesar y comulgar; si eres profesor y tus alumnos ven que no estás con ellos en la iglesia, y oyen, en cambio, tus blasfemias, eres responsable de toda la mala influencia que ejerces en los demás.

Por lo tanto, ¡cuidado! El Señor confía en ti. Te dio ojos. ¡Qué bendición el don de la vista! Cierra los ojos y figúrate que hubieses quedado ciego. ¡Qué pensamiento más terrible! Hiela la sangre de espanto. Si Dios te dotó de vista, no abuses tú de este don, no pierdas tu alma ni le causes detrimento con miradas pecaminosas, con lecturas inmorales.

Y te dio manos el Señor. ¡No abuses! No las emplees para cometer pecado.

Y te dio lengua. No abuses de ella: no digas cosas que prohíbe la ley de
Dios.

Y te dio la facultad de pensar. No abuses de ella; no pienses cosas vedadas. Vale más entrar en la vida eterna lisiado, manco o con un solo ojo, que con dos manos, o dos pies o dos ojos ser arrojado fuego del infierno.
(Mons. Tihamer Toth, El Joven y Cristo, pp. 105-107)

 

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Aplicación: Juan Pablo II - Jesús y los niños

1. Deseo comenzar el discurso de hoy partiendo de dos frases pronunciadas por Cristo sobre el tema del niño y que se complementan mutuamente. Se podría decir que constituyen un programa evangélico dedicado al niño mismo. Estamos llamados a reflexionar sobre este programa de manera especial en este año que, por iniciativa de la Organización de las Naciones Unidas, se celebra como el Año Internacional del Niño.

Cristo ha dicho la frase que todos conocemos bien: "Dejad que los niños vengan a mí, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mt 19, 14). Como recordamos, dirigió estas palabras a los Apóstoles que, teniendo en cuenta el cansancio del Maestro, querían actuar más bien de otra manera, es decir, querían impedir a los niños acercarse a Cristo. Querían alejarlos, quizá para que no le quitaran el tiempo. Cristo, en cambio, reivindicó los derechos de los niños, motivándolos según la propia perspectiva.

La segunda frase que en este momento me viene a la mente tiene acentos de gran severidad. En efecto, defiende al niño de cuantos lo escandalizan: "Al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le hundieran en el fondo del mar" (Mt 18, 6). La advertencia es muy severa; pero es un mal grande el escándalo dado a todo ser inocente. Se causa gran daño al alma juvenil, inoculando el mal allí donde deben desarrollarse la gracia, la verdad, la confianza y el amor. Sólo Aquel que personalmente ha amado mucho el alma inocente de los niños y el alma juvenil, podio expresarse sobre el escándalo tal como lo ha hecho Cristo. Sólo Él podía amenazar con estas palabras tremendas a quienes dan escándalo.

2. Debemos tener en cuenta toda la verdad que se refiere al niño, verdad que emerge de estas dos proposiciones evangélicas, para comprender y apreciar el trabajo de la última Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos de 1977. El tema, como sabemos, se refería a la catequesis con especial atención a la catequesis de los niños y de los jóvenes. La sesión sinodal, como de costumbre, había reunido a los representantes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo. El rico intercambio de experiencias encontró resonancia, al menos parcialmente, en el documento final informativo y también en el mensaje que el Sínodo dirigió a toda la Iglesia. Al mismo tiempo, los participantes se habían dirigido al Papa Pablo VI para que, sirviéndose del rico material del mismo Sínodo, preparase y publicase un documento personal, como ya había ocurrido después del Sínodo sobre la evangelización. La muerte de Pablo VI y, a continuación, el repentino fallecimiento de Juan Pablo I, han retrasado hasta ahora la publicación del documento.

Por otra parte, el problema de la "catequesis" resulta por sí mismo vivo y urgente. En efecto, la catequesis es, por así decirlo, signo infalible de la vida de la Iglesia y fuente inagotable de su vitalidad. Todo esto ha encontrado su propia expresión en el conjunto de los trabajos del Sínodo, y se manifiesta sobre todo en la vida cotidiana de la Iglesia: de las parroquias, de las familias, de las comunidades. No quisiera repetir ahora lo que con tanta competencia se ha dicho, escrito y publicado sobre este tema. Solamente intento subrayar y poner de relieve que, a través de la catequesis de los niños y de los jóvenes, se realiza continuamente la llamada tan elocuente de Cristo: "Dejad que los niños vengan a mí y no los estorbéis..." (Mc 10, 14). Todos los sucesores de los Apóstoles, toda la Iglesia en su conciencia evangelizadora, deben trabajar en todas partes para que ese deseo y esa llamada de Cristo se realice en la medida que requieren las múltiples necesidades de nuestro tiempo.

Juntamente con esta llamada va la advertencia del Señor contra el escándalo. La catequesis de los niños y de los jóvenes tiende en cualquier parte y siempre a hacer crecer en las almas juveniles lo que es bueno, noble, digno. Se convierte en escuela de un sentido mejor y más maduro de humanidad, que se desarrolla en el contacto con Cristo. En efecto, no hay instrumento más eficaz para proteger del escándalo, para que no arraigue el mal, la corrupción, el sentido de la inutilidad de la vida, la frustración, que injertar el bien, infundiéndolo profunda y vigorosamente en las almas juveniles. Pertenece a la tarea formativa de la catequesis vigilar para que este bien brote y madure.

3. Uno de los frutos más importantes de las diversas experiencias pastorales, ante las que se ha encontrado el Sínodo de los Obispos, es la comprobación del carácter evolutivo y a la vez orgánico de la catequesis. Esta no puede limitarse sólo a la comunicación de informaciones religiosas, sino que debe ayudar a encender en las almas esa luz que es Cristo. Esta luz debe iluminar eficazmente todo el camino de la vida humana. La catequesis debe ser, pues, objeto de un trabajo sistemático y de una colaboración. Aún cuando deba llegar primariamente a aquellos a quienes se dirige sobre todo, esto es, a los niños y a los jóvenes, sin embargo no puede limitarse sólo a ellos. Es y será siempre condición de una catequesis eficaz de los niños y de los jóvenes la catequesis de los adultos, en varias formas, en distintos niveles, y en diversas ocasiones. Esto es importante sobre todo si se tiene presente el deber de catequizar propio de la familia, o si se considera el desarrollo de la problemática de la fe y de la moral. Efectivamente deben afrontarla especialmente los adultos cual cristianos auténticos y maduros.
Juan Pablo II, Audiencia General Miércoles 29 de agosto de 1979


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Aplicación: Fillon - La enseñanza de Jesús acerca de los niños
A la lección de humildad siguió otra de tolerancia, ocasionada por una pregunta del discípulo amado. A propósito de un incidente poco antes sucedido, cuyo héroe principal había sido el probablemente, junto con su hermano Santiago y quizás otros apóstoles, propuso Juan familiarmente a Jesús un caso de conciencia: "Maestro -le dijo-, hemos visto a un hombre que lanzaba los demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, Porque no anda con nosotros." Acababa Jesús de recomendar que se hiciese "en su nombre" acogimiento benévolo a los pequeños y a los sencillos, Y por ventura esta recomendación trajo a la memoria de San Juan el hecho referido. Con ello sintió turbada su conciencia, temeroso de haber obrado mal mostrándose tan duro.

Notemos de paso que el hecho referido por San Juan es harto significativo. Muy grande había de ser la influencia alcanzada por Jesús en Galilea cuando hombres que no se contaban entre sus íntimos tomaban. por propio impulso su nombre para expulsar los demonios. Un noble sentimiento había movido a los apóstoles a proceder de aquella manera, pues temían que el nombre bendito de Jesús fuese profanado por gente sin autoridad, que usaría de El supersticiosamente como de una formula mágica; pero ¿no tuvo también su parte la envidia en la severa orden que intimaron al que juzgaban de intruso? ¿No se tenían ellos por poseedores únicos de la prerrogativa de tales exorcismos por virtud del poder que expresamente les había dado su Maestro? "No se lo prohibáis -respondió el Salvador-, porque no hay alguno que obre un milagro en mi nombre y pueda luego hablar mal de mí. Quien no está contra nosotros, por nosotros esta. y quien quiera que os diere a beber un vaso de agua en nombre mío, porque sois del Cristo, de verdad os digo que no perderá su galardón."
Sin reprender Jesús directamente a sus discípulos, que habían creído obrar bien y salir a su defensa, háceles ver su yerro y les muestra cómo habían procedido con estrechez de espíritu.

Recomiéndales, pues, para lo venidero una conducta más amplia, sentimientos más generosos. Graves motivos abonan su recomendación. Pues que el improvisado exorcista empleaba el nombre de Cristo para ejecutar una obra de suyo excelente, claros indicios daba de carecer en el poder de este nombre y de tener verdadera confianza en el que lo llevaba. Era, pues, en cierta manera, un discípulo, un auxiliar, y no era bien desanimarle, pues no era posible que permaneciese mucho tiempo en el campo de los enemigos. Cuando anunciaron a Moisés que muchos hebreos se habían puesto a profetizar, no quiso ceder a las instancias de Josué, que les decía: "Señor mío, Moisés, ponles prohibíción", sino muy al revés, exclamó: "¿Que celo muestras por mi? ¡Quién me diera que profetizase todo el pueblo de Yahveh!". El gran legislador dio entonces una lección semejante a la de Jesús.

Por segunda vez ha prometido Jesús altísima recompensa a quien por motivos de fe muestre benevolencia a los "pequeños", a quienes tanto quería, mas que solo sea ofreciéndoles un vaso de agua fresca: Luego, por contraposición, en un lenguaje de asombrosa energía, manifiesta su indignación contra todos aquellos que con palabras o ejemplos cometen el crimen de llevar al mal esas almas puras y delicadas. "Si alguno escandalizare a uno de esos pequeñuelos que cree en mi, mejor le fuera que le pusiesen al cuello una piedra de las que mueve un asno que se le arrojara en lo profundo del mar." Alude aquí el Salvador a un género de suplicio, usado entonces en el mundo grecorromano, que consistía en arrojar al mar a los reos de ciertos delitos, atándoles al cuello una gruesa piedra, para que se hundiesen en el agua.

En otro lugar ha dicho que los judíos molían el trigo que habían menester para su pan cotidiano en molinos movidos a brazo, compuestos de dos muelas que se hacían girar una sobre otra; pero usaban también otras mayores, movidas por asnos o caballos; a estas muelas de grandes dimensiones alude aquí el Salvador. Así, pues, antes de causar la pérdida eterna de un alma, preferible seria morir de muerte horrible y despiadada.

Más aun dijo el Divino Maestro, pensando en los males irreparables que habían de ser, aun en su misma Iglesia, triste fruto del escándalo: "¡Ay del mundo por los escándalos! Porque es necesario que vengan escándalos; mas ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo venga!" Siéntese todavía vibrar la emoción en este doble Vae,"¡ay!", de los cuales el primero es un grito de compasión, y el segundo contiene una terrible amenaza. Es necesario el escándalo, pero no con necesidad absoluta, sino con necesidad moral, en cuanto en este mundo, corrompido y corruptor a un tiempo, a cada paso que damos chocamos con una asechanza, y también a causa de la flaqueza y propensión al mal de nuestra naturaleza decaída. En igual sentido hablará más adelante San Pablo de la necesidad de las herejías. Pero como esta necesidad moral deja intacta la libertad individual, quienes escandalicen a sus hermanos, especialmente a los niños y a aquellos que se les asemejan, serán enteramente responsables de sus obras perversas.

Al lado del escándalo "dado" está, el escándalo "recibido", según la distinción establecida por los teólogos. Añade, pues, Jesús, para mostrar con cuánto cuidado debe el cristiano evitar las ocasiones próximas que pudieran incitarle al mal: "Si tu mano te escandalizare, córtala; mejor te esta entrar manco en la vida, que tener dos manos e ir a la gehenna, al fuego inextinguible, en donde e1 gusano de aquéllos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu pie te escandaliza, córtale; mejor te es entrar cojo en la vida eterna que tener dos pies y ser echado en la gehenna del fuego inextinguible, en donde el gusano de aquéllos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu ojo te escandaliza, échale fuera; mejor te es entrar tuerto en el reino de Dios que tener dos ojos y ser arrojado en la gehenna del fuego, en donde no muere el gusano de aquellos, y el fuego nunca se apaga".

Estas graves amonestaciones las oímos ya de labios del Salvador en el Sermón de la Montaña. Repítelas ahora, pero con ampliaciones y variantes que les dan mucha mayor fuerza. Así, a la mención de la mano y del ojo, que debemos estar prestos a cortar o arrancar heroicamente antes que cometer con aquélla malas acciones, o enfangarnos con éste en concupiscencias culpables, añade la del pie que podría conducir al pecado. Estos órganos del cuerpo humano figuran todo lo que en nosotros mismos, y aun fuera de nosotros, pudiera seducirnos y separarnos de Dios.

Preciso es tratar gravemente lo que nos escandaliza, por muy apegados que a ello estemos y por muy necesario que nos parezca, como tratamos los miembros gangrenados, cuya pérdida no nos arredra cuando es necesaria para salvar todo el cuerpo.

Habrá notado el lector el ritmo cadencioso de todo este pasaje, el paralelismo que corresponde a cada uno de los órganos del cuerpo citados por el Salvador, la oposición que establece entre "la vida", "la vida eterna", de la que gozaran cerca de Dios los elegidos al salir de este mundo, y "la gehenna", "la gehenna del fuego inextinguible", preparada para los condenados. El estribillo con que, en la Vulgata y en muchos documentos antiguos, se termina cada una de las terribles descripciones del Salvador, "donde no muere el gusano de aquéllos, y el fuego nunca se apaga", produce también profunda impresión.

Con todo, posible es que lo pronunciase una sola vez, como conclusión de la amenaza, pues importantes manuscritos griegos lo mencionan únicamente al fin del párrafo dedicado al ojo que escandaliza. Está tornado del libro de Isaías. El profeta, contemplando en espíritu el castigo de los enemigos de Iahveh, asemejan a cadáveres que cubren un campo de batalla, exclamaba: "Y saldrán, y verán los cadáveres de los hombres que prevaricaron contra mí. Su gusano no morirá, y su fuego no se apagará, y su vista causará repugnancia a toda carne". En este fuego inextinguible ven los Santos Padres las eternas llamas del infierno, y en el gusano roedor que no muere, la imagen de los remordimientos que por siempre jamás atormentarán a los condenados.

Del escándalo, del que con tanta elocuencia acaba de hablar Jesús teniendo siempre cerca de si al feliz niño, que en cierto modo sirve de modelo y demostración, pasa con entera naturalidad al precio de las almas. Solo San Mateo nos ha conservado esta lección y la que le sigue. Mirad -dijo el buen Maestro- que no despreciéis a alguno de estos pequeñuelos, porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre la faz de mi Padre, que está en los cielos. Porque el Hijo del hombre ha venido a salvar lo que había perecido."¡En cuanta estima no se ha de tener a aquellos a quienes el Padre ha honrado hasta darles por guía y guarda perpetuo uno de los ángeles gloriosos y bienaventurados que forman su corte, y a quienes el Hijo del hombre, el Mesías, ha amado hasta revestirse de su humilde naturaleza para sacrificarse a fin de salvarlos!
(Fillon, Vida de Nuestro Señor Jesucristo, Ed.Poblet, Buenos Aires, 1947, Pag.246-250)


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Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - El escándalo

El evangelio de hoy es la continuación precisa de aquel que comentáramos el domingo anterior, donde Jesús había dicho que si alguno quería ser el primero debía hacerse el último, el servidor de todos. Y había puesto como ejemplo de sencillez y de humildad a un niño que por allí estaba.
En el texto que se acaba de leer, luego de un breve paréntesis donde se narra cómo Jesús reprendió a sus discípulos por haberse mostrado envidiosos al ver que uno expulsaba demonios en nombre de Cristo sin que perteneciera a su círculo, se retorna el tema que dejáramos la semana pasada. Jesús vuelve a hablar de la sencillez de los niños. Y amonesta gravemente: "Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar". Palabras terribles del Señor, que nos enfrentan con el tema del escándalo.

1. El escándalo
¿Qué es el escándalo? Etimológicamente esta palabra significa un obstáculo que se pone en el camino y que puede hacer tropezar al que se topa con él. Algo parecido significa en el plano teológico. Se da escándalo cuando, sin causa suficiente, se pone un acto exterior que constituye para el prójimo una ocasión de caída espiritual. No sería propiamente escándalo si la cosa quedara recluida en el ámbito interior, si se tratara de un pensamiento o de un deseo no manifestado, por malo que fuera. Debe ser algo exterior, una palabra, un gesto, una actitud, o incluso una omisión, que signifique para otro ocasión de pecado.
Pues bien, contra esto nos previene hoy el Señor. Nos dice que el que escandaliza a un pequeño que tiene fe merecería que lo arrojasen al mar. Quiere decir que se trata de algo grave. Y vaya si lo es. Porque el que escandaliza, obra a la inversa de Cristo y de su designio redentor. Si el Verbo eterno, en su amor infinito por los hombres, resolvió encarnarse, sufrir por ellos las terribles ignominias de la pasión, y morir en una cruz innoble para reconciliar a la humanidad caída con su Padre celestial, obra evidentemente mal quien, mediante sus palabras o sus acciones, arrastra a los otros al pecado, poniendo así a los redimidos por Cristo en peligro de perderse. Es algo serio atentar contra la vida espiritual de otro; la caridad nos impone el deber primordial de amar a nuestro prójimo, de desearle la vida eterna, e incluso de facilitársela.

Examinemos, amados hermanos, nuestro comportamiento cotidiano. Y veamos si, en ocasiones, no incurrimos en faltas de este género.
Puede escandalizar un empresario si, llamándose católico, no ejerce la justicia social con sus asalariados, si los explota, equiparándolos a las máquinas, o pensando tan sólo en el lucro, olvida que son sus hermanos en la vida y en la fe. Si así se comportara, sus obreros correrían el peligro de confundir el cristianismo con la torcida actitud de su patrón. Y entonces la conducta de éste constituiría probablemente para ellos ocasión de un resquebrajamiento en su fe. Recordemos las frases terribles que hoy hemos oído del apóstol Santiago contra los malos ricos, aquellos, dice, que han amontonado en vano riquezas sin cuento, aquellos que han retenido parte del salario justo de sus obreros, aquellos que han llevado en este mundo una vida superficial de lujo y de placer, aquellos que han condenado al justo y al inocente. Su conducta ha sido, en verdad, un escándalo.
Puede también un obrero ser ocasión de escándalo, si incubando en su alma el odio y el resentimiento, enarbola injustamente falsas reivindicaciones sociales, y para hacerlas potables, las parapeta en el evangelio. Quien así se comportase sería también causa de escándalo, porque con su conducta haría odioso el cristianismo que dice profesar.
Asimismo podría escandalizar un gobernante que se presen­ta como católico, que hace gala de propiciar una política cristiana, y que de hecho se despreocupa del bien común, no trata de que los ciudadanos a su cargo cuenten con los medios necesarios para vivir, ni le interesa que obren de acuerdo a la virtud. Porque al llamarse cristiano haciendo una política no cristiana, podría hacer pensar a los incautos que cristianismo es sinónimo de injusticia, poniendo así a no pocos en ocasión de renegar de su fe.
Puede también escandalizar, y en alto grado, un sacerdote, si por ejemplo aprovecha su investidura en orden a fines subalter­nos, o para hacer triunfar ideologías políticas, económicas o sociales del todo ajenas a la doctrina católica. Tal actitud fácilmente puede provocar una verdadera crisis de fe en muchos cristianos, al ver que sus pastores esgrimen el evangelio con fines inconfesables.
En fin, todos podemos escandalizar con nuestras actitudes. Cuidémonos de ello, amados hermanos. No hemos sido llama­dos a ser ocasión de pecado sino, por el contrario, ocasión de gracia. De modo que aquellos que se topan con nosotros queden verdaderamente edificados con nuestro modo de comportarnos. Y si tenemos defectos —como, sin duda, los tendremos— al menos no los defendamos amparándolos en el evangelio o en la doctrina de Cristo. Debemos tratar de ser una gracia al paso de todos los que se cruzan con nosotros. Y no un obstáculo para que alguno tuerza el pie por culpa nuestra.

2. Ocasión de pecado
El evangelio de hoy termina con una exhortación vigorosa del Señor: "Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la vida manco, que ir con tus dos manos a la gehena, al fuego inextinguible. Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un soló ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos en la gehena". Palabras que hacen temblar, amados hermanos.

Es cierto que no han sido dichas para que las tomemos tal cual, al pie de la letra, pero sí para que nos decidamos de una vez por todas a dar peso, a dar densidad, a lo que es el pecado en nuestra vida. Resulta preferible perder la mano, perder el pie, perder un ojo antes que ofender a Dios. Esto nos recuerda aquello que nos dijo Jesús en el evangelio de dos domingos atrás, y que, en su momento, hemos comentado: "El que quiere salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará". Es preciso tomar en serio el negocio de nuestra salvación. No hay términos medios: no se puede salvar la vida en esta tierra viviendo en el pecado, y al mismo tiempo el alma; en cambio, el que pierde la vida en este mundo, siendo fiel a Dios aun a costa de dolorosas "pérdidas" en el orden temporal, no dejará de salvarla en el otro. No hay vuelta de hoja: nuestra vida en la tierra es continua milicia.

Prosigamos ahora el Santo Sacrificio. En el curso de su Pasión, Jesús sufrió muchas "pérdidas" en el orden humano: golpes, heridas, sufrimientos de toda índole, difamación, aban­dono de los amigos, entrega de la propia vida para ser fiel hasta el fin a la obra que su Padre le había encomendado, la obra de nuestra salvación. Hoy renovará entre nosotros su heroico sacrificio. Cuando recibamos al Señor en la comunión.
(ALFREDO SÁENZ, SJ, Palabra y Vida, Homilías dominicales y festivas, Ed. Gladius, 1993, pp. 260-264)



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R.P. Alfonso Torres, S.J. - El escándalo

El capítulo 9 del evangelio de San Marcos, desde el versícu­lo 42 hasta el final, dice de este modo que vais a oír:
"Quienquiera que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, me­jor fuera que le pusieran al cuello una rue­da de tahona y le arrojasen al mar.
Y si te escandalizare tu mano, córtatela; bien te está entrar en la vida manco, antes que, teniendo las dos manos, ir a la «ge­henna», al fuego inextinguible.
Donde el gusano de ellos no fallece y el fuego no se apaga.
Y si tu pie te escandalizare, córtatelo; bien te está entrar en la vida cojo, antes que, teniendo los dos pies, ser lanzado en la «gehenna», al fuego inextinguible.
Donde el gusano de ellos no fallece y el fuego no se apaga.
Y si tu ojo te escandalizare, sácatelo; bien te está entrar en el reino de Dios con un ojo solo, antes que, teniendo dos ojos, ser lanzado en la «gehenna» del fuego. Donde el gusano de ellos no fallece y el fuego no se apaga.
Porque cada cual con fuego será salado, y toda víctima con sal será salada. Buena cosa es la sal; mas, si la sal se hiciere de­salada, ¿con qué la sazonaréis? Tened en vosotros mismos sal y tened paz entre vos­otros".

Hay en estos versículos que acabamos de leer algunas ideas muy claras que casi no necesitan comentario alguno, y después de esas ideas muy claras hay una frase, casi la última de los mismos versículos, que quizá es la más difícil y la más oscura que podamos encontrar en el evangelio de San Marcos; es aquella frase en que dice el Señor que cada uno será salado con fuego y que toda víctima ha de ser sa­lada con fuego. Vamos a comenzar nosotros la explicación de estos versículos por las palabras más claras, y reservaremos para el final, siguiendo el orden del mismo evangelista, esa otra frase más misteriosa y oscura.

En las palabras más claras que hemos leído, las cuales abarcan casi todos los versículos de San Marcos que han de ser materia de esta lección sacra, se habla de una misma ma­teria, considerándola desde dos puntos de vista. Se habla siem­pre del escándalo, o sea, de las ocasiones de pecado en que tropiezan las almas. Al principio se habla del escándalo, pro­nunciando unas sentencias graves, gravísimas, contra los es­candalosos, es decir, contra aquellos que escandalizan a otro; y después se habla del escándalo, refiriéndose a los que se ponen en ocasión de pecar o a los que no apartan de sí los tropiezos en los cuales peligra la salvación de su alma.

Al principio de estos versículos se habla del escándalo en el primer sentido, y se emplean unas palabras que mil veces habréis repetido vosotros mismos y mil veces las habréis oído explicar. Después de haber contestado el Señor a las pregun­tas que le dirigiera el apóstol San Juan, según explicamos en la última lección sacra, vuelve a reanudar el hilo de su dis­curso. Había comenzado a hablar de cómo hemos de imitar a los niños y hacernos semejantes a los niños si queremos entrar en el reino de los cielos. Nos había dicho que quien recibía a uno de estos pequeñuelos en su nombre, merecería entrar en el reino de los cielos; en el que recibiera así a un pequeñuelo, moraría el Señor. Y ahora, reanudando este discurso que había comenzado a propósito de las ambi­ciones escondidas en el corazón de los apóstoles, habla de los que escandalizan a los pequeñuelos, e indica los castigos que merecen semejantes escandalosos. Como antes había dicho el premio reservado a los que recibían a un pequeñuelo en su nombre, ahora dice el castigo reservado a los que escanda­lizan a esos mismos pequeñuelos. No queremos decir con esto que el Señor, cuando habla aquí de los que escandalizan, se refiere exclusivamente a los que escandalizan a los niños. Ya estas palabras: los pequeñuelos que creen en mí, admiten un doble significado, porque son, o los niños que deben ser recibidos en nombre de Jesucristo, o los que se han hecho semejantes a los niños por la santa sencillez y por la verda­dera humildad, y, refiriéndose indudablemente a todos ellos, habla el Señor ahora del escándalo.

Emplea unas palabras severísimas, las cuales tienen to­davía más fuerza que la que indican las palabras de la tra­ducción castellana. En los tiempos del evangelio se podía hablar de piedras de molino, que todavía se usan en Pales­tina, que pueden mover las mujeres para moler el trigo nece­sario al pan que ellas han de preparar, y había otras piedras de molino más voluminosas, más pesadas, que se solían mover con el auxilio de alguna bestia de carga, particularmente de algún asno. El texto original del evangelio habla de estas últimas piedras de molino, o sea, de las piedras de molino más pesadas; y, refiriéndose a ellas, dice el Señor que más le valiera al escandaloso que le colgaran una de esas piedras de molino más pesadas al cuello y le arrojaran al mar. Es una ma­nera de explicar la responsabilidad gravísima que contraen los que escandalizan a los pequeñuelos, entendiendo la palabra pequeñuelos en el sentido que antes hemos explicado nos­otros.

Cierto que todo el que gravísimamente escandaliza, cierto que todo el que es voluntariamente ocasión de pecado para con el prójimo, merece esta misma sentencia del Señor, aun­que también es verdad que con más razón merecen esta sen­tencia los que escandalizan a los niños, cuanto es mayor el pe­ligro en que están los niños, cuanto es mayor la obligación que tenemos de ser como providencias visibles de los niños, cuanto es mayor la fragilidad de los niños para dejarse sedu­cir. Cuanto es mayor la pureza de alma del niño, tanto es mayor la responsabilidad que contrae quien los escandaliza. Este es el sentido que tiene una sentencia grave, y así, sin más atenuantes, la propone el Señor.

Sería esta ocasión oportuna para recordar a todos esa gra­vísima obligación de no escandalizar a los pequeñuelos; sería ocasión oportuna para dirigirse especialmente a los padres de familia, a todos los encargados de la educación de los niños, y hacerles sentir esa misma obligación; sería ésta tam­bién ocasión de hablar a todos, como otras veces lo hemos hecho, acerca de ese pecado grave y tan universal que llama­mos el pecado del escándalo. La materia sería abundantísi­ma si nos propusiéramos más bien moralizar que explicar el evangelio; pero sin extendernos a semejantes consideraciones y sin amplificar tanto, yo no puedo pasar este versículo, el primero que hoy comentamos, sin hacer una brevísima con­sideración, y es ésta: en el corazón de Cristo se ve que el escándalo produce un dolor agudísimo; se ve por estas pala­bras del evangelio que el Señor se indigna, con indignación divina, contra los escandalosos; se ve, además, lo que ya hemos tenido ocasión de ver en otros pasajes del evangelio, y veremos todavía más adelante: con qué fuerza de palabras y de pensamiento, con qué energía divina, quiere el Señor aterrar a las almas escandalosas. Todo esto equivale a decir que en este versículo aparece en cuánto tenía Jesús en su corazón el pecado de escándalo, cómo ese pecado le llenaba de amargura, de indignación y de celo.

Este es el verdadero espíritu de Jesucristo, y sería bueno establecer una comparación entre el modo como mira el Se­ñor y como estima el pecado de escándalo y ese otro modo como el mismo pecado de escándalo es mirado por los que decimos seguir a Jesucristo. La anchura de conciencia que hay en este punto, la sumisión completa a las leyes del mun­do, aunque vayan contra las leyes del Evangelio; la condes­cendencia y los malos ejemplos con que se difunden los vicios aun entre los mismos que dicen servir a Dios, esa manera tan especial de ver según la cual parece que los escándalos no tie­nen importancia o son una de esas epidemias irremediables a las cuales hubiera que someterse tácitamente, sin que se vea en los cristianos ese espíritu de celo, ese espíritu de in­dignación, ese espíritu de amargura al ver cómo se marchi­tan, hasta por los mismos ejemplos de los que nos llamamos seguidores de Cristo, las flores de la inocencia en las almas, particularmente en las almas de los niños. Es materia esta de la cual no se puede hablar con frialdad. Cuando uno con­sidera el terror que se apodera de las almas cuando se quiere llevar a los niños por camino de piedad, de espíritu de san­tificación, y, en cambio, cómo se fomenta todo lo que es espíritu de mundo, y la preocupación que se tiene por que ante el mundo los niños sean irreprochables, aunque para eso ten­gan que poner en peligro la inocencia de sus almas, no se puede menos de pensar que esos sentimientos son antitéticos a estos sentimientos del evangelio y a estos sentimientos del corazón de Jesús. Parece como si el mundo se hubiera vuelto ciego, como si la ley del Evangelio fuera una de tantas ficciones hu­manas que se pueden abandonar y olvidar, y como si no hu­biera más código sino el que el mundo establece en esta ma­teria de escándalos y de perjuicios de las almas. Este sencillo contraste y esta fácil consideración es el único comentario que por hoy queremos poner a las gravísimas palabras de Je­sucristo pronunciadas contra aquellos que escandalizan a los pequeñuelos.

Parece que, en cuanto el Señor tocó esta materia del es­cándalo, ya no pudo dejarla de la mano. Tenía estas cosas tan en el corazón, que no pudo volver los ojos a otra mate­ria distinta; de la abundancia de su corazón hablaron sus labios. Por eso, después de haber hablado de los que escan­dalizan, habló largamente de los que se ponen en peligro de ofender a Dios, o sea, de los que se exponen a sí mismos al escándalo.

Quiero notar una particularidad que semejantes palabras ofrecen aquí en el evan­gelio de San Marcos.

El Señor habla de las ocasiones de pecado, como ya sa­béis, y dice que hemos de huir de las ocasiones de pecado, del peligro de manchar nuestra alma, a costa de todos los sacrificios que sea necesario. Para significar cuáles son esos sacrificios, se vale aquí el Señor de una triple enseñanza: aunque lo que nos escandalice fuera tan necesario como uno de nuestros ojos, deberíamos renunciarlo; aunque lo que nos escandalice fuera tan necesario como una de nuestras manos, deberíamos cortarlo y apartarlo; aunque lo que nos escandalice fuera tan necesario como uno de nuestros pies, debe­ríamos privarnos de él. Termina siempre estas consideraciones el Señor con la misma fórmula: Es mejor hacer esa renuncia y entrar así en la vida eterna, que conservar esas cosas, que son un peligro para el alma, y condenarse para siempre. Lue­go añade: Donde el gusano de ellos no fallece y el fuego de ellos no se extingue.

Es un modo de hablar que parece que queda como en los oídos, y, cuando uno quiere repetir lo que ha oído, no sabe repetirlo si no es con palabras semejantes. Parece que es una de aquellas cosas que el Señor cuidó con más particular esmero que se conser­varan en el ánimo de sus oyentes, y en todas estas cosas en­contramos siempre la misma gravísima verdad.

Antes de exponer al alma a un peligro de pecado, de per­dición, hay que llegar a todos los sacrificios que sean nece­sarios, aunque esos sacrificios sean tan graves como perder uno de nuestros ojos, o perder una mano, o perder un pie; aunque sea perder algo que es nuestro, porque lo que va en estos peligros es la eterna salvación, y, en comparación de la eterna salvación, todas las otras cosas que el hombre puede buscar son despreciables o son secundarias.

Pasemos de largo esta materia, que ya otras veces hemos explicado, para llegar a la frase oscura del evangelio que tiene relación con todo esto que acabamos de decir. Pero no pase­mos tan de prisa que al menos no dirijamos una mirada a nosotros mismos; una mirada para preguntarnos si esa gene­rosidad tan evangélica, tan divina, tan inculcada por Jesu­cristo nuestro Señor, con la cual hemos de huir de todo lo que es escándalo, de todo lo que pone a nuestra alma en peligro, es la generosidad que se estila entre las personas buenas y que sirven a Dios. Si esta generosidad es conforme con el espíritu de tolerancia, de condescendencia, de cooperación a las cosas del mundo que tantas veces vemos en las almas; si con estas palabras de Jesucristo se pueden compaginar las excusas que damos para no apartarnos de aquello que sabemos que mata nuestro espíritu y daña nuestro corazón y nos arras­tra al pecado; si, cuando hablamos de los sacrificios que sería preciso hacer para apartarse de esas cosas, los sacrificios son tan grandes como los que aquí exige Jesucristo; en una pala­bra, si esa divina energía tan propia de los hijos de Dios, de los que creen en el Evangelio, de los que dicen amar a Dios, es la energía que tenemos en el corazón, o, por el contrario, esa energía se ha quebrado muchas veces con pretextos de necesidad, con pretextos de sacrificios insoportables, con mil pretextos y mil falacias humanas, hasta el punto de que he­mos rodado al abismo, y no una vez, sino muchas veces, ha­ciéndonos la ilusión de que teníamos fuerza para afrontar los peligros que se nos ofrecía.

Relacionadas, como vais a ver pronto, con esta materia del escándalo, sobre la cual nuestro Señor insiste tantas veces en sus predicaciones, están las palabras oscuras del evangelio de San Marcos a que aludíamos hace un momento. Vamos a ver, en primer término, qué significan esas palabras, y luego veréis, sin grande esfuerzo, la relación que tienen con estas otras enseñanzas que ahora hemos recorrido como de paso.

Acerca de esas palabras del evangelio de San Marcos en las cuales se dice que cada uno ha de ser salado con fuego y que toda víctima ha de ser salada, hay un gran número de opiniones, nacidas todas ellas, según mi pobre entender, de que cada comentador ha puesto un énfasis especial en cada palabra de este testimonio. Si, cuando vamos a comentar una de estas frases oscuras del evangelio, tomamos como guía una palabra determinada de la misma frase, toda la frase se trans­figura, toma un cierto matiz, porque todo se explica en rela­ción con aquella palabra que nosotros habíamos tomado como clave. Los comentadores, al leer esta frase del evangelio, han sentido provocada su atención a una palabra especial; con­forme a esa palabra han querido explicar un texto que es ambiguo, y así le han dado su propia significación y su propio matiz.

Entre todas esas explicaciones, la que parece más verosí­mil, la que parece encuadrar mejor en este evangelio, que, por otra parte, es una explicación llena de verdad, porque la doctrina que de ella surge es una doctrina clarísima y ver­dadera a todas luces, es la que os voy a proponer ahora. To­memos como clave la palabra que parece más clara. Dice el Señor que toda víctima ha de ser salada. Es una palabra que repite casi literalmente otra frase que hay en el sagrado libro del Levítico (2,13). En los sacrificios antiguos había manda­do el Señor que fueran saladas las víctimas que se ofrecían. La sal era un elemento indispensable en los sacrificios. Tal vez la significación de esta ceremonia o de esta ley consistía en que la sal era como una señal de paz y reconciliación. Apa­recía con frecuencia en todos los pactos que se hacían. El pacto entre Dios y el pueblo judío se recordaba en los sacri­ficios, y por eso en todas las víctimas había que echar sal. Alude el Señor a estas palabras del Levítico: antes de ofre­cer una víctima en el altar, antes de colocarla en el fuego del sacrificio para que la consumiera, esa víctima debía ser preparada con sal.

Esta frase es clarísima, y acerca de ella no puede haber ni discrepancia ni confusión. Tomemos como punto de par­tida una frase semejante, y, mediante ella, averigüemos lo que significan las otras palabras más oscuras que hay en el principio de este versículo: Cada uno debe ser salado con fuego. La palabra es oscurísima. Cuando dice el Señor cada uno, no sabemos con entera exactitud a quién se refiere, a qué grupo de personas se refiere, o si se refiere universal­mente a todos los hombres. No sabemos qué es esta sal de que aquí habla el Señor, porque en realidad la palabra de Cristo que dice han de ser salados con fuego, parece confun­dir el fuego y la sal, como si el fuego hubiera de cumplir el oficio de la sal, preparando la víctima para el sacrificio.

Estas oscuridades son patentes. Creo, sin embargo, que, si antes de leer esa frase, ponemos una breve consideración relacionada con lo que acabamos de comentar acerca del es­cándalo y relacionada con otra frase que se refiere a los sa­crificios de la antigua ley, pronto queda diáfano el pensamiento. En las palabras relativas al escándalo se habla de sacrificio, de renuncias que es preciso llevar a cabo para evi­tar el peligro del alma. Ya sabéis que las tribulaciones y los sacrificios se suelen a veces traducir con la palabra fuego: es el fuego de la tribulación el que nos purifica, es el fuego de la tribulación el que nos castiga, es el fuego de la tribulación el que nos enardece; frases como éstas las empleamos a cada paso, y podemos encontrar otras equivalentes en la Sagrada Escritura.

Para ser una víctima agradable a Dios, es decir, para ofrecer nosotros al Señor el sacrificio de nosotros mismos que le debemos, para servirle a Él, para serle agradable, para con­quistar el cielo, necesitamos preparar nuestra alma, y una de las preparaciones de nuestra alma guarda una cierta ana­logía con aquella otra preparación que, mediante la sal, se hacía a las víctimas. Hemos de prepararnos de esta forma: derramando, por decirlo así, una especie de sal en nuestro corazón, y esa sal que prepara las víctimas haciendo agrada­ble esa misma víctima a Dios nuestro Señor es el fuego de la tribulación. ¿Por qué? Porque el fuego de la tribulación nos va purificando, y mediante esas purificaciones podemos presentarnos al Señor como una víctima agradable. Mientras no nos toque ese fuego de la tribulación y del sacrificio, se­remos como víctimas impuras; pero, en el momento en que nos pruebe ese fuego del sacrificio y de la tribulación, pode­mos llegar a ser víctimas puras y agradables a Dios nuestro Señor. Por eso, cada uno de nosotros debe ser preparado para ofrecerse a Dios con esa sal de la tribulación, y particular­mente del sacrificio voluntario.

Habla el Señor de los sacrificios voluntarios a que tiene que someterse el que está en peligro de caer en pecado antes de cometer ese pecado, aunque sean sacrificios tan dolorosos como perder un pie, una mano o un ojo; y al hablar de estos sacrificios quiere hacérnoslos amables, diciendo que ésa es la preparación para inmolarnos al Señor y para ser víctimas agradables a su divina majestad.

Así se entiende una palabra que a primera vista parece tan oscura, y es una interpretación que cuadra tan bien aquí con el contexto del evangelio, que yo no puedo menos de elegirla y tomarla como la más verdadera. Mirad ahora cómo se desarrolla el pensamiento del Señor.

A propósito de los niños, habla de aquellos que escan­dalizan a los pequeñuelos. Con palabras gravísimas, a pro­pósito de esos que escandalizan a los pequeñuelos, habla de los que se exponen a sí mismos al peligro del pecado, al es­cándalo, que es ése el verdadero peligro, el pecado del escán­dalo. Y a propósito de los sacrificios que es preciso realizar para huir de los escándalos, a veces sacrificios muy dolorosos, porque hay que apartar de nosotros mismos las cosas y per­sonas que ama ardientemente nuestro corazón, nos dice que ésa es la preparación necesaria para el sacrificio que hemos de ofrecer a Dios nuestro Señor. Y luego, cuando ha desarro­llado todas estas ideas, volviéndose a los apóstoles, a quienes estaba predicando, les añade: Buena es la; pero, si la sal perdiera su sabor, ¿con qué se le de­volverá? Procurad vosotros conservar esta sal; que haya paz entre vosotros mismos.

Estas últimas palabras se refieren a la discusión que ha­bían traído los discípulos sobre quién de ellos sería el ma­yor, y que era una ocasión de escándalo que mutuamente se daban y un mal ejemplo, como todo lo que va contra la unión y caridad que predica el Señor con sus palabras y sus ejem­plos; y les dice que no quieran ser víctimas que no estén preparadas convenientemente con la sal que el Señor predica, porque ellos tienen la obligación no solamente de conservar esa sal, sino ser la sal del mundo, la sal de la tierra; ser la sal de los corazones y de las almas, lo cual equivale a decir que los que desean participar de esta compañía de Jesucristo, y en alguna manera de su apostolado, han de comenzar por prepararse a sí mismos con la sal de Cristo, que ciertamente es su sabiduría, que ciertamente es su caridad, que cierta­mente es su doctrina, que ciertamente es su vida y son sus ejemplos; pero que es principalmente, en esta ocasión, la sal de la abnegación, de la renuncia, de los sacrificios volun­tarios.

Es ésta una verdad tan grande, que, cuando el alma se aparta de esa sal, cuando no la quiere recibir, es un alma des­agradable a Dios, porque no hay santidad que no esté apoyada en estas renuncias y en estos sacrificios voluntarios si ha de ser esa santidad verdadera. Y, además, es cierto que para trabajar por las almas, y darles a Dios, y darles el buen sabor del Evangelio y de Jesucristo, es preciso que uno lleve esta sal en su corazón. Que, como primera preparación para su apostolado, se abrace con las renuncias y con los sacrifi­cios que Dios nuestro Señor le pida.

Gloria del evangelio es esta que, mediante el sacrificio, nos lleva a la purificación del corazón para que luego poda­mos comparecer ante nuestro Dios como víctimas inmacula­das. No renunciemos a esta gloria aunque haya momentos en que el sacrificio nos haga temer y desfallecer. Pidamos fuer­zas a Jesucristo para que no temamos inmolarnos cuando Él quiera y para que, mediante esas inmolaciones, como vícti­mas puras, comparezcamos un día en su presencia, hasta que por último seamos recibidos por Él como Él recibe las vícti­mas agradables en el templo divino de los cielos.
(ALFONSO TORRES, SJ, Lecciones Sacras, Lección X, BAC, Madrid, 1968, pp. 575-584)


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Aplicación: San Alfonso María de Ligorio - Pena que causa a Dios el pecado de escándalo

Introducción, definición-Ante todo, es preciso explicar en qué consiste el pecado de escándalo. He aquí cómo lo define Santo Tomás: "Es una palabra o una acción que constituye para el prójimo ocasión de ruina espiritual" El escándalo es, pues, cualquier dicho o acción con la que eres causa u ocasión de contribuir a que el prójimo pierda el alma. Este escándalo puede ser directo o indirecto. Es directo cuando directamente te esfuerzas por inducir al prójimo a cometer un pecado. Es escándalo indirecto cuando con tu mal ejemplo o con tus palabras prevees la caída del prójimo y no te privas de decir aquella mala palabra o de cometer aquella mala obra. Desde el momento en que hay materia grave, el escándalo, ya directo o indirecto, es pecado mortal.

I. Veamos ahora la Pena que causa a Dios el pecado de escándalo. Para comprenderlo, consideremos:

1° Cómo Dios creó al alma a su imagen de modo especial-En primer lugar, la creó a imagen del mismo Dios. Hagamos un hombre a imagen nuestra. Dios hizo salir de la nada, con un fiat, al resto de las criaturas, como con un guiño de su voluntad; pero al alma la creó con su mismo soplo; por eso se lee: insuflando en sus narices aliento vital.

2° Desde toda la eternidad la creó para el cielo. Además, esta alma, el alma de tu prójimo, fue amada por Dios desde toda la eternidad: Te he amado con amor eterno; por eso te atrajo con bondad. Finalmente, la creó para llamarla un día al cielo y hacerla partícipe de su gloria y de su reino, como nos dice San Pedro: Para que por estos (bienes) os hagáis participantes de la divina naturaleza. En el cielo la hará partícipe de su mismo gozo: Entra en el gozo de tu Señor. Entonces es cuando Dios se dará a sí mismo en recompensa: Soy para ti tu escudo; tu soldada será sobre manera grande".

3° Sobre todo, la rescató con la sangre de Jesucristo. Lo que sobre todo nos manifiesta cuán grande aprecio tiene Dios del alma es la obra de la redención que Jesucristo llevó a cabo para rescatarla del abismo del pecado. "¿Quieres saber tu valor?", pregunta San Euquerio, y responde: "Si no crees a tu Creador, pregunta a tu Redentor". Y San Ambrosio, para darnos a comprender precisamente cuán a pecho debemos tomar la salvación de nuestros hermanos, nos dice:

"Considera la muerte de Cristo y deduce lo que vale la salvación de tu hermano". Por tanto, si Cristo dio su sangre para rescatar el alma, tenemos derecho para decir que ésta vale la sangre de Dios, ya que apreciamos el valor de una cosa según el precio en que la tasa un prudente comprador. Comprados fuisteis a costa de precio. Por esto San Hilario decía: "Al considerar el precio en que fue tasada la redención humana; parece que el hombre vale tanto como Dios". Por todo ello comprendemos cómo Salvador nos inculca: En verdad os digo, cuanto hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeñuelos, conmigo lo hicisteis.

II. ESTE PECADO MATA AL ALMA- Siendo esto así, ¡qué pena tan amarga causa a Dios el escandaloso que le hace perder un alma! Baste decir que le roba y le mata una hija por quien para salvarla había derramado la sangre y dado la vida. Por esto San León llama homicida al escandaloso. "Quien escandaliza, son sus palabras, asesina el alma de su prójimo".

Y PRIVA A JESUCRISTO DEL FRUTO DE SUS LAGRIMAS, DOLORES, etc.-El escandaloso comete un homicidio tanto más atroz cuanto que arrebata a su hermano no ya la vida corporal, sino la vida del alma, y priva a Jesucristo del fruto de todas sus lágrimas, dolores y, en una palabra, de cuanto el Salvador padeció para ganar aquella alma. Por esto escribió el Apóstol a los fieles de Corinto: Y pecando así contra los hermanos y sacudiendo a golpes su conciencia, que es débil, contra Cristo pecáis. Quien escandaliza al prójimo se dirá que peca propiamente contra Cristo, porque, al decir de San Ambrosio, quien es causa de que se pierda un alma es causa de que Jesucristo pierda una obra en que empleó tantas almas de fatigas y de sufrimientos. Cuéntase que el bienaventurado Alberto Magno empleó treinta años de trabajos en la confección de una cabeza parecida a la de un hombre, consiguiendo que articulase ciertas palabras, y que Santo Tomás, receloso de que hubiera allí algo diabólico, cogió la citada cabeza y la rompió. Alberto Magno se le quejó diciéndole: "Me rompiste treinta años de trabajo". No entro ni salgo en la veracidad del hecho; pero lo cierto es que, cuando Jesucristo ve perdida el alma por obra y desgracia del escandaloso, puede muy bien echarle en rostro este reproche "Malvado, ¿que hiciste? Me perdiste esta alma, por la que empleé treinta y tres años de vida".

Comparación sacada de las Sagradas Escrituras- Léese en las Sagradas Escrituras que los hijos de Jacob, después de vender a su hermano a los mercaderes, fueron a decir al padre: ¡Una bestia feroz lo ha devorado! Y para dar a entender mejor a Jacob que José había sido presa de la tal bestia feroz, mojaron su vestido de José en la sangre de un cabrito, preguntándole: Comprueba, por favor, si es la túnica de tu hijo o no, a lo que el padre hubo de responder entre gemidos de dolor: ¡La túnica de mi hijo es! ¡Una bestia feroz lo ha devorado! De igual modo también, cuando un alma, a consecuencia del escándalo, acaba de caer en pecado, los demonios le toman la estola bautismal teñida en la sangre del Cordero inmaculado, es decir, la gracia de que le ha despojado el escandaloso, gracia que Jesucristo le había adquirido con el precio de su sangre, y preguntan a Dios: "¿Es éste el vestido de tu hijo?" Si Dios pudiera estallar en sollozos, a no dudarlo que a la vista de esta alma así sacrificada, de su hijo asesinado, sus lágrimas correrían más amargas que las de Jacob, exclamando: Sí, es el vestido de mi hijo amadísimo; una bestia feroz lo ha devorado. Y luego, buscando a esta bestia feroz, exclamaría: "¿Dónde está el monstruo feroz que acaba de devorar a mi hijo?"

Conclusión. Profunda irritación de Dios, que le excita a la venganza-Y una vez hallado este monstruo feroz, ¿qué hará el Señor? Los asaltaré, dice, como osa privada de sus cachorros. Así habla Dios por boca de Oseas. Cuando la osa vuelve a la guarida y no halla sus cachorros, sale a recorrer el bosque en busca del ladrón, y si lo encuentra se le lanza para desgarrarlo. Así se precipitará el Señor sobre el escandaloso que le arrebató uno tan sólo de sus hijos.

Tal vez diga el escandaloso: "Si se ha condenado ya aquel prójimo, ¿qué puedo hacer yo?" Puesto que él se ha condenado por culpa tuya, responde el Señor, tuya es la responsabilidad Yo he de reclamar su sangre de tu mano (Ez 3,18). También se lee en el Deuteronomio: No tendréis conmiseración: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie (Dt 19,21). Sí, dice el Señor, ya que tú causaste la perdición de un alma, es preciso que también pierdas la tuya-Pasemos ya al segundo punto.

PUNTO II

Castigos con que Dios amenaza a los escandalosos:
I. AMENAZAS DE UN CASTIGO:

1° Grande- ¡Ay del hombre por quien viene el escándalo! Si grande es la pena que el escandaloso causa a Dios, grande ha de ser también el castigo que le espera. He aquí cómo habla Jesucristo de tal castigo: Quien escandalizare a uno de estos pequeñuelos que cree en mí, mejor fuera que le colgasen alrededor del cuello una muela de tahona y le sumergiesen en alta mar. El escandaloso merece que se le arroje al mar con una piedra de molino al cuello, y no con una piedra cualquiera, sino con una piedra asinaria, es decir, piedra enorme a que en Palestina daban vuelta los asnos en los molinos. Cuando algún malhechor muere ajusticiado en la plaza, los espectadores se mueven a compasión, y si no lo pueden librar de la muerte, al menos lo encomiendan a Dios; pero si el desgraciado es arrojado a altar mar, nadie lo compadecerá. Por esto dice un autor que Jesucristo habló de esta suerte de castigo en relación con el escandaloso, para declararlo tan odioso a los mismos ángeles y santos que ni siquiera tienen ánimo de encomendar a Dios a quien se ha hecho reo de la perdición de una sola alma: "Es indigno de que se le vea y de que se le ayude".

2° Riguroso-No se contenta Dios con no dejar nunca impune al escandaloso, sino que le trata siempre con la más rigurosa justicia, porque lo aborrece soberanamente. "Dios, dice San Juan Crisóstomo, es paciente con ciertos pecados aun gravísimos, pero nunca con el escándalo, por lo horrible que es a sus ojos". El Señor lo había ya declarado por boca de Ezequiel: Tornaré mí rostro contra tal hombre y (lo convertiré) en ejemplo (y proverbio) y lo extirparé de en medio de mí pueblo; y sabréis que soy yo Yahveh (Ez 14,8). Y realmente vemos por las Escrituras Sagradas que uno de los pecados que castiga Dios con mayor rigor es el del escándalo. Los padres ya se sabe que escandalizan no tan sólo cuando dan mal ejemplo a sus hijos, sino también cuando no los corrigen como conviene. Pues bien, he aquí lo que Dios dijo del sacerdote Helí, culpable tan sólo por no haber corregido a sus hijos que escandalizaban al pueblo judío robando del altar las carnes sacrificadas: He aquí que voy a hacer en Israel una cosa que a todo aquel que la oiga le retiñirán ambos oídos, porque nota la Sagrada Escritura, con motivo del escándalo dado por los hijos de Helí: Era... el pecado de estos jóvenes muy grave a los ojos de Yahveh. ¿Cuál era, pues, el grave pecado que cometían? Dice San Gregorio que "inducir al pueblo al mal". También Jeroboam fue severamente castigado, y ¿por qué? Por escandaloso (1R 2,17). Entregará a Israel, a causa de los pecados que Jeroboam ha cometido y ha hecho cometer a Israel. En la familia de Acab, enemiga toda ella de Dios, cayo el más espantoso de los castigos sobre Jezabel; fue, en efecto, lanzada de lo alto de una ventana y devorada de los perros, que tan sólo le dejaron el cráneo y las extremidades de los pies y de las manos. Por que responde el Abulense: "Porque Jezabel incitaba a Acab a toda clase de iniquidades".

II. ESTE CASTIGO SE VERIFICARA SOBRE TODO EN EL INFIERNO - El infierno fue creado para castigar el pecado de escándalo. Al principio creó Dios el cielo y la tierra. ¿Cuándo creo el infierno? Cuando Lucifer comenzó a seducir a los Ángeles para rebelarse contra Dios. En efecto, para impedirle que sedujese a los ángeles que habían permanecido fieles, Dios lo arrojó del cielo inmediatamente después de su pecado.

Castigo debidamente merecido-Jesucristo llamaba a los fariseos, que con su mal ejemplo escandalizaban al prójimo, hijos del demonio, que fue desde el principio el homicida de las almas: Vosotros tenéis por padre al diablo... El era homicida desde el principio. Y cuando San Pedro le escandalizó insinuándole que no se dejara prender y matara a los judíos, con lo que impediría la redención humana, Jesucristo lo llamó demonio: Vete de ahí, quítateme de delante, Satanás; piedra de escándalo eres para mí.

Y a la verdad, ¿qué otro oficio ejerce el escandaloso más que ser ministro del demonio? No harían ciertamente los demonios tanta cosecha de almas cuanta hacen si no los ayudaran tan malvados ministros. Hace más daño un compañero escandaloso, que lo harían cien demonios.

Explicación-Comentando San Bernardo las palabras del rey Ezequías: En salud se me ha trocado la amargura, pone en boca de la Iglesia de su tiempo las siguientes palabras: "Actualmente la Iglesia no tiene paganos, no tiene herejes que la persigan; pero la persiguen sus mismos hijos, es decir, los cristianos escandalosos. Los cazadores de red para coger avecillas llevan reclamos, que no son más que otras avecillas atadas por un hilo y ciegas". Así hace el demonio, dice San Efrén: "Cuando coge presa a un alma, en primer lugar la ciega y la sujeta como esclava, convirtiéndola así en reclamo suyo para engañar a los demás y atraparlos en la red del pecado". Y San León afirma que "no solo incita (el demonio) a las almas a engañar a los demás, sino que hasta las fuerza a ello".

2° Será castigo terrible, porque será proporcionado a todos los pecados causados por los escandalosos - ¡Desgraciados escandalosos! En el infierno tendrán que sufrir la pena de cuantos pecados hicieron cometer a los demás. Cuenta Cesáreo que al punto de morir cierto escandaloso lo vio un santo varón presentarse al tribunal de Dios, donde fue condenado al infierno, a cuya puerta salieron a recibirle todas las almas que había escandalizado, las cuales dijéronle: "Ven acá, maldito; ven a pagar los pecados que nos hiciste cometer", y esto diciendo se le lanzaron encima, como otras tantas bestias feroces, para destrozarlo.

3° Será inevitable para los endurecidos-Nota San Bernardo que la Sagrada Escritura, al hablar de otros pecadores, deja abierta una puerta a la esperanza de enmienda y de perdón; mas cuando habla de los escandalosos, habla como de precitos que ya estuvieran separados de Dios y sin esperanza de salvación.

III. APLICACIÓN. ESTADO DEPLORABLE Y CASTIGO ATERRADOR:

1° De los que predican el mal, sobre todo a los niños - Comprendan el estado deplorable en que se encuentran quienes escandalizan con su mal ejemplo y quienes hablan deshonestamente ante sus compañeros, ante muchachas y ante niños inocentes, que al oír aquellas palabras se detienen a pensarlas, por lo que cometen miles de pecados. Pensad, pues, en el dolor con que se lamentarán los ángeles de la guarda de aquellos desgraciados niños viéndolos caer en pecado y cómo pedirán a Dios venganza contra semejantes bocas sacrílegas que los escandalizaron.

2° Castigos de quienes se burlan de las gentes de bien- ¡Cuán terrible será también el castigo de quienes con sus continuadas burlas ridiculizan a las gentes de bien! No faltan quienes para hurtar la burla abandonan el bien y se dan a mala vida.

3° Castigos de quienes favorecen relaciones culpables y se glorían de sus pecados-Y ¿qué decir de quienes favorecen relaciones culpables y de quienes se glorían del mal cometido? Efectivamente, hay quienes, en lugar de sentir desolación y arrepentimiento por los pecados cometidos, lejos de hacer caso de ello, llegan hasta a gloriarse de su abominable conducta.

4° Castigo de quienes incitan al mal- ¿Qué decir también de quienes incitan al mal, de quienes incitan a cometerlo, de quienes hasta enseñan el mismo mal, crimen de que los mismos demonios no son capaces?

5° Crimen de los padres que lo permiten- ¿Qué decir, finalmente, de los padres que, lejos de impedir, pudiéndolo, los pecados de sus hijos, consienten que frecuenten malas compañías, que vayan a casas peligrosas y que conversen con jóvenes de diverso sexo? ¡Qué castigos tan terribles se preparan todos estos escandalosos para el día del juicio final!

PERORACIÓN:

1° Esperad-Y ¿qué?, dirá tal vez alguien; yo, que escandalicé, ¿estaré perdido? ¿No habrá, padre mío, para mí esperanza de salvación? -No; yo no pretendo decir que te desesperes: la misericordia de Dios es grande y prometió el perdón al corazón arrepentido.

2° Reparad los escándalos-Pero para salvaros es de absoluta necesidad que reparéis vuestros escándalos. San Cesáreo dice: "Muy justo es que, después de haberos perdido a vos mismo perdiendo a los demás, ayudéis al prójimo a salvarse, salvándoos a vos mismo" Ya que te perdiste y con tus escándalos perdiste a muchas almas, justo es que repares el mal. Pues Bien, así como llevaste a los otros al pecado, así es necesario que ahora los lleves a la virtud, por lo que no debes tener en adelante más que conversaciones edificantes, buenos ejemplos, fuga de las ocasiones, frecuencia de sacramentos, asiduidad a los cultos de la iglesia y a los sermones.

3° No escandalicéis más-De hoy en adelante guardaos, más que de la muerte, de hacer ni decir nada que pueda ser ocasión de escándalo al prójimo. "Baste al caído encontrarse solo por tierra" dice San Cipriano. Y Santo Tomás de Villanueva: "Bástennos nuestros propios pecados". ¿Qué mal os hizo Jesucristo que no os baste haberlo ofendido vosotros, para que queráis que los demás lo ofendan? Esto es exceso de crueldad.

4° Evitad la compañía de los escandalosos-Guardaos en adelante de dar el más mínimo escándalo, y si os queréis salvar, huid cuanto os sea dado la compañía de los escandalosos.
Estos demonios encarnados se condenarán, y si no os apartáis de ellos, también acabaréis por condenaros. ¡Ay del mundo a causa de los escándalos!, dice el Señor, para darnos a comprender que son muchos los que se condenan porque no se cuidan de evitar la compañía a de los escandalosos. -Pero si es amigo mío, a quien debo muchos favores y en quien tengo grandes esperanzas. Si tu ojo te escandaliza, sácalo y échalo lejos de ti; mejor te vale con un solo ojo entrar en la vida que con tus ojos ser arrojado en la gehena del fuego. Por tanto, por muchos títulos que os ligaran a persona tan querida, tendríais que romper con ella y no volver a verla si os fuere ocasión de escándalo, porque vale más perderlo todo y salvar el alma sin un ojo que entrar con ambos en el infierno.
(San Alfonso María de Ligorio, Obras ascéticas de San Alfonso M. de Ligorio, Ed. B.A.C., Madrid, 1954, pg. 515-523)



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Aplicación: SS. Benedicto XVI - que sepamos alegrarnos por cada gesto e iniciativa de bien y usar sabiamente los bienes terrenos en la continua búsqueda de los bienes eternos.



Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este domingo presenta uno de esos episodios de la vida de Cristo que, incluso percibiéndolos, por decirlo así, en passant, contienen un significado profundo (cf. Mc 9, 38-41). Se trata del hecho de que alguien, que no era de los seguidores de Jesús, había expulsado demonios en su nombre. El apóstol Juan, joven y celoso como era, quería impedirlo, pero Jesús no lo permite; es más, aprovecha la ocasión para enseñar a sus discípulos que Dios puede obrar cosas buenas y hasta prodigiosas incluso fuera de su círculo, y que se puede colaborar con la causa del reino de Dios de diversos modos, ofreciendo también un simple vaso de agua a un misionero (v. 41). San Agustín escribe al respecto: «Como en la católica —es decir, en la Iglesia— se puede encontrar aquello que no es católico, así fuera de la católica puede haber algo de católico» (Agustín, Sobre el bautismo contra los donatistas: pl 43, VII, 39, 77). Por ello, los miembros de la Iglesia no deben experimentar celos, sino alegrarse si alguien externo a la comunidad obra el bien en nombre de Cristo, siempre que lo haga con recta intención y con respeto. Incluso en el seno de la Iglesia misma, puede suceder, a veces, que cueste esfuerzo valorar y apreciar, con espíritu de profunda comunión, las cosas buenas realizadas por las diversas realidades eclesiales. En cambio, todos y siempre debemos ser capaces de apreciarnos y estimarnos recíprocamente, alabando al Señor por la «fantasía» infinita con la que obra en la Iglesia y en el mundo.

En la liturgia de hoy resuena también la invectiva del apóstol Santiago contra los ricos deshonestos, que ponen su seguridad en las riquezas acumuladas a fuerza de abusos (cf. St 5, 1-6). Al respecto, Cesáreo de Arlés lo afirma así en uno de sus discursos: «La riqueza no puede hacer mal a un hombre bueno, porque la dona con misericordia; así como no puede ayudar a un hombre malo, mientras la conserva con avidez y la derrocha en la disipación» (Sermones 35, 4). Las palabras del apóstol Santiago, a la vez que alertan del vano afán de los bienes materiales, constituyen una fuerte llamada a usarlos en la perspectiva de la solidaridad y del bien común, obrando siempre con equidad y moralidad, en todos los niveles.

Queridos amigos, por intercesión de María santísima, oremos a fin de que sepamos alegrarnos por cada gesto e iniciativa de bien, sin envidias y celos, y usar sabiamente los bienes terrenos en la continua búsqueda de los bienes eternos.
(Castelgandolfo, Domingo 30 de septiembre de 2012)

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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - El escándalo Mc 9, 38-43.45.47-48

El escándalo es una piedra que está en el camino y nos hace tropezar. A veces, nos la pone otro para que tropecemos, otras, somos nosotros, los que la ponemos para que tropiece nuestro prójimo.

Hay que evitar el escándalo. Sea esquivando el que nos ponen sea no poniéndolo nosotros.

Muchas veces, el escándalo viene de fuera, sea por una persona que nos hace caer o por el ambiente que nos incita al pecado. Otras veces, el escándalo está en nosotros mismos, en las cosas que nos hacen caer, en nuestros afectos desordenados, en nuestros vicios, en las ocasiones de pecado no evitadas.

Debemos conocernos sinceramente. Saber qué cosas son en nosotros ocasión de pecado para extirparlas o para ordenarlas. Hay que ser lo suficientemente valiente para reconocer los escándalos en nosotros mismos y con sinceridad decidirse a eliminarlos. Echamos la culpa a otros de lo que somos culpables nosotros mismos, de lo que son culpables nuestros pecados. Si queremos evitar el escándalo tenemos que conocernos a nosotros mismos para no ser escándalo y para saber qué cosas nos pueden escandalizar debido a nuestra fragilidad.

Hay que ir cortando todo aquello que nos escandaliza y la mejor manera para esto es pensar en el premio eterno, en la vida eterna. Es una tontería pensar que podemos alcanzar el cielo y quedarnos con las cosas que nos hacen apartar del camino hacia el cielo, con lo que nos hace tropezar.

Nuestros afectos desordenados, nuestros vicios, no sólo son escándalo para nosotros sino también para el prójimo.

Hay que evitar los escándalos. Los nuestros para con el prójimo y los que nos vienen de fuera.

Una intensa vida interior nos llevará a ser fuertes y a estar firmes ante los muchos escándalos que proceden de nosotros mismos, del demonio y sobre todo del mundo.

Es duro el castigo que el Señor dará a los que escandalicen: “mejor es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar”, “ir a la gehena… donde su gusano no muere y el fuego no se apaga” y también es duro el remedio para evitar el escándalo: “cortar, arrancar, mutilar”.

¿Por qué Jesús nos amenaza con un gran castigo? ¿Por qué quiere que tomemos un remedio tan amargo? Para que alcancemos el Reino de Dios. Hay que privarse de cosas placenteras de la tierra, cosas que nos llevan al pecado, para ganar el cielo.

Nuestros hermanos son los “pequeños que creen”, los pequeños del Reino y escandalizarlos es obrar contra Jesús que se identifica con ellos.

Que el mundo escandalice no es de extrañar ya lo advirtió Jesús a sus discípulos pero nuestra adhesión a Jesús nos librará de los escándalos del mundo porque El mismo dijo: “yo he vencido al mundo”. Pero nuestros escándalos de cristianos son algo muy serio. Nosotros con nuestros escándalos hacemos tropezar a los que tienen fe, a los hijos del Reino y también a los que están fuera de él. Escandalizamos porque nos dejamos llevar del amor propio y nos separamos de Jesús.

Nuestras buenas obras deben confirmar a nuestros hermanos en la fe. ¡Cuántas personas están heridas y han perdido la fe o están en crisis de fe por los escándalos entre los creyentes!

El otro día iba por una carretera y encontré una piedra en el camino, la evité y seguí y los que venían detrás de mí hicieron lo mismo. Nadie quitaba la piedra. Tal vez más tarde u otro día alguien, si la piedra siguiese allí, se estrellaría con ella.

Muchas veces pasamos por la vida y no advertimos o no hacemos desaparecer los escándalos que pueden hacer caer a nuestros hermanos porque nosotros podemos evitarlos sin dificultad. Hay que tratar de eliminar los obstáculos que pueden causar caídas a nuestros hermanos y evitar nosotros mismos obstaculizar el camino arrojando piedras en él.

El camino es Jesús. Cuanto más claro se vea a Jesús con más facilidad se avanzará por el buen camino, pero si vamos tirando piedras al camino o no sacamos las que otros tiran, el camino se dificulta, se lo desconoce, se lo evita y terminamos corriendo fuera de él con el consiguiente peligro de precipitarnos al fondo del barranco.


* * *


En el nombre de Jesús se puede expulsar al demonio. Cuando la tentación arrecia, cuando no tenemos fuerzas para salir del pecado llamemos a Jesús para que expulse al demonio. Jesús es el salvador, es el único salvador que puede librarnos del demonio, del mundo y de la carne.

Nuestras obras de caridad también toman una dimensión insospechadas si las hacemos en nombre de Jesús. Hasta dar un vaso de agua en su nombre será recompensado. En cada uno de nuestros prójimos tenemos que ver a Jesús y obrar para con él como si obráramos con Jesús.

Y si ni un vaso de agua queda sin recompensa también obrar contra nuestro prójimo escandalizándolo es obrar contra Jesús porque “al que escandalice a uno estos pequeños que creen” merece un gran castigo porque en los pequeños está Jesús.

El Señor da una solución realista al problema del escándalo. Hacer desaparecer el escándalo. Muchas veces nosotros somos escándalo para otras personas y por tanto debemos desaparecer del horizonte de aquellos que escandalizamos. También puede ser para nosotros escándalo una criatura y en consecuencia es necesario quitarla de nuestro horizonte. Cortar, sacar, arrancar. Parece dura la solución de Cristo pero es la única verdadera cuando las criaturas nos enseñorean de tal manera que nos hacen apartar del camino de la salvación.

Tenemos que pensar en la vida eterna. Ese debe ser el motivo de nuestra existencia y por alcanzarla tenemos que abandonar cosas que nos apetecen pero que nos apartan de ella.

San Ignacio en el Principio y Fundamento de sus Ejercicios Espirituales pone la ley del “tanto-cuanto” que enseña lo siguiente: hay que tomar las cosas tanto cuanto nos acerquen al fin último de nuestra vida que es el cielo aunque este tomar implique cosas que no nos gustan, que rechazamos según nuestro hombre natural y hay que dejar las cosas tanto cuanto nos alejen del fin último aunque este dejar repugne a nuestro hombre natural, a nuestra sensibilidad.

Jesús rechazó a Pedro y lo llamó Satanás cuando quiso apartarlo del camino de la cruz. Jesús ante el escándalo que le puso el diablo en el desierto supo sortearlo por amor a la voluntad de Dios. Jesús en Getsemaní ante la repugnancia de su naturaleza humana de ir al Calvario se abandonó sin reservas a la voluntad del Padre y pudo salvar el escándalo que el diablo le ponía.

El escándalo lo salvamos por amor a Jesús, por amor a su voluntad. Es difícil cortarse la mano, arrancarse el ojo o separarse de un pie pero es mejor amputar un miembro, abandonar una criatura, para llegar a la vida eterna. ¿Pero es que no se puede seguir con una criatura y caminar a la vida eterna? Se puede mientras esa relación hacia la criatura se pueda ordenar, cuando hay posibilidades de curar el ojo, el pie o la mano pero cuando eso es imposible es necesario amputar.

A todos nosotros se nos presentan cada día escándalos que nos hacen o nos pueden hacer tropezar. También nosotros tenemos cosas que nos escandalizan y que tenemos que arrancar para no apartarnos de Jesús. También debemos evitar por amor a Jesús y a nuestro prójimo lo que pueda hacerlo caer o apartarse del camino de Dios. ¡Cuántas veces llevados de nuestro egoísmo escandalizamos a hermanos que queremos mucho! Y ¿por qué? Porque nos amamos desordenadamente a nosotros mismos.

No hay que temer perder un miembro, dejar una criatura, para alcanzar la vida eterna. Hemos sido creados para el cielo y aunque sea duro apartarnos de cosas que nos gustan pero que nos son escandalosas, debemos hacerlo para salvar nuestras almas. Es difícil, quien lo discute, pero vale la pena dejar un amor desordenado por el Amor que es Jesús. Jesús nos ayudará a evitar los escándalos si nos acogemos a Él. Debemos abandonarnos en sus manos que El nos ama y nos va a ayudar para salvar los escándalos del camino y para no ser nosotros escándalo de nuestros hermanos. Muchas veces, no queremos ser escándalo pero lo somos y tenemos que evitarlo. Para ello lo mejor es alejarnos de aquellos a quienes escandalizamos. Otras veces, serán las personas, los lugares, las actividades las que nos escandalicen y tendremos que evitarlas: no verlas, no frecuentarlas, no realizarlas.

Mt 18, 5
Cf. Mt 18, 7
Jn 16, 33
Jn 14, 6


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Directorio Homilético - Vigésimo sexto domingo del Tiempo Ordinario

CEC 821, 1126, 1636: el diálogo ecuménico
CEC 2445-2446, 2536, 2544-2446: el peligro del ansia exagerada de riqueza
CEC 1852: los celos



El diálogo ecuménico

821 Para responder adecuadamente a este llamamiento se exige:

— una renovación permanente de la Iglesia en una fidelidad mayor a su vocación. Esta renovación es el alma del movimiento hacia la unidad (UR 6);

— la conversión del corazón para "llevar una vida más pura, según el Evangelio" (cf UR 7), porque la infidelidad de los miembros al don de Cristo es la causa de las divisiones;

— la oración en común, porque "esta conversión del corazón y santidad de vida, junto con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, deben considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y pueden llamarse con razón ecumenismo espiritual" (cf UR 8);

— el fraterno conocimiento recíproco (cf UR 9);

— la formación ecuménica de los fieles y especialmente de los sacerdotes (cf UR 10);

— el diálogo entre los teólogos y los encuentros entre los cristianos de diferentes Iglesias y comunidades (cf UR 4, 9, 11);

— la colaboración entre cristianos en los diferentes campos de servicio a los hombres (cf UR 12).

1126 Por otra parte, puesto que los sacramentos expresan y desarrollan la comunión de fe en la Iglesia, la lex orandi es uno de los criterios esenciales del diálogo que intenta restaurar la unidad de los cristianos (cf UR 2 y 15).

1636 En muchas regiones, gracias al diálogo ecuménico, las comunidades cristianas interesadas han podido llevar a cabo una pastoral común para los matrimonios mixtos. Su objetivo es ayudar a estas parejas a vivir su situación particular a la luz de la fe. Debe también ayudarles a superar las tensiones entre las obligaciones de los cónyuges, el uno con el otro, y con sus comunidades eclesiales. Debe alentar el desarrollo de lo que les es común en la fe, y el respeto de lo que los separa.



El peligro del ansia exagerada de riqueza

2445 El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta:

Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste (St 5,1-6).

2446 S. Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: "No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que tenemos no son nuestros bienes, sino los suyos" (Laz. 1,6). "Satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia" (AA 8):

Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia (S. Gregorio Magno, past. 3,21).

2536 El décimo mandamiento proscribe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de lo pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

Cuando la Ley nos dice: "No codiciarás", nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: "El ojo del avaro no se satisface con su suerte" (Si 14,9) (Catec. R. 3,37)


2544 Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a todo y a todos y les propone "renunciar a todos sus bienes" (Lc 14,33) por él y por el Evangelio (cf Mc 8,35). Poco antes de su pasión les mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir (cf Lc 21,4). El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos.


2545 "Todos los cristianos...han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto" (LG 42).

2546 "Bienaventurados los pobres en el espíritu" (Mt 5,3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres de quienes es ya el Reino (Lc 6,20):

El Verbo llama "pobreza en el Espíritu" a la humildad voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el Apóstol nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: "Se hizo pobre por nosotros" (2 Co 8,9) (S. Gregorio de Nisa, beat, 1).

2547 El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes (Lc 6,24). "El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los Cielos" (S. Agustín, serm. Dom. 1,1). El abandono en la Providencia del Padre del Cielo libera de la inquietud por el mañana (cf Mt 6,25-34). La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres: ellos verán a Dios.


Los celos

1852 La variedad de pecados es grande. La Escritura contiene varias listas. La carta a los Gálatas opone las obras de la carne al fruto del Espíritu: "Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios" (5,19-21; cf Rm 1,28-32; 1 Co 6,9-10; Ef 5, 3-5; Col 3, 5-8; 1 Tm 1, 9-10; 2 Tm 3, 2-5).

 

 



Ejemplos Predicables
El escándalo de las malas compañías

Desenvenenar a los niños

“Me da vergüenza”

¿Qué me puedes regalar?

Hay mil maneras

Limosna del rey de reyes



El escándalo de las malas compañías
Dícese de San Felipe Neri que impuso como penitencia a un escandaloso que esparciera por el aire un cesto lleno de plumas de ave y le mando luego que fuera a recogerla. ¡Cosa imposible! Así y más imposible es remediar los efectos del escándalo. De donde resulta, en consecuencia, que los escandalosos son responsables ante Dios y ante los hombres de todos los pecados que por su causa se cometen y, sobre todo, de los que cometen y cometerán aquellos a quienes escandalizaron y de todas las almas que por esta razón se pierden.

Refiere Colet de un estudiante que poseía en alto grado cuantas virtudes pueden desearse en un joven; mas, por desgracia, dio con su malvado compañero que le pervirtió. Afligidos los amigos que tenía, y en especial sus padres, le rogaron encarecidamente que volviese al buen camino; pero todo fue inútil. Dios le habló también por los remordimientos y por la voz de la conciencia, pero a todo hacía oídos sordos. Una noche, el infortunado se despertó dando horribles gritos; corren hacia él, le encuentran moribundo, procuran calmarle y llaman a un sacerdote, que le exhorta a convertirse a Dios... El joven hecha sobre él una espantosa mirada y pronuncia estas tristes palabras: ¡Ay de aquel que me ha pervertido! Y dichas estas palabras, expira.


Desenvenenar a los niños
Visitaba días pasados una escuela nacional graduada de niñas y oí con emoción cómo las buenas maestras, después de haber repuesto el Crucifijo en el sitio de honor, dedicaban asidua y preferente atención a la enseñanza del catecismo y de las prácticas de piedad. ¡Qué bien y con qué compostura y lentitud rezaban las niñas las oraciones!
- ¡Hay que desandar lo andado!-me decía una de las ejemplares maestras-estamos horrorizadas-añadía otra-de los progresos que había hecho el mal en estas inocentes; y otra confirmaba las afirmaciones de sus compañeras con el siguiente significativo caso: - Preguntaba a una chiquita, como de unos siete años, si quería mucho a Dios y con cara de susto, me responde: - ¿Yo a Dios? ¡Yo no quiero a Dios!- ¿Y al Crucifijo?, y con voz vacilante y encogiéndose de hombros, contesta:-¿Al Crucifijo, al Crucifijo? ¡Bueno!
Se conocía que esta palabra no figuraba en el vocabulario de las maldiciones y blasfemias de su casa o de la calle… ¡Pobres niñas y pobres niños! ¡Qué mañana tan negra les esperaba!
Una última observación de aquellas maestras: se habían dado cuenta de que en los primeros días de clase había alguna que otra niña que con marcado desprecio volvía la espalda al Santo Crucifijo.
Sacerdotes, maestros, catequistas, ¡cuánto hay que correr a fin de recuperar para Jesús a los niños! ¡Para desenvenenarlos!
(Manuel González, XXV Lecciones de cosas pasadas y por pasar, Ed. El granito de Arena, Palencia, pg. 59-60)



“Me da vergüenza”
Los hombres, mis hermanos, llevan a veces a tal punto su necedad que no se avergüenzan de lo que los rebaja y en cambio se avergüenzan de lo que les honra. Tienen miedo de practicar exteriormente su religión y a hacer alarde público de sus creencias, y en cambio no lo tienen a hacer el ridículo en las más bajas manifestaciones de vida mundana.
Había un joven que se preciaba de digno y sabio, y que no se atrevía a llevar una vela en una procesión o a doblar la rodilla delante del Santísimo.
- "Me da vergüenza" - decía, cuando se le echaba en cara su cobardía.
Cierto día, un martes de carnaval, de madrugada, lo encontraron borracho, iba tambaleándose por la calle, con un gorro de papel en la cabeza, un silbato de fiesta en la boca y un globo de colores en la mano.
- "Ahora ¿no te da vergüenza?" - le dijo por ahí alguien.
No contestó nada, pero seguramente tiene que haber pensado que es más noble para un joven sabio y digno ir con una vela en una procesión o arrodillarse delante del Santísimo, que caminar por las calles como un payaso disfrazado de mamarracho.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 653)


¿Qué me puedes regalar?
Relata un sabio (Rabindranad Tagore) el siguiente relato de un mendigo: Yo iba pidiendo de puerta en puerta, mendigando por la aldea, cuando tu carro de oro apareció a lo lejos como un sueño magnífico. Yo me preguntaba, maravillado, quién sería aquél, aquel rey de reyes. Mis esperanzas volaron hasta el cielo y pensé que mis días malos habían acabado. Me quedé aguardando limosnas espontáneas como tesoros derramados por el polvo. La carroza se paró a mi lado. Me mirabas y bajaste sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había llegado al fin. De pronto tú me tendiste tu diestra diciéndome: "¿Puedes regalarme alguna cosa?" ¡Qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle un regalo a un mendigo! Yo estaba confuso y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo y te lo di. Pero, ¡qué sorpresa la mía! Cuando al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón recolectado. Amargamente lloré entonces por no haber tenido corazón para dárteme entero.

 

Hay mil maneras
Cuenta un hindú cristiano (Sendar Singh +1934) la siguiente historia: Estábamos predicando comentando la palabra de Dios e invitamos a nuestros oyentes a que lean ellos mismos la Biblia. Varios se acercaron para comprar una Biblia. También se acercó un enemigo acérrimo de la religión cristiana y adquirió un Evangelio de San Juan. Delante de todos lo rompió en mil pedazos y desparramó las hojas al viento. Yo les dije a los presentes: "La palabra de Dios es poderosa". Y no sabía la verdad que decía. Recién dos años más tarde me enteré de lo siguiente: pasó por ahí cerca un hombre que estaba buscando ya desde hace siete años la verdad de su vida. Encontró un pedacito de papel que llevaba escrito: "vida eterna". Esta palabra lo impresionó porque los hindúes no conocen la palabra "vida eterna". Un poco más adelante encontró otro papelito que llevaba impresas las palabras "pan de vida". El hombre comenzó a preguntar de dónde vendrían esos papelitos y le dijeron que cerca de ahí estaban vendiendo los libros de los cuales venían estos papelitos. Así llegó a conocer la religión cristiana y muy pronto se hizo católico. La acción mala de uno sirvió para que otro encontrara la fe. Así obra Dios.


(cortesia: iveargentina.org et alii)

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