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Domingo 4 del Tiempo Ordinario C - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Recursos adicionales para la preparación

 

 

A su disposición
Exégesis: Alois Stöger - Jesús es rechazado en la sinagoga de Nazaret

Comentario Teológico: Mons. Fulton Sheen - Jesús es rechazado en Nazaret

Santos Padres: San Ambrosio - Jesús es rechazado en Nazaret

Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - Jesús es rechazado en su patria

Aplicación I: Beato Juan Pablo II - La participación de María en la vida pública de Jesús

Aplicación II:  San Juan Pablo II - La contradicción

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - La incredulidad

Aplicación: Benedicto XVI - El himno de la caridad

Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario - Año C Lc 4:21-30

Aplicación: R.P. Raniero Cantalamessa - Segunda lectura - El más célebre y sublime himno al amor

Ejemplos

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo



Exégesis: Alois Stöger - Jesús es rechazado en la sinagoga de Nazaret

A la lectura de la Escritura sigue la instrucción. Está comprendida en una frase lapidaria de gran fuerza y énfasis. Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura. En cabeza de la frase está el «hoy», al que habían mirado los profetas, en el que se cifraban los grandes anhelos: ahora está presente. Mientras pronuncia Jesús estas palabras, se inicia el suspirado año de gracia. El tiempo de salvación es proclamado y traído por Jesús. Es lo increíblemente nuevo de esta hora. Las piadosas usanzas y las palabras de la Escritura, que eran promesa tienen ahora cumplimiento.

Escuchado por vosotros. Que ha comenzado el tiempo de salvación y que ya está presente el portador de ella, es algo que sólo se puede saber mediante la audición de este mensaje; no se ve ni se experimenta. El mensaje exige la fe, la fe viene de oír, es respuesta a una interpelación.

La predicción que ahora se cumple es el programa de Jesús, que no lo ha elegido él mismo, sino que le ha sido prefijado por Dios. Él es enviado por Dios; por medio de él visita Dios mismo a los hombres. Hoy ha tenido lugar la visita salvadora, que no se debe desperdiciar.

Jesús actúa de palabra y de obra, enseñando y sanando. El tiempo de gracia ha alboreado para los pobres, los cautivos y los oprimidos. Precisamente el Jesús del Evangelio de san Lucas es el salvador de estos oprimidos. El gran presente que hace Jesús es la libertad: liberación de la ceguera del cuerpo y del espíritu, liberación de la pobreza y de la servidumbre, liberación del pecado.

En tanto mora Jesús en la tierra, dura el apacible y suspirado «año de gracia del Señor». En él tenían puestos los ojos las gentes antes de Jesús, hacia él vuelve la Iglesia los ojos. Es el centro de la historia, la más grande de las grandes gestas de Dios. En el gozo y en el esplendor de este año queda sumergido lo que Isaías había dicho también sobre este año: «Para publicar el año de perdón de Yahveh y el día de la venganza de nuestro Dios». El Mesías es ante todo y por encima de todo el que imparte la salvación, y no el juez que condena.


22 Y todos se manifestaban en su favor y se maravillaban de las palabras llenas de gracia salidas de su boca, y decían: ¿Pero no es éste el hijo de José?

Jesús había crecido en gracia ante Dios y ante los hombres (Isa 2:52). Ahora se hallaba en pie ante ellos el que, venido al final del tiempo de la preparación, había sido ungido con el Espíritu y había comenzado a cumplir su misión. La gracia de Dios había llegado a su plena eclosión. Todos se manifestaban en su favor, testimoniando que sus palabras expresaban la gracia de Dios y suscitaban la gracia de los hombres. «La gracia salvadora de Dios se ha manifestado a todos los hombres» (Tit 2:11). «Dios estaba con él» (Hec 10:38). Esta es la primera impresión y la primera vivencia de quien conoce a Jesús. Así lo experimentaron Nazaret y Galilea, como lo experimentan todavía hoy los niños, los que están exentos de prejuicios o los que ansían la salvación, cuando se acercan al Evangelio de Jesús. Sin embargo, en el momento siguiente, surge el escándalo: ¿Pero no es éste el hijo de José? Lo humano de su existencia es ocasión de escándalo, su palabra, que era estimulante se hace irritante. Se acoge con aplauso el mensaje, pero se recusa al portador de la salvación contenida en el mensaje. De lo humano, en que se revela la gracia de Dios, nace la repulsa. El hombre se exaspera porque un hombre pretende que se le escuche como a enviado de Dios.

La patria de Jesús lo recusa, porque es un compatriota y no acredita su pretensión de ser salvador enviado por Dios. Mucho más escándalo suscitará su muerte. El mismo escándalo suscitan los apóstoles, la Iglesia y quienquiera que siendo hombre proclama el mensaje de Dios.


23 Entonces él les dijo: Seguramente me diréis este proverbio: Médico, cúrate a ti mismo; haz también aquí, en tu tierra, todo lo que hemos oído que hiciste en Cafarnaúm. 24 Y añadió: Os lo aseguro: Ningún profeta es bien acogido en su tierra.

Los nazarenos quieren una señal de que Jesús es el salvador prometido. Una vez más asoma la exigencia de signos. El hombre se sitúa ante Dios formulando exigencias: exige que Dios acredite la misión de su profeta en la forma que agrada al hombre. Ahora bien, ¿se ha de inclinar Dios ante el hombre? Dios da la salud, pero sólo al que se le inclina con obediencia de fe y aguarda en silencio. Dios exige la fe, el sí con que se reconozcan sus disposiciones. Pero los nazarenos no creían, no tenían fe (Mar 6:6).

Es que Jesús, según el modo de ver humano, debía acreditarse también en su patria con milagros, como los había hecho en Cafarnaum. El médico que no puede curarse a sí mismo se juega su prestigio y destruye la confianza y la fe que se había depositado en él. ¿De qué le sirve su capacidad si ni siquiera se la sabe aplicar a sí mismo? Los nazarenos desconocen a Jesús porque juzgan con criterios puramente humanos. Jesús es profeta y obra por encargo de Dios. Su modo de obrar no está pendiente de lo que exijan los nazarenos; él no emprende lo que le aprovecha personalmente, sino únicamente lo que Dios quiere que haga.

Las sugerencias de los nazarenos eran las sugerencias del tentador. Los nazarenos desconocen a Jesús porque no reconocen su misión divina.


25 Os digo de verdad: Muchas viudas había en lsrael en tiempos de Elías, cuando el cielo se cerró a la lluvia durante tres años y seis meses, de suerte que sobrevino una gran hambre por toda la región: 26 pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a Sarepta de Sidón, a una mujer viuda. 27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue curado. sino Naamán, el sirio.

El profeta no obra por propia decisión, sino conforme a la disposición de Dios que lo ha enviado. Acerca de los dos profetas Elías y Eliseo dispuso que no prestaran su ayuda maravillosa a sus paisanos, sino a gentiles extranjeros. Jesús no debe llevar a cabo los hechos salvíficos en su patria, sino que debe dirigirse a país extraño. Dios conserva su libertad en la distribución de sus bienes.

Los nazarenos no tienen el menor derecho a formular exigencias de salvación por ser compatriotas del portador de la misma y por tener parentesco con él. Israel no tiene derecho a la salvación por el hecho de que el Mesías es de su raza. La soberanía de Dios, que Jesús proclama y aporta, salva a los hombres objeto de su complacencia. La salvación es gracia. Elías1 y Eliseo hacen en favor de extranjeros los milagros de resucitar muertos y de curar de la lepra. Jesús resucitará a un muerto en Naím (Mar 7:11 ss) y librará de la lepra a un samaritano (Mar 17:12 ss). Lo que decide no son los vínculos nacionales, sino la gracia de Dios y el ansia de salvación, acompañada de fe. Jesús comienza por anunciar el mensaje de salvación a sus paisanos, pero una vez que éstos lo rechazan, se dirige a los extraños. Pablo y Bernabé dicen a los judíos: «A vosotros teníamos que dirigir primero la palabra de Dios; pero en vista de que la rechazáis y no os juzgáis dignos de la vida eterna, nos dirigimos a los gentiles» (Hec 13:46 s).

Jesús reanuda la acción de los grandes profetas. La impresión que dejó Jesús en el pueblo se expresa así: «Fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo» (24.19). Por medio de Jesús visita Dios misericordiosamente a su pueblo, como lo había hecho por medio de los profetas. Pero la suerte de los profetas es también la suerte de Jesús.


28 Cuando lo oyeron, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de indignación; 29 se levantaron y lo sacaron fuera de la ciudad, y lo llevaron hasta un precipicio de la colina sobre la que estaba edificada su ciudad, con intención de despeñarlo. 30 Pero él, pasando en medio de ellos, se fue.

El que se presenta como profeta debe acreditarse con signos y milagros (Deu 13:2 s). Jesús no se acredita. Por esto se creen los nazarenos obligados a condenarlo y a lapidarlo como a blasfemo. El castigo por blasfemia se iniciaba de esta manera: el culpable era empujado por la espalda desde una altura por el primer testigo. La entera asamblea se constituye aquí en juez de Jesús, lo condena y quiere ejecutar inmediatamente la sentencia. Se anuncia ya el fracaso de Jesús en su pueblo. Es expulsado de la comunidad de su pueblo, condenado como blasfemo y entregado a la muerte.

En este caso, sin embargo, Jesús escapa al furor de sus paisanos. No hace milagro alguno, pero nadie pone las manos sobre él. No ha llegado todavía la hora de su muerte. Dios es quien dispone de su vida y de su muerte. Ni siquiera la muerte de Jesús puede impedir que sea resucitado, que vaya al Padre, que viva y ejerza su acción para siempre. Jesús abandona definitivamente a Nazaret y emprende el camino hacia los extraños. No los paisanos, sino extraños serán los testigos de las grandes obras de Dios por Jesús. Dios puede sacar de las piedras del desierto hijos de Abraham.

Lo sucedido en Nazaret fue puesto por Lucas en cabeza de la actividad de Jesús. Es la obertura de la acción de Jesús. Se insinúan en ella numerosos motivos, que luego se registran y se desarrollan en el Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles...
(STÖGER, A., El Evangelio de San Lucas, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

(1) Según 1Re 18:1 no llegó la sequía a los tres años; de tres años y medio habla también Stg 5:17. Se redondean los números como en la literatura judía.


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Comentario Teológico: Mons. Fulton Sheen - Jesús es rechazado en Nazaret

Se comprende que el pueblo de Nazaret, que había visto crecer en medio de él a Jesús, se sorprendiera al oírle proclamarse a sí mismo el Ungido de Dios de que había hablado Isaías. Ahora se encontraban ante esta disyuntiva: o le aceptaban como el que venía a dar cumplimiento a la profecía, o se rebelaban contra Él. El privilegio de ser la cuna del tan esperado Mesías y de aquel al que el Padre celestial había proclamado en el río Jordán como su divino Hijo, era demasiado para ellos, debido a la familiaridad que tenían con Él. Preguntaron:

"¿No es éste el carpintero, el hijo de María?" (Mc 6, 3)

Creían en Dios en cierta manera, pero no en el Dios que vivía cerca de ellos, se hallaba en estrecha familiaridad con ellos y con ellos compartía su vida cotidiana. El mismo género de esnobismo que encontramos en la exclamación de Natanael: «¿Puede salir algo bueno de Nazaret ?», se convertía ahora en el prejuicio que contra Él oponían los habitantes de su pueblo natal. Cierto que era el hijo de un carpintero, pero también lo era del carpintero que hizo el cielo y la tierra. Por el hecho de que Dios hubiera asumido una naturaleza humana y sido visto en la humilde condición de un artesano de aldea, dejó de granjearse el respeto de los hombres.

Nuestro Señor «maravillóse de la incredulidad de ellos». Dos veces en los evangelios se nos dice que «se maravilló» y «se quedó atónito»: una vez a causa de la fe de un gentil; otra a causa de la incredulidad de sus propios paisanos. Debía de esperar algo más de simpatía de parte de los de su pueblo, cierta predisposición a recibirle amablemente. Su extrañeza era la medida de su dolor, al mismo tiempo que del pecado de ellos, al decirles:

"Un profeta sólo es menospreciado en su tierra, entre sus parientes, y en su casa". (Mc 6, 4)

Al fin de que comprendieran que el orgullo de ellos era equivocado, y que si no le recibían llevaría a otro lugar la salvación de que Él era portador, se colocó en la categoría de los profetas del Antiguo Testamento, quienes no habían recibido un trato mejor. Citó dos ejemplos del Antiguo Testamento. Ambos eran una predicción del rumbo que iba a tomar su evangelio, a saber, que abarcaría a los gentiles. Les dijo que había habido muchas viudas entre el pueblo de Israel en los días de Elías, cuando la gran hambre vino a señorear el país y cuando los cielos permanecieron cerrados du­rante trae años. Pero Elías no fue enviado a ninguna de tales viu­das sino a una viuda de Sarepta, en tierra de gentiles. Tomando otro ejemplo, les dijo que había habido muchos leprosos en los tiem­pos de Elías, pero que ninguno, salvo Naamán el sirio, había sido limpiado. La mención de Naamán era particularmente humillante, puesto que éste había sido incrédulo primero, pero más tarde llegó a creer. Puesto que tanto la viuda de Sarepta como Naamán el sirio eran gentiles, Jesús daba con ello a entender que los beneficios y las bendiciones del reino de Dios venían en respuesta de la fe, y no en respuesta a la raza.

Dios, vino a decirles Jesús, no tenía ninguna deuda para con los hombres. Sus mercedes serían concedidas a otro pueblo si el suyo las rechazaba. Recordó a sus paisanos que su expectación te­rrena de un reino político era lo que les impedía comprender la gran verdad de que el cielo les había visitado en la persona de Él. Su propia ciudad natal se convirtió en el escenario en donde se procla­mó la salvación no de una raza o nación, sino del mundo entero. El pueblo estaba indignado, ante todo, porque Jesús pretendía traer la liberación del pecado en su calidad del santo Ungido de Dios; en segundo lugar, a causa de la advertencia de que la salvación, que primero era de los judíos, al rechazarla éstos pasaría a los gentiles. A menudo los santos no son reconocidos por los que los rodean. Le arrojarían de entre ellos porque Él los había repudiado y había dicho que era el Cristo. La violencia que sobre Él obraron era un preludio de su cruz.

Nazaret se halla situada entre colinas. A poca distancia de ella, hacia el sudeste, hay una roca escarpada de unos veinticinco me­tros de altura que se extiende unos novecientos metros hasta los llanos de Esdrelón. Es allí donde la tradición sitúa el lugar donde intentaron despeñar a Jesús.

"Mas pasando en medio de ellos, se fue". (Lc 4, 30)

La hora de su crucifixión no había llegado, pero los minutos se estaban marcando con una violencia espantosa cada vez que pro­clamaba que era enviado por Dios y que era Dios.
(FULTON J. SHEEN, Vida de Cristo, Ed. Herder, Barcelona, 1996, pp. 230-232)



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Santos Padres: San Ambrosio - Jesús es rechazado en Nazaret


43. Jesús, impulsado por el Espíritu, se volvió a Galilea.

En este pasaje se cumple la profecía de Isaías que dice: La tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, a lo último, llenará de gloria el camino del mar y la otra ribera del Jordán, la Galilea de las gentes; el pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz (Is 9,1-2). ¿Cuál es esta gran luz, sino Cristo, "que viniendo a este mundo ilumina a todo hombre"? (Jn 1,9).

44. Después tomó el libro, para mostrar que Él es el que ha hablado en los profetas y atajar las blasfemias de los pérfidos que dicen que hay un Dios del Antiguo Testamento y otro del Nuevo, o bien que Cristo comenzó a partir de la Virgen: ¿cómo pudo tomar origen de la Virgen si antes de la Virgen hablaba El?

45. El Espíritu Santo está sobre mí.

Ve aquí la Trinidad perfecta y coeterna. La Escritura nos afirma que Jesús es Dios y hombre, perfecto en lo uno y en lo otro; también nos habla del Padre y del Espíritu Santo. Pues el Espíritu Santo nos ha sido mostrado cooperando, cuando en la apariencia corporal de una paloma descendió sobre Cristo en el momento en que el Hijo de Dios era bautizado en el río y el Padre habló desde el cielo. ¿Qué testimonio podemos encon­trar más grande que el de El mismo, que afirma haber hablado en los profetas? Él fue ungido con un óleo espiritual y una fuer­za celestial, a fin de inundar la pobreza de la naturaleza humana con el tesoro eterno de la resurrección, de eliminar la cautividad del alma, iluminar la ceguera espiritual, proclamar el año del Señor, que se extiende sobre los tiempos sin fin y no conoce las jornadas de trabajo, sino que concede a los hombres frutos y descanso continuos. Él se ha entregado a todas las tareas, incluso no ha desdeñado el oficio de lector, mientras que nosotros, impíos, contemplamos su cuerpo y rehusamos creer en su divini­dad, que se deduce de sus milagros.

46. En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.

La envidia no se traiciona medianamente: olvidada del amor entre sus compatriotas, convierte en odios crueles las causas del amor. Al mismo tiempo, ese dardo, como estas palabras, muestra que esperas en vano el bien de la misericordia celestial si no quieres los frutos de la virtud en los demás; pues Dios despre­cia a los envidiosos y aparta las maravillas de su poder a los que fustigan en los otros los beneficios divinos. Los actos del Señor en su carne son la expresión de su divinidad, y lo que es invi­sible en Él nos lo muestra por las cosas visibles (Rom 1,20).

47. No sin motivo se disculpa el Señor de no haber hecho milagros en su patria, a fin de que nadie pensase que el amor a la patria ha de ser en nosotros poco estimado: amando a todos los hombres, no podía dejar de amar a sus compatriotas; mas fueron ellos los que por su envidia renunciaron al amor de su patria. Pues el amor no es envidioso, no se infla (1 Cor 13,4). Y, sin embargo, esta patria no ha sido excluida de los beneficios divinos. ¡Qué mayor milagro que el nacimiento de Cristo en ella? Observa qué males acarrea el odio; a causa de su odio, esta patria es considerada indigna de que El, como ciudadano suyo, obrase en ella, después de haber tenido la dignidad de que el Hijo de Dios naciese en ella.

48. En verdad os digo: muchas viudas había en Israel en los días de Elías.

No se quiere decir que estos días perteneciesen a Elías, sino que en ellos Elías realizó sus obras; o mejor, que era día para aquellos que, gracias a sus obras, veían la luz de la gracia espiri­tual y se convertían al Señor. Por lo cual el cielo se abría cuando ellos veían los misterios divinos y eternos; y se cerraba cuando había hambre, porque faltaba la fertilidad del conocimiento de las cosas divinas.

49. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del pro­feta Eliseo, y ninguno de ellos fue limpiado sino el sirio Namán.

Está claro que estas palabras del Señor Salvador nos enseñan y nos exhortan a tener celo por el culto de Dios; que nadie es curado ni librado de la enfermedad que mancha su carne si no busca la salud con una actitud religiosa: pues los beneficios divinos no se otorgan a los soñolientos, sino a los que vigilan. Y con un ejemplo y una comparación bien elegida, la arrogancia de los compatriotas envidiosos queda confundida, y muestra que la conducta del Señor está de acuerdo con las antiguas Escri­turas.

Efectivamente, leemos en los libros de los Reyes que un gen­til, Namán, ha sido, según la palabra del profeta, librado de las manchas de la lepra (2 Reg 5,14); sin embargo, muchos judíos estaban corroídos por la lepra del cuerpo y del alma: pues los cuatro hombres que, acosados por el hambre, marcharon los pri­meros al campamento del rey de Siria, nos dice la historia que eran leprosos (2 Reg 7,3ss). ¿Por qué, pues, el profeta no tuvo cuidado de sus hermanos, de sus compatriotas, ni curaba a los suyos, cuando curaba a los extranjeros, a los que no practicaban la ley ni observaban su religión? ¿No es, acaso, porque el remedio depende de la voluntad, no de la nación, y que el beneficio divino se consigue por los deseos del mismo y no por el derecho de nacimiento? Aprende a implorar lo que deseas obte­ner; el fruto de los beneficios divinos no sigue a las gentes indiferentes.

50. Mas, aunque esta simple exposición pueda formar dispo­siciones morales, sin embargo, el atractivo del misterio no está oculto. Del mismo modo que lo posterior se deriva de lo que precede, así también lo que precede está confirmado por lo que sigue. Hemos dicho en otro libro que esta viuda a la que Elías fue enviado prefiguraba la Iglesia. Conviene que el pueblo venga detrás de la Iglesia. Este pueblo congregado entre los extranje­ros, este pueblo antes leproso, este pueblo manchado antes de ser bautizado en el río místico, este mismo pueblo, lavado de las manchas del cuerpo y del alma, después del sacramento del bautismo, comienza a ser no más lepra, sino virgen inmaculada y sin arruga (Eph 5,25). Con razón, pues, se describe a Namán grande a los ojos de su señor y de aspecto admirable porque en él nos mostraba la figura de la salvación que había de venir para los gentiles. Los consejos de una santa esclava que, después de la derrota de su país, había caído en poder del enemigo, le han movido a esperar de un profeta su salud; no fue curado por la orden de un rey de la tierra, sino por una liberalidad de la mise­ricordia de Dios.

51. ¿Por qué se le ha prescrito un número misterioso de inmersiones? ¿Por qué ha sido escogido el río Jordán? ¿Es que no son mejores que el Jordán los ríos de Damasco; el Abana y el Parpar? Herido en su amor propio prefirió esos ríos; mas reflexionando, escogió el Jordán; ignora la ira el misterio; lo conoce, sin embargo, la fe. Aprende el beneficio del bautismo salvador: el que se bañó leproso, salió fiel. Reconoce la figura de los misterios espirituales: se pide la curación del cuerpo y se obtiene la del alma. Al lavarse el cuerpo, se lava el corazón. Pues veo que la lepra del cuerpo no ha sido purificada más que la del alma, ya que después de este bautismo, purificado de la mancha de su antiguo error, se niega a ofrecer a los dioses extranjeros las víctimas que había ofrecido al Señor.

52. Aprende también las normas de la virtud correspondien­te: ha mostrado su fe el que ha rehusado la recompensa. Aprende en el magisterio de las palabras y de los hechos lo que has de imitar. Tienes el precepto del Señor y el ejemplo del profeta: recibir gratuitamente, dar gratuitamente (Mt 10,8), no vender tu ministerio, sino ofrecerlo; la gracia de Dios no debe ser tasada con precio ni, en los sacramentos, ha de enriquecerse el sacerdote, sino servir.

53. Sin embargo, no basta que no busques el lucro: has de atar aun las manos de tus familiares. No sólo se pide que te conserves casto y sin tacha; pues el Apóstol no dice: "Tú sólo'', sino que tú mismo te conserves casto (1 Tim 5,22). Luego se pide que no sólo tú seas íntegro con respecto a estos tráficos, sino también toda tu casa; pues es preciso que el sacerdote sea irre­prensible, que sepa gobernar bien su propia casa, que tenga los hijos en sujeción, con toda honestidad; pues quien no sabe go­bernar su casa, ¿cómo tendrá cuidado de la Iglesia? (1 Tim 3, 2.5) Instruye a tu familia, exhórtala, cuida de ella, y, si algún servidor te engaña —no excluyo que esto sea posible al hombre—y es sorprendido, despídelo a ejemplo del profeta. La lepra sigue rápidamente al salario afrentoso, y el dinero mal adquirido man­cha el cuerpo y el alma: Has recibido, dice, dinero y poseerás campos, viñas, olivares y ganados; y la lepra de Namán te afec­tará a ti y a tu posteridad para siempre. Ve cómo el acto del padre hace condenar en seguida a sus herederos; pues se trata de una culpa inexpiable vender los misterios, y la gracia celes­tial hace pasar su venganza a sus descendientes. De este modo los mohabitas y demás no entrarán hasta la tercera y cuarta gene­ración (Deut 23,3), es decir, por limitarme a una simple inter­pretación, hasta que la falta de los antepasados no sea expiada por sucesivas generaciones.

54. Más los que han pecado para con Dios con el error de la idolatría son castigados, como lo vemos, hasta la cuarta generación; bien dura parece seguramente la sentencia que la autoridad del profeta ha fulminado para siempre contra la posteridad de Giezi a causa de su codicia, sobre todo cuando nues­tro Señor Jesucristo ha otorgado a todos, por la regeneración bautismal, el perdón de los pecados; a no ser que se piense, más que en la descendencia de la raza, en la de los vicios: del mismo modo que los que son hijos de la promesa son contados como de buena raza, así también habría de considerarse de mala raza los que son hijos del error. Pues los judíos tienen por padre al diablo (Jn 8,44), del cual son ellos descendientes, no por la carne, sino por sus pecados. Luego todos los codiciosos, todos los avaros, poseen la lepra de Giezi con sus riquezas y, por el bien mal adquirido, han acumulado menos un patrimonio de riquezas que un tesoro de pecados para un suplicio eterno y un corto bien­estar. Pues, mientras las riquezas son perecederas, el castigo es sin fin, ya que ni los avaros, ni los borrachos, ni los idólatras poseerán el reino de Dios (1 Cor 6,9-10).

55. Al oír esto se llenaron de cólera cuantos estaban en la sinagoga, y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad.

Los sacrilegios de los judíos, que mucho antes había predicho el Señor por los profetas —y lo que en un verso del salmo in­dica que había de sufrir cuando estuviese en su cuerpo, al decir: Me devolvían mal por el bien (Ps 34,12)—, en el Evangelio nos muestra su cumplimiento. Efectivamente, cuando distribuía sus beneficios entre los pueblos, ellos lo llenaban de injurias. No es sorprendente que, habiendo perdido ellos la salvación, quisieran desterrar de su territorio al Salvador. El Señor se modera sobre su conducta: Él ha enseñado con su ejemplo a los apóstoles cómo hacerse todo a todos: no desecha a los de buena voluntad ni coacciona a los recalcitrantes; no resiste cuando se le expulsa ni está ausente de quien le invoca. Así en otro lugar, a los gera­senos, no pudiendo soportar sus milagros, los deja como enfer­mos e ingratos.

56. Entiende al mismo tiempo que su pasión en su cuerpo no ha sido obligada, sino voluntaria; no ha sido apresado por los judíos, sino que Él se ha ofrecido. Cuando quiere, es arrestado; cuando quiere, cae; cuando quiere, es crucificado; cuando quie­re, nadie le retiene. En esta ocasión subió a la cima de la mon­taña para ser precipitado; pero descendió en medio de ellos, cambiando repentinamente y quedando estupefactos aquellos espíritus furiosos, pues no había llegado aún la hora de su pasión. Él quería mejor salvar a los judíos que perderlos, a fin de que el resultado ineficaz de su furor los hiciese renunciar a querer lo que no podían realizar. Observa, pues, que aquí obra por su divinidad y allí se entrega voluntariamente; ¿cómo, en efecto, pudo ser arrestado por un puñado de hombres si antes no pudo hacerlo una multitud? Pero no quiso que el sacrilegio fuese obra de muchos, para que el odio de la cruz recayese sobre algunos: fue crucificado por unos cuantos, pero murió por todo el mundo.
(SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (1) nn. 43-56, BAC, Madrid, 1966, pp. 210-218)


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Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - Jesús es rechazado en su patria


En la primera lectura, Jeremías señala el origen divino de su vocación profética. En efecto, el Señor le había dicho: "Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes que salieras del seno, yo te había consagrado, te había constituido profeta para las naciones". El llamado es de Dios, nadie puede atribuír­selo a sí mismo. Jeremías, que era sólo un muchacho cuando fue llamado, no se consideró digno; pero el Señor lo animó dicién­dole que estaría siempre con él. Le pediría que se levantase, se ciñese la cintura, y fuese a predicar lo que Él le ordenara. No le sería fácil, por cierto, la tarea, ya que tendría que enfrentarse a sacerdotes, reyes y príncipes, pero el Señor lo haría "una plaza fuerte, una columna de hierro, una muralla de bronce, frente a todo el país". Tendría, eso sí, que poner toda su confianza en Dios: "Combatirán contra ti, pero no te derrotarán, porque yo estoy contigo para librarte".

Este profeta fue de alma muy tierna, y le tocó sufrir la de­portación del pueblo judío que el rey Nabucodonosor decretó luego de invadir Jerusalén. De por sí, su corazón se inclinaba ins­tintivamente hacia la paz, pero siempre tuvo que estar en pie de batalla contra reyes incapaces, falsos profetas, y sacerdotes sin celo. La experiencia del fracaso exterior lo condujo, siempre bajo la guía de Dios, a insistir en la necesidad de la religión interior que más allá de todas las reglamentaciones, debe brotar desde adentro. Por eso, aunque fracasó en vida suya, dejó sin embargo un gran legado, la doctrina de la Alianza nueva, fundada en la religión del corazón.


Signo de contradicción
Lo que le sucedió a Jeremías no carece de relación con lo que le acontecería a Cristo. El domingo pasado vimos cómo el Señor hizo suyo aquel pasaje de Isaías referido al Mesías. El evangelio de hoy continúa aquel texto, relatando lo que luego acaeció.

Ya el anciano Simeón le había profetizado a sus padres que sería signo de contradicción. Pues bien, llegó el momento de las primeras confrontaciones. Y, paradojalmente, tuvieron lugar en el propio ámbito donde había vivido tantos años, en Nazaret. No faltaron los beneficios de Dios para este pueblo. Sujeto como estaba a sus padres, sus conciudadanos lo habían visto frecuen­temente por las calles, conociéndolo como el hijo de José, el carpintero.

Todo ello implica una cierta predilección en favor de Nazaret por parte de Dios. Allí, entre ellos, estuvo el Dueño del cielo y de la tierra. Allí, entre ellos, el mismo Dios se paseaba, hablaba y trabajaba...; y ahora, en un gesto de caridad para con sus compatriotas, se determina a anunciarles el advenimiento del Reino. Sabía el Señor que encontraría resistencia, como lo manifestó al decirles: "Os aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra". El hecho es que entre los presentes en la Sinagoga se levantó un murmullo de desaprobación. El Mesías esperado debía ser poderoso, quizás un gran Rey, según los prejuicios de ellos. Pero resulta que el que se arroga ese título no es sino "el hijo de José". Probablemente las inteligencias de los que escuchaban predicar al Señor en el templo, por un momento se llenaron de luz, ya que se trataba de un lenguaje nunca oído, además de que todo lo que decía era perfectamente coherente. Pero esa luz que pugnaba por penetrar en los corazones, se encontró con las manos libres que cerraban puertas y ventanas para permanecer en la oscuridad. Y no sólo sus inteligencias habrán experimentado el fulgor pasajero de aquella luz, sino también sus voluntades habrán sentido el ardor de la verdad. Cuando Jesús habla, todos los corazones tienden a expandirse, a dilatarse, rompiendo así los muros de las durezas que los encajonan. Pero también esto fue extinguido por aquellos desgraciados circunstantes. No querían un corazón de carne. Preferían su viejo corazón de piedra.

Puja la luz por iluminar. Se niegan las tinieblas a recibirla. ¿Habrían aceptado, por acaso, que era el Mesías, si hubiese hecho un milagro? Pero el Señor no lo realizaría, porque no encontró corazones dispuestos y deseosos de conocer la verdad. ¿Quién era la Verdad, sino Él? Rechazarán, pues, a Cristo como el Mesías verdadero. Sólo lo considerarán hijo de un carpintero. Lo que en definitiva rechazaron fue su divinidad, haciendo de Jesús un hombre más de su pueblo. Si no era Dios, era mero hombre, y si era nada más que un hombre, su opinión resultaba una opinión más entre tantas otras. Y si era una opinión más ¿por qué insistía en su mesianismo? Después lo acusarían precisamente de soberbio, para que fuese entregado al suplicio de la muerte, todo porque pretendía ser y declararse Dios.

No por ello Jesús cambia de actitud, antes para demostrarles a quienes estaban en aquella sinagoga que el hombre no puede dictar leyes a Dios y que Dios es libre de distribuir sus dones a quienes quiere y como quiere, les puso dos ejemplos bíblicos: el de la viuda de Sarepta, y el del leproso Naamán, curado por Eliseo, ambos extranjeros. Jesús deseaba hacerles comprender que vino a traer la salvación no a una ciudad o a un solo pueblo sino a todos los hombres. Su misericordia no estaba ligada a un pueblo, a una raza o a méritos personales, sino que Él la ejercitaba como quería. Pero cerradas las ventanas a la luz, ofuscados en sus razonamientos, "se enfurecieron y, levantándose, lo em­pujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba una ciudad, con intención de despeñarlo".

Repudio a la gracia
Dios quiere que todos los hombres se salven. Así lo ha dicho su propio Hijo, y lo ha probado al estirar sus brazos en la Cruz en un gesto simbólico, como queriendo abrazar todo lo creado. Dios concede las gracias suficientes a todos los hombres para que se salven, pero con frecuencia el corazón se obstina, negándose a recibir la luz salvadora. Desgraciadamente, hoy como ayer, se desprecian los dones salvadores de Dios. ¿Cuántos son los que valoran como corresponde la importancia de la gracia santificante? ¡Cuánta indiferencia respecto de Jesucristo, de su verdad, cuánto odio a sus leyes!

Pueden haber distintos motivos por los cuales se rechaza la gracia de Dios. En primer lugar, la ignorancia. Muchos no conocen todavía los beneficios de la redención. Se oponen a la gracia no en cuanto tal, porque ni siquiera saben que existe. Habrá que predicarles. Otros, que sí saben de su existencia, la rechazan por fragilidad. No ignoran su importancia, pero anega­dos en las cosas temporales, dejan que las espinas sofoquen la planta de la fe. Son aquellos que, conscientes de lo que hacen, prefieren las frivolidades de este mundo, ofendiendo a Dios; con frecuencia tratan de excusarse, generando un clima de incons­ciencia sobre lo terrible del pecado. Otros, y ésta es la peor actitud, rechazan la gracia por rebeldía, en franca oposición a Dios. Son los que llegan a odiar la verdad, los que, por envidia, trabajan para entregar al justo y también la justicia.

En definitiva, todos los que no aceptan la verdad de Jesucristo y proyectan fundar la ciudad inmanente, son los que en línea directa descienden de aquellos contemporáneos del Señor, que pretendieron desbarrancar a Cristo, y con Él, a la verdad. Hoy también se quiere deportar la verdad del ámbito temporal. Deportarla del Estado, de las leyes, de las Universidades y Colegios, de las instituciones civiles, deportarla del arte, de la ciencia, y hasta de los individuos y familias. La ciudad que se construye de esta manera es la "Babilonia pagana". A Jeremías le tocó antaño padecer con su pueblo la deportación a Babilonia. Hoy el hombre quiere estar en Babilonia, permanecer en ella, deportando y desbarrancando a Cristo. Hoy anhela construir esta ciudad terrena, inmanente, renunciando a la "Piedra", la única piedra fundacional de toda sociedad bien constituida.

Por eso, como Jeremías, y como Cristo, hemos de contribuir a la obra redentora, anunciando la Buena Nueva a los individuos y a las sociedades. Sabemos que esto nos puede costar la incomprensión, la persecución y hasta la muerte. El Señor nos dice, como le dijo a Jeremías: "No te derrotarán, porque yo estoy contigo para librarte".

Si la apostasía gana el sitial del mundo, de las ciudades y de los individuos, en la medida en que conquista terreno, en esa misma medida crece la posibilidad de la persecución. Cuando un cristiano vive en gracia, amando la verdad de Jesucristo, no es un mal síntoma que sea rechazado en su medio. El auténtico cristiano podrá ser incomprendido en su familia, para quienes será signo de contradicción; podrá ser incomprendido en el trabajo, donde cada vez se hace más arduo dar testimonio; podrá ser incomprendido hasta en la misma Iglesia, no por ella misma, sino porque hasta en su campo puede esconderse la cizaña. En definitiva, si el Señor fue signo de contradicción, y padeció persecución, no menos le espera a aquellos que quieren serle realmente fieles.

Pidámosle a María Santísima, a Ella que como nadie conoció la saña del enemigo luciferino contra el Señor, el Cordero Inocente, que nos mueva a aceptar la luz de la gracia; que ate nuestra libertad, si algún día se opone a esa luz, aferrándose a las tinieblas. Pidámosle, por sobre todas las cosas, que nos alcance de su Hijo la gracia inmensa de la perseverancia hasta el último día, aunque tengamos que sufrir por su causa, apoyados en sus palabras de aliento: "Bienaventurados seréis cuando os inju­rien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra re­compensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros".
(ALFREDO SÁENZ, SJ, Palabra y Vida Homilías dominicales y Festivas, Ciclo C, Ed. Gladius, Buenos Aires, 1994, pp. 81-86)


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Aplicación I: San Juan Pablo II - La participación de María en la vida pública de Jesús

1. El concilio Vaticano II, después de recordar la intervención de María en las bodas de Caná, subraya su participación en la vida pública de Jesús: «Durante la predicación de su Hijo, acogió las palabras con las que éste situaba el Reino por encima de las consideraciones y de los lazos de la carne y de la sangre, y proclamaba felices (cf. Mc 3,35 par.; Lc 11,27-28) a los que escuchaban y guardaban la palabra de Dios, como ella lo hacía fielmente (cf. Lc 2,19.51)» (Lumen gentium, 58).

El inicio de la misión de Jesús marcó también su separación de la Madre, la cual no siempre siguió al Hijo durante su peregrinación por los caminos de Palestina. Jesús eligió deliberadamente la separación de su Madre y de los afectos familiares, como lo demuestran las condiciones que pone a sus discípulos para seguirlo y para dedicarse al anuncio del reino de Dios.

No obstante, María escuchó a veces la predicación de su Hijo. Se puede suponer que estaba presente en la sinagoga de Nazaret cuando Jesús, después de leer la profecía de Isaías, comentó ese texto aplicándose a sí mismo su contenido (cf. Lc 4,18-30). ¡Cuánto debe de haber sufrido en esa ocasión, después de haber compartido el asombro general ante las «palabras llenas de gracia que salían de su boca» (Lc 4,22), al constatar la dura hostilidad de sus conciudadanos, que arrojaron a Jesús de la sinagoga e incluso intentaron matarlo! Las palabras del evangelista Lucas ponen de manifiesto el dramatismo de ese momento: «Levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó» (Lc 4,29-30).

María, después de ese acontecimiento, intuyendo que vendrían más pruebas, confirmó y ahondó su total adhesión a la voluntad del Padre, ofreciéndole su sufrimiento de madre y su soledad.

2. De acuerdo con lo que refieren los evangelios, es posible que María escuchara a su Hijo también en otras circunstancias. Ante todo en Cafarnaúm, adonde Jesús se dirigió después de las bodas de Caná, «con su madre y sus hermanos y sus discípulos» (Jn 2,12). Además, es probable que lo haya seguido también, con ocasión de la Pascua, a Jerusalén, al templo, que Jesús define como casa de su Padre, cuyo celo lo devoraba (cf. Jn 2,16-17). Ella se encuentra asimismo entre la multitud cuando, sin lograr acercarse a Jesús, escucha que él responde a quien le anuncia la presencia suya y de sus parientes: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8,21).

Con esas palabras, Cristo, aun relativizando los vínculos familiares, hace un gran elogio de su Madre, al afirmar un vínculo mucho más elevado con ella. En efecto, María, poniéndose a la escucha de su Hijo, acoge todas sus palabras y las cumple fielmente.

Se puede pensar que María, aun sin seguir a Jesús en su camino misionero, se mantenía informada del desarrollo de la actividad apostólica de su Hijo, recogiendo con amor y emoción las noticias sobre su predicación de labios de quienes se habían encontrado con él.

La separación no significaba lejanía del corazón, de la misma manera que no impedía a la madre seguir espiritualmente a su Hijo, conservando y meditando su enseñanza, como ya había hecho en la vida oculta de Nazaret. En efecto, su fe le permitía captar el significado de las palabras de Jesús antes y mejor que sus discípulos, los cuales a menudo no comprendían sus enseñanzas y especialmente las referencias a la futura pasión (cf. Mt 16,21-23; Mc 9,32; Lc 9,45).

3. María, siguiendo de lejos las actividades de su Hijo, participa en su drama de sentirse rechazado por una parte del pueblo elegido. Ese rechazo, que se manifestó ya desde su visita a Nazaret, se hace cada vez más patente en las palabras y en las actitudes de los jefes del pueblo.

De este modo, sin duda habrán llegado a conocimiento de la Virgen críticas, insultos y amenazas dirigidas a Jesús. Incluso en Nazaret se habrá sentido herida muchas veces por la incredulidad de parientes y conocidos, que intentaban instrumentalizar a Jesús (cf. Jn 7,2-5) o interrumpir su misión (cf. Mc 3,21).

A través de estos sufrimientos, soportados con gran dignidad y de forma oculta, María comparte el itinerario de su Hijo «hacia Jerusalén» (Lc 9,51) y, cada vez más unida a él en la fe, en la esperanza y en el amor, coopera en la salvación.

4. La Virgen se convierte así en modelo para quienes acogen la palabra de Cristo. Ella, creyendo ya desde la Anunciación en el mensaje divino y acogiendo plenamente a la Persona de su Hijo, nos enseña a ponernos con confianza a la escucha del Salvador, para descubrir en él la Palabra divina que transforma y renueva nuestra vida. Asimismo, su experiencia nos estimula a aceptar las pruebas y los sufrimientos que nos vienen por la fidelidad a Cristo, teniendo la mirada fija en la felicidad que ha prometido Jesús a quienes escuchan y cumplen su palabra.
(JUAN PABLO II, Catequesis, La participación de María en la vida pública de Jesús 12-III-97, L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 14-III-97)


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Aplicación II:  San Juan Pablo II - La contradicción

Ciertamente el mensaje de Jesús está destinado a “plantear problema” en la vida de cada uno de los seres humanos. Nos lo recuerdan también las lecturas de la liturgia de hoy, y sobre todo el texto del Evangelio de Lucas, que acabamos de oír. El nos induce a volver una vez más con el pensamiento (...) al momento de la Presentación de Jesús en el templo, que tuvo lugar a los 40 días de su nacimiento, el anciano Simeón pronunció sobre el Niño las siguientes palabras: “Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción” (Lc 2:34).

Hoy somos testigos de la contradicción que Cristo encontró al comienzo mismo de su misión -en su Nazaret-. Efectivamente: cuando, basándose en las palabras del profeta Isaías, leídas en la sinagoga de Nazaret, Jesús hace entender a sus paisanos que la predicción se refería precisamente a Él, esto es, que Él era el anunciado Mesías de Dios (el Ungido en la potencia del Espíritu Santo), surgió primero el estupor, luego la incredulidad y finalmente los oyentes “se llenaron de cólera” (Lc 4,28), y se pusieron de acuerdo en la decisión de tirarlo desde el monte sobre el que estaba construida la ciudad de Nazaret... “Pero Él, atravesando por medio de ellos, se fue” (Lc 4,30).

Y he aquí que la liturgia de hoy -sobre el fondo de este acontecimiento- nos hace oír en la primera lectura la voz lejana del profeta Jeremías: “Ellos te combatirán, pero no te podrán, porque yo estaré contigo para protegerte” (Jer 1,19).

Jesús es el profeta del amor, de ese amor que San Pablo confiesa y anuncia en palabras tan sencillas y a la vez tan profundas del pasaje tomado de la Carta a los Corintios. Para conocer qué es el amor verdadero, cuáles son sus características y cualidades, es necesario mirar a Jesús, a su vida y a su conducta. Jamás las palabras dirán tan bien la realidad del amor como lo hace su modelo vivo. Incluso palabras, tan perfectas en su sencillez, como la primera Carta a los Corintios, son sólo la imagen de esta realidad: esto es, de esa realidad cuyo modelo más completo encontramos en la vida y en el comportamiento de Jesucristo.

No han faltado ni faltan, en la sucesión de las generaciones, hombres y mujeres que han imitado eficazmente este modelo perfectísimo. Todos estamos llamados a hacer lo mismo. Jesús ha venido sobre todo para enseñarnos el amor. El amor constituye el contenido del mandamiento mejor que nos ha dejado. Si aprendemos a cumplirlo, obtendremos nuestra finalidad: la vida eterna. Efectivamente, el amor, como enseña el Apóstol “no pasa jamás” (1 Cor 13,8). Mientras otros carismas e incluso las virtudes esenciales en la vida del cristiano acaban junto con la vida terrena y pasan de este modo, el amor no pasa, no tiene nunca fin. Constituye precisamente el fundamento esencial y el contenido de la vida eterna. Y por esto lo más grande “es la caridad” (1 Cor 13,13).

Esta gran verdad sobre el amor, mediante la cual llevamos en nosotros la verdadera levadura de la vida eterna en la unión con Dios, debemos asociarla profundamente a la segunda verdad de la liturgia de hoy: el amor se adquiere en la fatiga espiritual. El amor crece en nosotros y se desarrolla también entre las contradicciones, entre las resistencias que se le oponen desde el interior de cada uno de nosotros, y a la vez “desde fuera”, esto es, entre las múltiples fuerzas que le son extrañas e incluso hostiles.

Por esto San Pablo escribe que “la caridad es paciente”. ¿Acaso no encuentra en nosotros muy frecuentemente la resistencia de nuestra impaciencia, e incluso simplemente de la inadvertencia? Para amar es necesario saber “ver” al “otro”, es necesario saber “tenerle en cuenta”. A veces es necesario “soportarlo”. Si sólo nos vemos a nosotros mismos, y el “otro” “no existe” para nosotros, estamos lejos de la lección del amor que Cristo nos ha dado.

“La caridad es benigna”, leemos a continuación: no sólo sabe “ver” al “otro”, sino que se abre a él, lo busca, va a su encuentro. El amor da con generosidad y precisamente esto quiere decir: “es benigno” (a ejemplo del amor de Dios mismo, que se expresa en la gracia). Y cuán frecuentemente, sin embargo, nos cerramos en el caparazón de nuestro “yo”, no sabemos, no queremos, no tratamos de abrirnos al “otro”, de darle algo de nuestro propio “yo”, sobrepasando los límites de nuestro egocentrismo o quizá del egoísmo, y esforzándonos para convertirnos en hombre, mujer, “para los demás”, a ejemplo de Cristo.

Y así también, después, volviendo a leer la lección de San Pablo sobre el amor y meditando el significado de cada una de las palabras de las que se ha servido el Apóstol para describir las características de este amor, tocamos los puntos más importantes de nuestra vida y de nuestra convivencia con los otros. Tocamos no sólo los problemas familiares o personales, es decir, los que tienen importancia en nuestro pequeño círculo de relaciones interpersonales, sino que tocamos también los problemas sociales de actualidad primaria.

¿Acaso no constituyen ya los tiempos en que vivimos una lección peligrosa de lo que puede llegar a ser la sociedad y la humanidad, cuando la verdad evangélica sobre el amor se la considera superada?, ¿cuando se la margina del modo de ver el mundo y la vida, de la ideología?, ¿cuando se la excluye de la educación, de los medios de comunicación social, de la cultura, de la política?

Los tiempos en que vivimos, ¿no se han convertido ya en una lección suficientemente amenazadora de lo que prepara ese programa social?

Y esta lección, ¿no podrá resultar más amenazadora todavía con el pasar el tiempo?

A este propósito, ¿no son ya bastante elocuentes los actos de terrorismo que se repiten continuamente, y la creciente tensión bélica del mundo? Cada uno de los hombres -y toda la humanidad- vive “entre” el amor y el odio. Si no acepta el amor, el odio encontrará fácilmente acceso a su corazón y comenzará a invadirlo cada vez más, trayendo frutos siempre más venenosos.

De la lección paulina que acabamos de escuchar es necesario deducir lógicamente que el amor es exigente. Exige de nosotros el esfuerzo, exige un programa de trabajo sobre nosotros mismos, así como, en la dimensión social, exige una educación adecuada, y programas aptos de vida cívica e internacional.

El amor es exigente. Es difícil. Es atrayente, ciertamente, pero también es difícil. Y por eso encuentra resistencia en el hombre. Y esta resistencia aumenta cuando desde fuera actúan también programas en los que está presente el principio del odio y de la violencia destructora. Cristo, cuya misión mesiánica, encuentra desde el primer momento la contradicción de los propios paisanos en Nazaret, vuelve a afirmar la veracidad de las palabras que pronunció sobre Él el anciano Simeón el día de la Presentación en el templo: “Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para signo de contradicción” (Lc. 2,34).

Estas palabras acompañan a Cristo por todos los caminos de su experiencia humana, hasta la cruz.

Esta verdad sobre Cristo es también la verdad sobre el amor. También el amor encuentra la resistencia, la contradicción. En nosotros, y fuera de nosotros. Pero esto no debe desalentarnos. El verdadero amor -como enseña San Pablo- todo lo “excusa” y “todo lo tolera” (1 Cor 13,7).
(Homilía en la Parroquia de la Ascensión, 3 de febrero de1980)

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Aplicación: Benedicto XVI - El himno de la caridad


Queridos hermanos y hermanas:
En la liturgia de este domingo se lee una de las páginas más hermosas del Nuevo Testamento y de toda la Biblia: el llamado "himno a la caridad" del apóstol san Pablo (1 Co 12, 31-13, 13). En su primera carta a los Corintios, después de explicar con la imagen del cuerpo, que los diferentes dones del Espíritu Santo contribuyen al bien de la única Iglesia, san Pablo muestra el "camino" de la perfección. Este camino —dice— no consiste en tener cualidades excepcionales: hablar lenguas nuevas, conocer todos los misterios, tener una fe prodigiosa o realizar gestos heroicos. Consiste, por el contrario, en la caridad (agape), es decir, en el amor
auténtico, el que Dios nos reveló en Jesucristo. La caridad es el don "mayor", que da valor a todos los demás, y sin embargo "no es jactanciosa, no se engríe"; más aún, "se alegra con la verdad" y con el bien ajeno. Quien ama verdaderamente "no busca su propio interés", "no toma en cuenta el mal recibido", "todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (cf. 1 Co 13, 4-7). Al final, cuando nos encontremos cara a cara con Dios, todos los demás dones desaparecerán; el único que permanecerá para siempre será la caridad, porque Dios es amor y nosotros seremos semejantes a él, en comunión perfecta con él.

Por ahora, mientras estamos en este mundo, la caridad es el distintivo del cristiano. Es la síntesis de toda su vida: de lo que cree y de lo que hace. Por eso, al inicio de mi pontificado, quise dedicar mi primera encíclica precisamente al tema del amor: Deus caritas est. Como recordaréis, esta encíclica tiene dos partes, que corresponden a los dos aspectos de la caridad: su significado, y luego su aplicación práctica. El amor es la esencia de Dios mismo, es el sentido de la creación y de la historia, es la luz que da bondad y belleza a la existencia de cada hombre. Al mismo tiempo, el amor es, por decir así, el "estilo" de Dios y del creyente; es el comportamiento de quien, respondiendo al amor de Dios, plantea su propia vida como don de sí mismo a Dios y al prójimo. En Jesucristo estos dos aspectos forman una unidad perfecta: él es el Amor encarnado. Este Amor se nos reveló plenamente en Cristo crucificado. Al contemplarlo, podemos confesar con el apóstol san Juan: "Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él" (cf. 1 Jn 4, 16; Deus caritas est, 1).

Queridos amigos, si pensamos en los santos, reconocemos la variedad de sus dones espirituales y también de sus caracteres humanos. Pero la vida de cada uno de ellos es un himno a la caridad, un canto vivo al amor de Dios. Hoy, 31 de enero, recordamos en particular a san Juan Bosco, fundador de la familia salesiana y patrono de los jóvenes. En este Año sacerdotal, quiero invocar su intercesión para que los sacerdotes sean siempre educadores y padres de los jóvenes; y para que, experimentando esta caridad pastoral, muchos jóvenes acojan la llamada a dar su vida por Cristo y por el Evangelio. Que María Auxiliadora, modelo de caridad, nos obtenga estas gracias.
(Ángelus Plaza de San Pedro, Domingo 31 de enero de 2010)


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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - La incredulidad

Este suceso ocurre en la sinagoga de Nazaret. Jesús fue según su costumbre el día sábado. Leyó un pasaje del profeta Isaías y se lo aplicó a sí mismo.

Les dijo: seguro me diréis el proverbio "médico cúrate a ti mismo"...los milagros que has hecho en Cafarnaúm hazlos también aquí en tu pueblo...para que creamos en Ti.

Cristo podría haberles dicho: crean en Mí para que pueda hacer milagros porque "ningún profeta es bien recibido en su patria".

Es un anticipo de lo que luego iba a ocurrir en la cruz: a otros ha curado, que se cure a sí mismo... Cristo baja de la cruz y creeremos en Ti y Cristo les hubiera respondido: crean en Mí y bajaré de la cruz. Cristo no se curó a sí mismo en la cruz siguiendo el parecer humano que le proponían los judíos sino que según el querer divino Cristo se curó a sí mismo en la resurrección.
Para aprovecharse de los milagros de un hombre de Dios, primero hay que creer en él.

Mateo y Marcos ponen la razón última por la que Cristo no hizo allí muchos milagros: "la incredulidad", es decir, la falta de fe.

De ella surge la expresión de Jesús "ningún profeta es bien recibido en su patria" que parece ser la razón paradójica que les da Jesús a los nazarenos según Lucas.

La incredulidad lleva necesariamente a una visión humana de las cosas (visión mundana, podríamos decir) que es una de las modalidades del "fermento farisaico".

También aquí aparecen otras "modalidades" del fermento farisaico: el nacionalismo excluyente. Los judíos se creían salvados por ser judíos y Cristo les da dos ejemplos de predilección de Dios por los gentiles: la viuda de Sarepta y Naamán el Sirio... ¡Cómo les dolió! En el pasaje incluso aparece una apropiación del Mesías regionalista: si eres de aquí (de Nazaret) has milagros aquí y Cristo les responde: no hago milagros porque soy de aquí.

Otras de las modalidades del fariseísmo es una concepción cabalística del Mesías. Un Mesías espectacular, teatrero, fantástico, milagrero, actor de cine, ganador, canchero y para nutrir esa concepción le piden que haga milagros...como en Cafarnaúm. Es una de las tentaciones que le había puesto el diablo en el desierto: tírate del pináculo del templo y vuela para que todos te aplaudan y se te sometan y Cristo con la escritura había rechazado la tentación del diablo argumentando que Él venía a hacer la voluntad de Dios en cuanto al fin y los medios propuestos por su Padre "no tentarás al Señor tu Dios" (Lc 4,12).

Cristo respeta los fines. ¿Para qué son los signos? Para que crean en el Mesías. Cristo no buscaba como fin su fama sino el bien de los hombres. Si hacía milagros (para aquellos hombres) alimentaba una concepción errada del Mesías y su fe disminuía en vez de acrecentarse. Por lo tanto no hizo, por el bien de sus paisanos, ningún milagro.

Además Cristo quería ser Médico de las almas y ellos querían milagros materiales, por eso igual que cuando lo quisieron proclamar rey Cristo se va.

Y finalmente, otra modalidad del fariseísmo (que tiene múltiples facetas) es la envidia. Reconocen la excelsitud de su doctrina y se admiran (v. 22). Y ante la admiración en vez de reaccionar bien: respondiendo con el acto de fe "creo que eres el Mesías" reaccionan mal, se escandalizan: no es este nuestro vecino. Está loco (meschúgge) y nos ha despreciado, se le subieron los humos a la cabeza... hay que lincharlo... hay que eliminarlo. Esto que acontecía en germen en este primer atentado terminaría con su muerte en el Calvario.

Cuentan los que han ido a Jerusalén que en Nazaret se levanta una capilla en honor de la "Virgen del espanto" porque cuenta la tradición que desde allí la Virgen presencio como querían desbarrancar a su Hijo y se llenó de miedo. Se abrió una gran roca que la ocultó de la masa embravecida que volvía del barranco.


* * *


Nos molesta que nos digan la verdad.
Nos enojamos, muchas veces, cuando nos dicen una verdad sobre nuestros defectos.

Jesús les dice la verdad: recurre primero a un refrán popular, sacado de casos veraces, “ningún profeta es bien recibido en su patria” y lo dice enfatizando la verdad del refrán “en verdad os digo…”

Y luego da dos ejemplos de la verdad que ha dicho y la trasmite en forma de sentencia “ningún profeta…”

Los dos ejemplos también los enfatiza “os digo de verdad…” y pone el milagro y la ayuda que hizo Elías a una viuda extranjera de Sarepta y el milagro de Eliseo al sirio Naamán. No ayudó Elías a ninguna viuda israelita ni limpió Eliseo a ningún leproso de Israel.

En Cafarnaúm tampoco podía hacer milagros por su incredulidad y esa era la verdad. Mateo va a decir “no hizo allí milagros, a causa de su falta de fe”.
Jesús les estaba diciendo claramente que no tenían fe en Él y por eso no iba a hacer milagros.

Y cuando nos dicen una verdad nos duele y ¡vaya si nos duele! Porque todos nos creemos muy buenitos y muy perfectos. Me refiero a las verdades de nuestros defectos…

Pero podemos reaccionar mal como reaccionaron los nazarenos y el grado de reacción, creo yo, está de acuerdo al amor propio. Ellos quisieron matarlo. ¡Cuánto les dolió la verdad de que eran unos incrédulos! Ellos se creían muy religiosos.

Pero también podemos reaccionar bien y cambiar de actitud. Al menos, pedir la gracia de cambiar, como en el caso de los nazarenos, porque la fe es un don y no se alcanza tan fácil como otras virtudes.

Lo importante es ver la mano de Dios en esas correcciones, en esas verdades que nos dicen de nuestros defectos y bendecir a quien nos las dice, en definitiva, siempre es Dios el que nos corrige y lo hace para nuestro bien. ¡Qué mano bondadosa también la de Dios que a veces nos abofetea haciéndonos ver nuestra miseria!

Jesús los corrige indirectamente. No les dice las cosas directamente. No les dice “son unos incrédulos” sino que los corrige a través de un lenguaje indirecto, lo que no quiere decir, oscuro, pues ellos lo entendieron perfectamente.

Conocer nuestros defectos es una gracia. Sea los conozcamos directa o indirectamente. A veces, Dios se vale de permisiones en nuestra vida: pecados, errores, equivocaciones, inspiraciones; otras se vale de nuestro prójimo que nos hace ver nuestros defectos… pero siempre es una gracia conocer lo malo en nosotros, lo que tenemos que cambiar para agradar a Dios y alcanzar su gracia.

Sólo el alma que vive abandonada en Dios puede reaccionar bien, serenamente, ante una corrección. No siempre reaccionamos mal, con enojos… pero si con excusas o críticas al que nos corrige, tratando de ocultar o justificar nuestras faltas.

Tenemos que tener un alma tan dócil que sea fácil de corregir. Que cualquiera, especialmente, los superiores, puedan corregirnos y decirnos las verdades sobre nuestros defectos.

Por otra parte, teniendo en cuenta las debidas condiciones, hay que advertir las faltas de los demás, como lo hizo Jesús, en especial si nos corresponde por nuestro cargo.

Castellani, Las Parábolas de Cristo, Jauja Mendoza 1994, 32s; Castellani, Cristo y los fariseos, Jauja Mendoza 1999, 35s; San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo (II), BAC Madrid 1956, 30s.
Mt 13, 58

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Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario - Año C Lc 4:21-30

1.- Para esta homilía me voy a centrar en la Epístola. Es muy interesante el HIMNO DEL AMOR que hace San Pablo en el capítulo 13 de su Primera Carta a los Corintios.

2.- Hoy hay muchos matrimonios que fallan porque desconocen lo que es el auténtico amor.

3.- Muchos van al matrimonio pensando en su propia felicidad. Les interesa el matrimonio por lo que ellos van a disfrutar. Les mueve sólo el egoísmo.

4.- Y el amor es todo lo contrario al egoísmo. Aristóteles definió el amor como la felicidad de buscar el bien de la persona amada.

5.- Pero eso de «estaré contigo mientras me vaya bien» es puro egoísmo, no tiene nada de amor. Va al fracaso seguro.

6.- El verdadero amor disfruta sacrificándose en bien de la persona amada. Dijo Cristo: «amaos como yo os amé». Y Él dio la vida para nuestro bien.

7.- Dice San Pablo que el amor es:
a) Paciente: la convivencia humana requiere mucho aguante.
b) Benigno: hace el bien sin esperar recompensa.
c) Todo lo perdona: hay que saber perdonar los roces inevitables de la vida.
En la vida nos damos pisotones. A veces sin querer, pero otras con mala idea. Hay que perdonar, aunque el pisotón nos duela. Pero esto no excluye exigir la reparación del daño recibido. Que se haga justicia. Pero sin deseo de venganza.

8.- La familia donde reina el amor verdadero, es un pedazo de cielo

 

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Aplicación: R.P. Raniero Cantalamessa - Segunda lectura - El más célebre y sublime himno al amor



El mensaje de Pablo es de gran actualidad. El mundo del espectáculo y de la publicidad parece hoy empeñado en inculcar a los jóvenes que el amor se reduce al eros y el eros al sexo. Que la vida es un idilio continuo en un mundo donde todo es bello, joven, saludable; donde no existe vejez, enfermedad y todos pueden gastar cuanto quieran. Pero ésta es una colosal falsedad


Dedicamos nuestra reflexión a la segunda lectura, donde encontramos un mensaje importantísimo. Se trata del célebre himno de San Pablo a la caridad. Caridad es el término religioso para decir amor. Por lo tanto se trata de un himno al amor, tal vez el más célebre y sublime que jamás se haya escrito.

Cuando apareció en el ámbito del mundo el cristianismo, el amor había tenido ya diversos cantores. El más ilustre había sido Platón, quien había escrito sobre él un tratado entero. El nombre común del amor era entones eros (de ahí los términos actuales erótico y erotismo). El cristianismo percibió que este amor pasional de búsqueda y de deseo no bastaba para expresar la novedad del concepto bíblico. Por ello evitó completamente el término eros y le sustituyó el de agape, que se debería traducir por dilección o caridad, si este término no hubiera adquirido ya un sentido demasiado restringido (hacer caridad, obras de caridad).

La diferencia principal entre los dos amores es ésta. El amor de deseo, o erótico, es exclusivo; se consuma entre dos personas; la intromisión de una tercera persona significaría su final, la traición. A veces hasta la llegada de un hijo puede poner en crisis este tipo de amor. El amor de donación, o agape, al contrario, abraza a todos, no puede excluir a nadie, ni siquiera al enemigo. La fórmula clásica del primer amor es la que oímos en labios de Violeta en la Traviata de Verdi: «Ámame Alfredo, ámame cuanto yo te amo». La fórmula clásica de la caridad es aquella de Jesús que dice: «Como yo os he amado, amaos así los unos a los otros». Éste es un amor hecho para circular, para expandirse. Otra diferencia es ésta. El amor erótico, en la forma más típica, que es el enamoramiento, por su naturaleza no dura mucho tiempo, o dura sólo cambiando de objeto, esto es, enamorándose sucesivamente de varias personas. De la caridad San Pablo dice en cambio que «permanece», es más, es lo único que permanece eternamente, incluso después de que hayan cesado la fe y la esperanza.

Entre los dos amores, sin embargo –el de búsqueda y el de donación- no existe separación clara ni contraposición, sino más bien desarrollo, crecimiento. El primero, el eros, es para nosotros el punto de partida; el segundo, la caridad, el punto de llegada. Entre ambos existe todo el espacio para una educación al amor y un crecimiento en él. Tomemos el caso más común, que es el amor de pareja. En el amor entre esposos, al principio prevalecerá el eros, la atracción, el deseo recíproco, la conquista del otro, y por lo tanto un cierto egoísmo. Si este amor no se esfuerza por enriquecerse, poco a poco, de una dimensión nueva, hecha de gratuidad, de ternura recíproca, de capacidad de olvidarse por el otro y de proyectarse en los hijos, todos sabemos cómo acabará.

El mensaje de Pablo es de gran actualidad. El mundo del espectáculo y de la publicidad parece hoy empeñado en inculcar a los jóvenes que el amor se reduce al eros y el eros al sexo. Que la vida es un idilio continuo en un mundo donde todo es bello, joven, saludable; donde no existe vejez, enfermedad y todos pueden gastar cuanto quieran. Pero ésta es una colosal falsedad que genera expectativas desproporcionadas, que desilusiona provocando frustraciones, rebelión contra la familia y la sociedad, y abre a menudo la puerta al delito. La Palabra de Dios nos ayuda a que no se apague del todo en la gente el sentido crítico frente a lo que diariamente se le propina.

 

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Ejemplos

San Tarcisio

cortesía: ive.org et alii

 



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