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Domingo 15 del Tiempo Ordinario C 'El Buen Samaritano' - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial



A su servicio
Exégesis: Alois Stöger - OBRAS Y PALABRAS - Lc.10:25-42).

Comentario Teológico: P. Leonardo Castellani - EL TURQUITO Y EL JUDÍO (Lc 10, 25-37)

Santos Padres: San Ambrosio - El buen samaritano Lc. 10, 30-37)

Santos Padres: San Juan Crisóstomo - Debemos atender a todos por igual

Aplicación: P. Alfredo Sáenz, S. J. - El Buen Samaritano

ApicaciónR.P. Ervens Mengelle, I.V.E. - DAR VIDA - HEREDAR LA VIDA (cf. 5º mandamiento)

Aplicación: R.P. Gustavo Pascual, I.V.E. - El buen samaritano (Lc 10, 25-37)

Aplicación: Benedicto XVI - Maestro, ¿qué he de hacer?

Aplicación: S.S. Francisco p.p. El buen samaritano

Aplicación: Directorio Homilético - Decimoquinto domingo del Tiempo Ordinario C

EJEMPLOS

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo



Exégesis: Alois Stöger - OBRAS Y PALABRAS - Lc.10:25-42).

Jesús va por el país dispensando beneficios y anunciando la palabra de Dios. Los discípulos sólo están pertrechados con el amor al prójimo, que se extiende al mundo entero (Lc.10:25-37), y en la palabra, que se recibe escuchando a Jesús.

a) Amor al prójimo (Lc/10/25-37)

25 Entonces se levantó un doctor de la ley que, para tentarlo, le pregunta: Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna? 26 él le contestó: ¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Cómo lees tú? 27 Y él le respondió: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo. 28 Jesús le dijo: Bien has respondido; haz esto y vivirás.

Jesús ha hablado de la victoria sobre Satán, los discípulos mismos han experimentado el reino de Dios, sus nombres están inscritos en las listas de ciudadanos del cielo, son llamados dichosos porque están viviendo el tiempo de la salvación: nada más normal que preguntar qué hay que hacer para entrar en la vida eterna. Asunto serio, cuestión candente, que el rico planteó a Jesús (/Mc/10/17) y que dirigían a los doctores de la ley sus discípulos. «Rabí, enséñanos los caminos de la vida, para que por ellos alcancemos la vida del mundo futuro».

El doctor de la ley preguntó a Jesús para tentarlo. Lo interpela como maestro y doctor, y quiere probarlo y ver qué puede responder a su pregunta candente. Hace la pregunta como la hacían los judíos y pregunta por las obras. Las obras exigidas por la ley, salvan; lo que se tiene en cuenta son las obras, no la actitud interior. ¿Qué obras y qué preceptos son los que importan? Los doctores de la ley hablaban de seiscientos trece preceptos (doscientos cuarenta y ocho mandamientos y trescientas sesenta y cinco prohibiciones).

La respuesta a la pregunta del doctor de la ley indica la ley misma, la ley escrita de la Sagrada Escritura. Jesús halla la respuesta en la ley, en la que se da a conocer la voluntad de Dios. La ley muestra el camino para la vida eterna. Los doctores de la ley habían tratado de compendiar los mandamientos y prohibiciones tan numerosos, reduciéndolos a unas cuantas leyes. Un medio de lograrlo era la «regla áurea»: Lo que a ti no te agrada, no lo hagas a tu prójimo; esto es toda la ley, todo lo demás es explicación (rabí Hilel, hacia el año 20 a.C.). Otro doctor de la ley indicaba el precepto del amor al prójimo (Lev_19:18). El doctor de la ley que interrogó a Jesús resumía toda la ley en los mandamientos del amor de Dios (Deu_6:5) y del amor del prójimo (Lev_19:18), al igual que Jesús (Mar_12:28). Esta manera de compendiar la ley no debía de ser conocida para el judaísmo del tiempo de Jesús. Jesús da la razón al doctor de la ley por hallar compendiada la ley en estos dos mandamientos. Las verdades de la revelación necesitan ser compendiadas y presentadas sistemáticamente a fin de que sirvan para la vida religiosa.

El precepto del amor a Dios (/Dt/06/05) con entrega de todas las potencias del alma a Dios, con una existencia dedicada a él sin reserva, era formulado diariamente mañana y tarde por los judíos del tiempo de Jesús en su profesión de monoteísmo. Este precepto liga al hombre con Dios hasta en lo más profundo de su ser. Con este precepto está asociado el precepto del amor al prójimo (Lev_19:18). E1 amor a uno mismo se presenta como medida del amor al prójimo.

Con esto se dice mucho. La actitud fundamental del hombre debe ser el amor. El hombre que cumple la voluntad de Dios y corresponde a su imagen, no es el que piensa únicamente en sí sino el que existe para Dios y para el prójimo. Dios es el centro del hombre, pues lo ama con toda su alma y con todas sus fuerzas. El amor a sí y el amor al prójimo está absorbido por esta entrega total a Dios. En el amor del prójimo se ha de expresar el amor a sí mismo y la entrega a Dios.

Todas las leyes dadas por Dios arrancan de este precepto del amor y desembocan en él como en su meta. El amor es el precepto más importante, el que todo lo abarca y todo lo anima. El amor es el sentido de la ley. Si se expone la ley de tal manera que se viole el amor o no se le permita desarrollarse, se comete un error. Toda ley, incluso las establecidas en la Iglesia, debe servir al amor. Para llegar a la vida no basta el conocimiento del mandamiento más importante y decisivo. Se requieren también las obras. Haz esto y vivirás.

23 Pero él, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?
Los fariseos cuidaban mucho de su prestigio. Se justificaban. «El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios! Gracias te doy, porque no soy como los demás hombres...» (18,11). Jesús les echa en cara que se justifican delante de los hombres (16,15). ¿Merecía reproche el doctor de la ley cuando preguntaba, aunque sabía lo que hay que hacer para alcanzar la vida eterna? ¿No había todavía bastantes preguntas que reclamaban solución, aunque eran claros los mandamientos más importantes? El doctor de la ley hace una pregunta que no había hallado todavía una solución clara y decisiva. ¿Quién es mi prójimo? ¿Dónde están los límites del precepto del amor? La ley extiende el amor a los compatriotas y a los extranjeros que viven en Israel (Lev_19:34). En el judaísmo tardío se restringió el amor de los extranjeros a los verdaderos prosélitos (gentiles que habían aceptado la fe en un solo Dios, se circuncidaban y observaban la ley). Los fariseos excluían también del amor al pueblo ignorante de la ley. Se negaba el amor a los contrarios al partido. La ley de Dios deja por tanto cuestiones pendientes. Sólo el espíritu de Dios puede resolverlas en la debida forma.

30 Jesús continuó diciendo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, que, además de haberlo despojado de todo y molido a golpes, se fueron, dejándolo medio muerto».

Jesús cuenta un relato. El Evangelio de Lucas narra cuatro más de este estilo. Las parábolas comparan el obrar divino con el humano. La acción de Dios se hace comprensible a partir de lo que hace el hombre. En cambio, en estos relatos se presenta el hombre a los hombres para que examinen su comportamiento tomando como norma al hombre mostrado por Jesús.

Jericó (350 m bajo el nivel del mar) está mil metros más bajo que Jerusalén (740 metros sobre el nivel del mar). El camino solitario y rocoso (unos 27 kilómetros) va por una región en que abundan los barrancos. Asaltos de ladrones se refieren desde la antigüedad hasta la edad moderna. Un hombre bajaba a Jericó. No se menciona su nacionalidad ni su religión. Era un hombre. Esto basta para el amor. Es posible que los ladrones fueran guerrilleros celotas fanáticos que se ocultaban en las grutas y escondrijos de aquella región y vivían de la rapiña, pero que no quitaban a sus compatriotas más que lo que necesitaban para vivir y, sobre todo, no atentaban contra la vida si ellos mismos no se veían atacados. Aquí aparece la víctima de los ladrones en un estado lastimoso: despojado de todo, molido a golpes, medio muerto. El hombre debió sin duda defenderse cuando se vio asaltado por los ladrones.


31 Casualmente, bajaba un sacerdote por aquel camino, y, al verlo, cruzó al otro lado y pasó de largo. 32 Igualmente, un levita que iba por el mismo sitio, al verlo, cruzó al otro lado y pasó de largo. 33 Pero un samaritano que iba de camino, llegó hasta él, y, al verlo, se compadeció; 34 se acercó a él, le vendó las heridas, ungiéndolas con aceite y vino, lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a la posada y se ocupó de cuidarlo. 35 Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciéndole: Ten cuidado de él; y lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando vuelva.

Jericó era una ciudad sacerdotal. Sacerdotes y levitas (servidores del templo, cantores) habían desempeñado su ministerio en el templo y volvían a casa. Con gran efecto se repite: Al verlo cruzó al otro lado y pasó de largo. Por qué pasaron de largo sacerdotes y levitas no se dice en la narración. Quizá porque les pareció que el hombre tan malherido estaba muerto y no quisieron tocarlo, pues el contacto con un cadáver causaba impureza legal (Lev_21:1). ¿Quizá porque temían caer también en manos de los ladrones? ¿O porque no querían detenerse? En todo caso les movía más su propio interés que la compasión por el miserable, si es que la sentían. En su calidad de sacerdotes y levitas servían a Dios. Eran personas que encarnaban el precepto del amor a Dios. Pero ¿el amor al prójimo? Se establecía separación entre culto y misericordia

Los samaritanos son enemigos del pueblo judío. No hay contacto entre unos y otros. Se odia por las dos partes. Una vez más vuelve a decirse: Al verlo. Pero inmediatamente viene la mutación: Se compadeció. Esta compasión no es estéril. El samaritano obra como se debe obrar en esta situación. Cuidadosamente se describen los seis actos de amor que se practican con la mayor sencillez y naturalidad, no sólo en el momento presente, sino hasta la curación del herido. Los dos denarios dados al posadero era lo que se pagaba a los jornaleros por dos días de trabajo. No es mucho. En efecto, en Italia, hacia el año 140 a.C. se pagaba 1,32 denarios al día por la pensión completa. Lo que hace el samaritano no es precisamente un acto heroico, pero sí todo lo que era necesario para salvar al desgraciado.


36 ¿Cuál de estos tres te parece que vino a ser prójimo del que había caído en manos de los ladrones? 37 El doctor de la ley respondió: El que practicó la misericordia con él. Díjole Jesús: Pues anda, y haz tú lo mismo.

La pregunta de Jesús suena como algo inesperado. El doctor de la ley había preguntado: ¿Quién es mi prójimo? Jesús le pregunta: ¿Cuál de estos tres te parece que vino a ser prójimo del que había caído en manos de los ladrones? En la pregunta del doctor de la ley ocupa el centro el que pregunta, en la pregunta de Jesús, el necesitado de socorro. Según el precepto de la ley, tal como lo interpreta Jesús, es prójimo todo el que tiene necesidad de ayuda. Nada tienen que ver aquí la nación, la religión, el partido. Todo hombre es prójimo. Donde la necesidad llama a la misericordia, también llama a la acción el precepto del amor del prójimo.

Jesús no dio una respuesta abstracta, teorética. No dijo: El prójimo es cualquier persona que se halla en estrechez y necesita ayuda. Da más bien una indicación práctica. La pregunta de Jesús se refiere a la acción, y la acción se rige conforme a las circunstancias. Al responder el doctor de la ley no pudo menos de confesar: El que practicó la misericordia con él. Jesús invita a obrar: Haz tú lo mismo. El amor al prójimo es amor de obrar. «Hijitos, no amemos de palabra ni con la lengua, sino de obra y de verdad» (/1Jn/03/018). «Si un hermano o hermana se encuentran desnudos y carecen del alimento diario, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y hartaos, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué servirá esto?» (/St/02/15 ss).

Los dos ministros del culto divino solemne sirvieron ciertamente a Dios, pero no al prójimo que se hallaba en la necesidad. El samaritano los aventaja en el cumplimiento de la ley... Jesús echa mano de la doctrina profética: «Misericordia quiero, y no sacrificio» (Ose_6:6). La mejor preparación para el cumplimiento del precepto del amor al prójimo es un corazón accesible a la miseria, el sentir misericordia o, como lo expresa la sencilla psicología de la Biblia: el «conmoverse las entrañas» a la vista de la miseria humana. Cuando un hombre se siente mal al ver la miseria, está preparado para el amor. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mat_5:7). El mayor impedimento es el corazón endurecido. La misericordia debe convertirse en amor de obras, tal como lo exige el momento. El precepto del amor no puede desmenuzarse en artículos. Lo que la realidad muestra, exige y hace posible, eso debe hacerse. Así obró el samaritano en su situación. Así se pone en práctica la entrega a la voluntad de Dios. En efecto, el que ama prácticamente y sabe responder a todo llamamiento de la miseria humana, ése es obediente a Dios.
(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)



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Comentario Teológico: P. Leonardo Castellani - EL TURQUITO Y EL JUDÍO (Lc 10, 25-37)


La parábola del Buen Samaritano, que trae Lucas en X, 23, y se lee hoy, está henchida de conclusiones cristianas. Todas las parábolas lo están, naturalmente; pero en ésta las enseñanzas son no sólo diversas sino como opuestas al Talmud; al judaísmo específicamente judaico, no al mosaísmo. De ellas retendremos solamente tres, la caridad con el prójimo como una “obligación” capital y necesaria; la extensión del concepto de prójimo a todos los hombres; y una alusión poco sabrosa a los Sacerdotes y Levitas, que se le ha de haber escapado a Cristo... ¿Por qué diablos no habrá puesto como ejemplos de inmisericordes a un Banquero y a una Actriz, y no a un Sacerdote y un Levita? ¿Y por qué tengo que explicar yo delante de toda mi feligresía esta parábola que les puede dar malos pensamientos, sin poder cambiarle una sola palabra?

No sé si peco de irreverencia transcribiendo aquí el “arreglo” moderno de esta parábola hecho en 1945 por un poeta de estos reinos; de esta nación ubérrima y feliz, tierra de promisión para todos los vivos que quieran habitar en ella, como dice el Locutor. Dice así: “Un hombre bajaba una vez de Jerusalén a Jericó, el cual cayó en manos de bandoleros que a tiros lo dejaron por muerto. Y sucedió que pasó por el mismo camino un Político, y no lo vio; pasó después un Militar, y le encajó un balazo más. Pero pasó un pobre Turco y se llenó de compasión; y dijo “Aunque éste no es mi prójimo, sin embargo me voy a bajar, y lo voy a curar...”. Pero en ese momento recapacitó y dijo: “–¿Y si me encuentra aquí la policía, qué pasa?”. Y metiendo todo el acelerador disparó a todo lo que daba... Moraleja: guárdate de los ladrones; pero guárdate más de la policía...

Esto es humorismo, y por cierto muy barato; la parábola es seria, aunque hay unos toques de humorismo en la manera un poco oblicua y socarrona con que Cristo responde a las tres preguntas que el Doctor de la Ley le pone, que eran batallonas[1] preguntas entre aquellos doctores; y fueron puestas, dice el Evangelio, “con intención de embromar”:

“¿Qué hay que hacer en suma para salvarse?”. “¿Cuál es el mandato en que se suman todos los mandatos?” y “¿Quién es mi prójimo?”. Esta última pregunta, Cristo la responde reiterándola, es decir, mandándola de rebote, después de haber contado su intencionado cuentito. “¿Decid ahora vos mismo quién es el prójimo aquí? Es claro que es el que hizo misericordia...”. Y entonces Cristo en vez de contestarle: “¡Muy bien habéis respondido!” como le había dicho en la segunda pregunta, le dijo: “Andad y haced vos lo mismo.” Porque: está bien saber la Ley, / predicarla está mejor; / mas cumplirla sí que es ser... / entre doctores, Doctor.

Lo que hizo el Turco de la Parábola –que no era un pobre Turco, porque tenía por lo menos una mula propia (“jumentum suum”) que pudo ser también caballo, y dos denarios de sobra, que le dio al posadero– es muy diverso de lo dicho arriba: se bajó y cuidó tan solícitamente al herido como si fuese su hermano –Cristo detalla allí la cura–, lo puso en su cabalgadura y volvió atrás desde el desierto de Judá a la Parada que hoy llaman del Buen Samarita y en aquel tiempo llamaban Casteldesangre; y confiándolo al posadero con sus dos monedas de plata, le prometió pagar todos los gastos si acaso pasaban de dos dólares –es decir “yo corro con todo”. Gesto noble. “¡Yo turquita buenita; turquito buena yo, butrón, turquita ortodoxa griega muy buenito, butrón!”.

Los moralistas cristianos han deducido de esta parábola que yo tengo obligación grave de ayudar al que está en necesidad grave, pudiendo hacerlo, sin más averiguaciones que haber topado con él, aunque sea por azar; y aunque el lazrado[2] no sea ni siquiera primo tercero de mi cuñado, sino un judío cualquiera, que ni se pueden ver con los turcos. “Hace ya miles de años –escribe Simona Weil–, ya los egipcios pensaban que nadie puede ser justificado después de morir, si su alma no puede decir a Dios: “no he dejado sufrir hambre a ninguno”,[3] Todos los pueblos del mundo han creído lo mismo. Todos los cristianos nos sabemos expuestos a que Cristo mismo nos diga: “Tuve hambre y no me diste de comer.” Nadie osará afirmar que sea inocente un hombre cualquiera que, teniendo medios, consintiera que otro se muera de hambre... si se le plantea la cuestión en términos generales; aunque en términos concretos, quizás él mismo esté dejando morir de hambre a su madre, si a mano viene; porque así es la flaqueza humana; y el mismo Doctor de la Ley, a juzgar por la manera como Cristo le responde, sabía muy bien la Ley, pero no sabemos si la sabía para los demás solamente o para él mismo también; porque una cosa es predicar, y otra cosa es dar trigo, aymé; y yo que predico tan lindo, trigo no tengo por suerte; que si lo tuviera, quién sabe lo que haría.

De manera que mi prójimo es el que raye, sea turco, judío, protestante o colectivero; aunque con esto no se niega que a mi madre le debo yo más que al Padre Trabi; y en caso de naufragio y no tener más que un bote, primero debo salvar a mi madre que al Padre Trabi; porque la caridad es universal, pero es también ordenada; y más quiero a mis dientes que a mis parientes; y más a mis parientes que a las otras gentes, como dicen los gallegos. Los talmudistas en tiempo de Cristo, a fuerza de disputar, habían llegado –Hillel y algunos otros– a una conclusión que no está en el Deuteronomio, y que Cristo aprobó grandemente; que el Mandato Máximo, en el cual se resumía toda la Ley de Moisés, es éste: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas; y [por ese mismo amor] al prójimo como a ti mismo.” Esto no está escrito así en Moisés, pero ellos habían llegado a eso a través de la meditación de los Profetas. Sólo que era un poco demasiado grande tanta belleza, y la echaban a perder enseguida poniendo en cuestión “¿quien es mi prójimo?”, a la cual Shamái y su escuela respondían que solamente los parientes próximos y quizás algunos amigos; Hillel y su escuela, que eran todos los judíos y quizá también algunos gohím de los mejores, de los que estaban a punto de convertirse al judaísmo, como el Centurión Romano de Cafarnaúm; pero ninguno que se sepa en aquel tiempo se abrevió a extender el precepto de la caridad a los extranjeros, los herejes, los enemigos. Eran enemigos los judíos y los samaritanos; y el Buen Samaritano no se fijó en que el herido era judío. Eran despreciados y abominados como herejes los samaritanos por los judíos. El Escriba sin embargo, guiado por Jesucristo, confesó la verdad cristiana, que había que querer incluso a los herejes y a los enemigos, cuanto más a los extraños y extranjeros. Cuando se dijeron esas palabras, nació en el mundo la Cristiandad; ahora que se han retirado y nos estamos volviendo extranjeros unos a otros, la Cristiandad periclita[4] y muere. La convivencia se vuelve en el mundo de más en más difícil; y en un legajo de correspondencia diplomática secreta que tengo yo en este cajón llamada Cartas de un Demonio a Otro, la principal instrucción que les da Satanás a los dos demonios que manda de nuncios al Río de la Plata, llamados Juan Conrropa y Añang-Mandinga, es la de que “destruyan la convivencia”.

La tercera observación es que Cristo escogió irónica o humorísticamente como ejemplos de inmisericordes a dos miembros del “Clero”; lo cual prueba que eso ocurría de hecho en aquel tiempo, porque Cristo era demasiado buen artista para poner en sus cuentos cosas inverosímiles; y por tanto, si pasara también en nuestros tiempos, no habría que desesperarse en demasía. Tengo un amigo que anda enloquecido con este “problema”, como lo llama él: “en el clero argentino no hay nobleza: carece de nobleza el clero argentino. ¿Cómo puede ser eso? ¿Las virtudes sobrenaturales destruyen las virtudes naturales? De suyo el oficio de sacerdote no es vil. ¿Cómo es que el clero argentino es vil, hablando en general; o por lo menos es servil?”. Con esta cuestión el hombre, que también es clérigo, se enloquece literalmente; porque, según él, esta cuestión está de tal modo conectada con su fe, que resolverla es para él “cuestión de vida o muerte”, dice con énfasis.

Yo le respondo: “–¿De dónde sacás que no hay nobleza en el clero? ¿De que ningún sacerdote hizo hacia vos un gesto noble, cuando te hallaste según relatas en peligro de perder la vida y aun el alma, lo cual tengo por exagerado? Ese argumento no prueba. Porque había que ver “si podían” hacer ese gesto noble... El argumento probaría, si constara que no lo hicieron “pudiendo” hacerlo.”

Él dice: “–Monseñor Mandinga no lo hizo pudiendo y aun debiendo hacerlo.”

Yo digo: “–Monseñor Mandinga no es “todo” el clero argentino.”

Pero supongamos que por un imposible todo el clero argentino perteneciera a la raza de los que Jesús llamó Dicen-y-no-Hacen; eso no invalidaría para nada lo que dicen. Porque Cristo en su parábola no concluyó: “los de nuestro clero han dejado a un lado por sus ceremonias la misericordia y la justicia; por tanto, la Sinagoga ha caducado”. Al contrario, dijo: “Haced todo lo que predican; no hagáis lo que practican.” La Sinagoga caducó, ciertamente; pero no entonces: la Sinagoga caducó en el momento en que Caifás, con su autoridad de Sumo Pontífice, conjuró a Cristo que contestara si era o no el Mesías. A lo cual Cristo obedeció y contestó, sabiendo que le costaba la vida, que sí lo era. Y Caifás, en nombre de la Sinagoga lo rechazó como Mesías, gritándole “¡Blasfemo!” y “¡Reo de Muerte!”; rechazo que reiteró el pueblo al escoger un rato después a Barrabás, y al decir a Pilato: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos. No tenemos más Rey que el César.”

Aunque todo el clero junto no hiciera lo que dice, yo lo había de hacer. Pero por suerte, aquello no es verdad. Hay turquitos buenos. Hay gente que aún da testimonio, a veces donde menos se pensaría salta gente así. Algo hay. Unos se limitarán a curar a un herido, otros prestarán la mula, y los terceros darán los dos o los veinte denarios: un tercio del gesto total, nobleza terciada, como vino rebajado; pero siempre es algo en un país bastardeado. Y debe existir el noble entero en alguna parte ¿Cómo se puede admitir lo contrario? ¡Oh Dios! ¿cuándo saldrá y lo veremos?

Sea como fuere, de lo que no hay duda es de que existe en Cristo el Buen Samaritano entero y no terciado. Él recogió a la humanidad herida, que había caído en manos de ladrones; echó en sus llagas aceite, que significa paciencia, y vino, que significa amor; la vendó lo mejor posible, la confió a un estabulario[5] que hiciese sus veces, y se fue a sus asuntos, prometiendo volver y ajustar la cuenta. Cuando hizo la parábola y puso como héroe de ella al Turquito, quizás recordó que varias veces los fariseos le habían gritado a él mismo en son de escarnio la palabra “¡Samaritano!”; es imposible que no lo haya recordado (samaritano, para los judíos era como si dijéramos turco; y mucho peor todavía).
(Castellani, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 306 - 311)



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Santos Padres: San Ambrosio - El buen samaritano Lc. 10, 30-37)

71. Un hombre baja de Jerusalén a Jericó. Con objeto de explicar más claramente el pasaje que nos hemos propuesto, repasemos la historia antigua de la ciudad de Jericó. Recordemos, pues, que Jericó, como leemos en el libro que escribió Josué, hijo de Nave, era una gran ciudad amurallada, inexpugnable a las armas e inatacable; en ella vivía la prostituta Rahab, que fue la que hospedó a los exploradores que envió Josué, les ayudó con sus consejos, respondió, cuando la preguntaron sus conciuda­danos, que ya se habían ido, los escondió en su casa y, para sus­traerse ella y los suyos a la destrucción de la ciudad, ató el cordón de hilo de púrpura a la ventana; pero los inexpugnables muros de esa ciudad rodaron por el suelo al sonido de las siete trompetas de los sacerdotes a los que acompañaba el estruendo jubiloso del pueblo.

72. Mirad cómo cada uno tiene su propio quehacer: el ex­plorador, la vigilancia; la meretriz, el secreto; el vencedor, la fidelidad; el sacerdote, la religión; los primeros desprecian el riesgo con tal de ganar honras; aquélla ni aun en medio de pe­ligros traiciona a quienes ha recibido; el vencedor, más pre­ocupado en conservar la fidelidad que en vencer, manda ante­poner la salud de la prostituta a la ruina de la ciudad; y, por fin, el arma propia del sacerdote, que no es otra que la fuerza de la religión. ¿Quién no se admirará, y con razón, al ver que de toda la ciudad sólo se salvará el que fue ayudado por la me­retriz?

73. He aquí, pues, la escueta verdad histórica, que, consi­derada más profundamente, nos revela admirables misterios. En efecto, Jericó es figura de este mundo, a la cual descendió Adán arrojado del paraíso, es decir, de aquella Jerusalén celeste, por su prevaricadora caída, pasando de la vida a la muerte; destierro este de su naturaleza que le ocasionó un cambio, no ciertamente de lugar, pero sí de costumbres. Y así quedó un Adán bien distinto de aquel primero que gozaba de una felicidad sin ocaso, pero que tan pronto como se lanzó a los pecados de este mundo, cayó en manos de los ladrones, a los que no habría venido a parar si no se hubiese apartado del mandato divino. ¿Quiénes son estos ladrones sino los ángeles de la noche y de las tinieblas, que se transforman a veces en ángeles de luz (2 Co 11, 14), aunque es un hecho que no puedan permanecer mucho tiempo en ese es­tado? Estos primero nos despojan del vestido de la gracia espiri­tual que recibimos, y así es como de ordinario logran sus primeros impactos; pero, si guardamos intactos los vestidos recibidos, no sentiremos los golpes de los ladrones. Ten, pues, cuidado para no ser despojado, como lo fue Adán, de la protección del precepto celestial y privado del vestido de la fe, ya que a eso se debió que él fuera herido mortalmente, herida mortal que se habría contagiado a todo el género humano si aquel Buen Samaritano, bajando del cielo, no hubiese curado esas peligrosas llagas.

74. Y no es un samaritano cualquiera este que no des­preció a aquel que había sido preterido por el sacerdote y el levita. No desprecies a aquel que lleva el nombre de una secta cuya interpretación te va a llenar de admiración; en efecto, el vocablo "samaritano" significa guardián. Demos ahora una inter­pretación a todo esto. En verdad, ¿quién es un custodio verda­dero, sino aquel de quien se ha escrito: El Señor guarda a los pequeños? (Sal 114, 6). Pues del mismo modo que hay un judío que es tal según la letra y otro que lo es por el espíritu, así también se da una manera de ser samaritano que se ve y otra que yace oculta. Mientras bajaba, pues, este samaritano —¿quién es este que bajó del cielo, sino el que sube al cielo, el Hijo de Dios que está en el cielo? (Jn 3, 13)—, habiendo visto a un hom­bre medio muerto, al que nadie había querido curar (el mismo caso que la que padecía de flujo de sangre y había gastado en médicos toda su hacienda), se llegó a él, es decir, compadecido de nuestra miseria, se hizo íntimo y prójimo nuestro para ejercitar su misericordia con nosotros.

75. Y vendó sus heridas untándolas con aceite y vino. Este médico tiene infinidad de remedios, mediante los cuales lleva a cabo, de ordinario, sus curaciones. Medicamento es su palabra; ésta, unas veces, venda las heridas; otras sirve de aceite, y otras actúa como vino; venda las heridas cuando expresa un mandato de una dificultad más que regular; suaviza perdonando los pecados, y actúa como el vino anunciando el juicio.

76. Y lo puso —continúa el texto— sobre su cabalgadura. Observa cómo realiza esto contigo: Él tomó sobre sí nuestros pecados y cargó con nuestros dolores (Is 53, 4). Otra confirmación es la del Buen Pastor, que puso sobre sus hombros a la oveja cansada (Lc 15, 5). En efecto, el hombre se ha convertido en un ser semejante a un jumento (Sal 48,13), pero Él nos ha colocado sobre su cabalgadura para que no fuésemos como el caballo y el mulo (Sal 31, 9) y ha tomado nuestro mismo cuerpo para suprimir las debilidades de nuestra carne.

77. Y, al fin, a nosotros, que éramos como jumentos, nos conduce a una posada. Una posada, como se sabe, no es más que un lugar donde suelen descansar los que se encuentran desfallecidos por un largo camino. Y por eso, el Señor, que es el que levanta del polvo al pobre y alza del estiércol al desvalido (Sal 112, 7), nos ha llevado a un mesón.

78. Y se preocupa con cuidado de él para que ese enfermo pueda observar los mandatos que había recibido. Pero este sa­maritano no tenía tiempo de hacer una permanencia larga en la tierra; debía volver al lugar de donde había bajado.

79. Y al día siguiente —pero, ¿cuál es este otro día, sino el domingo de la resurrección del Señor, del que fue dicho: este es el día que hizo el Señor? (Sal 117, 24)— tomó dos denarios y se los dio al mesonero, diciéndole: Cuídale.

80. ¿Qué significan estos dos denarios sino los dos testa­mentos que llevan impresa la efigie del eterno Rey y con los que nuestras heridas obtienen su curación? Porque hemos sido redi­midos a precio de sangre (1 P 1, 19) para no ser víctimas de las heridas de la última muerte.

81. El mesonero recibió los dos denarios (no creo que sea absurdo entender esto con relación a los cuatro libros). Y ¿quién es este hostelero? Tal vez pueda ser aquel que dijo: Todas las cosas me parecen estiércol en comparación de ganar a Cristo (Flp 3, 8), y por este mismo Cristo tendría cuidado del hombre herido. El hostelero es, en realidad, aquel que dijo: Cristo me envió a evangelizar (1 Co 1, 17). Los hosteleros son esos hombres a los que se ha dicho: Id por el mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura, y el que creyere y se bautizare será salvo (Mc 15, 16), salvo verdaderamente de la muerte y salvo de las heri­das que le pudieran infligir los ladrones.

82. ¡Bienaventurado ese mesonero que puede curar las he­ridas del prójimo!, y ¡bienaventurado aquel a quien dice Jesús: Lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta! El buen dispensador da siempre en demasía. Buen dispensador fue Pablo, cuyos ser­mones y epístolas son como algo que rebosa a lo que había re­cibido, cumpliendo el mandato explícito del Señor de trabajar sin descanso corporal ni espiritual, a fin de obtener, por medio de la predicación de su palabra, el preservar a muchos de la grave flaqueza del espíritu. He aquí el dueño del mesón en el que el asno conoció el pesebre de su amo (Is 1, 3) y en el cual hay un lugar seguro para los rebaños de ovejas, con el fin de que, a esos lobos rapaces que braman alrededor de los apriscos, no les resulte fácil llevar a cabo sus ataques a las ovejas.

83. Pero El, además, promete una recompensa. Y ¿cuándo vas a venir, Señor, a darla sino en el día del juicio? Porque, aun­que Tú estés siempre y en todo lugar y vivas entre nosotros, si bien no te vemos, con todo, llegará un momento en el que todo hombre te verá volver. Paga, pues, lo que debes. ¡Bienaventu­rados aquellos hombres a los que debe Dios! ¡Ojalá que nos­otros pudiéramos ser deudores dignos para poder pagar todo lo que hemos recibido, sin que nos ensoberbezca el don del sacer­docio o del ministerio! ¿Cómo pagas Tú, Señor Jesús? Pro­metiste que a los buenos les darías un premio abundante en el cielo, y lo cumples cuando dices: Muy bien, siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco, te constituiré sobre lo mucho; entra en el gozo de tu Señor (Mt 25, 21).

84. Por tanto, puesto que nadie es tan verdaderamente nues­tro prójimo como el que ha curado nuestras heridas, amémosle, viendo en él a nuestro Señor, y querámosle como a nuestro pró­jimo; pues nada hay tan próximo a los miembros como la ca­beza. Y amemos también al que es imitador de Cristo, y a todo aquel que se asocia al sufrimiento del necesitado por la unidad del cuerpo. No es, pues, la relación de parentesco la que hace a otro hombre nuestro prójimo, sino la misericordia, porque ésta se hace una segunda naturaleza; ya que nada hay tan conforme con la naturaleza como ayudar al que tiene nuestra misma reali­dad natural.
(SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.7, 71-84, BAC Madrid 1966, p. 379-84)



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Santos Padres: San Juan Crisóstomo - Debemos atender a todos por igual

Todo fiel es santo, en la medida en que es fiel; aun cuando viva en el mundo y sea seglar, es santo. Por tanto, si vemos a un hombre del mundo en dificultades, echémosle una mano. Ni debemos mostrarnos obsequiosos únicamente con los que moran en los montes: ciertamente, ellos son santos tanto por la vida como por la fe; los que viven en el mundo son santos por la fe y muchos también por la vida. No suceda que si vemos a un monje en la cárcel, entremos a visitarlo; pero si se trata de un seglar, no entremos: también éste es santo y hermano. Y, ¿qué hacer, me dirás, si es un libertino y un depravado? Escucha a Cristo que dice: No juzguéis y no os juzgarán. Tú hazlo por Dios.

Pero ¿qué es lo que digo? Aunque al que viéramos en apuros fuera un pagano cualquiera, nuestra obligación es ayudarlo; y, para decirlo de una vez, debemos socorrer a todo hombre a quien hubiera ocurrido una desgracia: ¡con mayor razón a un fiel seglar! Oye lo que dice san Pablo: Trabajemos por el bien de todos, especialmente por el de la familia de la fe. De hecho, el que pretende favorecer únicamente a los que viven en soledad y dijere, examinándolos con curiosidad: «Si no es digno, si no es justo, si no hace milagros, no lo ayudo», ya ha quitado a la limosna buena parte de su mérito; más aún, poco a poco le irá quitando hasta ese poco que le resta. Por tanto, es también limosna la que se hace tanto a los pecadores como a los reos. La limosna consiste en esto: en compadecerse no de los que hicieron el bien, sino de los que pecaron. Y para que te convenzas de ello, escucha esta parábola de Cristo.

Dice así: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que después de haberlo molido a palos, lo abandonaron en el camino herido y medio muerto. Por casualidad, un levita pasó por allí y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo; lo mismo hizo un sacerdote: al verlo, pasó de largo. Vino finalmente un samaritano y se interesó por él: le vendó las heridas, las untó con aceite, lo montó sobre su asno, lo llevó a la posada, y dijo al posadero: cuida de él. Y extremando su generosidad, añadió: Yo te daré lo que gastes. Después Jesús preguntó: ¿Cuál de éstos se portó como prójimo? Y el letrado qué contestó: El que practicó la misericordia con él, hubo de oír: anda, pues, y haz tú lo mismo.

Reflexiona sobre el protagonista de la parábola. Jesús no dijo que un judío hizo todo esto con un samaritano, sino que fue un samaritano el que hizo todo aquel derroche de liberalidad. De donde se deduce que debemos atender a todos por igual y no sólo a los de la misma familia en la fe, descuidando a los demás. Así que también tú si vieres que alguien es víctima de una desgracia, no te pares a indagar: tiene él derecho a tu ayuda por el simple hecho de sufrir. Porque si sacas del pozo al asno a punto de ahogarse sin preguntar de quién es, con mayor razón no debe indagarse de quién es aquel hombre: es de Dios, tanto si es griego como si es judío: si es un infiel, tiene necesidad de tu ayuda.
(San Juan Crisóstomo, Homilía 10 sobre la carta a los Hebreos, capítulo 6 (4: PG 63, 88-89)

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Aplicación: P. Alfredo Sáenz, S. J. - El Buen Samaritano

Dos amores constituyen la esencia de nuestra vida cristiana, dos amores que resumen el contenido de los diez mandamientos que Dios intimara a su pueblo en el Antiguo Testamento, aquellos mandamientos a que aludía la primera lectura, "que no son superiores a nuestras fuerzas ni están fuera de nuestro alcance": el amor a Dios y el amor al prójimo. Una dimensión vertical: el amor a Dios. Y una dimensión horizontal: el amor a los pobres. Por cierto que no es fácil llevar, sin disociarlos, el travesaño vertical y el travesaño horizontal del amor que se encarna en una cruz donde se encuentran, uno en dependencia del otro, los dos mandamientos de la caridad. Pero en el evangelio de hoy, el Señor ha querido limitarse a explicar en qué consiste el amor al prójimo. Y lo hace con la famosa parábola del buen samaritano.

Esta parábola ha recibido dos interpretaciones. Una interpretación cósmica, que abarca el conjunto de la historia de la salvación, y que fue la predilecta por los Padres de la Iglesia, y otra más individualizada, que mira a cada uno de nosotros, cual hacedores de la caridad.

Cristo como buen samaritano

Según la primera de ellas, el hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó es un símbolo de la entera humanidad que, en Adán pecador, se degradó, decayó del paraíso al mundo, como con secuencia del pecado de origen. Queriendo el hombre exaltarse, ambicionando ser como Dios, lo que de hecho sucedió fue que descendió, que bajó a esta tierra, valle de lágrimas. Y entonces "cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto". Porque a raíz del pecado, el hombre se vio acosado por los poderes enemigos, quedando arrojado y lleno de heridas, desnudo y dolorido. Nuestros primeros padres– y en ellos toda la humanidad– no sólo se vieron despojados de los dones sobrenaturales con que Dios los había honrado supererogatoriamente, sino que también quedaron heridos en sus mismos dones naturales; comenzaron a experimentar en carne propia la rebelión de los instintos contra la razón, su inteligencia había de esforzarse para vencer la ignorancia, su voluntad se encontraba profundamente debilitada, su memoria olvidaba con facilidad los recuerdos del cielo para volcarse a la vanidad de lo efímero, su sensibilidad original estaba maculada con la gran llaga de las concupiscencias. Y en el horizonte: la terrible muerte. Así se encontraba el hombre, la humanidad, a raíz del pecado original tirado en el camino, despojado, medio muerto.

Junto al enfermo pasaron entonces un sacerdote y un levita, el sacerdote representando al Culto y el levita la Ley, es decir, pasó todo el Antiguo Testamento. El Culto vio al herido, ese culto veterotestamentario con sus reiteradas hecatombes de sangre animal, con sus sacrificios de becerros y corderos, pero sólo hizo más patentes las heridas del enfermo; la sangre de animales era incapaz de restañarlas: las heridas eran mortales y la, unción superficial. Pasó, pues, el Culto, vio al enfermo... y siguió de largo.

Pasó luego la Ley, vio al herido, advirtió sus llagas, conoció el mal en que el mundo yacía por el pecado, pero nada hizo, porque era incapaz de justificar; dice San Pablo que "la ley intervino para que abundara el delito"; miró, así, al hombre despojado, pero no supo darle el remedio oportuno, no supo darle la gracia, lo mantuvo en sus pecados..., siguió también de largo.

Pasó, por fin, un samaritano, es decir, el mismo Jesucristo, que bajó, Él también, pero no ya de Jerusalén a Jericó, sino del cielo a la tierra. Era forastero, era extranjero, porque siendo Dios, se había dignado penetrar en nuestros confines, se había humillado haciéndose hombre por nosotros, emprendiendo el camino de nuestra vida. Miró entonces al mundo enfermo y se conmovió en sus entrañas, se allegó al herido, cubrió sus llagas con aceite y vino, y las vendó; se acercó a los pecadores, se aproximó a Zaqueo, a la adúltera, al buen ladrón, y curó sus heridas, como lo sigue haciendo hasta hoy mediante los sacramentos, aceite y vino que curan las llagas del pecado.

Entonces Jesús, "ese samaritano", como lo llamarían los fariseos, pero en son de escarnio, cargó al herido sobre su propia montura, sobre su humanidad, sobre sus hombros, como buen pastor que era, y lo llevó hasta el albergue de la Iglesia, albergue que recibe a todos los hombres, albergue especialmente construido por Él para que allí reparen sus fuerzas los viajeros náufragos que peregrinan hacia la patria. Allí entregó al enfermo, para que a lo largo de la historia la Iglesia cuidara de él mediante la enseñanza, el gobierno y los sacramentos, encargando que lo atendieran hasta su vuelta, es decir, hasta el día de su Parusía final, al término de la historia. Entonces quedará consumada la cura de la humanidad, entonces volverá el Divino Samaritano para llevarse consigo a los convalecientes.

"Ve y procede tú de la misma manera"
Tal es la interpretación que los Padres dieron a esta magnífica parábola. Pero cabe otra interpretación, de índole más personal. A imitación de Cristo, también nosotros hemos sido llamados a ser los buenos samaritanos de nuestros hermanos, hemos sido llamados al ejercicio del amor. Pero nuestro amor al prójimo, precisamente por ser una virtud teologal, no es una virtud natural, una forma de filantropía, sino que proviene de Dios. Porque Dios nos amó primero, nos amó cuando aún éramos enemigos, y reíamos en nuestra suficiencia. Para suscitar nuestro amor, Dios no perdonó recurso alguno, ni siquiera perdonó a su propio Hijo, que nos amó hasta el extremo, según aquello de que nadie tiene mayor amor que quien da la vida por sus amigos. Pues bien, ese amor, que viene de Dios, y que nos atraviesa, debemos prolongarlo hasta nuestros hermanos. "El que no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios a quien no ve", dice la Escritura. Y así como la caridad, por ser virtud teologal, proviene de Dios, por ser tal, concluye también en Dios: quien ama a su prójimo con amor de caridad, en él últimamente ama a Dios.

¿Quién es nuestro prójimo? Todos los hombres. Todos tenemos un Padre común, o, como afirma San Agustín, "todos somos parientes en Dios Padre". Nadie es, en adelante, un simple "extraño", todos han sido hechos a imagen de Dios, como nosotros. Amor, pues, a todos los hombres. Pero un amor especial a nuestros hermanos en la fe. En la Iglesia todo nos une: un mismo Espíritu, una misma fe, una común esperanza, un solo bautismo, un idéntico alimento eucarístico. Miremos cuánto se aman los parientes. ¿Por qué? Por un poco de carne y sangre común. ¿Por qué no amar también a los que se alimentan con la misma carne y sangre que nosotros, con la carne y sangre de Jesús? Debemos confundirnos de que en nosotros no pueda más la gracia que la naturaleza.

Sin duda que es difícil la caridad. Es difícil crear en nosotros un corazón benévolo para con el prójimo. A duras penas nos interesamos por los demás. Nos cuesta ver en el otro a un miembro de nuestro propio cuerpo, a un miembro del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Con todo, no hay cristianismo si no hay caridad. No es cristiano el que "pasa de largo", aunque lleve escapularios y figure en todas las procesiones. El samaritano vio al enfermo, se conmovió, se apeó del caballo. También nosotros, al ver al necesitado, debemos apeamos de nuestro egoísmo y acercarnos a él. No pasar de largo ante el indigente, ante quien vive en la miseria, sea corporal o espiritual.

Pronto nos acercaremos a recibir el Cuerpo de Aquel que dijo: "Este es mi mandamiento, que os améis unos a otros como Yo os he amado". Cuando lo sintamos palpitar en nuestro interior, recapacitemos en nuestra indigencia y digámosle: "También nosotros hemos caído, Señor, en manos de ladrones, hemos sufrido los asaltos del mundo, del demonio y de la carne. Hemos sido despojados de tu gracia, y llagas sin cuenta han cubierto nuestra pobre alma. Pero tú, Señor, como se dice en el libro de los salmos, haces brotar de la tierra el vino que alegra el corazón del hombre, el aceite que da brillo a nuestra vida y el pan que fortifica nuestras entrañas. Pasa a nuestro lado, Señor, pero no sigas de largo, allégate a nosotros, venda nuestras heridas, colócanos sobre tus hombros, e introdúcenos siempre más en el albergue de tu Iglesia hasta el día de tu vuelta victoriosa". Así sea.
(ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida - Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed. Gladius, 1994, pp. 219-223)



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Aplicación: R.P. Ervens Mengelle, I.V.E. - DAR VIDA - HEREDAR LA VIDA (cf. 5º mandamiento)

Acabamos de escuchar la narración de una de las parábolas más comentadas desde la antigüedad, conocida como la parábola del Buen Samaritano. Para comprenderla de manera más adecuada, es necesario que observemos algunos elementos de carácter histórico.

1 – La Parábola del Buen Samaritano

En primer lugar, impresiona ver que el sacerdote y el levita pasen de largo, la insensibilidad que manifiestan. Sin embargo, para comprender mejor su actitud es necesario conocer algunos detalles de la vida judía. El sacerdote era un sacerdote judío, es decir, estaba encargado de hacer los sacrificios en el Templo de Jerusalén. Y el levita ¿qué era? Los levitas eran miembros de la tribu de Leví, que tenían a cargo tareas auxiliares en el Templo, disponiendo todo lo necesario para los sacrificios (leña, agua, etc.). Como vemos, ambos tienen que ver con el culto que se daba a Dios en el Templo de Jerusalén. Pues bien, resulta que para poder dar culto a Dios, un culto que fuese aceptable para Dios, era necesario cumplir con ciertas prescripciones. Para usar una comparación que nos atañe, podemos pensar en la necesidad que tenemos nosotros de estar sin pecado mortal para que nuestro culto sea agradable a Dios. Y si no estamos en condiciones, tenemos entonces la confesión para colocarnos nuevamente en las disposiciones adecuadas. De manera semejante, los judíos tenían que cumplir con ciertas disposiciones y, si no las tenían, había sacrificios por los pecados con los cuales readquirían esas disposiciones. Entre las diversas normas, había una prescripción por la cual debían evitar el contacto con los cadáveres (Lv 21; Nm 19,11). Socorrer a la persona malherida significaba para ellos el riesgo de quedar excluidos del culto del Templo, perder la comunión con Dios. El relato de hecho dice que el herido había quedado medio muerto, por lo que se entiende que tenía ya aspecto de cadáver para quien lo veía caído. Así podemos entender mejor porqué pasaron de largo. Tanto el sacerdote como el levita atienden más al problema litúrgico y legal. Igualmente, hemos de observar que la enseñanza que nos deja Jesús es que las exigencias de la caridad para con el prójimo son más importantes que las exigencias del culto. De hecho, en la respuesta que da el doctor de la Ley el único que queda justificado es el Samaritano, el que tuvo compasión. Ya los profetas habían señalado esto: misericordia quiero y no sacrificios (Os 6,6).

Pero lo más sorprendente en realidad viene después. Porque la persona que auxilia al malherido no es alguien intrascendente. Es un samaritano. ¿Qué era un samaritano? Se llamaba así a los habitantes de la región de Samaría, región que está ubicada entre las regiones de Judea y la de Galilea. Y existía entre los samaritanos y los judíos un odio a muerte (cf. 1Re 17,24-41; Jn 4,20). Hace dos domingos hemos leído que, dirigiéndose Jesús a Jerusalén, envió emisarios delante de él para prepararle alojamiento en un pueblo de Samaría. Pero los samaritanos no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén. O sea que, precisamente aquel que uno hubiera esperado que lo dejase abandonado, el que más hubiera deseado aparentemente que el judío malherido muriese, ese es el que lo asiste y ayuda.

Y observemos finalmente que al indagar Jesús cómo el doctor de la Ley había recibido la enseñanza, da vuelta la pregunta. El doctor de la ley había preguntado ¿Quién es mi prójimo? Porque la discusión entre los judíos sobre este punto era bastante ardua. La expresión referida por el doctor es de Lv 19,18 (lo referido a Dios es de Dt 6,5). Y se discutía si debía considerarse prójimo solamente a los miembros de la familia, o de la tribu, o si también entran en esa categoría los forasteros que habitaban en tierra judía, etc. Jesús, sin embargo, sin entrar en esa polémica, corrige la perspectiva desde donde debemos considerar la cuestión: ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo…? No se trata de ver quien está próximo a mí, sino a quien me aproximo, de quien me hago próximo yo. No debe ser visto desde un punto de vista estático y a quién convierto en objeto de mi acción, sino más dinámico y haciéndome sujeto de la acción.



2 – Jesús el Buen Samaritano

Hasta aquí la parábola referida. Desde muy antiguo se vio en la figura del Buen Samaritano a Cristo que sana la humanidad herida: “Bajo sus múltiples formas –indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte-, la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la querido cargar sobre sí e identificarse con los más pequeños de sus hermanos” (2448).

Hemos de observar que la enseñanza de Jesús es sobre todo práctica. A lo largo de todo el evangelio de hoy se insiste en el hacer: Maestro, ¿Qué debo hacer…?; Obra así y alcanzarás la vida; Ve y procede tú de la misma manera. Recogiendo este mandato a lo largo de los siglos la Iglesia ha sido causa de un ingente número de obras de misericordia: “…los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos…” (2448).



3 - Obras de misericordia = Dar Vida

Nos compete por lo tanto, actuar. ¿Cuáles son las necesidades de nuestro prójimo a las que debemos subvenir? Aquí tenemos una enseñanza más del evangelio. Jesús con el ejemplo de la parábola nos habla de las necesidades corporales del prójimo, pero con el ejemplo de su accionar nos habla de las necesidades espirituales. Porque en el doctor de la ley había una necesidad, pero no física, material, sino espiritual, porque ignoraba la respuesta correcta. “Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestros prójimos en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos.” (2447).

¿Qué debemos hacer por el prójimo? Has respondido exactamente, dijo Jesús. ¿Cuál fue la respuesta? Amarás a tu prójimo como a ti mismo. ¿Y qué quieres para ti? La respuesta fue la primer pregunta del doctor de la Ley: ¿Qué debo hacer para heredar la Vida eterna? Vida quieres, dona vida. Es importante observar que todo el conjunto de los mandamientos que corresponden a la segunda tabla, los mandamientos referidos al prójimo, giran alrededor de la cuestión de la vida:

- honrar padre y madre: es de quienes procede nuestra vida

- no fornicar y no desear el cónyuge del prójimo: respetar el ámbito propio de la vida, la familia, y su fundamento, el matrimonio. Esto evita muchos desórdenes sociales y personales.

- no robar y no codiciar los bienes ajenos: respetar los elementos materiales necesarios para la vida

- no levantar falso testimonio ni mentir: no atentar contra la vida social, parte imprescindible también de la vida del hombre.

De manera particular hemos de tener presente el quinto mandamiento: no matar, es decir, respetar la vida propia y ajena en todos sus niveles (físico, psíquico y espiritual): “La vida humana es sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término…” (2258).


4 – Conclusión

No podemos extendernos en esto pero podemos sintetizar la enseñanza de este día en decir sencillamente que es nuestro deber, para con toda persona humana, trabajar para brindar aquello que le permita acceder a una vida cada vez más plena, conscientes de que la vida humana implica el triple nivel (físico, psíquico y espiritual), y atentos a no dejarnos atraer por los espejismos y las ideologías que proponen falsas soluciones (como aborto, eutanasia, etc. o rechazo de las fronteras bioéticas)
(MENGELLE, E., El camino del Espíritu, IVE Press, Nueva York, 2006. Todos los derechos reservados)




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Aplicación: R.P. Gustavo Pascual, I.V.E. - El buen samaritano (Lc 10, 25-37)

En este domingo la liturgia nos enseña que la vida eterna se alcanza en el amor al prójimo y que el cumplimiento de este mandamiento no es algo que sea inalcanzable, porque está inscrito en nuestro interior.

Jesús nos ha revelado a Dios que es amor y nuestra vida religiosa consiste en ir asemejándonos a la Imagen de Dios invisible, al Verbo Encarnado.

El Evangelio zanja la cuestión del problema sobre el principal mandamiento. El principal mandamiento es doble: amor a Dios y al prójimo. Pero como el letrado pregunta sobre el prójimo Jesús le enseña quién es el prójimo y le muestra que quien ama al prójimo ama a Dios, mandándolo a cumplir el mandamiento. “Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano”[6].

A la pregunta del letrado sobre el prójimo Jesús le responde con una parábola.

La parábola enseña que cumple el mandamiento quien tiene misericordia del prójimo. El hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó estaba en un estado de miseria. Necesitaba ayuda, pues, corría riesgo su vida. Dos personajes, un sacerdote y un levita, lo ven y pasan de largo sin compadecerse del herido. Son los hombres que primeramente debían dar ejemplo de cumplimiento de la ley de la caridad[7]. Pasan de largo porque no consideran al hombre como prójimo y por tanto no nace en ellos la compasión que es el primer movimiento que nos lleva a subsanar las necesidades del necesitado. Pasan de largo. No les interesa la miseria del hombre caído, están sumergidos en sus propios problemas.

El samaritano, y Cristo busca el polo opuesto de los que debían ser los más misericordiosos en Israel, que era considerado un hereje para los judíos pasa a ser un modelo de caridad. Al pasar el samaritano y ver al hombre caído, probablemente judío, “tuvo compasión”. Se estremecen sus entrañas al ver la miseria del herido y se compadece porque lo siente próximo (prójimo) aún sin conocerlo, es uno de su misma naturaleza, es un hombre como él, pero en una situación grave de miseria. El samaritano se hace próximo y su corazón asume la miseria del otro. Siente en sí mismo la miseria y usa de misericordia curándolo y llevándolo a buen recaudo para que se salve.

Puede darse a veces compasión en nosotros y lamentarnos de la miseria ajena pero no pasar de allí. Pudiendo subsanar la miseria no subsanarla y entonces la compasión que es un buen comienzo porque nos pone próximos con el miserable queda trunca sin la misericordia. Siempre será posible usar de misericordia con el miserable aunque sea con la oración. Nosotros podemos encontrarnos con situaciones de miseria insolubles a nuestras posibilidades como puede ser una enfermedad o la muerte ante las cuales no podremos hacer nada que directamente las solucione pero siempre habrá posibilidad de usar misericordia con otros medios, por ejemplo por la oración, un buen consejo, un llamado a la resignación, etc.

El samaritano se compadeció y uso de misericordia porque pudo hacerlo y solucionó completamente la situación de miseria del hombre sufriente.

El samaritano es figura de Jesús, modelo de amor al prójimo. Jesús compadecido de la miseria de los hombres se hizo próximo a los hombres por su encarnación y asumió su miseria haciéndose miserable por los miserables y usó de misericordia sacándonos de la miseria y sanando nuestras heridas.

La plenitud de la ley se centra en el amor al prójimo. El amor al prójimo se manifiesta por las obras de misericordia. El Evangelio de hoy es un llamado a ejercitar la misericordia con el prójimo para cumplir el mandamiento del amor.

Muchas veces, nos puede ocurrir como al sacerdote y al levita. Estamos tan metidos en nuestros asuntos que pasamos de largo ante la miseria del prójimo. Usar de misericordia con el prójimo implicaría un compromiso y un esfuerzo que no estamos dispuestos a cumplir. Nos preferimos a nosotros mismos y a nuestras cosas.

También puede ocurrir que nos volvamos insensibles. Que no nos conmueva la miseria del prójimo. De tanto pasar de largo ante la miseria que nos rodea nos volvemos insensibles o indiferentes y perdemos esa reacción tan natural y humana que es la compasión. Vemos a nuestros prójimos como lejanos incluso a los que nos unen lazos de carne y sangre o a los que estamos unidos por un lazo espiritual como sucede entre los cristianos.

Podemos compadecernos y lamentarnos de la miseria pero no hacer nada por solucionarla y entonces la compasión no deja de ser un sentimiento natural estéril.

Miremos a Jesús. ¡Cuánta compasión y misericordia ha tenido con nosotros! Imitémoslo teniendo nosotros compasión con el prójimo. El prójimo es todo hombre necesitado. No el que a nosotros nos guste o nos caiga bien, no con el cual tengamos simpatía o nosotros consideremos miserable sino que debemos tener misericordia con todos.

¡Cuánta miseria nos rodea y cuantas posibilidades se nos ofrecen para imitar la misericordia de Jesús! Y el mandamiento está muy cercano. El hombre naturalmente se compadece en su corazón de su semejante y su razón lo lleva a la misericordia.

Hoy y siempre se nos llama a nosotros cristianos a practicar el mandamiento del amor amando a nuestro prójimo. Es el antídoto a un mundo que se envenena por el resentimiento y el egoísmo y donde el hombre desconoce al propio hombre que vive a su lado.

Y Jesús, que es la imagen de Dios invisible, nos ha dado ejemplo de amor con su propia vida. Él es la imagen de Dios amor[8] y nos llama a nosotros a imitarlo.

Nosotros como cristianos tenemos una proximidad mayor por formar parte de un mismo cuerpo que es la Iglesia, “nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros”[9] y por eso tenemos que tener una gran compasión de unos por otros, “si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo”[10].

[1] Cuestión batallona. f. (coloq.) La muy reñida y a la que se da mucha importancia (Diccionario de la Real Academia Española).
[2] lazrar. (De lacerar). (intr. desus). Padecer y sufrir trabajos y miserias (Diccionario de la Real Academia Española).
[3]Libro de los Muertos, ERE, V, 478.
[4] periclitar. (Del lat. periclitari). intr. Peligrar, estar en peligro. || 2. Decaer, declinar (Diccionario de la Real Academia Española).
[5] estabular. (Del lat. stabulare). tr. Meter y guardar ganado en establos (Diccionario de la Real Academia Española).
[6] 1 Jn 4, 20-21
[7] Cf. Nota de Jsalén. a Lc 10, 33
[8] 1 Jn 4, 8
[9] Rm 12, 5
[10] 1 Co 12, 26


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Aplicación: S.S. Francisco p.p. El buen samaritano

El Evangelio de hoy —estamos en el capítulo 10 de Lucas— es la famosa parábola del buen samaritano. ¿Quién era este hombre? Era una persona cualquiera, que bajaba de Jerusalén hacia Jericó por el camino que atravesaba el desierto de Judea. Poco antes, por ese camino, un hombre había sido asaltado por bandidos, le robaron, golpearon y abandonaron medio muerto.

Antes del samaritano pasó un sacerdote y un levita, es decir, dos personas relacionadas con el culto del Templo del Señor. Vieron al pobrecillo, pero siguieron su camino sin detenerse. En cambio, el samaritano, cuando vio a ese hombre, «sintió compasión» (Lc 10, 33) dice el Evangelio. Se acercó, le vendó las heridas, poniendo sobre ellas un poco de aceite y de vino; luego lo cargó sobre su cabalgadura, lo llevó a un albergue y pagó el hospedaje por él... En definitiva, se hizo cargo de él: es el ejemplo del amor al prójimo.

Pero, ¿por qué Jesús elige a un samaritano como protagonista de la parábola? Porque los samaritanos eran despreciados por los judíos, por las diversas tradiciones religiosas. Sin embargo, Jesús muestra que el corazón de ese samaritano es bueno y generoso y que —a diferencia del sacerdote y del levita— él pone en práctica la voluntad de Dios, que quiere la misericordia más que los sacrificios (cf. Mc 12, 33).

Dios siempre quiere la misericordia, y no la condena hacia todos. Quiere la misericordia del corazón, porque Él es misericordioso y sabe comprender bien nuestras miserias, nuestras dificultades y también nuestros pecados. A todos nos da este corazón misericordioso. El Samaritano hace precisamente esto: imita la misericordia de Dios, la misericordia hacia quien está necesitado.
(Basílica Vaticana, Domingo 7 de julio de 2013)

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Benedicto XVI - Maestro, ¿qué he de hacer?

El Evangelio de este domingo se abre con la pregunta que un doctor de la Ley plantea a Jesús: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?» (Lc 10, 25). Sabiéndole experto en Sagrada Escritura, el Señor invita a aquel hombre a dar él mismo la respuesta, que de hecho este formula perfectamente citando los dos mandamientos principales: amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo. Entonces, el doctor de la Ley, casi para justificarse, pregunta: «Y ¿quién es mi prójimo?» (Lc 10, 29).

Esta vez, Jesús responde con la célebre parábola del «buen samaritano» (cf. Lc 10, 30-37), para indicar que nos corresponde a nosotros hacernos «prójimos» de cualquiera que tenga necesidad de ayuda. El samaritano, en efecto, se hace cargo de la situación de un desconocido a quien los salteadores habían dejado medio muerto en el camino, mientras que un sacerdote y un levita pasaron de largo, tal vez pensando que, al contacto con la sangre, de acuerdo con un precepto, se contaminarían.

La parábola, por lo tanto, debe inducirnos a transformar nuestra mentalidad según la lógica de Cristo, que es la lógica de la caridad: Dios es amor, y darle culto significa servir a los hermanos con amor sincero y generoso. Este relato del Evangelio ofrece el «criterio de medida», esto es, «la universalidad del amor que se dirige al necesitado encontrado “casualmente” (cf. Lc 10, 31), quienquiera que sea» (Deus caritas est, 25). Junto a esta regla universal, existe también una exigencia específicamente eclesial: que «en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad». El programa del cristiano, aprendido de la enseñanza de Jesús, es un «corazón que ve» dónde se necesita amor y actúa en consecuencia (cf. ib, 31).

Confiemos a la Virgen María nuestro camino de fe y, en particular, este tiempo de vacaciones, a fin de que nuestros corazones jamás pierdan de vista la Palabra de Dios y a los hermanos en dificultad.
(Ángelus, Palacio Apostólico de Castelgandolfo, Domingo 11 de julio de 2010)

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Aplicación: Directorio Homilético - Decimoquinto domingo del Tiempo Ordinario C


CEC 299, 381: el hombre ha sido creado a imagen de Dios; el primogénito
CEC 1931-1933: el prójimo tiene que ser considerado como “otro yo”
CEC 2447: las obras de misericordia corporal
CEC 1465: en la celebración del Sacramento de la Penitencia el sacerdote es como el buen Samaritano
CEC 203, 291, 331, 703: el Verbo y la creación, visible e invisible


299 Porque Dios crea con sabiduría, la creación está ordenada: "Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso" (Sb 11,20). Creada en y por el Verbo eterno, "imagen del Dios invisible" (Col 1,15), la creación está destinada, dirigida al hombre, imagen de Dios (cf. Gn 1,26), llamado a una relación personal con Dios. Nuestra inteligencia, participando en la luz del Entendimiento divino, puede entender lo que Dios nos dice por su creación (cf. Sal 19,2-5), ciertamente no sin gran esfuerzo y en un espíritu de humildad y de respeto ante el Creador y su obra (cf. Jb 42,3). Salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad ("Y vio Dios que era bueno...muy bueno": Gn 1,4.10.12.18.21.31). Porque la creación es querida por Dios como un don dirigido al hombre, como una herencia que le es destinada y confiada. La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material (cf. DS 286; 455-463; 800; 1333; 3002).

381 El hombre es predestinado a reproducir la imagen del Hijo de Dios hecho hombre -"imagen del Dios invisible" (Col 1,15)-, para que Cristo sea el primogénito de una multitud de hermanos y de hermanas (cf. Ef 1,3-6; Rm 8,29).

1931 El respeto a la persona humana pasa por el respeto del principio: "que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como 'otro yo', cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente" (GS 27,1). Ninguna legislación podría por sí misma hacer desaparecer los temores, los prejuicios, las actitudes de soberbia y de egoísmo que obstaculizan el establecimiento de sociedades verdaderamente fraternas. Estos comportamientos sólo cesan con la caridad que ve en cada hombre un "prójimo", un hermano.

1932 El deber de hacerse prójimo de otro y de servirle activamente se hace más acuciante todavía cuando éste está más necesitado en cualquier sector de la vida humana. "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40).

1933 Este deber se extiende a los que no piensan ni actúan como nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (cf Mt 5,43-44). La liberación en el espíritu del evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.

2447 Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11; Si 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6,2-4):

El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo (Lc 3,11). Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros (Lc 11,41). Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: "id en paz, calentaos o hartaos", pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (St 2,15-16; cf. 1 Jn 3,17).

1465 Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.

203 A su pueblo Israel Dios se reveló dándole a conocer su Nombre. El nombre expresa la esencia, la identidad de la persona y el sentido de su vida. Dios tiene un nombre. No es una fuerza anónima. Comunicar su nombre es darse a conocer a los otros. Es, en cierta manera, comunicarse a sí mismo haciéndose accesible, capaz de ser más íntimamente conocido y de ser invocado personalmente.

291 "En el principio existía el Verbo... y el Verbo era Dios...Todo fue hecho por él y sin él nada ha sido hecho" (Jn 1,1-3). El Nuevo Testamento revela que Dios creó todo por el Verbo Eterno, su Hijo amado. "En el fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra...todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo y todo tiene en él su consistencia" (Col 1, 16-17). La fe de la Iglesia afirma también la acción creadora del Espíritu Santo: él es el "dador de vida" (Símbolo de Nicea-Constantinopla), "el Espíritu Creador" ("Veni, Creator Spiritus"), la "Fuente de todo bien" (Liturgia bizantina, tropario de vísperas de Pentecostés).

331 Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles..." (Mt 25, 31). Le pertenecen porque fueron creados por y para E1: "Porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él" (Col 1, 16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación: "¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?" (Hb 1, 14).

703 La Palabra de Dios y su Soplo están en el origen del ser y de la vida de toda creatura (cf. Sal 33, 6; 104, 30; Gn 1, 2; 2, 7; Qo 3, 20-21; Ez 37, 10):

Es justo que el Espíritu Santo reine, santifique y anime la creación porque es Dios consubstancial al Padre y al Hijo ... A El se le da el poder sobre la vida, porque siendo Dios guarda la creación en el Padre por el Hijo (Liturgia bizantina, Tropario de maitines, domingos del segundo modo).

 

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EJEMPLOS

AMIGOS

Hace tiempo al estar en mi casa, siendo como las 11:00 de la noche, recibí la llamada telefónica de un muy buen amigo mío. Me dio mucho gusto su llamada y lo primero que me preguntó fue: ¿cómo estas? Y sin saber por qué le contesté: "solísimo".

¿Quieres que platiquemos? Le respondí que sí y me dijo: ¿quieres que vaya a tu casa? Y respondí que sí. Colgó el teléfono y en menos de quince minutos él ya estaba tocando a mi puerta.

Yo empecé y hablé por horas y horas, de todo, de mi trabajo, de mi familia, de mi novia, de mis deudas, y él atento siempre, me escuchó. Se nos hizo de día, yo estaba totalmente cansado mentalmente, me había hecho mucho bien su compañía y sobre todo que me escuchara y que me apoyara y me hiciera ver mis errores, me sentía muy a gusto y cuando él notó que yo ya me encontraba mejor, me dijo: bueno, pues me retiro tengo que ir a trabajar.

Yo me sorprendí y le dije: pero porque no me habías dicho que tenías que ir a trabajar, mira la hora que es, no dormiste nada, te quité tu tiempo toda la noche. Él sonrió y me dijo: no hay problema para eso estamos los amigos. Yo me sentía cada vez más feliz y orgulloso de tener un amigo así.

Lo acompañé a la puerta de mi casa... y cuando él caminaba hacia su automóvil le grité desde lejos: oye amigo, y a todo esto, ¿por qué llamaste anoche tan tarde? El regresó y me dijo en voz baja es que te quería dar una noticia...y le pregunté: ¿qué pasó? Y me dijo...fui al doctor y me dice que mis días están contados, tengo un tumor cerebral, no se puede operar, y solo me queda esperar... yo me quedé mudo...él me sonrió y me dijo: que tengas un buen día amigo... se dio la vuelta y se fue...

Pasó un buen rato para cuando asimile la situación y me pregunté una y otra vez, porque cuando él me preguntó ¿cómo estás? me olvidé de él y sólo hablé de mí.

¿Cómo tuvo la fuerza de sonreírme, de darme ánimos, de decirme todo lo que me dijo, estando él en esa situación?...esto es increíble... desde entonces mi vida ha cambiado, suelo ser más crítico con mis problemas y suelo disfrutar más de las cosas buenas de la vida, ahora aprovecho más el tiempo con la gente que quiero.. por ejemplo él... todavía vive y procuro disfrutar más el tiempo que convivimos y platicamos, sigo disfrutando de sus chistes, de su locura, de su seriedad, de su sabiduría, de su temple, de mi amigo...


(Cortesía: iveargentina.org et alii)


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