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Domingo 18 del Tiempo Ordinario C - la parábola del hombre rico - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Recursos adicionales para la prepración

 

A su disposición
Exégesis: Alois Stöger - Desapego de los bienes (Lc.12,13-21)

Comentario Teológico I: Santo Tomás de Aquino - La avaricia

Comentario Teológico II: R.P. Julio Meinvielle -La avaricia, esencia del capitalismo

Santos Padres: San Ambrosio - Confianza en la Providencia

Santos Padres: San Agustín El desapego de las riquezas

Aplicación: S.S. Francisco p.p. - Vanidad de Vanidades

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - El rico necio

Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Décimo Octavo Domingo del Tiempo Ordinario - Año C Lc 12: 13-21

Aplicación: Directorio Homilético - Decimoctavo domingo del Tiempo Ordinario

Aplicación: P. Alfredo Sáenz, S. J. - El abandono en la Providencia

Aplicación: San Juan Pablo II - La vanidad y el valor

Aplicación: ALESSANDRO PRONZATO - Esclavitud y Soledad

Aplicación: P. Ranieri Cantalamessa OFMCap - Vanidad de vanidades

EJEMPLOS

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Las Lecturas del Domingo

Exégesis: Alois Stöger - Desapego de los bienes (Lc.12,13-21)

El hombre no deja de ser hombre por el hecho de seguir a Cristo; como hombre, está amenazado por la preocupación por los bienes de la tierra. Por eso el discípulo de Jesús debe adoptar la debida posición frente a estos bienes. Jesús se niega a hacer de árbitro en una cuestión de repartición de herencia (Lc.12:14), pone en guardia contra la avidez y la codicia (Lc.12:15) y con una parábola muestra cómo se asegura verdaderamente la vida ( Lc.12:16-21).

13 Díjole uno de la multitud: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. 14 Pero él le contestó: ¡Hombre! ¿Quién me ha constituido juez o partidor entre vosotros?
El derecho sucesorio judío estaba regulado por la ley mosaica. Se supone una situación agrícola, en la cual el hermano mayor hereda los bienes raíces y dos tercios de los bienes muebles (Deu 21:17). En el caso que se propone a Jesús, parece ser que el hijo mayor no quiere entregar absolutamente nada. Dado que el derecho sucesorio estaba regulado por la ley, fácilmente se recurriría al dictamen y a la decisión de los doctores de la ley. El hombre del pueblo acude a Jesús, al que trata como a doctor de la ley, a fin de que en el asunto de su herencia dé un dictamen y con su autoridad ejerza influjo sobre su hermano injusto. Jesús es considerado como acreditado doctor de la ley, que se presenta y actúa con autoridad.

Cuando el pueblo acude a Jesús con sus miserias del cuerpo y del alma, lo halla dispuesto a socorrerle. En cambio, el hombre que se presenta con su pleito hereditario tropieza con una repulsa. ¡Hombre! Aquí esta palabra suena áspera y dura. Jesús no quiere ser juez ni árbitro en los asuntos de los hombres. Las palabras con que lo expresa traen a la memoria las que fueran respondidas a Moisés cuando quiso dirimir una querella entre dos hebreos: "¿Y quién te ha puesto a ti como jefe yjuez entre nosotros?" (Exo 2:14). En su obrar se inspira Jesús en las decisiones expresadas por la palabra de Dios en la Sagrada Escritura. La palabra de la Escritura le muestra también los inconvenientes que tiene el constituirse árbitro en tales asuntos.

Con su palabra se niega Jesús a intervenir para poner orden en las condiciones perturbadas de este mundo y a decidir con su autoridad en favor de este o del otro orden social. Su misión y la conciencia de su vocación que le da la voluntad de Dios, la dejó ya bien establecida reiteradamente al comienzo de su actividad en Nazaret y todavía antes en la tentación en el desierto. Ha sido enviado para anunciar a los pobres el Evangelio, para llamar a los pecadores (Lc.5:32), para salvar a los que estaban perdidos (Lc.19:10), para dar su vida en rescate (Mar 10:45), para traer al mundo la vida divina (Jua 10:10).

15 Entonces les dijo: Guardaos muy bien de toda avidez, pues no por estar uno en la abundancia, depende su vida de los bienes que posee.
Toda ansia de aumentar los bienes es enjuiciada como un peligro del que han de guardarse bien los discípulos. El ansia de poseer descubre la ilusión de creer que la vida se asegura con los bienes o con la abundancia de los mismos. La vida es un don de Dios, no es fruto de la posesión o de la abundancia de bienes de la tierra y de la riqueza. De hecho, no es el hombre el que dispone de la vida, sino Dios.

16 Luego les dijo esta parábola: Un hombre muy rico tenía una finca que le dio una gran cosecha. 17 Y discurría para sí de esta forma. ¿Qué voy a hacer si ya no tengo dónde almacenar mis cosechas? 18 Y añadió: Voy a hacer esto: derribaré mis graneros para edificar otros mayores; así podré almacenar allí todo mi trigo y mis bienes. 19 Y diré a mi alma: Alma mía, ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años; ahora descansa, come, bebe y pásalo bien. 20 Entonces le dijo Dios: ¡Insensato! Esta misma noche te van a reclamar tu alma, y todo lo que has preparado, ¿para quién va a ser? 21 Así sucederá con aquel que atesora riquezas para sí, pero no se hace rico ante Dios.

La narración de un ejemplo presenta gráficamente lo que se ha expresado con la sentencia: la vida no se asegura con los bienes. El rico labrador revela su ideal de vida en el diálogo que entabla consigo mismo: vivir es disfrutar de la vida: comer, beber y pasarlo bien; vivir es disponer de una larga vida: para muchos años; vivir es tener una vida asegurada: ahora descansa ¡ética del bienestar! ¿Cómo puede alcanzarse este ideal de vida? Almacenaré: hay que asegurar el porvenir. Varían las formas de esta seguridad. El labrador edifica graneros. ¿El moderno hombre de negocios...? La economía de este labrador no tiene otro sentido que el de asegurar la propia vida.

La entera forma humana de proyectar flaquea. El hombre no tiene en su mano la vida como dueño y señor. No puede contentarse con hablar consigo mismo: Dios interviene también en el diálogo. Este hombre debería también tratar con otros hombres, pero le importan tan poco como Dios mismo. El hombre es insensato si piensa así, como si la seguridad de su vida estuviera en su mano o en sus posesiones. El que no cuenta con Dios, prácticamente lo niega, y es insensato (/Sal/013/014/01). Que nuestra vida no se asegura con la propiedad y con los bienes lo pone al descubierto la muerte. Te van a reclamar tu alma: los ángeles de la muerte, Satán por encargo de Dios. ¡Esta misma noche! El rico había contado con muchos años...

La riqueza que el hombre acumula para sí, con la que quiere asegurarse la existencia terrena, no le aprovecha nada. Tiene que dejársela aquí, en manos de otros. "Muévese el hombre cual un fantasma, por un soplo solamente se afana; amontona sin saber para quién" (Sal 39:7). Sólo el que se hace rico ante Dios, el que acumula tesoros que Dios reconoce como verdadera riqueza del hombre, saca provecho. El querer el hombre asegurar nerviosamente su vida por sí mismo lleva a perder la vida, sólo quien la entrega a Dios y a su voluntad la preserva. ¿Cuáles son los tesoros que se acumulan con vistas a Dios?
(STÖGER, Carlos, El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder,
Madrid, 1969)


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Comentario Teológico I: Santo Tomás de Aquino - La avaricia

La avaricia es pecado
El bien consiste siempre en la medida justa; de ahí que el mal surge necesariamente por exceso o por defecto de tal medida. Pero en todo lo que dice orden a un fin, el bien radica en una cierta medida, pues los medios deben estar adaptados al fin, como la medicina con respecto a la salud, según consta por el Filósofo en 1 Polit.. Ahora bien: los bienes exteriores son medios útiles para el fin, como hemos visto (q.117 a.3; 1-2 q.2 a.1). Por tanto, se requiere que el bien del hombre en estos bienes exteriores guarde una cierta medida, es decir, que el hombre busque las riquezas exteriores manteniendo cierta proporción, en cuanto son necesarios para la vida según su condición. Y, por consiguiente, el pecado se da en el exceso de esta medida, cuando se quieren adquiriry retener las riquezas sobrepasando la debida moderación. Esto es lo propio de la avaricia, que se define como el deseo desmedido de poseer. Por tanto, es claro que la avaricia es pecado.

Los pecados se especifican por sus objetos, como hemos visto (1-2 q.72 a.1). Pero el objeto del pecado es aquel bien al que tiende el apetito desordenado. Por tanto, donde haya una razón especial de bien apetecido desordenadamente, allí tendrá que darse una razón especial de pecado. Pero una cosa es la razón de bien útil y otra distinta la del bien deleitable. Las riquezas tienen de suyo razón de bien útil, pues se desean porque sirven para utilidad del hombre. Por tanto, la avaricia es un pecado especial, porque es el amor desordenado de tener riquezas, que designamos con el nombre de "dinero", del cual proviene la palabra "avaricia" (arg.2).

Pero como el verbo "tener", en una primera acepción, parece que se refería a las riquezas de las que somos totalmente dueños, y después pasó a significar muchas otras cosas -así se dice que el hombre tiene salud, mujer, vestido, etc., según se explica en Praedicamentis -, como consecuencia lógica también el nombre de avaricia se amplió a todo apetito inmoderado de tener cualquier cosa; es lo que enseña San Gregorio en una Homilía: la avaricia no se refiere sólo al dinero, sino también a la ciencia y a la excelencia, siempre que se ambicionen desmedidamente. Y en este sentido no sería pecado especial. Este es el modo como habla San Agustín de la avaricia en el texto citado

La avaricia se opone a la liberalidad
La avaricia supone cierta inmoderación con relación a las riquezas en un doble sentido. Primero, inmediatamente respecto a su misma adquisición y conservación, o sea, cuando se adquiere el dinero injustamente sustrayendo o reteniendo lo ajeno. Entonces se opone a la justicia. En este sentido se entiende la avaricia en Ez 22,27, cuando se dice: Sus príncipes son como lobos que despedazan la presa derramando sangre para dar pábulo a su avaricia.

En un segundo sentido implica inmoderación de los afectos interiores a las riquezas: por ejemplo, cuando se las ama o desea o se goza en ellas excesivamente, aunque no se quiera sustraer lo ajeno. En este aspecto, la avaricia se opone a la liberalidad, que modera tales afectos, como hemos visto (q.117 a.2 ad 1; a.3.6). Así debe entenderse la avaricia de que se habla en 2 Cor 9,5: Preparen de antemano la prometida bendición, y con esta preparación resulte una obra de liberalidad y no de avaricia, es decir, explica la Glosa, que no les pese haber dado, y que den en abundancia.

La avaricia puede ser pecado mortal
Como hemos visto antes (a.3), la avaricia puede entenderse de dos modos: Uno, en cuanto se opone a la justicia. Entonces es pecado mortal por su naturaleza: puesta esta avaricia, respondería a tomar o retener injustamente los bienes ajenos, lo cual es propio de la rapiña o del hurto, que son pecados mortales según lo antedicho (q.66 a.6). Sin embargo, en este género de avaricia puede que se dé pecado venial por la imperfección del acto, como hemos explicado al hablar del hurto (q.66 a.6 ad 3).
Otro modo de entender la avaricia es en cuanto opuesta a la liberalidad. En este caso implica amor desordenado de las riquezas. En consecuencia, si el amor a las riquezas es tan intenso que uno no tiene reparo por tal amor en obrar contra la caridad de Dios y del prójimo, entonces la avaricia es pecado mortal. Pero si el desorden de ese amor no llega a tanto, es decir, si el hombre, aunque ame superfluamente las riquezas, no antepone este amor al amor de Dios, de forma que por las riquezas obre contra Dios y el prójimo, entonces la avaricia es pecado venial

La gravedad del pecado de avaricia
Todo pecado, por ser un mal, implica una cierta corrupción o privación de un bien, y por ser voluntario, supone el deseo de un bien. Por consiguiente, el orden de los pecados puede considerarse de dos modos. Uno, por parte del bien que se desprecia o corrompe por el pecado, el cual será tanto más grave cuanto mayor sea el bien despreciado o corrompido. En esta consideración, el pecado contra Dios es el más grave; después está el pecado contra la persona humana; en tercer lugar, el pecado contra las cosas exteriores destinadas al servicio del hombre, entre los cuales se encuentra la avaricia. Otro modo de establecer la gravedad de los pecados es por parte del bien al que se somete desordenadamente la voluntad: entonces cuanto menor sea ese bien tanto más vergonzoso es el pecado; porque es menos noble supeditarse a un bien inferior que a otro superior. Pero el bien de las cosas exteriores es el último entre los bienes humanos: pues es menor que el bien corporal, que a su vez es menor que el del alma, por encima del cual está el bien divino. En este sentido, el pecado de avaricia, por el que la voluntad se somete incluso a las cosas exteriores, contiene en cierto modo una mayor fealdad.

Sin embargo, como la corrupción o privación del bien es lo formal en el pecado, y lo material es la conversión al bien conmutable, hay que juzgar la gravedad de los pecados por parte del bien que se corrompe más que por parte del bien del cual se hace esclava la voluntad. Por tanto, hay que decir que la avaricia no es en sí, sin más, el mayor de los pecados.

La avaricia es un pecado espiritual
Los pecados consisten principalmente en el afecto. Pero todos los afectos del alma, o pasiones, desembocan en los placeres o en las tristezas, según nos consta por el Filósofo en II Ethic.. Ahora bien: entre los placeres, unos son carnales y otros espirituales. Placeres carnales se llaman a los que se completan en la sensación de la carne, como los de la mesa y los venéreos; los espirituales se consuman en la sola prehensión de la mente. Así, pues, se llaman pecados carnales los que se consuman en los placeres carnales, y pecados espirituales los que se terminan en los placeres espirituales, sin delectación carnal. A estos últimos pertenece la avaricia: pues el avaro se deleita al considerarse dueño de muchas riquezas. Y, por lo mismo, la avaricia es pecado espiritual

La avaricia es un pecado capital
Como hemos visto (1-2 q.84 a.3.4), pecado capital se llama a aquel del cual se originan otros por la razón de fin; porque siendo su fin más apetecible, el hombre se presta a empleartoda clase de medios, buenos o malos, con tal de conseguirlo. Pero el fin más apetecible es la bienaventuranza o felicidad, que es el fin último de la vida humana, según se ha expuesto anteriormente (1-2 q.1 a.8 sedcontra). Por consiguiente, cuanto un objeto participa más de las condiciones de la felicidad, tanto más apetecible es. Y una de las condiciones de la felicidad es que sea suficiente en sí; de lo contrario no aquietaría el apetito como fin último. Pero las riquezas de suyo prometen esta suficiencia en grado máximo, como dice Boecio en ii De Consol.. La razón es porque, según el Filósofo, en V Ethic., nos servimos del dinero como de una garantía para conseguirlo todo. También en Ecl 10,19 se nos dice que el dinero sirve para todo. Por tanto, la avaricia, que consiste en el apetito del dinero, es pecado capital.

Las hijas de la avaricia
San Gregorio (Morales XXXi) designa como hijas de la avaricia a la traición, el fraude, la mentira, el perjurio, la inquietud, la violencia y la dureza de corazón.
Se llaman hijas de la avaricia aquellos vicios que se derivan de ella, y en especial en cuanto intentan el mismo fin. Pero como la avaricia es el amor excesivo de poseer riquezas, peca por dos capítulos: Primero, reteniendo las riquezas. Y así, de la avaricia surge la dureza de corazón, que no se ablanda con la misericordia ni ayuda con sus riquezas a los pobres. Segundo, la avaricia peca por exceso en la adquisición de las riquezas. Y en este aspecto puede considerarse la avaricia de dos modos: Uno, según el afecto interior. Y así la avaricia causa la inquietud, en cuanto engendra la excesiva solicitud y preocupaciones vanas, pues el avaro no se ve harto del dinero, como leemos en Ecl 5,9. Otro modo de considerar la avaricia es atendiendo al efecto exterior. Y así el avaro, en la adquisición de las riquezas, se sirve unas veces de la violencia y otras del engaño. Si este engaño lo hace con palabras, tenemos la mentira si se usan palabras sin más, y si lo apoya con un juramento, tenemos el perjurio. Y si el engaño lo realiza con obras, tenemos el fraude si se trata de cosas y la traición si de las personas, como aparece claro en el caso de Judas, que traicionó a Cristo por avaricia (Mt 26,15).
(SANTO TOMÁS DE AQUINo, Suma Teológica, ii-ii, q. 118, a. 1 - 8)


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Comentario Teológico II: R.P. Julio Meinvielle -La avaricia, esencia del capitalismo

Hay una perversidad esencial en el capitalismo, cualquiera sea su especie, pues es éste un sistema fundado sobre un vicio capital que los teólogos llaman avaricia. Busca el acrecentamiento sin límites de las riquezas como si fuese éste un fin en sí, como si su pura posesión constituyese la felicidad del hombre. "Y es imposible como enseña textualmente el Angélico (i-ii, q. 2, a.1) - que la felicidad del hombre consista en las riquezas. Dos son las clases de riquezas, a saber: las naturales y las artificiales. Las naturales son aquellas que remedian las necesidades naturales del hombre, tales como el vestido, el alimento, los vehículos, la habitación y las otras cosas semejantes. Artificiales son aquellas que de por sí no remedian ninguna necesidad natural, como el dinero, sino que la industria del hombre la ha adoptado como medida de las cosas venales, para facilitar el cambio. Ahora bien -prosigue el Angélico, la felicidad del hombre no puede consistir en las riquezas naturales, ya que éstas se emplean para sustentar la naturaleza del hombre; son medio y no fin; de donde todas las riquezas naturales han sido creadas para provecho del hombre y colocadas debajo de sus pies, como dice el Salmista, VIII".

Con mucha menor razón puede consistir en las riquezas artificiales, ya que éstas no tienen otra finalidad que la de servir de medio para adquirir las riquezas naturales necesarias para la vida.
Ahora bien, (dice el Santo Doctor) si tanto las riquezas naturales como las artificiales tienen porfinalidad satisfacer las necesidades materiales del hombre, según la condición de cada uno, su adquisición sólo es buena en la medida en que sirve para satisfacer estas necesidades; luego su posesión y producción debe estar regulada. Si se quebranta esta medida y se las quiere retener y poseer sin limitación ninguna, se comete un pecado llamado avaricia, que consiste en "un deseo inmoderado de poseer las cosas exteriores" (II-II, q.118, a. 2).

Precisamente, es esta concupiscencia del lucro la que constituye la esencia de la economía moderna. No que la avaricia sólo haya existido en ella; siempre ha habido avaros, y el Espíritu Santo dice por boca de Salomón que "al dinero obedecen todas las cosas"; pero nunca como en ella, este impulso perverso que anida en la carne pecadora del hombre se ha organizado en un sistema económico, nadie como ella ha hecho de un pecado una babélica construcción.

Y, como la avaricia es un vicio capital con muchas hijas -según explica el Doctor Angélico (II-II, q.118, a.8)-, el Capitalismo ha erigido consigo una prole de pecados, sistemas que los economistas denominan leyes económicas.

"Porque, como consiste la avaricia en un amor superfluo de las riquezas, hay en ella un doble desorden: porque, o se las retiene indebidamente, o se las adquiere en forma ilícita. Hay desorden en su retención, en el caso de inhumanidad o de endurecimiento, cuando el corazón no se ablanda de misericordia en presencia de los necesitados, y así el capitalismo, como, todo avaro, cierra sus entrañas a las miserias del pobre; al capital, monstruo anónimo con mil atribuciones y sin ninguna responsabilidad, no le interesa la caridad, ni la piedad, ni la misma equidad, ni siquiera se cree con deberes: para con los individuos a quienes emplea, o en todo caso este deber es del mismo orden que el que se tiene respecto al capital máquina, a saber: un mantenimiento escrupuloso y metódico, mientras este mantenimiento produce negocio: el paro o la desocupación cuando las cifras lo exigen o lo prefieren". (Marcel Malcor. Nova et Vetera, Julio 1931). Hay además desorden en la avaricia, porque se adquieren las riquezas, o con afección desordenada, o recurriendo a medios ilícitos. Porque la avaricia engendra una "inquietud morbosa y una febril preocupación de lo superfluo", que hace decir al Eclesiastés, V. 9, que el avaro nunca se hartará de dinero; y así, el capitalismo, dinámico, vertiginoso, insaciable, emplea todos los minutos ("el tiempo es oro") para acelerar el lucro, y con él, la producción y el consumo; la vida, es una carrera sin descanso en prosecución del oro; no se busca la riqueza para vivir sino que se vive para enriquecerse. ¡Cuán lejos estamos de la economía católica, regida por la procuración del pan de cada día!

La avaricia engendra, asimismo, como tantas otras hijas, la violencia, la falacia, el perjurio, el fraude y la traición. Y el capitalismo peca de violencia, porque, con su hambre de concentración, devora la pequeña industria y la pequeña propiedad; peca de falacia, porque promete la liberación de todo el género humano y cada día le sumerge profundamente en la miseria, pues a la concentración por un lado corresponde la desolación por el otro; peca de perjurio, cuando a la falacia se une el juramento, y el capitalismo rubrica con el crédito su engaño, como se explicará en el 4º capítulo; peca de fraude, porque con el crédito o préstamo a interés se apodera de los ahorros del género humano y los maneja como si fuese propietario, porque somete al obrero a la ley del hambre, y porque asegura un consumo malo y caro; peca, finalmente, de traición, porque aniquila a la persona humana, haciendo del hombre un mero individuo, una simple rueda en la maquinaria gigantesca del edificio económico, porque hace añicos la familia, hacinando en las fábricas como en tropilla a hombres y mujeres, porque destruye la educación con la estandardización de la escuela y la supresión del aprendizaje. En resumen, que el capitalismo es como la erupción de toda una familia de pecados, es el reino de Mammon. Y esto se aplica tanto al capitalismo liberal como al marxista.

La economía católica
La economía, en cambio, la única economía posible, está fundada sobre la virtud que Santo Tomás llama liberalidad, la cual nos enseña el buen uso de los bienes de este mundo concedidos para nuestra sustentación (II-II, q.117).

¿Acaso las riquezas artificiales y naturales deben ser producidas y acumuladas porque sí? Sin duda que no. Son cosas destinadas al provecho del hombre, para su uso; digamos la palabra: "para el consumo". Resultan bienes y no simplemente cosas en la medida que aprovechan o pueden aprovechar al hombre. Luego, todo el proceso económico, por la exigencia de la misma economía, debe estar orientado hacia el consumo. De aquí una doble falla antieconómica en el capitalismo, cualquiera sea su especie, porque se consume para producir y se produce para lucrar. La finanza regula la producción, y la producción regula el consumo.

Y los bienes, ¿para qué se consumen?, a sea, el proceso económico total, ¿a dónde se orienta? A satisfacer las necesidades de la vida corporal del hombre. Y como ésta no tiene un fin en sí, sino que su integridad es requerida para asegurar la vida espiritual del hombre, que culmina en el acto de amor a Dios, toda la economía debe estar al servicio del hombre para que éste se ponga al servicio de Dios.

"Santo Tomás enseña que para llevar una vida moral, para desarrollarse en la vida de las virtudes, el hombre tiene necesidad de un mínimun de bienestar y de seguridad material. Esta enseñanza significa, -dice Maritainque la miseria es socialmente, como lo han visto claramente León Bloy y Péguy, una especie de infierno; significa asimismo que las condiciones sociales que coloca a la mayor parte de los hombres en la ocasión próxima de pecar, exigiendo una especie de heroísmo de los que quieren practicar la ley de Dios, son condiciones que en estricta justicia deben ser denunciadas sin descanso y que debe esforzarse uno por cambiar" (Religion et Culture).

Santo Tomás ha expuesto en la "Summa contra Gentiles" el lugarde la economía en una jerarquía de valores. "Si se consideran bien las cosas, dice, todas las operaciones del hombre están ordenadas al acto de la divina contemplación como a su propio fin. Pues, ¿para qué son los trabajos serviles y el comercio, si no para que el cuerpo, estando provisto de las cosas necesarias a la vida, esté en el estado requerido para la contemplación? ¿Para qué las virtudes morales y la prudencia, sino para procurar la paz interior y la calma de las pasiones de que tiene necesidad la contemplación? ¿Para qué el gobierno civil, sino para asegurar la paz exterior necesaria a la, contemplación? De donde, si se considera bien, todas las funciones de la vida humana parecen estar al servicio de los que contemplan la verdad" (L. IV, cap. 37).

Mientras no se admita esta jerarquía de valores, no se habrá superado el capitalismo, porque o se sirve a Dios o se sirve a Mammon, el dios de las riquezas.

La economía, una ética
De lo expuesto resulta que la economía es una ética (contra la concepción mecánica de Descartes) que tiene por objeto específico la procuración de los bienes materiales útiles al hombre; digo bienes, esto es: que respondan a las exigencias de la naturaleza humana, no a sus caprichos o concupiscencias. De ahí que todas aquellas cosas que sobran, una vez satisfechas las necesidades del propio estado, son superfluas y no resultan bienes si se mantienen acumulados o se usan para satisfacer la sed de placeres. Hay obligación grave, según determinaremos en la próxima lección, de participar de su uso a todos los miembros de la comunidad social, para que resulten bienes útiles al hombre, esto es: bienes materiales humanos, que sólo deben utilizarlo en cuanto conduzcan a la plenitud racional y a la destinación sobrenatural del hombre. Debemos servirnos de la riqueza como hijos de Dios que nos llamamos y somos.

Luego la economía es una parte de la prudencia, como enseña Santo Tomás (II-II, q. 51, a. 3), que tiene por objeto el recto orden de las acciones humanas encaminadas a procurar la sustentación propia o de la familia o de la sociedad.

Y como en la ley de gracia en que vivimos no puede haber virtud perfecta - según enseña el Angé-lico - sino por la ordenación de todo a "Dios amado por encima de todas las cosas", es necesario que la prudencia, y con ello la economía, se subordinen perfectamente a la caridad, que es la más excelente de las virtudes, y sin la cual no puede haber verdadera virtud.

De lo dicho resulta que "las leyes económicas no son leyes puramente físicas como las de la mecánica o de la química, sino leyes de la acción, humana, que implican valores morales. La justicia, la liberalidad, el recto amor del prójimo forman parte esencial de la realidad económica. La opresión de los pobres y la riqueza tomada como un fin en sí no están solamente prohibidas por la moral individual, sino que son cosas económicamente malas, que van contra el fin mismo de la economía, porque este fin es un fin humano" (Maritain, Religion et Culture, pág. 46).

De aquí la justificación de los elementos y valores económicos haya que buscarla en las exigencias de la acción humana, y, que sea su moralidad, su moralidad intrínseca, la condición de sus efectos benéficos para el hombre.

Trascendencia de la economía católica
No sé si habrá quedado expuesta con claridad la oposición fundamental de la economía (porque sólo puede llamarse simplemente economía la verdaderamente humana) y la Economía moderna o Capita-lismo. Una está fundada sobre un pecado, y la otra descansa sobre una virtud. La una, como todo pecado, bajo maravillosos disfraces, esclaviza al hombre, porque el que comete el pecado es esclavo del pecado, según dice el Apóstol. La otra, humildemente, sin ostentación, le liberta, porque la verdad nos hace libres, según enseñaba Cristo.

Si la economía moderna nace del pecado, es esencialmente perversa y nefasta. Podrá haber en ella muchos elementos materiales buenos, pero la conformación de los mismos es intrínsecamente satánica.

De aquí que la doctrina económica de la Iglesia, nacida de una virtud, es una doctrina que está in-finitamente por encima de todas las otras doctrinas económicas, llámense socialistas o liberales. No se la puede ni se la debe parangonar con ellas. No está en el centro de ellas. Como la cima de un elevado monte, recoge, transcendiendo, todos los puntos de verdad contenidos en las distintas escuelas económicas; porque, como no

existe el mal o error absoluto, así toda escuela, por desvariada que sea, tiene en su seno muchas verdades adulteradas. El liberalismo, por ejemplo, insiste en el carácter individual de la posesión de los bienes terrenos; el socialismo en carácter social; y el fascismo quiere equilibrar a ambos. Pero sólo la Iglesia, que se apoya en la eternidad del cielo, puede obtener verdadero equilibrio del hombre y de la riqueza, porque incorporada a Cristo, y por Cristo unida a Dios, puede someter la riqueza al hombre y el hombre a Dios. El hombre está colocado en un medio, entre las riquezas y Dios. Jamás puede gobernar. Por esto, si no quiere venira Dios, si rehúsa aceptar el gobierno de Dios, tendrá que caer bajo el gobierno de las riquezas. O Dios o Mammon. No se puede servir a dos señores. Pero tiene que servir: si rehúsa el gobierno paternal de Dios, caerá bajo la esclavitud del becerro de oro.

Sólo hay dos economías verdaderamente opuestas: la cristiana, que usa de las riquezas para subir a Dios, y la moderna o capitalista (sea liberal o marxista), que abandona a Dios para esclavizarse en la ri-queza. Parece que la misericordia divina, apiadada de la espantosa suerte del hombre, que ha perdido el paraíso sobrenatural y vive en un infierno terrestre, quiere en esta hora libertarnos de la opresión capitalista. Este es el sentido de la crisis profunda que pesa sobre el mundo.

Pero hay dos caminos para que la liberación se realice. Porque, si entendiendo el hombre el plan de Dios que quiere libertarnos de la opresión burguesa, de la esclavitud del oro, se presta a los deseos divinos y, con espíritu de penitencia, renuncia a lo superfluo y para expiar su perversa codicia aún se priva de lo necesario, el Señor, que perdonó a Nínive, devolverá al hombre el sentido de la economía y, con ella, el sentido de la Vida. La liberación se habrá entonces realizado en la paz del  Señor.

Si en cambio no entiende el plan de Dios, o hace como si no lo entendiese, el Señor le libertará, es cierto, pero después de purificarle en una espantosa catástrofe de terror y de anarquía.
(MEINVIELLE, J., Concepción Católica de la Economía, Edición de los Cursos de Cultura Católica, Buenos Aires, 1936, p. 7-11.)


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Santos Padres: San Ambrosio - Confianza en la Providencia

122. Díjole uno de la muchedumbre: Maestro di a mi hermano que parta conmigo la herencia. Y Él le respondió: Pero hombre, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros? Todo este pasaje está ordenado a cómo aceptar el dolor para confesar al Señor, sea por desprecio a la muerte, por la esperanza del premio o por la amenaza de un castigo eterno que jamás dejará de ser tal. Y puesto que, frecuentemente, acontece que la avaricia es causa de tentación para la virtud, se añade también el mandamiento de suprimirla y ómo hay que hacerlo, cuando dice el Señor: ¿Quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros? El que había descendido por razones divinas, con toda justicia rechaza las terrenas, y no se digna hacerse juez de pleitos ni repartidor de herencias terrenas, puesto que Él tenía que juzgar y decidir sobre los méritos de los vivos y los muertos. Debes, pues, mirar no lo que pides, sino a quien se lo pides, y no creas que un espíritu dedicado a cosas mayores puede ser importunado por menudencias. Por esto, no sin razón es rechazado este hermano que pretendía que el Dispensador de los bienes celestiales se ocupara en cosas materiales, cuando precisamente no debe ser un juez el mediador en el pleito de la repartición de un patrimonio, sino el amor fraterno; aunque, en realidad, lo que debe buscar un hombre no es el patrimonio del dinero, sino el de la inmortalidad; pues vanamente reúne riquezas el que no sabe si podrá disfrutar de ellas, como aquel que, pensando derribar los graneros repletos para recoger las nuevas mieses, preparaba otros mayores para las abundantes cosechas, sin saber para quién las amontonaba (Sal 38, 7). Ya que todas las cosas que son del mundo se quedan en él, y nos abandona todo aquello que acaparamos para nuestros herederos; y, en realidad, dejan de ser nuestras todas esas cosas que no podemos llevar con nosotros. Sólo la virtud acompaña a los difuntos, sólo la misericordia nos sirve de compañera, esa misericordia que actúa en nuestra vida como norte y guía hacia las mansiones celestiales, y logra conseguir para los difuntos, a cambio del despreciable dinero, los eternos tabernáculos; así lo testimonian los preceptos del Señor, cuando nos dice: Con las riquezas injustas haceos amigos, para que, cuando éstas falten, os reciban en los eternos tabernáculos (Lc 16, 9). Este es un precepto inteligente, lleno de sabiduría y apto para animar aun a los avaros a que opten por cambiar las cosas corruptibles por las eternas, las terrenas por las divinas. Pero, puesto que muchas veces la entrega se entorpece por la debilidad de la fe y, cuando se va a repartir la herencia, viene a la mente la preocupación de todo lo que es necesario para la vida, el Señorañade:

123 No os preocupéis de vuestra vida por lo que comeréis; ni de vuestro cuerpo por lo que vestiréis; porque, en verdad, el alma es más importante que el alimento, y el cuerpo más que el vestido. Pues a los que creen en Dios, no hay mejor medio para darles confianza como ese soplo vital que es el espíritu, el cual hace durar la unión completa del alma y del cuerpo, unidad que, por otra parte, no exige ningún trabajo nuestro y que perdura, sin que falte el alimento apropiado, hasta que llegue el día de la muerte. Y si el alma está vestida del ropaje del cuerpo y éste recibe vida en virtud de la energía del alma, resulta absurdo creer que nos faltará el alimento suficiente precisamente cuando hemos recibido lo más, que es la realidad permanente de la vida.

124. Considerad -dijo- las aves del cielo. Este es un ejemplo grande y digno de ser imitado por la fe. Porque, si las aves del cielo, que no hacen ningún ejercicio de cultivo ni recogen la abundancia de las mieses, reciben sin falta su alimento de la divina providencia, parece justo que veamos la avaricia como la única causa de nuestra pobreza. Pues si ellos tienen en abundancia ese alimento que no han trabajado, es porque no se atribuyen los frutos que han recibido para todos como si fuera algo particular, mientras que nosotros hemos perdido los bienes comunes por reivindicar nuestra propiedad; y el hecho es que nada hay propio de nadie allí donde no hay nada duradero, ni existen unas provisiones seguras donde los acontecimientos son inciertos. ¿Por qué, pues, crees que las riquezas son tuyas, cuando Dios ha querido que el alimento reservado para ti sea común al de los demás animales? Las aves del cielo no reivindican para sí nada especial, y por eso no conocen la indigencia en lo que al alimento se refiere, ya que no pueden envidiar a los otros seres.

125. Mirad los lirios cómo crecen; y más abajo: si a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al fuego la viste Dios así... He aquí unas palabras alentadoras y humanas, ya que el Señor, por medio de esta comparación verbal de la flor y la hierba, nos ha invitado a la confianza en Dios, el cual nos concederá su misericordia tanto materialmente, para que podamos llegar a la estatura propia de nuestro cuerpo, como espiritualmente, puesto que, sin la ayuda de Dios, no podemos sobrepasar la medida de nuestra estatura. Y ¿qué más humano obtener la persuasión que el ver cómo la providencia de Dios viste de ese modo aun a los seres irracionales, los cuales no carecen de nada que les pueda hacer falta para su belleza y ornato, y todo esto
para que creas que mucho más velará para que nunca necesite nada el hombre, dotado de razón, con la condición que éste arroje toda su preocupación en Dios y no traicione su fe con la duda, sino que, por el contrario, cuente sobre todo y plenamente con el socorro divino?

126. Con todo, es necesario que examinemos estas cosas con más profundidad, ya que no parece que sea indiferente el hecho de que la flor sea comparada al mismo hombre y, más aún, puesta como superior al mismo hombre, representado por Salomón, hombre tan privilegiado, que mereció construir un templo a Dios que, bien en figura o bajo el signo del misterio, representaba a la Iglesia de Cristo, y no parece fuera de propósito el pensar que el brillante colorido representa la gloria de los ángeles del cielo, los cuales son realmente las flores de este mundo, ya que la tierra se adorna con su fulgor y derraman sobre ella el buen olor de la santificación. Protegidos con su ayuda podemos decir: Nosotros somos olor de Cristo en aquellos que se salvan (2 Co 2, 15), los cuales, no teniendo ninguna preocupación ni oprimidos por necesidad alguna de trabajar, conservan en sí mismos la gracia de la liberalidad divina y los dones de la naturaleza celeste. Y así muy bien se nos presenta Salomón, aquí revestido de su gloria y en otro lugar cubierto (Mt 6, 29), con el fin de cubrir la debilidad de su naturaleza corporal con el vigor del alma, revistiéndola con el esplendor de sus obras. Mientras que los ángeles, cuya naturaleza es más parecida a la de Dios y se halla inmune a todo sufrimiento corporal, tienen la preferencia sobre el hombre, aunque éste sea el más digno de ser ayudado a causa de su debilidad. Así, puesto que los hombres serán, por la resurrección, como los ángeles en el cielo, el Señor nos quiere ordenar, por medio de este ejemplo de los ángeles, que debemos esperar una mayor gloria celeste de Aquel que se la dio a ellos, cuando nuestra mortalidad sea absorbida por la vida; ya que es preciso que lo corruptible se revista de incorrupción y que este ser mortal se revista de inmortalidad (1 Co 15, 53).

127. Muchos juzgan este símil verdaderamente exacto tanto en lo que se refiere a la naturaleza de la flor como a las partes accidentales de esta planta escogida, y es que los lirios no requieren cuidado especial ni ser trabajados durante el año; no hay semejanza entre la recolección de los demás frutos y el nacimiento de esta flor, que devuelve el trabajo de los laboriosos agricultores traducidos en beneficios para la tierra. Cualquiera que sea la avidez de la tierra, todo lo que crece es impulsado a florecer por la virtud natural de una sabia que brota de la misma tierra y siempre late en ella. Y así, cuando veas que el tallo de las hojas viejas se seca, debes pensar que es que la flor comienza de nuevo como a revivir; porque es que el verdor se oculta, pero no se pierde; pero tan pronto como esa flor es provocada por las caricias primaverales, vuelve a revestirse de sus brotes, le nace de nuevo su cabellera y con ello toda la belleza que es propia de los lirios. Más, como recordamos haber expuesto más ampliamente este pasaje en otro lugar, es conveniente dejarlo para no volver sobre la misma cosa.

128. Pero me complace advertir cómo los lirios no se dan en las asperidades de los montes ni en los lugares incultos de los bosques, sino en la galanura de los huertos. Y es porque hayjardines de diversosfrutos, es decir, de variadas virtudes, y por eso está escrito: Eres jardín cerrado, hermana mía, esposa mía, eresjardín cerrado, fuente sellada (Ct 4, 12); y esto porque, donde florece la pureza, la castidad, la religión, la confianza silenciosa de los misterios y allí donde brilla el resplandor de los ángeles, allí crecen las violetas de los confesores, los lirios de las vírgenes y las rosas de los mártires. Y nadie crea que el comparar los lirios a los ángeles sea algo que carece de exactitud, ya que el mismo Cristo se llama a sí mismo lirio cuando dice: Yo soy la flor del campo y el lirio de los valles (Ct 2, 1). Y muy exacto resulta comparar a Cristo con un lirio, porque donde está la sangre de los mártires, allí está Cristo, que es una flor la más hermosa, sin mancha e inocente, en el cual no se encuentra la asperidad de las espinas que punzan, sino una gracia derramada alrededor que clarifica. A la verdad, las rosas tienen espinas para simbolizar los tormentos de los mártires. Pero la divinidad inmaterial no tiene espinas, porque no sufrió nunca.

129. Pero aunque los lirios o los ángeles estén vestidos de una gloria superior a la humana, no debemos desesperar de la misericordia divina sobre nosotros, a quienes el Señor, por la gracia de la resurrección, promete un aspecto semejante al de los ángeles. En este lugar parece estar también tocada una cuestión que el mismo Apóstol no dejó de tratar, ya que las gentes de este mundo se preguntan cómo resucitan los muertos y con qué cuerpo vuelven (1 Co 15, 35).

130. Ahora bien, al decir: Buscad el reino de Dios, y todas estas cosas se os darán como consecuencia, nos quiere enseñar que la gracia no ha de faltar a los creyentes ni en el presente ni en el futuro, con tal que éstos, deseando las cosas divinas, no busquen con avidez las terrenas. Resulta, en efecto, innoble que los que sirven a ese reino se preocupen del alimento. Ya sabe el Rey, cómo debe cuidar, alimentar y vestir a los de su casa, y por eso dijo: Arroja en Dios tu cuidado, y Él te alimentará (Sal 54, 23).
(SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.7, 122-30, BAC Madrid 1966, pág. 405-11)


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Santos Padres: San Agustín El desapego de las riquezas

1. No dudo que quienes teméis a Dios oís con temor su palabra y con gozo la ponéis por obra para esperar ahora y recibir después lo que prometió. Acabamos de oír el mandato de Cristo Jesús, el Hijo de Dios. Quien nos da órdenes es la Verdad, que ni engaña ni es engañada; oigamos, temamos, precavámonos. ¿Qué nos manda? Os digo que os abstengáis de toda avaricia. ¿Qué significa de toda avaricia? ¿Qué quiere decir de toda? ¿Por qué añadió de toda? Hubiera podido decir: «Guardaos de la avaricia». Pero le correspondía a él añadir de toda y proclamar guardaos de toda avaricia.

2. El Evangelio nos indica por qué dijo esto, que fue como la ocasión que dio origen a este sermón. Cierto individuo interpeló al Señor contra un hermano suyo que había huido con todo el patrimonio y se negó a darle la parte que le correspondía. Os dais cuenta de cuan justa era su causa. No pretendía arrebatar lo que no era suyo; sólo pedía los bienes que sus padres le habían dejado. No otra cosa pedía al acudir al Señor como a un juez. Tenía un hermano malvado, pero contra ese hermano injusto había encontrado un juez justo.

¿Debería perder esta ocasión en causa tan buena? Por otra parte, ¿quién iba a decir a su hermano: «Da a tu hermano su parte», si Cristo no lo hacía? ¿Iba a decirlo otro juez a quien el hermano raptor y más rico tal vez hubiera corrompido con dádivas? Este hombre, miserable y despojado de los bienes paternos, habiendo encontrado tan buen juez, se acerca a él, le interpela, le ruega y expone su causa en pocas palabras. ¿Qué necesidad tenía de palabrería cuando hablaba a quién podía ver también el corazón? Señor, dice, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo. El Señor no le contesta «Que venga tu hermano»; ni le envió a decirle que se presentase, ni en su presencia dijo a quien le había interpelado: «Prueba lo que has dicho». Pedía la mitad de la herencia; solicitaba la mitad, pero en la tierra, y el Señor se la ofrecía toda en el cielo. Le daba el Señor más de lo que pedía.

3. Di a mi hermano que reparta la herencia conmigo. La causa es justa y su exposición breve. Pero oigamos al juez y maestro. Hombre, le dice; hombre, tú que tienes por cosa grande esta herencia, ¿qué eres sino hombre? Hacerlo algo más que hombre: he aquí lo que deseaba el Señor. ¿Qué pretendía hacer de más a quien deseaba apartarle de la avaricia? ¿Qué más le quería hacer? Os lo diré: Yo dije, sois dioses y todos hijos del Altísimo.

He aquí lo que deseaba que fuera: contar entre los dioses a quien no tiene avaricia. Hombre, ¿quién me ha constituido en divisor entre vosotros? Tampoco San Pablo, siervo de Cristo, deseaba para sí este oficio, cuando decía: Os ruego, hermanos, que digáis todos lo mismo y no haya entre vosotros cismas. Y a quienes al amparo de su nombre dividían a Cristo, decía: Cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo. ¿Es que acaso está dividido Cristo? ¿Por ventura fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O es que vuestro bautismo fue en el nombre de Pablo? Ved, pues, cuan perversos son los hombres que quieren que exista dividido quien no quiso ser divisor. ¿Quién, dice, me ha constituido a mí en divisor entre vosotros?

4. Pediste un favor, escucha ahora el consejo: Yo os digo: guardaos de toda avaricia. Quizá tú tildes de avaro y codicioso a quien va en busca de lo ajeno; yo te digo más: «No apetezcas codiciosa o avaramente ni siquiera tus propios bienes». Este es el significado de de toda. Guardaos de toda avaricia, dice. ¡Gran peso éste! Si tal vez es a personas débiles a quienes se impone, pídase que quien lo impone se digne otorgar las fuerzas. No ha de tenerse por cosa leve, hermanos míos, el que nuestro Señor, Redentor y Salvador, que murió por nosotros, que dio su sangre como precio de nuestro rescate, que es nuestro abogado y juez, diga: Guardaos.

No es cosa ligera. Él sabe de qué inmenso mal se trata; nosotros, que no lo sabemos, creámosle, Guardaos, dice. ¿Por qué? ¿De qué? De toda avaricia. «Guardo lo mío, no robo lo ajeno». Guardaos de toda avaricia. No sólo es avaro quien roba lo que no es suyo, sino también quien guarda lo suyo avaramente. Si de esta forma es inculpado quien guarda lo suyo con avaricia, ¿cuál será la condena del que roba lo ajeno? Guardaos, dice, de toda avaricia, porque no consiste la vida del hombre en tener abundancia de las cosas que posee en este mundo. El que almacena mucho, ¿cuánto toma de ello para vivir? Tomando y en cierto modo separando mentalmente lo que necesita para vivir, considere para quién deja lo restante, no sea que, quizá al guardar para tener con qué vivir, acumule con qué morir. Atiende a Cristo, atiende a la Verdad, atiende a la severidad. Guardaos, dice la Verdad. Guardaos, dice la severidad. Si no amas la verdad, teme al menos la severidad. No consiste la vida del hombre en la abundancia de las cosas que tiene. Cree a Cristo, que no te engaña. ¿Dices tú lo contrario? «La vida del hombre consiste en lo que tiene». Te engañas a ti mismo; él no te engaña.

5. Del hecho de haber pedido su parte el interpelante, sin deseo de tocar la ajena, se originó el que en esta frase el Señor no dijera sólo: «Guardaos de la avaricia», sino que añadiese: De toda avaricia. Aun esto era poco. Le propuso un ejemplo tomado de cierto rico a quien sus campos habían producido una gran cosecha. Hubo un hombre rico a quien sus campos habían proporcionado éxito. ¿Qué significa: Le habían proporcionado éxito? Que la finca que poseía le produjo una extraordinaria cosecha. ¿De qué magnitud? Tan abundante que no tenía dónde colocarla. Por la abundancia se convirtió rápidamente en estrecho, siendo ya desde antes avaro.

¡Cuántos años habían transcurrido y, no obstante, le habían bastado sus graneros! Pero tanto trigo había cosechado que no le bastaban los graneros que antes eran suficientes. Y el miserable cavilaba no sobre cómo repartir lo que había recogido en exceso, sino sobre cómo guardarlo. Y a fuerza de pensar encontró una solución, que le hizo tenerse por sabio. ¡Cuán prudente fue en pensarlo y cuan sabio en descubrirlo! Pero ¿qué fue lo que le pareció de sabios? Derrumbaré los graneros antiguos y haré otros nuevos más amplios y los llenaré, y diré a mi alma. ¿Qué dirás a tu alma? Alma mía, tienes muchos bienes almacenados para muchos años, descansa, come, bebe y banquetea. Esto dijo a su alma el sabio inventor de esta solución.

6. Y Dios, que no desdeña hablar con los necios, le dijo... Quizá alguno de vosotros diga: « ¿Cómo habló Dios con un necio?» ¡Oh hermanos, con cuántos necios no habla ahora cuando se lee el Evangelio! ¿No son necios quienes lo escuchan cuando se lee y no obran en consecuencia? ¿Qué dice el Señor? Al avaro que se había tenido por sabio debido a la invención de tal proyecto le llamó Necio. Necio, que te tienes por sabio; necio, tú que dijiste a tu alma: Tienes abundancia de bienes almacenados para muchos años. Hoy se te exigirá tu alma. Hoy se te reclamará el alma a la que dijiste: Tienes muchos bienes; y se quedará sin bien alguno. Sea buena despreciando estos bienes para que cuando la llamen salga segura. ¿Hay alguien más estúpido que el hombre que desea tener muchos bienes y no quiere ser él bueno? Eres indigno de tenerlo tú que no quieres ser lo que deseas tener.

¿Por ventura quieres tener una finca mala? No, por cierto; la quieres buena. ¿O acaso quieres tener una mujer mala? No, la quieres buena. O, para concluir, ¿quieres poseer una casita mala o zapatos malos? ¿Por qué, pues, sólo quieres tener el alma mala? En esta ocasión no dijo a aquel necio que soñaba vanidades, que construía hórreos, ciego para ver el estómago del pobre; no dijo: «Hoy será arrojada a los infiernos tu alma»; no le dijo nada de esto, sino: Se te exigirá. No digo adónde irá tu alma; lo único cierto es que, quieras o no, saldrá de este lugar donde le reservas tantas cosas. ¡Oh necio!, pensaste en llenar nuevos y más amplios almacenes, como si no hubiera más que hacer con las riquezas.

7. Quizá aquél no era aún cristiano. Oigámoslo, hermanos, nosotros, a quienes por ser creyentes se nos lee el Evangelio, que adoramos a quien nos dijo estas cosas y llevamos su señal en el corazón y en la frente. Interesa sobremanera saber dónde lleva el hombre la señal de Cristo, si sólo en la frente o en la frente y el corazón. Oísteis lo que decía hoy el santo profeta Ezequiel; cómo Dios, antes de enviar al exterminador del pueblo malvado, mandó delante a quien había de sellar diciéndole: Vete y señala en la frente a quienes gimen y se afligen por los pecados de mi pueblo que se cometen en medio de ellos. No dijo que se cometen fuera de ellos, sino en medio de ellos.

Pero gimen y se duelen y por ello son señalados en la frente, en la frente del hombre interior, no en la del exterior. Pues hay una frente en el rostro y otra en la conciencia. A veces, cuando se toca la frente interior, se ruboriza la exterior, enrojeciéndose por el pudor o palideciendo por el temor. Luego el hombre tiene una frente interior; en ella fueron sellados los elegidos para evitar el exterminio, pues aunque no corregían los pecados que se cometían en medio de ellos, se dolían y ese mismo dolor los separaba de los culpables. Estaban separados a los ojos de Dios y mezclados a los de los hombres. Son señalados ocultamente para no ser dañados abiertamente. A continuación se envía al exterminador y se le dice: Vete, extermina, no perdones ni a pequeños ni a grandes, ni a mujeres ni a varones; pero no te acerques a quienes tienen la señal en la frente. ¡Cuán gran seguridad se os ha dado, hermanos míos, a vosotros que gemís en este pueblo y os doléis de las iniquidades que se cometen en medio de vosotros, sin cometerlas vosotros!

8. Para no perpetrar esas iniquidades, guardaos de toda avaricia. Os diré más todavía. ¿Qué significa de toda avaricia? Es avaro por lo que respecta a la sensualidad aquel a quien no le basta su mujer. Incluso a la idolatría se llamó avaricia, porque es avaro, en lo que toca a la divinidad, aquel a quien no le basta el único Dios verdadero. Pues ¿quién se procura muchos dioses sino el alma avariciosa? ¿Y quién hace falsos mártires sino también el alma avariciosa? Guardaos de toda avaricia. Amas tus cosas y te jactas porque no vas en pos de las ajenas. Advierte el mal que haces no oyendo a Cristo que dice: Guardaos de toda avaricia. Amas tus bienes; no usurpas lo ajeno; son fruto de tu trabajo; los posees con justicia; resultaste ser heredero; te lo dio alguien porque lo habías merecido. Navegaste, afrontaste peligros, no defraudaste a nadie, no juraste en falso, adquiriste lo que Dios quiso y lo guardas ávidamente, al parecer con buena conciencia porque no lo adquiriste por malos caminos y no te preocupan los bienes ajenos. Pero escucha cuántos males puedes hacer a causa de tus bienes si no obedeces a quien dijo: Guardaos de toda avaricia. Suponte, por ejemplo, que llegas a ser juez. Puesto que no buscas lo ajeno, no te dejas corromper.

Nadie te dará un regalo diciéndote al mismo tiempo: «Juzga contra mi enemigo». «No lo haré», sería tu respuesta. ¿Cómo podría convencérsete a hacerlo, a ti, hombre que no buscas lo ajeno? Pero advierte el mal que podrías cometer en defensa de tus bienes. Quien te pide que juzgues mal y que sentencies a su favor y en contra de su enemigo, es quizá un hombre poderoso y con sus calumnias puede hacer que pierdas tus bienes. Contemplas su poder e influencia; piensas en ella y también en tus bienes que guardas y amas; no precisamente en los que poseíste, sino en los que se apoderaron de tu corazón. Atiendes a esta atadura tuya por la que no tienes libres las alas de la virtud y dices en tu interior: «Si ofendo a este hombre tan poderoso en este mundo, levantará contra mí una calumnia, seré desterrado y perderé cuanto tengo». Entonces juzgarás mal, no por buscar lo ajeno, sino por conservar lo tuyo.

9. Preséntame un hombre que escuchó a Cristo, preséntame un hombre que oyó con temor: Guardaos de toda avaricia. Y no me diga: «Yo soy un hombre pobre, plebeyo, mediocre, vulgar, ¿cuándo he de esperar yo llegar a ser juez? No me preocupa esa tentación cuyo peligro has puesto ante mis ojos». Ve que también digo al pobre lo que debe temer. Te llama el rico y todopoderoso para que digas en favor suyo un falso testimonio. ¿Qué has de hacer en tal circunstancia? Dímelo. Tienes unos buenos ahorros; trabajaste, los adquiriste y los has conservado. Él te insta: «Di en mi favor un falso testimonio y te daré tanto y cuanto». Tú que no buscas lo ajeno dices: «Lejos de mí tal cosa; no busco lo que Dios no quiso darme, no lo recibo, apártate de mí». « ¿No quieres recibir lo que te doy? Te privo de lo que tienes». Ahora pruébate, examínate. ¿A qué me miras? Entra en tu interior, mírate dentro, examínate interiormente. Siéntate al lado de ti mismo, ponte en tu presencia y extiéndete sobre el potro del precepto de Dios, atorméntate con el temor y no te halagues.

Respóndete. ¿Qué harás si alguien te amenaza de esa forma? «Te arrebato lo que con tanto trabajo adquiriste si no profieres un falso testimonio en favor mío». Dale este testimonio: Guardaos de toda avaricia. « ¡Oh siervo mío, a quien redimí e hice libre te dirá el Señor; a quien siendo siervo adopté por hermano, a quien injerté como miembro en mi cuerpo, escúchame: 'Que te arrebate lo que adquiriste; no te privará de mí'! ¿Guardas tus bienes para no perecer? ¿No te dije: Guardaos de toda avaricia?»

10. Veo que te turbas, que dudas. Tu corazón, como una nave, es azotado por las tempestades. Cristo duerme; despierta al durmiente y no padecerás la enfurecida tempestad. Despierta a quien nada quiso tener aquí y tendrás íntegramente a quien llegó por ti hasta la cruz y cuyos huesos fueron contados por los burlones cuando, desnudo, pendía del madero, y guárdate de toda avaricia. Poco es guardarse de la avaricia del dinero; guárdate de la avaricia de la vida. ¡Espantosa y temible avaricia! A veces el hombre desprecia lo que tiene y dice: «No proferiré falso testimonio». « ¿Te atreves a decirme que no lo proferirás? Te quitaré lo que tienes». «Quítame lo que tengo, pero no me privarás de lo que llevo dentro». En efecto, no había quedado empobrecido quien dijo: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Como a Dios le agradó, así se hizo; sea, pues, bendito el nombre del Señor. Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo volveré a la tierra. Desnudo por fuera, vestido, por dentro.

Desnudo por fuera de vestidos que se pudren, pero vestido por dentro. ¿Con qué? Vístanse de justicia tus sacerdotes. Pero, una vez despreciado lo que posees, ¿qué harías si te dijese: «Te daré muerte»? Si has escuchado a Cristo, respóndele: « ¿Darme muerte? Es preferible que tú des muerte a mi carne, antes de que yo la dé a mi alma con la lengua mentirosa. ¿Qué has de hacerme? Matarás mi carne, y mi alma quedará libre y al fin del mundo recibirá la misma carne que despreció. ¿Qué has de hacerme? Sin embargo, si yo dijese un falso testimonio en favor tuyo, con mi misma lengua me daría muerte, pues la boca que miente mata al alma». Tal vez no digas esto. ¿Por qué? Porque quieres vivir. ¿Quieres vivir más de lo que Dios ha fijado para ti? ¿Te guardas en este caso de toda avaricia? Dios ha querido que vivas hasta el momento en que este hombre se acercó a ti. Quizá te va a dar muerte haciendo de ti un mártir. No tengas la avaricia de la vida y no tendrás la eternidad de la muerte. ¿No veis que la avaricia nos hace pecar cuando deseamos más de lo ordinario? Guardémonos de toda avaricia, si queremos gozar de la sabiduría eterna.
(SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 107, 1-10, BAC Madrid 1983, 747-57)

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Aplicación: S.S. Francisco p.p. - Vanidad de Vanidades

Hoy en la liturgia resuena la palabra provocadora de Qoèlet: «¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad!» (1, 2). Los jóvenes son particularmente sensibles al vacío de significado y de valores que a menudo les rodea. Y lamentablemente pagan las consecuencias.

En cambio, el encuentro con Jesús vivo, en su gran familia que es la Iglesia, colma el corazón de alegría, porque lo llena de vida auténtica, de un bien profundo, que no pasa y no se marchita: lo hemos visto en los rostros de los jóvenes en Río. Pero esta experiencia debe afrontar la vanidad cotidiana, el veneno del vacío que se insinúa en nuestras sociedades basadas en la ganancia y en el tener, que engañan a los jóvenes con el consumismo.

El Evangelio de este domingo nos alerta precisamente de la absurdidad de fundar la propia felicidad en el tener. El rico dice a sí mismo: Alma mía, tienes a disposición muchos bienes... descansa, come, bebe y diviértete. Pero Dios le dice: Necio, esta noche te van a reclamar la vida. Y lo que has acumulado, ¿de quién será? (cf. Lc 12, 19-20).

Queridos hermanos y hermanas, la verdadera riqueza es el amor de Dios compartido con los hermanos. Ese amor que viene de Dios y que hace que lo compartamos entre nosotros y nos ayudemos.

Quien experimenta esto no teme la muerte, y recibe la paz del corazón. Confiemos esta intención, la intención de recibir el amor de Dios y compartirlo con los hermanos, a la intercesión de la Virgen María.
(Ángelus, Plaza San Pedro, domingo 4 de agosto de 2013)

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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - El rico necio

El Evangelio nos presenta la realidad cruda del existir terreno: “¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”.

Por más dinero que tenga un hombre no puede prolongar su vida cuando llega la muerte. Por más medicinas y médicos expertos, por más avanzada que esté la ciencia, cuando llega la muerte estas cosas humanas manifiestan su impotencia. La plata asegura un vivir confortable pero no un buen vivir. Por otra parte, la plata no asegura la vida. Es la experiencia cotidiana…

El libro del Cohelet habla de la vanidad del vivir terreno. La vanidad de los esfuerzos del hombre para adquirir sabiduría y ciencia.

El Salmista canta al Señor de la vida confesando su poder sobre ella y por otra parte manifiesta la caducidad y cortedad de la vida humana, la cual, hay que aprovechar obrando sensatamente.

La enseñanza de Jesús se da con ocasión de que un hombre le pide que dirima un altercado por una cuestión de herencia. Jesús no se mete en el asunto y advierte de cuidarse de la avaricia. Luego ilustra su enseñanza con una parábola y concluye exhortando a buscar las riquezas celestiales.

La avaricia consiste en el deseo desmedido de poseer.

Es pecado grave cuando falta a la justicia, es decir, cuando perjudica al prójimo reteniendo lo que le corresponde en justicia. Y, por otra parte, también es pecado si el amor a las riquezas es tan intenso que uno no tiene reparo por tal amor en obrar contra la caridad de Dios y del prójimo.

Aquí podemos denunciar muchas injusticias sociales respecto de la primera gravedad señalada. Respecto de la segunda el descuido de las personas por las cosas de Dios y del prójimo. Por un lado, el desinterés del culto a Dios y por otro, el descuido de las necesidades del prójimo: de la propia familia y de los necesitados.

La avaricia es un pecado capital de donde nacen varias hijas: la traición, el fraude, la mentira, el perjurio, la inquietud, la violencia y la dureza de corazón. De aquí podemos sacar muchísimos ejemplos…

Detengámonos a considerar nuestra vida, ¿dónde tenemos puesto el corazón? “Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”.

El corazón del cristiano tiene que tener por tesoro a Dios, el cielo, y para el cielo debe trabajar.

¿Creemos que hay una vida eterna o no? Si creemos que hay vida eterna busquemos alcanzarla. Esta vida presente es linda pero no es la definitiva. Esta vida presente tenemos que usarla para conseguir un tesoro en el cielo.

¿Por qué tanto afán en las cosas de la tierra? Hay que pasar una buena vida aquí, es cierto, pero sin descuidar el amor a Dios y al prójimo, sin ocuparnos y matarnos de tal manera para tener cosas materiales que nos olvidamos de la familia, del amor matrimonial, de la educación de los hijos, del cuidado de nuestros mayores y también de ir a Misa, de vivir una vida cristiana.

El amor desordenado a los bienes materiales nos lleva a la vanidad y luego a la soberbia y de allí a todos los pecados, dice San Ignacio de Loyola.

El Sabio habla de la vanidad de buscar la ciencia y la sabiduría, las cuales, son encomiables. ¡Cuánto más vano será buscar los bienes materiales! ¡Cuántos desvelos, cuanta preocupación para cubrir los créditos antes de fin de mes!

Vivimos en un mundo consumista que se ha dejado ganar por considerar necesarias las cosas superfluas. No nos alcanza el dinero porque queremos tener cosas superfluas, cosas que en verdad no son necesarias para un buen vivir, cosas vanas.

Los esposos salen a trabajar para tener un buen pasar y descuidan la educación de los hijos. Verdaderamente hay necesidad de que los dos trabajen y dejar de educar a los hijos. Hay que considerarlo. Quizá con menos confort pueda quedarse la esposa a criar los hijos.

¿Qué modelos familiares estamos siguiendo?

Es verdad que se suma al consumismo la injusticia social porque no se paga lo suficiente al empleado para que pueda vivir bien pero hay que hacer un balance de valores: que cosas debo sacrificar o postergar y cuales no y por cuales me debo preocupar más y por cuales debo preocuparme menos.

El Señor nos dice: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”. Primero debemos buscar la salvación del alma y después las demás cosas.


Mt 16, 26
Qo 1, 2; 2, 21-23
Sal 89, 3-6. 12-14. 17
San Gregorio, Morales XXXI
Lc 12, 34
Mt 6, 33

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Aplicación: P. Joege Loring, S.J. - Décimo Octavo Domingo del Tiempo Ordinario - Año C Lc 12: 13-21

1.- La parábola de hoy hace pensar.

2.- Aquel rico se prometía una buena vida por las riquezas que había acumulado, y aquella misma noche se murió.

3.- La muerte repentina es algo que nadie se espera. Todos pensamos que vamos a seguir viviendo, y cuando menos lo esperamos nos sorprende la muerte.

4.- Tenemos casos recientes de personas que han muerto repentinamente, bien por un ataque de corazón bien por un accidente.

5.- La única manera de vivir tranquilos es la de estar siempre preparados. Vivir siempre en gracia de Dios.

6.- Vivir en pecado es jugar a la ruleta rusa: puede ser que no haya bala, pero si la hay, se acabó.

7.- La otra lección de este Evangelio es que no debemos estar apegados al dinero. Hoy se vive un ambiente muy materialista. Todo el mundo quiere tener mucho dinero para vivir mejor.

8.- Pero el bienestar material no da la felicidad. La felicidad es algo que está dentro de la persona. Con dinero no se puede comprar. Lo mismo que con el dinero no se puede comprar la paz o el amor. Y mucho menos la virtud, que es lo que nos da la felicidad.

9.- Valemos por lo que somos, no por lo que tenemos. Por eso en lugar de preocuparnos tanto de acumular dinero deberíamos preocuparnos más de acumular virtudes.

10.- Al más allá no podemos llevarlos nada, pero podemos mandar anticipadamente buenas obras.

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Aplicación: Directorio Homilético - Decimoctavo domingo del Tiempo Ordinario


CEC 661, 1042-1050, 1821: la esperanza en los cielos nuevos y la tierra nueva
CEC 2535-2540, 2547, 2728: el desorden de las concupiscencias

661 Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Solo el que "salió del Padre" puede "volver al Padre": Cristo (cf. Jn 16,28). "Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre" (Jn 3, 13; cf, Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la "Casa del Padre" (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Solo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, "ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino" (MR, Prefacio de la Ascensión).

VI LA ESPERANZA DE LOS CIELOS NUEVOS Y DE LA TIERRA NUEVA

1042 Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:

La Iglesia ... sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo...cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo (LG 48)

1043 La Sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de "hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).

1044 En este "universo nuevo" (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. "Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap 21, 4;cf. 21, 27).

1045 Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era "como el sacramento" (LG 1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21, 2), "la Esposa del Cordero" (Ap 21, 9). Ya no será herida por el pecado, las manchas (cf. Ap 21, 27), el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

1046 En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre:

Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios ... en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción ... Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rm 8, 19-23).

1047 Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, "a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos", participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo, haer. 5, 32, 1).

1048 "Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres"(GS 39, 1).

1049 "No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios" (GS 39, 2).

1050 "Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontramos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal" (GS 39, 3; cf. LG 2). Dios será entonces "todo en todos" (1 Co 15, 22), en la vida eterna:

La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna (San Cirilo de Jerusalén, catech. ill. 18, 29).

1821 Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman (cf Rm 8,28-30) y hacen su voluntad (cf Mt 7,21). En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, "perseverar hasta el fin" (cf Mt 10,22; cf Cc de Trento: DS 1541) y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora que "todos los hombres se salven" (1 Tm 2,4). Espera estar en la gloria del cielo unida a Cristo, su esposo:

Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin (S. Teresa de Jesús, excl. 15,3).

I EL DESORDEN DE LA CODICIA

2535 El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables que no tenemos. Así, desear comer cuando se tiene hambre, o calentarse cuando se tiene frío. Estos deseos son buenos en sí mismos; pero con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece, o es debido a otro.

2536 El décimo mandamiento proscribe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de lo pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

Cuando la Ley nos dice: "No codiciarás", nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: "El ojo del avaro no se satisface con su suerte" (Si 14,9) (Catec. R. 3,37)

2537 No se quebranta este mandamiento deseando obtener cosas que pertenecen al prójimo siempre que sea por justos medios. La catequesis tradicional señala con realismo "quiénes son los que más deben luchar contra sus codicias pecaminosas" y a los que, por tanto, es preciso "exhortar más a observar este precepto":

Los comerciantes, que desean la escasez o la carestía de las mercancías, que ven con tristeza que no son los únicos en comprar y vender, pues de lo contrario podrían vender más caro y comprar a precio más bajo; los que desean que sus semejantes estén en la miseria para lucrarse vendiéndoles o comprándoles...Los médicos, que desean tener enfermos; los abogados que anhelan causas y procesos importantes y numerosos... (Cat. R. 3,37).

2538 El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico, a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la cordera (cf 2 S 12,1-4). La envidia puede conducir a las peores fechorías (cf Gn 4,3-7; 1 R 21,1-29). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (cf Sb 2,24).

Luchamos entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos contra otros...Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a dónde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo...Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo harían las fieras (S. Juan Crisóstomo, hom. in 2 Co, 28,3-4).

2539 La envidia es un pecado capital. Designa la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea indebidamente. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal:

San Agustín veía en la envidia el "pecado diabólico por excelencia" (ctech. 4,8). "De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad" (s. Gregorio Magno, mor. 31,45).

2540 La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad:

¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado -se dirá- porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros (S. Juan Crisóstomo, hom. in Rom. 7,3).

2547 El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes (Lc 6,24). "El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los Cielos" (S. Agustín, serm. Dom. 1,1). El abandono en la Providencia del Padre del Cielo libera de la inquietud por el mañana (cf Mt 6,25-34). La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres: ellos verán a Dios.

2728 Por último, en este combate hay que hacer frente a lo que es sentido como fracasos en la oración: desaliento ante la sequedad, tristeza de no entregarnos totalmente al Señor, porque tenemos "muchos bienes" (cf Mc 10, 22), decepción por no ser escuchados según nuestra propia voluntad, herida de nuestro orgullo que se endurece en nuestra indignidad de pecadores, alergia a la gratuidad de la oración... La conclusión es siempre la misma: ¿Para qué orar? Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos.

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Aplicación: P. Alfredo Sáenz, S. J. - El abandono en la Providencia

La parábola del rico necio y sus graneros tiene una acuciante actualidad. ¡Cuántos son los que viven como aquel hombre, que sólo piensan en tener más y más -en aquel caso, más graneros-, en insaciable carrera con la muerte que los acecha! Aquel rico no preparó graneros permanentes, sino caducos, y lo que es más necio, prometiéndose una larga vida. Bien decía San Atanasio que si uno viviera como si hubiese de morir todos los días, cosa nada ridícula dado que nuestra vida es incierta por naturaleza, si uno así viviera, ciertamente no pecaría, ya que el temor extingue el atractivo de la mayor parte de las voluptuosidades; y, al contrario, el que fatuamente se promete una larga vida, aspira incoerciblemente a aquellos placeres.

La parábola que estamos comentando coincide perfectamente con las palabras de Cohélet, hijo de David, que escuchamos en la primera lectura: "¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad!... ¿Qué le reporta al hombre todo su esfuerzo y todo lo que busca afanosamente bajo el sol? Porque todos sus días son penosos, y su ocupación, un sufrimiento; ni siquiera de noche descansa su corazón. También esto es vanidad". Tal es la actitud del hombre que vive enfrascado en la inmanencia, que ha puesto en esta tierra su morada permanente, que niega la existencia ultraterrena soñando sólo con el "paraíso en la tierra". Hombre pobre y vacío, siempre fatigado y nunca saciado, aspirando permanentemente a nuevos y más amplios graneros.

No deja de resultar aleccionador lo que al término de la parábola que hemos leído, sigue diciendo Jesús. Si bien es cierto que dichas palabras no se incluyen en la perícopa de hoy, nos parece que constituyen su mejor comentario, máxime que es el mismo Cristo el que habla: "No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis... Mirad los pájaros del cielo, ni siembran ni cosechan; no tienen bodega ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves!". Y más adelante: "Fijaos en los lirios, cómo ni hilan ni tejen. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos... Así pues, vosotros, no andéis buscando qué comer ni qué beber, y no estéis inquietos. Que por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de eso. Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os darán por añadidura".

Esto parece demasiado poético, y hasta algunos han creído ver allí una peligrosa exhortación a la holgazanería. Mas lo que Cristo quiere fustigar es la solicitud excesiva, la "inquietud" que trae consigo la voracidad de las riquezas, origen de males innumerables. En el corazón de cada cual hay un señor sentado: o allí se sienta Cristo o, si no, el dinero. El uno nos invita al desprendimiento de las cosas, el otro nos incita a atesorar.

Es cierto que todos venimos a la vida con cierto desasosiego. El desasosiego no se puede suprimir. Se lo puede, en cambio, convertir en una de tres cosas: o en inquietud religiosa, la cual es buena y espuela de salvación eterna; o en angustia demoníaca, la cual es pésima; o en solicitud terrena, la cual es mala y nos aparta de Cristo. La solicitud terrena es la más común, es, en cierto modo, natural; y el mundo moderno, que se cierra a lo sobrenatural, está como sumergido en ella. En este mundo de la tecnocracia, un mundo de confort, afincado en la tierra, todo debe estar "asegurado"; hay "seguro" para todas las cosas. También las concepciones políticas hoy dominantes se mueven en ese mismo ambiente: el capitalismo es una concreción sociológica de la avaricia en los ricos; el socialismo es una concreción sociológica del resentimiento en los pobres. Porque la "solicitud terrena" puede dominar tanto a los ricos sin Cristo como a los pobres sin Cristo.

Poderoso caballero es don Dinero, decía el poeta español. ¡Cuántos se han esclavizado en busca de tesoros terrenos! ¡Cuántos han hecho del "negocio" el alma de todas sus acciones! ¡Cuántos viven con su corazón exclusivamente puesto en los bienes temporales! El tiempo es oro, reza un refrán nefasto. Y bien, amados hermanos, el Señor nos dice hoy, a través de la parábola del rico necio, que no podemos conciliar el amor apasionado de los bienes de la tierra con el amor de Dios. No podemos servir a dos señores.

Con facilidad la pasión del dinero puede irse apoderando del alcázar de nuestra alma. "Son los gentiles del mundo los que se afanan por esas cosas", nos dice el Señor. Da pena ver a un hombre, creatura llena de nobleza y dignidad, imagen de Dios, semejante a los ángeles, a la zaga de unos billetes más, juguetes de niño. En el fondo, no son cosas verdaderas, no traen la abundancia sino la indigencia, porque crean en nosotros un mayor número de necesidades, siempre más y más grandes graneros, siempre más. En realidad, el hombre es tanto más rico cuanto de menos cosas necesita para quedar satisfecho. Señal de que su riqueza es interior. Para las cosas eternas hemos nacido. Nos deshonramos sobremanera consumiendo nuestro deseo de infinito en cosas perecederas.

No hemos sido creados para comer, beber y vestirnos, sólo preocupados por la coyuntura del futuro. Hemos sido creados para agradar a Dios y alcanzar así la felicidad eterna. Ni fuimos hechos para el mañana receloso de nuestra desconfianza, sino para el hoy generoso de nuestra entrega. Si a la hierba del campo, que hoy es y mañana no es, así la trata Dios, ¿cómo podrá olvidarse de nosotros, amados hermanos? No vivamos, pues, excesivamente ansiosos; ocupémonos, sí, en los asuntos de nuestra vida cotidiana. Nuestro trabajo es un deber de estado e incluso un medio de santificación. Tenemos el deber de hacer fructificar a la tierra. Pero no lo hagamos con congoja, ni con espíritu de avaricia. Cuán fácilmente invertimos el orden de Dios. Él nos dice: No os afanéis por las cosas terrestres, y nosotros no nos cansamos de anhelarlas con pasión. Él nos dice: Buscad las cosas celestiales, y nosotros apenas nos interesamos por ellas. Recapacitemos hoy cuánto ponemos de afán por las cosas de esta vida, y cuánto decaimiento tenemos por las cosas eternas.

Inquietarnos en exceso constituye una suerte de injuria a la Providencia de Dios. No se preocupa en demasía por el alimento del viaje quien ha sido llamado a un espléndido banquete; ni quien se encamina a la fuente de vida eterna se interesa morosamente por la bebida del camino. Somos peregrinos. No hagamos como aquel hombre que habiendo sido desterrado por sólo dos meses a un lugar apartado, construyó en ese lugar un lujoso palacio. Así es el hombre que se dedica a atesorar en este mundo. Tales tesoros, por valiosos que parezcan, están a merced de la polilla, de los ladrones y, en última instancia, de la muerte. Si nuestro cuidado son sólo riquezas de la tierra, si como el necio del evangelio decimos: "Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida", necesariamente nuestro corazón se volverá terreno. Porque donde está el tesoro, allí está el corazón.

El evangelio de hoy es una incitación a la confianza en la Providencia, al abandono en las manos de Dios. En ocasiones, podemos sentimos perdidos, como un chico que en el tumulto de la gran ciudad inadvertidamente se ha soltado de la mano de su padre; como un pajarito sacudido por el huracán y enceguecido por los relámpagos. En esos momentos trágicos, confiemos rotundamente en Dios, o, como recomienda San Pedro, "confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros". Confiemos en ese Señor que, contra toda esperanza, dio un hijo a Abraham en su senectud; en ese Señor que cuando vio a su pueblo acosado por los egipcios, supo abrirle un camino en el mar; en ese Señor capaz de caminar sobre las crestas del mar enfurecido. Dios conoce mejor que nosotros nuestras necesidades más apremiantes. Él quiere solucionarlas: es Padre. Puede hacerlo: es Todopoderoso.

Pronto nos acercaremos a recibir al mismo Señor que nos ha hablado por este espléndido evangelio, al mismo Señor que nos impulsa al abandono en la Providencia divina. Pidámosle, según nos lo recomendó el Apóstol en la segunda lectura de hoy, que ya que hemos resucitado con Él, busquemos seriamente las cosas de arriba, aspiremos a las cosas de lo alto, no a las de la tierra. Levantemos, pues, los corazones, como la liturgia de la Misa nos exhorta a hacerlo antes de introducirnos en el canon o gran plegaria eucarística. Que nunca coloquemos fuera de Cristo nuestra suficiencia. Que nuestras almas destilen despreocupadamente el rocío refrescante de los lirios del campo y se dirijan hacia Él con la ligereza confiada de los pajaritos del cielo.
(ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida - Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed. Gladius,1994, pp. 234-238)


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Aplicación: San Juan Pablo II - La vanidad y el valor

En el conjunto de las lecturas de la liturgia de hoy está contenida una profunda paradoja, la paradoja entre "la vanidad y el valor". Las primeras palabras del libro del Cohelet hablan de la vanidad de todas las cosas; en cierto sentido, de la vanidad de los esfuerzos, de las actividades del hombre en esta vida, de la vanidad de todas las criaturas en cierto modo; de la vanidad del hombre, él también una criatura destinada a pasar y a la muerte.

En este Salmo que cantamos en la liturgia de hoy, escuchamos, inmediatamente después, el elogio a lo creado. Por otra parte, ese elogio es un lejano eco primogénito contenido en todo el Génesis, del elogio a la creación: cuando Dios dijo que toda su obra fue un bien, o más aún, vio que fue un bien del hombre, creado a su imagen y semejanza, dijo que era muy bueno. Vio que era muy bueno. Por tanto nos encontramos ante un interrogante: ¿por qué la vanidad y por qué el valor? ¿Qué relación los une entre si? La respuesta, al menos la principal, se encuentra en el Evangelio que hemos leído hoy. No se trata de dar unjuicio sobre lo creado. Se trata del camino de la sabiduría. No olvidemos que el Génesis es, ante todo, un libro (tengo presentes sus primeros capítulos). Es pues un libro sobre el mundo, en cierto sentido un libro-manual teológico sobre la cosmología y la creación. El libro del Cohelet, en cambio, es un libro sobre la sabiduría. Enseña cómo vivir. Y lo que dice Cristo en el Evangelio de hoy es una prolongación de esa sabiduría del Antiguo Testamento. Cristo habla a través de ejemplos y parábolas: habla del hombre que ha limitado el sentido de su vida a los bienes de este mundo. Los ha poseído en tan gran cantidad que ha tenido que construir nuevos graneros para poder contenerlos todos. El programa de la vida, pues, es acumular y usar. Y a esto debe limitarse la felicidad. A un hombre así. Cristo le contesta: "necio, esta misma noche pedirán tu alma".

Si has interpretado así el sentido del valor, entonces se volverá contra ti la ley de la vanidad. Y ésta es ya una respuesta. No se trata, pues, de juicio sobre el mundo, sino de sabiduría del hombre; de su manera de actuar. Es necesario establecer, en la propia vida, una jerarquía de valores. Cristo, a través de todo lo que ha dicho y, sobre todo, a través de todo lo que Él ha sido, a través de todo el misterio pascual, ha establecido la jerarquía de valores en la vida del hombre.

En la segunda lectura de hoy, San Pablo enlaza precisamente con esta jerarquía cuando dice que debemos buscar lo que está en lo alto. Portanto, el hombre no puede encerrar el horizonte de su vida en la temporalidad; no puede reducir el sentido de su vida al usufructo de los bienes que le han sido concedidos por la naturaleza, por la creación, que lo rodean y que se encuentran también dentro de él. No puede encerrar así la primacía de su existencia, sino que tiene que ir más allá de sí mismo. Estando hecho a imagen y semejanza de Dios, debe verse a sí mismo en un lugar más alto y debe buscar para sí mismo un sentido en aquello que está por encima de él.

El Evangelio contiene la verdad sobre el hombre porque contiene todo aquello que está por encima del hombre y que, al mismo tiempo, el hombre puede alcanzar en Cristo colaborando con la acción de Dios que actúa dentro del hombre. Este es el camino de la sabiduría. Y sobre este camino de la sabiduría se resuelve la paradoja entre la vanidad y el valor; la paradoja que a menudo vive el hombre.
Muchas veces el hombre es propenso a mirar su vida desde el punto de vista de la vanidad. Sin embargo Cristo quiere que la veamos desde el punto de vista del valor, pero teniendo siempre cuidado de utilizar la justa Jerarquía de valores, la justa escala de valores.
Y cuando la liturgia de hoy, junto con la palabra Aleluya, nos recuerda también la bienaventuranza "Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos", resume en ella ese programa de vida.

Cristo ha exhortado al hombre a la pobreza, a adquirir una actitud que no le haga encerrarse en la temporalidad, que no le haga ver en ella el fin último de la propia existencia y no le haga basar todo en el consumo, en el goce. Un hombre así es pobre en este sentido, porque está continuamente abierto. Abierto a Dios y abierto a estos valores que nos vienen de su acción, de su gracia, de su creación, de su redención y de su Cristo

Es éste el breve resumen de los pensamientos encerrados en la liturgia de hoy; pensamientos siempre importantes. Nunca pierden su significado; permanecen perpetuamente actuales.
En cierto sentido buscábamos siempre una contestación a la pregunta: ¿qué quiere decir ser un cristiano? ¿Qué quiere decir ser un cristiano en el mundo moderno?: ¿ser cristiano cada día, siendo, al mismo tiempo, un profesor de universidad, un ingeniero, un médico, un hombre contemporáneo y, antes aún, un o una estudiante?

y el valor congénito en ella, encontrábamos también la alegría. No sólo un consuelo inmediato, sino una afirmación continua. Y aquí encuentra su afirmación una respuesta a la pregunta sobre si vale la pena vivir. En ese caso, vale la pena vivir. Con tal comprensión de la jerarquía de valores, de la escala de valores, vale la pena vivir. Si la vida tiene este sentido, vale la pena vivirla. Y vale la pena esforzarse y padecer, porque la vida humana no está libre de ello y cada uno de nosotros, individualmente y en nuestra comunidad, ha vivido grandes sufrimientos.
En esta perspectiva vale la pena esforzarse y padecer, porque "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos".

Así se formaba la Iglesia en sus comienzos, así empezó a formarla Cristo mismo y así ella se formaba gracias al ministerio de los Apóstoles y de sus Sucesores, y así se forma aún hoy. Construid la Iglesia en esta dimensión de la vida de la que sois partícipes. Amén.
(Homilía del beato Juan Pablo II en Castelgandolfo, el día 3 de agosto de 1980)

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Aplicación: ALESSANDRO PRONZATO - Esclavitud y Soledad

Lo que más me impresiona de este hombre, rico y ávido, de la parábola evangélica es su heladora soledad. Algo verdaderamente tétrico, horripilante.

Nadie está tan solo como este hombre rodeado, casi sofocado, por sus bienes.

Más que contar sus rentas, parece hablar con ellas. Lo vemos en coloquio con las cifras.

En diálogo amoroso con los libros contables.

Su voz tiene el sonido de los dineros.

Es un individuo sin nombre, sin rostro. No tiene mujer, ni hijos, ni amigos. El único lazo estrecho son sus bienes materiales. Se identifica con las propias riquezas. El mismo se convierte en campo, grano, trigo, almacén, número, cartera. Ya no es un hombre. Es una cosa en medio de las cosas.

Los bienes, en lugar de ser vehículos de comunicación, de relación con los otros, para él son cosas a acumular, conservar, proteger, defender. En vez de ser medios (antiguamente se decía, precisamente, que uno tenía tantos "medios"), se convierten en fin, al que se sacrifica todo.

Y terminan por cerrarlo en una prisión.

Este hombre triste es un prisionero. Puede incluso ampliar los almacenes. Pero no logrará ya salir de ellos.

Es un hombre cerrado. Sin futuro. Precisamente él que se engañará pensando que está asegurado para muchos años.

Cuando se pronuncia la terrible sentencia: «Esta noche te van a exigir la vida», en realidad él ya está muerto desde hace tiempo. La sentencia la pronunció él sobre sí mismo. Con acierto se ha subrayado --A. Maillot (de quien tomo alguna de estas observaciones- que más que un castigo es una concesión.

Se le llama «necio».

Porque funda la propia seguridad en el tener y no en el ser.

Porque se afana por poseer y acumular, en vez de comprometerse a crecer.

Porque se identifica con las cosas, y no las transforma en sacramento de comunión con los hermanos.

Porque cree que mucho dinero significa mucha vida.

Porque piensa que la posesión egoísta da alegría.

Porque no sospecha que, aunque salgan las cuentas, su existencia es una quiebra.

Porque está en adoración y no ve más que el propio «yo». No se para jamás frente a un «tú».

Porque no entiende que «el yo no tiene otra protección que el darse, el perderse» (A. Paoli).

Porque no cae en la cuenta de que no es posible llenar el vacío con un estorbo.

Porque no intuye que la seguridad puede derivarse sólo de un acto de coraje, de ruptura, de liberación.

Porque no se percata de que la vida va llena de amistad, de don, de relaciones, no de cosas.

Intentemos ahora sacar algunas consecuencias.

--La posesión es siempre limitación. «El que adquiere un campo y lo cierra con una cerca, se priva del resto de la naturaleza, se empobrece de todo lo demás. He aquí por qué la pobreza religiosa no significa poseer poco, sino no poseer nada, o sea, la expropiación total para poseerlo todo» (E. Cardenal).

--La posesión es sobre todo limitación de libertad. «¿No habéis observado alguna vez que ser rico se traduce siempre en un empobrecimiento en otro plano? Basta decir: poseo este reloj, es mío, y cerrar la mano, apresándolo, para tener un reloj y haber perdido una mano» (A. Bloom). Nuestro espíritu y nuestro corazón tienden a empequeñecerse, a reducirse a las dimensiones de los objetos sobre los que se cierran, a las dimensiones de los bienes sobre los que se repliegan.

--La riqueza es falsificación de las cosas, porque falsea la relación con ellas. El rico cree que su título de propiedad le une íntimamente, con seguridad a sus bienes. Pero esto es una colosal ilusión. Las cosas como las personas, tienen un «límite de inviolabilidad, un umbral infranqueable», que no puede ser forzado por un derecho que se derive simplemente del dinero. Una cosa no se deja «violar» por la cartera (las personas, algunas veces sí...). Por eso, aun cuando me pertenezca, aunque sea "mía", la cosa sigue «inviolada» en su esencia más verdadera, y siempre me dejará insatisfecho.

La cosa permanecerá obstinadamente «ajena» a mí, escapará de mi mano aun cuando la retenga, más aún precisamente porque pretendo asirla, tenerla, se reirá de mí, burlona, intacta, intocable.

Para entrar en comunión íntima con un bien creado, la propiedad ligada al dinero, al derecho, puede constituir un obstáculo.

La facultad de poseer se sitúa al nivel más profundo de nosotros mismos, allí donde un objeto externo puede entrar solamente interiorizándose.

Para poseer verdaderamente una cosa, es necesario establecer con ella no una relación de posesión, de agresividad, sino de participación, de maravilla, de contemplación.

--El hombre litúrgico, y no el hombre económico es el que está en armonía con todo lo creado. La tierra pertenece a los «mansos», o sea, a aquellos que nada reivindican. Solamente el que ora, teniendo las manos vacías, libres, puede orar en las cosas y con las cosas.

«En la edad media se celebraban las nupcias de Francisco con dama pobreza, se intentaba visibilizar lo invisible, es decir, el secreto que se había hecho en él poesía y felicidad, contemplación y seguridad... Francisco lleva sobre sí mismo el signo de la liberación en la alegría, que es seguridad, y en la contemplación, que es poesía... La historia no ha olvidado todavía a este hombre martirizado en el cuerpo que redescubrió las estrellas, las flores, el agua, el fuego, el sol, los pájaros, toda la creación, finalmente liberada de angustia y hecha verdad y poesía» (A. Paoli).

Así pues, la distinción existe entre hombre económico y hombre litúrgico. La diferencia pasa entre quien pone el corazón en las cosas (o deja que las cosas, según su paso natural, pasen de las manos al corazón, y aquí ocupen todos los centros estratégicos de mando) y quien, por el contrario, obliga a las cosas a hacerse partícipes, cómplices, expresión del propio corazón.

Podemos aún decir que la diferencia está entre el capitalista y el liturgo. Entre el usurpador, el conquistador, y el hermano.

Entre el hombre económico y el hombre de la amistad y del encuentro. Entre el profanador y el contemplativo. Entre el que pide seguridad a los bienes terrenos y quien les exige "comunicación".

El primero, a través de las cosas, se para, se aísla, tiene y rechaza. El otro camina, se abre, da y se dilata.

El primero se apropia de algo y queda en la superficie de todo. El otro descubre la verdad profunda de las cosas.

El primero dispone de las riquezas; el otro es señor de sí mismo.

El primero es un excomulgado. El otro se comunica con todo y con todos.

El primero acumula. El otro comparte.

Por eso, la única manera de no pararse frente a las cosas, consiste en llevarlas adelante con nosotros, en arrastrarlas en nuestra aventura. «Estoy hambriento de todo el pan que como solo, pobre de todos los bienes que poseo para mí» (G. Thibon).

Hay un momento, en la misa, en el que se nos recuerda el uso correcto que debemos hacer de las manos. El ofertorio es el momento de la consagración de mis manos. Esas manos que encuentran su función más verdadera en el gesto de la ofrenda.

Se me han dado las manos para dar. Quien las usa, habitualmente, sólo para coger, tener, agarrar, todavía no ha aprendido a usarlas, aunque esté muy avanzado en años. Sobre todo no ha gustado la alegría más grande: la alegría de dar.

Nos preocupamos de enseñar a caminar. Y el día en que el niño da los primeros pasos se celebra como un gran acontecimiento en la familia. Sería necesario hacer fiesta cuando el niño comienza a usar las manos de la única manera correcta, que es la manera del dar. Nos preocupamos de las manos sucias. En realidad, las manos están manchadas sólo cuando «retienen» algo.

Un cristiano, o sea un buscador de Dios, superará la tentación de pararse sólo si es capaz de transformar las realidades terrenas en «señal» y «don». Sólo se aprenderá a usar las manos de la única manera "justa".

Nuestras cuentas, a diferencia de aquellas del «necio» de la parábola, saldrán, cuando salgan las cuentas de los otros.
(ALESSANDRO PRONZATO, EL PAN DEL DOMINGO CICLO C, EDIT. SIGUEME SALAMANCA 1985)

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Aplicación: P. Ranieri Cantalamessa OFMCap - Vanidad de vanidades

El Evangelio del domingo arroja luz sobre un problema fundamental para el hombre: el del sentido de actuar y trabajar en el mundo, que Qohélet en la primera lectura [Eclesiastés] expresa en términos desconsoladores: «¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol?».

Uno entre la gente pidió a Jesús que interviniera en un litigio entre él y su hermano por cuestiones de herencia. Como a menudo, cuando presentan a Jesús casos particulares (si pagar o no el tributo al César; si lapidar o no a la mujer adúltera), Él no responde directamente, sino que afronta el problema en la raíz; se sitúa en un plano más elevado, mostrando el error que está en la base de la propia cuestión. Los dos hermanos están equivocados porque su conflicto no deriva de la búsqueda de la justicia y de la equidad, sino de la codicia. Entre ellos ya no existe más que la herencia para repartir. El interés acalla todo sentimiento, deshumaniza.

Para mostrar cuán errónea es esta actitud, Jesús añade, como es su costumbre, una parábola: la del rico necio que cree tener seguridad para muchos años por haber acumulado muchos bienes, y a quien esa misma noche se le pedirán cuentas de su vida.

Jesús concluye la parábola con las palabras: «Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios». Existe también una vía de salida al «todo es vanidad»: enriquecerse ante Dios. En qué consiste esta manera diferente de enriquecerse lo explica Jesús poco después, en el mismo Evangelio de Lucas: «Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12, 33-34). Hay algo que podemos llevar con nosotros, que nos sigue a todas partes, también después de la muerte: no son los bienes , sino las obras; no lo que hemos tenido, sino lo que hemos hecho. Lo más importante de la vida no es por lo tanto tener bienes, sino hacer el bien. El bien poseído se queda aquí abajo; el bien hecho lo llevamos con nosotros.

Perdida toda fe en Dios, hoy con frecuencia muchos se encuentran en las condiciones de Qohélet, que no conocía aún la idea de una vida después de la muerte. La existencia terrena parece en este caso un contrasentido. Ya no se usa el término «vanidad», que es de sabor religioso, sino el de absurdo. «¡Todo es absurdo!». El teatro del absurdo (Beckett, Ionesco), que floreció en las décadas posteriores a la guerra, era el reflejo de toda una cultura. Los que evitan la tentación de la acumulación de las cosas, como ciertos filósofos y escritores, caen en algo que tal vez es peor: la «náusea» ante las cosas. Las cosas, se lee en la novela La náusea de Sartre, están «de más», son oprimentes. En el arte, vemos las cosas deformadas, objetos que se aflojan, relojes que cuelgan como el salchichón. Se le llama «surrealismo», pero más que una superación, es un rechazo de la realidad. Todo exhala putridez, descomposición. ¡El abandono de la idea del cielo ciertamente no ha hecho más libre y alegre la vida en la tierra!

El Evangelio del domingo nos sugiere cómo remontar esta peligrosa pendiente. Las criaturas volverán a parecernos bellas y santas el día en que dejemos de querer sólo poseerlas o sólo «consumirlas», y las restituyamos al objetivo para el que nos fueron dadas, que es el de alegrar nuestra vida aquí abajo y facilitarnos alcanzar nuestro destino eterno. Hagamos nuestra una oración de la liturgia: «Enséñanos, Señor, a usar sabiamente los bienes de la tierra, tendiendo siempre a los bienes eternos».

 

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EJEMPLOS

El sueño del empleado

El valor de la plata

Huéspedes en el mundo


El sueño del empleado
Esta es la historia de un empleado que era fiel a su trabajo, llegaba puntual todos los días de la semana pero salía más tarde del horario normal porque quería demostrar a sus jefes que estaba muy interesado en hacer crecer la empresa y seguir laborando, pero sin embargo no recibía beneficios adicionales por que estaba en el grupo de los trabajadores que renovaban contrato cada 3 meses y siempre estaba preocupado si le renovarían contrato; por ello además venía los fines de semana y se quedaba casi todo el día e inclusive hacía horas extras hasta muy tarde sin recibir pago adicional.
Era un buen trabajador, no solamente por trabajar extra, sino porque en realidad demostraba que tenía buen rendimiento, le generaba buenos ingresos a la empresa; lo único que recibía eran halagos de susjefes y a veces uno que otro reconocimiento en las reuniones laborales; pero su sueldo seguía igual por muchos años.

En su hogar vivía otra historia, llegaba tarde y un poco cansado por las labores diarias y apenas tenía tiempo para conversar con su esposa y alzar en brazos a su hijos que tenían 7 años y 2 años. La excusa era la misma: "Tengo que trabajar bastante para que a Ustedes no les falte nada...". Su esposa nunca le reclamaba nada pero en el fondo sentía el vacío de su esposo en el hogar y lo comprendía por su sacrificio, ella lo amaba.

Un día el empleado leyó en una revista que tenía un pasajero del bus donde viajaba a su trabajo lo siguiente: "En los matrimonios felices, cada cónyuge pone las necesidades de su pareja por encima de las suyas y de las posesiones, el trabajo, las amistades e incluso otros familiares. El marido y la mujer pasan mucho tiempo el uno con el otro y con sus hijos, y en presencia de Dios".

El empleado se quedó pensativo y reflexionaba sobre si su familia era feliz. Llegando al trabajo dejó de lado esos pensamientos y siguió su sacrificada labor como todos los días. Ya en la noche, cansado y confundido por lo que había leído se quedó dormido y tuvo un sueño muy extraño que parecía real.

Soñó que su vida seguía muy agitada por el trabajo y que los años pasaban, que no tenía tiempo para salir de paseo con su familia, que no tenía tiempo para acompañar a la iglesia los domingos a su esposa e hijos; pero que siempre traía lo suficiente para su hogar. Sus hijos crecían, pero las mejores vivencias las tenían con su madre. Llegó el tiempo en que los hijos fueron a la universidad y tuvieron independencia. Se vió entonces muy viejo y cansado, y al poco tiempo murió.
En el sueño pudo ver su funeral y notó que sus hijos no estaban presentes, porque simplemente no tenían tiempo debido a que estaban muy ocupados en su trabajo, notó además que no había mucha gente y mucho menos habían venido personas de su trabajo.
Se despertó muy asustado pensando que estaba muerto y luego se dio cuenta que todo era una pesadilla. Volteó y le dio un beso a su esposa, se dirigió rápidamente al cuarto de sus hijos y los observó con detenimiento mientras reflexionaba sobre el sueño. Llegó a la conclusión que Dios le había dado una señal para que encaminara su vida y que estaba a tiempo.
A partir de entonces empezó a "fijar bien las prioridades" y logró la felicidad que tanto anhelaba.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 486)

(Cortesía: iveargentina.org et alii)

 

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