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Domingo 20 del Tiempo Ordinario C - No he venido a traer paz - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

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A su disposición
Exégesis: Alois Stöger - El tiempo de la decisión
Comentario Teológico: Andrés Pardo - El riesgo del testimonio
Comentario Teológico: P. José A. Marcone, I.V.E. - Fuego, sangre y división (Lc.12,49-53)
Comentario teológico: Hans Urs von Balthasar - A las tres lecturas
Comentario Teológico: Carta a los Hebreos - Fijos los ojos en Jesús
Santos Padres: San Ambrosio - Fuego purificador y pasión redentora (Lc 12, 49-53)
Aplicación: R. P. Alfredo Sáenz, S. J. - La tibieza
Aplicación: Benedicto XVI - Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división
Aplicación: P. R. Cantalamessa - He venido a traer división en la tierra
Aplicación: R.P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Signo de contradicción y Príncipe de la paz Lc 12, 49-53
Ejemplos

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo


Exégesis: Alois Stöger - El tiempo de la decisión

49 Fuego vine a echar sobre la tierra. ¡Y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! 50 Tengo un bautismo con que he de ser bautizado. ¡Y cuánta es mi angustia hasta que esto se cumpla! 51 ¿Pensáis que he venido a poner paz en la tierra? Nada de eso -os lo digo yo-, sino discordia. 52 Porque desde ahora en adelante, en una casa de cinco personas, estarán en discordia tres contra dos y dos contra tres: 53 el padre estará en discordia contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera, y la nuera contra la suegra.

Jesús aportó el tiempo de salvación. ¿Qué se puede percibir de esto? El tiempo de salvación se anuncia como tiempo de paz; el Mesías es portador de paz. ¿Qué se ha producido en realidad? Falta de paz, discordia hasta en las mismas familias. Los discípulos no deben, sin embargo, perder la cabeza. El tiempo que se ha inaugurado con Jesús es en primer lugar tiempo de decisión. Jesús tiene que cumplir una misión que le ha sido confiada por Dios. La misión reza así: Echar fuego sobre la tierra, traer el Espíritu Santo con su fuerza purificadora y renovadora. Jesús tiene ardiente deseo de que se verifique este envío del Espíritu. Pero antes debe él ser bautizado con un bautismo, debe pasar por sufrimientos que lo azoten como oleadas de agua. Está penetrado de angustia hasta que se cumpla la pasión mortal. La agonía de Getsemaní envía ya por delante sus mensajeros. La salvación del tiempo final no viene sin los trabajos de la pasión. El ansia por salvarse debe infundir ánimos para soportar las angustias de la pasión. La elevación al cielo se efectúa a través de la cruz. Jesús está en camino hacia Jerusalén, donde le aguarda la gloria que seguirá a la muerte.

El Mesías es anunciado y esperado como portador de paz. Es el príncipe de la paz; su nacimiento trae paz a los hombres en la tierra (Isa_9:5 s; Zac_9:10; Luc_2:14; Efe_2:14 ss.). La paz es salvación, orden, unidad. Ahora bien, antes de que se inicie el tiempo de paz y de salvación hay falta de paz, división y discordia, incluso donde la paz debería tener principalmente su asiento. El profeta Miqueas se expresó con las palabras siguientes acerca del tiempo de infortunios y discordias que ha de preceder al tiempo de salvación: «El hijo deshonra al padre, la hija se alza contra la madre, la nuera contra la suegra, y los enemigos son sus mismos domésticos. Mas yo esperaré en Yahveh, esperaré en el Dios de mi salvación, y mi Dios me oirá» (Miq_7:6 s). Ahora tiene lugar la división. Acerca de Jesús se dividen las familias, acerca de él deben decidirse los hombres (Miq_2:34). Esta división y separación es señal de que han comenzado los acontecimientos finales, que a cada cual exigen decisión.
(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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Comentario Teológico: Andrés Pardo - El riesgo del testimonio

Aceptar con todas las consecuencias la misión de ser profeta y portavoz de Dios es una dura carga, llena de incomprensiones y de riesgos. Porque mantener la fidelidad a Dios es más difícil que ser fiel a los hombres. El profeta de todos los tiempos ha sufrido persecuciones y desconocimiento de los más cercanos. Le pasó a Jeremías, porque hablaba claro; por eso quisieron hundirle en el lodo del aljibe, para ahogar su palabra. Y le pasó a Jesús, que soportó la cruz y la oposición de los pecadores, renunciando al gozo inmediato. Es un aviso para los cristianos en los momentos de lucha o desánimo.

Aceptar a Jesús nos lleva a ser presencia contestaria en medio de la sociedad y dentro de la propia familia. El seguimiento de Cristo puede suponer en el cristiano continuidad de sufrimientos, de conflictos, separaciones, enemistades.

Cuando se medita la frase de Jesús en el evangelio de este domingo "Yo he venido a prender fuego en el mundo", se comprende que hay que anunciar el Evangelio con calor y pasión, sin tibiezas. Con palabras tibias contribuimos a mantener medianías y situaciones difusas.

Siempre el cristiano ha de testimoniar el valor profundo de la paz, que no es comodidad, aceptación de la injusticia o simple convivencia perezosa. Porque Cristo luchó por la verdadera paz, que es la defensa del hombre, murió víctima de la violencia. Quien sufre por amor al Crucificado debe ver en ello una ratificación de la rectitud de su fe y del camino de su vida.

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Comentario Teológico: P. José A. Marcone, I.V.E. - Fuego, sangre y división (Lc.12,49-53)

Introducción

¿Para qué vino Jesús al mundo? El mismo Jesús se preocupó de responder a esta pregunta varias veces. Por ejemplo en Lc.19,10 dice: “El Hijo del hombre vino a buscar y salvar lo que estaba perdido”. Y en Lc.5,32: “Yo no vine a llamar a los justos sino a los pecadores para que se arrepientan”. Y generalmente nos acordamos más de estas respuestas de Jesús: Jesús vino a traer el perdón, la paz, a llamar a los hombres a una mayor comprensión, a una mayor bondad y misericordia. Lo cual es absolutamente verdadero.

Sin embargo hoy Jesús completa su respuesta dándonos el tono justo de su venida: “Yo vine a traer fuego; yo vine a traer sangre; yo no vine a traer paz, yo vine a traer división; una división profunda aún entre los más íntimos, en el seno de la misma familia”. Estas son palabras de Jesús y hay que tomarlas muy en serio.

No las tomó en serio por ejemplo un famoso falso apologeta del siglo XIX de apellido Renán. Él hablaba de Jesús como el ‘dulce Galileo’, identificándolo con un hombre soñador y poeta, un pastor sencillo, idealista e ingenuo, que se vio sobrepasado por su propia fama. Y dice que Jesús se hizo matar por ingenuidad pastoril. Dice que se dejó “llevar suavemente cuesta abajo por la cadena de sus embriagantes triunfos populares sin ver a lo que se exponía hasta que fue demasiado tarde”.[1] Renán, entonces, nos presenta un Cristo que no es hombre, es un molusco, un invertebrado, un flan, un pastel. Y además un Cristo que no es Dios. Porque Renán también dice: “Jesucristo no fue Dios; fue la más grande esperanza que ha cruzado sobre la pobre Humanidad”. Lo rebaja quitándole la divinidad y reduciéndolo a puro hombre; como se rebaja el vino agregándole tanta agua que ya pierde su naturaleza de vino y deja de ser vino.

Tampoco tomó en serio las palabras de hoy un director de cine como Franco Zefirelli. Produce una película que presenta a un Cristo melancólico y romántico, bohemio y bonachón. Es el mismo Cristo que trasmite la imagen de San Francisco de Asís en la película “Hermano Sol, hermana Luna”, donde todos confunden a San Francisco con el novio de Santa Clara. Quieren hacer de Cristo un chico bueno y soñador, en definitiva, inofensivo, que no mata una mosca.

Y esta imagen de Cristo de Renán y de Zefirelli es la imagen que lamentablemente se presenta en cientos de parroquias en los catecismos de los sábados. Ni más ni menos. Un Cristo como el de Renán, ingenuo y puro hombre. Un hombre como el de Zefirelli, tierno y sentimental.

Y se olvidan de las palabras de hoy: fuego, guerra, sangre, división. Cuando se dice de alguien que entra ‘a sangre y fuego’, se dice de alguien que es violento, que no tiene nada de sentimental. Y de hecho Jesucristo hoy dice en el evangelio que entra en el mundo ‘a sangre y fuego’.

1. Fuego

“¡Fuego he venido a traer sobre la tierra, y cuánto quisiera que ya estuviera ardiendo!”. No fue una palabra. Fue un grito. Un grito que brotó de lo más profundo de su ser.

¿Qué significa este fuego? Este fuego significa, en primer lugar, el Espíritu Santo. En el Nuevo Testamento, la identificación entre el Espíritu Santo y el fuego queda en evidencia con claridad en Pentecostés. Allí el Espíritu Santo descendió sobre la Iglesia naciente en forma de lenguas de fuego. Cuando Jesús dice que vino a traer fuego sobre la tierra y que está ansioso de que esté ya ardiendo, está diciendo que Él vino a traer el Espíritu Santo y está ansioso hasta que el Espíritu Santo queme interiormente el alma de los hombres y éstos estén llenos del Espíritu Santo.

Cuando el fuego toma una madera primero la purifica de todas sus impurezas. Luego se hace una brasa ardiente y ya casi no se distingue entre la madera y el fuego: se han hecho una sola cosa. Así también el Espíritu Santo que entra en un alma, primero la purifica quemándole todos los pecados, vicios y defectos. Luego la va convirtiendo en Sí Mismo, hasta que el alma está tan unida al Espíritu que ya no se distingue entre el Espíritu y el alma.

Este hecho de que el alma quede indisolublemente unida a Dios se realiza por el amor que el alma le profesa al Espíritu y el amor del Espíritu hacia el alma. Por eso el fuego es también símbolo del amor que transforma al alma en el Amado. De hecho, el Espíritu, en Dios, es la Persona-Amor. El Espíritu Santo es el amor. Y el amor es una pasión que lo arrolla todo, como el fuego: “Las aguas torrenciales no podrían apagar el amor, ni ahogarlo los ríos. Fuerte es el amor como la muerte” (Cant.8,6-7).

Entonces el fuego de nuestro texto es el Espíritu Santo que es un fuego “que purificará y abrasará los corazones y que debe encenderse en la cruz”.[2] De hecho, este fuego que es el Espíritu Santo se encendió en la cruz, cuando Cristo, al morir “exhaló su espíritu” (Mt.27,50). El Espíritu Santo es fuego que purifica las conciencias. Ya en el Antiguo Testamento el fuego simbolizaba la acción soberana de Dios y de su Espíritu para purificar las conciencias (cf. Is.1,25; Za.13,9; Ml.3,2-3). Esta interpretación se confirma con Hech.1,5; dice Jesús: “Juan bautizó con agua, pero ustedes dentro de pocos días serán bautizados en Espíritu Santo”.

Así se explica la ‘oposición’ entre el bautismo de agua de Juan y el bautismo de fuego del Espíritu Santo de Cristo, presentado por el mismo Juan. El bautismo de agua de Juan era una llamada a la conversión, al arrepentimiento interior. El de Cristo, a través del agua del sacramento del Bautismo, incluye una acción concreta del Espíritu que lava del pecado y purifica más profundamente. De hecho, “el fuego es un medio de purificación menos material y más eficaz que el agua”.[3]

Pero para tener una noción completa acerca de qué clase de fuego es el Espíritu Santo es necesario tener en cuenta aquella otra frase de San Juan Bautista, refiriéndose a Cristo: “En su mano tiene el bieldo para limpiar su era y recoger el trigo en su granero; pero la paja la quemará con fuego que no se apaga” (Lc.3,17). Porque el Espíritu Santo que es fuego, tendrá una acción distinta según sea el material sobre el que se aplica. Sobre el alma buena que busca sinceramente la unión con Dios, el Espíritu Santo será un fuego que la acrisolará, es decir, la purificará y la enriquecerá, acrecerá su valor. Es la labor del Espíritu Santo que es fuego de amor. Pero en aquel que ha rehusado creer en Cristo y ha despreciado su llamada al arrepentimiento y a la santidad, el Espíritu Santo será un fuego que destruirá como el fuego destruye la paja sin valor, convirtiéndola en ceniza sin peso. Es la labor del Espíritu Santo en cuanto fuego del juicio.

De nosotros depende qué tipo de fuego será Jesús para nosotros: “el que recibe a Jesús y su mensaje es colmado del Espíritu Santo. Para el que rechaza a Jesús, este encuentro se convierte en un juicio”.[4]

Pero hay que tener en cuenta que “Jesús atribuye a su entero obrar el carácter del fuego”. Jesús “quiere encender, investir, incendiar y, como el fuego, abrazar, encerrar en su ámbito, penetrando todo”.[5] La acción de Jesús es todo lo contrario del aceite, que resbala por todos lados y por el que todo resbala. Es todo lo contrario del merengue y del pastel. Jesús es fuego. Jesús nunca dijo: “Yo soy la miel de la vida”.

Jesús, cuando dice que vino a traer fuego, quiere decir que su acción debe envolver toda la vida del que acepta el encuentro con Él. Su presencia debe permear todos los ámbitos del hombre y todos los momentos de su vida. No solamente se debe vivir de acuerdo a las máximas de Jesús el domingo en la Misa, sino todos los días, de lunes a domingo, las 24 horas de día. No solamente se debe ser cristiano en la iglesia. Sino también en el trabajo, en el ómnibus, en la calle, con los vecinos, dentro del hogar, en el deporte, en la escuela, en la universidad. Ningún ámbito debe quedar excluido, como no hay un solo ámbito que el fuego perdone cuando embiste.

2. Sangre

¿Cuál es el significado de la frase “tengo que recibir un bautismo”? Queda aclarado en Mc.10,38 cuando Jesús les responde a los hijos del Zebedeo que le pedían un puesto de honor: “Jesús les dijo: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?»”. No hay duda que la copa o el cáliz de Jesús es los sufrimientos de la pasión. Por lo tanto, el bautismo de Jesús es también la pasión.

Pero ‘bautismo’ en griego significa ‘inmersión’. “Tengo que recibir un bautismo” significa “tengo que recibir una inmersión”. ¿A qué inmersión se refiere? Se refiere a la inmersión que Él va a realizar en su propia sangre, en la pasión. ¿Qué significa ‘¡qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!’? En primer lugar, significa que Jesús, impulsado por su inmenso amor, tiene un gran deseo de sufrir para consumar la salvación de los hombres.

Pero dice, ‘hasta que se cumpla plenamente’. Por eso, en segundo lugar significa que quiere que los hombres participen de ese bautismo. A eso apunta el ‘plenamente’. Apunta a que el Cristo Total, la Iglesia, se sumerja en esa sangre. Que nosotros nos sumerjamos significa que nos bauticemos y llevemos las promesas bautismales hasta sus últimas consecuencias. Esto significa que nosotros también debemos sumergirnos en nuestra propia sangre, es decir, sacrificarnos por los demás hasta el derramamiento de sangre. Esto es lo que se dice en la segunda lectura: “Pensad en aquel que tuvo que sufrir semejante hostilidad por parte de los pecadores, y así no os dejaréis abatir por el desaliento. Después de todo, en la lucha contra el pecado, no habéis resistido todavía hasta derramar vuestra sangre” (Heb.12,1-4).

3. División

La tercera proposición del evangelio de hoy es consecuencia de las dos primeras. La acción del fuego en el juicio es la acción del que discierne, del que divide. Por eso es que Jesucristo dice también: “¿Ustedes piensan que yo vine a traer la paz? No, no vine a traer la paz sino la división”. En la formulación de Mateo la división se expresa con un término más fuerte: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada” (Mt.10,34).

Y la acción de la sangre, la acción de la pasión, la acción de la cruz es también dividir los corazones de los hombres: “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1Cor.1,23-24).

¿Por qué el fuego de Jesucristo es división? Porque el fuego es el que sirve para discernir entre lo que vale o no vale. Hay algo que se llama crisol. El crisol es un vaso especial donde se funden metales. Se lo somete a la acción del fuego, a una gran temperatura y se derriten los metales. Los metales que son nobles, los que valen, como el oro o la plata, permanecen. Mientras que los metales que no valen mucho, como el plomo o el estaño, se separan y se ponen aparte.

El fuego de Jesucristo hace lo mismo. Él no es gris, Él es blanco o negro. Él no es verdad y falsedad al mismo tiempo: él es verdad. Bien definido. Él no es sí y no al mismo tiempo, como dice San Pablo (cf. 2Cor.1,19). Es sí o es no, pero no los dos al mismo tiempo. Jesucristo es el Amén de Dios. Jesucristo no es el bien y el mal al mismo tiempo: Jesucristo es el bien.

Además, todos aquellos que se confrontan con Jesucristo deben necesariamente tomar una posición. No pueden permanecer indiferentes. Por eso dice Jesucristo que Él va a ser causa de división en el seno de una misma familia. Ni siquiera los nexos familiares, que son tan fuertes, van a resistir la fuerza de división que trae Jesucristo.

Esto es tan esencial a la misión de Jesucristo que va a ser revelado desde los inicios del Evangelio. Alguien tan apacible como lo es el anciano Simeón lo va nombrar como una de las características esenciales de Jesús. En efecto, cuando Jesús tiene apenas cuarenta días de vida y es presentado en el templo, Simeón le anuncia a la Virgen María: “ ‘Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos’.” (Lc.2,34-35). Al decir ‘los pensamientos íntimos de muchos’ se está refiriendo a la intención del corazón, es decir, allí donde se fragua la decisión de aceptar o rechazar a Cristo.

“La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.” (Jn.1,9-12)

Lo que hace que Jesús sea causa de división es la verdad. Ante la verdad es necesario tomar posición. No se puede aceptar la verdad a medias. O se la acepta o se la rechaza, no queda otra posibilidad. Así por ejemplo, la doctrina católica sobre la homosexualidad. Sabemos que es un grave pecado y está asentada en una mentira sobre la naturaleza y la dignidad humanas. La homosexualidad es una falsedad. Lo dice San Pablo. Es un pecado grave. Sin embargo hay hombres que son perseguidos por afirmar que la homosexualidad es gravemente inmoral. En Holanda, en el año 2007, un obispo predicó acerca de la homosexualidad, haciendo ver que es inmoral y fue procesado y condenado a cárcel. Y así sucede con muchas otras verdades acerca de la vida humana: el aborto, la eutanasia, etc.

La verdad no es negociable. No se puede renunciar a la verdad por la búsqueda de una armonía. No se puede pactar un compromiso a costa de la verdad. Y esto divide.

Jesús “de ninguna manera quiere justificar todo, abolir la distinción entre bueno y malo, poner todo de acuerdo”.[6] Como dijo hace muy poco, en junio de 2013, el obispo de Chicago, el Cardenal Georges: “Jesús es Misericordioso, pero no es estúpido; sabe la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal”, en referencia a falsos católicos que afirmaban que la homosexualidad estaba bien.[7] Él viene a hacer pasar todo por la prueba del fuego: el fuego del amor y el fuego del juicio.

Y la cruz también divide. En un mundo como el de hoy la cruz es escandalosa. En el mundo de hoy y en todo ambiente de mentalidad mundana, en todos los tiempos, la cruz levanta la persecución del mundo y, por lo tanto, la división. La cruz siempre trazará una línea que divide a unos hombres de otros, aún dentro de una misma familia. Esa línea contrapone a dos clases de hombres. Porque la cruz se contrapone abiertamente a los principios del mundo. La contraposición es la siguiente: la humildad de la cruz contra los éxitos espectaculares del mundo, los sufrimientos de la cruz contra el placer del mundo, la mansedumbre de la cruz contra la violencia del mundo, el servicio de la cruz contra el poder del mundo. La cruz genera desprecio y persecución. La cruz, que es sangre y que es bautismo, también divide.

Conclusión

Todo cristiano ha sido llamado a ser otro Cristo y a producir los mismos efectos de Cristo. Por eso todo cristiano en el mundo debe ser fuego, debe estar ansioso por padecer y debe obligar a los hombres a tomar partido frente a la verdad del Evangelio.

Nosotros también tenemos que ser ese fuego, tenemos que ser fuego por participación. Así como somos Dios por participación.

Nosotros debemos tomar muy en serio este evangelio. Primero recibir el fuego: recibir el Espíritu Santo, que es amor que quema. Segundo, ser fuego que arrasa por el amor. Ser fuego que discierne, que divide. Aún más: si en nuestra acción de cristianos no somos signo de contradicción, es sospechoso. Los sacerdotes chinos recién ordenados, apenas entran en contacto con sus comunidades católicas clandestinas, necesitan ser tomados presos y permanecer un buen tiempo en prisión. Porque es el único modo en que los fieles chinos pueden saber que ese sacerdote no es un infiltrado ni un falso sacerdote. Si no son puestos en la cárcel su comunidad sospecha de que sean verdaderos sacerdotes católicos. Son signos de contradicción y por eso son aceptados por sus ovejas.

Debemos ser sumergidos en la sangre, un baño por inmersión en la sangre de Cristo: debemos ser fieles a las promesas bautismales. Debemos bañarnos, bautizarnos en nuestra propia sangre, sacrificándonos por los demás.

Debe verificarse en nosotros esta poesía del Oficio de Lectura del Breviario.

¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra!
Penetra como fuego
y divide la entraña.
¡Nada como tu voz,
es terrible tu espada!
¡Nada como tu aliento,
es dulce tu palabra!

(…)

Espada de dos filos
que me cercena el alma,
que hiere a sangre y fuego
esta carne mimada,
que mata los ardores
para encender la gracia.

Vivir de tus incendios,
luchar por tus batallas,
dejar por los caminos
rumor de tus sandalias.
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra![8]

Si somos fuego y somos sangre, seremos también división, espada. No debemos callar ninguna verdad del Evangelio por temor a ser perseguidos.

En medio de este fuego, esta sangre y esta división que Jesús viene a traer, está su Madre. La espada que busca a Jesús para matarlo, la espada que contradice al Hijo, atravesará también a la Madre, el alma de su Madre, como dijo el anciano Simeón: “Y a ti una espada te atravesará el corazón” (Lc.2,34-35).

[1] Leonardo Castellani.
[2] Nota de la Biblia de Jerusalén a Lc.12,49.
[3] Nota de la Biblia de Jerusalén a Mt.3,11.
[4] Klemens Stock S.I., La Liturgia della Parola. Spiegazione dei Vangeli domenicali e festivi, Anno C (Luca), ADP, Roma 2003, p. 274-277.
[5] Klemens Stock S.I., La Liturgia della Parola, … ibidem.
[6] Klemens Stock S.I., La Liturgia della Parola, … ibidem.
[7] NOTICIAS GLOBALES, USA: La identidad católica. No colaborar con los pro-gay. Año XVI. Número 1083, 17/13. Gacetilla n° 1198. Buenos Aires, 8 agosto 2013.
[8] Otro texto que puede darnos la idea de lo ‘terrible’ que es la Palabra es el Salmo 28, “Manifestación de Dios en la tempestad”, Lunes I, Laudes. Entre otras cosas dice: “La voz del Señor es potente; la voz del Señor descuaja los cedros. La voz del Señor lanza llamas de fuego. La voz del Señor retuerce los robles”.

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Comentario teológico: Hans Urs von Balthasar - A las tres lecturas

1. «No paz, sino división».

El fuego que según el evangelio Jesús ha venido a prender en el mundo, es el fuego del amor divino que debe alcanzar a los hombres. A partir de la cruz, su terrible bautismo, comenzará a arder. Pero no todos se dejaran inflamar por la exigencia absoluta e incondicional de este fuego, de manera que aquel amor, que querría y podría conducir a los hombres a la unidad, los divide a causa de su resistencia. Más clara e inexorablemente que antes de Cristo, la humanidad entera se dividirá en dos reinos, bloques o Estados, lo que Agustín designa como la «ciudad de Dios», dominada por el amor, y la «ciudad de este mundo», dominada por la concupiscencia. Jesús muestra que la división rompe los vínculos familiares más íntimos y, según la descripción de Pablo, a menudo atraviesa incluso los corazones de los hombres, donde la carne lucha contra el espíritu (Ga 5,17), y el «hombre desgraciado» «no hace lo que quiere, sino lo que (en el fondo) detesta» (Rm 7,15). Pero esto no es para Jesús ni para Pablo una trágica fatalidad, sino una lucha que ha de mantenerse hasta la victoria final: porque el amor y el odio no son dos principios igualmente eternos (como pensaban los maniqueos), sino porque nosotros podemos «vencer al mal a fuerza de bien» (Rm 12,21), para lo cual se nos da la fuerza de la gracia de Dios.

2. «Jeremías se hundió en el lodo».

La lucha es dura, porque el «reino de este mundo» está lleno de crueldad. La guerra, la tortura y las múltiples formas de crueldad han reinado en el mundo desde siempre, y parece como si hubieran aumentado más aún a raíz de la aparición de Cristo, el «príncipe de la paz». Jesús divide y agrava las oposiciones. Lo que le sucede a Jeremías en la primera lectura no es más que un ejemplo de las innumerables atrocidades que se cometen en el mundo, a veces también en nombre de la religión. El profeta es sometido a semejante tortura, que según las intenciones de sus autores debería haberlo matado, a causa de la palabra de Dios que se oponía al ciego deseo de guerra de Israel. Los hombres piadosos piden a Dios en los salmos con bastante frecuencia que los libre del lodo en el que se encuentran hundidos (Sal 40,3; 69,15) y Job se compara a sí mismo con este lodo (10,9; 13,12 etc.). Pablo dice que ha sido relegado al último lugar y considerado como «la basura del mundo» (1 Co 4,9.13).

3. «Sin miedo a la ignominia».

En esta «pelea» de la que habla también la segunda lectura, y de la que el cristiano siente la tentación de retirarse, sólo importa una cosa: tener «fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe», recordando «al que soportó la oposición de los pecadores». Innumerables hombres, «una nube ingente de espectadores», de testigos de la fe, han hecho esto antes que nosotros y han sido puestos a prueba, a menudo más duramente, llegando incluso a derramar su «sangre». Jesús ha tomado sobre sí abundantemente la ignominia del mundo, todo su viacrucis estuvo acompañado del escarnio y del desprecio. Fue precisamente a través de este fango de la ignominia como él llegó a sentarse «a la derecha del Padre». El que contempla este ejemplo se avergonzará de permanecer tan lejos de él en lo que a la ignominia se refiere.
(HANS URS von BALTHASAR LUZ DE LA PALABRA Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 277 s.)

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Comentario Teológico: Carta a los Hebreos - Fijos los ojos en Jesús

La carta a los Hebreos presenta a Jesús como objeto de contemplación: "Fijos los ojos en Jesús ... recordad al que soportó la oposición de los pecadores". Esto es decisivo para Hebreos: de hecho la carta no intenta sino poner ante nuestros ojos el ejemplo de Jesús. El objetivo es que la contemplación de Jesucristo y de su camino hacia Dios conduzca a una íntima experiencia personal, es decir, a la fe viva. El camino de la plena entrega interior a Dios es el único acceso a la verdadera vida en Dios.

Con la mirada puesta en la firma constancia de Jesús el autor exhorta: "quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos".

Se considera el pecado "como un lastre que se nos pega", experiencia típica de personas y comunidades ya viejas; es la mediocridad, la cerrazón, la poca generosidad, la dimisión ante los auténticos objetivos de la vida, el miedo, el desánimo, el cansancio.

Todo esto puede superarse si clavamos nuestra mirada en Jesús: "el es el que comienza y completa nuestra fe".

El es el que "comienza" y "acaba" todos nuestros movimientos interiores hacia Dios. El menor de nuestros pensamientos dirigidos hacia Dios es suscitado en nosotros por el Espíritu de Jesús.

Jesús no es un ser lejano, distanciado, está en el corazón del mundo, en lo más profundo de mi vida, para animarla, desde el primer movimiento de la fe, hasta su perfecta consumación.

Jesús, modelo único de Hijo, suscita desde el interior todas las verdaderas actitudes filiales de los hombres ante Dios.

"El cual renunciando al gozo inmediato soportó la cruz, sin miedo a la ignominia". Para que nuestro corazón se quede fijo en Jesús es muy conveniente fijar los ojos todos los días en un crucifijo. Gesto físico y simbólico que deberíamos practicar como mínimo durante un cuarto de hora cada día. A través de la cruz que retiene nuestra mirada y nuestro pensamiento, es preciso contemplar la actitud profunda de Jesús, su "aguante" su "humillación", su capacidad extraordinaria de "renunciar al gozo" por amor a nosotros y al Padre.

"Y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado".

-"Vamos a pedir -como quiere S. Ignacio en la contemplación de los misterios de Cristo, "conocimiento interno del Señor que por mí se ha hecho hombre y por mí se entrega hasta la muerte, para que más le ame y le siga".
(mercaba domingo 20 c)

 

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Santos Padres: San Ambrosio - Fuego purificador y pasión redentora (Lc 12, 49-53)

131. Yo he venido a poner fuego en la tierra, y ¿qué he de querer sino que arda? Tengo que recibir un bautismo, y ¡cómo me angustio hasta que eso se cumpla! En los párrafos anteriores nos ha expresado su deseo de vernos vigilantes, esperando en todo momento la venida del Señor de la salvación, para que nadie, mientras abandona y olvida con negligencia su trabajo, difiriéndole de un día para otro, cuando llegue, por la propia muerte, el juicio futuro, pierda la recompensa de su esfuerzo. Aunque la presentación general del precepto va dirigida a todos, sin embargo, el tenor de la comparación siguiente parece estar dirigida a los dispensadores, es decir, a los sacerdotes (obispos), por lo cual deben saber que, al fin de la vida, se harán acreedores de un gran castigo si, preocupados por el bienestar de este mundo, gobiernan con negligencia la casa del Señor y el pueblo a ellos encomendado.

132. Pero como el provecho de aquellos que son apartados del error por temor del suplicio, es mínimo, y escaso también el cúmulo de sus méritos (porque ciertamente es de mucho mayor valor la caridad y el amor), el Señor agudiza nuestro interés para merecer su gracia y nos inflama en el deseo de poseer a Dios, diciéndonos: He venido a poner fuego a la tierra, pero no un fuego que destruye los bienes, sino ese que hace germinar la buena voluntad y enriquece los vasos de oro de la casa de Dios destruyendo el heno y la paja (1 Co 3, 12ss); ese fuego divino que agosta los deseos terrenos, elaborados por los placeres mundanos, los cuales deben perecer como obra de la carne; ese fuego, en fin, que era el que ardía con fuerza dentro de los huesos de los profetas, como dice ese gran santo que fue Jeremías: Lo que arde dentro de mis huesos es como un fuego abrasador (Jr 20, 9). En efecto, el fuego del que está escrito: Arderá un fuego delante de Él (Sal 96, 3) es el fuego del Señor. Y aun el propio Señor es ese fuego, como Él mismo lo dijo: Yo soy el fuego que quema y no consume (Ex 3, 22; cf. 24, 17; Dt 4, 24: Hb 12, 29); porque el fuego del Señor es una luz eterna, y con este fuego es con el que se encienden esas lámparas de las que se dijo más arriba: Estén vuestros lomos ceñidos y encendidas vuestras lámparas. Y puesto que el día de esta vida es como una noche, es necesaria una luz. También Ammaus y Cleofás fueron testigos de este fuego que el Señor les había infundido, cuando dijeron: ¿No ardían nuestros corazones, mientras en el camino nos explicaba las Escrituras? (Lc 24, 32). Ellos aprendieron, en efecto, con claridad cuál es la acción propia de este fuego, que ilumina lo más íntimo del corazón. Por eso, quizás, el Señor vendrá al fin con la señal del fuego (cf. Is 66, 15-16), con objeto de destruir, en el momento de la resurrección, todos los vicios, llenar los deseos de cada cual con su presencia y arrojar luz sobre los méritos y sobre los misterios.

133. Tanta es la condescendencia del Señor, que atestigua tener en su corazón un gran deseo de infundirnos la devoción, de consumar en nosotros la perfección y de llevar a cabo, en favor nuestro, su pasión. Este Señor, que nada tenía que debiese estar sujeto al dolor, quiso angustiarse por nuestros sufrimientos, y en el momento de la muerte se dejó llevar de una tristeza, que no era causada por el miedo a su propia muerte, sino motivada por el retraso de nuestra redención; y por eso está escrito: ¡Y qué angustiado estoy hasta que se cumpla! Lo cual nos explica claramente que Él, que se angustia hasta que se cumpla lo que desea, está seguro de que se va a llevar a cabo. Pero también dijo en otro lugar: Mi alma está triste hasta la muerte (Mt 26, 38). El Señor no está triste por la muerte, sino hasta la muerte, porque lo que le angustia no es el temor a ella, sino el sentimiento de su condición corporal. Pero Él que se hizo carne, debió tomar también todo lo que era propio de la carne, como el tener hambre, sed, angustia, tristeza, aunque la divinidad no conozca alteración por estas impresiones. Al mismo tiempo nos enseñó que, en la lucha contra el dolor, la muerte corporal es una liberación del sufrimiento y no un paroxismo del dolor.

134. ¿Pensáis que he venido a traer la paz a la tierra? Os digo que no traigo la paz, sino la separación, Porque en adelante listarán en una casa cinco divididos, tres contra dos y dos contra tres. Se dividirá el padre contra el hijo y éste contra su padre, y la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra. Aunque de casi todos los pasajes evangélicos se puede extraer un sentido espiritual, sin embargo, en este actual se exige, con mayor insistencia, ablandar el sentido literal con una profundización espiritual, para que a nadie le resulte dura esta sencilla narración, sobre todo tratándose de la sacrosanta religión, que invita siempre, con exhortaciones llenas de humanidad y con el ejemplo de una piedad humilde, a todos, aun a los extraños a la fe, a que la reverencien, con el fin de lograr, por medio de una educación atrayente, la aniquilación de unos prejuicios, endurecidos por supersticiones, y obligar dulcemente a los corazones, cautivos del error, a creer con fe, con esa fe que ha logrado vencerles a base de bondad. En verdad, cuando los corazones, faltos de fortaleza, no pueden comprender las profundidades de la fe, creen que hay que adorar todas aquellas cosas que se les ha mandado hacer, y, de la misma manera que las cosas justas son un testigo de un ser justo y las santas de uno santo, así también los bienes de un ser testimonian la bondad de su autor.

135. Si, pues, el Señor ha unido en un mismo mandamiento la reverencia a la divinidad y la gracia de la bondad, diciendo: Amarás al Señor, tu Dios, y amarás a tu prójimo, ¿vamos a creer que ha querido dar un cambio a ese mandamiento hasta el punto de desterrar dicha relación y romper esos lazos de afecto, pensando que puede haber mandado esa división entre sus hijos queridos? Si esto es así, ¿cómo va a ser nuestra paz El, que hizo de dos pueblos uno solo? (Ef 2, 14). Y ¿cómo explicar esa afirmación suya: Mi paz os dejo, mi paz os doy (Jn 14, 27) si ha venido a separar a los hijos de sus padres y a éstos de sus hijos, deshaciendo así sus lazos? ¿Cómo coordinar aquel maldito quien no honra a su padre (Dt 27, 16) y esto otro de que quien abandona a su padre, practica la religión?

136. Pero nada más que nos damos cuenta de que la religión ocupa el primer lugar en importancia y la piedad el segundo, veremos que esta paradoja se aclara bastante; porque ciertamente es necesario posponer las cosas humanas a las divinas. Pues, si hay que dar el honor correspondiente a los padres, ¡cuánto más al Creador de los padres, a quien tú debes dar gracias por tus mismos padres! Y si ellos no le reconocen en absoluto como a su Padre, ¿cómo los puedes tú reconocer a ellos? En realidad, Él no dice que haya que renunciar a todo lo querido, sino que hay que dar a Dios el primer lugar. Y por eso lees en otro libro: El que ama a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí (Mt 10, 37). No se te prohíbe amar a tus padres, sino el anteponerlos a Dios; porque las cosas buenas de la naturaleza son dones del Señor, y nadie debe amar más el beneficio que ha recibido que a Dios, que es quien conserva el beneficio recibido de Él. Luego, aun literalmente, no carecen los inteligentes de una explicación religiosa, aunque, no obstante, creemos que hace falta investigar más para buscar un sentido más profundo, y por eso añade:

137. Estarán en una casa cinco divididos, tres contra dos y dos contra tres. Y ¿quiénes son estos cinco, cuando parece que las palabras que siguen citan seis personas, es decir, el padre y el hijo, la madre y la hija, la suegra y la nuera? No hay duda que la madre y la suegra se pueden identificar, porque la que es madre de un hijo, es, al mismo tiempo, suegra de su esposa, de modo que, aun literalmente, no resulta absurdo ese cálculo del número y claramente aparece cómo la fe no está presa bajo las ataduras de la naturaleza, puesto que, aunque están obligados a los deberes de la piedad, con todo, permanecen libres por la fe.

138. No parece, por tanto, algo superfluo el que tratemos de dar una solución a este pasaje con una interpretación mística. La casa es una, y único también el hombre; en efecto, cada hombre es una morada de Dios o del diablo. Por eso una casa espiritual es lo mismo que un hombre espiritual, como leemos en la epístola de Pedro: Vosotros, como piedras vivas, sois edificados como una casa espiritual para un sacerdocio santo (1 P 2, 5). En esta casa, pues, están divididos dos contra tres y tres contra dos. Frecuentemente leemos que el cuerpo y el alma son dos realidades; y, cuando se reúnen dos sobre la tierra (Mt 18, 19), de los dos se hacen uno (Ef 2, 14). Y en otra parte: Castigo mi cuerpo y lo someto a servidumbre (2 Co 9, 27), es decir, que uno es el que sirve y otro distinto aquel a quien está sujeto.

139. Si ya hemos reconocido a esos “dos”, tratemos ahora de conocer a los otros “tres”, a los que es fácil llegar partiendo de esos dos. En efecto, tres son las disposiciones del alma, mientras reside en el cuerpo, una racional, otra concupiscible e irascible la tercera, esto es: logisticón, episimeticón, zimicón. No se trata, pues, de una lucha de dos contra dos, sino de dos contra tres y tres contra dos. Pues el hombre, por la venida de Cristo, de irracional que era se hizo racional. Antes éramos semejantes a los animales que carecen de razón, éramos carnales, terrenos, según consta: Tierra eres y a la tierra volverás (Gn 3, 9). Pero vino el Hijo de Dios, envió su Espíritu a nuestros corazones (Ga 4, 6) y nos hemos convertido en hijos espirituales.

140. Podemos decir que en esta casa se encuentran otros cinco, a saber: el olfato, el tacto, el gusto, la vista y el oído. Por tanto, si según lo que oímos o leemos, ponemos a un lado el sentido de la vista y del oído, excluyendo los placeres superfluos del cuerpo, que proceden del gusto, del tacto y del olfato, vemos que ya está la división de dos contra tres; y es que el espíritu, cuando tiene ya hábitos, no se deja dominar por el atractivo de los vicios, sino que, para acercarse a la virtud, se abstiene de las cosas agradables del placer y no consiente con nada que la pueda llevar hacia el error, antes, por el contrario, por medio de la división, logra que se distancien los deseos del corazón de los deberes de la virtud. Pero si este pasaje lo referimos a los cinco sentidos del cuerpo, entonces los vicios y pecados corporales quedan fuera de esta interpretación. Cabe también ver en esos cinco a aquellos que el rico lujurioso del Evangelio (Lc 16, 23ss) llama hermanos suyos y que, cuando se nos muestra atormentado en el infierno, ruega se les avise para que sepan despreciar las comodidades en este mundo a fin de que sus anhelos de virtud puedan encontrar el descanso después de esta vida.

141. Otra interpretación que alguno da consiste en considerar al cuerpo y al alma separados del gusto, tacto y olfato de la lujuria, los cuales en una misma casa están en lucha contra los vicios que les asaltan; ese cuerpo y esa alma que se someten a la Ley de Dios, apartándose de la ley del pecado. Aunque su desacuerdo haya venido a la naturaleza motivado por la prevaricación del primer hombre, de suerte que, si cada uno ama sus deseos, no pueden caminar juntos hacia la virtud, sin embargo, una vez que el Señor destierra tanto las enemistades como la ley de los mandamientos (Ef 2, 14-16) por medio de su cruz salvífica, pueden juntarse y unirse en amistad, puesto que Cristo, nuestra paz, descendiendo del cielo, hizo de los dos pueblos uno, derrumbando el muro de separación de la enemistad, anulando en su carne la ley de los mandamientos, formulada en decretos, para hacer en sí mismo de los dos un solo hombre nuevo, estableciendo la paz y reconciliándolos a ambos en un solo cuerpo con Dios (ibíd.). Y ¿quiénes son estas realidades sino una la parte interna y otra la externa? Una considera el vigor del alma y la otra representa la sensibilidad del cuerpo; y es cierto que ambas estarán plenamente de acuerdo en la unión de sus inseparables sentimientos, cuando la carne, sometida a la parte más noble, obedezca a los imperios salvadores de ésta; y eso no porque la carne tome la naturaleza del alma, penetrando ésta, por medio de su sutileza, en la materia, sino que es la carne, la que, renunciando a los placeres y limpia de toda mancha de pecados, comenzará a caminar por la senda de una vida celestial por medio de su amor a la obediencia, no resistiendo, como antes, a la ley del espíritu, sino más bien, al estar liberada de la ley del pecado por la misma ley del alma y por el Espíritu de la vida, para que la carne sea ya como algo espiritual, estará dispuesta a no servir ya más a los vicios para ser una imitadora o mejor alguien que persigue con ahínco la virtud.

142. Y el alma tampoco sucumbe ante los atractivos del cuerpo ni se deja vencer por la delectación de los placeres carnales, antes, por el contrario, con mente pura y desprendida de la servidumbre de este mundo, convierte y atrae los sentidos del cuerpo hacia sus gustos, de suerte que, con el hábito de oír y leer, se irá robusteciendo la virtud y se saciará de alimentos espirituales, con cuya virtud no existirá para ella el hambre; en efecto, la sabiduría es el alimento del alma, y es un alimento lleno de suavidad, ya que no comunica pesadez a los miembros ni se convierte en algo vergonzoso, sino en ornato de la naturaleza; entonces es precisamente cuando el alma, antes llena de todos los placeres, se transforma en templo de Dios, y lo que fue antes morada de todos los vicios comienza a ser un santuario de virtudes. Lo cual se lleva, en verdad, a cabo cuando la carne, vuelta a su realidad primera, reconoce aquello que alimenta su vitalidad y, depuesto todo juicio de soberbia, se une estrechamente al alma que la gobierna; ése era su estado cuando recibió como morada todos los lugares del paraíso, aun los más recónditos, antes de haber sentido el hambre sacrílega, envenenada por la serpiente mortífera, y de haber despreciado, por el placer de comer, el recuerdo de los preceptos divinos, recuerdo que anidaba dentro de los sentimientos del alma.

143. Se nos ha revelado que este pecado procede del cuerpo y del alma, siendo ambos como padres de él; en realidad, cuando la naturaleza corporal fue tentada, el alma sintió una morbosa compasión. Si ella hubiese refrenado el apetito del cuerpo, se hubiese extinguido en su misma fuente el origen del pecado, que se comunicó al alma como por un acto de virilidad del cuerpo, quedando también corrompido en ella su vigor y engendrándole, al quedar embarazada de agentes extraños. Así, el sexo más fuerte y potente resulta como dominado por el poderoso impulso de la pasión viril, mientras que el otro se aplica a guardar una actitud más suave que violenta.

144. Y por esta razón, los movimientos de las distintas pasiones han adquirido un mayor relieve. Pero cuando el alma vuelva a entrar en sí misma, avergonzada, en su pudor, de un parto deforme, entonces renegará de su bastardo heredero, renunciará a las pasiones y tomará horror al pecado. Y también la carne, cuando, anonadada por los duros trabajos y aburrida por lo penoso de su lamentable infortunio, se haya dolido intensamente de verse dominada por esas pasiones que eran como espinas de este mundo y que ella misma había engendrado, entonces se apresurará a desnudarse del hombre viejo para separarse de él, con el fin de no ser una madre poco previsora que traiciona a la posteridad que de ella nacerá. Igualmente, el movimiento irracional de los apetitos, atraído por el cebo de los vicios, como haciendo caso al agradable aspecto de una cierta apariencia, se les ha como unido para vivir en sociedad. Y por eso, al vicio, precisamente por haberse unido a los movimientos de los apetitos perversos, se le puede considerar como la nuera del cuerpo y del alma.

145. Y así, mientras permaneció en la misma casa esa unión inseparable e indivisible, estrechada por la conspiración de los vicios, no era posible división alguna. Pero, cuando Cristo trajo a la tierra el fuego que abrasaba los delitos de la carne, o la espada que es como el cuchillo, que simboliza un poder que se ejerce y “que penetra en lo más secreto del espíritu y de la médula” (Hb 4, 12), entonces la carne y el alma, renovados por el misterio de la regeneración y olvidando lo que eran, comienzan a ser lo que no eran, separándose de la compañía del antiguo vicio, antes tan querido para ellos, y rompen así todo lazo con su pródiga posteridad; y todo para que, en realidad, los padres se dividan contra los hijos, es decir, la templanza del cuerpo destierre la intemperancia, y el alma evite la unión con la culpa, no dando lugar en sí a esa realidad externa a ella, venida de fuera, que es el vicio.

146. Los hijos también están divididos contra los padres cuando esos vicios inveterados se rinden a la censura senil del hombre renovado, logrando que ese vicio joven, gracias a la piedad filial, sea alejado del modo de vivir de una casa seria No está, ciertamente, fuera de propósito el creer que también éstos se dividirán, con el fin de hacerse mejores que sus padres, sobre todo atendiendo a lo que dice más adelante: Si alguno viene a Mí y no aborrece a su padre, a su madre, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas y aun su propia vida, no puede ser mi discípulo (Lc 14, 26). Y por eso, según la interpretación más clara, el hijo que sigue a Cristo saca ventaja a sus padres paganos; pues la religión es algo más elevado que los deberes de la piedad filial.

147. Existe también otro sentido más profundo; a la verdad, el pecado nace de la carne y actúa, por así decirlo, en su seno, y por eso, refiriéndose a esto, dijo el Apóstol: Pero si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí (Rm 7, 20). Cuando la sangre del Señor, derramada por la redención de este mundo, abolió los vicios, logró que el hombre pasara de la desgracia a su amistad —porque abundó el pecado, para que sobreabundara la gracia (Rm 5, 20) y consiguió que la penitencia, hija del pecado, fuera capaz de empujar a ese hombre hacia el cambio de vida y a que desease la gracia del espíritu. Y así aquello mismo que me era mortal me valdrá para la salvación (cf. Rm 7, 10). Y por eso el pecado, cuando ha sido lavado por las aguas de la fuente, se divorcia de la carne que le había engendrado, y, en fin, este proceso del paso de la culpa a un deseo sincero de penitencia, le es necesario a todo aquel que desee redimirse del pecado.

148. También es un hecho que la palabra de Dios cambia la concupiscencia de las cosas malas, y aun ese apetito más fuerte de deseo pasional, en un anhelo vehemente de caridad y amor divinos, y en la misma naturaleza se lleva a cabo una transformación, logrando que, al ser despreciado el apetito del cuerpo y del alma, el placer de los misterios celestiales sea mucho más deseable que aquél. Pues el espíritu se alimenta del conocimiento de las cosas, y, una vez cautivado por las promesas de los bienes futuros, puesto que está en un estado más elevado, va cogiendo asco a las antiguas obras del alma, pues el hombre animal no percibe las cosas del Espíritu de Dios; son para él locura; mientras que el hombre espiritual juzga de todo, pero a él nadie le puede juzgar (1 Co 2, 14ss).
SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.7, 131-148, BAC Madrid 1966, pág. 411-22


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Aplicación: R. P. Alfredo Sáenz, S. J. - La tibieza

El evangelio que acabamos de escuchar nos presenta a Jesucristo como queriendo invadir el mundo de los hombres con el fuego que trae de lo alto. Enseña San Ambrosio que el Redentor nos exhorta aquí a “desear poseer a Dios”, ya que el fuego es Dios mismo que se entrega a los hombres en la exuberancia de su amor infinito. Dios es fuego consumidor y devorador, nos enseña la Escritura. Fuego divino de verdad absoluta, sagrada doctrina que purifica las inteligencias de los que creen, con la fuerza del Espíritu Santo, y las ilumina para que puedan penetrar siempre más en el misterio de Dios. Fuego capaz de comunicar a los corazones los mismos incendios de amor en que la Trinidad vive desde siempre y para siempre, haciendo que los hombres ardan en deseos de una vida santa. Fuego purificador de la misericordia divina que consume con la fuerza sobrenatural del perdón las escorias del pecado en el alma. No pongamos obstáculo a la voracidad enamorada de Jesucristo: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. Abramos las puertas del alma al amor divino que quiere brindarnos su luz y su santidad para asociarnos a la vida trinitaria, ya que la vida misma de Dios es el amor, como dice San Juan.

Pero hoy el Salvador se refiere también a un bautismo. El bautismo evoca un baño regenerador, una limpieza total, de pies a cabeza. El bautismo del que acá nos habla Cristo, y cuya realización anhela, no es sino el bautismo de la Cruz, el bautismo en su sangre. El amor infinito de Dios quiere derramarse sobre el mundo, al modo de un bautismo universal, alcanzando a todos los hombres a través de la Encamación y de la Pasión del Hijo de Dios. El ansia redentora del Señor es tal que en su “impaciencia” por consumar nuestra salvación anhela desde ya los dolores de la cruz. El que dijo que no hay amor más grande que dar la vida por sus amigos, dirige hoy una mirada, a la vez anhelante y angustiosa, al bautismo del Calvario, que inundará el mundo entero con la sangre divina, soberanamente redentora.

Aquel que no conoció el pecado y está por encima de todo dolor o sufrimiento, ha querido entristecerse por nosotros y por nuestras desgracias, ha querido sepultar nuestras miserias con el manto santificador de su dolor victimal.

El fuego del cielo y la sangre de Cristo nos impelen hoy a sacudir la tentación de la tibieza. No hay lugar para ella en el fuego que consume y en la sangre que se derrama toda entera. La entrega debe ser total, como lo es también la purificación:

¿Seremos capaces de arrastrarnos en la mediocridad cuando el Señor se nos brinda en amor irrestricto? ¿Seremos capaces de dejarnos vencer por el egoísmo cuando Jesús no reservó nada para sí en el bautismo del Gólgota, entregándose hasta la última gota de sangre? ¿Seremos capaces de instalarnos en la comodidad y en el hedonismo mientras contemplamos los dolores atroces de la Pasión? Qué bien entendemos la repulsa de Jesús por los tibios cuando lo recordamos en los tormentos acerbísimos de su muerte, y cuánto nos impulsan a quemar nuestra vida, sin ahorrarnos nada, por la gloria de Dios.

La tibieza obra en el alma al modo de un cáncer, tanto más peligrosa cuanto que, como aquella enfermedad, muchas veces va obrando subterráneamente sus efectos devastadores. Sin que lo advirtamos, la vida espiritual comienza un proceso de resquebrajamiento y destrucción, porque no tenemos solicitud y celo por las cosas de Dios. El temor al sacrificio, a la entrega, a lo que Dios nos pide, paraliza las fuerzas espirituales y va hipotecando el camino de la perfección. El Señor quiere que nuestra alma arda vigorosamente al contacto de la “llama de amor viva” de su amor, y nosotros preferimos quedarnos en la tibieza, que sólo sirve para ablandar el espíritu, mereciendo la terrible condena dirigida al ángel de la Iglesia de Laodicea: “porque eres tibio te vomitaré de mi boca”.

La tibieza se muestra a través de síntomas que aparecen de a poco, como la gota de agua que cayendo incesantemente va minando el muro más sólido hasta que se derrumba Comencemos a preocuparnos cuando nos damos cuenta de que huimos fácilmente de las cosas espirituales y buscamos disminuir las exigencias de la verdadera devoción. Cuando soslayamos el trabajo necesario para la gloria de Dios, ahogando todo impulso de generosidad apostólica.

Pero por sobre todo debemos inquietamos verdaderamente cuando el pecado venial nos deja indiferentes, ya que la neutralidad frente a estas faltas es el verdadero termómetro de la tibieza. Si advertimos en nuestro interior alguno de estos síntomas letales reaccionemos vigorosamente, acerquémonos al que trajo fuego a la tierra, y dejemos que esa divina combustión consuma las escorias de nuestra alma y la encienda en la verdadera caridad.

El hecho de que Jesucristo haya venido a traer el fuego purificador y a derramar la sangre de su bautismo, implica inevitablemente una tremenda lucha con los elementos contrarios. La sangre y el fuego han sido siempre signos de guerra. “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, os digo que he venido a traer la división”. La redención pondrá en juego las afecciones más delicadas, como lo son el amor humano de los padres y de los hijos. No es que el Señor quiera la división. Por el contrario, nadie anhela más que Él la unión de los hombres, “que todos sean uno”, que se forme “un solo rebaño”. Sin embargo, lo que aquí pretende es anunciar una consecuencia necesaria del designio salvador. El amor de Dios es inamovible, pero la adhesión o rechazo que despierta en los hombres producirá inevitablemente la separación, más todavía, el antagonismo perpetuo entre el bien y el mal. No temamos, pues, la división si ella es consecuencia de nuestra fidelidad a la verdad y a la gracia, ya que el mismo Salvador nos lo anuncia como un efecto ineludible.

La división a que el Señor se refiere no es una instancia pasiva, como si cada cual ocupara un lugar distante, o viviera dándole la espalda al otro. Trátase de una división agónica, militante: “el padre contra el hijo”, “el hijo contra el padre”, “la hija contra la madre…”

Esta lucha, repetimos, no es querida por el amor de Jesucristo, sino que proviene de la malicia de Satanás y sus secuaces. “No es del propósito de Cristo este combate, sino de sus enemigos”, explica San Juan Crisóstomo, pero es necesario para el triunfo de la verdad y del bien, que sufren la oposición del mal y de las pasiones desordenadas, sus aliados. Como enseña San Jerónimo, “un combate beneficioso debía poner fin a una mala paz”.

Lamentablemente existe en la Iglesia una corriente poderosa, en medios y en prestigio, que alimenta permanentemente la quimera pacifista, contra la enseñanza clara del Santo Evangelio. Olvidan que el magisterio eclesiástico, escuchando las palabras de Jesucristo: “Os doy mi paz… no como la del mundo”, distingue entre una verdadera y una falsa paz, no escatimando exhortaciones a combatir a Satanás y a sus cómplices terrenos. Juan Pablo II nos dice, haciéndose eco de la enseñanza secular de la tradición: “Ser cristiano debe decir vigilar, como vigila el soldado en la guardia…, y cuidar con gran celo”. Y más claramente aún: “La lucha es con frecuencia una necesidad moral, un deber. Manifiesta la fuerza del carácter, puede hacer florecer un heroísmo auténtico. «La vida del hombre sobre la tierra es un combate», dice el libro de Job; el hombre tiene que enfrentarse con el mal y luchar por el bien todos los días. El verdadero bien moral no es fácil, hay que conquistarlo sin cesar, en uno mismo, en los demás, en la vida social e internacional”.

La división que hoy anuncia Jesucristo nos debe impulsar al combate incansable por la verdad y el bien, hasta que toda la vida de los hombres, individual y social, pueda ser presentada al Padre como una ofrenda aceptable. Mientras este ideal no se encuentre realizado, será preciso que rechacemos la tentación de la cobardía y del cansancio, y luchemos denodadamente en pos del ideal cristiano.

Lejos de nosotros esa actitud pacata, ese catolicismo de sacristía que sólo concibe la vida cristiana como un asunto personal e íntimo con Dios. Sin duda que de la intimidad con el Señor saldrá el corazón pletórico de caridad, pero es necesario que ese impulso generoso se prolongue al exterior y refluya en la misma organización económica y política. Como acabamos de escuchar, el Papa nos exhorta a esta confesión plena del Evangelio, sin recortes ni timideces liberales, ya que no es el disimulo ni la “mesura” de la falsa prudencia lo que nos enseña hoy Aquel que dijo que quiere incendiar el mundo con el fuego que ha traído del cielo.

Continuamos ahora el Santo Sacrificio de la Misa, que actualiza el bautismo de sangre del Calvario. Pidámosle a Jesucristo que, por la virtud de su purísima sangre, encienda nuestros corazones y nuestra vida toda en el fuego de su amor, al tiempo que nos comunique su fortaleza para que podamos sobrellevar sin desaliento el buen combate al que nos convoca el evangelio de este domingo.
ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida – Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed.Gladius, 1994, pp. 243-247.


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Aplicación: Benedicto XVI - Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división

Queridos hermanos y hermanas:
En el evangelio de este domingo hay una expresión de Jesús que siempre atrae nuestra atención y hace falta comprenderla bien. Mientras va de camino hacia Jerusalén, donde le espera la muerte en cruz, Cristo dice a sus discípulos: “¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división”. Y añade: “En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12, 51-53). Quien conozca, aunque sea mínimamente, el evangelio de Cristo, sabe que es un mensaje de paz por excelencia; Jesús mismo, como escribe san Pablo, “es nuestra paz” (Ef 2, 14), muerto y resucitado para derribar el muro de la enemistad e inaugurar el reino de Dios, que es amor, alegría y paz.

¿Cómo se explican, entonces, esas palabras suyas? ¿A qué se refiere el Señor cuando dice —según la redacción de san Lucas— que ha venido a traer la “división”, o —según la redacción de san Mateo— la “espada”? (Mt 10, 34).

Esta expresión de Cristo significa que la paz que vino a traer no es sinónimo de simple ausencia de conflictos. Al contrario, la paz de Jesús es fruto de una lucha constante contra el mal. El combate que Jesús está decidido a librar no es contra hombres o poderes humanos, sino contra el enemigo de Dios y del hombre, contra Satanás. Quien quiera resistir a este enemigo permaneciendo fiel a Dios y al bien, debe afrontar necesariamente incomprensiones y a veces auténticas persecuciones.

Por eso, todos los que quieran seguir a Jesús y comprometerse sin componendas en favor de la verdad, deben saber que encontrarán oposiciones y se convertirán, sin buscarlo, en signo de división entre las personas, incluso en el seno de sus mismas familias. En efecto, el amor a los padres es un mandamiento sagrado, pero para vivirlo de modo auténtico no debe anteponerse jamás al amor a Dios y a Cristo. De este modo, siguiendo los pasos del Señor Jesús, los cristianos se convierten en “instrumentos de su paz”, según la célebre expresión de san Francisco de Asís. No de una paz inconsistente y aparente, sino real, buscada con valentía y tenacidad en el esfuerzo diario por vencer el mal con el bien (cf. Rm 12, 21) y pagando personalmente el precio que esto implica.

La Virgen María, Reina de la paz, compartió hasta el martirio del alma la lucha de su Hijo Jesús contra el Maligno, y sigue compartiéndola hasta el fin de los tiempos. Invoquemos su intercesión materna para que nos ayude a ser siempre testigos de la paz de Cristo, sin llegar jamás a componendas con el mal.
Angelus del Papa Benedicto XVI el día domingo 19 de agosto de 2007 en Castelgandolfo

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Aplicación: P. R. Cantalamessa - He venido a traer división en la tierra

El pasaje del Evangelio de este domingo contiene algunas de las palabras más provocadoras jamás pronunciadas por Jesús: «¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos, y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

¡Y pensar que quien dice estas palabras es la misma persona cuyo nacimiento fue saludado con las palabras: «Paz en la tierra a los hombres», y que durante su vida había proclamado: «Bienaventurados los que trabajan por la paz»! ¡La misma persona que, en el momento de su prendimiento, ordenó a Pedro: «¡Mete la espada en la vaina!» (Mt 26, 52)! ¿Como se explica esta contradicción?

Es muy sencillo. Se trata de ver cuál es la paz y la unidad que Jesús ha venido a traer y cuál es la paz y la unidad que ha venido a suprimir. Él ha venido a traer la paz y la unidad en el bien, la que conduce a la vida eterna, y ha venido a quitar esa falsa paz y unidad que sólo sirve para adormecer las conciencias y llevar a la ruina.

No es que Jesús haya venido a propósito para traer la división y la guerra, sino que de su venida resultará inevitablemente división y contraste, porque Él sitúa a las personas ante la disyuntiva. Y ante la necesidad de decidirse, se sabe que la libertad humana reaccionará de forma variada. Su palabra y su propia persona sacará a la luz lo que está más oculto en lo profundo del corazón humano. El anciano Simeón lo había predicho al tomar en brazos a Jesús Niño: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones» (Lucas 2, 35).

La primera víctima de esta contradicción, el primero en sufrir la «espada» que ha venido a traer a la tierra, será precisamente Él, que en este choque perderá la vida. Después de Él, la persona más directamente involucrada en este drama es María, Su Madre, a la que de hecho Simeón, en aquella ocasión, dijo: «Y a ti una espada te traspasará el alma».

Jesús mismo distingue los dos tipos de paz. Dice a los apóstoles: «Mi paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni tenga temor» (Juan 14,27). Después de haber destruido, con su muerte, la falsa paz y solidaridad del género humano en el mal y en el pecado, inaugura la nueva paz y unidad que es fruto del Espíritu. Ésta es la paz que ofrece a los apóstoles la tarde de Pascua, diciendo: «¡Paz a vosotros!».

Jesús dice que esta «división» puede ocurrir también dentro de la familia: entre padre e hijo, madre e hija, hermano y hermana, nuera y suegra. Y lamentablemente sabemos que esto a veces es cierto y doloroso. La persona que ha descubierto al Señor y quiere seguirle en serio se encuentra con frecuencia en la difícil situación de tener que elegir: o contentar a los de casa y descuidar a Dios y las prácticas religiosas, o seguir éstas y estar en contraste con los suyos, que le echan en cara cada minuto que emplea en Dios y en las prácticas de piedad.

Pero el choque llega también más profundamente, dentro de la propia persona, y se configura como lucha entre la carne y el espíritu, entre el reclamo del egoísmo y de los sentidos y el de la conciencia. La división y el conflicto comienzan dentro de nosotros. Pablo lo explicó de maravilla: «La carne de hecho tiene deseos contrarios al Espíritu y el Espíritu tiene deseos contrarios a la carne; estas cosas se oponen recíprocamente, de manera que no hacéis lo que querríais».

El hombre está apegado a su pequeña paz y tranquilidad, aunque es precaria e ilusoria, y esta imagen de Jesús que viene a traer el desconcierto podría indisponerle y hacerle considerar a Cristo como un enemigo de su quietud. Es necesario intentar superar esta impresión y darnos cuenta de que también esto es amor por parte de Jesús, tal vez el más puro y genuino.
(P. R. Cantalamessa, Comentarios, ROMA, viernes, 17 agosto 2007)

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Aplicación: R.P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Signo de contradicción y Príncipe de la paz Lc 12, 49-53

Jeremías profetiza lo que manda Dios y es fiel a su misión. Quisiera ganar el amor de su pueblo con predicación y mensajes de paz y optimismo. Siente como nadie el legítimo amor a la Tierra Santa, a sus tradiciones, a su capital, a su templo. Pero sólo puede ofrecer perspectivas de destrucción: “Siempre que hablo tengo que gritar: ¡Ruina! ¡Guerra! ¡Devastación!”[1]. El mensaje que transmite en nombre de Yahvé es duramente antipatriótico: “Que se rindan a Babilonia; que se expatríen; que abran las puertas al enemigo”. Debe cumplir su misión: “destruir, arrancar, asolar, arruinar”[2]. Sólo sobre estas ruinas, con el “resto”, purificado y convertido, realizará Dios su obra salvífica.

Los hombres de Israel se enojan porque contradice sus pensamientos. Es normal que los profetas palaciegos y los sacerdotes, en nombre de la religión tradicional que consideraba invulnerable el templo, y todos los jefes civiles y militares en nombre del fiero patriotismo que siempre animó a Israel, se pusieran en contra de este Profeta de calamidades: “¡Ay de mí, madre mía! ¿Por qué me engendraste? Soy objeto de querella y de contienda para todos: Todos me maldicen”[3], y por esta razón lo quieren eliminar. Jeremías como tipo de Jesús-Profeta, es rechazado por su pueblo[4].

La carta a los Hebreos nos presenta a Jesús como modelo de fidelidad a Dios. Jesús sufre la cruz para alcanzar el cielo y nos deja un ejemplo para que sigamos sus huellas[5]. Hay que sufrir mucho para ser fiel a Dios.

El Evangelio nos presenta a Jesús fiel a su misión. Tiene que ir a la pasión y muerte por todos nosotros y va a ser signo de contradicción entre los hombres. Los que quieren ser fieles a Jesús deben abrazarse a la cruz. Ésta será la piedra de toque que dividirá a los hombres en adelante.

El cristiano fiel molesta a los hombres mundanos aunque no les diga nada. Su vida les reprocha. Si andamos bien con todos y en especial con la gente del mundo hay que tener cuidado no sea que hayamos traicionado en algo, condescendiendo con el mundo, la doctrina del Señor.

Hay que ser bueno y amable con todos pero no podemos rechazar la vera doctrina de Jesús para andar bien con los hombres[6]. Si negamos a Cristo Él nos negará ante su Padre. Si lo confesamos El dará testimonio a nuestro favor[7].

No quiere esto decir que el cristiano deba pelearse con todos. Sólo tiene que ser fiel a las enseñanzas de Jesús. Su ejemplo debe arrastrar a la conversión. No hay que despreciar a nadie y hacerse “todo a todos para salvar a toda costa a algunos”[8] pero siendo fieles.

Muchas veces, podemos hacernos mundanos y caer bien a todos pero hemos traicionado a Jesús.

No nos sorprendamos que nos marginen o nos desprecien si somos fieles porque así lo hicieron con Jesús y con todos los santos.

Jesús es signo de contradicción como lo profetizó Simeón a María[9]. Durante toda su vida dividió a los hombres: los que le fueron fieles y los que se fueron de su lado por la infidelidad. Ante su doctrina de la cruz y de la Eucaristía, incluso algunos discípulos, lo dejaron. En el Calvario sólo una pequeña grey se mantuvo junto a Él y en todo la historia hasta ahora se ha manifestado esa división que Cristo hace entre los hombres. Hoy la manifestación de esta división está muy atenuada por el relativismo y el secularismo reinante hasta en los mismos cristianos.

“Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba”[10].

La división de la que habla el Señor en el Evangelio es en la misma familia, “porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos”.

Recuerdo que en el pasado régimen comunista muchos hijos o padres eran premiados por denunciar que sus familiares eran hostiles al régimen, situación que, a veces, les acarreaba a los acusados la tortura o la muerte.

Es de experiencia que en muchas familias se da división por los criterios morales y aquel hombre que quiere ser fiel a las enseñanzas de Cristo tendrá persecución de parte del mundo[11]. Dentro de la misma familia eclesial se da división por la fidelidad a Cristo. El progresismo quiere hacer componendas entre Cristo y el mundo y se hace infiel a Cristo aunque pertenezca nominalmente a la Iglesia. En la gran familia que es la Iglesia hay división por la fidelidad a Cristo. En ella se encuentran los buenos pastores, los mercenarios, los lobos vestidos de ovejas, los buenos cristianos y los cristianos sólo de nombre, los que cumplen con sus deberes y los que desconocen absolutamente las enseñanzas de Jesús aunque estén bautizados.

También la división por Cristo se da en nuestra propia alma. ¡Cuántas contradicciones! ¡Cuántas veces nos dejamos arrastrar por las pasiones y por el hombre viejo que lucha contra el hombre según Cristo! Hasta que no mueran en nosotros todos los afectos desordenados no tendremos sosiego[12].

¿Y quién nos va a pacificar? El que ahora produce la contradicción, Jesús. El, ahora que todavía no hemos muerto al hombre viejo, produce la guerra y enciende el fuego del amor verdadero para que lo amemos y nos vayamos tras Él. Cuando hayamos muerto al hombre viejo y podamos decir con San Pablo: “Con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”[13] no será Él “signo de contradicción” en nuestra alma sino “Príncipe de paz”[14].

[1] Jr 20, 8
[2] Jr 1, 10
[3] Jr 15, 10
[4] Cf. José Ma. Solé, Ministros de la Palabra, “C”, Herder, Barcelona 1979, 200-203
[5] Cf. 1 P 2, 21
[6] Cf. Hch 5, 29
[7] Cf. Lc 12, 8-9
[8] 1 Co 9, 22
[9] Cf. Lc 2, 34
[10] Si 2, 1
[11] Cf. Jn 15, 18-21
[12] Cf. San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, L.1, c. 13, O.C…, 122-5
[13] Ga 2, 19-20
[14] Is 9, 5

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Ejemplos

Para vencer a todos los enemigos

Un hombre de la nobleza, padecía horriblemente de gota. Pero además de este enemigo que le atormentaba el cuerpo tenía otro que le atormentaba el alma: un hombre al que profesaba un odio mortal.
Un día hermoso, viéndose con los dolores un poco calmados, quiso hacer una excursión por los alrededores. Pero en el momento que menos lo esperaba, vio que se acercaban dos hombre con cara de forajidos que le agarraron, y se lo llevaron a un cuarto pequeño de una torre elevada. Allí estuvo cuatro años, y no recibió como alimento más que pan duro y agua. Hambriento, mortificado, tuvo tiempo de pensar en Dios y de convencerse de que no hay otra felicidad que la virtud.
Cuando sus parientes y amigos, conocedores de su cautividad, fueron a librarle le encontraron sano y curado. En la tribulación había vencido a sus dos enemigos: la gota y el odio que profesaba a aquel hombre a quien perdonó de corazón.
Y es que para vencer a todos los enemigos no hay medio más seguro que le sacrificio y la mortifiación.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Tomo II, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 128)

(Cortesía: iveargentina.org et alii)


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