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Domingo 24 del Tiempo Ordinario C - 'El Hijo Pródigo' - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Recursos adicionales para la preparación




A su disposición
Exégesis: Alois Stöger - Gozo por hallar al descarriado

Comentario Teológico a la 1era Lectura: A. Gil Modrego - El becerro de oro

Comentario Teológico a la 2a Lectura: La Biblia Día a Día - La misericordia de Dios

Comentario Teológico al Evangelio: Benedicto XVI - La parábola de los dos hermanos (el hijo pródigo y el hijo que se quedó en casa) y del padre bueno (Lc 15, 11-32)

Santos Padres: San Ambrosio - La oveja perdida (Lc 15, 1-7)

Santos Padres: San Agustín El hijo pródigo Lc 15,11-32)

Aplicación: Benedicto XVI - el Padre misericordioso

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. La oveja perdida Mt 18, 12-14 (Lc 15, 4-7)

Directorio Homilético Vigésimo cuarto domingo del Tiempo Ordinario

Aplicación: P. Alfredo Sáenz, S. J. - La misericordia de Dios

Aplicación: San Alberto Hurtado - “¡Éste recibe a los pecadores!”

Aplicación: San Juan Pablo II - El Padre misericordioso

Ejemplos

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo


Exégesis: Alois Stöger - Gozo por hallar al descarriado

a) El escándalo (Lc/15/01-02)

1 Íbanse acercando a él, para escucharlo, todos los publicanos y pecadores. 2 y tanto los fariseos como los escribas murmuraban, diciendo: ¡Este hombre acoge a los pecadores y come con ellos!

Grandes multitudes del pueblo acompañan a Jesús, pero también se le acercan todos los publicanos y pecadores. Los publicanos se cuentan entre la gente más despreciable. Se enumeran juntos: el publicano y el ladrón; el publicano y el bandido; el publicano y el gentil; cambistas y publicanos; publicanos y meretrices; bandidos, engañadores, adúlteros y publicanos; asesinos, bandidos y publicanos. Son designados como pecadores todos aquellos cuya vida inmoral es notoria y los que ejercen una profesión nada honorable o que induce a faltar a la honradez, como los jugadores de dados, los usureros, los pastores, arrieros, buhoneros curtidores. También pasa por pecador el que no conoce la interpretación farisea de la ley, pues si no conoce la interpretación de la ley, tampoco la observa.

Jesús es profeta, poderoso en obras y palabras (24,19). Los publicanos y los pecadores han visto sus obras y le han visto a él. Vienen a él para escucharlo. Lo que han visto se hace comprensible por la palabra. Jesús ofrece la salud y exige conversión, reforma de las costumbres. Escuchar es el comienzo de la fe, y la fe es el comienzo de la conversión y del perdón. La coronación del hecho de escuchar es la obediencia que se cifra en la fe, y la fe que se cifra en obedecer. Los pecadores se acercan a Jesús y por él, el profeta, a Dios. El profeta es portador del oráculo de Dios. Se acercan para oír a Dios. De ellos se puede decir: «Buscadme y me hallaréis. Sí. Cuando me busquéis de todo corazón, yo me mostraré a vosotros… y trocaré vuestra suerte, y os reuniré de entre todos los pueblos y de todos los lugares a que os arrojé… y os haré volver a este lugar del que os eché» (Jer_29:12 ss).

Los fariseos y los escribas hablan despectivamente de Jesús: Este hombre. Lo observan en toda ocasión, pues se sienten responsables de la santidad del pueblo. Descontentos, murmuran: Tolera que se le acerquen los pecadores, los acoge y se sienta con ellos a la mesa (Lc.5:29). Con tal manera de proceder hace vano el empeño que tienen por la santidad del pueblo escogido.

Su lema es: «El hombre no debe mezclarse con los impíos.» Hay que aislar a los transgresores de la ley y a los pecadores. Hay que expulsarlos de la comunidad del pueblo santo de Dios. Así es como se ha de castigar el pecado, estigmatizar el vicio, proscribir al pecador, restaurar el orden y conservar la santidad. Lo que hace Jesús debe parecer necesariamente escandaloso. Además él se presenta como profeta que pretende obrar y hablar en nombre de Dios.

Jesús responde a los fariseos con una trilogía de parábolas. Las dos primeras responden al reproche de que acoge a los pecadores; la tercera, que culmina en el banquete festivo, responde al reproche de que Jesús come con ellos. Jesús tiene conciencia de proclamar el mensaje de Dios y no tiene nada de qué retractarse. Los pobres reciben la buena nueva, el Evangelio, y entre los pobres se cuentan también los pecadores que están dispuestos a convertirse.

b) Gozo por hallar al extraviado (Lc/15/03-10)

3 Entonces les propuso esta parábola: 4 ¿Quién de vosotros, teniendo cien ovejas y habiendo perdido una de ellas, no abandona las noventa y nueve en el desierto, y va en busca de la que se le ha perdido, hasta encontrarla? 5 Y cuando la encuentra, se la pone sobre los hombros, lleno de alegría, 6 y apenas llega a casa, reúne a los amigos y vecinos, y les dice: Alegraos conmigo, que ya encontré la oveja que se me había perdido. 7 Os digo que igualmente habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión.

Palestina es una tierra en que abundan los rebaños de ovejas y de cabras. Todo el mundo conoce al pastor y su género de vida. Lo que Jesús enfoca e ilustra en el ejemplo del pastor es su solicitud por el rebaño y su amor a los animales. Desde antiguo, en el pueblo de Israel, es presentado Dios bajo la imagen del pastor por profetas, poetas y sabios (Isa_40:11; Isa_49:10; Zac_10:8; Sal_13:1-4; Sal_78:52; Eco_18:13.).

La parábola comienza con una pregunta (cf. 14,28.31). El que la oye juzgará por su propia experiencia. El pastor obra como dice Jesús. Toma sobre sí toda solicitud y fatiga por cada animal descarriado de su rebaño, como si no tuviera otro, como si no contaran los otros noventa y nueve. Ninguno le es indiferente, no quiere perder ni uno solo. Que le queden noventa y nueve no le resarce de la pérdida de uno. El pastor pone sobre sus hombros la oveja hallada. Esto está observado de la vida misma. Cuando la oveja se extravía del rebaño, va corriendo sin meta de una parte a otra, se echa al suelo sin fuerzas y es preciso cargar con ella. El pastor la trata con más delicadeza que a las otras. Sin embargo, la búsqueda por un terreno montañoso y pedregoso le impone esfuerzos y fatigas. Pero todo lo olvida cuando recobra la oveja perdida.

Su alegría es tan grande que no puede guardarla para sí. La anuncia a los amigos y vecinos. Una y otra vez tiene que repetir: Ya encontré la oveja que se me había perdido.

Como se alegra el pastor por una única oveja que se había perdido y se ha vuelto a encontrar, así se alegra Dios por uno solo que era pecador y se convierte. Así es Dios. Ni un solo pecador le es indiferente. No se consuela con los muchos justos. Busca al pecador, también éste es suyo; nunca lo abandona. Le causa preocupación y dolor, aun cuando va por caminos extraviados.

Cuando el pecador extraviado se convierte y se deja encontrar, no le aguardan reproches, recelos ni duras prescripciones. Dios salva, perdona, recibe en casa con alegría y con toda clase de demostraciones de amor. «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que el que cree en él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jua_3:16). Habrá alegría en el cielo, cerca de Dios. La alegría se pone en futuro. Dios se alegrará en el juicio final cuando a uno de los más pequeños notifique su sentencia de absolución. Dios se goza en perdonar, no en condenar. La historia de la salvación hasta el juicio final está penetrada de la misericordia de Dios.

Más alegría habrá por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión. También los doctores judíos contraponen a los «hombres de la conversión» (que hacen penitencia y se convierten) los «justos perfectos». Unos y otros pueden decir: «Bien haya el que no ha pecado y aquel a quien se ha perdonado el pecado.» Jesús dice más. También el Antiguo Testamento sabe que Dios no se complace en la muerte del pecador, sino más bien en que se convierta y viva (Eze_18:23). Jesús se esfuerza por hallar palabras cuando quiere describir el amor de Dios que perdona y que salva. Los hombres hablamos de mayor alegría cuando ésta viene de donde no se esperaba. El pecador se había perdido y ha sido encontrado. Grande, serio, incomprensible es el amor de Dios, su voluntad de perdonar. La mayor alegría celebra la omnipotencia creadora del amor cuando éste pone un nuevo comienzo.

Dado que a Dios causa alegría perdonar a los pecadores y volverlos al hogar, también Jesús debe cuidarse de los pecadores y sentarse a la mesa con ellos. El tiempo de salvación que él anuncia es tiempo de misericordia y de alegría. Dios se alegra cuando perdona, los pecadores se alegran cuando son perdonados; ¿habrán de murmurar los «buenos»? ¿Repudiarán ellos cuando Dios busca? ¿Se amargarán cuando alborea el tiempo de júbilo? Jesús justifica su amor a los pecadores al justificar el amor que les tiene Dios. Defensa paradójica: tener que defender al Dios santo contra los reproches de los hombres… Sólo el que cree que se ha inaugurado el reino de Dios y que Dios reina por su misericordia, puede creer que el amor a los pecadores puede santificar al pueblo. Los fariseos no comprenden que ha llegado la gran mutación de los tiempos, porque no aceptan el mensaje de Jesús.

8 ¿O qué mujer que tenga diez dracmas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa, y la busca cuidadosamente hasta encontrarla? 9 Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas y les dice: Alegraos conmigo, que ya encontré la dracma que se me había perdido. 10 Igualmente -os digo- hay gran alegría entre los ángeles del cielo por un solo pecador que se convierte.

Hay un cambio de escena. Al lado del hombre aparece la mujer, al lado del que posee bienes, la pobre. Así piensa y obra el ser humano, ya sea hombre o mujer, rico o pobre. Dos testigos confirman la verdad cuando concuerda su testimonio (Deu_19:15). E1 inaudito amor de Dios a los pecadores es verdad, no es exageración, no es un error. Lo que se ha dicho se ve ahora confirmado. El que recita dos veces los mismos versos los graba más hondamente en el oyente, induce a recapacitar. Las canciones repiten el tema en diferentes estrofas. Dios es con toda seguridad tal como Jesús lo pinta. No como creen saberlo y lo dicen los piadosos, los doctores de la ley, los sabios de Israel. Una dracma tiene el valor de un denario de plata, que es el jornal de un trabajador (Mat_20:2). Diez dracmas no representan un capital, pero para la pobre mujer eran mucho. La mujer no dispone de dinero para los gastos de la casa, pues el que compra es el hombre. Quizá tenía cariño a aquella moneda porque formaba parte de las arras de su boda, que durante largos años llevaba cosidas en una especie de turbante para no perderlas. Ahora se le ha perdido una dracma.

La mujer busca con gran diligencia. Faena difícil en una casa de Palestina. En una habitación estaba reunido todo. Había poca luz. La mujer enciende una lámpara, alumbra todos los rincones, barre la casa, busca por todas partes hasta que aparece la moneda. La alegría es grande y no se puede contener: tiene que comunicarse. Los que han participado de su aflicción tienen también que conocer su alegría. Una y otra vez repite la mujer lo que en aquel momento la emociona: «Ya encontré la dracma que se me había perdido.»

Así se alegra Dios por un pecador que se convierte. La alegría de Dios se hace visible en la alegría de los ángeles, en el gozo de la corte celestial. Su alegría es el reflejo de la alegría de Dios. En la primera parábola se decía: Habrá alegría en el cielo; ahora se dice: Hay alegría entre los ángeles. No se pronuncia el nombre de Dios. Las palabras de Jesús sobre la alegría de Dios por los pecadores que se convierten, son atrevidas y al mismo tiempo reservadas, revelan y velan a la vez. El amor misericordioso de Dios no ha de borrar la soberana santidad de Dios…

En las dos parábolas se dice que Dios se alegra por el pecador que se convierte. No se suprime la distinción entre pecador y justo, no se pasa expresamente por alto, y menos aún se trata irónicamente, Jesús no habló nunca como si el pecado no fuera pecado. Si también, como los profetas, reclama conversión y penitencia. La exige más radicalmente que cualquier profeta de los que le precedieron. Llamar a la conversión lo considera como la razón de su misión: «El reino de Dios está cerca, haced penitencia» (Mar_1:15). Todos deben hacer penitencia, porque todos son pecadores delante de Dios. Al llamar a penitencia y conversión amenaza con el juicio y la perdición. También la predicación del amor de Dios a los pecadores es predicación de conversión, predicación de salud y predicación de penitencia.

Jesús anuncia el alborear del tiempo de salvación: «El reino de Dios está cerca.» De este reino de Dios que se inicia forma parte la gozosa misericordia de Dios con todos los que se vuelven a su gracia salvadora. El rasgo más original e incomparable del anuncio del reino de Dios por Jesús es la revelación del amor que Dios tiene a los pecadores.

Los doctores de la ley pretenden saber que el pecador no era amado por Dios antes de su conversión. Sólo cuando ha abandonado las malas obras y las ha reparado, le otorga Dios su amor. «Convertíos, y os acogeré… Si una persona se convierte perfectamente, entonces le perdona Dios.» Jesús habla de otra manera: La iniciativa parte de Dios. El pastor va en busca de la oveja perdida, la mujer busca la moneda. La alegría se expresa así: «Encontré lo que se me había perdido.» «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que el nos amó y envió a su Hijo como sacrificio de purificación por nuestros pecados… Nosotros amamos porque él fue el primero en amarnos» (/1Jn/04/10/19). El pecador no puede volver por sí mismo, sino que Dios debe volverlo al hogar (Jer_24:7).

c) El hijo pródigo (Lc/15/11-32)

11 Añadió luego: Un hombre tenía dos hijos. 12 Y el más joven de ellos dijo al padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde. Entonces el padre les repartió los bienes. 13 No muchos días después, el hijo más joven lo reunió todo, se fue a un país lejano y allí despilfarró su hacienda, viviendo licenciosamente.

Las dos parábolas relativas a la búsqueda de lo que se había perdido han puesto de manifiesto el proceder de Dios con los pecadores; la parábola del hijo pródigo mostrará también lo que pasa en el que se ha perdido. Antes se habían perdido una oveja y una moneda, aquí se ha perdido el hijo… Anteriormente se ha hablado de retorno, de conversión, pero sin decir lo que ésta significa. Ahora se descubre el sentido de esta palabra. En ambos casos se trata de defender Jesús el proceder misericordioso de Dios con los pecadores.

El hombre que tiene dos hijos es un labrador hacendado: tiene muchos jornaleros, a los que no les falta nada (v. 17) y criados (v. 22); tiene inmediatamente a su disposición un becerro cebado (v. 23). Los dos hijos son solteros, aún no han cumplido veinte años. El padre mismo explota su granja. El hijo menor ruega -así habrá que entender el imperativo después de la cordial interpelación como «padre»- que le sea entregada la parte de la herencia que le corresponde por la ley. La granja misma, siendo bien inmueble, era inalienable y debía recaer en el hijo mayor (Lev_25:23 ss). De los bienes muebles recibe el primogénito dos terceras partes, el resto, por partes iguales, los demás (Deu_21:17). En esta narración el hijo menor pidió la tercera parte de los bienes muebles. Aunque la parte de los bienes que correspondía a cada uno se transmitía ya en vida del padre, esto no implica, sin embargo -además del derecho de propiedad-, derecho de disposición y de usufructo. El padre otorga la petición. Reparte el capital entre los hijos. El mayor es designado como propietario futuro absoluto (v. 31), pero el padre ejerce el usufructo (v. 22s.29). El hijo menor pide la propiedad y el derecho de disponer, pues quiere ser independiente. Ambos derechos le son otorgados. El padre no lo trata ya como menor de edad. Es un riesgo que se afronta.

La vida en la casa paterna, con sus reglamentos y obligaciones, ha venido a ser una carga para el hijo, que aspira a la autonomía y quiere vivir a su arbitrio. Pocos días después el hijo menor lo reúne todo, lo liquida y se va al extranjero, a la tierra al este del Jordán. Palestina no podía alimentar a sus habitantes. Quien quisiera prosperar, tenía que abandonar el país. En la diáspora vivían cuatro millones de judíos, en la patria, en Palestina, medio millón. La patria es una atadura, el extranjero promete una libertad e independencia que seduce. En el extranjero acaba pronto por gastarse el capital en una vida de libertinaje y despilfarro. «EI que ama la sabiduría alegra a su padre, el que frecuenta rameras pierde su hacienda» (Pro_29:3).

14 Después de haberlo malgastado todo, sobrevino un hambre muy grande por toda aquella región, y él comenzó a sufrir privaciones. 15 Y fue a ponerse al servicio de uno de los ciudadanos de aquella región, que lo mandó a sus campos para apacentar puercos. 16 Y ansiaba llenar su estómago siquiera de algunas algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba.

En períodos de hambre y de carestía lo pasa mal incluso quien posee capital. ¿Qué decir del que no tiene nada? ¿Qué haría el hijo que se lo había gastado todo y no le quedaba ya nada? Los doctores judíos de la ley dirían que debía andar hasta destrozarse los pies para llegar a la próxima comunidad judía e implorar allí ayuda y trabajo. ¿Qué hace, en cambio, el «hijo pródigo»?. Lo más insoportable para un judío piadoso. Se presenta a un ciudadano de aquel país pagano y se agarra a él como un pordiosero importuno. Quiere trabajar para poder vivir, quiere hacer todo lo posible para no perecer, quiere sacrificarlo todo para poder siquiera «ir tirando», y nada más. Se halla en una tierra pagana, en la que no existe el reposo sabático, no hay comidas rituales, no se observan leyes de pureza. Vive en medio de pecadores y de gentes sin ley. El trabajo que asume es intolerable para un judío piadoso: «Maldito el hombre que cría puercos.» Tiene que tratar constantemente con animales impuros (Lev_11:7), con lo cual reniega de su religión. El hijo pródigo se vuelve pecador, apóstata, impío. ¿Qué le queda ya?

En el hijo pródigo se demuestra la verdad del proverbio: «El bebedor y el comilón empobrecerán» (Pro_23:21). Se ve privado de todo lo que necesita el hombre para poder vivir como hombre. Pasa hambre. La comida que se le da es tan escasa, que suspira por el pienso de los puercos. Ansiaba llenarse el estómago con las algarrobas a medio madurar que se daban a los puercos. él vale menos que los animales; nadie le da de ese pienso; es un forastero. Tiene que vivir como bajo la maldición de Dios… «El Altísimo aborrece a los pecadores y les hará experimentar su venganza» (Eco_12:6). ¿Los odia Dios siempre y para siempre?

17 Entrando entonces dentro de sí mismo, se dijo. ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo estoy aquí muriéndome de hambre! 18 Ahora mismo iré a casa de mi padre, y le diré: Padre, pequé contra el cielo y contra ti; 19 ya no soy digno de llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros.

Los judíos tienen un refrán que dice: «Cuando los israelitas tienen necesidad de algarrobas, entonces se vuelven (a Dios).» En el hijo pródigo se verifica el refrán. Entra dentro de sí mismo, recapacita. Todo lo que se arremolinaba en torno a él, se le ha escapado. Su miseria le trae a la memoria la casa paterna con su abundancia. Las algarrobas de los puercos le hacen pensar en el pan de los jornaleros, el extranjero tan poco acogedor le traslada a la casa de su padre. No quiere consumirse, sino vivir. Ni Dios ni su padre ocupan el centro de sus reflexiones, sino en primer lugar salir con vida del hambre que padece en país extranjero. «Si el impío entra dentro de sí» -hacen decir a Dios los doctores judíos de la ley- «le ceñiré una corona a la hora de la muerte (la corona de la vida eterna)… Si el impío entra dentro de sí, podrá entrar cada vez más (en la proximidad del Santo).» El camino del que entra dentro de sí conduce a Dios…

El hijo pródigo entra dentro de sí, se vuelve a su padre y va a acabar en Dios. Las palabras de su conversión están inspiradas en la Sagrada Escritura: «El faraón llamó en seguida a Moisés y Aarón, y dijo: He pecado contra Yahveh, vuestro Dios, y contra vosotros» (Exo_10:16). Y en los Salmos se hallan estas palabras: «Contra ti, sólo contra ti he pecado, he hecho lo malo a tus ojos para que sea reconocida la justicia de tus palabras y seas vencedor en el juicio» (Sal_51:6). El recuerdo de la casa paterna, de su abundancia, de su vida religiosa -y el recuerdo del que está por encima de todo, el padre- le hace acordarse de Dios, despierta en él la conciencia del pecado y le mueve a volverse a Dios. La imagen del padre amoroso hace nacer en él la seguridad del perdón. De lo contrario, ¿cómo se resolvería a emprender la marcha hacia su padre? A través de la imagen de su padre se le ofrece la imagen de Dios. «Vuelve, apóstata Israel, palabra de Yahveh, que quiero dejar de mostrarte rostro airado, porque soy misericordioso…, que no es eterna mi cólera, siempre que reconozcas tu maldad al pecar contra Yahveh» (Jer_3:12 s). El hijo pródigo se da cuenta de su culpa y reconoce que con su modo de vivir ha perdido sus derechos de hijo. Sólo quiere ser tratado como uno de los jornaleros.

20 Partió, pues, y volvió a la casa de su padre. Todavía estaba lejos, cuando su padre lo vio venir y, hondamente conmovido, corrió a abrazarse a su cuello y lo besó repetidamente. 21 El hijo le dijo entonces: Padre, pequé contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de llamarme hijo tuyo.

La reflexión se traduce en acción. La conversión interior reclama «frutos de penitencia», ruptura con la vida pasada, retorno a Dios. El padre sale al encuentro a su hijo. El amor y la nostalgia del hijo aguza su vista. Se siente hondamente conmovido cuando ve su miseria. Corre a su encuentro, cosa nada corriente e indigna para los antiguos orientales. El padre olvida su dignidad y le prodiga todas las muestras de su amor paterno. Besándolo en la mejilla lo acoge como hijo antes de que él haya podido pronunciar sus palabras de arrepentimiento. Comienza la «frasecita» de confesión, pero no la termina. El padre no aguarda para perdonar a que se cumplan todos los requisitos de la penitencia. A través de la imagen de este padre se nos presenta la imagen del Padre celestial, que nos ama anticipadamente.

22 Pero el padre ordenó a sus criados: Inmediatamente, traed el vestido más rico y ponédselo; ponedle también un anillo en su mano y sandalias en sus pies. 23 Luego traed el becerro cebado, matadlo, y vamos a comer y a celebrar alegremente la fiesta. 24 Porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron a celebrar la fiesta con alegría.

Hasta aquí había guardado silencio el padre. Ahora comienza él a hablar. Antes había estado lleno de solicitud vigilante y amorosa, ahora estallan sus palabras rebosantes de alegría. No pide cuentas, no pone condiciones, no fija período alguno de prueba. No se pronuncian palabras de perdón, pero más significativas que estas palabras son las obras de perdón. El padre restituye al hijo pródigo sus derechos de hijo. El vestido mas rico lo constituye en huésped de honor, el anillo lo capacita de nuevo para proceder como hijo.

Las sandalias lo declaran hombre libre; es otra vez hijo libre de un labrador libre, no uno de los jornaleros que van con los pies descalzos. Sacrificando el becerro cebado se inicia una fiesta de alegría; el hijo es admitido de nuevo en la comunidad de mesa de la casa paterna. La alegría festiva en el corazón del padre no puede contenerse y llena toda la casa.

La alegría de la fiesta desborda de las palabras: «Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.» Este júbilo festivo es el júbilo del tiempo de salvación. El Evangelio de la misericordia es el Evangelio de la alegría. Jesús salva de la perdición y de la muerte, puesto que vino para «iluminar a los que yacen en tinieblas y sombra de muerte» (1,79). Las palabras cierran como un estribillo la primera y la segunda parte de la parábola, a saber: la narración de la magnanimidad amorosa del padre y la narración de la severidad sin piedad y de la estrechez de espíritu del hijo mayor. Dios es como el primero, el fariseo como el segundo. «Sed misericordiosos, como misericordioso es vuestro Padre» (6,36).

25 Pero el hijo mayor estaba en el campo. Y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó música y danzas, 26 y llamando a uno de los criados le preguntó qué significaba aquello. 27 El criado le respondió: Es que ha vuelto tu hermano, y tu padre, como lo ha recobrado sano y salvo, ha mandado matar el becerro cebado. 28a Entonces él se enfadó y no quería entrar.

El hijo mayor es fiel en el servicio, día tras día. Ahora vuelve a casa del trabajo del campo. El banquete ha terminado, y ha comenzado la alegre danza. Desde fuera se oye la música y el rumor de la danza. El hijo que se dedica al cumplimiento escrupuloso del deber se ve envuelto en el júbilo festivo y en la algazara. El criado que le explica la razón del júbilo, ve sólo lo exterior: el regreso del hermano, el sacrificio del becerro cebado, la salud del que ha vuelto a casa. Pero ¿cómo podía ver también lo que había sucedido en el interior del padre y del hijo vuelto al hogar? Este drama del retorno, de la conversión, la transformación que había tenido lugar, la resurrección del muerto… ¡cuántas cosas habían sucedido! La penitencia es un comienzo de los acontecimientos escatológicos. Lo que allí sucede entre el hombre y Dios es imagen del acontecimiento que abarca al mundo entero, que se había aguardado y que ahora se produce. El tiempo de salvación es tiempo de alegría.

Lo que siente el hijo mayor tiene también lugar con los fariseos. Su imagen es la imagen de los piadosos de Israel. Enfadado se revela contra el proceder de su padre. Protesta contra el peligro en que se pone el orden moral, murmura contra esta increíble misericordia. El día de Dios, en el que se erigirá el reino de Dios, es sin embargo «día de ira», en el que los transgresores de la ley recibirán su castigo. ¿Entrar en la sala del festín? Esto sería entrar en comunión con un pecador, sentarse a la mesa con uno que se ha contaminado con meretrices, con paganos y con puercos… El hijo mayor se comporta como los «justos», los piadosos, los fariseos… «Este hombre acoge a los pecadores y come con ellos» (15,2).

28b Pero su padre salió para llamarlo. 29 El contestó a su padre: De modo que hace ya tantos años que te vengo sirviendo, sin haber quebrantado jamás ninguna orden tuya, y nunca me diste un cabrito para que yo celebrara alegremente una fiesta con mis amigos; 30 pero, cuando llega ese hijo tuyo que ha devorado tus bienes con meretrices, has mandado matar para él el becerro cebado.

El padre sale a ver a su hijo mayor; éste no le es indiferente. Le habla con ruegos y exhortaciones. Sin embargo, del alma del hijo mayor irrumpe como una corriente impetuosa que ha roto la presa que la contenía. Lo que está sucediendo en casa le parece provocador: el justo es preterido, el pecador desencadena la alegría. A sus ojos se contraponen «tantos años» de servicio fiel y «devorar tus bienes»; «no haber quebrantado jamás ninguna orden» y despilfarrar «con meretrices»; «nunca me diste un cabrito para celebrar alegremente una fiesta con mis amigos» y «matar para él el becerro cebado». También la misericordia de Dios y su amor son misterios que no se pueden apreciar con criterios humanos. Jesús anuncia el reino de Dios que se acerca, que trae perdón y salvación, y lo anuncia revelando a Dios como Padre misericordioso.

31 Pero el padre le contestó: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas; 32 pero había que hacer fiesta y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado.

El padre se justifica. ¿Ha considerado el mayor lo que tiene recibido de su padre? Es para él un hijo querido -«hijito» se dice en el texto original-, ha gozado siempre del amor del padre, ha vivido en comunión con él. él no pierde nada de la parte que le corresponde, se le ratifica la propiedad de lo que era de su padre. ¿Se le hace acaso injusticia porque el padre sea bondadoso con el otro hijo? (Mat_20:15) ¿Pierde él acaso algo con esta bondad?

Por los tres bienes que enumera el padre se deja entrever la alianza de Dios con su pueblo: hijo mío, pueblo mío; yo contigo, tú conmigo; comunidad de bienes. La nueva economía de la salud que trae Jesús vuelve a restaurar la primera, ahondándola y perfeccionándola. Su sangre establece la nueva alianza (Mat_22:20) que confiere el perdón de los pecados: «Les perdonaré sus maldades, de las que no me acordaré más» (Jer_31:34). La voluntad de Dios exige que se celebre la fiesta con júbilo. Se trata del hermano. El mayor sólo se preocupa por la ley, pero carece de amor fraterno. Ahora bien, según el mensaje de Jesús, este amor es el núcleo de la ley y de la voluntad de Dios. Una vez más vuelve a emerger lo que habían descubierto ya los conflictos sabáticos (Jer_14:5). Los fariseos guardan el reposo sabático, pero descuidan el amor fraterno. Dios, en cambio se glorifica con las obras de misericordia y de amor.

Si se perdona demasiado fácilmente el pecado, ¿no se impondrá éste como una oleada que todo lo inunda? El anuncio del gozo del Señor por la conversión del pecador ¿no será una catástrofe para la moralidad? ¿No es cierto que la predicación de Jesús que proclama la misericordia de Dios con los pecadores representa una amenaza para el orden moral? En las palabras de Jesús se muestran dos poderes de orden: la conversión y el amor fraterno. El hijo pródigo efectúa la conversión, el retorno al padre; el hijo mayor es conducido al amor fraterno. En la conversión y en el amor fraterno se revela el comienzo del reino de Dios y del tiempo de la salud. La predicación de los apóstoles, bajo el impulso del Espíritu Santo, lleva a la conversión e incorpora a la comunidad de los que están congregados en el nombre de Jesús y forman un solo corazón y una sola alma (cf. Hec_2:37-47). La conversión a Dios y el amor fraterno son las fuerzas fundamentales del orden moral.

También la antigua Iglesia hubo de preocuparse por esta cuestión: ¿Cómo hay que tratar a los pecadores en el santo pueblo de Dios? En el Evangelio de Mateo hay un orden de este procedimiento, que es de naturaleza jurídica: corrección fraterna en privado, presentación de testigos, juicio ante la comunidad reunida, exclusión de la comunidad (Mat_18:15-17). Lucas muestra el camino de la misericordia y de la bondad con amor. Ambos caminos tienen en común que se remontan a Jesús, ambos están arraigados en la proclamación del alborear del reino de Dios. La realeza de Dios es juicio y misericordia. En la parábola del hijo pródigo se menciona tres veces el banquete festivo. Cuando la comunidad se congrega para celebrar el banquete eucarístico hace memoria de la acción salvadora y perdonadora de Dios por Jesús (Mat_22:10; 1Co_11:26) en el júbilo de la salvación (Hec_2:46). La comunidad era una vez «no pueblo», ahora en cambio es pueblo de Dios; una vez estaba sin gracia, ahora en cambio está agraciada (1Pe_2:10). En el banquete del Señor se da la sangre del Señor «para el perdón de los pecados» (Mat_26:28) y con gozosa acción de gracias se celebra la nueva economía salvadora y la reintegración en la filiación divina.

La narración de la parábola se interrumpe sin decir lo que piensa hacer el padre con el hijo mayor. Jesús no celebra juicio, sino que ofrece la salvación. Quiere también salvar a los fariseos. Todos tienen necesidad de conversión, los pecadores y también los que se tienen por justos (Mat_18:9-14). «Todos estamos bajo pecado» (Rom_3:9).
(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)


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Comentario Teológico a la 1era Lectura: A. Gil Modrego - El becerro de oro

-Contexto: "Moisés se adentró en la nube y subió al monte, y estuvo allí cuarenta días con sus noches". Así termina el cap. 24 tras describir el rito de la Alianza y después de la interrupción de los cap. 25-31 en los que se ordena la construcción del santuario, fabricación de utensilios y consagración de los sacerdotes... De nuevo nos encontramos con el pueblo, impaciente porque no sabe lo que le ha pasado a su guia: Moisés.

La etapa de peregrinación siempre resulta difícil, y de manera especial cuando nos falta un guía. Por eso, el pueblo viendo que Moisés no acaba de bajar se construye, con la anuencia de Aarón, un becerro de oro, un dios humano que le oriente, que le interprete los diversos acontecimientos... Sólo así el pueblo se siente seguro.

-Texto: El Señor se irrita y Moisés tendrá que interceder a favor de los suyos ya que se han desviado del camino verdadero.

La intercesión-súplica viene descrita en los vs. 10-14 y se apoya en tres argumentos: 1) v.11: ¿Qué significado tendrá la liberación que Dios ha obrado hasta el momento presente si todo viene a destruirse ahora? 2) v.12 argumento del ridículo: si el Señor destruye al pueblo. El quedará en ridículo ante los egipcios perdiendo, por tanto, toda reputación; y 3) v.13: ¿dónde irá a parar la promesa hecha a los padres? Dios debe continuar su obra liberadora si quiere llevar a feliz término la promesa jurada a los antepasados.

Si Dios destruye al pueblo, el único descendiente de la promesa que queda es Moisés. Y el Señor le propone un plan muy halagüeño al sentir humano: "Veo que este pueblo es un pueblo testarudo. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti, sacaré un gran pueblo" (v.10). Pero Moisés no acepta esta honrosísima excepción, y por eso responde: "o perdonas sus pecados, o me borras de tu registro" (v.32). Al solidarizarse con los suyos, si Dios le hace morir, quedan invalidados el juramento y la promesa (algo imposible ya que la promesa debe continuar). Al querer correr la misma suerte que su pueblo, intercede eficazmente por ellos. Así el Señor tendrá que arrepentirse "de la amenaza que había pronunciado".

-Reflexiones: El auténtico líder y mediador de todo pueblo es aquel que quiere correr la misma suerte que los suyos, sin halagos, sin excepciones, sin ventajas personales... ¿así son también nuestros líderes religiosos y políticos? Sin duda que viven con el pueblo, sufren con ellos, comparten sus problemas y miserias, se mojan en la realidad cotidiana de sus vidas. ¿Se lo creen Vds.? Yo tampoco. ¡Pobre pueblo! ¿Por qué te dejas engañar? ¡Espabílate! En todo peregrinar humano, también en el religioso, es muy útil la existencia de un guía experto que nos oriente (recalco lo de experto, no es necesario que sea clérigo). Pero deber de todo guía es enseñar a caminar al pueblo. Israel no sabe caminar solo y se fabrica sus ídolos, muchos cristianos hoy tampoco saben caminar... y se construyen sus nuevos ídolos. Ni los unos ni los otros han alcanzado la madurez. Guía perverso y opresor será aquel que goce teniendo siempre sometidos a los demás por su conciencia, por su... y los opresores son infinitos. ¡Pueblo, si deseas la madurez, espabílate!
(A. GIL MODREGO DABAR 1989, 46)

 

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Comentario Teológico a la 2a Lectura: La Biblia Día a Día - La misericordia de Dios

Pablo recuerda ante el discípulo la prehistoria de su propio apostolado. En ella aparecen las persecuciones, los insultos y las blasfemias de Pablo. Es lógico que en ella Pablo se confiese pecador..., pero lo más admirable es el tiempo en que el verbo está redactado, un presente: "Yo soy el primero (pecador)" (1. 15). Pablo no se detiene aquí. No quiere darnos lecciones de humildad. Generosamente piensa en los que le seguirán a él y a Timoteo. No quiere que admiremos su comportamiento ni sus virtudes, sino la manifestación de la misericordia de Dios en él. (Ciertamente distinto de la hiperbólica y alienante descripción de méritos y milagros en tantas biografías de santos). La misericordia de Dios conmigo, nos dice Pablo, es una simple muestra de lo que hará también con vosotros.(cf.v.16).
(LA BIBLIA DIA A DIA, Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas, Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág.340)

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Comentario Teológico: Benedicto XVI - La parábola de los dos hermanos (el hijo pródigo y el hijo que se quedó en casa) y del padre bueno (Lc 15, 11-32)

Esta parábola de Jesús, quizás la más bella, se conoce también como la «parábola del hijo pródigo». En ella, la figura del hijo pródigo está tan admirablemente descrita, y su desenlace —en lo bueno y en lo malo— nos toca de tal manera el corazón que aparece sin duda como el verdadero centro de la narración. Pero la parábola tiene en realidad tres protagonistas. Joachim Jeremías y otros autores han propuesto llamarla mejor la «parábola del padre bueno», ya que él sería el auténtico centro del texto.

Pierre Grelot, en cambio, destaca como elemento esencial la figura del segundo hijo y opina —a mi modo de ver con razón— que lo más acertado sería llamarla «parábola de los dos hermanos». Esto se desprende ante todo de la situación que ha dado lugar a la parábola y que Lucas presenta del siguiente modo (15, ls): «Se acercaban a Jesús los publícanos y pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos”». Aquí encontramos dos grupos, dos «hermanos»: los publícanos y los pecadores; los fariseos y los letrados. Jesús les responde con tres parábolas: la de la oveja descarriada y las noventa y nueve que se quedan en casa; después la de la dracma perdida; y, finalmente, comienza de nuevo y dice: «Un hombre tenía dos hijos» (15, 11). Así pues, se trata de los dos.

El Señor retoma así una tradición que viene de muy atrás: la temática de los dos hermanos recorre todo el Antiguo Testamento, comenzando por Caín y Abel, pasando por Ismael e Isaac, hasta llegar a Esaú y Jacob, y se refleja otra vez, de modo diferente, en el comportamiento de los once hijos de Jacob con José. En los casos de elección domina una sorprendente dialéctica entre los dos hermanos, que en el Antiguo Testamento queda como una cuestión abierta. Jesús retoma esta temática en un nuevo momento de la actuación histórica de Dios y le da una nueva orientación. En el Evangelio de Mateo aparece un texto sobre dos hermanos similar al de nuestra parábola: uno asegura querer cumplir la voluntad del padre, pero no lo hace; el segundo se niega a la petición del padre, pero luego se arrepiente y cumple su voluntad (cf. Mt 21,28-32). También aquí se trata de la relación entre pecadores y fariseos; también aquí el texto se convierte en una llamada a dar un nuevo sí al Dios que nos llama.

Pero tratemos ahora de seguir la parábola paso a paso. Aparece ante todo la figura del hijo pródigo, pero ya inmediatamente, desde el principio, vemos también la magnanimidad del padre. Accede al deseo del hijo menor de recibir su parte de la herencia y reparte la heredad. Da libertad. Puede imaginarse lo que el hijo menor hará, pero le deja seguir su camino.
El hijo se marcha «a un país lejano». Los Padres han visto aquí sobre todo el alejamiento interior del mundo del padre —del mundo de Dios—, la ruptura interna de la relación, la magnitud de la separación de lo que es propio y de lo que es auténtico. El hijo derrocha su herencia. Sólo quiere disfrutar. Quiere aprovechar la vida al máximo, tener lo que considera una «vida en plenitud». No desea someterse ya a ningún precepto, a ninguna autoridad: busca la libertad radical; quiere vivir sólo para sí mismo, sin ninguna exigencia. Disfruta de la vida; se siente totalmente autónomo.

¿Acaso nos es difícil ver precisamente en eso el espíritu de la rebelión moderna contra Dios y contra la Ley de Dios? ¿El abandono de todo lo que hasta ahora era el fundamento básico, así como la búsqueda de una libertad sin límites? La palabra griega usada en la parábola para designar la herencia derrochada significa en el lenguaje de los filósofos griegos «sustancia», naturaleza. El hijo perdido desperdicia su «naturaleza», se desperdicia a sí mismo.

Al final ha gastado todo. El que era totalmente libre ahora se convierte realmente en siervo, en un cuidador de cerdos que sería feliz si pudiera llenar su estómago con lo que ellos comían. El hombre que entiende la libertad como puro arbitrio, el simple hacer lo que quiere e ir donde se le antoja, vive en la mentira, pues por su propia naturaleza forma parte de una reciprocidad, su libertad es una libertad que debe compartir con los otros; su misma esencia lleva consigo disciplina y normas; identificarse íntimamente con ellas, eso sería libertad. Así, una falsa autonomía conduce a la esclavitud: la historia, entretanto, nos lo ha demostrado de sobra. Para los judíos, el cerdo es un animal impuro; ser cuidador de cerdos es, por tanto, la expresión de la máxima alienación y el mayor empobrecimiento del hombre. El que era totalmente libre se convierte en un esclavo miserable.

Al llegar a este punto se produce la «vuelta atrás». El hijo pródigo se da cuenta de que está perdido. Comprende que en su casa era un hombre libre y que los esclavos de su padre son más libres que él, que había creído ser absolutamente libre. «Entonces recapacitó», dice el Evangelio (15, 17), y esta expresión, como ocurrió con la del país lejano, repropone la reflexión filosófica de los Padres: viviendo lejos de casa, de sus orígenes, dicen, este hombre se había alejado también de sí mismo, vivía alejado de la verdad de su existencia. Su retorno, su «conversión», consiste en que reconoce todo esto, que se ve a sí mismo alienado; se da cuenta de que se ha ido realmente «a un país lejano» y que ahora vuelve hacia sí mismo. Pero en sí mismo encuentra la indicación del camino hacia el padre, hacia la verdadera libertad de «hijo». Las palabras que prepara para cuando llegue a casa nos permiten apreciar la dimensión de la peregrinación interior que ahora emprende. Son la expresión de una existencia en camino que ahora —a través de todos los desiertos— vuelve «a casa», a sí mismo y al padre. Camina hacia la verdad de su existencia y, por tanto, «a casa». Con esta interpretación «existencial» del regreso a casa, los Padres nos explican al mismo tiempo lo que es la «conversión», el sufrimiento y la purificación interna que implica, y podemos decir tranquilamente que, con ello, han entendido correctamente la esencia de la parábola y nos ayudan a reconocer su actualidad.

El padre ve al hijo «cuando todavía estaba lejos», sale a su encuentro. Escucha su confesión y reconoce en ella el camino interior que ha recorrido, ve que ha encontrado el camino hacia la verdadera libertad. Así, ni siquiera le deja terminar, lo abraza y lo besa, y manda preparar un gran banquete. Reina la alegría porque el hijo «que estaba muerto» cuando se marchó de la casa paterna con su fortuna, ahora ha vuelto a la vida, ha revivido; «estaba perdido y lo hemos encontrado» (15, 32).

Los Padres han puesto todo su amor en la interpretación de esta escena. El hijo perdido se convierte para ellos en la imagen del hombre, el «Adán» que todos somos, ese Adán al que Dios le sale al encuentro y le recibe de nuevo en su casa. En la parábola, el padre encarga a los criados que traigan enseguida «el mejor traje». Para los Padres, ese «mejor traje» es una alusión al vestido de la gracia, que tenía originalmente el hombre y que después perdió con el pecado. Ahora, este «mejor traje» se le da de nuevo, es el vestido del hijo. En la fiesta que se prepara, ellos ven una imagen de la fiesta de la fe, la Eucaristía festiva, en la que se anticipa el banquete eterno. En el texto griego se dice literalmente que el hermano mayor, al regresar a casa, oye «sinfonías y coros»: para los Padres es una imagen de la sinfonía de la fe, que hace del ser cristiano una alegría y una fiesta.

Pero lo esencial del texto no está ciertamente en estos detalles; lo esencial es, sin duda, la figura del padre. ¿Resulta comprensible? ¿Puede y debe actuar así un padre? Pierre Grelot ha hecho notar que Jesús se expresa aquí tomando como punto de referencia el Antiguo Testamento: la imagen original de esta visión de Dios Padre se encuentra en Oseas (cf. 11, 1-9). Allí se habla de la elección de Israel y de su traición: «Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí; sacrificaban a los Baales, e incensaban a los ídolos» (11,2). Dios ve también cómo este pueblo es destruido, cómo la espada hace estragos en sus ciudades (cf. 11, 6). Y entonces el profeta describe bien lo que sucede en nuestra parábola: «¿Cómo te trataré, Efraín? ¿Acaso puedo abandonarte, Israel?… Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín; que soy Dios y no hombre, santo en medio de ti.» (11, 8ss). Puesto que Dios es Dios, el Santo, actúa como ningún hombre podría actuar. Dios tiene un corazón, y ese corazón se revuelve, por así decirlo, contra sí mismo: aquí encontramos de nuevo, tanto en el profeta como en el Evangelio, la palabra sobre la «compasión» expresada con la imagen del seno materno. El corazón de Dios transforma la ira y cambia el castigo por el perdón.

Para el cristiano surge aquí la pregunta: ¿dónde está aquí el puesto de Jesucristo? En la parábola sólo aparece el Padre. ¿Falta quizás la cristología en esta parábola? Agustín ha intentado introducir la cristología, descubriéndola donde se dice que el padre abrazó al hijo (cf. 15, 20). «El brazo del Padre es el Hijo», dice. Y habría podido remitirse a Ireneo, que describió al Hijo y al Espíritu como las dos manos del Padre. «El brazo del Padre es el Hijo»: cuando pone su brazo sobre nuestro hombro, como «su yugo suave», no se trata de un peso que nos carga, sino del gesto de aceptación lleno de amor. El «yugo» de este brazo no es un peso que debamos soportar, sino el regalo del amor que nos sostiene y nos convierte en hijos. Se trata de una explicación muy sugestiva, pero es más bien una «alegoría» que va claramente más allá del texto.

Grelot ha encontrado una interpretación más conforme al texto y que va más a fondo. Hace notar que, con esta parábola, con la actitud del padre de la parábola, como con las anteriores, Jesús justifica su bondad para con los pecadores, su acogida de los pecadores. Con su actitud, Jesús «se convierte en revelación viviente de quien El llamaba su Padre». La consideración del contexto histórico de la parábola, pues, delinea de por sí una «cristología implícita». «Su pasión y su resurrección han acentuado aún más este aspecto: ¿cómo ha mostrado Dios su amor misericordioso por los pecadores? Haciendo morir a Cristo por nosotros “cuando todavía éramos pecadores” (Rm 5,8). Jesús no puede entrar en el marco narrativo de su parábola porque vive identificándose con el Padre celestial, recalcando la actitud del Padre en la suya. Cristo resucitado está hoy, en este punto, en la misma situación que Jesús de Nazaret durante el tiempo de su ministerio en la tierra» (pp. 228s). De hecho, Jesús justifica en esta parábola su comportamiento remitiéndolo al del Padre, identificándolo con Él. Así, precisamente a través de la figura del Padre, Cristo aparece en el centro de esta parábola como la realización concreta del obrar paterno.

Y he aquí que aparece el hermano mayor. Regresa a casa tras el trabajo en el campo, oye la fiesta en la casa, se entera del motivo y se enoja. Simplemente, no considera justo que a ese haragán, que ha malgastado con prostitutas toda su fortuna —el patrimonio del padre—, se le obsequie con una fiesta espléndida sin pasar antes por una prueba, sin un tiempo de penitencia. Esto se contrapone a su idea de la justicia: una vida de trabajo como la suya parece insignificante frente al sucio pasado del otro. La amargura lo invade: «En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos» (15,29). El padre trata también de complacerle y le habla con benevolencia. El hermano mayor no sabe de los avatares y andaduras más recónditos del otro, del camino que le llevó tan lejos, de su caída y de su reencuentro consigo mismo. Sólo ve la injusticia. Y ahí se demuestra que él, en silencio, también había soñado con una libertad sin límites, que había un rescoldo interior de amargura en su obediencia, y que no conoce la gracia que supone estar en casa, la auténtica libertad que tiene como hijo. «Hijo, tú estás siempre conmigo —le dice el padre—, y todo lo mío es tuyo» (15, 31). Con eso le explica la grandeza de ser hijo. Son las mismas palabras con las que Jesús describe su relación con el Padre en la oración sacerdotal: «Todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío» (Jn 17, 10).

La parábola se interrumpe aquí; nada nos dice de la reacción del hermano mayor. Tampoco podría hacerlo, pues en este punto la parábola pasa directamente a la situación real que tiene ante sus ojos: con estas palabras del padre, Jesús habla al corazón de los fariseos y de los letrados que murmuraban y se indignaban de su bondad con los pecadores (cf. 15, 2). Ahora se ve totalmente claro que Jesús identifica su bondad hacia los pecadores con la bondad del padre de la parábola, y que todas las palabras que se ponen en boca del padre las dice El mismo a las personas piadosas. La parábola no narra algo remoto, sino lo que ocurre aquí y ahora a través de El. Trata de conquistar el corazón de sus adversarios. Les pide entrar y participar en el júbilo de este momento de vuelta a casa y de reconciliación. Estas palabras permanecen en el Evangelio como una invitación implorante. Pablo recoge esta invitación cuando escribe: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co5, 20).

Así, la parábola se sitúa, por un lado, de un modo muy realista en el punto histórico en que Jesús la relata; pero al mismo tiempo va más allá de ese momento histórico, pues la invitación suplicante de Dios continúa. Pero, ¿a quién se dirige ahora? Los Padres, muy en general, han vinculado el tema de los dos hermanos con la relación entre judíos y paganos. No les ha resultado muy difícil ver en el hijo disoluto, alejado de Dios y de sí mismo, un reflejo del mundo del paganismo, al que Jesús abre las puertas a la comunión de Dios en la gracia y para el que celebra ahora la fiesta de su amor. Así, tampoco resulta difícil reconocer en el hermano que se había quedado en casa al pueblo de Israel, que con razón podría decir: «En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya». Precisamente en la fidelidad a la Torá se manifiesta la fidelidad de Israel y también su imagen de Dios.

Esta aplicación a los judíos no es injustificada si se la considera tal como la encontramos en el texto: como una delicada tentativa de Dios de persuadir a Israel, tentativa que está totalmente en las manos de Dios. Tengamos en cuenta que, ciertamente, el padre de la parábola no sólo no pone en duda la fidelidad del hijo mayor, sino que confirma expresamente su posición como hijo suyo: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo». Sería más bien una interpretación errónea si se quisiera transformar esto en una condena de los judíos, algo de lo no se habla para nada en el texto.

Si bien es lícito considerar la aplicación de la parábola de los dos hermanos a Israel y los paganos como una dimensión implícita en el texto, quedan todavía otras dimensiones. Las palabras de Jesús sobre el hermano mayor no aluden sólo a Israel (también los pecadores que se acercaban a Él eran judíos), sino al peligro específico de los piadosos, de los que estaban limpios, «en regle» con Dios como lo expresa Grelot (p. 229). Grelot subraya así la breve frase: «Sin desobedecer nunca una orden tuya». Para ellos, Dios es sobre todo Ley; se ven en relación jurídica con Dios y, bajo este aspecto, a la par con Él. Pero Dios es algo más: han de convertirse del Dios-Ley al Dios más grande, al Dios del amor. Entonces no abandonarán su obediencia, pero ésta brotará de fuentes más profundas y será, por ello, mayor, más sincera y pura, pero sobre todo también más humilde.

Añadamos ahora otro punto de vista que ya hemos mencionado antes: en la amargura frente a la bondad de Dios se aprecia una amargura interior por la obediencia prestada que muestra los límites de esa sumisión: en su interior, también les habría gustado escapar hacia la gran libertad. Se aprecia una envidia solapada de lo que el otro se ha podido permitir. No han recorrido el camino que ha purificado al hermano menor y le ha hecho comprender lo que significa realmente la libertad, lo que significa ser hijo. Ven su libertad como una servidumbre y no están maduros para ser verdaderamente hijos. También ellos necesitan todavía un camino; pueden encontrarlo sencillamente si le dan la razón a Dios, si aceptan la fiesta de Dios como si fuera también la suya. Así, en la parábola, el Padre nos habla a través de Cristo a los que nos hemos quedado en casa, para que también nosotros nos convirtamos verdaderamente y estemos contentos de nuestra fe.
(Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (1), Planeta Chile 2007, 243-53)



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Santos Padres: San Ambrosio - La oveja perdida (Lc 15, 1-7)

207. ¿Quién hay de vosotros —dijo— que, teniendo cien ovejas y perdiere una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la perdida? Un poco más arriba has aprendido cómo es necesario desterrar la negligencia, evitar la arrogancia, y también a adquirir la devoción y a no entregarte a los quehaceres de este mundo, ni anteponer los bienes caducos a los que no tienen fin; pero, puesto que la fragilidad humana no puede conservarse en línea recta en medio de un mundo tan corrompido, ese buen médico te ha proporcionado los remedios, aun contra el error, y ese juez misericordioso te ha ofrecido la esperanza del perdón. Y así, no sin razón, San Lucas ha narrado por orden tres parábolas: la de la oveja perdida y hallada después, la de la dracma que se había extraviado y fue encontrada, y el hijo que había muerto y volvió a la vida; y todo esto para que, aleccionados con este triple remedio, podamos curar nuestras heridas, pues una cuerda triple no se rompe (Qo 4, 12).

208. ¿Quién es este padre, ese pastor y esa mujer? ¿Acaso no representan a Dios Padre, a Cristo y la Iglesia? Cristo te lleva sobre sus hombros, te busca la Iglesia y te recibe el Padre. Uno porque es Pastor, no cesa de llevarte; la otra, como madre, sin cesar te busca, y el Padre te vuelve a vestir. El primero, por obra de su misericordia; la segunda cuidándote, y el tercero, reconciliándote con El. A cada uno de ellos le cuadra perfectamente una de esas cualidades: el Redentor viene a salvar, la Iglesia asiste y el Padre reconcilia. En todo actuar divino está presente la misma misericordia, aunque la gracia varíe según nuestros méritos. El Pastor llama a la oveja cansada, es hallada la dracma que se había perdido, y el hijo, por sus propios pasos, vuelve al padre y vuelve a él plenamente arrepentido del error que le acusa sin cesar. Y por eso, con toda justicia, se ha escrito: Tú Señor, salvarás a los hombres y a los animales (Sal 35, 7). Y ¿quiénes son estos animales? El profeta dijo que la simiente de Israel era una simiente de hombres y la de Judá una simiente de animales (Jr 31, 27). Y por eso Israel es salvada como un hombre y Judá recogida como una oveja. Por lo que a mí se refiere, prefiero ser hijo antes que oveja, pues aunque ésta es solícitamente buscada por el pastor, el hijo recibe el homenaje de su padre.

209. Regocijémonos, pues, ya que aquella oveja que había perecido en Adán, fue salvada en Cristo. Los hombros de Cristo son los brazos de la Cruz. En ella deposité mis pecados, y sobre la nobleza de este patíbulo he descansado. Esta oveja es una en cuanto al género, pero no en cuanto a la especie; pues todos nosotros formamos un solo cuerpo (1 Co 10, 17), aunque somos muchos miembros, y por eso está escrito: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y miembros de sus miembros (ibíd., 12, 27). Pues el Hijo del hombre vino a salvar lo que había perecido (Lc 19, 10), es decir, a todos, puesto que lo mismo que en Adán todos murieron, así en Cristo todos serán vivificados (1 Co 15, 22).

210. Se trata, pues, de un rico pastor de cuyo poder nosotros somos nada más que una centésima parte. Él tiene innumerables rebaños de ángeles, arcángeles, dominaciones, potestades, tronos (Col 1, 16) y otros más a los que ha dejado en el monte. Los cuales, puesto que son racionales, no sin motivo, se alegran de la redención de los hombres. Además, el que cada uno considere que su conversión proporcionará una gran alegría a los coros de los ángeles, los cuales tienen unas veces el deber de ejercer su patrocinio y otras el de apartar del pecado, es, ciertamente, de un gran provecho para adelantar en el bien. Esfuérzate, pues, tú en ser una alegría para esos ángeles a los que llenas de gozo por medio de tu conversión.

Lc 15, 8-10. La dracma encontrada

211. No sin razón, se alegra también aquella mujer que encontró la dracma. Y esta dracma, que lleva impresa la figura del príncipe, no es algo que tenga poco valor. Por eso, toda la riqueza de la Iglesia consiste en poseer la imagen del Rey. Nosotros somos sus ovejas; oremos, pues, para que se digne colocarnos sobre el agua que vivifica (Sal 22, 2). He dicho que somos ovejas; pidamos, por tanto, el pasto; y, ya que somos hijos, corramos hacia el Padre.

Lc 15, 11-32. El hijo pródigo

212. No temamos haber despilfarrado el patrimonio de la dignidad espiritual en placeres terrenales. Porque el Padre vuelve a dar al hijo el tesoro que antes poseía, el tesoro de la fe, que nunca disminuye; pues, aunque lo hubiese dado todo, el que no perdió lo que dio, lo tiene todo. Y no temas que no te vaya a recibir, porque Dios no se alegra de la perdición de los vivos (Sb 1, 13). En verdad, saldrá corriendo a tu encuentro y se arrojará a tu cuello —pues el Señor es quien levanta los corazones (Sal 145, 8)—, te dará un beso, que es la señal de la ternura y del amor, y mandará que te pongan el vestido, el anillo y las sandalias. Tú todavía temes por la afrenta que le has causado, pero Él te devuelve tu dignidad perdida; tú tienes miedo al castigo, y El, sin embargo, te besa; tú temes, en fin, el reproche, pero Él te agasaja con un banquete. Y ahora, examinemos ya la parábola misma.

213. Un hombre tenía dos hijos, y dijo el menor de ellos a su padre: dame la parte de herencia que me corresponde. Observa cómo el patrimonio divino se da a todos aquellos que lo piden, y no creas que el padre comete una falta porque se lo haya dado al más joven. En el reino de Dios no existe la minoría de edad, ni crece la fe a medida que pasan los años. El que lo pide es que se ha juzgado a sí mismo ya capaz ¡Ojalá no se hubiese apartado de su padre y así no hubiera conocido los inconvenientes de su edad! Pero después de que se marchó lejos —realmente malgasta su patrimonio el que se aleja de la Iglesia— después de dejar —dice— la casa paterna, se marchó lejos a una región muy distante.

214. Y ¿dónde más apartado que alejarse de sí mismo, que estar lejos, no de un lugar, sino de las buenas costumbres, y estar distante, no de las tierras paternas, sino de los buenos deseos, y encontrarse como dominado por la apetencia malsana de los placeres carnales de este mundo; distante, por tanto, a causa de su conducta? Y es que, en verdad, el que se separa de Cristo está desterrado de la patria y se hace ciudadano del mundo. Pero “nosotros no somos extranjeros ni peregrinos, sino que somos conciudadanos de los santos y de la casa de Dios (Ef 3, 19); pues los que estábamos lejos, nos hemos hecho hermanos en la sangre de Cristo (ibíd., 13). Y no tratemos mal a los que vienen de una región lejana, porque nosotros también estuvimos, como lo enseña Isaías: Una luz ha brillado para los que habitaban en el país de las sombras de la muerte (Is 9, 2). El país lejano es el de las sombras de la muerte; sin embargo, nosotros que tenemos al Señor Jesús, como espíritu ante nuestra vista, vivimos a la sombra de Cristo. Y por eso dice la Iglesia: Yo he deseado estar y sentarme a su sombra (Cant 2, 3). Y entonces, dice, viviendo lujuriosamente, malgastó todos los adornos de su naturaleza. Y por eso tú, que recibiste la imagen de Dios, que eres semejante a Él, guárdate de destruir esta imagen y esa semejanza por una fealdad irracional. Eres una obra de Dios, por tanto, no digas a un trozo de palo: Tú eres mi padre (Jr 2, 27), para que no te hagas semejante a la madera, porque está escrito: Los que fabrican (ídolos) se hacen semejantes a ellos (Sal 113, 8).

215. Aconteció que el hambre empezó a hacerse sentir por aquella región: no un hambre de alimentos, sino la de las buenas obras y la de las virtudes. ¿Qué ayuno más miserable puede existir? Porque el que se aparta de la palabra de Dios, siente una fuerte hambre, ya que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios (Lc 4, 4). El que se aparta de la fuente, se muere de sed; el que se distancia del tesoro, padece necesidad; él que se aleja de la sabiduría, se hace necio, y el que abandona la virtud se destruye a sí mismo. Con razón, pues, el que dejó los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios (Col 2, 3) y se olvidó de mirar a la grandeza de los bienes celestiales, comenzó a pasar necesidad. Y, como consecuencia de esa penuria, le sobrevino el comenzar a sentir hambre, porque el placer al que continuamente se está alimentando, nunca dice basta. El que no sabe saciarse con el alimento que no se corrompe, siempre estará hambriento.

216. Así, pues, se fue y se puso a servir a uno de los ciudadanos de allí. No hay duda de que el que es esclavo está, de alguna manera, atado. Es fácil ver en este ciudadano la figura del príncipe de este mundo. Poco después es enviado a una granja, que él había comprado, alejándose, por esta causa, del reino (Lc 14, 18ss); y comienza a guardar cerdos; estos animales son precisamente aquellos en los que pide entrar el demonio y a los que precipita en el mar (Mt 8, 32), porque viven entre inmundicia y fetidez.

217. Y continúa: Deseaba llenar su vientre de las bellotas. Realmente, los lujuriosos no se preocupan más que de llenar su vientre, ya que éste es su dios (Flp 3, 19). Y ¿qué alimento más a propósito para tales hombres, que ése, que, como la bellota, es vano por dentro y suave por fuera, que no tiene por finalidad propia la de alimentar y que de tal manera grava el cuerpo, que resulta más perjudicial que útil?

218. Hay algunos que quieren ver representados en los puercos las diversas clases de demonios, y en las bellotas, la falsa virtud de los hombres vanos y la vanagloria de sus palabras, las cuales no les sirven de provecho alguno, ya que, por medio de una falsa filosofía, quieren llamar la atención sobre una aparatosidad externa, anteponiendo esto a otra cosa más útil: Pero estos engaños no pueden ser duraderos.

219. Y por eso nadie se las daba; porque estaba en una región donde no tenía a nadie, ya que dicha región no tenía dominio sobre los que allí estaban. En verdad, “todas las naciones son como nada” (Is 40, 17), y sólo Dios es quien vivifica a los muertos y llama a las cosas que no son como si fueran (Rm 4, 17).

220. Y entrado dentro de sí, dijo: ¡Cuántos mercenarios de mi padre tienen pan en abundancia! Con toda razón se puede decir que vuelve en sí el que se había salido de sí mismo; pues, en realidad, el que vuelve al Señor, vuelve en sí, y el que se aparta de Cristo, se aleja de sí mismo. Y ¿quiénes son los mercenarios sino aquellos que sirven por la recompensa, esos que proceden de Israel y que buscan, no lo que es bueno, sino lo que ven que puede tener algún provecho para ellos, y están guiados, no por la fuerza de la virtud, sino por su visión utilitarista? Pero el hijo que lleva en el corazón el sello del Espíritu Santo (2 Co 1, 22) no busca la ganancia mezquina de un salario terreno, puesto que está en posesión del derecho a la herencia También son mercenarios los que son enviados a la viña. Y Pedro, Juan y Santiago, a quienes se les dijo: Venid, os haré pescadores de hombres (Mt 4, 19) también son mercenarios, pero buenos. Estos no gozan de una abundancia de bellotas, pero sí de pan, Pues una vez llenaron doce cestos con los trozos que sobraron. ¡Oh, Señor Jesús, quítanos las bellotas y danos pan! —porque, en la casa del Padre, Tú eres el mayordomo— y ¡dígnate hacernos también a nosotros mercenarios, aunque seamos de los de última hora!, ya que te complaces en dar igual salario que a los demás, a los que llamas a la undécima hora, salario que, a pesar de ser igual por lo que a la vida se refiere, se diferencia en lo tocante a la gloria, puesto que no a todos se les pondrá la corona de justicia, sino sólo a aquel que pueda decir: he librado un buen combate (Tm 4, 17s).

221. Por lo cual no me ha parecido bien dejar de decir eso, puesto que sé que hay algunos que sostienen que es bueno esperar a la muerte para recibir el bautismo o la penitencia. Pero ¿acaso saber tú si en la noche próxima se te va a pedir o no el alma? (Lc 12, 20). Y además, ¿piensas, quizás, que después de no haber hecho nada se te va a dar todo? Aunque tú supongas que tanto la gracia como el salario es para todos igual, con todo, otra cosa distinta es el precio de la victoria, a ese precio al que tendió Pablo y, ciertamente, no en vano, pues él, después de conseguir el salario, luchaba por adquirir el premio (Flp 3, 14) y esto porque sabía que, aunque la paga, en cuestión de gracia, es igual para todos, la palma, sin embargo, es propia de muy pocos.
SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.7, 207-221, BAC Madrid 1966, pág. 455-62

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Santos Padres: San Agustín -  El hijo pródigo Lc 15,11-32)

1. No es necesario detenernos en las cosas ya expuestas. Más, aunque no es necesario demorarnos en ellas, sí conviene recordarlas. No ha olvidado vuestra prudencia que el domingo anterior tomé a mi cargo hablaros en el sermón sobre los dos hijos de que hablaba el Evangelio de hoy, pero no pude terminar. Dios nuestro Señor ha querido que, pasada aquella tribulación, también hoy os pueda hablar. He de saldar la deuda del sermón, puesto que hay que mantener la deuda del amor. Quiera el Señor que mi poquedad llene los deseos de vuestro anhelo.

2. El hombre que tuvo dos hijos es Dios, que tiene dos pueblos. El hijo mayor es el pueblo judío; el menor, el gentil. La herencia recibida del padre es la inteligencia, la mente, la memoria, el ingenio y todo aquello que Dios nos dio para que le conociésemos y alabásemos. Tras haber recibido este patrimonio, el hijo menor se marchó a una región lejana. Lejana, es decir, hasta olvidarse de su creador. Disipó su herencia viviendo pródigamente; gastando y no adquiriendo, derrochando lo que poseía y no adquiriendo lo que le faltaba; es decir, consumiendo todo su ingenio en lascivias, en vanidades, en toda clase de perversos deseos a los que la Verdad llamó meretrices.
3. No es de admirar que a este despilfarro siguiese el hambre. Reinaba el hambre en aquella región: no hambre de pan visible, sino hambre de la verdad invisible. Impelido por la necesidad, cayó en manos de cierto príncipe de aquella región. En este príncipe ha de verse el diablo, príncipe de los demonios, en cuyo poder caen todos los curiosos, pues toda curiosidad ilícita no es otra cosa que una pestilente carencia de la verdad. Apartado de Dios por el hambre de su inteligencia, fue reducido a servidumbre y le tocó ponerse a cuidar cerdos; es decir, la servidumbre última e inmunda de que suelen gozarse los demonios. No en vano permitió el Señor a los demonios entrar en la piara de los puercos. Aquí se alimentaba de bellotas, que no le saciaban. Las bellotas son, a nuestro parecer, las doctrinas mundanas, que alborotan, pero no nutren, digno alimento para puercos, pero no para hombres; es decir, con las que se gozan los demonios e incapaces de justificar a los hombres.

4. Al fin se dio cuenta en qué estado se encontraba, qué había perdido, a quién había ofendido y en manos de quién había caído. Y volvió en sí; primero el retorno a sí mismo y luego al Padre. Pues quizá se había dicho: Mi corazón me abandonó, por lo cual convenía que ante todo retornase a sí mismo, conociendo de este modo que se hallaba lejos del padre. Esto mismo reprocha la Sagrada Escritura a ciertos hombres diciendo: Volved, prevaricadores, al corazón. Habiendo retornado a sí mismo, se encontró miserable: Encontré la tribulación y el dolor e invoqué el nombre del Señor. ¡Cuántos mercenarios de mi padre, dice, tienen pan de sobra y yo perezco aquí de hambre! ¿Cómo le vino esto a la mente, sino porque ya se anunciaba el nombre de Dios? Ciertamente, algunos tenían pan, pero no como era debido, y buscaban otra cosa. De éstos se dijo: En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. A los tales se les debe considerar como mercenarios, no como hijos, pues a ellos señala el Apóstol cuando escribe: Anúnciese a Cristo, no importa si por oportunismo o por la verdad. Quiere que se vea en ellos a algunos que son mercenarios porque buscan sus intereses y, anunciando a Cristo, abundan en pan.

5. Se levantó y retornó. Había permanecido o bien en tierra, o bien con caídas continuas. Su padre lo ve de lejos y le sale al encuentro. Su voz está en el salmo: Conociste de lejos mis pensamientos. ¿Cuáles? Los que tuvo en su interior: Diré a mi padre: pequé contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de llamarme hijo tuyo, hazme como uno de tus mercenarios. Aunque ya pensaba decirlo, no lo decía aún; con todo, el padre lo oía como si lo estuviera diciendo. A veces se halla uno en medio de una tribulación o una tentación y piensa orar; con el mismo pensamiento reflexiona sobre lo que ha de decir a Dios en la oración, como hijo que por serlo solicita la misericordia del padre. Y dice en su corazón: «Diré a mi Dios esto y aquello; no temo que al decirle esto, al gemirle así, tapone sus oídos mi Dios». La mayor parte de las veces ya le está oyendo mientras dice esto, pues el mismo pensamiento no se oculta a los ojos de Dios. Cuando él se disponía a orar, estaba ya presente quien iba a estarlo una vez que empezase la oración. Por eso se dice en otro salmo: Dije, declararé al Señor mi delito. Ved cómo llegó a decir algo en su interior; ved su propósito. Y al momento añadió: Y tú perdonaste la impiedad de mi corazón.

¡Cuán cerca está la misericordia de Dios de quien se confiesa! No está lejos Dios de los contritos de corazón. Así lo tienes escrito: Cerca está el Señor de los que atribularon su corazón. Este ya había atribulado su corazón en la región de la miseria; a él había retornado para quebrantarle. Por soberbia había abandonado su corazón y lleno de ira había retornado a él. Se airó para castigar su propia maldad; había retornado para merecer la bondad del padre. Habló airado conforme a aquellas palabras: Airaos y no pequéis. Todo penitente que se aíra contra sí mismo, precisamente porque está airado, se castiga. De aquí proceden todos aquellos movimientos propios del penitente que se arrepiente y se duele de verdad. De aquí el tirarse de los cabellos, el ceñirse los cilicios y los golpes de pecho. Todas estas cosas son, sin duda, indicio de que el hombre se ensaña y se aíra contra sí mismo. Lo que hace externamente la mano, lo hace internamente la conciencia; se golpea en el pensamiento, se hiere y, para decirlo con verdad, se da muerte. Y dándose muerte ofrece a Dios el sacrificio del espíritu atribulado. Y Dios no desprecia el corazón contrito y humillado. Por tanto, angustiando, humillando e hiriendo su corazón le da muerte.

6. Aunque aún estaba en preparativos para hablar a su padre, diciendo en su interior: Me levantaré, iré y le diré, éste, conociendo de lejos su pensamiento, salió a su encuentro. ¿Qué quiere decir salir a su encuentro sino anticiparse con su misericordia? Estando todavía lejos, dice, le salió al encuentro su padre movido por la misericordia. ¿Por qué se conmovió de misericordia? Porque el hijo había confesado ya su miseria. Y corriendo hacia él se le echó al cuello. Es decir, puso su brazo sobre el cuello de su hijo. El brazo del Padre es el Hijo; le dio, por tanto, el llevar a Cristo, carga que no pesa, sino que alivia. Mi yugo es suave, dijo, y mi carga ligera. Se apoyaba sobre el erguido y apoyándose en él no le permitía caer de nuevo. Tan ligera es la carga de Cristo, que no sólo no oprime, sino que alivia. Y no como las cargas que se llaman ligeras: aunque ciertamente son menos pesadas, con todo, tienen su peso. Una cosa es llevar una carga pesada, otra llevarla ligera y otra no llevar carga alguna. A quién lleva una carga pesada se le ve oprimido; quien lleva una ligera, se siente menos oprimido, pero siempre oprimido; a quien, en cambio, no lleva carga alguna se le ve que anda con los hombros desembarazados. No es de este estilo la carga de Cristo.

Conviene que la lleves, para sentirte aligerado; si te la quitas de encima te encontrarás oprimido. Y, hermanos, no os parezca esto cosa imposible. Quizá encontremos algún ejemplo que haga palpable lo dicho. Tiene las dos cosas: maravilloso e increíble. Vedlo en las aves. Toda ave lleva sus alas. Mirad y ved cómo las pliega cuando desciende para descansar y cómo en cierto modo las coloca sobre los costados. ¿Crees que le son un peso? Quítaselo y caerán; cuanto menos peso de ese lleve el ave, tanto menos volará. Tú, pensando ser misericordioso, le quitas ese peso; pero si verdaderamente quieres ser misericordioso con ella, ahórrale tal cosa; o si ya le quitaste las alas, aliméntala para que crezca esa su carga y vuele sobre la tierra. Carga como ésta deseaba tener quien decía: ¿Quién me dará alas como de paloma y así volaré y descansaré? El haber echado el padre el brazo sobre el cuello del hijo le sirvió de alivio, no de opresión; le honró, no le abrumó. ¿Cómo, pues, es el hombre capaz de llevar a Dios, a no ser porque le lleva Dios, que es a su vez llevado?

7. El padre manda que se le ponga el primer vestido, el que había perdido Adán al pecar. Tras haber recibido en paz al hijo y haberlo besado, ordena que se le dé un vestido: la esperanza de la inmortalidad que confiere el bautismo. Manda asimismo que se le ponga anillo, prenda del Espíritu Santo, y calzado para los pies como preparación para el Evangelio de la paz, para que sean hermosos los pies del anunciador del bien. Todo esto lo hace Dios mediante sus siervos, es decir, a través de los ministros de la Iglesia. Pues ¿acaso dan los ministros el vestido, el anillo y los zapatos de su propio haber? Ellos cumplen su ministerio, se entregan a su oficio, pero quien otorga es aquel de cuya despensa y tesoro se toman estas cosas. También mandó matar un becerro bien cebado, es decir, se le admitió a la mesa en la que el alimento es Cristo muerto. A todo el que viene a parar a la Iglesia desde una región lejana se le mata el becerro cuando se le predica la muerte de Jesús y se le admite a participar de su cuerpo. Se mata un becerro bien cebado porque quien había perecido ha sido hallado.

8. El hermano mayor, cuando vuelve del campo, no quiere entrar, airado como está. Simboliza al pueblo judío que mostró esa animadversión incluso contra los que ya habían creído en Cristo. Porque los judíos se indignaban de que viniesen los gentiles desde tanta simplicidad, sin la imposición de las cargas de la ley, sin el dolor de la circuncisión carnal, a recibir en pecado el bautismo salvador y, por lo mismo, se negaron a comer del becerro cebado. Ciertamente, ya ellos habían creído, y explicándoseles el motivo, se tranquilizaron. Pensad ahora en cualquier judío que haya guardado en su corazón la ley de Dios y vivido sin tacha en el judaísmo, como dijo que había vivido Saulo, Pablo para nosotros, tanto mayor cuanto más pequeño se hizo y tanto más ensalzado cuanto en menos se tuvo—Pablo, en efecto, significa poco, pequeño; de aquí que digamos: «Poco después te hablaré o poco antes». Ved lo que significa paulo ante: un poco antes. ¿Qué significa, pues, Pablo? El mismo lo dijo: Yo soy el menor de los apóstoles—.

Este judío, pues, quienquiera que sea, que se tenga por tal y sea consciente de ello, que haya adorado desde su juventud al único Dios, al Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios anunciado por la ley y los profetas, y que haya observado los preceptos de la ley, comienza a pensar en la Iglesia al ver que el género humano corre tras el nombre de Cristo. El pensar en la Iglesia equivale a acercarse a casa desde el campo. Así está escrito: Al venir el hermano mayor del campo y acercarse a casa. Del mismo modo que el hijo menor aumenta diariamente entre los paganos que creen, así el hijo mayor, aunque raramente, vuelve a casa entre los judíos. Piensan en la Iglesia y se llenan de admiración ante ella: ven que la ley es suya y nuestra; que los profetas son suyos y nuestros; que ellos carecen de sacrificios y entre nosotros se ofrece el sacrificio cotidiano; ven que estuvieron en el campo del padre y, sin embargo, no comieron del becerro cebado.

9. Oyen asimismo la sinfonía y el coro que suena y canta en la casa. ¿Qué es la sinfonía? La concordia de las voces. Quienes no tocan al unísono, disuenan; los que concuerdan, tocan a la vez. Esta es la sinfonía que enseñaba el Apóstol cuando decía: Os ruego, hermanos, que digáis todos lo mismo y que no haya entre vosotros divisiones. ¿A quién no deleita esta sinfonía santa, es decir, el ir de acuerdo las voces, no cada una por su lado, sin nada inadecuado o fuera de tono que pueda ofender el oído de un entendido? La concordia pertenece a la esencia del coro. En el coro lo que agrada es la única voz que es el resultado de muchas otras, que, procediendo de todas, guarda la unidad, sin disonancias ni tonalidades discordantes.

10. El hijo mayor, al oír esa música en casa, enojado, no quería entrar. ¿No es frecuente que un judío, benemérito entre los suyos, se pregunte cómo pueden tanto los cristianos? «Nosotros tenemos las leyes paternas; Dios habló a Abrahán, de quien hemos nacido. Y la ley la recibió Moisés, quien nos libró de la tierra de Egipto, conduciéndonos a través del mar Rojo. Y he aquí que éstos, con nuestras Escrituras, cantan nuestros salmos por todo el mundo y ofrecen a diario un sacrificio, mientras que nosotros perdimos no sólo el sacrificio, sino también el templo». Pregunta a un siervo: «¿Qué sucede aquí?» Pregunte el judío a cualquier siervo, abra los profetas, abra al Apóstol, pregunte a quien quiera: ni el Antiguo ni el Nuevo Testamento callaron sobre la vocación de los gentiles.

Veamos en el siervo al que pregunta el libro examinado. Ahí encontrarás la Escritura que te dice: Tu hermano volvió y tu padre mató un becerro bien cebado, porque lo recobró sano. Dígale esto el siervo. ¿A quién recibió con salud el padre? A quien había muerto y revivió: a éste recibió para salvarle. Se debía la matanza de un becerro cebado a quien se marchó a una región lejana, pues habiéndose apartado de Dios se había convertido en un impío. Responde el siervo, el apóstol Pablo: En efecto, Cristo murió por los impíos. Malhumorado y airado, no entra; pero ante la invitación del padre entra quien no quiso hacerlo ante la respuesta del siervo. En verdad, hermanos míos, también ahora acontece esto. Con frecuencia, sirviéndonos de las Escrituras, convencemos de error a los judíos, pero quien habla es todavía el siervo; se enoja el hijo, y de esta forma, a pesar de estar vencidos, no quieren entrar. «¿Qué es todo esto?» Las voces de la sinfonía te han afectado, el coro te toca el corazón, la fiesta de la casa, el banquete y el becerro cebado te han conmovido. Nadie te excluye. Más ¿a quién dices esto? Mientras el siervo habla, se enfada el hijo y no quiere entrar.

11. Vuelve al Señor, que dice: Nadie viene a mí sino aquel a quien el Padre lo atrajere. Sale, pues, el padre y suplica al hijo; esto significa atraer. El superior puede más suplicando que obligando. Esto es lo que sucede, amadísimos, cuando algunos hombres, entregados al estudio de las Escrituras, oyen esto y, teniendo conciencia de sus buenas obras, llegan a decir al padre: Padre, no traspasé tu mandato. Entonces, al quedar convictos por las Escrituras y no teniendo qué responder, se aíran y oponen resistencia como queriendo vencer. Luego les dejas solos con sus pensamientos, y Dios comienza a hablarles interiormente. Esto es salir el padre y decir al hijo: «Entra y come».

12. Con todo, el hijo le responde: Mira, tantos años ha que te sirvo y jamás traspasé tu mandato y nunca me diste un cabrito para comerlo con mis amigos. Más he aquí que viene este hijo tuyo que malgastó su patrimonio con meretrices y le mataste un becerro cebado. Son pensamientos interiores en los que ya Dios habla de ocultas maneras; él reacciona y en su interior responde, no ya contestando al siervo, sino la súplica del padre que le amonesta con dulzura: «¿Qué es esto? Nosotros poseemos las Escrituras de Dios y no nos hemos apartado del único Dios; a ningún dios extraño hemos elevado nuestras manos.

Siempre le hemos reconocido como el único, siempre hemos adorado al mismo: al que hizo el cielo y la tierra, y, sin embargo, no hemos recibido el cabrito». ¿Dónde encontramos el cabrito? Entre los pecadores. ¿Por qué se queja este hijo mayor de que no se le dio un cabrito? Buscaba pecar y tomar el pecado como alimento; de aquí su amargura. Esto es lo que duele a los judíos: que volviendo en sí comprenden que no se les dio a Cristo porque le juzgaron cabrito. Reconocen su propia voz en el Evangelio, en la de los judíos sus antepasados, que decían: Sabemos que éste es pecador. Era becerro, pero al tomarle por cabrito, te quedaste sin ese alimento. Jamás me diste un cabrito: porque el padre no tenía por cabrito a quien sabía que era un becerro. Te hallas fuera; y dado que no has recibido el cabrito, entra ya al festín del becerro.

13. ¿Qué le responde el padre? Hijo, tú siempre estás conmigo. El padre atestiguó que los judíos siempre estuvieron con él, ya que siempre adoraron al único Dios. Tenemos el testimonio del Apóstol, que dice que los judíos estaban cerca y los gentiles lejos. Pues hablando a los gentiles, dice: Al venir Cristo os anunció la paz a vosotros que estabais lejos y también a los que estaban cerca. A los que estaban lejos como si fuera al hijo menor, mostrando que los judíos, puesto que no huyeron lejos a cuidar puercos, no abandonaron al único Dios, no adoraron a los ídolos ni sirvieron a los demonios. No hablo de la totalidad de los judíos; no penséis, pues, en los perdidos y sediciosos, sino en aquellos que son reprendidos por estos otros que guardan los preceptos de la ley y, aunque todavía no han entrado al festín del becerro cebado, ya pueden decir: No traspasé tu precepto; aquel a quien, cuando comience a entrar, dirá el padre: «Tú estás siempre conmigo.

Ciertamente estás conmigo, ya que no marchaste lejos, pero, sin embargo, para tu mal, estás fuera de casa. No quiero que estés ausente de mi festín. No envidies al hermano menor. Tú estás siempre conmigo». Dios no confirmó lo que, quizá con más jactancia que prudencia, aseguró: Nunca traspasé tu precepto, sino que le dijo: Tú estás siempre conmigo. No le dice: «Tú jamás traspasaste mi precepto». Lo que Dios le dijo es verdad; no, en cambio, aquello de lo que él temerariamente se jactó. Pues, aunque quizá traspasó algunos de los mandamientos, no se apartó del único Dios. Es, por tanto, verdad lo dicho por el padre: Tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. ¿Acaso porque es tuyo no es también de tu hermano? ¿Cómo es tuyo? Poseyéndolo en unión con él y no dividiéndolo con disputas. Todo lo mío, dijo, es tuyo. Al decir que es suyo, parece indicar como que se lo dio en posesión. ¿Acaso le sometió el cielo y la tierra o las excelencias angélicas?

No conviene entenderlo así, pues nunca se nos someterán los ángeles a cuya igualdad hemos de llegar, según promesa de la generosidad del Señor: Serán, dijo, iguales a los ángeles de Dios. Hay, sin embargo, otros ángeles a quienes juzgarán los santos. ¿No sabéis, dice el Apóstol, que juzgaremos a los ángeles? Hay ángeles santos desde siempre, pero también los hay pecadores. Seremos iguales a los ángeles buenos y juzgaremos a los malos. ¿Cómo puede decir todo lo mío es tuyo? Ciertamente, todo lo de Dios es nuestro, pero no todo nos está sometido. Una cosa es decir: «Mi siervo» y otra diferente decir: «Mi hermano». Al decir «mío» afirmas algo verdadero, puesto que aquello de lo que lo dices es tuyo, pero no puedes decirlo de la misma forma aplicado al hermano que al siervo. Una cosa es decir: «Mi casa» y otra «Mi mujer», como una cosa es decir: «Mi hijo», otra decir «Mi padre» o «Mi madre». Excluido yo, oigo decir todo es tuyo… «Dios mío», dices. Pero ¿es lo mismo decir «Dios mío» que decir «Siervo mío»? Digo «Dios mío» igual que «Señor mío». Tenemos, pues, a alguien superior: nuestro Señor, de quien podemos gozar, y tenemos las cosas inferiores, de las que somos dueños. Todo, por tanto, es nuestro si nosotros somos de él.

14. Todo lo mío, dijo, es tuyo. Si fueres obrador de paz, si te calmas, si gozas del regreso del hermano, si nuestro festín no te entristece, si no permaneces fuera de casa, aunque vengas del campo, todo lo mío es tuyo. Nos conviene, pues, festejarlo y alegrarnos, ya que Cristo ha muerto por los impíos y ha resucitado. Este es el significado de: Pues tu hermano estaba muerto y revivió; se había perdido y fue recuperado.
(SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 112A, 1-14, BAC Madrid 1983, 805-17)

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Aplicación: Benedicto XVI - el Padre misericordioso


Hoy la liturgia vuelve a proponer a nuestra meditación el capítulo XV del evangelio de san Lucas, una de las páginas más elevadas y conmovedoras de toda la sagrada Escritura. Es hermoso pensar que en todo el mundo, dondequiera que la comunidad cristiana se reúne para celebrar la Eucaristía dominical, resuena hoy esta buena nueva de verdad y de salvación: Dios es amor misericordioso. El evangelista san Lucas recogió en este capítulo tres parábolas sobre la misericordia divina: las dos más breves, que tiene en común con san Mateo y san Marcos, son las de la oveja perdida y la moneda perdida; la tercera, larga, articulada y sólo recogida por él, es la célebre parábola del Padre misericordioso, llamada habitualmente del "hijo pródigo".

En esta página evangélica nos parece escuchar la voz de Jesús, que nos revela el rostro del Padre suyo y Padre nuestro. En el fondo, vino al mundo para hablarnos del Padre, para dárnoslo a conocer a nosotros, hijos perdidos, y para suscitar en nuestro corazón la alegría de pertenecerle, la esperanza de ser perdonados y de recuperar nuestra plena dignidad, y el deseo de habitar para siempre en su casa, que es también nuestra casa.

Jesús narró las tres parábolas de la misericordia porque los fariseos y los escribas hablaban mal de él, al ver que permitía que los pecadores se le acercaran, e incluso comía con ellos (cf. Lc 15, 1-3). Entonces explicó, con su lenguaje típico, que Dios no quiere que se pierda ni siquiera uno de sus hijos y que su corazón rebosa de alegría cuando un pecador se convierte.

La verdadera religión consiste, por tanto, en entrar en sintonía con este Corazón "rico en misericordia", que nos pide amar a todos, incluso a los lejanos y a los enemigos, imitando al Padre celestial, que respeta la libertad de cada uno y atrae a todos hacia sí con la fuerza invencible de su fidelidad. El camino que Jesús muestra a los que quieren ser sus discípulos es este: "No juzguéis..., no condenéis...; perdonad y seréis perdonados...; dad y se os dará; sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6, 36-38). En estas palabras encontramos indicaciones muy concretas para nuestro comportamiento diario de creyentes.

En nuestro tiempo, la humanidad necesita que se proclame y testimonie con vigor la misericordia de Dios. El amado Juan Pablo II, que fue un gran apóstol de la Misericordia divina, intuyó de modo profético esta urgencia pastoral. Dedicó al Padre misericordioso su segunda encíclica, y durante todo su pontificado se hizo misionero del amor de Dios a todos los pueblos. Después de los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, que oscurecieron el alba del tercer milenio, invitó a los cristianos y a los hombres de buena voluntad a creer que la misericordia de Dios es más fuerte que cualquier mal, y que sólo en la cruz de Cristo se encuentra la salvación del mundo.

La Virgen María, Madre de la Misericordia, a quien ayer contemplamos como Virgen de los Dolores al pie de la cruz, nos obtenga el don de confiar siempre en el amor de Dios y nos ayude a ser misericordiosos como nuestro Padre que está en los cielos.
(Ángelus, Domingo 16 de septiembre de 2007)

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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. La oveja perdida Mt 18, 12-14 (Lc 15, 4-7)

Esta parábola aparece en Mateo y Lucas. La parábola resalta la misericordia de Jesús.

Mateo la incluye en un diálogo de Jesús con sus discípulos, en cambio, Lucas como réplica a las murmuraciones de los fariseos. Mateo dice que el hombre deja las noventa y nueve ovejas en los montes y se va a buscar la descarriada y si la llega a encontrar se alegrará más que por las otras. Lucas dice que las deja en el desierto y busca a la descarriada hasta encontrarla y la carga sobre sus hombros. Ambos evangelistas hacen referencia a la alegría por haberla encontrado y Lucas agrega que llamó a sus vecinos y amigos para que se congratulasen con él. Mateo concluye diciendo “no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños”, en cambio, Lucas “hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión”.

Mateo la pone después de hablar del escándalo, Lucas como refutación a la crítica de los fariseos, además, le agrega dos parábolas más: la de la dracma y la del hijo pródigo.

Analicemos la parábola. Hay rasgos que parecen ilógicos, por ejemplo, Cristo da como algo común el dejar noventa y nueve ovejas solas para ir a buscar una y no la más tranquila supuestamente. La busca muchísimo por lo que se deduce del Evangelio. Con alegría la carga sobre los hombros. Tiene más alegría por encontrar la oveja perdida (Mt), convoca a los amigos para decirles la nueva.

La lógica divina es muy distinta de nuestra lógica. Los caminos de Dios son distintos de los caminos del hombre. Jesús habla con un lenguaje indirecto.

En Mateo dirigiéndose a sus discípulos les habla con humor para que dejen de ser mezquinos en la confianza para con Él. Les enseña una confianza sin límites en Él que por misericordia se ha hecho hombre para salvar a los hombres. Están hablando con Jesús de que hay que hacerse como niños y el que se haga como un niño es el mayor en el reino. Quiere que se hagan como niños confiando totalmente en Él y aprendan de Él el amor a las almas.

En Lucas dirigiéndose a los fariseos que murmuran porque acoge a los publicanos y pecadores les habla irónicamente, juntando a esta parábola la de la dracma y la del hijo pródigo. La ironía quiere hacerles ver que Él ha venido como Salvador a perdonar los pecados y a rescatar del extravío a los pecadores y que Dios se regocija por la conversión del pecador y todo el cielo también se alegra con Dios. Tienen que dejar de ver según sus pensamientos humanos y carnales apegados a la letra para dejarse llevar por el Espíritu. Cristo es la misericordia de Dios hecha hombre. Jesús es la divina misericordia.

Jesús nos llama a la conversión. Se presenta como el pastor que recorre infinidad de caminos para buscar a la oveja descarriada, quiere que nos volvamos a Él. Ningún hombre sobre la tierra en estado de viador está seguro como las noventa y nueve ovejas de la parábola, esas no necesitan conversión, todos nosotros sí. De alguna manera, en esta vida todos somos ovejas descarriadas.

Sobre la conclusión de Mateo: “no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños”.
“Llama pequeños a los imperfectos en el conocimiento”.
“Hay un tiempo para perder y un tiempo para salvar. Hubo un tiempo en que el diablo echó a perder al hombre: pero de nuevo vino el tiempo en que el Hijo de Dios salvó al linaje humano para la vida”.

“Son pequeñitos aquellos que hace poco tiempo que han nacido en Cristo, o aquellos, que no pudiendo avanzar, están como si acabaran de nacer. No tuvo el Señor necesidad de mandar que no se despreciase a los fieles más perfectos, sino a los pequeñitos, como ya lo había mandado antes: Si alguno escandalizare a alguno de estos pequeñitos (Mt 18, 6), etc. Además, bajo la palabra pequeñitos quizá quisiera comprender aquí también a los perfectos, según el modo que tuvo de expresarse en otro lugar (Lc 9, 48): El que fuere más pequeño entre vosotros, éste será el mayor, etc.”.

“O también, porque los que son perfectos, son mirados por muchos como pequeñitos, es decir, pobres y despreciables”.

“Debemos considerar por qué confiesa el Señor, que se alegra más por la conversión de los pecadores, que por la estabilidad de los justos. Es porque los que tienen seguridad de no haber cometido pecados graves, están perezosos muchas veces para cumplir los deberes más elevados, mientras que, por el contrario, a los que tienen conciencia de haber obrado mal, el sentimiento de su dolor los inflama más en el amor divino y como ven que han andado errantes lejos de Dios, recompensan con las ganancias posteriores las pérdidas anteriores; de esta manera el general prefiere al soldado, que después de huir, vuelve al enemigo y le acomete con valor, a aquel que no ha vuelto jamás la espalda, pero que jamás ha acometido ni ha hecho cosa alguna con valor.

 Pero también hay algunos justos que causan tanta alegría, que bajo ningún concepto se les puede posponer a ningún penitente; éstos, aunque no les arguya su conciencia de falta alguna, sin embargo, desprecian hasta lo que les es permitido y son humildes en todas las ocasiones. ¿Cuán grande alegría, pues, no proporciona el justo cuando llora en la humillación, siendo tan grande la que causa el pecador cuando condena el mal que ha hecho?”.

“Lo mismo puede exceder un inocente a un penitente que éste a aquél, porque, sea inocente o penitente, el mejor y más amado es el que mayor caudal de gracia tiene. Sin embargo, en igualdad de condiciones, la más digna y más amada es la inocencia. Y si, a pesar de esto, se dice que Dios se alegra más por el penitente que por el inocente, es debido a que, de ordinario, los pecadores arrepentidos son más cautos, más humildes y más fervorosos [...]

Puede decirse también que un mismo don de gracia representa más para el penitente, que mereció castigo, que para el inocente, que no lo mereció; como la misma cantidad de dinero constituye un don mayor cuando se da a un mendigo que cuando se entrega a un rey”.


* * *

¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada? Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños.

“¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció el pensamiento del Señor?”.

“La Ciencia (de Dios) es misteriosa para mí, harto alta, no puedo alcanzarla [...] Mas para mí ¡qué arduos son tus pensamientos, oh, Dios, qué incontable su suma!”.
“¿Quién abarcó el espíritu de Yahveh, y como consejero suyo le enseñó?”.
“Cuya inteligencia es inescrutable”.
“Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres”.

“¿Quién conoció la mente del Señor para instruirle?”.

No podemos saber la razón última de los pensamientos y del obrar de Dios, ¿Por qué obra de esta manera o de aquella? Nuestra mente es limitada, sólo podemos conocer lo que nos supera por su revelación misericordiosa. Sólo podemos conocer su manera de obrar y quizá podemos dar razones de conveniencia de su obrar pero siempre desde el punto de vista de nuestra razón limitada.

Así podemos constatar su obrar en esta parábola de la oveja perdida y en muchos pasajes del Evangelio, un obrar un tanto extraño al nuestro.

¿Por qué ir a buscar una oveja extraviada dejando noventa y nueve en los montes? Se nota una solicitud extrema del pastor por cada una de las ovejas, es la solicitud de Dios por cada alma. Dios quiere que todos los hombres se salven y se salvan en el redil de Dios o por el redil de Dios. No hay salvación fuera de la Iglesia.

¿De dónde nace esa solicitud de Dios? Nace de su amor. Él por amor nos creó y ama la obra de sus manos, en especial a los hombres. Su amor es eterno y gratuito. Elige a los que Él quiere para que sean y los llama a la vida eterna.

Valemos mucho para Dios. Valemos la Sangre de su Hijo único, “nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de expiación por nuestros pecados”. Dios nos conserva en el ser por su providencia y trabaja en todas las cosas y en nosotros mismos, sin violentar nuestra libertad, para que nos santifiquemos, para que no nos perdamos lejos de Él.

Para Dios ninguno está perdido del todo en esta vida.

Dios busca a las almas. A lo largo de la vida de cada alma Dios se muestra un pastor tras la oveja descarriada. Siempre la busca hasta que la encuentra, o más bien, el alma a Él. Pero la conversión es una búsqueda de Dios hasta que el alma se da cuenta que lo que ella busca es Dios. El alma extraviada se topa con Dios. Muchas veces huye hasta que agotada y purificado su egoísmo se vuelve a Dios.

Hay almas que definitivamente se cierran a Dios, quieren voluntariamente estar extraviadas, perdidas y Dios respeta su libertad.

Nosotros muchas veces damos por perdidos a los hombres, nos cansamos en seguida de buscarlos porque nuestros criterios son mezquinos, pusilánimes. Los dejamos perdidos, total... tenemos noventa y nueve ovejas. ¿Por qué esa falta de solicitud? Por falta de amor. Lo que no cuesta no se valora y no cuesta lo que no se ama.

Se valora más la ardua conquista, aunque sea pequeña, que la cómoda posesión aunque sea grande, y la conquista ardua produce más gozo, “y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas”.

Ese arremeter con fuerzas para conquistar, aquí la búsqueda sacrificada de la oveja extraviada, es generado por el amor al objeto amado que se quiere poseer. En el caso de Dios para que el alma perdida se encuentre con Él que es el Bien que busca.

Dios parece interesadísimo por cada una de las almas y eso que nada le agrega la criatura a Dios. Él es perfecto y quiere ser el objeto de amor de todos los hombres para que los hombres alcancen la felicidad y la perfección que buscan. Ese amor es el que lo lleva a desvivirse por nosotros y quiere que nosotros hagamos lo mismo con nuestros hermanos.

Un detalle interesante en esta parábola y en todas las de la misericordia es que los que son encontrados se han quedado solos, situación del pecador y de los condenados.

La parábola de la oveja perdida manifiesta el fin de la Encarnación: la salvación de los hombres y el nombre del encarnado: Jesús, el Salvador.

Jesús quiere salvar a todos y le importa mucho salvar al descarriado dejando para ello a las ovejas que están en el redil. ¿Por qué? Porque “no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños”.

Nosotros, si queremos ser como Jesús “Buen Pastor”, tenemos que buscar a los pecadores, ayudarlos a salir de su pecado sin ahorrar esfuerzos ni fatigas, en especial, a los más necesitados de la misericordia divina y no tenemos que hacer difícil su retorno al redil trayéndolos a los golpes, regañando y con improperios porque ya es difícil el volver y es una gracia quererlo. Aprendamos de Jesús. El cargó sobre sus hombros a la oveja descarriada, cargó parte de su pecado o todo, aunque falta cargar en cada una de las ovejas descarriadas su cruz, y la trajo alegremente de regreso.

Esta actitud divina choca a nuestra lógica humana, la aniquila, porque debemos empezar a pensar, querer y vivir como Dios y no querer que Dios piense, quiera y viva como nosotros.

Ayudémonos unos a otros a llevar nuestras cargas, busquémonos entre nosotros para vivir juntos en el redil de Jesús, no nos desentendamos de las ovejas errantes, de los pecadores, porque si estamos entre las noventa y nueve ovejas del redil todavía no estamos confirmados en ese estado, además, alguna o muchas veces nos trajeron en hombros porque errábamos alejados ¿o acaso hay alguno que no fue oveja errante? ¿Y de las noventa y nueve cuál no fue rescatada por la Sangre de Jesús?

Notas
Cf. Is 55, 8
Teodoro de Heraclea, La Biblia Comentada por los Padres de la Iglesia, Nuevo Testamento (1 b), Ciudad Nueva Madrid 2006, 104.
Si 3, 6
Cromacio de Aquileya, La Biblia Comentada por los Padres de la Iglesia, Nuevo Testamento (1 b)…, 105.
S. Tomás, Catena Áurea…, Orígenes a Mt 18, 10-14
S. Tomás, Catena Áurea…, San Juan Crisóstomo a Mt 18, 10-14
S. Tomás, Catena Áurea…, San Gregorio a Mt 18, 10-14
I, 20, 4 ad 4.
Rm 11, 33-34
Sal 138, 6.17
Is 40, 13
Is 40, 28
1 Co 1, 25
1 Co 2, 16
1 Tm 2, 3
Catecismo de la Iglesia Católica nº 846. Asociación de Editores del Catecismo Bilbao 19979. En adelante Cat. Igl. Cat.
Rm 9, 29-30
1 Jn 4, 10
Cf. E.E. nº 235-6
Cf. Col 1, 24

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Directorio Homilético Vigésimo cuarto domingo del Tiempo Ordinario

CEC 210-211: Dios de la misericordia
CEC 604-605, 1846-1848: Dios tiene la iniciativa de la Redención
CEC 1439, 1700, 2839: el hijo pródigo, ejemplo de conversión
CEC 1465, 1481: el hijo pródigo y el Sacramento de la Penitencia

"Dios misericordioso y clemente"

143Tras el pecado de Israel, que se apartó de Dios para adorar al becerro de oro (cf. Ex 32), Dios escucha la intercesión de Moisés y acepta marchar en medio de un pueblo infiel, manifestando así su amor (cf. Ex 33,12-17). A Moisés, que pide ver su gloria, Dios le responde: "Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad (belleza) y pronunciaré delante de ti el nombre de YHWH" (Ex 33,18-19). Y el Señor pasa delante de Moisés, y proclama: "YHWH, YHWH, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad" (Ex 34,5-6). Moisés confiesa entonces que el Señor es un Dios que perdona (cf. Ex 34,9).

144El Nombre Divino "Yo soy" o "El es" expresa la fidelidad de Dios que, a pesar de la infidelidad del pecado de los hombres y del castigo que merece, "mantiene su amor por mil generaciones" (Ex 34,7). Dios revela que es "rico en misericordia" (Ef 2,4) llegando hasta dar su propio Hijo. Jesús, dando su vida para librarnos del pecado, revelará que él mismo lleva el Nombre divino: "Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy" (Jn 8,28)

Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

604 Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19). "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5, 8).

605 Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: "De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños" (Mt 18, 14). Afirma "dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: "no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo" (Cc Quiercy en el año 853: DS 624).

I LA MISERICORDIA Y EL PECADO

1846 El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores (cf Lc 15). El ángel anuncia a José: "Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1,21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús dice: "Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26,28).

1847 "Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin nosotros" (S. Agustín, serm. 169,11,13). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. "Si decimos: `no tenemos pecado', nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia" (1 Jn 1,8-9).

1848 Como afirma S. Pablo, "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rm 5,20). Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos "la justicia para vida eterna por Jesucristo nuestro Señor" (Rm 5,20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado:

La conversión exige la convicción del pecado, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: "Recibid el Espíritu Santo". Así, pues, en este "convencer en lo referente al pecado" descubrimos una "doble dádiva": el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito (DeV 31).

1439 El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada "del hijo pródigo", cuyo centro es "el Padre misericordioso" (Lc 15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.

1700. La dignidad de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios (artículo 1); se realiza en su vocación a la bienaventuranza divina (artícul o 2). Corresponde al ser humano llegar libremente a esta realización (artículo 3). Por sus actos deliberados (artículo 4), la persona humana se conforma, o no se conforma, al bien prometido por Dios y atestiguado por la conciencia moral (artículo 5). Los seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el interior: hacen de toda su vida sensible y espiritual un material de su crecimiento (artículo 6). Con la ayuda de la gracia crecen en la virtud (artículo 7), evitan el pecado y, si lo cometen, recurren como el hijo pródigo (cf. Lc 15,11-31) a la misericordia de nuestro Padre del cielo (artículo 8). Así acceden a la perfección de la caridad.

Perdona nuestras ofensas

2839 Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a él, como el hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32) y nos reconocemos pecadores ante él como el publicano (cf Lc 18, 13). Nuestra petición empieza con una "confesión" en la que afirmamos al mismo tiempo nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, "tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados" (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (cf Mt 26, 28; Jn 20, 23).

1465 Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.

1481 La liturgia bizantina posee expresiones diversas de absolución, en forma deprecativa, que expresan admirablemente el misterio del perdón: "Que el Dios que por el profeta Natán perdonó a David cuando confesó sus pecados, y a Pedro cuando lloró amargamente y a la pecadora cuando derramó lágrimas sobre sus pies, y al publicano, y al pródigo, que este mismo Dios, por medio de mí, pecador, os perdone en esta vida y en la otra y que os haga comparecer sin condenaros en su temible tribunal. El que es bendito por los siglos de los siglos. Amén."

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Aplicación: P. Alfredo Sáenz, S. J. - La misericordia de Dios

El evangelio de hoy nos ofrece las tres “parábolas de la misericordia” de Dios para con los hombres, que ocupan el capítulo 15 del evangelio de San Lucas, “el escritor de la mansedumbre de Cristo”, como lo llamó San Jerónimo. Son las parábolas de la oveja perdida, de la dracma extraviada y del hijo pródigo. Las tres coinciden en exaltar la misericordia de un Dios que no se cansa de buscar a los pecadores para exhortarlos a la conversión. Bien se ha elegido como primera lectura, a modo de umbral de la perícopa evangélica, aquel texto del Éxodo en que Dios muestra su indignación frente al pueblo sobre el que había derramado tantos beneficios, y que ahora se fabrica un becerro de oro para prosternarse delante de él y ofrecerle sacrificios, como si ese becerro fuese el que los hubiera sacado de Egipto y la consiguiente esclavitud. Dios pide a Moisés que “le permita” enojarse con ellos y destruirlos. Pero Moisés logra aplacar al Señor recordándole sus antiguos y abundantes favores. Podríamos decir que esa “paciencia” de Dios con su pueblo prevaricador, tal cual se manifestó en el Antiguo Testamento, reflorece ahora en Cristo, en su inmensa misericordia.

Oveja, dracma, hijo pródigo: he aquí tres semejanzas que nos propone el Señor para visibilizar, por así decirlo, la misericordia de Dios. Las tres parábolas concluyen con una especie de estribillo, prácticamente idéntico, donde siempre aparecen los términos “perdido” y “encontrado”: “encontré a la oveja que se me había perdido”, “encontré la dracma que había perdido”, “tu hermano estaba perdido y ha sido encontrado”. No es extraño, ya que, como lo afirmara el mismo Cristo en otra ocasión, si el Hijo de Dios vino al mundo, fue para “buscar y salvar lo que se había perdido”.

La parábola de la oveja perdida describe con toda naturalidad una escena pastoril bien conocida por los oyentes de Jesús. Todos los días, los habitantes de Palestina veían cómo los pastores conducían su rebaño hacia los pastos; fácilmente alguna oveja se extraviaba en esos terrenos salpicados de espinosos matorrales, y plagados de rocas y de cuevas. Igualmente familiar era la imagen de la moneda perdida: un accidente doméstico frecuente en cualquier hogar humilde de Palestina, en aquellas casitas compuestas de una sola habitación, iluminada únicamente por la puerta de entrada, y que tenían por suelo la roca o tierra apisonada. La pobre mujer, presa del sobresalto, busca minuciosamente su moneda; la oscuridad de la habitación explica que encendiera en pleno día la lámpara de tierra cocida; luego barre, metro por metro, cambiando de lugar los muebles y enseres de la casa para ver si la moneda se hallaba debajo de alguno de ellos. No es improbable que al relatar esta escena tan familiar, Jesús se acordase de su propia Madre, en Nazaret… Y qué decir de la parábola del hijo pródigo, una escena quizás más infrecuente, pero no menos impactante y conmovedora, que podía suceder en cualquier familia. Allí resalta la figura del padre, siempre a la espera del hijo perdido, siempre dispuesto a ofrecerle el abrazo de la reconciliación.

Dios ha extraviado una moneda, un alma, ha perdido su Imagen. Porque así como la moneda romana llevaba representada la efigie del César, de manera semejante el alma lleva en sí la imagen del Señor. Para encontrarla, Dios prende la lámpara, encendiendo en el barro de nuestra humanidad el fuego del Verbo que en ella se encarna. Y de este modo se ilumina de nuevo la imagen empañada por el polvo del piso.

Asimismo el Señor ha querido compararse con un pastor que, perdiendo una de sus ovejas, deja a las noventa y nueve restantes en el redil para abocarse a su búsqueda. Y también con un padre que sale todos los días a la puerta de la casa solariega, para ver si en lontananza llega a vislumbrar la figura del hijo que retorna.

El tema de la misericordia de Dios es uno de los llamados “temas bíblicos”, es decir, uno de esos temas que se reiteran a lo largo de toda la Sagrada Escritura. Como nos lo mostró el texto del Éxodo que hoy hemos escuchado, ya en el Antiguo Testamento se revela “rico en misericordia”. Con inmensa ternura habla así de su pueblo a través del profeta Oseas: “Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Yo le enseñé a caminar, lo tuve en mis brazos, lo atraje con cuerdas humanas, con lazos de amor; fui para él como quien alza una creatura hasta tocar sus mejillas, y me inclinaba hacia él para darle de comer”.

Más que padre parece casi una madre, o mejor, es padre y madre a la vez. No en vano en una de las parábolas de la perícopa evangélica que nos ocupa, el Señor se personifica en un hombre que pierde una oveja, y en otra en una mujer que busca su moneda. Dios no tiene sexo, tiene algo de padre y algo de madre. Asimismo quiso revelarse bajo la forma del pastor que apacienta a su pueblo elegido: “Los conducirá el que ha tenido misericordia de ellos –dice Isaías– y a manantiales de agua los guiará”. Y también bajo la imagen del esposo que se compadece de su esposa, adúltera y pecadora, que es Israel.

Todo esto resulta ya advertible en el Antiguo Testamento. Pero es en Cristo en quien Dios revela sin ambages sus entrañas de misericordia, en ese Cristo que no disimula su predilección por los humildes, en ese Cristo que se muestra amigo de los publicanos y pecadores. Precisamente las tres parábolas que integran el texto evangélico de hoy fueron pronunciadas a raíz de que los fariseos y escribas murmuraban al ver cómo acogía a los publicanos y pecadores que se acercaban a Él para oírle. Cuando el Evangelio quiere destacar la bondad de Jesús, sobre todo cuando describe las acciones misericordiosas que proceden de su misión mesiánica, emplea con frecuencia la expresión “se conmovió hasta las entrañas, tuvo piedad”, como por ejemplo al ver a las multitudes que lo seguían como ovejas sin pastor. En la parábola del deudor sin entrañas, Él es el que se apiadó; Él es el Buen Samaritano que “se movió a compasión”; Él es el padre que, al ver regresar a su hijo pródigo, se “conmovió profundamente” y corrió a abrazarlo. ¡Admirable filantropía divina, increíble amor de Dios por el hombre!

El poeta inglés Francis Thompson, en su poesía “El lebrel del cielo”, uno de los poemas más geniales de la lengua inglesa, concibe a Dios al modo de un galgo que persigue al pecador fugitivo. Dios corre tras él con la perseverancia de un lebrel. A veces la liebre se cree segura pero, al escuchar los ladridos que se acercan, retoma su huida. El lebrel no abandona la presa, una presa que propiamente no es tal, ya que huye sin darse cuenta de que quien la persigue busca su propio bien, inconsciente de la felicidad que la acosa. Así busca el Señor a su oveja, a su moneda, hasta cansarse, hasta el extremo, hasta llegar incluso a dar la vida por ella.

Admiremos la comprensión que el Señor muestra por el pecador, por la oveja perdida, por el hijo pródigo que retorna. No es, por cierto, una comprensión como la nuestra. Nosotros únicamente comprendemos bien a aquellos que obran como nosotros mismos obramos o como seríamos susceptibles de obrar. Comprendemos la flaqueza de los demás porque tenemos experiencia de la nuestra. Nuestras compasiones encubren una suerte de complicidad más o menos declarada. En cambio la misericordia de Cristo está libre de estas turbias inferencias, porque Él no conoció el pecado. Por eso nadie es capaz de comprender como Él, con mayor fuerza que Él. Así es el Cristo que me comprende, me busca, me carga sobre sus hombros, me da el abrazo de la reconciliación. Pero sólo con una condición: que yo no me resista. No quiere forzarme. A un padre no le agrada forzar la voluntad de su hijo. De mi parte debo convertirme, es decir, darme vuelta, enfilar en otra dirección, volverme totalmente hacia Él.

Si así lo hago, el Señor no vacilará en cargarme sobre sus hombros. Y se alegrará intensamente, dispondrá una fiesta con el becerro. Es el misterio de la Alegría de Dios, al que hace eco la liturgia, al cantar gozosamente: O felix culpa, quae talem ac tantum meruit redemptorem (Oh feliz culpa, que nos mereció un Redentor tal y tan grande). Alegría y gloria en el cielo: gloria del Padre porque ve que su imagen, grabada en la moneda, ha recuperado su prístino esplendor; gloria del Hijo, porque en la oveja encontrada triunfa su obra redentora; gloria del Espíritu, porque ha florecido el amor entre el padre y el pródigo. Gloria universal, gozo cósmico.

Dentro de pocos instantes nos acercaremos a la mesa de la Eucaristía, para recibir a Jesucristo, provocando la alegría de los ángeles de Dios. Pidámosle entonces que nos afirme sólidamente sobre los hombros de su misericordia, para que ya desde ahora podamos entonar el cántico de la gratitud que perdurará por una eternidad, repitiendo una y otra vez con el salmista: Misericordias Domini in aetemum cantabo, cantaré eternamente las misericordias del Señor.
ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida – Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed.Gladius, 1994, pp. 260-264.



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Aplicación: San Alberto Hurtado - “¡Éste recibe a los pecadores!”


“¡Éste recibe a los pecadores!” es la acusación que lanzaban contra Jesucristo hipócritamente escandalizados los fariseos (Lc 15,2). “¡Éste recibe a los pecadores!” Y ¡es verdad! Esas palabras son como la divisa exclusiva de Jesucristo. ¡Ahí pueden escribirse sobre esa cruz, en la puerta de ese Sagrario!

Divisa exclusiva porque si no es Jesucristo, ¿quién recibe misericordiosamente a los pecadores? ¿Acaso el mundo?… ¿El mundo?… ¡por Dios!, si se nos asomara a la frente toda la lepra moral de iniquidades que quizás ocultamos en los repliegues de la conciencia, ¿qué haría el mundo sino huir de nosotros gritando escandalizado: ¡Fuera el leproso!? Rechazarnos brutalmente diciéndonos, como el fariseo, ¡apártate que manchas con tu contacto!

El mundo hace pecadores a los hombres, pero luego que los hace pecadores, los condena, los escarnece, y añade al fango de sus pecados el fango del desprecio. Fango sobre fango es el mundo: el mundo no recibe a los pecadores. A los pecadores no los recibe más que Jesucristo.

San Juan Crisóstomo: Miserere mei Deus, ¡Dios mío, ten misericordia de mí! ¿Misericordia pides? ¡Pues nada temas! Donde hay misericordia no hay pesquisas judiciales sobre la culpa, ni aparato de tribunales, ni necesidad de alegar razonadas excusas. ¡Grande es la borrasca de mis pecados, Dios mío! Mayor es la bonanza de tu misericordia!

Jesucristo, luego que apareció en el mundo, ¿a quién llama? ¡A los magos! ¿Y después de los magos? ¡Al publicano! Y después del publicano a la meretriz, ¿y después de la meretriz? ¡Al salteador! ¿Y después del salteador? Al perseguidor impío.

¿Vives como un infiel? Infieles eran los magos. ¿Eres usurero? Usurero era el publicano. ¿Eres impuro? Impura era la meretriz. ¿Eres homicida? Homicida era el salteador. ¿Eres impío? Impío era Pablo, porque primero fue blasfemo, luego apóstol; primero perseguidor, luego evangelista… No me digas: “soy blasfemo, soy sacrílego, soy impuro”. Pues, ¿no tienes ejemplo de todas las iniquidades perdonadas por Dios?

¿Has pecado? Haz penitencia. ¿Has pecado mil veces? Haz penitencia mil veces. A tu lado se pondrá Satanás para desesperarte. No lo sigas, antes bien recuerda las 5 palabras “éste recibe a los pecadores” que son grito inefable del amor, efusión inagotable de misericordia, y promesa inquebrantable de perdón.

Cuán hermoso es tornando a tus huellas
De nuevo por ellas
seguro correr
No es tan dulce tras noche sombría
la lumbre del día
que empieza a nacer.
(San Alberto Hurtado, Un disparo a la eternidad, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 2005, p. 216-217)

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Aplicación: San Juan Pablo II - El Padre misericordioso

1- La conversión

“Me levantaré e iré a mi padre” (Lc 15,18). En esta profunda parábola de Cristo se contiene de hecho todo el eterno problema del hombre: el drama de la libertad, el drama de la libertad mal utilizada.

El hombre ha recibido de su Creador el don de la libertad. Con su libertad puede organizar y configurar esta tierra, realizar las maravillosas obras del espíritu humano de las cuales está lleno este país y todo el mundo.

Pero la libertad tiene un precio. Todos los que son libres deberían preguntarse: ¿hemos conservado nuestra dignidad en la libertad? Libertad no significa capricho. El hombre no puede hacer todo lo que puede o le agrada. No hay libertad sin lazos. El hombre es responsable de sí mismo, de los hombres y del mundo. Es responsable ante Dios. Una sociedad que convierte en bagatela la responsabilidad, la ley y la conciencia hace tambalear los fundamentos de la vida humana. El hombre sin responsabilidad se precipitará en los placeres de esta vida y, como el hijo pródigo, caerá en dependencias, perdiendo su patria y su libertad. Abusará con egoísmo desconsiderado de los otros hombres o se aferrará insaciablemente a bienes materiales. Donde no se reconocen el ligamen con los valores últimos, fracasan el matrimonio y la familia, se minusvalora la vida del otro, sobre todo de los que aún no han nacido, de los ancianos y de los enfermos. De la adoración a Dios se pasa a adorar el dinero, el prestigio o el poder.

¿No es también toda la historia de la humanidad una historia de la libertad mal usada? ¿No siguen muchos también hoy el camino del hijo pródigo? Se encuentran ante una vida rota, amores traicionados, miseria culpable, llenos de miedo y de dudas. “Han pecado y han perdido la gloria de Dios” (Rom 3,23). Se preguntan: ¿Donde he caído? ¿Dónde hay una salida?

2- La misericordia de Dios

En la parábola de Cristo, el hijo pródigo es el hombre que ha utilizado mal su libertad -es decir, ha pecado-: las consecuencias que pesan sobre las conciencias del individuo así como las que van en perjuicio de la vida de las diferentes comunidades humanas y en su entorno, en perjuicio, incluso, de los pueblos y de la entera humanidad (cfr. G et S 13). El pecado significa una depreciación del hombre: contradice su auténtica dignidad y deja, además, heridas en la vida social. Ambas oscurecen la visión del bien y arrebatan a la vida humana la luz de la esperanza.

Con todo, la parábola de Cristo no permite que nos quedemos en la triste situación del hombre caído en pecado con toda la postración que ello comporta. Las palabras “me levantaré e iré a mi padre” nos permiten percibir en el corazón del hijo pródigo el ansia del bien y la luz de la esperanza infalible. En esas palabras se le abre la perspectiva de la esperanza. Tal perspectiva se presenta siempre ante nosotros, dado que todo hombre y la entera humanidad pueden levantarse conjuntamente e ir al Padre. Esta es la verdad que está en el núcleo de la Buena Nueva.

Las palabras “Me levantaré e iré a mi padre” revelan la conversión interior. Pues el hijo pródigo continúa: “Le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc 15,18). En el centro de la Buena Nueva aparece la verdad sobre la metanoia, la conversión: la conversión es posible; y la conversión es necesaria.

¿Y por qué esto es así? Porque aquí se revela lo que hay en lo más profundo del alma de cada hombre y que, a pesar del pecado, incluso mediante el pecado, continúa vivo y en acción: Esa hambre insaciable de verdad y de amor que testimonia cómo el espíritu del hombre tiende hacia Dios por encima de todo lo creado. Este es el punto de partida de la conversión por parte del hombre.

3- Confesión y Santa Misa

A él corresponde el punto de partida por parte de Dios. En la parábola se presenta ese punto de partida con una sencillez impresionante y, al mismo tiempo, con una gran fuerza de convicción.
El padre espera. Espera la vuelta del hijo pródigo como si estuviera ya seguro de que tendría que volver. El padre sale a las calles por donde podría regresar el hijo. Quiere salir a su encuentro.
En esa misericordia se revela el amor con que Dios ha amado al hombre desde el principio en su Hijo eterno (cfr. Ef 1,4-5). El amor que, oculto desde toda la eternidad en el corazón del Padre, se ha manifestado en nuestros días a través de Jesucristo. La cruz y la resurrección constituyen el punto culminante de esa revelación.

En el signo de la cruz continúa siempre presente el punto de partida divino en cada una de las conversiones que acontezcan en la historia del hombre y de la humanidad. Pues en la cruz ha descendido a la humanidad de una vez para siempre el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; un amor que nunca se agota. Convertirse significa entrar en contacto con ese amor y acogerlo en el propio corazón; significa construir sobre la base de ese amor nuestra conducta futura.

Es esto precisamente lo que ocurrió en la vida del hijo pródigo cuando decidió: “Me levantaré e iré a mi padre”. Pero al propio tiempo tuvo conciencia clara de que, al volver al padre, debía reconocer su falta: “Padre he pecado” (Lc 15,18). Convertirse es reconciliarse. Y la reconciliación se realiza únicamente cuando se reconocen los propios pecados. Reconocer los propios pecados significa dar testimonio de la verdad de que Dios es Padre; un padre que perdona. A quien testimonia esta verdad al reconocer su pecado lo vuelve a acoger el Padre como hijo suyo. El hijo pródigo es consciente de que sólo el amor paternal de Dios puede perdonarle los pecados. En esta parábola la perspectiva de la esperanza está estrechamente unida al camino de la conversión. Meditad todo aquello que forma parte de este camino: examinar la conciencia -el arrepentimiento acompañado del firme propósito de cambiar-, la confesión y la penitencia. Renovad en vosotros la valoración de este sacramento, denominado también “sacramento de la reconciliación”. Se halla estrechamente unido al sacramento de la Eucaristía, sacramento del amor: la confesión nos libera del mal; la Eucaristía nos otorga el don de la comunión con el bien supremo.

Tomad en serio la invitación que os dirige la Iglesia con carácter obligatorio a participar todos los domingos en la Santa Misa. Aquí debéis encontrar continuamente, en medio de la comunidad, al Padre y recibir el don de su amor, la santa comunión, el pan de nuestra esperanza. Configurad todo el domingo con esa fuente de energía como un día consagrado al Señor. Pues a Él pertenece nuestra vida; a Él se debe nuestra adoración. Así podrá permanecer viva en la existencia cotidiana vuestra unión con Dios y convertirse todas vuestras acciones en testimonio cristiano,

Todo esto significan también las palabras: “Me levantaré e iré a mi padre”. Un programa de nuestra esperanza, más profundo y simple que el cual no puede imaginarse otro (cfr. “Dives in Misericordia” 5 y 6).
Homilía predicada por San Juan Pablo II en el Parque del Danubio, Viena el día 11 de septiembre de 1983

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Ejemplos

Amor verdadero

Un hombre de cierta edad vino a la clínica donde trabajo para hacerse curar una herida en la mano.
Tenía bastante prisa, y mientras se curaba le pregunté, qué era eso tan urgente que tenía que hacer.
Me dijo que tenía que ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer que vivía allí.
Me contó que ella, llevaba algún tiempo en ese lugar y que tenía un Alzheimer muy avanzado.
Mientras acababa de vendar la herida, le pregunté si ella se alarmaría en caso de que él llegara tarde esa mañana.
-No- me dijo -Ella ya no sabe quién soy. Hace ya casi cinco años que no me reconoce.
Entonces le pregunté extrañada -Y si ella, ya no sabe quién es usted, ¿Por qué esa necesidad de estar con ella todas las mañanas?
Me sonrió y dándome una palmadita en la mano me dijo:
“Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella”.
Así hace Dios con nosotros, siempre se acuerda y nos ama, por más que nosotros lo hayamos olvidado a Él.


(Cortesía: iveargentina.org et alii)

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