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Domingo 26 del Tiempo Ordinario C - Lázaro y el rico epulón -  Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Recursos adicionales para la preparación



A su disposición
Exégesis: Alois Stöger - Los ricos de corazón y los pobres de corazón

Comentario Teológico a la 1era Lectura: A. Gil Mondrego - La inminencia del juicio

Comentario Teológico a la 2a lectura: Hilari Naguer - Noble profesión

Comentario Tológico al Evangelio: Benedicto XVI - La parábola del rico epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31)

Santos Padres: San Ambrosio - El rico Epulón (Lc.16,19-31)

Santos Padres: San Agustín - El rico epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31)

Aplicación: Alfredo Sáenz, S.J - El infierno

Aplicación: Bendicto XVI - La parábola del hombre rico y del pobre Lázaro

Aplicación: San Juan Pablo II - El infierno como rechazo definitivo de Dios

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - EL RICO EPULÓN Y EL POBRE LÁZARO Lc 16, 19-31

Directorio Homilético: Vigésimo sexto domingo del Tiempo Ordinario

Ejemplos

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo

 

Exégesis: Alois Stöger - Los ricos de corazón y los pobres de corazón

b) Los fariseos aficionados al dinero (Lc/16/14-18)

14 Estaban oyendo todo esto los fariseos, que son aficionados al dinero, y se burlaban de él. 15 Pero él les dijo: Vosotros os presentáis como justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestro corazón; porque aquello que es alto entre los hombres, es abominación ante Dios.

Los fariseos pasaban por aficionados al dinero. Jesús les echa en cara que devoran las casas de las viudas (Lc.20:47). En la secta de Qumrán se los llama «gente embustera, que tiene puesta la mira en pasarlo bien y vivir en la abundancia». Del doctor de la ley Jokcanán (+287) se ha transmitido esta sentencia: «Los miembros dependen del corazón, el corazón depende de la bolsa.» Entre los fariseos, la pobreza es mirada como una maldición. La riqueza es premio de la religiosidad, la pobreza es castigo por el pecado. «Riquezas, honra y (larga) vida son premio de la humildad y del temor de Yahveh» (Pro_22:4). Quien impugna la riqueza de los fariseos, pone también en duda su fidelidad a la ley y su moralidad. Jesús osa hacerlo y trastorna su doctrina. Él va de una parte a otra como pobre (Lc.8:1), predica la renuncia a las posesiones y declara bienaventurados a los pobres, mientras que lanza conminaciones -«¡ay de vosotros!»- contra los ricos. En favor de ellos hay una larga tradición. Se burlan de él y lo desprecian.

Los fariseos, aficionados al dinero, aseguran su vida mediante las riquezas, y su existencia delante de Dios mediante «obras de justicia»: no olvidan la ley y hacen buenas obras. Se tienen por justos y están convencidos de que también Dios aprueba este dictamen. Por sus riquezas reconocen que Dios confirma su parecer. Jesús, en cambio, desbarata este juicio y este modo de pensar, destruye su seguridad, reduce a escombros su construcción religiosa, tras la que se atrincheran. Dios mira al corazón, a las intenciones de que proceden las obras. No buscan a Dios, sino su honra, se buscan a sí mismos (Mat_16:1-18). Al que Dios hace justo, ese es justo en verdad. Ahora bien, Dios sólo hace justo al que es pequeño ante Dios. Lo que es alto entre los hombres, es abominación ante Dios, impuro y repugnante como un ídolo. «El hombre será humillado, abatidos los varones, y bajados los ojos altivos» (Isa_15:5). Por Jesús invierte Dios el juicio de los fariseos: «Gloríese el hermano humilde en su exaltación, y el rico en su humillación, porque pasará como flor de heno» (Stg_1:9 s). La primera bienaventuranza del sermón de la montaña resuena en estas palabras: «Bienaventurados los pobres» (Lc.6:20), «Bienaventurados los pobres en el espíritu» (Mat_5:3).

(…)


c) El rico epulón (Lc/16/19-31)

19 Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. 20 A su puerta yacía un pobre, llamado Lázaro, lleno de llagas, 21 el cual deseaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico, y hasta los perros se acercaban para lamerle las llagas. 22 Sucedió, pues, que el pobre murió, y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Pero murió también el rico, y fue sepultado. 23 Y en el abismo, estando en medio de tormentos, levantó los ojos y vio desde lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. 24 Entonces gritó: Padre Abraham, ten compasión de mí, y envía a Lázaro para que, mojando en agua la punta del dedo, venga a refrescarme la lengua; que estoy sufriendo horrores en estas llamas. 25 Pero Abraham le contestó: Hijo, acuérdate de que ya recibiste tus bienes en tu vida, mientras Lázaro, en cambio, los males; ahora, pues, él tiene aquí el consuelo, mientras tú el tormento. 26 Y además de todo esto, entre nosotros y vosotros ha quedado establecido un inmenso vacío, de suerte que los que quieren pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni tampoco atravesar de ahí a nosotros.

Se ha alcanzado ya la primera cima de la narración. Con una imagen de gran dramatismo se representa lo que significan las conminaciones lanzadas a los ricos que están hartos y que ríen, así como las bienaventuranzas de los desheredados, de los que tienen hambre y de los que lloran (Lc.6:20 ss). Lo que aquí se relata es una amonestación a los ricos y un consuelo para los pobres. Para el rico cada día es una fiesta regocijada, un espléndido banquete. Todos los días se viste de fiesta: la indumentaria exterior es de lana adornada de púrpura fenicia, la interior, de lino finísimo importado de Egipto a Palestina. Las comidas son de fiesta. Este rico puede permitirse aquello con que soñaba para el futuro el rico labrador: «Descansa, come, bebe, y pásalo bien» (Lc.12:19). El reverso de la medalla, la contrapartida, es el pobre. Cubierto de llagas está echado a la puerta que lleva al palacio del rico; allá es llevado todos los días. El hambre lo atormenta. En las casas acomodadas se utilizan en la comida las migajas para limpiarse las manos y luego se tiran debajo de la mesa. El pobre suspira por ellas con avidez, pero nadie se las da. Los perros medio salvajes que vagan por las calles le lamen las llagas, sin que el pobre hombre pueda impedirlo. El nombre del pobre es Lázaro, el-azar, que quiere decir: Dios ayuda. Es uno de esos pobres que llevan su miseria con paciencia y confianza en Dios, que sólo pueden soportar su existencia porque se fían de Dios; es uno de esos que en los salmos y en las palabras de los profetas son consolados con las promesas de Dios, de esos a quienes van dirigidas las bienaventuranzas del sermón de la montaña.

El rico vive como si no existiera Dios. Lo tiene todo. ¿Qué falta le hace Dios? No ve a Dios, no ve al pobre. Vive a sus anchas, nadando en el placer y en la abundancia. No está contra Dios, ni tampoco oprime al pobre. Únicamente está ciego para no ver a Dios, al pobre, «a Moisés y a los profetas». El relato hace hincapié en lo que viene después de la muerte. Ambos mueren, el rico y el pobre. Del pobre y del rico se dice la misma palabra: «murió»; esto es común a los dos. En la muerte son los dos iguales. Sigue el entierro. Todavía una última diferencia. El rico es sepultado con pompa y fasto. El entierro del pobre no se cuenta, ni se menciona, porque ni siquiera era digno de mención. Sin embargo, ha comenzado ya la gran mutación. Los ángeles se lo llevan. «Cuando un justo pasa de este mundo al otro, le salen al encuentro tres coros de ángeles puestos a su servicio.» Llevan al pobre al banquete celestial. Allí recibe un puesto honorífico a la derecha del padre de familia, Abraham (Mat_8:11). El rico va después de su muerte al mundo inferior (el hades), que aquí se entiende como lugar de castigo y de tormento. Los muertos se hallan en lugares diferentes, según que en su vida terrena cumplieran o no la voluntad de Dios. La existencia del hombre no se restringe a la vida de la tierra, sino que perdura todavía después de la muerte. La historia narrada traza las líneas que van del ahora al entonces, indicando lo que significa lo presente para el futuro. Hay todavía algo más que el bienestar de la vida de la tierra.

El rico se halla en el lugar del tormento, Lázaro sentado a la mesa del banquete celestial, en el seno de Abraham (se comía recostado), en el lugar de la felicidad y bienaventuranza. «Tras el juicio aparece el foso de los tormentos, y enfrente el lugar de refrigerio, se hace visible el horno del infierno, y enfrente la dicha del Edén (del Paraíso)», así se expresa el cuarto libro de Esdras (7,36). De un lugar al otro se pueden ver y hablar los unos con los otros. En el mundo inferior puede el rico levantar los ojos y ver a Abraham desde lejos. Según el libro mencionado, las almas de los réprobos se ven atormentadas porque observan cómo hay ángeles que en profundo silencio guardan las moradas de las otras almas (4Esd_7:85). Lo que dice Jesús en esta narración acerca de la vida de ultratumba se inspira en las ideas de su ambiente. (…). Jesús utiliza las imágenes tradicionales para anunciar su doctrina de forma más gráfica y penetrante. El pobre está sentado a la mesa del banquete; el rico, lejos, está atormentado; el pobre goza del puesto de honor, el rico sufre una sed terrible, el pobre está harto, el rico ansía poder humedecer su lengua seca con un poco de agua. A los impíos les aguardan «sed y tormentos» (4Esd_8:59). El que sufrió en su vida terrena es consolado, el que gozó es atormentado. Esto suena como si en el más allá todo se redujera a un reajuste de las suertes de la tierra. Ahora bien, ¿por qué es atormentado el rico? ¿Sólo porque fue rico? ¿Por qué es dichoso el pobre? ¿Sólo porque fue pobre? La primera parte de la narración necesita ser completada. La primera cima reclama la segunda.

La suerte del rico en el más allá es desesperada. Los judíos estaban convencidos de que su padre Abraham podía con su intercesión librarlos incluso del infierno. «Los que caminan por el valle de lágrimas son los que en esa hora son juzgados en el Gehinnon (el infierno); luego viene nuestro padre Abraham, los hace subir y los acoge.» El rico avariento clama en su tormento a su padre Abraham. ¡En vano! Entre el lugar del tormento y el lugar de la bienaventuranza hay un foso infranqueable: no hay intercesión que salve, no se puede esperar cambio de morada. Está desbaratada toda esperanza.

27 El rico respondió: Ruégote siquiera, padre, que lo envíes a casa de mi padre -28 porque tengo cinco hermanos-, con el fin de prevenirlos, para que ellos no vengan también a este lugar de tormento. 29 Pero Abraham le replica: Ya tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen. 30 él insistió: No, padre Abraham; si, en cambio, se presenta a ellos alguno de entre los muertos, se convertirán. 31 Pero Abraham le dijo: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, ni aunque resucite uno de entre los muertos se dejarán persuadir.

Ahora aparece claro por qué es atormentado el rico. Disfrutó de la riqueza, se sentía seguro, no tenía órgano para percibir la constancia y el consuelo que se nos da por la Escritura (Rom_15:4), era sordo a la palabra de Dios y a su llamamiento. La riqueza y la vida en la abundancia habían vuelto ciego al rico, ciego para no ver a Dios, ciego para no ver al pobre, ciego para la otra vida; lo hicieron refractario al otro mundo. A las bienaventuranzas de los que por su aflicción ponen su esperanza en Dios y por ello tienen el corazón abierto a Dios, siguen las bienaventuranzas de los que son accesibles a los hombres y a su miseria (cf. Mat_5:3-6; Mat_5:7-10). Lázaro, que en su aflicción pone su esperanza en Dios, es admitido en el banquete del reino. La riqueza encierra peligros…

En Moisés y en los profetas, en la Sagrada Escritura, Dios nos dejó consignada su palabra, que quiere amonestarnos, apercibirnos, iluminarnos y guiarnos para que no vayamos a dar en el lugar de los tormentos. «Y tenemos así más confirmada la palabra profética, a la que hacéis bien en prestar atención, como a lámpara que brilla en lugar oscuro, hasta que despunte el día y salga el lucero de la mañana en vuestro corazón» (2Pe_1:19). Esta palabra lleva a reformar los pensamientos conforme a los pensamientos de Dios, es el comienzo del retorno a Dios y a la penitencia. El contenido de la Escritura es Jesucristo, su muerte y su resurrección (2Pe_24:27.46). El que oye la palabra de Jesús y la sigue es preservado de la suerte del rico, ya que el fruto del anuncio de la muerte y de la resurrección de Jesús es la penitencia y la conversión (Hec_2:37 s).

El que no escucha la Sagrada Escritura, tampoco se deja convencer aunque venga un mensajero del otro mundo. Incluso el mayor milagro, la resurrección de un muerto, sería en vano. Lázaro de Betania fue resucitado, y con ello se consumó el endurecimiento de los judíos hostiles a Cristo (Jua_11:46 ss). Dios satisfizo el deseo del rico resucitando a Jesús de entre los muertos. En él dio a los doctores de la ley y a los fariseos la señal que exigían al igual que el rico: «Esta generación perversa y adúltera reclama una señal, pero no se le dará más señal que la del profeta Jonás. Porque así como estuvo Jonás en el vientre del monstruo marino tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre en las entrañas de la tierra tres días y tres noches» (Mat_12:39 s).

El rico, que está en peligro de apoyarse en su riqueza y de fiarse de ella, tiene que cambiar de dirección y buscar la voluntad de Dios. Fruto genuino de tal cambio de dirección y de tal retorno a Dios es el amor al prójimo con obras (Mat_3:10 s): «¿Sabéis qué ayuno quiero yo?, dice el Señor, Yahveh: Romper las ataduras de iniquidad, deshacer los haces opresores, dejar ir libres a los oprimidos y quebrantar todo yugo; partir tu pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo, vestir al desnudo y no volver tu rostro ante tu hermano» (Isa_58:6 s). La comunidad en la que pensaba ante todo Lucas tenía necesidad de la amonestación, como la consignó Santiago en una situación semejante: «Escuchad, hermanos míos queridos: ¿No escogió Dios a los pobres según el mundo, pero ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los que le aman? ¡Y vosotros habéis afrentado al pobre!… Hablad y actuad como quienes han de ser juzgados por una ley de libertad. Pues habrá un juicio sin misericordia para quien no practicó misericordia» (Stg_2:5.6.12s).
(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

 

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Comentario Teológico a la 1era Lectura: A. Gil Mondrego - La inminencia del juicio

* Contexto histórico: Los éxitos del rey de Israel, JEROBOAN-II, al restablecer las antiguas fronteras del reino davídico (II Rey. 14,25 ss) alimentan el optimismo y orgullo nacional. Bien es verdad que el éxito es coyuntural: el imperio asirio y el reino sirio viven momentos políticos bajos; pero esta decadencia de las grandes potencias permite a Israel vivir momentos de euforia y de prosperidad.

En Samaría, algunos de sus habitantes se enriquecen a costa de los otros, y el lujo aparece por todas partes: se construyen "casas de sillares" (5.11); el mobiliario es de lujo: "os acostáis en lechos de marfil" (6,4) se divierten sin conocimiento (4,1;6,4-6) y sin preocupación alguna. Su fe en Samaría es ciega: su pueblo es la flor y nata del mundo próspero. No prevén ningún peligro posible, y actúan en consecuencia: "Queréis espantar el día funesto aplicando un cetro de violencia" (v.3; cfr.9,10; Is.22,12 ss).

* Texto: Los caps. 3-6 de Amós están formados por una serie de breves oráculos contra Israel y que desarrollan la temática del oráculo de amenaza de 2,6 ss. Empiezan todos ellos con las fórmulas: "Escuchad esta palabra...", "Ay de los que...".

En Am. 6,1-7 se describe, con amplitud, la conducta de los dirigentes de Israel (vs.1-6), y acaba con un breve oráculo de condena (v.7).

Con gran ironía, Amós describe en los vv. 4-6 el lujo y goces a los que se entrega esta gente despreocupada: el "arrellanarse en divanes" no sólo es un lujo inaudito en Israel sino que también indica una actitud de apoltronamiento, de "aquí me las den todas", de vivir la vida bien sin abrir los ojos a la realidad.

Tocan el arpa, como David, pero con un fin muy diverso: divertirse; beben en copas que sólo estaban destinadas a uso cúltico (Ex 38. 3; Nm 4. 14). Dedicándose a los placeres de la mesa creen servir a los intereses del pueblo; sólo viven para la fiesta, "... pero no os doléis del desastre de José".

El "pues ahora" del v. 7 introduce el oráculo de condena: la inminencia del juicio divino caerá como jarro de agua fría sobre las ilusiones alienantes de los samaritanos. Los que se llamaban flor y nata de los pueblos tendrán el lugar que les corresponde: "encabezarán la cuerda de los deportados" (v. 1b).

Reflexiones: Nuestra postura, como la de esos habitantes de Samaría, se parece muchas veces a la del avestruz: ni nos preocupan los demás ni somos capaces de ver más allá de nuestras narices. Sólo nos interesa la alegría del presente: el nuevo chalet de sillares y pizarra, el mueble muy bien lacado, el último modelo de coche... ¿Y que otros pasan hambre...? Ni abrimos los ojos. ¿Que países enteros no tienen nada que llevarse a la boca o que hay millares de niños que lloran amargamente porque el hambre les afecta incluso a sus músculos...? Ni nos enteramos. ¿Que el paro invade Europa...? ¡Que trabajen los muy vagos! Nosotros seguimos arrellanados en confortables divanes, comemos cordero y nos divertimos sin conocimiento.

Ni siquiera nos pasa por la imaginación el que podamos ir a la cabeza de los deportados. Somos la flor y nata de la religiosidad mundial; junto a Polonia somos los países marianos por excelencia; nuestros misioneros recorren el mundo entero... ¡La católica España! Y mientras tanto sus dirigentes continúan apoltronados en sus ideas sin preocuparse del futuro de su pueblo. ¡Si el profeta Amós levantara la cabeza!
(A. GIL MODREGO DABAR 1989/48)

 

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Comentario Teológico a la 2a lectura: Hilari Naguer - Noble profesión

Espléndida exhortación sobre el testimonio cristiano. El v.12 alude a cómo Timoteo "hizo noble profesión ante muchos testigos".

No sabemos si se refiere a la profesión de fe bautismal o a una valiente confesión ante perseguidores, en una ocasión que nosotros desconocemos. Tanto si se trata del sacramento del bautismo como si es una persecución por el nombre de Jesús, debe ponerse en relación con la confesión del propio Jesús, que ante Poncio Pilato dio testimonio de la verdad y proclamó sin temor su realeza (v.13). El discípulo de Jesús tampoco debe tener miedo de proclamar la verdad delante de las autoridades de este mundo.

Pero hay también otro testimonio, en cierto modo más difícil, porque no es la decisión heroica de un momento, de la que todo el mundo es más o menos capaz, sino que está hecho de fidelidad indefectible en la práctica cotidiana de las virtudes, ante Dios (religión, fe) y ante el prójimo (justicia, amor, paciencia, delicadeza) (v.11). Bautismo sacramental, martirio sangriento y martirio incruento de la fidelidad de cada día sólo son posibles a partir de la fe, que significa vivir el presente pendientes de un futuro que no palpamos, en función de la venida de JC y del Dios inmortal, a quien "ningún hombre ha visto ni puede ver" (vv. 15-16)
(HILARI RAGUER MISA DOMINICAL 1977/17)

 

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Comentario Tológico: Benedicto XVI - La parábola del rico epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31)

De nuevo nos encontramos en esta historia dos figuras contrastantes: el rico, que lleva una vida disipada llena de placeres, y el pobre, que ni siquiera puede tomar las migajas que los comensales tiran de la mesa, siguiendo la costumbre de la época de limpiarse las manos con trozos de pan y luego arrojarlos al suelo. En parte, los Padres han aplicado a esta parábola el esquema de los dos hermanos, refiriéndolo a la relación entre Israel (el rico) y la Iglesia (el pobre Lázaro), pero con ello han perdido la tipología completamente diversa que aquí se plantea. Esto se ve ya en el distinto desenlace. Mientras los textos precedentes sobre los dos hermanos quedan abiertos, terminan con una pregunta y una invitación, aquí se describe el destino irrevocable tanto de uno como del otro protagonista.

Como trasfondo que nos permite entender este relato hay que considerar la serie de Salmos en los que se eleva a Dios la queja del pobre que vive en la fe en Dios y obedece a sus preceptos, pero sólo conoce desgracias, mientras los cínicos que desprecian a Dios van de éxito en éxito y disfrutan de toda la felicidad en la tierra. Lázaro forma parte de aquellos pobres cuya voz escuchamos, por ejemplo, en el Salmo 44: «Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, irrisión y burla de los que nos rodean… Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como ovejas de matanza» (vv. 14.23; cf. Rm 8, 36). La antigua sabiduría de Israel se fundaba sobre el presupuesto de que Dios premia a los justos y castiga a los pecadores, de que, por tanto, al pecado le corresponde la infelicidad y a la justicia la felicidad. Esta sabiduría había entrado en crisis al menos desde el exilio. No era sólo el hecho de que Israel como pueblo sufriera más en conjunto que los pueblos de su alrededor, sino que lo expulsaron al exilio y lo oprimieron; también en el ámbito privado se mostraba cada vez más claro que el cinismo es ventajoso y que, en este mundo, el justo está destinado a sufrir. En los Salmos y en la literatura sapiencial tardía vemos la búsqueda afanosa para resolver esta contradicción, un nuevo intento de convertirse en «sabio», de entender correctamente la vida, de encontrar y comprender de un modo nuevo a Dios, que parece injusto o incluso del todo ausente.

Uno de los textos más penetrantes de esta búsqueda, el Salmo 73, puede considerarse en este sentido como el trasfondo espiritual de nuestra parábola. Allí vemos como cincelada la figura del rico que lleva una vida regalada, ante el cual el orante —Lázaro— se lamenta: «Envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los malvados. Para ellos no hay sinsabores, están sanos y orondos; no pasan las fatigas humanas ni sufren como los demás. Por eso su collar es el orgullo… De las carnes les rezuma la maldad… su boca se atreve con el cielo… Por eso mi pueblo se vuelve a ellos y se bebe sus palabras. Ellos dicen: “¿Es que Dios lo va a saber, se va a enterar el Altísimo?”» (Sal 73, 3-11).

El justo que sufre, y que ve todo esto, corre el peligro de extraviarse en su fe. ¿Es que realmente Dios no ve? ¿No oye? ¿No le preocupa el destino de los hombres? «¿Para qué he purificado yo mi corazón… ? ¿Para qué aguanto yo todo el día y me corrijo cada mañana…? Mi corazón se agriaba.» (Sal 73, 13s.21). El cambio llega de repente, cuando el justo que sufre mira a Dios en el santuario y, mirándolo, ensancha su horizonte. Ahora ve que la aparente inteligencia de los cínicos ricos y exitosos, puesta a la luz, es estupidez: este tipo de sabiduría significa ser «necio e ignorante», ser «como un animal» (cf. Sal73, 22). Se quedan en la perspectiva del animal y pierden la perspectiva del hombre que va más allá de lo material: hacia Dios y la vida eterna.
En este punto podemos recurrir a otro Salmo, en el que uno que es perseguido dice al final: «De tu despensa les llenarás el vientre, se saciarán sus hijos… Pero yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante» (Sal 17, 14s). Aquí se contraponen dos tipos de saciedad: el hartarse de bienes materiales y el llenarse «de tu semblante», la saciedad del corazón mediante el encuentro con el amor infinito. «Al despertar» hace referencia en definitiva al despertar a una vida nueva, eterna; pero también se refiere a un «despertar» más profundo ya en este mundo: despertar a la verdad, que ya ahora da al hombre una nueva forma de saciedad.

El Salmo 73 habla de este despertar en la oración. En efecto, ahora el orante ve que la felicidad del cínico, tan envidiada, es sólo «como un sueño al despertar»; ve que el Señor, al despertar, «desprecia sus sombras» (cf. Sal 73, 20). Y entonces el orante reconoce la verdadera felicidad: «Pero yo siempre estaré contigo, tú agarras mi mano derecha… ¿No te tengo a ti en el cielo?; y contigo, ¿qué me importa la tierra?… Para mí lo bueno es estar junto a Dios.» (Sal 73, 23.25.28). No se trata de una vaga esperanza en el más allá, sino del despertar a la percepción de la auténtica grandeza del ser humano, de la que forma parte también naturalmente la llamada a la vida eterna.

Con esto nos hemos alejado de la parábola sólo en apariencia. En realidad, con este relato el Señor nos quiere introducir en ese proceso del «despertar» que los Salmos describen. No se trata de una condena mezquina de la riqueza y de los ricos nacida de la envidia. En los Salmos que hemos considerado brevemente está superada la envidia; más aún, para el orante es obvio que la envidia por este tipo de riqueza es necia, porque él ha conocido el verdadero bien. Tras la crucifixión de Jesús, nos encontramos a dos hombres acaudalados —Nicodemo y José de Arimatea— que han encontrado al Señor y se están «despertando». El Señor nos quiere hacer pasar de un ingenio necio a la verdadera sabiduría, enseñarnos a reconocer el bien verdadero. Así, aunque no aparezca en el texto, a partir de los Salmos podemos decir que el rico de vida licenciosa era ya en este mundo un hombre de corazón fatuo, que con su despilfarro sólo quería ahogar el vacío en el que se encontraba: en el más allá aparece sólo la verdad que ya existía en este mundo. Naturalmente, esta parábola, al despertarnos, es al mismo tiempo una exhortación al amor que ahora debemos dar a nuestros hermanos pobres y a la responsabilidad que debemos tener respecto a ellos, tanto a gran escala, en la sociedad mundial, como en el ámbito más reducido de nuestra vida diaria.

En la descripción del más allá que sigue después en la parábola, Jesús se atiene a las ideas corrientes en el judaísmo de su tiempo. En este sentido no se puede forzar esta parte del texto: Jesús toma representaciones ya existentes sin por ello incorporarlas formalmente a su doctrina sobre el más allá. No obstante, aprueba claramente lo esencial de las imágenes usadas. Por eso no carece de importancia que Jesús recurra aquí a las ideas sobre el estado intermedio entre muerte y resurrección, que ya se habían generalizado en la fe judía. El rico se encuentra en el Hades como un lugar provisional, no en la «Gehenna» (el infierno), que es el nombre del estado final (Jeremías, p. 152). Jesús no conoce una «resurrección en la muerte», pero, como se ha dicho, esto no es lo que el Señor nos quiere enseñar con esta parábola. Se trata más bien, como Jeremías ha explicado de modo convincente, de la petición de signos, que aparece en un segundo punto de la parábola.

El hombre rico dice a Abraham desde el Hades lo que muchos hombres, entonces como ahora, dicen o les gustaría decir a Dios: si quieres que te creamos y que nuestras vidas se rijan por la palabra de revelación de la Biblia, entonces debes ser más claro. Mándanos a alguien desde el más allá que nos pueda decir que eso es realmente así. El problema de la petición de pruebas, la exigencia de una mayor evidencia de la revelación, aparece a lo largo de todo el Evangelio. La respuesta de Abraham, así como, al margen de la parábola, la que da Jesús a la petición de pruebas por parte de sus contemporáneos, es clara: quien no crea en la palabra de la Escritura tampoco creerá a uno que venga del más allá. Las verdades supremas no pueden someterse a la misma evidencia empírica que, por definición, es propia sólo de las cosas materiales.

Abraham no puede enviar a Lázaro a la casa paterna del rico epulón. Pero hay algo que nos llama la atención. Pensemos en la resurrección de Lázaro de Betania que nos narra el Evangelio de Juan. ¿Qué ocurre? «Muchos judíos… creyeron en él», nos dice el evangelista. Van a los fariseos y les cuentan lo ocurrido, tras lo cual se reúne el Sanedrín para deliberar. Allí se ve la cuestión desde el punto de vista político: se podía producir un movimiento popular que alertaría a los romanos y provocar una situación peligrosa. Entonces se decide matar a Jesús: el milagro no conduce a la fe, sino al endurecimiento (cf. Jn 11, 45-53).

Pero nuestros pensamientos van más allá. ¿Acaso no reconocemos tras la figura de Lázaro, que yace cubierto de llagas a la puerta del rico, el misterio de Jesús, que «padeció fuera de la ciudad» (Hb 13, 12) y, desnudo y clavado en la cruz, su cuerpo cubierto de sangre y heridas, fue expuesto a la burla y al desprecio de la multitud?: «Pero yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 22, 7).

Este Lázaro auténtico ha resucitado, ha venido para decírnoslo. Así pues, si en la historia de Lázaro vemos la respuesta de Jesús a la petición de signos por parte de sus contemporáneos, estamos de acuerdo con la respuesta central que Jesús da a esta exigencia. En Mateo se dice: «Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo, pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra» (Mt 12, 39s). En Lucas leemos: «Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación» (Lc 11, 29s).

No necesitamos analizar aquí las diferencias entre estas dos versiones. Una cosa está clara: la señal de Dios para los hombres es el Hijo del hombre, Jesús mismo. Y lo es de manera profunda en su misterio pascual, en el misterio de muerte y resurrección. Él mismo es el «signo de Jonás». Él, el crucificado y resucitado, es el verdadero Lázaro: creer en Él y seguirlo, es el gran signo de Dios, es la invitación de la parábola, que es más que una parábola. Ella habla de la realidad, de la realidad decisiva de la historia por excelencia.
Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (I), Planeta Chile 2007, 253-60

 

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Santos Padres: San Ambrosio - El rico Epulón (Lc.16,19-31)

13. Había un hombre rico que vestía de púrpura. Y puesto que se hace mención del nombre, parece tratarse más de una historia que de una parábola. Con toda intención, el Señor nos ha presentado aquí a un rico que gozó de todos los placeres de este mundo, y que ahora, en el infierno, sufre el tormento de un hambre que no se saciará jamás; y no en vano presenta, como asociados a sus sufrimientos, a sus cinco hermanos, es decir, los cinco sentidos del cuerpo, unidos por una especie de hermandad natural, los cuales se estaban abrasando en el fuego de una infinidad de placeres abominables; y, por el contrario, colocó a Lázaro en el seno de Abrahán, como en un puerto tranquilo y en asilo de santidad, para enseñarnos que no debemos dejarnos llevar de los placeres presentes ni, permaneciendo en los vicios vencidos por el tedio, determinar una huida del trabajo. Trátese, pues, de ese Lázaro que es pobre en este mundo, pero rico delante de Dios, o de aquel otro hombre que, según el apóstol, es pobre de palabra, pero rico en fe (St 2, 5) —a la verdad, no toda pobreza es santa, ni toda riqueza reprensible, sino del mismo modo que la lujuria contamina las riquezas, así la santidad recomienda la pobreza—,o del hombre apostólico que conserva íntegra su fe, que no busca la belleza en las palabras, ni el acopio de argumentos, ni tampoco los fastuosos ropajes de las frases, puesto que este tal recibió ya su apropiada recompensa cuando luchó contra los herejes maniqueos: Marción, Sabelio, Arrio y Fotino—éstos no son otra cosa que los hermanos de los judíos, a los que están unidos por una hermandad llena de perfidia—, reprimiendo los deseos de la carne que, como he dicho, sirven de incentivo a los cinco sentidos, es decir, de ese que recibió la recompensa que se le prometió, cuando se le entregó, en pago, riquezas sobreabundantes y una soldada perpetua.

14. Y no es que creamos que es errado el sostener que este pasaje se refiere a la fe que Lázaro recoge de la mesa de los ricos, ese Lázaro cuyas úlceras, según el texto, daban asco al rico Epulón, que entre banquetes suntuosos y convites llenos, de perfumes no podía soportar el mal olor de esas úlceras que lamían los perros, a aquel que sentía hastío hasta del olor del aire y de la misma naturaleza; y es que no hay duda que la arrogancia y el orgullo de los ricos tienen signos propios para manifestarse y de tal manera se olvidan éstos que son hombres, que, como si estuvieran por encima de la naturaleza humana, encuentran en las miserias de los pobres un incentivo para sus pasiones, se ríen del necesitado, insultan al mendigo y saquean a esos mismos de los que se debían apiadar.

15. El que quiera puede adherirse, como un nuevo Lázaro, a los dos puntos de vista. A éste tal le comparo con aquel otro que fue azotado muchas veces por los judíos (cf. 2 Co 11, 24) para, por este medio, comunicar a los creyentes la paciencia y llamar a los gentiles, ofreciendo, por así decir, las llagas de su cuerpo para que fuesen lamidas por los perros ; porque está escrito: Volverán por la tarde y padecerán hambre, como los perros (Sal 58, 15). No hay duda que la mujer cananea a quien se dijo: Nadie coge el pan de los hijos y lo da a los perros, comprendió completamente este misterio. Entendió claramente que este pan no es un pan visible, sino aquel al que éste simboliza, y por eso respondió: Bien, Señor, pero los cachorritos comen de las migas que caen de la mesa de sus señores. Esas migas son de este pan. Y porque el pan es la palabra, y la fe es algo propio de la palabra, por eso se dice que las migas son como los dogmas de fe. Y así, para confirmar que esa afirmación era exacta, les respondió el Señor: ¡Oh mujer! ¡Grande es tu fe! (Mt 15, 22ss).

16. ¡Oh felices úlceras que logran aniquilar el dolor eterno! ¡Oh migas abundantes que hacéis imposible el ayuno sin fin, que colmáis de bienes eternos al pobre que os recoge! El jefe de la sinagoga os tiraba de su mesa al atentar contra los misterios internos de las Escrituras de los Profetas y de la Ley ; en efecto, las migas son las palabras de las Escrituras, de las que se dice: Has dado las espaldas a mis palabras (Sal 49, 17). El escriba os rechazaba, pero Pablo os recogía con todo cuidado cuando, por medio de su sufrimiento, atraía hacia sí al pueblo. Todos aquellos que vieron que no temía a la mordedura de la serpiente y que creyeron cuando vieron que la sacudía (Hch 28, 3ss), le lamían su llaga. Como también le lamió y creyó aquel guardián de la cárcel que le lavó las heridas (ibíd., 16, 33). Bienaventurados esos perros sobre los que cae ese líquido de las úlceras, ya que él colmará sus corazones y fortalecerá sus gargantas con el fin de que estén preparados para guardar la casa, defender los rebaños y vigilar a los lobos.

17. Pon ante tu vista ahora a los arrianos, que no se preocupan sino de placeres de este mundo, buscando la alianza con el poder real, con el fin de atacar con las armas de la guerra la verdad de la Iglesia; ¿no te parece verlos sobre esos lechos elaborados de púrpura y lino, defendiendo sus errores como si fueran verdades, pródigos en discursos altisonantes, teniendo la vanagloria de hablar de que la tierra tembló bajo el cuerpo del Señor, que el cielo se cubrió de tinieblas, que su palabra hacía apaciguar el mar, cuando, en realidad, niegan que era verdadero Hijo de Dios? Y contempla también a ese pobre que, sabiendo que el reino de Dios no consiste en palabras, sino en la virtud (1 Co 4, 20), expresó su pensamiento con brevedad diciendo: Tú eres el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16); ¿no te parece que esas grandes riquezas padecen una gran necesidad y, por el contrario, esta pobreza lo posee todo? La herejía, que nada en la abundancia, ha compuesto muchos evangelios; la fe, pobre, ha conservado el único Evangelio que ha recibido; la rica filosofía se ha inventado muchos dioses; la Iglesia, pobre, sólo conoce un Dios.

18. Así pues, entre ese rico y este pobre existe “un gran abismo”, ya que después de la muerte no se podrán cambiar los méritos; por eso se nos muestra al rico en el infierno deseando que el pobre le dé un poco de agua refrescante, ya que el agua es el reconstituyente del alma atormentada por los sufrimientos; por eso, haciendo alusión a ésta, dice Isaías: Sacaréis con alegría el agua de las fuentes de la salud (12, 3). Pero ¿por qué aquél es torturado antes del juicio? Sencillamente, porque, para el lujurioso, el hecho de no gozar de los placeres supone ya un castigo. Porque, en efecto, el Señor dice: Allí habrá llanto y crujir de dientes, cuando viereis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de los cielos (Lc 13, 28).

19. Tarde comienza este rico a ser maestro, puesto que es tiempo de aprender y no de enseñar. En este pasaje, el Señor proclama con toda claridad que el Antiguo Testamento es el fundamento de la fe, destrozando la maldad de los judíos y echando fuera las malas intenciones de los herejes, que son quienes hacen naufragar a las mentes más débiles; en realidad, pequeños son todos aquellos que todavía no conocen el progreso en la virtud.

20. Sin embargo, es lícito notar que tanto la parábola anterior del administrador aquel (Lc 16, 1ss) como la presente de este rico, contienen un reclamo a la misericordia, y fácilmente, lo que quiso enseñar allí a los santos, a quienes llama sus amigos y a quienes les entrega sus mansiones, esto mismo desea que comprendan los pobres ahora.
SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.8, 13-20, BAC Madrid 1966, pág. 481-86

 

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Santos Padres: San Agustín - El rico epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31)

1. Si la lectura santa nos llena de terror saludable en esta vida, nadie nos atemorizará después de ella. El fruto del temor es la corrección. No dije solamente «si nos llena de terror la lectura divina», sino «si nos llena de saludable terror». Son muchos los que saben temer y no saben convertirse. ¿Qué existe de más estéril que el temor infructuoso? ¡Cómo se asustaron y temblaron todos nuestros corazones al escuchar que aquel rico soberbio, despreciador del pobre que yacía a su puerta, era atormentado en el infierno, de modo que ni siquiera las preces de súplica podían servirle de nada, y cuando se le respondió, no con crueldad, sino con justicia, que no se podía acudir en su auxilio!

En el tiempo en que la misericordia de Dios le hubiese venido en ayuda si se hubiese convertido, se descuidó al amparo de la impunidad y mereció el tormento. Se le perdonaba cuando era soberbio y gozaba jactándose de sus riquezas, sin pensar en los tormentos futuros en los que aquella soberbia le impedía creer y a los que tampoco temía. Pero, al fin, llegó a ellos. ¿Qué significa «al fin»? ¿Cuál fue la duración de su dignidad y de su soberbia? La misma que la de la flor del heno, como habéis escuchado ahora al leer la carta del apóstol Pedro recogiendo un testimonio profético: Toda carne es heno, y la nobleza del hombre como la flor del heno. El heno se secó y la flor cayó. La palabra del Señor, en cambio, permanece para siempre.

2. Aunque esta carne se vista de púrpura y lino, ¿qué otra cosa es sino carne y sangre y heno que se seca? Y por más que los hombres le tributen dignidad y honores, es ciertamente flor, pero flor de heno. Una vez seco el heno, no puede permanecer la flor; como el heno se seca, así la flor cae. Tenemos, pues, a qué agarrarnos para no caer, puesto que la palabra del Señor permanece para siempre.

 ¿Acaso no despreció la palabra de Dios, hermanos? ¿Acaso miró con desdén esta nuestra fragilidad y mortalidad y dijo «es carne, es heno; que se seque el heno y caiga su flor; no se venga en su ayuda»? Al contrario, tomó nuestro heno para hacernos oro. La palabra del Señor, que permanece para siempre, no consideró indigno de sí hacerse temporalmente heno, no para sufrir ella misma cambio alguno, sino para otorgar al heno un cambio en mejor: La Palabra se hizo carne y habitó en medio de nosotros. El Señor padeció por nosotros, y fue sepultado, y resucitó, y subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre, no ya como heno, sino como oro incorrupto e incorruptible.

Hermanos amadísimos, se nos promete un cambio. Sin embargo, hasta que lleguemos a él ha de pasar este heno; es decir, toda dignidad de la carne pasa con el mundo, toda esta fragilidad envejece. Había pasado en aquel rico el heno; había pasado también la flor, pero si en el tiempo de su heno y en el de la flor del heno hubiera comprendido la Palabra del Señor que permanece para siempre, y depuestas y allanadas las alturas de la soberbia se hubiese postrado ante Dios y, en el caso de que no hubiese querido arrojar sus riquezas, hubiese al menos dado algo de ellas a los pobres que yacían a su puerta, se le hubiese socorrido después del tiempo de este heno. No sin motivo pedía misericordia quien cuando pudo no la ejercitó.

3. Por tanto, hermanos míos, al escuchar cuando se leía el Evangelio aquella voz: Padre Abrahán, envía a Lázaro que moje su dedo en agua y gotee sobre mi lengua, porque me atormento en esta llama, ¡cómo fuimos sacudidos todos en el corazón por si nos acaeciera algo semejante a nosotros después de esta vida y nuestras súplicas fueran vanas!

Cuando esta vida haya transcurrido, no habrá lugar para la corrección. Esta vida es como un estadio; o vencemos en él o somos vencidos. ¿Acaso quien ha sido vencido en el estadio busca luchar fuera de él aspirando a la corona que perdió? ¿Qué hacer, pues? Si hemos sentido temor, o terror, si se estremecieron nuestras vísceras, cambiémonos mientras es tiempo. Este es el más fructuoso temor.

Nadie puede, hermanos, cambiar sin el temor, sin la tribulación, sin temblor. Golpeamos el pecho cuando nos punza la conciencia de nuestros pecados. Lo que golpeamos es algo que está dentro, algún mal pensamiento; salga fuera en confesión y tal vez no habrá nada que nos punce. Salgan fuera en confesión todos los pecados. Pues aquel rico, inflado en medio del lino, tenía dentro algo que ojalá hubiera saltado fuera mientras vivía. Tal vez no hubiese sido enviado a la llama perpetua.

Pero como entonces era soberbio, aquel humor le había causado un tumor, no una erupción. El pobre Lázaro, en cambio, yacía a la puerta lleno de úlceras. Nadie, hermanos, se avergüence de confesar sus pecados. El yacer es propio de la humildad. Sin embargo, ved cómo se vuelven las tornas. Una vez pasada la tribulación del reconocerse pecadores, viene el descanso de los merecimientos: vendrán los ángeles, tomarán a este ulceroso y lo pondrán en el seno de Abrahán, es decir, en el descanso sempiterno, en el lugar secreto del Padre. Seno, en efecto, significa lugar secreto donde descanse el fatigado.

4. Este yacía a la puerta lleno de úlceras; el rico le miraba con desprecio. Deseaba aquél saciarse con las migas que caían de la mesa de éste; él, que alimentaba a los perros con sus úlceras, no era alimentado por el rico. Considerad, hermanos, que se trata de un pobre que siente necesidad. Dichoso, dijo, quien se preocupa del necesitado y del pobre. Prestadle atención y no lo despreciéis como al ulceroso que yacía a la puerta.

 Da al pobre, porque quien recibe es aquel que quiso sentir necesidad en la tierra y enriquecer desde el cielo. Dice, en efecto, el Señor: Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber; fui huésped y me recibisteis, etc. Y ellos: ¿Cuándo te vimos hambriento o sediento o desnudo o huésped? Y él: Cuando lo hicisteis a uno de mis pequeñuelos, a mí me lo hicisteis. Misericordiosamente quiso que en cierto modo su persona estuviera en los pequeñuelos que están fatigados en la tierra, viniendo desde el cielo en su socorro.

Das, pues, a Cristo cuando das a un necesitado. ¿O temes que o bien tal guardián pierda algo, o bien tal rico no recompense? Omnipotente es Dios, omnipotente es Cristo; nada puedes perder. Confíaselo a él y nada perderás. ¿Cuándo se lo confías? Cuando lo das a un pobre. Tales riquezas no pasarán, aun cuando la carne haya pasado como heno y la nobleza del hombre como flor de heno. Por tanto, hermanos, si unánimemente nos hemos sentido llenos de terror, corrijámonos ahora, mientras es tiempo, para no sufrir después de esta vida las penas y los tormentos de la llama ardiente, como los que sufrió el rico soberbio e inmisericorde; entonces no será el tiempo de venir en ayuda, porque no es el tiempo de la corrección. Se acude en socorro de alguno en el momento en que se le corrige. Esta vida es la de la corrección, esta vida es la del auxilio y del socorro. Vueltos al Señor...
(SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 113B, 1-4, BAC Madrid 1983, 649-53)

 

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Aplicación: Alfredo Sáenz, S.J - El infierno

Pocas verdades han sido enseñadas con más claridad en el Santo Evangelio que la existencia del infierno, del cual el Señor nos habla hoy con tanta fuerza, según acabamos de oírlo. Sin embargo, inexplicablemente, es una de las afirmaciones más controvertidas, no sólo por los que no tienen el don de la fe o han caído en la herejía, sino también dentro de la Iglesia. Hoy se predica poco sobre este asunto, y fácilmente se deja caer en el olvido una verdad tan saludable. No se reflexiona suficientemente que el temor del infierno es el principio de la prudencia y conduce a la conversión. En este sentido se puede decir que la consideración del infierno ha salvado a muchas almas. Pío XII, en su momento, dirigiéndose a los párrocos y predicadores de Roma, les decía que “la Iglesia tiene el sagrado deber de anunciarla (la verdad sobre el infierno), de enseñarla sin ninguna atenuación, como Cristo la ha revelado… y esto obliga en conciencia a todo sacerdote”. Juan Pablo II, por su parte, en la exhortación apostólica Reconciliado et Paenitentia, enseña que “la Iglesia tampoco puede omitir, sin grave mutilación de su mensaje esencial, una catequesis sobre lo que el lenguaje cristiano tradicional designa como los cuatro novísimos del hombre: muerte, juicio (particular y universal), infierno y gloria”.

Concentrémonos ahora en el mensaje de este domingo. Ante todo advertimos cómo el destino del hombre después de la muerte se encuentra en estrecha relación con su modo de vivir en la tierra. Ello no es más que una aplicación concreta de la enseñanza que Jesucristo nos impartió en otro lugar sobre la “puerta estrecha” y el “ancho camino”, que conducen la una a la gloria y el otro a la perdición. En este sentido, podríamos decir que es el mismo hombre quien elige el cielo o el infierno. No que neguemos, por supuesto, el juicio de Jesucristo y su consiguiente sentencia; lo que queremos afirmar es que cuando alguien se condena, es porque consciente y libremente ha elegido un modo de vida contrario a la ley divina. El infierno no será para él otra cosa que continuar eternamente separado de ese Dios a quien despreció en la tierra. Contrariamente, el que vive unido a Dios por el amor, seguirá amándolo para siempre, y ese será su gozo eterno en el cielo. Epulón prefirió gozar en la tierra, ofreciendo a sus sentidos placeres incesantes –”recuerda que has recibido tus bienes en la vida”, le dice Abraham–, y así renunció al cielo; Lázaro, en cambio, recibió con abnegación y soportó con paciencia el hambre, las privaciones y la enfermedad, y así pudo ser feliz para siempre.

Enseñan los teólogos que el primer y más terrible suplicio es la llamada “pena de daño”, que consiste en la privación de la vista de Dios. Así como hay un abismo entre el Creador y la creatura, que la redención de Cristo logra superar, los que se han apartado de Dios para volverse a las cosas de la tierra, que eso es el pecado, y no se han arrepentido, encontrarán también en la otra vida un abismo que los separa de los bienes eternos que el mismo Dios tiene destinados a los que le aman. Pena terrible, que causará una aflicción definitiva en los condenados, quienes verán con toda claridad la magnitud de lo que han perdido por los fútiles placeres que entonces les parecerán bien insignificantes.

Para entender la intensidad de este tormento, debemos recordar que el hombre ha sido creado para Dios. Su perfección es la unión con Él. Aun cuando se intente negar esto y vivir como si Dios no existiera, permanece en el alma esa tendencia al absoluto, imposible de suprimir, a pesar de todos los sustitutos que el hombre se busque para saciar su sed de infinito. Los ídolos modernos no son más que una caricatura supletoria para canalizar el ansia de absoluto del que ha renegado del verdadero Dios.

En esta vida, asimismo, las pasiones ofrecen al alma múltiples motivos de ocupación, pero después de la muerte, separada del cuerpo, imposibilitada de gozar con los sentidos, se enfrentará con la realidad de estar hecha para Dios, sin atenuantes que la distraigan. Por un lado, el condenado podrá ver claramente que su existencia no tiene otra finalidad que la unión con Dios, y por otro comprobará aterrado y sin sombra de duda que lo ha perdido para siempre. Ello será causa de una suerte de desgarramiento interior que lo hará sufrir enormemente: “Perecer para el reino de Dios, expatriarse de la ciudad de Dios, enajenarse de la vida de Dios, carecer de la dulzura de Dios… es una pena tan grande, que no puede haber tormento alguno entre los conocidos que se le pueda comparar”, dice San Agustín.

Además de la pérdida irreparable que implica la “pena de daño”, los réprobos sufrirán también la llamada “pena de sentido”, que atormenta el alma de los condenados desde el momento de la muerte, y que después de la resurrección va a afligir también a sus cuerpos.
Así como el pecado es un apartamiento de Dios, que se castiga con la pena de daño, es también un goce desordenado de las creaturas, que será reprimido con la pena de sentido, merced a la cual se restablece el orden vulnerado por la mala conducta; si antes el pecador disfrutó injustamente, debe ahora sufrir justamente. Esta pena es designada en el Evangelio con la palabra fuego, que vemos aquí cómo tortura al rico Epulón: “estas llamas me atormentan”. Aunque no podemos determinar la naturaleza de este fuego, podemos sí afirmar que existe realmente, y que significa un verdadero padecimiento para los condenados.

Todo lo que podemos imaginar del suplicio del infierno se ve enormemente agravado por el hecho de tratarse de penas eternas. Es, sin duda, uno de los aspectos más impresionantes de esta verdad: el condenado queda fijado definitivamente y para siempre en esa penosísima situación. Dice el Dante en su Divina Comedia que en la puerta del infierno se puede leer esta inscripción: “Abandonad toda esperanza los que entráis aquí”. Cuando el Señor describe el juicio final, al referirse a los condenados afirma con claridad que la eternidad es inseparable del infierno: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno”. Ahora, en la parábola, hace decir a Abraham: “Los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí”, indicando con estas palabras la imposibilidad de la rehabilitación de los condenados al infierno. Aunque diversos herejes sostuvieron alguna vez la reconciliación al fin de los tiempos, o el aniquilamiento de los condenados, la Iglesia ha enseñado claramente lo equivocado de estas afirmaciones, reiterando la eternidad de las penas del infierno.

Decíamos al principio cómo esta verdad es silenciada a veces en la catequesis y la predicación, so pretexto de combatir lo que llaman “la religión del temor”. Con absoluto menosprecio de la doctrina expresa del Evangelio, pretenden algunos enmendarle la plana al mismo Jesucristo, soslayando estas enseñanzas que Él transmitió tan claramente. Por supuesto que es más perfecto buscar a Dios pura y solamente en razón de su bondad, pero no puede desconocerse la saludable influencia del santo temor a la justicia divina. Ante todo, porque viendo la magnitud del castigo, captamos mejor la generosidad del perdón y la misericordia de Dios, lo que nos mueve a amarlo más. Y asimismo, como recuerda San Ignacio en el libro de los Ejercicios Espirituales, “para que si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, a lo menos el temor de las penas me ayude para no venir en pecado”.

Continuaremos ahora el Santo Sacrificio de la Misa. En ella, el pan y el vino se convertirán en el Cuerpo y Sangre de Cristo, quien se hará presente sobre el altar, entre otros fines, para ofrecer al Padre un digno desagravio por los pecados del mundo. Cuando se eleven la hostia y el cáliz, pensemos que el sacerdote los presenta para aplacar la cólera de Dios, e impedir así que el rayo de su divina justicia caiga sobre nosotros con el merecido castigo por nuestras ofensas.
ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida – Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed.Gladius, 1994, pp. 270-274.

 

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Aplicación: Bendicto XVI - La parábola del hombre rico y del pobre Lázaro

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy el evangelio de san Lucas presenta la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 19-31). El rico personifica el uso injusto de las riquezas por parte de quien las utiliza para un lujo desenfrenado y egoísta, pensando solamente en satisfacerse a sí mismo, sin tener en cuenta de ningún modo al mendigo que está a su puerta. El pobre, al contrario, representa a la persona de la que solamente Dios se cuida: a diferencia del rico, tiene un nombre, Lázaro, abreviatura de Eleázaro (Eleazar), que significa precisamente “Dios le ayuda”. A quien está olvidado de todos, Dios no lo olvida; quien no vale nada a los ojos de los hombres, es valioso a los del Señor. La narración muestra cómo la iniquidad terrena es vencida por la justicia divina: después de la muerte, Lázaro es acogido “en el seno de Abraham”, es decir, en la bienaventuranza eterna, mientras que el rico acaba “en el infierno, en medio de los tormentos”. Se trata de una nueva situación inapelable y definitiva, por lo cual es necesario arrepentirse durante la vida; hacerlo después de la muerte no sirve para nada.

Esta parábola se presta también a una lectura en clave social. Sigue siendo memorable la que hizo hace precisamente cuarenta años el Papa Pablo VI en la encíclica Populorum progressio. Hablando de la lucha contra el hambre, escribió: “Se trata de construir un mundo donde todo hombre (…) pueda vivir una vida plenamente humana, (…) donde el pobre Lázaro pueda sentarse a la misma mesa que el rico” (n. 47). Las causas de las numerosas situaciones de miseria son —recuerda la encíclica—, por una parte, “las servidumbres que le vienen de la parte de los hombres” y, por otra, “una naturaleza insuficientemente dominada” (ib.). Por desgracia, ciertas poblaciones sufren por ambos factores a la vez. Pero no podemos olvidar otras muchas situaciones de emergencia humanitaria en diversas regiones del planeta, en las que los conflictos por el poder político y económico contribuyen a agravar problemas ambientales ya serios. El llamamiento que en aquel entonces hizo Pablo VI: “Los pueblos hambrientos interpelan hoy, con acento dramático, a los pueblos opulentos” (Populorum progressio, 3), conserva hoy toda su urgencia. No podemos decir que no conocemos el camino que hay que recorrer: tenemos la ley y los profetas, nos dice Jesús en el Evangelio. Quien no quiere escucharlos, no cambiará ni siquiera si alguien de entre los muertos vuelve para amonestarlo.

La Virgen María nos ayude a aprovechar el tiempo presente para escuchar y poner en práctica esta palabra de Dios. Nos obtenga que estemos más atentos a los hermanos necesitados, para compartir con ellos lo mucho o lo poco que tenemos, y contribuir, comenzando por nosotros mismos, a difundir la lógica y el estilo de la auténtica solidaridad.
(Ángelus del Papa Benedicto XVI el día domingo 30 de septiembre de 2007)

 

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Aplicación: San Juan Pablo II - El infierno como rechazo definitivo de Dios

1. Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno. No se trata de un castigo de Dios infligido desde el exterior, sino del desarrollo de premisas ya puestas por el hombre en esta vida. La misma dimensión de infelicidad que conlleva esta oscura condición puede intuirse, en cierto modo, a la luz de algunas experiencias nuestras terribles, que convierten la vida, como se suele decir, en «un infierno».

Con todo, en sentido teológico, el infierno es algo muy diferente: es la última consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra quien lo ha cometido. Es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el último instante de su vida.

2. Para describir esta realidad, la sagrada Escritura utiliza un lenguaje simbólico, que se precisará progresivamente. En el Antiguo Testamento, la condición de los muertos no estaba aun plenamente iluminada por la Revelación. En efecto, por lo general, se pensaba que los muertos se reunían en el sheol, un lugar de tinieblas (cf. Ez 28, 8; 31, 14; Jb 10, 21 ss; 38, 17; Sal 30, 10; 88, 7. 13), una fosa de la que no se puede salir (cf. Jb 7, 9), un lugar en el que no es posible dar gloria a Dios (cf. Is 38, 18; Sal 6, 6).

El Nuevo Testamento proyecta nueva luz sobre la condición de los muertos, sobre todo anunciando que Cristo, con su resurrección, ha vencido la muerte y ha extendido su poder liberador también en el reino de los muertos.

Sin embargo, la redención sigue siendo un ofrecimiento de salvación que corresponde al hombre acoger con libertad. Por eso, cada uno será juzgado «de acuerdo con sus obras» (Ap 20, 13). Recurriendo a imágenes, el Nuevo Testamento presenta el lugar destinado a los obradores de iniquidad como un horno ardiente, donde «será el llanto y el rechinar de dientes» (Mt 13, 42; cf. 25, 30. 41) o como la gehenna de «fuego que no se apaga» (Mc 9, 43). Todo ello es expresado, con forma de narración, en la parábola del rico epulón, en la que se precisa que el infierno es el lugar de pena definitiva, sin posibilidad de retorno o de mitigación del dolor (cf. Lc 16, 19-31).

También el Apocalipsis representa plásticamente en un «lago de fuego» a los que no se hallan inscritos en el libro de la vida, yendo así al encuentro de una «segunda muerte» (Ap 20, 13ss). Por consiguiente, quienes se obstinan en no abrirse al Evangelio, se predisponen a «una ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder» (2 Ts 1, 9).

3. Las imágenes con las que la sagrada Escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente. Expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios. El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría. Así resume los datos de la fe sobre este tema el Catecismo de la Iglesia católica: «Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno» (n. 1033).

Por eso, la «condenación» no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La «condenación» consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado.

4. La fe cristiana enseña que, en el riesgo del «sí» y del «no» que caracteriza la libertad de las criaturas, alguien ha dicho ya «no». Se trata de las criaturas espirituales que se rebelaron contra el amor de Dios y a las que se llama demonios (cf. concilio IV de Letrán: DS 800-801). Para nosotros, los seres humanos, esa historia resuena como una advertencia: nos exhorta continuamente a evitar la tragedia en la que desemboca el pecado y a vivir nuestra vida según el modelo de Jesús, que siempre dijo «sí» a Dios.

La condenación sigue siendo una posibilidad real, pero no nos es dado conocer, sin especial revelación divina, cuáles seres humanos han quedado implicados efectivamente en ella. El pensamiento del infierno -y mucho menos la utilización impropia de las imágenes bíblicas no debe crear psicosis o angustia; pero representa una exhortación necesaria y saludable a la libertad, dentro del anuncio de que Jesús resucitado ha vencido a Satanás, dándonos el Espíritu de Dios, que nos hace invocar «Abbá, Padre» (Rm 8, 15; Ga 4, 6).

Esta perspectiva, llena de esperanza, prevalece en el anuncio cristiano. Se refleja eficazmente en la tradición litúrgica de la Iglesia, como lo atestiguan, por ejemplo, las palabras del Canon Romano: «Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa (…), líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos».
(Audiencia de San Juan Pablo II el día miércoles 28 de julio de 1999)

 

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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - EL RICO EPULÓN Y EL POBRE LÁZARO Lc 16, 19-31

El mundo reclama risa y dice a sus seguidores ríe y el mundo reirá contigo. Jesús, por el contrario, dice a sus seguidores “Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados”[1].

El motivo de ésta parábola son las burlas que los fariseos hacen de Jesús cuando habla sobre el peligro de las riquezas[2].

“No podéis servir a Dios y al dinero”.

¿Por qué Dios y el dinero?

Son la respuesta al primer sentimiento religioso del hombre.
El hombre se conoce indigente y busca un apoyo o en Dios y abraza la religión o se da a las cosas temporales.

¿Qué hace Jesús para ayudarnos en la elección? Habla del pobre que aceptó su pobreza y se salvó y del rico que fue mal rico y se condenó. Jesús habla de la realidad del cielo y del infierno.

Hoy día se quiere negar la realidad del infierno y se dice que los que creen en el infierno son supersticiosos, es decir, irreligiosos. Los que dicen así niegan entonces que Jesús fue un hombre religioso porque Jesús habló muchas veces del infierno.

El infierno existe y es el temor al infierno el principio de la sabiduría[3].

Se quiere hacer irreal el infierno, un cuentito para niños que se portan mal… y el hacer creer que no existe el infierno es un cuento del diablo para cazar a los tontos.

Por otro lado se pondera una rigidez artificial. El verdadero hombre no teme nada. Lo cual, es antinatural porque el temor existirá mientras exista el mal en el mundo. El hombre teme naturalmente todo lo que atente contra su ser. Sólo no temen los presuntuosos porque creen que van a solucionar todo por ellos mismos o los desesperados que pueden quitarse la vida porque no les importa.

Todos tememos ante la posibilidad de la muerte corporal pero ese temor es anteúltimo, ya que el temor último viene de temer la pérdida del fundamento de nuestra existencia que es Dios. El hombre teme perder la plenificación de su ser que es el cielo y caer en la no-plenitud de su ser que es el infierno.

Todo deseo de felicidad es participación del cielo y toda frustración de felicidad querida es participación del infierno.

El temor al infierno es un escudo del amor de Dios, es una precaución humana, inspirada en el conocimiento de la debilidad humana de caer y condenarse.

Por eso dice la Escritura:

“El sabio siente temor y se aparta del mal”[4].

“El temor es el principio de la sabiduría”[5].

El temor a las penas del infierno se llama temor servil y es bueno y recomendable. Es el paso anterior al temor filial que nace del amor a Dios.

Debemos meditar en el infierno y debemos hablar de él. El temor al infierno mantiene la esperanza viva en alcanzar el cielo. La esperanza nos da certeza de alcanzarlo y el temor protege nuestra esperanza de la ilusión de creernos invulnerables y de la realidad de la pérdida de la plenitud de nuestro ser, deseo natural de todo hombre.

“Esperan en el Señor los que le temen”[6].

Lázaro es un ejemplo visible del que llora en ésta vida y es consolado en el cielo. No se salva Lázaro sólo por ser pobre, sino por aceptar con resignación su pobreza. No se condena el rico por ser rico sino por su apego a las riquezas y su falta de misericordia con el pobre.

El Señor, muchas veces, en el Evangelio nos exhorta a cargar nuestra cruz, a morir en esta vida para gozar en la vida eterna.

Jesús en ésta parábola nos recuerda la existencia del infierno y del cielo y quiere que lloremos por nuestros pecados, por los pecados ajenos y especialmente lloremos por su ausencia, suspirando por gozar de su presencia en la vida eterna.

El verdadero hombre religioso llora permanentemente por el dolor de dejar todo para alcanzar el cielo. Para vivir en el amor es necesario la entrega total: la muerte. Lázaro se alegra en el seno de Abraham porque sufrió en la tierra y el rico es atormentado porque la pasó muy bien, olvidado del cielo.

Jesús ante el primer reclamo del rico atestigua la existencia de un lugar de tormento y de un lugar de consuelo, infierno y cielo, y llama al desapego de los bienes de este mundo para alcanzar el cielo. Aquí es necesario que aclare lo siguiente: para el justo no todo es llorar y para el necio no todo es gozar. El justo que vive ya el desapego de las cosas de la tierra goza el cielo anticipadamente y según el grado de desapego más o menos.

Jesús enseña otras verdades: que no se puede salir de un lugar para pasar al otro, o sea, que las cosas quedan así después de la muerte y son irreversibles. Que los ricos ya no tienen derechos ni poder. Que no hay descanso en el infierno, ni una gota de agua. Que los que se condenan se condenan porque quieren, pues Dios no les hace faltar medios para salvarse y que la fe es un acto de humildad que usa de los medios ordinarios como son en este caso las palabras de Moisés y los profetas y que cuando no hay humildad, que también es una forma de llorar, por más que sucedan cosas extraordinarias no se creerá.

El rico pide a Abraham que envíe a su casa a Lázaro para avisarle a sus hermanos lo mal que se pasa en el infierno[7].

En este final de la parábola teniendo ante sus ojos a los fariseos Jesús les critica su falta de fe. No creen a Moisés, ni a los profetas y por eso no creen tampoco en Él.

No creerían ni ante un signo. No creyeron al ver la resurrección del otro Lázaro, es más querían eliminarlo por ser un testimonio: “los príncipes de los sacerdotes resolvieron dar muerte a Lázaro, porque a causa de él, muchos judíos se les iban y creían en Jesús”[8]. Jesús era un estorbo y Lázaro también. Tampoco creyeron en la resurrección de Jesús.

Quienes resisten a los medios ordinarios de la Providencia y requieren siempre nuevos portentos, aunque sucedieren estos, reclamarán otros mayores y ni aún por ellos se dejaran persuadir.

“Si creyeseis en Moisés, creerías en mí, porque él escribió de mí”[9].

Dios es libre para llamar a la fe una o mil veces y por eso hay que estar atento. Decían en el Medioevo: “temo a Jesús que pasa y no vuelve”. Dios pasa por la vida de todos los hombres llamándolos a la fe.

La vida del verdadero hombre religioso es una vida crucificada. “El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí”[10] y el seguir a Jesús crucificado hace brotar lágrimas de los ojos y a veces lágrimas de sangre. Sea lo que sea y cueste lo que cueste nos espera el consuelo y la alegría eterna.

En una gota de agua negada, Jesús encierra el sufrimiento eterno y en un abismo la separación eterna de Dios. Finalmente la necesidad de la humildad para tener fe.

[1] Cf. Sheen Fulton J., Vida de Cristo…, 119.
[2] Cf. Lc 16, 13-14
[3] Cf. Sal 110, 10
[4] Pr 14, 16
[5] Pr 1, 7
[6] Sal 113, 11
[7] Cf. v.28-31
[8] Jn 12, 10-11
[9] Jn 5, 46
[10] Mt 10, 38

 

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Directorio Homilético: Vigésimo sexto domingo del Tiempo Ordinario


CEC 1939-1942: la solidaridad humana
CEC 2437-2449: la solidaridad entre las naciones, el amor a los pobres
CEC 2831: el hambre en el mundo, solidaridad y oración
CEC 633, 1021, 2463, 2831: Lázaro
CEC 1033-1037: el Infierno

III LA SOLIDARIDAD HUMANA

1939 El principio de solidaridad, enunciado también con el nombre de "amistad" o "caridad social", es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana (cf SRS 38-40; CA 10):

Un error, "hoy ampliamente extendido, es el olvido de esta ley de solidaridad humana y de caridad, dictada e impuesta tanto por la comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca, como por el sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su Padre del cielo, en favor de la humanidad pecadora" (Pío XII, enc. "Summi pontificatus").

1940 La solidaridad se manifiesta en primer lugar en la distribución de bienes y la remuneración del trabajo. Supone también el esfuerzo en favor de un orden social más justo en el que las tensiones puedan ser mejor resueltas, y donde los conflictos encuentren más fácilmente su salida negociada.

1941 Los problemas socio-económicos sólo pueden ser resueltos con la ayuda de todas las formas de solidaridad: solidaridad de los pobres entre sí, de los ricos y los pobres, de los trabajadores entre sí, de los empresarios y los empleados, solidaridad entre las naciones y entre los pueblos. La solidaridad internacional es una exigencia del orden moral. En buena medida, la paz del mundo depende de ella.

1942 La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes materiales. Difundiendo los bienes espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a la vez el desarrollo de los bienes temporales, al cual con frecuencia ha abierto vías nuevas. Así se han verificado a lo largo de los siglos las palabras del Señor: "Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura" (Mt 6,33):

Desde hace dos mil años vive y persevera en el alma de la Iglesia ese sentimiento que ha impulsado e impulsa todavía a las almas hasta el heroísmo caritativo de los monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los que atienden enfermos, de los mensajeros de fe, de civilización, de ciencia, a todas las generaciones y a todos los pueblos con el fin de crear condiciones sociales capaces de hacer posible a todos una vida digna del hombre y del cristiano (Pío XII, discurso de 1 Junio 1941).

V JUSTICIA Y SOLIDARIDAD ENTRE LAS NACIONES

2437 En el plano internacional la desigualdad de los recursos y de los medios económicos es tal que crea entre las naciones un verdadero "abismo" (SRS 14). Por un lado están los que poseen y desarrollan los medios de crecimiento, y por otro, los que acumulan deudas.

2438 Diversas causas, de naturaleza religiosa, política, económica y financiera, confieren hoy a la cuestión social "una dimensión mundial" (SRS 9). La solidaridad es necesaria entre las naciones cuyas políticas son ya interdependientes. Es todavía más indispensable cuando se trata de acabar con los "mecanismos perversos" que obstaculizan el desarrolla de los países menos avanzados (cf SRS 17; 45). Es preciso sustituir los sistemas financieros abusivos, si no usureros (cf CA 35), las relaciones comerciales inicuas entre las naciones, la carrera de armamentos, por un esfuerzo común para movilizar los recursos hacia objetivos de desarrollo moral, cultural y económico "fijando de nuevo las prioridades y las escalas de valores" (CA 28).

2439 Las naciones ricas tienen una responsabilidad moral grave respecto a las que no pueden por sí mismas asegurar los medios de su desarrollo, o han sido impedidas de realizarlo por trágicos acontecimientos históricos. Es un deber de solidaridad y de caridad; es también una obligación de justicia si el bienestar de las naciones ricas procede de recursos que no han sido pagados justamente.

2440 La ayuda directa constituye una respuesta apropiada a necesidades inmediatas, extraordinarias, causadas por ejemplo por catástrofes naturales, epidemias, etc. Pero no basta para reparar los graves daños que resultan de situaciones de indigencia ni para remediar de forma duradera las necesidades. Es preciso también reformar las instituciones económicas y financieras internacionales para que promuevan mejor relaciones equitativas con los países menos desarrollados (cf SRS 16). Es preciso sostener el esfuerzo de los países pobres que trabajan por su crecimiento y su liberación (cf CA 26). Esta doctrina exige ser aplicada de manera muy particular en el ámbito del trabajo agrícola. Los campesinos, sobre todo en el Tercer Mundo, forman la masa preponderante de los pobres.

2441 Acrecentar el sentido de Dios y el conocimiento de sí mismo constituye la base de todo desarrollo completo de la sociedad humana. Este multiplica los bienes materiales y los pone al servicio de la persona y de su libertad. Disminuye la miseria y la explotación económicas. Hace crecer el respeto de las identidades culturales y la apertura a la transcendencia (cf SRS 32; CA 51).

2442 No corresponde a los pastores de la Iglesia intervenir directamente en la actividad política y en la organización de la vida social. Esta tarea forma parte de la vocación de los fieles laicos, que actúan por su propia iniciativa con sus conciudadanos. La acción social puede implicar una pluralidad de vías concretas. Deberá atender siempre al bien común y ajustarse al mensaje evangélico y a la enseñanza de la Iglesia. Pertenece a los fieles laicos "animar, con su compromiso cristiano, las realidades y, en ellas, procurar ser testigos y operadores de paz y de justicia" (SRS 47; cf 42).


VI EL AMOR DE LOS POBRES

2443 Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo: "a quien te pide da, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda" (Mt 5,42). "Gratis lo recibisteis, dadlo gratis" (Mt 10,8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres (cf Mt 25,31-36). La buena nueva "anunciada a los pobres" (Mt 11,5; Lc 4,18) es el signo de la presencia de Cristo.

2444 "El amor de la Iglesia por los pobres...pertenece a su constante tradición " (CA 57). Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas (cf Lc 6,20-22), en la pobreza de Jesús (cf Mt 8,20), y en su atención a los pobres (cf Mc 12,41-44). El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de "hacer partícipe al que se halle en necesidad" (Ef 4,28). No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa (cf CA 57).

2445 El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta:

Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste (St 5,1-6).

2446 S. Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: "No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que tenemos no son nuestros bienes, sino los suyos" (Laz. 1,6). "Satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia" (AA 8):

Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia (S. Gregorio Magno, past. 3,21).

2447 Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11; Si 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6,2-4):

El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo (Lc 3,11). Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros (Lc 11,41). Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: "id en paz, calentaos o hartaos", pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (St 2,15-16; cf. 1 Jn 3,17).

2448 "Bajo sus múltiples formas -indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o síquicas y, por último, la muerte- la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los `más pequeños de sus hermanos' . También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables" (CDF, instr. "Libertatis conscientia" 68).

2449 En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas (año jubilar, prohibición del préstamo a interés, retención de la prenda, obligación del diezmo, pago del jornalero, derecho de rebusca después de la vendimia y la siega) responden a la exhortación del Deuteronomio: "Ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquel de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra" (Dt 15,11). Jesús hace suyas estas palabras: "Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis" (Jn 12,8). Con esto, no hace caduca la vehemencia de los oráculos antiguos: "comprando por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias..." (Am 8,6), sino nos invita a reconocer su presencia en los pobres que son sus hermanos (cf Mt 25,40):

El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, Santa Rosa de Lima le contestó: "cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús".


2831 Pero la existencia de hombres que padecen hambre por falta de pan revela otra hondura de esta petición. El drama del hambre en el mundo, llama a los cristianos que oran en verdad a una responsabilidad efectiva hacia sus hermanos, tanto en sus conductas personales como en su solidaridad con la familia humana. Esta petición de la Oración del Señor no puede ser aislada de las parábolas del pobre Lázaro (cf Lc 16, 19-31) y del juicio final (cf Mt 25, 31-46).


633 La Escritura llama infiernos, sheol, o hades (cf. Flp 2, 10; Hch 2, 24; Ap 1, 18; Ef 4, 9) a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios (cf. Sal 6, 6; 88, 11-13). Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos (cf. Sal 89, 49;1 S 28, 19; Ez 32, 17-32), lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el "seno de Abraham" (cf. Lc 16, 22-26). "Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos" (Catech. R. 1, 6, 3). Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados (cf. Cc. de Roma del año 745; DS 587) ni para destruir el infierno de la condenación (cf. DS 1011; 1077) sino para liberar a los justos que le habían precedido (cf. Cc de Toledo IV en el año 625; DS 485; cf. también Mt 27, 52-53).


1021 La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiv a del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno con consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (cf. Lc 23, 43), así como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23) hablan de un último destino del alma (cf. Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y para otros.


2463 En la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria, hay que reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola (cf Lc 16,19-31). En dicha multitud hay que oír a Jesús que dice: "Cuanto dejásteis de hacer con uno de estos, también conmigo dejásteis de hacerlo" (Mt 25,45).

IV EL INFIERNO

1033 Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra El, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él" (1 Jn 3, 15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de El si omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno".

1034 Jesús habla con frecuencia de la "gehenna" y del "fuego que nunca se apaga" (cf. Mt 5,22.29; 13,42.50; Mc 9,43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida rehusan creer y convertirse , y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Jesús anuncia en términos graves que "enviará a sus ángeles que recogerán a todos los autores de iniquidad..., y los arrojarán al horno ardiendo" (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación:" ¡Alejaos de Mí malditos al fuego eterno!" (Mt 25, 41).

1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; SPF 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

1036 Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran" (Mt 7, 13-14) :

Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde `habrá llanto y rechinar de dientes' (LG 48).

1037 Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegari as diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que "quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión" (2 P 3, 9):

Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos (MR Canon Romano 88)

 

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Ejemplos

¿Sonreímos ante la muerte?

Dios te lo pague

Pensar en los demás

Hay los que se mueren de hambre

Demasiado


¿Sonreírnos ante la muerte?

El anciano estaba sentado en su lecho de muerte, y llenos de dolor rezaban sus hijos. Tenía los ojos cerrados como si durmiera. Un velo de calma y de quietud cubría su rostro pálido y exangüe. Había vivido toda la vida honrado y cristiano, y no tenía nada que en esta hora martirizara su conciencia. Los hijos no apartaban sus ojos de aquel rostro querido
De pronto el anciano sonrió y quedó otra vez inmóvil. Al poco tiempo volvió a sonreír, y algunos minutos después una tercera sonrisa brotó en sus labios.
Despertó. Los hijos le abrazaron y uno de ellos le preguntó:
- Padre, ¿por qué sonreías?
El viejo, con voz débil, les dijo así:
- Hijos míos, la primera vez sonreí, porque estaba pensando en los bienes caducos de este mundo, y no pude menos de alegrarme viendo cómo yo los he despreciado siempre, y de reírme viendo cuántos necios corren desalentados detrás de ellos. La segunda vez sonreí porque pensé en los males que sufrí en la vida, y me llené de gozo al ver que por haberlos llevado con resignación me van a traer ahora bienes infinitos. La tercera vez sonreí porque vi a mi lado al Ángel de la Guarda que me señalaba unas puertas abiertas llenas de claridad y de luz que eran las puertas del cielo.
Luego se reclinó sobre las almohadas y se quedó muerto.
Yo no deseo otra cosa, mis hermanos, que una muerte como esta muerte de las tres sonrisas. Pero les deseo que antes de llegar a ella la merezcan como el santo anciano moribundo. Ahora es cuando tenemos que convencernos de la nada de estas cosas que tanto nos encantan y nos ponen en peligro de ofender a Dios; del mérito del dolor llevado con paciencia, y entonces moriremos sonriendo por última vez viendo a nuestro Ángel Custodio que agarrará nuestra alma para llevarla a la eternidad feliz.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Tomo II, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 386)



Dios te lo pague

San Antonino, arzobispo de Florencia (s. XV), fue de una caridad espléndida. Cierto día un mensajero le trajo –regalo de sus amigos- un magnífico cesto de frutas. El mensajero lo dejó sobre la mesa y aguardó en espera de recibir algo. San Antonino, que acababa de dar sus últimas monedas a un pobre, le dijo:

-Gracias, buen amigo, Dios te lo pague.

-«Dios te lo pague...» - replicó el hombre- : eso, señor, es una moneda que pesa poco en el bolsillo.

-Amigo- contestó el santo- bien se ve que no sabes apreciar el valor de esa moneda.

Mandó traer una balanza y, en un platillo, puso el cesto de frutas y, en el otro, un papel en el que había escrito: «Dios te lo pague...»: y cedió éste. A la vista del milagro, comprendió nuestro hombre su engaño.

Pensar en los demás

Diógenes estaba un día plantado como un palo en la esquina de la calle, riéndose como un loco.

-¿Por qué te ríes?- le dijeron.

-¿Veis- respondió- aquella piedra que está en medio de la calle? Ya han tropezado en ella más de diez personas. Después de tropezar la miraban y la maldecían, pero ninguno la ha tomado y apartado para evitar que otro pudiera tropezar.

Ninguno pensaba en los demás, sino sólo en sí mismos. ¡El egoísmo!


Hay los que se mueren de hambre

Luis XIV, el rey Sol, había salido muy de mañana con sus monteros a una de sus fastuosas cacerías. Su caballo galopaba por los senderos de los bosques saltando obstáculos, y el rey perseguía la pieza mientras atronaban el aire las trompas y ladraba furiosa la jauría.

De pronto, en un camino solitario, tropieza con un cortejo fúnebre. Dos mozos conducen en unas parihuelas un cadáver:

El rey se detiene.

—¿Qué lleváis ahí? — pregunta.

—Señor —le dicen—, el cadáver de un hombre que ha aparecido muerto en el bosque.

— ,Y de qué ha muerto este hombre?

Los campesinos, que no saben de rodeos cortesanos, contestan sencillamente:

—De hambre.

El rey quedó unos instantes pensativo. Luego, ¿había en su reino hombres que se morían de hambre? Picó espuelas al caballo, y éste corrió como una flecha. Una pieza atravesó el camino. El rey la persiguió locamente y, al poco tiempo, la persecución y la alegría de los cortesanos borraron de la frente regia el recuerdo del hombre que murió de hambre entre los resonantes clamores de la caza.

Así pasamos nosotros riendo y gozando ante las miserias y las desventuras de los pobres de Cristo. Pero yo vengo a perturbar vuestros goces y a gritaros sin disimulo ni prudencias cortesanas: «¡Hermanos, en vuestro pueblo, en vuestra ciudad hay pobres que se mueren : de hambre!».


(Cortesía: iveargentina.org et alii)

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