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Domingo 33 del Tiempo Ordinario C - 'Serán odiados por todos a causa de mi nombre - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

 


A su disposición
Exégesis: Alois Stöger Predicciones cumplidas (Lc.21,5-24)

Comentario Teológico: San Juan Crisóstomo - LA DESTRUCCIÓN DEL TEMPLO

Santos Padres: San Ambrosio - Anuncio de los últimos tiempos (Lc.21,5ss)

Aplicación: P. Leonardo Castellani - Sermón escatológico

Aplicación: P. Alfredo Sáenz, S. J. - Los tiempos postreros

Aplicación: S.S. Francisco, p.p. - No dejarse engañar y vivir el tiempo de la espera como tiempo de testimonio

Aplicación: Benedicto XXVI - La historia un designio de salvación

Aplicación: J. Gomis - Hay que luchar siempre

Aplicación: Hans Urs von Balthasar - Los constantes teológicos  dentro de la historia

Directorio Homilético - Trigésimo tercer domingo del Tiempo Ordinario

Ejemplos

Recursos adicionales para la preparación

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo

Exégesis: Alois Stöger Predicciones cumplidas (Lc.21,5-24)

a) Preguntas acuciantes (Lc/21/05-09)

5 Mientras algunos iban hablando acerca del templo, de cómo estaba adornado con hermosas piedras y exvotos, él dijo: De todo esto que estáis viendo, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra: todo será demolido.

El templo, en cuya construcción se trabajaba (20/19 a.C.-63 d.C.) todavía en la época de Jesús, contaba entre las siete maravillas de la antigüedad. Espléndidamente brillan blancos bloques de mármol; el templo está adornado con magníficos exvotos, sobre todo con la vid de oro sobre la puerta del santuario. Solía decirse: «Quien no ha visto a Jerusalén en su magnificencia, no ha experimentado gozo en sus días. Quien no ha visto el santuario con su ornato, no ha visto una ciudad bella.»

A los que expresan su admiración entre el pueblo responde Jesús con predicciones de ruina: El templo será destruido (Luc_19:43). Dios no mira a las hermosas piedras y a los preciosos exvotos, sino que busca un pueblo en que se eche de ver que Dios mora en medio de él. Ahora se repite y se cumple la amenaza de los profetas: «Oíd, pues, cabezas de la casa de Jacob y jefes de la casa de Israel, que aborrecéis lo justo y torcéis lo derecho… Sus jueces sentencian por cohecho; sus sacerdotes enseñan por salario; sus profetas profetizan por dinero y se apoyan sobre Yahveh diciendo: ¿No está entre nosotros Yahveh? No nos sobrevendrá la desventura. Por eso, por vosotros será Sión arada como un campo, y Jerusalén será un montón de ruinas, y el monte del templo será un breñal» (Miq_3:9-12, cf. Jer_7:14; Jer_26:18; Eze_24:21).

7 Luego le preguntaron: Maestro, ¿cuándo, pues, sucederá esto, y cuál será la señal de que estas cosas se van a realizar?

Sólo se pregunta por el fin del templo. En Marcos se pregunta cuándo vendrá el fin del mundo (Eze_13:4). Mateo formula más concretamente la pregunta: «¿Cuándo sucederá esto y cuál será la señal de tu parusía y del final de los tiempos?» (Mat_24:3). La destrucción de Jerusalén, la venida del Hijo del hombre y el fin de este mundo están enlazados entre sí. (…)

8 él contestó: Mirad que no os dejéis engañar. Porque muchos vendrán amparándose en mi nombre, y dirán. Soy yo, y también: El tiempo está cerca. No vayáis tras ellos. 9 Y cuando oigáis fragores de guerras y de revoluciones, no os alarméis; porque eso tiene que suceder primero, pero no llegará tan pronto el fin.

La pregunta por el tiempo y las señales de la ruina de Jerusalén queda sin respuesta. A los cristianos que aguardan con ansia la venida de Cristo se les dirigen palabras de instrucción, pues el deseo impaciente de ver satisfecho este anhelo induce a prestar oídos a falsos rumores. También Pablo tuvo que amonestar y precaver a los cristianos de Tesalónica: «Y ahora, hermanos, a propósito de la parusía de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, os hacemos un ruego: no os desconcertéis tan pronto perdiendo el buen sentido, no os alarméis, sea con motivo de una inspiración, o de una declaración, o de una carta que se nos atribuya, sobre la inminencia del día del Señor. Que nadie os engañe de ninguna manera» (2Te_2:1 ss).

Vendrán muchos que reivindiquen para sí el nombre de Mesías y digan por su cuenta la palabra con que solía revelarse: soy yo (Mar_6:50; con frecuencia en Juan; cf. Exo_3:14; Isa_43:10 s; Isa_52:6). Con ello querrán decir que ellos son el salvador definitivo enviado por Dios, que prepara la consumación del mundo. En tiempo del procurador romano Cuspio Fado (44-46 d.C.) surgió Teudas y «se hizo pasar por alguien» (Hec_5:36). Después apareció Judas de Galilea y arrastró a cantidad de gente detrás de sí (Hec_5:37). Las palabras de Jesús desenmascaran a estos falsos redentores. Otros proclaman: El tiempo final ha llegado ya. También éstos disfrazan su mensaje con palabras de Jesús (Mar_1:15). Hay que poner freno a una expectativa demasiado entusiástica de la venida de Cristo y del fin de este mundo: «El Señor tarda en llegar» (Mar_12:45). El pretendiente al trono viaja a un país lejano para recibir la investidura del reino (Mar_19:1 1).

No es fácil ver claro en estos mensajes sensacionales. Son numerosos los que los anuncian; su multitud contagia y sugestiona. Se disfrazan con las palabras de Jesús. Su mensaje suena como el de él: «Soy yo»; «se acerca el tiempo». Reúnen, como él, discípulos a su alrededor. Estos discípulos los siguen. En este juego desconcertante del fraude brilla con su amonestación la palabra del Señor. Estas gentes son impostores y acaban en apostasía y perdición. Las palabras de Jesús comienzan y terminan con una gravedad que pone en guardia: No os dejéis engañar, no vayáis tras ellos.

En la literatura apocalíptica de los judíos se predicen para el tiempo final guerras, revoluciones y rumores desconcertantes a este respecto: «Vienen días, en los que yo, el Altísimo, quiero rescatar a los que están en la tierra. Entonces serán presa de enorme excitación los habitantes de la tierra, hasta el punto de tramar guerras unos con otros, ciudad contra ciudad, lugar contra lugar, pueblo contra pueblo, reino contra reino» (4Esd 11 [13] 29-32). Es posible que los profetas de la próxima venida interpretaran acontecimientos de la época como tales señales del fin. A la muerte de Nerón siguieron las revueltas romanas bajo Galba, Otón y Vitelio (68-69 d.C.). La guerra judía comenzó el año 66. Contra los anunciadores del fin próximo está la palabra de Jesús. Las guerras y revoluciones no son motivo para angustiarse por razón del fin próximo. Estos terribles azotes de la humanidad forman también parte del designio divino. Pasarán con el tiempo presente y han de tener en vela para el venidero e inducir a la conversión (Rev_16:11). Las guerras y revoluciones no son indicios de que va a llegar en seguida el fin. Con estas palabras se minan los fundamentos de todas las doctrinas de sectas adventistas.

b) Señales precursoras (Lc/21/10-11)

10 Entonces les añadió: Se levantará nación contra nación y reino contra reino; 11 habrá grandes terremotos, pestes y hambres en diversos lugares; se darán fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo.

Se reanuda el discurso. Anuncia señales. Las palabras están envueltas en oscuridad. Lucas, a lo que parece, las interpreta como señales de la destrucción de Jerusalén y del templo. (…). Se ha cumplido la palabra de Jesús que anunciaba señales. Las señales afectan a todo lo que rodea al hombre. Todo lo que asegura su vida comienza a tambalearse. El orden pacífico entre los pueblos se ve destruido por guerras, la solidez de la tierra se ve sacudida por terremotos, la vida se ve amenazada por hambres y epidemias, el orden de los cuerpos celestes se ve trastornado por fenómenos terroríficos. No sabemos en qué acontecimientos de la historia de la época vio Lucas cumplida esta predicción. ¿Pensaba en las guerras que llevaron consigo las revueltas de Roma? ¿O en la situación confusa en Palestina antes de que estallara la guerra judía? ¿En temblores de tierra que, según se narra, tuvieron lugar en Frigia en aquella época? Lucas sabe que reinó el hambre bajo el emperador Claudio (Hec_11:28). Según la tradición judía, el año 66 apareció en el cielo de Jerusalén un meteoro en forma de espada; durante todo el año se vio un cometa en el cielo. Seis días después de estallar la guerra judía parece como si cruzaran el cielo carros de guerra. La noche de pentecostés del mismo año oyen los sacerdotes en el templo una voz que dice: «Marchémonos de aquí.» Marcos vio en estos presagios «el comienzo de los dolores de parto», precursores de la «regeneración» del mundo (Mat_19:28). Aunque Lucas leyó esto en su fuente, no lo menciona; él interpretó estas señales no como comienzo de las tribulaciones del tiempo final, sino como señales precursoras de la ruina de Jerusalén, y explicó la predicción con los hechos históricos. El curso de la historia no es determinado únicamente por causas intramundanas, sino por el designio divino. Aun considerada así, encierra muchos misterios.

c) Persecución de la Iglesia

(Lc/21/12-19)

12 Pero, antes de todo eso, se apoderarán de vosotros y os perseguirán: os entregarán a las sinagogas y os meterán en las cárceles; os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre.

A los acontecimientos que presagian la destrucción de Jerusalén, preceden las persecuciones de los discípulos. Los acontecimientos se ordenan históricamente: primeramente es perseguida la Iglesia, de lo cual hablan los Hechos de los apóstoles; siguen luego los acontecimientos que preceden a la destrucción de Jerusalén, los cuales son interpretados como signos precursores; finalmente viene la guerra judía y la ruina de Jerusalén y del templo.

Los discípulos de Jesús son perseguidos por las autoridades judías y paganas. «Mientras Pedro y Juan estaban hablando al pueblo, se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos… Les echaron mano y los pusieron bajo custodia hasta el amanecer» (Hec_4:1-3; d. 5,18; 8,3; 12,4). Los pretores de Filipos «despojaron a Pablo y a Silas de sus vestiduras y los mandaron azotar con varas; después de darles muchos golpes, los metieron en la cárcel» (Hec_16:22 s). Pablo comparece ante el tribunal del rey Agripa II (Hec_26:1), del procurador Galión en Corinto (Hec_18:12), de Felix (Hec_24:1 s) y de Festo (Hec_25:1) en Cesarea marítima. Las palabras de la predicción son confirmadas por los hechos de la historia. Lo que la hora histórica aporta al discípulo de Cristo no debe éste tomarlo como destino oscuro y oprimente; lo que le sucede lo sabía anticipadamente el Señor y lo inserta en el plan salvador de Dios.

Los discípulos soportan por el nombre de Jesús la persecución, las condenas y los castigos. En el nombre del Señor Jesús recibieron el bautismo (Hec_8:16) después de haber confesado que Jesús es el Señor. En aquella hora fueron reunidos con «los que invocan el nombre del Señor» (Hec_9:14). Invocando este nombre curó Pedro enfermos (Hec_3:6). «No hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, por el cual hayamos de ser salvos» (Hec_4:12). La predicación apostólica anuncia y enseña el nombre de Jesucristo (Hec_4:17 s: S,28; 8.12). Por razón de esta predicación son vejados los apóstoles, pero «salían gozosos de la presencia del sanedrín, porque habían sido dignos de padecer afrentas por el nombre de Jesús» (Hec_5:41). El nombre de Jesús representa la presencia activa de Cristo glorificado.

13 Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. 14 Por consiguiente, fijad bien en vuestro corazón que no debéis preocuparos de cómo os podréis defender; 15 Porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría que no podrá resistir ni contradecir ninguno de vuestros adversarios.

La gran preocupación y el empeño acuciante de los discípulos de Jesús es la proclamación del nombre de Jesús. Mediante la persecución se abren puertas para dar testimonio en favor de Cristo. Los cristianos de la comunidad primitiva de Jerusalén, que se ven forzados a abandonar la ciudad para salvar sus vidas, llevan el Evangelio a las zonas de Judea y Samaría (Hec_8:1-4), a Fenicia, Chipre y Antioquía (Hec_11:19; Hec_15:3). Pedro, Juan y Esteban comparecen ante el sanedrín, Pablo ante los procuradores, y llevan el mensaje de Cristo a lugares donde de otra manera se le habían mostrado refractarias las gentes (Hec_4:8 ss; Hec_7:1 ss; 25-26). Pablo comunica a los filipenses que su prisión sirve para el progreso del Evangelio: «En todo el pretorio y entre todos los demás se ha puesto de manifiesto que mis cadenas son por Cristo» (Flp_1:12 s).

Los discípulos reciben una palabra que deben grabar en su mente y tener presente en el tiempo de la persecución. No deben preocuparse por lo que han de decir en su propia defensa ante los tribunales, no tienen necesidad de preparar ningún discurso para no dejar en mal lugar a Cristo ante el tribunal; Cristo mismo les dará lenguaje y sabiduría. Como Dios prometió a Moisés que estaría con él y le enseñaría lo que tenía que decir (Exo_4:12), así también Jesús pertrechará a sus discípulos para la confesión y el testimonio delante de sus adversarios. No están abandonados a retóricas y sabidurías humanas, sino que sus palabras estarán dotadas de virtud y sabiduría divina. El Espíritu Santo les enseñará en aquella hora lo que tienen que decir (Exo_12:12). La historia ha demostrado la verdad de esta promesa. Cuando los miembros del sanedrín observaron el franco y valeroso comportamiento de Pedro y de Juan y notaron que eran personas sin cultura, se admiraron (Hec_4:13). Los judíos helenistas que disputaban con Esteban se sentían inferiores a la sabiduría y al espíritu con que hablaba Esteban (Hec_6:10). No se logra hacer callar a los discípulos de Jesús, sino que son sus adversarios los que tienen que enmudecer. Las palabras de la predicción están penetradas del optimismo que desencadenó la carrera triunfal del Evangelio.

16 Seréis entregados incluso por padres, hermanos, parientes y amigos, y darán muerte a algunos de vosotros; 17 y seréis odiados por todos a causa de mi nombre.

Familiares, parientes y amigos se convierten en traidores contra los discípulos de Cristo. Ni siquiera los círculos de amigos y la familia les ofrecen protección. Su confesión tiene que contar únicamente con la fe en Cristo. Lucas reproduce la predicción: «les darán muerte» (Mar_13:12), iluminada por su cumplimiento: «Darán muerte a algunos de vosotros.» Cuando él escribe, habían ya dado algunos la vida por su fe: Esteban (Hec_7:54-60) y Santiago (Hec_1 2:2).

La fidelidad a Cristo pone a los discípulos en contradicción con judíos y gentiles, con el Estado romano, con la sociedad y las costumbres. Son odiados por todos. Los cristianos vinieron a ser objeto de «odio del género humano»; así compendia el historiador romano Tácito el juicio sobre los cristianos. El odio alcanza a los cristianos por el nombre de Jesús. El cristiano cree en la predicación «sobre el reino de Dios y el nombre de Jesucristo» (Hec_8:12). Por el hecho de ser repudiado Cristo y su palabra, es también repudiado el cristiano. «Si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí» (/Jn/15/18). Pero en la confesión del discípulo es glorificado Dios (Flp_2:11). El martirio es culto tributado a Dios (Flp_2:17 s).

18 Pero ni siquiera un cabello de vuestra cabeza se perderá. 19 A fuerza de constancia poseeréis vuestras vidas.

Los discípulos perseguidos no están a merced de sus perseguidores: no están abandonados a su poder y a su arbitrio. Dios mira por la Iglesia perseguida y extiende sobre ella su mano. También aquí se aplica lo que dice el refrán: «No se perderá ni un cabello de vuestra cabeza» (1Sa_14:45). Se quita a algunos la vida, pero gracias a la providencia protectora de Dios, muchos salen ilesos de los casos más difíciles. Pedro es librado milagrosamente de la cárcel (Hec_12:6 ss), y Pablo, pese a múltiples hostilidades y persecuciones, lleva adelante su imponente obra misionera (Act 13 ss; 2Co_11:23-31). Cuando Esteban fue apedreado, «comenzó una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén, y todos se dispersaron por los lugares de Judea y de Samaría, a excepción de los apóstoles… Los que se habían dispersado iban por todas partes anunciando el Evangelio» (Hec_8:1-4).

El tiempo de la Iglesia es tiempo de persecución. Este tiempo se prolonga. La redención total se inicia con la venida del Hijo del hombre, pero esto no tiene lugar inmediatamente. Se requiere paciencia, constancia y perseverancia, sumisión a lo que impone la persecución y ha sido decretado por Dios. Lo que aporta la salvación y hace alcanzar la vida no es una violencia arrolladora y apasionada, ni tampoco la apostasía, sino la paciencia perseverante. «Quien va destinado a cautividad, a cautividad vaya. Quien mata a espada, a espada muera. Aquí está la constancia y la fe del pueblo santo» (Rev_13:10). Dios no permite que nada deje de redundar en bien de los suyos (Rom_8:28).
(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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Comentarios Teológico: San Juan Crisóstomo - LA DESTRUCCIÓN DEL TEMPLO

1. Había dicho el Señor: Mirad que vuestra casa quedará desierta, y había anteriormente predicho calamidades sin cuen­to; de ahí que sus discípulos se le acerquen como maravillados para hacerle notar la hermosura del templo, perplejos juntamen­te de que pudieran desaparecer tantas bellezas, tantas preciosi­dades y tan indecible variedad de obras de arte. Mas ahora ya no les habla sólo de soledad, sino que les predice su completa desaparición: ¿Veis—les dice—todas esas cosas y os admiráis y maravilláis? Pues de todo ello no ha de quedar piedra sobre pie­dra. —Entonces—objetarás—, ¿cómo es que quedó? — ¿Y qué importa eso? Porque ni aun así dejó de cumplirse la sentencia. Porque o hablaba el Señor de la desolación completa, o sólo de la del lugar en que se hallaba. Porque hay partes del templo que han desaparecido hasta los cimientos. Aparte de esto, puedo también contestaros que, por lo ya sucedido, aun los más pertinaces, han de persuadirse que aun las reliquias que quedan han de perecer también completamente.

PRELUDIO A LA RUINA DE JERUSALÉN: SEUDOCRISTIANOS Y SEUDOPROPETAS

Más sentado Él sobre el monte de los Olivos, se acercaron en particular sus discípulos para preguntarle: Dinos cuándo su­cederán estas cosas y qué señal habrá de tu venida y de la consumación del mundo. Como quienes tales preguntas venían a hacerle, se le acercaron en particular. La verdad es que ardían en deseos de saber el día de su venida, pues deseaban también ardientemente contemplar aquella gloria, principio que sería de incontables bienes. Dos cosas le preguntan aquí: ¿Cuándo su­cederá esto? Es decir, la destrucción del templo; y: ¿Qué señal habrá de tu venida? Lucas dice que sólo le preguntaron acerca de la ruina de Jerusalén[1], por creer ellos que con ella había de coincidir el advenimiento glorioso del Señor. Marcos dice que ni siquiera le preguntaron todos acerca de la ruina de Jerusalén, sino sólo Pedro y Juan[2], como quienes tenían más confianza con Él. ¿Qué contesta, en fin, el Señor? Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: Yo soy el Cristo. Y engañarán a muchos. Porque oiréis hablar de guerras y de rumores de guerras. Mirad de no turbaros, porque todo eso ha de suceder, pero todavía no es el fin. Oían hablar los apóstoles, como de cosa ajena, del castigo que había de caer sobre Jerusalén, y, como si hubieran de estar al abrigo de todas las perturbaciones, sólo soñaban en venturas que esperaban ya como muy próximas.

De ahí que el Señor les predice nueva­mente calamidades, con el fin de templarlos para el combate a par que les encarece doble vigilancia: para no dejarse sorpren­der del embuste de los impostores ni arrastrar por la violencia de los males que estaban para venir. Porque doble será la guerra —para decirles—: la de los impostores y la de los enemigos; más la primera será más dura, pues os atacarán en medio de la confusión de las cosas y del terror y turbación de los hombres. A la verdad, grande fue entonces la turbación; cuando los romanos empezaban sus victorias, eran tomadas las ciuda­des, se ponían en marcha campamentos y armas y aumentaba la credulidad de las gentes. Por lo demás, la guerra de que el Señor habla es la guerra contra Jerusalén, no las guerras exte­riores, que se daban por todo lo descubierto de la tierra. Por­que ¿qué se les daba a los judíos de tales guerras? Por otra parte, poco nuevo iba a decir si sólo les hablara de las calami­dades de la tierra, que suceden constantemente. A la verdad, también antes de la ruina de Jerusalén había habido guerras y turbaciones y batallas; más el Señor habla aquí de la guerra que estaba ya próxima a estallar contra los judíos. Porque ya su preocupación eran los romanos.

Como quiera, pues, que todo ello era más que bastante para turbarlos, se lo predice de ante­mano. Luego, para darles a entender que Él mismo atacará y combatirá a los judíos, no sólo les habla de batallas, sino tam­bién de calamidades venidas de Dios, de hambres, pestes y terremotos, lo cual sería prueba de que también la guerra la había permitido Él y que nada de aquello había de acontecer porque sí y siguiendo el curso ordinario de las cosas humanas, sino como castigo de la cólera celeste. De ahí que tampoco les dice que todo aquello había de acontecer sin más ni más y re­pentinamente, sino acompañado de señales. No quería el Señor que los judíos pudieran decir que los que entonces habían creído en Él eran la causa de aquellas calamidades. De ahí que les señale la causa de su castigo: En verdad os digo que todo esto vendrá sobre esta generación, les había dicho anteriormen­te, después de haberles recordado el crimen que iban a cometer. Luego, porque no pensaran sus discípulos que por aquella tem­pestad de males había de sufrir menoscabo la predicación del Evangelio, añadió: Mirad que no os turbéis, pues es necesario que todo esto suceda; es decir, todo lo que yo he predicho, y toda esta invasión de males no será óbice a ninguna de mis pa­labras. Habrá alboroto y turbación; pero nada será capaz de conmover mis oráculos. Luego, como había dicho a los judíos: Desde ahora ya no me habéis de ver hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor; y como sus discípulos se imaginaban que a par de la ruina del templo había de ser la con­sumación, con el fin de corregir esta idea, les dijo: Pero todavía no es el fin.

Ahora, que tal pensaran ellos efectivamente, ­se puede deducir de sus mismas preguntas. ¿Qué preguntaron efec­tivamente? ¿Cuándo sucederá esto? Es decir, ¿cuándo será des­truida Jerusalén y cuál será la señal de tu venida y de la consu­mación del mundo? Él, empero, nada responde de pronto a esta pregunta, sino que primero les dice lo que era urgente y lo que ante todo era menester que supieran. Inmediatamente, en efec­to, no les habló ni de la ruina de Jerusalén ni de su segundo ad­venimiento, sino de los males que estaban ya llamando a la puerta. De ahí que los prepare para el combate diciendo: Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre di­ciendo: Yo soy el Cristo. Luego, cuando ya les ha dado la voz de alerta sobre lo que han de oír; porque: Mirad—les dice—que nadie os engañe; cuando los tiene ya templados para la lucha y ha hecho que estén vigilantes; después de hablarles de los impostores y de los seudocristos, pasa a hablarles tam­bién de los males de Jerusalén, y, como siempre, por lo ya su­cedido confirma, aun para los más insensatos y pertinaces, lo que estaba todavía por suceder.

EL PRINCIPIO DE LOS DOLORES

2. Como ya he dicho, al hablar el Señor de guerras y de rumores de guerras, habla de las turbaciones que a los judíos iban a acontecer. Luego, como quiera que se imaginaban, según también he dicho, que, después de aquella guerra, iba a venir el fin, mirad cómo los asegura diciendo: Pero todavía no es el fin. Porque se levantarán—dice—nación contra nación y reino contra reino. Son los preludios de las calamidades de los judíos. Pero todo esto es sólo el comienzo de los dolores, de los que habían de sucederles a ellos quiere decir. Entonces os entregarán a tribulación y os quitarán la vida. Muy oportunamente inserta el Señor los males de ellos, que habían de tener algún consuelo en los males comunes, y, más que en eso, en lo que luego añade: Por causa de mi nombre.

Porque: Seréis—dice—aborrecidos de todos por causa de mi nombre. Y entonces se escandalizará muchos, y se traicionarán unos a otros, y surgirán muchos falsos profetas y extraviarán a muchos. Y por multiplicarse la iniquidad, se enfriará la caridad de la gente. Más el que resistiere hasta el fin, ése se salvará. El mayor mal es que la guerra sea también intestina, porque muchos se convierten en falsos hermanos. De ahí una triple guerra: guerra de parte de los impostores, guerra de parte de los enemigos, guerra de parte de los falsos hermanos. Mirad cómo lo mismo lamenta Pablo cuando dice: Por defuera batallas, por dentro temores y peligros de parte de los falsos hermanos. Y más adelante: Porque ésos son falsos apóstoles, obreros embusteros que se transfiguran en apóstoles de Cristo[3]. Y lo más grave de todo es que no habrían de tener ni el consuelo de la caridad. Luego, para dar­les a entender que al hombre generoso y constante nada de eso puede dañarle: “No temáis—les dice—ni os turbéis. Porque si mostráis la paciencia conveniente, esos males no os vencerán”.

Y prueba clara de ello es que el Evangelio había de predicarse absolutamente por toda la tierra. Tan por encima estaréis de todas esas calamidades. Por qué no pudieran decirle: ¿Cómo, pues, viviremos? Él les promete algo más que la vida: “Viviréis y enseñaréis por todas partes”. De ahí que añade:

LA PREDICACIÓN DEL EVANGELIO

Y será predicado este Evangelio en el mundo entero para servir de testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin. No el fin del mundo, sino de Jerusalén. Porque que hable aquí el Señor del Evangelio, y que éste se había ya predicado por dondequiera antes de la toma de Jerusalén, oye cómo lo afirma Pablo: A toda la tierra llegó el sonido de ellos[4]. Y en otro lu­gar: El evangelio que se predica en toda la creación que está bajo el cielo[5]. Y ved cómo él mismo corre desde Jerusalén hasta España. Pues si uno solo abarcó tan grande parte de la tierra, considerad lo que harían entre todos los otros. Y es así que, es­cribiendo Pablo a otros, habla del Evangelio, que fructifica y crece en toda la creación que está bajo el cielo[6]. Más ¿qué quiere decir: Para testimonio en todas las naciones? —Como el Evange­lio se había de predicar en todas partes, pero algunos no habían de creer ni en todas partes había de ser aceptado, él—dice—será testimonio contra los que no creyeren. Es decir, será argumen­to y acusación contra ellos.

Para testimonio: Porque los que hubieren creído atestiguarán contra los incrédulos y los conde­narán. De ahí que, después de predicado el Evangelio por todas las partes de la tierra, es destruida Jerusalén, con lo que no les quedaba a los ingratos ni sombra de defensa. Porque quienes habían visto brillar por dondequiera la virtud de Cristo y cómo en un momento llegaba a toda la tierra, ¿qué perdón podían te­ner ya, al seguir obstinados en su ceguera e ingratitud? Porque que ya entonces se había predicado el Evangelio por todas par­tes, oye cómo lo afirma Pablo: El evangelio que ha sido pre­dicado en toda la creación que está debajo del cielo. Lo que constituye también la prueba más grande del poder de Cristo, pues en veinte o treinta años en total, su doctrina alcanzó hasta los confines de la tierra. Después de esto, pues—dice—, vendrá el fin, es decir, la ruina de Jerusalén. Porque, que a este fin se refiera el Señor, lo pone de manifiesto lo que sigue, pues hasta añadió una profecía, confirmando la destrucción del pueblo ju­dío, y diciendo: Cuando veáis la abominación de la desolación, que fue predicha por el profeta Daniel, asentada en el lugar santo, el que lea entienda[7]. Los remitió a Daniel. Abominación llama a la estatua que el conquistador de la ciudad colocó den­tro de ella después de desolar templo y ciudad, por lo que la llama abominación de la desolación. Y porque advirtieran que ello había de acontecer cuando aún vinieran algunos de ellos, les dijo: Cuando veáis la abominación de la desolación…
(San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (II), Homilía 75, 1-3, BAC Madrid 1956, 494-501)


[1] Lc 21, 7
[2] Mc 13, 3
[3] 2 Co 7, 5; 11, 13
[4] Rm 10, 18
[5] Col 1, 23
[6] Col 1, 6
[7] Dn 9, 27


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Santos Padres: San Ambrosio - Anuncio de los últimos tiempos (Lc.21,5ss)


6. No quedará piedra sobre piedra que no sea destruida, Después de lo anterior seguía la cuestión de la viuda, pero sobre este tema ya hemos hablado bastante en el tratado que escribimos acerca de las viudas, ahora lo dejaremos a un lado. Lo dicho en el texto se aplica con verdad plena al templo que construyó Sa­lomón, igual que a su destrucción por el enemigo antes del día del juicio; pues es cierto que ninguna obra de nuestras manos puede existir sin que sea deteriorada por el tiempo, la mine la violencia o la consuma el fuego. Existe, sin embargo, otro tem­plo, construido con piedras preciosas y adornado con ofrendas, que es el que parece el Señor significar que será destruido; en otras palabras, hace referencia a la Sinagoga de los judíos, cuya vieja construcción se disolvió cuando surgió la Iglesia. En verdad, tam­bién en cada hombre existe un templo que se derrumba cuando falla la fe, y, especialmente, cuando uno lleva hipócritamente el nombre de Cristo, sin que su afecto interior corresponda a tal nombre.


7. Quizás sea ésta la exposición que mayores bienes me re­porte a mí. Porque ¿de qué me sirve saber el día del juicio? Y puesto que tengo conciencia de tantos pecados, ¿de qué me apro­vechará el que Dios venga si no viene a mi alma ni a mi espíritu, si no vive en mí Cristo ni El habla en mí? Por esa razón Cristo debe venir a mí, su venida tiene que llevarse a cabo en mi persona. La segunda venida del Señor tendrá lugar al fin del mundo, cuando podamos decir: El mundo está crucificado para mí y yo para el mundo (Ga 6, 14).

8. Pero si el fin de este mundo encuentra a tal hombre en lo alto de su casa (Mt 24, 17), de manera que es ciudadano del cielo por anticipado (Flp 3, 20), entonces será destruido el templo ma­terial y visible, así como también la Ley, la pascua y los ázimos materiales y sensibles; y ahora me atrevo a decir que el Cristo temporal existió para Pablo aun antes de que creyese en El (Ga 4, 14), ya que para quien el mundo ha muerto, Cristo es eterno. Para él tanto el tiempo como la Ley y la pascua son espirituales, puesto que Cristo murió una sola vez (Rm 7, 14); él se alegra con los ázimos (1 Co 5, 8), no elaborados con los frutos terrenos, sino con los de la justicia. El, en realidad, tiene muy presente la sabiduría, la virtud y la justicia, así como la redención; pues Cristo efectivamente murió una sola vez por los pecados del mundo, pero con la intención de perdonar diariamente los pecados del pueblo.

9. Cuando oyereis hablar de guerras y revueltas. Al ser pre­guntado el Señor sobre cuándo acaecería la futura destrucción del templo y cuál sería el signo de su venida, El condescendió en hablar­les de las señales, pero en cuanto al tiempo no creyó oportuno indicárselo. Sin embargo, Mateo añade una tercera pregunta (24, 1-3), de manera que los apóstoles interrogaron al Señor acer­ca del tiempo de la destrucción del templo, acerca de la señal de su venida y sobre el fin del mundo, pero Lucas creyó que sería suficiente saber cuándo vendría el fin de mundo si se daban las señales de la venida del Señor.

10. Nadie mejor que nosotros, sobre quienes vendrá ese fin del mundo, podrá testimoniar la verdad de estas palabras celes­tiales. ¡Cuántas guerras y qué de clamores guerreros soportamos constantemente! Los hunos se levantan contra los alanos, éstos con­tra los godos, los godos contra los taifales y los sarmatos, y aun nosotros hemos estado desterrados de nuestra patria en Iliria por los godos, desterrados también a su vez; pero no es esto todo. ¡Qué hambre hay por doquier! Esta es la peste no sólo de los bueyes, sino también de los hombres y de toda clase de anima­les, y esto hasta tal extremo, que aún los mismos que no hemos sufrido la guerra, hemos recibido de esa peste un impacto igual al de los países beligerantes. Y esta aparición de enfermedades está asolando el mundo porque nos encontramos en su ocaso. Esas enfermedades del mundo son: el hambre, la peste y la persecución.

11. Además hay otras clases de guerra que tiene que librar el hombre que es cristiano, es decir, la lucha contra las distintas pasiones, los combates contra los malos deseos, y es una verdad inconcusa que los enemigos internos son de más peligro que los de fuera. En verdad, la avaricia nos excita, nos inflama la pasión, el miedo nos atormenta, la cólera nos zarandea, la ambición nos desasosiega, los malos espíritus que vagan por los aires (Ef 6, 12) intentan aterrorizarnos. Y por eso, en realidad, se asemejan a combates que nos hacen entablar, y, como si fueran terremotos, dejan su huella en las partes más débiles del alma cuando ésta se halla agitada.

12. Pero el que es más fuerte dice: Aunque acampe contra mí un ejército, no temerá mi corazón; aunque me acucien a la batalla, en El esperaré (Sal 26, 3). Así, en medio de la lucha, perma­nece en pie, ofreciendo su pecho al enemigo; y aunque surja algún Goliath, feroz y gigante, sin embargo, entre la multitud de los cobardes, se levanta como el humilde David, rechazando las armas del rey terreno (1 S 17) y, tomando los dardos más ligeros de la fe, y lanzando con la honda de las tres cuerdas el pro­yectil de una pura confesión de fe, hiere el descaro del persegui­dor, despreciando sus amenazas, haciendo caso omiso de su poder y aun mereciendo que el mismo Cristo hable en él. Unas veces habla Cristo, otras el Padre y otras el Espíritu del Padre. Y cier­tamente todas estas cosas no se contraponen, sino que concuerdan perfectamente. Lo que uno dice, lo dicen los tres, porque la Tri­nidad no tiene más que una voz. Ante aquel vencedor que golpeó a Goliath con su espada, exponiéndose a la muerte por Cristo y poniendo en fuga a los filisteos, iban los muchachos, que son como los ángeles, diciendo: Saúl mató a mil y David a diez mil (1 S 18, 7). Lo cual es señal de que los que vencen a este mundo son superiores a los príncipes. Y así los mártires sucederán a los reyes muertos en el reino que no acabará en virtud de la gracia celestial, y así los primeros serán los inferiores y los segundos los patronos.

13. Pero hay otra clase de espada de Goliath y un segundo dardo del enemigo; me refiero a esas palabras de los herejes. El hombre que sabe cantar se prepara para vencer al enemigo; y este tal, aun oyendo que hay guerras, no toma en ello parte, y no le inquieta ni le atormenta ningún viento de doctrina (Ef 4, 14), y, al sentirse saciado por la abundancia de la Escritura divina, des­conoce el hambre de la palabra; y ese tal no teme importunar a quien es capaz de hacer vanos los propósitos de los herejes. Por esto, el que esté enfermo, que sufra su postración para no causar a los otros un perjuicio cargándoles con una obligación más pe­sada. Que venga David, al que abre Cristo la boca, para que revele los misterios; y que venga también aquel Nazareno, cuyos cabellos no se caían porque Él no tenía nada superfluo que pudiera caer ni podría perder lo más mínimo de sus virtudes más esclarecidas, El que era un hombre casto por su sobriedad, valeroso en la paz, maestro en guardar hasta el extremo todos sus sentidos y su lengua.
¡Que se predique el Evangelio para que sea consumido el mundo! Y del mismo modo que la predicación del Evangelio atravesó todo el orbe de la tierra, en el cual creyeron los godos y los armenios, razón por la que creemos que el mundo está tocan­do a su fin, así también el hombre espiritual anuncia el Evangelio cuando lleva a cabo todo el proceso de la sabiduría y practica todas las virtudes, y, mientras canta con el alma y con el espíritu (1 Co 14, 15), va destruyendo la última muerte. Ya que el fin tendrá lugar cuando Cristo entregue en sí mismo el reino a Dios Pa­dre y haya sometido todo a Aquel que le sometió a El todo, con objeto de que sea Dios todo en todas las cosas (ibíd. 15, 24-28). Y será predicado el Evangelio por todas las ciudades, es decir, por todos los lugares de Judea, pues Dios es conocido en Judea (Sal 75, 1). Y, en efecto, sólo cuando se ponen las virtudes como fundamento, es cuando se edifican las ciudades de Judea (Sal 68, 36).

 

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Aplicación: P. Leonardo Castellani - Sermón escatológico

El fin y el principio se tocan: en el primer Domingo del año litúrgico la Iglesia lee de nuevo el del último, la profecía de Cristo acerca del fin del siglo, o sea su propio Retorno a la tierra “en gloria y majestad” –esta vez en San Lucas, que repite simplemente el capítulo XXIV de San Mateo abreviándolo un poco. Lee solamente los versículos finales, que contienen la amonestación a estar atentos a “los Signos”, y ese dificultoso versículo final que dice: “De verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla”.

Además de la dificultad de que pasó esa generación, y el fin del mundo no vino —dificultad que ya he explicado— hay otra dificultad que explicaré hoy: los “Signos”. Cristo manda que estemos atentos a los signos; y cuando los veamos, en vez de decir que nos asustemos, dice que nos alegremos; aunque el mundo entonces andará asustado, y ése es justamente uno de los “signos”. Pero por otra parte había dicho que “el día ni la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el mismo Hijo del Hombre”. Entonces ¿en qué quedamos? Si no podemos saber cuándo será el fin del mundo, entonces ¿para qué mirar los Signos?

La respuesta está en las mismas palabras divinas: “el día ni la hora” eso es lo que NO podemos saber; “que está cerca”, eso podemos saber: “así que cuando veáis todo esto hacerse, sabed que el Reino de Dios está cerca”. Pero, dirá alguno, si uno sabe que está cerca, entonces más o menos uno puede saber el día y la hora. No: puede estar evidentemente cerca, y luego alejarse de nuevo; es decir, el mundo puede acercarse al borde del precipicio (y eso se puede ver) y después alejarse de nuevo, y eso no se puede saber, pues depende del libre albedrío del hombre, el cual sólo Dios puede conocer. Por eso Cristo dijo “ni el Hijo del Hombre lo sabe”. No dijo “yo no lo sé”; hubiera mentido; como Dios lo sabía. Pero le preguntaron como a hombre, y él hizo notar que respondía como hombre”.

Así ahora patentemente el mundo parece estar cerca del suicidio, existe ya el instrumento con el cual la Humanidad se puede auto destruir; y sin embargo podría darse una viaraza, “la conversión de Europa”, que dice Belloc y suspender de nuevo el mundo su caída, como ha pasado varias veces en la Historia. Claro que algún día va a ser de veras. Y también es claro que ese día no está a millones de años de aquí; pues Cristo en el Apokalypsis dice no menos que siete veces: “Vuelvo pronto”. Es el caso de recordar aquel chiste: le dice el marido a la mujer: “Según la Ciencia Moderna, el mundo se acabará dentro de 100 millones de años… —¿Cuánto?, dijo ella —Cien millones de años… –iAaah! Creí que habías dicho 10 millones…”.

¿Cuáles son los “Signos” que dijo Cristo? Primero puso un “Pre-signo”. “Guerras y rumores (o preparativos) de guerras”. “Surgirá un pueblo contra otro, un reino contra otro, habrá revoluciones y sediciones, se odiarán los hombres entre sí y las naciones entre sí”. Pero esto —añadió Cristo— “eso no es sino el principio de los dolores, todavía no es el fin enseguida”. “La guerra convertida en institución permanente de toda la Humanidad, como dijo Benedicto XV durante la Granguerra del 14, es pues un “Presigno”, no un Signo. Y creo que hoy se cumplió eso: la guerra convertida en institución permanente de toda la Humanidad.

¿Cuáles son los Signos? Los tres principales que pone Jesús son: 1º “este Evangelio del Reino será predicado por todo el inundo y después vendrá el fin, 2º) “aparecerán muchos falsos profetas y falsos cristos (es decir, herejes) y engañarán a muchos”, 3º finalmente se desencadenará una gran persecución a los que permanezcan fieles, que durará poco pero será la peor que ha existido: interna y externa, local y universal, con violencias, con engaños, con mentiras.

Frente a esta “persecución” predicha no podemos quedar tan tranquilos como Mahoma, al cual según cuentan le preguntaron sus discípulos cuándo sería el fin del mundo, y él respondió: “Cuando se muera mi mujer, parecerá el fin del mundo, cuando me muera yo será deveras el fin del mundo —para mí por lo menos”. Por eso, porque esa predicción es espantable, San Juan en el Apokalypsis amontona los consuelos a los fieles; y Cristo aquí nos manda que nos alegremos; y para que lo podamos, dice una sola cosa, pero que tiene gran fuerza: “Serán abreviados aquellos días; porque si duraran, los mismos fieles perecerían —si fuese posible. Esa condicional “si fuera posible” es sumamente consoladora: supone que NO ES POSIBLE que perezcan los fieles. Dios no lo permitirá.

La Parusía es pues un suceso siempre inminente y nunca seguro. La historia del mundo hasta la Primera Venida de Cristo sigue una línea recta hacia la “plenitud de los tiempos”; y el mismo tiempo della fue profetizado con exactitud por Daniel. Después de la Primera Venida, la historia del mundo sigue una línea sinuosa, aproximándose y alejándose de la Parusía, pero de tal modo que se ha de cumplir lo que Cristo dijo que sería “pronto”. Así en el siglo XIV, por ejemplo, San Vicente Ferrer predicó por toda Europa que el fin del mundo estaba cerca; y puede que no se equivocara: pero sucedió una gran conversión o resurrección de Europa, producida justamente por su predicación y la de muchísimos santos que surgieron entonces.

Así que, cerca o no cerca, hemos de trabajar tranquilamente lo mismo; pero no como Mahoma, “como si no pasara nada”, sino atentos a los Signos —a las persecuciones, a los errores, a las herejías. ¿Para qué atentos? Para orar y vivir vigilantes. Y vivir vigilantes no es pretender reformar el mundo (que el Papa se ocupe deso) sino hacer la propia salvación. Como dijo Mussolini una vez: “Todos se preguntan qué le pasará a Italia cuando muera Mussolini. A mí no me preocupa tanto qué le pasará a Italia cuando muera Mussolini, sino qué le pasará a Mussolini cuando muera Mussolini”.

Era bastante católico el tano. Por lo visto hoy los gobernantes católicos mueren asesinados. Puede que eso también esté dentro de la Gran Persecución. Por las dudas, se le podría aconsejar a Illia (o Iya, como dicen los cabecitas negras) que no vaya demasiado a misa; por lo menos que no vaya tanto como Frondizi cuando era candidato.
(Castellani, Domingueras prédicas, Jauja Mendoza 1997, 297-300)

 

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Aplicación: P. Alfredo Sáenz, S. J. - Los tiempos postreros

Las perícopas de la Palabra de Dios que la liturgia presenta a nuestra consideración para este domingo 33°–próximos ya al fin del año litúrgico– tienen un clarísimo tono escatológico, que debe hacernos pensar en el fin de este orden de cosas en el cual vivimos al presente.
En la primera lectura, el profeta Malaquías pinta el panorama con total y crudo realismo: “Llega el día, abrasador como un horno. Todos los arrogantes y los que hacen el mal serán como paja; el día que llega los consumirá”.

A través de las imágenes debemos redescubrir una gran verdad: en esta vida se da, o puede darse, el triunfo aparente del mal, que muchas veces produce el llamado “escándalo de los buenos”. Tema por otra parte largamente tratado en el libro del justo Job, del Antiguo Testamento, que al final deja esta enseñanza: Dios es el recompensador infinito de aquellos que lo sirven con fidelidad a pesar de las pruebas y el sufrimiento.

Pero, paralelamente a la existencia del mal en el mundo, hay otra verdad no menos importante: llegará el fin del mundo y, con él, el juicio de Dios. El tiempo en que Dios mismo ponga cada cosa en su lugar, según justicia.

Ciertamente que las terribles palabras de Malaquías que acabamos de escuchar sobre el juicio final no son agradables a la mentalidad moderna, pero no es menos cierto que la justicia que en ellas se manifiesta no invalida la bondad de Dios, que no deja de ser Padre.

El mismo tema desarrolla el Señor en el llamado “discurso escatológico”, según lo hemos escuchado en el evangelio de hoy, donde pone en guardia a los cristianos sobre posibles engaños: “Tened cuidado, no os dejéis engañar, porque muchos se presentarán en mi nombre, diciendo: «Soy yo», y también: «El tiempo está cerca». No los sigáis”.

En el orden de perversión de los valores hay algo peor que la mentira y es la verdad deformada, es decir la mentira con apariencia de verdad. El Señor nos previene de ello cuando nos dice que muchos querrán engañarnos con doctrinas llamativas y que debemos estar alertas para no seguirlos.

La enseñanza es clarísima. Estar en guardia, para no ser engañados. Una de las garantías valiosísimas para mantenemos en la verdad es permanecer firmes en nuestra adhesión al Magisterio de la Iglesia. Unidos a las enseñanzas del Papa y de los Obispos en unión con él.

Otro elemento esencial de este pasaje son las palabras del Señor: “Os detendrán, os perseguirán, os entregarán a las sinagogas…, y esto os sucederá para que podáis dar testimonio de mí” .

Ha sido una constante en la vida de la Iglesia, desde sus comienzos en Jerusalén hasta nuestros días, que aquellos que han querido ser fieles al Señor han debido sufrir persecución.

Ya en los primeros siglos, en la época del Imperio Romano, que fue considerado el “pueblo del derecho” por antonomasia, se persiguió a la Iglesia de Cristo por el solo hecho de proclamarse la única verdadera. Es conocida aquella sentencia que condenaba a los cristianos como reos de lesa majestad: “Non licet esse vos” –no tenéis derecho a existir– y, por tanto, en algunos casos se llegaba hasta a privárseles de la vida. Actitud extraña, por otra parte, ya que los cristianos eran los más fieles cumplidores de los deberes cívicos, precisamente por su deseo de agradar a Dios en todo. Pero a pesar de aquella persecución, la Iglesia siguió su camino sin doblegarse. Aunque los cristianos eran una ínfima minoría, carentes de poderío humano, sin embargo a la postre acabaron por triunfar cristianizando al propio Imperio que los había perseguido.

A lo largo de dos mil años la Iglesia ha sufrido persecuciones de distinto tipo e intensidad, y las sigue padeciendo también en nuestros días. Para el cristiano siempre y hasta el fin del mundo serán una realidad las palabras del Señor: “Si a mí me persiguieron, también os perseguirán a vosotros”. Pero junto a esas palabras de Cristo, que podrían suscitar cierta inquietud, sobre todo si nuestra fe y esperanza son vacilantes, está la consoladora promesa del mismo Señor: “Pero las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia”.

Son conocidas y llenas de actualidad aquellas palabras que Tertuliano lanzaba al rostro de los perseguidores: “Cuantas veces nos segáis, somos muchos más; semilla de cristianos es la sangre de los mártires”. Tales palabras no son sino el eco de lo que el Señor mismo nos enseñara: “Si el grano de trigo que cae en tierra no muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto”. La Iglesia de ayer, como la de hoy, enfrenta sin temor y hasta con alegría la persecución, porque la considera un signo de su auténtica identificación con Cristo.

Animémonos, pues, a sufrir por Cristo y por nuestra fidelidad a su doctrina. La persecución a causa de dicha fidelidad, persecución que podrá tener formas muy diversas, incruentas o cruentas, será también para cada uno de nosotros la prueba de la autenticidad de nuestro cristianismo. Así como para la Iglesia no fue un signo de fracaso o de ruina, tampoco lo será para nosotros. Somos desde ahora el grano de trigo que se ha de hundir en estos surcos de dolor para llegar a dar las espigas de la eternidad.

De San Ignacio de Antioquía se cuenta que cuando estaba ya próximo a consumar el sacrificio de su vida siendo devorado por las fieras, dijo estas palabras imperecederas: “Soy trigo de Dios y debo ser triturado por las fieras para llegar a ser el pan blanco de Cristo”. Ojalá nos atreviéramos a imitar semejante actitud de entereza.

Finalmente, en el pasaje evangélico de hoy el Señor nos habla de guerras, revoluciones, terremotos, epidemias, hambre… En el plan de Dios, estas cosas aciagas tienen la misión de recordarnos que en esta vida todo es transitorio, todo pasa. Llegará el día de los cielos nuevos y la tierra nueva. Sólo allí triunfarán la justicia y la felicidad indeficientes.

Por eso el Señor concluye con una exhortación a la confianza y a la esperanza. Pongamos todas nuestras preocupaciones y sufrimientos en manos del Señor, quien con su ejemplo nos enseñó de manera incuestionable que quien pierde su vida en este mundo la gana para la vida eterna.
(ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida – Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed.Gladius, 1994, pp. 306-309).

 

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Aplicación: Benedicto XXVI - La visión bíblica de la historia

Queridos hermanos y hermanas:
En la página evangélica de hoy, san Lucas vuelve a proponer a nuestra reflexión la visión bíblica de la historia, y refiere las palabras de Jesús que invitan a los discípulos a no tener miedo, sino a afrontar con confianza dificultades, incomprensiones e incluso persecuciones, perseverando en la fe en él: “Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis miedo. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida” (Lc 21, 9).

La Iglesia, desde el inicio, recordando esta recomendación, vive en espera orante del regreso de su Señor, escrutando los signos de los tiempos y poniendo en guardia a los fieles contra los mesianismos recurrentes, que de vez en cuando anuncian como inminente el fin del mundo. En realidad, la historia debe seguir su curso, que implica también dramas humanos y calamidades naturales. En ella se desarrolla un designio de salvación, que Cristo ya cumplió en su encarnación, muerte y resurrección. La Iglesia sigue anunciando y actuando este misterio con la predicación, la celebración de los sacramentos y el testimonio de la caridad.

Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación de Cristo a afrontar los acontecimientos diarios confiando en su amor providente. No temamos el futuro, aun cuando pueda parecernos oscuro, porque el Dios de Jesucristo, que asumió la historia para abrirla a su meta trascendente, es su alfa y su omega, su principio y su fin (cf. Ap 1, 8). Él nos garantiza que en cada pequeño, pero genuino, acto de amor está todo el sentido del universo, y que quien no duda en perder su vida por él, la encontrará en plenitud (cf. Mt 16, 25).

Nos invitan con singular eficacia a mantener viva esta perspectiva las personas consagradas, que han puesto sin reservas su vida al servicio del reino de Dios.

Entre estas, quiero recordar en particular a las llamadas a la contemplación en los monasterios de clausura. A ellas la Iglesia dedica una Jornada especial el miércoles próximo, 21 de noviembre, memoria de la Presentación de la santísima Virgen María en el Templo. Debemos mucho a estas personas que viven de lo que la Providencia les proporciona mediante la generosidad de los fieles. El monasterio, “como oasis espiritual, indica al mundo de hoy lo más importante, más aún, en definitiva, lo único decisivo: existe una razón última por la que vale la pena vivir, es decir, Dios y su amor inescrutable” (Discurso a los monjes cistercienses de la abadía de Heiligenkreuz, Austria, 9 de septiembre de 2007: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 21 de septiembre de 2007, p. 6). La fe que actúa en la caridad es el verdadero antídoto contra la mentalidad nihilista, que en nuestra época extiende cada vez más su influencia en el mundo.

María, Madre del Verbo encarnado, nos acompaña en la peregrinación terrena. A ella le pedimos que sostenga el testimonio de todos los cristianos, para que se apoye siempre en una fe firme y perseverante.
(Ángelus del Papa Benedicto XVI en la Plaza San Pedro el Domingo 18 de noviembre de 2007)

 

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Aplicación: J. Gomis - Hay que luchar siempre

Cada año, en este tiempo, leemos páginas del evangelio que nos hablan del futuro. Palabras que a veces nos son difíciles de comprender. Por el lenguaje, las comparaciones, el conjunto de un modo de hablar característico de entonces y lejano al nuestro. Y también difíciles porque son palabras enérgicas, duras, radicales.

JC anuncia la victoria, anuncia su venida final para dar vida total. Pero al mismo tiempo un largo y difícil camino de lucha hasta llegar a la victoria. Es decir, el anuncio de JC no es una promesa de facilidades para quienes le sigan. Ni tampoco un anuncio de seguridades. El ejemplo que presenta el evangelio de hoy es muy significativo: el pueblo judío estaba seguro y satisfecho de su Templo, centro de su vida religiosa. Para aquel pueblo pobre y humillado, el Templo era su orgullo. Pero la palabra de JC es dura y radical: todo aquello será destruido.

VCR/COMBATE: Palabra dura, pero también (al mismo tiempo) palabra de esperanza: por más que el Templo sea destruido, el camino del hombre hacia la salvación, hacia Dios, podrá continuar y continuará.

Podríamos resumir el anuncio de JC diciendo: deberéis luchar siempre, nunca podréis pensar que habéis ganado, pero ganaréis.

O, dicho de otro modo: nunca podréis mirar hacia atrás, nunca podréis sentaros a la vera del camino, siempre deberéis caminar luchando... pero llegaréis a la victoria, a la Vida.

Evidentemente no se trata de una lucha contra nadie, ni de una victoria que podamos apropiarnos. La lucha de la que somos protagonistas es entre el Bien y el Mal, verdad y mentira, amor y desamor, justicia e injusticia. Ningún hombre está nunca completamente en uno u otro bando: la lucha está también en nosotros. Sólo Dios está totalmente en su bando, porque es un bando: El es el bien, la verdad, el amor, la justicia. Nosotros, si luchamos por eso, luchamos por Dios, luchamos con Dios.

La dificultad nace de que siempre hay quien pretende colocarse en el lugar de Dios. Ideologías, o gobiernos, o partidos, o personas y grupos sociales o religiosos que pretenden identificarse con el bien, que aseguran que son la victoria. Se ha de estar con ellos o contra ellos. Nos lo anuncia Jesús: "Muchos vendrán usando mi nombre diciendo 'Yo soy' o bien 'el momento está cerca'; no vayáis tras ellos".

Quizá en nuestro tiempo -que no es ciertamente un tiempo de tranquilidad sino más bien de luchas y conflictos en toda la sociedad y también en la Iglesia- estas palabras de JC tienen una actualidad propia. No falta quien se alarma, quien se pregunta si no estaremos en un tiempo final de calamidades, hay quien piensa que se ha perdido todo y que vamos de mal en peor. Un poco sucede como si también nuestras seguridades, nuestras instituciones (como lo era para el pueblo judío su Templo), se resquebrajen sin que sepamos qué sentido tiene todo ello.

Pero JC anunció estos conflictos y estas luchas, no anunció paz y tranquilidad. Su paz está en el corazón del hombre, pero para esta paz es necesario luchar. Con tenacidad y esperanza, porque Dios está en esta lucha.

¿Qué hacer, por tanto, en este tiempo difícil? Lo más sensato será seguir el consejo de S. Pablo: Trabajar. Pablo habla de su trabajo concreto, para ganarse la vida. Pero esta exhortación suya la podríamos ampliar a todos los campos de nuestra vida.

Trabajar sin desanimarse, con esperanza, para construir una sociedad mejor, más justa, más fraternal.

Así el camino nos llevará a la victoria de Dios. A aquella victoria que él desea para nosotros y que anuncia, pide y significa nuestra eucaristía.
(J. GOMIS MISA DOMINICAL 1980/03)

 

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Aplicación: Hans Urs von Balthasar - Los constantes teológicos  dentro de la historia
Aquí tenemos la visión de Jesús sobre la historia del mundo que vendrá después de él. Mientras que la primera lectura ve por adelantado la última fase de la historia -separando a los malvados, que serán quemados como paja, de los justos, que brillarán como el sol-, Jesús en el evangelio ve la constantes teológicas dentro de la historia. La predicción de la destrucción del templo no es más que un preludio. Mientras está en pie, el templo es la casa del Padre que debe conservarse limpia para la oración. Pero Jesús no se ata a templos de piedra; tampoco a las catedrales o a los magníficos templos barrocos -ni al cuidado y conservación de los mismos-, sino sólo al «templo de su cuerpo», que será la Iglesia, sobre cuyo destino se predicen tres cosas:

1. «Muchos vendrán usando mi nombre...; no vayáis tras ellos». Pablo habló de la inevitabilidad de los cismas, todos los cuales ciertamente «vendrán en mi nombre». Jesús condenó irremisiblemente a todos aquellos por los que viene el escándalo (Mt 18,7); y sin embargo los cismas son inevitables: así «destacarán también los hombres de calidad» (1 Co 11,19). El que suplicó al Padre por la unidad de los cristianos no podía prever nada más doloroso. ¿Son irremediables los cismas? Casi automáticamente vienen a la mente estas palabras: «Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado» (Mt 9,16). Aquí se recomienda sólo una cosa: «No vayáis tras ellos».

2. Después viene la previsión de «guerras y levantamientos de pueblo contra pueblo y reino contra reino». Esto no es un empréstito del lenguaje apocalíptico que hoy ya no habría que tomar en serio, es más bien la consecuencia de que Jesús no viniera a traer la paz terrena sino la espada y la división hasta en lo más íntimo de las relaciones familiares (Mt 10,34). Lo que su doctrina suscita en la historia, es precisamente la aparición de las bestias apocalípticas. Y cuanto más aumentan los instrumentos del poder terrestre, tanto más absolutas llegan a ser las oposiciones. Esto es bastante paradójico, porque Jesús declaró bienaventurados a los débiles y a los que trabajan por la paz; pero justamente su presencia hace que las olas de la historia del mundo se enfurezcan cada vez más. La doctrina y la persona de Jesús fueron ya intolerables para sus contemporáneos; «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícalo!». A su pretensión de ser la Verdad («se ha declarado hijo de Dios»: Jn 19,7), la historia del mundo responderá de una manera cada vez más violenta.

3. Por eso la persecución no será un episodio ocasional sino un «existencial» para la Iglesia de Cristo y para cada uno de los cristianos. En este punto Jesús es formal (versículos 12-17). «Os» perseguirán a vosotros, los representantes de la Iglesia, y por tanto a toda la Iglesia. Como lugares en los que los cristianos deben dar testimonio (martyrion) se mencionan las sinagogas y los tribunales paganos. Se anuncian arrestos, cárceles, traiciones y odios por todas partes, incluso por parte de la propia familia; en cambio, sólo «matarán a algunos» de estos mártires, lo que ha de tenerse presente para el concepto de martirio. (También en el Apocalipsis aparece más o menos lo mismo: se exige dar testimonio con el compromiso de la propia vida, lo que a veces implica ponerla en peligro, pero no necesariamente el testimonio de sangre).

¿Qué debe hacer el cristiano? Pablo da en la segunda lectura una respuesta lacónica: trabajar. Y trabajar como él. Tanto en la Iglesia como «en el mundo» Pablo ha trabajado «día y noche»: «Nadie me dio de balde el pan que comí». Al cristiano se le exige un compromiso en la Iglesia y en el mundo; visto desde la providencia de Dios: "Ni un cabello de vuestra cabeza se perderá" (Lc 21,18).
(HANS URS von BALTHASAR, LUZ DE LA PALABRA, Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 291 s.)


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Aplicación: S.S. Francisco, p.p. - No dejarse engañar y vivir el tiempo de la espera como testimonio

El Evangelio de este domingo (Lc 21, 5-19) consiste en la primera parte de un discurso de Jesús: sobre los últimos tiempos. Jesús lo pronuncia en Jerusalén, en las inmediaciones del templo; y la ocasión se la dio precisamente la gente que hablaba del templo y de su belleza. Porque era hermoso ese templo. Entonces Jesús dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida» (Lc 21, 6). Naturalmente le preguntan: ¿cuándo va a ser eso?, ¿cuáles serán las señales? Pero Jesús desplaza la atención de estos aspectos secundarios —¿cuándo será? ¿cómo será?—, la desplaza a las verdaderas cuestiones. Y son dos. Primero: no dejarse engañar por los falsos mesías y no dejarse paralizar por el miedo. Segundo: vivir el tiempo de la espera como tiempo del testimonio y de la perseverancia. Y nosotros estamos en este tiempo de la espera, de la espera de la venida del Señor.

Este discurso de Jesús es siempre actual, también para nosotros que vivimos en el siglo XXI. Él nos repite: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre» (v. 8). Es una invitación al discernimiento, esta virtud cristiana de comprender dónde está el espíritu del Señor y dónde está el espíritu maligno. También hoy, en efecto, existen falsos «salvadores», que buscan sustituir a Jesús: líder de este mundo, santones, incluso brujos, personalidades que quieren atraer a sí las mentes y los corazones, especialmente de los jóvenes. Jesús nos alerta: «¡No vayáis tras ellos!». «¡No vayáis tras ellos!».

El Señor nos ayuda incluso a no tener miedo: ante las guerras, las revoluciones, pero también ante las calamidades naturales, las epidemias, Jesús nos libera del fatalismo y de falsas visiones apocalípticas.

El segundo aspecto nos interpela precisamente como cristianos y como Iglesia: Jesús anuncia pruebas dolorosas y persecuciones que sus discípulos deberán sufrir, por su causa. Pero asegura: «Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá» (v. 18). Nos recuerda que estamos totalmente en las manos de Dios. Las adversidades que encontramos por nuestra fe y nuestra adhesión al Evangelio son ocasiones de testimonio; no deben alejarnos del Señor, sino impulsarnos a abandonarnos aún más a Él, a la fuerza de su Espíritu y de su gracia.

En este momento pienso, y pensamos todos. Hagámoslo juntos: pensemos en los muchos hermanos y hermanas cristianos que sufren persecuciones a causa de su fe. Son muchos. Tal vez muchos más que en los primeros siglos. Jesús está con ellos. También nosotros estamos unidos a ellos con nuestra oración y nuestro afecto; tenemos admiración por su valentía y su testimonio. Son nuestros hermanos y hermanas, que en muchas partes del mundo sufren a causa de ser fieles a Jesucristo. Les saludamos de corazón y con afecto.

Al final, Jesús hace una promesa que es garantía de victoria: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (v. 19). ¡Cuánta esperanza en estas palabras! Son una llamada a la esperanza y a la paciencia, a saber esperar los frutos seguros de la salvación, confiando en el sentido profundo de la vida y de la historia: las pruebas y las dificultades forman parte de un designio más grande; el Señor, dueño de la historia, conduce todo a su realización. A pesar de los desórdenes y los desastres que agitan el mundo, el designio de bondad y de misericordia de Dios se cumplirá. Y ésta es nuestra esperanza: andar así, por este camino, en el designio de Dios que se realizará. Es nuestra esperanza.

Este mensaje de Jesús nos hace reflexionar sobre nuestro presente y nos da la fuerza para afrontarlo con valentía y esperanza, en compañía de la Virgen, que siempre camina con nosotros.
(Ángelus, Plaza de San Pedro, domingo 17 de noviembre de 2013)

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Directorio Homilético - Trigésimo tercer domingo del Tiempo Ordinario

CEC 162-165: la perseverancia en la fe; la fe, inicio de la vida eterna
CEC 675-677: la última prueba de la Iglesia
CEC 307, 531, 2427-2429: el trabajo humano que redime
CEC 673, 1001, 2730: el último día

La perseverancia en la fe

162 La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; S. Pablo advierte de ello a Timoteo: "Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe" (1 Tm 1,18-19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente (cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe "actuar por la caridad" (Ga 5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rom 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia.


La fe, comienzo de la vida eterna

163 La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios "cara a cara" (1 Cor 13,12), "tal cual es" (1 Jn 3,2). La fe es pues ya el comienzo de la vida eterna:

Mientras que ahora contemplamos las bendiciones de la fe como el reflejo en un espejo, es como si poseyéramos ya las cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura que gozaremos un día ( S. Basilio, Spir. 15,36; cf. S. Tomás de A., s.th. 2-2,4,1).

164 Ahora, sin embargo, "caminamos en la fe y no en la visión" (2 Cor 5,7), y conocemos a Dios "como en un espejo, de una manera confusa,...imperfecta" (1 Cor 13,12). Luminosa por aquel en quien cree, la fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. La fe puede ser puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación.

165 Entonces es cuando debemos volvernos hacia los testigos de la fe: Abraham, que creyó, "esperando contra toda esperanza" (Rom 4,18); la Virgen María que, en "la peregrinación de la fe" (LG 58), llegó hasta la "noche de la fe" (Juan Pablo II, R Mat 18) participando en el sufrimiento de su Hijo y en la noche de su sepulcro; y tantos otros testigos de la fe: "También nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe" (Hb 12,1-2).


La última prueba de la Iglesia

675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el "Misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Te 2, 4-12; 1Te 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).

676 Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cf. DS 3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, "intrínsecamente perverso" (cf. Pío XI, "Divini Redemptoris" que condena el "falso misticismo" de esta "falsificación de la redención de los humildes"; GS 20-21).

677 La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el Cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 P 3, 12-13).

307 Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su providencia confiándoles la responsabilidad de "someter'' la tierra y dominarla (cf Gn 1, 26-28). Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por su acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos (cf Col I, 24) Entonces llegan a ser plenamente "colaboradores de Dios" (1 Co 3, 9; 1 Ts 3, 2) y de su Reino (cf Col 4, 11).

531 Jesús compartió, durante la mayor parte de su vida, la condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios (cf. Ga 4, 4), vida en la comunidad. De todo este período se nos dice que Jesús estaba "sometido" a sus padres y que "progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (Lc 2, 51-52).

2427 El trabajo humano procede directamente de personas creadas a imagen de Dios y llamadas a prolongar, unidas y para mutuo beneficio, la obra de la creación dominando la tierra (cf Gn 1,28; GS 34; CA 31). El trabajo es, por tanto, un deber: "Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma" (2 Ts 3,10; cf. 1 Ts 4,11). El trabajo honra los dones del Creador y los talentos recibidos. Puede ser también redentor. Soportando el peso del trabajo (cf Gn 3,14-19), en unión con Jesús, el carpintero de Nazaret y el crucificado del Calvario, el hombre colabora en cierta manera con el Hijo de Dios en su Obra redentora. Se muestra discípulo de Cristo llevando la Cruz cada día, en la actividad que está llamado a realizar (cf LE 27). El trabajo puede ser un medio de santificación y una animación de las realidades terrenas en el espíritu de Cristo.

2428 En el trabajo, la persona ejerce y aplica una parte de las capacidades inscritas en su naturaleza. El valor primordial del trabajo pertenece al hombre mismo, que es su autor y su destinatario. El trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo (cf LE 6).

Cada uno debe poder sacar del trabajo los medios para sustentar su vida y la de los suyos, y para prestar servicio a la comunidad humana.

2429 Cada uno tiene el derecho de iniciativa económica, y podrá usar legítimamente de sus talentos para contribuir a una abundancia provechosa para todos, y para recoger los justos frutos de sus esfuerzos. Deberá ajustarse a las reglamentaciones dictadas por las autoridades legítimas con miras al bien común (cf CA 32; 34).

673 Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente (cf Ap 22, 20) aun cuando a nosotros no nos "toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad" (Hch 1, 7; cf. Mc 13, 32). Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento (cf. Mt 24, 44: 1 Te 5, 2), aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén "retenidos" en las manos de Dios (cf. 2 Te 2, 3-12).

1001 ¿Cuándo? Sin duda en el "último día" (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); "al fin del mundo" (LG 48). En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:

El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar (1 Ts 4, 16).

2730 Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a El, a su Venida, al último día y al "hoy". El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: "Dice de ti mi corazón: busca su rostro" (Sal 27, 8).

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Ejemplos

¿Cuándo tengo que convertirme?

Un discipulo le preguntó a su maestro: "Maestro, ¿cuándo tengo que convertirme?" Su maestro le contestó: "Un día antes de morir". - "¡Pero yo no sé cuando voy a morir!" - "Tienes razón. Es posible que te mueras mañana... así que... conviértete hoy".

 

(Cortesía: iveargentina.org y otros)

 

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