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Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos  - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa parroquial

Páginas relacionadas
Las Lecturas y el Catecismo
Comentarios de Sabios y Santos
Ejemplos que iluminan la participación
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A su disposición
Comentario Teológico: Catecismo de la Iglesia Católica - Morir en Cristo Jesús
Santos Padres: San Ambrosio - Muramos con Cristo, y viviremos con él
Aplicación: Benedicto XVI  La fe en le resurrección
Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos
Aplicación: Javier Gafo - Aún no tenemos alas
Aplicación: San Juan Pablo II - Muerte y Resurrección
Historia de la liturgia cristiana acerca de los difuntos
Ejemplos


 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

Comentarios

Comentario Teológico: Catecismo de la Iglesia Católica - Morir en Cristo Jesús

1005 Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo, es
necesario "dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor" (2 Co 5,8). En
esta "partida" (Flp 1,23) que es la muerte, el alma se separa del cuerpo. Se
reunirá con su cuerpo el día de la resurrección de los muertos (cf. SPF 28).

La muerte
1006 "Frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su
cumbre" (GS 18). En un sentido, la muerte corporal es natural, pero por la
fe sabemos que realmente es "salario del pecado" (Rm 6, 23;cf. Gn 2, 17). Y
para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la
muerte del Señor para poder participar también en su Resurrección (cf. Rm 6,
3-9; Flp 3, 10-11).

1007 La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están
medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en
todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como
terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a
nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también par hacernos
pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término
nuestra vida:

Acuérdate de tu Creador en tus días mozos, ... mientras no
vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que
es quien lo dio (Qo 12, 1. 7).

1008 La muerte es consecuencia del pecado. Intérprete auténtico de las
afirmaciones de la Sagrada Escritura (cf. Gn 2, 17; 3, 3; 3, 19; Sb 1, 13;
Rm 5, 12; 6, 23) y de la Tradición, el Magisterio de la Iglesia enseña que
la muerte entró en el mundo a causa del pecado del hombre (cf. DS 1511).
Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no
morir. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios Creador, y
entró en el mundo como consecuencia del pecado (cf. Sb 2, 23-24). "La muerte
temporal de la cual el hombre se habría liberado si no hubiera pecado" (GS
18), es así "el último enemigo" del hombre que debe ser vencido (cf. 1 Co
15, 26).

1009 La muerte fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de Dios,
sufrió también la muerte, propia de la condición h umana. Pero, a pesar de
su angustia frente a ella (cf. Mc 14, 33-34; Hb 5, 7-8), la asumió en un
acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre.La obediencia de
Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición (cf. Rm 5, 19-21).

El sentido de la muerte cristiana
1010 Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo.
"Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia" (Flp 1, 21). "Es cierta
esta afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con él" (2 Tm 2,
11). La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo,
el cristiano está ya sacramentalmente "muerto con Cristo", para vivir una
vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma
este "morir con Cristo" y perfecciona así nuestra incorporación a El en su
acto redentor:

Para mí es mejor morir en (eis) Cristo Jesús que reinar de
un extremo a otro de la tierra. Lo busco a El, que ha muerto por nosotros;
lo quiero a El, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima
...Dejadme recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre (San
Ignacio de Antioquía, Rom. 6, 1-2).

1011 En la muerte Dios llama al hombre hacia Sí. Por eso, el cristiano
puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de San Pablo:
"Deseo partir y estar con Cristo" (Flp 1, 23); y puede transformar su propia
muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de
Cristo (cf. Lc 23, 46):

Mi deseo terreno ha desaparecido; ... hay en mí un agua viva
que murmura y que dice desde dentro de mí "Ven al Padre" (San Ignacio de
Antioquía, Rom. 7, 2).

Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir (Santa
Teresa de Jesús, vida 1).

Yo no muero, entro en la vida (Santa Teresa del Niño Jesús,
verba).

1012 La visión cristiana de la muerte (cf. 1 Ts 4, 13-14) se expresa de
modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia:

La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se
transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión
eterna en el cielo.(MR, Prefacio de difuntos).

1013 La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del
tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida
terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha
tenido fin "el único curso de nuestra vida terrena" (LG 48), ya no
volveremos a otras vidas terrenas. "Está establecido que los hombres mueran
una sola vez" (Hb 9, 27). No hay "reencarnación" después de la muerte.

1014 La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte
("De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor": antiguas Letanías de
los santos), a pedir ala Madre de Dios que interceda por nosotros "en la
hora de nuestra muerte" (Ave María), y a confiarnos a San José, Patrono de
la buena muerte:

Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de
morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería
huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo
estarás mañana? (Imitación de Cristo 1, 23, 1).

Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!
(San Francisco de Asís, cant.)




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Santos Padres: San Ambrosio - Muramos con Cristo, y viviremos con él

Vemos que la muerte es una ganancia, y la vida un sufrimiento. Por esto,
dice san Pablo: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Cristo,
a través de la muerte corporal, se nos convierte en espíritu de vida. Por
tanto, muramos con él, y viviremos con él.

En cierto modo, debemos irnos acostumbrando y disponiendo a morir, por este
esfuerzo cotidiano, que consiste en ir separando el alma de las
concupiscencias del cuerpo, que es como irla sacando fuera del mismo para
colocarla en un lugar elevado, donde no puedan alcanzarla ni pegarse a ella
los deseos terrenales, lo cual viene a ser como una imagen de la muerte, que
nos evitará el castigo de la muerte. Porque la ley de la carne está en
oposición a la ley del espíritu e induce a ésta a la ley del error. ¿Qué
remedio hay para esto? ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte?
Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.

Tenemos un médico, sigamos sus remedios. Nuestro remedio es la gracia de
Cristo, y el cuerpo presa de la muerte es nuestro propio cuerpo. Por lo
tanto, emigremos del cuerpo, para no vivir lejos del Señor; aunque vivimos
en el cuerpo, no sigamos las tendencias del cuerpo ni obremos en contra del
orden natural, antes busquemos con preferencia los dones de la gracia.

¿Qué más diremos? Con la muerte de uno solo fue redimido el mundo. Cristo
hubiese podido evitar la muerte, si así lo hubiese querido; mas no la rehuyó
como algo inútil, sino que la consideró como el mejor modo de salvarnos. Y,
así, su muerte es la vida de todos.

Hemos recibido el signo sacramental de su muerte, anunciamos y proclamamos
su muerte siempre que nos reunimos para ofrecer la eucaristía; su muerte es
una victoria, su muerte es sacramento, su muerte es la máxima solemnidad
anual que celebra el mundo.

¿Qué más podremos decir de su muerte, si el ejemplo de Cristo nos demuestra
que ella sola consiguió la inmortalidad y se redimió a sí misma? Por esto,
no debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación para todos; no
debemos rehuirla, puesto que el Hijo de Dios no la rehuyó ni tuvo en menos
el sufrirla.

Además, la muerte no formaba parte de nuestra naturaleza, sino que se
introdujo en ella; Dios no instituyó la muerte desde el principio, sino que
nos la dio como remedio. En efecto, la vida del hombre, condenada, por culpa
del pecado, a un duro trabajo y a un sufrimiento intolerable, comenzó a ser
digna de lástima: era necesario dar fin a estos males, de modo que la muerte
restituyera lo que la vida había perdido. La inmortalidad, en efecto, es más
una carga que un bien, si no entra en juego la gracia.

Nuestro espíritu aspira a abandonar las sinuosidades de esta vida y los
enredos del cuerpo terrenal y llegar a aquella asamblea celestial, a la que
sólo llegan los santos, para cantar a Dios aquella alabanza que, como nos
dice la Escritura, le cantan al son de la cítara: Grandes y maravillosas son
tus obras, Señor, Dios omnipotente, justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey
de los siglos! ¿Quién no temerá, Señor, y glorificará tu nombre? Porque tú
solo eres santo, porque vendrán todas las naciones y se postrarán en tu
acatamiento; y también para contemplar, Jesús, tu boda mística, cuando la
esposa en medio de la aclamación de todos, será transportada de la tierra al
cielo -a ti acude todo mortal-, libre ya de las ataduras de este mundo y
unida al espíritu.

Este deseo expresaba, con especial vehemencia, el salmista, cuando decía:
Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los
días de mi vida y gozar de la dulzura del Señor.

(Del libro de <http://www.corazones.org/santos/ambrosio.htm> san Ambrosio,
obispo, sobre la muerte de su hermano Sátiro; Libro 2,40. 41. 132. 133)



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Aplicación: Benedicto XVI  -  La fe en le resurrección

Venerados hermanos, queridos hermanos y hermanas:
Al día siguiente de la conmemoración litúrgica de todos los fieles difuntos,
nos reunimos en torno al altar del Señor para ofrecer su Sacrificio en
sufragio de los cardenales y de los obispos que, en el curso del último año,
han concluido su peregrinación terrena. Juntamente con ellos presentamos al
trono del Altísimo las almas de los hermanos en el episcopado fallecidos.
Por todos y por cada uno elevamos nuestra oración, animados por la fe en la
vida eterna y en el misterio de la comunión de los santos. Una fe llena de
esperanza, iluminada también por la Palabra de Dios que hemos escuchado.

El texto, tomado del Libro del profeta Oseas, nos hace pensar inmediatamente
en la resurrección de Jesús, en el misterio de su muerte y de su despertar a
la vida inmortal. Este pasaje de Oseas -la primera mitad del capítulo VI-
estaba profundamente grabado en el corazón y en la mente de Jesús. En
efecto, -en los Evangelios- retoma más de una vez el versículo 6: "Quiero
misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos". En
cambio, Jesús no cita el versículo 2, pero lo hace suyo y lo realiza en el
misterio pascual: "En dos días nos volverá la vida y al tercero nos hará
resurgir; viviremos en su presencia". El Señor Jesús, a la luz de esta
palabra, afrontó la pasión, emprendió con decisión el camino de la cruz.
Hablaba abiertamente a sus discípulos de lo que debía sucederle en
Jerusalén, y el oráculo del profeta Oseas resonaba en sus mismas palabras:
"El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán;
y después de muerto, a los tres días resucitará" (Mc 9, 31).

El evangelista anota que los discípulos "no entendían lo que decía, y les
daba miedo preguntarle" (v. 32). También nosotros, ante la muerte, no
podemos menos de experimentar los sentimientos y los pensamientos que brotan
de nuestra condición humana. Y siempre nos sorprende y nos supera un Dios
que se hace tan cercano a nosotros que no se detiene ni siquiera ante el
abismo de la muerte, más aún, que lo atraviesa, permaneciendo durante dos
días en el sepulcro. Pero precisamente aquí se realiza el misterio del
"tercer día". Cristo asume hasta las últimas consecuencias nuestra carne
mortal a fin de que sea revestida del poder glorioso de Dios, por el viento
del Espíritu vivificante, que la transforma y la regenera. Es el bautismo de
la pasión (cf. Lc 12, 50), que Jesús recibió por nosotros y del que san
Pablo escribe en la Carta a los Romanos. La expresión que el Apóstol utiliza
-"bautizados en su muerte" (Rm 6, 3)- nunca deja de asombrarnos, tal es la
concisión con la que resume el vertiginoso misterio. La muerte de Cristo es
fuente de vida, porque en ella Dios ha volcado todo su amor, como en una
inmensa cascada, que hace pensar en la imagen contenida en el Salmo 41: "Una
sima grita a otra sima, con voz de cascadas; tus torrentes y tus olas me han
arrollado" (v. 8). El abismo de la muerte es colmado por otro abismo, aún
más grande, el abismo del amor de Dios, de modo que la muerte ya no tiene
ningún poder sobre Jesucristo (cf. Rm 8, 9), ni sobre aquellos que, por la
fe y el Bautismo, son asociados a él: "Si hemos muerto con Cristo -dice san
Pablo- creemos que también viviremos con él" (Rm 6, 8). Este "vivir con
Jesús" es la realización de la esperanza profetizada por Oseas: "Viviremos
en su presencia" (6, 2).

En realidad, sólo en Cristo esa esperanza encuentra su fundamento real.
Antes corría el peligro de reducirse a una ilusión, a un símbolo tomado del
ritmo de las estaciones: "como la lluvia de otoño, como la lluvia de
primavera" (cf. Os 6, 3). En tiempos del profeta Oseas, la fe de los
israelitas amenazaba contaminarse con las religiones naturalistas de la
tierra de Canaán, pero esta fe no era capaz de salvar a nadie de la muerte.
En cambio, la intervención de Dios en el drama de la historia humana no
obedece a ningún ciclo natural, obedece solamente a su gracia y a su
fidelidad. La vida nueva y eterna es fruto del árbol de la cruz, un árbol
que florece y fructifica por la luz y la fuerza que provienen del sol de
Dios. Sin la cruz de Cristo toda la energía de la naturaleza permanece
impotente ante la fuerza negativa del pecado. Era necesaria una fuerza
benéfica más grande que la que impulsa los ciclos de la naturaleza, un Bien
más grande que la creación misma: un Amor que procede del "corazón" mismo de
Dios y que, mientras revela el sentido último de la creación, la renueva y
la orienta a su meta originaria y última.


Todo esto sucede en aquellos "tres días", cuando el "grano de trigo" cayó en
la tierra, permaneció allí el tiempo necesario para colmar la medida de la
justicia y de la misericordia de Dios, y finalmente produjo "mucho fruto",
no quedando solo, sino como primicia de una multitud de hermanos (cf. Jn 12,
24; Rm 8, 29). Ahora sí, gracias a Cristo, gracias a la obra realizada en él
por la Santísima Trinidad, las imágenes tomadas de la naturaleza ya no son
sólo símbolos, mitos ilusorios, sino que nos hablan de una realidad. Como
fundamento de la esperanza está la voluntad del Padre y del Hijo, que hemos
escuchado en el evangelio de esta liturgia: "Padre, este es mi deseo: que
los que me has dado estén conmigo donde yo estoy" (Jn 17, 24). Y entre estos
que el Padre ha dado a Jesús están también los venerados hermanos por los
cuales ofrecemos esta Eucaristía: ellos "han conocido" a Dios mediante
Jesús, han conocido su nombre, y el amor del Padre y del Hijo, el Espíritu
Santo, ha vivido en ellos (cf.Jn 12, 25-26), abriendo su vida al cielo, a la
eternidad. Demos gracias a Dios por este don inestimable.

Y, por intercesión de María santísima, recemos para que este misterio de
comunión, que ha colmado toda su existencia, se realice plenamente en cada
uno de ellos.
(Homilía del Papa Benedicto XVI sobre el sufragio de los cardenales y de los
obispos difuntos en el año 2011 en la Basílica Vaticana el jueves 3 de
noviembre de 2011)



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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos


EL PURGATORIO
¿Qué es el purgatorio? Es un estado transitorio de purificación donde van
las almas que han muerto en pecado venial o sin satisfacer completamente sus
pecados. Es un estado transitorio hacia el cielo. Por eso en el purgatorio
hay esperanza y las almas que están allí saben que llegarán algún día a
contemplar a Dios cara a cara.

Para ver a Dios hay que estar totalmente purificado y para
ello está el purgatorio, es decir, todas las almas que han muerto en la
unión con Dios pero sin purificar su alma de las pequeñas manchas de pecados
o imperfecciones tienen necesariamente que pasar por el purgatorio antes de
llegar al cielo. En el purgatorio las almas sufren pero su sufrimiento se
alivia por la esperanza del cielo. La esperanza del descanso eterno da
fortaleza a aquellas almas para sufrir los dolores de la purificación.

El purgatorio es como un gran desierto después del cual hay un oasis eterno.

En éste día rogamos por las almas de nuestros fieles difuntos que están en el purgatorio.


AYUDEMOS A LAS ALMAS DEL PURGATORIO
Después de la muerte se acaban todos los méritos. Ninguna de
las almas que están en la eternidad puede merecer para ellas. Ni las del
cielo para ser más santos, ni las del infierno para aliviar su dolor, ni las
del purgatorio para acortar su espera.

Nosotros que vivimos en peregrinación por éste mundo si
podemos merecer y debemos hacer méritos para ir creciendo en la caridad y
para ir purgando en ésta vida por nuestros pecados. Además debemos ofrecer
oraciones, sacrificios, ofrendas por las almas del purgatorio, para que
pronto lleguen al encuentro con Dios. Debemos pensar que muchos de nuestros
familiares y amigos quizá estén allí esperando que los ayudemos con nuestras
buenas obras para que puedan acortar su purgatorio y además si ellos llegan
pronto al cielo serán nuestros intercesores ante Dios. No dejemos de ofrecer
ninguna obra buena por estas almas que tanto lo necesitan y recordemos que
algún día podremos estar en el purgatorio y necesitaremos nosotros de la
Iglesia militante.

TRATEMOS DE LLEGAR AL CIELO SIN PASAR POR EL PURGATORIO
Decía santa Teresa que cien años de sufrimiento en la tierra no se comparan
con un minuto en el purgatorio. Por eso, debemos mortificarnos, debemos
ofrecer los dolores y sufrimientos, las enfermedades por nuestros pecados
para ir purificando el alma. Deseemos eficazmente ir creciendo en la caridad
y limpiando el alma de la mínima mancha y al ofrecer nuestra cruz por
nosotros mismos ofrezcámoslas a la vez por las almas del purgatorio.

En el amor a la cruz esta nuestra configuración con Cristo.
En el amor a la cruz esta la purificación del alma, en el amor a la cruz
esta la santidad. No temamos abrazarnos a la cruz. Nos debe motivar el amor
a la cruz el ejemplo de Jesús y también el deseo de alcanzar después de la
muerte sin dilación la felicidad eterna.



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Aplicación: Javier Gafo - Aún no tenemos alas

En un antiguo artículo de la escritora estadounidense ·Pearl-S-Buck, en el que hablaba sobre la vida y la muerte, citaba la carta que le escribió una mujer desconocida que había perdido a su marido:«Cuando mis pequeños no pudieron comprender el silencio de su padre, recientemente fallecido y que les quería mucho, traté de explicárselo describiéndoles el ciclo vital de su caballito de mar. Comienza como un gusano en el mar; pero, en el momento justo, emerge, y cuando se da cuenta de que tiene alas, vuela. Supongo -les dije- que los que se quedan en el agua se preguntan dónde se ha ido y por qué no vuelve. No puede volver porque tiene alas, ni los que se quedaron pueden volar junto a él porque todavía no las tienen». Y la escritora y premio Nobel concluye: «Es cierto; aún no tenemos alas, pero llegará un día».

La historia es, sin duda, muy bella y consoladora, ¿pero es real? ¿Es verdad que «aún no tenemos alas», pero que llegará un día en que todos nos volvamos a reunir de nuevo? Como es bello y consolador ese texto del Apocalipsis, en el que se presenta también simbólicamente lo que es la vida que nos espera detrás de la muerte: ha pasado este primer cielo y esta primera tierra con sus angustias y sus tristezas -también con sus amores, con sus alegrías y sus ilusiones-, y pasamos a ese cielo nuevo y esa nueva tierra, donde ya no hay llanto ni luto ni lágrimas ni dolor, porque el primer mundo ha pasado; donde Dios le ha dicho al corazón de nuestro hermano fallecido: "Yo soy tu Dios y tú eres mi hijo", y donde, sobre todo, la sed, la sed de felicidad y de perpetuidad que está grabada, como a fuego, en la entraña del ser humano, encontrará finalmente descanso porque «los sedientos beberán de balde de la fuente de agua viva». Pero, todo esto, ¿es algo más que un sueño, que un deseo humano, que una utopía..., que se acaban dando de bruces con la dura y trágica realidad de la muerte?

Si ese canto al amor que es el Cantar de los cantares decía que el amor es más fuerte que la muerte, si la esquela de sus amigos al hablar del amigo tenía que acabar diciendo que
«siempre estarás con nosotros», también podemos creer que el amor del Dios que es Amor -con mayúsculas- es más fuerte que la misma muerte; que el destino de sus amores, de sus luchas, de sus alegrías y de sus tristezas, no fue la muerte definitiva, sino la vida que no se acaba ya junto a Dios, desde la que podemos ya decir también, con una fe humilde pero esperanzada: «¡Dichosos los muertos que mueren en el Señor! Sus obras les acompañan".

Y aquí cito el salmo, que juntos hemos rezado: «El Señor es mi luz y mi salvación»: que el que ayudó a muchos a ver mejor, se haya encontrado ya con ese Dios que es la única y definitiva luz que nos ilumina. «Dice mi corazón: busca su rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro». Porque detrás de nuestras búsquedas, de nuestros deseos de ver, está el rostro de Dios a quien nuestros ojos van buscando en la vida, aunque no nos demos cuenta de ello, hasta que, finalmente, nuestros ojos se encuentren con el Dios Amor a quien buscábamos.

Quiero acabar con la oración de un creyente ante la muerte de un amigo: «Al morir un amigo, algo de mí, que ya era él, se fue. Algo de mí, resucitó en él. Algo de él, que todavía es yo, se quedó. Algo de él espera a mi resurrección». Es la palabra de fe y de esperanza que hoy podemos pronunciar: «Es cierto: aún no tenemos alas, pero llegará el día» en que vuestros ojos vean finalmente al amigo, al esposo, al padre, al hijo..., que allí les espera y donde será realidad la frase final de la esquela:
«Estarás siempre con nosotros".
(JAVIER GAFO, DIOS A LA VISTA, Homilías ciclo C. Madris 1994. Pág. 408 ss.)

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Aplicación: San Juan Pablo II - Muerte y Resurrección

Queridos hermanos y hermanas:
La celebración litúrgica de hoy, 2 de noviembre, nos encamina hacia pensamientos de eternidad, la cual abre ante nosotros perspectivas de aquel "nuevo cielo" y de aquella "nueva tierra" (Apocalipsis 21,1), que serán la "morada de Dios entre los hombres" (v. 3). Entonces Dios enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos. ni trabajo, porque todo esto es ya pasado" (v. 4). Esta es ya realidad vivida por la inmensa multitud de los santos que en el cielo gozan de la visión beatifica de Dios. Nos hemos reunido aquí para contemplar su gloria, alegrándonos con la esperanza de poder un día compartir con ellos la misma alegría, acordándose de las promesas de Jesús: "En la casa de mi padre hay muchas moradas... voy a prepararos el lugar" (Juan 14,2).

Radica en esta certeza la serenidad del cristiano frente a la muerte. Dicha certeza no procede de una especie de insensibilidad o de apática resignación al dato de hecho, sino del convencimiento de que la muerte no tiene en el destino humano —contrariamente a lo que parece— la última palabra. La muerte puede y debe ser vencida por la vida. La perspectiva última, la esperanza para el cristiano que vive en gracia de Dios no es la muerte, sino la vida. Y la vida eterna, como dice la Escritura: Es decir, una participación plena e indefectible, más allá de los confines de la vida presente y más allá de la muerte, en la vida misma infinita de Dios.

No debe eliminarse el pensamiento de la muerte La conmemoración, hoy, de todos los fieles difuntos nos lleva lógicamente a meditar sobre la muerte, sobre este hecho misterioso y desconcertante, que todos conocemos bien, pero que, a veces, acaso nos esforzamos por eliminar del horizonte de nuestra conciencia como un pensamiento importuno y fastidioso, creyendo llevar, de esta forma, una vida más serena. Sucede, por ello que, incluso en ciertas circunstancias —por ejemplo, en ciertas enfermedades graves— durante las cuales el pensamiento de la muerte aparece espontáneamente, se busca, en cambio, alejarlo de nosotros o de los demás, creyendo acaso que, de esta forma nos mostramos piadosos o delicados. Deberemos, más bien, preguntarnos, también nosotros cristianos, si es así y en qué medida, sabemos pensar en la muerte. Y cómo sabemos hablar de la muerte.

Ahora bien, una de las verdades fundamentales de nuestro credo ¿no es, acaso, una cierta concepción de la muerte? ¿Acaso no ofrece nuestra fe una luz decisiva —y extraordinariamente consoladora— sobre el significado y -podríamos decir- el valor de la muerte? En efecto, es justamente así, queridos hermanos y hermanas. Para nosotros, cristianos, la muerte es un valor. Es, sin duda alguna, cierto que la muerte, para nosotros cristianos, es y sigue siendo un hecho negativo, ante el cual nuestra naturaleza se rebela; sin embargo, como sabemos, Cristo ha sabido hacer de la muerte un acto de ofrecimiento, un acto de amor, un acto de rescate y de liberación del pecado y de la muerte misma. Aceptando cristianamente la muerte vencemos —y para siempre—la muerte.

¿Qué pedimos, queridos hermanos, para nuestros hermanos difuntos? ¿Qué esperamos? Su liberación de todo mal, tanto de la culpa como del sufrimiento. Es la esperanza inspirada por la indestructible palabra de Cristo y por el trascendente mensaje de la Sagrada Escritura. El cristianismo es victoria final y cierta sobre toda forma de mal, sobre el pecado, en primer lugar, y, "en el ultimó día", sobre la muerte y sobre todo sufrimiento. Aquí abajo nuestra liberación comienza con la libertad del pecado, que es lo fundamental y la condición para todo el resto. El sufrimiento permanece como medio de expiación y de rescate. Pero, si morimos en gracia de Dios, sabemos con certeza que entramos en la vida y en la bienaventuranza y que nuestra alma asumirá de nuevo, un día, aquel cuerpo que ha sido deshecho por la muerte, para que también éste participe, de alguna forma, en la bienaventurada visión del paraíso.

"El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
EI Señor es baluarte de mi vida.
¿Quién me hará temblar?
Una cosa pido al Señor,
y esta sola buscaré:
Habitar en la casa del Señor
todos los días de mi vida" (Salmo 26-27, 14).

La vida de aquí abajo no es un camino hacia la muerte, sino hacia la vida, hacia la luz, hacia el Señor. La muerte, comenzando por la del pecado, puede y debe ser vencida. Recemos por nuestros hermanos que nos han precedido en el camino de aquí abajo, combatiendo "el buen combate" de la fe, y pidamos para ellos: "Dales el eterno descanso, oh Señor, y brille para ellos la luz perpetua." Así los recordamos para que se encuentren en el descanso, estén en la paz, para que puedan gozar los frutos de sus fatigas y de sus renuncias, para que sus sufrimientos no hayan sido vanos. Para que gocen de lo que han deseado: "Habitar en la casa del Señor todos los días de la vida."
Con mi bendición
(SAN JUAN PABLO II, Discurso en la audiencia general de noviembre de 1988)



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Historia de la liturgia cristiana acerca de los difuntos

La Iglesia católica ha rodeado siempre a los muertos de una atmósfera de
respeto sagrado. Esto, y las honras fúnebres (v. FUNERAL) que siempre les ha
tributado, permite hablar de un cierto culto a los d. La Historia de las
Religiones habla también del culto a los muertos (v. I) como de algo en que
todas ellas, desde las más embrionarias hasta las más evolucionadas,
coinciden de algún modo. El cristianismo no rechazó este culto de los
antiguos para con los d., sino que lo consolidó, previa purificación,
dándole su verdadero sentido trascendente, a la luz del conocimiento de la
inmortalidad del alma (v.) y del dogma de la resurrección (v.) tan
claramente expuesto por S. Pablo: "Os revelo un misterio: no moriremos
todos, mas todos seremos trasformados. En un instante, en un pestañear de
ojos, al toque de la trompeta final, los muertos resucitarán incorruptibles,
y nosotros seremos trasformados. En efecto, es necesario que este ser
corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se
revista de inmortalidad" (1 Cor 15,51-53).


1. Signos externos de veneración a los difuntos. El cuerpo, que
durante la vida es "templo del Espíritu Santo" y "miembro de Cristo" (1 Cor
6,15.19) y cuyo destino definitivo es la trasformación espiritual en la
resurrección, siempre ha sido, a los ojos de los cristianos, tan digno de
respeto y veneración como las cosas más santas. Este respeto se ha
manifestado, en primer lugar, en el modo mismo de enterrar los cadáveres.
Vemos, en efecto, que a imitación de lo que hicieron con el Señor José de
Arimatea (v.) y las piadosas mujeres, los cadáveres eran con frecuencia
lavados, ungidos, envueltos en vendas impregnadas en aromas, y así colocados
cuidadosamente en el sepulcro. En las actas del martirio de S. Pancracio
(v.) se dice que el santo mártir fue enterrado "después de ser ungido con
perfumes y envuelto en riquísimos lienzos" (Acta Sanct. 12 de mayo). Y el
cuerpo de S. Cecilia (s. iii; v.), apareció en 1599, al ser abierta el arca
de ciprés que lo encerraba, vestido con riquísimas ropas: "Yo vi el arca que
se encerró en el sarcófago de mármol, dice Baronio, y dentro el cuerpo
venerable de Cecilia. A sus pies estaban los paños tintos en sangre, y aún
podía distinguirse el color verde del vestido, tejido en seda y oro"
(Baronio, Anales, 821,13-19). S. Jerónimo habla de la existencia en algunas
iglesias de clérigos cuya misión era la de preparar los cuerpos de los
difuntos para la sepultura (Epístola, 49: PL 22,330). En la Edad Media
prevaleció la costumbre de envolver el cadáver en un sudario. En algunas
partes, sin embargo, se prefirió amortajar al difunto con sus propias ropas
de la vida civil, o bien, si tal había sido su deseo antes de morir, con el
hábito de alguna institución religiosa. Tratándose de eclesiásticos lo común
era revestirlos con los hábitos de su dignidad. Ésta es la costumbre que
prevalece también en nuestros días. Según las normas del ritual, el cadáver
debe ser convenientemente arreglado, colocando entre las manos del d. una
pequeña cruz, o bien poniendo las mismas manos en forma de cruz. En lugar de
los perfumes que antiguamente se derramaban sobre el cadáver a través de
unos agujeritos hechos en la cubierta del sarcófago, la piedad moderna suele
tributar su homenaje de respeto y honor al d. por medio de flores y coronas
de laurel, símbolos del "buen olor de Cristo" y de la inmortalidad.

Pero no sólo esta esmerada preparación del cadáver es un signo de la
piedad y culto profesados por los cristianos a los d., también la sepultura
material es una expresión elocuente de estos mismos sentimientos. En efecto,
ya se trate de la simple sepultura de tierra, ya de los suntuosos mausoleos
renacentistas, ya de los sencillos cenotafios de la antigüedad, para la
Iglesia siempre han sido lugares sagrados y ha recabado para ellos todo el
respeto que tal condición exige. Esto se ve claro especialmente en la
veneración que ya desde el principio se profesó entre los cristianos a las
tumbas. Prudencio (v.) recuerda las flores que se esparcían sobre los
sepulcros, así como las libaciones de perfumes que se hacían sobre las
tumbas de los seres queridos. Pero la veneración de los fieles se centró de
modo particular en las tumbas de los mártires (v.). En realidad fue en torno
a ellas donde nació el culto a los santos (v. CULTO III). Sin embargo, este
culto especialísimo a los mártires no suprimió totalmente la veneración
profesada a los muertos en general. Más bien podría decirse que, de alguna
manera, quedó realzada. En efecto: en la mente de los cristianos, el mártir,
víctima de su fidelidad inquebrantable a Cristo, formaba en las filas de los
amigos de Dios, de cuya visión beatífica gozaba desde el momento mismo de su
muerte (v. CIELO). En sus oídos resonaban las palabras de S. Juan: "estos
que visten estolas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido...?, éstos
son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus estolas y las han
blanqueado en la sangre del Cordero. Por esto están ante el trono de Dios, y
le adoran día y noche en su Templo, y el que se sienta en el trono tendrá su
tienda entre ellos. No tendrán hambre ni sed nunca más, ni caerá sobre ellos
el sol, ni calor alguno, porque el Cordero que está en medio del trono los
pastoreará y los conducirá a las fuentes de agua viva" (Apc 7,13-17). ¿Qué
mejores protectores que estos amigos de Dios? Los fieles así lo entendieron
y tuvieron siempre como un altísimo honor el reposar después de su muerte
cerca del cuerpo de algunos de estos mártires, hecho que recibió el nombre
de sepultura ad sanctos. Por su parte, los vivos estaban también convencidos
de que ningún homenaje hacia sus d. podía equipararse al de enterrarlos al
abrigo de la protección de los mártires. Consideraban que con ello quedaba
asegurada no sólo la inviolabilidad del sepulcro y la garantía del reposo
del d., sino también una mayor y más eficaz intercesión y ayuda del santo.
Un epitafio de Roma, entre otros muchos, dice así: "Pro vitae
suaetestimonium Sancti MartyresapudDeumet .* eruntadvocati" (G. B. De Rossi,
"Boletino di archeologia cristiana", 1864, 34). Y S. Ambrosio, que mandó
enterrar a su hermano Sátiro junto al sepulcro del mártir S. Víctor, hizo
grabar en su sepulcro estas palabras: "A Uranio Sátiro, su hermano Ambrosio
rinde el último honor sepultándolo a la izquierda del mártir. Sea ésta la
recompensa de su mérito: que penetrando la sangre sagrada (de Víctor) por
entre las paredes contiguas, lave los despojos del que a su lado descansa".

Esta práctica de enterrar junto a los sepulcros de los mártires,
atestiguada ya desde finales del s. it, fue paulatinamente convirtiéndose en
costumbre. Y así, en el s. iv, la sepultura ad sanctos era ya común, aunque,
al parecer, reservada a d. de categoría. Así fue como las basílicas e
iglesias, en general, ll9garon a constituirse en verdaderos cementerios (v.
CEMENTERIO II), lo que pronto obligó a las autoridades eclesiásticas a poner
un límite a las sepulturas en las mismas. Pero esto en nada afectó al
sentimiento de profundo respeto y veneración que la Iglesia profesaba y
siguió profesando a sus hijos d. De ahí que a pesar de las prohibiciones a
que se vio obligada para evitar abusos, permaneció firme su voluntad de
honrarlos. Y así se estableció que antes de ser enterrado el cadáver fuese
llevado a la Iglesia y, colocado delante del altar, fuese celebrada la
Eucaristía en sufragio suyo. Esta práctica, ya casi común hacia finales del
s. Iv y de la que S. Agustín nos da un testimonio claro al relatar los
funerales de su madre (Confesiones, IX,12), se ha mantenido hasta nuestros
días.

La Iglesia siempre ha manifestado en su doctrina oficial y en los
ritos litúrgicos el deseo de que las exequias de sus hijos sean celebradas
como verdaderos misterios de la religión, signos de la piedad cristiana y
sufragios salubérrimos en favor de los fieles difuntos. Este respeto sagrado
hacia los difuntos fue lo que indujo a la Iglesia a prohibir, incluso con
graves penas canónicas, la cremación de los cadáveres, cuando esta práctica
era entendida como una expresión de la falta de fe en la vida eterna o de
menosprecio al cuerpo humano.

No obstante, y dadas las actuales circunstancias demográficas, no
niega el rito de las exequias cristianas a quienes hayan elegido la
cremación del propio cadáver, a no ser que conste que lo hicieron por
razones contrarias a la vida cristiana, según la Instrucción de la Sagrada
Congregación del Santo Oficio del 8 mayo 1963 (cfr. AAS 56, 1964, 822-823).

El nuevo Ordo de las exequias hace notar que en los casos de cremación
del cadáver los ritos han de ser tales que no parezca que la Iglesia
antepone la cremación a la costumbre de sepultar los cadáveres, como quiso
el Señor ser sepultado, y exige que se evite todo peligro de escándalo,
extrañeza por parte de los fieles y el indiferentismo religioso (cfr. Ordo
Exsequiarum, Vaticano 1969, 10, n° 15).

2. La oración por los difuntos. De lo dicho hasta aquí puede deducirse
con facilidad el verdadero significado de la expresión culto aplicada al que
la Iglesia tributa a los d. No se trata, evidentemente, de un culto en el
sentido teológico estricto (v. CULTO II), sino en el más amplio de honor y
respeto sagrados. Y este honor y este respeto sagrados, encuentran una
expresión todavía más elocuente y profunda en la oración de la Iglesia por
los d., sobre todo en la oración litúrgica de las exequias y en el santo
Sacrificio de la Misa aplicado por su eterno descanso (V. COMUNIÓN DE LOS
SANTOS; PURGATORIO).

S. Agustín, en su Tratado De cura pro mortuisgerenda, explicaba a los
cristianos de sus días cómo los honores externos no reportarían ningún
beneficio ni honra a los muertos si no iban acompañados de los honores
espirituales de la oración: "El cuidado del entierro, las condiciones
honorables de la sepultura y la pompa de los funerales, más bien que
auxilios para los difuntos son consuelo para los vivos". En cambio, cuando
"el cariño de los fieles hacia sus muertos se manifiesta en recuerdos y
oraciones, es indudable que de ello se aprovechan las almas de los que
durante la vida temporal merecieron beneficiarse de tales sufragios... Sin
estas oraciones, inspiradas en la fe y la piedad hacia los d., creo que de
nada serviría a sus almas el que sus cuerpos privados de vida fuesen
depositados en cualquier lugar santo. Siendo así, convenzámonos de que sólo
podemos favorecer a los difuntos, si ofrecemos por ellos el sacrificio del
altar, de la plegaria o de la limosna". (De cura pro mortuisgerenda, 3 y 4).
Comprendiéndolo así, la Iglesia, que siempre tuvo la preocupación de dar
digna sepultura a los cadáveres de sus hijos, brindó para honrarlos lo mejor
de sus tesoros espirituales. Depositaria de los méritos redentores de
Cristo, quiso aplicárselos a sus d., tomando por práctica ofrecer en
determinados días sobre sus tumbas lo que tan hermosamente llamó S. Agustín
sacrificiumpretiinostri, el sacrificio de nuestro rescate (Confesiones,
IX,12). Ya en tiempos de S. Ignacio de Antioquía (v.) y de S. Policarpo (v.)
se habla de esto como de algo fundado en la tradición. Pero también aquí el
uso degeneró en abuso, y la autoridad eclesiástica hubo de intervenir para
atajarlo y reducirlo. Así se determinó que la Misa sólo se celebrase sobre
los sepulcros de los mártires. Se prohibió, igualmente, celebrar el
sacrificium pro dormitione en favor de aquellos que se hubieran hecho
indignos de él; y, en fin, se vedó el depositar la Eucaristía sobre el pecho
del cadáver, como a veces se hacía al sepultarlos en señal de comunión con
la Iglesia y como prenda de resurrección (S. Gregorio Magno Diálogos, lib.
11, cap. 24).

Por otra parte, ya desde el s. ni es cosa común a todas las liturgias
la memoria de los d. Es decir, que además de algunas Misas especiales que se
ofrecían por ellos junto a las tumbas, en todas las demás sinaxis
eucarísticas se hacía, como se sigue haciendo todavía, memoria (memento) de
los d. Y es interesante observar cómo la Iglesia en estas oraciones de
intercesión por los muertos se muestra especialmente afectuosa y tierna:
"Señor, se reza en el canon romano, a todos los que nos han precedido con el
sello de la fe y ahora duermen el sueño de la paz, dales el lugar del
refrigerio, de la luz y de la paz". Este mismo espíritu de afecto y ternura
alienta en todas las oraciones y ceremonias del maravilloso rito de las
exequias.

3. La festividad de todos los fieles difuntos. Pero donde la Iglesia
ha volcado, podemos decir, todo su corazón de madre y su riqueza como Cuerpo
Místico de Jesucristo en favor de los d., ha sido en la institución de una
fiesta litúrgica, especialmente dedicada a su recuerdo y al sufragio por sus
almas. Como dice el Martirologio Romano (2 de noviembre): "en este día la
piadosa madre Iglesia, después de haber celebrado con dignas alabanzas a sus
hijos que ya gozan en el cielo, dirige sus eficaces oraciones a su Esposo y
Señor, Cristo, para que todos aquellos que todavía gimen en el purgatorio,
lleguen cuanto antes a la convivencia con los bienaventurados".

La celebración de un oficio especial al año en sufragio por los d. es
común en Oriente y en Occidente. La liturgia bizantina lo hace el sábado
anterior a la domínica de Sexagésima. En Occidente, este uso comenzó por los
monasterios. En el s. x ya existía en los monasterios benedictinos, y en
algunos de ellos, como Fulda, esta celebración por los d. era mensual.
Parece ser que fue S. Odilón (v.) abad de Cluny (v.), quien dio fuerza de
ley y carácter universal a esta costumbre monástica, aun cuando su célebre
edicto de 998 sólo afectaba a las abadías que dependían de su jurisdicción,
que, por cierto, sumaban varios centenares, repartidas por Francia, España e
Italia.

Luego esta costumbre fue introduciéndose en algunas iglesias
particulares, como las de Lieja (1008) y Besan~on, y, finalmente, fue
adoptada por la Iglesia universal. La fecha señalada fue la que había
establecido S. Odilón, el 2 de noviembre. Por decreto de Benedicto XV (10
ag. 1915), todos los sacerdotes pueden celebrar tres misas ese día, al igual
que en Navidad. Con esto hacía extensivo a toda la Iglesia un privilegio que
Benedicto XIV (1748) había concedido a los sacerdotes de los Estados
sometidos a la corona de España. Una prueba más de ese amor maternal que la
Iglesia siente por sus hijos que duermen ya el sueño de la paz.
(RAÚL ARRIETA. - Gran Enciclopedia Rialp,Ediciones Rialp, Madrid 1991)



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Ejemplos

El regalo más precioso
Un pequeño de cinco años le preguntaba a su madre:
- Mamá, ¿tú le das gracias a Jesús por tenerme a mí?. Porque, yo si que se las doy por tenerte a ti.
Jesús desnudo, agonizando clavado en la cruz, tiene todavía algo de inmenso valor: su Madre.
Y nos la entrega como Madre nuestra.
Desde ese momento ya no hay huérfanos en la tierra, ni en el Purgatorio. Ya los hombres podemos estar alegres: tenemos Madre.


Caridad con las almas del Purgatorio
Durante el tiempo que media entre la muerte del hombre y la resurrección final, las almas quedan retenidas en lugares recónditos, según es digna cada una de reposo o de castigo, conforme a lo que hubiere merecido cuando vivía en la carne. Y no se puede negar que las almas de los difuntos reciben alivio por la piedad de sus parientes vivos, cuando por ellas se ofrece el sacrificio del Mediador o cuando se hacen limosnas en la Iglesia (San Agustín, Enquiridio 109-110).



La contrición no siempre quita todo el resto de la pena
De los principios que hemos expuesto puede deducirse fácilmente la existencia del purgatorio. Porque, si es verdad que la contrición borra los pecados, no quita todo el resto de pena que por ellos se debe; ni tampoco se perdonan siempre los pecados veniales, aunque desaparezcan los pecados mortales. Ahora bien, la justicia de Dios exige que una pena proporcional restablezca el orden perturbado por el pecado. Luego hay que concluir que todo aquel que muera contrito y absuelto de sus pecados, pero sin haber satisfecho plenamente por ellos a la divina justicia, debe ser castigado en la otra vida. Negar el purgatorio es, pues, blasfemar contra la justicia divina. Es, pues, un error, y un error contra la fe (Santo Tomás, Suma Teológica, Sup., q. 71, a. 1).


Debemos ayudar a los que se hallan en el purgatorio.
Demasiado insensible sería quien no auxiliara a un ser querido encarcelado en la tierra; más insensible es el que no auxilia a un amigo que está en el purgatorio, pues no hay comparación entre las penas de este mundo y las de allí (Santo Tomás, Sobre el Credo, 5, l. c., p. 73).


No temerías ninguna espereza
Si de continuo pensases más en tu muerte que en el largo vivir, no hay duda de que te enmendarías con mayor fervor. Si pusieses también ante tu corazón las penas del infierno o del purgatorio, creo yo que muy de gana sufrirías cualquier trabajo y dolor, y no temerías ninguna aspereza (Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, I, 21, 5).


La Santa Misa
La santa Misa alegra toda la corte celestial, alivia a las pobres ánimas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, y da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que las penitencias de todos los solitarios, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el principio del mundo y que todo lo que hagan hasta el fin de los siglos (Santo Cura de Ars, Sermón sobre la Santa Misa).

 

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