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Asunción de la Virgen María - Solemnidad: Comentarios de Sabios y Santos para ayudarnes en preparar la acogida de la Palabra de Dios durante la celebración

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A su servicio

Exégesis: José María Solé Roma, C.F.M. sobre las tres lecturas

Comentario Teológico: Antonio Royo Marín, O.P - La Asunción de la Virgen María

Aplicación: Papa Francisco - La Asunción

Aplicación: Benedicto XVI - Asunción

Aplicación: San Alfonso María de Ligorio - Asunción de María

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

comentarios a Las Lecturas de la solemnidad

 

Exégesis: José María Solé Roma, C.F.M.

APOCALIPSIS 11, 19; 12, 1-6. 10: En el estilo apocalíptico de símbolos, y visiones, San Juan nos propone sublimes enseñanzas teológicas. En las que hoy leemos, los mariólogos y eclesiólogos, profundizarán sin cesar:

- El "Arca de la Alianza" era el símbolo de la presencia de Dios. En el N. T. el Arca de la Alianza es María (19). En María es plenitud lo que en el "Arca" era sólo figura. Sólo a María se le dice: "El Hijo que concebirás en tu seno es el Hijo del Altísimo" (Lc 2, 22). El Trono de Dios es el Corazón de María. En este Trono Dios se nos hace visible y adorable. Por María tenemos los cielos abiertos. Y tenemos a Dios-con-nosotros: al Emmanuel: Corruptionemsepulcrieamvidere merito noluisti, quaeFiliumtuum vitae omnis, auctorem, ineffabiliter de se genuitincarnatum (Praef.).

- El otro símbolo o "Signo" de la visión: La "Mujer" y el "Dragón" (1-6), corresponden a la "Mujer" y "Serpiente" de Gn 3, 15. El Apocalipsis quiere enseñarnos que la profecía Mesiánica del Génesis tiene pleno cumplimiento en María Madre de Cristo. En María, a la que el Sol viste de luz y la Luna sirve de peana; en María, cuya frente ciñen doce estrellas. Son símbolos que indican que en María converge toda la gloria de los Patriarcas, y que Ella personifica todas las esperanzas y promesas de Israel. Como igualmente personifica, por ser Madre de Cristo y de la Iglesia, toda la gloria de la Iglesia. La victoria sobre el Dragón que consigue el Hijo de la Mujer (8-10) es igualmente victoria de la Mujer, su Madre. María, vencedora del Dragón; María Inmaculada, Madre de Cristo, Corredentora, Asumpta.

- El v 10 nos indica cómo la victoria de Cristo y su Madre es también nuestra victoria. Ya por siempre, tras la Pasión y Resurrección de Cristo, el Dragón queda vencido, el pecado anulado, nuestra salvación asegurada. Salvación que para que sea definitiva y plena debe también alcanzar a nuestro cuerpo. Debemos ser partícipes de la Resurrección y Glorificación de Cristo y María: In caeloshodieDeiparaestassumpta, Ecclesiaetuaeconsummandaeinitium et imago (Praef.). La Iglesia tiene en la Asumpta las primicias y el molde de su propia glorificación.


1 CORINTIOS 15, 20-26:
Por ley de analogía los mariólogos aplican a María cuanto aquí nos dice el Apóstol acerca de la Resurrección de Cristo. A María le cumple en cuanto Asociada a Cristo y a Él subordinada:- María Asociada a Cristo en la Pasión lo es también en la Resurrección. Las "Primicias" de la Resurrección son Cristo y su Madre, resucitados antes de la resurrección final universal. Ahora en cada celebración eucarística nos asociamos al misterio Redentor: Pasión y glorificación de Cristo. Es decir, se nos aplican mayores tesoros de su Pasión y se nos prepara mayor participación en su Gloria. En la del Redentor y en la de la Corredentora.- Igualmente podemos aplicar a María el v 21: Por un hombre (y una mujer) vino la muerte; también por un Hombre (y una Mujer), la Resurrección. María aporta a esta Resurrección universal los méritos de Asociada a Cristo; y se nos presenta como el modelo según el cual se realizará la glorificación de la Iglesia y de cada uno de los fieles: "Entre tanto, la Madre de Jesús, de la misma manera que ya glorificada en los cielos en cuerpo y alma es la imagen y principio de la Iglesia que ha de ser consumada en el futuro siglo, así en esta tierra, hasta que llegue el Día del Señor, antecede con su luz alPueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo" (L. G. 68). Nos antecede. Y su luz nos guía. Y su amor nos guarda. Y su gloria es la que nosotros con ella gozaremos en cuerpo y alma; como Ella, la Madre: HodieAssumpta... ac populo peregrinanticertaespei et solatiidocumentum (Praef.).

- Por el misterio de su Resurrección y Asunción, María tiene ya la victoria
plena: Reina con Cristo y cumple sus oficios maternales para cuantos esperamos aún la consumación (24-26). El Concilio, tras proclamar esta victoria de María, nos da esta exhortación: "Mientras que la Iglesia en la Beatísima Virgen ya llegó a la perfección, los fieles, en cambio, aún se esfuerzan en crecer en la santidad venciendo al pecado; y por esto levantan sus ojos hacia María, que brilla ante la comunidad de los elegidos como modelo de virtudes. Cierto, María, mientras es predicada y honrada, atrae a los creyentes hacia su Hijo y su sacrificio y hacia el amor del Padre" (L. G. 64). Inmediatamente nos sentimos atraídos por Ella a la santidad, conducidos a Cristo y al Padre: Beatissima V. M. in coelumassumptaintercedente, cordanostra, caritatisignesuccensa, ad te, Domine, jugiteraspirent (Super oblata).


- LUCAS 1-39-56:
El evangelista nos expone el hecho que es raíz y fuente de la glorificación única de María:

- Ella, Madre del Hijo de Dios, es la verdadera "Arca" de Dios (Jn 1, 14). Ante esta "Arca", Isabel exclama como David al trasladar el "arca" a Jerusalén: " ¿Cómo viene a mí el Arca de Yahvé?" (Lc 1, 43 y 2 Sam 6; 9). El salmista hace saltar al paso del "Arca" montes y collados (Sal 113, 4). En el relato de la Visitación, el Bautista salta de gozo a presencia de María, Arca de Dios (v 41).

- En los vv 46-55 María canta su agradecimiento por las maravillas obradas en Ella por Dios (47-49); e igualmente por las que, mediante Ella, realizará en todos les hombres (vv 50-55). Son las maravillas de la Redención. En ese misterio de la Redención, Ella por ser Madre del Redentor, tiene privilegios que la encumbran por encima de todos los redimidos; ya que por Ella nos llegará a todos el Redentor y la Redención. Por eso nos antecede y supera también en la Glorificación.

- Debemos unir nuestras voces filiales a su Magníficat y cantar al Señor que tanto honró y glorificó a la que es su Madre y la nuestra. En la Fiesta de hoy, sobre todo, honramos esta su máxima glorificación: "Finalmente, la Virgen Inmaculada, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial; y enaltecida por el Señor como Reina del universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, vencedor del pecado y de la muerte" (LG 59)
(SOLÉ ROMA, J. M., Ministros de la Palabra. Ciclo A, Herder, Barcelona,
1979, pp. 300-303)



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Comentario Teológico: Antonio Royo Marín, O.P - La Asunción de la Virgen María

Llegamos al coronamiento de los privilegios marianos: su gloriosa Asunción en cuerpo y alma al cielo y su coronación en él como Reina y Señora de cielos y tierra. La Asunción de María en cuerpo y alma al cielo es un dogma de nuestra fe católica, expresamente definido por Pío XII hablando "Ex cathedra", como veremos enseguida.

"Al término de su vida terrestre- escribe a este propósito Roschini- María Santísima, por singular privilegio, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria- gloria singularísima- del cielo. Mientras a todos los otros santos les glorifica Dios al término de su vida terrena únicamente en cuanto al alma (mediante la visión beatífica), y deben, por consiguiente, esperar al fin del mundo para ser glorificados también en cuanto al cuerpo, María Santísima,- y solamente Ella- fue glorificada cuanto al cuerpo y cuanto al alma"

La Virgen María murió realmente para resucitar gloriosa poco tiempo después (doctrina más probable y común)

La tradición cristiana. El testimonio de la tradición - sobre todo a partir del siglo III- es abrumador a favor de la muerte de María. En la misma bula Munificentissimus Deus, de Pío XII, se leen estas palabras, cuya importancia
excepcional a nadie puede ocultarse:

"Los fieles, siguiendo las enseñanzas y guía de sus pastores; aprendieron también de la Sagrada Escritura que la Virgen María, durante su peregrinación terrena, llevó un vida llena de ocupaciones, angustias y dolores, y que se verificó lo que el santo viejo Simeón había predicho: que una agudísima espada le traspasaría el corazón a los pies de la cruz de su divino Hijo, nuestro Redentor. Igualmente no encontrarán dificultad en admitir que María hubiese muerto al mismo modo que su Unigénito. Pero esto no les impidió creer y profesar abiertamente que su sagrado cuerpo no estuvo sujeto a la corrupción del sepulcro y que no fue reducido a putrefacción y cenizas el augusto tabernáculo del Verbo Divino". (Pío XII, Bula Munificentissimus Deus, n° 7)

Notése la importancia de este texto. En la misma bula en la que Pio XII define la Asunción de María enseña que los fieles- es decir, el pueblo cristiano-, siguiendo las enseñanzas y guía de sus pastores- no han tenido dificultad en admitir la muerte de María, con tal de preservarla de la corrupción del sepulcro. Se trata, pues, del sentir de la Iglesia - pastores y fieles-, que constituye un argumento de grandísimo peso, que algunos no vacilan en proclamar de fe, porque es imposible que pastores y fieles se equivoquen conjuntamente en una doctrina universalmente profesada por todos. Son legión además, los sumos Pontífices que han enseñado expresamente la muerte de María.

El dogma de la Asunción.

Como es sabido, el inmortal pontífice Pio XII, el día 1 de noviembre de1950, en el atrio exterior de la Basílica Vaticana, rodeado de 36 cardenales, 555 patriarcas, arzobispos y obispos, de gran número de dignatarios eclesiásticos y de una muchedumbre enardecida de entusiasmo que no bajaba del millón de personas, definió solemnemente, con suprema autoridad apostólica, el dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma al Cielo. He aquí las palabras mismas de la augusta definición:

" Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial"

Explicación teológica del dogma.

1° Es una exigencia de su Concepción Inmaculada. "Este privilegio- el de la Asunción de María- resplandeció con nuevo fulgor desde que nuestro predecesor Pio IX, de inmortal memoria, definió solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción de la augusta Madre de Dios. Esos dos privilegios están- en efecto- estrechamente unidos entre sí. Cristo, con su muerte, venció la muerte y el pecado; y sobre el uno y sobre la otra reporta también la victoria, en virtud de Cristo, todo aquel que ha sido regenerado sobrenaturalmente por el bautismo. Pero, por ley general, Dios no quiere conceder a los justos el pleno efecto de esa victoria sobre la muerto sino cuando haya llegado el fin de los tiempos. Por eso también los cuerpos de los justos se disuelven después de la muerte, y sólo en el último día volverá a unirse cada uno con su propia alma gloriosa.

Pero de esta ley general quiso Dios que fuera exenta la bienaventurada Virgen María. Ella, por privilegio del todo singular, venció al pecado con su Concepción Inmaculada; por eso, no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro, ni tuvo que esperar la redención de su cuerpo hasta el fin del mundo.

2° Es una exigencia moral de su excelsa dignidad de Madre de Dios y del amor hacia Ella de su Divino Hijo. Oigamos de nuevo a Pio XII en la bula Munificentissimus Deus, "Todas estas razones y consideraciones de los Santos Padres y de los teólogos tienen como último fundamento la Sagrada Escritura, la cual presenta a la excelsa Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo y siemprepartícipe de su suerte. De donde parece imposible imaginarse separada de Cristo, si no con el alma, al menos con el cuerpo, después de esta vida, a Aquella que le concibió, le dio la luz, le nutrió con su leche, le llevo en sus brazos y le apretó a su pecho.
Desde el momento en que nuestro Redentor es hijo de María, ciertamente, como observador perfectísimo de la divina ley que era, no podría menos de honrar, además de al Eterno Padre, también a su amantísima Madre. Pudiendo, pues dar a su Madre tanto honor al preservarla de la corrupción del sepulcro debe saberse que lo hizo realmente"

3° Por su condición de nueva Eva y Corredentora de la Humanidad. Habla nuevamente Pio XII a continuación de las palabras que acabamos de citar: "Pero hay que recordar especialmente que desde el siglo II Maria Virgen es presentada por los Santos Padres como nueva Eva, estrechamente unida al nuevo Adán, si bien sujeta a Él, en aquella lucha contra el enemigo infernal, que, como fue preanunciado en el Protoevangelio( Gn 3, 15), había de terminar con la plenísima victoria sobre el pecado y sobre la muerte, siempre unidos en los escritos del Apóstol de las Gentes ( Cf. Rm 5. 6; I Cor 15, 21-26; 54-57) Por signo final de esta victoria, así también para María la común lucha debía concluir con la glorificación de su cuerpo virginal; porque, como dice el Apóstol, cuando… este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad, entonces sucederá lo que fue escrito: la muerte fue absorbida por la victoria. ( ICor 15, 54).

4° Por el conjunto de sus demás privilegios excepcionales. Pio XII añade a los citados argumentos el siguiente magnífico párrafo, que resume y compendia los sublimes privilegios de María, que estaban pidiendo el coronamiento de su gloriosa asunción en cuerpo y alma al cielo: "De tal modo que la augusta Madre de Dios, misteriosamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad con un mismo decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen sin mancha en su divina maternidad, generosa socia del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias, al fin, como supremo coronamiento de sus privilegios, fue preservada de la corrupción del sepulcro, y, vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del cielo, donde resplandece como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos. ( cf. I Tm 1, 17)
(Royo Marín, Antonio,La Virgen María, Ed. BAC, Madrid, 1958, pág. 203ss.
Todos los derechos reservados)



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Aplicación: Papa Francisco - La Asunción

Queridos hermanos y hermanas
El Concilio Vaticano II, al final de la Constitución sobre la Iglesia, nos ha dejado una bellísima meditación sobre María Santísima. Recuerdo solamente las palabras que se refieren al misterio que hoy celebramos. La primera es ésta: "La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo" (n. 59). Y después, hacia el final, ésta otra: "La Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo" (n. 68). A la luz de esta imagen bellísima de nuestra Madre, podemos considerar el mensaje que contienen las lecturas bíblicas que hemos apenas escuchado. Podemos concentrarnos en tres palabras clave: lucha, resurrección, esperanza.

El pasaje del Apocalipsis presenta la visión de la lucha entre la mujer y el dragón. La figura de la mujer, que representa a la Iglesia, aparece por una parte gloriosa, triunfante, y por otra con dolores. Así es en efecto la Iglesia: si en el Cielo ya participa de la gloria de su Señor, en la historia vive continuamente las pruebas y desafíos que comporta el conflicto entre Dios y el maligno, el enemigo de siempre. En esta lucha que los discípulos de Jesús han de sostener - todos nosotros, todos los discípulos de Jesús debemos sostener esta lucha -, María no les deja solos; la Madre de Cristo y de la Iglesia está siempre con nosotros. Siempre camina con nosotros, está con nosotros. También María participa, en cierto sentido, de esta doble condición. Ella, naturalmente, ha entrado definitivamente en la gloria del Cielo. Pero esto no significa que esté lejos, que se separe de nosotros; María, por el contrario, nos acompaña, lucha con nosotros, sostiene a los cristianos en el combate contra las fuerzas del mal. La oración con María, en especial el Rosario - pero escuchadme con atención: el Rosario. ¿Vosotros rezáis el Rosario todos los días? No creo [la gente grita: Sí] ¿Seguro? Pues bien, la oración con María, en particular el Rosario, tiene también esta dimensión "agonística", es decir, de lucha, una oración que sostiene en la batalla contra el maligno y sus cómplices. También el Rosario nos sostiene en la batalla.

La segunda lectura nos habla de la resurrección. El apóstol Pablo, escribiendo a los corintios, insiste en que ser cristianos significa creer que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos. Toda nuestra fe se basa en esta verdad fundamental, que no es una idea sino un acontecimiento. También el misterio de la Asunción de María en cuerpo y alma se inscribe completamente en la resurrección de Cristo. La humanidad de la Madre ha sido "atraída" por el Hijo en su paso a través de la muerte. Jesús entró definitivamente en la vida eterna con toda su humanidad, la que había tomado de María; así ella, la Madre, que lo ha seguido fielmente durante toda su vida, lo ha seguido con el corazón, ha entrado con él en la vida eterna, que llamamos también Cielo, Paraíso, Casa del Padre.

María ha conocido también el martirio de la cruz: el martirio de su corazón, el martirio del alma. Ha sufrido mucho en su corazón, mientras Jesús sufría en la cruz. Ha vivido la pasión del Hijo hasta el fondo del alma. Ha estado completamente unida a él en la muerte, y por eso ha recibido el don de la resurrección. Cristo es la primicia de los resucitados, y María es la primicia de los redimidos, la primera de "aquellos que son de Cristo". Es nuestra Madre, pero también podemos decir que es nuestra representante, es nuestra hermana, nuestra primera hermana, es la primera de los redimidos que ha llegado al cielo.

El evangelio nos sugiere la tercera palabra: esperanza. Esperanza es la virtud del que experimentando el conflicto, la lucha cotidiana entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal, cree en la resurrección de Cristo, en la victoria del amor. Hemos escuchado el Canto de María, el Magnificat es el cántico de la esperanza, el cántico del Pueblo de Dios que camina en la historia. Es el cántico de tantos santos y santas, algunos conocidos, otros, muchísimos, desconocidos, pero que Dios conoce bien: mamás, papás, catequistas, misioneros, sacerdotes, religiosas, jóvenes, también niños, abuelos, abuelas, estos han afrontado la lucha por la vida llevando en el corazón la esperanza de los pequeños y humildes. María dice: "Proclama mi alma la grandeza del Señor", hoy la Iglesia también canta esto y lo canta en todo el mundo. Este cántico es especialmente intenso allí donde el Cuerpo de Cristo sufre hoy la Pasión. Donde está la cruz, para nosotros los cristianos hay esperanza, siempre. Si no hay esperanza, no somos cristianos. Por esto me gusta decir: no os dejéis robar la esperanza. Que no os roben la esperanza, porque esta fuerza es una gracia, un don de Dios que nos hace avanzar mirando al cielo. Y María está siempre allí, cercana a esas comunidades, a esos hermanos nuestros, camina con ellos, sufre con ellos, y canta con ellos el Magnificat de la esperanza.
Queridos hermanos y hermanas, unámonos también nosotros, con el corazón, a este cántico de paciencia y victoria, de lucha y alegría, que une a la Iglesia triunfante con la peregrinante, nosotros; que une el cielo y la tierra, que une nuestra historia con la eternidad, hacia la que caminamos.
Amén
(Santo Padre Francisco, Solemnidad de la Asunción de la Virgen María, Castelgandolfo, 15 de agosto de 2013)



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Aplicación: Benedicto XVI - Asunción

Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:
Ante todo, os saludo cordialmente a todos. Para mí es una gran alegría celebrar la misa en el día de la Asunción de la Virgen María en esta hermosa iglesia parroquial. Saludo al cardenal Sodano, al obispo de Albano, a todos los sacerdotes, al alcalde y a todos vosotros. Gracias por vuestra presencia. La fiesta de la Asunción es un día de alegría. Dios ha vencido. El amor ha vencido. Ha vencido la vida. Se ha puesto de manifiesto que el amor es más fuerte que la muerte, que Dios tiene la verdadera fuerza, y su fuerza es bondad y amor.
María fue elevada al cielo en cuerpo y alma: en Dios también hay lugar para el cuerpo. El cielo ya no es para nosotros una esfera muy lejana y desconocida. En el cielo tenemos una madre. Y la Madre de Dios, la Madre del Hijo de Dios, es nuestra madre. Él mismo lo dijo. La hizo madre nuestra cuando dijo al discípulo y a todos nosotros: "He aquí a tu madre". En el cielo tenemos una madre. El cielo está abierto; el cielo tiene un corazón.

En el evangelio de hoy hemos escuchado el Magníficat, esta gran poesía que brotó de los labios, o mejor, del corazón de María, inspirada por el Espíritu Santo. En este canto maravilloso se refleja toda el alma, toda la personalidad de María. Podemos decir que este canto es un retrato, un verdadero icono de María, en el que podemos verla tal cual es.

Quisiera destacar sólo dos puntos de este gran canto. Comienza con la palabra Magníficat: mi alma "engrandece" al Señor, es decir, proclama que el Señor es grande. María desea que Dios sea grande en el mundo, que sea grande en su vida, que esté presente en todos nosotros. No tiene miedo de que Dios sea un "competidor" en nuestra vida, de que con su grandeza pueda quitarnos algo de nuestra libertad, de nuestro espacio vital. Ella sabe que, si Dios es grande, también nosotros somos grandes. No oprime nuestra vida, sino que la eleva y la hace grande: precisamente entonces se hace grande con el esplendor de Dios.
El hecho de que nuestros primeros padres pensaran lo contrario fue el núcleo del pecado original. Temían que, si Dios era demasiado grande, quitara algo a su vida. Pensaban que debían apartar a Dios a fin de tener espacio para ellos mismos. Esta ha sido también la gran tentación de la época moderna, de los últimos tres o cuatro siglos. Cada vez más se ha pensado y dicho: "Este Dios no nos deja libertad, nos limita el espacio de nuestra vida con todos sus mandamientos. Por tanto, Dios debe desaparecer; queremos ser autónomos, independientes. Sin este Dios nosotros seremos dioses, y haremos lo que nos plazca".

Este era también el pensamiento del hijo pródigo, el cual no entendió que, precisamente por el hecho de estar en la casa del padre, era "libre". Se marchó a un país lejano, donde malgastó su vida. Al final comprendió que, en vez de ser libre, se había hecho esclavo, precisamente por haberse alejado de su padre; comprendió que sólo volviendo a la casa de su padre podría ser libre de verdad, con toda la belleza de la vida.

Lo mismo sucede en la época moderna. Antes se pensaba y se creía que, apartando a Dios y siendo nosotros autónomos, siguiendo nuestras ideas, nuestra voluntad, llegaríamos a ser realmente libres, para poder hacer lo que nos apetezca sin tener que obedecer a nadie. Pero cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar. Eso es precisamente lo que ha confirmado la experiencia de nuestra época.

El hombre es grande, sólo si Dios es grande. Con María debemos comenzar a comprender que es así. No debemos alejarnos de Dios, sino hacer que Dios esté presente, hacer que Dios sea grande en nuestra vida; así también nosotros seremos divinos: tendremos todo el esplendor de la dignidad divina.

Apliquemos esto a nuestra vida. Es importante que Dios más amplio, más rico.

Una segunda reflexión. Esta poesía de María -el Magníficat- es totalmente original; sin embargo, al mismo tiempo, es un "tejido" hecho completamente con "hilos" del Antiguo Testamento, hecho de palabra de Dios. Se puede ver que María, por decirlo así, "se sentía como en su casa" en la palabra de Dios, vivía de la palabra de Dios, estaba penetrada de la palabra de Dios. En efecto, hablaba con palabras de Dios, pensaba con palabras de Dios; sus pensamientos eran los pensamientos de Dios; sus palabras eran las palabras de Dios. Estaba penetrada de la luz divina; por eso era tan espléndida, tan buena; por eso irradiaba amor y bondad. María vivía de la palabra de Dios; estaba impregnada de la palabra de Dios. Al estar inmersa en la palabra de Dios, al tener tanta familiaridad con la palabra de Dios, recibía también la luz interior de la sabiduría. Quien piensa con Dios, piensa bien; y quien habla con Dios, habla bien, tiene criterios de juicio válidos para todas las cosas del mundo, se hace sabio, prudente y, al mismo tiempo, bueno; también se hace fuerte y valiente, con la fuerza de Dios, que resiste al mal y promueve el bien en el mundo.

Así, María habla con nosotros, nos habla a nosotros, nos invita a conocer la palabra de Dios, a amar la palabra de Dios, a vivir con la palabra de Dios, a pensar con la palabra de Dios. Y podemos hacerlo de muy diversas maneras: leyendo la sagrada Escritura, sobre todo participando en la liturgia, en la que a lo largo del año la santa Iglesia nos abre todo el libro de la sagrada Escritura. Lo abre a nuestra vida y lo hace presente en nuestra vida.

Pero pienso también en el Compendio del Catecismo de la Iglesia católica, que hemos publicado recientemente, en el que la palabra de Dios se aplica a nuestra vida, interpreta la realidad de nuestra vida, nos ayuda a entrar en el gran "templo" de la palabra de Dios, a aprender a amarla y a impregnarnos, como María, de esta palabra. Así la vida resulta luminosa y tenemos el criterio para juzgar, recibimos bondad y fuerza al mismo tiempo.
María fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, y con Dios es reina del cielo y de la tierra. ¿Acaso así está alejada de nosotros? Al contrario. Precisamente al estar con Dios y en Dios, está muy cerca de cada uno de nosotros. Cuando estaba en la tierra, sólo podía estar cerca de algunas personas. Al estar en Dios, que está cerca de nosotros, más aún, que está "dentro" de todos nosotros, María participa de esta cercanía de Dios. Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Nos ha sido dada como "madre" -así lo dijo el Señor-, a la que podemos dirigirnos en cada momento. Ella nos escucha siempre, siempre está cerca de nosotros; y, siendo Madre del Hijo, participa del poder del Hijo, de su bondad. Podemos poner siempre toda nuestra vida en manos de esta Madre, que siempre está cerca de cada uno de nosotros. En este día de fiesta demos gracias al Señor por el don de esta Madre y pidamos a María que nos ayude a encontrar el buen camino cada día. Amén
Homilia de Benedicto XVI en la Misa de la Solemnidad de la Asunción de María - 2005 - Lunes 15 de agosto de 2005)



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Aplicación: San Alfonso María de Ligorio - Asunción de María

Parecería justo que la Iglesia, en este día de la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo, nos invitara a llorar más que a la alegría, ya que nuestra dulce madre se va de esta tierra y nos deja privados de su amada presencia; como decía san Bernardo: "Parece que más que aplaudir debemos llorar". Pero no, la santa Iglesia nos invita al júbilo: "Alegraos todos en el Señor al celebrar este día en honor de santa María Virgen". Y con toda razón, porque si amamos a ésta nuestra madre, debemos congratularnos más de su gloria que de nuestro consuelo personal. ¿Qué hijo no se alegraría, aunque tuviera que separarse de su madre, si supiera que ésta va a tomar posesión de un reino? Hoy María va a ser coronada reina del cielo, ¿cómo no celebrar la fiesta si verdaderamente la amamos? Alegrémonos todos, alegrémonos". Y para que más gocemos con su exaltación, consideremos:

1) Glorioso triunfo de María al entrar en el cielo.

2) Excelso es el trono al que fue sublimada en la gloria.


PUNTO 1º

1. María, recibida por Jesucristo Después que Jesucristo nuestro Salvador hubo cumplido la obra de la redención con su muerte, anhelaban los ángeles tenerlos consigo en su patria del cielo, por lo que continuamente le rogaban con las palabras de David: "Levántate, Señor, ven a tu descanso, tú y el arca de la santificación" (Sal 131, 8). Señor, ya que has redimido a los hombres, ven a tu reino con nosotros y trae contigo el arca viva de tu santificación que es tu santa Madre, arca santificada por ti al habitar en su seno. San Bernardino habla así: Que suba María tu Madre santísima, santificada por tu concepción. Quiso el Señor complacer a los santos del cielo llamando a María al paraíso. Él quiso que el arca de la Alianza entrara con gran pompa en la ciudad de David: "David y toda la casa de Israel llevaban el arca del testamento del Señor con júbilo y entre clamor de trompetas" (1R 6, 14). Con cuánto mayor pompa y esplendor dispuso Dios que su Madre entrara en el paraíso. El profeta Elías fue llevado al cielo en un carro de fuego que, según los comentaristas no fue sino un grupo de ángeles que se lo llevaron de la tierra. Pero para conducir al cielo a María, dice el abad Ruperto, no bastó un grupo de ángeles, sino que vino a acompañarla el mismo rey del cielo con toda su corte celestial.

Del mismo sentir es san Bernardino de Siena al decir que Jesucristo, para hacer más honroso el triunfo de María, él mismo salió a su encuentro para acompañarla. Tanto es así, al decir de san Anselmo, que el Redentor quiso subir al cielo antes que María no sólo para prepararle el trono en el paraíso, sino también para hacer más gloriosa su entrada en el cielo al verse acompañada de él mismo y de todos los bienaventurados.

San Pedro Damián, contemplando el esplendor de la Asunción de María al cielo, dice que, en cierto modo, es más gloriosa que la Ascensión de Jesucristo, porque sólo los ángeles salieron al encuentro de Jesucristo, pero la Virgen fue asunta al cielo en compañía del Señor de la gloria y de toda la bienaventurada compañía de los ángeles y de los santos.

El abad Guérrico pone en labios del Verbo de Dios estas palabras: Yo, por dar gloria a mi Padre, bajé del cielo a la tierra; pero después, para glorificar a mi Madre santísima, subí de nuevo al cielo para poder así salir a su encuentro y acompañarla al paraíso.

Consideremos ya cómo viene el Salvador desde el cielo al encuentro de María y le dice para consolarla: "Levántate, apresúrate, amiga mía, paloma mía, y ven, que ya ha pasado el invierno" (Ct 2, 10). Ven, querida Madre mía, mi hermosa y pura paloma; deja este valle de lágrimas en que tanto has sufrido por amor mío: "Ven del Líbano, esposa mía; ven del Líbano y serás coronada" (Ct 4, 8). Ven en cuerpo y alma a disfrutar del premio de tu santa vida. Si mucho has sufrido en la tierra, sin comparación mayor es la gloria que te tengo preparada en el cielo. Ven a sentarte a mi lado, ven a recibir la corona que te daré como reina del universo.

2. María deja la tierra y entra en el cielo
Ya María deja la tierra, y al recordar la muchedumbre de gracias que en ella recibió, la mira con afecto y compasión al mismo tiempo, pues allí deja a tantos pobres hijos suyos entre tantas miserias y tantos peligros. He aquí que Jesús le tiende la mano y la Madre santísima se eleva de la tierra y traspasa las nubes y las esferas siderales. He aquí que llega a las puertas del cielo. Cuando los reyes van a tomar posesión de su reino no pasan bajo las puertas de la ciudad, sino que éstas se abajan para que pasen sobre ellas. Por eso, como los ángeles decían cuando Jesucristo entró en el cielo: "Puertas, levantad vuestros dinteles: alzaos, portones antiguos, para que entre el rey de la gloria" (Sal 23, 7), así también ahora, cuando va María a tomar posesión de su reino del cielo, los ángeles que le acompañan gritan a los que están dentro: Levantad, príncipes, las puertas y elevaos portones de la eternidad, que va a entrar la reina del cielo.

Ya entra María en la patria bienaventurada, y al verla tan hermosa y agraciada los espíritus bienaventurados, al decir de Orígenes, preguntan a una voz a los que vienen de fuera: "¿Quién es ésta que sube del desierto rebosando en delicias, apoyada en su amado?" (Ct 8, 5). ¿Quién es esta criatura tan hermosa que viene del desierto de la tierra, lugar de espinas y abrojos, pero ella tan pura y llena de virtudes apoyada en su amado Señor, que se digna él mismo acompañarla con tantos honores? ¿Quién es? Y responden los ángeles que la acompañan: Esta es la Madre de nuestro rey y nuestra reina, la bendita entre todas las mujeres, la llena de gracia, la santa entre los santos, la amada de Dios, la inmaculada, la paloma, la más bella de todas las criaturas. Y entonces todos los bienaventurados espíritus, a una voz, comienzan a enaltecerla y celebrarla mejor que los hebreos a Judit, exclamando: "Tú eres la gloria de Jerusalén, tú la alegría de Israel, tú la honra de nuestro pueblo" (Jdt 15, 10). Señora y reina nuestra, tú eres la gloria del paraíso, la alegría de nuestra patria, tú eres el honor de todos nosotros; seas siempre bienaventurada, siempre bendita; he aquí nuestra reina; todos nosotros somos tus vasallos prontos a obedecerte.

3. María recibe la bienvenida de ángeles y santos
Luego vienen a saludarle y darle la bienvenida como a su reina todos los santos que estaban en el paraíso. Llegan las santas vírgenes: "Las doncellas que la ven la felicitan" (Ct 6, 9). Nosotras, le dicen, beatísima señora, somos reinas aquí; pero tú eres nuestra reina porque has sido la primera en darnos el gran ejemplo de consagrar a Dios nuestra virginidad; todas nosotras te bendecimos y agradecemos. Vienen a saludarla como a su reina los mártires, porque con su constancia en los dolores de la pasión de su Hijo les había enseñado y conseguido con sus méritos la fortaleza para dar la vida por la fe. Llega el apóstol Santiago, que es el primero de los apóstoles que ya se encuentra en el cielo, a agradecerle de parte de todos los apóstoles la ayuda y fortaleza que les había otorgado en la tierra. Vienen los profetas a saludarla, y le dicen jubilosos: Señora, tú eres la anunciada en nuestros vaticinios. Llegan los santos patriarcas y la saludan con estas palabras: María, tú has sido nuestra esperanza por la que suspiramos durante tanto tiempo. Y con sumo afecto se acercan los primeros padres, Adán y Eva, y así le hablan: Amada hija, tú has reparado el daño que nosotros habíamos hecho a todos los humanos; tú has obtenido de nuevo para el mundo aquella bendición que nosotros perdimos por nuestra culpa; por ti nos hemos salvado: que seas bendita para siempre.

Viene a postrarse a sus plantas el santo Simeón y le recuerda con júbilo el día en que recibió de sus manos al niño Jesús. Llegan Zacarías e Isabel, quienes le agradecen de nuevo aquella visita que les hizo a su casa con tanto amor y humildad y por la cual recibieron inmensos tesoros de gracias. Y se presenta san Juan Bautista con el mayor afecto para agradecerle por haberlo santificado en el seno de su madre con sólo pronunciar su saludo.

¿Y qué decir cuando vienen a saludarla sus padres tan queridos, san Joaquín y santa Ana? Con qué ternura le bendicen, diciendo: Amada hija, qué fortuna la nuestra al haber tenido semejante hija. Ahora tú eres nuestra reina porque eres la Madre de nuestro Dios; como a tal reina te saludamos y honramos. Pero ¿quién puede comprender el afecto con que viene a saludarla su amado esposo José? ¿Quién podrá explicar la alegría que experimenta el santo patriarca al contemplar a su esposa santa en el cielo con semejante triunfo y constituida reina de todo el paraíso? Con qué ternura le dice: Señora y esposa mía, ¿cómo podré jamás agradecer como es debido a nuestro Dios por hacerme el esposo de la que es la Madre de Dios? Gracias a ti merecí en la tierra asistir al Verbo encarnado durante su infancia, haberlo tenido tantas veces en mis brazos y recibido tantas gracias especiales. He aquí a nuestro Jesús; consolémonos porque ahora ya no yace en un establo sobre la paja como, lo vimos nacido en Belén; ya no vive pobre ni despreciado en el taller, como vivió en tiempos con nosotros en Nazaret; ya no está clavado en un patíbulo infame, donde murió por la salvación del mundo en Jerusalén; sino que ahora está sentado a la diestra del Padre como rey y señor del cielo y de la tierra. Y ahora nosotros, reina mía, no nos separaremos de sus sagradas plantas, bendiciéndole y amándole para siempre.

Todos los ángeles se apresuraron a ir a saludarla, y ella, la excelsa reina, a todos les agradece su asistencia en la tierra; da las gracias especialmente al arcángel san Gabriel, que fue el afortunado embajador que le trajo el anuncio más venturoso, pues vino a decirle que era la elegida para Madre de Dios. Y la humilde y santa Virgen adora la divina Majestad y, abismada en el conocimiento de su pequeñez, le agradece todas las gracias que le había otorgado por sola bondad y especialmente la de haberle hecho Madre del Verbo eterno. Comprenda quien sea capaz con qué amor la bendicen las tres personas divinas. Comprendan la acogida que le hace el Padre eterno a su hija, el Hijo a su madre, el Espíritu Santo a su esposa. El Padre la corona haciéndola partícipe de su poder, el Hijo haciéndola compartir su sabiduría y el Espíritu Santo haciéndola partícipe de su amor.

Y las tres divinas personas al mismo tiempo, colocando su trono a la diestra del de Jesús, la proclaman reina universal del cielo y de la tierra y ordenan a los ángeles y a todas las criaturas que la reconozcan por su soberana y la obedezcan.

Y ahora pasemos a considerar cuán excelso fue el trono a que María fue sublimada en la gloria.


PUNTO 2º

1. María en trono excelso
La mente humana, dice san Bernardo, no puede llegar a comprender la gloria inmensa que Dios tiene preparada en el cielo a los que lo han amado en la tierra, como lo dice el apóstol: Siendo esto así, ¿quién llegará a comprender lo que Dios tiene preparado para la que lo engendró? ¿Para su amada Madre que lo amó en la tierra más que todos los hombres; más aún: que desde el primer momento de su existencia lo amó más que todos los hombres y ángeles juntos? Con razón canta la Iglesia que habiendo María amado a Dios más que todos los ángeles, ha sido exaltada sobre todos los coros de los ángeles en los reinos celestiales. Sí, dice el abad Guillermo; exaltada sobre ellos, de modo que sobre ella sólo está colocado el Hijo de Dios.

Por eso afirma el doctor Gerson que, distinguiéndose los ángeles y los hombres en tres jerarquías, como enseña el Angélico, María constituye en el cielo una jerarquía aparte, la más sublime de todas y la siguiente a Dios. Y como se distingue la señora de los siervos, dice san Agustín, incomparablemente mayor es la exaltación y mayor la gloria de María que la de los ángeles. Y para comprenderlo basta oír a David: "A tu diestra una reina con oro de Ofir" (Sal 44, 10); lo cual, referido a María, como dice san Atanasio, significa que María está colocada a la diestra de Dios.

Las acciones de María, comenta san Ildefonso, superan especial y singular su gloria en el cielo.

2. María recibe gloria perfecta La gloria de María, afirma un docto autor, fue una gloria plena, cumplida, a diferencia de la que poseen en el cielo los demás santos. Es verdad que en la gloria todos los bienaventurados gozan de perfecta paz y pleno contento; con todo, siempre será verdad que ninguno de ellos goza de la gloria que hubiera podido merecer si hubiera servido y amado a Dios con mayor fidelidad. Por eso, si bien los santos en el cielo no desean más de lo que gozan, de hecho sí tendrían más que desear. Es verdad que allí no sufren por los pecados cometidos y el tiempo perdido, pero no puede negarse que da sumo contento el bien realizado en la vida, la inocencia conservada y el tiempo bien aprovechado.

María en el cielo nada desea ni nada tiene que desear. Pregunta san Agustín: ¿Quién de entre los santos del paraíso, preguntado si cometió pecados, puede responder que no, fuera de María? María, en efecto, como lo ha declarado en santo Concilio de Trento (Ses. VI, canon 23), no cometió jamás ninguna culpa ni tuvo el más mínimo defecto. No sólo conservó siempre la gracia de Dios sin mancilla, sino que también siempre la tuvo en acción; todas sus obras eran meritorias. Todas sus palabras, pensamientos y respiraciones eran dirigidos a la mayor gloria de Dios; en suma, nunca se enfrió en el fervor ni por un momento dejó de correr hacia Dios, sin perder ninguna gracia por negligencia. Así es que siempre correspondió a la gracia con todas sus fuerzas y amó a Dios cuanto pudo. Ahora ella le dice en el cielo: Señor, si no te he amado cuanto mereces, al menos te he amado todo lo que he podido.

No todos los santos reciben las mismas gracias, porque, como dice san Pablo, "hay diversidad de dones del cielo" (1Co 12, 7). Así es que correspondiendo cada uno a las gracias recibidas, se ha destacado en determinadas virtudes, quién en la salvación de las almas, quién en las ásperas penitencias; éste en soportar los tormentos, aquél en la contemplación; que por eso la santa Iglesia, al celebrar sus fiestas, dice de cada uno de ellos: "No se encontró otro semejante a él". Y conforme a los méritos, son distintos en la gloria del cielo. "Una estrella difiere de otra estrella en resplandor" (1Co 15, 41). Los apóstoles se distinguen de los mártires, los confesores de las vírgenes, los inocentes de los penitentes.

La Santísima Virgen, estando llena de todas las gracias, fue más sublime que todos los santos en aquella clase de virtudes; ella es apóstol de los apóstoles, reina de los mártires al padecer más que todos ellos, la portaestandarte de las vírgenes, el ejemplo de las casadas; concentró en sí una perfecta inocencia con la más completa mortificación; unió, en suma, en su corazón todas las virtudes en el grado más heroico que haya podido practicar cualquier santo. Por eso se dijo de ella: "A tu diestra una reina con el oro de Ofir" (Sal 44, 10), porque todas las gracias y prerrogativas, todos los méritos de los demás santos, todos se encuentran reunidos en María, como lo dice el abad de Celles: Todos los privilegios de los santos, oh Virgen María, los tienes concentrados en ti.

3. María supera en gloria a todos los santos De forma tal que, como el esplendor del sol excede al de todas las estrellas juntas, así, dice san Basilio, la gloria de la Madre de Dios supera a la de todos los bienaventurados. Y añade san Pedro Damián que como la luz de las estrellas y la de la luna desaparecen como si no existieran al salir el sol, así ante la gloria de María en el cielo queda como velado y oscurecido el esplendor de los ángeles y de los hombres. Aseguran san Bernardo y san Bernardino de Siena que los bienaventurados participan de la gloria de Dios en parte, pero que la Santísima Virgen ha estado tan enriquecida que es imposible que una criatura pueda unirse más a Dios de lo que está María.

Esto concuerda con lo que dice san Alberto Magno: que nuestra reina contempla a Dios mucho más de cerca, sin comparación, que todos los demás espíritus celestiales. Y dice además san Bernardino que así como los demás planetas son iluminados por el sol, así todos los bienaventurados reciben más luz y alegría por María. Y en otro pasaje afirma que la Madre de Dios, al entrar en el cielo, acrecentó el gozo de sus moradores. Por lo que dice san Pedro Damiano que los bienaventurados no tienen mayor gloria en el cielo después de Dios que gozar de la contemplación de esta hermosísima reina. Y san Buenaventura: Nuestra mayor gloria después de Dios y nuestro gozo supremo, de María nos viene.

Regocijémonos por tanto con María por el excelso trono a que Dios la ha sublimado. Y alegrémonos también porque si se nos ha retirado la presencia sublime de nuestra Madre, su amor no nos ha desamparado. Al contrario, estando más cerca de Dios, conoce mejor nuestras miserias; desde allí mejor nos compadece y nos socorre. Le dice san Pedro Damián: ¿Será posible, Virgen santa, que por estar tan ensalzada en el cielo te hayas olvidado de nosotros tan miserables? Dios nos libre de pensar tal cosa; un corazón tan piadoso tiene que compadecerse de tan grandes miserias. Si es tan grande la piedad que nos tuvo María cuando vivía en la tierra, dice san Buenaventura, mucho mayor es en el cielo donde ahora reina.

Dediquémonos a servir a esta reina y a honrarla y amarla cuanto podamos; ella no es, dice Ricardo de San Lorenzo, como los demás reyes que oprimen a sus vasallos con tributos y alcabalas, sino que la nuestra enriquece a sus súbditos con gracias, méritos y premios. Roguémosle con el abad Guérrico: Oh madre de misericordia, tú ya estás sentada tan cerca de Dios, como reina del mundo, en el trono más majestuoso; sáciate de la gloria de tu Jesús y manda a tus hijos de tus bienes desbordantes. Ya gozas de la mesa del Señor; nosotros aquí, bajo la mesa, como pobres cachorritos, te pedimos piedad.
(San Alfonso María de Ligorio, Las Glorias de María. Ed. Alonso, Madrid,Pag. 141 ss)


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