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Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María: Llena de Gracia - Preparemos la Acogida de la Palabra de Dios proclamada durante la celebración de la Misa festiva con los comentarios de sabios y santos I

 

Recursos adicionales para la preparación

 

A su disposición

Exégesis: Profesores de Salamanca - La anunciación de Jesús, Lc 1:26-38.

Comentario teológico: Antonio Royo Marín, O. P. - La Inmaculada Concepción de María

Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium” - La Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el Misterio de Cristo y de la Iglesia

Aplicación: Benedicto XVI - Adviento y María Inmaculada

Aplicación: San Juan Pablo II - Inmaculada Concepción

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

comentarios a Las Lecturas del solemnidad


Exégesis: Profesores de Salamanca - La anunciación de Jesús,Lc 1:26-38.

26 En el mes sexto fue enviado el ángel Gabriel de parte dé Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret. 27 A una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. 28 Entrando le dijo: Alégrate, llena de gracia; el Señor es contigo. 29 Ella se turbó al oír estas palabras, y discurría qué podría significar aquella salutación. 30 El ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios, 31 y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. 3: EL será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre, 33 y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin. 34 Dijo María al ángel: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón? 35 EL ángel le contestó y dijo: EL Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios. 36 E Isabel, tu pariente, también ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el mes sexto de la que era estéril, 37 porque nada hay imposible para Dios. 38 Dijo María: He aquí a la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y se fue de ella el ángel.

La anunciación a María tiene lugar en el "sexto mes" con referencia a la concepción de Isabel (v.24). Para ello es enviado de parte de Dios el ángel Gabriel, "hombre de Dios." Cuál fuese su valimiento ante Dios, ya lo dijo al presentarse a Zacarías (v.19; Tob 12:15) 12. La escena va a tener lugar en la región cié Galilea y en el villorrio de Nazaret. La Galilea de entonces era una región mixtificada de razas dedicadas al comercio. La frase de Isaías "Galilea de los gentiles" (Isa 8:23) tenía valor en este tiempo. Los judíos de la provincia de Judea los despreciaban como a judíos no puros, por su mistificación de razas y de costumbres, y en esta región casi "universalizada" se realizo la encarnación redentora de Cristo. La Nazaret actual (en-Nasirá) no da idea de lo que fue en los tiempos de Cristo. Su nombre probablemente significa "retoño" o "vigía." No es citada nunca en los documentos extrabíblicos hasta el siglo VIII d.C. 13.

María era "virgen". La palabra significa una joven virga, como se ve en la parábola de las vírgenes necias. Mas el contexto hace ver que se trata de una virginidad en sentido estricto. Pero estaba "desposada" con José. El verbo usado lo mismo puede significar desposorio que matrimonio (Luc 2:5). Algunos autores sostienen que aquí se trata ya del matrimonio, pero lo ordinario es entenderlo como desposorio

14. La edad para contraer matrimonio o casarse en Israel se realiza para las jóvenes entre los doce y los trece años, y para los jóvenes entre los dieciocho y los veinticuatro, y el matrimonio al año de la edad para casarse . El desposorio ten��a características especiales: si la desposada en el intervalo de su desposorio era infiel, se la consideraba adúltera; si el prometido moría, se la consideraba viuda, con los derechos del "levirato"; el prometido no podía anular los esponsales sino con el "derecho del rechazo y del repudio "; y el hijo concebido después de los esponsales era considerado legítimo

15. El nombre de José significa "añadir" (yasaf). Se lee en el Génesis: "Le llamó José, pues dijo: Añádame Yahvé otro hijo" (Gen 30:24). Posiblemente esté abreviado y en su forma plena fuese "Josef-Eí" o "Josef-Yah," añádame Dios o Yahvé.

Para la interpretación del nombre de María se han propuesto más de sesenta etimologías. Científicamente en hebreo solamente se podrían admitir las procedentes de la raíz marah, ser rebelde; mará, ser bella, o miryam, como el nombre de la hermana de Moisés (Exo 15:20), que se la llama profetisa, de la raíz ra'ah, ver, ser vidente

 16. Pero el Evangelio da la transcripción aramea de! nombre Maryam. Su etimología responde a la raíz maryman, señora. Maryam es abreviatura de Mariame o Mariamme, nombre muy usual en la época desde los días de los asmoneos. El Talmud da como equivalente del nombre de Maryam, hija del que fue sumo sacerdote, Boethos, los nombres de Martha (maestra, señora) y Sara (señora). Es la etimología que sin duda le corresponde: Señora

 17. Otras etimologías propuestas más recientemente son: Zorell la quiere derivar del egipcio merit-Yam amada de Yahweh. Pero él mismo la rechazó posteriormente. E. Vogt la ha querido poner en función del verbo rum, exaltar. Así María sería igual a la Exaltada. Respondería al hebreo marón - alto, exaltado.

El evangelista destaca quejóse era "de la casa de David." Esto es porque legal mente los derechos dinásticos venían al hijo por el padre. Pero que María era de la casa de David es una enseñanza de la tradición cristiana

18. La aparición del ángel es en su casa. Por los datos arqueológicos del viejo Nazaret, debía de ser una especie de cueva o excavación, de una habitación sola, y teniendo delante un relleno de piedras, que la cerraban, como fachada

19. El saludo que le dirige es: "Alégrate, agraciadísima; el Señor está contigo," El "bendita entre las mujeres" es interpolación proveniente del saludo de Isabel

20. La palabra hebrea de saludo era Shalom lak: "la paz contigo." Pero podría ser la palabra griega una traducción idiomática. Sin embargo, por la estilística de los profetas, donde hay el clisé: "No temas., alégrate," y porque en Lc se traduce en otros pasajes la "paz" como saludo por xaire, parece que aquí xaire tiene el sentido de alegría 21. Es la alusión a la alegría mesiánica que comienza.

El gratia plena está redactado en griego por la palabra kejaritomenee . Es palabra tan rara, que este verbo sólo sale doce veces en toda la literatura griega desde el siglo u a. C. hasta el siglo V después de Cristo 22. Aparece con seis sentidos diferentes. La elección de esta palabra tan rara indica ya una intención muy especial en el autor: se diría algo inusitado. Por el solo análisis exegético no cabría deducir una plenitud absoluta de gracia, ya que los verbos en -óo son "factitivos"; pero no se probó satisfactoriamente que sean también de "plenitud." Lc dice del Bautista y de San Esteban que estaban "llenos del Espíritu Santo" (1.15; Hec 7:55). Por eso, el uso aquí de esta palabra inusitada hace ver que se trata de indicar una plenitud de "agraciamento" por parte de Dios para ser su madre.

Para esta obra, "el Señor está contigo." Esta expresión no se dice de personas en circunstancias normales, aunque puede haber casos (Rut 2:4), sino que se dice del pueblo de Dios o de alguna persona a la que Dios ha impuesto un oficio arduo de realizar. La preposición meta importa la presencia eficaz de Dios, que dirige esta persona a la finalidad propuesta

24. Ante este saludo del ángel, inesperado, y sin decirle la finalidad estricta, María, en su humildad, se turbó, y pensaba a qué se podrían referir estas palabras. Pero el ángel la tranquiliza y le transmite el mensaje. En él se le dice que va a ser ella la madre del Mesías, por una singular elección de Dios. Y todo el discurso está trazado con alusiones a profecías mesiánicas del Antiguo Testamento. Con ello se quiere conectar el cumplimiento de ellas con este niño cuyo nacimiento - encarnación - se anuncia.

La primera parte: "concebirás y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús," es referencia literaria a la profecía de la concepción virginal del Mesías, de Isaías (Rut 7:14). Si no pone aquí "la virgen," es porque no lo pide la situación del diálogo, pero ya la presentó antes como la "virgen." Como en Isaías, ella le pondrá el nombre propio, ya que en Isaías el nombre de Emmanuel es el nombre profético. Es profecía que estaba para probar esta finalidad en el ambiente neotestamentario (Mat 1:18-25).

"Le dará el Señor Dios el trono de David, su padre." Desde la profecía de Natán (2Sa 7:12-14) se sabía que el Mesías procedería de la casa de David. Tanto que "Hijo de David," como se ve en los evangelios, es el título más usual del Mesías. Pero por la expresión que aquí se lee, "su padre," se ve. la dependencia literal del vaticinio de Natán.

"Reinará en la casa de Jacob." Es el universalismo mesiánico reuniendo las doce tribus. Era obra del Mesías volver otra vez el judaísmo a la unidad primitiva e ideal (Isa 49:6; Eco 48:10). Era un tema que preocupaba hondamente al rabinismo

25. "Su reino no tendrá fin." En forma positivo-negativa se anuncia la eternidad de este reinado. La duración del reinado del Mesías era tema que preocupaba a los apócrifos, a los targumin y al Talmud. Era un tema muy frecuente en los profetas (Isa 9:6; Jer 30:9, etc.). El libro apócrifo Apocalipsis de Baruk (Jer 7:31) es el único que lo proclama eterno, pero es más en apariencia que en realidad. Mas aquí, con su forma "no tendrá fin," se acusa bien esta eternidad del mismo. Al tiempo que acusa un mesianismo trascendente, ya que las cosas temporales están limitadas y tienen fin

26. María, como cualquier israelita, comprendió al punto que se le anunciaba la maternidad del Mesías. Pero esto le hace presentar una "objeción," que podría interpretarse como una simple exclamación de sorpresa (Lagrange). Hay para ello una dificultad: "no conoce varón," hebraísmo por las relaciones conyugales. La forma "no conozco varón" y la forma futura "¿cómo será esto?" no se explican en una casada o "desposada," si no se ve en ella el propósito de virginidad. Pensar que ella entiende que estas relaciones, estando "desposada," han de celebrarse antes de cumplirse el año de desposorio (Hahn, Gunkel, Haug, Gaechter), es una posición gratuita, basada en que María, como hija de su tiempo, no podía soñar en la virginidad: el matrimonio era ansia en Israel por razón del Mesías. Pero la pregunta de la Virgen al ángel es que "no conozco  varón," y tiene valor de un propósito indefinido. Es, sin duda, la traducción de un presente-futuro semita. ¿Por qué habría que entendérselo de un "futuro inminente"? Si estaba "desposada" y no pretende "conocer varón," de no suponerse gratuitamente que esta negativa se refiere a una relación "inminente," en plenos "desposorios," es que el propósito de virginidad en ella es claro. Ni se puede tampoco negar la evolución que había habido en Israel sobre la excelencia de la virginidad. Basta citar los casos del celibato de Jeremías y del Bautista y el impacto que tuvieron que causar en Israel las comunidades de 4.000 esenios y las comunidades célibes de Quníran. Y, sobre todo, no se puede pensar en que la Virgen era una "hija de su tiempo" en lo sobrenatural, porque en este orden fue siempre "la excepcional." Además, en el ambiente judío la castidad era exigencia para el contacto cultual en el templo, para las relaciones con Yahvé. La virginidad de María es exigencia también máximamente ambiental, en orden a la maternidad divina

26. Pero el ángel calma su inquietud, al anunciarle que su fecundidad será sobrenatural por obra del Espíritu Santo, es decir, en este vocabulario del Antiguo Testamento, es la obra de Dios ad extra. La acción del Espíritu "vendrá sobre ti" para fecundarte. Pero el texto añade luego una frase de una gran portada teológica:

"El Espíritu Santo vendrá sobre ti;
y el Poder del Altísimo
te cubrirá con su sombra".

¿Qué significa aquí la expresión "cubrir con su sombra"?. Los diversos significados con que aparece usada - oscurecer, cubrir de tinieblas, cubrir, velar, proteger, defender - no convienen a este propósito, pues aquí no se trata de "proteger" ni de "velar" o "cubrir," sino fecundar. Sólo cabría pensar que el autor le daba un significado nuevo. Pero éste, si no se lo explica, ¿cómo saberlo? Máxime en un vocabulario que tiene sus "alusiones" constantes al A.T. y con cuyas citas o alusiones están elaborados estos dos primeros capítulos de Lc.

En efecto, en el A.T. se lee que en el tabernáculo se hacía sensible la presencia de Dios en forma de nube. Era la teofanía de lashekina, y cuando los Setenta traducen esta "nube," símbolo de la presencia de Dios en el tabernáculo, lo traducen por este verbo (Exo 40:34; Num 9:18-22). Así se lee:
"La nube cubría el tabernáculo,
y la gloria de Yahvé llenaba la morada" (Exo 40:34).

Y Lc mismo dice, en el pasaje de la transfiguración, que "mientras estaban hablando (los apóstoles) apareció una nube, y los cubría con su sombra, y quedaron atemorizados al entrar en la nube" (Luc 9:34), porque era símbolo de la presencia de Dios. Además hay que notar que la "virtud (Poder) del Altísimo" significa Dios. En Lc, en el proceso por el sanedrín, dice que Cristo se sentará a la derecha "del Poder de Dios" (Luc 22:69). "Poder de Dios" es sinónimo de Dios.

Por tanto, esta frase del ángel significa que el Espíritu Santo - la acción divina - fecundará sobrenaturalmente a María; que por esa fecundación la "virtud del Altísimo" - Dios - "bajará" a ella, "estará" en ella, corno en el tabernáculo. Pero al presentar así a María como templo, es decirle que el que en ella va a morar es Dios; que su Hijo, por el que ella va a ser tabernáculo y templo, es el Hijo de Dios

27. "Por eso, lo nacido santo será llamado Hijo de Dios." La construcción de esta frase da lugar a varias lecturas. Fundamentalmente no cambian. De suyo, bíblicamente, por el hecho de ser uno creado por Dios, puede ser llamado hijo suyo. Así Adán en su creación (Luc 3:38). Pero aquí es el contexto el que hace ver bien por qué por esa "concepción" será reconocido públicamente por lo que es: como el Hijo de Dios; porque Dios tomó carne en María. Divinidad de Cristo que aquí se confirma por el hecho de que Lc ya en él v. 17 presentó a Cristo como Dios. La lectura "Santo" e "Hijo de Dios son lecciones, críticamente, seguras. ¿Acaso Lc añadió - completándolo o explicitándolo - el "Hijo de Dios." Porque también se dice que Dios creó a Adán y no se dice por ello que Adán sea santo. Aquí está, sin duda, por la "encarnación." Pero también "Santo" es título mesiánico (cf. Hec 3:14) aunque aparece con artículo (cf. Mar 1:24; Jua 6:69).

El ángel da a María una señal de la verdad de todo el anuncio. Isabel, su "parienta", la anciana estéril, también concibió milagrosamente, porque para Dios nada hay imposible, y ya está en el mes sexto de su esperanza ¿Por qué Lc dice que Isabel era "parienta" de la Virgen, y no "hermana," como es el término usual hebreo para expresar estas relaciones familiares? El texto original de estos capítulos 1-2 de Lc son hebraico-aramaicos. En el substractum debió de estar la palabra ordinaria. Pero el "traductor" griego debió de traducirla por "parienta" para no inducir a equivocación a sus lectores griegos, al no darle éstos una mayor amplitud de cognación familiar. Lo que no es lo mismo en Mt al hablar de los "hermanos" de Jesús = primos, por ir destinado a un público judío, que valoraba esta expresión en sus justos límites.

Siendo ésta de la familia de Aarón, es decir, de estirpe sacerdotal, se han preguntado varios autores si María, por este parentesco, pertenecería también a familia sacerdotal. Así correría por el Mesías sangre real y sacerdotal. Bella hipótesis, ambientada desde la época de los macabeos y asmoneos. Así lo recoge uno de los apócrifos

28. Ante la voluntad de Dios, María no tenía más que una respuesta: aceptarla. Y proclamándose "esclava del Señor," frase usual en el ambiente oriental para hablar con un superior, acepta sus designios, que es una muestra de confianza (fe) en la Palabra de Dios y de sus efectos: humildad y obediencia. En la antigüedad, en época de esclavos, es donde hay que valorar esta expresión. El esclavo no tenía voluntad propia ni querer fuera del de su amo. Así María, ante Dios, no tenía otro querer que el suyo 28.



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Comentario teológico: Antonio Royo Marín, O. P. - La Inmaculada Concepción de María


En el orden cronológico, el primero de los grandes privilegios con por Dios a la Santísima Virgen María, en atención a su futura maternidad divina, fue el privilegio singularísimo de su concepción inmaculada.


I. Introducción

Para ambientar un poco este gran privilegio y todos los demás relativos a la Santísima Virgen María, es conveniente recordar la grandeza inmarcesible a que la eleva su maternidad divina. Trasladamos aquí lo que sobre esto hemos escrito en otra parte.

“Todos los títulos y grandezas de María arrancan del hecho colosal de su maternidad divina. María es inmaculada, llena de gracia, Corredentora de la humanidad; subió en cuerpo y alma al cielo para ser allí la Reina de cielos y tierra y la Mediadora universal de todas las gracias, etc., porque es la Madre de Dios. La maternidad divina la coloca a tal altura, tan por encima de todas las criaturas, que Santo Tomás de Aquino, tan sobrio y discreto en sus apreciaciones, no duda en calificar su dignidad de en cierto modo infinita. Y su gran comentarista, el cardenal Cayetano, dice que María, por su maternidad divina, alcanza los límites de la divinidad. Entre todas las criaturas, es María, sin duda ninguna, la que tiene mayor afinidad con Dios.

Y es porque María, en virtud de su maternidad divina, entra a formar parte del orden hipostático, es un elemento indispensable -en la actual economía de la divina Providencia- para la encarnación del Verbo y la redención del género humano. Ahora bien: como dicen los teólogos, el orden hipostático supera inmensamente al de la gracia y la gloria, como este último supera inmensamente al de la naturaleza humana y angélica y aun a cualquier otra naturaleza creada o entable. La maternidad divina está por encima de la filiación adoptiva de la gracia, ya que ésta no establece más que un parentesco espiritual y místico con Dios, mientras que la maternidad divina de María establece un parentesco de naturaleza, una relación de consanguinidad con Jesucristo y una, por decirlo así, especie de afinidad con toda la Santísima Trinidad. La maternidad divina, que termina en la persona increada del Verbo hecho carne, supera, pues, por su fin, de una manera infinita, a la gracia y la gloria de todos los elegidos y a la plenitud de gracia y de gloria recibida por la misma Virgen María. Y, con mayor razón, supera a todas las gracias gratis dadas o carismas, como son la profecía, el conocimiento de los secretos de los corazones, el don de milagros o de lenguas, etc., porque todos son inferiores a la gracia santificante, como enseña Santo Tomás.

De este hecho colosal—María Madre del Dios redentor—arranca el llamado
principio del consorcio, en virtud del cual Jesucristo asoció íntimamente a
su divina Madre a toda su misión redentora y santificadora. Por eso, todo lo que Él nos mereció con mérito de rigurosa justicia—de condigno ex toto rigore iustitiae—, nos lo mereció también María, aunque con distinta clase de mérito”.

Siendo esto así, nada debe sorprendernos ni extrañarnos en torno a las gracias y privilegios de María, por grandes y extraordinarios que sean. El primero de los cuales, en el orden cronológico, es el privilegio singularísimo de su concepción inmaculada y de la plenitud de gracia con que fue enriquecida su alma en el primer instante de su ser natural.



2. Doctrina de fe

Expondremos en primer lugar la doctrina definida por la Iglesia en dos
conclusiones claras y sencillas:

1ª Por gracia y privilegio singularísimo de Dios omnipotente, en atención a
los méritos previstos de Jesucristo Redentor, la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original en el primer instante de su concepción. (Dogma de fe, expresamente definido por la Iglesia.)

He aquí las pruebas de este sublime dogma de fe:

a) LA SAGRADA ESCRITURA. No hay en ella ningún texto explícito sobre este misterio, pero sí algunas insinuaciones que, elaboradas por la tradición cristiana y puestas del todo en claro por el magisterio infalible de la Iglesia, ofrecen algún fundamento escriturístico para la definición del dogma. Son, principalmente, las siguientes:

Dijo Dios a la serpiente en el paraíso: “Pongo perpetua enemistad entre ti y
la mujer y entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza” (Gén 3,15).

“Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo” (Lc1,28).

“¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” (Lc 1,42).

“Porque ha hecho en mí maravillas el Poderoso, cuyo nombre es Santo” (Lc
1,49).

No bastan estos textos para probar por sí mismos el privilegio de la concepción inmaculada de María. Pero la bula Ineffabilis Deus, por la que
Pío IX definió el dogma de la Inmaculada, los cita como remota alusión escritur��stica al singular privilegio de María.

b) Los SANTOS PADRES. Estos eximios varones, representantes auténticos de la tradición cristiana, fueron elaborando poco a poco la doctrina de la concepción inmaculada de María, que no siempre brilló en la Iglesia con la misma claridad. En la historia y evolución de este dogma pueden distinguirse los siguientes principales períodos:

1) PERÍODO DE CREENCIA IMPLÍCITA Y TRANQUILA. Se extiende hasta el concilio de Éfeso (año 431). Los Santos Padres aplican a María los calificativos de santa, inocente, purísima, intacta, incorrupta, inmaculada, etc. En esta época sobresalen en sus alabanzas a María San Justino, San Ireneo, San Efrén, San Ambrosio y San Agustín.

2) PERÍODOINICIAL DE LA PROCLAMACIÓN EXPLÍCITA. Se extiende hasta el siglo XI. La fiesta de la Inmaculada comienza a celebrarse en algunas iglesias de Oriente desde el siglo VIII; en Irlanda, desde el IX, y en Inglaterra, desde el XI. Después se propaga a España, Francia y Alemania.

3) PERÍODO DE LAS GRANDES CONTROVERSIAS (s. XII-XIV). Nade menos que San Bernardo, San Anselmo y grandes teólogos escolásticos del siglo XIII y siguientes, entre los que se encuentran Alejandro de Hales, San Buenaventura, San Alberto Magno, Santo Tomás. Enrique de Gante y Egidio Romano, negaron o pusieron en duda el privilegio de María por no hallar la manera de armonizarlo con el dogma de la Redención universal de Cristo, que no admite una sola excepción entre los nacidos de mujer. A pesar de su piedad mariana, intensísima en la mayor parte de ellos, tropezaron con ese obstáculo dogmático, que no supieron resolver, y, muy a pesar suyo, negaron o pusieron en duda el singular privilegio de María. Sin duda alguna, todos ellos lo hubieran proclamado alborozadamente si hubieran sabido resolver ese aparente conflicto en la forma clarísima con que se resolvió después.

4) PERÍODO DE REACCIÓN Y DE TRIUNFO DEL PRIVILEGIO (s. XIV-XIX). Iniciado por Guillermo de Ware y por Escoto, se abre un período de reacción contra la doctrina que negaba o ponía en duda el privilegio de María, hasta ponerlo del todo en claro y armonizarlo perfectamente con el dogma de la Redención universal de Cristo. Con algunas alternativas, la doctrina inmaculista se va imponiendo cada vez más, hasta su proclamación dogmática por Pío IX el 8 de diciembre de 1854.

5) EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA. He aquí el texto emocionante de la
declaración dogmática de Pío IX:

“Después de ofrecer sin interrupción a Dios Padre, por medio de su Hijo, con
humildad y penitencia, nuestras privadas oraciones y las súplicas de la
Iglesia, para que se dignase dirigir y afianzar nuestra mente con la virtud del Espíritu Santo, implorado el auxilio de la corte celestial e invocado con gemidos el Espíritu Paráclito inspirándonoslo él mismo:

Para honor de la santa e individua Trinidad, para gloria y ornamento de la
Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y aumento de la cristiana religión, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los
bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra propia, declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, por gracia y privilegio singular de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original, ha sido revelada por Dios y, por tanto, debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles.

Por lo cual, si algunos—lo que Dios no permita—presumieren sentir en su
corazón de modo distinto a como por Nos ha sido definido sepan y tengan por cierto que están condenados por su propio juicio, que han naufragado en la fe y que se han separado de la unidad de la Iglesia” (D 1641).

La palabra del Vicario de Cristo, dirigida por el Espíritu Santo, ha pronunciado el oráculo infalible: Roma locuta est, causa finita est.

c) LA RAZÓN TEOLÓGICA. Siglos enteros necesitó la pobre razón humana para hallar el modo de concordar la concepción inmaculada de María con el dogma de la Redención universal de Cristo, que afecta a todos los descendientes de Adán, sin excepción alguna para nadie, ni siquiera para la Madre de Dios. Pero, por fin, se hizo la luz, y la armonía entre los dos dogmas apareció con claridad deslumbradora.

De dos maneras, en efecto, se puede redimir a un cautivo: "pagando el precio de su rescate para sacarlo del cautiverio en el que ya ha incurrido
(redención liberativa) o pagándolo anticipadamente, impidiéndole con ello caer en el cautiverio (redención preventiva). Esta última es una verdadera y propia redención, más auténtica y profunda todavía que la primera, y ésta es la que se aplicó a la Santísima Virgen María. Dios omnipotente, previendo desde toda la eternidad los méritos infinitos de Jesucristo Redentor rescatando al género humano con su sangre preciosísima, derramada en la cruz, aceptó anticipadamente el precio de ese rescate y lo aplicó a la Virgen María en forma de redención preventiva, impidiéndola contraer el pecado original, que, como criatura humana descendiente de Adán por vía de generación natural, debía contraer y hubiese contraído de hecho sin ese
privilegio preservativo. Con lo cual la Virgen María recibió de lleno la redención de Cristo —más que ningún otro redimido—y fue, a la vez, concebida en gracia, sin la menor sombra del pecado original.

Este es el argumento teológico fundamental, recogido en el texto ole la
declaración dogmática de Pío IX.

El pueblo cristiano, que no sabe teología, pero tiene el instinto de la fe,
que proviene del mismo Espíritu Santo, y le hace presentir la verdad aunque no sepa demostrarla, hacía muchos siglos que aceptaba alborozadamente la doctrina de la concepción inmaculada de María y se tapaba los oídos cuando los teólogos ponían objeciones y dificultades a la misma. Por eso aplaudía con entusiasmo y repetía jubiloso los argumentos de conveniencia, que, si no satisfacían del todo a los teólogos, llenaban por completo el corazón y la piedad de los fieles. Tales eran, por ejemplo, el llamado argumentos de Escoto: potuit, decuit, ergo fecit (Dios pudo hacer Inmaculada a su Madre; era conveniente que la hiciera; luego la hizo), y otros muchos del tenor siguiente:


a) ¿La Reina de los ángeles bajo tiranía del demonio, vencido por ellos?

b) ¿Mediadora de la reconciliación y enemiga de Dios un solo instante?

c) Eva, que nos perdió, fue creada en gracia y justicia original, y María, que nos salvó, ¿fue concebida en pecado?

d) ¿La sangre de Jesús brotando de un manantial manchado?

e) ¿La Madre de Dios esclava de Satanás?

Todos estos argumentos de conveniencia eran del dominio popular siglos antes de la definición del dogma de la Inmaculada. Pero el argumento teológico fundamental es el de la redención preventiva, que hemos expuesto hace un momento. Si lo hubieran vislumbrado los teólogos medievales que pusieron en tela de juicio el singular privilegio de María, ni uno solo de ellos se hubiera opuesto a una doctrina tan gloriosa para María y tan en consonancia con el instinto sobrenatural de todo corazón cristiano.

Nota sobre el pensamiento de Santo Tomás en torno a la concepción inmaculada de María.

Como hemos indicado más arriba, el Príncipe de la teología católica, Santo
Tomás de Aquino, figura en la lista de los que negaron el privilegio de María por no saberlo armonizar con el dogma de la redención universal de
Cristo. Quizá Dios lo permitió así para recordar al mundo entero que, en
materia de fe y de costumbres, la luz definitiva no la pueden dar los teólogos—aunque se trate del más grande de todos ellos—, sino que ha de venir de la Iglesia de Cristo, asistida directamente por el Espíritu Santo con el carisma maravilloso de la infalibilidad.

Con todo, el error de Santo Tomás es más aparente que real. Por de pronto,
la Inmaculada que él rechazó—una Inmaculada no redimida—, no es la
Inmaculada definida por la Iglesia. La bula de Pío IX definió una Inmaculada
redimida, que hubiera sido aceptada inmediatamente por el Doctor Angélico si hubiera vislumbrado esta solución. El fallo de Santo Tomás está en no haber encontrado esta salida; pero la Inmaculada no redimida que él rechazó, hay que seguir rechazándola todavía, hoy más que entonces a causa precisamente de la definición de la Iglesia.

Aparte de esto, Santo Tomás fluctuó toda su vida en torno a la solución de este problema. Por una parte, su corazón tiernamente enamorado de la Virgen le empujaba instintivamente a proclamar el privilegio mariano. Por otra, su enorme sinceridad intelectual le impedía aceptar una doctrina que no veía la manera de armonizarla con un dogma de fe expresamente contenido en la revelación ni con la práctica de la Iglesia romana, que no celebraba en aquella época la fiesta de la Inmaculada, aunque la toleraba en otras iglesias. Por eso, cuando se deja llevar del impulso de su corazón, proclama abiertamente el privilegio de María. Pero, cuando se abandona al frío razonamiento de la especulación científica, se siente coartado a manifestar lo contrario. Su equivocación, sin embargo, prestó un
gran servicio para encontrar la verdadera teología de la Inmaculada,
cerrando la puerta falsa por donde no se podía pasar—una Inmaculada no
redimida—; y la puerta que él cerró continúa cerrada todavía después de la definición dogmática de la Inmaculada redimida con la redención
preservativa.


2ª. La Santísima Virgen María fue, por especial privilegio de Dios, enteramente inmune durante toda su vida de todo pecado actual, incluso
levísimo. (De fe implícitamente definida.)


He aquí la definición implícita del concilio de Trento:

“Si alguno dijese que el hombre, una vez justificado, no puede pecar en
adelante ni perder la gracia, y, por tanto, el que cae y peca no fue nunca
verdaderamente justificado; o, al contrario, que puede evitar durante toda su vida todos los pecados, aun los veniales, si no es por especial privilegio de Dios, como de la bienaventurada Virgen lo enseña la Iglesia, sea anatema” (D 833).

El Doctor Angélico expone hermosamente la razón teológica de este privilegio de María en la siguiente forma:

“A los que Dios elige para una misión determinada, les prepara y dispone de suerte que la desempeñen idónea y convenientemente, según aquello de San Pablo: Nos hizo Dios ministros idóneos de la nueva alianza (2 Cor 3,6).

Ahora bien: la Santísima Virgen María fue elegida por Dios para ser Madre
del Verbo encarnado y no puede dudarse de que la hizo por su gracia
perfectamente idónea para semejante altísima misión. Pero no sería idónea
Madre de Dios si alguna vez hubiera pecado, aunque fuera levemente, y ello
por tres razones:

a) Porque el honor de los padres redunda en los hijos, según se dice en los Proverbios: Gloria de los hijos son los padres (Prov 17,6); luego, por contraste y oposición, la ignominia de la Madre hubiera redundado en el
Hijo.

b) Por su especialísima afinidad con Cristo, que de ella recibió la carne.
Pero dice San Pablo a los Corintios: ¿Qué concordia puede haber entre
Cristoy Belial? (1 Cor 1,24).

c) Porque el Hijo de Dios, que es la Sabiduría divina, habitó de un modo
singular en el alma de María y en sus mismas entrañas virginales. Pero en el
libro de la Sabiduría se nos dice: En el alma maliciosa no entrará la sabiduría, ni morará en cuerpo esclavo del pecado (Sab 1,4).

Hay que concluir, por consiguiente, de una manera absoluta, que la bienaventurada Virgen no cometió jamás ningún pecado, ni mortal ni venial, para que en ella se cumpla lo que se lee en el Cantar de los Cantares: Toda hermosa eres, amada mía, y no hay en ti mancha ninguna” (Cant 4,7).

Por estas mismas razones hay que decir que la Santísima Virgen María no
cometió jamás la menor imperfección moral. Siempre fue fidelísima a las
inspiraciones del Espíritu Santo y practicó siempre la virtud con la mayor
intensidad que en cada caso podía dar de sí y por puro amor de Dios, o sea
con las disposiciones más perfectas con que puede practicarse la virtud.


3. Consecuencias teológicas

Las dos conclusiones anteriores han sido definidas por la Iglesia, como
hemos visto. Pero, aparte de ellas, la teología tradicional ha deducido
lógicamente otras consecuencias que constan en el depósito de la tradición
cristiana y puede justificarlas perfectamente la razón teológica. Las
principales son las siguientes, que expondremos también en forma de
conclusiones:



1ª. La Santísima Virgen María fue enteramente libre del “fomes peccati”, o sea de la inclinación al pecado, desde el primer instante de su concepción inmaculada. (Completamente cierta)

La razón teológica no puede ser más clara y sencilla. El fomes o inclinación
al pecado es una consecuencia del pecado original que inficionó a todo el
género humano (cf. D 592). Pero como la Virgen María fue enteramente preservada del pecado original, síguese que estuvo enteramente exenta del fomes, que es su consecuencia natural.

Y no se diga que también el dolor y la muerte son consecuencias del pecado
original, y, sin embargo, María sufrió dolores inmensos y pasó por la muerte
corporal como su divino Hijo. Porque el caso del dolor y de la muerte es muy
distinto del fomes o inclinación al pecado. Este último supone un desorden moral, al menos inicial, en la propia naturaleza humana. El dolor y la
muerte, en cambio, no afectan para nada al orden moral, y, por otra parte,
era conveniente—y en cierto modo necesario—que la Virgen pasara por ellos con el fin de conquistar el título de Corredentora de la humanidad al unir
sus dolores y su muerte a los de su divino Hijo, el Redentor del mundo. Por
eso fue enteramente exenta de la inclinación al pecado, pero no del dolor y de la muerte.



2. La Santísima Virgen María no sólo no pecó jamás de hecho, sino que fue
confirmada en gracia desde el primer instante de su inmaculada concepción yera, por consiguiente, impecable. (Completamente cierta en teología.)

Pueden distinguirse tres clases de impecabilidad: metafísica, física y moral, según que el pecado sea metafísica, física o moralmente imposible con
ella.

a) LA IMPECABILIDAD METAFÍSICA O ABSOLUTA es propia y exclusiva de Dios. Repugna metafísicamente, en efecto, que Dios pueda pecar, ya que es El la santidad infinita y principio supremo de toda santidad, Esta misma impecabilidad corresponde a Cristo-Hombre en virtud de la unión hipostática, ya que las acciones de la humanidad santísima se atribuyen a la persona del Verbo, y, por lo mismo, si la naturaleza humana de Cristo pecase, haría pecador al Verbo, lo que es metafísicamente imposible.

b) LA IMPECABILIDAD FÍSICA, llamada también intrínseca, es la que
corresponde a los ángeles y bienaventurados, que gozan de la visión beatífica. La divina llena de tal manera el entendimiento del bienaventurado, y la divina bondad atrae de tal modo su corazón, que no queda a la primera ningún resquicio por donde pueda infiltrarse un error, ni a la segunda la posibilidad del menor apetito desordenado. Ahora bien: todo pecado supone necesariamente un error en el entendimiento (considerando como bien real lo que sólo es un bien aparente) y un apetito desordenado en la voluntad (prefiriendo un bien efímero y creado al Bien infinito e increado). Luego los ángeles y bienaventurados son física e intrínsecamente impecables.

c) LA IMPECABILIDAD MORAL, llamada también extrínseca, coincide
con la llamada confirmación en gracia, en virtud de la cual, Dios, por un privilegio especial, asiste y sostiene a una determinada alma en el estado
de gracia, impidiéndole caer de hecho en el pecado, pero conservando el alma, radicalmente, la posibilidad del pecado si Dios suspendiera su acción
impeditiva.

Esta última es la que tuvo la Santísima Virgen María durante los años de su
vida terrestre. En virtud de un privilegio especial, exigido moralmente por su inmaculada concepción y, sobre todo, por su futura maternidad divina, Dios confirmó en gracia a la Santísima Virgen María desde el instante mismo
de su purísima concepción. Esta confirmación no la hacía intrínsecamente impecable como a los bienaventurados—se requiere para ello, como hemos dicho, la visión beatífica—, pero sí extrínsecamente, o sea, en virtud de esa asistencia especial de Dios, que no le faltó un solo instante de su vida. Tal es la sentencia común y completamente cierta en teología.

3ª. La Santísima Virgen María en el primer instante de su concepción inmaculada fue enriquecida con una plenitud inmensa de gracia, superior a la de todos los ángeles y bienaventurados juntos (Completamente cierta.)

Que la Santísima Virgen María fue concebida en gracia es de fe divina
implícitamente definida por Pío IX al definir la preservación del pecado original, puesto que una cosa necesariamente la otra. Es el aspecto positivo de la inmaculada concepción de María, mucho más sublime todavía que la mera preservación del pecado original, que es su aspecto negativo. Pero que la gracia inicial de María fuera mayor que la de todos los ángeles y bienaventurados juntos, no es doctrina definida, pero sí completamente cierta en teología. He aquí las pruebas:


a) LA SAGRADA ESCRITURA. En la Sagrada Escritura se insinúa esta doctrina, aunque no se revela expresamente. En efecto, el ángel de Nazaret se dirige a María con estas palabras:

«Ave María, llena de gracia, el Señor es contigo» (Lc 1,28).

Esa llenez o plenitud de gracia no hay razón alguna para circunscribirla al
tiempo de la anunciación y no antes. Habiendo sido concebida en gracia, lo
más natural es que tuviera esa plenitud desde el primer instante de su concepción. Eso mismo parece insinuar el verbo es: no fue, ni será, sino simplemente es, sin determinar especialmente ningún tiempo. Y que esa plenitud fuera mayor que la de los ángeles y santos, lo veremos muy claro en el argumento de razón teológica.


b) EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA, La bula Ineffabilis Deus, por la
que Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción, comienza con el
siguiente párrafo:

“El inefable Dios, cuya conducta es misericordia y verdad, cuya voluntad es omnipotencia y cuya sabiduría alcanza de límite a límite con fortaleza y dispone suavemente todas las cosas, habiendo previsto desde toda la eternidad la ruina lamentabilísima de todo el género humano, que había de
provenir de la transgresión de Adán, y habiendo decretado, con plan todavía
más secreto, por medio de la encarnación del Verbo, para llevar a cabo primitiva obra de la misericordia, con plan todavía más secreto, por medio de la encarnación del Verbo, para que no pereciese el hombre, impulsado a la culpa por la astucia de la diabólica maldad, y para que lo que iba a caer en el primer Adán fuese restaurado más felizmente en el segundo, eligió y señaló, desde el principio y antes de los tiempos, una Madre, para que su Unigénito Hijo, hecho carne de Ella, naciese en la dichosa plenitud de los tiempos; y en tanto grado la amó por encima de todas las criaturas, que en sola Ella se complació con señaladísima benevolencia. Por lo cual, tan maravillosamente la colmó de la abundancia de todos los celestiales
carismas, sacada del tesoro de la divinidad muy por encima de todos los
ángeles y santos, que Ella, libre siempre absolutamente de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios”.


c) LA RAZÓN TEOLÓGICA. El Doctor Angélico señala la razón
teológica en la siguiente forma:

“En todo orden de cosas, cuanto uno se allega más al principio de ese orden, más participa los efectos de ese principio (v.gr., el que más cerca está del fuego, más se calienta). De donde infiere Dionisio que los ángeles, por estar más cercanos a Dios, participan más de las perfecciones divinas que los hombres. Ahora bien, Cristo es el principio de la gracia: por la divinidad, como verdadero autor; por la humanidad, como instrumento. Y así se lee en San Juan: «La gracia y la verdad vino por Jesucristo» (Jn 1,17).
Pero la bienaventurada Virgen María estuvo cercanísima a Cristo según la
humanidad, puesto que de ella recibió Cristo la naturaleza humana. Por tanto, debió obtener de Él una plenitud de gracia superior a la de los
demás”.

Todavía añade otra razón profunda en la respuesta a la primera dificultad:

“Dios da a cada uno la gracia según la misión para que es elegido. Y porque
Cristo, en cuanto hombre, fue predestinado y elegido «para ser Hijo de Dios, poderoso para santificar» (Rom 1,4), tuvo como propia suya tal plenitud de gracia, que redundase en todos los demás, según lo que dice San Juan: «De su plenitud todos nosotros hemos recibido» (Jn 1,16). Más la bienaventurada Virgen María tuvo tanta plenitud de gracia, que por ella estuviese cercanísima al autor de la gracia, hasta el punto de recibirlo en sí misma y, al darle a luz, comunicara, en cierto modo, la gracia a todos los demás”.

En razón de esta cercanía a Cristo, no importa que en el primer instante de
su concepción no estuviese la Santísima Virgen unida a Cristo por la
encarnación del mismo en sus entrañas virginales; porque, como dice muy bien Suárez, “basta haber tenido orden y destino para ella por divina
predestinación”.

Esta plenitud de gracia que recibió María en el instante mismo de su
concepción fue tan inmensa, que, según la sentencia hoy común entre los
mariólogos, la plenitud inicial de gracia de María fue mayor que la gracia
consumada de todos los ángeles y bienaventurados juntos. Lo cual no debe sorprender a nadie, porque como explica San Lorenzo Justiniano, el Verbo divino amó a la Santísima Virgen María, en el instante mismo de su concepción, más que a todos los ángeles y santos juntos; y como la gracia responde al amor de Dios y es efecto del mismo, a la Virgen se le infundió la gracia con una plenitud inmensa, incomparablemente mayor que la de todos los ángeles y bienaventurados juntos.

d) Sin embargo, la plenitud de la gracia de María, con ser inmensa, no era una plenitud absoluta, como la de Cristo, sino relativa y proporcionada a su dignidad de Madre de Dios. Por eso Cristo no creció ni podía crecer en gracia, y, en cambio, pudo crecer, y creció de hecho, la gracia de María. La Virgen fue creciendo continuamente en gracia con todos y cada uno de los actos de su vida terrena—incluso, probablemente, durante el sueño, en virtud de la ciencia infusa, que no dejaba de funcionar un solo instante—hasta alcanzar al fin de su vida una plenitud inmensa, que rebasa todos los cálculos de la pobre imaginación humana. Dios ensanchaba continuamente la capacidad receptora del alma de María, de suerte que estaba siempre llena de gracia y, al mismo tiempo, crecía continuamente en ella. Siempre llena y siempre creciendo: tal fue la maravilla de la gracia santificante en el corazón inmaculado de la Madre de Dios.

Santo Tomás habla de una triple plenitud de gracia en María. Una
dispositiva, por la cual se hizo idónea para ser Madre de Cristo, y ésta fue
la plenitud inicial que recibió en el instante mismo de su primera santificación. Otra perfectiva, en el momento mismo de verificarse la encarnación del Verbo en sus purísimas entrañas, momento en el que recibió María un aumento inmenso de gracia santificante. Y otra final o consumativa, que es la plenitud que posee en la gloria para toda la eternidad.

La plenitud de la gracia de María lleva consigo, naturalmente, la plenitud
de las virtudes infusas y dones del Espíritu Santo, así como también de las gracias carismáticas que eran convenientes a la dignidad excelsa de la Madre de Dios, tales como la ciencia infusa, el don de profecía, etc.

Nótese, finalmente, que la concepción inmaculada de María y su plenitud de
gracia en el momento mismo de su concepción es privilegio exclusivo de
María. La santificación en el seno materno—pero después de concebidos en pecado—puedo afectar también a otros, como nos dice la Escritura de Jeremías (cf. Jer 1,5) y Juan el Bautista (Lc 1,15). Estos, según Santo Tomás, fueron santificados y confirmados en gracia antes de nacer, pero sólo con relación al pecado mortal, no al venial.
(ROYO MARÍN, A., La Virgen María. Teología y espiritualidad marianas, BAC, Madrid, 1968, p. 71-84)



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Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium”



CAPÍTULO VIII

LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA, MADRE DE DIOS, EN EL MISTERIO DE CRISTO Y DE LA IGLESIA


I. Introducción

52. Queriendo Dios, infinitamente sabio y misericordioso, llevar a cabo la
redención del mundo, «al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, nacido de mujer, ... para que recibiésemos la adopción de hijos» (Ga 4, 4-5). «El cual, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, descendió de los cielos y por obra del Espíritu Santo se encarnó de la Virgen María» [172]. Este misterio divino de la salvación nos es revelado y se continúa en la Iglesia, que fue fundada por el Señor como cuerpo suyo, y en la que los fieles, unidos a Cristo Cabeza y en comunión con todos sus santos, deben venerar también la memoria «en primer lugar de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo» [173]

53. Efectivamente, la Virgen María, que al anuncio del ángel recibió al
Verbo de Dios en su alma y en su cuerpo y dio la Vida al mundo, es
reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor. Redimida de modo eminente, en previsión de los méritos de su Hijo, y unida a El con un vínculo estrecho e indisoluble, está enriquecida con la suma prerrogativa
y dignidad de ser la Madre de Dios Hijo, y por eso hija predilecta del Padre y sagrario del Espíritu Santo; con el don de una gracia tan extraordinaria aventaja con creces a todas las otras criaturas, celestiales y terrenas.
Pero a la vez está unida, en la estirpe de Adán, con todos los hombres que
necesitan de la salvación; y no sólo eso, «sino que es verdadera madre de
los miembros (de Cristo)..., por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza» [174]. Por ese motivo es también proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad, y a quien la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, venera, como a madre amantísima, con afecto de piedad filial,

54. Por eso, el sagrado Concilio, al exponer la doctrina sobre la Iglesia,
en la que el divino Redentor obra la salvación, se propone explicar
cuidadosamente tanto la función de la Santísima Virgen en el misterio del
Verbo encarnado y del Cuerpo místico cuanto los deberes de los hombres
redimidos para con la Madre de Dios, Madre de Cristo y Madre de los hombres, especialmente de los fieles, sin tener la intención de proponer una doctrina completa sobre María ni resolver las cuestiones que aún no ha dilucidado plenamente la investigación de los teólogos. Así, pues, siguen conservando sus derechos las opiniones que en las escuelas católicas se proponen libremente acerca de aquella que, después de Cristo, ocupa en la santa Iglesia el lugar más alto y a la vez el más próximo a nosotros [175].


II. Función de la Santísima Virgen en la economía de la salvación

55. Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento y la Tradición venerable
manifiestan de un modo cada vez más claro la función de la Madre del Salvador en la economía de la salvación y vienen como a ponerla delante de los ojos. En efecto, los libros del Antiguo Testamento narran la historia de la salvación, en la que paso a paso se prepara la venida de Cristo al mundo.
Estos primeros documentos, tal como se leen en la Iglesia y tal como se
interpretan a la luz de una revelación ulterior y plena, evidencian poco a
poco, de una forma cada vez más clara, la figura de la mujer Madre del
Redentor. Bajo esta luz aparece ya proféticamente bosquejada en la promesa de victoria sobre la serpiente, hecha a los primeros padres caídos en pecado (cf. Gen 3, 15). Asimismo, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo, que se llamará Emmanuel (cf. Is 7,14; comp. con Mi 5, 2-3; Mt 1, 22-23). Ella sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben de El la salvación. Finalmente, con ella misma, Hija excelsa de Sión, tras la prolongada espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se instaura la nueva economía, al tomar de ella la naturaleza humana el Hijo de Dios, a fin de librar al hombre del pecado mediante los misterios de su humanidad.

56. Pero el Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación
la aceptación de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida. Lo cual se cumple de modo eminentísimo en la Madre de Jesús por haber dado al mundo la Vida misma que renueva todas las cosas y por haber sido adornada por Dios con los dones dignos de un oficio tan grande. Por lo que nada tiene de extraño que entre los Santos Padres prevaleciera la costumbre de llamar a la Madre de Dios totalmente santa e inmune de toda mancha de pecado, como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo [176]. Enriquecida desde el primer instante de su concepción con el resplandor de una santidad enteramente singular, la Virgen Nazarena, por orden de Dios, es saludada por el ángel de la Anunciación como «llena de gracia» (cf. Lc 1, 28), a la vez que ella responde al mensajero celestial: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).

Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre
de Jesús, y al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado
alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava
del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al
misterio de la redención con El y bajo El, con la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la
salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, «obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano» [177]. Por eso no pocos Padres antiguos afirman gustosamente con él en su predicación que «el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe» [178];
y comparándola con Eva, llaman a María «Madre de los vivientes»[179],
afirmando aún con mayor frecuencia que «la muerte vino por Eva, la vida por María» [180].

57. Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se
manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su
muerte. En primer lugar, cuando María, poniéndose con presteza en camino
para visitar a Isabel, fue proclamada por ésta bienaventurada a causa de su
fe en la salvación prometida, a la vez que el Precursor saltó de gozo en el
seno de su madre (cf. Lc 1, 41-45); y en el nacimiento, cuando la Madre de
Dios, llena de gozo, presentó a los pastores y a los Magos a su Hijo primogénito, que, lejos de menoscabar, consagró su integridad virginal [181]. Y cuando hecha la ofrenda propia de los pobres lo presentó al Señor en el templo y oyó profetizar a Simeón que el Hijo sería signo de contradicción y que una espada atravesaría el alma de la Madre, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones (cf. Lc 2, 34-35). Después de haber perdido al Niño Jesús y haberlo buscado con angustia, sus padres lo encontraron en el templo, ocupado en las cosas de su Padre, y no entendieron la respuesta del Hijo. Pero su Madre conservaba todo esto en su corazón para meditarlo (cf. Lc 2, 41-51).

58. En la vida pública de Jesús aparece reveladoramente su Madre ya desde el principio, cuando en las bodas de Caná de Galilea, movida a misericordia, suscitó con su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cf. Jn 2, 1-11). A lo largo de su predicación acogió las palabras con que su Hijo, exaltando el reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados (cf. Mc 3, 35; Lc 11, 27-28) a los que escuchan y guardan la palabra de Dios, como ella lo hacía fielmente (cf. Lc 2, 29 y 51). Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo con estas palabras: «Mujer, he ahí a tu hijo» (cf. Jn 19,26-27) [182].

59. Por no haber querido Dios manifestar solemnemente el misterio de la salvación humana antes de derramar el Espíritu prometido por Cristo, vemos que los Apóstoles, antes del día de Pentecostés, «perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste» (Hch 1, 14), y que también María imploraba con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación ya la había cubierto a ella con su sombra. Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original [183], terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial [184] y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte [185].


III. La Santísima Virgen y la Iglesia

60. Uno solo es nuestro Mediador según las palabra del Apóstol: «Porque uno es Dios, y uno también el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos» (1 Tm 2, 5-6). Sin embargo, la misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder. Pues todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Y, lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta.

61. La Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, por disposición de la divina
Providencia, fue en la tierra la Madre excelsa del divino Redentor, compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas y humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia.

62. Esta maternidad de María en la economía de gracia perdura sin cesar
desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna [186]. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora [187]. Lo cual, embargo, ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador [188].

Jamás podrá compararse criatura alguna con el Verbo encarnado y Redentor; pero así como el sacerdocio Cristo es participado tanto por los ministros sagrados cuanto por el pueblo fiel de formas diversas, y como la bondad de Dios se difunde de distintas maneras sobre las criaturas, así también la mediación única del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas clases de cooperación, participada de la única fuente.

La Iglesia no duda en confesar esta función subordinada de María, la experimenta continuamente y la recomienda a la piedad de los fieles, para que, apoyados en esta protección maternal, se unan con mayor intimidad al Mediador y Salvador.

63. La Virgen Santísima, por el don y la prerrogativa de la maternidad
divina, que la une con el Hijo Redentor, y por sus gracias y dones
singulares, está también íntimamente unida con la Iglesia. Como ya enseñó
San Ambrosio, la Madre de Dios es tipo de la Iglesia en el orden de la fe,
de la caridad y de la unión perfecta con Cristo [189]. Pues en el misterio
de la Iglesia, que con razón es llamada también madre y virgen, precedió la
Santísima Virgen, presentándose de forma eminente y singular como modelo tanto de la virgen como de la madre [190]. Creyendo y obedeciendo, engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo, como una nueva Eva, que presta su fe exenta de toda duda, no a la antigua serpiente, sino al mensajero de Dios, dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (cf. Rm 8,29), esto es, los fieles, a cuya generación y educación coopera con amor materno.

64. La Iglesia, contemplando su profunda santidad e imitando su caridad y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, se hace también madre mediante la palabra de Dios aceptada con fidelidad, pues por la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios. Y es igualmente virgen, que guarda pura e íntegramente la fe prometida al Esposo, y a imitación de la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo, conserva virginalmente una fe íntegra, una esperanza sólida y una caridad sincera [191].

65. Mientas la Iglesia ha alcanzado en la Santísima Virgen la perfección, en
virtud de la cual no tiene mancha ni arruga (cf. Ef 5, 27), los fieles luchan todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente al pecado, y
por eso levantan sus ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes
para toda la comunidad de los elegidos. La Iglesia, meditando piadosamente sobre ella y contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de reverencia, entra más a fondo en el soberano misterio de la encarnación y se asemeja cada día más a su Esposo. Pues María, que por su íntima participación en la historia de la salvación reúne en sí y refleja en cierto
modo las supremas verdades de la fe, cuando es anunciada y venerada, atrae a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre. La Iglesia, a su vez, glorificando a Cristo, se hace más semejante a su excelso Modelo, progresando continuamente en la fe, en la esperanza y en la caridad y buscando y obedeciendo en todo la voluntad divina. Por eso también la Iglesia, en su labor apostólica, se fija con razón en aquella que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que también nazca y crezca por medio de la Iglesia en las almas de los fieles. La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres.


IV. El culto de la Santísima Virgen en la Iglesia

66. María, ensalzada, por gracia de Dios, después de su Hijo, por encima de todos los ángeles y de todos los hombres, por ser Madre santísima de Dios, que tomó parte en los misterios de Cristo, es justamente honrada por la Iglesia con un culto especial. Y, ciertamente, desde los tiempos más
antiguos, la Santísima Virgen es venerada con el título de «Madre de Dios», a cuyo amparo los fieles suplicantes se acogen en todos sus peligros y necesidades [192]. Por este motivo, principalmente a partir del Concilio de Efeso, ha crecido maravillosamente el culto del Pueblo de Dios hacia María en veneración y en amor, en la invocación e imitación, de acuerdo con sus proféticas palabras: «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi maravillas el Poderoso» (Lc 1, 48-49). Este culto, tal como existió siempre en la Iglesia., a pesar de ser enteramente singular, sedistingue esencialmente del culto de adoración tributado al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, y lo favorece eficazmente, ya que las diversas formas de piedad hacia la Madre de Dios que la Iglesia ha venido aprobando dentro de los limites de la doctrina sana y ortodoxa, de acuerdo con las condiciones de tiempos y lugares y teniendo en cuenta el temperamento y manera de ser de los fieles, hacen que, al ser honrada la
Madre, el Hijo, por razón del cual son todas las cosas (cf. Col 1, 15-16) y
en el que plugo al Padre eterno «que habitase toda la plenitud» (Col 1,19),
sea mejor conocido, amado, glorificado, y que, a la vez, sean mejor
cumplidos sus mandamientos.

67. El santo Concilio enseña de propósito esta doctrina católica y amonesta a la vez a todos los hijos de la Iglesia que fomenten con generosidad el culto a la Santísima Virgen, particularmente el litúrgico; que estimen en mucho las prácticas y los ejercicios de piedad hacia ella recomendados por el Magisterio en el curso de los siglos y que observen escrupulosamente cuanto en los tiempos pasados fue decretado acerca del culto a las imágenes de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos[193]. Y exhorta encarecidamente a los teólogos y a los predicadores de la palabra divina a
que se abstengan con cuidado tanto de toda falsa exageración cuanto de una excesiva mezquindad de alma al tratar de la singular dignidad de la Madre de Dios [194]. Cultivando el estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y Doctores y de las liturgias de la Iglesia bajo la dirección del Magisterio, expliquen rectamente los oficios y los privilegios de la
Santísima Virgen, que siempre tienen por fin a Cristo, origen de toda verdad, santidad y piedad. En las expresiones o en las palabras eviten cuidadosamente todo aquello que pueda inducir a error a los hermanos
separados o a cualesquiera otras personas acerca de la verdadera doctrina de la Iglesia. Recuerden, finalmente, los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un sentimentalismo estéril y transitorio ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes.


V. María, signo de esperanza cierta y de consuelo para el Pueblo
peregrinante de Dios

68. Mientras tanto, la Madre de Jesús, de la misma manera que, glorificada
ya en los cielos en cuerpo y en alma, es imagen y principio de la Iglesia
que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura, así en la tierra precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor (cf. 2 P 3,10).

69. Es motivo de gran gozo y consuelo para este santo Concilio el que también entre los hermanos separados no falten quienes tributan el debido honor a la Madre del Señor y Salvador, especialmente entre los Orientales, que concurren con impulso ferviente y ánimo devoto al culto de la siempre Virgen Madre de Dios [195]. Ofrezcan todos los fieles súplicas apremiantes a la Madre de Dios y Madre de los hombres para que ella, que ayudó con sus oraciones a la Iglesia naciente, también ahora, ensalzada en el cielo por encima de todos los ángeles y bienaventurados, interceda en la comunión de todos los santos ante su Hijo hasta que todas las familias de los pueblos, tanto los que se honran con el título de cristianos como los que todavía desconocen a su Salvador, lleguen a reunirse felizmente, en paz y concordia, en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad.
(Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen
Gentium”, nº 52 – 69)



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Aplicación: Benedicto XVI - Adviento y María Inmaculada

Queridos hermanos y hermanas:
En el camino del Adviento brilla la estrella de María Inmaculada, "señal de esperanza cierta y de consuelo" (Lumen gentium, 68). Para llegar a Jesús, luz verdadera, sol que disipó todas las tinieblas de la historia, necesitamos luces cercanas a nosotros, personas humanas que reflejen la luz de Cristo e iluminen así el camino por recorrer. ¿Y qué persona es más luminosa que María? ¿Quién mejor que ella, aurora que anunció el día de la salvación (cf. Spe salvi, 49), puede ser para nosotros estrella de esperanza?

Por eso la liturgia nos hace celebrar hoy, cerca de la Navidad, la fiesta solemne de la Inmaculada Concepción de María: el misterio de la gracia de Dios que envolvió desde el primer instante de su existencia a la criatura destinada a convertirse en la Madre del Redentor, preservándola del contagio del pecado original. Al contemplarla, reconocemos la altura y la belleza del proyecto de Dios para todo hombre: ser santos e inmaculados en el amor (cf. Ef 1, 4), a imagen de nuestro Creador.

¡Qué gran don tener por madre a María Inmaculada! Una madre resplandeciente de belleza, transparente al amor de Dios. Pienso en los jóvenes de hoy, que han crecido en un ambiente saturado de mensajes que proponen falsos modelos de felicidad. Estos muchachos y muchachas corren el peligro de perder la esperanza, porque a menudo parecen huérfanos del verdadero amor, que colma de significado y alegría la vida.

Este era uno de los temas preferidos de mi venerado predecesor Juan Pablo II, el cual propuso en repetidas ocasiones a la juventud de nuestro tiempo a María como "Madre del amor hermoso". Por desgracia, muchas experiencias nos demuestran que los adolescentes, los jóvenes e incluso los niños son víctimas fáciles de la corrupción del amor, engañados por adultos sin escrúpulos que, mintiéndose a sí mismos y a ellos, los atraen a los callejones sin salida del consumismo. Incluso las realidades más sagradas, como el cuerpo humano, templo del Dios del amor y de la vida, se convierten así en objetos de consumo; y esto cada vez más pronto, ya en la pre-adolescencia. ¡Qué tristeza cuando los muchachos pierden el asombro, el encanto de los sentimientos más hermosos, el valor del respeto del cuerpo, manifestación de la persona y de su misterio insondable!

A todo esto nos exhorta María, la Inmaculada, a la que contemplamos en toda su hermosura y santidad. Desde la cruz, Jesús la encomendó a Juan y a todos los discípulos (cf. Jn 19, 27), y desde entonces se ha convertido para toda la humanidad en Madre, Madre de la esperanza. A ella le dirigimos con fe nuestra oración. María Inmaculada, "estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino" (Spe salvi, 50).
(Ángelus del Papa Benedicto XVI en la Plaza de San Pedro el día sábado 8 de diciembre de 2007 , Solemnidad de la Inmaculada Concepción)


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Aplicación: Beato Juan Pablo II - Inmaculada Concepción

1."Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1, 28).
Con estas palabras del arcángel Gabriel, nos dirigimos a la Virgen María muchas veces al día. Las repetimos hoy con ferviente alegría, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción, recordando el 8 de diciembre de 1854, cuando el beato Pío IX proclamó este admirable dogma de la fe católica precisamente en esta basílica vaticana.

Amadísimos hermanos y hermanas, os saludo a todos vosotros aquí presentes, que habéis venido a rendir homenaje filial a la Virgen Inmaculada.

2. ¡Cuán grande es el misterio de la Inmaculada Concepción, que nos presenta la liturgia de hoy! Un misterio que no cesa de atraer la contemplación de los creyentes e inspira la reflexión de los teólogos. El tema del Congreso "María de Nazaret acoge al Hijo de Dios en la historia" ha favorecido una profundización de la doctrina de la concepción inmaculada de María como presupuesto para la acogida en su seno virginal del Verbo de Dios encarnado, Salvador del género humano.

"Llena de gracia": con este apelativo, según el original griego del evangelio de san Lucas, el ángel se dirige a María. Este es el nombre con el que Dios, a través de su mensajero, quiso calificar a la Virgen. De este modo la pensó y vio desde siempre, ab aeterno.

3. En el himno de la carta a los Efesios, que se acaba de proclamar, el Apóstol alaba a Dios Padre porque "nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales" (Ef 1, 3). ¡Con qué especialísima bendición Dios se ha dirigido a María desde el inicio de los tiempos! ¡Verdaderamente bendita, María, entre todas las mujeres! (cf. Lc, 1, 42).

El Padre la eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuera santa e inmaculada ante él por el amor, predestinándola como primicia a la adopción filial por obra de Jesucristo (cf. Ef 1, 4-5).

4. La predestinación de María, como la de cada uno de nosotros, está relacionada con la predestinación del Hijo. Cristo es la "estirpe" que "pisaría la cabeza" de la antigua serpiente, según el libro del Génesis (cf. Gn 3, 15); es el Cordero "sin mancha" (cf. Ex 12, 5; 1 P 1, 19), inmolado para redimir a la humanidad del pecado.

En previsión de la muerte salvífica de él, María, su Madre, fue preservada del pecado original y de todo otro pecado. En la victoria del nuevo Adán está también la de la nueva Eva, madre de los redimidos. Así, la Inmaculada es signo de esperanza para todos los vivientes, que han vencido a Satanás en virtud de la sangre del Cordero (cf. Ap 12, 11).

5. Contemplamos hoy a la humilde joven de Nazaret, santa e inmaculada ante Dios por el amor (cf. Ef 1, 4), el "amor" que, en su fuente originaria, es Dios mismo, uno y trino. ¡La Inmaculada Concepción de la Madre del Redentor es obra sublime de la Santísima Trinidad! Pío IX, en la bula Ineffabilis Deus, recuerda que el Omnipotente estableció "con el mismo decreto el origen de María y la encarnación de la divina Sabiduría" (Pii IX Pontificis Maximi Acta, Pars prima, p. 559).

El "sí" de la Virgen al anuncio del ángel se sitúa en lo concreto de nuestra condición terrena, como humilde obsequio a la voluntad divina de salvar a la humanidad, no de la historia, sino en la historia. En efecto, preservada inmune de toda mancha de pecado original, la "nueva Eva" se benefició de modo singular de la obra de Cristo como perfectísimo Mediador y Redentor. Ella, la primera redimida por su Hijo, partícipe en plenitud de su santidad, ya es lo que toda la Iglesia desea y espera ser. Es el icono escatológico de la Iglesia.

6. Por eso la Inmaculada, que es "comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura" (Prefacio), precede siempre al pueblo de Dios en la peregrinación de la fe hacia el reino de los cielos (cf. Lumen gentium, 58; Redemptoris Mater, 2).

En la concepción inmaculada de María la Iglesia ve proyectarse, anticipada en su miembro más noble, la gracia salvadora de la Pascua.

En el acontecimiento de la Encarnación encuentra indisolublemente unidos al Hijo y a la Madre: "Al que es su Señor y su Cabeza y a la que, pronunciando el primer "fiat" de la nueva alianza, prefigura su condición de esposa y madre" (Redemptoris Mater, 1).


7. A ti, Virgen inmaculada, predestinada por Dios sobre toda otra criatura como abogada de gracia y modelo de santidad para su pueblo, te renuevo hoy, de modo especial, la consagración de toda la Iglesia.
Guía tú a sus hijos en la peregrinación de la fe, haciéndolos cada vez más obedientes y fieles a la palabra de Dios.

Acompaña tú a todos los cristianos por el camino de la conversión y de la santidad, en la lucha contra el pecado y en la búsqueda de la verdadera belleza, que es siempre huella y reflejo de la Belleza divina.
Obtén tú, una vez más, paz y salvación para todas las gentes. El Padre eterno, que te escogió para ser la Madre inmaculada del Redentor, renueve también en nuestro tiempo, por medio de ti, las maravillas de su amor misericordioso.  Amén.
(Homilía del Beato Juan Pablo II el día miércoles 8 de diciembre de 2004 - Con ocasión del 150º aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción)


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