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Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María: Llena de Gracia II- Preparemos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa festiva parroquial con los comentarios de sabios y santos 

 

A su disposición

Exégesis: Alois Stöger - La anunciación de Jesús (Lc.1,26-38)
´

Comentario Teológico: San Juan Pablo II - María, la "llena de gracia"

Santos Padres: San Juan Damasceno - La Natividad de la Virgen María (nº 3.6.7.9.10.12)

Aplicación: P. Alfredo Sáenz, SJ. - La Inmaculada Concepción

Aplicación: Benedicto XVI - La Inmaculada Concepción

Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

Directorio Homilético: Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Beata Virgen María

Ejemplos


¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Commentario a Las Lecturas del Domingo



Exégesis: Alois Stöger - La anunciación de Jesús (Lc.1,26-38)

El relato de la anunciación de Jesús es una obra maestra en la forma, un «Evangelio áureo» en el contenido. Tres veces habla el ángel, y tres veces responde María. Tres veces se dice lo que Dios pretende hacer con María, y tres veces se expresa su actitud ante la oferta de Dios. El ángel entra donde está María (1,26-29). Anuncia el nacimiento del Mesías (1,30-34) y revela la concepción virginal (1,35-38).

a) Llena de gracia (1,26-29).

26 En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado de parte de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27 a una virgen, desposada con un hombre llamado José, de la casa de David. El nombre de la virgen era María.

La anunciación de Jesús llama la atención hacia la anunciación de Juan. En el sexto mes... Juan sirve a Jesús. La concepción de la estéril remite a la concepción virginal de María. Aunque Jesús vendrá más tarde, es, sin embargo, anterior a él (Jua_1:27).

El mensajero de la anunciación es una vez más Gabriel. Viene de la presencia de Dios. Se inicia un movimiento del cielo a la Tierra. Gabriel fue enviado por Dios. No se limita a aparecer, como en la anunciación de Juan, sino que viene. Lo que ahora comienza es un venir de Dios a los hombres en la encarnación.

En la anunciación de Juan termina la misión del ángel en el templo de Dios, en el espacio sagrado, reservado, inaccesible. En la anunciación de Jesús termina la misión del ángel en una ciudad de Galilea, en la «Galilea de los gentiles» (Mat_4:15), en la parte de tierra santa que pasaba por ser no santa, a la que parecía haber descuidado Dios, de la que «no había salido ningún profeta» (Jua_7:52). En un principio no se menciona el nombre de la ciudad, como si no quisiera venir a los labios. Finalmente sale a relucir el nombre: Nazaret. La ciudad no tiene relieve alguno en la historia. La Sagrada Escritura del Antiguo Testamento no mencionó nunca este nombre, la historiografía de los judíos (Flavio Josefo) no tiene nada que referir sobre esta ciudad. Un contemporáneo de Jesús dice: «¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?» (Jua_1:46). Dios elige lo insignificante, lo bajo, lo despreciado por los hombres. La ley de la encarnación reza así: «Jesús... se despojó a sí mismo» (Flp_2:7). La historia de Juan comienza con el sacerdote Zacarías y su esposa Isabel, que era de la estirpe de Aarón; la historia de Jesús comienza con una muchacha, quizá de unos 12 ó 13 años. Estaba desposada, como convenía a una joven de aquella edad. El prometido de María se llamaba José. Todavía no la había llevado a su casa y todavía no había comenzado la vida conyugal. La desposada era virgen. José era de la casa de David. Dios lo dispuso todo de modo que el hijo de María fuera hijo de la virgen, hijo legal de José, descendiente de la estirpe regia de David. Dios lo dispone todo en su sabiduría.

El nombre de la virgen era María. Así se llamaba también la hermana de Aarón (Exo_15:20). No sabemos lo que significa este nombre: ¿Señora? ¿Amada por Yahveh?... Pero el nombre adquiere consagración y brillo tan luego resuena por primera vez en la historia de la salud. La misión del ángel que está en la presencia de Dios termina en María.

28 Y entrando el ángel a donde ella estaba, la saludó: ¡Alégrate, llena de gracia! El señor está contigo, bendita tú eres entre las mujeres (…)

Para la anunciación de Juan aparece el ángel y está sencillamente ahí, en la anunciación de Jesús entra el ángel donde está María y la saluda. El nacimiento de Juan se anuncia en el santuario del templo, el nacimiento de Jesús en la casa de la Virgen. En el Antiguo Testamento mora Dios en el templo, en el Nuevo Testamento establece su morada entre los hombres. «La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jua_1:14).

El ángel saluda a María; a Zacarías no lo saludó. Saluda a esta muchacha de Nazaret, aunque en Israel un hombre no saluda a una mujer. El saludo se expresa con dos fórmulas. Cada una consta de saludo y de interpelación. La primera es: «¡Alégrate, llena de gracia!» Los que hablan griego saludan así: ¡Alégrate! Los que hablan arameo saludan como saludó Jesús a sus discípulos después de la resurrección: «¡Paz con vosotros!» (Jua_20:19.26). ¿Cuál es la idea de Lucas cuando pone en boca del ángel este saludo: «Alégrate»?

En Lucas, la historia de la infancia (1-2) está llena de palabras y de reminiscencias de la Biblia veterotestamentaria: es una pintura con colores tomados del Antiguo Testamento. También Mateo emplea para su historia de la infancia pruebas del Antiguo Testamento. Introduce los textos con fórmulas solemnes, mientras que Lucas narra con textos tomados del Antiguo Testamento. No indica sus fuentes, sino que nos deja a nosotros la satisfacción de descubrirlas y nos invita a reconocer a la luz de la palabra de Dios los hechos que él ha podido saber por la tradición.

Con esta exclamación: ¡Alégrate!, saluda el profeta Sofonías a la ciudad de Jerusalén cuando contempla el futuro mesiánico. «¡Canta, hija de Sión! ¡Da voces jubilosas, Israel! ¡Alégrate y regocíjate de todo el corazón, hija de Jerusalén!» (Sof_3:14). Análogamente Joel: «No temas, tierra, alégrate y gózate, porque son muy grandes las cosas que hace Yahveh» (J12,21; cf. Zac_9:9). «¡Alégrate!» era una fórmula fija, litúrgica y profética, que se utilizaba a veces cuando el oráculo profético tenía un desenlace favorable. Ahora saluda el ángel a María con esta fórmula mesiánica.

El ángel la llama llena de gracia. Los padres de Juan son irreprochables, porque observan la ley de Dios; María goza de la complacencia de Dios porque está colmada de su gracia. Dios le ha otorgado su favor, su benevolencia, su gracia. Ella «ha hallado gracia ante Dios». En la interpelación profética, con cuyas primeras palabras ha saludado el ángel a María, se desarrolla este favor divino: «El Señor ha descartado a tus adversarios y ha rechazado a tus enemigos; el Señor está en medio de ti. No verás más el infortunio... No temas... El Señor, tu Dios, está en medio de ti como poderoso salvador. Se goza en ti con transportes de alegría, te ama con delirio...» (Sof_3:15-17).

María es la ciudad en medio de la cual (en cuyo seno) habita Dios, el rey, el poderoso salvador. Ella es el resto de Israel, al que Dios cumple sus promesas, es el germen del nuevo pueblo de Dios, que tiene Dios en medio de ella (cf. Mat_18:20; Mat_28:20). El segundo versículo de la salutación comienza con las palabras: El Señor está contigo. Grandes figuras de la historia sagrada habían oído estas mismas palabras, que habían de sostenerlos y animarlos: Moisés, cuando en el desierto fue llamado por Dios para ser guía y salvador de su pueblo. El ángel del Señor se le apareció en una llama de fuego, que ardía de una zarza (Exo_3:2). Cuando se creía incapaz de responder a su vocación, le dijo Dios: «Yo estaré contigo, y ésta será la señal de que estoy contigo...» (Exo_3:12). Algo parecido sucedió al juez Gedeón: «Apareciósele el ángel de Yahveh y le dijo: Yahveh está contigo, valiente héroe... Gedeón le dijo: Si he hallado gracia a tus ojos, dame una señal de que eres tú quien me habla» (Jue_6:12.15-17). Con este saludo se sitúa María entre las grandes figuras de salvadores de la historia sagrada. Dios le ha otorgado su gracia especial y su protección.

Al saludo sigue de nuevo la alocución: Bendita tú entre las mujeres. También estas palabras son venerandas y están santificadas por una antigua tradición bíblica. La heroína Jael, que aniquiló al enemigo de su pueblo, es elogiada con estas mismas palabras: «Bendita Jael entre las mujeres» (Jue_5:24). A Judit, que terminó con el opresor de su ciudad natal, dice el príncipe del pueblo Ozías: «Bendita tú, hija, sobre todas las mujeres de la tierra por el Señor, el Dios Altísimo... Hoy ha glorificado tu nombre, de modo que tus alabanzas estarán siempre en la boca de cuantos tengan memoria del poder de Dios» ( Jdt_13:18s). María cuenta entre las grandes heroínas de su pueblo; ella ha traído al Salvador que nos librará de todos los enemigos (cf. Luc_1:71).

29 Al oír estas palabras, ella se turbó, preguntándose qué querría significar este saludo.

El saludo había terminado. María se turbó por la palabra del ángel. Zacarías se turbó por la aparición del ángel, María se turba por su palabra. La humilde muchacha se turba por la grandeza del saludo.

Se preguntaba qué podía significar aquel insólito saludo. Dado que oraba y vivía entre los pensamientos de la Sagrada Escritura, tenía que surgir en ella un barrunto de la grandeza que se le anunciaba con aquellas palabras.

b) Promesa llena de gracia (1,30-34).

30 Entonces el ángel le dijo: No temas, María; porque has hallado gracia ante Dios. 31 Mira: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.

Moisés (Exo_3:11s) y Gedeón (Jue_6:15s) y Sión (Sof_3:16s) e Israel tenían necesidad de ser alentados así: Dios quiere salvar. «No temas, pues yo estoy contigo» (Isa_43:5). Todos ellos temían el encargo de Dios, porque se daban cuenta de su flaqueza. No de otra manera María. La gracia de Dios la asistirá. Por medio de María toma Dios la iniciativa de llevar a término la historia de la salud. Has hallado gracia ante Dios. Dios es quien hace lo grande precisamente en los pequeños. «Cuando me siento débil, entonces soy fuerte» (2Co_12:10).

El poder de la gracia hará cosas asombrosas: Mira. El ángel anuncia para qué ha elegido Dios a María. Las palabras de la anunciación evocan la profecía con que el profeta Isaías anunció al Emmanuel («Dios con nosotros»): «Mira: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel» (Isa_7:14; cf. Mat_1:23).

Las palabras de la anunciación que se referían a Juan, fueron dirigidas a Zacarías y hacían referencia a la mujer. En la anunciación de Jesús se dirige el ángel solamente a María: ésta concebirá, dará a luz e impondrá el nombre. No se menciona ningún hombre, ni ningún padre. Se prepara el misterio de la concepción virginal.

Tú concebirás en el seno. ¿Por qué decir esto? Tampoco la Sagrada Escritura habla así. Sin embargo, el profeta Sofonías había dicho dos veces: El Señor en medio de ti. Esto se realizará de una manera nunca oída. Dios morará en el interior, en el seno de la virgen. Estará con ella (Emmanuel). María será el nuevo templo, la nueva ciudad santa, el pueblo de Dios, en medio del cual mora él.

El niño ha de llamarse Jesús. Dios fija este nombre, María lo impondrá. No se da explicación del nombre, como tampoco se explicó el nombre de Juan. Todo lo que se dice de ellos explica sus nombres. Dios quiere ser salvador por medio de Jesús: «El Señor, tu Dios, está en medio de ti como poderoso salvador» (Sof_3:17).

32 Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, 33 reinará por los siglos en la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin.

Juan será agrande a los ojos del Señor». Jesús es grande sin restricción y sin medida. Será llamado y será Hijo del Altísimo. El nombre reproduce el ser. El Altísimo es Dios. El poder del Altísimo envolverá a María en su sombra, por esto, su hijo se llamará Hijo de Dios.

En el niño que se anuncia se cumple la profecía que el profeta Natán hizo al rey David de parte de Dios, y que como estrella luminosa acompañó a Israel en su historia: «Cuando se cumplan tus días y te duermas con tus padres, suscitaré a tu linaje, después de ti, el que saldrá de tus entrañas, y afirmaré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y yo estableceré su trono para siempre. Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo... Permanente será tu casa y tu reino para siempre ante mi rostro, y tu trono estable por la eternidad» (2Sa_7:12-16). Jesús será soberano de la casa de David y a la vez Hijo de Dios. Su reinado permanecerá para siempre.

Reinará por los siglos en la casa de Jacob. En él se cumplirá lo que se dijo del siervo de Yahveh: «Poco es para mí que seas tú mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y reconducir a los supervivientes de Israel. Yo haré de ti luz de las naciones para llevar mi salvación hasta los confines de la tierra» (Isa_49:6). Jesús reunirá al pueblo de Dios, e incluso los gentiles; se le incorporarán. Fundará un reino que abarque el mundo, los pueblos y los tiempos.

34 Pero María preguntó al ángel: ¿Cómo va a ser esto, puesto que yo no conozco varón?

La respuesta al mensaje de Dios es una pregunta. Zacarías pregunta (Isa_1:18), y también María. Zacarías pregunta por un signo que le convenza de la verdad del mensaje; María cree en el mensaje sin preguntar por un signo. Zacarías creerá cuando vea resuelta su pregunta; María cree y sólo después busca solución a la pregunta que se le ofrece. La pregunta de María hace caer en la cuenta de la imposibilidad humana de conciliar maternidad y virginidad. María ha de ser madre, como lo ha comprendido por el mensaje del ángel: Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo. Pero al mismo tiempo es virgen: No conozco varón, no tengo relaciones conyugales. La pregunta de María sirve a la vez también de introducción a la explicación divina que ha de hallar este misterio (Isa_1:35). (…)

c) Concepción por gracia (Isa_1:35-38).

35 Y el ángel le respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te envolverá en su sombra; por eso, el que nacerá será santo, será llamado Hijo de Dios.

La acción de Dios es increíblemente nueva. Hasta aquí se trataba de personas ancianas y estériles, a las que se otorgó de manera maravillosa lo que la naturaleza sola no había sido capaz de lograr. Ahora se trata de una virgen que ha de ser madre sin ninguna cooperación humana. Jesús ha de recibir la vida «no de sangre (de varón y de mujer) ni de voluntad humana (de los instintos), ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Jua_1:13), de la virgen. En esta concepción y en esta acción de Dios se supera todo lo que hasta ahora había sucedido a los grandes de la historia sagrada: a Isaac, Sansón, Samuel, Juan Bautista. ¿Quién es Jesús?

El Espíritu Santo vendrá sobre ti. Fuerza divina, no fuerza humana, será la que active el seno materno de María. El Espíritu Santo es una fuerza que vivifica y ordena. «La tierra estaba confusa y vacía..., pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas» (Gen_1:2). «Si mandas tu hálito (tu espíritu) son creados (los vivientes)» (Sal_104:30). El milagro de la concepción virginal y sin padre, de Cristo, es la suprema revelación de la libertad creadora de Dios. Un nuevo patriarca surge por la libre acción creadora de Dios, pero con la cooperación de la vieja humanidad, por María. Jesús es Hijo de Dios como ningún otro (Sal_3:38).

El poder del Altísimo te envolverá en su sombra. La nube que oculta al sol, envuelve en sombras y es a la vez signo de fertilidad, porque encierra en sí la lluvia. Del tabernáculo en que se manifestaba Dios en el Antiguo Testamento se dice: «La nube cubrió el tabernáculo, y la gloria de Yahveh llenó la morada» (Exo_40:34). Cuando fue consagrado el templo en tiempos de Salomón, una nube lo envolvió: «Los sacerdotes no podían oficiar por causa de la nube, pues la gloria de Dios llenaba la casa» (1Re_8:11). La gloria de Dios es luz radiante y virtud activa. Dios no está inactivo en el templo, sino que mora en él desplegando su acción. La gloria de Dios, que es fuerza, llena a María y causa en ella la vida de Jesús. En Jesús se manifiesta la gloria de Dios mediante la encarnación que se produce de María. María es el nuevo templo, en el que Dios se manifiesta a su pueblo en Jesús, María es el tabernáculo de la manifestación en el que habita el Mesías, el signo de la presencia de Dios entre los hombres.

La concepción virginal por el espíritu y la virtud del Altísimo indica que Jesús, el que nacerá, será santo, Hijo de Dios. A Jesús se le llama santo (Hec_2:27), es el Santo de Dios (Hec_4:34). Jesús, en cuanto concebido y dado a luz gracias al Espíritu, es desde el principio, desde su misma concepción, poseedor del Espíritu. Juan poseyó el Espíritu desde el seno materno, los profetas y los «espirituales» son penetrados del Espíritu durante algún tiempo. Jesús supera a todos los portadores de Espíritu. Por el hecho de poseer el Espíritu desde el principio, puede también comunicar el Espíritu (Hec_24:49; Hec_2:33).

Jesús es llamado Hijo de Dios, y lo es. Por haber nacido gracias a la virtud del Altísimo, por eso es Hijo del Altísimo (Hec_1:32; Hec_8:28), Hijo de Dios. No es hijo de Dios como Adán es también hijo de Dios (Hec_3:38) mediante creación por Dios, sino por generación, no como los que aman, que reciben como gran recompensa ser hijos del Altísimo (Hec_6:35), sino desde el principio, desde la concepción.

36 Y ahí está tu parienta Isabel: también ella, en su vejez, ha concebido un hijo; ya está en el sexto mes la que llamaban estéril, 37 porque no hay nada imposible para Dios.

María, contrariamente a Zacarías, no pidió ningún signo que acreditara su mensaje, todavía más difícil de creer, sino que creyó sin signo alguno; pero Dios le otorgó un signo. Dios no exige una fe ciega. Apoya con un signo la buena voluntad de creer.

Dios da un signo que se acomoda a María. En aquel momento nada podía afectarle tanto, para nada tenía tanta comprensión como para la maternidad. También ha concebido Isabel, que era tenida por estéril. Éste es el sexto mes. Los signos de la maternidad son manifiestos, son signos de la maravillosa intervención divina.

No hay nada imposible para Dios (literalmente: «La palabra de Dios nunca carece de fuerza»). Lo que dice el ángel a María, lo dijo ya Dios a Abraham: «¿Por qué se ha reído Sara, diciéndose: De veras voy a parir, siendo tan vieja? ¿Hay algo imposible para Yahveh?» (Gen_18:13s). La palabra de Dios está cargada de fuerza, es eficaz. La fe de María se ve apoyada por el hecho salvífico efectuado en Isabel, por el testimonio de la Escritura acerca de Abraham. La entera historia de la salvación y la vida de la Iglesia es signo.

Desde Abraham e Isaac, pasando por Isabel y Juan, se extiende un arco que llega a María y Jesús. La fuerza que sostiene la historia de la salud y la acción salvadora de Dios, que comenzó en Abraham, alcanzó en Juan su cumbre veterotestamentaria y halló su consumación en Jesús, es siempre la palabra de Dios, que nunca carece de fuerza. Abraham recibe de Sara un hijo porque ha hallado gracia a los ojos de Dios (Gen_18:3). María recibe su hijo porque ha hallado gracia (Gen_1:30). María se reconoce hija de Abraham en la fe y en la gracia; en su hijo se cumplen todas las promesas, que se habían hecho a Abraham y a su descendencia (Gal_3:16).

María está emparentada con Isabel. Así también María debe descender de la tribu de Leví y estar emparentada con el sumo sacerdote Aarón. Jesús pertenece a la tribu de Leví por su descendencia de María, y por su posición jurídica es tenido por hijo de José y, por consiguiente, por descendiente de David (y de Judá). En los tiempos de Jesús estaba viva la esperanza de que vendrían dos Mesías: uno de la tribu de Leví, que sería sacerdote, y otro de la tribu de Judá, que sería rey. Sin embargo, el plan de Dios era que Jesús reuniera en su persona la dignidad sacerdotal y la regia. ¿Hasta qué punto pensaba Lucas en esto? En todo caso su imagen de Cristo tiene más rasgos sacerdotales que regios, su Cristo es salvador de los pobres, de los pecadores, de los afligidos...

38a Dijo entonces María: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

El mensaje de Dios ha sido transmitido, la reflexión de María ha cesado, el signo se ha ofrecido; ahora se aguarda la respuesta. Dios suscita anhelos, atrae, solicita, elimina resistencias, persuade, pero no fuerza nunca. María ha de dar su consentimiento con libre decisión.

Por el mensaje comprendió María la voluntad de Dios. Esta voluntad la cumple como esclava del Señor. La voluntad de Dios lo es para ella todo. La historia de la salvación comienza con el acto de obediencia de Abraham. El Señor le dijo: «Sal de tu tierra... para la tierra que yo te indicaré. Yo te haré un gran pueblo... Fuese Abraham conforme le había dicho Yahveh» (Gen_12:1-4). Según una tradición judía, dijo Dios a Abraham: «¡Abraham!». Y Abraham dijo: «Aquí está tu siervo». Desde el principio hasta el fin, los preceptos de Dios exigen obediencia. Cristo entró en el mundo con un acto de obediencia (Heb_10:5-7), y con un acto de obediencia salió de él (Flp_2:8). El hombre sólo puede lograr la salvación si obedece: «No todo el que me dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mat_7:21).

En la frase de María no hay ningún «yo». Dios lo es todo para María. El término y la consumación del tiempo de la salud bajo la soberanía de su Hijo tendrá lugar cuando Cristo, al que el padre lo ha sometido todo, lo someta todo a aquel que todo se lo ha sometido, de modo que «Dios lo sea todo en todos» (1Co_15:28).

38b Y el ángel se retiró de su presencia.

Las palabras se retiró enlazan los dos cuadros de las anunciaciones; en efecto, también de Zacarías se dice que se retiró a su casa (1Ma_1:23). Ambos cuadros tienen una estructura común, ambos invitan a la comparación por su semejanza y sus diferencias. En el comentario se ha procurado penetrar en ellas. De estas consideraciones resuena siempre una cosa: Jesús es el mayor.

Una vez que María expresó su obediencia, quedó terminada la misión del ángel. No se dice cómo se verificó la concepción. Ante lo más grande se recomienda el silencio. Lo que no expresó Lucas, lo formuló Juan en estas palabras: «Y la Palabra se hizo carne» (Jua_1:14).
(Stöger Alois, El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)

Notas
Según una antigua lectura reza así /Jn/01/13: «A todos los que lo recibieron, a todos los que creen en el nombre de aquel que no de sangre... sino de Dios nacieron, les dio potestad de llegar a ser hijos de Dios.» A pesar de los buenos testigos, esta lectura no parece ser genuina; en efecto, siendo la más fácil, no se explica cómo, a pesar de su alto valor apologético, no se ha impuesto frente a la otra lectura. Aun cuando el Evangelio de san Juan no se puede aducir como testimonio explícito del nacimiento virginal de Jesús, sin embargo, la complicada formulación de Jua_1:13 muestra que la filiación divina de los fieles por gracia tiene su modelo en el nacimiento virginal de Jesús.

La asociación de realeza y sacerdocio en una persona pertenece a los tiempos más antiguos. Se esperó también para el futuro. Según Exo_19:6, es Israel un «reino de sacerdotes y un pueblo santo». El profeta Zacarías recibe el encargo de coronar al sumo sacerdote Josué (Zac_6:5-14). La coronación del sumo sacerdote significa que se le confía el poder civil. En la época de los Macabeos se realiza esta asociación: «Los judíos y sacerdotes resolvieron instituir a Simón por príncipe y sumo sacerdote para siempre, mientras no aparezca un profeta digno de fe» (1Ma_14:41). Por influjo macabeo se halla esta asociación, ante todo, en el Testamento de los doce Patriarcas. En el judaísmo tardío distinguieron además, los textos de Qumrán y el documento de Damasco, entre un Mesías sacerdotal y un Mesías regio, un Mesías de la tribu de Leví y otro de la tribu de Judá, estando el Mesías regio subordinado al Mesías sacerdotal.


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Comentario Teológico:· San Juan Pablo II - María, la "llena de gracia"

1. En el relato de la Anunciación, la primera palabra del saludo del ángel ?Alégrate? constituye una invitación a la alegría que remite a los oráculos del Antiguo Testamento dirigidos a la hija de Sión. Lo hemos puesto de relieve en la catequesis anterior, explicando también los motivos en los que se funda esa invitación: la presencia de Dios en medio de su pueblo, la venida del rey mesiánico y la fecundidad materna. Estos motivos encuentran en María su pleno cumplimiento.

El ángel Gabriel, dirigiéndose a la Virgen de Nazaret, después del saludo "alégrate", la llama "llena de gracia". Esas palabras del texto griego: "alégrate" y "llena de gracia", tienen entre sí una profunda conexión: María es invitada a alegrarse sobre todo porque Dios la ama y la ha colmado de gracia con vistas a la maternidad divina.
La fe de la Iglesia y la experiencia de los santos enseñan que la gracia es la fuente de alegría y que la verdadera alegría viene de Dios. En María, como en los cristianos, el don divino es causa de un profundo gozo.

2. "Llena de gracia": esta palabra dirigida a María se presenta como una calificación propia de la mujer destinada a convertirse en la madre de Jesús. Lo recuerda oportunamente la constitución Lumen gentium, cuando afirma: "La Virgen de Nazaret es saludada por el ángel de la Anunciación, por encargo de Dios, como 'llena de gracia' " (n. 56).
El hecho de que el mensajero celestial la llame así confiere al saludo angélico un valor más alto: es manifestación del misterioso plan salvífico de Dios con relación a María. Como escribí en la encíclica Redemptoris Mater: "La plenitud de gracia indica la dádiva sobrenatural, de la que se beneficia María porque ha sido elegida y destinada a ser Madre de Cristo" (n. 9).

Llena de gracia es el nombre que María tiene a los ojos de Dios. En efecto, el ángel, según la narración del evangelista san Lucas, lo usa incluso antes de pronunciar el nombre de María, poniendo así de relieve el aspecto principal que el Señor ve en la personalidad de la Virgen de Nazaret.

La expresión "llena de gracia" traduce la palabra griega "kexaritomene", la cual es un participio pasivo. Así pues, para expresar con más exactitud el matiz del término griego, no se debería decir simplemente llena de gracia, sino "hecha llena de gracia" o "colmada de gracia", lo cual indicaría claramente que se trata de un don hecho por Dios a la Virgen. El término, en la forma de participio perfecto, expresa la imagen de una gracia perfecta y duradera que implica plenitud. El mismo verbo, en el significado de "colmar de gracia", es usado en la carta a los Efesios para indicar la abundancia de gracia que nos concede el Padre en su Hijo amado (cf. Ef 1, 6). María la recibe como primicia de la Redención (cf. Redemptoris Mater, 10).

3. En el caso de la Virgen, la acción de Dios resulta ciertamente sorprendente. María no posee ningún título humano para recibir el anuncio de la venida del Mesías. Ella no es el sumo sacerdote, representante oficial de la religión judía, y ni siquiera un hombre, sino una joven sin influjo en la sociedad de su tiempo. Además, es originaria de Nazaret, aldea que nunca cita el Antiguo Testamento y que no debía gozar de buena fama, como lo dan a entender las palabras de Natanael que refiere el evangelio de san Juan: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?" (Jn 1, 46).

El carácter extraordinario y gratuito de la intervención de Dios resulta aún más evidente si se compara con el texto del evangelio de san Lucas que refiere el episodio de Zacarías. Ese pasaje pone de relieve la condición sacerdotal de Zacarías, así como la ejemplaridad de vida, que hace de él y de su mujer Isabel modelos de los justos del Antiguo Testamento: "Caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor" (Lc 1, 6).

En cambio, ni siquiera se alude al origen de María. En efecto, la expresión "de la casa de David" (Lc 1, 27) se refiere sólo a José. No se dice nada de la conducta de María. Con esa elección literaria, san Lucas destaca que en ella todo deriva de una gracia soberana. Cuanto le ha sido concedido no proviene de ningún título de mérito, sino únicamente de la libre y gratuita predilección divina.

4. Al actuar así, el evangelista ciertamente no desea poner en duda el excelso valor personal de la Virgen santa. Más bien, quiere presentar a María como puro fruto de la benevolencia de Dios, quien tomó de tal manera posesión de ella, que la hizo, como dice el ángel, llena de gracia. Precisamente la abundancia de gracia funda la riqueza espiritual oculta en María.

En el Antiguo Testamento, Yahveh manifiesta la sobreabundancia de su amor de muchas maneras y en numerosas circunstancias. En María, en los albores del Nuevo Testamento, la gratuidad de la misericordia divina alcanza su grado supremo. En ella la predilección de Dios, manifestada al pueblo elegido y en particular a los humildes y a los pobres, llega a su culmen.

La Iglesia, alimentada por la palabra del Señor y por la experiencia de los santos, exhorta a los creyentes a dirigir su mirada hacia la Madre del Redentor y a sentirse como ella amados por Dios. Los invita a imitar su humildad y su pobreza, para que, siguiendo su ejemplo y gracias a su intercesión, puedan perseverar en la gracia divina que santifica y transforma los corazones.


La santidad perfecta de María

1. En María, llena de gracia, la Iglesia ha reconocido a la "toda santa, libre de toda mancha de pecado, (...) enriquecida desde el primer instante de su concepción con una resplandeciente santidad del todo singular" (Lumen gentium, 56).

Este reconocimiento requirió un largo itinerario de reflexión doctrinal, que llevó a la proclamación solemne del dogma de la Inmaculada Concepción.

El término "hecha llena de gracia" que el ángel aplica a María en la Anunciación se refiere al excepcional favor divino concedido a la joven de Nazaret con vistas a la maternidad anunciada, pero indica más directamente el efecto de la gracia divina en María, pues fue colmada, de forma íntima y estable, por la gracia divina y, por tanto, santificada. El calificativo "llena de gracia" tiene un significado densísimo, que el Espíritu Santo ha impulsado siempre a la Iglesia a profundizar.

2. En la catequesis anterior puse de relieve que en el saludo del ángel la expresión llena de gracia equivale prácticamente a un nombre: es el nombre de María a los ojos de Dios. Según la costumbre semítica, el nombre expresa la realidad de las personas y de las cosas a que se refiere. Por consiguiente, el título llena de gracia manifiesta la dimensión más profunda de la personalidad de la joven de Nazaret: de tal manera estaba colmada de gracia y era objeto del favor divino, que podía ser definida por esta predilección especial.

El Concilio recuerda que a esa verdad aludían los Padres de la Iglesia cuando llamaban a María la toda santa, afirmando al mismo tiempo que era "una criatura nueva, creada y formada por el Espíritu Santo" (Lumen gentium, 56).

La gracia, entendida en su sentido de gracia santificante que lleva a cabo la santidad personal, realizó en María la nueva creación, haciéndola plenamente conforme al proyecto de Dios.

3. Así, la reflexión doctrinal ha podido atribuir a María una perfección de santidad que, para ser completa, debía abarcar necesariamente el origen de su vida.

A esta pureza original parece que se refería un obispo de Palestina, que vivió entre los años 550 y 650, Theoteknos de Livias. Presentando a María como "santa y toda hermosa", "pura y sin mancha", alude a su nacimiento con estas palabras: "Nace como los querubines la que está formada por una arcilla pura e inmaculada" (Panegírico para la fiesta de la Asunción, 5-6).

Esta última expresión, recordando la creación del primer hombre, formado por una arcilla no manchada por el pecado, atribuye al nacimiento de María las mismas características: también el origen de la Virgen fue puro e inmaculado, es decir, sin ningún pecado. Además, la comparación con los querubines reafirma la excelencia de la santidad que caracterizó la vida de María ya desde el inicio de su existencia.

La afirmación de Theoteknos marca una etapa significativa de la reflexión teológica sobre el misterio de la Madre del Señor. Los Padres griegos y orientales habían admitido una purificación realizada por la gracia en María tanto antes de la Encarnación (san Gregorio Nacianceno, Oratio 38, 16) como en el momento mismo de la Encarnación (san Efrén, Javeriano de Gabala y Santiago de Sarug). Theoteknos de Livias parece exigir para María una pureza absoluta ya desde el inicio de su vida. En efecto, la mujer que estaba destinada a convertirse en Madre del Salvador no podía menos de tener un origen perfectamente santo, sin mancha alguna.

4. En el siglo VIII, Andrés de Creta es el primer teólogo que ve en el nacimiento de María una nueva creación. Argumenta así: "Hoy la humanidad, en todo el resplandor de su nobleza inmaculada, recibe su antigua belleza. Las vergüenzas del pecado habían oscurecido el esplendor y el atractivo de la naturaleza humana; pero cuando nace la Madre del Hermoso por excelencia, esta naturaleza recupera, en su persona, sus antiguos privilegios, y es formada según un modelo perfecto y realmente digno de Dios. (...) Hoy comienza la reforma de nuestra naturaleza, y el mundo envejecido, que sufre una transformación totalmente divina, recibe las primicias de la segunda creación" (Sermón I, sobre el nacimiento de María).

Más adelante, usando la imagen de la arcilla primitiva, afirma: "El cuerpo de la Virgen es una tierra que Dios ha trabajado, las primicias de la masa adamítica divinizada en Cristo, la imagen realmente semejante a la belleza primitiva, la arcilla modelada por las manos del Artista divino" (Sermón I, sobre la dormición de María).

La Concepción pura e inmaculada de María aparece así como el inicio de la nueva creación. Se trata de un privilegio personal concedido a la mujer elegida para ser la Madre de Cristo, que inaugura el tiempo de la gracia abundante, querido por Dios para la humanidad entera.
Esta doctrina, recogida en el mismo siglo VIII por san Germán de Constantinopla y por san Juan Damasceno, ilumina el valor de la santidad original de María, presentada como el inicio de la redención del mundo.

De este modo, la reflexión eclesial ha recibido y explicitado el sentido auténtico del título llena de gracia, que el ángel atribuye a la Virgen santa. María está llena de gracia santificante, y lo está desde el primer momento de su existencia. Esta gracia, según la carta a los Efesios (Ef 1, 6), es otorgada en Cristo a todos los creyentes. La santidad original de María constituye el modelo insuperable del don y de la difusión de la gracia de Cristo en el mundo.


La Inmaculada Concepción

1. En la reflexión doctrinal de la Iglesia de Oriente, la expresión llena de gracia, como hemos visto en las anteriores catequesis, fue interpretada, ya desde el siglo VI, en el sentido de una santidad singular que reina en María durante toda su existencia. Ella inaugura así la nueva creación.
Además del relato lucano de la Anunciación, la Tradición y el Magisterio han considerado el así llamado Protoevangelio (Gn 3, 15) como una fuente escriturística de la verdad de la Inmaculada Concepción de María. Ese texto, a partir de la antigua versión latina: "Ella te aplastará la cabeza", ha inspirado muchas representaciones de la Inmaculada que aplasta a la serpiente bajo sus pies.

Ya hemos recordado con anterioridad que esta traducción no corresponde al texto hebraico, en el que quien pisa la cabeza de la serpiente no es la mujer, sino su linaje, su descendiente. Ese texto, por consiguiente, no atribuye a María, sino a su Hijo la victoria sobre Satanás. Sin embargo, dado que la concepción bíblica establece una profunda solidaridad entre el progenitor y la descendencia, es coherente con el sentido original del pasaje la representación de la Inmaculada que aplasta a la serpiente, no por virtud propia sino de la gracia del Hijo.

2. En el mismo texto bíblico, además, se proclama la enemistad entre la mujer y su linaje, por una parte, y la serpiente y su descendencia, por otra. Se trata de una hostilidad expresamente establecida por Dios, que cobra un relieve singular si consideramos la cuestión de la santidad personal de la Virgen. Para ser la enemiga irreconciliable de la serpiente y de su linaje, María debía estar exenta de todo dominio del pecado. Y esto desde el primer momento de su existencia.

A este respecto, la encíclica Fulgens corona, publicada por el Papa Pío XII en 1953 para conmemorar el centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, argumenta así: "Si en un momento determinado la santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese período de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre" (AAS 45 , 579).

La absoluta enemistad puesta por Dios entre la mujer y el demonio exige, por tanto, en María la Inmaculada Concepción, es decir, una ausencia total de pecado, ya desde el inicio de su vida. El Hijo de María obtuvo la victoria definitiva sobre Satanás e hizo beneficiaria anticipadamente a su Madre, preservándola del pecado. Como consecuencia, el Hijo le concedió el poder de resistir al demonio, realizando así en el misterio de la Inmaculada Concepción el más notable efecto de su obra redentora.

3. El apelativo llena de gracia y el Protoevangelio, al atraer nuestra atención hacia la santidad especial de María y hacia el hecho de que fue completamente librada del influjo de Satanás, nos hacen intuir en el privilegio único concedido a María por el Señor el inicio de un nuevo orden, que es fruto de la amistad con Dios y que implica, en consecuencia, una enemistad profunda entre la serpiente y los hombres.
Como testimonio bíblico en favor de la Inmaculada Concepción de María, se suele citar también el capítulo 12 del Apocalipsis, en el que se habla de la "mujer vestida de sol" (Ap 12, 1). La exégesis actual concuerda en ver en esa mujer a la comunidad del pueblo de Dios, que da a luz con dolor al Mesías resucitado. Pero, además de la interpretación colectiva, el texto sugiere también una individual, cuando afirma: "La mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro" (Ap 12, 5). Así, haciendo referencia al parto, se admite cierta identificación de la mujer vestida de sol con María, la mujer que dio a luz al Mesías. La mujer-comunidad está descrita con los rasgos de la mujer-Madre de Jesús.

Caracterizada por su maternidad, la mujer "está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz" (Ap 12, 2). Esta observación remite a la Madre de Jesús al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25), donde participa, con el alma traspasada por la espada (cf. Lc 2, 35), en los dolores del parto de la comunidad de los discípulos. A pesar de sus sufrimientos, está vestida de sol, es decir, lleva el reflejo del esplendor divino, y aparece como signo grandioso de la relación esponsal de Dios con su pueblo.

Estas imágenes, aunque no indican directamente el privilegio de la Inmaculada Concepción, pueden interpretarse como expresión de la solicitud amorosa del Padre que llena a María con la gracia de Cristo y el esplendor del Espíritu.

Por último, el Apocalipsis invita a reconocer más particularmente la dimensión eclesial de la personalidad de María: la mujer vestida de sol representa la santidad de la Iglesia, que se realiza plenamente en la santísima Virgen, en virtud de una gracia singular.

4. A esas afirmaciones escriturísticas, en las que se basan la Tradición y el Magisterio para fundamentar la doctrina de la Inmaculada Concepción, parecerían oponerse los textos bíblicos que afirman la universalidad del pecado.

El Antiguo Testamento habla de un contagio del pecado que afecta a "todo nacido de mujer" (Sal 50, 7; Jb 14, 2). En el Nuevo Testamento, san Pablo declara que, como consecuencia de la culpa de Adán, "todos pecaron" y que "el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación" (Rm 5, 12. 18). Por consiguiente, como recuerda el Catecismo de la Iglesia católica, el pecado original "afecta a la naturaleza humana", que se encuentra así "en un estado caído". Por eso, el pecado se transmite "por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales" (n. 404). San Pablo admite una excepción de esa ley universal: Cristo, que "no conoció pecado" (2 Cor 5, 21) y así pudo hacer que sobreabundara la gracia "donde abundó el pecado" (Rm 5, 20).

Estas afirmaciones no llevan necesariamente a concluir que María forma parte de la humanidad pecadora. El paralelismo que san Pablo establece entre Adán y Cristo se completa con el que establece entre Eva y María: el papel de la mujer, notable en el drama del pecado, lo es también en la redención de la humanidad.

San Ireneo presenta a María como la nueva Eva que, con su fe y su obediencia, contrapesa la incredulidad y la desobediencia de Eva. Ese papel en la economía de la salvación exige la ausencia de pecado. Era conveniente que, al igual que Cristo, nuevo Adán, también María, nueva Eva, no conociera el pecado y fuera así más apta para cooperar en la redención.

El pecado, que como torrente arrastra a la humanidad, se detiene ante el Redentor y su fiel colaboradora. Con una diferencia sustancial: Cristo es totalmente santo en virtud de la gracia que en su humanidad brota de la persona divina; y María es totalmente santa en virtud de la gracia recibida por los méritos del Salvador.
(San Juan Pablo II, Audiencias Generales de los días miércoles 8 de mayo, miércoles 15 de mayo y miércoles 29 de mayo de 1996)


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Santos Padres: San Juan Damasceno - La Natividad de la Virgen María (nº 3.6.7.9.10.12)

El Verbo, el brazo poderoso del Dios Altísimo, se construyó una escala viviente, cuya base está plantada en tierra y cuya cima se eleva hasta el cielo; sobre ella reposa Dios; ella es la que Jacob contempló en figura; por ella Dios descendió en su inmovilidad, o más bien se inclinó, condescendiente, y así se dejó ver en la tierra y vivió entre los hombres. Porque estos símbolos representan su venida al mundo, su abajamiento misericordioso, su existencia terrena, el verdadero conocimiento de sí mismo dado a los que están en la tierra.

La escala espiritual, la Virgen, está plantada en la tierra porque de la tierra procede, pero su cabeza se eleva hasta el cielo. La cabeza de la mujer, en efecto, es el hombre; pero para ella que no conoció varón, Dios Padre tomó el lugar de cabeza suya; por el Espíritu Santo él estableció una alianza y, a modo de semilla divina y espiritual, envió a su Hijo, su Verbo. En virtud del beneplácito del Padre, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, no por una unión natural, sino por el Espñiritu Santo y la Virgen María, lo que está por encima de las leyes de la naturaleza. ¡Compréndalo el que pueda! ¡El que tiene oídos para oír, que oiga!...

María es el monte resplandeciente del Señor, que sobrepasa y trasciende toda colina y toda montaña, es decir, la altura de los ángeles y de los hombres; de ella, sin intervención de mano de hombre, ha querido desprenderse Cristo, la piedra angular.

¡Montaña de Dios, montaña de abundancia! Montaña opulenta, montaña que Dios se ha dignado elegir por morada. Cima más santa que el Sinaí, a la que no cubren ni nube, ni tiniebla, ni tempestad, ni fuego terrible, sino el brillo luminoso del Espíritu Santo. Allí la Palabra de Dios había escrito la ley sobre tablas de piedra, por el Espíritu, dedo de Dios; aquí, por la acción del Espíritu Santo y por la sangre de María, la Palabra misma se ha encarnado y se ha dado a nuestra naturaleza como remedio más eficaz de salvación. Allí, el maná; aquí, el que dio el maná y su dulzura.

Que la morada famosa de Moisés construyó en el desierto con materiales precisos de toda especie, y antes que ella la morada de nuestro padre Abraham, se eclipsen ante la morada de Dios, viviente y espiritual. Esta fue la morada no sólo del poder divino, sino de la persona del Hijo que es Dios, sustancialmente presente.

Que el arca toda recubierta de oro reconozca que nada tiene comparable con ella, como tampoco la urna de oro del maná, el candelabro, la mesa y todos los objetos del culto antiguo; ellos fueron honrados porque la prefiguraban, como sombras del verdadero prototipo.

¡Hija siempre virgen, que pudiste concebir sin intervención humana! Porque el que concebiste tiene un Padre eterno. Hija de la raza humana, que llevaste al creador en tus brazos divinamente maternales. Realmente eres más preciosa que toda la creación, porque en ti sola el Creador recibió las primicias de nuestra naturaleza humana. Su carne fue hecha de tu carne, su sangre, de tu sangre; Dios se alimentó de tu leche, y tus labios tocaron los labios de Dios. ¡Maravillas incomprensibles e inefables!

En la presciencia de tu dignidad, el Dios del universo te amó; porque te amó te predestinó y en los últimos tiempos te llamó a la existencia y te hizo madre, para engendrar a un Dios y alimentar a su propio Hijo, su Verbo.

Mujer, enteramente amable, ¡tres veces bienaventurada! "Tú eres bendita entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre." Mujer, hija del rey David y Madre de Dios, el Rey Universal. Obra maestra, divina y viviente en la cual se gozó el Dios Creador, cuyo espíritu, regido por Dios, está atento sólo a Dios, cuyo deseo se dirige solamente a lo que es deseable y contra aquél que lo engendró.

Tú tienes una vida superior a la naturaleza; porque no la tienes para ti, ya que tampoco naciste para ti. La tienes para Dios; a causa de él viniste a la vida, a causa de él sirves a la salvación universal, para que se realice por ti el designio antiguo de Dios, que es la encarnación del verbo y nuestra divinización. Tu apetito es alimentarte de las palabras divinas y fortificarte con su savia, como olivo fértil en la casa de Dios, como el árbol plantado junto a las corrientes de las aguas del Espíritu, como el árbol de la vida que dio su fruto en el tiempo señalado: el Dios encarnado, vida eterna de todos los seres. Tú conservas todo pensamiento vivificante y útil para el alma; pero todo pensamiento superfluo que sería perjudicial para el alma, lo rechazas antes de gustarlo. Tus ojos están siempre dirigidos al Señor mirando la luz eterna e inaccesible. Tus oídos escuchan la palabra divina y se deleitan con la cítara del Espíritu; por ellos entró la Palabra para encarnarse. Tu nariz respira con delicia los perfumes del Esposo que es él mismo un perfume derramado espontáneamente para ungir su humanidad: "Tu nombre es un ungüento derramado" dice la Escritura. Tus labios alaban al Señor, y están adheridos a sus labios. Tu lengua y tu paladar disciernen las palabras de Dios y se sacian de la suavidad divina. ¡Corazón puro y sin mancha, que ve y desea al Dios sin mancha!

En este seno el Ser ilimitado ha venido a morar; de su leche, Dios, el Niño Jesús, se ha alimentado. ¡Puerta de Dios, siempre virginal! Tus manos sostienen a Dios, y tus rodillas son un trono más elevado que los querubines; por ellas fueron fortalecidas las manos debilitadas y las rodillas vacilantes. Tus pies, guiados por la Ley de Dios como por una lámpara brillante, corren tras él sin volverse atrás, hasta que hayan atraído al Amado hacia la amada.

En todo tu ser, María es la cámara nupcial del Espíritu, la ciudad del Dios vivo, a la que alegran los canales del río, es decir las olas caudalosas de los carismas del Espíritu; toda hermosa, enteramente cercana a Dios. Porque está por encima de los querubines y se eleva sobre los serafines, más próxima a Dios que ellos.

Maravilla que sobrepasa todas las maravillas; una mujer está colocada más alto que los serafines, porque Dios apareció un poco inferior a los ángeles. Calle el sabio Salomón, y no diga ya: "No hay nada nuevo bajo el sol."

Virgen llena de la gracia divina, templo santo de Dios, que el Salomón según el Espíritu el príncipe de la paz, construyó y habita; note embellecen el oro y las piedras inanimadas, sino que, mejor que el oro, el Espíritu es tu esplendor. Por piedras tienes la perla preciosa por excelencia, Cristo, la brasa de la divinidad. Suplícale que toque nuestros labios para que, purificados, le cantemos con el Padre y el Espíritu, exclamando: "Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos..."

¡Oh soberana! recibe con agrado la palabra de un siervo pecador pero abrasado de amor, para quien tú eres la única esperanza de alegría, la protectora de la vida y, junto a tu Hijo, la reconciliación y la firme garantía de salvación. Aparta la carga de mis pecados, disipa la nueve que oscurece mi espíritu y el peso que me arrastra hacia la materia. Aparta las tentaciones, gobierna felizmente mi vida y condúceme de la mano hasta la felicidad del cielo. Concede al mundo la paz, y a todos los habitantes cristianos de esta ciudad, una alegría perfecta y la salvación eterna, por las oraciones de todo el cuerpo de la Iglesia. Así sea, así sea.

"Salve, llena de gracia, el Señor está contigo; tú eres bendita entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre", Jesucristo, el Hijo de Dios. A él la gloria, con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos infinitos. Amén


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Aplicación: P. Alfredo Sáenz, SJ.. - La Inmaculada Concepción

Acabamos de escuchar, una vez más, amados hermanos, el relato de la Anunciación, y al recordarlo no pudimos dejar de experimentar, como siempre, una profunda emoción religiosa. ¡Tantos y tan grandes misterios contenidos en esas pocas líneas! La redención del género humano que podrá así volver a Dios, la encarnación del Verbo Eterno que hará posible esta reconciliación, el amor inefable de la Trinidad cuyas tres personas conspiran al unísono para que la triste situación de la humanidad encuentre su camino de retorno, y finalmente, y es lo que hoy suscita principalmente nuestra admiración, las condiciones mismas de quien, a partir de ahora, será llamada la Madre de Dios. Al saludar a María Santísima, el arcángel Gabriel la llama "llena de gracia" y este título, que alude a su santidad única, irrepetible y mayor que la de ninguna otra creatura, nos pone frente al misterio que hoy celebramos: María es, a los ojos de Dios, la toda pura y bella, el alma que ha recibido, antes que ninguna otra, el efecto santificador de los méritos de Jesucristo, que la preserva de toda mancha de pecado, de toda sombra de imperfección. Extasiados ante tanta belleza espiritual, queremos hacernos eco del saludo del arcángel, recordando las inspiradas palabras de San Jerónimo: "En verdad que es llena de gracia, porque a los demás se da con medida, pero en María se derramó al mismo tiempo toda la plenitud de la gracia. Verdaderamente es llena de gracia aquella por la cual toda criatura fue inundada con la lluvia abundante del Espíritu Santo".

Indaguemos, con la ayuda del Señor, algunos de los motivos de este singular privilegio. Resulta congruente que Dios, cuando desde toda la eternidad decretó hacerse hombre en el seno de una mujer, haya querido para su madre lo mejor. Por eso la soñó intacta del amor humano por el privilegio de la virginidad e invicta también de las consecuencias del mal moral por la gracia de la redención anticipada. El seno elegido para dar cabida al Dios hecho hombre, debía estar en un cuerpo y alma purísimos desde el primer instante de su existencia. ¿Podría acaso el Verbo Encamado ofrecer al demonio las primicias de aquel santuario para que reinara allí por el pecado, aunque más no fuera por un solo instante? ¿Podría acaso contentarse Jesucristo con tomar para sí los despojos que le dejase Satanás? ¿Convenía acaso que la que debía aplastar la cabeza de la serpiente infernal estuviese un solo instante bajo su imperio? Respondemos con un rotundo no a estos interrogantes.

Para asociarla efectivamente a la Encarnación y hacerla Madre de su propio Hijo, Dios Padre necesitaba una mujer que, desde el origen de su existencia, hubiera sido enriquecida con una santidad verdaderamente refulgente. También Dios Hijo, al elegir a su propia Madre, debía mostrar para ella el amor del mejor de los hijos, de un hijo que quiere hacer a su madre todo el bien posible, admitiéndola a la participación de sus tesoros y de sus riquezas; por eso desde el primer instante de la concepción la adornó con la más alta pureza y santidad, no borrando una mancha ya contraída sino preservándola de todo pecado. Dios Espíritu Santo, por su parte, para formar en María al Verbo Encarnado y así elevarla a la dignidad de Esposa suya, requería una creatura que siempre hubiera sido perfectamente santa; no bastando para ello los dones correspondientes a los demás hombres, desde toda la eternidad se decidió llevar a cabo este privilegio que enriquecería a María con todas las gracias imaginables y la elevaría a una santidad muy superior a la de todos los ángeles y santos juntos: "Toda hermosa eres, María, y no hay mancha en ti", como le canta la Iglesia.

Pero la Inmaculada Concepción, con ser un océano de gracia y bondad, no es un punto de llegada sino de partida. María no vio en este privilegio sino un motivo para elevarse a mayor altura, fructificando de manera extraordinaria los admirables talentos recibidos, creciendo a cada momento de perfección en perfección. Subió sin detenerse, dejando detrás suyo el brillo de su santidad siempre nueva y el perfume extraordinario de sus virtudes. En las almas comunes, como las nuestras, la gracia tiene que luchar con la oposición al bien y con la tendencia al mal, que traemos al nacer, fruto del pecado original. En María Inmaculada, en cambio, lejos de hallar obstáculos, la gracia encontró todos los canales del alma abiertos para recibirla, se extendió, se dilató e hizo brotar y crecer todas las virtudes de un modo inigualable.

Admirando este espejo de santidad, congratulémonos hoy con nuestra Madre y encomendémonos a la intercesión de aquella que no en vano ha sido llamada la omnipotencia suplicante. María es el acueducto que, recibiendo la plenitud de la misma fuente del corazón del Padre, nos la franqueó a nosotros. Con todo el afecto de nuestro corazón y con todos los anhelos de nuestra voluntad, veneremos a Nuestra Señora, porque ésta es la voluntad de aquel Señor que quiso que todo lo recibiéramos por María, según no dice San Bernardo.

Así como Dios ha puesto en el corazón de las madres cierta "debilidad", por la que sus hijos obtienen más fácilmente lo que desean, hay también en María Santísima una disposición especial para favorecer a los que acuden a ella en sus necesidades. El modo más fácil y pronto de obtener de Dios las gracias que necesitamos es hacerla a Ella portavoz de nuestros pedidos. "Acordaos oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de cuantos han acudido a vuestra protección, invocando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro, haya sido abandonado de vos", reza la secular súplica mariana del "Memorare". Recurramos confiadamente a Nuestra Señora, para triunfar de las tentaciones, para recuperar la paz cuando estemos turbados, para no desfallecer en el camino de la virtud y del bien. La más poderosa abogada que podamos tener en el orden de la gracia nos asegura su protección maternal para recorrer la áspera senda que conduce al cielo.

Pero María Santísima no es sólo intercesora nuestra sino también modelo acabado de santidad. Su fe intrépida su caridad ardiente, su fortaleza indoblegable y todas las virtdes vividas por Ella hasta el heroísmo, han de ser para nosotros ejemplos orientadores en nuestra vida espiritual. Cuando el sacrificio que supone la fidelidad a la voluntad de Dios parezca ya insoportable y veamos cercano el peligro de ceder, levantemos los ojos a la "llena de gracia", y enaltecidos por el ejemplo de Bien ya llegó a la cumbre, continuemos animosos la subida a las auras de la santidad.

Vamos ahora a continuar el Santo Sacrificio de la Misa donde el Verbo Encarnado bajará a la Hostia como descendiera antaño al seno de Nuestra Señora en Nazaret. Más todavía, se nos entregará en la Santa Comunión para que también nosotros le brindemos el albergue que recibió de su Madre, transformándonos también por unos momentos en el arca de la nueva alianza. Pidamos a María Santísima que transforme nuestra alma para hacerla lo menos indigna posible de recibir al Señor. Si la Madre de Dios hubo de ser tan santa y pura para recibir en su seno al Verbo Encarnado, cuánta gracia e inocencia deberemos exhibir los que recibimos la comunión no una vez, sino munas veces en la vida, y cuánto deberemos agradecer la intercesión santificadora de la Santísima Virgen, que dispondrá nuestra alma del mejor modo posible para el encuentro con el Señor.
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 327-330)


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Aplicación: Benedicto XVI - La Inmaculada Concepción

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy celebramos una de las fiestas de la santísima Virgen más bellas y populares: la Inmaculada Concepción. María no sólo no cometió pecado alguno, sino que fue preservada incluso de la herencia común del género humano que es la culpa original, por la misión a la que Dios la destinó desde siempre: ser la Madre del Redentor.

Todo esto está contenido en la verdad de fe de la "Inmaculada Concepción". El fundamento bíblico de este dogma se encuentra en las palabras que el ángel dirigió a la joven de Nazaret: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" ( Lc 1, 28).

"Llena de gracia" —en el original griego kecharitoméne — es el nombre más hermoso de María, un nombre que le dio Dios mismo para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la elegida, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, "el amor encarnado de Dios" (Deus caritas est, 12).

Podemos preguntarnos: ¿por qué entre todas las mujeres Dios escogió precisamente a María de Nazaret? La respuesta está oculta en el misterio insondable de la voluntad divina. Sin embargo, hay un motivo que el Evangelio pone de relieve: su humildad. Lo subraya bien Dante Alighieri en el último canto del "Paraíso": "Virgen Madre, hija de tu Hijo, la más humilde y más alta de todas las criaturas, término fijo del designio eterno" (Paraíso XXXIII, 1-3). Lo dice la Virgen misma en el Magníficat, su cántico de alabanza: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, (...) porque ha mirado la humildad de su esclava" (Lc 1, 46. 48). Sí, Dios quedó prendado de la humildad de María, que encontró gracia a sus ojos (cf. Lc 1, 30). Así llegó a ser la Madre de Dios, imagen y modelo de la Iglesia, elegida entre los pueblos para recibir la bendición del Señor y difundirla a toda la familia humana.

Esta "bendición" es Jesucristo. Él es la fuente de la gracia, de la que María quedó llena desde el primer instante de su existencia. Acogió con fe a Jesús y con amor lo donó al mundo. Esta es también nuestra vocación y nuestra misión, la vocación y la misión de la Iglesia: acoger a Cristo en nuestra vida y donarlo al mundo "para que el mundo se salve por él" ( Jn 3, 17).

Queridos hermanos y hermanas, la fiesta de la Inmaculada ilumina como un faro el período de Adviento, que es un tiempo de vigilante y confiada espera del Salvador. Mientras salimos al encuentro de Dios que viene, miramos a María que "brilla como signo de esperanza segura y de consuelo para el pueblo de Dios en camino" (Lumen gentium , 68). Con esta certeza os invito a uniros a mí cuando, por la tarde, renueve en la plaza de España el tradicional homenaje a esta dulce Madre por gracia y de la gracia. A ella nos dirigimos ahora con la oración que recuerda el anuncio del ángel.
(Solemnidad de la Inmaculada Concepción, Viernes 8 de diciembre de 2006)


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Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

1.- Celebramos hoy la fiesta de la INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA.

2.- El dogma de la INMACULADA CONCEPCIÓN fue definido por el Papa Pío IX el 8 de diciembre del año 1854.

3.- El que se haya definido en el siglo XIX no significa que entonces haya empezado a ser verdad. Era verdad desde siempre, pero al definirse empezó a ser verdad obligatoria.

4.- Como una estrella que hoy descubren los astrónomos. La estrella existía desde antes, pero hasta hoy no la hemos conocido.

5.- Antes de la definición era una verdad opinable. Había teólogos que no lo veían claro. Si María no tenía pecado, ¿cómo pudo ser redimida por Cristo?

6.- Pero la explicación vino con la REDENCIÓN PREVENTIVA: Dios la preservó de todo pecado porque iba a ser su Madre.

7.- El pueblo español lo creía mucho antes de que se declarara dogma de fe.

8.- Calderón de la Barca tiene una obra de Teatro muy intuitiva: un jardinero (Jesús) está cultivando unas plantas en un jardín donde hay un pozo muy grande sin brocal. Aparecen en el escenario varios personajes, uno detrás de otro, con los ojos vendados; y todos dando vueltas por el jardín, terminan cayéndose al pozo. Pero aparece una joven bellísima, también con los ojos vendados, pero el jardinero acude en su ayuda y la guía para que no caiga en el pozo, como todos los anteriores.

9.- El pueblo español cantaba, antes de que fuera dogma: ¿Quiso y no pudo? No es Dios. ¿Pudo y no quiso? No es hijo. Digamos, pues, que pudo y quiso.

10.- María nos da ejemplo de virtud. Nosotros debemos imitarla. Si no podemos llegar tan alto como ella, pero al menos procurar ascender.

11.- Se cuenta de un alpinista que había coronado todas las cumbres, y ya no le quedaba ninguna por escalar. Empezó a entristecerse porque ya no tenía más ideales. Pero descubrió que el ideal no es sólo llegar a la cumbre, también lo es poder escalar. Y recobró la ilusión subiendo a otras montañas.

12.-Nosotros debemos estar ascendiendo continuamente hacia la perfección. La cumbre de la perfección está tan alta que no la alcanzaremos, pero hay que ascender.


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Directorio Homilético: Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Beata Virgen María

CEC 411, 489-493, 722, 2001, 2853: la preparación de Dios, la Inmaculada Concepción

410 Tras la caída, el hombre no fue abandonado por Dios. Al contrario, Dios lo llama (cf. Gn 3,9) y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída (cf. Gn 3,15). Este pasaje del Génesis ha sido llamado "Protoevangelio", por ser el primer anuncio del Mesías redentor, anuncio de un combate entre la serpiente y la Mujer, y de la victoria final de un descendiente de ésta.

411 La tradición cristiana ve en este pasaje un anuncio del "nuevo Adán" (cf. 1 Co 15,21-22.45) que, por su "obediencia hasta la muerte en la Cruz" (Flp 2,8) repara con sobreabundancia la descendencia de Adán (cf. Rm 5,19-20). Por otra parte, numerosos Padres y doctores de la Iglesia ven en la mujer anunciada en el "protoevangelio" la madre de Cristo, María, como "nueva Eva". Ella ha sido la que, la primera y de una manera única, se benefició de la victoria sobre el pecado alcanzada por Cristo: fue preservada de toda mancha de pecado original (cf. Pío IX: DS 2803) y, durante toda su vida terrena, por una gracia especial de Dios, no cometió ninguna clase de pecado (cf. Cc. de Trento: DS 1573).

489 A lo largo de toda la Antigua Alianza, la misión de María fue preparada por la misión de algunas santas mujeres. Al principio de todo está Eva: a pesar de su desobediencia, recibe la promesa de una descendencia que será vencedora del Maligno (cf. Gn 3, 15) y la de ser la Madre de todos los vivientes (cf. Gn 3, 20). En virtud de esta promesa, Sara concibe un hijo a pesar de su edad avanzada (cf. Gn 18, 10-14; 21,1-2). Contra toda expectativa humana, Dios escoge lo que era tenido por impotente y débil (cf. 1 Co 1, 27) para mostrar la fidelidad a su promesa: Ana, la madre de Samuel (cf. 1 S 1), Débora, Rut, Judit, y Ester, y muchas otras mujeres. María "sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de él con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación" (LG 55).


La Inmaculada Concepción

490 Para ser la Madre del Salvador, María fue "dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante" (LG 56). El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como "llena de gracia" (Lc 1, 28). En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios

491 A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María "llena de gracia" por Dios (Lc 1, 28) había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX:

... la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano (DS 2803).

492 Esta "resplandeciente santidad del todo singular" de la que ella fue "enriquecida desde el primer instante de su concepción" (LG 56), le viene toda entera de Cristo: ella es "redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo" (LG 53). El Padre la ha "bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. El la ha elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor (cf. Ef 1, 4).

493 Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios "la Toda Santa" ("Panagia"), la celebran como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura" (LG 56). Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.

722 El Espíritu Santo preparó a María con su gracia . Convenía que fuese "llena de gracia" la madre de Aquél en quien "reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente" (Col 2, 9). Ella fue concebida sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de todas las criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente. Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la "Hija de Sión": "Alégrate" (cf. So 3, 14; Za 2, 14). Cuando ella lleva en sí al Hijo eterno, es la acción de gracias de todo el Pueblo de Dios, y por tanto de la Iglesia, esa acción de gracias que ella eleva en su cántico al Padre en el Espíritu Santo (cf. Lc 1, 46-55).

2001 La preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra de la gracia. Esta es necesaria para suscitar y sostener nuestra colaboración a la justificación mediante la fe y a la santificación mediante la caridad. Dios acaba en nosotros lo que él mismo comenzó, "porque él, por su operación, comienza haciendo que nosotros queramos; acaba cooperando con nuestra voluntad ya convertida" (S. Agustín, grat. 17):

Ciertamente nosotros trabajamos también, pero no hacemos más que trabajar con Dios que trabaja. Porque su misericordia se nos adelantó para que fuésemos curados; nos sigue todavía para que, una vez curados, seamos vivificados; se nos adelanta para que seamos llamados, nos sigue para que seamos glorificados; se nos adelanta para que vivamos según la piedad, nos sigue para que vivamos por siempre con Dios, pues sin él no podemos hacer nada (S. Agustín, nat. et grat. 31).

2853 La victoria sobre el "príncipe de este mundo" (Jn 14, 30) se adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo está "echado abajo" (Jn 12, 31; Ap 12, 11). "El se lanza en persecución de la Mujer" (cf Ap 12, 13-16), pero no consigue alcanzarla: la nueva Eva, "llena de gracia" del Espíritu Santo es preservada del pecado y de la corrupción de la muerte (Concepción inmaculada y Asunción de la santísima Madre de Dios, María, siempre virgen). "Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos" (Ap 12, 17). Por eso, el Espíritu y la Iglesia oran: "Ven, Señor Jesús" (Ap 22, 17. 20) ya que su Venida nos librará del Maligno.

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Ejemplos

La Inmaculada Concepción

Discutían dos amigos sobre los privilegios de la Virgen María. Uno de ellos manifestaba:
– Lo de la Inmaculada Concepción es una tontería. La Virgen no es un ángel, es una mujer.
– Está bien –dice su compañero-: Y, seguramente, tampoco creerás que tú naciste con el pecado original.
– Por supuesto. ¿Cómo voy a nacer con pecado sin ninguna culpa por mi parte?
– ¿Te das cuenta de la conclusión a la que llegas?. No crees en la Inmaculada Concepción de la Virgen María y crees en tu inmaculada concepción.

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