CAPÍTULO VII. DE LA LECCIÓN

Concluida la preparación, se sigue luego la lección de lo que se ha de meditar en la oración. La cual no ha de ser apresurada ni corrida, sino atenta y sosegada; aplicando a ella no sólo el entendimiento para entender lo que se lee, sino mucho más la voluntad para gustar lo que se entiende. Y cuando hallare algún paso devoto, deténgase algo más en él para mejor sentirlo; y no sea muy larga la lección, porque se dé más tiempo a la meditación, que es tanto de mayor provecho, cuanto rumia y penetra las cosas más despacio y con más afectos; pero cuando tuviere el corazón tan distraído que no pueda entrar en la oración, puédese detener algo más en la lección, o ayuntar en uno la lección con la meditación, leyendo un paso y meditando sobre él, y luego otro de la misma manera; porque yendo de esta manera atado el entendimiento a las palabras de la lección, no tiene tanto lugar de derramarse por diversas partes como cuando va libre y suelto. Aunque mejor sería pelear en desechar los pensamientos y perseverar y luchar (como otro Jacob toda la noche) en el trabajo de la oración. Porque al fin, acabada la batalla, se alcanza la victoria, dando Nuestro Señor la devoción u otra gracia mayor, la cual nunca se niega a los que fielmente pelean.




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