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Orando con los Salmos Capítulo 1: El don de la oración

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 Claudio Daniel Olszanski

 

El don de la oración

 

El don de la oración es uno de los regalos más hermosos que Dios ha hecho a los hombres. Es el encuentro del manantial de agua viva de Dios con la sed del hombre. Orar es comunicarnos con él, dialogar, hablarle, es mucho más que repetir cosas. No se trata de mover la boca sino el corazón, es permanecer en comunión con Dios, pertenecerle.

La oración del hombre es siempre respuesta a Dios que “nos amó primero” (1º Jn 4,10). Suya es la iniciativa y a nosotros nos corresponde responder a su llamado.

Algunas personas le dedican a la oración poco tiempo o nada, algunos pueden pasar semanas y hasta meses sin hacerlo. Otros en cambio van descubriendo la riqueza del diálogo íntimo y profundo con Dios.

Generalmente las primeras experiencias de oración son peticiones, ¿Quién en sus primeros años no le ha rezado al ángel de la guarda? ¿Acaso no hemos aprendido a rezar pidiendo al niño Jesús que cuide a Mamá y a Papá?. Más tarde con el Padrenuestro aprendimos a pedir el pan de cada día.

La oración de petición es un primer paso, todos recurrimos a Dios cuando lo “necesitamos”, es decir cuando nos sentimos solos, desamparados, impotentes, angustiados, deprimidos, doloridos, cansados o agobiados, cuando las dificultades son mayores de lo que podemos soportar, cuando no sabemos resolver nuestros propios problemas.

No está mal pedir, al contrario, el mismo Jesús nos dijo que lo hagamos: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá” (Mt 7,7). Y hasta nos dijo como hacerlo: “Todo lo que pidan con fe, lo alcanzarán” (Mt 21,22); “Cuando pidan algo en la oración, crean que ya tienen y lo conseguirán” (Mc 11,24). También nos enseñó que debemos pedir al Padre en su nombre: “Todo lo que pidan al Padre en mi nombre él se lo concederá” (Jn 15,16). “Yo haré todo lo que ustedes pidan en mi nombre” (Jn 14,13). “Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta” (Jn 16,24).

¿Qué será lo que podemos pedir que hará que nuestra alegría sea perfecta?. Ciertamente podemos pedirlo todo: “Pidan lo que quieran y lo obtendrán” (Jn 15,7). Pero ¿Qué es lo que más nos conviene?: La respuesta la encontramos en el evangelio según San Lucas: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosa buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan” (Lc 11,13).

Como ya dijimos pedir no está mal, lo malo es vivir pidiendo y convertir nuestra oración en un listado de necesidades. Además hay que saber pedir, si el mismo Jesús nos ha enseñado a pedir el Espíritu Santo ¿porqué conformarnos con menos?

Hay en la oración de petición una jerarquía. La petición del perdón debería ser siempre nuestro primer pedido. La petición comunitaria debería estar siempre antes que la individual y la súplica por el “Reino” antes que cualquier otra.

Pero más perfecta que la petición es la acción de gracias. Debemos dar gracias por todo y en todo momento. Por los dones recibidos, y hasta por lo que no entendemos. San Pablo nos recomienda: “Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de ustedes”(1º Tes 5, 16-18).

Si bien la acción de gracias en una oración agradable a Dios, si está llena de orgullo y altanería no es recibida por el Señor: “El fariseo de pié oraba así: Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres que son ladrones, injustos y adúlteros ni tampoco como ese publicano; yo en cambio ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas” (Lc 18,11-12). Dice la Palabra que el Señor no aceptó esta oración.

A Dios le gusta que seamos agradecidos. En una oportunidad Jesús curó a diez leprosos (Lc 17,11+) uno de ellos, un samaritano, regresó y se arrojó a sus pies dándole gracias. Jesús conmovido le concedió también la salvación al tiempo que preguntaba: “¿Cómo no quedaron purificados los diez?. Los otros nueve ¿Dónde están?”(Lc 17,17)

Jesús mismo, con su oración nos enseñó a dar gracias. Frente a la tumba de Lázaro mandó quitar la piedra y levantando los ojos al cielo dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que siempre me escuchas” (Jn 11,41-42).

Pero aún mejor que la acción de gracias es la alabanza. Cada vez que pedimos o damos gracias lo hacemos por “algo de nuestro interés”; la alabanza en cambio es una oración más perfecta y gratuita: alabamos y bendecimos a Dios porque es Dios y merece nuestra alabanza, porque él es el creador y nosotros sus criaturas. Alabar en reconocer el reinado, la soberanía y el poder de Dios sobre nuestras vidas y sobre toda la creación. No es un reconocimiento por lo que él hace sino por lo que él es.

El salmo 22 dice: “Tu habitas en las alabanzas de tu pueblo” (Sal 22,4). Imaginemos el poder de nuestra alabanza que hace a Dios “habitar” entre nosotros. Con razón dice la Palabra: “Su alabanza estará siempre en mis labios ” (Sal 34,2).

La alabanza no es una tarea más de los creyentes, por el contrario es un deber de justicia y un privilegio. El Salmo 66 nos invita: “Hagan oír bien alto su alabanza” (Sal 66,8). La alabanza es y será siempre la fortaleza del hombre y la debilidad de Dios.

El Libro de las Crónicas nos relata un pasaje maravilloso respecto del poder de la alabanza. Sucedió que los amonitas, los moabitas y los maonitas se aliaron para atacar al Pueblo de Dios.

Como los enemigos eran superiores en todo, el rey Josafat proclamó un ayuno en todo el país e invocó al Señor. El Espíritu del señor habló por medio de uno de los levitas y dijo: “Esta guerra no es de ustedes sino de Dios. No teman ni se acobarden. Salgan a enfrentarlos porque el Señor estará con ustedes. Todos se postraron y comenzaron a alabar al Señor”. Al día siguiente se pusieron en marcha: los cantores iban al frente con ornamentos sagrados. Cuando estuvieron frente al enemigo comenzaron las aclamaciones y alabanzas a Dios. En ese momento el Señor sembró la discordia entre los enemigos y se batieron entre sí. Tan grande fue el botín que obtuvieron que tardaron tres días en poder llevárselo” (2º Cro 20, 1-30).

El nuevo testamento nos cuenta que el mismo Jesús en su oración alababa al Padre: “En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Lc 10,21).

Nuestro destino es la alabanza eterna, por eso a lo largo del libro del Apocalipsis se describe la alabanza y adoración que toda la creación rinde a Dios todopoderoso.

Cada uno de los cuatro seres vivientes repetían sin cesar día y noche:

“Santo, Santo, Santo es el Señor Dios,
el Todopoderoso,
el que era, el que es, y el que vendrá”
(Ap 4,8)

Y los veinticuatro ancianos se postraban ante él para adorarlo diciendo:

“Tú eres digno, Señor y Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder”
(Ap 4,11)

Y todas las criaturas del cielo, de la tierra y del mar decían:

“Al que está sentado en el trono
y al Cordero:
sea la gloria, el honor , la alabanza, el poder
para siempre”
(Ap 5,13)

Después, los que habían vencido a la bestia con arpas en las manos cantaban:

“¡Grandes y admirables son tus obras;
Señor, Dios todopoderoso;
justos y verdaderos tus caminos,
rey de los pueblos!
¿Quién dejará de temerte, Señor,
quién no alabará tu Nombre?
Solo tú eres santo,
y todas las naciones vendrán a adorarte,
porque se ha manifestado
la justicia de tus actos”
(Ap 15, 3-4)




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