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PARA TU CONVERSIÓN
Tratado de la
Paciencia
Estas manifestaciones de la
sabiduría divina podrían parecer como cosa tal
vez demasiado alta y muy de arriba. Pero, ¿qué
decir de aquella paciencia que tan claramente se
manifestó entre los hombres, en la tierra, como
para ser tocada con la mano? Pues siendo Dios
sufrió el encarnarse en el seno de una mujer y
allí esperó; nacido, no se apuró en crecer; y
adulto, no buscó ser conocido; más bien vivió en
condición despreciable. Por su siervo fue
bautizado, y rechaza los ataques del tentador
con sólo palabras4. De rey se hace maestro para
enseñar a los hombres cómo se alcanza la
salvación, buen conocedor de la paciencia,
enseña por ella el perdón de las culpas. "No
discute ni reclama; nadie lo oyó gritar en las
plazas, no rompió la caña cascada ni apagó la
mecha que humeaba." (Is. XLII, 2-3.)5 No había
mentido el profeta, antes bien testimoniaba que
Dios coloca su Espíritu en el Hijo con la
plenitud de la paciencia. Porque recibió a todos
cuantos lo buscaron; de ninguno rechazó ni la
mesa ni la casa. Él mismo sirvió el agua para
lavar los pies de sus discípulos. No despreció a
los pecadores ni a los publicanos. Ni siquiera
se disgustó contra aquel pueblo que no quiso
recibirlo, aun cuando los discípulos quisieron
hacer sentir a tan afrentosa gente el fuego del
cielo (Luc IX, 52-56). Sanó a los ingratos y
toleró a los insidiosos. Y si todo esto pudiera
parecer poco, todavía aguantó consigo el traidor
sin jamás delatarlo Y cuando fue entregado, lo
condujeron como oveja al sacrificio sin
quejarse, como cordero abandonado a la voluntad
del esquilador. Y El que si hubiese querido, con
una sola palabra hubiera podido hacer venir
legiones de ángeles, ni siquiera toleró la
espada vengadora de uno solo de sus discípulos.
(Mat., XXVI, 51-53.) Allí precisamente no fue
herido Malco, sino la paciencia del Señor. Por
cuyo motivo maldijo para siempre el uso de la
espada, y diole satisfacción a quien Él no había
injuriado, restituyéndole la salud por medio de
la paciencia, madre de la misericordia. No
insistiré en que fue crucificado porque para eso
había venido; pero acaso, ¿era necesario que su
muerte fuese afrentada con tantos ultrajes? No;
pero se le escupió, se le frageló, se le
escarneció, le cubrieron de sucias vestiduras y
fue coronado de las más horrorosas
espinas.
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