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PARA TU CONVERSIÓN
Tratado de la
Paciencia
Hemos ya tratado sobre las
causas de la impaciencia, ahora veremos otras
obligaciones según se vayan presentando. Si el
ánimo se halla perturbado a causa de la pérdida
de los bienes familiares, casi no hay enseñanza
del Señor que no inculque el desprecio de las
cosas mundanas. Nada inspira tanto menosprecio
del dinero como pensar que al Señor no se le
encuentra jamás entre ninguna clase de riquezas.
Siempre ensalza a los pobres; y a los ricos los
amenaza con la condenación.
Si ordena el
desprecio de la opulencia, la adelanta en la
paciencia la resignación, para que no se haga
cuenta de unas riquezas que se tienen que
perder. En consecuencia, lejos de nosotros
apetecer algo que el Señor tampoco quiso, sino
que hemos de soportar sin pena su disminución y
aun su pérdida. El Espíritu del Señor, por medio
del Apóstol, declaró: "La codicia es la raíz de
todos los males" (II Tm. Vl, 10). Y esto lo
interpretamos diciendo que no está la codicia
tan sólo en el afán de lo ajeno, sino también en
lo que parece ser nuestro; pues esto mismo es
ajeno. Nada en verdad es nuestro, ni siquiera
nosotros, por cuanto todo es de Dios. De
consiguiente, ni resentidos por el daño sufrido,
lo llevamos con impaciencia doliéndonos de la
pérdida de algo que no era nuestro, entonces
estamos cerca de ser víctimas de la codicia.
Codiciamos lo ajeno cuando con amargura sufrimos
la pérdida de lo que no era nuestro.
El
que se impacienta por las pérdidas, antepone lo
terreno a lo celestial y muy de cerca peca
contra Dios, pues ultraja al Espíritu que de El
hemos recibido, posponiéndolo a las cosas
terrenales. Perdamos, por tanto, con gusto lo
que es terreno y defendamos lo celestial. Es
preferible perder todo lo de este mundo, si con
ello nos enriquecemos de paciencia. El que no se
halla dispuesto a soportar el menoscabo
proveniente del robo o de la violencia, o quizás
del propio descuido, ignoro con qué facilidad y
buena gana pueda extender su mano para dar
limosna. Porque, ¿acaso se herirá a sí mismo,
quien de ninguna manera tolera ser herido por
otro? El perder con paciencia enseña a dar con
liberalidad. No lamenta ser generoso quien no
teme la privación; porque de otra manera, "¿cómo
el que tiene dos túnicas dará una al que no
tiene? ¿cómo al que roba la túnica ofrecemos la
capa?" (Mt. V, 40). Y "¿cómo nos fabricaremos
amigos con las riquezas" (Luc., XVI, 9) si tanto
las amamos que no soportamos
perderlas? Nos perderemos con lo perdido. Porque, ¿encontraremos algo en este mundo que no debamos perder? 12 Es propio de los paganos mostrar impaciencia por cualquier pérdida, porque ellos estiman al dinero más que a sus almas. Esto se deduce por cuanto se los ve que, dominados por la avaricia de las ganancias, soportan los grandes peligros del mar; o cuando por avidez de dinero defienden en los tribunales causas que ni siquiera dudan que están perdidas; o se contratan para los juegos y se enganchan en el ejército como mercenarios; y cuando, finalmente, asaltan en los caminos como si fueran bestias 13. Empero, a nosotros, que tanto nos diferenciamos de ellos 14, nos conviene dejar no el alma por el dinero, sino el dinero por el alma; o sea, ser generosos en dar y pacientes en perder.
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