Conferencia Episcopal
Española
EL SIDA
100 CUESTIONES Y RESPUESTAS
SOBRE EL
“SÍNDROME DE INMUNODEFICIENCIA ADQUIRIDA”
Y LA ACTITUD DE LOS CATÓLICOS
febrero de 2002
ÍNDICE
Prólogo
Introducción
I. La medicina ante el SIDA (nn. 1 a 21)
II. La sociedad ante el SIDA (nn. 22 a 45)
III. El Estado ante el SIDA (nn. 46 a 73)
IV. El profesional sanitario ante el SIDA (nn. 74 a 86)
V. La moral ante el SIDA (nn. 87 a 100)
PRÓLOGO
¿Por qué la enfermedad? ¿Por qué a mí o a uno de mis seres queridos?
Son interrogantes que sacuden la conciencia del hombre en cualquier
época y lo sitúan irremediablemente ante el misterio dramático de su
existencia. ¿Por qué el SIDA? Es una concreción de esas cuestiones
dolorosas; es un grito angustiado de tantos hombres y mujeres de hoy.
En este texto un amplio equipo de especialistas -médicos, juristas,
moralistas, etc.- convocados por la Conferencia Episcopal Española,
intenta responder con rigor a los difíciles interrogantes encerrados
en esta llaga actual del SIDA. La problemática es penosa y acuciante;
su consideración abarca múltiples aspectos: sanitarios, sociales,
políticos, educativos, psicológicos, éticos, etc. Agradecemos a la
Asociación Española de Farmacéuticos Católicos, la publicación de este
estudio.
¿En qué sentido ha de orientarse la respuesta del creyente ante esta
terrible enfermedad? “Para los que creen en Dios y confían en Él, la
aparición del SIDA, en vez de ser un escándalo o una razón para la
desesperación es, más bien, un estímulo para el trabajo, la
solidaridad, la purificación interior y la propia salvación” (El SIDA:
Algunas reflexiones cristianas. Nota Pastoral de la Comisión
Permanente del Episcopado Español, 12 de junio de 1987).
El sufrimiento del prójimo enfermo contiene, en primer lugar, una
llamada a la compasión. La compasión de Dios hacia el hombre,
manifestada en la entrega de Jesucristo hasta la muerte en la Cruz y
la victoria de la resurrección, ha cambiado el sentido del sufrimiento
humano, haciendo posible la plena esperanza. “En el programa mesiánico
de Cristo, que es a la vez el programa del reino de Dios, el
sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer
nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización
humana en la civilización del amor” (Juan Pablo II, Carta apostólica
Salvífici doloris, n. 30).
Mons. Juan Antonio Reig Pla
Obispo de Segorbe-Castellón y
Presidente de la Subcomisión Episcopal
para la Familia y la Defensa de la Vida
de la Conferencia Episcopal Española
INTRODUCCIÓN
Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal (Hch
10,38). De este modo resume la Iglesia la misión de Jesucristo en este
mundo y reconoce la impresión profunda que dejó su paso en aquellos
que convivieron con Él. Así la Iglesia aprende su propia misión que
está enmarcada en la respuesta al problema del mal, porque (Catecismo
de la Iglesia Católica, n. 309): No hay un rasgo del mensaje cristiano
que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal.
El problema del mal sigue siendo en la actualidad un escándalo para
muchos hombres. Nuestro tiempo ha experimentado de un modo muy agudo
el alcance del dolor en la historia. La rapidez y capacidad de los
medios de comunicación y la importancia que han adquirido las
relaciones internacionales ponen ante nuestros ojos multitud de
desastres y de sufrimientos, nos muestran patentemente la imagen de un
mundo envuelto en el dolor y el sufrimiento.
Un modo equivocado de reaccionar sería acostumbrarse, y considerar que
es un problema “de los demás”. La extensión del pretendido “Estado de
bienestar”, que reduce el bien común a alcanzar un determinado nivel
de vida, a veces adormece la conciencia de los ciudadanos respecto a
este problema; pero el crecimiento de las organizaciones humanitarias
y el voluntariado social son indicadores precisos de que el dolor es
un problema latente en nuestra sociedad y que reclama la respuesta de
los corazones generosos.
Dentro del marco del sufrimiento y la experiencia del mal, ha
aparecido en nuestros días un nuevo fenómeno: el SIDA, una enfermedad
grave, de difícil tratamiento en nuestros días y altamente contagiosa
fundamentalmente a partir de determinadas “conductas de riesgo”. Se
trata de la epidemia más devastadora que ha sufrido jamás la humanidad
(véase el informe de la ONU: UNAIDS, en: www.unaids.org ). Su rápida
extensión obliga a la sociedad, al Estado y a los organismos médicos a
la puesta en marcha de planteamientos globales e intervenciones
eficaces para poder combatir la epidemia. La Iglesia no puede estar al
margen de la lucha contra esta enfermedad y es consciente de que lo
específico de su respuesta lo encuentra a partir de lo que ha
aprendido de Cristo. Es Él con sus palabras y sus obras el que guía el
camino de la Iglesia que pasa por el hombre.
La actividad curativa es parte fundamental de la manifestación
mesiánica de Cristo: Jesús recorría todas las ciudades y aldeas,
enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y
sanando toda enfermedad y toda dolencia (Mt 9,35). Las curaciones son
un signo manifiesto de la actuación del Padre en medio del mundo. Es
Él el que se acerca al hombre que yace en el camino (cfr. Lc
10,29-37), a aquél que no tenía a nadie que lo ayudase (cfr. Jn 5,7),
para cumplir en ellos la salvación que procede del Padre. Lo hace en
un ambiente social en el que se hallan vinculadas la enfermedad y el
pecado. Por ello, al sufrimiento de la enfermedad se le añadía un
desprecio al enfermo al que se le consideraba pecador y se valoraban
sus dolores como un justo castigo a su pecado. El natural rechazo del
mal se dirigía así de modo injusto a generar un rechazo al enfermo que
lo padecía.
Frente a esta postura, las curaciones de Jesús son un signo, no sólo
por los hechos curativos en sí mismos, sino por el modo de hacerlos y
los destinatarios de los mismos. Sus curaciones en sábado que asombran
a los fariseos, indican no una revolución contra la Ley, sino su
pretensión de redimensionarla en torno a la verdad del hombre. La
referencia ética pasa a centrarse en testificar en el amor al prójimo
el amor a Dios: Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo
precepto: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’ (Ga 5,14).
Uno de los hechos más significativos de esta actividad es la curación
de leprosos, una enfermedad dolorosa, contagiosa y mortal en su época
a la que al rechazo que existía ante el enfermo se añadían los
castigos de la impureza ritual y la exclusión social (cfr. Lv 14). Los
leprosos constituían un grupo social totalmente apartado del trato con
los demás y despreciado por considerarlo un castigo divino sobre
ellos. Jesucristo, por el contrario, no rechaza a los leprosos sino
que busca su curación. Va a considerar superada toda discriminación
por motivo de enfermedad y manifiesta así el amor de Dios hacia los
enfermos. Por eso la curación de los leprosos está explícitamente
mandada en la misión pastoral de los discípulos (Mt 10,8).
Es la misma actitud que Jesús muestra ante los pecadores y que
desconcierta a sus contemporáneos. Es una revelación de su misión
salvífica que se funda en el amor al hombre: No necesitan médico los
que sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a
pecadores (Mc 2,17).
Por ello, la visión de Jesús llega más allá de la simple curación de
la enfermedad, para indicar una liberación del hombre que alcanza el
fondo del problema. No acaba con la curación física sino que busca el
reconocimiento agradecido de la gracia concedida. Es la queja de Jesús
cuando sólo uno de los leprosos curados volvió para darle gracias;
sólo él oyó las palabras de salvación: tu fe te ha salvado (Lc 17,19).
El problema más profundo no es el del mal físico de la enfermedad,
sino el pecado del hombre que lo arrastra tantas veces a muchos
excesos y a maltratar la dignidad humana, propia y ajena. La esperanza
que Jesús ofrece ante el dolor del hombre incluye el establecimiento
de una nueva comunidad en la que tienen lugar las primicias del Reino
de los Cielos, en la que es esencial la acogida de todos los hombres
(cfr. Col 3,11). Así se libera al hombre de una enfermedad más
escondida y más profunda, la soledad, la desesperación y la tristeza
que llevan en sí una semilla de muerte (cfr. 1 Co 7,10). Toda curación
se enmarca así en el anuncio de la liberación del pecado y de la
muerte que Jesús realiza en el Misterio Pascual, de su muerte y
resurrección.
Así lo han entendido los cristianos, por la propia liberación que
experimentan en su encuentro con Cristo. Por eso, su misión ante el
enfermo no es otra sino la de acercarlo a Jesús en un encuentro
rodeado de fe y esperanza. Así lo vemos ejemplificado en otra
curación, la del paralítico (Mc 2,1-12). Como aquellos hombres que
llevaban al paralítico, llenos de fe, los cristianos en esta labor han
de superar diversas dificultades: la de la gente que impide el
encuentro con Cristo, los obstáculos que sobrevienen y el peligro de
la situación. Jesús ensalza la fe de los que le presentan el enfermo y
es la fe la que inicia todo el hecho salvador.
Jesús conoce el corazón del hombre (Jn 2,25), la fe de cada uno y los
juicios del corazón (Mc 2,8). Frente a la hipocresía de los que sólo
juzgan por sus criterios mezquinos, que no les interesa la curación
del hombre, sino la justificación de su ideología, Jesús comienza
proclamando la salvación de los pecados por la fe: “hijo, tus pecados
te son perdonados” (v. 5). Éste es el problema radical que mira la
salvación del hombre en su integridad y que escandaliza a aquellos que
consideran imposible la inocencia. En consecuencia, la Iglesia no
tiene miedo ante la incomprensión en su misión de proclamar el
Evangelio de la salvación y la vida a todos, porque cree en la acción
de Dios en nuestro mundo.
Así ha comprendido la Iglesia su propia misión. Ha de llevar a cabo su
anuncio por medio de hechos salvadores que alcancen una relevancia
social. Entiende que la solución al problema del sufrimiento humano no
está únicamente en el empleo de medios técnicos y sociales, que
alivian el dolor o que incluso curan la enfermedad. Es el corazón del
hombre el que está enfermo y es de su enfermedad interior de donde
brotan tantos males y dolores: “las intenciones malas: fornicaciones,
robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude,
libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas esas
perversidades salen de dentro y contaminan al hombre” (Mc 7,21-23).
Sólo desde esta consideración moral se hace justicia al corazón y a la
verdad del hombre. No se pueden solucionar los problemas humanos sólo
a base de esperanzas científicas que se vuelven ineficaces para
resolver los problemas de fondo, es necesario abordar con seriedad ese
mismo fondo en donde se revela la verdad del hombre.
Así ve la Iglesia, también, el problema actual del SIDA, una
enfermedad en la que se expresa no sólo la inseguridad ante un peligro
grave que afecta a muchos hombres y mujeres, sino un auténtico
problema moral de una sociedad que está enferma y que, a veces,
hipócritamente quiere dar sólo soluciones técnicas a un problema cuyo
origen y desarrollo tiene un componente moral ineludible. Una
enfermedad ante la que a veces se evita llegar a la raíz moral del
problema como si fuera un hecho irrelevante. Una enfermedad que causa
en la sociedad discriminaciones injustas hacia los afectados, tantas
veces los más inocentes como son los niños.
La Iglesia se sabe –humildemente- experta en humanidad, conocedora del
corazón del hombre. Por eso la Iglesia confía en la respuesta que su
mensaje va a encontrar entre los hombres a pesar de todos los
condicionamientos contrarios, de una sociedad que pretende ser neutra
en los temas de una “ética privada” que se deja a la conciencia de
cada individuo y se encuentra, a veces, incapaz de ofrecer una
orientación eficaz ante un problema grave.
La tarea es de toda la comunidad cristiana, pues el problema afecta a
la sociedad en todos sus niveles. Debe ser una respuesta generosa ante
un reto de tal calado. Esta clarificación se quiere ofrecer en este
documento, hecho, como en otros casos semejantes, mediante la
formulación y la respuesta a 100 cuestiones-clave, esta vez las que se
despiertan a partir del SIDA. En ellas se consideran los elementos
fundamentales que quedan afectados por esta enfermedad: la sociedad,
el Estado, los profesionales sanitarios y la valoración moral de todo
el problema.
Pedimos a María, salud de los enfermos, que guíe estos intentos a buen
término y se llegue a una prevención eficaz de la epidemia del SIDA, a
un tratamiento verdaderamente humano de los afectados y al anuncio de
la salvación y de la paz a todos los hombres.
I. LA MEDICINA ANTE EL SIDA
1. ¿Qué es el SIDA?
Es la enfermedad que se desarrolla como consecuencia de la destrucción
progresiva del sistema inmunitario (de las defensas del organismo),
producida por un virus descubierto en 1983 y denominado Virus de la
Inmunodeficiencia Humana (VIH). La definen alguna de estas afecciones:
ciertas infecciones, procesos tumorales, estados de desnutrición
severa o una afectación importante de la inmunidad.
2. ¿Por qué se llama SIDA?
La palabra SIDA proviene de las iniciales de Síndrome de
Inmunodeficiencia Adquirida, que consiste en la incapacidad del
sistema inmunitario para hacer frente a las infecciones y otros
procesos patológicos. El SIDA no es consecuencia de un trastorno
hereditario, sino resultado de la exposición a una infección por el
VIH, que facilita el desarrollo de nuevas infecciones oportunistas,
tumores y otros procesos. Este virus permanece latente y destruye un
cierto tipo de linfocitos, células encargadas de la defensa del
sistema inmunitario del organismo.
3. ¿Cómo se transmite la infección por VIH?
Las tres vías principales de transmisión son: la parenteral
(transfusiones de sangre, intercambio de jeringuillas entre
drogadictos, intercambio de agujas intramusculares), la sexual (bien
sea homosexual masculina o heterosexual) y la materno-filial
(transplacentaria, antes del nacimiento, en el momento del parto o por
la lactancia después).
Con menor frecuencia se han descrito casos de transmisión del VIH en
el medio sanitario (de pacientes a personal asistencial y viceversa),
y en otras circunstancias en donde se puedan poner en contacto, a
través de diversos fluidos corporales (sangre, semen u otros), una
persona infectada y otra sana; pero la importancia de estos modos de
transmisión del virus es escasa desde el punto de vista numérico.
4. ¿Qué diferencia hay entre ser portador y ser enfermo de SIDA?
Se llama portador a la persona que, tras adquirir la infección por el
VIH, no manifiesta síntomas de ninguna clase. Se llama enfermo de SIDA
al que padece alguno de los procesos antedichos (infecciosos,
tumorales, etc), con una precariedad inmunológica importante. Tanto el
portador como el enfermo de SIDA se denominan seropositivos, porque
tienen anticuerpos contra el virus que pueden reconocerse en la sangre
con una prueba de laboratorio.
En líneas generales, desde que una persona se infecta con el VIH hasta
que desarrolla SIDA, existe un período asintomático que suele durar
unos 10 años. Durante este tiempo el sistema inmune sufre una
destrucción progresiva, hasta que llega un momento crítico en que el
paciente tiene un alto riesgo de padecer infecciones y tumores.
Se estima que, por término medio, existen alrededor de 8 (de 5 a 12)
portadores por cada enfermo de SIDA.
5. ¿Cuántos portadores existen en el mundo?
Según la última estimación de la Organización Mundial de la Salud
(OMS), a finales de 2001 existían 40 millones personas infectadas de
VIH; 21.8 millones han muerto ya; durante ese año hubo 3 millones de
muertos. El 95% del total de portadores vive en países en vía de
desarrollo, más de 25 millones en el África subsahariana; donde hay,
además, más de 12 millones de niños huérfanos a causa del SIDA. En
este último continente hay países en los que el 25 % de sus habitantes
y el 30% de las mujeres embarazadas, son seropositivos.
En España, según los datos de 1998, hay alrededor de 130.000
portadores del VIH, aunque esta cifra podría alcanzar los 200.000,
pues realmente es muy difícil calcular adecuadamente el número de
infectados. En junio de 2001 habían fallecido más de 32.000 personas,
siendo ya la primera causa de muerte entre los varones de 25 a 39
años. En junio de 2001 el total de enfermos de SIDA eran 61.028.
6. ¿Todo portador del VIH será un día enfermo de SIDA?
En ausencia de tratamiento la evolución natural de la enfermedad por
el VIH aboca necesariamente al desarrollo de SIDA al cabo de unos
años. Así ocurre actualmente, por desgracia, en los países
subdesarrollados.
Sin embargo, con la aparición en el año 1996 de la nueva y potente
terapia combinada anti-retroviral se consigue controlar el deterioro
inmunológico producido por el virus y, como consecuencia, prevenir el
desarrollo de SIDA. Actualmente no es posible predecir el futuro a
largo plazo de estos pacientes que, sin embargo, han visto prolongada
su supervivencia con los nuevos tratamientos. Estas terapias, a pesar
de su eficacia, no están exentas de serios inconvenientes: toxicidad,
difícil cumplimiento, disminución de su eficacia (el virus puede
hacerse resistente) y elevado coste económico. Todos estos factores
hacen que, hoy por hoy, no sea posible pronosticar si un paciente
concreto, actualmente en tratamiento, va a desarrollar SIDA en el
futuro.
7. ¿Significa esto que el SIDA es incurable?
La erradicación del VIH en los paciente infectados no parece posible
con los tratamientos actuales. Propiamente hablando, hoy el SIDA es
incurable. Sin embargo, muchos de los procesos oportunistas que
comprometen la vida de los pacientes con SIDA tienen tratamiento
eficaz. Además, la administración de fármacos anti-retrovirales ha
permitido alargar considerablemente la supervivencia de los sujetos
seropositivos, de manera que la enfermedad se ha convertido en un
proceso crónico.
A pesar del amplio desarrollo que ha alcanzado la investigación de
esta enfermedad en los últimos años, no parece aún cercana la
posibilidad de disponer de una vacuna eficaz.
8. ¿Cuáles son esos fármacos que se utilizan en la actualidad contra
el SIDA?
En el momento actual hay alrededor de 15 fármacos que se están
utilizando en el tratamiento de la infección por el VIH. El
tratamiento incluye la combinación de varios fármacos
antirretrovirales que evitan el deterioro inmunológico y suprimen la
replicación viral. La terapia antirretroviral (TAR) es compleja, pues
supone la administración de al menos tres fármacos (triple terapia)
con un elevado número de tomas y de comprimidos por día, que producen
efectos adversos, interaccionan con otros fármacos y que deben de
tomarse en presencia o ausencia de alimentos.
El nombre genérico –o principio activo- de los medicamentos
inhibidores nucleósidos de la transcriptasa inversa son: la
zidovudina, didanosina, zalcibatina, estavudina, lamivudina, abacavir
zialgen, cuyos nombres comerciales son Retrovir, Videx, HIVID, Zerit,
Epivir, Zialgen. De los medicamentos inhibidores no nucleósidos de la
transcriptasa inversa son: nevirapina, delavirdina y efavirenz, y sus
nombres comerciales son Viramune, Rescriptor y Sustivida. Los
ihibidores de la proteasa son: indinavir, ritonavir, saquinavir y
nelfinavir, y sus nombres comerciales son: Crixizan, Norvir, Invirasey
Viracept.
Con estos fármacos se consigue una reducción del progreso de la
enfermedad y de la aparición de infecciones oportunistas, con lo que
se ha logrado una extraordinaria reducción de la mortalidad y de los
ingresos hospitalarios de los pacientes VIH positivos. Se comprende,
por la complejidad de la medicación, la importancia de una exacta
dosificación y administración. Tres días sin tomar correctamente la
medicación pueden ser suficientes para hacer fracasar el tratamiento.
Asimismo se ha de cuidar con esmero el estado nutricional del enfermo
VIH (+), pues condiciona el curso de la enfermedad. En efecto, una
malnutrición aumenta la morbilidad por alterar el normal
funcionamiento del organismo ya que empeora la tolerancia al
tratamiento.
Estos fármacos tienen un gran coste motivado por las prolijas y
exhaustivas investigaciones que han desarrollado las grandes
industrias farmacéuticas. Gracias a ellas, en los países
desarrollados, se puede decir que el SIDA se ha convertido en una
enfermedad crónica, y aunque en la actualidad incurable ha dejado de
ser mortal.
La tragedia es en los países pobres, especialmente de Africa, que no
tienen medios económicos para sufragar unos gastos tan importante. La
Convención sobre el SIDA que tuvo lugar en Sudáfrica, el año 2001, de
los países afectados de Africa, auspiciada por la ONU, ha denunciado
la situación que padecen: hoy por hoy el SIDA es la primera causa de
mortalidad de dicho continente, dada la imposibilidad de obtener
fármacos asequibles a su economía, pues el coste de la medicación está
valorado en una media de un millón cien mil pesetas a millón y medio
(6610 – 9000 euros), por persona y año. En consecuencia, se reclama el
abaratamiento de dichos fármacos, así como la posibilidad de
fabricación de medicamentos genéricos de dichos principios activos.
Por desgracia, la realidad sigue siendo muy desoladora.
9. ¿Continúa extendiéndose la epidemia?
Sí. La OMS estima que actualmente hay un incremento de más de 15.000
nuevos infectados por día, y se produjeron 5.3 millones de nuevas
infecciones en el año 2001. El ritmo de crecimiento de la epidemia en
los países del Tercer Mundo es mucho más rápido que en los países
industrializados.
España es uno de los países de Europa con mayor incremento de casos al
año; puede estimarse que aproximadamente unos 20 jóvenes se infectan
cada día por el VIH en nuestro país.
Sin duda, la morbilidad y mortalidad del SIDA han disminuido
notablemente. Sin embargo, coincidiendo con el control de la
enfermedad gracias a los nuevos fármacos anti-retrovirales, estamos
asistiendo a un incremento en la aparición de nuevos contagios. Este
hecho probablemente es debido al clima de confianza en la opinión
pública producido por las nuevas terapias, que lleva a muchas personas
a no evitar conductas de riesgo.
Por ello, cuando se quiere realizar un juicio sobre la expansión de
esta enfermedad, hay que valorar por separado ambos aspectos:
evolución clínica de los pacientes e incidencia de nuevos infectados.
Así pues, no se pueden realizar juicios excesivamente optimistas sobre
la expansión de esta enfermedad, valorando únicamente los avances
terapéuticos conseguidos, si paralelamente no se consigue disminuir
también el número de nuevos infectados, especialmente los contagiados
por vía heterosexual, cosa que por el momento no se está consiguiendo.
10. ¿Se puede cuantificar el riesgo de contagio del VIH por
transfusiones de sangre contaminada?
Sí. Se infectan más del 90 por ciento de los receptores de sangre
procedente de portadores del VIH. Desde 1987 es obligatorio en España
excluir a estos donantes, y desde esas fechas puede decirse que el
riesgo de infección por transfusiones se ha reducido casi por
completo.
11. ¿Cómo se intenta evitar el contagio por esta vía?
Mediante dos procedimientos: la exclusión de donantes con prácticas de
riesgo de infección por VIH, y la investigación sistemática de
anticuerpos en todas las donaciones de sangre. Lo primero se logra con
cuestionarios de autoexclusión a todos los donantes; lo segundo es ya
norma obligada desde 1987 en la mayoría de los países desarrollados.
Otras recomendaciones para los bancos de sangre son: restringir al
máximo posible el número de transfusiones; transfundir sangre del
menor número posible de donantes distintos; reclutar preferentemente
donantes de sexo femenino; promover la donación por parte de sujetos
previamente conocidos como VIH negativos.
Así y todo, existe un riesgo residual mínimo de contagio del VIH a
partir de donantes en el llamado período de ventana, es decir, en el
tiempo en que el donante está recientemente contagiado pero todavía su
organismo no ha generado anticuerpos contra el virus; este período
suele durar entre tres y seis semanas.
12. ¿Es grande el riesgo de infección en los drogadictos?
Sí. Se contagian más del 90 por ciento de los consumidores de drogas
que intercambian jeringuillas con personas infectadas. La mayoría de
las personas infectadas y enfermas en España lo han sido por esta vía.
Según los datos epidemiológicos más recientes, son casi el 60% del
total de diagnósticos de SIDA.
13. ¿Cómo se intenta reducir el contagio entre drogadictos?
Se han intentado dos tipos de medidas: las que buscan reducir el uso
de drogas por vía venosa, y las que pretenden reducir el intercambio
de jeringuillas, cuando fracasa lo anterior. Entre las acciones del
primer grupo está la administración oral de metadona, como sustitutivo
de la droga endovenosa; entre las del segundo grupo está todo lo
orientado a hacer fácil el acceso a jeringuillas nuevas, como su
administración gratuita a los drogadictos.
Pero estas propuestas mantienen a los drogadictos en su dependencia y
no son propiamente preventivas, sino limitativas de la epidemia de
SIDA. Con las drogas “sustitutivas” y con el reparto de jeringuillas
permanecen el problema central de la dependencia y de la aceptación
del grave mal de la toxicomanía.
El modo más digno y adecuado de evitar el contagio entre drogadictos
es ayudarles a abandonar la adicción. En este sentido trabajan muchas
comunidades terapéuticas de apoyo.
14. ¿Es muy alto el riesgo de infección en los homosexuales?
En los homosexuales que practican el coito anal ese riesgo es muy
elevado, sobre todo en el receptivo, y más aún cuando se mantienen
contactos sexuales con varias parejas (promiscuidad homosexual).
También hay posibilidad de transmisión del VIH mediante “sexo oral”
(7% de los casos de homosexuales en San Francisco).
Los varones homosexuales fueron el grupo más afectado al inicio de la
epidemia de SIDA, precisamente porque coincidían en ellos las
relaciones sexuales de muy alto riesgo (como el coito anal) y la
elevada promiscuidad.
15. ¿Qué propuestas existen para reducir la transmisión del VIH
asociada a la homosexualidad?
En primer lugar, abstenerse de este comportamiento sexual, que es,
obviamente, el modo absolutamente eficaz para prevenir esta vía de
contagio. Esta es la verdadera prevención. Una terapia adecuada puede
ayudar a equilibrar la vivencia de la sexualidad.
Pueden ser útiles, las siguientes medidas propuestas con frecuencia:
no mantener relaciones sexuales con sujetos seropositivos; evitar la
promiscuidad; rechazar el coito anal; y, en situaciones especiales,
utilizar el llamado preservativo.
16. ¿Cuál es el riesgo de transmisión por relaciones heterosexuales?
La probabilidad de infección por el VIH después de una única relación
heterosexual varía desde el 1/1000 al 1/10, aunque para los hombres
que tienen relaciones con prostitutas infectadas la probabilidad de
contagio puede elevarse al 3% - 5%.
Entre parejas heterosexuales que no tienen contactos sexuales con
otras personas, y en las que el varón está infectado y la mujer no, la
posibilidad de contagio después de dos años de relaciones sexuales
normales, aún utilizando el preservativo, es de aproximadamente un 5%.
El contagio heterosexual es hoy, a nivel mundial, la principal vía de
contagio del virus del SIDA. En los países en vía de desarrollo del
75% al 85% de los infectados lo son por contactos heterosexuales. En
los países desarrollados este porcentaje es menor, aunque la vía
heterosexual es la segunda causa de contagio.
En España, según los datos de 2000, el 22% de los nuevos contagiados
lo han sido por contactos heterosexuales, aunque cabe destacar que
esta vía adquiere un especial relieve en las mujeres, ya que
representa aproximadamente el 40% de las nuevas infecciones.
17. ¿Cómo se intenta reducir la transmisión heterosexual del SIDA?
Hay unanimidad entre los científicos en que sólo la abstinencia sexual
y las relaciones monógamas con persona no infectada aseguran la no
transmisión del SIDA. Para los que quieran asumir el grave riesgo de
mantener relaciones sexuales fuera de la monogamia con persona sana,
la recomendaciones habituales son: utilizar el preservativo; evitar
las relaciones sexuales con personas posiblemente infectadas; evitar
las relaciones sexuales traumáticas, etc.
18. ¿Es eficaz el “preservativo” para evitar la transmisión del VIH?
Con toda objetividad se puede afirmar que el preservativo reduce las
posibilidades de contagio por el VIH, pero no las elimina del todo.
Existen numerosos estudios que lo confirman. El preservativo reduce el
riesgo de infección por el VIH alrededor del 80% en términos
relativos. En parejas en las que uno de los miembros está infectado el
porcentaje de contagio en un año, usando el preservativo oscila entre
el 1.5% y el 17%.
Las causas por las que el preservativo puede fallar son: ruptura,
deslizamiento, mala utilización, así como la contaminación de la
superficie externa del preservativo y la permeabilidad del látex a
microorganismos, que aumenta en ocasiones por el clima, la temperatura
y la humedad. Por tanto, es gravemente erróneo, desde el punto de
vista científico, equiparar la utilización del llamado preservativo a
“sexo seguro”.
19. ¿Cómo es que los porcentajes de seguridad del preservativo
presentan estas diferencias tan grandes?
Porque es imposible realizar una evaluación exacta de su eficacia, al
estar vedada cualquier posibilidad de diseñar experimentos
prospectivos para medir su efecto protector. Ninguna Comisión de
Deontología podría aprobar jamás un experimento clínico en el que se
comparasen dos grupos, uno que usase preservativo y otro que no lo
utilizase, en el que sujetos inicialmente no infectados mantuvieran,
durante un período de tiempo determinado, relaciones sexuales con
otros infectados, a fin de evaluar la tasa precisa de protección
proporcionada por el preservativo. Por lo tanto, los porcentajes de
protección serán siempre estimativos y con amplios márgenes de
diferencia entre unas apreciaciones y otras.
Lo que no admite error, en todo caso, es que el preservativo reduce el
riesgo de contagio del VIH, pero no lo elimina.
20. ¿Cuál es el riesgo de contagio en los hijos nacidos de madres
seropositivas?
La transmisión ocurre más frecuentemente durante el final de la
gestación. La probabilidad de que se produzca la infección en ausencia
de profilaxis es de aproximadamente del 25-35% en los países en
desarrollo y del 15-25% en los desarrollados. Actualmente, en este
aspecto es donde más se ha avanzado en desarrollar adecuadas medidas
preventivas y se ha conseguido reducir el riesgo de transmisión de
madrea a hijo a menos del 5%.
21. ¿Qué medidas existen para reducir la transmisión materno-filial?
Los bajos riesgos descritos anteriormente se logran si:
a) Se administra zidovudina a la madre desde el principio del segundo
trimestre hasta el final del embarazo e intraparto, y al recién nacido
durante las 6 primeras semanas.
b) Se realiza la cesárea.
c) Se suprime la lactancia materna.
d) Se acorta el período entre la ruptura de membranas y el parto.
Está justificado, por tanto, no sólo tratar con zidovudina a toda
madre gestante seropositiva, sino hacer una detección sistemática del
VIH a toda embarazada (pidiendo previamente su consentimiento
informado). Dado el aumento de la prevalencia del VIH en las madres de
recién nacidos, son necesarios el consejo y la oferta sistemática de
la prueba del VIH en todas las mujeres embarazadas.
II. LA SOCIEDAD ANTE EL SIDA
22. ¿Es el SIDA una enfermedad específicamente distinta de las hasta
ahora conocidas?
El SIDA tiene muchos aspectos comunes con otras enfermedades que han
producido pánico en la historia: carácter contagioso, resultado fatal
a largo plazo, extensión rápida hasta constituir una verdadera
pandemia. Pero junto a estos caracteres, el SIDA tiene un elemento que
hace de esta dolencia algo específicamente distinto: su transmisión va
ligada a menudo a comportamientos reprobados por la moral, como son el
consumo de drogas, la conducta homosexual y la promiscuidad sexual. Si
estableciéramos alguna comparación entre el SIDA y alguna otra
enfermedad reciente, la referencia podría ser la sífilis antes del
descubrimiento de los antibióticos.
Por su carácter incurable, al menos hoy por hoy, hay un aspecto del
SIDA que lo convierte en algo singular: por la responsabilidad moral
que puede suponer el haberlo contraído y el poderlo transmitir a otras
personas, se cae en la cuenta de las consecuencias del ejercicio de la
libertad. Además, el SIDA plantea ante nuestra civilización dos
cuestiones adicionales, con una intensidad que hoy no es en absoluto
frecuente: por un lado, lo inevitable de la muerte; por otro, las
limitaciones de la ciencia y de la técnica, que no tienen respuesta
eficaz para todo.
Por un comprensible mecanismo psicológico, mientras existe posibilidad
de curación el hombre tiende a alejar de sí la perspectiva de la
muerte y basa su seguridad en la eficacia de la ciencia y de la
técnica. Pero el SIDA confronta con la necesidad de admitir que la
naturaleza plantea límites morales: es propio de la verdad de la
libertad humana el asumir las consecuencias, a veces irreparables, de
los propios actos; la muerte es la perspectiva vital de todos, y la
ciencia y la técnica no son la panacea que lo resuelva todo. De ahí el
pánico generalizado que el SIDA produce en nuestros días, y que
plantea la necesidad de reflexionar sobre lo correcto o erróneo de
algunos elementos culturales que configuran la mentalidad
contemporánea.
23. ¿Puede decirse, pues, que en el problema del SIDA existe un
aspecto que podríamos llamar cultural?
Sí, por dos razones: la primera es que, en las sociedades
desarrolladas, la enfermedad y la muerte se consideran como poco menos
que fracasos de los que hay que huir a todo trance, y, en estas
condiciones, se tiende a poner en la ciencia y la técnica toda la
esperanza; pero el SIDA pone de manifiesto que eso no es suficiente:
aunque los avances científicos y técnicos ayuden mucho a la calidad de
vida y al bienestar social, tienen unos límites y no pueden anular la
responsabilidad del hombre, que debe asumir las consecuencias de sus
actos.
La segunda razón es que, al no conocerse para este mal un tratamiento
curativo médico eficaz, surge la idea de que sólo puede ser combatido
con medidas preventivas tendentes a lograr cambios en la conducta
personal; lo cual plantea la cuestión de los valores éticos, es decir,
de los criterios últimos de lo que se puede hacer y lo que no se debe
hacer. Eso pone en cuestión algunos prejuicios de la cultura moderna
como un ejercicio de la libertad sin restricciones ni valores, la
irrelevancia social de algunos comportamientos que se llaman privados,
etc.
En este sentido, el SIDA, además de una enfermedad, produce un
fenómeno cultural que incita a la sociedad contemporánea a
replantearse todo un sistema de valores que algunos daban por
supuestos. Los criterios necesarios en materia de conductas
preventivas del SIDA parecen afectar así, de una forma peculiar, a
algunas de las consideradas libertades individuales.
24. ¿Cómo puede afectar a las libertades individuales la prevención
del SIDA?
Los que viven en sociedades desarrolladas ya no están acostumbrados a
imponerse auto-limitaciones en su conducta ni siquiera para evitar
poner en peligro su vida o su salud, especialmente en lo que se suele
llamar libertad sexual. La auto-limitación en las conductas personales
como medida preventiva sólo se acepta en materia de accidentes
(seguros, cinturones de seguridad, casco para motoristas, mineros o
trabajadores de la construcción, etc.), y en algunos comportamientos
muy concretos, como el hábito de fumar. Pero en el caso del SIDA, el
autocontrol en algunos comportamientos con finalidad profiláctica
-rechazo del consumo de ciertas drogas y, sobre todo, de las prácticas
homosexuales o de la promiscuidad sexual- se considera por algunos una
intromisión inaceptable en la autonomía del individuo.
25. ¿Por qué la exclusión de conductas de riesgo se considera en unos
casos como una intromisión, y en otros, no?
Porque el consumo de drogas y los comportamientos sexuales están
considerados por quienes participan de esta mentalidad como una
manifestación primigenia y absoluta de la libertad que define al
hombre y, por lo tanto, como esenciales a la autonomía del individuo.
En consecuencia, esta mentalidad dificulta una actitud coherente de
lucha social contra la transmisión del virus ligada al consumo de
drogas, ya que muchos legitiman el consumo privado aunque sean
partidarios de perseguir su tráfico.
En cuanto a la transmisión por vía sexual, se tiende a negar que
existan criterios objetivos para juzgar que determinadas conductas
sexuales implican riesgos para la salud.
26. ¿Y no sería lógico que la extensión del mal diera origen a un
cambio profundo en la mentalidad social, y que las conductas de riesgo
-como la promiscuidad sexual o el consumo de drogas- fueran rechazadas
mayoritariamente?
En efecto, así parece. Pero la relación que se establece entre las
“conductas de riesgo” de contagio del SIDA y las libertades
individuales (como el ejercicio de la autodeterminación en materia
sexual), hacen que cualquier intervención de los poderes públicos que
tienda a reducir la práctica de las primeras se considere una
extralimitación o, en su caso, una vulneración de la neutralidad ética
exigible -según esta mentalidad- al Estado.
Este planteamiento de la cuestión hace del SIDA una enfermedad que
suscita problemas sociales muy singulares y distintos de los que se
producen con otras enfermedades. El SIDA y toda la problemática social
y el debate que lleva consigo sólo puede comprenderse en este peculiar
contexto cultural en las sociedades occidentales a finales del Siglo
XX.
Además, las personas que tienen conductas de riesgo tienden a centrar
su vida en dichas conductas y a desatender irresponsablemente el
riesgo que corren y en el que ponen a otros. Y hay que considerar que
se da un intervalo de tiempo frecuentemente largo entre la
contaminación por el virus y el descubrimiento de la misma. Durante
ese tiempo ha podido infectar a muchas personas sin saberlo.
La peculiar epidemiología del SIDA hace que sea una auténtica
pesadilla para la prevención, porque el período desde que el paciente
se infecta hasta que empiece a ser contagioso es sólo de días,
mientras que el de incubación, antes de que se desarrollen los
síntomas (portador sano), dura unos 10 años.
27. ¿Cuáles son las características principales de este contexto
cultural en relación con el SIDA?
Entre los años 60 y 70 se desarrolla en esas sociedades (y, como eco,
en muchas otras) la denominada “revolución sexual”. Su idea central es
la separación radical de los conceptos de amor conyugal y sexualidad
humana, de sexualidad y procreación. Se piensa, erróneamente, en una
libertad separada de todas las tendencias naturales, de modo que el
cuerpo humano no tendría un valor moral propio, sino que el hombre
sólo sería libre cuando reelabora el significado de tales tendencias
según sus preferencias, imponiendo sobre las leyes de la naturaleza su
propio arbitrio. Eliminado el aspecto procreativo, propio de la verdad
moral del amor conyugal y de la biología y naturaleza sexual, su
verdad completa queda falseada, como ocurriría si se redujese el amor
sexual al mero aspecto reproductor. De esta manera, la homosexualidad
o la promiscuidad sexual pasan a constituir opciones alternativas
equiparables al ejercicio de la sexualidad en el matrimonio, en lugar
de ser conductas contrarias a las leyes de la sexualidad humana.
Este modo de pensar elimina la diferencia moral entre actos naturales,
conformes con la dignidad de la persona humana, y actos no naturales,
contrarios a esa dignidad y a la naturaleza del ser humano. Elimina,
en consecuencia, toda referencia ética acerca de cualquier conducta
sexual, de forma que ya no es posible establecer ninguna distinción
entre lo que está bien y lo que está mal en esta materia.
En estas condiciones, al legitimar cualquier conducta sólo por
responder a la libertad entendida como mera ausencia de restricciones,
la sociedad se auto-desarma, porque ha renunciado a las claves que
permiten hacer un juicio sobre la ética de las conductas personales, y
queda paralizada a la hora de luchar contra la raíz moral de lo que ya
es una verdadera pandemia, porque sólo puede actuar contra algunas de
sus manifestaciones periféricas. Este desarme moral de la sociedad se
traduce en la impotencia de los poderes públicos para actuar. El
resultado inevitable de esta situación es que la infección no cesa de
extenderse.
28. Y la drogadicción, ¿también es un fenómeno propio del contexto
cultural de nuestro tiempo?
Aunque el consumo de sustancias estupefacientes o alucinógenas viene
de muy atrás y formó parte de los usos de algunas antiguas
civilizaciones (orientales e indígenas americanas, principalmente),
los fundamentos culturales de su uso en nuestros días y en países
económicamente desarrollados no provienen de aquellos tiempos remotos,
sino que se insertan en el marco que acabamos de considerar. Pretender
erróneamente afirmar la propia libertad frente a toda tendencia
natural, junto a una mentalidad según la cual sentirse bien y triunfar
en las situaciones más competitivas son los principales objetivos de
la vida, constituyen el caldo de cultivo para la extensión de la
drogadicción.
Debido a las consecuencias económicas y sociales que acarrea la
drogadicción (puerta de muchos delitos, degradación física y
psicológica de los adictos, graves problemas familiares, etc.), los
poderes públicos encuentran más apoyo social para luchar contra este
fenómeno, y lo hacen con más intensidad que contra los efectos
socialmente perniciosos de la irresponsabilidad sexual; pero, al igual
que en este caso, sólo lo hacen por sus consecuencias y en algunos
aspectos circunstanciales, no contra sus causas profundas, que, como
queda dicho, son efecto de este clima social proclive a considerar
cualquier actitud ante la vida como opción alternativa, tan respetable
como cualquier otra.
Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la drogadicción, por sí
misma, no es un vehículo de transmisión del SIDA, sino que lo es sólo
el intercambio de jeringuillas en el uso de drogas administradas por
vía endovenosa. Pero en la medida en que se extiende este tipo de
drogas, aumenta sin remedio también el riesgo de contagio.
29. Entonces, ¿cómo se combate socialmente el SIDA en la actualidad?
Se combate, o, mejor dicho, se pretende combatir, desde un modelo que
podría calificarse de ideológico, que se inspira básicamente en una
supuesta neutralidad absoluta del Estado en todo lo concerniente a las
conductas privadas de los individuos, por funestas que sean
socialmente sus consecuencias. Y cuando éstas se dejan sentir visible
y dramáticamente, los poderes públicos no pueden con facilidad e
incluso no quieren, volverse atrás en la ideológica aceptación
igualitaria de todos los comportamientos en la sociedad. Aun
conociéndose claramente y sin lugar a dudas las conductas de riesgo
que deberían desterrarse para evitar la transmisión del virus
(drogadicción, promiscuidad sexual), los gobernantes se limitan a
recomendar estrategias o técnicas que permitan continuar con esos
hábitos, pero con menor riesgo: por ejemplo, no intercambiar
jeringuillas o utilizar preservativos.
30. Y esto, ¿es suficiente, o no lo es?
Es por completo insuficiente, porque de esta manera se intenta poner
una especie de remiendo al problema que, sin embargo, no se resuelve
en verdad. Además, es gravemente peligroso para la sociedad, como se
encarga de demostrarlo la pura estadística, que acredita que después
de las campañas masivas y las inversiones crecientes de fondos
públicos que conocemos, no cesa de aumentar el número de personas
infectadas. Y quizás no es exagerado decir que este modo de concebir
la lucha contra el SIDA es responsable, en buena medida, de la
expansión de la epidemia.
31. ¿Significa todo esto que la sociedad tendría que considerar
necesaria no sólo la prevención de los efectos, sino también de las
conductas o los comportamientos irregulares que dan origen a la
expansión del SIDA?
Así debería ser en buena lógica. Pero la conexión que fácilmente surge
entre conductas de riesgo y comportamientos considerados
tradicionalmente como inmorales en virtud de convicciones religiosas,
hace que cualesquiera medidas de censura social o legislativa respecto
de estas conductas sean interpretadas en nuestro presente contexto
cultural como la imposición de una moral o una religión particular y,
en consecuencia, como un intento de regreso a épocas inquisitoriales o
de defensa de fundamentalismos ideológicos intransigentes.
32. ¿Y es correcta esta forma de enfocar la prevención del SIDA?
No, porque decir que ciertas conductas relacionadas con el sexo o las
drogas suponen un riesgo para la vida no es una afirmación moral o
religiosa, sino la constatación de algo evidente. El hecho de que esta
constatación coincida con los planteamientos morales de determinadas
religiones sólo significa que éstas son muy congruentes con la
verdadera naturaleza de las cosas. Por lo tanto, cuando la sociedad o
los poderes públicos actúan frente a dichas conductas teniendo
presente la evidencia, no se están plegando a ninguna imposición
religiosa, sino que, al tomar decisiones, se limitan a respetar la
realidad.
Por sorprendente o absurdo que pueda parecer, en muchas de las
polémicas sobre la prevención del SIDA no subyace otra cosa que la
obstinación en el error de negar la evidencia de los datos, ya que
éstos van contra algunos arraigados prejuicios de la sociedad actual.
33. Entonces, ¿es inevitable que el SIDA siga propagándose más y más,
al menos en las sociedades que viven con este sistema de valores?
No lo es, pero es difícil evitarlo mientras no se cambie toda esta
mentalidad: una enfermedad que se difunde a través de comportamientos.
Así ocurre con los drogadictos, para quienes el SIDA es una amenaza a
lo que ellos consideran un estilo de vida alternativo. También es el
caso de algunos homosexuales, que ven en toda medida de profilaxis un
ataque a sus pretensiones de conferir a sus relaciones el valor de una
relación heterosexual o, incluso, el del mismo matrimonio.
34. ¿Cuál podría ser entonces un enfoque correcto de la lucha social
contra el SIDA?
De entrada, además de combatir científica, clínica y humanamente la
enfermedad, es preciso aceptar, como un hecho, que en la gran mayoría
de casos existe una interdependencia entre infección por el virus del
SIDA y determinados comportamientos o estilos de vida. Todos los
ciudadanos deben sentirse implicados en la prevención de esta grave
pandemia. Y especialmente los grupos y personas considerados de mayor
riesgo de poder ser infectados.
35. ¿Se puede concretar la prevención social contra el SIDA?
Hay dos tipos de prevención, que deberían conjugarse armónicamente.
Por una parte, la que podríamos llamar prevención primaria
fundamental, orientada a prevenir el arraigo de la enfermedad, que
debe inspirarse en una visión de la sexualidad humana acorde con el
bien integral de la persona y que incluye:
a) la educación y formación de las virtudes, sobre todo en la
adolescencia, en la integración de la dimensión sexual en el conjunto
de la personalidad; y
b) la evitación de riesgos para la propia salud y para la propia vida.
Esta visión, necesariamente, ha de rechazar cualquier teórica
neutralidad frente al valor ético y las implicaciones sociales de las
distintas conductas de la persona. Esta es la prevención social básica
del problema del SIDA, la más descuidada por los poderes públicos en
nuestros días.
Hay después un procedimiento de reducción del daño: se trata de una
posición médico-epidemiológica que, sin recusar la bondad y la lógica
de la prevención primaria, sostiene que en situaciones muy concretas
de inminente contagio y cuando sean ineficaces los planteamientos de
autodominio, se pueden utilizar medios que, aun no modificando los
comportamientos desordenados, y persistiendo el riesgo, puedan al
menos disminuir sus efectos.
36. ¿Se podría concretar más la prevención primaria fundamental del
SIDA?
Una prevención primaria debe abordar dos tipos de medidas. Unas
primeras, orientadas a los grupos de riesgo, pero ampliables a toda la
población, que informen de forma correcta e integral acerca de las
causas del SIDA y de las circunstancias que lo promueven y difunden.
Esta información ha de ser veraz y real, lo que exige no reducirla ni
manipularla con la intención de defender los tabúes y los mitos
ideológicos de la revolución sexual. Por tanto, en estas campañas
informativas debe decirse que, salvo en los casos accidentales
(transfusión de sangre contaminada, por ejemplo) o en la transmisión
del virus de la madre al hijo aún no nacido, el SIDA es una enfermedad
que se adquiere a la carta, por así decirlo, ya que es seguro que no
se va a contraer si se ponen los medios adecuados para impedir el
contagio.
Pasó, afortunadamente, el tiempo en que en algunas sociedades
desarrolladas, concretamente la española, se consideraba el consumo de
drogas (especialmente las erróneamente llamadas blandas) como algo
inocuo. Pero debe insistirse en que la mejor manera de prevenir el
SIDA es, en relación con la conducta sexual, el ejercicio de la
abstinencia y mantener relaciones íntimas sólo en el seno del
matrimonio con persona no infectada.
El segundo tipo de medidas se orienta a la educación -especialmente de
los adolescentes- acerca de la dimensión sexual de la persona, que se
base en una visión de esta realidad integrada en el conjunto de la
personalidad, y no en la supeditación de la persona a su faceta
sexual. De este modo será posible acercarse al fondo de una de las
principales causas detonantes del SIDA, que es la infra-cultura de la
promiscuidad sexual. Se trata de fomentar estilos de vida sanos,
acordes con la integración moral de las dimensiones físicas y
psíquicas de la persona humana, donde se destaque el sentido de la
sexualidad y su significado en el marco de la vida conyugal, y donde
se evidencie toda la tragedia humana que puede estar detrás de unos
comportamientos frívolos aparentemente lúdicos (que suelen promoverse
entre los más jóvenes) que pueden conducir a la promiscuidad sexual y
a la droga y, por medio del SIDA, a la frustración y a la muerte.
37. Pero esto, ¿no significa entrometerse en la vida privada de los
individuos?
Ciertamente, no. Lo que significa es asumir la responsabilidad social
de frenar el arraigo de conductas o modos de vida que ponen en peligro
grave la salud de un gran número de ciudadanos. La expansión creciente
del SIDA por vía heterosexual, en nuestro ámbito, es un importante
argumento que debe ser invocado para la protección de ese bien que es
la vida de los ciudadanos, que se pone en riesgo en la medida en que
se avalan estilos de vida que aumentan las situaciones de riesgo.
38. ¿Tienen los educadores una responsabilidad en la lucha contra el
SIDA?
Indudablemente. La educación para vivir de forma serena y alegre la
realidad sin recurrir a las drogas y la sexualidad propia en la
preparación para el amor responsable, es el único camino para la plena
madurez personal. En el camino desviado, en la falsa información, en
la ilusión de “paraísos artificiales” o de un falso “sexo seguro”,
está la amenaza del SIDA, de la drogadicción, de otras enfermedades de
transmisión sexual y en muchos casos la realidad de la muerte.
39. ¿Cuáles son los valores educativos que deberían promoverse como
primer frente ante la expansión del SIDA?
Como queda dicho, el primer medio de prevención educativa es
transmitir a los más jóvenes la noción de que es necesaria una vida
sexual ordenada, cuya expresión neta se encuentra en la monogamia
acompañada de la fidelidad conyugal. Es imposible realizar una campaña
honrada de prevención del SIDA sin destacar este aspecto.
Respecto a la drogadicción, vehículo del SIDA en gran parte de
nuestros enfermos, es necesario dar a conocer claramente que no hay
drogas duras y drogas blandas; que evadirse de la realidad, por dura
que ésta sea, mediante la creación de “paraísos artificiales” y la
provocación de alucinaciones, da una mínima expectativa de éxito y
felicidad personal, mucho menos cuando se procura con sustancias que
crean adicción y destruyen, tarde o temprano, al hombre.
Para que esta tarea educativa sea de utilidad, se precisa la
participación de todos los sectores implicados en esta toma de
conciencia, y todos deben tener una clara voluntad de resolución del
problema por encima de ideologías o conveniencias políticas o
económicas coyunturales.
La educación ha de enseñar a vivir bien, moral y físicamente. Hay que
enseñar a decir “no” a lo que destruye. Es imprescindible educar la
voluntad y la libertad mediante el autodominio y la motivación.
40. ¿Por qué esa responsabilidad educativa recae sobre todos los
sectores de la sociedad? ¿No es primariamente responsabilidad de los
poderes públicos?
En modo alguno. Esta responsabilidad afecta, desde luego, a los
poderes públicos, pero recae con más gravedad en los padres, y también
en los educadores, los amigos, los vecinos y los medios de
comunicación. Una sociedad libre y pluralista no es sinónimo de una
sociedad neutra que carezca de convicciones, sino un marco
estructurado que permita la convivencia dinámica, con ciertos valores
éticos compartidos por todos, que reclame una actitud de compromiso
con los valores propios que cada grupo social desee que se mantengan
vivos en la sociedad. Esto afecta gravemente a los padres, y les exige
asumir la responsabilidad de transmitir a sus hijos, en el calor del
hogar, los grandes principios de la vida moral. Uno muy importante,
que no se debería soslayar, es una educación orientada a una cultura
de la vida capaz de superar la contra-cultura de muerte, en la cual
prolifera el uso de las drogas y el desorden de la sexualidad y de la
afectividad. Esto requiere, en conciencia, una propia reflexión acerca
del significado integral de la sexualidad en la vida conyugal. Exige
la adquisición de una experiencia pedagógica que haga asequible y
eficaz la transmisión de estos valores. Y exige, finalmente, una
inteligente actitud, a través de los años, para corregir en los hijos
los influjos negativos de otros valores u otros significados de la
sexualidad latentes en determinadas épocas en la sociedad.
La familia es la principal escuela para la vida, pero también lo son
los distintos ambientes en que crecen los niños y adolescentes. Los
centros docentes, las amistades, los medios de comunicación
(singularmente, por su capacidad de penetración, la televisión), deben
estar en sintonía con esos valores básicos -que no excluyen de ninguna
manera el pluralismo- para lograr una sociedad sana, física y
moralmente.
41. ¿Tienen los medios de comunicación una responsabilidad especial en
la lucha contra el SIDA?
Sí, como la tienen también en tantos otros órdenes de la vida. Los
medios de comunicación forman parte de un mecanismo bien conocido de
interacción social: reflejan la sociedad en la que viven, pero también
contribuyen a darle forma. Lo que aparece en los medios es la crónica
de las cosas que pasan, pero también, se quiera o no, tiene un valor
pedagógico, y aun ejemplar, para el público. Los responsables de los
medios de comunicación no pueden, si son consecuentes, ignorar esta
capacidad de influencia, sobre todo en la configuración del sistema de
valores socialmente aceptados, si ese sistema incide en la aceptación
social de conductas que favorecen la extensión del SIDA.
Si el público percibe por los medios de comunicación que las prácticas
homosexuales, la drogadicción, la promiscuidad sexual, la
trivialización de la palabra dada en el matrimonio, son
comportamientos al menos tan respetables como sus contrarios,
carecerán de todo valor y de toda autoridad las campañas
seudo-moralizantes que desde esos medios se organicen contra el SIDA,
porque igualmente será perceptible que hay una actitud radicalmente
incoherente cuando se lucha contra las consecuencias, pero no se
influye adecuadamente en las conductas de riesgo que causan la
propagación del mal.
Cosa distinta de la lucha contra el SIDA y sus causas, es la actitud
de ayuda, de acogida y solidaridad que hay que tener respecto de las
personas que padecen la enfermedad; actitud que se ha de transmitir
desde los medios de comunicación, como también desde la familia o la
escuela.
42. ¿Cómo debe entenderse el papel de la sociedad ante los enfermos de
SIDA?
Ante los enfermos de SIDA el papel de la sociedad, de sus
instituciones y de cada una de las personas concretas que la
integramos, sólo puede ser el que se adopta con un enfermo: de
solidaridad, acogida y ayuda. Los enfermos de SIDA tienen los mismos
derechos humanos que los sanos. Y, uno más: el de -precisamente por
ser enfermos- ser acogidos y ser beneficiarios de la solidaridad de
los demás, lo que conlleva el esfuerzo correspondiente de todas las
instituciones sociales y los poderes públicos. Rechazar a los enfermos
de SIDA, por ser tales, en la escuela, en el mundo laboral, en la
función pública o en las instituciones sociales, es inhumano e
injusto. La sociedad está obligada positivamente, como respecto de
cualesquiera otros de sus miembros dolientes o enfermos, a arbitrar
los medios a su alcance para hacerles la vida lo más llevadera
posible. En contrapartida, la sociedad tiene derecho a exigir de los
enfermos de SIDA que eviten los riesgos de transmisión de esta
enfermedad. Sólo si voluntariamente alguien se negase a poner los
medios adecuados para evitar que por su culpa otras personas puedan
ser contagiadas, cabría legitimar moralmente una conducta proporcional
de rechazo o limitación de los derechos de estas personas. La
solidaridad debe poner también los medios económicos para la
investigación que permita obtener tratamientos, para crear centros de
acogida u hospitales cuando la enfermedad llega a su fase terminal,
etc.
43. ¿Se pueden enunciar algunas actitudes concretas en esa actitud de
solidaridad social con las personas enfermas de SIDA?
Sí. Además de las exigibles con todos los seres humanos cuya
enfermedad les condiciona la vida, pueden enunciarse éstas: la
primera, ayudar a las estructuras sanitarias, demandando de los
poderes públicos una respuesta justa y generosa, y reclamando
programas de prevención integrales que respeten la dignidad humana. La
segunda, contribuir a movilizar los recursos suficientes para ayudar a
las iniciativas que la sociedad promueva libremente para el cuidado de
estos enfermos. Un camino concreto es ayudar económicamente a los
dispensarios, servicios clínicos y casas de salud para enfermos de
SIDA promovidas por la generosidad de personas particulares o
instituciones, como la Iglesia. Otra, tutelar siempre que sea posible,
a nivel personal, la dignidad de los seropositivos de forma que se
eviten fenómenos de marginación de cualquier naturaleza, en el uso de
los servicios públicos, en el acceso al empleo, en el trabajo, en las
escuelas, etc.
44. ¿Qué añadir respecto al caso de tener que convivir con un enfermo
de SIDA en la familia?
El ámbito primigenio de acogida y solidaridad es la familia, que debe
estar muy especialmente al servicio de esta misión. Esta obligación de
solidaridad, que, por desgracia, desaparece en algunos sectores de
nuestra sociedad al socaire de los prejuicios y los miedos existentes
frente al SIDA, es una exigencia inmediata de justicia que en
conciencia nos obliga a todos.
En el ambiente familiar, el estado de enfermedad no disminuye, sino
que acrecienta el deber de asistencia y de solidaridad con el enfermo,
porque, por su propia naturaleza, está ligado a la mutua ayuda que
caracteriza a la comunidad familiar. Si acaso se añade el deber que la
sociedad y las instituciones tienen de facilitar y de sostener a las
familias en el cumplimiento de esta tarea con todas las medidas
económicas y sanitarias adecuadas, que les permita enfrentarse a tan
acentuada dificultad. Pero la obligación (obligación de amor) de
cuidar a los enfermos de SIDA o de convivir con los seropositivos
implica recíprocamente el deber de éstos de no dañar, en el mismo
ámbito, la salud del cónyuge, de los hijos o de otros familiares, y
por tanto de cumplir rigurosamente con las lógicas precauciones a fin
de evitar el contagio.
45. ¿Y en relación con la presencia de niños seropositivos conviviendo
con niños sanos en las escuelas?
En la medida en que existe la prueba fehaciente de que la mera
convivencia no implica riesgo de transmisión del virus -siempre que se
tomen las elementales medidas cautelares, necesarias y razonables-, no
existe razón alguna para que los padres de niños sanos rechacen la
presencia en la escuela de niños seropositivos. Esta actitud hostil,
si se produjese en las condiciones mencionadas, sería una
manifestación de discriminación injusta, de rechazo hacia niños
inocentes y, por lo tanto, no se puede justificar. Rechazar la
presencia en la escuela de niños seropositivos es una discriminación
injusta, una manifestación de insolidaridad y un atentado a la
dignidad de estos niños.
Lo mismo se puede decir de los ámbitos laborales o de la función
pública, donde convivan personas seropositivas con otras que no lo
sean. Mientras no exista una activa y voluntaria creación de
situaciones de riesgo o ésta dimane de la naturaleza de la
convivencia, discriminar a los enfermos será un acto de injusticia,
inhumano e inadmisible.
III. EL ESTADO ANTE EL SIDA
46. ¿Cual debería ser la actitud del Estado frente al SIDA?
El SIDA no es la primera pandemia que sufre nuestra sociedad, ni la
primera enfermedad contagiosa con que los pueblos se enfrentan, aunque
probablemente sea la de mayores dimensiones. Obligaciones del Estado
respecto a enfermedades especialmente graves como lo es el SIDA, de
incidencia importante y carácter contagioso son:
a) Informar a los ciudadanos a cerca de la naturaleza y
características de la enfermedad, así como de las conductas que deben
evitarse para eliminar los riesgos de contagio.
b) Poner los medios razonables a su alcance para que se llegue a
obtener la curación de los afectados, incluyendo las ayudas al efecto
a los países en vías de desarrollo.
c) Arbitrar los instrumentos asistenciales y jurídicos aptos para
fomentar la correcta atención de quienes padecen la enfermedad.
d) Sancionar a quienes son creadores de riesgos graves y evitables
para la salud de los ciudadanos.
e) No emitir nunca mensajes que transmitan o escondan una aprobación
tácita a los estilos de vida que son responsables de la epidemia.
47. Esto parece muy sencillo de comprender, pero lo cierto es que, en
el caso del SIDA, existe un debate que no se ha dado con otras
enfermedades. ¿Por qué?
Porque el SIDA pone sobre el tapete una cuestión esencial para las
modernas sociedades laicistas: la neutralidad ética del Estado, que
algunos parecen entender como compromiso activo del poder público con
una moral permisiva, con la ideología del “todo vale” en el campo
moral.
Muchos Estados han aceptado como algo indiscutible el que la
sexualidad pertenece a la esfera privada del individuo, de suerte que
no puede darse una interferencia de los poderes públicos en esta
materia. De acuerdo con esto, el Estado debería abstenerse de toda
actuación o juicio sobre cualesquiera conductas sexuales, porque todas
serían igualmente aceptables.
Pero el SIDA ha emergido como fuente de problemas para los poderes
públicos, no sólo en el aspecto asistencial, sino también en el de la
prevención, porque la única forma seria de prevenirlo es actuando
sobre las conductas de riesgo y éstas son, en parte importante, las
que simbolizan la mencionada ideología del “todo vale” de la moral
permisiva. Ante esta evidencia empírica, los Gobiernos se encuentran,
por un lado, con que están obligados a presentar el compartir el
material de inyección para la droga, la promiscuidad sexual y el
comportamiento homosexual como de riesgo mortal; pero, por otro, con
que esto atenta frontalmente contra los postulados básicos del
relativismo ético. Y, en esta situación, no existe muchas veces una
disposición honesta y valiente a revisar sus prejuicios a la luz de
los hechos.
48. ¿Cuál es, en definitiva, la causa de que sean polémicas las
actitudes de los Estados en relación con el SIDA?
La causa es que los poderes públicos quieren sinceramente combatir la
enfermedad, evitar su propagación y eliminar sus causas, pero se
resisten a admitir que esto exige calificar públicamente ciertos
comportamientos “de riesgo”, que no sólo expresan opciones
individuales, sino que lleva consigo una amenaza para la salud pública
ante la cual el Estado no puede ser indiferente.
Los prejuicios ideológicos de algunos políticos y la aceptación de una
infra-cultura de muerte y de relativismo ético, los enfrenta así a sus
obligaciones en materia de salud pública. En esta situación, ni
siquiera la amenaza del SIDA ha impedido a muchos Gobiernos favorecer
ciertas ideologías, aun a riesgo de comprometer la salud pública,
minusvalorando los efectos propagadores de la enfermedad.
49. ¿No exige la deseable neutralidad ética del Estado que éste se
inhiba de todo juicio de valor sobre las conductas personales de los
individuos en cuanto que -como la sexualidad- se limitan a expresar el
derecho a la intimidad personal?
No. La pregunta da por supuestas dos afirmaciones que son falsas o, al
menos, matizables: ni el Estado puede ser éticamente neutro, ni la
droga y determinados modos de vivir la sexualidad implican sólo
dimensiones de la persona concernientes a la intimidad individual.
50. ¿Por qué el Estado no puede ser éticamente neutro?
El Estado no puede ser éticamente neutro, aunque quisiera, porque es
una organización hecha por hombres y al servicio de los hombres; y
donde actúa un ser humano respecto a otros, hay un actuar ético o
contrario a la ética, y es imposible la neutralidad. La misma
“neutralidad” es también una toma de postura con consecuencias
previsibles y queridas, sin olvidar el valor pedagógico de las leyes.
Esto no quiere decir que el Estado deba convertir en jurídicamente
relevantes todos y cada uno de los contenidos de la moral, o que sea
confesional y se ponga al servicio de una organización religiosa
concreta.
La ética y la moral suponen una ciencia o sabiduría sobre la verdad de
la conducta humana de contenido más amplio que la política, y de ellas
no se deriva una ideología política concreta; pero desde ellas se
puede y se debe juzgar la actuación de los políticos y las políticas
concretas que desarrollan, pues en cuanto se trata de actos humanos y
para una sociedad de hombres, son susceptibles de un enjuiciamiento
ético, por lo demás inevitable.
51. ¿Por qué la sexualidad no implica sólo dimensiones que conciernen
a la intimidad individual?
En lo que respecta a la sexualidad como expresión de la intimidad
personal, efectivamente el Estado no ha de entrometerse en la vida
privada, pero es que la sexualidad humana tiene dimensiones que
exceden lo meramente privado. Esto ocurre, por ejemplo, cuando del
ejercicio de la capacidad sexual surgen instituciones sociales como el
matrimonio y la paternidad / maternidad; cuando ese ejercicio atenta a
la moral común (pornografía, escándalo público); cuando atenta a los
derechos de los menores (pederastia); o cuando el uso del sexo implica
la creación de un riesgo para otros y, a la postre, para la salud
pública, como sucede con el SIDA.
En este caso -y otros que se podrían aducir (turismo sexual, mafias de
prostitución)- el sexo desborda el ámbito privado de la persona y
lleva consigo connotaciones positivas o negativas para los demás, que
afectan al bien común y, por ello, legitiman la intervención de las
autoridades públicas.
52. Sin embargo, la tolerancia es también un valor moral. ¿No implica
esto que el Estado no debe hacer juicio de valor alguno sobre las
opciones de conducta de los ciudadanos, tratándolos a todos por igual?
No. La tolerancia es un valor relativo y que se dirige a permitir el
mal por otra causa mayor, no a fomentar el bien. Por ello, la
tolerancia puede ser una obligación moral cuando hay que convivir con
algo malo o cuando intentar erradicarlo implicaría causar mayores
males. Pero tolerar el mal no significa considerarlo como un bien. El
bien no se tolera; el bien se promueve, se ama. Tolerancia no es lo
mismo que benevolencia.
Sin embargo, en materia de droga y de sexualidad las sociedades
occidentales han dado el paso que va de la mera tolerancia con todo
tipo de comportamientos al relativismo ético: todos ellos son
considerados en modo indiferente. Este relativismo ético no puede ser
confundido con la tolerancia.
53. En el ámbito de la prevención, que es donde surgen las
discrepancias, ¿cuáles son las obligaciones del Estado?
El Estado está obligado a prevenir la extensión del SIDA. Para ello ha
de promover la información a los ciudadanos sobre los medios por los
que el SIDA se transmite, y ha de comprometerse en la erradicación de
las conductas de riesgo, lo que conduce necesariamente a una educación
de los ciudadanos. Todo ello con exquisito respeto a los derechos de
la persona, pero con firmeza proporcional al riesgo de transmisión de
una enfermedad tan dañina como el SIDA.
54. ¿Cumple el Estado estas obligaciones?
En algunos aspectos, más o menos importantes, podría decirse que sí;
pero no las cumple del todo, porque da una información insuficiente,
que lleva a los ciudadanos a concebir una falsa seguridad, y, en
consecuencia, se dificulta una estrategia completa en la lucha contra
el contagio.
55. ¿Y en las campañas de difusión del preservativo y similares?
Las campañas sobre el preservativo o condón del estilo de la que se
desarrolló en España bajo el zafio eslogan Póntelo, pónselo, y otras
posteriores (Sí da-No da; Juega sin riesgo; Por ti, por mí, etc.),
incurren en grave irresponsabilidad por tres razones: porque inducen a
engaño, porque ocultan información y porque no colaboran a la
prevención, sino a una mayor difusión de las conductas de riesgo, ya
que implican que las autoridades sanitarias están dando su visto bueno
a las conductas y estilos de vida que son responsables de la epidemia.
56. ¿Por qué inducen a engaño estas campañas?
Porque llevan a creer que, usando preservativos, desaparece el riesgo
de infección, cuando lo cierto es que ese riesgo disminuye, pero no
desaparece. Si se hiciese publicidad de cualquier otro producto
farmacéutico o alimenticio ocultando que existe un riesgo parecido de
efectos tóxicos o mortales por su consumo, se consideraría a los
responsables, sin ningún género de dudas, como negligentes en su
cuidado de la salud pública.
57. ¿Por qué ocultan información?
Porque silencian que la verdadera forma segura de anular todo riesgo
de contagio por vía sexual es o bien la abstinencia sexual, o bien el
acto conyugal monógamo, mutuamente fiel, entre un hombre y una mujer
que no hayan tenido antes relaciones extramatrimoniales con terceros.
Y además, porque callan el riesgo de contagio que existe a pesar del
preservativo, como antes se indicó.
58. ¿Y por qué, en lugar de colaborar a la prevención, estas campañas
producen el efecto contrario?
Por dos razones: primera, porque están concebidas con una mentalidad
de exaltación y apoyo al permisivismo sexual e incentivan más o menos
expresamente las relaciones sexuales, especialmente entre adolescentes
y jóvenes a los que se ofrece “sexo seguro” suministrando información
incompleta y sesgada sobre la eficacia del preservativo. El aumento de
las relaciones sexuales extramatrimoniales implica necesariamente un
mayor riesgo de contagio del SIDA, que está vinculado precisamente a
la promiscuidad sexual que estas campañas no combaten, sino que
promueven, implícita o aun explícitamente. De hecho, de modo semejante
las campañas que promocionan el uso de los anticonceptivos para evitar
los embarazos no deseados han conducido siempre a un mayor número de
estos embarazos precisamente por fomentar la promiscuidad sexual.
En segundo lugar, porque los mensajes que contienen van dirigidos de
modo indiscriminado a toda la población a través de medios de
comunicación que buscan la máxima audiencia posible. Aun sin hacer
juicios de intenciones y presuponiendo la mejor voluntad en los
planificadores de esas campañas, no puede menos que dar resultados
contraproducentes el recomendar por la televisión a media tarde, por
ejemplo, la conveniencia de ponerse un preservativo para el coito anal
o de no intercambiar jeringuillas para drogarse, como si el público de
ese medio y a esas horas fuera un público “de riesgo”, constituido
mayoritariamente por homosexuales o drogadictos. Con ello se sigue el
efecto de “normalizar” esas conductas, de que todos las acepten como
normales, e incluso triviales, sin inconvenientes de ningún género.
Desde el punto de vista técnico estas campañas comente el grave error
de olvidar o no tener en cuenta una idea elemental de la educación
para la salud: la necesidad de segmentar los cauces de transmisión del
mensaje, buscando cauces específicos para cada población peculiar y no
tratando indiscriminadamente por igual a toda la población. Ello puede
ocasionar confusión y malentendidos fatales.
Afortunadamente se abre paso entre los especialistas en el tratamiento
del SIDA la idea de adaptar los mensajes sectorialmente a cada grupo
específico de población al que se dirijan en cada caso, y eso no tanto
por razones de tipo moral como por el puro sentido común que conlleva
una correcta valoración de la relación entre riesgos y beneficios de
este tipo de campañas.
59. ¿Por qué estas campañas resultan insuficientes?
Desde un punto de vista antropológico, porque tratan la sexualidad
como si sólo tuviera una dimensión, la del placer, y como si la
búsqueda de esta dimensión placentera fuese determinante y
absolutamente necesaria para el ser humano. Pero ambos presupuestos
son falsos.
Que cada ser humano someta a criterios éticos sus posibilidades
físicas es el fundamento de las relaciones interpersonales no
violentas. Lo mismo se ha de decir del sexo: integrar la mera
potencialidad física, sexual, del cuerpo en el conjunto de la persona
es un requisito para el equilibrio humano de la persona íntegra, en la
cual operan dimensiones somáticas, psicológicas, éticas y religiosas a
la vez.
La sexualidad, como el resto de las dimensiones humanas, puede y debe
ser sometida a la superior dirección de la inteligencia y la voluntad.
El ejercicio de la sexualidad humana tiene una pluralidad de
dimensiones: generativa, placentera, afectiva, relacional,
cognitiva... Considerar la sexualidad exclusivamente como una fuente
de placer empobrece la personalidad, fomenta un individualismo
egoísta, cercena posibilidades de relaciones interpersonales
enriquecedoras y supone una visión mutilada de la realidad integral
del hombre y una toma de postura ideológica no sólo contra la moral
cristiana, sino también contra la ética natural humana.
En consecuencia, dirigirse a las personas -especialmente si son
adolescentes- como si el sexo en todas las formas físicamente posibles
formase parte necesaria de su biografía con carácter compulsivo e
inevitable, sería sólo una ridiculez si no fuese además algo
deshumanizador y peligroso. Si esto lo hace el Estado, es un abuso
–una penosa perversión de menores- financiado con el dinero de todos.
60. ¿Pero puede el Estado legítimamente proponerse actuar sobre las
conductas particulares sin violar los derechos de la persona?
Sí. El Estado puede, y en ocasiones debe, actuar sobre las conductas
particulares por exigencias del bien común. De hecho lo hace
continuamente. Piénsese en las campañas sobre la limpieza en las vías
públicas, la contribución fiscal, el consumo de tabaco, la conducción
imprudente, la vacunación infantil o las revisiones ginecológicas, el
cuidado de los animales, la importancia del voto, etc.
Desde otra perspectiva, es evidente que gran parte del ordenamiento
jurídico tiene esa finalidad: la tipificación en el Código Penal y en
otras leyes sancionadoras de determinadas conductas como sancionables,
tiene el objetivo expreso de desanimar a los ciudadanos de la comisión
de tales actos. Ocurre igual con las prohibiciones de venta de algunos
productos (drogas, alcohol, tabaco) a los jóvenes o la imposición de
determinadas conductas como obligatorias para los ciudadanos: pagar
impuestos, acudir a la enseñanza obligatoria, cumplir las leyes del
tráfico rodado, atender las necesidades de los hijos, respetar las
normas de salud e higiene en el trabajo, etc.
Como se puede apreciar, es normal que el Estado actúe sobre las
conductas de los ciudadanos, bien para prohibir, bien para obligar,
bien para inducir o para desaconsejar; y esta forma de actuar no
atenta contra los derechos de la persona, siempre que se respete la
proporción entre el instrumento social elegido (información, consejo,
sanción), y el interés público que se persigue, y siempre que no se
viole el contenido esencial de la dignidad de la persona y los
derechos y libertades en que se concreta.
En el asunto que nos ocupa, el Estado debe observar un exquisito
respeto al derecho a la intimidad y una rigurosa proporcionalidad con
el fin perseguido, que es evitar o limitar la expansión de una
enfermedad cuya transmisión está a menudo vinculada a determinados
estilos de vida y conductas de riesgo, teniendo presente que éste, hoy
por hoy, es un riesgo grave, e incluso de muerte. No hay razón
objetiva alguna para que estos principios queden en suspenso cuando se
trata de conductas sexuales.
61. La libertad de la persona, ¿exige al Estado que trate exactamente
igual la homosexualidad y la heterosexualidad?
No, en absoluto. La relación heterosexual responde a los mecanismos
biológicos humanos, aptos para la transmisión de la vida y para la
acogida y desarrollo de esta vida. En consecuencia, es el ámbito
natural de creación de la familia. En toda sociedad civilizada la
familia es un bien social, pues otorga una estabilidad a las
relaciones personales que con frecuencia la relación homosexual o, por
definición, las uniones heterosexuales esporádicas y ocasionales no
consiguen. Además, al generar nuevas vidas humanas en un ámbito
adecuado y acogedor, la familia aporta un bien insustituible que hace
al matrimonio acreedor a una protección jurídica específica (cfr.
SANTA SEDE, Carta de los Derechos de la Familia, 22.X.1983).
La relación homosexual, con independencia de su significado moral, no
aporta al conjunto de la sociedad los bienes específicos que trae
consigo el matrimonio entre un hombre y una mujer, abierto por
naturaleza a la transmisión de la vida: el bien de la procreación da
lugar a la sustitución generacional, que posibilita la supervivencia
de la sociedad, y a la solidaridad intergeneracional en que se
fundamenta el bienestar social. Además, la procreación conduce de modo
natural a la tarea educativa, prolonga la misión propia de los padres.
Tratar de forma desigual a lo desigual no sólo no debe rechazarse,
sino que es una exigencia de justicia. Tratar jurídica y políticamente
de forma distinta a la relación homosexual y a la heterosexual no es
injusto, sino necesario, si se quiere respetar la naturaleza de las
cosas.
Y si a la conducta homosexual, por la promiscuidad que suele llevar
consigo, se asocia de hecho el riesgo de transmisión de una enfermedad
mortal, es obligación del Estado comunicar esta información a los
ciudadanos. Si un Gobierno actúa sobre los escolares presentándoles
las relaciones homosexuales como de igual valor que las
heterosexuales, está engañando e induciendo a la corrupción a los más
jóvenes; y si, además, no les advierte del riesgo añadido que suponen
las primeras, mientras el virus del SIDA esté incontrolado, ese engaño
puede adquirir connotaciones delictivas, por lo que tiene de
colaboración con la difusión de un peligro grave para la salud
pública.
62. Respecto al consumo de drogas, ¿no debería el Estado abstenerse de
todo juicio mientras no se mezcle con la práctica de algún delito,
incluido su tráfico?
No. El Estado no puede ser indiferente ante el consumo de drogas, que:
a) desde el punto de vista individual, ataca la salud, destruye a las
personas y anula su libertad;
b) divide, enfrenta y arruina a las familias;
c) socialmente, genera delincuencia y produce graves quebrantos sobre
todo a las economías más débiles.
Toda actuación del Estado que se separe del rechazo frontal del
consumo de drogas sería una inconsecuencia: no es congruente tolerar
el consumo y perseguir a los que lo promueven y lo facilitan.
Si además el consumo de drogas se vincula con la transmisión del SIDA
-caso del consumo endovenoso- existe una razón más para que el Estado
se implique activamente en la erradicación de estos consumos, sin
emprender nunca acciones que, al buscar una reducción del daño
transmitan una aprobación de la autoridad al consumo de drogas (cfr.:
CONSEJO PONTIFICIO PARA LA FAMILIA, De la desesperación a al
esperanza: familia y toxicodependencia, 8.V.1992; CONSEJO PONTIFICIO
PARA LA PASTORAL DE LOS AGENTES SANITARIOS, Carta de los Agentes
Sanitarios, 1994; IDEM, Iglesia, droga y toxicomanía. Manual de
pastoral, 2001).
63. ¿Sería legítimo que el Estado optase por el reparto gratuito de
jeringuillas para evitar el contagio de SIDA derivado del multiuso?
Repartir gratuitamente jeringuillas para evitar el contagio de SIDA
por el multiuso de éstas por adictos a determinadas drogas debe ser
visto, en principio, como una forma de colaboración del Estado con
algo gravemente dañino para la salud y la vida como es el consumo de
drogas. Ahora bien, si en una sociedad concreta la autoridad
competente cree que no puede controlar el consumo y sí evitar la
difusión del SIDA por este medio, podría legítimamente en ciertos
casos particulares (porque no hay en la actualidad otro medio de
tutela pública de la vida humana), y respecto a determinados
colectivos muy concretos, tolerar esta medida en el contexto global de
la lucha contra la droga. Manteniendo siempre la confidencialidad de
estos programas y acompañándolos de esfuerzos serios por deshabituar y
rehabilitar a los drogadictos.
Este argumento, sin embargo, no es aplicable al reparto gratuito de
droga a los adictos, como algunos pretenden, pues en este caso se
estaría cooperando próxima y directamente con algo malo en sí mismo.
64. ¿Puede el Estado intervenir en la educación sexual de los
adolescentes para prevenir la transmisión del SIDA?
Es claro que la educación sexual, la formación de los adolescentes en
la dimensión sexual como parte de la formación integral de la
personalidad de los niños y los jóvenes, es responsabilidad
básicamente de sus padres, ya que son -con un derecho-deber
fundamental- los primeros y principales educadores, de modo que la
familia es escuela del más rico humanismo. La familia, en efecto,
cuenta con reservas humanas afectivas capaces de hacer aceptar, sin
traumas, aun las realidades más delicadas, e integrarlas armónicamente
en una personalidad equilibrada. De hecho, el ambiente familiar ha ido
ganando protagonismo con el tiempo, tanto en una adecuada presentación
de la sexualidad como de la vocación humana al amor.
Los padres, sin embargo, no están solos en esa tarea educativa, que
comienza con el ejemplo de su propia vida conyugal. Junto a ellos está
la escuela, que tiene como cometido propio el de asistir y completar
la obra de los padres, transmitiendo a los adolescentes el aprecio de
la sexualidad como valor y función de toda la persona, varón y mujer.
En la escuela, la educación sexual no puede reducirse a simple materia
de enseñanza sólo susceptible de ser desarrollada con arreglo a un
programa, sino que tiene el objeto específico de contribuir a la
maduración afectiva y humana del alumno: favorecer que, por el
ejercicio de las virtudes, llegue a ser dueño de sí mismo y formarlo
para un correcto comportamiento en las relaciones sociales.
El papel del Estado en toda esta materia es proteger a los ciudadanos
contra las injusticias y desórdenes morales, tales como el abuso de
los menores y toda forma de violencia sexual, la degradación de las
costumbres, la promiscuidad y la pornografía. También es obligación
del Estado y de los demás agentes sociales evitar formas de diversión
degradantes, como la “movida” nocturna juvenil, (a menudo a base de
excitación mediante alcohol, drogas, violencia, etc.), y promover, en
cambio, formas de ocio sanas y enriquecedoras.
65. ¿Qué juicio merecen las actitudes de los Gobiernos españoles al
respecto?
Sobre este asunto tan delicado remitimos al juicio de la Asamblea
plenaria de la CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA en la reciente
Instrucción pastoral, La familia, santuario de la vida y esperanza de
la sociedad (27.IV.2001), nn. 160-161: “Hemos de incluir una palabra
sobre los servicios sociales que están dirigidos directamente a la
juventud o a la orientación familiar. Hemos de lamentar en muchos
casos la falta de un plan verdadero de formación de personas y, en
cambio, advertimos un interés ideológico en una información técnica
sesgada en el campo sexual que no contribuye a la solución de los
problemas sino a agravarlos.
Falta una atención integral de los problemas personales y la “cuestión
moral” en muchos casos se resuelve con la información sobre la
aplicación de “medios seguros” para evitar la concepción.
Un ejemplo claro es el tipo de campañas que se usan para evitar los
embarazos en adolescentes sin ningún plan de educación afectiva de los
mismos; otro ejemplo es la información parcial que se ha dado sobre el
SIDA, fundada erróneamente en una falsa seguridad absoluta del
“preservativo” como medio de evitar el contagio.
No podemos dejar de mencionar aquí la difusión, comercialización,
prescripción y uso de la “la píldora del día siguiente” que, ante una
desinformación que lo quiere ocultar, reiteradamente hemos calificado
de práctica moralmente reprobable por ser un producto abortivo.
Sólo una auténtica educación integral que trate a fondo el problema
moral puede ser una respuesta adecuada a los problemas de los jóvenes
de hoy. En vez de “informar” al adolescente y al joven dejándole solo
ante los problemas que le superan, hay que saber acompañarlo y
animarlo en esos momentos claves de su vida”.
66. ¿Puede el Estado imponer especiales obligaciones a los afectados
por el SIDA?
Sí, en la medida en que son transmisores potenciales de la enfermedad.
Lo que no puede legítimamente es discriminar a los afectados por el
hecho de serlo.
El Estado no sólo puede, sino que debe evitar que la conducta
irresponsable de alguien implique un riesgo para la salud de los
demás, con peligro mortal. Pero las medidas que adopte el Estado no
pueden ser cualesquiera, sino que han de ser proporcionales al fin
legítimo perseguido, que es defender la salud de los terceros. Eso es
así, porque las obligaciones que se impongan a los afectados coartarán
necesariamente su libertad, y, en esta materia, siempre es exigible
una proporcionalidad rigurosa entre la supresión o limitación de los
derechos individuales y el interés general perseguido.
Este criterio no es ninguna novedad en la historia de la Humanidad: es
el que se ha aplicado y se sigue aplicando con más o menos acierto y
justicia ante otras enfermedades contagiosas y mortales como la
tuberculosis, la peste, etc.
67. ¿Prevé el Derecho español algo al respecto?
Los Tribunales han tenido ocasión de pronunciarse sobre los aspectos
penales y de responsabilidad civil en el contagio, y sobre las
prestaciones de la Seguridad Social que conllevan la existencia del
SIDA y su transmisión por negligencia o imprudencia administrativa en
el seno de las instituciones de la Sanidad pública.
En nuestro Derecho positivo se regulan las pruebas obligatorias de
detección del VIH en las donaciones de sangre, la concesión de ayudas
a los afectados, el riesgo de transmisión por donación de semen,
ciertas ayudas a centros de información y prevención, y las campañas
ya comentadas.
Es de esperar que en España el Gobierno y el legislador se enfrenten
profunda y realmente a la enfermedad desde el punto de vista
preventivo actuando sobre las conductas de riesgo. Es cada vez más
urgente abordar estas cuestiones de fondo. No podemos olvidar que
España es el país europeo que más casos de SIDA ha registrado en
números absolutos. El 25% del total de casos registrados en los 51
países de la región europea de la OMS son españoles.
68. ¿Qué responsabilidad se le debe exigir a una persona que pueda
estar infectada por VIH?
Toda persona que haya incurrido en conductas de riesgo debería
solicitar la prueba diagnóstica del VIH, tanto por su propio interés
como por la posibilidad de contagiar a otros. La persona afectada por
VIH tiene el gravísimo deber, expresado por el quinto mandamiento del
decálogo (“no matarás”), que le obliga en conciencia a poner todos los
medios a su alcance para no transmitirlo a nadie. Esto mismo vale
también respecto a su necesario diagnóstico, cuando existe razonable
sospecha de haberlo contraído; tanto para no transmitirlo como para
proceder a los remedios médicos oportunos.
Con mayor motivo, toda persona infectada debe poner en conocimiento de
aquellas personas a las que pueda contagiar su diagnóstico. El Estado
debería aplicar aquellas medidas administrativas, e incluso penales,
en el caso de que no se asuma dicha responsabilidad.
Las autoridades públicas podrían establecer, además, pruebas
obligatorias respecto a personas con comportamiento de riesgo de
contagio y transmisión. Sin embargo, el establecimiento de pruebas
obligatorias no puede convertirse en una obligación universal que
suponga un mensaje de rechazo absoluto a los afectados por SIDA, pues
así se provocaría un espíritu de discriminación atentatorio contra los
derechos y la dignidad de los seropositivos.
Una vez más ha de recordarse que, frente al SIDA, la actuación del
Estado ha de inspirarse en una ponderada proporcionalidad entre los
riesgos de contagio de una enfermedad muy grave, y el respeto a los
derechos de la persona enferma, la cual, en tanto no cree con su
conducta un riesgo para la salud de los demás, tiene los mismos
derechos que la persona sana. Pero tiene más obligaciones que quienes
no están afectados: en particular, la de no crear riesgo. Es el
incumplimiento real o razonablemente previsible de esta obligación lo
que legitima la intervención de los poderes públicos.
69. ¿Y no es esto una puerta para que se manifiesten brotes de
discriminación, desde el mismo poder político?
Es evidente que los poderes aquí reconocidos al Estado pueden ser
usados abusivamente en pro de planteamientos injustamente
discriminatorios con los enfermos de SIDA, pero la posibilidad de
estos abusos no descalifica éticamente la imposición de las medidas
referidas u otras similares. De modo semejante, un juez aislado, por
ejemplo, puede obrar mal al dictar una sentencia condenatoria por
motivos racistas o injusta por cualquier otra causa, pero ni por eso
debe privarse a todos los jueces de la potestad de dictar sentencias.
70. El riesgo de expansión del SIDA ¿puede justificar la privación de
derechos fundamentales a los grupos de riesgo o a los infectados por
la enfermedad?
No. Este riesgo no puede justificar medidas tendentes a privar de
derechos fundamentales a los enfermos de SIDA, porque si así
ocurriese, se cometería la gravísima injusticia de establecer una
presunción de culpabilidad basada en criterios biológicos, lo que
sería equiparable a una forma eugenésica de nazismo. Los enfermos o
portadores del virus del SIDA tienen los mismos derechos que los
sanos, los tuberculosos o los afectados por la lepra, pero tienen una
obligación específica: observar una conducta que evite el riesgo de
contagio para los demás. Sólo si no respetan esta obligación, el
Estado puede y debe reaccionar con medidas sancionadoras, coercitivas
y limitadoras de derechos.
71. ¿Ha planteado el SIDA ante la conciencia contemporánea la
necesidad de revisar algunas ideas sobre el Estado y la dimensión
ética de su actuación?
Sí. El SIDA ha planteado la necesidad de revisar mitos como el de la
pretendida neutralidad ética del Estado entendida como exigencia de
promoción pública del relativismo ético, e introduce de nuevo en el
debate contemporáneo el dato de que, aunque el hombre puede de hecho
hacer lo que quiera dentro de sus posibilidades físicas, sin embargo
no debe hacer cualquier cosa, pues algunas acciones contradicen su
propia dignidad humana, son de por sí inmorales, y a veces, además, le
traen consecuencias indeseables incluso para la salud y la misma vida.
Como el Estado no puede ignorar su compromiso activo en la defensa de
la salud y la vida de los ciudadanos, se ve abocado a actuar para
evitar los riesgos de transmisión del SIDA, aunque esto le obligue a
tomar postura sobre las elecciones individuales. Y aquí se produce la
quiebra: los prejuicios ideológicos del relativismo ético paralizan a
algunos Gobiernos en su acción contra el riesgo de contagio del SIDA;
y así, abdican su obligación de afrontar las conductas de riesgo como
tales, limitándose a intentar poner presuntos remedios que, por ser
parciales, a la postre, logran los efectos contrarios de los que se
buscaban.
Por el contrario, otros Gobiernos y organizaciones políticas han
aprendido la lección y comprenden que los afectados de SIDA no pueden
ser acreedores a unos derechos especiales que les liberen de las
obligaciones propias de los demás ciudadanos sólo porque sean víctimas
de las consecuencias del relativismo ético, sacralizado por algunos,
como si fuera un logro intocable de la modernidad. Esta es la esencia
del debate cultural contemporáneo sobre el SIDA, al margen de sus
aspectos médicos, científicos y asistenciales.
72. Esta exigencia ética del Estado respecto del SIDA, ¿no puede
provocar una especie de totalitarismo religioso-político, contrario a
la libertad?
No. La afirmación de que existen unas conductas mejores que otras, de
que determinadas prácticas o actos humanos son más beneficiosas para
el conjunto de la sociedad que otros, no es una afirmación religiosa,
sino de sentido común. Aceptar que existen el bien y el mal en el
orden moral, que el hombre puede conocer la verdad de las cosas
-también la verdad de su propia naturaleza moral-, se opone al “dogma”
del relativismo ético, pero no a la democracia y a un régimen de
libertades.
Por el contrario, convertir el sistema democrático en fuente
vinculante de definición de lo bueno y lo malo, de lo verdadero y lo
falso, sí que es una vía al totalitarismo (aunque sea un totalitarismo
avalado en un momento determinado por la mayoría, quizá manipulada
previamente), porque implica que los poderes electos no tienen ningún
límite, ni siquiera la naturaleza humana, la dignidad del hombre o sus
derechos fundamentales. Así se ha afirmado repetidamente en los
documentos del Magisterio, como se ve en las cartas encíclicas de JUAN
PABLO II Centessimus annus (n. 46), Veritatis splendor (n. 99) y
Evangelium vitae (n. 20).
Afirmar la objetividad del bien y la verdad y su cognoscibilidad por
el hombre no es un presupuesto del totalitarismo, sino el supuesto que
permite introducir, en cualquier régimen político, dosis de humanismo
y de compromiso con las libertades.
El error de quienes temen a la verdad objetiva nace de falsificar la
noción misma de la democracia, que es un método de elección, control y
recambio pacífico de los gobernantes (un método que se ha demostrado
bastante eficaz históricamente), pero que no se puede identificar con
el mecanismo de definición de los valores éticos de la Humanidad. La
identificación del relativismo ético y el escepticismo intelectual con
la democracia es, precisamente, el mayor enemigo de ésta y de las
libertades públicas que se desarrollan en su seno.
73. ¿No atenta esta postura contra el respeto exigible a la libertad
de la conciencia individual?
Al contrario. Contra la libertad de la conciencia individual atentaría
una postura que pretendiese legitimar el uso de la coacción y la
violencia para imponer -violando los derechos humanos- una determinada
fe o moral a quienes no las compartan. Este es el gravísimo error de
todos los fundamentalismos, que desconocen que la adhesión del hombre
al bien y la verdad o nace de la libertad personal o no tiene valor
alguno.
Lo anterior no obsta a la legitimidad -la necesidad en justicia- de
que las leyes encarnen y exijan determinados valores éticos
articulados alrededor del mínimo exigible que es el respeto a la vida
y a los derechos básicos de todo miembro del género humano.
Limitar mediante las normas jurídicas -y con el apoyo del poder
punitivo del Estado- la libertad de quienes atentan contra los
derechos humanos de cualquier individuo no es un ataque a la libertad,
sino el único medio de defenderla.
El respeto a la libertad de las conciencias excluye la imposición
violenta -por el Estado o por cualquiera- de una fe o una ideología;
y, al mismo tiempo, ese respeto a la libertad exige que el Estado y
las Leyes se comprometan activamente en la defensa de los derechos de
todo ser humano contra los ataques ajenos. Por esto, y respecto al
SIDA, hemos afirmado reiteradamente que ni puede ser disculpa para
privar de derechos a los afectados, ni para poner el Estado al
servicio de la ideología del relativismo ético, ni para eximir de
sanción a quien crea el riesgo de la transmisión de una enfermedad
mortal.
IV. EL PROFESIONAL SANITARIO
ANTE EL SIDA
74. ¿Tiene algo de particular el SIDA para el personal sanitario?
Sí. Aunque todos los derechos y obligaciones derivados de la relación
médico enfermo son válidos para esta enfermedad, el SIDA presenta
algunos perfiles específicos. Hoy por hoy es una enfermedad incurable
y, además, conlleva implicaciones sociales y éticas muy relevantes. La
labor del personal sanitario está comprometida con todos estos
aspectos. En la relación médico-paciente es vital que el médico sea
consciente de la importancia de la medicación y de su toma correcta,
que sea capaz de dedicar el tiempo suficiente para explicar al enfermo
las características de la enfermedad y la complicación de la terapia
adaptándola a la vida del paciente. El farmacéutico -bien
“comunitario” u “hospitalario”- tiene un papel de importancia, pues el
paciente recibe la medicación en la farmacia, donde se refuerza la
información y de control del especialista.
75. ¿Pueden negarse los profesionales sanitarios a atender a los
pacientes con SIDA?
No. Todos los profesionales sanitarios tienen obligación de atender
las necesidades de las personas infectadas por VIH en el marco de su
actuación profesional. Es norma de la deontología profesional de los
médicos y farmacéuticos, desde Hipócrates hasta nuestros días y en
todas las latitudes, la observancia del principio de no discriminación
de los enfermos. En el vigente Código de Ética y Deontología Médica se
formula claramente así este principio en su artículo 4º: “El médico
debe cuidar con la misma conciencia y solicitud a todos los pacientes
sin distinción, por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión
o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Y en el
Código de Ética Farmacéutica y Deontología Profesional Farmacéutica,
aprobado el 14 de diciembre de 2000, en su artículo 17º: “El
farmacéutico respetará las características culturales personales de
los pacientes, no estableciendo diferencias basadas en nacimiento,
raza, sexo, religión opinión o cualquier otra circunstancia”.
76. Pero es que, en el caso del SIDA, la enfermedad se contrae con
frecuencia como consecuencia de actos conscientes y deliberados que
implican alto riesgo. ¿No es decisiva esta circunstancia a la hora de
atender o negar atención al enfermo?
El hecho de que el SIDA sea un tipo de enfermedad muy peculiar, ya
que, a diferencia de otras, en la mayoría de los casos se adquiere
como consecuencia de la voluntad deliberada de observar conductas de
riesgo, no exime a los profesionales sanitarios de la obligación de
atender a este tipo de pacientes.
La correcta actuación de los agentes de la salud, en éste y en otros
casos parecidos debe ser el intentar, en primer lugar, que sus
pacientes abandonen los hábitos que llevan consigo riesgo de
enfermedad; y, en segundo lugar, deben aplicar su ciencia y su
atención a curar el mal, o cuando menos a prevenir o a paliar sus
efectos. La razón de esta norma deontológica es que un profesional
sanitario debe saber que no está ante nuevos casos de enfermedad, sino
ante personas enfermas, ante las que tiene el deber de no
desentenderse y a las que no debe discriminar. Los seres humanos no
son conglomerados de compartimentos estancos, cuerpo y espíritu, mente
y vísceras, psicología y fisiología, cada cual por su lado, sino que
constituyen una unidad, y es deber de los profesionales sanitarios, en
ésta como en todas las demás enfermedades, procurar el bien integral
del paciente. Negar los cuidados a alguien porque lleve una conducta
peligrosa es una grave vulneración de la deontología profesional.
En el caso específico de los enfermos de SIDA, el deber de no
discriminación se acentúa por las peculiares características de esta
enfermedad: su carácte