La Ordenación General del Misal Romano (OGMR)
Traducción castellana de
la
"Editio typica tertia
Missalis Romani"
(2002)
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INTRODUCCIÓN
1. El Señor, cuando iba a celebrar la cena pascual con sus discípulos en la que
instituyó el sacrificio de su Cuerpo y de su Sangre, mandó preparar una sala
grande, ya dispuesta (Lc 22,12). La Iglesia se ha considerado siempre
comprometida por este mandato, al ir estableciendo normas para la celebración de
la Eucaristía relativas a la disposición de las personas, de los lugares, de los
ritos y de los textos. Tanto las normas actuales, que han sido promulgadas
basándose en la autoridad del Concilio Ecuménico Vaticano II, como el nuevo
Misal que en adelante empleará la Iglesia de Rito romano para la celebración de
la Misa, constituyen una nueva demostración de este interés de la Iglesia, de su
fe y de su amor inalterable al sublime misterio eucarístico, y testifican su
tradición continua y homogénea, a pesar de algunas innovaciones que han sido
introducidas.
Testimonio de fe inalterada
2. El Concilio Vaticano II ha vuelto a afirmar la naturaleza sacrificial de la
Misa, solemnemente proclamada por el Concilio de Trento en consonancia con toda
la tradición de la Iglesia;1 suyas son estas significativas palabras acerca de
la Misa: "Nuestro Salvador, en la última Cena, instituyó el sacrificio
eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, con el cual iba a perpetuar por los
siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y a confiar así a su Esposa,
la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección".2
Lo que enseña el Concilio, aparece continuamente en las fórmulas de la Misa. En
efecto, la doctrina que el antiguo Sacramentario Leoniano expresaba en la
fórmula: "Cada vez que se celebra el memorial de este sacrificio, se realiza la
obra de nuestra redención",3 aparece de modo claro y preciso en las Plegarias
eucarísticas; en ellas, el sacerdote, a la vez que realiza la "anámnesis", se
dirige a Dios en nombre de todo el pueblo, le da gracias y le ofrece el
sacrificio vivo y santo, a saber: la oblación de la Iglesia y la Víctima por
cuya inmolación el mismo Dios quiso devolvernos su amistad;4 y pide que el
Cuerpo y Sangre de Cristo sean sacrificio agradable al Padre y salvación para
todo el mundo.'
De este modo, en el nuevo Misal, la lex orandi de la Iglesia responde a su
perenne lex credendi, la cual nos recuerda que, salvo el modo diverso de
ofrecer, constituyen un mismo y único sacrificio el de la cruz y su renovación
sacramental en la Misa, instituida por el Señor en la última Cena con el mandato
conferido a los Apóstoles de celebrarla en su conmemoración; y que,
consiguientemente, la Misa es al mismo tiempo sacrificio de alabanza, de acción
de gracias, propiciatorio y satisfactorio.
3. El misterio admirable de la presencia real de Cristo bajo las especies
eucarísticas, reafirmado por el Concilio Vaticano 116 y otros documentos del
Magisterio de la Iglesia' en el mismo sentido y con los mismos términos que el
Concilio de Trento lo declaró materia de fe,' se ve expresado también en la
celebración de la Misa por las palabras de la consagración que hacen presente a
Cristo por la transubstanciación, y, además, por los signos de suma reverencia y
adoración que tienen lugar en la Liturgia eucarística. Tal es el motivo de
impulsar al pueblo cristiano a que ofrezca especial tributo de adoración a este
admirable Sacramento en el día del Jueves Santo y en la solemnidad del Santísimo
Cuerpo y Sangre de Cristo.
4. La naturaleza del sacerdocio ministerial, propia del Obispo y del presbítero,
que in persona Christi, ofrecen el sacrificio y presiden la asamblea del pueblo
santo, queda esclarecida en la disposición del mismo rito por la preeminencia
del lugar reservado al sacerdote y por la función que desempeña. El contenido de
esta función se ve expresado con particular claridad y amplitud en el prefacio
de la Misa crismal del Jueves Santo, día en que se conmemora la institución del
sacerdocio. En dicho prefacio se declara la transmisión de la potestad
sacerdotal por la imposición de las manos, enumerándose cada uno de los
cometidos de esta potestad, que es continuación de la de Cristo, Sumo Pontífice
del Nuevo Testamento.
5. Pero hay algo distinto y muy digno de estima que se capta a partir de esta
naturaleza del sacerdocio ministerial: es el sacerdocio real de los fieles, cuya
ofrenda espiritual se consuma en la unión con el sacrificio de Cristo, único
Mediador, por el ministerio del Obispo y de los presbíteros.9 La celebración
eucarística, en efecto, es acción de la Iglesia universal, y en ella habrá de
realizar cada uno todo y sólo lo que de hecho le compete conforme al grado en
que se encuentra situado dentro del pueblo de Dios. De aquí la necesidad de
prestar una particular atención a determinados aspectos de la celebración que en
el decurso de los siglos no han sido tenidos muy en cuenta. Se trata nada menos
que del pueblo de Dios, adquirido por la Sangre de Cristo, congregado por el
Señor, que lo alimenta con su palabra; pueblo que ha recibido el llamamiento de
presentar a Dios todas las peticiones de la familia humana; pueblo que, en
Cristo, da gracias por el misterio de la salvación ofreciendo su sacrificio;
pueblo finalmente que por la Comunión de su Cuerpo y Sangre se consolida en la
unidad. Y este pueblo, aunque sea santo por su origen, sin embargo, crece de
continuo en santidad por la participación consciente, activa y fructuosa en el
misterio eucarístico.10
Una tradición ininterrumpida
6. Al establecer las normas a seguir en la revisión del Ordinario de la Misa, el
Concilio Vaticano II determinó, entre otras cosas, que algunos ritos "fueran
restablecidos conforme a la primitiva norma de los santos Padres"," haciendo uso
de las mismas palabras empleadas por san Pío V en la Constitución Apostólica Quo
primum al promulgar en 1570 el Misal Tridentino. El que ambos Misales Romanos
convengan en las mismas palabras puede ayudar a comprender cómo, pese a mediar
entre ellos una distancia de cuatro siglos, ambos recogen una misma tradición. Y
si se analiza el contenido interior de esta tradición, se ve también con cuánto
acierto el nuevo Misal completa al anterior.
7. En aquellos momentos difíciles, en que se ponía en crisis la fe católica
acerca de la naturaleza sacrificial de la Misa, del sacerdocio ministerial y de
la presencia real y permanente de Cristo bajo las especies eucarísticas, lo que
san Pío V se propuso en primer término fue salvaguardar los últimos pasos de una
tradición atacada sin verdadera razón, y, por este motivo, sólo se introdujeron
pequeñísimos cambios en el rito sagrado. En realidad, el Misal promulgado en
1570 apenas se diferencia del primer Misal que apareció impreso en 1474, el
cual, a su vez, reproduce fielmente el Misal de la época de Inocencio III. Se
dio el caso, además, de que los códices de la Biblioteca Vaticana sirvieron para
corregir algunas expresiones, pero esta investigación de "antiguos y probados
autores" se redujo a los comentarios litúrgicos de la Edad Media.
8. Hoy, en cambio, la "norma de los santos Padres", que trataron de seguir
aquellos que propusieron las enmiendas del Misal de san Pío V, se ha visto
enriquecida con numerosísimos trabajos de investigación. Al Sacramentario
llamado Gregoriano, editado por primera vez en 1571, han seguido los antiguos
Sacramentarios Romanos y Ambrosianos, repetidas veces publicados en edición
crítica, así como los antiguos libros litúrgicos de España y de las Galias, que
han aportado muchísimas oraciones de gran belleza espiritual, ignoradas
anteriormente.
Hoy, gracias al hallazgo de tantos documentos litúrgicos se conocen mejor las
tradiciones de los primitivos siglos, anteriores a la constitución de los ritos
de Oriente y de Occidente.
Además, con los progresivos estudios de los santos Padres, la teología del
misterio eucarístico ha recibido nuevos esclarecimientos, provenientes de la
doctrina de los más ilustres Padres de la antigüedad cristiana, como san Ireneo,
san Ambrosio, san Cirilo de Jerusalén, san Juan Crisóstomo.
9. Por tanto, la "norma de los santos Padres" pide algo más que la conservación
del legado transmitido por nuestros inmediatos predecesores; exige abarcar y
estudiar a fondo todo el pasado de la Iglesia y todas las formas de expresión
que la fe única ha tenido en contextos humanos y culturales tan diferentes entre
sí, como pueden ser los correspondientes a las regiones semíticas, griegas y
latinas. Con esta perspectiva más amplia, hoy podemos ver cómo el Espíritu Santo
suscita en el pueblo de Dios una fidelidad admirable en conservar inmutable el
depósito de la fe en medio de tanta variedad de ritos y oraciones.
Acomodación a una situación nueva
10. El nuevo Misal, que testifica la lex orandi de la Iglesia Romana y conserva
el depósito de la fe transmitido en los últimos Concilios, supone al mismo
tiempo un paso importantísimo en la tradición litúrgica.
Es verdad que los Padres del Concilio Vaticano II reiteraron las afirmaciones
dogmáticas del Concilio de Trento; pero tuvieron que hablar en un momento
histórico muy distinto, y por ello hubieron de aportar planes y orientaciones
pastorales totalmente imprevisibles hace cuatro siglos.
11. El Concilio de Trento ya había caído en la cuenta de la utilidad del gran
caudal catequético de la Misa; pero no le fue posible descender a todas las
consecuencias de orden práctico. De hecho, muchos deseaban, ya entonces, que se
permitiera emplear la lengua del pueblo en la celebración eucarística. Pero el
Concilio, teniendo en cuenta las circunstancias que concurrían en aquellos
momentos, se creyó en la obligación de volver a inculcar la doctrina tradicional
de la Iglesia, según la cual el sacrificio eucarístico es, ante todo, acción de
Cristo mismo, y, por tanto, su eficacia intrínseca no se ve afectada por el modo
de participar seguido por los fieles. En consecuencia, se expresó de modo firme
y moderado con estas palabras: "Aunque la Misa contiene mucha materia de
instrucción para el pueblo, sin embargo, no pareció conveniente a los Padres
que, como norma general, se celebrase en lengua vulgar".12 Condenó, además, al
que juzgase "ser reprobable el rito de la Iglesia Romana por el cual la parte
correspondiente al canon y las palabras de la consagración se pronuncian en voz
baja; o que la Misa exige ser celebrada en lengua vulgar".13 Y, no obstante, si
por un motivo prohibía el uso de la lengua vernácula en la Misa, por otro, en
cambio, mandaba que los pastores de almas procurasen suplirlo con la oportuna
catequesis: "A fin de que las ovejas de Cristo no padezcan hambre..., manda el
santo Sínodo a los pastores y a cuantos tienen cura de almas que frecuentemente
en la celebración de la Misa, bien por sí, bien por medio de otros, hagan una
exposición sobre algo de lo que en la Misa se lee, y, además, expliquen alguno
de los misterios de este santísimo sacrificio, principalmente en los domingos y
días festivos".14
12. El Concilio Vaticano II, congregado precisamente para adaptar la Iglesia a
las necesidades que su cometido apostólico encuentra en estos tiempos, prestó
una detenida atención al carácter didáctico y pastoral de la sagrada Liturgia,'s
lo mismo que el Concilio de Trento. Aunque ningún católico negaba la legitimidad
y eficacia del sagrado rito celebrado en latín, no obstante, se encontró en
condiciones de reconocer que "frecuentemente el empleo de la lengua vernácula
puede ser de gran utilidad para el pueblo", y autorizó dicho empleo.16 El
interés con que en todas partes se acogió esta determinación fue muy grande, y
así, bajo la dirección de los Obispos y de la misma Sede Apostólica, ha podido
llegarse a que se realicen en lengua vernácula todas las celebraciones
litúrgicas en las que el pueblo participa, con el consiguiente conocimiento
mayor del misterio celebrado.
13. Aunque el uso de la lengua vernácula en la sagrada Liturgia es un
instrumento de suma importancia para expresar más abiertamente la catequesis del
misterio contenida en la celebración, el Concilio Vaticano II advirtió también
que debían ponerse en práctica algunas prescripciones del Tridentino no en todas
partes acatadas, como la homilía en los domingos y días festivos" y la
posibilidad de intercalar moniciones entre los mismos ritos sagrados.18
Con mayor interés aún, el Concilio Vaticano II, consecuente en presentar como
"el modo más perfecto de participación aquél en que los fieles, después de la
Comunión del sacerdote, reciben el Cuerpo del Señor consagrado en la misma
Misa",19 exhorta a llevar a la práctica otro deseo ya formulado por los Padres
del Tridentino: que para participar de un modo más pleno "en la Misa no se
contenten los fieles con comulgar espiritualmente, sino que reciban
sacramentalmente la Comunión eucarística".20
14. Movido por el mismo espíritu y por el mismo interés pastoral del Tridentino,
el Concilio Vaticano II pudo abordar desde un punto de vista distinto lo
establecido por aquél acerca de la comunión bajo las dos especies. Al no haber
hoy quien ponga en duda los principios doctrinales del valor pleno de la
comunión eucarística recibida bajo la sola especie de pan, permitió en algunos
casos la comunión bajo ambas especies, a saber, siempre que por esta más clara
manifestación del signo sacramental los fieles tengan ocasión de captar mejor el
misterio en el que participan.21
1 5. De esta manera, la Iglesia, que conservando "lo antiguo", es decir, el
depósito de la tradición, permanece fiel a su misión de ser maestra de la
verdad, cumple también con su deber de examinar y emplear prudentemente "lo
nuevo" (cf. Mt 13, 52).
Así, una parte del nuevo Misal presenta unas oraciones de la Iglesia más
abiertamente orientadas a las necesidades actuales: tales son, principalmente,
las Misas rituales y por diversas necesidades, en las que oportunamente se
combinan lo tradicional y lo nuevo. Mientras que algunas expresiones
provenientes d la más antigua tradición de la Iglesia han permanecido intactas,
como puede verse por el mismo Misal Romano, reeditado tantas veces, otras muchas
expresiones han sido acomodadas a las actuales necesidades y circunstancias, y
otras, en cambio, como las oraciones por la Iglesia, por los laicos, por la
santificación del trabajo humano, por la comunidad de naciones, por algunas
necesidades peculiares de nuestro tiempo, han sido elaboradas íntegramente,
tomando ideas y hasta las mismas expresiones muchas veces de los recientes
documentos conciliares.
Al hacer uso de los textos de una tradición antiquísima, teniendo también en
cuenta la nueva situación del mundo, según hoy se presenta, se han podido
cambiar ciertas expresiones. sin que aparezca como menosprecio a tan venerable
tesoro, con el fin de acomodarlas al lenguaje teológico actual y a la presente
disciplina de la Iglesia. Por ejemplo, han sido modificadas algunas de las
relativas a la consideración y uso de los bienes terrenos, otras que se refieren
a cierta forma de penitencia corporal, propias de otros tiempos.
Se ve, pues, cómo las normas litúrgicas del Concilio de Trento han sido en gran
parte completadas y perfeccionadas por las del Vaticano II, que condujo a
término los esfuerzos para conseguir un mayor acercamiento de los fieles a la
Liturgia, esfuerzos realizados a lo largo de cuatro siglos, y sobre todo en los
últimos tiempos, debido principalmente al interés por la liturgia que suscitaron
san Pío X y sus sucesores.
Capítulo I
IMPORTANCIA Y DIGNIDAD
DE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
La celebración de la Misa, como acción de Cristo y del pueblo de Dios ordenado
jerárquicamente, es el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia,
universal y local, y para todos los fieles individualmente,22 ya que en ella se
culmina la acción con que Dios santifica al mundo en Cristo, y el culto que los
hombres tributan al Padre, adorándole por medio de Cristo, Hijo de Dios, en el
Espíritu Santo.23 Además, de tal modo se recuerdan en ella los misterios de la
Redención a lo largo del año, que, en cierto modo, se nos hacen presentes.24
Todas las demás acciones sagradas y cualesquiera obras de la vida cristiana se
relacionan con ella, proceden de ella y a ella se ordenan.25
Es, por tanto, de sumo interés que de tal modo se ordene la celebración de la
Misa o Cena del Señor que ministros sagrados y fieles, participando cada uno
según su condición, reciban de ella con más plenitud los frutos26 para cuya
consecución instituyó Cristo nuestro Señor el sacrificio eucarístico de su
Cuerpo y Sangre y confió este sacrificio, como un memorial de su pasión y
resurrección, a la Iglesia, su amada Esposa.27
Todo esto se podrá conseguir si, mirando a la naturaleza y demás circunstancias
de cada asamblea litúrgica, toda la celebración se dispone de modo que favorezca
la consciente, activa y plena participación de los fieles, es decir, esa
participación de cuerpo y alma, ferviente de fe, esperanza y caridad, que es la
que la Iglesia desea, la que reclama su misma naturaleza y a la que tiene
derecho y deber, el pueblo cristiano, por fuerza del bautismo."
Aunque en algunas ocasiones no es posible la presencia y la activa participación
de los fieles, cosas ambas que manifiestan mejor que ninguna otra la naturaleza
eclesial de la acción Litúrgica," sin embargo, la celebración eucarística no
pierde por ello su eficacia y dignidad, ya que es un acto de Cristo y de la
Iglesia, en la que el sacerdote cumple su principal ministerio y obra siempre
por la salvación del pueblo.
Se le recomienda, por eso, que celebre el sacrificio eucarístico, incluso
diariamente, en cuanto sea posible."
Y, puesto que la celebración eucarística, como toda la Liturgia, se realiza por
signos sensibles, con los que la fe se alimenta, se robustece y se expresa,31 se
debe poner todo el esmero posible para que sean seleccionadas y ordenadas
aquellas formas y elementos propuestos por la Iglesia que, según las
circunstancias de personas y lugares, favorezcan más directamente la activa y
plena participación de los fieles, y respondan mejor a su aprovechamiento
espiritual.
De ahí que esta Ordenación general mire, por un lado, a exponer las directrices
generales, según las cuales quede bien ordenada la celebración de la Eucaristía,
y, por otro, a proponer las normas a las que habrá de acomodarse cada una de las
formas de celebración."
Es de suma importancia la celebración de la Eucaristía en la Iglesia particular.
En efecto, el Obispo diocesano, en cuanto primer dispensador de los misterios de
Dios, es el moderador, promotor y custodio de toda la vida litúrgica en la
Iglesia particular a él confiada." El misterio de la Iglesia se pone de
manifiesto en las celebraciones que se realizan, presididas por él, sobre todo
en la celebración eucarística que él realiza con la participación del
presbiterio, los diáconos y el pueblo. Por eso, estas celebraciones solemnes de
la Eucaristía han de ser ejemplares para toda la diócesis.
A él le corresponde procurar que los presbíteros, los diáconos y los fieles
laicos consigan siempre una inteligencia profunda del genuino sentido de los
ritos y de los textos litúrgicos y se vean de este modo atraídos hacia una
consciente y fructuosa celebración de la Eucaristía.
Para conseguir este mismo fin, cuide de incrementar la dignidad de esas
celebraciones, a lo cual contribuye no poco la belleza del lugar sagrado, de la
música y del arte.
En esta Ordenación general y en el Ordinario de la Misa se exponen algunas
acomodaciones y adaptaciones para que la celebración responda más plenamente a
las prescripciones y al espíritu de la sagrada liturgia, y aumente su eficacia
pastoral.
Tales adaptaciones consisten, por lo general, en la elección de algunos ritos y
textos, es decir, cantos, lecturas, oraciones, moniciones y gestos que mejor
respondan a las necesidades, preparación e idiosincrasia de los participantes y
cuya aplicación corresponde al sacerdote celebrante. Recuerde, sin embargo, que
él se halla al servicio de la sagrada Liturgia y no le es lícito añadir, quitar,
ni cambiar nada según su propio gusto en la celebración de la Misa."
Además, en el Misal se indican en su lugar algunas adaptaciones que competen,
según la Constitución sobre la sagrada Liturgia, al Obispo diocesano o a la
Conferencia de los Obispos" (cf. nn. 387, 388-393).
Respecto a las variaciones y adaptaciones de más relieve, que sea preciso
introducir para que la liturgia responda a las tradiciones e idiosincrasia de
los pueblos y regiones, a tenor del artículo 40 de la Constitución de la Sagrada
Liturgia, téngase en cuenta tanto lo que establece la Instrucción "Liturgia
romana e inculturación"36, como lo expuesto más adelante (nn. 395-399).
Capítulo II
ESTRUCTURA DE LA MISA: SUS ELEMENTOS Y PARTES
I. ESTRUCTURA GENERAL DE LA MISA
En la Misa o Cena del Señor el pueblo de Dios es congregado, bajo la presidencia
del sacerdote, que actúa en la persona de Cristo, para celebrar el memorial del
Señor o sacrificio eucarístico." De ahí que sea eminentemente válida, cuando se
habla de la asamblea local de la santa Iglesia, aquella promesa de Cristo:
"Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos"
(Mt 18, 20). Pues en la celebración de la Misa, en la cual se perpetúa el
sacrificio de la cruz,38 Cristo está realmente presente en la misma asamblea
congregada en su nombre, en la persona del ministro, en su palabra y ciertamente
de una manera sustancial y permanente en las especies eucarísticas. 39
La Misa podemos decir que consta de dos partes: la liturgia de la palabra y la
liturgia eucarística, tan estrechamente unidas entre sí, que constituyen un solo
acto de culto,40 ya que en la Misa se dispone la mesa, tanto de la palabra de
Dios como del Cuerpo de Cristo, en la que los fieles encuentran instrucción y
alimento.41 Otros ritos abren y concluyen la celebración.
II. DIVERSOS ELEMENTOS DE LA MISA
Lectura de la palabra de Dios y su explicación
Cuando se leen en la Iglesia las sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su
pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio.
Por eso las lecturas de la palabra de Dios, que proporcionan a la Liturgia un
elemento de la mayor importancia, deben ser escuchadas por todos con veneración.
Y aunque la palabra divina, en las lecturas de la Sagrada Escritura, va dirigida
a todos los hombres de todos los tiempos y está al alcance de su entendimiento,
sin embargo, una mejor inteligencia y eficacia se ven favorecidas con una
explicación viva, es decir, con la homilía, como parte que es de la acción
litúrgica.42
Oraciones y otras partes que corresponden al sacerdote
Entre las atribuciones del sacerdote, ocupa el primer lugar la Plegaria
eucarística, que es el vértice de toda la celebración. Hay que añadir a ésta las
oraciones, es decir, la colecta, la oración sobre las ofrendas y la oración
después de la Comunión. Estas oraciones las dirige a Dios el sacerdote que
preside la asamblea actuando en la persona de Cristo, en nombre de todo el
pueblo santo y de todos los circunstantes. 43 Con razón, pues, se denominan
"oraciones presidenciales".
Igualmente corresponde al sacerdote, en cuanto que ejerce el cargo de presidente
de la asamblea reunida, decir algunas moniciones y fórmulas de introducción y
conclusión previstas en el mismo rito. Donde las rúbricas lo establecen, al
celebrante le es lícito adaptarlas hasta cierto punto para que se ajusten a la
comprensión de los participantes; el sacerdote, sin embargo, procure guardar
siempre el sentido de la monición que se propone en el Misal y, expresarlo en
pocas palabras. Compete asimismo al sacerdote que preside moderar la celebración
de la palabra de Dios y dar la bendición final. También le está permitido
introducir a los fieles en la Misa del día con brevísimas palabras, tras el
saludo inicial y antes del acto penitencial; en la liturgia de la palabra, antes
de las lecturas; en la Plegaria eucarística, antes del prefacio, pero nunca
dentro de la misma; igualmente, dar por concluida la entera acción sagrada,
antes de la fórmula de despedida.
La naturaleza de las intervenciones "presidenciales" exige que se pronuncien
claramente y en voz alta, y que todos las escuchen atentamente." Por
consiguiente, mientras interviene el sacerdote, no se cante ni se rece otra
cosa, y estén igualmente en silencio el órgano y cualquier otro instrumento
musical.
El sacerdote no sólo pronuncia oraciones como presidente, en nombre de la
Iglesia y de la comunidad reunida, sino que también algunas veces lo hace a
título personal, para poder cumplir con su ministerio con mayor atención y
piedad. Estas oraciones, que se proponen antes de la lectura del evangelio, en
la preparación de los dones y antes y después de la comunión del sacerdote, se
dicen en secreto.
Otras fórmulas que se usan en la celebración
Puesto que la celebración de la Misa, por su propia naturaleza, tiene carácter
"comunitario"," tienen una gran fuerza los diálogos entre el sacerdote y los
fieles congregados y asimismo las aclamaciones." Ya que no son solamente señales
externas de una celebración común, sino que fomentan y realizan la comunión
entre el sacerdote y el pueblo.
Las aclamaciones y respuestas de los fieles a los saludos del sacerdote y a sus
oraciones constituyen precisamente aquel grado de participación activa que, en
cualquier forma de Misa, se exige de los fieles reunidos para que quede así
expresada y fomentada la acción de toda la comunidad"
Otras partes que son muy útiles para manifestar y favorecer la activa
participación de los fieles, y que se encomiendan a toda la asamblea convocada,
son, sobre todo, el acto penitencial, la profesión de fe, la oración de los
fieles y la Oración dominical.
Finalmente, en cuanto a otras fórmulas:
Algunas tienen por sí mismas el valor de rito o de acto; por ejemplo, el Gloria,
el salmo responsorial, el Aleluya y el versículo antes del Evangelio, el Santo,
la aclamación de la anámnesis, el canto después de la Comunión;
Otras, en cambio, simplemente acompañan a un rito, como los cantos de entrada,
del ofertorio, de la fracción (Cordero de Dios) y de la Comunión.
Modos de pronunciar los diversos textos
En los textos que han de pronunciar en voz alta y clara el sacerdote o el
diácono o el lector o todos, la voz ha de corresponder a la índole del
respectivo texto, según se trate de lectura, oración, monición, aclamación o
canto; téngase también en cuenta la clase de celebración y la solemnidad de la
asamblea. Y, naturalmente, de la índole de las diversas lenguas y caracteres de
los pueblos.
En las rúbricas y normas que siguen, los vocablos "pronunciar" o "decir" deben
entenderse lo mismo del canto que de los recitados, según los principios que
acaban de enunciarse.
Importancia del canto
Amonesta el Apóstol a los fieles que se reúnen esperando la venida de su Señor,
que canten todos juntos con salmos, himnos y cánticos inspirados (cf. Col 3,16).
El canto es una señal de euforia del corazón (cf. Hch 2,46). De ahí que san
Agustín diga, con razón: "Cantar es propio de quien ama";" y viene de tiempos
muy antiguos el famoso proverbio: "Quien bien canta, ora dos veces".
Téngase, por consiguiente, en gran estima el uso del canto en la celebración de
la Misa, siempre teniendo en cuenta el carácter de cada pueblo y las
posibilidades de cada asamblea litúrgica: aunque no siempre sea necesario, por
ejemplo en las misas feriales, usar el canto para todos los textos que de suyo
se destinan a ser cantados, hay que procurar que de ningún modo falte el canto
de los ministros y del pueblo en las celebraciones de los domingos y fiestas de
precepto.
Al hacer la selección de lo que de hecho se va a cantar, se dará preferencia a
las partes que tienen mayor importancia, sobre todo a aquellas que deben cantar
el sacerdote, el diácono o el lector, con respuesta del pueblo: o el sacerdote y
el pueblo al mismo tiempo."
En igualdad de circunstancias, hay que darle el primer lugar al canto
gregoriano, al que se le reserva un puesto de honor entre todos los demás como
propio de la Liturgia romana. No se excluyen de ningún modo otros géneros de
música sagrada, sobre todo la polifonía, con tal que respondan al espíritu de la
acción litúrgica y favorezcan la participación de todos los fieles.50
Y, ya que es cada día más frecuente el encuentro de fieles de diversas
nacionalidades, conviene que esos mismos fieles sepan cantar todos a una en
latín algunas de las partes del Ordinario de la Misa, sobre todo el símbolo de
la fe y la Oración dominical en sus melodías más fáciles.51
Gestos y posturas corporales
El gesto y la postura corporal, tanto del sacerdote, del diácono y de los
ministros, como del pueblo, deben contribuir a que toda la celebración
resplandezca por su decoro y noble sencillez, de manera que pueda percibirse el
verdadero y pleno significado de sus diversas partes y se favorezca la
participación de todos" Habrá que tomar en consideración, por consiguiente, lo
establecido por esta Ordenación general, cuanto proviene de la praxis secular
del Rito romano y lo que aproveche al bien común espiritual del pueblo de Dios,
más que al gusto o parecer privados.
La postura corporal que han de observar todos los que toman parte en la
celebración, es un signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana
congregados para celebrar la sagrada Liturgia, ya que expresa y fomenta al mismo
tiempo la unanimidad de todos los participantes.
Los fieles estén de pie: desde el principio del canto de entrada, o mientras el
sacerdote se acerca al altar, hasta el final de la oración colecta; al canto del
Aleluya que precede al Evangelio: durante la proclamación del mismo Evangelio;
durante la profesión de fe y la oración de los fieles; y también desde la
invitación Orad hermanos que precede a la oración sobre las ofrendas hasta el
final de la Misa, excepto en los momentos que luego se enumeran.
En cambio, estarán sentados durante las lecturas y el salmo responsorial que
preceden al Evangelio; durante la homilía, y mientras se hace la preparación de
los dones en el ofertorio; también, según la oportunidad, a lo largo del sagrado
silencio que se observa después de la Comunión.
Estarán de rodillas durante la consagración, a no ser que lo impida la
enfermedad o la estrechez del lugar o la aglomeración de los participantes o
cualquier otra causa razonable. Y, los que no pueden arrodillarse en la
consagración, harán una profunda inclinación mientras el sacerdote hace la
genuflexión después de ella.
Corresponde, no obstante, a la Conferencia de los Obispos según la norma del
derecho, adaptar los gestos y posturas descritos en el Ordinario de la Misa,
según la índole y las razonables tradiciones de cada pueblo" Pero siempre se
habrá de procurar que haya una correspondencia adecuada con el sentido e índole
de cada parte de la celebración. Allí donde sea costumbre que el pueblo
permanezca de rodillas desde que termina la aclamación del Santo hasta el final
de la plegaria eucarística y antes de la Comunión cuando el sacerdote dice: Éste
es el Cordero de Dios, es loable que dicha costumbre se mantenga.
Para conseguir la uniformidad en los gestos y posturas dentro de una misma
celebración, los fieles seguirán las moniciones que pronuncian el diácono o el
ministro laico o el sacerdote, según lo dispuesto en el Misal.
44. Entre los gestos se comprenden también algunas acciones y procesiones en las
que el sacerdote con el diácono y los ministros se acerca al altar; el diácono,
antes de la proclamación del Evangelio, lleva consigo al ambón el Evangeliario o
Libro de los evangelios; los fieles llevan al altar los dones, y se acercan a la
Comunión. Conviene que estas acciones y procesiones se realicen en forma
decorosa, mientras se cantan los textos correspondientes, según las normas
establecidas en cada caso.
El silencio
45. También, como parte de la celebración, ha de guardarse, a su tiempo, el
silencio sagrado." La naturaleza de este silencio depende del momento de la Misa
en que se observa. Así, en el acto penitencial y después de la invitación a
orar, los presentes se recojan en su interior; al
terminar la lectura o la homilía, mediten brevemente sobre lo que han
oído; y después de la Comunión, alaben a Dios en su corazón y oren.
Es laudable que se guarde, ya antes de la misma celebración, silencio en la
iglesia, en la sacristía, y en los lugares más próximos, a fin de que todos
puedan disponerse adecuada y devotamente a las acciones sagradas.
III. LAS DIVERSAS PARTES DE LA MISA
A) RITOS INICIALES
Los ritos que preceden a la liturgia de la palabra, es decir, al canto de
entrada, el saludo, el acto penitencial, el Señor, ten piedad, el Gloria y la
oración colecta, tienen el carácter de exordio, introducción y preparación. Su
finalidad es hacer que los fieles reunidos constituyan una comunión y se
dispongan a oír como conviene la palabra de Dios y a celebrar dignamente la
Eucaristía.
En algunas celebraciones que, según las normas de los libros litúrgicos, se unen
con la Misa, han de omitirse los ritos iniciales o se realizan de un modo
peculiar.
Canto de entrada
Reunido el pueblo, mientras entra el sacerdote con el diácono y los ministros,
se comienza el canto de entrada. El fin de este canto es abrir la celebración,
fomentar la unión de quienes se han reunido e introducirles en el misterio del
tiempo litúrgico o de la fiesta y acompañar la procesión del sacerdote y los
ministros.
El canto de entrada lo entona la schola y el pueblo, o un cantor y el pueblo, o
todo el pueblo, o solamente la schola. Pueden emplearse para este canto o la
antífona con su salmo, como se encuentran en el Gradual romano o en el Gradual
simple, u otro canto acomodado a la acción sagrada o a la índole del día o del
tiempo litúrgico, con un texto aprobado por la Conferencia de los Obispos."
Si no hay canto de entrada, los fieles o algunos de ellos o un lector recitarán
la antífona que aparece en el Misal. Si esto no es posible, la recitará al menos
el mismo sacerdote, quien también puede adaptarla a modo de monición inicial
(cfr. n. 31).
Saludo al altar y al pueblo congregado
El sacerdote, el diácono y los ministros, cuando llegan al presbiterio, saludan
al altar con una inclinación profunda.
El sacerdote y el diácono, después, besan el altar como signo de veneración; y
el sacerdote, según los casos, inciensa la cruz y el altar.
Terminado el canto de entrada, el sacerdote, de pie junto a la sede, y toda la
asamblea hacen la señal de la cruz; a continuación el sacerdote, por medio, del
saludo, manifiesta a la asamblea reunida la presencia del Señor. Con este saludo
y con la respuesta del pueblo queda de manifiesto el misterio de la Iglesia
congregada.
Terminado el saludo al pueblo, el sacerdote o el diácono o un ministro laico
puede introducir a los fieles en la Misa del día con brevísimas palabras.
Acto penitencial
Después el sacerdote invita al acto penitencial, que, tras una breve pausa de
silencio, realiza toda la comunidad con la fórmula de la confesión general y se
termina con la absolución del sacerdote, que no tiene la eficacia propia del
sacramento de la Penitencia.
Los domingos, sobre todo en el tiempo pascual, en lugar del acto penitencial
acostumbrado, puede hacerse la bendición y aspersión del agua en memoria del
bautismo.56
Señor, ten piedad
Después del acto penitencial, se dice el Señor: ten piedad, a no ser que éste
haya formado ya parte del mismo acto penitencial. Siendo un canto con el que los
fieles aclaman al Señor y piden su misericordia, regularmente habrán de hacerlo
todos, es decir, tomarán parte en él el pueblo y la schola o un cantor.
Cada una de estas aclamaciones se repite, normalmente, dos veces, pero también
cabe un mayor número de veces, según el genio de cada lengua o las exigencias
del arte musical o de las circunstancias. Cuando se canta el Señor, ten piedad
como parte del acto penitencial, a cada una de las aclamaciones se le antepone
un "tropo".
Gloria
El Gloria es un antiquísimo y venerable himno con que la Iglesia congregada en
el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y al Cordero y le presenta sus
súplicas. El texto de este himno no puede cambiarse por otro. Lo entona el
sacerdote o, según los casos, el cantor o el coro, y lo cantan o todos juntos o
el pueblo alternando con los cantores, o sólo la schola. Si no se canta, al
menos lo han de recitar todos, o juntos o a dos coros que se responden
alternativamente.
Se canta o se recita los domingos, fuera de los tiempos de Adviento y de
Cuaresma, en las solemnidades y en las fiestas y en algunas peculiares
celebraciones más solemnes.
Oración colecta
A continuación, el sacerdote invita al pueblo a orar; y todos, a una con el
sacerdote, permanecen un momento en silencio para hacerse conscientes de estar
en la presencia de Dios y formular interiormente sus súplicas. Entonces el
sacerdote lee la oración que se suele denominar "colecta", por medio de la cual
se expresa la índole de la celebración. Siguiendo una antigua tradición de la
Iglesia, la oración colecta suele dirigirse a Dios Padre, por medio de Cristo en
el Espíritu Santo" y se termina con la conclusión trinitaria, que es la más
larga, del siguiente modo:
Si se dirige al Padre: Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina
contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos;
Si se dirige al Padre, pero al fin de esta oración se menciona al Hijo:
Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los
siglos de los siglos;
Si se dirige al Hijo: Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del
Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos.
El pueblo, para unirse a esta súplica, la hace suya con la aclamación: Amén.
En la Misa se dice siempre una única colecta.
B) LITURGIA DE LA PALABRA
Las lecturas tomadas de la Sagrada Escritura, con los cantos que se intercalan,
constituyen la parte principal de la liturgia de la palabra: la homilía, la
profesión de fe y la oración universal u oración de los fieles, la desarrollan y
concluyen. Pues en las lecturas, que luego explica la homilía, Dios habla a su
pueblo," le descubre el misterio de la redención y salvación, y le ofrece
alimento espiritual; y el mismo Cristo, por su palabra, se hace presente en
medio de los fieles." Esta palabra divina la hace suya el pueblo con el silencio
y los cantos, y muestra su adhesión a ella con la profesión de fe; y una vez
nutrido con ella, en la oración universal hace súplicas por las necesidades de
la Iglesia entera y por la salvación de todo el mundo.
Silencio
56. La liturgia de la palabra se ha de celebrar de manera que favorezca la
meditación y, en consecuencia, hay que evitar toda forma de precipitación que
impida el recogimiento. Conviene que haya en ella unos breves momentos de
silencio, acomodados a la asamblea, en los que, con la gracia del Espíritu
Santo, se perciba en el corazón la palabra de Dios y se prepare la respuesta a
través de la oración. Estos momentos de silencio pueden observarse, por ejemplo,
antes de que se inicie la misma liturgia de la palabra, después de la primera y
la segunda lectura, y una vez concluida la homilía.60
Lecturas bíblicas
En las lecturas se dispone la mesa de la palabra de Dios a los fieles y se les
abren los tesoros bíblicos.61 Se debe, por tanto, respetar la disposición de las
lecturas bíblicas por medio de las cuales se ilustra la unidad de ambos
Testamentos y la historia de la salvación. No es lícito sustituir las lecturas y
el salmo responsorial, que contienen la palabra de Dios, por otros textos no
bíblicos.62
En la Misa celebrada con la participación del pueblo, las lecturas se proclaman
siempre desde el ambón.
Según la tradición, el oficio de proclamar las lecturas no es presidencial, sino
ministerial. Así pues, las lecturas las proclama el lector, pero el Evangelio,
el diácono, y, en ausencia de éste, lo ha de anunciar otro sacerdote, Si no se
cuenta con un diácono o con otro sacerdote, el mismo sacerdote celebrante lee el
Evangelio; y si no se dispone de otro lector idóneo, el sacerdote celebrante
proclama también las otras lecturas.
Después de cada lectura, el que lee pronuncia la aclamación. Con su respuesta,
el pueblo congregado rinde homenaje a la palabra de Dios acogida con fe y
gratitud.
La proclamación del Evangelio constituye la culminación de la Liturgia de la
palabra. La misma Liturgia enseña que se le debe tributar suma veneración, ya
que la distingue por encima de las otras lecturas con especiales muestras de
honor, sea por razón del ministro encargado de anunciarlo y por la bendición u
oración con que se dispone a hacerlo, sea por parte de los fieles, que con sus
aclamaciones reconocen y profesan la presencia de Cristo que les habla, y
escuchan la lectura puestos en pie; sea, finalmente, por las mismas muestras de
veneración que se tributan al Evangeliario.
Salmo responsorial
Después de la primera lectura, sigue el salmo responsorial, que es parte
integrante de la liturgia de la palabra y goza de una gran importancia litúrgica
y pastoral, ya que favorece la meditación de la palabra de Dios.
El salmo responsorial ha de responder a cada lectura y ha de tomarse, por lo
general, del Leccionario.
Se ha de procurar que se cante el salmo responsorial íntegramente, o, al menos,
la respuesta que corresponde al pueblo. El salmista o cantor del salmo proclama
sus estrofas desde el ambón o desde otro sitio oportuno, mientras toda la
asamblea escucha sentada y participa además con su respuesta, a no ser que el
salmo se pronuncie de modo directo, o sea, sin el versículo de respuesta. Con el
fin de que el pueblo pueda decir más fácilmente la respuesta sálmica, pueden
emplearse algunos textos de respuestas y de salmos que se han seleccionado según
los diversos tiempos del año o según los distintos grupos de Santos, en lugar de
los textos correspondientes a la lectura, cada vez que se canta el salmo. Si el
salmo no puede cantarse, se recita según el modo que más favorezca la meditación
de la palabra de Dios.
En lugar del salmo asignado en el leccionario pueden cantarse también o el
responsorio gradual del Gradual romano o el salmo responsorial o el aleluyático
del Gradual simple, tal como figuran en estos mismos libros.
La aclamación que precede a la lectura del Evangelio
62. Después de la lectura que precede inmediatamente al Evangelio, se canta el
Aleluya, u otro canto establecido por la rúbrica, según las exigencias del
tiempo litúrgico. Esta aclamación constituye de por sí un rito o un acto con el
que la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor que les va a hablar en el
Evangelio, y profesa su fe con el canto. Lo cantan todos de pie precedidos de la
schola o del cantor, y, si procede, se repite; el verso lo canta el coro o un
cantor.
El Aleluya se canta en todos los tiempos litúrgicos, fuera de la Cuaresma. Los
versículos se toman del Leccionario o del Gradual.
En el tiempo de Cuaresma, en lugar del Aleluya se canta el verso que presenta el
Leccionario antes del Evangelio. Puede cantarse también otro salmo o tracto,
según figura en el Gradual.
63. Cuando hay una sola lectura antes del Evangelio:
En los tiempos litúrgicos en que se dice Aleluya se puede tomar o el salmo
aleluyático o el salmo y el Aleluya con su versículo.
En el tiempo litúrgico en que no se ha de decir Aleluya, se puede tomar o el
salmo y el versículo que precede al Evangelio o el salmo solo.
Si no se cantan, el Aleluya o el verso antes del Evangelio pueden omitirse.
64. La "secuencia", que, fuera de los días de Pascua y Pentecostés, es
facultativa, se canta antes del Aleluya.
Homilía
La homilía es parte de la Liturgia, y muy recomendada,63 pues es necesaria para
alimentar la vida cristiana. Conviene que sea una explicación o de algún aspecto
particular de las lecturas de la sagrada Escritura, o de otro texto del
Ordinario o del Propio de la Misa del día, teniendo siempre presente el misterio
que se celebra y las particulares necesidades de los oyentes."
La homilía la pronuncia ordinariamente el sacerdote celebrante o un sacerdote
concelebrante a quien éste se la encargue o, a veces, según la oportunidad,
también el diácono, pero nunca un fiel laico.65
En casos peculiares y con una causa justa pueden pronunciarla también un Obispo
o un presbítero que asisten a la celebración pero no concelebran.
Los domingos y fiestas de precepto ha de haber homilía, y no se puede omitir sin
causa grave en ninguna de las Misas que se celebran con asistencia del pueblo;
los demás días se recomienda, sobre todo, en los días feriales de Adviento,
Cuaresma y Tiempo Pascual, y también en otras fiestas y ocasiones en que el
pueblo acude numeroso a la iglesia.66
Tras la homilía es oportuno guardar un breve espacio de silencio.
Profesión de fe
67. El Símbolo o profesión de fe tiende a que todo el pueblo congregado responda
a la palabra de Dios, que ha sido anunciada en las lecturas de la sagrada
Escritura y expuesta por medio de la homilía, y, para que pronunciando la regla
de la fe con la fórmula aprobada para el uso litúrgico, rememore los grandes
misterios de la fe y los confiese antes de comenzar su celebración en la
Eucaristía.
El Símbolo lo ha de cantar o recitar el sacerdote con el pueblo los domingos y
solemnidades; puede también decirse en peculiares celebraciones más solemnes.
Si se canta, lo inicia el sacerdote o, según la oportunidad, un cantor, o el
coro, pero lo cantan todos juntos, o el pueblo alternando con la schola.
Si no se canta, lo recitan todos juntos, o a dos coros alternando entre sí.
Oración universal
En la oración universal u oración de los fieles, el pueblo, responde de alguna
manera a la palabra de Dios acogida en la fe y ejerciendo su sacerdocio
bautismal, ofrece a Dios sus peticiones por la salvación de todos. Conviene que
esta oración se haga normalmente en las Misas a las que asiste el pueblo, de
modo que se eleven súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los
que sufren alguna necesidad y por todos los hombres y la salvación de todo el
mundo.67
7O. Las series de intenciones, normalmente, serán las siguientes:
Por las necesidades de la Iglesia;
Por los que gobiernan las naciones y por la salvación del mundo;
Por los que padecen por cualquier dificultad;
Por la comunidad local.
Sin embargo, en alguna celebración particular, como en la Confirmación, el
Matrimonio o las Exequias, el orden de las intenciones puede amoldarse mejor a
la ocasión.
71. Corresponde al sacerdote celebrante dirigir esta oración desde la sede. Él
mismo la introduce con una breve monición en la que invita a los fieles a orar,
y la concluye con una oración. Las intenciones que se proponen sean sobrias,
formuladas con sabia libertad, en pocas palabras, y han de reflejar la oración
de toda la comunidad.
Las pronuncia el diácono o un cantor o un lector o un fiel laico desde el ambón
o desde otro lugar conveniente.68
El pueblo, permaneciendo de pie, expresa su súplica bien con la invocación común
después de la proclamación de cada intención, o bien rezando en silencio.
C) LITURGIA EUCARÍSTICA
72. En la última Cena, Cristo instituyó el sacrificio y convite pascual, por
medio del cual el sacrificio de la cruz se hace continuamente presente en la
Iglesia cuando el sacerdote, que representa a Cristo Señor, realiza lo que el
mismo Señor hizo y encargó a sus discípulos que hicieran en memoria de él.69
Cristo, en efecto, tomó en sus manos el pan y el cáliz, dio gracias, lo partió y
lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad, comed, bebed; esto es mi Cuerpo; éste
es el cáliz de mi Sangre. Haced esto en conmemoración mía. De ahí que la Iglesia
haya ordenado toda la celebración de la liturgia eucarística según estas mismas
partes que corresponden a las palabras y gestos de Cristo. En efecto:
En la preparación de las ofrendas se llevan al altar el pan y el vino con el
agua; es decir, los mismos elementos que Cristo tomó en sus manos;
En la Plegaria eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la
salvación y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo;
Por la fracción del pan y por la Comunión, los fieles, aun siendo muchos,
reciben de un solo pan el Cuerpo y de un solo cáliz la Sangre del Señor, del
mismo modo que los Apóstoles lo recibieron de manos del mismo Cristo.
Preparación de los dones
Al comienzo de la liturgia eucarística se llevan al altar los dones que se
convertirán en el Cuerpo y Sangre de Cristo.
En primer lugar, se prepara el altar o mesa del Señor, que es el centro de toda
la liturgia eucarística, 70 y colocando sobre él el corporal, el purificador, el
misal y el cáliz, que también se puede preparar en la credencia.
Se traen a continuación las ofrendas: es de alabar que el pan y el vino lo
presenten los mismos fieles. El sacerdote o el diácono los recibirá en un lugar
oportuno para llevarlo al altar. Aunque los fieles no traigan pan y vino de su
propiedad, con este destino litúrgico, como se hacía antiguamente, el rito de
presentarlos conserva su sentido y significado espiritual.
También se puede aportar dinero u otras donaciones para los pobres o para la
iglesia, que los fieles mismos pueden presentar o que pueden ser recolectados en
la iglesia, y que se colocarán en el sitio oportuno, fuera de la mesa
eucarística.
Acompaña a esta procesión en que se llevan las ofrendas el canto del ofertorio
(cf. n. 37, b), que se alarga por lo menos hasta que los dones han sido
depositados sobre el altar. Las normas sobre el modo de ejecutar este canto son
las mismas dadas para el canto de entrada (cf. n. 48). Al rito para el ofertorio
siempre se le puede unir el canto, incluso sin la procesión con los dones.
El sacerdote pone el pan y el vino sobre el altar mientras dice las fórmulas
establecidas. El sacerdote puede incensar las ofrendas colocadas sobre el altar
y después la cruz y el mismo altar, para significar que la oblación de la
Iglesia y su oración suben ante el trono de Dios como el incienso. Después son
incensados, sea por el diácono o por otro ministro, el sacerdote, en razón de su
sagrado ministerio, y el pueblo, en razón de su dignidad bautismal.
Oración sobre las ofrendas
Terminada la colocación de las ofrendas y los ritos que la acompañan, se
concluye la preparación de los dones con la invitación a orar juntamente con el
sacerdote, y con la oración sobre las ofrendas, y así todo queda preparado para
la Plegaria eucarística.
En la Misa se dice una sola oración sobre los dones, que termina con la
conclusión breve, es decir: Por Jesucristo, nuestro Señor. Pero si en su final
se menciona al Hijo, entonces se termina: Él, que vive y reina por los siglos de
los siglos.
Uniéndose a la oración, el pueblo hace suya la plegaria mediante la aclamación:
Amén.
Plegaria eucarística
Ahora empieza el centro y la cumbre de toda la celebración, a saber, la Plegaria
eucarística, que es una plegaria de acción de gracias y de consagración. El
sacerdote invita al pueblo a elevar el corazón hacia Dios, en oración y acción
de gracias, y lo asocia a su oración que él dirige en nombre de toda la
comunidad, por Jesucristo en el Espíritu Santo, a Dios Padre. El sentido de esta
oración es que toda la congregación de los fieles se una con Cristo en el
reconocimiento de las grandezas de Dios y en la ofrenda del sacrificio. La
Plegaria eucarística exige que todos la escuchen con silencio y reverencia.
Los principales elementos de que consta la Plegaria eucarística pueden
distinguirse de esta manera:
Acción de gracias (que se expresa sobre todo en el prefacio): en la que el
sacerdote, en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y le da las
gracias por toda la obra de salvación o por alguno de sus aspectos particulares,
según las variantes del día, festividad o tiempo litúrgico.
Aclamación: toda la asamblea, uniéndose a las jerarquías celestiales, canta el
Santo. Esta aclamación, que constituye una parte de la Plegaria eucarística, la
proclama todo el pueblo con el sacerdote.
Epíclesis: la Iglesia, por medio de determinadas invocaciones, implora la fuerza
del Espíritu Santo para que los dones que han presentado los hombres queden
consagrados, es decir, se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y para que
la víctima inmaculada; que se va a recibir en la Comunión sea para salvación de
quienes la reciban.
Relato de la institución y consagración: con las palabras y gestos de Cristo, se
realiza el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última Cena, cuando
bajo las especies de pan y vino ofreció su Cuerpo y su Sangre y se lo dio a los
Apóstoles en forma de comida y bebida, y les encargó perpetuar ese mismo
misterio.
Anámnesis: la Iglesia, al cumplir este encargo que, a través de los Apóstoles,
recibió de Cristo Señor, realiza el memorial del mismo Cristo, recordando
principalmente su bienaventurada pasión, su gloriosa resurrección y ascensión al
cielo.
Oblación: la Iglesia, especialmente la reunida aquí y ahora, ofrece en este
memorial al Padre en el Espíritu Santo la víctima inmaculada. La Iglesia
pretende que los fieles no sólo ofrezcan la víctima inmaculada, sino que
aprendan a ofrecerse a sí mismos!' y que de día en día perfeccionen, con la
mediación de Cristo, la unidad con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios
lo sea todo en todos.72
Intercesiones: dan a entender que la Eucaristía se celebra en comunión con toda
la Iglesia, celeste y terrena, y que la oblación se hace por ella y por todos
sus fieles, vivos y difuntos, miembros que han sido llamados a participar de la
salvación y redención adquiridas por el Cuerpo y Sangre de Cristo.
Doxología final: expresa la glorificación de Dios, y se concluye y confirma con
la aclamación del pueblo: Amén.
Rito de la Comunión
Ya que la celebración eucarística es un convite pascual, conviene que, según el
encargo del Señor, su Cuerpo y su Sangre sean recibidos por los fieles,
debidamente dispuestos, como alimento espiritual. A esto - tienden la fracción y
los demás ritos preparatorios, que conducen a los fieles a la Comunión.
La Oración dominical
En la Oración dominical se pide el pan de cada día, con lo que se evoca, para
los cristianos, principalmente el pan eucarístico, y se implora la purificación
de los pecados, de modo que, verdaderamente, "las cosas santas se den a los
santos". El sacerdote invita a orar, y todos los fieles dicen, a una con el
sacerdote, la oración. El sacerdote solo añade el embolismo, y el pueblo lo
termina con la doxología. El embolismo, que desarrolla la última petición de la
misma Oración dominical, pide para toda la comunidad de los fieles la liberación
del poder del mal.
La invitación, la oración misma, el embolismo y la doxología con que el pueblo
cierra esta parte, se pronuncian o con canto o en voz alta.
Rito de la paz
Sigue, a continuación, el rito de la paz, con el que la Iglesia implora la paz y
la unidad para sí misma y para toda la familia humana, y los fieles expresan la
comunión eclesial y la mutua caridad, antes de comulgar en el Sacramento.
Por lo que se refiere al mismo rito de darse la paz, establezcan las
Conferencias de los Obispos el modo más conveniente, según el carácter y las
costumbres de cada pueblo. No obstante, conviene que cada uno exprese
sobriamente la paz sólo a quienes tiene más cerca.
La fracción del pan
El sacerdote parte el pan eucarístico con la ayuda, si procede, del diácono o de
un concelebrante. El gesto de la fracción del pan, realizado por Cristo en la
última Cena, y que en los tiempos apostólicos fue el que
sirvió para 'denominar la íntegra acción eucarística, significa que los fieles,
siendo muchos, en la Comunión de un solo pan de vida, que es Cristo muerto y
resucitado para la vida del mundo, se hacen un solo cuerpo (1 Co 10,17). La
fracción se inicia tras el intercambio del signo de la paz y se realiza con la
debida reverencia, sin alargarla de modo innecesario ni que parezca de una
importancia inmoderada. Este rito está reservado al sacerdote y al diácono.
El sacerdote realiza la fracción del pan y deposita una partícula de la hostia
en el cáliz, para significar la unidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor en la
obra salvadora, es decir, del Cuerpo de Cristo Jesús viviente y glorioso. El
coro o un cantor canta normalmente la súplica Cordero de Dios con la respuesta
del pueblo; o lo dicen al menos en voz alta. Esta invocación acompaña a la
fracción del pan y, por eso, puede repetirse cuantas veces sea necesario hasta
que concluya el rito. La última vez se concluye con las palabras: danos la paz.
Comunión
El sacerdote se prepara con una oración en secreto para recibir con fruto el
Cuerpo y Sangre de Cristo. Los fieles hacen lo mismo, orando en silencio.
Luego el sacerdote muestra a los fieles el pan eucarístico sobre la patena o
sobre el cáliz y los invita al banquete de Cristo; y, juntamente con los fieles,
hace, usando las palabras evangélicas prescritas, un acto de humildad.
Es muy de desear que los fieles, como el mismo sacerdote tiene que hacer,
participen del Cuerpo del Señor con pan consagrado en esa misma Misa y, en los
casos previstos (cf. n. 283), participen del cáliz, de modo que aparezca mejor,
por los signos, que la Comunión es una participación en el sacrificio que se
está celebrando.73
Mientras el sacerdote comulga el Sacramento, comienza el canto de Comunión,
canto que debe expresar, por la unión de voces, la unión espiritual de quienes
comulgan, demostrar la alegría del corazón y manifestar claramente la índole
"comunitaria" de la procesión para recibir la Eucaristía. El canto se prolonga
mientras se administra el Sacramento a los fieles.74 En el caso de que se cante
un himno después de la Comunión, el canto de Comunión conclúyase a su tiempo.
Procúrese que también los cantores puedan comulgar cómodamente.
Para canto de Comunión se puede emplear o la antífona del Gradual romano, con
salmo o sin él, o la antífona con el salmo del Gradual simple, o algún otro
canto adecuado, aprobado por la Conferencia de los Obispos. Lo cantan el coro
solo o también el coro o un cantor, con el pueblo.
Si no hay canto, la antífona propuesta por el Misal puede ser rezada por los
fieles, o por algunos de ellos, o por un lector, o, en último término, la
recitará el mismo sacerdote, después de haber comulgado y antes de distribuir la
Comunión a los fieles.
Cuando se ha terminado de distribuir la Comunión, el sacerdote y los fieles, si
se juzga oportuno, pueden orar un espacio de tiempo en secreto. Si se prefiere,
toda la asamblea puede también cantar un salmo, o algún otro canto de alabanza o
un himno.
Para completar la plegaria del pueblo de Dios y concluir todo el rito de la
Comunión, el sacerdote pronuncia la oración para después de la Comunión, en la
que se ruega por los frutos del misterio celebrado.
En la Misa sólo se dice una oración después de la Comunión, que se termina con
la conclusión breve, es decir:
Si se dirige al Padre: Por Jesucristo, nuestro Señor;
Si se dirige al Padre, pero al final menciona al Hijo: Él, que vive y reina por
los siglos de los siglos;
Si se dirige al Hijo: Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. El
pueblo hace suya esta oración con la aclamación: Amén.
D) RITO DE CONCLUSIÓN
Pertenecen al rito de conclusión:
Algunos avisos breves, si son necesarios;
El saludo y bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se
enriquece y se amplía con la oración "sobre el pueblo" o con otra fórmula más
solemne;
La despedida del pueblo por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno
regrese a sus honestos quehaceres alabando y bendiciendo a Dios;
El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y después una
inclinación profunda del sacerdote, del diácono y de los demás ministros.
Capítulo III
OFICIOSY MINISTERIOS EN LA MISA
La celebración eucarística es acción de Cristo y de la Iglesia, es decir, un
pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección del Obispo. Por eso,
pertenece a todo el Cuerpo de la Iglesia, influye en él y lo manifiesta; pero
afecta a cada uno de sus miembros según la diversidad de órdenes, funciones y
actual participación." De este modo, el pueblo cristiano, "linaje escogido,
sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido", manifiesta su coherente y
jerárquica ordenación." Todos, por tanto, ministros ordenados o fieles laicos,
al desempeñar su ministerio u oficio, harán todo y sólo aquello que les
corresponde."
I. OFICIOS DEL ORDEN SAGRADO
Toda celebración eucarística legítima es dirigida por el Obispo, ya sea
personalmente, ya por los presbíteros, sus colaboradores."
Cuando el Obispo está presente en una Misa para la que se ha reunido el pueblo,
es muy conveniente que sea él quien celebre la Eucaristía y que asocie a su
persona a los presbíteros en la acción sagrada, como concelebrantes. Esto se
hace no para aumentar la solemnidad exterior del rito, sino para significar de
una manera más clara el misterio de la Iglesia, "sacramento de unidad".79
Pero si el Obispo no celebra la Eucaristía, sino que designa a otro para que lo
haga, entonces es conveniente que sea él quien, revestido con el alba y sobre
ella la cruz pectoral, la estola y la capa pluvial, presida la liturgia de la
palabra y dé la bendición al final de la Misa."
También el presbítero, que en la Iglesia, en virtud de la potestad sagrada del
Orden, puede ofrecer el sacrificio, actuando en la persona de Cristo,81 preside
al pueblo fiel congregado aquí y ahora, dirige su oración, le anuncia el mensaje
de salvación, asociando al pueblo en la ofrenda del sacrificio por Cristo en el
Espíritu Santo a Dios Padre, da a sus hermanos el pan de la vida eterna y
participa del mismo con ellos. Por consiguiente, cuando celebra la Eucaristía,
debe servir a Dios y al pueblo con dignidad y humildad, e insinuar a los fieles,
en el mismo modo de comportarse y de anunciar las divinas palabras, la presencia
viva de Cristo.
Después del presbítero, el diácono, en virtud de la sagrada ordenación recibida,
ocupa el primer lugar entre los que sirven en la celebración eucarística. Ya
desde los primeros tiempos apostólicos, la Iglesia tuvo en gran honor el sagrado
Orden del diaconado." En la Misa, el diácono tiene su cometido propio en la
proclamación del Evangelio y, a veces; en la predicación de la palabra de Dios;
al enunciar las intenciones en la oración universal; al ayudar al sacerdote en
la preparación del altar y sirviendo en la celebración del sacrificio; en
distribuir a los fieles la Eucaristía, sobre todo bajo la especie de vino; y en
las moniciones sobre posturas y gestos de la asamblea.
II. MINISTERIOS DEL PUEBLO DE DIOS
95. En la celebración de la Misa, los fieles forman la nación santa, el pueblo
adquirido por Dios, el sacerdocio real, para dar gracias a Dios y ofrecer no
sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, la víctima inmaculada, y
aprender a ofrecerse a sí mismos." Procuren, pues, manifestar eso mismo por
medio de un profundo sentido religioso y por la caridad hacia los hermanos que
toman parte en la misma celebración. Eviten. por consiguiente, toda apariencia
de singularidad o de división, teniendo presente que es uno el Padre común que
tienen en el cielo, y que todos, por consiguiente, son hermanos entre sí.
Formen, pues, un solo cuerpo, escuchando la palabra de Dios, participando en las
oraciones y en el canto, y principalmente en la común oblación del sacrificio y
en la común participación en la mesa del Señor. Esta unidad se hace hermosamente
visible cuando los fieles observan comunitariamente los mismos gestos y
actitudes corporales.
No rehúsen los fieles servir al pueblo de Dios con gozo cuando se les pida que
desempeñen en la celebración algún determinado ministerio.
III. MINISTERIOS PECULIARES
El ministerio del acólito y del lector instituidos
El acólito es instituido para el servicio del altar y como ayudante del
sacerdote y del diácono. A él compete principalmente la preparación del altar y
de los vasos sagrados, y, si es necesario, distribuir a los fieles la
Eucaristía, de la que es ministro extraordinario."
En el servicio al altar, el acólito tiene sus funciones propias (cf. nn.
187-193) que debe ejercer por sí mismo.
El lector es instituido para proclamar las lecturas de la sagrada Escritura,
excepto el Evangelio. Puede también proponer las intenciones de la oración
universal, y, a falta de salmista, proclamar el salmo responsorial.
El lector tiene un ministerio propio en la celebración eucarística (cf. nn.
194-198), ministerio que debe ejercer por sí mismo.
Otros oficios
Si falta un acólito instituido, se pueden designar para el servicio del altar y
como ayudante del sacerdote y del diácono, ministros laicos que lleven la cruz,
los ciriales, el incensario, el pan, el vino, el agua e incluso pueden recibir
la facultad para distribuir, como ministros extraordinarios, la sagrada
Comunión.85
Si falta un lector instituido, desígnense otros laicos para proclamar las
lecturas de la sagrada Escritura, con tal que sean verdaderamente idóneos para
desempeñar este oficio y estén esmeradamente formados, de modo que los fieles,
al escuchar las lecturas divinas, conciban en su corazón un suave y vivo amor a
la sagrada Escritura.86
Al salmista corresponde proclamar el salmo u otro canto bíblico interleccional.
Para cumplir bien con este oficio, es preciso que el salmista posea el arte de
salmodiar y tenga dotes de buena dicción y clara pronunciación.
Entre los fieles, la schola o coro ejerce un oficio litúrgico propio y les
corresponde ocuparse de la debida ejecución de las partes reservadas a ellos,
según los diversos géneros del canto, y favorecer la activa participación de los
fieles en el mismo." Y lo que se dice de los cantores vale también, salvadas las
diferencias, para los otros músicos, sobre todo para el organista.
1O4. Es conveniente que haya un cantor o un director de coro, que se encargue de
dirigir y mantener el canto del pueblo. Más aún, cuando falta la schola,
corresponderá a un cantor dirigir los diversos cantos, participando el pueblo en
aquello que le corresponde.88
1O5. Ejercen también un oficio litúrgico:
El sacristán, que ha de preparar con esmero los libros litúrgicos, los
ornamentos y demás cosas necesarias para la celebración de la Misa.
El comentarista, que hace brevemente las explicaciones y avisos a los fieles,
para introducirlos en la celebración y disponerlos a entenderla mejor. Conviene
que lleve bien preparados sus comentarios claros y sobrios. En el cumplimiento
de su oficio, el comentarista ocupe un lugar adecuado ante los fieles, pero no
el ambón.
Los que hacen las colectas en la iglesia.
Existen también, en algunas regiones, los encargados de recibir a los fieles a
la puerta de la iglesia, acomodarlos en los puestos que les corresponden y
ordenar las procesiones.
1O6. Conviene que en las catedrales y en las iglesias mayores, haya al menos un
ministro competente o maestro de ceremonias, designado para la preparación
adecuada de las acciones sagradas y para que los ministros sagrados y los fieles
laicos las ejecuten con decoro, orden y piedad.
Los ministerios litúrgicos que no son propios del sacerdote ni del diácono y de
los que se trata anteriormente (nn. 100-106) podrán también confiarse a laicos
idóneos elegidos por el párroco o el rector de la iglesia," mediante una
bendición litúrgica o una designación temporal. Por lo que se refiere al oficio
de servir al sacerdote en el altar, obsérvense las normas del Obispo para su
diócesis.
IV. LA DISTRIBUCIÓN DE LOS OFICIOS Y LA PREPARACIÓN DE LA CELEBRACIÓN
Un solo sacerdote debe ejercer siempre el ministerio presidencial en todas sus
partes, exceptuadas las que son propias de aquella Misa en la que participa el
Obispo (cf. n. 92).
Si están presentes varios que pueden ejercer un mismo ministerio, nada impide el
que se distribuyan entre sí las diversas partes del mismo; por ejemplo, un
diácono puede encargarse de las partes cantadas y otro del ministerio del altar;
si hay varias lecturas, conviene distribuirlas entre diversos lectores; y así en
lo demás. Pero en ningún caso puede repartirse entre varios un mismo elemento de
la celebración; por ejemplo que una misma lectura sea leída por dos, uno después
de otro, salvo que se trate de la Pasión del Señor.
Si en la Misa celebrada con el pueblo sólo asiste un ayudante, éste ejerza los
diversos oficios.
La efectiva preparación de cada celebración litúrgica hágase con ánimo concorde
y diligente según el Misal y los otros libros litúrgicos entre todos aquellos a
quienes atañe, tanto en lo que se refiere al rito como al aspecto pastoral y
musical, bajo la dirección del rector de la iglesia, y oído también el parecer
de los fieles en lo que a ellos directamente les atañe. Pero el sacerdote que
preside la celebración tiene siempre el derecho de disponer lo que concierne a
sus competencias."
Capítulo IV
DIVERSAS FORMAS
DE CELEBRAR LA MISA
En una Iglesia local corresponde evidentemente el primer puesto, por su
significado, a la Misa presidida por el Obispo, rodeado de su presbiterio,
diáconos y ministros laicos,91 y en la que el pueblo santo de Dios participa
plena y activamente. En ésta, en efecto, es donde se realiza la principal
manifestación de la Iglesia.
En la Misa que celebra el Obispo, o que él preside sin que celebre la
Eucaristía, obsérvense las normas que se encuentran en el Ceremonial de
Obispos."
Téngase también en gran estima la Misa que se celebra con una
determinada-comunidad, sobre todo con la parroquial, puesto que representa a la
Iglesia universal en un tiempo y lugar definidos, sobre todo en la celebración
comunitaria del domingo."
Entre las Misas celebradas por determinadas comunidades, ocupa un puesto
singular la Misa conventual, que es una parte del Oficio cotidiano, o la Misa
que se llama "de comunidad". Y aunque estas Misas no exigen ninguna forma
peculiar de celebración, con todo es muy conveniente que sean cantadas, y sobre
todo con la plena participación de todos los miembros de la comunidad,
religiosos o canónigos. Por consiguiente, en esas Misas ejerza cada uno su
propio oficio, según el Orden o ministerio recibido. Conviene, pues, en estos
casos, que todos los sacerdotes que no están obligados a celebrar en forma
individual por alguna utilidad pastoral de los fieles, a ser posible,
concelebren en estas Misas. Más aún, todos los sacerdotes pertenecientes a una
comunidad, que tengan la obligación de celebrar en forma individual por el bien
pastoral de los fieles, pueden concelebrar el mismo día en la Misa conventual o
"de comunidad".94 Porque es preferible que los presbíteros que asisten a la
celebración eucarística, a no ser que una causa justa les excuse, ejerzan el
ministerio propio de su orden y, en consecuencia, participen como
concelebrantes, revestidos con los ornamentos sagrados. Si no concelebran,
llevan el hábito coral propio o la sobrepelliz sobre el traje talar.
I. LA MISA CON PUEBLO
Por "Misa con pueblo" se entiende la que se celebra con la participación de los
fieles. Conviene que, mientras sea posible, sobre todo los domingos y fiestas de
precepto, tenga lugar esta celebración con canto y con el número adecuado de
ministros:95 sin embargo, puede también celebrarse sin canto y con un solo
ministro.
En toda celebración de la Misa, si asiste un diácono, éste ha de ejercer su
ministerio. Conviene que al sacerdote celebrante le asista de ordinario un
acólito, un lector y un cantor. Pero el rito que se describe a continuación
prevé la posibilidad de un número mayor de ministros.
Lo que se ha de preparar
Cúbrase el altar al menos con un mantel de color blanco. Sobre el altar, o cerca
del mismo, colóquese en cada celebración un mínimo de dos candeleros con sus
velas encendidas o incluso cuatro o seis, especialmente si se trata de la misa
dominical, o festiva de precepto, y si celebra el Obispo diocesano, siete.
También sobre el altar o cerca del mismo ha de haber una cruz con la imagen de
Cristo crucificado. Los candeleros y la cruz, con la imagen de Cristo
crucificado, pueden llevarse en la procesión de entrada. Sobre el altar puede
ponerse, a no ser que también éste se lleve en la procesión de entrada, el
Evangeliario, distinto del libro de las restantes lecturas.
118. Prepárese también:
Junto a la sede del sacerdote: el misal y, según convenga, el libro de los
cantos;
En el ambón: el leccionario;
En la credencia: el cáliz, el corporal, el purificador, la palia, si se usa: la
patena y los copones si son necesarios; el pan para la Comunión del sacerdote
que preside, del diácono, de los ministros y del pueblo; las vinajeras con el
vino y el agua, a no ser que lo vayan a ofrecer los fieles en la procesión del
ofertorio; el recipiente de agua que se va a bendecir, si se realiza la
aspersión; la bandeja para la Comunión de los fieles y todo lo que hace falta
para la ablución de las manos.
Es loable cubrir el cáliz con un velo, que podrá ser o del color del día o de
color blanco.
119. Prepárense en la sacristía, según las diversas formas de celebración, las
vestiduras sagradas (cf. nn. 337-341) del sacerdote, del diácono y de los otros
ministros:
Para el sacerdote: el alba, la estola y la casulla;
Para el diácono: el alba, la estola y la dalmática. Esta última, por necesidad o
por grado inferior de solemnidad, puede omitirse;
Para los demás ministros: albas u otras vestiduras legítimamente aprobadas."
Todos los que usan el alba, empleen el cíngulo y el amito, a no ser que la forma
del alba no lo exija.
Cuando se hace procesión de entrada se prepara también el Evangeliario; en los
domingos y días festivos, si se va a emplear el incienso, se preparan también el
incensario y la naveta con incienso, la cruz procesional y los ciriales con las
velas encendidas.
A) MISA SIN DIÁCONO Ritos iniciales
12O. Reunido el pueblo, el sacerdote y los ministros, revestidos cada uno con
sus vestiduras sagradas, avanzan hacia el altar por este orden:
El turiferario con el incensario humeante, si se emplea el incienso;
Los ministros que llevan los ciriales encendidos, y, en medio de ellos, el
acólito u otro ministro con la cruz;
Los acólitos y otros ministros;
El lector, que puede llevar el Evangeliario, no el Leccionario, algo elevado;
El sacerdote que va a presidir la Misa.
Si se emplea el incienso, el sacerdote lo pone en el incensario antes de que la
procesión se ponga en marcha y lo bendice con el signo de la cruz sin decir
nada.
Mientras se hace la procesión hacia el altar, se entona el canto de entrada (cf.
nn. 47-48).
Cuando han llegado al altar, el sacerdote y los ministros hacen una profunda
inclinación.
La cruz, con la imagen de Cristo crucificado, si se lleva en procesión, puede
colocarse junto al altar, para que sea la cruz del altar, que debe ser única; de
otro modo, se coloca en un lugar digno; los candeleros se colocan sobre el altar
o junto a él; conviene depositar el Evangeliario sobre el altar.
El sacerdote accede al altar y lo venera con un beso. Luego, según la
oportunidad, inciensa la cruz y el altar rodeándolo.
Terminado esto, el sacerdote va a su sede. Una vez concluido el canto de
entrada, todos, sacerdote y fieles, de pie, hacen la señal de la cruz. El
sacerdote empieza: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. El
pueblo responde: Amén.
Luego el sacerdote, de cara al pueblo y extendiendo las manos, saluda a la
asamblea usando una de las fórmulas propuestas. Puede también, él u otro
ministro, introducir a los fieles a la Misa del día con brevísimas palabras.
Sigue el acto penitencial. Después se canta o se recita el Señor; ten piedad
según las rúbricas (cf. n. 52).
En determinadas celebraciones se canta o se recita el Gloria (cf. n. 53).
Luego el sacerdote con las manos juntas invita al pueblo a orar diciendo:
Oremos. Todos, juntamente con el sacerdote, oran en silencio durante breve
tiempo. Entonces el sacerdote, con las manos extendidas, dice la oración
colecta, y cuando ésta termina, el pueblo aclama: Amén.
Liturgia de la palabra
Terminada la oración colecta, todos se sientan. El sacerdote puede introducir a
los fieles en la liturgia de la palabra con brevísimas palabras. El lector se
dirige al ambón, y, del leccionario, colocado allí antes de iniciarse la Misa,
proclama la primera lectura, que todos escuchan. Al final, el lector pronuncia
la aclamación: Palabra de Dios y todos responden: Te alabamos, Señor.
En este momento puede guardarse, si conviene, un breve tiempo de silencio para
que todos mediten lo que han escuchado.
Después, el salmista o el mismo lector recita los versículos del salmo, y el
pueblo va diciendo la respuesta del modo acostumbrado.
Si hay una segunda lectura antes del Evangelio, el lector la proclama desde el
ambón, mientras todos escuchan, y al final responden a la aclamación como se
indica más arriba (n. 128). Luego, si se ve oportuno, puede guardarse un breve
tiempo de silencio.
Después todos se ponen en pie y se canta el Aleluya u otro canto, según las
exigencias del tiempo litúrgico (cf. nn. 62-64).
Mientras se canta el Aleluya u otro canto, el sacerdote, si se emplea el
incienso, lo pone en el incensario y lo bendice. Luego, con las manos juntas y
profundamente inclinado ante el altar, dice en secreto: Purifica mi corazón.
Después toma el Evangeliario, si está en el altar, y precedido por los ayudantes
laicos, que pueden llevar el incensario y los ciriales, se acerca al ambón
llevando el Evangeliario algo elevado. Los presentes se vuelven hacia el ambón
manifestando así una especial reverencia al Evangelio de Cristo.
Llegado al ambón, el sacerdote abre el libro y, con las manos juntas, dice: El
Señor esté con vosotros, y el pueblo responde: Y con tu espíritu, y después:
Lectura del santo Evangelio..., trazando la cruz sobre el libro con el pulgar, y
luego sobre su propia frente, boca y pecho, lo cual también hacen todos los
demás. El pueblo aclama, diciendo: Gloria a ti, Señor. El sacerdote, si se
utiliza el incienso, inciensa el libro (cf. nn. 276-277). Después proclama el
Evangelio y al final pronuncia la aclamación Palabra del Señor y todos responden
Gloria a ti, Señor Jesús. El sacerdote besa el libro diciendo en secreto: Las
palabras del Evangelio.
Si no hay lector, el mismo sacerdote hará todas las lecturas y el salmo de pie
en el ambón. Allí mismo, si se emplea el incienso, lo pone en el incensario y lo
bendice, y profundamente inclinado dice: Purifica mi corazón.
El sacerdote, de pie en la sede o en el mismo ambón, o en otro lugar idóneo, si
conviene, pronuncia la homilía; una vez terminada, puede guardarse un tiempo de
silencio.
137. El Símbolo lo canta o lo recita el sacerdote juntamente con el pueblo (cf.
n. 68), estando todos de pie. . A las palabras: Y por obra del Espíritu Santo se
encarnó..., etc., o que fue concebido..., etc., todos se inclinan profundamente;
pero en las solemnidades de la Anunciación y de la Natividad del Señor, se
arrodillan
Una vez dicho el símbolo, el sacerdote, de pie junto a la sede. con las manos
juntas, invita a los fieles a la oración universal con una breve monición.
Después el cantor o el lector u otro, propone, vuelto al pueblo, las intenciones
desde el ambón o desde otro lugar conveniente y, por su parte, el pueblo
responde suplicante. Al final, el sacerdote, con las manos extendidas, concluye
la súplica con la oración.
Liturgia eucarística
Terminada la oración universal, todos se sientan y comienza el canto del
ofertorio (cf. n. 74).
El acólito u otro ministro laico colocan en el altar el corporal. el
purificador, el cáliz, la palia y el misal.
Es conveniente que la participación de los fieles se manifieste en la
presentación del pan y del vino para la celebración de la Eucaristía o de otros
dones con los que se ayude a las necesidades de la iglesia o de los pobres.
Las ofrendas de los fieles las recibe el sacerdote, ayudado por el acólito u
otro ministro. El pan y el vino para la Eucaristía se llevan al celebrante, que
los pone sobre el altar y el resto de los dones se colocan en un lugar apropiado
(cf. n. 73).
El sacerdote, en el altar, toma la patena con el pan, y con ambas manos la eleva
un poco sobre el altar mientras dice en secreto: Bendito seas, Señor. Luego
coloca la patena con el pan sobre el corporal.
A continuación, el sacerdote, situado en un lado del altar, mientras el ministro
le ofrece las vinajeras, vierte el vino y un poco de agua en el cáliz, diciendo
en secreto: El agua unida al vino. Vuelto al centro del altar, toma con ambas
manos el cáliz, lo eleva un poco y dice en secreto: Bendito seas, Señor y a
continuación deja el cáliz sobre el corporal y lo cubre, si conviene, con la
palia.
Pero si no hay canto para el ofertorio ni toca el órgano, en la presentación del
pan y del vino el sacerdote puede pronunciar en voz alta las fórmulas de
bendición, a las que el pueblo responde con la aclamación: Bendito seas por
siempre, Señor
Colocado el cáliz sobre el altar, el sacerdote profundamente inclinado dice en
secreto: Acepta, Señor, nuestro corazón contrito.
Luego, si se emplea el incienso, el sacerdote lo pone en el incensario, lo
bendice sin decir nada e inciensa los dones, la cruz y el altar. El ministro, de
pie al lado del altar, inciensa al celebrante y después al pueblo.
Después de la oración Acepta, Señor, nuestro corazón contrito o después de la
incensación, el sacerdote, de pie a un lado del altar, se lava las manos,
diciendo en secreto Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado, mientras
le sirve el agua el ministro.
Vuelto al centro del altar y de pie cara al pueblo el sacerdote extiende y junta
las manos e invita al pueblo a orar, diciendo: Orad, hermanos. El pueblo se pone
de pie y responde: El Señor reciba de tus manos. El sacerdote, con las manos
extendidas, dice la oración sobre las ofrendas, y al final el pueblo aclama:
Amén.
Entonces comienza el sacerdote la Plegaria eucarística. Según las rúbricas (cfr.
n. 365), elige una de las que se encuentran en el Misal Romano o de las
aprobadas por la Sede Apostólica. La naturaleza de la Plegaria eucarística exige
que sólo el sacerdote lo pronuncie en virtud de su ordenación. El pueblo se
unirá al sacerdote en la fe y con el silencio, también con las intervenciones
establecidas a lo largo de la Plegaria eucarística que son: las respuestas al
diálogo del Prefacio, el Santo, la aclamación después de la consagración y la
aclamación del Amén después de la doxología, junto con otras aclamaciones
aprobadas por la Conferencia de los Obispos y reconocidas por la Santa Sede.
Es muy conveniente que el sacerdote cante las partes de la Plegaria eucarística
musicalizadas.
Al comienzo de la Plegaria eucarística, el sacerdote extiende las manos y canta
o dice El Señor esté con vosotros; el pueblo responde: Y con tu espíritu. Cuando
continúa Levantemos el corazón, alza las manos. El pueblo responde Lo tenemos
levantado hacia el Señor Después el sacerdote, con las manos extendidas, añade:
Demos gracias al Señor nuestro Dios, y el pueblo responde: Es justo y necesario.
Después, el sacerdote, con las manos extendidas, sigue con el Prefacio; cuando
lo termina, junta las manos y canta o dice en voz clara, junto con todos los
presentes el Santo (cf. n. 79 b).
El sacerdote prosigue la Plegaria eucarística según las rúbricas que se exponen
en cada una de ellas.
Si el celebrante es Obispo, en las Plegarias, después de las palabras: con tu
servidor el Papa N., añade: conmigo, indigno siervo tuyo; o después de las
palabras: el Papa N., añade: de mi, indigno siervo tuyo. Si un Obispo celebra
fuera de su diócesis, tras las palabras con tu servidor el Papa N., añade:
conmigo, indigno siervo tuyo, con mi hermano N., Obispo de esta Iglesia de N..
El Obispo diocesano o el que en derecho se le equipara, debe ser nombrado con
esta fórmula: con tu servidor el Papa N., con nuestro Obispo (o bien: Vicario,
Prelado, Prefecto, Abad) N.
En la Plegaria eucarística se puede mencionar a los Obispos Coadjutor y
Auxiliares, pero no a otros Obispos que pudieran estar presentes. Si son muchos
los que se han de mencionar, se utiliza la forma general: con nuestro Obispo N.
y sus Obispos auxiliares.
En cada Plegaria eucarística hay que adaptar las fórmulas precedentes a las
reglas gramaticales.
Un poco antes de la consagración, el ministro, si se cree conveniente, avisa a
los fieles mediante un toque de campanilla. Puede también, de acuerdo con la
costumbre de cada lugar, tocar la campanilla cuando el sacerdote muestra la
hostia y el cáliz a los fieles.
Si se utiliza el incienso, el ministro inciensa la hostia y el cáliz cuando se
muestran tras la consagración.
Después de la consagración, una vez que el sacerdote dice: Este es el Sacramento
de nuestra fe, el pueblo pronuncia la aclamación empleando una de las fórmulas
prescritas.
Al final de la Plegaria eucarística, el sacerdote, tomando la patena con la
hostia y el cáliz y elevando ambos, pronuncia él solo la doxología: Por Cristo.
Al concluir, el pueblo aclama: Amén. Después el sacerdote pone la patena y el
cáliz sobre el corporal.
Terminada la Plegaria eucarística, el sacerdote, con las manos juntas, hace la
monición preliminar a la Oración dominical, y luego la recita, con las manos
extendidas, juntamente con el pueblo.
Concluida la Oración dominical, el sacerdote, con las manos extendidas, dice él
solo el embolismo: Líbranos de todos los males; al terminarlo, el pueblo aclama:
Tuyo es el reino.
A continuación, el sacerdote, con las manos extendidas y en voz alta, dice la
oración: Señor Jesucristo, que dijiste y, al terminarla, extendiendo y juntando
las manos, anuncia la paz, vuelto al pueblo, mientras dice: La paz de/ Señor
esté siempre con vosotros, y el pueblo le responde: Y con tu espíritu. Luego, si
se juzga oportuno, el sacerdote añade: Daos fraternalmente la paz.
El sacerdote puede dar la paz a los ministros, pero siempre permaneciendo dentro
del presbiterio para no perturbar la celebración. Haga lo mismo si, por alguna
causa razonable, desea dar la paz a algunos pocos fieles. Y todos se
intercambian un signo de paz, comunión y caridad, según lo que haya establecido
la Conferencia de los Obispos. Mientras se da la paz puede decirse: La paz del
Señor esté siempre contigo, a lo que se responde: Amén.
A continuación, el sacerdote toma el pan consagrado, lo parte sobre la patena, y
deja caer una partícula en el cáliz diciendo en secreto: El Cuerpo y la Sangre.
Mientras tanto, el coro y el pueblo cantan o recitan: Cordero de Dios (cf. n.
83).
Entonces el sacerdote dice en secreto y con las manos juntas la oración para la
Comunión: Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, o: Señor Jesucristo, la comunión
de tu Cuerpo.
Terminada esta oración, el sacerdote hace genuflexión, toma el pan consagrado en
esa misma Misa y, teniéndolo un poco elevado sobre la patena o sobre el cáliz,
de cara al pueblo, dice: Éste es el Cordero de Dios, y, a una con el pueblo,
añade una sola vez: Señor, no soy digno.
Luego, de pie y vuelto hacia el altar, el sacerdote dice en secreto: El Cuerpo
de Cristo me guarde para la vida eterna, y, con reverencia, toma el Cuerpo de
Cristo. Después, coge el cáliz, y dice en secreto: La Sangre de Cristo me guarde
para la vida eterna, y, con reverencia, sume la Sangre de Cristo.
Mientras el sacerdote comulga el Sacramento, se empieza el canto de Comunión
(cf. n. 86).
El sacerdote toma después la patena o la píxide y se acerca a los que van a
comulgar, quienes, de ordinario, se acercan procesionalmente.
A los fieles no les es lícito tomar por sí mismos ni el pan consagrado ni el
sagrado cáliz y menos aún pasárselos entre ellos de mano en mano. Los fieles
comulgan de rodillas o de pie, según lo haya establecido la Conferencia de los
Obispos. Cuando comulgan de pie, se recomienda que, antes de recibir el
Sacramento, hagan la debida reverencia del modo que determinen las citadas
normas.
Si la Comunión se administra sólo bajo la especie de pan, el sacerdote, teniendo
la hostia un poco elevada, se la muestra a cada uno diciéndole: El Cuerpo de
Cristo. El que comulga responde: Amén, y recibe el Sacramento en la boca o, en
los lugares en que se ha concedido, en la mano, según prefiera. En cuanto recibe
la sagrada hostia, el que comulga la consume íntegramente.
Para la Comunión bajo las dos especies obsérvese el rito descrito en su lugar
(cf. nn. 284-287).
Si están presentes otros presbíteros, pueden ayudar al sacerdote a distribuir la
Comunión. Si no están disponibles y el número de comulgantes es muy elevado, el
sacerdote puede llamar para que le ayuden, a los ministros extraordinarios, es
decir, a un acólito instituido o también a otros fieles que para ello hayan sido
designados.97 En caso de necesidad, el sacerdote puede designar para esa ocasión
a fieles idóneos."
Estos ministros no acceden al altar antes de que el sacerdote haya comulgado y
siempre han de recibir de manos del sacerdote el vaso que contiene la Santísima
Eucaristía para administrarla a los fieles.
Una vez distribuida la Comunión, el sacerdote consume enseguida en el altar todo
el vino consagrado que haya podido quedar; en cambio, las hostias consagradas
que hayan sobrado las consume en el altar o las lleva al lugar destinado a la
reserva eucarística.
El sacerdote, vuelto al altar, recoge los fragmentos, si los hay; luego, en el
altar o en la credencia, purifica la patena o la píxide sobre el cáliz; purifica
el cáliz diciendo en secreto: Haz, Señor, que recibamos, y lo seca con el
purificador. Si los vasos son purificados en el altar, los lleva un ministro a
la credencia. Está, sin embargo, permitido dejar los vasos que se han de
purificar, sobre todo si son muchos, en el altar o en la credencia,
convenientemente cubiertos sobre un corporal, para luego purificarlos
inmediatamente después de la Misa, cuando ya se ha despedido al pueblo.
Después, el sacerdote puede regresar a la sede. Se puede observar un espacio de
silencio sagrado o también entonar un salmo u otro cántico o himno de alabanza
(cf. n. 88).
Luego, en pie junto a la sede o el altar, el sacerdote, vuelto al pueblo, dice,
con las manos juntas: Oremos, y con las manos extendidas recita la oración
después de la Comunión, a la que puede preceder también un breve silencio, a no
ser que ya se haya hecho después de la Comunión. Al final de la oración, el
pueblo aclama: Amén.
Rito de conclusión
Terminada la oración después de la Comunión, se hacen, si es necesario, y con
brevedad, los oportunos avisos al pueblo.
Después, el sacerdote, extendiendo las manos, saluda al pueblo diciendo: El
Señor esté con vosotros, a lo que el pueblo responde: Y con tu espíritu, y el
sacerdote, uniendo de nuevo las manos, y colocando luego la mano izquierda sobre
el pecho y elevando la derecha añade:
La bendición de Dios todopoderoso y haciendo la señal de la cruz sobre el pueblo
prosigue: Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros; todos
responden: Amén.
En ciertos días y ocasiones, esta bendición se enriquece y se expresa, según las
rúbricas, mediante la oración sobre el pueblo u otra fórmula más solemne.
El Obispo bendice al pueblo con la fórmula propia, haciendo tres veces la señal
de la cruz sobre el pueblo.99
En seguida, el sacerdote, con las manos juntas, añade: Podéis ir en paz, y todos
responden: Demos gracias a Dios.
Entonces, el sacerdote, según costumbre, venera el altar con un beso y, haciendo
junto con los ministros laicos una profunda inclinación, se retira con ellos.
Si a la Misa sigue alguna otra acción litúrgica se omite el rito de conclusión,
es decir, el saludo, la bendición y la despedida.
B) MISA CON DIÁCONO
171. Cuando un diácono, revestido con las vestiduras sagradas, interviene en la
celebración eucarística, desempeña su oficio propio. Así pues, él:
Asiste al sacerdote y está siempre a su lado;
En el altar le ayuda en lo referente al cáliz o al libro;
Proclama el Evangelio y, por mandato del sacerdote celebrante, puede tener la
homilía (cf. n. 66);
Dirige al pueblo fiel por medio de las oportunas moniciones y enuncia las
intenciones de la oración universal;
Ayuda al sacerdote celebrante a distribuir la Comunión y purifica y recoge los
vasos sagrados;
Desempeña, si es necesario, las tareas de otros ministros, en el caso de que
éstos falten.
Ritos iniciales
Llevando el Evangeliario algo elevado, el diácono precede al sacerdote en su
camino hacia el altar; si no, camina a su lado.
Llegado al altar, si porta el Evangeliario, omitida la reverencia, accede al
altar. Luego, una vez colocado el Evangeliario como es laudable, sobre el altar,
juntamente con el sacerdote lo venera con un beso.
Si no lleva el Evangeliario hace una inclinación profunda al altar juntamente
con el sacerdote, según el modo acostumbrado, y con él lo venera mediante un
beso.
Finalmente, si se emplea el incienso, asiste al sacerdote en la imposición del
mismo y en la incensación de la cruz y el altar.
Una vez incensado el altar, se dirige a la sede acompañando al sacerdote, y allí
permanece a su lado y le ayuda cuando sea necesario.
Liturgia de la palabra
Mientras se dice el Aleluya u otro canto, si se ha de usar el incienso, ayuda al
sacerdote a ponerlo en el incensario: luego, profundamente inclinado ante él, le
pide su bendición, diciendo en voz baja: Padre, dame tu bendición. El sacerdote
le da la bendición, diciendo: El Señor esté en tu corazón. El diácono se signa
con la señal de la cruz y responde: Amén. Luego. hecha una profunda inclinación
al altar, toma el Evangeliario que se había depositado sobre el altar y se
dirige al ambón, llevando el libro algo elevado, precedido por el turiferario
que lleva el incensario humeante y por los ministros con cirios encendidos. Allí
saluda al pueblo diciendo con las manos juntas: El Señor esté con vosotros y en
las palabras Lectura del santo Evangelio, signa con el dedo pulgar el libro y se
signa él mismo en la frente, en los labios y en el pecho, inciensa el libro y
proclama el Evangelio. Terminado esto, aclama: Palabra del Señor y todos
responden: Gloria a ti, Señor Jesús. Luego venera el libro con un beso, diciendo
al mismo tiempo en secreto: Las palabras del Evangelio, y vuelve al lado del
sacerdote.
Cuando el diácono asiste al Obispo, lleva el libro para que lo bese o lo besa él
mismo diciendo en secreto: Las palabras del Evangelio. En las celebraciones más
solemnes, el Obispo imparte la bendición al pueblo con el Evangeliario, si se ve
oportuno.
Por último, el Evangeliario puede llevarse a la credencia o a otro lugar apto y
digno.
Si no hay otro lector idóneo, el diácono lee también las demás lecturas.
Las intenciones de la oración de los fieles, una vez introducidas por el
sacerdote, las recita el diácono, habitualmente desde el ambón.
Liturgia eucarística
Terminada la oración universal, el sacerdote permanece en la sede y el diácono
prepara el altar, con la ayuda del acólito: le corresponde, en particular, tener
cuidado de los vasos sagrados. Asiste también al sacerdote cuando recibe los
dones del pueblo. Luego pasa al sacerdote: la patena con el pan que se va a
consagrar: vierte el vino y un poco de agua en el cáliz, diciendo en secreto: El
agua unida al vino, y luego lo presenta al sacerdote. Esta preparación del cáliz
puede también hacerla en la credencia. Si se emplea el incienso, ayuda al
sacerdote en la incensación de las ofrendas, de la cruz y del altar, y luego él
o el acólito inciensa al sacerdote y al pueblo.
Durante la Plegaria eucarística, el diácono está en pie junto al sacerdote, un
poco retirado detrás de él, para ayudar cuando haga falta en el cáliz o en el
misal.
Desde la epíclesis hasta la ostensión del cáliz el diácono permanece,
normalmente, arrodillado. Si hay varios diáconos, al llegar la consagración, uno
de ellos puede poner incienso en el turíbulo e incensar en el momento de la
ostensión de la hostia y del cáliz.
Para la doxología final de la Plegaria eucarística, de pie al lado del
sacerdote, mantiene el cáliz elevado, mientras aquél eleva la patena con el pan
consagrado, hasta el momento en que el pueblo ha dicho ya: Amén.
Una vez que el sacerdote ha dicho la oración de la paz y las palabras La paz del
Señor esté siempre con vosotros, y el pueblo haya respondido Y con tu espíritu,
el diácono, si es oportuno, invita a darse la paz diciendo con las manos juntas
y vuelto hacia el pueblo: Daos fraternalmente la paz. Ella recibe directamente
del sacerdote y puede darla a los ministros más cercanos.
Terminada la Comunión del sacerdote, el diácono la recibe bajo las dos especies
de manos del sacerdote, y luego le ayuda a distribuir la Comunión al pueblo. Si
la Comunión se da bajo las dos especies, él ofrece el cáliz a los que van
comulgando, y, terminada la distribución, sume con reverencia en el altar toda
la Sangre de Cristo que queda, ayudado, si es preciso, de otros diáconos y
presbíteros.
Terminada la Comunión, el diácono vuelve al altar con el sacerdote. Recoge los
fragmentos, si los hay, y luego lleva el cáliz y demás vasos sagrados a la
credencia, y allí los purifica y coloca como de costumbre, mientras el sacerdote
vuelve a la sede. Sin embargo, puede también cubrir decorosamente los vasos,
dejarlos en la credencia sobre el corporal y purificarlos inmediatamente después
de la Misa, una vez despedido el pueblo.
Rito de conclusión
Dicha la oración después de la Comunión, el diácono hace, si es necesario, y con
brevedad, los oportunos anuncios al pueblo, a no ser que prefiera hacerlo
personalmente el sacerdote.
Si se emplea la oración sobre el pueblo o la fórmula de la bendición solemne, el
diácono dice: Inclinaos para recibir la bendición. Una vez dada la bendición por
el sacerdote, el diácono se encarga de despedir al pueblo, diciendo con las
manos juntas y vuelto hacia el pueblo: Podéis ir en paz.
Luego, juntamente con el sacerdote, venera el altar besándolo, y haciendo una
profunda reverencia, se retira en el mismo orden en que había llegado.
C) FUNCIONES DEL ACÓLITO
Las funciones que puede ejercer el acólito son de diverso género; puede darse el
caso de que concurran varias a la vez. Por lo tanto, es conveniente que se
distribuyan, si es oportuno, entre varios; si solamente está presente un
acólito, haga él lo que es de más importancia, distribuyéndose lo demás entre
varios ministros.
Ritos iniciales
En la procesión al altar puede llevar la cruz entre dos ministros con cirios
encendidos. Cuando llegue al altar, coloca la cruz junto al mismo, o bien la
sitúa en un lugar digno. Luego ocupa su lugar en el presbiterio.
Durante toda la celebración, es propio del acólito acercarse al sacerdote o al
diácono, cuantas veces se requiera, para servir el libro y ayudarles en todo lo
necesario. Conviene, por tanto, que, en la medida de lo posible, ocupe un lugar
desde el que pueda ejercer fácilmente su ministerio, en la sede o en el altar.
Liturgia eucarística
En ausencia del diácono, una vez acabada la oración universal, mientras el
sacerdote permanece en la sede, el acólito pone sobre el altar el corporal, el
purificador, el cáliz, la palia y el misal. Después, si es necesario, ayuda al
sacerdote en la recepción de los dones del pueblo y oportunamente lleva el pan y
el vino al altar y los entrega al sacerdote. Si se utiliza el incienso, presenta
el incensario al sacerdote y le asiste en la incensación de las ofrendas, de la
cruz y del altar. Luego inciensa al sacerdote y al pueblo.
El acólito instituido puede, si es necesario, ayudar al sacerdote, como ministro
extraordinario, en la distribución de la Comunión al pueblo.'°0 Si se da la
Comunión bajo las dos especies, en ausencia del diácono, ofrece el cáliz a los
que van a comulgar o, si la Comunión es por intinción, sostiene el cáliz.
El acólito instituido, acabada la distribución de la Comunión, ayuda al
sacerdote o al diácono en la purificación y arreglo de los vasos sagrados. En
ausencia del diácono, el acólito instituido, lleva a la credencia los vasos
sagrados y allí, del modo acostumbrado, los purifica, los seca y los recoge.
D) FUNCIONES DEL LECTOR Ritos iniciales
En la procesión al altar, en ausencia del diácono, el lector, con la debida
vestidura, puede llevar el Evangeliario un poco elevado: en este caso, precede
al sacerdote; de lo contrario va con los otros ministros.
Al llegar al altar, hace la debida reverencia junto con los demás. Si lleva el
Evangeliario, accede al altar y lo coloca sobre el mismo. Luego ocupa su lugar
en el presbiterio junto con los otros ministros.
Liturgia de la palabra
Lee desde el ambón las lecturas que preceden al Evangelio. Cuando no hay
salmista, después de la primera lectura puede proclamar el salmo responsorial.
En ausencia del diácono, puede proclamar desde el ambón las intenciones de la
oración universal, después que el sacerdote ha hecho la introducción a la misma.
Si no hay canto de entrada ni de Comunión y los fieles no recitan las antífonas
propuestas en el Misal, las puede decir en el momento conveniente (cf. nn. 48,
87).
II. LA MISA CONCELEBRADA
199. La concelebración, que manifiesta claramente la unidad del sacerdocio, del
sacrificio y de todo el pueblo de Dios, está prescrita por el mismo rito en la
ordenación del Obispo y de los presbíteros, en la bendición del abad y en la
Misa crismal.
Se recomienda, a no ser que la utilidad de los fieles requiera o aconseje otra
cosa:
En la Misa vespertina de la Cena del Señor;
En la Misa que se celebra en Concilios, reuniones de los Obispos, Sínodos;
En la Misa conventual y en la Misa principal en iglesias y oratorios.
En las Misas que se celebran en cualquier género de reuniones de sacerdotes,
seculares o religiosos.101
Todo sacerdote puede celebrar la Eucaristía él solo, mientras no tenga lugar en
ese momento una concelebración en la misma iglesia u oratorio. Pero el Jueves en
la Misa vespertina de la Cena del Señor y en la Misa de la Vigilia pascual se
prohíbe celebrar uno solo.
Los presbíteros de viaje sean acogidos de buen grado para la concelebración
eucarística, con tal de que se conozca su condición sacerdotal.
Donde hay un gran número de sacerdotes, la concelebración puede tenerse incluso
varias veces en el mismo día cuando la necesidad o la utilidad pastoral así lo
aconsejen, pero debe hacerse en tiempos sucesivos o en lugares sagrados
diversos.102
Corresponde al Obispo, según las normas del derecho, ordenar la disciplina de la
concelebración en todas las iglesias y oratorios de su diócesis.
Ha de tener una consideración especial la concelebración en la que los
presbíteros de una diócesis concelebran con el propio Obispo, en la Misa
estacional, sobre todo en los días más solemnes del año litúrgico: en la Misa de
Ordenación del nuevo Obispo de la diócesis o de su Coadjutor o Auxiliar, en la
Misa crismal, en la Misa vespertina de la Cena del Señor, en la celebración del
Santo Fundador de la Iglesia local o del Patrono de la diócesis, en el
aniversario del Obispo, y con ocasión, por último, del Sínodo o de la visita
pastoral.
Por la misma razón, se recomienda la concelebración cuantas veces los
presbíteros se encuentren con el propio Obispo, sea con ocasión de los
ejercicios espirituales o de alguna reunión. En estos casos, el signo de la
unidad del sacerdocio y de la Iglesia, que es característico de toda
concelebración, se manifiesta de una manera más evidente.103
Por causas determinadas, para dar, por ejemplo, un mayor sentido al rito o a una
fiesta, se puede celebrar o concelebrar varias veces en el mismo día, en los
siguientes casos:
Quien el Jueves Santo ha celebrado o concelebrado en la Misa crismal, puede
también celebrar o concelebrar en la Misa vespertina de la Cena del Señor:
Quien celebró o concelebró la Misa de la Vigilia pascual, puede celebrar o
concelebrar la Misa del día de Pascua;
El día de Navidad todos los sacerdotes pueden celebrar o concelebrar tres Misas,
con tal que se celebren a su tiempo;
En el día de la Conmemoración de todos los fieles difuntos, todos los sacerdotes
pueden celebrar o concelebrar tres Misas, con tal que las celebraciones tengan
lugar en diversos tiempos y se observe lo establecido sobre la aplicación de la
segunda y tercera Misa;104
Quien concelebra con el Obispo o su delegado en un Sínodo o en la visita
pastoral, o en las reuniones de sacerdotes, puede celebrar además otra Misa para
utilidad de los fieles. Lo mismo vale, servatis servandis, para las reuniones de
religiosos.
2O5. La Misa concelebrada se ordena, en cualquiera de sus formas. según las
normas comúnmente establecidas (cf. nn. 1 12-198), pero manteniendo o cambiando
cuanto más abajo se expone.
2O6. Nunca acceda nadie o se le admita a concelebrar, una vez iniciada ya la
Misa.
2O7. Prepárese en el presbiterio:
Sillas y libros para los sacerdotes concelebrantes;
En la credencia: un cáliz de capacidad suficiente, o varios cálices.
2O8. Si no se cuenta con un diácono, sus oficios los realizan algunos de los
concelebrantes.
Si tampoco están presentes otros ministros, sus oficios propios pueden confiarse
a otros fieles idóneos; en caso contrario, los desempeñan algunos de los
concelebrantes.
2O9. Los concelebrantes, en la sacristía o en algún otro sitio conveniente, se
revisten los mismos ornamentos que suelen llevar cuando celebran
individualmente. Pero si hay un justo motivo, por ejemplo, un gran número de
concelebrantes o falta de ornamentos, los concelebrantes, a excepción siempre
del celebrante principal, pueden suprimir la casulla, llevando solamente la
estola sobre el alba.
Ritos iniciales
Cuando todo está ya preparado, se empieza la procesión hacia el altar a través
de la iglesia. Los presbíteros concelebrantes preceden al celebrante principal.
Cuando han llegado al altar, los concelebrantes y el celebrante principal, hecha
una profunda inclinación, veneran el altar besándolo, y se dirigen a la sede a
ellos destinada. El celebrante principal, si es oportuno, inciensa la cruz y el
altar y luego se dirige a la sede.
Liturgia de la Palabra
Durante la liturgia de la palabra los concelebrantes ocupan su lugar y están
sentados o se levantan en la misma forma que el celebrante principal.
Al comenzar el Aleluya, todos se levantan, excepto el Obispo. que pone incienso
sin decir nada y bendice al diácono o, en su ausencia, al concelebrante que va a
proclamar el Evangelio. Sin embargo, en la concelebración que preside el
presbítero, el concelebrante que, en ausencia del diácono, proclama el
Evangelio, ni pide ni recibe la bendición del celebrante principal.
La homilía normalmente la hará el celebrante principal o uno de los
concelebrantes.
Liturgia eucarística
La preparación de los dones (cf. nn. 139-146) la hace solamente el celebrante
principal, permaneciendo mientras tanto los demás concelebrantes en sus puestos.
Una vez que el celebrante principal ha pronunciado la oración sobre las
ofrendas, los concelebrantes se acercan al altar y se disponen en pie alrededor
de él, pero de tal modo que no dificulten la ejecución de los ritos que se
realizan y los fieles tengan buena visibilidad de la acción sagrada. ni cierren
el paso al diácono cuando por razón de su ministerio debe acercarse al altar.
El diácono desempeña su oficio cerca del altar en los momentos de ayudar, si es
necesario, con el cáliz y el misal. Sin embargo. en la medida de lo posible, se
sitúa ligeramente detrás de los sacerdotes concelebrantes, situados junto al
celebrante principal.
Modo de proclamar la Plegaria eucarística
El prefacio lo canta o lo recita solamente el celebrante principal. En cambio el
Santo lo cantan o recitan todos los concelebrantes junto con el pueblo y los
cantores.
Terminado el Santo, los sacerdotes concelebrantes prosiguen la Plegaria
eucarística en el modo que en seguida se describe, pero los gestos los hace
únicamente el celebrante principal, si no se advierte lo contrario.
Los textos que dicen simultáneamente todos los concelebrantes y principalmente
las palabras de la consagración, que todos deben pronunciar, los recitan de tal
manera que los concelebrantes las dicen en voz baja para que se pueda oír
claramente la voz del celebrante principal. De este modo, el pueblo percibe
mejor las palabras.
Es encomiable cantar las partes que han de recitar conjuntamente todos los
concelebrantes, y que se hallan musicalizadas en el Misal.
Plegaria eucarística 1, o Canon romano
En la Plegaria eucarística I, o Canon romano, el Padre misericordioso lo dice
solamente el celebrante principal con las manos extendidas.
Acuérdate, Señor y Reunidos en comunión, conviene que se confíen a uno u otro de
los sacerdotes concelebrantes, que dice él solo: estas oraciones con las manos
extendidas y en voz alta.
Acepta, Señor, en tu bondad, lo dice solamente el celebrante principal, con las
manos extendidas.
Desde Bendice y santifica, oh Padre, hasta Te pedimos humildemente, Dios
todopoderoso, el sacerdote principal realiza el gesto. pero todos los
concelebrantes lo dicen a una de este modo:
Bendice y santifica, oh Padre, con las manos extendidas hacia las ofrendas;
El cual, la víspera de su Pasión y Del mismo modo, con las manos juntas;
Las palabras del Señor, si el gesto parece conveniente, con la mano derecha
extendida hacia el pan y hacia el cáliz; miran la hostia y el cáliz cuando el
celebrante principal los muestra a los fieles y luego se inclinan profundamente;
Por eso, Padre, nosotros, tus siervos, y Mira con ojos de bondad, con las manos
extendidas;
Te pedimos humildemente, inclinados y con las manos juntas, hasta llegar a las
palabras al participar aquí de este altar. Inmediatamente, se enderezan,
haciendo sobre sí la señal de la cruz, mientras pronuncian las restantes
palabras: seamos colmados de gracia y bendición.
La intercesión por los difuntos y la oración Y a nosotros, pecadores, conviene
que sea confiada a uno u otro de los concelebrantes, quien la dice él solo con
las manos extendidas y en voz alta.
A las palabras Ya nosotros, pecadores, todos los concelebrantes se golpean el
pecho.
Por Cristo, Señor nuestro, por quien sigues creando, lo dice solamente el
celebrante principal.
Plegaria eucarística II
En la Plegaria eucarística II, Santo eres en verdad, lo dice solamente el
celebrante principal con las manos extendidas.
Desde Por eso te pedimos que santifiques, hasta Te pedimos humildemente, lo
dicen a una todos los concelebrantes de este modo:
Por eso te pedimos que santifiques, con las manos extendidas hacia las ofrendas;
El cual, cuando iba a ser entregado a su Pasión, y Del mismo modo, con las manos
juntas;
Las palabras del Señor, si el gesto parece conveniente, con la mano derecha
extendida hacia el pan y hacia el cáliz; miran la hostia y el cáliz cuando el
celebrante principal los muestra a los fieles y luego se inclinan profundamente;
Así pues, Padre, al celebrar ahora, y Te pedimos humildemente, con las manos
extendidas.
228. Las intercesiones por los vivos Acuérdate, Señor, y por los difuntos
Acuérdate también de nuestros hermanos, conviene que se confíen a uno u otro de
los concelebrantes, quien las pronuncia él solo con las manos extendidas y en
voz alta.
Plegaria eucarística III
229. En la Plegaria eucarística III, Santo eres en verdad, lo dice solamente el
celebrante principal con las manos extendidas.
23O. Desde Por eso, Padre, te suplicamos, hasta Dirige tu mirada, lo dicen a una
todos los concelebrantes de este modo:
Por eso, Padre, te suplicamos, con las manos extendidas hacia las ofrendas;
Porque él mismo, la noche en que iba a ser entregado y Del mismo modo, con las
manos juntas:
Las palabras del Señor, si el gesto parece conveniente, con la mano derecha
extendida hacia el pan y hacia el cáliz; miran la hostia y el cáliz cuando el
celebrante principal los muestra a los fieles y luego se inclinan profundamente;
Así pues, Padre, y Dirige tu mirada, con las manos extendidas.
231. Las intercesiones Que él nos transforme y Te pedimos, Padre, que esta
Víctima, conviene que se confíen a uno u otro de los sacerdotes concelebrantes,
quien las pronuncia él solo con las manos extendidas y en voz alta.
Plegaria eucarística IV
232. En la Plegaria eucarística IV, desde Te alabamos, Padre santo, hasta
llevando a plenitud su obra en el mundo, lo dice solamente el celebrante
principal con las manos extendidas.
233. Desde Por eso, Padre, te rogamos, hasta: Dirige tu mirada, lo dicen a una
todos los concelebrantes de este modo.
Por eso, Padre, te rogamos, con las manos extendidas hacia las ofrendas;
Porque él mismo, llegada la hora y Del mismo modo, con las manos juntas.
Las palabras del Señor, si el gesto parece conveniente, con la mano derecha
extendida hacia el pan y hacia el cáliz; miran la hostia y el cáliz cuando el
celebrante principal los muestra a los fieles y luego se inclinan profundamente;
Por eso, Padre, al celebrar, y Dirige tu mirada, con las manos extendidas.
Las intercesiones Y ahora, Señor, acuérdate, y Padre de bondad conviene
confiarlas a uno u otro de los concelebrantes, quien las pronuncia él solo con
las manos extendidas y en voz alta.
Por lo que se refiere a otras Plegarias eucarísticas aprobadas por la Sede
Apostólica, obsérvense las normas establecidas para cada una de ellas.
La doxología final de la Plegaria eucarística la pronuncia solamente el
sacerdote principal y, si parece bien, juntamente con los demás concelebrantes,
pero no los fieles.
Rito de la Comunión
Luego el celebrante principal, con las manos juntas, pronuncia la monición que
precede al Padrenuestro, y en seguida. con las manos extendidas y a una con los
demás concelebrantes, que también extienden las manos, y con el pueblo, dice la
misma Oración dominical.
Líbranos de todos los males, Señor, lo dice sólo el celebrante principal, con
las manos extendidas. Todos los concelebrantes, a una con el pueblo, pronuncian
la aclamación final: Tuyo es el reino,
Después de la monición del diácono o, en su ausencia, de uno de los
concelebrantes: Daos fraternalmente la paz, todos se dan la paz; los que quedan
más cerca del celebrante principal la reciben de él antes que el diácono.
Mientras se dice el Cordero de Dios, los diáconos o algunos concelebrantes
pueden ayudar al celebrante principal a partir el pan consagrado, sea para la
Comunión de los mismos concelebrantes, sea para la del pueblo.
Después de la inmixtio, sólo el celebrante principal dice en secreto con las
manos juntas la oración Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo o Señor Jesucristo,
la Comunión de tu Cuerpo.
Terminada la oración antes de la Comunión, el celebrante principal hace
genuflexión y se retira un poco. Los concelebrantes, uno tras otro, se van
acercando al centro del altar, hacen genuflexión y toman del altar, con
reverencia, el Cuerpo de Cristo; teniéndolo luego en la mano derecha y poniendo
la izquierda bajo ella, se retiran a sus puestos. Pueden también permanecer los
concelebrantes en su sitio y tomar el Cuerpo de Cristo de la patena que el
celebrante principal